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16.6.15

La poesía de Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) es, entre otras cosas, poeta, narrador, traductor, crítico literario y bloguero, en Columna de humo, donde el lector curioso se puede informar con detalle acerca de su ya extensa bibliografía. El blog, por cierto, lleva como subtítulo "Diario abierto" lo que nos permite añadir que se ocupa en El Cultural, preferentemente, de ese tipo de libros, diría que hasta de moda en España. Algo de diario tiene también el libro que vamos a comentar, Panorama y perfil, que apareció a finales del pasado año en DKV, de Libros Canto y Cuento, la cuidada colección de José Mateos. Aunque no lo ponga en parte alguna, el libro ganó el premio Unicaja concedido por un jurado presidido por José Manuel Caballero Bonald e integrado por Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Manuel Alcántara y Antonio Garrido Moraga. Destacaron que está “lleno de apreciaciones sorprendentes”, que "habla de asuntos cotidianos pero buscando el lado insólito y prodigioso que tiene la realidad cuando se la mira con detenimiento”. No mienten.
Dividido en tres partes y una coda (que es una poética), "Cuaderno de campo", "El paseante" y "Autobiografía", nos encontramos con la poesía de un viejo conocido (a la que el lector que la desconozca puede acceder a través de su antología Casa en construcción, publicada por Renacimiento en 2007), un destacado poeta de su generación, la de la Democracia. Allí, versos que tienen que ver, ya se dijo, con la vida cotidiana (elevado, eso sí, a categoría poética, lo que no siempre ocurre), escritos en una línea clara y narrativa (léase "La plaza"). El ritmo es sobrio y sereno, parsimonioso y, a veces, la indagación se acerca a lo meditativo (como en "Sombra"). "El mundo es lo que quiero ver del mundo", escribe, y, ya que lo menciono, bueno será destacar la capacidad de observación de Benítez Ariza, la importancia que da a la mirada, por encima tal vez de otros sentidos. Por eso la importancia y riqueza de las imágenes es patente.
Los momentos que vive quedan fijados en el poema con la intensidad que merece lo que no debe ser pasto del olvido. Eso vale para el canto de un mirlo, la visión de la niebla (esa metafísica), del campo, de la palmera o del olivo, de la casa... La cotidianidad a que aludía se aprecia con claridad en el poema "En la parada", donde un grupo de mujeres esperan al autobús. 
No falta la presencia del mar, normal en un gaditano. Ni el viento, de levante a ser posible. Pero no estamos ante un poeta terruñero. Madrid, Londres, París... también aparecen en estos poemas que en la tercera parte se acercan a lo más íntimo y personal. El padre ("Encuentro cada día / cosas nuevas de ti en mí. // En mi desconocimiento te reencuentro.", dice en "Padre", que se puede leer en este enlace), la madre ("Mesa puesta"), la infancia ("Pour fêter une infance"). 
Es ocurrente en "La semana" y se permite el juego tipográfico en "Topless". En "Viaje de estudios" hace balance y, por fin, en "Coda", ya se dijo, sitúa sus coordenadas líricas a partir de un símbolo bien conocido: el juanramoniano de la rosa. No la toques ya más. 

21.12.22

La lista. Las listas


He aquí la lista que envié a EL CULTURAL con los, para mí, mejores libros de poesía de 2022. Una lista única de autores españoles. Antes, eso sí, elaboré otras tres distintas, en función de las peticiones que iban llegando desde la redacción del suplemento. Primero, una de diez libros de autores extranjeros y otra con otras tantas obras de autores españoles e hispanoamericanos; después, una donde se fundían las tres categorías; y, por fin, la definitiva, en la que sólo debía incluir libros de poetas españoles. Ya que las tuve que confeccionar, ahí van. Por listas que no quede. 

POESÍA ESPAÑOLA E HISPANOAMERICANA
 
Maestro de distancias. Jordi Doce. Abada
Viejas canciones rusas. Pablo Anadón. Pre-Textos
De traslación. Pureza Canelo. Pre-Textos.
Azul el agua. Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Laberinto. José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Arqueología. Ada Salas. Pre-Textos
Lo inesperado. Antonio Moreno. Renacimiento
El campamento de los aqueos. Javier Velaza. Visor
Poesía completa. William Ospina. Lumen
A cada cual su cielo, de Fabio Morábito. Visor
 
 
POESÍA EXTRANJERA
 
La Tela y otros poemas. Mirella Muià. Pre-Textos
Mundo. Ana Luísa Amaral. Sexto Piso
Meadowlands. Louise Glück. Visor
Llueve en la taza. Henrik Nordbrandt. Nórdica
La insomne felicidad. Pier Paolo Pasolini. Galaxia Gutenberg
U.S. 1. Muriel Rukeyser. Ultramarinos
Combate espiritual. Gorazd Kocijančič. Vaso Roto
La poesía del siglo XX en Rumanía. Visor
Bondo. Menna Elfyn. Trea
Un puñado de tierra. Poesía y pintura de Ucrania. Reino de Cordelia


POESÍA ESPAÑOLA, HISPANOAMERICANA Y EXTRANJERA
  
Maestro de distancias. Jordi Doce. Abada
Viejas canciones rusas. Pablo Anadón. Pre-Textos
La Tela y otros poemas. Mirella Muià. Pre-Textos
De traslación. Pureza Canelo. Pre-Textos
Mundo. Ana Luísa Amaral. Sexto Piso
Azul el agua. Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Meadowlands. Louise Glück. Visor
Laberinto. José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Poesía completa. William Ospina. Lumen
La poesía del siglo XX en Rumanía. Visor


MEJORES LIBROS DE POESÍA 2022

Maestro de distancias, Jordi Doce. Abada
De traslación, Pureza Canelo. Pre-Textos
Azul el agua, Amalia Bautista. La Bella Varsovia
Arqueología, Ada Salas. Pre-Textos
Laberinto, José Manuel Benítez Ariza. Renacimiento
Lo inesperado, Antonio Moreno. Renacimiento
El campamento de los aqueos, Javier Velaza. Visor
Los reales sitios, Juan de Salas. Ultramarinos
Los inútiles, Maribel Andrés Llamero. Isla Elefante
Los planetas fantasma, Rosa Berbel. Tusquets
 

4.1.16

Benítez Ariza, canciones de amor

En Nosotros los de entonces (Poesía amatoria 1984 – 2015), editado por La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes, el poeta (y más) José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) reúne buena parte de los poemas amorosos que ha escrito. Entre ellos, pertenecientes a sus diferentes libros publicados, los inéditos que conforman una obra reciente de la misma condición: La intemperie.  
Como bien dice en su extenso prólogo, «Por qué lo llaman "amor"», un auténtico ensayo sobre este asunto, «la expresión "poesía amorosa" equivale simplemente a "poesía"». Añade que escribir poemas de amor no supone evadirse de la realidad, del tiempo en que uno vive y en el que está. Subraya la "capacidad del amor para articular una conciencia de la vida" y que "sus sentimientos -o, mejor dicho, las formulaciones poéticas de los mismos- presuponen una historia". Y remata: "Un solo poema de amor es siempre insuficiente". Por eso, al modo renacentista, concibe este libro como un "cancionero". Reconoce que no falta la ironía en la muestra, pero también que hace tiempo que no necesita de ningún personaje poético que se interponga entre autor y lector.
Una "Canción inicial" y una "Canción final" delimitan el conjunto. En medio, poemas de amor, claro, pero en el más amplio sentido del término. Por cierto, poemas -la mayor parte logrados y espléndidos- donde la naturalidad se impone y, cómo no, el tono autobiográfico, mencionadas ironías mediante.
Siempre le ha costado a uno, como lector, degustar como es debido este tipo de poesía. En sentido estricto, digo, porque de amor, como viene a decir JMBA, serían todos los poemas. Más allá de los clásicos, insuperables en su perfección, porque suelen seguir el modelo nerudiano, y uno de nerudiano tiene lo justo, o menos. Son poco creíbles, digamos, alambicados y pegajosos, cuando no directamente ñoños o ridículos (como decía de las cartas de amor Pessoa). Estos son todo lo contrario. El realismo y la experiencia se anteponen a cualquier otra consideración; en la línea, por cierto, de excelentes maestros en la poesía española e hispanoamericana contemporánea, desde Cernuda, Gil de Biedma y Margarit hasta Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco y Jaramillo Agudelo, por poner algunos ejemplos encontrados al azar.
Uno agradece esta actitud, algo que permite al lector ponerse en el lugar del otro, algo imprescindible cuando de poesía se trata. Así podremos disfrutar aún más de lo que el amor, cualquier amor, ofrece.

14.2.23

Buenos días, poesía

José Manuel Benítez Ariza
Renacimiento, Sevilla, 2022. 92 páginas. 16 €
 
Benítez Ariza (Cádiz, 1963), crítico, diarista y traductor ha publicado las novelas reunidas en Trilogía de la Transición, libros de relatos y, sobre todo, de poesía: Panorama y perfil, Arabesco y Realidad, entre otros. Su obra está antologada en Casa en construcción y Nosotros los de entonces.
En otro contexto, Mario Cesariny se refirió a “la rehabilitación de lo real cotidiano”, lo que sirve para definir esta poética alineada con la tradición anglosajona. Elegantemente autobiográfica. Que “habla de asuntos cotidianos pero buscando el lado insólito y prodigioso que tiene la realidad cuando se la mira con detenimiento”.
No podría haber elegido mejor comienzo que el poema “Buenos días”, donde saluda a los seres y las cosas con las que suele encontrarse a diario: “¿Os veo mañana?”. “Abecedario” de estructura parecida, enumera a personas y dice de qué han fallecido: “Azucena, de frío”.
La incipiente vejez sesentera está en “When I´m sixty-four” (un guiño a los Beatles) y “Dos canciones”; la segunda, “In memoriam”, dedicada a su madre.
La pobreza de un masái y la de su abuela se dan la mano en un poema donde prima la emoción. Como en “La canal”, donde regresa la infancia, o “Escayolista”, donde reconoce que las técnicas del oficio de su padre le sirve para la escritura. En “Leyendo a Montaigne”, la incertidumbre. En “Laberinto” apreciamos con qué poco –un paseo familiar– puede construirse un poema. Como en “Reencuentro” (en Cádiz) o “Días de hospital”. Basta acaso saber observar.
A los pájaros felices destina una sección. A Irlanda, un “cuaderno” en el que nos muestra su faceta de viajero y dibujante.
Un puñado de haikus abre la última parte. Allí, los amaneceres, las flores humildes de muros y cunetas, Benaocaz, la niebla, las verduras, un gato… y “La Dama”, “un buen lugar para morir”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL. 

21.4.18

De dos en dos y...

A sabiendas de que es imposible escribir acerca de todos los libros que le llegan a uno, ni siquiera de los que alcanzo a leer, además de los que reseño para las revistas en las que colaboro, me gusta publicar aquí de vez en cuando una lista que al menos dé cuenta de ciertas lecturas que uno considera dignas de ser mencionadas. En esta ocasión agrupo esos libros de dos en dos. 
1. Mujeres. Un hogar fuera de mí (Visor), de la argentina Luciana Reif, XXX Premio Loewe a la Creación Joven, es, sobre todo, palabra de mujer. Casi la caída (Stendhal), de Almudena Vega, confirma una poética fundada en una voz muy personal. 
2. Haikus. Grillos y luna (La Isla de Siltolá), de Susana Benet, tal vez nuestra mejor haikista. Más de mil vidas (Renacimiento), de Antonio Moreno, que vuelve a ese tipo de composición oriental tras Unos días de invierno.
3. Antologías. El poema extranjero (La Isla de Siltolá), de Juan Peña, donde reúne sus traducciones de conocidos poemas clásicos de Hölderlin y Dylan Thomas pasando por Rilke, Keats o Leopardi. Los años otoñales (BajAmar), de Vicente García, que en la sección "Otras voces" traduce poemas de poetas clásicos y modernos, de Marcial y Arquíloco a Frost y Holan. 
4. Traducciones. Un acuario (La Garúa), de Jeffrey Yang, al que Jordi Doce, su traductor, ya nos presentó en Libro de los otros (que he reseñado para la revista Clarín). Y el lugar era agua (Eolas), de Lorine Niedecker, a la que traduce Natalia Carbajosa para la colección que dirige Tomás Sánchez Santiago. Dos libros que son, sin duda, dos grandes sorpresas. 
5. Completas. De dos murcianos, por cierto. Atardece despacio. Poesía completa (1976-2017) (Renacimiento), de Dionisia García, una poeta a tener en cuenta, pero bastante desconocida. Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017 (Tusquets), de Eloy Sánchez Rosillo, que reúne una vez más sus extraordinarios poemas, y no será la última.  
6. Ensayo. Vanguardismo y memoria. La poesía de Miguel Labordeta (Pre-Textos/Fundación Gerardo Diego), de José Antonio Llera. Fue premio 'Gerardo Diego de Investigación Literaria' y rescata, con gran sentido de la oportunidad, la figura de un poeta -el hermano de José Antonio- no del todo reconocido. Un mundo simbólico (Las Isla de Siltolá), de Pelayo Fueyo, que indaga en torno a la poesía desde su propia poética. 
7. Clásicos. Uno antiguo y otro contemporáneo. Carmina Burana. Cantos de goliardo y poemas de amor (Galaxia Gutenberg), al cuidado del simpar Francisco Rico. Mensaje (Visor), el único, mítico libro que Fernando Pessoa publicó en vida, apenas un año antes de morir, en traducción de Manuel Moya, que sigue dando a conocer sus versiones (una tarea titánica) de la obra completa del autor portugués. 
8. Tánger. Tánger entonces (La Veleta), de Antonio Pau, una autobiografía de su infancia en la ciudad norteafricana. Tánger, segunda patria (Almuzara), de Rocío Rojas-Marcos, donde se repasa su influencia en la literatura, por ser un "ineludible enclave literario en castellano". De Carmen Laforet a Ramón Buenaventura pasando por Ángel Vázquez, autor de La vida perra de Juanita Narboni. 
9. Francisco J. Uriz. Que es tanto como decir nórdicos. Antología Poetica (Bolchiro), del sueco Lars Forssell, y Trilogía del Hacedor de sueños (Libros del Innombrable), del noruego Jan Erik Vold.
y 10. Elías Moro. Que publica dos libros: Album de sombras (Eolas), una suerte de memorias de infancia, y su primer libro de poesía, De nómadas y guerreros (LeTour1987), un intenso homenaje a uno de sus maestros: Aníbal Núñez.
Coda. La lista de libros, digamos, normales sería interminable, y ya quisiera exagerar. Con todo, ahí van unos cuantos títulos de referencia:
-Diluvio (La Isla de Siltolá), de Miguel Veyrat.
-Arabesco (Pre-Textos), de José Manuel Benítez Ariza.
-La epifanía (Visor), de José Luis Rey.
-Una casa victoriana (papelesmínimos), de Víctor Angulo.
-La tierra que pisamos (Universidad de Oviedo), de Borja Martín.
La lista empieza por el más veterano, que cada día está más joven (al menos poéticamente) y termina con la ópera prima de un poeta del 94, asturiano de Navia. Promete. Benítez Ariza, un poeta solvente, es de mi generación, aunque con menos edad que yo, y Rey de la siguiente. Su libro impresiona sólo con verlo. De Angulo (soriano, como Fermín Herrero y Enrique Andrés Ruiz, y del 78)  no conocía nada, pero el libro, además de precioso, me parece logrado.

Nota. Ilustra esta entrada el cuadro "Alfred Munnings reading aloud outside on the grass", circa 1911, de Harold Knigh. 

27.5.15

Libridinosos

¡A los libros!, como su blog, así ha titulado Daniel Heredia (Cádiz, 1971) un libro que publica La Isla de Siltolá donde se reúnen entrevistas publicadas en la mencionada bitácora con veinticinco personajes del mundo de las letras: catorce escritores, seis editores, tres agentes literarios, un encuadernador artístico (que en realidad son dos: los hermanos Galván) y un librero.
La lista completa de participantes se puede leer aquí, donde el propio Heredia explica también en qué consisten sus minuciosos cuestionarios. El libro que se abre con unas palabras de Charles Nodier: "Después del placer de poseer libros, no hay nada más dulce que el hablar de ellos". Y es verdad. Uno no ha leído las respuestas de todos. En el caso de los creadores, porque a algunos no los conozco. Es más, lo confieso, hay nombres que ni siquiera me sonaban. Sí he dado buena cuenta de las conversaciones, digamos (no son cara a cara), con Pilar Adón, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla (un par de auténticos maestros del género), Luis Alberto de Cuenca, Benjamín Prado, Juan José Téllez (una de las más apasionantes, según creo) y David Trueba (una de las más insulsas). Y con Manuel Borrás (un sabio), Javier ‘Fórcola’ Jiménez (que sabe bien lo que quiere) y Javier Sánchez Menéndez (inventor de Siltolá, que no es poco). O con la agente Palmira Márquez y el librero Juan Manuel Fernández, al que nunca dejo de visitar cada verano en Cádiz, en su local de la plaza Manuel de Falla (nombre también de su santa casa), que asocio a mi amigo Fernando Pérez, con quien estuve allí una vez.
De esa interesante lectura ha sacado uno numerosas conclusiones. Entre las más anecdóticas, que la mayor parte de los entrevistados carece de exlibris y de ebook (y aseguran larga vida a la edición en papel), que tienen demasiados libros en casa (que, por cierto, algunos compran en la librería Rafael Alberti de Madrid, todo un modelo), que no saben definirse a sí mismos, que son reticentes con eso de enseñar a escribir, que no subrayan y anotan tanto como uno creía, que -en el caso de los escritores- casi todos dejan leer sus manuscritos a alguien antes de publicar o que, salvo Felipe Benítez, pueden escribir en cualquier parte. Se les puede aplicar a todos el neologismo inventado por José Manuel Benítez Ariza a partir de un comentario del librero Fernández acerca del "gusto que da rozarse con cajas que sabe uno que están llenas de libros": son libridinosos.  
Ha sido una buena idea, en fin, agrupar en forma de libro (de 552 páginas) estas charlas con profesionales de la literatura. A pesar, claro, de que el blog esté, siga estando ahí.

6.1.15

Revistero

Llegan casi al mismo tiempo un puñado de revistas de las que uno ha estado picoteando entre atracón y atracón, entre paseo y paseo.
Así, Clarín, donde, entre otras cosas, he disfrutado con "El silencio y el ruido, un conflicto antediluviano", de Antonio Moreno (un día de estos publicaré aquí algún breve fragmento); con "Un país llamado Cadenas", de Antonio López Ortega (muy oportuno ahora que ando leyendo la poesía reunida de otro venezolano, Igor Barreto); con los tres textos de la sección "Colección de vidas", firmados por Bonilla, Fuster y Alberca que habla, respectivamente, de Bolaño, Camba y Unamuno; con los aforismos de Leo Longanesi (¡qué descubrimiento!) y Lorenzo Oliván; con los apuntes de un viaje a Cuba en 1995 de Toni Montesinos y otro de Benítez Ariza a la tumba, en Larache, de Genet; y con numerosas reseñas de "Paliques". 
En Cuadernos Hispanoamericanos (que ahora se puede leer a través de Issuu) se habla de Ortega (se ve que el libro de Jordi Gracia ha surtido su efecto), de Octavio Paz (precioso el programa dedicado a su centenario en Imprescindibles), de Castellet y, entre otros, de la poesía amorosa de Darío Jaramillo (en un interesante artículo que firma Luis Muñoz). Bonilla (de nuevo) firma un divertido texto de crítica literaria que uno ya había leído (o soñado) en otra parte, tal vez Clarín. Sergio C. Fanjul hace balance de la experiencia Poetas por Km².
La también asturiana Anáfora llega al número 3 con poemas de nombres conocidos (Felipe Benítez, Dionisia García, Rivero Taravillo, José Cereijo, Francisco Alba. etc.) y otros más jóvenes que pertenecen (o no) al círculo de de esa revista, como Rodrigo Olay, Vicente García o Miguel Floriano. Se traduce a la poeta china Yu Xiang (1970), a Edward Thomas y a Elisabeth Bishop. Además, hay prosas, una entrevista con Xaime Martínez y algunas reseñas.
Del número 373 de Quimera destacaría uno la interesante conversación entre Santiago Auserón y Catherine François a propósito del libro de la segunda, publicado por Demipage, Los reyes poetas, que tendré que leer o el dossier sobre Cuba. Como Fernando Valls, creo que "resulta oportuno el homenaje que Alex Chico le rinde a Modiano". Del recién llegado 374, las entrevistas con tres grandes: Landero, Merino y Vila-Matas, así como el texto, de nuevo oportuno, del errante Álex Chico con París y José Antonio Gabriel y Galán al fondo.
Dejo para el final a Suroeste, revista de literaturas ibéricas, que ha dado a la imprenta el número 4, el correspondiente a 2014 (que tiene más de 200 páginas). Es poco práctico enumerar el nombre de los colaboradores, pero digamos que hay poesía española (Enrique Andrés Ruiz, Cilleruelo, Pablo Fidalgo, Ana Merino, Tomás Sánchez Santiago...), catalana (Xavier Farré, Álex Susanna), gallega, portuguesa (Amadeu Baptista, Júlio Conrado, Jaime Rocha o el dossier "Génesis", donde participan, entre otros, Almeida Faria, Helder Moura Pereira y Miguel de Freitas, con ilustraciones de Daniela Gomes), prosa (a destacar el fragmento de Oscuro oráculo, del muy callado Julián Rodríguez), así como ensayo (sobre Cunqueiro o Andrade), reseñas (Miguel Ángel Lama culmina en esta entrega las reseñas sobre todos y cada uno de los volúmenes de Historia de la literatura española (Crítica, dirigida por José-Carlos Mainer y coordinada por Gonzalo Pontón) y una interesante entrevista a Manuel de Seabra. Se incluyen sendos encartes. De Ruth Morán y João Grama. Esto, insisto, y mucho más.

2.4.11

Baltanás (y otros)

El poeta Enrique Baltanás publica de golpe dos libros. Uno de poemas, Trece elegías y ninguna muerte, y otro que recoge entradas de su blog, Al margen de los días, bajo el título Las olas muertas. Ambos en la emergente editorial sevillana La Isla de Siltolá que dirige con pulso firme Javier Sánchez Menéndez. El primero en la colección de Poesía y el segundo en Álogos, donde han aparecido recuentos blogueros de Benítez Ariza, Benítez Reyes, García-Maíquez, Rivero Taravillo y Valls (y que a uno le esperan encima de la mesa para ir degustándolos poco a poco). Como uno sigue esas bitácoras, relee más que otra cosa. Me temo que esa va a ser la norma en los libros futuros de quienes antes sólo eran diaristas de tinta y papel. Ya ocurre, además de con algunos de los arriba citados, con José Luis García Martín o Miguel Sánchez-Ostiz, dos referentes del memorialismo patrio.
Volviendo al de Alcalá de Guadaíra, y dejando al margen su reconocida faceta prosística, he leído en Trece elegías y ninguna muerte unos poemas graves, pero sin patetismo ni retórica (aunque la muerte ronde), acordes a las enseñanzas de la edad, serenos y muy lúcidos, dignos de una voz clara, reconocible y propia dentro de nuestra poesía reciente (figure o no en el recuento de Gracia y Ródenas que comentábamos días atrás). "Con lógica implacable, aspiro a lo indeleble", escribe en el poema pórtico. En esa línea, no faltan en sus versos ni la religiosidad ni Dios, una peculiaridad en este mundo descreído en el que hace tiempo vivimos, en la poesía y fuera de ella. No en vano, afirma, "La verdad de la vida es el misterio".

24.3.14

Estación Poesía

En la mejor tradición sevillana y de la mano del CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) comienza su andadura Estación Poesía, una revista cuatrimestral en papel (disponible en la red) en la que, se nos dice, escritores sevillanos compartirán espacio con autores del panorama poético español e internacional.
Está dirigida por el poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo y forman parte de su Comité asesor los también poetas Enrique Baltanás, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Ana Gorría, Ioana Gruia y Aurora Luque.
Estos son los colaboradores de la primera entrega por orden de intervención: Felipe Benítez Reyes, Erika Martínez, José Manuel Benítez Ariza, Juan Manuel Macías, Hilario Barrero, María Alcantarilla, Álvaro Valverde, Manuel Moya, Trinidad Gan, Piedad Bonnett, Francisco Barrionuevo, Ben Clark, José María Jurado, Lola Mascarell, Susana Benet, Jesús Aguado, Josefa Parra, José Luis Morante, Pablo Fidalgo Lareo, Pilar Márquez, Juan Lamillar, María Ruiz Ocaña, Antonio Praena, Javier Vela, Josep M. Rodríguez, Lola Terol, Álvaro García, Joaquín Pérez Azaústre, Olga Rendón Infante, Juan Carlos Abril, Carlos Alcorta, Francisco José Martínez Morán y Toni Montesinos. ¡Larga vida!

Ah, estos son mis versos, los últimos que he escrito:

MIRADA

Sobre la  pasarela, contemplando
el río y su transcurso, las orillas,
los árboles sin hojas y el molino,
de equívoco aire inglés;
suspensa sobre aguas turbulentas,
su mirada era digna de un poema.
Era postrera, o eso parecía.
La de un hombre que mira por vez última.
Que quiere despedirse de un paisaje
mil veces entrevisto y otras tantas
observado con calma porque es parte
de aquello que es él mismo. 

18.4.13

Clarines

Se me pasó comentar algo acerca del penúltimo número (103) de la revista Clarín y mira que lo merecía. Por "Facilidad de la poesía y otros impromptus", de Antonio Cabrera, adelanto de un libro que ya busca editor; los aforismos de Ramón Eder; los siempre curiosos e interesantes textos de Rosa Navarro Durán; los diarios de Manuel Neila por Túnez y las cinefilias de Benítez Ariza; por "Los barcos", una prosa de Cavafis; la entrevista con Maurizio Serra a propósito del inquietante Malaparte y la biografía que del escritor italiano ha publicado en España Tusquets; por las múltiples y esclarecedoras reseñas; y, sobre todo, por el "Autorretrato" del poeta milanés Giovanni Raboni, en edición de la que fuera su mujer, Patrizia Valduga, con nota de Luca Daino y traducción de Juan Carlos Reche. ¡Todo un descubrimiento!

En lo que respecta al último número (104), y a falta de leerlo al completo, otra agradable sorpresa: los poemas del norteamericano Joseph Stroud, de quien uno espera que Jesús Jiménez Domínguez (su traductor) nos ofrezca cuanto antes una antología. Por lo demás, una conferencia de Felipe Benítez sobre Ramón; noticias de Juan Bonilla (que saca novela, basada en la vida del poeta futurista Maiakovski), bibliófilo en crisis; tres miradas del heterónimo y fotógrafo Juan Ochoa; y un puñado de textos, relatos, diarios, entrevistas y reseñas que harán, como suelen, las delicias de los lectores de la revista asturiana.

10.10.20

José Manuel Benítez Ariza lee "Porque olvido"


No siempre es fácil distinguir un diario de lo que no lo es, y más en estos tiempos en los que tanto se prodigan, por la variedad de formatos y espacios de difusión disponibles, las colecciones de apuntes misceláneos de escritor, que no necesariamente conforman un diario propiamente dicho.
De ahí que lo primero que cabe destacar de Porque olvido (Diario 2005-2009) sea que efectivamente responde a lo que anuncia –y ello, a pesar de que se trata de una selección de entradas de un blog en el que también se publican reseñas y otros escritos más o menos circunstanciales–. En efecto, el poeta y crítico literario Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) logra, al entresacar de este blog las entradas más personales, las vinculadas a su vida familiar, a su trabajo como maestro de enseñanza primaria y a sus relaciones sociales y compromisos literarios, que este conjunto en principio no muy nutrido de anotaciones –apenas unas veinticinco páginas por año– se articule en torno a los elementos básicos que certifican la existencia de un empeño de escritura diarística: un relato autobiográfico hecho de recurrencias reconocibles, un logrado equilibrio entre narración y reflexión y una especie de pacto de confidencialidad dirigido al lector, incluso cuando éste sabe que el diario en cuestión se difunde por un medio público.
Y el caso es que Álvaro Valverde se presenta en su diario fundamentalmente como un hombre público. Como tal, se refiere a las importantes responsabilidades como gestor cultural que en su día asumió en su región, Extremadura, y de las que luego sería apartado por razones espurias. Y es también esa dimensión pública la que lo lleva con frecuencia a presentarse como ciudadano activamente interesado en los asuntos del día, no sólo culturales, e incluso a asumir una cierta posición de cronista del “resurgimiento cultural” que, en su fundada opinión, ha conocido su tierra, así como del empeño de su generación por lograr la “modernización literaria” de la región. “Quise ir de lo local a lo universal”, refiere en algún momento. Y no cabe duda de que su atención a la noticia menuda, su serena pero firme indignación ante ciertos desafueros locales –como los hay en todas partes– y su permanente reivindicación de lo que podríamos denominar la cantera literaria extremeña, de la que él mismo ha surgido, dan fe de que el poeta reconocido y premiado a nivel nacional que es Valverde se siente cómodo en su entorno literario inmediato y no desaprovecha ocasión de reivindicarlo. Dan cuenta de ello, por ejemplo, las numerosas semblanzas personales que  enriquecen este diario, muchas de ellas dedicadas a amigos que fallecieron en el espacio cronológico al que éste se circunscribe: el poeta y traductor Ángel Campos Pámpano, el también poeta y animador cultural Santiago Castelo o el editor Julián Rodríguez, entre otros.
Pero esta dimensión “pública” del diarista apenas lograría integrarse en un discurso de pretensiones confidenciales si no viniera respaldada por un retrato íntimo creíble. Resulta significativo, por ejemplo, que el activista del fomento de la lectura –Valverde lo ha sido y lo es– confiese haberse criado en un hogar humilde y con pocos libros; como lo es que quien reconoce un fondo de timidez en su activa vida social y literaria se corresponda con un paseante solitario y contemplativo y un hombre celoso de su intimidad, aunque no por ello escatime, desde una cierta discreción, unos pocos datos reveladores sobre su vida familiar, su entorno laboral, alguna que otra incidencia doméstica, etcétera. Igualmente, el retrato moral que Valverde ofrece de sí mismo no escatima al lector sus ocasionales desacuerdos con el entorno social y político en el que se desenvuelve –y al que debe algún que otro disgusto–, así como el eco amortiguado de viejas pero en su día sonadas batallas literarias en las que el hoy poeta ecléctico y crítico de amplísimas miras participó con ánimo militante.
Tal es el mérito de este diario: entresacar de una consolidada “bitácora”, muy ceñida a la crítica e información literaria en general, un convincente diario íntimo y poner en valor al personaje autobiográfico que lo sustenta, con sus idiosincrasias y contradicciones. Más o menos como todo el mundo.

Publicado en caoCultura. 

4.1.14

Revistas














Nada mejor para estas cargadas y cargantes vacaciones que la saludable lectura de revistas. Lo mismo que, entre cabezada y atracón, picas un bombón de la bandeja, bien está leer un desengrasante artículo, un par de ligeros poemas, alguna digestiva reseña...
Clarín llega al número 108 y el índice lo dice todo acerca de su buena salud. Lo mismo se elogia a las bibliotecas (lo de Jordá me ha sabido a poco, un tipo tan viajero como él podría habernos contado algo más) que se evoca a Sthendal, Azorín o Cernuda (y quién mejor que otro sevillano: Lamillar), se conversa con alguien que domina el tono ideal para ello: el de la voz baja (José Mateos es en eso un maestro), se leen unos versos de Olay (con poética incluida), Housman ("Del árbol más hermoso, el cerezo...") y Pagis, o se va uno de viaje con Rivero Taravillo al Camino de Santiago y con Toni Montesinos (que acaba de publicar nuevo libro en La Isla de Siltolá) a la Sicila de Il Gattopardo.
Tras las reseñas de rigor (entre ellas, una que firmo sobre Amor, el libro casi póstumo de Vicente Sabido), una reflexión de Benítez Ariza sobre Bolaño (al que considera, ante todo, cuentista) y una divertidísima crónica de Enrique García-Máiquez sobre el último congreso jerezano de la Fundación Caballero Bonald: "Cervantes al jerez".
Por su parte, Cuadernos Hispanoamericanos, en su nº 762, nos trae un dossier sobre la poesía argentina actual (que viene a demostrar lo lejos que seguimos estando), una semblanza de Máximo José Kahn a cargo de alguien que conoce su obra muy bien: Mario Martín Gijón, otra vez el intemporal Azorín (Francisco Fuster García publica aquí "Azorín y los libros: autorretrato de un lector" y en Clarín "Las tres vidas de Azorín"), una entrevista a Rosa Montero (que no he leído) y un puñado de reseñas, entre ellas una de Marta Agudo sobre una obra que quiero leer: Pensar por lo breve, de Ediciones Trea.
Saludable, ya dije. 

20.11.16

Picoteo revisteril

En la ovetense Clarín, por ejemplo, los artículos de Aitor Francos sobre la melancolía de su paisano Blas de Otero y el que dedica a los Panero José Manuel Benítez Ariza; la conversación de Bueres con Prada, que no tiene desperdicio; los diarios de Rivero Taravillo, que viaja a la Hidra griega del desaparecido Cohen; los deliciosos paseos familiares de Àlex Figueras por el Bajo Ampudán de Josep Pla o por L'Empordanet, como le gustaba decir al autor del Cuaderno gris; así como las notas venecianas de Lamillar en busca de 1951 y de la fiesta que dio en esa mítica ciudad acuática el francés de origen vasco Carlos de Beistegui tras adquirir el Palazzo de Labia.

En Años Diez, las sabias notas sobre traducción del políglota Jesús Munárriz (que acaba de publicar en su editorial, Hiperión, Las flores del mal, de Charles Baudelaire, una tarea que inició a los quince años y que ha culminado a los setenta y cinco); los poemas rescatados del argentino Rodolfo Wilcock; la "Quête de Cirlot", a cargo de Enrique Andrés Ruiz (que la coordina), Luis Alberto de Cuenca y Enrique Granell, con motivo del primer centenario de su nacimiento; y los versos de dos poetas griegas (en versión de María López Villalba y Juan Manuel Macías): Katarina Anghelaki-Rooke y María Lainá.

En Quimera, Jordi Gol entrevista a mi admirado José Luís Peixoto, que acaba de publicar en España Galveias, y María Bastianes y Andrés Catalán traducen "Poema de las rosas", de Franco Fortini.
El número incluye un completo dossier sobre el misterioso escritor Thomas Pynchon, uno de esos autores al que cabría llamar de culto.
Laura Gomara dedica, por su parte, un texto a Nápoles, que "como todas las grandes urbes, afirma, tiene muchas caras"; con visita, entre otras, a la tumba de Virgilio.

En la neoyorkina Cuadernos de humo, en el cuarto número de Donde está el fuego, los versos de Dickinson y Tate y los del resto de colaboradores de esta nueva entrega que edita Hilario Barrero con humildad y primor: Nicolás Corraliza, Antonio Cruz Romero, Gema Estudillo, Ernesto Frattarola, Manuel Gahete, Francisco Javier Gallego, Juan Ignacio González, Antonio Jiménez Millán, Isabel Marina Valdés, Gregorio Muelas, Antonio Praena y Mª Rosa Serdio. 

11.6.12

La revista de la Isla

Lo mismo lo he dicho ya: no creo que en el panorama patrio haya una revista literaria más bonita que Isla de Siltolá. Llega el número 7 y con él un puñado de poemas de Nicanor Parra, un poeta fundamental para su director, Javier Sánchez Menéndez (he leído con gusto el especial que le dedica al último premio Cervantes la revista Mercurio); de Efi Cubero (a la vista de los cuatro poemas publicados, su nuevo libro promete); de los sureños Benítez Ariza y Rivero Taravillo; de José Luis Gómez Toré (muy recomendables); de Rodrigo Olay (que sigue por una buena senda), etc. 
Destacaría, además, la semblanza de Aquilino Duque sobre Fernando Aguirre de Cárcer, el hondo ensayo de Tomás Rodríguez sobre la poesía de Colinas o el de José María Jurado sobre la poesía fúnebre de Luis Alberto de Cuenca, así como la prosa certera de Jordi Doce, mitad diario y mitad poética. 
Por fin, un descubrimiento: la poesía de Mascha Kaléko, polaca (de Galitzia) en lengua alemana. Traducida por Inmaculada Moreno (que publica un poema en este mismo número), se anuncia una próxima antología en Renacimiento.
En lo que a reseñas se refiere, abunda la presencia extremeña: Rafael Adolfo Tellez comenta Libro de familia, del tomellosero de Mérida Félix Grande; Miguel Ángel Lama se ocupa de Continuo mudar, de Luis María Marina, y Javier La Beira, con la fidelidad que le caracteriza, elogia Arrojar piedras, de Javier Pérez Walias.

19.9.16

Efémera

Una de las colecciones de la editorial Takara se llama Wasabi, como el condimento picante japonés y el programa de libros de Sánchez Drago. Es un proyecto que dirige la escritora gaditana Rosario Troncoso (directora de la revista El Ático de los Gatos, que ya va por su número 6) y sus libros se tiran en ediciones limitadas y numeradas.
El primer título es Efémera, del narrador, crítico, traductor y poeta José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963). En él ha reunido "pavesas de un diario", como titula su prólogo, es decir, aforismos y otras breverías entresacadas de su blog, "en barbecho", Columna de humo, o, como él dice, "una especie de destilado de ese diario" que lo mismo incluye un poema que un microrrelato. ¿Y de que tratan esos "aerolitos", que diría su paisano Carlos Edmundo de Ory? Pues de la enfermedad y la salud; de la soledad y la vida amistosa, social y literaria; del insomnio y los sueños; del silencio y la conversación; de la depresión y la melancolía (y, por eso, del sol y de la lluvia); del campo y del mar; de la desnudez y los gatos; de leer y de escribir...
Hay mucha poesía entre líneas y hasta versos, ya se dijo. Y la mezcla de eso y de otras cosas: "El viento en el campo viene de más lejos".
Son las anotaciones, entre íntimas y privadas, de un hombre que observa cuanto sucede y pasa. Cotidianamente, cabe precisar. 
El lector curioso que no quiera adquirir este precioso ejemplar de papel, él se lo pierde, podrá darse un garbeo por el mencionado blog donde encontrará algunas de las joyas que aquí se muestran.
Uno, en fin, añadiría este título a la bibliografía poética de su autor. No creo que deba estar en otra carpeta. 

18.6.20

Algunas lecturas recientes


Uno va leyendo, aunque ya no en un encierro, y disfrutando de libros y autores cuyos títulos y nombres acaso merezcan ser comentados aquí, aunque sea por breve y con la debida discreción. Ya que lo menciono, el poeta y crítico José Manuel Benítez Ariza ha empezado a publicar en su muro de Facebook reseñas de cincuenta palabras. Un don de síntesis llevado al extremo, sin duda. 

Estaba con Visita de año nuevo, de Antonio Moreno (Newcastle Ediciones) cuando murió mi prima Ana y tuve que abandonar la lectura. Porque ese libro, intenso y emocionante, escrito en mes y medio, trata de la muerte de la madre del poeta. También de su vida, conviene aclarar, sobre todo en los últimos años. Porque, además de una despedida, es una paseada conversación con ella (junto al mar), "trato de usar expresiones sencillas, palabras comunes. Las propias de un lenguaje claro", explica Moreno, que ya escribió sobre su vida y la de su familia en, por citar los más recientes, No lejos, El sueño de los vencejos (ambos en la misma editorial murciana) y Estar no estando (Un viaje extremeño), que publicó Pre-Textos. Se trata, sí, de "conjurar la melancolía con palabras". "Una madre muerta es un hijo muerto", anota. Y concluye: "Frente al amor que tú me diste, lo demás es literatura". 

El escandinavo, prolífico e incansable Paco Uriz, loado sea, publica en la zaragozana Erial Ediciones Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas. En el prólogo escribe: "Ahora presento en castellano a estas cuarenta y tantas poetisas nórdicas con obras, más o menos agrupadas en secciones, que tocan el entorno físico, social y político del norte de Europa, el compromiso, el amor y el desamor y la muerte. 
Son voces que vienen de una zona geográfica donde la mujer parece que ha conseguido mayor nivel de emancipación, empoderamiento e influencia de todos los países del mundo. En varios de estos países ha habido, en los últimos años, mujeres como primeras ministras o jefas de la oposición. Pero a pesar de los avances indiscutibles siguen pensando que les queda mucho por hacer". 
Hay voces variadas y asuntos diversos, todos los que a una mujer de este tiempo le ocupan o preocupan. 
Copio, uno entre tantos, el poema "Con nadie", de la danesa Tove Ditlevsen (1917-1976):

Con nadie se pueden 
compartir 
los pensamientos 
más íntimos. 
Para lo más importante 
en el mundo 
se está 
solo. 

Eso es una 
carga eterna 
es un gozo sereno 
que ahí nadie 
pueda llegar a ti 
ni nadie quedar encerrado.

La valenciana Pre-Textos, que no deja de dar en el clavo, publica dos libros de poesía dignos de elogio. Uno, Hágase mi voluntad, del italiano afincado en Málaga Ángelo Néstore (Lecce, 1986), performer y profesor en el Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga. Fue premio "Emilio Prados". La transgresión es aquí norma. Un quebranto, digamos, que empieza por el lenguaje (esto es poesía) y sigue por todo lo demás, si es que fondo y forma, eterno dilema, son entes escindibles. Aquí no lo parece, por ejemplo, cuando trata del tema de la violencia en manada ("Lo bárbaro" se titula la primera parte) o la obediencia. "Marica", "Cíborg" o "Poema contra mí mismo" son elocuentes: "He decidido tirar piedras contra mi herencia / porque yo soy el enemigo / y escribo mi dolor para aceptarlo". 
En la segunda parte, "Lo inhabitable", ahonda aún más en su mundo, la voz es descaradamente autobiográfica, y ofrece poemas tan logrados como "Tú es un altro" (donde intercala versos en castellano e italiano, su lengua materna) o "De por qué me pongo tus camisas usadas", que cierra un volumen que no ha de dejar indiferente al lector. 

El otro, La vida en ámbar, de Julián Montesinos (Alicante, 1963), de tono bien distinto, sigue una línea clásica muy marcada en la poesía escrita por poetas levantinos como el recién aludido Antonio Moreno (hay un epígrafe suyo en la obra), Antonio Cabrera o Vicente Gallego (al que también se cita). La naturaleza aporta serenidad a esta mirada bondadosa y limpia que aterriza en lo cotidiano. Allí, el padre y su caja de herramientas, los afectos, las ausencias, la luz de la tiza, la soledad... Lo de siempre que, por serlo, siempre es nuevo. 

Hilario Barrero, toledano de Brooklyn, ha invitado a treinta amigos (o así) del poeta, profesor y crítico José Luis García Martín a que hablen de él o elijan algún poema suyo y lo comenten. Para celebrar el setenta cumpleaños de Martín (ayer, 17 de junio, fecha del colofón del libro), como le llaman casi todos, que coincide, además, con su jubilación laboral forzosa. El título, cuidadosamente editado por Impronta bajo el sello Cuadernos de Humo, surge de una cita de Nietzsche: Alrededores de José Luis García Martín. En el prólogo, Barrero, cronista de pro, escribe sobre algunas visitas del avilesino de Aldeanueva a la ciudad de Nueva York, tan suya como Nápoles o Sofía, donde tiene su sede la colección que dirige HB. La nómina de colaboradores es variada: Ricardo Álamo, Carlos Alcorta, Javier Almuzara, Xuan Bello, Susana Benet, Juan Bonilla, Ángeles Carbajal, José Cereijo, José Ángel Cilleruelo, Luis Alberto de Cuenca, Avelino Fierro, Vicente Gallego, Enrique García-Máiquez, Fernando Iwasaki, Juan Lamillar, Victoria León, Abelardo Linares, Cristian David López, Martín López-Vega, José Luna Borge, Antonio Manilla, Rosa Navarro Durán, Manuel Neila, Lorenzo Oliván, José Luis Piquero, Daniel Rodríguez Rodero, Marcos Tramón, Andrés Trapiello y Ana Vega. También uno aporta (con perdón) su visión del controvertido, por singular, personaje; tan esquivo casi siempre. Por cierto, el único extremeño del elenco. 
Por su extensión y, en consecuencia, por la calidad de sus detalles, sobresale el texto de Trapiello, que conoce bien al autor de "Lo imposible". Como otros, no se limita a comentar uno (o varios) de sus poemas, sino que cuenta anécdotas de Martín y las relaciona, cómo no, con su propia vida. 
Destacable me parece también lo dicho por otro de sus grandes amigos (aunque nadie sea capaz de definir lo que, tratándose de este hombre, eso signifique): Abelardo Linares. 
En fin, no es cuestión de ir uno por uno, aunque, y eso es lo que importa, la idea de Barrero haya cuajado en una obra tan particular como la persona que la inspiró, para bien o para mal, pues la cosa va por barrios; un nombre imprescindible (si es que a larga alguno lo es) de la poesía española contemporánea, tanto en su vertiente crítica como en la creativa, lo que demuestra de sobra la amplia antología de poemas martinianos que el libro incluye, razón de más para leerlo. 

Precioso es, por fuera y por dentro, este nuevo libro del aragonés residente en Madrid Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) publicado por la veterana Olifante, que dirige Trinidad Ruiz Marcellán. Hay en Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones una curiosa mezcla de sabiduría (muchos versos pasarían por aforismos: "La memoria es una llave maestra") y desenfado, de gravedad e ironía. Lo prosaico y lo lírico. Lo meditado y lo que sólo surge de la inspiración. Muy bien dosificada, cabe añadir. "¡No leas humo!", dice en el primer poema. Esta poesía, a buen seguro, no lo es. Y añade: "¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!", que no deja de ser una excelente poética. "La sencillez" se titula otro poema, digamos, programático. Porque "Tenemos esta vida en alquiler". La visión de la vida desde las postrimerías (que deseo largas) quita muchas telarañas a los versos de casi cualquier poeta. Espmark diría: el estilo tardío. Por medio, el amor, los viajes, la casa, el exilio, la familia, los viejos... Hay muchos signos de admiración en este libro ("¡Qué sagrada la luz que nos apaga!") donde predomina lo hímnico. 
Los deslumbramientos (el verdadero poeta no abandona nunca la perplejidad) termina con un poema que a uno se le antoja machadiano: "Muy dentro". 
En las recapitulaciones, que tienden a lo versicular, se pregunta, piensa, rememora, se tapa los ojos, vuelve, recapacita, evoca, mira, ve... "Cultiva la serenidad. Vive austero", recomienda. Antes dijo: "Envejecer es un catálogo de averías, un repertorio de reparaciones". O: "Somos parte de la destrucción, / ruina nosotros mismos". Para concluir: "Fui amanecer. Soy ocaso". 

Nota: La ilustración corresponde al cuadro "Andreas Reading", de Edvard Munch.

19.10.16

Pase de revista

Se le amontonan a uno, junto a los libros que llegan, las revistas que también recibo; así, me limito a picotear contenidos, la portuguesa devir, que en su tercer número, tras un buen puñado de poemas inéditos, homenajea al poeta y traductor Ángel Campos Pámpano y entrevista al futuro Nobel, o no, Nuno Júdice.
Cuadernos Hispanoamericanos, que en su número de septiembre dedicaba un espléndido dossier a españoles e hispanoamericanos que pasaron por París durante la primera mitad del siglo pasado (con colaboraciones de Juan Manuel Bonet y José Muñoz Millanes, por ejemplo) y una entrevista muy iluminadora con el venezolano José Balza, en el de octubre publica un dossier bajo el título "Relectura de Rubén Darío (1916-2016)" y una extensa conversación con Álvaro García, con motivo de la salida de su libro (de libros) El ciclo de la evaporación (del que pronto nos ocuparemos aquí).
Los dos últimos números de Sibila (48 y 49), patrocinada por la Fundación BBVA, vienen también repletos de textos interesantes firmados por Mercedes Monmany, Aurora Luque, Francisco Jarauta, González Esteva, Ida Vitale (último, acertado premio García Lorca), Ana Luísa Amaral, Darío Jaramillo, Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, etc.
De Clarín (124, aunque ha salido el 125) ya destaqué el dossier sobre Rafael Cadenas y a eso podemos añadir los aforismos del apasionado editor Javier Sánchez, una entrevista (rescatada) con Borges (o eso dicen), una semblanza de César Iglesias sobre el pintor Melquiades Álvarez y unos magníficos poemas de John McCrae en versión de Victoria León y Luis Alberto de Cuenca, así como otros de Nichita Danilov traducidos por Martín López-Vega.
Turia dedica su dossier a Max Frisch y, como siempre, el índice de su número 119 impresiona (con textos de Marta Sanz, Eloy Tizón, Pilar Galán, Soledad Puértolas, Enrique Andrés Ruiz y Ramón Eder; poemas de Clara Janés, García Montero, Álvaro García, Miguel Veyrat, Concha García, Guadalupe Grande, Julieta Valero, Marta Agudo, Mercedes Cebrián, Gabriel Insausti, Rafael Espejo, Ángel Petisme, Sofía Castañón, Cecilia Quílez, Beatriz Russo, Martín Rodríguez-Gaona,Teresa Agustín, Joaquín Sánchez Vallés y Joaquín Campos; así como una reseña de Gonzalo Hidalgo sobre César Martín Ortiz, un cuentista desconocido pero imprescindible).
Vuelve Suroeste, que ya va por su número 6. Los primeros sorprendidos por la calidad de esta revista de todas las lenguas de la Península Ibérica son los propios colaboradores: Avelino Fierro, José Antonio Zambrano, Pilar del Río, Amador Palacios, Benítez Ariza, Aquilino Dique, Ben Clark, Juan Lamillar, José Bento, Luis Llorente, Juan Ramón Santos, Manuel Neila, José María Jurado, António Salvado, Rosa Oliveira, etc.
La madrileña y digital IbiOculus lanza su número 9 y con la misma exigencia que en sus entregas anteriores.
Palimpsesto, por fin, revista que dirige desde Carmona (mirando siempre a América) Fran Cruz, entrevista en su número 31 al arequipeño Alonso Ruiz Rosas (y da algunos poemas suyos), publica versos del malogrado Eduardo Chirinos, entre otros, y un ensayo (por aquello del centenario), "En la ruta dariana", de otro peruano: Carlos Germán Belli. Ennoblecen el número las extraordinarias fotografías de Martín Chambi. 

30.3.20

Lecturas encerradas (2)

Y algo caóticas, sí, como suele ocurrir. Sigo echando mano de las pilas de libros que me rodean y unas veces el azar y otras mi propia decisión me permiten escoger tal o cual ejemplar. He leído, por ejemplo, Los desnudos (Visor), de Antonio Lucas (que lleva su personal diario del confinamiento en El Mundo). En una entrevista reciente (con algunas opiniones que disto de compartir) y ante la pregunta: "¿Ni un libro sin premio o cómo va esto?", el poeta madrileño del 75 (que ha ganado con éste el de la 'Generación del 27') contestaba: "La verdad es que, sí, casi todos mis libros han sido premiados, pero son golpes de fortuna. Los libros no los hacen mejores los premios". De entre los suyos (desde el primero, que me entregó en mano una tarde ya lejana en la Residencia de Estudiantes, los he leído todos), es uno de los que más me gustan. Ha ganado en claridad y en hondura, que son cosas que suelen ir, contra la creencia general, de la mano. Aquí hay menos irracionalismo, por decirlo de mala manera, y más contención meditativa, sin perder, eso sí, ese punto inspirado, fresco y rebelde que siempre le ha caracterizado. A él y a sus versos. Se ve que el amor le sienta bien. Eso y que ya sabe a ciencia cierta que la vida iba en serio.
Me ha impresionado El silo. una sinfonía pastoral (La Garúa), del australiano y cosmopolita John Kinsella (Perth, 1963), un poeta elogiado por Bloom, su paisano Murray y Steiner. El subtítulo no miente. Ni el título. Acostumbrado a ver programas de viajes al continente oceánico, me sorprende la fidelidad con la que este hombre, profesor en Kenyon College (USA) y Cambridge (UK), ha logrado retratar y describir la vida rural de Australia. Con un conocimiento y una experiencia dignos de un pastor de ovejas de verdad, como su mencionado tío. Y ello, y esto es lo que más importa, por medio de un lenguaje poderoso y preciso, evocador y sugerente. Tan seco y duro como aquellas desoladas, vacías tierras. Tan moderno como el que más. De ello tienen su parte de culpa los traductores: la norteamericana Khaterine M. Hedeen y el cubano Víctor Rodríguez Núñez, poeta. 207 páginas de excelente poesía. Rara por estos lares donde sigue estando muy mal visto referirse en verso al campo. A lo agropecuario. ¿No, Fermín?
Ha causado cierto revuelo en un rincón del pequeño patio de la lírica patria el librito de la portuguesa Maria Azenha (Coimbra, 1945) La casa de leer en lo oscuro (A casa de ler no escuro). Lo publica Trea y la traducción y el prefacio ("La escritura del agua") son de José Ángel Cilleruelo, un reconocido lusista. Nos cuenta que esta mujer se licenció en Matemáticas. Que pinta y que ha escrito en torno a una veintena de libros de poesía. Simbolismo es el término, dice, que más repiten los críticos para referirse a su poética. Esta entrega, precisa, marca un hito en su camino. Hacia un "simbolismo exocéntrico" que se caracteriza por su "lenguaje directo, prosaísmo, oralidad, técnicas de vanguardia, ironía...". Lo que a uno le llega, al cabo, es su parquedad, una concisión cortante que produce en el lector inquietud. Se atisba un misterio. Se palpa incluso. Y se escucha, por encima de todo, un profundo silencio. En "Ausencia", por ejemplo. "El poema es un cuarto oscuro / donde entras en soledad", escribe. O que el poema "Se parece a un náufrago / que devora sus propios versos / en el centro de la página". En "Era un hombre: esto era la casa", leemos: "la infancia: lugar extraño". Entre versos que parecen cincelados, aparecen la injusticia y la muerte. En Lesbos. Las migraciones, el Mediterráneo, Europa... La memoria. El presente.
Realidad (La Isla de Siltolá), de José Manuel Benítez Ariza es tan de verdad como su rótulo. La vida de un hombre. Alguien observador, sensible, que piensa. El que ve una urraca, una higuera, una nube o una playa y compone un poema. El que se baña en el mar (porque es de Cádiz, del 63), escribe acuarelas de lugares que frecuenta (es dibujante), siente vértigo (como nos pasa a tantos), tiene un padre desmemoriado... Un hombre que viaja; a Irlanda, por ejemplo, de ahí "Waterford. Segunda suite irlandesa". Quien, en fin, en "Al fondo" dice que "La muerte está en el centro, no antes ni después" y lee en la tumba de James Rice: "Fui lo que sois vosotros, seréis lo que soy yo".
Digo "verdad" y vuelvo a recordar lo que dije aquí atrás, que es lo único que exijo de los libros que se cruzan últimamente en mi camino. No le falta a Y el aire al soplar (Cuadernos del Laberinto), de María Ángeles Álvarez (Ávila, 1964), una experta en el arte floral, algo que se nota al oler estos versos inspirados en los místicos de su tierra, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, a los que tanto tiempo y tanta meditación ha dedicado. Como a la lectura de la Biblia. Poesía esencial y sencilla, de la contemplación y del silencio. De la calma. Atenta a lo que importa: lo cercano. Religiosa, en el más hondo sentido. Anotaciones y apuntes para intentar comprender el sentido de una vida que se quiere, por demasiado humana, ajena a que la que la mayor parte de los mortales llevan. O llevamos. 
No sé quién defendía en público este libro. Alguien que aprecio, supongo, por eso me acuerdo. Estaba en uno de los rimeros desde el otoño. Se titula Los lagos de Norteamérica (Pre-Textos) y es obra de José Daniel Espejo (Orihuela, 1975). Confieso que me ha desconcertado. Sin patetismo, pero de una forma necesariamente desgarradora, un padre viudo y con tres hijos, habla de Martín, uno de ellos, autista. De Martín y de sus vidas. La del cuidador y la del protegido, ante todas. En un tono narrativo, sí, pero sin perder nunca el norte poético. Con naturalidad y fluidez, sin afectación, a pesar de que, como digo, los asuntos tratados no sean fáciles de digerir ni de poner negro sobre blanco. Basta con dar cuenta de "Campeón" para calibrar a qué nos estamos enfrentando.
El libro obtuvo un premio, el 'Juan Rejano-Puente Genil', y uno no puede por menos que quitarse el sombrero ante el sensato y limpio jurado que lo premió. En la segunda votación y por unanimidad.
Elías Moro (un emeritense nacido en Madrid en 1959) es, entre otras cosas, aforista. De los de verdad, matizo, que en ese gremio hay, como bien sabemos, mucho advenedizo. Apeadero de Aforistas le publica Lo inseguro que lleva por subtítulo "Sobre la escritura". Y así es. A reflexionar con agudeza sobre esa resbaladiza cuestión dedica, en 54 páginas, un puñado de máximas que brillan por su precisión e inteligencia. Por la certidumbre que revelan, sin perder por ello la debida llaneza ni, a veces, la gracia del humor. Que nadie busque aquí, en fin, solemnidad, a pesar de que la palabra "escritura" sea muy utilizada por los petulantes. Ni meras ocurrencias, tan del gusto de algunos presuntos aforistas. Sí algún verso y hasta un haiku, que se cuelan de refilón entre sentencias. "Escribir es estar perplejo. Ante todo", escribe. Y: "La poesía es la esfera de las palabras". O: "Es la palabra sombra la que a veces ilumina el poema". No miente.