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22.12.17

Desvelos de Victoria León

La Isla de Siltolá cuenta con una colección para los libros de aforismos que lleva, por cierto, ese mismo rótulo. En ella hay incluso una antología editada por el poeta y aforista León Molina, Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016). Ya he dicho alguna vez que no debo ser un buen lector del género. Más por la avalancha, no en vano se ha convertido en moda, que por otra cosa. Desconfío, sí, de este tipo de obras en las que, sin duda, encuentro no pocas veces destellos de inteligencia y hasta de genialidad. Con ese ánimo me enfrenté a Insomnios, de Victoria León (Sevilla, 1981). Su nombre me resultaba, cómo no, conocido. Por sus traducciones (de Wilde, Ruskin, Pepys o Chesterton) y por sus reseñas. Traducciones, a veces, a cuatro manos, con Luis Alberto de Cuenca, del que editó una antología de poemas para Renacimiento. En Clarín, por ejemplo, o recientemente, ya se anotó aquí, en Anáfora.
Aunque en el florilegio de Molina que he citado más arriba ya estaban algunos aforismos suyos (y en Bajo el signo de Atenea, de Manuel Neila), esta es su ópera prima, si bien, como señala el prologuista, Javier Salvago (autor de Hablando solo por la calle, publicado en este misma colección), era fácil sospechar que había una escritora "tímida, pudorosa, secreta" detrás de su labor crítica y de traducción. La califica de "rara", algo que, en el mejor sentido y como elogio, se aprecia mejor después de leer estas sentencias. Subraya Salvago una de ellas: "Todo libro de aforismos tiene algo de tímida autobiografía", algo que viene a justificar que en estas páginas se mezclen la literatura y la vida; caminos, sí, que aquí "no se bifurcan". Como "pesimista moderada", en fin, la define. Desde luego estos pensamientos no son los de una optimista o una ilusa. Si por algo me gustan es por su carga de razón, de sensatez. Por su elegancia intelectual. Por su lucidez y su elocuencia. Por su clasicidad. Porque cita con naturalidad en latín (y no traduce, a la espera de un lector culto), y a Heráclito. Porque abomina de los "fríos" sin que su pasión la delate. Por frases así: "Todo lo verdadero es silencioso", que suscribiría Pablo d'Ors. Por su melancolía: "En el agua de las fuentes antiguas se leen crónicas de la melancolía". O: "A los rincones más secretos de muchos lugares solo se entra por la puerta de la melancolía". Por su tristeza, que es una voz: "Hasta el mayor desalmado puede sentir rabia, miedo, angustia o frustración. Tristeza, en cambio, no. La tristeza no está al alcance de cualquiera". Por su condición de solitaria: "Siempre sentimos en soledad". Por sus realistas reflexiones sobre el amor. Por su ironía, su "debida distancia" y sus gotas de humor. Por sus paradojas. Porque no sobreactúa. Por la poesía, que la delata: "Qué difícil oír lo que dice la lluvia". O: "Los cisnes saben versos de Rubén Darío". Y: "Qué extraña belleza hecha de nada y de silencio encontramos en la nieve".
Al leer, por el tono (que es el estilo), he recordado otro libro de aforismos que comenté en su día, me refiero a Bajas presiones (Trea), de la asturiana Azahara Alonso. No es casualidad que ambas sean mujeres. Alguno de estos aforismos no podría haberlos escrito un hombre. Al menos éste. No hace falta explicar el porqué.
"Hay que vivir hacia dentro para tener algo pertinente que contar fuera", escribe. Se nota. Lo que de vida interior hay aquí, quiero decir. Qué buen principio.

20.8.19

La luz de la melancolía

Los primeros versos de Victoria León (Sevilla, 1981) que uno leyó se publicaron en esta revista. Fueron una feliz sorpresa. También aquí había dado a conocer distintas traducciones (Tennyson, John McCrae, un anónimo latino…) en colaboración con Luis Alberto de Cuenca, del que editó una antología para Renacimiento. Además de ejercer la crítica, es traductora; del inglés, sobre todo.
Para entonces ya conocíamos su primer libro, de aforismos: Insomnios (La Isla de Siltolá, 2017). Me gustaron -dije en otra parte- “por su carga de razón, de sensatez. Por su elegancia intelectual. Por su lucidez y su elocuencia. Por su clasicidad”. Esto podría aplicarse a los poemas que componen Secreta luz, su ópera prima poética. No lo parece, cabe afirmar de inmediato. Se nota el lento y largo aprendizaje: lecturas, traducciones, sentencias… En consecuencia, nada más lejos del titubeo, la imitación o el despropósito. De fracasadas experiencias previas como las que pudieron perpetrar en sus inicios sus compañeros de generación, poetas nacidos entre 1971 y 1985, como los reunidos por José Andújar Almansa en su espléndido florilegio Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI (Pre-Textos); tan alejados, en general, de su manera de decir.
Si por algo se caracteriza esta obra -retomo el hilo- es por su solidez. Formal e intelectual, si cabe el distingo. De estirpe clásica (ya se apuntó), los endecasílabos fluyen con una naturalidad de talante anglosajón, sin concesiones a la inútil retórica, con un grato regusto a Siglo de Oro y, cómo no, a la poesía de otros contemporáneos, nacionales y foráneos. El magisterio, en todo caso, es amplio, propio de alguien que ha leído mucho, con un gusto fundado en el propio criterio. No creo que quepa soslayar la tradición lírica sevillana, un micrcosmos poético digno de elogio y de cuya maestría ha bebido, a buen seguro, la escritora. Tres conspicuos vates sevillanos, por cierto, formaban parte del jurado que concedió a Secreta luz el premio Hermanos Machado: Jacobo Cortines, Abelardo Linares y Javier Salvago.
Los poemas de VL hablan de la vida, sí, y, por lo mismo, sin que pequen de culturalistas, de la literatura (Dante, Propercio...). “La poesía exige incandescencia, / vivir o haber vivido entre las llamas”, son los dos versos que lo abren. Como las llamas del amor, que ahora son ceniza, pues que del desamor y de la pérdida hablan estos poemas breves, de una concisión acerada y cierta sequedad metafísica, cercanos al epigrama, donde imperan la soledad y el dolor, palabra que ya aparece en la cita de Bécquer que encabeza el delgado volumen. La otra, de Stevenson, se refiere al amor que uno ve venir y luego ve partir.
Poesía amorosa, cabe precisar, que huye tanto de la efusividad como de la desesperación. Lejos de ese sentimentalismo anodino tan a la moda. Y, por eso, del carácter frívolo de nuestra época. Versos irónicos y serenos en su interna acritud que el lector recibe con menos daño que tristeza (“Qué difícil dar nombre a la tristeza / con palabras ajenas; qué milagro”). A lo Leopardi: “había luz en tu melancolía”. Dolor sublimado por la poesía. Por su íntimo fervor.
Una trama narrativa secuencia las escenas de donde brota su “secreta luz”. Esa que surge, paradójicamente, del sufrimiento. Porque se canta lo que se pierde.
A pesar de ese común asunto que subyace, la unidad viene marcada por el tono, por la voz de VL, del todo conseguida y diferenciada, homenajes aparte. A Borges, por ejemplo, en “Ficciones”.
Una voz femenina, de mujer. Sin afectación. En absoluto sobreactuada, como les gusta a otras. Plena de belleza y de verdad. O de “Amor, verdad, locura”.
Afloran aquí y allá, lógico en ella, los aforismos. Versos que podrían serlo, quiero decir. Versos que bajo esa condición trasladan la fuerza del adagio: “El silencio es el no de los cobardes”. “La soledad no advierte de dónde nos aguarda”. Ya que menciono ambas palabras, “El silencio” se titula uno de los poemas más logrados, donde se alude a “la interminable soledad del miedo”. Y ahí, el amor. Contra ese miedo, porque “silencia nuestra rabia y nuestro odio”. A través de la memoria, “amarga copa”. Aunque “no recuerdo el amor”, “Qué distinto nos suena nuestro nombre / cuando una voz que amamos lo susurra”.
“Llenabas el vacío de mi vida / que ahora ha vuelto a devorarlo todo”, escribe VL. Y: “Nadie oye ese ruido sordo y triste / que produce destruir una alegría”.
La lucidez aflora en “Retrospectiva apócrifa”, que termina: “¿Soportas la tristeza con que aguarda / tantísima belleza inútilmente?”
Sin alardes ni enojosos barroquismos formales, el lenguaje se acerca al lector con la debida sutileza. La misma con la que maneja el encabalgamiento, compone una enumeración caótica o deja caer algunos versos con rima asonante.
Tras el descenso a los infiernos, la luz, antes secreta, que alumbra el final de este camino. Cuando “La noche nos cobija en su refugio” y “Nos permite soñar que nos amaron / y fuimos una sombra iluminada / por una clara tarde que es eterna”.
Antes, en el poema “En la secreta luz”, se nos devela que “En las ruinas del mundo que soñé, / te seguiré esperando, hasta otra vida”.

Victoria León
Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 142 de la revista Clarín.

24.2.19

Carta (machadiana) de Sevilla

Salí del colegio, comí con Alberto en casa, llegó Yolanda y emprendimos los tres la marcha. Una novedad. Estos viajes exprés suele hacerlos uno solo. A las tres y media ya estábamos camino de Sevilla, Ruta de la Plata hacia abajo. La tarde, espléndida. Soleada y con una ligera calima que aumentaba cuanto más al sur. La conversación, fluida. En Leo, parada, dos horas y pico después. La entrada en Sevilla fue menos complicada de lo esperado. Antes de las siete ya estábamos en el aparcamiento de Plaza Concordia. Un paseo, Jesús del Gran Poder arriba, y... Espacio Santa Clara. Fue convento, y en parte, al parecer, lo sigue siendo. El patio de los naranjos impresiona, y eso que el azahar sólo apunta. Saludo a Feliciano Robles, paisano de El Torno, en la sala donde va a celebrarse el homenaje a Machado organizado por el Ayuntamiento de la ciudad en el octogésimo aniversario de su muerte en el exilio, este sí. Luego, a mi querido Miguel Veyrat, que, como perfecto y elegante caballero que es, acudió a la cita apoyado en el bastón de su abuelo. Una cita, por cierto, para la que no había comprometido, según costumbre, a nadie. 
Salgo a saludar al resto de compañeros de mesa, Amalia Iglesias (cuántos años sin vernos) y a Rafael Alarcón. También al instigador del acto, Pepe Serrallé (como le llaman todos). Ninguno de ellos sabía que uno estaba ya dentro.
Ante un salón abarrotado, moderó las intervenciones, y nos fue presentando, Ana Isabel Alvea. Alarcón, que es especialista en Manuel Machado aunque lo sabe todo de Antonio, demostró sus dotes profesorales y agotó su tiempo hablando del poeta modernista (a cada cual se nos asignó un tema previamente) y de mucho más y todo con absoluta solvencia. Muy entretenida fue la charla de Iglesias, que empezó y terminó con una anécdota muy graciosa acerca del San Antonio de su palentino pueblo natal. Además, María Zambrano (a la que ella trató y con la que habló no poco del autor de Campos de Castilla) y algunas circunstancias machadianas relacionadas con sus tareas periodísticas. Acostumbrado a cerrar actos (desde chico, por aquello de la uve de Valverde), me ajusté al tiempo previsto ya que, siguiendo las enseñanzas bayalianas, llevaba escrito el texto. Trataba de la actualidad de Machado y se publicará pronto, por lo que evito entrar en detalles. La verdad es que me abrumaba la responsabilidad contraída (como siempre, uno acepta y luego...), pero he disfrutado mucho durante meses leyendo y releyendo la poesía y la prosa del poeta, así como otros libros, artículos y ensayos sobre su magistral obra. No deja de ser casualidad que me llegara la amable invitación de Serrallé unos días después de que el mencionado Gonzalo Hidalgo Bayal dijera en la presentación placentina de El cuarto del siroco: "Lo que sí creo ahora es que ese aligeramiento y esa concreción han llevado a AV a cierto despojamiento, a un bien entendido minimalismo formal, a una eliminación de lo superfluo que tiene menos de juanramoniano (aunque hay algún homenaje al poeta de Moguer) que de machadiano, pues casi estoy por decir que los años le han vuelto machadiano, moralmente machadiano, si es que no lo era en rigor desde el principio. Digamos que al despojamiento estético del primero se antepone el sentido ético del segundo". Y por ahí empezaba, tras reconocer que no soy un especialista en Machado sino un lector suyo, por lo que a uno le agrada y le honra que vean rastros de sus versos en los míos. 
Dos preguntas cerraron la mesa redonda. Una de ellas, todo un clásico, dedicada al porqué de la tumba en Colliure. Los tres estamos de acuerdo en que siga allí, como símbolo de la exiliada España republicana a la que hasta el final fue don Antonio fiel. 
Jordi Doce ya se refiere a sus sigilosas huidas tras este tipo de veladas como "hacer un Valverde" y en esta ocasión casi repetí. No sin antes saludar, un placer, a la traductora, aforista y poeta (inédita por ahora) Victoria León, que por una vez, gracias, se saltó su sana norma lo de no asistir a saraos literarios. Tampoco conocía en persona a José Julio Cabanillas, que me ofreció generosamente y de inmediato las páginas de una nueva revista para publicar mis palabras.
Un gesto con la mano bastó para decir adiós -que me perdonen- a mis contertulios. 
Con Veyrat nos fuimos hasta el aparcamiento. Al lado, en el Bar Rioja, tomamos con él una cervecita. La siguiente parada fue de nuevo en el Leo de Monesterio, al lado de la famosa venta de El Culebrín. Mientras degustábamos un apetitoso montado de lomo entre trajeados viajantes y camioneros con cara de sueño, el Atleti ganaba a la Juventus. De vuelta a casa, la intensa luna de nieve hubiera permitido que el coche fuera con los faros apagados. Sólo un traspié en un día emocionante y completo: el radar fijo del cruce de Los Santos ha logrado, me temo, romper una racha sin multas que ya duraba décadas. Una pena. Veremos.

Nota: Las fotografías del acto son de Pintamonos. Gracias.

El bastón de Machado.  

25.5.18

Sujetos y yoes

«Pero se es poeta y se es solo. La poesía es algo solitario, individual, irrepetible e intransferible. Es como la persona. La poesía es la persona. Esa que algunos quieren escamotear, o disfrazar, con el truco del almendruco del "sujeto poético"». Enrique Baltanás, poeta, en Al margen de los días.

«El "yo lírico" es la puerta trasera de la hipocresía. A la lírica de épocas menos hipócritas no le hizo ni puñetera falta». Victoria León. Facebook.

Nota: Ilustra la entrada (sin segundas intenciones) el famoso retrato de Fernando Pessoa realizado por Almada Negreiros.

18.12.17

Entre manos

Mosaico de M. Á. Lama
Acabo de enviar a la revista Clarín las reseñas de dos libros la mar de interesantes. Hablo de Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), del autor de El gatopardo, Giuseppe Tomasi de Lampedusa (Acantilado), y de Antología poética, de la poeta mexicana Rosario Castellanos (Visor). Dos escritores por los que siento debilidad. En El Cultural esperan otras, como la de otro tocho memorable, semejante a los que citaba en mi reciente reseña de Lowell. Me refiero al primer volumen de las Poesías Completas de T. S. Eliot (Visor) en traducción de José Luis Rey. No saldrán tan rápido como si las publicara aquí, pero tendrán más difusión. Ya que menciono al Príncipe de Lampedusa, encima de la mesa casera de novedades aguardan su turno las Historias sicilianas, de Giovanni Verga, que publica con primor La Línea del Horizonte. Y las prosas de Cavafis, en edición de Pedro Bádenas de la Peña (Almuzara); la primera novela (larga) de Álex Chico, Un final para Benjamin Walter (Candaya) y, también en torno al pensador alemán, Experiencia y pobreza, el libro de Vicente Valero sobre su estancia en Ibiza que reedita Periférica; Zambullidas, minificciones de Yolanda Izard (Renacimiento); el Epistolario de Gerardo Diego y Juan Larrea (Residencia de Estudiantes-Fundación G. D.); y Álbum de sombras, de Elías Moro (Eolas), un paseo por la memoria de este corredor de fondo.
Y más lírica: la estupenda antología La poesía del siglo XX en Italia, en edición de Emilio Coco (Visor); Otra vida, de Derek Walcott (Galaxia Gutenberg), en traducción de Luis Ingelmo; el último libro de Luis García Montero, A puerta cerrada (Palabra de Honor); El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz), de Juan Ignacio González (en BajAmar Ed.); la antología de Sara Teasdale (Ravenswood Books Editorial) que ha preparado Hilario Barrero (de la que presentó un adelanto en Clarín); Del fruto que arde, del resistente Luis Llorente (La Garúa); Dibujar una isla, de Verónica Aranda (Los Versos de Cordelia), premio Ciudad de Salamanca; Nadie y la luz, de Màrius Sampere (un libro escrito en castellano por uno de los mejores poetas contemporáneos en lengua catalana), y El emperador de los relojes de agua, del norteamericano Yusef Komunyakaa, ambos en Pre-Textos. Como la Obras Completas de Manuel Padorno de las que ve la luz ahora el segundo tomo. La edición (que se acerca a las dos mil páginas) es de Alejandro González Segura y las palabras preliminares de Jaime Siles y Miguel Casado, respectivamente.
No faltan en esa atiborrada mesa los sutiles aforismos de la filóloga y traductora Victoria León, agrupados en Insomnios (La Isla de Siltolá), su primer libro. Receloso ante el género, que es moda, de esta obra sólo puedo decir bondades. Me está gustando mucho. Hablaremos. También de la editorial sevillana, Juan Lamillar publica Un lugar en el que llueve, ensayos sobre poesía española contemporánea.
Y no faltan revistas, como el número 5 de ventiúnversos (con poemas, entre otros, de José Albí, Antonio Gamoneda, Jordi Doce o Arturo Tendero, que recuerda en "Lectura" a César Simón) y el 12 de anáfora (donde publican versos, entre otros, los extremeños Irene Sánchez Carrón y Antonio Rivero Machina, y donde la citada V. L. traduce poemas de John McCrae junto a Luis Alberto de Cuenca, una feliz colaboración a la que ya estamos acostumbrados). 
Hay más, pero por hoy basta. Serán unas vacaciones lectoras en las que algo habrá que escribir, por ejemplo la reseña de La princesa y la muerte, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets), por encargo de Turia

27.3.17

Un vistazo

No puedo dejar de escribir unas pocas palabras siquiera acerca de la nueva, espléndida entrega de Clarín. De lo leído (nunca soy capaz de leer una revista o un periódico de cabo a rabo), me quedo con el precioso texto de Eduardo Jordá sobre Chéjov, que por suerte se puede leer aquí; lo de Benítez Ariza sobre Borges, treinta años después; los poemas de mi admirado Eugénio de Andrade, que nunca cansan, traducidos por Sergio Fernández Salvador; la colección de ángeles de Rivero Taravillo (que acaba de publicar un libro de aforismos en La Isla de Siltolá: Vilanos por el aire); y, sobre todo, la Égloga Novena de Miklós Radnóti, en versión de Martín López-Vega, de la que ya di cuenta en este rincón. Dejo para el final la mención a De rosis nascentibus, de Virgilio y de Ausonio, que a ambos se atribuye, vertido al español por Luis Alberto de Cuenca y Victoria León. Copio la última estrofa, la del famoso collige, virgo, rosas:

Triste es, Naturaleza, que nos muestres
la gracia de la flor al tiempo que nos robas
tan precioso regalo. Un solo día dura
la vida de las rosas, reuniendo
plenitud y vejez. La misma flor que vio
nacer la reluciente Aurora, a esa la tarde
la contempla marchita. Pero todo está bien:
aunque en tan poco tiempo deba morir, la flor
prolonga su existencia en cada nuevo brote.
Corta, niña, las rosas mientras estén aún frescas
y fresca esté también tu juventud,
y no olvides que así tu vida pasa.

19.10.16

Pase de revista

Se le amontonan a uno, junto a los libros que llegan, las revistas que también recibo; así, me limito a picotear contenidos, la portuguesa devir, que en su tercer número, tras un buen puñado de poemas inéditos, homenajea al poeta y traductor Ángel Campos Pámpano y entrevista al futuro Nobel, o no, Nuno Júdice.
Cuadernos Hispanoamericanos, que en su número de septiembre dedicaba un espléndido dossier a españoles e hispanoamericanos que pasaron por París durante la primera mitad del siglo pasado (con colaboraciones de Juan Manuel Bonet y José Muñoz Millanes, por ejemplo) y una entrevista muy iluminadora con el venezolano José Balza, en el de octubre publica un dossier bajo el título "Relectura de Rubén Darío (1916-2016)" y una extensa conversación con Álvaro García, con motivo de la salida de su libro (de libros) El ciclo de la evaporación (del que pronto nos ocuparemos aquí).
Los dos últimos números de Sibila (48 y 49), patrocinada por la Fundación BBVA, vienen también repletos de textos interesantes firmados por Mercedes Monmany, Aurora Luque, Francisco Jarauta, González Esteva, Ida Vitale (último, acertado premio García Lorca), Ana Luísa Amaral, Darío Jaramillo, Rafael Cadenas, Yolanda Pantin, etc.
De Clarín (124, aunque ha salido el 125) ya destaqué el dossier sobre Rafael Cadenas y a eso podemos añadir los aforismos del apasionado editor Javier Sánchez, una entrevista (rescatada) con Borges (o eso dicen), una semblanza de César Iglesias sobre el pintor Melquiades Álvarez y unos magníficos poemas de John McCrae en versión de Victoria León y Luis Alberto de Cuenca, así como otros de Nichita Danilov traducidos por Martín López-Vega.
Turia dedica su dossier a Max Frisch y, como siempre, el índice de su número 119 impresiona (con textos de Marta Sanz, Eloy Tizón, Pilar Galán, Soledad Puértolas, Enrique Andrés Ruiz y Ramón Eder; poemas de Clara Janés, García Montero, Álvaro García, Miguel Veyrat, Concha García, Guadalupe Grande, Julieta Valero, Marta Agudo, Mercedes Cebrián, Gabriel Insausti, Rafael Espejo, Ángel Petisme, Sofía Castañón, Cecilia Quílez, Beatriz Russo, Martín Rodríguez-Gaona,Teresa Agustín, Joaquín Sánchez Vallés y Joaquín Campos; así como una reseña de Gonzalo Hidalgo sobre César Martín Ortiz, un cuentista desconocido pero imprescindible).
Vuelve Suroeste, que ya va por su número 6. Los primeros sorprendidos por la calidad de esta revista de todas las lenguas de la Península Ibérica son los propios colaboradores: Avelino Fierro, José Antonio Zambrano, Pilar del Río, Amador Palacios, Benítez Ariza, Aquilino Dique, Ben Clark, Juan Lamillar, José Bento, Luis Llorente, Juan Ramón Santos, Manuel Neila, José María Jurado, António Salvado, Rosa Oliveira, etc.
La madrileña y digital IbiOculus lanza su número 9 y con la misma exigencia que en sus entregas anteriores.
Palimpsesto, por fin, revista que dirige desde Carmona (mirando siempre a América) Fran Cruz, entrevista en su número 31 al arequipeño Alonso Ruiz Rosas (y da algunos poemas suyos), publica versos del malogrado Eduardo Chirinos, entre otros, y un ensayo (por aquello del centenario), "En la ruta dariana", de otro peruano: Carlos Germán Belli. Ennoblecen el número las extraordinarias fotografías de Martín Chambi. 

10.1.16

Anáfora, 6

La revista asturiana Anáfora publica su sexta entrega, que viene colmada de textos interesantes. Versos de García Montero (en su extenso poema reflexiona sobre sus personales circunstancias), Concha García ("Donde" es paradigma de su forma de hacer), Vicente Gallego (que sigue volando a su aire), Benítez Ariza (niño en el bosque), López-Vega (que alude a un poeta letón de esos que tanto le gustan), Arana (que acierta), Francos (que acaba de ganar un premio de aforismos), Palicio (de la que se reseña, en "Lecturas", su primer libro, un buen comienzo que tuvimos ocasión de leer aquí atrás), González Ovies (con un divertido poema sobre la edad madura y sus achaques), Manilla y Vega. 
Preciosa resulta la traducción de "Arte y vida", de Lord Dunsany, a cargo de Victoria León, y no digamos la del famoso poema del emperador Adriano, "Animula vagula blandula", que vierte al español, con maestría, Juan Antonio González Iglesias. Versos que mejoran aún más gracias al comentario, no menos magistral, del latinista salmantino.
Las prosas vienen firmadas por José Luis Garci e Hilario Barrero, que adelanta fragmentos de su diario (precisamente acabo de leer el correspondiente a 2012 y 2013, publicado por Siltolá). Otro poeta, José Cereijo, entrevista a Abelardo Linares y la pena es que esa conversación nos resulta demasiado breve, por más que le dé tiempo a decir algunas verdades dignas del poeta, librero y editor que es. Jo, como pone al otro Valverde, famoso en el mundo entero, que se llama, por cierto, como mi hermano, no José María.
Las mencionadas "Lecturas" (de un selecto botín de libros) ponen el broche adecuado a esta nueva entrega de una revista que ya forma parte de lo mejor de nuestro panorama. 

14.2.14

Cuaderno Ático, 3

Ha salido el número 3 de Cuaderno Ático, la bonita revista que dirige Juan Manuel Macías.  
Colaboran: Victoria León, Jordi Doce, Carlos Fernández López, Begoña Callejón, Javier Sánchez Menéndez, Aitor Francos, Luis Artigue, Mario Domínguez Parra (que traduce a la griega Katerina Anghelaki-Rooke), Jorge Ortiz Robla, Teresa Domingo Catalá, Agustín Calvo Galán, Andrés Catalán (que traduce al estadounidense Robert Hass), Eduardo Moga, Javier Gil Martín, Olga Bernad, Javier Pérez Walias y Mezouar El Idrissi, que vierte al árabe un poema mestriano del extremeño.
También se incluyen tres fotografías de Manuel Chaín Pérez.

17.2.19

Entre bastidores

Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea, de Mauricio Medo (Lima, 1965), autor de Manicomio y Cuando el destino dejó de ser víspera (Poesía reunida 2005-2015), es el resultado de que un buen día, constatando que "el ego terminó por sepultar la razón de ser de gran parte de las reseñas", Medo se decidiera a pasarse a la entrevista como método de análisis de las obras poéticas. Algunos de esos "ejercicios de reflexión y diálogo" se agrupan aquí, en tres bloques que se corresponden a poetas de diferentes edades o, si se prefiere, de distintas generaciones. Todos pertenecen a una corriente central en la poesía "latinoamericana", el neobrarroco o neobarroso, según el término aplicado por Néstor Perlongher que tanto se cita en la obra. Hablamos de una poesía de estirpe vanguardista. De una "poesía de la dificultad". "Lenguaje sierpe" (Kozer). Contra la poesía "conversacional", digamos. ¿Un maestro? Nicanor Parra, sobre todos. Y César Vallejo. 
La cosa no podía empezar mejor: la conversación con el exiliado cubano y judío José Kozer, uno de los grandes poetas de nuestra lengua. "Vengo de un amalgama de hablas", dice. 
Le siguen poetas como Tamara Kamenszain, Eduardo Milán y Zurita, tal vez el más conocido del grupo. En todas las entrevistas encontrará el lector que lea con lápiz iluminaciones e ideas que subrayar, sea o no practicante de esta tendencia poética. 
En el segundo apartado figuran los nombres de la gallega Chus Pato (con Benito del Pliego y Xiaoxiao, los españoles de un libro donde aparecen dos norteamericanos: Mary Jo Bang y Charles Bernstein), Reynaldo Jiménez, Roger Santiváñez, Rafael Courtoisie, Mario Arteca, León Féliz Batista y Victoria Guerrero. En el tercero, por fin, Jerónimo Pimentel, H. H. Montecinos, Juan José Ródinas, Jorge Posada y el colectivo Ánima Lisa.
Hablé de subrayados. Kamenszain dice que trabaja "escriborroteando". Milán afirma que la poesía es "un acto contra la pobreza", que además de escribirla "hay también que generar un pensamiento poético que no excluya al mundo" y que detesta "a la gente que trafica con el exilio" (yo también).  Zurita, el de "Ni pena ni miedo", dice que se niega a leer "todo aquello que tenga pretensión artística". Pato ratifica que escribir un poema es siempre "una experiencia de lenguaje". Jiménez, por su parte, que escribirla "es ejercer de crítica tocando connnotaciones", que "el poema no necesariamente dice, sino hace" (siguiendo a José Ignacio Padilla) y que "el canon no es la tradición". Recuerda, en fin, que no hay "poeta de valía que no sea a su vez un lector". Santiváñez, como Kozer, siente una "necesidad insaciable de escribir apasionadamente poesía todos los días", una poesía que "crea un mundo aparte, tiene su propia realidad que es la del lenguaje". Courtoisie cree que "la poesía es capaz de deslumbrar al lector". "Ni efusión sensible, ni desborde afectivo". Arteca asume que ésta es "una obra más de ficción", pariente muy fraternal del cine. Batista, toda una declaración de intenciones, menciona a Aníbal Núñez y añade que "ciertamente, no espero que se comprendan ni mi poesía ni mi intención". Declara que ha escrito y vociferado por ahí su aborrecimiento por lo que considera establecido en poesía. "Enajenar la poesía de sí misma la hará permanecer", concluye. Del Pliego, que también cita al poeta salmantino, que está en contra del "todovalismo" y que escribe desde "un cruce de caminos", dice que "el diálogo sobre poesía ya es poesía", que "nada asumido acríticamente tiene interés" y que "la escritura es cosa de palabras". Guerrero constata: "La poesía no sirve para nada, entendiendo esto, pasas al momento en el que la poesía te da todo". Como el resto, Pimentel está contra la "literatura del café con leche" (Tabarovsky). Explica el siglo XX poético a partir de tres "movimientos", los que impulsan las obras de Celan, Vallejo y Pessoa. Montecinos está a favor de "una nueva poesía que no se mueve en términos exclusivamente literarios, que se empalagan y se hacen literatosos". Rodinás se declara a favor de la "estética del fragmento" y alude a "cinco modelos expresivos" en "el panorama de lo contemporáneo". "Latinoamérica es una provincia del mundo", afirma. Posada dice que "leer y mirar blogs me da una velocidad y un vigor especial". Xiaxiao creer que es necesario "rescatar" la obra de poetas mujeres. Para terminar, Santiago y Rodrigo Vera, Luis Alberto Castillo, Daniel Sánchez y Michael Prado, integrantes del colectivo Ánima Lisa, confiesan que "la poesía hace cosas". 
Hay mucho más entre los diálogos y las notas de este libro al que sólo cabe hacer un reproche: la insuficiente corrección ortotipográfica: hay erratas y errores que podrían haberse subsanado antes de imprimir. Nimios detalles al margen, insisto, hay mucho que aprovechar de estas reflexiones poéticas ultramarinas que completan o complementan las que algunos plantean desde esta orilla del mismo idioma.

Backstage. 18 entrevistas (y algunas notas) alrededor de la poesía contemporánea.
Maurizio Medo
Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2017

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 14 de la revista Paraíso

18.4.16

Vida de ambulancia

¿Por qué persiste uno en la lectura de los diarios de Andrés Trapiello diecinueve tomos después, diez mil palabras mediante, a lo largo de veintiséis largos años? La respuesta me la ha proporcionado Manuel Borrás. uno de los pretextos, colaborador necesario de esta aventura editorial y literaria con tintes, a qué negarlo, épicos: son "adictivos". Sí, eso va a ser, porque si no... Juan Bonilla, en la revista Anáfora ("Auge de un género: los diarios. Literatura del yo") se ha referido al Spp como "el más colosal de la literatura en español", "una obra grande y magistral". Uno, por su parte, ha vuelto a encontrar en este nuevo volumen, Seré duda, setecientas quince apretadas páginas que he leído más despacio y concienzudamente que los anteriores, disfrutándolas con la intensidad adecuada, uno ha vuelto a encontrar aquí, decía, lo que siempre busco y, claro, encontré desde el principio: un lenguaje (esto es literatura), una forma de decir, y, por añadidura, un tono, porque "la mitad de un camino en un escrito lo tiene uno hecho con el tono adecuado". Y el de Trapiello en esta "novela en marcha" es inconfundible. Pero, con ser bastante (y a mí me sobra), busco más. El sentido del humor que le caracteriza, por ejemplo, agudizado en estas páginas dedicadas al año 2005; "un año extraño", dice. Antes de entrar en materia, T. coloca al frente seis prólogos: el sentimental, el anormal, el confesional, el profesional, el accidental y el final. Y concluye: "Si por mí fuera, haría libros sólo de prólogos". A lo que uno añade: y bien estaría que reuniera los delantales de todas las entregas porque, como Borges, sería bonito leerlos todos seguidos, además de que darían en algo singular y a todas luces apetecible. Del mismo modo, podría hacer lo que hizo con JRJ y entresacar los aforismos que pueblan estas hojas para editar otra obra modélica.
En los cuadernos de 2005, ante todo un deseo, si que quiere paradójico: "no hacer literatura". Es la primera frase de Seré duda. Y una respuesta a esa paradoja, de la mano de Azúa: "la ficción en literatura no debiera aspirar a ser real, sino a la verdad (verosímil lo llamaba Aristóteles)".
¿Qué pasó ese año? Para él, fue el de la muerte de amigos muy queridos. De Ramón Gaya. Nunca ha faltado en estos diarios, pero en éste tomo cobra un protagonismo radical. Fue un ejemplo. Un maestro, en el mejor sentido. Genuino representante de la "tercera España", la que sigue perdiendo todas las guerras. De Fernando Pérez, que tanto le quiso, con quien había coincidido, como relata, en Badajoz, hacía poco, en aquel momento en la plaza de san Atón que nos proporcionó una suerte de testamento literario, digamos, de nuestro amigo: "Académicos de Argamasilla". "Era en verdad un hombre de una bondad inigualable, encarnación de un antiguo institucionista", dice de él, y: "Era de otra época, silencioso y reflexivo". De Haro Tecglen, con quien trabajó en la radio de "opinativo" y a quien desenmascara, y de Victoria de los Ángeles, tan admirada. Y ya que menciono Argamasilla, el 2005 fue un año cervantino, siquiera sea por la "vida de escritor ambulante" que llevó a resultas de la publicación de Al morir don Quijote, premio Lara (uno de los que ganó T. aquel año junto a los que obtuvo en China y en la capital de Francia). Viajes en tren (los que prefiere), en coche (con taxistas) y en avión (uno de ellos con su íntimo amigo JM. Bonet quien, a pesar de que se pasa el día volando, le teme también a los aviones) a multitud de lugares de la geografía española, que diría el otro, de Valencia a Santiago, de Almería a León ("donde hay más realidad de España") y de Sevilla a Barcelona, pasando por Albacete, Concentaina, Ferrol, Granada, Segovia, Alcoy, Burgos, Tenerife, Aranjuez, Moguer, Santander, Cádiz o Matalascañas... Sin olvidar Bucarest y París. Ni el norte de Marruecos y mi querido Tánger, al que dedica algunos párrafos memorables.
Cervantes, sí, es otro personaje imprescindible. Y luego vienen A. (es hilarante su encuentro en Chinchilla, camino de Hellín, tanto como el que tuvo con R.), VLl., PR., J. y JM., CS., IR., los rusos (con Brodsky al frente), los del CAS Internacional, Camus (que no sale bien parado), los críticos C. y E., G... Equis que yo transformo en siglas, pero que se desvelan fácilmente, aunque uno no se atreva a despejarlas, pues, como insiste T., eso no es lo que importa. Están también esos otros autores a los que estima y elogia, como Ferlosio ("el más insobornable de nuestros escritores"), A. Mª. Matute, Jacobo Cortines (que le aloja en su impresionante casa sevillana), Jiménez Lozano (con el casi va a Utrecht), Benítez Ariza (con quien pasea por La Caleta y el barrio de La Viña) o Rosillo (en Murcia o Valencia). A estos sí me apetece nombrarlos.
Y está El Rastro, que da para historias divertidas, como la del baúl del gitano. Y las bibliotecas ("Dice mucho de un hombre su biblioteca"). Y los bibliófilos (como los barceloneses, un capítulo que hará las delicias de Melero). Y el jardín de Lope. Y la sed de su padre en La Atalaya, en Onda, donde pasó, durante la guerra, momentos decisivos. Y el arte (siempre contra Tápies y López, abstractos y realistas: la visita al Musac es de traca).
Fue el año del rodaje del capítulo que le dedicaron en Esta es mi tierra. Y del estreno del documental de Gonzalo Ballester sobre Gaya en Venecia.
Y Las Viñas, claro, aunque en este tomo aparezca menos de lo que a uno le gustaría. Y allí, historias estupendas, como la de los mastines o la de los pozos. Y sus hijos: R. y G., que empieza a leer los diarios de su padre y le duele calificarle de "mezquino" con "la gente que no te trata bien". Y, por fin, está la enfermedad de M., un gran susto. Y, a ese propósito, están las palabras de amor que le dedica a lo largo del volumen, en los peores y en los mejores momentos ("El amor es una despedida continua"), otra de las marcas de esta casa que algunos habitamos desde hace años y a la que volvemos, ya se ve, en cuanto podemos, Como si fuéramos de familia. Uno de esos primos desconocidos que aparecen por la vivienda familiar de León, ya sin vistas, por Navidades.
No me han pasado desapercibidas las alusiones a "la dolorosa casta de los maestros de escuela" y su heroica defensa de la lectura de El Quijote.
Para quejarse de que "no me sucede nada", este "escritor en diferido", en su bien vivida "vida de ambulancia", da para mucho. No, "ningún parecido con la realidad es pura coincidencia", como afirma. Porque "la vida es frágil, pero es bonita mientras no se rompe", merece la pena visitar este lugar que no deja de ser un estado de ánimo. Melancólico y triste muchas veces. Lleno de felicidad otras. Nunca unas "poquiterías" dieron acaso para tanto. Me quedo con este párrafo: "Si un escritor no puede mirar limpiamente a los ojos de cuanto escribe, y los lectores no pueden mirarle a él del mismo modo, y tenerlo por un verdadero amigo, como ellos se dicen de sus obras, no vale la pena nada, y sería mejor ir pensando en hacer otras cosas". 

2.2.14

La poesía de Manilla

En la poética que abre sus poemas en la antología La generación del 99, de García Martín, Antonio Manilla (León, 1967) dejó escrito: "Concibo la poesía como la pintura de lo invisible: sentimientos, emociones, ideas. Como la búsqueda de emociones significativas que expresen los universales del sentimiento (…) Y como un arte (…) de correspondencias". "Una vez cazado el símbolo -añade- hay que disecarlo". Con la voz, más que con el lenguaje. Recuerda uno a Octavio Paz, cuando el poeta mexicano dijo que la poesía "es el triunfo de la expresión sobre el estilo". "La victoria de la voz sobre el fondo", dice por su parte Manilla. Alude allí a Auden, citado por Spender, para afirmar que "el tema de un poema es sólo la percha en la que se cuelga la poesía". Por eso, comenta, "nunca se escribe el mismo poema ni el mismo libro una y otra vez: una voz más depurada reescribe sobre aquello que es lo único que importa". "El poeta -dice- es una voz que fluye". Rehúye, por fin, el poema oscuro. "La opacidad, en literatura -precisa-, muchas veces no es solo una descortesía para con el lector: es una carencia, una falta de trabajo literario, una dimisión del propio oficio". Lo que no significa que la poesía deba ser "de una claridad sin paliativos": eso sería "dimitir del misterio". "Lo que a mí me interesa -matiza el poeta leonés- es el misterio de lo oscuro, no su retórica". Lo que no le impide decir que "toda poesía es clara: ilumina el mundo". Y "todos los poetas que admito tienden al claroscuro", siquiera sea "porque la poesía en su origen es turbia pero aspira a la transparencia". "La sed es oscura, concluye, pero el agua es clara".
Viene todo lo transcrito a propósito de la última entrega de Antonio Manilla que publica Pre-Textos bajo el título Broza y que tan bien se entiende a la luz de estas palabras iluminadoras y llenas de sentido. El poeta sabe lo que dice. Y es verdad.
El mismo título, escueto y sugerente, da fe de esa poética. Convencido de que el paisaje (también) hace al poeta, hay un gusto castellano por lo esencial, por lo despojado. Lo traía a colación hace poco, cuando hablaba de la poesía de Enrique Andrés Ruiz, otro castellano viejo. Y eso, aunque sirva para Jiménez Lozano o Andrés Trapiello, también es aplicable a otros poetas y otros paisajes. Quiero decir que la estirpe poética de Manilla es amplia al tiempo que precisa, de línea meditativa, con una gran presencia de la naturaleza, y al leer sus versos me resulta inevitable pensar en otros Antonios, como Cabrera o Moreno, de la vertiente, digamos, mediterránea; de la que cita, por cierto, a Joan Vinyoli y César Simón.
Una serie de poemas de Broza marcan, se podría afirmar, la centralidad del libro; su columna vertebral, por decirlo de otro modo. Todos llevan título en latín o griego y aluden a conocidos tópicos literarios: "Beatus ille", "Carpe diem", "Panta rei", "Tempus fugit", "Locus amoenus", "Ubi sunt", "Remedia amoris", "Collige, virgo, rosas"... Ese gusto por renovar asuntos clásicos, por decir con palabras de hoy lo que no ha dejado de ser una constante en la vida de los hombres, marca sin duda esta poesía. Digo hombres y realzo su humanismo, tan claro en "Así es", pongo por caso, o en "Homo sapiens sapiens" y "Animal divino". En otro poema, "Tesoro" podemos apreciar lo que comentaba, poesía que no busca lo nuevo sino la novedad de lo de siempre, por jugar un poco con las palabras. 
Poesía minuciosa, del detalle, como en "Ephemera". Poesía que mira a la tierra, sí, pero también a lo alto, llena de cielos y de estrellas. Más allá, escribe: "Es nuestra casa el mundo".
Podría señalar otros poemas significativos, como "Big Bang",  "Márgenes para invocar el sueño", "Vértigo", "Déjà vu", "La misma sombra", "Permanencia", el precioso "Paraíso" (donde aparece el río Torío y las truchas)... Algunos están llenos de melancolía, como "Certeza", "Memoria de una nada" ("Sólo es pura la pérdida") y "Plegaria matinal", donde leemos: "que sea aquí y ahora el resto de la vida". 
En el poema final, "Niños buscando nidos", se alude al zorzal. Se me antoja que el círculo se cierra y que lo hace con dos significativas palabras, humildes y campestres: la broza y el zorzal, tan bonitas, o eso me parece, como hondas y evocadoras. 

10.2.12

El mundo de MV

No estará pasando María Victoria Atencia buenos momentos, y bien que lo siento. Hace menos de un mes, al tiempo que la nombraban doctora honoris causa por la Universidad de Málaga, moría en su ciudad del alma Rafael León, su marido, al que evocan, entre otros, Fernando Ortiz y Aquilino Duque, que le define como "poeta, maestro impresor, fondista, bibliófilo y caja de sorpresas". Alguien que, a modo de sombra tutelar, acompañó a MVA lo largo de buena parte de su ya larga vida. Por las estanterías de mi desordenada biblioteca hay un libro suyo, magníficamente editado (en la mejor tradición malagueña que ha estudiado Inglada). Bastantes menos que de la autora de Las contemplaciones, a quien conocimos en Valencia allá por el 87, cuando uno ya se había rendido, incondicionalmente, a sus delicadísimos versos; como buena parte de mi generación, los tirios y los troyanos.
Dos de los más grandes valedores de su poesía, Guillermo Carnero y Abelardo Linares, escriben en la antología Como las cosas claman, publicada por Renacimiento hace ahora un año. El primero firma el magistral prólogo y el segundo, una preciosa nota en la solapa.
Ha sido placentero volver sobre los poemas que uno ha venido frecuentando a lo largo del tiempo y, aunque me gustan sobre todo los últimos, reconozco que me siguen perdiendo los que leí cuando era muy joven y su deslumbrante pero íntima poesía me animaba a seguir por ese duro pero gustoso camino que conduce no sabemos a dónde.
Pedimos a un poeta que sea capaz de levantar un mundo y que, además, lo haga habitable. En el de MVA vive uno, como lector, desde hace mucho. Es perfecto, luminoso y confortable, como sus poemas.