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10.4.20

Los diarios de Julián Rodríguez

António Cerveira Pinto ha reunido en Arte y Naturaleza, el blog de la Fundación Ortega Muñoz, una suerte de micro-revista quincenal, todos los textos que Julián Rodríguez publicó en su muro de Facebook a lo largo del año 2019, desde el 1 de enero hasta el 28 de junio, cuando publicó su última anotación, escrita poco antes de morir. 
"Pueden leerse como un extracto de lo que hubiera sido su último libro, su anunciado Diario de un editor, o incluso de Fingirnos perfectos, la tercera entrega de su ciclo autobiográfico Piezas de resistencia, completada por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos", leemos en la citada bitácora. Para leer esta primicia, basta con pinchar aquí. Ojalá ese libro salga al final adelante. Para vencer a la muerte. Para deleite de sus fervorosos lectores, entre los que uno se encuentra. Cuando murió, escribí: "En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. (...) Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí".
La fotografía es de su perra, Zama, y esta hecha por Julián cerca de su casa de la sierra, donde le sorprendió la muerte. 

14.4.14

Julián Rodríguez dixit

JR por Marta Zarco
El escritor extremeño ha conversado en El Periódico Extremadura con Salvador Vaquero. Estas son algunas preguntas y respuestas. 

-¿Cómo se define Julián Rodríguez?
-Crítico, es decir, pesimista por un lado; pero optimista "para la acción" por otro, siguiendo el dicho de Gramsci. Y con deseos de aprender siempre.

-¿Cáceres ha pasado del iceberg de la movida al último de la fila del panorama nacional?
-No soy nada nostálgico, y menos de los días de "juventud"... Creo que hay quien echa de menos su juventud y se equivoca al enjuiciar el pasado, recordándolo más brillante de lo que en realidad fue. Cáceres nunca ha pertenecido a la punta visible del iceberg cultural, pese a quien pese. Salvo, como el resto de Extremadura, en lo que se refiere a la poesía: puede decirse que la poesía hecha en Extremadura ha sido equiparable a la del resto del país desde hace mucho. Y me gusta, precisamente, que sea un arte "pobre" en lo material quien "represente" a Extremadura, me gusta esa humildad.

-¿Cuál es la situación actual de las letras extremeñas?
-Para bien y para mal, la misma que cuando había una política cultural más cabal. Eso en cuanto a "textos" me refiero. En realidad, toda crisis genera un espacio interesante para el arte, al contrario de lo que suele decirse, y aloja una luz singular y necesaria sobre la realidad que al final es fértil... Pero una cosa son los creadores (que, ojo, también necesitan "formación continua") y otra eso que llamamos "público": éste necesita inversiones en las bibliotecas, conferencias de calidad, cursos, seminarios, talleres, etc., etc. Y esto es lo que se nos niega a todos ahora.

10.6.13

Lo rural (y más)

Patricio Pron. A raíz del hecho de que has nacido en una pequeña población rural española (Ceclavín, en Cáceres) y que esto es, aparentemente, bastante singular en el contexto de los escritores españoles de tu promoción, me gustaría comenzar preguntándote acerca de la relación que tienes con el campo.
Julián Rodríguez ¿Con los animales del campo? [Risas] ¿Con el campo en general?
P. P. Bueno, si tienes alguna experiencia personal con los animales del campo que quieras contarnos, desde luego, será muy bien recibida.
J. R. Lo digo porque Fogwill siempre me decía: «¿Cuántas ovejas te tiraste esta semana?» [Risas] Me mandaba mensajes de dos líneas para preguntarme qué tal iba la zoofilia, porque creía que todos éramos rurales de ese paño.
P. P. ¿No lo sois? [Risas]
J. R. No, somos más convencionales. En realidad, en alguna parte de los libros que he escrito y he publicado hay un aliento importante, una línea de fuerza, y también de resistencia, que sería precisamente esa, la que trata de lo rural. En parte porque uno detesta ese territorio a una cierta edad y luego, cuando aparentemente le ha llegado el momento de ser cosmopolita, acaba dándose cuenta de que es muy provinciano. Cada uno de mis libros se ha ido haciendo, precisamente, en el pensamiento de ese territorio. Digamos que ese espacio ni siquiera es un espacio mítico ni ése adorable y paradisíaco de la infancia, sino un espacio en contradicción también.

Este interesante diálogo forma parte -copio- del ciclo «Antología en movimiento», una serie de conversaciones públicas entre el escritor Patricio Pron y una selección de artistas de la escena madrileña contemporánea en la librería La Buena Vida. En este caso, el extremeño Julián Rodríguez. Está publicada al completo en el blog que el autor argentino tiene alojado en Revista de Libros.

20.5.08

Cultivos

Ayer, del tirón, leí el nuevo libro de Julián Rodríguez. Bueno, paré al llegar a las páginas finales, las que dedica a sus últimas horas con Fernando Pérez; el emotivo pero necesario relato que ya leyera en Badajoz, en el homenaje al "entonces" director de la Editora. Lo he vuelto a leer esta mañana, cuando amanecía.
Ya he confesado mi debilidad literaria (también personal) por Julián Rodríguez. No oculto, con todo, que mi predilección se centra en el ciclo Piezas de resistencia, del que Cultivos es la segunda entrega, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás. No me ha decepcionado, al revés, este "volumen de memorias, un diario, un cuaderno de notas" que es, sobre todo, a pesar de su poesía, una novela. Y un ensayo, puedo añadir. ¡Quién dijo géneros!
No cabe duda de que mi condición de extremeño ha ayudado. O, mejor, que ese azar hace que mi lectura sea distinta, supongo, a la de un catalán (valga el tópico) o un murciano (otro). Más aún si tengo en cuenta que mi procedencia, al contrario que la suya, no es rural. Para mi desgracia, nunca he tenido un pueblo; ni un Ceclavín ni un Las Mestas. Lo importante es que la pregunta de Fernando: "¿quién escribirá esta región, esta tierra?", queda contestada. Es sólo una respuesta, sí, pero sustancial a mi modo de ver. Más con la que está cayendo.
Volveré sobre el libro, claro. Para cultivarme. Falta nos hace.

18.4.18

El Extremadura

Mis primeros recuerdos del periódico se remontan a finales de los años setenta. Estudiaba uno Magisterio en Cáceres, de donde el diario es natural (desde 1923), y algunas tardes iba a visitar a mi amigo Felipe Muriel, ambos poetas en ciernes. En su casa, situada en la calle General Margallo, muy cerca de donde estaba el colegio San Antonio, se recibía un ejemplar por las tardes, entregado en mano. La edición, sí, era vespertina, como en sus orígenes la del italiano Corriere della Sera.
Muy pronto, por los azares de la vida, visité más de una vez los talleres donde se imprimía, en La Madrila. Otro periódico local y también vinculado a la Iglesia (al Obispado), El Regional, de Plasencia, donde publiqué mi primer artículo (con motivo de la muerte del poeta Blas de Otero, en 1979) y al que mi padre estuvo muchos años vinculado en su condición de administrador, llegó a un acuerdo con la empresa editora del Extremadura para lanzar la tirada en Cáceres. Uno era colaborador y redactaba los editoriales, tras previa y breve conversación telefónica con el sacerdote Virgilio Vegazo, responsable de aquello y mi primer maestro de montañismo. En aquellas rotativas conocí a Germán Sellers de Paz, toda una institución del periodismo extremeño, su director desde 1971 hasta 1987.
Eran viajes amenos por la vieja y mareante Nacional 630, más que nada por las conversaciones con mi acompañante y conductor, otro imprescindible de la prensa regional, Gonzalo Sánchez Rodrigo.
Desconocía en esos momentos que acabaría colaborando en El Periódico. Me invitó a hacerlo su director Julián Rodríguez, un gallego que dio un impulso considerable al medio, que desde 1988 pertenecía al Grupo Zeta. Hacía mucho que el diario había logrado un alcance regional (consolidado ahora con las distintas Crónicas), por más que nunca haya perdido su impronta cacereña.
Mi sección se titulaba “A poniente” y para ella escribí cerca de ciento sesenta artículos. Terminó con la marcha de Rodríguez a su tierra natal. Con todo, el artículo que mejor recuerdo de cuantos publiqué en el Extremadura es el que apareció el 12 de marzo de 2004, escrito la misma mañana de los atentados salvajes en los trenes de Madrid, cuando aún creíamos que había sido ETA la causante de la matanza. Aquel aciago día di la vuelta a la altura de Navalmoral de la Mata cuando iba camino de Tarragona para dar una lectura. Pronto comprendí que ese acto no podría celebrarse.
A instancias de Merche Rodríguez Rey, redactora en Plasencia, publiqué algunas columnas de tema local en “Placentín”, cuando gobernaron nuestro Ayuntamiento, respectivamente, el polémico José Luis Díaz y la primera alcaldesa de la ciudad del Jerte, Elia María Blanco.
Ni en una ni en otra sección me libré de algunas controversias, como la que tuve con el alcalde de Torrecilla de los Ángeles a propósito del cambio de ubicación del Centro de Profesores donde trabajaba y que terminó con la intervención de la Guardia Civil.
En un espíritu semejante al que inspiró la campaña “Un libro, un euro”, esto es, que los libros de autores extremeños fueran asequibles para el gran público, El Periódico Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, dentro del Plan de Fomento de la Lectura que uno coordinaba, lanzaron la colección que “Literatura Extremeña y Universal”.
Destacaría dos obras de aquella espléndida muestra: la edición de una antología de textos de humanistas extremeños realizada por los profesores de la Universidad de Extremadura César Chaparro y Manuel Mañas, y la Historia Literaria Extremeña de Antonio Rodríguez Moñino, un libro perdido que se rescató gracias al bibliófilo Joaquín González Manzanares, quien cedió los derechos.
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Siempre he sido lector de la prensa regional y defensor a ultranza de su necesidad y aun de su vigencia en estos malos tiempos para el periodismo, sobre todo en papel. La información contrastada y la reflexión serena sólo suele encontrarse en los diarios, más allá de las bondades que uno, analógico vocacional, atribuye al material en que están hechos, tacto, vista y olor incluidos.
Nos hemos enterado de lo que pasaba en esta tierra gracias al Extremadura y en momentos de gran efervescencia cultural ha sido un fiel aliado de esa transformación normalizadora que tuvo lugar a finales del siglo pasado y principios de éste en una región donde durante siglos dominó la incuria. Cómo olvidar, en este sentido, la labor de Liborio Barrera, que tanto echo de menos, lo mismo que la de otros grandes profesionales del periodismo cultural extremeño de éste u otros diarios.
Mil veces se ha anunciado la muerte de El Periódico Extremadura y, por suerte, otras tantas ha sido desmentida. Sigo viéndolo como un medio capaz de completar y de complementar la información de los otros, ya sean de la prensa, la radio o la televisión, sin olvidar los virtuales o internáuticos. ¡Larga vida!












Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
La fotografía de arriba es la que ilustra el texto, de Francis Villegas, seguramente, o puede que de Toni Gudiel.

28.6.19

Julián

Fotografía de Marta Zarco
Sabía que la llamada telefónica de Miguel Ángel Lama a esas horas no traería nada bueno. Y así fue. Me contó que Antonio Franco le había dicho a Antonio Sáez y éste a él que nuestro viejo amigo Julián Rodríguez había muerto. Una noticia de ésas que cuesta creer. Qué golpe. Y qué tristeza. Tan a destiempo, además, como les ocurrió (a esa misma edad) a Fernando Pérez, con quien estuvo hasta el final en su lecho de muerte, y a Ángel Campos. Una maldición extremeña, se diría. Mientras intentaba digerir la fatal noticia y se la transmitía a otros amigos, llegaba una avalancha de recuerdos. Han sido muchos años. Hemos compartido proyectos (en la etapa de la Editora, sobre todo), cruzado numerosos viajes y múltiples conversaciones (en las que yo prefería escuchar, siempre con su tono en voz baja), concebido libros... Sí, son muchos años admirando al escritor y al editor (el de la excepcional Periférica, que seguía con sede en su amado Cáceres, y en Errata Naturae, que dirigía su compañera), que en ambas facetas, a las que habría que sumar las de comisario de exposiciones, cocinero o galerista (de Casa Sin Fin, con Juan Luis López Espada), brilló con luz indeclinable y propia. 
En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. Desde su casa de la sierra madrileña (en Segovia ha muerto). Con las consiguientes escapadas a Extremadura (de la que nunca se ha ido del todo, como otros). Su última anotación, lo compruebo, es de ayer. ¿Qué será ahora de su inseparable Zama? Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí. 
Ya di noticia en este rincón de uno de nuestros últimos encuentros. En Plasencia. En La Puerta. Qué buen rato pasamos. Gonzalo, que estuvo allí, me dice que no se le ocurre nada que decir y reitera lo del golpe. Como mi hija, que estuvo con él y con Ferrán Adrià en Cáceres hace poco. La última obra gastronómica de Julián ha sido el libro de Atrio que ha publicado la editorial Montagud. Y su última exposición, la de José Antonio Cáceres en el MEIAC, comisariada por Emilia Oliva.
El pasado otoño estuve con él -la última- en la Fundación Helga de Alvear, en una lectura que moderó en torno a la naturaleza (dentro del seminario Lo sublime a ras de tierra) y al Cementerio Alemán de Yuste. 
Lo siento, en fin, por su familia (un abrazo, Javier), por sus amigos y lectores, por la edición española (como si no hubiera sido bastante con la muerte, tan sentida por él, de Claudio López Lamadrid), por los extremeños (pocos paisanos tan cabales y con tanto sentido de lo que esta tierra significaba, aunque nunca, por supuesto, se le reconociera). Y por mí, que ya no podré escuchar de su boca sus agudas reflexiones, sus razonadas maldades, sus geniales ideas. Sí, me puse muchas veces en sus manos, como cuando elegimos la fotografía de la cubierta de Las murallas del mundo, obra de su malogrado primo Victorio Montes, ceclavinero como él. Menos mal que nos quedan sus libros, el mejor ejemplo para calibrar su importancia en el panorama de las letras hispánicas de entresiglos. 

20.1.07

Homenaje

Ayer tuvo lugar en el Palacio de Congresos de Badajoz un homenaje a cuatro extremeños fallecidos recientemente. Los escritores Bernardo V. Carande y Carlos Lencero, el fotógrafo Antonio Covarsí y el editor y polígrafo Fernando T. Pérez. Luis Sáez concibió un acto sencillo. De cada uno de los recordados habló un amigo. Ángel Campos evocó la memoria de Covarsí, Cerebro González de Carande, Fernández de Molina de Lencero y Julián Rodríguez de Fernando. Del primero, al que apenas traté, estimaba su trabajo. Con el señor de Capela mantuve una abundante correspondencia (cuando eso se gastaba) y leía con gusto una revista que llevaba el mismo nombre de su casa de campo. Con Lencero hablé una vez por teléfono, desde la Editora, y quedamos en vernos unos días después en Badajoz. No llegué a tiempo. A Fernando le quería.
Me dejó muy tocado el texto de Julián. Aún no me he recuperado del todo y eso, me temo, va a llevar tiempo. Cuando volvía a Plasencia, la niebla y la noche me traían imágenes de entonces y las palabras íntimas y precisas de Julián hacían aún más necesario mi dolor.

31.3.11

Una historia de la literatura (reciente)

"Así como las traducciones de los clásicos deben renovarse periódicamente para sacudirles las polillas, la historia de la literatura requiere ser reescrita de tanto en tanto, aunque sin caer en el adanismo consistente en partir de cero", escribía Ángel Prieto de Paula al comienzo de su reseña sobre Historia de la literatura española 7. Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010, de Jordi Gracia y Domingo Ródenas, publicado por Crítica. Un texto lúcido que terminaba: "Claro que esta tampoco será la historia definitiva -y remite a lo reproducido más arriba-, pero sí indispensable para ulteriores "historias", que previsiblemente excluirán a muchos de los que hoy figuran aquí (aun si incorporaran a alguno que no figura): en los panoramas de materias contemporáneas hay que optar entre arriesgarse a incluir alguna ganga, que tenderá con el tiempo a desaparecer, o renunciar a alguna perla, que podría no recobrarse nunca. Los autores han elegido, creo que atinadamente, lo primero. En cualquier caso este libro, excelente por tantos conceptos, es ya una ineludible aguja de marear para orientarse en la literatura reciente, y ejemplifica como pocos los renuevos del viejo Humanismo".
A partir de estas constataciones y principios puede uno acercarse sin temor al tomo en cuestión, un abultado volumen de XVI + 1.184 páginas, y leer sin prisas y con deleite acerca de lo que le ha venido ocurriendo a la literatura de España en los últimos 70 años.
A la espera de esa lectura reposada que el libro merece, por aquello del paisanaje, entre la curiosidad y los complejos, me he tomado la molestia de recorrer el índice onomástico a la busca de los extremeños allí mencionados. Tras la correspondiente consulta, he comprobado que a excepción de Javier Cercas, que tiene un capítulo para él solo, los citados disfrutan de la media página de rigor en este tipo de obras (algunos un poco más, por ejemplo GHB) lo que, por ahora y sólo de momento, les hace acreedores de la consideración de escritores dignos de ser tenidos en cuenta a la hora de abordar una historia literaria tan próxima como rigurosa. Los elegidos, por ahora, son quince, de ellos sólo dos mujeres: José María Valverde, Félix Grande, José Antonio Gabriel y Galán, Manuel Martínez Mediero, Pureza Canelo, Luis Landero, Gonzalo Hidalgo Bayal, José Luis García Martín, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Diego Doncel, Ada Salas, Javier Cercas, Julián Rodríguez y Javier Rodríguez Marcos. Más breve es el comentario sobre Eusebio García Luengo, un raro. Se menciona también a Felipe Trigo, Enrique Díez Canedo, Antonio Rodríguez Moñino, G. Ortega Muñoz, Alberto Oliart, Dulce Chacón, Isla Correyero (como editora de la antología Feroces) y Antonio Sáez Delgado (por sus diarios). Y, cómo no, a revistas tan nuestras como Espacio/Espaço escrito o Hablar/Falar de Poesía. No sale mal parada Extremadura y los extremeños, de dentro y de fuera, en el panorama. Hemos estado mucho peor.
El tiempo, en fin, irá tomando la palabra. Para eso falta mucho. Ya conocemos la historia.

14.4.08

Askildsen

Nunca había oído hablar del escritor noruego Kjell Askildsen. Primero, me llamó la atención la fotografía de Bruce Davidson que ilustra la cubierta de Todo como antes (Lengua de Trapo/Debolsillo); inmediatamente después, que el prólogo del libro fuera de Julián Rodríguez. Era (siempre lo es) una garantía. Ahora estoy encantado de haberlo conocido. El "Diccionario Askildsen" que abre el volumen es, además de una lectura del autor nórdico, una poética del propio Rodríguez. "Siento la necesidad de ser seco, de decir las cosas con lo menos posible", dijo Antonioni (en alusión a la música de sus películas), pero también lo podría haber dicho Rodríguez a propósito de lo que escribe. Y Askildsen, por supuesto.
Decía aquí atrás que uno no era buen lector de relatos. Puede ser. De lo que sí estoy seguro es de lo mucho que he disfrutado de la prosa desolada y exacta del lúcido autor de "La colisión". Donde dice: "No hay nada que decir, pensó, ella no lo entendería, no tiene ningún abismo dentro".

15.6.11

Presentación de "Capricho extremeño"

Sé por Andrés Trapiello que esta tarde se presenta en Cáceres su Capricho extremeño. En la Biblioteca Pública del Estado Antonio Rodríguez Moñino-María Brey a las 20’00h.
A uno le gustaría asitir. Por Andrés, sobre todo, y por Julián Rodríguez, que estará sentado a su lado. Y por Fernando Pérez (in memoriam) y Miguel Ángel Lama, que acompañaron a Julián a Las Viñas para hacer efectiva la primera edición de ese libro emblemático. Y por uno también, a qué negarlo. Todos, cada cual a su modo y en su debido momento, hemos hecho lo posible para que ese capricho exista. O, puestos a precisar, para que siga existiendo. Hay, eso sí, un impedimiento. Mal que me pese. Uno, muy educado -gracias, papá; gracias, mamá-, siempre ha sabido estar en su sitio.

15.9.10

Lecturas: JR y MS

Ya hablé de la llegada de dos nuevos libros de Julián Rodríguez. Forman parte de un nuevo ciclo del escritor extremeño, "Piezas breves" y los ha publicado errata naturae en su colección "La mujer cíclope". Tríptico reúne tres relatos (vamos a llamarlos así) y Santos que yo te pinte está compuesto por un único, tenso  e implacable monólogo que recuerda al Rodríguez más radical, en el mejor sentido del término. Aquí no hay concesiones. Basta leer la "Nota del autor" que figura al final del delgado volumen. La que sucede a los textos de Tríptico tiene un valor añadido: es una suerte de poética que vendría a explicar (un término, lo sé, ambiguo e insuficiente), que ilumina, la muy personal aventura literaria de JR. La suscribo de pe a pa. En todo caso, son dos pasos más hacia el afianzamiento de un mundo sin parangón en las letras españolas recientes. Por sustantivo y propio.
A veces echo de menos las conversaciones con Julián camino de Mérida. Por cierto, hace alusión en uno de los libros que acabo de citar a ese hablar en voz baja que tanto le caracteriza. Uno, decía, afinaba el oído y escuchaba atento, porque su hablar parco, como su literatura, no hace concesiones a la palabrería ni a la retórica. Un día mencionó la primera novela debidamente publicitada de Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa. Lo traigo a cuento por la sencilla razón de que he terminado (gracias, Nahir) La luz es más antigua que el amor, la segunda de las suyas que leo tras el ya mencionado. Me ha gustado mucho. Coincido con casi todos los críticos que la han reseñado en que el capítulo dedicado a Rothko y el que dedica a otro pintor (inventado), Semiasin, son acaso los mejores de la novela y, por volver a la crítica, también duda uno mucho de que se trate de eso, de una novela. Al uso, digamos, porque novela sin duda es. Parafraseando a MS, lo que aquí se narra es "la vida tal y como sucede". O eso le parece a uno. Excelente.

6.9.19

Verano del 19 (I)

El del 19 será el verano en que murió, por sorpresa y a destiempo, Julián Rodríguez. Vaya esto por delante. Un dolor grande. Y una pena. Sigue pendiente una reflexión personal sobre su vida y su obra que me he prometido escribir. En frío. Cuando sea posible.
Dicho esto, y porque de verano hablamos, confieso que cada vez sobrellevo peor la caló. Como Julián, que, cuando más le traté, solía escaparse durante la rigurosa canícula extremeña a alguna casa perdida que estuviera cerca del agua. Por la Sierra de Gata o por sus familiares Hurdes. Ahora todo se ha agudizado con el dichoso cambio climático.
Tampoco me entusiasman las vacaciones (con perdón), tan sobrevaloradas. Y para uno, ay, tan placentinas. De ahí que llegue a septiembre con una agobiante sensación de pérdida de tiempo (y eso que tuve tareas literarias entre julio y agosto) y de haber desaprovechado las múltiples ventajas, o eso dicen, de la falta de obligaciones laborales. Alguno dirá: porque es maestro y sus vacaciones son largas. Tal vez. Así las cosas, me digo, para qué vas a jubilarte. Por eso, siquiera en parte (hay otras razones), sigo en la brecha, un curso más. A pesar de que mis 60 recién cumplidos y los casi cuarenta de sufrido cotizante me habrían permitido abandonar las aulas y a los muchachinos.
A la lectura, por otra parte, tampoco le he sacado demasiado partido en estos meses. No digamos a la escritura, por ponernos pedantes. El calor, sí, que disuade al más pintado.
He leído en casa, a favor del aire acondicionado, y en la bendita piscina (casi privada, de tan tranquila y poco concurrida), pero con más desgana que aprovechamiento. Bueno, algo hemos sacado adelante, lecturas de las que me gustaría dar al menos breve noticia. En dos entregas: una dedicada a la poesía y otra a la prosa. No hace falta decir que los libros de los que voy a hablar son sólo algunos de los que he leído y apenas un puñado de los muchos que aún esperan su turno. O ya no, porque leer todo lo que me llega es imposible. No, Dios me libre, no trato de establecer ningún canon, por doméstico que fuera.

Ilustración: 'Retrato de hombre leyendo', circa 1922, de Barnett Freedman.

21.11.17

Con Julián Rodríguez

Corina Arranz
Hacía nueve años que no nos veíamos. En una intensa etapa de nuestra vida, nos tratamos casi a diario. Viajábamos juntos con frecuencia de Cáceres a Mérida. Sus trabajos para la Editora Regional fueron -conmigo, antes y después- fundamentales. Fue una de las preciadas herencias que recibí de mi querido Fernando. Luego, cuando se convirtió en editor y fundó, hace once años junto a su amiga Paca Flores, la editorial Periférica, las cosas cambiaron, pero al principio no tanto como para que no pudiera seguir colaborando con nosotros. Hablo de María José Hernández, el alma de esa santa casa, y de mí, porque esa era toda la plantilla de la Editora, si exceptuamos al personal administrativo (otra persona o dos).
Aunque, según me contó, ha sufrido serios percances de salud, encontré a Julián, que no es nada hipocondriaco, como siempre: tímido en el trato y lúcido de mente, lo que se notó de sobra cuando empezó a hablar, en voz baja, de su labor editorial. Fue la semana pasada en la librería placentina La Puerta de Tannhäuser. Del trabajo gustoso en Periférica y Errata Naturae, sí, pero también sobre el mundo editorial en general, un asunto complejo que tan bien conoce. A pocos editores le ha escuchado o leído uno ideas tan claras sobre sus planes y objetivos y pocos tienen el criterio que este hombre gobierna. Un tipo inteligente, sin duda, al que da gusto escuchar.
Por lo demás, de su condición de excelente tipógrafo nadie duda. Ni de la de galerista, en Casa sin fin. Como siempre, entre Cáceres y Madrid. Con escala en la sierra segoviana y mil lugares más.
Antes de intervenir, charlamos acerca de su faceta, digamos, de escritor. Una tarea de momento abandonada. O aplazada, mejor. Es verdad que se reeditan sus libros y que en algunas de esas ediciones de bolsillo se incluyen textos inéditos, pero sus lectores seguimos esperando nuevas obras. Al parecer hay un nuevo tomo casi terminado de sus Piezas de resistencia, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004; Premio Nuevo Talento FNAC) y Cultivos (2008). Veremos.
Fue un placer escucharlo. No me extraña que le llamen de diferentes másteres de edición. Sensato, sobrio e irónico (nos contó un par de chistes), está a punto de inaugurar, como comisario, una sugestiva exposición en la Fundación Helga de Alvear: Todas las palabras para decir roca. Naturaleza y conflicto. Seguimos. ¡Salud! 

Qué serios, con lo bien que lo pasamos. Ay, la "cara de presentación".


10.12.08

Contexto en Barcelona















Antonio Flórez me envía su crónica de la celebración anoche en Barcelona del número 2 de Contexto y, de paso, del Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial conseguido por Libros del Asteroide, Barataria, Papel de liar, Impedimenta, Nórdica, Sexto Piso y Periférica. Uno de sus directores, Julián Rodríguez, "llevó la vocería", como dice Antonio. Fue en la librería La Central de la calle Mallorca. En las foto los cuatro extremeños (que se sepa) presentes en el acto. De izquierda a derecha: Antonio, Álex, Efi y Julián.

5.7.08

Por partida doble

Hoy, en Babelia, dos escritores que son, además, amigos. Julián Rodríguez conversa con José Andrés Rojo sobre Cultivos ("Lo que me importa en estos textos, que tienen que ver con mi propia vida, es la verdad. Hago un ejercicio sentimental: acercarme a mi familia, a mis amigos, a mis sobrinos. E intento hablar de mis cosas, del amor, de la ideología, del sexo. Luego están las novelas en sentido más estricto. Y en ellas me preocupa sobre todo la verosimilitud") y Rafael Conte da cuenta de sus lecturas de Hidalgo Bayal: de su blog (que habrá que publicar algún día) y de dos libros de reciente aparición: los ensayos ferlosianos de El desierto de Takla Makán y la novela Campo de amapolas blancas. Los dos, por cierto, publicados por primera vez en la Editora Regional de Extremadura, aunque el segundo vuelva a las librerías oportunamente editado por Tusquets.
En las fotografías, Julián aparece sonriente, cosa rara, y Gonzalo -junto al Seminario placentino, un lugar fundamental en su vida- serio, como no es él.

19.10.06

Libreros

Sí, y libreras, por supuesto, que en ese plural están unos y otras incluidos, como nos enseñaron de pequeños en los primeros rudimentos de gramática, por más que los usos de lo políticamente correcto se empeñen, con una insistencia que a veces raya en lo ridículo, en querernos demostrar lo contrario.
Libreros, decía, una profesión difícil ahora y siempre, más en un país, España, tan reticente a la lectura. Heroica en esta tierra, Extremadura, donde esa reticencia ha trocado en resistencia hasta tiempos recientes, los que llevamos de autonomía, cuando al fin han podido efectuar políticas de desarrollo cultural y, por tanto, libresco.
A pesar de los pesares, que han sido viejos y muchos, los libreros no han dejado de estar ahí y los letraheridos, en directo o en diferido, a las claras o por la puerta de atrás, hemos ido consiguiendo nuestro extraño propósito de leer libros y hemos seguido entrando a las librerías con un gesto no por repetido menos ritual, casi solemne, a la busca no ya del tiempo perdido sino del tiempo por venir, que de la memoria del futuro hablan sobre todo los libros, base y señal de cualquier sociedad con un mínimo de respeto por sí misma.
Dice el informado Julián Rodríguez que una ciudad de cuarenta mil habitantes ha de tener al menos una librería importante. La mía, que acaba de rebasar oficialmente esa cifra, está en ello. Librerías hay varias; de referencia, no tantas. Se da ahora en Plasencia una doble circunstancia. Feliz, por una parte, y, por la otra, triste. Si empezamos por ésta, la más conocida cierra. “Cervantes”, que así se llama todavía, está en proceso de liquidación. Cuesta creerlo. Han sido tantos años pasando por ella. Primero, de niño, en la calle del Sol, luego en la Plaza Mayor y, por fin, en los dos locales que ha ocupado en la calle Pedro Isidro. Tantos los libros fundamentales que uno ha ido comprando allí. Tantas las horas de merodeo entre aquellas estanterías. Eso por no hablar de los inolvidables ratos de conversación que uno ha mantenido en la planta alta con otros lectores; viajeros (como el citado Julián, Juanvi Piqueras o Irene Sánchez Carrón) o estables (como Gonzalo Hidalgo, mi interlocutor más fiel). Todo esto es ya “sombra de la memoria” y, como diría José Emilio Pacheco, será pronto “materia del olvido”. Por si acaso, uno ha dejado en algunos de sus libros un rastro, no sé si de piedrecitas blancas o de migas de pan, para volver a ese reino perdido de los libros, que está en el centro de mi educación sentimental, donde de ser algo uno fue, sobre todo, feliz; algo que siempre agradeceré a Enrique de la Calle, su dueño.
En esa librería se ha formado Álvaro Hurtado, que abre hoy una nueva librería en Plasencia. Le acompaña en la aventura Rocío, que también trabajaba allí. Como no podía ser de otra manera, porque vienen de “Cervantes” y porque celebran, como todos, el cuarto centenario de la publicación de El Quijote, le han puesto ese nombre. Está donde siempre estuvo “Arenas”, en la céntrica y populosa calle del Sol.
La adaptación al nuevo espacio no será difícil. El local es amplio y la decoración bonita. Además, lo que más nos importa a los que frecuentamos estos sitios no es precisamente eso. ¿Hay algo más estrecho, incómodo y hasta peligroso (lectores con vértigo abstenerse) que la sección de poesía de La Casa del Libro de Madrid? ¿No es angustioso el sótano de la misma sección en la “Cervantes” salmantina? Habiendo libros…
El sábado pasado, por ejemplo, entré por primera vez en una librería famosa de Madrid. Famosa no por lo grande que es, ni por lo conocida, ni siquiera por pertenecer a una gran cadena, sino por haber aparecido en una novela del afamado Javier Marías. Me refiero a “Méndez”. He oído a mi amigo Gonzalo hablar muchas veces de ella. No en vano pasa por ser uno de sus refugios madrileños. Empezó frecuentando su puesto en la Cuesta de Moyano y recala desde hace años en este cómodo local a dos pasos de Sol (un nombre que nos persigue). No me extraña: es una librería como pocas y eso que uno ya ha visitado unas cuantas.
Lo único que deseo es que ni el voluble mercado ni la desaparición del libro de papel que anuncian los agoreros acaben con esos lugares hechos para la felicidad y el conocimiento; que no son, para algunos, sino la misma cosa. Que uno pueda seguir visitando, entrando y saliendo, con libro o sin él, que eso forma parte de su gracia, en librerías de Plasencia, Cáceres, Mérida, Badajoz y cualquier otra parte, porque ésa es una de las pocas maneras que conozco de seguir sintiéndome en casa esté donde esté.

(Nota: Rescato este viejo artículo para sumarme a la buena idea de Txetxu Barandiarán quien tras leer una entrada del blog de Manolo Bragado ha decidido poner en marcha un Mapa íntimo de librerías)

19.9.05

Notas sobre una exposición

Por justo y pertinente que me parezca, volver a evocar la figura de Fernando Pérez resulta doloroso. La herida sigue abierta. Por otro lado, esto significa que la muerte no ha podido arrebatárnoslo del todo. Va a costarle.
Hasta sus últimos días -y no hablo metafóricamente-, con la enfermedad pisándole los talones, Fernando trabajó en la exposición Extremadura en sus páginas. Del papel a la web, en concreto, en su catálogo, un imprescindible volumen doble en el que permanecerá impreso, como conviene al caso, lo sustancial de la historia de los libros y la lectura en Extremadura. En ese trabajo, además de con la sabia contribución del otro comisario, Juan Gil Fernández, catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Sevilla, Fernando contó con la ayuda de Ana Jiménez del Moral, una eficiente especialista que ha coordinado la muestra, y, cómo no, con la fiel complicidad del escritor y tipógrafo Julián Rodríguez -uno de sus mejores amigos-, que es quien se ha ocupado de la edición del citado repertorio.
No me voy a referir a la exposición en sí, que sólo puede explicarse con una visita, sino a una parte de su trastienda que tal vez convenga conocer. Fui testigo de cómo se gestó y cómo, desde el primer momento, Fernando fue una de las personas designadas para llevarla a efecto. Con la misma naturalidad con la que se había contado con él para tantas otras cosas ideadas en la Consejería de Cultura a lo largo de estos años. Él, algo comprensible, se resistió un poco en el primer momento. La enfermedad, decía, era su primera batalla y sabía que ésta iba a ser otra escaramuza complicada. Entonces recordaba otra exposición que también organizó, Los orígenes de la Enseñanza Media. Badajoz, siglo XIX, y la propuesta se le hacía más tentadora. Lo hablamos de vuelta a casa desde Mérida, que es donde se suelen urdir estos proyectos.
Su implicación se fundaba, entre otras razones, en la necesidad de demostrar una falsedad (ah, los tópicos). La de que los extremeños han sido ajenos a la forma de expresión por excelencia de nuestra cultura: los libros. «Una región de bibliófilos, de hombres que se jugaron la vida por sus libros (desde el propietario de la Biblioteca de Barcarrota, hasta el inefable Bartolomé J. Gallardo, intentando en vano sustraerlos a la furia absolutista en los muelles de Triana en la infausta jornada de San Antonio de 1823) ha de ser por fuerza una región con memoria», dejó escrito. Ahí está, acaso, el meollo de la cuestión y un liberal ilustrado como Fernando creía en esa capacidad de salvación (terrena) que los libros tienen. Tal vez por eso aceptó el reto. Porque era preciso explicar a los extremeños, aleccionados en lo contrario, que no siempre hemos vivido en medio de un erial de analfabetismo e ignorancia.
Eso sí, que sea necesario saber cómo fueron las cosas no es excusa para olvidar nuestro alentador presente (que sólo discuten los cínicos) y nuestro esperanzador futuro (a pesar de los voceros de la negatividad). Era lógico que la exposición planeara sobre esos tres tiempos, pues los tres nos definen y entre los tres nuestra imagen se completa.
Lo primero que hizo Fernando, con el proyecto ya en firme sobre la mesa, fue redactar un folio (del que he tomado el entrecomillado anterior) donde dejó fijada, con la lucidez que le caracterizaba, la virtualidad de la idea. Era posible. Él y su amigo Paco Muñoz ya la habían visto. Sería el eje del Año de Libro.
Apenas dio por concluido su trabajo con Julián en el catálogo, el de coordinación con Juan Gil y Ana Jiménez en lo referente a los últimos flecos de la muestra y, en fin, el que concernía a sus propias aportaciones, Fernando entró en la fase final de su vida. Apenas duró unos pocos días.
Porque le conocimos, sabemos que, a pesar de los pesares, nunca cejó en su lucha por la defensa de lo que creía mejor para conseguir los objetivos marcados y que de esa exigencia, con su punto de terquedad, se ha beneficiado, a la postre, esa ambiciosa empresa. Genio y figura.
El jueves le echamos de menos. En las salas del MEIAC (que dirige, por cierto, otro de sus grandes amigos, Antonio Franco) su hueco era palpable. No dudo, pese a todo, que en su cabeza llegó a estar la exposición.
Muy cerca de la realidad. A un paso del ideal que concibió en aquel folio que empezaba: «Extremadura, territorio de fronteras, ha sido durante largos periodos de su historia, tierra asolada por las guerras», y que terminaba: «Porque amar los viejos libros, conocer la historia de su arte y empeño, es la mejor escuela para aquellos que desde Extremadura se afanan por diseñar el scriptorium digital del futuro».
(HOY)

5.9.15

La vida secreta de JRM

Vida secreta (Tusquets Editores) es el título del cuarto libro de poesía del extremeño Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970), que antes había publicado Naufragios, Mientras arden Frágil, éste en 2002, premio Ojo Crítico de RNE. Ese ritmo lento se acompasa bien con la brevedad de esta nueva entrega, y ya dentro, de los poemas que la componen. 
En el texto que leyó en el ciclo Poética y poesía de la Fundación Juan March, "De la torre de marfil a la torre de control", Rodríguez Marcos afirmaba: "Por lo que a mí respecta, he de decir que cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación". Más allá del matiz personal y filológico, encontramos la clave, la "piedra angular" (que él no ha desechado), de una manera de entender la poesía apegada a la realidad de la vida, irónicamente "secreta", y, en consecuencia, al modo de decir, inseparable de la época que le ha tocado en suerte. No es, en fin, sólo una mera cuestión de elegir tal o cual término, sino la de comprender que al cabo sólo han de escribirse las palabras realmente necesarias. O, cuando menos, publicarse. 
Uno añadiría dos rasgos, uno de carácter y otro físico, como es obvio interrelacionados, que tienen que ver con el autor y, por ello, con sus versos: la timidez y la miopía. Lo de las gafas en la cubierta no es casualidad. Ni que una poeta a la que JRM admira (y a la que tuvo la suerte de entrevistar), la polaca Wisława Szymborska, también lo fuera, algo que, como se explica en la impresionante biografía de Bikont y Szczęsna publicada por la valenciana Pre-Textos, tuvo su importancia. (Paradójicamente, la minuciosa observación de seres y objetos está en el origen de buena parte de los poemas que uno y otra, odiosas comparaciones al margen, han escrito.)
Dos rasgos más, estos de escritura, tienen también su debida importancia en este libro: los paréntesis y los encabalgamientos, algo que reconoce el propio autor en uno de los apartados de la Nota final, eloitianamente titulada "Palabras privadas para decir en público" (que no deja de ser una pieza literaria de primer orden). Los primeros dan a la expresión esa mezcla de aclaración y titubeo tan propio de la gente que duda. Los segundos aportan un ritmo conversacional que se acomoda bien a las intenciones del poeta que, si bien controla la métrica, huye del sonsonete o siquiera de la musicalidad trillada y repetitiva que suele acompañar, si uno se descuida, la lectura de los versos. Por otra parte, aunque JRM haya reconocido que no es un poeta de su estirpe, los que "deslumbran" frente a los que "alumbran", la referencia a su admirado Claudio Rodríguez parece pertinente.
Cabe destacar la sólida construcción de los poemas y, por añadidura, del libro; su arquitectura, diría, tan austera como efectiva.
Pero por encima de estas consideraciones, ¿qué encontramos entre las líneas delgadas y sobrias de este libro? Pues lo explica muy bien la nota editorial (que podría haber escrito su hermano Julián, especialista en esas complicadas lides). Hay, como en libros anteriores, "tensión entre naturaleza y ciudad", normal en alguien que nació y vivió durante su infancia en pueblos muy apartados y pequeños para recalar luego en una ciudad provinciana como Cáceres, donde hizo el bachillerato y su carrera de Filología, lugares que han determinado su paisaje, digamos, visual (léase "Agricultura", inspirado en la pintura de Ortega Muñoz) y además el moral (léase "Rito"). También hay "homenaje a los mayores y su memoria". Aparecen los abuelos ("Asilo"), padres, mujer ("Solo en casa"), hijos ("Canción"), hermano ("Los pacíficos"), amigos ("Conversación"). Somos por ellos y en ellos. La nueva entrega "desvela (...) la complejidad sentimental que anida en algunas escenas urbanas, ya sea de hotel ("Jet lag") o de hospital (como el emotivo "Habitación 101"), o en soledad ante el televisor (como en el citado "Solo en casa")".
La exposición del yo es también significativa en Vida secreta, como se dejaba entrever más arriba. Estos versos bastan: "yo / tal como me veis que soy, / un ser desconfiado, un pobre hombre, / un santo sin piedad, / un perro triste, / un loco triste- / mente / razonable".
Me da que eso es la madurez, a la que también se alude en la citada nota. Ya lo dijo Gil de Biedma: que la vida iba en serio. Por eso, tal vez, este lector, que conoce la poesía de Rodríguez Marcos desde que era inédita, se ha sentido tan a gusto entre estas pocas páginas donde, sin duda, alumbra una verdad. No es poco. 

27.1.20

Antonio Franco

Mucho más que unas pocas palabras torpes y apresuradas, como las mías de ayer en Facebook, se merece Antonio Franco en el momento de su muerte. Permitidme que se las dedique. No estoy más sereno que hace veinticuatro horas, cuando los mensajes cómplices y al unísono de los hermanos Sáez y de María José Hernández me avisaron de la que, aun anunciada, ha sido una muerte prematura y sorpresiva: a traición. 
La enfermedad de Antonio, entrevista por Jordi Doce y por mí, a través de unas cartas cruzadas con Granada, nuestro enlace, digamos, en la Fundación Ortega Muñoz, nos hacía presagiar hace semanas lo peor. Cuando ella volvió a aludir de pasada a ello hace poco, pregunté con indirectas a Antonio (él era de hablar por teléfono y yo de escribir cartinas) y su lacónica respuesta me hizo temer que la cosa no iba bien, lo que me confirmaron los amigos citados más arriba, a quienes acudí preocupado. 
Los recuerdos, cuando sucede algo así, se agolpan. De entre ellos, ayer, al entrar en Badajoz a media tarde por donde solía, con el sol dorando el mágico perfil de la Alcazaba y toda esa línea de cielo que nunca me he cansado de mirar, la que justifica en buena parte esa belleza que suele robársele a esa ciudad fronteriza, de entre esos recuerdos, decía, rescato uno especial: los dos en el espléndido balcón de su casa (un piso muy alto, cerca del hotel Zurbarán) viendo atardecer. La vista era aérea. El Guadiana a nuestros pies. A lo lejos, Portugal, un país que adoraba. Un país que une (me niego a hablar en pasado) a cuantos, como él, iniciaron a principios de los ochenta del siglo pasado una lusa y tranquila revolución silenciosa e ilustrada, basada en hechos, a favor de la absolución cultural de esta tierra tan querida como irredenta. Él fue de los que se quedó. Sus logros, aunque no sólo, están centrados en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC). Esa fue, esa es, su gran obra. La de un hombre deliberadamente ágrafo que conocía bien el arte y que tenía, lo más importante, criterio. De base universal, sin anteojeras. Ni terruñero ni paleto, lo que nunca le perdonaron algunos paisanos. Los del "patatal", como él decía; con representación en todos los rincones de Extremadura. Actualísimo: un adelantado de las instalaciones, la poesía visual o el vídeoarte, así como de todas las manifestaciones artísticas (de orden conceptual) que llegaron a  través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y de Internet. Será difícil que alguien sea capaz de hacerse cargo de esa herencia: el museo era él. 25 años le contemplan. De su defensa numantina habría mucho que decir. De cómo consiguió sostenerlo sin apenas presupuesto y con escasos apoyos institucionales y políticos. 
Y al lado de la museística, otra labor fundamental de Antonio. Junto a Clemente Lapuerta, fue el alma de la Fundación Ortega Muñoz, con sede en el MEIAC, cuyos fondos alberga. No se le escaparon, como los de su admirado Barjola, ahora en Gijón, al que está dedicada una muestra en el museo (hasta el 29 de marzo). 
Tampoco podemos obviar su defensa de la fotografía. De la de autor y de la escondida en los archivos personales y familiares. O del land art
Destacaba en las redes Jordi Doce su defensa del arte y no olvidaba mencionar la poesía, "aunque no se sepa tanto". Nosotros sí. Porque gracias a él existe la colección Voces sin tiempo, que ambos dirigimos. Y la revista Suroeste también cuenta con el apoyo de la Fundación. (Antonio Sáez, su director, me contaba que estuvo hablando con él del último número el viernes en su casa y que su hijo llamó al día siguiente para pedirle un par de ejemplares.) No es casualidad que desde hace muchos años las lecturas del Aula de Poesía "Díez Canedo" tengan lugar en una sala del museo. Ni que, por poner un ejemplo, la presentación del número extraordinario de la revista Turia dedicado a Luis Landero se celebrará allí. 
De su amor por la literatura (algunas exposiciones del MEIAC así lo atestiguan) dice mucho que una vez pusiera en mis manos los originales de los poemas de Timoteo Pérez Rubio, el marido extremeño de Rosa Chacel, responsable, ya se sabe, de la evacuación de las obras del Museo del Prado durante la Guerra Civil. Le aconsejé, no sin antes disfrutar de esa bonita primicia, que la edición (aún pendiente) de ese legado era labor de filólogos y le insté a que contara con nuestros buenos amigos Lama y Bernal. 
Camino del tanatorio, donde coincidimos con Isabel Pérez y Luis Sáez, donde dimos el pésame a uno de los hermanos de Antonio y a su hijo, pasamos por la puerta del restaurante Azcona (qué buenos momentos). A la vuelta, supongo que en El Vivero, acabamos una día Fernando Pérez, él y yo para comer un arroz. Ellos eran íntimos desde los tiempos estudiantiles de Sevilla (donde coincidieron con Paco Muñoz, el consejero de Cultura que nos reunió en su equipo a los tres y a quien no me he atrevido a llamar). Fernando ya no estaba bien. Con todo, aquella comida fue memorable, como lo era siempre compartir conversación con dos de las personas más clarividentes con las que uno ha tenido la suerte de tratar, sobre todo en lo que respecta a la situación de Extremadura y a los pasos que habría que dar para lograr, ya decía, su definitiva salida del atraso cultural y educativo, que era y es lo mismo. Si se emparejaba que participaran en la charla Ángel Campos o Julián Rodríguez... Y ya ninguno está. Una constatación que me llena de amargura y de espanto. 
No haría falta añadir que, a pesar de lo que acabo de afirmar, ninguno fue reconocido con medallas ni academias, algo que confirma, triste evidencia, que la mediocridad y la injusticia, no nos ha abandonado ni, me temo, nos abandonarán nunca. Que los de Argamasilla, queridos amigos muertos, campan, como siempre, a sus anchas. Así nos va. 
En lo que a Plasencia respecta, fue jurado del Salón de Otoño y apoyó las reivindicaciones de la asociación Trazos del Salón para que sus fondos viniesen a esta ciudad. Participó incluso en una mesa redonda a ese propósito. Como me decía ayer Santiago Antón, fue un amigo. 
Queda ahora recordar, sí. Quedarse de verdad con lo que importa. Como aquel día en Las Mestas, pongo por caso, con Buñuel y Las Hurdes como argumento. O en las sesiones deliberatorias de los Premios "Extremadura a la Creación", donde Antonio hizo una labor tan importante. En el castillo de Alburquerque, en los saros culturales (con una copa en la mano) o en los entierros, como en el de Fernando en Santa Marta (uno de sus pueblos, junto a Torre de Miguel Sesmero, donde casualmente nació en 1955). La última vez que estuve con él fue en el velatorio de Julián, en Cáceres. 
Sigo viéndolo con su media sonrisa (entre tímida y melancólica), con el bigote que tenía cuando le conocí hace treinta años (y que nunca fui capaz de quitarle), con su camisa oxford azul celeste, su americana oscura y su abrigo negro (casi nunca le vi vestido de otra forma, pocas con corbata). Elegante, sin duda. Por fuera y por dentro. Educado y cariñoso. Frágil en su resistencia. Buena gente. Un amigo de verdad. 
Lo más importante será seguir su senda. A pesar de los pesares. La que siguieron los ya citados maestros (al menos para mí) y otros que, por suerte, siguen aquí, dispuestos a mantener viva esa preciosa pero delicada llama. La que conduce a la consecución de un arte riguroso que va de lo local a lo universal, ni regionalista ni ensimismado; abierto, como él quiso, a América y Portugal; con un pie en la tradición y otro en la vanguardia. 
Termino. He estado corrigiendo estos meses de atrás el que será mi primer libro de diarios. Menudea entre esas páginas. Al lado de otros amigos queridos que se fueron por desgracia para siempre. Con uno de ellos se cierran, precisamente, esas notas. Lo que no me podía imaginar es que a esa larga lista de pérdidas tendría que añadir, antes de que Porque olvido viera la luz, el nombre de Antonio Franco. Quería que lo leyera. No es justo. 

Nota: La fotografía es del diario Hoy.

13.7.18

La poesía de Ana Ilce Gómez

Esto de la lectura de poesía es muy azaroso. Estaba entre los libros por leer. A la espera. Entonces encontré un comentario de Julián Rodríguez. En su muro de Facebook, donde escribe ahora un diario que no hay que perderse, más si tenemos en cuenta que el editor ha sometido, de momento, al narrador. Poco después, su hermano Javier publicaba en su periódico, El País, un artículo en defensa de esta poesía. Lo titulaba "Mujer difícil". Desde hace mucho tengo en alta estima las recomendaciones de los Rodríguez y confío en su criterio, así que fui sin dilación a por la Poesía reunida de Ana Ilce Gómez y, apenas abrí el libro, calculado prólogo de Sergio Ramírez mediante, me convertí en un rendido admirador de sus versos. Su editor, el pre-texto Manuel Borrás (al que escribí en cuanto terminé la lectura para agradecerle que lo hubiera incluido en su selecto catálogo y felicitarle por ello), me cuenta que esta poesía también fue para él "toda una revelación". Y añade: "La pena fue no haber llegado a tiempo para que viese en vida materializada esa edición de su poesía reunida, que, además, le hacía una ilusión inmensa. Qué le vamos a hacer". Ha prometido explicarme con detalle "esta hermosa historia con final triste". Por cierto, un inciso para expresar un deseo: que publique algún día, en su casa o en otra, sus memorias de editor. Merecerían la pena. Puede que esté en ello.
En Nicaragüa nació Gómez. En el 45. Un país de poetas (el inmenso Rubén Darío, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal...), pero nada poético, a los hechos recientes me remito. Del dictador Somoza al dictador Ortega, del somocismo al sandinismo. Y ella allí. Lejos de todo y de casi todos. En la Comunidad Indígena de Maninbó, al norte. Tan discreta en la vida como en su poesía, que vienen a ser dos caras de la misma, de(s)preciada moneda. A eso le llamamos coherencia.
Su biografía es transparente, como sus versos, que nos atrapan por su misteriosa claridad. Escribió esta mujer (para que luego digan) poemas admirables. Sólo dos libros y un puñado de hermosos inéditos. No sé si acabará en el canon de la feraz poesía hispanoamericana (este volumen puede hacer mucho por ello), pero puedo asegurar que en el mío ya figura. Nunca es tarde. Ni importa haber descubierto otro Mediterráneo. Por suerte, abundan. Los de verdad, digo, no los de temporada. Por lo demás, mientras daba mi paseo matutino (qué remedio, el calor aprieta), pensaba: ¿qué diré de la poesía de Ana Ilce Gómez? Y me respondí: nada. ¿A quien le apetece que le destripen el argumento y el final de una buena película? Entren y lean. Me da que no van a arrepentirse. 

A UNA MESA

Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.

De Las ceremonias del silencio (1989).