4.10.14

Buda en el Bolshói

Este es el original título (por ahí empieza el libro) que el malagueño Álvaro Campos Suárez (1981) ha puesto a su ópera prima, que publica la sevillana Ediciones En Huida
No es lo único llamativo de una obra que ha creado cierto revuelo en el siempre inquieto panorama poético andaluz y, por eso, en el español, mucho más indolente. 
¿No es chocante que su autor sea licenciado en Derecho (tras una estancia en la University of Sheffield), haya estudiado Lengua y Literatura en un par de universidades extranjeras (una de ellas Oxford) y ahora termine un Máster en Política y Democracia?
Siguiendo la vieja técnica del manuscrito encontrado, Fernando de Pessoa nos cuenta en una Nota del Editor que este libro se halló  "en una cárcel secreta de Iraq", en 2011, obra de un "vate" desconocido, "profesor de  de ascendencia andalusí" acusado de terrorista. Alude a que "marca el tono" del libro "la pérdida del ser amado" y explica el término Traumpoesie (usado a modo de subtítulo) como "poesía soñada".
El original, en fin, fue adquirido en una subasta de Internet promovida por el poeta desde su paradero desconocido, claro está. 
Juegos aparte, la literatura de Buda... está en los versos que lo componen y es ahí donde debemos, en tanto que lectores, fijar la vista. 
Cada una de las partes del libro lleva un título seguido de un paso de danza. "Luto (Arabesque)", la primera, se abre con una cita de Novalis (abundan los epígrafes): "La muerte es la vida", dice. O, en otra parte, "Vivir en lo vivido / es morir". Sí, la muerte es el tema, podemos añadir. Basta con ponerse en situación y pensar en las crudas circunstancias en las que el presunto prisionero escribió sus poemas. Aquí, como en el resto de la obra, encontramos poemas que justifican unas palabras de Campos recogidas en la ya famosa antología Con&versos: "Si algún día reflexionara sobre mi poesía reciente, es probable que la describiera como cósmica, minimalista y onírica". Porque tiende a la universalidad, quiere "englobarlo todo desde lo más pequeño" y por "la necesidad de ficcionar fuera del mundo: el juego de la vida en clave de sueño". 
Prefiero los poemas breves o muy breves (en realidad no los hay largos). "El pescador", pongo por caso. Y los menos barrocos. Los más orientales, digamos. Creo que es ahí donde Campos acierta. Cuando se desprende de cierta retórica (ese gusto por palabras como can, empero o en derredor) y resulta más parco, en el mejor sentido. Cuando aterriza, como escribí en mis notas de lectura. Así, en "Por la vereda", "En el mirador" o "Café Soledad". Por contraste, mencionaría "Plenitud" o el emotivo poema que da título al libro y lo cierra. 
No cabe duda de que el ambiente surrealizante, sonámbulo diría, de ensoñación u onírico, como lo llama él, es el que define mejor el tono general del conjunto.
Hay también algo (o mucho, no sé) de escritura automática, un dejarse llevar que se observa, por ejemplo, en "Océanos de lavanda".
Lo que está muy clara es la decidida apuesta de Campos por mostrar desde su primer libro publicado una voz propia, por dar a sus versos un tono personal, hasta donde las influencias, su condición de malagueño (¡menuda tradición!) y la edad se lo permiten. Creo que lo consigue. Tal vez sea eso lo que los lectores y la crítica más han celebrado: lo que de provocador y novedoso tiene Buda en el Bolshói. De epígonos de epígonos de epígonos ya empezamos a estar, ay, un poco hartos.

P. S. El maquetador debería haberse esmerado un poco a la hora de elegir los tipos de las comillas bajas. Abundan y son horribles.

3.10.14

De poética: Heaney y Ashbery

Hace unos meses Vaso Roto publicaba en su colección Fisuras La reparación de la poesía. Conferencias de Oxford, de Seamus Heaney, y ahora, en Umbrales, Otras tradiciones, de John Ashbery. 
Estamos ante dos poetas fundamentales. De lengua inglesa. Uno, el primero, irlandés, y el otro estadounidense. Heaney fue Premio Nobel y uno no descarta que el segundo lo llegue a ser algún día. 
El influjo de ambos en la poesía de nuestro tiempo ha sido y es extraordinario. Del segundo se ha llegado a decir que es el poeta norteamericano más influyente del siglo XX. Y no sólo, cabe añadir: es imposible estudiar la poesía española actual (no sé si llamarla posmoderna) sin tener en cuenta su ascendiente. 
De ahí que sea digna de celebrar esta salida editorial, tan oportuna como enriquecedora. Por otro lado, no es frecuente que se publiquen libros de poética; algo que a los lectores de poesía, me atrevo a decir, tanto interesa. (No digamos a los poetas.) Más cuando se trata, al menos en el primer caso, de un reconocido teórico en la materia y en el segundo, precisamente por su parquedad a la hora de hacer alusión a su propia poesía y a los intríngulis de su creación, el aliciente está también garantizado.
De Heaney se recogen (en traducción de Jaime Blasco) las conferencias que pronunció, de 1989 a 1994, como catedrático de poesía en la Universidad de Oxford. Por allí pasan, entre otras obras y autores, Hero y Leandro de Christopher Marlowe, La balada de la cárcel de Reading de Oscar Wilde, John Clare, W.B. Yeats, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop y Philip Larkin.
De Ashbery, las que dictó en la prestigiosa Cátedra Charles Eliot Norton, de la Universidad de Harvard (por donde pasaron, de los nuestros, Guillén, Borges y Paz), durante el curso 1989-1990. La traducción y el interesantísimo prólogo son de Edgardo Dobry.
En lugar de referirse a su propios versos, el autor de Autorretrato en espejo convexo (un libro soberbio que aquí tradujo Javier Marías) se ocupa de un puñado de poetas menores (el término el suyo): John Clare (una coincidencia con Heaney), Thomas Lovell Beddoes, Raymond Roussel, John Wheelwright, Laura Riding y David Schubert. Al final, como dijo Simic, "ofrecen pistas abundantes sobre su propio método de trabajo". De eso se trataba.
En fin, una doble fiesta de la poesía, no cabe duda. Que no decaiga.

2.10.14

El patatal

El inolvidable editor Fernando Pérez usaba con frecuencia lo de patatal, un término acuñado por Antonio Franco que servía para designar a un conjunto de presuntos escritores y artistas que pululaban por el Cáceres de finales del siglo pasado y las desafortunadas obras que estos pergeñaban, vieran la luz o no. Más allá, al ambiente en el que se desenvolvían y generaban, alejado de cualquier modernidad (por más que allí se mezclaran supuestos vanguardista con vates trasnochados); propenso, en consecuencia, a lo cutre y localista.
Se luchó mucho y bien hace unos años contra ese anacrónico estado de cosas que, por supuesto, superaba los límites de esa preciosa ciudad (que tantos nombres de fuste ha dado) y se extendía por todos los rincones de la Extremadura patria, Badajoz capital inclusive. Algunos creímos que, si no desaparecido, aquello había quedado reducido a una casi invisible, mínima expresión. Craso error. En cuanto las condiciones cambiaron, el patatal floreció. ¿Qué condiciones? Las políticas, por supuesto. En su vertiente cultural, cabe precisar. O, dicho de otra manera, la no política cultural que se impuso en esta Comunidad Autónoma a finales de la pasada década, un anticipo de lo que llegaría después al ámbito nacional. ¿Hace falta explicar que la cultura, y más en estas menesterosas y atrasadas tierras, debe ser ayudada, cuando no sostenida, con fondos públicos? Pues eso.
Volvió, digamos, lo torniego, versión rústica de lo mismo. El retorno, valga el juego de palabras, fue bendecido por las autoridades, reacias como nunca, ya digo, a la cultura, ese peligro. O ese lujo, tanto da. Y cuando eso ocurre, la apacible provincia deja de ser un ejemplo de lentitud y veracidad para convertirse en marca de lo provinciano, marchamo indeleble de lo patatero y del patatal.
En ese fango estamos. Cuesta, al menos a uno, levantar cabeza para poder preciarse de algo. Todo lo conseguido languidece, si no ha muerto, y son pocos los resquicios por los que respirar, aunque haberlos haylos. Esta editorial independiente, esa colección de poesía, aquella programación municipal o aquel club de lectura, una librería o un aula literaria, tal o cual fundación, colectivo o asociación, alguna galería o sala de música... Y escritores y artistas (pintores, músicos) que resisten; ajenos, claro está, a cualquier empresa colectiva a favor de la cultura, como antes. Cada cual en su rincón, donde, a modo de refugio, esperan a que escampe. O no: me temo que la mayor parte se ha marchado.
Se dirá que para escribir o crear (si se admite tan pomposo término) tampoco hace falta tanto. Que le pregunten a los escritores y artistas que han sufrido o sufren pobreza, enfermedad, censura, cárcel, etc. Sin necesidad de ponerse estupendo, lo cierto es que aquí se ha perdido la ilusión por lo común o colectivo, en defensa de lo público, aquella manera de trabajar para algo más que lo de uno. De ese vicio, para bien o para mal, ya nos hemos quitado. A golpe de recorte. Por la desidia imperante. En su lugar poco o nada, insisto, ha florecido, salvo el dichoso patatal, se vista o no de seda.
Basta comprobar la información que aparece al respecto, un decir, en los periódicos regionales. Así las cosas, ¿para qué hacen falta -Merche, Liborio- periodistas culturales?
Se va a celebrar a mediados de mes un nuevo Congreso de Escritores Extremeños, el undécimo organizado por la AEEX, esa asociación que tanto ha hecho por modernizar las letras de esta rezagada región. Puede que allí, al mirarnos a la cara unos a otros, muchos años después, nos demos cuenta de lo que esto ha cambiado. No digamos nosotros.

1.10.14

La poesía de Julio Mariscal

De acontecimiento tildé aquí atrás la aparición en la coleccción Arrecifes de La Isla de Siltolá de la Poesía Completa de Julio Mariscal (Arcos de la Frontera, 1922-1977). No sé si exagero. Lo cierto es que la rica poesía española del XX y, en particular, la andaluza, pieza clave de aquella, estaría coja sin este libro. No estamos ante la edición ideal, ya que faltan sus versos inéditos, que no son pocos y dicen que de calidad indudable, pero se puede afirmar que los lectores contamos ya con un corpus digno del poeta que Mariscal llegó a ser, hecho que debemos a la estudiosa de su obra y prologuista del libro, Blanca Flores Cueto, y a su editor, Javier Sánchez Menéndez.
Acabo de decir prólogo y creo que me quedo corto. Por la extensión y por la enjundia de su trabajo, estamos ante algo más que una mera entradilla. Si bien académico, con aires de tesis, conviene precisar, es también personal y hasta apasionado, sobre todo en la defensa de un poeta, según ella, preterido injustamente y silenciado más de lo que su obra merecía. Insiste en ello Flores, y hace bien, pero ya se sabe que con respecto al canon y a los azares y caprichos que fijan a un autor en él, mejor no pronunciarse. Ni siquiera merece la pena intentar explicarlo, por más que sus razones -los versos del poeta- sean dignas de tener en cuenta. Vano resulta, en fin, preguntarse qué hubiera pasado si...
Que el arcense sigue siendo un poeta secreto, huelga decirlo. Uno, que tiene la misma edad que tenía cuando murió y que ejerce la misma profesión que él tuvo, la de maestro de escuela, uno, digo, conocía sus poemas a través de antologías. Generales, sí, pero también de su poesía, como la publicada por Renacimiento en su ejemplar colección a rayas, con selección del jerezano José Mateos y prólogo de Pedro Sevilla, poeta arcense también, un nombre imprescindible a la hora de acercarse a Mariscal, al que tan bien conoce y al que dedicara una significativa monografía (por eso Flores le cita tanto).
Su biografía y su poesía se mezclan, como en cualquier poeta (ya lo advirtió Paz), de forma inseparable. Estudió Magisterio, algo tarde, en Cádiz, donde conoció a los de la revista Platero (modelo para su posterior Alcaraván, el grupo que fundara, entre otros, junto a los hermanos Murciano) y recorrió parte de la geografía andaluza como maestro de pueblo: en Vejer, El Bosque, Paterna (donde profundizó en el flamenco, una de sus grandes pasiones)... Recaló, ya enfermo, en su lugar natal, una suerte de leopardiano y sureño Recanati, donde murió prematuramente, hastiado de una existencia que no le resultó sencilla. Sobre todo, a qué negarlo, por su homosexualidad, culpable y doliente, más para alguien de su época y con sus convicciones religiosas: creyente y miembro de distintas cofradías.
"Yo soy tímido", dijo en cierta ocasión. Desde luego, un solitario. Alguien ajeno, por eso, a premios y promociones, aunque desde su revista mantuviera correspondencia con otros poetas y su curiosidad literaria fuera, siquiera en sus primeros años, intensa. "Fiel a su personalidad", comenta Flores, la poesía era para él "una necesidad primaria", "su modo de vivir más auténtico", "una forma de autoexpresión".
Publicó en vida nueve libros. En colecciones andaluzas, aunque el segundo apareciera en un sello poderoso entonces: Adonais. Flores se ocupa de cada uno de ellos pormenorizadamente en su estudio introductorio.
Sus temas, podemos resumir: el amor, la religiosidad, la vida de los pueblos del Sur, el franquismo, la muerte (un asunto capital en este poeta, como en casi todos), la enfermedad y, cómo no, su homosexualidad, ese tabú (Tierra es eso, 32 sonetos dedicados al tema del "amor oscuro"). 
Para este lector, los mejores son Trébol de cuatro hojas (1976) y el póstumo Aún es hoy (1980), donde Mariscal torna hondo poeta elegiaco.
¿Fue "víctima de las circunstancias"?, como se pregunta Flores. ¿Quién no lo es? Escribió por necesidad, que es lo que importa. Sólo por eso. Y se nota. Su autenticidad, lo que de natural tienen sus versos, queda en ellos de sobra demostrado. Su estilo, sí, es "sobriedad y equilibrio". Quiso una "lengua clara, directa y justa; no fue un poeta rebuscado, ni barroco, ni tampoco intentó cambiar lo que hasta el momento en poesía se había creado", precisa Flores. Por lo demás, su métrica es tradicional (o clásica), como todo en general. Sus influencias: Juan Ramón, Machado, los del 27 (Alberti en especial), Miguel Hernández (clave en su etapa más comprometida, social incluso)...
Me llaman mucho la atención los títulos que eligió para sus poemas: exactos, concretos, limpios, elocuentes.
Algunas molestas erratas empañan lo mínimo esta notable edición de la poesía completa publicada por este poeta singular y necesario que hace más compleja y rica aún al famoso Grupo del 50, al que en rigor y por méritos propios pertenece.

30.9.14

Toco madera

František Hudeček
Lo cuenta, con el sentido del humor que le caracteriza, el sevillano de Lima Fernando Iwasaki: "En 2003, el profesor James Kaufman –director del Learning Research Institute at California State University at San Bernardino– publicó un ensayo titulado The cost of the muse: poets die young (Journal of Death Studies, volume 27, issue 9), donde aseguraba que los poetas mueren antes que los narradores, los ensayistas y los dramaturgos, porque la creación poética es un quehacer “rumiante”, quienes rumian tienden a deprimirse y la depresión tiene muy “mal bajío”, como dicen en Cádiz. Pero si a esa existencia deprimente le sumamos el fracaso, los enemigos, las reseñas negativas, los premios fallidos, los críticos desalmados, las antologías desdeñosas y los suplementos inaccesibles, la mortalidad del poeta será más temprana que tarde. Así, después de analizar 1.987 casos de poetas y escritores de Europa, China, Turquía y América del Norte, James Kaufman estableció que los poetas viven un promedio de 62 años; los dramaturgos, 63; los narradores, 66, y los ensayistas, 67". En "Cumplir 100 años de plenitud poética". El País Semanal. 

29.9.14

Álvaro García

Tras Canción en blanco (Premio Loewe, 2012), no esperaba una nueva salida, tan rápida, a la escena poética del malagueño Álvaro García (1965) y, sin embargo, así ha sido, con Ser sin sitio, que publica Jacobo Cortines en la colección que dirige, Vandalia, de la sevillana Fundación José Manuel Lara.
Del nivel de exigencia de este poeta andaluz pocos dudan. Yo no, desde luego. Algo que la lectura de este libro se encarga, una vez más, de demostrar.
Consta de cuatro partes y tres de ellas son en realidad sendos poemas extensos, de esos a los que García nos tiene acostumbrados, en los que la composición es impecable y la técnica propia de un virtuoso.
En una ocasión, conversando con Kike Díaz, García, que también ha demostrado sus dotes teóricas en lo referente al análisis poético, dijo: "Me gusta leer y escribir poemas largos llenos de contrastes con un fondo que los imante, entre ráfagas de conciencia y cosas concretas y pequeñas que van entrando en un orden en el que tengo una sensación  de conciencia y consistencia, de de duración y de estar haciendo algo humilde y fuerte, paso a paso, como un buen artesano". 
Esos poemas se titulan "Ser sin sitio", "Ante la tumba de Jane Bowles" (recogido en la antología Con&versos, de donde he tomado las palabras citadas más arriba) y "El viaje". 
"El sitio sin lugar", la parte que faltaba, reúne diecisiete valientes sonetos donde el amor es, sobre todo, protagonista. Así, en "Nuestro amor", precisamente, "Pícnic", "Proceso", "Fugacidad" o "Muerte", que son los que prefiero del conjunto. "Amar nos reconcilia con la muerte", escribe. O "al escribir y amar somos inmunes". 
Con esa sabia mezcla de abstracción y realismo, verso a verso (y los hay magníficos), con muchas lecturas detrás y un sentido lírico sumamente preciso, Álvaro García logra dar un paso más en su ajustada obra, una de las más rigurosas y congruentes del panorama. Todo un ejemplo. 

En Madrid

























El próximo 23 de octubre, jueves, a las 19:00 horas, estará uno en La Casa del Libro de Alcalá 96 de Madrid, dentro del ciclo "Lorca vivió aquí", para presentar Más allá, Tánger.
Estaré acompañado del joven poeta y traductor Andrés Catalán, que tendrá la amabilidad de presentarme.
Además, leeremos poemas del libro. 
Estáis invitados. 

28.9.14

Adonis dixit

© Màrcia Folleto / O Globo
A primeros de octubre está previsto que la editorial hispanomexicana Vaso Roto ponga a la venta Zócalo, el último libro del famoso poeta sirio, nacionalizado libanés y residente en París, Adonis. 
En esa ciudad conversó con Javier Rodríguez Marcos. La entrevista fue publicada ayer en Babelia, el suplemento cultural de El País. 
Entre otras cosas interesantes, uno de los eternos candidatos al Nobel, dice: “la gran poesía siempre es laica. La poesía es la pluralidad, la unidad de los contrarios. Es lo opuesto a la religión incluso en términos históricos: en nuestra historia de musulmanes no ha habido ni un solo gran poeta que fuera creyente. Nunca”. ¿Ni los místicos? “Son un caso aparte”, responde un autor que ha dedicado a las relaciones entre sufismo y surrealismo una obra de referencia. “Cambiaron la noción de realidad y de Dios. Por eso se les rechazó. Para el monoteísmo Dios es una fuerza que dirige el mundo desde el exterior, para el misticismo es inmanente, forma parte del mundo. Dios es el mundo”.

27.9.14

El punto K

Como recuerda Margarit, en los mapas del tiempo de nuestra infancia, lo representaba un barco meteorológico anclado en medio del Atlántico donde uno imaginaba a toda la tripulación mareada y, por supuesto, en constante peligro. Nada que ver con el libro que, con ese sugerente título, nos presenta el segoviano (de la cosecha del 77) David Hernández Sevillano.
Si uno estuviera al día en lo que al panorama poético se refiere, ya habría leído, por lo menos, sus dos obras anteriores: El peso que nos une y Anonimario, siquiera sea porque con el primero consiguió el Premio Hiperión y con el segundo el Jaén, que no es poco. Si he leído El punto K es gracias a Javier González, coordinador de la editorial que lo ha publicado, la ourensana Eurisaces, y lo menciono porque se lo agradezco horrores. 
Para empezar, el libro está primorosamente editado. Para seguir, lleva no sólo un prólogo, según costumbre, sino además un epílogo. Los dos, por cierto, pertinentes. Firmados, respectivamente, por dos poetas: Daniel Casado y Ben Clark, que se nota que aprecian y conocen la obra de DHS. Con el segundo estoy de acuerdo, sin conocer lo anterior, en que estos versos marcarán un antes y un después en la trayectoria de su Hernández Sevillano y bien pudiera ser que un hito en la poesía española de estos años.
Los suyos son poemas breves, certeros, lúcidos, inteligentes, sugerentes, bien construidos, elegantes... Poemas de una sencillez y una naturalidad extraordinarias, si se me permite la paradoja. 
Que hablen del amor, del desamor, de la vida, de los deseos, del paisaje o de la infancia poco importa: son poesía, y de la más alta. Al fondo, Gil de Biedma (con homenajes explícitos), Ángel González, Machado... Por entre las citas del volumen encuentro dos que a uno le dan pistas seguras: de Luis J. Moreno, de Segovia también, y de Fermín Herrero, otro de Castilla. Sí, porque muy castellanos, en el mejor y más amplio sentido, me parecen estos versos escuetos, serenos y luminosos que parecen venir, como la claridad, del cielo. 
Clark tilda a Hernández Sevillano, en lo personal, de discreto y no otra cosa, sino mesura y equilibrio, destilan los precisos y preciosos poemas que componen El punto K, lo que no significa que no transmitan la debida pasión, no sé si fría.
El sello que lo publica, que toma su nombre de un panadero romano, no podía haber elegido mejor para mostrar el nivel de exigencia que su colección ambiciona. 
Todo un descubrimiento, sin duda. Y una honda alegría. 

26.9.14

El paisaje total

Carlos Javier Morales no es un poeta primerizo. Nació en Santa Cruz de Tenerife en 1967 y tras un largo periplo como profesor universitario por La Rioja y Madrid, en la actualidad lo de es de Secundaria y Bachillerato en su ciudad natal, a donde regresó (un aspecto clave para entender su poesía última) en 2011. Su última obra publicada (como las anteriores, en Biblioteca Nueva) se titula El paisaje total (Madrid, 2006-Tenerife, 2012)
Uno, tras leer los poemas allí reunidos, tiene la impresión de que Morales se guía a la hora de escribir por los sentimientos y que la verdad y la sinceridad (con perdón) son dos de sus virtudes evidentes. No hay trampa ni cartón aquí. El poeta se expresa con sencillez, en el mejor sentido, y no pretende sino mostrar con palabras lo que ve, le ocurre o piensa. Eso da al conjunto cierta frescura, algo poco habitual en el panorama poético de nuestro tiempo; de poesía, sí, tan elaborada; tan literaria, diríamos. Lugares (Madrid, Holanda, los molinos de Castilla, Bruselas, Islandia y, cómo no, la ciudad y la playa de su infancia), paseos que propician poemas que se llenan tanto de evidencias como de preguntas.
Los padres, la muerte, la niñez, la vida adulta o el amor conforman su "paisaje de fondo". Creyente confeso y patente humanista, Morales, autor de poemas tan conseguidos como "Identidad", puede afirmar sin temor a equívocos, que las suyas son "palabras / nacidas de tu vida". De la suya.

25.9.14

El Leopardi de Citati

Cuando Nuria Azancot, para su sección Rara avis, me preguntó hace unos meses cuál era el último libro que había comprado, mencioné de inmediato el Leopardi de Pietro Citati. Publicado por Acantilado en loable traducción de Juan Díaz de Atauri, es el perfecto ejemplo del tipo de obras que le gustaba editar a Jaume Vallcorba, fundador de ese sello modélico, muerto a destiempo el pasado 23 de agosto; "una tragedia humana y una tragedia cultural", como bien ha dicho su amigo Rafael Argullol.
Para uno, ha sido un placer leerlo, poco a poco, a lo largo del mes de agosto; en días, por cierto, de una intensidad y una delicadeza de lo más leopardianas. 
El viejo Citati (Florencia, 1930), que ya se había ocupado, entre otros, de Goethe, Tolstói y Kafka, no se limita a escribir una biografía del italiano, nuestro primer poeta moderno, "es decir, sentimental y melancólico" -ajeno, eso sí, a los tiempos y lugares de la modernidad y enemigo del progreso-, y construye con paciencia, erudición, numerosas lecturas y no poca sabiduría un análisis -un ensayo en toda regla, un alarde de ejercicio filológico y de comparatismo lector- que alcanza a la torturada y trágica vida del tímido preso de Recanati que vivió enfermo ("se había acostumbrado a vivir en la enfermedad como en una patria, dice Citati), en "una desesperación plácida", y, además, a su obra, tanto en verso como en prosa (distintas, tal vez por ese carácter "bipolar" de su pensamiento que el ensayista señala). Para ello tiene la ayuda insustituible del Zibaldone, "(algo así como 'miscelánea'), una especie de diarios, personales e intelectuales, de 4.200 páginas", en palabras de Andrés Trapiello, una obra aún sin traducir al completo en España.
Ya que lo menciono, animo a quien quiera hacerse una idea anticipada y cabal del volumen (528 páginas) a que se pase por las numerosas reseñas que han celebrado su recepción en España: las de Siles (en ABC), Colinas (en El Cultural), Toni Montesinos (en La Razón) o la citada de Trapiello en Babelia, un leopardiano de pro, como Colinas, que, por cierto, es traductor de su poesía y autor de la biografía Hacia el infinito naufragio (Tusquets, 1988) y, con anterioridad, de Leopardi (Júcar, 1974).
Tras dar buena cuenta de estas quinientas páginas, uno llega a la conclusión de que Citati nos habla de Leopardi (y de su obra) como sólo puede hacerlo alguien que lo conoce íntimamente. Quiero decir como si lo hubiera tratado o fuera su amigo, igual que Ranieri o Giordani.
Si a alguien, en rigor, se le puede aplicar la rarísima condición de genio, es al autor de "El infinito", uno de los poemas esencial de la poesía universal. Este hombre sistemático creía, sin embargo, que no había escrito una obra sino apenas hilvanado un puñado de ensayos. "Para Leopardi -comenta el estudioso florentino- leer era ya escribir y escribir era una forma de lectura". Ante todo, encerrado desde pequeño en la biblioteca de su padre Monaldo, su verdadero lugar, fue un fervoroso y capacitadísimo lector. No en vano amaba la soledad y el silencio ("conversar es inútil").
Confieso que si algo me ha interesado de manera especial, cosa difícil de delimitar, es la relación del poeta con su ciudad natal, Recanati. Ese problema, que uno ha hecho siempre suyo, queda muy bien expresado en el siguiente pasaje: "Casi se puede decir que de lo único que escribe es de Recanati; con la vista detenida en su tierra natal, como si no pudiera moverse de ella, o con la vista puesta, desde lejos, en el centro terrible de su existencia. Todo lo que escribía vivía en el centro y lejos del centro. En torno a Recanati, inmóvil, suscitaba un vastísimo juego de distancias temporales, de reflejos, de analogías, de ilusiones indefinidas. Siempre estaba allí y en otros sitios; en lo próximo y en lo lejano; en lo finito y en lo infinito, moviéndose rápidamente entre todos los sitios que había descubierto y todos los puntos de vista que había creado a lo largo de su vida."
Tras la demorada y placentera lectura de este libro, uno confirma su condición de partidario del poeta memorioso y soñador que tanto elogió a los pájaros y que se identificó con uno: el "pájaro solitario". Citati consigue, por añadidura, que uno quiera volver sobre sus poemas, sus prosas y sus pensamientos. Es una suerte, en fin, que a su obra en español, amplia y bien tratada gracias a espléndidos traductores (Unamuno, Alcalá Galiano, Fernando Maristany, José Luis Estelrich, Romero Martínez -recién rescatada por Renacimiento-, Nieves Muñiz, Eloy Sánchez Rosillo...) y no menos generosos editores, se una este estudio que le da un aire nuevo, hondo y diferente a las palabras y a los hechos de este clásico de nuestro tiempo.

23.9.14

Vinyoli, una antología

Joan Vinyoli nació en Barcelona hace ahora 100 años. Aunque esa celebración esté siendo significativa y haya habido ya numerosos actos en torno al poeta y a su obra, poco ha trascendido. Porque se trata de poesía, sí, pero también porque la dichosa vorágine independentista que nos ocupa (y preocupa) es lo único que llega desde Cataluña. Una pena.
El comisario del Centenari, Jordi Llavina, es precisamente el prologuista de La mano en el fuego, una antología de treinta y tres poemas suyos editada por Candaya en traducción al castellano de Carlos Vitale, digno sucesor en esa labor de José Agustín Goytisolo, Fernando Valls, Lourdes Güell, Vicente Valero, Carlos Marzal, Enric Sòria, etc. 
El libro es muy bonito por fuera y demuestra a las claras, en su interior, que tal vez estemos, como afirma Llavina, ante el poeta catalán "más influyente" del siglo XX y uno de los nombres fundamentales, no se olvide, de la poesía española de esa importante centuria. Sí, con este puñado de poemas basta. Lo explica Llavina en su sobria introducción, llena de seny. "Coherencia" es una palabra clave que sirve para definir el tono de estos versos y, más allá, la trayectoria del autor de Passeig d'aniversari.
Si uno tuviera que elegir un poema del conjunto, tanto de este libro como acaso de toda su obra, señalaría "Sóc home sol" ("Soy hombre solo"). "Segrego a vegades poesia" ("Segrego a veces poesía"), escribió allí. Creo que da, por decirlo con palabras suyas, la medida de un hombre. Del herido y melancólico ser humano que fue. Para este lector, un poeta de cabecera casi desde el principio; al que, además de robar algún título y alguna cita, debo no poco de mi lírica educación sentimental.
Mejor nos iría, ay, si leyéramos más a Vinyoli.

22.9.14

Plensa y el lugar

"Una tarde, mirando el lago Michigan, en Milwaukee, vi un poste de madera sobresaliendo del agua, como en Venecia. Aunque el lago estaba bellísimo, era un día de perros, con mucho viento, el cielo estaba gris y había grandes olas. De repente dos gaviotas se posaron encima del poste, y pensé: 'Tanto tiempo intentando entender qué es la escultura y tengo la explicación frente a mis ojos'. Todo estaba en movimiento, todo era de una gran fugacidad, y aquellas gaviotas buscando un lugar de reposo. Aquella imagen era el 'lugar' al que podía finalmente llamar 'escultura'. Aunque tenga esta enorme capacidad de diálogo con los dioses y con lo que nos sobrepasa, la escultura también es aquel viejo sofá en donde siempre te gusta sentarte, el libro que siempre retomas, o ese lugar al que sabes que siempre puedes volver." Jaume Plensa en conversación con Ángela Molina. Babelia. El País. 

21.9.14

Los trofeos efímeros

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966), profesor de griego y director de la revista La bolsa de pipas, publica en Sloper (editorial fundada por él) Los trofeos efímeros. No es un poeta que se prodigue; de hecho, esta es su tercera entrega poética.
En el "Epílogo" de la obra, escribe: "Este libro nació en enero de 2007. Me lo planteé como una colección de poemas fetichistas, inspirados por objetos que podía vincular a mi educación sentimental —de lector, de cinéfilo— y también a mis propias vivencias. Hubo objetos que me llegaron en sueños, como el bañador de Tadzio, el joven de "Muerte en Venecia". Los objetos me dictaban muchas veces simples homenajes a las historias o las personas relacionadas con ellos, pero en bastantes ocasiones funcionaron como garfios lanzados contra mi propia vida. No forcé la máquina y se fue escribiendo el libro durante siete años."
Por los títulos de los poemas podemos comprender a qué objetos se refiere. Así, por ejemplo, a la bufanda de Bolaño, las bragas de Liv Tyler, la txapela de Pinilla, el acordeón de Julieta Venegas, el pastillero de Whitney Houston, el abrigo de Woody Allen, el puro de Groucho, el sextante de Frank Worsley ("Cierro una primera edición de este proyecto en 2014 porque ahora se cumplen 100 años de la odisea de Ernest Schackleton, una de las hazañas que más honda impresión me han dejado en toda mi vida, a la que accedí por la lectura de La prisión blanca, de Alfred Lansing. A ella dedico varias alusiones en el libro y por eso Frank Worsley, capitán del Endurance, está en la portada"), la estufa de David Mamet, el panamá de Lowry, el testamento del Yeti, la silla de Superman, el birrete de Odiseo, el vellocino de Velasco (Miguel Ángel Velasco, el poeta prematuramente desaparecido, al que dedica uno de los mejores poemas del libro, con la muerte al fondo, sí, otra constante; como en el caso del poema "El reloj de Carmen Bertrand", su abuela, o "La cámara de Ricardo Ortega, su amigo), el zapato de Madame Bovary, el arpón de Ahab... 
En un tono narrativo, que no por eso deja de lado la poesía (algo más que métrica y ritmo), Piña ha logrado un abundante puñado de poemas elegantes y sugerentes que atraparán, a buen seguro, a cualquier bienintencionado lector.