24.2.22
22.2.22
Tomás Sánchez Santiago, articulista
Lo primero que llamó mi atención, como es lógico, fue su cubierta: la fotografía “Girasoles para Sonia”, de Encarna Mozas, a quien dedica, por cierto, uno de los textos que componen la obra.
El subtítulo puede dar lugar a equívocos. Para el lector desavisado, lo de “periodísticos” acaso mengue la categoría de estos textos que superan con creces los estándares de lo que se publica en los periódicos, más en estos ruidosos y apresurados tiempos. Estamos, sí, ante artefactos literarios y, en consecuencia, ante artículos serenos y reflexivos escritos con voluntad de estilo. Se suele repetir, y con razón, que a un poeta de fuste se le reconoce por su prosa. La de TSS, novelista y autor de libros de diarios y otras heterodoxias narrativas (en estas mismas páginas publica sus “Cuadernos pálidos”), es poderosa e inconfundible, propia de alguien que sabe que el lenguaje es la clave. Poco importa si lo que tiene delante es un poema o unas páginas para un periódico.
En el “Aviso inicial” nos recuerda que desde febrero de 2011 hasta mayo de 2020 colaboró en «La sombra del ciprés», el suplemento cultural del diario El Norte de Castilla, por expreso deseo de Angélica Tanarro, la jefa de sección de cultura de esa prestigiosa cabecera.
Esos “nueve años algo largos” dieron para mucho. Con “libertad total”, remarca, fue sacando adelante estos artículos que ahora reúne en forma de libro, “prueba irrebatible de que al final todas las palabras salen al aire”, dice él.
Relaciona su título (muy hermoso, por cierto) con la alegría, “único pariente de la felicidad que me es creíble”. Y con la metáfora del “escondite”, una suerte de refugio donde resistir los embates de la intemperie. “Buscaba yo cobijarme —y cobijar esta escritura— bajo una imagen que evocase algo parecido a la alegría, único pariente de la felicidad que me es creíble. Imaginaba eso: ir guardando cerezas sigilosamente en un escondrijo como quien preserva de las inclemencias del mundo un pequeño botín, infantil y secreto. En realidad, la propia aventura que me supuso escribir cada uno de estos textos fue eso para mí: llevar a un escondite el lujo rojo y frutal de unas cerezas brillantes. ¿Qué otra cosa es querer compartir en voz baja ocurrencias y propuestas con esa tribu invisible de lectores que se atreven a entrar, entre crujidos de ramas apartadas, en el bosque disimulado de un suplemento cultural? O sea, en un escondite”.
Lo aclara en la primera entrega: “el gran escondite es el lenguaje”. Y matiza: “ciertas maneras de tratar con el lenguaje”. Y sigue: “El poeta pide tan solo que le dejan ese escondite para enterrar y desenterrar de cuando en cuando unas cuantas palabras (...) Es una conducta solitaria y clandestina. Y sin certeza ninguna”.
No sólo de la poesía, esencial en su vida y en su obra, habla TSS. También de otro asunto íntimamente relacionado con ella: la lectura, de la que es inseparable. Y ahí, su club de lectura, ese microcosmos formado por seres misteriosos que cada martes conversan sobre un libro. En “La hora del lector” concreta más y allí alude a “la concentración, la reflexión sostenida, la paciencia, el silencio o el lenguaje interior del pensamiento”, elementos propios de esa “actividad extravagante, casi una religión” y tan lejanos de lo que es norma en nuestra sociedad tecnológica y sus “estímulos electrónicos” (aunque sea en forma de libro). Evoca, en fin, la apasionante lectura de la adolescencia y los veranos, en el corral de casa.
Habla también de los escritores, ya que los mencionamos, como el triste Sábato, los delicados José Antonio Abella (editor de Isla del Náufrago) y Gaspar Moisés Gómez (apenas una sombra), su amigo del alma Ángel Campos Pámpano (qué precioso y emocionante análisis de su poesía hace en “Cercano a lo que importa”), el feroz Luis Cernuda, el esquinado Cristóbal Serra, el añorado Luis Javier Moreno, el deambulante Aníbal Núñez, el sombrío Verne, el rescatado Aldecoa o el músico-poeta Leonard Cohen y su “voz de brea”.
Y de los graffitis; de las “ciudades interiores”: su natal Zamora, la de la calle Feria (la suya, la de Joaquín Lorenzo) y sus pequeñas tiendas de barrio, o León; de la fotografía y el “mucho mirar”; del lenguaje “estreñido” de los emoticonos, que uno se ha esforzado en no usar; de la pintura de Antonio López, Zacarías González o José María Mezquita; de la voz, que define nuestra personalidad como pocos atributos; del enfoque moral de estirpe camusiana (así, en “La vida pública”), el de “Para ser, es preciso hacer”; de la madre temerosa perdida entre las nieblas de la ancianidad; del robo de libros, un divertido relato cuyo protagonista es “Doce Dedos”; de la mesa de trabajo y el estilo (páginas 141 y 142); de las antologías, que aparecen en “Perdulario” y son retratadas con ironía en “Necesidad de subir al origen”; de la teoría del bostezo, donde el humor, tan presente en la prosa de TSS, brilla con candor, como en el hilarante “Los cierto y lo posible”; del “yo fermentado” y el abuso de los retratos; de las solapas y sus patéticos engaños, “porque el territorio de cualquier libro es la intemperie”; de la sequía; de los oficios, como el de jardinero (“El jardinero de los hombres es el escritor”); del mercado de abastos; de Cosme, el de las afueras; de la “palabra del año” y el peso del pensamiento; de las cosas (“Las cosas, las cosas...”), esa obsesión que analiza en “Objetos al acecho”; etc.
Y todo queda dicho, y bien dicho, desde “el claro nombrar”. Deja “a los nombres cerca de las cosas”, sin miedo, porque “el poeta verdadero trata de dar un significado a la experiencia”. Porque “la poesía busca el verdadero estar del hombre en la tierra –escribió Sophia de Mello– y por eso «donde la poesía no esté nada real puede ser fundado»”.
En una entrada reciente del diario antes citado leemos: “Cuidado con la arrogancia de los adjetivos. A veces, su estatura tapa todo lo que viene detrás, como cuando en el cine te tocaba justo delante un hombre demasiado alto o una mujer de peinado estrepitoso de chimenea y te impedían ver en toda su amplitud la película. También hay que procurar la discreción en las palabras. Recuerdo haber leído al gran Antonio Pereira (ese autor que cultivaba en sus relatos «un erotismo diocesano», al decir de Gamoneda) que entre dos palabras había que elegir siempre la más clara; y en caso de duda u ofuscación, la menos prestigiosa. Debería aplicármelo”. Creo que ya lo hace. Informa del tono de su escritura.
El suyo es, sin duda, un “oficio de paciencia”, como dijo Eugénio de Andrade, al que cita en varias ocasiones, como a Juan Ramón, otro de sus referentes. Seres que parecen tener las palabras adecuadas para cada situación. Léase “Batido de voces”.
Cierra el volumen un artículo que lo abrocha perfectamente. “Lo que habrían dicho ellos” se titula. Se pregunta TSS lo que algunos amigos muy queridos habrían decidido ante tal o cual situación sobrevenida. Me refiero a Rafael Chirbes, Aníbal Núñez, Ángel Campos Pámpano, José Manuel Diego, Luis Javier Moreno y Tomás Salvador González. Arden las pérdidas, como diría otro de sus maestros.
Ha sido una estupenda idea la de agrupar estos textos periodísticos en un libro. Se ve a las claras que cuanto escribe Tomás Sánchez Santiago, poco importa el formato, está dotado de la gracia de la literatura. Por eso ha de salir de su escondite.
18.2.22
M. A. Pérez López en el Aula
17.2.22
De Guerrero Tenorio
15.2.22
'Briggflatts', de Basil Bunting
Por lo demás, uno también sabía de la amistad de Bunting con Ezra Pound y que había vivido en Canarias (Andrés Sánchez Robayna publicó en 1980 Ruta, Textura: lectura de 'La ruta de Orotava' de Basil Bunting).
En 2004, apareció en Lumen Briggflatts y otros poemas, en traducción del mexicano Aurelio Major. Para el crítico Cyril Connolly estamos ante el poema largo más importante publicado en Gran Bretaña desde los Cuatro cuartetos de Eliot. Christopher Spaider cree, por su parte, que es otra “piedra secular” de la cultura británica de los años 60, como los Beatles o La naranja mecánica de Burgess.
No conozco la de mi admirado Major, pero les aseguro que la versión de Briggflatts, traducida y anotada por los profesores asturianos Emiliano Fernández Prado y Faustino Álvarez Álvarez, que ha publicado la gijonesa Impronta, merece todas las alabanzas.
En la estirpe de los Cantos poundianos o de La tierra baldía eliotiana (aunque más «humano», según August Kleinzahler), el poema está fechado (al final) el 15 de mayo de 1965 y al parecer es el resultado de una visita a Bunting del joven poeta Tom Pickard que le anima a volver a escribir tras años de silencio. Por suerte, le hizo caso.
La edición (bilingüe), ya se dijo, es digna de elogio porque a la traducción del poema en sí, lo fundamental sin duda, se añaden otros componentes que a la postre también resultan esenciales para calibrar como es debido el alcance de esta portentosa empresa. Eso la hace única. Me refiero al prólogo de los traductores (“Antes de leer Briggflatts...”), las dos anotaciones del autor (“Aclaraciones finales”, que acompañaban a la primera edición de 1965, y “Una nota sobre Briggflatts”, que vio la luz póstumamente, en 1989), las “Notas a esta edición” (sin las cuales la lectura sería otra, mucho más desnortada y pobre), una “Bibliografía citada” y, por fin, un capítulo de “Ediciones. Obras de consulta. Agradecimientos”.
La obra poética de Bunting es breve: sus poemas reunidos (en una edición realizada por él en 1968) abarcan apenas 170 páginas y la poesía completa (editada por Richard Caddel en 1994), 239.
El éxito de su último libro (publicado, con un mes de diferencia, en la revista de Chicago Poetry y en Fulcrum Press) fue tan inesperado, imaginamos, como su propia existencia, impropia de un poeta ya anciano. Hay fundadas razones para que lo fuera. Eso sí, aunque Bunting escribió que “es un poema: no necesita ninguna explicación. El sonido de las palabras pronunciadas en voz alta es, en sí mismo, el significado, como el sonido de las notas tocadas con los instrumentos adecuados es el significado de cualquier pieza musical”, de no ser por las notas (y al cabo por sus parcas explicaciones) no todos daríamos con su significado, suponiendo que la poesía lo tenga o que sólo sea uno.
En la primera edición, “tras el título venía resaltado el lema «una autobiografía»”, comentan en su introducción Fernández y Álvarez. Pero “no un registro de hechos”, puntualizó Bunting. Ya que lo mencionamos, el título proviene de “una aldea de Cumbria, en el noroeste de Inglaterra”. Una de sus pocas casas era un “austero centro religioso cuáquero”, de ahí que a la alusión geográfica concreta se añada una indirecta a la espiritualidad de “los amigos” en cuyas reuniones prima el silencio.
Precisan los editores que “los lectores nativos no consideran Briggflatts un poema «fácil». Como venimos anticipando, no lo es. Su complejidad (que no complicación) exige una primera lectura atenta y, por supuesto, sucesivas relecturas. En esto coinciden los traductores y los críticos.
Para su autor es una «sonata» y el dibujo que figura en la cubierta del libro representa, de forma esquemática, esa presunta estructura musical.
No voy a entrar en detalles, pero Fernández y Álvarez desentrañan con solvencia algunas claves imprescindibles para alcanzar la lectura más exacta posible. Irónico nos parece que el poeta sostuviera que “Ningún poema es profundo”. En este, sin ir más lejos, Bunting reconoce la influencia de Lucrecio, Spinoza y Hume. Sin olvidar la importancia del silencio (con el que “podemos detectar el pulso de Dios en nuestras venas, más persuasivo que las palabras”), “dejemos que sucesos e imágenes se ocupen de sí mismos”, concluye.
Matizan los traductores que en su versión han apostado por “la prioridad del sonido”.
Si toda traslación de una lengua a otra es difícil, sobre todo si de poesía se trata, aquí hay que añadir otro problema: el uso de un inglés del norte, digamos, con sus particularidades, algo que ponen de manifiesto las numerosas notas aclaratorias. Si a eso unimos las abundantes referencias literarias, antropológicas, artísticas, culturales…
Insisten, por fin, que “el texto de la traducción, como el propio texto poético original, debe decir solo lo que dice por sí mismo, tal como su autor manifestó con insistencia”. Recomiendan, para terminar, que se escuche alguna de las lecturas del poema que Bunting grabó. Esta, por ejemplo. ¿Lee, canta?
Dedicado a Peggy (Edwards), Briggflatts se abre con una cita del Libro de Alexandre. Lo que viene después es lo que el lector más atrevido debe descubrir. Y no a la primera, insistimos. Estamos, sí, como ya apuntamos antes, ante uno de esos poemas largos que definen por excelencia la poesía del siglo XX, tan hermética y polisémica por momentos. Esta ejemplar edición viene a demostrarlo. Justo ahora, cuando se cumple el primer centenario de The waste land.
Basil Bunting
Traducción y notas de Emiliano Fernández Prado y Faustino Álvarez Álvarez
Impronta, Gijón, 2021. 136 páginas, 12 €
14.2.22
Esto se acaba
11.2.22
Tomás
6.2.22
500 epigramas griegos
Confieso que para uno tal vez no haya un género literario (porque eso ha terminado siendo) más adecuado para expresarse en verso. Sería, me atrevo a decir, su quintaesencia. Si la poesía es, según entiendo y ante todo, concisión, exactitud y claridad, ¿dónde vamos a encontrar un modelo poético en el que se condensen mejor esas características que en el epigrama? Si hay un libro que me ha acompañado desde que empecé a leer poesía y a concebir, más tarde, la extraña aspiración de ser poeta, ese ha sido la Antología Palatina, un feliz descubrimiento gracias a otra colección memorable: la Biblioteca Clásica Gredos.
“Cada epigrama es un pequeño universo que cuenta una historia completa en un puñado de versos, a veces en apenas dos, y que lleva al límite las capacidades expresivas de la poesía”, leo en la nota editorial, que muy bien podría haber redactado el propio Guichard, quien en la página 64 afirma que “cada epigrama es un pequeño universo que empieza y termina en sí mismo”.
Por lo demás, que el epigrama comenzara siendo “una inscripción en verso para conmemorar una muerte o una ofrenda” no significa que haya quedado, ya decía, en eso. Los hay funerarios, votivos, eróticos, escópticos (satíricos), de adivinanza, de crítica literaria, descriptivos, narrativos, simposiacos (en torno a los banquetes), aritméticos, cristianos... Sí, “la variedad de temas y motivos de los epigramas griegos es casi infinita”.
Como es norma en Letras Universales, el prólogo es extenso, informado y minucioso. Suelen pecar de excesivamente rígidos y académicos, pero este no es el caso. Debido a la manera de escribir del editor y a su inconfundible sentido del humor, se lee con placer y resulta muy ameno, sobre todo porque sabe muy bien de lo que habla.
“Esta antología del epigrama griego –se nos indica en la mencionada nota– presenta un panorama completo del género, desde el siglo III a.C. hasta el siglo VI d.C., y muestra por qué el epigrama es una de las formas poéticas con mayor presencia en toda la literatura griega”. Estamos, pues, ante “la historia del epigrama literario antiguo en sentido estricto”. Al género, su definición y características, dedica Guichard el primer capítulo de su pormenorizada introducción. Allí se nos habla de Marcial, al que Plinio dedica, con motivo de su muerte, una palabras sobre cómo era y escribía, que servirían para definirlo por primera vez.
La brevedad, precisa Guichard, “parece haber formado parte de la magra teoría del género desde sus inicios”. Y cita a Platón: recomendaba que los epitafios no excedieran de las cuatro líneas. De ahí que se vea “obligado a la concentración expresiva, a la concisión y a la densidad, a un lenguaje pregnante y alusivo”. Luego matiza: “La repetición de las mismas formas con temas y contenidos diferentes es una de las claves del género epigramático: lo mismo pero siempre diferente”. Por eso otra de sus características es “el arte de la variación”, que produce “una consciencia de género”.
En el segundo capítulo, “Epigrama inscripcional y epigrama literario”, empieza por aclarar que todos los especialistas están de acuerdo es en “el origen del epigrama literario como inscripción en monumentos de carácter votivo o funerario” y en que “desde sus inicios es escrito”. También que el funerario “estuvo siempre más desarrollado artísticamente que el votivo” y que “hay un momento en el que el epigrama se independiza del soporte y se va convirtiendo en un género poético autónomo”. A este tipo es al que suele llamarse “epigrama literario”, aunque más exacto sería denominarlo “epigrama ficcional”. El cambio se produjo “a comienzos del helenismo”. Su primer autor, Filitas de Cos, fundador de la poesía helenística y primer bibliotecario de Alejandría.
Nos explica Guichard, en lo que respecta a su transmisión, que nos han llegado a través de dos libros bizantinos: la Antología Palatina (catorce libros, unos 3.800 epigramas y alrededor de 23.000 versos) y la Antología Planudea (2.400 epigramas y unos 15.000 versos), en la época moderna se ha denominado a la suma de ambas Antología Griega.
Al epigrama helenístico y a la “Corona” de Meleagro (otra antología) se dedica otro capítulo. En el centro, los epigramas eróticos y simposiacos. En ellos, el sujeto poético es un “yo”. Asclepíades (“el primer autor importante de epigramas”) y Calímaco (bien conocido por los lectores españoles gracias, entre otros, a las traducciones del mencionado poeta novísimo Luis Alberto de Cuenca), “los dos primeros maestros del nuevo subgénero”. Desde entonces el epigramático es “un género abierto”.
Va repasando después los nombres de todos y cada uno de los autores (28) que incluye en la antología. Datos biográficos y estilísticos que ayudan a lector a situarse. Hablo de Leónidas, Dioscórides, Meleagro, Argentario (“de origen hispano”), Filipo, Lucilio, Estratón, Páladas, Paulo Silenciario o Juliano de Egipto.
Mención aparte merece la inclusión de mujeres poetas o poetisas como Mero, Erina, Ánite y Nóside, para desarmar tópicos interesados. Sus poemas no son ni mejores ni peores que los de los poetas hombres. Normal. Cada cual decide.
A los poemas isopséficos (como los de Leónides, “en los que la suma de los valores numéricos de las letras griegas –que son numerales ellas mismas– es el mismo en cada dístico, o el mismo en cada verso si tienen dos”) y escópticos (como los de Lucilio, un poema que “ataca defectos corporales o de comportamiento”) de la Época Imperial se dedica otro capítulo. Y uno más a los epigramas eróticos y cristianos de la Antigüedad Tardía. Y ahí, Estratón y sus epigramas homoeróticos (que tradujo en su día otro poeta de los 70, Luis Antonio de Villena), Rufino y Páladas.
El siguiente apartado se ocupa de Constantinopla y del “Ciclo” de Agatías.
A los “otros mil quinientos años de epigramas griegos” se aplica el que le sigue. “En Occidente, claro está, el epigrama desaparece totalmente después del siglo V” y en el Renacimiento, con el humanismo, aparecen de nuevo.
Al ocuparse de “Esta edición”, Guichard recuerda el consejo de Andrew F. Gow, “uno de los mejores especialistas en epigramas del siglo XX”: “que nadie debería escribir sobre ese «libro desconcertante» que es la Antología sin haber pasado al menos la mitad de su vida estudiándolo”. «Veinte años trabajando en esto y obtengo un libro de cuatrocientas páginas», ha dicho por su parte el traductor.
Podemos añadir que es la primera vez que, en español, están representadas en un mismo libro todas las etapas del género. Además, en este se reúnen textos de todos los autores importantes y, a pesar de que el florilegio es manejable, hay “al menos un 10 por 100 del total de epigramas y de autores”.
En la selección, Guichard ha tenido en cuenta lo “establecido por la tradición y mi gusto personal” y ha aprovechado (esto no lo hemos comentado hasta ahora pero está aclarado en el prólogo), “lo mejor posible”, “los descubrimientos papiráceos del último siglo”. Hay epigramas de Posidipo, por ejemplo, que se traducen por primera vez al castellano.
Tras analizar el “texto griego”, esto es, la magna Antología Griega, aterriza en su traducción. Cree que ha abusado del uso de los dos puntos (por aquello de la “economía sintáctica) y confiesa que “no he intentado una fórmula métrica ni rítmica” y ha preferido “verter verso por línea”. “Al final –sostiene– la traducción de epigramas es una combinación de estructuras fijadas por la tradición y simple y llana astucia, como la escritura misma de los epigramas según Marcial”.
Una amplia bibliografía y quinientas pertinentes notas (una por poema, colocadas al final del libro para facilitar la lectura de los epigramas) completan esta ejemplar edición. Eso y, por supuesto, los versos, lo más importante, que por su variedad de asuntos y de técnicas, nunca cansan.
Mucho ha subrayado uno al ir leyendo y muchos los epigramas que podría destacar. Lo mejor, sin duda, es que cada cual emprenda su particular lectura y que disfrute a su modo con esta maravilla poética a la que el tiempo no ha hecho más que engrandecer. Lo mantendré, desde ahora, a mano. Decía el poeta australiano Clive James que “Los versos ganan más de lo que pierden / si se traducen bien”, algo que se puede aplicar a la tarea lograda de Luis Arturo Guichard.
Edición y traducción de Luis Arturo Guichard
Cátedra. Letras Universales. Madrid, 2021. 408 páginas. 17 €
3.2.22
2.2.22
Poesía canaria del paisaje
La Fundación Ortega Muñoz (con nuevo director, Javier González de Durana) publica un nueva entrega de su colección Voces sin tiempo: Honda meditación de toda cosa. Poesía canaria del paisaje 1990-2020.
27.1.22
En Alejandría
25.1.22
Extremamour
La GALERIE PHILOSOPHIQUE du designer JORGE CAÑETE propose une nouvelle exposition : EXTREMAMOUR, faisant suite à la résidence d’artiste extra-muros du photographe suisse PATRICE SCHREYER. Cette carte blanche lui a proposé de parcourir les paysages d’Estrémadure, en Espagne. Le poète estrémègne ÁLVARO VALVERDE les accompagne avec ses poèmes, dont certains écrits spécialement pour cette exposition.
Extremamour, une exposition de photographies et poèmes dédiés à l’Estrémadure.
Le photographe suisse Patrice Schreyer a eu carte blanche pour photographier l’Estrémadure de façon subjective. Son regard ne cherche jamais l’évidence, mais se veut une lettre d’amour visuelle et personnelle aux terres estrémègnes.
Le titre de l’exposition, Extremamour, est d’ailleurs un jeu de mots entre Extremadura (Estrémadure, en espagnol) et amour.
Après une résidence à Trujillo entre décembre 2021 et janvier 2022, le photographe a voyagé en compagnie de Jorge Cañete, le commissaire de l’exposition, à travers cette province méconnue qui renferme pourtant un immense patrimoine que bien peu de régions en Europe peuvent se targuer de posséder.
Les photos de l’artiste neuchâtelois témoignent de sa riche histoire où se mêlent les fantômes de Charles V, des conquistadors, l’ombre des villes de la Renaissance ou l’immensité de paysages encore préservés.
ÁLVARO VALVERDE, un poète complice
Jorge Cañete a demandé au poète estrémègne Álvaro Valverde une sélection de ses poèmes pour accompagner la scénographie de l’exposition Extremamour. Certains ont d’ailleurs été écrits spécialement pour celle-ci.
Álvaro Valverde est né à Plasencia, en Estrémadure. Ses poèmes ont été traduits en plusieurs langues et son nom apparaît dans les plus prestigieuses anthologies de la poésie espagnole contemporaine. Il est l’auteur, entre autres, des recueils Una oculta razón (Prix Loewe, 1991), Más allá, Tánger (2014) et El cuarto del siroco (2018).Son premier roman, Las murallas del mundo, a par ailleurs été finaliste du prix du Café Gijón, ainsi que du prix d’Estrémadure pour la création de la meilleure œuvre littéraire.
INFORMATIONS PRATIQUES :
Exposition Extremamour, de Patrice SCHREYER & Álvaro VALVERDE, du 27 février au 19 mai 2022.
LA GALERIE PHILOSOPHIQUE par INTERIOR DESIGN PHILOSOPHY, 36 rue Haute, CH-1422 Grandson.
www.lagaleriephilosophique.com
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