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26.2.16

Gaudeamus

Antonio Bravo, extremeño de Santa Cruz de la Sierra (1944), publica su cuarto libro de poemas (ya hablamos aquí de Mitología de cristales negros y de Et in Arcadia ego?) bajo el título de Gaudeamus (Enkuadres) y hemos de reconocer que no podía haberle puesto un rótulo más adecuado. 
Bravo fue hasta su jubilación, conviene recordarlo, profesor de Historia de la lengua inglesa y literatura del inglés antiguo y medio en la Universidad de Oviedo, presidió la Spanish Society for Medieval English Language y ha traducido la épica anglosajona (del Beowulf a los lays), además de dirigir la revista de lengua y literatura medieval SELIM. Por eso, ha viajado por medio mundo de congreso en congreso y de campus en campus. Esa ocupación académica le mantuvo alejado de la publicación de otro tipo de libros que no fueran los de su especialidad, de ahí que haya dado en poeta sólo a una edad en la que cualquiera anda cerrando, si no la ha clausurado ya, su obra. A ese mundo dedica esta nueva entrega que divide en varias partes. Al campus como territorio, a los maestros, a Vetusta y otros "pretéritos imperfectos", a su "atlas" y a la airada actualidad sociopolítica van dirigidos sus poemas que, en general, tienen la impronta del autor de los versos del epígrafe inicial: Borges.
El prólogo, "Poesía y verdad", es de un antiguo compañero de facultad, José Luis García Martín, otro extremeño en Asturias, otro poeta-profesor. Como casi siempre, Martín acierta en el retrato de Bravo y, más allá, en su análisis de la poesía en cuestión y de estos versos en particular. Alude al desprestigio de la condición de poeta, en tanto que creador, entre la clase docente universitaria; a que no estamos ante un poeta tardío, sino enfrente de uno que fue guardando poemas en un cajón; a sus libros anteriores; a las veces que cruzó sus pasos por los pasillos con el "sabio y cordial profesor de inglés"; a su preferencia por la mencionada sección "Atlas" y por los poemas que "cantan a las bibliotecas". JLGM escribe: "La novela de campus tiene una cierta tradición, especialmente en la literatura anglosajona, pero no así la poesía que solo muy esporádicamente ha tratado este género, aunque hoy la mayoría de los poetas de renombre han estudiado, (y muchos son profesores), en las aulas universitarias"
En lo que a este lector respecta, aun coincidiendo en lo fundamental con Martín en la elección de los poemas (sobre todo los ingleses y americanos de la serie "Atlas"), destacaría también el primero (en prosa), Gaudeamus igitur", que sitúa a la perfección la escena, y algunos sobre su tarea -que fue y es también su amor- por la lengua remota de la que es especialista. En poemas como "Las metáforas de una lengua bárbara", "El mar que recité" (este precioso poema empieza: "El mar que recité a los jóvenes / estudiantes, no fue aquel mar azul / del Ulises de Homero o de su Ilíada, / ni aquel de los hexámetros perfectos de Virgilio / o el que Cavafis dibujó en sus versos / con islas de blancuras y de olivos. / Fue aquel mar de olas grises, de montañas / de espuma de las sagas nórdicas, / aquel camino de ballenas, / aquel lago profundo de los géatas / que su rey Beowulf atravesó nadando / entre líquidos monstruos.") y "Es mi segunda lengua". Borges está muy presente, sí, pero también encuentra uno ecos (de ecos) de poetas más recientes, como Luis Alberto de Cuenca, otro filólogo-poeta.
Me han gustado también mucho poemas personales, del todo autobiográficos (tal el libro al completo), como "Escalera de mármol", "Mi despacho", "Mereció la pena?", "La cruzada de un profesor", "Releyendo a Antonio Machado", "Mi elegía" o "Vivo entre dos mares" (como tantos gijoneses, la ciudad donde vive, Bravo pasa largas temporadas en Benidorm).
Tienen mucha gracia sus ajustes de cuentas con el tiempo pasado y con sus años de profesión, pero, sobre todo, contra sus "conmilitones", como él los llama, esos compañeros junto a los que trabajó o con los que tuvo trato. Sus palabras son a veces muy duras. Y me da que muy justas. Menuda tropa.
Es una suerte que este hombre nos haya dado al fin la oportunidad de leer esos versos secretos durante tantas décadas. Seguro que vienen más. Quedamos a la espera. 

8.3.14

Poemas del carbón

Antonio Bravo García es uno de tantos extremeños que tuvo que salir de su tierra natal camino de la emigración. Sus padres se marcharon a Asturias, a Mieres, para trabajar en la minería en la postguerra. A aquel mundo desaparecido, de ayer, remite el título de su libro Mitología de cristales negros (Gijón, 2013), un libro que sorprende por su verdad, algo que, sin ser reconocido como recurso literario, aquí es pieza fundamental y aporta notable valor al empeño. 
Profesor de la Universidad de Oviedo, de Filología Inglesa, se aprecia su gusto por poetas ingleses como Wordsworth o Auden, cuyos tonos casan estupendamente con su manera de decir. 
Alude el propio Bravo a la poesía "social" en una Nota del Autor (donde menciona incluso a Celaya), pero uno cree, sin embargo, que por mucho que la lucha de aquellos hombres y mujeres (bajaran o no a la mina) esté presente en estos versos épicos, lo que prima es la visión crepuscular de aquel mundo oscuro y perdido donde la felicidad brilló a veces. Algo que se percibe sobretodo en la primera parte, "Qué verde era mi valle", la más inspirada del conjunto. 
La infancia, la adolescencia, la juventud... La casa, el colegio, el instituto, los parques... La tristeza, la enfermedad, la muerte... La madre.
Recuerda Bravo "991 A. D.", el cuento de Borges, donde el caudillo exige a un soldado, el poeta del pueblo, que abandone el campo de batalla, salve así su vida y sea el cantor de todo aquello. Como aquél, Bravo se erige en "testigo privilegiado" de lo que sucedió: "Yo soy tu pregonero del tiempo del olvido / en estos foscos días del desahucio."
Con esta cita termina, por cierto, el breve pero muy logrado prólogo de Francisco Trinidad, otro fantasmal habitante de la cuenca del Caudal y testigo también de la penosa vida que allí llevaron numerosas familias.
Al final, eso sí, entre la desolación y las ruinas, gracias al poder reparador de la memoria, vuelve a verdecer (escrito) aquel valle. Algo que hay que agradecer al elegiaco Bravo García.

24.10.13

Clarín, 107

Esta vez se ha retrasado un poco su llegada. O acaso mi impaciencia era mayor. Había leído por aquí y por allá algunas opiniones sobre este número de la revista Clarín y estaba deseando tenerlo en las manos. Por ejemplo, para completar la particular visión de Andrés Trapiello sobre su querido Juan Ramón. Ha sido una estupenda idea publicar en papel sus dos conferencias sobre el poeta de Moguer, las que pronunció en la Fundación March el pasado invierno en torno a su vida y sus versos: "La vida hipocondriaca de Juan Ramón Jiménez" y "Poesía y verdad en Juan Ramón Jiménez". 
Mucho me han gustado también los artículos "El secreto de Baroja. A propósito del estilo literario barojiano", de Francisco Fuster García, y "En la tumba de Borges", de Antonio Bravo ("and ne forhtedon na": "que ellos no temieran"), unas pesquisas con aires de novela policiaca. 
Por mi devoción por lo monacal, he disfrutado con "Desiertos de vida retirada. La soledad sonora en la noche, el cántico y la llama", de Pedro García Martín (siempre me pregunto si este colaborador habitual será hermano del director de la revista).
Con gusto he leído también los diarios mexicanos de mi paisano, el diplomático, traductor y poeta Luis María Marina. Y "Sándor Márai y la nostalgia del mundo de anteayer", de Maurizio Serra (aunque me haya chocado leer que su hijo murió "a causa de un émbolo").
Aunque suelen pesar sobre nosotros las primeras versiones leídas de tal o cual poeta extranjero, no he podido resistirme a los encantos de las nuevas traducciones de Cavafis (¡qué poeta!) realizadas por Juan Manuel Macías. Cinco poemas (entre ellos un impecable "Esperando a los bárbaros") que le dejan a uno con ganas de más. 
Magnífica me ha parecido la entrevista de José Antonio Llera & Louis M. Bourne al veterano Antonio Ferres. "Tengo 89 años. A veces pienso si no sería mejor quedarme dormido definitivamente uno de estos días y dejarle el gato a mi amiga Fuencisla", dice. Y más adelante: "La poesía es la punta de lanza de la literatura. (...) Si un escritor antes no ha hecho poesía yo siempre tengo reservas respecto a su obra". Por cierto, tengo que localizar su Caminando por Las Hurdes.
Tampoco me ha decepcionado el diario de viaje de Benítez Ariza en Tánger; mal que a uno le pese, cada día más de moda. Ni el paseo por Perugia de Bernardo Fáñez (que en principio creí un heterónimo de Martín, pero que existe, es profesor universitario, como él, y "otro enamorado" de esa ciudad italiana), ni la reflexión de Carlos Moreno Guerrero sobre el declive y desafección del periódico El País.
A falta de algunas lecturas, dejo para el final lo que debería haber comentado al principio, aquello que, sobre todo, iba buscando en esta entrega. Me refiero a "Variaciones sobre lo inexplicable", del poeta Francisco Alba, un impresionante texto, por llamarlo de alguna manera, sobre la inesperada y accidental muerte de su todavía joven mujer. Hay que leerlo. Memorable.
No faltan, en fin, y como siempre, un puñado de reseñas (una mía, del último libro de Ripoll).
Redondo, sí, este Clarín

9.9.12

Los restos del naufragio

Este artículo se publicó ayer, Día de esta Comunidad, en el diario HOY, dentro de un suplemento especial 'Extremadura, horizonte 2020', coordinado por Juan Domingo Fernández, subdirector del periódico. Quince fuimos los convocados: José Antonio Monago, JDF, Antonio Sáenz de Miera, Julián Mora Aliseda, Ricardo Hernández Mogollón, Eduardo Naranjo, Jesús Moreno Ramos, Ángel Juanes Peces, Esteban Cortijo, Antonio J. Campesino, José J. Barriga Bravo, Víctor Chamorro, ÁV, Eugenio Fuentes y Juan José Viola. Al parecer, las reflexiones sobre el panorama venidero continuarán. 

De temeraria cabe calificar la idea que han tenido en este periódico de abordar el posible horizonte de Extremadura allá por 2020. Sí, sólo ocho años nos separan de esa cifra redonda, pero en esta penosa encrucijada que vivimos, en medio de estos tiempos inciertos, turbulentos y difíciles en los que todo se tambalea, donde lo mismo te anuncian el fin del mundo que la desaparición de las autonomías, cuando nadie parece saber qué pasa y, menos aún, hacia dónde vamos, la osadía de vislumbrar el futuro de esta sociedad líquida es una operación a todas luces descabellada.
Se atribuía a los poetas la capacidad de adivinar el porvenir. “Esa sencilla anticipación de lo real, lo que en otro tiempo se llamó profecía”, en palabras de Juan Antonio González Iglesias, tuvo su momento álgido con el Romanticismo, ese movimiento que tanto distorsionó la imagen del escritor como ser susceptible de empresas formidables, dignas del genio. Poeta o no, sé que mis limitaciones son las del hombre corriente, las de un ser mortal y normal como cualquiera. Además, por carácter –que, recordó Cernuda, es destino–, siempre he abominado del futuro. “Porque el futuro es nunca, o fue sin darnos cuenta”, escribió uno a los veintipocos. Lo de hacer planes nunca ha sido lo mío, de ahí que esta tarea, aceptada con imprudente premeditación, se me antoje harto complicada. Si uno fuera economista…
A principio de los ochenta, recién estrenados democracia y Estatuto, esto era un erial. Vivíamos en medio de un flagrante atraso secular que la ausencia de bibliotecas y de otras infraestructuras no hacía sino empeorar. A algunos nos pareció necesario dejar a ratos los confortables escritorios y bajar a la calle para contribuir a que esa lamentable situación cambiara. De ese pasado venimos. Y para hablar de futuro la referencia a lo sucedido es insoslayable. Lo mismo que al presente. Por previsibles que nos pongamos. Quiero decir que nada de lo que ocurra en los próximos años dejará de tener relación con lo acontecido en los anteriores. El tiempo es lineal y sucesivo. Por eso conviene recordar que para que ese desolador y paupérrimo panorama cultural cambiara se tomaron medidas y se abordaron proyectos y que eso se hizo conjuntamente entre quienes tenían el poder de decisión, los políticos, y quienes eran capaces de generar propuestas, los creadores: escritores, músicos y artistas.
Es verdad que la dependencia de lo público en Extremadura es proverbial. La propia de un pueblo pobre que ha carecido a lo largo de su historia de casi todo, iniciativas y mecenas privados incluidos. Sin entrar en consideraciones sobre la perversión o bondad de esa circunstancia, la realidad ha sido y sigue siendo ésa, mal que nos pese. A pesar de esa anómala dependencia, soy de los que defienden que ha sido mucho lo que ha germinado de esa relación entre quienes tenían en su mano impulsar políticas culturales y quienes estaban dispuestos a que esta región dejara de ser el yermo que era, algo que conectaba con otras de nuestras tradicionales carencias. Fruto de esa colaboración, ideas que procedían de la sociedad civil, pero que sólo podían ser afrontadas, por su envergadura, desde la administración, vieron al fin la luz. La de que en cada pueblo hubiera una biblioteca, por ejemplo. Pero esa sensibilidad cultural que tuvo durante años el gobierno extremeño, parte sustancial del ideario del leído presidente Ibarra, se quebró al llegar al poder su sucesor, Fernández Vara. La elección de consejeras incompetentes hizo el resto. De ese declive venimos, una decadencia que ha ido acrecentándose con la llegada al gobierno del PP, que no se caracteriza por tener al frente a personas cultas, por muchas lenguas que chapurreen. A pesar del intachable perfil profesional de la actual consejera, la cultura se ha vuelto casi invisible, perjudicada, cómo no, por la famosa crisis económica, excusa perfecta para cualquier recorte, sobre todo en esta indefensa materia que bien poco afecta, por cierto, a los presupuestos. Y todo por esa siniestra concepción, tan de derechas, de la cultura como lujo, algo de lo que se puede prescindir porque en nada afecta a lo que le es consustancial y necesario al ser humano, que puede vivir perfectamente sin ella. De ahí el desinterés, la desidia. Ah, y en caso de haberla, que sea, por supuesto, del espectáculo.
¿Y el futuro? Más racional que imaginativo, más realista que utópico, más melancólico que optimista, a la vista de lo que sucede y pasa, uno sospecha que no pinta bien. No hace falta ser profeta para concluir que quien no siembra… Con proyectos como el de las Aulas Literarias –y su importante impronta educativa–, los Talleres de Relato y Poesía y el ambicioso Plan de Fomento de la Lectura –que puso en marcha, con la colaboración de la Fundación Sánchez-Ruipérez, el primer Observatorio del Libro y la Lectura de España, realizó campañas masivas de libros a un euro e impulsó los clubes de lectura– reducidos a la mínima expresión (cuando no en trance de desaparecer); tras la supresión de las Ayudas a la Edición y las Becas a la Creación, que tanto estimularon a escritores y editores (tan escasos); con una Editora Regional de Extremadura que subsiste a duras penas después de una trayectoria ejemplar acreditada por su magnífico catálogo, ¿qué se puede esperar? Eso por no hablar del MEIAC, la Filmoteca, el Festival de Teatro Clásico de Mérida, la Orquesta de Extremadura (salvados ambos por la campana) o, en fin, la Fundación Academia Europea de Yuste, emblemas de una forma de entender la cultura fundada en la excelencia.
Entre las lamentables desapariciones, los Premios Extremadura a la Creación. Con ellos se fue buena parte de nuestro crédito literario y artístico, de nuestra proyección nacional e internacional y, de paso, el premio de la crítica a las mejores obras del año creadas por autores extremeños.
Hubo un tiempo en que sabíamos que las cosas iban a mejor, que prosperábamos. Hoy sabemos que estamos mal y que, si nadie lo remedia, iremos a peor. Es cierto que resulta imposible torcer la normalización consolidada. Por eso nunca volveremos a ser la región anacrónica que fuimos, ajena a la hora del mundo, y menos en la época de Internet, los blogs, las redes sociales y la globalización. Por dejados que estemos, siempre habrá alguien que escriba un poema, componga una canción o pinte un cuadro. La nuestra es una cultura absuelta, parafraseando a Gonzalo Hidalgo Bayal. Con ayuda pública o sin ella. Ya no podrá ser, como aventuraba Julián Rodríguez, un inmigrante nacido o criado en Extremadura capaz de ofrecer una visión novedosa y distinta de esta tierra. Por el contrario, un emigrante extremeño, ahora que la gente vuelve a marcharse, podrá publicar su primer libro en Alemania o Estados Unidos. Es más, a este paso, en 2020 estará agotada la antigua polémica entre los de dentro y los de fuera: aquí quedaremos (o quedarán) dos o tres mientras el resto permanecerá lejos; en especial los jóvenes, destinatarios naturales de esos planes truncados. La fuga de cerebros (un decir) ya ha empezado. No sé, ya decía, lo que durarán iniciativas, en parte cercenadas, como la de las Aulas Literarias, que proporcionaba a los alumnos de secundaria y bachillerato la posibilidad de acercarse, en más de un sentido, a las obras de los escritores vivos más importantes del país, allí donde nunca llegan los programas de estudio.
Lo peor es que a falta de otras potencialidades, carentes de otros recursos, la imagen de Extremadura, su cualidad de marca, ganó prestigio y fundamento gracias al desarrollo cultural conseguido estos años atrás. Por sus escritores, por sus pintores, por sus músicos. Ya no éramos, ay, “los indios de la nación”.
Como cualquier optimista informado, creo que estemos en 2020 a punto de inaugurar otro periodo tan trascendente como el que vivimos en torno al fin de siglo. O sí. Como diría la polaca Marta E. Cichocka, “el futuro todavía es futuro”. 
Álvaro Valverde




10.3.19

Carta (cervantina e ilustrada) de Oviedo

Un collage de María Jesús Flórez
Por razones que no viene al caso explicar, no empezó bien este viaje. De hecho, pudo quedarse, a punto de empezar, en mero intento. Pero ni unas ni otras razones (las del cuerpo y las del alma) impidieron al fin que sucediera. Es lo que cuento.
Ganas de volver a Asturias no faltaban. Lo de presentar El cuarto del siroco en Oviedo era una excusa perfecta para ver de nuevo paisajes y personas conocidos, menos conocidos y hasta ignorados.
Pensábamos parar a comer, como tantas veces (a los rutinarios nos pasan estas cosas), en el área de servicio de Rioseco de Tapia, pero estaba en obras. Seguimos hasta la de Caldas de Luna. Y así fue; tarde, pero bien. Al bajar el puerto, las montañas ardían por culpa de los pirómanos. En Oviedo hacia un calor impropio. De esas latitudes y de primeros de marzo. Soplaba un impertinente viento del sur que si no llegaba a siroco, se le acercaba bastante. Allí lo temen. Es, digamos, su levante. No fue a propósito, que conste. Por lo de ambientar, digo.
Dejamos los bártulos en el hotel y nos tiramos a la calle para estirar las piernas. Por pura necesidad. Y en esa ciudad preciosa todo está a un paso. Cuando cayó la noche, llamé al verdadero instigador de este viaje: César (Juce) Iglesias. Quedamos a la puerta de la catedral, que habíamos visitado un rato antes, y seguimos paseando. Él habla mucho y todo lo que dice es de interés. Fue periodista. Bueno, lo es, esa profesión imprime carácter. Su mujer, Eugenia, que es otro encanto, se sumó al grupino y acabamos cenando en El Tizón de la calle Caveda. Debidamente orientados por los habituales del local, degustamos ensaladilla rusa, cecina con queso de cabra y una tortilla de patatas sobresaliente. Como somos gente seria y sobria (en más de un sentido), al acabar cesó el festejo y nos despedimos deseándonos mutuamente las buenas noches. 
Gijón era una visita obligatoria y hacia allí nos dirigimos al día siguiente, no sin recorrer antes algunas calles céntricas y realizar, qué remedio, algunas compras. Otro paseo. En coche. Y otro, este ya andando, el que nos dimos, Muro abajo, desde el barrio de La Arena (el de Jordi Doce, el nuestro, el que toma el nombre de los antiguos arenales de la playa de San Lorenzo) hasta Cimadevilla. Delante, un mar muy agitado. La marea estaba alta y las olas saltaban por encima de la barandilla. No, no era ese el mar de todos los veranos, el de la añorada infancia de Leticia y Alberto, que caminaba ahora a nuestro lado. Después, me atreví con unas verdinas, pero no con un cachopo. Qué bien se come en esa tierra. Ya de vuelta, un reparador descanso y a la librería. Cervantes lo es desde 1921. Nos esperaba a la puerta Concha Quirós, hija del fundador, Alfredo Quirós Fernández. Pura energía. Todo un ejemplo. Delegó en César la labor de cicerone y fuimos recorriendo sus cuatro amplias plantas. En la de entrada (que es la primera), está la espléndida sección de poesía. Ni escasa ni arrinconada ni en mal lugar. Según entras, ya digo, a mano derecha. Y al lado, pero separada, la de parapoesía, lo justo para no mezclarse, pero tan cerca como para esperar que algo se le pegue a esta de la otra. En vano, supongo.
Conversación en la penumbra. Foto de Sandra Sánchez
Con puntualidad, eso es el Norte, entramos en faena. Como reconocí, tal vez sea ese el sitio más chic donde he presentado un libro. Se puede apreciar en la imagen. La luz, el fondo, la lámpara, el sofá verde... Ese micrófono de cantante que iba y venía... Me sentí pronto a gusto. Por los anfitriones; por nuestra moderadora, Susana Domínguez Tejedor, responsable del Foro Abierto de la librería; por el presentador del libro; porque uno es de buen conformar, que diría Gonzalo; y, en fin, porque estaba rodeado de caras conocidas. No todas, claro. Me refiero a que había rostros a los que podía poner (a veces con la ayuda de Facebook) nombre. Entre ellos, José Luis García Martín (más de treinta años de relación nos contemplan), José María Castrillón (que baja pronto a Extremadura), Nacho González (que es como lo imaginaba), Ángel Alonso (que reseñó el libro en Anáfora), Cristian David López (tan tímido como suponía), Miguel Floriano (dicharachero y sociable), Marcos Tramón, Aida Masip (hija de Antonio Masip, el que fuera alcalde socialista de Oviedo), Mario Vega (visto y no visto), los dos Fernandos Menéndez (el gijonés y el ovetense, el aforista y el poeta, si cabe el distingo), Melquiades Álvarez (elegante y discreto como su pintura y su poesía), José Carlos Díaz, Pedro Luis Menéndez (a quien no tenía la suerte de conocer), Antonio Bravo (otro extremeño en Asturias y, como Martín, profesor en la Universidad de Oviedo), Sandra Sánchez, Yasmina Álvarez, Carlos Iglesias, Jose García Alonso y Begoña (que ahora viven en Ponferrada, pero que son medioplacentinos)... Una mezcla, en fin, de poetas, narradores, pintores, críticos, profesores... De lectores, en suma, que es lo que importa. 
La sorpresa de la noche nos la dio Pedro Gómez Castelao, el último representante de nuestra querida familia asturiana, el mismo que aparece al lado de Alberto, sonrientes los dos, en una de las estupendas fotografías de María Jesús Flórez en la que García Martín parece estar bendiciendo; urbi et orbi, por supuesto.
Al modo clásico, César Iglesias leyó un texto certero y enjundioso sobre el libro, más pormenorizado y extenso que la reseña que sobre él publicó en La Nueva España, donde no faltó el elogio personal, sin duda inmerecido, más estando uno delante de algunos dedicatarios de la obra que me conocen perfectamente y que podían desmentir in situ esos presuntos valores. Con todo, ya digo, lo sustancial fue su lectura que, viniendo de un lector con criterio, no dejó a nadie indiferente. Tampoco a mí. Mil gracias.
Tomé luego la palabra. Leí un puñado de poemas, y poco más. Las sonrisas brillaron, la gente estuvo atenta y uno se dio por satisfecho.
Con Concha Quirós
El coloquio fue de lo más entretenido. Abrió fuego Martín para dejar claro que la culpa de que uno escriba como escribe, poemas claros y comprensibles y no herméticos y oscuros, pongamos para simplificar, es suya, que para eso me atacó con dureza (crítica) al principio, cuando uno empezaba a pergeñar versos y era partidario de la poética del silencio. De lo que al parecer se alegra. Del cambio, quiero decir, y eso que, a partir de mi tercer libro, mi voz (en caso de tener una propia) no se puede decir que haya cambiado mucho. Lo que precisé es que, a pesar de eso, todavía no ha elogiado -y van diez- un solo libro mío. Con todo, añadí, el crítico que prefiero, de los tres que él representa: el complaciente, el feroz y el silencioso, es este último. No hace falta decir que el tono era de broma y que el león, puedo dar fe, no es tan fiero como pinta. No al menos en las distancias cortas. Eso sí, a polemista no hay quien le gane. Nada le gusta más que discutir. De lo que sea. Si es de poesía, mejor. Por suerte, no se habló de política, aunque aprovechando que Vinyoli pasaba por allí ("Realidades, no humo"), volví a repetir que ningún excluyente independentista va a impedirme seguir leyéndolo.
(De aquel encuentro -y de mí- escribe en Café Arcadia, la entrega dominical de su diario que publica hoy El Comercio. Titula su versión de los hechos "Un triunfador", lo que nunca he sido -ni pretendido ser-, como sabe todo el mundo en el pequeño patio de la poesía patria. ¿El "siroco"? Para no ser parapoesía, lectores no le han faltado. La que cuenta, sí, es su verdad, que no coincide, claro está, con la de uno. O no al dedillo. Lo de Montánchez, esos cálculos, la carrera, esas relaciones... No me reconozco. Por cínico o memorioso que quiera ponerme. Pero gracias.)
Juce sacó a colación el tema de la parapoesía, que deparó también momentos memorables esa intensa noche.
También intervino Ángel Alonso, lusista, que me parece un tipo serio, en el mejor sentido.
Al salir, unos cuantos nos acercamos a un bar para tomar algo. Me dio tiempo a charlar con los dos grupos que se formaron: el de los aedos (gijonés) y el capitaneado por el de Aldeanueva, con Masip, Tramón y Floriano en los flancos. Yolanda fue cómplice gustosa de sus malévolos comentarios.
En la cena posterior (volvimos, sin remedio, a por la tortilla de El Tizón), los tres de casa, Pedro y César. Una excelente ocasión para seguir conversando con el bendito culpable de este reparador viaje. Un viaje que, a la vuelta, fue rápido (sólo paramos a comer en Cuatro Calzadas, otra rutina) y sin sobresaltos. Al subir a Babia, el monte seguía ardiendo. La temperatura era otra. Ah, ni ha llegado la multa de la escapada a Sevilla ni se esperan nuevas sanciones. Espero.

Pedro, Alberto, Miguel, Cristian y Martín. Foto de María José Flórez

19.11.14

Mi pueblo

Ángel González
Hubo un tiempo en que Extremadura estaba llena, supongo que como todas las regiones de España, de poetas aficionados, por llamarlos de alguna manera, que se fijaban sobre todo en su terruño para inspirarse. Aquí, los acérrimos seguidores de José María Gabriel y Galán o de Luis Chamizo, dependiendo de la provincia en la que hubieran nacido, si Cáceres o Badajoz; gente que apenas si aportaban nada a la ya larga tradición de la poesía que, en su caso, no merecía casi nunca el noble adjetivo de popular. 
Aunque pudiera parecerlo, Et in Arcadia ego? (Santa Cruz de la Sierra), de Antonio Bravo García (1944), publicado por Editorial Dos Soles, incluso tratándose de un libro de factura semejante a la descrita, queda muy lejos de aquellos librejos de infausta memoria. De otra, la de verdad, da cuenta en éste el poeta, profesor de varias universidades (en especial, la de Oviedo), buen conocedor de la lengua y la literatura inglesa, su especialidad, que tras Mitología de cristales negros, donde evocaba su niñez y juventud asturianas como hijo de emigrantes extremeños en la cuenca del Caudal, allá por Mieres, regresa a su lugar natal y, claro está, a la primera infancia, a la familia, y, en general, a toda una vida vinculada a su pueblo, del que nunca se ha sentido desarraigado y al que ha vuelto cada poco. Todo lo contrario, por cierto, que su paisano Francisco Trinidad, autor del epílogo (y del prólogo del libro antes mencionado), que reniega, digamos, de sus orígenes. Dos maneras de entender, o de sentir, el inevitable hecho de ser de aquí y de allí, pero no ser, en realidad, de ninguna parte. 
En "Notas sobre una poética", Bravo despliega su amplio bagaje teórico, sus numerosas lecturas (de poesía de todos los tiempos, también los más actuales), y se sitúa en un poesía que, como la ya aludida lírica inglesa, bebe de la meditación, la naturaleza y la naturalidad, si se me permite el fácil juego de palabras. Por eso sus poemas no tienen nada que ver con las antiguallas antes referidas y su lenguaje conversacional sobrevuela la mediocridad, eso que llaman "lo entrañable" y, en suma, el lugar común. 
Dividido en diez partes, Et in Arcadia ego? es un libro tan extenso como intenso que cualquier lector disfrutará con gusto y que los vecinos de Santa Cruz habrían de recoger como si de un tesoro se tratara. Por mucho que no deje de ser la creación íntima y particular de uno de sus hijos más sensible e ilustre.

30.1.18

Trazos del Salón: un balance

El pasado domingo se clausuró en el placentino Centro Cultural Las Claras Trazos del Salón. Una obra abierta, exposición en la que se han podido ver excelente obra nueva (salvo en un par de casos, por fallecimiento) de Albano, Alberto Pina, Andrés Talavero, Emilio Gañán, Hilario Bravo, Javier Fernández de Molina, Jesús Alonso, José Carmona, José Carralero, Julián Gómez, Manuel Mediavilla, Manuel Vilches, Mar Solís, Marta Maldonado, Miguel Galano, Morán Sociedad Artística, Núñez Arias, Ofelia García, Pedro Gamonal, Pedro Proença, Romeral, Santiago Morato, Teruhiro Ando, Tete Alejandre y Vega Ossorio, ganadores que fueron del concurso. 
En su origen, sí, la memoria del Salón de Otoño de Pintura de Plasencia y de su secuela, el Premio Internacional de Artes Plásticas Obra Abierta. Y, claro está, la reivindicación de los fondos del mencionado certamen, en poder de la Fundación Caja de Extremadura, para esta ciudad. Para que no sigan almacenados de cualquier manera y colgados o expuestos en cualquier parte. A su amparo se tendría que crear ese centro de arte contemporáneo que algunos placentinos, con el Ayuntamiento a la cabeza, conciben. Con la debida modestia, pero con sana ambición e ineludible criterio. 
Tras la conferencia inaugural del crítico de arte y presidente de AECA Tomás Paredes (que se centró en la historia del Salón, sin olvidar la rica historia de esta noble, leal y benéfica ciudad), la de clausura, impartida por la catedrática de Historia del Arte de la UEX María del Mar Lozano Bartolozzi (que ilustró a los asistentes con ejemplos e ideas sobre los nuevos contenedores, digamos, del arte, que habrá que tener muy en cuenta), y la mesa redonda que a uno le tocó moderar en torno a lo mismo y en la que tomaron la palabra Antonio (Franco (Director del MEIAC), María Jesús Manzanares (pintora), Antonio Morán (escultor) y Amparo Moroño (gestora cultural), cabe extraer algunas conclusiones.
Para empezar, destacaría el éxito de la convocatoria. La muestra ha sido visitada y a los actos ha acudido mucha gente. Más, confieso, de la que uno pudo, a priori, imaginar. No se me escapa que una buena parte de la culpa se debe al trabajo de Santiago Antón, alma del proyecto, y de Juan Ramón Santos, corresponsable de esta iniciativa. 
De cada una de estas actividades se pueden obtener lecciones razonables. De lo ya realizado y, lo que más importa, de lo mucho que queda por hacer. Como en la imagen creada por Salvador Retana, "confiamos en abrir puertas", en feliz expresión de Antón.
Sin despreciar ninguna aportación (incluidas las de quienes intervinieron al final de la mesa redonda), pues todas han sido sustanciales, acaso lo más práctico surja de lo escuchado a Franco y a Barlozzi. La experiencia es un grado, y a ellos les sobra. Los dos coincidieron en un hecho capital: la conexión portuguesa; pequeños pero importantes centros de arte en Elvas, Évora y Castelo Branco, ciudades de La Raya parecidas a la nuestra.
Al primero le debemos un bonito gesto: el ofrecimiento de fondos del MEIAC para una segunda exposición. Podrían organizarse también actos paralelos. Para demostrar que ni en el arte ni en la literatura las cosas son ya como antes. Que una librería o una biblioteca no puede contentarse con su función primigenia: la de vender libros y prestarlos, respectivamente. Del mismo modo que un museo no debe servir tan sólo para enseñar obras allí guardadas. Ni siquiera en el caso de una muestra temporal.
Eso ha faltado, por ejemplo, en la que nos ocupa: la proyección didáctica, otra de las claves de ésa y de cualquier actividad artística que se precie. No digamos de un centro de arte.
Me gustaría destacar también unas palabras del citado Santiago Antón, leídas en la conferencia de clausura: "Para que ese proyecto sea realizable, nos gustaría que quienes tienen la responsabilidad de gestionar los fondos artísticos del Salón de Otoño de Pintura y de Obra Abierta, no mantuvieran un tono imperturbable e impasible ante el asunto que nos ocupa y atendieran la petición de llegar a un acuerdo con las instituciones públicas. Un acuerdo por el que el Ayuntamiento de Plasencia ya ha manifestado su interés (estas jornadas son una buena muestra) y ha propuesto, nos consta, una mesa para el diálogo. Falta que la otra parte, la propietaria de la colección, la Fundación Bancaria Caja de Extremadura, vinculada a Liberbank, acepte la discusión del proyecto propuesto". Es evidente que si siguen dando la callada por respuesta (un silencio que roza, no me cabe duda, la mala educación), la empresa será aún más complicada. No son imprescindibles esos fondos, pero sí son deseables. Lo otro sería empezar desde la nada.
A esta situación se ha referido hace poco el viajero Alonso de la Torre, de paso por Plasencia, en su artículo "Cajas de Cáceres y Badajoz", porque no todo es visitar restaurantes y comer. Y porque está, como nosotros, contra el "arte de almacén".
Lo importante ahora, piensa uno, es sumar voluntades. La artista María Jesús Manzanares, pongo por caso, ya está en ello. La sociedad civil placentina (y la política), por encima de los platovi (por parafrasear al citado periodista cacereño: los placentinos-de-toda-la-vida), la más cosmopolita y menos alicorta y patriotera, debe hacer suyo este proyecto. Y, en consecuencia, defenderlo. No sólo en teoría, por supuesto. En esta ciudad monumental, edificios hay. Mientras, el alcalde tendrá que obtener alguna respuesta de la silenciosa Fundación que posee esos fondos. Al menos de los paisanos que están sentados allí. No está solo.
Continuará. 

25.3.17

Por la vuelta del Salón de Otoño

"FB-I 2008", Ofelia García
Se alegra uno mucho de que el alcalde Pizarro haya vuelto a hacer suya una iniciativa popular, en este caso la de un grupo de ciudadanos placentinos preocupados por la cultura y el patrimonio. El suyo, cabe añadir, del que forman parte los cuadros y otras obras de arte del extinto Salón de Otoño de la Caja de Ahorros de Plasencia, primero, de Extremadura, después, y ahora Liberbank, a través de la Fundación Bancaria Caja Extremadura. Un Salón que terminó llamándose "Obra Abierta" (por aquello de que se admitían trabajos en arte digital, instalaciones y performance).
Sí, hablamos de «una de las colecciones más importantes de arte contemporáneo de ámbito nacional» que en la actualidad se encuentra dispersa entre el auditorio de Santa Ana, algunos despachos de los servicios centrales de la entidad en Cáceres y Plasencia y el palacio del Mayoralgo.
Es justo decir que quien ha ideado y promovido, con la discreción que le caracteriza, esta iniciativa es Santiago Antón, un forastero que ha hecho por esta ciudad más que muchos platovi (como diría Alonso de la Torre), aunque nunca se le haya reconocido como merece. Fue responsable de la añorada Obra Social y alma durante años (los mejores) de ese premio que contó con jurados excelentes (entre ellos, José Hierro, Carmen Laffón, Rosina Gómez-Baeza, Simón Marchán, José Corredor-Matheos, Juan Manuel Bonet, Mario Antolín, Tomás Paredes, Nacho Criado, Antonio Franco y Enrique Brinkmann) y una dotación a la altura de su ambición artística (la más alta para ese tipo de certamen en España). También, claro está, con premiados dignos de elogio, los autores de los verdaderos protagonistas del invento: las mencionadas obras, cuadros en su inmensa mayoría. Entre ellos, José Manuel Ciria, Antón Patiño, Miguel Galano, los portugueses Pedro Proença y José de Guimaraes, los argentinos Jorge Luduela y Fernando Maza o extremeños como Fernández de Molina, Hilario Bravo, Manuel Vilches, Mon Montoya, Antonio Morán, Pedro Gamonal, Emilio Gañán y Julián López.
Una muestra de estos fondos viajó a Roma, Lisboa, Madrid, Sevilla, Cracovia y Bruselas.
No faltan espacios, en fin, para esa pinacoteca o exposición permanente. El ideal: la Plaza de Abastos. Una sala céntrica, amplia y diáfana.
La Cadena Ser, Hoy y El Periódico Extremadura dan cuenta del asunto. En lo que a uno respecta, no hace falta decir que apoyo esa feliz iniciativa. A ver si hay suerte.

28.6.19

Carta de Garrovillas


Según costumbre, ayer celebramos el último claustro del curso fuera del colegio. Este año, en Garrovillas de Alconétar. En su magnífica Hospedería. Los más fuimos en microbús. Uno, por aquello del dichoso mareo, de copiloto. 
Nadie queda impasible, ni siquiera los que ya le hemos visto muchas veces, al entrar en su Plaza; así, con mayúscula. Una de las más bonitas de España y, por eso, del mundo. De ahí que me atreviera a dedicarle hace tiempo un poema. (Uno de sus versos, por cierto, dio para título de la antología siltoliana.)
Tras la reunión de trabajo en un noble salón del antiguo Palacio de los Condes de Alba de Liste (donde fue reconocida la labor internáutica de mi compañero y amigo Jesús D. Martín), con parada incluida para degustar un sabroso desayuno en el jardín, nos fuimos a la iglesia de Santa María para ver el órgano renacentista que en esa parroquia se conserva. Que se conserva y más, pues su funcionamiento es perfecto gracias al interés de cuatro garrovillanos empeñados en rescatar el rico patrimonio artístico y cultural de esa villa. Hasta este pueblo un tanto perdido, pero que impresiona al visitante por su empaque, llega de vez en cuando el organista italiano Francesco Cera para grabar sus discos
Cuando supe del viaje a Garrovillas, pensé de inmediato en el instrumento (que al parecer va a ser reconocido como Bien de Interés Cultural) y me puse en comunicación con uno de esos paisanos inquietos que mencionaba antes, extremeño de pro, académico de la Extremeña y alma del Club Senior de Extremadura, José Julián Barriga Bravo, un hortelano impertinente (como titula su blog), que, a su vez, me puso en contacto con nuestro amable guía (otro de los cuatro), Pedro Dómine. Todos quedamos impresionados, y eso que no pudimos escucharlo. Gracias.
Antes de sentarnos en un lateral de la plaza porticada, donde la ola de calor no se notaba, para tomar unas cervezas, tuvimos tiempo de entrar en el coqueto Corral de Comedias, otro ejemplo de que en este pueblo las cosas se hacen bien. 
La comida, sofisticada y amena, volvió a resaltar que esa Hospedería merece de sobra parada y fonda. Por si hubiera tiempo, en el zaguán (me da no sé qué decir hall) hay una estantería con libros de la Editora. De los que vi, ajados por el uso (una alegría), recomendaría el emotivo, crudo diario de mi querido José Antonio Gabriel y Galán. 
Ya de nuevo en el jardín, algunos se tomaron unas copas, una compañera se bañó en la piscina y, en cuanto apareció Pedro, otros cogimos el camino de vuelta.
Once cursos lleva uno compartiendo trabajo con gente estupenda, profesionales como la copa de un pino, y los que quedan, si Dios quiere (vieja expresión que le escuche pronunciar a Dómine cuando nos despedimos después de concretar nuestra cita). ¡Así cómo voy a querer jubilarme! 



5.5.15

Vida social (II)

El día 30, no sin antes conseguir el preceptivo permiso especial para ausentarme un par de horas del colegio y que no volvieran a llamarme la atención las autoridades educativas, como cuando lo del Aula "Valverde", asistí a la entrega de los Premios Avuelapluma. En los jardines del Museo Pedrilla, un sitio espléndido que, ya dije aquí, me recordaba buenos momentos del pasado. Allí solían concederse, año sí y año no, los premios "Extremadura a la Creación", a los que evoqué, sin nombrarlos, en el comienzo de mi breve intervención, al recibir la pluma de hierro de Roberto Iglesias. Al fin y al cabo, la iniciativa privada y la sociedad civil han venido a cubrir con estos premios el hueco que dejaron las instituciones (con la excusa de los recortes). Y no sólo por la mera entrega de unos galardones (en esta labor estamos libremente y por amor al arte, como señalé), sino por lo que tienen de simbólico en relación con el aprecio por la literatura y por los libros, un sector al que tan poco han atendido los populares estos últimos años. 
La ceremonia estuvo muy bien organizada y los tiempos muy medidos. El calor, sombrillas mediante, apretaba y uno iba, ay, demasiado abrigado. Fue un honor acompañar a mis compañeros de viaje, a gente tan comprometida, además, como Mar Cabra (del Consorcio de periodistas de investigación, los de la lista Falciani), Ángel Fernández (de Jost Down, a quien declaré mi condición de fan del magazine -en especial de sus entrevistas y fotografías-, afición que comparto con mi hijo Alberto), los productores de Making Doc (que vienen de Afganistán) y Maysun (fotógrafa de guerra). A su lado, y en ese sentido, lo de Los Ganglios (saludé al padre de una de las criaturas de ese grupo divertido y transgresor, el tipógrafo Pepe Melara), Paco Carrillo o uno no deja de ser anecdótico. O distinto.
En mi discursino de agradecimiento, tras dar las gracias a la asociación que edita el semanario cultural Avuelapluma, que es quien los concede, personificada en Conrado Gómez y Sergio Martínez (también en Aida, una becaria eficiente), y dejar caer lo que he dicho más arriba en referencia a los premios desaparecidos, situado debajo de palabras preciosas como "independencia", "rigor" y "pasión", me limité a mencionar el 30 aniversario de la salida de mi primer libro y que, por eso, entendía este premio como una compensación no buscada a esa fidelidad o a ese fervor. Recordé a dos amigos ya premiados, Gonzalo y Basilio, y leí, a favor del tópico que persigue a los poetas, un breve poema titulado "Cáceres". El movimiento se demuestra andando, como repito a mis alumnos. Poco más. Bueno, sí. Dediqué el premio a mi hija Leticia, porque, vine a decir, es el mejor poema que he escrito, con permiso de Alberto. 
Las autoridades, cuyas monsergas se suelen temer, estuvieron a la altura (nadie me presentó a la Consejera de Educación y Cultura, aunque aparezca a su lado en la foto de familia y me transmitiera una discreta enhorabuena al marcharse, y me sorprendió el amable saludo de Jerónima Sayagués, subdelgada del Gobierno, que me comentó que había ejercido de médico en Plasencia). Como a uno estos saraos multitudinarios (¡había mucha gente!) le apabullan y no se mueve del mismo lugar, apenas saludé a nadie. Me acompañaban, además de mi hija (que se fue sin probar bocado porque tenía clase), mi hermano Jesús (nadie le encuentra parecido conmigo) y mi amigo Miguel Ángel Lama. Se acercó, tan afectuoso como siempre, Esteban Cortijo, joven como cualquier jubilado, con el que charlé encantado. Lo mismo que a dos placentinas: la pedagoga y profesora Gloria Rubio y la periodista Isabel Bravo. Luego me llevó a un aparte Rosa Lencero, directora de la Editora Regional y coordinadora del Plan de Fomento de la Lectura, porque quería hablar conmigo. Nos habíamos saludado al llegar (iba con su marido, Antonio Viudas), ya que lo hicimos a la vez, pero fue a última hora cuando me abordó. No voy a contar, por supuesto, lo que hablamos, si bien comprendí, malentendidos mediante, que tenemos diferentes puntos de vista en lo que respecta a la Editora y que abundan los falsos amigos dispuestos a malmeter. Se dará cuenta cuando deje esas tareas y los consiguientes pelotas y aduladores abandonen el barco. Algunos ya hemos pasado por ahí. Ah, lo que le dejé muy claro es que mis opiniones sobre la citada Editora, sostenidas en este blog desde el ejercicio responsable de mi libertad de expresión, han evitado siempre el ataque personal. Soy muy libre de criticar, faltaría más, antes y después, pero no he pretendido nunca ofender a nadie. Y menos a ella, contra la que nada tengo. Que conste.
Con música de fondo (del grupo Berzosax y el dj Coletti), a la sombra de los árboles, degustando ricas tapas y canapés y bebiendo, una pena, cerveza sin alcohol (que se agotó, por cierto), la conversación, con unos y con otros, fue tan grata como sencilla. Un tanto desazonado porque mi hija no hubiera podido disfrutar de la fiesta, regresé a casa. A la soledad, al silencio. Bien está.

P. D. En Avuelapluma han publicado, con motivo de la concesión del premio, una breve entrevista.

21.12.13

Rostros / Retratos

Rostros / retratos. Del pasado al futuro es el título de una exposición comisariada por Fernando Sanmartín y Manuel García Guatas que estará abierta al público en La Aljafería de Zaragoza hasta el 31 de diciembre. 
Se trata de una selección de obras pertenecientes a la colección de las Cortes de Aragón; en concreto, retratos de doce pintores de allí: Natalio Bravo, María Buil, José Luis Cano, Mariángeles Cañada, Clara Carnicer, Pepe Cerdá, Álvaro y Gonzalo Díaz-Palacios, Jorge Gay, Paco Lafarga, Fernando Martín Godoy, Ignacio Mayayo y Lina Vila. De esta última es, precisamente, el que ilustra esta nota, el rostro "tan grave y serio", en palabras de Lara López, del añorado Félix Romeo, compañero de Vila hasta su prematura muerte. 
Uno, por desgracia, no ha podido ver esa muestra, pero sí disfruta del espléndido catálogo que recoge algo más que la excelente reproducción de esos cuadros. A cada uno de ellos le acompaña un breve texto (otro retrato) firmado por un escritor aragonés. Me refiero a David Mayor, Cristina Grande, José-Carlos Mainer, Aloma Rodríguez, Antonio Ansón, Alejandro J. Ratia, Eva Puyó, Javier Lacruz, Ismael Grasa y Lara López, además de los dos comisarios: Sanmartín y G. Guatas. 
"El retrato es un antídoto contra el olvido", comienza el prólogo que firman los dos. Más, añade uno, si esos rostros quedan fijados para siempre entre las páginas de un libro. 

28.6.12

Poetas














En lo referente a los poetas, suelo tener presente dos citas. Una, el de aquella poética de José Luis Jover ("Poema al modo de Anthony Thwaite") incluida en la antología Poesía joven, de Concepción G. Moral y Rosa María Pereda (Cátedra, 1979), donde tras mencionar un centón de nombres, concluía: "Una sola cosa es cierta. Que somos demasiados". La otra, unas palabras de Borges en el prólogo de su libro Los conjurados: "No hay poeta, por mediocre que sea, que no haya escrito el mejor verso de la literatura, pero también los más desdichados". Eso vale para todos. También para Jesús Aparicio González (Brihuega, Guadalajara, 1961), autor de La papelera de Pessoa. La luz sobre el almendro (Libros del Aire), en el que brillan más los aciertos que los errores, los versos felices que los desafortunados. Un poema, por ejemplo el titulado "Suficiente" (que rima con elocuente), basta para justificar lo que digo. No es poco.
Y para los jóvenes poetas extremeños que publican sus mínimas plaquettes en el número cuatro de la colección 3x3, que dirige el incansable Antonio Gómez; una de las mejores de la serie, por cierto. Se trata de Victoria Mera, Isabel María Méndez y Miguel Bravo Vadillo.
Y, en fin, para David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976), afincado en Sevilla, que reedita, correcciones mediante, Miedo de ser escarcha. En la Editora Regional de Extremadura también. 

(Nota: Imagen tomada del blog de Francisco Barbachano.)