7.4.24

El don de nombrar

Los que seguimos la guadianesca trayectoria literaria de Carlos Medrano (Salamanca, 1961) llevábamos tiempo esperando un nuevo libro de poemas que acompañara a Corro (1987) y Las horas próximas (1989), que junto a las plaquettes A lo breve (1990) e Imágenes, encuentros (1996), constituía el sucinto corpus su poesía édita. Es verdad que en 2021 rompió un silencio de años y dio a la imprenta Entorno claro, un conjunto bien ideado de haikus y jaiquillas; así y todo, ya digo, quienes frecuentamos su blog Isla de lápices éramos conscientes de que los poemas que allí venía publicando desde 2010 (con independencia de su fecha de escritura) merecían ser ordenados y recogidos en uno o más volúmenes y, en consecuencia, ser trasladados al papel. Por suerte, una parte sustancial de ese material inédito conforma La imperfección de la belleza, hermoso título para una obra bien impresa y de diseño tan sobrio como elegante que una oportuna llamada de Antonio Piedra, director de la colección de poesía de la Fundación Jorge Guillén (e inventor, por cierto, de la jaiquilla), logró al cabo propiciar.
“Brota la mies donde la soledad habita, / hay una cicatriz que cura / y la vida, ilegible, nos sucede: / la imperfección de la belleza”. Con estos versos se abre este libro dividido en tres partes. “Mirar qué nada”, leemos. Desde el principio, parquedad, concisión, un ir a más con menos, de manera sutil y precisa. Eso y un regusto clásico de fondo, de asentadas lecturas de los maestros españoles del Siglo de Oro (Garcilaso ante todo) marcan el tono, definen la voz poética de Medrano, apellido de un poeta de aquella gloriosa época, sevillano y barroco  por más señas. La naturaleza civilizada, la del parque y el jardín, entona con esa manera de decir arraigada en la tradición.
Pronto, el paisaje y los lugares desde los que meditar sobre el paso del tiempo, desde los que contemplar la vida. El Campo Grande de su ciudad por excelencia, la Covaleda de su juventud, Jaraíz de la Vera y el Cementerio Alemán de Yuste, Castilla, las portuguesas Sesimbra y Évora (visita que origina un precioso poema) y, cómo no, la isla donde reside desde hace décadas, Mallorca y, ya allí, Artá. “Soy un hombre que se confunde con su isla”, ha escrito. Y: “De donde hemos querido, nunca nos vamos del todo”.
Del ritmo que inspira su métrica poco cabe decir salvo que adopta formas clásicas también, aunque a veces se quiebren gracias al oportuno uso del encabalgamiento. En ocasiones, escoge el poema en prosa para expresarse. “La nota más vibrante / reside en lo sencillo”, anota. Sin olvidar que “la belleza se arraiga en lo difícil”. Versos que me llevan a subrayar lo que de aforístico y sentencioso tienen a veces los versos reflexivos de Medrano.
Esa música callada a la que aludo se adecúa bien al intimismo y la melancolía (“Saudade”, “Rompimiento”) que subyace en estos versos donde priman la sensibilidad y la sugerencia. Más la aceptación, digna de ser celebrada, que el descontento y la amargura que toda existencia lleva, mal que nos pese, aparejados. Tan inevitable como la muerte, que asoma sin remedio: “La muerte no es morir, es lo que pierdes”. “En tu boca la vida da la mano a la muerte”. “Soy el superviviente de mí mismo”, concluye.
Estamos, según creo, ante una poesía que cabe calificar de limpia (no se me ocurre un adjetivo mejor), por transparente y por honesta. Lenta y luminosa. Que huye del artificio, tanto literario como moral. La de “la luz que nombra el mundo”. Léase, por ejemplo, “Vasijas”.
Medrano es un poeta detallista, meticuloso. Se ve en cada palabra, en cada verso, en cada poema. Todo está perfectamente calibrado: “Tuve fe en las palabras más hermosas / que con amor brotaron de mis labios”. De ahí que transmita sosiego. Y silencio, paradójicamente, por más que esté lejos de participar de manidos presupuestos de tendencia o escuela. Para empezar, porque huye del hermetismo gratuito y de la elipsis arbitraria.
Lo cotidiano (“Nada es en vano ni pasa inútilmente”) suele ser motivo bastante para llevarlo al poema: “busco la claridad de lo inmediato”. En medio de un paseo, pongo por caso: “A veces, toda la sabiduría que requiere un poeta / desciende de un paseo descalzo por la naturaleza”. Ante la visión del mar, un motivo constante. “Cualquier lugar conduce al universo”, escribe.
La mirada es esencial aquí. Cada poema, un punto de vista. Y la lectura, por eso hay poemas dialogados, diría, a modo de homenaje incluso, con personas a las que trata o trató y a las que admira como lector: Francisco Pino, Ángel Campos Pámpano, F. J. Irazoki (título de un poema), Fernando Aramburu, José Jiménez Lozano, Tomás Sánchez Santiago… “Cuatro emblemas” da buena cuenta de su concepto de la amistad, línea fundamental de su poética. Véase la tabla de dedicatorias.
La identidad y el yo, además de los otros (léase “El laberinto transparente”, sobre su vecino enfermo), ocupan su espacio en esta poesía introspectiva (“Ánfora”). En poemas como “De lo adverso”, “Desierto”, “Claro de alquimia” y Del presente”.
Los poemas de “La memoria tranquila”, tercera parte del libro, ”van dirigidos a mi madre”. “Yo soy también lo que tú eras”. “Casa deshabitada” es paradigma de que la contención se impone, incluso en temas tan delicados como este, a lo meramente emocional; a la búsqueda de un equilibrio y una armonía que solo la poesía tal vez pueda ofrecernos.
“Percibir la memoria / tranquila de las cosas. / Ese espacio apacible / al paso de la vida, / el del don de nombrar / con bondad las palabras”.
 
La imperfección de la belleza
Carlos Medrano
Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2023. 128 páginas

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO