18.2.24

Sólo pintura

 


Escribí en una ocasión que no hay nada más concreto que lo abstracto. Tal vez podría darle la vuelta al dístico y decir que no hay nada más abstracto que lo concreto. Puede ser. Me ha venido esta reflexión a la cabeza tras contemplar los cuadros de Felipe Boizas, donde realidad e imaginación, sueño y vigilia, se dan la mano sin sucesión de continuidad. De golpe, además, el color. Los colores, para ser más exactos. Y una impronta: sobre todo en algunos, la herencia de Rothko. O el homenaje.
Me dejo llevar por la intuición: no soy crítico de arte. Ni siquiera un conocedor. Me gusta la pintura, eso sí. Y esta lo es: “Sin títulos, sólo pintura”, que me parece un rótulo magnífico para intentar nombrar lo que no tiene nombre. O para describir sin ambages lo que se busca.
Se deja uno llevar por los tonos, las texturas, las imágenes y cuanto ellas sugieren. No creo que el pintor espere más del perplejo espectador que se para delante de cada una de sus obras. Azules y amarillos le llevan a un paisaje. Aquella pincelada, a un gesto japonés, con aires caligráficos, que viene de muy lejos, en el espacio y en el tiempo. Ciertas líneas a tenues geometrismos.
No faltan ni la sutileza oriental de lo que apenas se revela ni la fuerza que procede de los trazos decididos y las coloraciones oscuras. Aquí atisbamos figuras; allí, una ventana. Con todo, es el color –el rojo, por ejemplo, tan presente– quien orienta los pasos del viajero en este itinerario misterioso. Sólo pintura. Nada más. Nada menos.
 
Plasencia, enero de 2024