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17.1.10

De Jesús García Calderón

Tengo delante el bonito retrato de Jesús García Calderón que se despliega a todo color en la portada de la revista literaria Ánfora Nova (Rute, Córdoba). Su número doble 79-80 (2009), titulado "La lúcida voz de la memoria", está dedicado al poeta, ensayista, narrador y fiscal que nació, por cierto, en Badajoz (dos días después que uno) allá por el 59 del siglo pasado. Me llena de alegría y de orgullo que, a pesar de su edad, alguien -una revista andaluza con solera- haya tenido la feliz idea de celebrar una más que consistente trayectoria literaria y jurídica. No era de esperar que ese detalle se tuviera para con él en su tierra y esto, que puede parecer una nimiedad, me entristece. No hace falta recordar la gastada frase bíblica, y menos tratándose de Extremadura. Yendo a lo que de verdad importa, la flamante realidad de estas páginas, no deja de sorprender que se abran con las colaboraciones -más sentidas que protocolarias- del Presidente de la Junta de Andalucía, la Consejera de Justicia y Administración Pública de esa Comunidad Autónoma y el Defensor del Pueblo Andaluz a las que le sigue otra de Federico Mayor Zaragoza, ex Director General de la Unesco y también poeta. 
Fotografías de JGC acompañan la bio-bibliografía, "La mirada sincera" (redactada por él), que precede a una nutrida antología de poemas inéditos (de algunos, se muestran los manuscritos; escritos con su preciosa caligrafía, ésa que tanto echamos de menos sus amigos desde que el e-mail sustituyó a la carta) y publicados, a los que se suma un relato inédito, "Cruel Cigalpa", y un extenso ensayo: "Jarrapellejos o la vieja denuncia del drama social". Cierra el lujoso número, ilustrado con dibujos y cuadros de otros tantos amigos, un dossier de homenajes (propiamente dicho) que se abre con textos de Fernando Arrabal y Antonio Carvajal y tenemos el honor de cerrar dos de los tres paisanos convocados: Elías Moro y uno (el otro es B. V. Carande, a título póstumo). Copio a continuación el poema que escribí en Plasencia el pasado mes de julio para celebrar nuestra ya larga amistad que tiene como más reseñable que a uno le diera tiempo a editar una antología de su obra, La soledad partida, en la Editora Regional. Una obra, añado, que tanto admiro. 

DE SOLEDADES

Estás en Lugo, una tarde
templada, inusual del Norte
donde seguí a tu lado
por las calles del centro
la sombra de una sombra
de Pimentel. Y estás
en otra, tórrida, en Badajoz,
escondido en un pub
de elegante aire inglés
donde bien pudo Larkin
conversar con nosotros
de poesía, ese vicio.
Y en tu ciudad de nuevo,
otra vez con calor,
te recuerdo entre risas
haciendo variaciones
-Carvajal de testigo-
sobre el único tema
que a los dos, solitarios,
de verdad nos incumbe.
Un asunto, preciso,
que salva las distancias
que siempre nos separan.
Una distancia, añado,
imaginaria, no real.
Porque a la postre, amigo,
de verso a verso,
lo que transcurre es sólo
una delgada línea blanca
que más que a los silencios
se debe a esas palabras
que, unas detrás de otras,
nos decimos. 

17.5.06

Una comida en Badajoz

Ayer en Badajoz el calor era insoportable. Por la mañana, presentamos en la Feria del Libro, en una carpa de plástico (pero con aire acondicionado) a pleno sol, dos libros de la ERE: Vargueño de saudades, de López Prudencio, un delicioso animal melancólico (en edición de Simón Viola), y La soledad partida, de Jesús García Calderón, una antología que demuestra a las claras el buen poeta que es. Después, nos fuimos a comer. Además de Simón y Jesús, nos sentamos a la mesa Engracia Domínguez, de la ERE (toda una institución), Antonio Carvajal, el poeta y profesor granadino, prologuista del libro de García Calderón, y uno mismo, claro. La comida estuvo a la altura. No, no hablo de las viandas (sabrosas y aceptables) sino de la conversación. El mano a mano de Jesús y Antonio fue (es) memorable. Se habló de poesía, como es lógico, pero también de otras cosas. No en vano, Jesús lleva una doble vida: la de poeta (de lo que no va) y la de Fiscal Jefe de Andalucía (que lo es, sí, pero de lo que tampoco presume). Lo más apasionante, con todo, fue el relato de sus viajes por América. El editor que ocasionalmente soy no ve el momento de que pase al papel esas aventuras. Y luego nos las entregue, por supuesto. Van de lo hilarante a lo trágico, como la vida misma. La muy intensa que lleva, con una dignidad y una pasión que sobrecogen, mi admirado amigo.

13.2.12

La mirada de García Calderón

Vayamos por partes. Cuenta Elías Moro en su bitácora, con todo lujo de detalles, cómo nació la nueva colección Luna de Poniente (de la luna libros), que dirige junto a Marino González Montero. En resumen, veintisiete libros inéditos, uno por cada letra del abecedario, de otros tantos poetas extremeños actuales. El invento no podía empezar mejor. Pocas cosas le alegran a uno más, literariamente hablando, que un nuevo libro de mi paisano y coetáneo Jesús García Calderón. Y La mirada desnuda no defrauda. Ni a quienes venimos leyendo sus libros ni, a buen seguro, a quienes lo hagan por primera vez.
No es García Calderón un poeta experimental. Tampoco ha cambiado su tono a través de los años ni, con esa voz -tan propia-, su mundo. Eso no significa, como suelo repetir, que sus poemas sean iguales o que este libro sea exactamente el mismo. El poeta cambia, la vida se sucede, la edad nos amenaza y, en consecuencia, alguien que tiene tan presente su yo y sus circunstancias no tiene más remedio que escribir versos acordes a esa nueva, sucesiva situación. JGC lo dice así: "Me asombra comprender que he sido varios / sin apenas notarlo y siendo el mismo". El otro, ese asunto tan poético (Rimbaud, Pessoa, Borges...), es también central en La mirada desnuda. Basta con leer "El hallazgo", poema del que he citado los dos primeros versos y que concluye, después de repasar sus posibles identidades ("varios hijos", "varios padres", "tal vez varios hermanos y uno mismo", etc.): "Y entre tales errores, un vestigio / me señala que soy solo un poeta". Sí, se aprecia al leerlo que JGC es, ante todo o por encima de todo, "solo eso", y nada más que eso, una fórmula que recuerda a la que tantas veces habrá oído en las numerosas salas donde ha ejercido su carrera de fiscal. No es baladí esta mención. Quiero decir que la vida corriente, lo ordinario ("La mesa que envejece con nosotros"), las situaciones cotidianas ("Cuento cosas comunes que no son comunes") son la base sobre la que se asienta el edificio poético de GC. Su familia, por ejemplo. Hay poemas dedicados a los hijos que crecen y se nos escapan (léase, por cierto, uno que no está en el libro, pero que ha publicado en su blog); a su mujer, una relación de complicidad y largo recorrido que a algunos nos tiene que sonar a la fuerza ("Esta mujer extraña que ha vivido / tantos años conmigo"); a su dedicación laboral, que ya le ha proporcionado inspiración en obras anteriores; a los débitos de esa complicada, y aun peligrosa ("el deber del silencio", del poema "Secretos") tarea; a sus viajes, que le llevan lejos a través de aeropuertos, vuelos y cuartos de hotel, y la "frecuente angustia" que "se agranda" en ellos; el miedo ("Los tropiezos del miedo"), el fracaso ("Destiempo"), la soledad...
Esta poesía discursiva, racional, de la meditación y el pensamiento (que recuerda con naturalidad la formación intelectual y el talante moral de quien la escribe), no es inocente. No puede serlo. Volviendo al tema del "yo", escribe JGC: "Yo no soy el que dice este poema: / Lo haces tú como haces / al mirarlo posible este paisaje". Y más adelante: "Un poema que quiere ser verdad / pertenece a los otros". Y si seguimos: "Las palabras buscan siempre la verdad".
No nos engañemos tampoco con el tono. "En una edad difícil para ambos", leemos en el primer poema del libro, lo elegiaco y melancólico impera. Sin melodramas (a pesar de la presencia más que simbólica de la muerte, que ya aparece en una de las citas que abre el volumen: "Every poem an epitaph", de Eliot), sino más bien bajo las formas de la tristeza y el cansancio.
Una de las mejores cosas que uno hizo en la Editora fue, sin lugar a dudas, publicar una antología de los poemas de JGC: La soledad partida, con prólogo de Antonio Carvajal. Impresiona ver en esta última entrega al poeta fotografiado por Pedro Gato, sus manos (en la contracubierta). Un acierto (que forma parte del diseño de la colección) porque muestra al autor dialogando y la poesía, ya lo dijo Paz, es sobre todo eso: una larga conversación, un interminable diálogo.
Copio, para terminar, dos versos que son, amén de una franca declaración de intenciones, una preciosa poética: "Buscar lo más sencillo es encontrar / sin querer un misterio". Versos que, a su vez, me llevan a otros de Adam Zagajewski, pertenecientes a Mano invisible: "(he aquí algo realmente misterioso: la vida / de otras personas)".

21.1.19

Jesús García Calderón lee "El cuarto del siroco"

Muchos libros comienzan por reconocer su finalidad, por informar claramente al lector cuál es su ambición o su verdadero destino pero esa facilidad gestual del autor, no se confundan, en los casos más brillantes resulta harto engañosa. Mi admirado Álvaro Valverde nos recuerda en el pórtico de su último libro, el más libre de cuantos ha escrito hasta la fecha, que la stanza del sirocco -de la que nos ofreciera noticia Leonardo Sciascia- es ese cuarto misterioso de los caserones patricios de Palermo donde sus habitantes se resguardan del ansioso viento africano cuando azota la isla de Sicilia. Quien no conozca bien Palermo nunca podrá entenderlo con facilidad, aunque sí podrá establecer fieras comparativas con otras calamidades eólicas sufridas en la Europa meridional como las asperezas del Levante, el Terral, el Cierzo, el Solano, la Galerna, el Ábrego, el Gregal o la Tramontana. Parece que ofrecer nombre a estos fenómenos es una temeridad porque siendo el viento un pequeño dios pardo y huraño, como el río de Eliot, solo paciente hasta cierto punto, parece que le gusta cobrar importancia y hacerse notar más de la cuenta cuando se le cita por su patronímico. Al temible Siroco incluso le hemos ofrecido el nombre alternativo de Jaloque, decisión que probablemente sirva para reforzar su enconamiento y maldad. Otros pueblos europeos más sabios y discretos optan por no darles nombre alguno más allá de los cuatro puntos cardinales y así parece que se dejan llevar con mucho menor esfuerzo. Quizá la misma estrategia debiéramos seguir en adelante con huracanes, ciclones o con tormentas tropicales a las que suelen poner nombre de mujer.

Cerrado el paréntesis meteorológico, creo que este sugestivo título no solo encierra un texto brillante que nos transmite la consideración de la poesía como refugio frente al azote de la adversidad. Es mucho más que todo eso. Esta sería, a mi juicio, una respuesta demasiado sencilla para entender toda su complejidad y el sabio dinamismo que destila con ese ritmo tan exacto en la unidad del poema como cambiante en su conjunto, algo que suele ocurrir, como en este caso, con aquellos textos escritos para atender compromisos más limitados o personales pero que finalmente ensamblan con una asombrosa exactitud, quizá porque fueron creados con una mayor libertad y nos ofrecen el mejor retrato posible de su autor.
Con la poesía no hay cuarto o concesión que valga porque el siroco sopla dentro de la estancia, recorre nuestro interior, nos asola desde las orillas de nuestra propia existencia. La comparación por tanto, es invertida: Conjugar poesía con la alusión a ese refugio para soportar el siroco siciliano, no conduce a la simple equiparación de un espacio físico con un espacio moral: Todo lo contrario. Lo que demuestra la oportuna ocurrencia del poeta al imponer un título hasta cierto punto dramático, es que el viento lírico sopla dentro de nosotros y que somos nosotros el cuarto que nos resguarda de él porque solo puede combatirse sintiéndolo romper honestamente en el rostro del alma, sin otra defensa que la digna quietud, la decencia y la búsqueda de la belleza y la verdad. Lo de la estancia italiana es una preciosa y culta alusión pero no pasa de ser, acaso, solo una pequeña ayuda para animarnos y comprender que otras feroces adversidades pueden combatirse mucho mejor. La enseñanza escondida que descubre el lector es, por tanto, mucho más profunda y guarda mucha mayor inquietud que la que pueda ofrecernos, siendo mucha, el fugaz paso del Siroco al estrellar su ímpetu sobre las paredes de nuestro refugio.
Tengo la grata sensación de haber leído un libro de viajes, un largo y emotivo itinerario que cruza territorios y espacios a lomos de la ensoñación, la lectura, el recuerdo más puro e inferido desde la conciencia y no solo desde la memoria, desde la meditación y, ante todo, desde la mirada atenta del paisaje invisible que convive con aquel otro paisaje físico que azarosamente nos rodea. Hay poemas en los que ambos paisajes coinciden y entonces la palabra se torna en una delicada celebración compartida con los seres más queridos o añorados que tenemos el privilegio de contemplar.
No hay viaje que se precie sin conversación y son muchos los diálogos que el libro nos plantea desde su discurrir cadencioso y sencillo, rebosante de madurez. Cada poema propone otros nombres que se cruzan en este largo camino de vuelta porque creo que el poeta siente que vuelve aunque aún se encuentre muy lejos. La decisión de embarcar en la frágil nave de la poesía, fue inflexible pero, parece mentira, aún guarda el sabio rescoldo de la duda. Y la vida, jalonada de claves diminutas pero esenciales, sigue tejiendo una lenta respuesta asociada con la preocupación o el empeño, casi un deber, por encontrar nuestra voz y su lugar en el tiempo.
Si un libro ofrece estas y otras muchas enseñanzas que podría exponer sin esfuerzo por su claridad o lucidez, no me cabe más que recomendar encarecidamente su lectura y otorgar, como señala la solapa, esa condición de poeta necesario para su autor. No pierdan la ocasión de leer este manojo de poemas de Álvaro Valverde. Podrán celebrar la luz de la poesía, apreciar su valor y, de paso, elevar su entereza cuando arrecie el viento infatigable de la terca mediocridad.

Nota: Esta reseña (ilustrada con una fotografía del autor que aquí reproducimos) ha sido publicada por el poeta y fiscal Jesús García Calderón en su muro de Facebook.

2.9.14

Caronte vuelve

Hace apenas dos años que Jesús García Calderón publicó La mirada desnuda. La Isla de Siltolá recoge ahora en su catálogo, dentro de la colección TierraLas visitas de Caronte.
De mi fervor por la poesía calderoniana ya he hablado otras veces y este libro ahonda en ese entusiasmo porque no es, o eso me parece, un libro más en su trayectoria. No puede serlo cuando el autor se acerca al tema eterno, ah paradoja, de la muerte. Las citas que lo abren -elocuentes- son poderosas y clásicas: de Virgilio, Dante y Milton. Ya el primer poema, "Orfandad y torpeza" se nos introduce de lleno en el asunto a través de la muerte de la madre. No es la única del libro. A ésta, tan decisiva en la vida de cualquiera, hay que sumar la de una hermana y un amigo.
Se alternan en el volumen los poemas más personales, de tono autobiográfico (que nunca ha eludido García Calderón, santo y seña de su poética), con otros donde prima lo reflexivo y lo mítico, en torno, claro, a la figura de Caronte. Son meditaciones, se diría, de aire metafísico (ma non troppo), versos más abstractos que, sin duda, aluden, siquiera de lejos, a lo concreto. Versos de pensamiento que dan lugar a una poesía poco transitada antes por el poeta extremeño.
Si nos fijamos en los primeros, los escritos sin ambages en primera persona, podemos mencionar "Despedida", "El tiempo sin principio" ("mi alma son los seres que he querido"), "Tarde en el cementerio" (con palabras de Eliot: "Morimos con los muertos"), "El manto del olvido" (con un epígrafe de Vicente Sabido, nuestro añorado amigo muerto), "Las voces" (que empieza: "Recuerdo los consejos que me daba mi madre"), "La amistad", "Mi voz desde la orilla" (con su hermana al fondo), "La mascota" (un muerto más, de la familia también) o "La muerte" que, junto al primero, acaso sea el más emocionante del conjunto. Se abre el ataúd de su padre, fallecido prematuramente (el recordado periodista Antonio García Orio-Zabala), muchos años después, cuando el poeta era casi un niño: "Yo solo lo miraba y lo quería. / Nunca he querido a nadie como quise / aquel noble despojo."
Entre los segundos, destacaría "La orilla de los labios", "Caronte vuelve" ("ve tranquila, mi hermana más pequeña / y no temas los ojos de Caronte"), "Tránsito", "Derrota de la mirada", "Derrota de la ambición", "El alma detenida"...
Señalo un poema especial: "Silva sin nombre". Comienza: "Alguien que no conozco / me aconsejó que cantara a la vida". Y más adelante escribe: "No se puede cantar / que se quiere vivir". Y por fin: "Vivir es no saber porqué vivimos".
La lectura del poema final, "Una breve postal desde la vida", nos deja un regusto dulce. A pesar de los pesares, de "la nada feroz de los antiguos", los besos y la vida.

16.5.13

Homenaje a García Calderón

Aunque no hubiera podido asistir, me enteré tarde y mal del homenaje que la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) dedicó en su Día al poeta y fiscal (Jefe de Andalucía) Jesús García Calderón. Fue el pasado sábado en Badajoz, donde nació.
No vi la noticia en el periódico. Tal vez se creyó que su alcance era local. O ni eso. Además, desde que Pecellín Lancharro está al frente de esa venerable institución, no recibo nada. Ni información siquiera. Todos sus antecesores tuvieron a bien hacerme llegar sus cuidadas publicaciones. Y no por obligación, que conste: nunca he sido socio de la misma (por simple coherencia: no me considero bibliófilo). Pero aquéllos, ya se ve, le apreciaban a uno.
Desde la distancia, o, por decirlo mejor, desde el ostracismo, me sumo, siquiera a destiempo, a ese oportuno homenaje. Me hubiera gustado, como ocurrió en el libro dedicado a Castelo con motivo de un agasajo semejante, haber dicho por escrito lo que pienso de él y de su obra, a la que tengo en tan alto aprecio. Eso suponiendo que los recortes o la inepcia no hayan terminado también con esa edición conmemorativa.
"La cultura no es un privilegio ni un capricho, es la fuente de la prosperidad, es nuestra primera fuente de ingresos y debe cuidarse como una industria no contaminante", dicen que dijo JGC. También que "las humanidades son las que animan la verdadera prosperidad" y "las regiones que apuestan por la cultura se adelantan a las demás, combaten el pesimismo y encuentran una senda más airosa para afrontar el futuro". A ver si le hacen caso.
Sí, eso y mucho más manifestó en su enjundiosa charla, "La solución olvidada de la cultura", que ha tenido la amabilidad de mandarme y he podido leer, con la debida calma, al completo.
Su homenaje, por cierto, coincide con una exposición dedicada a su padre, el periodista Antonio García Orio-Zabala (1913-1975). En el catálogo firma el extenso texto "Crónica y olvido de un maestro", que también tendré el gusto de leer como es debido.

24.10.10

En la ciudad histórica

El fiscal y poeta Jesús García Calderón publica su Discurso de Ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de Nuestra Señora de las Angustias de Granada. Su título: "El derecho al futuro de la ciudad histórica".  En el se aúnan la sensibilidad propia de la persona culta que es y el conocimiento del Derecho que como jurista tiene de sobra demostrado. Dice allí: "Cualquiera de nosotros alcanza a imaginar fácilmente o recordar cuánta serenidad y riqueza hemos perdido con la desaparición de numerosos bienes culturales en el curso de las últimas décadas, precisamente aquellas en las que teóricamente habíamos obtenido la más elevada formación y un mayor desarrollo. Lo paradójico y triste es que también todos podríamos convenir que esta pérdida irreparable ha sido completamente innecesaria porque no hubiera sido difícil sostener una razonable actuación rehabilitadora con la búsqueda de nuevos espacios urbanos y disponer la conservación de monumentos y lugares históricos totalmente compatibles con el progreso. Es cierto que nuestra ciudad histórica ha sufrido el terrible rigor de una guerra y hasta la servidumbre del odio, pero bien sabemos que han sido otros los intereses que tanto la devastaron y que acabaron por rendirla a la evidencia de una cierta mediocridad triunfante. Todos sabemos que, lamentablemente y como regla general, lo perdido lo ha sido a consecuencia de la dejadez, la codicia de a especulación, el desorden administrativo o la falta de civismo y de verdadero compromiso social".
Dejando a un lado la guerra, donde él pone Granada uno podría colocar Plasencia, pues que a casi todas las ciudades históricas se adapta ese comportamiento atroz que García Calderón denuncia.
En el discurso de contestación, José García Román dice del nuevo académico palabras que a uno le gustaría hacer suyas: "Interpreta la utopía como necesidad; considera el pesimismo un modo de valentía; piensa que "la tarea del héroe" es comportarse sencillamente como un hombre honrado; admira en los desvalidos su entereza; tiene especial aversión a los sicofantes; estima que el lujo es casi siempre vulgaridad; identifica el bienestar con la decencia y cree que los Díez Mandamientos son los diez faros de la humanidad".
Vaya hasta Granada mi enhorabuena y mi abrazo. Es una pena que extremeños como él cumplan con el maldito sino que hace de muchos de los de aquí seres de lejanía.

31.12.16

De Badajoz

Además de Fiscal Superior de Andalucía y poeta, Jesús García Calderón (Badajoz, 1959), que pertenece a diversas academias (no a la Extremeña) y corporaciones, es un estudioso de la defensa de los bienes culturales y arqueológicos (los submarinos incluidos). De esa muy humana pasión por el Patrimonio debió surgir, siquiera en parte, la idea de dedicar una tetralogía a las ciudades en las que ha vivido: Badajoz, Sevilla, Lugo y Granada. Consagró la primera entrega, El mal de la muralla, a la melancólica capital gallega y, ahora, también en la ruteña Ánfora Nova, la segunda a su ciudad natal. Su título: Una ciudad traicionada. La ciudad de Badajoz como temperamento.
El libro se abre con una carta del poeta Antonio Carvajal, amigo del autor, donde éste le confiesa que "no estoy en condiciones de redactar un prólogo ni un epílogo para esta tu nueva obra", lo que a la postre resulta, paradójicamente, una perfecta introducción al libro. Allí cuenta que en los años sesenta del siglo pasado vivió en Badajoz "de oídas" gracias a los relatos sobre aquel remoto lugar fronterizo de su íntimo amigo Carlos Villareal, natural de Badajoz, y de su madre, doña Juana Valero, exiliada, digamos, en Granada. "Al fondo, el cuadro de Pedraja". Y alude a la "música del habla" y a la "bonhomía" y de ciudades "con más prestigio cultural pero menos verdad". Al leer esas pocas palabras también verdaderas no he podido por menos que evocar un día agobiante de mediados de mayo en el que compartí en Badajoz mesa y mantel con García Calderón y Carvajal, en un mesón de la Plaza de Santo Domingo de Guzmán. De eso hace diez años y ETA, que había asesinado a su antecesor en la Fiscalía, todavía mataba. 
¿Por qué traicionada?, se preguntará el lector. Pues porque en la segunda mitad del siglo XX, "favorecida por el estallido de la guerra civil y la posguerra" y, añade uno, del franquismo, su patrimonio cultural fue prácticamente demolido, en especial su recinto amurallado. Porque, como dijo Hemingway, y cita JGC, no se debe escribir sobre un lugar "hasta que no estés lejos de él", él ha comprendido Badajoz "desde el recuerdo". "Este breve ensayo, en definitiva, no es más que un conjunto de íntimas reflexiones que se han incrementado con la añoranza, que aún siento por Badajoz", su "pequeña patria". Por la infancia empieza este paseo por la memoria que no deja de ser una suerte de autobiografía: "Comencé a entender la ciudad en la que nací poco después de abandonarla". Eso fue a los 17 años y el desde Sevilla, donde se fue a estudiar junto a algunos hermanos de su familia numerosa. Para entonces, el padre ya había muerto. Era periodista del diario HOY... de Badajoz.
"No es fácil teorizar sobre la ciudad natal", afirma. Sabe, eso sí, que esa ciudad de la infancia es clave en la vida de cualquiera. Es donde empieza todo.
La suya es una "ciudad incomprendida". Desdibujada, diría, de ahí la importancia de este ensayo. Una "ciudad refugio", como todas, que aquí, por ser "plaza fuerte", es, además, "ciudad centinela" y "ciudad baluarte". Su "condición fronteriza" es indisoluble de su "condición interior". "En un rincón del mundo", la "ciudad mutilada", "remota" y "detenida", "abaluartada" y "austera", "completamente traicionada por la mano del hombre con la excusa del desarrollo".
Ciudad fluvial, como Mérida, por culpa del Guadiana, con añoranza del mar y de las playas (del oeste, del sur), un sentimiento muy pacense. Y muy portugués. Y ahí, La Raya, todo un temperamento también. "Una especie de tercera tierra o de lugar común que, sin negarla, supera la pertenencia a las dos naciones ibéricas". La primera frontera del mundo. La frontera que en realidad no lo es. Si acaso, la frontera permeable. Desde Galicia hasta Huelva.
"Ciudad de la finitud", dice con Byung Chui Han, un filósofo al que JGC cita en momentos que, como en otras ocasiones, no esquivan la mirada poética. La poesía. Y de cielos infinitos, eternos, algo que uno comprendió una tarde inolvidable desde la terraza áerea de la casa de mi amigo Antonio Franco, otro pacense de pro, sobre el río Guadiana, a un paso del viejo hotel Zurbarán.
Ciudad de conversaciones en cafeterías y veladores. Ciudad de paseos. Melancólica, de tan portuguesa, a pesar del histórico "olvido de Portugal".
Ciudad de la Alcazaba, que uno siempre veía al llegar desde Cáceres con la admiración de quien la considera acaso lo mejor de su línea del cielo. Sólo por eso...
Ciudad con identidad propia, que, a pesar del tópico, tuvo y tiene, aunque ahora sea distinta.
A su "expolio" se refiere el jurista. Por la falta de respeto a la legalidad, por la falta de cumplimiento de la normativa urbanística y por dejar que se cumpliera la teoría de las ventanas rotas de Zimbardo. Opina después sobre lo que debió hacerse para evitar que quedara "despojada casi completamente de su riqueza monumental". Porque "No es azarosa esta destrucción absurda de la vieja ciudad amurallada". Y no fue sólo por culpa de la "incultura". Es más, uno echa de menos, si se me permite el excurso, que JGC no aporte ningún nombre. El de algún alcalde, por ejemplo, que fuera cómplice, cuando menos, de esa masacre arquitectónica.
Tras el capítulo "Breve referencia a la ciudad y su pequeñas literatura" (donde menciona dos novelas importantes a la hora de comprender nuestra historia: La última fanega, de Antonio García Orio-Zabala, su padre, y Memorial de Ventoleras, de Julio Cienfuegos Linares) y al futuro de esa mesópolis, que no olvida a su hermana pequeña, la patrimonial ciudad lusa de Elvas (¿por qué no un tranvía hasta que las comunique?, se plantea) ni la "economía de la cultura", otro apartado fundamental: el que dedica al temperamento del pacense como "ser transitivo", acaso el mejor y más hondo del conjunto.
Asumir "la conciencia de la traición", "sin rencor", es el primer paso para recuperar ese futuro al que acabamos de hacer referencia. Se trataría de "rehacer". El paso está dado: este libro desentierra del olvido una maquinación que está en la base de su actual temperamento. No sé si, como uno, los pacenses eran hasta ahora conscientes de ese gravísimo hecho. Seguro que mi amiga Isabel Sánchez, pacense en Salamanca, sí. Ya no tienen excusa. Emocionante. Tanto, cabe añadir, como los poemas incluidos en el cuadernillo del Aula de Literatura "Enrique Díez-Canedo" de Badajoz editado con motivo de su lectura allí (hace la número 148) el pasado 15 de diciembre. No falta un puñado de inéditos, como "Teorema de Sesimbra":

Cada universo contiene una nación remota
y cada nación conserva una región remota
y en cada región, una comarca remota
y en cada comarca hay algún lugar remoto
y en ese lugar remoto hay un quintal
con un niño que sueña con lugares remotos.
No tiene el buen viajero que medir la distancia
porque es su alma quien guarda los lugares remotos
que enciende con sus pasos la duda del regreso.

10.4.15

LdP: Un balance

Ha dedicado uno numerosas entradas a la colección de poesía Luna de Poniente, de la emeritense de la luna libros. Para ser exactos, de los 27 volúmenes que la componen, tantos como letras del alfabeto, he reseñado, si no me equivoco, 24. Dejé tres libros en el camino. Uno no me parecía que tuviera suficiente entidad (el de Ramírez Lozano, lo que desmiente que, como él dice, se presente a premios porque no tiene más remedio: aquí tuvo una clara oportunidad perdida), de otro hablé por delegación (di al autor, Daniel Casado, la palabra, convencido de que yo no podría decir nada mejor sobre El creador del espejo) y un tercero, en fin, porque era mío. 
El empeño, que se ha desarrollado entre 2012 (la letra A fue para La mirada desnuda, de Jesús García Calderón) y 2015 (la letra Z corresponde a Hay un rastro, de Elías Moro), ha sido obra de dos escritores, poetas también: Marino González y el citado Elías Moro. Este último relataba cómo se gestó el proyecto, que ha contado con el patrocinio, justo es decirlo, del Ayuntamiento de Almaraz, pueblo natal del editor (motivo por el que, según tengo entendido, se descolgó de la propuesta, debido a razones ideológicas que tienen que ver con la ecología y la energía nuclear, José Manuel Díez, que bien pudo figurar en esta nómina de poetas extremeños o vinculados a Extremadura aún vivos). Ya que lo menciono, en el análisis de esta colección, digamos, canónica no se puede obviar la cuestión de las ausencias. Tampoco la de las presencias, pero eso vendrá luego. Es verdad que faltan nombres si contemplamos críticamente nuestro panorama (una convención, ya se sabe: la extremeña no es sino poesía en español, del inmenso territorio de la Mancha; otra cosa son los autores). ¿Cuáles? Por ejemplo, Pureza Canelo, José Luis García Martín, Manuel Neila, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Basilio Sánchez, Javier Rodríguez Marcos, Elena García de Paredes, Antonio Méndez Rubio, Carlos Medrano, Luciano Feria, Serafín Portillo, Rosa Vicente, Jesús María Gómez y Flores, Santos Domínguez, María José Flores, Juan María Calles y Diego Doncel. Y seguro que me olvido de alguno; si es así, lo siento. Por poetas...
Acerca de las presencias me remito a las señaladas recensiones. Salvo en un caso, ya dije, todas me parecen pertinentes. Me gusta, además, que se hayan incorporado poetas jóvenes, si bien echo ahí de menos a Víctor Martín. Puestos a ponerse exquisitos, no me hubiera disgustado ver en la nómina libros de Andrés Trapiello y de Eduardo Moga, tan distintos, pero ambos vinculados a esta tierra, sobre todo el primero. También se echan en falta un mayor número de mujeres poetas. Me consta que los directores lucharon lo indecible para que hubiera más presencia femenina, pero...
Ya sé que la decisión de figurar no estuvo sólo en manos de los promotores. De los nombrados por no estar, casi todos renunciaron voluntariamente a participar por diferentes motivos. Respetables, qué duda cabe. Uno de ellos, nada baladí, la condición de inédito que se exigía al original aportado.
En lo que a mí respecta, decliné publicar Plasencias con mi editor habitual por sentido de la amistad, es cierto, pero también porque consideré que eso aportaba un granito a arena a la credibilidad de la empresa. Al planteamiento que la justificaba, quiero decir. Ya lo hice en el pasado con la Editora Regional, a instancias de Fernando Pérez, un editor con un gran sentido del catálogo.
No está de más subrayar otra virtud de la colección: la de las cubiertas de Pedro Gato, que ha retratado a todos y cada uno de los poetas y ha proporcionado una deseable unidad al conjunto. Las ediciones, por añadidura, han estado a la altura: limpias, cuidadas y sin molestas erratas.
Conviene recalcar también, en negativo, el alevoso silencio que ha pesado sobre los libros de Luna de Poniente, por parte del diario Hoy, el de máxima difusión en Extremadura (lo que no aparece en él, sí, da la impresión de que no existe). Se ocultaron deliberadamente y se omitió cualquier información sobre sus respectivas presentaciones, que han sido numerosas, por toda la geografía regional y nacional. Tampoco se publicaron reseñas. Sólo un par de obras lograron traspasar esa espinosa valla, por obra y gracia de Pecellín Lancharro, con mando en Trazos
En Plasencia, con motivo del encuentro Centrifugados, donde se podían ver agrupados todos los volúmenes de la colección en el puesto ubicado de la antigua Plaza de Abastos, le sugerí a Marino González que se la ofreciera, ya armada, a instituciones, bibliotecas y centros educativos. No sé si convenientemente embutida en una bonita caja. Más si tenemos en cuenta, por encima del valor literario, que han sido muy pocos los suscriptores. 
Se felicita uno, en fin, por la feliz idea y, lo que es más importante (una ocurrencia la tiene cualquiera), por su materialización. El tiempo establecerá su verdadero alcance. Desde la inmediatez de los acontecimientos, no parece que haya sido una apuesta fallida. Veremos. 

6.1.16

Castelo: aire por aire

Santiago Castelo era un hombre que se hacía querer. Por eso tuvo en vida muchos más amigos que enemigos. Su sentido de la amistad era profundo. Es cierto que no todos los que le trataron obtuvieron, en rigor, esa categoría. Ya saben, para Pla, había amigos, conocidos y saludados. Trapiello añadió otra clase: los evitables. Entre los primeros, Juan Ricardo Montaña. De Don Benito. Ha sido el principal responsable de la edición de Aire por aire. A Santiago Castelo, un hermoso homenaje en su memoria que toma el título de una anécdota relatada por Antonio Reseco, según feliz sugerencia de Carlos Medrano, otro de los amigos del alma del poeta de Granja de Torrehermosa y alentador también de esta iniciativa. Lo publica Vberitas en una edición no venal cuidada con esmero por el citado Montaña e impresa en Trejo. 
Los colaboradores son, para empezar, viejos amigos de Castelo. Para seguir, extremeños en su mayor parte. Se ha preferido que prime, sobre la cantidad, el sentimiento, de ahí la esencialidad de la ofrenda, que consta de dieciocho textos e ilustraciones. Poemas (de José Luis Bernal, Jesús García Calderón, Carlos García Mera, Teresa Guzmán, Marisa de Llanos, Carlos Medrano, Basilio Sánchez, José Antonio Zambrano y uno mismo), prosas (de Jesús Lillo, Manolo Núñez y Antonio Reseco), cartas (de Pureza Canelo y Carmen Fernández Daza), así como dibujos (de Luis Ledo y Pilar Molinos, a modo de collage). Cierra el conjunto un emotivo texto del promotor que se sitúa en el cementerio de Granja, donde reposan los restos del poeta y periodista para siempre. Y antes del colofón, la fotografía de Manuel Cerrato Quintero, de la misma serie que sirvió de viñeta para la cubierta de su libro póstumo, La sentencia: el cuaderno donde lo escribió a mano, la pluma estilográfica y las gafas. 
No falta en la cubierta ni su letra menuda y redonda (de maestro de escuela, dice Lillo) ni el abanico que le acompañaba casi siempre. 
No voy a valorar las distintas aportaciones. No estoy en disposición de hacerlo. Ninguna carece de valor, siquiera sea por la pequeña verdad que contiene. Por eso, todas son emocionantes. Más para quienes quisimos y queremos a José Miguel. 
Se felicita uno de que Juan Ricardo haya elegido el mejor camino para recordar a nuestro admirado poeta. Y que lo haya hecho con la minuciosidad y el cariño que le caracterizan. Él estaría encantado. Nos consta a todos. Gracias. 

22.5.06

De feria en feria

Bien saben quienes me conocen que uno no es precisamente aficionado a las ferias. Como he contado más de una vez, ni siquiera de niño disfruté de ellas. Me mareaba en los cacharritos, no me sentaban muy allá los churros y el ruido me ha aturdido desde siempre, sobre todo si se trata de esa bulla dañina del ferial. Pero no todas las ferias son así. Están las del libro: silenciosas y civilizadas, donde el ritmo está adaptado a la medida humana y donde no se necesitan más agentes externos para instalarse en la euforia que tener gusto por la lectura y admirar a esos seres benéficos y pacientes que suelen ser los libreros.
A punto de clausurarse la Feria del Libro de Badajoz y acercándose la inauguración de la de Mérida, cuando las de Almendralejo, Cáceres y Plasencia, por citar a las más importantes, ya son sólo memoria, puede uno contar aquí algunas anécdotas que, como todas, franquean lo meramente circunstancial o irrelevante, o eso me parece.
Son cosas que uno ha vivido en primera persona que, como suele recordar el novelista colombiano Fernando Vallejo, es la única creíble a estas alturas de la historia. Por suerte, como recordaba hace unos días Fran Rodríguez Criado, quienes escribimos en los periódicos no siempre somos periodistas y, en consecuencia, podemos saltarnos a la torera esa tácita condición que se impone a los de la profesión de no hablar nunca de uno mismo y de sus comunes o extraordinarias circunstancias.
Así, en Cáceres, por empezar desde atrás, asistí al nacimiento de un libro singular, de una colección necesaria y de un escritor que, precisamente, escribe en este periódico. Me refiero a La frontera que nunca existió, a “Viajeros y estables” y a (José Ramón) Alonso de la Torre. En Badajoz, donde estuvimos juntos alrededor de la misma obra, comentó que él elabora reportajes por más que a sus lectores nos parezca que lo que fabrica en realidad, nunca mejor dicho, es literatura, esa que siempre ha germinado a la humilde sombra efímera de los diarios.
También allí, en el Paseo de Cánovas, con las alergias a flor de piel, pude emocionarme escuchando a José Luis Rozas hablar de un poeta, su padre, que fue además, y para siempre, el maestro de toda una generación de poetas extremeños, y no de las peores.
Y ya que hablamos de emociones y de familias, de única puedo calificar la experiencia que vivimos un puñado de fieles cuando asistimos a la presentación de la novela inédita Memorial del piano, de Alfonso Albalá, en Plasencia. Tras la exhaustiva intervención de su editor literario, el profesor Torres Nebrera, tomó la palabra Gracia Albalá, una de las hijas del escritor cauriense, que habló de su padre desde la admiración, sí, pero con ese deseable rigor que requieren las mejores lecturas. Conversar con ella, sus hermanas, su cuñado y su madre confirmó que editar buenos libros es garantía de felicidad, propia y ajena.
Digo emociones y no puedo por menos que recordar las que sentimos (generalizo a propósito), bajo el tórrido calor veraniego de un Badajoz en llamas, al presentar la Gaveta de gavetas dedicada a la memoria de Fernando Pérez. Sólo el tono sereno que imprimió Gonzalo Hidalgo a su discurso pudo aminorar el dolor hasta el límite de lo soportable.
Otra emoción, sin duda más llevadera, sentimos unas horas antes, pero ante el mismo bochorno, al celebrar la salida de una antología poética ejemplar (por los poemas que incluye): La soledad partida, de Jesús García Calderón. Después, nos sentamos con él Simón Viola (editor de Vargueño de saudades¸ de López Prudencio, que presentamos en su ciudad natal esa mañana), Engracia Domínguez (de la ERE), Antonio Carvajal, el poeta y profesor granadino, prologuista del libro, y uno, claro. Lo mejor, la conversación. El mano a mano de Jesús y Antonio fue (es) memorable. Se habló de poesía, como es lógico, pero también de otras cosas. No en vano, Jesús lleva una doble vida: la de poeta (de lo que no va) y la de Fiscal Jefe de Andalucía (que lo es, sí, pero de lo que tampoco presume). Lo más apasionante, con todo, fue el relato de sus viajes por América. El editor que ocasionalmente soy no ve el momento de que pase al papel esas aventuras. Y luego nos las entregue, por supuesto. Van de lo hilarante a lo trágico, como la vida misma. La muy intensa que lleva, con una dignidad y una pasión que sobrecogen, mi admirado amigo.
De estas Ferias no sale uno mareado, al revés. Y las diversiones que proporcionan tampoco son de tómbola y caseta. Son compatibles, eso sí, con las cañas y los finos, lo que me trae a la memoria la mención al aguaducho en el postrero artículo de Fernando Pérez y su última aparición pública en una Feria donde este año, en forma de libro, también ha estado.

(Del HOY)

3.12.05

Jesús G. Calderón

Bueno, bueno, bueno, otro amigo se incorpora al club. Cuánto me alegro. Le toca turno a Jesús García Calderón, poeta (ante todo) y (joven) Fiscal Jefe de Andalucía. Compartimos, entre otras cosas, el año de nacimiento (1959) y el paso por los Maristas. Su bitácora lleva un subtítulo elocuente: "Una mirada humilde y distante". Seguro que merecerá la pena ir echándole cada poco un ojo. O los dos. Lo que no sé es de dónde va a sacar tiempo este hombre para sus anotaciones. Le propongo desde aquí que cuando escriba alguna entrada desde el extranjero lo haga constar, siquiera sea a viaje pasado, para evitar problemas mayores. Lo digo porque sé que no para y que lo mismo vuela a Santiago de Chile (de donde acaba de regresar) que a la selva amazónica, a Bogotá que a Buenos Aires. Bienvenido a la aventura bitacorera.

28.1.11

Una anécdota

El poeta y profesor Antonio Carvajal me propone ir a leer poesía a la Cátedra Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Tras unos días de inútil tanteo, declino la invitación, no sin antes agradecerle el detalle. Razones laborales, alego. Y es verdad. Me hubiera gustado volver de nuevo a esa hermosa ciudad que uno nunca se cansa de ver y que tantos asociamos a la poesía. Me hubiera encantado charlar con Antonio y con quien se había ofrecido a presentarme, el poeta Jesús García Calderón, fiscal en esas tierras. Y, cómo no, abrazar a mi hermano, que ahora vive allí, y a amigos como Vicente Sabido. Pero no: es imposible. A resignarse tocan.
El peso de mi falta -en rigor, de una mañana lectiva y poco más- sería asumido por mis compañeros, que tendrían que sustituirme en clase. Sí, todos lo hacemos cuando falta alguno, por la razón que sea. Hasta ahí, bien. Lo verdaderamente importante es que la inspección educativa no te concede un permiso ocasional para esto. Para viajar a Granada, tendría que haber solicitado uno de quince días por asuntos propios (sin sueldo) y eso, claro, no me lo puedo permitir. Ni soy rico ni, por otra parte, necesito un par de semanas. Si fuera novelista...
Hace ya casi once años que se planteó este asunto siendo Ibarra presidente autonómico. Ya lo he contado otras veces. Se enteró de que a Gonzalo Hidalgo Bayal no le habían dejado asistir a un acto importante que se celebraba en Barcelona. Fue en la inauguración del Congreso de Escritores Extremeños de Trujillo. La cuestión de fondo era, y sigue siendo, si eso no iba en demérito, no ya del escritor en cuestión, sino de Extremadura (de su marca o imagen, cabe puntualizar, eso que tanto preocupa a las autoridades), que no podría tener presentes a algunos de los suyos en foros de prestigio. Se propuso, a instancia de Alberto Oliart, la solución de las becas para escritores en la Universidad (aquí, según creo, un invento fallido) y así, durante un par de meses, unos cuantos privilegiados (autores dignos de tal nombre y lo contrario, que de todo ha habido), funcionarios de la enseñanza los más, han podido disponer de unos meses con cierta libertad de movimientos. Sigue sin servir esa medida para actos puntuales, que es lo normal. No sería complicado organizarse si tenemos en cuenta que estas cosas pasan muy de vez en cuando y que no hay tantos escritores "en busca y captura". También se podría estimar si la institución convocante es, como se apuntó, "de reconocido prestigio". Vamos, situaciones excepcionales que en poco o nada alterarían el curso natural de los acontecimientos.
Lo curioso, por decirlo de manera suave, es que no pocas veces las solicitudes vienen de centros educativos de la misma Consejería que te niega el permiso para atender estos quehaceres.
En fin, ya se dijo: a resignarse tocan. Irá otro. ¡Será por poetas! Uno, a currar. ¡Para versos estamos!

25.7.10

"El asombro escondido"

Así se titula la última obra de Jesús García Calderón (Badajoz, 1959) y ha sido publicada en la colección cacereña Norbanova que dirige otro jurista y poeta, Jesús María Gómez y Flores.
Compuesto por diez poemas, el libro ahonda en las constantes de un autor, a nuestro modo de leer, del todo necesario. El paso del tiempo, el amor (precioso su "Confesión de partida"), la ausencia y la nostalgia, vuelven a sus versos que no por eso dejan de sonar con la debida novedad. Lo de siempre no es aquí, por suerte, lo mismo.
"Consejo", el poema final -dedicado a otro amigo del 59, Elías Moro-, empieza: "Ten cuidado con los hombres ridículos". También a su autor se le podrían aplicar los dos versos finales: "Será siempre un peligro y lo lamento/ esa decencia tuya inevitable". Enhorabuena.

3.1.10

Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico

En el último Consejo de Ministros de 2009 se aprobó un acuerdo por el que se crea la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico, que en el plazo de doce meses deberá elaborar y presentar al Ministro de Justicia un informe que analice la situación actual del lenguaje empleado por los profesionales del Derecho y recomiende las acciones que considere necesarias para que el lenguaje jurídico sea más comprensible para la ciudadanía. Entre los ocho expertos designados está el extremeño Jesús García Calderón, poeta y Fiscal Jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. La Comisión está presidida por el Secretario de Estado de Justicia, Juan Carlos Campo. El vicepresidente será Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española.

7.11.05

Memoria de Carande

La noticia me llegó a través de un e-mail con una frase escueta de nuestro común amigo Jesús García Calderón: “Me acaban de comunicar la muerte de BV Carande...” Había sido enviado a media tarde, aunque yo no lo leí hasta unas horas después, al volver del campo.

Al día siguiente, Jesús declaraba a un periodista: "Es como si me hubieran quitado un pedazo de mi vida". Tenía razón. Su caso, con ser especial, no es único. Para un buen puñado de escritores extremeños que superamos la treintena, la de Carande fue una imagen tutelar. Más o menos, poco o mucho, tarde o temprano, todos acabamos topándonos con alguna de sus aventuras literarias. Ya fueran las particulares (Capela, Alor, Alor Novísimo) o las promovidas desde la Asociación de Escritores Extremeños, de la que fue su primer presidente y el principal impulsor de la controvertida decisión de desgajarla de la Asociación Colegial de Escritores de España.

Ese “pedazo de vida” que a uno se le va con la desaparición de Carande coincide, sobre todo, con su juventud y eso, ya se sabe, tiene su importancia. Todo estaba entonces empezando –para nosotros, para Extremadura- y no pocos de los jóvenes e incipientes escritores de aquel tiempo éramos conscientes de lo mucho que quedaba por hacer. Eso, lejos de amilanarnos, nos infundía fuerza. No cabe duda de que uno de los puntales de esa batalla (incruenta sólo a ratos) era él, Bernardo, un hombre bregado en mil combates que nos ofrecía una seguridad y una experiencia que nos faltaba.

A mi modo de ver, la más importante de sus aventuras fue Capela, el nombre de una revista, sí, pero también el de su finca de Almendral, donde recaló este “niño de la guerra” a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Uno la esperaba con gusto y, a pesar de sus vaivenes e intermitencias, siempre trajo colaboraciones de interés. Sólo una cosa me basta para justificar su necesidad: que me descubriera la poesía de José Antonio Muñoz Rojas, otro hombre de campo como él. O la de Aquilino Duque. También me gustaban las traducciones de autores clásicos de Manuel Mantero.

Desde ese lugar y desde esas páginas miró Bernardo el mundo. Acaso ninguno de sus libros refleja tan bien esa mirada que Libro de agricultura publicado por la Editora Regional de Extremadura hace años y reeditado en su colección Ensayo Literario, con gran sentido de la oportunidad, recientemente. Se da cuenta allí de un mundo que no existe, lo que hace aún más valiosa esa serena reflexión con aires de relato.

Ya que lo menciono, conviene precisar que en lo que la literatura memorialística se refiere, a ese menudeo en torno a la propia vida, el autor de Suroeste fue un adelantado. Siempre le interesó hablar de sí mismo, contar lo que le pasaba, tal vez porque su vida fue más interesante de lo habitual como dejó contado en su último libro publicado, Memorias, 1932-2002.

Tal vez no haya una manera mejor para conocer a un escritor que leer sus memorias. Tanto si miente como si dice la verdad. Éstas están escritas, como nos confesaba su autor, “en la ignorada e incomparable tierra de calma extremeña, en un altozano (…) de nombre acogedor, Dehesa del Amparo o Capela”. “Libro, añade, que no se hubiera podido escribir en otro lado, se trata de un libro distante, si no distinto, de la vida de un hombre que, justo cuando la sociedad mayoritariamente se urbanizaba, él decidía vivir la otra parte, cada día más reducida y obsoleta, más ajena e inoperante de la contemporaneidad, la agraria”. “Desde este altozano, concluye, las cosas se ven tal como son, o sea, de distinta manera”.

En el Hoy leímos sus artículos durante años. Por esas casualidades de la vida, la suma de esos sesmos está ahora encima de mi mesa de trabajo. Había puesto ese original en manos de la ERE para su posible publicación. Como buen escritor, sus colaboraciones en los periódicos estaban escritas con exigencia. Con la mira puesta en su futura recopilación. Las suyas no eran sino páginas sueltas de ese diario que todo lo que escribía se empeñaba en componer.

Durante años mantuve con él una extensa correspondencia. Eran otros tiempos, ajenos a internet. Sus cartas llegaban siempre en reconocibles sobres amarillos. Una vez estuve a punto de visitar su cortijo, pero no creo que fuera una persona dada a romper fácilmente su aislamiento. Pertenecía a la estirpe nitzscheana de los solitarios.

Hace unos meses, volviendo de Jerez, me topé con el cruce de Almendral. Creí adivinar su casa sobre un altozano arbolado. No me atreví a parar. Ahora, claro está, me arrepiento.

(HOY)

29.1.19

Un cuaderno de Tokio

En mi artículo sobre la cosecha poética de 2018, annus mirabilis de la lírica escrita por extremeños, faltaba un título y un autor. Me refiero a Un cuaderno de Tokio y a Jesús García Calderón (Badajoz, 1959). Aunque editado el pasado año, a uno le ha llegado a principios de este, de ahí que... Con todo, insisto, debe figurar entre los que señalé como importantes, según mi particular criterio. 
De JGC se ha hablado mucho y para bien en este rincón. En el Diccionario de Autores de la Asociación de Escritores Extremeños puede el curioso comprobar, si fuera preciso, sus datos biográficos y conocer los libros que ha publicado. El último, cuyo título tiene relación con el poema "Kintsugi", editado por la ruteña Ánfora Nova con un cuidado exquisito, no hace sino confirmar su necesaria presencia en cualquier panorama poético que se precie. Y no hablo sólo de Extremadura y su diáspora.
La cita inicial ya nos introduce en la materia del libro: "la mejor madera es siempre la de aquel árbol que más ha sufrido". Y del sufrimiento, entre otras cosas, aquí se trata. Además, o como consecuencia, del paso del tiempo, de las heridas causadas por los otros, de los reproches amorosos, de la traición y de la envidia, de la ausencia de los seres queridos... El mundo de JGC, un hombre tan viajero como estable, tan de la rutina como de los azares, se hace más misterioso en este libro sin por ello perder un ápice de claridad y concreción. Quiero decir que, aunque permanece el tono autobiográfico que caracteriza a esta poética de línea clara y lenguaje conversacional (que busca la naturalidad), por momentos las referencias se emboscan en función de las meditaciones que se abordan. Así, en "Las sombras prematuras", "El alma pasajera", "Conjuro", "Las raíces cuadradas", "Almas partidas"... Son los poemas más metafísicos del conjunto. "Partimos de nosotros", se lee al principio del penúltimo. En el otro costado, los versos que aluden a situaciones familiares ("Jornada de difuntos", "Tía Antoñita") o del trabajo ("Destino en oficinas"), al padre ("Curso en Italia", "El mal padre") y al viajero ("Confesión del viajero", "El prisionero" ), a los dones del verano ("Verano de interiores") o a la infancia (como el hermosísimo "Teorema de Sesimbra", que empieza: "Cada universo tiene una nación remota"). Y no falta el amor ("Sueño de los dos reproches", "Las noticias de agosto"). Con suma delicadeza se desliza en el libro la inquietante sombra de la enfermedad, una amenaza que se hace visible en un poema conmovedor, emocionante, que se lee con un nudo en la garganta: "Diagnóstico por imagen": "No debes pedirme perdón por estar / tan enferma".
Hay poemas, en fin, muy personales, digamos, donde el poeta habla con ironía de su raro oficio (no me refiero al de fiscal). En "Confesión", por ejemplo: "No quería ser poeta". Y de la muerte, en "Epitafio", un poema que incide en algo que planea sobre toda la obra: las asechanzas de la edad, la cercanía de la vejez, la machadiana sensación de que estas son, en definitiva, palabras en el tiempo. O contra él.
En "Balneario leemos: "He vivido mucho tiempo en peligro". Y en "Conjuro": "Aún me inquieta el pasado". Y en "Almas partidas": "Quien parte ya se ha ido". Son versos, o eso me parece, elocuentes. Dan fe de lo que vengo intentando decir acerca de un libro logrado donde la vida se abre paso en medio del sufrimiento, las decepciones y el cansancio. "Sin título" comienza: "Aunque soy feliz, yo / no soy feliz porque / si yo fuera feliz no lo diría". Y termina: "Ser feliz es no ser feliz / pero atender la voz que nos propone / cultivar la esperanza". En eso estamos.

4.9.13

Más Plasencias

Jesús García Calderón publica en su blog "Plasencias" de Álvaro Valverde: La luz de una sabia codicia".

El pasado 18 de julio apareció en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón esta reseña de Elías Moro.

12.6.13

Cultura y crisis

"Casi nadie repara, con la suficiente convicción, en el valor de la cultura para resolver el problema de la crisis financiera que han provocado la mala gestión de grandes procesos especulativos, las formas más graves de corrupción (que deben combatirse por los Estados como supuestos de verdadero crimen organizado) y el olvido de una serie de valores que se encuentran presentes en los documentos fundacionales de la Unión Europea. Es cierto que se han vertido críticas muy razonables al incremento de algunos impuestos o a los recortes de indispensables servicios públicos que nos distancian de aquellos niveles en la atención que distinguen las sociedades avanzadas, pero nadie o casi nadie recuerda la importancia de la cultura para encontrar las raíces de la verdad y las soluciones a nuestra paradójica pobreza. No solo la poesía ofrece paradojas misteriosas. Las mismas entidades que niegan el crédito a jóvenes honestos y emprendedores, señalan indemnizaciones para sus administradores que ofenden a la dignidad más elemental. El olvido de la cultura como un rico yacimiento de empleo, de su virtud para encontrar soluciones en situaciones oscuras, se olvida sin que nadie o casi nadie recuerde la solvencia de este manojo de obviedades". 
"La solución olvidada de la cultura". Palabras de Jesús García Calderón con motivo del homenaje tributado por la UBEx. Badajoz, 11 de mayo de 2013.

27.5.13

El Mal de la Muralla

La editorial ruteña Ánfora Nova publica en su Serie Ensayo El Mal de la Muralla, de Jesús García Calderón. La obra lleva por subtítulo Epístola sentimental sobre el aprecio de algunos habitantes de Lugo por sus murallas
Vayan por delante un par de consideraciones. La primera, que el actual Fiscal Superior de Andalucía estuvo destinado en la amurallada ciudad gallega, como Fiscal Jefe, entre 1995 y 2001. La segunda, que esa referencia a Lugo y a su muralla, con ser del todo exacta, no acota el territorio sobre el que se establece este ensayo, de proyección universal y largo alcance. 
Epístola porque responde a otra, que le envió en su día el filósofo y teólogo Xosé Alvilares Moure, autor de Dignidade e indignidade da política (Epístola moral a un fiscal amigo)
"La mirada del forastero" se titula, por otra parte, el prólogo de otro amigo lugués, Jorge de Vivero, compañero de tertulia y de programa radiofónico en Radio Lugo-SER, donde se atisba, si no se le conoce (y al revés), la imponente personalidad de GC. Por eso, y por su capacidad intelectual, ha podido componer este interesante, hondo discurso sobre un Mal que suele aquejar a los habitantes de las pequeñas ciudades provinciales cargadas de historia y de monumentos. "¿Y qué es El mal de la Muralla?", se pregunta De Vivero. "Muchas cosas en pocas páginas (...) A bote pronto, yo lo calificaría de ensayo lírico. Un ensayo de psicología colectiva, de urbanismo, hasta de literatura".
Un ensayo que empieza por colocar en su sitio a "los ambiguos", esos dañinos elementos que pululan, siniestros, por la periferia (y no solo), emboscados en las sombras que proyectan las murallas. Para eso recurre a Aulo Gelio: "la verdad es hija de su tiempo". Personas completamente distintas de aquellas a las que dedica su refexión, capaces de sobrevivir con dignidad en un medio, a veces, tan hostil.
Cree GC que hay dos Españas: la del Atlántico y la del Mediterráneo. Por eso él, natural de Badajoz y andaluz por estudios y tareas profesionales, se siente también de Lugo, una ciudad, conviene resaltarlo, del Norte, más que un punto cardinal, como bien sabía su admirado Philip Larkin. Como buen lector, echa mano de El desierto de los tártaros, la memorable novela de Buzzati, de la famosa fortaleza Bastiani, para explicar, siquiera en primera instancia, lo que es el Mal de la Muralla y, al hacerlo, nos ofrece un ensayo dentro de otro y lo hace con la pasión del que se entusiasma con lo que esas páginas de estirpe kafkiana logran transmitir a propósito de la vida encerrada y amenazante del teniente Giovanni Drogo, que parafraseando a Satie, puede ser el nombre de cualquiera. Y al lado de Buzzati, un lugués: Luis Pimentel, poeta, paseante incansable y circular dentro de esas murallas que son símbolo y fe de las vidas al margen. De los que se quedan. En "una pequeña patria". De los que permanecen anclados a esos "ágiles barcos de piedra". "Un signo de distinción", quizá. De quien se hace "diferente y cabal". En recintos murados, tierra adentro. 
A las ciudades históricas ha dedicado GC no pocos estudios. No en vano es, como jurista, uno de los más acreditados expertos internacionales en la defensa del Patrimonio Histórico. De su expolio y degradación, sí, pero también de lo que se conserva y rescata. Algo que podemos relacionar con la idea de Europa, un concepto insoslayable: lo europeo, que aparece con frecuencia en este ensayo.
Y ya en la concéntrica Lugo: el adarve, ese camino situado en lo alto de una muralla por el que los lucenses pasean, piensan, observan... Y al fondo, el río, el Miño, ese complemento ideal de cualquier lugar habitable. Y arriba, el "cielo encapotado", casi siempre. Y todo para mirar, más que nada, al interior, que es donde suele dirigirse quien padece el Mal. Porque "la muralla romana invita al recogimiento". 
Alude GC a la "poliorcética de las ambiciones", "un arte que no procura la defensa del espacio físico que ocupamos, sino la defensa del espacio moral que habita el alma ante el combate incorregible del tiempo". 
Y evoca a Eliot, su epitafio, el verso de East Cocker: "En mi principio está mi fin..." Hablamos de "geografías interiores". Porque la "ciudad nos explica". 
Llevan algunos allí "la vida de otro modo", que diría Ángel Campos Pámpano, y son más libres, tal vez más independientes. Como el citado Pimentel ("poeta amurallado", según Villena). O Ánxel Fole, otro de Lugo. "Hombre da vila", dijo éste de aquél. Gente sujeta a un paisaje que aúna el campo y la ciudad. Para los que la muralla es "verdadera condición espiritual", "compromiso moral". Un cobijo: siquiera ese refugio. Pero que no pierden de vista un verso del autor de Barco sin luces: "cuando hablo de mi ciudad hablo del mundo". Donde lo exterior es reflejo de lo interior. Que ven las cosas, a pesar de su Mal (o por eso), con perspectiva y distancia. Mal de la Muralla que es Mal de la frontera en Badajoz o Mal de la Alhambra en Granada. O, dice uno, Mal de Murania aquí. Y al escribir "aquí", queremos decir en ciudades donde la "centralidad" lo es todo. Su esencia. Ciudades que, a lo más, tuvieron un ensanche camino de la nueva estación, cuando la llegada del ferrocarril. 
El caso de Lugo, el que centra este ensayo plural, es paradigmático en cuanto a la corrupción inherente a esos sitios cerrados. El caciquismo en concreto. Y aunque GC se mantiene, por su condición de fiscal, al margen de la política, no sería difícil poner apellidos a esa lacra de tan penosa actualidad, pero tan antigua. Quien sufre el Mal "sabe mirar la suciedad moral de la corrupción mejor que los demás", afirma el autor, y hace mención a la "lucha solitaria", a pequeños grupos de "íntimos" que luchan contra ella. 
Ya se dijo, y se ha repetido, que no es sólo Lugo y su muralla romana. Es también Ciudadela, en Menorca, o las localidades antes citadas. De las que huir o escaparse. O en las que permanecer. "Lo importante es el camino que se recorre y no el destino que buscamos". Con "serena lentitud" y "dignidad". 
Sostiene JGC que Lugo es el último "lugar remoto" de Europa. Ahora lo es menos. También para uno, que paseó la ciudad con él una lejana tarde de primavera, y que ha leído el libro de poemas que dedicó a aquella indeleble estancia: Un lugar en el Norte. He leído esta nueva obra, que nos confirma el potencial de GC como diarista o cultivador del ensayo de rostro humano (o humanista), desde el íntimo convencimiento de que era un libro escrito para uno, lo que no deja de ser el colmo de la felicidad en literatura. Cuando sentimos eso... Escrito para mí y para todos aquellos que se reconocen en los síntomas de ese melancólico Mal. Un libro, y termino, donde su autor tanto ha dejado de sí mismo.