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28.6.19

Julián

Fotografía de Marta Zarco
Sabía que la llamada telefónica de Miguel Ángel Lama a esas horas no traería nada bueno. Y así fue. Me contó que Antonio Franco le había dicho a Antonio Sáez y éste a él que nuestro viejo amigo Julián Rodríguez había muerto. Una noticia de ésas que cuesta creer. Qué golpe. Y qué tristeza. Tan a destiempo, además, como les ocurrió (a esa misma edad) a Fernando Pérez, con quien estuvo hasta el final en su lecho de muerte, y a Ángel Campos. Una maldición extremeña, se diría. Mientras intentaba digerir la fatal noticia y se la transmitía a otros amigos, llegaba una avalancha de recuerdos. Han sido muchos años. Hemos compartido proyectos (en la etapa de la Editora, sobre todo), cruzado numerosos viajes y múltiples conversaciones (en las que yo prefería escuchar, siempre con su tono en voz baja), concebido libros... Sí, son muchos años admirando al escritor y al editor (el de la excepcional Periférica, que seguía con sede en su amado Cáceres, y en Errata Naturae, que dirigía su compañera), que en ambas facetas, a las que habría que sumar las de comisario de exposiciones, cocinero o galerista (de Casa Sin Fin, con Juan Luis López Espada), brilló con luz indeclinable y propia. 
En estos últimos tiempos, disfrutaba muchísimo leyendo su diario de Facebook. Desde su casa de la sierra madrileña (en Segovia ha muerto). Con las consiguientes escapadas a Extremadura (de la que nunca se ha ido del todo, como otros). Su última anotación, lo compruebo, es de ayer. ¿Qué será ahora de su inseparable Zama? Qué buen libro saldría (saldrá) de ahí. 
Ya di noticia en este rincón de uno de nuestros últimos encuentros. En Plasencia. En La Puerta. Qué buen rato pasamos. Gonzalo, que estuvo allí, me dice que no se le ocurre nada que decir y reitera lo del golpe. Como mi hija, que estuvo con él y con Ferrán Adrià en Cáceres hace poco. La última obra gastronómica de Julián ha sido el libro de Atrio que ha publicado la editorial Montagud. Y su última exposición, la de José Antonio Cáceres en el MEIAC, comisariada por Emilia Oliva.
El pasado otoño estuve con él -la última- en la Fundación Helga de Alvear, en una lectura que moderó en torno a la naturaleza (dentro del seminario Lo sublime a ras de tierra) y al Cementerio Alemán de Yuste. 
Lo siento, en fin, por su familia (un abrazo, Javier), por sus amigos y lectores, por la edición española (como si no hubiera sido bastante con la muerte, tan sentida por él, de Claudio López Lamadrid), por los extremeños (pocos paisanos tan cabales y con tanto sentido de lo que esta tierra significaba, aunque nunca, por supuesto, se le reconociera). Y por mí, que ya no podré escuchar de su boca sus agudas reflexiones, sus razonadas maldades, sus geniales ideas. Sí, me puse muchas veces en sus manos, como cuando elegimos la fotografía de la cubierta de Las murallas del mundo, obra de su malogrado primo Victorio Montes, ceclavinero como él. Menos mal que nos quedan sus libros, el mejor ejemplo para calibrar su importancia en el panorama de las letras hispánicas de entresiglos. 

12.1.19

Muere Claudio López Lamadrid

©Lisbeth Salas
La primera noticia del día ha sido pésima y sorprendente: el editor Claudio López De Lamadrid ha muerto a causa de un infarto cerebral, según La Vanguardia. Tras sus años de formación en Tusquets, había llegado a ser el director editorial de Penguin Random House.
Hace unos meses conversó sobre libros con el crítico Ignacio Echevarría (un viejo amigo con quien trabajó en Galaxia Gutenberg) y su lúcido diálogo se publicó en El Cultural. Copio debajo el enlace. "¿De qué hablamos cuando decimos edición?" titularon aquello. 
Sé que algunos escritores de este país estarán hoy más desamparados. Mi amigo Julián Rodríguez, por ejemplo. Lo siento.
La última anotación en su muro fue a propósito del cumpleaños de su "poeta vivo favorito, Raúl Zurita, del que copia un poema.

13.7.18

La poesía de Ana Ilce Gómez

Esto de la lectura de poesía es muy azaroso. Estaba entre los libros por leer. A la espera. Entonces encontré un comentario de Julián Rodríguez. En su muro de Facebook, donde escribe ahora un diario que no hay que perderse, más si tenemos en cuenta que el editor ha sometido, de momento, al narrador. Poco después, su hermano Javier publicaba en su periódico, El País, un artículo en defensa de esta poesía. Lo titulaba "Mujer difícil". Desde hace mucho tengo en alta estima las recomendaciones de los Rodríguez y confío en su criterio, así que fui sin dilación a por la Poesía reunida de Ana Ilce Gómez y, apenas abrí el libro, calculado prólogo de Sergio Ramírez mediante, me convertí en un rendido admirador de sus versos. Su editor, el pre-texto Manuel Borrás (al que escribí en cuanto terminé la lectura para agradecerle que lo hubiera incluido en su selecto catálogo y felicitarle por ello), me cuenta que esta poesía también fue para él "toda una revelación". Y añade: "La pena fue no haber llegado a tiempo para que viese en vida materializada esa edición de su poesía reunida, que, además, le hacía una ilusión inmensa. Qué le vamos a hacer". Ha prometido explicarme con detalle "esta hermosa historia con final triste". Por cierto, un inciso para expresar un deseo: que publique algún día, en su casa o en otra, sus memorias de editor. Merecerían la pena. Puede que esté en ello.
En Nicaragüa nació Gómez. En el 45. Un país de poetas (el inmenso Rubén Darío, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal...), pero nada poético, a los hechos recientes me remito. Del dictador Somoza al dictador Ortega, del somocismo al sandinismo. Y ella allí. Lejos de todo y de casi todos. En la Comunidad Indígena de Maninbó, al norte. Tan discreta en la vida como en su poesía, que vienen a ser dos caras de la misma, de(s)preciada moneda. A eso le llamamos coherencia.
Su biografía es transparente, como sus versos, que nos atrapan por su misteriosa claridad. Escribió esta mujer (para que luego digan) poemas admirables. Sólo dos libros y un puñado de hermosos inéditos. No sé si acabará en el canon de la feraz poesía hispanoamericana (este volumen puede hacer mucho por ello), pero puedo asegurar que en el mío ya figura. Nunca es tarde. Ni importa haber descubierto otro Mediterráneo. Por suerte, abundan. Los de verdad, digo, no los de temporada. Por lo demás, mientras daba mi paseo matutino (qué remedio, el calor aprieta), pensaba: ¿qué diré de la poesía de Ana Ilce Gómez? Y me respondí: nada. ¿A quien le apetece que le destripen el argumento y el final de una buena película? Entren y lean. Me da que no van a arrepentirse. 

A UNA MESA

Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.

De Las ceremonias del silencio (1989).

18.4.18

El Extremadura

Mis primeros recuerdos del periódico se remontan a finales de los años setenta. Estudiaba uno Magisterio en Cáceres, de donde el diario es natural (desde 1923), y algunas tardes iba a visitar a mi amigo Felipe Muriel, ambos poetas en ciernes. En su casa, situada en la calle General Margallo, muy cerca de donde estaba el colegio San Antonio, se recibía un ejemplar por las tardes, entregado en mano. La edición, sí, era vespertina, como en sus orígenes la del italiano Corriere della Sera.
Muy pronto, por los azares de la vida, visité más de una vez los talleres donde se imprimía, en La Madrila. Otro periódico local y también vinculado a la Iglesia (al Obispado), El Regional, de Plasencia, donde publiqué mi primer artículo (con motivo de la muerte del poeta Blas de Otero, en 1979) y al que mi padre estuvo muchos años vinculado en su condición de administrador, llegó a un acuerdo con la empresa editora del Extremadura para lanzar la tirada en Cáceres. Uno era colaborador y redactaba los editoriales, tras previa y breve conversación telefónica con el sacerdote Virgilio Vegazo, responsable de aquello y mi primer maestro de montañismo. En aquellas rotativas conocí a Germán Sellers de Paz, toda una institución del periodismo extremeño, su director desde 1971 hasta 1987.
Eran viajes amenos por la vieja y mareante Nacional 630, más que nada por las conversaciones con mi acompañante y conductor, otro imprescindible de la prensa regional, Gonzalo Sánchez Rodrigo.
Desconocía en esos momentos que acabaría colaborando en El Periódico. Me invitó a hacerlo su director Julián Rodríguez, un gallego que dio un impulso considerable al medio, que desde 1988 pertenecía al Grupo Zeta. Hacía mucho que el diario había logrado un alcance regional (consolidado ahora con las distintas Crónicas), por más que nunca haya perdido su impronta cacereña.
Mi sección se titulaba “A poniente” y para ella escribí cerca de ciento sesenta artículos. Terminó con la marcha de Rodríguez a su tierra natal. Con todo, el artículo que mejor recuerdo de cuantos publiqué en el Extremadura es el que apareció el 12 de marzo de 2004, escrito la misma mañana de los atentados salvajes en los trenes de Madrid, cuando aún creíamos que había sido ETA la causante de la matanza. Aquel aciago día di la vuelta a la altura de Navalmoral de la Mata cuando iba camino de Tarragona para dar una lectura. Pronto comprendí que ese acto no podría celebrarse.
A instancias de Merche Rodríguez Rey, redactora en Plasencia, publiqué algunas columnas de tema local en “Placentín”, cuando gobernaron nuestro Ayuntamiento, respectivamente, el polémico José Luis Díaz y la primera alcaldesa de la ciudad del Jerte, Elia María Blanco.
Ni en una ni en otra sección me libré de algunas controversias, como la que tuve con el alcalde de Torrecilla de los Ángeles a propósito del cambio de ubicación del Centro de Profesores donde trabajaba y que terminó con la intervención de la Guardia Civil.
En un espíritu semejante al que inspiró la campaña “Un libro, un euro”, esto es, que los libros de autores extremeños fueran asequibles para el gran público, El Periódico Extremadura y la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, dentro del Plan de Fomento de la Lectura que uno coordinaba, lanzaron la colección que “Literatura Extremeña y Universal”.
Destacaría dos obras de aquella espléndida muestra: la edición de una antología de textos de humanistas extremeños realizada por los profesores de la Universidad de Extremadura César Chaparro y Manuel Mañas, y la Historia Literaria Extremeña de Antonio Rodríguez Moñino, un libro perdido que se rescató gracias al bibliófilo Joaquín González Manzanares, quien cedió los derechos.
No he dejado de leer artículos en el Extremadura que eran y son pura literatura, como los de mi admirada Pilar Galán, por poner un solo ejemplo. No en vano, los periódicos han sido y siguen siendo un refugio para la literatura, mucho más serio y confortable que el que nos ofrece internet.
Siempre he sido lector de la prensa regional y defensor a ultranza de su necesidad y aun de su vigencia en estos malos tiempos para el periodismo, sobre todo en papel. La información contrastada y la reflexión serena sólo suele encontrarse en los diarios, más allá de las bondades que uno, analógico vocacional, atribuye al material en que están hechos, tacto, vista y olor incluidos.
Nos hemos enterado de lo que pasaba en esta tierra gracias al Extremadura y en momentos de gran efervescencia cultural ha sido un fiel aliado de esa transformación normalizadora que tuvo lugar a finales del siglo pasado y principios de éste en una región donde durante siglos dominó la incuria. Cómo olvidar, en este sentido, la labor de Liborio Barrera, que tanto echo de menos, lo mismo que la de otros grandes profesionales del periodismo cultural extremeño de éste u otros diarios.
Mil veces se ha anunciado la muerte de El Periódico Extremadura y, por suerte, otras tantas ha sido desmentida. Sigo viéndolo como un medio capaz de completar y de complementar la información de los otros, ya sean de la prensa, la radio o la televisión, sin olvidar los virtuales o internáuticos. ¡Larga vida!












Nota. Este artículo ha sido incluido en el número especial lanzado por El Periódico Extremadura con motivo de su 95 aniversario.
El coordinador ha sido el periodista Juan José Ventura.
La fotografía de arriba es la que ilustra el texto, de Francis Villegas, seguramente, o puede que de Toni Gudiel.

21.11.17

Con Julián Rodríguez

Corina Arranz
Hacía nueve años que no nos veíamos. En una intensa etapa de nuestra vida, nos tratamos casi a diario. Viajábamos juntos con frecuencia de Cáceres a Mérida. Sus trabajos para la Editora Regional fueron -conmigo, antes y después- fundamentales. Fue una de las preciadas herencias que recibí de mi querido Fernando. Luego, cuando se convirtió en editor y fundó, hace once años junto a su amiga Paca Flores, la editorial Periférica, las cosas cambiaron, pero al principio no tanto como para que no pudiera seguir colaborando con nosotros. Hablo de María José Hernández, el alma de esa santa casa, y de mí, porque esa era toda la plantilla de la Editora, si exceptuamos al personal administrativo (otra persona o dos).
Aunque, según me contó, ha sufrido serios percances de salud, encontré a Julián, que no es nada hipocondriaco, como siempre: tímido en el trato y lúcido de mente, lo que se notó de sobra cuando empezó a hablar, en voz baja, de su labor editorial. Fue la semana pasada en la librería placentina La Puerta de Tannhäuser. Del trabajo gustoso en Periférica y Errata Naturae, sí, pero también sobre el mundo editorial en general, un asunto complejo que tan bien conoce. A pocos editores le ha escuchado o leído uno ideas tan claras sobre sus planes y objetivos y pocos tienen el criterio que este hombre gobierna. Un tipo inteligente, sin duda, al que da gusto escuchar.
Por lo demás, de su condición de excelente tipógrafo nadie duda. Ni de la de galerista, en Casa sin fin. Como siempre, entre Cáceres y Madrid. Con escala en la sierra segoviana y mil lugares más.
Antes de intervenir, charlamos acerca de su faceta, digamos, de escritor. Una tarea de momento abandonada. O aplazada, mejor. Es verdad que se reeditan sus libros y que en algunas de esas ediciones de bolsillo se incluyen textos inéditos, pero sus lectores seguimos esperando nuevas obras. Al parecer hay un nuevo tomo casi terminado de sus Piezas de resistencia, tras Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (2004; Premio Nuevo Talento FNAC) y Cultivos (2008). Veremos.
Fue un placer escucharlo. No me extraña que le llamen de diferentes másteres de edición. Sensato, sobrio e irónico (nos contó un par de chistes), está a punto de inaugurar, como comisario, una sugestiva exposición en la Fundación Helga de Alvear: Todas las palabras para decir roca. Naturaleza y conflicto. Seguimos. ¡Salud! 

Qué serios, con lo bien que lo pasamos. Ay, la "cara de presentación".


6.8.17

Leer, leer, leer...

William Faulkner
Algo, no demasiado, ha sacado uno en claro de la lectura de El odio a la poesía, de Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) de la muy cara y exquisita Alpha Decay, en traducción de Elvira Herrera Fontalba. El año pasado cité unas declaraciones suyas a Eduardo Lago en torno a este libro, aún no traducido entonces al castellano. Puede que haya gente que odie la poesía, que muchos la desprecien, pero a mí los que me interesan son los que la aman. Lerner pone al frente de su ensayo “Poetry”, el famoso poema de Marianne Moore: “A mí también me desagrada. / Al leerla, sin embargo, con el más completo / desdén hacia ella, / uno descubre que, a fin de cuentas, en ella hay / un espacio para lo genuino.”. De ahí parte. «Podría decirse de la poesía que es el arte imposible, porque trata de llegar, según Allen Grossman, más allá de lo finito y lo histórico y alcanzar lo trascendente y lo divino, algo imposible teniendo en cuenta el carácter de finitud que condiciona su creación».“El poema es siempre el registro de un fracaso”, escribe.
Confieso que he leído su libro con un ojo puesto en la polémica lírica de moda. Que ahora sean muchos (y más que van a ser, según Juan Palomo) los que se digan lectores de poesía es tal vez la prueba de que no se refieren a lo que hasta ahora (y mira que van siglos) hemos denominado así. Siempre para la inmensa minoría, mal que nos pese. Aunque si sumamos lectores, siglo a siglo... Veremos lo que aguantan los parapoetas. En algo tiene Lerner razón: «lo único inimaginable es un mundo sin poesía».
Para demostrar lo que ésta es, basta con leer el impresionante Partitura, del sueco Gunnar Ekelöf (Estocolmo, 1907-Sigtuna, 1968), libro póstumo que ha traducido, quién si no, Francisco J. Uriz (gracias al cual conocí, como tantos, sus Poemas, que publicó Plaza & Janés en 1981), autor de un sucinto e iluminador prólogo. Se publica en la colección Voces sin Tiempo de la benemérita Fundación Ortega Muñoz. Ha cuidado la edición (con diseño de Julián Rodríguez y J. L. López Espada) Jordi Doce, que codirige con uno un invento que, poco a poco, va creciendo y consolidándose. Este es el quinto libro. Y no hay quinto malo, dicen. 
Enfermo de cáncer (ya se ve que mis últimas las lecturas se han cruzado inevitablemente con la situación familiar que uno ha sufrido), a punto de partir hacia Túnez (lo que al final no pudo ser), Ekeloöf compone una serie de poemas (amén de algunas anotaciones a propósito de alguno de ellos y de su precaria salud) que huyen del exhibicionismo y la queja, que van más allá, a lo más hondo. "Porque a mí / se me concedió / ver", dice en el primero. Personajes de la antigüedad griega (hay unas oportunas notas al final) se mezclan con la pasión y el amor (a su mujer, a quien dicta estos versos), la enfermedad y el dolor (que era mucho, constante). Al final, todo se resume en ese "pensar en la muerte, ver la vida a través de la muerte" que anticipó en un escrito de 1930. 
Luis Bagué Quílez (Palafrugell, 1978) se presenta a los premios de Visor. Y los gana. En esta ocasión ha sido el Tiflos, con Clima mediterráneo, un libro, lo diré pronto, que me ha gustado. Al final del volumen publica una "Nota mediterránea" donde aporta detalles acerca de los poemas, además de explicitar procedencias y dedicatorias. Algunos ya los habíamos leído; por ejemplo, en la revista Suroeste, los de la serie "Hecho en España". La política, la sociología, la literatura, el arte (hay relación entre este libro y otro suyo reciente: La Menina ante el espejo. Visita al museo 3.0), la publicidad y la historia son fuente de inspiración de los versos de un libro unitario y magníficamente construido. Los poemas son breves y no faltan veloces haikus. Del Mare Nostrum surgen casi todos (ese mar da para bastante, ya se sabe) y de entre ellos destaco "Contra lo sublime (Variación sobre un tema de Kay Ryan)", un poema sin duda redondo. "Estos versos constituyen un caleidoscopio cultural cuyas estampas salen a un mundo que ha suplantado la verdad por la interpretación para no caer postrado ante lo insoportable”, dice de ellos Ángel L. Prieto de Paula.
Dije haikus y haikus son los que agrupa el profesor y haijin Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) en Nieve sobre nieve (El sastre de Apollinaire), un título que toma de Fujiwara No Teika. Es el tercer libro de este tipo de poemas de origen japonés que publica, tras La sed provocadora y Sol de hogueras. Son haikus clásicos, donde la naturaleza cobra la máxima importancia y casi todo el protagonismo. En la sección "Casi silencio", eso sí, se adelgazan aún más y tienen sólo dos versos y no tres, como suele ser habitual. A instancias mías, me comenta Virtanen que "no son haikus propiamente dichos", al modo tradicional, y precisa que "se trata de un invento mío, al menos en el haiku en castellano". "En japonés, añade, ha sido Taneda Santoka mi referente". Y sigue: "Recuerdo ese haiku magnífico: Moscas que sobreviven / Y guardan mi memoria. Es complejo así, a bote pronto, hablarte de cómo he llegado a esa depuración extrema, pero mi meditación sobre el haiku y sobre su esencialidad me ha llevado a experimentar en dos versos, debido a que el haiku de tres versos en definitiva conlleva un planteamiento / nudo / solución, en la mayoría de los casos. Al eliminar un verso suelo prescindir del planteamiento. O incluso del desenlace, o de una parte de ambos. (...) De esta manera dejo un poema mucho más abierto y esencial. Es el lector el que debe imaginar, lejos de mi imposición". No hace falta añadir que son una delicia de sensibilidad y lirismo.

14.7.17

Algunas lecturas recientes

Aunque, como expliqué, de momento no está uno para darle a algunas lecturas el espacio y el tiempo que sin duda los libros que las han propiciado merecen (y sus esforzados autores, claro), me gustaría repasar algunas recientes, sin entrar, insisto, en detalles, al menos en este rincón. 
A Fernando del Val le conocía uno por las estupendas entrevistas y biocronologías que ha venido publicando en la acreditada revista Turia. Por ejemplo la que le hizo aquí atrás a Gonzalo Hidalgo Bayal, extraordinaria. Algunas de ellas, con un pertinente prólogo de Miguel Ángel del Arco sobre ese arte, se han reunido en Si te acercas más, disparo, que publica Difácil. Entre ellas, las que hizo a Félix Grande, Delibes, Colinas, Gamoneda (las dos muy extensas), Landero, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Vila-Matas... En "Nota de autor y procedencia" deja caer su propia poética sobre la conversación. Las fotografías de César Toro realzan aún más el valor de este volumen. Ah, dije poética y conviene resaltar que Del Val acaba de publicar Los años aurorales, donde uno ha conocido, grata sorpresa, su exigente faceta lírica. Y ya que lo menciono, algo similar me ha ocurrido con Raúl Nieto de la Torre, experto landeriano, autor de la monografía El héroe de ficción y las ficciones del héroe en la obra narrativa de Luis Landero, amén de consumado poeta como demuestra su última entrega: Leopardo, publicada por Tigres de Papel. 
De Hilario Barrero habíamos leído ya algunos libros. Este es muy especial. Se trata de una antología, Educación nocturna (Renacimiento), con edición y prólogo de José Luis García Martín, en la que el toledano afincado en Nueva York despliega sus saberes líricos, apegados como pocos a su propia experiencia vital Su intimismo, cercano a la serena confesión, me ha conmovido, más aún por las especiales circunstancias familiares en las que he leído unos poemas que dan la verdadera medida de un hombre. Y de un poeta, of course.
Ya conocía uno a Abraham Gragera -su poesía, sus traducciones, su faceta como codirector de la revista Años diez, su labor crítica-, pero nunca había disfrutado tanto de su obra como le he hecho con O Futuro. Sobre todo, por culpa de mi corazón extremeño, de la primera parte del libro: "Amor propio". Pero no sólo, que conste. Uno de los mejores del año, según creo.
Aunque, en lo que a autores españoles respecta (salvo los que consiguen premios o son ya muy conocidos), Visor le sorprende a uno cada vez menos, destaco dos libros de la veterana colección negra que me han gustado (por su potencia): Ruta Dos, de Daniel Calabrese, un argentino en Chile, y el primero de Carolyn Forché (que contaba entonces con veinticuatro años y estaba en Yale), Juntemos las tribus. También en Visor, en traducción del catalán de Francisco Díaz de Castro (del que tengo por leer su poesía reunida, recién publicada por Renacimiento), otro libro singular: Banderes dins la mar/Banderas en el mar, del mallorquín Josep Lluís Aguiló. Si me agradó su poesía reunida, Monstruos y otros, no menos me ha gustado éste, en especial los poemas donde describe la forma de ser y de estar de los isleños y reflexiona sobre la vida en esas maravillosas islas mediterráneas. 
El aforismo sigue en racha y de ello da fe Verdad y media. Antología de aforismos españoles del siglo XXI (2001-2016), con selección y prólogo del poeta León Molina, publicado por La Isla de Siltolá en su colección Aforismos. A su vez, Javier Sánchez Menéndez, director de esa editorial sevillana, da a la imprenta en Trea La alegría de lo imperfecto un libro, qué casualidad, de aforismos. Tan radicales como su autor. En el mejor sentido del término, matizo.
De "fragmentos" prefiere hablar Lorenzo Oliván, que reúne en Dejar la piel (Pre-Textos-Fundación Gerardo Diego) sus pensamientos y visiones entre 1986 y 2016. Treinta años ojo avizor.
La umbría y la solana es el precioso nombre de una nueva editorial que imprime libros no menos bonitos. Los paseos del soñador solitario, de Almeida Faria, pongo por caso, en traducción de Antonio Sáez (asesor de esta nueva empresa libresca), o Sermón de San Antonio a los peces, todo un clásico de la literatura portuguesa (a la que miman), en versión de otro extremeño rayano, Luis María Marina. ¡Suerte en la nueva aventura!
Del Ángel Petisme habíamos leído hace poco El dinero es un perro que no pide caricias (Gobierno de Aragón, 2016) y ahora El faro de Dakar (Renacimiento), que es un libro logrado y emocionante; una pertinente y honda mirada sobre África basada en hechos reales. 
José Carlos Cataño publica en Renacimiento La vida figurada, una nueva entrega de sus diarios, de los años 2008 y 2009. Partidario de este tipo de empeños, como de los libros de entrevistas, he disfrutado leyéndolo. No hace falta recordar que el canario es uno de nuestros diaristas más conspicuos. 
Por seguir con el memorialismo, quiero mencionar Como aire africano. Diarios 2004-2010, del periodista almendralejense Liborio Barrera, que ya figura en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. Por suerte, la Editora va cogiendo la velocidad de crucero que algunos llevábamos tiempo esperando. De lo más reciente, cabe señalar Sentada frente al precipicio, espléndida antología de poemas de la portuguesa Fátima Maldonado (con versión y prólogo de José Ángel Cilleruelo), que resucita la línea Letras Portuguesas, y Piedra de toque. 15 poetas emergentes de Extremadura, antología preparada por el poeta Daniel Casado en la que se incluyen versos de los extremeños (nacidos entre 1980 y 1991) Álex Chico, Urbano Pérez Sánchez, Fernando de las Heras, Ángela Sayago Martínez, Úrsula Rodríguez, David Yáñez, Fernando Pérez Fernández, Julián Portillo, Francisco Fuentes, Víctor Martín Iglesias, Víctor Peña Dacosta, Ángela Cayero, Francisco José Najarro Lanchazo, Antonio Rivero Machina y Patricia Amigo.
Me desagrada, sí, lo de "emergentes" (Chico y otros emergieron hace tiempo), pero el libro es un acierto. Siquiera sea para demostrar que hay banquillo, digamos, en la poesía escrita por extremeños, casi todos de la diáspora. Que esa pequeña literatura inserta en la española contemporánea sigue viva, y cuánto. Por lo demás, el trabajo de Casado, su panorama, es solvente, en lo relativo a la selección (cosa siempre difícil), el prólogo (documentado) y las notas sobre cada autor con la que se abren los respectivos poemas. No faltará, eso sí, quien proteste porque sólo figuren cuatro mujeres en un grupo de quince.
Y para terminar, abundando en lo autóctono, me parece digno de reseñar el libro Periferias: Letras del Oeste. Ensayos sobre literatura extremeña del S. XX, del callado estudioso Manuel Simón Viola Morato (Departamento Editorial de la Diputación de Badajoz. Colección Filología-Rodríguez Moñino), con prólogo de José Luis Bernal Salgado. Poesía, narrativa, teatro... De Reyes Huertas, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio, Francisco Valdés, Félix Urabayen, Manuel Pacheco, Castelo, Hidalgo Bayal, Landero... Un acierto. 

Nota: La ilustración, titulada "Book damaged by water", es obra de Abelardo Morell.

30.3.17

La presentación de TURIA en Badajoz

Estas son las palabras que leí antes de anoche en el salón de actos del MEIAC de Badajoz con motivo de la presentación del número de la revista Turia dedicado a la literatura en Extremadura y donde se rinde homenaje a Luis Landero. Y eso fue en realidad ese multitudinario acto: un afectuoso homenaje a nuestro escritor más universal.

Cuando Raúl Maícas, tras ofrecerme el papel de presentador de este acto (un gesto que le agradezco), me pidió mi parecer acerca de la elección del sitio en el que iba a celebrarse, le dije que ninguno mejor debido al carácter simbólico que el MEIAC aporta a la cultura extremeña de las últimas décadas (debido, en gran medida, a la cabal gestión de Antonio Franco), y no sólo en lo relativo a las artes plásticas, también a la literatura; baste mencionar la exposición Extremadura en sus páginas o las sesiones del Aula de Poesía Díez-Canedo. A la cultura, cabe añadir, de la modernidad, a la que esta tierra accede, con el advenimiento de la Democracia y de la Autonomía, tras siglos de incuria. Sorprende lo mucho que se ha avanzado desde los años ochenta del siglo pasado, no sin constatar el retroceso que, a base de recortes y desidia, hemos experimentado en los últimos años. Con todo, mientras haya cuadros o esculturas, composiciones musicales y libros, esto es, artistas, músicos y escritores capaces de idear esas obras, poco ha de importarnos que los sucesivos gobiernos se preocupen o no de la cultura como merece, por más que resulte penoso el olvido de su importancia a la hora de valorar lo que somos y significamos.
La literatura extremeña (un término que, según el profesor Miguel Ángel Lama, sólo puede aplicarse, siquiera en sentido laxo, a lo escrito y publicado después de 1983, cuando se aprueba nuestro Estatuto), la literatura, mejor, escrita por extremeños o por personas vinculadas a Extremadura no deja de ser sino una mínima parte de la española, a la que en rigor pertenece, tanto nacional como ultramarina. Es, además, parafraseando al novelista Hidalgo Bayal, una literatura absuelta; sólo depende de sí misma, por más que nuestro secular retraso, la intrínseca pobreza, haya requerido de ayudas públicas, ya decía, para lograr el desarrollo o normalización que a duras penas hemos conseguido.
En cuanto al extremeñismo literario, que uno achaca a inmemoriales complejos, esa manía de adjetivar lo que los extremeños escriben, ya dijo Landero en un periódico regional allá por 2005, que “no se puede hablar de literatura extremeña o de cualquier otra región, porque esto supondría caer en el error y en la locura de los nacionalismos”. Recordó a continuación el famoso oxímoron (que unos atribuyen a Baroja y otros a Unamuno), esto es: o es literatura o es extremeña.
Divagaciones al margen, huelgan, sin embargo, las medias tintas en lo que respecta a la salud de la poesía, el ensayo, la narrativa o el teatro que han escrito y escriben los autores nacidos o vinculados a esta región. Buena prueba de ello es el número doble, 121-122, de la veterana revista Turia que hoy nos reúne aquí. Una acreditada revista, preciso, de larga trayectoria, de la que tengo a honra ser viejo colaborador, nacida en 1983 en Teruel, fundada por el citado Maícas, su director desde entonces, y que publica el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación de Teruel con el patrocinio del Ayuntamiento de esa ciudad y el Gobierno de Aragón. 
Viajamos, pues, de una provincia aragonesa a otra extremeña. El distingo falaz entre centro y periferia, en lo que a las letras se refiere, hace tiempo que fue superado, lo que no obsta para que algunos sigan buscando la fama en Madrid. Otro, entre “dentro” y “fuera”, ha lastrado, no poco, la visión de nuestro panorama. La cosa me parece más sencilla. La emigración de los años sesenta expulsó a numerosos paisanos que buscaron en el extranjero o en otras regiones de España el trabajo y el bienestar que aquí faltaban. De ese éxodo son hijos dos de nuestros escritores más prestigiosos: Luis Landero y Javier Cercas, pero también, por ejemplo, Santiago Castelo o Pureza Canelo. El primero fue a parar con sus padres a Madrid y el segundo, con los suyos, a Gerona. Uno desde Alburquerque, Badajoz. El otro desde Ibahernando, Cáceres. Ambos forman parte de eso que damos en llamar “escritores extremeños” y figuran en este número especial de Turia dedicado, ya se dijo, a Extremadura. A la “de fuera” (por persistir en la caduca nomenclatura) y a la “de dentro”, de la que ahora hablaremos.
Va a ser difícil, como vaticinaba Julián Rodríguez, editor de Periférica, que un hijo de inmigrantes pueda ofrecer a los lectores de esta tierra, la suya de acogida, un libro escrito, digamos, “desde aquí”, donde él se habría criado. Lo más fácil vuelve a ser que un joven extremeño, obligado de nuevo a emigrar, lo publique en algún sello foráneo, propio de su lejano lugar de residencia. Ya ha ocurrido.
Lo cierto es que entre ambas situaciones, entre estas dos emigraciones que describo, hubo una generación, a la que por azar pertenezco, que, contra lo que era costumbre, se quedó para cultivar, de una vez por todas, aquel erial iletrado. A algunos nos pareció necesario dejar a ratos los confortables escritorios y bajar a la calle para contribuir a que esa lamentable situación cambiara. Y, con una Universidad recién creada, se abrieron editoriales y bibliotecas, se fomentó la lectura, se fundaron revistas, aulas literarias, talleres de escritura… Y la asociación destinada a llevar a cabo buena parte de esa labor cultural: la de Escritores Extremeños. Ese afán no fue en vano y, en gran medida, el florecimiento actual procede de esa radical transformación realizada durante estas últimas décadas con la ayuda, justo es decirlo, de las instituciones públicas (Junta, diputaciones y ayuntamientos); las que propiciaron, pongo por caso, la existencia de nuestro buque insignia en materia literaria: la Editora Regional de Extremadura, cuyo verdadero alcance algunos todavía ignoran. Y todo entre los de dentro y los de fuera, Bayal y Landero (que a efectos didácticos, si no por edad, forman parte de esa misma promoción, pues empezaron a publicar tarde), cómplices necesarios y proactivos.
Me recordaba Maícas que este proyecto, el de dedicar un número de Turia a lo escrito por extremeños, se inició cuando uno estaba precisamente en la Editora. Luego pasó lo que pasó y ahora, por fin, se consigue, que es lo que al cabo importa. Con el patrocinio económico de la Junta, la Diputación de Badajoz y la Fundación Caja Badajoz (Obra Social Ibercaja).
Si por algo se caracteriza nuestra pequeña literatura tal vez sea por la impronta que tienen en ella el particular paisaje, natural y humano, que nos rodea. Ya sea rural o urbano. Por el apego a un paisaje, como diría Landero, “hecho de historia” y “de tiempo”. Me da que en la mayoría de nuestros escritores prima aquello de que “lo universal es lo local sin fronteras”. Se nos da bien alrededorizar, que diría Blas de Otero. Poco importa si el que escribe vive aquí o no. Para demostrarlo, basta con sacar a relucir, sin ir más lejos, El balcón en invierno, que se sitúa en Extremadura. Que es Extremadura. Como Murania y los ásperos territorios de Hidalgo Bayal o los misteriosos poemas sierragatinos de Basilio Sánchez. Ocurrió también con los aludidos Castelo y Canelo, entre Granja y Moraleja. Y con el rayano Campos Pámpano. Hace años que conseguimos quitarnos de encima viejos tópicos que nos reducían a la situación de atrasados y paletos que penan y malviven en un remoto secarral.
En esa redención, la de ver por fin superada nuestra categoría de parias (y no sólo literarios), juega un papel fundamental el citado Landero y su novela Juegos de la edad tardía. Por vez primera la unión del sustantivo escritor y la del adjetivo extremeño dejaba de tener un carácter peyorativo. De ahí que me parezca tan acertado que su obra ocupe el “Cartapacio” central de Turia, una suerte de homenaje. Nadie nos representa mejor que él, símbolo (y más) de nuestra forma de ser y de conducirnos. A su pesar, incluso. Puede que le moleste y hasta le harte el adjetivo “cervantino”, que con cansina simpleza se le adjudica, pero no creo que le agine el de “extremeño” que, por añadidura, tantas connotaciones, de las más leves a las más profundas, incorpora. Un título chico del que, deduzco, se enorgullece.
De sus sobrados merecimientos dan buena cuenta los trabajos de Elvire Gomez-Vidal (que nos acompaña esta noche, coordinadora del dossier), perfecta introducción a la literatura landeriana donde se habla de su “estilo inimitable”, de una obra al margen de “categorizaciones o encasillamientos”, movida por el “afán” (una palabra clave en su vocabulario); Luis Beltrán Almería, que se adentra en su razón narrativa; Raúl Nieto de la Torre, quien aborda su “épica de lo cotidiano”, lo fronterizo de sus personajes (que ha definido como “héroes de la cotidianidad” o “indefinidos”), sus “no-lugares” (pasillos, escaleras, balcones…), la figura del padre, su “fe laica”, el “rumor de la conversación” que se escucha al abrir sus libros; Fernando Valls, que nos descubre al Kafka que hay en Landero; Irina Enache, que analiza la teatralidad de su obra; Analía Vélez de Villa, que resalta “la labilidad en la demarcación entre realidad y ficción”, nos recuerda el peso de su infancia y, ya allí, de la figura de su abuela Frasca (ambos “concuerdan en el lenguaje”, dice), así como el “sustento filosófico” de la literatura de quien afirmó que “todo es vivir”; Alfonso Ruiz de Aguirre, que nos acerca al erotismo (de Caballeros de fortuna), a la “espontaneidad arrolladora de lo sensual”, al amor como “mentira”, a “la ambigüedad” de “su sistema ético y estético” y a lo carnavalesco; Epicteto Díaz Navarro, alude a “lo cervantino” en Absolución; Natalie Noyaret y Antonio Rivas, que, cada cual por su lado, se centran en su libro más autobiográfico, una pieza maestra: El balcón en invierno; y Gonzalo Hidalgo Bayal, “lector afín”, quien, tras revisar el pasado verano, me consta, la obra completa de Landero, nos ofrece en “El héroe y sus heterónimos” una lectura penetrante y clarividente a modo de ensayo. Aunque piense que esos textos no necesitan ser interpretados porque “ellos solos hablan por sí mismos y dicen todo lo que tienen que decir”, esclarece que “las oposiciones son la sustancia en que se debaten sus personajes”; que es “plenamente consciente de cuál es su mundo” (o “sus mundos”), “un universo propio reconocible y literariamente autónomo”; que “prefiere la experiencia” porque en ella “asoma la verdad de los hechos”; que su obra es “la memoria literaria de la difícil aclimatación del siglo XIX rural en el siglo XX urbano, del ensamblaje de esos dos mundos en vías de desaparición”, y eso si no estamos “ante el emotivo testimonio de dos mundos extintos”; que “su primer ingrediente es la penuria”; que sus personajes viven una “vida menuda”, la de la gente “menuda” (frente a la “gente gorda”) con sus “tesoros” “elementales, sentimentales y tangibles”, “también simbólicos”; y que suelen ser “nómadas”, pero de un “nomadismo asequible” y provincial. Entiende, en fin, que el amor landeriano, que “sólo existe mientras es imposible”, “es una ilusión sublime que conduce inevitablemente al desengaño”.
Estos magníficos trabajos se completan con otro texto extraordinario: “Devaneos de lector”, que firma el propio Landero. “Yo amo los detalles”, escribe, y: “la memoria es poética”. A continuación explica que él quería hablar “de los mejores despojos de mi naufragio de lector”. Más en concreto, “de algunas de las mujeres que me han seducido en la literatura”. Y eso hace. De Scherezade a Antígona sin olvidar, entre otras, a Enma Bovary y Rosario. Ni a las mujeres de su admirado Kafka.
En una larga entrevista que le hace Emma Rodríguez (acababa de entregar al editor su última novela, La vida negociable), nuestro autor afronta numerosos asuntos. Se reconoce resignado a su suerte. Que la lectura es “una actividad creativa” y que hay “lectores inspirados”. Distingue entre escritores “nómadas” (“pueden novelar no importa qué”) y “sedentarios” (como él, “moliendo una y otra vez el mismo grano”). Habla de la educación, aunque reconoce que fue “un escritor que en su tiempo libre daba clases”. Concibe la novela “como un mundo autónomo” y cree que hay una “dictadura invisible” y una “inquietante falta de libertad, de frescura” actualmente. Lee poesía, escribe un diario (“página de obligado cumplimiento”), sigue siendo un niño de pueblo y acaso es escritor porque ha sido capaz de prolongar su infancia rural. Tras el éxito de su primera novela, concluye, hizo oídos sordos a múltiples ofrecimientos (el último ha sido el de escribir la biografía de Rocío Jurado) y, remata, “seguí haciendo mi vida”.
Cierra el “Cartapacio” una biocronología realizada también por Ruiz de Aguirre. Se trata, en realidad, siquiera en parte, de un esbozo de biografía, aunque no falten datos meramente bibliográficos. Vuelve Ruiz de Aguirre sobre su infancia, ni de aquí ni de allí; sus lugares: Valdeborrachos (la finca de Alburquerque), y los barrios madrileños de Prosperidad y Chamberí, con una escala en Navaleno (Soria), donde ha veraneado durante años; Tusquets, editorial ejemplar que le ha sido fiel y a la que él ha correspondido con semejante lealtad, y Juegos de la edad tardía; Ángel Campos, el fútbol y Entre líneas; Esta es mi tierra, el programa televisivo y el libro de la Editora de nuestro añorado Fernando Pérez, etc.
Pero no sólo de Landero da cuenta el voluminoso número de Turia. La literatura en Extremadura da, por suerte, para más. Así, en la sección “Letras”, Domingo Ródenas se ocupa por extenso en su artículo “Larvatus prodeo: variaciones Cercas” de la obra del autor de Soldados de Salamina, un “novelista consciente”, según él.
En “Taller”, el diplomático y escritor Luis María Marina rescata “25 epigramas y un diálogo” del mexicano Carlos Díaz Dufóo, raro, dandi, esteta, bibliófilo, casi ágrafo, suicida a los 44. “Regalaba, generosamente, las ideas ajenas”, escribió. Y: “Murieron tristes y austeros, dejando tras de sí hijos felices y frívolos”.
Eugenio Fuentes deja la serie negra y se traslada a la Semana Santa con el relato “Saeta”.
El impertinente José Luis García Martín publica nuevas páginas de su diario, el que empezó con Días de 1989, donde, entre otras cosas, narra un encuentro con el mencionado Marina en su amada Lisboa.
Manuel Neila, consumado aforista y antólogo de aforismos, el género de moda, reúne unos cuantos en “Pensamientos del malestar”: “Ningún país, por pequeño que sea, cabe dentro de sus fronteras”.
Otro tanto hace el editor liliputiense José María Cumbreño, director de Centrifugados. Encuentro De Literatura Periférica, aunque sus aforismos tengan mucho de cuento o poema. “Escribir”:Enhebrar una aguja con los ojos cerrados”. Y Elías Moro, cónsul de Zaragoza en Extremadura, que en vez de “morerías” presenta aquí “Guadianescas”, con el tono zumbón que le caracteriza: “Presumía de modesto”.
En lo que atañe al apartado de “Poesía”, se inaugura con una selección de poemas del portugués Manuel António Pina vertidos al español por Antonio Sáez Delgado, profesor en la Universidad de Évora y traductor, quien afirma en su introducción que Pina es “un escritor total con una obra construida en varios edificios paralelos con una única sede central, la poesía”, a la que aquél denomina “la saudade de la prosa”. Me gusta que se haya elegido al de Sabugal como el poeta extranjero de este número. No hace falta recordar los vínculos que nos unen a Portugal, Raya mediante (donde nació Landero), la primera frontera del mundo, sí, pero, para nosotros, una linde que en realidad no lo es.
Después, aparecen, en este orden y en lo que a extremeños concierne, poemas de Andrés Trapiello (autor de Capricho extremeño), Pureza Canelo (nuestra decana, siempre al Oeste, que escribe: “El orgullo, el mío, es discernir contemplación de allanamiento”), Basilio Sánchez (un poeta genuino como pocos), Inma Chacón, José Antonio Zambrano (otro maestro), Santos Domínguez, Efi Cubero (una feliz regresada), Álex Chico (un cosmopolita con raíces), Mario Martín Gijón, María José Flores, Javier Pérez Walias e Irene Sánchez Carrón (creadora de una poesía luminosa).
Me complace que entre los incluidos en esa sección plural se hallen dos poetas ligados a Extremadura por razones personales o familiares: el asturiano Jordi Doce y el catalán Eduardo Moga, actual director de la Editora Regional y responsable del Plan de Fomento de la Lectura.
En “Pensamiento”, Manuel Pecellín aborda en un artículo la vida y la obra del historiador y economista Ramón Carande, relacionado con Extremadura por su finca “Capela”, donde residió su hijo Bernardo Víctor.
En “Conversaciones”, Fernando del Val entrevista a Gonzalo Hidalgo Bayal y esa rima preludia una extensa charla cómplice entre ambos (celebrada cara a cara en Plasencia), sin duda una de las piezas fundamentales de este número lleno de enjundia. Así, las sustanciosas palabras que logra arrancar al parco autor de Nemo del que, por cierto, parece haber leído todo y, en consecuencia, al que conoce bien. Podría entresacar muchas frases, pero tan sólo resaltaré unas pocas: « Faulkner me hizo pasar de los endecasílabos a la prosa». «Dudo que la enseñanza pueda crear lectores literarios. El momento en que alguien se hace lector convulso solo depende de ese alguien. No se puede enseñar».
“¿Por qué abandona la poesía?”, le pregunta Del Val. «No me surge. Para escribir más allá de las bromas parapoéticas de mi blog tendría que esforzarme, y me parece tramposo. Yo no tengo que esforzarme para avanzar en una novela».
«Si es cierto lo que dijo Pla, que quien lee novela después de los cuarenta es tonto, yo soy tontísimo». «La belleza puede ser un pecado». «La vida es una tarea fatigosa». «Me declaro juanramoniano». «Nos configura lo que leemos». Y algo que Landero suscribiría: «En general disponemos de cuatro ideas y sobre ellas nos movemos, escribamos siete libros o catorce. Uno es lo que es. Da lo que da».
Tampoco faltan en la sección “La Torre de Babel” reseñas con nombre extremeño, tanto de críticos como de autores.
Subrayo, para terminar, las espléndidas ilustraciones, incluida la de la portada, auténticos poemas visuales, obra de un pionero de la poesía experimental, Antonio Gómez.
“Soy de los que creen que vivimos tiempos que requieren individuos con sobredosis de resistencia y un poco de dignidad. (…) siempre conviene un poco de honradez, de honestidad en cuanto hacemos. Armadura ética lo llaman”, escribe Maícas en la habitual entrega de sus diarios, un clásico de Turia. Más, añadiría uno, si de literatura se trata. El ejemplo de Landero es elocuente. Sirvan esas palabras de colofón a un discursino que dura ya demasiado. Con la dicha de constatar, eso sí, querido Luis, queridos amigos, que no todos los días las letras extremeñas celebran algo con tanto jeito.

Nota: La fotografía que ilustra esta entrada es del diario HOY, de J. V. Arnelas. De derecha a izquierda, Maícas, un representante de la Fundación Caja Badajoz, la diputada de Cultura de Badajoz, Landero, la secretaria de cultura de la Junta, la hispanista Gomez-Vidal y yo.

14.1.17

Un cuento chino

Que me perdone el villanovense Diego González (1970) por lo que voy a decir, pero tan importante como su nueva novela me parece el hecho de que ésta haya sido publicada en la colección La Gaveta, que por fin resucita de entre la desidia y los recortes, una de las más emblemáticas de la Editora Regional de Extremadura, algo que no alcanzó a comprender, para sorpresa de todos los que estimamos ese sello público, su anterior directora. Dicho esto (que había que decir), conviene resaltar desde el principio que esa resurrección es aún más feliz por la obra elegida, digna de figurar en ese selecto catálogo que cuenta, además, con un bonito diseño, clásico y ejemplar, concebido por el periférico Julián Rodríguez. En esta ocasión, con un delicado motivo de Hokusai en la cubierta.
En 2008, González (un periodista en el más amplio sentido del término que en la actualidad trabaja como guionista y productor de contenidos audiovisuales) publicó la novela La importancia de que las abejas bailen, premio Felipe Trigo de Narración Corta. Es autor también de dos libros de poesía: Mudanzas en los bolsillos y Mil formas de hacer la colada. Ahora, Planes para no estar muerto. Sobre esta novela breve, el autor ha dicho: "El lector se encontrará una historia en la que se habla de la muerte, pero desde un punto de vista vital. Una historia de personas que se necesitan y se entregan para seguir viviendo. El personaje principal, Ache, es un joven de origen chino que escribe listas de cosas por hacer para los que temen morir, porque en el lugar del que procede los ancianos aseguran que la muerte se lleva a los que olvidan que tienen cosas pendientes. Un día un anciano le encarga un trabajo: fabricar planes para que la niña-gato no pierda la cara. Ese es el arranque". Y está bien contado, que no de otra cosa se trata. Tampoco conviene ser más explícito. Podemos decir, sí, que Ache confiesa: "Me dedico a escribir para los que tienen miedo. Fabrico planes para mañana". Como el encargo de Dao Ji ("hombre de fuego") acerca de Xiu Mei. O que hay en esta historia de historias hay fantasmas (incluso Hambientos), espectros, ancestros, fuego, sombras ("Lo mínimo que nos queda cuando no tenemos a nadie") y mil referencias más a ese mundo mítico o simbólico de las tradicionales creencias chinas que, como el resto, está muy bien documentado. Aunque no estemos ante una novela histórica, la verosimilitud del relato se apoya, entre otras razones, en esa labor concienzuda de documentación. Por ejemplo, cuando habla de ciudades chinas como Liuzhou, Xian o Dafen. No parece, diría, que es un extremeño el que narra cuanto aquí sucede. Efecto conseguido.
La imposibilidad de volver, la necesidad de huir (hacia Xibanya: "toda huida esconde una necesidad") están en el centro de la narración. Y el miedo. Y la muerte, ya se dijo. De ahí esas listas, ese "catálogo de letanías", esas "trampas para frenar la vida", que mientras existan impedirán a aquella ejecutar su inevitable acción.
Dije "historia de historias" y por eso menciono la de Liu Guojian y Xu Chaoqing, la de los "seis mil peldaños".
Me ha gustado especialmente el tratamiento que González hace del lenguaje. Es tan esencial, ajustado y conciso como la nouvelle. Fondo y forma. A pesar de que puede inducir a confusión, un lenguaje lírico, en el más hondo sentido, sin que ello quiera decir que no estemos ante un inquietante artefacto narrativo perfectamente contado, insisto. Me congratulo. 

4.3.16

Cementerio Alemán: antología

Como explica Miguel Ángel Lama en su esclarecedor prólogo, que lleva por título "Un motivo poético", la gestación de esta antología: Cementerio Alemán. Yuste, ha sido bastante larga. Precisa el profesor de la Universidad de Extremadura que anoté en este mismo blog el dos de mayo de 2005: «Un año de estos, me gustaría reunir en una antología todos los poemas que se le han dedicado a ese lugar». Diez años después, ve por fin la luz. Publicada con la sobria elegancia que la caracteriza y con el lujo de las cosas bien hechas por Ediciones La Rosa Blanca, reúne poemas -en este orden- de Juan Lamillar, José Carlos Llop, José María Micó, Santos Domínguez Ramos, Santiago Castelo, Daniel Casado, José Antonio Ramírez Lozano, Carlos Medrano, Mario Lourtau, Alfredo J. Ramos, Elías Moro, Cristián Gómez Olivares, Antonio del Camino, José Manuel Díez, Antonio Reseco y José María Muñoz Quirós. Abre la selección "Cementerio alemán, Yuste" (Una oculta razón, 1991) y la cierra "Regreso al cementerio alemán" (Desde fuera, 2008), dos poemas propios. Además, se incluye Atlas, que se abre con "Ráfaga": "Con cada disparo la fotografía recoge una pequeña prueba. La ráfaga constituye una totalidad más que un fragmento". Se trata de un documento único con casi dos centenares de fotografías y cuatro dibujos del editor, Salvador Retana, organizador de un encuentro en abril de 1995 (como ven el número cinco se repite en esta historia) en torno a la instalación La rosa blanca, donde participamos, entre otros, Julián Rodríguez, Emilio Gañán, Andrés Talavero y Javier Rodríguez Marcos. Sus imágenes, no me cabe duda, componen un extenso poema sobre ese sitio escondido en las cercanías del Monasterio de Yuste.
Otra sorpresa es el encarte que incluye: "Errata", con una cita de Gonzalo Hidalgo Bayal: "¿Qué oscuridad se esconde, o qué luz, qué juego, tras el azar de las erratas?"
Ese lugar, un cementerio donde descansan veintiocho soldados de la Primera Guerra Mundial y ciento cincuenta y cuatro de la Segunda que "pertenecieron a tripulaciones de aviones que cayeron sobre España, submarinos y otros navíos de la armada hundidos", según reza en la placa colocada en su entrada, ha dado mucho de sí poéticamente hablando. Y más que dará. Al tiempo. Sí, le sobrecoge a uno leer estas palabras del prologuista, las que abren su texto: "Tiene la muerte una medida exacta. En el principio fue el verso. Así. Aquel endecasílabo enfático, que medía con sus once sílabas un territorio exacto, ha propiciado esto: un libro de poemas sobre un lugar que para algunos no existiría como ahora existe si no hubiese sido nombrado en un poema de Álvaro Valverde. Cabría decirlo de este modo disparatado: fue primero el texto y luego el lugar. Un lugar convertido en motivo poético".
Ante ese "lugar de la duración", poco importa quien dio primero. Allí, como uno escribió, Con las últimas luces, la mirada se pierde, / luminosa de eterno. 

Cementerio alemán de Yuste, 2015. / Salvador Retana,

7.11.15

Yo, chatarra, etcétera

Así se titula el nuevo libro de poemas de Alberto Santamaría que publica, con el gusto a que nos tenía acostumbrado, El Gaviero en su colección Cuarto Menor. Digo "tenía" porque acaba de anunciarse, y bien que lo lamento, que la editorial almeriense está preparando su cierre tras once años de intensa y fructífera vida. Mi ejemplar, en todo caso, muy vivo, es el número 38 de los 333 de que consta la tirada. 
Como Carlos Alcorta y Rafael Fombellida, Santamaría nació en Torrelavega (Santander), aunque unos años más tarde: en 1976, y es profesor en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca.
Siempre que me encuentro con sus versos no puedo evitar acordarme de la primera vez que le escuché leerlos, él era un muchacho, en Morille, a un paso de Salamanca, un pueblo pequeño como algunos de los que aparecen en las páginas de este libro que reúne, sí, un puñado de poemas castellanos, en más de un sentido. 
Se abre con una cita de Czesław Miłosz, que no es mal comienzo y toda una declaración de intenciones. (Se nota cuándo se escoge un epígrafe por su sentido y cuándo se hace para epatar o a tontas y a locas.) En "Piña de Campos", primera parte, viajamos, además de a ese lugar de la provincia de Palencia, a Osorno, Aguilar de Campóo, Villaeles, Amusco, Fuentesaúco o Herrera de Pisuerga, casi todos de la comarca de Tierra de Campos. No, que nadie se alarme, esto no es una guía de turismo rural ni el autor un poeta agropecuario. Esos pueblos son el fondo de un paisaje que le sirve a Santamaría para reflexionar sobre sí mismo, su propia vida y la de su familia y, cómo no, acerca de un mundo que, si no ha terminado, está a punto de hacerlo; un mundo que observa, eso sí, con la lúcida mirada de un hombre del siglo XXI, alguien que lleva a sus espaldas lecturas y teorías muy relacionadas, para los que la conozcan, con su penetrante y singular obra ensayística. "Un lugar no es más que su deseo de ser visto", escribe.
Por otra parte, me apetece señalar que al mencionarlos tal cual, Santamaría asume que la poesía no es ni actual ni cosmopolita por el mero inventario de nombres con pedigrí, digamos, y que tan moderno puede ser un poema donde aparezca Nueva York o Venecia que otro donde lo haga Cambrón o Cambroncino. 
Propenso a las ruinas industriales (obsérvese la imagen que ilustra su blog), en esta ocasión pasea sobre las campestres, agrícolas y ganaderas, que va dejando el envejecido y casi clausurado mundo a que hacemos referencia. Paisaje solitario, extenso, asolado bajo la luz inclemente del caluroso verano. Casi de Far West, aunque también puede recordarnos la poesía de algunos poetas estadounidenses de otro West: el Midwest, a los versos de esa América profunda. Paisaje, por fin, en el que las cosas, los objetos, cobran un protagonismo extraordinario. Prevalece, más allá de los versos, una atmósfera donde se mezclan, ya digo, lo antiguo y lo actual, pues la manera de decir de Santamaría no podría serlo más y de más consciente manera. Así, en uno de los poemas, cuando se entera de la muerte de Seamus Heaney. Su mujer -una presencia constante- conduce. Muy oportuna le parece a uno esa aparición en escena de un poeta contemporáneo que nunca olvidó su infancia rural, fuente inagotable de inspiración. Dice: "y volvía Seamus Heaney / y aquello de que la pérdida / siempre ocurre fuera del escenario". Su hijo, recuerda, había estado cavando. 
Detrás, sí, un "himno a la miseria". La pobreza es visible y los versos se adaptan, en su decir seco, preciso y despojado, al alma de esa realidad. Los dos últimos poemas de la serie dan al mar. Y ese contrapunto apuntala perfectamente el conjunto. Un conjunto bien tramado, unitario en su intención y sentido, donde podemos leer poemas espléndidos como "Breve historia del bodegón" (I y II), "Contigo", "Estética del cobertizo", "La tarde se retira en Piña de Campos", "Vieja carretera de Burgos", "La felicidad del odio", "La anunciación"... Varios llevan en su título la palabra "anécdota", como "Anécdota de mi hermana", que dice: Mi hermana escribió una vez / que el deseo / educa / a los muertos. / Pasan trenes / como si fuesen / las frases / de un idioma / invisible. / Todo sucede en el lenguaje, / sin destino.
La segunda, cuyo título, "Leyendas para el sordo (Algunas alucinaciones castellanas)", remite a Alfonso Costafreda (en la cita que cierra el libro leemos: "sólo son fragmentos / del discurso, leyendas para el sordo") y, según creo, a José Hierro, el poeta de las alucinaciones, cántabro como Santamaría; la segunda parte, decía, agrupa poemas en prosa o prosas a secas o poesía escrita en renglones, no sé, por aquello de que hay un equilibrio entre lo lírico y lo narrativo. En todo caso, poco importa el género (o híbrido de géneros) a que adscribamos esos textos. No en vano recordaba César Rendueles en una reciente reseña de un libro de Santamaría, La vida me sienta mal, que éste analizaba "la pretensión romántica de introducir en la poesía los caracteres de la prosa, es decir, alcanzar la libertad de la prosa sin desvirtuar la poesía".
A uno estos textos le recuerdan, en fondo y forma, algunas páginas de Julián Rodríguez, porque muestran una visión del mundo campestre desde el punto de vista del urbanita ilustrado. Lo interesante, al cabo, es su solvencia. Aquí el riesgo es mayor y, se le antoja a uno, proporcionado al esfuerzo que ha de hacer el lector para llegar hasta ellos. El lenguaje se hace más complejo y nervioso; a rachas, torna barroco.
Abren estos fragmentos sendos epígrafes de Coubert y Larkin que hablan del campo, sitios en medio de ninguna parte, "más allá de una periferia". Otro de Brodsky me parece de lo más apropiado, y no sólo para esta parte del libro: "He llegado a dominar el arte de fusionarme con el paisaje".
Sin duda, Alberto Santamaría es uno de los poetas españoles de mediana edad -pronto ingresará en la cuarentena- que incluiría en una hipotética antología esencial del panorama. Va a más, y eso me alegra. Su rigor y su singularidad son dignos de encomio.

11.9.15

Los diarios mexicanos de Marina

Vuelve a este rincón Luis María Marina, a propósito de un libro que, siquiera de paso, ya hemos mencionado: El cuento de los días (Diarios mexicanos, 2008-2010), relato de su estancia como diplomático en el país americano. Cita en un momento dado al escritor Adolfo Castañón, que hablaba de "tener por legítima esposa una profesión respetable y por concubinas a la poesía y a las bellas artes", y lo hace para reparar en su doble condición de poeta y funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores. De ahí, tal vez, el tono del conjunto, más discreto que espontáneo (por eso de la contención diplomática), aunque pronto, en las primeras anotaciones, con ironía, Marina se refiera a Julián Rodríguez como "paisano y editor de la «trendy» Periférica (cuyo «trendismo», como casi todos en mi país, es jugosamente enjuagado con dineros públicos)", lo que no deja de ser una maldad digna, sí, de este tipo de libros ("Ninguna costumbre más peligrosa que esta de escribir diarios"), pero, no obstante, y más allá de su veracidad, un comentario llamativo en alguien que, amén de experto en el arte de la diplomacia, ha publicado casi todos sus libros con ayudas institucionales. Como éste, sin ir más lejos, que aparece con el sello del Cexeci, un organismo que uno ya creía extinto. 
Yendo a lo que importa, no es la primera vez que Marina dedica un libro a México. A Ciudad de México, para ser exactos. Limo y luz se titulaba. En éste es menos lírico, ensayístico e intelectual y más directo, sincero y sensible. No deja de ser un diario personal, como ya hemos visto. Aunque en contadas ocasiones, aparece de hecho una segunda protagonista, Piedad, mujer del autor y actriz. Y poetas, artistas y literatos mexicanos que fue conociendo o tratando durante su estancia mexicana. Nombres señeros, por lo demás, entre los que cabe mencionar a José Emilio Pacheco (en esos años recibe los premios Reina Sofía y Cervantes), Gelman, Marco Antonio Campos, Vicente Rojo, Arturo Ripstein, Antonio Cisneros (del que echó pestes delante de uno Octavio Paz hace mil años), Jorge Lebedev, Yuri Herrera, etc. Y con gente menos conocida (no aquí), como Alfredo Félix-Díaz o Karla Olvera. 
Además de comidas en casa y recepciones varias, sorprenden las líneas que dedica a dos presentaciones de compromiso que parece obligado a realizar: de los poetas, en las antípodas, García Montero y Gamoneda, donde demuestra, ahora sí, sus dotes, digamos, consulares.
Especial importancia tienen sus numerosos viajes a lo largo y ancho de aquel inmenso país ("Vivir en hoteles es lo más cercano a desvanecerse, a volverse humo"), muchas veces relacionados con la patria natal de algunos escritores y artistas de su predilección (Rulfo, Arreola, el arquitecto Luis Barragán etc.) o con actos y encuentros a los que es invitado, ya sea por razones literarias (congresos, lecturas) o profesionales (como evacuaciones por ciclones en Acapulco). También recoge un minidiario de una estancia en Nueva York y, claro está, de sus escasas estadías en España, sobre todo en Madrid (donde ahora vuelve destinado, "símbolo de todas mis aspiraciones de juventud") y en su Extremadura natal: Eljas, Torrejoncillo, Cáceres...
Hermosa es su disquisición sobre la provincia, un concepto tan mexicano (evoquemos a Ramón López Velarde) como español. "La provincia es diurna; la ciudad, noctámbula".
Alude, cómo no, a sus numerosas lecturas (Ribeyro, Gorostiza, Salvador Díaz Mirón). No pocas veces se trata de primeras ediciones que rescata en librerías de viejo, lo que le permite ir haciéndose con un significativo fondo, propio de un exquisito bibliófilo, del que forman parte "casi todo el exilio, todo Paz, el Romancero gitano, el Poeta recién casado, Rulfo". De esas lecturas saca conclusiones: "Frente al confort de la casa burguesa [la novela], la poesía solo ofrece la inhóspita frialdad de un páramo". Si bien discrepo, esta cita me permite señalar otra constante: la proliferación de emboscados aforismos entre estas páginas. Cosa también normal en esta clase de obras. Así, leemos: "Escribir a pesar de todo. Contra todo". "Escribir es obligarse a justificar cada uno de nuestros actos ante el más severo de los jueces: uno mismo". "La pobreza es nuestra condición más genuina". "Todas las vidas son fracasadas". "Leer con ojos de escritor puede llegar a convertirse en una pesadilla".
Recuerda a García Terrés (otro diplomático, como tantos intelectuales mexicanos: Reyes, el citado Gorostiza, Paz, Pitol...), traductor de Seferis, y a "la gente corriente", para aquél, "la única depositaria de la herencia de la antigua civilización griega".
El arte (la pintura, ante todo, con elogio de El Prado incluido: "aquí me he formado como hombre") y la música son asuntos a los que Marina (que escucha canciones y obras clásicas y acude a conciertos, estudios y museos) dedica jugoso párrafos (en su breve diario neoyorkino, pongo por caso).
En la página 164 hace balance de sus años mexicanos, de lo que se lleva, empezando por su ópera prima, Lo que los dioses aman, publicada allí por El Tucán de Virginia, y con el segundo inédito, Continuo mudar, que pone en manos, entre otros, de Cristina, la mujer de Pacheco. Y añade: "De sus opiniones dependerá en buena medida el futuro de ese libro", que vio la luz, por cierto, en la Editora Regional en 2012. En la página 201 copia la lista de "las cosas de México que echaré de menos", leída en el homenaje de despedida en la Residencia. Son 31. La primera, algunas librerías. La última: "Estas lágrimas".
En el horizonte, Lisboa, donde ha pasado estos últimos años. Y una postrera anotación: "Allí la vida se renueva por estaciones. Aquí, por horas".

5.9.15

La vida secreta de JRM

Vida secreta (Tusquets Editores) es el título del cuarto libro de poesía del extremeño Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral, Cáceres, 1970), que antes había publicado Naufragios, Mientras arden Frágil, éste en 2002, premio Ojo Crítico de RNE. Ese ritmo lento se acompasa bien con la brevedad de esta nueva entrega, y ya dentro, de los poemas que la componen. 
En el texto que leyó en el ciclo Poética y poesía de la Fundación Juan March, "De la torre de marfil a la torre de control", Rodríguez Marcos afirmaba: "Por lo que a mí respecta, he de decir que cada vez me da más vergüenza usar en los poemas palabras que nunca usaría en una conversación". Más allá del matiz personal y filológico, encontramos la clave, la "piedra angular" (que él no ha desechado), de una manera de entender la poesía apegada a la realidad de la vida, irónicamente "secreta", y, en consecuencia, al modo de decir, inseparable de la época que le ha tocado en suerte. No es, en fin, sólo una mera cuestión de elegir tal o cual término, sino la de comprender que al cabo sólo han de escribirse las palabras realmente necesarias. O, cuando menos, publicarse. 
Uno añadiría dos rasgos, uno de carácter y otro físico, como es obvio interrelacionados, que tienen que ver con el autor y, por ello, con sus versos: la timidez y la miopía. Lo de las gafas en la cubierta no es casualidad. Ni que una poeta a la que JRM admira (y a la que tuvo la suerte de entrevistar), la polaca Wisława Szymborska, también lo fuera, algo que, como se explica en la impresionante biografía de Bikont y Szczęsna publicada por la valenciana Pre-Textos, tuvo su importancia. (Paradójicamente, la minuciosa observación de seres y objetos está en el origen de buena parte de los poemas que uno y otra, odiosas comparaciones al margen, han escrito.)
Dos rasgos más, estos de escritura, tienen también su debida importancia en este libro: los paréntesis y los encabalgamientos, algo que reconoce el propio autor en uno de los apartados de la Nota final, eloitianamente titulada "Palabras privadas para decir en público" (que no deja de ser una pieza literaria de primer orden). Los primeros dan a la expresión esa mezcla de aclaración y titubeo tan propio de la gente que duda. Los segundos aportan un ritmo conversacional que se acomoda bien a las intenciones del poeta que, si bien controla la métrica, huye del sonsonete o siquiera de la musicalidad trillada y repetitiva que suele acompañar, si uno se descuida, la lectura de los versos. Por otra parte, aunque JRM haya reconocido que no es un poeta de su estirpe, los que "deslumbran" frente a los que "alumbran", la referencia a su admirado Claudio Rodríguez parece pertinente.
Cabe destacar la sólida construcción de los poemas y, por añadidura, del libro; su arquitectura, diría, tan austera como efectiva.
Pero por encima de estas consideraciones, ¿qué encontramos entre las líneas delgadas y sobrias de este libro? Pues lo explica muy bien la nota editorial (que podría haber escrito su hermano Julián, especialista en esas complicadas lides). Hay, como en libros anteriores, "tensión entre naturaleza y ciudad", normal en alguien que nació y vivió durante su infancia en pueblos muy apartados y pequeños para recalar luego en una ciudad provinciana como Cáceres, donde hizo el bachillerato y su carrera de Filología, lugares que han determinado su paisaje, digamos, visual (léase "Agricultura", inspirado en la pintura de Ortega Muñoz) y además el moral (léase "Rito"). También hay "homenaje a los mayores y su memoria". Aparecen los abuelos ("Asilo"), padres, mujer ("Solo en casa"), hijos ("Canción"), hermano ("Los pacíficos"), amigos ("Conversación"). Somos por ellos y en ellos. La nueva entrega "desvela (...) la complejidad sentimental que anida en algunas escenas urbanas, ya sea de hotel ("Jet lag") o de hospital (como el emotivo "Habitación 101"), o en soledad ante el televisor (como en el citado "Solo en casa")".
La exposición del yo es también significativa en Vida secreta, como se dejaba entrever más arriba. Estos versos bastan: "yo / tal como me veis que soy, / un ser desconfiado, un pobre hombre, / un santo sin piedad, / un perro triste, / un loco triste- / mente / razonable".
Me da que eso es la madurez, a la que también se alude en la citada nota. Ya lo dijo Gil de Biedma: que la vida iba en serio. Por eso, tal vez, este lector, que conoce la poesía de Rodríguez Marcos desde que era inédita, se ha sentido tan a gusto entre estas pocas páginas donde, sin duda, alumbra una verdad. No es poco. 

3.9.15

Revistero (2)

Con su imponente presencia y ese papel amalfitano que da gusto oler y tocar, llega Sibila, la revista de Arte, Música y Literatura que se edita gracias al patrocinio de la prestigiosa Fundación BBVA, su número 45 donde, entre otras lindezas, podemos leer poemas excelentes de Ida Vitale, José Ramón Ripoll  y Gustavo Adolfo Garcés, además de los de Carlos Germán Belli, Jorge Cadavid, Robinson Quintero Ossa, Néstor Mendoza, Rafael Rubio, Marina Oroza, Blanca Luz Pulido, Ramón Cote, Francisco Véjar, María Negroni y Rossella di Paolo. Se publica también una breve obra de teatro de Antonio Garrigues Walker, un ensayo de Francisco Jarauta sobre Pierre Boulez; un artículo de Miguel Gomes sobre la poesía de Adalber Salas, el último poeta venezolano digno de atención (la muestra, un par de poemas, lo confirma); un texto de Eliot Weinberger; y una entrevista de Camilo Irizo a César Camarero, autor de En la medida de las cosas, entrega musical de este estupendo número. No se me olvida citar a Melanie Smith, autora de las fotografía de la serie Xilitla, a la que pertenece la inquietante ilustración de la portada, y dejo para el final lo que acaso más me ha interesado: el impresionante ensayo de Adam Zagajewski "Miłosz, joven y viejo", que es, les puedo asegurar, una auténtica delicia. 

Siguen apareciendo, con paso firme, las sucesivas entregas de la joven revista (en más de un sentido) Anáfora, que coordinan los poetas Cristian David López y Pablo Núñez. En este número, el 5, aparecen poemas de Miguel d'Ors, Vicente Cristobal, Javier Almuzara y Marcos Tramón (dos clásicos del grupo de poetas asturianos vinculados a García Martín), Mónica Laneri, Aida Masip, María García Díaz y Raquel F. Menéndez. 
Emilio Martínez Mata vuelve a traducir la Oda I, 11 de Horacio (que vuelve a sonar como recién escrita) y Antonio Rivero Taravillo, tres preciosos poemas del decimonónico poeta inglés de la naturaleza John Clare. 
En prosa, Rodríguez Adrados, ahí es nada, nos habla de sus viajes ("Yo viajaba siempre para ver y pensar"), los que hizo y los que no ("El mundo es vasto, sus confines a uno se le escapan"); Laura Freixas nos ofrece nuevas páginas de sus combativos diarios (la nueva entrega se publicará a finales  de este año), de 1995 y 1996, a vueltas con el machismo, Rosa Chacel (aunque la admira, cree que su obra tiene "algo ramplón", "pueblerino", a causa, opina, de haber sido de formación autodidacta); Miguel Floriano acierta con unos aforismos que él califica de "chiribitas"; y Saúl Borel se interna en la Biblioteca de Babel. 
Un puñado de reseñas cierran el número de esta revista que ha logrado establecer su territorio dentro del panorama. 

Veinticinco años acaba de cumplir la revista de creación Palimpsesto. Se publica en Carmona, con el apoyo municipal, y la dirige el poeta Francisco José Cruz. Centrada en las relaciones entre América y España, en este número redondo encontramos un estudio de Beatriz Barrera Parrilla sobre el poeta del dieciséis Luis de Ribera, así como una conversación” de Robinson Quintero Ossa (mencionado más arriba) con el colombiano Jaime Jaramillo Escobar. También poemas (agrupados bajo el título “Transparencias”) del chileno Pedro Lastra y otros del mexicano Antonio Deltoro (un habitual de la revista), del cubano Alejandro Anreus (Cuba), del venezolano Andrés Barrios, de la italiana Patrizia Cavalli (en traducción de Fabio Morábito), de mi admirado (y español) Antonio Moreno y de la chilena Micaela Paredes. Para terminar, Manuel Díaz Martínez dedica un texto al primer centenario de la primera edición de la famosa Antología de Spoon River, del norteamericano Edgar Lee Masters. 
Al ejemplar de la revista se añade un nuevo libro de la Colección Palimpsesto, una antología, Raza y Paisaje, de Luis Palés Matos (1898-1959), nacido en Puerto Rico y padre, digamos, de la poesía negra en castellano (léase Tuntún de pasa y grifería), "el poeta más entrañablemente puertorriqueño y el más universal de la isla" según recoge Germán Gullón en su memorable Conversaciones con Juan Ramón Jiménez, quien, como Lorca, le admiró. El prólogo y la selección son del escritor y crítico Toni Montesinos. 
Felicidades, en fin, y que, cambio electorales mediante, no decaiga.

Veraniego número doble de la veterana Quimera que entrevista a Luis Goytisolo, Raquel Taranilla, Pedro Luis Cano y Julián Cañizares (no acaba uno de acostumbrase a esa sucesión de dispares conversaciones que suelen aparecer en cada número), dedica un completo dossier a la Literatura oral, publica colaboraciones de, entre otros, Manuel Moya y Chus Pato y una nueva entrega de la sección del viajero Álex Chico, El holandés errante (se puede consultar en su blog), titulada "Un tranvía sobre el puente" y que esta vez nos lleva a Praga. Cierran la entretenida entrega, el capítulo de recomendaciones y un surtido de reseñas y otros textos de firmas habituales.