25.7.20

Noticia de Lanza del Vasto


En Porque olvido se recoge alguna referencia al pensador, poeta y pacifista Lanza del Vasto, nacido Giuseppe Giovanni Luigi Enrico Lanza di Trabia-Branciforte. Un francés de Sicilia, entre místico y activista. Un hombre espiritual, lúcido y coherente. Fundador de la Comunidad del Arca (que todavía existe y tiene seis sedes). En Magisterio realicé, gracias a una beca del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción del Estudiante, dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, un trabajo sobre la educación en esa comunidad y, por extensión, sobre la educación pacifista (que practicó, entre otros, Tolstói en Iasnaia Poliana). Se titulaba «El proyecto educativo gandhiano: por una pedagogía de la no-violencia». El original que presenté a mi profesora de Didáctica, Remedios Sierra, se abría con un precioso retrato del autor de La cifra de las cosas (su poesía reunida) realizado a plumilla por mi tío José Antonio. Hace años que di por perdido mi ejemplar de ese modesto estudio del que debería haber una copia en mi antigua Escuela, ahora Facultad de Educación de la UEX. 
Ghandi, su maestro, al que fue a visitar Lanza a la India (un largo camino a pie que narra en su impresionante libro La peregrinación a las fuentes, publicado en Gallimard en 1943 y aquí por Sígueme y luego por Seix Barral muchos años después), decía que Ghandi le impuso el nombre de Shantidas (el servidor e la paz). 
Tuve la suerte de conocerlo y de pasar con él unos días en Puerto de Béjar, ya lo he contado alguna vez, en una finca de los Operarios (promotores de la citada editorial Sígueme), durante dos veranos seguidos. A finales de los setenta. La primera vez fui solo; la segunda, con Yolanda y mi hermano Fernando, que dio, por cierto, en sacerdote operario. Quince días de naturaleza, yoga, ayuno, canto (de inspiración populargregoriano, canciones que cantó como nadie su esposa Chanterelle), baile y alimentación vegetariana. Lo mejor, las charlas de Lanza, en un delicioso y sereno español afrancesado (con toques italianizantes). ¡Cuántas lecciones aprendidas! Y para toda la vida. La de la austeridad, pongo por caso. O la de la suprema elegancia de lo sencillo (en El Arca se confeccionaban su propia ropa, una suerte de hábito seglar, tejida con lino). Lanza solía repetirnos su lema: "Mantente erguido y sonríe". He intentado aplicarlo. Sobre todo en los peores momentos. Como ahora. 
Buscando una entrevista con Borges, he dado con esta joya. La que le hizo Soler Serrano para el mítico programa "A fondo". Esta es la grabación en dos partes: la primera y la segunda.

Nota: La fotografía de Lanza del Vasto está tomada en La Borie-Noble hacia 1975. 

24.7.20

Jesús M. Santos lee "Porque olvido"

Defensa de la memoria

En aquellos años de mocedad los diarios guardaban secretos. Se iniciaban en la adolescencia, se escondían y muchas veces concluían a medida que crecía la vergüenza del autor por la simpleza y fugacidad de sus pasiones o la inestabilidad de algunos juicios que el tiempo desvelaba efímeros. Había otros, más maduros, que sobrepasaron el ciclo de la edad, aunque se mantuvieran acallados, o escondidos, al albur del destino o la espera a que la muerte acabara desvelándolos. Algún amigo, de esos que se califican como íntimos, dejó los suyos escritos en un buen número de libritos que nadie se ha atrevido a abrir. ¿Fueron escritos para ser leídos?

El género diarístico abierto al público tiene una historia larga que, en los últimos años, ha evolucionado al amparo de las tecnologías. El diario ya no lo es porque se alimente del día a día, sino porque se hace público con esa periodicidad, siempre accesible. Sobre esos no cabe aquella duda: se escriben para ser leídos y el propio autor se encarga de difundirlos (y en ocasiones, de promocionarlos).

El espacio público en que ahora vivimos, multiplicado a partir de la red, ha avivado el género y lo ha modificado. Cada diarista sigue la lógica que él mismo fija, sometida a dos elementos: lo que vive, en el más amplio sentido, y lo que quiere contar. A partir de ahí, el valor no lo establece el género, sino el estilo.

El diario se hace a mano. Carece de secreto, pero no de misterio. ¿Dónde empieza y termina la verdad, la desnudez? ¿Se pueden interpretar los guiños y, aún mejor, los silencios?

Una de mis primeras ocupaciones cotidianas se dirige, bien de mañana, a http://mayora.blogspot.com/, el blog del poeta y maestro –pase lo que pase–, Álvaro Valverde. Me cuesta empezar el día de otra manera. No solo por la afinidad o simpatía hacia el autor, sino porque sus paseos, que son también sus reflexiones, invitan a mirar el paisaje, a buscar preguntas, a encontrar sentimientos. También por mi propia rigidez en lo relativo a la organización de las tareas cotidianas.

Aquel diario digital, en permanente estado de construcción, ha dado paso a Porque olvido. Desde un punto de vista formal, simplemente un libro, editado por la Editora Regional de Extremadura, que recoge parte de lo publicado en el el blog durante quince años, desde 2005 hasta 2019, ambos incluidos.

No aparece todo lo recogido en el formato original, porque, según interpreto, el autor ha querido llevar a la imprenta lo esencial, su territorio más personal, tal vez, también, el más poético. Tanto más cuanto más ajeno parece a la poesía. Queda fuera el abundante trabajo crítico de Álvaro Valverde y sus tomas de posición en torno a determinadas cuestiones políticas o literarias. Tal vez por ello, este Porque olvido resulte aún más esencial, el espacio del paisaje y los afectos más sencillos, de los que brota todo lo demás.

El lector siente regresar a un territorio conocido. Puede parecer lo mismo; tal vez, no lo sea. Todo es sencillo y claro, como el paisaje y los lugares que recorre. Pero lo que aquí se reconoce, más allá de lo concreto, es la actitud. En esa manera de estar y de mirar radica el valor de cuanto se sugiere. O sea, como la propia obra de Álvaro Valverde.

Porque olvido reivindica la memoria para entender e interpretar la vida. Pero reconoce algo aún más elemental a medida que la edad avanza, un pequeño valor imprescindible: dejar constancia de lo vivido y lo sentido contra la fugacidad de este tiempo tan proclive a la amnesia y al desprecio de lo íntimo. Así de sencillo resulta también el diario. Por eso, tal vez la fundamental tal vez sea el tono, la verdad del poeta y de Álvaro Valverde en particular. Desde la soledad del paseo al encuentro del lugar que sugiere y el tiempo que concreta.

Estas reflexiones no pretenden ser una crítica ni siquiera una reseña; aspiran, desde un punto de vista estrictamente personal, a establecer la necesidad de un asidero al que acudir cuando reconocemos lo mucho que vamos olvidando. No como la lista de la compra, pero casi. En otro ámbito.

De su blog Lagar de ideas.


18.7.20

Elogio de la cerveza

Según costumbre, la colección de poesía de la editorial Visor celebra la conquista de otra centuria con una antología. Así, el número 1100 de su acreditado catálogo poético lleva por título La cerveza, los bares, la poesía y es, cómo no, un florilegio a cargo del director de la casa, Jesús García Sánchez, más conocido en los medios literarios como Chus Visor. Ya sabemos lo que hizo durante el confinamiento. 
El prólogo, firmado también por él, es un extenso y minucioso ensayo sobre el asunto a tratar, esto es, la cerveza, las tabernas, los bares y cafés... De la poesía se habla menos. Quiero decir que la introducción se centra más en lo histórico que en lo literario, por más que se aborden asuntos relacionados con la poesía. Historia y antología empiezan en el mismo punto, con el Poema de Gilgamesh, donde encontramos la primera mención acerca de la cerveza. Una bebida que usaron los egipcios y los incas y que estuvo presente, además de en Babilonia, en la China antigua, en la Grecia clásica (cita a Herodoto y Plinio), en las sagas escandinavas (en el Kalevala), en el Imperio Romano (mencionada por médicos como Hipócrates o Galeno –y antes por el griego Dioscórides– o por el orador Tácito). La primera mención en España se debe al Obispo Paulo Osorio, al describir el cerco de Numancia. 
Por seguir el orden cronológico (el utilizado en la compilación), llegaríamos a Shakespeare (“Daría toda mi fama por una jarra de cerveza”) y la gran tradición bebedora británica y al Renacimiento (que es cuando se generaliza su uso en todas las clases sociales). Y a su relación con la Iglesia y los monasterios (a los monjes concedió Carlomagno el monopolio de su fabricación). Alude a Lutero (que se casó con una maestra cervecera) y a Carlos V (que se trajo a Yuste a los suyos) y Felipe II y a cómo los médicos de la época se opusieron a su consumo (saludable para sus antecesores, como los citados más arriba), porque "no está en costumbre" (que era del vino). Fue monopolio del Estado desde 1701 hasta 1833. Se inventa luego la máquina de vapor y se industrializa. Y ahí, Louis Pasteur y sus Estudios sobre la cerveza.
Recuerda el editor a los ilustrados (a Jovellanos, por ejemplo). Y a Larra, a Galdós (y La Fontana de Oro), Pla, Gómez de la Serna... El malditismo y la bohemia (de los nuestros del 900: Carrere, Buscarini, Gálvez, Fortún, Bacarisse...). Y Dickens, Sterne, Diderot, Voltaire...Y no olvida el "carácter democrático" de bares, botillerías o cervecerías que nacen en Gran Bretaña y se extienden por los Estados Unidos de América (piensen en el wéstern). Y no faltan en el estudio los nombres de Valle Inclán, Rubén Darío (un consumado bebedor, como tantos escritores), Pessoa, Camus, Dylan ThomasCamba, Ruano, Sándor Márai, Ribeyro, Bacon, Mann, Magris (el de Microcosmos), Kraus, Lévinas... Ni gente que escribe en los bares, como Hierro, Aira, Modiano... 
Los  poetas del 50 conformaron una generación etílica, baste evocar a Benet, Ángel González, Caballero Bonald, Gil de Biedma, Barral, José Agustín Goytisolo, Gabriel Ferrater o Claudio Rodríguez. Tan adictos al alcohol como lo fueron Li Po, Jayyam, Catulo, Sócrates, Ovidio, Lope, Góngora, Quevedo, Baudelaire, Rimbaud, Dostoyevski, los Beat (Ginsberg, Kerouac), Lowry, Bishop, Lowell, Faulkner, Auden, Rulfo, Hamsun (que recogió el Nobel borracho), etc. Hasta Menéndez Pelayo fue un bebedor insaciable. Sí, hubiera sido más fácil antologar a los poetas sobrios, que tan mala fama han gastado. (Alguno, como Manuel Vilas, habría estado, eso sí, en las dos.) 
Se cierra el prólogo con el "Decálogo del Gran Bebedor", obra del colombiano Álvaro Mutis.
La antología (que, por cierto, recoge textos en prosa y a traductores diversos) en sí es muy amplia (el libro tiene 400 páginas). Ya se dijo que empezaba con un fragmento de Poema del Gilgamesh. Continúa, pongo por caso, con la Antología Palatina, Carmina Burana, Ovidio, Villon, Shakespeare, Franklin, el Kalevala, Verlaine, Stevenson, Cavafis, los hermanos Machado, Eliot, Morand, Pessoa, Chesterton, Jünger, Ajmátova, Sucre, Noel, Cunqueiro, Gómez de la Serna (Pombo), los del 27 (Lorca, Diego, Alberti), Fitzgerald, Neruda, Pavese, Lezama, Celaya, Rojas, Bernier, Benedetti, Celan, Cardenal, los del 50 (ya citados antes), el "tigre" Lizalde, Gelman, Becerra, Montejo, Olds, Cisneros, Parra, Nordbrandt (un poeta que le gustaba mucho a Julián Rodríguez, traducido aquí por Paco Uriz), Roca, L. A. de Cuenca, Juan Luis Panero (hijo de otro santo bebedor), los donostiarras Aramburu e Iribarren, Benítez Reyes, Marzal y Prado (en su versión más "experiencial"), Vilas, Lucas... Cierra la muestra un poeta costarricense del 86, Juan Carlos Olivas. 
No faltan cantantes y canciones, como "Tatuaje", de Rafael de León, y "19 días y 500 noches", de Joaquín Sabina. 
Hay pocas mujeres (y no quiero entrar en polémicas y menos tratándose de Chus Visor, que ya protagonizó una bien sonada a este propósito), pero poemas como "Los posibles caprichos", de la ecuatoriana Ileana Espinel Cedeño, valen por mil. O el de la única extremeña del elenco: Isla Correyero. Además, está representada la mismísima Marilyn Monroe y no falta, como en cualquier florilegio del momento, Raquel Lanseros. 
¿Qué destacaría de entre lo mucho y bueno seleccionado? "Elogio de la cerveza", de John Taylor; el poema irlandés "El avetoro amarillo"; "Una calle de Córdoba", de Mutis; "Mujer ebria" de E. Bishop; "Cerveza", de Bukowski; el poema de Kingsley Amis; "Cuando todos se vayan", del chileno Teillier; "A mi hija", un poema de Carver (un imprescindible) que pone los pelos de punta; el inédito "Stomeo's Bar", del caleño Jotamario Arbeláez; "Elogio de la embriaguez", del novísimo (hay más en la antología) José María Álvarez (otro clásico del género); "El primer trago de cerveza", de Philippe Delerm; y "En honor a Malcom Lowry", del venezolano Igor Barreto. Casi todo merece la pena, no obstante. Ah, y bien poco se echa en falta, lo que habla a favor de Jesús García Sánchez.
Dejo para el final un par de curiosidades. Éste se incluye a sí mismo en el libro. Con un emotivo texto en (buena) prosa que se publicó hace años en la revista Cuadernos Hispanoamericanos titulado “La Kon Tiki”, el local donde recalaba, a la vuelta de Albuquerque, el poeta asturiano Ángel González (y también el autor de esta suerte de fragmento de memorias), al que retrata. Y ya que de amistad hablamos, ha elegido el soneto “Chus Visor” para la colaboración de Luis García Montero. El círculo se cierra. 
¿Puede haber una lectura de verano más adecuada que esta? ¡Salud!
 
La cerveza, los bares, la poesía. Antología
Jesús García Sánchez 
Visor, Madrid, 2020. 400 páginas. 16,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno

16.7.20

Turia, 135

Rara vez decepciona la revista turolense Turia, un claro ejemplo de cómo se puede ejercer el cosmopolitismo literario desde la oscura provincia; más aún, desde la España vacía. 
Es verdad que 500 páginas dan para mucho. El número 135 tiene exactamente 523. Su índice es elocuente. En "Letras" se recuerda la vigencia de Delibes (un autor al que admiro, sin duda, pero sobre el que uno difícilmente podría decir algo nuevo y distinto, por lo que he declinado la amable invitación de El Norte de Castilla -en la persona de Carlos Aganzo- que le prepara un homenaje). 
En "Taller" me han interesado muchísimo las cartas que escribió el poeta inglés Philip Larkin a Monica Jones, avance un libro que publicará La Umbría y la Solana. Y los textos de Martínez de Pisón, José María Conget y Eloy Tizón, tres primeros espadas (si es que aún se puede utilizar esta castiza expresión) de nuestra mejor narrativa. 
La sección de"Poesía" viene cargadita también. Con versos excelentes de Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Chantal Maillard, Manuel Rico, Francisco Ferrer Lerín, Martín López-Vega, Carlos Pardo, Basilio Sánchez, Fernando Sanmartín, David Mayor, Jesús Jiménez Domínguez, María Alcantarilla, Vanesa Pérez-Sauquillo, Juan Manuel Macías, Marta Domínguez Alonso, Antonio Daganzo, Lilián Pallares, Thaís Espaillat y Javier Sanz. 
En "Pensamiento" brilla el superviviente Cioran, y eso que iba para suicida. 
El "Cartapacio" es de Alfredo Castellón, un aragonés en Madrid del que uno tenía escasa noticia. Ya se ve que para mal porque fue un hombre polifacético (realizador de televisión, sobre todo) y con una obra digna de la mayor atención. Basta con leer sus Textos inéditos
En "Conversaciones", y con permiso de Sergio del Molino (que acaba de ver en las librerías la cuarta edición de su última novela, La piel), subrayo una espléndida entrevista con Ana Blandiana realizada por Jordi Doce, que ha cuidado la edición de nuevas obras poéticas que la poeta rumana publicará próximamente Galaxia Gutenberg. 
Se repasa en "Sobre Aragón" la trayectoria de la ejemplar editorial Olifante y en "Torre de Babel" hay numerosas reseñas de libros de todos los géneros. En lo que a uno concierne, me permito llamar la atención sobre la que firmo de la antología En la rueda de las apariciones. (Poemas 1990-2019), de Jordi Doce (Ars Poética, Oviedo, 2019). 
Dejo para el final lo que más me ha gustado del número. Me refiero a la doble presencia de mi paisano Luis Landero. En "Taller", para empezar, con un avance de su próxima obra, que titula "Viajar, soñar, contar" y que, por lo que parece, enlaza con otro de sus libros fundamentales (mi preferido): El balcón en invierno. Para seguir, en "La Isla", los diarios del director de la revista, Raúl Carlos Maícas. En esta nueva entrega recuerda el cartapacio de 160 páginas que le dedicó Turia (no sin vencer múltiples dificultades que él, por discreción, omite) y su multitudinaria presentación en Badajoz (un hecho que sorprendió a las autoridades extremeñas, desinformadas y de escasa sensibilidad cultural). Repasa, además, las colaboraciones del dosier (artículos, la amplia entrevista de Enma Rodríguez, sus "Devaneos de lector"), y reflexiona, por fin, sobre su obra en general y sobre Lluvia fina, su novela más reciente, en particular. Sí, como escribe Maícas, "siempre nos quedará Landero".

13.7.20

Onieva lee a Sophia


El poeta cordobés Francisco Onieva publica en el suplemento Cuadernos del Sur, del Diario Córdoba, una reseña de la antología Lo digo para ver (Galaxia Gutenberg), de la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen. 80 poemas traducidos por Ángel Campos Pámpano que uno seleccionó y a los que puse un prólogo.

12.7.20

Una antología poética de Jordi Doce


ES ASÍ, ES ASÍ

La crítica responsable, a la que solía convocar en sus reseñas Miguel García-Posada, sabe desde hace mucho que Jordi Doce (Gijón, 1967) es uno de los nombres imprescindibles del panorama poético hispano. Que no haya sido reconocido con premios rimbombantes ni forme parte de ningún departamento universitario ni dirija sede alguna del Cervantes son anomalías que no deberían extrañarnos y que nada tienen que ver con esa excelencia que, a pesar de lo obvio, no siempre se reconoce. En todo caso, ya decía, su acreditada trayectoria, plena de lucidez e inteligencia, es bien conocida por los lectores de este raro país parapoético.
Doctor en letras por la Universidad de Sheffield, lector de español en la de Oxford, tras su paso por la revista Letras Libres o la editorial Vaso Roto, reside y trabaja en Madrid como editor (de Galaxia Gutenberg, por ejemplo), traductor y profesor de escritura creativa.
Autor de ensayos (Imán y desafío, La ciudad consciente, Las formas disconformes, Zona de divagar y La puerta verde) y libros de artículos, entrevistas, notas y aforismos (Hormigas blancas y Perros en la playa), Doce es, antes que nada, poeta. De libros como Lección de permanencia, Otras lunas, Gran angular y No estábamos allí (Premio «Meléndez Valdés»).
Inseparable de su poesía, las traducciones, pongo por caso, de Blake, Eliot, Auden, Tomlinson, Hughes, Hill, Simic, Auster, Burnside y Carson. Reunió una selección en Libro de los otros y la editorial inglesa Shearsman ha publicado, en traducción de Lawrence Schimel, Nothing Is Lost. Selected Poems y We Were Not There (edición bilingüe de No estábamos allí).
Hace cinco años apareció la antología Nada se pierde. Poemas escogidos (1990-2015) en la colección La Gruta de las Palabras (PUZ). Acerca de esos 77 poemas dijo en la nota final del libro: “Una antología no se compone únicamente de los poemas que uno considera mejores o más logrados. Tiene que haber otros criterios, que es como decir espacio para respirar y moverse sin agobios: poemas que abren puertas o que exploran fugazmente este o aquel territorio; poemas que dan variedad y rompen inercias; poemas que gustan a lectores cercanos o de confianza; poemas, en fin, por los que uno siente un afecto irracional”.
Otro florilegio, En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019 (título que toma de su poema “Huésped”), recoge en una espléndida edición 147 composiciones divididas en siete apartados. Doce explica en una breve nota que “la selección se ha hecho hacia atrás”, es decir, desde los últimos poemas, “los que han dictado el tono y el alcance del conjunto”. Cabe añadir que la muestra incluye más de veinte inéditos. Poemas como “La deuda”, “Una carta”, “Secuela”, “Encuentro o “Ficción” y la serie Estación término. Pero no es esta la única novedad: “he planteado el libro –Doce dixit– como un box set musical en el que las piezas familiares conviven con caras B, temas inéditos, rescates y mezclas alternativas”. De ahí que algunos poemas vayan datados con dos fechas. Por esto y porque ha sometido a corrección muchos de ellos (de reescritura podría, en rigor, hablarse), estamos ante un libro nuevo, incluso para quienes seguimos su obra desde el principio.
El prologuista, Vicente Luis Mora, alude a cierta tradición poética que “piensa a través de la mirada”. Añade que estos son los versos de alguien (“un trazado, una especie de callejero europeo”) que “va impregnándose de lo mirado”. De sus poemas, Doce ha afirmado que “siempre se han volcado hacia lo exterior”. “Como piensa el mirar”, leemos en “Diálogo en la sombra”. Y: “Quien mira sabe / que algo le está mirando”. O: “Salgo a la calle. / Por primera vez veo / lo siempre visto”.
“El puro asombro” de lo que se observa de manera cotidiana le lleva a una suerte de perplejidad permanente (“La extrañeza es una forma de atención”), de índole metafísica, que impregna de sorpresa y misterio cuanto este “espectador” escribe y lo dota de una atmósfera nórdica (con su luz “despaciosa”) e inquietante donde el miedo (“el temor es mi asunto y mi silencio”) o la amenaza siempre acechan. Algo propio “de quien ve más allá de lo mirado”. Se diría, sí, que su poesía, parafraseándolo, “Es una disciplina, / un trato entre el mirar y lo mirado”. Materia “de quien ve más allá de la mirada”.
“Lo universal es lo que tenemos a mano”, si bien puede ser “tan extraño y opaco como un meteorito. Solo hay que aprender a mirarlo, dejar que nos hable”, declaraba Doce, a modo de concisa poética, hace poco en la revista Anáfora.
Por lo demás, Mora acierta al señalar la clave de esta poesía “configural”, no “confesional”, en la que aprecia distintas etapas: hasta Gran angular (“oscura” la denominó Doce), desde ese libro hasta el último (“más áspera, intuitiva”) y la que inaugura No estábamos allí. Por simplificar, teniendo en cuenta su medular labor traductora, al principio tal vez pesaban más Eliot o Tomlinson (lo meditativo) que, más tarde, Simic o Carson.
Contenida, paradójica, sobria, audaz, variada, elegante, escéptica, irónica, la escritura de Doce frecuenta el poema en prosa y, más allá, la narrativa aforística y fragmentaria que proyecta su poderosa imaginación con destellos de inspirado irracionalismo, aunque, a pesar de las apariencias, “Nada de lo que ocurre es un sueño”.
Y todo expresado con un ritmo peculiar, tan personal como su voz, porque es aquel “el que determina la temperatura vital o anímica de ciertas palabras”, “asociado a ciertas sonoridades, a una atmósfera emocional, como expuso en la Fundación March.
“El destino soy yo”, sostiene Jordi Doce. “Quien extravió la vida en recrearla / con secreta pasión, al hilo de las palabras”. Ya que “tu afán es un enjambre de palabras / que esculpen en el aire su derrota”. El que “puso en equilibrio su vida y sus palabras”. Porque, en fin, “la poesía no es sólo el centro irradiador de mis inquietudes –señaló en su poética “Una fidelidad”– sino también un modus operandi, una forma de estar en el mundo y de proceder intelectual; un modo de pensar, en suma”.

En la rueda de las apariciones. (Poemas 1990-2019)
Jordi Doce
Ars Poética, Oviedo, 2019. 256 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 135 de la revista Turia

10.7.20

Delibes dixit

Delibes en su casa de Sedano. El Norte de Castilla
"Yo soy triste y depresivo y, además, estoy casi en la tercera edad, así que la cosa no tendría nada de particular. Yo veo la vida desde un ángulo sombrío; no la veo agradable, qué le vamos a hacer, y en consecuencia casi todas las zonas de mi imaginación suelen ser sombrías y tristes. En ese aspecto mis libros me delatan. Sólo recuerdo en mi vida un momento de euforia vital que corresponde a la escritura de mis dos Diarios, los dos únicos libros optimistas de toda mi obra. No, no es cuestión de motivos, sino de genes. Yo no tengo duda de que esto será siempre así. Ciertos momentos de exaltación y optimismo que serán enseguida desbancados por los otros momentos, los de siempre". Miguel Delibes, en una conversación con Blanca Berasátegui. El Cultural.

8.7.20

La luz de aquella tarde de septiembre

Pablo Núñez (Langreo, 1980), que es licenciado en Periodismo, doctor en Filología Hispánica y profesor de la UNED, pertenece al círculo de poetas asturianos ligados a la Universidad de Oviedo y a la tertulia del mordaz crítico García Martín. Codirige, junto a Candela de las Heras, la revista Anáfora, una de las más pujantes del panorama joven de la poesía española. Es uno de los editores (el otro es el también asturiano Rodrigo Olay) de Sobre mi poesía (1971-2018), la de Luis Alberto de Cuenca, que acaba de aparecer en una nueva colección de la jerezana Libros Canto y Cuento.
Tras un primer libro, Lo que dejan los días (2014) y su paso por alguna antología generacional, publica ahora en Renacimiento Tus pasos en la niebla
Tres elocuentes citas abren el pequeño volumen. De Garcilaso, Zagajewski y Sánchez Rosillo. Están elegidas con coherencia, lo que no siempre ocurre. A punto de entrar en la cuarentena (y no me refiero a la del coronavirus), es lógico que uno se pare a contemplar su estado, como el autor de Epístola a Boscán; recuerde, como el padre del poeta polaco; y permanezca en la luz que, “si de verdad fue tuya”, “no se acaba”, como proclamó el poeta murciano. 
En tres partes se divide el conjunto: “La belleza del mundo”, “Confidencias” y “Quizá unos pocos versos”. El primer poema de la primera sección (que se publicó en Estación Poesía), dedicado a un cuadro de Hopper, en concreto su comienzo: “Ella no sabe que al mirar los árboles / está observando en realidad su vida”, sorprende de inmediato al lector. Al menos a éste. Se da mucha importancia a la primera línea de un relato o de una novela; no tanta a los primeros versos de un libro de poemas, tal vez porque cada poema es, en rigor, un libro en sí mismo. El caso es que si uno fuera, como en algunas ocasiones, miembro de un jurado literario al que se hubiera presentado este libro, sólo por ese par de endecasílabos que condensan un mundo, ya contaría, a priori, con mi voto favorable. Seguiría leyendo, como hice, con mucho interés. Lo sospechado cobró al final definitiva forma. 
El clasicismo (métrico, temático, etc.) se aprecia también desde el principio. De ahí lo de los epígrafes. Hay más: de José Luis Piquero, García Montero, Amalia Bautista y Víctor Botas. La musicalidad o el ritmo (apoyado casi siempre en el endecasílabo) se adapta de inmediato al oído, sin que estorbe a la hora de concitar coincidencias, voces y ecos. Del mencionado LAdeC, uno de sus maestros, por ejemplo. Por decirlo con él, la línea es clara. El tono, conversacional, como el del resto de paisanos de viaje lírico, un grupo potente y reconocible dentro de la tradicional pujanza de la poesía escrita por asturianos. 
En los poemas, la infancia y la juventud perdidas (las enseñanzas de la edad: “A cada golpe debes lo que has sido”); la afición al deporte (al baloncesto, en la baraja infantil; al fútbol, en ese poema dedicado a Quini); la familia (el padre, que está en “El poeta vio el rostro, y la abuela materna, en “No eran cuentos”); los viajes (a la Ginebra de Calvino y Borges y a los Alpes, a Salamanca o Cáceres), versos donde aflora a veces un culturalismo asumido y no epatante; la celebración de la amistad, un rasgo muy experiencial y ochentero (léase “Queríamos luchar” o “Verbier”); la memoria (“¿De qué mañana vienes? ¿De qué espera?”); el mar (algo normal en alguien que vive en Gijón; “Siempre supe del mar”); el yo (que protagoniza la segunda parte), en poemas autobiográficos (o eso parecen) como “Ante el espejo” o “No le cuentes que te entusiasma Bach” (y Dylan, Cernuda, el cine de los 50, las viejas tertulias televisivas de Garci y de Dragó...), “que prefieres un buen alejandrino a un BMW” y “que admiras mucho más / a Rodríguez Adrados que a Bill Gates; la Biblia (muy hermoso es el poema “El texto del Nuevo Testamento”); los libros, las lecciones y la poesía (a la que dedica la tercera parte)... 
El poema final es una traducción de un animoso al tiempo que melancólico poema de C. S. Lewis: “What the Bird Said Early in the Year” (“Lo que el pájaro dijo al comenzar el año”, de 1938) que se puede leer en “una placa del Magdalen College de la Universidad de Oxford” y al que pertenece el verso “Este año el verano se hará realidad. Este año. Este año”. 
Unas didácticas “Notas del autor”, que subrayan el afán de claridad, cierran esta entrega que no sorprenderá acaso por lo novedoso, pero sí por su pequeña verdad. “Al cabo, son poquísimas las cosas / que de verdad importan en la vida”, como dijo la mencionada Amalia Bautista. Él, por su lado, afirma: “No elegiste un camino, pero fueron / siempre firmes tus pasos en la niebla”. Se nota. 

Pablo Núñez
Renacimiento, Sevilla, 2020

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 147 de la revista Clarín.

4.7.20

Álex Chico lee el "siroco"

En el número 16 de la revista Paraíso, que dirige el profesor y poeta Juan Carlos Abril, se publica esta reseña de Álex Chico sobre El cuarto del siroco. Una sorpresa. Ya no esperaba uno más críticas de ese libro. Además de agradecerla, la valoro especialmente por venir de uno de mis más fieles e inteligentes lectores. 


En ocasiones, un autor sólo se dedica a dar fisonomía al lugar en el que lee o escribe, como si con cada libro tratara de explicarnos un poco más cómo es ese espacio. Describe la habitación porque es allí donde sucede su universo, el de la memoria y la ficción, el de los paisajes que quedan fuera, leídos y vividos a partes iguales. Un hogar minúsculo que nos ofrece una idea aproximada de su lugar en el mundo. La manera en que lo juzga o se previene de él. Una pieza que tiene mucho de cuarto del siroco, esa estancia situada en las casas patricias sicilianas en donde «las familias nobles se guarnecían mientras soplaba el temible siroco», como nos explica el autor en las palabras preliminares. Esa es la geografía que elige Álvaro Valverde: un cuarto real y metafórico en el que fundar su territorio. Los poemas que integran El cuarto del siroco dan fisonomía a ese emplazamiento. Nos hablan sobre lo que existe y no existe en él, sobre lo que hubo y, con sabia paciencia, aún permanece. Y lo hace como siempre: con una poesía clara que, como el agua, esconde en su sencillez un cauce profundo, iluminado de inmenso. No extraña, por eso, que el primer poema, “A modo de poética”, emplee el agua como metáfora de la poesía. Da cuenta no sólo del libro, sino del universo literario de Valverde. El cuarto del siroco, así como buena parte de su obra, se fija en esa «humilde verdad», en su condición detenida y pasajera, estable y al mismo tiempo efímera. Como el agua, la poesía se nos escapa de las manos y, sin embargo, también es capaz de convertir su estado líquido en una extraña lección de permanencia. Sucede lo mismo con los seres que irrumpen en el cuarto: sabemos que alguien ha huido, pero queda al menos su rastro. En este sentido, Álvaro Valverde da un paso más. Si en otros libros prestaba atención a lo que huye, en esta ocasión también se fija en lo que nunca ha acontecido y, no obstante, siente como propio. La ausencia se convierte en presencia. Se fabula con un jardín soñado, pero inexistente. Se lamenta por otra «oportunidad desperdiciada. / La de pisar la nieve / de noviembre en Belgrado». O se cuestiona, en fin, el límite difuso que separa lo real de lo imaginario: «¿Cómo puedo sentir nostalgia ahora / de una existencia que de pronto invento?» («Casas de Azuaga»). Una duda que me lleva, irremediablemente, a unos versos de Juan Antonio González Iglesias: «me pregunto por qué sé describir, / tan justamente, / ese país en el que nunca he estado». Entre ambas interrogaciones hay un nexo. Si algo nos demuestra ese punto en común es la vigencia de aquella separación aristotélica entre el historiador y el poeta. El primero cuenta lo que sucedió. El segundo, lo que podría haber sucedido. Por eso este cuarto no se nutre únicamente de recuerdos tangibles, sino también de ficciones, las que dan pie la memoria y la literatura cuando hacemos de ellas nuestro lugar en el mundo. 
Ya que he citado el poema «Casas de Azuaga», podríamos decir que en él encontramos una parte del espíritu de este libro, y una muestra significativa de las claves literarias de Valverde. En él hay una proyección del lugar, una superposición de espacios, una lección de permanencia, una reactualización del pasado y una profunda meditación sobre el paso del tiempo. Quizás sea este último apunte el que me genere más atención. En la obra de Álvaro Valverde el lugar ha sido un tema fundamental. Sin embargo, ese interés se ha ido trasladando a una aguda y cada vez más constante indagación sobre el tempus fugit. El cuarto del siroco es la confirmación de una sospecha que venía percibiendo desde sus últimos libros. El lugar sigue teniendo una presencia notable, pero siempre aparece filtrado por su relación con el tiempo, como si se mencionara para dar fe de los años trascurridos. El paisaje existe porque convoca el pasado, lo trae de vuelta o se enfrenta a él («En el molino», «Ribera del Marco» o «Fuera de temporada» son unos pocos ejemplos). El territorio no es solo una geografía, sino una constatación de que todo pasa. Por eso se buscan esas señales que perduran (las ovas, una torre…). Incluso reaparecen quienes ya no están a nuestro lado. En El cuarto del siroco, la voz poética no camina sola: va acompañada de una muchedumbre de ausentes que le siguen el paso. Los pueblos o el paisaje generan una realidad disparada. Se encadenan unos y otros, porque toda ciudad «es una y múltiple». Nos desplazamos a ellos porque son la fuente de nuestras emociones: «He venido hasta aquí a nombrar la tristeza». Nos permiten ser otro para continuar siendo uno mismo, como alguien que encuentra en lo ajeno la mitad de su vida. Y entre todos esos lugares se erige uno que nos protege de la intemperie, un cuarto en donde guarecernos del viento. Una vieja estancia que es, sobre todo, una carta de amor a la literatura.
Álvaro Valverde ha conseguido, por fin, hacer de este lugar un territorio

3.7.20

En memoria de Julián


El día 28 de junio hizo un año de la inesperada muerte de Julián Rodríguez a los cincuenta de su edad. Mientras leía en el jardín de su querida casa segoviana de Colladillo (que compartía con Irene), como nos recuerda su hermano Javier, que ha tenido la excelente idea de conmemorar ese triste hecho editando (para familiares y amigos y en la imprenta Kadmos, "su casa en Salamanca"), de manera exquisita (qué mejor homenaje para el tipógrafo que nos dejó), la carta que envió el novelista Henry James a Fanny Stevenson, la viuda de su amigo Robert Louis, el autor de La isla del tesoro, con motivo de su fallecimiento. Es otra preciosidad, digna de uno de los escritores más elegantes, en su sentido más pleno, de todos los tiempos. 
La traducción es de Mario Acuña. Está fechada en diciembre de 1894. Uno de los párrafos más emocionantes, que uno lee sin remedio en clave, es este: "En cuanto a mí, cómo decirle cuánto más mísero y pobre me parece el mundo entero. Cómo decirle que una de mis más íntimas y poderosas razones para seguir adelante, para tratar de hacer algo, para pensar en el futuro o para soñar con él ha abandonado la vida en un instante. Yo tenía siempre la obsesiva sensación de que nunca volvería a verlo, pero una de las mejores cosas de la vida era que él estaba allí, o que uno lo tenía cerca, o que, al menos, tenía noticias suyas y lo sentía y lo esperaba y lo incluía en todo lo que amaba, en aquello para lo que vivía. Iluminó un lado entero de la Tierra y era por sí mismo una provincia entera de la imaginación. Sin él somos gente más pequeña, personas más mediocres". 
Miguel Ángel Lama, que también ha recibido un ejemplar, destacaba en su blog otro párrafo del que entresaco estas palabras: "En cuanto a él, fue pese a todo un hombre con suerte. Quiero decir que tengo la sensación de que ha sido tan feliz en la muerte (abatido de esa manera, como los dioses, en una hora clara, gloriosa) como lo fue en los momentos de esplendor. Pese a todas las circunstancias tristes de su rica y exuberante vida, tuvo lo mejor de ella, lo más intenso de la lucha, lo más sonoro de la música, lo más fresco y espléndido de sí mismo". Y más adelante: "Se ha ido a tiempo para no envejecer". 
Como escribe Javier en el colofón, "Nunca le olvidaremos". 

2.7.20

Otro maldito poema sobre el confinamiento



                                                 A Jordi Doce

Esta vida en suspenso
me obliga, cual paciente recluido,
a cumplir ciertos ritos; por ejemplo,
observar lo que pasa cada día
detrás de la ventana de mi cuarto.
Me asomo al exterior como quien sabe
que el gesto es salutífero. Respiro
y, al hacerlo,
es mucho más que aire lo que tomo.
Después,
me paro a contemplar mi triste estado
que se refleja en todo cuanto veo.
La muralla, que tengo justo enfrente,
un símbolo vital para quien quiso
permanecer en su lugar.
Le sirve de sustento a un par de mirlos
que cantan en el sol cuando amanece.
Más allá, por encima,
algunos edificios donde intuyo 
la existencia secreta de los otros.
Y debajo, el jardín.
Con una buganvilla exuberante,
la hierba todavía no agostada,
una higuera sin poda algo salvaje,
algunas flores y árboles modestos,
la densa enredadera de la entrada
y multitud de animalitos invisible.
Si levanto la vista hacia poniente,
cuando al cabo declina la jornada,
un cielo enrojecido me devuelve
la metáfora exacta de este tiempo
rendido al estupor y a la extrañeza.

Nota: Este poema se ha publicado en la serie A POEMA ABIERTO. VERSOS PARA VOLVER A HABITAR LA VIDA, un proyecto coordinado por Amalia Iglesias Serna para la Universidad de Salamanca. No pude evitar la ironía, parafraseando al novelista Isaac Rosa, a la hora de ponerle título. 

28.6.20

Náufrago de interior

Se puede decir casi todo acerca del confinamiento a que nos ha obligado la pandemia propiciada por el maldito coronavirus, la ya inolvidable enfermedad infecciosa COVID-19, menos que no haya sido una desagradable sorpresa. Reacciones ante ese hecho hay tantas como personas lo hemos sufrido. Cada encierro lo ha sido a su manera. El del poeta Jordi Doce (Gijón, 1967) ha quedado, por suerte, reflejado en forma de libro. Un libro, cabe añadir, que se ha editado en un tiempo récord. Se ve que su editor, Javier 'Fórcola' (por el nombre de su elegante editorial), es un tipo avispado. O un lector concienzudo. No creo que uno sea el único que vio desde el principio que este diario, publicado por entregas en El Cuaderno (otro gesto de loable coherencia), iba a terminar impreso en un volumen. Diré más: lo leí siempre en oblicuo, digamos, con el convencimiento de que lo acabaría haciendo, como es debido y prefiero, en papel. Así ha sido. Con una llamativa cubierta, por cierto, de un cuadro de Haritz Guisasola al que se refiere Doce en su bitácora y que le acompaña en su estudio. 
El título es elocuente: La vida en suspenso. "Todo está en suspenso, como esperando algo que no termina de llegar", escribe. Y más adelante: "Esta vida en suspenso, a la expectativa...". El subtítulo, aún más: "Diario del confinamiento (marzo-mayo de 2020)". 
Que está escrito a vuela pluma, aunque no lo parezca, lo demuestra el hecho de que use términos como "impresiones" o "apuntes" para referirse a sus entradas. "Son mi modo de agarrarme lo real", precisa. Sí, porque todo es fruto de la extrañeza (que es como el agua, "siempre encuentra el modo de filtrase y seguir caminando"), la perplejidad o el asombro que produce en él cuanto le rodea. "Este girar del tiempo sobre sí mismo". Por eso escribe, "para ordenar la cabeza" y "sosegarla". Ha sido una forma de "vadear estas semanas". "Cada cual pasa el encierro como puede, que no es poco". 
Por más que reconozca que, a diferencia de otros, él sí ha podido escribir durante la cuarentena (he seguido distintos diarios, tanto en prensa como en Internet), nunca tiene todas consigo. Al fin y al cabo, esta es "la confesión de una impotencia", "qué otra cosa podemos hacer". En otra parte leemos: "estas notas, que nadie me ha pedido, pero que han ido cobrando vida propia". Las considera una labor "no esencial", no tanto como la del personal sanitario, por ejemplo, pero no por eso, a ojos del lector, son menos necesarias. Siempre estamos a falta de un relato que nos explique lo que nos asusta y desconcierta, como hace al caso.
Hablando de un juego que practica, el Scrabble, fija su propia "técnica poética": "brevedad y condensación, síntesis y buena puntería". Y, en efecto, Doce procede aquí como poeta y, en rigor, como poemas han de leerse estas prosas que tanto en común tienen, por su tono, que en un escritor lo es todo, con las de, pongo por caso, Perros en la playa. La poesía manda. O prima. Sin querer o queriendo. ¡Cuánto en tan poco! Es el don de síntesis en que se basa el decir poético. ¿No es, acaso, esa "actitud de espera, alerta, activamente pasiva" la que caracteriza al poeta? Tal vez porque, si bien "mirar es poseer" (cita Doce a Sánchez Rosillo), "en mi caso, no basta con mirar, debo llevar la mirada hacia dentro, entrañarla". Y sigue: "y no basta con pensar, debo llevar ese pensamiento hacia fuera, extrañarlo y hacer que se roce -se manche- con el pensar de los demás". Estos dos movimientos, hacia dentro (yo) y hacia fuera (los otros), fundamentan este diario. "Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensar desde lejos", afirma. O: "Me hago cargo de que estas páginas son puro escapismo", pero "hacia dentro".  Basadas en "el principio de realidad" ("la pura irrealidad de lo real") y no, como en algunos colegas, para "darse pisto". "Tomo partido por lo menudo, por lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia".
Con todo, "un diario, por bueno que sea, también está hecho de todo lo que queda fuera". Me da la impresión de que poco se ha desperdiciado en esta "hibernación en pleno comienzo de la primavera", en "nuestra pequeña película de ciencia-ficción", en estas "semanas de encierro que terminarán pareciendo un sueño". Así, los paseos con Layla, su perra, excusa perfecta, en lo más duro, para poder salir de casa. Las tareas domésticas (el horno, la cocina, en convivencia con su compañera Marta y su hija Paula). Las tareas profesionales: correcciones de libros a punto de aparecer (como los de Saint-John Perse y César Vallejo), una conversación con la poeta Ana Blandiana para la revista Turia, los poemas de Plath... La observación de pájaros (he descubierto a un auténtico ornitólogo) desde balcones y ventanas e incluso a pie de tierra, por calles y parques cercanos. La lectura ("mi quitamiedos más efectivo es seguir leyendo"): de Los cuadernos pálidos Tomás Sánchez Santiago, de las cartas del editor Jaime Salinas o los aforismos de Cioran. Y la traducción, de un puñado de poemas que ayudan a vivir, como "Todo va a salir bien", de Derek Mahon ("Habrá muerte, habrá muerte, / pero no hablemos de eso ahora"), o el 314 de Emily Dickinson  ("que algo sabía de encierros y confinamientos") u otros de Yeats o McGrath. No falta la música ("A cada día sus músicas") ni los merodeos en torno a los patios interiores, tejados con gatos y por el vecindario que componen páginas intensas que, a debida distancia, me recuerdan las más urbanas y madrileñas de los diarios de Trapiello, llenas de personajes atrabiliarios y curiosos. Y ya que lo menciono, me gusta esa variación sobre Max Aub, lo de que a partir de ahora se podrá decir que uno es de donde ha pasado el confinamiento. En su caso, Madrid, donde vive desde hace muchos años. A su Gijón natal se refiere al recordar a su madre, allí encerrada, tan lejos y tan cerca del mar, obligada a aplazar sus paseos a paso marcial por el Muro. Se trata de "No perder la mirada de largo alcance. No abdicar de la profundidad de campo". No olvida tampoco a su padre, tan realista, que murió el verano pasado, y que le inspira esta frase memorable: "Cuando uno pierde la imaginación, la vida se vuelve incomprensible". 
Tampoco falta el miedo. A la enfermedad ante todo. A lo que sucede y a lo por venir, tan incierto: "A cada tiempo sus neurosis". "Convivimos con el misterio", dice citando a Mark Strand. Ni la compasión. Él se considera uno más de la masa de afligidos que intenta sobreponerse a la catástrofe. No es posible la impasibilidad ante lo que uno ve en los ojos que te miran por encima de las mascarillas. "Náufrago de interior" dice que pudo titularse este diario. 
Las horas pasan entre lo que narro y otras aficiones como ver documentales (sobre Lledó, por ejemplo), películas de Hitchcock y de catástrofes, anuncios pandémicos, notificaciones del Idealista, leer una entrevista con el poeta y médico intensivista Basilio Sánchez, comunicarse con los amigos... Y todo en medio de "este desvelo", "ese trasiego", "esta incertidumbre"(que "es ley").
Califica Muñoz Molina el diario como "el mapa inmenso y meticuloso del presente". Porque "la mesa de trabajo es mi rompeolas", Jordi Doce ha hecho bien en rescatar para siempre estos días que, si bien no olvidaremos, ya dije, conviene fijar en la memoria no de cualquier manera. Por lo que tienen de "ensayo general, una prueba de resistencia". 
Aludía Vila-Matas, con desdén, a la "bitácora-tostón de nuestro confinamiento" y puede que en algún caso así sea. No en La vida en suspenso, que no se limita, ni con mucho, al mero desahogo. Eloy Tizón ha escrito: “Este libro, al igual que el resto de su producción literaria, reúne todas las virtudes de su escritura: calidad de presencia, atención reflexiva, lucidez relajada”. No miente. Estamos, en fin, ante uno de los testimonios más singulares y logrados de este extraño sueño que ha acabado convirtiéndose, para varias generaciones, en penosa pesadilla.

La vida en suspenso
Diario del confinamiento (marzo-mayo 2020)

Jordi Doce
Fórcola, Madrid, 2020

NOTA: Esta reseña del diario del confinamiento de Jordi Doce se ha publicado en El Cuaderno.

26.6.20

Juan Ramón Santos lee "Porque olvido"


Escribo hacia el pasado porque olvido

Si elaborásemos una especie de biografía del diario en función de lo que va suponiendo en cada etapa de nuestras vidas, diríamos que comenzamos refugiándonos en él con el cosquilleo efervescente del secreto,que más adelante se convierte en desahogo, cómplice de un intenso sentirse incomprendido, para luego acoger nuestra mirada imponente, nuestra personalísima y agudísima forma de contemplar el mundo e irse transformando, sucesivamente, en instrumento para conocernos a nosotros mismos, en arma de lucha contra el tiempo, contra el paso inclemente de las horas, en depósito de incertidumbres, de desencanto, de esa creciente sensación de que el mundo es otro y se nos escapa y, por último, en reflexión serena, o tal vez desesperada, en torno a la muerte, modalidades que, bien pensado, no tienen por qué sucederse en ese orden, que pueden barajarse a partir de un determinado momento, dependiendo de vaivenes y sobresaltos personales, y que tampoco tienen por qué llegar siquiera a concretarse, pues hay quien se instala para los restos en el travieso secreteo infantil o, lo que es peor, en una soberbia escritura adolescente que, por fortuna, en la mayor parte de los casos el anonimato nos ahorra, pues el destinatario ese tipo de diarios personales no es más que ese otro yo incierto que cada uno hemos de llegar a ser en el futuro o, en todo caso, un no menos presunto descendiente que pueda descubrir algún día esas notas con asombro.
Otra cosa es el diario literario, como este del que quiero hablares hoy, Porque olvido, de Álvaro Valverde, publicado en la colección “Perspectivas” de la Editora Regional de Extremadura, un tipo de diario que, aun compartiendo con el otro, el personal y apenas transferible, temas, asuntos o preocupaciones, se sabe desde el principio destinado a lectores menos hipotéticos, y respecto del que el poeta, ensayista y traductor Antonio Rivero Taravillo ha afirmado no hace mucho (la cita la rescato de otro diario estupendo del que les hablaré más adelante) que “un diario que se publica no está hecho para mostrar la vida privada de su autor, sino las intimidades del lector”, lo que haría de esos lectores usuarios de los diarios en el sentido en que Ferlosio considera a los lectores de poesía usuarios, usufructuarios de los versos.
Algo de eso debe de haber, la necesidad de reconocernos en la intimidad de otros para entendernos un poco más a nosotros mismos, contemplándonos –aprovechando el título de otro libro de Álvaro– a debida distancia, pero me temo que lo que primero nos atrae de diarios, como Porque olvido, de escritores sea lo que Gonzalo Hidalgo Bayal denomina el suplemento de autor, esa serie de elementos biográficos o personales que en teoría nos ayudan a comprender mejor su obra, como si una obra, para ser comprendida, precisase de ese andamiaje externo, como si una obra, en último extremo, necesitase ser del todo comprendida. En este sentido, Porque olvido contiene multitud de ingredientes que explicarían la poesía de Álvaro Valverde, la timidez, el deseo de intimidad, la actitud reflexiva, la atención a la naturaleza en paseos largos y cortos y en viajes relámpago en coche que parecen etapas del París-Dakar o –por enumerar algunos– la conciencia del paso del tiempo y de la pérdida, que tanto peso tiene en este libro, que comienza y termina con dos muertes demasiado tempranas, las de los editores Fernando Pérez en 2005 y Julián Rodríguez en 2019 y con hitos al medio tan dolorosos también para el poeta y para la cultura extremeña como las de Ángel Campos o José Miguel Santiago Castelo, amén de otras muchas de familiares, vecinos o amigos escritores a los que llora en sus textos e intenta rescatar del olvido.
Pero en el libro también hay hueco para agudezas infantiles que sorprenden al maestro que Álvaro Valverde vuelve a ser tras su paso por la Editora Regional de Extremadura, y abundan el compromiso político –en el más amplio sentido del término, que se pone de manifiesto como reacción a una noticia, a unas declaraciones o a bochornosas resoluciones u ominosos silencios administrativos– o el certero, a veces demoledor, retrato sociológico, el del paisanaje interior de una ciudad levítica y amurallada como la nuestra o el de la flora y la fauna que pueblan el paisaje literario y que el autor retrata en actos, premios o presentaciones, muchas veces con aguda ironía, pero a menudo también con afecto, intentando recomponer, en el cruce de conversaciones, cartas, mensajes o lecturas mutuas, la callada hermandad de lo que él llama a veces letraheridos, de esos individuos vulnerables y solitarios cuya razón última de ser es la palabra.
Como se apuntó en la presentación virtual que hace varias semanas se llevó a cabo de este libro –que es fruto de “Solvitur ambulando”, el blog que el autor mantiene en la dirección web mayora.blogspot.com desde hace quince años–, faltan en él el Álvaro más polémico y también el crítico literario, pero yo diría que no es del todo cierto, porque, como ya he apuntado, no son raros los pasajes en que asoma el Álvaro que no se conforma, el que no se calla, el que –como en algún momento ha dicho el poeta José María Cumbreño– no se esconde, y porque también hay referencias a su labor crítica, cuyo fin último es compartir el placer de la lectura, el descubrimiento feliz de obras que merecen la pena. Además, yo diría que no hace falta, y que esos otros pasajes pertenecen, más bien, a otros dos posibles libros, un libro de memorias, quizá, en el primer caso, y un volumen de crítica literaria en el segundo, hipotéticos proyectos que requeriría antes, como ha sucedido con Porque olvido, de una labor previa de expurgo y selección, para escoger materiales no perecederos y que encajen en la secreta armazón que hace que, al final, un libro sea un libro, que no sé si es algo más, pero sí algo diferente de ese cajón de sastre –que no desastre– que son –o eran, pues la tecnología avanza tan deprisa que hay cosas que uno tiene presentes que quizá pertenecen ya al pasado– las en algún tiempo llamadas bitácoras.
Para terminar, considero el título de estos diarios, rescatado un poema de Territorio, el primer libro del autor, enormemente acertado, pues no solo cifra, en buena medida, la razón de ser de su escritura –“escribo hacia el pasado porque olvido”, decía aquel famoso verso–, sino de la propia escritura, de toda escritura, la razón que la hizo necesaria, el hecho de que olvidamos, de que las palabras, dichas, se las lleva el viento, de que solo scripta manent, y porque uno tiene la impresión de que los libros, a pesar de tanto avance tecnológico, tan solo impressi manent –que me disculpen el latinajo macarrónico–, me parece que es digno de celebrar que estas prosas, que tanto tiempo llevan dando vueltas por las redes y que constituyen una parte no menor de un sólido y valioso edificio literario, sean por fin llevadas, y tan bien llevadas, al papel.
Ahora solo les queda a ustedes disfrutarlas. 

Publicado en PlanVE. 25 de junio de 2020.

23.6.20

Luque en El Cultural


Aurora Luque
Visor, Madrid, 2020. 84 páginas. 

Con este espléndido libro, Aurora Luque (Almería, 1962) se suma al acreditado palmarés del Loewe. Su título homenajea a la editora Ana Santos Payán, “porque ―gaviera ella misma― inventó la palabra y nos invitó a usarla”.Filóloga, articulista y traductora, como poeta ha sido premiada en numerosas ocasiones. Por libros como HiperiónidaProblemas de doblajeCarpe noctemTransitoriaCamaradas de ÍcaroHaikus de NarilaLa siesta de Epicuro y Personal & políticoHa publicado, además, algunas antologías y traducido a Meleagro, Safo, Catulo, Lainá, Vivien o Labé. Suyos son los florilegios Los dados de Eros. Antología de poesía erótica griega y Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega.Gavieras se divide en dos partes: “Deambulares” y “De la agenda del duelo”. Juan Antonio González Iglesias (un poeta afín), afirmó que el libro “trata de muchas mujeres, cuyas líneas sumadas dibujan el autorretrato de la poeta”. Escrito en “femenino y plural”. Esa es la voz. De mujer, sin duda. Una voz reconocible que, si bien clásica, no desdeña la modernidad de esta época líquida. Dicho de otro modo: la alta y la baja cultura, si caben aún tales distingos, lo que no obsta para resaltar su culturalismo, una asentada corriente de nuestra lírica donde las artes forman parte, con la debida naturalidad, de la poética.
Su clasicismo es, sobre todo, griego. Luque nació, qué le va a hacer, en el Mediterráneo. Lo homérico y lo marítimo están en la base de su poesía. En poemas como “Gavieras” (“pero la vida se hace navegable si traduce el deseo si da fe de horizontes que dejaste tensados”) o “Aproar” (“vuelve al mar mitológico”. “Métete ya en un barco / con proa de dragón”.)
Lo femenino se hace fuerte en “Anfitrite”, antigua diosa del mar tranquilo, nereida y metáfora: “Tomar de ti, Anfitrite, / la ética serena / que aleje a los feroces”.Dice en “Mar de Argónida” (un homenaje a Caballero Bonald): “Los mitos nos enseñan, Medusa, a habitar mares”. Mitos, quiere ella, “dinámicos, fluidos”.“Decálogo de la flâneuse”, uno de los mejores poemas del conjunto, vindica la ciudad y a quien deambula por centro y periferias. El tanbur oriental le sirve para explicar cómo ha de ensamblarse lo diferente. Al cobijo de la música y la noche. Lo popular se hace presente en “Espigadoras”. Inventa un verbo para celebrar los placeres del amor y la carne: “Afrodisiarás sin dolor”.“Trae miel de la tuya, de la amarga”, le pide a Safo y es Teresa de Jesús la que habla en “Amor traducido por el fuego”. Y más mujeres: Poimenia (y el aceite de san Juan de Licópolis), la exiliada Isabel Oyarzábal (que ve el volcán desde su cama), la revolucionaria napolitana Eleonora Fonseca, las refugiadas de Esquilo (“de todas las desgracias / elegimos al menos la más noble, / la de huir libremente”), “La no Marisol”… Ya no digamos en “Tuneando al pirata cojo de Joaquín Sabina”, que pasaría por manifiesto.Y otro homenaje (o eso intuyo): a Anne Carson, en “Conversación con el prefijo des-“.En la segunda parte los poemas se acortan y el tono pasa de hímnico a elegíaco. El dolor, la muerte, la soledad, la vejez, la desmemoria y “la vida triturada” (en el emocionante “Santa Teresa y la Tarara…”, donde está su madre). En “Doctor Tiresias & Mister Eliot” escribe: “La muerte era doméstica / y la felicidad extranjera”. Hermoso otro homenaje a “la música andariega”, con Claudio Rodríguez al fondo. Una música que se acompasa a un ritmo y, más allá, a un lenguaje, barroco a rachas, que utiliza palabras cabalmente elegidas.“Magia no vi otra igual, tan seductora, / como este caminar de las palabras, / portadoras de luz, amigas fieles, / pasajeras y libres”, leemos en “Senderuelas”. Y en “Tuneando…”: “Pero si me dan a elegir / entre todas las vidas, yo escojo /la vida de gaviera que trepa por el palo, / con ojos abiertos, telescopio en la mano, / curtida en el mar, capitana / de un barco que tuviera por bandera /
un par de alas y una estrella nueva”. Dicho queda. Un excelente libro, machadiano y odiseico, que condensa una de las poéticas más interesantes del panorama. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural. De lo que me siento responsable es del título. No es mío. 

22.6.20

Un poema de "El reino oscuro"

 
 
He llegado. Me acerco
con cautela a la orilla y distingo en las aguas
una suerte de antigua y fugaz transparencia.
Queda al lado un desierto, un lugar retirado
que una puerta franquea preservando el destino
de los hombres que huyen. Una breve vereda
que coronan cipreses nos conduce a la senda
reiterada, a los pasos
que se llegan a Yuste -el otoño dorado
de la hiedra rojiza y el estanque en penumbra-,
al jardín de Abadía -ruinas, mármol, canales,
Lope, acantos y olivos-.
Es difícil saber
sobre qué edificamos
la virtud. Qué lugares
-evocados o vistos- nos contienen.
Paredes,
tapias, huertos, bancales,
muros hechos de piedras
colocadas siguiendo cumplimientos idénticos.
Minuciosos remiten
a un estado de cosas que se pierde.
Enseñanzas
de la edad sometidas
a un complejo sistema en precario equilibrio.
Su presencia anticipa la verdad de la historia.
No es extraño volver, sorprendido, la vista
y caer en la cuenta: somos agua, y aun piedra;
árbol, río, retamas. Somos tierra. Hago mías
las razones de Anteo.
 
Arrancada a la roca la ruindad de los huertos,
empeñados en darle a las aguas su cauce,
embalsando su fuerza en los largos estíos,
aguardando la nieve transformada en torrente,
afinando en la viga la bondad de los troncos,
observando en las nubes la promesa de lluvia,
¿no cumplirnos un ciclo necesario e idéntico?

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Un poema de Álvaro Valverde que forma parte de El reino oscuro, un libro que consiste en un extenso poema dividido en fragmentos, inspirado en la comarca de Las Hurdes; esta obra recoge la estancia y el recorrido del autor por ese lugar y por esa zona en un sentido más amplio; así, se hace referencia el desierto de Las Batuecas, a Yuste y a Abadía.

Esta composición viene a ser una topografía lírica de un lugar (tanto de elementos naturales como elementos trasformados por obra de humanos) que no deja indiferente, donde el yo poético se siente bien e identificado en su esencia (al punto de recordar a Anteo, al gigante mitológico que renacía y se vivificaba cada vez que entraba en contacto con la tierra).

Un canto a la belleza de un lugar, la poetización de un paisaje y lo que se siente cuando se está en él, una delicia de versos.

Gracias a Álvaro Valverde por su generosidad, por recitar y grabar su propia composición.

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Nota: El vídeo (perdón por mi torpeza), el poema y este texto ya forman parte de la sección "El poema de la semana", del IES "Santiago Apostol" de Almendralejo. Sin el empeño y la perseverancia del profesor Juan Manuel González Vázquez esta colaboración no hubiera sido posible. Gracias.