El barcelonés Carlos Permanyer reside en Castelldefels y trabaja
como director creativo en una agencia de Andorra. Aunque se licenció en
Filología Hispánica por la Autónoma de su ciudad natal, ha dedicado su vida a
la publicidad y a la comunicación, lo que le ha reportado un gran prestigio y
numerosos premios, tanto nacionales como internacionales.
De forma tardía, por más que su pasión por la lírica
comenzara en la adolescencia, empezó a publicar. En esta década ya ha dado a la
imprenta los libros Memoria de las nubes y He
llegado hasta aquí, al que hay que sumar esta nueva entrega que
comentamos y otra, Fingir entonces, que sigue en manos de un
editor a la espera de que se decida por fin a publicarlo.
Hay un poema suyo en la antología Quedan los
árboles, que cerró la colección Voces sin tiempo de la
Fundación Ortega Muñoz, con otro ganó el premio Gabriel y Galán en 2023 y ha
colaborado en las revistas Suroeste y Alga de poesía. Como
se puede apreciar, estamos ante un autor con obra escasa y, por tanto, casi
secreto, que, sin embargo, ha conseguido ser finalista del Loewe en la edición
de pasado año. No es extraño tampoco que Indicios aparezca en la
acreditada colección La Gruta de las Palabras, que con tanto rigor dirige
el escritor Fernando Sanmartín.
En cierta ocasión me referí a “los poetas de la claridad”,
un rótulo sin pretensiones didácticas, en el que podríamos englobar, entre
otros, a algunos de los maestros más cercanos de Permanyer: Eloy Sánchez
Rosillo, José Mateos y Basilio Sánchez; poetas consagrados que, por cierto, no
han dudado en ponderar sus versos. En “Agradecimientos”, se recogen estas hermosas
palabras de Rosillo: “Este es tu libro más extremado, y quizá el mejor. No se
puede decir más con menos. La poesía es palabra, pero también es silencio,
vacío pleno. Eso respiran tus nuevos poemas. Hay ahí una conciencia que mira el
mundo, su complejidad, con ojos limpios y serenos. La sencillez es la esencia
de la complejidad”.
Sánchez, por otra parte, es el autor del prólogo, que titula
“Lo que se deja por decir”. Con la lucidez que le caracteriza, el cacereño reflexiona
sobre el silencio y el asombro. Acerca de la poesía (la de Permanyer, la verdadera
en general), dice: “es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas”,
“una actitud ante la existencia”, “la voz del cuidado, la de la vigilancia
compasiva”, “un intento de desentrañar una realidad que se nos escapa”, “una
forma de perseverancia”…
Valora “la humildad, el trabajo y la paciencia” y subraya
que los poemas de Indicios “no son propiamente literatura”. Da valor a la
“armonía con el espacio” que destilan, a la “indagación contemplativa” desde
“ese lugar que ha elegido para mirar el mundo”.
Recurre a un texto de Louise Glück sobre George Oppen para
hablar de la elipsis (tan importante como recurso aquí), de “lo no dicho, la
sugerencia, el silencio deliberado y elocuente”. Del “poder de lo inacabado”.
“La lectura de estos poemas nos ratifica en el
convencimiento de que la escritura poética, más allá de todo lo que pueda
pensarse sobre ella, es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y
afectuoso a las cosas que se construye —y esto es lo esencial de su naturaleza—
sobre el secreto, sobre lo que se deja por decir”, concluye.
Treinta y siete son los poemas que componen este libro. Breves
en su totalidad, acorde a la pretensión de esencialidad de esta poesía de la
sencillez.
El primer verso del poema inicial reza: “Fijar en el tiempo
este lugar”, donde se resume esa voluntad espacio-temporal de la poesía
genuina. El verso final no es menos significativo: “Tal vez indicios”, que bien
podría haber sido el título del conjunto si no fuera porque lo que no suma,
resta.
Poema a poema nos vemos refugiados en una atmósfera cada vez
más densa y precisa, en medio de un paisaje mediterráneo de interior (a lo
lejos se ve o se intuye el mar): valles profundos, escarpados barrancos, montes
erosionados, bosques… La naturaleza prevalece y las evocaciones urbanas son
insignificantes. Delante, “el mundo / que intentas descifrar”, “y la vida como
un enigma”. Un búsqueda meditativa desde la incertidumbre: “Ya no sé lo que
busco”. “Caminas pero sabes / que no vas a parte alguna”. Porque, escribe, “No
es que la vida sea sencilla”. “Tengo la fe de un escéptico”, confiesa. Una
búsqueda que se justifica en estos versos: “si pudiera elegir una palabra /
sería travesía; / quizá tránsito”. Y ya que mencionamos las palabras, en el
poema “Nada que añadir” leemos: “Voy al silencio. / Como a una querencia”. Y
más adelante: “Este silencio, esta nieve, / ¿serán acaso todo?”.
Esta geografía remite a la infancia. De ella surge, diría. Porque
“La infancia así era”. La de los campos de agosto, el trigo bajo el sol, el
silencio del valle…
En “Siempre la ausencia / viene del cielo”, encontramos ecos
de Claudio Rodríguez. En “Puede que el mundo esté bien hecho. / Pero nosotros
no”, de Guillén.
“En la ausencia encuentro refugio”, dice, “En el
silencio me defiendo / y protejo de la
vida”.
En esta suerte de peregrinación a las fuentes, por decirlo
con lanza del Vasto, afirma: “En este valle / me reconozco. “Lo que importa
está aquí. / Me detengo. Soy”. Consciente de que ahí “Es cierto todo. / Todo lo
que percibes”.
En la noche (“larga es la sombra de la noche”) encuentra un
símbolo para dar fe de lo que le desconcierta. Las tardes, sin embargo, son
propicias para sentir "la “plenitud de un instante”.
El poema final abrocha perfectamente este intenso paseo por
un microcosmos tan tangible como misterioso. “Así es el asombro. / Conmoción y
promesa. / Asisto al deslumbramiento / como si todo / lo viera por primera
vez”. Pura coherencia.
Carlos Permanyer
Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2026. 68
páginas. 12,00 €
NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

