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19.12.16

Línea de nieve

Gabriel Insausti (San Sebastián, 1969), profesor, traductor (de Wilde, Coleridge, los románticos ingleses, Auden, Spender, Lewis, Thomas, Owen, Davies o Ashbery), narrador, ensayista y poeta, ha pasado varias veces por este rincón y, sin embargo, nunca me he ocupado por largo de ninguno de sus libros, salvo el que dedicó a la poesía de Edward Thomas, que tradujo, o eso me pareció, ejemplarmente. En una ocasión, por lo que veo, estuve a punto, pero... De hecho publiqué aquí un haiku de Cristal ahumado. Tras Últimos días en Sabinia, Destiempo o Vida y milagros, llega Línea de nieve (Pre-Textos) del que me apetece mucho hablar: me ha gustado.
La cita inicial de Montale sitúa bien la escena: "Sólo esto podemos hoy decirte: / lo que no somos, lo que no queremos" (en versión española de Fabio Morábito). Ese poema de Huesos de sepia que empieza: "No nos pidas la palabra que de par en par exhiba / nuestro ánimo informe y con letra de fuego", y donde, justo antes de los dos versos que Insausti rescata, leemos: "No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte, / sí alguna sílaba torcida y seca como una rama". Sí, esta es la poética que sostiene los poemas de este libro. Elegante, es el adjetivo que acaso mejor le cuadre. Por la forma de decir, sobre todo (luego me referiré a este asunto), pero también por lo que expresa. Hay en él algunas constantes. Vida y cultura se entremezclan. La una lleva a la otra y viceversa. Con toda naturalidad que le cabe al artificio que denominamos literatura. "No ha sucedido nada", leemos en "Crónica" y precisamente eso es lo que sucede y lo que da al cabo en poema. Todo un feliz misterio. Porque algo siempre pasa.
Estamos ante los versos de alguien que observa meticulosamente el mundo, que mira con detenimiento sus detalles (léase "El ansia"), a veces los más ínfimos, casi siempre sencillos: "¿Tal vez el arte / de la elocuencia consista sólo / en sostener esa mirada en vilo, / vivir como extranjero ante las cosas, / dejarlas ser?" De alguien que piensa y duda en voz alta. Fruto de una lección, dice entrecomillado en "Iniciación": "Debes mostrar las cosas, no explicarlas". Y: "Evita lo trivial del reportaje, / un poema ha de ser para el idioma / lo que el cristal para la arena".
El paisaje y la historia son temas reiterados. El de su país, que describe y nombra a partir de lugares concretos donde sitúa vivencias o evoca recuerdos; muy hermosos, por cierto. "Si la memoria es un lugar..." Memoria que le lleva, por ejemplo en la serie "Preludios", a trazar una autobiografía de infancia, adolescencia y primera juventud que, para mi gusto, es una  de las partes más jugosas y logradas de la obra. O a escribir: "Es algo mágico el pasado / y oírlo, una manera de estar vivo. / Será por eso por lo que hoy escribo".
En un momento dado escribe: "Todo país es un destierro". Y muy significativo resulta, en este sentido, "Eutopía". Con todo, es al País Vasco, sin olvidar el terrorismo ("Allí mataron a un civil...", dice su abuelo), el que marca ese paisaje a que aludía, que tan bien se acomoda al tono general del libro. Pero este hombre es un viajero ("T-4", "Isla"), de ahí que Japón, Roma, París, Nueva York o Florencia formen también parte de su imaginario. Algo compatible con "Regreso a Ulzama", uno de los mejores poemas del conjunto.
Dije historia y debía tal vez decir arqueología. Además de "Los arqueólogos", encontramos poemas con títulos como: "Cromlech de Oianleku" (con Oteiza al fondo), "Menhires de Belate", "Dolmen de Jentilarri". Y no son las únicas ruinas que Insausti rescata para la poesía.
El paso del tiempo ("El tiempo es más la herida que la cura") es otra constante: "vivir es diciendo adiós a cuanto pasa, / soñar un absurdo y dejarlo para luego". Léase "Meditación en el spa".
Se preguntaba Rilke: "¿Debo escribir?" A esa cuestión vuelve una y otra vez nuestro poeta, de suerte que todo el libro está recorrido por una pulsión metapoética, de indagación sobre el mismo hecho de escribir. "En la verdad del mundo ha de leerse / la mentira piadosa de un poema", dice. En "Autocensura" con mayor claridad.
En lo que al lenguaje respecta, diremos que es impecable. Sí, puede que hasta peque a veces de virtuosismo. Pero es elegante, en su más noble y elevado sentido. Como el ritmo, que se apoya con frecuencia en el endecasílabo. Los encabalgamientos están muy conseguidos (hay poemas que gracias al recurso parecen "nerviosos") y cuando toca la ironía o el humor, claves en la obra, no le hace ascos a la rima, algo muy propio de la poesía inglesa, que tan bien conoce (y traduce: en "Entierro en Ormáiztegui" he escuchado a Auden), y de la española: en algunos poemas rimados (y con sorna) ha oído uno ecos de Jon Juaristi, aunque sea de Bilbao. Paradigma de esa forma de proceder, "La estatua de Mao en Kashgan".
Otro rasgo significativo es el uso de palabras de otras lenguas en los poemas: en vasco, italiano, inglés ("Amanecer en Wall Street")... Esto le da, qué duda cabe, un aire cosmopolita muy adecuado, en absoluto disonante.
Podría señalar numerosos poemas que dan al libro el carácter emocionante que le define. Destacaré, pongo por caso, "Bruto a Ovidio" (a pesar de ciertas contemporaneidades): "Es triste, sí, no ver la luz de Roma / pero es tal vez más triste, Publio amigo, / vivir hecho un extraño entre los tuyos". Logrados están los haikus de "Otoño": "Junto al sendero, / Hokusai ha pintado / de rojo un arce". Como el extenso "Chiesa Santa Croce", con Dante de protagonista (y versos de La divina comedia entre lo suyos), concebido a partir de la noticia de que el ayuntamiento florentino revocaba, siglos después, su destierro de la ciudad, una condena a muerte. Termina: "ser es una excepción, no ser la norma". O el breve "Exigencias" (que se puede leer en la página web de la editorial). O, en fin, y amén de todos los nombrados, "Cicatrices": "En toda cicatriz hay una huella".
Termino con los versos finales del libro, del aludido "Autocensura": "Al fin y al cabo / la verdad, en rigor, se calla en verso / y oírla es una cosa que les toca a Uds."  Ya saben. 

16.10.12

La poesía de Edward Thomas

© Emil Otto ('E.O.') 



















Hay poetas que uno no había leído pero que parecen tan familiares como los más frecuentados y queridos. Maestros que, de momento, uno no tiene más remedio que reconocer como propios. Es el caso de Edward Thomas (Lambeth, Londres, 1878 - Arras, Pas-de-Calais, 1917). 
Marià Manent incluyó un poema suyo, "Octubre", en esa joya que es La poesía Inglesa (José Janés Editor, 1958). José María Valverde le dedica una línea y traduce "And You, Helen" en su Historia de la Literatura Universal (Planeta, 1986, cuya autoría compartió con Martín de Riquer). En otras antologías de poesía inglesa que uno tiene en casa, faltan versos de este poeta rezagado (de "milagro tardío" califican su poesía) que murió en la Primera Guerra Mundial todavía joven y a destiempo, después de haber publicado no pocos libros en prosa, de haber ejercido la crítica y de haber escrito, en poco más de dos años, los últimos de su vida, todos sus poemas, más de 140, que no llegó a ver impresos.
Sí, Thomas ya se había cruzado en mi camino; sin embargo, sólo ahora, después de leer y releer su Poesía Completa (Pre-Textos), en edición de Gabriel Insausti, otro de esos benéficos traductores que permiten a los lectores españoles el conocimiento de la mejor lírica extranjera, se puede decir que sé quién es y, de paso, como decía, me atrevo a reconocerlo como uno de mis maestros. Por muchas razones. Por su defensa del campo y la Naturaleza, las casas, los molinos, los bosques y el paisaje (de South Country); por su devoción por el paseo; por su defensa de los topónimos; por la naturalidad (esa cosa, paradójicamente, tan artificiosa) de su lenguaje; por los temas que aborda (cotidianos, sustanciales, elocuentes) y por mil cosas más que uno interpreta, al apropiarse como lector de sus palabras, casi como particulares, lo que no significa -ni que estuviera tonto- que eso implique comparación alguna posible, siendo él, por añadidura, uno de los de verdad grandes de la muy grande poesía inglesa del XX.
Nadie debería asustarse a priori de Thomas. Al revés, su sencillez desarma. Si lo suyo no es poesía (Coetzee dixit), ¿qué lo es? Wordsworth, Hardy, Frost (su amigo), Larkin (que se refirió a él como "el padre de todos nosotros"), Auden, Hughes, Heaney, Brodsky, Walcott... son nombres que remiten a él. Precursores y seguidores. ¿Se puede estar en mejor compañía?
Por si sus poemas fueran poco, la ejemplar edición valenciana lleva al frente un exhaustivo estudio de Insausti (que sería pretencioso glosar aquí), una pormenorizada cronología y unas notas finales, que no estorban la lectura, donde se nos informa de todo lo que se quiera saber acerca de cada uno de los poemas.
¡Qué gozada de libro! ¡Qué alegría descubrir que la poesía nos sigue sorprendiendo y nunca cesa!

Nota: Aunque la desconozco, ha aparecido otra edición de la poesía completa de Thomas en la editorial Linteo, en traducción del poeta Ben Clark, lo que no deja de ser una feliz coincidencia. De ambas se ocupó aquí atrás, con la solvencia que le caracteriza, Jaime Siles en ABC.

20.4.19

Sobre algunas lecturas recientes (con perdón)

El País. Alberto Manguel en Mondion (Francia), 2013. GETTY
Si tuviera que hacer caso a los "me gusta" de mi muro de Facebook, desistiría de escribir esto. Cada vez que publico allí (al mismo tiempo que en el blog) alguna reseña, el número de likes es mínimo. Sí, ya sé que estamos hablando de espejismos, pero significativo, al cabo, resulta. Como uno hace estas cosas por amor al arte, procedo. A costa de hablar para unos pocos, que es a quienes, por otra parte, me he dirigido siempre. 
De la avalancha habitual, libros leídos y otros que nunca podré leer, rescato unos cuantos. No por nada, está claro, lo que no significa que los que silencio sin remedio no sean tan dignos como estos de figurar, ay, en un escrutinio. Por ejemplo, y para que no se me acuse de pecar de poético, Señor de las periferias (Pre-Textos), de Jesús Montiel, una suerte de biografía del escritor Robert Walser que es mucho más que eso. Por cómo está escrita (con voluntad de estilo). Por los aforismos que contiene ("La escritura es una loca perseverancia", "Un poeta nace para incomodar", "El verdadero fracaso es no saber fracasar"). Y por la poesía que guarda, aunque esta confesión desmienta lo que dije más arriba. Mi fascinación por el personaje, eterno paseante por senderos que se bifurcan entre la pasión por escribir y la locura, es antigua, pero este breve ensayo literario la ha acrecentado aún más. Una delicia, sin duda. 
Jordi Doce vuelve y nos sorprende de nuevo con La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea (Saltadera), que reúne dieciséis ensayos sobre poetas en inglés de ambos lados del Atlántico: Charles Tomlinson, Ted Hughes, Sylvia Plath, Geoffrey Hill, Seamus Heaney, John Burnside, John Ashbery, Allen Ginsberg, Kenneth Koch, Charles Simic, Joseph Brodsky, Paul Auster, Sharon Olds, Anne Michaels y Jeffrey Yang. La mera enumeración abruma. Si a eso unimos la perspicacia crítica, la prosa elegante (siempre cortés con el lector) y la lucidez lectora de Doce... Ah, y qué edición más bien hecha.
(Con uno de estos autores, el gran Simic (éste sí), iba a celebrar Doce un encuentro el mes próximo, pero una inoportuna, lamentable caída casera del poeta de origen serbio ha obligado a cancelar esa lectura madrileña.) 
Por seguir con la prosa, de acontecimiento (según para quién, lo sé, lo sé) habría que calificar la salida a escena de la Prosa completa (Ediciones Encuentro) del poeta y sacerdote británico Gerard Manley Hopkins, victoriano a su pesar, gran dibujante, autor de El naufragio del Deutschland (que uno leyó en la edición de Adonais), cuya poesía han publicado en España, entre otras, La Veleta, Renacimiento, Visor o Vaso Roto. 
El ensayo introductorio del traductor, Gabriel Insausti (que acaba de agrupar un puñado de excelentes aforismos en Estados de excepción, Libros al Albur) es elocuente y nos da todas las pistas necesarias para calibrar el alcance de lo que viene después: textos ensayísticos (en defensa de la Belleza y de la Verdad, de la dicción poética...), páginas de diarios, cartas, sermones... No falta una útil cronología sobre la vida del escritor jesuita.
Digo diarios y no puedo por menos que citar los últimos que he leído, de Hilario Barrero, toledano en Nueva York desde hace cuarenta años, que publica en Renacimiento una nueva entrega de los suyos bajo el título de Prospect Park, un parque de su barrio: Brooklyn. Son de los años 14 y 15. Allí, sus ciudades del alma (Toledo, Nueva York y Gijón), su despedida del trabajo por la jubilación, los paseos y trayectos en metro por las calles de aquella mítica ciudad, las cenas y visitas a vecinos y amigos, la música y los conciertos, el Greco, las muertes (de perros y personas) y el amor y la vejez, que no dejan de ser los asuntos centrales (dos en uno) de estas prosas escritas con un estilo peculiar e inconfundible, en absoluto plano o anodino, donde se cuela sin remedio la melancolía. 
Y ya metidos en harina poética, ahora sí, me limitaré a mencionar Habitable, una antología de Pureza Canelo (titulada como uno de sus primeros libros) que se incluye en el catálogo de la famosa colección rayada de Renacimiento (donde, por cierto, apenas si encontramos poetas extremeños). La edición es de José Teruel, quien vuelve a demostrar en el prólogo (un texto de ineludible referencia para estudios posteriores) su categoría de máximo especialista en la obra exigente y singular de la poeta de Moraleja, que el año pasado nos regaló uno de sus mejores obras: Retirada. Aunque leerla otra vez es como leerla por vez primera, destacaría el avance de unos poemas de un libro futuro, Aire donde estuvo una casa, versos que prometen y por eso le dejan a uno con ganas de más. Sí, sí, retirada...
También en Sevilla reside, como la recién citada casa editora, Antonio Rivero Taravillo que, incansable, da a la imprenta dos nuevos libros. Uno de aforismos, Vida en común (en Libros al Albur, como el de Insausti), donde brilla su sutileza y su sentido del humor (más si de vivir con otros en estos tiempos convulsos se trata), y otro de poesía: Svarabhakti (de título, ya se ve, sencillo -en el enlace anterior se explica su sentido- y lo publica Maclein y Parker), en el que vida y literatura se entremezclan sin solución de continuidad. No sabemos dónde acaba la una y empieza la otra, tal y como nos tiene acostumbrado este inquieto sevillano (de Melilla) con raíces mexicanas e impronta irlandesa. El amor, los libros, los escritores (Prados, Rulfo)... Para saber más, puede consultarse la reseña del libro que apareció en la revista Mercurio firmada por Luis Alberto de Cuenca. Lo mejor, con todo, leerlo.
Los últimos días de Plinio el Viejo (Ars Poetica), de Ignacio Cartagena, es un libro curioso. Por inhabitual. A veces recurrir a la nota editorial es lo mejor, sobre todo si, como suponemos, está redactada por el autor. Así, "Plinio el Viejo es el pseudónimo, no se sabe si real o inventado, de un profesor de lenguas clásicas de un instituto de provincias" Aquí "se enfrenta a la última etapa de su vida: los postreros años de enseñanza, la jubilación, la vida reposada, las manías, las inapetencias, las lecturas, la relación con su mujer y sus hijos, las rutinas médicas y hospitalarias y otros meandros que conducen al previsible desenlace final". Lo que no se dice en estas líneas es que lo mejor del libro no es esto, sino lo bien escrito que está, lo que justifica a la postre que la poesía lo sea. Y ésta lo es. Pueden comprobarlo. 

19.10.16

Pase de revista

Se le amontonan a uno, junto a los libros que llegan, las revistas que también recibo; así, me limito a picotear contenidos, la portuguesa devir, que en su tercer número, tras un buen puñado de poemas inéditos, homenajea al poeta y traductor Ángel Campos Pámpano y entrevista al futuro Nobel, o no, Nuno Júdice.
Cuadernos Hispanoamericanos, que en su número de septiembre dedicaba un espléndido dossier a españoles e hispanoamericanos que pasaron por París durante la primera mitad del siglo pasado (con colaboraciones de Juan Manuel Bonet y José Muñoz Millanes, por ejemplo) y una entrevista muy iluminadora con el venezolano José Balza, en el de octubre publica un dossier bajo el título "Relectura de Rubén Darío (1916-2016)" y una extensa conversación con Álvaro García, con motivo de la salida de su libro (de libros) El ciclo de la evaporación (del que pronto nos ocuparemos aquí).
Los dos últimos números de Sibila (48 y 49), patrocinada por la Fundación BBVA, vienen también repletos de textos interesantes firmados por Mercedes Monmany, Aurora Luque, Francisco Jarauta, González Esteva, Ida Vitale (último, acertado premio García Lorca), Ana Luísa Amaral, Darío Jaramillo, Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, etc.
De Clarín (124, aunque ha salido el 125) ya destaqué el dossier sobre Rafael Cadenas y a eso podemos añadir los aforismos del apasionado editor Javier Sánchez, una entrevista (rescatada) con Borges (o eso dicen), una semblanza de César Iglesias sobre el pintor Melquiades Álvarez y unos magníficos poemas de John McCrae en versión de Victoria León y Luis Alberto de Cuenca, así como otros de Nichita Danilov traducidos por Martín López-Vega.
Turia dedica su dossier a Max Frisch y, como siempre, el índice de su número 119 impresiona (con textos de Marta Sanz, Eloy Tizón, Pilar Galán, Soledad Puértolas, Enrique Andrés Ruiz y Ramón Eder; poemas de Clara Janés, García Montero, Álvaro García, Miguel Veyrat, Concha García, Guadalupe Grande, Julieta Valero, Marta Agudo, Mercedes Cebrián, Gabriel Insausti, Rafael Espejo, Ángel Petisme, Sofía Castañón, Cecilia Quílez, Beatriz Russo, Martín Rodríguez-Gaona,Teresa Agustín, Joaquín Sánchez Vallés y Joaquín Campos; así como una reseña de Gonzalo Hidalgo sobre César Martín Ortiz, un cuentista desconocido pero imprescindible).
Vuelve Suroeste, que ya va por su número 6. Los primeros sorprendidos por la calidad de esta revista de todas las lenguas de la Península Ibérica son los propios colaboradores: Avelino Fierro, José Antonio Zambrano, Pilar del Río, Amador Palacios, Benítez Ariza, Aquilino Dique, Ben Clark, Juan Lamillar, José Bento, Luis Llorente, Juan Ramón Santos, Manuel Neila, José María Jurado, António Salvado, Rosa Oliveira, etc.
La madrileña y digital IbiOculus lanza su número 9 y con la misma exigencia que en sus entregas anteriores.
Palimpsesto, por fin, revista que dirige desde Carmona (mirando siempre a América) Fran Cruz, entrevista en su número 31 al arequipeño Alonso Ruiz Rosas (y da algunos poemas suyos), publica versos del malogrado Eduardo Chirinos, entre otros, y un ensayo (por aquello del centenario), "En la ruta dariana", de otro peruano: Carlos Germán Belli. Ennoblecen el número las extraordinarias fotografías de Martín Chambi. 

1.2.16

Moga crítico

Encuentra uno cierta relación entre la envergadura física del poeta, crítico y traductor Eduardo Moga, un tipo muy alto y bastante corpulento que escribe poemas torrenciales, y los libros que últimamente ha publicado; así, el monumental Hojas de hierba de Whitman, las anotaciones de sus diarios reunidas en Corónicas de Ingalaterra o, en fin, La disección de la rosa, que acaba de aparecer en la mortecina, ay, Editora Regional de Extremadura; casi quinientas páginas donde reúne más de sesenta reseñas, estudios y artículos literarios publicados en distintas revistas (Letras Libres, Turia, Cuadernos Hispanoamericanos, etc.) desde 2007 hasta la actualidad. 
El prólogo, "Umbral", es del mexicano Aurelio Major y en él destaca sus cualidades como crítico. De carácter fuerte (aquí todo es a lo grande, ya decía), indica que Moga se decanta por la línea de Auden, la de comentar los libros con los que sintoniza o aprecia y dejar de lado los que no. Algo, señalo, que no siempre ocurre. Es bien conocida su fobia por la poesía de la experiencia y, antes, por los poetas de la denominada Escuela de Barcelona (aquí hay ejemplos). 
Moga reivindica, sí, el gusto propio y no oculta "los presupuestos desde los que emite sus juicios". Se decanta por la "prosa ensayística" y, como es propio de la crítica responsable, cuida el lenguaje de sus textos como si de escribir un poema o un relato se tratara, o casi.
Se nota a la legua su pasión (fervor, diría Zagajewski) por la poesía y su entusiasmo lector, que atiende a muchas variantes líricas. Major alude al "venero" y al "veneno" de aquélla como acicate de su tarea. A su "aguda atención" y, al cabo, repite una incuestionable verdad: "leer es en realidad releer".
Moga analiza, entre otros, libros de Jesús Aguado, Álvarez Piñer, Jacinto Antón, Fernando Aramburu, Christian T. Arjona Félix de Azúa, Pío Baroja, Fernando Beltrán, Olga Bernad, José Manuel Caballero Bonald, Julio Camba, Miguel Casado, Ángel Cerviño, José Ángel Cilleruelo, Antonio Colinas, Corredor-Matheos, Álvaro Cunqueiro, Óscar Curieses, Álex Chico, Jordi Doce, Basilio Fernández, Agustín Fernández Mallo, Julio César Galán, Antonio Gamoneda, Eduardo García, Pablo García Baena, Federico García Lorca, Sergio Gaspar, Pere Gimferrer, Gómez Toré, González-Ruano, José Agustín Goytisolo, José Hierro, Gabriel Insausti, Javier Lostalé, José Antonio Llera, Juan Malpartida, Mario Martín Gijón, José Martínez Ros, Ana Mª Martínez Sagi, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Juan Carlos Mestre, Blas de Otero, María Ángeles Pérez López, Javier Pérez Walias, Ignacio Peyró, Mariano Peyrou, Benito del Pliego, Albert Ràfols-Casamada, Mateo Rello, Jorge Rodríguez Padrón, Basilio Sánchez, Andrés Sánchez Robayna, Tomás Sánchez Santiago, José-Miguel Ullán, José Ángel Valente, Vicente Valero, Álvaro Valverde, Manuel Vázquez Montalbán, Joan de la Vega, Manuel Vilas, Carlos Vitale, María Zambrano y Antoni Rossell.
Una fiesta, sí, por decir poco, donde, a lo grande pero con el debido rigor, se celebra la existencia de la literatura y de los libros. Para Eduardo Moga, a los hechos me remito, más de media vida.
Ah, y para que no decaiga ya se anuncia otro volumen donde agrupará trabajos sobre libros de autores hispanoamericanos. 

29.12.14

Wilde

Ha sido una delicia leer estos aforismos rescatados de la obra del genial Oscar Wilde por Gabriel Insausti, que los ha traducido y editado para la colección A la mínima de Renacimiento, que, por cierto, llega con este volumen a su décima entrega.
Busca el cínico pero tierno Wilde el "camino oblicuo" en pos, casi siempre, de la belleza. 
"Nada envejece como la felicidad", escribe. O "Todo arte es inútil". O "Mentir por un sueldo, como hacen los políticos, es siempre aburrido." O "Toda mala poesía brota del sentimiento auténtico: ser natural es ser obvio, y ser obvio es no ser artístico". O "El arte es la forma más intensa de individualismo que conoce el mundo". Y "El arte es un velo, no un espejo". Y "La timidez puede ser una forma de vanidad". Y así hasta... Lo dicho, un placer. ¡Qué buen rato!

22.11.14

Cernuda, siempre

El 29 y 30 de abril del año pasado se celebraron en Cáceres, auspiciadas por distintas instancias de la Universidad de Extremadura y por la Fundación Gerardo Diego, unas jornadas sobre Luis Cernuda que coordinaron dos jóvenes escritores y estudiosos y extremeños: José Antonio Llera (Complutense de Madrid) y Mario Martín Gijón (de la ya citada de Extremadura).
Se publica ahora en Ediciones Xorki Luis Cernuda. Perspectivas europeas del exilio, donde se reúne el contenido de las diferentes ponencias. El resultado es digno de ser comentado. 
Confieso de antemano que no oculto mi antigua devoción por Cernuda, por el poeta y por el hombre, de ahí que me haya interesado especialmente cuanto de nuevo o no se dice en esas páginas sobre la poesía del autor de La realidad y el deseo.
Dividido en distintos apartados que obvio señalar, el profesor J. R. López García (de la Autónoma de Barcelona) abre fuego situando al poeta sevillano en historiografía literaria española. Le siguen un abigarrado recuento, tan particular como todo lo suyo, de R. Morales Barba (Autónoma de Madrid) acerca de la influencia de Cernuda en la poesía de la segunda mitad del XX (una tarea ímproba) y otra trabajo sobre la recepción de su obra en Italia, a cargo de V. Nardoni (Módena y Reggio Emilia).
Se centran en el Romanticismo, inseparable del mundo cernudiano, las tres siguientes ponencias: de M. Lecointre, S. Salaün (docentes ambos de París III-Sorbonne Nouvelle) y G. M. Scheneider (de la de Zúrich).
Martín Gijón analiza los poemas en prosa de un libro capital: Ocnos; en lo que allí hay de mito y biografía.
B. Sicot aborda un apasionante asedio sobre el tema de jardín cernudiano, en especial el de Borda, en Cuernavaca (México).
Torres Nebrera, burlas del destino, pone frente al mito del resucitado a Cernuda y Guillén. Lo digo porque falleció antes de que se publicaran estas actas. En un gesto que les honra, los coordinadores -discípulos suyos- le dedican el volumen.
Al albatros alude L. Vicente de Aguinaga (Guadalajara, México), en Cernuda, sí, pero también en Baudelaire y Brodsky.
J. A. Llera le pone frente al tedio y aborda, en clave comparatista y metapoética, una interpretación, magníficamente escrita, de su poema "Estoy cansado".
Eduardo Moga (el único ponente ajeno a la docencia universitaria) pone en relación a Cernuda con el recientemente fallecido Manuel Álvarez Ortega y, de paso, reivindica la línea menos frecuentada en lo que a la influencia del poeta del 27 se refiere, la más alejada de Gil de Biedma y la poesía de la experiencia.
J. Palomares hace bien en acercarse a lo que hay de Fray Luis de León en el autor de Desolación de la quimera. Con él "comparte los ideales estéticos de claridad, armonía, elegancia, orden y equilibrio, la busca de la paz, el afán de trascendencia y el anhelo de lo absoluto". O de "cadencia, sugerencia, claridad y firmeza".
J. Valender, uno de los grandes especialistas en su obra, no defrauda y nos informa, entre otras cosas, de la importancia que tuvo en su vida entablar amistad con Stanley Richardson, poeta inglés prematuramente muerto en Londres durante un bombardeo de la Segunda Guerra Mundial, al que había conocido en Madrid en 1935, quien le inicia en un conocimiento capital: el de la poesía inglesa y, por añadidura, le salva de la Guerra Civil al proporcionarle trabajo en su país natal.
D. Casimiro (París III-Sorbonne Nouvelle) alude, al hablar de la voz poemática cernudiana, a "las cuitas de un ser alterado", a su "soledad de tinta".
V. Pineda (Extremadura) lo sitúa en la poesía de la meditación, que "remite en parte a la composición de lugar y en general a los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola", a partir del extraordinario poema "Retrato de poeta" (dedicado a Ramón Gaya), esto es, desde el cuadro de Goya donde aparece Fray Hortensio Félix Paravicino que Cernuda vio en el Museo de Bellas Artes de Boston.
En el apartado correspondiente al exilio, A. Rivero Machina (Extremadura) desbroza la correspondencia del poeta con José Luis Cano; N. Rodríguez Lázaro (Burdeos) se centra en lo religioso y el Dios cristiano en su obra; y G. Tosolini (Udine) analiza la elegía cernudiana y, más en concreto, la "Elegía española", cuya primera parte escribió en Valencia en el 37 y la segunda en Londres un año más tarde.
De "Noche del hombre y su demonio" se ocupa D. Cuvardic García (Costa Rica), en la tradición del diálogo dramático occidental.
G. Insausti (Navarra), por otro lado, plantea una interesante ponencia a partir de los poemas dedicados de Cernuda: a Lorca, Góngora, Gide, Verlaine y Rimbaud, Larra y JRJ. Al fondo, algo que los une a todos: "una vivencia heroica de su condición de escritores", la escritura como "proceso de autoconstrucción del sujeto", todo sin perder de vista el asunto de "su posteridad".
Pone el broche final R. Pérez Parejo (Extremadura) al hilo de un tema que conoce muy bien: el monólogo dramático, que Cernuda toma de la poesía inglesa.
Como se ve, no faltan razones para que el lector vuelva sobre una de las obras más ricas, vigorosas y particulares del panorama poético español. A la poesía de un clásico, sí, que, por suerte, está más vivo que nunca. 

15.7.14

La luna en la punta de la lengua

El premio "Arcipreste de Hita" (Pre-Textos-Ayuntamiento de Alcalá la Real) ha dado nombres y libros importantes a nuestra poesía reciente. De autores como Antonio Moreno, Jaime García-Máiquez, Gabriel Insausti, Vicente Luis Mora, Daniel Casado, Luis Artigue, Juan Vico...
Descubro ahora la poesía de Adolfo González (Avilés, 1982), que ganó ese certamen el pasado año con La luna en la punta de la lengua
El jurado estaba presidido por Vicente Gallego que, visto lo visto, tiene razón al afirmar en su informe final que "no es habitual encontrarse en un premio con un libro tan cumplido (...), un libro en el que se dan cita la clarividencia poética y la sabiduría vital en luminosa armonía, y todo ello refrescado con unas gotas de buen humor". Desde luego, ese tribunal poético acertó. Como acierta Gallego con sus palabras a la hora de describir el libro. 
A uno le ha sorprendido el buen hacer estilístico -con poemas muy breves, perfectamente trabados-, la originalidad de su apuesta -que desconcierta al primer golpe-, y, como destacaba el maestro valenciano, el fino sentido del humor que González gasta. Basta comprobar cómo tituló sus libros anteriores: Cabra, Matasellos, Un surtido, El gorrión pasa página con el pico y Música, religión y gimnasia, de los cuales conozco los dos últimos, de 2012, muy en la línea de lo que leemos en éste.
Me da que este hombre sabe lo que quiere y que se esfuerza, tras el aparente jajaja, por conseguirlo. Que nadie se equivoque, Adolfo González es un poeta serio, en el buen sentido, que trae bajo el brazo un libro digno de ser leído. 

12.5.14

Popurrí de revistas

La elegante revista sevillana Sibila, que dirige el poeta Juan Carlos Marset y que coordina Patricia Ehrle, alcanza su número 42 y viene cargada de poemas, sobre todo. De Pedro Lastra, Vicente Valero, Juan Lamillar, Antonio Rivero Taravillo, Courtoisie, César Antonio Molina (del que quiero leer su libro sobre los intelectuales y el poder), Ruiz de Samaniego... No faltan prosas. De Martínez de Pisón (en casa leen La buen reputación), por ejemplo. Ni ensayos. De Francisco Jarauta, Alberto Corazón, Félix Duque, Eduardo Lourenço, Pedro Serrano... Tampoco falta la música, esta vez del compositor Joan Guinjoan del que se incluye "Integral de piano Vol. I"). Un lujo, sin duda.

Cuadernos del Matemático, que dirige Ezequías Blanco, celebra con un número doble (51-52) sus primeros 25 años. Lo hace por todo lo alto. Es imposible nombrar a cuantos han colaborado en esa conmemoración escrita. Sin dada es digno de mención el esfuerzo por mantener una revista así (donde cabe un poco de todo, de la traducción a al poesía, de la narración a la crítica), más si tenemos en cuenta que su núcleo está en el seminario de Lengua y Literatura del Instituto Matemático Puig Adam de Getafe. Aventuras así son las que justifican que otro nombre de la literatura sea perseverancia. ¡Gracias, compañeros! De las aulas y de las letras.

Clarín, dirigida por José Luis García Martín, llega al número 110 y viene, como siempre, colmadita de textos de interés. Me ha gustado especialmente el artículo de Insausti sobre las ruinas (con Shelley, Cernuda y Beckett, entre otros, al fondo), el de Carlos Moreno Guerrero sobre las cartas de Kafka a Felice (y la edición de Nørdica que recupera la traducción de Pablo Sorozábal),  las "notas" de Luis María Marina sobre el escueto mexicano Julio Torri, la entrevista a Luis Muñoz que firma Martín López-Vega, dos poetas españoles en Estados Unidos. También los poemas del paisajista Andrea Zanzotto, traducidos por Rosa Benéitez Andrés y Pablo López Carballo, y los de Billy Collins, una auténtica sorpresa, en traducción de Jaime Martínez. Teo Hernando parece escribir un poema dedicado al pescador de la tedeté que tanto le gusta a mis alumnos: "Para el siluro, / el agua de la ciénaga / es transparente." Tampoco me han dejado indiferente las memorias familiares de Ana Mª Reviriego, ni las "Notas sobre Venecia" de Juan Lamillar, cargadas de referencias culturales (literarias, artísticas, musicales). Así y todo, parte de esta nueva entrega está aún por leer. Por ejemplo, "Consejos y manuales", de Miguel Sanfeliu, que tiene, tras la primera ojeada, muy buena pinta.


También ha llegado Quimera, que dirige Fernando Clemot. Incluye en su número 366 un logrado dossier sobre el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. Coordinadores: Mateo de Paz y Juan Gracia Armendáriz)
Coordinado por Mateo de Paz y Juan Gracia Armendáriz, reúne artículos de ellos dos y, tomen nota, de Antonio Muñoz Molina, Ricardo Menéndez Salmón, Marta Sanz, Ernesto Pérez Zúñiga, Carlos Jiménez Arribas, Javier Mateos-Pérez, Eduardo Vilas, Claudio Fabián Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón. Un auténtico festín onettiano.
Como se aprecia en el índice, no es lo único reseñable de la revista barcelonesa.

1.9.11

Llega Clarín

Me refiero a la revista, no el escritor asturiano, como ella. Un número variado, el 94, que aprovecho más allá de lo previsible. Suele pasar. Entre otros textos, además de los Paliques finales (con reseñados y reseñadores de enjundia), un par de poemas del griego y exquisito Elytis (ah, qué jóvenes éramos cuando lo leímos por primera vez) y otros dos del estadounidense y proletario Levine; una conversación de Gabriel Insausti con el poeta Julio Trujillo; unos incisivos aforismos de Marcos Abal ("La timidez es siempre una exageración", "Ser poeta es no usar para nada al poeta que llevamos enterrado dentro, y que abre los ojos automáticamente cuando ve un buen culo", "Nada me parece poco"); un curioso texto de Julio Baquero sobre ranas, oriente y la poesía; algunos trabajos académicos con bibliografía incorporada (que, por suerte, no eran frecuentes en Clarín); un paseo por Sicila de la mano de Martínez-Conde (sin referencias literarias, por cierto) y un ensayo estupendo de Marina Gasparini Lagrange, autora de Laberinto veneciano (un libro publicado por Candaya con el que quiero hacerme), leído en la presentación barcelonesa de sus ensayos sobre la mítica ciudad italiana. "Escribimos desde un lugar, dice, desde un sentimiento, desde una nostalgia. Escribimos desde una pregunta, desde una incertidumbre o desde la necesidad de trazar pertenencias a través de la palabra". Y, con sensatez, añade: "El lugar desde el que se escribe, cualquiera que éste sea, requiere de un tono, de un lenguaje". Y más adelante: "Caminar es una manera de pensar", o, recordando al Señor de la Montaña: "La escritura que me interesa es la que ensaya y no aspira a llegar a ninguna conclusión, pues los Ensayos, como bien tuvo Montaigne en subrayar, hablaban fundamentalmente de sí mismo".

5.6.07

Auden

Llevo días metido en Los señores del límite. Selección de poemas y ensayos (1927-1973) de W. H. Auden, un libro que ha traducido, seleccionado y prologado Jordi Doce y que sale a la calle de la mano de Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. El volumen es lo suficientemente grueso como para permitirnos habitarlo por un tiempo. La edición, tan cuidada como todas las que emprende nuestro amigo Doce. Por aquello de que uno ha frecuentado más la poesía del inglés (gracias a excelentes traductores doblados de poetas como Álvaro García, Felipe Benítez o Gabriel Insausti), prefiero ahora los ensayos. Aunque el autor de Otro tiempo dice que los intereses de un escritor y los de sus lectores "jamás coinciden", éste debe ser uno de esos "golpe de suerte" que permiten lo contrario, como él mismo reconoce.

14.2.07

Haiku

En la maleta
se trae consigo el alma
de las ciudades.

Gabriel Insausti, Cristal ahumado

28.1.07

De varia lección

1. Brutus sigue bien. Recuperándose. Con su medicación. Con miedo. Sin apoyar aún la pata (o mano).
2. Hemos ido a ver Babel. No me ha gustado. La música, algunas interpretaciones, destellos, sí, pero... Me parece una película tramposa.
3. Esperan encima de la mesa unos cuantos libros que me envían sus autores: Interior con islas, de Manuel Moya; Aires de Ellicott City, de Mario Campaña; Cristal ahumado, de Gabriel Insausti... A ver cuándo les puedo dedicar el tiempo que merecen.
4. Mis amigos de Igitur me hacen llegar la poesía completa de Hermann Broch. Uno de sus traductores es también amigo: Rafael-José Díaz (especialista en mi admirado Jaccottet, del que publicó una amplia antología en esa misma editorial y al que acaba de traducir ahora para Pre-Textos). Jaime Siles, con la solvencia que le caracteriza, hablaba del acontecimiento ayer en ABCD las Artes y las Letras.