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29.1.15

Tres revistas

Ya ha aparecido el número 9 de Piedra y Cielola revista canaria que dirige Paco León. 
Entre las colaboraciones, tres poemas de mi admirado Fermín Herrero; un anticipo del primer libro de la nueva colección de poesía de la revista: Tiempo volar, de Juan Fuentes; un análisis concienzudo de Alejandro Krawietz acerca de la obra de Melchor López, que publica por primera vez una muestra de su obra gráfica; "Teorema" y "Sobre el poema", del portugués Heberto Helder, en traducción de Thiago Medeiros y el mencionado León; un poema de Richard Crashaw, inglés del XVII: «A Hymn to the Name and Honour of the Admirable Saint Teresa» -en versión de Jeannibeth Acosta y el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna- sirve para conmemorar el V Centenario de la santa de Ávila; y un texto del gran Stasiuk, "Adefesios de hormigón", en versión de Maila Lema Quintana y Alejandro Rodríguez-Refojo. El varsoviano empieza: "La verdad es que amo la fealdad de mi país. Es irrepetible. No tiene parangón."

Aunque parezca mentira, Estación Poesía, la revista sevillana dirigida por Antonio Rivero Taravillo, llega al número 3 con un elenco de poetas estupendo. Allí, entre otros conocidos, Manuel Vilas, Juan Pablo Zapater, Isabel Escudero, José Luis Rey, José Julio Cabanillas, Marcos Matacana Martín, Toni Montesinos, Rosario Troncoso, Ana Gorría, Francisco José Cruz, Rafael Adolfo Téllez y Alejandro Duque Amusco.
Se recuerda a "Fito, Rafaelito, Rafael de Cózar" y, además de unas cuantas reseñas, se publica un texto sobre Juan Ramón firmado por Rocío Fernández Berrocal.
De lo leído, que aún no es todo, he disfrutado especialmente con los poemas de Zapater, Escudero, Cabanillas, Matacana, Cruz, Téllez y Duque. He dejado para otro momento los versos de los poetas a los que he leído poco o nada. Siempre cuesta más internarse en poéticas desconocidas o poco frecuentadas. En conjunto, la revista cumple, número a número, con las expectativas más exigentes. O eso me parece.

La cacereña Norbania, dirigida por Jesús María Gómez y Flores nos trae poemas (no siempre inéditos) de Carlos Medrano, Antonio Daganzo, Raquel Lanseros, Eduardo Moga, Monica Gabriel y Galán, Antonio Gómez, Antonio María Flórez y Pérez Walias entre otros. También algunos relatos; de Beatriz Osés, por ejemplo. Paco Rebollo evoca la ya larga vida de otra revista, ésta de cine: Versión Original, de la que fue fundador junto a su hermano Tinti y a su amigo Javier Remedios.
Destaquemos que se trata de un ejemplar solidario, pues el dinero recaudado con su venta irá destinado a FEAFES Cáceres (Asociación de personas y familiares con enfermedad mental)

7.2.17

La poesía de Téllez

Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957, pero de la sevillana Cañada Rosal) ha titulado La soledad del aguacero una antología poética que publica Renacimiento en su colección a rayas, de referencia ineludible, donde se incluyen poemas escritos o publicados entre 1988 y 2016. De sus libros Si no regresas junto al portón oscuro (1988), Quienes rondan la niebla (1993), Los adioses (1996), Muertes y maravillas (2004) y Los cantos de Joseph Uber (2011), así como un puñado de inéditos de un libro futuro. 
Antes de entrar en materia, me gustaría decir que a lo mejor éste es uno de esos poetas andaluces a los que alude uno de sus decanos, Pablo García Baena, en una frase contundente pronunciada hace poco: “Los poetas del sur somos más poetas”. De lo que no dudo es de la pertinencia del prólogo y del epílogo que abren y cierran, respectivamente, este precioso volumen. El primero está firmado por Andrés Trapiello, quien fuera editor suyo en La Veleta, tanto de su poesía reunida: Los pasos lejanos (2008), como de su último libro. Es tan breve como bonito. Allí leemos lo que dijo en su blog a finales de agosto de 2011, en una entrada titulada "Líricos góticos": "En sus poemas hay algo muy verdadero y hondo, arrancado a una tierra pedregosa, polvorienta y despoblada, y por eso busca a los muertos en voz baja. Rafael Adolfo Téllez los conoce bien y no los teme. Les habla en la lengua de los ríos secos, del viento abrasador, de las maderas desvencijadas. A nosotros nos traduce esos idiomas a su manera, que es siempre un poco gótica, de talla policromada que ha perdido ya casi todos sus colores. Su canto no es rural, sino de gesta. Es el poeta de las cosas pobres, de los cafés pueblerinos desoladores, de los pueblos muertos. Y a los muertos vuelve una y otra vez, buscándose entre ellos, y al no hallarse viene a la vida con su secreto, un poco desconcertado, sin comprender por qué no estaba ya con ellos. Eso le vuelve un niño, de la estirpe de Francis Jammes, de Van Gogh, de Gutiérrez Solana, líricos góticos." Sí, como él dice, los de Téllez "se dirían poemas escritos muy lejos de todo". Su vida, añade, "no se parece a ninguna otra tampoco", algo que enlaza con el texto, cálido y cercano también, que clausura el florilegio, de otro amigo y poeta, José Julio Cabanillas. Se refiere a su infancia (entre los pueblos arriba mencionados, en el campo) y a su primera juventud, ya en Sevilla, donde compartieron un modesto piso de estudiantes. "La infancia es misteriosa; la juventud, épica; la madurez, aburrida. La vejez, milenaria como la misma muerte". Alude además a la pobreza cervantina, a la desgracia del poeta que "está siempre empezando de cero", a la lluvia que, como diría san Francisco de Asís, en nuestro poeta es "casta, hermosa y útil", al poeta elegíaco que "se despide y celebra", del espacio "netamente andaluz" de sus poemas y a su relación con la poesía hispanoamericana (Eugenio Montejo le prologó una antología mexicana y la cita que abre el libro, y que me enganchó a él de momento, pertenece a Eliseo Diego), a que la poesía "es expresión y no dicción", al estilo que en Téllez consiste en "despojar las palabras del veneno del estilo", a la memoria, a la ausencia de metáforas: "álgebra superior del estilo" al que estos versos se oponen y, por poner coto, al "simple hecho de nombrar". 
Sí, a veces los prólogos y los epílogos sirven para algo. En este caso, abren al lector puertas y ventanas de la casa del poeta. Por sencilla y humilde que ésta sea, esa es la voluntad del propietario, está bien que se nos muestre por completo, desde la mirada de quienes la han visto (que aquí equivale a leído) desde fuera. ¿Cabe aportar algo más? No mucho. Si acaso que quien entre en ella podrá apreciar con detalle (mediante detalles, mejor) un mundo particular como pocos. Para empezar, porque tiene relación con la vida íntima de su autor: con sus padres y abuelos, con su hermana muerta, con los vecinos de esos pueblos del Sur llenos de luz y de pérdidas, y no sólo humanas. Personas, lugares y situaciones de otro tiempo que, paradójicamente, dan a los poemas un aire intemporal que sobrecoge. No he podido evitar mientras leía (luego, siquiera de manera indirecta, me confirmó esa sospecha Cabanillas) el recuerdo de Rulfo y de Comala. Un mundo, el de Téllez, donde no falta la lluvia. Ni la melancolía que ésta suele reportarnos. Ni Joseph Uber.
Para seguir, porque el lenguaje es también muy suyo, un modo de nombrar adaptado a lo que se designa. Tal vez por eso el lector olvida que está ante una antología y lee como si lo que tuviera delante fuera en realidad un solo libro, el mismo, el que alguien ha ido escribiendo a lo largo de los años, yendo y viniendo de sus obsesiones a sus temores, de su felicidad a su pena, de su infancia a su final. Qué alegría volver a encontrar, sin previo aviso, a un poeta que nos conmueve con su verdad. 

24.2.19

Carta (machadiana) de Sevilla

Salí del colegio, comí con Alberto en casa, llegó Yolanda y emprendimos los tres la marcha. Una novedad. Estos viajes exprés suele hacerlos uno solo. A las tres y media ya estábamos camino de Sevilla, Ruta de la Plata hacia abajo. La tarde, espléndida. Soleada y con una ligera calima que aumentaba cuanto más al sur. La conversación, fluida. En Leo, parada, dos horas y pico después. La entrada en Sevilla fue menos complicada de lo esperado. Antes de las siete ya estábamos en el aparcamiento de Plaza Concordia. Un paseo, Jesús del Gran Poder arriba, y... Espacio Santa Clara. Fue convento, y en parte, al parecer, lo sigue siendo. El patio de los naranjos impresiona, y eso que el azahar sólo apunta. Saludo a Feliciano Robles, paisano de El Torno, en la sala donde va a celebrarse el homenaje a Machado organizado por el Ayuntamiento de la ciudad en el octogésimo aniversario de su muerte en el exilio, este sí. Luego, a mi querido Miguel Veyrat, que, como perfecto y elegante caballero que es, acudió a la cita apoyado en el bastón de su abuelo. Una cita, por cierto, para la que no había comprometido, según costumbre, a nadie. 
Salgo a saludar al resto de compañeros de mesa, Amalia Iglesias (cuántos años sin vernos) y a Rafael Alarcón. También al instigador del acto, Pepe Serrallé (como le llaman todos). Ninguno de ellos sabía que uno estaba ya dentro.
Ante un salón abarrotado, moderó las intervenciones, y nos fue presentando, Ana Isabel Alvea. Alarcón, que es especialista en Manuel Machado aunque lo sabe todo de Antonio, demostró sus dotes profesorales y agotó su tiempo hablando del poeta modernista (a cada cual se nos asignó un tema previamente) y de mucho más y todo con absoluta solvencia. Muy entretenida fue la charla de Iglesias, que empezó y terminó con una anécdota muy graciosa acerca del San Antonio de su palentino pueblo natal. Además, María Zambrano (a la que ella trató y con la que habló no poco del autor de Campos de Castilla) y algunas circunstancias machadianas relacionadas con sus tareas periodísticas. Acostumbrado a cerrar actos (desde chico, por aquello de la uve de Valverde), me ajusté al tiempo previsto ya que, siguiendo las enseñanzas bayalianas, llevaba escrito el texto. Trataba de la actualidad de Machado y se publicará pronto, por lo que evito entrar en detalles. La verdad es que me abrumaba la responsabilidad contraída (como siempre, uno acepta y luego...), pero he disfrutado mucho durante meses leyendo y releyendo la poesía y la prosa del poeta, así como otros libros, artículos y ensayos sobre su magistral obra. No deja de ser casualidad que me llegara la amable invitación de Serrallé unos días después de que el mencionado Gonzalo Hidalgo Bayal dijera en la presentación placentina de El cuarto del siroco: "Lo que sí creo ahora es que ese aligeramiento y esa concreción han llevado a AV a cierto despojamiento, a un bien entendido minimalismo formal, a una eliminación de lo superfluo que tiene menos de juanramoniano (aunque hay algún homenaje al poeta de Moguer) que de machadiano, pues casi estoy por decir que los años le han vuelto machadiano, moralmente machadiano, si es que no lo era en rigor desde el principio. Digamos que al despojamiento estético del primero se antepone el sentido ético del segundo". Y por ahí empezaba, tras reconocer que no soy un especialista en Machado sino un lector suyo, por lo que a uno le agrada y le honra que vean rastros de sus versos en los míos. 
Dos preguntas cerraron la mesa redonda. Una de ellas, todo un clásico, dedicada al porqué de la tumba en Colliure. Los tres estamos de acuerdo en que siga allí, como símbolo de la exiliada España republicana a la que hasta el final fue don Antonio fiel. 
Jordi Doce ya se refiere a sus sigilosas huidas tras este tipo de veladas como "hacer un Valverde" y en esta ocasión casi repetí. No sin antes saludar, un placer, a la traductora, aforista y poeta (inédita por ahora) Victoria León, que por una vez, gracias, se saltó su sana norma lo de no asistir a saraos literarios. Tampoco conocía en persona a José Julio Cabanillas, que me ofreció generosamente y de inmediato las páginas de una nueva revista para publicar mis palabras.
Un gesto con la mano bastó para decir adiós -que me perdonen- a mis contertulios. 
Con Veyrat nos fuimos hasta el aparcamiento. Al lado, en el Bar Rioja, tomamos con él una cervecita. La siguiente parada fue de nuevo en el Leo de Monesterio, al lado de la famosa venta de El Culebrín. Mientras degustábamos un apetitoso montado de lomo entre trajeados viajantes y camioneros con cara de sueño, el Atleti ganaba a la Juventus. De vuelta a casa, la intensa luna de nieve hubiera permitido que el coche fuera con los faros apagados. Sólo un traspié en un día emocionante y completo: el radar fijo del cruce de Los Santos ha logrado, me temo, romper una racha sin multas que ya duraba décadas. Una pena. Veremos.

Nota: Las fotografías del acto son de Pintamonos. Gracias.

El bastón de Machado.  

11.12.14

Paraíso

Recibo el número 10 de la revista Paraíso. Se publica en Jaén bajo los auspicios de la Diputación y la Universidad y la dirige el poeta Juan Carlos Abril. 
Uno destacaría la poética de Hugo Mujica, "Still Life, 1960", en torno a la pintura de Morandi; el texto de Jacobo Cortines sobre la última poesía de Caballero Bonald; los diarios de Juan Malpartida; el precioso artículo del hispanista Gabriele Morelli sobre la visita de Aleixandre a la tumba de Miguel Hernández; los poemas de Alberto Santamaría (que se abren con una cita inquietante del mexicano Xavier Villaurrutia: "La muerte toma siempre la forma / de la alcoba que nos contiene"), Rivero Taravillo o José Julio Cabanillas; el emocionante poema de Vicente Sabido ("Alucinación en Mérida"), al que se recuerda, junto a Juan Luis Panero (no a Leopoldo María), Álvaro Mutis y Manuel Urbano, en la sección "Paraíso perdido"; así como las numerosas reseñas que componen "Los alimentos".
El número está ilustrado por Ginés Liébana.
Aunque da gusto leerla en papel, el lector curioso tiene una versión completa en Internet. Feliz lectura.

6.7.14

Antonio Deltoro

Al mexicano Antonio Deltoro (Ciudad de México, 1947), hijo de padres valencianos exiliados, se lo ha venido encontrando uno por aquí y por allá, en Letras Libres, La Estafeta del Viento o Periódico de Poesía, por ejemplo, pero nunca había tenido en las manos un libro suyo. En España, que a uno le conste, se han publicado dos: Los árboles que poblarán el ártico (Palabra de Honor. Visor, 2012) y, antes, El quieto (Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español, 2008), que es, por cierto, el primero de los suyos que leo. La decisión de hacerlo por fin se debe a una doble casualidad. La primera, al texto de Juan Carlos Abril titulado "La poesía habitable de Antonio Deltoro", que publica Cuadernos Hispanoamericanos en su número de junio (768). La segunda, a los poemas suyos que ha publicado en su último número Sibila (de la que es colaborador habitual), así como al amable ofrecimiento de Patricia Ehrle que propició el posterior envío de la citada obra. Estoy convencido de que es una manera perfecta de adentrarse en una de las poéticas más reconocidas e interesantes de la poesía en español, si bien intentaré hacerme con Los árboles..., por cara que esa colección resulte.
De aquél, poblado de árboles, destacaré el poema que le da nombre, toda una poética, y el extenso texto en prosa, una especie de autobiografía intelectual, que lo cierra: "Zurdo", donde en "fantasmal" tercera persona, y no sin ironía, reflexiona lúcidamente sobre su vida, su escritura y algunos asuntos más.
A debida distancia, uno ha recordado a Cernuda, su "Historial de un libro"
El poeta alcalareño, residente en Carmona, Francisco José Cruz, tan atento a nuestra poesía ultramarina y buen conocedor de la misma, le hizo una extensa entrevista en 1998, publicada en su blog hace un par de años, si bien su primera versión apareció en la revista Palimpsesto (que estos días saca a la calle su número 29, con poemas, entre otros, de Ak'Abal, Valdelomar, Cabanillas y Bogza, amén de una antología del colombiano Restrepo, otro poeta de Sibila) en 1998. También en la revista mexicana Fractal. Para cerrar esta primera noticia (aquí) acerca del autor hispanoamericano, copio un largo fragmento (merece la pena) de esa intensa conversación:
"Creo que en los años que vienen hace falta una poesía de tempo más lento. Una poesía de la lentitud no privilegiaría ningún instante sobre los ojos, no resaltaría el instante juvenil sobre el maduro; exploraría la longevidad, el tiempo chino, canettiano, de la sobrevivencia, en un tiempo en que la sobrevivencia de la especie está en entredicho; situaría el paraíso no al principio o al final de los tiempos, sino aquí, en este tiempo; no sólo en la creación, sino también en lo recreado, en lo saboreado, en lo vivido.
Para ayudarnos a habitar este momento la poesía debe ser ella misma habitable. La época es fragmentaria, rápida, promiscua, ruidosa. La poesía puede aportar a la época continuidad, lentitud, intimidad, silencio. El poema puede ser un lugar: el poema que repetimos en la memoria, que llevamos en nuestro interior, nos ayuda a salvaguardarnos de la vorágine, del tumulto, de la promiscuidad. Esta intimidad lejos de cortar amarras con el mundo y el prójimo nos ayuda a establecer lazos más fraternales y profundos, silenciosos y musicales, menos ruidosos. Así el poema puede ser, recordando un fragmento de Guillén: «Tiempo en profundidad».
El poema crea su soledad, su silencio. Esta zona de silencio, que está representada en la página por el blanco que rodea al poema, es el origen del rostro y de la voz del poeta, es su responsabilidad. Este no debe rendirse a la superstición del resultado, de la prisa, de la cantidad, de lo lleno, que es la superstición de nuestros días: «Inocencia y no ciencia: / para hablar, aprender a callar», decía Octavio Paz. El poeta debe ser fiel a su silencio y a su verbo, tener, como el pescador, la religión de la espera. El poeta, porque es el responsable de su voz, es el guardián del silencio."

5.9.13

Vicente Sabido

Que yo recuerde, nunca había hablado con Blanca. Muchas de Blanca, la mujer del poeta extremeño Vicente Sabido, residente en Granada, donde trabajó como profesor en su universidad. Murió ayer. Al abrir su teléfono móvil, Blanca ha visto un sms que le envié hace unos días. Le preguntaba cómo iba "esa lucha". "Tenemos que ganar. Por la poesía", añadí. La maldita enfermedad no cejaba. Por eso me ha llamado. 
Desde que Yolanda y yo lo conocimos en Badajoz, en el famoso congreso de escritores extremeños del 82, el del "Manifiesto palmario, horrible pero necesario contra el arte rupestre del siglo XX en el oeste de España" (que firmamos los tres), fue nuestro amigo. Desde entonces le llamábamos tío y él a nosotros sobrinos.
Qué conversación más triste, qué pena tan grande. Salvo por el consuelo de que sus versos seguirán aquí. Renacimiento acaba de publicar una antología: Amor (selección y prólogo de José Julio Cabanillas), que, me cuenta Blanca, llegó a tener en las manos. 
Me confesaba que, tras leer esta mañana un artículo dedicado a su memoria en la prensa local, se decía a sí misma que había sido una suerte convivir tantos años con Vicente, por lo bueno que era (doy fe) y por su condición de poeta. Ese Amor es por ella. Sobre todo. 
No nos vimos tanto como ahora hubiera querido, es cierto, pero se pasó unas cuantas veces por la Editora, sobre todo por la sede de Manos Albas, y nunca dejamos de escribirnos. Era de Mérida y en Mérida le dirán mañana una misa a las 20:30 en la Basílica de Santa Eulalia. Adiós, amigo.

16.10.11

Bejarano

La Isla de Siltolá sigue sorprendiéndonos gratamente. En la hermosa colección Arrecifes publica una antología de Francisco Bejarano (Jerez de la Frontera, 1945), bajo el título Un juego peligroso, que reúne poemas de 1977 a 2002, los años en que ven la luz su primer y último libro, respectivamente. En total, Bejarano ha dado cuatro (y una plaquette: Elogio de la piedra) a la imprenta. Transparencia indebida (1977), Recinto murado (1981), Las tardes (1988) y El regreso (2002). Ni poco ni mucho, lo justo. Lo justo, quiero decir, para ser reconocido como el poeta que es; algo que vino a ratificar en su día el prestigioso Premio de la Crítica.
Su nombre está unido a mi perdida juventud, tanto por su poesía, que seguí desde el principio, como por su labor, junto a Felipe Benítez Reyes, al frente de una revista capital de aquellos años: Fin de siglo.
Su descubrimiento, digamos, es obra de José Luis García Martín y su perspicaz antología Las voces y los ecos, como oportunamente recuerda José Julio Cabanillas en el ajustado prólogo a ésta que comentamos.
En lo personal, Recinto murado y su poema inicial, "La ciudad despoblada", marcan un punto de inflexión en mi humilde mundo poético, si se puede decir así. "Hecho estoy a vivir entre las ruinas/ de esta ciudad. No tengo escapatoria" son versos que hice a la fuerza míos, del mismo modo que asumí otros poemas suyos de cavafiano corte semejante: "Ciudad hostil" y "Ciudad" entre ellos. En "Hacia 1980", de Mecánica terrestre, late la lectura de Bejarano y la improbable confusión entre su ciudad, Jerez, y la de uno, Plasencia.
Durante estos últimos años -hace casi una década que no publica poesía-, Bejarano, un retirado en su más noble acepción, es carne de leyenda. He preguntado alguna vez a otros poetas, alguno de ellos paisano, y cuentan historias que rozan lo increíble. Poco importa. Son sus versos, rescatados aquí, los que pueden (y deben) hablarnos. Y eso hacen, a poco que uno escuche su música callada, su exacta proporción, su transparencia debida. Y hablan de la soledad, del silencio, de la tristeza, del desencanto, del miedo, de la nostalgia y la melancolía, que no dejan de ser los temas dilectos de una voz elegíaca. Al fondo, resuenan, otras voces: las de los clásicos españoles del Siglo de Oro, y ya más cerca, las de Aleixandre (sólo en su primer libro), Cernuda, Cavafis, Brines o Gil de Biedma, sin dejar de lado las de Cántico, pues algo de barroco ha de presuponerse en un andaluz de pura cepa. 
"Para curarme de la melancolía/ escribí versos: no sirvieron de nada", confiesa este niño triste que recuerda a su padre, o el campo de Macharnudo, donde se ubica el paraíso perdido de su infancia. Alguien que vive, ya se dijo, retirado; que se duele de su soledad, sí, pero que la reconoce como elección y, por tanto, la asume sin afectación o patetismo.
Quienes no hayan leído a Francisco Bejarano deberían acercarse a este libro. No creo que les decepcione. Quienes lo hicimos en su día, también. Siquiera sea para comprobar que el tiempo no siempre destruye lo que amamos.