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17.9.19

Verano del 19 (y III)

De leer novela, en verano, salvo contadas excepciones. Éste, según costumbre, a falta del viaje real, he vuelto a Sicilia. Gracias a la relectura de El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en la nueva edición revisada de Lanza Tomasi para Anagrama. La traducción es de Ricardo Pochtar. No me cansa ese clásico y menos con añadidos inéditos, poemas (o así) incluidos. 
Por seguir en esa isla, he leído Palermo es mi ciudad (me gusta más su verdadero título: Via XX Settembre), de Simonetta Agnello Hornby, siciliana residente en Londres (a la que ha dedicado otro libro en la misma editorial, Gatopardo Ediciones, aunque sus novelas estén en el catálogo de Tusquets), unas precisas memorias de adolescencia (de 1958 a 1964) traducidas por Teresa Clavel donde, ya digo, se detalla la vida de ella y, al cabo, de una familia aristocrática, procedente de Agrigento con finca en Mosè (a la que ha dedicado otro libro: Il pranzo di Mosè), que deja atrás los esplendores y privilegios del pasado. Así, en la página 109 leemos: "El otro libro del que se hablaba en aquella época era El Gatopardo, de Tomasi de Lampedusa, un señor al que la familia conocía. (...) La opinión de la mayoría era la de mi padre: habría sido mejor no escribir sobre ciertas cosas y dejar que nuestra clase muriera sin esa publicidad desmesurada que no correspondía a personas como nosotros".  
En lo que respecta a las memorias, terminé la última entrega de los diarios de Andrés Trapiello, Diligencias (Pre-Textos), donde lo que más me ha interesado, como siempre, es su lenguaje. Más que el qué (los relatos, el campo de Las Viñas, la familia, los viajes, el Rastro, las obsesiones...), el cómo. Y qué cómo. 
He disfrutado con El sueño de los vencejos. Son unas minuciosas memorias de infancia escritas por el poeta Antonio Moreno. Las publica Newcastle Ediciones. Me han interesado por lo que cuentan, claro, pero sobre todo, vuelvo a lo dicho más arriba, por cómo lo hace. Uno también ha sufrido leyéndolas, que conste. Hay partes muy duras en la vida de ese niño de provincia de finales del franquismo. Ahora sus lectores conocemos más a su autor y creo que comprendemos aún mejor el tono de su poesía. 
Todavía estoy (y encantado de que no se acaben por ahora) con los diarios (no sé cómo llamarlos, son eso y mucho más) de Tomás Sánchez Santiago, distintas entregas editadas e inéditas que se reúnen en El murmullo del mundo, todo un acierto de Trea al que habrá que dedicar, si puedo, una reseña aparte. En El Cuaderno publica ahora Los cuadernos pálidos. Ya van tres entregas y más de uno comprenderá, si las lee, lo que decía de sus almanaques. 
Uno de los felices descubrimientos estivales ha sido sin duda Shakespeare Palace. Mosaicos de mi vida en México, de Ida Vitale (Lumen), una auténtica delicia de libro que me ha sabido a gloria. Su estilo es de los que justifican esa tópica, polémica afirmación de que la mejor prosa la escriben los poetas. Menos me ha seducido El abc de Byobu (Adama Ramada Ediciones). No conozco aún De plantas y animales (Tusquets), pero me espera la relectura de su Poesía reunida (NTS de Tusquets), clave de bóveda de la escritura de la reconocida poeta uruguaya.
Entre baño y baño (y cerveza y cerveza, y avispa y avispa), han caído también tres libros de entrevistas. Alfredo Rodríguez es el responsable de dos de ellos. Me refiero a La plenitud conscientedonde se reúnen numerosas conversaciones con el poeta de La Bañeza Antonio Colinas, lo que lo convierte en un libro un tanto reiterativo (a las mismas o parecidas preguntas, iguales o semejantes respuestas), aunque no falten joyas, como su extenso "diálogo sobre lo clásico" con Juan Antonio González Iglesias, publicado en su día por la Universidad de Picardie-Indigo; y Nebelglanz (Ediciones Ulises), la tercera entrega (tras Exiliado en el arte y La pasión de la libertadde las charlas con su admiradísimo José María Álvarez (lo que las confiere un tono que, siquiera a ratos, resulta un pelín empalagoso), el novísimocartagenero y parisino poeta airado (amigo de lo políticamente incorrecto) que con sus arriesgadas confesiones no deja indiferente a nadie.
Alberto García Teresa, en fin, ha reunido en Un lugar que pueda habitar la abeja (la oveja roja) no pocas entrevistas de Jorge Riechmann, donde lo mismo se habla de ecología que de política o poesía. Con tanta radicalidad como inteligencia, añado. 

5.9.18

Lecturas veraniegas (II)

Perezoso para la novela, diré que he disfrutado mucho con El verano del endocrino (Baile del Sol), del placentino Juan Ramón Santos, un complejo y riguroso experimento narrativo de impronta bayaliana (por lo que tiene de homenaje -a la novela Paradoja del interventor, sobre todo- y de rasgos comunes en su estilo narrativo) que vendría a confirmar la solvencia literaria del autor de El tesoro de la isla.
Según costumbre, este verano he vuelto a otra isla, la Sicilia de Simonetta Agnello Hornby, en concreto a Café amargo (Tusquets), una novela del año pasado pero con voluntad de permanencia, sobre todo por su deliberado carácter histórico. No me ha defraudado la siciliana residente en Londres. Como tampoco decepciona, y me atrevo a generalizar, otro siciliano, Giovanni Verga, todo un clásico, del que la exquisita editorial La Línea del Horizonte publica Historias sicilianas, una obra que reúne relatos de dos libro distintos del autor de Catania: Vida en los campos y Relatos rústicos. La traducción y el prólogo son de Paloma Alonso que señala como "punto en común" de esos cuentos que "reconstruyen el microcosmos de un mundo arcaico". Del conjunto, que te traslada a la Sicilia profunda de finales del XIX, llenos de pasiones trágicas, destacaría "Cavalleria rusticana" (que dio lugar a la famosa ópera de Pietro Mascagni), "Capricho", "Jeli el pastor", "La amante de Malahierba" (con una interesante entradilla en forma epistolar que no deja de ser una suerte de poética), "Malaria" (que muestra la enfermedad y la pobreza de aquella sociedad isleña) o el también muy conocido "Al otro lado del mar", del que el epiloguista, D. H. Lawrence, subraya su carácter autobiográfico, "inspirado en la vida mundana de Nápoles y Mesina y los lugares remotos del sudeste siciliano".
Más al norte nos lleva La alta ruta (Periférica), de Maurice Chappaz, en traducción de Rafael-José Díaz, la que comunica, en los Alpes suizos, Chamonix con Zermatt. Obra de culto, como suele decirse, es más un experimento narrativo, a rachas deliberadamente poético, que un relato al uso, de ahí que haya que ponderar la exigente tarea del traductor que logra trasladar al castellano la experiencia alpina (insisto, más verbal que paisajística, no sólo las memorias de un guía), de este viajero que acabó atrapado entre los valles y las montañas, en lo blanco y lo frío, de su Suiza natal. Por entre su barroca, abigarrada y nerviosa escritura, brillan por momentos breves iluminaciones llenas de sabiduría: "El hombre es el animal que anda en círculos". En su hermosa "Introducción" leemos:
Y me pregunto. 
-¿Qué es la montaña? 
-La nada.

Nota: La ilustración es de Pablo Gallo: "En la cama con Chejov".

7.9.14

Adelfas

Mil veces he comentado aquí que me considero un mal lector de novela (de narrativa en general) y otras tantas que adoro Sicilia, donde nunca he estado ("la otra Extremadura", al decir de Andrés Trapiello), y casi todo lo siciliano, en especial a algunos escritores de esa isla. Descubrí a Simonetta Agnello Hornby, que nació en Palermo y vive en Londres  desde 1972 dedicada a la abogacía, gracias a su ópera prima, La Mennulara, publicada aquí por Tusquets, como el resto de su obra. Con todo, no había vuelto a leer nada suyo hasta este verano, para el que reservé, anticipándome a ese deleite, El veneno de las adelfas, precioso título (en italiano también: Il veleno dell'oleandro) para una novela, ya dije, deliciosa. 
Conviene destacar cuanto antes la traducción de Carlos Gumpert, que ha conservado numerosas expresiones en italiano (con su consiguiente traducción al lado); sicilianas, para ser más exactos. Una de ellas, central para la comprensión de la obra, dice: "Nuddu ammiscatu cu nenti" (eres un nadie mezclado con nada, o, para nosotros, un don nadie).
Toda la historia transcurre en unos pocos días de mayo (que se consignan en cada capítulo con día y hora) y la narración no es lineal. Los narradores son dos: Mara y Bede, protagonistas fundamentales del relato. 
Al fondo, una casa de campo ("Aquel era el lugar de lo imaginario"), la mítica Pedrara, una villa perdida en la Sicilia del Monti Iblei y Ragusa, que SAH describe con maestría, y una familia (o dos: los Carpinteri y los Lo Mondo), de las que son infelices a su particular manera. Y, claro está, sus secretos (el "asunto"): "Saber, conocer, compartir, eso es lo que nos faltaba a todos nosotros". Y Anna, la tía, un personaje central.
Nada comentaré de la trama, que es ágil, bien trabada, que entretiene y engancha, sí, pero que, además, hace pensar, como a uno le gusta. 
Llegó tarde a la literatura esta londinense de Palermo, lo que no significa, ya se ve, que no lo hiciera a tiempo. Volveré sobre esos libros suyos que no he leído; sobre todo, Boca sellada y La monja y el capitán. Estoy seguro de que merecen ese viaje. 

12.4.13

Siciliana

Como el título de la primera entrega de los diarios de César Simón. Sí, una de mis obesiones favoritas es Sicilia, la isla mediterránea que, por cierto, tanta y tan buena literatura ha dado. El pasado sábado, sin ir más lejos, dedicaba Juan Bonilla, en El Mundo, un artículo a El Gatopardo con motivo del cincuentenario de la película que sobre la inolvidable novela de Lampedusa realizó Visconti. La lista de autores que podríamos añadir al noble palermitano sería larga. En lo que a uno respecta, desde los clásicos Quasimodo, Pirandello, Sciascia, Verga, Consolo y Bufalino, hasta, pongo por caso, Simonetta Agnello Hornby. No me disgustó La Mennulara (Tusquets).
Nunca he estado allí. Pocas cosas me gustarían más. Aparte de los libros y los documentales, me han hablado de ella, en primera persona, Iñaki Abad, que fue profesor de español en la universidad de Catania, y mi hijo, que la visitó gracias a un intercambio de su instituto. El primero, claro, con más pasión.
Será interesante leer en su diario las impresiones de Trapiello, que anduvo por allí el año pasado. Por cierto, el poeta se refiere a Sicilia como "la otra Extremadura". Puede que de ahí...

Casco antiguo de Ragusa















Hace semanas que sigo la serie televisiva Comisario Montalbano, el personaje de Andrea Camilleri (a quien, ay, no he leído), y no tanto por las intrigas que propone cuanto por los paisajes que refleja, de ciudades y pueblos sicilianos y, no pocas veces, de interiores campestres y bonitas zonas costeras. Un Montalbano, por cierto, que se me parece bastante, en las hechuras, a mi amigo Miguel Ángel Lama, lo que le da a esa visión sabatina un añadido curioso.
No es ajeno a este fervor siciliano mi entusiasmo por Bagheria, el libro de Dacia Maraini que comenté aquí atrás.
Mientras llega ese figurado día en que uno pueda visitar Palermo, Racalmuto (la patria chica de mi admirado Sciascia) o Agrigento, me contentaré con seguir leyendo libros y viendo documentales sobre esa isla idealizada y luminosa donde la Mafia existe, el Etna sigue activo y sopla a veces el pertinaz siroco.