14.1.26

Fragilidad de la belleza

En 2024, más de dos décadas de silencio después, el poeta Francisco Bejarano publicaba por sorpresa Contra el júbilo. Ahora, a los ochenta de su edad, da a la imprenta este nuevo libro que se une a Transparencia indebidaRecinto murado, Las tardes (Premio Nacional de la Crítica) y El regreso, los que componen su obra poética. Cabe sumar dos antologías: Un juego peligroso, publicada (La Isla de Siltolá, 2011), con edición y prólogo de José Julio Cabanillas, y Los demonios de la melancolía, que acaba de publicar Renacimiento en su icónica colección de florilegios al cuidado de Fernando Taboada.
Seis partes componen Muchachos, que incluye delicadas ilustraciones de Álvarez Mejuto.
“Porque la vida sigue en los recuerdos” y “se acaba del todo cuando te dejan de recordar”, evoca Bejarano a “los muchachos que amé”. “Han muerto todos”.
Los poemas de esa sección me parecen los más logrados, como “Secreto” (“El amor verdadero, su pureza, / se hace vulgar si median las palabras”) o “Fragilidad de la belleza”. La elegante dicción clásica del jerezano se acompasa bien al tono melancólico y elegíaco de unos versos que aluden veladamente a lo prohibido. Eran otros tiempos; sin embargo, “¿qué haremos / con al persistencia de lo vivido?”.
No falta la nota culturalista: “El recuerdo y la contemplación bastan. / Es un arte mayor el erotismo”. En “Un mundo masculino” revive a personajes griegos (Estratón de Sardes), romanos (Marco Aurelio) o artúricos (Sir Galaz); en “Salón de inmortales”, a chicos (normalmente desnudos) que protagonizan obras de arte famosas, de Broc, Leys, Canova, Gainsborough o Sorolla; en “Devociones privadas”, a actores de cine: Brandon de Wilde, Colin Farrell, Matt Damon, etc. El libro se cierra con un bonito homenaje a Pasolini: “Los libros nos transmiten la añoranza / de tiempos y existencias no vividas”.
 
Francisco Bejarano
Pre-Textos, Valencia, 2025. 84 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


 

11.1.26

Para quien ama con verdad

En Cartas a un joven poeta, Rilke desaconseja escribir poemas de amor porque entiende que es difícil para un principiante. Que requieren una madurez de la que aún carece. Uno diría que ni siquiera con ella está garantizado el éxito. Por frecuente que sea ese tema común, la verdadera poesía amorosa dista de ser habitual. Victoria León (Sevilla, 1981) sortea el aprieto y sale indemne. Si bien no todo en Luz de la noche incide en ese asunto capital de la lírica, abundan en su tercer libro los versos que lo ensalzan. Y, ya digo, con sobrada solvencia. Sin caer en los tópicos al uso.
De cinco partes consta. En todas se aprecia las constantes que marcan su voz. El sosegado ritmo que aportan los endecasílabos, su medida más frecuente; “la lengua clara y precisa” a la que se refiere su maestro, Luis Alberto de Cuenca; el misterio, que es, como explica Andrés Trapiello, “aquello que se comprende únicamente si no hay necesidad de explicarlo”. Al fondo, siempre, la cultura clásica; latina (el libro se abre con una cita de Propercio) o inglesa (es traductora de Mary Shelley, Ruskin, Stevenson, Plath…). En “Ruinas”, la primera sección, la más culturalista, menciona el mito de Casandra, el silencio de Hamlet o el De profundis de Wilde (del que vierte un fragmento). Y a la tristeza, otro motivo central de esta poética melancólica. Léase “Lejana tristeza”. En las otras, ya se dijo, el amor domina. En versos como “Todo es verdad en ti cuando me miras”, “Todo amor verdadero es un asombro”, “Fuera del tiempo nuestras sombras se aman”… En poemas como “Revelación”, “La belleza del mundo”, “Recuérdame”, “Quiero ir con aquel a quien amo”, “Gratitud”, “Meditación” o “En silencio”. Sí, “la poesía es un viaje / de vuelta de las sombras”. Luz.
 
Victoria León
Visor, Madrid, 2015. 60 páginas. 12,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



2.1.26

Flores y Gañán en Beatriz Pereira


Las dichosas circunstancias me habían impedido conocer la nueva galería de arte que ha abierto en Plasencia Beatriz Pereira, en el número 11 de la calle del Rey, el portal contiguo al que ocupara hasta hace poco Foto Rex, el estudio de mi familia política. Lo primero que impresiona, al menos a este placentino sin remedio, es el zaguán y el espacio que ocupa la galería, compuesto de un patio con columnas y bóvedas y otras estancias de lo que fue y aún es una de esas casonas palaciegas tan propias de este lugar, con su mirador en la fachada, como en no pocas de esa calle que se llamó en su día del Marqués de la Constancia, esto es, Don Calixto Payans y Vargas, quien dio nombre al colegio Marista donde pasé toda mi infancia. Ahora comprende uno mejor que la restauración del edificio llevara tantos tiempo. 
La planta baja luce, en su sobriedad, preciosa. Ideal, cree uno, para albergar exposiciones y obras que, por supuesto, contrastan, por su modernidad, con los muros de piedra enjalbegados (donde no faltan restos del pasado) de los que cuelgan. Como un acierto me parece la elección de los cuadros, dibujos, telas y esculturas de la hornachega Isabel Flores y el placentín Emilio Gañán que forman la muestra pura coincidencia, basadas en una idea que de casual no tiene nada. 
"De puras coincidencias" titula precisamente María Jesús Ávilacoordinadora del Museo Helga de Alvear, el texto del catálogo que encabeza una cita muy bien traída de FoucaultExplica con rigor las confluencias (no tanto las divergencias) que justifican el irónico título. "Ninguna semejanza, ninguna distinción", diría el filósofo francés. Es cierto que "la coincidencia de las formas puras que ambos artistas trabajan, se encuentran". Nuestra mirada no tiene más remedio que aceptarlo. Con naturalidad. Estamos, sí, ante "un acercamiento autoral no sólo pertinente, inteligente y estéticamente feliz, también una aproximación arriesgada. Precisamente porque aquello que los acerca podría convertirse en un factor de riesgo que dificulte la percepción de la inmensa singularidad de cada uno de los mundos estéticos de estos dos artistas", como sugiere Ávila. Y añade: "Entrar en esta exposición es entrar en el imperio de la línea y de la forma, así como de las relaciones espaciales que generan. En el dominio de la geometría y de las matemáticas, de todo cuanto las define y condiciona: el rigor, la estructura, el orden, la exactitud... y también de aquello que nace bajo su mandato: la modularidad, la repetición, la secuencialidad, la progresión, el ritmo y, finalmente, el desvío". Matiza más adelante que "esas premisas coincidentes adoptan bifurcaciones conceptuales, procesuales y formales que las alejan mientras las mantienen armonizadas bajo la pátina que proporciona el universo de la abstracción y la geometría". "La obra de Emilio e Isabel está marcada por el método y la precisión", sostiene Ávila, que analiza con sobrado conocimiento sus respectivas poéticas.

Por lo demás, no siendo uno crítico de arte ni pretenderlo, no hay sorpresas relevantes en lo que Gañán enseña, siempre igual y siempre diferente (me quedo con sus impactantes "arquitecturas azules"), ahondando, a golpe de variación, en lo abstracto y lo geométrico, que no dejan de ser las lindes de su particular territorio matemático. Más me han sorprendido, porque apenas si conocía su obra, las propuestas de Flores, sus delicadas y sugerentes lacerías (ya sean en forma de dibujo o como forjas policromadas bicapa al horno), que enlazan con la tradición morisca de su natal Hornachos, uno de los pueblos más bonitos que conozco.
Sé que no es la primera exposición que tiene lugar en Beatriz Pereira. Ni será la última. Me alegro mucho de que por fin contemos en esta ciudad (que quiere pasar por culta) con una galería privada (alguna hubo en tiempos, aunque con otra alcance) que pretende, además de mostrar arte, venderlo. No me cabe duda de la solvencia de la galerista y de su criterio. A la vista está. Ojalá su proyecto cuaje y ella, ay, persevere. 






Fotografías de María P. Vallejo.

31.12.25

En el Boletín de Tusquets

El Boletín trimestral de Tusquets Editores da cuenta de novedades interesantes. Una nueva novela de Aramburu (de su serie vasca, con el asesinato de Miguel Ángel Blanco al fondo), otra de Landero (con personajes aislados por culpa de la tormenta Filomena). Ésta sale a la venta el mismo día (el 4 de febrero) que estará en las librerías "Territorio", mi poesía reunida. Un día, sí, de lo más extremeño para ese sello en el que ambos tenemos la suerte de publicar.



25.12.25

La belleza y el dolor


La editorial Visor, en edición de Isabel Gemio y Jesús García Sánchez, publica esta antología con el fin de recaudar fondos para la Fundación Isabel Gemio

Este es el índice de poetas: Rocío Acebal Doval, Verónica Aranda, Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Guillermo Carnero, Yolanda Castaño, José Cercas, Antonio Colinas, Isla Correyero, Luis Alberto de Cuenca, Inma Chacón, Diego Doncel. Ignacio Elguero, Vicente Gallego, Dionisia García, Pablo García Casado, Luis García Montero, Juan Antonio González Iglesias, loana Gruia, Almudena Guzmán, Karmelo Iribarren,, Clara Janés, Raquel Lanseros, Antonio Lucas, Aurora Luque, Chantal Maillard, Carlos Marzal, Ana Merino, Juan Carlos Mestre, Ángeles Mora, Emilia Oliva García, Carmen Palomo,, Isabel Pérez Montalbán, Cristina Peri Rossi, Juan Vicente Piqueras, Benjamín Prado, Antonio Praena, José Luis Rey, Alejandro Roemmers, Ana Rossetti, Joaquín Sabina, Ada Salas, Irene Sánchez Carrón, Marta Sanz, Elvira Sastre, Jaime Siles, Kirmen Uribe, Julieta Valero, Álvaro Valverde, Fernando Valverde, Javier Velaza, Manuel Vilas y Luis Antonio de Villena.

Me han nacido en Cáceres, por cierto. Extremeños cuento ocho.

Este es mi poema, inédito hasta ahora. Feliz Navidad. 

CONVERSACIONES

                                    A mi madre

Temías que llegara este momento.
Que una caída
―tú que has sufrido tantas, los tobillos―
te obligara a dejar la vida amable
―en tu casa, a tus cosas―
que llevabas hasta que la cadera
se cruzó en tu camino fracturándose.
Ahora, aquí, en este escueto cuarto
―una cama, un armario, un sillón, una mesa―
intentas, poco a poco, acomodarte
a esta situación sobrevenida.
Y no sin desconcierto, lo sabemos.
Aquí y ahora
vengo a acompañarte en tu desdicha.
Para mitigar el dolor, las circunstancias
que adversas sustituyen
a aquellas más felices que se fueron.
Por eso conversamos.
Sentados en esta habitación
o en medio del paseo,
en la sala común o en el pasillo,
hablamos del presente y del pasado,
muchos menos, sin duda, del futuro.
Y eso nos hace bien.
Consuela, cura.
Tu memoria está intacta.
Facilita adentrarse en todo lo vivido
para rememorarlo con sosiego.
Hemos hecho del mal un aliado.
Nos salva dialogar sobre los vivos.
También sobre los muertos.
De lo que fue y aún sigue con nosotros
a pesar de los años transcurridos.
Estás a cinco de cumplir un siglo.
Las palabras dan fe de que no en vano.

12.12.25

El beso de Bossu

El 5 de octubre de 1979 uno tenía veinte años. Ese día el fotógrafo Régis Bossu, de la agencia francesa Sygma, tiró una de las imágenes más icónicas del siglo XX. Fue portada de Paris Match y ha pasado a la historia como Besos desde Berlín. En ella se ve a los líderes de la URSS, Leónidas  Brezhnev, y de la República Democrática Alemana, Erich Honecker, dándose un beso en la boca. Fue en un encuentro entre ambos mandatarios comunistas celebrado con motivo del trigésimo aniversario de aquella república.
Aunque parezca lo contrario, en ese beso no hubo pasión. Leo en La Vanguardia que ya era bien conocido «“el triple Brézhnev”: un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha y finalmente en los labios». Y el chiste: “Como político es basura... pero qué bien besa”.
La Wikipedia nos informa de que «el beso fraternal socialista era una forma especial de saludo» entre ellos. Se atribuye su origen al tradicional de los cristianos ortodoxos que los bolcheviques decidieron personalizar. En 1937 Stalin «plantó sus frondosos bigotes sobre la boca de Ivan Spirin, un héroe de la expedición polar» y en 1959, en Pekín, Mao Zedong le hizo una cobra a Jrushchov y el pretendido abrazo quedó en un apretón de manos. Y hasta ahora. Nada de besos.
Ni la agencia ni los camaradas ni sus respectivos países existen. Más famosa aún que la foto, el mural que la reproduce en el extinto muro de Berlín junto a la frase «Dios mío, ayúdame a sobrevivir a este amor mortal»; del ruso, cómo no, Dimitri Vrubel.

Nota: Este texto se ha publicado en el número 280 que la excelente revista malagueña Litoral ha dedicado al beso. De lujo. 



 
 

10.12.25

Preguntas y respuestas


La periodista Jessica Mouzo (El País) pregunta a la neurocientífica Liset Menéndez de la Prida, directora del Laboratorio de Circuitos Neuronales del madrileño Instituto Cajal: "¿La memoria nunca es realmente fiel a los hechos que experimentaste?", y ésta responde: "Exacto. La manipulas. La memoria tiene una parte composicional porque es una composición de secuencias de actividades neuronales. Y como esas mismas neuronas quedaron activadas en otras secuencias, en otra experiencia, cuando tú las evocas, es muy fácil que arrastren las activaciones de otras secuencias. La memoria siempre es lábil, editable. El ser humano no quiere engañarse, no hay una intencionalidad en ello, pero en función de la emocionalidad de las cosas, te pasa".


El periodista Jaime Rubio Hancock (El País) pregunta al psicobiólogo extremeño Ignacio Morgado (de San Vicente de Alcántara): "¿Por qué es tan importante la lectura?", y éste responde: "Porque proporciona experiencias que nunca podríamos vivir por nosotros mismos. Lo que una persona puede experimentar por sí misma es limitado, pero cuando nos sumergimos en un buen libro estamos viviendo no solo nuestra vida, sino la de otras personas: sus experiencias, sus fracasos, sus éxitos, sus motivaciones… Igual que las buenas series o los buenos podcasts".

NOTA. Las fotografías son, en orden de aparición, de César Hernández y Editorial Ariel

7.12.25

La patria de la poesía

Hace un año reseñábamos aquí el primer tomo de la poesía completa de Eduardo Chirinos (Lima, Perú, 1960-Missoula, EE.UU., 2016). En homenaje a los Beatles, tituló los tres cuadernos que la componen con un color: rojo, azul y blanco. Éste, Cuaderno azul, incluye poemas publicados entre 2000 y 2010, de sus libros: Abecedario del agua, Breve historia de la música, Escrito en Missoula, No tengo ruiseñores en el dedo, Humo de incendios lejanos, Catorce formas de melancolía y Mientras el lobo está
En su prólogo (“Hacia el norte”), Álvaro Salvador demuestra que conoce muy bien la poesía de Chirinos. Es cercano (fueron amigos) y didáctico. Tras destacar, entre otros rasgos, el “eclecticismo formal”, su “lucidez humilde y muy humana”, la capacidad del peruano por abordar “todos los registros”, el “coloquialismo lleno de ternura e ironía estructurado en formas realistas” (sin olvidar su oralidad, “la libertad neovanguardista” y el culturalismo) y de dedicar algunas páginas a la presencia capital de los animales en su obra (“metáforas culturales” para el autor), analiza el conjunto libro a libro.
Ya indicamos que El equilibrista de Bayard Street “anuncia con claridad el Cuaderno azul”, por más que Chirinos lo incluyera aún en el rojo. Por lo mismo, Abecedario del agua ―escrito en prosa poética, colmado de lugares y de infancia― podría haber formado parte de aquél. Cuestión de tono. A partir de Breve historia de la música “la inflexión” en su trayectoria es evidente. Aunque “verbal”, la música de estos poemas, inspirados en piezas populares y clásicas, se acerca al “estado de pureza” que la caracteriza, con los que quiso “ofrecer un entramado de historias que la música nos cuenta a aquellos que siempre la queremos escuchar”.
Cuenta que Escrito en Missoula es fruto de un viaje en coche y en pareja, “hacia el norte por el noroeste”, “en pos del espacio donde habríamos de instalar nuestra casa”. De ahí que Salvador aluda perspicazmente a “la fundación de un espacio poético”. Tan real como literario, matizo. La alianza entre lo autobiográfico y lo metapoético es una constante en esta poesía. Leemos: “Aquí he perdido y recuperado para siempre a mi padre”, al que dedica la sección “El regalo”. Es un libro escrito en apasionada “plenitud”. Donde vuelve a caer, confiesa, “en las redes de mi propia infancia”.
Con No tengo ruiseñores en el dedo, cambia de registro. Salvador subraya su lucha por “descifrar lo «efable»”, no eso inefable que habría “detrás de las palabras”. Las iluminaciones de esta entrega así lo justifican: “El tiempo / incendia, el tiempo desvanece. / Y el poema dice su verdad”.
Humo de incendios lejanos es un ambicioso, sorprendente libro que parece escrito en estado de trance. Sin signos de puntuación ni mayúsculas, entre el verso y el versículo, fluye como sólo la poesía automática podría hacerlo, lo que no quiere decir que Chirinos la practicara. Es, ante todo, la obra de un lector.
Asombra también la delicadeza de Catorce formas de melancolía, d'après Boissier, donde vuelve a logradas formas breves y epigramáticas.
El volumen se cierra por todo lo alto. Con el emocionante Mientras el lobo está. Chirinos en estado puro. La nieve y el frío, la diabetes y Carole Bouquet, Lennon, Cardenal y Heaney. “Me gusta la serenidad de Auden”. “El dolor es la materia de la que están / hechos los poemas”. Que hablan de “cosas / más bien simples”. Contra lo sublime, que “se hunde siempre en lo ridículo”.
Chirinos es “el poeta hispanoamericano más brillante y reconocido de su generación”, según Salvador. Sus lectores “construimos con su recuerdo una patria, la patria de la poesía”.

Eduardo Chirinos
Edición al cuidado de Jannine Montauban.
Prólogo de Álvaro Salvador
Pre-Textos, Valencia, 2025. 384 páginas. 27, 00 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL




  


29.11.25

En el Parador de Mérida


El director del diario Hoy, el placentino Pepo Orantos, me llamó aquí atrás para invitarme a participar en el foro 'Constitución y Estatuto de Autonomía', organizado por el periódico que dirige y la Junta de Extremadura. En representación de ésta, acudió la consejera de Hacienda y Administración Pública de la Junta de Extremadura, Elena Manzano, portavoz del gobierno autonómico. Por lo visto y escuchado, imaginaba que esta profesora de Derecho era una política apasionada, lo que demostró en su breve discurso en defensa de la Constitución, de la que estamos, ay, más necesitados que nunca.
El moderador del acto fue el profesor de Derecho Constitucional y vicedecano de la Facultad de Derecho, Gabriel Moreno, y se sentó uno en esa figurada mesa redonda junto al profesor Manuel Pecellín y los novelistas históricos Elena Álvarez y Jesús Sánchez Adalid. 
Según costumbre, llevé escritas mis escuetas reflexiones sobre lo que el profesor Moreno nos propuso de antemano. Estas son. Precisaré que la segunda no la leí tal cual, sino que hice un resumen para ganar tiempo. Por cierto, quien lea lo que sigue podrá poner en contexto esa frase que destaca la periodista acerca de las obras que se crearon durante la Dictadura. Si eso es lo más destacable que uno dijo, apaga y vámonos. 
 
1
 
-Tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional, ¿cómo valoran los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?
 
Ángel Luis Prieto de Paula subtituló su antología Las moradas del verbo «Poetas españoles de la Democracia». A esa generación pertenezco y me honra muchísimo ese rótulo. Fuimos los primeros en publicar sus libros en un régimen democrático después de décadas de dictadura. Ahora, «tras casi cincuenta años de andadura democrática y constitucional», ejemplar Transición mediante, se nos pregunta cómo valoramos «los avances que se han producido en España y en Extremadura, y cuáles creen que son las principales conquistas y carencias?». En cinco minutos…
Hay que partir de una base o premisa general: la de la libertad, consagrada por la Constitución desde el mismo Preámbulo; en el caso que nos ocupa ―el de la cultura―, la libertad de expresión. El derecho “a la producción y creación literaria, artística, científica y técnica», como reza el artículo 20, apartado b de esa ley fundamental del Estado.
Desaparecida la censura (aunque, como matiza Andrés Trapiello, refiriéndose a la actualidad y al controvertido fenómeno woke, «cuando hablamos de censura, hablamos de modos sutiles de cancelación, de apartamiento»), desaparecida la censura, decía ―la franquista al menos―, el escritor o el artista ya no tiene excusas ni puertas al campo para no pergeñar lo que se le antoje y pueda, de la obra maestra al bodrio perfecto.
Yendo a lo general de nuevo, los avances son incuestionables, si bien no progresivos ni necesariamente a mejor a lo largo de todos estos años. Ha habido épocas mejores y peores. Fueron extraordinarios los años 80 y 90, pongo por caso, y no creo que sean precisamente ejemplares los últimos, con un proceso de apresuramiento y banalización justificado en el «todo vale» y en el descrédito de la crítica que ha tenido y tiene como mejor aliado a internet y las redes sociales, la «cultura fan» y el populismo, con una nueva brecha abierta por la Inteligencia Artificial.
Centrándonos en «lo nuestro», cabe decir otro tanto. Si algo trajo la Constitución democrática y después el Estatuto de Autonomía fue la normalización, ese estar por fin en la hora de España (y de Europa y del mundo) abandonando nuestro atraso secular y la tradicional incuria. A partir del surgimiento cultural. Y digo «surgimiento» porque, a diferencia de lo que pasaba en el panorama nacional ―durante la Dictadura se escribieron, pintaron o compusieron obras dignas de elogio; por estos lares, pocas―, nosotros veníamos directamente de un erial.
A consecuencia de ese esfuerzo colectivo de artistas y escritores, hoy podemos presumir de un plantel de autores señeros en todos los ámbitos artísticos con libros, cuadros o canciones que verifican su importancia e instituciones que avalan también ese merecido orgullo; baste citar las Fundaciones Helga de Alvear, Europea de Yuste u Ortega Muñoz o museos como el MEIAC o el Vostell-Malpartida. Otro tanto cabe decir de la red de bibliotecas públicas municipales, otro logro digno de mención, si bien no culminado, pues a la imprescindible construcción de los edificios no le siguió siempre la contratación de bibliotecarios. Una carencia a la que habría que sumar la de los bajos índices de lectura, ya que seguimos a la cola de los del país a pesar de contar con un Plan de Fomento desde hace más de veinte años. 
Cabe destacar que, en Extremadura, tanto los «de dentro» (por fin una generación entera se quedó aquí) como los «de fuera» (la emigración intelectual, esa constante histórica), han convivido lejos de la polarización política; así, pongo por caso, el monárquico y conservador Santiago Castelo trabajó codo con codo con el republicano y comunista Ángel Campos Pámpano sin que ello supusiera problema alguno. El fin ―la redención cultural de esta tierra― justificaba esa actitud respetuosa.
Con todo, si hay una institución que represente mejor que ninguna el espíritu de nuestro Estatuto ―en lo relativo a esta materia―, ésa es la Editora Regional de Extremadura ―mucho más que un sello público―, eje central de la política cultural extremeña. Fue, junto al Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear y al escritor Luis Landero, uno de los hitos que señalé a Sergio Vila-Sanjuán, responsable de cultura del diario La Vanguardia, cuando me pidió los tres más importantes de Extremadura para ser reseñados en su libro Cultura española en democracia. Una crónica breve de 50 años (1975-2024), publicado por la editorial Destino.
El catálogo de la Editora, cuarenta años le contemplan, se adapta a la perfección al Artículo 7 del Estatuto, en concreto a sus puntos segundo, décimo y decimonoveno. Porque, fomenta «los valores de los extremeños y el afianzamiento de su identidad a través de la investigación, desarrollo y difusión de los rasgos sociales, históricos, lingüísticos y culturales de Extremadura en toda su variedad y extensión, con especial atención al rico patrimonio de las formas tradicionales de la vida de los pueblos, en un marco irrenunciable de pleno desarrollo socioeconómico rural». Porque considera «un objetivo irrenunciable la masiva difusión de la cultura en su sentido más amplio y un acceso igualitario de los extremeños a la información y a los bienes y servicios culturales» y vela «por la conservación de los bienes del patrimonio cultural, histórico y artístico». Porque, en fin, impulsa las «relaciones con Portugal» y fomenta «las relaciones […] con los pueblos e instituciones de la comunidad iberoamericana de naciones». A través de los libros, sí. No creo que haya un instrumento mejor.
 
 
2
 
-La Constitución, en su artículo 44, y el artículo 7 del Estatuto de Autonomía de Extremadura, establecen que los poderes públicos, tanto estatales como autonómicos, promoverán e impulsarán la cultura y su acceso, a los que todos tenemos derecho. Como escritores, ¿cómo valoran la vigencia de este derecho y qué creen que puede mejorarse, desde las instituciones y desde las políticas públicas, para potenciar la cultura?
 
La implicación de la Administración (Junta de Extremadura, Diputaciones provinciales, Ayuntamientos, etc.) ha sido sustancial para conseguir el desarrollo cultural alcanzado. En literatura, ni la Asociación de Escritores ni la Unión de Bibliófilos, por mencionar sólo a dos entidades, podrían haber sobrevivido sin subvenciones del erario. Otro tanto cabe decir de la Real Academia de Extremadura.
Por suerte, esa colaboración entre las instituciones públicas y la sociedad civil, representada en este caso por escritores y artistas, no ha sido intrusiva, sino respetuosa, al menos en lo que atañe a mi experiencia, tanto como autor como en mi eventual condición de gestor. Más natural, diría, con el largo gobierno de Rodríguez Ibarra (el que puso las bases de los mejores logros, los propiciados en buena medida por un consejero excepcional: Paco Muñoz), que con la de Fernández Vara (normal en un hombre con menos sensibilidad cultural). De la etapa de Monago poco cabe decir, por su grisura. Instauró los Premios Ceres, tan costosos como efímeros, y poco más. Un afán por el relumbrón que a veces deslumbra a los políticos, como ha ocurrido en el reciente caso de la Bienal de Novela Vargas Llosa. Con todo, de la actual administración, tan efímera, es pronto para opinar, aunque no es poco que la Editora Regional se haya mantenido muy activa y en buenas manos.: la de su director, Antonio Girol, y su Jefa de Servicio, alma de esa casa, María José Hernández.
Ya que se ha mencionado, sin las ayudas al teatro, empezando por el Festival de Mérida, éste no existiría en la región desde hace tiempo, lo mismo que los conciertos de música, poco importa si culta (con y sin variación operística) o popular.
Las becas y las ayudas ―a creadores o a galerías de arte y editoriales― demuestran que se ha hecho efectiva esa promoción e impulso al derecho a la cultura, pero también ponen de manifiesto las penurias de la iniciativa privada, en lo que al arte y la literatura se refiere, prácticamente inexistentes. De nuestra proverbial pobreza dan fe esas parvedades. Razón de más para que los poderes públicos promuevan e impulsen la cultura.
La preocupación por la igualdad se traslada al género, sí, y, además, al medio, siendo el rural tan importante en Extremadura. A «la equidad social y la cultura», como valor esencial, se refería Felipe González en el discurso pronunciado en el Palacio Real con motivo de su reciente ingreso en la Orden del Toisón de Oro.
En lo que concierne a las mejoras, propondría incrementar los presupuestos de Cultura y no cejar en el empeño de incentivar la creación. A efectos prácticos, esto es, económicos, ninguna imagen mejor para esta tierra, tan visitada por su patrimonio monumental y paisajístico, que la que refleja la cultura viva de hombres y mujeres empeñados en acabar de una vez por todas con el sambenito de la inveterada catetez.
Y ya que menciono la palabra, una vez desaparecidos los Extremadura a la Creación, creo que mereceríamos unos premios que, como en el resto de Comunidades (debemos ser los únicos que no los tienen), honren a los escritores y artistas. Llámense Premio de las Letras, de las Artes o de la Crítica. A obras, por supuesto, ya realizadas y con el correspondiente marchamo de rigor y excelencia.
Sí hay algo, y termino, que me preocupa, en lo que afecta al apoyo «desde las instituciones y desde las políticas públicas», es lo del estremeñu o castúo, ese invento lingüístico que algunos, y desde instancias superiores y ámbitos parlamentarios, empiezan a denominar con una frivolidad llamativa lengua o idioma.

NOTA: La fotografía es de JM Romero.
 

15.11.25

Lampedusa y sus lecturas españolas


Ya comenté aquí, al referirme a la correspondencia del autor de El gatopardo y su mujer, que estaba deseando leer este libro: Lampedusa y España. Lo publica, con el cuidado a que acostumbra, Acantilado. El libro es de Gioacchino Lanza Tomasi (Roma, 1934), hijo de Fabrizio Lanza Branciforte di Mazzarino, conde de Assar, y de la aristócrata española María Conchita Ramírez de Villa Urrutia y Camacho, y primo lejano del escritor siciliano, que lo acabó adoptando y al que nombró legatario. En la misma editorial, por cierto, apareció Viaje por Europa (que reseñé en la desaparecida revista Clarín), su correspondencia con otros primos, estos más cercanos: los Piccolo. Lucio, el poeta, quien verdaderamente instiga a Lampedusa, sin querer, a escribir su gran novela, y Casimiro, el artista. 
La edición corre a cargo de Alejandro Luque, un especialista en su obra y alguien que conoce muy bien Sicilia, y ha sido revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi. Firma el prólogo Silvano Nigro y traduce la obra otro escritor: Andrés Barba. 
Me gusta mucho lo que dice Silvano Nigro acerca de las bibliotecas de los escritores, esa "suerte de autobiografía", como dijo Manguel (del que ahora disfruto gracias a Mientras embalo mi biblioteca, después de dar buena cuenta de Con Borges y a la espera, ya está aquí, de El envés del tapiz). 
Lo explica bien la nota editorial: "el príncipe pidió a Lanza (...) que lo ayudara a leer en la lengua de Cervantes los clásicos de la literatura hispánica. Estas páginas, dictadas por Lanza poco antes de morir, albergan no sólo un valiosísimo retrato de la vida que el maestro siciliano llevó en Palermo, sino también el privilegiado relato de formación de un muchacho que fue testigo de una aventura fascinante: el acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas." 
En esa aventura de leer, a A Gioacchino Lanza le acompañó Francesco Orlando, al que debemos páginas inolvidables sobre su maestro, como Recuerdo de Lampedusa. Con otra distancia.
El libro, cuenta Luque (también el autor), tiene su origen en Sevilla, del borrador (o "versión reducida") de una conferencia sobre Sicilia pronunciada por aquél en la fundación Tres Culturas y es fruto del "acercamiento de Lampedusa a la lengua y la literatura españolas". Un encuentro, cabe matizar, tardío (hablamos de los años cincuenta, entre 1955 y 1956). Para Gioacchino, "el libro de su vida", recalca el epiloguista. 
A uno le ha interesado, más que nada, amén de los atinados juicios de valor sobre algunos escritores concretos (Cervantes -al que relaciona con Montaigne-, Lope de Vega, Unamuno, Tirso de Molina, etc.), lo que tiene de biografía de Lampedusa (y ya ahí, su condición de lector, que se nos da a conocer a través de su biblioteca personal y de sus visitas a las librerías palermitanas) y, de paso, de autobiografía de Lanza Tomasi. Al fondo, como cada vez que se habla de la vocación literaria del noble siciliano, los primos Piccolo. Lucio fue uno de los participantes de aquellos diálogos, más que lecciones, y por él conoció Lampedusa a poetas como san Juan de la Cruz, Garcilaso, Quevedo, Góngora, Juan Ramón Jiménez, Guillén...
La nacionalidad española de su madre, Conchita, es capital, como la del padre de ésta: Wenceslao Ramírez, embajador de España, autor, entre otros, de Una embajada en Marruecos en 1882. Su mujer, Anita Camacho trató a Picasso y fue retratada por él. 
Muy sabrosos resultan los apuntes sobre el citado Orlando o la Princesa Lampedusa, Licy. 
No faltan menciones a Vargas Llosa y Javier Marías y a sus respectivos análisis de El gatopardo.
El Lazarillo, las Soledades, el Quijote o La Celestina suscitan comentarios iluminadores, ya decía, propios de lectores fervorosos e inteligentes. Da cuenta de ellas en los diarios, de los que se rescatan en la edición algunas páginas. 
En 1957 compró Lampedusa la obra completa de Lorca, publicada por Aguilar. Anotó: "Ni una palabra sobre su muerte ni sobre su homosexualidad". Lo que más le gustó: Poeta en Nueva York y Diván del Tamarit. Le decepcionó, por otra parte, Pérez Galdós: "Básicamente, no es más que un pesado". 
Como comprobó Lanza Tomasi en Sevilla, uno tampoco conocía el refrán español "A perro viejo no hay tus tus". Lampedusa, que trataba a sus perros como hijos, sí. 
Las páginas finales del libro son tal vez las más interesantes. Párrafos como éste: "Éstas y otras muchas cosas tuvieron su origen hace casi setenta años en una ciudad siciliana de provincias, en una ciudad destruida, en el seno de una comunidad traumatizada y aislada de los grandes centros, de los talleres donde se establecen los intereses y las modas de la época. Pero Palermo no era, como España durante su sopor franquista, una casa de muertos. Giuseppe Lampedusa o Lucio Piccolo pertenecían a la categoría de los amateurs, es decir, los diletantes, pero también a la de los sabios apartados; eran el humus de un mundo civilizado. Todas esas pésimas sociedades meridionales tenían, y siempre tendrán, alguna Perséfone que regresa a la tierra y recorre los caminos de la sabiduría".
Sí, como dice Luque, "una aventura fascinante". 

Lampedusa y España
Gioacchino Lanza Tomasi
Prólogo de Salvatore Silvano Nigro
Edición y epílogo de Alejandro Luque, 
revisada por Nicoletta Polo Lanza Tomasi
Traducción de Andrés Barba
Acantilado, Barcelona, 2025. 112 páginas. 

13.11.25

Castelo, periodista

Esto fue lo que dije en la mesa redonda de las primeras Jornada de Estudio Santiago Castelo que tuvo lugar el pasado día 8 de noviembre en la Sala Paraninfo Clara Campoamor de la Diputación de Badajoz. 
Lo llevé escrito, una lección aprendida hace mucho de mi maestro Gonzalo Hidalgo Bayal. Por si acaso. Luego vino el debate. 
De la crónica del aquella intensa mañana ya se ha ocupado su principal responsable: Carlos García Mera en su muro de Facebook. 

Buenos días y gracias por invitarme a participar en este acto, el primero del que se hace cargo la nueva directiva de la Asociación de Escritores Extremeños, presidida por la poeta placentina Sandra Benito, justa heredera de Isabel Pérez, de la saga de los Pérez González, tan cercana a José Miguel Santiago Castelo.
 
Fue precisamente aquí, en esta ciudad, donde conocí en persona a Castelo ―como la mayoría le llamaba y le llama―, en 1982, con motivo del segundo Congreso de Escritores Extremeños.
El 30 de mayo de 2015, treinta y tres años después, decía en ABC, al comienzo de mi artículo “Sólo vivir vale la pena”: “Santiago Castelo (…) fue ante todo poeta. A pesar de su decidida vocación periodística, doy por supuesto que es lo que él prefería. Por encima de todo. Que era esa condición la que más le gustaba que le reconocieran sus lectores”. Ahora, diez años más tarde, me he replanteado esa afirmación. A pesar de que cualquier escritor que haya publicado libros en distintos géneros, a la hora de elegir cuál de estos le define mejor, es muy probable que se decante por la poesía si dio a la imprenta alguno de versos; que, pese a su insignificancia real, si lo comparamos con la narrativa ―y, ya ahí, con la novela―, no habrá de importarle adornarse él o que le califiquen otros, como poeta. En el caso de la persona que nos convoca, dudo ahora qué título se atribuiría a sí mismo por encima de todos los demás, si el de poeta, como dije hace una década, lo que fue de sobra, o el de periodista, que también. Me da la impresión, después de tratarlo durante años, que cuanto menos dudaría. Dijo Julio Bravo: “Su pasión por el periodismo sólo era comparable a la que sentía por la poesía”. Podríamos dejarlo en tablas. A papá y a mamá.
No me cabe duda, sin embargo, de que su estilo periodístico era el de un poeta. Eso no puede negarse. Se dice con frecuencia que la mejor prosa está en manos de quienes escriben poesía. Se aprecia bien en el primer artículo que publicó en el diario ABC, “Siete espigas bajo el sol”, sobre su querido pueblo, Granja de Torrehermosa, de 1970, año que entró en esa santa casa: “en toda la baja Extremadura, sólo tiene derecho a veranear el sol”.
Aunque la impronta de maestros que elogiaron la retórica, como Pedro de Lorenzo, marcaron su huella, por más que lo lírico en su vertiente, si se quiere, popular y hasta folclórica aflore por momentos, sobre todo en su primera época, al final su estilo el propio de quien lee y escribe poesía, lo que significa que cada palabra cuenta y que, en consecuencia, la que no suma resta. Y mucho. El don de síntesis, al que se refirió su amigo Pere Gimferrer en un poema memorable, pesó en él a la hora de fijar un texto y no sólo por las prescritas limitaciones de espacio, sino por dar a lo escrito la precisión que la verdadera poesía exige, por poco o nada poético que sea el asunto que aborde.
Ya que hemos mencionado al ABC, bien está centrar esta intervención en lo que esa cabecera representó en la vida de Castelo, que empezó su carrera periodística en Extremadura, su tierra, a la que tanto quiso. Y lo hago no sin reparo, pues tengo a mi lado a dos personas que conocen esa faceta del granjeño mejor que yo. Para colmo, uno de ellos es, a la sazón, director de esa histórica mancheta.
“Porque eras, Niño, el retrato viviente de ABC”, escribió Antonio Burgos. Y: “Tú eras, Niño, un andante ejemplo […] del estilo de ABC. Tú, Niño, encarnabas el espíritu liberal y literario de esta Casa a la que entregaste tu vida y de la que eras símbolo vivo”. Suya es una anécdota muy graciosa, que pone en boca de El Chupa, viejo telefonista de la casa: “Señor Castelo, se pasa usted aquí más horas que el retrato de Don Torcuato”.
[Por cierto,  “Niño” (tal o cual) es como llamaban a los alumnos en prácticas del periódico. Estoy escuchando todavía su vozarrón inconfundible al otro lado del teléfono. Apenas descolgabas, oías: “¡Niño!”. A veces le bastaba un “¡Eh!”.]
Juan Manuel de Prada, con el que tuvo una íntima amistad, afirmó: que “este poetazo descomunal fue también la persona que mejor ha encarnado el espíritu de ABC”.
De su importancia en ese medio de comunicación dan buena cuenta estas pocas palabras de Jesús Lillo: “A su manera, fue un pionero de lo que ahora se conoce como recursos humanos”.
Otro amigo común, Carlos Medrano, alude a su campechanía, “su cordialidad era irreductible y no se sometía al corsé del estrés periodístico de las noticias […] ni a la diplomacia de muchas relaciones y gestiones que Castelo, con su don de gentes, llevó a cabo con enorme elegancia desde sus cargos de responsabilidad”.
En “Un hombre de lealtades hondas”, su discurso de recepción del Premio Luca de Tena, declaró: “Mi vida entera se ha desarrollado en esta Casa de ABC: aquí entré hace treinta y siete años, siendo un muchacho espigado e inquieto; aquí aprendí todo lo que sé y de aquí no he querido moverme: ésta es una escuela permanente del mejor periodismo, de la mejor literatura [conviene resaltar esta condición de periódico literario por lo que dijimos acerca de su estilo más arriba], donde se aprende a amar la verdad y la libertad en una perfecta simbiosis de nobleza y liberalidad, de respeto a los demás y de amor a la obra bien hecha. […] Yo, de niño—como tantos millares de españoles—, leía ABC en mi casa extremeña con verdadera devoción y cuando descubrí que quería ser periodista no podía imaginarme en otro sitio sino en ABC”. “He servido lealmente”, sentencia. Ni siquiera cuando Luis María Anson dejó la dirección de ABC para fundar La Razón en 1998, y le propuso que le acompañara. Conviene recalcar el concepto de “fidelidad”; en su caso, de origen monárquico, como él recordaba. En efecto, uno de los principios básicos de un defensor de la monarquía (y Castelo, desde joven, se acercó a Estoril a mostrar su lealtad y rendir su servicio a quien la representaba, Don Juan, “el Rey padre”, como él lo designaba) es la fidelidad.
Bravo precisa: “Es imposible escribir la historia reciente de ABC sin darle un lugar destacado a José Miguel Santiago Castelo, ligado a esta casa desde el año 1970, y donde mantenía su despacho después incluso de su jubilación; un despacho que fue durante años «lugar de peregrinación» para decenas de redactores y colaboradores, que encontraban siempre en él refugio, consejo o, simplemente, un oído atento y comprensivo. Castelo, como se le conocía en la Redacción de ABC, lo llamaba su «confesionario laico»”. Y sigue: “Le gustaba decir que, salvo engrasar las linotipias, había hecho de todo en ABC. […] Empezó en la sección de Sucesos y pasó por distintas secciones, desde el desaparecido Huecograbado hasta Opinión y Colaboraciones […]. Entre 1983 y 1988 se desplazó los veranos a Palma de Mallorca para cubrir la información de la isla, incluida la estancia de la Familia Real, para la sección ‘España en Vacaciones’ […]. En 1988 fue nombrado subdirector del periódico y en 2010, año de su jubilación, pasó a presidir el Consejo Asesor Editorial de ABC”.
Como ABC, era, ya se dijo, monárquico. Del controvertido Juan Carlos I, del ejemplar Felipe VI y, cómo no, de Don Juan. Su último artículo, de 3 de junio de 2014, se tituló “Una lección de grandeza histórica” y fue escrito con motivo de la abdicación del rey y en él destaca la mención a su padre en el discurso. Monárquico, pero, por encima de todo, liberal. Era su talante.
Mención aparte en su vida periodística merecen, claro está, esos veranos mallorquines de los ochenta (recaló en el céntrico Hotel Saratoga de Palma, en el Paseo de Mallorca), donde ejerció como reportero y cronista. Y no sólo. Basta con recordar su libro de poemas Siurell, y, vuelvo a recalcarlo, artículos como “La Mallorca que verán los príncipes”, donde habla por extenso de la isla en su característico estilo lírico.
Sí, a la Familia Real dedicó no pocos de esos artículos estivales. Da cuenta, pongo por caso, de un Consejo de Ministros del Gobierno de Felipe González en agosto del 83 presidido por Don Juan Carlos: “El Rey animó al Gobierno a no caer en el desánimo y el pesimismo”.
Resultan muy curiosas, en estas crónicas de sociedad dignas del Hola, sus apreciaciones sobre la vestimenta de sus protagonistas.
Pero no sólo a los reyes y su familia (la griega incluida) dedicó Castelo esos reportajes. Por ellos pasaron también numerosos personajes del deporte, la política, la cultura, la música, la farándula, etc. Así, los Príncipes de Gales, los duques de Württémberg, Camilo José Cela, María Teresa de Gelabert, la viuda de Llorenç Villalonga, a la que conoció y trató en esas estancias mallorquinas, etc. En un artículo da cuenta del mareo del presidente González por culpa del viaje de dos horas en helicóptero hasta Mallorca. En otro analizó el fenómeno del top-less.
Porque había mucho de frívolo en esa vida de cronista al sol, Castelo se permite en no pocas ocasiones echar mano del humor. Y de la ironía, tal vez porque ambos sentidos son indivisibles. Nada extraño, por otra parte, en quienes le conocimos. Sentarse a su lado en cualquier mesa estaba justificado por su entretenida conversación (hilarante a ratos, inteligente siempre) y, si hacía calor, por aprovechar las frescas, firmes sacudidas de su inseparable abanico.
El escritor mallorquín José Carlos Llop (que le dedicó el delicioso “Las terceritas de Castelo”) pensaba que “tenía un punto valleinclanesco ―monárquico y sentimental― pasado por la escuela de Manuel Machado y Foxá. Como un personaje de Lhardy, con sentido del humor”.
Es imposible hablar de él sin destacar su vinculación a Extremadura. Solía decir, “me van a reñir de lo mucho que saco en ABC a mi tierra”. Cualquier motivo ―la publicación de un libro, la concesión de un premio, una lectura o una conferencia― era excusa bastante para que un escritor extremeño apareciera allí. A última hora de la tarde recibías una llamada que te instaba a que compraras el periódico al día siguiente.  
Como recuerda Medrano, a los Congresos de Escritores asistía acompañado de un joven periodista de la redacción de Cultura, con el encargo de hacer la crónica diaria de lo ocurrido en esas jornadas. Y añade: “en ese liberalismo que le caracterizaba, siempre tuvo a bien el elogio a lo que aportaba cada uno por encima de la afinidades políticas, o de cualquier otro tipo, con el que a veces se filtran las cosas. Como él decía, somos un periódico de derechas y en el ABC Rodríguez Ibarra ha salido más veces que en El País”.
Sí, esa generosidad era amplia. En cuanto le enviabas un nuevo libro, se movilizaba y él mismo se hacía cargo de que en ABC Cultural apareciera la reseña consiguiente. Sé que no ocurría sólo conmigo, aunque me atenga a mi propia experiencia.
Si bien uno había publicado su primer artículo en ABC en 1987 y luego algunos más (casi siempre a petición suya: “¡Niño…!, ¡Eh!), algunos incluso dictados por teléfono (tan viejo soy), supongo que pasé a hacerlo con asiduidad cuando se encargó de la sección de Colaboraciones. Algunos de ellos se reunieron en El lector invisible, libro que vio la luz en 2001 con textos escritos entre 1987 y 2000 para “Tribuna Abierta”, salvo uno. Me ayudó en la selección Julián Rodríguez y publicó el libro, en la Editora Regional de Extremadura, Fernando Pérez, amigo de Castelo y director de la misma. En la preciosa colección Ensayo Literario. Se lo dediqué a él, cómo no.
Ya enfermo, batalló con Fernando Rodríguez Lafuente, coordinador de ABC Cultural, para que me ocupara de la crítica de poesía. Lo consiguió, aunque su victoria fue efímera. No aguanté los silencios y las dilaciones de los responsables y renuncié, para su disgusto, al poco tiempo.
El ejemplo ―esa virtud reivindicada para España por Javier Gomá, ya se ve que en vano― es lo mejor que he recibido de un ser tan desprendido como Castelo. Sí, era espléndido, su adjetivo predilecto. En todos los sentidos. Lo aprecié bien en cuantos jurados literarios compartimos, que no fueron pocos. Siempre mantengo una de sus enseñanza, algo malévola, pero que define bien su personalidad: la de que no gane nunca un libro por unanimidad. Que sea por mayoría. Así, explicaba sonriendo, consigues aclarar al autor, que puede ser amigo o conocido, que tú defendiste su original hasta el último momento.
Quizá su lección más honda y humana fue cuando el PP de Floriano montó el escándalo del fotógrafo Montoya, que tanto daño hizo a la trayectoria política y a la salud de nuestro común amigo Paco Muñoz, con el que Castelo viajó a La Habana. Me salpicaba el asunto porque el catálogo llevaba el sello de la Editora, que por entonces uno dirigía. Fueron varias horas de conversaciones telefónicas. Me iba informando de los movimientos que se iban sucediendo en Madrid, pues el ministro Acebes se había implicado en el invento. La tormenta amainó y no hubo nada, salvo una denuncia de Manos Limpias y la pérdida de las elecciones al Ayuntamiento de Badajoz, de las que era cabeza de cartel el mencionado Muñoz, lo que ocasionó, por su previa marcha de la Consejería, un retroceso notable en materia de política cultural.
Las muertes prematuras de los escritores extremeños son una constante dolorosa pero evidente: Ángel Campos Pámpano, Julián Rodríguez, Fernando Pérez, Antonio Franco… Tengo ahora la edad que tenía él cuando murió, y eso me impresiona.  Leo en una entrevista de 2011: “Usted, que escribe su obra, como dice Pureza Canelo, a golpe de corazón, defiende las causas preteridas. Quedan pocos paladines como Castelo”. Y éste responde: “Porque pienso que el día de mañana yo también seré un escritor preterido al que nunca faltará algún escritor que me saque del olvido”.

4.11.25

La visión está dentro

¿Es disparatado deducir que la radicalización nacionalista en Cataluña ha influido en la escasa publicación de libros de poesía escritos en catalán y traducidos al español o castellano, lengua oficial del Estado? Hace años, no pasaba. Hay excepciones. El caso de Margarit, por ejemplo. Poco más. Resulta por eso tan sorprendente como gratificante descubrir Las ocultaciones/Les ocultacions, de Anna Gual (Barcelona, 1986), su octavo título (vertido con solvencia por el poeta y editor Joan de la Vega), algunos reconocidos con premios (éste ganó el Miquel de Palol). Sus versos han sido traducidos a diversas lenguas y fue artista residente en el Palau barcelonés.
En el primer poema, “La petición”, Gual pide: “Ilumíname / lo que no veré jamás”. A esa indagación dedica el libro entero, entendido como una unidad de sentido gobernada por la idea central de buscar lo que se esconde u oculta, lo que es misterioso (como ese ser no nato, su “ocultación predilecta”), secreto u oscuro, sin que por ello su poesía sea hermética o mística. Declárase “Adicta a la claridad / de las cosas más oscuras”. Aboga por “lo real” (“realidades, no humo”, dijo Vinyoli) y usa un lenguaje diáfano y sobrio, donde cada palabra está colocada en su lugar, como cada fragmento de roca en una pared de piedra seca.
Su labor es de revelación o desvelamiento. Siempre pendiente de la genealogía. El tono, meditativo (léase “La bengala”). Una línea medular se ocupa de la reflexión sobre la poesía, que escribe “para amparar a alguien”, “para abrigaros”. Ahí, poemas como “La policefalia”, “La lechuza”, “La hiperconciencia”, “La nebulosa”, “La musa”… “Escribo sin escribir”, sostiene. Habla de “Lo absurdo de escribir” y de que “Escribo para pertenecer a los otros”. Su “animal preferido” es la “Poesía”. “Refugio” y “condena”. “Yo soy el esqueleto del poema”, concluye.
 
Anna Gual
Edición bilingüe. Traducción de Joan de la Vega
Vaso Roto, Madrid, 2025. 152 páginas. 19 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



2.11.25

Junto al Mar del Norte

De los cinco libros publicados por Sanmartín (Zaragoza, 1959) en lo que va de década, cuatro son de poesía: Ir la Norte, Evitar la niebla, Archivo fotográfico y Costa Oeste. Poemas de Göteborg. Antes dio a la imprenta otros siete, casi tantos como suman los de su faceta narrativa. Bueno, más allá de lo didáctico, tal bicefalia no existe. Quiero decir que Sanmartín escribe y punto. Su tono es siempre el mismo, igual que su voz. Por eso en esta nueva entrega, como en todas, prima lo poético, sí, aunque estos versos no quieran parecerlo. No hacen ostentación de su lirismo y se muestran con la naturalidad propia de quien recela de la palabra estilo.
Sanmartín nos explica en una nota que pasó el verano de 2023 en la ciudad sueca de Gotemburgo gracias a una residencia artística. Fue a escribir un libro de viajes y se trajo, además, estos veinticinco poemas (sin título, con la única puntación del punto final) que son también un diario de viaje.
Si bien la escritura es “lo desconocido” (cita a Duras), a veces se convierte en un “autorretrato”. Y mucho de ello hay aquí, donde se vislumbra el verdadero rostro del autor. “Desconozco la ficción / soy”. “¿Un poema debe imitar nuestra vida?”, se pregunta con Glück. Anota lo que ve al tiempo que se asoma al que fue y mira la memoria. Convalida sus recuerdos: es. “El olvido es absurdo”, afirma.
“Lo que queda es la búsqueda. / El hallazgo pasa” (cita ahora a Chivite), de ahí que se centre en los detalles. En los que encuentra en su deambular ―mediante ferris, trenes o coches― por faros, islas, restaurantes o museos. “No me gusta la realidad”, matiza. Estamos ante un “superviviente / que se habla a sí mismo”; esto es, a todos.
 
Fernando Sanmartín
Papeles Mínimos, Madrid, 2025. 50 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicada en EL CULTURAL



28.10.25

Extremeños

Hace tiempo que crece la columna de libros de poemas de autores extremeños publicados en los últimos tiempos. He leído algunos y esperan su momento otros. Las circunstancias mandan. Para poesía, ay, está uno lo justo. Y menos. A pesar de eso, quiero dar cuenta aquí de esos títulos, siquiera sea para demostrar lo que no haría falta: que el momento lírico de este rincón (se publiquen aquí esos libros o no) es espléndido, por usar el adjetivo preferido de Castelo, al que recordaremos en Badajoz a primeros de noviembre. Sin orden de prelación, digamos, enumero. 
Vida en el finde David Eloy Rodríguez (Cáceres, 1976). Del mismo autor, el prólogo y la edición de La mano en el fuego, la poesía íntegra del malogrado poeta Juan Antonio Bermúdez, que nació en Jerez de los Caballeros en 1970 y murió en Sevilla en 2022. 
Peor que pedir, de Antonio Méndez Rubio (Fuente del Arco, 1967), un libro que reseñó con solvencia Jordi Doce en El Cultural. 
Condición partisana, de Jesús García Calderón (Badajoz, 1959), que aparece al mismo tiempo que su perspicaz ensayo La era de los nombres ocultos (Sobre la intimidad vencida y la identidad digital) y que uno ha reseñado para Revista de Estudios Extremeños. 
Puer delicatus, de Ángel Borreguero (Badajoz, 1996), afianza la sorpresa que nos causó su ópera prima: Putitos. Único. 
Cantares del más acá, de Jorge Solís (Cáceres, 1991), lleva un subtítulo tan atractivo como inquietante: "Un objeto metapoético inspirado en el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz". 
Santuarios, de Tente Garrido ((Plasencia, 1980), da un paso decisivo en la ascendente carrera de este poeta por encima de todo musical. 
Tránsitos, de Jesús María Gómez y Flores (Cáceres, 1964) culmina el ciclo (trilogía). Ilustran el libro los dibujos de Matilde Granado Belvís.  
Remolinos y remansos, de Jorge Camacho Cordón (Zafra, 1966), es una antología de un poeta que hasta 2016 escribió en esperanto. Su primer libro en castellano se tituló Palestina estrangulada
Lisboa caminada, del incansable Antonio María Flórez (donbenitense de Marquetalia, 1959), vuelve a demostrar que sobre esa ciudad de la poesía todavía no está todo dicho. 
En ella vivió precisamente y sobre ella escribió un libro inolvidable, La ciudad blanca, Ángel Campos Pámpano al que Suso Díaz Estévez dedica (en gallego y a partir de versos del sanvicenteño) Diálogo en ausencia de Ángel Campos Pámpano
Cierro la lista, de momento, con Jardín cerrado, de Carlos García Mera, al que Basilio Sánchez y yo hemos puesto sendos textos en la contracubierta. Copio el mío:

García Mera podría hacer suyos los versos de Sophia de Mello Breyner Andresen: Escrevo para entender a mim mesmo. De raíz meditativa, su poesía atiende a la humildad y la lentitud. Sus versos se inspiran en la naturaleza y, desde la contemplación, construye metáforas cargadas de belleza y verdad: “El poema es una majada /donde se refugia el sol de los rebaños”.
Es alguien a la busca de “un mundo limpio”, el que se atisba a través de este lenguaje deliberadamente intemporal, de resonancias clásicas, que indaga en el “misterio de lo humano”. “Para evitar la demasía de las palabras / vivo adentro”, precisa. Aspira a “Quedarse en uno mismo, / sentarse ante la mesa / que el silencio dispone”.
Introspectivos y lúcidos (“Somos Ícaros abrasados por el idioma de la luz”), gracias a un ritmo que revela su formación musical, estos fragmentos de un único, extenso poema, se ajustan a lo expresado por la poeta portuguesa: Digo para ver.

Para terminar, necesito dar cuenta de un ensayo (sí, es más que un artículo extenso) que no merece pasar desapercibido. Lo firma el poeta Serafín Portillo y se publica en la (nueva) Revista de Estudios Extremeños que ahora dirige, con la solvencia que le caracteriza, Luis Sáez Me refiero a "La naturaleza en la poesía extremeña contemporánea". Excelente. Un hito, no me cabe duda, en la bibliografía selecta acerca de la poesía escrita por extremeños. 

19.10.25

Dónde queda casa

Nicole Brezin (Buenos Aires, 1993) ha trabajado como editora en el sello madrileño Visor tras graduarse en la universidad de su ciudad natal. El que reseñamos es su primer libro. Llega bien respaldado: con un prólogo de Luis García Montero y una nota en la contracubierta de Cristina Peri Rossi.
Ya en el primer poema alude a “la patria como un amor perdido” y al “amor como una patria ganada”, versos que nombran las dos partes de que consta el libro.
Desde el principio el tono es conversacional e íntimo: autobiográfico, de ahí que lo dicho aspire a esa “difícil sencillez” de la que habla el prologuista. Así cuando nos cuenta (el aire es inevitablemente narrativo) que es la hermana mayor de dos mellizos (la ley primera, la de los hermanos unidos), que el fuego destruyó su casa, que las heridas se adhieren a la memoria “como una mancha de aceite / en nuestro sweater preferido”, que anhela un mapa sin distancia “como una Pangea de origami”, que viene de un “sur remoto como un sueño”, que pidió una foto a su madre para observar el pasado: “Quién eras, / con qué vida soñabas”, que “nuestro dolor parirá ciudades”, que ignora si “allá lejos y al sur” existirá su ciudad, que “hay cosas / que no deben perdonarse”…
“La memoria / también es un lugar”, sostiene Brezin, quien en la segunda sección (arraigo y desarraigo) acepta un “nuevo norte ―que es él”. El amor. El que “quemó las naves”. El que expresan poemas logrados como “21 gramos”, “Luces de navidad” (“sobrellevo mis pérdidas en silencio”), “Acrópolis” (“papá siempre sabía dónde estaba casa”), “Tradición” (la boda), “Mestizo” (el hijo: “no seas extranjero”) o “Por el bien del mundo”, un precioso himno: “Amémonos por los demás”. “Por el tiempo que nos queda”.
 
Nicole Brezin
Renacimiento, Sevilla, 2025. 104 páginas. 16 €