10.4.20
Los diarios de Julián Rodríguez
14.4.14
Julián Rodríguez dixit
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| JR por Marta Zarco |
10.6.13
Lo rural (y más)
20.5.08
Cultivos
Ya he confesado mi debilidad literaria (también personal) por Julián Rodríguez. No oculto, con todo, que mi predilección se centra en el ciclo Piezas de resistencia, del que Cultivos es la segunda entrega, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás. No me ha decepcionado, al revés, este "volumen de memorias, un diario, un cuaderno de notas" que es, sobre todo, a pesar de su poesía, una novela. Y un ensayo, puedo añadir. ¡Quién dijo géneros!
No cabe duda de que mi condición de extremeño ha ayudado. O, mejor, que ese azar hace que mi lectura sea distinta, supongo, a la de un catalán (valga el tópico) o un murciano (otro). Más aún si tengo en cuenta que mi procedencia, al contrario que la suya, no es rural. Para mi desgracia, nunca he tenido un pueblo; ni un Ceclavín ni un Las Mestas. Lo importante es que la pregunta de Fernando: "¿quién escribirá esta región, esta tierra?", queda contestada. Es sólo una respuesta, sí, pero sustancial a mi modo de ver. Más con la que está cayendo.
Volveré sobre el libro, claro. Para cultivarme. Falta nos hace.
18.4.18
El Extremadura
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
28.6.19
Julián
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| Fotografía de Marta Zarco |
El pasado otoño estuve con él -la última- en la Fundación Helga de Alvear, en una lectura que moderó en torno a la naturaleza (dentro del seminario Lo sublime a ras de tierra) y al Cementerio Alemán de Yuste.
20.1.07
Homenaje
Me dejó muy tocado el texto de Julián. Aún no me he recuperado del todo y eso, me temo, va a llevar tiempo. Cuando volvía a Plasencia, la niebla y la noche me traían imágenes de entonces y las palabras íntimas y precisas de Julián hacían aún más necesario mi dolor.
31.3.11
Una historia de la literatura (reciente)
A partir de estas constataciones y principios puede uno acercarse sin temor al tomo en cuestión, un abultado volumen de XVI + 1.184 páginas, y leer sin prisas y con deleite acerca de lo que le ha venido ocurriendo a la literatura de España en los últimos 70 años.
A la espera de esa lectura reposada que el libro merece, por aquello del paisanaje, entre la curiosidad y los complejos, me he tomado la molestia de recorrer el índice onomástico a la busca de los extremeños allí mencionados. Tras la correspondiente consulta, he comprobado que a excepción de Javier Cercas, que tiene un capítulo para él solo, los citados disfrutan de la media página de rigor en este tipo de obras (algunos un poco más, por ejemplo GHB) lo que, por ahora y sólo de momento, les hace acreedores de la consideración de escritores dignos de ser tenidos en cuenta a la hora de abordar una historia literaria tan próxima como rigurosa. Los elegidos, por ahora, son quince, de ellos sólo dos mujeres: José María Valverde, Félix Grande, José Antonio Gabriel y Galán, Manuel Martínez Mediero, Pureza Canelo, Luis Landero, Gonzalo Hidalgo Bayal, José Luis García Martín, Ángel Campos Pámpano, Álvaro Valverde, Diego Doncel, Ada Salas, Javier Cercas, Julián Rodríguez y Javier Rodríguez Marcos. Más breve es el comentario sobre Eusebio García Luengo, un raro. Se menciona también a Felipe Trigo, Enrique Díez Canedo, Antonio Rodríguez Moñino, G. Ortega Muñoz, Alberto Oliart, Dulce Chacón, Isla Correyero (como editora de la antología Feroces) y Antonio Sáez Delgado (por sus diarios). Y, cómo no, a revistas tan nuestras como Espacio/Espaço escrito o Hablar/Falar de Poesía. No sale mal parada Extremadura y los extremeños, de dentro y de fuera, en el panorama. Hemos estado mucho peor.
El tiempo, en fin, irá tomando la palabra. Para eso falta mucho. Ya conocemos la historia.
14.4.08
Askildsen
Decía aquí atrás que uno no era buen lector de relatos. Puede ser. De lo que sí estoy seguro es de lo mucho que he disfrutado de la prosa desolada y exacta del lúcido autor de "La colisión". Donde dice: "No hay nada que decir, pensó, ella no lo entendería, no tiene ningún abismo dentro".
15.6.11
Presentación de "Capricho extremeño"
A uno le gustaría asitir. Por Andrés, sobre todo, y por Julián Rodríguez, que estará sentado a su lado. Y por Fernando Pérez (in memoriam) y Miguel Ángel Lama, que acompañaron a Julián a Las Viñas para hacer efectiva la primera edición de ese libro emblemático. Y por uno también, a qué negarlo. Todos, cada cual a su modo y en su debido momento, hemos hecho lo posible para que ese capricho exista. O, puestos a precisar, para que siga existiendo. Hay, eso sí, un impedimiento. Mal que me pese. Uno, muy educado -gracias, papá; gracias, mamá-, siempre ha sabido estar en su sitio.
15.9.10
Lecturas: JR y MS
A veces echo de menos las conversaciones con Julián camino de Mérida. Por cierto, hace alusión en uno de los libros que acabo de citar a ese hablar en voz baja que tanto le caracteriza. Uno, decía, afinaba el oído y escuchaba atento, porque su hablar parco, como su literatura, no hace concesiones a la palabrería ni a la retórica. Un día mencionó la primera novela debidamente publicitada de Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa. Lo traigo a cuento por la sencilla razón de que he terminado (gracias, Nahir) La luz es más antigua que el amor, la segunda de las suyas que leo tras el ya mencionado. Me ha gustado mucho. Coincido con casi todos los críticos que la han reseñado en que el capítulo dedicado a Rothko y el que dedica a otro pintor (inventado), Semiasin, son acaso los mejores de la novela y, por volver a la crítica, también duda uno mucho de que se trate de eso, de una novela. Al uso, digamos, porque novela sin duda es. Parafraseando a MS, lo que aquí se narra es "la vida tal y como sucede". O eso le parece a uno. Excelente.
6.9.19
Verano del 19 (I)
Dicho esto, y porque de verano hablamos, confieso que cada vez sobrellevo peor la caló. Como Julián, que, cuando más le traté, solía escaparse durante la rigurosa canícula extremeña a alguna casa perdida que estuviera cerca del agua. Por la Sierra de Gata o por sus familiares Hurdes. Ahora todo se ha agudizado con el dichoso cambio climático.
Tampoco me entusiasman las vacaciones (con perdón), tan sobrevaloradas. Y para uno, ay, tan placentinas. De ahí que llegue a septiembre con una agobiante sensación de pérdida de tiempo (y eso que tuve tareas literarias entre julio y agosto) y de haber desaprovechado las múltiples ventajas, o eso dicen, de la falta de obligaciones laborales. Alguno dirá: porque es maestro y sus vacaciones son largas. Tal vez. Así las cosas, me digo, para qué vas a jubilarte. Por eso, siquiera en parte (hay otras razones), sigo en la brecha, un curso más. A pesar de que mis 60 recién cumplidos y los casi cuarenta de sufrido cotizante me habrían permitido abandonar las aulas y a los muchachinos.
21.11.17
Con Julián Rodríguez
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| Corina Arranz |
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| Qué serios, con lo bien que lo pasamos. Ay, la "cara de presentación". |
10.12.08
Contexto en Barcelona

Antonio Flórez me envía su crónica de la celebración anoche en Barcelona del número 2 de Contexto y, de paso, del Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial conseguido por Libros del Asteroide, Barataria, Papel de liar, Impedimenta, Nórdica, Sexto Piso y Periférica. Uno de sus directores, Julián Rodríguez, "llevó la vocería", como dice Antonio. Fue en la librería La Central de la calle Mallorca. En las foto los cuatro extremeños (que se sepa) presentes en el acto. De izquierda a derecha: Antonio, Álex, Efi y Julián.
5.7.08
Por partida doble
En las fotografías, Julián aparece sonriente, cosa rara, y Gonzalo -junto al Seminario placentino, un lugar fundamental en su vida- serio, como no es él.
19.10.06
Libreros
Sí, y libreras, por supuesto, que en ese plural están unos y otras incluidos, como nos enseñaron de pequeños en los primeros rudimentos de gramática, por más que los usos de lo políticamente correcto se empeñen, con una insistencia que a veces raya en lo ridículo, en querernos demostrar lo contrario.
Libreros, decía, una profesión difícil ahora y siempre, más en un país, España, tan reticente a la lectura. Heroica en esta tierra, Extremadura, donde esa reticencia ha trocado en resistencia hasta tiempos recientes, los que llevamos de autonomía, cuando al fin han podido efectuar políticas de desarrollo cultural y, por tanto, libresco.
A pesar de los pesares, que han sido viejos y muchos, los libreros no han dejado de estar ahí y los letraheridos, en directo o en diferido, a las claras o por la puerta de atrás, hemos ido consiguiendo nuestro extraño propósito de leer libros y hemos seguido entrando a las librerías con un gesto no por repetido menos ritual, casi solemne, a la busca no ya del tiempo perdido sino del tiempo por venir, que de la memoria del futuro hablan sobre todo los libros, base y señal de cualquier sociedad con un mínimo de respeto por sí misma.
Dice el informado Julián Rodríguez que una ciudad de cuarenta mil habitantes ha de tener al menos una librería importante. La mía, que acaba de rebasar oficialmente esa cifra, está en ello. Librerías hay varias; de referencia, no tantas. Se da ahora en Plasencia una doble circunstancia. Feliz, por una parte, y, por la otra, triste. Si empezamos por ésta, la más conocida cierra. “Cervantes”, que así se llama todavía, está en proceso de liquidación. Cuesta creerlo. Han sido tantos años pasando por ella. Primero, de niño, en la calle del Sol, luego en la Plaza Mayor y, por fin, en los dos locales que ha ocupado en la calle Pedro Isidro. Tantos los libros fundamentales que uno ha ido comprando allí. Tantas las horas de merodeo entre aquellas estanterías. Eso por no hablar de los inolvidables ratos de conversación que uno ha mantenido en la planta alta con otros lectores; viajeros (como el citado Julián, Juanvi Piqueras o Irene Sánchez Carrón) o estables (como Gonzalo Hidalgo, mi interlocutor más fiel). Todo esto es ya “sombra de la memoria” y, como diría José Emilio Pacheco, será pronto “materia del olvido”. Por si acaso, uno ha dejado en algunos de sus libros un rastro, no sé si de piedrecitas blancas o de migas de pan, para volver a ese reino perdido de los libros, que está en el centro de mi educación sentimental, donde de ser algo uno fue, sobre todo, feliz; algo que siempre agradeceré a Enrique de la Calle, su dueño.
En esa librería se ha formado Álvaro Hurtado, que abre hoy una nueva librería en Plasencia. Le acompaña en la aventura Rocío, que también trabajaba allí. Como no podía ser de otra manera, porque vienen de “Cervantes” y porque celebran, como todos, el cuarto centenario de la publicación de El Quijote, le han puesto ese nombre. Está donde siempre estuvo “Arenas”, en la céntrica y populosa calle del Sol.
La adaptación al nuevo espacio no será difícil. El local es amplio y la decoración bonita. Además, lo que más nos importa a los que frecuentamos estos sitios no es precisamente eso. ¿Hay algo más estrecho, incómodo y hasta peligroso (lectores con vértigo abstenerse) que la sección de poesía de La Casa del Libro de Madrid? ¿No es angustioso el sótano de la misma sección en la “Cervantes” salmantina? Habiendo libros…
El sábado pasado, por ejemplo, entré por primera vez en una librería famosa de Madrid. Famosa no por lo grande que es, ni por lo conocida, ni siquiera por pertenecer a una gran cadena, sino por haber aparecido en una novela del afamado Javier Marías. Me refiero a “Méndez”. He oído a mi amigo Gonzalo hablar muchas veces de ella. No en vano pasa por ser uno de sus refugios madrileños. Empezó frecuentando su puesto en la Cuesta de Moyano y recala desde hace años en este cómodo local a dos pasos de Sol (un nombre que nos persigue). No me extraña: es una librería como pocas y eso que uno ya ha visitado unas cuantas.
Lo único que deseo es que ni el voluble mercado ni la desaparición del libro de papel que anuncian los agoreros acaben con esos lugares hechos para la felicidad y el conocimiento; que no son, para algunos, sino la misma cosa. Que uno pueda seguir visitando, entrando y saliendo, con libro o sin él, que eso forma parte de su gracia, en librerías de Plasencia, Cáceres, Mérida, Badajoz y cualquier otra parte, porque ésa es una de las pocas maneras que conozco de seguir sintiéndome en casa esté donde esté.
19.9.05
Notas sobre una exposición
(HOY)
5.9.15
La vida secreta de JRM
Cabe destacar la sólida construcción de los poemas y, por añadidura, del libro; su arquitectura, diría, tan austera como efectiva.
La exposición del yo es también significativa en Vida secreta, como se dejaba entrever más arriba. Estos versos bastan: "yo / tal como me veis que soy, / un ser desconfiado, un pobre hombre, / un santo sin piedad, / un perro triste, / un loco triste- / mente / razonable".
Me da que eso es la madurez, a la que también se alude en la citada nota. Ya lo dijo Gil de Biedma: que la vida iba en serio. Por eso, tal vez, este lector, que conoce la poesía de Rodríguez Marcos desde que era inédita, se ha sentido tan a gusto entre estas pocas páginas donde, sin duda, alumbra una verdad. No es poco.
27.1.20
Antonio Franco
13.7.18
La poesía de Ana Ilce Gómez
Su biografía es transparente, como sus versos, que nos atrapan por su misteriosa claridad. Escribió esta mujer (para que luego digan) poemas admirables. Sólo dos libros y un puñado de hermosos inéditos. No sé si acabará en el canon de la feraz poesía hispanoamericana (este volumen puede hacer mucho por ello), pero puedo asegurar que en el mío ya figura. Nunca es tarde. Ni importa haber descubierto otro Mediterráneo. Por suerte, abundan. Los de verdad, digo, no los de temporada. Por lo demás, mientras daba mi paseo matutino (qué remedio, el calor aprieta), pensaba: ¿qué diré de la poesía de Ana Ilce Gómez? Y me respondí: nada. ¿A quien le apetece que le destripen el argumento y el final de una buena película? Entren y lean. Me da que no van a arrepentirse.
A UNA MESA
Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.
Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.
¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?
Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.
Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.










