16.9.26

"Casi paisaje", de Alberto Guirao

1. Alberto Guirao (Madrid, 1989) es licenciado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid y autor de la novela Llegarás a Danmara (Almuzara, 2024), premio Fundación Antonio Gala.
Ha publicado los libros de poesía Ascensores (Fundación Centro de Poesía José Hierro, 2010), Los días mejor pensados (Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes, 2016) y Ulises X (Hiperión, 2020).
Ha obtenido el Premio Marcos R. Pavón de la Fundación Centro de Poesía José Hierro (2010), el  Félix Grande (2016) y el València Nova de la Institución Alfonso el Magnánimo (2020).
Durante el curso 2013-2014 formó parte de la duodécima promoción de residentes de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (Córdoba). También disfrutó de una beca en la Residencia de Estudiantes de Madrid (2017-2018).
En la actualidad, trabaja como profesor de Lengua Castellana y Literatura en un instituto y dirige talleres de escritura creativa.
Sus poemas figuran, entre otras, en la antología de Luna Miguel Tenían veinte años y estaban locos (Madrid, La Bella Varsovia, 2011), que es uno de los florilegios de referencia citados por Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández en el estudio preliminar de Un estallido. Antología de la poesía española (2000-2025), que ha publicado Cátedra, con gran estruendo, en su mítica colección Letras Hispánicas. Lo digo porque ni en ésa ni en El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués (Vandalia/Fundación José Manuel Lara), otra muestra reciente, figura Guirao. Ni él ni ningún poeta extremeño por cierto, siendo evidente que había nombres y, sobre todo, obras dignas de figurar en ambas selecciones. Nombres como éste (que puede que no se ajustara a las normas de clasificación de los antólogos), con independencia, claro está, de su lugar de nacimiento, Madrid, y de su vinculación familiar con Plasencia. Sí, como diría aquél en su poética, tras nominar a numerosos poetas: «Somos demasiados».
Los profesores Molina Gil y López Fernández ―vuelvo al citado volumen― condensan el análisis del panorama español en torno a dos «derivas»: la vanguardista o experimental y la figurativa o realista, por más que señalen que hay una «vanguardización de lo figurativo y una figurativización de la vanguardia». En lo que a la poesía de Guirao se refiere, diría que participa más de la primera tendencia, pero que tal vez discurra ya hacia territorios menos radicales. Es obvio que lo experimental tiene su base en lo lingüístico, esto es, que el uso del lenguaje es decisivo. También en lo figurativo, por supuesto, pero sin el grado de «fragmentación, dislocación y reestructuración», por seguir a los citados antólogos, al que lo someten los vanguardistas.
Confieso que si ningún libro de Guirao aparece reseñado o comentado en Lecturas a poniente (donde agrupé las reseñas publicadas en el blog y en distintas revistas y suplementos sobre obras de poetas extremeños desde 2005 hasta 2024) no fue debido a su falta de calidad, digamos, sea lo que eso sea cuando hablamos de poesía, sino por mis dificultades para trasladar a palabras mis lecturas. He leído sus libros, me han gustado, pero no fui capaz de llevar, insisto, esas lecturas al papel (esto es, al documento de Word correspondiente).
Hace poco comentaba el crítico Vicente Luis Mora en el muro de Facebook de Ferrer Lerín algo que me inquietó y me sigue preocupando: «La valoración de la poesía en España se debe a la falta de formación y de capacidad lectora de las personas que la ponderan. Estos tipos, casi siempre varones, que piensan: “Si yo no entiendo este texto, no puede ser bueno”. Pregúntate por qué no lo entiendes». Más allá de que se dé uno por aludido (¿seré un señoro sin saberlo?), y del tono (habitual en el medio académico universitario), ¿desde cuándo la poesía ha de entenderse? En mi caso ―y sin entrar en digresiones inútiles―, aunque me cueste abordarlas, o por eso mismo, nunca me he atrevido a descalificar las apuestas arriesgadas. No llego, y, por tanto, no alcanzo a disfrutar esa lectura a fondo, pero la respeto. Y callo. Sin negar que esa cerrazón me incomoda. ¿Buena, mala? No sé. Sí que lo que nos ocupa ahora merece el calificativo de poesía, y eso ―más allá de peregrinas consideraciones teóricas, más o menos afortunadas― es lo que de verdad importa.
De la poesía de Guirao ha dicho, con lucidez, Marina Casado: «En una época en la que el panorama poético se halla dominado por la explicitud, nos encontramos con esta poesía de Alberto, compleja e indescifrable en una primera lectura, que va desvelando sus matices y su esencia a medida que profundizamos en ella. Una poesía originalísima a cuyo significado se llega después de bucear largo rato por sus mares, y se trata de un significado que puede variar de un lector a otro».
Distingue la escritora y periodista madrileña tres característica esenciales en ella: «la idea constante del viaje, la huida o el temor ante lo permanente», «la polifonía» y «la estructura dramática que a veces acerca los versos al género del teatro».
Destaca también que «la cotidianidad, que es analizada y desgranada en extremo, se espiritualiza, muy en la línea de la poética de Claudio Rodríguez, en la que asistimos a la sacralización de lo banal. Los versos de Alberto están cuajados de este trasvase constante entre lo sacro y lo profano».
 
2. Casi paisaje se publicó el año pasado en Cántico, una de esas “editoriales audaces” (como Ultramarinos, La Bella Varsovia, Kriller71, Isla Elefante, Sloper, etc.) mencionadas en la introducción de Un estallido. Un sello cordobés, por más señas.
Desde la bien elegida cita que abre el libro, de la italiana Antonella Anedda, la voluntad de transgresión aflora. La de evitar los caminos más trillados, quiero decir, ese continuum realista que viene dominando la poesía española del último siglo, excepciones mediante.
El libro se divide en tres secciones. La primera «Lo que es la libertad» se abre con una cita de Graham Greene (donde el novelista inglés se pregunta en francés qué es la libertad) y consta de cinco poemas sin título numerados en romano. Lo fragmentario, una característica de la modernidad poética del siglo XXI, según los estudiosos antes citados, está aquí muy presente, como la ironía (que a veces da en humor), otro signo de los tiempos que, me temo, afecta a algún siglo más. Unidad en la discontinuidad. Fragmentos a su imán, para decirlo con Lezama. Al fondo, la precariedad y la crisis, otro tópico poético del primer cuarto del XXI. Lo urbano y lo político: el materialismo. Todo en un extenso monólogo ―con modos de diario, entreverado de metapoesía― donde el poeta conversa consigo mismo en un intento de explicar lo que sucede. Tan inexplicable. Tan extraño. La vida.
La segunda, «Las islas de Marcel», treinta y un poemas numerados en árabe, se abre con citas de Sara Gallardo («a cualquier nombre propio llaman identidad») y Gonçalo M. Tavares («tienes que avanzar»). Ahí, un viaje. Algo más largo y lejano que el trayecto en bus de la primera parte. A las islas griegas. Y no un viaje al uso. No al menos narrado o poetizado como tal. Debe quedar claro de una vez que el lenguaje, y su problema (diría Robayna), está en la base de esta poesía. O que es su eje. Por eso nadie puede esperar, ya se dijo, lo previsible, ni siquiera a la hora de evocar un tour tan habitual como ése. Y pues que en Grecia estamos (estuvo Guirao), nada más lógico que jugar con la intertextualidad y dejar caer entre los versos propios un puñado de versos ajenos y no de cualquiera: Estesícoro (uno de los nueve poetas líricos clásicos), Arquíloco de Paros, Tirteo, Safo, Alceo, Simónides de Ceos, Mimnermo, Alcmán, Solón… Alegra al lector este florilegio de poetas griegos que tan bien casa con los versos que hablan del viaje, el turismo, las islas, los ferrys, las playas, el buceo, la natación, Atenas, el Pireo, el tesoro de Delfos o la Acrópolis.
De nuevo, anotaciones de «este diario que escribes» (poema 26).
Si nos fijamos en la cita de Gallardo (y lo de la identidad), caeremos en la cuenta de que quien escribe estos poemas es Marcel Bochán, alter ego de Guirao, según la IA, lo que le permite otro juego: el del doble. El de ser y no ser. Juego que alterna con uno más: el de los homenajes literarios. Así, cuando dice: “… vendrá la muerte y tendrá un formulario” (y no “tus ojos”, como escribió Cesare Pavese) o ese “Cuando Marcel Bochán se despertó” que remite tanto a Kafka como a Monterroso.
Esta es la parte central del libro, la más larga, y, para mi gusto, la más lograda. Llena de hallazgos como «¿Por qué el intenso / color de esta toalla reluce más real que el del pez?». O «¿Qué son / la vida y las vacaciones sino una logística / fuera de la muerte y de casa?». O «el animal turístico pasta junto a la espuma». O «¿Cuánto habrá que nadar para ahogar esta angustia?». O «Si el tiempo sonase, concluyes, sonaría igual que un tendido / eléctrico en medio del campo».
Sorprende, por ejemplo, la referencia a la tribu amazónica pirahã, con una lengua sin números que consta de ocho consonantes y tres vocales, «sin memoria ni literatura». O la irrupción de la guerra de Troya, que cantó el mencionado Estesícoro.
A pesar de estar lejos, Guirao, con Valente (no sé si a propósito), reivindica la noción de lugar por encima de la de país o patria: «Por lo demás, ¿qué significa país más que una palabra / para vestir los domingos a juego corbata y gayumbos. / Terrible / debe ser habitar un país. Más que patria, ya sabes, será el cerro que fue”. Del placentino Valcorchero, por ejemplo.
Y tras la anécdota y la categoría, el toque humorístico y el irónico. Y un ritmo que no quiere imponerse pero que sabe acompañar, con su música, al que lee, ayudándose de una sintaxis que no deja de ser clave y fundamento de una escritura que se quiere distinta en tanto que única. Porque aspira a ser voz. Escrita en un español que no le hace ascos al inglés, de uso frecuente en expresiones y términos de actualidad o moda.
En la tercera sección, titulada “Las formas cuadradas y redondas del mundo”, Guirao nos lleva a Vietnam. De occidente a oriente. La cita que la abre, hermosísima, es del poeta chino Si Kongtu (funcionario de la corte imperial en el periodo más tardío de la dinastía Tang (835-907), apodado por él mismo «Manifestación del sabio», «Maestro del error comprensible» y «Escolar en retiro que puede soportar insultos»): «¡ojalá tu camino apunte siempre más allá! / pero demórate en los senderos ocultos, retirados».
La poesía de adelgaza, se abrevia. La concisión es ley. Su aire torna, como el paisaje, oriental. Más cerca del haiku que del epigrama. Diría que estamos ante un diario de viaje de nuevo. Ante anotaciones escuetas tomadas, o eso parece, rápidamente. Más apunte del natural que elaborada acuarela. Todo es ligereza, precisión. Síntesis.
Leemos: «Siglos preparándonos / para acoger / o habitar». «Tú también, ahora eres / casi paisaje». «Inmóvil, un ave / en la cima, quizás / en el centro de qué». «Aquí el aire es un peine». Y uno se pregunta: ¿Se puede ser más genuinamente oriental? Como cuando dice: «Es un silencio // sobre otro silencio», que fija al cabo una poética. El observador ―todo poeta verdadero lo es― anota: «¿Cómo vas a conservar / tantas imágenes? ¿Cómo / te van a conservar?».
Se cierra el libro con un epílogo: «El rocío empapa las mangas de San Juan». Un broche perfecto. Protagonista: «la efímera cigarra» del poema anónimo del que toma la cita. «Tu animal favorito». La dicción es aquí mucho más clásica. Seis estrofas que remata un verso de Juan de Yepes, de su Noche oscura del alma: «Estando ya mi casa sosegada». Un precioso y sutil poema de amor.
Puede que no le falte razón a Marina Casado cuando afirma que la poesía de Guirao es «compleja e indescifrable en una primera lectura»; con todo, mi experiencia con esta cuarta entrega del poeta placentino de Madrid ha sido completamente distinta a las anteriores. Más satisfactoria. Por más consciente, tal vez. Llegan tantos libros a nuestras manos… Este, ahora lo sé, no debería pasar desapercibido.
 
Alberto Guirao
Cántico, Córdoba, 2025. Colección Doble orilla poesía. 94 páginas. 15 €

Nota. Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.
 

14.9.26

Del amor ido

Catorce títulos forman el exigente catálogo de la colección de poesía de Editorial Milenio, dirigida hasta el pasado año por Josep M. Rodríguez y ahora por Carlos Marzal.
Cuestión de fe, del director del Cervantes de Tánger, se publica tres años después de su anterior entrega, Cerezas, que como otras consiguió premio: el Ciudad de Lucena Lara Cantizani. Eso ocurrió con Atenas, que se alzó con el Loewe; Adverbios de lugar, distinguido con el Ciudad de Melilla; y La hora de irse, con el Jaén.
De éste dice Marzal: “Algunos libros parecen querer edificarse sobre arenas movedizas: por la tradición a la que escogen pertenecer, por la dificultad de sus asuntos, y por la variedad de tonos”. No, fácil no era narrar en verso “la propia historia matrimonial” (el matrimonio, “Más que un contrato es un misterio”) y algo de “suicidio literario” sí tenía a priori. Por suerte, Piqueras sale indemne del desafío, a pesar de que el componente terapéutico de este tipo de operación lírica suele dar en catástrofe. Pocas cosas más difíciles que la poesía amorosa (ese “canto caníbal”), donde casi siempre descuella el desamor.
“Hoy me he muerto para nacer de nuevo” es el primer verso del libro. Elocuente. Al fondo, “la lluvia lenta de lo que ya no”. Y en medio, el desconcierto: “voy de ninguna parte a ningún sitio”. Y aquí y allá la levedad del aforismo: “Solo el amor se atreve a pronunciar / esa palabra que nos sueña: siempre”.
El libro no deja de ser una conversación. Con la amada y consigo mismo. Un diálogo donde se pone en cuestión la propia identidad: ser o no ser, tú o yo.
Escrito entre Roma, Atenas y Argel, confirma, ay, que “En el amor todo es cuestión de fe”. Que basta “amar y ser amado”.
  
Juan Vicente Piqueras
Editorial Milenio, Lérida, 2026. 114 páginas. 15 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


12.9.26

Los poemas veinteañeros de Vitale

Ida Vitale (Montevideo, 1923), decana de la poesía en español y una de sus máximos representantes (reconocida con premios como el Reina Sofía, Lorca y Cervantes) publicó en Tusquets su Poesía reunida en 2017 y en 2021 Tiempo sin claves. Ahora se recuperan quince poemas juveniles, en general inéditos.
En el epílogo, cuenta Camila Guillot cómo encontró por casualidad, mientras ordenaba la biblioteca de su padre, “un librito que más parece una libreta” dedicado a su abuelo Gervasio. Su título: Poemas (1943-1946). Al sacudirlo para quitarle el polvo, cayó un pedacito de papel y se desveló la autoría: eran de su alumna Ida Vitale. Un “tesoro” para la bibliófila Guillot que visitó a la poeta para mostrárselo y conseguir su permiso para darlo a conocer. “¿Quién querría leer esta vejestud?, fue la respuesta de Vitale, que al final consintió, tras pensarlo detenidamente, y la ayudó a transcribirlos. Como la edición es facsímil, podemos apreciar su hermosísima caligrafía. La copia resultaría sencilla.
Guillot habla de “estructura clásica” y, en efecto, los sonetos iniciales y el resto de poemas con rima de la primera parte dan a entender que no hay voluntad de experimentación sino más bien de ejercitar el estilo, algo natural en cualquier poeta que empieza. Son versos que surgen de esas lecturas tempranas e imprescindibles de la tradición; más modernista y romántica que áurea, en su caso.
En la segunda parte el tono cambia y ahí sí apreciamos la voz, aún no del todo nítida, de la poeta que Vitale ha logrado ser: “Sueño quebrarse el tiempo en la noche de los relojes”.
Al soneto vuelve en la tercera sección y sobresale el inicial, el que comienza: “Tanto he pensado en ti, oh, muerte mía”.
Siempre es emocionante descubrir los orígenes de los poetas que admiramos. Su precoz solvencia.

Poemas de juventud (1943-1946)
Ida Vitale
Tusquets, Barcelona, 2026. 104 páginas. 17 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



 

10.9.26

El poder de lo inacabado

El barcelonés Carlos Permanyer reside en Castelldefels y trabaja como director creativo en una agencia de Andorra. Aunque se licenció en Filología Hispánica por la Autónoma de su ciudad natal, ha dedicado su vida a la publicidad y a la comunicación, lo que le ha reportado un gran prestigio y numerosos premios, tanto nacionales como internacionales.
De forma tardía, por más que su pasión por la lírica comenzara en la adolescencia, empezó a publicar. En esta década ya ha dado a la imprenta los libros Memoria de las nubes He llegado hasta aquí, al que hay que sumar esta nueva entrega que comentamos y otra, Fingir entonces, que sigue en manos de un editor a la espera de que se decida por fin a publicarlo.
Hay un poema suyo en la antología Quedan los árboles, que cerró la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz, con otro ganó el premio Gabriel y Galán en 2023 y ha colaborado en las revistas Suroeste y Alga de poesía. Como se puede apreciar, estamos ante un autor con obra escasa y, por tanto, casi secreto, que, sin embargo, ha conseguido ser finalista del Loewe en la edición de pasado año. No es extraño tampoco que Indicios aparezca en la acreditada colección La Gruta de las Palabras, que con tanto rigor dirige el escritor Fernando Sanmartín.
En cierta ocasión me referí a “los poetas de la claridad”, un rótulo sin pretensiones didácticas, en el que podríamos englobar, entre otros, a algunos de los maestros más cercanos de Permanyer: Eloy Sánchez Rosillo, José Mateos y Basilio Sánchez; poetas consagrados que, por cierto, no han dudado en ponderar sus versos. En “Agradecimientos”, se recogen estas hermosas palabras de Rosillo: “Este es tu libro más extremado, y quizá el mejor. No se puede decir más con menos. La poesía es palabra, pero también es silencio, vacío pleno. Eso respiran tus nuevos poemas. Hay ahí una conciencia que mira el mundo, su complejidad, con ojos limpios y serenos. La sencillez es la esencia de la complejidad”.
Sánchez, por otra parte, es el autor del prólogo, que titula “Lo que se deja por decir”. Con la lucidez que le caracteriza, el cacereño reflexiona sobre el silencio y el asombro. Acerca de la poesía (la de Permanyer, la verdadera en general), dice: “es una forma humilde y respetuosa de acercarse a las cosas”, “una actitud ante la existencia”, “la voz del cuidado, la de la vigilancia compasiva”, “un intento de desentrañar una realidad que se nos escapa”, “una forma de perseverancia”…
Valora “la humildad, el trabajo y la paciencia” y subraya que los poemas de Indicios “no son propiamente literatura”. Da valor a la “armonía con el espacio” que destilan, a la “indagación contemplativa” desde “ese lugar que ha elegido para mirar el mundo”.
Recurre a un texto de Louise Glück sobre George Oppen para hablar de la elipsis (tan importante como recurso aquí), de “lo no dicho, la sugerencia, el silencio deliberado y elocuente”. Del “poder de lo inacabado”.
“La lectura de estos poemas nos ratifica en el convencimiento de que la escritura poética, más allá de todo lo que pueda pensarse sobre ella, es una conversación a solas, un acercamiento compasivo y afectuoso a las cosas que se construye —y esto es lo esencial de su naturaleza— sobre el secreto, sobre lo que se deja por decir”, concluye.
Treinta y siete son los poemas que componen este libro. Breves en su totalidad, acorde a la pretensión de esencialidad de esta poesía de la sencillez.
El primer verso del poema inicial reza: “Fijar en el tiempo este lugar”, donde se resume esa voluntad espacio-temporal de la poesía genuina. El verso final no es menos significativo: “Tal vez indicios”, que bien podría haber sido el título del conjunto si no fuera porque lo que no suma, resta.
Poema a poema nos vemos refugiados en una atmósfera cada vez más densa y precisa, en medio de un paisaje mediterráneo de interior (a lo lejos se ve o se intuye el mar): valles profundos, escarpados barrancos, montes erosionados, bosques… La naturaleza prevalece y las evocaciones urbanas son insignificantes. Delante, “el mundo / que intentas descifrar”, “y la vida como un enigma”. Un búsqueda meditativa desde la incertidumbre: “Ya no sé lo que busco”. “Caminas pero sabes / que no vas a parte alguna”. Porque, escribe, “No es que la vida sea sencilla”. “Tengo la fe de un escéptico”, confiesa. Una búsqueda que se justifica en estos versos: “si pudiera elegir una palabra / sería travesía; / quizá tránsito”. Y ya que mencionamos las palabras, en el poema “Nada que añadir” leemos: “Voy al silencio. / Como a una querencia”. Y más adelante: “Este silencio, esta nieve, / ¿serán acaso todo?”.
Esta geografía remite a la infancia. De ella surge, diría. Porque “La infancia así era”. La de los campos de agosto, el trigo bajo el sol, el silencio del valle…
En “Siempre la ausencia / viene del cielo”, encontramos ecos de Claudio Rodríguez. En “Puede que el mundo esté bien hecho. / Pero nosotros no”, de Guillén.
“En la ausencia encuentro refugio”, dice, “En el silencio  me defiendo / y protejo de la vida”.
En esta suerte de peregrinación a las fuentes, por decirlo con lanza del Vasto, afirma: “En este valle / me reconozco. “Lo que importa está aquí. / Me detengo. Soy”. Consciente de que ahí “Es cierto todo. / Todo lo que percibes”.
En la noche (“larga es la sombra de la noche”) encuentra un símbolo para dar fe de lo que le desconcierta. Las tardes, sin embargo, son propicias para sentir "la “plenitud de un instante”.
El poema final abrocha perfectamente este intenso paseo por un microcosmos tan tangible como misterioso. “Así es el asombro. / Conmoción y promesa. / Asisto al deslumbramiento / como si todo / lo viera por primera vez”. Pura coherencia.
 
Carlos Permanyer
Prensas de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2026. 68 páginas. 12,00 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

3.9.26

À bout de souffle

Juan Gil Bengoa (Bilbao, 1958), que ha publicado las novelas La piel del camaleón (1993), Inviernos (1995) y Los placeres tristes (2002), y ha sido coautor de los guiones de las películas Agallas (2009), Tiempo sin aire (2015) y 70 binladens (2019), es, ante todo, poeta. Como tal, ha dado a la imprenta Los desiertos verdes (2006), La noche cerca (2012), Rwenzori (2015) y En jardines de arena (2019). En 2024 vio la luz la antología Postales del norte, donde reunió poemas (algunos inéditos) sobre el controvertido tema del terrorismo. Sobre ese asunto, que tanto ha marcado a los españoles, escritores o no, de nuestra generación (y de algunas anteriores y posteriores, tan largo fue su penoso rastro de violencia y de sangre), vuelve Gil Bengoa en este nuevo libro. De poesía, sí, no se dude, pero con un inesquivable y sutil hilo narrativo y una puesta en escena de lo más cinematográfica. No le falta intriga. Porque se nos cuenta una historia y se hace, como digo, de una manera fílmica determinada, no querría uno desvelar ningún misterio, que es tanto como decir que no pretendo destripar ni el relato en sí ni, menos aún, el final. Lo intentaré.
Por lo pronto, el libro se abre con una elocuente cita de la rumana Ana Blandiana: “y contemplar la línea que divide / el bien del mal”. Lo componen cuatro partes.
La primera va con un epígrafe de Eugénio de Andrade: “Son como un cristal / las palabras”. Y eso parece en estos poemas breves y sin título en los que abunda la elipsis, como es natural en alguien que dosifica la información que quiere trasladar al lector. Que juega con maestría la baza misteriosa. Como ocurre con el silencio: “¿Qué es el silencio? / ¿Una repentina oscuridad en la luz? / ¿El olor a tierra empapada tras un atormenta en la noche?”. Y sigue: “Suelen decirme / procura / siempre/ que incluso la mirada / sea / alusión al silencio”.
Las referencias se gradúan, están veladas, son noticias escuetas que el lector ha de interpretar a medida que avanza el libro, esto es, la historia.
La que hablaba antes era Ane, una niña. La protagonista. Sabemos que está con sus padres. En el extranjero (“palabras nuevas / en un idioma distinto”, un coche que “lleva el volante al otro lado”, fish and chips…). A orillas del mar. En un momento dado (viajan de ciudad en ciudad, el padre cambia de trabajo) se nombra Camber Sands (dunas famosas que se localizan en el condado de East Sussex, en Inglaterra).
Ane parece madura para su edad, que no se concreta. Reflexiona en voz alta. Recuerda a rachas una existencia anterior en un paisaje distinto, aunque “de fronteras”. Cenan en silencio (un silencio que persistentemente flota en el ambiente, ya se dijo, roto, si acaso, por lo dicho en voz baja) “a una hora diferente / de la otra vida”. Leemos “fuga”, “palabras secretas”… Son “testigos del silencio”. Y hay diálogos internos y juegos de voces. De pronto, un lugar: Avilés. Y una persona que vuelve de esa otra vida perdida: el abuelo, figura clave (luego sabremos el porqué) en la fabulación. Y otra que muere, amigo del padre.
La cita que abre la segunda parte, de Emily Dickinson, refuerza lo que venimos subrayando: “Qué silencioso se tiende el enigma”. “Mi castillo de arena” es el primer verso de un poema metafórico que incide de lleno en el secreto. “Pienso en nuestra casa / la casa de entonces / mi cuarto de siempre”. Que no es fácil vivir así lo delata el verso “Hay noches que dejo rastros de orina”. Y de nuevo, la memoria. Y allí, encapuchados y humo y cristales rotos y pancartas y “banderas en llamas”.  “Se brindaba por la libertad en silencio”, leemos. Y de nuevo el amigo muerto y lo que sintió: ¿temor, coraje, ira?
Ane se siente “Extrañada. / Extraviada. / Excluida”. Confiesa: “Soy un ave aturdida en jaula de silencio”. Y: “A solas deambulo con el misterio”. Y: “Es un drama vivir así, siempre amenazados”. “Debo pensar un refugio”, concluye. Un cine, por ejemplo, donde se esconden y una misteriosa mano toca la de su padre. “A resguardo en dónde. // A resguardo de quién. // A resguardo de qué”. Y de nuevo Avilés. Y Asturias. Y “nunca digas que somos vascos”. Y un “idolatrado idioma” que ha de silenciarse también: De ahí que su madre, como si vomitara, cubra, en un hueco de la playa, “sus palabras con arena”.
La tercera sección lleva al frente unas palabras de Anisa Koltz: “Con ellos paso de un exilio a otro”.
Y al principio del primer poema: “¿He nacido para el silencio?”. Y otra vez un cambio de domicilio: “escapando, siempre escapando”.
La historia se va precipitando hacia el final. Sorprendente, por cierto, como cabe a toda clásica narración que se precie. Un informativo de televisión, una llamada telefónica, una funcionaria de Servicios Sociales… La vuelta a casa.
Un solo poema ocupa la cuarta parte. Delante, unos versos de Rafael Cadenas: “Cuando eras inmortal. / Cuando eras”.
Han transcurrido algunos años. Otro guiño cinematográfico no menos clásico. Ane ya es una mujer. Pendiente de dos esperas.
  
Juan Gil Bengoa
Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2026. 84 páginas. 14,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.
 

11.8.26

El maldito eclipse

Pido perdón por mencionar siquiera la palabra de moda (será, sin duda, la del año). Estoy tan harto como casi todos por el abuso. Pocas cosas tan cansinas: puro acoso. Sí, uno se alegra de que la España vacía (sic) disfrute (y reviva) con el fenómeno. Y por los científicos, siempre tan suyos y a lo suyo. Y hasta por el gobierno, que así desvía la atención del oprobioso asunto de Ceuta (que no hay astro que borre). En lo que a uno respecta, paso. Sin perdón lo digo. No lo vería ni aunque pudiera (por aquí no pasa). Miedo (ajeno) me da, y no sólo por lo de quedarse ciego (ya tengo bastante con mis problemas oculares). No, insisto, no suscita mi interés. En absoluto. Indiferente que soy. Tengo además una anécdota escolar que me curó de espanto muy pronto con respecto a estas ocultaciones transitorias totales o parciales de un astro por interposición de otro cuerpo celeste (según el DRAE). Lo he contado alguna vez. Aquel día tocaba explicarlos en clase. Mal que bien, lo entendimos. No recuerdo qué hermano marista se ocupó de hacerlo. O si era un profesor. De lo que sí me acuerdo perfectamente es que bajamos, como siempre, en fila hasta la puerta, una vez terminada la jornada de mañana. Primero salvamos las escaleras, pasamos después por el claustro de la cocina (y su desagradable, indeleble olor característico) y enfrentamos por fin el pasillo que desembocaba en el otro claustro, el principal, presidido por la estatua de Don Calixto Payans y Vargas, II Marqués de la Constancia. Pero algo no cuadraba. La luz que debería verse al final del estrecho túnel no aparecía por ninguna parte y mi angustia creció a medida que evocaba la lección sobre los eclipses. Ese debía ser total. Ni gota de claridad en lontananza. La explicación, ay, era otra: ese día estrenaron un toldo que cubría en su totalidad el mencionado claustro y que impedía que el sol lo tomara por completo, como era habitual a esas alturas del año. Se acabó el misterio. 

NOTA: El dibujo es de Riki Blanco para El País.

2.8.26

¿Viste alguna vez las flores de la higuera?

Hernández Zurbano (1976) es autora de Géiser, La felicidad lingüística, ¿eres okupa?, Trucha vagabunda y Esa flor parece un pájaro. De Polen y Tengo la barriga cuadrada y la cabeza llena de lombrices. De la antología ¿Qué hace el sonido de la noche en verano dentro de casa? “Mi casa está en Cáceres”, afirma esta escritora, médica y antropóloga. Con esta última dedicación está muy relacionado este libro extraordinario (en la cubierta, una acuarela de Amanda Newton) que se abre con el fragmento de una canción tradicional cusqueña. No es el único signo cosmopolita de una obra que tan en cuenta tiene lo popular. Cuarenta y ocho poemas sin título ni casi signos de puntuación, sólo sujetos al ritmo que marca la personal voz de Zurbano (un lenguaje muy consciente de su intención y de su alcance, con un rico vocabulario elegido con esmero que acoge palabras del latín, náhuatl, quechua…), despliegan ante el lector un mundo terrenal “lleno de sus interminables maravillas” donde la infancia verata y la memoria infantil (inevitablemente rural, agrícola y campestre, junto a sus abuelos y su madre) se mezcla con distintas situaciones vividas en México, Perú o India. Al fondo, mitos, costumbres, leyendas... Y vivencias, claro. A uno le recuerdan estos versos los poemas primitivos que rescató Cardenal en su memorable antología. Sabores, olores, sonidos y visiones están muy presentes en esta poesía en extremo sensitiva, tan cercana a verduras, frutas, árboles, animales… Al alimento y la comida. A lo simbiótico. Una suerte de viajera ilustrada del XVIII nos parece a ratos Zurbano; formada, ya se lee, científicamente (química, botánica). Sus descripciones, de puro precisas, tornan poéticas. Aquí la imaginación juega a favor de la belleza y de lo sagrado. “No te preguntes si esto es verdad, acoge/ más bien con fe las palabras”.

El baile de la naranja
Carmen Hernández Zurbano
RIL Editores, Gerona, 2026. 74 páginas. 14,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.



 

Desde el borde de este lento hundimiento

 Ben Clark (Ibiza, 1984) es autor de libros como Los hijos de los hijos de la ira, La fiera, La policía celeste y Demonios, que consiguieron, respectivamente, los premios Hiperión, Ojo Crítico, Loewe y de la Crítica.
Según el diccionario, semiótica es la “teoría general de los signos”. Si añadimos el adjetivo nuclear, el título del libro adquiere todo el sentido. En la cubierta, un símbolo: “de advertencia de radiación ionizante”.
Un movimiento hacia atrás (la memoria, el pasado, incluso remoto) y otro hacia adelante (el futuro, lo distópico y hasta apocalíptico) vertebran esta obra dividida en tres partes, dos poemas liminares y un prefacio en el que se alude a la decisión de crear la Human Interference Task Force (1981) con el fin de advertir del “peligro que los residuos nucleares”. Y añade: “Imaginar esa advertencia obligó a preguntarse qué signos podrían sobrevivir a la erosión del tiempo, qué papel tendrían los traductores (…) y qué fragmentos de nuestra civilización llegarían a perdurar”. Ahí, el origen de la semiótica nuclear.
Pasamos de las cuevas prehistóricas y las ruinas de una civilización que se extingue a ese paisaje venidero que todavía parece de ciencia-ficción; el que evocan películas como Terminator (en el último verano de su infancia) o escenas como esa Estatua de la Libertad semienterrada de El planeta de los simios.
Porque “la lengua del futuro ya está muerta” o “no ha nacido”, Clark invoca al poeta y al lector futuros. Se pregunta: “¿Y si los herederos no son seres humanos?”. Además, amorosos poemas de desamor, sobre el cuidado, la muerte (como el dedicado a Dunn), la traducción, la bolsa, Chernóbil, los hornachegos o un poto. Todo a favor de un libro coherente y emotivo que nos interpela directamente. “Yo escribo desde el borde de este lento hundimiento”, afirma.
  
Ben Clark
Visor, Madrid, 2026. 88 páginas. 12,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.



 
 

29.7.26

Adiós, Paco

Estuve a punto de escribir a Paco hace unas semanas porque al pasar por Sor Valentina Mirón vi que habían derribado la casa donde vivió con Inés Mari cuando se casaron. Al lado, por cierto, del piso de sus padres. Ahora ya es tarde. Pasamos Yolanda y yo por ese sitio algunos días para echarles una mano con la pintura y la limpieza. Poca cosa, manitas nunca he sido. Por aquel entonces acabábamos de conocernos. Frecuentábamos la misa dominical (para jóvenes) de San Pedro, oficiada por el cura Pepe, íntimo de la pareja, donde ellos cantaban y tocaban la guitarra. Recuerdo la significativa canción inicial: "Venimos simplemente a trabajar", de los aragoneses de La Bullonera, lo que da idea de por qué derroteros ideológicos transitábamos en aquellos primeros años de democracia. Nuestra música era, sobre todo, la de los cantautores. Supongo que Paco era aún estudiante de Historia. Una vez licenciado, permaneció en Plasencia, como profesor de las Josefinas, un centro privado en el que se jubiló en 2020. Me consta que fue un buen docente, muy querido por sus alumnos. Realizó algunas investigaciones, centrándose en la Cueva de Boquique, pero esa labor quedó opacada, según creo, por su dedicación profesional a la enseñanza.
No se puede decir que fuéramos amigos, pero, si bien nuestra relación de grupo (del que ellos eran los líderes) duró poco, nunca dejé de apreciarlo. Nos hemos tratado toda la vida. Nos encontrábamos, por ejemplo, en las presentaciones de libros y en las sesiones del Aula de Literatura. 
Como anécdota, puedo relatar que es la única persona que me ha llevado en moto, una Vespa, durante el camino de ida y vuelta a su casa familiar del Valle. En la de mi hermano Fernando, que conduce una desde hace años (compañero de claustro de Paco unos años), jamás he montado. Me dan pánico. 
También le recuerdo en la parte alta de la extinta librería Cervantes cuando presentamos la antología Poetas en el Aula, de Ángel Sánchez Pascual, donde se recogían poemas de su cuñado Javier Pérez Walias y algunos primerizos de uno. Debí ponerme estupendo aquel día y me fui hasta nuestros antepasados más remotos, los poetas placentinos contemporáneos de Lope de Vega que estudió Berjano. Con el fin de demostrar que ésta era una ciudad de la poesía desde antiguo. En un aparte me preguntó extrañado que si creía que lo nuestro, ja, ja, era para tanto. Las odiosas comparaciones, los entusiasmos juveniles. 
Esta primavera coincidimos en el Cachón (Dehesa de los Caballos suena mejor). Iba con su mujer. El suyo fue uno de esos "amores largos" que tanto le gustan al poeta Biel Mesquida. Hablamos de Fran, su hijo poeta (no conozco a su hija Paloma), y de un libro que, me habían comentado, estaba a punto de cerrar. Me preguntaron si me importaría dedicarles mi poesía reunida y quedamos en que dejarían el libro en la clínica donde estaban ingresados tanto mi madre como un hermano de Inés Mari, en habitaciones contiguas. Y así fue. 
Los vi a los dos estupendamente. Paco, sin embargo, eso lo he sabido por su hijo después, llevaba ya años con su enfermedad a cuestas. Lo que no le impidió viajar (fue, ya jubilado, a Italia, Alemania, Tailandia o Portugal y estaba a punto de iniciar un crucero por el Danubio), leer, visitar con frecuencia la parcela del Valle del Jerte (su lugar predilecto, en la carretera de Casas del Castañar) o montar en bicicleta (una vez, al lado de la presa del kilómetro 4, me dijo al adelantarme en plena cuesta -uno iba andando- que casi iba más deprisa que él). Era de bromas. Y de sonrisa, ya se ve. 
Su muerte ha sido una desagradable sorpresa. Sí, es ley de vida que se sumen las pérdidas, más a estas edades, pero... Por irremediable que resulte, uno no se acostumbra. Y menos si quien se va merecía quedarse. Por lo menos hasta que se presentara en Plasencia el libro de Fran. Cuando llegue ese momento, faltarán sus preguntas. 

P.  S. Olvidé un dato importante. Paco y su amiga Marivi Hernández Berrocoso, mi querida tía, tuvieron una librería en El Pasaje: Fábula.

21.7.26

Náufragos 13

Para que algo salga adelante, lo principal es creer en ello. El tesón de Salvador Retana, inseparable del rigor, se fundamenta en esa fe inquebrantable en aquello que idea. Sin atender a otras razones; y menos que a ninguna, las económicas. 
Lo que parecía tal vez sólo eso, una feliz ocurrencia, el proyecto Náufragos, cajas de cartón con botellas que guardan textos inéditos impresos en papel Xuan, llega a su entrega número 13, esto es, que ya son 39 los autores que han dejado un rastro escrito de lo que vendría a ser su particular naufragio vital. 
Aunque algunos de ellos (o de ellas, por supuesto) fueran ultramarinos, esta es la primera ocasión en que los tres son escritores hispanoamericanos. Dos venezolanas: Yolanda Pantin y Marina Gasparini, y un argentino: Pablo Anadón. La nómina, ya de por sí selecta, se adorna aún más con estas incorporaciones. 
Por cierto, cualquiera puede hacerse con estas cajas editadas por La Rosa Blanca, destinadas a durar tanto, al menos, como la historia del náufrago por excelencia, Robinson Crusoe.



 

14.7.26

Aníbal Núñez anecdótico

Según costumbre, el sábado a primera hora de la mañana comprobé en Kiosco y Más qué traía ABC Cultural. Fue una alegre sorpresa constatar que la portada del suplemento era para el salmantino Aníbal Núñez, uno de los mejores poetas en español del siglo XX. Compré luego el periódico y busqué el momento oportuno para leerlo. ¿Resultado? Decepcionante. ¡Cómo que "no lo conoce nadie"! Y a qué darle otra vuelta a su malditismo si al parecer no lo hubo. Firma el texto Bruno Pardo Porto. Incluye una entrevista a su hermano José Ángel y a su cuñada Mely y en él participan su redescubridor (sigue habiendo Mediterráneos por localizar), Carlos Maortua, (que ha escrito una novela basada en su existencia, de la que dan la primera página) y su mujer, Laia. Por suerte, y eso es lo que importa, la obra de Núñez, su poesía, está perfectamente editada. En Hiperión, como se señala al final, y en Calambur, como se olvida. Se cita, menos mal (aunque no su título), la amplia antología, editada por Vicente Vives Pérez, La luz en las palabras, que publicó ¡en 2009! Cátedra dentro de su canónica colección Letras Hispánicas. Hay más. No creo, en fin, que ningún lector de poesía que se precie desconozca su obra. Otra cosa es que los vientos de la moda soplen por distintos derroteros. Fácil no es. Ni al uso. Y en cuanto a su vida, ya se ocupó Fernando Rodríguez de la Flor, íntimo amigo suyo, de acercárnosla en su libro La vida dañada de Aníbal Núñez (Delirio, 2012), que aquí no se menciona.
Me ha gustado lo referente a su amor por el campo (que heredó de su abuelo zamorano), la fotografía de su cuarto atiborrado de libros (que se mantiene intacto), la confidencia del hermano acerca de su "jardín lleno de acantos"... 
Lo que más me ha extrañado, por su insulsez, son los comentarios acerca de su guapura ("un bellezón", según Mely), lo de sus "viudas", o eso de que sus amigos (uno estuvo en ese entierro) cubrieran con rosas rojas y blancas todo su cuerpo menos la cara. Debí perdérmelo. Lo anecdótico prima (parafraseando al converso Ernesto Castro, ¿esto es para el ABC o para el ¡Hola!?) y no se entra en los detalles sustanciales Acerca de su escasa fortuna literaria pública, por ejemplo (de la que fue deliberado cómplice), y de su ausencia de las antologías más significativas de su tiempo que, por cierto, siempre acaba poniendo en su lugar lo que de verdad importa. 
Creo, en fin, que podrían haber consultado a personas (poetas los más) que conocieron y trataron a Aníbal y que habrían dado una imagen más cabal de su imponente altura poética y de su compleja personalidad, donde el asunto de las drogas jugó su peligrosa baza. Desdibujados quedan también las figuras de sus padres: el fotógrafo y la médico. Bien está, en fin, recordar a quienes merecen ser recordados, por más que ese merecer exija otra altura de miras. 




Nota: He tomado las fotografías del muro de Jesús G. Calero en Facebook. 

2.7.26

Un rastro de palabras

A los poetas les pasa como a los toreros: que se retiran, pero reaparecen. Los aficionados se alegran. Más los lectores de Moreno (Alicante, 1964), que con Al Dios sin nombre dijo adiós y con Ventana abierta ha vuelto. Y por la puerta grande, cabe añadir. Sí, le creímos perdido para la causa a favor de la prosa memorialística (su última entrega, En torno al sol), y en prosa están precisamente estos nuevos poemas que no han perdido ni un ápice del mismo, personal tono de siempre, ni esa música diáfana y callada que los caracteriza. Y todo porque “el libro que soñaba” sigue ahí (“en el lugar que sé”) y “parece que jamás hubiese dicho nada, que aún la vida fuera a hablar en mí”.
Desde lo más simple (“lo que no es apenas nada”) y cotidiano alza su voz. Moreno mira con atención y extrañeza desde su ventana (es un ser contemplativo: “Tu patrimonio es ver”) o pasea por los alrededores de su casa (paisajes desolados, baldíos y a trasmano: “no existe ningún otro lugar ameno que el silencio”) o por un pueblo cercano (Monóvar o Jávea, por ejemplo) y después escribe en “las hojas blancas de un cuaderno”. Enfrente, el Mediterráneo. O una calle. O las cosas. “Alguien a quien le hace feliz andar y ver”, escribe. Allí, una higuera, un mirlo, un gato, una urraca, un búcaro, una caja… “Vestigios de una dicha muy sencilla”. Moreno no busca, encuentra.
“La vida no es posible sin belleza. Ni estar despiertos sin sentir verdad”. Esta es la clave de esta poética de la modestia. Una vida “irreal” y “extraña”. “Sólo el amor me guía” (al fondo, Bárbara y “las voces de mis padres”).
“Tenía yo el amor, algunos libros, y eso, lo mismo que ahora, me bastaba”, concluye.
 
Ventana abierta
Antonio Moreno
Vitruvio, Madrid, 2026. 94 páginas. 15,00 €
 
Nota: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL



1.7.26

Lecturas atrasadas

Pasan los meses, llega el verano (la estación, en mi caso, menos propicia a la lectura), y los libros pendientes se acumulan hasta ese punto que tantas veces he descrito como marca de bloqueo. Entre unas cosas y otras -las personales, las familiares y hasta las literarias últimamente-, la pila crece en la misma proporción que mi mala conciencia. Sí, algunas lecturas van saliendo adelante (esa necesidad es natural en quien se considera sobre todo un lector), y de ellas me gustaría dar cuenta, siquiera sea sucintamente y en una primera entrega a la que le sucederán otras. De libros como Magisterio de los árboles, del contemplativo Javier Gilabert (Renacimiento), granadino del 73, donde habla de árboles, una suerte de espejos, más que nada de bonsáis, los que cuida, y que le sirven para desplegar ante nuestros ojos un jardín (metafórico y real), tan singular como profundo, muy podado, donde la poesía, de una forma natural, prevalece. Y con qué dignidad. La misma con la que trata a otra figura central en el libro: la del padre, que no deja de ser otro árbol. 
De un adiós permanente (Vandalia), del lebrijano del 46 Jacobo Cortines (al que no vamos a descubrir ahora y menos en este blog) es el segundo libro que da a la imprenta tras Días y trabajos, después de reunir en 2016 su poesía. De marcado tono autobiográfico, vuelve, sin repetirse nunca, a los temas habituales en él: el amor, el paso del tiempo, la naturaleza y el campo, la música... A los que se suman, qué remedio, la vejez y los adioses. Un gran libro que demuestra las ventajas de la edad. El temor infundado de que la voz poética necesariamente caduque. 
El poeta peruano Eduardo Chirinos (Pre-Textos está con su obra completa: I y II) nos dejó hace diez años. Su viuda, Jannine Montauban, rescata, no obstante, Harmonices Mundi (J. M. Marthans), libro póstumo con poemas inspirados en pinturas y collages de Miguel von Loebenstein y, al fondo, la obra magna del astrónomo y matemático Johannes Kepler . A la nota inicial del autor y a la de la contra de Ricardo Wiesse R., se añaden dos textos clave: de Inmaculada Lergo (su presentación de la primera edición de este libro, editado por Point de Lunettes en Sevilla, 2016) y de Fernando Iwasaki (que lo epilogó: "Diez instantáneas de Eduardo Chirinos"). No hay excusas para dejar de leer a uno de los mejores poetas del ámbito hispánico. 
Alfonso Brezmes, madrileño del 66, ganó con El don de la tristeza (Visor) el premio Emilio Alarcos. Siento predilección por ese sentimiento (y por esa palabra), así que el título... Por esos azares de la vida, compruebo en mi archivo (este blog) que nunca había reseñado un libro suyo, y no es éste el primero. Leerlo, sí lo había leído y en la biblioteca hay ejemplares firmados por él. De no haberse adelantado Anson, hubiera intentado hacerlo en El Cultural. La impresión, en todo caso, ha sido, que es lo que al cabo importa, muy positiva. No se pasa Luis Alberto de Cuenca en su preciso elogio. Claridad e imaginación se unen para entregar al lector una serie de poemas donde la melancolía pesa lo justo y nunca transgrede la tristeza su justa, equilibrada medida. Un puñado de poemas memorables hacen de él un módico objeto de deseo. "Escribir  es contar una verdad / que no existía antes", nos recuerda. Excelente. 
Al final de la lectura del Teatro Circo de Albacete, dediqué algunos ejemplares de Territorio y otros libros míos y, de paso, charlé brevemente con algunas personas que habían tenido la amabilidad de ir a escucharme, como Matías Miguel Clemente. Que esa ciudad (y esa provincia) es tierra de poetas es cosa archisabida y varias antologías recientes lo demuestran. Éste es uno de esos benditos poetas de provincia que nada tienen que envidiar a los capitalinos y que, además, se permiten el lujo de editar sus libros en sellos tan cosmopolitas como La Bella Varsovia. Me dijo que ahí había aparecido su última entrega y le espeté que su poesía sería entonces... experimental (por utilizar un genérico), como suele ser la que se publica en esa acreditada casa. Lo desmintió de inmediato. Me ha enviado Una arena tan sensible para que uno mismo lo comprobara. Y así ha sido y, más allá de inútiles calificativos o etiquetas vacías (perdón por usar una antes), la suya es poesía verdadera y, sí, más clara que oscura y menos experimental que clásica, en el mejor sentido del término. No en vano este hombre, albaceteño del 78, es filólogo y profesor de Secundaria y Bachillerato y estuvo seis años trabajando en Turín, ciudad italiana ligada indefectiblemente a Pavese, que aparece en uno de los poemas. Algunos me han parecido soberbios y he disfrutado mucho del libro, sobre todo de su primera parte: "Puntos de fusión". "Ese recodo ahogado es el poema", dice. 
La colección Pie de Página sigue su andadura y ya son siete los títulos publicados. Los dos últimos mantienen la tónica exigente con la que empezaron estos jerezanos amantes de la poesía. Me refiero a Colina del limonar, hermoso titulo para la nueva entrega del malagueño del 65 Álvaro García (uno de los pocos que se atreve con el poema largo y la poesía de largo aliento), y Mi casa en llamas, de la sevillana del 79 Carmen Fernández Rey. Ya es casualidad que reseñara sus dos libros anteriores en la misma página de El Cultural, el 3 de enero de 2025. Ah, ambas obras contienen poemas inéditos. A veces, como en los casos de Amalia Bautista, Marcos Díez o Abelardo Linares, ese sello edita breves antologías. 

28.6.26

Vuelos de golondrinas

Blanca Llum Vidal (Barcelona, 1986), que figuraba en Movimiento de las sombras. Diecisiete poetas catalanas, es autora de los libros de poesía La cabra que hi haviaNosaltres i tuHomes i ocellsVisca!Punyetera flor, Maripasoula: Crònica d’un viatge a la Guaiana francesaAquest amor que no és uAmor a la brega y Tan bonica i tirana. También de una novela epistolar y dos libros de ensayo; uno, Llegir petit, sobre su condición de lectora. 
El corazón no tiene nunca suficiente recoge poemas de esos libros (“con los que sentía mayor proximidad”), salvo de Maripasoula y Aquest amor…, volumen que ya estaba en el catálogo de Ultramarinos.
El traductor de la antología, que abarca una década, es ahora su editor, Unai Velasco. En su nota señala que esta poeta de la “generación del tercer mil-leni”, sin más premios que el prestigioso Carles Riba, centra su obra en el amor (y evoca a Llull). Alude a lo somático y lo político; al cuerpo y a lo cívico (es trabajadora social, precisamente); a la importancia del “otro”, siguiendo a Lévinas; a “lo gramatical” y “lo léxico”, signos inseparables de esta “escritura singular” y de gran “riqueza lingüística”, de esta poesía es “de todo menos figurada”, que se alimenta de “lo preposicional y lo pronominal”, muy oral, barroca al cabo. ¿”Realismo críptico”? “No sabemos desde dónde nos habla”, sostiene Velasco. Y sí, inquietante es.
Maria Bohigas subraya en el prólogo que el florilegio “contiene todos los estados que los poemas de Blanca Llum Vidal han atravesado a medida que pasaban los años, con sus cosechas”. Hay más de los libros finales que de los primeros y es en estos donde se aprecian mejor las cualidades de esta poesía inspirada y torrencial. “Me gustas así, tan elegante, / llena de barro, ensuciándote”.
 
Blanca Llum Vidal 
Traducción del catalán de Unai Velasco. 
Prólogo de Maria Bohigas
Ultramarinos, Barcelona, 2026. 364 páginas. 25 €

Nota: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



 

26.6.26

De jubilaciones

En mi colegio, el Alfonso VIII de Plasencia, donde trabajé los últimos doce años de mi vida laboral como maestro de la escuela pública, cuando se jubilan nuevos compañeros nos invitan a participar en la fiesta consiguiente, esto es, en la comida del Parador. Cada cual paga su cubierto (salvo los homenajeados y sus familiares más cercanos) y se añaden diez euros para el regalo; regalo que eligen los que dejan de trabajar. Se suele optar por un viaje acorde al montante de lo recaudado. En mi caso, decidí que me resultaría más útil un ordenador portátil, éste en el que escribo. 
Les ha tocado hoy el turno a Teresa Antúnez y a Juanjo Prieto. A las 14:45 estábamos convocados por ellos en el claustro de arriba para degustar un cóctel. Aunque hacía demasiado calor, ha sido muy agradable compartir conversación con los antiguos compañeros (en su inmensa mayoría, mujeres, lo normal en esta profesión) y degustar las suculentas delicias gastronómicas que tenían preparadas: jamón y morcón ibéricos, salmorejo, zorongollo, frituras varias, croquetitas, quesos... La comida posterior también ha sido, al menos en mi caso (nos habían dado a elegir dos opciones para primero, segundo y postre). Me ha gustado el arroz caldoso, la corvina a la parrilla y el lingote de cerezas, que uno se ha comido a la salud de Zapatero. Me han colocado en la única mesa habilitada (propia de las bodas de antaño) entre mi antiguo director, Javier Juanals, y mi viejo compañero de San Calixto, Luis Oliva. 
Tras el café, hemos visto, según costumbre, vídeos con fotografías de los protagonistas de la jornada; imágenes en las que hemos aparecido al cabo casi todos los presentes. En esta o en aquella circunstancia. En el patio, en clase, en un pasillo, en una excursión... Son momentos delicados donde la melancolía aflora sin querer. Ve uno esa sucesión de momentos inolvidables con la sensación de que fueron felices. Porque no recordamos, es evidente, nuestra particular situación. Sólo ese instante. Puro, ajeno a cualquier ora cosa. Presente perpetuo.
A Juanjo, que era especialista en Educación Especial (no sé qué eufemismo le habrán puesto ahora), lo he tratado poco. Como ha dicho la directora, Amelia Trancón, en su discurso, es un hombre caracterizado por su sonrisa permanente. Trabajador y tranquilo. Buena persona. Se formó en la Laboral de Gijón, por cierto. Piornalego y maestro, que suele ser redundancia. Y socialista. Aficionado a la práctica del fútbol, y a lesionarse. Por culpa de eso ha conseguido el apodo de "El Breve", ya que ejerció el cargo de Jefe de Estudios del centro durante 17 largos... días, hasta que la muñeca se fracturó y dijo basta. 
A Teresa, natural de Hoyos, la he tratado más. La conocí en Caminomorisco, allá por los noventa, y la tengo por amiga. Es una profesional sin vocación (dice ella), pero, como ha matizado Amelia, ya quisiera uno la mitad de la mitad de la solvencia de esta mujer en muchos de los que se consideran maestros vocacionales. No en vano sus materiales pedagógicos han llegado a la universidad y tanto ella como Mercedes (otra maestra capaz) han pasado por distintos cursos para difundirlos. Además, es artista. La autora del imán que ilustra esta entrada donde se representan tanto la figura del vistoso Jarramplas de Piornal como los preciosos encajes de su madre gateña. Buena lectora (incluso de poesía), estuvo en la presentación de Territorio junto a su pareja, Pedro, que también ha estado, cómo no, en la comida. 
Por si la emotividad no hubiera sido lo suficientemente exaltada, el equipo directivo del colegio (Ricardo Arroyo al frente) ha elaborado un precioso vídeo sobre Auxi, que nos dejó hace unos meses. Ella era un torbellino, una persona alegre que cantaba. He salido de la Biblioteca del Parador, camino de casa, con un nudo en la garganta. Qué pena. 
Reniego cuando sé que hay jubilaciones en el horizonte (soy así de misántropo), pero luego agradezco estas reuniones donde la camaradería y la amistad nos hace mejores personas.