Los futuros historiadores de la edición española darán cuenta, sin duda, de los dos fenómenos más llamativos de principios del milenio. El primero es que el sector haya sobrevivido (sólo por ahora, no echemos las campanas al vuelo) a las políticas culturales «implementadas» por diversas Administraciones con competencia en este ramo tan transferido. El segundo, y mucho más importante, es la proliferación, particularmente llamativa en los tres últimos años, de docenas (y docenas) de diminutas editoriales independientes en todos los ángulos de esta Piel de Toro tan asendereada y plurinacional. Desde aquí quiero sumarme modestamente al entusiasmo y solidaridad con que el maestro Antoine Gallimard celebraba hace unos días desde Le Monde un fenómeno semejante en la edición francesa. No puedo citar de memoria los nombres de todos los recién llegados, pero ahí van algunos: Funambulista, Sexto Piso, Barataria, Atalanta, Maldoror, Gadir, Meteora, Ediciones del Viento, Páginas de Espuma, Berenice, Mono Azul, Libros del Asteroide, Alpha Decay, Inédita, Melusina, Poliedro, Minúscula, etcétera. La última de que tengo noticia es Editorial Periférica, con sede cacereña y cuyos dos primero volúmenes (El testamento de un bromista, de Jules Vallès, y La pelirroja, del por aquí desconocido José Valentim Fialho de Almeida) se ponen a la venta estos mismos días. Periférica, cuyo director literario es el novelista Julián Rodríguez Marcos (su última obra, Ninguna necesidad, aparecerá en Mondadori en mayo), publicará unos quince libros al año. Y tiene una página web (en construcción) desde la que ya se pueden hacer pedidos: www.editorialperiferica.com. De nada. Y ¡vivan los pequeños editores! (Bueno, y los otros también, no se vayan a poner mustios).
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9.4.06
9.9.12
Los restos del naufragio
Este artículo se publicó ayer, Día de esta Comunidad, en el diario HOY, dentro de un suplemento especial 'Extremadura, horizonte 2020', coordinado por Juan Domingo Fernández, subdirector del periódico. Quince fuimos los convocados: José Antonio Monago, JDF, Antonio Sáenz de Miera,
Julián Mora Aliseda, Ricardo Hernández Mogollón, Eduardo Naranjo, Jesús
Moreno Ramos, Ángel Juanes Peces, Esteban Cortijo, Antonio J. Campesino,
José J. Barriga Bravo, Víctor Chamorro, ÁV, Eugenio
Fuentes y Juan José Viola. Al parecer, las reflexiones sobre el
panorama venidero continuarán.
De temeraria cabe calificar la idea que han tenido en este periódico de abordar el posible horizonte de Extremadura allá por 2020. Sí, sólo ocho años nos separan de esa cifra redonda, pero en esta penosa encrucijada que vivimos, en medio de estos tiempos inciertos, turbulentos y difíciles en los que todo se tambalea, donde lo mismo te anuncian el fin del mundo que la desaparición de las autonomías, cuando nadie parece saber qué pasa y, menos aún, hacia dónde vamos, la osadía de vislumbrar el futuro de esta sociedad líquida es una operación a todas luces descabellada.
De temeraria cabe calificar la idea que han tenido en este periódico de abordar el posible horizonte de Extremadura allá por 2020. Sí, sólo ocho años nos separan de esa cifra redonda, pero en esta penosa encrucijada que vivimos, en medio de estos tiempos inciertos, turbulentos y difíciles en los que todo se tambalea, donde lo mismo te anuncian el fin del mundo que la desaparición de las autonomías, cuando nadie parece saber qué pasa y, menos aún, hacia dónde vamos, la osadía de vislumbrar el futuro de esta sociedad líquida es una operación a todas luces descabellada.
Se atribuía a los poetas la capacidad de
adivinar el porvenir. “Esa sencilla anticipación de lo real, lo que en otro tiempo
se llamó profecía”, en palabras de Juan Antonio González Iglesias, tuvo su
momento álgido con el Romanticismo, ese movimiento que tanto distorsionó la
imagen del escritor como ser susceptible de empresas formidables, dignas del
genio. Poeta o no, sé que mis limitaciones son las del hombre corriente, las de
un ser mortal y normal como cualquiera. Además, por carácter –que, recordó
Cernuda, es destino–, siempre he abominado del futuro. “Porque el futuro es
nunca, o fue sin darnos cuenta”, escribió uno a los veintipocos. Lo de hacer
planes nunca ha sido lo mío, de ahí que esta tarea, aceptada con imprudente
premeditación, se me antoje harto complicada. Si uno fuera economista…
A principio de los ochenta, recién estrenados
democracia y Estatuto, esto era un erial. Vivíamos en medio de un flagrante atraso
secular que la ausencia de bibliotecas y de otras infraestructuras no hacía
sino empeorar. A algunos nos pareció necesario dejar a ratos los confortables
escritorios y bajar a la calle para contribuir a que esa lamentable situación
cambiara. De ese pasado venimos. Y para hablar de futuro la referencia a lo
sucedido es insoslayable. Lo mismo que al presente. Por previsibles que nos
pongamos. Quiero decir que nada de lo que ocurra en los próximos años dejará de
tener relación con lo acontecido en los anteriores. El tiempo es lineal y
sucesivo. Por eso conviene recordar que para que ese desolador y paupérrimo
panorama cultural cambiara se tomaron medidas y se abordaron proyectos y que
eso se hizo conjuntamente entre quienes tenían el poder de decisión, los
políticos, y quienes eran capaces de generar propuestas, los creadores: escritores,
músicos y artistas.
Es verdad que la dependencia de lo público en
Extremadura es proverbial. La propia de un pueblo pobre que ha carecido a lo
largo de su historia de casi todo, iniciativas y mecenas privados incluidos.
Sin entrar en consideraciones sobre la perversión o bondad de esa circunstancia,
la realidad ha sido y sigue siendo ésa, mal que nos pese. A pesar de esa
anómala dependencia, soy de los que defienden que ha sido mucho lo que ha germinado
de esa relación entre quienes tenían en su mano impulsar políticas culturales y
quienes estaban dispuestos a que esta región dejara de ser el yermo que era, algo
que conectaba con otras de nuestras tradicionales carencias. Fruto de esa
colaboración, ideas que procedían de la sociedad civil, pero que sólo podían
ser afrontadas, por su envergadura, desde la administración, vieron al fin la
luz. La de que en cada pueblo hubiera una biblioteca, por ejemplo. Pero esa
sensibilidad cultural que tuvo durante años el gobierno extremeño, parte
sustancial del ideario del leído presidente Ibarra, se quebró al llegar al
poder su sucesor, Fernández Vara. La elección de consejeras incompetentes hizo
el resto. De ese declive venimos, una decadencia que ha ido acrecentándose con
la llegada al gobierno del PP, que no se caracteriza por tener al frente a
personas cultas, por muchas lenguas que chapurreen. A pesar del intachable
perfil profesional de la actual consejera, la cultura se ha vuelto casi
invisible, perjudicada, cómo no, por la famosa crisis económica, excusa
perfecta para cualquier recorte, sobre todo en esta indefensa materia que bien
poco afecta, por cierto, a los presupuestos. Y todo por esa siniestra
concepción, tan de derechas, de la cultura como lujo, algo de lo que se puede
prescindir porque en nada afecta a lo que le es consustancial y necesario al
ser humano, que puede vivir perfectamente sin ella. De ahí el desinterés, la
desidia. Ah, y en caso de haberla, que sea, por supuesto, del espectáculo.
¿Y el futuro? Más racional que imaginativo,
más realista que utópico, más melancólico que optimista, a la vista de lo que
sucede y pasa, uno sospecha que no pinta bien. No hace falta ser profeta para
concluir que quien no siembra… Con proyectos como el de las Aulas Literarias –y
su importante impronta educativa–, los Talleres de Relato y Poesía y el ambicioso
Plan de Fomento de la Lectura –que puso en marcha, con la colaboración de la
Fundación Sánchez-Ruipérez, el primer Observatorio del Libro y la Lectura de
España, realizó campañas masivas de libros a un euro e impulsó los clubes de
lectura– reducidos a la mínima expresión (cuando no en trance de desaparecer);
tras la supresión de las Ayudas a la Edición y las Becas a la Creación, que
tanto estimularon a escritores y editores (tan escasos); con una Editora
Regional de Extremadura que subsiste a duras penas después de una trayectoria
ejemplar acreditada por su magnífico catálogo, ¿qué se puede esperar? Eso por
no hablar del MEIAC, la Filmoteca, el Festival de Teatro Clásico de Mérida, la
Orquesta de Extremadura (salvados ambos por la campana) o, en fin, la Fundación
Academia Europea de Yuste, emblemas de una forma de entender la cultura fundada
en la excelencia.
Entre las lamentables desapariciones, los
Premios Extremadura a la Creación. Con ellos se fue buena parte de nuestro
crédito literario y artístico, de nuestra proyección nacional e internacional
y, de paso, el premio de la crítica a las mejores obras del año creadas por autores
extremeños.
Hubo un tiempo en que sabíamos que las cosas
iban a mejor, que prosperábamos. Hoy sabemos que estamos mal y que, si nadie lo
remedia, iremos a peor. Es cierto que resulta imposible torcer la normalización consolidada. Por eso nunca
volveremos a ser la región anacrónica que fuimos, ajena a la hora del mundo, y
menos en la época de Internet, los blogs, las redes sociales y la
globalización. Por dejados que estemos, siempre habrá alguien que escriba un
poema, componga una canción o pinte un cuadro. La nuestra es una cultura
absuelta, parafraseando a Gonzalo Hidalgo Bayal. Con ayuda pública o sin ella. Ya
no podrá ser, como aventuraba Julián Rodríguez, un inmigrante nacido o criado
en Extremadura capaz de ofrecer una visión novedosa y distinta de esta tierra.
Por el contrario, un emigrante extremeño, ahora que la gente vuelve a
marcharse, podrá publicar su primer libro en Alemania o Estados Unidos. Es más,
a este paso, en 2020 estará agotada la antigua polémica entre los de dentro y los
de fuera: aquí quedaremos (o quedarán) dos o tres mientras el resto permanecerá
lejos; en especial los jóvenes, destinatarios naturales de esos planes truncados.
La fuga de cerebros (un decir) ya ha empezado. No sé, ya decía, lo que durarán
iniciativas, en parte cercenadas, como la de las Aulas Literarias, que proporcionaba
a los alumnos de secundaria y bachillerato la posibilidad de acercarse, en más
de un sentido, a las obras de los escritores vivos más importantes del país, allí
donde nunca llegan los programas de estudio.
Lo peor es que a falta de otras
potencialidades, carentes de otros recursos, la imagen de Extremadura, su
cualidad de marca, ganó prestigio y fundamento gracias al desarrollo cultural conseguido
estos años atrás. Por sus escritores, por sus pintores, por sus músicos. Ya no
éramos, ay, “los indios de la nación”.
Como cualquier optimista informado, creo que estemos
en 2020 a punto de inaugurar otro periodo tan trascendente como el que vivimos
en torno al fin de siglo. O sí. Como diría la polaca Marta E. Cichocka, “el
futuro todavía es futuro”.
Álvaro Valverde
12.1.19
Muere Claudio López Lamadrid
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| ©Lisbeth Salas |
La primera noticia del día ha sido pésima y sorprendente: el editor Claudio López De Lamadrid ha muerto a causa de un infarto cerebral, según La Vanguardia. Tras sus años de formación en Tusquets, había llegado a ser el director editorial de Penguin Random House.
Hace unos meses conversó sobre libros con el crítico Ignacio Echevarría (un viejo amigo con quien trabajó en Galaxia Gutenberg) y su lúcido diálogo se publicó en El Cultural. Copio debajo el enlace. "¿De qué hablamos cuando decimos edición?" titularon aquello.
Sé que algunos escritores de este país estarán hoy más desamparados. Mi amigo Julián Rodríguez, por ejemplo. Lo siento.
La última anotación en su muro fue a propósito del cumpleaños de su "poeta vivo favorito, Raúl Zurita, del que copia un poema.
6.8.17
Leer, leer, leer...
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| William Faulkner |
Algo, no demasiado, ha sacado uno en claro de la lectura de El odio a la poesía, de Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) de la muy cara y exquisita Alpha Decay, en traducción de Elvira Herrera Fontalba. El año pasado cité unas declaraciones suyas a Eduardo Lago en torno a este libro, aún no traducido entonces al castellano. Puede que haya gente que odie la poesía, que muchos la desprecien, pero a mí los que me interesan son los que la aman. Lerner pone al frente de su ensayo “Poetry”, el famoso poema de Marianne Moore: “A mí también me desagrada. / Al leerla, sin embargo, con el más completo / desdén hacia ella, / uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay / un espacio para lo genuino.”. De ahí parte. «Podría decirse de la poesía que
es el arte imposible, porque trata
de llegar, según Allen Grossman, más allá de lo finito y lo histórico
y alcanzar lo trascendente y
lo divino, algo imposible teniendo
en cuenta el carácter de finitud
que condiciona su creación».“El poema es siempre
el registro de un fracaso”, escribe.
Confieso que he leído su libro con un ojo puesto en la polémica lírica de moda. Que ahora sean muchos (y más que van a ser, según Juan Palomo) los que se digan lectores de poesía es tal vez la prueba de que no se refieren a lo que hasta ahora (y mira que van siglos) hemos denominado así. Siempre para la inmensa minoría, mal que nos pese. Aunque si sumamos lectores, siglo a siglo... Veremos lo que aguantan los parapoetas. En algo tiene Lerner razón: «lo único inimaginable es un mundo sin poesía».
Confieso que he leído su libro con un ojo puesto en la polémica lírica de moda. Que ahora sean muchos (y más que van a ser, según Juan Palomo) los que se digan lectores de poesía es tal vez la prueba de que no se refieren a lo que hasta ahora (y mira que van siglos) hemos denominado así. Siempre para la inmensa minoría, mal que nos pese. Aunque si sumamos lectores, siglo a siglo... Veremos lo que aguantan los parapoetas. En algo tiene Lerner razón: «lo único inimaginable es un mundo sin poesía».
Para demostrar lo que ésta es, basta con leer el impresionante Partitura, del sueco Gunnar Ekelöf (Estocolmo, 1907-Sigtuna, 1968), libro póstumo que ha traducido, quién si no, Francisco J. Uriz (gracias al cual conocí, como tantos, sus Poemas, que publicó Plaza & Janés en 1981), autor de un sucinto e iluminador prólogo. Se publica en la colección Voces sin Tiempo de la benemérita Fundación Ortega Muñoz. Ha cuidado la edición (con diseño de Julián Rodríguez y J. L. López Espada) Jordi Doce, que codirige con uno un invento que, poco a poco, va creciendo y consolidándose. Este es el quinto libro. Y no hay quinto malo, dicen.
Enfermo de cáncer (ya se ve que mis últimas las lecturas se han cruzado inevitablemente con la situación familiar que uno ha sufrido), a punto de partir hacia Túnez (lo que al final no pudo ser), Ekeloöf compone una serie de poemas (amén de algunas anotaciones a propósito de alguno de ellos y de su precaria salud) que huyen del exhibicionismo y la queja, que van más allá, a lo más hondo. "Porque a mí / se me concedió / ver", dice en el primero. Personajes de la antigüedad griega (hay unas oportunas notas al final) se mezclan con la pasión y el amor (a su mujer, a quien dicta estos versos), la enfermedad y el dolor (que era mucho, constante). Al final, todo se resume en ese "pensar en la muerte, ver la vida a través de la muerte" que anticipó en un escrito de 1930.
Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) se presenta a los premios de Visor. Y los gana. En esta ocasión ha sido el Tiflos, con Clima mediterráneo, un libro, lo diré pronto, que me ha gustado. Al final del volumen publica una "Nota mediterránea" donde aporta detalles acerca de los poemas, además de explicitar procedencias y dedicatorias. Algunos ya los habíamos leído; por ejemplo, en la revista Suroeste, los de la serie "Hecho en España". La política, la sociología, la literatura, el arte (hay relación entre este libro y otro suyo reciente: La Menina ante el espejo. Visita al museo 3.0), la publicidad y la historia son fuente de inspiración de los versos de un libro unitario y magníficamente construido. Los poemas son breves y no faltan veloces haikus. Del Mare Nostrum surgen casi todos (ese mar da para bastante, ya se sabe) y de entre ellos destaco "Contra lo sublime (Variación sobre un tema de Kay Ryan)", un poema sin duda redondo. "Estos versos constituyen un caleidoscopio cultural cuyas estampas salen a un mundo que ha suplantado la verdad por la interpretación para no caer postrado ante lo insoportable”, dice de ellos Ángel L. Prieto de Paula.
Dije haikus y haikus son los que agrupa el profesor y haijin Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) en Nieve sobre nieve (El sastre de Apollinaire), un título que toma de Fujiwara No Teika. Es el tercer libro de este tipo de poemas de origen japonés que publica, tras La sed provocadora y Sol de hogueras. Son haikus clásicos, donde la naturaleza cobra la máxima importancia y casi todo el protagonismo. En la sección "Casi silencio", eso sí, se adelgazan aún más y tienen sólo dos versos y no tres, como suele ser habitual. A instancias mías, me comenta Virtanen que "no son haikus propiamente dichos", al modo tradicional, y precisa que "se trata de un invento mío, al menos en el haiku en castellano". "En japonés, añade, ha sido Taneda Santoka mi referente". Y sigue: "Recuerdo ese haiku magnífico: Moscas que sobreviven / Y guardan mi memoria. Es complejo así, a bote pronto, hablarte de cómo he llegado a esa depuración extrema, pero mi meditación sobre el haiku y sobre su esencialidad me ha llevado a experimentar en dos versos, debido a que el haiku de tres versos en definitiva conlleva un planteamiento / nudo / solución, en la mayoría de los casos. Al eliminar un verso suelo prescindir del planteamiento. O incluso del desenlace, o de una parte de ambos. (...) De esta manera dejo un poema mucho más abierto y esencial. Es el lector el que debe imaginar, lejos de mi imposición". No hace falta añadir que son una delicia de sensibilidad y lirismo.
14.1.17
Un cuento chino
Que me perdone el villanovense Diego González (1970) por lo que voy a decir, pero tan importante como su nueva novela me parece el hecho de que ésta haya sido publicada en la colección La Gaveta, que por fin resucita de entre la desidia y los recortes, una de las más emblemáticas de la Editora Regional de Extremadura, algo que no alcanzó a comprender, para sorpresa de todos los que estimamos ese sello público, su anterior directora. Dicho esto (que había que decir), conviene resaltar desde el principio que esa resurrección es aún más feliz por la obra elegida, digna de figurar en ese selecto catálogo que cuenta, además, con un bonito diseño, clásico y ejemplar, concebido por el periférico Julián Rodríguez. En esta ocasión, con un delicado motivo de Hokusai en la cubierta.
En 2008, González (un periodista en el más amplio sentido del término que en la actualidad trabaja como guionista y productor de contenidos audiovisuales) publicó la novela La importancia de que las abejas bailen, premio Felipe Trigo de Narración Corta. Es autor también de dos libros de poesía: Mudanzas en los bolsillos y Mil formas de hacer la colada. Ahora, Planes para no estar muerto. Sobre esta novela breve, el autor ha dicho: "El lector se encontrará una historia en la que se habla de la muerte, pero desde un punto de vista vital. Una historia de personas que se necesitan y se entregan para seguir viviendo. El personaje principal, Ache, es un joven de origen chino que escribe listas de cosas por hacer para los que temen morir, porque en el lugar del que procede los ancianos aseguran que la muerte se lleva a los que olvidan que tienen cosas pendientes. Un día un anciano le encarga un trabajo: fabricar planes para que la niña-gato no pierda la cara. Ese es el arranque". Y está bien contado, que no de otra cosa se trata. Tampoco conviene ser más explícito. Podemos decir, sí, que Ache confiesa: "Me dedico a escribir para los que tienen miedo. Fabrico planes para mañana". Como el encargo de Dao Ji ("hombre de fuego") acerca de Xiu Mei. O que hay en esta historia de historias hay fantasmas (incluso Hambientos), espectros, ancestros, fuego, sombras ("Lo mínimo que nos queda cuando no tenemos a nadie") y mil referencias más a ese mundo mítico o simbólico de las tradicionales creencias chinas que, como el resto, está muy bien documentado. Aunque no estemos ante una novela histórica, la verosimilitud del relato se apoya, entre otras razones, en esa labor concienzuda de documentación. Por ejemplo, cuando habla de ciudades chinas como Liuzhou, Xian o Dafen. No parece, diría, que es un extremeño el que narra cuanto aquí sucede. Efecto conseguido.
La imposibilidad de volver, la necesidad de huir (hacia Xibanya: "toda huida esconde una necesidad") están en el centro de la narración. Y el miedo. Y la muerte, ya se dijo. De ahí esas listas, ese "catálogo de letanías", esas "trampas para frenar la vida", que mientras existan impedirán a aquella ejecutar su inevitable acción.
Dije "historia de historias" y por eso menciono la de Liu Guojian y Xu Chaoqing, la de los "seis mil peldaños".
Me ha gustado especialmente el tratamiento que González hace del lenguaje. Es tan esencial, ajustado y conciso como la nouvelle. Fondo y forma. A pesar de que puede inducir a confusión, un lenguaje lírico, en el más hondo sentido, sin que ello quiera decir que no estemos ante un inquietante artefacto narrativo perfectamente contado, insisto. Me congratulo.
La imposibilidad de volver, la necesidad de huir (hacia Xibanya: "toda huida esconde una necesidad") están en el centro de la narración. Y el miedo. Y la muerte, ya se dijo. De ahí esas listas, ese "catálogo de letanías", esas "trampas para frenar la vida", que mientras existan impedirán a aquella ejecutar su inevitable acción.
Dije "historia de historias" y por eso menciono la de Liu Guojian y Xu Chaoqing, la de los "seis mil peldaños".
Me ha gustado especialmente el tratamiento que González hace del lenguaje. Es tan esencial, ajustado y conciso como la nouvelle. Fondo y forma. A pesar de que puede inducir a confusión, un lenguaje lírico, en el más hondo sentido, sin que ello quiera decir que no estemos ante un inquietante artefacto narrativo perfectamente contado, insisto. Me congratulo.
11.9.15
Los diarios mexicanos de Marina
Vuelve a este rincón Luis María Marina, a propósito de un libro que, siquiera de paso, ya hemos mencionado: El cuento de los días (Diarios mexicanos, 2008-2010), relato de su estancia como diplomático en el país americano. Cita en un momento dado al escritor Adolfo Castañón, que hablaba de "tener por legítima esposa una profesión respetable y por concubinas a la poesía y a las bellas artes", y lo hace para reparar en su doble condición de poeta y funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. De ahí, tal vez, el tono del conjunto, más discreto que espontáneo (por eso de la contención diplomática), aunque pronto, en las primeras anotaciones, con ironía, Marina se refiera a Julián Rodríguez como "paisano y editor de la «trendy» Periférica (cuyo «trendismo», como casi todos en mi país, es jugosamente enjuagado con dineros públicos)", lo que no deja de ser una maldad digna, sí, de este tipo de libros ("Ninguna costumbre más peligrosa que esta de escribir diarios"), pero, no obstante, y más allá de su veracidad, un comentario llamativo en alguien que, amén de experto en el arte de la diplomacia, ha publicado casi todos sus libros con ayudas institucionales. Como éste, sin ir más lejos, que aparece con el sello del Cexeci, un organismo que uno ya creía extinto.
Yendo a lo que importa, no es la primera vez que Marina dedica un libro a México. A Ciudad de México, para ser exactos. Limo y luz se titulaba. En éste es menos lírico, ensayístico e intelectual y más directo, sincero y sensible. No deja de ser un diario personal, como ya hemos visto. Aunque en contadas ocasiones, aparece de hecho una segunda protagonista, Piedad, mujer del autor y actriz. Y poetas, artistas y literatos mexicanos que fue conociendo o tratando durante su estancia mexicana. Nombres señeros, por lo demás, entre los que cabe mencionar a José Emilio Pacheco (en esos años recibe los premios Reina Sofía y Cervantes), Gelman, Marco Antonio Campos, Vicente Rojo, Arturo Ripstein, Antonio Cisneros (del que echó pestes delante de uno Octavio Paz hace mil años), Jorge Lebedev, Yuri Herrera, etc. Y con gente menos conocida (no aquí), como Alfredo Félix-Díaz o Karla Olvera.
Además de comidas en casa y recepciones varias, sorprenden las líneas que dedica a dos presentaciones de compromiso que parece obligado a realizar: de los poetas, en las antípodas, García Montero y Gamoneda, donde demuestra, ahora sí, sus dotes, digamos, consulares.
Especial importancia tienen sus numerosos viajes a lo largo y ancho de aquel inmenso país ("Vivir en hoteles es lo más cercano a desvanecerse, a volverse humo"), muchas veces relacionados con la patria natal de algunos escritores y artistas de su predilección (Rulfo, Arreola, el arquitecto Luis Barragán etc.) o con actos y encuentros a los que es invitado, ya sea por razones literarias (congresos, lecturas) o profesionales (como evacuaciones por ciclones en Acapulco). También recoge un minidiario de una estancia en Nueva York y, claro está, de sus escasas estadías en España, sobre todo en Madrid (donde ahora vuelve destinado, "símbolo de todas mis aspiraciones de juventud") y en su Extremadura natal: Eljas, Torrejoncillo, Cáceres...
Hermosa es su disquisición sobre la provincia, un concepto tan mexicano (evoquemos a Ramón López Velarde) como español. "La provincia es diurna; la ciudad, noctámbula".
Alude, cómo no, a sus numerosas lecturas (Ribeyro, Gorostiza, Salvador Díaz Mirón). No pocas veces se trata de primeras ediciones que rescata en librerías de viejo, lo que le permite ir haciéndose con un significativo fondo, propio de un exquisito bibliófilo, del que forman parte "casi todo el exilio, todo Paz, el Romancero gitano, el Poeta recién casado, Rulfo". De esas lecturas saca conclusiones: "Frente al confort de la casa burguesa [la novela], la poesía solo ofrece la inhóspita frialdad de un páramo". Si bien discrepo, esta cita me permite señalar otra constante: la proliferación de emboscados aforismos entre estas páginas. Cosa también normal en esta clase de obras. Así, leemos: "Escribir a pesar de todo. Contra todo". "Escribir es obligarse a justificar cada uno de nuestros actos ante el más severo de los jueces: uno mismo". "La pobreza es nuestra condición más genuina". "Todas las vidas son fracasadas". "Leer con ojos de escritor puede llegar a convertirse en una pesadilla".
Recuerda a García Terrés (otro diplomático, como tantos intelectuales mexicanos: Reyes, el citado Gorostiza, Paz, Pitol...), traductor de Seferis, y a "la gente corriente", para aquél, "la única depositaria de la herencia de la antigua civilización griega".
El arte (la pintura, ante todo, con elogio de El Prado incluido: "aquí me he formado como hombre") y la música son asuntos a los que Marina (que escucha canciones y obras clásicas y acude a conciertos, estudios y museos) dedica jugoso párrafos (en su breve diario neoyorkino, pongo por caso).
En la página 164 hace balance de sus años mexicanos, de lo que se lleva, empezando por su ópera prima, Lo que los dioses aman, publicada allí por El Tucán de Virginia, y con el segundo inédito, Continuo mudar, que pone en manos, entre otros, de Cristina, la mujer de Pacheco. Y añade: "De sus opiniones dependerá en buena medida el futuro de ese libro", que vio la luz, por cierto, en la Editora Regional en 2012. En la página 201 copia la lista de "las cosas de México que echaré de menos", leída en el homenaje de despedida en la Residencia. Son 31. La primera, algunas librerías. La última: "Estas lágrimas".
En el horizonte, Lisboa, donde ha pasado estos últimos años. Y una postrera anotación: "Allí la vida se renueva por estaciones. Aquí, por horas".
En la página 164 hace balance de sus años mexicanos, de lo que se lleva, empezando por su ópera prima, Lo que los dioses aman, publicada allí por El Tucán de Virginia, y con el segundo inédito, Continuo mudar, que pone en manos, entre otros, de Cristina, la mujer de Pacheco. Y añade: "De sus opiniones dependerá en buena medida el futuro de ese libro", que vio la luz, por cierto, en la Editora Regional en 2012. En la página 201 copia la lista de "las cosas de México que echaré de menos", leída en el homenaje de despedida en la Residencia. Son 31. La primera, algunas librerías. La última: "Estas lágrimas".
En el horizonte, Lisboa, donde ha pasado estos últimos años. Y una postrera anotación: "Allí la vida se renueva por estaciones. Aquí, por horas".
6.1.15
Revistero
Así, Clarín, donde, entre otras cosas, he disfrutado con "El silencio y el ruido, un conflicto antediluviano", de Antonio Moreno (un día de estos publicaré aquí algún breve fragmento); con "Un país llamado Cadenas", de Antonio López Ortega (muy oportuno ahora que ando leyendo la poesía reunida de otro venezolano, Igor Barreto); con los tres textos de la sección "Colección de vidas", firmados por Bonilla, Fuster y Alberca que habla, respectivamente, de Bolaño, Camba y Unamuno; con los aforismos de Leo Longanesi (¡qué descubrimiento!) y Lorenzo Oliván; con los apuntes de un viaje a Cuba en 1995 de Toni Montesinos y otro de Benítez Ariza a la tumba, en Larache, de Genet; y con numerosas reseñas de "Paliques".
En Cuadernos Hispanoamericanos (que ahora se puede leer a través de Issuu) se habla de Ortega (se ve que el libro de Jordi Gracia ha surtido su efecto), de Octavio Paz (precioso el programa dedicado a su centenario en Imprescindibles), de Castellet y, entre otros, de la poesía amorosa de Darío Jaramillo (en un interesante artículo que firma Luis Muñoz). Bonilla (de nuevo) firma un divertido texto de crítica literaria que uno ya había leído (o soñado) en otra parte, tal vez Clarín. Sergio C. Fanjul hace balance de la experiencia Poetas por Km².
La también asturiana Anáfora llega al número 3 con poemas de nombres conocidos (Felipe Benítez, Dionisia García, Rivero Taravillo, José Cereijo, Francisco Alba. etc.) y otros más jóvenes que pertenecen (o no) al círculo de de esa revista, como Rodrigo Olay, Vicente García o Miguel Floriano. Se traduce a la poeta china Yu Xiang (1970), a Edward Thomas y a Elisabeth Bishop. Además, hay prosas, una entrevista con Xaime Martínez y algunas reseñas.
Del número 373 de Quimera destacaría uno la interesante conversación entre Santiago Auserón y Catherine François a propósito del libro de la segunda, publicado por Demipage, Los reyes poetas, que tendré que leer o el dossier sobre Cuba. Como Fernando Valls, creo que "resulta oportuno el homenaje que Alex Chico le rinde a Modiano". Del recién llegado 374, las entrevistas con tres grandes: Landero, Merino y Vila-Matas, así como el texto, de nuevo oportuno, del errante Álex Chico con París y José Antonio Gabriel y Galán al fondo.
Dejo para el final a Suroeste, revista de literaturas ibéricas, que ha dado a la imprenta el número 4, el correspondiente a 2014 (que tiene más de 200 páginas). Es poco práctico enumerar el nombre de los colaboradores, pero digamos que hay poesía española (Enrique Andrés Ruiz, Cilleruelo, Pablo Fidalgo, Ana Merino, Tomás Sánchez Santiago...), catalana (Xavier Farré, Álex Susanna), gallega, portuguesa (Amadeu Baptista, Júlio Conrado, Jaime Rocha o el dossier "Génesis", donde participan, entre otros, Almeida Faria, Helder Moura Pereira y Miguel de Freitas, con ilustraciones de Daniela Gomes), prosa (a destacar el fragmento de Oscuro oráculo, del muy callado Julián Rodríguez), así como ensayo (sobre Cunqueiro o Andrade), reseñas (Miguel Ángel Lama culmina en esta entrega las reseñas sobre todos y cada uno de los volúmenes de Historia de la literatura española (Crítica, dirigida por José-Carlos Mainer y coordinada por Gonzalo Pontón) y una interesante entrevista a Manuel de Seabra. Se incluyen sendos encartes. De Ruth Morán y João Grama. Esto, insisto, y mucho más.
La también asturiana Anáfora llega al número 3 con poemas de nombres conocidos (Felipe Benítez, Dionisia García, Rivero Taravillo, José Cereijo, Francisco Alba. etc.) y otros más jóvenes que pertenecen (o no) al círculo de de esa revista, como Rodrigo Olay, Vicente García o Miguel Floriano. Se traduce a la poeta china Yu Xiang (1970), a Edward Thomas y a Elisabeth Bishop. Además, hay prosas, una entrevista con Xaime Martínez y algunas reseñas.
Del número 373 de Quimera destacaría uno la interesante conversación entre Santiago Auserón y Catherine François a propósito del libro de la segunda, publicado por Demipage, Los reyes poetas, que tendré que leer o el dossier sobre Cuba. Como Fernando Valls, creo que "resulta oportuno el homenaje que Alex Chico le rinde a Modiano". Del recién llegado 374, las entrevistas con tres grandes: Landero, Merino y Vila-Matas, así como el texto, de nuevo oportuno, del errante Álex Chico con París y José Antonio Gabriel y Galán al fondo.
Dejo para el final a Suroeste, revista de literaturas ibéricas, que ha dado a la imprenta el número 4, el correspondiente a 2014 (que tiene más de 200 páginas). Es poco práctico enumerar el nombre de los colaboradores, pero digamos que hay poesía española (Enrique Andrés Ruiz, Cilleruelo, Pablo Fidalgo, Ana Merino, Tomás Sánchez Santiago...), catalana (Xavier Farré, Álex Susanna), gallega, portuguesa (Amadeu Baptista, Júlio Conrado, Jaime Rocha o el dossier "Génesis", donde participan, entre otros, Almeida Faria, Helder Moura Pereira y Miguel de Freitas, con ilustraciones de Daniela Gomes), prosa (a destacar el fragmento de Oscuro oráculo, del muy callado Julián Rodríguez), así como ensayo (sobre Cunqueiro o Andrade), reseñas (Miguel Ángel Lama culmina en esta entrega las reseñas sobre todos y cada uno de los volúmenes de Historia de la literatura española (Crítica, dirigida por José-Carlos Mainer y coordinada por Gonzalo Pontón) y una interesante entrevista a Manuel de Seabra. Se incluyen sendos encartes. De Ruth Morán y João Grama. Esto, insisto, y mucho más.
27.6.14
Tipografía
Tengo escrita desde hace tiempo esta reflexión sobre la tipografía, el "Arte de disponer correctamente el material de imprimir, de acuerdo con un propósito específico: el de colocar las letras, repartir el espacio y organizar los tipos con vistas a prestar al lector la máxima ayuda para la comprensión del texto escrito verbalmente", según la clásica definición del tipógrafo inglés Stanley Morison, inspirada en los comentados derroteros de la Editora, la que fuera, tal vez, la mejor editorial pública de España. Antes, acaso convenga repetir aquellas palabras de JRJ que, como tantos, considero el abecé de este arte: “Ninguna edición de lujo, nada de príncipes, ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y sencilla. La perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad”. Y, por fin, otro aserto del de Moguer, si cabe más lapidario: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”.
Sostiene uno que la verdadera modernidad literaria de esta tierra extremeña llegó, entre otras cosas, con el cambio en las cubiertas de los libros. En concreto, con el aspecto exterior de los que imprimía la pública, nuestro otrora buque insignia, al poco de llegar a su dirección Fernando Pérez. De esa empresa fue corresponsable, justo es decirlo, Julián Rodríguez, uno de nuestros mejores tipógrafos, pero no eran los únicos con estilo en aquella editorial.
Uno contemplaba sus libros y se decía: esta no es mi Extremadura, me la han cambiado. Y así era. Por fin. Por suerte.
La tipografía es la prueba del algodón de la estética, y no me refiero sólo a los libros. La cartelería, los anuncios, los catálogos... Después de unos años de sencillez, limpieza y elegancia, algo muy acorde con el espíritu de esta región, las cosas han empezado a cambiar y estamos en plena transición de la sobriedad al luju. Por nuestro inveterado complejo de nuevos ricos, supongo. Y porque estamos en manos de publicistas y gente del marketing.
Volviendo a la Editora, es verdad que un par de colecciones no han cambiado de aspecto: Estudio y Rescate, y que algunas, como la versátil Vincapervinca o la novedosa Perspectivas, mantienen la dignidad que fuera sello de esa casa. Otras, sin embargo, lo han perdido, o eso me parece. Poesía, pongo por caso. Y es una pena, pocas colecciones tan bonitas como aquélla. Bueno, al menos cambia, lo que no les sucede a las desaparecidas; así, La Gaveta (auténtica joya de la corona), Viajeros y Estables, Plural y, por no seguir con la lista, Ensayo Literario.
Qué decir de la ejemplar y famosa Biblioteca de Barcarrota. Aún hay libros sin su correspondiente edición facsímil (tan deseada), otra deserción incomprensible, por costosa que en principio parezca (mejor un libro bueno que cinco de baratillo). El último, la Lingua de Erasmo de Rotterdam, apareció en 2007.
Que cada cual, faltaría más, saque sus propias conclusiones. Y, cómo no, que arrostren con sus responsabilidades quienes han llevado a esta penosa situación lo que fue marca de excelencia. Dos palabras, por cierto, que tanto usan en vano los políticos de este país llamado Extremadura. Los que mandan, quiero decir.
(Nota: Las dos cubiertas que ilustran esta entrada pertenecen a extintas colecciones de la Editora. La primera, Poesía, ha cambiado su aspecto. La segunda, La Gaveta, pasó definitivamente a mejor vida.)
23.5.14
Deutsche Arbeit!

Nueva exposición en Casa sin fin.
"Aunque son bien conocidos en España los trabajos fotográficos ligados a la industria, ingeniería y arquitectura de nombres como Alfred Renger-Patzsch, László Moholy-Nagy o Germaine Krull, por citar sólo tres de los más relevantes, faltaba por presentar la obra de este otro grupo de fotógrafos, todos ellos de expresión alemana: E.O. Hoppé, Jakob Tuggener, Hugo Schmölz, Josef Stoffels y Paul Woff, cuya práctica fue central durante los años 30 y 40", explican los comisarios de la muestra, Irene Antón y Julián Rodríguez.
Se inaugura mañana, 24 de mayo, en la sede madrileña de la galería.
6.5.14
Chema, Luis Arturo, Víctor y el Sr. Chinarro
"Quién me mandará a mí salir del sótano de mi casa. Decididamente soy un editor de sótano e internet y no de presentaciones y ferias", escribe José María Cumbreño en su muro de Facebook. Se fue triste de Plasencia el pasado sábado tras la presentación de Ediciones Liliputienes en la Feria del Libro de aquí. Sin despedirse, al menos de mí.
Era pronto, hacía calor, éramos cuatro gatos cuando comenzó su exposición apoyado en unos cuantos vídeos, muy logrados, de otros tantos poemas de algunos de los autores de la casa. Dos mexicanos, un argentino, un chileno, un par de dominicanos... Después tomó la palabra otro cuate, Luis Arturo Guichard, que leyó de viva voz un puñado de poemas donde el ruido y las plazas eran protagonistas. Le gusta, nos contó, estar rodeado de gente que te observa como al raro que eres mientras lees y de sonidos estridentes, tanto humanos como animales o mecánicos. Los propios de las ciudades. En esas estábamos.
Más tarde llegamos nosotros, Víctor Martín Iglesias y yo. Elogié la labor de Cumbreño en defensa del diálogo ultramarino en nuestra misma lengua (aunque él no estaba para flores), reñimos al otro Víctor por no estar, hablé de mi obsesión por la obsesión de poner prólogos a la mayor parte de los libros de poesía actuales y leí, claro, el no-prólogo del suyo, Cómo hemos llegado a esto, editado en las humildes Liliputienses. Él hizo lo propio en estos casos y leyó poemas de ese libro y otros inéditos que, por cierto, me gustaron. Van a más. Me alegro.
Para entonces, no lo he dicho, la carpa estaba llena. De maestros, sobre todo. Cosa, dijo Víctor, de su madre. Y se llenó aún más cuando entró en escena Antonio Luque, Sr. Chinarro, del que tanto había oído hablar (a los Víctor, sí, y a Julián Rodríguez, por ejemplo) y hasta leído, pero al que nunca había escuchado ni en vivo ni en diferido. Salí ganado para su causa. Disfruté no poco con algunas canciones y ninguna me decepcionó. No es que uno sea un ser musical, pero... Me pareció elegante, serio (en el mejor sentido) y con una voz sugerente, capaz de acompañar con la mayor dignidad a unas canciones (textos, digo) muy bien escritas. Una gran tarde-noche, salvo para Cumbreño. Su aventura dará -ya los está dando- frutos. Como dijo Machado, "El arte es largo y, además, no importa". Pues eso, Chema, a la tarea, que también va a más.
24.2.13
Intemperie
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| Foto Guaji |
Ya avanzamos aquí la impetuosa llegada a la escena literaria española (y más) del pacense Jesús Carrasco (1972) con su ópera prima, la novela Intemperie (un título excelente que, además, se adecúa como un guante a la historia que relata).
Uno, como tantos (gracias, Nahir), la ha leído y poco o nada puede añadir a lo que, desde los críticos más eminentes (Ricardo Senabre, José María Pozuelo Yvancos o J. Ernesto Ayala-Dip) y los más rebeldes (Ignacio Echevarría) hasta los más modestos lectores y blogueros, se ha dicho ya. Esta vez no he podido resistir la tentación y, ay, los he leído.
Puedo comentar, eso sí, que me ha gustado (me temo que otro lugar común), que la historia es tan sencilla como efectiva, que te engancha enseguida y que tiene, sí, algo (o mucho) de western. Para mí, aficionado al género, un plus.
Es admirable, sin duda, el uso que hace Carrasco del lenguaje (ese "detallismo" que destaca Senabre), más para quienes desconocemos el mundo rural donde transcurre; sin embargo, reconozco como algo forzado ese "preciosismo" que denuncia Echevarría en El Cultural o ese "excesivo formalismo" a que se ha referido Pozuelo en ABC. Y ya que lo menciono, no acabo de explicarme cómo una novela así, que basa buena parte de su fortaleza y de su sentido en la poderosa lengua que utiliza (remito de nuevo al profesor Senabre), puede ser traducida con fidelidad a tantos idiomas extranjeros, los que se hablan en países donde uno no imagina que se haya usado (no ya que se use) el prolijo, rico y preciso vocabulario ("en el que cada objeto tiene su vocablo exacto") que se corresponde con seres, utensilios, usos, giros y demás expresiones propias del agro español y, más en concreto, del extremeño. ¿Cómo llevar ciertas descripciones, pongo por caso, a otra lengua? Uno que cree en la traducción y confía en los traductores no debería dudar, pero...
Tenía razón Ayala Dip al mencionar que el texto le recordaba a dos autores de aquí: a Julián Rodríguez y al Gonzalo Hidalgo Bayal de ciertos relatos de Conversación. No veo esa relación, en lo que respecta al primero, más allá de ciertas ruralidades que, con todo, son opuestas entre ellos: por una mera cuestión de enfoque y de lenguaje: de estilo. A GHB me han sonado un par o tres de frases y, ya puestos, cierto paralelismo paisajístico con páginas de El espíritu áspero. Un común panorama, diría, metafísico. Aspereza e intemperie son, por lo demás, términos cercanos, si bien en la novela del de Higuera de Albalat prima, según creo, lo vegetal sobre lo desértico. Lo abrupto y escarpado sobre lo llano. Por lo demás, cualquier parecido con la realidad se me antoja pura coincidencia.
No me extraña, en fin, que la novela haya gustado. Me alegro, incluso, porque demuestra que un buen libro -de literatura, quiero decir- puede llegar a la categoría de best seller sin menoscabo; que a diferencia de lo que uno se temía, en España hay lectores dignos de tal nombre entre los que se limitan a leer para pasar el rato o entretenerse. No todo van a ser sombras, Dueñas y Jorge Javier.
Es admirable, sin duda, el uso que hace Carrasco del lenguaje (ese "detallismo" que destaca Senabre), más para quienes desconocemos el mundo rural donde transcurre; sin embargo, reconozco como algo forzado ese "preciosismo" que denuncia Echevarría en El Cultural o ese "excesivo formalismo" a que se ha referido Pozuelo en ABC. Y ya que lo menciono, no acabo de explicarme cómo una novela así, que basa buena parte de su fortaleza y de su sentido en la poderosa lengua que utiliza (remito de nuevo al profesor Senabre), puede ser traducida con fidelidad a tantos idiomas extranjeros, los que se hablan en países donde uno no imagina que se haya usado (no ya que se use) el prolijo, rico y preciso vocabulario ("en el que cada objeto tiene su vocablo exacto") que se corresponde con seres, utensilios, usos, giros y demás expresiones propias del agro español y, más en concreto, del extremeño. ¿Cómo llevar ciertas descripciones, pongo por caso, a otra lengua? Uno que cree en la traducción y confía en los traductores no debería dudar, pero...
Tenía razón Ayala Dip al mencionar que el texto le recordaba a dos autores de aquí: a Julián Rodríguez y al Gonzalo Hidalgo Bayal de ciertos relatos de Conversación. No veo esa relación, en lo que respecta al primero, más allá de ciertas ruralidades que, con todo, son opuestas entre ellos: por una mera cuestión de enfoque y de lenguaje: de estilo. A GHB me han sonado un par o tres de frases y, ya puestos, cierto paralelismo paisajístico con páginas de El espíritu áspero. Un común panorama, diría, metafísico. Aspereza e intemperie son, por lo demás, términos cercanos, si bien en la novela del de Higuera de Albalat prima, según creo, lo vegetal sobre lo desértico. Lo abrupto y escarpado sobre lo llano. Por lo demás, cualquier parecido con la realidad se me antoja pura coincidencia.
No me extraña, en fin, que la novela haya gustado. Me alegro, incluso, porque demuestra que un buen libro -de literatura, quiero decir- puede llegar a la categoría de best seller sin menoscabo; que a diferencia de lo que uno se temía, en España hay lectores dignos de tal nombre entre los que se limitan a leer para pasar el rato o entretenerse. No todo van a ser sombras, Dueñas y Jorge Javier.
27.9.12
Foro Sur
La nueva política cultural extremeña no inventa nada. Nada de verdad distinto y relevante, quiero decir. Se destruye o se recorta lo que había, sólo eso. Es ilustrativo el caso de Foro Sur, que ha devenido exposición y ha dejado de ser feria de arte, pero sigue siendo Foro Sur.
Con nueva dirección, eso sí, compartida entre la muy conocida Rosina Gómez Baeza y Lucía Ybarra, pretende, además de mostrar obras contemporáneas en distintos espacios expositivos, que se generen debates centrados en el concepto de la trashumancia cultural (algo que remite inevitablemente a la vieja Extremadura), y tendrá como país invitado a Chile, su escena artística.
Uno destacaría del programa la presentación del Proceso de construcción de un manual sobre arte contemporáneo, un trabajo de investigación coordinado por Rafael Doctor y realizado en colaboración con la Fundación Helga de Alvear (Cáceres), La Casa Encendida (Madrid) y el Museo de Arte Contemporáneo Gas Natural Fenosa (MACUF) (A Coruña), así como el informe La escena artística extremeña, de María del Mar Lozano Bartolozzi, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Extremadura.
Tres museos cobran especial protagonismo en Foro Sur, los tres más importantes de esta región: el MEIAC, el Centro de ArtesVisuales Fundación Helga de Alvear y el Museo Vostell.
Entre las seis galerias seleccionadas de España, Portugal y Chile, sólo una es extremeña: Casa sin fin, de Julián Rodríguez y Juan Luis López Espada. Hay otros extremeños implicados: Ada Salas (poeta), Antonio Franco (director del citado MEIAC) y Fernando Castro Flórez (profesor, crítico y comisario).
Para terminar, una reflexión. Foro Sur se celebrará en Cáceres entre el 26 de octubre y el 18 de noviembre. Su programa es tan extenso como ambicioso, no cabe duda. En lo sustancial, el patrocinio corre por cuenta del Gobierno de Extremadura (antes, la Junta) y de la Diputación Provincial cacereña. Se han presupuestado 100.000 euros (200.000 menos que en la edición anterior). Sólo en la noche de fiesta de los mundialmente famosos premios Ceres la Junta (ahora, el Gobierno) gastó casi 1.000.000. ¿La odiosa comparación resiste al tan popular sentido común? Pues no. Y menos ahora.
28.11.11
Corujeira
Por ahí (perdido) debe andar un poema que escribí a partir de unos cuadros del pintor argentino Alejandro Corujeira, que acaba de ganar el flamante premio del Salón de Otoño de Plasencia, aunque ahora se llame de otra manera. Me lo pidió Julián Rodríguez, que era, si no recuerdo mal, responsable de la Sala El Brocense de la Diputación de Cáceres por aquel entonces. A falta de internet, Corujeira agradeció por carta mis palabras que quedaron fijadas en el catálogo de la exposición. Además, tuvo a bien regalarme, o eso dijo, un dibujo o grabado que, por cierto, nunca llegó a mis manos. Anteayer, esperando a Bayal, lo vi en el bar del Alfonso VIII. Desayunaba a destiempo o comía muy pronto, no sé. Estuve tentado de acercarme, saludarlo, rememorar la historia y, cómo no, decirle que me alegraba y tal, pero... Para según qué cosas, ya está uno mayor.
27.8.11
Enciclopedia de Extremadura
Es el título de un artículo de Julián Rodríguez que publica hoy El País en su sección La Cuarta Página. Para empezar, la letra A. Esperamos más.
13.5.11
Viejos proyectos: Gabriel y Galán y Trapiello
Del pasado vuelven un par de proyectos que uno inició y, en lo personal, quedaron sólo en eso. Ahora, por fin, dejan de serlo y otros los hacen realidad. En forma de libros. De la Editora Regional de Extremadura.
Cuando convencimos a Cecilia Alarcón, inevitable cómplice, y a Paco Gabriel y Galán de que era necesario publicar por fin los diarios inéditos de su hermano José Antonio, acordamos en la cafetería del Círculo de Bellas Artes una hoja de ruta que, desde ese libro, nos llevaría, por lo pronto, a la recuperación de su poesía reunida, en una edición más armada y bonita que la anterior, que además incluyera poemas inéditos; así como la publicación de sus artículos, pues José Antonio Gabriel y Galán fue, antes que cualquier otra cosa, periodista.
El primer paso ya está dado y en las librerías bajo el título Último naipe. (Poesía completa, 1970-1990). Lleva unas palabras preliminares (ni escasas ni de compromiso) de Antonio Gamoneda. La edición y la introducción son de Luis Bagué Quílez, investigador de la Universidad de Alicante.
Es importante que ese libro exista para que cualquier lector pueda conocer o regresar a los versos de un poeta que se quedó sin generación y, en consecuencia, fuera de las antologías. Cuando vino a Plasencia, su pueblo, a presentar Las aguas detenidas, recalcó que uno sí la tenía (la de los Ochenta, según García Martín, que acababa de inventársela), algo que a él le pesaba no haber conseguido. Lo mismo que dejó escrito al principio de la reseña que publicó, a partir de aquellas palabras, en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
La misma colección, sin nombre, la más exquisita o selecta de la Editora, que acoge la poesía reunida de José Antonio Gabriel y Galán, es la elegida para la segunda edición, revisada, de Capricho extremeño, de Andrés Trapiello. La primera, que apareció en 1999 en La Gaveta al cuidado de Miguel Ángel Lama, Fernando T. Pérez y Julián Rodríguez, ya recogía una pequeña muestra de las muchas páginas que Trapiello ha dedicado a Extremadura (acaso las mejores de un escritor sobre este rincón), a la que mira y sigue mirando desde su particular observatorio de Las Viñas, en la Sierra trujillana de los Lagares. Por eso, propusimos en su día a Trapiello publicar una nueva edición de ese libro agotado, una idea que apoyó sin condiciones y con el debido entusiasmo, pero que quizá se haya hecho esperar más de lo deseable desde que firmamos, años ha, el correspondiente contrato.
En esta nueva edición se incluyen, además, un deslumbrante texto que se publicó en el libro Miradas sobre Extremadura (colección Viajeros y Estables) y un par de poemas: uno sobre la inscripción de unos versos de Virgilio en una piedra que se encuentra a la entrada de la casa familiar, el Lagar del Corazón, y otro dedicado a Fernando Pérez, "amigo tan recordado". También se incluyen hermosas fotografías de Rafael Trapiello, uno de sus hijos, de la serie "Los Pagos".
Cuando convencimos a Cecilia Alarcón, inevitable cómplice, y a Paco Gabriel y Galán de que era necesario publicar por fin los diarios inéditos de su hermano José Antonio, acordamos en la cafetería del Círculo de Bellas Artes una hoja de ruta que, desde ese libro, nos llevaría, por lo pronto, a la recuperación de su poesía reunida, en una edición más armada y bonita que la anterior, que además incluyera poemas inéditos; así como la publicación de sus artículos, pues José Antonio Gabriel y Galán fue, antes que cualquier otra cosa, periodista.
El primer paso ya está dado y en las librerías bajo el título Último naipe. (Poesía completa, 1970-1990). Lleva unas palabras preliminares (ni escasas ni de compromiso) de Antonio Gamoneda. La edición y la introducción son de Luis Bagué Quílez, investigador de la Universidad de Alicante.
Es importante que ese libro exista para que cualquier lector pueda conocer o regresar a los versos de un poeta que se quedó sin generación y, en consecuencia, fuera de las antologías. Cuando vino a Plasencia, su pueblo, a presentar Las aguas detenidas, recalcó que uno sí la tenía (la de los Ochenta, según García Martín, que acababa de inventársela), algo que a él le pesaba no haber conseguido. Lo mismo que dejó escrito al principio de la reseña que publicó, a partir de aquellas palabras, en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
La misma colección, sin nombre, la más exquisita o selecta de la Editora, que acoge la poesía reunida de José Antonio Gabriel y Galán, es la elegida para la segunda edición, revisada, de Capricho extremeño, de Andrés Trapiello. La primera, que apareció en 1999 en La Gaveta al cuidado de Miguel Ángel Lama, Fernando T. Pérez y Julián Rodríguez, ya recogía una pequeña muestra de las muchas páginas que Trapiello ha dedicado a Extremadura (acaso las mejores de un escritor sobre este rincón), a la que mira y sigue mirando desde su particular observatorio de Las Viñas, en la Sierra trujillana de los Lagares. Por eso, propusimos en su día a Trapiello publicar una nueva edición de ese libro agotado, una idea que apoyó sin condiciones y con el debido entusiasmo, pero que quizá se haya hecho esperar más de lo deseable desde que firmamos, años ha, el correspondiente contrato.
En esta nueva edición se incluyen, además, un deslumbrante texto que se publicó en el libro Miradas sobre Extremadura (colección Viajeros y Estables) y un par de poemas: uno sobre la inscripción de unos versos de Virgilio en una piedra que se encuentra a la entrada de la casa familiar, el Lagar del Corazón, y otro dedicado a Fernando Pérez, "amigo tan recordado". También se incluyen hermosas fotografías de Rafael Trapiello, uno de sus hijos, de la serie "Los Pagos".
13.2.11
La novela de Ana Olivera
Me ha extrañado ver un libro con la firma de Ana Olivera. No sabía que escribiese. Como a tantos y tantas, le perdí la pista hace mucho. Hubo un tiempo (que a uno le parece cada vez más lejano e irreal) en que compartimos empeños. Ella, encantadora y capaz, en el Gabinete de Iniciativas Transfronterizas y uno en el Plan de Fomento o en la Editora Regional. Precisamente la Editora ha publicado su primer libro, Del otro lado, en la preciosa colección Viajeros y Estables (otro borroso recuerdo del mismo pasado que comparto con Julián Rodríguez y Juan Luis L. Espada, que la dieron forma).
En realidad, el de Ana Olivera (Moraleja, 1967) no me ha parecido un libro de viajes. Es, más bien, una novela. Las ciudades y pueblos portugueses que la narradora recorre son la excusa perfecta para hablar de otro viaje: el de ella a sí misma. Del viaje de la vida, si se prefiere. La viajera es, por tanto, un personaje y, como lector, aprecio una innegable trama narrativa que, como digo, va mucho más allá de la tópica guía al uso. Hay un hilo narrativo aquí. Se nos cuenta una historia. De amor, para ser precisos. Los protagonistas: una pareja y sus gemelos. Y una amiga, Lucía. Ésta, obsesionada con Leonor Watling, se me antoja un alter ego de la narradora. Los gemelos, para seguir con ese juego de apariencias, a lo mejor no lo son. Quiero decir que en la nota y los agradecimientos que figuran al final del volumen se lee: "a Carlos por hacer de nosotras tres su país" lo que uno, a ciegas, entiende como "las gemelas y yo". ¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que estamos ante un artefacto literario perfectamente hilvanado que conduce a quien lee por los vericuetos del relato o la novela corta y no tanto por los de las autopistas lusas que te llevan a lugares concretos como Évora o Coimbra.
Las tensiones de la pareja (los conflictos, celos y placeres de esa relación), las consideraciones sobre la propia existencia, las delicias (y no tanto) de los niños, las conversaciones con su amiga (esporádica acompañante aquí o allá) y, sí, los lugares portugueses visitados o revisitados van marcando esa pauta narrativa a la que aludo. Un viaje que, en lo material, va in crescendo (otro guiño literario): de la sórdida pensión lisboeta al chalet pasando por el cámping, el apartamento o la lujosa habitación de hotel algarvense.
"La literatura es un engaño", escribe Ana Olivera (o su personaje) en la página 67, en un capítulo sin título -como los que abren las distintas partes de la obra- donde se reflexiona con agudeza sobre el hecho de escribir y el hecho de leer. "[La literatura] Adiestra para vivir desdoblado", escribe allí. "La literatura refleja la erosión de un ser humano en su contacto con el mundo si bien la huella nunca es igual, depende de la materia de cada uno y de cómo se produjo sus heridas", añade. Una poética. Al fondo, sólo al fondo, el paisaje portugués y un puñado de sitios (Lisboa ante todo), aunque lo más portugués del libro quizá sea la saudade que lo recorre, con mención expresa en la página 103: "Lucía solía decir que la saudade era pura invención, un cuento de fadistas y poetas".
Uno constata, en fin, que Del otro lado es literatura, no crónica. Que incluso podría haber aparecido en otra colección de la Editora; La Gaveta, por ejemplo.
"¿No serás de esa mujeres que sufren?, le preguntan a la protagonista, una frase que marca el tono de este libro tan breve como intenso donde, según creo, se ve a las claras que Ana Olivera ha aprendido las lecciones de algún joven maestro del género al que lee mientras desayuna en el porche de madera de un bungalow en Praia da Luz.
En realidad, el de Ana Olivera (Moraleja, 1967) no me ha parecido un libro de viajes. Es, más bien, una novela. Las ciudades y pueblos portugueses que la narradora recorre son la excusa perfecta para hablar de otro viaje: el de ella a sí misma. Del viaje de la vida, si se prefiere. La viajera es, por tanto, un personaje y, como lector, aprecio una innegable trama narrativa que, como digo, va mucho más allá de la tópica guía al uso. Hay un hilo narrativo aquí. Se nos cuenta una historia. De amor, para ser precisos. Los protagonistas: una pareja y sus gemelos. Y una amiga, Lucía. Ésta, obsesionada con Leonor Watling, se me antoja un alter ego de la narradora. Los gemelos, para seguir con ese juego de apariencias, a lo mejor no lo son. Quiero decir que en la nota y los agradecimientos que figuran al final del volumen se lee: "a Carlos por hacer de nosotras tres su país" lo que uno, a ciegas, entiende como "las gemelas y yo". ¿A dónde quiero ir a parar? Pues a que estamos ante un artefacto literario perfectamente hilvanado que conduce a quien lee por los vericuetos del relato o la novela corta y no tanto por los de las autopistas lusas que te llevan a lugares concretos como Évora o Coimbra.
Las tensiones de la pareja (los conflictos, celos y placeres de esa relación), las consideraciones sobre la propia existencia, las delicias (y no tanto) de los niños, las conversaciones con su amiga (esporádica acompañante aquí o allá) y, sí, los lugares portugueses visitados o revisitados van marcando esa pauta narrativa a la que aludo. Un viaje que, en lo material, va in crescendo (otro guiño literario): de la sórdida pensión lisboeta al chalet pasando por el cámping, el apartamento o la lujosa habitación de hotel algarvense.
"La literatura es un engaño", escribe Ana Olivera (o su personaje) en la página 67, en un capítulo sin título -como los que abren las distintas partes de la obra- donde se reflexiona con agudeza sobre el hecho de escribir y el hecho de leer. "[La literatura] Adiestra para vivir desdoblado", escribe allí. "La literatura refleja la erosión de un ser humano en su contacto con el mundo si bien la huella nunca es igual, depende de la materia de cada uno y de cómo se produjo sus heridas", añade. Una poética. Al fondo, sólo al fondo, el paisaje portugués y un puñado de sitios (Lisboa ante todo), aunque lo más portugués del libro quizá sea la saudade que lo recorre, con mención expresa en la página 103: "Lucía solía decir que la saudade era pura invención, un cuento de fadistas y poetas".
Uno constata, en fin, que Del otro lado es literatura, no crónica. Que incluso podría haber aparecido en otra colección de la Editora; La Gaveta, por ejemplo.
"¿No serás de esa mujeres que sufren?, le preguntan a la protagonista, una frase que marca el tono de este libro tan breve como intenso donde, según creo, se ve a las claras que Ana Olivera ha aprendido las lecciones de algún joven maestro del género al que lee mientras desayuna en el porche de madera de un bungalow en Praia da Luz.
2.9.10
Primicia: "Voces sin tiempo"
Uno desesperaba con respecto a la colección Voces sin tiempo que por fin va a lanzar (es un decir) la Fundación Ortega Muñoz (pinchar en "Publicaciones"). Hace ya años que me llegó la propuesta de Antonio Franco (alma, junto a Clemente Lapuerta, de la mencionada institución), a partir de un comentario mío en una de las primeras reuniones del Patronato (al que entonces pertenecía) donde quise que quedara constancia de la relación existente entre la pintura paisajística del sanvicenteño y la poesía. Le dije que sí con la única condición de que me acompañara en la aventura un amigo (por eso y por competente): el poeta y traductor Jordi Doce. Dicho y hecho. Hasta ahora, claro. Pero problemas y demoras al margen, los dos primeros libros están a punto de ser distribuidos por las librerías. Se trata de Aires, de Philippe Jaccottet (en traducción de Rafael-José Díaz), y Desde el fondo de los campos, de Mario Luzi (traducido por Coral García).
Son, no está mal decirlo, dos pequeñas joyas que bastan y sobran para justificar la colección, llegue o no a más. Por los poemas que encierran -abiertos a cualquier lector- y por la edición en sí misma, cuidada por Julián Rodríguez y Juan Luis López Espada para Inmedia.Vaya reservando sus ejemplares.
Son, no está mal decirlo, dos pequeñas joyas que bastan y sobran para justificar la colección, llegue o no a más. Por los poemas que encierran -abiertos a cualquier lector- y por la edición en sí misma, cuidada por Julián Rodríguez y Juan Luis López Espada para Inmedia.Vaya reservando sus ejemplares.
19.8.10
Lecturas conileñas
Suelo reservar algunos libros para leerlos en la playa. Bueno, en el apartamento o en la piscina, que uno es incapaz de leer, como tantos, entre arenas. Este año, por ejemplo, tenía las memorias de James Salter, Quemar los días (Salamandra) con una primera parte excelente (donde relata su vida de piloto: de aeródromo en aeródromo, de ciudad en ciudad, de guerra en guerra) y una segunda decepcionante. Me ha sorprendido, eso sí, cómo está escrito, con un lenguaje sencillo (algo muy "norteamericano" dicen) pero lleno de precisión. Muy sugerente en su aparente poquedad, vamos.
También había reservado Nuestro amor es como Bizancio (DeBolsillo), una extensa y asequible antología de Henrik Nordbrandt (en traducción Francisco Uriz) que me ha encantado. Tenía razón Julián Rodríguez al recomendármela. Ya se lo he agradecido. Lo que me extraña es el escaso eco que la obra del poeta danés ha tenido en España. No recuerdo ni una sola reseña del libro, ni en su edición anterior (supongo que en Lumen) ni en ésta. Misterios de la poesía. O de la crítica de poesía, mejor.
Seguí con los penetrantes ensayos sobre Eliot y Auden (que cada vez me cae mejor) escritos y reunidos por Jordi Doce en La ciudad consciente (Vaso Roto).
En Xanadú (donde, entre tanta y tanta tienda, se abre paso, milagrosamente, una sucursal de La Casa del Libro) compré Novela familiar. El universo privado del escritor (Páginas de espuma), de Blas Matamoro, una especie de enciclopedia sobre las vidas de una multitud de autores. Sus microbiografías revelan los problemas y las penas que pasaron la inmensa mayoría por culpa de padres, madres, hermanos, tíos y demás familia. Aunque Matamoro (por argentino) dice en el prólogo que ha "intentado eludir el psicologismo", este defecto aflora, me temo, más de la cuenta. Lo mejor, la idea general de la obra y las páginas dedicadas a algunos escritores (Vargas Llosa, pongo por caso). Lo peor, la manía (no encuentro otro término menos psicologista) de adjudicar a casi todos los escritores algún tipo de homosexualidad, ya sea explícita, latente, ignorada, predecible, sospechada, presunta, etc, etc, etc. Otro tanto cabe decir de las escritoras, lesbianas en su mayor parte.
Para terminar con el capítulo de "libros apartados", di buena cuenta de la reciente edición de la poesía completa de José Emilio Pacheco, Tarde o temprano (Tusquets), cuyos últimos libros desconocía y que, con las previsibles e inevitables caídas (poemas prosaicos o de circunstancia), sigue y seguirá siendo una de las voces imprescindibles de la poesía en español.
A estas lecturas se unieron otras. Así, de un práctico viaje a Bahía Sur (donde hay una librería de El Corte Inglés cuya sección de poesía mengua año a año) me traje un libro que busqué infructuosamente el pasado julio en Madrid: El reino blanco (Visor), de Luis Alberto de Cuenca. Para empezar, sigue costándome leer los libros de la cara colección Palabra de Honor. Prefiero la otra. La negra, la de siempre. La pasta dura, el papel magnífico, la tipografía lujosa... todo parece interponerse, ay, entre los poemas y yo. Rústico que es uno. Bromas al margen, en esta nueva entrega del poeta madrileño hay poemas memorables, a la altura de lo mejor de su ya reconocida y celebrada obra, pero también otros (los menos, el libro quizás peque de extenso) que no creo que pasen a la antología ideal del brillante autor de La caja de plata.
De Cádiz, en fin, me traje la penúltima entrega de mi admirado Leonardo Sciascia, que se me escapó en diciembre, El teatro de la memoria (Tusquets), tan sorprendente y bien tramada como todas las suyas. Ya estoy deseando leer la anunciada (también para fin de año) El caso Moro.
También había reservado Nuestro amor es como Bizancio (DeBolsillo), una extensa y asequible antología de Henrik Nordbrandt (en traducción Francisco Uriz) que me ha encantado. Tenía razón Julián Rodríguez al recomendármela. Ya se lo he agradecido. Lo que me extraña es el escaso eco que la obra del poeta danés ha tenido en España. No recuerdo ni una sola reseña del libro, ni en su edición anterior (supongo que en Lumen) ni en ésta. Misterios de la poesía. O de la crítica de poesía, mejor.
Seguí con los penetrantes ensayos sobre Eliot y Auden (que cada vez me cae mejor) escritos y reunidos por Jordi Doce en La ciudad consciente (Vaso Roto).
En Xanadú (donde, entre tanta y tanta tienda, se abre paso, milagrosamente, una sucursal de La Casa del Libro) compré Novela familiar. El universo privado del escritor (Páginas de espuma), de Blas Matamoro, una especie de enciclopedia sobre las vidas de una multitud de autores. Sus microbiografías revelan los problemas y las penas que pasaron la inmensa mayoría por culpa de padres, madres, hermanos, tíos y demás familia. Aunque Matamoro (por argentino) dice en el prólogo que ha "intentado eludir el psicologismo", este defecto aflora, me temo, más de la cuenta. Lo mejor, la idea general de la obra y las páginas dedicadas a algunos escritores (Vargas Llosa, pongo por caso). Lo peor, la manía (no encuentro otro término menos psicologista) de adjudicar a casi todos los escritores algún tipo de homosexualidad, ya sea explícita, latente, ignorada, predecible, sospechada, presunta, etc, etc, etc. Otro tanto cabe decir de las escritoras, lesbianas en su mayor parte.
Para terminar con el capítulo de "libros apartados", di buena cuenta de la reciente edición de la poesía completa de José Emilio Pacheco, Tarde o temprano (Tusquets), cuyos últimos libros desconocía y que, con las previsibles e inevitables caídas (poemas prosaicos o de circunstancia), sigue y seguirá siendo una de las voces imprescindibles de la poesía en español.
A estas lecturas se unieron otras. Así, de un práctico viaje a Bahía Sur (donde hay una librería de El Corte Inglés cuya sección de poesía mengua año a año) me traje un libro que busqué infructuosamente el pasado julio en Madrid: El reino blanco (Visor), de Luis Alberto de Cuenca. Para empezar, sigue costándome leer los libros de la cara colección Palabra de Honor. Prefiero la otra. La negra, la de siempre. La pasta dura, el papel magnífico, la tipografía lujosa... todo parece interponerse, ay, entre los poemas y yo. Rústico que es uno. Bromas al margen, en esta nueva entrega del poeta madrileño hay poemas memorables, a la altura de lo mejor de su ya reconocida y celebrada obra, pero también otros (los menos, el libro quizás peque de extenso) que no creo que pasen a la antología ideal del brillante autor de La caja de plata.
De Cádiz, en fin, me traje la penúltima entrega de mi admirado Leonardo Sciascia, que se me escapó en diciembre, El teatro de la memoria (Tusquets), tan sorprendente y bien tramada como todas las suyas. Ya estoy deseando leer la anunciada (también para fin de año) El caso Moro.
26.3.10
Cien narradores
José María Pozuelo Yvancos, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia y crítico literario (ahora en el suplemento cultural de ABC) es autor del libro 100 narradores españoles de hoy. Lo edita Menoscuarto. Estos son los seleccionados: Mariano Antolín Rato | Juan Pedro Aparicio | Fernando Aramburu | J. J. Armas Marcelo | Bernardo Atxaga | Andrés Barba | Xuan Bello |José Manuel Caballero Bonald | Javier Calvo| Carlos Casares | Francisco Casavella | Antón Castro | Rafael Chirbes | Javier Cercas | Juan Cruz Ruiz | Luis Mateo Díez | Pablo D’Ors | Luciano G. Egido | Cristina Fernández Cubas | Javier Fernández de Castro | Agustín Fernández Mallo | Jesús Ferrero | Juan José Flores | Alejandro Gándara | Adolfo García Ortega | José Antonio Garriga Vela | Marcos Giralt Torrente | Belén Gopegui | Juan Goytisolo | Luis Goytisolo | Irene Gracia | Almudena Grandes | José María Guelbenzu | Raúl Guerra Garrido | Menchu Gutiérrez | Enrique de Hériz | Gonzalo Hidalgo Bayal | Andrés Ibáñez | Paula Izquierdo | José Jiménez Lozano | Irene Jiménez | Eduardo Lago | Luis Landero | Luis Leante | Anjel Lertxundi | Elvira Lindo | Manuel Longares | Lola López Mondéjar | José Carlos Llop | Javier Marías | Juan Marsé | Gustavo Martín Garzo | Ignacio Martínez de Pisón | Ana María Matute | Eduardo Mendoza | Ricardo Menéndez Salmón | José María Merino | Juan José Millás | César Antonio Molina | Vicente Molina Foix | Inma Monsó | Rosa Montero | Quim Monzó | Antonio Muñoz Molina | Justo Navarro | Marcos Ordóñez | José Ovejero | Sergi Pàmies | Carlos Páramo | Javier Pérez Andujar | Arturo Pérez-Reverte | Ramiro Pinilla | Álvaro Pombo | Juan Manuel de Prada | Soledad Puértolas | Valentí Puig | Carlos Pujol | Juan Pedro Quiñonero | Javier Reverte | Manuel Rico | Carme Riera | Julián Rodríguez | Isaac Rosa | Ramón Saizarbitoria | Clara Sánchez | Miguel Sánchez-Ostiz | Elena Santiago | Berta Serra Manzanares | Lorenzo Silva | Antonio Soler | Emili Teixidor | María Tena | Javier Tomeo | Andrés Trapiello | David Trueba | Ángela Vallvey | Juana Vázquez Marín | Berta Vias Mahon | Enrique Vila- Matas | Pedro Zarraluki.
31.1.10
Letras
Nada más llegar a la Editora Regional, decidimos crear dos líneas literarias nuevas, con independencia de en qué colección se publicaran los libros de cada una. Así nacieron Letras Portuguesas y Letras Americanas. La primera, de hecho, ya había sido abierta en la etapa de Fernando Pérez, cuando apareció Te me moriste, de J L. Peixoto. Propuse a Antonio Sáez que nos asesorara en la empresa y, de paso, se encargara de traducir los libros que fueran saliendo. Y así fue: Ruy Ventura (poesía), Jose Gil, A. Cândido Franco (ensayo) y ahora Fernando Pinto do Amaral (Lisboa, 1960) del que el mencionado profesor de Évora edita la antología Exactamente mi vida (1990-2007), de la que destaca, en primer lugar, el diseño de Julián Rodríguez, que dio desde el principio a la colección Poesía su sobrio tono inconfundible. Tan inconfundible, resalta Antonio Sáez, como la voz de este melancólico poeta portugués (¿una redundancia?) casi desconocido hasta hoy en España. Sería demasiado sencillo decir que la suya es poesía de la experiencia, más que nada por las tergiversaciones a que el dichoso término ha sido sometido aquí. Lo es. Palabras "gastadas" (dos veces toma el poeta palabras prestadas de Gil de Biedma), tono conversacional y narrativo, vida a raudales y meditaciones cotidianas marcan el territorio poético de Pinto do Amaral. Si tuviera que elegir algunos poemas, señalaría "A causa de un ave", "Zeitgeist" (los dos traducidos por J. Munárriz en la antología Portugal: la mirada cercana), "Doce de mayo de 1995", "Al releer la poesía reunida" o "Alentejo". No le cansa a uno leer esta poesía de apariencia natural y amable donde late, sin embargo, la desazón y la hondura de cualquier existencia.
Para la aventura de Letras Americanas, nuestro cómplice fue Antonio María Flórez, que aunaba dos condiciones nada desdeñables: nació en Extremadura (ejerce de extremeño) y es colombiano. Además, es un poeta excelente y un magnífico conocedor de la literatura iberoamericana (también residió en Brasil). Esta línea fue inaugurada con un libro Luis Eduardo Rivera y luego llegó otro de cuentos de Jaime Echeverri, el último hasta el presente de La Gaveta. A éste, según nuestros (fallidos) planes, le debían seguir los de Adalberto Agudelo y Orlando Mejía. Me cuentan que para evitar indeseables retrasos (no hace falta decir que la Editora subsiste con partidas presupuestarias ridículas), se optó por un libro único que reuniera una muestra significativa de la literatura colombiana actual y a los nombres citados se unieron los de Octavio Escobar y Triunfo Arciniegas así como el de una mujer: Andrea Cote. Ese libro se titula Transmutaciones (Plural/Antologías) y lleva un claro, documentado y certero prologo de Flórez que también ha escrito las notas sobre los autores. Allí, los relatos de Agudelo y Arciniegas, una novela breve de Escobar (de gira estos días por España), los ensayos (sobre Basho, Hölderlin y León de Greiff) de Mejía y, por fin, un puñado de poemas de Andrea Cote (hay más Cotes poetas en Colombia) que a uno, por cierto, le han impresionado vivamente.
Para la aventura de Letras Americanas, nuestro cómplice fue Antonio María Flórez, que aunaba dos condiciones nada desdeñables: nació en Extremadura (ejerce de extremeño) y es colombiano. Además, es un poeta excelente y un magnífico conocedor de la literatura iberoamericana (también residió en Brasil). Esta línea fue inaugurada con un libro Luis Eduardo Rivera y luego llegó otro de cuentos de Jaime Echeverri, el último hasta el presente de La Gaveta. A éste, según nuestros (fallidos) planes, le debían seguir los de Adalberto Agudelo y Orlando Mejía. Me cuentan que para evitar indeseables retrasos (no hace falta decir que la Editora subsiste con partidas presupuestarias ridículas), se optó por un libro único que reuniera una muestra significativa de la literatura colombiana actual y a los nombres citados se unieron los de Octavio Escobar y Triunfo Arciniegas así como el de una mujer: Andrea Cote. Ese libro se titula Transmutaciones (Plural/Antologías) y lleva un claro, documentado y certero prologo de Flórez que también ha escrito las notas sobre los autores. Allí, los relatos de Agudelo y Arciniegas, una novela breve de Escobar (de gira estos días por España), los ensayos (sobre Basho, Hölderlin y León de Greiff) de Mejía y, por fin, un puñado de poemas de Andrea Cote (hay más Cotes poetas en Colombia) que a uno, por cierto, le han impresionado vivamente.
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