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30.5.14

Las lecturas de García Martín

Lecturas buenas y malas. Libros que conviene o no conviene perderse (Renacimiento), de José Luis García Martín, no sé qué número hace en la amplia bibliografía del profesor, crítico, traductor, poeta y puede que inventor del selfie. Uno ya ha perdido la cuenta. Lo que sí ocurre en los últimos tiempos es que sus nuevas entregas no lo son tanto; salvo en poesía, reúnen textos publicados con anterioridad. En lo que a la crítica se refiere, esto no es una novedad pues no son pocos los libros que ha editado con recopilaciones de reseñas y artículos que habían aparecido en revistas, suplementos o periódicos. Las que aparecen aquí las hemos venido leyendo, entre otros lugares, en su blog Crisis de papel, uno de los dos que mantiene.
"Criticar por criticar" abre el volumen, un conjunto de aforismos, a los que tan aficionado es, donde, a modo de prólogo, ajusta las cuentas con poetas, críticos y demás familia lírica. "Nadie verdaderamente inteligente se dedica a la crítica", dice el segundo. La provocación es marca de la casa, sí, como lo es su juego con las paradojas, otro de sus deportes literarios favoritos.
"Gente, historias, literatura" agrupa reseñas sobre autores, digamos, clásicos: de Baroja a Borges, de Juan Ramón a Cernuda, con calas en Carmen Laforet, Elena Garro o Enma Penella. Termina con un interesante acercamiento, sin contemplaciones, a la vida y obra de José María Álvarez, ese misterio cartageneroparisino (no sé si clásico o no).
"La crítica asnal y otras críticas" nos devuelve al fiero polemista sin pelos en la lengua, alguien nada diplomático al que le encanta llevar la contraria, un hombre amado y odiado no sé si a partes iguales. Allí, el feminismo, los premios, las mafias...
"Prosas de diario" alude a ese género, el diarístico, del que es arte y parte, un adelantado a esa moda en España. Allí, H. Barrero, Iñaki Uriarte, J. Á. Valente, Trapiello, Malpartida, Freixas...
En "Charlas de café" regresa el tertuliano (de Oliver, por ejemplo), el inventor de conversaciones apócrifas donde preguntas y respuestas suelen ser obra suya y no de los personajes que se sientan a la mesa. Muchos son los convocados y muy sabrosos los comentarios que sobre ellos (su existencia, sus libros) desgrana.
"El arte de editar", que él conoce bien, sirve para poner en su sitio a editores de obras ajenas, poco importa que se llamen Francisco Rico, Fernando Savater o Jerónimo Pizarro.
"Otras gentes, otras historias" es un viaje a libros y autores más exóticos, digamos. Escritores nórdicos, rusos, alemanes, ingleses... Hamsun, Wilde, Hellen, Norwich (y otra obsesión: Venecia), Malaparte...
En "Algo de poesía" reconocemos al JLGM más genuino: el crítico de libros de poemas. Con su particular canon a cuestas, su personal jerarquía: Miguel D'Ors, Luis Alberto de Cuenca, Jon Juaristi, Eloy Sánchez Rosillo, Andrés Trapiello, Luis García Montero, Felipe Bénitez Reyes... Y con sus fobias líricas (siquiera a ratos): Gamoneda, la última etapa de Gimferrer y de Caballero Bonald...
"José Luis García Martín dice lo que nadie dice e incluso en algún caso lo que nadie debería decir", leemos en la contracubierta de este libro sobre libros, algo que a estas alturas de la fiesta casi nadie desconoce.
"Desde 1975" debería colocar Martín al frente de sus entregas, como si de un restaurante, una tienda o un ultramarino se tratase, pues desde entonces realiza, de forma regular y concienzuda, crítica literaria. No es poco. 

5.1.18

Álvaro Valverde

Este artículo del periodista Juan Domingo Fernández se publicó ayer en el diario HOY, en su columna "Ruta abierta" y también en su blog "Gratis total".

Para mí los Reyes Magos se han adelantado este año con la pequeña antología poética de Álvaro Valverde ilustrada por Esteban Navarro que acaba de publicar la Editora Regional de Extremadura en su colección ‘El Pirata’. Pero no temas, mi buen Yorick, no voy a incurrir en la osadía de ensayar aquí ninguna crítica o reseña profesional entre otras razones porque ya lo ha hecho, –lúcidamente como acostumbra– el crítico y profesor Simón Viola en su blog de literatura ‘Notas al margen’. Tampoco incurro en exageración si digo que Álvaro Valverde es uno de los ‘grandes’ de la poesía española contemporánea, y me acojo, para revalidar mis palabras, al juicio de críticos literarios y antólogos tales como José Luis García Martín, Miguel García Posada, Luis Antonio de Villena, Juan Cano Ballesta, Andrés Soria Olmedo, Ángel Luis Prieto de Paula, José Enrique Martínez…; me acojo a la bibliografía selecta incluida en este pequeño volumen o mejor aún: al imperturbable testimonio de las hemerotecas desde hace treinta años.
De ahí que encuentre digna de aplauso la publicación de este libro para difundir entre los más jóvenes la obra de un escritor que se queda deliberadamente en su tierra y funda un ‘territorio’ poético que trasciende sin embargo lo personal y nos abarca a todos y al mundo. Lo expresa mejor Jordi Doce en su introducción a Álvaro Valverde ‘Un centro fugitivo’, antología poética (1985-2010) publicada por La Isla de Siltolá. Ahí puede leerse: «Desde la publicación de ‘Territorios’ en 1985, esta poesía se ha esforzado por dar testimonio veraz del paso de un hombre por el mundo. Un pasar en el que la conciencia y los sentidos tratan de aprehender cuanto parece apartarse o escapar de su camino, esto es, el tiempo mismo con sus limos y sedimentos». (…) «El prodigio de la poesía radica precisamente en esto. Que solo el poeta dotado de una voz y un mundo personales, distintivos, es capaz de hablar en nuestro nombre, mostrar en qué radica nuestra vida».
Me parece también un acierto que la antología se abra con ese poema que seleccionó José Luis García Martín en ‘La generación de los 80’ y en el que Álvaro Valverde parece fijar los límites de su paraíso cuando habla de: «Hojas de acanto y rosas, / una vieja piedra de molino y enramadas, / el suelo tejido de una hiedra fresca. / (…) Aquí, en el huerto sombrío / donde las horas son luz tamizada / y del limón aroma./ Hagamos de este lugar un territorio». Y cuyo revés, a modo de eco, percibo en el poema ‘Estela’, de ‘Ensayando círculos’, texto en cuyos versos finales resuena la musicalidad de la ‘Canción a las ruinas de Itálica’, de Rodrigo Caro: «Viajero que ahora pasas, / ten presente / que estas ruinas fueron / andamios una vez, / hombres silbando». La vida misma.
Yo no quitaría, claro está, ninguno de los poemas seleccionados pero hubiera incluido el ‘Entonces la muerte’ (4) de su libro ‘Desde fuera’, al que Fernando Aramburu (el autor de ‘Patria’) dedicó en el Suplemento de cultura ‘Territorios’ una página iluminadora que yo creo que vale por toda una galería de reconocimientos y premios.

Nota: La ilustración es obra de Esteban Navarro y pertenece a la antología. 

24.4.10

Otra antología de Villena

Ayer celebré el Día del Libro regalándome un ejemplar de La inteligencia y el hacha (Un panorama de la Generación poética de 2000), la nueva antología poética de Luis Antonio de Villena que ha publicado Visor. Lo compraba en Madrid, poco después de que tuviera lugar el gesto poético de la jornada: la caída de pantalones de mi admirado José Emilio Pacheco. Ni a propósito lo hubiera explicado mejor. La poesía, digo.
El florilegio incluye a 32 poetas; de ellos, sólo 4 mujeres. Por edad (desde 1964 hasta 1988), Juan Antonio González Iglesias, Isabel Pérez Montalbán, Álvaro García, Luis Muñoz, Lorenzo Oliván, Rafael-José Díaz, Pablo García Casado, Andrés Navarro, José Manuel Romero, Carlos Pardo, Joaquín Pérez Azaústre, Juan Antonio Bernier, Andrés Neuman, José Daniel García, Javier Vela, Elena Medel, Balbina Prior, Jorge Gimeno, Lorenzo Plana, José Luis Piquero, Javier Rodríguez Marcos, Mariano Peyrou, José Luis Rey, Juan Carlos Abril, Antonio Lucas, Rafael Espejo, Alberto Santamaría, Josep María Rodríguez, Ana Gorría, Juan Andrés García Román, Fruela Fernández y David Leo García.
En el prólogo -escrito con la particular sintaxis a que Villena nos tiene acostumbrados- afirma tajante que "generaciones existen", dicho lo cual pasa a justificar el porqué de su apuesta: la "de 2000" lo es y sus miembros -sobre todo los más mayores- no son meros epígonos de la anterior la "del 80". Así, dos de ellos, Luis Muñoz y Álvaro García, adscritos a la nombrada por García Martín, pasan, según él, "de segundones" a "jefes de fila". Concluye que "existe una poesía nueva" y que "predominan ahora mismo (...) los que quieren que el poema sea -más o menos hermético- mejor que el resultado de la emoción, el de la inteligencia".
Habría que hacer, dice en la línea final de su introducción, una "posible y deseable antología autonomista" (más que nada para recoger lo escrito en comunidades con lengua propia). Digo esto porque me he tomado la molestia de repasar la procedencia geográfica de los elegidos: 15 andaluces (de los cuales nada menos que 9 son de Córdoba), 4 madrileños, 3 catalanes, 2 asturianos, 2 cántabros, 2 argentinos (residentes, según creo, en Granada -un andaluz más- y Madrid), 1 valenciano, 1 castellano (y leonés), 1 canario y 1 extremeño (seguimos en los porcentajes habituales).
No voy a entrar en lo referente a la selección. No soy quién. El gusto del antólogo marca la pauta, y punto.  Me alegro por ciertas presencias y echo de menos otras. Nada nuevo en este tipo de inventos. Es verdad que, para mi sorpresa, he leído a más poetas jóvenes de los que creía. Son pocos los nombres que ni siquiera me sonaban, aunque alguno había. Diré, en todo caso, que más que la avalancha de poetas andaluces (estará contento aquel compañero de jurado que en plena votación, y ante un libro bastante "nórdico", lanzó aquello de que a él sólo le gustaba "la poesía andaluza"), me extraña la escasez de poetisas (dicho con todo respeto). Más allá del presunto fenómeno lírico-femenino que los medios airean cada poco, en estos últimos años se han dado a conocer obras fundamentales escritas por mujeres. Por llevar el agua a mi molino (autonómico), bastaría citar a Ada Salas (Cáceres, 1965). Villena alude a ello en el prólogo, en un "paréntesis" donde explica el paso del todo a la nada en casos concretos como los de Blanca Andreu (que ahora resucita, por cierto, con Los archivos griegos), Almudena Guzmán, Carmen Jodra Davó y Elena Medel (que, al parecer, no llegó a sucumbir tras publicación de su segundo libro, como las otras tres).
Ahora sólo queda disfrutar de los poemas. Releer los ya conocidos y degustar los nuevos. Porque son inéditos (que no faltan) o por simple omisión. Para esto sirven las antologías.

18.5.11

Días de García Martín

Ya nunca nadie podrá decir aquello de que la literatura española carece de libros de memorias y de diarios, porque esa literatura del "yo" ha abundado en los últimos años, no digamos desde la aparición de los blogs. De los que han nacido con voluntad literaria, quiero decir. De "ególatras grafómanos" como dice el protagonista de esta entrada.
Dos décadas han pasado, recuerda José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950) en Para entregar en mano (colección Levante de La Isla de Siltolá), desde que publicó sus Días de 1989, primer volumen de sus diarios. Luego han venido muchos más. La mayor parte los ha ido leyendo uno, aunque de aquél no salí bien parado. Uno, preciso, y algunos más, sobre todo poetas. No en vano su autor fue durante varios lustros crítico de referencia, amén de antólogo; apreciado o temido, según tendencias. No creo que haya dejado de ser lo primero (de lo segundo se retiró hace tiempo), pero al no ejercer la crítica, como él dice, en medios de primera línea, cualquiera puede acabar como el olvidado Florencio Martínez Ruíz.
De los diarios de JLGM se podría decir que configuran un mismo libro, por seguir la terminología de su amigo Andrés Trapiello. Sin embargo, como los poetas que más le gustan, con ser siempre iguales, suenan siempre de forma distinta.
Estos se ocupan de dos años: 2008 y 2009.
Nadie más rutinario que él: "El orden es la mayor aventura". Sus jornadas están hechas de madrugar, dar sus clases de literatura en la Universidad de Oviedo (si es domingo, toca el "peripatético rito bibliófilo"), comer en cualquier restaurante de menú, pasear, leer y escribir (más en cafés que en casa: "como a todos los solitarios, me gusta la gente"), asistir a tertulias, ir al cine, escuchar óperas, contestar a cartas y e-mails, ver la tele después de cenar y no trasnochar nunca. No sé si sigue viajando cada sábado a Avilés, según costumbre, ahora que su madre ya no está.
Con todo, su gusto por viajar (por volver, ante todo), rompe esa aparente monotonía y, entonces, nos habla de Venecia (a la que dedicó un precioso libro), Lisboa, Nueva York, Nápoles o Buenos Aires que, junto a Coimbra, Perugia y Aldeanueva del Camino, son sus lugares del alma. Sí, aunque confiesa que odia el campo (que, como casi todos, identifica con lo rural y sus miserias espirituales), su pueblo natal está muy presente, cada vez más, en su vida. Algo muy lógico. Quizá por eso, entre líneas, envidia la vida retirada del poeta Antonio Moreno.
Martín colecciona también jardines y casas. Le encantan las enumeraciones caóticas, tan borgeanas. O trufar las páginas de aforismos, sentencias, haikus (excelentes), epigramas, listas (sabe, por ejemplo, los enamoramientos que ha tenido o el número de personas que le estiman), encuestas y todo tipo de ocurrencias que unas veces entretienen y casi siempre le hacen a uno pensar. Suelen ser pessoanos desdoblamientos, propios de alguien que al que le gustan los heterónimos (del fotógrafo Juan Ochoa, uno de ellos, es la imagen de la cubierta).
Paradójico por naturaleza, puede ser tierno (sus amigos, reunidos en Ronda, averiguaron hace años, lo cuenta Trapiello, que tiene corazón), al recordar a nuestro querido Ángel Campos, o sentimental (como cuando llora con la biografía de Hölderlin escrita por Antonio Pau), pero también cínico (o eso me parece a ratos), vanidoso ("Algo sé de vanidades. Al fin y al cabo llevo toda una vida lidiando con poetas"), acaso un poco misógino (del amor y todas sus variantes, matrimonio inclusive, no faltan incisivas referencias) y, cómo no, malévolo. Con Javier Marías, Gamoneda, Gimferrer, S. Rosillo, Caballero Bonald o Muñoz Rojas; "la menor cantidad de poeta posible", según él. Con todo, se agradece que las maldades no abunden tanto como solían, por más que le cuadre aquello de genio y figura. "El literatura, como en lo demás, si no molestas es que no existes", ha dicho. O "Si nadie te detesta, no eres nadie".
En las páginas de este libro, como en todos los suyos, lo real y lo inventado o imaginado se sucede sin solución de continuidad. "Miento siempre, pero nunca engaño" es una frase suya que explica bien lo que queremos decir. O esta otra: "Todos nos creamos un personaje".
Lo que más me gusta de este libro (de sus dietarios en general) es su capacidad de encantamiento, esa perplejidad ante lo nimio y lo sencillo (un atardecer, el canto de un pájaro, la lectura de un poema, el encuentro con un libro antiguo, la conversación con un amigo, la visión de una ciudad amurallada o el jardín cerrado de una vieja casona), esa naturalidad ante la común existencia que sólo un niño o un "perpetuo adolescente", como él, puede comprender en su verdadera dimensión y maravilla y, en consecuencia, transmitir.
"Yo soy feliz a menudo", escribe, y eso se nota. Por eso, ya digo, es tan gratificante pasear por el mundo al lado de alguien al que "cualquier nimiedad me fascina", a pesar de que se considere "un hombre de aburridas obsesiones" que a ratos se ve "enredado en melancolías".
Porque le conozco desde hace muchos años, porque fue decisivo en mis primeros tanteos literarios, porque soy rutinario, estable, madrugador y nada noctámbulo como él, porque también he estado con paisanos emigrantes en Suiza, porque compartimos muchos poetas y no pocas lecturas, porque sé que no está pasando por sus días mejores (por la reciente muerte de su madre), porque, en fin, aprecia también uno el humilde milagro de la vida común y sencilla, he leído con tanto interés y he sido tan feliz leyendo Para entregar en mano. Libros así, como decía al principio, confirman que nuestra literatura memorialística goza de excelente salud. Eso y que José Luis García Martín es humano.

19.8.12

La victoria en la derrota

Así se titula el primer libro de José Luis Sevillano (Oviedo, 1979), publicado por la Universidad de Oviedo, ya que se alzó con el I Premio de Poesía de la institución.
Un verso de Pessoa, "hagamos de nuestro fracaso una victoria", puede explicar las intenciones de la obra. Un poema de Coleridge, "Una defensa de la propia vida", también en el umbral, señala el camino.
Sevillano levanta su edificio de sonido y sentido en torno a la experiencia y elige para ello una poesía de "línea clara", que diría uno de sus referentes. 
Elegante, clásica, sobria y muy british son adjetivos aplicables a una manera de decir que opta por facilitar la tarea al lector. Hasta donde eso es posible en poesía sin caer en vulgares simplezas.
"He soñado de nuevo con los cuervos" es un verso que delata una filiación inequívoca: la poesía de Julio Martínez Mesanza, guía de esta primera aventura poética; de él, entre otras cosas, ha aprendido el uso del endecasílabo blanco, del que el autor de Europa es consumado maestro.
No, no oculta Sevillano a sus maestros, sino todo lo contrario: Luis Alberto de Cuenca, Juan Luis Panero (de quien tan poco se habla últimamente), Bejarano (otro raro)... En las citas no faltan los homenajes a compañeros de viaje: Cereijo, Almuzara. Ni en las dedicatorias: José Luis García Martín (compañero de tertulias, según creo, en Oliver), Pelayo Fueyo... O a intemporales, como Víctor Botas (éste sí de actualidad). 
Un primer libro es mucho. O poco. O nada. Depende. Uno, tras leer éste, estará atento a lo que venga. La cosa no ha empezado mal. Lo justifica un puñado de poemas. ¿Qué si no? Breves, por cierto, casi todos. Es más que probable que la poesía de José Luis Sevillano nos vuelva a iluminar y esta vez será, por ley de vida, con una voz y un mundo más propios.

Nota: En la fotografía, el poeta en el claustro del Monasterio de Valdediós.

11.5.16

Algunos del 50

En mayo de 1987, se reunieron en el Teatro Campoamor de Oviedo los poetas Carlos Barral, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez y Carlos Sahagún. No estuvieron solos. Les acompañaron un puñado de críticos que al tiempo ejercían como profesores: Emilio Alarcos, Víctor García de la Concha, José María Martínez Cachero, Fanny Rubio, José Luis García Martín, Luis García Montero y Alejandro Duque Amusco, así como un público entregado que pudo hacer algunas preguntas. 
Lo que allí sucedió quedó recogido en un libro, que también es una joya bibliográfica (perdida entre los estantes de mi bliblioteca), Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, que ahora el coordinador de aquel invento, Miguel Munárriz (impulsado por la Fundación Municipal de Cultura y la asociación cultural Tribuna Ciudadana) vuelve a publicar en una edición no venal a cargo de El Corte Inglés y que uno ha tenido la suerte de recibir. 
Munárriz es también el autor del prólogo, donde traza las líneas fundamentales de este puñado de poetas unidos por la amistad y el antifranquismo (y el alcohol y la noche) que cambiaron con sus obras el curso de nuestra historia poética, además de recordar aquel acontecimiento (uno de los tres encuentros literarios importantes de ese grupo o generación, que sobre el término nadie se pone de acuerdo). Allí explica, por ejemplo, las ausencias de Valente, Gil de Biedma y Gloria Fuertes, y otros intríngulis recogidos en la parte titulada "Los Encuentros con el 50 por dentro".
Son muchas las cosas interesantes que charlas y conversaciones contienen. Por algo los integrantes de esa promoción (de una generación irremediablemente se es por simples razones cronológicas, a un grupo se pertenece por propia voluntad), ausentes y presentes, del canon y periféricos, son auténticos maestros de la poesía. Me quedo con las opiniones, controvertidas casi siempre, de Claudio Rodríguez, empeñado en hablar de lo único que importa cuando a la poesía nos referimos: "se trata de libros, se trata de poemas" (que no faltan en el volumen), y no de componendas, colecciones (Colliure) estrategias y circunscripciones: que si los de Barcelona, que si los de Madrid... También con la lucidez de Brines, equilibrada e inteligente. Y no es que los demás desmerezcan cuando se pronuncian en los coloquios o en las entrevistas, al revés. Hablo de preferencias, sólo eso. Menudo era Barral, pongo por caso. O Caballero Bonald.
Los críticos tampoco se quedan atrás. Hay un docto y breve rifirrafe entre Alarcos y su discípulo De la Concha muy divertido. La agudeza de Martín brilla como suele, entonces y ahora.
A modo de epílogo, se incluyen dos entrevistas, a Gil de Biedma (me encanta cuando dice: "porque la gente tiene la manía de que la poesía hay que leerla despacio") y Ángel González, además de textos críticos de Carme Riera (que hizo célebre el rótulo generacional de "partidarios de la felicidad"), Prieto de Paula (que escribe sobre Sahagún, rara avis de un grupo de aves raras), Felipe Benítez Reyes (que rescata la memoria de María Victoria Atencia, otra extraña, única mujer en medio de esa cuadrilla) y Susana Rivera.
De preteridos como Gamoneda, rescatado al cabo del tiempo para el medio siglo, nada se dice, aunque JLGM sí cita a otros coetáneos olvidados, como César Simón y Aquilino Duque.
Se menciona mucho a Gabriel Ferrater y menos a Costafreda. Por no hablar de poetas inmediatamente anteriores, hermanos mayores de los protagonistas de este historia: Blas de Otero, Hierro y Celaya.
Me da que esta nueva salida del libro a escena volverá a quedarse corta y se convertirá, más pronto que tarde, en codiciado objeto de coleccionista. O de joven o maduro letraherido interesado en leer y escuchar algunas de las palabras más relevantes que se puedan decir sobre la experiencia de la poesía. Realizadas por gente que sabe, y cuánto, de lo que habla. ¡Grandes estos del 50! Los de la quinta de mi padre.

En Colliure, 1959.
De izquierda a derecha, Blas de Otero, J. A. Goytisolo, Á. González,  J. Á. Valente y A. Castellón.
Debajo: Gil de Biedma, Costafreda, Barral y Caballero Bonald.



9.5.13

Casi

Así se titula el primer libro publicado por el joven poeta cordobés Rodrigo Manzuco (1988) que fue premiado con el Emilio Alarcos por un jurado congruente del que formaron parte Josefina Alarcos, José Luis García Martín, Jesús García Sánchez (Chus Visor), Carlos Marzal y Aurora Luque. Lo presidió Luis García Montero y actuó como secretaria Rosario Duque. En la cubierta, una preciosa imagen de chatarra espacial (tomada de Google) que resalta sobre el negro visor gracias al diseño de Fernando López. En la contracubierta se nos cuenta que Manzuco es un "técnico informático, especializado en análisis de programación en versiones abreviadas -pseudocódigos- escritos en sistema ordinario natural". No sé muy bien lo que es eso, pero me da que algo tiene que ver con su forma de escribir poesía, que es lo que a uno le importa. Es verdad lo que dice Augusto Censo en el mismo sitio: que estos poemas están "en consonancia con la vertiente más despojada de la poesía última". El título, por tanto, es muy coherente. Anticipa lo que vendrá después. Unos poemas dotados de una seductora fragilidad; humildes, sugerentes y elegantes en su delgadez; propios de una poesía sutil que se podría calificar de minimalista. Pero Manzuco, al contrataque, precisa: la de alguien "sencillo, no un barroco minimalista".
A uno, por ponerse estupendo, le recuerda, a debida distancia, la de un Fabio Morábito. Por el tono, que aquí es forma. Del poeta mexicano, pongo por caso (so pena de que RM no lo haya leído), y de algunos vates españoles de las últimas hornadas que se rastrean a través de las citas y las dedicatorias: Javier Rodríguez Marcos (al que dedica "Frágil", título de un libro del poeta extremeño), Juan Antonio González Iglesias (al que veo detrás del divertido "Nacimiento" donde Louganis, el saltador de trampolín, aparece como artista invitado), Abraham Gragera (tengo sus dos libros publicados encima de la mesa), Josep Maria Rodríguez, Luis Muñoz (otra referencia clave)...
Esa aparente pequeñez puede ser grande. Como en los poemas "Mirad las aves del cielo (Mt 6,26)" o "Más luz". "Lo que ocurre es que siento cosas pequeñas, siempre. / Es todo", escribe en "Corto".
Ya que aludo a ella, la luz es una constante en este libro. Y no sólo porque aparezca nombrada varias veces. Es también por lo que irradian estos versos nada sombríos. Una luz propicia a la felicidad, un atributo adyacente a la juventud, el mar, la belleza y el verano.
Versos irónicos (cuando no humorísticos) que pueden tornar, a rachas, metafísicos; "por la emoción", precisa Censo. Unas palabras de María Zambrano acompañan al último poema de libro donde a uno le suena Brines (al que nombra en otro).
"Mi alma se parece a este paisaje", dice, y creo que se podría aplicar a este libro. O eso parece, más allá de las "máscaras consuetudinarias que nos impone la literatura, de la devastación de las palabras huecas y de los sentimientos con fecha de caducidad razonable". También de "los libros de marca registrada, de la inspiración envasada al vacío", como reza en la ocurrente "Dedicatoria" final, donde brilla el nombre de Francisca García, su madre, a la que brinda un emocionante poema con el mismo título: "Madre".
Tres poemas dedica Manzuco a la poética (aunque no faltan otros guiños): "Debajo", "Obtusía" y "Breve tratado de literatura". En el segundo se puede leer: "Mi premisa siempre: ¿qué? / Mi diálogo: ah, no sabía, ¿en serio? / Mi tregua: qué más da. Y en "Casi", como el libro: "que mi voz sea un susurro, / mis ímpetus un vale, / mi resultado / casi".
En un texto que publica la revista Sibila, Hugo Mujica, al que Manzuco dedica el mencionado poema "Corto", escribe: "la palabra 'casi', es decir, un ya pero no aún, un poco menos que, un aproximadamente, un por poco pero... Casi: tensión y vilo". Sí, eso y más es este libro; el de un "Poeta, no escritor" ("Autorretrato") que me parece que tiene las cosas claras, a pesar de su juventud, un territorio proclive a las indefiniciones.
Tomo nota. No es mal comienzo. Manzuco (apellido inédito, según creo, en las letras hispánicas) pasa a formar parte de la extensa, prodigiosa lista de poetas cordobeses de todos los tiempos. Algo ha de tener esa ciudad para dar tantos y tan buenos versos. Una tradición, o casi.

14.7.17

Algunas lecturas recientes

Aunque, como expliqué, de momento no está uno para darle a algunas lecturas el espacio y el tiempo que sin duda los libros que las han propiciado merecen (y sus esforzados autores, claro), me gustaría repasar algunas recientes, sin entrar, insisto, en detalles, al menos en este rincón. 
A Fernando del Val le conocía uno por las estupendas entrevistas y biocronologías que ha venido publicando en la acreditada revista Turia. Por ejemplo la que le hizo aquí atrás a Gonzalo Hidalgo Bayal, extraordinaria. Algunas de ellas, con un pertinente prólogo de Miguel Ángel del Arco sobre ese arte, se han reunido en Si te acercas más, disparo, que publica Difácil. Entre ellas, las que hizo a Félix Grande, Delibes, Colinas, Gamoneda (las dos muy extensas), Landero, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Vila-Matas... En "Nota de autor y procedencia" deja caer su propia poética sobre la conversación. Las fotografías de César Toro realzan aún más el valor de este volumen. Ah, dije poética y conviene resaltar que Del Val acaba de publicar Los años aurorales, donde uno ha conocido, grata sorpresa, su exigente faceta lírica. Y ya que lo menciono, algo similar me ha ocurrido con Raúl Nieto de la Torre, experto landeriano, autor de la monografía El héroe de ficción y las ficciones del héroe en la obra narrativa de Luis Landero, amén de consumado poeta como demuestra su última entrega: Leopardo, publicada por Tigres de Papel. 
De Hilario Barrero habíamos leído ya algunos libros. Este es muy especial. Se trata de una antología, Educación nocturna (Renacimiento), con edición y prólogo de José Luis García Martín, en la que el toledano afincado en Nueva York despliega sus saberes líricos, apegados como pocos a su propia experiencia vital Su intimismo, cercano a la serena confesión, me ha conmovido, más aún por las especiales circunstancias familiares en las que he leído unos poemas que dan la verdadera medida de un hombre. Y de un poeta, of course.
Ya conocía uno a Abraham Gragera -su poesía, sus traducciones, su faceta como codirector de la revista Años diez, su labor crítica-, pero nunca había disfrutado tanto de su obra como le he hecho con O Futuro. Sobre todo, por culpa de mi corazón extremeño, de la primera parte del libro: "Amor propio". Pero no sólo, que conste. Uno de los mejores del año, según creo.
Aunque, en lo que a autores españoles respecta (salvo los que consiguen premios o son ya muy conocidos), Visor le sorprende a uno cada vez menos, destaco dos libros de la veterana colección negra que me han gustado (por su potencia): Ruta Dos, de Daniel Calabrese, un argentino en Chile, y el primero de Carolyn Forché (que contaba entonces con veinticuatro años y estaba en Yale), Juntemos las tribus. También en Visor, en traducción del catalán de Francisco Díaz de Castro (del que tengo por leer su poesía reunida, recién publicada por Renacimiento), otro libro singular: Banderes dins la mar/Banderas en el mar, del mallorquín Josep Lluís Aguiló. Si me agradó su poesía reunida, Monstruos y otros, no menos me ha gustado éste, en especial los poemas donde describe la forma de ser y de estar de los isleños y reflexiona sobre la vida en esas maravillosas islas mediterráneas. 
El aforismo sigue en racha y de ello da fe Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), con selección y prólogo del poeta León Molina, publicado por La Isla de Siltolá en su colección Aforismos. A su vez, Javier Sánchez Menéndez, director de esa editorial sevillana, da a la imprenta en Trea La alegría de lo imperfecto un libro, qué casualidad, de aforismos. Tan radicales como su autor. En el mejor sentido del término, matizo.
De "fragmentos" prefiere hablar Lorenzo Oliván, que reúne en Dejar la piel (Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego) sus pensamientos y visiones entre 1986 y 2016. Treinta años ojo avizor.
La umbría y la solana es el precioso nombre de una nueva editorial que imprime libros no menos bonitos. Los paseos del soñador solitario, de Almeida Faria, pongo por caso, en traducción de Antonio Sáez (asesor de esta nueva empresa libresca), o Sermón de San Antonio a los peces, todo un clásico de la literatura portuguesa (a la que miman), en versión de otro extremeño rayano, Luis María Marina. ¡Suerte en la nueva aventura!
Del Ángel Petisme habíamos leído hace poco El dinero es un perro que no pide caricias (Gobierno de Aragón, 2016) y ahora El faro de Dakar (Renacimiento), que es un libro logrado y emocionante; una pertinente y honda mirada sobre África basada en hechos reales. 
José Carlos Cataño publica en Renacimiento La vida figurada, una nueva entrega de sus diarios, de los años 2008 y 2009. Partidario de este tipo de empeños, como de los libros de entrevistas, he disfrutado leyéndolo. No hace falta recordar que el canario es uno de nuestros diaristas más conspicuos. 
Por seguir con el memorialismo, quiero mencionar Como aire africano. Diarios 2004-2010, del periodista almendralejense Liborio Barrera, que ya figura en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. Por suerte, la Editora va cogiendo la velocidad de crucero que algunos llevábamos tiempo esperando. De lo más reciente, cabe señalar Sentada frente al precipicio, espléndida antología de poemas de la portuguesa Fátima Maldonado (con versión y prólogo de José Ángel Cilleruelo), que resucita la línea Letras Portuguesas, y Piedra de toque. 15 poetas emergentes de Extremadura, antología preparada por el poeta Daniel Casado en la que se incluyen versos de los extremeños (nacidos entre 1980 y 1991) Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco José Najarro Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo.
Me desagrada, sí, lo de "emergentes" (Chico y otros emergieron hace tiempo), pero el libro es un acierto. Siquiera sea para demostrar que hay banquillo, digamos, en la poesía escrita por extremeños, casi todos de la diáspora. Que esa pequeña literatura inserta en la española contemporánea sigue viva, y cuánto. Por lo demás, el trabajo de Casado, su panorama, es solvente, en lo relativo a la selección (cosa siempre difícil), el prólogo (documentado) y las notas sobre cada autor con la que se abren los respectivos poemas. No faltará, eso sí, quien proteste porque sólo figuren cuatro mujeres en un grupo de quince.
Y para terminar, abundando en lo autóctono, me parece digno de reseñar el libro Periferias: Letras del Oeste. Ensayos sobre literatura extremeña del S. XX, del callado estudioso Manuel Simón Viola Morato (Departamento Editorial de la Diputación de Badajoz. Colección Filología-Rodríguez Moñino), con prólogo de José Luis Bernal Salgado. Poesía, narrativa, teatro... De Reyes Huertas, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio, Francisco Valdés, Félix Urabayen, Manuel Pacheco, Castelo, Hidalgo Bayal, Landero... Un acierto. 

Nota: La ilustración, titulada "Book damaged by water", es obra de Abelardo Morell.

27.11.17

Turia pasa por Extremadura

En la, digamos, redención de la literatura en Extremadura, juega un papel fundamental Luis Landero y su novela Juegos de la edad tardía. Por vez primera la unión del sustantivo escritor y la del adjetivo extremeño dejaba de tener un carácter peyorativo. De ahí que parezca tan acertado que su obra ocupe el “Cartapacio” central del número doble 121-122 de la acreditada revista Turia.
De ella dan buena cuenta los trabajos de Elvire Gomez-Vidal, perfecta introducción a la literatura landeriana, Luis Beltrán Almería, Raúl Nieto de la Torre, Fernando Valls, Irina Enache, Analía Vélez de Villa, Alfonso Ruiz de Aguirre, Epicteto Díaz Navarro, Natalie Noyaret, Antonio Rivas y Gonzalo Hidalgo Bayal, “lector afín”, que nos ofrece en “El héroe y sus heterónimos” una lectura penetrante y clarividente de la narrativa del de Alburquerque, a modo de ensayo. 
Estos magníficos trabajos se completan con otro texto no menos extraordinario: “Devaneos de lector”, que firma el propio Landero. “Yo amo los detalles”, escribe, y: “la memoria es poética”.
En una larga entrevista que le hace Emma Rodríguez, nuestro autor afronta numerosos asuntos vitales y literarios. 
Cierra el “Cartapacio” una biocronología realizada por Ruiz de Aguirre. Se trata, en realidad, siquiera en parte, de un esbozo de biografía, aunque no falten datos meramente bibliográficos. 
Pero el voluminoso número de Turia da, por suerte, como nuestra pequeña literatura, para más. Así, en la sección “Letras”, Domingo Ródenas se ocupa por extenso en su artículo “Larvatus prodeo: variaciones Cercas” de la obra del autor de Soldados de Salamina, un “novelista consciente”, según él.
En “Taller”, el diplomático y escritor Luis María Marina rescata “25 epigramas y un diálogo” del raro mexicano Carlos Díaz Dufóo. 
Eugenio Fuentes deja la serie negra y se traslada a la Semana Santa con el relato “Saeta”. 
El impertinente José Luis García Martín publica nuevas páginas de su no menos osado diario. 
Manuel Neila, consumado aforista y antólogo de aforismos, reúne unos cuantos en “Pensamientos del malestar”. 
Otro tanto hace José María Cumbreño, aunque los suyos tengan mucho de cuento o de poema. Y Elías Moro, con sus “Guadianescas”. 
En lo que atañe al apartado de “Poesía”, se inaugura con una selección de poemas del portugués Manuel António Pina vertidos al español por Antonio Sáez Delgado. Es de agradecer que se señale nuestro vínculo portugués y rayano. Siguen los de Andrés Trapiello, Pureza Canelo, Basilio Sánchez, Inma Chacón, José Antonio Zambrano, Santos Domínguez, Efi Cubero, Álex Chico, Mario Martín Gijón, María José Flores, Javier Pérez Walias e Irene Sánchez Carrón.
Entre los incluidos en esa sección, dos poetas ligados a Extremadura: el asturiano Jordi Doce y el catalán Eduardo Moga.
En “Pensamiento”, Manuel Pecellín firma un artículo sobre el historiador y economista Ramón Carande. 
En “Conversaciones”, Fernando del Val entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal. 
Tampoco faltan en la sección “La Torre de Babel” reseñas con nombre extremeño, tanto de críticos como de autores. 
Subrayo, para terminar, las espléndidas ilustraciones, incluida la de la portada, auténticos poemas visuales, obra de Antonio Gómez.

Revista Cultural Turia. Número 121-122. Teruel, 2017.

Nota: Esta reseña ha aparecido en el número 9 de la revista El Espejo, de la Asociación de Escritores Extremeños.

20.10.13

GHB, Extremeño de HOY

GHB / Pilar Porras













Mantengo la noticia en secreto desde el martes de la semana pasada, cuando Merche Barrado me llamó para comunicarme que habían concedido a mi amigo Gonzalo Hidalgo Bayal el Premio "Extremeño de HOY", creado hace ahora 25 años por el periódico extremeño. 
Este es un premio merecido, desde hace tiempo, y, además de justo, limpio, ya que la elección de los premiados se realiza democráticamente entre los redactores del diario. No tiene dotación económica, aunque sí trofeo: la famosa encina cúbica diseñada por José Luis Hinchado.
Una alegría, sí. Hacía diez años que no se le concedía a ningún escritor, algo que, por cierto, me intrigaba. (Pronto se verá hasta qué punto.) Lo fueron, yendo hacia atrás: Jesús Sánchez Adalid, Javier Cercas, Dulce Chacón, Á. V., Santiago Castelo, José Antonio Ramírez Lozano, José María Valverde, Pedro de Lorenzo, Jesús Delgado Valhondo, José Luis García Martín, José Antonio Gabriel y Galán y Luis Landero.
"Hecho (y leído) el relato del premio (Noticia de un premio, podría llamarse), se puede suspender la ceremonia", me escribió Gonzalo tras darle la enhorabuena. "Esto entra en las categorías de cenas homenaje de que habla Mairena", añadió con la ironía que le caracteriza. A él tampoco le gustan esos actos públicos con discursos y autoridades. Para colmo, hay que sustituir el machadiano aliño indumentario por el traje y la corbata. La fiesta será, por cierto, en el Palacio de Congresos de Badajoz el próximo día 29 y uno tendrá el honor de entregarle la pesada estatuilla conmemorativa. 
Terminaba su breve carta, y una escueta reflexión sobre los premios, con una palabra elocuente: "humildarse".
Me referí aquí atrás al "otoño Bayal" y puedo asegurar que uno no esperaba que llegara a tanto. Bien está. Salud, maestro.


1.11.14

Piquero: media obra

Como en el caso de Ángel García López, Cincuenta poemas (Antología personal 1989-2014), de José Luis Piquero, ha sido publicado por las andaluzas Ediciones de la Isla de Siltolá en su colección Arrecifes
Piquero, asturiano de Mieres (1967) y residente en Islantilla, pertenece a la que José Luis García Martín, su primer mentor, denominara La generación del 99. El profesor y crítico le incluyó en un florilegio del mismo título y antes en otro denominado Selección nacional. Piquero ha sido también elegido por Luis Antonio de Villena para tres de sus numerosas antologías y no son las únicas en las que figura. Ángel L. Prieto de Paula, por ejemplo, le tuvo en cuenta para una de las más serias: Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia. Esto quiere decir que, desde muy pronto, Piquero pasó a ser uno de los nombres imprescindibles del panorama poético patrio y no quedó, como tantos, fuera de los recuentos generacionales, un peaje que en este curioso país hay que pagar si quieres existir, digamos, como poeta. 
El autor, fiel a la franqueza lírica que le caracteriza, afirma en la "Nota preliminar" que es "consciente de ser escritor lento y poco prolífico". No se considera un velocista, sino un corredor de fondo. De hecho, contabiliza en 112 todos los poemas, éditos o no, que ha escrito, lo que supone que en este libro se reúne la mitad de su producción. Hasta ahora, ha publicado Las ruinas (1989), El buen discípulo (1992) y Monstruos perfectos (1997, finalista del Premio Nacional de la Crítica), reunidos en Autopsia (2004), libro con el que obtuvo el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España y el Premio de la Crítica de Asturias. Después, El fin de semana perdido (2009). Esta es, en consecuencia, su primera antología, otra rareza. 
Que haya escrito poco o mucho importa lo justo. Más allá de las estadísticas, está la poesía, que es lo que interesa. Y aquí, poca o mucha, la hay. 
A uno, como lector, le ha sorprendido la coherencia del conjunto y que, nunca mejor dicho, este hombre haya escrito a lo largo de su (media) vida un único libro, con independencia de su sucesiva publicación en distintos volúmenes que llevan títulos diferentes. Incluso los inéditos, en número de siete, parecen formar parte, ya digo, de la misma obra, algo que tampoco afecta a la calidad del conjunto. 
Podría aplicársele lo que en su poética defendiera su compañero de colección, el citado poeta de Rota: que en poesía, lo que no es autobiografía es plagio. Eso sí, con el derecho a utilizar las máscaras debidas y a no identificar el personaje del poema con la persona que lo ha escrito. Con todo y con eso, Piquero está ahí, en esa otra cara del espejo que nos devuelve la realidad acaso más real. 
La muerte, la mala vida, la noche, los excesos, las drogas y el sexo, los amigos, los amores, la infancia y sus metáforas son algunos de los asuntos que pueblan estos versos. Identificables a la legua. Mundo propio. Dichos en un tono conversacional y narrativo que fluye a través de poemas largos que se leen unas veces como pequeñas novelas y otras como breves tratados de moral escritos por alguien que no le hace ascos al odio y la maldad, a esos sentimientos y emociones que la mayor parte del gremio lírico considera inadecuados o poco elegantes, pero que son consustanciales a la condición humana. ¿Malditismo? ¿Realismo sucio? Puede que algo de eso haya, pero Piquero, aunque rime, no es, pongo por caso, Panero. Leopoldo María, quiero decir.
Algunos poemas, en fin, son memorables, esto es, "dignos de memoria" (DRAE). De "descarnados" los adjetivó su amigo Javier Rodríguez Marcos, que ha defendido su poesía a ultranza. Sí, "A Piquero debemos algunos de los poemas más descarnados que se hayan escrito sobre esa mezcla de atracción y desprecio que llena por momentos la amistad y el amor; siempre con el fondo de humanidad del que sabe que él también forma parte de la catástrofe".
A modo de curiosidad, y termino, diré que la peligrosa fotografía de la cubierta, donde se ve al poeta desafiante con un cigarrillo encendido en la mano, es obra de nuestro paisano y amigo Nicanor Gil, supongo que de cuando el poeta islantillano pasó por el Aula "José Antonio Gabriel y Galán" de Plasencia, ciudad donde tiene buenos amigos. 

23.7.14

El único libro

Manuel Neila (Hervás, 1950) fue uno de tantos extremeños que, como ahora, tienen que marcharse de su tierra para abrirse camino en la vida, por eso su infancia y juventud transcurrió en Asturias, donde estudió Filología Románica (en la Universidad de Oviedo).
Como poeta, su primer libro se tituló Clamor de lo incesante (1978). Poco después fue incluido por el crítico José Luis García Martín (extremeño en Asturias también, editor de esa ópera prima) en la singular antología Las voces y los ecos (1980).
Más tarde vinieron: Pasos perdidos (1980), Estancias (1986), El transeúnte (1990), Una mirada (1996) y Cantos de frontera (2000), que, como nos informa Neila, “permanecían inéditos, total o parcialmente, hasta que vieron la luz en Huésped de la vida (Gijón, Llibros del Pexe), su poesía reunida entre 1980 y 2005”.
Otros libros suyos son: El silencio roto (1998), Las palabras y los días (2000), la edición bilingüe de Cantos de frontera (2003), cuya versión francesa corre a cargo de Michelle Serre, Puntos de vista (ensayos, artículos y notas publicados en 2003 en la colección Ensayo Literario de la Editora Regional) y  el volumen de aforismos Pensamientos de intemperie, publicado también por la editorial Renacimiento en 2012.
Ha traducido a Montaigne (Páginas escogidas), Baudelaire (Las flores del mal y El spleen de París), Nerval y Haroldo de Campos, entre otros. También ha editado a Nietzsche (aforismos), Machado (del que recopiló sentencias y donaires), José García Vela (Hogares humildes, su obra poética) y Lezama Lima (una antología del poeta cubano precedida de un prólogo esclarecedor).
No debemos omitir su condición de estudioso y crítico literario, labor que desarrolla, en los últimos tiempos, para las revistas Clarín, Turia, Quimera y Cuadernos Hispanoamericanos.
Ahora aparece con el número 67 de la acreditada colección a rayas (en feliz idea de Marie-Christine del Castillo) de la sevillana Renacimiento, El camino original [Antología poética, 1980-2012] con prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
Los poemas que lo integran pertenecen a los libros que se mencionaron antes; total o parcialmente incorporados. Además, se muestran en la antología varias composiciones del libro de poemas en prosa El sol que sigue (2005), incluido también en Huésped de la vida; las “menos prescindibles o, en todo caso, más representativas”, precisa Neila.
Se adelantan poemas de Al norte del futuro, “una suerte de obra poética abierta, compuesta de proverbios y cantares; además de otra serie de poemas inéditos, recogida en la sección postrera de El camino original, que formaran parte de un libro venidero”, explica el autor en la “Nota bibliográfica” que aparece al final del volumen.
El florilegio sigue en la lista a El viaje de la luz, del alicantino Antonio Moreno, y precede a Montaña al sudoeste, de Antonio Cabrera, lo que da una idea, al menos para el lector avisado, de la importancia de que la poesía de Neila pase a formar parte de esa suerte de canon de la poesía contemporánea en español (tanto española como hispanoamericana) que la colección Antologías -gobernada por el poeta y editor Abelardo Linares- representa.
Equidistante de la «antología personal» y la «poesía reunida», por voluntad del poeta, El camino original agrupa, sí, un puñado de poemas escritos en poco más de tres décadas. Los que el autor ha decidido que merecen ser salvados.
Aunque, como se ha dicho, García Martín  incluyera a Neila en su antología Las voces y los ecos (que vino a demostrar que no era novísimo todo lo que lucía ni venecianismo cuanto campeaba), el de Hervás ha sido un poeta, digamos, sin grupo o generación, uno de tantos que caminan en solitario sin atender otra ley que la de su propia poética y la de su necesidad de decir. Mejor.
Porque Neila tiene voz propia, no ha requerido de pamemas para abrirse paso, poco a poco, en el panorama patrio. Por eso, a los lectores atentos de este país, a la inmensa minoría, no le ha pasado desapercibida su obra, que con esta antología, todo hay que decirlo, se abre un hueco mayor y le da una visibilidad que hasta ahora no había tenido, más que nada porque las meritorias y aun benéficas editoriales en las que ha publicado (Júcar, Llibros del Pexe…) carecían de ese plus de publicidad que tienen tres o cuatro en nuestro patio de vecinos lírico.
“Poeta cauteloso”, leemos en la solapa del libro (exigente, diría uno), sin prisas, yendo a lo que importa, también lo es “casi secreto”, como leemos allí, por más que esto sea común a la inmensa mayoría de vates que por aquí pululamos. Nada nuevo. Para nuevos, sus versos, virtud de la poesía cuando de verdad lo es.
Digamos cuanto antes que los poemas de Neila pertenecen a la estirpe de los que buscan en la palabra esencialidad y, por paradójico que parezca, silencio, la música callada de la que tanto se ha hablado por estos lares. Y eso no puede compaginarse con la fabricación de libros al buen tuntún y la sobreexposición pública a la que aspiran numerosos poetas.
Luis Alberto de Cuenca, con la sutileza que le caracteriza, indica en su breve pero enjundioso prólogo que “Manuel Neila recuerda a Juan Ramón Jiménez en lo que se refiere a la obsesión, compartida por ambos, de ofrecer a la posteridad un libro único que los reúna a todos y que de fe de su visión poética del mundo. En el caso de Neila, El camino original es ese libro”.
Esa voluntad de “libro único” se manifiesta, según creo, en detalles tan significativos como el de poner delante de los respectivos títulos de las obras que lo componen un número romano que señala que son partes de un todo.
Si bien encontramos en los primeros libros un gusto por la palabra que a veces induce a cierto preciosismo, la poesía de Neila se caracteriza, ya se dijo, por su fundamento, donde la palabra justa y el vocabulario esencial lo es todo. No hay rebuscamiento o barroco en estos versos que aspiran a nombrar, ante todo, las “pequeñas cosas” (un tema reiterado). “Ese hombre celebra las pequeñas cosas”, escribe en un verso. La luz (siempre presente), un paisaje, un recuerdo, tal o cual escena, eso que nos asalta a cada paso en medio de la vida cotidiana suele ser la materia de la que está hecha esta lírica que participa acaso más de lo celebratorio que de lo elegiaco, por más que la melancolía, otra forma de la poesía, según Stevens, sea indeleble marca de la casa. Junto a la soledad, otro tema insoslayable.
Poesía del pensamiento, de preguntas, en la mejor tradición española de lo meditativo que tan bien definió Valente. Con su vertiente fenomenológica, eso sí, porque la mirada, la visión, aquí lo es todo.
Su tono tiende al clasicismo, poco importa que este sea occidental (Grecia, Roma), castellano (los poetas del Siglo de Oro) o de Oriente. Lo experimental, esa cohetería vanguardista que tanto gusta a algunos lectores, brilla aquí por su inexistencia. Y uno lo agradece.
¿Sus autores de cabecera? Los deja caer por las citas del libro. Antonio Machado, por ejemplo, JRJ, Rilke, Eugénio de Andrade, Novalis y, por añadidura, los románticos alemanes e ingleses, y los poetas orientales y, cómo no, Borges (no mencionado, pero también ahí, en “Epitafio”: “He sido muchas cosas, / como todos los hombres, / y la noche, y la muerte, y las estrellas.”)
Por el tono discursivo que a veces adopta su poesía, propio de esa poesía de la meditación a que me he referido antes, por su cercanía a la naturaleza y al paseo, poemas como los que componen “Una mirada” me recuerdan a Claudio Rodríguez.
Y ya que lo menciono, la voluntad de claridad es otra constante. En la línea, pongamos por caso, de un Eloy Sánchez Rosillo, compañero de antología y de promoción (en Las voces y los ecos); una claridad que poco (o nada) tiene que ver con la simpleza, con lo anecdótico, eso que tanto se llevó en temporadas pasadas. Y que conste que aquí experiencia no falta. Al revés.
También abunda la concisión, marca de la poesía, es cierto, pero que en algunos autores se agudiza. La economía verbal le conduce al uso del poema breve o muy breve (haikus y tankas) y es fácil intuir que comulga con otra de sus pasiones: el aforismo, esa afilada manera de decir más con menos.
Poesía del “yo” que, sin embargo, usa con frecuencia el “tú” cernudiano, el del que habla consigo mismo a debida distancia.
Poesía del viaje, de alguien que se considera un “transeúnte”: “He sido el transeúnte…” Por eso, “Cantos de frontera”.
Viajes a distintas partes del mundo (Grecia, Inglaterra, India, Alemania...) y de regreso a un lugar muy especial: su tierra de nacimiento: Hervás, Ambroz, Valdeamor, Pinajarro… La infancia, otra de los asuntos reiterados en el libro, donde esos lugares de la memoria aparecen nombrados y evocados largamente.
“No eres el pasado que regresa; / eres, sí, lo real que permanece.”
Poesía de la delicadeza, como esos poemas breves dedicados al pintor Ramón Gaya. Se podría decir que los versos de Neila son a la poesía lo que la acuarela a la pintura, por parafrasear a María Antonia Ortega.
Pura transparencia: fragilidad. Tal la vida. Esa “ausente” que él retrata a la perfección en uno de los mejores poemas del conjunto.
Al leer la parte final, la de los inéditos, comprobamos que el camino de Neila, el “original” (mencionado en un poema de igual título y aun en otro anterior de idéntico rótulo: “Sabemos de donde  viene / el camino original. / Y enseguida adivinamos / a donde irá a parar”), sigue “a la intemperie”, cada vez más esencial y delgado, sustentado en versos cortos y poemas breves, aforismos casi. Con excepciones, los dos “Autorretratos”, por ejemplo. Cercano a la emoción, que no puede separarse en poesía del pensamiento tal y como Unamuno dejó dicho; así, en el poema que dedica a su hermano Félix, muerto a traición y prematuramente.
A estas alturas de mi vida, como lector, sólo exijo en un libro verdad. Que sea de verdad y que se note su pequeña verdad, no queremos otra. La de alguien que nos da “la medida de un hombre” (o de una mujer, si fuera el caso), por decirlo con Vinyoli. Y eso es lo que uno ha encontrado en los versos de Manuel Neila. Basta y sobra; más, si como sucede, esa humilde verdad se transmite de una manera tan poética, en el mejor y más pleno sentido.

Esta reseña apareció en el número 768 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos bajo el título "El único libro (La poesía de Manuel Neila)"

26.3.10

Cien narradores

José María Pozuelo Yvancos, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Murcia y crítico literario (ahora en el suplemento cultural de ABC) es autor del libro 100 narradores españoles de hoy. Lo edita Menoscuarto. Estos son los seleccionados: Mariano Antolín Rato | Juan Pedro Aparicio | Fernando Aramburu | J. J. Armas Marcelo | Bernardo Atxaga | Andrés Barba | Xuan Bello |José Manuel Caballero Bonald | Javier Calvo| Carlos Casares | Francisco Casavella | Antón Castro | Rafael Chirbes | Javier Cercas | Juan Cruz Ruiz | Luis Mateo Díez | Pablo D’Ors | Luciano G. Egido | Cristina Fernández Cubas | Javier Fernández de Castro | Agustín Fernández Mallo | Jesús Ferrero | Juan José Flores | Alejandro Gándara | Adolfo García Ortega | José Antonio Garriga Vela | Marcos Giralt Torrente | Belén Gopegui | Juan Goytisolo | Luis Goytisolo | Irene Gracia | Almudena Grandes | José María Guelbenzu | Raúl Guerra Garrido | Menchu Gutiérrez | Enrique de Hériz | Gonzalo Hidalgo Bayal | Andrés Ibáñez | Paula Izquierdo | José Jiménez Lozano | Irene Jiménez | Eduardo Lago | Luis Landero | Luis Leante | Anjel Lertxundi | Elvira Lindo | Manuel Longares | Lola López Mondéjar | José Carlos Llop | Javier Marías | Juan Marsé | Gustavo Martín Garzo | Ignacio Martínez de Pisón | Ana María Matute | Eduardo Mendoza | Ricardo Menéndez Salmón | José María Merino | Juan José Millás | César Antonio Molina | Vicente Molina Foix | Inma Monsó | Rosa Montero | Quim Monzó | Antonio Muñoz Molina | Justo Navarro | Marcos Ordóñez | José Ovejero | Sergi Pàmies | Carlos Páramo | Javier Pérez Andujar | Arturo Pérez-Reverte | Ramiro Pinilla | Álvaro Pombo | Juan Manuel de Prada | Soledad Puértolas | Valentí Puig | Carlos Pujol | Juan Pedro Quiñonero | Javier Reverte | Manuel Rico | Carme Riera | Julián Rodríguez | Isaac Rosa | Ramón Saizarbitoria | Clara Sánchez | Miguel Sánchez-Ostiz | Elena Santiago | Berta Serra Manzanares | Lorenzo Silva | Antonio Soler | Emili Teixidor | María Tena | Javier Tomeo | Andrés Trapiello | David Trueba | Ángela Vallvey | Juana Vázquez Marín | Berta Vias Mahon | Enrique Vila- Matas | Pedro Zarraluki.

1.11.16

Jugar con fuego

Jugar con fuego es el nombre de una revista de poesía y crítica, como rezaba debajo del rótulo, que el polemista, poeta, diarista, traductor, crítico y profesor José Luis García Martín fundó en solitario y editó entre 1975 y 1981. Este hombre lo hacía casi todo en ella y digamos que para disimular se inventó varios heterónimos que lo mismo reseñaban libros que publicaba poemas; así, Bernardo Delgado, Alfonso Sanz Echevarría, Luigi Durutti, Manuel Eguren, etc. No contento con eso, y por si parecía poca la fiesta literaria, escribió y difundió en sus páginas apócrifos de Brines, Villena, Andrade o Penna, que, si bien le ocasionaron algunos problemas personales, incluso figuran en algunas antologías de esos autores.
Renacimiento recupera en edición facsímil la colección completa (menos el número 6, un libro de Manuel Neila) y el volumen (de 804 páginas) tiene una preciosa factura. La tirada es de tan solo 100 ejemplares y, por cierto, ese es el número redondo de mi ejemplar, el último de la serie. De 100 fue también la tirada de los dos primeros números que a partir del tercero pasó a ser de 500. 
La introducción del libro es de Pablo Núñez, uno de entre tantos poetas, alumnos a su vez, que García Martín ha ido formando. Desde la tertulia Oliver y desde las revistas que, como ésta, no ha dejado de fundar o apoyar. Cree, con Eliot, que pertenece al tipo de crítico "abogado de autores olvidados o menospreciados injustamente", alguien "cuya obra puede caracterizarse como derivada de su actividad creativa".
Allí, como explica Núñez, adelantó poemas (ya tenía un libro publicado y en la colección creada con el mismo nombre publicó otros dos), aparecen las primeras anotaciones de sus diarios y "se asienta una manera de entender la literatura que fundamente todo su quehacer tanto creativo como crítico".
La revista se caracteriza por su defensa de la Generación del 50 (a la que dedicó su tesis doctoral) y su "apuesta por el grupo de poetas de los 70 que no se identificaban con los novisímos" (por su "inconformismo ante el predominio de la estética novísima"), a los que luego integraría en su antología Las voces y los ecos. Ahí, no se olvide, está el germen de la denominada poesía de la experiencia (para él, figurativa), que pasó a ser tendencia dominante en la siguiente generación.
Destaca Núñez que al ser un "equipo de una sola persona", la coherencia estaba garantizada y, cómo no, la independencia. Todo lo controlaba él y también elegía a los esporádicos colaboradores: Brines, Colinas, González, Grande, Panero, Sahagún, Siles o Valverde, don José María.
Uno de los números, el X, estuvo dedicado a las entrevistas: Atencia, Bento, Boso, Duque y Tello Aína, un género en el que el avilesino de Aldeanueva no ha seguido cultivando, salvo cuando trama conversaciones consigo mismo, lo que hace de continuo.
En esa revista, sin duda, "se asientan las bases de su obra posterior" y hasta se inventa una tertulia literaria ficticia que sería el germen de la mencionada Oliver. Destaca por fin el introductor que con ella "inició su innegable contribución para que Asturias ocupara un lugar privilegiado dentro de la poesía española de nuestros días".
Al propio Martín se debe el "Epílogo" de la obra. En él cuenta algunas anécdotas significativas (con Brines de protagonista, por ejemplo) y se confirma en lo dicho en aquel lejano entonces por Durutti: "Vivir a la espera de lo que no llegará jamás, nostálgicos de lo que no ha existido".
Esta pessoana aventura me toca -o me tocó- de cerca. Fui suscriptor de la revista y por casa, si no todos, andan los números que me fueron llegando desde la calle Rivero, número 99, de Oviedo.
Recuerdo con especial cariño el número 7, "Muestra de poesía extremeña", de 1979, un año antes de que viera y escuchara en un congreso celebrado en Cáceres al factótum de la revista y a no pocos de los colaboradores de esa antología de la que fue cómplice necesario Carlos Medrano, un niño todavía. Como señaló en el colofón el editor,"sin su entusiasmo y su colaboración no habría sido posible este número de Jugar con fuego dedicado a la poesía extremeña".
Algo debió aprender uno en las páginas de aquella revista que ahora, tantos años después, releo con nostalgia, sí, pero además con renovada ilusión.

1.9.11

El primer libro de Rodrigo Olay

Se titula Cerrar los ojos para verte (Consejería de Cultura y Turismo del Gobierno del Principado de Asturias, 2011) y con él ganó el Premio Asturias Joven de Poesía 2010. En el jurado, entre poetas que me suenan y que no, Martín López-Vega, un buen referente.
Joven, como el nombre del galardón, es Rodrigo Olay, nacido en Noreña en 1989. Da un poco de vértigo comprobar que los poetas que empiezan a publicar podrían ser ya tus hijos. No en vano un verso dice: "como un viejo que llora cuando escucha «Penélope...». Más llamativo me parece que algunos poemas del libro sean de 2005, cuando el autor contaba 16 años.
No hace falta volver sobre los innumerable tópicos que rodean a una ópera prima. Me da la impresión que Rodrigo Olay ha obrado por derecho. Quiero decir que no ha ocultado lo mucho que esta primera obra tiene de taller de aprendizaje, de ejercicios de manos, de experimentaciones varias, de tanteos. Lógico. Lo peor es que otros intentan disimularlo y, ya digo, nuestro poeta no. Desde el prólogo (firmado por un tal G. de B. en Logroño), un poema en cuaderna vía que homenajea a los antiguos maestros del mester, se le ven a Olay las intenciones. El juego, la ironía, el humor, las experiencias, las lecturas, la infancia, la adolescencia y, sobre todo, el amor (y el desamor) son sus temas. Y él mismo, claro, porque Montaigne no mentía. Nada nuevo tampoco.
El despliegue de formas para abordar esos asuntos es significativo: sonetos, décimas, haikus (el "soneto de los haraganes", según García Martín), soleares, greguerías y, cómo no, poemas, digamos, al uso, componen el variado muestrario de este libro brillante, sin duda, siquiera sea por esa variedad de registros.
Dije "lecturas" y bueno será detenerse en eso: el estudiante de Filología Hispánica ha leído. Y mucho, añado. Nada habitual, me temo. De ahí que en sus versos se encuentren infinidad de referencias. Por citar sólo algunas, explícitas o tácitas: Gil de Biedma, JRJ, Salinas, Borges, Luis Alberto de Cuenca (que podría haber firmado "La noche de los fuegos"), Bonet, Machado, Bécquer, Juaristi, Ángel González... Intuyo una especial, aunque puedo pasarme de listo: la del mencionado José Luis García Martín, residente en Oviedo también y asiduo animador de tertulias poéticas. Noto su presencia en las series de poemas breves de "Por el ojo de la cerradura", "Cantares" y "Según sentencia del tiempo". Con todo, como diría el inquieto crítico y poeta de Aldeanueva criado en Avilés, un puñado de poemas bastan para justificar la edición de este libro. Por ejemplo, "Autorretrato", "Venecia", "Estambul" (dos piezas logradas), "La verdad en el arte es la belleza", "El retrato", "L'amour de loin" (de aires borgeanos) o el excelente "Fatvm", que cierra el volumen. Bueno, no exactamente, porque el juguetón Olay añade un Apppendix probi titulado "El mapa del tesoro" donde nos da cuenta de un hallazgo: cuatro poemas (apócrifos) de un poeta latino, epígono de Marcial y Catulo: Gayo Bruto Olio, a los que llega a partir de una separata de la Universidad de Georgetown. Roderick O'Lay se ocupaba allí de Gayus Brutus Olius y el trabajo formaba parte de unas actas: Studia in honorem George W. Bush (Washington, 2008). Tras dar detallada noticia del descubrimiento, primero en forma de advertencia y luego de introducción (muy graciosa la "Bibliografía citada", con referencias a autores como Miguel Cansado, C. Mustio Collado o L. A. de Villegas), Olay traduce esos cuatro poemas gayolianos (sic) que se mueven, claro está, entre el divertido epigrama y la atenuada pornografía, y son un colofón perfecto para este libro tan variado como entretenido. En todo caso, como dijo Olio: "El poeta / es libre de escribir lo que le salga / de la gloriosa punta de su plectro / y no debe por ello ser juzgado". Vale.

11.11.14

Pase de revistas

Creía uno, como tantos, que esto de las revistas literarias en papel era cosa del pasado y, sin embargo, florecen como en los mejores tiempos, esos que ya ni se recuerdan. Para mí, ser analógico, una alegría.
Encima de la mesa, a la espera de la anunciada Suroeste, tengo seis: Anáfora, Estación Poesía, La Revista ÁureaClarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Turia.
Las dos primeras coinciden en el número 2 y en su sobrio pero elegante diseño.
Anáfora, que edita la asturiana Impronta y que coordinan dos poetas jóvenes que ya han pasado por aquí, Cristian David López y Pablo Núñez (del grupo de José Luis García Martín, maestro y mentor), abre su entrega con tres poemas potentes, marca de las respectivas casas, de tres poetas intensos y transgresores: Bonilla ("Los poetas malditos"), Piquero ("Intervalo de la rosa") y Bernad ("Buscadores"). Hay, además, traducción, prosas (diarísticas, por ejemplo), una entrevista a García Montero y un puñado de reseñas. 
Estación Poesía ratifica su calidad y se consolida como una de las más interesantes del panorama. Desde la Universidad Sevilla (CICUS), que no es poco, y de la mano de su director, Antonio Rivero Taravillo. Por no mencionar a unos y olvidar a otros, el conjunto es estupendo, citaré los aforismos de Elías Moro, que van camino de libro, y el extenso poema, que ya evoqué en este blog, de Andrés Catalán: "A veces la existencia se reduce a estar dentro de una habitación o fuera de ella". A los versos se suman algún estudio y unas reseñas. 
Jordi Doce me pasó el número 7 de La Revista Áurea y a la excelente factura hay que unirle el acierto en los contenidos. Por ejemplo, y en la sección de traducciones, el poema de Edwin Muir, "Los caballos", que el poeta gijonés vierte a nuestro idioma. O los cinco poetas portugueses que traduce Verónica Aranda, pura delicia. 
La veterana Clarín trae, como suele, numerosas sorpresas. Entre ellas, una nueva entrega de los diarios de Iñaki Uriarte, que viaja a Extremadura: "Dicen que es pobre, pero es preciosa"; aforismos del cubano Enrique José Varona, que rescata con gran sentido de la oportunidad Manuel Neila, y del andaluz Felipe Benítez Reyes, de tono científico; unos inteligentes y divertidos ensayos, digamos, del ya citado, cada día más ocurrente e inspirado, Juan Bonilla (que acaba de publicar en Visor su poesía reunida); un hermoso texto veneciano de Marina Gasparini sobre un cuadro de Tintoretto; unos poemas estupendos de la sueca Margareta Ekström en traducción y nota de Jesús Jiménez Domínguez; y, por no seguir, un ensayo de Cilleruelo sobre Tranströmer. En "Paliques", Miguel Ángel Lama firma una reseña sobre Materia de las nubes, de Luis María Marina, que acaba de publicar, por cierto, Nueve poemas a Sofía en Papeles de Trasmoz.
De este último número de CHA destacaría "Nombrar el cuerpo, conquistar el territorio", de la narradora y poeta Marta Sanz, una suerte de diarios y agudas reflexiones de la autora de La lección de anatomía que cualquier seguidor suyo debería leer. También me ha gustado la entrevista de Carmen de Eusebio al narrador chileno Alejandro Zambra: «Descifrar fue nuestra forma de crecer»
Para terminar, desde el pasado verano me acompaña el denso, voluminoso ejemplar de Turia. En esta ocasión, publica una selección de poemas magníficos, dedica el "Cartapacio" a Benjamín Jarnés, incluye dos entrevistas extraordinarias (a Aurora Egido y Luis Alberto de Cuenca) y otra entrega de los diarios de su director, Raúl Carlos Maícas, cada vez más hondos y logrados. En "La Torre de Babel", Rafael Morales Barba firma una reseña sobre Esta luz sin contorno, de Santiago Castelo.
Entre los colaboradores de estas revistas, algunos nombres se repiten: Piquero, Bernad, Bonilla, Mario Martín Gijón... Como se repiten los de los asesores de sus consejos; así, Luis Alberto de Cuenca. Normal. En todo caso, sigue uno disfrutando de estas efímeras empresas literarias que, paradójicamente, duran, duran y duran. Sí, ¡larga vida a todas!

17.9.15

Caleidoscópico Benítez Reyes

Felipe Benítez Reyes: la literatura como caleidoscopio es el título de un volumen que publica Visor Libros y edita José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz, coeditora de la obra, que consagró al poeta gaditano, en 2013, el Seminario de Literatura Actual, germen de este libro colectivo.
"Creo que Felipe Benítez es el escritor más largo, mejor dotado, con más talento, de mi generación", afirma Carlos Marzal en su aguda ponencia, y otro amigo (lo que no le resta mérito a la afirmación, no pocos se refieren a él como "Felipe"), Juan Bonilla, destaca en la suya, no menos incisiva, el hecho de que "sea quizá el poeta más importante aparecido en España desde la muerte de Franco". Más allá de estos encendidos pero compartibles elogios, la feria va por barrios, no cabe duda de que estamos ante "uno de los nombres mayores de las letras españolas actuales", al decir del prologuista e instigador del homenaje, ante “un escritor singular” con “voz personal”, por usar sus propias palabras.
Lo primero que habría que destacar, más allá de la pertinencia de analizar la obra de FBR (Rota, 1960), es el acierto del título. Explica Jurado Morales el origen del invento y el porqué de su uso para explicar, metafóricamente, la literatura de Felipe Benítez Reyes: "porque para él la vida tiene mucho de tubo especular que guarda realidades relativas y variables en función del ángulo desde el que nos posicionemos". Dice también que "responde al perfil del escritor completo", algo en lo que también incide su alma gemela, el poeta Marzal, cuando alude a su condición de "polígamo" literario. Por eso, el volumen analiza su poesía, su narrativa (tanto el cuento como la novela) y sus ensayos, a lo que habría que añadir sus diarios, sus aforismos y cuantas ocurrencias, en el mejor sentido, podemos leer en sus artículos periodísticos, las entradas de su blog o hasta en su muro de Facebook. No olvidemos que FBR ha sido también traductor y director de revistas literarias (por ejemplo, de la emblemática Fin de siglo) y, ahora, pequeño editor, amén de autor de collages, que aquí estudia Ana Sofía Pérez-Bustamante.
En esto de la poligamia no tiene, según creo, parangón o, si acaso, hablando de coetáneos, con Trapiello, al que José Luis García Martín (que aquí no colabora, pero que es el crítico que más le admira) incluyó en la "Generación de los 80", que es la de Benítez Reyes (también antologado en el libro del mismo título).
Adscrito a "la órbita de la poesía de la experiencia", una cruz como otra cualquiera, FBR ha obtenido casi todos los premios importantes  y ha dedicado no poco de su ya extensa obra a un tema, digamos, central: el de la identidad o, por decirlo mejor (así se titula su último libro de poemas), el de las identidades. Por eso le dedican dos capítulos del total, los correspondientes a la poesía.
Precisa Luis García Montero, otro de sus grandes amigos, que "no hay que confundir el yo biográfico con la voz del poema, pero la poesía se esfuerza en configurar un personaje literario, una ordenación coherente de sentimientos y experiencias" y añade que “La poesía supone la construcción de una identidad”. Sí, el "yo" de FBR es también caleidoscópico y para ello basta con leer su celebrado Vidas improbables (1995 y 2009, premios Ciudad de Melilla, Nacional y de la Crítica), donde destaca la importancia que le da a "apócrifos, heterónimos e incluso homónimos", como anota Bagué Quílez. Estamos, dice, ante "un sujeto especular". Juan José Téllez, en la ponencia más disparatada del conjunto, le califica de “sencillamente esquizofrénico”. El poeta, por su parte, se ha referido a la “fantasmagoría de la identidad”.
De su literatura, se destaca, en suma, el humor (tan infrecuente en nuestras letras), la ironía (un signo de distancia e inteligencia), el escepticismo ("elegíaco y escéptico" le llama Payeras Grau) y el desengaño, la precisión estilística (lo que tiene de miglior fabbro), la perplejidad (en torno a los prodigios cotidianos), su aguzado ingenio, una atmósfera entre mágica, circense y misteriosa donde reina el espejismo...
Su voz es, como explica Bonilla, "elegante, descreída y sabia". Sería imposible resumir aquí no ya cuanto ha escrito, que es bueno y mucho, sino lo que los estudiosos revelan sobre ello en las páginas del libro que comentamos.
Para comprobar cuanto decimos, basta con leer su nota a "Suposiciones en tres tiempos", donde reúne, digamos, su poética, un texto fundamental que abre el volumen.
Si tuviera que destacar alguno de los asedios a los que acabo de aludir, lo que hago sin dejar de ponderar todos y cada uno de los artículos aquí reunidos, mencionaría el repaso de su trayectoria poética llevado a cabo por Marina Bianchi, la reflexión en torno a lo espacial y los lugares que firma L. Martín Estudillo, el análisis de Javier Letrán acerca de su pensamiento poético –lo paradójico, pongo por caso– a partir de Escaparate de venenos y su relación con la tradición filosófica pesimista o, por conocimiento de causa, las aportaciones de Antonio Jiménez Millán y Álvaro Salvador, dos clásicos de la “experiencia” y viejos compañeros de viaje del poeta. También cabe citar a Araceli Iravedra, antóloga de esa corriente, quien afirma que “la disposición característica del sujeto enunciador de la literatura de Felipe Benítez Reyes (…) es la perplejidad, el desconcierto y la extrañeza ante el yo y la realidad”.
No quiero olvidar la importancia de la bibliografía, elaborada por Jorge González Jurado y el editor de la obra. Y ya que le menciono, la meritoria labor de Jurado Morales, que, además de firmar un trabajo sobre los relatos de FBR, desglosa en su informado prólogo cada una de las ponencias recogidas.
Ojalá este libro colectivo se escape, en fin, de una maldición que el escritor señala en su primera poética, “La dama en su nube” (1988): “La poesía, expuesta a la luz de la ciencia y de los análisis lingüísticos, se fosiliza, se convierte en cosa pintoresca”.
En lo que a uno respecta, si se me permite la intromisión, confieso que he venido leyendo con fervor toda la poesía (y algunas cosas más) del autor andaluz. No me duelen prendas reconocerlo, al revés. Recuerdo perfectamente la primera lectura de "Elogio de la naturaleza" (incluido en su libro Los vanos mundos), un poema de aire modernista que me gusta especialmente; un puñado de versos que forman parte mi particular florilegio de la poesía universal.
Leída a lo largo, esta poesía demuestra que FBR ha conseguido su propósito: estamos ante un genuino “ejercicio de inteligencia”.

Nota: Esta reseña se debería haber publicado en el número 10 de la revista Miríada Hispánica, de la Universidad de Virginia. Fue solicitada en noviembre del pasado año, con cierta urgencia, por el secretario editorial de la publicación. El caso es que al final no apareció. Al parecer, por la incompetencia de alguien. Como su periodicidad es anual y esperar a 2016 me parece excesivo, la doy a conocer, sin más dilaciones, aquí y ahora.