11.6.19

Karmelo C. Iribarren en EC


Karmelo C. Iribarren
Visor, Madrid, 2019. 700 páginas y 76 páginas. 

Con el título Seguro que esta historia te suena, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) ha reunido varias veces su poesía completa. En 2005, 2012 y 2015. Las tres en la sevillana Renacimiento, su casa editorial, donde también ha publicado su obra en prosa Diario de K (2014, 2016). Además es autor de algunas antologías entre las que destacan La ciudad (Renacimiento, 2014), Pequeños incidentes (Visor, 2017), El amor, ese viejo neón (Aguilar, 2017) y Los cien mejores poemas de KCI (La Isla de Siltolá, 2018). Está incluido en muchas otras; ninguna de ellas, digamos, canónica. Ahora aparece una nueva compilación de sus versos (once libros), esta vez bajo el sencillo rótulo de Poesía completa (1993-2018)
De un tiempo a esta parte su nombre suena mucho, ya que figura entre los más citados por los jóvenes seguidores de esa moda que uno de sus mentores, Luis Alberto de Cuenca, ha denominado parapoesía. Tal vez porque publicó su primer libro más tarde de lo habitual, no figura en las nóminas generacionales de los ochenta, aunque sea un poeta español de la democracia, por decirlo con el crítico Prieto de Paula. Ni siquiera, y esto es aún más llamativo, está en la numerosa lista (oficial) de los “poetas de la experiencia” (sección “realismo sucio”, como Roger Wolfe), la línea que más se asemeja a su poesía y donde estarían sus verdaderos compañeros de viaje. Es cierto que ha defendido siempre su voluntad de ir por libre. 
Su poesía (de la que habla con frecuencia en sus poemas), escrita para todos los públicos (“Soy como tú, / como todos”), que el prologuista, Pedro Simón, califica como de lija y seda, se caracteriza por la ausencia de artificio (no deja de serlo pretender que no se note); el humor y la ironía (que incluye la frustración, la culpabilidad, la tristeza o el pesimismo); las frases hechas, los lugares comunes y los tacos; el descreimiento, la falta de esperanza y el cinismo; así como por el tono narrativo (se cuentan pequeñas historias, menudas anécdotas). Autobiográfica (“Este eres”), prosaica y austera, se aferra a la vida (“Nada, / sólo eso, la vida, la poesía”) y huye de la Literatura.
El solitario y noctámbulo personaje que la encarna (“un tipo sólido, sobrio, serio”, “padre de familia, camarero y poeta”) es una suerte de maldito: la bebida, el tabaco, las barras de los bares, el café, las putas… “Locura, disipación y malvivir”. Detrás de él, como suele ocurrir, se esconde un moralista. Que la muerte, escribe, “te coja viviendo”.
Su paisaje poético es exclusivamente urbano: “Es la ciudad –pienso-, / es la vida.” Farolas, coches, autopistas, túneles, trenes, estaciones, taxis… Donosti.
Sus maestros: Machado, Gil de Biedma, Carver, González, Larkin…
El amor y el erotismo son asuntos omnipresentes. Y las “princesas”, claro, en el centro de su universo: “Las mujeres. Lo máximo”.
Lo cotidiano y lo común son la inspiración de estos breves poemas con mucho de impromptus que muestran, se diría, un escenario en blanco y negro, con atmósfera de cómic y serie negra.
“Hasta la fecha, tengo una trayectoria limpia de premios”, escribió Iribarren en Diario de K; no obstante, Un lugar difícil consiguió el “Ciudad de Melilla” al año siguiente de que lo ganara, para descrédito del galardón, Loreto Sesma.  
Todo lo dicho hasta aquí sirve para Un lugar difícil, parte del único, del mismo libro que lleva escribiendo desde el principio. De ahí que su poesía resista mejor en forma de selección que por extenso. La reiteración y lo fútil amenazan sus fronteras. Aquí, cuando “Ahora / vivir ya es aprender / a despedirse”, de nuevo el peso de la inminente vejez (los viejos siempre han figurado en su poesía), la extrañeza (léase “No es el mío este tiempo”), lo que pasa en la calle (Iribarren es un hombre solitario, tranquilo y vitalista que mira, “un habitual de los momentos complicados”), los trenes y la lluvia, el mar y el Urgull, la memoria y los recuerdos, el padre y el barrio viejo, el amor y las mujeres.
“Yo lo veo acercarse”, el poema más largo que Iribarren ha publicado, pone, de momento, un punto final que suena, más que nunca, a punto y seguido.


Nota: Esta reseña se publicó el pasado día 7 de junio en El Cultural.

9.6.19

Leyendo a Machado

En el número 828 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, dentro de la sección "Mesa revuelta", se publica "La palabra compartida (una lectura actual de Antonio Machado)".
Lo escribí para el homenaje al poeta organizado el pasado mes de febrero por el Ayuntamiento de Sevilla, su ciudad natal, con motivo del octogésimo aniversario de su muerte en el exilio.
En la edición digital, ya se ve, ocupa dos páginas. Lo digo por los despistados como yo. 

7.6.19

Sergio Álvarez lee el "siroco"

Un libro al que volver

Son muchas ya, y muy certeras, las reseñas escritas sobre El Cuarto del siroco, el último libro de poesía de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) y uno de los más extensos suyos, que ha venido lentamente tomando forma en los últimos años. Y cuando el río suena (o el viento –ese siroco– en este caso), suele ser por algo. Porque este Cuarto del siroco es probablemente uno de los mejores libros de poesía publicados en los últimos años, y también de algún modo una revisión y una depuración de lo que sido la poesía de Álvaro Valverde hasta el momento. Más allá de la anécdota del título, explicada ya en diversas ocasiones, y del carácter real y útil de la poesía (casi como un objeto) para protegernos y recordarnos a nosotros y a los demás lo que somos o lo que fuimos o creímos ser, El cuarto del Siroco cautiva por su emocionada –y sosegada a la vez– melancolía, y por su descripción de los paisajes, externos e internos. Es un libro al que se entra (a ese cuarto del título) despacio y del que ya no se sale, o no del todo, o no de la misma manera. Abre el libro una cita de Koch, «la poesía es la meditación de la vida», e inmediatamente nos viene a la cabeza esa otra famosa descripción de William Wordsworth de la poesía como «la emoción recordada/recobrada en la tranquilidad». Y es también muy certera la comparación que Irene Sánchez Carrón ha hecho sobre los efectos de la música (tan íntimamente asociada a la poesía) y su relación con los poemas de este libro. Así es. En su sencillez (su aparente pero tan compleja sencillez), su armonía y su coherencia casi tonal (como la música), este libro nos va ganando lentamente. Recuerda profundamente a Antonio Machado, en esa descripción serena de los paisajes (reales o no) del alma («paisajes tan tristes / que tienen alma»). Y no uso aquí la palabra tristeza (tan denostada en estos días nuestros de alegría a toda costa) despectivamente o con sentimiento de pérdida. Hablo más bien de esa «trilcedumbre» de César Vallejo, de ese cansancio sosegado tras el ejercicio de la vida. Ese paisaje interno y externo que se juntan, se confunden y se encuentran de manera incluso evidente en poemas como «Naturaleza pensativa», donde el paisaje nos piensa y nos hace reales, nos enmarca, o en «Mirada» donde el que mira y lo que mira son uno y el mismo. O en ese «Pintor» donde, «como el lugar en que se inspira» (hermoso final) «el hombre va ganando la batalla» (aunque a la vez la pierda). O también en esa «Constatación» –poema, junto con «No humo» que definen creo yo muy bien el tono del libro–donde uno busca lugares donde la muerte sea más lenta (esos lugares de duración, de los que hablaba Peter Handke: «Y al fin / feliz aquel que tiene sus lugares de duración / ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño / sin perspectivas de volver a su mundo / nadie a quien han expulsado de su patria.» Y que nos recuerda también una idea de Josep Pla (creo que perteneciente a El Cuaderno gris): El pesimista vive en el tiempo, el optimista en el espacio. Porque, como el propio Álvaro Valverde dice, «el tiempo se nos va / pero el espacio permanece». El poema «Casas de Azuaga» también explora esa extraña relación entre espacio y tiempo, entre paisaje interior y paisaje exterior. Y las puertas, o las calles o las casas, como en este caso, que nos llevan de uno a otro. Mucho de Machado (disculpas por la aliteración) pero también de Muñoz Rojas, de Jiménez Lozano (recordado en otro poema) o de Andrés Trapiello. O de Claudio Rodríguez. Un poema en concreto, «La poesía», me ha recordado una idea que Claudio Rodríguez repetía alguna vez en sus recitales. Que acercarse a las cosas simples era, sin embargo, lo más difícil, porque nos borraban con su pureza. Y que había que atreverse a describir un vaso de agua; en palabras de Claudio Rodríguez: «Coge este vaso de agua y en él lo sentirás / porque el agua da miedo al contemplarla / sobre todo al beberla, tan sencilla / y temerosa y misteriosa, y nueva, siempre». Y justo es esa poesía, en palabras de Álvaro Valverde «que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». Lo que nos lleva en un imperceptible fluir a otros versos del libro «de todos los milagros, el del agua» o, a modo de poética «Como el agua». Y esa descripción del agua, de la luz, y del tiempo que los cruza llevándonos consigo, es este libro que, a pesar de su aparente falta de unidad, según avisa su autor, es extraordinariamente coherente en su tono, en la nota que queda suspendida tras su lectura, por volver a la metáfora musical. Y es además (y es algo que no se encuentra mucho en la poesía –y me atrevería a decir también en la pintura– actual) una descripción sentida («recobrada en la tranquilidad») de nuestros paisajes de España (montañas, ríos, pueblos, árboles y campos). Reflejados en esa Extremadura (tan hermosa a veces -nuestra «toscana»-, pero también tan extrema y dura como indica su nombre), pero también en otras partes y lugares. Poemas a la naturaleza y al paisaje (Así, «Ovas», «Montañas», «Lección»), o poemas a los árboles («Viejo cerezo», «Azufaifo», «Candelario, 8 de agosto»…) que deberían estar en cualquier antología (que, si no existe, habrá que hacer) de poemas españoles dedicados a los árboles. Para terminar, querría destacar tres poemas, aunque me han gustado muchos otros. «Aquel», que cierra el libro, con ese inapelable «aquel que no consigue / ni darse por vencido»; «Canción de aniversario» (con su delicada y difícil declaración de amor) y, finalmente, «Baño», quizá mi poema (difícil decirlo) preferido del libro, con su aparente simplicidad (y su oscura profundidad, como tal vez el estanque al que se refiere). Creo que en eso coincido (y me alegro) con Antonio Rivero Taravillo, que también ha mencionado este poema como uno de sus favoritos. Poemas útiles, refugio contra la tormenta (y el siroco), realidades y «no humo», como se dice en el poema del mismo título que se encuentra, no sé si intencionadamente, en la mitad exacta del libro, como marcando el eje que lo mantiene. Un libro honesto, que no separa la sombra de la luz, y necesario, más aún si cabe en tiempos de cierta confusión, sentimientos apresurados y respuestas rápidas a toda costa (hasta en la poesía, con la emergencia de cierta parapoesía o «poesía pop»/Pop-sía» destinada a durar 3 breves minutos). Un Cuarto del Siroco, en definitiva, del que se puede decir el mejor elogio aplicable a un libro: que sé que volveré a él a menudo.

Nota: Publicado en el número 16 de la revista ESTACIÓN POESÍA.
La fotografía es de Luisa Gallardo Moro. 

6.6.19

Mi biblioteca en El Ciervo (II)

Antología Palatina (Epigramas Helenísticos)
Biblioteca Clásica Gredos. Gredos, Madrid, 1978

Mi deslumbramiento por la poesía clásica griega se cifra en libros como este. A finales de los setenta, cuando comienza mi fervor por la lectura y por la poesía, compraba a crédito los tomos de esta mítica colección. En la librería Alberti de Madrid, que me los enviaba por correo.
Poco dado a la verbosidad y a los excesos, la sobria concisión del epigrama siempre me ha parecido una medida perfecta. Poemas como los de Teeteto, Nóside, Calímaco, Alceo, Meleagro... Pequeñas joyas que resisten frescas e indemnes la ferocidad del tiempo.
  
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
Colección La Biblioteca de Barcarrota. Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2005

Se trata de una edición arqueológica del ejemplar encontrado a finales de 1995 en la localidad extremeña de Barcarrota, emparedado en una casa junto a otros siete libros (y un manuscrito) de carácter heterodoxo. Hasta entonces desconocida, está impresa en Medina del Campo en 1554 y destaca por lo cuidado del texto y por los elementos que adornan la portada y su interior, que cuenta con bonitas ilustraciones. Si leer esta obra es siempre un placer, más en esta curiosa edición de la que sigue siendo la mejor editorial pública de este país.

El oro de los tigres
Jorge Luis Borges
Emecé, Buenos Aires, 1972

El ejemplar está comprado en la librería La Ciudad, sita en la calle Maipú 971, a unos pasos del número 994, donde estaba el departamento del poeta argentino. La visitaba con frecuencia, cuentan las crónicas. Está firmado por el propio Borges (“el arañado signo, simbólico ilegible” del poema de Juan Luis Panero). Lo trajo a España mi familia bonaerense. Se trata de un regalo extraordinario. El adolescente que era no sabía nada del famoso escritor, pero intenté abrirme paso como pude, con más voluntad que acierto, a través de esa hermosa selva de palabras que tan feliz me ha hecho desde entonces. El libro tiene ilustraciones de Raúl Russo y significó el descubrimiento de la poesía moderna, una forma de decir inédita y clarividente.
De aquel viaje de vuelta a los orígenes familiares rescaté otro libro dedicado por Borges: El Aleph.
  
Poemas (1935-1975)
Octavio Paz
Seix Barral, Barcelona, 1979

Aunque prefiero al Paz ensayista, cuando tuve ocasión de conocer personalmente al poeta mexicano, no tuve dudas y cargué con este grueso volumen de precioso color azul para que me lo dedicara. Presidía el jurado del premio Loewe en 1991, cuando lo ganó Una oculta razón.
Basta mencionar “Piedra de sol”, el extenso poema magistral, para que quede de sobra justificada su categoría poética. Con todo, mi poema preferido es uno breve, “Hermandad”, de Árbol adentro, un homenaje a Claudio Ptolomeo que dice: Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante /alguien me deletrea
  
La poesía inglesa
Traducciones de Marià Manent
José Janés editor, Barcelona, 1958

La poesía en esa lengua, que ni de lejos domino, ha sido fundamental para el lector que soy. Tanto o más para el poeta que aspiré a ser. Lo ha subrayado la crítica. Así las cosas, he tenido que fiar mi gusto a la traducción y a los traductores; profesionales en los que, por otra parte, siempre he creído. Manent es uno de ellos.
Elijo esta antología por su belleza externa (un regalo del bibliófilo José Manuel Fuentes) y por la abundancia de poemas logrados que contiene. De poetas de uno y otro lado del Atlántico. Desde Donne, Wordsworth o Dickinson a Eliot, Frost y Stevens. Mi deuda es impagable. Lo que he disfrutado y aprendido con sus versos, una alegría.
  
Tutte le poesie
Eugenio Montale
Arnoldo Mondadori Editore, 1990

El grueso volumen está fechado en Nápoles, Gran Caffè Gambrinus (con Yolanda, pone) el 9 de mayo de 1992. Si escojo este libro es por su carga sentimental, sí, aunque también porque Montale es un poeta imprescindible para mí. Aún recuerdo el domingo de verano que compré en un quiosco Huesos de sepia (Orbis) y mi fascinación al leerlo. Acaso la mejor edición del genovés en español sea la Fabio Morábito publicada por Galaxia Gutenberg.
La poesía italiana, como la portuguesa (Eugénio de Andrade, Sophia de Mello Breyner…), es una de las mejores de la literatura universal. Cómo olvidar, por ejemplo, a Dante (en la versión de Micó) y a Leopardi (en la de Colinas). O a Luzi, Ungaretti, Saba, Bertolucci…

La nueva poesía catalana
Jaume Pont y Joaquim Marco
Plaza & Janés, Barcelona, 1984

Cuando me preguntan, menciono la influencia en mis primeros pasos poéticos de la poesía catalana. Autores como Foix, Carner, Espriu, Vinyoli (sobre todo), Ferrater, etc. A estos les sucedieron otros, coetáneos de Pere Gimferrer (otra destacable presencia) y los novísismos, a los que descubrí gracias a esta ejemplar antología. Me acuerdo bien de la agradable sorpresa que me produjeron los versos de Marí, Parcerisas, Margarit, Jaén i Urban, Susanna o Comadira, al que escuché por primera vez en un programa de la televisión catalana a principios de los ochenta, en Tossa, durante nuestro viaje de novios. No quiero olvidar, ya que de catalanes hablamos, a Ponç Pons, el poeta menorquín, que acuñó el término escriviure, que podría traducirse al castellano por escrivivir.
  
Salón de pasos perdidos
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 1990-2019

Los veintidós volúmenes que ya ha publicado Trapiello de sus diarios ocupan una balda de 80 cm. Si traigo esta “novela en marcha” aquí es, además de por su portentosa calidad literaria, porque no ha leído uno tantas páginas de autor alguno. Si tuviera que destacar qué asunto de esos sucesivos tomos me interesa más, diría, sin dudarlo, que cuanto ha escrito sobre Las Viñas, su casa extremeña de los Lagares. De la Extremadura profunda, digamos, la del campo, es posible que nadie haya dicho tanto y mejor. Con tanta naturalidad y con tanta hondura.

Nota: En la carta de El Ciervo decía: "En la revista tenemos una sección titulada "La Biblioteca de..." en la que diferentes colaboradores y amigos (escritores, académicos, críticos, poetas, profesores....) nos explican cuáles son los libros más queridos de su biblioteca y por qué". Luego me explicaron que "la selección de libros es muy personal, mejor si son fuera del canon para que no se repitan siempre los mismos". A eso me atuve.
Agradezco a Alejandro Duque Amusco su mediación. Al parecer es el instigador de esta bonita experiencia.
También quiero expresar mi gratitud a Eugenia de Andrés, que ha coordinado todo el trabajo desde la veterana revista barcelonesa. Un placer.



5.6.19

Mi biblioteca en El Ciervo (I)

Es un lugar común que un afamado cocinero dé como causa y razón de su dedicación a los asuntos culinarios que en casa, cuando él era pequeño, se comía muy bien. Con los escritores pasa a veces lo mismo. Quiero decir que justifican esa condición porque en la suya había una estupenda biblioteca familiar. Para uno, nacido a finales de los años cincuenta, cuando España dejó de ser cervantina, ese no fue el caso. Como para tantos de mi generación, los libros fueron llegando a los estantes del mueble del comedor gracias a la benemérita colección Libros de RTVE y a la existencia del Círculo de Lectores. Con todo, en mi imaginario personal no falta una biblioteca privada entre mis primeros recuerdos: la de uno de mis tíos. Tampoco, más adelante, ya adolescente, la pública y municipal de don Gregorio y la del instituto donde terminé el bachillerato. De ahí, me digo a veces, por culpa de esas librescas carencias infantiles, que haya intentado a lo largo de la vida conformar, sin pecar de bibliófilo, una considerable biblioteca, más copiosa de lo razonable si atendemos a las dimensiones de los pisos que he habitado y a la necesidad de conservar según qué títulos. No digamos en esta era tecnológica donde los ejemplares son virtuales y están a golpe de clic. Me acuerdo bien del momento en el que empecé a colocar, poco a poco, libros en la estantería de mi habitación (que entonces compartía con mis hermanos). Gracias a los baratos volúmenes de bolsillo de editoriales como Cátedra o Alianza. Antologías, casi siempre. De mi admirado Cernuda, de Gil de Biedma o Claudio Rodríguez... Cuando nos casamos Yolanda y yo, primeros de los ochenta, uno de mis cuñados y yo armamos la primera estantería digna de tal nombre. Diseñada y fabricada por nosotros. Aguantó cuatro mudanzas. La de ahora, que llena habitaciones, dormitorios y pasillos, es de Ikea. 
Es una biblioteca desordenada en su mayor parte. Hasta hace poco lograba encontrar, mal que bien, este o aquel ejemplar. De un tiempo a esta parte, se ha dado más de una vez el caso de adquirir una nueva edición de un determinado título porque, a pesar de numerosos asedios, no he llegado a dar con él por las baldas de casa. A falta de maneras más profesionales, mi preferencia hubiera sido colocar los libros por colecciones. Me da que, para uno, resulta un modo cómodo de localizar la pieza a batir.
Como a todos, me gusta citar a Manguel, lo de que, para cada lector, su biblioteca es "una suerte de autobiografía". Es, no cabe duda, una definición perfecta. En la mía, cuestión de carácter (por seguir a César Simón), abundan los libros de poesía. En uno de los últimos expurgos, desaparecieron casi la totalidad de los de narrativa. El ensayo literario tiene reservado también su espacio, así como ejemplares de revistas, carpetas, plaquettes y todo tipo de curiosas ediciones líricas. Teatro, poco: Shakespeare, algunos griegos...
Letraherido confeso, pocas cosas me gustan más que pararme a contemplar los libros meticulosamente alineados en los anaqueles. Sí, el de formar una biblioteca es uno de mis escasos sueños cumplidos.

Nota: Este texto forma parte de la sección La Biblioteca de... correspondiente al número 775 de la veterana revista barcelonesa El Ciervo (desde 1951). La segunda parte -una personal selección de libros- la daré mañana. La fotografía, por cierto, es de José Luis García Martín.


25.5.19

Isabel Sánchez lee el "siroco"

Los lectores y lectoras de poesía somos, en ocasiones, muy exigentes. Le pedimos al poema que nos regale imágenes, metáforas y palabras.
Palabras que nos consuelen, que nos acompañen, que nos resuelvan dudas o que nos den respuestas.
Pero no todos los poetas son capaces de atender tantos requisitos, no toda la poesía es capaz de hacernos sentir el poema o dotarlo de la suficiente sensibilidad e inteligencia para que nos permita mirar claro, mirar lejos, mirar dentro. Pero Álvaro Valverde sí. Sus poemas son claros y sobrios, provienen de la meditación y la construcción de un pensamiento elaborado, se han gestado a base de observar con mirada perspicaz y crítica la realidad que le rodea y esto se transmite en cada uno de sus poemas. No hay engaño. Álvaro nos habla, a través de su poesía, de manera auténtica y honesta y así, acierta en la diana de nuestras emociones y nos ofrece aquello que esperábamos o necesitábamos. 
Ayer, en el molino / me bañé otra vez solo / en el estanque. / Como siempre, al entrar, aquel me pareció mi primer baño. / Como siempre, al salir, / tuve la sensación de que era el último. 
Un buen poema hay que escribirlo desde un refugio bien construido. Un refugio en el que uno ha sido capaz de rodearse de todas aquellas cosas que ha ido recogiendo en el camino, para poder así comunicar la auténtica esencia de aquello que queremos transmitir a los que van a recibirlo. Sólo así conseguiremos que algo indefinido vibre dentro de nosotr@s, como cuando escuchamos una buena música o admiramos un buen cuadro o un bello paisaje. La verdad, lo auténtico, es el mejor atuendo de cualquier obra artística, de cualquier forma de expresión. La verdad, la serenidad y la armonía: Estás sentado solo frente al valle / con un libro en las manos / que abandona a ratos / para poder mirar, / con la calma debida, / cuanto la vista alcanza (...)
Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres él.
Álvaro Valverde es un poeta que defiende la sencillez y la discreción como los mejores atributos de un poema. Hay cierto rechazo, desde siempre, en su poesía a lo grandilocuente, lo histriónico, al abuso de palabras rimbombantes, a metáforas rebuscadas o a imágenes excesivamente retóricas. 
Su poesía está hecha de palabras y lugares familiares, de hechos cotidianos, de personas y paisajes cercanos. Incluso, cuando habla de ciudades lejanas, lo hace con la cercanía de aquello de lo que te apropias de lo que haces tuyo para siempre. 
Su lenguaje es claro y limpio, melancólico en ocasiones, despojado de artificios y, por eso, necesario y delicado. 
La poesía, / sus elucubraciones, / los asedios / que gravitan en vano / —teóricos, abstrusos— / sobre ella. // La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed.
La escritura es para Álvaro Valverde ese lugar en el que poder refugiarse cuando acucian los problemas o la existencia se vuelve insoportable, un lugar desde el que contemplar el paso del tiempo y sus logros y fracasos. Un refugio construido sin muros que le permiten prolongar su mirada hacia el interior o hacia otros horizontes lejanos. 
También la muerte, que desde hace tiempo planea como una sombra sobre esos espacios, la muerte de los seres queridos y la propia muerte a la que uno se resiste con cierta tozudez serena. 
El que resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido.
Álvaro se ha convertido ya en uno de los poetas de referencia de la literatura española actual y este cuarto del siroco, es su décimo libro de poesía. Es un libro extenso y variado. Dice su autor que «Los poemas que componen el libro han sido escritos en lo que va de siglo. […] Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica».
Para nosotros, los que llevamos siguiendo a Álvaro Valverde desde hace muchos años y disfrutando con su poesía, es el libro que nos habla de sentimientos y sensaciones familiares con las palabras exactas que a veces, no tenemos.
“Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas” decía Juan Ramón Jiménez.
Aunque Álvaro siempre ha tenido una posición muy clara del lugar desde el que mira el mundo, ese lugar en el que vive, pasea, sueña o escribe es quizás, en este libro, donde más claros se ven sus paisajes, donde mejor podemos entender ese compromiso ético adquirido con su tierra y con los suyos. 
El cuarto del siroco era, en las casas patricias sicilianas, el refugio para sus habitantes de ese viento abrasante y agresivo. Y algo parecido sucede con la poesía, nos dice Álvaro. 
La poesía como refugio, sí, pero también como lugar en el que escondernos, en el que apartarnos del mundo, en el que sentirnos a salvo durante unos instantes. Nos escondemos en la poesía, en los libros, para huir de los vientos abrasadores y excesivos.
Entramos en este libro buscando ese escondite y a medida que avanzamos por sus páginas vamos encontrando las respuestas o el bálsamo a nuestras inquietudes. Desde el primer poema, “A modo de poética” hasta el último, titulado “Aquél”, un poema que Álvaro nos regaló para el disco Resilience, del guitarrista pacense Javier Alcántara, iniciamos un camino de transformación que sólo nos permiten hacer los buenos libros, esos de los que sales distinta a la que entraste, los que consiguen un poder transformador a partir de su lectura. 
La ciudad que nos vio nacer y la nostalgia de algunas ciudades que visitamos, los paisajes que nos salvan o los que dejaron una huella imborrable dentro de nosotros, los autores que nos marcaron, las lecturas que nos acompañaron, las meditaciones, la contemplación, la aceptación y las pérdidas, el amor y sus contradicciones, el silencio interior y la melancolía, las decisiones que tomamos y los sueños que nunca se cumplieron… 
Y al final, la serenidad que nos va dando el paso de los años o el reconocimiento de la felicidad en un instante de plenitud, la capacidad para elogiar las pérdidas y algunas esperanzas que, afortunadamente, se mantienen intactas mientras seguimos viviendo. 
El camino de la vida, en definitiva, hecho poema. 
Todo esto es, ni más ni menos, para mí, este Cuarto del siroco de Álvaro Valverde.

Nota: Este es el texto que leyó Isabel Sánchez en la presentación salmantina del libro el pasado 18 de mayo. 

23.5.19

Un Max para "La ternura"

La ternura, de Alfredo Sanzol, consiguió el acreditado Premio Max de las Artes Escénicas al mejor espectáculo teatral del año. En origen, se trata de una producción del Teatro de la Ciudad y Teatro de La Abadía. Y de "una comedia muy trágica". Reconozco que el teatro no es lo mío, pero se ve de lejos que no estamos ante una obra más. 
"En La Ternura -leemos- se ve la influencia sobre todo de La Tempestad, y de Noche de Reyes, pero también de Como gustéis, de Mucho ruido y pocas nueces y del Sueño de una noche de verano".
La página del Teatro Infanta Isabel, donde ahora está en cartel, publica esta sinopsis: "La Ternura cuenta la historia de La Reina Esmeralda (Llum Barrera) y sus dos hijas princesas Salmón (Natalia Hernández) y Rubí (Eva Trancón) que viajan en la Armada Invencible obligadas por Felipe II a casarse en matrimonios de conveniencia con nobles ingleses una vez que se lograse con éxito la invasión de Inglaterra. La Reina Esmeralda odia a los hombres porque siempre han condicionado su vida y le han quitado la libertad, así que no está dispuesta a que sus hijas tenga el mismo destino que ella. Cuando la Armada pasa cerca de una isla que La Reina considera desierta crea una tempestad que hunde el barco en el que viajan. Su plan es quedarse a vivir en esa isla con sus hijas para no volver a ver un hombre en su vida. El problema es que eligen una isla en la que desde hace veinte años viven un leñador (Juan Antonio Lumbreras) con sus dos hijos Verdemar (Paco Déniz) y Azulcielo (Carlos Serrano) que huyeron allí para no volver a ver una mujer en su vida. En cuanto la reina y las dos princesas descubren que no están solas se visten de hombres para protegerse. Y aquí comienzan las aventuras, los líos, los enamoramientos, y las confusiones.
En lo personal, destacaría la presencia en el elenco de la actriz extremeña Eva Trancón, hermana, para más señas, de mi compañera de colegio Amelia, nuestra jefa de estudios. Varios compañeros han viajado a Madrid para asistir a la representación. Y han vuelto, claro, encantados. ¡Enhorabuena!

22.5.19

León, Salamanca...

Primera parada, León. Y bien que la agradecimos después del traqueteo entre Benavente y la capital del antiguo reino. En obras, lo que supuso un retraso considerable al tener que ir en doble dirección y sin adelantamientos posibles. Una cruz. Nos alojaron en unos cucos apartamentos de sofisticada tecnología situados en la céntrica Calle Ancha, a un paso de la catedral y a tres de la Feria del Libro. Las autoridades y sus débitos con los medios obligaron a los pregoneros, Marta Sanz y Avelino Fierro, a terminar más tarde de lo previsto. Ya se sabe que la puntualidad aquí no es norma, y eso vale para León y para Castilla y para España entera, incluida Cataluña. Ese retraso supuso que también nosotros, Tomás Sánchez Santiago y yo, empezáramos con retraso y que tuviéramos que cerrar la presentación de forma un tanto abrupta. Cosas del directo. Dio tiempo, sí, a que el escritor zamorano leyera, ya saben, un precioso texto sobre el "siroco" (y sobre mi poesía en general) que tituló con acierto "El poeta sitiado". Por lo de los sitios o lugares, tan presentes en mis versos, y por el estado de sitio (entre murallas) donde uno se ha encontrado siempre. Perdido (y solo) en su rincón. Hablé luego del libro, de su génesis (por decirlo en pedante), y leí algunos (pocos) poemas. Y con ganas me quedé, sí, de conversar un poco con quienes me escuchaban, distinguido público.
Ya se ve en las fotos de Maica Rivera que la mesa era muy alta y las sillas, ay, muy bajas. Eso y que nosotros tampoco damos para mucho, es cierto, ocasionó que uno se viera en una posición algo ridícula, como pugnando por ser visto, lo que cuadra bien con "el grotesco papelón de literato" al que se refirió Ferlosio y que no queda más remedio que representar de vez en cuando a los poetas de provincias. Y a los que no. 
Al terminar (no sin garabatear bajo la carpa las dedicatorias en un par de libros), nos fuimos a El Capricho, en la Plaza de San Marcelo, la de la Feria. Todo lo que comimos estaba muy rico (la cecina, las croquetas, la ensalada...), pero lo mejor fue la charla con el director de aquello, el editor y librero Héctor Escobar (de Eolas) y con con los citados Tomás, a mi diestra (a mi izquierda estaba Yolanda), y Avelino, enfrente, al que sólo conocía de leídas. Resultó ser como imaginaba, tal vez porque es como escribe. O porque escribe como es: "de verdad", que diría un vasco. Noctámbulo incurable, le dejamos camino de algún pub mientras el resto se recogía.
De Tomás me traje Años de mayor cuantía, novela, pongamos (como tantas obras de hoy, rompe los límites del género), con la que ha conseguido los premios Tigre Juan y el de la Crítica de Castilla y León.
A la mañana siguiente, desayunamos (bien aconsejados) en el París y emprendimos la vuelta a casa no sin detenernos, según costumbre, en Salamanca, nuestra ciudad de servicios favorita.

Y aquí, en la Plaza Mayor de Salamanca, presentamos (de momento, por última vez) el "siroco". Ofició como introductora del acto Isabel Sánchez que, más que bibliotecaria o gestora cultural o profesora o animadora de la lectura, es lectora, una de las mejores que conozco. Su presentación (anticipó, con modestia, que sólo eran sus impresiones de lectura) fue espléndida. Más páginas llenas de sentido sobre un libro que ya parecía blindado ante nuevos asedios. No, cada lector es un mundo y cada lectura amplía el vasto o pequeño universo del libro en cuestión. Es el caso. Muito obrigado. Se notó, además, que esta vez tocó presentadora, la única de la minigira, ay. No quisiera uno caer en el tópico, ni ponerme políticamente incorrecto (a qué teme ahora un hombre más), pero aprecié sensibilidad a raudales. Otra mirada. Pronto podrá leer quien quiera esas palabras. Lo merecen.
La Feria, por lo demás, no había ido bien por culpa de varias deserciones, justificadas o no. Poca cosa si se ve desde fuera, pero no para nuestra bibliotecaria, persona eficiente y responsable donde las haya. Tal vez por eso, y por la tensión acumulada tras tantos días de frenética actividad (esa es una Feria importante que llena una de las plazas más bonitas del mundo), la cosa empezó de aquella manera. Para colmo, hizo aparición el frío (por eso eché otra vez mano del chalequino), que en esas tierras altas se aprecia mucho más que en las extremeñas del norte. Lo cierto es que dentro de la carpa, y en cuanto tomó la palabra la introductora, todo fue de maravilla. Otro refugio. Cómodo, cálido, casi silencioso. La mesa baja, la silla sin ruedas, Carlos Santiago haciendo fotografías, un puñado de amigos enfrente: entre ellos, las poetas Charo Ruano y Asunción Escribano (autoras, respectivamente, de dos libros recientes: Pregúntale a Eva y Salmos de la lluvia); el poeta José Manuel Regalado; paisanos, como el matrimonio Crespo; Tomás, que bajó de El Bierzo, las fieles lectoras del club de lectura de la Torrente Ballester...
Cuando terminó aquello, preguntas mediante y el par de dedicatorias consiguientes, salimos pitando. Costumbre sagrada, ya habíamos estado tomando las cañitas sabatinas en Plasencia, con Gonzalo y María José, así que... No obstante, como buenos placentinos, paramos en Cuatro Calzadas a probar, otra bendita tradición, el jamón y el queso de la casa. Y el pan, parte fundamental del refrigerio.
En la radio, bajo esa luna inmensa que nunca deja de asombrarnos, sonaban las incesantes canciones de Eurovisión.

Nota: la fotografía superior es de Maica Rivera y la de abajo de Carlos Santiago.

21.5.19

Un poema de Fabio Morábito























Un verso es todo lo que espero
aquí, asomado.
Conozco esta quietud que anuncia versos.
A veces
no vienen versos sino pasos,
hay que salir y lo que miro,
creo que lo escribo, de tan claro,
porque en la calma que me tiene aquí asomado
pasos y versos casi son lo mismo. 

Publicado, junto a otros inéditos, en el número 34 de la revista de Carmona Palimpsesto, que dirige Fran Cruz (del que acabo de leer, por cierto, Un vago escalofrío, en Pre-Textos). Lo ilustra "Ventana y jardín", cuadro de Caspar David Friedrich.

17.5.19

Próxima parada: Salamanca

Esto se acaba. Las presentaciones del "siroco", digo. Isabel Sánchez tomará la palabra en la Plaza Mayor salmantina y luego, después de leer y conversar un ratino, cerraremos oficialmente la gira. Empezó en Plasencia el otoño pasado y ha seguido por Madrid, Cáceres, Oviedo, Trujillo y León. Para este poeta de provincias no es poco. 
Gracias a todos los que se ofrecieron gustosos a acompañarme, ya fuera a mi lado en la mesa o enfrente. He de confesar que pocas veces ha sentido uno tan cerca a sus distinguidos lectores, y digo "distinguidos" porque, al ser pocos, os distingo perfectamente a todos. Gamonedianas bromas aparte, tengo la impresión de que en esta ocasión se han cumplido los versos finales de "Leyéndome a mí mismo" y "un mínimo azar" ha hecho "al cabo posible / que yo sea ese otro". Tú. Vuelvo al rincón.

16.5.19

Tomás Sánchez Santiago lee el "siroco"


EL POETA SITIADO

Me acojo ahora a lo que recordaba Juan Benet en un lejano, delicioso texto sobre Baroja: “patria es todo aquello que puede defenderse sin armas”. Lo traigo a colación para hablar de la poesía de Álvaro Valverde porque, a estas alturas, y tras convivir un buen periodo de tiempo en El cuarto del siroco, creo que el poeta extremeño ha modelado, libro a libro, casi poema por poema, una poética de la cercanía, una defensa del aquí que caracteriza ya su escritura como un territorio de “resistencia íntima”, para decirlo con palabras del ensayista Josep María Esquirol.
El propio autor, en un escrito de hace años, afirmaba que “al poeta le cabe el honor (dudoso, para unos; necesario, para otros) de vindicar su arraigo. No hablo de la pertenencia a un determinado pueblo o nación (…) me refiero al lugar, al punto o al centro sobre el que se circunscribe el universo, según Valente”. Esa noción de lugar como mundo primordial y suficiente es la que conviene invocar cuando se trata de la poesía de Álvaro Valverde. Volviendo a citar a Valente, decía el poeta gallego que era preciso ser “más lugareño y menos patriota”. Por eso, para hablar de esa voluntad de merodeo en torno a una geografía íntima que es el cuerpo de la poesía de nuestro autor, se me ocurre llamarlo a él así, “el poeta sitiado”, el poeta lleno de sitios y también achuchado por esos asedios del alma que él se sacude repasando una y otra vez (¿pero no será siempre la primera?) esos lugares de un entorno que no por ser consabido y real es menos extraño, menos escurridizo a su mirada. En un lejano poema, titulado “Memoria de Plasencia”, el poeta sienta ya las bases de su mirada y de su memoria: “Habito una ciudad de la memoria (…) Se reduce mi afán a contemplarla / en la rara deriva de los sueños. / Camino por sus calles / sintiéndome un extraño que volviera (…)”. Esa concepción del lugar como un constructo mental “que es más del pensamiento que otra cosa” deshace, desde luego, cualquier tentativa de proclamar que estamos ante un ejercicio meramente realista, descriptivo y sin afán de hondura. Al contrario, creo que esa geografía de las inmediaciones que marca el perímetro emocional de esta poesía -también de este último libro- es un paisaje moral, el paisaje de quien muestra una actitud que hace indistinguibles pensar y actuar, la huida y la permanencia, “lo que se ve / y lo que se adivina”, resistir y sucumbir al abismo de una temporalidad que roe misteriosamente y sin descanso todo lo que nos concierne. No en vano, el último poema de El cuarto del siroco, titulado “Aquél” termina -y así se remata también el libro- con estos dos versos que identifican significativamente a quien es un artista de la perseverancia: “Aquél que no consigue / ni darse por vencido”.
Pero hay otras propuestas -siempre hechas poema, no teoría ni conjetura- que aseguran este culto a lo cercano, esta voluntad de Álvaro para creer que las criaturas de la proximidad explican con suficiencia el mundo. La verdad suficiente que invocaba Juan Ramón. En el poema titulado “No humo” se expone, tal como una poética personal, esa voluntad de hacer definitivamente de la poesía un discurso sutil y siempre en torno a realidades que entrañan lo que entendemos por cotidianidad: un perro lacerado, unos trabajadores…; hablar, eso es, de lo presente, tan cercano que se nos oculta en su evidencia el hálito poderoso con el que las criaturas nos entregan, acaso sin saber, su vida para que sepamos más de la nuestra. Tras esa voluntad, tras esa convicción de no hacer de la poesía algo parecido a un retablo de vapor metafísico, el lector ya solo puede leer los poemas del libro de otro modo, con la agudeza cordial que implica una complicidad sin reservas: la de quien encuentra en el mundo de Álvaro Valverde una analogía intercambiable consigo mismo al comprobar que el mirlo del que se habla es el que todos hemos visto, cuyo vuelo no es lento ni majestuoso “ni siquiera muy hábil” pero que nos acompaña con su canto: “Posado sobre el muro, / su trino da sentido a la mañana”; o puede tratarse de un viejo árbol ”sin podar” pero que “alumbra a la mañana” y cuyo añoso tronco “no se aferra a la tierra. / la sujeta”.
Esa apuesta por lo inadvertido, lo común que todos podemos encontrar también a nuestro lado -pero que exige mirada, atención, delicadeza- pone esta poesía de nuestro autor cerca, por ejemplo, de la del portugués Eugénio de Andrade (y lo traigo a colación porque sé de la devoción de Álvaro por este poeta de lo inmenso elemental así como por la poesía portuguesa en general). También él sabía que avanzar no tenía que ver con lo extenso sino con lo profundo, y por eso mismo apuesta -apuestan Eugénio y Álvaro- por no abandonar “las mesmas aguas de la vida”, como diría Santa Teresa, pero sin pertenecer del todo al ruido del mundo, “a debida distancia”, “desde fuera”, para decirlo ya con expresiones significativas del autor que hoy está con nosotros.
Termino ya. Sigo hablando de esa dificultad de permanecer en lo próximo a condición de que parezca distante; de considerar los gastados itinerarios habituales como posibilidades de llegar a un centro propio, casi inaccesible, desde donde contemplar con calma, con el alma absorta, la vida. Álvaro Valverde tuvo siempre la intuición de saber dónde estaba ese centro, ese lugar de confidencia tan necesario en época de altisonancias de todo tipo (“sustituye el silencio / a lo que suena y sobra”). Ese jardín que él nunca tuvo ha tomado forma en él, como en su venerado Borges, bajo la especie de una biblioteca. Y aunque todas las palabras de los poetas no valgan lo que el rumor de la lluvia contra una ventana, él nos propone en este libro que hoy se presenta algo muy importante: compartir un espacio, una habitación para escapar de las asechanzas del mundo: “siquiera este refugio”, dijo nuestro llorado amigo común Ángel Campos. En esa habitación, en ese cuarto del siroco (y no me retraigo: ¿no será también ese cuarto donde deban estar los extralimitados, los hijos del siroco por no aceptar al mundo como es?: ‘Le ha dado un siroco’, se dice habitualmente…) nos espera un poeta que, como aquel Pedro Soto de Rojas en su libro Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, tan alabado por García Lorca, nos propone un espacio defensivo, de salvación y lleno de fuerza propia: la fuerza de los que saben resistir en la aventura de fundar cada día el mismo espacio y pueden proclamar sin reservas, como se lee en el poema “Aquí”: “No haces tuya la queja / de los que quieren irse / pero que aplazan siempre / la ocasión de su huida. / Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres de él”.

Nota: Este texto fue leído por Tomás Sánchez Santiago en la Feria del Libro de León, con motivo de la presentación de El cuarto del siroco. La fotografía es de Maica Rivera.

13.5.19

Correyero y Albero en EC


Isla Correyero
Visor, Madrid, 2018. 302 páginas. 

Isla Correyero (Miajadas, Cáceres, 1957) se dio a conocer con el libro Cráter, al que siguieron LianasCrímenesDiario de una enfermeraLa PasiónAmor tiranoLepidópteros (antes Género humano) y Divorcio (antes Hoz en la espalda). A estos y a Ámbar, que permanecía inédito, pertenecen los versos de este florilegio que reúne, en rigor, lo sustancial de cuanto ha escrito, aunque no sean unas poesías completas, cuyo título hace referencia a la poesía y que prologa con solvencia el poeta Juan Antonio González Iglesias. Para él, estamos ante “un auténtico libro nuevo” que recoge los “poemas esenciales” de Correyero, llamado a representar el merecido reconocimiento de su autora.
La desesperación y el mal están en el origen, señala, de esta poética hiperrealista y femenina, tan de ficción como autobiográfica, donde se aúnan la vida y el lenguaje, a quien se confía la búsqueda del sentido. Desde la sencillez y la compasión, porque en ella late una pulsión humanista que no desdeña aspectos morales y políticos.
La antóloga de Feroces demuestra aquí que podría haber formado parte de aquella panorámica: por radical, marginal y heterodoxa. En obras como Ámbar (fechado en 1984, de amor lésbico), Crímenes (“un libro de terror”), Amor tirano (donde la relación es de vasallaje) o Divorcio (tal vez la más extrema: “No puedes estar muerto si estoy viva”), todas en torno a lo amoroso, y Diario de una enfermera (que se lee con un nudo en la garganta: “Yo estuve diez años en un Hospital”, “Hay tanta muerte y tanto olor a muerte”, “Es misterioso ver morir a un niño enfermo”), La Pasión (una “poderosa sábana laica” del Cristo doliente) o Lepidópteros (alrededor del mundo de la moda). Un poema inédito cierra el volumen, Luz de agosto bajo el nogal, donde, por fin, el lector encuentra algo de sosiego.
Es justo destacar las habilidades literarias de Correyero: métricas, sintácticas, retóricas, rítmicas... Su sino es romántico. Y su sesgo, trágico y melancólico (“Soy melancólica”). Dos versos dan fe: “Dentro del abismo. / Del peligro. Dentro”.
Lean “El silencio”, “Qué vida”, “Emigrantes”. En voz alta, mejor. Y tiemblen.


Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019. 112 páginas. 

Además de los libros de poesía Sobre todo nadaLista de esperas y Volver, el bibliófilo y diplomático Miguel Albero (Madrid, 1967) ha publicado los cuentos de Cruces; las novelas PrincipiantesYa queda menosLenta venganza  y Mal; y los ensayos Enfermos del libroInstrucciones para fracasar mejorGodot sigue sin venirRoba este libro Esto se acaba. Este último está escrito en paralelo con la obra que reseñamos. Es la forma de proceder de Albero, que centra sus libros en temas monográficos. Aquí, como señala Juan Bonilla, la meta puede ser «el examen de “la espera” o el de “la fugacidad del todo” y por lo tanto la sustancia del tiempo». La atención se fija en “lo fugaz”. «Palabras en el tiempo que (…) van tallando epitafios de las cosas, las experiencias, la vida, para agarrar el menos la sensación de que se ha vivido». Por su parte, el poeta escribe a propósito de la efimeridad: “Lo fugaz es siempre visto como un sueño”.
Aunque esta poesía “recia”, de temas “graves”, que se atreve con “la brutalidad” (Bonilla dixit), adopta un tono elegíaco, conviene resaltar el humor (y su envés, la ironía), clave en Efímera, título tomado de un insecto neuróptero que vive un día.
Y a los elementos fugitivos dedica Albero sus poemas, agrupados en siete partes de cinco poemas cada una que se cierran con uno en prosa con aires de microrrelato.
Así, la nieve y la escarcha, la espuma (“Aire en lugar inesperado”), el arcoíris, las pompas de jabón (“Que no hay final feliz, / Sólo trayecto”), un amor de verano (“Si sé que es para siempre ya me aburre”), el instante (que, porque permanece en la memoria es “toda una vida”), los castillos de arena (“Y arena es el nombre de lo frágil”), los cerezos en flor (“No lamentan su temporalidad, / más bien la exaltan”), el fuego, los atardeceres, los sueños, un tornado, la estrella falaz… Sin olvidar nunca que “lo pasajero permanece”.
Estos versos fiados al oído más que a la métrica, de estirpe borgeana y línea clarísima, ocurrentes e imaginativos, con tacos, donde un haiku se transforma en soneto y se homenajea a Gracián: “No, / lo breve no es necesariamente efímero, / Es solo breve”, se cifran acaso en este par: “Y descubrir lo efímero es una forma / sutil de descubrir la muerte”. Por eso, “Vive, no esperes, vive”.

Nota: Las reseñas de los libros de Correyero y Albero se publicaron el pasado día 10 de mayo en El Cultural. 

12.5.19

De acá para allá

Está siendo una primavera movidita. Un año movidito, mejor. En el mejor y en el peor sentido, que esto es la vida. Ni tiempo le ha dado a uno de comentar, mediante esas croniquillas con las que castigo a mis lectores, algunos sucesos que acaso merezcan ser relatados. Resumamos. 

Puedo empezar con mi visita a la Biblioteca Pública Municipal 'Juan Pablo Forner' de Mérida. Con motivo de la celebración del Día del Libro. Allí estuvimos reunidos, nunca mejor dicho (qué aula más bonita y con qué luz aquella tarde), un numeroso grupo de lectores de todas las edades y condición. Discapacitados que utilizan el práctico método de la "lectura fácil" (que este año se ha usado para editar el texto de María José Flores, el elogio de los libros del Plan de Fomento de la Lectura que, por cierto, acaba de premiar a la Forner), mayores y no tanto de los clubes de lectura de esta biblioteca que dirige con solvencia Leni Ortiz, etc. No faltaron algunos amigos: Antonio Gómez, Daniel Casado, María José y Antonio... Ni Fran Amaya, que atiende a sus responsabilidades con un celo ejemplar. Ni, y eso dice mucho de esa capital, el alcalde Osuna y una de sus concejalas. (Luego me explicó que había acudido a esa cita los cuatro años que lleva como regidor emeritense.) Recordé en voz alta que me había gustado escuchar en radio esa mañana que el Presidente de la Castilla-La Mancha iba a participar en las conmemoraciones oficiales del Día Internacional del Libro. Como aquí, vamos. 
No puedo olvidar que tuvimos la suerte de escuchar varias interpretaciones magistrales del jovencísimo guitarrista Ignacio Cuadrado Espadiña, en representación del Conservatorio 'Esteban Sánchez' de Mérida. Un lujo. 
Por lo demás, hablé de poesía y la leí, sobre todo porque a Leni, como a tantas bibliotecarias, les preocupa el desafecto que la pobre provoca. El temor que suscita. Porque aquello duró lo justo, ya hemos quedado en dedicarle una sesión más larga a ese asunto en uno de sus clubes. 

Puedo seguir con mi viaje a Ribera del Fresno (en compañía de Yolanda) para recoger el II Premio Nacional 'Meléndez Valdés'. Como ya he relatado, unos días antes, estuve en su instituto, el "Valdemedel" (que toma su precioso nombre del río del lugar), de donde salió una bonita experiencia y un poema, que no es poco. En el acto en sí, con mucho menos calor que hace dos años, cuando se entregó el primero, nos reunimos medio centenar de personas. Esta vez no hubo grandes autoridades, digamos: ni el presidente Vara, ni el de la Diputación... ¿La excusa? El periodo electoral. Sí estuvieron la Secretaria General de Cultura, Miriam García, y el diputado provincial de Turismo y Tauromaquia, Lorenzo Molina. Y Fran Amaya, el director de la Editora Regional y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura, con el que estuve esa semana en tres sitios distintos y al que estoy muy agradecido por ello. Lo mejor de esa ausencia de notables es que el acto fue puramente literario, sin interferencias. Descansamos de la política, aunque alguna alusión (pertinente) hubiera. Javier Moreno presentó el acto con la solvencia que le caracteriza (la de la empresa +magín) lo que hizo más llevadera la ausencia de su socio, Josemari Lama (aunque le echamos de menos). Como solvente fue el discurso de la alcaldesa, Piedad Rodríguez, que tiene muy claro lo que quiere para su pueblo: que esté en el mapa del mundo por razones culturales. A partir del legado intelectual de su paisano Meléndez Valdés. El premio es sólo una de las estrategias. Ojalá lo consiga. Riguroso fue también el discurso del presidente del jurado. A la altura de un premio que se quiere, ya digo, prestigioso. En lo que me toca, fue un placer escuchar de nuevo a Jordi Doce reflexionar en torno al "siroco".
Hasta los políticos, cosa rara, estuvieron acertados. Fueron al grano. Y sin papeles.
Lo mío ya se dio aquí. Sin la sorpresina final, pero... Tres poemas leí, aunque uno fuera inédito. De Ribera y para los ribereños, dedicado a quien lo vio conmigo: el citado Fran Amaya.
Después no hubo piscolabis y nos acercamos al pueblo para degustar unas tapas, no sin antes dejar en el maletero del coche el busto de Valdés. Estuvimos poco rato. Había que volver a casa.

Para terminar, tercera estación, Plasencia. Feria del Libro. Sesión sabatina doble. Por la mañana, presentación de las dos nuevas antologías de la colección "El Pirata", de la Editora Regional. Ya se habló de ellas en este rincón. Feliz reencuentro con Ramón Parejo (del equipo que coordina la idea) e Irene Sánchez Carrón, una de las autoras antologadas. No pudimos estar hasta el final. Como todo se junta, teníamos prevista una comida con amigos. Esta vez no hubo ruta. Por la tarde, tras los cafés, estuvimos de nuevo en la carpa, para presentar la versión bilingüe del último libro de Ángel Campos Pámpano, La semilla en la nieve / A semente na neve. Por razones familiares, no pudo acudir a la cita el traductor, Luis Leal, y allí estuvo uno (al lado de Juanra Santos, que leyó sus versos en un perfecto portugués, y Fran Amaya, que hizo la ilustrativa exposición previa) para decir algo de ese libro, acaso el mejor de Pámpano. Una sorpresa, incluso para él, según creo. Estaba muy satisfecho con lo conseguido. Me consta. Esa obra nos descubrió a un poeta distinto. Más grande. Menos hermético, silenciario y oriental. Justifica por sí solo su lugar en la historia de la poesía patria. Por eso es una pena que se fuera tan pronto. ¿Qué nos habría deparado su poesía si hubiese seguido con nosotros? Vana pregunta. Hice alusión a su pasión portuguesa. Por la lengua, sí, pero también por sus poetas y por su geografía. De sus ciudades, ante todo Lisboa, a la que dedicó un libro certero e intemporal. Leí la nota que escribí para la contracubierta del libro. Volvimos, en fin, a emocionarnos con su recuerdo. Es imposible olvidarlo.
No habíamos salido aún de la carpa cuando ésta se vio invadida por un numeroso grupo de adolescentes, ya creciditos, dispuesto a disfrutar de Defreds (alias de José A. Gómez Iglesias), uno de los parapoetas más famosos del momento o, como dice El País, "uno de los 10 autores españoles que arrasan en ventas". Autor de los versos: "El tiempo pasa. La experiencia sube. El desencanto también. Y todo es «bah» y seguir tirando. Y, de repente, te enamoras de nuevo. Y, joder, no puedes pararlo, no puedes controlar nada". Presentaba Sempiterno (palabra -es lo que tiene la modernidad- que me llevó sin remedio al soneto que Gabriel y Galán dedicara a Santa Teresa, el que recitó mi alumno Pablo Villegas aquí atrás en el Verdugo). Con ganas me quedé de asistir a su espectáculo. Para aprender, mayormente.
Juan Ramón Santos, director de la Feria, nos ha contado que estuvo firmando más de una hora. Al expresarle éste su sorpresa, aquél le explicó que su record estaba en... ¡siete horas! En Valencia. 

8.5.19

Critiquerías

En esto de la crítica (que uno practica por amor al arte, por el mero hecho de ser un pesado lector incontinente que comenta en voz alta algunos de los libros que lee), hay cosas que no acabo de comprender. Corto que soy. Y mira que llevo años en el negocio. Y que atiendo a lo que dicen al respecto Ignacio Echevarría o García Martín, que de esto saben. En vano.
Por ejemplo (que me perdone GHB el vicio retórico, al que tan dado soy), me resulta del todo incomprensible que un puñado de colegas recomienden poemas de una autora a la que no teníamos noticia que hubieran prestado nunca atención y cuya poética se da de bruces con la suya. O, pongo por caso, que una editorial acreditada, en su intento por publicitar una novela que, ya se ve, no debió incluir en su prestigioso catálogo y menos aún premiar, ante la imposibilidad de reunir una serie de citas elogiosas sobre la misma, aparecidas en distintos medios informativos, lo usual en estos casos, porque nadie ha hablado bien de ella, escojan frases sueltas de unos cuantos (presuntos) lectores de variada edad y género y armen un ocurrente anuncio a toda página encabezado por esta frase tramposa: "Los lectores sois los que hacéis grande un libro". Y esto lo he visto, para más inri (al fin y al cabo era Semana Santa), en un suplemento de... crítica literaria. A esto se le llama intentar el descrédito de la crítica y no deja de ser una burla, mercado mediante. Sin llegar a tanto, gracioso me parece, cuando menos, que se tengan que encargar recensiones deprisa y corriendo pues el libro premiado por la crítica (un decir)... apenas si las había tenido hasta ese momento. Pero, en fin, esto es España y ya se ve que hay cosas que en este dichoso país no cambian.
Ah, del enfado de las "nuevas estrellas literarias", como las llama el muy entregado (a su causa) Ruiz Mantilla, hablamos si eso otro día. Del libro que ha motivado el cabreo (La lira de las musas, publicado en Páginas de Espuma por Martín Rodríguez-Gaona) debo ocuparme en una reseña ya encargada, así que... ¡País!

(Nota: La imagen está tomada de una página de la revista Cartón Piedra, del periódico ecuatoriano El Telégrafo.)

7.5.19

Un poema para Ribera

El pasado 30 de abril fui invitado por el instituto 'Valdemedel' de Ribera del Fresno a un encuentro literario con sus alumnos de 4º de la ESO dentro de la campaña del Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura "Todo sucede al leer". Tras la charla, la conversación y el recitado, me invitaron a subir al aula de plástica para ver un mural con el rostro de la añorada Dulce Chacón que han realizado los muchachos con un sencillo bolígrafo bic. Lo que no me imaginaba es que, al entrar, iba a ver lo que vi. De eso va este poema, escrito de memoria, cosa rara en mí, mientras daba mi paseo habitual a orillas del Jerte, otro río, como el que da nombre al mencionado instituto. Un par de días después de aquella, digamos, visión. Aunque dedicado a Fran, es también para los educados alumnos que me escucharon (y los de Formación Profesional Básica de Cocina y Restauración que nos ofrecieron antes un delicioso desayuno), las competentes profesoras que les enseñan (Merche, Esperanza, Remedios, Jone...), su director (mi viejo amigo Ángel Bernal) y para el precioso pueblo de Ribera del Fresno, más que calles blancas, casas señoriales, historia, vino, cultura y paisaje. Como un ribereño más. Si me dejan, así me siento.

EN RIBERA DEL FRESNO

                             A Fran Amaya, que lo vio conmigo

A poco de cumplir sesenta años
pocas vistas resultan sorprendentes,
por más que lo de fuera siempre asombre.
Sin embargo, en Ribera, esta mañana
la mirada perpleja del viajero
ha observado otra vez ese milagro.
Tras el gran ventanal, como si un cuadro,
tierra roja, las vides alineadas,
el verde de los brotes y el marrón
de los menudos troncos retorcidos.
Al fondo unos alcores con olivos.
Encima, solo el cielo: puro azul.
Un ortegamuñoz ante los ojos.
El suelo original. Lo nunca visto.

6.5.19

Próxima parada: el Reino de León
























Sí, lo reitero: he tenido mucha suerte con el "siroco". Por sus lectores. Los conocidos y los que no. Quienes expresaron sus impresiones por escrito mediante una nota en las redes sociales o con una reseña publicada en un periódico, una revista o un blog, y quienes lo hicieron en privado, por carta o en un breve mensaje. Y por los silenciosos. También con los presentadores del libro, que esta vez ha viajado más de lo habitual. En orden de intervención, Gonzalo Hidalgo Bayal, Jordi Doce, José Luis Bernal, Miguel Ángel Lama, César (Juce) Iglesias... Quedan aún dos presentaciones. Este viernes será en la capital del Reino de León, en su Feria del Libro, invitado por Héctor Escobar, presidente de la Asociación de Libreros leoneses y director de la misma, y, de nuevo, el presentador será de lujo: Tomás Sánchez Santiago. Será después de que pregonen, a dos voces, Marta Sanz y Avelino Fierro.
Cerraremos esta gira intermitente en Salamanca. En su Plaza Mayor. En otra Feria del Libro. Tomará entonces la palabra Isabel Sánchez; la única mujer, ay, de ese exquisito elenco. El sábado 18 por la tarde, a las seis y media.
¿Me ha acompañado o no la fortuna? Pregunta retórica. Demasiado. Gracias.