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2.1.13

Universo Melero

Ya di cuenta aquí atrás de un postergado encuentro con el bibliófilo José Luis Melero y comenté su libro Escritores y escrituras. También Xordica publicó en 2009 otra obra suya, La vida de los libros que a uno le ha alegrado algunas horas estas pasadas Navidades. Reúne, como el otro, artículos aparecidos en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón y está dedicado a su principal instigador, el director del mismo, Antón Castro.
Mucho de lo que se dijo acerca de Escritores y escrituras podría repetirse a propósito de su hermano menor. Es fruto, no cabe duda, del lector "curioso", que él distingue del "sabio". De alguien que "en lugar de recorrer las avenidas principales, pasea siempre por los arrabales y acaba conociendo a la genta más rara y simpatizando con los libros más periféricos y estrafalarios". Sí, "este es el libro de un lector curioso y no de un seguidor del canon, la academia y los manuales, es más un escaparate de literaturas perdidas, de lecturas fragmentarias, que un ensayo luminoso sobre algunos de los libros más principales". Esos, dice Melero, ya tienen "plumas más autorizadas que la mía que los estudien o ponderen". Él prefiere ocuparse de los que nadie o casi nadie se ocupa para ofrecerles "algunos minutos de gloria". De paso busca entretener a sus lectores con esas "lecturas arbitrarias" y "contagiarle de alguna manera esa felicidad que yo he sentido al leer esos libros y al escribir estos textos". Y sin duda lo consigue, ya decía.
No falta la impronta aragonesista y zaragazona, nunca ocultada; digna, sobre todo, de orgullo. Son muchos los personajes, escritores o no, que nacieron o vivieron en esas tierras y de cuyas vidas escritas hace muy bien en dar cuenta. Vuelve JRJ y sus monjitas enamoradas; Gimferrer, todavía Pedro; bohemios del siglo pasado como Gálvez o Retana; más de un falangista (Sánchez Mazas, Ros, Mourlane, Laín, etc.) y otros derechistas afines a Franco, como Ruano, Giménez Arnau o Sainz Rodríguez (recordaba al leer su semblanza una larga conversación, de la fui testigo, entre L. M. Anson y Octavio Paz a propósito de algunos acontecimientos desternillantes de la vida del que fuera ministro de Franco y monárquico a ultranza, que tuvo lugar en el restaurante Jockey de Madrid, a los postres de la entrega del premio Loewe del año 91); militares y civiles de las guerras de España; poetas del 27 y arrimados como Chabás... No faltan las referencias a los viejos libros (sobre los viajes a Rusia tras la Revolución, pongo por caso) y a los libreros de viejo, como Inocencio Ruiz. Y a emocionantes manías, como la bibliofilia (que impide prestar libros, que arruina a cualquiera que pretenda hacerse con primeras ediciones de Gil de Biedma, etc.) y el fútbol (al Zaragoza, quiero decir). 
Son dignos de elogio los comienzos de los artículos de Melero, que por eso siempre atrapan desde la primera línea. También su sentido del humor, su suave acidez (esta vez aplicada contra los prólogos, algunos primeros libros, el emboscado Laín o el novelista Juan Benet, que aparece en otro artículo como miembro de la cuadrilla del torero Rafael Ortega), sus amplios conocimientos sobre literatura -más propios del sabio que del curioso- y, cómo no, sus anécdotas, divertidas casi siempre; sobre erratas, por ejemplo.
Dos veces menciona Melero a mi paisano Manuel Pérez de Guzmán, Marqués de Jerez de los Caballeros, que logró formar la "más importante biblioteca de literatura española que jamás haya habido en España" y de cómo la perdió y de la tristeza que llegó a embargarle, pensando en el noble extremeño, al ver aquellos volúmenes en la sede de la Hispanic Society de Nueva York.
"Los libros de José Luis Melero son vitrinas donde se preservan con mimo las literaturas perdidas, una suerte de muestrarios de antiguas telas con los que disfrutar de libros y autores olvidados como si fueran paños o sedas de otros tiempos, y también una invitación a dejarnos seducir por la atracción irresistible de aquellos escritores que hicieron del fracaso el eje de sus vidas", reza en la contracubierta de La vida de los libros. Lo que a uno se le antoja un delicioso, particular universo.

15.12.12

Volutas de lector

Llevo años siguiéndole la pista a José Luis Melero, pero sólo ahora puedo decir que he leído un libro suyo, Escritores y escrituras. Lo ha editado Xordica. Reúne ciento diecinueve artículos publicados en el suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón entre 2009 y 2012 y está dedicado a la memoria de uno de sus mejores amigos, Félix Romeo, al que tanto seguimos echando de menos, ahora que se cumple el primer aniversario de su intempestiva muerte.
De amistad y de lealtades, por cierto, tiene mucho este libro. Al citado Romeo, sí, pero también a Ignacio M. de Pisón (que vive en Barcelona pero que vuelve cada poco a su ciudad natal), Ismael Grasa, Fernando Sanmartín, Luis Alegre, etc.; es decir, a algunos de los más esclarecidos representantes de la intelectualidad aragonesa, un puñado de escritores a los que da gusto leer y por los que uno siente un respeto absoluto. Por aquello de la provincia, sobre todo, ese mundo periférico tan devaluado que, como aquí se ve, da para mucho. En efecto, de "mis pasiones aragonesas" hay no poco en Escritores y escrituras pero el marbete de "autor local" no limita, todo lo contrario, los acercamientos de Melero al mundo, a su mundo, que a fuerza de particular es ancho y ajeno. Aragonesa es la jota y quien la cantó acaso como nadie, José Oto, como aragoneses son los numerosos autores (en especial los desconocidos u olvidados) y las abundantes obras (novelas, crónicas, libros de poesía, memorias...) de los que da buena cuenta el bibliófilo zaragozano. Esa condición, supongo, se antepone a cualquier otra; por ejemplo, la de aficionado al fútbol (del Zaragoza, por supuesto) o la de coleccionista de objetos raros y curiosos con veleidades fetichistas. Un bibliófilo, conviene decirlo, de los siguen prefiriendo una buena novela o un buen ensayo al catálogo de una librería de viejo, por tentador que resulte. Un bibliófilo que lee, cosa rara. Alguien que reconoce lo mucho que valora el humor, de ahí que las anécdotas, las curiosidades, los apuntes y todo cuanto cuenta estén impregnado de ese sentido propio gente inteligente y poco o nada solemne. Así cuando se refiere a las "santas, pacientes y resignadas" mujeres de los bibliófilos (en el hilarante "De compras"), a los cleptómanos, a los propios bibliófilos o a tantos y tantos personajes, vivos y muertos, de los muchos que pueblan las páginas de este libro: los Labordeta (Miguel y José Antonio, al que dedica un artículo memorable por culpa, ay, de su fallecimiento), Luys Santa Marina, José María Hinojosa, Urbano Lugrís, Luciano Gracia, Chaves Nogales, el pesado de Cañabate ("Coño, vete", le decían los amigos cuando llegaba a la tertulia del café), Teresa Wilms, José Manuel Castañón, Jesús Moncada, Ciro Bayo (que viajó a Yuste con los Baroja), etc. Una sombra tutelar, se podría decir, es la de su admirado Andrés Trapiello (con su inseparable Bonet, bibliófilos de pro), lo que no le impide trazar sendos retratos (elogiosos) de Gimferrer y de Tàpies. Aparece, cómo no, nuestro Bartolomé Gallardo (y de rebote Rodríguez Moñino), algo que me lleva a pensar la insalvable diferencia entre la manera de proceder, y de escribir, de este sabio erudito y la que gastan los de por aquí, tropa dizque informada, pero carentes de la gracia y el estilo de quienes hablan con pasmosa y honda naturalidad de los libros sin más rebozos que los del rigor y el entusiasmo. Por eso me he acordado de Fernando Pérez al leer muchos pasajes de la obra, como cuando se menciona a Azorín y la presencia de Aragón en su obra (o en su vida, no en vano se casó con una maña).
Letraherido confeso -a falta de sueños cumplidos, leamos-, Melero declara que siempre lo ha hecho "con un lapicero en la mano". Se nota a la legua. Lo mismo que se aprecia lo buen conversador que será. A uno, al menos, le gustaría seguir escuchando, más allá de los límites de estas entretenidas cuartillas, todo lo que podría seguir relatando de esa panda de escritores en las afueras del canon que, sin embargo, tantas lecciones de literatura nos pueden dar. Eso era hasta hace poco Chaves Nogales, sin ir más lejos, y ahora...
Alude Melero, en fin, a "este expositor o vitrina de rarezas bibliográficas", de "volutas de lector", y no puede uno por menos que mirar para otro lado, como si no se estuviera refiriendo a estas prosas amenas que uno lee tan sustanciosas y vivas.

19.1.18

Melero, académico

El pasado 20 de diciembre de 2017, el bibliófilo José Luis Melero ingresó en la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza. El acto fue todo lo solemne que cabe al caso y el ilustre zaragozano aparece en las fotografías con el elegante atuendo y la cara de circunstancias que se esperan en un acontecimiento de esa categoría. Pero no es Melero, o eso intuye uno, que lo conoce de leídas, el hombre serio y circunspecto que vemos en esas imágenes y para demostrarlo basta con leer su discurso Una aproximación a la bibliofilia: los libros, la vida y la literatura. Lo que allí relata, porque este hombre es ante todo un gran conversador y el tono de su literatura conversacional; lo que allí relata, decía, está, en lo fundamental, recogido en sus libros, esas delicias del rigor y del saber que algunos hemos tenido la fortuna de degustar. Lo que pasa es que aquí, obligado por el género, lo cuenta de otra manera. Mil veces podríamos escucharlo sin cansarnos. Porque son anécdotas tan sustanciosas como divertidas y porque están espléndidamente escritas, con una pasión inteligente y contagiosa. A la erudición sobre los libros se le sobrepone la gracia de la literatura, la que sólo aflora en quienes, además de amarlos por su condición de objetos, que es la pulsión que predomina en quienes los coleccionan, extraen de su lectura las armas necesarias para expresar sus sentimientos y sus pensamientos. 
Está claro que para Melero vida y literatura son lo mismo y que el enlace entre ambas está en los libros. También que conoce muy bien a quienes los atesoran; gente, por lo demás, de variada condición, del personaje más atrabiliario al más ejemplar. De sus manías, sus tipos y sus actitudes habla Melero. Y de sus viudas. Y de sus sosias, los libreros ("Sin libreros no hay bibliófilos"). Y de bibliotecas y rarezas, tanto de ejemplares como de personas entregadas a esa "perversión mayoritariamente masculina". ¡Qué tropa!
El volumen, exquisita y clásicamente editado, incluye el discurso de contestación de Ramón Acín y el institucional del Presidente de la Real Academia, Domingo Buesa, que son, más allá del elogio, también dos excelentes disertaciones en defensa de la lectura y de los libros. 
En el último número de la revista Clarín se adelantan las respuestas de Melero al famoso Cuestionario Proust (que formarán parte del libro Cuestionarios Proust y Bolaño, de Ricardo Álamo). Allí cuenta que su mayor extravagancia (lo relata en su discurso) fue "decirle que no a Vargas Llosa cuando me pidió que le regalara la primera edición de su primer libro, que él entonces no conservaba y que yo le llevaba para que me la firmara". O que "Como lector enfermizo, lo que más me horroriza es pensar que un día no pueda ver para leer". Y concluye: "La vida sin libros no tendría sentido". 

Oliver Duch/El Heraldo


1.9.13

Leer para contarlo

¿No es un buen título para el libro de memorias de un bibliófilo? A uno le parece excelente. Cualquier lector podría hacerlo suyo, pertenezca al bando de los que leen sin más, poco importa el soporte, o al más escogido de los que procuran leer primeras ediciones en papel de obras adquiridas (normalmente, en librerías de viejo) tras largas pesquisas y no siempre a un precio asequible. Soy del primer grupo y, sin embargo, me ha apasionado la lectura de estas páginas no menos conmovedoras que el "bibliófilo aragonés" José Luis Melero dio a la imprenta hace diez años en una colección denominada Biblioteca Aragonesa de Cultura sufragada por Ibercaja (entonces existían las Obra Sociales y Culturales de las entidades de ahorro) y algunas instituciones públicas. Un libro, por cierto, inencontrable salvo para los entendidos, muy codiciado, con bellas ilustraciones de distintas cubiertas y exlibris, regalo de uno de esos curiosos letraheridos a los que no sé cómo afectará esa inminente e inevitable revolución que traerá consigo el, para uno, enojoso libro electrónico. 
Melero lo dice desde el principio alto y claro: "A mí lo que me gusta es leer", que es, precisamente, eso que no hace la mayor parte de los de su cofradía, meros coleccionistas. "Uno es sólo un lector", insiste. Pero el salto cualitativo aquí es otro: animado por sus amigos, Martínez de Pisón ante todo, el de convertirse, proceso natural, en "escritor". No es que no hubiera escrito y publicado antes, pero no tenía un libro propio en la calle. 
Vitalista confeso (de los de vivir antes que escribir), Melero traza un gran imaginario donde lo aragonés es parte sustancial (repárese en el subtítulo). 
Salvo el teatro (un arte, lo comprendo, que detesta), el resto de géneros está bien representado. Los autores y sus obras van de la mano de tal o cual circunstancia, de tal o cual anécdota (a cada cual más divertida: Retana, Villalón, Paso...), las que, fiado a su memoria, fija en el papel y donde da cuenta de la adquisición (dónde, cómo...) y posterior lectura de las mismas. De las más importantes a las menos. 
Librerías y libreros (Inocencio Arias, Valdés, Primitivo Lahoz, etc.), colegas y amigos (Vicente Martínez Tejero y Ángel Artal, sobre todo), sufridas mujeres (ay, Yolanda, otra coincidencia), escritores, gitanos y "vendedores ocasionales", editores, artistas, rastros, etc. se suceden y dan forma a una suerte de retablo de las maravillas donde el tono, desenfadado y a ratos decididamente humorístico, lo es todo. 
La erudición, que abruma, no impide nunca el disfrute y, aunque no siempre el libro o el personaje aludido nos resulte ni de lejos conocido, el relato, la literatura, lo bien contado, vence cualquier atisbo de pedantería. 
Melero recorre las mejores librerías de viejo de España, nos cuenta la compra de algunas bibliotecas privadas, nos explica algunas claves para ser un buen bibliófilo (no hace falta, por ejemplo, ser un Bárcenas), la importancia de las dedicatorias (mi ejemplar tiene dos), nos habla de las viudas e hijos que despejan en cuanto pueden las estanterías (ya han coincidido los de la funeraria con los bibliopolas en casa: caja por caja) y nos confiesa, en fin, que a pesar de que la edad atempera los vicios, él sigue dispuesto a seguir en el empeño, porque, dice, "sigo siendo feliz refugiándome en los libros". 
No me resisto a formular un deseo: que Melero aborde en un libro (da para eso) sus relaciones con la poesía, que aquí no falta, siquiera sea porque empezó como poeta en su querida Zaragoza natal, una ciudad libresca, como queda se sobras demostrado en esta obra. 
Con Leer para contarlo llegó hasta Plasencia un intempestivo y benéfico cierzo que aplacó el sofocante calor de julio.
Va leyendo uno a Melero hacia atrás, con la certeza de que el refranero esta vez acierta: "Más vale tarde que nunca". 

30.11.15

En busca de la edición perdida

Como uno no puede leer cada semana la columna de José Luis Melero en Heraldo de Aragón, tiene que conformarse con esperar a que agrupe unas cuantas en forma de libro y que, por añadidura, lo publique, según costumbre, Xordica con el habitual dibujo del pintor Jorge Gay en la cubierta.
El tenedor de libros se titula, a sugerencia de su amigo Martínez de Pisón, la nueva entrega de esos artículos teñidos, sobre todo, de aragonesismo (o, mejor, de zaragocismo) y de inteligencia más sentido del humor (dos partes de lo mismo). En las dos primeras líneas leemos: "Podría decirse que no he hecho otra cosa en esta vida que llevar los libros. Como un tenedor de libros lleva sus libros de contabilidad". Sí, de libros se habla aquí y bibliófilo de los que leen es Melero. De libros ("Como los libros no hay nada") y de autores, claro está, y de libreros (de viejo, mayormente), editores y escritores. Raros y olvidados, casi siempre, más para quien no conoce la rica realidad literaria de Aragón y de Zaragoza, ciudad libresca por antonomasia ("Las ciudades importantes tienen librerías importantes. Zaragoza las ha tenido siempre"), y no ha sido tocado por el sublime vicio de la bibliofilia. Tipos tan interesantes como Iván de Nogales, Eduardo Marquina o Manuel Pinillos.
Y de fútbol, también se habla de fútbol. Del mismo modo que cabe mencionar la "desazón" lectora (por no dar abasto con tanto libro), se puede mencionar la futbolística, por ser hincha de un equipo proclive a dar menos alegrías que disgustos. 
Le parece a uno mentira que este hombre capte el interés del lector (y cómo lo capta) hablando, a veces, de tal o cual ejemplar o de tal o cual autor menor, casi siempre pretéritos, con una erudición envidiable, sin duda, pero también, insisto, lejana. La clave está, por una parte, en lo bien que escribe esos artículos; la segunda, por la ironía y el citado humor (léase "Elogios y necrologías") que pone en esos escritos a lo que tiene tan bien cogidos la medida y el punto. La pasión que le echa también ayuda.
Ya lo dice él mismo: "Cuando leemos a ciertos columnistas nos gusta muchas veces encontrar una confesión personal". Eso nos pasa con el "mitómano y fetichista" Melero. Estamos encantados cuando nos habla de su sufrida mujer, de sus lances en busca de la edición perdida, de sus veraneos en Jaca y, ante todo, de sus amigos: de los inolvidable Félix Romeo (relata, entre otras cosas, su desconcierto ante al aparición de un libro desleal sobre él) y José Antonio Labordeta (a quienes tuve la suerte de tratar), de Fernando Sanmartín o Javier Tomeo; de sus cenas en Casa Emilio; de las presentaciones de sus libros; de sus viajes (a París, a Florencia, a Burdeos, a Londres, a Groningen)... Más allá, si por algo se caracteriza Melero es por su responsable sentido de la amistad; ejemplar, me consta. 
Por aquí pasan meretrices, jotas falsas, tildes ausentes, series americanas, escritores pedigüeños (qué divertido artículo)... Nos cuenta que fue crítico gastronómico una temporada y merece la pena echarse unas risas con el experimento, así como actor ocasional de cine: hizo un cameo en la película de Trueba Vivir es fácil con los ojos cerrados.
Y Javier Cercas, Azorín (que echa por tierra su concienzuda tarea de fichar libros), César Vallejo, Jesús Marchamalo, Fernando Ortiz...
Ahí va, y termino, mi "confesión personal". Aspiro a que un año de estos, al leer uno de los volúmenes del de Zaragoza, encuentre por sorpresa mi nombre y, en consecuencia, haya merecido el honor de formar parte de esa lista interminable de personas y personajes de Melero; esos seres casi siempre extravagantes y no pocas veces arrinconados que habitan en sus bonitos libros. Como el sastre Julio Lajo o el maestro Bielsa Jordán. Para esa noble posteridad siempre estará uno dispuesto. 

30.11.18

El lector Melero

El lector incorregible ha titulado el bibliófilo, articulista, académico, estudioso y numerosas cosas más José Luis Melero (Zaragoza, 1956) su nuevo libro. Lo publica, según costumbre, Xordica, tan aragonesa como el autor de, entre otros, Leer para contarlo, Los libros de la guerra, La vida de los libros, Escritores y escrituras y El tenedor de libros. En este rincón se ha hablado de casi todos ellos y esta reciente entrega no iba a ser menos. Recoge artículos publicados entre los años 2015 y 2018 en Heraldo de Aragón, su periódico. Con voluntad literaria, cabe añadir. Para que perduren más allá de la caducidad que lleva aparejada la prensa escrita. El "Liminar" es ya una delicia. Ese lector empedernido, cambiemos el adjetivo, sabe que los prólogos (delantales, diría él) pueden ser la mejor manera de invitar al que lee a perseverar en el empeño. Los de Melero son de la mejor estirpe. De la de un Borges, pongo por caso. O, por acercarnos al presente, de la de su admirado Andrés Trapiello. Allí dice que "uno es escritor de pocos lectores". Los califica de "ejemplares", "incorregibles", "letraheridos", "cofradía de raros y chiflados", gente, en fin, ajena al ejercicio físico, esa manía de "los tiempos que corren (nunca mejor dicho)", y más propensa a la quietud del sofá. Habla de viejos libros y de viejos autores, de "escritores olvidados", lo que melancoliza cuanto escribe. Libros "en los que no vamos a encontrar recetas para triunfar sino herramientas para sobrevivir". No faltan, claro, los temas y asuntos aragoneses, ya "que a uno le gustaría que mis lectores vieran como propios, pues no hay nada más universal que esas pequeñas pasiones que cada uno de nosotros siente por sus cosas más próximas". Y eso nos ocurre. "Porque frente a tantos esfuerzos globalizadores y uniformadores -escribe-, hay pueblos que no renuncian a su singularidad". Palabras que uno lee con asentimiento, sí, pero mirando de reojo al independentismo catalán y sus falacias identitarias.
Resalta su fervor por los libros y la literatura, por "algunos pocos saberes inútiles", su "interés por no tomarme nunca demasiado en serio". Después, empieza la fiesta. Con Joyce, que no le gustaba a Benet, y eso que "siempre pensé que los amigos de lo abstruso se sentirían cómodos en la misma cofradía". Este el tono. De ahí que califique la lectura de festiva.
Hay mucho poeta por ahí suelto. En el libro, digo. Cernuda, Machado, Borges, Bergamín, Blas de Otero, Hidalgo, Lorca, Alberti, pero también paisanos como Ildefonso-Manuel Gil, Rosendo Tello y Fernando Ferreró. Y novelistas, como Wolf, Proust, Sender o Martínezde Pison. O diaristas como Torga, una debilidad compartida. Escritores, en todo caso, grandes y chicos, si vale el distingo.
No faltan, como en toda su literatura (que se mezcla con la historia), cantantes de jota, políticos decimonónicos, académicos, eruditos y catedráticos (de la vetusta Universidad de su "vicerrectora favorita", a quien dedica el libro -junto a sus dos hijos-, siempre a punto de echarle de casa por culpa de la adquisición de este o aquel costoso y raro ejemplar), ni viajes: a Oporto, Dublín, París, Barcelona..., además de visitas a pueblos y ciudades cercanas a la suya, que es a la que más viaja. Tampoco imprentas y editoriales.
Leo estos libros sobre libros con lápiz y papel, como hace Melero, y a veces pone uno un "ja, ja, ja" en el margen. Hay anécdotas hilarantes. Capítulos muy graciosos, como "Una historia escatológica" o "El libro no devuelto". O cuando relata uno de sus cameos cinematográficos. Y eso a pesar de que, como nos recuerda, hacer reír haya tenido "desde antiguo mala fama entre ciertos intelectuales". Porque la risa, o esos dicen algunos, es "plebeya". Indigna del gran arte. No es extraño que en "Contra la amargura", una de las piezas más bonitas del conjunto, defienda, como antídoto, los "pequeños gestos de cariño". En otra parte, "El primer Moncada", vuelve a retratarse: "Uno debe ser condescendiente y tolerante con las cosas que no le gustan a los demás, y no esperar que la gente a la que quieres se comporte como a ti te gustaría, sino tratar de quererla como es". Elogiable es también su ecuánime defensa de Juan Manuel Bonet, cuando fue injustamente destituido por razones políticas como director del Instituto Cervantes. Cómo no vamos a leer (¿o era querer?) a un tipo así, aunque no coincidamos con él en la afición fulbolera y zaragocista ni en su afán bibliópata. Este país necesita a Melero. ¡Qué ciudadano!

22.5.15

Memorias de un bibliófilo

Aragonés, por más señas. En 2003 publicó José Luis Melero (Zaragoza, 1956) Leer para contarlo, sus memorias de bibliófilo y de esa obra dimos aquí cuenta hace un par de años, que es cuando la conocimos. Ahora, Xordica (todo queda en casa) lo edita de nuevo y, por cierto, espléndidamente, con un bonito dibujo en la cubierta de Jorge Gay, numerosas ilustraciones con portadas de libros a lo largo del volumen y, al final, un impresionante "Álbum fotográfico" al que precede un concienzudo índice onomástico. Melero ha escrito un prólogo para la ocasión donde, entre otras cosas, explica que no lo ha reescrito porque eso "sería una forma de traicionarlo". No por eso, a decir verdad, deja de parecer otro, ese milagro que se produce cada vez que emprendemos otra vez la lectura de una obra ya leída.
Que en lo de la bibliofilia, como en todo, los tiempos han cambiado es lo que nos cuenta Melero, con el sentido del humor que le caracteriza, en esas páginas iniciales. Se refiere a lo de comprar libros de viejo por internet, a lo de hacer consultas en la Wikipedia y otras lindezas que permiten al bibliopola adquirir tal o cual volumen desde casa, a golpe de clic y en zapatillas. También a que estas nuevas prácticas han dejado atrás "los chollos" y a los libreros poco informados. No se olvida de los amigos que ya no podrán ver, por desgracia, la nueva edición. José Antonio Labordeta y Félix Romeo, por ejemplo.
Pasión es lo que ni le faltaba ni le falta al maño, algo que logra transmitir como pocos letraheridos. No, nunca nos divertiremos tanto como lo hizo él "buscando esos libros, leyéndolos y escribiendo sobre ellos", pero casi. Y ya que lo menciono, no está de más volver a recordar que este diletante (en el mejor sentido del italianismo, el que usaba Matamoro hace poco para definir a Barthes), a diferencia de la mayor parte de los meros coleccionistas de libros, afirma sin empacho que "a mí lo que de verdad me gusta es leer". "Al fin y al cabo -precisa- uno es solo un lector y ni siquiera -ironiza- de los mejores".
Nos felicitamos, en fin, de que Ignacio Martínez de Pisón, en nombre propio y en el de su grupo de amigos, le dijera un buen día: "Todos hemos escrito un libro menos tú. Tienes que escribir un libro. Ya vale de antologías, prólogos y articulitos. Tienes que ser escritor como nosotros". El resultado es éste. Un libro que gana y que nos gana. Incluso a quienes no tenemos afición por la bendita bibliofilia.

7.4.13

El manual de Melero

El inquieto bibliófilo y bibliógrafo zaragozano José Luis Melero acaba de publicar en la preciosa colección Papeles de Trasmoz (de la Editorial Olifante) un libro no menos exquisito (da gusto: papel, tipografía...) titulado Manual de uso del lector de diarios. Una selección bibliográfica, minucioso recuento de diarios o dietarios (donde no faltan los que recopilan artículos literarios, otro género híbrido); literatura memorialística y autobiográfica, en suma, de autores tanto españoles como extranjeros. Para quienes leemos con placer ese tipo de obras, hasta hace poco tan escasas por estos lares, el volumen no tiene desperdicio. Todo lo contrario.
A las numerosas referencias conocidas (los autores están ordenados alfabéticamente y se añade un capítulo final titulado "Algunos apuntes sobre otros diarios", fechado en febrero de 2013) añade uno otras desconocidas u olvidadas que lo único que suscitan en el lector son ganas de leer más y más. Sin que Melero pretenda ser exhaustivo en su selección, o eso dice (estos sabios...), me da que falta poco. Y eso que sólo menciona, según confiesa, los libros que tiene por casa.
Faltan, eso sí, los blogs, tan cercanos en algunos casos a este tipo de literatura del yo, aunque sí se alude a ellos en el prólogo que, no se ha ponderado todavía, es otra de las joyas de este útil manual.
Tal vez lo más importante resida en haber dado el primer paso. Luego, como Melero reconoce con humildad, vendrán otros que llevarán a cabo la tarea de perfilar y completar.
"He sido siempre un apasionado lector de diarios", confiesa el estudioso aragonés en la primera línea del citado preámbulo. Ese entusiasmo se nota. A la legua. Sobre todo en alguna de las fichas. Como se nota que en estos últimos años han surgido en España un puñado de diaristas (o dietaristas, a la catalana, por más que la palabra tenga su origen en Aragón) dignos de elogio. Otra alegría.

16.12.12

El humorista Goytisolo

"Yo valoro mucho el humor", dice José Luis Melero al principio de su artículo "El humor de Luis Goytisolo", incluido en Escritores y escrituras. El texto se dedica a comentar, con exquisita y divertida ironía, algunas afirmaciones del pequeño de los Goytisolo que le convierten, según Melero (una opinión que suscribo), en un auténtico humorista. Para corroborar esa teoría, añade uno, con su permiso, otro ejemplo, muy reciente. Así, cuando el periodista Ramón Arangüena le pregunta en la revista Yo dona (El Mundo, 8 de diciembre de 2012) al autor de Antagonía: "¿Cuál es la primera lectura que recuerda?", el académico, sin inmutarse, responde: "Macbeth. Le pedí a mi abuela que me leyera porque, en aquel entonces, me costaba leer de corrido". Esto último, sin duda, es extraño. Más, que este hombre haya tenido abuela.

9.10.14

El libro nuevo

Ayer, después de la reunión del Consejo Escolar, me acerqué a Correos a recoger un envío de Renacimiento (un auténtico botín: los diarios de Pepys, la conversación de García Simón con Santiago de los Mozos y lo nuevo de mi admirado Jacobo Cortines). Luego, me pasé por El Quijote. Quería ver por primera vez mi nuevo libro. A casa aún no ha llegado ejemplar alguno. Cosa inédita y extraña. Había varios ejemplares en el escaparate. Álvaro me pasó uno. Lo toqué, lo olí y lo hojeé con la ilusión propia del momento. Existe por fin, me dije, y lo metí en la cartera. En una similar, llevé -va a hacer treinta años- durante semanas uno de Territorio, que de vez en cuando, entre clase y clase, ojeaba. Pero éste es mucho más bonito. 
Al llegar aquí, se lo enseñé a Y. No cabe duda de que es casi más suyo que mío. Ahí están nuestras vidas cruzadas, nuestro doble viaje con salida y llegada en Tánger. 
Cuando abrí el ordenador, la primera carta sobre el libro, con tranquilizadoras impresiones positivas, venía firmada por el bibliófilo zaragozano José Luis Melero. Una alegría. 
Miro el ejemplar de reojo. Existe. Sólo eso, sí, nada más que eso. 

20.3.14

De ruta

Porque las circunstancias mandan, uno ha cambiado las sabatinas rutas de las cañas (como decimos aquí) por las naturales o turísticas. La última por Las Hurdes y Las Batuecas. El otro día me acerqué hasta Riomalo de Abajo. Al lado del puente, en Riomalo, a secas, celebrábamos mi compañero Baldomero y yo las comidas de Navidad, previo encargo de la famosa paletilla de cabrito al horno que allí preparan. (Una vez, recuerdo, almorzaba en la mesa de al lado el malogrado torero Julio Robles.) Como no había pedido nada de antemano, en esta ocasión tomé unas alcachofas (no precisamente de temporada) y unas chuletillas de cabrito a la brasa. Tras la entretenida tarea de limpiar de carne, cuchillo en ristre, los huesos del animalito, decidí, otro imprevisto, subir al Meandro del Melero, donde, aunque parezca mentira -al menos a mí-, nunca había estado. Al último que le oí hablar del lugar fue a Moga, que por allí anduvo a finales del pasado año. La caminata es amena. Tres kilómetros dicen que hay desde el puente hasta el mirador y el único peligro, turistas había pocos, fue encontrar a la procesionaria del pino haciendo su recorrido penitencial. Desde que a mi hija le cayeron encima unas cuantas orugas hace años, le tengo mucho respeto a esos repugnantes bichitos. Pinar arriba, las vistas son magníficas. En todo el trayecto. Cuando coronas el último cerro, ya con vistas al meandro, te das cuenta de la justa fama que el sitio merece. Impresiona, y hasta da un poco de vértigo. Luego, al llegar al mirador propiamente dicho, la cosa cambia. De bien a mejor. La nieve de la sierra de Béjar, al fondo, daba a la imagen un aliciente más. Allí estuve diez minutos, casi solo. Contemplando aquella maravilla con tintes de milagro. De los milagros en los que uno cree, quiero decir. La bajada fue tranquila. El paseo apenas duró una hora. 
Volví después sobre mis pasos, hasta el cruce de Ladrillar y Las Mestas. La carretera sigue igual que cuando estuvimos en otoño: cortada, con semáforos, muestra de la desidia de quien corresponda, Junta o Diputación.
De la patria del ciripolen hacia arriba, la cosa se complica aún más. Estrechez, curvas cerradas, demasiado tráfico y, cómo no, panorámicas espléndidas, montes azules, ríos de cauce imposible, rocas y árboles en precario equilibrio que se confunden entre sí, umbrías selváticas e inquietantes precipicios, y la sensación, que uno nota sin querer, de estar en un lugar mágico, el desierto de Las Batuecas, sitio apartado y eremítico sobre el que ha reflexionado no poco el batueco Fernando Rodríguez de la Flor. Un lugar, sí, de la poesía, por decirlo con María Zambrano.
Y ya que menciono al ensayista salmantino, hasta su querida Sierra de Francia subí y hasta La Alberca llegué, atestada, como siempre, de domingueros (como uno), por decirlo de alguna manera. Hace años que no paro allí. La última vez, en busca del poeta José Luis Puerto. En esta ocasión, siguiendo una recomendación de mi compañero Antonio Moriano, me acerqué al hotel Abadía de los Templarios, que no está mal, y en su cafetería me tomé un té, exquisito por cierto. Y, ya de vuelta, Sotoserrano abajo, llegué hasta el cruce de La Pesga y, entre olivos, a Mohedas (con la vista de Granadilla, el pueblo abandonado, en lontananza); una carretera en la que una tarde, cuando trabajaba por esa zona, de camino a algún colegio, paré un rato y estuve leyendo un libro de Heaney. Lectura que propició, lo recuerdo bien, un poema, no sé si publicado o inédito. 
Con el sol ya caído, Plasencia. Vuelta a la dura realidad, y un pensamiento: lo terrible puede suceder en medio de la belleza. Que si no es de Rilke, lo parece. 

8.6.12

Una novela de Fernando Sanmartín

No sabría decir si ésta es la primera novela de Fernando Sanmartín. Parece que sí. Los editores no destacan ese hecho. Estoy de acuerdo. Al fin y al cabo, el escritor zaragozano no es nuevo en el panorama narrativo y, además, me da la impresión de que clasificar sus libros en un género determinado es imposible: sus dietarios contienen relatos y sus cuentos pudieran ser calificados como poemas en prosa. Sólo sus poesía, señalada como tal, está compuesta por poemas; así, en su penúltimo libro, El llanto de los boxeadores (La Isla de Siltolá). En Te veo triste, sobre todo una novela corta (una nouvelle), esa mezcla es perfecta. Su argumento es sencillo y puede resumirse del siguiente modo: el escritor Luis Sampiero muere y deja a su hija Marta una nota: "Dile a Carmen Cabrera que he muerto". Pero también participa del diario (las anotaciones de Sampiero en sus cuadernos de viaje) y, con las formas delicadas que gasta Sanmartín, de la poesía, aunque nada más lejos de la tópica novela de poeta que este libro. Al revés. Que enganche desde las primeras líneas es buena señal de su carácter eminentemente narrativo. Uno aprovechó el silencio de la mañana de Ferias para leerla de una sentada. Había empezado la tarde anterior con las primeras páginas y nada me apetecía más. Lo hice lápiz en mano, algo poco usual cuando de novela se trata. Y eso porque otro género (con perdón) presente en Te veo triste es el aforístico: el narrador (no está escrita en primera persona) se expresa a veces en un tono sentencioso y dice: "El paso del tiempo es un mendigo cuyo nombre jamás conoceremos" o "Eso es la vida en ocasiones. Un reloj averiado" o "Cada ciudad tiene su diario íntimo" o, pongo por caso, "Somos una consecuencia de lo inesperado". Se podrían espigar muchos más y, ahora que está de moda, ensamblar -tomando sentencias del resto de su obra- un bonito volumen de aforismos.
Otro de los rasgos destacables es el uso de las metáforas, una manía, ya ven, de Sampiero.
Su prosa, marca de la casa, se apoya en la fragilidad, la sugerencia, el velamiento y, más que nada, en la sutileza. De ahí que lo poético no le sea ajeno.
¿Sus temas? El amor (el paternofilial y el otro: Carmen, Juan), la muerte (no en vano ése es el meollo de la novela), los viajes (que nunca faltan en la literatura de FS)...
El clima, muy conseguido, desde el mismo título, es melancólico: "Adicción a la melancolía", dijo Connolly. O triste. Siempre, eso sí, desde la serenidad, por desesperada que sea. Una atmósfera muy adecuada para expresar "desvalimiento", que es lo que siente Marta ante la inesperada muerte de su padre.
También hay reflexión sobre leer y sobre escribir, sobre librerías y bibliotecas, algo natural si tenemos en cuenta que el protagonista era escritor.
Hay palabras clave que se repiten, algunas con cierta frecuencia: búsqueda, pasado, curiosidad, cobijo (o refugio)... Dan pistas fiables al lector quien, por cierto, es tratado con la cortesía orteguiana de la claridad, por más que esta prosa nada tenga que ver con la muy engolada del filósofo.
Porque he leído otros libros de FS, no he podido evitar las comparaciones. No de calidad. Me refiero a las coincidencias: viajes de sus diarios que sirven para la trama. Lugares habituales, como la ventosa Zaragoza (omnipresente, un personaje más), o no tanto: Varsovia, Dublín, Cracovia, Hondarribia -y los barcos-... También hay otros deliberados guiños detectables: la aparición de nombres reales (Antón Castro, Daniel Gascón, Melero, Martínez de Pisón...), pongo por caso. Cuando llevaba uno dándole vueltas a la idea de que el ambiente de la novela y hasta su tono me recordaban al mallorquín José Carlos Llop, Sanmartín lo cita expresamente. Como en los casos anteriores, entiendo que a modo de homenaje. En esta ocasión, doble: por lo que esta novela tiene de modianesco: las listas, los datos, las direcciones, los nombres...
Hay mucho de FS en los contados personajes de Te veo triste. Normal. Con todo, el lector es incapaz de mirar desde fuera la narración y se inmiscuye en ella con todas las consecuencias. Eso me pasó al menos a mí, que sentí un inesperado estremecimiento al leer las últimas líneas, se presintieran o no. Precioso final, sin duda.
Me agradan, y termino, algunas coincidencias con los personajes: el gusto por el té, por los cuadernos con las hojas en blanco (y no cuadriculadas), por los lápices de los hoteles, por la librería Tropismes (en Bruselas, "ciudad bolígrafo", trabaja como traductora Marta Sampiero), que Sampiero regalara a Carmen un libro de Coppola, etc. Eso y que uno también escribe y, además, tiene una hija que, como Marta, un año de estos (eso espero) se ganará la vida con un idioma distinto al materno. Son detalles, sí, pero, como bien sabe Fernando Sanmartín, es importante que otros miren cosas que a uno le interesan.
Ah, qué edición, la de Xordica, tan adecuada al contenido. Me cuesta imaginar este libro en un formato más hermoso y mejor. Una delicia.