10.6.20

Miguel Veyrat lee "Porque olvido"


PORQUE OLVIDA, ÁLVARO VALVERDE 

Uno siempre ha pensado, o creído, que la verdadera biografía de un escritor reside siempre en su obra. Pero esto, que puede resultar ya un lugar común, cobra más importancia si pensamos que, en muchos casos, puede resultar una máscara para ocultar ciertos rasgos de la personalidad y operar ‘libre y literariamente’ con hechos y relatos a conveniencia de quien lo escribe. Más aún cuando se entretiene el poeta o narrador, en redactar unas memorias, aunque sea revestidas como ‘diarios’ en este caso. 
La lectura de los ‘Diarios (2005-2019)’ (1) de Álvaro Valverde , poeta justamente reconocido por la crítica al uso y desde hace años en la muy inteligente selección realizada por la editorial Tusquets con su colección de poesía “Nuevos textos sagrados”, al borde ya de su desaparición en estos tiempos enfermizos en todos los sentidos, ha resultado para mi, su lector y amigo, un auténtico gozo que volvía más acogedor y amable el ambiente de mi biblioteca, sabiendo que en ella me aguardaban los relatos de sus días. 
El poeta ha querido colocar como lema de los episodios de su vida más personalizados, el mismo que ya figura en su blog -cuna de los textos extraídos de sus páginas y publicados ahora en forma de libro- en lengua latina, ‘Solvitur ambulando’, que sería como decir que todo se resuelve caminando. A ello se refiere asimismo la magnífica fotografía de cubierta, donde podemos ver al poeta caminando de espaldas y cara al río Jerte, escenario de sus paseos habituales, en actitud meditativa que parece absorta en el mismo título de su libro, “Porque olvido”. 
Álvaro Valverde no usa máscara alguna -a lo sumo la odiada mascarilla actual que nos cubre de la pandemia-, no la necesita, su prosa como su vida de hijo, padre y esposo, de maestro de escuela que no quiso nunca ser más que eso que ya es mucho ser, se revela modesta, clara y limpia; no sale del territorio donde naciera y ama con locura, y cuando lo hace por obligaciones propias del menester docente o de la túnica de poeta reclamada por lecturas y presentaciones de libro, regresa a toda prisa casi sin dar tiempo a sus amigos para despedirse de él. 
El libro aparece, de cruz a raya, atravesado por enmarañado tejido de esos recorridos afanosos de ida y vuelta por su Extremadura o en todo caso por los lugares favoritos de Asturias o las playas de Cádiz, concretamente en Conil de la Frontera en cuya arena ha querido el azar que nos hayamos encontrado alguna vez mirando hacia Tánger, patria chica de su esposa Yolanda. No usa máscara Valverde, como hemos dicho, pero sí el pronombre indefinido para hacer que su yo camine tras él. Uno ha querido usarlo también al iniciar estas líneas, por ser rasgo muy marcado del modo de referirse a sí mismo en sus andanzas, actitudes o sucesos de su vida, como a modo de homenaje gramatical por parte de éste su lector ferviente. 
Afirman los sabios gramáticos, que el uso del pronombre indefinido revela unos mecanismos de impersonalización como desfocalizador del centro deíctico, es decir “una táctica de distanciamiento con la que el hablante minimiza su propio papel o el del oyente del discurso”, según Alcaide Lara. Y ésta táctica también revelaría, sin estorbar a la fluidez del relato para nada y antes bien reforzarlo, una vez más la modestia personal de nuestro poeta, virtud por cierto no frecuente en los practicantes de tal género literario, entre los que me encuentro. 
Pero detengámonos unos momentos en el título escogido para sus diarios: “Porque olvido”. La frase forma parte de un verso de su primer libro, ‘Territorio’: “Escribo hacia el pasado porque olvido”, y es que para el poeta es absolutamente esencial dejar bien fijados determinados acontecimientos que marcaron su vida y forman parte de su memoria, “Una copa frágil” añade citando al poeta venezolano Juan Sánchez Peláez. Y cita también definiendo “ese rincón”, como llama al lugar de sus textos, al bibliófilo José Luis Melero: “el diarista, a diferencia del memorialista, carece desde luego de una visión reposada de los acontecimientos. El diarista por tanto trabaja con las impresiones, más que con los recuerdos." 
Uno, que ama la poesía de este amigo al que definió un día Túa Blesa -uno de los mejores críticos de España- como “un melancólico incurable”, lo ha comparado en una reseña de su último libro de poesía publicado “El cuarto del Sirocco”, (2) como un Leopardi en lengua española que hubiese podido muy bien escribir la reflexión poética del “Canto XII: El infinito” (3). A quien pueda tacharme de exagerado, desafiaría yo a leer lentamente el poema leopardiano citado y cualquiera de los poemas de “El cuarto del Sirocco”, metáfora perfecta del resguardo que para su memoria más íntima quiere reservar Álvaro Valverde, ante los vendavales que la vida obliga a menudo a arrostrar al descubierto. 
No deseo alargar innecesariamente estas líneas, escritas sobre todo para invitar calurosamente a los lectores a compartir las vivencias de este hombre que se define a si mismo como tímido y vergonzoso cuando niño, pero que guarda los tesoros de su pensamiento en el interior del conocimiento que la vida le ha otorgado, y teniendo muy presente en todo momento el soplo inesperado y exacto que puede apagar el cabo ya ardido de una vida. 
Por esa misma razón quise yo cerrar en su homenaje mi último libro “Furor&Fulgor”, publicado recientemente en Sevilla por “La Isla de Siltolá”: con tales sentimientos compartidos y expresados en un verso de su inolvidable poema ‘Cementerio alemán de Yuste’: ‘Tiene la muerte una medida exacta’. Este es pues el poema que quise dedicar a este gran poeta y amigo entrañable: 

Donde la herida 

Acercarte finalmente a la última orilla
Frente al infinito
Donde tu fulgor se apaga sin respuesta
Alguna al aliento
Enfurecido de la herida que hasta aquí
Te trajo a pensar
Lo que creíste ver con tus ojos de niño.
_____________________________ 

1.- Editora Regional de Extremadura, Colección Perspectivas, Mérida 2019
2.- Amé siempre esta colina,/ y el cerco que me impide ver/ más allá del horizonte./ Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,/ los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,/ me encuentro con mis pensamiento y mi corazón no se asusta./ Escucho los silbidos del viento sobre los campos,/ y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:/ me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,/ la realidad presente y todos sus sonidos./ Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:/ y naufrago dulcemente en este mar.
3.--En ‘Una oculta razón’, Visor de poesía 1991. Con todo afecto dedico el poema que cierra este libro a mi querido amigo Álvaro Valverde cuya obra poética admiro.
*** 
© Miguel Veyrat

Nota: Esta reseña ha aparecido en el muro de Veyrat en Facebook. Con fecha de 5 de junio de 2020.

Con Antonio Franco en el recuerdo


 


8.6.20

Una carta

Para Salvador Retana, que la escribe

Solo, como quien dice a la intemperie, me he encerrado en la casa de Gredos nueve días. Ha sido como aislarme en un confinamiento que está dentro de otro. He visto el aislamiento desde fuera. Una experiencia, bien lo sé, de las que justifican el sentido final de toda vida. Fue duro soportar esa clausura que elegí libremente. En medio de tormentas de esas que en la sierra parecen presagiar el fin del mundo. Cayeron granizadas y agua a mares y un viento impetuoso que ululaba con un sonido propiamente humano. Padecí noches sin luz y tampoco tenía cobertura para comunicarme con los míos. Comí poco por alargar mi estancia.
Cuando escampaba, atendía a los quehaceres pendientes. He dejado plantada la huerta. Realicé otras labores de urgencia. Hay hierba en todas partes, también en el tejado.
He leído y pintado a diario. Un sólo tema: la montaña que tengo justo enfrente del estudio. Ella, mi Sainte-Victoire; yo, su Cézanne. Como un pequeño Fuji en Gredos. Un libro de acuarelas, como un mantra, como una larga serie de secuencias —fijas, meditativas— en las que veo aparecer y desaparecer el monte entre la niebla. Matices interiores, personales, de mi estado de ánimo.
Conmigo, eso sí, mis dos mastines. Otra experiencia. Llevaban ya solos una quincena y con poca comida. Cada día, a mi modo, conversaba con ellos. Recordaba el diálogo de Cipión y Berganza. La humildad, que es la madre de todas las virtudes. Y nosotros, los hombres, nuestra altiva soberbia. Cuando hay tormenta, los animales tienen miedo. No se separan de casa y de mí. Al final de esos días, para ellos felices, se quedaron muy tristes.
Ya de vuelta, estoy impresionado por esta situación en que vivimos. Mirarnos a distancia, ver el mundo, la turbia realidad de cada uno. Por momentos, yo también he sentido tristeza. Lo que tú no percibes cuando estás dentro de ella. Allí, en esa soledad y ese silencio que no rompen siquiera la presencia y el canto de los pájaros. No sabía cómo volver. Vivir con uno mismo es complicado, igual o más que hacerlo con los otros. Nos conocemos poco y mal. Se acumula en la vida de cualquiera demasiado tiempo muerto. Se ve que andamos por el mal camino. Nos hemos olvidado del origen. De las cosas menudas. De la naturaleza. He meditado mucho en ello. En el fondo, hemos perdido el norte. El ritmo, la armonía, la serenidad.

Nota: Este poema en prosa, digamos, se ha publicado en la cuarta parte de la antología Pándémica, terrestre, infernal, en torno al confinamiento que hemos padecido. Se viene publicando, coordinada por César Iglesias, en la revista asturiana El Cuaderno
La ilustración es de Salvador Retana, de la serie de la que se habla en el texto.

7.6.20

Las memorias de J. A. Masoliver

Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) es conocido, sobre todo, como crítico literario. Desde hace cuarenta años, del suplemento Cultura/s del periódico barcelonés La Vanguardia. Es, además, poeta (tardío, publicó su primer libro con cuarenta y siete años, y uno de los más singulares de nuestro panorama), narrador, traductor y ensayista.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y tras trabajar como lector en Italia, Inglaterra e Irlanda, se asentó finalmente en Londres, donde fue catedrático de literatura española y latinoamericana en la Universidad de Westminster. Ya de vuelta a España, hace quince años, ejerció como profesor del Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. 

Como poeta ha publicado Poesía reunida (donde estaban libros como El jardín aciagoLa casa de la malezaEn el bosque de Celia y Los espejos del mar), La memoria sin treguaSòniaParaísos a ciegas y La negación de la luz, que es la parte de su obra que he leído. Todos estos libros están en el prestigioso catálogo de Acantilado. También lo sustancial de su obra narrativa y ensayística: La puerta del inglésVoces contemporáneas (un panorama de los últimos treinta años de narrativa española en castellano), La noche de la conspiración de la pólvoraLa calle FontanillsEl ciego en la ventana. Monotonías sus particulares aforismos o tonismos) y La inocencia lesionada. Habría que añadir Retiro lo escrito, Beatriz Miami y La sombra del triángulo, publicados por Anagrama, así como la antología Los cuentos que cuentan, en colaboración con Fernando Valls.

Ha traducido, entre otros, a Cesare Pavese, Carson McCullers, Djuna Barnes y Vladimir Nabokov.

La profesora Ana Casas sostiene que su obra narrativa “se inserta en la órbita de la autoficción biográfica al mezclar de manera deliberada materiales pertenecientes a la vida «real» del escritor con otros inventados”, de ahí que en no pocas ocasiones se refiera a esas novelas en las páginas de sus memorias, las que publica también Acantilado bajo el título Desde mi celda. “Si titulo estas memorias Desde mi celda es porque, si bien es cierto que he vivido agitadamente tantas y tantas etapas de mi vida, a mi regreso de Londres, la ciudad que me ha hecho, he decidido recluirme como un aristócrata o un ácrata jubilado, para empezar una vida de reflexión y contemplación. Contemplo el cielo de innumerables luces adornado, como Fray Luis de León, y me recluyo en mi celda—en este caso mi casa en El Masnou—como hizo Gustavo Adolfo Bécquer”. En El Masnou, en efecto, empezó todo.

El libro comienza con estas palabras: “Desde muy pequeño me fascinaban las letras, la tinta, el papel. El papel en blanco y la posibilidad de llenarlo de letras. Nunca de dibujos. Yo no sabía dibujar. Yo sabía escribir”. Más adelante leemos: “Nunca he pretendido ser escritor. Yo quería escribir. Y es lo que he querido siempre. Y nunca me he considerado escritor, aunque al ir publicando libros te convierten en uno de ellos. Por eso estas memorias no quieren ser las memorias de un escritor. No están dirigidas a mí ni a nadie. Lo que quiero es escribir, y del mismo modo que empecé a aprender solfeo, después de traducir, escribir reseñas, artículos, ensayos, cuentos, novelas y poemas, he decidido escribir estas memorias”. Y aclara: “Unas memorias no están jamás acabadas ni son completas nunca”.

En una entrevista concedida a su periódico, comenta a Núria Escur que quiere que sus memorias se lean como se lee la ficción. “Aspiro a que sean prodigiosas no por lo que haya en ellas de real (¿qué es eso?) sino, como ocurre en las Crónicas de Indias, por cómo lo han contado”. Por eso, cabe anotar, el lenguaje ha sido la prioridad a la hora de escribirlas, lo que aprecia el lector a medida que avanza.

“Mi vida no es más interesante que otras, pero es el testimonio de un ser humano que, sin necesidad de haber vivido grandes aventuras, concibe la vida como una aventura, porque lo es desde el momento mismo en que nacemos”, escribe. Sí, “cada vida es irrepetible”. Y cada libro de memorias lo es a su manera, como los de diarios. Masoliver opta por un relato un tanto caótico, el que se produce al ir escribiendo sin brújula o sin un plan del todo preconcebido, donde nunca figuran las fechas, si bien se mantiene, siquiera en precario, un hilo temporal que va desde la infancia hasta la vejez. O, mejor, desde el pasado hasta el presente. “Y si yo ahora cuento libremente, ¿se me entenderá? Porque la escritura es, esencialmente, comunicación”. Se le entiende. 

Porque “nuestras vidas están condicionadas por los espacios en los que hemos vivido”, pronto cuenta que aunque nació “en una clínica del (...) del barrio de Gràcia (...), la realidad es que durante la guerra civil mi padre había sido enfermero y en El Masnou encontró la casa de la carretera de Teyá, donde posiblemente fui a vivir yo recién nacido”. Luego, a los nueve años, “me fui a vivir con mis abuelos paternos al piso de Rambla de Cataluña, y en El Masnou me convertí en un veraneante, o sea, en un niño pijo”. Se fue más tarde a vivir con su tío Juan Ramón a Vallençana. Aquí descubrió la naturaleza y “el encanto de la soledad”, explica. Después, Italia: “Si el mes y pico en Perugia me sirvió para apreciar intensamente qué significaba vivir lejos de la opresión del franquismo, el año de lector en la Universidad de Génova me ayudó a tomar la decisión de no vivir en España ni en Barcelona. Me convertí en un apátrida y un apatriota. Llegaron más adelante París, Londres (“donde—con la excepción de dos años que pasé en el Trinity College de Dublín—viví cuarenta años”), México, Buenos Aires... Y las escalas en Altea o Formentor. Y siempre El Masnou. “Todos estos lugares (...) me han marcado profundamente y me han convertido en la persona «diferente» que soy para muchos, y la suma de todo ellos es la que ha de marcar estas memorias”. “Uno no sólo vive donde vive —leemos— sino también en lo que ve”. “Creer en patrias, y a mi edad, sería trágico”, le dijo una vez Masoliver al periodista Ferran Bono.

En El Masnou, dije, empezó todo. En la casa de la carretera de Teyá y en su jardín. Con los insectos. En contacto con los vecinos, por más que ellos fueran forasteros “castellanohablantes”. Con el padre, un elegante abogado de origen aragonés y anglófilo declarado, y la madre, de origen rural (“Sus ataques de histeria me marcaron para siempre”). Con los hermanos: Bartolo, Nito, María Luisa (muerta prematuramente), Carmen... “Personas cultas en un pueblo ajeno a la cultura”.

Ya en Barcelona, en el piso de Rambla de Cataluña, convivió con sus abuelos (ella, la “generala”; con él, paseaba) y su tío Juan Ramón, periodista (corresponsal de La Vanguardia en el extranjero), crítico literario y de arte, amén de traductor. Fundador de la revista Destino y de los Premios de la Crítica. Una persona fundamental en su vida.

Cuenta en sus memorias, cómo no, sus años barceloneses como estudiante, nunca bueno, según él. Su paso por la universidad. Habla de sus amigos (Luis Maristany, Mario Páez) y de sus amigas. Y de sus profesores: Martín de Riquer, Blecua, Vilanova... No podemos dejar de citar a Carlos Clavería que le facilitó un lectorado en el King's College, primero, y la jefatura de estudios del Instituto de España, después, ambos en su etapa londinense.

Hay muchas líneas dedicadas a escritores, casi siempre amigos. Del lado ultramarino: Octavio Paz, Cabrera Infante, Augusto Tito Monterroso y su mujer Bárbara Jacobs, Antonio Cisneros, Sergio Pitol, Eugenio Montejo, Pedro Serrano, Alberto Girri, Ricardo Piglia... Del lado español: Vila-Matas, Clara Janés, Antonio Gamoneda, Cristina Fernández Cubas, los “biednamitas” (su preferido, Carlos Barral), Mercedes Monmany y César Antonio Molina, Sánchez Robayna, Ana María Matute, la familia Panero, Jordi Doce, José María Micó (con el que comparte vocación italianista), Sergio Vila-Sanjuán (su jefe en el suplemento), algunos sevillanos (Linares, Ortiz) y catalanes (en catalán): Vinyoli o Gabriel Ferrater.

Aunque escriba “yo no quiero ajustar nada” y manifieste su intención de “escribir estas memorias sin prejuicios, sin intención de ofender pero sin por ello negar el rencor, más cercano a la verdad que el halago”, hay algunos desquites. El más contundente e inmisericorde contra el crítico y editor Ignacio Echevarría. Tampoco salen muy bien parados José Emilio Pacheco, Juan Villoro, Gabriel García Márquez, Aurelio Asiain, Toni Marí o Beatriz de Moura...

Secundarios, pero personajes de la obra, sus hijos: Yashin, Ilya y Daniel. Más importante es la presencia de sus mujeres. Con las que se casó (y de las que se divorció, un asunto sobre el que reflexiona), quiero decir: Chandra, Celia y Sònia, la actual, a quien dedica páginas emotivas. Tampoco escatima elogios para la primera.

Entre sus obsesiones (o sus intereses), el sexo (con abuso de menores incluido, pero sin olvidar su “tetofilia” u otras aficiones más satisfactorias e interesantes), la bebida (ha sido un gran bebedor, como los de su quinta literaria, por más que él abomine de las clasificaciones generacionales), la enseñanza (de la que saca lecciones a tener en cuenta), el tenis (y el boxeo, cuando joven), los hoteles, la caligrafía, las enfermedades y su “relación con los médicos” (a los hipocondriacos, como él, los enviaría al psicólogo), el cuerpo (el suyo, alto y delgado), los relojes...

Gran viajero, la de Masoliver no deja de ser la historia de una huida. Hasta el final, o casi. A la vuelta a El Masnou, tantas veces mencionado, dedica una parte sustancial de estas memorias. Porque es mucho más que un lugar. En ese espacio concreto, construido más que nada de recuerdos, se cifra la verdad de una existencia. 

“Era y quiero ser una buena persona”, dice, y “Nunca fui feliz. Mejor dicho, nunca creí demasiado en la felicidad”. “Algo me salvó”, concluye: “Me gustaba escribir”. 

Si por algo se caracterizan estas memorias es por el peculiar sentido del humor de su autor. Baste como muestra este ejemplo. Cito: “Basta. Interrumpo la escritura. Otra vez un mensajero con más libros. ¿Por qué se escribe tanto, se publica todavía más y se lee tan poco? Ellos son los responsables de mis digresiones. ¿Y por qué tanto escritor desconocido por mí me dedica su libro siempre con admiración, amistad y un gran abrazo?”

Me han gustado especialmente las consideraciones de Masoliver sobre el ejercicio de la crítica. Abundan. El crítico “tiene que dirigirse a los lectores, no a los autores”, escribe. Lo considera un “autodidacta”. No debe ser “justiciero”. Recomienda a los muy exigentes que intenten escribir una novela “para entender las dificultades con las que se enfrenta todo escritor”. Cree que “hay que respetar al lector”. Que “a quien lee la reseña lo que le interesa es cómo escribe el crítico”. Que “es bueno ser crítico, pero la crítica no tiene que ser negativa o corrosiva más que cuando es necesario que así sea”. 

También dedica algún párrafo a la escritura (que para él, apasionado lector, va unida a la lectura), clave de bóveda de estas memorias. Y a los premios literarios y los jurados. “¿Hay trampa al premiar al amigo?”, se pregunta. Y responde: “Un lector exigente tiene amigos exigentes”. 

Da a entender que este libro cierra un ciclo, si no de vida sí de escritura: “voy a dejar de escribir definitivamente”. No ha terminado de decirlo cuando explica que la poesía “está siempre al acecho”. En la entrevista a Escur se informa de que tiene un libro de poemas y otro de tonismos terminados y el propio autor desvela en este libro que tiene un par de novelas inéditas. No doy mucho crédito, pues, a la tajante decisión de abandonar lo que ha sido, ya se lee, la verdadera razón de esta incesante huida.

Desde mi celda termina con un poema. Nada extraño en quien se considera ante todo y por encima de todo poeta. Dedicado a Sònia (la escritora Sònia Hernández, con la que se lleva 37 años), su “princesa republicana”. A uno se le antoja un tanto eliotiano. Allí leemos: “Busco palabras para sobrevivir”, un verso elocuente que resume esta larga, viajera e intensa vida narrada en primera persona por Tono Masoliver Ródenas. Que dure. 

 

Desde mi celda. Memorias

Juan Antonio Masoliver Ródenas

Acantilado, Barcelona, 2019. 296 páginas


Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista asturiana El Cuaderno. 

2.6.20

De videoconferencia


Estos son los enlaces sobre los que has de pinchar para asistir a la videoconferencia del próximo jueves. Así de sencillo. 


31.5.20

Mi prima Ana


Ha muerto mi prima Ana Carolina Valverde García. Para todos, Ana. Se ha ido, como quien dice, en un abrir y cerrar de ojos. Cuesta creerlo. Hace apenas dos semanas que nos cruzamos con ella en el Parque de la Coronación. Iba en una silla de ruedas que empujaba su padre. Estuvo tan cariñosa como siempre. Yolanda y yo íbamos con Paco y Santiago Antón, otro viajero inmóvil. Nos saludamos guardando las malditas distancias. Y ahora...
Ana era paralítica cerebral. No se me ocurre mejor homenaje que publicar aquí su historia. Una historia. La mía. Apareció en una edición no venal, con unas bonitas ilustraciones de Cristina Pérez-Cortés, en 2002, como explico en la nota final. Pocos habrán tenido acceso a ella. Muchos de mis lectores habituales desconocían, a buen seguro, su existencia. 
Quería mucho a Ana. Hasta el final fue una prima pequeña, por más que su edad no fuera ya la de una niña. Sería interminable enumerar los recuerdos que me unen a ella y que, mientras la cabeza aguante, seguirán conmigo. Son una parte esencial de mi vida. Muchas horas compartidas, aunque en los últimos años nuestros caminos no se cruzaron tanto. 
Comprendo el infinito dolor que sentirán ahora mis tíos. Sé que, más allá, son conscientes de que pocos padres han hecho tanto y tanto por una hija como ellos. Su tarea, vista desde la perspectiva que da el tiempo, es admirable. Lo mismo cabe decir de su hermana Isel (el nombre que le puso Ana y se quedó ya para siempre), siempre a su lado. Miguel y Eloy, el pequeño sobrino de Ana, sabrán ayudarla en estos duros momentos. 
Dice Antonio Moreno en Visita de año nuevo (un libro emocionante que ando leyendo) que "quienes vivimos somo receptáculos —acaso vasijas— de los muertos a quienes amamos". A buen seguro. 
Ana, guapa, descansa en paz. No te olvidamos. 

UNA HISTORIA DE ANA


A mis tíos, Isabel y Paco.Y para mi prima Isel.


LOS SUEÑOS

Primero fue el silencio. Aunque antes del silencio, vino el sueño. Visitó las almohadas donde habitan aquéllos que en penumbra imaginan su vida con un hijo. Y luego vino el hijo. La hija, en este caso. Y era hermosa. Y larga, largamente deseada. Parece que la veo en su cunita, muy blanca y en silencio. Porque, se dijo, primero fue el silencio. Un espeso silencio. Un muro casi. Y no hubo llanto. Ana era un huésped callado. Un ser que miraba este mundo con distancia. Mas no por eso era menos bonita. Y trajo la alegría, como todos los niños. Y, como todos los niños, trajo el llanto. No el suyo, es verdad, pero sí el de sus padres. Lágrimas de emoción por la hija. Lágrimas de dolor por la hija. Lágrimas sin porqué. Por la hija.


LA NOTICIA

No voy a descubrir nada si digo que hay noticias que marcan de por vida; que uno, en ese instante, desearía matar al mensajero y luego, de inmediato, acaso darse muerte. No creo que exagere. Hay noticias... ¡Es tanto lo que implica un diagnóstico! Más si se comunica a bocajarro, sin el tacto debido, con torpe alevosía, por sorpresa. La vida en ese instante se viene boca abajo y hay que levantarla desde el suelo, hecha pedazos. Reconstruirla es la tarea que habrá de llevarnos el resto que nos queda de existencia. Esa mitad que nos parece casi imposible de soportar por culpa de la responsabilidad sobrevenida. “Somos tan jóvenes, nuestra hija es tan frágil...” Pero de todas las flaquezas surge siempre esa fuerza que nos permite, ay, seguir viviendo. No somos en esto diferentes del resto. Todos llevamos cargas (falsas o verdaderas, reales o psicológicas) y a todos nos asusta ese futuro que ni siquiera sabemos si llegará a ser nuestro. Todos supervivientes. Hay noticias...


LA INFANCIA 

Recuerdo muy bien la niñez de Ana. Era el juguete de los primos mayores. Era el foco de atención de tíos y de abuelos. Era el centro del mundo de sus padres. Se acercaba a nosotros a pesar de vivir casi siempre muy lejos. Venía hasta aquí viajando a través de una vaga sonrisa. Se aproximaba lentamente y nos miraba con ojos asombrados. Y su mirada era muy grande, del mismo tamaño de sus ojos. En ella cabía todo aquello que los niños son capaces de dar cuando nos miran. Y aunque no hubo palabras, sentimos su amor en el silencio. ¡Cómo sonaba! Y aunque no hubo caricias ni hubo besos, nosotros nos sentimos halagados por ese derroche de amor. Ese exceso, a su modo, de cariño que siempre nos ha dado. Hasta el presente. Nos dolió, cómo no, que sus juegos no fueran los mismos de los otros. Que no pudiera jugar a algunas cosas. Sabíamos, sin embargo, que Ana era feliz y su felicidad era la nuestra.


LA FAMILIA 

Se dijo también antes: Ana fue para los suyos el foco de atención. Y fue protagonista, entre bromas y veras. Y todos nos reunimos con motivo de sus sucesivos cumpleaños. Y todos derrochamos afectos, casi a espuertas, para que comprendiera, desde ese ignoto lugar donde ella estaba, que su familia, sin duda, la quería. ¡Vaya si la quería! Recuerdo el dolor de las abuelas, al principio, cuando, desde su instinto, comprendieron. Recuerdo el dolor de cada uno. Pero no recuerdo ni una palabra inútil, ni una queja, ni un solo regodearse en supuestas desgracias, ni una alusión siquiera a no sé qué tragedia figurada. Tal vez porque muy pronto, y todos al unísono, entendimos que, lejos de ser eso, lo que Ana traía era lo mismo que aporta cualquier niño: grandes dosis de amor, alegría a raudales, buenos momentos. Porque desde el principio se nos hizo entender que la normalidad iba a ser pauta y el camino iba a ser, sin dudarlo un momento, hacia delante, siempre adelante, hacia la redención y el optimismo. 


EL BAÑO 

Ana es el agua. Un ser acuático. Nadando, después de mucho esfuerzo, se defiende mejor que muchos otros. Ese camino hacia delante al que aludía se demuestra en conquistas como ésta. Andar, primero; hablar, más tarde; nadar, en fin, y todas esas cosas que parecen lograr todos los niños sin mayores complicaciones y temores. Lo que en Ana han sido años, en la mayor parte serán sólo unos días, unas pocas semanas, tal vez meses.
Ana es el agua. La de una piscina clorada y transparente o el agua densa y móvil de la playa. Por eso Ana tiene espaldas de nadadora consumada. Cuerpo de atleta. Sí, porque el deporte es para Ana su pan de cada día o así ha sido en jornadas (para cualquiera interminables) de bicicleta estática y tablas de gimnasia.
Ana es el agua. Brazada va, brazada viene, haciendo largos y anchos de piscina, mientras resopla como señal de esfuerzo.
Y es que Ana es acaso como el agua: muy clara, porque se ve siempre su fondo; y limpia en sus afectos. Sin esos atributos que tenemos el común de los mortales y que son incompatibles con las virtudes que siempre atribuimos a las aguas: a esa bendición, a ese milagro.


LA MADRE 

¿Qué decir de la madre de cualquiera? La sencilla mención es elocuente. Decimos madre y se nos abre un mundo. Yo recuerdo, porque la vida es un simple ejercicio de olvido y de memoria, a la madre de Ana, en Salamanca. La recuerdo allí, aunque nunca la viera. Porque estaba allí sola, con su hija. Acudiendo con ella cada día al hospital cercano para la rehabilitación interminable. ¡Es tanto el esfuerzo que requieren los niños como Ana! ¡Es tan costoso criar a cualquier niño! La veo, ya digo, sola. Afrontando ese hecho con paciencia, con el mismo talante con que ha venido afrontando casi todo. La imagino en una habitación pensando en eso. En si merecería la pena el sacrificio. La veo en Salamanca, una ciudad distinta de la suya, a la que acude cada lunes y de la que sale cada viernes, con su hija. La veo bajo el frío. Bajo la nieve incluso. En ese clima hostil, en medio de una ciudad hermosa, cómo no, y hospitalaria, pero ajena; en la que vive los días laborables en medio de otras luchas. Es esto el heroísmo. Sólo esto. Que nadie busque excusas de película. Aquí, en estas circunstancias, se demuestra aquello que nos hace imprescindibles. Ser madre. 


EL PADRE 

Para muchos, en especial si son vecinos de la ciudad donde vivimos, el padre de Ana es el que conduce ese extravagante tándem donde practica bicicleta con su hija. Así desde hace años. O el que vigila sus largos y anchos de piscina. Eso hacia fuera. Dentro, en su casa, son otras las tareas que tiene encomendadas. Todas inevitables, pero no por rutinarias menos importantes. Y entonces llega el baño, la gimnasia, la música, los puzzles, las copias de escritura, las películas... 
Como todos los padres de niños con problemas también luchan por ellos de otro modo: pensando en su presente, sí, pero también en ese innombrable futuro, tan temible, cuando ellos ya falten. Esa es su otra batalla. No sé si la más dura.
Uno prefiere recordarlo en ese tándem, por las cercanía de Isla Canela, en Ayamonte, pedaleando al mismo tiempo que su hija; los dos en el mismo movimiento; ambos unidos por un vehículo que simboliza la decisión más importante de su vida: la de llevarla de su mano lo mejor y más lejos posible. La suya es una huida calculada: por su bien, cómo no, y hacia delante.


LA HERMANA 

Isel era una niña pequeñita. Quiero decir que era menuda, muy delgada y así ha seguido siendo algunos años. Comía mal, no como Ana. Y era acaso más seria que su hermana. La miraba con ojos retraídos, como sin comprender muy bien lo que ocurría. Aquélla le pasaba la mano por la cara, con cuidado, cuando estaba en la cuna, de pequeña. Cuando ella llegó, la alegría fue inmensa. La casa se llenó de una luz que faltaba. Era una luz de otra intensidad, complementaria. No sé si ha sido fácil ser hermanas en esas circunstancias. Sabemos que un ser desvalido (por más que cualquiera de nosotros lo seamos), precisa atenciones que en el resto se interpretarían excesivas. Que a pesar de saber que el cariño de una madre o de un padre, o de los dos a un tiempo, se reparte en un porcentaje semejante entre sus hijos, siempre habrá uno que demande un mayor tanto por ciento de ternura. Que la vida iba en serio, ya lo dijo el poeta, uno lo empieza a comprender más tarde. A estas alturas, Isel lo habrá entendido. A buen seguro. 


LA ENFERMEDAD 

Recuerdo a Ana, de niña, con las piernas aparatosamente escayoladas, separadas por hierros. Está tumbada en el sofá, con cara de paciencia. 
Recuerdo a Ana, en el hospital, después de alguna crisis, y tiene también la misma cara. 
Encaja bien esas durezas que a los otros, de sólo mencionarlas, nos superan. 
Veo caras de preocupación en la familia y, de pronto, allí en medio, la tensión que se rompe al romper su sonrisa. 
Ana vuelve a salir de un nuevo túnel y se aferra a la vida con la fuerza que le gusta mostrar cuando sus manos se estrechan a las mías. La misma que demuestra cuando me pide que le agarre del brazo, a la altura del bíceps. 
Para ratificar que Ana ya ha vuelto, nos sonríe.


SU RETRATO

Ana es ya una mujer de cuerpo entero. Me resigno, no obstante, a que así sea. Quiero decir que para mí sigue siendo la niña que en rigor siempre ha sido. Con el tiempo y las complicaciones de la vida, nos hemos ido distanciando. Además, los dos trabajamos. Eso no impide que esté en mi pensamiento cada poco y que cuando la vea no parezca que fue ayer la última vez que nos besamos. Sí, porque Ana es cariñosa. En su forma de ser, abierta, extrovertida. Tiene la risa fácil, muy sonora. Como a todos los jóvenes, le gusta bailar con sus amigos las tardes de los sábados. Le encanta escuchar música. Tiene un pelo muy negro y muy duro y su piel es oscura, sobre todo en verano. Ya dije que le encanta el aire libre. Tiene las cejas pobladas y es coqueta. Prefiere caminar (uno de sus triunfos) a pasear sentada en su silla de ruedas. Es muy sociable. Le encantan las reuniones familiares y, de entre los numerosos primos, es ella quien conserva eso que se ha dado en llamar el carácter predominante de los nuestros: a saber, una mezcla casi perfecta del gusto por cantar, por comer y por reír. Un común sentido del humor, diríamos. Ella es así, como sus tíos. 
Una vez, hace años, hicimos un largo viaje juntos y no dejó de hablar. Podría decir, mejor, que el viaje con ella continúa y que, en verdad, nunca hemos dejado de hablarnos. Ojalá nos dure la conversación, y por tanto el trayecto, mucho todavía.


NOTA DEL AUTOR

No me gusta escribir en abstracto. O tal vez debería decir que no puedo o no sé hacerlo. Lo cierto es que cuando escribo lo hago desde mi propia experiencia, ya provenga del recuerdo o del olvido, de lo vivido por mí o de lo que he vivido en otros, de lo leído o de lo escuchado. De lo soñado, incluso. Por eso, cuando tuve que enfrentarme a este texto no pude por menos que echar mano de mi memoria personal, aunque fuera a costa de que lo verdadero y lo falso, lo real y lo inventado, sin que uno lo quisiera, se colara de rondón entre sus líneas. ¿No es a eso, precisamente, a lo que denominamos literatura? 
Le he dado forma de narración porque contar sigue siendo una de las mejores formas de comunicar sensaciones. Y de llegar al lector, a qué negarlo. No me duelen prendas confesarlo a pesar de que uno se considera antes que nada poeta. 
Para que mi historia tuviera un hilo conductor, una unidad, busqué para ella un personaje. O mejor, un protagonista. Lo encontré en Ana, que es mi prima. Paralítica cerebral, para más señas. Ella me ha servido de pretexto para expresar en voz alta pensamientos y sensaciones que nunca hasta ahora había puesto en palabras. Es verdad, no obstante, que uno de mis primeros poemas -muy incipiente, muy torpe- lo escribí inspirándome en ella. Por fortuna, está inédito, pero demuestra que Ana me preocupa desde hace mucho tiempo. 
A mi modo de ver, Una historia de Ana es también una carta; una carta que me he escrito, para empezar, yo mismo, que, para seguir, he mandado a sus padres y a su hermana y, para terminar, envío a todos los familiares y amigos de las personas discapacitadas. 
Alguien ha dicho que se escribe para dar voz a los que no la tienen. O a los que, si la tienen, no pueden levantarla. Quiere creer que éste es el caso. Que, si bien hablo de mí, al mismo tiempo recogen mis palabras el eco de esas voces que ahora callan. 
Espero, en fin, no haber cometido dos de los pecados más frecuentes en este tipo de ejercicios sobre el delicado asunto de la discapacidad: el paternalismo y la sensiblería. 
El presidente de la Fundación Tutelar de Extremadura, José-Javier Soto, me propuso escribir un texto para los asistentes a un congreso sobre discapacidad que se iba a celebrar en Olivenza. De esa amable invitación surgió Una historia de Ana, diez breves estampas ilustradas con dibujos de Cristina Pérez-Cortés, que tenían como fuente de inspiración a mi prima Ana Carolina Valverde García, paralítica cerebral. 

Á. V. 
Plasencia, julio de 2002



30.5.20

El estilo tardío según Kjell Espmark

Decía aquí atrás que era impagable la tarea realizada por Francisco J. Uriz (Zaragoza, 1932), su pasión por divulgar entre nosotros la poesía del norte de Europa.
Poeta, dramaturgo y, sobre todo, traductor, su trabajo ha sido siquiera en parte reconocido con la concesión, en dos ocasiones, del Premio Nacional de Traducción: en 1996 por Poesía nórdica (Ediciones de la Torre, 1995) y en 2012 por el conjunto de su obra. 
También la Academia Sueca otorgó a Uriz en 1975 el Premio de Traducción y en 2008 el Premio por la Difusión de la Literatura Sueca en el Extranjero. Por su parte, el Gobierno de España le concedió en 2008 la Encomienda de la Orden del Mérito Civil. 
Cabe recordar, en fin, que fue el fundador de la Casa del Traductor de Tarazona.
Su última entrega, Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas (Erial, Zaragoza, 2020). En el prólogo leemos: “Una antología de poesía escrita por mujeres. ¡Qué absurdo! Es algo así como una antología de poetas rubios o de ojos azules o de militantes del LGTB. ¡Ojalá esta fuese la última vez! Pero me temo que habrá que seguir haciéndolo para conseguir la visibilidad que les corresponde y expresen su visión de la vida y el mundo”.
Libros del Innombrable, editorial zaragozana como él, con un tesón comparable al de Uriz, viene publicando últimamente algunas de sus versiones. Por ejemplo, tres obras de Kjell Espmark: El espacio interior (2015), La libertad del ocaso (2019) y ¡Préstame tu voz! (2020).
Espmark nació en Strömsund en 1930, al norte de Suecia. Es poeta, novelista (suya es la serie de siete novelas Tiempo de olvido), ensayista e investigador literario. Fue catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Estocolmo. Desde 1956 ha publicado dieciséis libros de poemas. Miembro de la citada Academia Sueca, fue presidente del Comité Nobel de 1988 a 2005 y autor del libro El Premio Nobel de Literatura. Cien años con la misión, que está en el catálogo de Nórdica (traducido por Marina Torres). En castellano también, hay una amplia muestra de su poesía en Voces sin tumba (Fundación Jorge Guillén, 2005) y la novela Béla Bartók contra el tercer Reich, en traducciones del mismo Uriz. 
Como el propio Espmark explica, ¡Préstame tu voz! es el ”título de una trilogía compuesta por los poemarios: Vía LácteaEl espacio interior y Una nube de testigos”. En la primera (que Uriz, por cierto, publicó como libro exento en la colección Los tres sorores hace once años) y la tercera, precisa que “hablan cien figuras a través de mi voz” y en la parte central, “comparece la propia voz prestada, en parte en fragmentos autobiográficos, en parte, intercalada, en las voces exteriores que han formado este yo”. Es una obra ambiciosa y lograda con momentos de gran intensidad. 
“Podríamos decir que un catálogo de esas características comenzó a ser elaborado hace más de dos mil años por los anónimos poetas griegos que prestaron su voz a muchos muertos en la llamada antología griega o palatina” –comenta– y añade: “Yo mismo llevo muchos años camino de este poemario”. Allí leemos: “la poesía es el alimento del idioma, / da palabras a lo indecible”.
Con todo y, ya digo, a pesar de la calidad del libro, prefiero centrarme en el anterior, La libertad del ocaso, que, sin duda, me ha conmovido profundamente. 
En una nota inicial, según costumbre, Espmark escribe entre otras cosas: “La libertad del ocaso se inserta en la viva discusión que parte del análisis que hizo Theodor Adorno del tardío lenguaje tonal de Beethoven, su «Spätstil». La idea la ha divulgado Edward Said en su ensayo On late style y después de él John Updike entre otros. Milan Kundera ha acuñado la expresión «vesperal freedom» para nombrar el específico sentimiento vital de que se trata.
La imagen que transmiten del idioma del artista envejecido difiere considerablemente de la idea admitida en general de un estilo sereno, otoñalmente luminoso. Subraya en cambio cómo el viejo maestro, que domina totalmente su medio, rompe en un arrebato de cólera con su obra anterior y con ello también con su público habitual.
El estilo tardío es un exilio que desde un punto de vista implica una depuración de todo bagaje superfluo, desde otro un rechazo de las exigencias del idioma comúnmente aceptado de reconciliación de contrarios y contradicciones, así como de todas las exigencias de contexto y coherencia”.
Confiesa, para terminar, que a sus 89 años, “«lo único necesario» (...) ha sido desde hace mucho tiempo una meta para mí”. Se trataría de “precisar nuestras condiciones tardías como personas creativas”.
En efecto, ese “estilo tardío” ha dado obras excepcionales, a veces las mejores de algunos autores y eso que se suele aseverar que la poesía era flor de juventud, uno de los muchos tópicos que la aquejan. Para demostrar lo contrario, este puñado de excepcionales poemas reunidos en un volumen cuya cubierta ilustra una sugerente acuarela, “Sjundby gård”, de la finlandesa Helene Schjerfbeck. Veinte poemas asombrosos. 
El primero del libro, “Estilo tardío”, sitúa a la perfección la clave del conjunto. Allí leemos: “Pero la sencillez es un modo engañoso. / Hay que alcanzarla dando un rodeo / que cruza por medio de los arbustos de endrino”. Y: “Lo único necesario / es razonablemente inexplicable”. 
Distintos personajes –músicos, pintores, narradores, poetas, arquitectos, etc.– se enfrentan a la realidad y al arte en sus postrimerías. No todos son, en rigor, monólogos dramáticos, pues no siempre están escritos en primera persona, pero a través de ellos Espmark reflexiona, desde el conocimiento profundo de su vida y su obra, sobre sus respectivas poéticas en el decisivo momento del final, el de la verdad, ese que ya no admite ni componendas ni trampas. Se trata, en todo caso, de “prestar la voz” para que otros se expresen por medio de ti. Por ejemplo, en “Ahora Beethoven se ha vuelto loco”: “Llaman incomprensible a su estilo tardío”. “La sordera son sólo los primeros pasos / de entrada en un silencio más severo― / el que él ha tomado a su servicio. // Sí, él arroja al público al silencio”. Y más adelante: “En las notas no se deja entrar nada prescindible”. De eso se trata, de llegar a ese “cuarteto en do sostenido menor” al que el compositor alemán se estuvo dirigiendo a lo largo de su vida. 
“Antecedentes al decreto del emperador” es un delicioso cuento chino que protagoniza Wu Tao-tsu, que en su afán de perfección y despojamiento (labores que van al unísono) se vio obligado a completar su cuadro “desde dentro”, lo que obligó al emperador a prohibir a los artistas “empadronarse en su propia obra”. 
En otro poema Linneo, otro sueco, al que se le escapa el tiempo (“hay prisa”), confiesa que “Escribir una flora más severa / fue la misión de mi vejez”. 
Terrible es la historia de Xu Wei, que “Pintó el bambú con tal expresividad / que el viento lo mecía en el papel” y mató a su mujer con un hacha: “El resto / es su estilo tardío. Lo que da miedo es / que él blandió el hacha con el mismo arte /  que en sus pinturas más notables”.
En “Mallarmé llama a la destrucción su Beatrice”, un verso que es una poética: “Se trata de eliminar”. “Y luego de borrarse uno mismo”. Dos principios básicos del estilo tardío. “De lo que aquí se trata es de la última hora / deletreada en fragmentos y soledad”, leemos en “El hombre que camina”. 
Preciosos me han resultado poemas como “Yo no quiero vuestro maldito futuro” (al que pone voz Edith Södergran, pionera de la poesía en sueco en Finlandia), que empieza: “Tarde encontré el país que no existe / donde el idioma que se habla  es transparente / y carece de palabras usadas”. Y termina: “Soy una poeta que no existe”. O el impresionante “Tarde o temprano en Alejandría”, en el que habla Cavafis: “Mi misión era el idioma tardío / donde decepción y placer / caben en la misma sílaba”. Pone en boca del poeta alejandrino versos como: “El mundo sólo existe con posterioridad”, “Yo condeno el concepto tiempo”. O el maravilloso, eso me parece, “El cielo presiona sobre Övralid”, en el que encontramos a un decrépito Carl Gustaf Verner von Heidenstam, Nobel de Literatura de 1916, en su casa del lago Vättern, donde murió: “La existencia se encoge a mi alrededor”. “¿Quién es en mí el que recuerda?”.
Bártok (una de sus obsesiones, ya vimos que le dedicó una novela aparece en otro poema. Está en su penoso exilio estadounidense. “La leucemia se llevó la vitalidad misma”. “En la partitura cansancio, nada más”. “Pero el camino tiene que pasar por lo difícil”, señala. “El estilo tardío recuerda todo lo duro”.
Sí, “Tengo que captar lo único necesario. / De prisa”, se dice la pintora Helene Schjerfbeck ante su “último autorretrato / en captut mortuum”. 
En otro, Anna Ajmatova sigue esperando (“En los terribles años de Yezhov hice fila durante diecisiete meses delante de las cárceles de Leningrado”, relató la poeta rusa): “¿Puede describir esto? / Sí puedo”. Y compuso Réquiem, uno de los grandes poemas del siglo XX.
“Viajar en un texto cada vez más denso” es otro poema capital donde la protagonista es la alemana Nelly Sachs ya en Estocolmo, donde fallece. “La creación es un exilio constante”, dice. Y: “Al mismo tiempo el idioma tiene que condensarse / hasta que el susurrante carbón que viaja por el aire / quede comprimido hasta convertirse en diamante”. 
El siguiente es para el galeote Ezra Pound que busca “en vano las palabras para el arrepentimiento”.
El que dedica a Beckett (“En realidad él enseñó a hablar al silencio”) es otra joya. “¿Qué significa por cierto la palabra «esperar» / cuando el tiempo está a punto de acabarse”. Concluye: “Y él recupera su silencio. / Su retórica es devastadora”. 
“El idioma tardío se llama: tacha”, leemos en “También estas palabras pueden tacharse”, donde el autor vuelve sobre esta acerada poética del idioma tardío. 
La figura de “La libertad del ocaso”, poema que cierra el libro y le da título, es Gunnar Ekelöf (al que, por cierto, Uriz tradujo para la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz). “El hogar definitivo es el desarraigo”. “El escritor tardío es un isla / sin siquiera una barca subida a tierra”. Sus últimas estrofas son: “La vida social se ha convertido en algo secundario―/ un escritor no tiene biografía. / ¿De qué le sirve a un nonagenario / por ejemplo un nombre como Kundera. // Una última constatación es la indiferencia / ante el juicio de otros, una euforia que ha comprendido / que la vida venidera puede preceder a la muerte”.

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno

28.5.20

La cubierta de "Porque olvido", Bernal y el Carlos


En una extensa carta privada con la que acusa recibo de Porque olvido, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura y académico de la Extremeña, mi querido amigo José Luis Bernal Salgado, poeta, escribe: «La cubierta es espléndida, y aunque la imagen remite a un paisaje alejado de tu ribera placentina, que tanto amas, algo hay de ella en la atmósfera melancólica de Corbet. Obviamente el significado de la imagen cuadra de maravilla con el libro por razones poderosas de naturaleza simbólica (me acuerdo, por ejemplo, del maravilloso poema de Dámaso "A un río le llamaban Carlos")». 
Con la agudeza lectora que le caracteriza, Bernal consiguió sorprenderme. No recordaba ese poema de Alonso, lo confieso. Además de releerlo y comprobar la pertinencia de la cita, he investigado un poco sobre él. Tiene mucha enjundia y forma parte de su libro Hombre y Dios (Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955). Abrió, además, el primer número de la revista cubana Ciclón (la de Piñera, complementaria de Orígenes, la de Lezama) en enero de aquel mismo año, cuatro antes de que José Luis y yo naciéramos. 
Debajo del título, y entre paréntesis, se indica: "Charles River, Cambridge, Massachusetts" (el río al que se refiere el poema, evidentemente, que recorre 80 millas del norteño estado norteamericano), y está fechado en Dunster House, "una de las doce casas residenciales de pregrado en la Universidad de Harvard", según la socorrida Wikipedia, donde residió el poeta del 27 como profesor invitado. Creo que merece la pena copiarlo aquí. 

A UN RÍO LE LLAMAN CARLOS

(Charles River, Cambridge, Massachusetts)

Yo me senté en la orilla;
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;
y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
Dímelo, río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.
Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
(genero, especie)
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante
cuál de tus mil reflejos, tu reflejo absoluto
yo quería indagar el último recinto de tu vida
tu unicidad, esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.
Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye
entre edificios nobles, a Minerva sagrados
y entre hangares que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente.
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera.
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.
Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente
y no escuchabas a tu amante extático
que te miraba preguntándote
como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos,
y si en su sima el mundo será todo luz blanca
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días—qué verano— tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.
Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando
el fluir de este río
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.
Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza
ni por qué te llaman Carlos.
Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el misterio fluyente de este río,
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río?
Dime, dime qué eres, qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.
Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
de esta tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.


Dunster House, febrero de 1954.




Imagen tomada del blog "Historias no académicas de la literatura"




NOTA: Releyendo para una reseña Diario de un poeta recién casado, me encuentro con otra referencia al Carlos (así escrito también). En el poema LXVII, "Fililí", fechado en Boston el 17 de marzo. Michael P. Predmore lo explica en una nota de su ejemplar edición de Cátedra.  


24.5.20

Enrique García Fuentes lee "Porque olvido"


El crítico Enrique García Fuentes publicó ayer el suplemento Trazos del diario HOY de Extremadura esta reseña de Porque olvido. Gracias.

Para que recordemos

El lector encontrará un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo literario y otras en el estricto ámbito de su vida familiar y profesional.

La verdad es que con esto de los blogs uno (y ahora es el que firma quien sustituye con el indefinido a la primera persona del singular, cosa que nuestro Álvaro Valverde hace inveteradamente y ya es marca de la casa), uno, digo, no sabe a qué carta quedarse. Dentro del ámbito estrictamente literario, algunos de mis mejores amigos escritores lo tienen y lo airean con periodicidad (el maestro Pecellín, Pérez Walias, Miguel Ángel Lama, Simón Viola –que me dijo encarecidamente hace ya tiempo que yo me hiciera uno, cariñoso consejo al que no hice caso–, Elías Moro, el propio Álvaro Valverde, Eduardo Moga y un montón más que omito por dejar espacio). Del mismo modo, sin embargo, otros tantos de mis más íntimos, insisto, en el ámbito literario, no lo tienen: Luis Sáez, Marino González, José M. S. Paulete, Eduardo Achótegui, Pilar Galán –de quien recuerdo su vitriólica opinión en contra de ellos–, Antonio Sáez, Jorge Márquez o Juan Ramón Santos (aunque este me parece que algo tiene, o parecido). Seguro que se me escapa alguno (de uno u otro lado), porque lo cierto es que, habitualmente, no suelo seguirlos; me interesa más lo que escriben en papel: me parece que los dota de más entidad como literatos. Nuestro invitado de hoy también confiesa esta misma opinión y tal vez por eso (entre otras cosas) decide, como ya han hecho otros (los ya nombrados Pecellín, Elías o Moga, por decir algunos) convertir algunas de las entradas de su exitoso blog (que acertadamente prefiere denominar «rincón» –alguna vez «bitácora»– y que se llama Mayora) en este voluminoso ejemplar (con una de las portadas más subyugantes que recuerdo en mucho tiempo) que el lector no debiera tardar en tener entre manos.
Confiesa el autor placentino en el prólogo de su libro (que, por cierto, titula con el lema que preside su bitácora: ‘Solvitur ambulando’) la razón que le ha llevado a publicar en internet sus impresiones y vivencias, en puridad la misma que le conduce inexorablemente a la escritura en general y que se explicita precisamente en el titulo escogido para esta compilación: ‘Porque olvido’. Y adelanta que realiza para su publicación una enorme selección, una gran poda de cuanto viene apareciendo en Mayora, (algo que desdecirían las cuatrocientas páginas del libro, pero téngase en cuenta que la exitosa bitácora –con aportaciones casi diarias y convertida en referencia ineludible para todo aquel que quiera estar al día, no solo en las cuestiones literarias de la región, sino, lo que es más interesante, del ámbito de la poesía mundial de la que Álvaro es un experto catador– ha alcanzado ya los quince años de jugosa, y a veces trepidante, vida). Declara también que ha preferido dejar al margen lo que no considera estrictamente más personal, con lo que no espere el lector opiniones políticas y consuélese con escasísimos comentarios de cuestiones muy particulares de la vida pública y cotidiana en general. Sí lamento particularmente que la poda se haya extendido a la práctica totalidad de sus siempre atinadas reseñas poéticas porque es para lo que más suelo consultarlo.
En suma, que lo que va a encontrar el lector gustoso es un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo
literario (presentaciones de libros, actos de diversa índole en los que el autor nos transmite la impresión –creemos que sincera– de que, paradójicamente, no parece disfrutar mucho: queden como constancia de lo dicho sus continuas alusiones a las rápidas escapadas y despedidas, casi a la francesa –«hacer un Valverde» lo llama el cachondo de Jordi Doce–, que realiza de estos saraos) y otras centradas en el estricto ámbito de su vida familiar y –escasamente– profesional (Álvaro Valverde ha ejercido casi toda su vida como lo que siempre se llamó «maestro de escuela») que son aquellas en las que encontramos su verdadera dimensión de persona «humana» (a decir de los catetos) y para las que confieso que admiro su valor a la hora de expresarlas tan descarnadamente, asomando su interioridad a los demás en un ejercicio de exposición donde se notan rápidamente los apuros, dudas, temores e incertidumbres en el momento de afrontarlos. Y no solo por su exhibición tal cual, sino también por su plena conciencia de ser (otro leit-motiv del texto) una persona anodina, sin excesivas notoriedades en casi ningún ámbito y poco dada a emociones y a salidas de tono. De verdad que a uno (yo) le costó creerse ese momento –que, pleno de pudor, cuenta– en el que acaba dando botes con sus alumnos en la fiesta de final de un curso.
Y una lamentación sincera, por lo que nos toca a todos en realidad: muchas veces estos textos aquí recopilados se acaban convirtiendo en un rosario de evocaciones de seres queridos que nos van abandonando. Sea del exclusivo ámbito familiar y conciudadano del autor, o respondan al recinto de lo literario y cultural (omnipresencia del recuerdo de Ángel Campos y Fernando Pérez y cierre de nuestra entrega con el óbito de Julián Rodríguez) entristece ver el importante caudal de gente ilustre que le (nos) va dejando. Me quedo –con toda sinceridad, porque también los comparto– con el de las aguas que contempla correr extasiado en sus paseos por su comarca y la impresión siempre bienaventurada del trino de los mirlos que con tanto gusto evoca en estas tan entretenidas como emocionantes páginas.

22.5.20

José Luis García Martín lee "Porque olvido"




El diario es el género más proteico y el que más claramente muestra la huella dactilar del escritor.
Más joven que la milenaria poesía, aunque su edad se cuenta ya por siglos, ha sabido como ella adaptarse a las nuevas formas de comunicación.
El tradicional diario o dietario, escrito en pequeños cuadernos o en grandes libros de contabilidad, se ha acomodado perfectamente al lenguaje de Facebook o de los blogs personales.
El poeta Álvaro Valverde, autor también de un par de novelas entre costumbristas y líricas, lleva desde 2005 un blog en el que da cuenta de sus lecturas, de su vida familiar y, sobre todo, de su vida profesional –digámoslo así-- como escritor. Ahora esos cientos de notas dispersas adquieren un nuevo sentido al reunirse en volumen. Ha habido una selección: quedan fuera los acuses de recibo de las novedades literarias y ciertas polémicas políticas (el autor ocupó algún cargo cultural del que fue desposeído con no muy buenas maneras). Lo que queda basta para retratar de cuerpo entero al autor: un hombre educado, cordial, que nunca se olvida de dar las gracias. 
Álvaro Valverde es un escritor paradójico: nació y ha vivido siempre en una pequeña ciudad, Plasencia, presencia constante en su obra, pero no es un escritor local. Desde su apartado rincón –y cumpliendo gozosamente con su otra profesión, la de maestro-- ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en alguno de los más significativos suplementos culturales. 
¿Cómo lo ha conseguido? Este nutrido volumen puede servir como un manual de buenas prácticas para la promoción literaria. Comenzó Valverde, allá por los años ochenta, encuadrado en las filas de quienes combatían a la llamada “poesía de la experiencia”. Bajo el magisterio de un desaparecido Felipe Núñez y del más conocido Aníbal Núñez, aplaudido por Antonio Gamoneda, quiso hacer una poesía conceptual que no condescendiera con los modos realistas y neotradicionales de quienes comenzaban entonces a triunfar: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello. 
Pronto, sin embargo, cambiaría de bando o, mejor, comprendería que lo mejor es estar a bien con todos los bandos, y encontró su camino en una poesía a a vez reflexiva e intimista, muy ligada a ciertas referencias culturales, evitando siempre cualquier disonancia. 
Porque olvido abunda en detalladas crónicas de presentaciones y lecturas. Álvaro Valverde, tras el elogio de los presentadores, tiene buen cuidado de no olvidar el nombre de ninguno de los asistentes y de dedicarle a cada uno de ellos unas palabras amables. No faltará quien piense que esa parte del diario, cumplida su función, quizá hubiera debido quedarse en el espacio virtual. Pero no deja de tener su encanto ni su interés sociológico y psicológico. 
Otra buena parte de las entradas pueden encuadrarse en el capítulo de las necrológicas: se despide de emocionada manera a escritores amigos (Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano) y también a familiares y conocidos sin trascendencia pública. Álvaro Valverde –local y universal-- acierta en no distinguir entre unos y otros, todos cercanos a su corazón. 
De vez en cuando aparecen las referencias a su vida como profesor –una excursión escolar, un regalo de fin de curso--, evitando en lo posible cualquier aspecto negativo, como es ejemplar marca de la casa. 
La vida familiar, si incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo, siempre contenido, se muestra con frecuencia en estas notas que abarcan quince años, y en las que se percibe como el tiempo va dejando su huella. 
No podían faltar las crónica viajeras. Casi todos los viajes de Álvaro Valverde son debidos a motivos literarios (una presentación, una lectura) y por eso entremezclan el agradecimiento a los anfitriones con muy precisas observaciones paisajísticas. 
Después de Plasencia, la otra patria de Valverde se encuentra en Gijón, ciudad a la que vuelve con frecuencia por motivos familiares, y a la que dedica enamoradas páginas. 
Un diario puede comenzarse a leer por cualquier página, también por la primera. Si leemos Porque olvido desde el principio nos encontramos con una minuciosa novela en la que un escritor y una pequeña ciudad son protagonistas principales, pero en la que abundan los personajes secundarios. A ratos nos resulta la lectura un tanto fatigosa, como en tantas novelas, pero pronto nos dejamos ganar por su atmósfera: en el microcosmos placentino cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio. 
Pero también hay otra forma de leer, la más frecuente en los diarios, abrir por cualquier parte, picotear acá y allá, y detenerse en las páginas que nos hablan de paseos solitarios, de amigos admirados, de recuerdos juveniles, de la vida que pasa. 
Álvaro Valverde es el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos. Ese elogio es también la mayor censura que podría hacérsele. Al poeta, al hombre de genio, le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles. Álvaro Valverde nunca los pierde, al menos en este diario: si censura a algunos políticos, a algunos poetas de éxito en los medios, procura hacerlo sin dar nombres. Solo Eduardo Galeano y los independentistas catalanes se libran de esa cortesía. 
Porque olvido tenía todas las bazas para ser un libro de interés regional y, sin embargo, misteriosamente, funciona fuera de las fronteras de Extremadura. La mejor manera de ser universal es afianzar bien los pies en la tierra que pisamos y desde ella contemplar el mundo. 

Publicado, que a uno le conste, en El Comercio y El Diario Montañés, periódicos del Grupo Vocento, el 22 de mayo de 2020. En el diario HOY de Extremadura, debería haber aparecido el sábado 23, pero no se publica porque Enrique García Fuentes escribe también una reseña del libro con el título de "Para que recordemos". Coincidencias.

21.5.20

Canto guanche

Me entero ahora de que el pasado día 16 se fallaron los Premios de la Crítica Valenciana. En poesía, eran finalistas los libros: El dueño del fracaso, de Ramón Bascuñana; La mar desnuda, de Fernando Delgado; Llegar a casa, de José Iniesta; María Cambrils. El despertar de la conciencia, de Ana Noguera; Todas las batallas perdidas, de Joaquín Juan Penalva; Donde da la vuelta el aire, de Mila Villanueva; y Mis fantasmas, de Juan Pablo Zapater. Al final ganó el libro de Delgado. Porque, entre otras cosas, representa "la madurez de un escritor muy completo y diverso a la vez, y que en este caso nos muestra toda su destreza y maestría a través de unos elaborados y poderosos versos, con un ritmo grandioso y una sonora musicalidad", según el jurado.
Rescato esta reseña, que debió publicarse hace meses, sorprendido aún por la noticia. Los premios, ese misterio. 

Fernando Delgado
Pre-Textos, Valencia, 2019. 100 páginas. 

“Es norma generalizada que en España el que es poeta no puede ser otra cosa. O si uno escribe novela ¡ay de él si se le ocurre escribir poesía!”, comentó en una entrevista Antonio Colinas. Sí, aquí es difícil compaginar géneros y a cada escritor se le cataloga sin tener en cuenta esa alternancia. A Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947) se le ha asignado, junto a la de periodista (fue director de RNE y premio Ondas), la categoría de narrador y, con serlo (ha publicado trece novelas y ganó el Planeta), también es autor de los libros de poesía Urgente palabra, Mísero temploProceso de adivinaciones, Autobiografía del hijo, Presencias de ceniza, El pájaro escondido en un museo  y Donde estuve
La mar desnuda es un libro singular que reúne una primera parte de ocho poemas (acaso la mejor, donde aparece el mar –léase “La mirada del mar”, un diálogo con Sorolla– y los ríos; la carnalidad, el amor y el sexo; la Iglesia de algunos que toman el nombre de Dios en vano o la obra escultórica de Chirino) a la que sigue un extenso libreto para una ópera inconclusa que, como se explica, le encargó el compositor Rodolfo Halfter,” inspirada en la historia de un mencey guanche”, Tanausú, que “optó por la muerte en el mar a favor de su libertad y la de los suyos”. Conforman su estructura varias partes: la inaugural (“El agua vuela”) y cinco más, además de una final (“Epílogo”, esto es, “Paisaje de Millares”, el pintor de las arpilleras, donde el cuadro adquiere la condición de metáfora del relato).
Lo mítico, épico y telúrico –prima lo esdrújulo– se unen para cantar las hazañas del héroe. Abundan los nombres propios (de lugares, personajes o dioses) y las palabras clave: caldera, drago, mar, águila, isla, roque, volcán… Al lector le faltan acaso referencias, pues la teatral cantata carece de notas.
Por otro lado, la inspirada historia legendaria de los aborígenes guanches humillados por el ejército invasor de los Reyes Católicos de España puede que cause cierta fatiga en ese lector ahíto de imaginarias vindicaciones patrióticas.
Destacan, en positivo, más allá del indudable esmero del lenguaje, la fuerza del amor (entre Tanausú y Acerina: “que ya no vivo en mí / sino contigo”), la virtud del fracaso, la denuncia de la traición, la resistencia ante el destino y, sobre todo, el valor de la libertad.