30.10.14

La poesía de Vrachnos

Me ha sorprendido muy gratamente el libro Encima del subsuelo, segundo que publica el griego Kostas Vrachnos, nacido en Kalamata en 1975, y tercer número de la colección Romiosyne, la única bilingüe dedicada en España a la literatura griega contemporánea. 
Llegó en un sobre enviado desde Atenas (con un precioso sello donde se ve una ermita blanca al borde de un acantilado) y su aspecto exterior me indicó, nada más verlo, que la edición es primorosa.
Traducido por el propio poeta y por Juan Vicente Piqueras, lleva un prólogo de Alberto Santamaría.
(Ya que lo menciono, acaba uno de publicar en la revista griega Frear un breve artículo sobre esta moda, la de los prólogos.)
"La poesía es una cuestión de superficies", empieza diciendo en su ensayo el profesor de la Universidad de Salamanca, ciudad en la que se doctoró Vrachnos en filosofía con una tesis sobre la meditatio mortis en Unamuno. La muerte, precisamente, es, según Santamaría, un tema central de la obra: "nada acontece en la superficie con mayor sentido que la muerte". Añade que uno de los "ejercicios que de modo fascinante maneja Vrachnos" es la imposibilidad de precisar quién y desde dónde nos habla en los poemas. Recurre a Schlegel para recordarnos que "la ironía es la forma de lo paradójico" y da la vuelta a Wittgenstein, a instancias del poeta, para reconocer que "lo místico existe, se oculta, es lo expresable". Termina con dos apreciaciones que comparto: "leer la poesía de Kostas Vrachnos es aventurarse en un territorio incierto y por ello asombroso" y "la poesía de Vrachnos es hipnótica". 
Ya metidos en harina poética, que es lo que más importa, apenas avanzas en la lectura te das cuenta de la similitud, distancias mediante (cada cual en su mundo), entre la poesía del autor y la de su traductor, al que se refiere en una entrevista como "mi hermano". Aludo a la aparente espontaneidad y frescura con la que está escrita, a la engañosa facilidad con la que se lee, a la capacidad del poeta para convencernos de que sus versos son habitables e, incluso, facilitar al lector la habitabilidad de su propia existencia: "Bienvenido a la vida donde uno fallece". 
Hay poemas espléndidos (todos llevan un número delante del título, hasta 44) y versos aún más asombrosos. Todo en medio, ya se dijo, de ironías y paradojas, con un ligero toque entre imaginativo y surrealista, de una sugerente fragmentación de voces, pues no de otro modo se puede sortear este viaje que nos lleva, en un santiamén, de la cuna a la tumba. "Quiero que me llaméis limón podrido", reza el primer verso del libro.
Cómo leer impasibles "¿Ser lacónico?", "La casa de mis padres" (dedicado a Piqueras), "Oda a la elegía", "Himno a la creación" ("He aquí las mujeres para el consuelo y después el horror"), "Por qué generalizo", "Nenúfar de la vaguedad", "Ontología de la sangre" ("Se soporta perfectamente lo insoportable", "Testamento" (uno de los mejores), "Nunca mariposas", "Seguro que habrá ocurrido" (uno de los más ocurrentes), "Preferencias", "Alguien", "Nuestros mejores años" ("Qué lástima, qué derroche / haber venido y vivido / en esta mismísima tierra / nuestros años más dulces"), "Invitación erótica", "El reloj de Treblinka", "Análisis de lágrimas" (paradigmático)... Vamos, podría haber citado todos. 
Lo dije al principio: toda una sorpresa. Una bocanada de aire marino, una llamarada de luz, un vaso de agua fresca. Todo made in Grecia, país de la poesía. 

Para muestra...

4. LA CASA DE MIS PADRES

                                               A Juan Vicente Piqueras

¡Cómo olvidar la casa de mis padres!
El naranjo -¿o era un limonero?- en la entrada,
la gran puerta de hierro -¿o era de madera?-,
el timbre anónimo que jamás funcionó,
las ventanas blancas -¿o eran tirando a gris?-,
las paredes, el techo, el suelo, ay, el suelo, el balcón,
los arañazos de las palomas en las verjas.
Cómo olvidar las distancias entre las muebles
y los ruidos escondidos,
el altillo -¿teníamos altillo?- con los adornos navideños,
la bodega -pero, ¿teníamos bodega?- con los vinos
que no bebimos y se pusieron amargos,
el jardín -pero, ¿teníamos jardín?- con el papagayo
que enterramos un mediodía.
Cómo, entonces, olvidar el olor a mi madre -¿o a quemado?-
en la cocina, con la nevera que asustaba a la gata negra,
la nevera que como todas las neveras
estaba caliente por detrás.
Y, al fin, cómo olvidar el parvulario de enfrente,
¿o era un cementerio?

29.10.14

Pablo d'Ors en alemán

El escritor Pablo d'Ors acaba de firmar con la editorial Wagenbach, de Berlín, sin duda una de las más prestigiosas de Alemania, la traducción al alemán y la publicación de su novela Andanzas del impresor Zollinger; además, el acuerdo al que ha llegado con sus editores alemanes incluye una edición especial, se publicitará el libro por todo el país y están muy interesados en traducir y publicar el resto de sus libros. Una gratísima noticia. Más para un germanófilo como él. Enhorabuena, Pablo.

28.10.14

Una antología de García López

El río de mis ojos (Antología Poética 1963-2013), de Ángel García López, con edición y prólogo de Tomás Rodríguez Reyes, epílogo de José Jurado Morales y un texto de contracubierta de Ángel L. Prieto de Paula, acaba de ser publicada por La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes
El poeta de Rota (1935), cuya obra poética (casi) completa cuidó su paisano, el también poeta Felipe Benítez Reyes, ha publicado mucho, ha obtenido muchos premios (tal vez demasiados) y, a pesar de eso, me da la impresión de que siempre ha estado en un segundo plano dentro del panorama de la poesía española contemporánea. Esta nueva antología de su obra viene, además de a reivindicar sus versos, a poner sobre la mesa una vieja cuestión, esa suerte de apartamiento (traída ya aquí cuando hablamos de su buen amigo Julio Mariscal), que afecta a tantos y tantos poetas, por ejemplo a los de su promoción, "el grupo poético del 60", donde estarían, entre otros, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Hilario Tundidor o Antonio Hernández, que, así y todo, ha conseguido por su último libro el Premio de la Crítica y el Nacional.
Esta, vamos al libro, no es una miscelánea más. Tomás Rodríguez ha pretendido que sea una "exaltación del Sur" y para ello ha elegido concienzudamente los poemas, numerosos, que el roteño afincado en Madrid ha dedicado a su territorio natal (y no sólo: a todo el Sur, un mito que escribe con mayúsculas). En ese sentido, G. L. es "un desterrado" que nunca ha podido olvidar; que ha echado de menos, desde la distancia, la luz de su mar y de su infancia.
"Poeta virtuoso", lo denomina el editor, y artesano, este poeta solitario (como todos) ha escrito "poemas egóticos" (por usar el término de Luján Atienza que usa Rodríguez), esto es, desde el "yo". No en vano escribió en "Apuntes para una poética" (que se rescata íntegra, con gran acierto, en esta edición): "Convéncete del todo: en poesía lírica lo que no es autobiografía es sólo plagio". 
Por su parte, José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz (se nota), autor de un libro sobre la obra de G. L., recalca la importancia del lenguaje en su poesía y la necesidad de leerlo con la debida calma, "a paso lento". No, no son los suyos versos para "lectores acelerados". 
Por fin, Prieto de Paula destaca, tras "más de cincuenta años de creación" y de atravesar "casi todas las estancias de la poesía", su "admirable maestría métrica, su honda sensibilidad y versatilidad retórica". Algo que comprobamos al pasar estas páginas llenas de amor, de memoria, de sol, de sal y de cuantos elementos constituyen una de las poéticas más genuinas de nuestra feraz y diversa poesía contemporánea. 

27.10.14

En Cáceres

Acepté con gusto la amable invitación de Jesús María Gómez y Flores para participar en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova. Me parecía el lugar ideal para presentar mi libro tangerino en la capital de la provincia.
Muy pronto buscamos una buena fecha, seleccionamos el sitio adecuado (el Aula no tiene sede propia) y elegimos un presentador. Será, como reza en el cartel, el próximo viernes, 31 de octubre, a las siete y media en la Biblioteca Pública de Cáceres "Antonio Rodríguez Moñino-María Brey" (un gesto en defensa de esos refugios, a favor de la lectura) y estará a mi lado, como en tantas ocasiones, Miguel Ángel Lama, con quien conversaré acerca del libro y de lo que se tercie. De lujo, vamos.

26.10.14

Don Santiago de los Mozos

Ya dije aquí atrás que necesitaba leer este libro. Ahora, con ese trámite cumplido, reconozco que me quedé corto. En estos tiempos amorales, debería ser una lectura obligatoria o, al menos, recomendada. En los institutos, pongo por caso, donde tanta morralla se lee, y las universidades, donde se lee tan poco. No digamos en las bibliotecas públicas, salas de estar de la democracia, y, sobre todo, en las cárceles, donde van a parar algunos corruptos. 
Mis expectativas eran altas, sí, pero así y todo no calibré bien el alcance de estas conversaciones de Agustín García Simón con Santiago de los Mozos que publicó en su colección Los cuatro vientos la editorial sevillana Renacimiento en 2012. 
Durante años, estos dos hombres se encontraron en distintos cafés de Valladolid y de esa charla incesante surgen estas páginas que son, en realidad, unas memorias del que fuera catedrático de Gramática general y crítica literaria en las universidades de Granada y la citada ciudad castellana. La misma donde nació en 1922 y murió en 2001. 
Sin haberse formado en la Institución Libre de Enseñanza, don Santiago fue un institucionista, alguien fiel a ese espíritu que tanto bien ha hecho y mucho más pudo hacer por la sociedad española del siglo XX y lo que llevamos del XXI. La Guerra Civil le marcó, como a tantos, y acabó en Venezuela, huyendo del asfixiante clima político (era mucho más que eso) de la dictadura franquista. Su regreso, tras diez años allí, le impulsa a culminar sus estudios de Filología (se doctora en Salamanca con una tesis titulada "El gerundio preposicional") y a emprender una carrera docente que no estuvo exenta de los contratiempos propios de este país cerril y cainita que odia la libertad de expresión, la independencia y el sentido crítico. 
De los Mozos fue un hombre de profundas, esenciales convicciones republicanas y laicas (lo que no obsta para considerarle un humanista), defensor a ultranza de la Ilustración, admirador del pensamiento de Ortega y también del de Unamuno, machadiano en más de un sentido y, por eso, gran lector del Juan de Mairena, al que citaba con frecuencia. Alguien, digamos, de la Tercera España.
Su tarea como profesor (él reivindicaba la palabra maestro), se funda en el vocacional y juanramoniano "trabajo gustoso", sí, pero lleva implícito un sentido de la responsabilidad elevado: debe estar bien hecho, de la mejor manera posible. Su preocupación no terminaba con la transmisión de conocimientos: enseñaba a sus alumnos a pensar.
De obra escasa, sin ser ágrafo, era "renuente a la escritura". Estaba convencido de que casi todo estaba ya dicho. Como Borges, no se jactaba de lo que había escrito, sino que se enorgullecía de lo que había leído. "Lo nuestro -dijo una vez a este propósito- es un futuro de secta".
El libro tramado por Simón se divide en nueve capítulos que van construyendo el retrato del hombre libre que fue. Además de trazar su semblanza de persona austera, pulcra y de sobria indumentaria, se habla de España, "este país que conllevamos" (lo abordado allí sobre el problema del nacionalismo, por ejemplo, cobra una actualidad sorprendente), del lastre de la tradición católica (en la que él le educaron), de América y lo americano (fruto de su experiencia venezolana), de los escritores y los libros (y del exilio como destino de los mejores), de la universidad y los colegas (un capítulo de especial dureza que ya he recomendado a mi amigo Lama, y eso que el vallisoletano no sufrió lo de Bolonia) y la negra provincia, ese "último reducto" (donde, entre líneas, nos reconocemos algunos solitarios). Termina con una prescindible coda sobre las mujeres y un apartado final a modo de resumen. Más allá, se añaden un perfil biográfico y un elogio de su figura que publicó García Simón con motivo de su muerte en la prensa local.
Además de la tertulia (de donde surge este libro), don Santiago fue un magnífico orador y sus conferencias, que nunca leía, se recuerdan aún. 
Adoraba su lengua, un castellano o español que se extendía hacia Hispanoamérica (como le gustaba nombrarla), y era, ya se dijo, un apasionado lector (que nunca se topó con otro compañero de facultad en librería alguna, como contaba sorprendido con la ironía que le caracterizó).
No, no tenía don Santiago pelos en la lengua. Ante todo, la verdad. Así le fue. Como su maestro Ortega, usaba la claridad, "cortesía del filósofo". Y mucho, por ser inteligente, el humor. Era partidario de la separación entre la Iglesia y el Estado y detestaba el estado de las Autonomías. Tanto como las mentiras históricas (vascas y catalanas, pongo por caso), la afectación y la hipocresía (tan propia de este país de católicos) y a ciertos escritores y personajes del mundo de las letras: Cela, su paisana Rosa Chacel, Vázquez Montalbán... García de la Concha tampoco sale muy bien parado. Al revés, aunque recelaba de los elogios, hablaba muy bien de Alarcos ("Alarquillos", como le llamaba su padre), Ramón Carande, Jiménez Lozano... Y mejor aún de Gracián y Cervantes, suma de todo.
De ello da buena cuenta este libro certero que uno ha subrayado y anotado con generosidad y que, en consecuencia, dejaré a la mano, para volver a él y no olvidar sus enseñanzas que, amén de las propias, se extienden a muchas tomadas de numerosos autores, algo propio de alguien culto y leído (citas perfectamente anotadas por Simón, preciso).
Tal vez fuera este francófilo liberal y moralista (como cualquiera que abogue, con rigor, por el civismo) un hombre de otro tiempo. No lo niego, si bien afirmo que su vida ejemplar es, a todas luces, de una actualidad alarmante. Si el pobre resucitara...

25.10.14

Carta de Madrid (Alcalá esquina Goya)

Era la primera presentación de Tánger, que diría GHB, y nos reunimos un puñado de amigos y lectores (más de cuatro) en La Casa del Libro de Álcala, 96, en el mismo edificio donde vivió Lorca los tres últimos años de su vida.
Al final me acompañó Y. Es su libro también. Su voz. Su vida. Antes de empezar, tomamos algo con Jordi Doce y Andrés Catalán. Que está uno mayor se demuestra, entre otras cosas, por haber elegido a un poeta joven para que me acompañara en ese trance. Por cierto, no pierdan de vista este nombre. O lean su último poema publicado, en Estación Poesía.
Como homenaje a Eliseo Diego, que lo dijo en un verso, conversamos en la penumbra. La poesía es eso. No fue una presentación al uso. Para qué. Tras el diálogo, leí algunos poemas. Más que nada los que Andrés prefería. Siempre relacionados con lo dicho antes durante la breve charla. Al hilo de esto, Jordi me riñó amistosamente al salir. Dice que siempre leo demasiado poco y como con prisa, temiendo molestar. No le falta razón. Recuerda bien nuestra última actuación juntos, en lo de Octavio Paz en la Feria del Libro de Madrid. Leí el poema más corto del mexicano y sólo uno mío. Hubo quienes leyeron libros enteros.
Muchas emociones en el acto. No en vano el libro está lleno de sentimientos. Algo que no se puede ocultar. Ni uno ni el lector. 
Entre el público (pido de antemano perdón por los olvidos), dos personas muy queridas a las que conocía desde hace años, pero no en persona. Marina Gasparini (al final no nos encontramos en Venecia, donde ella vive todavía) y Pablo Luque, la única corbata del local. Y más amigos. De Plasencia (Jesús M. Santos, Víctor Martín...), de Toledo (Pepe leyó mi entrada y se sintió en la obligación de acudir en mi auxilio por si no iba nadie) y hasta el colombiano de Don Benito Antonio María Flórez, acompañado de la periodista Mar Gómez, recién aterrizado, que salvó lo sucedido para la posteridad gracias a su conocida afición fotográfica. (La foto de arriba es suya; la de abajo, de un camarero.)
Por culpa de una manifestación (menos mal que era contra Bankia, dijeron), llegaron a última hora Carmen y Clemente Lapuerta, alma de la Fundación Ortega Muñoz (junto a Antonio Franco), una de las personas más elegante, en todos los sentidos, que conozco. Su mujer, a quien saludé esa noche por primera vez, es tan encantadora como él.
También acudieron a la cita un crítico de poesía, que iba de incógnito (por eso debo silenciar su nombre), y un (otro) poeta joven. Hubo, en fin, hasta desconocidos, como Anna, una chica muy amable con aspecto de melancólica poetisa adolescente que me comentó que tenía muchas ganas de viajar a Tánger. Puede que este libro la anime a hacerlo definitivamente.
Creo, en fin, que estuvimos muy a gusto en el centro de aquel laberinto. En buena parte por el esmero de nuestros anfitriones, sobre todo Iñaki, que fue quien me invitó al ciclo y que en su facebook se apellida "librero". Muy oportuno. Así terminamos. Enfrente, en la terraza de la cervecería Santa Bárbara. De la mejor manera posible.

Con Mar Gómez, Antonio M. Flórez, J. Doce, Y. (de espaldas), Carmen y Clemente Lapuerta

24.10.14

Ampliando círculos

La poesía de Álvaro Valverde ha estado indisolublemente ligada, desde sus orígenes, a la idea de territorio, a la noción de un lugar desde el que, como dice el propio poeta,observar desde lejos el resto del mundo”. “Donde quiera que vaya”, ha dicho también, “me acompaña esa imagen fundacional que, por semejanza y por contraste, actúa sobre el resto”. En este sentido, afirma Gonzalo Hidalgo Bayal leyendo a Álvaro Valverde, “tanto da que el poeta esté en Nápoles, en Cadaqués, en Brujas, en Madrid o en luminosas ciudades del sur: cada uno de esos lugares remite inexorablemente al origen. Y no es sólo que todos los lugares sean a al postre el mismo lugar o el único (“una ciudad es todas las ciudades”), sino también que vaya el sujeto donde vaya no deja de ser el mismo sujeto y no dejará de establecer conexiones (…) entre lo uno y lo otro y certificar que ir y volver sí son la misma cosa”. Es como si, de algún modo, al puzle que retrata el territorio identitario de Álvaro Valverde, compuesto fundamentalmente por calles de nuestra ciudad, Plasencia, y por paisajes de la Vera y el Valle, le faltasen piezas y el poeta sintiese, por ello, la necesidad de buscarlas lejos, en otras regiones y ciudades, siempre a través de la poesía.
Más allá, Tánger constituye un paso adelante en esa indagación, en ese intento completar el mapa del territorio personal en lugares ajenos -menos ajenos, como veremos, en el caso de Tánger, de lo que pudiera parecer a simple vista-. Pero el paso adelante no es sólo geográfico. Es verdad que su anterior libro, Desde fuera, incluía una breve sección, Sur -de la que, por cierto, surge el título de esta última entrega-, que anticipaba, de algún modo, una marcada vocación meridional, como si el poeta, a través de aquellos versos, se asomase un poco a Tánger desde Cádiz, pero el paso adelante no es sólo el espacial, sino también estilístico. El viaje poético de Álvaro Valverde ha venido suponiendo, además, desde hace tiempo, el trayencto hacia una mayor sencillez sintáctica, hacia una mayor claridad, hacia una mayor ligereza, hacia una mayor concisión en muchos casos, y, en ese sentido, los poemas de Más allá, Tánger continúan la senda iniciada por esos poemas de Sur a los que hemos hecho referencia, pero también por los concisos textos de Imaginario, otra de las secciones de Desde fuera, dando lugar, en este último poemario, a una colección de cincuenta poemas tan claros y luminosos como la ciudad que pretende retratar.
Por lo demás, si atendemos al contenido, como señala el texto de la solapa, en Más allá, Tánger “se entrecruzan dos voces: la que podríamos llamar del narrador y la de una mujer, protagonista del relato. (…) Más allá, Tánger surge de un viaje o, mejor, de dos que confluyen en un mismo destino. El de la mujer que vuelve muchos años después a la ciudad donde nació y el del hombre que la visita por primera vez”, y, como decía Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer.
Si quieres saber más, no pierdas el tiempo pinchando aquí, pues no te va a llevar a ninguna parte. Si quieres saber más, lee Más allá, Tánger, de Álvaro Valverde, o ven a la presentación del libro, que tendrá lugar el próximo 4 de noviembre, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, dentro de la programación del curso 2014/2015 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Allí te contaremos más.

Juan Ramón Santos. Con Ve de libros. PlanVe.

Modiano y la naturalidad

Modiano, 1978, Premio Goncourt 

Uno se identifica poco con los escritores. Y nada o casi nada con los del propio gremio. Al menos con los que ejercen de tal, quiero decir. Con los que van de poetas por la vida.
Si alguien por la calle me llamase así en voz alta, no me daría por aludido. Los veo como seres aparte, sobre todo a los famosos. No digamos a los premios Nobel. Y sin embargo, observo y escucho a Modiano y sí me parece asequible o real. Cercano incluso. Por lo que dice y cómo lo dice, sí, y hasta por cómo viste y se manifiesta en público. Tendrá su máscara y hasta su pose, como todos, no lo discuto, qué sabe uno, pero este tipo, como sus libros, me parece de verdad, que diría un vasco. Como Pinilla, que se acaba de ir. 

23.10.14

Tánger revisitado

Este texto, de título pessoano, solicitado por Antonio Trinidad para la desaparecida revista en tres lenguas (español, portugués y árabe) Manga Ancha, está en el origen de mi libro Más allá, Tánger. Apareció en su número 2, de 2008. Debido al interés que pueda tener para algunos lectores que lo desconozcan, me permito rescatarlo para este blog.

Empezaré por lo obvio: es peligroso volver a escribir sobre Tánger. No me refiero a mí, que no lo he hecho hasta ahora, sino a los miles y miles de páginas que a esa ciudad han dedicado cientos de escritores. Algunos, incluso, nacieron y vivieron en ella o pasaron allí largas temporada. No es extraño que, debido a esta abundante literatura, con demasiada frecuencia se la adjetive de mítica. Con todo, ya digo, el aura, esa fama que ha alcanzado, impiden que el viajero (o el turista, a estas alturas tanto da) establezca con ella una relación natural, como la que cualquiera podría establecer con cualquier otra metrópoli. Bueno, no con todas. En este sentido, y por parecidas circunstancias, Tánger estaría a la altura de lugares también legendarios como Venecia, Brujas o San Petersburgo.
Dejando aparte las lecciones escolares, donde es probable que apareciera su nombre (los planes de estudio eran entonces otros y más prolijos los conocimientos), uno escuchó la palabra Tánger muy pronto, siendo adolescente. Cuando conocí a la persona con la que acabé casándome algunos años después. Yolanda nació allí.
Ella, como la inmensa mayoría de los tangerinos que tuvieron que abandonar la ciudad a mediados de los años sesenta del siglo pasado debido a los disturbios provocados por los marroquíes en lucha por su independencia, no ha podido superar nunca esa pérdida. Aunque el término pueda resultar equívoco, lo suyo, lo de ellos, no ha dejado de ser, al fin y al cabo, un exilio. Más si tenemos en cuenta otra característica fundamental de los nacidos en Tánger: el profundo arraigo que llegaron a establecer con su ciudad lo que acabó produciendo una no menos profunda sensación de nostalgia por ella. Un sentimiento que prácticamente todos los que han escrito sobre Tánger señalan como consustancial.
Es verdad que la generación a la que pertenecen quienes abandonaron la ciudad siendo aún niños no llegó a conocer su verdadero esplendor, los años dorados de la Zona Internacional, cuando Tánger era un sitio frívolo y cosmopolita donde los negocios florecían y en sus calles se cruzaban espías y contrabandistas, confidentes y policías, fugitivos y traidores. Un sitio poblado de hoteles y garitos, salas de fiesta y prostíbulos. Conocido mundialmente porque por allí pasaron multitud de famosos: ricos y escritores, hombres de negocio y artistas. Algunos, como Paul Bowles, se quedaron para siempre, con tiempo de sobra para ser testigos de una decadencia que sólo ahora, con unas autoridades (el rey a la cabeza) empeñadas en resucitar el viejo lustre de un enclave sin lugar a dudas, y por muchas razones (no sólo geográficas), estratégico.
Con todo, la memoria de aquellos años locos, que sus padres sí llegaron a vivir, permanece en ellos porque han hecho suyos los recuerdos felices de sus antecesores. A pesar de que nada era lo mismo, sus primeros años, los de su infancia, los que transcurrieron en su ciudad natal, estuvieron impregnados de un aire de tolerancia que no se había perdido del todo y que ellos pudieron valorar en su justa medida al llegar a la España franquista de entonces e incorporarse a las aulas de los colegios de aquí y, lo que es peor, a sus arcaicos métodos de enseñanza, nítido reflejo de las rancias concepciones educativas y religiosas de la época.
Acostumbrados a convivir con hebreos y moros (así llamaban, respectivamente, a judíos y a marroquíes), los europeos (como les llamaban a ellos, y eso servía para españoles, franceses… y hasta para americanos del norte y del sur) de Tánger tenían que ser a la fuerza personas abiertas.
Y ya que establecemos comparaciones, no estará de más señalar el choque que se produjo entre quienes cambiaron una gran ciudad (algo más que una mera estadística por número de habitantes), con elegantes bulevares (como el Pasteur), con zonas tan diferentes como la occidental y la árabe (la Medina, la Casbah, El Zoco Chico y el Grande o de Fuera…), por ciudades provincianas donde los altos edificios eran sustituidos por casas bajas, el pescado fresco de ojos vivos y agallas rojas era suplantado por tristes pescadillas cuya única frescura procedía del hielo que las cubría y las distintas legaciones diplomáticas eran reemplazadas por el Cuartel de la Guardia Civil.
Como la mayor parte de los tangerinos que salieron de allí malvendiendo sus bienes y con escasos pertrechos, Yolanda y su familia han mantenido muy viva la memoria de aquello. Desde hace más de treinta años no hay día que uno los vea reunidos por cualquier motivo u ocasión y no escuche algo relacionado con su ciudad perdida. Hay pequeños ritos que recuerdan a diario esa ausencia: la preparación de té, por ejemplo. Tánger también está presente en la comida, que sigue cocinándose a menudo de la misma forma que allí; siempre como consecuencia, en esto como en todo, de la mezcla de diversas culturas. Algo, por cierto, que la llegada de inmigrantes marroquíes ha facilitado notablemente, pues productos como el mencionado té o el cuscús son ya de adquisición sencilla. Por si acaso, en casa y en el campo, siempre hay plantada hierbabuena.
Como está presente en la jaquetía o haquitía (según María Moliner) que los padres de mi mujer utilizan, desde que los conozco, con naturalidad. Sobre todo cuando no quieren que los demás sepamos de qué hablan. Ese dialecto de origen judeo-español (no se puede olvidar la presencia sefardita en Tánger, a causa de otra huida) que quedó fijado para siempre en la obra maestra de Ángel (o Antonio) Vázquez, La vida perra de Juanita Narboni. Una novela que no deja de ser la prueba irrefutable de que aquel mundo, que ni los que lo conocieron se han atrevido a reconstruir, existió.
Volviendo a otro lugar común, como muchos tangerinos que se fueron, mi familia tampoco ha sido capaz de regresar a Tánger. Al principio, por lo obvio: acababan de ser expulsados. Después… Algunos se habían a atrevido a cruzar de nuevo el estrecho y contaban cosas espeluznantes. Aquello, decían, no es lo que era. Ante el temor de volver a un lugar irreconocible, han preferido mantenerse en sus particulares sueños. El único hermano de Yolanda que nació en Tánger, regresó hace más de quince años. La película que filmó no se parecía en nada a las que rodó mi suegro en 16 mm. o las de súper 8 del padrino, tan alegres, donde se ve a niños jugando en la azotea (con inevitable viento de levante) o celebrando un cumpleaños. Aquel paisaje de la desolación (esta era nuestra casa, este es el portal, esta la calle…) se vio una vez y no se ha vuelto a ver nunca.
Hace un par de años, fuimos nosotros quienes dimos el paso y cruzamos a Tánger con nuestro hijo pequeño, un muchacho que también ha bebido el veneno de Tánger. Fueron unos pocos días. Suficientes. Pero ese viaje o, mejor, de ese doble trayecto, donde alguien se reconciliaba con su ciudad perdida y otro descubría un sitio del que, como sospechaba, ya tampoco podría salir; ese viaje, decía, me espera en otra parte.

22.10.14

Recordatorio (con perdón)

Recuerdo a los amigos y lectores madrileños (un suponer) que mañana presentamos Andrés Catalán y yo Más allá, Tánger en La Casa del Libro de la calle Alcalá, 96. Dentro del ciclo "Lorca vivió aquí".
Será poco rato, de 7 a 8. No es obligatorio asistir, faltaría más, y puedo asegurar que no pasaré lista, pero, tampoco lo niego, me gustaría celebrar en compañía ese humilde e íntimo acontecimiento. Siquiera sea para que un poeta de provincias no se sienta tan solo y desamparado en los madriles. Dos ya han confirmado su asistencia, así que a cuatro gatos (un decir) llegamos.

Spiderman

jmargazki
Estos días veraniegos de otoño, vuelve uno cada tarde del paseo con complejo de Spiderman, por culpa de la multitud de telarañas que penden de árboles, farolas, barandillas, etc. y que te traes pegadas al cuerpo sin remedio. A veces las ves volando al trasluz y tratas de evitarlas. Otras, ese gesto es imposible y las notas en la cara, los brazos o las piernas. 
Pensaba uno que era cosa del río y de sus márgenes, pero no. Los compañeros que suben al Puerto también se quejan de lo mismo. De hecho, basta asomarse a la ventana, ver cómo está el tendedero y comprobar que el mal está muy extendido. En fin, ya pasará. 

21.10.14

Una novela

En el año 2007, Calle Feria, novela del poeta Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) obtuvo el premio "Ciudad de Salamanca". Ahora la editorial segoviana Isla del Náufrago reedita el libro. Uno les desea mucho éxito. Al autor y a los editores. La obra, sin duda, lo merece. Voces más autorizadas que la mía, digamos, se ocuparon de divulgarlo en su momento. Así, Ángel Luis L. Prieto de Paula afirmó en Babelia, el suplemento de El País, que era "Una gozosa invitación a extraviarse en un laberinto multiplicado, sin hilo de Ariadna que conduzca a la salida." Por su parte, Eduardo Moga comentó en la revista Quimera que era "Una novela fundada en la humildad radical de quien atiende a las pequeñas cosas, a las palabras justas, al empeño en lo modesto y lo verdadero." En fin, Nicolás Miñambres, opinó en El Filandón del Diario de León que se trataba de “Una novela admirable, en la que la polifonía de voces de seres humildes o inexpertos se convierte al mismo tiempo en un corpus de recursos retóricos de llamativa originalidad.”

Una rareza

Biografía del silencio, de Pablo d'Ors, aparece ahora en tapa dura y en edición de lujo. Este pequeño gran libro, publicado por Siruela, alcanza su décima edición y la cifra de 25.000 ejemplares vendidos. Una alegría. 

20.10.14

Rafael Cadenas dixit

ALVARO GARCIA (EL PAÍS)
"Suscribo que la poesía es un cobijo contra la tormenta ante la degeneración del país. Y la literatura, en general, puede tener un sentido terapéutico. Me refiero a la buena literatura, por supuesto. Respecto a la fuerza, no sé si en mi caso la resistencia es cuestión de fuerza o de suerte. Soy un hombre sin carácter. Es como si la vida me llevara. Y eso, a veces, me produce temor. Es como si tuviera un yo débil. Y para cualquier empresa, sobre todo espiritual, se necesita un yo fuerte. Siento mucha admiración de esas multitudes que muestran unos egos tan firmes.", le dice el poeta venezolano a Antonio Lucas en El Mundo
“Uno no sabe por qué escribe lo que escribe, yo no sé qué ha sido para mí lo que la rana fue para Basho, lo que sé es que he ido perdiendo ¿cómo llamarlo? ¿exuberancia?. Bastante misterio hay en la vida cotidiana”, le dice a Javier Rodríguez Marcos en El País, y añade: “La poesía es todopoderosa e insignificante. Insignificante porque su influencia en el mundo es mínima. Poderosa por su relación con el lenguaje. La política vacía de sentido las palabras —democracia, justicia, libertad—, los poetas llaman la atención sobre ese vacío. Las palabras pierden su valor si no se corresponden con la cosa que designan. No es nada nuevo. Confucio lo llamaba ‘rectificación de los nombres’ y eso es un poeta: alguien que rectifica”.

19.10.14

Veyrat

El pasado verano tuve la suerte de coincidir, muchos años después, con Miguel Veyrat. Fue en Conil. Allí pasa uno la primera quincena de agosto desde hace tiempo y en ese pueblo gaditano tiene casa el periodista y poeta valenciano que ahora reside en Sevilla. Quedamos, tomamos té y café en un bar de la Fuente del Gallo, evocamos nuestro primer encuentro (en un homenaje a nuestro común amigo José Antonio Gabriel y Galán celebrado en Plasencia, aunque para entonces uno le tuviera bien visto gracias a sus tareas de corresponsal de TVE) y charlamos largo y tendido sobre diversos asuntos, de los más generales a los más particulares. Sobre todo, escuché. En un momento dado, me entregó algunos libros, entre ellos, Pasaje de la noche, el último, que ha publicado Barataria con prólogo de Jacobo Muñoz. 
Me da que a pesar de sus numerosas obras publicadas y de la antología La puerta mágica (Antología, 2001-2011), editada por Ángel L. Prieto de Paula (Libros del Aire, 2011), la poesía de Veyrat (Valencia, 1938) es poco conocida. Una situación que a uno se le antoja injusta.
Antes de decir algo sobre el libro en cuestión, permítanme un pequeño rodeo. El chalé donde pasa el poeta los veranos está casi colgado de los acantilados que unen la mencionada playa conileña con la popular de La Fontanilla. En el "Finale" de este libro podemos leer: "Apoyado su autor en los cantiles que se despeñan sobre el mar de Trafalgar". Enfrente, el océano, entre el cabo que da nombre a la famosa batalla, situado a la izquierda, y el de Roche, a la derecha; un escenario histórico, sin duda. La vista es fantástica. Más en un día claro y sin levante.
La mesa donde escribe está situada el medio de esa panorámica y lo que a uno le cuesta creer es que al sentarse ahí se pueda hacer otra cosa que no sea mirar y contemplar, en especial los lentos atardeceres. O, más allá, aun suponiendo que alguien pueda ponerse a escribir, que el resultado no sea acorde a esa serenidad y a esa luz. Y no. Los poemas de Veyrat, que son nocturnos y misteriosos, desmienten esa sensación.
Muñoz, en su introducción (que titula, con acierto, "Un poeta solitario"), es muy preciso. Dice que Veyrat es "un poeta del tiempo" y más adelante alude a una poesía que es,"por encima de todo", machadiana "palabra en el tiempo". Luego, ya metido en materia, añade: "El lenguaje, tan importante en la autoconsciencia y en la propia práctica poéticas de Miguel Veyrat, no es para él, sin embargo, un fin en sí mismo. Ni en su poesía la palabra certera se sosiega nunca en sí misma: aspira siempre a llegar al lugar de afuera y provocar el resplandor. A diferencia, pues de un Foucault, por ejemplo, para quien en la mejor tradición saussuriana lenguaje «dice» siempre lenguaje, nuestro poeta sabe que «solo la voz del poeta continúa el trabajo –de construir la realidad tras la huida– de los dioses»".
Cita más tarde a dos maestros: Kafka y Celan. Uno se atrevería a añadir el nombre de Valente. Esto da a entender de qué poética estamos hablando.
En realidad el libro consta de diez poemas extensos divididos en fragmentos sin título pero con vida propia y autonomía en sí mismos. Poemas escritos en prosa o en verso, con tendencia al versículo y a lo discursivo.
El pensamiento prima. Y las ideas: el vacío, la ausencia, la muerte, el suicidio, el dolor, el olvido, etc. El lenguaje, sometido a una tensión elocuente, se adapta a ese decir fraccionado que surge, con frecuencia, en medio de referencias a mitos y dioses.
"Vivo afuera de la polis y / de lo escrito / de la piedra sobre piedra", escribe, y más adelante pone en boca de alguien: "Soy un extraterritorial". Las voces (voz segmentada) que componen este canto hablan desde la desolación. Sin concesiones, con la lucidez precisa, se enfrentan a una realidad escrutable, pero terrible. Esta sería, en ese sentido, una poesía trágica. Y doliente. Acaso de las postrimerías.
Así y todo, con una potente carga vital, literaria y cultural (basta con echar un vistazo a sus "Notas prescindibles"), los metafísicos versos de Veyrat se abren paso en medio de la noche y desde su fondo más hondo y oscuro logran transmitirnos una suerte de luz. 

18.10.14

Dos de Cracovia

El poeta Xavier Farré viajó la semana pasada desde Cracovia, donde trabaja y reside, hasta Barcelona para encontrarse con alguien de allí, el poeta Adam Zagajewski, del que es uno de sus traductores al español y al catalán. 
Ha tenido a bien enviarme dos enlaces muy interesante. En el primero encontramos el librito que se publicó con motivo de su participación en el ciclo Dilluns de Poesia al claustre de l'Arts Santa Mònica, organizado por la Institució de les Lletres Catalanes, l’Arts Santa Mònica y el Cafè Central. Consta de un texto de Farré ("Recuperar territoris"), una poética de Zagajewski y, en fin, una breve antología de poemas suyos en polaco y catalán.
En el segundo, podemos ver y escuchar la grabación de esa lectura en la que estuvo acompañado por su traductor. 
Para no perdérselo.

17.10.14

Tercer Aniversario de La Puerta


Aunque uno estará en Badajoz, recuerdo que mañana sábado, 18 de octubre, es el Tercer Aniversario del librería y café La Puerta de Tannhäuser y que van a celebrarlo por todo lo alto con una fiesta impresionante. Estoy con ellos: la ocasión lo merece. ¡Que lo disfrutéis!

Mapamundi

Mapamundi es el bonito y sugerente título que le ha puesto el poeta, traductor y crítico Martín López-Vega (Poo de Llanes, 1975) a esta nueva recopilación de poemas extranjeros que pretende ser una antología de la poesía universal del siglo XX. Tiene mucho, sí, de "autorretrato de lector" y lo publica, con fino olfato, La Isla de Siltolá, lo que me lleva a recordar que esa misma casa editó otro libro parecido y delicioso, Lengua de madera (Antología de poesía breve en inglés), de Hilario Barrero. Tampoco se me olvida otra obra de ML-V, precursora y del mismo estilo que ésta, Equipaje de mano, selección de poemas traducidos donde, entre otros hallazgos, muchos lectores descubrieron la poesía del polaco Zagajewski; ausente, por cierto, del libro que hoy nos ocupa.
Por aquello de las filiaciones, me gustaría dar un rodeo para remontarme a los orígenes y evocar a dos de sus maestros, Víctor Botas y José Luis García Martín, que han practicado también al literario y divertido juego de las versiones. En Segunda mano y La biblioteca de Alejandría, respectivamente. 
Por lo demás, ML-V, que reside en Iowa, cree que "Traducir es una de las formas que un poeta tiene de estudiar" y es un hombre con criterio, ha logrado reunir un puñado de poemas magníficos (que estuvo a punto de titular Duets), conocidos algunos y novedosos los más, que ha trasladado a la nuestra no siempre desde lenguas, digamos habituales. Así, hay poetas albaneses y chipriotas, eslovacos y eslovenos, tunecinos y serbios, etc.  
El asturiano, que acaba de dar a la imprenta un nuevo libro de poemas, La eterna cualquiercosa (Pre-Textos), consigue, en fin, un breviario editado de manera cómodamente portátil, "un lugar de descubrimientos", "una abundante colección de poemas predilectos", donde, como bien dice, no hay excusa: "todos son ahora poetas en castellano". Y lo que más importa: en sus páginas, la poesía luce con toda su intensidad.

16.10.14

Agenda

Ya se pueden consultar en la Agenda de la página web de Tusquets Editores las próximas presentaciones de "Más allá, Tánger".
En la página correspondiente al libro, ya se puede acceder también a la "Lectura breve", donde se pueden ver y leer las primeras 25 páginas del libro.

Pessoana

• “Cualquier carretera”, dijo Carlyle, “hasta esta carretera de Entepfuhl, te lleva hasta el fin del mundo.” Pero la carretera de Entepfuhl, si la seguimos hasta el final, vuelve a Entepfuhl; de modo que Entepfuhl, donde ya estábamos, es el mismo fin del mundo que íbamos buscando.

• La renuncia es la liberación. No querer es poder.

• Todos somos miopes, excepto hacia dentro. Solo el sueño ve con la mirada.

• Transeúntes eternos por nosotros mismos, no hay más paisaje que lo que somos. Nada poseemos, porque ni a nosotros mismos nos poseemos. Nada tenemos porque nada somos. ¿Qué manos tenderé hacia qué universo? El universo no es mío: soy yo.

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Traducción de Antonio Sáez Delgado para Pre-Textos.

JSM en la Alberti


15.10.14

Versos franciscanos

Francisco. Canto de una criatura, es el cuarto libro de Alda Merini (Milán, 1931-2009) que publica Vaso Roto. Lleva un prólogo de Gianfranco Ravasi y la traductora es Jeannette L. Clariond, directora de la editorial hispanomexicana, quien ya abordó la traducción de los tres anteriores.
Al leerlo ha refrescado uno su antigua estima por san Francisco de Asís, protagonista de este cántico, por sus enseñanzas (que con tanta ejemplaridad me transmitió el padre Manolo Tercero). Tampoco he olvidado a amigos poetas con los que comparto esa inclinación: Basilio Sánchez, José Luis Bernal, José Manuel Díez... O Aparicio y Praena, en cuyos poemas he encontrado recientes referencias franciscanas. Ni mi breve estancia en el conventino de El Palancar (en plan Ernesto Cardenal y Thomas Merton por Getsemaní), a donde he vuelto este verano en compañía de otro amigo, Miguel Ángel Lama.
Acorde al espíritu de aquel hombre bueno (del que el actual Papa toma, por cierto, su nombre), los versos de Merini celebran la vida con la misma pobreza y semejante desnudez. También es coherente el tono, inspirado, a la altura de lo que se canta.
A "un desierto de sencillez" y "de silencio" ("Me diste la felicidad del silencio", pone en boca de Francisco), alude Merini. No en vano el santo canta "bajo las aguas de la muerte".
Se nos recuerda a Eliot:"La humildad es infinita". Y el de Asís exclama: "Dios es luz: / cantaré para él". O: "Cuán cálida es la pureza evangélica".
No cabe duda que la poeta escribe al dictado de su fe. Fe, diría, pura. Uno no puede evitar retrotraerse al niño y al adolescente que fue y evocar aquellas creencias claras y limpias que tuvo. Nada empaña el mensaje franciscano, tan alejado desde hace siglos de lo que la Iglesia, como institución de poder, ha representado y aún representa.
Tampoco he podido olvidar, al leer estos versos luminosos, que su autora tuvo una existencia intensa y tormentosa, marcada por la enfermedad y las dificultades de todo tipo. La placidez y el fervor que los impregnan proceden de una mente equilibrada.
Se suele tildar a Merini de mística. No me lo parece. Al menos aquí. Su pequeña verdad es real como la vida misma.
Todo lo dicho y lo leído entra acaso en contradicción con el mensaje del sirio Adonis, recogido aquí. La "gran poesía" (prefiero poesía, a secas) no siempre es laica. Basta con mirar hacia atrás en la historia de la literatura. O al interior de este hermoso libro.

Literaturas laterales

AEEX

14.10.14

Nobeles

Los de El País han tenido la ocurrencia de publicar la lista de los premios Nobel año a año para saber quién lo ganó cuando naciste. 
Uno tiene suerte. En el 59 lo consiguió el poeta siciliano Salvatore Quasimodo. El autor de "Ed è subito sera" ("Y de pronto anochece") está entre otros dos grandes: el ruso Boris Pasternak (1958) y el también francés Saint-John Perse (1960). Un gran trío, sin duda, y los tres poetas, aunque Pasternak sea recordado por su famosa novela Doctor Zhivago y, en lo que respecta al galardón sueco, por su forzada renuncia al mismo pocos días después de que se lo otorgaran: "Considerando el significado que este premio ha tomado en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazar este premio inmerecido que se me ha concedido. Por favor, no tomen esto a mal". La Academia Sueca había justificado su designación "por su logro importante tanto en la poesía lírica contemporánea como en el campo de la gran tradición épica rusa".

13.10.14

Noticia de Antonio Praena

Encima de la mesa (alta) donde voy colocando los libros que llegan, esperaban desde hace meses su turno de lectura dos delgados volúmenes de Antonio Praena. Otros que han llegado después ya han sido leídos. ¿Entonces? Aguardaba el momento propicio. Como no eran novedades, primero los dejé para el verano. Luego... No había prisa. Tenía, ya digo, la intuición (y eso que nunca los abrí ni leí solapas ni contracubiertas) de que merecían ese aplazamiento. Por fin, sin más demoras, los traje la semana pasada hasta la mesa (baja) donde está el montoncito de los libros que estoy leyendo. Empecé por Actos de amor y seguí con Yo he querido ser grúa muchas veces. Leí los dos de un tirón. El primero ganó el premio "José Hierro" en 2011 y está publicado por el Departamento de Publicaciones de la Universidad Popular del Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes. El segundo se alzó con el Premio Tiflos (de la ONCE) en 2013 y lo editó Visor.
Sabemos que Praena nació en Purullena, Granada, en 1973, que es fraile dominico y que trabaja en la Facultad de Teología "San Vicente Ferrer" de Valencia. Supongo que pasó por Salamanca. Uno de sus libros está en el catálogo de Amarú (de la librería Víctor Jara) y hay un poema dedicado al salmantino Juan Antonio González Iglesias, con quien su poética está emparentada en más de un sentido, o eso me parece. Lo digo como elogio. ¿O hay un guiño cómplice, pongo por caso, en la elección del motivo de la cubierta de Yo he querido...? Así, los dos son poetas clásicos y cultos, aunque sus versos sean frescos, osados y modernos. Y plenos de emoción, añado. Hasta ahí, digamos, las coincidencias. Al cabo, sus mundos son particulares y cada voz, propia. 
Antonio Praena es un excelente poeta. No me duelen prendas afirmarlo. Alto y claro. La lectura de sus poemas me ha sorprendido. Y mucho. No, no voy a proclamar que estamos ante un nuevo genio ni ante el Marc Márquez de la poesía ni me apetece descubrir de nuevo la pólvora, lírica o no. Basta con leer el breve texto que le dedica -a él y a su poesía- Vicente Gallego en la última de sus obras publicada para darse cuenta de que otros lectores ya sabían que estábamos ante un poeta de fuste. Qué certeras y de verdad, por cierto, esas palabras.
Al buen oído de Praena, que consigue transmitir a través de un ritmo envolvente e impecable, hay que sumar la armoniosa composición de sus versos, que aúnan sentimiento y pensamiento con la serenidad y la pasión debidas.
Por lo demás, ¿qué puedo añadir? "No es cosa de entender", dice Praena en un verso. Exactamente eso piensa uno de su poesía. Basta con leer. Por esta vez, prefiero que el silencio hable por mí. Si tienen ocasión, no se la pierdan. 

12.10.14

El nombre de Jacobo Cortines

Confieso que me llena de alegría la aparición de un nuevo libro del lebrijano Jacobo Cortines (1946). Este hombre, poeta más bien secreto, se prodiga poco. De hecho, éste es su quinto libro de poemas. El anterior, Consolaciones, se publicó hace diez años.
El título de esta entrega es hermoso, Nombre entre nombres, como la edición (en Calle del Aire, de Renacimiento). Se abre con una impresionante cita de Juan Ramón Jiménez: «Todos somos actores aquí, sólo y sólo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte, ¡el mundo!». De inmediato, "Paseo", un poema que nos devuelve al Cortines más clásico, al del verso impecable y la dicción serena, el que concluye: "Ya es bastante / no naufragar en el silencio propio". Al apartado "Escenarios" (apenas tres poemas memorables como ése que evocan, por ejemplo, al Puerto y a Granada) le siguen "Ausencias" (tres emocionantes elegías, como "Azotea de Bornos") y "Contrapuntos" (donde los poemas son cuatro y su longitud aumenta). Todo para llegar a la parte central de la obra, de la que toma el título, un extenso poema de cientos de versos (de la página 39 a la 58) dividido en dos partes, con dos cortos fragmentos de enlace, y epígrafe de JR también, donde el poeta andaluz va narrando de manera muy lírica el porqué de ese nombre entre nombres, que uno callará para no desvelar de antemano el misterio. 
El campo, tan presente en sus versos; la meditación sobre el paso del tiempo desde ese retiro; los asuntos familiares, las casas y el amor; así como la propia vida, vista ya desde la atalaya, entre privilegiada y melancólica, que proporcionan los años cumplidos, dan cuerpo (y alma) a esta composición digna del gran aficionado a la música que Cortines es y, sobre todo, de un virtuoso de la poesía (no en vano ha traducido a Petrarca), buen conocedor de lo antiguo y de lo moderno, pues ha ejercido la docencia en la Universidad de Sevilla y dirige la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara. 
Releo: "Pero la vida sigue, y no es posible / vivir sin nombre alguno, pues los nombres / son las cosas, los sitios, los lugares / de la tierra en que existes." Luego vuelvo al principio, porque uno también "avanza sin saber hacia dónde, porque hace mucho tiempo / que ignora lo que es ir o llegar a ningún sitio."

Presentación


11.10.14

Modiano dixit

(...) He recordado de inmediato el día en que discutimos con José Carlos Llop y otros amigos sobre si leer a Modiano era de izquierdas o de derechas.

—Señor Modiano —le asaltamos finalmente una mañana en París—, no habla usted mucho de política.

—Es que es peligrosa para un escritor. La política no es más que una torpe simplificación de las cosas. El escritor trabaja justamente de la forma opuesta; trata de mostrar lo oculto, la complejidad.

Enrique Vila-Matas, "Modianesca". El País. 

10.10.14

Il disperso

Il disperso (que puede traducirse por El extraviado, El desperdigado o, por fin, El desaparecido) es un libro emblemático de la poesía italiana del siglo pasado. Obra del milanés Maurizio Cucchi (1945), lo publica aquí, treinta y ocho años después, Vaso Roto. 
Juan Carlos Reche, el traductor, en un epílogo digno de elogio, explica bien de qué estamos hablando. Tiene algo de novelesco todo lo relacionado con el libro, y no sólo porque Pasolini denominara a esta novedosa manera de proceder en poesía cantica narrativa. Se nos cuenta que primero se autoeditó una plaquette con poemas del libro, que más tarde se publicaron unos cuantos en la revista Almanacco dello Specchio (presentado por uno de los grandes de entonces: Giovanni Giudici), y que, por fin, dos nombres significativos de la escena poética italiana, pero de bandos distintos, el citado Pasolini y el crítico Alfredo Giuliani (que ensalzó en el diario Repubblica su "conmovedora impersonalidad") celebraron esa salido como un verdadero acontecimiento. Luego vino todo lo demás. Reche nos acerca esa extraordinaria recepción en boca de sus protagonistas.
Giudici habló de "poesía de narración (no narrativa)", de "esquirlas" y, cómo no, de "fragmentos", acaso la palabra clave para describir la técnica empleada por Cucchi. También aludió a la "impersonalidad", ya se dijo, y a "la mera notación (ni denotación ni connotación)" y al "parentesco lejano con la poesía-relato". Concluye, señala Reche que "cualquier explicación o aclaración ulterior de esta poesía sería una impostura". Paradójico.
En la segunda edición del libro, del 94 (de donde parte ésta), escribieron Giovanni Ravoni (que sitúa en la contraportada al poeta como un eslabón del "expresionismo lombardo" y habla de su "oralidad mental" y concluye que estamos ante un "romanzo milanese" (novela milanesa) y Valerio Magrelli (que aprecia en la solapa no una trama sino "más bien su deshacerse narrativo", a lo Beckett).
Alba Donatti destaca la importancia del "attrito", roce o fricción "entre autobiografía e impersonalidad, entre exposición y ocultamiento, entre escritura lírica y modos narrativos, entre realismo y visión onírica..."
Cucchi también se pronuncia. Aclara que el disperso es "un personaje sin identidad definida, quizá con una identidad diseminada o incierta. Y añade: "la respiración quería ser como la de la frase oral, a veces amplia y a veces abrupta; el tono, el del que dice o revela algo con reticencia". "Buscaba trazas o indicios , trazas de alguien, trazas mías en mí y en los otros. Escuchaba la palabra de la gente, quería que mi verso absorbiera  lenguajes sucios,  no poéticos".
¿Quién es il disperso?, se pregunta Reche, y responde: "Sabemos que hay alguien que desapareció, que es llorado por las mujeres de la casa, pero no sabemos si fue el único en desaparecer, ni las razones, ni si volvió o no llegó a volver, o si realmente apareció su cadáver o no..." Y afirma: "Este disperso se ha convertido en uno de los grandes personajes de la literatura italiana del Secondo Novecento".
A uno este tipo de poesía narrativa (que poco o nada tiene que ver con la que se estila por estos lares), le pilla ya demasiado hecho. No es exactamente lo mío, quiero decir. Con todo, reconozco que estamos ante una obra mayor. Uno lee y, al hacerlo, desaparece también entre el magma fragmentario que esta poética elusiva propone. A la busca de ese alguien que Cucchi define, en su calculada ambigüedad, tan bien.
A los lectores jóvenes le causará sensación y, digo más, les abrirá nuevas puertas. Me da que el libro va a calar en ciertos sectores del panorama. No parece que hayan pasado por él casi cuarenta años. Al revés. Buena señal. Se felicita uno por el acierto de los editores. Su publicación demuestra a las claras que Vaso Roto es una editorial de referencia. La reciente, simbólica salida a la palestra de Adonis en Babelia de la mano maestra de Rodríguez Marcos marcará un antes y un después. O, sin ir más lejos, por culpa de este espléndido Cucchi. Atentos.

Suite Modiano

El brillante ganador del Nobel de 2014 y sus apariciones en este blog.

9.10.14

El libro nuevo

Ayer, después de la reunión del Consejo Escolar, me acerqué a Correos a recoger un envío de Renacimiento (un auténtico botín: los diarios de Pepys, la conversación de García Simón con Santiago de los Mozos y lo nuevo de mi admirado Jacobo Cortines). Luego, me pasé por El Quijote. Quería ver por primera vez mi nuevo libro. A casa aún no ha llegado ejemplar alguno. Cosa inédita y extraña. Había varios ejemplares en el escaparate. Álvaro me pasó uno. Lo toqué, lo olí y lo hojeé con la ilusión propia del momento. Existe por fin, me dije, y lo metí en la cartera. En una similar, llevé -va a hacer treinta años- durante semanas uno de Territorio, que de vez en cuando, entre clase y clase, ojeaba. Pero éste es mucho más bonito. 
Al llegar aquí, se lo enseñé a Y. No cabe duda de que es casi más suyo que mío. Ahí están nuestras vidas cruzadas, nuestro doble viaje con salida y llegada en Tánger. 
Cuando abrí el ordenador, la primera carta sobre el libro, con tranquilizadoras impresiones positivas, venía firmada por el bibliófilo zaragozano José Luis Melero. Una alegría. 
Miro el ejemplar de reojo. Existe. Sólo eso, sí, nada más que eso. 

8.10.14

Santa paciencia

Jesús Aparicio (Brihuega, 1961), que acaba de publicar La paciencia de Sísifo en Libros del Aire, paso por aquí de puntillas hace un par de años, cuando vio la luz La papelera de Pessoa. La luz sobre el almendro, también en esta colección.
La suya, podría decir, es una poética de la humildad, entre castellana y franciscana ("Del árbol del lenguaje ha recogido / dos palabras que sanan: / paz y bien.") y por eso sus poemas huelen a limpio y saben bien. 
Sencillez y claridad son dos virtudes que esta poesía traslada al lector con esa naturalidad propia del que escribe como vive y que no aspira a otra cosa que no sea mostrar su pequeña verdad. 
Son los de Aparicio versos austeros y luminosos, pero que no deslumbran. Iluminan, sí, y calientan. Con esa tibieza que da el consuelo. 
Planteado en dos partes, la primera, "Hojas del calendario", es un diario y recoge los poemas (fechados) de un año, el 2012. La naturaleza, la infancia y la memoria al fondo. Y una presencia, real también: Dios. 
La melancolía y la nostalgia (que no siempre es un error) se cuelan entre las líneas de los poemas, como el sol entre las ruinas de un lugar. 
Se demora Aparicio en lo que pasa, que nos parece poco o nada y que lo es todo. 
Con Camus, se imagina uno feliz a Sísifo. "No te rindas, aguanta tu inocencia", escribe.
La segunda parte, en fin, se titula como el libro.
Hay un puñado de poemas memorables en este volumen digno y bien editado. "Letargo", por ejemplo, o "Poema de una vez", "En gozoso silencio", "Certezas", "Materiales para un autorretrato", "Cuanto se niega a ser escrito", "Tu capital", "Al margen de Francisco de Asís", "Autoarenga", "Julio en el monasterio"...
En "Adviento" leemos. "Una hoja seca / callada bajo el hielo / contempla el sol."
Por libros así uno sigue creyendo en la poesía. 

En Madrid


7.10.14

Lo...

Lo del ébola (y la Mato), lo de Lasalle (y los presupuestos de Cultura), lo de Bankia (y las tarjetas opacas)... y uno no puede irse esta tarde (como Kafka) a nadar. 

6.10.14

Trivialidades

Llevaba tiempo detrás de este libro: Todas las trivialidades, de Logan Pearsall Smith. Lo publicó Trabe en 2010. 
La traducción es de Héctor Blanco y el prólogo, "Ocurrencias de un escritor  de suburbio", de Emilio Quintana. La primera es excelente y el segundo ayuda a ubicar al escritor inglés nacido en Estados Unidos, como Eliot. 
Moralista, cínico, amante de la belleza y del dinero, enemigo del matrimonio, LPS denominó "trivialidades" (trivia) a unas "anotaciones inesperadamente inteligentes y hermosas", de tono aforístico, cuando no aforismos a las claras, como los que componen "Ocurrencias a destiempo", la última parte del libro, a la que anteceden las susodichas "Trivialidades".
Quintana resalta que fue "un outsider, un espectador, un flâneur, siempre al margen de la corriente de la vida, sin otra guía que la elegancia, el sentido común y la buena fe". 
De lo mucho destacable de sus observaciones, me quedo con dos párrafos en defensa de la lectura y del lector. En "Consuelo", después de constatar que se encuentra deprimido en el metro, concluye: "Entonces pensé en la lectura, la hermosa y discreta felicidad de leer. Eso fue bastante: esa alegría no empañada por la edad, ese refinado vicio impune, esa egoísta y serena embriaguez de por vida". Y mas adelante escribe: "La gente dice que lo importante es vivir, pero yo prefiero leer".

5.10.14

Cero

"Esta es una obra densa, muy pensada, resuelta con oficio, completa, cerrada y circular (como su título), que no hace concesiones a ninguna galería, que apunta a lo más alto, algo, por cierto, poco frecuente en nuestra poesía actual. Basta con reparar en las citas o epígrafes que menudean por el libro, todo un tratado. De cultura vivida, añado. Se agradece su tono (personal e intransferible), que en literatura lo es todo, y esa mezcla de ciencia y verso, de concreto y de abstracto, de lo más antiguo y de lo más moderno, con un aire intempestivo, y radical (en el mejor sentido). También la precisión. Que vale para el vocabulario, claro, pero también para todo lo demás, incluido el sentido".
Estas palabras de uno, junto a otras de José María Castrillón y Luis Ingelmo, figuran en la contracubierta de Cero, el nuevo libro del madrileño (1971) Pablo Luque Pinilla que publica Renacimiento. ¿Qué más puedo añadir? Pues eso.

4.10.14

Buda en el Bolshói

Este es el original título (por ahí empieza el libro) que el malagueño Álvaro Campos Suárez (1981) ha puesto a su ópera prima, que publica la sevillana Ediciones En Huida
No es lo único llamativo de una obra que ha creado cierto revuelo en el siempre inquieto panorama poético andaluz y, por eso, en el español, mucho más indolente. 
¿No es chocante que su autor sea licenciado en Derecho (tras una estancia en la University of Sheffield), haya estudiado Lengua y Literatura en un par de universidades extranjeras (una de ellas Oxford) y ahora termine un Máster en Política y Democracia?
Siguiendo la vieja técnica del manuscrito encontrado, Fernando de Pessoa nos cuenta en una Nota del Editor que este libro se halló  "en una cárcel secreta de Iraq", en 2011, obra de un "vate" desconocido, "profesor de  de ascendencia andalusí" acusado de terrorista. Alude a que "marca el tono" del libro "la pérdida del ser amado" y explica el término Traumpoesie (usado a modo de subtítulo) como "poesía soñada".
El original, en fin, fue adquirido en una subasta de Internet promovida por el poeta desde su paradero desconocido, claro está. 
Juegos aparte, la literatura de Buda... está en los versos que lo componen y es ahí donde debemos, en tanto que lectores, fijar la vista. 
Cada una de las partes del libro lleva un título seguido de un paso de danza. "Luto (Arabesque)", la primera, se abre con una cita de Novalis (abundan los epígrafes): "La muerte es la vida", dice. O, en otra parte, "Vivir en lo vivido / es morir". Sí, la muerte es el tema, podemos añadir. Basta con ponerse en situación y pensar en las crudas circunstancias en las que el presunto prisionero escribió sus poemas. Aquí, como en el resto de la obra, encontramos poemas que justifican unas palabras de Campos recogidas en la ya famosa antología Con&versos: "Si algún día reflexionara sobre mi poesía reciente, es probable que la describiera como cósmica, minimalista y onírica". Porque tiende a la universalidad, quiere "englobarlo todo desde lo más pequeño" y por "la necesidad de ficcionar fuera del mundo: el juego de la vida en clave de sueño". 
Prefiero los poemas breves o muy breves (en realidad no los hay largos). "El pescador", pongo por caso. Y los menos barrocos. Los más orientales, digamos. Creo que es ahí donde Campos acierta. Cuando se desprende de cierta retórica (ese gusto por palabras como can, empero o en derredor) y resulta más parco, en el mejor sentido. Cuando aterriza, como escribí en mis notas de lectura. Así, en "Por la vereda", "En el mirador" o "Café Soledad". Por contraste, mencionaría "Plenitud" o el emotivo poema que da título al libro y lo cierra. 
No cabe duda de que el ambiente surrealizante, sonámbulo diría, de ensoñación u onírico, como lo llama él, es el que define mejor el tono general del conjunto.
Hay también algo (o mucho, no sé) de escritura automática, un dejarse llevar que se observa, por ejemplo, en "Océanos de lavanda".
Lo que está muy clara es la decidida apuesta de Campos por mostrar desde su primer libro publicado una voz propia, por dar a sus versos un tono personal, hasta donde las influencias, su condición de malagueño (¡menuda tradición!) y la edad se lo permiten. Creo que lo consigue. Tal vez sea eso lo que los lectores y la crítica más han celebrado: lo que de provocador y novedoso tiene Buda en el Bolshói. De epígonos de epígonos de epígonos ya empezamos a estar, ay, un poco hartos.

P. S. El maquetador debería haberse esmerado un poco a la hora de elegir los tipos de las comillas bajas. Abundan y son horribles.

3.10.14

De poética: Heaney y Ashbery

Hace unos meses Vaso Roto publicaba en su colección Fisuras La reparación de la poesía. Conferencias de Oxford, de Seamus Heaney, y ahora, en Umbrales, Otras tradiciones, de John Ashbery. 
Estamos ante dos poetas fundamentales. De lengua inglesa. Uno, el primero, irlandés, y el otro estadounidense. Heaney fue Premio Nobel y uno no descarta que el segundo lo llegue a ser algún día. 
El influjo de ambos en la poesía de nuestro tiempo ha sido y es extraordinario. Del segundo se ha llegado a decir que es el poeta norteamericano más influyente del siglo XX. Y no sólo, cabe añadir: es imposible estudiar la poesía española actual (no sé si llamarla posmoderna) sin tener en cuenta su ascendiente. 
De ahí que sea digna de celebrar esta salida editorial, tan oportuna como enriquecedora. Por otro lado, no es frecuente que se publiquen libros de poética; algo que a los lectores de poesía, me atrevo a decir, tanto interesa. (No digamos a los poetas.) Más cuando se trata, al menos en el primer caso, de un reconocido teórico en la materia y en el segundo, precisamente por su parquedad a la hora de hacer alusión a su propia poesía y a los intríngulis de su creación, el aliciente está también garantizado.
De Heaney se recogen (en traducción de Jaime Blasco) las conferencias que pronunció, de 1989 a 1994, como catedrático de poesía en la Universidad de Oxford. Por allí pasan, entre otras obras y autores, Hero y Leandro de Christopher Marlowe, La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde, John Clare, W.B. Yeats, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop y Philip Larkin.
De Ashbery, las que dictó en la prestigiosa Cátedra Charles Eliot Norton, de la Universidad de Harvard (por donde pasaron, de los nuestros, Guillén, Borges y Paz), durante el curso 1989-1990. La traducción y el interesantísimo prólogo son de Edgardo Dobry.
En lugar de referirse a su propios versos, el autor de Autorretrato en espejo convexo (un libro soberbio que aquí tradujo Javier Marías) se ocupa de un puñado de poetas menores (el término el suyo): John Clare (una coincidencia con Heaney), Thomas Lovell Beddoes, Raymond Roussel, John Wheelwright, Laura Riding y David Schubert. Al final, como dijo Simic, "ofrecen pistas abundantes sobre su propio método de trabajo". De eso se trataba.
En fin, una doble fiesta de la poesía, no cabe duda. Que no decaiga.