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13.11.16

Primera entrega

Al umbral de las horas (Valparaíso) es el primer libro que publica Mario Vega (Oviedo, 1992), estudiante en la Universidad ovetense y editor de la revista maremágnum de arte y poesía; uno de tantos poetas, por cierto, de cuantos pululan, y para bien, por las calles de esa ciudad de la cultura donde el magisterio de García Martín, ya se comentó aquí, no puede ser esquivado. Dentro de ese amplio, plural grupo, que no empieza precisamente hoy, predomina una marcada línea experiencial o figurativa, la más cercana a su promotor y a la que pertenecería Vega; la misma que impulsa la revista Anáfora, la última de las inspiradas por el de Aldeanueva. Bastaría con señalar que la nota de la contracubierta del libro está firmada por Luis García Montero, quien, entre otras cosas, dice: "El poeta da ejemplos de admiración y de personalidad. El conocimiento de la poesía clásica y la herencia de sus maestros, que son convocados de forma directa o indirecta, se equilibra con una personalidad en la que inteligencia y sentimiento sirven para evocar, meditar, vivir y crear emociones. La poesía de Mario Vega es regreso, instinto de plenitud y pérdida, soledad y diálogo. Su memoria es un verdadero punto de partida. Su relación con el lenguaje quiere evitar los excesos y las rutinas. Quien sabe desde joven sentirse acompañado por la poesía puede acompañarnos con su palabra a los demás, convertirnos desde hoy en sus lectores". Y sí, de compañía puede hablar este lector que casi lo primero que querría destacar es que el libro venga sin la muleta de un premio; cosa rara, sin duda.
La juventud sería el asunto capital del libro. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Y ya allí, el amor (al que dedica la serie "Amarilis"). Un amor diluido y sucesivo, por las almas y los cuerpos de diferentes muchachas en flor. Y con la juventud y el amor, claro está, los veranos. Y los recuerdos de playas y de chicas y amigos y atardeceres. A un paso de la infancia, la memoria evoca también momentos felices. 
Apoyado en los clásicos, ya se dijo (traduce a Catulo, cita a Marcial, Propercio y Píndaro), y en los contemporáneos (cercanos como LGM, Felipe Benítez Reyes, Fernando Ortiz -al que dedica un poema y con versos suyos cierra el libro- y Víctor Botas, o más alejados como Cavafis, Eliot, Cernuda, Gil de Biedma y Ángel González), la poesía de Vega, donde no faltan sonetos y tankas, transita por caminos conocidos o reconocibles, acaso demasiado frecuentados. Estamos, no se olvide, ante una ópera prima que, sin embargo, al decir de su mentor "es un excelente primer libro porque muestra ya las cualidades de Mario Vega y anuncia un camino abierto del que se puede esperar mucho". Eso es lo que deseamos y lo que se atisba en la parte final del libro, más desengañada y menos previsible, donde no faltan referencias a la soledad o a la muerte, donde encontramos poemas como "Al umbral de las horas", el que da título a la obra, o "La madurez", donde leemos: "La madurez tan solo es una máscara / que nos oculta el miedo a morir jóvenes". Antes, poemas como "La orilla", "Poética", "La tarde", "El tiempo" o "Desmemoria" nos confirman que hay, digamos, poeta. El que escribe: "La vida es bella en su imprecisa calma". El de "Introito":

Mi juventud lograda en tantos años,
mi rebeldía, mi inocencia intacta
las perdí en el instante
en que tomé la grave decisión
de medir estos versos
y entregártelos libres de ceniza,
sin las manchas que poco a poco, lento,
el paso de los días va dejándonos;
sin aquellas palabras que me llevo,
que arrastro y me hacen ser umbrío, necio,
y transido de vida.

20.10.17

Tres antologías

No dejan de publicarse antologías. De la obra de un determinado autor o, como éstas, de poetas jóvenes (o no) y periféricos que uno considera centrales para intentar comprender el rico, variado panorama de la poesía española actual.
13. Antoloxía da Poesía Galega próxima, de María Xesús Nogueira, publicada al alimón y de manera exquisita, en edición bilingüe, por la compostelana Chan de Pólvora y la madrileña papelesmínimos, reúne poemas de trece jóvenes poetas, de ahí el título, nacidos entre 1982 y 1996. Seis son mujeres. De entre los elegidos, destacaría a Berta Dávila y a Gonzalo Hermo, ambos consiguieron en su día el Premio de la Crítica y el segundo el Nacional de Poesía Joven 'Miguel Hernández' por Celebración. El prólogo de Nogueira es ejemplar. Allí explica que estos poetas llegan a la vida cuando en Galicia, años 80, surgen hechos tan sustanciales como la aprobación del Estatuto de Autonomía, el Decreto de Bilingüismo o la Ley de Normalización Lingüística. Entre los criterios de la muestra, además del de la edad, haber publicado al menos un libro (desde 2005) y que los versos de cada uno tengan la debida calidad (por la capacidad de crear "universos poéticos propios y coherentes"). Lo objetivo y lo subjetivo.
Destaca que no hay trazos grupales ni generacionales, que todos tienen estudios universitarios (otra constante de la joven poesía española), que son nativos digitales (el uso de las tecnologías es un asunto insoslayable, sobre todo en lo referente a la difusión de estas obras), que tienen mucha cercanía a la música, etc. Analiza en su minucioso limiar todo lo referente a los premios, las revistas (Dorna, Expresión Poética Galega, por ejemplo), los blogs y el modesto, pero efectivo, mundo editorial gallego
No se trataba, aclara la antóloga, de ofrecer una "panorámica, sino una "muestra de voces representativas". La diversidad. La versión en dos lenguas le aporta una riqueza que no quiero desdeñar.

Mucho por venir. Muestra consultada de poesía asturiana (2008-2017) es un curioso florilegio, publicado por MaremágnuM Ediciones, del que no es responsable una sola persona, como suele ocurrir, sino un puñado de críticos y lectores, diez en concreto, a los que se preguntó por el nombre de sus jóvenes poetas asturianos preferidos. Con estos requisitos: la selección tenía que ser de poetas arraigados en Asturias y nacidos después de 1985. Se recomendaba también que dichos poetas tuviesen al menos un libro publicado o que sus poemas hubieran aparecido en revistas o suplementos de difusión nacional.
De esa encuesta ha salido esta variada selección: Alba González Sanz, Laura Casielles, Cristian David López, Rodrigo Olay, Diego Álvarez Miguel, Sara A. Palicio, Miguel Floriano, Mario Vega, Xaime Martínez, Candela de las Heras y Rocío Acebal. Como en la antología anterior, la presencia femenina es notable. O significativa, cuando menos. Cinco de once. Ya era hora. 
Ya que fui consultado, me agrada comprobar que de los diez nombres elegidos, entre los diecisiete preseleccionados, sólo uno no está en la lista definitiva. Eso sí, de algunos de los libros de estos autores se ha hablado en este rincón y algunos estaban incluidos en la antología Siete mundos, de Carlos Iglesias Díez y Pablo Núñez. No soy especialista en poesía asturiana, pero no cabe duda que los poetas norteños, nada nuevo, están entre los mejores de este país llamado (todavía) España. 
Como bien dice en el prólogo-entrevista José Luis García Martín (una persona fundamental si de la poesía del Principado se trata, incansable animador de iniciativas líricas), "Las antologías consultadas —si se elige bien a quien se consulta— presentan una mayor garantía de objetividad, no dependen solo del criterio de una persona". Ojalá sea el caso. Por lo leído, eso parece. 
Destaca el crítico la "pérdida de provincialismo" de esta nueva poesía. "El centro puede estar ahora en cualquier parte", matiza. Luego declara que "Entre los veinte y los treinta años, hay muchos poetas por los que apostar, un pelotón de promesas. A partir de los cuarenta, ya van quedando menos. La mayoría se dedican a otra cosa o, lo que es peor, a ganar premios" y que en la muestra "podemos encontrar algunas muestras de realismo, ecos del surrealismo, ejercicios de culturalismo, abundante poesía elegíaca, el omnipresente simbolismo". Con la causticidad que le caracteriza concluye: "Los poetas jóvenes tienen una próxima fecha de caducidad, en seguida son sustituidos por otros. Solo unos pocos siguen siendo poetas después de ser jóvenes; la mayoría dejan de serlo, aunque sigan publicando libros de poemas". 

El peligro y el sueño. La escuela poética de Albacete (2000-2016)está publicada por Celya y su editor es el poeta albaceteño Andrés García Cerdán. Aquí la restricción es mayor: no una región o comunidad autónoma, sino una provincia. Con todo, en las cuatrocientas páginas del volumen encontramos lo único que importa, venga de donde venga (no nos vamos a poner ahora, con la que está cayendo, nacionalistas): poesía. Los reunidos son veintiocho poetas, de los cuales sólo seis son mujeres. Tampoco se circunscribe la muestra a la poesía joven, con haberla. Si bien faltan muchas fechas de nacimiento (un gesto de coquetería), el poeta mayor nació en 1959 y el más joven en el 92.
La antología lleva un curioso frontispicio de Antonio Gamoneda, realizado con fragmentos de los poemas de los distintos autores, y un epílogo múltiple que firman los poetas, críticos y editores Antonio Lucas, Carmelo Guillén, Luis Bagué Quílez, Pablo García Casado, Carlos Alcorta, Dionisia García, Javier Lorenzo y Javier Sánchez Menéndez.
Los poetas son, entre otros: Arturo Tendero (el de La siesta del lobo), Rubén Martín Díaz (ganador de los premios Adonais y Ojo Crítico de RNE), Constantino Molina (Premio Nacional de Poesía Joven), Antonio Rodríguez, León Molina (aforista y antólogo de aforismos), Juan Carlos Gea (gijonés de residencia, director del Semanal de Cultura de La Voz de Asturias) y Ángel Antonio Herrera (más conocido en su faceta de periodista). Y el seleccionador, Andrés García Cerdán, que acaba de publicar  Puntos de No Retorno, un libro sólido y solvente que mereció el Premio San Juan de la Cruz de Fontiveros. Tiene razón cuando afirma, en su encendido y pormenorizado prólogo, que a principios del siglo XXI se ha dado en Albacete una suerte de eclosión poética intergeneracional. Digna de estudio y, ante todo, de lectura, añade uno. Desde la periferia, sí, y desde la independencia. Al amor de empeños como Barcarola, una isla de modernidad en ese llano en llamas. O en hielo, si del invierno hablamos. Esto es una prueba de que tan mal no han resultado las cosas en esta España de las Autonomías. Muchas regiones alcanzaron su redención cultural gracias a eso; tan criticado, sin demasiada razón, ahora. 

21.12.16

Un mar de amor

Como en el reciente caso de Mario Vega, de nuevo llega a este rincón otra poeta asturiana con su primer libro publicado por Valparaíso. Se trata de Rocío Acebal (Oviedo, 1997), estudiante de Doble Grado de Derecho y Ciencias Políticas en la Carlos III, y la obra se titula Memorias del mar. Acebal ha colaborado en las revistas habituales del grupo de asturianos que con tanta frecuencia mencionamos últimamente y ha participado en las lecturas que tienen lugar en Valdediós. Precisamente José Luis García Martín firma la nota de la contracubierta donde leemos: "Rocío Acebal entra con pie firme en el país de la literatura". "Ha aprendido a escuchar antes de pretender ser escuchada, a leer antes de aspirar a ser leída. Por eso -continúa- Memorias del mar, al contrario que tantos primeros libros, es algo más que un esperanzado borrador". Javier Egea y Emily Dickinson, con sendas citas, abren un listado de epígrafes que se multiplican a lo largo del libro. Con los nombres de quienes han guiado esta primera entrega: Yeats, Pessoa, Donne, Gil de Biedma, Auden, Eliot, Brines, su paisano Ángel González, Felipe Benítez, Marzal... En efecto, esta mujer ha leído. Y ha vivido, aunque por obvias razones de edad no sea mucho. No lo parece, cabe precisar. Por la madurez de sus versos, sí, pero también porque juega con una memoria de largo recorrido, tal vez porque cuenta historias de las que no es en rigor protagonista, o lo es en diferido, gracias a la ficción literaria. No en vano el penúltimo poema está dedicado, con sorna, a "los poetas sinceros"; "versificadores" los llama Martín.
Lo cierto es que estamos ante una historia de amor y, por más que sea innecesario adjetivarlo, de un amor lésbico, lo que nos retrotrae al origen de la poesía, o casi, a la misma tierra que habitó Safo y, siglos después, Cavafis, otro poeta de cabecera de Acebal. Así, en "La poeta, tras leer el poema que su amada le dedica", dice: "Más vale el sincretismo / certero de tus ojos / que todas las imágenes / de la manida rosa". Y todo porque, leemos en otro sitio, "Aquello concebido en el amor / no temerá jamás la rabia humana".
Lo que más me ha llamado la atención, con todo, es el tono que logra trasladar al lector: algo entre lo furtivo y lo delicado, entre la fragilidad y la vergüenza (palabra que usa con frecuencia), entre la timidez y el titubeo. Ese ámbito sutil que se expresa con un lenguaje efectivo, sí, pero en penumbra.
Dije amor y, claro, quise decir también desamor y pérdida: "El amor juvenil / es artificio / temprano de un complejo". O: "Todo el pasado es dicha fraudulenta". Allí, sin embrago, sigue perdurando la memoria de una playa, en Calafell, cuando "el mundo era un poema de Barral / leído únicamente por nosotras".
Si bien la brevedad es norma (esta poética lo exige), hay poemas extensos, como "La mujer baldía", que no deja de abundar en lo femenino como asunto de vital importancia en torno a lo cual gira aquí casi todo. En "Imagen de los siglos", otra mujer: la madre: "Lo comprendo: conozco este lugar, / estuve aquí / en ojos de mi madre; / ha llegado mi turno, / es la hora / del llanto y la afonía".
Por encima de "la emoción / vacía de unos versos predecibles", Rocío Acebal consigue convencernos. Asentimos con ella en la cita final, de Borges: "Ya no será feliz. Tal vez no importa".

EL CÍRCULO

La sábana escarchada de la arena
en tu mirar refleja el desgastado
recuerdo de otra aurora: el verde prado
testigo de pasión, la luna llena,

un cigarro, los gritos, tu melena,
su aliento de caballo desbocado;
de pronto, la tormenta del pasado
y tu rostro teñido por la pena.

Entonces, -sin ti- al paso de los años
un venturoso idilio en otra orilla,
una radio de fondo, el mismo tema;

el antiguo deseo, un gesto huraño,
los restos de salitre en mi mejilla,
la memoria del mar y este poema.

10.3.19

Carta (cervantina e ilustrada) de Oviedo

Un collage de María Jesús Flórez
Por razones que no viene al caso explicar, no empezó bien este viaje. De hecho, pudo quedarse, a punto de empezar, en mero intento. Pero ni unas ni otras razones (las del cuerpo y las del alma) impidieron al fin que sucediera. Es lo que cuento.
Ganas de volver a Asturias no faltaban. Lo de presentar El cuarto del siroco en Oviedo era una excusa perfecta para ver de nuevo paisajes y personas conocidos, menos conocidos y hasta ignorados.
Pensábamos parar a comer, como tantas veces (a los rutinarios nos pasan estas cosas), en el área de servicio de Rioseco de Tapia, pero estaba en obras. Seguimos hasta la de Caldas de Luna. Y así fue; tarde, pero bien. Al bajar el puerto, las montañas ardían por culpa de los pirómanos. En Oviedo hacia un calor impropio. De esas latitudes y de primeros de marzo. Soplaba un impertinente viento del sur que si no llegaba a siroco, se le acercaba bastante. Allí lo temen. Es, digamos, su levante. No fue a propósito, que conste. Por lo de ambientar, digo.
Dejamos los bártulos en el hotel y nos tiramos a la calle para estirar las piernas. Por pura necesidad. Y en esa ciudad preciosa todo está a un paso. Cuando cayó la noche, llamé al verdadero instigador de este viaje: César (Juce) Iglesias. Quedamos a la puerta de la catedral, que habíamos visitado un rato antes, y seguimos paseando. Él habla mucho y todo lo que dice es de interés. Fue periodista. Bueno, lo es, esa profesión imprime carácter. Su mujer, Eugenia, que es otro encanto, se sumó al grupino y acabamos cenando en El Tizón de la calle Caveda. Debidamente orientados por los habituales del local, degustamos ensaladilla rusa, cecina con queso de cabra y una tortilla de patatas sobresaliente. Como somos gente seria y sobria (en más de un sentido), al acabar cesó el festejo y nos despedimos deseándonos mutuamente las buenas noches. 
Gijón era una visita obligatoria y hacia allí nos dirigimos al día siguiente, no sin recorrer antes algunas calles céntricas y realizar, qué remedio, algunas compras. Otro paseo. En coche. Y otro, este ya andando, el que nos dimos, Muro abajo, desde el barrio de La Arena (el de Jordi Doce, el nuestro, el que toma el nombre de los antiguos arenales de la playa de San Lorenzo) hasta Cimadevilla. Delante, un mar muy agitado. La marea estaba alta y las olas saltaban por encima de la barandilla. No, no era ese el mar de todos los veranos, el de la añorada infancia de Leticia y Alberto, que caminaba ahora a nuestro lado. Después, me atreví con unas verdinas, pero no con un cachopo. Qué bien se come en esa tierra. Ya de vuelta, un reparador descanso y a la librería. Cervantes lo es desde 1921. Nos esperaba a la puerta Concha Quirós, hija del fundador, Alfredo Quirós Fernández. Pura energía. Todo un ejemplo. Delegó en César la labor de cicerone y fuimos recorriendo sus cuatro amplias plantas. En la de entrada (que es la primera), está la espléndida sección de poesía. Ni escasa ni arrinconada ni en mal lugar. Según entras, ya digo, a mano derecha. Y al lado, pero separada, la de parapoesía, lo justo para no mezclarse, pero tan cerca como para esperar que algo se le pegue a esta de la otra. En vano, supongo.
Conversación en la penumbra. Foto de Sandra Sánchez
Con puntualidad, eso es el Norte, entramos en faena. Como reconocí, tal vez sea ese el sitio más chic donde he presentado un libro. Se puede apreciar en la imagen. La luz, el fondo, la lámpara, el sofá verde... Ese micrófono de cantante que iba y venía... Me sentí pronto a gusto. Por los anfitriones; por nuestra moderadora, Susana Domínguez Tejedor, responsable del Foro Abierto de la librería; por el presentador del libro; porque uno es de buen conformar, que diría Gonzalo; y, en fin, porque estaba rodeado de caras conocidas. No todas, claro. Me refiero a que había rostros a los que podía poner (a veces con la ayuda de Facebook) nombre. Entre ellos, José Luis García Martín (más de treinta años de relación nos contemplan), José María Castrillón (que baja pronto a Extremadura), Nacho González (que es como lo imaginaba), Ángel Alonso (que reseñó el libro en Anáfora), Cristian David López (tan tímido como suponía), Miguel Floriano (dicharachero y sociable), Marcos Tramón, Aida Masip (hija de Antonio Masip, el que fuera alcalde socialista de Oviedo), Mario Vega (visto y no visto), los dos Fernandos Menéndez (el gijonés y el ovetense, el aforista y el poeta, si cabe el distingo), Melquiades Álvarez (elegante y discreto como su pintura y su poesía), José Carlos Díaz, Pedro Luis Menéndez (a quien no tenía la suerte de conocer), Antonio Bravo (otro extremeño en Asturias y, como Martín, profesor en la Universidad de Oviedo), Sandra Sánchez, Yasmina Álvarez, Carlos Iglesias, Jose García Alonso y Begoña (que ahora viven en Ponferrada, pero que son medioplacentinos)... Una mezcla, en fin, de poetas, narradores, pintores, críticos, profesores... De lectores, en suma, que es lo que importa. 
La sorpresa de la noche nos la dio Pedro Gómez Castelao, el último representante de nuestra querida familia asturiana, el mismo que aparece al lado de Alberto, sonrientes los dos, en una de las estupendas fotografías de María Jesús Flórez en la que García Martín parece estar bendiciendo; urbi et orbi, por supuesto.
Al modo clásico, César Iglesias leyó un texto certero y enjundioso sobre el libro, más pormenorizado y extenso que la reseña que sobre él publicó en La Nueva España, donde no faltó el elogio personal, sin duda inmerecido, más estando uno delante de algunos dedicatarios de la obra que me conocen perfectamente y que podían desmentir in situ esos presuntos valores. Con todo, ya digo, lo sustancial fue su lectura que, viniendo de un lector con criterio, no dejó a nadie indiferente. Tampoco a mí. Mil gracias.
Tomé luego la palabra. Leí un puñado de poemas, y poco más. Las sonrisas brillaron, la gente estuvo atenta y uno se dio por satisfecho.
Con Concha Quirós
El coloquio fue de lo más entretenido. Abrió fuego Martín para dejar claro que la culpa de que uno escriba como escribe, poemas claros y comprensibles y no herméticos y oscuros, pongamos para simplificar, es suya, que para eso me atacó con dureza (crítica) al principio, cuando uno empezaba a pergeñar versos y era partidario de la poética del silencio. De lo que al parecer se alegra. Del cambio, quiero decir, y eso que, a partir de mi tercer libro, mi voz (en caso de tener una propia) no se puede decir que haya cambiado mucho. Lo que precisé es que, a pesar de eso, todavía no ha elogiado -y van diez- un solo libro mío. Con todo, añadí, el crítico que prefiero, de los tres que él representa: el complaciente, el feroz y el silencioso, es este último. No hace falta decir que el tono era de broma y que el león, puedo dar fe, no es tan fiero como pinta. No al menos en las distancias cortas. Eso sí, a polemista no hay quien le gane. Nada le gusta más que discutir. De lo que sea. Si es de poesía, mejor. Por suerte, no se habló de política, aunque aprovechando que Vinyoli pasaba por allí ("Realidades, no humo"), volví a repetir que ningún excluyente independentista va a impedirme seguir leyéndolo.
(De aquel encuentro -y de mí- escribe en Café Arcadia, la entrega dominical de su diario que publica hoy El Comercio. Titula su versión de los hechos "Un triunfador", lo que nunca he sido -ni pretendido ser-, como sabe todo el mundo en el pequeño patio de la poesía patria. ¿El "siroco"? Para no ser parapoesía, lectores no le han faltado. La que cuenta, sí, es su verdad, que no coincide, claro está, con la de uno. O no al dedillo. Lo de Montánchez, esos cálculos, la carrera, esas relaciones... No me reconozco. Por cínico o memorioso que quiera ponerme. Pero gracias.)
Juce sacó a colación el tema de la parapoesía, que deparó también momentos memorables esa intensa noche.
También intervino Ángel Alonso, lusista, que me parece un tipo serio, en el mejor sentido.
Al salir, unos cuantos nos acercamos a un bar para tomar algo. Me dio tiempo a charlar con los dos grupos que se formaron: el de los aedos (gijonés) y el capitaneado por el de Aldeanueva, con Masip, Tramón y Floriano en los flancos. Yolanda fue cómplice gustosa de sus malévolos comentarios.
En la cena posterior (volvimos, sin remedio, a por la tortilla de El Tizón), los tres de casa, Pedro y César. Una excelente ocasión para seguir conversando con el bendito culpable de este reparador viaje. Un viaje que, a la vuelta, fue rápido (sólo paramos a comer en Cuatro Calzadas, otra rutina) y sin sobresaltos. Al subir a Babia, el monte seguía ardiendo. La temperatura era otra. Ah, ni ha llegado la multa de la escapada a Sevilla ni se esperan nuevas sanciones. Espero.

Pedro, Alberto, Miguel, Cristian y Martín. Foto de María José Flórez

24.3.16

Con Clarín

El último número de Clarín me ha deparado, como siempre, momentos muy gratos. Así, he disfrutado con "En busca de la infancia perdida. Memorias de un cigarral", un bonito texto de Hilario Barrero, neoyorkino de Toledo, que tiene el libro de memorias de Gregorio Marañón y Bertran de Lis al fondo. También he saboreado la entrevista de Toni Montesinos a Mauricio Wiesenthal (al que vi hace unos días conversando con Dragó en su intermitente Libros con wasabi), con motivo de la publicación de su monumental Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto). Martín López-Vega, entre polémica y polémica (menos mal que vive en USA), aprovecha para traducir al rumano Lajos Walder ("Soy un vagabundo, un monje moderno...") y para entrevistar a Eloy Sánchez Rosillo, al que siempre es un placer escuchar (y leer). Por Rumanía, por cierto, Moldavia y Bulgaria viajó Ricardo Martínez-Conde y aquí nos lo cuenta. Mario Martín Gijón, por su parte, vuelve a Praga y a las voces que pueblan los cuentos que le inspiró aquella mítica ciudad de la literatura. 
Por último, y tras los "Paliques", Carlos Moreno hace su particular lectura de Seré duda, el último tomo de los diarios de Trapiello que, oh casualidad, tengo entre manos. Las dos, que para eso tiene más de setecientas páginas.

1.2.16

Moga crítico

Encuentra uno cierta relación entre la envergadura física del poeta, crítico y traductor Eduardo Moga, un tipo muy alto y bastante corpulento que escribe poemas torrenciales, y los libros que últimamente ha publicado; así, el monumental Hojas de hierba de Whitman, las anotaciones de sus diarios reunidas en Corónicas de Ingalaterra o, en fin, La disección de la rosa, que acaba de aparecer en la mortecina, ay, Editora Regional de Extremadura; casi quinientas páginas donde reúne más de sesenta reseñas, estudios y artículos literarios publicados en distintas revistas (Letras Libres, Turia, Cuadernos Hispanoamericanos, etc.) desde 2007 hasta la actualidad. 
El prólogo, "Umbral", es del mexicano Aurelio Major y en él destaca sus cualidades como crítico. De carácter fuerte (aquí todo es a lo grande, ya decía), indica que Moga se decanta por la línea de Auden, la de comentar los libros con los que sintoniza o aprecia y dejar de lado los que no. Algo, señalo, que no siempre ocurre. Es bien conocida su fobia por la poesía de la experiencia y, antes, por los poetas de la denominada Escuela de Barcelona (aquí hay ejemplos). 
Moga reivindica, sí, el gusto propio y no oculta "los presupuestos desde los que emite sus juicios". Se decanta por la "prosa ensayística" y, como es propio de la crítica responsable, cuida el lenguaje de sus textos como si de escribir un poema o un relato se tratara, o casi.
Se nota a la legua su pasión (fervor, diría Zagajewski) por la poesía y su entusiasmo lector, que atiende a muchas variantes líricas. Major alude al "venero" y al "veneno" de aquélla como acicate de su tarea. A su "aguda atención" y, al cabo, repite una incuestionable verdad: "leer es en realidad releer".
Moga analiza, entre otros, libros de Jesús Aguado, Álvarez Piñer, Jacinto Antón, Fernando Aramburu, Christian T. Arjona Félix de Azúa, Pío Baroja, Fernando Beltrán, Olga Bernad, José Manuel Caballero Bonald, Julio Camba, Miguel Casado, Ángel Cerviño, José Ángel Cilleruelo, Antonio Colinas, Corredor-Matheos, Álvaro Cunqueiro, Óscar Curieses, Álex Chico, Jordi Doce, Basilio Fernández, Agustín Fernández Mallo, Julio César Galán, Antonio Gamoneda, Eduardo García, Pablo García Baena, Federico García Lorca, Sergio Gaspar, Pere Gimferrer, Gómez Toré, González-Ruano, José Agustín Goytisolo, José Hierro, Gabriel Insausti, Javier Lostalé, José Antonio Llera, Juan Malpartida, Mario Martín Gijón, José Martínez Ros, Ana Mª Martínez Sagi, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Juan Carlos Mestre, Blas de Otero, María Ángeles Pérez López, Javier Pérez Walias, Ignacio Peyró, Mariano Peyrou, Benito del Pliego, Albert Ràfols-Casamada, Mateo Rello, Jorge Rodríguez Padrón, Basilio Sánchez, Andrés Sánchez Robayna, Tomás Sánchez Santiago, José-Miguel Ullán, José Ángel Valente, Vicente Valero, Álvaro Valverde, Manuel Vázquez Montalbán, Joan de la Vega, Manuel Vilas, Carlos Vitale, María Zambrano y Antoni Rossell.
Una fiesta, sí, por decir poco, donde, a lo grande pero con el debido rigor, se celebra la existencia de la literatura y de los libros. Para Eduardo Moga, a los hechos me remito, más de media vida.
Ah, y para que no decaiga ya se anuncia otro volumen donde agrupará trabajos sobre libros de autores hispanoamericanos. 

1.9.15

Revistero (1)

Lo dice alto y claro Maícas, director de Turia en la nueva entrega de sus diarios: "Continuaremos siendo promotoras de pensamiento crítico, analizaremos y debatiremos con rigor sobre lo que está pasando, fomentaremos la creatividad, almacenaremos y recuperaremos la memoria colectiva, continuaremos postulándonos como lugares donde integrar la riqueza y diversidad de nuestros creadores y estudiosos... Y, sobre todo, seremos espacios de libertad y mestizaje cultural, ideológico y estético". Se refiere a las "invisibles" revistas culturales, ninguneadas por los grandes medios y los poderosos nombres, esos que, presuntamente, crean opinión. Esta vez no ha podido callarse y denuncia una sangrante situación que no deja de ser síntoma de la degradación cultural, en el sentido más serio y profundo, de este país. Para combatir esa indignidad existe Turia. Y Clarín y Cuadernos Hispanoamericanos y tantas otras que, por fortuna, resisten. Por eso hablamos de ellas cada poco en este rincón. ¡Qué menos!
Así, abre uno la primera y se encuentra a Gustavo Martín Garzo hablando de los personajes de Delibes y de la importancia del paisaje, "que siempre es naturaleza que se ofrece", en la obra del genial escritor castellano. Luego, el crítico Manuel Rico (recién vapuleado por Chus Visor en la famosa entrevista de Nuria Azancot, que ha vuelto, para El Cultural) defiende y elogia la poesía de Félix Grande. Más adelante, hay acercamientos a las obras de Javier Marías, el descolgado Jean Toomer y del joven poeta Abraham Gragera, que se abre paso a pesar de las tortuosas palabras de Rafael Morales. Poco propenso a las narrativas, cortas y largas, deja uno para mejor ocasión la sección  de "Taller", a buen seguro interesante, y se adentra en la de "Poesía" donde encuentro un puñado de poemas extraordinarios que firman, entre otros, de los conocidos (por mí), Clara Janés, Luis Antonio de Villena (que alude al último retrato de Machado), Amalia Bautista (una poeta imprescindible), Antonio Lucas (más concreto y emotivo que nunca en "Hospital"), Jordi Doce (que la clava con "Incógnita", uno de los mejores poemas que le he leído), Marta Agudo, Ángel Petisme, Manuel Neila, Pilar Adón...
Me salto también el dossier sobre Böll, porque apenas si conozco algo suyo, y leo del tirón, y con entusiasmo, la entrevista que hace a Andrés Rábago, El Roto (que ilustra el número), Paloma Torres. Ahí se ve qué esconden las viñetas de este humorista y pensador, el mejor editorialista de la prensa española, día sí y día también. 
Recuerda el citado Maícas al poeta y traductor Ángel Crespo, veinte años después de su muerte, el dossier que le dedicara su revista en 2009, ahora que han vuelto a reunirse en Calaceite un grupo de amigos y estudiosos de su obra; jornadas que conozco gracias al testimonio directo del citado Jordi Doce, que estuvo allí, responsable (lo adelanto) de una antología de poemas de Crespo para la colección que ambos dirigimos en la Fundación Ortega-Muñoz
Para terminar, aragonesismos y teruelanos mediante, repaso las reseñas de los libros de poesía, no pocos comentados ya aquí. Dos van firmadas por uno: la dedicada a la antología de poesía argentina que publicó Vaso Roto y sobre La gratitud, de Fermín Herrero. 

De Clarín uno no se ha perdido el artículo de poética narrativa que abre esta entrega, de Juan Bonilla ("Pedro y el lobo"); ni el de Luis María Marina dedicado a la revista portuguesa Orpheu (sus dos números cumplen 100 años); ni el de Fuster sobre el País Vasco de Baroja; ni el de Benítez Ariza sobre Juan Ramón (a través de varios libros recientes que le mantienen bien vivo: el Epistolario (Residencia de Estudiantes), las Entrevistas (Fundación Lara), el Diario 3 de Zenobia Cambrubí (Alianza/Universidad de Puerto Rico) y Vida: Días de mi vida, la autobiografía que ha empezado a publicar Pre-Textos; ni el de Rodrigo Olay sobre Campoamor y Bécquer. 
Antonio Ansón traza un interesante retrato del "poeta y fotógrafo" Gérard Macé y Ana Vega otro sobre el pintor y poeta (esto es de mi cosecha) Miguel Galano. 
Lo que más me ha gustado del 117 de Clarín han sido los poemas del estadounidense Donald Hall, "un clásico americano", que presenta y traduce Hilario Barrero. Pasó hace tiempo por aquí, por culpa de su mujer, la excelente poeta Jane Kenyon. Hay, es verdad, un par de libros suyos publicados en Valparaíso: Eagle Pond (que ya he leído) y La cama pintada, y otro en Vitrubio, que tampoco conozco, pero los versos que ofrece Barrero son de una calidad extraordinaria y en castellano o español suenan perfectos. Una pena, según me cuentan, que la prevista antología del de New Hampshire a la que pertenecen quede aparcada de momento por problemas de derechos de autor. 
Otro tanto cabe decir de los impresionantes diarios del excelente poeta argentino Pablo Anadón: Hay que intentar vivir. Divagaciones de convalecencia (Abril-junio 2014)
Cuenta José Luis García Martín, director de la revista, que en la última convocatoria de los Premios Princesa de Asturias defendió la candidatura de Juan Mayorga, al que Saúl Fernández entrevista. Por su parte, Cristóbal Ruitiña y Alfonso López Alfonso hace lo propio con María Luz Melcón (Pola de Lena, 1943), una novelista rara y guadianesca que sólo ha publicado tres novelas, a pesar de que con la primera ganó, con menos de treinta años, el Premio Barral. 
Para terminar, Mario Martín Gijón publica su "Breve diario de Taipéi" (Taiwan), en "Paliques" se reúnen numerosas reseñas y en "Las cartas boca arriba", "Crónicas de La Edad de Oro", de Carlos Moreno Guerrero, y "Dragó es Roldán o la confrontación con la muerte como alimento literario", de Javier Redondo Jordán, que, por supuesto, no he leído. 

Cuadernos Hispanoamericanos llega a su número 780 y se abre con un justo y necesario dossier dedicado al poeta venezolano Rafael Cadenas (con entrevista de Antonio López Ortega). Le sigue otra entrevista, de Carmen de Eusebio al canario Andrés Sánchez Robayna. Eduardo Mitre recupera a dos poetas cubanos: mi admirado Eliseo Diego y Fina García Marruz. Julio César Galán explica la concepción de la crítica literaria de Cernuda (suponemos que fue su ponencia en el pasado encuentro sobre el poeta sevillano que tuvo lugar en Cáceres). Luisa Shu-Ying Chang analiza las precoces traducciones del poeta y diplomático colombiano Guillermo Valencia ((1873-1943) de poetas chinos, a la luz de "Las Bellas Infieles", esto es, trasladando la obra de Li Po o de Tu Fu a las maneras del verso modernista. Por fin, Fuster, Juristo, Moga y otros críticos se ocupan de las pormenorizadas reseñas que cierran el volumen.
En el número doble siguiente, 781-782, se incluyen dos dossieres. Uno dedicado a las mujeres españolas en ultramar y otro a el Hispanismo. En este segundo he leído con mucho interés los artículos de Anna Caballé, José M. del Pino y Laura Freixas, que no puede por menos que titular el suyo, a tenor de lo bien que la tratan en las universidades norteamericanas, "Gracias, gracias, gracias". De lo leído, que no es todo (me gusta mencionarlo), destaco el magnífico ensayo de Guillermo Carnero sobre la poesía (y más) de María Victoria Atencia, que él, se puede decir, nos descubrió; y el de Eduardo Moga sobre la traducción de Whitman, que ha publicado en Galaxia/Círculo de Lectores, con la inserción de un caso práctico (un fragmento del poema 33 de Canto a mí mismo) donde se demuestra a qué dificultades hubo de enfrentarse. Él y cuantos lo intentaron antes, pues, como declara, toda traducción es a la postre "colectiva".
Carmen de Eusebio entrevista a Manuel Longares y el boliviano Eduardo Mitre nos presenta tres hermosos poemas.
No está de más que mencione, como ejemplo de ese tipo de ejercicios filológicos de altos vuelos que suelen ofrecernos los especialistas en tal o cual autor, "La perdiz de Federico García Lorca", que firma el profesor y poeta José Antonio Llera. 

3.6.15

Revistero

Llegan nuevas revistas a casa. Suroeste, pongo por caso, que alcanza su número 5 y que aporta 205 páginas de poesía, narrativa, ensayo, crítica, fotografía (con encartes de Cveto Marsič y Carlos Gasparinho), así como ilustraciones de, entre otros, Elena Asins. Sólo en poesía se publican inéditos de Bagué Quílez, Hilario Barrero, Igor Barreto, Maria Graciete Besse, Carlos Clementson, Álex Chico, Ferrer Lerín, Eduardo Moga, María Paz Moreno, José Luis Puerto, Rivero Taravillo, Almudena Vega, Miguel Martins, Víctor Nogueira, José Carlos Soares y Miguel-Manso. Como tal debería considerarse, acaso, "Maleza del cambio", nuevas páginas de los diarios de Jordi Doce. Destacaría también la entrevista a Eduardo Lourenço, el más importante intelectual portugués vivo, como bien dice su entrevistador, Luis Sáez.
Turia, que viene con número doble (113-114) y donde, en consecuencia, hay mucho y bueno. Relatos y fragmentos de novelas, ensayos (excelente el de Javier Gomá, La imagen de tu vida), poemas (con homenaje al venezolano Rafael Cadenas), una larga conversación con el historiador Álvarez Junco, un "Cartapacio" dedicado al guionista (y más) Rafael Azcona, un precioso texto de Juan Marqués sobre nuestro traductor nórdico por excelencia: F. J. Uriz, otro sobre un turolense en Italia: Jerónimo Lafuente (uno de esos genios que oculta la provincia), las magníficas páginas del diario de Maícas (que habla con entusiasmo de Vinyoli) y, por fin, un puñado de reseñas entre las que, por lo que me toca, destaco la que hizo de Tánger Fermín Herrero.
De Sevilla me traje el número 4 de Estación Poesía. En el índice, poemas de Eduardo Chirinos, Luis García Montero, Rafael Juárez, Yolanda Pantin, Juan Vicente Piqueras, José Saborit, Pedro Sevilla, Carmen Camacho, Carlos Pardo, Miguel Mas, José Ignacio Montoto, Álvaro Salvador, Dionisia García, Jesús Fernández Palacios, Cristian David López, Raúl Quinto, Alejandro Céspedes, León Molina, Raquel Lanseros, Juan Marqués y Keith Douglas (en traducción de Mario Domínguez Parra), entre otros. También un ensayo de José Andújar Almansa sobre Emily Dickinson y algunas reseñas.
Del último número de Cuadernos Hispanoamericanos destaco dos entrevistas imprescindibles. La primera, dentro del dossier "Cuba en Miami", con el poeta Orlando González Esteva, residente en Miami (desde los doce años), que me recuerda una amena charla, llena de memoria y emociones, que mantuvimos hace más de veinte años en una placita de Santa Cruz de Tenerife donde la evocación de su Santiago natal se mezclaba con el del Tánger de la infancia de Y. La otra, la que Carmen de Eusebio mantiene con Pablo d'Ors, a propósito, entre otras cosas, de la publicación de su última novela, Contra la juventud. Otra novedad de importancia es la versión de La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T. S. Eliot, realizada por el poeta Álvaro García.
Quimera, en fin, que llega al número 379, presenta un amplio dossier dedicado a Jaime Gil de Biedma con motivo del veinticinco aniversario de su muerte. Entre otras colaboraciones, Álex Chico y Jordi Gol entrevistan a Carme Riera y Chico, en solitario, a Inés García-Albi, la sobrina del poeta. Piquero, además, traduce dos poemas o "divertimentos" del autor de Moralidades: la "Epístola francesa y "A Gabriel Ferrater". Tampoco es desdeñable la entrevista de Ginés S. Cutillas, Fernando Clemot, Cinta Moreso y Jordi Gol a  António Lobo Antunes.
Revistas y más revistas. Un festín, vamos. 

27.2.15

Clarín, 115

Con una bonita fotografía de Nápoles, de Via Solitaria, se abre esta entrega de la revista Clarín, un número redondo donde Juan Lamillar lee a Marcel Proust; Luis María Marina nos cuenta la historia del descubrimiento y posterior traducción de la obra del poeta portugués Daniel Faria (anuncio reseña de Explicación de los árboles y de otros animales para el número 117); Manuel Neila rescata aforismos de Ramón J. Sender; Andrés Catalán nos acerca la vida y los sonetos de la intensa poeta norteamericana Edna St. Vincent Millay; Martín López-Vega conversa con el poeta y traductor Xavier Farré; Josep Carles Laínez avanza fragmentos de su diario Tabularium; y Mario Martín Gijón, entre otras interesantes lecturas, nos da noticias de Manuel Bayo, un dramaturgo español en Taiwán.
José Luna Borge, Álex Chico (sobre Más allá, Tánger), José Luis Morante, José Ángel Cilleruelo, Toni Montesino y Rodrigo Olay firman algunas de las reseñas de “Paliques”. El colofón lo pone Aquilino Duque, que escribe sobre la poesía de uno de sus primeros maestros: el poeta de Arcos Julio Mariscal.

24.2.14

Revistero

Cuadernos Hispanoamericanos afina aún más su cambio de imagen y logra que el lector se sienta definitivamente cómodo entre sus páginas. En la entrega que lleva el número 764, ahí es nada, publica un extenso ensayo de Eduardo Moga sobre la poesía y la vida de César González-Ruano, un escritor muy lejano sin duda a sus intereses (y que le ha acarreado una agria polémica con el editor y poeta Abelardo Linares); otro de Noemí Montetes sobre la presencia de Vallejo en Rosales; un diálogo entre Victoria Camps, Eduardo Mendoza y Víctor Gómez Pin; una entrevista de Carmen de Eusebio con Leonardo Padura; y artículos varios, como uno de Jesús Aguado sobre el último libro (premio Quimera) del citado Moga, otro de Julio César Galán sobre los pájaros en la obra de Rosillo y otro más sobre "la fe rebelde" de Bergamín a cargo del prolífico Mario Martín Gijón. 
Precisamente del profesor de la Universidad de Extremadura hay un ensayo en el número 109, que tampoco está mal, de Clarín. Sobre "la idea comunista" en Alberti, Rejano y Herrera Petere. Además, textos la mar de interesantes como el dedicado por Javier Almuzara a la lírica griega arcaica y la vigencia de las ruinas, que incluye una breve antología de versos; una entrevista a José Avello, autor de dos novelas, viajero en Guinea, profesor y compañero de generación de Puértolas o Millás; un bonito poema de Trapiello, "Niño en un carro de heno", donde evoca su infancia leonesa; unos fragmentos, aforismos y anotaciones de Baquero Cruz que me han gustado especialmente; una aproximación al vallenato; un diario de viaje por Paraguay que firma Cristian David López; unas palabras del pintor Eugenio Benet sobre Juan Benet, a propósito de unas jornadas en Región, organizadas por la UNED, dedicadas a su señor padre; otras de Luis María Marina ofrecidas a Nuno Júdice, con motivo de un homenaje al poeta portugués por la concesión del Reina Sofía; y, cómo, el consiguiente puñado de reseñas habituales. 
Mención aparte merece, a mi modo de leer, el "Taller diario" de Martín López-Vega, ya instalado en Iowa, donde vuelve a demostrar su capacidad de análisis, sus amplias erudiciones, sus interesantes descubrimientos poéticos, así como su capacidad para la ocurrencia y su razonada mala uva. Con el celebrado JRJ, pongo por caso, a quien, por mucho que lo intente, nos confiesa, no acaba de tragar. Si el de Moguer viviera... O si mi paisana, al hilo, se enterara... Muy divertido, sí. Y bromas aparte, tan ilustrativo y didáctico como siempre. 

6.4.11

Simic en la Resi

Ya le gustaría a uno poder acercarse a la Residencia de Estudiantes para escuchar a Charles Simic en diálogo con Luis Muñoz, el próximo día 11, y a la lectura que dará allí al día siguiente.
Por cierto, un lapsus me impidió destacar el nombre de otro de sus traductores al español, Mario Campaña, poeta como Doce y López-Vega, a quien conozco y leo desde hace  tiempo. Nos encontramos aquí, en Plasencia. Estaba de paso.

8.12.09

Simic

Hay algo en el apellido de este poeta (ya) norteamericano que define bien su poesía. Tan seca como él, tan esencial y despojada. Tengo a medias la lectura de La voz a las tres de la madrugada, una antología de sus poemas (realizada por su autor) que ha traducido Martín López-Vega para DVD. Por suerte, de él ya habíamos leído El mundo no se acaba, en traducción de Mario Lucarda (también en DVD), y Desmontando el silencio, que vertió al español Jordi Doce (Ayuntamiento de Lucena). Da igual. La sorpresa, la perplejidad, el asombro no dejan de acompañarnos nunca al penetrar en el particular mundo de Simic. Tanto da que uno lea el poema por primera vez o que lo relea por enésima. Siempre parece nuevo. Sí, escribe, "Nada es lo que parece,/ nosotros menos que nada". Nos dice el traductor que al poeta neoyorquino de Belgrado le gusta recordar una cita de Horace Walpole: "el mundo es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten" y añade que "visto que nosotros hacemos ambas cosas, no puedo concebir una literatura que excluya ninguna de las dos". Sobre el infierno en que vivimos, y a falta de otros ulteriores, construimos nuestro paraíso. Así lo entiende M. L-V., que explica lo que leyendo a Simic nos parece inexplicable. Vuelvo, en fin, a las páginas de este libro que juzgo perenne, en mi personal "disputa con el infinito". Lápiz en mano me abro camino entre las palabras y los silencios del poeta errante.