3.4.24

Brecht: poeta en los tiempos oscuros

En el esmerado prólogo –“La casa en llamas”– que Gómez Toré pone al frente de esta antología, el traductor se pregunta por la pertinencia en el siglo XXI de la poesía de Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898-Berlín, 1956). Sobre todo por lo que esta tiene de política, un tópico que arrastra, se haya leído o no. Su autor, en efecto, fue un convencido comunista, más materialista que marxista, un revolucionario anticapitalista que acabó viviendo en USA, fervoroso seguidor de la dialéctica, que, digámoslo sin ambages, mantuvo en pie su ideología (en la práctica, y por momentos, decididamente siniestra) hasta el final de su vida. Partidario, por resumir, de que “lo primero es zampar, después, la moral”. Walter Benjamin opinaba que se proletizó a causa del nazismo. Pero no, no es política todo lo que reluce en estos versos o no siempre doctrinal lo que expresan, aunque nunca perdiera de vista su carácter histórico ni un deliberado didactismo de impronta horaciana (léase “Elogio del aprendizaje”), consecuencia de su firme creencia en la utilidad de la poesía: “Porque elogié lo útil, aquello / Que en mi época se consideró innoble”.
Si una antología de su obra poética exige más de ochocientas páginas (mil quinientas ocupa su poesía completa), está de más dudar de su variedad, tanto de tema como de tono. El cambio para él, explica GT, era “la sustancia misma de la vida”.
Por otra parte, y al hilo del interrogante del editor, habría que añadir a la cuestión otra variable, en torno a la recepción de su poesía en España. La de un “desconocido”, indicaba Miguel Sáenz en 1998. La de alguien de quien sólo se conoce un poema que, para colmo, no es suyo.
Si repasamos la bibliografía que GT cita, destacaremos las aportaciones de López Pacheco y Romano (Alianza, 1968), las de Forés, Munárriz y Talens (Hiperión, 1998) y Poemas del lugar y la circunstancia, de Muñoz Millanes (Pre-Textos, 2003) que fue, por cierto, la que a uno le reconcilió con una poética que hasta ese momento había rehuido. Porque la política era, precisamente, hasta entonces la línea marcada por quienes presentaban (en pleno tránsito a la democracia, no se olvide) sus versos en español. “Están cambiando los tiempos”, cantaba Luis Pastor. Y Bob Dylan, incondicional de Brecht.
Sin embargo, esta magna empresa que comentamos es otra y puede ofrecer al lector, esta vez sí, una visión de conjunto lo suficientemente amplia como para calibrar con rigor el alcance de la poesía del alemán, que fue, sin duda, un poeta genuino. Por voluntad propia, cabe añadir. A pesar de que para el público es, más que nada, un conocido dramaturgo, el sagaz, polémico crítico Reich-Ranicki lo dejó claro: “quedará de Bertolt Brecht ante todo la lírica”. Es probable.
“De circunstancia”, la califica su editor, pues la usó a modo de diario (lo que no obsta para que muchos poemas estén interpretados por un personaje poético, real o no, que es y no es él mismo) y vertió en ella, no siempre con la exigible excelencia, cuanto pasó por su intensa vida y, cómo no, por su privilegiada cabeza: vivencia y pensamiento. Eso sí, con “frialdad”, previo rechazo del sentimentalismo y de cualquier vestigio romántico ya que su pretensión era “aunar lo racional y lo emocional”. Villon fue su poeta preferido (léase “Sobre François Villon”).
Subraya también GT su modernidad, que basa en su rechazo de la poesía alemana de su época (expresionismo mediante) y de los maestros, Rilke el primero. Brecht no distingue entre baja y alta cultura, otro rasgo tal vez de postnovedad. A uno le parece que, aparte de por su inesquivable toque irónico, donde mejor se aprecia es en su defensa de lo urbano, entendiendo por tal lo que no es naturaleza (si acaso jardines) y sí ciudades y fábricas y obreros y mercado y publicidad y prisa, mucha prisa: “Yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto / Desde los negros bosques, dentro de mi madre, hace tiempo”. Según Benjamin, fue el primer lírico importante que tiene algo que decir acerca del hombre de la ciudad”. Moderno, además, por su provocador afán de malditismo y marginalidad. Y por ser antibelicista en pleno siglo XX, al tiempo que un conspicuo prosoviético.
El editor organiza la antología (de la que ha sido copartícipe quien la ha cuidado: Jordi Doce), cronológicamente, en cinco partes: “Primeros poemas (1916-1925)”, “Los años berlineses (1925-1933)”, “Primeros años de exilio (1933-1938)”, “Los años de la guerra (1939-1945)” y “El regreso (1945-1956)”. En cada sección, poemas de sus libros (por orden de aparición) Canciones para guitarra de Bert Brecht y sus amigos, Salmos, Devocionario del hogar, Sonetos de Augsburgo, Del libro de lectura para habitantes de las ciudades, Sonetos, Sonetos ingleses, Poemas chinos, Estudios, Poemas de Svendborg, Colección Steffin, Elegías de Hollywood, Poemas en el exilio, Canciones para niños, Elegías de Buckow y poemas de La venta de latón.
Y ahí, numerosas canciones y baladas (de raíz plebeya y aire medieval, no pocas fueron a parar a sus obras dramáticas: Baal, Madre Coraje y sus hijos…), poemas de amor como “Recuerdo de María A.” (y eróticos y pornográficos), políticos (un ejemplo: “Balada del consentimiento”), pacifistas (“Leyenda del soldado muerto”), hermosas versiones de otros escritos por poetas chinos, contra Hitler (“pintor de brocha gorda”), sobre exiliados, emigrantes y desterrados (fugitivos y supervivientes como él), sobre lugares (donde mejor se aprecia su faceta, digamos, diarística), sobre el teatro (“Sobre el teatro cotidiano”, “El atrezo de la Weigel”…), su ateísmo (a pesar de que su libro favorito era La Biblia), las mujeres (un asunto que, por su presunta misoginia, le señala como objetivo de la cultura de la cancelación)…
Hombre de teatro (“para fumadores”, esto es, para el pueblo llano), el habla estaba en el centro de sus preocupaciones como escritor comprometido. La asociaba al gesto (Gestus, que GT analiza). En busca de la naturalidad, algo tan poco teatral. Prefería el “habla cotidiana”. En los mejores momentos, brilla en sus poemas un “tono seco”, esa precisa concisión que caracteriza a lo epigramático, tan de su gusto.
Es posible que Brecht sea un poeta de antología. Que haya en ingente obra poética piezas prescindibles. Lo que sí sé después de leer este libro (notas incluidas) es que fue autor de un puñado de poemas imprescindibles (“De todas las obras”, “La emigración de los poetas”, “La época de mi riqueza”, “Visita a los poetas desterrados”, “Garden in progress”, “Placeres”…) que justifican este regreso a la actualidad por encima de sus ideas y de las modas.
Sólo una pega cabe poner a la impecable traducción de Gómez Toré: que las canciones, no pocas cercanas a nuestros romances de ciego, rimadas, pierden en español la sonoridad del original. Pero mantener eso era casi imposible, aunque se aprecie, no obstante, en las canciones infantiles que la muestra recoge.
A modo de poética, este par de versos: “Y siempre creí que las palabras más sencillas / Deberían bastar”. 

No pudimos ser amables
Antología poética (1916-1956)
Bertolt Brecht
Edición bilingüe de José Luis Gómez Toré
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2023. 816 páginas. 33 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en el número 149-150 de la revista TURIA.