30.6.14

Los montruos de Aguiló

Visor publica, con una ayuda del Institut d'Estudis Baleàrics, Monstruos y otros. Poesía reunida, de Josep Lluís Aguiló (Mallorca, 1967), en traducción del poeta, crítico literario y profesor Francisco Díaz de Castro.
Se reúnen poemas de los libros La Biblioteca secreta (2004), La Estación de las sombras (2004), Monstruos (2005) y Lunario (2008). Monstruos, por cierto, el que da título al conjunto, recibió el Premio Ciudad de Palma Joan Alcover en 2004 y el Premio de la Crítica en 2006. Lunario obtuvo el Premio de los Juegos Florales de Barcelona de 2008 y desde ese año y hasta el siguiente Aguiló fue nombrado Poeta de la Ciudad de Barcelona.
Antes de decir algo al respecto de la obra, me gustaría comentar que se alegra uno de que se traduzca al castellano a un poeta en catalán. Una costumbre, por desgracia, en desuso; salvo en un caso: el de Margarit. Al tiempo que expreso esta agradable sorpresa, confieso que me extraña que la edición no sea bilingüe, como acaso debiera. No da igual, pero ni es lo esencial ni le afecta a quienes estamos lejos de conocer como es debido la lengua de Vinyoli. Sobre todo porque Díaz de Castro ha realizado un trabajo magnífico y eso nos permite leer poemas, poco importa en qué lengua; esos que, como el propio Aguiló destaca, "me habría gustado saber escribir así". En castellano, claro.
Qué importantes son los primeros poemas de los libros. Acaso tanto como las primeras líneas de las novelas. "Abraham Cresques después de recibir el encargo del Atlas Catalán. Año 1374" marca el tono desde el principio y nos anuncia que estamos ante un poeta que sabe lo que hace. No es poco como presentación.
Los libros, nos avisa Aguiló, están "en un orden diferente al de su aparición en el mercado editorial". Más allá de ese guiño típicamente catalán, digamos, al pobre mercado lírico (supongo que natural en alguien que es empresario y director de marketing y publicidad), se da preponderancia a Monstruos, tal vez porque es su libro más significativo (véase el palmarés) y, ante todo, el que señala del mejor modo posible su poética. O el más original, no sé. Por algo se ha elegido para titular a la poesía reunida. El caso es que la idea, compartida acaso con el traductor, consigue dar al volumen una impronta distinta, algo que se comprueba después de leerlo por completo. Diremos para terminar este excurso que el resto de los libros sí conservan el orden cronológico.
En Monstruos encontramos a Caronte, Minotauro, Polifemo, Sibila, Orfeo, Medusa y algunos personajes mitológicos más. Son, diríamos, monstruos cultos y mediterráneos, aunque no falte alguno de otras latitudes como el goul o figuras folclóricas mallorquinas como María Engancha. Más adelante aparecen pirómanos, licántropos y vampiros. Y, cómo no, el Golem, que esta vez sueña un niño en Dachau.
Y más monstruos que a uno se le antojan muy humanos. Como el bucólico o el cartógrafo.
Pronto nos damos cuenta de ciertas reincidencias (que me resisto a denominar obsesiones). Así, temas como el viaje (y los mapas), la épica (descrita en poemas memorables, como los que abren y cierran la tercera parte de la obra, situados en la batalla de Balaclava, que enfrentó a rusos contra los aliados turcos, franceses y británicos durante la Guerra de Crimea) y un inevitable regusto irónico, cuando no directamente humorístico, que encontramos en poemas como "La casa encantada", "El monstruo descubre la mecánica cuántica" ("porque los monstruos tienen sentido del humor", leemos) o "El monstruo de la ginebra".
"El hombre contiene todos los monstruos perdidos", escribe Aguiló, que añade: "La naturaleza del hombre es lo diverso".
En La Biblioteca secreta seguimos descubriendo poemas espléndidos. Digo descubrir a propósito. El libro en general abunda en la aventura. Hay un delicioso aire aventurero que se mezcla a la perfección con ciertas vivencias infantiles y juveniles (de adolescencia en especial) que aportan frescura y pureza a muchos poemas. En el mejor sentido. Sin ñoñerías, vamos. (Léase, por ejemplo, "Waterloo".) Y eso vale para los piratas, los laberintos, los vaqueros y los tigres, algo que, ya que lo menciono, incide en lo borgeano, muy presente en los versos de Aguiló, que nombra incluso a Borges, un poeta fundamental de lo fantástico y lo imaginario, acaso la principal razón de ser de estos versos. Y muy relacionado con ello, su condición de isleño (mallorquín), de ahí su obsesión (ahora sí) por el mar ("Las normas de la mar") y los barcos, y por las idas y venidas de los hombres por sus procelosas aguas. Desde que el mundo es mundo y la poesía, poesía. Y el miedo cobró forma de monstruo.
Si unimos unas cosas y otras, no puedo por menos que recordar la poesía de uno de sus paisanos, que a uno se le antoja en parecidas órbitas. Me refiero al menorquín Ponç Pons, autor de Pessoanes, del que, por cierto, tenemos antología en español gracias a la mallorquina Calima.
También encontramos poemas -Borges de nuevo, o Cavafis- donde lo histórico irrumpe con toda su fuerza (ya se mencionó la épica). Un historicismo que casa bien con otro ismo: el culturalismo. Y con ese estilo propio de navegantes, cartógrafos y exploradores que subrayé antes. En "Caravanas" leemos: "Todos los lugares son el mismo", un lema del que a uno le gustaría apropiarse.
Plural y versátil, aquí hallamos poemas hondos, como "Paralelismos" o "Elegía a Gabriel Galmés", junto a otros divertidos, como "Adán, Eva" o "Novelas".
La Estación de las sombras sigue una estela parecida. Cuando hay voz y mundo propios, lo normal. Como en el libro anterior, se abre con un poema precioso que lleva el mismo título de la obra. En "Tarde en la biblioteca" leemos: "Yo soy el afortunado que habla con libros". Y en "Poema de Navidad" hace un elogio de los lugares comunes y de las frases hechas. En "El desván" vuelve la infancia y el cierre es perfecto con "Cursos de supervivencia".
Lunario, en fin, nos lleva a los naufragios, otra constante, metáfora de la vida (en "Los arrecifes del infinito") y vuelve a darnos un poema paradigmático (que uno lee pensando en Buzzati y Cavafis), "Los guardianes de la frontera": "Nosotros somos las murallas del reino, / vuestros molestos bárbaros necesarios").Y más poemas memorables como "Plegaria", "Los parásitos del laberinto" (qué bien titula este hombre), "Los justos", "Estática" (y la muerte), "Tres Packards", "El contrabando" (la aventura de nuevo)...
"Sólo esto: ponemos un nombre a cada cosa. / Esto es lo que hacemos desde que comenzamos.", dice en "El nombre de las cosas". Antes, en "Cerillas", de su primer libro publicado, escribió: "Quise escribir sobre la vida y la muerte / o sobre el recuerdo y el olvido". Así de sencillo. Y tan complejo. Con todo, Aguiló se lo pone fácil al lector. Con la ayuda inestimable, conviene resaltarlo, de Díaz de Castro.
Puede que el mayor elogio que uno pueda hacer de Monstruos y otros sea que estoy deseando volver a leerlo. Pueden creerme. 

29.6.14

Fin de curso

©Torre Lucía
Los alumnos y los maestros estábamos necesitando, sí, que esto terminara. Supongo que algunos padres tendrán otra opinión. Padres, matizo, y abuelos, a los que ahora les tocará más tarea. Uno se refiere a la escolar y ésta, ya digo, había llegado a su límite. 
Lo más significativo de este fin de curso, en mi caso, es la marcha definitiva de un grupo de chavales que me han acompañado, o yo a ellos, durante cinco cursos. Alguna vez pasaron por aquí. Los cogí en 1º, tras mi abrupta reincorporación al magisterio, y los suelto, es un decir, ahora, seis años después. Bueno, uno se queda.
Ya me advirtieron los compañeros que era un grupo de aúpa. Lo habían demostrado en sus tres años de Infantil. Como en aquel momento podía elegir, me animaron incluso a buscar otro destino más llevadero. No hice caso. Y no me arrepiento. He sido durante tres cursos su tutor y el doble, ya se dijo, su profesor de Lengua y de alguna asignatura más, como Ciudadanía (y ni por esas). No, no han cambiado. Genio y figura. Nunca me topé con tropa semejante. Y mira que ya son años en este noble oficio.
A su condición de habladores, ruidoso, inquietos, complicados, desobedientes y no sé cuántas cosas más, se une la de cariñosos, dicharacheros, divertidos, ocurrentes, listos y otro puñado de bondades que han hecho de mi trato con ellos, a modo de balance, un trabajo gustoso. Generalizo, sí. Cada persona es un mundo.
Saben que les voy a echar de menos. Los imborrables recuerdos de tantas mañanas y alguna fotografía de grupo (una de ellas, ante el jardín vertical, estará encima de mi mesa el próximo curso) los hará seguir presentes. Como el cuadro y la carta de Nacho. O la de Soraya. De ellos y de sus madres, preciso. Supongo que para recibir palabras así está uno en este ruinoso negocio. Gracias.
El último día de clase me rodearon y nos dimos un abrazo colectivo mientras botábamos y cantábamos el futbolístico oé. Era mi primera gansada en años. Para haberlo grabado. Como venían del recreo y estaban mojados, mi camisa se empapó de agua y de sudor. Me da, ay, que esa humana impregnación ya es para siempre.

28.6.14

Lamillar y la fotografía

Hace poco traíamos aquí un libro del mismo sello que éste, del portuense Ángel Mendoza. Se trata de la Colección DKW de Poesía  (Libros Canto y Cuento) y la obra que uno ha leído es Música de cámara, de Juan Lamillar (Sevilla, 1957), un poeta más reservado que secreto, pero miembro imprescindible de la Generación de los Ochenta o de los Poetas de la Democracia. 
La edición, al cuidado de otro poeta, el jerezano José Mateos, tiene una tirada de 150 ejemplares, lo que la hace aún más deseable, sobre todo para los bibliófilos. Uno, que no lo es, ha disfrutado con esta antología de poemas dedicados por el poeta sevillano a la fotografía. De ahí el juego de palabras del título. Y su subtítulo: (Poemas sobre fotografía, 1987–2013).
"La fotografía consiste en atrapar el propio asombro", dijo Lartigue, algo que puede aplicarse a la poesía. Los poetas también pretenden "expresar en unas líneas el asombro ante el mundo". "De ahí que, como ciertamente la fotografía -continúa-, la poesía sea una cuestión de mirada". Y de memoria, añadiríamos, por seguir a Valente. Lo dice el mismo Lamillar en un verso: "Siempre la foto es pasado".
Poesía y fotografía, como ha dicho Lamillar, buscan un mismo objetivo: "apresar el instante". De eso se trata.
Se seleccionan aquí, en riguroso orden cronológico, poemas de ocho libros, uno de ellos inédito, además de un puñado de poemas sin libro todavía. 
Uno destacaría "Un recuerdo del verano", "Rossini en la Chaussée-D'Antin", "Poeta ante el estanque" (dedicado a Romero Murube, del que el autor es especialista), "Ante una foto de Robert Walser", "La maga de lo extraño" o "La primera fotografía".
En la página web de la editorial se pueden leer dos de estos poemas, el primero y el cuarto, y otro par más.
Más lectores, a buen seguro, querrán seguir. Lo tienen fácil. 

27.6.14

Tipografía

Tengo escrita desde hace tiempo esta reflexión sobre la tipografía, el "Arte de disponer correctamente el material de imprimir, de acuerdo con un propósito específico: el de colocar las letras, repartir el espacio y organizar los tipos con vistas a prestar al lector la máxima ayuda para la comprensión del texto escrito verbalmente", según la clásica definición del tipógrafo inglés Stanley Morison, inspirada en los comentados derroteros de la Editora, la que fuera, tal vez, la mejor editorial pública de España. Antes, acaso convenga repetir aquellas palabras de JRJ que, como tantos, considero el abecé de este arte: “Ninguna edición de lujo, nada de príncipes, ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y sencilla. La perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad”. Y, por fin, otro aserto del de Moguer, si cabe más lapidario:  “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”.
Sostiene uno que la verdadera modernidad literaria de esta tierra extremeña llegó, entre otras cosas, con el cambio en las cubiertas de los libros. En concreto, con el aspecto exterior de los que imprimía la pública, nuestro otrora buque insignia, al poco de llegar a su dirección Fernando Pérez. De esa empresa fue corresponsable, justo es decirlo, Julián Rodríguez, uno de nuestros mejores tipógrafos, pero no eran los únicos con estilo en aquella editorial.
Uno contemplaba sus libros y se decía: esta no es mi Extremadura, me la han cambiado. Y así era. Por fin. Por suerte.
La tipografía es la prueba del algodón de la estética, y no me refiero sólo a los libros. La cartelería, los anuncios, los catálogos... Después de unos años de sencillez, limpieza y elegancia, algo muy acorde con el espíritu de esta región, las cosas han empezado a cambiar y estamos en plena transición de la sobriedad al luju. Por nuestro inveterado complejo de nuevos ricos, supongo. Y porque estamos en manos de publicistas y gente del marketing.
Volviendo a la Editora, es verdad que un par de colecciones no han cambiado de aspecto: Estudio y Rescate, y que algunas, como la versátil Vincapervinca o la novedosa Perspectivas, mantienen la dignidad que fuera sello de esa casa. Otras, sin embargo, lo han perdido, o eso me parece. Poesía, pongo por caso. Y es una pena, pocas colecciones tan bonitas como aquélla. Bueno, al menos cambia, lo que no les sucede a las desaparecidas; así, La Gaveta (auténtica joya de la corona), Viajeros y Estables, Plural y, por no seguir con la lista, Ensayo Literario. 
Qué decir de la ejemplar y famosa Biblioteca de Barcarrota. Aún hay libros sin su correspondiente edición facsímil (tan deseada), otra deserción incomprensible, por costosa que en principio parezca (mejor un libro bueno que cinco de baratillo). El último, la Lingua de Erasmo de Rotterdam, apareció en 2007.
Que cada cual, faltaría más, saque sus propias conclusiones. Y, cómo no, que arrostren con sus responsabilidades quienes han llevado a esta penosa situación lo que fue marca de excelencia. Dos palabras, por cierto, que tanto usan en vano los políticos de este país llamado Extremadura. Los que mandan, quiero decir.

(Nota: Las dos cubiertas que ilustran esta entrada pertenecen a extintas colecciones de la Editora. La primera, Poesía, ha cambiado su aspecto. La segunda, La Gaveta, pasó definitivamente a mejor vida.)

26.6.14

Diverso.es

Con semejante título lo primero que espera el lector es un libro pleno de actualidad; moderno, por decirlo de la mejor y más clásica manera. Y en verdad éste, en letra y en espíritu, lo es. Escrito por Adolfo Cueto, ganador del Premio 'Ciudad de Burgos' y publicado, en consecuencia, por Visor, Diverso.es forma parte de un "continuado trabajo" poético del autor astur-madrileño (del 69), work in progress del que ya se publicaron Palabras subterráneas, que reunía poemas de entre 2001 y 2004 (Renacimiento, 2010), y Dragados y Construcciones, con versos del periodo comprendido entre 2005 y 2009 (Premio Emilio Alarcos, Visor, 2011). Llegan ahora estos, escritos entre 2009 y 2011.
Si tuviera que explicar con una sola palabra la obra diría "atmósfera". Es eso, ya digo, lo que este lector destacaría, a manera de logro, de un armonioso conjunto de poemas que avanza "por esta carretera múltiple" y tiene muy presente que "es lo diverso que nos hace únicos". Hijo del mestizaje, "este libro diverso es, distinto, vario, otro, diferente y plural", como leemos en "Final (sinfín)". Se dirige "hacia el uno diverso" que al cabo somos todos. Y el mundo en que vivimos: "porque el mundo es diverso en sus días iguales, / solo en ti diferentes, como el mundo diverso." "Somos uno y / distintos", dice en "Somos el mestizaje". Un libro en poco o nada parecido, podríamos añadir, a cuanto uno (re)conoce en el panorama patrio; en este sentido, muy diverso también.
Tubos de escape, túneles, tsunamis, autopistas, fábricas abandonadas, apagones, previsiones atmosféricas, chatarra, terremotos, socavones, salas de urgencia, restos del incendio o andamios son algo más que palabras colocadas en los títulos de los poemas que lo componen. Son metáforas de un decir más profundo.
Y un "mar de cemento": Madrid. "Estos somos nosotros, / esa atmósfera espesa / de edificios", "capital de qué gloria."
Además de una ventana "al norte": Noreña. Y otra ventana adentro: al amor. "El amor es el manto que nos cubre de pronto. (...) El amor es el agua que ha llegado de pronto."
No por eso faltan referencias al odio, la culpa, el insulto, la soledad o el silencio. Ni a la velocidad, la contaminación y a ese futuro anticipado que uno ve en casi todo lo japonés, aquí también retratado.
Unos y otros elementos conforman el paisaje moral (también el visual) de una poesía a la intemperie. "Qué / lejano, qué / pequeño ya todo, a indebida / distancia", escribe.
Al final, eso sí, en "Palacio de Cristal", la luz: "luz sin sombra / de duda, luz en suma / que canta."
"Las palabras producen / sacudidas eléctricas", escribe Cueto, y no encuentro mejor manera de explicar lo que uno puede sentir durante la lectura de Diverso.es.
Si no se hubiera usado ya, habría sido oportuno colocar en la cubierta la señal amarilla de peligro por "riesgo de descargas eléctricas". En efecto, por energía y tensión que no quede. 

25.6.14

¿La Editora?

De Bartleby & Company
Aquí atrás, en Salamanca, Antonio Colinas me preguntó por la Editora. La Regional de Extremadura, claro. Dudaba el poeta leonés de que siguiera existiendo.
Mientras nos escuchaba otro poeta, el joven salmantino Andrés Catalán, hablamos, le expliqué lo poco que sabía, mencioné un nombre (que de nada le sonaba) y, con aires de tristeza, se evocó lo que fue. 
Ante tamaño silencio, que da a entender lo que no es, tal vez convenga reparar por una vez en los recientes derroteros de esa casa, tan significativa e importante para el imaginario cultural de los extremeños. Y, ya se ve, que no sólo. A uno, vaya esto por delante, este asunto le desconsuela. Por eso opino.
¿Balance? Tras el cambio político y después de meses de incertidumbre y sin dirección, alguien, sin tener en cuenta, según creo, los razonables principios de mérito y capacidad, nombró a alguien y de su tarea acaso se pueda destacar la desaparición de colecciones, el cambio del aspecto de los libros (para mal, aunque a la tipografía le dedicaré otra entrada), la simpleza y mediocridad de su escasa oferta (salvo señaladísimas excepciones: ¿desde cuándo no se da cuenta de un libro en verdad valioso publicado por ella?), así como la sumisión a los compromisos y el amiguismo (tan propio de la política regional, además del nepotismo) que subyace tras no poco de lo que se publica con fondos públicos (aparezca o no, por vergüenza, en el catálogo). ¿Se seguirán pidiendo informes de lectura?, me pregunto. ¿Lo hay de esa novela de la que es autor el otrora máximo ideólogo cultural del PP extremeño y que al parecer ha sido rechazada por la Editora tal y como se comenta, no sin sorna, en los mentideros literarios pacenses?
Anécdotas mediante, ni siquiera la publicación del último libro de Nuno Júdice (en versión de Luis María Marina, una obra de la que me ocuparé un día de estos), un oasis en esta larga travesía del desierto, casi un espejismo, o la inminente reunión de la obra experimental de Antonio Gómez (un compromiso que logramos arrancar al poeta durante mi etapa en esa casa y del que es copartícipe Miguel Ángel Lama), pueden justificar la resurrección del mortecino proyecto. Al menos hasta que el criterio sea el que es. O el que no, según se mire, recortados presupuestos al margen. 
Más allá de esto y de aquello, por aterrizar en asuntos tan delicados como concretos, uno, ingenuo por naturaleza, cree que si en esta tierra hubiera una oposición responsable (o dos, en el caso de que IU la ejerciera), alguien habría preguntado hace tiempo en el Parlamento al PP  no sólo por el estado general de la pobre Editora, sino también por las coediciones de su catálogo. Sí. Cuando quienes ahora gobiernan eran oposición y los que lo consienten piaban, cada poco se ponía en solfa la limpieza de las comisiones que concedían las extintas Ayudas a la Edición. Sonríe uno al pensarlo. Se reunía un cualificado grupo de personas (profesores universitarios, escritores, representantes de asociaciones...) y decidían, con luz y taquígrafos, sobre las ofertas presentadas. Era raro que alguna no quedara avalada si cumplía el mínimo exigible. Ahora se conceden de forma discrecional, salvo que se nos explique lo contrario (la opacidad es norma), y nadie, ya digo, se da por aludido. No es que uno ponga en duda los merecimientos de ciertos autores y editores para que sus obras sean subvencionadas, ni que descrea de las prestaciones, pero habrá que reconocer que el procedimiento no es el que se espera de un ente público en esta época de escasez y descrédito.
Hace unos años, publicar un libro en la Editora era un honor. Autores extremeños importantes vinculados a editoriales de ámbito nacional no tenían empacho en entregar un original, previamente solicitado, para que pasara a formar parte de ese modélico catálogo. En la Editora hay libros de Landero, Cercas, Hidalgo Bayal, Trapiello, etc. Ese ejemplar equilibrio resulta hoy impensable. De ahí, tal vez, el incremento de las mencionadas coediciones. Antes, esos libros se habrían impreso con el sello regional. Bastaba. Otro tanto cabría decir de los jóvenes, encantados de empezar su andadura en una editorial tan digna.
Hay, sin duda, problemas más graves, por eso me temo que esto que vengo diciendo les importe a muy pocos. Y cuando digo "muy pocos" quiero decir, con todo respeto, a cuatro gatos, por no decir a dos. Ah, y de estos dos, ninguno caza. O manda. Seguimos.

24.6.14

El matadero

Ediciones La Rosa Blanca, de Jaraíz de la Vera, cosmopolita desde un rincón de La Vera, acaba de publicar un nuevo título en su exquisito catálogo. 
Se trata de El matadero, de Esteban Echeverría, con grabados de Salvador Retana (que ha cuidado la impecable edición del libro) y prólogo de Alberto Manguel. La tirada es de 475 ejemplares (impresos en las jaraiceñas Gráficas Romero) más 25 numerados. 
En "Estética del matadero" (título tomado de Stevenson, que distinguía entre matar a un tigre y a un sapo), nos explica Manguel que estamos ante un relato de un autor nacido en Buenos Aires en 1805, que viajó de joven a París y escribió una obra romántica en el sentido más genuino. Se publicó por primera vez en 1871, en Revista del Río de la Plata. Estamos ante "un acabado y lúcido retrato de la época de Rosas, de sus protagonistas y de su pervertida moral". Luchan, en plena dictadura, unitarios contra federales. En 1829, el tirano sube al poder. Primero como Gobernador de Buenos Aires y, en 1835, como Jefe Supremo de la República. Su tiranía es la primera de una larga cadena que llega hasta finales del siglo XX, con otro militar: Videla.
Su dictadura, nos recuerda el prologuista, fue "absoluta y sangrienta". No en vano "el rojo fue su color simbólico". En 1852 le vence otro general, Urquiza. Rosas murió en el exilio inglés.
Echeverría "describe": "quiere ser por sobre todo concreto". Al fondo, escribe contra "la violencia estatal", que abarca a cualquier dictadura o tiranía pasada, presente o futura.
Aunque el protagonista del cuento es un intelectual, Rosas simbolizaba el "anti-intelectualismo". Una de sus decretos más famosos fue el del cierre de las escuelas. Con él vivirían felices "los hombres sin intelecto", como en la anécdota relatada por Márai, aunque aquí hablemos de nazis.
Del relato en sí nada comentaré. Hay que leerlo. Si acaso, por lo curioso, diré que me he reído con esa muerte por atracón debida, entre otros productos, a los "chorizos de Extremadura". 
Destacaré también la vigencia del texto, que por eso recatan sus editores. Seguimos, para algunas cosas, en el mismo sitio. Y ya es lástima. 
Echeverría anota que la "escena" (una de tantas) es "para vista, no para escrita" y, sin embargo, si por algo es oportuna esta relectura es por la calidad de la prosa y por lo bien conseguida que está en función de lo que cuenta. No me extraña la viveza y el realismo de los excelentes grabados de Retana (que merecerían una entrada aparte): sus descripciones son del todo visuales, podríamos decir, si se nos consiente la redundancia. Casi cinematográficas. 
Una lengua poderosa, sí, se pone al servicio de una historia intemporal, humana hasta el extremo. Qué excelente idea han tenido Manguel y Retana al permitirnos (re)conocerla.  

(Información y pedidos: edicioneslarosablanca@gmail.com)

Jóvenes promesas

En  Literandos, el blog de creación literaria de los alumnos del IES 'Gabriel y Galán' de Plasencia, se pueden leer los trabajos ganadores del último Premio 'Gerardo Rovira'
Toma el nombre del que fuera inolvidable profesor de Literatura de ese centro (de uno, en COU, allá por el curso 1975-76). Se creó en 1978 y en él han concursado numerosos alumnos de Secundaria y Bachillerato (antes). 
Alguno, como Juan Manuel de Prada, que lo ganó en 1988, ha llegado a ser escritor. 

23.6.14

Gerardo Diego y la música

Otro libro que tengo apartado para este verano es Poesía de lo imposible. Gerardo Diego y la música de su tiempo, de Ramón Sánchez Ochoa, editado por Pre-Textos y la Fundación Gerardo Diego, obra que se alzó con el XII Premio Internacional 'Gerardo Diego' de Investigación Literaria en 2013. 
Repaso el índice antes de abordar, ya digo, la próxima lectura, y compruebo que Sánchez Ochoa estudia al Diego músico para centrarse luego en su relación con Fauré (o la poesía elíptica), Debussy (o la música liminar), Ravel (o la música despierta), Falla (o la música desnuda) y Esplá (o la metáfora levantina). Concluye con el capítulo "Poesía de lo imposible", al que se añaden dos anexos: uno de poemas y otro de documentos (programas de conciertos, cartas, partituras, fotografías...). 
El profesor de Estética y de Historia de la Música del Conservatorio Superior de Música de Valencia (doctor en Filosofía por esta universidad y en Musicología por la París IV-Sorbona) concluye su exhaustivo y documentado ensayo con la bibliografía y un par de índices: el de ilustraciones y el onomástico. 
Un libro importante, sin duda, para los seguidores del poeta cántabro y, en general, para los lectores de poesía española contemporánea. Y un paso adelante en la ejemplar trayectoria de este consolidado Premio y en la labor de sus editores: los valencianos Pre-Textos y la extremeña Pureza Canelo. 

22.6.14

Almudena Vega, poeta

Aunque no es el primer libro que publica, sola o en colaboración, sí es el primero de los suyos que leo. Me da que para otros también será así; que, en todo caso, con Animales de vidrio Almudena Vega (Málaga, 1986) amplía su círculo de lectores a pesar de que las instituciones oficiales y la distribución de sus fondos sean, la mayor parte de las veces, entes incompatibles. 
Una de ellas, la ejemplar Fundación Málaga, es la editora de éste, incluido en la Colección 4 Estaciones. Biblioteca de Autores Malagueños Contemporáneos. No va descubrir uno a estas alturas la tradición impresora malagueña, lo que quiere decir que cualquiera sabrá que estamos ante una obra impecablemente editada que da gusto abrir y leer. Ni la poética, que tantos nombres ilustres ha aportado a la poesía española contemporánea. 
Lleva, cómo no, un prólogo, de lo más ingenioso, de Layla Martínez y, lo que más importa, un puñado de poemas que ya desde el primero, "Era todo lo frágil", se muestran como lo que son: pura poesía. 
Apoyada en la brevedad, con una música sutil (su formación es musical: viene de terminar un máster en flauta travesera en Londres y un año de perfeccionamiento en Colonia), insinuando más que estableciendo, caminando entre sonoros silencios y marcadas elipsis, yendo a lo esencial, dando a entender más que siendo explícita, la poesía de Vega alcanza un grado de intensidad digno de encomio. No falta la imaginación, en el mejor sentido, el más hondo, ni tampoco un orden compositivo que da al conjunto una unidad de libro. 
Por débitos que haya en alguien tan joven (Vega tiene la misma edad de mi hija, por eso he leído el libro de otra manera), escucha uno su voz con la nitidez necesaria. Esta mujer, me digo, sabe lo que hace. Algo que demuestra, por cierto, en otro libro de la misma editorial, Réquiem por Lolita. Antología joven de poetas españoles, que ella ha seleccionado y coordinado y al que ha puesto una "Nota al lector". Obsesionada por conocer, en cuanto le gusta un autor, sus primeros poemas, agrupa aquí versos adolescentes de Alberto Arias Pereira, Juan Bello, Ana Castro, Ben Clark, Vanity Dust, Berta García Faet, David Leo, Layla Martínez, Sandra Martínez, Elena Medel, David Refoyo, Emily Roberts, Laura Rosal, María Sánchez, Jorge Segarra, Paloma Peñarrubia Ruiz, María Ramos, Roger Vilanova Jou, Unai Velasco y de ella misma, así como una breve muestra de su producción posterior, escasa si tenemos en cuenta que todos han nacido en 1981 y 1995. Allí dice: "Vivimos un momento en que la poesía joven, finalmente, está emergiendo. Está pronunciando su alarido y protestando hacia la vieja idea de amor y flores de almendro. Ahora es un arma que lacera, y la belleza llega, también, de lo amorfo, de la muerte y del cadáver. Del sexo real que no es idílico. Del lenguaje coloquial que copula con el clásico."
Esto sirve también para la poesía de Vega. No es complaciente ni ñoña y en este libro eso se aprecia, entre otras cosas, por la presencia real, del todo cierta, de la muerte del padre: "yo no entendí a mi padre hasta que murió" o "tu voz, padre, leve voz como la sangre de las mariposas".
Hay, más allá, otra relación entre ambas obras. De la antología dice que "es un mausoleo" y en el último verso del primer poema de Animales de vidrio escribe: "Soy un mausoleo de mí misma". De ese aire de "canto fúnebre" que atribuye al florilegio también es partícipe su libro, pero más que de tristeza dota al conjunto de cierta fortaleza, la que prima en las figuritas de cristal que su abuela tenía en un estante del salón. Por encima de su fragilidad, la belleza. 
Leer estos poemas me ha despojado también de algunos prejuicios. Los que uno tenía con cierto tipo de poesía joven y femenina por culpa, tal vez, de las poses y ocurrencias de algunas omnipresentes poetisas à la mode. Anoto el nombre de Almudena Vega para no perder su rastro de vista. Me da que no va a ser una más entre tantos y tantas. Ojalá. 

21.6.14

Actualidad de Sáez

 
No para estos días el profesor, traductor, crítico y poeta Antonio Sáez. Tras la inaugurar en la Biblioteca Nacional la exposición "Fernando Pessoa en España", el próximo 3 de julio recoge en Guarda el Premio Eduardo Lourenço. Enhorabuena por partida doble.

20.6.14

Lujuria verdadera

La exquisita colección La Cruz del Sur de Pre-Textos da a conocer un nuevo libro de poesía del valenciano Vicente Gallego (1963), Cuaderno de brotes.
Miembro de la denominada Generación de los Ochenta, poeta español de la democracia, dos veces Loewe, la obra de Gallego ha transitado por distintos territorios, aunque siempre desde la coherencia y el saber hacer.
Autor, entre otros, de La luz de otra maneraSanta derivaCantar de ciegoSi temierais morir Mundo dentro del claro, hace unos meses vio la luz su ensayo Vivir el cuerpo de la realidad, muy relacionado con Cuaderno de brotes. Se podría decir que los pensamientos de aquél logran en éste su versión poética, acaso la más genuina, sobre todo si tenemos en cuenta la verdadera condición de su autor, propensa a la poesía. Y, sin embargo, la forma elegida es la prosa. Una prosa cargada, en fondo y forma, de poesía, no hace falta insistir.
A modo de diario, el poeta va dando cuenta de un mundo nuevo, el del monte, en plena naturaleza. Allí, en aquel refugio, asombrado y solo (“tal a solas y nunca solitario, un pino irradia aquí, donde la vida”), rodeado de plantas, árboles y animales, del agua, la luz y la noche, Gallego aúna lo descriptivo, por medio de una gran riqueza de matices y un vocabulario rico y flexible capaz de adaptarse a lo que observa y el resto de sus sentidos detectan, y lo meditativo con una importante carga memorialística. Así, cuando evoca su infancia o menciona a su hijo, referente ineludible del libro.
Se aprecia un choque entre la situación que vive y siente ese hombre retirado en el bosque, en la cabaña de su amigo Félix, cerca de la caseta “donde me gano el pan gratamente”, y la vida que llevó antes, tan distinta.
Es alguien que tiene los ojos bien abiertos, que está pendiente de cuanto sucede y pasa.
En “La raposa”, el segundo texto del libro, le dice al astuto animal: “Mírame como tú sabes, desde el lago en calma de tu ignorancia, para que nunca crea ya saber nada más necesario, más útil y verdadero que tu ciencia humilde”. Este es el tono de la obra, con mucho de sabiduría oriental y otro tanto de franciscanismo, pues se aprecia una bondadosa fraternidad con los seres y las fuerzas que nos acompañan. Con frecuencia, al nombrarlos, les añade los posesivos mío o mía. Un tono, añado, donde no falta la compasión o la piedad.
Lo básico, lo elemental, lo humilde (“¡la flor, la flor, la humilde flor de la alcachofa!”), lo mínimo (“Nuestra riqueza es así de fácil, cuestión de verla”) es celebrado con alegría (“Ah, esa copa colmada, esta lujuria verdadera, la alegría”), porque es eso cuanto nos basta y sobra para ser felices. “Todo en mí canta y se estremece”, leemos en el emotivo poema dedicado a Matilde, su madre. Lo celebratorio, sí, es aquí ley y todo el libro un hermoso e inspirado cántico. A la naturaleza, por ejemplo, lo que viene a demostrar que las cosas del campo (“salgo a comer y beber campo”) no sólo son propias de vates agropecuarios y atrasados (como se demuestra en la tradición inglesa), sino urbanitas y modernos. Nada raro, por cierto, en poetas de su estirpe, como sus paisanos Antonio Moreno y Antonio Cabrera, los dos con antologías recientemente publicadas en la sevillana Renacimiento.
Y puesto que de naturaleza hablamos (“la belleza en su heredad”), nada más natural que leer: “Escribo escribiendo, respiro respirando”. Es decir, que la naturalidad es aquí norma, por encima del estilo, que existe (el de la humildad), y de lo literario, que no. Es la buscada sencillez del “habla de los pájaros”, una de las muchas metáforas que encontramos en estas páginas. “No se hace poesía con el pensamiento –escribe–, se hace con palabras sueltas, apenas con sonidos, escuchando los asomos musicales, dejándolos decirse y desdecirse, casi casi con nada.”
Puede que en algún momento torne metafísico, “hacia lo hondo” (tal su admirado JR), pero siempre desde la lucidez, la armonía y la desposesión, sin alharacas, fingimientos ni complicaciones.
En momentos como los de “Agosto en la cima”, me recuerda a César Simón, tal vez por esa geografía común que conduce, queriendo o sin querer, a semejantes paisajes del alma.
En un momento dado, Gallego no puede por menos y proclama: “Feliz el que enmudece ante sí mismo”. Y por fin, rendido a la evidencia: “La belleza, señora del lugar. Es la belleza, la belleza.”

19.6.14

Mi libro tangerino

Con cierto retraso sobre el horario previsto, Tusquets Editores publicará en octubre, dentro de la colección Nuevos Textos Sagrados, mi libro Más allá, Tánger
Me complace compartir la buena nueva con la familia, los amigos y los lectores, por pocos que estos sean. 
Agradezco a la editorial la confianza que sigue depositando en mí. Personalizo ese agradecimiento en Antoni Marí y Juan Cerezo. Éste será el cuarto libro de poemas de uno que incorporen a su acreditado catálogo.
También quiero expresar mi gratitud a Salvador Retana, que ha hecho un bonito dibujo ex profeso para la cubierta de esta edición, y al fotógrafo Carlos Santiago. Y a quienes adelantaron en sus respectivas revistas poemas de este libro:  José Luis García Martín (de Clarín), Patricia y Juan Carlos Marset (de Sibila) y Luis García Montero (de La estafeta del viento). En la antología Un centro fugitivo Jordi Doce ya incluyó algunos versos de Más allá, Tánger. No sé si olvido a alguien.
El libro, por cierto, llega en un momento personal muy oportuno. Cuando están a punto de cumplirse treinta años de la publicación de mi primer libro (Territorio, 1985) y veinte del primero que apareció en esta colección, Ensayando círculos (1995). Me alegran, ya digo, estas azarosas coincidencias. Seguimos.

18.6.14

Sibila, 43

A punto de cumplir 20 años (gracias al patrocinio de la Fundación BBVA), la elegante y amalfitana Sibila llega cargada de poesía, narrativa, ensayo, pintura y música. La portada es para mi admirada Marta Cárdenas (le pedí a Chus Visor que aceptara un motivo suyo para la cubierta de Una oculta razón y aceptó), que muestra en las páginas centrales su serie "Ejercicio de aros".
De lo leído (como me pasa con los periódicos, jamás agota uno las páginas de las revistas), destaco los excelentes poemas de Antonio Deltoro (al que precede otro de otro Antonio: Gamoneda); Aurora Luque, con un poema precioso dedicado a Cernuda en Mount Holyoke; Pedro Serrano, que viene de lo más tierno y padrazo; Francisco José Cruz y Juan José Téllez. 
Mercedes Monmany, con el gusto que la caracteriza, presenta a dos polacos: Marek Bieńczyk y Adam Zagajewski (que habla de Tranströmer). 
Capítulo aparte merece el poema "Donde nací", de Michael Krüger (se anuncia libro suyo en español) y muy sorprendentes me han parecido los frescos poemas de Sergio Rodríguez Saavedra, Armando Romero (muy griego), Christian Peña y Rubén Darío Lotero, poetas hispanoamericanos que no conocía. O no recordaba, vete a ver. 
Margo Glantz, siguiendo los pasos de Perec, nos ofrece un "Me acuerdo, yo también me acuerdo" memorable, podríamos decir. 
Estoy seguro que las prosas de Martín Casariego y Mercedes Guriérrez, así como de lo escrito por Jorge Eduardo Benavides sobre Jorge Edwards, los textos pendientes de lectura, son también piezas dignas de elogio.
Rosa María Fernández reflexiona, en fin, sobre la música de Joan Guinjoan de la que también escribe Álvaro Guibert. Del artista se edita "Integral de piano. Vol. II", que presenta también R. Mª. F. 

17.6.14

Rosillo

La colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra tenía la obligación de acoger en su catálogo la poesía luminosa de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) y para los lectores de versos de este país esto ha de ser tomado como un pequeño gran acontecimiento. Para uno, lo es. 
El florilegio lleva por título Hilo de oro (Antología poética 1974-2011) y la edición es de José Luis Morante, autor del exhaustivo estudio introductorio que salpican algunas fotografías del poeta. Palabras sensatas de alguien que no puede disimular su admiración por el murciano y ejemplar introducción para estudiantes y lectores de la poesía de uno de los mejores. Después, cómo no, sus poemas, verdadera razón de ser del libro. Una excelente y asequible manera de iniciarse, ya digo, en la lectura de un poeta esclarecido. 

16.6.14

Años diez

Años diez es el sugerente título elegido por los poetas y traductores Juan Carlos Reche y Abraham Gragera para la nueva revista que dirigen y que saldrá cada seis meses publicada por la editorial granadina Cuadernos del Vigía.
Tras la aparición de la sevillana Estación Poesía, nos alegra que alguien siga defendiendo la necesidad de revistas impresas, con formato y distribución tradicional, como Reche y Gragera explican. Quieren que el suyo sea un "nicho" (en eso han/hemos convertido la poesía), sí, pero "digno y oportuno"
Tiene como objetivo "ser un lugar de reflexión sobre el estado de la poesía y las poéticas de la segunda década del siglo XXI, así como recuperar algunas voces y poéticas poco difundidas, además de documentos que puedan abrir una nueva línea de investigación, en detrimento de una crítica literaria anquilosada en el formato reseña." Como se ve, pican alto, y esa ambición es digna de elogio. Para más de lo mismo ya están otros. Pero mejor que cualquier declaración de intenciones es el índice del número 0.
Para empezar, presentan a dos poetas en inglés: J. H. Prynne y Sandra McPherson, a quienes traducen, respectivamente, Mario Jurado (que inaugura, más adelante, la sección "La poética del traductor de poesía") y Fruela Fernández.
Leemos después poemas de Rafael Álvarez Merlo y Juan Manuel Cabrera. El primero no publica un libro desde 1986 y el segundo es inédito. También de Guillermo López Gallego, quien traduce un artículo capital de otro poeta, el norteamericano Charles Olson: "El verso proyectivo". 
Para terminar, Andrés Echevarría rescata unas cartas de Gerardo Diego encontradas en la Biblioteca Nacional de Uruguay y J. C. Reche vierte una consistente conversación entre Francesco Diaco y Valerio Magrelli, que me ha llamado especialmente la atención. "Debo confesar que tengo sólo una gran reserva respecto a los blogs: la cuestión de las competencias", afirma el poeta italiano. Y añade: "mi problema con los blogs es el equívoco que alimentan en la interpelación al lector. A mi modo de ver, el lector -pretendo ser muy drástico- no ha de tener voz y voto, como se decía otrora en las abadías. Durante el voto, en la asamblea, el lector no tiene derecho a hablar porque hablan los especialistas, los que tienen competencias". Propone para el crítico un sistema de horas, como los pilotos: "¿Cuándo puedes escribir tu opinión sobre un libro? Cuando has leído 8.000 libros de teoría, de narrativa, de poesía; y si no, no puedes hablar. Yo no quiero saber las opiniones de los lectores, no me interesan: debe prohibírsele al lector hablar". Y ello, se justifica, porque "parto de la gran idea de Borges por la que estoy más orgulloso de mi trabajo de lector que del de escritor." "Los blogs, concluye, tienen ese riesgo, transforman a los lectores en estudiosos, y esto no es posible". 
No es el único párrafo digno de ser meditado de cuantos forman esa larga conversación entre un joven estudioso y un maduro poeta, de los más reconocidos internacionalmente, a quien tradujo en España Carmen Romero. 
Lo dicho: bienvenida sea esta nueva, rigurosa revista a la que desde este rincón deseamos larga vida. No se podía empezar mejor.

15.6.14

Belleza y verdad en Colinas

En la edición que Siruela publicó en 2011 de la Obra poética completa de Antonio Colinas (La Bañeza, 1946) se adelantaron poemas del libro que nos ocupa, bajo el título “El laberinto invisible”. Canciones para una música silente, ya en marcha cuando se publicó aquella poesía reunida del poeta leonés, los incluye, aunque esa sección haya crecido.
Uno diría que estamos ante un libro de libros, por más que sea el primero en reconocer que, en conjunto, la obra resulta unitaria y armónica, algo natural si tenemos en cuenta el oficio de Colinas, su inconfundible voz, la de un humanista con una trayectoria larga y coherente que, según confiesa en la nota final, no ha podido a resignarse a este último “gesto de libertad creadora”, a la llamada ineludible de su voz interior.
De esa fidelidad a sí mismo dan cuenta los epígrafes que abren el libro, de Plotino, Pound, Rumi, Basho… Oriente y Occidente. Lo cercano y lo lejano. China, Grecia, Castilla. Y también desde el principio, como marcas de la casa, la armonía, el viaje, la paz, el misterio, el amor, la verdad, la belleza…
Lugares y personas pueblan la primera de las seis partes de que consta Canciones. No ha abandonado Colinas el culturalismo vivido -nada literario, decorativo o epatante- de sus primeras obras (Sepulcro en Tarquinia, sobre todo), aunque la referencia, el antes y el después, el libro al que remite la mayor parte de lo leído en esta nueva entrega sea Noche más allá de la noche. La respiración, digamos, es la misma, o muy parecida. Así como el tono de la meditación, discursivo e inspirado (como escrito en trance, se diría), que tanto recuerda al mejor Romanticismo alemán, sin que al entusiasmo le falte, como contrapeso, la quietud.
Poesía del pensamiento, plena de interrogantes. Hacia dentro.
Y pronto también, los símbolos. Entre todos, el de la mujer. “Catorce retratos de mujeres” (Ramya, Filomena, Tallulah, Safo…) incluye la citada primera parte.
“Semblanzas sonámbulas” reincide en personajes y sitios: Platón, Aristóteles, Córdoba (donde pasó su adolescencia), Salamanca (donde vive), Aleixandre en Las Navas, su amigo Tomás, su hermano José, Goethe…
“Siete poemas civiles” nos lleva a Unamuno (y a su ciudad de adopción), a la Guerra Civil, a los Panero (entre las ruinas de la casa familiar de Castrillo de las Piedras), o a Seferis, los ruiseñores y los periódicos.
“Un verano en Arabí” supone un regreso a Ibiza, la isla en la que vivió tantos años, “pequeño paraíso / de amistad verdadera y de belleza”. Un viaje a la memoria, “la prueba / de que otra vida existe (o existió)”. Y allí, en plena revelación (“Durante muchos años había buscado un libro / distinto, sin saber / que era él quien me buscaba a mí”), higueras, estanques, limoneros, acantilados, parras, olivos, pinos, noches, estrellas y, por encima de todo, el mar y la luz: el Mediterráneo. Y la casa: “cubo de piedra y cal”.
En el poema XIX (Sufíes), leemos: “Musitáis las palabras / que ya no son palabras /sino sólo una música silente.”
“El soñador de espigas lejanas” es un extenso poema único, nada nuevo en Colinas, escrito en Cartagena de Indias en cinco días de enero de 2013 y de innegable aire irracionalista.
Llega después la sección que da título al volumen situados en torno a un lugar, Sansueña, (que ubica extramuros de la mítica Petavonium, ajena a la Sansueña cernudiana). Lo mediterráneo sin mar, pero no menos en medio de la tierra, en sentido etimológico. En “los páramos del silencio”. Lo natal, la infancia (“lo más sagrado”). Y el gusto de nuevo por lo arqueológico y las ruinas. Y otra vez los símbolos: la piedra, la fuente, las montañas, los valles… Lo telúrico, en suma.
Destacaría uno el poema “Las estaciones de la vida”: “En el invierno de la vida”… “una verdad humilde, mas segura.” O “Cumpleaños”, donde escribe: “La belleza: la más honda / aspiración, quizá, del ser / humano.”
A pesar de vivir en una época de pesadumbre, cada poco se encuentra uno con libros de poemas donde lo celebratorio es ley. Así, éste. Con ser Colinas un ser ensimismado y melancólico, hay en él felicidad, plenitud y hasta alegría. Será porque, como leemos, “he encontrado mi centro, / pues vivir he logrado / cuanto soñé.”

14.6.14

Frost y Paz

Robert Frost. A mí también me gusta releer los libros. Desconfío de la gente que no relee. De los que leen muchos libros. Me parece una locura esa manía moderna, que solo aumentará el número de los pedantes. Hay que leer bien y muchas veces unos cuantos libros.
Octavio Paz. Una amiga me cuenta que han inventado un método para desarrollar la velocidad de la lectura. Creo que lo piensan imponer en las escuelas.
RF. Están locos. A lo que hay que enseñar a las gentes es a que lea despacio. Y a que no se muevan tanto. ¿Y sabe usted por qué inventan todas esas cosas? Por miedo. La gente tiene miedo a detenerse en las cosas, porque eso los compromete. Por eso huyen de la tierra y se van a las ciudades. Tienen miedo de quedarse solos.
OP. Sí, el mundo está lleno de miedo.
RF. Y los poderosos se aprovechan de ese miedo. Nunca había sido tan despreciada la vida individual y tan reverenciada la autoridad.
OP. Claro, es mas fácil que vivan por uno, que decidan por uno, hasta morir es más fácil, si se muere por cuenta de otro. Estamos invadidos por el miedo. Hay del miedo del hombre del común, que se entrega al fuerte. Pero hay también el miedo de los poderosos, que no se atreven a estar solos. Por miedo se aferra al poder.
RF. Aquí la gente abandona la tierra para ir a trabajar a las fábricas, y cuando regresan ya no les gusta el campo. El campo es difícil. Hay que estar siempre alerta y uno es el responsable de todo y no nada más de una parte, como en la fábrica.
OP. El campo es, además, la experiencia de la soledad. No se puede ir al cine, ni refugiarse en un bar.
RF. Exactamente. Es la experiencia de la libertad. Es como la poesía. La vida es como la poesía, cuando el poeta escribe un poema. Empieza por ser una invitación a lo desconocido: se escribe la primera línea y no se sabe lo que hay después. No se sabe si en el próximo verso no espera la poesía o si vamos a fracasar. Y esa sensación de peligro mortal acompaña al poeta en toda su aventura.

(NOTA: De la extensa y enjundiosa conversación entre Octavio Paz y Robert Frost que tuvo lugar durante el verano de 1945 en la cabaña del poeta norteamericano en Vermont y que fue publicada por primera vez en la revista argentina Sur, incluida luego en su libro Las peras del olmo y, por fin, en el segundo volumen de sus Obras Competas: Excursiones/ Incursiones. Dominio Extranjero.
Por cierto, el poeta Andrés Catalán prepara una edición de la poesía de Frost que publicará próximamente la editorial Linteo)

13.6.14

Ensayo de una despedida

En 2002 publicó José María Álvarez (Cartagena, 1942) la última edición de su poesía reunida con el mismo rótulo que venía utilizando en recopilaciones anteriores: Museo de cera. Desde entonces ha dado a la imprenta cinco libros más; el último lleva, como los dos anteriores, la palabra Luna (como él la escribe) en el título. En este caso, Como la luz de la Luna en un Martini.
Ni el lector habitual ni el ocasional de Álvarez se sentirán decepcionados ante esta nueva entrega. Tan semejante a las anteriores y tan única como cada una de ellas. Sí, pocos poetas tan coherentes, tan fieles a su propia poética, más si tenemos en cuenta su dilatada obra. Desconfía uno de los que cambian en cada libro de chaqueta lírica, lo que no hace al caso.
Si uno abre el libro por el final, en busca del índice, se encontrará con lo que pudiera parecer un capítulo de notas. Y no. Leal a su costumbre, Álvarez sitúa al frente de sus poemas extensísimos títulos que son, en realidad, comentarios acerca de los mismos. Abundan las citas ahí, como en el resto del volumen, otra marca de la casa. No en vano pertenece, me temo que sin remedio, a aquel grupo que algunos catalogaron de venecianos, los Novísimos de Castellet, cuya poesía se caracterizó, entre otras cosas, por su culturalismo. No falta aquí, sino todo lo contrario. El catálogo de nombres y epígrafes es casi infinito, consustancial a esta manera de decir fundada en la Literatura y en el Arte, como diría Álvarez. Muchas veces esos epígrafes, esos versos, se reproducen en su lengua original (latín, francés, inglés…), por lo que nos encontramos en medio de una lujosa Babel donde el cosmopolitismo impone su ley.
En la nota inicial, el autor alude a que “este libro tiene algo de despedida”. No lo parece. Lo elegíaco, tan natural en él, se mezcla con lo celebratorio para demostrar que, sea el final o no lo sea, cuanto importa, lo que siempre ha importado, es la vida, un vitalismo que Álvarez representa como pocos. “El arte es largo y, además, no importa”, repite con Machado al principio del libro, donde sitúa una borgeana dedicatoria a María del Carmen Marí, destinataria de un precioso poema.
“Menos esta belleza todo es incierto”, escribe, y después, tal un lema: “No /  hay / Civilización / sin Belleza”.
Numerados en romano, diecinueve poemas componen esta obra. En ella, como la alegría y el dolor, se combinan elementos dispares: el día (la luz mediterránea de las playas de su infancia) y la noche (la más terrible a veces); la soledad y la compañía; el mundo de ayer, que “ha desaparecido”, y el de hoy, “que agoniza”: “Nuestros ojos están muertos. / Y nuestra inteligencia”, escribe. Y más adelante: “Que vengan. / Que vengan quienes  tengan que venir, / que vengan. / Que arrasen lo que ahora somos / y acaso siga en ellos lo que fuimos.”
El tono es conversacional y hasta prosaico, siquiera en apariencia. Muy efectivo en lo lírico, con imágenes sugerentes y una adjetivación a ratos suntuosa. Con encabalgamientos abruptos. Elegante.
Una palabra podría resumirlo todo: intensidad. En el erotismo y el sexo, por ejemplo, tan explícito a veces. En la rememoración del pasado (“La Memoria… / Ese hilo de Ariadna,”, reza el poema XIV, el más breve de un libro lleno de poemas extensos). En el diálogo con sus maestros (Kavafis -al que tan bien tradujo, al que confiesa que su modelo ha sido siempre “El dios abandona a Antonio”-, Borges, Espriu…), a quienes trata de usted. En la evocación de ciudades: Alejandría, Venecia, Roma, Nueva Orleans, Estambul…
Aristocratizante, descree Álvarez de “esta Democracia tan «correcta» que lo ha arruinado todo” y alude a “la gentuza que nos gobierna, la sinrazón / de cuanto sucede”, por más que piense que “es un parpadeo / en la Historia” que “no modificará / nada esencial / de lo que somos.” Más allá, su ideal clásico sigue estando en Grecia. Como Montaigne, aboga por la Libertad, la Inteligencia y el Ocio. Defiende, con Marguerite de Valois, “los placeres de la sexualidad, / la conversación inteligente / y la lectura de los mejores.”
“¿Hay algo sólido en la vaporosa gloria de la vida? / se pregunta Li Pao. / Sí, / la Luna.” Y Álvarez concluye: “Me miro en ella. Único espejo / donde no he envejecido.”

En Paz

Visto y no visto. Viaje relámpago, sí, pero muy agradable. Por el ir y venir (apenas unas horas); por volver a Madrid (que estaba animada y preciosa, tanto de tarde como de noche); por el regreso a la Feria del Libro, que uno no pisaba desde hacía mil años; por los abrazos y las conversaciones (con Jordi Doce, Eduardo Moga, Antonio Lucas, Tulio Demicheli, Amalia Bautista y su hija, Javier P. Walias, Aurelio Major, Juan Soros, Benito del Pliego, Castrillón, Amalia Iglesias y Julia Piera...); y por el sudor y la cerveza y el cansancio, que también son poéticos. 
Ya en el recital, fue un placer escuchar, además de a los citados Doce, Lucas, Demicheli, Major, Moga, Soros y Piera, los poemas de María Baranda, José Luis Gómez Toré, Ana Gorría, Tedi López Mills, Esther Ramón y Jorge Valdés Díaz-Vélez, que me regaló su libro Herida sombra mientras sostenía en precario un vasito de tequila.
A pesar de los negros presagios, no morimos de sobredosis lírica. Paz, eso sí, estaría encantado.
Uno se limitó a leer dos poemas: "Hermandad", del mexicano, y "De un diario" (Ensayando círculos), inspirado en la extensa y enjundiosa conversación entre Paz y Frost que tuvo lugar durante el verano de 1945 en la cabaña del poeta norteamericano, en Vermont, y que fue publicada por primera vez en la revista argentina Sur, incluida luego en su libro Las peras del olmo y, por fin, en el segundo volumen de sus Obras Competas: Excursiones/ Incursiones. Dominio Extranjero.

11.6.14

El imán más negro

Hacía diez años que Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968) no publicaba un libro de poesía. Sí ha dado a la imprenta uno de aforismos (género, ahora tan de moda en España, del que fue, por cierto, un adelantado), Hilo de nadie (2008), que bien podría pasar por poético.
No es el cántabro autor (en lo que a la poesía, en rigor, se refiere) de una obra extensa. Este es su quinto libro. Antes, Visiones y revisionesÚnico norte, Puntos de fuga (Premio Fundación Loewe) y Libro de los elementos.
Dos citas abren Nocturno casi, que forma parte de la acreditada colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets. Una de Wittgenstein y otra de Lorca: La filosofía y la poesía. El objeto y las cosas. Lo exterior y lo interno. “Tendremos que llegar al hueso de las cosas, / al eje de las cosas, al nudo de las cosas, / como un anclaje férreo / en el mundo, y el ser, y el ser del mundo”.
Tras esas pistas, el inicial poema de “Ardua trama”, primera de las partes del libro, alude al “inquietante animal” que conforma su mano “buscando aquí en lo blanco”. Y más adelante “Escapando de mí, / fui más yo mismo”, escribe, en torno a la eterna dicotomía entre “raíz y huida”.
Conviene señalar que estamos ante una poesía indagatoria y reflexiva, del yo y de los otros, que también le habitan. Una poesía del conocimiento, diríamos con Valente, un autor cuyo magisterio se le antoja a uno detectar entre los intersticios de este libro.
Estamos ante lo que podríamos denominar, en términos pictóricos y salvando todas las distancias, poesía matérica. De índole tan concreta como abstracta, pues como bien sabemos los límites entre ambas concepciones, que en realidad son una misma, se acaban confundiendo. No es baladí el poema dedicado a Rothko (“Mark Rothko contempla el horizonte en uno de sus cuadros”).
La mirada es consustancial a esta poesía, al tiempo que la indagación metafísica (con abundantes referencias al vacío, el círculo…), del pensamiento, fundamenta el devenir de unos versos que Oliván concibe en “desbandada”. Versos que laten entre lo fragmentario y lo metafórico.
La palabra se adelgaza, se hace esencial. Así en “Cauce abierto”, “Esta llama”, “El constructor del hielo”, “Lo abierto y lo cerrado”, “De raíz”, “Blanco”… Oliván es aquí un poeta de estirpe silenciaria que dice más por lo que calla que por lo que abiertamente expresa. Lo misterioso y lo oscuro (en el mejor sentido) se imponen a lo explícito. Estamos ante una voz órfica, por decirlo con L. A. de Villena, que le incluyó en su antología La lógica de Orfeo. Una voz personal y distinguible donde no es difícil advertir la música callada del último Juan Ramón, en el poema que cierra el volumen, “Lo hondo”, que se contrapone a lo alto: “El alto azul sin nubes qué hondo es”.
Otras veces lo discursivo amplía el horizonte de la meditación y la mirada se desliza hacia fuera. Entonces, el mar (“Ser como el mar”, “Por eso amas el mar”), la luz (una palabra clave), lo envuelven todo.
En “Tocar extremos”, la segunda parte, se aprecia esa apertura. En “Desde la piel”, por ejemplo. O en “Laboreo”.
“La noche a tientas” es un poema paradigmático. La casa como cueva y allí, palpando las paredes con las palmas de las manos abiertas, un hombre, tal vez el primer hombre, “el animal del miedo que eras tú”.
Las imágenes son vivas, impactante, como en “Las sirenas”. Imágenes que a uno le recuerdan, pongo por caso, la poesía del norteamericano Wallace Stevens (al que se cita).
Lo celebratorio y vitalista (léase “Visión de un sol de invierno”), evidente en la tercera y última parte del libro, “Visión nocturna”, recuerda la contenida ebriedad –limpia, certera– de Claudio Rodríguez. Como detrás de lo alucinatorio –a modo de homenaje– está José Hierro, un nombre imposible de soslayar.
No podemos, en fin, dejar de lado la sensualidad que destilan los versos de Oliván, en poemas como “Cuerpos”. “La piel es la ficción” se titula uno de ellos, donde el poeta se pregunta: “¿Por qué se tiende / a elevar casi a dios la superficie?”

10.6.14

Del blog de Moga

Eduardo Moga reflexiona sobre la crítica literaria en nuestro país -y en general- a partir de la anécdota de mi abandono de esa tarea en ABC Cultural

Crítica y blog: un debate

Muy oportuno me ha parecido el reportaje de Ricardo de Querol publicado en Babelia sobre la crítica literaria y los blogs. Anuncian más.
Alberto Olmos, por ejemplo dice: "cualquier blog literario que se haga popular tiene un mérito inmenso y deja en ridículo a todos aquellos que firman semanalmente en prensa escrita". Y a quienes recelan del amateurismo de los blogueros les responde: "No hay más inteligencia ni más conocimiento ni más perspicacia ni interés en una reseña profesional (esto es, pagada) que una hecha por amor al arte".
Vicente Luis Mora recuerda: "Solo hay dos tipos de críticos literarios: buenos y malos, escriban donde escriban".
Ana Rodríguez Fischer, crítica en Babelia, novelista y profesora universitaria de Literatura, precisa: "A priori, ni descalifico la crítica que circula en los blogs ni ensalzo sin matices la publicada en los suplementos, porque tampoco estos son homologables entre sí. Pero hay una gran diferencia: la de los suplementos está sometida a filtros, cedazos, jerarquías, contrastes, y por lo general sus autores están acreditados o han refrendado su profesionalidad, lo que no siempre sucede en los blogs".
"Desde Lima, Iván Thays da otro punto de vista: los críticos académicos son más necesarios que nunca, pero el bloguero que tenga un gran capital de lecturas puede alcanzar su misma influencia. Y apunta como fenómeno que Internet se está convirtiendo en un mundo de comunidades, lo que impone una selección: si un blog no es respetado en tu comunidad, no existirá para ti. Al final, señala, quien tiene prestigio fuera de la Red lo tendrá también online."
Ah, estoy de acuerdo con la "regla Bambi": si un libro es malo, mejor no hablar de él. 

Zarabanda

Zarabanda es el nombre de la revista del IES Gabriel y Galán de Plasencia. 
En su último número se publica, entre otras noticias relativas al centro, el relato que ha ganado el premio "Gerardo Rovira" (¡ya van 36 ediciones!), un puñado de haikus (donde siempre encontramos alguna iluminación) y la entrevista que me hicieron, durante mi visita al centro, Almudena Manzano, Blanca Tovar, Nieves Cabrera, Álvaro Hurtado, Marta Marcos y Jorge Oliva, alumnos de 4º de la ESO, que va justo delante de otra realizada al poeta Javier Rodríguez Marcos, que también pasó este curso por allí y al que uno cita en la suya.
Doy desde aquí las gracias tanto a los inquietos entrevistadores como al equipo directivo y a los profesores responsables de la actividad (María Jesús Manzanares y Néstor Hervás, entre ellos); a cuantos, en suma, se han tomado la molestia de llevar al papel mis opiniones y a quienes me invitaron a leer poemas en mi antiguo instituto.

Cubero y Guerrero a poniente

Creo que sólo de uno de los libros de la colección Luna de Poniente no he hablado aquí, y porque llamarlo así era tal vez demasiado. 
Llegan ahora los volúmenes R y S, ya muy cerca del final. O lo que es lo mismo, Las letras de Morella, de Pablo Guerrero y Punto de apoyo, de Efi Cubero.
De Guerrero poco cabe añadir a estas alturas. Cantautor de versos y poeta de canciones, se diría. En este nuevo libro -y ya van unos cuantos como para que todavía algunos le nieguen su condición de escritor- anota impresiones, meditaciones, en el marco espacial de la ciudad amurallada de Morella, tras un viaje por el Maestrazgo aragonés, y en un tiempo concreto: el otoño. La lluvia es una constante. Y la cercanía, como presentimiento, del mar.
Aunque el paisaje sea otro, la naturaleza que siente y describe es la misma, acaso porque es el mismo poeta quien canta, poco importa sobre qué y dónde. Melancolía, belleza y sensibilidad para dar fe de la maravilla y del asombro, dos polos de una misma visión inesperada.
De Efi Cubero, poeta tardía, tampoco cabe a estas alturas discutir lo indiscutible. Este libro viene a avalarlo como ha de hacerse en poesía: con versos, que son hechos. Detrás, una mujer que ve la vida desde el preciso ángulo que la poesía ofrece. Resistencia, tenacidad, capacidad de aguante, soledad, silencio... "El don puede ser una condena", leemos en el primer verso del libro. De todo eso y más sabe bien la de Granja de Torrehermosa. Su mundo se apoya en las palabras y en unos pocos afectos: su marido, sus hijas, sus amigos. A uno de ellos, Javier Sánchez Menéndez, editor de su libro anterior, está, en rigor, dedicado. Hay mucho de ella en estas líneas, bien lo saben quienes la conocen. Ha escrito un libro necesario. Para ella, sí, ante todo, pero también para los que concebimos este juego de hacer versos como algo esencial. Valentía no falta.

8.6.14

Otra explicación

Ayer tarde envié a Fernando Rodríguez Lafuente, director de ABC Cultural, una carta con mi dimisión. Al parecer era crítico de poesía de ese suplemento. La verdad es que, a pesar de las cinco reseñas que he publicado allí, nunca me he sentido parte de ese proyecto, por no llamarlo de otra manera. Desde el 18 de abril no ha aparecido ninguna recensión de las varias enviadas, algunas de primeros de marzo. 
Como le decía a Lafuente, he intentado aguantar lo inaguantable y mantener el tipo hasta donde ha sido posible, pero mi paciencia tiene un límite. Y uno, su corazoncito. Y su dignidad y hasta su pequeño orgullo. 
Tenía mucha ilusión puesta en ese empeño. La decepción, por eso, es aún mayor. Con todo, por encima de la anécdota, más allá de Whitman y sus discípulos, brilla la desidia. Un libro y medio es toda la poesía que apareció en el número especial que con motivo de la Feria del Libro de Madrid publicó la pasada semana ABC Cultural. Me entristece, pero es lo que para algunos da de sí ese, digamos, género en estos tiempos. En las catacumbas permanece, como dijo el celebrado Octavio Paz, o más abajo. 
Vuelvo a mi blog, donde uno mismo es director y, para bien, carezco de redactora-jefe. A partir de mañana iré publicando aquí las reseñas que esperaban el sueño de los justos en el cajón de esa santa casa. Su divulgación no será la misma, es cierto, pero al menos me quedaré a gusto. Conmigo, para empezar, y con esos autores (Oliván, Álvarez, Colinas y Gallego) y editores (Tusquets, Renacimiento, Siruela y Pre-Textos) que merecen que se hable de sus libros. O eso creo. 
Me despido del periódico y de los responsables de esa sección sin acritud, por supuesto, y no sin agradecer a Fernando Rodríguez Lafuente que me llamara para colaborar en ese (otrora) prestigioso suplemento. Ese humilde honor permanece y no lo olvidaré nunca.
Otros vendrán y, a buen seguro, con más suerte que yo. 
Seguimos.