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8.6.12

Una novela de Fernando Sanmartín

No sabría decir si ésta es la primera novela de Fernando Sanmartín. Parece que sí. Los editores no destacan ese hecho. Estoy de acuerdo. Al fin y al cabo, el escritor zaragozano no es nuevo en el panorama narrativo y, además, me da la impresión de que clasificar sus libros en un género determinado es imposible: sus dietarios contienen relatos y sus cuentos pudieran ser calificados como poemas en prosa. Sólo sus poesía, señalada como tal, está compuesta por poemas; así, en su penúltimo libro, El llanto de los boxeadores (La Isla de Siltolá). En Te veo triste, sobre todo una novela corta (una nouvelle), esa mezcla es perfecta. Su argumento es sencillo y puede resumirse del siguiente modo: el escritor Luis Sampiero muere y deja a su hija Marta una nota: "Dile a Carmen Cabrera que he muerto". Pero también participa del diario (las anotaciones de Sampiero en sus cuadernos de viaje) y, con las formas delicadas que gasta Sanmartín, de la poesía, aunque nada más lejos de la tópica novela de poeta que este libro. Al revés. Que enganche desde las primeras líneas es buena señal de su carácter eminentemente narrativo. Uno aprovechó el silencio de la mañana de Ferias para leerla de una sentada. Había empezado la tarde anterior con las primeras páginas y nada me apetecía más. Lo hice lápiz en mano, algo poco usual cuando de novela se trata. Y eso porque otro género (con perdón) presente en Te veo triste es el aforístico: el narrador (no está escrita en primera persona) se expresa a veces en un tono sentencioso y dice: "El paso del tiempo es un mendigo cuyo nombre jamás conoceremos" o "Eso es la vida en ocasiones. Un reloj averiado" o "Cada ciudad tiene su diario íntimo" o, pongo por caso, "Somos una consecuencia de lo inesperado". Se podrían espigar muchos más y, ahora que está de moda, ensamblar -tomando sentencias del resto de su obra- un bonito volumen de aforismos.
Otro de los rasgos destacables es el uso de las metáforas, una manía, ya ven, de Sampiero.
Su prosa, marca de la casa, se apoya en la fragilidad, la sugerencia, el velamiento y, más que nada, en la sutileza. De ahí que lo poético no le sea ajeno.
¿Sus temas? El amor (el paternofilial y el otro: Carmen, Juan), la muerte (no en vano ése es el meollo de la novela), los viajes (que nunca faltan en la literatura de FS)...
El clima, muy conseguido, desde el mismo título, es melancólico: "Adicción a la melancolía", dijo Connolly. O triste. Siempre, eso sí, desde la serenidad, por desesperada que sea. Una atmósfera muy adecuada para expresar "desvalimiento", que es lo que siente Marta ante la inesperada muerte de su padre.
También hay reflexión sobre leer y sobre escribir, sobre librerías y bibliotecas, algo natural si tenemos en cuenta que el protagonista era escritor.
Hay palabras clave que se repiten, algunas con cierta frecuencia: búsqueda, pasado, curiosidad, cobijo (o refugio)... Dan pistas fiables al lector quien, por cierto, es tratado con la cortesía orteguiana de la claridad, por más que esta prosa nada tenga que ver con la muy engolada del filósofo.
Porque he leído otros libros de FS, no he podido evitar las comparaciones. No de calidad. Me refiero a las coincidencias: viajes de sus diarios que sirven para la trama. Lugares habituales, como la ventosa Zaragoza (omnipresente, un personaje más), o no tanto: Varsovia, Dublín, Cracovia, Hondarribia -y los barcos-... También hay otros deliberados guiños detectables: la aparición de nombres reales (Antón Castro, Daniel Gascón, Melero, Martínez de Pisón...), pongo por caso. Cuando llevaba uno dándole vueltas a la idea de que el ambiente de la novela y hasta su tono me recordaban al mallorquín José Carlos Llop, Sanmartín lo cita expresamente. Como en los casos anteriores, entiendo que a modo de homenaje. En esta ocasión, doble: por lo que esta novela tiene de modianesco: las listas, los datos, las direcciones, los nombres...
Hay mucho de FS en los contados personajes de Te veo triste. Normal. Con todo, el lector es incapaz de mirar desde fuera la narración y se inmiscuye en ella con todas las consecuencias. Eso me pasó al menos a mí, que sentí un inesperado estremecimiento al leer las últimas líneas, se presintieran o no. Precioso final, sin duda.
Me agradan, y termino, algunas coincidencias con los personajes: el gusto por el té, por los cuadernos con las hojas en blanco (y no cuadriculadas), por los lápices de los hoteles, por la librería Tropismes (en Bruselas, "ciudad bolígrafo", trabaja como traductora Marta Sampiero), que Sampiero regalara a Carmen un libro de Coppola, etc. Eso y que uno también escribe y, además, tiene una hija que, como Marta, un año de estos (eso espero) se ganará la vida con un idioma distinto al materno. Son detalles, sí, pero, como bien sabe Fernando Sanmartín, es importante que otros miren cosas que a uno le interesan.
Ah, qué edición, la de Xordica, tan adecuada al contenido. Me cuesta imaginar este libro en un formato más hermoso y mejor. Una delicia.

17.11.17

De viaje con Fernando Sanmartín

Apenas llega uno de Budapest, donde fui con Sergi Bellver, y emprendo de nuevo viaje hacia otros lugares, esta vez con Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959). Gracias a su libro, publicado por Xordica, Ciudades que se posan como pájaros. Es más que un libro de viajes al uso. Por su voluntad literaria, sobre todo. Su lenguaje, cuente lo que cuente, es el de un poeta que además es narrador.
De la verdad y los espejos hablan las citas que lo abren, de Natalia Ginzburg y Charles Simic. Aquí no se usa la mentira ("escribo por instinto", "para desmaquillarme") y, en efecto, todo es un espejo "si lo miras el tiempo suficiente". Viajar, reconoce, "es una costumbre para mí". Para alejarse (y hasta huir) de "las pistas embarradas por lo cotidiano". Antes ha escrito: "Cualquier ciudad (...) es una afirmación". El libro recoge sus paseos y estancias en Lisboa (con escapada a Oporto), Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades de Bélgica, como Bruselas, Gante y Amberes.
Además de observar y dar cuenta de lo que visita y ve, el viajero anota en su cuaderno no sólo las impresiones acerca de lo exterior, sino que nos informa, se informa a sí mismo, de lo que le sucede por dentro. Sí, porque todo viaje es interior. No en vano, Sanmartín reconoce que desea conocerse, y que por eso escribe. Hay mucho de diario aquí. O todo. "Pienso que sin viajar -escribe en Lisboa-, a muchos, solo nos quedaría el desamparo". Antes dijo que "viajar es un cubito de hielo que nos asombra cuando lo mordemos para conocer la esencia del frío", una de las muchas iluminaciones que brillan a lo largo del libro. Como cuando leemos "miradas que son conversaciones". O: "pienso que todos, alguna vez, somos un objeto perdido que alguien encuentra".
Tan melancólica como Lisboa es Bélgica, las ciudades de Flandes. Eso por no mencionar la melancolía del viajero, que va con él dondequiera que vaya. En las tierras bajas del plat pays anota: "El viaje es una píldora que resulta preciso tomar". Muy interesante me parece lo que cuenta de su amigo Cristino de Vera, un luminoso pintor de penumbras.
De todos los viajes del viaje (por la vida), el más intenso es el que realiza a Tetuán. Allí estuvo destinado su padre, militar de carrera, muerto prematuramente. En la ciudad africana busca las pocas huellas que dejó. El resto, lo imagina. A eso va también. A completar un sueño que tiene su porción de pesadilla. De paso, se acerca a Tánger. Son pocas páginas las que destina a esa visita, pero a uno le antojan más que suficientes. Allí compra regaliz para Félix Romeo.
"De Irlanda guardo un verano frío". Luego dice: "Debería quedarme en esta isla para escribir como el que levanta un muro de piedra contra el viento". Aparecen los Yeats: Wiliam, el poeta ("cada poema es un vaso de tristeza"), y Jack, el pintor (del que elogia su cuadro "The Liffey Swim"). En Moyra, una tienda de objetos antiguos, escribe: "Los viajes, al cabo del tiempo, también se convierten en piezas de anticuario". Los libros, añade más tarde, "me han ofrecido cobertizos para guarecerme", lo que indefectiblemente me ha llevado hasta mi particular "cuarto del siroco" y al asunto goethiano de las afinidades electivas. Y ya que lo menciono, matizaré que no deja de parecerme curioso que uno, viajero más bien inmóvil, conozca en parte los lugares que Sanmartín describe salvo Tetuán (el pueblo de mi suegra) y Galway, aunque me resulte un sitio familiar porque allí pasó un curso universitario nuestra hija Leticia.
De Sanmartín dijo Melero: "me gusta que tenga ese toque cosmopolita y de viajero culto del XIX". 
Todo al final se resuelve, en lo que a la reseña de este libro compete, con estas palabras: "Y el tono es lo esencial. (...) El tono marca siempre una diferencia". Lo que aquí ocurre. El tono de la mejor literatura. En este caso, conversacional, íntimo, en sordina. Sí, "somos nuestra escritura". Y, cómo no, nuestros viajes. 

19.3.14

De Zaragoza

Hay libros que se leen en primera persona. Como éste. Se titula Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, su autor es el conradiano Fernando Sanmartín y lo publica la ejemplar Xordica. 
Está escrito "por la noche", nos explica en el prólogo, algo que confirma en el último capítulo, concretando que "a partir de las doce". En el mes de julio, unos días antes de un viaje a Finlandia. Ahí mismo nos dice: "Aquí, en estas páginas, hablo de Zaragoza, mi ciudad." "Porque llevo muchas años en ella", precisa. Y, por si no hubiera quedado claro, añade: "Zaragoza es el argumento de estas páginas". Antes ha confesado ("Esto es un libro. También una confesión."): "No entiendo la vida sin la escritura". Y: "yo escribo sobre lo cercano, sobre mí; lo hago sin retóricas." En efecto, lo que uno lee es una conversación de Sanmartín con su ciudad. Intensa, breve ("escribo libros menudos con la sinceridad como única sintaxis"). Habla con ella de su infancia ("De cada uno de nosotros habría que pedir informes periciales acerca de qué niño fuimos") y de la prematura muerte de su padre, militar (qué si no en esa capital de la milicia); de Yorgos, su hijo, tan futbolero, del Real Zaragoza, como él; de los amigos, no pocos escritores y pintores: Romeo, Melero, Cerdá, Castro, Fortún, Grasa, Conget, Marqués, Escuín, Guinda, M. de Pisón...; de fotografía y de fotógrafos ("el fotógrafo es un cronista"); de lugares: bares, edificios, calles, bulevares, restaurantes, etc.; del Ebro ("ese río teósofo y abecedario") y de las piscinas, donde nada (una afición muy zaragozana); de las bicicletas ("con la bicicleta uno puede llegar a la subjetividad"); de la burguesía y de las niñas burguesas (siempre tan guapas, que huelen tan bien); de las Fantas y las terrazas situadas en veraniegas plazas incandescentes...
Se considera "un geógrafo que toma notas". Cree que "la ciudad es un libro antiguo". También que "Todos hemos sido algo que ya no somos. Y eso mismo le sucede a una ciudad." O que "Todos hemos dejado de ser algo. Todos."
El aforismo y, digamos, la greguería ("El bingo es un guion de Buster Keaton") se entremezclan con el relato autobiográfico. Por encima de todo uno aprecia iluminaciones, epifanías.
Hay mucho humor. También ironía. En el mismo tono sereno, elegante que Sanmartín gasta para todo. "Pues el hombre es el idioma. Lo dijo Umbral." Y recuerda: "Se escribe porque la vida es hostil." O en otro sitio: "Llorar por dentro es lo peor que puede suceder."
J. L. Melero y F. S., por Lara Albuixech
Las setenta y dos páginas de este libro son un auténtico "chaparrón de literatura" que a algunos nos empapa con dulzura el alma. Más allá, se establece un comprensible el dilema entre huir o quedarse. "Tuve argumentos para irme. Pero me quedé", puntualiza. 
Está en Sitges, el barrio marítimo de Zaragoza, y escribe: "si no pudiera volver a mi ciudad el dolor me volvería loco". Y en la página siguiente: "Escribir de la ciudad donde uno vive puede ser una confidencia, aunque algunos digan que es una gilipollez, una vulgaridad o una mezcla de las dos". Algo que no puedo leer, y perdonen la intromisión, sino en clave personal.
Ya lo dijo Cavafis en un verso que es la cita que abre estas Notas: "La ciudad te espera siempre."
En un momento dado, y a propósito de Antón Castro, leemos: "siempre supe que su prosa y sus poemas son un refugio". Piensa uno lo mismo de los libros sustanciosos, sobrios y verdaderos de Fernando Sanmartín, tan emocionantes, ay, tan vitales. 

11.3.12

Elogio de la lentitud

El viernes, al llegar del largo y caluroso paseo, me encontré con un libro. En mis manos, la preciosa edición de Hacia la tormenta, de Fernando Sanmartín, publicado por Xordica en 2005. Tenía muchas ganas de leer, ya lo dije, los diarios del autor zaragozano, amigo de mi amigo Elías Moro, que tiene mucho que ver con la sorpresa, así que tan contento.
Los que se dedican a la enseñanza saben bien cómo se llega al fin de semana y lo bien que sienta la tarde del viernes. Me di una ducha, me senté y empecé a ojear el ejemplar por dentro y por fuera. No me gusta mezclar lecturas y tenía otra entre manos. Al momento, iba Hacia la tormenta con todas las consecuencias. Casi al final, por un comentario acerca de los escritores y el alcohol, al bebedor que no soy ni nunca he sido le dio por pensar que me había bebido el libro como algún amigo degusta un whisky o un gin tonic en el salón de su casa al atardecer, serenamente. No me resultaba difícil adivinar que esa lectura no iba a defraudarme. Tampoco que me iba a resultar tan gratificante. Misterios de la literatura.
Sin alharacas, sin pedantería, sin ensañamiento, sin egotismo, con una prosa jugosa, elegante y eficaz no carente de ironía; una prosa de la mejor estirpe, de ahí su regusto a clásica, alguien de Zaragoza nos habla de sus lecturas, de sus viajes, de su modesta vida literaria, de sus amigos... Digo lo de Zaragoza porque Sanmartín y esa ciudad -él mismo lo declara: "formo parte de ella"- son inseparables, lo que me lleva a expresar mi sana envidia, insana siempre, de que allí convivan, y en la mejor armonía, tantos y tan buenos escritores de apellidos breves (una casualidad) que no nombro -salvo al inolvidable Romeo- para evitar omisiones u olvidos, algunos de los cuales -los citados "amigos"- pululan por estas páginas donde FS busca "cobijo".  
Otro personaje central es su hijo Yorgos (como Seferis), que nace cuando lo está escribiendo (entre 1997 y 2002). Y "ella" (¿Mar?), tan difuminada como presente. Y, junto a ellos, la villa de Lekeitio, y otro mar: el mismo de todos los veranos.
Dije viajes y no son pocos los que hace este hombre. Con él nos acercamos a París y a Londres, pero también a Berlín, Bratislava, Siria o el Sahara. También de esos lugares habla lo justo, quizás porque, como dice en la primera entrada de su diario: "Una de las cosas que más admiro en literatura es el silencio". Y sigue: "Admirable compostura la de quienes utilizan el silencio como ropaje, como geometría". Es parte del tono de este breve libro sutil e inteligente que siempre dice más de lo que parece. Y es que Sanmartín tiene la gracia de acertar con los detalles, de trascender la cotidianeidad con la anilla de la literatura. Poco importa que hable de una linterna, una paloma o la fotografía de un buzo. Será porque le gusta mirar: "Mirar. Como una búsqueda".
FS podría hacer suya la definición de Tomeo -otro de la panda aragonesa-, eso de que "escribir es como abrir una ventana y ver el paisaje y contárselo a los que no están asomados contigo". Como previsible, no sé por qué, era su encuentro con Sánchez Ostiz (otro diarista imprescindible) al que define como "afiliado al entusiasmo, a la sinceridad, al aguante", algo que acaso Sanmartín también podría adjudicarse. Como eso otro que comenta a propósito del pintor Ignacio Fortún: "directo, sin retórica, sin trucos". Y uno escribe como es. 
A pesar de la aludida brevedad -marca de la casa-, Hacia la tormenta tiene una segunda parte: "Otro viaje, otro argumento (2002)" dedicada a la experiencia de convivir con un cuadro de grandes proporciones del citado Fortún que se llevó a casa después de que el pintor le pidiera un texto para el catálogo de su próxima exposición.
En este libro de perfiles y detalles no está de más, en fin, fijarse en algunas menciones: la de Modiano, por ejemplo, de quien compra, en Estrasburgo, Le petite bijou, porque "en las novelas de este autor uno encuentra personas que son reos de su pasado. Algo que me resulta demasiado próximo". Son datos que sirven para que uno fije su nombre en esa noble lista de diaristas españoles que tantas satisfacciones dan a los lectores del presente y tanto juego darán a los estudiosos del futuro.
Uno se queda, el libro ya cerrado, con ganas de más. Y recuerda lo que Sanmartín escribió en la página 38: "Pero es el azar, a veces, quien coloca en nuestras manos los libros cuando le apetece". ¡Bendito azar!

26.4.13

Turia

Ya está aquí el número 105-106 de la revista Turia y, como acostumbra, cargado de lecturas interesantes. Por destacar algo, ensayos sobre Tabucchi y Wiesenthal; relatos de Erri de Luca o
y Louise Erdrich; un puñado de excelentes poemas de Siles, Olvido García Valdés, Cumbreño, Olga Bernad, Juan Marqués o Fernando Sanmartín; una de esas densas erudiciones de César Anrtonio Molina (ésta vez sobre Diderot); conversaciones con Auserón y Lara Almarcegui, una de las artistas más interesantes, a mi modesto entender, del panorama...
Lo mejor, acaso, el Cartapacio dedicado al novelista zaragozano Ignacio Martínez de Pisón. Escriben sobre él, que lo merece de sobra, Pozuelo Yvancos, Fernando Valls, José-Carlos Mainer, Ayala-Dip, Vila-Matas, Jordi Gracia, David Trueba, Conget y muchos más. Estupenda la entrevista que le hace Fernando del Val y muy útil la biocronología de Pedro Moreno Pérez. Me ha encantado, por cierto, el texto del maestro Melero: "La Zaragoza de Ignacio Martínez de Pisón", tan preciso como cercano.
Hay una coincidencia general en señalar no sólo su valía como escritor, sino su condición de buena persona. No deja de extrañar (quienes le hemos tratado, siquiera alguna vez, podemos dar fe de ello) su trato cordial y la extraña naturalidad con la que se conduce por la vida (resaltada por lectores y amigos), en comparación con la actitud altiva que caracteriza a no pocos colegas.
Se suma al dossier una nueva entrega de los diarios de Maícas (Doisneau, los jóvenes, la música...), asuntos aragoneses (y, por eso, universales) y, en fin, un montón de reseñas, de las cuales uno firma dos. ¡A leer!

27.2.12

Tres aragoneses

No viene uno aquí a descubrir nada. Que Aragón en general -y Zaragoza en particular- es tierra de escritores puede considerarse todo menos un hallazgo. (Bien podría haber hablado de ello, largo y tendido, el añorado Félix Romeo.) Por eso no me ha extrañado que Javier Siltolá (¿no existe Chus Visor?) publique de golpe tres libros de tres autores de allí. En la colección Poesía, El llanto de los boxeadores, de Fernando Sanmartín; en Inklings de Siltolá, El mar del otro lado, de Olga Bernad, y Versión Original, de Antón Castro. Ni del primero ni del último había leído libro alguno. Eso no significa que desconociera su literatura. De Sanmartín persigo desde hace años sus diarios (como bien sabe su amigo Elías Moro, que me envío el excelente cuadernillo de su lectura emeritense). En vano, eso sí. Desconocía, ya digo, su poesía y me ha gustado. Se ve a las claras que es un letraherido, un hombre de libros, viajes y ciudades que escribe poemas sutiles y delgados, de una atrayente fragilidad destinada a durar.
A Castro, gallego de nacimiento, le sigo a través de su acreditado e influyente blog. Le tenía ganas a su penúltimo libro, El paseo en bicicleta, y no precisamente por mi afición ciclista, pero tampoco pudo ser. Al menos me he quitado el gusanillo con los poemas que publica en Versión original (antología con inéditos) de esa obra. Si califiqué a Sanmartín de letraherido, a Castro no creo que le venga mal otro viejo y cariñoso rótulo: el de animal literario. Bueno, literario, periodístico, cinematográfico, fotográfico...  
Caso aparte es el de Olga Bernad, conocida de los lectores (si no miente sitemeter) de esta bitácora. De hecho, en El mar del otro lado se recoge nuestro comentario sobre Caricias perplejas. Ese libro, bien tramado, incluye una breve nota de la autora, una poética, poemas de la citada obra, lo que se dijo sobre ella (como una esclarecedora entrevista con Antón Castro), poemas de Nostalgia armada, lo que se dijo sobre ella, y, para terminar, un adelanto de una próxima entrega: Mirafondo. Vamos bien.

21.12.13

Rostros / Retratos

Rostros / retratos. Del pasado al futuro es el título de una exposición comisariada por Fernando Sanmartín y Manuel García Guatas que estará abierta al público en La Aljafería de Zaragoza hasta el 31 de diciembre. 
Se trata de una selección de obras pertenecientes a la colección de las Cortes de Aragón; en concreto, retratos de doce pintores de allí: Natalio Bravo, María Buil, José Luis Cano, Mariángeles Cañada, Clara Carnicer, Pepe Cerdá, Álvaro y Gonzalo Díaz-Palacios, Jorge Gay, Paco Lafarga, Fernando Martín Godoy, Ignacio Mayayo y Lina Vila. De esta última es, precisamente, el que ilustra esta nota, el rostro "tan grave y serio", en palabras de Lara López, del añorado Félix Romeo, compañero de Vila hasta su prematura muerte. 
Uno, por desgracia, no ha podido ver esa muestra, pero sí disfruta del espléndido catálogo que recoge algo más que la excelente reproducción de esos cuadros. A cada uno de ellos le acompaña un breve texto (otro retrato) firmado por un escritor aragonés. Me refiero a David Mayor, Cristina Grande, José-Carlos Mainer, Aloma Rodríguez, Antonio Ansón, Alejandro J. Ratia, Eva Puyó, Javier Lacruz, Ismael Grasa y Lara López, además de los dos comisarios: Sanmartín y G. Guatas. 
"El retrato es un antídoto contra el olvido", comienza el prólogo que firman los dos. Más, añade uno, si esos rostros quedan fijados para siempre entre las páginas de un libro. 

30.11.15

En busca de la edición perdida

Como uno no puede leer cada semana la columna de José Luis Melero en Heraldo de Aragón, tiene que conformarse con esperar a que agrupe unas cuantas en forma de libro y que, por añadidura, lo publique, según costumbre, Xordica con el habitual dibujo del pintor Jorge Gay en la cubierta.
El tenedor de libros se titula, a sugerencia de su amigo Martínez de Pisón, la nueva entrega de esos artículos teñidos, sobre todo, de aragonesismo (o, mejor, de zaragocismo) y de inteligencia más sentido del humor (dos partes de lo mismo). En las dos primeras líneas leemos: "Podría decirse que no he hecho otra cosa en esta vida que llevar los libros. Como un tenedor de libros lleva sus libros de contabilidad". Sí, de libros se habla aquí y bibliófilo de los que leen es Melero. De libros ("Como los libros no hay nada") y de autores, claro está, y de libreros (de viejo, mayormente), editores y escritores. Raros y olvidados, casi siempre, más para quien no conoce la rica realidad literaria de Aragón y de Zaragoza, ciudad libresca por antonomasia ("Las ciudades importantes tienen librerías importantes. Zaragoza las ha tenido siempre"), y no ha sido tocado por el sublime vicio de la bibliofilia. Tipos tan interesantes como Iván de Nogales, Eduardo Marquina o Manuel Pinillos.
Y de fútbol, también se habla de fútbol. Del mismo modo que cabe mencionar la "desazón" lectora (por no dar abasto con tanto libro), se puede mencionar la futbolística, por ser hincha de un equipo proclive a dar menos alegrías que disgustos. 
Le parece a uno mentira que este hombre capte el interés del lector (y cómo lo capta) hablando, a veces, de tal o cual ejemplar o de tal o cual autor menor, casi siempre pretéritos, con una erudición envidiable, sin duda, pero también, insisto, lejana. La clave está, por una parte, en lo bien que escribe esos artículos; la segunda, por la ironía y el citado humor (léase "Elogios y necrologías") que pone en esos escritos a lo que tiene tan bien cogidos la medida y el punto. La pasión que le echa también ayuda.
Ya lo dice él mismo: "Cuando leemos a ciertos columnistas nos gusta muchas veces encontrar una confesión personal". Eso nos pasa con el "mitómano y fetichista" Melero. Estamos encantados cuando nos habla de su sufrida mujer, de sus lances en busca de la edición perdida, de sus veraneos en Jaca y, ante todo, de sus amigos: de los inolvidable Félix Romeo (relata, entre otras cosas, su desconcierto ante al aparición de un libro desleal sobre él) y José Antonio Labordeta (a quienes tuve la suerte de tratar), de Fernando Sanmartín o Javier Tomeo; de sus cenas en Casa Emilio; de las presentaciones de sus libros; de sus viajes (a París, a Florencia, a Burdeos, a Londres, a Groningen)... Más allá, si por algo se caracteriza Melero es por su responsable sentido de la amistad; ejemplar, me consta. 
Por aquí pasan meretrices, jotas falsas, tildes ausentes, series americanas, escritores pedigüeños (qué divertido artículo)... Nos cuenta que fue crítico gastronómico una temporada y merece la pena echarse unas risas con el experimento, así como actor ocasional de cine: hizo un cameo en la película de Trueba Vivir es fácil con los ojos cerrados.
Y Javier Cercas, Azorín (que echa por tierra su concienzuda tarea de fichar libros), César Vallejo, Jesús Marchamalo, Fernando Ortiz...
Ahí va, y termino, mi "confesión personal". Aspiro a que un año de estos, al leer uno de los volúmenes del de Zaragoza, encuentre por sorpresa mi nombre y, en consecuencia, haya merecido el honor de formar parte de esa lista interminable de personas y personajes de Melero; esos seres casi siempre extravagantes y no pocas veces arrinconados que habitan en sus bonitos libros. Como el sastre Julio Lajo o el maestro Bielsa Jordán. Para esa noble posteridad siempre estará uno dispuesto. 

22.9.15

Ferreró y Zecchini

De Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) ya hablamos aquí, a propósito de su libro anterior, Memoria, publicado, como éste, Cadencia, en la colección La gruta de las palabras de Prensas de la Universidad de Zaragoza, que dirige el escritor Fernando Sanmartín. 
Como en aquél, es imposible sustraerse al hecho de que quien lo ha escrito está a punto de cumplir noventa años. Que es alguien, como el personaje de uno de los poemas, "de avanzada edad". Eso supone, por un lado, que el poeta, con la cabeza lúcida, está en posesión de todas las armas de su oficio, y se nota. Por el otro, que el balance de la vida y la vejez han de ser asuntos sustanciales de la obra. 
Destaca la sobriedad y concisión de los treinta y dos breves poemas meditativos ("El hombre tal vez nota / su estado pensativo, / el gozo de estar quieto / recibiendo el efluvio / de este lugar y piensa / un poco, casi nada") que forman Cadencia (son varias las acepciones de la palabra que podemos relacionar con el título), mesura que tiene mucho de clásica. En un doble sentido también: por la forma, discreta y sin estridencia o alardes, y por el pensamiento que recoge, estoico de la mejor estirpe, sin que por ello le falten sus gotas de epicureísmo. Léase el poema 31, que termina: "Vive plácidamente  / si es que te lo permite el destino / y goza del interno espejismo / que alientas". 
Se agradece la serenidad de estos versos que tienen mucho de memoria y recuento. Los últimos dicen: "Hablar en general es sentirse impreciso / y no saber qué ha sido de tu vida: / si un gozoso relato / o un simple acontecer errático". 
De Iside Zecchini (Venecia, 1921-2011) nada sabía uno hasta ahora. Y no creo ser el único. Algo que hemos solucionado gracias a Luciana Collu y Gabriel Sopeña, profesores de la Universidad zaragozana, que han traducido y presentado a los lectores españoles (o en español) sus poemas en la antología El huésped. Entre otras cosas (por más que uno eche en falta alguna referencia a su bibliografía), nos explican en su ajustado prólogo que tuvo una firme salud débil, que fue profesora (de primaria y secundaria, así como en la formación de maestros), que vivió la mayor parte de su vida cerca de la estación ferroviaria de Venecia y que estuvo felizmente casada con Carlo Mastrocinque. al que dedica uno de los poemas más emocionantes del conjunto: "Esposo mío". Sí, como indica la crítica, la suya es una poesía "de las pequeñas cosas". Hay en ella un "encanto por lo diminuto", lo que sólo en apariencia carece de importancia. "Para vivir experiencias / ya no es necesario viajar", escribe en el poema "Vejez". No es extraño, así, que aliente en sus versos, otro lugar común, un "profundo sentimiento religioso". Léase "Fe". En sus versos, en Amor (que escribe con mayúsculas); lo que ve desde la ventanilla ("finestrino"): un árbol, un pájaro, la hierba, el viento; los que ya no están, que observa desde el "laberinto"; el paso de las estaciones (el del tiempo), las calles.
Hay poemas memorables. Como el que da título al libro (claramente veneciano), "Víspera", "Lola", "Nassirya", "Octubre"...
Con la poesía de Zecchini sucede lo mejor: que uno se queda con ganas de más. O, a falta de ello, de releer una vez más esos sugerentes, silenciosos versos.

7.2.14

Desde Zaragoza

Prensas Universitarias de Zaragoza (PUZ) es la editorial de la Universidad de la capital aragonesa. La Gruta de las Palabras, su colección de poesía, dirigida por el escritor Fernando Sanmartín, está a punto de cumplir 30 años. El primer libro que publicó data de 1985 (el mismo en que uno publicó su ópera prima) y, oh casualidad, acaba de aparecer el número 85, Días animales, de Almudena Vidorreta Torres (Zaragoza, 1986), precedido de Memoria, de Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927).
Lo primero que llama la atención es lo bonito que son y lo bien maquetados e impresos que están. Da gusto tenerlos en las manos. Más allá, son dos libros muy distintos. Por varias razones. La más llamativa, acaso, es la diferencia de edad entre ambos autores. La primera tiene la edad de mi hija (le saca un año) y el segundo, la de mi padre (que era dos años menor). El libro de Vidorreta es casi el doble de grueso que el de Ferreró. También los poemas del segundo son mucho más breves que los de la primera. De hecho, la poesía de Ferreró, al menos en este libro (el primero que leo de los suyos, mal que me pese), es precisa, exacta, concisa, sugerente más que explícita, con su puntito de sabiduría, lúcida y contemplativa. La vejez es su sustancia ("Ya todo me parece increíble", escribe). Bueno, tal vez sería mejor decir el paso del tiempo y la odiosa o feliz comparación entre lo que sucedió y lo que sucede, en buena parte ya previsto o presentido. Esto que digo me vuelve a dar la razón: cada vez lee uno versos de gente más mayor que, sin embargo, no lo parece. La última entrega de Julia Uceda, por ejemplo, un libro extraordinario del que ya hablaré.
Por su parte, Vidorreta (este es, a pesar de su juventud, su cuarto libro), practica una poesía más discursiva, con poemas más extensos, del "yo", diría, donde prima la temática amorosa y donde la voz, no se puede negar, es femenina, de mujer. Son poemas escritos, o eso creo, desde la inmediatez y su lenguaje es claro, directo y sencillo, por más que se aprecie un gusto especial por la expresión lingüística, por decirlo con sus palabras. Hay mucha reflexión sobre la propia escritura, algo normal en alguien que se dedica profesionalmente a la filología y escribe poesía.
De "una suerte de bestiario" ha calificado su obra Vidorreta. De amor ("la fuerza más poderosa del ser humano, que engloba en su ser todas las otras") y más.
Los dos autores, amén de paisanos (ella reside en Nueva York y él, profesor jubilado, suponemos que en su ciudad natal), son autores de la casa. Para Vidorreta este es su segundo libro en PUZ y para Ferreró el quinto, si no he contado mal. Dos obras y una colección a tener en cuenta.

15.12.12

Volutas de lector

Llevo años siguiéndole la pista a José Luis Melero, pero sólo ahora puedo decir que he leído un libro suyo, Escritores y escrituras. Lo ha editado Xordica. Reúne ciento diecinueve artículos publicados en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón entre 2009 y 2012 y está dedicado a la memoria de uno de sus mejores amigos, Félix Romeo, al que tanto seguimos echando de menos, ahora que se cumple el primer aniversario de su intempestiva muerte.
De amistad y de lealtades, por cierto, tiene mucho este libro. Al citado Romeo, sí, pero también a Ignacio M. de Pisón (que vive en Barcelona pero que vuelve cada poco a su ciudad natal), Ismael Grasa, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, etc.; es decir, a algunos de los más esclarecidos representantes de la intelectualidad aragonesa, un puñado de escritores a los que da gusto leer y por los que uno siente un respeto absoluto. Por aquello de la provincia, sobre todo, ese mundo periférico tan devaluado que, como aquí se ve, da para mucho. En efecto, de "mis pasiones aragonesas" hay no poco en Escritores y escrituras pero el marbete de "autor local" no limita, todo lo contrario, los acercamientos de Melero al mundo, a su mundo, que a fuerza de particular es ancho y ajeno. Aragonesa es la jota y quien la cantó acaso como nadie, José Oto, como aragoneses son los numerosos autores (en especial los desconocidos u olvidados) y las abundantes obras (novelas, crónicas, libros de poesía, memorias...) de los que da buena cuenta el bibliófilo zaragozano. Esa condición, supongo, se antepone a cualquier otra; por ejemplo, la de aficionado al fútbol (del Zaragoza, por supuesto) o la de coleccionista de objetos raros y curiosos con veleidades fetichistas. Un bibliófilo, conviene decirlo, de los siguen prefiriendo una buena novela o un buen ensayo al catálogo de una librería de viejo, por tentador que resulte. Un bibliófilo que lee, cosa rara. Alguien que reconoce lo mucho que valora el humor, de ahí que las anécdotas, las curiosidades, los apuntes y todo cuanto cuenta estén impregnado de ese sentido propio gente inteligente y poco o nada solemne. Así cuando se refiere a las "santas, pacientes y resignadas" mujeres de los bibliófilos (en el hilarante "De compras"), a los cleptómanos, a los propios bibliófilos o a tantos y tantos personajes, vivos y muertos, de los muchos que pueblan las páginas de este libro: los Labordeta (Miguel y José Antonio, al que dedica un artículo memorable por culpa, ay, de su fallecimiento), Luys Santa Marina, José María Hinojosa, Urbano Lugrís, Luciano Gracia, Chaves Nogales, el pesado de Cañabate ("Coño, vete", le decían los amigos cuando llegaba a la tertulia del café), Teresa Wilms, José Manuel Castañón, Jesús Moncada, Ciro Bayo (que viajó a Yuste con los Baroja), etc. Una sombra tutelar, se podría decir, es la de su admirado Andrés Trapiello (con su inseparable Bonet, bibliófilos de pro), lo que no le impide trazar sendos retratos (elogiosos) de Gimferrer y de Tàpies. Aparece, cómo no, nuestro Bartolomé Gallardo (y de rebote Rodríguez Moñino), algo que me lleva a pensar la insalvable diferencia entre la manera de proceder, y de escribir, de este sabio erudito y la que gastan los de por aquí, tropa dizque informada, pero carentes de la gracia y el estilo de quienes hablan con pasmosa y honda naturalidad de los libros sin más rebozos que los del rigor y el entusiasmo. Por eso me he acordado de Fernando Pérez al leer muchos pasajes de la obra, como cuando se menciona a Azorín y la presencia de Aragón en su obra (o en su vida, no en vano se casó con una maña).
Letraherido confeso -a falta de sueños cumplidos, leamos-, Melero declara que siempre lo ha hecho "con un lapicero en la mano". Se nota a la legua. Lo mismo que se aprecia lo buen conversador que será. A uno, al menos, le gustaría seguir escuchando, más allá de los límites de estas entretenidas cuartillas, todo lo que podría seguir relatando de esa panda de escritores en las afueras del canon que, sin embargo, tantas lecciones de literatura nos pueden dar. Eso era hasta hace poco Chaves Nogales, sin ir más lejos, y ahora...
Alude Melero, en fin, a "este expositor o vitrina de rarezas bibliográficas", de "volutas de lector", y no puede uno por menos que mirar para otro lado, como si no se estuviera refiriendo a estas prosas amenas que uno lee tan sustanciosas y vivas.

28.2.17

Pasaporte diplomático

Leo con inevitable entusiasmo El peligro de los círculos, de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959), que publica La Isla de Siltolá, donde ya apareció otro libro suyo de poemas: El llanto de los boxeadores. Se podría decir que Sanmartín, director de La Gruta de las Palabras, colección de las Prensas de la Universidad de Zaragoza, es un habitual de este rincón. Cada nueva entrega suya es todo un íntimo acontecimiento para los que le seguimos, para sus lectores. Más, en mi caso, si es de poesía. Como el resto de sus libros (de narrativa, dietarios), éste también es breve, tal los poemas que lo componen. Están agrupados en cuatro series y no llevan título. Se caracterizan por su sutileza y su fragilidad ("Busco en el humo" es el verso final), por más que aparezcan ante los ojos del lector con la sencilla solidez de lo bien hecho. Con la discreta belleza de lo conseguido. De aquello que ha intentado expresarse y se ha logrado. Abre cada parte del todo una cita. Bien escogidas. De Lowry, Holan, Tranströmer, Gil de Biedma y Berger. Todos están muertos.
Los poemas tratan de la vida, de qué si no. De la que lleva, itinerante pero hacia dentro, su autor, un viajero. En Helsinki (con Ganivet al fondo), Roma, París, Varsovia (y las ventanas), Venecia (esa "abreviatura") o Tánger ("vuelvo a Tánger / bulevar Pasteur / hotel Minzah / veo contigo una foto de Onassis / la Casbah"). "La niebla es un límite / soy un cartógrafo". Un viajero, por el cuarto propio o por sus alrededores, solo o acompañado en asépticas habitaciones de hotel, que siempre tiene en cuenta la memoria: "utilizo / recuerdos / como un pasaporte diplomático". Alguien que en esas situaciones de tránsito, por dentro o por fuera, indaga acerca de su propia identidad. "Lo que soy". Alguien que afirma: "mi dirección es la distancia". Alguien, asimismo, que amó o que ama. 
Estamos ante poemas delicados que se van adelgazando hasta que en la última serie pierden incluso la puntuación. La elipsis es aquí algo más que un recurso. El misterio no puede desvelarse. 
Son estas, sí, "señales de lo efímero". Al fin y la cabo, ¿qué intenta retener la poesía?

La recuerda.
Porque sus labios 
tenían
la definición de la tiza.
La recuerda.
Aunque su nombre 
sea frontera
en un país abandonado.

27.3.12

Antón Castro: en ruta

Menudean últimamente por aquí las referencias a Antón Castro, zaragozano nacido en Galicia, de la cosecha del 59, como su amigo Fernando Sanmartín, que le cita también en sus diarios. Asiduo de su blog, desconocía el resto de su obra (doy por hecho que es de los que escriben su bitácora en clave literaria). Aunque la carne sea triste, uno, que no es Mallarmé, está lejos de haber leído todos los libros. Una suerte. Por eso, nada mejor que empezar con la antología Versión original, publicada por La Isla de Siltolá en su colección Inklings. Se mezclan en ella los textos publicados y los inéditos y toma el título de un poema dedicado a Félix Romeo -otra presencia real, por mucho que odiara a Steiner- y a Lina Vila. Digo "poema" y casi debería empezar por ahí: "Cuántas veces me pregunto cómo se escribe un bello poema", se lee al principio de "La belleza". Más tarde, en el epílogo, alude a "prosa poética, poesía en verso y prosa, poesía narrativa, tentativas de esto y de aquello al calor del lenguaje". Sí, da igual cómo lo llamemos si, al fin y al cabo, se trata de poesía, lo mismo da en qué forma. Se ve que no sólo la ha buscado, sino que la ha encontrado y este libro es prueba de ello. Dividido en seis partes, empieza de aquella manera. Quiero decir que casi me rindo a las primeras de cambio ante una prosa -ésta sí- un tanto alambicada que recorre lugares maravillosos como Compostela, Jaca, Huesca, Albarracín o Zaragoza (estampa dedicada a Sanmartín), pero con aires que a uno se le antojan demasiado barrocos. Ese espejismo desaparece de golpe y para siempre en cuando atacas "Las cartas de mi padre", una figura central, por cierto, de este apasionante libro. Pronto entra en juego también el amor y las mujeres y el cuerpo, otro asunto de asuntos nuclear en la vida del escritor Antón Castro, dotado de una especial sensibilidad para abordarlo (a su blog remito). Y aparece la música, el cine (pura poesía en El río, de Jean Renoir), la fotografía y la pintura (de Rembrandt, pongo por caso, al que dedica un poema memorable). Y las pintoras, ay, y las actrices.
La IV parte es "El paseo en bicicleta", título del libro que publicó en Olifante en 2011. Bicicletas y ciclistas ruedan por ella y, de paso, Castro logra ganar etapas gloriosas, como "El pescador y su hijo" (con Ramón Acín detrás), "Torre del Abejar" (con el padre de nuevo al fondo, un hombre que merece una novela), "Barral" o "La Ciudad Nueva".
Lleno de dedicatorias y guiños cómplices y, se nota, de amistad a raudales, son dignos de destacar, en fin, "Sígueme", el poema que dedica a Mestre, "Vida de poeta" y "Autobiografía con niebla", acaso el mejor ejemplo para comprender de quién estamos hablando. De alguien, en todo caso, al que lo que más le gusta en el mundo es escribir, si pongo en primera persona lo que él coloca en tercera nada más abrir el libro.
Lo vuelvo a decir: de un puñado de escritores de Zaragoza ("soy de esta ciudad"), se va a seguir hablando mucho. De Antón Castro, no lo dudo.
(Nota: La fotografía es de Vicente Almazán.)

25.3.12

Una forma de mirar

No pocos sabemos lo que supone ser amigo de Elías Moro. Una suerte, sin duda. Tal vez por eso no se le conocen enemigos (ni siquiera ese "algún" que él sospecha). Sus detalles son famosos. Por ejemplo, que después de hablar aquí de Hacia la tormenta, de Fernando Sanmartín (gracias a él), se tomara la molestia de buscar en su biblioteca (perfectamente ordenada, como todo lo suyo) uno de los dos ejemplares que tenía de Los ojos del domador y me lo enviase, a sabiendas de que iba a gustarme. Lo publicó Olifante en 1997 y reúne notas de un diario escrito entre los años 1993 y 1996. Dos detalles: forma parte de una colección de poesía y está dedicado a Mar, como Hacia la tormenta. En el prólogo dice: "Siempre he pensado que la literatura es una forma de mirar". Después recuerda unas palabras de Llop -otro de nuestros diaristas por excelencia- acerca de los cuadernos de notas que él compara con "el cuartel de invierno del escritor".
Las lecturas (Onetti, Caballero Bonald, Arroyo, Connolly, los Panero...), las mujeres ("Ella", esa sombra, ante todas), la vida secreta y provinciana (con su escasa grandeza y sus abundantes miserias: "Vivir en provincias es a veces como ser bibliotecario en un sótano oscuro"), los viajes (Escocia, Irlanda, Venecia, Nueva York, Lisboa -cada abril, en el extinto Expreso Lusitania-, El Cairo, etc.), la vida literaria y social...
Entonces leyó Días de 1989, de García Martín, o a olvidados de la literatura española como Ruano o Víctor Botas (del que La Isla de Siltolá va a publicar su poesía completa) y aprovecha para criticar las numerosas injusticias literarias que en el mundo han sido.
Por aquellos años se murieron el citado Onetti, Torga y Brodsky. Ya conocía y admiraba al pintor Ignacio Fortún. Volvió a ver -como yo hace una semana- Casablanca y reconoció en un autobús a Félix Romeo, que regresaba de su cárcel de insumiso,  a quien dedica unos justos elogios que parecen de ayer mismo.
También hay sinceras alusiones a la poesía y los poemas, a los libros ("la barricada contra lo cotidiano", "balnearios que nos han traído desde las trincheras de la tristeza"), al solitario e inútil oficio de escribir, a la huida (o a su intento), a las dudas, la depresión (ese "anzuelo que nos arrastra hacia las orillas peligrosas") y el desánimo. Y momentos felices: cuando navega (en Hondarribia o Ibiza), o habla de sus amigos escritores (Ángel Guinda, Antón Castro) o se acerca a ver aviones. No deja de quejarse -quién no- de esos escritores que parecen "socorristas de la playa" y hay más de una X (abundan en todas partes los innombrables) por sus páginas. Sí, muchas cosas parecen repetirse; por ejemplo, los premios literarios o las prisas de algunos por conseguir la gloria a costa de lo que sea, que casi nunca es lo debido.
En este viaje hacia sí mismo -el más difícil, según Bárbara Jacobs- cita Sanmartín a Torga: "no hacer trampas en un diario es tan difícil como pasar delante de un espejo y no mirarse". Con todo, reconoce que el suyo se publica con pocos retoques, porque nada le viene peor a este género que el afeite, el maquillaje o el disfraz. Me da que no miente. Es la segunda vez que lo compruebo. Será que nuestra forma de mirar es parecida.

9.2.19

2 papelesmínimos

La editorial papelesmínimos sigue, lenta pero segura, ofreciendo a los lectores pequeñas joyas tipográficas. Libros exigentes de autores muy bien escogidos que cuida con esmero su inventor, Imanol Bértolo. 
De dos de sus series, "graphica" y "monos", llegan sus últimas entregas. 
La primera, Los consejos no son un buen sitio para quedarse a vivir, del artista Rosendo Cid (Orense, 1974), mezcla aforismos (por más que, no sin ironía, el hable de "consejos" consejos) y viñetas (realizadas con un BIC azul) que da tanto gusto leer (y pensar) como sencillamente ver (o contemplar). En el enlace que marco hay un buen número de ejemplos.

La segunda, en forma de plaquetteInvasión de Irak, del escritor Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959), consta de un solo poema, una suerte de testimonio con deliberada soltura formal, sobre aquel triste conflicto. Se abre con citas de otro aragonés, Miguel Labordeta ("difuntos relojes de arena"), y El País (20 de marzo de 2003), donde Bush anuncia a la nación el comienzo de la Operación Libertad.
Dos obras para degustar por fuera y por dentro, fruto de la callada, paciente labor de un editor de fuste.

17.6.18

Tres antologías

En la colección La Gruta de las Palabras, que dirige para Prensas de la Universidad de Zaragoza el escritor Fernando Sanmartín, se publica Al sur de la palabra, una antología de poetas marroquíes contemporáneos. La edición y el ilustrativo prólogo son de Juan Antonio Tello, profesor de francés del Instituto Español 'Severo Ochoa' de Tánger, y la traducción corre a cargo de éste y de Victoria Khraiche. 
Como la poesía del joven país vecino, la muestra se caracteriza por "la multiplicidad y la pluralidad". Los autores incluidos, nacidos entre 1942 y 1988, escriben en árabe o francés.
La eclosión de la poesía marroquí moderna se sitúa en los años sesenta del siglo pasado, en los principios de su independencia, y su carácter fue de denuncia, resistente y reivindicativo. Al estilo de nuestros cantautores. En la de ahora, variada como se ha dicho, no encuentra uno diferencias con la que se escribe en cualquier lugar del mundo, en lo que a la calidad respecta. Su modernidad, digamos, es indiscutible. Los poetas, hombres y mujeres, tampoco son distintos. Destaca su alta cualificación educativa y, en consecuencia, destacan los titulados universitarios. 
La selección no podía empezar mejor, con un precioso poema de Bassry (Settat, 1960), "Ejercicios sobre la soledad". Me han llamado también la atención los poemas de Bentalha, Boudouma, El Assimi (muy barceloneses), Gharrafi (un poeta viajero), Hmoudame (autor de "Tánger ragtime"), Madani (tangerina de nacimiento, ciudad donde reside otro poeta: El Annaz), Raoni (la más joven) o Laâbi (el mayor del grupo). Todo un acierto. 

La Agencia Andaluza de Instituciones Culturales de la Junta de Andalucía publica una preciosa y limpísima antología de poemas de Pablo García Baena, miembro fundador del grupo Cántico. El título elegido, un verso del poeta cordobés: Un navío cargado de palomas y especias. La selección, las notas y el estudio preliminar son del también poeta Guillermo Carnero. Nadie mejor. Tras dedicar su tesina de licenciatura (dirigida por Blecua) a la mencionada cuadrilla lírica, fue quien, gracias a la mítica antología El grupo Cántico de Córdoba: un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra (Editora Nacional, 1976; segunda edición ampliada, Visor & Fundación Vicente Núñez, 2009), puso en nuestro mapa poético la obra de Pablo García Baena, Ricardo Molina, Julio Aumente, Juan Bernier y Mario López, que tanto influyeron en los novísimos. Después de describir en "Un asunto de familia", desde una visión personal, cercana y biográfica, las generalidades del grupo, Carnero aborda su poética, que resume al final, de efectiva manera didáctica, en cinco puntos. Realiza más tarde unas consideraciones acerca de la religiosidad de García Baena (actualizando opiniones pretéritas al respecto) y, por fin, analiza su depurada técnica del verso a partir de lecciones extraídas de sus dos primeros libros: Rumor oculto y Mientras cantan los pájaros. A un puñado de poemas memorables y muy bien escogidos, le sigue, a modo de colofón, una útil bibliografía poética.

Hilario Barrero, poeta (acaba de dar a la imprenta BlendingCuadernos de Humo, donde leemos: Qué cruel es el tiempo / que te pone delante de tu rostro / su espejo cada día / y te niega la luz cuando es de noche), diarista, profesor jubilado de la Universidad de Nueva York, ciudad en la que vive desde hace décadas, vuelve a sorprendernos con su tarea de traductor y publica en La Isla de Siltolá A quien pueda interesar, antología (bilingüe) de poesía en inglés, según reza el subtítulo. Es complementaria de otra que vio la luz en la misma editorial sevillana, Lengua de madera. Aquélla, sin embargo, sólo recogía poemas breves. Aquí se reúnen más de un centenar de poemas, cortos o largos, de cincuenta y cuatro poetas, del siglo XVIII hasta la actualidad. Los divide Barrero en varios grupos: primitivos, modernos, postmodernistas, novísimos, y jóvenes. Incluye tres "mini antologías": de Sandburg, Gilbert y Hall (que junto a su mujer, J. Kenyon, Barrero dio a conocer al público español).
Confiesa que empezó el florilegio "hace casi cuarenta años", que es muy personal, para todo tipo de lectores y, en última (o primera) instancia, que lo concibió para sí mismo.
A todos los poetas incluidos se les puede calificar de "clásicos" y, en consecuencia, son muy representativos del panorama de la poesía escrita en inglés a lo largo de los últimos siglos.
Son muchos los agradables hallazgos que uno se encuentra, poco importa por dónde abra el elegante volumen. Ya sean versos de Frost o de Simic, de Thomas o Stevens, de Walcott o Berger, de Levertov y Schuyler. Y de poetas mucho menos conocidos.
Los lectores habituales de la revista Clarín ya conocíamos algunos de estos versos. De Donald Hall, pongo por caso. Poemas magníficos como "El amo" y "Té" o el divertido "A la manera de Horacio".
La mayor sorpresa para mí está, con todo, en el primer poema, de Robert Southey (1771-1843), donde se lee: "Y, sobre los bosques vecinos que se divisaban, / la torre de la iglesia de Navalmoral nos anunció / nuestro lugar de descanso esa noche, -una señal bien recibida; / aunque nos demoramos deliberadamente para contemplar / con detenimiento la llanura fértil de Plasencia..."
Una delicia, sin duda.

21.7.17

Más lecturas

Alfius de Bux
Que la Gran Guerra dio frutos literarios perdurables no es nada nuevo. Sí, al menos para mí, la existencia de uno de ellos: Cien visiones de guerra (Renacimiento), del francés Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin, 1878-1954), un puñado de poemas breves, comparables a haikus, dignos de figurar en cualquier antología de la poesía bélica. Por aquello de las indudables semejanzas, al español los ha vertido, un siglo y un año después de ser publicados por primera vez en La Grande Revue, Susana Benet, que, como dije aquí atrás, no deja de ser la más japonesa de nuestras poetas. 
El libro es intenso y delicioso. A lo trágico, que predomina, no le faltan gotas de humor: "A mí me dio en la nalga, / a ti, en el ojo. / Tú eres un héroe, yo casi". Es difícil imaginar la experiencia de un hombre en una situación similar. En su "juventud, grave y pensativa". Él lo resume en una dedicatoria ("estos recuerdos de nuestros tormentos"), a su hermano pequeño que sustancia el último poema: "por haber, maravilloso prodigio, / conocido la muerte antes que la vida". 
No suelen decepcionar, sino todo lo contrario, los libros que aparecen en la colección La Gruta de las Palabras, de las Prensas de la Universidad de Zaragoza. En gran parte, porque la dirige alguien con sensibilidad y criterio: el escritor Fernando Sanmartín. Es el caso de las dos últimas entregas, como siempre impecablemente editadas. 
Vida doméstica, de la periodista Carmen Ruiz Fleta  (Zaragoza,1978), no se da a engaño. Su poesía es directa, clara y, más que nada, lúcida. Con el punto justo de acidez, desengaño y melancolía, que como recuerda José Antonio Llera en sus espléndidos diarios (de los que daremos cuenta), y cita a Aristóteles, "está atravesada por la más alta conciencia". Lo cotidiano elevado a categoría artística. A poesía, mejor. Que, según ella, "es escuchar al silencio".
Con la llegada de la sangre, de Octavio Gómez Milián (Zaragoza,1978), abunda en lo paradójico, siempre tan poético. Y en el tema de la muerte: la ausencia y los ausentes: "Hablo de la muerte / porque en ella permanece el silencio". El tono, lógico (un matemático, como él, sabe que menos es más), es sentencioso, seco, aforístico. Los poemas, breves. La memoria y los recuerdos se plasman en forma de iluminaciones. Una suerte de anotaciones de la perplejidad.
Este es uno de tantos libros que se quedan atrás, aunque siempre supe que terminaría leyéndolo. Era su momento. Tal vez cada libro tenga el suyo. Me refiero a Temblor, de Charo Ruano, un título con reminiscencias de Kierkegaard (le falta el temor, tan presente aquí) que publicó el año pasado Amarú Ediciones, de la librería Víctor Jara de Salamanca, ciudad natal de la periodista, la fiel editorial de la no menos leal Ruano. Como uno pasa muchas horas últimamente en una habitación de hospital cuidando a un paciente grave, la lectura de este diario de una artista seriamente enferma me ha llegado al alma. Debería haber ejemplares en las bibliotecas de esos centros sanitarios para uso y consulta de los usuarios y familiares. Sí, "En realidad nadie sabe nada", aunque ahora, gracias a esta indagación sobre el mal, el que lo padece y todas y cada una de sus probables circunstancias, de las aciagas a las más felices, algunos vislumbramos mejor de qué va este asunto que a todos, más tarde o más temprano, ha de concernirnos. Sobre la enfermedad se ha escrito mucho, pero este emocionante libro es, en rigor, único.
La poesía portuguesa es interminable, bien lo sé. Por eso no me ha extrañado el gozoso descubrimiento de los versos de Maria do Rosario Pedreira (lisboa, 1959) gracias a la antología bilingüe Una casa con palabras dentro (bonita definición de libro) que, traducida y prologada por Verónica Aranda, publica (en La Rama Dorada de Monmany) Huerga & Fierro. La preciosa cubierta abre un mundo interior (abierto al verano) donde el amor (a veces el desamor) manda. Su poética se basa en la claridad (ella, como uno, admira a los poetas "que se hacen entender") y su propuesta, dice Aranda, singular en el rico panorama lírico portugués. Me ha llamado mucho la atención que sea una mujer que escribe sin complejos, desde la heterosexualidad, y sin tener en cuenta la tiranía de lo políticamente correcto. Que confiesa sus miedos y sus sentimientos con una naturalidad llamativa, lo que no deja, ya digo, de tener su gracia. Los finales son redondos y la sencillez de su poesía un pozo profundo en el que abismarse. Según Pedro Mexia, "lo trágico visto desde fuera".
Mario Martín Gijón (Villanueva de la Serena, 1979) se prodiga bastante, y en todos los géneros.  Bien está. Nos entrega ahora en la querida colección La Gaveta de la Editora Regional de Extremadura la nouvelle Un otoño extremeño. Lo diré pronto: me ha encantado. Utiliza el recurso del manuscrito encontrado; en este caso, un diario del ingeniero forestal alemán Thomas Jung que traduce al español su compañero de trabajo Esteban Carrasco y donde aquél da cuenta de su corta e intensa estancia en Extremadura. Distintos lugares (lo que hace de este texto una suerte de libro de viajes), bellísimas descripciones de árboles y paisajes, un par de historias de amor, párrafos sobre él mismo y su forma de ser... Cuando leo al prosista Martín Gijón y recuerdo al poeta del mismo nombre, tan experimental y hermético, siempre me sorprendo. Aquí todo es luminoso, fruto de un lenguaje cuidado, pero sin sombra de artificio, salvo el que el arte narrativo exige. Entre líneas, además, el lector extremeño encontrará reflexiones propicias para evaluar su autoestima y favorecer la autocrítica, que para ambas cosas da, y para mucho más, esta espléndida novela breve.
Harria, Piedra, es el título de un sólido libro de Juan Manuel Uría publicado por El Gallo de Oro en euskera y castellano. Otro que también se quedó atrás, pues es de 2016. Poco importa. Porque es de verdad, que diría uno de Bilbao, intemporal y punto. El levantador Iñaki Perurena, uno de los prologuistas, lo hubiera titulado "El nieto del famoso Errekartetxo ha realizado 130 alzadas con la piedra". Ese hombre fue famoso por levantar la "Albizuriaundi", según Bernardo Anaut, «piedra irregular, en Amezketa, que ha sido objeto de levantamiento en contraste con las regulares de forma cilíndrica, esférica o cuadrada. Solamente dos forzudos pudieron levantarla y echársela al hombro ya que pesaba 163 kg. Uno de ellos José Ibar "Urtain"». El otro, claro, Santos Iriarte, abuelo de Uría, que aparece fotografiado en tal trance en la cubierta, al principio del volumen y en páginas interiores. Impresiona.
No es este, aclara, su autor, un libro sobre el levantamiento de piedra ni sobre la vida del harrijasotzaile (que "piensa con las manos"). Parte de ahí para mirar al hombre. Gracias a la poesía que "trata de expresar lo inexpresable". Son 130 "facetas del ser". Entre la poesía, sí, el aforismo, la epifanía, la anotación y la escritura memorialística, una suerte de tratado (donde no falta el componente antropológico) particular e insólito acerca de un símbolo que los vascos, como pocos, han logrado hacer suyo. Uría nombra, por ejemplo, a Oteiza.
Por lo demás, ya que de poesía hablamos, me he acordado del padre del poeta Hasier Larretxea, que levanta piedras en algunos recitales de su hijo. Ya me espera su último libro: Meridianos de tierra.

3.2.17

Escaparate

Bartleby & Company
A falta del tiempo necesario para abordar de manera pormenorizada el comentario de estos libros que uno ha leído con gusto, daré, de momento al menos, cuenta de ellos en unas pocas líneas. Menos es nada. Por ejemplo, Poesía completa (Renacimiento) del malogrado poeta portugués, suicida en el Hotel Nice de París y contemporáneo de Pessoa, Mário de Sá-Carneiro, con introducción y traducción de Manuel V. Rodríguez; En espera del resto (Pre-Textos), del puertorriqueño nacido en Nueva York Ángel Darío Carrero, fraile franciscano muerto también a destiempo y autor de una poesía necesaria que nos presenta con emoción y sabiduría Pablo d'Ors quien, además de declarase "entusiasta" de ella, califica de "claramente místico" al autor de estos "poemas balbuceos"; también en Pre-textos, Corazón de la serpiente, del fuenteherideño Manuel Moya, que reúne un puñado de poemas extraordinarios que, entre lo más cercano y la Norteamérica profunda, lo mismo varían sobre un tema de Luzi o de Justice que homenajean a Thomas, Hopper o Yeats; Lar, de Ramiro Gairín, y 7:35, de Nacho Escuín, dos libros frescos, en el mejor sentido, donde prima el amor, de dos poetas aragoneses a los que edita Fernando Sanmartín en la colección La Gruta de las Palabras de Prensas de la Universidad de Zaragoza; Zapatos para pisar la lluvia (La Isla de Siltolá), de la dombenitense Teresa Guzmán (que esta noche se presenta en La Puerta placentina de Tannhäuser), un libro lleno de sensibilidad, bien trabado y melancólico; Rebato del tiempo (Samarcanda), del sevillano Carlos Vaquerizo, con prólogo de Antonio Lucas, quien menciona "el paisaje, el campo, el amor y las evocaciones de muy distinta biografía como territorios de pensamiento y de emoción" en un poeta tradicional de ascendencia popular y clásica; Un fragmento de eternidad (Germanía), del saguntino Gregorio Muelas Bermúdez; No eres nadie hasta que te disparan (Vitrubio), una obra potente del madrileño de Valencia Rafael Soler; Ajuste de cuentas (UP José Hierro), del granadino de Caniles Francisco Domene, ganador del premio que lleva el nombre del poeta santanderino; Los refugios que olvidamos (Anantes), del alcalareño Jesús CárdenasLa fábrica de anticuerpos si no amanece (Carena), del malagueño David Delfín, con un extenso prólogo de Francisco Ruiz Noguera; Cementerio de barcos (La Calle), de Antonio Maldonado, natural de Valdepeñas; y El club del crimen (Vaso Roto), del estadounidense Weldon Kees (1914-1955) en traducción de Ezequiel Zaidenwerg y amplio ensayo introductorio de Dana Gioia.

7.3.16

Pardo y Lamillar


Carlos Pardo
Pre-Textos, Valencia, 2015. 96 páginas. 16 €

Carlos Pardo (Madrid, 1975) es un joven poeta muy reconocido, autor de los libros de poemas El invernadero, Desvelo sin paisaje y Echado a perder, siempre avalados por premios. Obras luego reunidas en Hacer pie, un volumen publicado en Uruguay. Además, son suyas las novelas Vida de Pablo y El viaje a pie de Johann Sebastian, ambas en Periférica.
Tras ocho años sin libro de versos, ve ahora la luz Los allanadores. En la “Nota del autor” leemos: “He escrito este libro como si hubiera dejado de escribir poesía”. Y más adelante: “Quizá la poesía, aunque coquetee con la autobiografía (o precisamente por ello) es una nueva disciplina de la desposesión”. Sí, puede que haya mucho de renuncia en este libro. De despojamiento retórico, por ejemplo. Muy cercano a la prosa (léase “Una novela no escrita”), su ritmo es discontinuo, gracias, entre otras razones, a su sabio manejo del encabalgamiento; abrupto a veces, léase “Lejía” (“Pero yo sólo quiero las cosas que envejecen”). O por la sugerente concisión de “Sedentario”, “Minimalismo” o “Final”.
Poemas como “Basura” (“La basura se siente bien contigo. / Hazla metáfora.”) o “Pobreza” dan también pistas acerca de la poética que subyace aquí.
La ironía, como en cualquier poeta contemporáneo que se precie, es un tono; un elemento de abdicación también, como cuando califica a los poetas como “profesionales del lamento”, esos que “carecen / de mística: oímos la voz / no la palabra / (el cuerpo, / no el espíritu)”. “Teatraliza”, dice de uno. Gente preocupada por “la superstición de la palabra justa”.
La poesía, y no sólo los poetas, es también sujeto de reflexión. Ahí, vislumbra uno, Stevens.
Aunque lo autobiográfico esté, tampoco, salvo en determinados momentos (cuando habla de sus padres –en los emocionantes “El hombre indivisible” y “Árboles”- y de la familia), es explícito. Así, al habla del amor. En poemas logrados como en el citado “Lejía” o en “Aufklärung”.
Me agrada esa manera elíptica de nombrar la naturaleza y, digamos, lo rural, distinta de la tópica. También la sutil crítica política que desliza. Y esos extensos poemas finales (los de la serie “Los armónicos”; “Mis problemas con el judaísmo”, sobre todo) que vendrían a corroborar que la poesía es “Un milagro sencillo / cuando se dan las circunstancias, / que eran lo milagroso”. Y aquí, ya lo creo, se han dado. Álvaro Valverde


Juan Lamillar
Prensas Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2015. 72 páginas. 10 €

Después de los libros El fin de la magia (2008) y Entretiempo (2009), así como de la antología Música de cámara (2014), donde reunió poemas sobre la fotografía, Juan Lamillar (Sevilla, 1957) publica, en la bonita y modélica colección zaragozana que dirige el escritor Fernando Sanmartín, Las formas del regreso, obra que añade a su título las fechas (2005-2007), como queriendo dar a entender que se agrupan distintas series poéticas escritas a lo largo de esos años. Y así es. Siete en total componen la obra, que, con todo, no es extensa. Ni carece de unidad, a pesar de lo dicho. Al fin y al cabo, si algo tiene Lamillar es voz propia, distinguible de los ecos que pueblan el panorama. No, no hace falta ponderar la ya larga carrera literaria del sevillano, uno de los mejores poetas de su promoción, la Generación de los 80, según García Martín, o de la Democracia, que diría Prieto de Paula. Lo vuelve a demostrar aquí, y de la mejor manera.
En torno a luz “más física”, aunque en versos de inflexión metafísica (al modo de Brines, pongo por caso), giran los poemas de la primera parte (léase el logrado “Las manos tendidas”). “La vida es liberarse de las sombras”, nos dice. Nada extraño en un hombre del sur que nunca ha renunciado a la claridad (en más de un sentido) que en esos lugares resplandece.
A la música, una de sus obsesiones favoritas (tan cercana a su clásica manera de componer), la segunda. Allí alude a “la diosa solitaria / que entrega su consuelo / a todos los que habitan / la soledad del mundo”.
Piedras, “ofrendas antiguas”, vaticinios o exequias pueblan la tercera.
En “Cuerpo”, la cuarta, se impone el soneto erótico y amoroso, con ecos de Lope y Juan Ramón.
En la quinta, los protagonistas son Apeles, Montaigne (“Señor de la Montaña”), Shakespeare, Walser (personaje de un precioso poema: “Ante una foto de Robert Walser”), Miguel Ángel y Sánchez Cotán.
Estampas personales, donde mejor se aprecia el tono melancólico del conjunto (con una cesión al desenfado en “Playa nudista”) caracterizan la sexta y, por fin, el amor (y el tiempo) cierran este minucioso libro impecablemente escrito que el lector ha de degustar con el placer que sólo la lentitud y la serenidad proporcionan. Á. V.

Las reseñas de los libros de Lamillar y Pardo aparecieron publicadas en El Cultural el pasado viernes 4 de marzo.

30.9.15

Picoteando

El, entre otras facetas, poeta, aforista, editor, ensayista y traductor Jordi Doce aparece en primer plano y de perfil en la portada del número 783, correspondiente a septiembre de este año, de la veterana revista Cuadernos Hispanoamericanos. En las páginas interiores está ya de frente. En las veinte páginas (de la 114 a la 134) que ocupa la extensa y lúcida entrevista que le hace Julio Serrano y donde aborda numerosos asuntos relacionados con su condición de escritor, en el más amplio y pleno sentido. Después de leerla, aún tiene uno en mayor consideración a quien ya tanto admiraba. Comparte, páginas, por lo demás, con el futurismo (que analiza Bonilla), Juan Goytisolo, Vargas Llosa, Goethe (interesante el artículo de Blas Matamoro a partir de la biografía de Safranski que aquí ha publicado Tusquets), María Zambrano (en su condición de poeta, a la luz de Moga), el fragmentarismo y el fragmentalismo (según Vicente Luis Mora, que publica nuevo libro en Pre-Textos) y Camba (Juan Marqués da cuenta de su "avalancha"). 
De Clarín empiezo por los diarios de Fernando Sanmartín, de un viaje a Tánger y Tetuán en busca de la memoria, "mezcla de obsesión y pasado", de su padre, joven militar destinado a la "La paloma blanca", y sigo por los de Jesús Aguado en Benarés, a finales de los ochenta. Coralia Pose alude a las influencias de Seferis en la pintura, el cine, la escultura... Felipe Benítez Reyes publica un fragmento de su próxima novela (en Destino): Servidor de usted. Luis María Marina vuelve a descubrirnos a un excelente poeta en portugués y, como él, diplomático. Se trata del brasileño Alberto da Costa e Silva. Inmaculada de la Fuente nos desvela todas las vidas de Elena Fortún y, antes de las reseñas, todavía hay tiempo para recorrer las calles de Lyon (de la mano de Álex Figueras) y las de media Europa con Castelao, cuyo viaje como becario, allá por el 21 del siglo pasado, rescata ahora Ernesto Baltar. 
En Quimera publican un dossier sobre Juan Benet,"Los benetianos", un homenaje que coordina José Antonio Vila.