2.7.26

Un rastro de palabras

A los poetas les pasa como a los toreros: que se retiran, pero reaparecen. Los aficionados se alegran. Más los lectores de Moreno (Alicante, 1964), que con Al Dios sin nombre dijo adiós y con Ventana abierta ha vuelto. Y por la puerta grande, cabe añadir. Sí, le creímos perdido para la causa a favor de la prosa memorialística (su última entrega, En torno al sol), y en prosa están precisamente estos nuevos poemas que no han perdido ni un ápice del mismo, personal tono de siempre, ni esa música diáfana y callada que los caracteriza. Y todo porque “el libro que soñaba” sigue ahí (“en el lugar que sé”) y “parece que jamás hubiese dicho nada, que aún la vida fuera a hablar en mí”.
Desde lo más simple (“lo que no es apenas nada”) y cotidiano alza su voz. Moreno mira con atención y extrañeza desde su ventana (es un ser contemplativo: “Tu patrimonio es ver”) o pasea por los alrededores de su casa (paisajes desolados, baldíos y a trasmano: “no existe ningún otro lugar ameno que el silencio”) o por un pueblo cercano (Monóvar o Jávea, por ejemplo) y después escribe en “las hojas blancas de un cuaderno”. Enfrente, el Mediterráneo. O una calle. O las cosas. “Alguien a quien le hace feliz andar y ver”, escribe. Allí, una higuera, un mirlo, un gato, una urraca, un búcaro, una caja… “Vestigios de una dicha muy sencilla”. Moreno no busca, encuentra.
“La vida no es posible sin belleza. Ni estar despiertos sin sentir verdad”. Esta es la clave de esta poética de la modestia. Una vida “irreal” y “extraña”. “Sólo el amor me guía” (al fondo, Bárbara y “las voces de mis padres”).
“Tenía yo el amor, algunos libros, y eso, lo mismo que ahora, me bastaba”, concluye.
 
Ventana abierta
Antonio Moreno
Vitruvio, Madrid, 2026. 94 páginas. 15,00 €
 
Nota: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL