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9.9.14

Poesía veraniega

Venía uno de leer un durísimo comentario de mi estimado Paco León sobre un poema de Luis Alberto de Cuenca (y acerca de la poesía de la experiencia -a la española- en general) que abre el número 4 de Cuaderno Ático, por lo que la lectura del nuevo libro del poeta madrileño, Cuaderno de vacaciones (Palabra de Honor. Visor) empezaba, sí, de aquella manera.
Nos acercamos a Cádiz y compré mi ejemplar en Quorum, en la preciosa y concurrida Calle Ancha. Aquella misma tarde, en la esquina de un banco de la popular Plaza del Palillero, con fresco viento de poniente y conversaciones de la más genuina experiencia (entre chocho va y chocho viene), lo leí casi entero. Son 85 poemas escritos en los veranos que van de 2009 al 2012 y está dividido en distintos epígrafes que no siempre coinciden con años completos. En la nota previa, Luis Alberto de Cuenca nos dice que "la poesía es un vicio, y de los más entrañables y deliciosos" y que "hacer versos es una fiesta, algo muy parecido a la felicidad". Luego, cuando vas leyendo, te vas dando cuenta de que afirmaciones tan sencillas como ésas dan frutos así, sencillos también, tan claros como la poética sobre la que se sustenta la poesía de este autor, al menos desde La caja de plata, cuando empezó a mezclar, según sus propias palabras, "clasicismo y cotidianidad".  "Si amas la poesía, amas la claridad", escribe. 
Estamos ante las viejas obsesiones de siempre: los clásicos ("Apología de los clásicos"), Borges, el culturalismo, los héroes -y los superhéroes-, el cómic, el cine, las sagas nórdicas, las mujeres, el mundo celta, la Biblia, la noche, pero también ante nuevas maneras de decir lo mismo. Y el amor, por supuesto, al que dedica toda la sección final ("Amor indestructible"), una de las correspondientes a 2012, del mismo modo que dedica la obra a su querida Alicia. Con novedades: la edad ("Vejez") impone un tono melancólico ("Melancolía"), donde aflora el miedo (por cercanía) a la muerte. Y a la vida, claro. Así, en "Plegaria de la buena muerte", donde el tono humorístico no oculta ese temor. El paradigma puede ser "¡Ah de la vida!", un poema que marca además una línea más introspectiva y hasta, digamos, metafísica que es, por cierto, la que más me ha interesado del conjunto. En poemas como "Caverna perpetua" o "Confesión general". 
Se insiste en la poesía como consolación, en "Consolatio ad se ipsum...", "Le jour sort de la nuit" y "Cuesta creerlo", por ejemplo
No falta, al revés, la frivolidad a la que esta poesía nos tiene acostumbrados, como en el poema sobre la Movida madrileña que dedica a su amigo Fernando González de Canales. 
Le cuesta, con todo, fijar la realidad, que duda que exista "al margen / de las cuatro paredes de mi casa".
Que De Cuenca pertenece al sector de poetas prolíficos es un obviedad. Eso ni suma ni resta a la hora de juzgar su obra. Hay buenos poetas -poetas, a secas- entre los que han publicado mucho y entre los que no. ¿Le sobran algunos poemas a este libro? Puede que sí. Es una opinión personal, por descontado. Porque no dejan de ser comentarios, acotaciones, notas de lectura, sólo por eso. No es fácil, tras una trayectoria tan cumplida como la suya, evitar ciertas repeticiones que, no lo niego, harán las delicias de sus entregados lectores, que son muchos. Siempre habrá alguien que empiece a leer a este autor por este libro y a ese lector todo le parecerá nuevo y distinto. Al final, de lo que, para bien o para mal, casi nadie duda es de la necesaria presencia de Luis Alberto de Cuenca y de su poesía en la historia de la literatura española contemporánea. Por lo que vale en sí misma y por lo que ha influido en los versos de tantos vates de la hispanidad. Siquiera sea por contraste, que de todo hay, por suerte, en la viña del Señor.

11.11.14

Pase de revistas

Creía uno, como tantos, que esto de las revistas literarias en papel era cosa del pasado y, sin embargo, florecen como en los mejores tiempos, esos que ya ni se recuerdan. Para mí, ser analógico, una alegría.
Encima de la mesa, a la espera de la anunciada Suroeste, tengo seis: Anáfora, Estación Poesía, La Revista ÁureaClarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Turia.
Las dos primeras coinciden en el número 2 y en su sobrio pero elegante diseño.
Anáfora, que edita la asturiana Impronta y que coordinan dos poetas jóvenes que ya han pasado por aquí, Cristian David López y Pablo Núñez (del grupo de José Luis García Martín, maestro y mentor), abre su entrega con tres poemas potentes, marca de las respectivas casas, de tres poetas intensos y transgresores: Bonilla ("Los poetas malditos"), Piquero ("Intervalo de la rosa") y Bernad ("Buscadores"). Hay, además, traducción, prosas (diarísticas, por ejemplo), una entrevista a García Montero y un puñado de reseñas. 
Estación Poesía ratifica su calidad y se consolida como una de las más interesantes del panorama. Desde la Universidad Sevilla (CICUS), que no es poco, y de la mano de su director, Antonio Rivero Taravillo. Por no mencionar a unos y olvidar a otros, el conjunto es estupendo, citaré los aforismos de Elías Moro, que van camino de libro, y el extenso poema, que ya evoqué en este blog, de Andrés Catalán: "A veces la existencia se reduce a estar dentro de una habitación o fuera de ella". A los versos se suman algún estudio y unas reseñas. 
Jordi Doce me pasó el número 7 de La Revista Áurea y a la excelente factura hay que unirle el acierto en los contenidos. Por ejemplo, y en la sección de traducciones, el poema de Edwin Muir, "Los caballos", que el poeta gijonés vierte a nuestro idioma. O los cinco poetas portugueses que traduce Verónica Aranda, pura delicia. 
La veterana Clarín trae, como suele, numerosas sorpresas. Entre ellas, una nueva entrega de los diarios de Iñaki Uriarte, que viaja a Extremadura: "Dicen que es pobre, pero es preciosa"; aforismos del cubano Enrique José Varona, que rescata con gran sentido de la oportunidad Manuel Neila, y del andaluz Felipe Benítez Reyes, de tono científico; unos inteligentes y divertidos ensayos, digamos, del ya citado, cada día más ocurrente e inspirado, Juan Bonilla (que acaba de publicar en Visor su poesía reunida); un hermoso texto veneciano de Marina Gasparini sobre un cuadro de Tintoretto; unos poemas estupendos de la sueca Margareta Ekström en traducción y nota de Jesús Jiménez Domínguez; y, por no seguir, un ensayo de Cilleruelo sobre Tranströmer. En "Paliques", Miguel Ángel Lama firma una reseña sobre Materia de las nubes, de Luis María Marina, que acaba de publicar, por cierto, Nueve poemas a Sofía en Papeles de Trasmoz.
De este último número de CHA destacaría "Nombrar el cuerpo, conquistar el territorio", de la narradora y poeta Marta Sanz, una suerte de diarios y agudas reflexiones de la autora de La lección de anatomía que cualquier seguidor suyo debería leer. También me ha gustado la entrevista de Carmen de Eusebio al narrador chileno Alejandro Zambra: «Descifrar fue nuestra forma de crecer»
Para terminar, desde el pasado verano me acompaña el denso, voluminoso ejemplar de Turia. En esta ocasión, publica una selección de poemas magníficos, dedica el "Cartapacio" a Benjamín Jarnés, incluye dos entrevistas extraordinarias (a Aurora Egido y Luis Alberto de Cuenca) y otra entrega de los diarios de su director, Raúl Carlos Maícas, cada vez más hondos y logrados. En "La Torre de Babel", Rafael Morales Barba firma una reseña sobre Esta luz sin contorno, de Santiago Castelo.
Entre los colaboradores de estas revistas, algunos nombres se repiten: Piquero, Bernad, Bonilla, Mario Martín Gijón... Como se repiten los de los asesores de sus consejos; así, Luis Alberto de Cuenca. Normal. En todo caso, sigue uno disfrutando de estas efímeras empresas literarias que, paradójicamente, duran, duran y duran. Sí, ¡larga vida a todas!

30.6.15

Cavafis, siempre

Uno de mis poetas de cabecera, como para tantos lectores de poesía. Uno de los de verdad imprescindibles, o eso creo. A punto de que Pre-Textos publique en septiembre una nueva edición de su poesía completa a cargo del helenista Juan Manuel Macías (en su blog, las diosas y las nubes, se pueden leer algunos poemas de ese libro anunciado), lo que no deja de ser un acontecimiento, se acerca uno al poeta griego de Alejandría de la mano de una preciosa edición conmemorativa que vio la luz en diciembre de 2013, sesquicentenario del nacimiento de Cavafis y entre el cincuentenario de la publicación de la primera antología de sus poemas en España (1962, la catalana de Carles Riba) y el de la primera también es castellano (la del 64 de Vidal & Valente). Fue en la Fundación Málaga y en la misma ciudad de la poesía y del Sur en la que apareció la primera miscelánea de sus versos al español. La edición del volumen, titulado Málaga Cavafis Barcelona, es obra de Vicente Fernández González, profesor del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Málaga y lleva por subtítulo "Antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores". La edición, cabe añadir, es bilingüe: todos los textos aparecen en catalán y en castellano (los poemas, a izquierda y derecha). Los primeros, a modo de prólogo, van firmados, respectivamente, por Luis Alberto de Cuenca y Francesc Parcerisas ("Perspectiva de Kavafis a la poesía catalana"), dos poetas cavafianos de la misma promoción, la del 68, que tanto debe al alejandrino. Viene luego la amplia y concienzuda introducción, firmada al alimón por el editor y por Joaquim Gestí; un estudio inevitable a la hora de aproximarse a Cavafis y a la relación con su poesía en español. Un collage de Rafael Pérez Estrada abre la antología propiamente dicha donde aparecen, ya se dijo, las versiones de Riba y Vidal & Valente, además de otras: de Avellà, Garcés, Ayensa, Ferraté, Miralles, por parte catalana, y Álvarez (por sus traducciones nos iniciamos la mayoría de los de mi generación), Anghelidis, Bádenas de la Peña (con numerosas reediciones de sus versiones en Alianza), Cantú, Cañigral, Castillo, Ferraté (qué bonita la edición ilustrada de Lumen), Irigoyen (sus versiones son unas de las más originales, en Seix Barral), Pothitou, Herrera, Rivera, Santana (una de las pioneras, en Visor) y Silván, así como una versión del famoso poema "Esperando a los bárbaros" de Luis Alberto De Cuenca. El florilegio se cierra con un bonito y lírico epílogo de Juvenal Soto: "Alejandría es una idea, Cavafis también lo es". 
Lo mejor, más allá de la belleza del libro en sí, cuidado magníficamente por sus editores (y enriquecido con pocas pero bien elegidas ilustraciones), ha sido poder recuperar otra vez, sin que canse, los versos del autor de "La ciudad" y reconocer en ellos un magisterio tanto para la literatura como para la vida. No, nunca estuvo este hombre más de actualidad. La de un clásico.

27.6.18

Lecturas de final de curso

Cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza sabe perfectamente que los finales de curso son siempre tensos. Al cansancio de los alumnos se suma el de los docentes y a estos se les acumulan mil  y una tareas burocráticas que logran crispar sus ya frágiles nervios. Eso por no hablar del típico conflicto de última hora, ya sea provocado por alumnos o progenitores, incluso por tal maestro o profesor, para que nadie diga que echo balones fuera. Ya que lo menciono, supongo que a los aficionados al fútbol les habrán aliviado este estresante colofón educativo los partidos del Mundial. A los que no lo somos (pedimos disculpas por ello), la lectura (si eres lector, claro) nos resulta un antídoto perfecto contra la mencionada crispación. Como uno ya es mayor y no está obligado, en este terreno, a satisfacer otro gusto que el propio, confesaré que me han ayudado estas últimas semanas un puñado de libros que comulgan con mis intereses lectores. Sólo unos pocos, advierto, de entre los que he tenido ocasión de disfrutar estos últimos meses. No dejo de agradecer la generosidad de cuantos me envían sus libros. Empiezo por gente de mi edad, como Felipe Benítez Reyes (al que saco un año) o Luis Alberto de Cuenca (que me saca nueve, aunque no lo parezca). 

Del primero he leído Ya la sombra, un libro de tono grave, que diría nuestro añorado Miguel García Posada, sin que ello signifique solemne (eso nunca), siquiera sea porque la vida al filo de los sesenta... No es el de Rota un poeta irregular ni cambiante, por eso los que vuelvan sobre esta última entrega lo reconocerán pronto. A mi manera de leer, esta es una de sus mejores obras. Por genuina, añado. Y por honda. Léase "Ciclos" o "La materia invisible", por ejemplo, o "El lector adolescente". Por lo demás, conviene destacar la ilustración de la cubierta, un precioso collage del autor de Sombras particulares.

Del segundo he devorado Bloc de otoño (como el anterior, en Visor, aunque éste en la colección Palabra de Honor), un libro que reúne poemas de 2013 a 2017. No le he hecho caso y lo he leído en riguroso orden de aparición, que es como uno lee siempre los libros. Como han dicho otros lectores y críticos es verdad que algunos poemas puede que sobren, pero a uno le da igual porque en todos ha encontrado un hallazgo, un guiño, una lección, un sentimiento o, en fin, algo que lo justifique sobre la página. Algunos son memorables y formarán parte de esa antología esencial que el futuro deparará al poeta madrileño, con permiso o no de los políticamente correctos. Eso sí, el florilegio será, como este volumen, bastante grueso. Tiempo al tiempo. 

A Arturo Tendero, otro cincuentón (le saco dos años), ya lo había leído. Para uno siempre será el de la revista La siesta del lobo, el defensor de César Simón, al que dedica un emotivo poema en su último libro, El otro ser (La Isla de Siltolá). Un libro que, por cierto, me ha encantado. Sin ningún pudor lo afirmo. Es un libro logrado, personal, directo, estupendamente escrito y con un ritmo que se cuelga del oído del lector de principio a fin. No creo que a nuestra avanzada edad, insisto, se puede escribir de otra manera ni decir cosas diferentes a las que, con gran sentido de la medida, dice Tendero, uno de los excelentes poetas albaceteños de ahora. Chapeau!

De Enrique Zumalabe Ramblado (onubense del 77 y, como uno, maestro) ya habíamos hablado también aquí. Repite editorial y nos entrega La lluvia o mañana, que no está tampoco nada mal. Vamos, que está muy bien. La suya es también una poesía de línea clara, sin prescindibles oscuridades, vagarosas experimentaciones e innecesarias alharacas. Habla de lo que le pasa a él, que viene a ser, cuando el poeta acierta, lo que nos pasa a todos. El toque portugués (más que la visita a ciudades como Oporto) le añade un plus de credibilidad lírica, algo en lo que coincide con los demás poetas reunidos en esta entrada: que son buenos lectores y que de sus lecturas trasvasan no poco a sus poemas. Léase "No soy Borges" o "Con la venia de Horacio". A este hombre de apellidos complicados ya no lo pierdo de vista. A la segunda... 

Tampoco me ha decepcionado Tacha, de Francisco José Martínez Morán (¡uf!), que aparece en Renacimiento gracias, supongo, al buen olfato de Abelardo Linares o de su hija Christina, no sé. Aquí la máxima virtud está en la mínima expresión. Quiero decir que borda los poemas breves, que no es tan fácil. Poemas que a pesar de su concisión, o tal vez por eso, resultan contundentes y acerados, como un buen golpe de boxeo. Léase "Sobre aquel páramo". Versos sin contemplaciones donde abundan también las lecturas y los homenajes a clásicos, sobre todo, algo que siempre se agradece. A modo de ejemplo: "Farai un vers de dreit nien" por donde surgen Guillermo de Aquitania y... Luis Alberto de Cuenca. Ejemplar. 

Dejo para el final, pero sin intención (me temo que en estos tiempos estas explicaciones, ay, son necesarias), Las variaciones insensibles (A la sombra de los días, de Ibañez y Salcines editores), obra de la santanderina Elda Lavín, editora de La Mirada Creadora, y sólo porque el tono es diferente y la poética menos realista, digamos, que la de los libros anteriores. Eso con ser los suyos poemas apegados a la vida. Y al amor, que viene a ser lo mismo. La diferencia la marca acaso una propensión más reflexiva o hasta, digamos, metafísica. Unos poemas para leer con atención y releer de nuevo (lo que exige, por otra parte, cualquiera que se precie). Versos sutiles donde prima un lenguaje que no deja ningún resquicio a la prisa o al descuido. Permanezcan atentos. 

18.12.17

Entre manos

Mosaico de M. Á. Lama
Acabo de enviar a la revista Clarín las reseñas de dos libros la mar de interesantes. Hablo de Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), del autor de El gatopardo, Giuseppe Tomasi de Lampedusa (Acantilado), y de Antología poética, de la poeta mexicana Rosario Castellanos (Visor). Dos escritores por los que siento debilidad. En El Cultural esperan otras, como la de otro tocho memorable, semejante a los que citaba en mi reciente reseña de Lowell. Me refiero al primer volumen de las Poesías Completas de T. S. Eliot (Visor) en traducción de José Luis Rey. No saldrán tan rápido como si las publicara aquí, pero tendrán más difusión. Ya que menciono al Príncipe de Lampedusa, encima de la mesa casera de novedades aguardan su turno las Historias sicilianas, de Giovanni Verga, que publica con primor La Línea del Horizonte. Y las prosas de Cavafis, en edición de Pedro Bádenas de la Peña (Almuzara); la primera novela (larga) de Álex Chico, Un final para Benjamin Walter (Candaya) y, también en torno al pensador alemán, Experiencia y pobreza, el libro de Vicente Valero sobre su estancia en Ibiza que reedita Periférica; Zambullidas, minificciones de Yolanda Izard (Renacimiento); el Epistolario de Gerardo Diego y Juan Larrea (Residencia de Estudiantes-Fundación G. D.); y Álbum de sombras, de Elías Moro (Eolas), un paseo por la memoria de este corredor de fondo.
Y más lírica: la estupenda antología La poesía del siglo XX en Italia, en edición de Emilio Coco (Visor); Otra vida, de Derek Walcott (Galaxia Gutenberg), en traducción de Luis Ingelmo; el último libro de Luis García Montero, A puerta cerrada (Palabra de Honor); El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz), de Juan Ignacio González (en BajAmar Ed.); la antología de Sara Teasdale (Ravenswood Books Editorial) que ha preparado Hilario Barrero (de la que presentó un adelanto en Clarín); Del fruto que arde, del resistente Luis Llorente (La Garúa); Dibujar una isla, de Verónica Aranda (Los Versos de Cordelia), premio Ciudad de Salamanca; Nadie y la luz, de Màrius Sampere (un libro escrito en castellano por uno de los mejores poetas contemporáneos en lengua catalana), y El emperador de los relojes de agua, del norteamericano Yusef Komunyakaa, ambos en Pre-Textos. Como la Obras Completas de Manuel Padorno de las que ve la luz ahora el segundo tomo. La edición (que se acerca a las dos mil páginas) es de Alejandro González Segura y las palabras preliminares de Jaime Siles y Miguel Casado, respectivamente.
No faltan en esa atiborrada mesa los sutiles aforismos de la filóloga y traductora Victoria León, agrupados en Insomnios (La Isla de Siltolá), su primer libro. Receloso ante el género, que es moda, de esta obra sólo puedo decir bondades. Me está gustando mucho. Hablaremos. También de la editorial sevillana, Juan Lamillar publica Un lugar en el que llueve, ensayos sobre poesía española contemporánea.
Y no faltan revistas, como el número 5 de ventiúnversos (con poemas, entre otros, de José Albí, Antonio Gamoneda, Jordi Doce o Arturo Tendero, que recuerda en "Lectura" a César Simón) y el 12 de anáfora (donde publican versos, entre otros, los extremeños Irene Sánchez Carrón y Antonio Rivero Machina, y donde la citada V. L. traduce poemas de John McCrae junto a Luis Alberto de Cuenca, una feliz colaboración a la que ya estamos acostumbrados). 
Hay más, pero por hoy basta. Serán unas vacaciones lectoras en las que algo habrá que escribir, por ejemplo la reseña de La princesa y la muerte, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets), por encargo de Turia

19.8.12

La victoria en la derrota

Así se titula el primer libro de José Luis Sevillano (Oviedo, 1979), publicado por la Universidad de Oviedo, ya que se alzó con el I Premio de Poesía de la institución.
Un verso de Pessoa, "hagamos de nuestro fracaso una victoria", puede explicar las intenciones de la obra. Un poema de Coleridge, "Una defensa de la propia vida", también en el umbral, señala el camino.
Sevillano levanta su edificio de sonido y sentido en torno a la experiencia y elige para ello una poesía de "línea clara", que diría uno de sus referentes. 
Elegante, clásica, sobria y muy british son adjetivos aplicables a una manera de decir que opta por facilitar la tarea al lector. Hasta donde eso es posible en poesía sin caer en vulgares simplezas.
"He soñado de nuevo con los cuervos" es un verso que delata una filiación inequívoca: la poesía de Julio Martínez Mesanza, guía de esta primera aventura poética; de él, entre otras cosas, ha aprendido el uso del endecasílabo blanco, del que el autor de Europa es consumado maestro.
No, no oculta Sevillano a sus maestros, sino todo lo contrario: Luis Alberto de Cuenca, Juan Luis Panero (de quien tan poco se habla últimamente), Bejarano (otro raro)... En las citas no faltan los homenajes a compañeros de viaje: Cereijo, Almuzara. Ni en las dedicatorias: José Luis García Martín (compañero de tertulias, según creo, en Oliver), Pelayo Fueyo... O a intemporales, como Víctor Botas (éste sí de actualidad). 
Un primer libro es mucho. O poco. O nada. Depende. Uno, tras leer éste, estará atento a lo que venga. La cosa no ha empezado mal. Lo justifica un puñado de poemas. ¿Qué si no? Breves, por cierto, casi todos. Es más que probable que la poesía de José Luis Sevillano nos vuelva a iluminar y esta vez será, por ley de vida, con una voz y un mundo más propios.

Nota: En la fotografía, el poeta en el claustro del Monasterio de Valdediós.

23.12.15

Las cosas del lector

Gonzalo Hidalgo Bayal siempre se ha referido a mi paisano y medio pariente Juan Luis Hernández Mirón como "el landeariano alto". Por lo obvio y por su incondicional amistad con el escritor Luis Landero, a quien ha acompañado con frecuencia de ciudad en ciudad y de acto en acto en su condición de íntimo amigo y, además, de admirador y chófer. Eso no quiere decir que sea la persona que más veces ha escuchado sus amenas charlas, conferencias y presentaciones, pues el de Alburquerque prohíbe a sus acompañantes habituales (y acaso nadie más asiduo que Mirón) entrar en los recintos donde se producen esos encuentros para evitar que vuelvan a oír lo consabido. Cuento esto porque así entenderán mejor los lectores el precioso prólogo que Landero le ha puesto a la primera edición crítica de Las cosas del campo, libro del poeta malagueño José Antonio Muñoz Rojas, publicado (con una preciosa imagen en la cubierta del pintor Pedro Serna) por Renacimiento.  La primera edición es de 1951 y ésta se basa en la publicada por Pre-Textos en 2009.
Que me perdonen tanto el autor, por desgracia ya fallecido, como el editor literario, pero sólo por esas palabras liminares hubiera merecido la pena imprimirlo. A su amigo está dedicado, sí, a la persona que ha dedicado horas y horas a esa obra que glosa, por eso, estupendamente. Con su lectura, permite al lector una nueva y más honda aproximación a este clásico de nuestro panorama. Un testimonio único acerca de un mundo que ha desaparecido.
Hernández Mirón, profesor de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, ya había publicado en Vitrubio un voluminoso libro titulado La poética de José Antonio Muñoz Rojas en "Las cosas del campo", donde dió a conocer parte de su tesis doctoral sobre la obra del poeta antequerano. El prólogo, cómplice y divertido, estaba firmado por Luis Alberto de Cuenca, compañero de consejos superiores y otras filologías, además de buen amigo suyo también.
En Rilce. Revista de Filología Hispánica, en fin, podrá consultar el lector curioso un extenso artículo de Mirón titulado "Las cosas del campo de José Antonio Muñoz Rojas".
En el citado prólogo, donde Landero evita entrar en asuntos que conoce de sobra desde niño (su último libro, El balcón en invierno, es prueba de ello), que no necesita consultar el práctico glosario para urbanitas que incluye esta edición, comenta que "Estamos, pues, ante la aventura de un lector que se embarca en la procelosa travesía de un libro y luego nos ofrece los secretos de su cuaderno de bitácora". Así, el libro "ha pasado a llamarse «Las cosas del lector», o si se quiere: «Las cosas de Juan Luis»". Y ello porque es esa condición, la de lector, la que aquí predomina y por eso aprovecha para reivindicar la "inspiración" del lector "que es tan soberano al leer como el escritor al escribir"; del "lector-musa", como él lo denomina.
"Sobriedad, elegancia, sabiduría, y un contenido temblor estético, son términos que le convienen a este libro", sentencia.
Y en efecto, a esas virtudes se atienen las sutiles y discretas glosas de Mirón que dan a la obra de Muñoz Rojas una dimensión hasta ahora inédita.
Estamos ante una excelente oportunidad para volver sobre un libro que es, ante todo, poesía; en la estela de los poemas en prosa, digamos, del Ocnos de Cernuda, otro escritor español de impronta británica. Un libro que en la incesante novedad fundamenta su noble condición de clásico.

30.5.14

Las lecturas de García Martín

Lecturas buenas y malas. Libros que conviene o no conviene perderse (Renacimiento), de José Luis García Martín, no sé qué número hace en la amplia bibliografía del profesor, crítico, traductor, poeta y puede que inventor del selfie. Uno ya ha perdido la cuenta. Lo que sí ocurre en los últimos tiempos es que sus nuevas entregas no lo son tanto; salvo en poesía, reúnen textos publicados con anterioridad. En lo que a la crítica se refiere, esto no es una novedad pues no son pocos los libros que ha editado con recopilaciones de reseñas y artículos que habían aparecido en revistas, suplementos o periódicos. Las que aparecen aquí las hemos venido leyendo, entre otros lugares, en su blog Crisis de papel, uno de los dos que mantiene.
"Criticar por criticar" abre el volumen, un conjunto de aforismos, a los que tan aficionado es, donde, a modo de prólogo, ajusta las cuentas con poetas, críticos y demás familia lírica. "Nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica", dice el segundo. La provocación es marca de la casa, sí, como lo es su juego con las paradojas, otro de sus deportes literarios favoritos.
"Gente, historias, literatura" agrupa reseñas sobre autores, digamos, clásicos: de Baroja a Borges, de Juan Ramón a Cernuda, con calas en Carmen Laforet, Elena Garro o Enma Penella. Termina con un interesante acercamiento, sin contemplaciones, a la vida y obra de José María Álvarez, ese misterio cartageneroparisino (no sé si clásico o no).
"La crítica asnal y otras críticas" nos devuelve al fiero polemista sin pelos en la lengua, alguien nada diplomático al que le encanta llevar la contraria, un hombre amado y odiado no sé si a partes iguales. Allí, el feminismo, los premios, las mafias...
"Prosas de diario" alude a ese género, el diarístico, del que es arte y parte, un adelantado a esa moda en España. Allí, H. Barrero, Iñaki Uriarte, J. Á. Valente, Trapiello, Malpartida, Freixas...
En "Charlas de café" regresa el tertuliano (de Oliver, por ejemplo), el inventor de conversaciones apócrifas donde preguntas y respuestas suelen ser obra suya y no de los personajes que se sientan a la mesa. Muchos son los convocados y muy sabrosos los comentarios que sobre ellos (su existencia, sus libros) desgrana.
"El arte de editar", que él conoce bien, sirve para poner en su sitio a editores de obras ajenas, poco importa que se llamen Francisco Rico, Fernando Savater o Jerónimo Pizarro.
"Otras gentes, otras historias" es un viaje a libros y autores más exóticos, digamos. Escritores nórdicos, rusos, alemanes, ingleses... Hamsun, Wilde, Hellen, Norwich (y otra obsesión: Venecia), Malaparte...
En "Algo de poesía" reconocemos al JLGM más genuino: el crítico de libros de poemas. Con su particular canon a cuestas, su personal jerarquía: Miguel D'Ors, Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi, Eloy Sánchez Rosillo, Andrés Trapiello, Luis García Montero, Felipe Bénitez Reyes... Y con sus fobias líricas (siquiera a ratos): Gamoneda, la última etapa de Gimferrer y de Caballero Bonald...
"José Luis García Martín dice lo que nadie dice e incluso en algún caso lo que nadie debería decir", leemos en la contracubierta de este libro sobre libros, algo que a estas alturas de la fiesta casi nadie desconoce.
"Desde 1975" debería colocar Martín al frente de sus entregas, como si de un restaurante, una tienda o un ultramarino se tratase, pues desde entonces realiza, de forma regular y concienzuda, crítica literaria. No es poco. 

23.7.14

El único libro

Manuel Neila (Hervás, 1950) fue uno de tantos extremeños que, como ahora, tienen que marcharse de su tierra para abrirse camino en la vida, por eso su infancia y juventud transcurrió en Asturias, donde estudió Filología Románica (en la Universidad de Oviedo).
Como poeta, su primer libro se tituló Clamor de lo incesante (1978). Poco después fue incluido por el crítico José Luis García Martín (extremeño en Asturias también, editor de esa ópera prima) en la singular antología Las voces y los ecos (1980).
Más tarde vinieron: Pasos perdidos (1980), Estancias (1986), El transeúnte (1990), Una mirada (1996) y Cantos de frontera (2000), que, como nos informa Neila, “permanecían inéditos, total o parcialmente, hasta que vieron la luz en Huésped de la vida (Gijón, Llibros del Pexe), su poesía reunida entre 1980 y 2005”.
Otros libros suyos son: El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), la edición bilingüe de Cantos de frontera (2003), cuya versión francesa corre a cargo de Michelle Serre, Puntos de vista (ensayos, artículos y notas publicados en 2003 en la colección Ensayo Literario de la Editora Regional) y  el volumen de aforismos Pensamientos de intemperie, publicado también por la editorial Renacimiento en 2012.
Ha traducido a Montaigne (Páginas escogidas), Baudelaire (Las flores del mal y El spleen de París), Nerval y Haroldo de Campos, entre otros. También ha editado a Nietzsche (aforismos), Machado (del que recopiló sentencias y donaires), José García Vela (Hogares humildes, su obra poética) y Lezama Lima (una antología del poeta cubano precedida de un prólogo esclarecedor).
No debemos omitir su condición de estudioso y crítico literario, labor que desarrolla, en los últimos tiempos, para las revistas Clarín, Turia, Quimera y Cuadernos Hispanoamericanos.
Ahora aparece con el número 67 de la acreditada colección a rayas (en feliz idea de Marie-Christine del Castillo) de la sevillana Renacimiento, El camino original [Antología poética, 1980-2012] con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Los poemas que lo integran pertenecen a los libros que se mencionaron antes; total o parcialmente incorporados. Además, se muestran en la antología varias composiciones del libro de poemas en prosa El sol que sigue (2005), incluido también en Huésped de la vida; las “menos prescindibles o, en todo caso, más representativas”, precisa Neila.
Se adelantan poemas de Al norte del futuro, “una suerte de obra poética abierta, compuesta de proverbios y cantares; además de otra serie de poemas inéditos, recogida en la sección postrera de El camino original, que formaran parte de un libro venidero”, explica el autor en la “Nota bibliográfica” que aparece al final del volumen.
El florilegio sigue en la lista a El viaje de la luz, del alicantino Antonio Moreno, y precede a Montaña al sudoeste, de Antonio Cabrera, lo que da una idea, al menos para el lector avisado, de la importancia de que la poesía de Neila pase a formar parte de esa suerte de canon de la poesía contemporánea en español (tanto española como hispanoamericana) que la colección Antologías -gobernada por el poeta y editor Abelardo Linares- representa.
Equidistante de la «antología personal» y la «poesía reunida», por voluntad del poeta, El camino original agrupa, sí, un puñado de poemas escritos en poco más de tres décadas. Los que el autor ha decidido que merecen ser salvados.
Aunque, como se ha dicho, García Martín  incluyera a Neila en su antología Las voces y los ecos (que vino a demostrar que no era novísimo todo lo que lucía ni venecianismo cuanto campeaba), el de Hervás ha sido un poeta, digamos, sin grupo o generación, uno de tantos que caminan en solitario sin atender otra ley que la de su propia poética y la de su necesidad de decir. Mejor.
Porque Neila tiene voz propia, no ha requerido de pamemas para abrirse paso, poco a poco, en el panorama patrio. Por eso, a los lectores atentos de este país, a la inmensa minoría, no le ha pasado desapercibida su obra, que con esta antología, todo hay que decirlo, se abre un hueco mayor y le da una visibilidad que hasta ahora no había tenido, más que nada porque las meritorias y aun benéficas editoriales en las que ha publicado (Júcar, Llibros del Pexe…) carecían de ese plus de publicidad que tienen tres o cuatro en nuestro patio de vecinos lírico.
“Poeta cauteloso”, leemos en la solapa del libro (exigente, diría uno), sin prisas, yendo a lo que importa, también lo es “casi secreto”, como leemos allí, por más que esto sea común a la inmensa mayoría de vates que por aquí pululamos. Nada nuevo. Para nuevos, sus versos, virtud de la poesía cuando de verdad lo es.
Digamos cuanto antes que los poemas de Neila pertenecen a la estirpe de los que buscan en la palabra esencialidad y, por paradójico que parezca, silencio, la música callada de la que tanto se ha hablado por estos lares. Y eso no puede compaginarse con la fabricación de libros al buen tuntún y la sobreexposición pública a la que aspiran numerosos poetas.
Luis Alberto de Cuenca, con la sutileza que le caracteriza, indica en su breve pero enjundioso prólogo que “Manuel Neila recuerda a Juan Ramón Jiménez en lo que se refiere a la obsesión, compartida por ambos, de ofrecer a la posteridad un libro único que los reúna a todos y que de fe de su visión poética del mundo. En el caso de Neila, El camino original es ese libro”.
Esa voluntad de “libro único” se manifiesta, según creo, en detalles tan significativos como el de poner delante de los respectivos títulos de las obras que lo componen un número romano que señala que son partes de un todo.
Si bien encontramos en los primeros libros un gusto por la palabra que a veces induce a cierto preciosismo, la poesía de Neila se caracteriza, ya se dijo, por su fundamento, donde la palabra justa y el vocabulario esencial lo es todo. No hay rebuscamiento o barroco en estos versos que aspiran a nombrar, ante todo, las “pequeñas cosas” (un tema reiterado). “Ese hombre celebra las pequeñas cosas”, escribe en un verso. La luz (siempre presente), un paisaje, un recuerdo, tal o cual escena, eso que nos asalta a cada paso en medio de la vida cotidiana suele ser la materia de la que está hecha esta lírica que participa acaso más de lo celebratorio que de lo elegiaco, por más que la melancolía, otra forma de la poesía, según Stevens, sea indeleble marca de la casa. Junto a la soledad, otro tema insoslayable.
Poesía del pensamiento, de preguntas, en la mejor tradición española de lo meditativo que tan bien definió Valente. Con su vertiente fenomenológica, eso sí, porque la mirada, la visión, aquí lo es todo.
Su tono tiende al clasicismo, poco importa que este sea occidental (Grecia, Roma), castellano (los poetas del Siglo de Oro) o de Oriente. Lo experimental, esa cohetería vanguardista que tanto gusta a algunos lectores, brilla aquí por su inexistencia. Y uno lo agradece.
¿Sus autores de cabecera? Los deja caer por las citas del libro. Antonio Machado, por ejemplo, JRJ, Rilke, Eugénio de Andrade, Novalis y, por añadidura, los románticos alemanes e ingleses, y los poetas orientales y, cómo no, Borges (no mencionado, pero también ahí, en “Epitafio”: “He sido muchas cosas, / como todos los hombres, / y la noche, y la muerte, y las estrellas.”)
Por el tono discursivo que a veces adopta su poesía, propio de esa poesía de la meditación a que me he referido antes, por su cercanía a la naturaleza y al paseo, poemas como los que componen “Una mirada” me recuerdan a Claudio Rodríguez.
Y ya que lo menciono, la voluntad de claridad es otra constante. En la línea, pongamos por caso, de un Eloy Sánchez Rosillo, compañero de antología y de promoción (en Las voces y los ecos); una claridad que poco (o nada) tiene que ver con la simpleza, con lo anecdótico, eso que tanto se llevó en temporadas pasadas. Y que conste que aquí experiencia no falta. Al revés.
También abunda la concisión, marca de la poesía, es cierto, pero que en algunos autores se agudiza. La economía verbal le conduce al uso del poema breve o muy breve (haikus y tankas) y es fácil intuir que comulga con otra de sus pasiones: el aforismo, esa afilada manera de decir más con menos.
Poesía del “yo” que, sin embargo, usa con frecuencia el “tú” cernudiano, el del que habla consigo mismo a debida distancia.
Poesía del viaje, de alguien que se considera un “transeúnte”: “He sido el transeúnte…” Por eso, “Cantos de frontera”.
Viajes a distintas partes del mundo (Grecia, Inglaterra, India, Alemania...) y de regreso a un lugar muy especial: su tierra de nacimiento: Hervás, Ambroz, Valdeamor, Pinajarro… La infancia, otra de los asuntos reiterados en el libro, donde esos lugares de la memoria aparecen nombrados y evocados largamente.
“No eres el pasado que regresa; / eres, sí, lo real que permanece.”
Poesía de la delicadeza, como esos poemas breves dedicados al pintor Ramón Gaya. Se podría decir que los versos de Neila son a la poesía lo que la acuarela a la pintura, por parafrasear a María Antonia Ortega.
Pura transparencia: fragilidad. Tal la vida. Esa “ausente” que él retrata a la perfección en uno de los mejores poemas del conjunto.
Al leer la parte final, la de los inéditos, comprobamos que el camino de Neila, el “original” (mencionado en un poema de igual título y aun en otro anterior de idéntico rótulo: “Sabemos de donde  viene / el camino original. / Y enseguida adivinamos / a donde irá a parar”), sigue “a la intemperie”, cada vez más esencial y delgado, sustentado en versos cortos y poemas breves, aforismos casi. Con excepciones, los dos “Autorretratos”, por ejemplo. Cercano a la emoción, que no puede separarse en poesía del pensamiento tal y como Unamuno dejó dicho; así, en el poema que dedica a su hermano Félix, muerto a traición y prematuramente.
A estas alturas de mi vida, como lector, sólo exijo en un libro verdad. Que sea de verdad y que se note su pequeña verdad, no queremos otra. La de alguien que nos da “la medida de un hombre” (o de una mujer, si fuera el caso), por decirlo con Vinyoli. Y eso es lo que uno ha encontrado en los versos de Manuel Neila. Basta y sobra; más, si como sucede, esa humilde verdad se transmite de una manera tan poética, en el mejor y más pleno sentido.

Esta reseña apareció en el número 768 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos bajo el título "El único libro (La poesía de Manuel Neila)"

26.11.16

Sibila, y van 50

Parece mentira y sin embargo ya han pasado cincuenta números de la revista Sibila por encima de nosotros. Estuvimos allí, en la Residencia de Estudiantes, en la presentación del número 1 del memorable invento de Juan Carlos Marset (que acaba de publicar libro en Tusquets: Días que serán). Corría el año 1995. Aquella primera entrega ya era lujosa, en el mejor sentido. De parte de la elegancia, que nunca es llamativa, y no de la ostentación. Diseñada por Joaquín Gallego e impresa en ese papel de Amalfi fabricado por la casa Amatruda que da verdadero placer tocar (Marset contó en una ocasión: 'Es un papel que se hace en Amalfi desde hace siglos. Se dice que lo trajo Marco Polo cuando regresó de China. En el Valle de los Molinos, en la parte alta de Amalfi, están documentadas más de 20 fábricas de papel. La única fábrica que queda es la Casa Amatruda, que nos hace el papel'). Fue la noche que conocimos a Vila-Matas, uno de tantos fieles colaboradores de esta aventura ultramarina cuya larga existencia celebramos con alegría. 
Tras su primera época, seis números del 95 al 98, llegó la segunda, a partir de 2001, la que sigue en pie contra viento y marea gracias, entre otras cosas, al patrocinio de la Fundación BBVA. Y ahí, con Marset, la infatigable Patricia Ehrle, su mujer, que la dirige. En su consejo editorial: José Cobo Romero, Luis de Pablo, el citado Joaquín Gallego, Antonio Gamoneda, Antonio Garrigues Walker, Cristóbal Halffter, Cristina Iglesias, Hans-Ulrich Gumbrecht, Mercedes Monmany, Pedro Lastra y Mario Vargas Llosa. 
La revista, no se olvide, incluye grabaciones musicales y audiovisuales en formato digital y tiene en el arte ese tercer pilar que la sostiene. Porque la ocasión lo merecía, este número lleva en la cubierta una obra de Miquel Barceló, del precioso Cuaderno de artista realizado en Sudán que ocupa las páginas centrales del volumen. 
Los textos reunidos, también son de lujo. Un par de certeros sonetos de Caballero Bonald ("La vida es un larga sucesión de batallas / y apenas si recuerdas las que ya se han perdido"); un canto en las postrimerías de Gamoneda ("Fragmentos de lo que puede ser una despedida", lo titula); poemas de Circe Maia (seguimos a la espera de la antología de Jordi Doce que la coloque, digamos, en nuestro mapa); versos sicilianos de Jaime Siles; hasta diez inéditos de Luis Alberto de Cuenca; poemas de Blanca Luz Pulido, Courtoisie, el propio Marset, Mujica (con libro nuevo en Visor), Morábito, Fran Cruz, Restrepo, Ripoll (flamante Loewe de este año, que aquí publica un extenso poema que ganó el 'Ángel García López' de Rota), Deltoro, Duque Amusco (Alejandro), Erri de Luca (del que Seix Barral publica su poesía completa)... 
Granés escribe sobre Octavio Paz... y el arte. Hay relatos de López Ortega y Haslinger. Un interesantísimo artículo del pensador portugués Eduardo Lourenço titulado "Religión, religiones, laicidad". Unas prosas en torno a la memoria de Elisa Lerner. Beatriz Amorós presenta la música vocal de Fabián Panisello y Silvia Dabul, las "Canciones de Silvia", incluidas en el cedé que acompaña esta entrega. Por fin, el jurista Antonio Garrigues Walker, el diseñador Alberto Corazón, el exministro César Antonio Molina (al que recuerdo, junto a su mujer Mercedes Monmany, en la cena que siguió a la presentación del primer número de la revista), Pedro Ordóñez e Ilan Stavans (viejo compañero de estudios de Marset en Nueva York) hablan de Sibila, de su espíritu, de su forma, de sus logros...
Mención aparte merecen algunas colaboraciones. Así, el ensayo de Adam Zagajewski, "Café a la turca", sobre Wisława Szymborska y los tres poemas de la premio Nobel polaca en versión de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. También el emocionante texto de José Miguel Oviedo sobre la muerte de su amigo, el poeta peruano Eduardo Chirinos, del que se publican cuatro poemas (Pre-Textos acaba de publicar un libro póstumo: Naturaleza muerta con moscas).
Porque es necesaria, deseamos larga vida a Sibila. Lo conseguido no es poco. Que sirva de acicate para lo que vendrá. Sus lectores seguimos a la espera. 

12.4.15

La poesía de Alfredo Taján

Alfredo Taján (Rosario, Argentina, 1960), que dirige desde 2005 el Instituto Municipal del Libro de Málaga, es tal vez más conocido como narrador que como poeta, de ahí que nos parezca tan oportuna la publicación en la sevillana editorial Renacimiento de Nueva usuraPoesía esencial 1983-2014. La selección de los poemas y el prólogo corren por cuenta de Luis Alberto de Cuenca, un habitual de la colección Antologías y, además de entregado lector, viejo amigo de Taján, de "cuando éramos todavía más jóvenes que ahora". Califica el empeño como "una apasionante aventura personal, un viaje circular que parte del espíritu de Alfredo y desemboca en su corazón". En el alejandrino "La vida es un crucero hacia ninguna parte", cree que se "resume la cosmovisión" de este poeta mediterráneo. Pertenece a uno de sus mejores poemas, "Cunard", donde también podemos leer: "La vida es un crucero hacia ninguna parte". Tras aludir a la "máscara", una palabra clave para comprender el alcance de esta poesía, y a su condición de "poeta lúdico" y seguidor del "movimiento simbolista", De Cuenca traza, digamos, la genealogía poética de Taján con la precisión del connaisseur -son muchas las afinidades- y termina su prólogo con una afirmación nada gratuita: "la poesía tiene mucho de religión". Sí, en múltiples sentidos.
Tras la lectura de este florilegio, la primera constatación de uno es que conocía menos de lo que creía el mundo, personal como pocos, de Alfredo Taján. Un mundo que aparece ante nosotros, sobre todo, gracias a la voz que lo canta o lo relata. No menos particular, cabe precisar. Puede que otorguemos con cierta alegría el calificativo de "propio" a los mundos de numerosos poetas; un término que el autor de Noche dálmata aquí se gana a pulso; poema a poema, verso a verso.
Estamos ante una poesía lujosa, exquisita incluso. De aire elegantemente decadente. Del lenguaje (que no le hace ascos al soneto). Barroca ante todo, en el más amplio y complejo sentido ("Planearé sobre el Verbo"). Cosmopolita y viajera ( de las ciudades y los mares, las lejanías y los trópicos) y, en especial, muy europea (hermoso el poema dedicado a Praga). De ángeles y héroes. De la Historia, con mayúscula, lo que la emparenta con la de un famoso poeta que De Cuenca no cita: Cavafis. Novísima a su modo, por el culturalismo que recoge, natural en un hombre culto como Taján. Filiación que a uno le recuerda a poetas de esa promoción, hermanos mayores de Taján. De Villena, pongo por caso, y Carnero, el primer Gimferrer, Álvarez... También a poetas de Cántico como García Baena. Nombres cercanos, según creo, bebedores de las mismas fuentes literarias. Estamos, sí, ante una poesía del "reino imaginario de la literatura", sin que por ello la vida esté ausente. Al revés. Vitalismo sobra. Lo digo por los personajes y lugares del arte en general que aquí se dan cita, de Gloria Swanson a Mishima ("el poema es el trabajo sucio del filósofo", pone en boca del japonés).
Mi lista de poemas preferidos es amplia: "La traición de Erasmo" (no se podía empezar mejor), "Rituales", "El tren de Duvrovnik", "Noche dálmata", "Tanatorio", "Trece minutos" (de ritmo impecable), "La más bella catástrofe" (una fe de vida), "Sierra de los Merinos", "La ciudad del limbo", "Balcón de Europa", "El balneario", "Las Canteras"...
Los poemas, por cierto, se agrupan por bloques temáticos y no por orden cronológico, como es habitual. Sólo hay uno inédito, "Nueva usura" (un homenaje a Pound), que abre el volumen, una suerte de poética al tiempo que una demostración de que la moralidad pesa sobremanera sobre esta manera de decir y comprender la existencia. Una poesía muy adecuada en estos tiempos de descreimiento, degradados y me atrevería a decir que sin futuro, donde campan a sus anchas los nuevos (viejos) usureros.
Además, el deseo, los cuerpos, la amistad... Metáforas imaginativas y arriesgadas que van dando forma, por medio de una conseguida atmósfera intemporal, al mundo a que aludimos. En "Naumaquia" leemos: "Habría que ocupar el Paraíso, / no basta con soñarlo".
En "Je suis desolé", otro poema esencial, anotado en el Hotel Atlántico de Cádiz, escribe: "aunque la desolación no sea nuestra única quimera". Más adelante: "Y al final lo de siempre: vacío, muerte, trance, / pura ficción suprema".
"La vida es un misterio / insondable que no repara en violentos / cambios, la mente fría, el corazón enteco: / pasado que se esfuma, presente / futuro recadero de la muerte".
Un puñado de canciones, agrupadas bajo el título de uno de sus libros: Golpe de estado en Mombasa, preludian el poema final, "Entelequia": "Me gustaría defender la entelequia, lo imposible". En ello sigue este "náufrago ilustrado". 

26.2.16

Gaudeamus

Antonio Bravo, extremeño de Santa Cruz de la Sierra (1944), publica su cuarto libro de poemas (ya hablamos aquí de Mitología de cristales negros y de Et in Arcadia ego?) bajo el título de Gaudeamus (Enkuadres) y hemos de reconocer que no podía haberle puesto un rótulo más adecuado. 
Bravo fue hasta su jubilación, conviene recordarlo, profesor de Historia de la lengua inglesa y literatura del inglés antiguo y medio en la Universidad de Oviedo, presidió la Spanish Society for Medieval English Language y ha traducido la épica anglosajona (del Beowulf a los lays), además de dirigir la revista de lengua y literatura medieval SELIM. Por eso, ha viajado por medio mundo de congreso en congreso y de campus en campus. Esa ocupación académica le mantuvo alejado de la publicación de otro tipo de libros que no fueran los de su especialidad, de ahí que haya dado en poeta sólo a una edad en la que cualquiera anda cerrando, si no la ha clausurado ya, su obra. A ese mundo dedica esta nueva entrega que divide en varias partes. Al campus como territorio, a los maestros, a Vetusta y otros "pretéritos imperfectos", a su "atlas" y a la airada actualidad sociopolítica van dirigidos sus poemas que, en general, tienen la impronta del autor de los versos del epígrafe inicial: Borges.
El prólogo, "Poesía y verdad", es de un antiguo compañero de facultad, José Luis García Martín, otro extremeño en Asturias, otro poeta-profesor. Como casi siempre, Martín acierta en el retrato de Bravo y, más allá, en su análisis de la poesía en cuestión y de estos versos en particular. Alude al desprestigio de la condición de poeta, en tanto que creador, entre la clase docente universitaria; a que no estamos ante un poeta tardío, sino enfrente de uno que fue guardando poemas en un cajón; a sus libros anteriores; a las veces que cruzó sus pasos por los pasillos con el "sabio y cordial profesor de inglés"; a su preferencia por la mencionada sección "Atlas" y por los poemas que "cantan a las bibliotecas". JLGM escribe: "La novela de campus tiene una cierta tradición, especialmente en la literatura anglosajona, pero no así la poesía que solo muy esporádicamente ha tratado este género, aunque hoy la mayoría de los poetas de renombre han estudiado, (y muchos son profesores), en las aulas universitarias"
En lo que a este lector respecta, aun coincidiendo en lo fundamental con Martín en la elección de los poemas (sobre todo los ingleses y americanos de la serie "Atlas"), destacaría también el primero (en prosa), Gaudeamus igitur", que sitúa a la perfección la escena, y algunos sobre su tarea -que fue y es también su amor- por la lengua remota de la que es especialista. En poemas como "Las metáforas de una lengua bárbara", "El mar que recité" (este precioso poema empieza: "El mar que recité a los jóvenes / estudiantes, no fue aquel mar azul / del Ulises de Homero o de su Ilíada, / ni aquel de los hexámetros perfectos de Virgilio / o el que Cavafis dibujó en sus versos / con islas de blancuras y de olivos. / Fue aquel mar de olas grises, de montañas / de espuma de las sagas nórdicas, / aquel camino de ballenas, / aquel lago profundo de los géatas / que su rey Beowulf atravesó nadando / entre líquidos monstruos.") y "Es mi segunda lengua". Borges está muy presente, sí, pero también encuentra uno ecos (de ecos) de poetas más recientes, como Luis Alberto de Cuenca, otro filólogo-poeta.
Me han gustado también mucho poemas personales, del todo autobiográficos (tal el libro al completo), como "Escalera de mármol", "Mi despacho", "Mereció la pena?", "La cruzada de un profesor", "Releyendo a Antonio Machado", "Mi elegía" o "Vivo entre dos mares" (como tantos gijoneses, la ciudad donde vive, Bravo pasa largas temporadas en Benidorm).
Tienen mucha gracia sus ajustes de cuentas con el tiempo pasado y con sus años de profesión, pero, sobre todo, contra sus "conmilitones", como él los llama, esos compañeros junto a los que trabajó o con los que tuvo trato. Sus palabras son a veces muy duras. Y me da que muy justas. Menuda tropa.
Es una suerte que este hombre nos haya dado al fin la oportunidad de leer esos versos secretos durante tantas décadas. Seguro que vienen más. Quedamos a la espera. 

1.9.11

El primer libro de Rodrigo Olay

Se titula Cerrar los ojos para verte (Consejería de Cultura y Turismo del Gobierno del Principado de Asturias, 2011) y con él ganó el Premio Asturias Joven de Poesía 2010. En el jurado, entre poetas que me suenan y que no, Martín López-Vega, un buen referente.
Joven, como el nombre del galardón, es Rodrigo Olay, nacido en Noreña en 1989. Da un poco de vértigo comprobar que los poetas que empiezan a publicar podrían ser ya tus hijos. No en vano un verso dice: "como un viejo que llora cuando escucha «Penélope...». Más llamativo me parece que algunos poemas del libro sean de 2005, cuando el autor contaba 16 años.
No hace falta volver sobre los innumerable tópicos que rodean a una ópera prima. Me da la impresión que Rodrigo Olay ha obrado por derecho. Quiero decir que no ha ocultado lo mucho que esta primera obra tiene de taller de aprendizaje, de ejercicios de manos, de experimentaciones varias, de tanteos. Lógico. Lo peor es que otros intentan disimularlo y, ya digo, nuestro poeta no. Desde el prólogo (firmado por un tal G. de B. en Logroño), un poema en cuaderna vía que homenajea a los antiguos maestros del mester, se le ven a Olay las intenciones. El juego, la ironía, el humor, las experiencias, las lecturas, la infancia, la adolescencia y, sobre todo, el amor (y el desamor) son sus temas. Y él mismo, claro, porque Montaigne no mentía. Nada nuevo tampoco.
El despliegue de formas para abordar esos asuntos es significativo: sonetos, décimas, haikus (el "soneto de los haraganes", según García Martín), soleares, greguerías y, cómo no, poemas, digamos, al uso, componen el variado muestrario de este libro brillante, sin duda, siquiera sea por esa variedad de registros.
Dije "lecturas" y bueno será detenerse en eso: el estudiante de Filología Hispánica ha leído. Y mucho, añado. Nada habitual, me temo. De ahí que en sus versos se encuentren infinidad de referencias. Por citar sólo algunas, explícitas o tácitas: Gil de Biedma, JRJ, Salinas, Borges, Luis Alberto de Cuenca (que podría haber firmado "La noche de los fuegos"), Bonet, Machado, Bécquer, Juaristi, Ángel González... Intuyo una especial, aunque puedo pasarme de listo: la del mencionado José Luis García Martín, residente en Oviedo también y asiduo animador de tertulias poéticas. Noto su presencia en las series de poemas breves de "Por el ojo de la cerradura", "Cantares" y "Según sentencia del tiempo". Con todo, como diría el inquieto crítico y poeta de Aldeanueva criado en Avilés, un puñado de poemas bastan para justificar la edición de este libro. Por ejemplo, "Autorretrato", "Venecia", "Estambul" (dos piezas logradas), "La verdad en el arte es la belleza", "El retrato", "L'amour de loin" (de aires borgeanos) o el excelente "Fatvm", que cierra el volumen. Bueno, no exactamente, porque el juguetón Olay añade un Apppendix probi titulado "El mapa del tesoro" donde nos da cuenta de un hallazgo: cuatro poemas (apócrifos) de un poeta latino, epígono de Marcial y Catulo: Gayo Bruto Olio, a los que llega a partir de una separata de la Universidad de Georgetown. Roderick O'Lay se ocupaba allí de Gayus Brutus Olius y el trabajo formaba parte de unas actas: Studia in honorem George W. Bush (Washington, 2008). Tras dar detallada noticia del descubrimiento, primero en forma de advertencia y luego de introducción (muy graciosa la "Bibliografía citada", con referencias a autores como Miguel Cansado, C. Mustio Collado o L. A. de Villegas), Olay traduce esos cuatro poemas gayolianos (sic) que se mueven, claro está, entre el divertido epigrama y la atenuada pornografía, y son un colofón perfecto para este libro tan variado como entretenido. En todo caso, como dijo Olio: "El poeta / es libre de escribir lo que le salga / de la gloriosa punta de su plectro / y no debe por ello ser juzgado". Vale.

14.5.18

Carta de San Vicente

Esta fueron mis palabras en el acto de entrega del IV Premio Hispano Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano» que tuvo lugar en la Casa de Cultura de San Vicente de Alcántara, que lleva el nombre del mencionado poeta. En esta ocasión, asistieron a la celebración casi un centenar de personas. 
Antes tuvimos una provechosa reunión algunos miembros del jurado y otras personas vinculadas al certamen. Nos preocupa que se presenten tan pocos originales al premio y creemos que la clave está en la inevitable complicidad de los profesores de secundaria y bachillerato, a los que tendremos de convencer para que nos ayuden. En especial a aquellos que conocemos y que, además, fueron compañeros o amigos de Ángel, sabedores por tanto de su intensa labor divulgadora y a favor del fomento de la lectura y la escritura. Ojalá podamos lograrlo en la próxima convocatoria. Como bien dijo Luis Leal, tan portugués como extremeño, este es un acto de resistencia. La poesía lo es. 

Buenas noches. Quiero empezar esta breve intervención agradeciéndoles a todos su asistencia. Por lo demás, vuelve uno encantado a San Vicente y eso que hace muy poco, a mediados de marzo (el día de los vientos huracanados), pasé una mañana estupenda con los excelentes alumnos de Eva Romero en el instituto “Joaquín Sama”.
Este año se cumple la primera década de la muerte de Ángel Campos Pámpano, quien aquí nos convoca. Cómo pasa el tiempo. Si hacemos balance, su presencia en el panorama literario español sigue vigente. Por mucho “purgatorio” al que todo autor esté sometido tras su fallecimiento. No es casualidad. En lo referente a su obra poética, la que él más estimaba y la que más cuidó, su exigencia fue muy alta y no la concibió ni la compuso de cualquier manera, ha permitido que aguante, ya digo, los caprichosos envites del olvido. Por suerte, sus lectores siguen en pie. No es raro que se le cite en los libros y, lo que es más importante, que quienes lo hagan no sean sólo sus amigos o compañeros de generación, quienes le conocieron en vida, sino jóvenes que han llegado a sus poemas cuando él nos había abandonado. Eso ocurre en Extremadura y fuera de aquí. Me ha alegrado mucho su mención en las entrevistas que le han hecho a Elías Moro con motivo de la publicación de su último libro: De nómadas y guerreros, donde reconoce que fue su maestro. El principal. 
En la otra faceta, la de traductor, su actualidad tampoco cesa. Menos aún que la lírica. Esa parte de su obra, porque la traducción es inseparable de la creación, sigue aportando enseñanzas y deleite a cuantos se acercan a la imprescindible poesía portuguesa del siglo XX (Pessoa, Andrade, Sophia de Mello Breyner, Ramos Rosa...). 
Pero Ángel fue también más que eso. Mucho más. Por eso en esta tierra se le echa tanto de menos y algunos seguimos preguntándonos, antes de decidirnos a tomar este o aquel camino, qué habría hecho él si viviera y uno, ay, pudiera llamarle por teléfono. O, mejor aún, enviarle un simple guasap
Su labor en la Asociación de Escritores, cuyo fruto más precioso fue la fundación de las Aulas Literarias, no se nos puede olvidar. Ni los Talleres. El otro día, en Miajadas, en unas Jornadas de Literatura, José Luis Bernal y yo conversábamos a propósito de eso y recordábamos que no pocos de los nuevos escritores extremeños han sabido aprovechar las lecciones que tantos y tantos poetas y narradores españoles y portugueses han sembrado en las sesiones de esas Aulas. Y no sólo han servido a los jóvenes. Nuestro secular atraso se vio neutralizado con estas bocanadas de aire literario fresco que llegaban de otras partes del país, que es tanto como decir del mundo. 
Y ahí, al fondo, “dondequiera que eso quede”, por parafrasear a Elizabeth Bishop, Ángel, o Pámpano, como le llama Gonzalo Hidalgo Bayal, o Angelito, como decimos, siquiera a ratos, sus amigos. 
Uno conoce al nuevo director de la Editora, y se acuerda de Ángel. Uno se mete en un nuevo empeño poético y, entre las dudas, surge Ángel. Uno descubre a un poeta que no conocía y piensa de inmediato en Ángel, un lector con criterio que supo desbrozarnos el camino cuando apenas levantamos un verso del suelo. Uno, por fin, reflexiona sobre la situación política o cultural de Extremadura y, cómo no, convoca sin querer al querido fantasma de Ángel, siempre al quite. 
El premio que lleva su nombre ha llegado a su cuarta edición. No se han presentado demasiados originales. Quienes formamos parte del jurado que me honro en presidir nos preguntamos acerca de su futuro. Queremos que siga adelante y en las mejores condiciones. Además de proyección (sobre todo a través de las inesquivables redes sociales), nos falta, o eso creo, la complicidad de los profesores de Secundaria y Bachillerato. Lo digo sin acritud.
En estos momentos, en los del auge de la parapoesía (así la ha denominado Luis Alberto de Cuenca), una suerte de poesía juvenil que a uno le parece de todo menos poesía, en su sentido más estricto y riguroso (el que Ángel hubiera defendido), una poesía simple como una patata sin cocinar y con el vuelo rasante de un ave gallinácea; en estos tiempos, decía, no resulta comprensible que los muchachos y muchachas, que siempre han necesitado de los versos para intentar comprender lo que les pasa, no se estiren más y compongan poemas tan malos, por lo menos, como los de esos autores que, por lo visto, tanto venden. A los que ellos leen, incluso. De ahí lo de las complicidades. 
Con todo, lo que nos ocupa esta tarde es celebrar el Premio Hispano Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano», patrocinado por la Asociación Cultural «Vicente Rollano», que en su cuarta edición ha conseguido Isabel Maria Jaló Alexandre, alumna del Instituto de Secundaria «António Inácio Da Cruz» de Grândola, nada menos, la ciudad que da nombre a la emocionante canción de la Revolución de los Claveles que José “Zeca” Afonso compuso como homenaje a la “Sociedad Musical Fraternidad Operaria Grandolense”.
El poema ganador, sin título, empieza: “Vida é um estado antes de morrer”. Nos lo leerá luego completo su autora y será un placer volver a escuchar, aquí en La Raya, la segunda lengua de Ángel.
Muitas felicidades, Maria. Também por ter vindo de tão longe. Ojalá sigas escribiendo y podamos leer, dentro de unos años, un libro tuyo. Traducido, además, por algún extremeño que haya continuado los pasos –todo un ejemplo– de nuestro añorado y querido Ángel Campos Pámpano.

18.9.18

Mil de Visor

Una de las editoriales de poesía más conocida y acreditada de España, la madrileña Visor, publica el número mil de su mítica colección de cubiertas negras. Y lo celebra con una antología que es, además, un homenaje al poeta Antonio Machado, símbolo y ejemplo de tantas cosas, acaso el mejor en español del siglo XX. 
Cada uno de los poemas incluye el verso que nos legó el sevillano a modo de humilde testamento, encontrado en el bolsillo de su chaqueta de exiliado: “Estos días azules y este sol de la infancia”; título, por cierto, del florilegio. Lo explica muy bien el editor, Chus Visor, en su prólogo, que firma, claro está, como Jesús García Sánchez, su verdadero nombre: “Queremos reconocer así no sólo su decisiva influencia literaria a través de los años y desde diversos tonos poéticos, sino también su significación ética, imprescindible una vez más en el mundo que habitamos”. Y añade: “Si hemos conseguido alcanzar el número mil de Visor, ha sido –sin duda y en una parte fundamental– gracias a los poetas”. “Editar poesía es una manera profunda de hacerse cómplice de las ilusiones y desilusiones de los poetas”, concluye. Luego menciona a distribuidores y libreros, cómplices necesarios de esta empresa que, por cierto, está muy bien representada en las librerías de todo el país y en las de Hispanoamérica.
Todo empezó en 1969 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción e introducción de Gabriel Celaya y prólogo de Jacques Rivière. Por entonces aquello aún se llamaba Alberto Corazón Editor; ilustrador, por lo demás, de las vistosas cubiertas de la primera época. 
Entre las ochenta y cinco piezas que componen esta amplia panorámica de ambas orillas del Atlántico hay de todo: poemas de verdad, la mayoría, y simples versos de ocasión. Poetas, como es lógico, y otros que no lo son (como el académico Francisco Rico o el cantautor Joan Manuel Serrat) o no lo parecen. 
Mis poemas favoritos, sólo eso, son, en orden alfabético (el que usa el editor), los de Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Antonio Carvajal, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Deltoro, Vicente Gallego, Juan Antonio González Iglesias, Jon Juaristi, Joan Margarit, Carlos Marzal, Ángeles Mora, Nancy Morejón, Lorenzo Oliván, José Ramón Ripoll, Juan Manuel Roca, Javier Rodríguez Marcos, Ana Rossetti, Eloy Sánchez Rosillo (que se salta la norma del verso machadiano), Jaime Siles, Daisy Zamora y Raúl Zurita.
No faltan entre los nominados representantes de eso que se ha dado en llamar “poesía juvenil”: Marwan y Elvira Sastre. Y ya que lo menciono, confieso que no me he molestado en contar qué proporción de mujeres poetas hay en la muestra (como lector, me guío por los versos, que carecen de género), aunque pronto se conocerá el porcentaje que resulta de tan sensible cómputo. Por lo pronto, no faltan nombres de importantes poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Yolanda Pantin. Ha disfrutado uno con la feliz idea de Visor y con los poemas que de verdad lo son. Haberlos, ya se ha dicho, haylos. Lo demás... mejor se lo dejamos a Juan de Mairena.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número doble 22-23 de la revista griega Φρέαρ/Frear.

18.7.14

En busca de la luz

La veterana Hiperión ha coeditado al mismo tiempo tres libros con la mexicana Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey, que dan inicio a una nueva colección: Tálamo, de Margarita Minerva Villarreal; Las edades felices, de Margarito Cuéllar; y Final de diluvio, de Juan Domingo Argüelles. Los tres llevan prólogos de reconocidos poetas españoles: Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca y Eloy Sánchez Rosillo, respectivamente. El poeta murciano se ocupa de presentar Final de diluvio. Juan Domingo Argüelles nació en Chetumal (Quintana Roo) en 1958 y además de ser un poeta con importante premios en su haber (los Nacionales Efraín Huerta y Gilberto Owen y el de Aguascalientes), es un conocido especialista en el fomento de la lectura.
Rosillo se lamenta de la “pésima comunicación” que sigue existiendo entre la poesía de ambos lados del Atlántico (lo que a uno siempre le recuerda a Shaw: “una lengua común nos separa”), recalca que este es el mejor libro de Argüelles y explica que su poesía es “nítida y llena de naturalidad”. No miente. La cita inicial, de Claudio Rodríguez, abre un camino hacia la claridad que no decae en ningún momento.
La celebración de la infancia (“cuando yo era feliz sin preguntarme cómo”, “Lo que recuerda el hombre al final de su edad / es al niño que fue, absorto en el asombro”, “Lo que todos quisieran es volver  a la infancia”) y la adolescencia (“Este que ya no es joven escribe estas palabras / que a sus espaldas lee un ser que ya se fue”), situadas en la “tierra nativa” (Hölderlin), dan buena cuenta de una intención: la de cantar la vida desde su lado positivo. Argüelles cae pocas veces en lo elegiaco y lo melancólico, algo en lo que coincide con la última poesía de Rosillo. Como la de éste, la suya es una poesía llena de pájaros, que busca y exalta la luz, dos metáforas a la que podemos sumar otra: la del mar.
Más allá, y en este mismo sentido celebratorio, Argüelles dedica numerosos poemas a su mujer: Rosy (por ejemplo, “Declaración inocente pero necesaria”), a sus hijos: Claudina y Juan, a sus hermanos (vivos o no), a sus amigos, etc.
Una de las partes del libro, “Puentes de la palabra”, homenajea a sus maestros: Paz, Huerta, Sabines, Bonifaz Nuño, Padilla…
En idéntico tono hemos de entender los versos dedicados a la ranchera, el bolero, la cumbia…
La reflexión sobre el hecho de escribir es otra constante. Eso le lleva a afirmar que “las palabras que escribes / no las eliges tú: ellas llegan, se instalan / como toda verdad”. Palabras que son necesarias “para poder nombrar lo que se va”, algo que no deja de ser una misión básica de la poesía. Pero también declara: “Que el dolor y la desolación / no hagan sombrío el poema”. En “Las ventanas” (otra metáfora) aboga por “orientar su sentido/ hacia la claridad”. “El que escribe el poema”, dice, “busca de la luz”. “Que el aire del idioma / dulcifique y serene nuestra voz”, añade.
“Sujeta la retórica y amordázala”, dijo Verlaine, aunque él, en “De la retórica”, reconozca que “Lo que nos quedó fue literatura / para el pobre estudio de los profesores”. “Pero de todos modos no hay manera / de dejarlo de hacer. Y éste es el punto”, matiza.
“No vivo por la poesía. / Ni siquiera podría decir que vivo para ella. / Pero, a veces, sólo gracias a ella puedo vivir”, concluye.
No falta en este libro la ironía (en “Lápida con nombre ilegible”, “Lápida vecina” o “Medio siglo y un mes (autorretrato)”) ni la denuncia (“Carta a Javier Sicilia: “Hoy todos nos llamamos Javier Sicilia / y todos nuestros hijos se llaman Juan”).
En conjunto, estamos ante una obra luminosa que demuestra lo importante que resulta elevar la voz por encima de la derrota y el abatimiento. En estos tiempos sombríos hacen falta poetas así. 

17.7.12

Las prosas de Luis Alberto de Cuenca

Coincidimos hace poco en Moguer. Lo encontró uno más flaco y tan elegante y afable como siempre. Hombre muy solicitado, llegó tarde y se fue pronto; con todo, nos dio tiempo a escuchar de nuevo su conversación amena y sosegada, más si tenemos en cuenta que estaba rodeado de "coleccionistas de papel", como él los llama (para bajarle los humos al término bibliófilo), y no hablo de unos simples aficionados. Me refiero a Juan Bonilla y Abel Feu, y todo ello en el lugar que vio nacer al mismísimo JRJ. ¡Uf!, que diría otro bibliófilo de pro muy nombrado aquel día. 
Javier Sánchez Menéndez, que también estaba allí, es el editor de la última entrega en prosa, que a uno le conste, del poeta madrileño. Sé que acaba de aparecer una nueva edición de su poesía completa en Visor. Se trata de Palabras con alas y la Isla de Siltolá lo ha ubicado en su colección Inklings de Siltolá. Reúne artículos publicados en la revista de distribución gratuita Mercurio, patrocinada por la Fundación José Manuel Lara.
Aunque sostenga que "somos lo que ocultamos ser", "L. A. de C. es tan claro en prosa como en verso. Esa es su línea. Por eso da gusto leer este puñado de textos sobre libros leídos, casi siempre, que no son meras reseñas, propias de una tarea, la de crítico, que desempeña hace mucho, sino notas de un apasionado lector que, con frecuencia, se inmiscuye personalmente en lo comentado, lo que las convierte, a ratos, en páginas de un diario o de unas memorias.
Quienes frecuentamos a este incansable polígrafo no nos extraña encontrarnos de nuevo aquí con la ciencia ficción, el cómic, los relatos de terror o de misterio, los de aventura (en especial de piratas) o, por poner coto, con la literatura griega y latina. Ya que lo menciono, uno de los capítulos que más me ha gustado del libro es el que dedica a su adorado Calímaco, a quien dedicó su tesis doctoral y al que tradujo, junto a Máximo Brioso, en un inolvidable volumen de la benemérita (por usar un adjetivo que abunda en Palabras con alas) editorial Gredos al que, por cierto, he vuelto. Para comprobar, entre otras cosas, que, según reza en la portada, está en casa desde el 29 de diciembre de 1981.
Además, Bizancio, Montaigne, Coleridge, Gautier (con homenaje al añorado Carlos Pujol), Hamsun, Kipling, Pound, Borges, Cirlot, Colinas... Un paseo delicioso, ya se dijo.
En una de las colaboraciones, la dedicada a Nueva Enciclopedia de Alberto Savinio (Acantilado, 2010), comenta la voz "Germanismo" donde Andrea de Chirico (su verdadero nombre) defiende la "grotesca tesis", según L. A. de C., "de que lo germánico es enemigo de lo europeo y de que Michelet tenía razón cuando definía Alemania como «el Asia de Europa»". Visto lo visto, no sé yo.