José María Pozuelo Yvancos, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia y crítico literario (ahora en el suplemento cultural de ABC) es autor del libro 100 narradores españoles de hoy. Lo edita Menoscuarto. Estos son los seleccionados: Mariano Antolín Rato | Juan Pedro Aparicio | Fernando Aramburu | J. J. Armas Marcelo | Bernardo Atxaga | Andrés Barba | Xuan Bello |José Manuel Caballero Bonald | Javier Calvo| Carlos Casares | Francisco Casavella | Antón Castro | Rafael Chirbes | Javier Cercas | Juan Cruz Ruiz | Luis Mateo Díez | Pablo D’Ors | Luciano G. Egido | Cristina Fernández Cubas | Javier Fernández de Castro | Agustín Fernández Mallo | Jesús Ferrero | Juan José Flores | Alejandro Gándara | Adolfo García Ortega | José Antonio Garriga Vela | Marcos Giralt Torrente | Belén Gopegui | Juan Goytisolo | Luis Goytisolo | Irene Gracia | Almudena Grandes | José María Guelbenzu | Raúl Guerra Garrido | Menchu Gutiérrez | Enrique de Hériz | Gonzalo Hidalgo Bayal | Andrés Ibáñez | Paula Izquierdo | José Jiménez Lozano | Irene Jiménez | Eduardo Lago | Luis Landero | Luis Leante | Anjel Lertxundi | Elvira Lindo | Manuel Longares | Lola López Mondéjar | José Carlos Llop | Javier Marías | Juan Marsé | Gustavo Martín Garzo | Ignacio Martínez de Pisón | Ana María Matute | Eduardo Mendoza | Ricardo Menéndez Salmón | José María Merino | Juan José Millás | César Antonio Molina | Vicente Molina Foix | Inma Monsó | Rosa Montero | Quim Monzó | Antonio Muñoz Molina | Justo Navarro | Marcos Ordóñez | José Ovejero | Sergi Pàmies | Carlos Páramo | Javier Pérez Andujar | Arturo Pérez-Reverte | Ramiro Pinilla | Álvaro Pombo | Juan Manuel de Prada | Soledad Puértolas | Valentí Puig | Carlos Pujol | Juan Pedro Quiñonero | Javier Reverte | Manuel Rico | Carme Riera | Julián Rodríguez | Isaac Rosa | Ramón Saizarbitoria | Clara Sánchez | Miguel Sánchez-Ostiz | Elena Santiago | Berta Serra Manzanares | Lorenzo Silva | Antonio Soler | Emili Teixidor | María Tena | Javier Tomeo | Andrés Trapiello | David Trueba | Ángela Vallvey | Juana Vázquez Marín | Berta Vias Mahon | Enrique Vila- Matas | Pedro Zarraluki.
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26.3.10
27.3.13
Una antología de Jiménez Lozano
José Jiménez Lozano no es menos secreto que la poesía en general. La suya y la de todos, o casi. Quiero decir que ni siquiera el Premio Cervantes, el más alto honor de las letras hispanas, le han sacado de las catacumbas en las que, por citar a Octavio Paz, habitan los poetas y, cómo no, sus versos.
La editorial sevillana Renacimiento vuelve al rescate y publica una antología de sus poemas bajo el título de El precio. De la selección y el prólogo se ha ocupado el poeta Enrique García-Máiquez; alguien, se nota, que sintoniza a la perfección con la poética de este autor tardío, en lo que a la lírica se refiere, e intempestivo.
En efecto, "poemas impagables", a pesar del título elegido, son los de JJL. Lecciones de esenciales maravillas, que lindan con lo que de milagroso tiene la vida, escritos con la humildad del que cree. En Dios, en la verdad y la belleza de las palabras, en los atardeceres, en el canto de los pájaros, en la poesía de Emily Dickinson, en el metafísico paisaje castellano... Imposible confundir valor y precio.
Por seguir al prologuista, JJL es un "intermediario" entre lo sentido y pensado, a modo de don o regalo, y lo escrito. Un "cisterciense" en sus modales estéticos. Un hombre que recurre a "la ironía con frecuencia, al sentido común a menudo y a la piedad siempre". Alguien que ha dado a luz una poesía de sugerentes tonos grises. Pobre, en la estela del santo de Asís, tan de moda ahora. Humanista, por encima de todo. Que escribe una poesía "de los adentros". También "de la compasión", porque está pendiente del otro, al modo que lo entiende Lévinas.
Si ya conocen al poeta y es de los suyos, adelante. Si no han leído sus poemas, la ocasión es magnífica. Y a buen precio.
En efecto, "poemas impagables", a pesar del título elegido, son los de JJL. Lecciones de esenciales maravillas, que lindan con lo que de milagroso tiene la vida, escritos con la humildad del que cree. En Dios, en la verdad y la belleza de las palabras, en los atardeceres, en el canto de los pájaros, en la poesía de Emily Dickinson, en el metafísico paisaje castellano... Imposible confundir valor y precio.
Por seguir al prologuista, JJL es un "intermediario" entre lo sentido y pensado, a modo de don o regalo, y lo escrito. Un "cisterciense" en sus modales estéticos. Un hombre que recurre a "la ironía con frecuencia, al sentido común a menudo y a la piedad siempre". Alguien que ha dado a luz una poesía de sugerentes tonos grises. Pobre, en la estela del santo de Asís, tan de moda ahora. Humanista, por encima de todo. Que escribe una poesía "de los adentros". También "de la compasión", porque está pendiente del otro, al modo que lo entiende Lévinas.
Si ya conocen al poeta y es de los suyos, adelante. Si no han leído sus poemas, la ocasión es magnífica. Y a buen precio.
7.5.11
Jiménez Lozano
Como en el caso de Sciascia, y salvadas todas las distancias, leer a Jiménez Lozano tiene para uno algo de imperativo moral. Leo, eso sí, al JL diarista que es tanto como decir al pensador pues las páginas de sus cuadernos no se limita a narrar sucesos de su vida personal o anécdotas de mayor o menor categoría sino que reflexiona, y mucho, acerca de lo que pasándole a él se podría decir que nos pasa aproximadamente a todos.
Los cuadernos de Rembrandt (Pre-Textos, 2010) es la sexta selección que publica de esos diarios. Van de 2005 a 2008. Recuerdo el primero de la serie que leí, Los tres cuadernos rojos, y en especial la tarde que pasé con ese libro en un balcón de Ayamonte durante un verano de borrosa memoria.
Tiene fama este hombre de la Castilla profunda (que es la más clara) de conservador y de derechas, por no decir de reaccionario, un sambenito que arrastra, sobre todo, desde que Aznar le designara su escritor de cabecera (algo parecido hizo con la poesía de Luis García Montero, en el otro extremo de sus ideas políticas). A eso, y ya es difícil si tenemos en cuenta la inquina que el ex presidente genera en muchos ciudadanos entre los que me cuento, ha sobrevivido la literatura de este escritor católico que, por cierto, ha sido reconocida con el mismísimo Premio Cervantes, algo que recordaba su amigo Trapiello, con no poca ironía, en el último tomo de sus diarios, el del año 2003, que fue cuando se lo entregaron.
Aunque parezca una perogrullada, lo que más me gusta de JL es su prosa, tan castellana como él, tan íntegra como sus ideas, tan profunda como liviana, natural como la vida misma y nada afectada, como la gente que frecuenta en el pueblo donde vive y a las que a veces retrata en algunos rincones de estos diarios.
Se le llena a la boca a los políticos populares, a Rajoy sin ir más lejos, del término "sentido común". Ha llegado uno a aborrecer esa expresión que tan desgastada y vacía han dejado. Que día sí y día también toman en vano. Sobran ejemplos. Sin embargo aquí, en estas páginas, recobra nueva vida y es fácil aceptar su razón de ser. Su necesidad incluso. Ay, si de verdad la derecha española, tan extrema siempre, esa que dice leer y admirar a este hombre, se tomara en serio lo que escribe y piensa. Ellos y otros, pues a cuestiones universales se alude con pensamientos de fuste para tiempos de tribulación como, a buen seguro, no habíamos conocido. Así, no es nada complicado asumir sus impresiones sobre la decadencia cultural de España y Europa, de un pesimismo razonado, imposible de soslayar.
No sé hasta qué punto el apartamiento del mundo (del "grande" al menos) de este periodista que dirigió El Norte de Castilla (toda una escuela) afecta a su escritura. Intuye uno que la dota de serenidad y hasta de sabiduría; una sabiduría que, en su caso, no cree uno que venga de la edad sino de los libros, que tantos y tan bien ha leído. No deja de notarse en Los cuadernos de Rembrandt, de nuevo sin retórica, sin erudiciones, como se respira.
Es verdad que me he topado con ideas suyas que no comparto. Asuntos esenciales, por cierto. Así, no faltan en el libro opiniones muy críticas sobre el aborto, la eutanasia, la asignatura de Educación para la Ciudadanía, etc. Es admirable, no obstante, su sutil reflexión ante el suicidio, otro puntal de las creencias religiosas católicas, personificada en la muerte de una amiga. Discrepancias al margen, sólo una cosa me ha molestado: que don José se rebaje a utilizar lo de "titiritero", esa descalificación tan aireada por los medios contrarios a Zapatero estos últimos años. Por cutre y manida.
Es muy intensa, en fin, la conversación que el lector establece con JL. Muy rica, me parece. Por eso envidio, en cierto modo, a mi amigo Fermín Herrero, que lo frecuenta, y al que siempre pregunto por el autor de Los cementerios civiles. Ya que lo menciono, hace unos años vi a JL en una de esas cafeterías multitudinarias de la Gran Vía madrileña, pero no me atreví a saludarlo. Es lo más cerca que uno ha estado de él. En persona, porque la verdadera intimidad con un escritor viene dada por la frecuentación que uno hace de su obra.
Dije antes que leía al JL pensador pero debo añadir que también frecuento al poeta. En este libro se incluyen algunos poemas escritos al hilo de sus pensamientos. No de los mejores, quizá. Por eso estoy deseando leer su última entrega poética, en Pre-Textos también, La estación que gusta al cuco.
Dice en el brevísimo Ofrecimiento que abre el libro: "quiero manifestar mi esperanza de que ojalá estas notas sirvan o acompañen a alguien de algún modo". Ha sido el caso de este lector que ha encontrado en ellas consuelo y reflexión a raudales.
Los cuadernos de Rembrandt (Pre-Textos, 2010) es la sexta selección que publica de esos diarios. Van de 2005 a 2008. Recuerdo el primero de la serie que leí, Los tres cuadernos rojos, y en especial la tarde que pasé con ese libro en un balcón de Ayamonte durante un verano de borrosa memoria.
Tiene fama este hombre de la Castilla profunda (que es la más clara) de conservador y de derechas, por no decir de reaccionario, un sambenito que arrastra, sobre todo, desde que Aznar le designara su escritor de cabecera (algo parecido hizo con la poesía de Luis García Montero, en el otro extremo de sus ideas políticas). A eso, y ya es difícil si tenemos en cuenta la inquina que el ex presidente genera en muchos ciudadanos entre los que me cuento, ha sobrevivido la literatura de este escritor católico que, por cierto, ha sido reconocida con el mismísimo Premio Cervantes, algo que recordaba su amigo Trapiello, con no poca ironía, en el último tomo de sus diarios, el del año 2003, que fue cuando se lo entregaron.
Aunque parezca una perogrullada, lo que más me gusta de JL es su prosa, tan castellana como él, tan íntegra como sus ideas, tan profunda como liviana, natural como la vida misma y nada afectada, como la gente que frecuenta en el pueblo donde vive y a las que a veces retrata en algunos rincones de estos diarios.
Se le llena a la boca a los políticos populares, a Rajoy sin ir más lejos, del término "sentido común". Ha llegado uno a aborrecer esa expresión que tan desgastada y vacía han dejado. Que día sí y día también toman en vano. Sobran ejemplos. Sin embargo aquí, en estas páginas, recobra nueva vida y es fácil aceptar su razón de ser. Su necesidad incluso. Ay, si de verdad la derecha española, tan extrema siempre, esa que dice leer y admirar a este hombre, se tomara en serio lo que escribe y piensa. Ellos y otros, pues a cuestiones universales se alude con pensamientos de fuste para tiempos de tribulación como, a buen seguro, no habíamos conocido. Así, no es nada complicado asumir sus impresiones sobre la decadencia cultural de España y Europa, de un pesimismo razonado, imposible de soslayar.
No sé hasta qué punto el apartamiento del mundo (del "grande" al menos) de este periodista que dirigió El Norte de Castilla (toda una escuela) afecta a su escritura. Intuye uno que la dota de serenidad y hasta de sabiduría; una sabiduría que, en su caso, no cree uno que venga de la edad sino de los libros, que tantos y tan bien ha leído. No deja de notarse en Los cuadernos de Rembrandt, de nuevo sin retórica, sin erudiciones, como se respira.
Es verdad que me he topado con ideas suyas que no comparto. Asuntos esenciales, por cierto. Así, no faltan en el libro opiniones muy críticas sobre el aborto, la eutanasia, la asignatura de Educación para la Ciudadanía, etc. Es admirable, no obstante, su sutil reflexión ante el suicidio, otro puntal de las creencias religiosas católicas, personificada en la muerte de una amiga. Discrepancias al margen, sólo una cosa me ha molestado: que don José se rebaje a utilizar lo de "titiritero", esa descalificación tan aireada por los medios contrarios a Zapatero estos últimos años. Por cutre y manida.
Es muy intensa, en fin, la conversación que el lector establece con JL. Muy rica, me parece. Por eso envidio, en cierto modo, a mi amigo Fermín Herrero, que lo frecuenta, y al que siempre pregunto por el autor de Los cementerios civiles. Ya que lo menciono, hace unos años vi a JL en una de esas cafeterías multitudinarias de la Gran Vía madrileña, pero no me atreví a saludarlo. Es lo más cerca que uno ha estado de él. En persona, porque la verdadera intimidad con un escritor viene dada por la frecuentación que uno hace de su obra.
Dije antes que leía al JL pensador pero debo añadir que también frecuento al poeta. En este libro se incluyen algunos poemas escritos al hilo de sus pensamientos. No de los mejores, quizá. Por eso estoy deseando leer su última entrega poética, en Pre-Textos también, La estación que gusta al cuco.
Dice en el brevísimo Ofrecimiento que abre el libro: "quiero manifestar mi esperanza de que ojalá estas notas sirvan o acompañen a alguien de algún modo". Ha sido el caso de este lector que ha encontrado en ellas consuelo y reflexión a raudales.
6.11.15
Letras ibéricas en Turia
Se nos informa de que el próximo día 20 de noviembre, la revista cultural TURIA dará a conocer en la Fundación Gulbenkian de Lisboa un espectacular monográfico sobre la literatura portuguesa actual en el que participan, con textos inéditos, un total de cuarenta escritores lusos de distintas edades, estéticas y procedencias. Junto a ellos, otros tantos destacados autores españoles de nuestros días conforman un sumario especial elaborado con motivo de celebrarse este otoño la “Mostra Espanha 2015”, un evento bienal que pretende fortalecer los vínculos culturales entre España y Portugal.
Con el lema “Letras de España y Portugal”, el nuevo número de la revista TURIA ofrecerá una panorámica exhaustiva y sugerente de las letras portuguesas contemporáneas. El elenco de escritores es amplio, plural e integra a diferentes generaciones: desde nombres ya consagrados como António Lobo Antunes, Nuno Júdice, Eduardo Lourenço, José Bento o Lídia Jorge a destacados autores de la literatura del siglo XXI como Valter Hugo Mae, Gonçalo Tavares, Afonso Cruz, Inés Pedrosa o José Luis Peixoto. A ellos se suman textos introductorios, elaborados por especialistas, sobre la situación de la narrativa, la poesía y el ensayo portugués actual. Puede decirse, por tanto, que este esfuerzo de aproximación cultural brinda al lector una ocasión inmejorable para conocer a fondo la rica reatividad literaria del país vecino.
La presencia española en el sumario de TURIA será igualmente muy atractiva. Así, el lector encontrará trabajos inéditos del recientemente fallecido Rafael Chirbes, así como narraciones de José Jiménez Lozano, Gonzalo Hidalgo Bayal, J. A. González Sáinz y poemas de Antonio Gamoneda, Francisco Brines o Luis Alberto de Cuenca, entre otros autores.
Agustina Bessa-Luís, Rafael Sánchez Ferlosio o Juan Marsé también protagonizan interesantes artículos de análisis de su obra.
Además de descubrir al lector español la valiosa y sugerente literatura portuguesa contemporánea, destacan dos entrevistas con el escritor António Lobo Antunes y con Manuel Borrás, editor de Pre-Textos.
Este nuevo número de TURIA está ilustrado por el artista portugués Pedro Cabrita Reis.
15.11.18
Algunas lecturas (en prosa)
Ya me he resignado a no consignar aquí como es debido las lecturas de algunos libros que uno lee y al cabo disfruta. Con todo, me permito dejar caer unos cuantos títulos que me han sorprendido en los últimos tiempos. Así, La bufanda roja, de Yves Bonnefoy (traducido por Ernesto Kavi para Sexto Piso) que son mucho más que unas memorias de infancia del extraordinario poeta francés del que, por suerte, existen numerosas versiones en nuestra lengua, tanto de poesía como de ensayo. Es un libro exigente, sí, de los lugares, pero del que, una vez que entras, ya no puedes salir. No esperaba tal cosa y eso siempre está bien cuanto te adentras en territorios desconocidos, por mucho que uno haya frecuentado sus versos. Palabras mayores. "Un mundo, lo que la escritura produce". Más claro, agua. Álex, Basilio, tomad nota (si no lo habéis leído ya).
Jesús Munárriz y Fermín Herrero han ido reuniendo en el transcurso de los años numerosísimas citas de distintos autores (de los clásicos a los contemporáneos, y de toda la geografía mundial) en torno a la poesía, el poema y el poeta. Tras evitar la muerte por aplastamiento o avalancha, han logrado seleccionar no pocas en el volumen Poesía ¿eres tú? (Hiperión). Abren el conjunto, que hay que leer poco a poco para evitar un empacho lírico, dos breves textos de los compiladores o coleccionistas. Hay muchas joyas ahí dentro. Fragmentos e iluminaciones para reflexionar y, acaso, intentar definir o comprender eso que llamamos, alegremente, poesía.
Con mucha emoción y absoluta cercanía he leído (y, como en los casos anteriores, subrayado) los aforismos que agrupa el poeta Antonio Cabrera en Gracias, distancia. Todo un acierto de Cuadernos del Vigía, sin duda. Es su primer libro de ese género tan de moda. Pero cuidado, si algo se aprecia al leer los lúcidos y certeros de Cabrera (de formación, no se olvide, filosófica), es que no todos valen, que hay mucha ganga en ese mercado. No aquí, insisto. Al revés. El viento (como metáfora o símbolo), César Simón (y su casa en medio del páramo), la poesía (como indagación), la luz (sureña, mediterránea) o la pintura son el origen de sus asedios. Podría copiar muchos, y los lectores me lo agradecerían, pero será preferible que ellos mismos se acerquen confiados a estas sentencias que son, cómo no, pura poesía.
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".
Nota: Ilustra esta entrada un óleo de Guillermo Peyro Roggen, "Libros VII", de 2003.
22.6.18
Un poema inédito
AZUFAIFO
Me conmueven los árboles.
Por lo
que son.
Por lo
que nos ofrecen:
sombra,
belleza, oxígeno…
Por su
forma
e
incluso por su nombre.
El
azufaifo, por ejemplo.
Donde
trabajo hay uno.
Plantado,
al parecer,
por un
maestro
que
viajó a Tierra Santa.
En
septiembre da frutos
oscuros
y muy dulces
que
encantan a los niños.
Será
humilde su aspecto,
pero su
nombre esplende.
Por
hermoso y exótico.
Dice
uno azufaifo
y su
boca se llena
de
sabores remotos,
de
lugares lejanos.
Nota. Este poema se ha publicado en la preciosa revista Piedra del Molino, de la que es director Jorge de Arco. En un número donde se incluye una antología de poetas de Valladolid, con versos, entre otros, de José Jiménez Lozano, Fermín Herrero, Esperanza Ortega, Miguel Casado, Javier Dámaso y Fernando del Val.
El dibujo que lo ilustra aquí es de Aurora Altisent.
El dibujo que lo ilustra aquí es de Aurora Altisent.
3.4.16
Impresiones provinciales
Este es el bonito título que José Jiménez Lozano (Langa, 1930) ha elegido para una nueva entrega de sus diarios. Cuadernos los llama él. Publica el libro la editorial Confluencias con el gusto que la caracteriza. El propio autor nos explica que "El 23 de enero de 1656 publicaba Monsieur Blaise Pascal, bajo el pseudónimo de Louis de Montalte, su primera carta de las que luego se llamarían Impresiones Provincianas dirigidas a un supuesto amigo suyo, que vivía en la provincia, sobre un asunto que se disputaba en la Sorbona, y me he acordado súbitamente de todo esto para utilizarlo como epígrafe o tejadillo de un cuaderno más de apuntes o notas provincianos o provinciales de los que éstos son la séptima selección que cubre los años 2010 hasta julio de 2014".
Ya ha dicho uno más de una vez que leer los diarios de JJL es, para mí, una suerte de "imperativo moral", sin añadir a la expresión ninguna intención filosófica, por kantiana que parezca. Ahora, tras leer estas páginas, lo reafirmo.
No he encontrado nada novedoso en ellas, bien es cierto, lo que no quiere decir que no haya aprendido muchas cosas que no sabía. Me refiero a que JJL es un hombre previsible que a las alturas de su edad no creo que pretenda epatar a nadie, sino dar a conocer a sus lectores, de la forma más clara posible, su pequeña verdad. Vuelve sobre los asuntos religiosos y la laicización, mal entendida, de nuestra sociedad. Sobre la Historia y sus pequeños detalles. Sobre los asuntos políticos, pero sin hacer sangre. Sobre Castilla y un mundo rural (y provincial) que desparece. Sobre los libros y la lectura y la conversación, también en trance de transformación. Sobre el nazismo y el Gulag. Sobre aquello que han dicho los filósofos: Kierkegaard, Poppe, Spinoza, Thoreau, Heidegger... Sobre la educación y la "deseducación". Sobre la Biblia y Port-Royal. Y todas esas reflexiones las lleva a cabo en su rincón, la casa del pueblo donde vive, apartado de lo peor del mundo, pero siempre atento a cuanto sucede y pasa, y, además, importa. Lo otro... Le preocupa, ante todo, la falta de conciencia.
Echa, en fin, uno de menos más líneas dedicadas a las cosas del campo, a la naturaleza, las estaciones y a la poesía, sin que falten, por cierto, unos cuantos poemas.
En un momento dado escribe: "Pero es que los hombres somos como somos, y lo mejor es andar con desconfianza de nosotros mismos". Y más adelante: "Los hombres somos un enigma, ciertamente".
Menciona a Hamsun y vuelve a recordar una cita suya que incorporó a Los cuadernos de letra pequeña: "Nuestra vida y nuestra época pueden seguir su ruta por lo que a mí respecta; por mi parte, yo permanezco aquí". Pues eso.
En un momento dado escribe: "Pero es que los hombres somos como somos, y lo mejor es andar con desconfianza de nosotros mismos". Y más adelante: "Los hombres somos un enigma, ciertamente".
Menciona a Hamsun y vuelve a recordar una cita suya que incorporó a Los cuadernos de letra pequeña: "Nuestra vida y nuestra época pueden seguir su ruta por lo que a mí respecta; por mi parte, yo permanezco aquí". Pues eso.
1.3.14
17.3.13
De atardecida, cielos
Por sorpresa, otra alegría. El nuevo libro de Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, 1963), un poeta al que admiro. Se titula De atardecida, cielos (Los versos de Cordelia). Con él ganó, gracias a un jurado de lujo -de buenos lectores, quiero decir-, el Premio Ciudad de Salamanca. Sí, poco importa. Uno lo abre, se pone a leer y, para entonces, ¿quién se acuerda de eso?
El título no engaña. Un puñado de poemas sin título va dando cuenta de impresiones, tonos y gamas de atardeceres. Y, lo que más interesa, de las reflexiones y pensamientos que esas visiones representan, el trasfondo de esa mirada limpia y honda sobre el paisaje. "Muchos días, haga frío o
calor, mientras está atardeciendo, un hombre va por el caminillo que,
pasado Pesqueruela, transcurre por la orilla del río. De cuando en
cuando, anota simplemente lo que ve, se pregunta. Cuando el camino
muere, donde se juntan el Duero y el Pisuerga, ya no hay hombre, sólo el
atardecer frente al sentido del mundo. Entonces es el momento en que
podría venir el poema", dice con la debida elocuencia la nota editorial que, no hace falta imaginar, habrá redactado el autor. Por decirlo con sus versos: "Por esta misma / senda me vengo cada / tarde hacia el ocaso".
No es mucho el prestigio de los atardeceres, que se asocian a lo tópicamente poético. Con todo, él lo rescata y, en una entrevista, defiende ese «motivo un poco olvidado por la modernidad, en el que aún persiste la
emoción poética, es decir, un momento del día en el que parece que las
cosas se acercan más a nosotros, como si nos hablasen, un momento en el
que pervive esa emoción que arrastra todos los sentimientos del día».
Detrás, el misterio de la poesía. Atardeceres campestres, ricos en matices, de serena apariencia semejante que dan a luz poemas iguales pero al cabo distintos. Y todo, esa es la clave, con un lenguaje limpio, como recién horneado, que remite a sí mismo, a su voz y a su estilo, pero también a algunos poetas que reconocemos siquiera en lontananza, castellanos como él, paisajistas de la claridad y del entendimiento: Claudio Rodríguez y José Jiménez Lozano, por ejemplo.
Poesía, pues, esencial, dicha en voz baja, de un hombre solo ("Soy casi sin mí"), "mientras / la vida, mientras", directa al corazón de las cosas (los vientos, las estaciones, los árboles, los pájaros...), que trastoca de manera sutil nuestra forma de apreciar el mundo. "He de respirar / muy hondo, en lo sencillo", escribe.
Al final del libro, Fermín Herrero añade unas cuantas citas de otros autores, poetas mayormente, que aluden a crepúsculos. A la melancolía.
21.6.11
Con JJL en Salamanca
De nuevo en Salamanca. Me siento en una cafetería de la Rúa con un ojo puesto en un libro y otro en ver pasar turistas que se mezclan con muchachos y muchachas en flor. Con todo, me puede la lectura. De La estación que gusta al cuco (Pre-Textos, La Cruz del Sur), palabras de Thomas Hardy que ha tomado prestadas José Jiménez Lozano para titular la última entrega, por ahora, de su obra poética; una obra que, por cierto, empezó tarde, ya que este hombre publicó su primer libro de poemas a los 62 de su edad.
No se explica uno cómo ha pasado tan desapercibido (se publicó a finales de 2010) y si no fuera cosa de viejo (prematuro siquiera) y tan políticamente incorrecto, diría que bien podía la crítica prestarle atención a libros así, los que importan, y no a tanta insulsez vestida de poesía que, eso sí, firman jovencitos y, sobre todo, jovencitas muy modelnos ellos que han leído, cómo no, al famoso John Ashbery.
Claro que aquí la viñeta de la portada, de Hokusai, representa a un grillo, esa cosa tan antigua, como antiguo es el tono del volumen, oriental (digamos) en sustancia, escrito en un español tan limpio como una mañana de verano en Castilla, lleno de esa clasicidad genuina (la de Grecia y Roma, la de nuestro Siglo de Oro) que ya ha sido acuñada como marca de la casa. Un libro seco, porque nada sobra, y sobrio, porque carece de adornos. "Se necesita hermosura solamente", escribe JL, y cuánta razón tiene.
Me gustaría que al hipotético lector le sorpendieran, como a uno, poemas como "Los higos y los bárbaros" (emocionante hasta las lágrimas) o "Resistencia". Que le calasen, como a uno, las palabras sencillas que pueblan estos versos que mojan como la mansa lluvia de una tarde de otoño. Que, en fin, el mundo de otro tiempo que aquí nos sale al paso, para nada intempestivo o anacrónico, les pareciera tan habitable y seguro como a mí me ha parecido.
Para comprender lo que digo (o acierto a insinuar) copio aquí el poema "Octubre", uno de los muchos que podría elegir. Dice:
No se explica uno cómo ha pasado tan desapercibido (se publicó a finales de 2010) y si no fuera cosa de viejo (prematuro siquiera) y tan políticamente incorrecto, diría que bien podía la crítica prestarle atención a libros así, los que importan, y no a tanta insulsez vestida de poesía que, eso sí, firman jovencitos y, sobre todo, jovencitas muy modelnos ellos que han leído, cómo no, al famoso John Ashbery.
Claro que aquí la viñeta de la portada, de Hokusai, representa a un grillo, esa cosa tan antigua, como antiguo es el tono del volumen, oriental (digamos) en sustancia, escrito en un español tan limpio como una mañana de verano en Castilla, lleno de esa clasicidad genuina (la de Grecia y Roma, la de nuestro Siglo de Oro) que ya ha sido acuñada como marca de la casa. Un libro seco, porque nada sobra, y sobrio, porque carece de adornos. "Se necesita hermosura solamente", escribe JL, y cuánta razón tiene.
Me gustaría que al hipotético lector le sorpendieran, como a uno, poemas como "Los higos y los bárbaros" (emocionante hasta las lágrimas) o "Resistencia". Que le calasen, como a uno, las palabras sencillas que pueblan estos versos que mojan como la mansa lluvia de una tarde de otoño. Que, en fin, el mundo de otro tiempo que aquí nos sale al paso, para nada intempestivo o anacrónico, les pareciera tan habitable y seguro como a mí me ha parecido.
Para comprender lo que digo (o acierto a insinuar) copio aquí el poema "Octubre", uno de los muchos que podría elegir. Dice:
Octubre, y sólo
un cardo seco,
en aquella tierra devastada.
Mas reinando solemne,
como una pena inconsolable.
Cuando uno tenga los años que ahora tiene JL, si llega, le gustaría escribir versos como los suyos. Será la mejor señal de que la existencia está debidamente cumplida, de que mereció la pena ser vivida. No otra cosa me transmiten estos poemas suyos que leo sin prisa en una mañana de junio en Salamanca, como si tuviera, ay, toda la vida por delante.
5.1.16
Turia: entre España y Portugal
El número 116 de la revista turolense Turia es, sin duda, excepcional. Afirmar esto no deja de ser redundante: ¿qué entrega de esta revista no lo es? Bueno, dejémoslo en por encima de lo normal, que aquí es mucho, siquiera sea por aquello de que se ocupa de la literatura de un país que, para uno, también es fuera de serie. Como no pocos de sus escritores, y no sólo de ahora. Basta repasar el sumario para confirmar lo que digo.
En "Letras", Silvina Rodrigues Lopes se ocupa de la obra de Agustina Bessa-Luís, José Luis Pardo de la de Ferlosio, Fernando Valls de la de Marsé y el poeta Enrique Andrés Ruiz del famoso, reiterado viaje a Portugal de Unamuno, un adelantado. Buen comienzo. Pero es que luego, en "Taller" podemos leer relatos de Lídia Jorge, Jiménez Lozano, Hidalgo Bayal (¡) o Almeida Faria, amén de degustar, no sin pena, unas páginas del diario de Chirbes (que dará de sí tanto, o más, que el de Piglia). Con todo, la fiesta apenas ha empezado. En "Poesía", inéditos (como todo lo que aquí se publica) de Júdice, Gamoneda, Bento, Brines, Echevarría, De Cuenca, Cruz, Canelo, Tamen, Júarez, Franco Alexandre, Vilas, Agostinho Baptista, Valverde, Lostalé, Cilleruelo, Castaño, Fidalgo ("Santos", un poema emocionante digno de un lisboeta de adopción) y Moita.
Tras dos inflexiones de carácter político, "Cartapacio", dedicado íntegramente a la la literatura lusa. Partido en tres: la prosa, la poesía y el ensayo. En el primer género no faltan Valter Hugo Mãe, Inês Pedrosa, José Luís Peixoto o Gonçalo Tavares. Ni, en el segundo, poetas como Amaral, De Freitas, Gusmâo, Pinto do Amaral, Quintais, Tolentino Mendonça, Pires Cabral o Ruy Ventura. O ensayistas, ya en el tercero, como Eduardo Lourenço, que lee a nuestro Guillén. También se incluyen artículos panorámicos, diría, en los que se presenta y analiza la situación actual de los distintos géneros.
El novelista António Lobo Antunes y el editor Manuel Borrás dan para dos conversaciones espléndidas, en especial la de este último, que se prodiga bastante menos que el eterno candidato portugués al Nobel, del que se rescata una entrevista radiofónica.
En "Torre de Babel" se agrupan numerosas reseñas que sirven para cerrar de la mejor manera posible un volumen, ya se dijo, extraordinario. Quien diga lo contrario, miente.
30.11.06
Cuatro apostillas al Cervantes
1. Se podría decir, en general: Andrés, José Luis, Vicente, Felipe, lo siento; Olvido, Miguel, Tomás, Jordi, enhorabuena.
2. Y el Cervantes, a sí mismo: templanza, maestro, que este premio es también de doña Dulce María Loynaz y don José García Nieto.
3. Y don Luis María: Lo que hizo Aznar con Jiménez Lozano lo hace ahora Zapatero con Gamoneda.
4. Y uno: ¿son acaso menos los dos escritores por eso?
2. Y el Cervantes, a sí mismo: templanza, maestro, que este premio es también de doña Dulce María Loynaz y don José García Nieto.
3. Y don Luis María: Lo que hizo Aznar con Jiménez Lozano lo hace ahora Zapatero con Gamoneda.
4. Y uno: ¿son acaso menos los dos escritores por eso?
20.1.14
La poesía de Enrique Andrés Ruiz
Hace mucho que tengo a Enrique Andrés Ruiz como uno de los mejores y más exigentes poetas de mi generación, la de la Democracia o de los 80, y creo haber leído toda o casi toda la poesía que ha publicado. Una opinión que comparto con otros, como Juan Manuel Bonet. Eso sí, confieso que la lectura de su último libro se la debo a José Muñoz Millanes. Me lo recomendó y no contento con eso terminó enviándome un ejemplar. A su criterio, del que me fío, se unió mi interés por una poesía, ya digo, que aprecio. Lo demás ha venido rodado.
El perro de las huertas (Pre-Textos) se titula y no, no es un título usual. Tampoco los versos que encierra y que se abren con esa magnífica viñeta de Chema Peralta que ilustra la cubierta. Como ese animal, la poesía de EAR es, en el mejor sentido, magra, enjuta. Quiero decir que va al grano y no se pierde en retóricas. No por eso ha de interpretarse que sus poemas sean breves ni que su poética tienda al minimalismo, al revés: son amplios y discursivos, sujetos a un elegante ritmo que no pierde de vista la precisión.
El perro de las huertas (Pre-Textos) se titula y no, no es un título usual. Tampoco los versos que encierra y que se abren con esa magnífica viñeta de Chema Peralta que ilustra la cubierta. Como ese animal, la poesía de EAR es, en el mejor sentido, magra, enjuta. Quiero decir que va al grano y no se pierde en retóricas. No por eso ha de interpretarse que sus poemas sean breves ni que su poética tienda al minimalismo, al revés: son amplios y discursivos, sujetos a un elegante ritmo que no pierde de vista la precisión.
Cree uno que nacer en según qué sitios imprime carácter y uno de esos lugares es Soria, donde EAR vio la luz en 1961. Sin ánimo de comparar, esa manía tan humana, y aun reconociendo que sus poéticas son distintas, aprecio esa vinculación a una tierra y a un paisaje en los versos de otro soriano, Fermín Herrero. También ahí, Castilla. La sequedad, el páramo, la nieve... Y las amenas orillas de los ríos y las luces y sombras del verano.
Del regreso a la casa soriana, a la pequeña ciudad de provincias, al pasado convertido en presente, dice mucho este libro. El niño y el hombre se cruzan en los versos de una obra hermosísima, de serena delicadeza, meditativa y muy plástica, siquiera sea por la estrecha vinculación de su autor con el arte y, en especial, la pintura.
Desde el soneto que abre el volumen, que da título al conjunto (y que se puede leer en la página enlazada más arriba), la sucesión de hallazgos es significativa. En poemas como "Nuestros antiguos viajes", "Primavera en invierno", "Nuevo intento de rescatar la vida", "A la hora de encender las lámparas" (acaso el que más me ha gustado), "La encina y el amigo", "Los veranos perdidos", "El Duero, por Oporto", "Poesía e historia", "Muerte de un amigo"...
Y dos parcas dedicatorias elocuentes: a J. Jiménez Lozano ("A Pepe... en longitud de onda") y a Julio Martínez Mesanza (al que brinda "Las niñas de Túnez").
Por libros así La Cruz del Sur es la colección que es. Y Enrique Andrés Ruiz, a mi modesto entender, un poeta sustancial de nuestro panorama.
25.4.11
El romanticismo suicida de Trapiello
He llegado a la conclusión de que uno no lee los tomos de los diarios de Trapiello sino que se los bebe. Apenas sensitivo, el último, por ahora, de su Salón de pasos perdidos, me ha durado tres días escasos. Es verdad que es más delgado que su hermano mayor, Troppo vero, y que casi todos los inmediatamente anteriores, pero... Deber ser cosa, me digo, del "romanticismo suicida", que no sólo afecta a quien escribe esa novela en marcha, sino también a quien la lee. Con una carta venida del futuro empieza esta entrega, la correspondiente a 2003. En ella, un crítico, que además es -o era- amigo, conmina a Trapiello a abandonar de una vez el proyecto. Tras el trastorno inicial, se ve que, por razonado y razonable que aquel hombre fuera, caso, lo que se dice caso, no le hizo. Y eso que ganamos los lectores que año a año, y van..., cumplimos con este sano rito laico. En mi caso, con un lápiz para subrayar todo lo destacable y para ir despejando las iniciales que encuentre por el camino. Ya allí, comenzamos el año en Madrid y no, como es habitual, en Las Viñas. Después, todo, o casi, vuelve a su ser. Digo "casi" porque ese fue el año que T. ganó el Nadal y medio libro, que podría haberse titulado Viajes por España o Mis viajes por el Corte Inglés ("nunca hubiese sospechado uno que había tantos"), transcurre de ciudad en ciudad promocionando la obra. Bilbao, Vigo, Santiago de Compostela, Burgos, Santander, Granada (y el carmen de La Victoria), Barcelona (con Sant Jordi incluido, fiesta CAS por excelencia), Cáceres (donde la concejala de cultura le pregunta si ha visitado alguna vez Extremadura), Madrid (y el encuentro con "la Juani"), etc.
Por lo demás, no faltan las alusiones a amigos -Bonet (que le presenta en una exposición al príncipe de España), Borrás, M. Millanes, C. Pujol, García Martín (sus amigos descubren que tiene corazón), Jiménez Lozano, Brines (con quien visita, en la antequerana y mítica Casería del Conde, a Muñoz Rojas, uno de los pasajes más hermosos del libro y de toda la serie), Delibes (otro momento memorable: su conversación en el piso vallisoletano del escritor), Ferlosio- y a enemigos -Alberti (otra exposición), Lorca (y familia), Tàpies, Gamoneda, Valle, Prada, Conte, etc. Por una vez, no aparece Valente, y ya es raro. Vamos, que se le echa de menos en esas páginas. Sí aparece, cómo no, su propia familia, centro y razón de ser, o eso me parece, de la vida de Trapiello que no deja de hablar, aquí o allá, de M., su mujer, y de sus hijos, R. y G., que ahora tienen cara gracias al álbum de su recién inaugurada página web. Aparecen también su madre y sus hermanos, su cuñada... Téngase en cuenta que en 2003 se rodó para Esta es mi tierra, el programa de RTVE, el capítulo Algunas travesías: Manzaneda, Las Viñas, Madrid, del que Trapiello es protagonista y que, por cierto, uno ha visto por primera vez hace unas pocas semanas. Y ya que de familia hablamos, no se puede obviar el relato de la muerte de Mora, su perra mastina, o las charlas con Manuel, el lagarero, puro ejemplo de extremeño cabal.
Como no se puede olvidar la bronca con Gallardón en la madrileña Feria de libros viejos y de ocasión o con el sobrino de Lorca o, en fin, con los vecinos de la Sierra de los Lagares a costa de una agropecuaria gavia.
No faltan otros viajes significativos: uno breve a Lisboa, otro largo a París, el de Ronda (con Rilke a pie de tajo). Ni las visitas al Prado para decepcionarse con Veermer y complacerse con Tiziano. Ni las habituales al Rastro y las librerías de viejo, tanto las de Madrid como las de cualquier sitio. Divertidísimo resulta, pongo por caso, el "entremés" de la subasta del manuscrito de Poeta en Nueva York con el inevitable sobrinísimo lorquiano al fondo.
Entre lo más destacable, señalaría el retrato afectuoso que hace T. de poeta jerezano José Mateos en su primer viaje a Madrid.
No decepciona, al revés, Apenas sensitivo, por lo que uno no puede dar la razón al crítico (del que creo saber el nombre, aunque por discreción lo calle) que escribió a Las Viñas para que T. abandonara una obra que, según él, ya estaba cumplida. Puede que para otros lo esté. No para mí, para uno, que espera la entrega anual con la misma o mayor expectación que la primera vez, cuando el 31 de octubre de 1990 llegó a sus manos El gato encerrado, que ahora se reedita con el formato que adoptó la colección a partir de La cosa en sí.
Por lo demás, no faltan las alusiones a amigos -Bonet (que le presenta en una exposición al príncipe de España), Borrás, M. Millanes, C. Pujol, García Martín (sus amigos descubren que tiene corazón), Jiménez Lozano, Brines (con quien visita, en la antequerana y mítica Casería del Conde, a Muñoz Rojas, uno de los pasajes más hermosos del libro y de toda la serie), Delibes (otro momento memorable: su conversación en el piso vallisoletano del escritor), Ferlosio- y a enemigos -Alberti (otra exposición), Lorca (y familia), Tàpies, Gamoneda, Valle, Prada, Conte, etc. Por una vez, no aparece Valente, y ya es raro. Vamos, que se le echa de menos en esas páginas. Sí aparece, cómo no, su propia familia, centro y razón de ser, o eso me parece, de la vida de Trapiello que no deja de hablar, aquí o allá, de M., su mujer, y de sus hijos, R. y G., que ahora tienen cara gracias al álbum de su recién inaugurada página web. Aparecen también su madre y sus hermanos, su cuñada... Téngase en cuenta que en 2003 se rodó para Esta es mi tierra, el programa de RTVE, el capítulo Algunas travesías: Manzaneda, Las Viñas, Madrid, del que Trapiello es protagonista y que, por cierto, uno ha visto por primera vez hace unas pocas semanas. Y ya que de familia hablamos, no se puede obviar el relato de la muerte de Mora, su perra mastina, o las charlas con Manuel, el lagarero, puro ejemplo de extremeño cabal.
Como no se puede olvidar la bronca con Gallardón en la madrileña Feria de libros viejos y de ocasión o con el sobrino de Lorca o, en fin, con los vecinos de la Sierra de los Lagares a costa de una agropecuaria gavia.
No faltan otros viajes significativos: uno breve a Lisboa, otro largo a París, el de Ronda (con Rilke a pie de tajo). Ni las visitas al Prado para decepcionarse con Veermer y complacerse con Tiziano. Ni las habituales al Rastro y las librerías de viejo, tanto las de Madrid como las de cualquier sitio. Divertidísimo resulta, pongo por caso, el "entremés" de la subasta del manuscrito de Poeta en Nueva York con el inevitable sobrinísimo lorquiano al fondo.
Entre lo más destacable, señalaría el retrato afectuoso que hace T. de poeta jerezano José Mateos en su primer viaje a Madrid.
No decepciona, al revés, Apenas sensitivo, por lo que uno no puede dar la razón al crítico (del que creo saber el nombre, aunque por discreción lo calle) que escribió a Las Viñas para que T. abandonara una obra que, según él, ya estaba cumplida. Puede que para otros lo esté. No para mí, para uno, que espera la entrega anual con la misma o mayor expectación que la primera vez, cuando el 31 de octubre de 1990 llegó a sus manos El gato encerrado, que ahora se reedita con el formato que adoptó la colección a partir de La cosa en sí.
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