8.4.26

Una forma de perseverancia

Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicó su primer libro en 1983. Le siguieron los agrupados, salvo ése, en Los bosques de la mirada y algunos más, entre ellos He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que obtuvo los premios Loewe y Meléndez Valdés de la crítica, y la antología Debajo de la nieve todo está por hacer. Sostiene que ni el verso ni el poema, que el libro es su “unidad de medida” en poesía.
Si por algo se caracteriza la obra poética de Sánchez es por su coherencia. Y por su honestidad, cabe matizar. Leyendo el segundo tomo de sus memorias, el poeta andaluz Jacobo Cortines decía algo a propósito de la pintora Carmen Laffón que se me antoja válido para estimar la trayectoria del cacereño. Bastaría con cambiar un nombre por otro y pintura por poesía. Quedaría, con el tácito permiso del autor de La edad ligera, así: “Humanismo como axiología, como escala de valores, que en Basilio Sánchez serían la verdad creativa, lejos de toda retórica de la corrupción, sentimentalista o preciosista; la conciencia crítica sobre su quehacer: esa continua exigencia, de un lado, y el rechazo de la autocomplacencia; la lucha por alcanzar la perfección deseada, con la asunción de sus dudas, riesgos y fracasos; la entrega a la obra por encima de cualquier tentación de gloria o beneficios económicos; la indagación en lo que le rodea para profundizar en sí misma y comunicar a los otros esos hallazgos, para que a su vez ellos se encuentren a sí mismos. Su poesía al servicio del hombre, teniéndolo siempre como eje”.
Esa coherencia y esa honestidad no se improvisan. Ni surgen por azar. Debe mediar la voluntad y la inteligencia. Lo demuestra la capacidad del médico y humanista no sólo para escribir verdadera poesía, sino también por ser capaz de revelar las ideas que sustentan su creación. Se refirió Octavio Paz a la imposibilidad del poeta moderno de no especular acerca de su oficio; de disociar los poemas que compone de la poética que los respalda, digamos. Eso es lo que pone de manifiesto este libro, donde resulta casi imposible distinguir entre teoría y práctica. No es la primera vez que Sánchez afronta el reto. Lo hizo en El cuenco de la mano y La creación del sentido, dos entregas que podrían pasar por poéticas: por el asunto del que se ocupan y por la escritura que las identifica. Esos fragmentos trazarían, según él, un “recorrido […] que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor”. De esa tarea, la de una vida, da cuenta este libro, que no deja de ser una suerte de autobiografía lírica.
El título procede de cómo denominaron los judíos del siglo XVII a la ciudad de Ámsterdam: Makom, “el buen lugar”, “un estado esperanzado del alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a todos los judíos de la tierra” (por lo que dijo Tsvietáieva).
Sirviéndose de “un decir fragmentario” con tono de diario o cuaderno de campo (“concibo la poesía como una suerte de diario en el que se registra la experiencia vital y espiritual del poeta a lo largo del tiempo de su escritura”) y de iluminaciones aforísticas, donde abundan numerosas citas que dan cuenta de su loable condición de lector con criterio (incluso de lo propio), Sánchez nos ofrece sus pensamientos (éste es un libro de meditaciones), su concepción de la poesía: su poética, pero también, y esto es novedoso, lo que el poeta es o representa. Una actitud ante la vida. Ya en los últimos libros de poesía (inseparables, insisto, de éste) había usado la metapoesía con la misma pericia, pudor y naturalidad que definen su manera de decir: “Yo creo que la poesía […] debería ser escrita […] sin adornos y sin experimentos, persiguiendo la verdad de las cosas como si en ese intento nos jugásemos nuestra supervivencia, alojándonos en la casa de las palabras con la íntima misión de que la naturaleza de los afectos termine por imponerse a la amenaza constante de la disgregación y de la muerte”. Como Zagajewski, aspira a una poesía “limpia, reposada y paciente”. Siguiendo a Walcott, afirma que “los mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo especifico, que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción de los orígenes de cada uno, de sus raíces intimas y geográficas. Y yo creo que es así, que es sólo sobre una geografía privada, casi doméstica, sobre la que el poeta consigue levantar, a la manera de los miniaturistas, con la humildad y la naturalidad del que busca un sentido a su escritura entre los seres y las cosas que comparten su existencia con él, su particular cosmogonía”. Pretende “construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
Resulta imposible incluir en una breve reseña lo que este libro contiene. A su modo, es interminable. Está concebido para ser leído con la misma lentitud que busca para sus versos. Su densidad así lo exige.
La ética y los otros, la melancolía, lo sagrado, la infancia, la pandemia, la mirada atenta y lo contemplativo, la tradición meditativa, la mística, las cosas, la claridad y la luz, el dolor, la imaginación, la naturaleza, el misterio, la realidad y la muerte (“mi trabajo diario convive con la muerte”) son algunos de sus temas.
“La poesía, dice, se reduce a algo tan sencillo ―y a la vez tan difícil― como nombrar”. “Me empeño en lo menudo”. Es “compañía”. Abundan las referencias al silencio y la soledad, a la simplicidad y al despojamiento, a la discreción y a lo doméstico, a la “media luz” (la luz de la poesía) y a quienes hablan, como él, en “voz baja”. Cree, en fin, que la poesía “es la forma más alta de quietud”.
Sánchez ―un hombre corriente y de provincias― escribe como es. Y “para ser”, como V. Ferreira. Por necesidad. Estas páginas inspiradas dan fe de lo lejos que pueden llegar las palabras pequeñas, humildes y concretas, las expresiones claras. A construir un mundo, lo esencial del poeta para Pound.
  
Basilio Sánchez
Pre-Textos, Valencia, 2025. 228 páginas. 18,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA. Número 157-158. 2026.