30.6.15

Cavafis, siempre

Uno de mis poetas de cabecera, como para tantos lectores de poesía. Uno de los de verdad imprescindibles, o eso creo. A punto de que Pre-Textos publique en septiembre una nueva edición de su poesía completa a cargo del helenista Juan Manuel Macías (en su blog, las diosas y las nubes, se pueden leer algunos poemas de ese libro anunciado), lo que no deja de ser un acontecimiento, se acerca uno al poeta griego de Alejandría de la mano de una preciosa edición conmemorativa que vio la luz en diciembre de 2013, sesquicentenario del nacimiento de Cavafis y entre el cincuentenario de la publicación de la primera antología de sus poemas en España (1962, la catalana de Carles Riba) y el de la primera también es castellano (la del 64 de Vidal & Valente). Fue en la Fundación Málaga y en la misma ciudad de la poesía y del Sur en la que apareció la primera miscelánea de sus versos al español. La edición del volumen, titulado Málaga Cavafis Barcelona, es obra de Vicente Fernández González, profesor del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga y lleva por subtítulo "Antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores". La edición, cabe añadir, es bilingüe: todos los textos aparecen en catalán y en castellano (los poemas, a izquierda y derecha). Los primeros, a modo de prólogo, van firmados, respectivamente, por Luis Alberto de Cuenca y Francesc Parcerisas ("Perspectiva de Kavafis a la poesía catalana"), dos poetas cavafianos de la misma promoción, la del 68, que tanto debe al alejandrino. Viene luego la amplia y concienzuda introducción, firmada al alimón por el editor y por Joaquim Gestí; un estudio inevitable a la hora de aproximarse a Cavafis y a la relación con su poesía en español. Un collage de Rafael Pérez Estrada abre la antología propiamente dicha donde aparecen, ya se dijo, las versiones de Riba y Vidal & Valente, además de otras: de Avellà, Garcés, Ayensa, Ferraté, Miralles, por parte catalana, y Álvarez (por sus traducciones nos iniciamos la mayoría de los de mi generación), Anghelidis, Bádenas de la Peña (con numerosas reediciones de sus versiones en Alianza), Cantú, Cañigral, Castillo, Ferraté (qué bonita la edición ilustrada de Lumen), Irigoyen (sus versiones son unas de las más originales, en Seix Barral), Pothitou, Herrera, Rivera, Santana (una de las pioneras, en Visor) y Silván, así como una versión del famoso poema "Esperando a los bárbaros" de Luis Alberto De Cuenca. El florilegio se cierra con un bonito y lírico epílogo de Juvenal Soto: "Alejandría es una idea, Cavafis también lo es". 
Lo mejor, más allá de la belleza del libro en sí, cuidado magníficamente por sus editores (y enriquecido con pocas pero bien elegidas ilustraciones), ha sido poder recuperar otra vez, sin que canse, los versos del autor de "La ciudad" y reconocer en ellos un magisterio tanto para la literatura como para la vida. No, nunca estuvo este hombre más de actualidad. La de un clásico.

29.6.15

La mesa italiana de Jiménez

Del poeta Víctor Jiménez (Sevilla, 1957) comentamos aquí dos libros: Al pie de la letra, que publicó La Isla de Siltolá, y la antología El tiempo entre los labios, que apareció en Renacimiento, en la colección Calle del Aire, como éste, recién llegado, La mesa italiana que, como explica Juan Lamillar en su estupendo prólogo, nada tiene que ver con la gastronomía, sino con la lectura conjunta con todo el reparto de un guión del tipo que sea: de teatro, de cine... Menciono la palabra "cine" y señalo otra característica del libro: todos los poemas son, a su vez, títulos de películas, pero sólo eso, porque los versos no evocan esos filmes o, si acaso, de forma tangencial o irónica. 
Lamillar alude a "un itinerario, un documental poético, que parte de un tiempo, la infancia, y de un lugar, un barrio sevillano" para referirse a esta obra. Precisa después la importancia del tren en la vida y en el libro de Jiménez (y presente en varios poemas) y, por fin, citando a Paz ("Los otros todos que nosotros somos") a ese momento -"llamémosle madurez"- "en el que todos los actores que forman nuestro yo se preparan para escuchar el guión de nuestra vida mirando expectantes al director a ver cómo va a repartir los papeles de la película". Y en eso estamos. Y de eso se ocupa Jiménez, que despliega, con gran rigor técnico, variedad de registros estróficos y métricos (sonetos ante todo), y no sin un toque de sureño clasicismo, momentos de su biografía fijados a fuego por unos versos serenos pero apasionados, "algunas palabras verdaderas". No es poco.
Aunque el soneto a uno le guste, en lo contemporáneo, sólo lo justo, reconozco que los de Jiménez me suenan muy bien. La poesía se impone a la forma y la frescura a la manera.
La infancia, el amor (correspondido o no), los trenes (y una concreta estación de juegos infantiles), la muerte (del padre, por ejemplo, o a la de Rafael de Cózar), los libros y la literatura, el paso del tiempo, los sueños y esperanzas (conseguidos o no) van aportando los asuntos de este libro con versos melancólicos que se abren paso entre la incertidumbre y la seguridad, lo soñado y lo vivido, los recuerdos y el inevitable olvido.
El poema final, "Pregúntale al viento", abrocha perfectamente el volumen. Se trata de dar respuesta a la pregunta de un amigo (que, como sugiere Lamillar, puede ser también el lector): "¿de quién es la voz protagonista?"
Lo mejor, para hallar una posible respuesta y para disfrutar como es debido de la obra, es leer La mesa italiana, una grata conversación en la que uno se ha sentido del todo concernido.

28.6.15

Garganta la Olla, 1958

Hoy hace seis años que murió mi suegro, Zacarías Valeriano Gómez Álvarez.
Durante los años cincuenta, ejerció como fotógrafo en Tánger (Foto Rex) y el resto de su vida laboral en Plasencia, donde llegó con su familia en 1963. Aquí se pueden ver fragmentos de las películas (primera parte y segunda) que rodó con su cámara de 16 mm. en Garganta la Olla, allá por el 58 del siglo pasado, en una de las visitas semiclandestinas a su querido pueblo natal. 

27.6.15

Carmen Laforet en Tánger

Edificio Acordeón
A Rocío Rojas-Marcos (Sevilla, 1979) la conocíamos por su extraordinario Tánger: La Ciudad internacional, que publicó almED en el año 2009. Ahora ve la luz, en Les Editions Khbar Bladna, un librito delicioso: Carmen Laforet en Tánger que viene a completar, se nos explica, las pinceladas que se dan en las biografías de la novelista barcelonesa acerca de la estancia en la mítica ciudad literaria de la autora de Nada (por ejemplo, en Una mujer en fuga, de Anna Caballé, el capítulo "La experiencia tangerina"). Allí llegó a finales de los años cincuenta del pasado siglo, después de que fuera nombrado director del diario España su marido, Manuel Cerezales. Se instalaron en uno de los mejores edificios de la ciudad, el Acordeón, en pleno Boulevard Pasteur, a cuyos pies, en la galería comercial del inmueble, se ubica otro lugar legendario: la Librairie des Colonnes. A relatar esa peripecia tangerina dedica Rojas-Marcos las primeras páginas de su libro, las tituladas "Cuando los zapatos vagabundos de Carmen Laforet recalaron en Tánger". Al poco de instalarse, el 6 de septiembre de 1959, se celebró en el flamante Nuevo Club Sidi Gandori, el punto de reunión de la colonia catalana, un homenaje a la escritora. Su promotor fue el inefable Emilio Sanz de Soto, crítico literario y cinematográfico, diletante, amigo de Laforet y buen conocedor de su obra, que ofició de orador. Casi doscientas personas asistieron al acto. Lo más llamativo de aquél fue que, en mitad de su discurso, Sanz de Soto fue interrumpido por un energúmeno que le injurió gravemente e incitó a todos los presentes a que, como él, abandonaran el salón, lo que hizo no sin el consiguiente estropicio al atravesar el bar adjunto. No era un perturbado, aunque lo pareciera. Ni alguien que pasaba por allí. Se trataba del periodista José Ramón Alonso (el que fuera primer director de Televisión Española), enviado por Emilio Romero como corresponsal del diario Pueblo de Madrid. Su provocación fue, al parecer, fruto de una animadversión personal por Soto y por lo que éste representaba políticamente en tanto que español en un territorio, digamos, libre que había sido y era refugio de demócratas y republicanos. Por eso y por lo que estaba diciendo. Tras el incidente, Sanz de Soto mira al cónsul general de España en Tánger, José María Bermejo, y éste le anima a terminar "bajo mi absoluta responsabilidad". Un gesto que nunca olvidó el tangerino. Al día siguiente, Manuel Aznar, abuelo de nuestro "Aznarito" (como le llama el agraviado), embajador de España en Rabat, viaja a Tánger para conocer de primera mano el suceso. Deduce el agraviado que con la intención de retirarle, de paso, el pasaporte. Enterada de esa visita, Laforet se presenta en el hotel Minzah. donde aquél se aloja, y le dice a Aznar que, si hay represalias, la que "emigra" de España es ella. Como ven, una novela.
Rocío Rojas-Marcos, y esta es acaso la mayor virtud del libro, recoge el breve discurso (que publicó el periódico de Cerezales, España, al día siguiente bajo el título "El ofrecimiento") donde no faltan alusiones a su generación, la de Laforet, la que Bardem calificó de la "Generación de Nada". Tampoco a Eugenio de Nora, Cela ("En Cela se presentía el chaquet y la Real Academia") Lorca (un maldito), Blas de Otero, Ferlosio y Goytisolo. Fueron palabras hermosas y valientes a favor de la literatura, que es lo que de verdad triunfó esa noche. Y de justo reconocimiento a Laforet, una precursora.
Tampoco falta la crónica de Pueblo (del día 10) que no se atrevió a firmar el citado Alonso, sino el todopoderoso crítico Dámaso Santos, que rezuma maledicencia por los cuatro costados. "Carmen Laforet después de Nada", la tituló y califica aquello de "antihomenaje".
También Vida Española en Marruecos (el día 19) se hace eco de la noticia y entre líneas se leen términos como "mamarrachos" o "ente asnal". Otro tanto ocurre en Le Petit Marocain-Progrès. Por fin, el propio Sanz de Soto, en tercera persona, cuenta con todo lujo de detalles lo acaecido, casi lo mismo que se lo relató a otro paisano, director también del diario España, Eduardo Haro Tecglen, en una carta personal que Rojas-Marcos publica. 
Gracias a Sanz de Soto (es una pena que no nos dejara unas memorias), la Laforet conoció a los escritores norteamericanos en aquella ciudad cosmopolita: Bowles (que apoyó el homenaje), Capote, Williams... Nos cuenta que la invitó a una fiesta (en casa de Yves Vidal) y que iba vestida con una chilaba-sulján y sandalias de playa pintadas de plata. Apenas la vio David Herbert, árbitro de la elegancia, conminó a Cecil Beaton a que la fotografiara, un retrato que se expuso en Londres, con motivo de una exposición retrospectiva (en la que no faltaban fotografías de la familia real británica) que tuvo lugar tras la muerte del modisto. 
Jane y Paul Bowles, Capote, Carleton y Sanz de Soto, debajo
Para colmo de bienes, se incluyen dos artículos de Laforet. Uno, realmente precioso, sobre Tánger (que vio la luz primero en una revista de Tánger y luego -el 18 de octubre de 1959- en el ABC de Sevilla, páginas 19 y 23) y otro sobre Jane Bowles, a la que llegó a conocer. 
Un anexo con una carta de Juan Ramón Jiménez a la narradora elogiando su primera novela (que mencionó Sanz de Soto en su disertación) y un artículo, aparecido tras su muerte, que firma otro tangerino, Ignacio Ramonet (vecino suyo en Acordeón, adolescente que la observaba desde las azoteas tomar el sol desnuda en su terraza) ponen perfecto colofón a una pequeña joya (de edición modesta, con un par de bonitas fotografías -de la protagonista hacia 1943 y de grupo a las puertas del Gandori- y alguna que otra disculpable errata).
«Al parecer Truman Capote dijo una vez -y Jane Bowles lo repitió mil veces- que ante la Acrópolis de Atenas, algunos se sienten en "en estado de sabiduría"; ante San Pedro de Roma, algunos deberían sentirse en "estado de gracia", pero que ante el Zoco Chico de Tánger, todos se sentían "en estado de libertad".» La frase es de Sanz de Soto y podría explicar lo que sintió Carmen Laforet durante su estancia allí.
Un pequeño tesoro, sí, absolutamente fascinante, más para los que amamos sin remedio a un Tánger donde la verdad se impone, siquiera por una vez, a aquella "deliciosa mentira".

26.6.15

La resistencia de Herbert

La de Julián Herbert (Acapulco, México, 1971) no ha sido una vida fácil. Nos lo contó, con la ayuda de Pablo de Llano, en un impresionante reportaje publicado en El País y, pongo por caso, en "Mamá Leucemia", un texto no menos pasmoso aparecido en la revista mexicana Letras Libres donde él mismo explica algunas vicisitudes de esa crudeza.
Que su nombre empieza a ser, si no lo es ya, imprescindible en la panorama literario hispanoamericano lo demuestra el hecho de que menudeen sus poemas en las últimas antologías del ámbito. En las de referencia y en las prefabricadas. Sí, porque ante todo, a pesar de su éxito como narrador, Herbert es poeta: “Yo me veo como un güey que hace poemas”. La resistencia, que publica con acierto Vaso Roto (aunque la primera edición de la obra data de 2003), da la justa medida de su importancia. De la de su poesía, quiero decir. (Resistencia, por cierto, es una palabra, un concepto, que cada día me gusta más. Puede que la vida no sea otra cosa.)
Uno ha tenido que leer el libro un par de veces para calibrar su verdadero sentido. Sorprende a la primera, sí, y aún más a la segunda, que no creo que sea la última.
Las referencias a Job y a Ovidio, dos seres sumidos en la adversidad, exiliados sin aparente porqué, están en los prolegómenos del volumen. Y en su esencia. En ambos casos, "la verdadera causa del castigo es un misterio". A partir de esa constatación, Herbert inicia un camino de resistencia ("pura constancia") en diálogo permanente con las obras del poeta latino y con poemas que llevan por título "Job" (para mi gusto, los mejores del conjunto). El monólogo dramático deja de ser un recurso literario para convertirse en otra manera, tal vez la más genuina, de decirse a sí mismo. El yo del poeta moderno es, a la fuerza, una confederación de almas (Pessoa dixit), tanto propias como poéticas. Por otro lado, es innegable la presencia de Eliot en la poética de Herbert.
En "Póntica" habla Ovidio: "Canto la resistencia". "Yo celebro / estremecido frente al Ponto / el pitagórico vencimiento del mundo". En "Disciplina" toma la palabra Job: "Viejo y lleno de días". Vienen luego "Metamorfosis", "Tristia", "Ars Amandi"... Poemas que alternan las dos voces, las dos vidas, para reunirse en la existencia de quien escribe, el resistente. Con versos de una belleza inquietante. De una senteciosidad clásica a pesar de que acaso estemos ante una poesía novedosa, en la vanguardia del idioma. Hermosa paradoja. "Mi único destierro / es no yacer en ti". "Es la materia lo incomunicable", leemos en "De la anatomía".
En "Heroidas", dos partes: "Vienen del sueño" y "Teseida". Y poemas bellísimos, como "Sarah": "Qué dulces mujeres, las putas". Y las referencias bíblicas: Abraham ("Yo, como Abraham, / miraba largamente las estrellas"), Moshé ("Bienaventurados los de borracho corazón")...
En "América Armórica. Mascarada" uno ha encontrado los poemas tal vez más sorprendentes y logrados, empezando por "Barnum. América" y "Merlín. Armórica". Como otros de la serie, éste es una variación sobre el poema ajeno. De Milosz en este caso. En el del espléndido "Arnor el Poeta Rojo" se trata de George Mackay Brown y en "Héctor, domador de caballos, de John Fuller. También hay homenajes explícitos a Carroll y Duchamp.
Cierra La resistencia "Pitágoras la voz", un extenso poema -como varios del volumen- muy representativo del modo de hacer de Herbert: lo fragmentario, el collage, el patchwork diríamosla mezcla de voces, citas y referencias a situaciones y autores, la melancolía, la misma fuerza en el lenguaje e idéntica musicalidad, que, con tener no poco de heavy, se acerca al oído del lector con la dulzura de la mejor poesía clásica: "la cocaína que se desliza por mis venas / como la euforia de un vikingo hacia tierras eslavas". Allí leemos: "Yo soy la resistencia: el lugar / donde la miseria y la palabra miseria / intercambian labios". O: "a nosotros sólo nos queda resistir". Y, por fin: Yo soy la resistencia: / soy una confesión / extraviada en un bosque de símbolos".
Esplendente, sí, que diría este poeta mexicano que odia las palabras esdrújulas.

Antón Castro lee "Tánger"

Antón Castro firma en el suplemento que dirige, Artes & Letras de Heraldo de Aragón (que acaba de celebrar la salida de su número 500)la reseña "El Tánger de Valverde". Le agradezco esa intensa y elogiosa lectura.


25.6.15

Tontología

Dos prestigiosas instituciones del mundo cultural español, cada cual a su modo, la Fundación Gerardo Diego y la librería Rafael Alberti, que celebra su cuarenta aniversario, dirigidas ambas por mujeres (Pureza Canelo y Lola Larumbe, respectivamente), se unen para publicar una nueva edición facsimilar (al cuidado de Andrea Puente) de Tontología. Versos malos de poetas buenos. Por suerte, ha llegado a casa un ejemplar. La idea del florilegio, como explica, con la solvencia que le caracteriza, Miguel Ángel Lama en su blog (al que cedo con gusto la palabra), fue de Gerardo Diego y apareció en 1928 como último número de la revista Lola, «amiga y suplemento de Carmen».

Málaga y Alfredo Taján

Hace unos días nos informaba Alfredo Taján, el escritor malagueño nacido en Rosario, que "en virtud de los pactos suscritos en el Ayuntamiento de Málaga entre el Partido Popular y Ciudadanos, se ha decidido la futura extinción, ha sido el término utilizado, del IML el próximo 31 de diciembre de este año". Nuestro amigo dirigía desde 2004 el Instituto Municipal del Libro. Once años con "actividades en torno a la palabra, a través de cientos de presentaciones, conferencias, ciclos, exposiciones, conciertos, publicaciones, fomento a la creación literaria a través de la convocatoria de los Premios 'Málaga' de Novela y Ensayo, y fomento de la lectura en Centros de Enseñanza Media". Para evitar equívocos, aclaro que uno nunca pasó por allí. Que no hablo desde el interés. Tampoco desde el exhaustivo conocimiento de los hechos. Con todo, cuesta creer que se exijan cosas así, y más que lo haga un partido moderno y liberal al que se presupone culto. Un partido, en suma, que busca la regeneración de España, que, como todos sabemos desde hace siglos (aunque no lo pongamos en práctica), empieza por la instrucción pública: educación y cultura. Y en una ciudad que se ha convertido, en el ámbito europeo y más, en un referente artístico y cultural de primer orden, aunque en su discurso de toma de posesión como alcalde, Francisco de la Torre no pronunciara ni una sola vez la palabra "cultura". Cosa distinta es que, por razones obvias (pero no comprensibles), se impusiera un cambio de responsable. Bien, lo común en este lamentable país nuestro; pero esto... O que se recortara el presupuesto de la entidad (que ya sería modesto). Sí, lo reconozco, no lo entiendo. O sí, que es peor. 

24.6.15

Ahora es la noche

Hablábamos aquí atrás de Claudio Rodríguez y de Peri Rossi, de un poema del primero y de un libro de la segunda dedicados a ese símbolo central del imaginario poético de todos los tiempos: la noche. El título del último libro de Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959), que publica la granadina Valparaíso, tiene un título de lo más elocuente: Ahora es la noche.
A cierta edad, y hablo con conocimiento de causa, el cuerpo y el alma te piden que lo que haya que decir se diga sin ambages. Al menos si uno quiere seguir siendo honesto a la causa de la poesía. Para alguien que escribe: "Hice, para engañarme, para encontrar sentido / al desorden, de la literatura / razón de mi existencia". Este libro habla de eso. "A la intemperie". En el momento de las recapitulaciones y de los balances. Porque "la vida no es un juego" y el poeta tiene conciencia de lo que pasa. Y de lo que aproximadamente le pasa. Sí, pues la memoria es muy suya a estas alturas y unas veces se confunde y otras falsea. "Didáctica", el segundo poema del libro, es paradigmático, y del todo logrado: "¿A quién contemplo cuando me miro en el espejo?" Luego habla del "otro" (o de los otros) y del "yo eventual" y de "Soy yo y soy otro / simultáneamente" y de que "El mundo que construyo con palabras / es tan veraz como un autorretrato / pintado desde el ángulo visual / incorrecto". "Esperar es creer en el futuro", leemos ahí. "Vivo ahora solo", explica en el siguiente y deja caer "Luz nocturna", uno de los mejores del conjunto, que comienza con un "¡Qué poco sé de mí!" que a uno le recuerda a otro cántabro: Hierro. después evoca a "mi yo de antes" para concluir que, "sin saber", "se escribe a la desesperada, tratando de olvidar / la vida que se vive, huyendo de una muerte / con la que aún no estaba familiarizado". Cuando se habla tan a fondo de uno mismo, la ironía es imprescindible si queremos que lo dicho se soporte poéticamente. Para decir, por ejemplo, "por eso ahora quiero volver / atrás y corregir la dirección / equivocada". 
"Parachoques" habla de un accidente y en medio declara: "Llego a una encrucijada". La que uno detecta al leer estos versos escritos, no hay duda, a corazón abierto. Basta leer "Intimidad" o "To live tally" o "Marsupial" ("Sólo a medias confío en Epicuro").
"Tratado de navegación" es decisivo: "El silencio es tu patria. Una forma de ser y estar, / un pronombre, un adverbio, un adjetivo. /El silencio es una isla (...) / El silencio es un viaje, una ambición". Como "Lugares del mundo": "Pienso que tengo tiempo, todo el tiempo del mundo, / pero el tiempo no existe, el pasado no existe, / mi ayer y mi mañana nada cuentan  / y no sé si fue vida o no fue vida / lo que he vivido hasta este momento". Y concluye: "Estoy hablando de cómo un hombre solo / se ve a sí mismo sólo como un hombre". 
"Partes de la historia"es muy concreto. Generacional: la vuelta de la mili y el intento del golpe de Estado del 23-F.
Sí, "un poema es una convención, / en él la realidad se reconoce / a sí misma inventándola al decirla".
Volvemos al principio. A la noche: "La oscuridad  convierte / al hombre en un ser más introspectivo, / en alguien indefenso ante las dimensiones / inaprensibles de los mares, / del desierto o de las constelaciones". 

23.6.15

Una película

Hace, pongamos, cuarenta años que mi primo Mon y yo fuimos una tarde al cine. Era verano, cuando él, sus padres y hermanos venían a Plasencia desde Melilla para pasar aquí sus vacaciones. Recuerdo perfectamente dónde nos sentamos: en entresuelo, arriba del todo. Del cine Coliseum, ya desaparecido. Para huir del calor, a falta de baños en el río, nos refugiábamos a veces en esa sala fresca y oscura. Si recuerdo tantos detalles es porque desde entonces he perseguido en vano esa película que vimos (íbamos a la aventura). Su título al menos. He mantenido imágenes, sí, y algo del argumento, pero me faltaban datos. Desde entonces, se me puede creer, he esperado con paciencia que la televisión me devolviera, también por sorpresa, esa historia que tanto me impactó. Ignoro el porqué. Será que ya era un preadolescente montañero en cierne, lo que en rigor nunca he dejado ser. Montañero, digo. O un solitario rebelde sin causa. Libertad, huida... Hoy, en Paramount, apareció por fin. Apenas vi unos pocos fotogramas, caí en la cuenta: esta es. El título: El muchacho y su montaña. Siempre creí que era canadiense y no, es de nacionalidad norteamericana, pero rodada en el país vecino. De ahí que... En fin, una alegría, aunque no me he atrevido a seguirla hasta el final. Como los de esa cadena se repiten mucho, espero que eso ocurra un día de estos. O no, y otros cuarenta años no aguanto. Seguro. 

22.6.15

Dos de Cálamo

Con motivo del 50 Aniversario de la publicación de Alianza y condena, de Claudio Rodríguez, la editorial palentina Cálamo vuelve a lanzar, y con qué sentido de la oportunidad, el libro que en su día prologó para ella el profesor Luis García Jambrina, a los diez años de la muerte del poeta. Oportuno homenaje, sin duda, de una obra central de la poesía española que el zamorano escribió a lo largo de siete años, mientras ejercía como lector en las universidades inglesas de Nottingham y Cambridge; donde coincidió, por cierto, con Francisco Brines, lector en Oxford, que tan bien aprovechó, como su amigo de generación, la estancia en aquellos parajes.
Nos recuerda Jambrina que era su libro favorito (como para muchos de sus lectores) y que «contiene buena parte de los poemas y versos más memorables de su autor, que se encara con la compleja y, a veces, paradójica naturaleza de la verdad y de la realidad». Qué maravilla volver a leerlo. En un momento dado, me vino sin querer una sonrisa: pensé en qué poca novedad hay en lo que nos venden por nuevo (ahora que los suplementos insisten en el timo) y cuánta en un puñado inolvidable de poemas en un libro que ganó hace cinco décadas el Premio de la Crítica.
También en la colección que dirige César Augusto Ayuso aparece La noche y su artificio, de la uruguaya de Barcelona Cristina Peri Rossi. Su libro anterior, ganador del Loewe, Playstation, no me gustó (cuatro palabras le dediqué). Aquí, sin embargo, vuelvo a reconocer lo mejor de su poesía, alejada de ese presunto aire de novedad que, casi siempre, conduce a un callejón lírico sin salida. Aquí, la noche como símbolo, lo que me recuerda uno de los poemas más memorables del libro que acabo de comentar, "Noche abierta", el que termina: "Bienvenida la noche con su peligro hermoso". La noche, sí, símbolo del amor, del encuentro amoroso. La noche como pasión y como lugar propicio para el intercambio de los afectos. Y del sexo, claro. El erotismo ha sido santo y seña de los versos de Peri Rossi y aquí tampoco falta, al revés. De las bondades del amor se pasa, eso sí, a las del desafecto y hasta del odio (ya se sabe que una línea muy delgada separa ambos sentimientos), no sin antes llegar a cúlmenes del acercamiento tan explícitos y, ya digo, entregados que algunos lectores escrupulosos los tolerarán con cierta dificultad. Sobre todo los del género masculino. Uno, lo reconozco, se ha saltado algunas palabras de digestión, digamos, complicada. 
Y todo se relata (porque el tono es claro y narrativo) con la debida naturalidad, a modo de diario, en el que una mujer (y lo subrayo) explica, con los necesarios pormenores, una (como tantas, la misma y diferente) historia de amor. De la compañía inseparable a la soledad más absoluta. El camino es bien conocido. Por eso, sin que la novedad mande (ni en el asunto ni en el tratamiento del lenguaje), el libro se deja leer y, siquiera por momentos, más allá de la condición sexual de cada quien, su intensidad te obliga a tomar partido, a ser arte y parte de esa relación ora feliz, ora desgraciada. La vie.

21.6.15

Homenaje a Senabre



















Nota: El acto se transmitirá en directo a través de la página web de la Residencia de Estudiante.
Desde aquí, se suma uno a ese merecido homenaje. Como lector, sobre todo, y como extremeño.

20.6.15

La poesía de Menchu Gutiérrez

Conocí la poesía de Menchu Gutiérrez, madrileña del 57, gracias a Ramón Buenaventura, autor de Las diosas blancas. Antología de la joven poesía española escrita por mujeres, que publicó Hiperión en 1985. Fue para muchos la carta de presentación de las poetas de nuestra generación y uno la reseñó para la revista El Urogallo
No he seguido su trayectoria literaria al detalle, lo reconozco, pero tampoco la he perdido de vista. No hubiera sido sensato. Más narradora que poeta (aunque su prosa sea lírica y su mundo esencialmente poético), traductora (por ejemplo de Marca de agua, esa pequeña maravilla de Brodsky) y ensayista (no me he resignado a dejar pasar su Decir la nieve), Gutiérrez nos presenta ahora, en Vaso Roto, Lo extraño, la raíz. Por más que hiciera tiempo que no me acercaba a sus poemas, he redescubierto a la poeta que recordaba y lo leído me ha resultado, ya digo, reconocible: suyo. 
Su línea es esencialista, muy depurada, cerca siempre del silencio. En eso se parece a otras poetas de esa corriente de la lírica universal (y por eso de la española) que ya hemos citado aquí otras veces. Por acercarnos al presente, distancias mediante, mencionaría a Clara Janés (maestra reconocida), Olvido García Valdés, Chantal Maillard y Ada Salas. 
En "Lo extraño", el primer, extenso poema de la obra, ya aparece esa concisión, el verso breve, la enumeración caótica... Termina: "Lo extraño, aquello."
El resto de poemas del libro son también de dimensiones apreciables. A veces un poema consta de varias partes. En este sentido, hay un contraste entre su longitud y su intensidad, que no tienen por qué enfrentarse. 
En "El río" el aire es más hermético, más simbólico, más metafórico. Prima la sugerencia. Alrededor de un puñado de palabras que giran y giran.
"La escalera" es un poema significativo del modo de hacer de Gutiérrez: "Subíamos al sotano / y bajábamos al ático", comienza. Lo inquietante y lo paradójico es aquí natural. "En el interior de la casa somos lo que fuimos, / infusiones de la mirada en las ventanas". 
"El tren" es uno de mis preferidos. También de los más abiertos y, digamos (no sin pedir perdón a los puristas), comprensibles. 
A uno, montañero frustrado, le ha llegado al alma "El dictado de las montañas", un conjunto de poemas en prosa cuyos títulos empiezan por "trans" o "tras". Así, "Transalpino", "Tránsito", "Tránsfuga", "Transtorno", "Trascendencia", "Trans", "Trasvase", "Trasalcoba", "Transmigrar" y "Transformación". "La montaña paraliza la imaginación", leemos, lo que nos da pie a precisar que si algo abunda en lo extraño, la raíz es eso: imaginación a raudales. "Viajar sería ver el otro lado de la montaña", escribe. El tono torna filosófico y a uno le recuerda, siquiera por momentos, al de la pensadora María Zambrano. "Todo tiene un otro lado permanente", dice. 
La poesía de Gutiérrez me sugiere espacios o estancias de intimidad. Siempre la he asociado a la palabra delicadeza. Y, por tanto, a lo sutil y a lo frágil. Una fragilidad engañosa, matizo. Por femenina. Me atrevería a decir que su poesía lo es, y en lo más profundo. 
"Ni siquiera cuando vienes tienes un lugar a donde ir", leemos en el último poema de esa serie, paradigmático de su forma de concebir y expresar su poética, uno de los más logrados del conjunto. Un poema, sin duda, precioso. 
El libro no se podría haber cerrado mejor que con "La nebulosa", otro espléndido poema extenso donde lo espacial predomina y, en consecuencia, la atmósfera de la ciencia-ficción y lo apocalíptico. La protagonista del poema, una astronauta terrícola del futuro, navega por el universo. Visita otros planetas, pero "una y otra vez vuelvo a la Tierra". "Vuelvo a dejar flores en la tumba de Copérnico", afirma. Y se pregunta: "¿Dónde han ido a parar los animales?" O: "¿Dolor? Quizá sea el frío." Y más adelante. "Siento haber alcanzado un lindero, / el borde de otra clase de frío, / de otra clase de tiempo." El final se me antoja perfecto: "Hace frío, / los sensores de la nave se apagan con mis latidos, / sueño con los campos nevados de la Tierra."

19.6.15

Local

El Roto
Me refiero al caso Díaz. La verdad, nunca entendí qué pintaba este señor en el equipo de Fernando Pizarro​. Ni en la pasada legislatura (donde uno podría presuponer débitos políticos) ni en ésta. Y en labores que no brillan, seamos claros, por sus logros: festejos y ferias (cada año más tristes). Lo sucedido confirma mis prejuicios. Uno no se explica por qué sigue representando a los placentinos.
Aunque no se comente, su antigua profesión agrava aún más ese comportamiento. Al fin y al cabo este hombre trabajó en los cuerpos de seguridad del Estado, como guardia civil. Sí, ha pedido disculpas, ¿y? Teniendo en cuenta el mínimo rasero moral en el que nos movemos, a algunos les parece suficiente. No, esto no es Japón. Ni Francia ni Alemania ni Reino Unido...
Este país nunca llegará a nada hasta que la frase (o el concepto) "Usted no sabe con quién está hablando" desaparezca. En este asunto, en fin, demasiada prepotencia, por una parte. De otra, una condescendencia innecesaria. No hay manera de que se lleve la ejemplaridad hasta las últimas consecuencias. Así nos va. Este cierre en falso acabará pasando la debida factura. Al tiempo. 

Devir

Sale a la calle devir - Revista Ibero-Americana de Cultura, que dirigen Nuno Matos Duarte y Ruy Ventura.
La presentación en sociedad será el día 23 de junio, a las 18:30 horas, en la librería Barata, en la Avenida de Roma de Lisboa, y estará a cargo del Prof. Doutor Fernando J. B. Martinho, de la Faculdade de Letras de Lisboa, con intervenciones de António Carlos Cortez (crítico de Jornal de Letras) y de los dos directores.
Por si acaso, devir en castellano es devenir. De ahí que este primer número sea monográfico en torno al concepto de futuro. ¡Larga vida a devir!

18.6.15

Dos asturianos

Juan Ignacio González (Seana, Mieres, 1960) es el autor de un librito que ya comentamos aquí, Cuaderno de las cenizas. Publica ahora de nuevo, y por partida doble. La plaquette Los poemas del ciclo de las dunas, dieciocho poemas escritos entre 1985 y 2015 donde encontramos unos poemas, digamos, del mundo del desierto, donde hay ecos de culturas antiguas, clásicas o arábigas, de la Biblia y de Egipto. Son versos muy hermosos y sugerentes de algún poeta apócrifo que parecen volver de alguna antología descubierta por algún arqueólogo en un rincón perdido y cubierto de arena.
También Cuando enero fue pasto de las llamas (Ediciones de la Cruz de Grado. Colección de la Cruz). Lleva un prólogo de Emilio Amor (autor de otro interesante cuaderno, Territorio perdido, número 11 de la gijonesa Colección "Heracles y nosotros"). Poesía del "yo", escrita con "sinceridad y oficio", dice Amor. De la memoria ("Cuartel de invierno", que evoca su infancia de hijo de emigrantes asturianos), escrita con un lenguaje claro y sencillo. Late en ella una preocupación moral y su talante es humanístico. En "Las tablas de la ley", por ejemplo, alude a las lecciones de su padre. No faltan "Flores para mi madre". Ni el miedo, el amor, el azar... Hay poemas de verdad logrados, como "El telar de Penélope en invierno", "Breve tratado sobre el origen de las cosas", entre otros. Los homenajes a José Emilio Pacheco y Joan Margarit hablan claro de sus filiaciones literarias de González, que con estas entregas regresa, once años después, al "viaje poético". Sus lectores lo agradecen.

Antonio Pilar (Avilés, 1974) ganó con su ópera prima, Handle with care, el premio "Ciudad de Ronda", un libro interesante que conocí cuando sólo era un original mecanoscrito concebido a partir de su experiencia laboral en un albergue de transeúntes, lo que le permitió crear unos poemas muy humanos, intensos, del todo acordes a estos tiempos duros que nos ha tocado vivir. Sin caer, eso sí, en la sensiblería o el victimismo. Cada uno tenía detrás un nombre y una historia. Y qué historias. Ahora, tras conseguir otro galardón, el talaverano "Joaquín Benito de Lucas", cambia completamente de registro y publica, en la Colección Melibea, Manual de destrucciones (Usos del fracaso amoroso). Ya desde el título podemos apreciar que nos enfrentamos a un libro en clave irónica y, como veremos luego, hasta humorística. Desde la solapa, Rosa Pereda habla de un "libro de poemas de amor" (y, añade uno, de todo lo contrario) y Juan Vicente Piqueras alude al "amor y al humor". 
Compuesto como si de un verdadero manual de uso se tratara (el del tostador modelo London, por ejemplo, como Pilar señala le inspiró), desde "Cero" (un perfecto comienzo) hasta "Amor al pie", se suceden versos ocurrentes, frescos y divertidos con los que se siente identificado de inmediato el lector. Los títulos son palmarios: "Ya siempre todo nunca" (al modo de José Hierro), "Mano a distancia", "A cama lenta", "Amor atípico". Hay mucho juego aquí. De palabras, como en "Historia ortográfica del amor", o de procedimiento, como en "Cuestionario de calidad para un desengaño femenino". En "Trabajos verticales en ternura" aflora la verdad con toda su crudeza. Detrás de la ironía y hasta del chiste se esconde casi siempre la tristeza. O incluso la amargura. 
Se lo pasa uno bien, recochineo mediante, con estos poemas donde la destrucción del desamor impera.

Pobres profes

Aula Machado. Soria
"Como miembro de una familia de profesores (uno prefiere decir maestros, una palabra que debería recuperarse por lo que significó y significa para mucha gente), el cuerpo también me pide rasgarme las vestiduras y poner el grito en el cielo por lo que parece un paso más hacia el envilecimiento de una juventud que, al parecer, ya no respeta ni a los ancianos, ni a sus padres, ni a los profesores; es más, que disfruta despreciándolos y humillándolos, ya sea en sus juegos, ya sea en la realidad. El problema con el que me encuentro es que comparto aún menos las opiniones de los que se escandalizan del jueguecito, entre los que reconozco a muchas personas que llevan culpando a los profesores de todos los problemas de sus hijos y desautorizándolos ante éstos, que han aprendido a verlos así como sus enemigos. Que políticos que han acusado de vagos y de ignorantes a nuestros profesores, que tertulianos que han opinado de ellos que son unos egoístas por oponerse a ciertas políticas ministeriales de restricción más que por ellos por sus alumnos, que la misma sociedad que los considera unos pobres hombres sin aspiraciones por dedicarse a una actividad tan poco gratificada económicamente se erijan ahora en sus defensores invita a uno a situarse en la trinchera opuesta. Juego por juego, no sé cuál es peor, si el virtual de una juventud que pega a los profesores como diversión o el real de una sociedad que lo hace de verdad desde hace tiempo con su desconsideración." Julio Llamazares, "Pegar al profe". El País. 

17.6.15

Martín Garzo y la crítica

"George Steiner dice que la literatura es un vendaval que se cuela por la ventana y nos desordena la casa. Es decir, nos enfrenta no tanto a lo que conocemos como a lo que no sabemos explicar. Un buen libro siempre nos deja perplejos, sin saber qué decir. ¿No es sospechoso que los críticos opinen con tanta facilidad, y con tan poco tiempo de reflexión, acerca de los libros que leen? Son expertos lectores, se puede objetar, con frecuencia profesores universitarios que han dedicado años al estudio de la literatura. Pero ¿haber hecho de la literatura un objeto de estudio garantiza ser un buen lector? Vuelvo a citar a Flaubert: “Los que se llaman ilustrados a sí mismos acaban siendo cada vez más ineptos en materia de arte. Se les escapa incluso qué cosa sea el arte. Para ellos son más importantes las glosas que el texto. Les interesan más las muletas que las piernas". Gustavo Martín Garzo, en "La bondad de los desconocidos". El País.

Obligado y Tizón en Plasencia


16.6.15

La poesía de Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) es, entre otras cosas, poeta, narrador, traductor, crítico literario y bloguero, en Columna de humo, donde el lector curioso se puede informar con detalle acerca de su ya extensa bibliografía. El blog, por cierto, lleva como subtítulo "Diario abierto" lo que nos permite añadir que se ocupa en El Cultural, preferentemente, de ese tipo de libros, diría que hasta de moda en España. Algo de diario tiene también el libro que vamos a comentar, Panorama y perfil, que apareció a finales del pasado año en DKV, de Libros Canto y Cuento, la cuidada colección de José Mateos. Aunque no lo ponga en parte alguna, el libro ganó el premio Unicaja concedido por un jurado presidido por José Manuel Caballero Bonald e integrado por Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Manuel Alcántara y Antonio Garrido Moraga. Destacaron que está “lleno de apreciaciones sorprendentes”, que "habla de asuntos cotidianos pero buscando el lado insólito y prodigioso que tiene la realidad cuando se la mira con detenimiento”. No mienten.
Dividido en tres partes y una coda (que es una poética), "Cuaderno de campo", "El paseante" y "Autobiografía", nos encontramos con la poesía de un viejo conocido (a la que el lector que la desconozca puede acceder a través de su antología Casa en construcción, publicada por Renacimiento en 2007), un destacado poeta de su generación, la de la Democracia. Allí, versos que tienen que ver, ya se dijo, con la vida cotidiana (elevado, eso sí, a categoría poética, lo que no siempre ocurre), escritos en una línea clara y narrativa (léase "La plaza"). El ritmo es sobrio y sereno, parsimonioso y, a veces, la indagación se acerca a lo meditativo (como en "Sombra"). "El mundo es lo que quiero ver del mundo", escribe, y, ya que lo menciono, bueno será destacar la capacidad de observación de Benítez Ariza, la importancia que da a la mirada, por encima tal vez de otros sentidos. Por eso la importancia y riqueza de las imágenes es patente.
Los momentos que vive quedan fijados en el poema con la intensidad que merece lo que no debe ser pasto del olvido. Eso vale para el canto de un mirlo, la visión de la niebla (esa metafísica), del campo, de la palmera o del olivo, de la casa... La cotidianidad a que aludía se aprecia con claridad en el poema "En la parada", donde un grupo de mujeres esperan al autobús. 
No falta la presencia del mar, normal en un gaditano. Ni el viento, de levante a ser posible. Pero no estamos ante un poeta terruñero. Madrid, Londres, París... también aparecen en estos poemas que en la tercera parte se acercan a lo más íntimo y personal. El padre ("Encuentro cada día / cosas nuevas de ti en mí. // En mi desconocimiento te reencuentro.", dice en "Padre", que se puede leer en este enlace), la madre ("Mesa puesta"), la infancia ("Pour fêter une infance"). 
Es ocurrente en "La semana" y se permite el juego tipográfico en "Topless". En "Viaje de estudios" hace balance y, por fin, en "Coda", ya se dijo, sitúa sus coordenadas líricas a partir de un símbolo bien conocido: el juanramoniano de la rosa. No la toques ya más. 

15.6.15

Poesía en el Palau

Europa Press
Llega La escucha y la concordia, antología que reúne poemas de los numerosos poetas que hemos pasado, a lo largo de los últimos 16 años, por el Aula de Poesía del Palau de la Música de Valencia. 
En la fotografía se puede ver a su impulsora, Mayrén Beneyto, presidenta hasta ahora del mencionado Palau, flanqueada por los directores del Aula, los poetas Vicente Gallego y Carlos Marzal.
Son muchos, insisto, los poetas que figuran en la misma. No pocos, admirados amigos. Cerca de 150. (De ellos, seis extremeños; cinco, de la diáspora.) Eso significa que el libro recoge centenar y medio de poemas, a pieza por autor. Una vez leídos -o releídos-, puedo dar fe de la alta calidad de la muestra. Si tuviera que elegir sólo uno, me inclinaría por "Arco romano", del desaparecido, pero muy presente, César Simón: "Porque fui contra el cielo como el arco: / de vacío a vacío en la belleza, / de la nada a la nada entre la luz.".
El florilegio es plural (repárese en lo significativo del título) y dice mucho, tanto del buen olfato lírico de los instigadores como de la calidad de la poesía española de principios de siglo. En eso seguimos, por suerte, igual que en el XX. 

14.6.15

Dos libros de Vaya

Diego Vaya (Sevilla, 1980) ha publicado entre diciembre y marzo dos libros; por orden de aparición, Circuito cerrado, que edita La Isla de Siltolá, y Game over, que ve la luz en Renacimiento, premio "Vicente Núñez". Imagino que esto ha ocurrido por pura casualidad. Confieso que no había leído nada de lo ya publicado por él, pero me han sorprendido muy gratamente este par de obras que, en lo que a uno respecta, deja bien claro que estamos ante un poeta. Vamos, que este joven escribe poesía, y así evitamos malos entendidos. En ambos libros demuestra su afición por el poema extenso y el tono discursivo. Sobre todo en el primero, compuesto por un largo poema, "Back/Next", por tres más breves (incluidos en "Domingo americano") y por otro de una dimensión estimable, "Helada".
Puestos a confesar, diré que me encantan los poemas largos y que tengo en alta estima a quienes son capaces de concebirlos y de ordenarlos en palabras. Por estos lares, Álvaro García, pongo por caso. Nunca olvido lo que dijo Octavio Paz acerca de ellos, de la dificultad que entrañan, una mezcla de problemas: de composición y de lenguaje. Vaya no se arredra y logra rematar la faena de manera impecable. En ese primer poema hay tensión, hay historia, hay ideas y un montón de cosas más. Nunca decae. Jamás cansa. Alguien conduce por una carretera. En medio, el trayecto, claro. Y alucinaciones y adicciones y desconcierto. Y "la misma metafísica de las cosas vacías". "Un hombre solo, dentro de su coche" puede ir muy lejos. Algunos lo hemos experimentado. Durante horas, días, incluso años.
También en Game over digamos que habita la poesía. Tras "El sueño de otra vida", de nuevo un poema por largo, un puñado de odas, las que se agrupan en torno al lema "El problema de la vivienda". Mayor actualidad, imposible. Hay una "Oda al desahucio", otra a "una generación" y a "la última frontera", "al trabajo", "la bolsa de la compra", "las ojeras"... Que nadie imagine que detrás de esos títulos hay poesía social o comprometida. No al uso, por lo menos. De esa que menudea al calor de la crisis. Pura convención. Filfa acaso. Aquí hay poesía y la exigencia debida para abordar asuntos que, sí, son de este tiempo (o de cualquiera, no sé) y de cuantos los sufrimos.
Una sorpresa, insisto, la de este Diego Vaya. La de su poesía, vuelvo a aclarar. Una bocanada, otra, de aire fresco, aunque "hoy solo quieres ver arder el mundo". Atentos. 

13.6.15

Premio póstumo

Isabel Permuy
Ya anuncié en su día que habría libro póstumo de Castelo y di incluso su título: La sentencia. Por discreción omití que se había presentado a un premio, lo que me dijo algún amigo. Pues bien, ese galardón, el "Jaime Gil de Biedma" le ha sido concedido, y "por aclamación", según ABC. Lo leo en un artículo firmado por uno de ellos: Jesús Lillo. La primicia, con todo, me llegó vía Medrano, que se alegra tanto como yo del hecho. Ahora queda leerlo. Será muy duro. «Toda la vida escribiendo versos sobre el gozo carnal, la sensorialidad y la pasión de vivir, y resulta ahora que me van a recordar como el poeta del duelo y la muerte, qué le vamos a hacer», dice Lillo que le comentó el poeta. Puro Castelo. 

Taján lee "Tánger"

Boulevard Pasteur, 1969
En la sección Golpe de dados del diario Sur de Málaga, publicó ayer el escritor Alfredo Taján un hermoso artículo sobre Más allá, Tánger. Empieza: "Abordar un poemario como 'Más allá, Tánger' de Álvaro Valverde, en Tusquets Editores es, por sí misma, una tarea compleja aunque placentera, pero hacerlo desde Málaga, la ciudad-espejo de Tánger en Europa del Sur, dos urbes que llevan mirándose y timándose desde hace siglos, representa un periplo de ida y vuelta cuya hoja de ruta serán precisamente estos versos despojados, comprometidos e inolvidables. Se huele en estos poemas un aroma de zoco chico, de tiempo recobrado, de memoria furtiva y de reconocimiento: el alma de Tánger se dibuja invisible en estas páginas. Valverde escribe sin tapujos, pero elige todas y cada una de las palabras con las que compone una sucinta caligrafía sobre el papel en blanco cual si fuera una pared blanca desconchada mientras el levante te acaricia la cara. Nada sobra, nada falta, ni siquiera Punta Malabata, lengua de fuego, al fondo, lamiendo el mar". Y termina: "No lo duden, con 'Más allá, Tánger' Álvaro Valverde transita por la frontera de la alta poesía, y eso se agradece". Agradecido. 

12.6.15

La poesía de Różycki

Los lectores españoles de poesía tenemos mucha suerte en lo que respecta a la lírica polaca contemporánea, muy bien conocida aquí gracias a un puñado de brillantes traductores que, para colmo, a su exhaustivo conocimiento de la lengua suman la condición de poetas. Uno de ellos, Xavier Farré, nos presenta ahora, en Vaso Roto, a Tomasz Różycki (Opole, 1970), su libro Colonias. En el congruente prólogo que lo abre, Farré nos explica la génesis de un libro capital. Habla de sus "versos-sentencia" (que suelen ser los que dan inicio a sus poemas), de cómo "siempre parte de un primer verso que después va desarrollándose en una concatenación de imágenes, con una coda final que no tiene por qué ser el resultado lógico de la suma de aquéllas". La mayoría de sus poemas son sonetos. Ni del modelo francés o del inglés, comenta, sino "silesianos" (por Silesia, su región natal), dice él: "más ancho por arriba y más delgado por abajo". De tres cuartetos y una coda de dos versos (en español, sin rima). Siempre igual en este libro, compuesto por 77, todos ellos fechados (mes y año). Confiesa en una entrevista que los pensó camino del trabajo (de ahí la forma adoptada, fácil de recordar), en el coche, y en invierno que, como recuerda Farré, ya Brodsky definió como la verdadera estación, más en aquellas tierras nórdicas. Añade el traductor que la de Różycki es una obra formalista, en movimiento ("viaje constante") e irónica.
Adam Zagajewski se refirió a esta poesía de la siguiente manera: "Colonias me fascina por la densidad de sus imágenes, sus tonalidades oscuras, su voraz imaginación. A diferencia de pocos poetas mayores que él, Tomasz Różycki no rechaza el pasado, las tumbas, los fantasmas, sino que los integra, hace que formen parte de su vida. Y también integra toda su vida en todo lo que ha sucedido, en el río de la historia. Aunque también nos ofrece excelentes poemas de amor como si dijera: mirad, podemos vivir perfectamente de manera simultánea en el pasado y en el praesens."
"Voraz imaginación" no falta, desde luego. En "Playa paradisiaca", por ejemplo.Una imaginación nada falsa o fantasiosa que, sobre todo, da un tono inquietante al conjunto. No digamos "Cáñamo y raíces", "Falsos mapas", "Ballenas" o "Mapas quemados". ¡Qué distinto de cuanto uno ha leído!
Le gusta, como a Ferlosio, la hipotaxis, digamos, formaciones de largos párrafos (en este caso, versos) que culminan en un lejano punto. Así, en "Machetes y carabinas".
De ese magma poético de alta densidad surgen versos iluminadores: "no tenemos nada más / aparte de nuestra infancia" (en "Cacao y papagayos"). O "Freud descubrió América" (en "Mapas"). O "cambia el tiempo, / pero esto no cambia. Quizás sea una enfermedad, / una aguja al lado del corazón; o quizás sea la felicidad" (en "Una taberna en el puerto").
No pocos poemas empiezan: "Cuando empecé a escribir...". "Que era tan fácil", sigue en uno. Y sí, el lector aprecia cierta facilidad en esta escritura tan desbordante en hallazgos.
Algunos poemas introducen historias de la Historia. Como "Deriva", que empieza: "Trenes nocturnos. Polonia". Las referencias a la patria, una suerte de país inventado o irreal son una constante (de ahí el título). Basta leer "Tótems y corales", uno de los mejores, o "Costa de los mosquitos". A Portugal alude en "El Quinto Imperio": "Cascais, camino de Sintra..."
Hay poemas preciosos, como "Mujeres y oro": "Soy del país más salvaje, / más pobre, pero a pesar de todo / es a mi cama a la que vendrá esta noche". También, "El rey de los vientos", "Maniobras de la guarnición", "Flotillas hundidas, "Época de lluvias", "Antigua fortaleza" ("Desde entonces la literatura (...) vivió en el vacío, su lugar de siempre", y menciona a algunos muertos gloriosos: Schultz -al que dedica "Pueblo exterminado"-, Roth, Lésmian, Mandelstam y Brodsky) o "Culto", que evoca la muerte de Milosz, a quien está dedicado. "Opio", en fin, es clave, por lo que tiene de poética.
El editor, a partir de las últimas líneas del prólogo, destaca con acierto que "Quizá el gran mérito de Colonias (...) es darnos una ilusión de estabilidad en una época de realidades líquidas y relativismos irónicos: un puente desde el que mirar ambas orillas, lo familiar y lo ajeno, la tradición y la innovación. Y cuando estamos en medio del puente, vislumbrar el abismo que se abre ante nuestros pies. Porque así es la poesía de Różycki: una palabra que nos enfrenta al vértigo de mirar la realidad que nos construye y la realidad que construimos". Un gran libro, sin duda.

11.6.15

El balance de Custodio

Santos, Pérez y Custodio. HOY
Después de años y años de, como mucho, mediocre gestión política cultural en la ciudad de Plasencia y una sucesión de concejales del ramo que brillaron, sobre todo, por su ausencia, nadie daba un euro por Ángel Custodio Sánchez, la persona a la que el alcalde Fernando Pizarro designó hace cuatro años como responsable del Área de Cultura del Ayuntamiento. Un exmilitar ya mayor y del PP no eran, precisamente, las mejores credenciales. Es verdad, se decía uno, que Pizarro ha dado a la cultura, por fin, la importancia que merece, más si tenemos en cuenta la larga tradición placentina a favor de los libros, la música y el arte en general. Que Custodio, a su vez, eligiera para la gestión directa a Julio Pérez (que ya puso en marcha la Universidad Popular cuando el citado Pizarro la creó durante su etapa de concejal) y Juan Ramón Santos fue para muchos garantía de éxito. La sensatez del político se mide por actuaciones así: la de dejar en manos de los técnicos lo que no es, en sentido estricto, de incumbencia política. Lo que ha pasado durante esta legislatura en esa materia ha satisfecho a casi todos, reticentes incluidos. Los resultados (y no sólo estadísticos) cantan. Uno, como cualquiera, no puede sino rendirse a esos hechos. Plasencia es, presupuestos al margen y en función de su tamaño, acaso la ciudad extremeña que más y mejor hace por la cultura y su potencial, qué duda cabe, es aún mayor. Esto no será Málaga, pero... Sé que Pizarro lo sabe y por eso ha decidido, según la prensa local, que sea Marisa Bermejo (maestra jubilada de San Calixto y antigua vecina mía en el Barrio San Juan) quien sustituya a Custodio en la concejalía, una vez que éste quedó fuera del grupo municipal popular por la pérdida (no prevista) de votos en las recientes elecciones. En principio, nada que objetar. No será igual (este hombre ha puesto el listón muy alto, como suele decirse), pero no pocos deseamos que sea siquiera parecido. Bastará con que deje hacer a los gestores culturales con el mismo talante abierto y sin enojosas intromisiones ni empachosos protagonismos. Echaremos de menos, sí, a este político elegante en las formas y discreto, cercano y respetuoso. Doy por sentado que, en estos tiempos de descrédito de la política, su huella permanecerá. Don Ángel, enhorabuena y gracias. 

10.6.15

Enigmas de Díez

José Manuel Díez (Zafra, 1978) publica en Visor su último libro, Estudio del enigma. Fue premio Ciudad de Burgos y el jurado estuvo presidido por Caballero Bonald (al que acompañaban, entre otros, García de la Concha y Adolfo Cueto), que elogia la obra en la contracubierta: «Poemas reflexivos, de trascendencia filosófica, que ahondan de una manera muy personal en lo real. Un libro meditativo, muy bien construido en su tono y adjetivación, que justifica el premio recibido y la calidad de su autor.» Pero no nos adelantemos. Éste es, en rigor, su cuarto libro, aunque ya no aparezca en su bibliografía su ópera prima, 42, de 2004, que presentó uno en Plasencia, anterior a la existencia de este blog donde si han aparecido reseñas de los dos siguientes, La caja vacía y Baile de máscaras, que también presenté en su día en esta ciudad. Asistí a la de el libro que comentamos hoy, esta vez desde las sillas del público y con menos jaleo que la vez anterior. En la lectura que hizo, y por los comentarios de sus introductores, me di cuanta de que éste era el libro suyo que más iba a gustarme, algo que la serena lectura del mismo ha confirmado. No sé si está feo afirmar estas cosas, con todo, el salto cualitativo de esta entrega me impide celebrar otra cosa. ¿Madurez? No sé. Poesía, y de la buena, la única digna de tal nombre. Eso me basta. Tres partes: "Tesis", "Antítesis" y Síntesis", dan forma a un libro de carácter unitario que se abre, entre otras, con una cita de Darío: "Sabed ser lo que sois, / enigmas siendo formas". Sí, los epígrafes abundan y eso nos da una pista fiable de qué numerosas lecturas ha abordado Díez y cuáles son sus poetas, digamos, de cabecera. Al menos para este empeño, el más ambicioso de los suyos y el de resultados más incontestables. O eso creo. 
"El reflejo" es un perfecto primer poema. El origen. Un hombre ve su rostro reflejado en el agua. Le sigue "Prehistoria", una enumeración caótica que concluye: "Y todo / ¿Para cuándo, para qué? // Para no entender nada / todavía".
Estamos ante un cambio de registro. La voz de Díez es la misma y es otra. Más metafísica, serena, honda. Menos frívola y cantarina que fue. Se impone aquí lo meditativo. Y allí, aquí, las influencias (fluencias, diría César Nicolás) de Basilio Sánchez, por ejemplo, uno de sus declarados maestros. Y no sólo. Podría decir el oriental Jesús Aguado o el hispanomexicano Tomás Segovia. Lo filosófico, el pensamiento filosófico más que la filosofía, se hacen su hueco en este poesía impecable en lo rítmico (de música le viene al galgo), escrita por alguien que conoce su oficio, que tiene por preocupación fundamental, como centro del asedio y del enigma, el hombre. El humanismo está en la base de su formación (no olvida al franciscano Padre Pacífico) y eso se nota. "Muchos son los caminos, pero cuál es el propio", se pregunta. Y en "Las apariencias leemos: "La realidad es otra / sin embargo". 
Juega, en el mismo sentido, con las paradojas; así, en "La elipsis". Más aún en lo que hay en la vida de perplejidad y de asombro, algo que clava en el poema "Extrañeza", una poética en toda regla y el ideario de una forma de vida. En otro sitio leemos: "A lo sumo el asombro, la memoria, la duda". No deja atrás otra preocupación capital: la de ver, mirar, como en "Visiones" que abre una cita de Auden: "La visión verdadera es la creencia". 
Versos bellísimos ("la memoria es un reino que calcula su ruina") se acompasan a un decir cercano a la verdad de lo hermoso: "Algo bello es un goce / perdurable, y es más: / no hay goce que perdure sin belleza". Sin perder de vista algo que menciona en una de las dedicatorias que se agrupan en las postreras "Acotaciones": "el ejemplo de la naturalidad". Ya que menciono las dedicatorias, buenos erá decir que casi todos los poemas del libros están ofrecidos a alguien y que Díez explica en cada caso el porqué. A uno le ha tocado "Razón no revelada", un poema con verso de Zagajewski y fondo conocido: el cementerio alemán de Yuste. Como en muchos de estos versos, lo leo y me reconozco. Afinidades electivas, que diría el otro. Confluencias, que diría yo. Y ya que lo menciono, leemos en "Episteme": "Todas estas palabras, / siendo ajenas a mí, siendo distintas / en carácter, esencia y resonancia, / confirman, en conjunto, / cuanto soy". A pesar de que en "El rencor" leamos: "Escribir: acto indócil", José Manuel Díez recurre a "Los versos como modo de explicarme". Es su destino.

9.6.15

Modiano y la poesía

"Sus libros, aun siendo novelas, encierran mucha poesía. ¿No ha pensado nunca en escribir poesía?", le pregunta Irene Hernández Velasco a Patrick Modiano en una entrevista que ha publicado el diario El Mundo. Y el flamante Premio Nobel responde: "De joven leía mucha poesía. Pero siempre he sentido que la poesía era demasiado para mí, la novela es algo más concreto. La poesía me ha atraído mucho y me atrae, pero me parecía algo excesivamente precioso. De joven leí mucha poesía porque me parecía el súmmum de la literatura. Evidentemente la poesía encierra una música, una cadencia especial, y eso probablemente ha influido en mis novelas. Si pudiéramos hacer una especie de radiografía de todos los libros que he escrito, se vería que contienen mucha reminiscencia de poesía. Si se pudiera hacer una radiografía de pulmones de mi obra, se vería que hay mucho ritmo, se vería la cadencia de ciertos versos que leí cuando era joven."
Más adelante, pregunta la periodista: "¿Podría vivir en otro lugar que no fuera París?". Y Modiano dice: "Si hubiera nacido en otra ciudad hubiera hecho lo mismo, hubiera escrito sobre esa otra ciudad. Si hubiera nacido en Barcelona, en Madrid, habría explorado todo aquello. Es el azar de la vida lo que me ha situado en París. Yo siempre he sentido admiración por los escritores rusos y anglosajones que escriben sobre el campo, que describen el campo. Yo soy de ciudad. Es el azar de la vida el que te fija en un lugar, y a mí me ha fijado en París. Pero si hubiera sido de otra ciudad ya le digo que hubiera hecho lo mismo. Es necesario conocer tu ciudad."

8.6.15

Libros, libros, libros

Libros que uno ha leído, sí, pero a los que no les puedo dedicar todo el espacio que quisiera y que, a buen seguro, merecen.
Libros como Aguanieve, de Ramiro Gairín (Zaragoza, 1980), que publica La Isla de Siltolá, un puñado de haikus agrupados de tres en tres (por página) que suenan con la debida frescura y, contra lo habitual, ambientados en el medio urbano, no en la naturaleza, y en situaciones cotidianas, algo menos extraño. Un trago de agua fresca, sí, que nos ofrece un hombre que trabaja como técnico de hidráulica e hidrología. 
Bartleby Editores presenta Ficciones para una autobiografía, de Ángeles Mora (Rute, Córdoba, 1952), un conjunto de poemas que se adaptan a la perfección a la cita de Borges del inicio: "Las (...) piezas de este libro no requieren mayor elucidación". Así, sin trampa ni cartón, Mora recuerda. Allí: lo femenino, ese mundo; el Sur, esa atmósfera; la soledad, esa llevadera carga; la infancia, ese paraíso (a veces); el verano, esa eternidad cuando se es niño; lo doméstico... Más lejos, Cracovia: el viaje. 
José Luis García Herrera (Esplugues de Llobregat, 1974) publica en Jizo Ediciones Mares de hierba (Libro de Escocia), con prólogo de Francisco Acuyo. Autor de numerosos libros y de otros tantos premios, aquí se va hasta Escocia y escribe, a modo de diario o de guía de viajes, un grupo de poemas situados en distintos lugares de aquellas septentrionales y húmedas tierras, donde no siempre es fácil distinguir la prosa del verso (de hecho habla en la página 59 de "narrar"). Con todo, agradece uno la pormenorizada excursión, más con estos calores. 
Algo parecido, salvando las distancias, hace José Carlos Díaz (Gijón, 1962) en Convalecencia en Remior, que publica Cuadernos de Poesía "Heracles y nosotros". También a modo de diario, Díaz, evoca una estancia en esa playa nórdica y lucense que le sirve para meditar sobre el paso del tiempo, la edad que avanza inexorable, los hijos, el amor ("En qué momento fue el amor costumbre")... Poesía autobiográfica, sin pretensiones ("Procuro escribir sin imposturas"), de línea clara, que, según el autor, es, más que "sentencia", "incertidumbre".
Vertientes se titula el libro de Evelyn de Lezcano (Canarias, siglo XX) que edita Huerga & Fierro. Islas, mitos, mares, dioses, símbolos... Poesía escueta, seca y directa, intensa y evocativa, de tono inspirado e íntimo que da a luz un extenso poema fragmentado, a modo también de notas de un diario. 
Sucesión de lunas, de Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaíra, 1973), publicado por anantes, lleva un prólogo del poeta y crítico Manuel Rico que nos evita dar explicaciones redundantes. En efecto, en el libro hay imaginación. Son protagonistas, a modo de símbolos, la noche y la lluvia. Estamos ante un libro-poema, dice Rico, donde prima la poesía amorosa. Se mezclan poemas en verso y poemas en prosa. En la primera parte, la principal preocupación es el lenguaje (se usa a menudo la palabra "palabras"). En la segunda, la lluvia pasa a primer término, "como si se tratara del personaje de una ficción".
Con La sangre, Andrés García Cerdán (Fuenteálamo, Albacete, 1972), bloguero, ganó el premio "Ciudad de Almuñécar", lo que le ha permitido, entre otras cosas, que la editorial granadina Valparaíso le publique su libro. Con cinco de poesía ya publicados, se aprecia el oficio de G. Cerdán, sus múltiples lecturas y su debilidad por la música (léase el extenso poema central "Velvet Blues", dedicado a Lou Reed o el poema "Morir en Albacete" y téngase en cuenta que este hombre ha grabado con un grupo de punk-rock), así como su condición de viajero (Florencia, Kiev, París, Londres...). Se ve que vivir en un pueblo de dos mil y pico habitantes no es obstáculo para escribir una poesía culta donde las referencias personales me mezclan con aquellas que proceden de los libros, el arte, las ciudades y, cómo no, de la música. Por movida que ésta sea. 

7.6.15

Las terceritas de Castelo

Hace varios años pudo cambiar mi vida. Llamó a casa José Antonio Zarzalejos, entonces director de ABC, y me citó en su despacho madrileño. Tenía planes para mí. El primero escribir Terceras, esos largos artículos de la tercera página del ABC, donde ha colaborado, a lo largo del tiempo, toda la literatura española, ideas aparte. Después, pensaba reeditar Blanco y Negro y situarla al nivel de otras revistas dominicales. Ahí, me dijo, tengo pensado que escribas un artículo de fondo semanal, como hacen otros en El País Semanal o en El Semanal del Grupo Vasco. Quien sepa lo que significa (o significaba) esto –económicamente digo ahora–, entenderá por qué he dicho lo de cambiar mi vida: vivir exclusivamente de la escritura. Pero antes de que pudiera realizar sus planes, a Zarzalejos se lo cargaron la COPE de Rouco por un lado y la derechona de los viejos chistes de Serafín, por otro, y salió despedido del ABC. Todo eso perdimos. A cambio, yo gané a Santiago Castelo. De hecho lo había ganado desde el principio y gracias, precisamente, a Zarzalejos, que fue quien me puso en contacto con él.
Castelo era quien a partir de ese primer año, llamaba a casa cada dos meses para recordarme que debía enviarles una Tercera que yo iba dilatando en el tiempo. El pasado año –debía de haber sospechado lo que no sospeché– fue sustituido por los correos del periodista Alfonso Armada y pensé que debía llamarle por teléfono pero no lo hice. La voz de Santiago Castelo sonaba, al otro lado del cable, entrañable, operística y campechana: ‘Hosé Cal.lo, mándame una Tercerita, hombre, que ehtamo en ayuna…’ O si cogía el teléfono alguno de mis hijos: ‘Díiile a tu padre que no sea perezoso y me envíe ya una Tercerita’. Pero sobre todo estaba esa manera de identificarse al teléfono: ‘Hoombree, Hosé Cal.lo’, que se ha acabado para siempre.
Tenía un punto valleinclanesco –monárquico y sentimental– pasado por la escuela de Manuel Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor. Amaba la literatura de Llorenç Villalonga y quiso a su viuda Teresa Gelabert –doña Teresa, decía, abriendo mucho la boca al final–, como si se tratara de una tía abuela favorita. De hecho fue el único que escribió una necrológica –bastante extensa, recuerdo– de Teresa Gelabert en un periódico nacional, el suyo, cuando ella murió. Los veranos pasados en la isla cubriendo la información de Marivent en los primeros ochenta hizo que se trataran. Tituló Siurell (sigo con Mallorca), uno de sus poemarios. Fue un bon vivant, amante del comer tradicional y el beber divertido, con una querencia habanera –y algunas pasiones griegas– que renovaba en cuanto podía. Fue un confidente con despacho en el periódico, tan sellado para esas confidencias como una mastaba egipcia. De ABC lo sabía y supo todo y era un hombre leal hasta el tuétano a su tradición y a la familia Luca de Tena (y por supuesto a don Juan de Borbón). De otras partes también supo muchas cosas, pero disimulaba. Nunca oí de su voz ningún sarcasmo ni periodístico, ni íntimo, sobre terceras personas. Nunca tampoco un mal gesto o una frase intemperante. El corpachón cubierto a veces por capa en invierno, le daba un aire, buscado, de otro tiempo. Su bonhomía natural, también. Era un hombre respetuoso y respetado, más allá de las bromas en voz baja, que lo hacían todavía más entrañable. 
Lo que más quería de sí mismo era la poesía y nunca dejó de escribir versos. Una treintena de libros de poemas son su legado. El que él habría elegido como mejor legado, aunque ABC fuera su casa y el periodismo su forma de vida. La poesía no era una forma, sino la vida en sí y ahí la dejó, el viernes por la noche, mientras que en el teléfono de casa ya nunca más volveremos a oír ni la palabra Tercerita, ni el nombre de Hosé Cal.lo. 
José Carlos Llop. Diario de Mallorca.

6.6.15

La realidad de Fombellida

Di, realidad es el convincente título que ha dado Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959) a su último libro, que publica, muy bien editado, Renacimiento. Supongo que a estas alturas ya todos los lectores de poesía de este país saben quién es y cómo se las gasta, líricamente hablando, el poeta cántabro. Bueno, sí y no, porque uno, que lleva leyendo sus poemas desde hace bastantes años, se ha visto sorprendido por esta nueva vuelta de tuerca que, a su edad (la de uno), no suelen permitirse los poetas establecidos, digamos, a los que se refería el hermoso poema de Bernal, otro de la cosecha del 59.
Explica en "Notas y dedicatorias" el porqué de dejar en su lengua original las citas que pueblan la obra. Con todo, traduce la de Nietzsche que la abre: "Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso..." No es baladí. Ha sido minuciosamente escogida. Basta empezar con el primer verso del soberbio primer poema (dedicado a Brines), "El desvelado", para caer en la cuenta: "Qué poquedad nos basta". Y más abajo: "Huele el frío a memoria". Y sigue, en "Su casa verde ónice" (qué títulos tan hermosos y sugerentes los de Fombellida). Allí, y en todo el conjunto, una dicción elegante, majestuosa incluso, que avanza a través de poemas extensos, discursivos, bien compuestos, donde la meditación no se pierde en vericuetos metafísicos, un tono entre sobrio y apasionado que nos arrastra y nos conmueve sin remedio. Nada más lejos de la frivolidad. Del mero juego de hacer versos. La hondura asusta, en el mejor sentido. Nos deja entre asombrados y perplejos, sin comprender acaso del todo, pero entendiendo. "No sé si he regresado o me he perdido", escribe en "Odiseo en el Báltico" (dedicado a Abelardo Linares), uno de los imprescindible. "Nadadores", el siguiente, que también se puede leer en el enlace anterior, es emocionante hasta el límite (dedicado a su hijo Álvaro): "Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto, / que se  gobierna con pericia mientras cabe pensar / que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un ataúd de plomo."
En otro lado leemos: "Es terrible vivir en este tiempo. / Mientras viene, callémonos amando."
Estamos ante un libro lleno de heridas. La enfermedad (léase "El hoyo diecisiete"), sus términos y sus metáforas y sus hospitales, está muy presente. Y la barbarie de esta época (y de la que nos antecede); así, "San Silvestre en el Prater", uno de los numerosos poemas que se sitúan en Centroeuropa. Al fondo, cómo no, la guerra. La Gran Guerra, por ejemplo, a la que dedica poemas memorables, como "Dobošnica, 1914": "Han liquidado al rey de no sé dónde". O el que evoca el cementerio militar de Ypres, en Bélgica. Y el nazismo, en "Dem Deutschen Voeke", pongo por caso, la historia de tres hermanos muertos, como tantos, sin porqué en la II Guerra Mundial.
Lo narrativo impera, sí, pequeñas historias de personas, anónimas o no, pero sin perder el pulso poético que se resuelve gracias a un lenguaje poderoso, a ratos incluso barroco, de gran precisión y riqueza léxica, de imponente fortaleza rítmica y sonora (dan ganas de recitar estos versos en voz alta), acorde a la fuerza que sostiene el libro, de una potencia, ya digo, inusitada. Léase, pongo por caso, "Ronda de lobos". Al leerlo, no puedo dejar de evocar la palabra Romanticismo, con mayúscula, pues que me refiero al europeo movimiento literario y de pensamiento, al alemán sobre todo.
(Cree uno, seguramente confundido, que el Norte tiene algo que ver con esta forma de decir. Hay una luz, que es más que eso, entre cenital y oblicua, que ilumina estos versos y los aporta una atmósfera muy determinada, enormemente sugestiva, aunque inquietante. Tal vez esté equivocado, pero uno sería capaz, sorteando los tópicos, de distinguir la poesía del Norte de la del Sur. A eso me refiero.)
Hablé antes de emoción y no otra cosa apreciamos en "Los ojos cerrados", dedicado a su padre. En "la dócil gravedad de mi sufrir", "con los ojos cerrados vivo, respiro, soy."
Del conjunto, destacaría también un puñado de poemas llenos de carnalidad, muy sensuales, como "El calor se retira de las cosas". Sí, impresiona leer: "Nunca te había gozado en la agonía."
Poemas como "Lo mezquino, lo triste", "La ley del río" (uno de mis favoritos: "Si yo tuviera amigos..."), "Cada pena se ocupa de sí misma", "Fussgänger", etc. justifican el entusiasmo que este lector ha sentido al descubrir Di, realidad. "Realidad, realidad, estamos tú y yo solos", escribe en el poema que da título al volumen. Y añade: "Hiéreme realidad". 
Uno, en fin, admira aquello que sabe que nunca podría hacer. Por ejemplo, escribir versos como estos. Un libro así. Me alegro, en fin, más allá del privilegio de haberlo podido leer, que el nombre de uno aparezca en las dedicatorias, otra sorpresa. Fombellida me ha entregado, y no sabe cuánto se lo agradezco, "Los que no tienen a nadie", sabedor, a buen seguro, de que uno vive en el "Hotel del Hombre Solo". Para colmo, qué casualidad, la fecha de impresión del libro es la del 20 de marzo, una de las más significativas de mi vida.
Antes de escuchar a Dante, unas palabras de su Vita nuova: "Y aunque yo fuese distinto del que era antes...", qué bien abrocha Rafael Fombellida la obra con "El cielo no tiene horizontes": "Miro el cielo nocturno. Las estrellas cintilan / tímidas, expirantes como el hálito / de un anciano intubado. Ya no sé regresar." ¿Quién podría?