9.11.15

Los aforismos de Luri

Aforismos que nunca contaré a mis hijos, de Gregorio Luri, hace el número 6 de la colección destinada por La Isla de Siltolá a ese género ascendente.
Según la premiada Wikipedia, Gregorio Luri Medrano, nació en Azagra (Navarra) en 1955, reside en la costa catalana (El Masnou), es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona y licenciado en Ciencias de la Educación y ha trabajado como maestro de primaria, como profesor de filosofía en bachillerato y como profesor universitario en la Universidad Complutense de Madrid. Cuenta uno esto porque sin estos datos difícilmente se entiende el libro que nos ocupa. Autor de varios libros de filosofía y propietario del blog El café de Ocata (del que se recogen textos en el libro del mismo título que publicó esta editorial como número 1 de la colección Álogos), Luri adopta la forma del aforismo clásico, en el mejor sentido, y con ironía, sentido del humor y grandes dosis de sensatez, inteligencia y, sobre todo, genuino sentido común, que nada tiene que ver con lo que por tal entienden algunos políticos, reflexiona con la brevedad y tino que cabe al caso sobre asuntos variados, relacionados, claro está, con la vida que lleva cualquiera. Así, la política (ya que lo menciono) y la democracia, la educación (lo primero que me interesó de su currículum), la filosofía (que no deja de ser su oficio), la moral, la cultura, la hipocresía y las relaciones sociales, la felicidad, Dios y los dioses, el racionalismo, la muerte, pensar...
Dos veces repite uno de sus más certeros aforismos: "El hombre es el único animal capaz de degradarse" (aunque la segunda vez quita la palabra "único").
Me han gustado algunos (mejor cuanto más breves), como "El mundo es un relato de supervivientes", "Un buen maestro no tiene método. Él es el método", "La verdad es a veces la voz del cansancio", "La mirada es la inteligencia del alma", "Ser libre es atreverse a serlo", "La melancolía es la virtud narcisista de quien teme al futuro", "La utopía es un género literario de occidente", "Pensar es siempre ir contra uno mismo", "Lo normal es siempre un ideal", "La cultura es la ironía de la naturaleza", "El abúlico es anerótico", "La filosofía es el esfuerzo de darle voz crítica a la fe", "La verdadera moralidad es un deber intelectual", "Pensar es enajenarse", "El sueño del maestro moderno, al que le repugna la palabra autoridad, es que sus alumnos le obedezcan sin tener que dar órdenes", "Quien no tiene enemigos, no tiene identidad"... Me callo. Porque, como bien dice Luri, "La mayor muestra de respeto es el silencio".

8.11.15

Lo local

Edward Kaprov
Dice el escritor israelí Amos Oz al periodista de El País Juan Carlos Sanz: "Creo que la buena literatura solo cuando es muy provinciana, local, se convierte en universal." Uno no puede estar más de acuerdo. La conversación se publicó en Babelia.

7.11.15

Yo, chatarra, etcétera

Así se titula el nuevo libro de poemas de Alberto Santamaría que publica, con el gusto a que nos tenía acostumbrado, El Gaviero en su colección Cuarto Menor. Digo "tenía" porque acaba de anunciarse, y bien que lo lamento, que la editorial almeriense está preparando su cierre tras once años de intensa y fructífera vida. Mi ejemplar, en todo caso, muy vivo, es el número 38 de los 333 de que consta la tirada. 
Como Carlos Alcorta y Rafael Fombellida, Santamaría nació en Torrelavega (Santander), aunque unos años más tarde: en 1976, y es profesor en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca.
Siempre que me encuentro con sus versos no puedo evitar acordarme de la primera vez que le escuché leerlos, él era un muchacho, en Morille, a un paso de Salamanca, un pueblo pequeño como algunos de los que aparecen en las páginas de este libro que reúne, sí, un puñado de poemas castellanos, en más de un sentido. 
Se abre con una cita de Czesław Miłosz, que no es mal comienzo y toda una declaración de intenciones. (Se nota cuándo se escoge un epígrafe por su sentido y cuándo se hace para epatar o a tontas y a locas.) En "Piña de Campos", primera parte, viajamos, además de a ese lugar de la provincia de Palencia, a Osorno, Aguilar de Campóo, Villaeles, Amusco, Fuentesaúco o Herrera de Pisuerga, casi todos de la comarca de Tierra de Campos. No, que nadie se alarme, esto no es una guía de turismo rural ni el autor un poeta agropecuario. Esos pueblos son el fondo de un paisaje que le sirve a Santamaría para reflexionar sobre sí mismo, su propia vida y la de su familia y, cómo no, acerca de un mundo que, si no ha terminado, está a punto de hacerlo; un mundo que observa, eso sí, con la lúcida mirada de un hombre del siglo XXI, alguien que lleva a sus espaldas lecturas y teorías muy relacionadas, para los que la conozcan, con su penetrante y singular obra ensayística. "Un lugar no es más que su deseo de ser visto", escribe.
Por otra parte, me apetece señalar que al mencionarlos tal cual, Santamaría asume que la poesía no es ni actual ni cosmopolita por el mero inventario de nombres con pedigrí, digamos, y que tan moderno puede ser un poema donde aparezca Nueva York o Venecia que otro donde lo haga Cambrón o Cambroncino. 
Propenso a las ruinas industriales (obsérvese la imagen que ilustra su blog), en esta ocasión pasea sobre las campestres, agrícolas y ganaderas, que va dejando el envejecido y casi clausurado mundo a que hacemos referencia. Paisaje solitario, extenso, asolado bajo la luz inclemente del caluroso verano. Casi de Far West, aunque también puede recordarnos la poesía de algunos poetas estadounidenses de otro West: el Midwest, a los versos de esa América profunda. Paisaje, por fin, en el que las cosas, los objetos, cobran un protagonismo extraordinario. Prevalece, más allá de los versos, una atmósfera donde se mezclan, ya digo, lo antiguo y lo actual, pues la manera de decir de Santamaría no podría serlo más y de más consciente manera. Así, en uno de los poemas, cuando se entera de la muerte de Seamus Heaney. Su mujer -una presencia constante- conduce. Muy oportuna le parece a uno esa aparición en escena de un poeta contemporáneo que nunca olvidó su infancia rural, fuente inagotable de inspiración. Dice: "y volvía Seamus Heaney / y aquello de que la pérdida / siempre ocurre fuera del escenario". Su hijo, recuerda, había estado cavando. 
Detrás, sí, un "himno a la miseria". La pobreza es visible y los versos se adaptan, en su decir seco, preciso y despojado, al alma de esa realidad. Los dos últimos poemas de la serie dan al mar. Y ese contrapunto apuntala perfectamente el conjunto. Un conjunto bien tramado, unitario en su intención y sentido, donde podemos leer poemas espléndidos como "Breve historia del bodegón" (I y II), "Contigo", "Estética del cobertizo", "La tarde se retira en Piña de Campos", "Vieja carretera de Burgos", "La felicidad del odio", "La anunciación"... Varios llevan en su título la palabra "anécdota", como "Anécdota de mi hermana", que dice: Mi hermana escribió una vez / que el deseo / educa / a los muertos. / Pasan trenes / como si fuesen / las frases / de un idioma / invisible. / Todo sucede en el lenguaje, / sin destino.
La segunda, cuyo título, "Leyendas para el sordo (Algunas alucinaciones castellanas)", remite a Alfonso Costafreda (en la cita que cierra el libro leemos: "sólo son fragmentos / del discurso, leyendas para el sordo") y, según creo, a José Hierro, el poeta de las alucinaciones, cántabro como Santamaría; la segunda parte, decía, agrupa poemas en prosa o prosas a secas o poesía escrita en renglones, no sé, por aquello de que hay un equilibrio entre lo lírico y lo narrativo. En todo caso, poco importa el género (o híbrido de géneros) a que adscribamos esos textos. No en vano recordaba César Rendueles en una reciente reseña de un libro de Santamaría, La vida me sienta mal, que éste analizaba "la pretensión romántica de introducir en la poesía los caracteres de la prosa, es decir, alcanzar la libertad de la prosa sin desvirtuar la poesía".
A uno estos textos le recuerdan, en fondo y forma, algunas páginas de Julián Rodríguez, porque muestran una visión del mundo campestre desde el punto de vista del urbanita ilustrado. Lo interesante, al cabo, es su solvencia. Aquí el riesgo es mayor y, se le antoja a uno, proporcionado al esfuerzo que ha de hacer el lector para llegar hasta ellos. El lenguaje se hace más complejo y nervioso; a rachas, torna barroco.
Abren estos fragmentos sendos epígrafes de Coubert y Larkin que hablan del campo, sitios en medio de ninguna parte, "más allá de una periferia". Otro de Brodsky me parece de lo más apropiado, y no sólo para esta parte del libro: "He llegado a dominar el arte de fusionarme con el paisaje".
Sin duda, Alberto Santamaría es uno de los poetas españoles de mediana edad -pronto ingresará en la cuarentena- que incluiría en una hipotética antología esencial del panorama. Va a más, y eso me alegra. Su rigor y su singularidad son dignos de encomio.

6.11.15

Letras ibéricas en Turia

Se nos informa de que el próximo día 20 de noviembre, la revista cultural TURIA dará a conocer en la Fundación Gulbenkian de Lisboa un espectacular monográfico sobre la literatura portuguesa actual en el que participan, con textos inéditos, un total de cuarenta escritores lusos de distintas edades, estéticas y procedencias. Junto a ellos, otros tantos destacados autores españoles de nuestros días conforman un sumario especial elaborado con motivo de celebrarse este otoño la “Mostra Espanha 2015”, un evento bienal que pretende fortalecer los vínculos culturales entre España y Portugal.
Con el lema “Letras de España y Portugal”, el nuevo número de la revista TURIA ofrecerá una panorámica exhaustiva y sugerente de las letras portuguesas contemporáneas. El elenco de escritores es amplio, plural e integra a diferentes generaciones: desde nombres ya consagrados como António Lobo Antunes, Nuno Júdice, Eduardo Lourenço, José Bento o Lídia Jorge a destacados autores de la literatura del siglo XXI como Valter Hugo Mae, Gonçalo Tavares, Afonso Cruz, Inés Pedrosa o José Luis Peixoto. A ellos se suman textos introductorios, elaborados por especialistas, sobre la situación de la narrativa, la poesía y el ensayo portugués actual. Puede decirse, por tanto, que este esfuerzo de aproximación cultural brinda al lector una ocasión inmejorable para conocer a fondo la rica reatividad literaria del país vecino.
La presencia española en el sumario de TURIA será igualmente muy atractiva. Así, el lector encontrará trabajos inéditos del recientemente fallecido Rafael Chirbes, así como narraciones de José Jiménez Lozano, Gonzalo Hidalgo Bayal, J. A. González Sáinz y poemas de Antonio Gamoneda, Francisco Brines o Luis Alberto de Cuenca, entre otros autores.
Agustina Bessa-Luís, Rafael Sánchez Ferlosio o Juan Marsé también protagonizan interesantes artículos de análisis de su obra. 
Además de descubrir al lector español la valiosa y sugerente literatura portuguesa contemporánea, destacan dos entrevistas con el escritor António Lobo Antunes y con Manuel Borrás, editor de Pre-Textos. 
Este nuevo número de TURIA está ilustrado por el artista portugués Pedro Cabrita Reis.

Con Ángel























En Facebook.

5.11.15

Cumpleaños

Felicidades, padre, hoy
habrías cumplido ochenta y seis.
Tenías casi treinta
cuando uno llegó al mundo.
A vuestra casa, la de Maruja y tú,
donde vivimos, de una u otra manera,
con Fernando y Jesús,
hasta que nos dejaste.
De eso hace ahora quince años.
Te fuiste con el siglo, sin remedio.
Desde el recuerdo, también inevitable,
estás acompañándome este día
nublado del otoño. Fuera llueve.
Echo de menos tu sonrisa limpia,
esa figura de tu ser jocoso,
de optimista alegre;
un carácter que uno, ay, no ha sacado.
Y también echo de menos tu animoso
paseo por la vida y, cómo no, tu mano,
esa que siempre, por costumbre,
solías apretar contra la mía:
caliente, confiada.
Lo hago con Alberto, con frecuencia.
En tantas situaciones me harías falta...
Anoche, por ejemplo.
Hace unos días bajamos mamá y yo
hasta el cementerio.
Limpiamos tu lápida, pusimos flores frescas
en un búcaro.
Te rezamos (yo en silencio).
Nos fuimos cabizbajos
hasta el año que viene, Dios mediante.
Felicidades, sí, siquiera tantas
como nos diste cuando estabas vivo.

La poesía de Cavafis

"En punto a clásicos, cuantas más traducciones de una obra mejor". Estas inteligentes palabras corresponden al editor Manuel Borrás y las recoge en el brevísimo epílogo de este libro Vicente Fernández González. Vienen a justificar la nueva salida a la escena poética de los versos de Constantino Petrou Cavafis (Alejandría, 1863-1933), quien, como precisa el citado especialista, se dio a conocer entre los lectores españoles allá por los sesenta del siglo pasado de la mano de dos del 27, Cernuda (al que había leído en inglés) y Aleixandre, algunos del 50: Ferrater y Valente (con E. Vidal) y, ya algo más tarde, por unos cuantos del 68: Álvarez, De Cañigral, Santana, Bádenas de la Peña e Irogoyen, entre ellos. Antes, ya le había traducido al catalán Carles Riba. 
Tras la versión métrica que prepararon para Visor (2003) Anna Pothitou y Rafael Herrera, llega ahora la del helenista Juan Manuel Macías, que se atreve con la Poesía Completa. Y ve la luz en Pre-Textos, una editorial a orillas del Mediterráneo donde, como quien dice, acaban de aparecer otras joyas de la poesía griega contemporánea: el Romiosyne de Ritsos y Cuatro estaciones de Madruvís (en edición de Fernández González también, y que ya espera encima de mi mesa). 
La obra de Cavafis es una preciosidad. En octavo, tapa dura, papel biblia, sobrecubierta (con una fotografía de un poeta maduro que impresiona), firma grabada del autor sobre la cubierta original... Al cuidado de Manuel Ramírez, da hasta pena abrirlo y no digamos subrayarlo, algo que me he impuesto no hacer, aunque sea con gran dolor de mi corazón.
El prólogo de Juan Manuel Macías no decepciona. Afirma el helenista que "la figura de Cavafis parece ya inamovible en el baluarte del canon" y que, ya se ve, es un "poeta destinado a ser inagotablemente traducido". En Internet, recuerda, ya está a la altura de Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes.
Da cuenta de cómo empezó todo, en lo que a esa difusión se refiere. Con E. M. Foster, destinado en Alejandría, alla por 1917. En 1951 se publica la primera antología al inglés, 18 años después de su muerte. En 1961, llega otra, más esmerada, con prólogo de W. H. Auden.
En lo que a nosotros respecta, y ya fue mencionado, en 1959, Cernuda hace evidente «su rendida admiración por el poema cavafiano "El dios abandona a Antonio"».
En vida, ya se sabe, fue un "poeta secreto". Para él, "el parnaso de la poesía consistía, sobre todo, en un acto de intimidad". Igual que ahora, cabe ironizar. La del poeta, sí, "una labor marginal y excéntrica". Para un lector, que es todos los lectores.
Fue un poeta que continuó la tradición de sus gloriosos antepasados, incluidos los decadentes alejandrinos, "un poeta griego que escribió en griego" y "desde un inevitable presente".
Afirmó: "deseo mirar más que decir" y esa "voluntad pictórica" es evidente en su obra.
En sus poemas "siempre habla el ser humano, con una voz sin sordina y sin apuntador·, afirma Macías. Vivió a "las afueras". Con los personajes marginales que pueblan, más allá de los de carácter histórico, sus versos. "Tal vez -como indica el traductor- porque ser de Alejandría equivale a no ser de sitio alguno".
Macías rescata los 154 poemas del canon cavafiano (1935) y añade los 78 "ocultos" (1968) y los tres poemas en prosa. Deja fuera de su modélica edición los inconclusos. Están ordenados cronológicamente.
Deja claro que "ante la poesía, la lectura crítica más extrema es la traducción", no sin olvidar que "un poema es algo esencialmente intraducible". El traductor, así, un "hiperlector".
De la tarea llevada a cabo por Macías da sobrada cuenta el capítulo de "Notas", "una suerte de bitácora del traductor", que van aparte y aportan información e interpretación a raudales. Aquí se desborda la mera intención didáctica o filológica e interviene la lectura que del alejandrino hace el también poeta Juan Manuel Macías, un plus que se agradece. El fruto, cabe añadir, de años y años de frecuentación de estos poemas universales.
Vicente Fernández González, por su parte, además de lo ya dicho, recalca que Cavafis "no publicó nunca un libro completo", elogia la labor de Macías y resume en un solo párrafo, con la solvencia del helenista que es, amén de consumado lector del corpus cavafiano, la esencia de esta poesía que define como "alejada del lirismo, objetiva, fragmentaria, narrativa y prosaica, irónica, a veces dilemática, a veces paródica, compleja, dialógica y polifónica, casi novelesca".
¿Y los poemas?, se preguntará el lector. Pues son lo mejor del libro, claro, una afirmación que no desmentirían ni Macías ni Fernández. Doy por descontado el rigor filológico y la máxima fidelidad al original, hasta donde eso es posible al traducir. En castellano, desde luego, son poemas. A este humilde lector, contaminado por el menudeo de las versiones anteriores (desconozco, eso sí, la métrica de Visor), le han sonado a gloria, sobre todo, los títulos, digamos, emblemáticos, esos que hasta el desmemoriado que soy se sabe casi de memoria. Me refiero a "Murallas" (uno de los pocos poemas donde los cambios me han resultado significativos), "Un anciano" (sublime), "Las ventanas", "Voces", "La ciudad", "Ítaca", "El dios abandona a Antonio" (emocionante como pocos), "Recuerda, cuerpo", "Orofernes", Manuel Commeno", "Placer", "El plazo de Nerón", "En el puerto", "El sol de la tarde", "Para quedarse", "Artesanos de cráteras", "Por las tabernas", "En el mismo lugar", "Epitafio", "Lo imposible"... Entre los "Poemas ocultos", "Segunda Odisea" (de donde parte el célebre "Ítaca"), "Lo oculto", "Fugitivos", el curioso "Casa con jardín"...
"En medio de una guerra -figúrate: poesía griega", leemos, y el verso se puede trasladar a la actualidad para permitirnos decir: sí, qué suerte, en medio del dolor (por Grecia vienen los sirios, los que huyen de Siria, un nombre que tantas veces se repite a lo largo y ancho de estas páginas), el consuelo de la poesía.
"Arte de la Poesía, trae tus fármacos", dice en otro lugar, y se nos antoja también un verso perfecto para justificar la lectura de este libro en el que el placer -su búsqueda, su celebración: lo epicureo-, si bien teñido de melancolía, es una presencia constante.
Cavafis fue un griego que afirmó: "a más noble cualidad no aspira el ser humano". Aquí se aprecia. En su poesía se unen lo antiguo y lo moderno, la Grecia clásica y la helenística con la de su tiempo; un tiempo que ya es, para siempre, intempestivo, el nuestro.

3.11.15

Biografía

© Steffen Roth
"Recordemos lo que pasó aquí en Alemania con Paul Celan. Durante mucho tiempo se leía e interpretaba a Celan sin tener en cuenta el Holocausto o la aniquilación de los judíos. Simplemente se dejaba de lado, a pesar de que con este tipo de autores el tema siempre está intrínsecamente entrelazado a su biografía. Y, por otro lado, digo: ¿para qué escribir, si no existe una necesidad interior? A menudo esa necesidad tiene que ver con la biografía, con las experiencias, con lo que se ha vivido". Herta Müller en conversación con Cecilia Dreymüller. Babelia. El País. 

2.11.15

Operación rescate: Wright

Me extrañó mucho que apareciera en Babelia y en plena canícula una breve reseña de Ángel Rupérez sobre Cicatriz, de Charles Wright, nacido en un pueblo de Tennessee en 1935, uno de los grandes poetas norteamericanos del siglo XX aunque no figure en el famoso canon del señor Bloom. Porque el libro salió en octubre del año pasado (cuando Tánger) y, más aún, por la coincidencia: lo tenía entre manos en ese momento. Cabe añadir que es, con otra de Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, la única reseña publicada en los suplementos. 
No es la primera vez que viene a este rincón la poesía de Wright. En otra ocasión mencioné aquí Una breve historia de la sombra, de la desaparecida DVD, que compré en Cádiz en la Semana Santa de 2009. Para completar su bibliografía en castellano (y en España), añadiré dos títulos: Potrillo (publicado, como éste, en Vaso Roto) y Zodiaco negro (Pre-Textos) Con todo, la impresión que me ha producido la lectura de Cicatriz, muy bien traducido por Carlos Jiménez Arribas, no la recuerdo comparable a la de esas otras obras que cito. Sí, de lo mejor que uno ha leído últimamente.
Para empezar, cuesta creer que Cicatriz se publicara cuando el poeta había sobrepasado los setenta años (por lo que debió escribirse ya avanzada la sesentena). Para seguir, me contradigo de inmediato, es posible que lo que allí se dice y cómo se dice exija que haya pasado por encima de uno la vida, o casi. La vivida en sus lugares de origen, un paisaje al que Wright ha permanecido siempre fiel, y a algunos de Italia, donde estuvo en 1959 como miembro del Destacamento 430 de la División CIC. Siquiera en parte, es un libro escrito desde la memoria.
Los versículos que conforman cada poema, que varían en extensión, no se adecúa al tono que suele compaginarse con ese tipo de textos: inspirado e hímnico; con frecuencia, palabrero y pomposo. Sí a la lentitud, diríamos, que caracteriza su poesía; "una cierta parsimonia, un andar lento que deviene densidad verbal y reflexiva", en palabras del editor, Jordi Doce.
Sorprende la mezcla perfecta entre descripción exterior (del afuera: el paisaje, la naturaleza) con la meditación o reflexión interior (el adentro: la intimidad, la autobiografía). Descripción, cabe añadir, nada decorativa o evidente, cargada de certeras metáforas. Pensamiento que no oscurece la naturalidad acerca de lo que uno se pregunta. La hondura de estos versos aflora con una claridad luminosa y en nada estorba a la intención, ya digo, reflexiva.
Puede que su condición de traductor de los poetas italianos Montale y Campana, así como las frecuentes referencias a la poesía china (explicitada en las "Notas") den pistas fiables sobre la manera de proceder de Wright.
De las tres partes -tres números- que componen el libro, la central, formada por dos extensos poemas extensos que tiene por título "Cicatriz", es en sí misma una obra maestra. En las que la envuelven también encontramos poemas excepcionales: "La generación silenciosa" (I y II), "Cántico de las tierras altas" y "Primavera de las tierras altas", "Breve historia de mi vida", "Confesiones de un hombre que canta y baila", "Días de Facultad", "Arte menor de la autodefensa" (un poema perfecto), "Ponte a trabajar", "El norte", "Pequeño paisaje", "Sacre"...
Entre otros, he subrayado estos versos: "Déjate llevar, vive tu vida". "El mundo es un jardín desolado". "«Solo el idioma es lo perenne, / todo lo demás es pasajero»". Parece que nuestras vidas sean un recuerdo / que cierta vez tuvimos en algún lugar". "El emblema de la memoria es el abismo, y eso no es ninguna metáfora". "Alguien que sabe lo poco que sabe / es como el hombre que ha llegado a un claro del bosque, / y ve un haz de luz, / y de pronto siente lo feliz que fue su vida". "Lo que hay que decir no se puede decir, / parece ser; nadie tiene ni idea, / ni siquiera, parece ser, el paisaje". "¿Por qué nunca se cansa uno de mirar hacia lo obvio?" Es imposible decirle adiós al pasado". "Uno nunca se acostumbra a esto: / a la inmensidad y a lo absoluto". "El norte es donde vamos cuando no nos queda sitio adonde ir". "No es gran cosa la vida, pero me la quedo". "Hay cosas sobre las que no podemos escribir, hay viajes / tan largos y sagrados que no podemos emprenderlos".
En dos, por fin, se podría resumir su poética: "Solo el mundo con su gracia oscura. / Y yo he intentado retratarlo". ¡Y cómo!

1.11.15

La poesía y la muerte

 © Curt Richter
"Lo que quiero decir es que la muerte es algo ordinario. Si te lo estás pasando bien y piensas que la diversión se acabará, te preocupa la muerte, aunque sea de manera leve e irrelevante. Pero adonde quiero llegar es a otra cosa: a que la muerte es el tema principal de la poesía lírica. La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos dice que somos mortales. Celebra o reconoce los estados de ánimo, las ideas y los acontecimientos solo en la medida en que existen en el tiempo. ¿Qué significado tendría nada fuera del tiempo? Aun cuando la poesía esté celebrando algo alegre, porta consigo la noticia de que esa alegría en concreto se ha terminado. Es un largo epitafio, un adiós a nuestra discreta estancia en la tierra. Pero su poder difiere de aquello que celebra, ya que no se trata solo de que lamentemos el paso del tiempo, sino también de que de alguna manera nos preservamos de su peso, y cuando leemos poesía, durante esos breves momentos de ensimismamiento, la idea de la muerte parece indolora, incluso bella." Mark Strand, de un capítulo del libro Sobre nada y otros escritos (traducido por Juan Carlos Postigo. Turner, 2015) adelantado en Babelia/ El País.

31.10.15

Orquesta de desaparecidos

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) reunió en Cielos segados sus tres primeros libros de poesía; no obstante, para los lectores, debuta en el panorama con Los hombres intermitentes al que han seguido, también en Hiperión, La nota rota, Retrato de un hilo y este conjunto unitario de prosas breves que no dejan de ser poemas en prosa. 
En la contracubierta, Fernando Aramburu, acaso su mejor lector, alude al “delicado dibujo de sus paisajes personales, combinando las notas de evocación, directamente autobiográficas, con esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos, con notable presencia de seres integrantes de su orquesta de afectos: familiares ya desaparecidos, artistas, tipos curiosos, personas que encarnan alguna suerte de valor estético o moral, o que por una u otra razón dejaron en el escritor, en el poeta, una lección de vida”.
Ya en el primer poema, digamos, “Visitantes”, Irazoki nos ofrece una definición certera de la poesía que es, además, una declaración de intenciones: “la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”. Condensada en apenas tres líneas, una poética que es, asimismo, un tratado moral, aspecto inevitable de su escritura. Pronto, la defensa de la luminosidad frente al hermetismo, de la alegría frente a la tristeza, de la gratitud frente al malditismo. Así, en “Portal 1”, donde en un tono reflexivo (propio del crítico que es) defiende la manera de decir de un “modelo”: Eloy Sánchez Rosillo, que desde la lucidez resalta la existencia.
Veinte años lleva Irazoki en París y a su oficina portátil dedica “Portal 2”, a esa mesa larga de madera exótica con historia íntima que más que un mueble es una enseñanza. Los objetos, cabe precisar, son protagonistas fundamentales aquí: las tejas asesinas, los libros, la tabla rota, las escudillas de estaño.
Con un aire misterioso, que linda con lo mágico y hasta lo surrealista, donde las metáforas respiran con la debida naturalidad y no como artefactos literarios, donde la imaginación se abre paso con el adecuado sigilo y no con el alarde de la pirotecnia verbal, Irazoki construye para nosotros una casa habitable de la que nos sentimos de inmediato afortunados huéspedes. Nos muestra sus habitaciones. La del cine (de cuando Wells rueda en Lesaka Campanadas de medianoche), la del diccionario robado, la del calzado de su madre, la del equilibrio del padre, la del tío que enloqueció por amor, la del último verano de su hermana (“Me acompañó para que yo supiera estar solo”), las de su pequeño país y la de Madrid, las del citado Aramburu, Leopoldo Mª Panero, Pablo Antoñana y Ramiro Pinilla, la de los rusos: los Mandelstam y Ajmátova, la del alma, la conciencia, la piedad y otras virtudes laicas, la de los forasteros (“han construido lo mejor que transmito”), la de la muerte. Y, sobre todo, las de la música: “las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta”. Sí, éste es un “edificio sonoro” sostenido por pilares que fundan “la casa sonora que soy”. Y ahí: Narayan, Parker, Desprez, Machaut, Pérotin, Mozart, Aweke, Traoré… Y ritmos callejeros (léase “Música incinerada”), jazz (Holiday, Monk), cantos selváticos y rurales. Y el ruiseñor (“Conciertos”).
Personas y cosas permiten a este “coleccionista de asombros” erigir, desde la memoria, una sólida morada de palabras fundada en la precisión, la lentitud, la claridad, la delicadeza, la emoción, la sugerencia y la sensibilidad. En la minuciosa elección del lenguaje, esmeradamente cincelado, según Aramburu (otro expatriado), donde se conjuga a la perfección el tono lírico con la veta narrativa.
Para uno, Irazoki evoca ese concepto vasco del hombre “de verdad”. Si algo rezuma Orquesta de desaparecidos es honestidad a raudales. Coherencia. Literaria y ética. Lección de alguien al que le gustaría que “sobre mi muerte se plantase el árbol de la discreción”.

Nota: Esta reseña se publicó el día 30 de octubre en El Cultural.

30.10.15

Hugo Gutiérrez Vega

Se entera uno por el blog del diplomático Luis María Marina de la muerte de otro, el poeta mexicano Hugo Gutiérrez Vega. Fue el pasado 26 de septiembre y tenía 81 años. Ya he contado en alguna ocasión que fue el primer poeta importante, digamos, al que vi. En la sala del Verdugo, entonces de Caja Plasencia, donde presentó, a finales de los setenta, su libro Cantos de Plasencia (seguido de Tarot de Valverde de la Vera). Impresionante, sin duda, una de esas situaciones que determinan que alguien dé en poeta. Coincidimos luego en el Congreso de Escritores Extremeños de Badajoz. El resto de nuestra esporádica relación fue epistolar. Fue un autor más que estimable en un país con una larguísima tradición lírica en la que abundan los poetas de fuste. Dirigió durante años del suplemento cultural del diario La Jornada. Descanse en paz.

De revisteo

Battersea Park
Leo en la revista Quimera una estupenda entrevista de Álex Chico a José Manuel Caballero Bonald donde, además de tener el detalle de citarme cuando recuerda la visita del poeta a la ciudad con motivo de la inauguración del Aula de Literatura 'José Antonio Gabriel y Galán' (y él era uno de los estudiantes que fueron a escucharlo), recoge, entre otras cosas, unas duras palabras del jerezano sobre la traducción de El Quijote realizada por Trapiello. Vi el programa que le dedicó Sánchez Dragó al asunto y sigo con el libro encima de la mesa, a la espera de no sé bien qué. 
En Cuadernos Hispanoamericanos hay varias cosas interesantes. He leído el ensayo de Luis García Montero sobre la poesía de mi admirado José Emilio Pacheco, a la que siempre apetece volver, y el artículo de Eduardo Moga sobre el imposible amor entre Felicidad Blanc y Luis Cernuda, cuando ambos paseaban en los años cuarenta por el londinense Battersea Park. Tampoco está de más leer las páginas dedicadas al recuerdo de la revista cordobesa Antorcha de paja, que se publicó entre 1973 y 1983, el artículo de José Antonio Llera sobre Valle y Gaziel ante la Gran Guerra o el de Juan Arnau sobre la luz: "el alma del espacio".

29.10.15

V-L M: "Serie"

Uno tiene la impresión de que Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), su poesía, representa, en sentido laxo, la modernidad o acaso la postmodernidad, no sé, de nuestra poesía. Por lo que tiene de innovadora y experimental, por los riesgos que asume, pero también por los asuntos que aborda, de plena actualidad, se podría decir. Para comprender lo que digo, basta con darse un paseo por su premiado blog, Diario de lecturas
En este nuevo libro, Serie, publicado por Pre-Textos, tenemos sobrados ejemplos de esa forma de proceder, de esa poética. Así, en "Ecdótica de las imágenes", parte paradigmática de este "conjunto de cosas que se suceden unas a otras y que están relacionadas entre sí". Tiene que ver con algo que le dijo un traumatólogo en Málaga: "Sólo una imagen nos sacará de dudas". En esa sucesión de reflexiones en torno a la iconografía, clave para entender la época que vivimos, comprobamos su gusto por un lenguaje en el que abundan los términos técnicos, filosóficos y científicos, así como los nombres de investigadores y filósofos, que, a veces, le dan a los poemas un tono intelectual (y puede que algo pretencioso) sin que el lector pueda evitar, por otra parte, que el autor haga uso de ellos, porque comprende su más que probable pertinencia a la hora de plasmar sus ideas al respecto. No es el único poeta joven que, tal vez sin pretenderlo, carga las tintas sobre cierta terminología que, insisto, más allá de su oportunidad, desarma al lector común por su exceso de intelectualismo, pongamos. No siempre ocurre. Puede que sea lo que más se note, aunque no sea ni mucho menos lo más significativo. En otra de las series de la serie, titulada "Serie (Neuropoemas)" se aprecia lo que digo. Aquí el juego es otro: matemático. A partir del "Todo son números" de Pitágoras, reúne 11 poemas, desde "11x11" hasta "1x1", donde la primera cifra corresponde al número de versos del poema y la segunda a las sílabas de cada uno de los versos. Lo personal prima. Sí, como decía, no todo es de ese modo. Por ejemplo, en "Visión del vaso" (que me recuerda el título del libro de ensayos de Robayna que ha publicado Galaxia Gutenberg) o en los poemas de la serie "Historia de tres ciudades": Tánger, Venecia y Málaga. Los dos primeros son magníficos. El dedicado a la ciudad marroquí, que me toca de cerca, alude al Renacimiento, Uno (Dios) y Dos (fray Luis, Pascal...), siquiera sea "bajo la noche esférica de Tánger". El segundo, espléndido, a pesar de lo manido del tema (o precisamente por eso), "Réquiem por Venecia", que tanto gustaría a Marina Gasparini, es digno del mejor novísimo: "Ya no hay futuro en Venecia. / Sólo supervivencia". 
En otra vuelta de tuerca -este libro es todo menos aburrido-, torna futurista e imaginativo (marca de la casa) y compone una serie de ciencia-ficción en "Los viajes de Saabeim", que a uno le han evocado al Ítalo Calvino inventor de ciudades invisibles. 
Escrito en Córdoba, Albuquerque, Venecia, Marrakech, Providence, Tánger y Málaga, el ilustrado cosmopolita Vicente Luis Mora acaba convenciéndome de que detrás de esta poesía tan del siglo XXI está la poesía a secas, ese misterio. Algo que nada tiene que ver, me temo, con épocas o modas, por muy nocilleras que parezcan (por sintonía, digo, y eso que uno a los de fernándezmallo apenas los conoce). Lo digo, claro, como elogio. Bagué Quílez habla, en fin, de "poesía-fusión". Sea. 

28.10.15

Literatura y Política

La revista Puentes de Crítica Literaria y Cultural, que se edita en las ciudades cosmopolitas de Barcelona, Buenos Aires y Madrid, publica en su número 4, correspondiente al mes de abril de 2015, una encuesta titulada "Preguntas al aire" donde escritores de todos los géneros (hay poetas, profesores, narradores, críticos, dramaturgos, periodistas y traductores) responden a tres cuestiones sobre las relaciones entre la literatura y la política. Ya hubo una entrega semejante en el número anterior sobre el mismo asunto y la consulta ha sido respondida por un total de veintisiete personas. Estas son mis respuestas.

1- ¿Qué relaciones guardan la política y la literatura? Cualquier actividad humana es política. Hacemos política constantemente. Algo más evidente en los sistemas democráticos, donde el ciudadano la ejerce, digamos, con la debida naturalidad. La literatura no iba a ser menos. Hay incluso una literatura deliberadamente política, libros escritos para defender tal o cual punto de vista, a favor de esta o de aquella ideología. Con todo, hay formas más sutiles de significación política, que son las habituales, donde lo importante no es tanto poner en pie una determinada idea sino dejar caer opiniones y actitudes cívicas por entre las páginas. 

2- ¿Cómo puede ejercerse el compromiso político o la responsabilidad social desde la literatura? ¿Es esto deseable? A uno, que vive en un país razonablemente democrático –por más que llegara a sufrir los estertores de la dictadura franquista–, no le parece preciso mezclar literatura y política en términos de militancia, lo que no obsta para que respete a quienes lo hacen. Estoy a favor, sí, de los que se manifiestan en las calles (o dondequiera que sea) en contra de medidas que afectan a la ciudadanía: recortes, desahucios, privatizaciones, etc. Con todo, para uno lo fundamental es el voto. 
Distingo, en todo caso, entre lo que escritor lleva al libro y lo que hace como ciudadano. El escritor y el hombre (o la mujer). Sigo pensando, antiguo que soy, que el compromiso del escritor es, ante todo, con su propia obra. Y pocas dignas de ser denominadas “literarias” soportan esa ración suplementaria de compromiso político a las bravas. Manca finezza
No, no creo que sea deseable que ese compromiso se mezcle, en los libros, con la responsabilidad social. Aunque respeto a quienes toman esa opción, insisto, no comprendo al escritor que milita en un partido político. Será porque los he sufrido de cerca y...
Por otra parte, la gestión cultural ha venido siendo un ejemplo de sana (a ratos) colaboración entre políticos y escritores (o gente de la cultura), pero eso ya empieza a ser historia. En Extremadura hubo un tiempo...

3- ¿De qué modos y en qué casos se manifiestan hoy en la práctica literaria los vínculos entre literatura y política? Leo sobre todo poesía y, aunque en estos tiempos la problemática social ha pasado a formar parte de los versos de algunos poetas, no encuentro en los libros manifestaciones específicamente políticas. Como en los sesenta del siglo pasado, quiero decir. No parece que estemos ante una nueva “poesía social”, lo que no obsta para que esté de acuerdo con Luis Muñoz cuando afirma que, a la sombra de la crisis, tal vez en España se esté gestando una “poesía de testimonio”.
Como decía, todo es más sutil, está más elaborado y, en consecuencia, no es tan visceral y evidente. Y me parece bien que así sea. La literatura, por obvio que parezca, debe ser eso. Al menos como uno la entiende. No digamos la poesía, que de literatura, en sentido estricto, tiene lo justo.