29.1.24

De alguna manera...


La dichosa expresión causa estragos. Su uso es tan mayoritario como insoportable. Deberían declararlo ya pandemia. No hay político, periodista, tertuliano o mindundi en general que no la suelte veinte veces por minuto. Hagan la prueba. Intenten captar la muletilla en televisión o en los textos escritos. En las entrevistas, florece. Lo peor es que, una vez que caes en la cuenta de su empleo abusivo, cada poco tropiezas con el dichoso dicho y no deja de ser una tortura. Al cabo, es una prueba más de la situación de pobreza mental en la que languidecemos. Donde todo se dice o se escribe o se hace "de aquella manera". La sinsustancia que nos aqueja. A diestra y a siniestra. Sí, la utilización del lenguaje nos delata. Y hasta qué punto. 
Antonio Comas Puig escribía hace diez años en La Vanguardia: «Pues bien, “de alguna manera" no es nada, porque las cosas son blancas, negras o grises; grandes, medianas o pequeñas; claras, tenues u oscuras; buenas, regulares o malas. “De alguna manera", a mi modo de ver, sólo indica falta de recursos en la expresión y en el lenguaje o, lo que es peor, eludir o no querer pronunciarse sobre un tema, o no indicar lo que se piensa de lo que es o puede ser un asunto, ignorar hacia dónde se decanta un proceso y adónde puede conducirnos».
"De alguna manera tendré que olvidarte", cantaba Aute. Tampoco parece fácil olvidarse de este latiguillo. En fin, que Ferlosio y Bayal nos perdonen. Me incluyo porque uno, ay, también usó la recurrente expresión alguna vez. Mea culpa.

26.1.24

Náufragos 7


Salvador Retana es hombre discreto y paciente, firme en sus convicciones y tenaz en sus propósitos. El rigor es para él fundamental. Una de sus muchas aventuras, casi todas secretas, es la del proyecto Náufragos. Tiene mucho que ver con su faceta de editor. De La Rosa Blanca
Ha venido uno dando cuenta aquí de las sucesivas entregas de estas cajas que contienen textos inéditos lanzados, digamos (no sin cierta pompa), al proceloso mar de la existencia. 
"Los mensajes de esta compilación -explica Retana- van dentro de una botella metálica y precintada como pecios de un naufragio. Nada se sabe de su contenido. Los autores son náufragos por naturaleza y solo ellos pueden dar cuenta de su aventura, del viaje sin retorno, del destino incierto. por misteriosos cauces, la edición ha venido con el tiempo a desembarcar en el proceloso mar en el que todos estamos naufragando". 
Pian pianito ha llegado ya a la séptima entrega y me consta que hay otras dos muy avanzadas. 
En esta, dos poetas y una estudiosa de la poesía; hija, a su vez, de un gran poeta. Me refiero a Olvido García Valdés, Ada Salas y Amelia Gamoneda. Las dos primeras ofrecen poemas nuevos y la profesora Gamoneda un texto de poética. Allí leemos: "La poesía –presencia y existencia que buscan un lenguaje– es reticente a la abstracción y al lenguaje común. Pero no hay poesía sin lengua".
Y naufragar me es dulce en este mar, diría uno, infinitamente, con Leopardi.

24.1.24

Anterianamente: una muestra de poesía azoriana


Sí, es imposible dar cuenta de todas las novedades que llegan. Me refiero a las que merecen la pena, que, claro está, no son todas. Esta llegó el pasado mes de julio, un mes, puedo asegurarlo, bastante complicado para mí. Por suerte, las novedades de valor no están sujetas a la actualidad, por eso se puede hablar de ellas en cualquier momento. Con más razón si es tan hermosa como la presente, editada por Franz con un cuidado, ya digo, exquisito e ilustrada con mucho arte por Juan Gopar.
Nos cuenta el poeta islomaníaco Melchor López que Californias perdidas se fraguó a lo largo del tiempo (“muchos años”). Con suma paciencia. No fue un camino fácil. Se trata de “una muestra de poesía azoriana” bilingüe, que no de una antología, empresa que, dice con humildad uno de los compiladores (el otro es Urbano Bettencourt), hubiera requerido de mayores pertrechos. ¿Más? Basta lo seleccionado, según creo, para hacerse una cabal idea de lo que la poesía de las Azores representa dentro de la valiosa poesía portuguesa y de la universal por añadidura. Poesía escrita por poetas de ese archipiélago de origen volcánico anclado en medio del Atlántico. De Antero de Quental a Emanuel Jorge Botelho, puntualizan. No resulta extraño, más bien todo lo contrario, que sea un canario, otro isleño nacido en otro archipiélago del mismo océano, su impulsor y que, más allá, haya logrado reunir con él a un nutrido grupo de poetas también canarios con el fin de traducir esos versos. De hecho, el resultado de este experimento lírico es una auténtica “con-versación” donde las sintonías (“el sentimiento del mar como prisión, un psiquismo melancólico atravesado por las herrumbrosas rejas de la lejanía y la soledad, la isla como lugar de abortadas aventuras, el horizonte de los navíos como expectación...”) vencen a las diferencias (la “bruma” azoriana frente a la “claridad” canaria). Ante ellos, un mismo “paisaje archipielágico”. Ambos “cautivos de la geografía”, habitantes de un “mundo abreviado” (Nemésio dixit), Unos y otros, en fin, conjugan mejor el verbo estar  que el verbo vivirAquí, un adverbio, en las islas, de lugar y de tiempo.
López concluye que la calidad de la poesía azoriana viene a “fertilizar nuestra lengua poética”, y no sólo la de los poetas isleños implicados. Cualquiera que lea estos poemas puede afirmarlo.
Tanto la “Presentación”, que firma Melchor López en Lanzarote, como el “Prefacio”, obra de Fernando Martinho Guimarães, fechado en Ponta Delgada, aportan al lector información suficiente sobre el aparato teórico que sostiene la muestra. 
Pero vayamos a los nombres. Son, en orden cronológico, Antero de Quental, Roberto de Mesquita, Vitorino Nemésio, Pedro da Silveira, Natália Correia, Eduíno de Jesus, Emanuel Félix, José Martins Garcia, Álamo Oliveira, J. H. Santos Barros, Urbano Bettencourt y Emanuel Jorge Botelho.
Los traductores (“porque admiramos, traducimos”, sostiene López): Sergio Barreto, Juan Fuentes, Isidro Hernández, Régulo Hernández, Alejandro Krawietz, Francisco León, Melchor López, Miguel Martinón, Juan Noyes Kuehn y Andrés Sánchez Robayna.
El suicidio de Antero de Quental marca, desde el principio, un tono desolador al panorama. Un estado de ánimo oscuro. Más agudizado en unos que en otros, por supuesto. “Silente, grave, cae del espacio, / Pausada, la tristeza de las cosas”, dice el de São Miguel. Y “Vienen desde lo oscuro lentos astros”.
“¡Qué triste es vivir!”, escribe, en pleno spleen, De Mesquita. 
De Vitorino Nemésio, que sí figuraba en las antologías de poesía portuguesa que circulaban por la España de los ochenta, se recogen poemas excelentes como “La concha”, “Noche, materia de la muerte” o “Celda”. “Mi casa soy yo mismo y mis caprichos”. “Muros y huerto, solo ausencia y jable”. 
Pedro da Silveira ha sido, para uno, la gran sorpresa del conjunto. De un verso suyo toma título el florilegio. Por poemas tan espléndidos como “Los ritos (Según Nicanor Parra)”: “Cada hombre es un hombre / por el simple hecho de morir / y morir donde se nace / es la más heroica de las muertes”; “Setenta años”: “Antes, todos los viajes eran. / Ahora, todos los viajes fueron”; “Ahora, viejo (Soliloquio de un domingo de lluvia)”: “Pero olvidamos, Porque duele / olvidamos”. 
La feminista Natália Correia y su lenguaje, diría, opulento, tampoco dejará indiferente al lector. “Ah la mujer como es cóncava / lleva llaves en el abdomen / y su porción de seda / para hacerse el curso del río hombre”, leemos en “Rebis”.
Eduíno de Jesus o la memoria. “El paisaje de la niebla, el puerto solitario” y ese niño (“soy yo”) de esa fotografía descrita a la perfección en el sugerente y azoriano “Paisaje con barcos”.
Emanuel Félix es el autor de otro de mejores poemas de la muestra: “Piedra-poema para Henry Moore”. El que empieza: “Un hombre puede amar a una piedra”. Tan bueno como “El extraño país vegetal” (“estamos aquí tan solo estamos aquí”), “Elegía”, “Tristes navíos que pasan” o “Los peces”. 
José Martins Garcia y los signos insulados, atlánticos: “porque se nace en una isla el mundo es islas / y la isla siempre víspera de embarque”.
Álamo Oliveira es el autor de poemas tan poderosos como “Ballena – Desde el Génesis” (“tan leve y ágil ese monstruo que / mi bliblia trae desde la infancia”) o “Anterianamente” (“la vida es un soneto que reposa «en la mano de dios» / los versos tranquilos / expuestos a la soledad de la mirada”). 
“Atlántico” titula uno de sus poemas J. H. Santos Barros (“El aire arde y eleva el canto / profundo de homeros tranquilos / durmiendo el sueño del desengaño”). Autor de “Belém”, otro poema excelente, como “El viejo sentándose en la noche” (“Los viejos se reúnen en los rincones / secretos de las rocas donde orinan / hacia el mar sobre las tablas / hinchadas en el largo naufragio”) y “Monólogo de un ex-soldado raso” (“En África fui de aquí para allá; maté /dos negros, pero dejé, por lo menos,  dos hijos / a dos mujeres amadas de ese pueblo”). 
Urbano Bettencourt, colaborador de Melchor López en la selección, es también un poeta arraigado. De Isla de Pico. “A mi padre, constructor de barcos” es un buen ejemplo de su valía: “tú, fabricante de viajes  / amordazados, / arquitecto de islas / naufragadas”. Poemas como “Elegía”, que tiene por protagonista al portuense António Nobre, o “Bahía del canto” sirven también para subrayar su mérito. 
Emanuel Jorge Botlho, el más joven del grupo (nacido en 1950), abrocha perfectamente el volumen con poemas tan a propósito como “Resumen”: “Disfrutar de las uvas y tenerte / para poder / decir esto”. “Testamento vital” da fe de esa desolación de la que hablamos al principio. Empieza: “estoy tan cansado de andar muriendo”. Termina: “no soy capaz de traicionar mi muerte”. En “Epígrafe para un libro de horas” leemos: “Aquí ya no se muere de morir, / y hasta la muerte está cansada”.
Por desgracia, no he estado nunca en las Azores, pero, después de leer estos versos, ya puedo presumir de haber viajado hasta esas islas atlánticas que regresan desde mi más remota infancia con nombre de anticiclón. Sí, todo un feliz descubrimiento. ¡Embarquen!
 
 
Californias perdidas
Una muestra de poesía azoriana
Selección de Melchor López y Urbano Bettencourt
Ilustraciones de Juan Gopar
Ediciones Franz, Madrid, 2023. 258 páginas. 21,00 €

 NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.


D'Olhaberriague lee a Landero

 
    Luis Landero (Alburquerque 1948), reconocido desde su primera, asombrosa y galardonada novela, Juegos de la edad tardía, (1989) cuyo atractivo aumenta con los años, es hoy uno de nuestros grandes novelistas.
     No obstante, más allá de los numerosos y merecidos premios recibidos por el escritor en las tres décadas largas de carrera literaria -el último de relevancia es el Nacional de las Letras del 2022- nos importa destacar la calidad y el encanto de su prosa musical de raigambre clásica, tan culta como popular, así como la pericia narrativa, fruto en gran medida de la tradición oral con la que se deleitó y aprendió de niño: los cuentos de la abuela tantas veces rememorados con gratitud por Landero, dueño y señor de un mundo propio, imaginativo, sugerente, hondo y cercano a la vez, simbólico y muy humano, virtudes de difícil harmonización si no fuera por el humor, en especial el arte de la parodia, el ingenio y la renuencia a la solemnidad, aspectos que  maneja con soltura y maestría.
      Pues bien, la novela que presentamos, La última función -dividida en  Primer acto y Segundo acto- sintetiza como ninguna otra de sus obras todo ese universo landeriano tan fulgurante como melancólico, habitado por caracteres desiderativos, seres de corazón y de voluntad soñadora antes que de razón y espíritu práctico, que se enardecen y consagran su ánimo entero sin miramientos en pro de una ilusión que justifique su lugar en el mundo y encauce su “afán”, aquello por lo que preguntó el niño al abuelo que tanto repetía esa palabra en Juegos de la edad tardía:
      “El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán”, (p.48, 1ªedición) -respondió el abuelo.
       Estamos, sin duda, ante una novela con los ingredientes genuinos de la obra de Luis Landero, llevados a su fórmula más esencial: personajes -protagonistas y secundarios- bien tallados y carismáticos a su manera, con un fondo de pureza inocente, intuitivos, fabuladores y más dados a la fantasía que a la erudición. Así, Tito, el protagonista masculino, o Paula, con su azacaneo desasosegante, quien no quiere desprenderse por completo de la infancia, época en la que conoció la felicidad, mujer llena de fragilidades e inquietudes que nos resultan muy familiares, cuya alegría y asombro durante el amor adolescente se trocaron en temor al llegar a la madurez.
     Tampoco faltan referencias autobiográficas (emigración del campo a la ciudad a finales de los cincuenta y la nostalgia por lo que se pierde, p.157), ni la agudeza de algún personaje para detectar aspectos de gran simplicidad en los vocablos, que pasan de brillantes a cómicos, según se mire: “las dos vertientes del problema”,  que comenta incisivo Tito (pp.49-50).
      En cuanto al estilo, sobresale la grata fluidez de la lengua con trimembraciones rítmicas, (“insinuante, lúbrica, mimosa”, p.120),(“variopinta, devota y jovial”, p.155) y momentos en los que se adensa en “bodegones” o  enumeraciones lopescas. A causa de la devoción de Tito por Lorca, dice el narrador: “Por su mente pululaban a todas horas el fragor de las fraguas, las lunas sangrientas, los tricornios, los jinetes solitarios y trágicos, el agua que corre o se estanca, la hondura siniestra de los pozos, el mortal brillo del acero”.
     Infunden color y calidez a la prosa ciertas derivaciones neológicas como “hierbatos”,(p.130) o “cantiñeaba”, (p.85) o bien el portuguesismo “bicheando”, (p.96), y remansan el ritmo de la narración los símiles de gran belleza y expresividad,  …”se observaron y vigilaron en silencio y en completa quietud, con una mezcla de recelo y de asombro, midiéndose con la mirada, como dos animales en el claro de un bosque”,(p.34); “Se envolvió en el abrigo, ciñéndoselo amorosamente, como si se abrazara a sí misma”, (p.183); “Torció un poco la cabeza como los perros que hacen por entender”, (p.83); “Escuchaba absorta, como un niño embelesado con un cuento”, (p.185).
     Son notables, asimismo, el gusto por la hipérbole (virtudes de la voz de Tito, p.24) y el dominio de la técnica del contraste. Así, la locuacidad de Tito frente al temple taciturno y remiso de Fonseca.
     Se inicia la novela con una escena que evoca la primera secuencia de un clásico del cine del Oeste: un hombre, aparentemente forastero, entra en el bar de un pueblo mortecino. Nos lo cuenta un narrador interno, testigo de los hechos, voz de voces, confidente de los personajes, a los que con frecuencia deja hablar en primera persona, y cómplice del lector.
       Brevemente, tal como hacían los contadores orales ante su público, menciona a los dos protagonistas, Tito y Paula, -“figuras”, dice él-, acota el tiempo narrativo de la historia y anuncia el desvanecimiento y abandono del pueblo, en suma, una ajustada composición de lugar con el objeto de centrar la atención de quien está a la escucha. Ahora bien, si lo de Tito es la llegada al pueblo, en el caso de Paula, por motivos de fuste que descubrirá el lector, el narrador nos hablará de “aparición”.
     Con técnicas anticipatorias de esta guisa actuaban los viejos aedos, bardos  rapsodas y demás troveros. Porque la novela, por decirlo así, transcribe un cuento contado en voz alta a un público que incluye al lector, a cada lector.
     Por tal motivo, son notables los procedimientos de repetición, tan útiles para que el oyente no pierda el hilo: anáforas:  “Vio.., Vio”… (con ecos del juglar de Mío Cid, p.31) o la serie de “serían”, “sería” y “sin”, donde a la anáfora doble se suma la aliteración múltiple de la silbante; paronomasias: …”perderlas ni perderlo”, (p.35); “aparador aparatoso”, (p.184) ID; anadiplosis: …”cuando conoció a Blas. Blas es el hombre más raro”…(p.76).
    Sugiero, por ello, si me lo permiten, que quien se disponga a leer La última función se convierta en uno más entre la gente atenta al relato de unos narradores de turno. Porque esta historia se oye y debe escucharse atentamente primero. Después pide una lectura reposada. O quizá a la inversa, por qué no.
    De igual modo, el lector ha de andar ojo avizor y no pasar por alto escenas propias del mejor cine expresionista, aquel que con un par de imágenes percutientes nos plasma una atmósfera.
    Yendo Paula-Claudia en la moto con Fonseca, camino de San Albín, ve pasar por delante un animal raudo, luego un ave le roza la cabeza, y luego irrumpe un perro en desbandada. Perpleja por el entorno cimarrón en que se ve súbitamente inmersa, pregunta a Fonseca qué ha sido eso, y él responde sin inmutarse:“ Un caballo salvaje…Un búho….Algún perro sin amo” (p.39).
    En Tito, Landero erige un personaje sustentador de toda la trama, fascinante, legendario y a la vez próximo, apabullado y rebelde frente a los designios paternos, de antaño y de ahora, marcado por el don de una voz excepcional, que, como la fuerza en el mito de Hércules, se aprecia desde la cuna, aunque ya por entonces alguien ducho en supersticiones vaticina cómo el prodigio comporta una cara contradictoria y maligna, una cierta “tara” o “anomalía”.
    La paradoja, la contradicción y la faz en claroscuro son notas que revelan la riqueza y complejidad de los rasgos, los dones y los estados humanos en la visión del escritor extremeño, desprovista de esquemas, simplificaciones y recursos de remediavagos de cualquier índole.
     Si la voz de Tito es una presea y a la vez una condena, la rutina de la vida cotidiana aporta “paz” y orden a la par que “desdicha” y a la larga “destrucción” (p.115), y, de igual modo,  Paula experimenta un “impulso” ambivalente de “miedo” con “esperanza” (p.181).
     Tito no sabe cantar. En ocasiones, lo desaforado de su brío vocal ahuyenta a las mujeres y le impide trabajar en doblaje al no haber personaje para tamaña voz. En la universidad se ríen de él cuando lee textos jurídicos. Aun así, merced al hechizo de su persona, su insobornable vocación de artista, poeta y recitador de gran personalidad, y su innegable magnetismo, seduce al pueblo entero, que, enfervorecido, se suma al proyecto salvador de la recuperación y representación teatral del viejo misterio de la Niña Rosalba.
     Un corte de la matería narrativa al bies mostraría la combinación de varias perspectivas y modos que se imbrican y entretejen con suma finura: lirismo: Paula-Claudia, en duermevela, divisa desde el tren una cruz de piedra con una guirnalda y una mujer de luto, compungida, junto a ella (p.31); filosofía de la vida: el sueño posee un poder revelador de realidades inadvertidas en la vigilia (p.32), o bien, otro ejemplo: abrigar la esperanza siempre es preferible que recostarse en la inercia y vivir sin ilusión (p.84); relato tradicional: “el faro de la moto iluminaba a fogonazos los caminos y sus contornos, y aquí y allá aparecían de pronto unas rocas, un árbol con ceño y garras de monstruo que amenazaba con lanzarse sobre los viajeros” (p.36); lances propios del teatro del absurdo con profundas reminiscencias pirandellianas, como la conversación entre Claudia y Fonseca camino de San Albín y en el propio pueblo, con una frase memorable: “Usted es la que es”, (p.35) o “Fíjese, si estuviese soñando, usted no existiría en la realidad”, (p.169); lo grotesco de raigambre goliardesca en el episodio de la comilona libidinosa de Tito y Amalia, (pp.119-20), trasunto del comentario del Corbacho sobre lo bien que se llevan gula y lujuria; una fina y piadosa crítica al oportunismo de ciertos gestores de nuestros días que lo fían todo al turismo, Tito pensó por un momento en modernizar la representación colectiva de la leyenda medieval de la Niña Rosalba, trocando a la virgen en cooperante o en activista sindical (p.176); ágiles golpes de humor inesperado: “las psicofonías de los desagües” (p.108) o lo que le aconteció al quejumbroso por antonomasia, Andrés Cruz, cuando sus padres compraron un mueble bar con librería: “Pues bien, mi hermana salió alcohólica, y yo salí lector” (p.148).
      En consonancia con el título, que evoca el final, un final, con todas las connotaciones que tal voz suscita, la novela que nos entrega Luis Landero condensa el vitalismo melancólico antinihilista, constitutivo de su fondo sentimental, la quintaesencia  de su mundo literario: humor, euforia, tristeza, entusiasmo, voluntad, decepción de la que, salvo en Aurora, protagonista de la tragedia moderna Lluvia fina, no se sigue la desesperación sino el consuelo y “la gloria” de haberlo intentado. El talante de Tito, pese a todo, tiene más del ave fénix que de un sísifo.
     El “afán”, antes mencionado, queda en La última función debidamente explícito y aun documentado, en especial en las trayectorias de Tito y Paula, pero también en la pragmática vida del ceñudo padre de Tito, horro de sensibilidad artística, sin que desmerezcan las semblanzas de dos personajes con nombres parlantes, el primero es Ángel Cuervo, el maestro, lector devoto de las vidas ejemplares, que anda a la procura del alumno genial y al fin tiene la fortuna de conocer a Tito, y a partir de ese momento se realiza y se centra con denuedo en descubrir y fomentar las dotes actorales y oratorias sin igual de su discípulo. Y Andrés Cruz, el personaje paródico por excelencia, el colmo de los colmos del pesimismo, hilarante a despecho de sus negrísimos augurios, o bien Blas, el triste marido de Paula, y su cuento de la lechera.
    Otros dos caracteres tienen un papel secundario y solvente. El primero es el melancólico Galindo, instrumentista y director de orquesta, y el  segundo el animoso Rufete, de nombre galdosiano, electricista, manitas y responsable de los efectos especiales. Ambos completan la compañía artística del poeta, escenógrafo y rapsoda Tito Gil.
    Y, como tantas veces en Landero, en esta novela encontramos escritores: uno con talento, Tito,  otro con vocación dubitativa, Quinito, y otro oculto, Leandro Lobato.
    En el reparto hay, además, un personaje femenino discreto y por descubrir, Margarita, la secretaria de Tito, y una mujer práctica y resolutiva, doña Lourdes la mesonera, que se pone a lo que se tercie y haya que hacer en tanto que los varones brujulean y divagan a su alrededor, situación que Landero nos ha referido con un toque de ironía jocosa más de una vez tanto en la ficción como en sus libros de raigambre autobiográfica.
     Luis Landero ha escrito su novela más filosófica, diáfana y minimalista, sin dejar de ser por encima de todo una obra de arte y un producto literario donde las partes y el todo brillan por igual y alcanzan la excelencia estética.  Al mismo tiempo, por la gracia de la escritura y los diversos estratos formales y de sentido que amalgama, la historia deviene seguramente asequible para una mayoría de los lectores.
     En La última función surge, remozada, la mejor tradición: el entusiasmo y el esfuerzo infructuoso del héroe cervantino por antonomasia; Calderón con su Gran teatro del mundo; Larra en el lamento del libro que nace en España (p.100); Schopenhauer, (“La vida es un negocio que no cubre gastos”, p.220); Ortega y Gasset en la apuesta, a pesar de los pesares, por una vida en tensión, como el arquero, (“Eso era lo peor: vivir sin ganas, sin tensión, aflojarse, acurrucarse en el tiempo y dejarse mecer por la rutina de los días”, p.56); la sensibilidad compasiva de Dostoievski para con los desvalidos (escena del joven que en el cementerio pide unas flores fiadas y promete una recompensa sin límites cuando le sea posible, p.83); Borges, (“La historia de Tito era la historia de su voz”, p.23), aunque, a diferencia de lo que le sucedía al borgiano hombre de la Esquina Rosada, Tito no se parecía a su voz, y tal desajuste movía al desconcierto; la fuerza del azar o el malentendido existencialista, si bien esta vez no acaba trágicamente sino que la confusión que sufre Paula da en solaz y liberación -por efímera que sea- del absurdo tedioso de su vida impropia.
    Por un tiempo, y merced a las veleidades del destino, dejará de ser la mujer apresurada con fardos en las manos y se convertirá en otra persona, arropada por Tito y requerida por todos los habitantes de San Albín.
     La última función proporcionará, en fin, el mayor alborozo a los lectores asiduos de Landero y resultará, quizá, gracias al formato abreviado y sintético del universo landeriano que ya señalamos, la obra más adecuada para quienes se acerquen a su literatura por vez primera.
     Mas el libro también deja en el aire antiguas cuestiones o inquietudes filosóficas de prosapia cervantina y barroca que, aunque no formuladas de forma patente, se desprenden sin embargo palpitantes de las peripecias y vicisitudes del cuento.
    Si la vida es representación en el gran teatro del mundo donde todos desempeñamos un papel, acaso el teatro sea ficción de segundo grado, vida subrogada, juego, una bufonada.
    En cambio, bien mirado, resulta problemático dilucidar quién replica a quién: la vida al teatro o el teatro a la vida. No en vano hablamos del arte de la vida.
    Tampoco es fácil precisar si es o puede hacerse real lo que imaginamos o lo que nos parece. Alguna que otra vez ocurre que hay sueños, ensueños, expectativas y apariencias más fuertes, eficaces y beneficiosos que la mera realidad.

NOTA: Publicamos la reseña que una de las mejores especialistas en la obra de Luis Landero, Concha D'Olhaberriague, ha escrito sobre la última novela del de Alburquerque: La última función (Tusquets Editores). Está también en su blog Las cañas de Midas.

22.1.24

Syntaxis en Péndola


Ándrés Sánchez Robayna nos informa de que la revista Syntaxis, que él dirigió entre 1983 y 1993, está ya en el repositorio mexicano Péndola
Ya dimos cuenta aquí de este interesante proyecto dirigido por la poeta y ensayista mexicana Malva Flores, esto es, "un repositorio de repositorios cuyo propósito es recoger en formato electrónico las revistas literarias modernas más significativas del ámbito hispano", como recuerda el poeta canario. Y añade: "El trabajo que ya lleva realizado en este sentido sorprende tanto por la calidad de los resultados como por su extraordinaria utilidad a la hora de disponer de revistas a las que, de otro modo, resultaría muy difícil acceder en buena parte de los casos".
Se puede consultar la colección completa en el enlace: https://pendola.mx/syntaxis/
El citado enlace se encuentra en el apartado 'Repositorio' y reenvía a la Biblioteca de la Universidad de La Laguna, que terminó de digitalizar la revista a finales del pasado año. 
En la sección 'Datos de interés' (columna de la derecha), dentro del penúltimo punto, puede leerse —íntegramente también— el extenso catálogo que Tenerife Espacio de las Artes (TEA) editó en 2013 con motivo de la exposición conmemorativa del 30 aniversario del nacimiento de la revista, comisariada por Alejandro Krawietz.

NOTA: La obra que ilustra esta entrada es del pintor Eduardo Arroyo y fue realizada exprofeso para la portada del número doble 8/9 de la revista.

17.1.24

El paseo infinito

Barcelona. Mapa infinito ha titulado el escritor Álex Chico (Plasencia, 1980) este precioso paseo por la ciudad que ha elegido para vivir. “La que celebro cada día y la que sufro en ocasiones. La que padezco y disfruto. La que amo”, declara.
Lo que tiene de breve (está editado en forma de libreta o de agenda para que pueda llevarse en un bolsillo, incluye un plano y unas hojas en blanco para anotaciones) le aporta intensidad. No, no estamos ante una guía al uso, por más que sirva de tal, sino ante un genuino texto literario. 
De su capacidad reflexiva sobre la ciudad, ese maravilloso constructo, Chico ya ha dado sobradas muestras en lo que lleva publicado, donde esa idea es un tema central; y más que va a dar con un inminente libro de viajes que lo confirmará como uno de los escritores más conspicuos sobre esa materia movediza. En lo ensayístico, lo narrativo y lo poético, cabe precisar.
No es la primera vez que cita al centenario Italo Calvino: “Una ciudad se pierde si alguien no la escribe”. Y a ello se ha puesto. Y con qué solvencia. 
Antes de emprender la caminata, permítame el lector que añada otro dato a favor de esta joyita: está ilustrada por el arquitecto barcelonés Joan Ramon Farré Burzuri y esos excelentes dibujos aportan a la obra un complemento de belleza nada desdeñable. Qué bien casan las palabras y las ilustraciones. 
Hijo y nieto de emigrantes extremeños y andaluces a Cataluña, dedica el ensayo a Elisa, su hija, “la primera barcelonesa”, en rigor, de la familia. 
“Busco una aguja en un pajar” es la primera frase de un texto que va explicando su propio proceso de escritura: “espejo y ventana”. Porque “reflejamos lo que vemos” y porque “buscamos puntos de fuga que nos permitan dispararlos hacia otro lado”. Un libro que “es un diario, un estado de ánimo y es también una novela”. Y una sucesión de aforismos emboscados, diría: “Unas cuantas calles, esa es nuestra ciudad”. “Habitamos distintos interiores de un mismo territorio”. A lo Conan Doyle: “Vivimos en la misma ciudad, pero en diferentes mundos”. “Un lugar está hecho de muchos lugares”. “Las ciudades pertenecen a la geografía, pero también al tiempo”. “El centro del mundo sucede en cualquier parte y no se detiene nunca”. O, en fin, este otro, que me resulta muy familiar: “Buscamos nuestra ciudad allá donde vamos”. Por eso me han llegado al alma tres alusiones extremeñas (no se olvide que Chico hizo el bachillerato en Plasencia, lo que según Max Aub...): al Cementerio Alemán de Yuste (pág. 89), a “la alegría que me produjo ver una casa de Plasencia en el Poble Espanyol” (pág. 95) y a sus “primeros meses en Plasencia”, cuando se repetía a sí mismo “«Barcelona, Barcelona, Barcelona», como si así lograra ahuyentar todo lo que no me gustaba en este tiempo de cambio” (pág. 97).
Cree el autor que a partir de cierta edad soñamos “con retratar de la mejor manera la ciudad en la que vivimos”. Sin desdeñar la crítica. A lo largo de sus páginas dialoga con personas reales (Esther Tusquets, por ejemplo) y con numerosos escritores barceloneses: Pla, Vila-Matas, Isabel Núñez (la del azufaifo, añorada dedicataria del volumen), Cervantes, Brossa, Fonollosa, Perucho, Marsé, Cirlot (y su hija Victoria), etc.
El recorrido (“Así es como juzgo a esta ciudad, como un mapa infinito”) va por barrios. Raval, La Verneda (el de su infancia), Vallcarca, Gracia (el suyo, “un distrito literario”). Y por sitios tan significativos como las Ramblas, Montjuic, el Parque Güell, la Estación de Francia, el Camp Nou (es culé), la Modelo (con una deliciosa anécdota detrás), la Sagrada Familia...
Me gustan mucho sus exploraciones de casas y palacios abandonados, cerrados tras verjas que ocultan jardines malogrados. Lugares a los que “sientan bien las ruinas”, que remiten a las “ciudades destruidas” y los “paisajes devastados” de donde surgen los relatos según Arendt (pág.69). 
Comprende Chico que las ciudades deben transformarse, que cambian, aunque denuncie que “el progreso no puede ser una máquina destructora”. A la “ciudad en fuga”, a “la que ya no está”, a “la melancolía y la queja porque se ha perdido la ciudad de tu infancia”, remite su mención a la “hipoteca Baudelaire” (d’après Jorge Carrión). 
Barcelona (que “no es una ciudad misteriosa, aunque tampoco está exenta de misterio”) “es una ciudad geométrica rodeada de laberintos” y por eso dedica un recuerdo al Plan Cerdà, el que dio forma casi definitiva a la capital catalana; una decisión nacional que, por cierto, se impuso a la elegida por el municipio.
De la alta calidad literaria de Barcelona. Mapa infinito no cabe dudar, toda vez que está escrito por un poeta verdadero. Así, un par de enumeraciones caóticas me han parecido auténticos poemas en prosa: en las páginas 86 (su título podría ser “Objet trouvé”) y 107. 
Para conquistar Barcelona, “inaccesible” e “inaprensible”, Chico opta por cumplir con este presupuesto: “Aprehendemos una ciudad cuando la transitamos y cuando la leemos, cuando reflexionamos sobre ella y también cuando la escribimos”. Y escrita está. 
Al finalizar la gozosa lectura, uno está deseando volver a una ciudad por donde he pasado media docena de veces. Con la que me vinculan, pongo por caso, un tío que residió allí durante décadas (lo que motivó mi primera visita, ya adolescente, y varias más), algunos amigos a los que estimo, ciertas obras y autores que admiro y el sello donde tienen a bien publicar mi poesía: Tusquets Editores. 
A pesar de todo lo sucedido últimamente, Barcelona, una suerte de isla dentro de Cataluña, no ha renunciado a su secular, elegante cosmopolitismo. La luminosa ciudad mediterránea resiste. ¡Qué pequeño gran libro!
 
Barcelona. Mapa infinito
Chico, Alex
Traspiés, Granada, 2023. 160 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

7.1.24

La poesía de Irazoki: una casa definitiva

No es casualidad que se hayan publicado a la vez las poesías reunidas de Francisco Javier Irazoki y de Fernando Aramburu. Son amigos íntimos, residen desde hace décadas en el extranjero y ambos empezaron su andadura literaria en el grupo vanguardista CLOC. El primero ha editado los poemas del segundo, donde firma el epílogo, y este ha puesto un breve prólogo en los de aquel. Afirma que el libro “ha sido concebido por su autor como una casa definitiva” y que, con él, Irazoki “ha dado por concluida su labor creativa”.
Contiene la “obra poética completa” del de Lesaka (1954). En verso y prosa, si tal distingo resulta pertinente. Precisa Aramburu que la poesía sobrepasa con mucho el mero hecho de escribir poemas. Ese “concepto amplio de lo poético” afecta también a otras cosas: un guiso, una conversación, un paisaje. “La poesía –sostiene Irazoki– no se encuentra encerrada en los versos”. Define sus “piezas” como “una especie de soneto en prosa”.
Los descalzos recoge poemas (301 en total) de sus libros Árgoma, Desiertos para Hades, La miniatura infinita, Retrato de un hilo, Los hombre intermitentes, La nota rota, Orquesta de desaparecidos, Ciento noventa espejos y El contador de gotas. Incluye un espléndido inédito: Música incinerada, que en parte anticipó en la antología Palabra de árbol.
Está dedicado a su mujer, Barbara Loyer, y a sus hijos, un significativo gesto que corrobora su fervor familiar, extensible a sus padres o a su hermana Nica, muerta prematuramente, protagonista de “Habitación 306” y “Último verano”. La presencia de Barbara y su llegada a París en 1993 marcan un punto de inflexión en su poética. Los tres primeros libros, agrupados en Cielos segados, están impregnados de una rebeldía expresada a través de un surrealismo heterodoxo colmado de metáforas y exuberancia verbal donde se aprecia “esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos”, señalada por Aramburu; una impronta que no le ha abandonado por completo, asentada en el poder de la imaginación.
A partir de Retrato de un hilo el tono cambia. Su poesía se hace más sobria y menos barroca, en busca de claridad y exactitud, sin renunciar a la minuciosa selección del lenguaje que la caracteriza. Más apegada a la vida. La suya y la de los otros. Es incomprensible sin el concepto de compasión (que relaciona con la cordura). Su mundo poético es ante todo moral (léase “Manuel de rebeliones”). Su escritura, una ética sometida a la belleza. De origen camusiano: sabe decir “no”. Humanista. Para él, la poesía “no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”. Autobiográfica y memorialista, lo que cuenta (aquí lo narrativo es esencial) incluye a los demás. Hombres “invisibles”, “transparentes” y “vaciados”. Mujeres, emigrantes, parientes, proscritos, escritores, artistas…
Su mundo, a pesar de la muerte (“no es una medicina para nadie”), el dolor (“Rendidos al dolor, somos invulnerables”) y el miedo (“Éramos personas estropeadas por el miedo”), está a favor de la alegría: “Paseo por los goces de la vida”. De ahí que sus versos sean hospitalarios y sosegados. De verdad. En ellos no cabe el tedio o la indolencia. Sí el amor (que “sólo hiere a sus enemigos”), la piedad (“Que el perdón sea más fuerte que la herida”) y la bondad (“una conquista intelectual”). Como Dickinson, escribe “para tamizar su angustia”.
Su poética –de la naturaleza y de la música– integra la infancia, adolescencia y primera juventud campesina y rural (donde hay que situar el accidente que le dañó la columna irremediablemente) con el cosmopolitismo de su madurez en la gran ciudad; poblada, como aquella, de seres silenciosos y solitarios. Su poesía, “un refugio de resistencia”, es honesta, coherente y discreta. Está bien hecha.

Francisco Javier Irazoki
Hiperión, Madrid, 2023. 480 páginas. 25 €
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

4.1.24

La balanza

Está uno intentando quitarse de la crítica. Con el del expurgo de la biblioteca, es uno de mis propósitos de año nuevo. Sin embargo, me cuesta no decir nada acerca de algunos libros que me salen al paso. Ninguno de los que me llegaron desde Jerez de la Frontera a lo largo de estos últimos lustros (desde 2008) publicados en la colección Canto y Cuento, que allí ha dirigido el poeta y pensador José Mateos, me dejaron indiferente. Los dos últimos menos aún. Últimos por orden de llegada, sí, pero también porque con ellos se cierra esa aventura poética de fuste y calado. Blanco roto, ópera prima de Carmen Fernández Rey me gustó mucho por su iluminadora sencillez y lo voté incluso en mi lista de "mejores libros del año" de El Cultural
Sin querer establecer comparaciones improcedentes, el que cierra la serie, La balanza, de Víctor Herrero, me ha sorprendido gratísimamente. Nacido en Salamanca en 1980, este mismo año ha publicado también su primer libro de poesía: Lo que busca la abeja (Reino de Cordelia), que curiosamente se alzó con el premio que lleva el nombre de su ciudad natal. Ya estoy tras él. Más después de leer, ya digo, lápiz en mano, La balanza. Toma su título de la cita de Christian Bobin que lo abre (traduzco aproximadamente): "Escribo con una balanza minúscula como las que utilizan los joyeros. Sobre un platillo deposito la sombra y sobre el otro la luz. Un gramo de luz hace contrapeso a varios kilos de sombra". 
En lo que respecta a su biografía (que en un poeta de verdad se encuentra en sus poemas), cabe añadir un dato no menor: este profesor de literatura bíblica es fraile franciscano. Por eso el adjetivo "franciscana" (que creo que utilicé alguna vez para hablar de la de Basilio Sánchez) le cuadra muy bien a su poesía. De nuevo la claridad y la sencillez como claves de una poética sobria y humilde que no tiene nada de simple. Centrada, en esta entrega, en la enfermedad y muerte de su madre, asunto que trata con un amor y una delicadeza dignos de encomio. Pero hay mucho más en este libro logrado, algo que dejo en manos del lector. Me niego a hurtarle el placer de descubrir cuanto esconde, y no precisamente por complicado o hermético. "Todo tiene que ver con las palabras", escribe. Y: "Creo que en lo real está la dicha". O: "Celebra todo lo que no posees". En este enlace encontrará el curioso cinco poemas que le pondrán sobre la pista de la obra de Herrero. La balanza seguirá cerca de esta mesa donde escribo. Su relectura y frecuentación se me antoja una necesidad. 

3.1.24

Otra lista


Mi abuela Feliciana, Feli para nosotros, era mujer de dichos y refranes. Su lenguaje era muy curioso y particular. Mi madre y mis hermanos recordamos algunas de sus expresiones continuamente. También Yolanda, que llegó a tratarla. Uno de ellos era “¡Vengan vendas que hay heridos!”. Lo he recordado esta mañana al ver este enlace. Para darle una vuelta y decir: “¡Vengan listas que hay poetas!”. Gracias, Octavio Gomez Milian.

2.1.24

Humuvia

En el mes de mayo del pasado año recibí un mensaje del poeta Antonio Carvajal que copio a continuación. El asunto: "Petición y atraco". Decía: "Quiero un poema tuyo (puede ser prosa) con la palabra humuvia. Humuvia, olor de la tierra tras larga sequía cuando recibe la lluvia. Otros dicen petricor. No me gusta petricor para designar        

        ese olor, ese aroma
        que sube de la tierra tras la lluvia,
        noticia de setiembre.

                (Elena Martín Vivaldi)

Domene fue el primero que me dijo petricor, y emborroné una oda. Pregunta ¿te gusta humuvia? Petricor es para mí un híbrido de petronor e hipercor, dos vomitivos en uno.

          Sisa sus lluvias octubre
          y al pie del monte nos niega
          la humuvia como perfume.

Hay quien propone geosmina. Hum- es onomatopeya de la aspiración por la nariz, -uvia de la espiración suave.

Espero tranquilamente tu respuesta. No hay otra urgencia que mis ganas de leerte".

Me puse a ello -la "petición" bien merecía el "atraco"- y salió este poema que ahora se publica en Humuvia, una antología editada por Francisco Domene, Santiago Aguaded Landero y Dionisio Pérez Venegas que publica con gusto y esmero la granadina (de Salobreña) Alhulia. 

En la muestra, un par de extremeños más: Julio César Galán y Jesús García Calderón. Sus poemas destacan junto a otros también excelentes de, pongo por caso, Jesús Munárriz (dos haikus), Antonio Praena (que cuaja un poema que me parece extraordinario), Jenaro Talens o el mismo Antonio Carvajal. 

HUMUVIA

Son muchos los olores que regresan
desde aquel paraíso de la infancia
que tenemos fijado en la memoria.
Ya en septiembre, pocos más agradables
que el de tierra recién humedecida
por las primeras lluvias del otoño:
el perfumado aroma de la humuvia.