30.4.15

"Malpaís", de Saldaña

En el diccionario de la RAE, "malpaís" remite a "karst": "Paisaje de relieve accidentado, con grietas y crestas agudas, originado por la erosión química en terrenos calcáreos". Me gusta mucho la palabra. Recibe uno demasiados libros de poesía y éste, lo confieso, me ganó de inmediato por el título. Por eso salió del montón. Y lo leí. Me refiero a Malpaís, que publica La Isla de Siltolá, que, además de buen ojo, demuestra que la pluralidad de poéticas es marca de la casa. Su autor, Alfredo Saldaña (Toledo, 1962), es profesor de literatura de la Universidad de Zaragoza y autor de los libros de poesía Fragmentos para una arquitectura de las ruinas, Pasar de largo, Palabras que hablan de la muerte del pensamiento, El que mira las palabras y Humus. En Sin contar reunió poemas escritos entre 1983 y 2010.
En la "Inscripción" que figura al frente del volumen leemos: "Memoria e imaginación son pivotes sobre los que oscila nuestra existencia". Una cita de Roberto Juarroz ("Romper también las palabras / y hablar entonces con fragmentos...") y otra de Nacho Escuín ("Maleza, toda la extensión de una vida / puede ser maleza") nos dan nuevas pistas. Empieza el camino. Sí, porque caminar y caminante son palabras indisolublemente unidas a este libro que, por cierto, lo es en su sentido más pleno: los poemas que lo forman, quiero decir, componen una unidad y giran en torno a una idea central (que tiene que ver con el título elegido: una metáfora vital) que, como es lógico, se desgrana en sucesivas ideas. De inmediato apreciamos que la desolación del paisaje (del malpaís), de "los paisajes vacíos", se adapta perfectamente al lenguaje utilizado. Asunto y forma se anudan con coherencia. La sequedad, digamos, lo inunda todo. Y allí, "como un resistente" -leemos en el poema "Caminar"- "un hombre sin alma que avanza / contra el viento, en silencio". "Solo uno más, solo, / entre todos los muertos de la tierra". La desaparición y los desaparecidos ("Poesía: velar por lo desaparecido") abundan entre líneas: "testimonio de un tiempo muerto". En "la noche invencible de los vencidos". 
Al tiempo que se describe lo de afuera -parajes de la desolación, del espíritu áspero, "páramo inhóspito" (que a uno le conducen hasta los erosionados lugares de César Simón), erial-, el poeta reflexiona sobre el propio escribir. Poesía sobre la poesía. Stevens de nuevo. "En el afuera está su adentro", escribe Saldaña. Y en "Sin contar", uno de los muchos poemas logrados de la obra: "Escribir a solas, y solo lo justo". Encontramos esos planteamientos metapoéticos en numerosos poemas como "Contraescritura" o "Contrapunto". O en "La callada". Todo es cuestión de palabras, otra palabra clave, valga la redundancia. "Caminar sobre palabras", dice. O "Ahuecar las palabras / hasta vaciarlas / de todo su sentido". La suya es "la lengua callada del testigo". Esta obsesión por el lenguaje (Valente y Celan al fondo) se concreta aún más en poemas como "Lingüística General", "Gnoseología poética" (donde se lee: "Entender el poema hasta desconocerlo") o "Lenguaje y conflicto" ("Poetizar ese lenguaje, problematizarlo, convertirlo en conflicto"). Cómo evitar, en esta tesitura, al poeta profesor. 
Estamos en una poética del borde, en la frontera. De paso ("Convertir ese lugar de paso / en una casa"). "Que mi patria sea esa otra que tiene por nombre extranjería". Ante una moral disidente, a la contra (léase "Out of place"). En lo poético y en lo civil. Del "No al sí", todo un lema. 
Hay poemas espléndidos en el libro: el citado "Caminar", "Sin contar", "Temporal", "Hueco", "Disidencia", "Narva", "Humus", "Enredado", "El sendero" (un poema precioso), "Calor del frío" (uno de los esenciales para comprender la obra)...
"Pasar de largo", el último, termina: "el que avanza sin dejar huella, / el que camina sin contar."
Sólo una pega le pondría a Malpaís, y con esto termino: el uso excesivo de infinitivos que, si tenemos en cuenta el oficio del poeta, a buen seguro tiene su razón de ser. Cuestión de gusto. O no. 

29.4.15

Llega Clarín

Siempre es una fiesta que llegue un nuevo número de Clarín. En este, el 116, que viene lleno de felices hallazgos y una bonita fotografía de un reloj de sol en la portada (obra de uno de los heterónimos del director de la publicación, Juan Ochoa), seguimos a vueltas con Teresa de Jesús (santa Teresa), esta vez de la mano de Rosa Navarro Durán, una asidua de la revista; Manuel Alberca nos descubre el oscuro pasado que Azorín se empeñó en borrar de sus autobiografías; Ignacio Peyró, ese joven sabio inglés (qué buena pinta tiene su voluminoso Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa, publicado por Fórcola y reseñado en este mismo número por otro anglófilo, Rivero Taravillo), nos presenta a James Lees-Milne (que ayudó a salvar, desde el National Trust, numerosas casas de campo a lo Brideshead y lo Downton Abbey), autor de unos deliciosos diarios de los que Peyró nos aporta una significativa muestra que, ay, sabe a poco; José Cereijo razona en su interesante "Poesía después de Auschwitz" sobre el porqué de la famosa expresión de Adorno (citada siempre mal y a medias), que debió considerar a la poesía incapaz, por insulsa y blandengue, de dar fe de la época que siguió al holocausto y, sin embargo, "No, como Ajmátova sabía bien, la poesía no solo no es inútil o injustificable después de Auschwitz (o de Stalin, o de la guerra de trincheras), sino más necesaria todavía. Porque renunciar a ella no supone hacerlo a ninguna ociosa trivialidad, sino a uno de los modos más insustituibles de explorar la verdad humana..."; Benítez Reyes arremete contra La gran belleza, el aclamado film de Sorrentino; Carlos Alcorta traduce poemas de Henry Cole; Paul Brito se acerca en un reportaje (más literario que periodístico) al oficio de relojero y conversa sobre "el oficio de reparar el tiempo" con el colombiano de Ocaña Edwin Sandoval; Jorge Ordaz rescata la memoria de Prudencio de Pereda, natural de Brooklyn, autor de relatos y novelas, así como guionista de cine y admirador de Hemingway; Aquilino Duque, genio y figura, nos recuerda desde el testimonio personal, con la sorna y la agudeza que le caracterizan, al "gran poeta" Celaya; y Pedro García Martín y Manuel Neila (preciosas, por cierto, las fotografías de Tatiana Neila que ilustran esas páginas) ofrecen sus diarios de viaje a Grecia e India, respectivamente. Por fin, en las últimas páginas del número, Ernesto Baltar publica y comenta tres cartas inéditas de Castelao a Ramón Tojo.
Antes, en "Paliques", un montón de reseñas; una de ellas firmada por José Luis Piquero, acierta de pleno al comentar la ópera prima de Víctor Peña Dacosta. Otra es mía, a propósito de la poesía reunida del venezolano Ígor Barreto. Y todavía hay más. 

28.4.15

Conversaciones con Graves

Con los pies en el aire se titula este pequeño libro que publica Editorial Confluencias en traducción de José Jesús Fornieles Alférez.
Uno recuerda bien la lectura de Cien poemas de Robert Graves (Londres, 1895-Deià 1985) en la edición de Lumen (1981), traducidos por Claribel Alegría y su marido, Darwin J. Flakoll, vecinos suyos en Deiá, y el impacto que me causó Adiós a todo eso (Edhasa, 1985), su temprana autobiografía donde daba cuenta del trauma producido por su participación como soldado en la Primera Guerra Mundial. En una entrada de julio de 2005 aludo a la antología de sus versos que publicó por entonces Pre-Textos en versión de Antonio Rivero Taravillo que, por cierto, ignoro el porqué, no llegué a comentar aquí. No he leído sus novelas (vi la serie Yo, Claudio en televisión, como casi todos los españoles), pero sí algunos de sus libros mitológicos (uno de ellos, por cierto, un antiguo verano junto a una garganta de Gredos donde Y. y yo estuvimos acampados). El otro día tuve en mis manos la última, imponente edición de La Diosa Blanca, en Alianza, tan distinta de la de ese mismo sello (en dos volúmenes) que uno manejó en tiempos. Al final no cargué con ella.
En este libro, vuelvo al principio, se reúnen distintas conversaciones del poeta de la Musa con distintas personas, así como un diálogo con la actriz italiana Gina Lollobrigida y cuatro breves textos: de Peter Quennell, Virginia Woolf (correspondiente a sus diarios), James Reeves y Jorge Luis Borges, que visitó (junto a María Kodama) en 1981 y 1982 su casa mallorquina, la misma que Robert von Ranke Graves y su entonces compañera Laura Riding construyeron en 1932 y a la que llamaron Ca N’Alluny, es decir, “la casa lejana”.
La edición (que incluye un puñado de bonitas fotografías) y el prólogo son de Frank L. Kersnowski, autor, suponemos, de la cronología que aparece al final del volumen. Éste dice que Graves "fue siempre un feliz pueblerino, que "revisaba su poesía constantemente" y que su vida, "compleja y plena", fue la de "un hombre sencillo, que vivió en una isla remota y que escribió libros que provocaron que mucha gente sintiera la necesidad de conocerlo".
Quennell lo califica de "quijotesco señor". La Woolf, tras tratarlo un poco, escribió con displicencia que "Los sensibles también son necesarios, los medio hechos, los balbuceantes". A La Lollo le confesó que vivía "fuera de la realidad" y en España, "donde la gente no lee nada". "Soy un excéntrico, en cierta manera", añadió, y que escribía "libros en prosa para poder escribir libros de poemas". Siguiendo a la Diosa Blanca, le contó que "La sabiduría viene de la mujer, se refleja en el hombre y él la incorpora a su poesía. Los poetas son hombres dignos de sus musas."
A Juan Bonet le relató una anécdota muy divertida (que haría las delicias de Miguel Bosé): Eliot, de joven, "se sombreaba los ojos de un color verde...". Eso y que "yo soy poeta y le concedo escasa importancia a mi obra en prosa". También algo fundamental: "Lo que me sobra es la retórica, el adorno".
"El arte de la poesía" se titula la parte capital del librito. Una conversación con Peter Buckman y William Fifield (publicada en The Paris Review en el 69). Entre otras perlas, Graves dice que "La tranquilidad no es de uso poético"; que "los poetas no tienen 'público'. Ellos hablan a una sola persona todo el tiempo"; que "los verdaderos poemas siempre están viajando"; que "yo tengo el don de situarme en el pasado y ver lo que está ocurriendo"; que "nunca he trabajado en una biblioteca"; que "no leo por placer"; y, en fin, que "he viajado siempre. Es necesario moverse, porque no se puede estar mucho tiempo en un sitio, ni en el pasado".
Reeves expresa algo que a uno le gustaría suscribir: "Como crítico siempre había sido honrado, bienhumorado, entretenido y convincente". "Poeta y hombre -precisó el autor de Los mitos griegos-: en esencia no hay, no puede haber distinción".
Borges, para terminar, cuenta con absoluta maestría "el argumento de uno de sus poemas". Sólo por eso, me atrevo a decir, merece la pena leer estas amenas conversaciones. 

27.4.15

Feria del Libro de Plasencia 2015

Pasado mañana empieza y nada menos que de la mano de Luis Landero. Le seguirán, en este orden, presentaciones de libros de Ángel Manuel Gómez Espada, Paul Richardson, Valter Hugo Mãe, Pilar Galán, Susana Martín Gijón, Rafael Reig, José Luis Bernal Salgado, José Manuel Díez y Jorge Campos. Hay, claro está, otras actividades previstas en el programa. En la presentación de éste, por cierto, tuvo lugar un emocionante homenaje a la que fuera bibliotecaria municipal Felisa Gallego Osuna, hija de don Gregorio Gallego Cepeda, maestro y bibliotecario. Felisa es una persona muy querida por los lectores placentinos y por algunos novelistas, tan locales como universales, que la han convertido en personaje de sus tramas narrativas. El último en hacerlo ha sido Juan Ramón Santos, que en El tesoro de la isla la transforma en la temida y apreciada Marisa, la que bautizó a Jim como Estepario.

Jeremiadas

EFE
"Mi conclusión personal: no hay cosa más rancia y conservadora que la queja incesante. Y la queja es queja aunque el quejumbroso la embadurne de pomada contestataria. Estoy con Canetti: quien se queja, expresa que merece más y mejores cosas. Y estoy con Camus: di no a lo que te indigne, te irrite, te parezca injusto, pero no olvides decir a continuación sí, esto es, no olvides contribuir con algún elemento positivo. Si no, ¿qué has aportado? ¿Qué se puede aprender de ti, de tu trabajo, de tu quejumbre?" 
Fernando Aramburu, en "No me gustó el discurso de Juan Goytisolo". El Cultural.

26.4.15

La poesía de Arlandis

Sergio Arlandis (Valencia, 1976) es profesor en la Universidad de Pennsylvania, ha publicado algunas monografías sobre poetas españoles contemporáneos como Francisco Brines y Vicente Aleixandre, así como tres libros de poesía: Cuando sólo queda el silencio, Caso perdido y Contexturas. A título de curiosidad, diremos que se trata de uno de los 40 poetas jóvenes seleccionados por cerca de 200 investigadores de 107 universidades (Harvard, Princeton, Columbia, Oxford y Bolonia entre ellas) para la antología de Visor El canon abierto. Nueva poesía en español, coordinada por Remedios Sánchez García en colaboración con Anthony L. Geist.
Desorden, que aparece en Valparaíso Ediciones, un sello que brilla por su esmero, se abre con citas de dos poetas valencianos de muy distinta procedencia, César Simón y Jaime Siles, lo que me da pie a decir que Arlandis pertenece a una tradición singular dentro de nuestras tradiciones. Me refiero a la de la poesía escrita por valencianos (que no en valenciano), una de las corrientes más nutridas y cualificadas de nuestro panorama poético en las últimas décadas. Las dedicatorias a otros paisanos ilustres incide en esa filiación: Carnero, Bellveser... Algo que no obsta para que encontremos epígrafes de Espronceda, JRJ, Rosalía de Castro o Blas de Otero.
Con una prosa (o un poema en prosa, no sé) empieza el libro, la que conforma "Orden".
En "Sentencia de la luz" (no podía faltar en la obra de un mediterráneo), la escritura. Metapoesía o reflexión sobre el propio decir: "Acepta que la vida se rompe por los huecos / de lo escrito entre líneas. / O calla ahora o habla para siempre".
Poemas intensos, como "Melancolía", "Ley de mercado" ("Y ahora qué: tienes árbol, hijo y libro.") o "Alter ego". Y ya que lo menciono, una constante o clave del libro: el espejo, el diálogo con el otro (u otros) que llevamos dentro. Para eso usa el "tú", esa persona tan cernudiana.
En "Manual de instrucciones para Ulises, desde el otro lado", leemos: "Sé nadie entre corderos, sé cortante / silencio en el desorden / de ese no irse del todo nunca. / Sé la noche para el remordimiento."
No falta la ironía. En "B. O. E. (Boletín Oficioso de tu Estado)", por ejemplo.
Y sigue el asedio acerca de la tarea de escribir: "Alguna vez / no me hizo falta la escritura". Y más adelante, en el mismo poema: "Alguna vez / no me hizo falta la lectura". O cuando dice: "Crecer solo por verse a versos". Tampoco deja de preguntarse, otro rasgo moderno, por la identidad: "¿En la memoria duele / aquello que no somos?"
En "Dos puntos", la tercera parte, otro poema en prosa (o una prosa, vete a ver). Y el amor, asunto que centra los poemas que aquí se reúnen. "Te  declaro esta tarde / una guerra sin muerte, boca a boca". Y también aquí se entremezcla la reflexión sobre la poesía con el amor en el poema. Poemas, por cierto, aunque amorosos, no al uso. Brillan en ellos la imaginación, las metáforas. Son, en este sentido, más barrocos, acaso, que los del resto del libro.
En la última parte, "Un español que se marcha" (con cita de Carnero), la prosa de nuevo. Y el viejo tema de tener que irse de un país de despedidas. Aquí cobra especial significado las palabras que encontramos en la contracubierta: "Desorden es un libro de su tiempo en el que el poeta hace un alto en el camino para tratar de congelar la velocidad de los días, el viaje obligado del autor a través de los kilómetros, de los idiomas y de la memoria. Un libro en el que está presente el amor y su calor en la intimidad, a la vez que se guarda en él la distancia de quien se ha visto obligado a dejar su país, a convertirse en otro español que se marcha". 

25.4.15

Premio a las Letras

El Semanario Cultural Avuelapluma ha considerado que uno merecía este año su 'Premio a las Letras'. Todo un detalle que, cómo no, agradezco. Más si tenemos en cuenta que me preceden en el palmarés, yendo hacia atrás: Jesús Carrasco, Isaac Rosa, Javier Negrete, Basilio Sánchez, Gonzalo Hidalgo Bayal, Jesús Sánchez Adalid y la librería cacereña Todolibros. Y sólo menciono a los de las Letras, porque además hay otras categorías.
Este año, el de la octava edición, acompaño a Maysun, Premio Juan Guerrero de Fotografía; al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (Mar Cabra), Premio a la Libertad de Expresión; Making Doc, Premio al Cine; Los Ganglios, Premio de la Música; Jot Down Cultural Magazine, Premio de la Promoción Cultural y Paco Carrillo, Premio a las Artes Escénicas.
Los Premios Avuelapluma "surgieron como reconocimiento a la labor cultural que llevan a cabo instituciones, entidades privadas y personas físicas en la promoción de la cultura en nuestra ciudad, en la región y fuera de ella".
La entrega del premio se celebrará el próximo día 30, jueves, a las 14:15 en los Jardines del Museo Pedrilla, junto al puente de San Francisco, un lugar que me trae muy buenos recuerdos. Nos vemos.


24.4.15

Una carta a Basilio Sánchez

Acaba de aparecer en Pre-Textos La creación del sentido, un libro precioso e inclasificable (de "narración miscelánea y fragmentaria" lo califica la nota editorial) donde Basilio Sánchez reúne prosas diarísticas, reflexivas y de la memoria, tanto inéditas (las más) como publicadas (las que agrupó en El cuenco de la mano, por ejemplo), en las que se entrelaza lo más personal -de ahí su tono autobiográfico- con aquello que tiene que ver con el oficio de poeta -treinta años ya en la tarea y una decena de libros a la espalda-. Como bien dice Sánchez, declarado admirador de Zagajewski, estos fragmentos trazarían un "recorrido, común a la mayoría de los escritores, que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor". Uno, desde luego, se identifica en gran medida con esta profunda pesquisa llevada a cabo con una asombrosa naturalidad por el poeta cacereño. En "Unas palabras previas" explica a la perfección sus intenciones. 
Como se recoge en las "Notas", uno tuvo ocasión de leer este libro cuando sólo era un mecanoscrito. Por eso, en lugar de redactar una reseña, prefiero reproducir aquí la carta que le envié a su autor sobre el original remitido. Tal cual. Su fecha: 27 de marzo de 2014. Hace poco más de un año. 
Me habría gustado poder añadir la que el editor, Manuel Borrás, le envió tras su primera lectura. Tengo la suerte de conocerla y me parece, por su ejemplaridad, digna de elogio. Otro tanto cabría decir, a buen seguro, de la que recibió del tercer lector al que menciona, Miguel Ángel Lama.

Querido amigo, he estado a lo largo de la tarde, entre toses y otras molestias, leyendo tu original de La creación del sentido. Algo me ha aliviado del trancazo que arrastro desde hace días. 
Es un libro precioso, sin duda. En el más hondo sentido. He disfrutado y aprendido sobremanera con sus/tus textos. Los conocidos, que me han parecido nuevos y otros (la relectura es así), y los demás, luminosos, ya decía, y que te retratan de una manera intensa al tiempo que transparente.
Nada me disuena. Habría, en el caso de eliminar algunos textos, una unidad que, sin embargo, no creo necesaria. O que hay, pero de forma distinta. Menos uniforme, sí, pero acaso más rica. Me refiero a lo memorialístico, tal vez lo mejor del conjunto. Es una autobiografía escrita de un modo poético que, contra lo que piensas, es prosa. No me he encontrado con los ramalazos líricos de los poetas metidos a prosistas. No. Al revés, tienes una prosa también preciosa. Y precisa. 
He subrayado, anotado alguna cosa, rodeado otras: nombres, lugares... 
Me han gustado mucho las dos entregas de "Semillas para pájaros". Ves, hay memoria, reflexiones (¿metapoesía?) y, entre otras cosas, algo de ese diario que dices no haber escrito. 
Sensibilidad a raudales y sentimiento. También inteligencia, Basilio. Mucha, la que tienes. Tan natural y antirretórica como todo lo tuyo. 
Has construido un refugio perfecto donde, uno al menos, encuentra casi todo lo que necesita: familia (supongo que tu padre y tu madre ya conocen esos textos), amor (Maribel), autores dilectos (de Lanza del Vasto a Rilke, de Machado a Torga), paisajes... Qué bonito tu texto sobre Figueira. Ay, lo portugués. Un tono. 
Y ya que lo menciono, eso es lo que tiene este libro: un tono, el tuyo, que está en todo lo escrito. Tu voz. Con esa unidad le basta.
¿Erratas? Te anoto una: es Monsanto (allí estuve el pasado domingo) y no Montsanto (pg. 140) y dos posibles enmiendas: creo que sobra el "reciente" que hay antes de citar a DeLillo (pg. 134). Cuando se publique el libro, ya no lo será. O ya no lo es, ¿no? Tampoco me suena muy allá (pag. 140 también) lo de "unos libros en checo de poesía". Quizá "unos libros de poesía checa". No sé. Es por ponerte alguna pega, joder, que me has dejado de aquella manera, ja, ja, lleno de envidia. 
Bien las citas, dosificadas y pertinentes. 
En fin, es suficiente. No creo que con un libro así te cueste trabajo encontrar editor. Por ejemplo, Borrás. 
Espero que mis palabras den respuesta a tus expectativas, cuando depositaste tu confianza en mí al hablarme de este inédito.
Lo que tengo claro es que después de leerlo estoy más cerca aún del amigo que tenía, que tengo, y que por eso has de sentir, como si estuviera ahí, en tu jardín, el fuerte y emocionado abrazo que te mando,
Álvaro

23.4.15

En el Día del Libro

"Muchacha con un libro". A. Deineka
«La escuela, la Universidad sólo tienen sentido en la medida que formen individuos cultos y libres, no meros consumidores o integrantes de masas informes. La escuela, la Universidad, con el uso sensato de los nuevos instrumentos de construcción y trasmisión de la información, han de seguir siendo agentes del pensamiento creativo, reflexivo, crítico, solidario y en permanente deseo de aprender. Bienvenidos los aparatos, los instrumentos que auxilien dicha labor si, sobre todo, enfatizan el valor fundamental del factor humano.
Si para caminar en la vida necesitamos la pausa, la reflexión, el lento asimilar de cada concepto, pongamos en cuarentena todos aquellos instrumentos que apelan exactamente a lo contrario. La instantaneidad, la concurrencia efervescente de llamadas que diluyen nuestra atención, que tornan la contemplación en hiperactividad; que nos hacen ir de un lugar a otro, en un rumbo cada vez más errático, lo que tan poco tiene que ver con el inevitable sereno ritmo de saber. Madurar requiere de un tiempo. Hoy más que nunca, y precisamente como compensación a la “velocidad de los tiempos”, necesitamos apelar al silencio, a la intimidad, a la concentración, a la imprescindible construcción de referencias culturales, y a la capacidad de interpretación e integración del texto, de la obra. La mente no puede ser educada en la dispersión. En el continuo ajetreo. Somos caminantes, no velocistas. De ahí que, una vez más, reclame la práctica reposada de la conversación, del diálogo, de la comunicación, de la lectura.» (...) 
«“La desaparición del lector en profundidad lleva a la regresión de la creación intelectual”, escribe Roberto Casati en Elogio del papel (Ariel). Y añade el escritor y director del CNRS (Centre National de Recherche Scientifique) “la escuela debe, en cierta medida, resistirse a las tecnologías distrayentes, el verdadero cambio es el desarrollo moral e intelectual de los individuos”.»
César Antonio Molina, "La lectura secuestrada". El País.

22.4.15

Wordsworth

La editorial sevillana La Isla de Siltolá publica en la colección Arrecifes el libro Poemas escogidos, de William Wordsworth, con selección y traducción de José Manuel Mora Fandos. Para uno, y estoy seguro de que para muchos lectores de poesía, es siempre un acontecimiento que vuelvan a nuestra lengua, una y otra vez, los versos del poeta inglés, padre del Romanticismo, poeta lakista -como su amigo Coleridge-, paseante y defensor de la vida en el campo, el que dijo que la poesía es "la emoción rememorada en la tranquilidad", uno de los fundadores de la modernidad, digamos, poética; por su reivindicación de lo cotidiano, su defensa de la libertad, el uso de frases conversacionales (que es también un tono), su intención de aportar "un nuevo lenguaje" y algunas razones más, como explica en su sucinto prólogo el traductor, quien, por cierto, aspira a "presentar poemas en castellano", desde el convencimiento, siguiendo a Peter Newmark, de que "toda traducción no es más que una propuesta particular de lectura ―y traducir un modo de leer particular". Creo que lo consigue.
Ha escogido poemas significativos. Así, entre los que prefiero, "Amonestación y réplica", "Vagaba solitario como nube", "Un último pensamiento (El río Duddon)", el extraordinario "Versos escritos a unas pocas millas más arriba de la Abadía de Tintern...", la famosa "Oda" o un par de espléndidos fragmento de su obra magna, El preludio
Ya se dijo: es una buena noticia que Wordsworth (el mismo que escribió "El Niño es el padre del Hombre") regrese con su poesía serena y meditativa que escucha en la naturaleza "la música apacible y triste de lo humano".

Premio 'Torres de Ambroz' al Aula























Esta noche, a las 20:30 y en el Parador, se entrega el Premio "Torres del Ambroz" de la veterana Asociación Cultural Placentina "Pedro de Trejo" a una excelente persona que es, además, uno de los curas más cultos de esta ciudad, su diócesis y los alrededores, Rafael Prieto (tío del poeta José María Jurado, fue quien ofició la boda del narrador Gonzalo Hidalgo Bayal, la del crítico de arte Fernando Castro Flórez y la de quien esto escribe, entre otras) y al Aula Literaria "José Antonio Gabriel y Galán", "por su dilatada y fructífera tarea de divulgación y conocimiento directo de los autores más importantes de la literatura española entre los alumnos de los Centros de Secundaria de Plasencia". Por lo que a uno le toca (en la carta de concesión que adjunto se alude a "fundadores y mantenedores"), gracias. Juanra, Nica, que no decaiga.

21.4.15

Revistero

Sigue la asturiana Anáfora su andadura con paso firme y en su número 4 nos entrega poemas del hamletiano Eloy Sánchez Rosillo ("Ser o no ser"), Enrique Baltanás (del libro que reseñé ayer), Amalia Bautista (que nunca defrauda), Natalia Litvinova y Bagué Quílez (los jóvenes), entre otros. Pablo Núñez rescata tres canciones de Luis Alberto de Cuenca pertenecientes a discos de la Orquesta Mondragón y de Javier Gurruchaga. Rodrigo Olay y Paulino Pandiella realizan un curioso, entretenido ejercicio y traducen del latín tres poemas singulares -de Catulo, Marcial y Ausonio- sobre el tópico del poeta que ofrece su libro a un amigo. Se trata de "A Cornelio", "¿De quién quieres, librito, ser regalo?..." y "Ausonio a su hijo Drepanio". La prosa la ponen poetas como Susana Benet, José Ángel Cilleruelo y Aitor Francos (a vueltas con Perec y su famoso "Je me souviens"). Josep Maria Aguiló da a conocer las páginas de un diario (de Venecia a Soria). Carlos Iglesias entrevista a Javier Cercas y en la sección "Lecturas" se reseñan un puñado de libros interesantes. Que no decaiga. 

Cuadernos Hispanoamericanos, que va unos números por delante que Anáfora, publica en su número 777 un sugerente dossier sobre Rusia y España: recepción, traducción, antología de poemas (con un inédito en español de Brodsky), etc. Me ha gustado mucho el texto de la acreditada traductora (del griego y del ruso) Selma Ancira quien en "De traducción y viajes" nos relata aspectos personales de su oficio relacionados con una confesión: "Casi detrás de cada uno de los libros que componen mi biografía literaria hay un viaje". Apasionante, ya digo. En "Mesa revuelta" se convoca a Teresa de Jesús, Enrique Molina y Góngora, tres muertos muy vivos. Cierran la entrega las correspondientes reseñas. Destacaría la que Eduardo Moga dedica a Joan Vinyoli (a partir de la espléndida versión de Marta Agudo de su libro Tot és ara y res), Álex Chico a La mujer cíclica, de Laia López Manrique, y Julio César Galán, sobre Animal que escribe, el singular libro de González Esteva sobre su paisano José Martí que en su día comentamos aquí

20.4.15

Palabra contra palabra

Enrique Baltanás (Alcalá de Guadaira, 1952), machadiano de pro, novelista, traductor, aforista, docente, ensayista y bloguero, es ante todo poeta. Reunió en la antología Medidas provisionales los poemas más significativos de sus primeros cuatro libros (Ex libris, La tarde en las almenas, Las señales del fuego y Papel de música) y a esa miscelánea le siguieron El argumento inacabado y Trece elegías y ninguna muerte. Presenta ahora, de la mano de Pre-Textos, Las propiedades del aire, Premio Unicaja de Poesía, uno de los más veteranos del panorama. El jurado de la XXIX edición, conviene señalarlo, estuvo compuesto por Felipe Benítez Reyes, Manuel Borrás, Vicente Gallego, Álvaro García y Antonio Garrido Moraga. No se le escapó a este selecto grupo la calidad del libro de Baltanás. Me atrevería a decir, que a ningún lector de poesía le habría pasado desapercibida. Con la obra en la calle, ya no es necesario hacer conjeturas. Le va muy bien al tono de los treinta poemas que contiene ese sobrio y elegante gris que el editor ha elegido para las cubiertas. No porque estemos, en el peor sentido, ante una poesía gris (si acaso, a su modo, griste, por decirlo con Trapiello), sino por lo que tiene de clásica y discreta, en su mejor significado. Todo es aquí claridad y sensatez, que no es lo mismo que normalidad. Lo normal no es, qué más quisiéramos, escribir poemas así. Su poética, en fin, podría basarse en estos versos de "Palabra contra palabra": "Las palabras son sombras / que persiguen la luz."
El poeta, "un hombre desvalido y solo", como escribiera Aldana (al que se cita en la apertura del libro), se enfrenta a su situación y al mundo sin ánimo de queja, sí, pero con la nítida conciencia de que "todas las horas ya han pasado". "Porque duele vivir". Consciente de que "la vida es una lengua extraña / para mí mismo hermética y oscura". Es alguien que acepta su condena porque "huir de esta prisión es imposible". Dos cifras, el año del nacimiento y el de la muerte: "eso es todo". En medio, en ese guión que separa ambas fechas, el amor (al que dedica no pocos poemas: "Porque el amor a veces nos nubla como niebla. / Duele el amor lo mismo que el deseo, / como duele el olvido lo mismo que el recuerdo", leemos en "Historia ambigua"), la tristeza ("La tristeza de nunca": "Esta tristeza mía no es de ahora"), la cátedra ("Es la clase. Y explico a mis alumnos, seriamente,..."), la inquietud por el paso del tiempo ("Reloj de sombra"), el suicidio ("Un suicida" se titula uno de los mejores poemas del conjunto), "el río de todos los veranos" (en el que hay que nadar siempre), el dolor ("No existe la alegría / sino para quien ha vivido o vive en el dolor", dice en un poema escrito a partir de otro de Amalia Bautista), las mujeres (hermoso su "Mujeres de otro mundo"), la derrota (los dos últimos poemas del libro llevan títulos alusivos: "De batallas perdidas" y "La flor de la derrota", un perfecto colofón con rima)...
Me gusta mucho el aire popular de los poemas agrupados en "Cancionerillo encontrado". También "Nada", "Cifras y códigos" o "A la espera". 
"Las verdades, si son, son como puños", escribe Baltanás, y en estas páginas se encuentran por poco que las busques. En otra parte, el citado poema "A la espera",  dice: "Retirado en su estudio un hombre vive, / esperando en silencio, / de soledad rodeado". Allí, entre "vidas, sombras, luces, muertes". 

19.4.15

¿Normalidad?

Miguel Almagro
Lleva uno más de veinte años defendiendo, contra viento y marea, que la teoría de la normalidad es tan simple como de derechas. Por muy de izquierdas que se declaren algunos de sus adalides, cabe añadir. Como la de la utilidad, por cierto, a la que suele ir indisolublemente unida. Viene esto a cuento por el discurso del popular Rajoy a favor de "las cosas de los seres humanos normales". No es la primera vez que saca de paseo esa pobre filosofía de la normalidad que ya lucieron antes sus antecesores en el cargo, gente tan lúcida como él. Somos muchos los que nos preguntamos qué es la normalidad y, en consecuencia, quiénes son en rigor seres normales. No parece que haya unanimidad al respecto, de pensadores a psiquiatras, aunque dudo que los poetas (incluidos los de la experiencia) entren en ningún supuesto. Todo lo contrario de lo que ocurre, según ellos, con los votantes del PP, gente sensata y normal, por encima de cualquier otra consideración. 
Ferlosio, cómo no, ha hablado del asunto y uno de sus pecios lleva ese título: "La normalidad" (página 41 de Campo de retamas). Por cierto, completa su reflexión con una glosa. Como suele decir el sabio de Coria, «fórmulas como “merecido descanso”, “sana alegría” y “honesto esparcimiento” son huellas, el cuajo de la ideología». Y la de "normalidad" y "sentido común" otro tanto, si el autor de Las semanas del jardín me permite la intromisión. "Hay un sustrato moral", no cabe duda.
Una vez escribí en un artículo: "Eso de la normalidad se me antoja un concepto tan frágil como esquivo, por mucho que haya puesto en pie ideologías posibilistas, en lo político, y tendencias autárquicas, en lo poético".
La vida, cree uno, es demasiado compleja como para dejarla en manos de pobres filosofías rancias de andar por casa como ésta. Lo de la normalidad y los seres normales no deja de ser un sencillo tópico aplicado sin demasiados miramientos a una realidad tan líquida, veloz y cambiante que a algunos, ya se ve, les marea. Y más que les va a confundir de aquí a unos meses. Veremos.

17.4.15

Ferlosio: Campo de retamas

No puede uno evitar acordarse de un título parecido (el de otro campo, pero de amapolas blancas), a la hora de leer el que Rafael Sánchez Ferlosio ha elegido para reunir sus preciados pecios. En la faja que pondera su condición de "el más grande escritor vivo en lengua castellana" (¡lo que le habrá molestado el exabrupto!), se recogen, precisamente, unas palabras improvisadas, según me cuenta, de Hidalgo Bayal: "Los pecios de Ferlosio son... ferlosianos. Están escritos como si partiera de cero, del vacío... No sé si alguna vez fueron restos del naufragio, pero ya tienen categoría de género en sí mismo".  
Ya he dicho alguna vez que leer a Ferlosio es un acto de higiene mental como pocos, pues que escasos son los que tienen la capacidad reflexiva de la que goza este hombre para hacernos caer en la cuenta. Al leer a Ferlosio, palabras como ética y dignidad cobran su genuino sentido.
Más allá de las frases hechas, la afición desmedida por el deporte, los discursos políticos y mil asuntos más hay otra vida, la que saca a flote Ferlosio gracias, por ejemplo, a sus pecios, esa especie de aforismos que no lo son. En la línea, dice él, del austriaco Karl Kraus. No cabe duda de que hay lectores y lectores del autor de Alfanhuí. Los más avezados, capaces de internarse por sus ensayos, digamos, mayores (Esas Yndias equivocadas y malditas, El alma y la vergüenza, Non Olet God & Gun. Apuntes de polemología); los que prefieren sus novelas (de El Jarama a El testimonio de Yarfoz); y quienes, en fin, como es mi caso, optamos por los pecios que, con no ser ni simples ni siempre llevaderos (en el sentido lingüístico e intelectual), alimentan el espíritu, ya decía, desde la lucidez y la brevedad, sin que ello signifique que el escritor prescinda en ellos de la hipotaxis, su recurso formal preferido.
En Campo de retamas se reúnen, en la primera parte, los pecios inéditos y los dispersos en prensa; en la segunda, los de La hija de la guerra y la madre de la patria; en la tercera, por fin, los de Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. En una cuarta parte se dan de nuevo a la luz algunas "cartas al director" y el discurso de aceptación del Premio Mariano de Cavia de Periodismo ("Melibea").
Todos están revisados y de la labor de edición -de éste y del resto de obras de Ferlosio que se empiezan a publicar en Random House tras sus primeras ediciones en Destino- se ha ocupado el crítico Ignacio Echevarría, ferlosiano de pro.
Aludía antes a los asuntos de los que se ocupa el autor que, entre otros y además de los señalados, son: la ética; el victimato, que es uno de los neologismos que Ferlosio se ha inventado, como ortegajo cospedalia; España, la españolez, la identidad y el patrotismo; la filosofía; el lenguaje, un tema fundamental en alguien que, amén de escritor, se dedicó a los estudios lingüísticos durante años; la justicia y la tortura (ojalá hubiera comentado lo de la "prisión permanente revisable"); la realidad; la educación y los papás y la escuela (de una vigencia extraordinaria); la religión y la Iglesia; la simpatía, que tanto detesta, como la tolerancia; Cervantes y El Quijote; "el efecto turifel", uno de los pecios más divertidos y ocurrentes; las mencionadas frases hechas, que él relaciona con el meollo de las ideologías; la libertad, la autonomía y el determinismo, etc.
Aunque ha confesado a Javier Rodríguez Marcos en una reciente entrevista publicada en Babelia que la poesía "no me entra", se recogen un puñado de poemas (de entre los muchos que tiene escritos) entre los que destacaría "1811 o Los Canchos de Ramiro", "Solsticio de verano", "Campanas vespertinas" y "Villancico", que repite el verso: "nadie, nunca, nada, no", que bien podría pasar por lema ferlosiano. El mejor, con todo, es el que abre el volumen, de su hija (y de Carmen Martín Gaite), Marta Sánchez Martín, titulado "In memoriam": "No le cerréis las puertas de la ciudad perdida".
El pecio que utiliza en "Como a manera de epílogo" está perfectamente traído. Después de mencionar de forma expresa a su mujer, Demetria Chamorro, y de citar dos relatos de Edgar Allan Poe y el párrafo de uno de ellos que concluye: "En realidad, creo que en lo que se refiere al conocimiento más importante, la verdad es siempre superficial", Ferlosio se autorretrata como el ser retraído y humilde que en esencia es, o eso parece. El agudo, singularísimo escritor al que, según él, nadie se toma "demasiado en serio". Así nos va. 

16.4.15

Fermín Herrero

E. Margareto (ICAL)
Después de dar a conocer aquí la reseña de Fermín Herrero sobre Más allá, Tánger publicada en la revista Turia, se entera uno de que al poeta soriano de Ausejo de la Sierra le acaban de conceder dos premios mayores en su tierra castellana: el de la Crítica de Castilla y León (en su edición número XIII, para que luego digan) por su libro La gratitud y el Premio Castilla y León de las Letras al conjunto de toda su obra. Son premios justos y merecidos. Me alegro. Por él, claro, y por uno, que lleva años defendiendo su poesía. Puede que la racha continúe y FH consiga otros galardones prestigiosos, de esos a los que no te presentas, sino que te conceden. Enhorabuena. 

15.4.15

Tesoros, islas

Con ese título tan sugerente y metaliterario se edita la segunda novela de Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), tras su magna Biblia apócrifa de Aracia, en el sello de la luna libros. "Habría que empezar celebrando que Juan Ramón Santos haya vuelto a las «palabras mayores»", como dijo Gonzalo Hidalgo Bayal al principio de su flamante presentación de la novela. Los azares editoriales (que han propiciado una ayuda precipitada de la Editora Regional, que no del Plan de Fomento de la Lectura, quien publica el libro "en colaboración") han hecho que aparezca muy poco después de su primera incursión lírica con Cicerone, que forma parte de la colección Luna de Poniente de la mencionada casa emeritense.
El propio autor ha relatado que se trata de una novela juvenil para adultos, de una aventura de piratas de secano. Pero el libro, con ser ambas cosas, es mucho más. Con La isla del tesoro al fondo, Santi Alcón o Jim (Jim Hawkins) o Estepario y Juan Plata o el Largo (John Silver) protagonizan una historia que son muchas historias donde lo fundamental acaso sea el paso decisivo que el primero da al convertirse, en el último verano de su infancia, en un verdadero lector. Su vida, desde entonces, será otra. 
Son muchos los guiños literarios -los homenajes- y, sobre todo, la nómina de obras que tienen cabida en esta novela de iniciación. Libros capitales de autores imprescindibles que cambian la existencia de cualquiera. La metamorfosis, El extranjero, El lobo estepario, Moby DickEl desierto de los tártaros, El corazón de las tinieblas, Pedro Páramo, El Aleph, El Gatopardo... "Todo se puede escribir, muchacho", le dice el Largo (que lleva en el brazo un tatuaje con la palabra Yoknapatawpha) a Jim en San Cipriano, donde se halla la biblioteca soñada. "La literatura no tiene límites", añade a continuación. 
A pesar de que está escrita con un estilo menos marcado que en otras ocasiones (Santos pertenece a la estirpe de los escritores benetianos, por decirlo de algún modo, que bien podría ser bayalianos, defensores del "estilo propio" a que hacía alusión en un memorable artículo Fernando Aramburu, otro que tal baila), adaptado tal vez a un público lector más amplio y de distintas edades, no faltan en El tesoro de la isla juegos, humoradas, ironías y mil y un recursos característicos de alguien que ama y conoce su lengua. Tampoco, aunque en menor grado, insisto, los largos párrafos, como en el capítulo 28, próximos en la intención y en el resultado a la famosa hipotaxis ferlosiana. No quería Santos, según propia confesión, que los lectores se asustaran al ver, cuando abrieran el libro, grandes manchas de tinta sin apenas puntos y aparte.
La novela tiene para los lectores placentinos un plus (o varios) pues transcurre en lugares conocidos de una ciudad, Pomares (que viene a ser ésta, cerca de Labriegos y de la desaparecida Aracia, a la que aplica la máxima rusa de que "al contrario que las familias, todas las ciudades de provincia se parecen en su desdicha"), presa de la degradación y el abandono, instalada en los terribles años ochenta del siglo pasado que fue cuando perdió el ferrocarril y el cuartel (lo que en la novela da lugar a una escena muy divertida a causa del duelo entre el alcalde provisional Sarmiento y el teniente coronel Marcial Guerra), por donde campeaban a sus anchas yonquis como el Eddie del relato y se paseaban y pasean (por la Isla, por ejemplo) personajes bien conocidos por los de aquí, como la bibliotecaria Marisa.
De entre los ficticios, digamos, destaca, a pesar de su aparente levedad, el del padre de Santi, dueño del bar Pacífico, la prima Beatriz (cómplice lectora) y Constante (ese tío que tenemos todos, raro hasta el punto de leer poesía), ambos "proscritos familiares" de Labriegos.
Algo digno de ser tenido muy en cuenta es el final (o acaso finales: hay más de una sorpresa), sutil, certero y acertado, bien resuelto, que sobreviene sin que el lector esté avisado, porque lo presuponga. 
Uno, desde su deformación didáctica, intuye que esta novela podría ser una lectura apropiada para los alumnos de los institutos. Puede que de algunas obras mayores de las letras sólo conozcan lo que los apasionados lectores Santi y Plata transmiten de ellas, pero también cabe la posibilidad de que pasen de esas conseguidas pinceladas (que animan, sin duda, a leer) a los libros en sí con lo que habríamos ganado para la causa a algunos adolescentes. Por otro lado, no está nada mal traída la lista, un auténtico botín de libros, tan alejada de la que se suele manejar en nuestros IES, plagada de pésimas novelas dizque "juveniles". Al fin y al cabo estamos ante un libro que no deja de ser una apasionada y apasionante defensa de la lectura y de la literatura, como expresa en la página 210, en unas líneas escritas a propósito de la citada El desierto de los tártaros, donde descubre, entre otras cosas, que "los libros, además de una fantástica forma de entretenerse, eran una poderosa herramienta para acercarse al mundo y a la vida, para contemplarlos y tratar de comprenderlos".
En el epílogo, el narrador explica los motivos que le llevaron a escribir esas páginas. Dos ante todo: "para afianzar la huidiza memoria del verano que cambio el rumbo de mi vida" y "para que mi hija (...) pueda leer un día en ellas cómo vivíamos entonces, quienes fueron sus abuelos, qué fue de la infancia de su padre". Objetivos logrados gracias a una espléndida novela que le quita a uno de encima la constante sospecha contra las dichosas novelas "juveniles" y que le confirma en su condición de adulto con alma de lector, no sé si adolescente.

NOTA: Esta reseña se publicó ayer en mi sección Plasencias de planVe.

14.4.15

Vientos

No hace falta vivir en las inmediaciones del Estrecho para sufrir las iras del levante. Así llevamos meses por aquí. ¡Qué racha! Por algo se han quejado siempre los queridos vecinos portugueses de los aires que llegaban desde España: "De Espanha nem bom vento nem bom casamento"

13.4.15

Vislumbres de la ciudad blanca

Con la emoción en vilo que deja en el ápice del alma, o como queramos llamar al sosiego de contento del espíritu, la palabra verdadera, al poco de terminar la lectura de Más allá, Tánger de Álvaro Valverde me he ido derecho a buscar mi vieja y querida edición de El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell, para ver si encontraba una cita que me rondaba la cabeza. Y sí. Ahí, en el primer tomo, Justine, del que guardo un recuerdo gratísimo, la he encontrado, a simple hojeo, porque por aquel entonces subrayaba los libros e incluso escribía impresiones en ellos, costumbre que afortunadamente perdí hace tiempo: “Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno solo de sus habitantes”.
Creo que a la página de Durrell me ha conducido también, durante la lectura del poemario de Á. Valverde, la propia ciudad del cuarteto, pues sobre el libro, en realidad un largo canto de amor fragmentado, gravita casi desde el principio la sombra benéfica de Constantin Cavafis. Ya el comienzo del segundo poema reza: “Está allí, pero la traes contigo”, verso en el que -al margen del “allí” que remite al más allá del título, del estrecho, de la vida- resuena, asimilado y experimentado, “La ciudad”, texto crucial para la poesía urbana del s.XX: “No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares./La ciudad te seguirá…”. Cito por la no menos lejana y querida traducción de Pedro Bádenas de la Peña, tal vez la que más me ha llegado de entre las numerosas versiones del poeta helenista, cuyo eco se prolonga, de manera circular, hasta los tres versos finales: “Estás seguro/de que salir de Tánger/no es posible”.
Ya en su anterior entrega, Plasencia –y no es momento, pero sería muy interesante hacer un ejercicio comparativo entre la fijación de un lugar “suyo”, próximo, y otro, el tangerino, “compartido”, al que se ha accedido de entrada a partir de recuerdos ajenos- se incluía, en este sentido, un texto liminar harto elocuente, “Ciudad”. Y desde siempre -recordemos, por caso, las prosas Lejos de aquí o la plaquette Lugares del otoño, incluida luego en Desde fuera, libro que tantas concomitancias presenta con el poemario que comentamos, en particular su apartado Sur, de donde toma incluso el título-, por cuanto la poética de Á. Valverde ha tendido a la espacialización: baste señalar su estreno literario, Territorio, germen de buena parte de sus pensares y sentires luego esparcidos a lo largo de su consistente y consolidada obra.
Del tono y clima en los que va a desenvolverse Más allá, Tánger da buena cuenta el poema pórtico, que advierte sobre su sentido temporal, de recuperación evocativa frente al olvido, volcada en el presente de un “locus” sumido en un “sueño de siglos”. “Aquí respiras tiempo”, se concreta más adelante; y antes hay un breve poema manriqueño, que da al mar, que es el morir; y varios más sobre los estragos que provoca el “tempus fugit” y la imposibilidad de regresar a los lugares que reconfortan a la memoria. Pero, a pesar de ello, el libro es un largo intento de rescate, explícito en el verso de obertura: “Ves la ciudad volver”, que funciona como leitmotiv y me ha recordado el “vivir es ver pasar” azoriniano, otro referente sin duda, en cuanto a levedad y precisión lírica, ejecutada de la manera más fina y natural, del quehacer de Á. Valverde.
Y también es indicativo ya el poema inicial de la naturaleza de la forma lírica, de un clasicismo atenuado, como asordinado, ideal para fijar la sencillez buscada: así la dulce segmentación de los endecasílabos o la tendencia al verso corto, decantado hacia un asiento sin adherencias superfluas; si lacónico, esencial. Una decantación que produce un efecto de lo sustantivo logrado, como si las palabras cayeran con todo su significado sobre el verso, el norte que a mi juicio debe perseguir en su expresión todo poeta que se precie como tal. La misma elocuencia podría aplicarse a la varia procedencia de las citas previas, índice de la vastedad de conocimientos y lecturas líricas, y no sólo, claro, literarias en general, del autor, uno de los escritores más doctos y preparados, aunque en su obra predomine la mencionada y difícil mesura y nunca alardee de culturalismos vanos, del panorama poético de los últimos años.
No es de extrañar, en este sentido, que sean medio centenar exacto de poemas, otro signo inequívoco de lo medido y ajustado, de lo afinado y equilibrado que ha conseguido presentarnos Á. Valverde este demorado homenaje a Tánger. Un Tánger real, que se reivindica desde la nostalgia, en los nombres y objetos perdidos en el tráfago de la modernidad, alejado de su mitificación, en cierto sentido falsaria: “Amas esta ciudad. Odias su aura”. Aunque ahí están, rescatados, Paul Bowles asomándose a la ventana del Hotel Continental desde donde oteaba el trasiego del puerto o el novelista raro, casi maldito, Ángel Vázquez. De todas formas, la devastación provocada por el paso del tiempo ha acabado con aquel enclave cosmopolita de la Zona Internacional, con sus calles y edificios.
Más allá de la imagen literaria, el poeta traza su visión de la ciudad a través de su ojo mental, muy pictórico, como a trazos que adquieren un significado de conjunto, pues el libro deviene, como señalé al principio, en un poema de amor, de envío amoroso como prenda de restitución sentimental para ser más exactos, a través de una geografía en cierto modo prestada por una segunda voz, femenina, que vivió allí y que desgrana por los versos su niñez, su patria, ahora desolada, arrumbada en el amplio sentido de la palabra: “Te alejas./Con más resignación que aliento”.
Un temblorcillo conmovedor queda aleteando al terminar cada poema: una tentativa de conocimiento, sin caer en la abstracción ni en hermetismos sin asideros. Las dos voces asumidas confluyen en una meditación serena, apoyada en la palabra clara y desnuda, que rezuma una blancura salobre (“mancha blanca, sábana al sol”), donde vibra esa emoción contenida, con un deje melancólico, aquí tal vez atenuado por la entrega a un hondo “querer saber de ti”, marca de una de las poéticas más cuajadas de la lírica actual.
Fermín Herrero 

Reseña publicada en la revista Turia, número 113-114. Primavera de 2015

12.4.15

La poesía de Alfredo Taján

Alfredo Taján (Rosario, Argentina, 1960), que dirige desde 2005 el Instituto Municipal del Libro de Málaga, es tal vez más conocido como narrador que como poeta, de ahí que nos parezca tan oportuna la publicación en la sevillana editorial Renacimiento de Nueva usuraPoesía esencial 1983-2014. La selección de los poemas y el prólogo corren por cuenta de Luis Alberto de Cuenca, un habitual de la colección Antologías y, además de entregado lector, viejo amigo de Taján, de "cuando éramos todavía más jóvenes que ahora". Califica el empeño como "una apasionante aventura personal, un viaje circular que parte del espíritu de Alfredo y desemboca en su corazón". En el alejandrino "La vida es un crucero hacia ninguna parte", cree que se "resume la cosmovisión" de este poeta mediterráneo. Pertenece a uno de sus mejores poemas, "Cunard", donde también podemos leer: "La vida es un crucero hacia ninguna parte". Tras aludir a la "máscara", una palabra clave para comprender el alcance de esta poesía, y a su condición de "poeta lúdico" y seguidor del "movimiento simbolista", De Cuenca traza, digamos, la genealogía poética de Taján con la precisión del connaisseur -son muchas las afinidades- y termina su prólogo con una afirmación nada gratuita: "la poesía tiene mucho de religión". Sí, en múltiples sentidos.
Tras la lectura de este florilegio, la primera constatación de uno es que conocía menos de lo que creía el mundo, personal como pocos, de Alfredo Taján. Un mundo que aparece ante nosotros, sobre todo, gracias a la voz que lo canta o lo relata. No menos particular, cabe precisar. Puede que otorguemos con cierta alegría el calificativo de "propio" a los mundos de numerosos poetas; un término que el autor de Noche dálmata aquí se gana a pulso; poema a poema, verso a verso.
Estamos ante una poesía lujosa, exquisita incluso. De aire elegantemente decadente. Del lenguaje (que no le hace ascos al soneto). Barroca ante todo, en el más amplio y complejo sentido ("Planearé sobre el Verbo"). Cosmopolita y viajera ( de las ciudades y los mares, las lejanías y los trópicos) y, en especial, muy europea (hermoso el poema dedicado a Praga). De ángeles y héroes. De la Historia, con mayúscula, lo que la emparenta con la de un famoso poeta que De Cuenca no cita: Cavafis. Novísima a su modo, por el culturalismo que recoge, natural en un hombre culto como Taján. Filiación que a uno le recuerda a poetas de esa promoción, hermanos mayores de Taján. De Villena, pongo por caso, y Carnero, el primer Gimferrer, Álvarez... También a poetas de Cántico como García Baena. Nombres cercanos, según creo, bebedores de las mismas fuentes literarias. Estamos, sí, ante una poesía del "reino imaginario de la literatura", sin que por ello la vida esté ausente. Al revés. Vitalismo sobra. Lo digo por los personajes y lugares del arte en general que aquí se dan cita, de Gloria Swanson a Mishima ("el poema es el trabajo sucio del filósofo", pone en boca del japonés).
Mi lista de poemas preferidos es amplia: "La traición de Erasmo" (no se podía empezar mejor), "Rituales", "El tren de Duvrovnik", "Noche dálmata", "Tanatorio", "Trece minutos" (de ritmo impecable), "La más bella catástrofe" (una fe de vida), "Sierra de los Merinos", "La ciudad del limbo", "Balcón de Europa", "El balneario", "Las Canteras"...
Los poemas, por cierto, se agrupan por bloques temáticos y no por orden cronológico, como es habitual. Sólo hay uno inédito, "Nueva usura" (un homenaje a Pound), que abre el volumen, una suerte de poética al tiempo que una demostración de que la moralidad pesa sobremanera sobre esta manera de decir y comprender la existencia. Una poesía muy adecuada en estos tiempos de descreimiento, degradados y me atrevería a decir que sin futuro, donde campan a sus anchas los nuevos (viejos) usureros.
Además, el deseo, los cuerpos, la amistad... Metáforas imaginativas y arriesgadas que van dando forma, por medio de una conseguida atmósfera intemporal, al mundo a que aludimos. En "Naumaquia" leemos: "Habría que ocupar el Paraíso, / no basta con soñarlo".
En "Je suis desolé", otro poema esencial, anotado en el Hotel Atlántico de Cádiz, escribe: "aunque la desolación no sea nuestra única quimera". Más adelante: "Y al final lo de siempre: vacío, muerte, trance, / pura ficción suprema".
"La vida es un misterio / insondable que no repara en violentos / cambios, la mente fría, el corazón enteco: / pasado que se esfuma, presente / futuro recadero de la muerte".
Un puñado de canciones, agrupadas bajo el título de uno de sus libros: Golpe de estado en Mombasa, preludian el poema final, "Entelequia": "Me gustaría defender la entelequia, lo imposible". En ello sigue este "náufrago ilustrado". 

11.4.15

Ullán, crítico de arte

Acaba de aparecer en la colección de Ensayo de Galaxia Gutenberg Los nombres y las manchas/Escritos sobre arte, de José-Miguel Ullán (Villarino de los Aires, 1944 - Madrid, 2009). La edición (cuidada por Esther Ramón y Jordi Doce) es de Manuel Ferro, que ha contado con la colaboración de Marta Agudo.
Nos explica Ferro los distintos avatares que precedieron a la publicación de la obra completa del poeta castellano. De su poesía (de la que quedaron fuera sus primeros libros) y de estas prosas ensayísticas que, tras la muerte de Ullán y de Nicanor Vélez (su primer editor), cambiaron de título. Bajo "Los nombres y las manchas", que es como iba a llamarse este libro, se reproducen las notas que dejó el autor, ya enfermo. Allí podemos leer: "Percibir esta pintura tal cual; sin refracción; sin escritura que no tenga todas las sospechas del mundo sobre su poder deformante". 
La misma pasión y parecida heterodoxia a la que gastó en su poesía, tan particular y distinta, se aprecia en su labor como crítico de arte, donde también apreciamos su preocupación absoluta por el lenguaje.
Se nos recuerda que "escribió profusamente sobre arte en libros, catálogos y artículos, además de colaborar creativamente con distintos artistas". Así, entre otros, Álvarez Bravo, Brinkmann, Broto, José Luis Cuevas, Eduardo Chillida, Vicente Rojo, Buñuel, Sicilia, Valls (padre del primer ministro francés), Zush, Tàpies y Frida Kahlo. Españoles y mexicanos, sobre todo. No falta en el índice la pintura de mi paisano Javier Fernández de Molina, tan vinculado a la poesía a través de la obra de Ángel Campos Pámpano.

10.4.15

Entrevista

Toni Gudiel. 2008
El grupo Diario Joven del IES "Luis de Morales" de Arroyo de la Luz me han hecho una breve entrevista. El suyo es uno de los 106 grupos inscritos en la XII Edición del Concurso Escolar del diario HOY. Agradecido. 

LdP: Un balance

Ha dedicado uno numerosas entradas a la colección de poesía Luna de Poniente, de la emeritense de la luna libros. Para ser exactos, de los 27 volúmenes que la componen, tantos como letras del alfabeto, he reseñado, si no me equivoco, 24. Dejé tres libros en el camino. Uno no me parecía que tuviera suficiente entidad (el de Ramírez Lozano, lo que desmiente que, como él dice, se presente a premios porque no tiene más remedio: aquí tuvo una clara oportunidad perdida), de otro hablé por delegación (di al autor, Daniel Casado, la palabra, convencido de que yo no podría decir nada mejor sobre El creador del espejo) y un tercero, en fin, porque era mío. 
El empeño, que se ha desarrollado entre 2012 (la letra A fue para La mirada desnuda, de Jesús García Calderón) y 2015 (la letra Z corresponde a Hay un rastro, de Elías Moro), ha sido obra de dos escritores, poetas también: Marino González y el citado Elías Moro. Este último relataba cómo se gestó el proyecto, que ha contado con el patrocinio, justo es decirlo, del Ayuntamiento de Almaraz, pueblo natal del editor (motivo por el que, según tengo entendido, se descolgó de la propuesta, debido a razones ideológicas que tienen que ver con la ecología y la energía nuclear, José Manuel Díez, que bien pudo figurar en esta nómina de poetas extremeños o vinculados a Extremadura aún vivos). Ya que lo menciono, en el análisis de esta colección, digamos, canónica no se puede obviar la cuestión de las ausencias. Tampoco la de las presencias, pero eso vendrá luego. Es verdad que faltan nombres si contemplamos críticamente nuestro panorama (una convención, ya se sabe: la extremeña no es sino poesía en español, del inmenso territorio de la Mancha; otra cosa son los autores). ¿Cuáles? Por ejemplo, Pureza Canelo, José Luis García Martín, Manuel Neila, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Basilio Sánchez, Javier Rodríguez Marcos, Elena García de Paredes, Antonio Méndez Rubio, Carlos Medrano, Luciano Feria, Serafín Portillo, Rosa Vicente, Jesús María Gómez y Flores, Santos Domínguez, María José Flores, Juan María Calles y Diego Doncel. Y seguro que me olvido de alguno; si es así, lo siento. Por poetas...
Acerca de las presencias me remito a las señaladas recensiones. Salvo en un caso, ya dije, todas me parecen pertinentes. Me gusta, además, que se hayan incorporado poetas jóvenes, si bien echo ahí de menos a Víctor Martín. Puestos a ponerse exquisitos, no me hubiera disgustado ver en la nómina libros de Andrés Trapiello y de Eduardo Moga, tan distintos, pero ambos vinculados a esta tierra, sobre todo el primero. También se echan en falta un mayor número de mujeres poetas. Me consta que los directores lucharon lo indecible para que hubiera más presencia femenina, pero...
Ya sé que la decisión de figurar no estuvo sólo en manos de los promotores. De los nombrados por no estar, casi todos renunciaron voluntariamente a participar por diferentes motivos. Respetables, qué duda cabe. Uno de ellos, nada baladí, la condición de inédito que se exigía al original aportado.
En lo que a mí respecta, decliné publicar Plasencias con mi editor habitual por sentido de la amistad, es cierto, pero también porque consideré que eso aportaba un granito a arena a la credibilidad de la empresa. Al planteamiento que la justificaba, quiero decir. Ya lo hice en el pasado con la Editora Regional, a instancias de Fernando Pérez, un editor con un gran sentido del catálogo.
No está de más subrayar otra virtud de la colección: la de las cubiertas de Pedro Gato, que ha retratado a todos y cada uno de los poetas y ha proporcionado una deseable unidad al conjunto. Las ediciones, por añadidura, han estado a la altura: limpias, cuidadas y sin molestas erratas.
Conviene recalcar también, en negativo, el alevoso silencio que ha pesado sobre los libros de Luna de Poniente, por parte del diario Hoy, el de máxima difusión en Extremadura (lo que no aparece en él, sí, da la impresión de que no existe). Se ocultaron deliberadamente y se omitió cualquier información sobre sus respectivas presentaciones, que han sido numerosas, por toda la geografía regional y nacional. Tampoco se publicaron reseñas. Sólo un par de obras lograron traspasar esa espinosa valla, por obra y gracia de Pecellín Lancharro, con mando en Trazos
En Plasencia, con motivo del encuentro Centrifugados, donde se podían ver agrupados todos los volúmenes de la colección en el puesto ubicado de la antigua Plaza de Abastos, le sugerí a Marino González que se la ofreciera, ya armada, a instituciones, bibliotecas y centros educativos. No sé si convenientemente embutida en una bonita caja. Más si tenemos en cuenta, por encima del valor literario, que han sido muy pocos los suscriptores. 
Se felicita uno, en fin, por la feliz idea y, lo que es más importante (una ocurrencia la tiene cualquiera), por su materialización. El tiempo establecerá su verdadero alcance. Desde la inmediatez de los acontecimientos, no parece que haya sido una apuesta fallida. Veremos. 

9.4.15

Ritsos: una elegía griega

Yannis Ritsos nació en Monemvasiá en 1909 y murió en Atenas en 1990. No es sólo uno de los poetas griegos contemporáneos más conocidos (junto a Cavafis, Seferis y Elytis), sino uno de los grandes en el ámbito planetario. Entre nosotros, su obra se ha difundido bien y con bastante fortuna. Uno la conoció a partir de las antologías (las dos del mismo año: 1979) de Visor (en versión de Heleni Perdikini) y Plaza & Janés (en versión de Dimitri Papageorgiou). Estos últimos años ha venido publicando obras suyas la editorial Acantilado (todas a cargo de Selma Ancira). Ahora, en la bonita colección La Cruz del Sur de la valenciana Pre-Textos, aparecen reunidos dos poemas extensos de Ritsos, escritos los dos entre 1945 y 1947 en la ciudad de Atenas, en años, como diría Colinas, tan intensos como difíciles, después de la ocupación nazi (y el final de la Segunda Guerra Mundial), en plena guerra civil y antes de ser deportado a distintos campos de concentración, cuando el poeta, además, estaba seriamente enfermo; dos poemas, por cierto, que forman una única, gran elegía del pueblo griego. "Poemas fundacionales de la joven Grecia emancipada" que conforman "un himno a la patria amarga". Me refiero a Romiosyne seguido de La Señora de las Viñas.
Arrastraba uno todavía el tópico de que Ritsos era un poeta social y su poesía, en consecuencia, más épica que lírica. Este libro deslumbrante, que lo es aún más gracias a la espléndida traducción al castellano de Juan José Tejero (director de la colección Romiosyne en la editorial sevillana Point de Lunettes y autor, conviene decirlo, de un delicioso diario de viaje a Grecia, Cuaderno de extravíos, que demuestra sus dotes de narrador, sí, pero también de poeta, así como de otra obra de Ritsos, Epitafio), este libro, decía, viene a demostrar (o a demostrarme) todo lo contrario o, en su caso, que pueden convivir ambos enfoques sin que el resultado sea una mera poesía de compromiso sin verdadera sustancia poética. 
Romiosyne prefiere mantener el editor para lo que se ha venido traduciendo por grecidad o helenidad, significados a los que, según Tejero, trasciende. Lo curioso es que, etimológicamente, el más exacto sería romanidad. Mejor no traducir, para que el extranjerismo mantenga el espíritu original de la palabra, en alusión a todos los griegos que a lo largo de la historia han sido. Puede que acabe imponiéndose con naturalidad en nuestra lengua. Como ocurre, salvando todas las distancias y en otro contexto, con la portuguesa saudade. Son más, por cierto, los términos que se mantiene cercanos a su lengua nativa y que se explican debidamente en el práctico glosario que acompaña a esta ejemplar edición.
No cabe duda de que nos vemos en la obligación  de leer estos auténticos cantos de resistencia a la luz de los recientes acontecimientos y, a partir de ahí, entendemos mejor si cabe el sino de esa patria castigada por la mencionada historia.
En lo que tiene que ver con la poesía, en el más estricto sentido, sorprende la belleza de estos versículos, en especial (al menos para uno) los de Romiosyne. Lo sencillo, es verdad, puede resultar asombroso. ¡Qué comparaciones, qué metáforas, qué imágenes! Su intensidad abigarrada, nunca verbosa, acerca el poema al concepto de sublime. Estamos, sí, ante un cántico inspirado donde la imaginación, en su acepción más honda y compleja, brilla con una fuerza inusitada. Llama poderosamente la atención que algo así fuera escrito en tan penosas circunstancias, tanto políticas como personales, si ambas pueden separarse. Puede, dándole la vuelta al argumento, que ahí precisamente radique su vigor.
Dice Tejero, con razón, que "ha llegado el momento de releer a Yanis Ritsos". O de leerlo, podemos añadir.
Y pensar, se dice uno, que bien pudo no haberse encontrado nunca con estos versos. En esta concreta versión, digo, que es la que elogio. Y habrá tantos casos así, libros que también merecerían ser leídos y nos esperan. Ahí radica el maravilloso poder de la literatura, de la poesía: su feliz condición de inagotable.