12.9.26

Los poemas veinteañeros de Vitale

Ida Vitale (Montevideo, 1923), decana de la poesía en español y una de sus máximos representantes (reconocida con premios como el Reina Sofía, Lorca y Cervantes) publicó en Tusquets su Poesía reunida en 2017 y en 2021 Tiempo sin claves. Ahora se recuperan quince poemas juveniles, en general inéditos.
En el epílogo, cuenta Camila Guillot cómo encontró por casualidad, mientras ordenaba la biblioteca de su padre, “un librito que más parece una libreta” dedicado a su abuelo Gervasio. Su título: Poemas (1943-1946). Al sacudirlo para quitarle el polvo, cayó un pedacito de papel y se desveló la autoría: eran de su alumna Ida Vitale. Un “tesoro” para la bibliófila Guillot que visitó a la poeta para mostrárselo y conseguir su permiso para darlo a conocer. “¿Quién querría leer esta vejestud?, fue la respuesta de Vitale, que al final consintió, tras pensarlo detenidamente, y la ayudó a transcribirlos. Como la edición es facsímil, podemos apreciar su hermosísima caligrafía. La copia resultaría sencilla.
Guillot habla de “estructura clásica” y, en efecto, los sonetos iniciales y el resto de poemas con rima de la primera parte dan a entender que no hay voluntad de experimentación sino más bien de ejercitar el estilo, algo natural en cualquier poeta que empieza. Son versos que surgen de esas lecturas tempranas e imprescindibles de la tradición; más modernista y romántica que áurea, en su caso.
En la segunda parte el tono cambia y ahí sí apreciamos la voz, aún no del todo nítida, de la poeta que Vitale ha logrado ser: “Sueño quebrarse el tiempo en la noche de los relojes”.
Al soneto vuelve en la tercera sección y sobresale el inicial, el que comienza: “Tanto he pensado en ti, oh, muerte mía”.
Siempre es emocionante descubrir los orígenes de los poetas que admiramos. Su precoz solvencia.

Poemas de juventud (1943-1946)
Ida Vitale
Tusquets, Barcelona, 2026. 104 páginas. 17 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



 

10.9.26

El poder de lo inacabado

El barcelonés Carlos Permanyer reside en Castelldefels y trabaja como director creativo en una agencia de Andorra. Aunque se licenció en Filología Hispánica por la Autónoma de su ciudad natal, ha dedicado su vida a la publicidad y a la comunicación, lo que le ha reportado un gran prestigio y numerosos premios, tanto nacionales como internacionales.
De forma tardía, por más que su pasión por la lírica comenzara en la adolescencia, empezó a publicar. En esta década ya ha dado a la imprenta los libros Memoria de las nubes He llegado hasta aquí, al que hay que sumar esta nueva entrega que comentamos y otra, Fingir entonces, que sigue en manos de un editor a la espera de que se decida por fin a publicarlo.
Hay un poema suyo en la antología Quedan los árboles, que cerró la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz, con otro ganó el premio Gabriel y Galán en 2023 y ha colaborado en las revistas Suroeste y Alga de poesía. Como se puede apreciar, estamos ante un autor con obra escasa y, por tanto, casi secreto, que, sin embargo, ha conseguido ser finalista del Loewe en la edición de pasado año. No es extraño tampoco que Indicios aparezca en la acreditada colección La Gruta de las Palabras, que con tanto rigor dirige el escritor Fernando Sanmartín.
En cierta ocasión me referí a “los poetas de la claridad”, un rótulo sin pretensiones didácticas, en el que podríamos englobar, entre otros, a algunos de los maestros más cercanos de Permanyer: Eloy Sánchez Rosillo, José Mateos y Basilio Sánchez; poetas consagrados que, por cierto, no han dudado en ponderar sus versos. En “Agradecimientos”, se recogen estas hermosas palabras de Rosillo: “Este es tu libro más extremado, y quizá el mejor. No se puede decir más con menos. La poesía es palabra, pero también es silencio, vacío pleno. Eso respiran tus nuevos poemas. Hay ahí una conciencia que mira el mundo, su complejidad, con ojos limpios y serenos. La sencillez es la esencia de la complejidad”.
Sánchez, por otra parte, es el autor del prólogo, que titula “Lo que se deja por decir”. Con la lucidez que le caracteriza, el cacereño reflexiona sobre el silencio y el asombro. Acerca de la poesía (la de Permanyer, la verdadera en general), dice: “es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas”, “una actitud ante la existencia”, “la voz del cuidado, la de la vigilancia compasiva”, “un intento de desentrañar una realidad que se nos escapa”, “una forma de perseverancia”…
Valora “la humildad, el trabajo y la paciencia” y subraya que los poemas de Indicios “no son propiamente literatura”. Da valor a la “armonía con el espacio” que destilan, a la “indagación contemplativa” desde “ese lugar que ha elegido para mirar el mundo”.
Recurre a un texto de Louise Glück sobre George Oppen para hablar de la elipsis (tan importante como recurso aquí), de “lo no dicho, la sugerencia, el silencio deliberado y elocuente”. Del “poder de lo inacabado”.
“La lectura de estos poemas nos ratifica en el convencimiento de que la escritura poética, más allá de todo lo que pueda pensarse sobre ella, es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y afectuoso a las cosas que se construye —y esto es lo esencial de su naturaleza— sobre el secreto, sobre lo que se deja por decir”, concluye.
Treinta y siete son los poemas que componen este libro. Breves en su totalidad, acorde a la pretensión de esencialidad de esta poesía de la sencillez.
El primer verso del poema inicial reza: “Fijar en el tiempo este lugar”, donde se resume esa voluntad espacio-temporal de la poesía genuina. El verso final no es menos significativo: “Tal vez indicios”, que bien podría haber sido el título del conjunto si no fuera porque lo que no suma, resta.
Poema a poema nos vemos refugiados en una atmósfera cada vez más densa y precisa, en medio de un paisaje mediterráneo de interior (a lo lejos se ve o se intuye el mar): valles profundos, escarpados barrancos, montes erosionados, bosques… La naturaleza prevalece y las evocaciones urbanas son insignificantes. Delante, “el mundo / que intentas descifrar”, “y la vida como un enigma”. Un búsqueda meditativa desde la incertidumbre: “Ya no sé lo que busco”. “Caminas pero sabes / que no vas a parte alguna”. Porque, escribe, “No es que la vida sea sencilla”. “Tengo la fe de un escéptico”, confiesa. Una búsqueda que se justifica en estos versos: “si pudiera elegir una palabra / sería travesía; / quizá tránsito”. Y ya que mencionamos las palabras, en el poema “Nada que añadir” leemos: “Voy al silencio. / Como a una querencia”. Y más adelante: “Este silencio, esta nieve, / ¿serán acaso todo?”.
Esta geografía remite a la infancia. De ella surge, diría. Porque “La infancia así era”. La de los campos de agosto, el trigo bajo el sol, el silencio del valle…
En “Siempre la ausencia / viene del cielo”, encontramos ecos de Claudio Rodríguez. En “Puede que el mundo esté bien hecho. / Pero nosotros no”, de Guillén.
“En la ausencia encuentro refugio”, dice, “En el silencio  me defiendo / y protejo de la vida”.
En esta suerte de peregrinación a las fuentes, por decirlo con lanza del Vasto, afirma: “En este valle / me reconozco. “Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”. Consciente de que ahí “Es cierto todo. / Todo lo que percibes”.
En la noche (“larga es la sombra de la noche”) encuentra un símbolo para dar fe de lo que le desconcierta. Las tardes, sin embargo, son propicias para sentir "la “plenitud de un instante”.
El poema final abrocha perfectamente este intenso paseo por un microcosmos tan tangible como misterioso. “Así es el asombro. / Conmoción y promesa. / Asisto al deslumbramiento / como si todo / lo viera por primera vez”. Pura coherencia.
 
Carlos Permanyer
Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2026. 68 páginas. 12,00 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

3.9.26

À bout de souffle

Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958), que ha publicado las novelas La piel del camaleón (1993), Inviernos (1995) y Los placeres tristes (2002), y ha sido coautor de los guiones de las películas Agallas (2009), Tiempo sin aire (2015) y 70 binladens (2019), es, ante todo, poeta. Como tal, ha dado a la imprenta Los desiertos verdes (2006), La noche cerca (2012), Rwenzori (2015) y En jardines de arena (2019). En 2024 vio la luz la antología Postales del norte, donde reunió poemas (algunos inéditos) sobre el controvertido tema del terrorismo. Sobre ese asunto, que tanto ha marcado a los españoles, escritores o no, de nuestra generación (y de algunas anteriores y posteriores, tan largo fue su penoso rastro de violencia y de sangre), vuelve Gil Bengoa en este nuevo libro. De poesía, sí, no se dude, pero con un inesquivable y sutil hilo narrativo y una puesta en escena de lo más cinematográfica. No le falta intriga. Porque se nos cuenta una historia y se hace, como digo, de una manera fílmica determinada, no querría uno desvelar ningún misterio, que es tanto como decir que no pretendo destripar ni el relato en sí ni, menos aún, el final. Lo intentaré.
Por lo pronto, el libro se abre con una elocuente cita de la rumana Ana Blandiana: “y contemplar la línea que divide / el bien del mal”. Lo componen cuatro partes.
La primera va con un epígrafe de Eugénio de Andrade: “Son como un cristal / las palabras”. Y eso parece en estos poemas breves y sin título en los que abunda la elipsis, como es natural en alguien que dosifica la información que quiere trasladar al lector. Que juega con maestría la baza misteriosa. Como ocurre con el silencio: “¿Qué es el silencio? / ¿Una repentina oscuridad en la luz? / ¿El olor a tierra empapada tras un atormenta en la noche?”. Y sigue: “Suelen decirme / procura / siempre/ que incluso la mirada / sea / alusión al silencio”.
Las referencias se gradúan, están veladas, son noticias escuetas que el lector ha de interpretar a medida que avanza el libro, esto es, la historia.
La que hablaba antes era Ane, una niña. La protagonista. Sabemos que está con sus padres. En el extranjero (“palabras nuevas / en un idioma distinto”, un coche que “lleva el volante al otro lado”, fish and chips…). A orillas del mar. En un momento dado (viajan de ciudad en ciudad, el padre cambia de trabajo) se nombra Camber Sands (dunas famosas que se localizan en el condado de East Sussex, en Inglaterra).
Ane parece madura para su edad, que no se concreta. Reflexiona en voz alta. Recuerda a rachas una existencia anterior en un paisaje distinto, aunque “de fronteras”. Cenan en silencio (un silencio que persistentemente flota en el ambiente, ya se dijo, roto, si acaso, por lo dicho en voz baja) “a una hora diferente / de la otra vida”. Leemos “fuga”, “palabras secretas”… Son “testigos del silencio”. Y hay diálogos internos y juegos de voces. De pronto, un lugar: Avilés. Y una persona que vuelve de esa otra vida perdida: el abuelo, figura clave (luego sabremos el porqué) en la fabulación. Y otra que muere, amigo del padre.
La cita que abre la segunda parte, de Emily Dickinson, refuerza lo que venimos subrayando: “Qué silencioso se tiende el enigma”. “Mi castillo de arena” es el primer verso de un poema metafórico que incide de lleno en el secreto. “Pienso en nuestra casa / la casa de entonces / mi cuarto de siempre”. Que no es fácil vivir así lo delata el verso “Hay noches que dejo rastros de orina”. Y de nuevo, la memoria. Y allí, encapuchados y humo y cristales rotos y pancartas y “banderas en llamas”.  “Se brindaba por la libertad en silencio”, leemos. Y de nuevo el amigo muerto y lo que sintió: ¿temor, coraje, ira?
Ane se siente “Extrañada. / Extraviada. / Excluida”. Confiesa: “Soy un ave aturdida en jaula de silencio”. Y: “A solas deambulo con el misterio”. Y: “Es un drama vivir así, siempre amenazados”. “Debo pensar un refugio”, concluye. Un cine, por ejemplo, donde se esconden y una misteriosa mano toca la de su padre. “A resguardo en dónde. // A resguardo de quién. // A resguardo de qué”. Y de nuevo Avilés. Y Asturias. Y “nunca digas que somos vascos”. Y un “idolatrado idioma” que ha de silenciarse también: De ahí que su madre, como si vomitara, cubra, en un hueco de la playa, “sus palabras con arena”.
La tercera sección lleva al frente unas palabras de Anisa Koltz: “Con ellos paso de un exilio a otro”.
Y al principio del primer poema: “¿He nacido para el silencio?”. Y otra vez un cambio de domicilio: “escapando, siempre escapando”.
La historia se va precipitando hacia el final. Sorprendente, por cierto, como cabe a toda clásica narración que se precie. Un informativo de televisión, una llamada telefónica, una funcionaria de Servicios Sociales… La vuelta a casa.
Un solo poema ocupa la cuarta parte. Delante, unos versos de Rafael Cadenas: “Cuando eras inmortal. / Cuando eras”.
Han transcurrido algunos años. Otro guiño cinematográfico no menos clásico. Ane ya es una mujer. Pendiente de dos esperas.
  
Juan Gil Bengoa
Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2026. 84 páginas. 14,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.