31.8.19
Una obra mayor
Es difícil leer poemas
es difícil contemplar cuadros
es difícil escuchar música
y es difícil amar a la gente.
pero bien por necesidad brutal
o por energía divina
al final la mente, la vista, el oído
y el gran corazón indolente se moverán.
William Meredith (traducción de Hilario Barrero)
Nota:La ilustración es de Albrecht Schnider y está tomada de Bartleby & Company.
20.8.19
La luz de la melancolía
Los
primeros versos de Victoria León (Sevilla, 1981) que uno leyó se publicaron en
esta revista. Fueron una feliz sorpresa. También aquí había dado a conocer
distintas traducciones (Tennyson, John McCrae,
un anónimo latino…) en colaboración con Luis Alberto de Cuenca, del
que editó una antología para Renacimiento.
Además de ejercer la crítica, es traductora; del inglés, sobre todo.
Para
entonces ya conocíamos su primer libro, de aforismos: Insomnios (La Isla
de Siltolá, 2017). Me gustaron -dije en otra parte- “por
su carga de razón, de sensatez. Por su elegancia intelectual. Por su lucidez y
su elocuencia. Por su clasicidad”. Esto podría aplicarse a los poemas que
componen Secreta luz,
su ópera prima poética. No lo parece, cabe afirmar de inmediato. Se nota el
lento y largo aprendizaje: lecturas, traducciones, sentencias… En consecuencia,
nada más lejos del titubeo, la imitación o el despropósito. De fracasadas
experiencias previas como las que pudieron perpetrar en sus inicios sus
compañeros de generación, poetas nacidos entre 1971 y 1985, como los reunidos
por José
Andújar Almansa en su espléndido florilegio
Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI (Pre-Textos); tan alejados,
en general, de su manera de decir.
Si por algo se caracteriza esta obra
-retomo el hilo- es por su solidez. Formal e intelectual, si cabe el distingo.
De estirpe clásica (ya se apuntó), los endecasílabos fluyen con una naturalidad
de talante anglosajón, sin concesiones a la inútil retórica, con un grato
regusto a Siglo de Oro y, cómo no, a la poesía de otros contemporáneos,
nacionales y foráneos. El magisterio, en todo caso, es amplio, propio de
alguien que ha leído mucho, con un gusto fundado en el propio criterio. No creo
que quepa soslayar la tradición lírica sevillana, un micrcosmos poético digno
de elogio y de cuya maestría ha bebido, a buen seguro, la escritora. Tres conspicuos
vates sevillanos, por cierto, formaban parte del jurado que concedió a Secreta luz el premio
Hermanos Machado: Jacobo Cortines, Abelardo Linares y Javier Salvago.
Los poemas de VL hablan de la vida,
sí, y, por lo mismo, sin que pequen de culturalistas, de la literatura (Dante,
Propercio...). “La poesía exige incandescencia, / vivir o haber vivido entre
las llamas”, son los dos versos que lo abren. Como las llamas del amor, que
ahora son ceniza, pues que del desamor y de la pérdida hablan estos poemas
breves, de una concisión acerada y cierta sequedad metafísica, cercanos al
epigrama, donde imperan la soledad y el dolor, palabra que ya aparece en la
cita de Bécquer que encabeza el delgado volumen. La otra, de Stevenson, se
refiere al amor que uno ve venir y luego ve partir.
Poesía amorosa, cabe precisar, que
huye tanto de la efusividad como de la desesperación. Lejos de ese sentimentalismo
anodino tan a la moda. Y, por eso, del carácter frívolo de nuestra época.
Versos irónicos y serenos en su interna acritud que el lector recibe con menos
daño que tristeza (“Qué difícil dar nombre a la tristeza / con palabras ajenas;
qué milagro”). A lo Leopardi: “había luz en tu melancolía”. Dolor sublimado por
la poesía. Por su íntimo fervor.
Una trama narrativa secuencia las
escenas de donde brota su “secreta luz”. Esa que surge, paradójicamente, del
sufrimiento. Porque se canta lo que se pierde.
A pesar de ese común asunto que
subyace, la unidad viene marcada por el tono, por la voz de VL, del todo
conseguida y diferenciada, homenajes aparte. A Borges, por ejemplo, en
“Ficciones”.
Una voz femenina, de mujer. Sin afectación.
En absoluto sobreactuada, como les gusta a otras. Plena de belleza y de verdad.
O de “Amor, verdad, locura”.
Afloran aquí y allá, lógico en ella,
los aforismos. Versos que podrían serlo, quiero decir. Versos que bajo esa condición
trasladan la fuerza del adagio: “El silencio es el no de los cobardes”. “La
soledad no advierte de dónde nos aguarda”. Ya que menciono ambas palabras, “El
silencio” se titula uno de los poemas más logrados, donde se alude a “la
interminable soledad del miedo”.
Y
ahí, el amor. Contra ese miedo, porque “silencia nuestra rabia y nuestro odio”.
A través de la memoria, “amarga copa”. Aunque “no recuerdo el amor”, “Qué
distinto nos suena nuestro nombre / cuando una voz que amamos lo susurra”.
“Llenabas el vacío de mi vida / que ahora
ha vuelto a devorarlo todo”, escribe VL. Y: “Nadie oye ese ruido sordo y triste
/ que produce destruir una alegría”.
La lucidez aflora en “Retrospectiva
apócrifa”, que termina: “¿Soportas la tristeza con que aguarda / tantísima
belleza inútilmente?”
Sin alardes ni enojosos barroquismos
formales, el lenguaje se acerca al lector con la debida sutileza. La misma con
la que maneja el encabalgamiento, compone una enumeración caótica o deja caer algunos
versos con rima asonante.
Tras el descenso a los infiernos, la
luz, antes secreta, que alumbra el final de este camino. Cuando “La noche nos
cobija en su refugio” y “Nos permite soñar que nos amaron / y fuimos una sombra
iluminada / por una clara tarde que es eterna”.
Antes, en el poema “En la secreta luz”,
se nos devela que “En las ruinas del mundo que soñé, / te seguiré esperando,
hasta otra vida”.
Victoria León
Vandalia.
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019.
Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 142 de la revista Clarín.
Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 142 de la revista Clarín.
18.8.19
Poesía gatopardiana
"Leyendo algunas de estas poesías de cuarto orden a veces se tiene la sensación de encontrar una gran alma que se debate en una cárcel estrecha cuyas paredes están encementadas con la escasa aptitud y la poca frecuentación de los grandes poetas; como si se tratara, por decirlo de otro modo, de un fuego encerrado entre haces de leña húmeda que produce mucho humo y mínima llama sin que por ello ese nobilísimo elemento deje de ser tal".
Giuseppe Tomasi de Lampedusa, El Gatopardo. Apéndice de la nueva edición revisada de Gioacchino Lanza Tomasi. Anagrama, Barcelona, 2019. ¡Qué feliz relectura, por cierto! En ese libro total faltaba una referencia a "la poesía no poesía", que diría el certero publicista de ING. Ya está.
15.8.19
De García Blázquez
Ahora que ha muerto mi paisano José Antonio García Blázquez, rescato las notas que preparé para la presentación de Amigos y otras alimañas. A modo de homenaje.
ü
José Antonio García Blázquez nació en 1940 en
Plasencia. Ha desarrollado gran parte de su vida profesional en países
extranjeros, como traductor en organismos internacionales.
ü
Su primera novela es de 1966: Los diablos, donde intentó sacar a la
narrativa española del realismo social en que se encontraba, a la que seguiría,
con más éxito aún de crítica y público, No
encontré rosas para mi madre (1968), de la que incluso se hizo una versión
cinematográfica interpretada por Gina Lollobrigida y Concha Velasco.
ü
Las novelas que publica en los años 70
demuestran cómo García Blázquez madura su narrativa hasta consolidar un estilo
muy personal. Fiesta en el polvo
(1971) es su primera novela en esa década. Le sigue El rito (1974), quizá su obra más famosa, y merecedora en 1973 del
Premio Nadal. En 1976 publica Señora
Muerte, otro de sus títulos imprescindibles.
ü
Las décadas siguientes, ya con su nombre
consolidado como uno de los autores españoles más singulares de la segunda
mitad del siglo XX, son también fructíferas: Rey de ruinas (1981), La
identidad inútil (1986), Puerta
secreta (1993) y El amor es una
tierra extraña (1996).
ü
La identidad inútil. (La Centena) y La costumbre de matar están publicadas en la Editora
Regional.
ü
Acaba de publicar La soledad del anfitrión, una novela que tiene como trasfondo el
Londres que José Antonio conoció en los años sesenta, cuando salió de esta opresiva
ciudad amurallada para encontrarse con el mundo.
ü
Ha sido traducido a distintos idiomas y sus
novelas han sido objeto de estudio y tesis en universidades españolas y
extranjeras, especialmente en Italia y Alemania.
ü
Amigos y
otras alimañas de José Antonio García Blázquez inaugura una nueva colección
de la Editora Regional de Extremadura: PLURAL. Un espacio editorial dedicado a
diferentes géneros (narrativa, ensayo, memorias…) y que pretende convertirse en
referente no sólo regional, sino también nacional e internacional: por ello
albergará, además de algunos títulos fundamentales de la literatura hecha en
Extremadura, obras ineludibles de la portuguesa y latinoamericana.
ü
En esa misma colección, como número dos, ha aparecido
el libro de otro placentino, José Antonio Gabriel y Galán.
ü
En este nuevo siglo, el universo narrativo de
José Antonio García Blázquez, uno de los clásicos vivos de nuestra Comunidad,
revive, tal vez con más fuerza y nitidez, en Amigos y otras alimañas, en la que reaparecen temas y personajes ya
familiares para sus lectores.
ü
Con una diferencia, eso sí: no utilizando su
medida narrativa habitual, la novela, sino el cuento o el relato corto; que
también había ultizado, por cierto.
ü
El
libro de García Blázquez se divide entre los textos breves y heterogéneos y los
de "mayor aliento", que son o parecen embriones de novelas muchas
veces.
ü
Esto
se acentúa más aún en todos los relatos de la segunda parte,
"protagonizados" por Diego, que es el hilo conductor de todos ellos.
ü
Esta
segunda parte es casi una novela en sí misma. De hecho, alguien ha dicho que
Blázquez ha construido una novela, aún inédita y titulada Que nadie despierte a partir de esta segunda parte.
ü
Vicios,
pasiones, "pecados" son los protagonistas: envidia, hipocondría,
celos... casi un "retablo" al modo medieval.
ü
En
“Maldito creador”, Blázquez cita Niebla, de Unamuno, y muchos otros relatos
tienen ecos de la tradición española de la novela más "crítica con el
papel del hombre", son textos muchas veces desengañados y escépticos.
ü
Según el crítico Simón Viola, “Desprovistas de
supuestos ideológicos previos, de mensajes y moralismos, sus novelas erigen un
universo singular que desarrolla, como variaciones de una melodía, ciertos
motivos recurrentes que confieren a sus relatos un mismo aire de familia: la
iniciación sexual vivida como un juego ritual cargado progresivamente de
crueldad, la obsesión por el regreso (a la casa de la infancia, a los paraísos
perdidos) de unos personajes que avanzan “heridos por el pasado, agentes de la
degradación, hacia una solución improbable” (G. Hidalgo Bayal, “La novela
asonante”, en Equidistancias), las taras hereditarias y educativas, los
espacios de la decadencia en que se acentúan el refinamiento y la inmoralidad,
el mundo exterior concebido como una amenaza, etc.
ü
“El que la literatura copie lo que pasa en la
calle –ha dicho el novelista- no ofrece interés, para eso están los reportajes.
Yo quiero hacer una interpretación. El tiempo histórico me preocupa, pero no
desde un punto de vista objetivo, sino desde un punto de vista subjetivo, o
sea, mi tiempo”.
ü Viola añade: “En espacios íntimos (el
jardín cerrado, la casa decadente de la niñez) levantados como refugio ante lo
exterior (la vulgaridad de la vida corriente), los personajes, empujados por
pasiones exacerbadas, paroxísticas, se obstinan en unas relaciones marcadas por
la crueldad, la amoralidad y la violencia, en un universo "edénico"
que parece anterior al pecado y a la sensación de culpa: "Aun con la
falacia, el sarcasmo y el crimen -y con cierto sentido del humor vertido sobre
tan grandes conceptos a fin de amenguar solemnidades-, mis personajes, sin
embargo, pues así lo quise, quedan libres de culpa. Algo los exime, pues la
conciencia del bien y del mal está ausente de ellos, como lo está de la
naturaleza, cuyo móvil no es el amor, sino la crueldad" (El Urogallo, diciembre de 1990). Incapaces de hallar un sendero que los
acerque a la felicidad, con una inocencia despiadada, estos seres merodean en
busca de un paraíso perdido, "el retorno al lugar primigenio, la mágica
irresponsabilidad de la infancia". La depredación, la tortura, el
asesinato, el incesto, se relatan entonces con la imperturbabilidad de juegos
inocentes que no resultan inverosímiles ("No hay mundo, real o imaginario,
que sea improbable. Lo que importa es que el novelista sepa mandar en
él"), pues conectan con los impulsos más profundos del ser humano, con un
"mare tenebrarum" (título del relato central) que habita en nuestro
interior y solo aflora fuera de la vigilancia de la razón, como sucede en los
sueños”.
ü Según Gonzalo
Hidalgo, José Antonio García Blázquez fue
el primero de los escritores extremeños de su generación “que se incorporó a la
literatura española, en 1966, con una novela de temática atrevida en su
momento, Los diablos, el retrato de
cierta juventud amoral y desfachatada, y conoció el éxito mayoritario con No encontré rosas para mi madre (1968),
la historia de una relación edípica. Sus siguientes libros, entre los que
destaca, sin duda, Señora muerte
(1976), no han hecho sino confirmarlo en posesión de un mundo narrativo
personalísimo y autónomo. Sus ingredientes se suceden y multiplican en cada
trama. Aunque los personajes suelen moverse por grandes ciudades (Madrid,
Barcelona, París, Nueva York), siempre surge una ciudad media en sus orígenes
(como Plasencia, por ejemplo), cargada de sentido, con una «casa grande» que
esconde el recuerdo de los juegos prohibidos de la infancia. Las obsesiones
sexuales surgen desde la incomprensión o la inocencia. Después, la presencia de
un padre castrador o el poder de una mujer dominante contribuyen a consolidar
las fijaciones, a asentar las frustraciones, a acentuar los complejos, a
encender la culpa. «Aunque en toda su vida no hubiera hecho ningún acto
delictivo, él siempre se encontraría culpable. La misma culpabilidad de una
cucaracha que se esconde al sentir las ondas de la luz», puede leerse en Señora muerte. De modo que los
personajes avanzan desde la memoria, heridos por el pasado, agentes de la
degradación, hacia una solución improbable”. (En El Urogallo)
ü Convendría destacar que José Antonio García es un
autor que ha tomado a Plasencia, su ciudad natal, como referencia literaria. No
es el único. Él, como Gonzalo Hidalgo, por ejemplo, han sido capaces de
levantar literariamente a Plasencia algo que aún no han sido capaces de hacer
otros escritores cacereños o pacenses.
10.8.19
Cataño
Me ha sobrecogido la muerte por sorpresa del poeta canario José Carlos Cataño. Sólo lo conocía por carta. Por las antiguas de papel, sobre y sello y por los actuales mensajes electrónicos. Cruzamos varios el pasado mes de mayo. Por el envío de su nuevo libro, que me mandó de su parte Pre-Textos, y por la actualización de su blog. Cambiaba con frecuencia de dirección y me solía pedir, con suma educación, que modificara la misma en el enlace del suyo que mantenía en el mío, donde más de una vez se habló de él. El 1 de mayo escribió: "Querido Álvaro, Pre-Textos edita mi Obra reunida (1975-2007), mi carta de identidad poética, y me gustaría hacerte llegar un ejemplar. ¿Podrías darme tus señas?
Por otra parte, he vuelto a cambiar de sitio mi cuaderno de notas. Ahora se encuentra en https://josecarloscatano.com/blog/ por si pudieras incluirlo o modificarlo en tu lista de blogs.
Y siempre alegrándome de tus nuevos libros en Tusquets.
Un abrazo".
Y en uno de los últimos, de mayo también: "Cuando quise enviarte el libro lo hacía de poeta a poeta. Quiero decir, que te lo enviaba como poeta tú. Pero ahora caigo en que también eres crítico el El Cultural de El Mundo. Y no lo hacía con ese propósito. Antes que nada, para tu posible deleite". Así era.
La primera impresión al ver su poesía reunida fue gratísima. La cubierta es preciosa. Ni tiempo me ha dado a leer el libro al completo. Es verdad que lo frecuenté desde muy joven. Al poeta y al diarista.
El crítico canario Jorge Rodríguez Padrón, con quien mantuve una intensa relación epistolar en los años ochenta y noventa, lo defendió siempre. Como a tantos otros paisanos de esa rica y variada tradición poética insular.
De su compleja forma de ser me llegaban noticias, aunque conmigo siempre tuvo un trato exquisito. Lo que importan al fin y al cabo son sus libros y este es un buen momento para los balances. Por desgracia.
3.8.19
Acostarse temprano
Lo cuenta Manuel Vilas en un artículo: «Hay una escena de una hermosura devastadora en la última película que rodó Sergio Leone. En Érase una vez en América, un personaje le pregunta a un Robert de Niro ya sexagenario: “¿Qué has estado haciendo durante estos últimos 35 años?”. Y De Niro se queda mirando a su interlocutor con una cara de melancolía cósmica, también de rabia, también de venenosa soledad. Y contesta esto: “Acostarme temprano”».
Nota: La ilustración es de Fernando Oliver: "Hombre durmiendo".
30.7.19
Carta de Santander
Por ejemplo, camino del Cantábrico, a la altura del cruce de Frómista, nos obligaron a dar un rodeo considerable que nos permitió observar con detenimiento los campos de Castilla, Tierra de Campos, que no deja de ser un ejercicio de alto calado machadiano.
El resto del viaje fue bien. Los túneles facilitan el acceso a estas regiones del Norte, aunque de mi memoria no se borren los mareosos puertos y portillas que franqueaba con cierta dificultad el seiscientos de mi padre.
Santander es la elegancia. Como San Sebastián u Oviedo. La cosa nórdica, ya dije, que siempre sorprende a los del Oeste. Si, para colmo, te hospedas en el monárquico Palacio de la Magdalena situado en la bonita península del mismo nombre, ya no digamos. Nuestra habitación, con forma semicircular, estaba en el segundo piso de la torre. Un privilegio. Por las vistas más que nada. Enfrente y a lo lejos, El Puntal. Debajo, jardines y pinos y gente tumbada en el césped. Muy británico todo. Y muy universitario, of course. Sí, porque la anfitriona lo es: la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (la UIMP), de ideario institucionista y fama reconocida. Pasamos hace años por las sedes de Cuenca (ay, Diego Jesús) y Santa Cruz de Tenerife (de la mano de Robayna). En ésta, la principal, estuve a cuento de unos conocidos encuentros sobre la edición cuando uno era responsable del extremeño Plan de Fomento de la Lectura y recuerdo, sobre todo, que saludé a Alberto Manguel, del que soy lector y fans, y que el vuelo de regreso a Madrid, con Millás al lado, fue apoteósico. Nunca peor.
Llegamos justo a tiempo de comer en el mismo Palacio. Comida de colegio mayor, digamos. Mala, a qué engañarnos. Para entonces ya llevábamos al acreditación colgando, lo que facilitó el trance.
La tarde dio para una cabezada y un paseo por aquel precioso lugar. Delante, el mar, ese misterio.
Antes de la lectura correspondiente al ciclo Veladas Poéticas, que dirige el poeta, crítico y editor Carlos Alcorta (a mi lado en la fotografía) y que está a punto de cumplir veinte años, se celebra una tertulia con el autor invitado. La nuestra fue jugosa. Éramos una decena de personas alrededor de una mesa, ya es casualidad, idéntica (salvo por el tamaño) a una que conserva en su casa, procedente de Tánger, mi querida suegra. Se habló un poco de todo. De lo de uno y de la poesía en general, incluido ese sucedáneo a la moda que dan en llamar parapoesía y que unos días después bendijo Manuel Vilas en ese mismo sitio. Él sabe más de eso.
La lectura en sí desdijo los peores augurios. Ya Alcorta había advertido en petit comité que era el segundo día con sol de la temporada de baños en Santander y que la gente optaría por la playa, algo que resultaba del todo comprensible. Pero nos equivocamos y reunimos a más de setenta personas (que contó alguien), lo que no es poco si tenemos en cuenta que uno no es parapoeta.
Alcorta me presentó como es debido. Me conoce muy bien, desde mi primer libro, que mostró en público sin acobardarse, hasta el último, que reseñó en Turia. Más aún, fue el editor de dos de mis plaquettes: Aeróvoro y Lugares del otoño. Esta última formó parte de la colección El Astillero, de la revista Ultramar, que dirigía con los también poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván. Pues bien, estos dos estuvieron en el acto, algo que me hizo, lo confieso, especial ilusión. Como la presencia de mi admirada paisana Pureza Canelo, que pasa en esa ciudad buena parte del año debido a sus labores al frente de la Fundación Gerardo Diego; la de los poetas Marcos Díez, autor de Desguace, y Nicolás Corraliza; la del estudioso de la poesía cántabra Luis Alberto Salcines, así como un puñado de lectores y amigos (Nieves Álvarez, Juan Francisco Quevedo y su hija, jovencísima profesora en Harvard, participantes, por cierto, en la comentada tertulia) que lamento no poder nombrar al completo. Pureza me susurró, eso sí, que había gente muy principal. Se notaba. Grazie.
Después de los agradecimientos y los saludos de rigor, leí, para empezar, mi único poema santanderino: "Villa olvido", que forma parte de mi libro Desde fuera. La casa en ruinas a que se refiere está siendo restaurada y puede que sea la misma en la que veraneó el mismísimo Galdós. Luego leí diez poemas de El cuarto del siroco. Según costumbre, salpiqué esa lectura (una "conversación en la penumbra", diría Eliseo Diego) de comentarios personales que pudieran ofrecer al oyente u escuchante algún que otro detalle digno de ser conocido o comentado. No se trata de explicar nada, sólo de aportar datos a buen seguro prescindibles (el poema ha de bastarse a sí mismo) pero al fin y al cabo curiosos. También por hábito, en las Veladas no hay preguntas al final. Antes de abandonar el hall del Palacio (Trapiello, del que leo Diligencias, escribiría "jol"), donde tuvo lugar aquello, firmé algunas dedicatorias, un muchacho negro me entregó un extenso poema de su autoría, saludé al librero que tuvo la amabilidad de ir a vender ejemplares de algunos de mis libros y salimos, en fin, a la noche y al fresco. Nada peor para este paisano de tierra adentro que la mezcla perversa de humedad y calor. Por eso fui incapaz (pedí perdón por ello) de ponerme la chaquetina que portaba.
Nos reunimos nueve en un restaurante del centro para cenar algo. Fombellida y Alcorta, con sus respectivas esposas, y algunas amigas (como la poeta Ana García Negrete, que inauguró este año las Veladas, o la fotógrafa Mar Gómez Iglesias, autora de la foto de arriba). Nos retiramos pronto. Dormir con manta fue un final de jornada de lo más placentero.
No sin dar antes una vuelta por las calles principales y un largo paseo por la orilla del mar, salimos a media mañana de vuelta a Plasencia. Con pena, claro.
Si al subir paramos en Aguilar de Campoo, al bajar lo hicimos en un área de servicio cerca de Reinosa. Comimos espléndidamente en La Traserilla, en la parte vieja de Palencia, a un paso de la catedral. El café lo tomamos en el Ikea de Valladolid, donde tocaba parada y visita (no todo es lírica). Ya en Plasencia, al bajar del coche, comprobamos que habíamos vuelto al infierno. Qué poco dura lo bueno.
Llegamos justo a tiempo de comer en el mismo Palacio. Comida de colegio mayor, digamos. Mala, a qué engañarnos. Para entonces ya llevábamos al acreditación colgando, lo que facilitó el trance.
La tarde dio para una cabezada y un paseo por aquel precioso lugar. Delante, el mar, ese misterio.
Antes de la lectura correspondiente al ciclo Veladas Poéticas, que dirige el poeta, crítico y editor Carlos Alcorta (a mi lado en la fotografía) y que está a punto de cumplir veinte años, se celebra una tertulia con el autor invitado. La nuestra fue jugosa. Éramos una decena de personas alrededor de una mesa, ya es casualidad, idéntica (salvo por el tamaño) a una que conserva en su casa, procedente de Tánger, mi querida suegra. Se habló un poco de todo. De lo de uno y de la poesía en general, incluido ese sucedáneo a la moda que dan en llamar parapoesía y que unos días después bendijo Manuel Vilas en ese mismo sitio. Él sabe más de eso.
La lectura en sí desdijo los peores augurios. Ya Alcorta había advertido en petit comité que era el segundo día con sol de la temporada de baños en Santander y que la gente optaría por la playa, algo que resultaba del todo comprensible. Pero nos equivocamos y reunimos a más de setenta personas (que contó alguien), lo que no es poco si tenemos en cuenta que uno no es parapoeta.
Alcorta me presentó como es debido. Me conoce muy bien, desde mi primer libro, que mostró en público sin acobardarse, hasta el último, que reseñó en Turia. Más aún, fue el editor de dos de mis plaquettes: Aeróvoro y Lugares del otoño. Esta última formó parte de la colección El Astillero, de la revista Ultramar, que dirigía con los también poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván. Pues bien, estos dos estuvieron en el acto, algo que me hizo, lo confieso, especial ilusión. Como la presencia de mi admirada paisana Pureza Canelo, que pasa en esa ciudad buena parte del año debido a sus labores al frente de la Fundación Gerardo Diego; la de los poetas Marcos Díez, autor de Desguace, y Nicolás Corraliza; la del estudioso de la poesía cántabra Luis Alberto Salcines, así como un puñado de lectores y amigos (Nieves Álvarez, Juan Francisco Quevedo y su hija, jovencísima profesora en Harvard, participantes, por cierto, en la comentada tertulia) que lamento no poder nombrar al completo. Pureza me susurró, eso sí, que había gente muy principal. Se notaba. Grazie.
Después de los agradecimientos y los saludos de rigor, leí, para empezar, mi único poema santanderino: "Villa olvido", que forma parte de mi libro Desde fuera. La casa en ruinas a que se refiere está siendo restaurada y puede que sea la misma en la que veraneó el mismísimo Galdós. Luego leí diez poemas de El cuarto del siroco. Según costumbre, salpiqué esa lectura (una "conversación en la penumbra", diría Eliseo Diego) de comentarios personales que pudieran ofrecer al oyente u escuchante algún que otro detalle digno de ser conocido o comentado. No se trata de explicar nada, sólo de aportar datos a buen seguro prescindibles (el poema ha de bastarse a sí mismo) pero al fin y al cabo curiosos. También por hábito, en las Veladas no hay preguntas al final. Antes de abandonar el hall del Palacio (Trapiello, del que leo Diligencias, escribiría "jol"), donde tuvo lugar aquello, firmé algunas dedicatorias, un muchacho negro me entregó un extenso poema de su autoría, saludé al librero que tuvo la amabilidad de ir a vender ejemplares de algunos de mis libros y salimos, en fin, a la noche y al fresco. Nada peor para este paisano de tierra adentro que la mezcla perversa de humedad y calor. Por eso fui incapaz (pedí perdón por ello) de ponerme la chaquetina que portaba.
Nos reunimos nueve en un restaurante del centro para cenar algo. Fombellida y Alcorta, con sus respectivas esposas, y algunas amigas (como la poeta Ana García Negrete, que inauguró este año las Veladas, o la fotógrafa Mar Gómez Iglesias, autora de la foto de arriba). Nos retiramos pronto. Dormir con manta fue un final de jornada de lo más placentero.
No sin dar antes una vuelta por las calles principales y un largo paseo por la orilla del mar, salimos a media mañana de vuelta a Plasencia. Con pena, claro.
Si al subir paramos en Aguilar de Campoo, al bajar lo hicimos en un área de servicio cerca de Reinosa. Comimos espléndidamente en La Traserilla, en la parte vieja de Palencia, a un paso de la catedral. El café lo tomamos en el Ikea de Valladolid, donde tocaba parada y visita (no todo es lírica). Ya en Plasencia, al bajar del coche, comprobamos que habíamos vuelto al infierno. Qué poco dura lo bueno.
![]() |
| Una habitación con vistas. |
![]() |
| La habitación, en la segunda planta de la torre. |
27.7.19
1.000 capotianas
El escritor Toni Montesinos envía un mensaje donde explica que está "de celebración bloguera". Con su "capotiana" conversación con mi admirado paisano Luis Landero, ha alcanzado una cifra récord: mil entrevistas. Las ha publicado en su blog, Alma de palabras, que el próximo octubre cumplirá diez años.
Sí, lo suyo es de Guinness. Se pregunta, con razón: "¿quién ha hecho tantas entrevistas literarias aunque sea a partir de un cuestionario, en este caso, de Truman Capote?" Y añade: "en cuanto pueda, me voy a premiar con una buena pinta de cerveza negra para la ocasión". Desde este otro rincón internáutico, brindo con él y me uno al festejo recordando mi propia "capotiana". Es de 2013, pero mantengo lo que dije. Abrazos.
23.7.19
V. Gallego en EC
Vicente Gallego
Visor. Palabra de
Honor, Madrid, 2019. 172 páginas.
No creo que Vicente Gallego (Valencia, 1963) necesite presentación;
no obstante, conviene recordar que en 2003 reunió en El sueño verdadero su poesía publicada hasta entonces, seis libros
entre los que cabe destacar La luz, de otra manera (Premio Rey Juan
Carlos), Los ojos del extraño (Premio Loewe Joven), La plata de
los días (Premio Ciudad de Melilla) y Santa deriva
(Premio Loewe y de la Crítica). Por utilizar los términos de Antonio Moreno, esa recopilación recoge buena
parte de su poesía “prescrita, excluida, pretérita”, casi en su
totalidad reescrita a posteriori, un gesto a lo Juan Ramón, que definió la
poesía como “el arte de quitar lo que sobra”.
Después llegaron Si
temierais morir, Mundo dentro del claro, Cuaderno de brotes, Saber de grillos (Premio Emilio Alarcos) y Ser el canto (Premio Generación del 27).
Una obra, ya se ve, abundante,
avalada por numerosos premios adscritos, digamos, a la casa Visor.
Como bien ha dicho Carlos
Marzal, que hizo un trayecto parecido, Gallego “ha viajado, en su aventura
literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía
entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo”. Los dos pertenecen
a esa estirpe de excelentes poetas valencianos que tienen a Francisco Brines,
grande entre los grandes, como maestro. De la que formaba parte, por cierto, el
llorado Antonio Cabrera.
No está de más
mencionar la faceta ensayística del autor, tan ligada a su poética y, en
consecuencia, a su poesía. Kairós ha publicado sus tres libros de ensayo: Contra toda creencia, Vivir el cuerpo de la realidad y Para caer en sí (Diálogos en torno a la palabra
de Nisargadatta Maharaj).
Por último, como
visión de conjunto, nada más pertinente que leer la antología esencial Cantó un pájaro, que vio la luz en FCE hace tres años con selección y prólogo del
citado Moreno y en la que se da cuenta de su “poesía vigente”. Al final, en una
nota, escribe Gallego: “En mitad de mi primera juventud, cantó un
pájaro. Escuché claro su trino y ya no pude volver a dormirme en mi inconsciencia”.
No es raro, pues, que su nuevo libro (voluminoso,
consta de 77 poemas) se titule A pájaros y migas ni que la presencia de
las aves, en tanto que símbolo o metáfora, sea una constante.
No se desvía de su
línea habitual, la que insiste en la depuración y la síntesis, si bien, a
diferencia de lo que ocurría en anteriores entregas, abunden los poemas de mayor
extensión y discursivo tono metafísico (siquiera sea “a la valenciana”),
siempre atentos al mandato “No es buscar es hallar”. Así, “Vigilia”, “A media
noche” o “La sed”.
Bajo una potente luz
solar mediterránea, la vida se desliza, que diría César Simón (del que editó su
poesía completa). Allí, la infancia y lo doméstico: una droguería (Casa Paqui),
la playa, los viejos de la petanca (“ya no tienen / más prisa que morir / de la
mejor manera”), la comida y la cocina (el arroz, entre pucheros teresianos), los
pueblos, los padres…; el amor, marca de la casa (“Y si ya no existiera, / di
que amor no fue sólo otra vana palabra”); la música (en especial la de las
palabras, que se decantan, mediante el encabalgamiento y la oralidad, gracias a
la sintaxis, a favor del ritmo); la naturaleza de un mundo animal (poblado de
pájaros, del gorrión al mirlo) y vegetal (con plantas en jardines y azoteas,
como el humilde perejil); los objetos y las cosas, pura cercanía. Allí, en fin,
lo íntimo, pero al servicio de la poesía, como “En el secreto”.
Alguien observa el
mundo y lo describe. Con asombro y minuciosidad. Algunos poemas podrían pasar
por orientales acuarelas. Su verdad y su belleza, que lo mismo tiene que ver
con la amenidad de un paisaje fluvial (el del río Palancia) que con la
desolación de los polígonos y las periferias. Qué logrados los poemas
“Domingo”, “Intemperie” o “Puerto de Valencia”. En el primero leemos: “hay algo
propio / en todo lo sufrido, / lo terrestre, / en cada vidrio roto, / cada
añico”.
En otro, “La reina del
rellano”, más ligero, deja que ésta recomiende al vecino soltero: “tú no mires
si es mona / que eso dura un suspiro / búscate a una mujer / que sea como yo /
que esté contenta”.
Se aprecia una
limpieza en el decir que recuerda la del verso transparente en su misterio de
Claudio Rodríguez, lo que no me parece poco elogio. En poemas como “Madrugar”,
pongo por caso: “porque no se madruga / sino por puro amor, / y no por el
salario”.
Resuenan al fondo Juan
Ramón, ya se dijo, y Lorca.
Detrás de las
dedicatorias, alumbran los homenajes.
Son muchos, cabe añadir, los poemas dedicados. Elijo dos. El de José Mateos,
cuya poesía está en “Puntada”, como lo está la de Hugo Mujica en “Alma”.
Destacaría también “La
cadencia”, el destinado a un querido amigo muerto: Mario Míguez. De Míguez es
el verso que figura al principio de la obra: “Al oído de amor sobran palabras”.
El poema que da título a esta entrega, penúltimo del índice,
es clave. Una suerte de poética que comienza: “Que haya verdad / en poco / que
se pueda / ir a migas / a pájaros / cantar con casi nada / no saber / de qué
modo / en qué punto / un silencio se hará / de la palabra”.
Se cierra el conjunto con un emocionante poema dedicado a su
pequeña sobrina Aroa, más allá de la muerte: “Ojos tan generosos, / que
viéndose morir, / aún nos amaban”. Demuestra a las claras qué es la poesía y
para qué sirve.
Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes, 19 de julio, en El Cultural. Al lado, hay entrevista, de Nuria Azancot.
Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes, 19 de julio, en El Cultural. Al lado, hay entrevista, de Nuria Azancot.
18.7.19
Una entrevistina en Babelia
En la entrevista que publicó Babelia, de El País, el pasado sábado en la sección "En pocas palabras" se quedaron atrás (por falta de espacio, supongo) un par de preguntas que sí aparecen ahora en la versión digital que ha publicado en su web el periódico madrileño. Una era sobre el blog y otra sobre los sucesos históricos.El cuestionario se enriquece con algunos enlaces, como el dedicado a Francisco Brines (cómo echamos de menos el blog de Javier Rodríguez Marcos) o el que nos permite ver y escuchar a Pablo Guerrero.
Añado que la ilustración es de Setanta y no parece haber convencido a los más cercanos. Como diría mi padre con ironía, será que soy así de feo, ja, ja.
Ah, cuando digo "poetas digitales" me refiero a los parapoetas, practicantes de la "poesía pop tardoadolescente" (en palabras del estudioso Martín Rodríguez-Gaona), y no a los que publican sus versos en Internet porque quieren o porque no tienen otro sitio.
9.7.19
Dos reseñas de EC
David
López Sandoval
Hiperión,
Madrid, 2018. 72 páginas
David López Sandoval (Córdoba, 1975) es autor de una novela y de varios
libros de poesía. Con Cuenta atrás ganó
el premio"Jaén", uno de los más limpios del panorama. En él se agrupan
cincuenta y un poemas que van numerados en orden inverso, aunque cada cual
tiene su título. La unidad del conjunto está marcada por una voz particular (muy
conseguida) y por un asunto categórico: la muerte. Pero que nadie se asuste, el
tono es más hímnico que elegiaco y no falta desparpajo (del serio) a la hora de
abordar tan espinoso tema.
Llama la atención, desde el principio, la importancia del ritmo,
de la musicalidad del verso en esta poesía que se quiere clara, pero que está
cargada de literatura y de otras referencias artísticas.
La emoción es otra de las claves. En poemas como "En otro
universo", "Uno de los grandes" o "Humaniora"
(dedicado a su maestro Pepe Perona), donde afloran, como en distintas
composiciones, la memoria y los recuerdos.
Poemas breves donde lo cotidiano sirve de inspiración y apoyatura.
Lo mismo da que se trate de un pájaro (el "Carricero común" de la
cubierta), la democracia ("La eternidad también es democrática") o
los monstruos infantiles, uno de tantos miedos.
"Sé elegante, frío", leemos, y algo de eso hay en estos
versos sin embargo cálidos. Al fin y al cabo, dice en "De una pieza",
"todo cuanto os ocurre lo conoces, / es único por eso y para
siempre". Y termina: "Sé valiente, / ofrécete y ten algo que ofrecer.
/ Es así como llegan de una pieza / los corazones que han amado mucho".
Hablé antes del humor (y de su envés, la ironía). En "Tintín
contra Astérix", cuando parafrasea a Gil de Biedma ("no volver a ser
joven ni de broma"), en "Retórica" ("Joven poeta, / no la
caves ya más / que así es la fosa.") o en "Contra la novela".
Entre esas referencias cultas, Plath, Mishima y Dora Carrington
(tres suicidas), Cavafis e Issa.
De la voluntad filológica del libro dan buena cuenta los cinco
sonetos que se incluyen, que no desentonan, al contrario. Basta con leer los
tercetos de "Se apaga el viejo fuego".
A la excelencia se suman poemas tan logrados como
"Limerencia", "Sal del cesto" y "Antes del
viaje", el que cierra el libro. Con el verso: "atrévete a quemar toda
tu obra", lo que es de todo punto innecesario.
Luis Eduardo García
Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2018. 140
páginas
De encomiable calificaría la
empresa del editor José María Cumbreño en defensa de la poesía
hispanoamericana en España. El mexicano Luis Eduardo García (Guadalajara,
1984), autor de Dos estudios a partir de la descomposición de Marcus
Rothkowitz, Una máquina que drena lo celeste, Armenia, Mis
poemas Alt Lit, Dhigavostov y Bádminton, es
uno de los paradigmas de esa heroica empresa ultramarina. Su obra ha sido
incluida en algunas antologías representativas de la nueva poesía
transatlántica y ha ganado, entre otros, el Premio Nacional de Poesía Joven
Elías Nandino y el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños. Además, su
presencia en las redes internáuticas es notable. Aquí presenta poemas de sus
cuatro primeras entregas. En el prólogo, el poeta chileno Cristián Gómez
Olivares destaca que su “sola misión” es “echar abajo”, que “se propone
terminar con cualquier proposición solemne en torno a lo lírico”, “re-evaluar
las posibilidades del poema como vehículo de poesía”, contra los que defienden “la
claridad y la comunicación”, “la simpleza del mensaje”, y los que han dado por
concluido cualquier chance para lo representacional”. Concluye: “es un poeta
cómico”. Pero cuidado, el humor es lo más serio del mundo (no al alcance de
cualquiera) y no estamos hablando de un vanguardista trasnochado y verboso.
Defiende que “la poesía es ficción”, por más que se entrevea entre sus versos
mucho de él. Es alguien que no cree en las certezas, que acepta lo
indeterminado. Cita a Bonnefoy: “La poesía no es si no es peligrosa”. Esta lo
es. En el mejor sentido. Sus construcciones son complejas, como la vida, aunque
ensucie las formas, como él diría. Sus compañeros de viaje se llaman Pound, Li
Bai, Duchamp, Rothko, Rich, Hass, Rexroth, Berryman... Su impronta es
vallejiana. No le hace ascos a Nicanor Parra. La imaginación es capital aquí,
en esta fragmentación irónica y elíptica con sentido poblada de versos secos y
cortantes. El lenguaje es la base, aunque “puede pisarnos el cuello”. Una “mina”.
La irreverencia es ley y su rebeldía melancólica: “Todos los poemas son acerca
de la desaparición”, “la música / de lo perdido, de lo que perderemos”. Contra
el dolor, que “no purifica”. Contra los poemas “de felpa”, las metáforas
inservibles y la retórica como “serie de prótesis”. Me ha gustado mucho “Armenia”,
con sus “fallas” y Mandelstam al fondo. Desde la persistencia, una vital
conclusión: “no vamos a sitio alguno y la poesía nos sigue”.
Nota: Las reseñas de los libros de David López Sandoval y Luis Eduardo García aparecieron el pasado viernes en El Cultural.
3.7.19
Jaccottet dixit
Je ne voudrais être rien d'autre qu'un homme qui arrose son jardin et qui, attentif à ces travaux simples, laisse pénétrer en lui ce monde qu'il n'habitera pas longtemps, escribió el poeta Philippe Jaccottet en agosto de 1958. En castellano viene a decir: No quisiera ser nada más que un hombre que riega su jardín y que, atento a estos sencillos trabajos, deja penetrar en él este mundo que no habitará mucho tiempo.
La cita es de su último libro, Taches de soleil, ou d'ombre (Manchas de sol, o de sombra), una reunión de notas tomadas de unos cuadernos escolares que iba a destruir y que abarcan un periodo que va desde 1952 hasta 2005.
En la soledad de Grignan, a sus 88 años, esas palabras parecen escritas hoy.
Nota. La fotografía es, precisamente, de su casa de Grignan y está hecha por Mahilde Vischer.
La cita es de su último libro, Taches de soleil, ou d'ombre (Manchas de sol, o de sombra), una reunión de notas tomadas de unos cuadernos escolares que iba a destruir y que abarcan un periodo que va desde 1952 hasta 2005.
En la soledad de Grignan, a sus 88 años, esas palabras parecen escritas hoy.
Nota. La fotografía es, precisamente, de su casa de Grignan y está hecha por Mahilde Vischer.
30.6.19
Lectura en Santander
Si nada se tuerce, el próximo 10 de julio estaremos en el hall del Palacio de la Magdalena de Santander leyendo versos. Dentro del ciclo anual de las 'Veladas poéticas' de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), que coordina el poeta, editor y crítico Carlos Alcorta. A las 20:00, por si alguien anda por allí y quiere dejar un rato la playa.
28.6.19
Julián
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| Fotografía de Marta Zarco |
Sabía que la llamada telefónica de Miguel Ángel Lama a esas horas no traería nada bueno. Y así fue. Me contó que Antonio Franco le había dicho a Antonio Sáez y éste a él que nuestro viejo amigo Julián Rodríguez había muerto. Una noticia de ésas que cuesta creer. Qué golpe. Y qué tristeza. Tan a destiempo, además, como les ocurrió (a esa misma edad) a Fernando Pérez, con quien estuvo hasta el final en su lecho de muerte, y a Ángel Campos. Una maldición extremeña, se diría. Mientras intentaba digerir la fatal noticia y se la transmitía a otros amigos, llegaba una avalancha de recuerdos. Han sido muchos años. Hemos compartido proyectos (en la etapa de la Editora, sobre todo), cruzado numerosos viajes y múltiples conversaciones (en las que yo prefería escuchar, siempre con su tono en voz baja), concebido libros... Sí, son muchos años admirando al escritor y al editor (el de la excepcional Periférica, que seguía con sede en su amado Cáceres, y en Errata Naturae, que dirigía su compañera), que en ambas facetas, a las que habría que sumar las de comisario de exposiciones, cocinero o galerista (de Casa Sin Fin, con Juan Luis López Espada), brilló con luz indeclinable y propia.
En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. Desde su casa de la sierra madrileña (en Segovia ha muerto). Con las consiguientes escapadas a Extremadura (de la que nunca se ha ido del todo, como otros). Su última anotación, lo compruebo, es de ayer. ¿Qué será ahora de su inseparable Zama? Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí.
Ya di noticia en este rincón de uno de nuestros últimos encuentros. En Plasencia. En La Puerta. Qué buen rato pasamos. Gonzalo, que estuvo allí, me dice que no se le ocurre nada que decir y reitera lo del golpe. Como mi hija, que estuvo con él y con Ferrán Adrià en Cáceres hace poco. La última obra gastronómica de Julián ha sido el libro de Atrio que ha publicado la editorial Montagud. Y su última exposición, la de José Antonio Cáceres en el MEIAC, comisariada por Emilia Oliva.
El pasado otoño estuve con él -la última- en la Fundación Helga de Alvear, en una lectura que moderó en torno a la naturaleza (dentro del seminario Lo sublime a ras de tierra) y al Cementerio Alemán de Yuste.
El pasado otoño estuve con él -la última- en la Fundación Helga de Alvear, en una lectura que moderó en torno a la naturaleza (dentro del seminario Lo sublime a ras de tierra) y al Cementerio Alemán de Yuste.
Lo siento, en fin, por su familia (un abrazo, Javier), por sus amigos y lectores, por la edición española (como si no hubiera sido bastante con la muerte, tan sentida por él, de Claudio López Lamadrid), por los extremeños (pocos paisanos tan cabales y con tanto sentido de lo que esta tierra significaba, aunque nunca, por supuesto, se le reconociera). Y por mí, que ya no podré escuchar de su boca sus agudas reflexiones, sus razonadas maldades, sus geniales ideas. Sí, me puse muchas veces en sus manos, como cuando elegimos la fotografía de la cubierta de Las murallas del mundo, obra de su malogrado primo Victorio Montes, ceclavinero como él. Menos mal que nos quedan sus libros, el mejor ejemplo para calibrar su importancia en el panorama de las letras hispánicas de entresiglos.
Carta de Garrovillas
Según costumbre, ayer celebramos el último claustro del curso fuera del colegio. Este año, en Garrovillas de Alconétar. En su magnífica Hospedería. Los más fuimos en microbús. Uno, por aquello del dichoso mareo, de copiloto.
Nadie queda impasible, ni siquiera los que ya le hemos visto muchas veces, al entrar en su Plaza; así, con mayúscula. Una de las más bonitas de España y, por eso, del mundo. De ahí que me atreviera a dedicarle hace tiempo un poema. (Uno de sus versos, por cierto, dio para título de la antología siltoliana.)
Tras la reunión de trabajo en un noble salón del antiguo Palacio de los Condes de Alba de Liste (donde fue reconocida la labor internáutica de mi compañero y amigo Jesús D. Martín), con parada incluida para degustar un sabroso desayuno en el jardín, nos fuimos a la iglesia de Santa María para ver el órgano renacentista que en esa parroquia se conserva. Que se conserva y más, pues su funcionamiento es perfecto gracias al interés de cuatro garrovillanos empeñados en rescatar el rico patrimonio artístico y cultural de esa villa. Hasta este pueblo un tanto perdido, pero que impresiona al visitante por su empaque, llega de vez en cuando el organista italiano Francesco Cera para grabar sus discos.
Cuando supe del viaje a Garrovillas, pensé de inmediato en el instrumento (que al parecer va a ser reconocido como Bien de Interés Cultural) y me puse en comunicación con uno de esos paisanos inquietos que mencionaba antes, extremeño de pro, académico de la Extremeña y alma del Club Senior de Extremadura, José Julián Barriga Bravo, un hortelano impertinente (como titula su blog), que, a su vez, me puso en contacto con nuestro amable guía (otro de los cuatro), Pedro Dómine. Todos quedamos impresionados, y eso que no pudimos escucharlo. Gracias.
Antes de sentarnos en un lateral de la plaza porticada, donde la ola de calor no se notaba, para tomar unas cervezas, tuvimos tiempo de entrar en el coqueto Corral de Comedias, otro ejemplo de que en este pueblo las cosas se hacen bien.
La comida, sofisticada y amena, volvió a resaltar que esa Hospedería merece de sobra parada y fonda. Por si hubiera tiempo, en el zaguán (me da no sé qué decir hall) hay una estantería con libros de la Editora. De los que vi, ajados por el uso (una alegría), recomendaría el emotivo, crudo diario de mi querido José Antonio Gabriel y Galán.
Ya de nuevo en el jardín, algunos se tomaron unas copas, una compañera se bañó en la piscina y, en cuanto apareció Pedro, otros cogimos el camino de vuelta.
Once cursos lleva uno compartiendo trabajo con gente estupenda, profesionales como la copa de un pino, y los que quedan, si Dios quiere (vieja expresión que le escuche pronunciar a Dómine cuando nos despedimos después de concretar nuestra cita). ¡Así cómo voy a querer jubilarme!
Once cursos lleva uno compartiendo trabajo con gente estupenda, profesionales como la copa de un pino, y los que quedan, si Dios quiere (vieja expresión que le escuche pronunciar a Dómine cuando nos despedimos después de concretar nuestra cita). ¡Así cómo voy a querer jubilarme!
27.6.19
26.6.19
Siroco en Roma
"Cuando perdí oído y vista en Roma llegó el siroco y venció al viejo aquilón de las montañas. El sol se puso una camisa y brillaba con una luz falsa. Es la época en que aumentan las desgracias y es fácil pronunciar palabras sin amor. Es el viento cálido que contraataca en el desierto. A veces se hace notar, esparce arena roja sobre la ciudad amodorrada y sopla sobre ella hasta hacerla perder el juicio. Cuando el siroco se marcha lo hace a escondidas y en mitad de la noche, mientras dormimos olvidados de todo. Pero de madrugada, alrededor de las tres, cae el rocío. ¡Quién pudiera estar despierto y mojarse los labios!"
Ingeborg Bachmann, "Lo que he visto y oído en Roma". Traducción de Andrés Catalán y Lucía Martínez. Revista Clarín, número 141.
La fotografía del Trastévere es de Ferda Hejl.
24.6.19
Marzal y Cabrera
"Los poetas podrían ser animales tan esquivos como el más esquivo de los animales. Como el más esquivo de los hombres. Sin embargo, escogen personarse ante los ojos del mundo, para prodigar, como hizo Antonio Cabrera, un poco de amor y belleza a todos los necesitados que quieran leerlos". Carlos Marzal, "In memoriam Antonio Cabrera".
22.6.19
Karyotakis, el triste
No hace falta recordar a los lectores de poesía que la griega es una de nuestras grandes tradiciones, y no me refiero ahora a la literatura clásica, sino a la moderna y contemporánea. Por suerte, en
España se han venido publicando las obras de sus más altos representantes, cuya
cima sería Cavafis, sin olvidar a Seferis, Ritsos o Elytis. Gracias, en primer
lugar, a ejemplares traductores y, cómo no, a no menos modélicas editoriales.
Sirva como muestra el nombre de Juan Manuel Macías, director de Cuaderno Ático, descubridor para nosotros de María Polydouri, autor de versiones de Safo y de la poesía completa del citado alejandrino que publicó Pre-Textos, una de
esas editoriales que mencionaba, quien nos presenta en su catálogo Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos,
libro de un griego menos conocido, Kostas Karyotakis, nacido en Trípoli, ciudad
del Peloponeso, en 1896, y muerto en la provincial y apartada Préveza en 1928.
Fue funcionario público (dedica a los de su oficio una sátira) y por lo que se
lee en este libro, que apareció un año antes de su suicidio (de la misma forma
que el del colombiano José Asunción Silva, en el 30: de un certero disparo en
el corazón), un hombre de una tristeza infinita. De eso dan buena cuenta estos
poemas teñidos, como destaca el traductor y prologuista, del “mayor legado de la
lírica griega: la melancolía”.
El libro consta de cuarenta
y siete poemas: dos series de veintiocho elegías y dieciséis sátiras, unidas
por los poemas de la “Trilogía heroica”. A ellos se sumaban en la obra original
dieciocho poemas traducidos (de Heine, Villon o Verlaine) que no se incluyen en
esta edición, donde, sin embargo, se recogen cuatro poemas póstumos que aportan
sustancia al conjunto y lo completan.
Karyotakis era un ser
sensible, sin duda, y estas excelentes versiones, ya decía, dan sobrada prueba
de ello. Hay una colección de poemas breves, pongo por caso, que sobrecoge y no
pocos (carecen de título) logran la sobrada calidad que justifica esta
apuesta.
Las elegías son graves (“llevo
una sombra encima), como es obvio, y parecen póstumas por el tono de despedida
y de pérdida que reflejan. Percibe uno en ellas rastros del mejor Romanticismo.
En las sátiras hay rachas de
ironía y hasta de humor (“Va a resultar mi dicha, pienso, / cuestión de altura”,
dice en “Marcha fúnebre y vertical”). Léase “Todos juntos”, referido a los
poetas (“chusma / en pos de la rima”): “Adoptamos una pose. / La prosa se nos
antoja inaceptable, / esa compañera de hombres honrados”.
Alude en ellas a la
Libertad, a Grecia (“llora por la patria”), a la guerra (el pobre soldado
Michaliós)...
Emotivo es el poema “Espiroqueta
pálida”, donde hace explícita su condición de sifilítico. O “Suicidas
ejemplares”, que sería un buen título para una antología de poetas que se
dieron muerte por propia decisión. “A la luz despídela de mi parte, / le diré al
último con quien me encuentre”. Tampoco debería faltar de ningún florilegio
sobre poemas dedicados a ciudades el titulado “Préveza”, donde terminó sus
días, una pieza memorable.
“Sólo pueden quedar, tras de
nosotros, los versos”, dice Karyotakis, y “la poesía es el refugio que
envidiamos”. De ahí que escribiera: “Conserva algún lugar secreto, / algún
refugio sobre el ancho mundo”. No lo encontró. O sí y es, precisamente, el
construido con estos poemas amargos, intensos y memorables que giran, como
buitres, en torno a la evidencia de la muerte.
Kostas Karyotakis.
Traducción de Juan Manuel Macías.
Pre-Textos, Valencia, 2018.
Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 141 de la revista Clarín.
18.6.19
Antonio
Estaba en clase. Eran las 10:44 de la mañana y el escueto mensaje de Jordi Doce decía: "Ha muerto Antonio Cabrera". Al contestarle, le comenté que me había acordado de él días atrás y que pensé en su doloroso estado. Iba caminando al lado del río y escuchaba el canto de unos pájaros de los que, a diferencia de Antonio, desconocía sus nombres. Uno de nuestros encuentros, en Plasencia, con su querida Adelina al lado, fue a consecuencia de un viaje a La Vera (estuvieron alojados cerca del puente de Cuartos) para observar aves. De eso hace doce años. Aquí copié este comentario suyo: "Cuando volvíamos de Cáceres-bajo-la-lluvia, entre Talayuela y Losar, posado sobre un poste de la luz, como siempre, vi el segundo elanio azul de mi vida. Blanco y azul celeste. La guinda de un viaje que nos ha dejado con un deseo enorme de volver". Habló de pájaros con Zagayewski en una cena, como recogió Xavier Farré. "Los pájaros cantan, y los poetas también", afirmó el poeta polaco. Sí, su pasión ornitológica era conocida. Estaba muy presente en sus libros, como todo lo relacionado con la naturaleza. Su poesía, de la que tan cercano me sentí desde el principio, demuestra que por eso no deja de ser moderna, de este tiempo.
Por compartir amigos comunes, como Vicente Gallego, antes de conocer sus versos meditativos ya habíamos cruzado alguna carta. Entonces él era un filósofo que escribía. Un profesor de Filosofía en la Vall de Uxó, aunque nacido en la muy gaditana Medina Sidonia. El traductor de Vattimo.
Ya he contado que su poesía me llegó en forma de plaquette, cuando ganó con Ante el invierno un premio en Mislata. Su primer libro ganó el Loewe. Tenía cuarenta y dos años. A En la estación perpetua le siguieron Tierra en el cielo, Con el aire, Piedras al agua y Corteza de abedul. Y algunas antologías y otros libros. En mi reseña de ese último para El Cultural intenté condensar mi opinión sobre su poesía, si bien su presencia menudea entre las páginas de esta bitácora. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirla optaría por "luz". De ahí que buscara la fotografía que nos envió para felicitarnos las Navidades de hace once años. Con ella ilustré en mi muro de Facebook la triste noticia de su muerte. "Así era él", añadí. Pura luz, como la que dora esas naranjas colocadas en una fuente de loza. "Con sol de noviembre", escribió.
A pesar de que cruzamos muchas cartas y mensajes electrónicos, tuve la fortuna, ya se dijo, de tratarlo en persona. Y es ahí, en esa medida cercana, donde Antonio Cabrera brillaba con más fuerza. Donde su humanidad, esa que destila a raudales su poesía, se comprendía del todo. Además de en Plasencia, nos vimos en Valencia (la fotografía es de la noche que leí en el Palau) y en Madrid (por ejemplo, en la celebración del 25 Aniversario del Loewe).
Como todos los que le admirábamos, viví como una tragedia su accidente. Y leí con perplejidad la entrevista que le hizo en el centro de parapléjicos de Toledo Antonio Lucas para El Mundo, que ahora escribe la sentida necrológica de ese diario.
Cuando le pregunté, me dijo que sí, que le mandara mi último libro. Añadió que ya buscaría a alguien que se lo leyera, lo que sentí como un desgarro. Le felicité por su reciente cumpleaños, pero ya no hubo respuesta.
Cuando murió su amigo José Luis Parra, Antonio escribió: "para Parra la poesía representó una instancia de absolución vital, una ocasión para conjurar ritualmente, en el acto de expresarlo con las mejores palabras posibles, el estrago provocado por los días y los años".
A nosotros nos queda su palabra. Esa no muere. Y, a algunos, por suerte, los recuerdos del bondadoso ser humano que fue. Al que la vida nos ofreció como un precioso regalo. Descansa, amigo.
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