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2.6.16

Pureza Canelo, académica

©Javier Sánchez Pablos/HOY
Sí, Pureza Canelo, la poeta extremeña, de Moraleja, "en el lugar en que más nací", leyó el pasado 21 de mayo su discurso de ingreso en la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Uno no pudo asistir, aunque estaba amablemente invitado por ella, pero de la solemne ceremonia ha dado cuenta en su blog Miguel Ángel Lama, que sí estuvo. Lo que tengo encima de la mesa, y ya leído, es el citado discurso, dedicado a sus padres. "Oeste en mi poesía" lo tituló. Un texto espléndido. Un discurso que, parafraseando a Juan Ramón, no se ha escrito «como discurso». Muy suyo, como todo lo que hace y publica. Hondo y sentido. Ajeno a la "oratoria académica" o al uso. Con su particular estilo: esa prosa que tanto tiene de poesía. Empieza: "Escribir o hablar sobre poesía es mayor reto para mí que ir a su búsqueda. No digamos explicarla". Luego lo intenta y hasta lo consigue. La conoce bien, y no hablo a humo de pajas. De hecho, traza una suerte de poética, otra, ya que ella es una especialista en este género, diría, uno de los ejes centrales de su obra reflexiva y rigurosa. Ahí están, pongo por caso, su libro Habitable. Primera poética o Cuatro poéticas, publicado por Pre-Textos, o, en fin, la que concibió para el ciclo Poética y Poesía, de la Fundación March.
La suya es una poesía que mira desde el Oeste, mucho más que una mera posición geográfica; un punto de vista (y un estado de ánimo) que no puede sino hacer suyo quien ha establecido en el mismo o parecido territorio su noción de lugar. Personal como pocas y exigente, sin concesiones, que habla sobre todo de ella misma. De la poesía, quiero decir, y de quien la escribe. De ahí que vida y verbo sean una y la misma cosa en Pureza Canelo. O, por decirlo de otro modo, que haya vivido por y para la poesía como si de una religión se tratase. Vocación que refuerza el viejo dicho, tan caro a Cernuda, de "carácter es destino". Fidelidad es la palabra.
Libro a libro, y ha publicado diez, divide ese asedio en cinco partes, que son las de su evolución creativa y vital: "Juventud", "Tensión en la palabra", "Desposesión vivir", "Testamento lírico (parte sustancial, centrada en su último libro, titulado Oeste a secas) y "Verso de la memoria". Por medio, muchos fragmentos y citas de su obra. Porque con nada se explica mejor.
Completa el volumen (muy parecido a los que publica la RAE) una bibliografía (1971-2015) de José Manuel Fuentes (donde, por cierto, no se incluyen referencias sobre su poesía que no hayan sido publicadas en papel).
Por lo demás, y vuelvo al principio, Pureza Canelo estaba decidida a reunir en Trujillo, ese día y en esa sede, a cuantos más poetas mejor. Es más, en la misma salutación, al lado de los agradecimientos, las menciones y los recuerdos (a Castelo, por ejemplo, o a los chinatos de Malpartida de Plasencia, su segundo pueblo), figuran estas palabras: "Y qué mayor motivación para confesar hoy a los poetas nacidos o que hayan recalado en Extremadura, mi deseo de estar pronto acompañada de sus voces con su presencia en esta Real Academia. Habrá que subsanarlo en unos tiempos extraordinarios en número y en calidad de la producción lírica en oeste, con proyección en el ámbito nacional". En la contestación, otro académico, Antonio Gallego, que tanto ha apoyado y apoya a la pobre poesía desde la March (de la que Canelo fue becaria), lector empedernido, decía: "Sin ánimo de polemizar, no soy el único que piensa que una Academia no puede autodenominarse impunemente «de las Letras» sin buenos y abundantes literatos de lo que para entendernos llamaremos literatura «de creación»". A buen entendedor... Dejo para otro día mis opiniones al respecto. Desde que murió Castelo, me siento más libre a la hora de opinar sobre esa santa casa que él dirigió durante años.
Termino. Que llegue a la RAEX una poeta como Pureza Canelo es un síntoma de mejora, no cabe duda. Y no sólo por lo que puede aportar por su condición de creadora, y de sobrada maestría, sino por su experiencia en la gestión al frente de uno de los centros culturales más activos y acreditados de España: la Fundación Gerardo Diego. ¡Ya tocaba! Enhorabuena. 

30.3.11

Las cuatro poéticas de Pureza Canelo

Cuatro poéticas (Pre-Textos), lo último de Pureza Canelo, reúne en realidad cuatro libros de la autora moralejense: Habitable, Tendido verso, Tiempo y espacio de emoción y No escribir. Pero no se trata  sólo de eso, de recuperar lo ya publicado, no, ni mucho menos. En la estela de uno de sus maestros, Juan Ramón Jiménez, Canelo cree en la revisión continua de la obra, en la reescritura de la misma, en la "rehabilitación", como dice ella. Con no ser sus únicos libros (sumo, bote pronto, otros seis), estos atienden a lo que se podría denominar, mejor que "metapoesía" (el término la uso, una de las marcas generacionales de la poesía de los sesenta, Novísimos inclusive), "poesía refleja" o "poesía autocrítica", aquella que vuelve una y otra vez sobre la escritura y lo escrito. Nada más natural en quien ha fijado su vida en la poesía, que es para ella el centro y la razón de ser, la casa donde vive y el aire que respira. Canelo trata a la poesía incluso corporalmente, como si de una amante se tratara. Late en ella el inevitable conflicto entre vivir y escribir, porque vivir no basta ni escribir es la única solución. Al fin y al cabo, aquí se hace patente, según creo, el dilema que planteara  un poeta muy alejado de los intereses de Canelo, Jaime Gil de Biedma, cuando dijo aquello de que "yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema".
Pureza Canelo ha llevado hasta el extremo el despojamiento y hasta lo esencial estos poemas escritos a lo largo de los años. Sigue la máxima de que "el poema sólo se abandona, jamás se termina". Al fondo, el problema de la insuficiencia del lenguaje, la tensión entre no repetirse ni callar ("no escribir es escribir de otro modo"). Y un convencimiento: en poesía, lo que no suma, resta.
Con todo, para comprender de manera cabal este proceso, nada como leer el clarificador, impecable y certero estudio del profesor de la UAM y poeta José Teruel que abre la obra. Una vez leído, no imagina uno mejor modo de acercar al lector, cauto o no, este radical experimento que echa por tierra tantas convenciones y lugares comunes.
Teruel habla de las paradojas de la poesía de PC: "la de la soledad habitada, la de no escribir escribiendo o la de un espacio y tiempo reversibles". Precisa que para ella "no es un acto de referencia a la vida, sino de emanación de la vida".
A la espera de la edición de la poesía completa que está ultimando otro profesor y poeta, éste de la Universidad de Extremadura, José Luis Bernal, no deja uno de maravillarse por el reto llevado a cabo por la poeta extremeña. Y a la par que uno envidia su capacidad de sacrificio y de exigencia, me alivia reconocer que mis modestas convicciones no dan para tanto; al contrario que ella, uno piensa que los poemas, una vez escritos, deben permanecer tal cual fueron concebidos, o casi.

9.2.13

El Oeste de Pureza Canelo

Después de unos años de silencio -desde 1999, cuando aparece No escribir, al 2008-, Pureza Canelo (Moraleja, 1946) ha dado a la imprenta una serie de libros (Dulce nadie, A todo lo no amado, más la antología del ciclo Poética y Poesía de la March y Cuatro poéticas) que uno no duda en calificar de esenciales para su propia obra, dilatada en el tiempo desde sus primeros libros, ambos de 1971, Celda verde y Lugar común, y para la poesía española de entresiglos, de la que no deja de ser, por lo particular y arriesgado de su empeño, un "verso suelto". 
Llega ahora Oeste ("Un libro que llamo mi Oeste"), un título breve y seco, tan sencillo y elocuente como la propia (co)edición de Pre-Textos-Editora Regional de Extremadura, que viene vestida de blanco. El libro arranca a partir de un poema ya publicado en su entrega anterior, "Mi oeste": "en el oeste / de mi estirpe", concluye. No hace falta ser un lince (ni siquiera ibérico) para deducir a que "oeste" se refiere. Nunca ha ocultado PC sus orígenes extremeños, al revés, y la importancia de esa geografía del alma circunscrita a su tierra natal, Moraleja (nunca nombrada, por cierto, en el libro que nos ocupa). Allí y en verano, sobre todo, a la vuelta de Madrid y Santander, las dos ciudades donde pasa más tiempo, ha escrito buena parte, si no toda, de su poesía. Una poesía, cabe añadir, ligada estrechamente a esos dominios geográficos que se imbrican en ella con una naturalidad pasmosa y que acaban confundiendo paisaje con poética. No otra cosa creo que sea Oeste. Nada nuevo: nunca ha dejado de cumplir Canelo con el verso de Wallace Stevens: Poetry is the subject of the poem (La poesía es el tema del poema). La palabra poética es consustancial a su escritura, otra palabra que aparece con frecuencia en sus poemas. De ese diálogo -¿metapoesía?- entre lo que veo, pienso y siento y lo que escribo nace una obra tan singular como todas las suyas que parece haber surgido de golpe, con una fuerza imparable, por más que su gestación, imagina uno, haya sido de años y lenta. Poemas en prosa, breves, donde cada palabra cumple, como pocas veces ha visto uno, con ese tópico lírico de la palabra exacta. Ni una de más y ninguna fuera de lugar. Ay, Juan Ramón.

Al fondo, la memoria, la infancia, la madre, los paseos, otros veranos ("verano puro de mi oeste"), otra vida que, claro, forma parte de ésta. Ella, allí: "Pero la hondonada es esta pequeña parte del universo mío que seguirá hablando cuando no esté". (Un presentimiento, sí, el de la muerte, que aparece más de una vez entre líneas: "Todo esto no dejará de ser destino porque me lo llevaré en el pecho bajo tierra".) "El agro no engaña", escribe, y "esto es mío" mientras alude a su "rincón apasionado". En ese "puro, terminal oeste" sucede todo: "Mi oeste superlativo". Basta leer los títulos de los poemas para darse cuenta de lo que Pureza Canelo traza: "Orígenes", por ejemplo. O "Refugio", "Siesta" (qué hermoso poema y qué significativo momento creador), "Surco", "Tierra", "Mundos"... "La troje era mi reino", dice en el primero. Poesía a la intemperie -algo muy extremeño, ya se ve-: "Existir es esto, una copa de luciérnagas en la mano".
"Una mujer de aldea" va labrando con versos (por prosa que simulen) su memoria más viva, aunque "lo que fue aurora ya es crepúsculo". Alrededor de sus recuerdos y a la vista de su territorio, a orillas del Jálama, su río, éste sí expresamente designado. Un mundo rural ya extinto, o eso dicen, regresa a estos poemas y quienes lo desconocimos, o lo desconocemos, no podemos por menos que asombrarnos ante ese tesoro rescatado del fondo del tiempo con precisas, hondas palabras ante nuestros atónitos ojos. "Mundos de ayer revierten unidos. Es mi única verdad. No se busque otra luz", escribe al final de un poema donde menciona a los "lectores intrusos", "los que dicen la poesía es difícil, no se entiende". "A esos los quiero fuera de mi vista", concluye taxativa.
Sí, "la poesía se cuela por lugares extraños". "Lo dice la poesía, la que manda, y no podemos hacer más". Porque "la poesía resiste", como la hiedra, "lo más nombrado de mi escritura". Como Pureza Canelo, una resistente nata, una especie única en el panorama lírico patrio, alguien que sólo atiende a su voz, a "la que manda". Alguien que escribe: "Lo dicho, levantaremos un poema sin lindes para saludar a quien por nuestro lado pase". Uno, qué suerte la mía, pasaba por allí. 

PC en su casa de Moraleja, que se ve en la imagen anterior.

26.3.19

Canelo y Manilla en EC


Retirada
Pureza Canelo
Pre-Textos, Valencia, 2018. 64 páginas.

Digámoslo pronto: pocas voces más singulares en la poesía contemporánea escrita en español que la de la extremeña Pureza Canelo (Moraleja, 1946). Responsable de la Fundación Gerardo Diego, ganó con veinticuatro años el Premio Adonais y desde entonces su obra ha ido creciendo hasta convertirse, como digo, en una de las más inconfundibles y genuinas del panorama. Gracias a libros como Celda verde, Lugar común, El barco de agua, Pasión inédita, Dulce nadie, A todo lo no amado y Oeste. En Cuatro poéticas reunió Habitable, Tendido verso y No escribir (más Tiempo y espacio de emoción), entregas que constituyen una línea central de su poesía: la que reflexiona sobre la propia tarea de escribir. En esa misma dirección de índole indagatoria y metapoética se sitúa Retirada, que agrupa poemas en prosa y, en apariencia, sin título, hasta que en el índice se comprueba que lo tienen. En el primero se pregunta “¿Qué será Retirada?”, y responde: “Un volver sobre lo vivido y lo escrito, hincada en el adiós”.
Escrivivir, diría Ponç Pons. Fervor, Zagajewski. La poesía, en suma: “mi refugio del mundo”. Una pasión y una consigna: “de la vida a la palabra, de la palabra a la vida”. “Contarlo: he estado aquí”, de eso se trata.
El libro “nació sin brújula”, confiesa, “para no ser publicado”. Tal vez por eso, desde el rigor, sin cesiones ni ganga, avanza resuelto y en libertad. Su lenguaje (lo fundamental aquí), más incisivo que seco, sin presunción, desprovisto de retórica, no repara en otra cosa que no sea un discurso que gravita sobre tres claves: esencialidad, claridad y profundidad.
Allí, la memoria y el olvido, la infancia, una casa de hiedra y la madre, el atardecer y su melancolía, la noche y la luz, el otoño y su Oeste… Pero sobre todo, ya se dijo, la meditación acerca del misterioso acto creativo. Consciente de sus límites: “no puede con lo incalculable de la esfera”. De que de nada sirven el padecimiento y la constancia. De que “son mis años que enfilan aturdimiento, desposesión, vejez”. Contra el ego (“deficiencia perenne”), la vanidad y el reconocimiento. Frente a ellos se alza esta suerte de expiación con aires de recuento y despedida donde no falta la más dura autocrítica: “Si supieran que dudo de mi capacidad de escritura”. “Arenas movedizas la escritura”, escribe, “juego suplicante y transitorio”.
“Sólo soy lugar de ocultamiento”. “La soledad es hermosa, Dulce nadie la llamé un día”, leemos, y: “Seguir a pie es mi consigna”.
Canelo afirma: “En retirada creceré, lejos de los años perdedores”. “Creo en la retirada”. Sin olvidar, eso sí, que la poesía “es el sin vivir mío, la que mueve todo anhelo”. Qué sabia lección de permanencia.


Suavemente ribera
Antonio Manilla
Visor, Madrid, 2019. 100 páginas.

El octavo libro de poesía de Manilla (León, 1967) se abre con "Impromptu": "El motivo inmutable / es la muerte". Sigue: "-la vida, variaciones...". Alude después a "las horas fugitivas". El plan está trazado. El final, ya escrito. En medio, el tiempo. "Suavemente ribera / mientras el tiempo pasa". Con naturalidad, la naturaleza está volviendo a nuestra poesía. Nunca debimos desdeñar al campo. Está ahí. Y digo "campo", como Machado. El que pasea AM por su suelo natal demostrando que hay demasiado cosmopolita impostado. Un cercano microcosmos puede ser un mundo ancho y ajeno como cualquiera: "tan cerca y tan ignoto". No es un antiguo el autor del ensayo Ciberadaptados. Sí un paseante lento, contemplativo y melancólico que observa el paisaje con sensibilidad. Paciente como un naturalista. A “la infatigable búsqueda de la felicidad”.
Lo machadiano abunda en un libro sereno, de sesgo clásico (culto y popular) y modos elegíacos, donde prima el canto sobre el cuento ("La mentira del canto fue contar"). Para ello utiliza un lenguaje armonioso y rítmico, que no desdeña ligeros barroquismos ni un vocabulario escogido, y usa con técnica y maestría, por ejemplo, el encabalgamiento.
Se cantan aquí los renovados "milagros cotidianos" (“la vida se repite”); los del mero, efímero existir. La luz y el "amable desdén de la belleza". "Este pasar y estar al mismo tiempo". Porque "somos materia para el lento óxido". 
La serie "Espacios despoblados" remite a la "España vacía". A ella vuelve, aunque "Nunca debes volver". “Mundos perdidos” donde residen aún las "sombras de la memoria", "-llámese amor o madre o sólo infancia". Casas familiares con vidas que perduran por encima del abandono y la ruina. La España de la demotanasia, mencionada en "Casa en solar ajeno", el poema más extenso y central del libro. Un término acuñado por Pilar Burillo para referirse a "la desaparición lenta y silenciosa de la población de un territorio que emigra y deja la zona sin relevo generacional". "Buscamos el olvido", leemos. "Pasar inadvertidos: ese era nuestro oficio".
En "Tierra extraña", lo lírico se impone y los versos tornan sabios y orientales (a lo errante Basho), en formas epigramáticas y meditativas. Como en Cavafis, "importa el camino". Porque "vivir es ir hacia la muerte andando". Se ensalza, en fin, el carpe diem: "Aprecia cuanto tienes", disfruta de "lo eterno en lo fugaz".
AM termina: "Yo soy de donde voy". "Voy a un país sin límites: / la patria sin fronteras de la muerte". El círculo se cierra.

NOTA: Estas reseñas de los últimos libros de Pureza Canelo y Antonio Manilla se publicaron el pasado viernes, 22 de marzo,  en El Cultural.

3.2.11

Lo último de Pureza Canelo

Unos días después de pasar por el Aula de Literatura "José Antonio Gabriel y Galán" de Plasencia, y siguiendo una ley no escrita para quien pasa por ella, Pureza Canelo ganaba el premio "Ciudad de Torrevieja" con un libro titulado A todo lo no amado. Los títulos de Pureza Canelo dicen no poco de las obras que ha escrito y ha venido publicando desde aquel Lugar común que se alzara con el Adonais (1970) cuando ese premio aún conservaba el prestigio del que desde hace tiempo, excepciones mediante, carece. Quiero decir, entre otras cosas, que son tan originales como todo lo que esta poeta de Moraleja (1946, ella no oculta su edad) escribe. Sí, si cabe aún utilizar esa gastada y desprestigiada palabra es precisamente aquí. Para esto. Sin miedo, además. Porque en ella hay, sin duda, "un lugar para lo genuino", al modo de Marianne Moore.
Lo primero que quiero decir, volviendo atrás, es que este libro está muy por encima de ese premio levantino que concede un jurado formado por diez personas y que publica la histórica (y poética) Plaza & Janés. No necesitaba aval. Le sobra, mejor. Eso no obsta para que uno reconozca la valentía de ese tribunal lírico para otorgárselo a un libro así. Sorprendente, de pe a pa. Implacable, como la misma Pureza, tan solitaria en la vida como en la obra. Sin concesiones a otra cosa que no sea ella misma y sus muy definidas circunstancias.
Aquí no hay improvisación ni niguna otra mandanga. Poesía pura, si se me permite la expresión, lejos de casi todo y de casi todos; salvo, quizás, de su amado Juan Ramón. Tan pura como el hermoso motivo de la cubierta, del belviso Pablo Palazuelo, otro guiño, porque todo es aquí por algo. Donde nada se parece a nada ni a nadie.
Poesía a tumba abierta, y sé lo que me digo. Sin trampa ni cartón. También sin comas. Bien sé que esta forma de escribir no se rinde al primer asedio; con todo, calibra uno su alcance, su fuerza y su ambición a la primera lectura.
Poesía que es poética, más que metapoesía. Como ya venía siendo, más allá de modos y modas. Poesía "a la intemperie". Y al "oeste" ("en el oeste / de mi estirpe", "soy / de tierra interior"), donde mejor nació.
Los jóvenes poetas españoles, a los que tanto y con tanto tino criticó, en voz alta, a su paso por esta ciudad, deberían leer (estudiar, mejor) su poema "Escritura pobre", el que empieza: "Ocupemos el lugar / menor".
"Apacienta el vivir, / es la consigna", dice en otra parte. Tampoco en esto miente esta "escritura / en oficio lento" que concluye: "Extraña /gran jugada / existir".

3.4.13

La casa de Pureza














Tuve hace años una áspera discusión con Pureza Canelo en el Parador de Mérida, durante la comida del jurado del premio de poesía que se celebraba allí, y todo a propósito de las casas de los poetas; algo más que meras residencias en la tierra. Me recriminaba, en mi condición de presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, con esa pasión que ella siempre ha gastado, que Extremadura, tan atrasada, no tuviera ninguna acogida a Acamfe, esa otra asociación que las agrupa. (Ya lo está la Casa-Museo Gabriel y Galán, en Guijo de Granadilla, pero de eso hace poco.) Uno le recordaba una verdad incuestionable, o eso creo: "Somos pobres, Pureza -debí decirle-, y más los poetas. Los de aquí han vivido en pisos, y gracias. Mira Pacheco. Y cualquiera, cabría añadir por aquel entonces. No era sólo ironía. Es verdad que estaba la suya, la casa familiar de Moraleja (y sus fondos bibliográficos, antes de que fueran generosamente donados por ella a la Diputación de Cáceres). Hace poco busqué en internet alguna imagen, que creí inexistente, para ilustrar la nota sobre Oeste, un libro que no se entiende sin esa casa, y di con una página en la que se recogían varias. Mi sorpresa ha sido saber que ese edificio tan singular ya no existe. Que en octubre del pasado año fue derruido por razones familiares que no conozco, pero que puedo imaginar. Me consta que Pureza Canelo no ha podido pisar desde entonces su amada Moraleja. El duelo llevará su tiempo. Está muy afectada, y lo comprendo. Por lo demás, destruida o no, esa casa, y su espíritu, permanece en sus versos. Y contra eso, ¿quién puede?

28.7.09

Pureza Canelo


La Unión de Bibliófilos Extremeños celebra desde hace años el Día del Bibliófilo. El invitado ha sido, casi siempre, una verdadera autoridad literaria: Vargas Llosa, Ana María Matute, Francisco Ayala, Vázquez Montalbán, Francisco Brines, etc. El acto tenía lugar en Trujillo hasta que una entidad bancaria local lo llevó a su sede de Almendralejo. Este año la homenajeada ha sido Pureza Canelo. La concesión el pasado de la Medalla de Extremadura ha recuperado a la poetisa para una región que, como ella ha dicho, "en general hoy me duele". Lo que pervive del homenaje, más allá de lo que queda en la memoria de los asistentes y en las fotografías, grabaciones y lacónicas notas periodísticas, es lo escrito. Esto es, un libro -al primoroso cuidado del profesor José Luis Bernal- que se titula esfera poesía donde se recogen artículos, ensayos, poemas, cartas y semblanzas -además de un curioso álbum personal- de distintos especialistas y amigos de la de Moraleja. De relevante hondura me han parecido los estudios de los poetas José Antonio Llera y Antonio Méndez Rubio y muy iluminadores sobre su forma de ser -de escrivivir- las palabras que le dedican sus íntimos José Infante y Javier Lostalé. La mar de interesantes me han resultado los textos del profesor Senabre, donde se aúna el rigor con la calidez, y del musicólogo Antonio Gallego, tan cervantino como pertinente. No es cosa de dar la vuelta al numeroso elenco del índice. Salvo excepciones, todo queda a la altura que merece la autora de Habitable. Sí, porque en lo que todos los que la hemos leído estaremos de acuerdo, nos gusten sus versos menos o más, es en reconocer la exigencia con la que esta mujer ha ido levantando su obra (por decirlo al querido modo juanramoniano). Casi nada -por solvente que nos parezca su labor al frente de la Fundación Gerardo Diego- la ha distraído de lo que de verdad le importa: la poesía. No es extraño que la suya sea única, distinta a la de sus compañeros de generación (hablo de edad, no de grupos) y a la de cuantos, antes o después, la han escrito en español, lo que no es decir poco acerca de su relevancia. Por lo demás, no descubro nada nuevo.
En lo que a uno respecta, la he leído siempre con el debido fervor, como quiere Zagajewski. Desde que empecé a leer en serio, al final de la adolescencia. Desde entonces conozco a Pureza y, salvo algún desencuentro puntual (algo lógico si tenemos en cuenta su radical manera de ser y de estar en el mundo), nunca hemos dejado de tratarnos, aunque sea en la larga distancia. De fondo, al fin y al cabo, es esta poeta. Ella, y lo que más nos importa, sus poemas. Tiempo al tiempo.

1.4.16

Manual de espumas

La Fundación Gerardo Diego, que gobierna con mano firme la poeta Pureza Canelo, ha tenido la excelente idea de crear la colección “El pequeño 27". Sí, no todo han de ser, en esas instituciones, ediciones críticas, volúmenes de investigadores, ediciones complejas con notas a pie de página, catálogos bibliográficos... De ahí que se les haya ocurrido "hacer algo fresco, nuevo, diferente", como lo califica su inventora. Han empezado por la selección de versos de uno de los primeros libros de Gerardo Diego: Manual de espumas (1924), donde, en palabras de Umbral, "bullen ya todos los hallazgos vanguardistas y experimentalistas de un optimismo creador". Lo han impreso con un bonito diseño y una maquetación (ambas de la bibliotecaria Andrea Puente) que se inspira en las ediciones de los años 20. Me cuentan que, por sorpresa, esa edición artesanal y única ha sido solicitada por varias librerías especializadas. No me extraña.
Uno, por deformación profesional, abomina de los ejemplos poéticos que suelen ilustrar los libros de textos de mis alumnos y echa de menos la presencia de clásicos como estos, perfectamente adaptados y adaptables a la edad de esos niños que se inician en el placer de la lectura. Como se hizo siempre.
En el preliminar de Pureza Canelo, otro poema, se ha jugado con la negrita de los títulos en relación con los poemas de la antología. Para ello basta cotejarlos con el índice: "Primavera", "Mesa", "Paraíso", "Recital", "Aldea", "Canción de cuna", "Nieve", "Panorama", "Cuadro", "Nocturno", "Lluvia" y "Espectáculo".
Un acierto, pues, tanto el libro como la colección, a la que uno desea (y augura) larga vida.


14.2.15

A Senabre (I)

Jurado del Premio Gerardo Diego de Investigación Literaria, 2014.
BREVEDAD ES TODO

                               A Marcela y Ricardo Senabre

Leo la poesía de otros,
el asombro compartido,
no hay deseo de ofrecer la mía
si la sirven otros.
La poesía que se mueve mejor
que la voz a solas cuando la tuve
salina o dulce, según la destreza
para destrucción de estas manos
detrás de su tiempo, mi lengua.

Leo la poesía de otros,
no importa de qué siglo
ni la edad cuando se vació,
si brevedad es todo, lo que hoy son
huesos hechos barandilla 
de mirador tan alto
de la rosa o existencia, tan cantadas.

Abandonada al universo tomado
por los otros, es el arco
que hace la palabra
en la noche gola de versos
dentro de mi casa, 
la travesía de la creación,
un sol también perecedero,
poetas que en mí escriben, mandan, saben, 
sosteniendo yo la culpa.

Así va pasando mi tiempo de escritura,
el de la saciedad que la pasión ajena
me regala y ciñe las apetencias
pues soy cómplice
en el saber respirar de estos valientes
que apoyan su columna en mis hombros
hacedores en la noche
conmigo nunca desarmados.

Si brevedad es rosa o existencia,
la creación también,
como un caballo hermano
que un día desaparecerá de niebla
por tobillos rápidos de luz,
luz vencida de tanto crear vencido.

La salvación, la perdición ajena
ya son mías,
y en lo sucesivo más.

                                                  Pureza Canelo

(De No escribir, Cuatro poéticas, Pre-Textos, 2011) 
Nota: En la fotografía, de izquierda a derecha: César Torrellas, Juan Cuesta Diego, Manuel Ramírez, Antonio Sánchez Trigueros, Francisco Javier Díez de Revenga, Pureza Canelo, Rosa Navarro Durán, Alicia Gómez-Navarro, Pilar Palomo y Ricardo Senabre. Fallo del XIV Premio Internacional "Gerardo Diego" de Investigación Literaria, Residencia de Estudiantes, Madrid, 17 de junio 2014.

14.3.12

Elena Diego

La Fundación que lleva el nombre de su padre, el poeta Gerardo Diego, le dedica un homenaje en forma de libro dentro de la colección Cuadernos adrede. La edición y coordinación ha corrido a cargo de Francisco Javier Díez de Revenga y en él colaboran quince "amigos y deudores" de la primogénita del autor de Fábula de Equis y Zeda, especialistas en su obra, como Pureza Canelo, José Luis Bernal Salgado, J. M. Díaz de Guereñu, Rafael Inglada, Irma Emiilozzi, Gabriele Morelli, Rosa Navarro Durán, Julio Neira, J. M. Barrera o José Teruel.
"Elena Diego ha sido la imagen visible de toda la familia del gran poeta", afirma el editor. De lo que no cabe duda, después de leer las distintas semblanzas, es de la calidad humana e intelectual de quien, en estrecha relación con Pureza Canelo, ha sido y sigue siendo el alma de una Fundación ejemplar.

10.10.19

Pureza, punto y seguido

Me confesó este verano, durante una larga conversación telefónica (nos habíamos visto en Santander hacía poco), que la decisión ya estaba tomada. Ayer llegó esta escueta nota (la concisión es muy propia en ella): "Estas líneas para comunicaros que habiendo dado por cumplida una etapa de mi vida en la Fundación Gerardo Diego, renuncio voluntariamente a mi cargo de directora-gerente de la misma. La inmensa labor que se ha hecho ha sido posible gracias a vuestra colaboración directa, complicidad, apoyo y simpatía. Os lo agradezco de corazón. Recibid un abrazo, Pureza Canelo"
Es muy de agradecer la tarea realizada por mi admirada paisana a favor de la Poesía (en especial de la del siglo XX, espléndida en castellano) y, cómo no, de la obra de su maestro Gerardo Diego. Ingente, sí, pero, sobre todo, caracterizada por el rigor y la excelencia. Así es la de Moraleja en todo lo que emprende y culmina, empezando por sus poemas, y esa forma de ser ha impregnado su labor sin remedio. 
No es necesario hacer recuento de esa "etapa". De premios, libros, jornadas, ciclos, etc. Que quien quiera informarse, o recordar, se dé una vuelta por la web de la Fundación o haga una búsqueda en Internet. Algo tengo escrito al respecto en mi blog
Sí me gustaría destacar lo que ha hecho por la poesía escrita y publicada en Cantabria, donde está la sede central de la entidad. Qué sana envidia si comparamos esos estudios, ediciones y antologías con los que están por hacer en otras muchas regiones de España, empezando por la nuestra, Extremadura. Ejemplar, sin duda.
Puede estar tranquila Pureza por el trabajo realizado. Y sus lectores, contentos de que pueda dedicar de ahora en adelante todo su tiempo y sus energías a lo que más importa: la creación propia.
Espero no ser indiscreto (la ilusión me puede) si añado, con la debida parquedad y sigilo, que en 2020 verá la luz un nuevo libro que sorprenderá a más de uno. Jordi Doce y yo estamos ya en ello. Sí, porque todo puede provocar esta mujer apasionada menos vulgar indiferencia. Gracias, querida amiga, enhorabuena y feliz, largo futuro.

Nota: La fotografía está tomada de la revista Oculta Lit.

30.7.19

Carta de Santander

¡Dichosas obras veraniegas! En las autovías, quiero decir. Da igual que vayas a Santander o a Madrid, lugares a los que hemos viajado en este julio que termina con temperaturas de otro mes.
Por ejemplo, camino del Cantábrico, a la altura del cruce de Frómista, nos obligaron a dar un rodeo considerable que nos permitió observar con detenimiento los campos de Castilla, Tierra de Campos, que no deja de ser un ejercicio de alto calado machadiano. 
El resto del viaje fue bien. Los túneles facilitan el acceso a estas regiones del Norte, aunque de mi memoria no se borren los mareosos puertos y portillas que franqueaba con cierta dificultad el seiscientos de mi padre. 
Santander es la elegancia. Como San Sebastián u Oviedo. La cosa nórdica, ya dije, que siempre sorprende a los del Oeste. Si, para colmo, te hospedas en el monárquico Palacio de la Magdalena situado en la bonita península del mismo nombre, ya no digamos. Nuestra habitación, con forma semicircular, estaba en el segundo piso de la torre. Un privilegio. Por las vistas más que nada. Enfrente y a lo lejos, El Puntal. Debajo, jardines y pinos y gente tumbada en el césped. Muy británico todo. Y muy universitario, of course. Sí, porque la anfitriona lo es: la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (la UIMP), de ideario institucionista y fama reconocida. Pasamos hace años por las sedes de Cuenca (ay, Diego Jesús) y Santa Cruz de Tenerife (de la mano de Robayna). En ésta, la principal, estuve a cuento de unos conocidos encuentros sobre la edición cuando uno era responsable del extremeño Plan de Fomento de la Lectura y recuerdo, sobre todo, que saludé a Alberto Manguel, del que soy lector y fans, y que el vuelo de regreso a Madrid, con Millás al lado, fue apoteósico. Nunca peor.
Llegamos justo a tiempo de comer en el mismo Palacio. Comida de colegio mayor, digamos. Mala, a qué engañarnos. Para entonces ya llevábamos al acreditación colgando, lo que facilitó el trance.
La tarde dio para una cabezada y un paseo por aquel precioso lugar. Delante, el mar, ese misterio.
Antes de la lectura correspondiente al ciclo Veladas Poéticas, que dirige el poeta, crítico y editor Carlos Alcorta (a mi lado en la fotografía) y que está a punto de cumplir veinte años, se celebra una tertulia con el autor invitado. La nuestra fue jugosa. Éramos una decena de personas alrededor de una mesa, ya es casualidad, idéntica (salvo por el tamaño) a una que conserva en su casa, procedente de Tánger, mi querida suegra. Se habló un poco de todo. De lo de uno y de la poesía en general, incluido ese sucedáneo a la moda que dan en llamar parapoesía y que unos días después bendijo Manuel Vilas en ese mismo sitio. Él sabe más de eso.
La lectura en sí desdijo los peores augurios. Ya Alcorta había advertido en petit comité que era el segundo día con sol de la temporada de baños en Santander y que la gente optaría por la playa, algo que resultaba del todo comprensible. Pero nos equivocamos y reunimos a más de setenta personas (que contó alguien), lo que no es poco si tenemos en cuenta que uno no es parapoeta.
Alcorta me presentó como es debido. Me conoce muy bien, desde mi primer libro, que mostró en público sin acobardarse, hasta el último, que reseñó en Turia. Más aún, fue el editor de dos de mis plaquettes: Aeróvoro y Lugares del otoño. Esta última formó parte de la colección El Astillero, de la revista Ultramar, que dirigía con los también poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván. Pues bien, estos dos estuvieron en el acto, algo que me hizo, lo confieso, especial ilusión. Como la presencia de mi admirada paisana Pureza Canelo, que pasa en esa ciudad buena parte del año debido a sus labores al frente de la Fundación Gerardo Diego; la de los poetas Marcos Díez, autor de Desguace, y Nicolás Corraliza; la del estudioso de la poesía cántabra Luis Alberto Salcines, así como un puñado de lectores y amigos (Nieves Álvarez, Juan Francisco Quevedo y su hija, jovencísima profesora en Harvard, participantes, por cierto, en la comentada tertulia) que lamento no poder nombrar al completo. Pureza me susurró, eso sí, que había gente muy principal. Se notaba. Grazie.
Después de los agradecimientos y los saludos de rigor, leí, para empezar, mi único poema santanderino: "Villa olvido", que forma parte de mi libro Desde fuera. La casa en ruinas a que se refiere está siendo restaurada y puede que sea la misma en la que veraneó el mismísimo Galdós. Luego leí diez poemas de El cuarto del siroco. Según costumbre, salpiqué esa lectura (una "conversación en la penumbra", diría Eliseo Diego) de comentarios personales que pudieran ofrecer al oyente u escuchante algún que otro detalle digno de ser conocido o comentado. No se trata de explicar nada, sólo de aportar datos a buen seguro prescindibles (el poema ha de bastarse a sí mismo) pero al fin y al cabo curiosos. También por hábito, en las Veladas no hay preguntas al final. Antes de abandonar el hall del Palacio (Trapiello, del que leo Diligencias, escribiría "jol"), donde tuvo lugar aquello, firmé algunas dedicatorias, un muchacho negro me entregó un extenso poema de su autoría, saludé al librero que tuvo la amabilidad de ir a vender ejemplares de algunos de mis libros y salimos, en fin, a la noche y al fresco. Nada peor para este paisano de tierra adentro que la mezcla perversa de humedad y calor. Por eso fui incapaz (pedí perdón por ello) de ponerme la chaquetina que portaba.
Nos reunimos nueve en un restaurante del centro para cenar algo. Fombellida y Alcorta, con sus respectivas esposas, y algunas amigas (como la poeta Ana García Negrete, que inauguró este año las Veladas, o la fotógrafa Mar Gómez Iglesias, autora de la foto de arriba). Nos retiramos pronto. Dormir con manta fue un final de jornada de lo más placentero.
No sin dar antes una vuelta por las calles principales y un largo paseo por la orilla del mar, salimos a media mañana de vuelta a Plasencia. Con pena, claro.
Si al subir paramos en Aguilar de Campoo, al bajar lo hicimos en un área de servicio cerca de Reinosa. Comimos espléndidamente en La Traserilla, en la parte vieja de Palencia, a un paso de la catedral. El café lo tomamos en el Ikea de Valladolid, donde tocaba parada y visita (no todo es lírica). Ya en Plasencia, al bajar del coche, comprobamos que habíamos vuelto al infierno. Qué poco dura lo bueno.

Una habitación con vistas. 

La habitación, en la segunda planta de la torre.

28.2.10

Premio para Pureza

Un jurado formado por Rogelio Blanco (director general del Libro), Manuel Llorente, Luis Alberto de Cuenca, Clara Janés y Jaime Siles ha concedido el premio Francisco de Quevedo de la Villa de Madrid al libro Dulce nadie, de Pureza Canelo, que publicó Hiperión en 2008.
Según El Diario Montañés, el certamen tiene como objetivo premiar al autor del libro de poemas que, a juicio del jurado, se considera «el mejor escrito en lengua castellana de tema libre que haya sido publicado a lo largo del 2008» por una editorial que tenga su sede social en la Comunidad de Madrid.
Su amigo José Infante lo comenta en su fotolog.

13.9.19

Premios Hiperión

Maribel Andrés Llamero
Hiperión, Madrid, 2019. 58 páginas. 10 €

Este libro, el segundo de Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984, aunque de origen zamorano), tras La lentitud del liberto, ganó (ex aequo) el veterano y acreditado premio Hiperión y toma su título de una canción de Agustín García Calvo, no por casualidad natural de Zamora.
Con una brillante carrera académica a sus espaldas, como muchos jóvenes de su promoción, opta, sin embargo, por un tipo de poesía nada escolástica, en las antípodas de la vulgar moda parapoética y aun de lo habitual (lo coloquial y urbano) tan tópico y frecuente entre sus pares poéticos, ya sean hombres o mujeres. Elige lo rural (por suerte no es la única, aunque las comparaciones resulten impertinentes) y compone un libro valiente y sin complejos que frisa con lo épico. Su tono, digamos para empezar, es consustancial a lo descrito. No hay mentira aquí.
Las abuelas (una constante generacional) están en el origen del libro. A una de ellas, por cierto, Isabel, nonagenaria, le está dedicado. Por lo que aquél soporta de memoria, y porque no elude el componente sensible y emocional.
Este poemario es como un canto de amor a los orígenes y a la familia, a esos otros que fuimos sin ser. Mis abuelos tuvieron una vida dura. Los maternos emigraron a Alemania (…). Del mismo modo, mis abuelos paternos eran muy humildes e intentaban darles lo mejor a su familia”, ha dicho la autora en una entrevista publicada en La Opinión.
Lo abren citas muy bien escogidas de José Emilio Pacheco (“No amo mi patria…”), Drummond de Andrade (Llamero es profesora asociada de literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de su ciudad natal y ha vivido en Río de Janeiro, donde murió el autor de Sentimento do mundo), Carmen Camacho y Hölderlin.
El primer verso desvela el objetivo: “Esto es Castilla”. Mucho más, ya se sabe, que una región o un paisaje. Más en la historia de nuestra poesía. Una metáfora del propio cuerpo y de las ideas que la constituyen como ser humano. Lo seco, lo severo, lo llano, también lo tierno y el agua (aunque a veces oculta) dan forma y fondo a su mirada. 
Fruto de sus mayores (que se han pasado la vida yendo y viniendo), confiesa: “Soy nieta de emigrantes, carbón humano”. Y: “Me han confiado toda la luz”.
Ahí, la infancia: en la casa familiar o en el campamento del bosque. Y la bisabuela a la que conoce en una fotografía conservada en un museo etnográfico de la citada capital castellana. Y los nombres de los lugares (zamoranos mayormente). El Oeste (que diría, más al sur, la extremeña del norte Pureza Canelo): “Jamás laberinto más temible / que aquel que no conoce muros”.
“Lejos del mar abierto”, “este alma de pizarra” sueña: “Digan lo que digan los anuncios de cerveza / nada será nunca más verano / que el aroma de la jara en flor”. A orillas de los ríos, como el bejarano Cuerpo de Hombre. El de los mares interiores: “El embalse hoy parece el paraíso”. Como el que engulló (imposible olvidar al leonés Julio Llamazares) el pueblo de su triste abuela Ramona. “Estas mujeres –escribe– son la memoria / de una vida que no existe /en los mapas del gobierno”. La España vacía, sí. Un “mundo horizontal”. Y del silencio. La “áspera meseta”, “tierra adentro”, “nunca matria”. “Estos páramos donde todo es alto / sin altivez, protegido por lo surcos, / por el trigo, esta lentitud, esta pausa, / esto es Castilla”. Con el leopardiano “Defensa de la retama” concluye un libro singular y a contracorriente. Misterioso y hondo, como esa tierra.


Carlos Catena Cózar
Hiperión, Madrid, 2019. 66 páginas. 10 €

Catena (Torres de Albánchez, Jaén, 1995) ganó (ex aequo) con este libro, el primero de los suyos, la trigésimo cuarta edición del premio Hiperión. Su juventud es clave para entender su contenido, una suerte de nueva poesía social (que nada tiene que ver con la de mediados del siglo pasado) donde se analiza, por decirlo pronto, el presente, precario en lo laboral, de su generación. Como esto es poesía, de ahí la diferencia, es en el territorio del lenguaje donde se resuelve el asunto. Él lo usa con soltura y naturalidad, sin usar mayúsculas ni signos de puntuación, y en una sucesión de poemas que vienen a ser fragmentos de un discurso infernal basado en el fracaso (“no puede escribir sobre el fracaso / quien no ha bajado al infierno”), el pesimismo existencial y la desesperanza. Parece que el futuro ya pasó para el personaje poético que encarna estos poemas. Para eso se sirve de la ironía y del humor, un sentido capital en esta frustrante panorámica donde la lucidez sobresale sin remedio. Por sus versos, sujetos a un ritmo sugestivo (una musicalidad que se agradece), desfilan una abuela jornalera con clara conciencia política que confía en el valor del trabajo (“el esfuerzo y el trabajo bien hecho”, decía), un padre con visa (“en el extranjero una transferencia bancaria / es el único abrazo que mi padre puede darme”) o una madre que, si enfermara, se vería obligada a vivir en el extranjero donde residen sus hijos emigrantes.
Se ratifica que “la mayor hazaña del hombre moderno / es cotizar hasta jubilarse”; se fantasea con el suicidio literario de un hermano; se afirma, a propósito del espinoso tema de la libertad, que “no todo lo que acontece sin consentimiento es malo / es así que todos nacemos”; se usa la metáfora del juego del perro y la pelota; se parafrasea al beat Allen Ginsberg: “he visto las mejores mentes de mi generación / destruidos por un contrato basura”; se celebra la enfermedad, porque remite al cariño y a la infancia; se enumeran bienaventuranzas (“bienaventurado el dinero porque compra cosas”, “bienaventurado internet porque existe”, “bienaventurado el poema porque se lee rápido”, “bienaventurada la queja porque es diálogo”, “bienaventurado el tiempo porque pasa”, etc.); se conversa con Ricardo, el único amigo de infancia que es solvente (“el único joven de éxito que conozco”), propietario de un Mercedes, al que al cabo pregunta “cómo  vamos a aguantar / los cuarenta años de trabajo que nos quedan / hasta jubilarnos”; se reivindica la lengua materna en un poema dedicado a la madre del protagonista, traductor de profesión, que empieza: “límpiame la lengua (madre) / porque hoy he venido a hablar contigo” y termina: “he venido solo para hablar contigo”; se critica la líquida realidad en la que naufragamos (“toda esta abundancia / todo este éxito / tan poca vida”); se habla de hijos (lo normal es que “nunca hagan nada bien”) y de tristeza y de aviones y de que “el patriotismo es de los expatriados”: “no sé explicar un país ni tampoco una patria”; y del “ahí fuera” (“luchamos tanto tiempo con el ahí fuera”) y el “aquí dentro” (“acabar con las afueras nos dejó también / sin un aquí dentro donde esperar a salvo”); de que, como tantos, “he empezado a construir mi casa en el extranjero / un terreno en una ciudad irlandesa donde el sol / ocurre solo en el margen de los días festivos”, porque “lo que importa de verdad ocurrió siempre / tan lejos de los días hábiles”... El romanticismo o un atardecer de Hopper, pone por caso.

Nota: Las reseñas de los libros de Llamero y Catena se publicaron el pasado viernes 6 de septiembre en El Cultural.

4.5.19

El discursino del 'Meléndez Valdés' en Ribera


Quién le iba a decir a uno hace dos años que el entonces presidente del jurado del I Premio Nacional de Poesía “Meléndez Valdés” iba a ser el ganador de la segunda edición del certamen y que quien lo consiguió entonces, Jordi Doce, por su libro No estábamos allí, sería el presidente del tribunal que ha premiado ahora El cuarto del siroco. Yo les puedo asegurar que no. Mi imaginación no da para tanto. Con todo, por rocambolesca que parezca la situación, azar mediante, que nadie se llame a engaño: este es un premio limpio, de rigurosa factura, y por eso me complace tanto recibirlo, más si tenemos en cuenta, y conviene señalarlo cuanto antes, la calidad de los libros finalistas, dos de ellos de autores extremeños, un hecho digno de ser destacado. Ya escribí en un artículo publicado hace unos meses en el diario Hoy que 2018 había sido un auténtico annus mirabilis para la poesía del Oeste. Y para demostrarlo, ahí están, pongo por caso, los últimos libros de Pureza Canelo, Ada Salas, Isla Correyero, Irene Sánchez Carrón, José María Cumbreño o Basilio Sánchez, quien, por cierto, estaba a mi lado (en la preciosa plaza de Trujillo) la noche que me llamaron desde aquí para comunicarme la buena noticia.
Dije entonces, y ya se ve que lo mantengo, que convenía “destacar la pulcritud del procedimiento de elección del ganador y, antes, de los finalistas, siquiera sea para demostrar que en España, a pesar de los pesares, se pueden hacer las cosas de otra manera”. Bien, esto es, “sin corruptelas”.
Aquel caluroso 26 de mayo defendí la concepción del premio y, con ella, a su principal ideólogo, José María Lama. “Por lo que tiene de reivindicación de uno de los extremeños más ilustres (e ilustrado) y para diferenciarse de la avalancha de galardones poéticos locales o provinciales que plagan el panorama”, añadí. Algunos, preciso ahora, grandes y chicos, deshonestos. Y porque distingue a libros ya publicados, algo poco usual en este país galardonístico en el que lo normal es presentarse y no que otros te presenten.
Por eso defendí y defiendo este premio de ámbito nacional y patrocinio público (Ayuntamiento, Junta y Diputación) que surge en un pequeño pueblo extremeño, pero culto y con historia, tierra natal del poeta, profesor y jurista Juan Meléndez Valdés, un intelectual que sigue representando a la mejor España; muerto, éste sí, sin imposturas, en el exilio.
Más allá del impecable método de selección y de la inapelable decisión de un jurado íntegro, querría destacar la importancia que tiene para mí el “voto popular”, el que emiten los lectores de Ribera y hace efectivo, en las deliberaciones, la alcaldesa. Que mi libro haya contado con él es algo que me agrada doblemente. Ya explicó hace tiempo Francisco Brines que la poesía no tenía público, sino lectores. Son ellos quienes personifican o encarnan a todos los que se han acercado al “siroco” (como en confianza lo denomino) y, tras leerlo, han considerado que era un libro digno. A más no aspira uno. Lo que venga después, por ejemplo este reconocimiento, será (ha sido) por añadidura.
En estos tiempos de penuria, que diría Hölderlin, es muy gratificante que se defienda el fervor de la verdadera poesía (en rigor otra no existe) frente a esa inanidad liricoide y comercial que, según algunos, también lo es. Por eso, resistir es una obligación, para evitar que la parapoesía, tan de moda, siga apropiándose de un territorio que no le corresponde.
Del libro poco puedo decir. En la nota inicial se explica que tomé el título de El caso Moro, de Leonardo Sciascia, donde éste cuenta que en las casas patricias sicilianas había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba ese temible, impetuoso viento del sudeste que atraviesa el Mediterráneo procedente de los desiertos del norte de África. Tan parecido a nuestro levante.
Esa estancia, añadí, era “un refugio que uno interpreta también como metáfora de la poesía. Y de la vida, que es lo mismo”. Y terminaba: “Desde la adolescencia, uno ha encontrado en el ejercicio de leer y de escribir versos la pasión y el consuelo necesarios para afrontar las sucesivas rachas que el viento furioso de la existencia bate contra cualquiera. Como quien, «en medio de la desolación» —diría Ricardo Piglia—, construye «pequeños resquicios para evitar la tormenta»; como alguien que «edifica, absurdamente, murallas». Ojalá estos poemas, en fin, sirvan también a sus presuntos lectores siquiera como precario cobijo ante la adversidad”.
En la nota final, por otra parte, aclaré que los poemas que lo componen fueron escritos en lo que va de siglo, al mismo tiempo que otros libros míos, como Plasencias y Más allá, Tánger. “Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica”.
Termino. Gracias a los miembros del jurado por elegir, de entre otros, este libro. A mis editores de Tusquets, Antoni Marí y Juan Cerezo. A Salvador Retana, por dibujar en la cubierta el primer poema del libro. Al pueblo de Ribera del Fresno, representado por sus lectores en el voto popular de la alcaldesa, por mantener este premio singular; a pesar de su juventud, ya prestigioso.
Se lo brindo a sus dedicatarios: mi mujer, Yolanda, y mis hijos, Leticia y Alberto.
Porque, como suelo decir a mis alumnos, el movimiento se demuestra andando, concluiré esta intervención leyendo en voz alta tres poemas.
Muchas gracias.

Nota: En efecto, este es el breve discurso que leí anoche en Ribera del Fresno con motivo de la entrega del II Premio Nacional 'Menéndez Valdés'. 
En la fotografía, de izquierda a derecha, Fran Amaya (director de la Editora Regional y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura), Piedad  Rodriguez Castrejón (alcaldesa de Ribera), Jordi Doce (poeta y presidente del Jurado), Miriam García Cabezas (Secretaria General de Cultura) y Lorenzo Molina Medina (Diputado de Turismo y Tauromaquia de la Diputación de Badajoz y alcalde de Segura de Léon).

20.4.19

Sobre algunas lecturas recientes (con perdón)

El País. Alberto Manguel en Mondion (Francia), 2013. GETTY
Si tuviera que hacer caso a los "me gusta" de mi muro de Facebook, desistiría de escribir esto. Cada vez que publico allí (al mismo tiempo que en el blog) alguna reseña, el número de likes es mínimo. Sí, ya sé que estamos hablando de espejismos, pero significativo, al cabo, resulta. Como uno hace estas cosas por amor al arte, procedo. A costa de hablar para unos pocos, que es a quienes, por otra parte, me he dirigido siempre. 
De la avalancha habitual, libros leídos y otros que nunca podré leer, rescato unos cuantos. No por nada, está claro, lo que no significa que los que silencio sin remedio no sean tan dignos como estos de figurar, ay, en un escrutinio. Por ejemplo, y para que no se me acuse de pecar de poético, Señor de las periferias (Pre-Textos), de Jesús Montiel, una suerte de biografía del escritor Robert Walser que es mucho más que eso. Por cómo está escrita (con voluntad de estilo). Por los aforismos que contiene ("La escritura es una loca perseverancia", "Un poeta nace para incomodar", "El verdadero fracaso es no saber fracasar"). Y por la poesía que guarda, aunque esta confesión desmienta lo que dije más arriba. Mi fascinación por el personaje, eterno paseante por senderos que se bifurcan entre la pasión por escribir y la locura, es antigua, pero este breve ensayo literario la ha acrecentado aún más. Una delicia, sin duda. 
Jordi Doce vuelve y nos sorprende de nuevo con La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea (Saltadera), que reúne dieciséis ensayos sobre poetas en inglés de ambos lados del Atlántico: Charles Tomlinson, Ted Hughes, Sylvia Plath, Geoffrey Hill, Seamus Heaney, John Burnside, John Ashbery, Allen Ginsberg, Kenneth Koch, Charles Simic, Joseph Brodsky, Paul Auster, Sharon Olds, Anne Michaels y Jeffrey Yang. La mera enumeración abruma. Si a eso unimos la perspicacia crítica, la prosa elegante (siempre cortés con el lector) y la lucidez lectora de Doce... Ah, y qué edición más bien hecha.
(Con uno de estos autores, el gran Simic (éste sí), iba a celebrar Doce un encuentro el mes próximo, pero una inoportuna, lamentable caída casera del poeta de origen serbio ha obligado a cancelar esa lectura madrileña.) 
Por seguir con la prosa, de acontecimiento (según para quién, lo sé, lo sé) habría que calificar la salida a escena de la Prosa completa (Ediciones Encuentro) del poeta y sacerdote británico Gerard Manley Hopkins, victoriano a su pesar, gran dibujante, autor de El naufragio del Deutschland (que uno leyó en la edición de Adonais), cuya poesía han publicado en España, entre otras, La Veleta, Renacimiento, Visor o Vaso Roto. 
El ensayo introductorio del traductor, Gabriel Insausti (que acaba de agrupar un puñado de excelentes aforismos en Estados de excepción, Libros al Albur) es elocuente y nos da todas las pistas necesarias para calibrar el alcance de lo que viene después: textos ensayísticos (en defensa de la Belleza y de la Verdad, de la dicción poética...), páginas de diarios, cartas, sermones... No falta una útil cronología sobre la vida del escritor jesuita.
Digo diarios y no puedo por menos que citar los últimos que he leído, de Hilario Barrero, toledano en Nueva York desde hace cuarenta años, que publica en Renacimiento una nueva entrega de los suyos bajo el título de Prospect Park, un parque de su barrio: Brooklyn. Son de los años 14 y 15. Allí, sus ciudades del alma (Toledo, Nueva York y Gijón), su despedida del trabajo por la jubilación, los paseos y trayectos en metro por las calles de aquella mítica ciudad, las cenas y visitas a vecinos y amigos, la música y los conciertos, el Greco, las muertes (de perros y personas) y el amor y la vejez, que no dejan de ser los asuntos centrales (dos en uno) de estas prosas escritas con un estilo peculiar e inconfundible, en absoluto plano o anodino, donde se cuela sin remedio la melancolía. 
Y ya metidos en harina poética, ahora sí, me limitaré a mencionar Habitable, una antología de Pureza Canelo (titulada como uno de sus primeros libros) que se incluye en el catálogo de la famosa colección rayada de Renacimiento (donde, por cierto, apenas si encontramos poetas extremeños). La edición es de José Teruel, quien vuelve a demostrar en el prólogo (un texto de ineludible referencia para estudios posteriores) su categoría de máximo especialista en la obra exigente y singular de la poeta de Moraleja, que el año pasado nos regaló uno de sus mejores obras: Retirada. Aunque leerla otra vez es como leerla por vez primera, destacaría el avance de unos poemas de un libro futuro, Aire donde estuvo una casa, versos que prometen y por eso le dejan a uno con ganas de más. Sí, sí, retirada...
También en Sevilla reside, como la recién citada casa editora, Antonio Rivero Taravillo que, incansable, da a la imprenta dos nuevos libros. Uno de aforismos, Vida en común (en Libros al Albur, como el de Insausti), donde brilla su sutileza y su sentido del humor (más si de vivir con otros en estos tiempos convulsos se trata), y otro de poesía: Svarabhakti (de título, ya se ve, sencillo -en el enlace anterior se explica su sentido- y lo publica Maclein y Parker), en el que vida y literatura se entremezclan sin solución de continuidad. No sabemos dónde acaba la una y empieza la otra, tal y como nos tiene acostumbrado este inquieto sevillano (de Melilla) con raíces mexicanas e impronta irlandesa. El amor, los libros, los escritores (Prados, Rulfo)... Para saber más, puede consultarse la reseña del libro que apareció en la revista Mercurio firmada por Luis Alberto de Cuenca. Lo mejor, con todo, leerlo.
Los últimos días de Plinio el Viejo (Ars Poetica), de Ignacio Cartagena, es un libro curioso. Por inhabitual. A veces recurrir a la nota editorial es lo mejor, sobre todo si, como suponemos, está redactada por el autor. Así, "Plinio el Viejo es el pseudónimo, no se sabe si real o inventado, de un profesor de lenguas clásicas de un instituto de provincias" Aquí "se enfrenta a la última etapa de su vida: los postreros años de enseñanza, la jubilación, la vida reposada, las manías, las inapetencias, las lecturas, la relación con su mujer y sus hijos, las rutinas médicas y hospitalarias y otros meandros que conducen al previsible desenlace final". Lo que no se dice en estas líneas es que lo mejor del libro no es esto, sino lo bien escrito que está, lo que justifica a la postre que la poesía lo sea. Y ésta lo es. Pueden comprobarlo. 

4.1.19

Cosecha (poética) del 18

Si el periodismo cultural no hubiera desaparecido prácticamente de la prensa regional y en los balances de fin de año tuviera cabida la cultura, no digamos ya la pobre poesía (y no para jalear a esa plaga de parapoetas que nos invade), alguien habría escrito este artículo por mí. No me gusta ser arte y parte, pero me resulta necesario airear, siquiera sea a la inmensa minoría de siempre, que a lo largo de 2018 han aparecido una serie de libros de poesía escritos por poetas extremeños que bien podrían justificar que en el futuro, si las cosas no se desmandan de manera definitiva, se le considerara un año histórico. Sí, aunque no lo parezca, hay vida más allá de la moción de censura, el brexit, las elecciones andaluzas, Las Vegas de La Siberia o el procès.
¿A qué libros me refiero? A costa de pecar de olvidadizo (que me perdonen los involuntariamente silenciados), y no sin destacar que se trata, en todos los casos, de obras mayores, claves en las respectivas trayectorias literarias de los nominados, puedo empezar, por ejemplo, nombrando Micrografías, de Irene Sánchez Carrón (Navaconcejo, 1967), que había ganado el premio Emilio Alarcos y la afianza, con sus versos íntimos de línea clara, como una de las mejores poetas españolas.
Y pues que de poetas hablamos, cómo no mencionar Retirada, de Pureza Canelo (Moraleja, 1946), donde esta decana de nuestra lírica vuelve a demostrar que su camino es único y lo que escribe, de un rigor incomparable.
Otra extremeña –como ella, de la diáspora–, Isla Correyero (Miajadas, 1957) ha reunido lo mejor de su poesía radical y femenina bajo el título Mi bien, que se abre con un precioso prólogo de Juan Antonio González Iglesias.
Otra mujer, para que luego digan, Ada Salas (Cáceres, 1965), publicaba a finales de año Descendimiento, basado en el óleo de Rogier van de Weyden, que cuelga en El Prado, una obra honda y compleja que incluye un oratorio.
Para cuando otro cacereño, Basilio Sánchez (1958), nos sorprendía a todos al conseguir el ambiciado y prestigioso premio Loewe, la misma editorial ya había incluido en su catálogo Esperando las noticias del agua, tan próximo en su tono al que le seguirá, con su misma, inconfundible voz.
José María Cumbreño, cacereño del 72, y van tres, el más ultramarino y liliputiense de nuestros poetas (lo digo por su editorial, no se me malinterprete), el agitador cultural que inventó Centrifugados, daba a la imprenta Hablar solo, que no es mal título ni para él ni para cualquier vate de estos tiempos tan ruidosos como líquidos.
No olvido Y, del extremeño de adopción Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953), con casa (Las Viñas) en la Sierra de los Lagares, un libro que, según él, “es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño”.
Hasta Ángel Campos Pámpano (San Vicente de Alcántara, 1957), muerto hace ahora diez años, ha estado presente en este annus mirabilis de nuestra poesía, en forma de florilegio de homenaje a su legado y gracias a la traducción de su último libro al portugués por Luis Leal, otro poeta extremeño… de Évora. Ambos volúmenes son de la Editora Regional. ¿Y los anteriores? Pues de los catálogos de algunas de las mejores editoriales del país: Visor, Pre-Textos y Calambur, lo que subraya y avala la importancia de cuanto vengo afirmando.
Dije antes lo de “arte y parte” y es que, para no pecar de falsa modestia, apostillo que uno también se honra de haber contribuido, en alguna medida, a este poderío lírico del Oeste. Al fin y al cabo, el 18 fue el año de El cuarto del siroco (Tusquets). Como José Cercas, Jesús María Gómez y Flores o José Antonio Ramírez Lozano que, según costumbre, ganó algún premio y publicó algún libro.
Tan quejosos siempre y con la autoestima tan baja, motivos no nos faltan, querría uno que mis paisanos se alegrasen por cosas como estas. Insustanciales, según los más, sin aparentes consecuencias económicas o políticas, pero, a la larga, más importantes de lo que tal vez sospechamos. Esta tierra será muchas cosas, pero ya no el erial literario que fue durante siglos. ¿Les parece poco? Enhorabuena.

Nota: Este artículo se publicó ayer en el diario HOY.
La fotografía que lo ilustra es de Antonio María Flórez.

1.1.19

Otra lista del 18

Otra lista. No una cualquiera. Es la de la Asociación de editores de poesía (A.E.P.) que emite un listado de libros recomendados para su lectura. Son libros -dicen- que conviene leer porque son una selección de los editores. 
Que en la lista aparezcan tres títulos de autores extremeños es una alegría. Somos pocos. Y los libros de Pureza Canelo y Basilio Sánchez son espléndidos.

2.11.18

Una reseña

La primera en papel. La firma el poeta Jesús Aguado. Y recalco lo de "poeta" porque, al leerla, me parece que esa condición sobresale, más allá de la de crítico. 
Está en la página 31 del número 205 de la revista Mercurio. Y en un número, qué agradable sorpresa, dedicado a las hermanas Letras Portuguesas. Gracias.
Ah, le sigue una reseña de Cobos Wilkins sobre un libro que he reseñado para El Cultural: Retirada, de mi paisana Pureza Canelo.

Realidades, no humo
JESÚS AGUADO  |  MERCURIO 205 · POESÍA - NOVIEMBRE 2018

El cuarto del siroco
Álvaro Valverde
Tusquets
176 páginas | 15 euros

Alvaro Valverde (Plasencia, 1959) cuenta en el prefacio y en un poema de este libro que el cuarto del siroco, según Leonardo Sciascia, era donde se guarecían las familias nobles cuando soplaba este intratable viento africano. El escritor italiano se preguntaba si no existiría para “defenderse del pensamiento de la muerte” y el extremeño añade que para él es una metáfora de la poesía. Un lugar en el que ponerse a resguardo de la intemperie cuando se vuelve intratable, que es casi siempre. Y también donde pararse a recordar sucesos, a imaginar senderos descartados (una parte importante de los textos aquí recogidos sueñan con ciudades, libros, músicas, aromas o vidas no visitados), a hacer balance de relaciones, a meditar sobre los misterios de lo cotidiano (amigos fallecidos, películas que emocionan, viajes, la familia), o a practicar las virtudes de la lentitud, la serenidad o el recogimiento interior. Apaciguar la extrañeza, “desbrozar el caos”, simplificar los gestos, vivir al margen: en ese cuarto protector la poesía (que hoy el autor solo entiende como un vaso de agua ofrecido “a quien padece sed”) nos enseña que la felicidad es una palabra vacua, que “lo mejor es que te pidan / aquello que tú tienes”, que las intuiciones a veces se transforman en verdades o que hay que estar contra el tiempo y “a favor de la belleza”.
Cosas sencillas porque de eso se trata: de ser sencillo incluso cuando uno se enfrenta a los laberintos (hay cinco en estas páginas) que le van proponiendo los años. Filosofía sencilla: la de un ser humano que renuncia a ser un dios inmortal; y que está más cerca de Spinoza, cuya ética se cita, que de, por ejemplo, un Nietzsche. Vida sencilla: la de alguien que dialoga con las sombras (las muchas acumuladas del pasado y las presentidas de la muerte) desde la serenidad, la concordia y una cierta voluntad de desposesión. Poética sencilla: la que sirve para acercarse a un mirlo sin que se espante, a una casa sin que se cierren sus puertas, a un cerezo o a un aliso sin que huyan, a un libro sin que se borren sus líneas, a una paisaje sin que caigan velos sobre él.En El cuarto del siroco este y otros vientos han quedado fuera. Hay, en efecto, en el extraordinario poema que le da título, y en otros lugares, un “viento retenido”, un viento “seco y frío”, un viento que se presiente en “el rumor de las ramas”, un levante indomable que sopla en paseos vacíos, un viento impetuoso y una brisa. Esa pasión desatada de los vientos románticos, esa tormenta ininterrumpida de ciertas literaturas ya no azotarán, pondrán en peligro ni confundirán el ser (y el Ser) de uno sino apenas sus muros exteriores. Que soplen todo lo que quieran porque el poeta, concentrado en lo mínimo, en lo cercanísimo, en lo más íntimo y en lo concreto, ya no quiere humo sino realidades (ahí se acuerda de Vinyoli), toda una declaración de principios que suena a balance existencial. Pocos vientos y, sin embargo, mucha agua, agua por todas partes: balsas, ríos, mares, estanques, acequias, orillas, manantiales, nieve, fuentes, molinos, puentes, riberas, puertos, pozos, albercas, nubes, algas, corrientes, caudales, cascadas, nadadores, vapor, lágrimas, etc.; un agua que es “metáfora y verdad”, un milagro, una rememoración de lo eterno o, como ya se dijo, símbolo de la poesía. Álvaro Valverde toma partido por el agua pacífica en detrimento del viento, que golpea con fuerza la portada del libro sin conseguir penetrar en él más que de manera testimonial. El agua de la vida. El agua de la poesía.