18.6.26

De gira con "Territorio"


Tiro de ironía, sí. Han sido un par de meses intensos, más para uno, discreto por naturaleza y tímido de carácter. No he publicitado en demasía las sucesivas ediciones de los libros que he venido publicando. Esta vez, sin embargo, creo haber sucumbido al "grotesco papelón del literato", denunciado por Rafael Sánchez Ferlosio, y me he salido de mis habituales casillas para presentar en más sitios de los habituales (Plasencia, Cáceres, Salamanca, a veces Madrid) un libro que tal vez lo merecía, siquiera sea porque agrupa cuarenta años de trabajo gustoso y todos los poemas que, libro a libro y a mi personal parecer, deberían conservarse de cuantos di a la imprenta. Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es su título. 
A la decisión de ampliar el círculo de presentaciones (que algo tenían de fin de ciclo, por decirlo suavemente) habría que sumar que éstas no serían en Ferias del Libro. No son las ruidosas carpas los lugares más adecuados para hablar de según qué cosas. Eso y que, salvo a las de Trujillo y Plasencia, nadie me ha invitado a acudir. Bien está. Esta liga es otra. 
Ya di cuenta aquí de la primera presentación (que es, por cierto, uno de los nombres de mi madre, en alusión a la del Señor): la de Cáceres. Y al recordarla puedo adelantar un acierto general: el de la elección de los presentadores de cada uno de los actos. En aquél caso, Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Y otro: que haya acudido gente (lo que no siempre pasa) y que entre ese distinguido público (aunque uno, con Brines, prefiere decir lectores) haya habido poetas, lo que, como subrayó Ben Clark en Plasencia, evocando al añorado Toni Marí, siempre es digno de ser celebrado. 


El 23 de abril, ya que menciono a mi ciudad natal, firmé junto al alcalde el documento de donación de mi legado literario a Plasencia. La fecha fue muy bien elegida por el Ayuntamiento y uno se ocupó de señalar cuál sería el sitio más adecuado: la Biblioteca de los Jesuitas, que se conserva en una dependencia del Palacio Episcopal. La fotografía da fe de su libresca belleza. Fue un acto íntimo y emocionante. Mi hermano Fernando, un par de amigos, representantes del obispado, la prensa, el bibliotecario... Ya expliqué en su día las razones que me habían movido a hacerlo. Personas a las que aprecio y otras desconocidas me han agradecido el gesto. Por lo que les toca, suelen añadir. Eso sí, ninguna institución, partido político o asociación placentina (salvo Trazos) han tenido a bien decir nada al respecto. Ni en público ni en privado. ¿Llamativo? Un poco. Conozco el paño. 


Dos días después presentamos Territorio en Plasencia. Apenas publicado el libro, Ben Clark me envió un mensaje ofreciéndose a presentarlo en cualquier parte. Le tomé la palabra y pensé en él para la más difícil de este tipo de ceremonias: la de casa. Su temperamento y el de uno no van al unísono. Tampoco la edad. Ni tal vez nuestras respectivas poéticas concierten en demasía, por más que reconozca la calidad de la suya. He reseñado varios libros de Clark, el último inclusive, que me ha parecido excelente. Mejor, me dije. Será (y así fue) un placer conversar con él. Ese arte lo domina.
El sitio fue cosa del solvente Juanra Santos, que se ocupó de la intendencia. Quería un jardín o un patio. Uno de esos lugares invisibles (y casi extintos) que tanto aparecen en mis poemas. Eligió bien y a todos sorprendió el claustro de la Escuela de Idiomas (¡gracias!) en el antiguo Colegio de los Jesuitas, de donde procede la biblioteca que mentamos antes. Que fuera un sábado también fue arriesgado. Y muy segura la apuesta por la música, que pusieron dos jóvenes intérpretes (de viola y clarinete) pertenecientes a la Filarmónica de Plasencia, ligada a la Escuela Superior de Música de Extremadura que dirige Eugenio Mateos. Entre los asistentes, familia, amigos, paisanos... Mi hermano Fernando con Jesús y Chelo, mis primos Fátima y Luisra (con Flor y Juanpe), los hermanos Antón, Emilio Gañán, Esther y Paco, Manolo Chico y Maricarmen Morales,  Eduardo Daza y Néstor Hervás, mi compañera Teresa Antúnez, Marivi y Marisol, etc. Y el alcalde (ya ex). Más de los que esperaba. Cada vez es más difícil reunir a la gente en torno a estas ceremonias. Cada vez son, para bien quizá, más íntimos y resistentes. La inmensa minoría que no cesa. 
Me pasó lo que nunca antes: al leer el poema sobre Lisboa dedicado a Ángel Campos Pámpano, se me quebró la voz por culpa de la emoción. Tuve que parar y beber agua. Lo que ignoraba es que delante de mí estaban sentadas Carmen, la que fuera su mujer, y Paula, una de sus hijas, docente en un instituto placentino este curso que termina. Menos mal que, insisto, no lo sabía. 
Especial ilusión me hizo ver allí a Gonzalo Hidalgo Bayal, el brillante epiloguista del libro, y a María José. Una alegría inesperada. Como lo fue reencontrarme con otra persona vinculada a la edición del volumen: Salvador Retana -que bajó de Gredos- con su mujer, Montse. Ya se sabe que lo mejor de Plasencia un sábado son "las cañas" y a ello nos fuimos al terminar el acto. 


Me apetecía presentar Territorio en Salamanca, una ciudad que es, como diría Borges del cantón de Ginebra en su poema “Los conjurados”, “una de mis patrias”. Como todas las elegidas en esta suerte de gira. Quería, además, que fuera en una librería. Elegí Letras Corsarias, la más viva tal vez, con una programación regular y exigente. Conté para las labores de mediación con Álex Chico, quien me puso en comunicación con Rafa Arias, que puso a su vez la fecha: 5 de mayo, y se portó como un perfecto anfitrión, al igual que el resto de sus colaboradores. Me propuse otro reto: que presentara el libro uno de mis maestros: Antonio Colinas, residente allí desde hace años. Se lo pedí y aceptó. Miel sobre hojuelas. Su texto, que publicaremos algún día, dio la verdadera medida de mi acierto al elegirlo. Y qué cercano y cariñoso estuvo con Yolanda y conmigo. Compartimos charla en el Novelty. Por lo demás, no faltaron a esa cita amigos (uno de ellos, Carlos Medrano, que vino de Mallorca,  estuvo presente en la mencionada conversación y realizó un amplio reportaje fotográfico), amigas y poetas (o ambas cosas a la vez): Luis Arturo Guichard, Asunción Escribano, los bibliotecarios Isabel Sánchez y Óscar Lilao, Eduardo Ayuso (de Sígueme), Mónica Velasco...


El 11 de mayo, dentro del Capítulo VIII del ciclo Poesía Viva que organizan Arturo Tendero y Javier Lorenzo Candel, visitamos el Teatro Circo de Albacete. Para ciertas experiencias no está uno avisado. El lugar es de una espectacularidad que supera lo previsible y su belleza, sin duda, de otro tiempo. Tal vez por eso, intemporal y eterna. El lector curioso puede navegar por internet en busca de imágenes de ese tesoro escondido, al menos para uno, hasta que lo pude descubrir. Y de qué forma. La encantadora y eficiente Encarna Quílez nos lo enseñó. Y qué historia hay detrás. Recuperado, ya digo, de otra época, sirve por suerte a ésta. En pocos sitios así de bonitos (acaso en ninguno) ha leído uno sus poemas. Sobre el escenario, de cara al patio de butacas y a los palcos y a la cúpula circense con las constelaciones, el público; de espaldas y frente a él, Arturo y yo. El clima que se creó fue único también. Había mucha gente (mucha más de las que suelen asistir a una lectura poética) y su atención y su silencio contribuyeron también a que me sintiera, en aquella penumbra, tan a gusto. Hubo preguntas al final y algunas dedicatorias. Y, lo más importante, breves conversaciones con amantes de la poesía; mujeres casi todas. 
En la cena informal posterior (con los organizadores, Encarna, Valentín Carcelén, Rubén Martín y León Molina) todo fueron risas y chascarrillos y, sobre todo, mucha información sobre una ciudad de la cultura (y de la poesía) que, por desgracia, pasa demasiado desapercibida, como tantas de provincias. No en vano tuvo allí sede propia la prestigiosa Fundación Juan March. 


Quiso el azar que la escapada a Albacete coincidiera con un acontecimiento familiar que tendría lugar unos días después en Alcoy. Aprovechamos para acercarnos a la costa alicantina y anduvimos un par de días entre las preciosas localidades de Altea y Jávea (que nos impresionó sobremanera), de Denia y Calpe (que nos horrorizó). Y otro descubrimiento, que para eso están los viajes: el de la ciudad de Alcoy, nuestro destino. Por su emplazamiento único (en un valle situado entre dos parques naturales), por su arquitectura modernista, por sus puentes, por su historia (propia, ya en lo contemporáneo, de una dinámica ciudad industrial)... Ríete tú de lo que aquí llamamos emprendimiento. Empresarios, obreros, sindicatos, anarquistas... Los bombardeos de la Guerra Civil. El pasado y el presente, que no deja de brillar con la fuerza del afán levantino. Qué gusto, en fin, pasear con amigos y familia (y hasta con nietas) por sus calles. Y localizar con la ayuda de Paco y Esther (no confundir con nuestra archivera y su marido) la casa de Juan Gi-Albert, alcoyano de pro y uno de mis poetas predilectos. 


El 26 de mayo me reuní con Jordi Doce en la Casa de la Poesía Juan de la Cruz de Ávila para mantener otra conversación -ésta más extensa- acerca de la poesía. De la nuestra, cabe precisar, que al fin y al cabo es la de todos. La que es, diría. Centrada en dos libros concretos: el que publicará a la vuelta del verano Jordi en Vandalia: Dime el regreso y Territorio. Presentó el acto María Ángeles Álvarez, alma de ese lugar, y flamante ganadora con El dolmen del Premio de la Crítica de Castilla y León. 
Era la primera vez que leíamos poemas juntos y, a qué negarlo, nos hacía ilusión. Son muchos años de amistad, más de treinta, y de mutua admiración. Admiración, en mi caso, creciente. Por la persona y por el poeta, si cabe el distingo. El libro que cito dará que hablar. Al tiempo. Puede que sea el mejor de cuantos Doce ha dado a la imprenta, y no es decir poco. 


El 29 de mayo bajamos a Zafra. Otro sitio indefectiblemente unido a mi poesía. Donde leí poemas en voz alta por primera vez, o casi. Donde conocí en persona a mi amigo Ángel Campos. Tenía claro también quiénes deberían acompañarme en la mesa del Parador de Zafra, bajo el amparo del veterano Seminario Humanístico: Josemari Lama y Luciano Feria, viejos amigos. El primero dio en historiador (y muchas cosas más; poeta de un libro, inclusive) y el segundo en poeta (y en profesor de instituto y novelista). Leyeron un par de textos impecables. Cada cual en su estilo. Un recorrido por poemas significativos para el primero y un análisis pormenorizado de uno concreto ("Yuste", de "Lugares del otoño") en el caso del segundo. Con lectores así... Cualquier excusa es buena para volver a Zafra y ver de nuevo a estos amigos y a Malama, que bajó desde Cáceres, y a Rosi (que, como su marido, rejuvenece en lugar de envejecer) y a Eva y... No pude saludar al poeta José Ángel Losada Gahete (ah, las obligaciones de los curas), pero sí le dediqué los libros que dejó a tal fin, incluido un feo ejemplar de mi ópera prima: Territorio. Eliot, principio y fin, de nuevo. 


A Badajoz ya fui con mi calentura bajo el labio. Aparatosa. El estrés. Soy propenso al herpes labial, aunque esta vez se desbordó no poco. Temeroso del calor y de que me pasara lo que a otros en una presentación reciente, también en el MEIAC (no todo va a ser la Fundación CB), a la que acudieron dos personas, dudé no pocas veces de la conveniencia de haber aceptado la amable propuesta de Luis Sáez, que apoyó de inmediato Fernando de las Heras, uno de los coordinadores del Aula Enrique Díez Canedo. Las dudas se despejaron al entrar en el edificio del museo, que siempre asocio a la memoria del que fuera su director, Antonio Franco. Luisa Merino, Quique García Fuentes (que me había animado a conquistar esa complicada plaza), Antonio Sáez, Faustino Lobato, Juan Jesús Parralejo... Y Antonio Girol, que sigue al frente de la Editora Regional, lo que me parece una excelente noticia. 
Luis estuvo, como acostumbra, espléndido, y trazó un bien dibujado mapa de la poesía extremeña reciente al hilo de lo que uno ha escrito y publicado. Empezó nombrando la antología de Pureza Canelo en la canónica Letras Hispánicas de Cátedra, un hito de la lírica contemporánea de Oeste. De las Heras leyó, desde lo personal, un texto muy medido y lleno de acierto. Gracias. Después conversamos en voz alta. Leí para terminar un puñado de poemas (elegidos en función de la ciudad, como en todos las presentaciones), contesté a alguna pregunta y firmé algunos ejemplares del libro. El resto, carretera y manta.


La visita papal y los conciertos del tal Bud Bunny me disuadieron de acudir, como habría sido mi deseo, a la presentación de El poema y su taller. Ínsula: 80 años de poesía, un libro publicado por Espasa en edición de la directora de esa revista, Arantxa Gómez Sancho. En la biblioteca Eugenio Trías de Madrid, junto al Retiro y la Feria del Libro, otro motivo más para desertar. Jordi Doce, no obstante, leyó mi poema "El cuarto del siroco", que, con su correspondiente comentario, forma parte de un libro que ningún amante de la poesía debería perderse. 
Por si fuera poco, al día siguiente, 6 de mayo, me esperaban en Arenas de San Pedro para intervenir en el XXI Encuentro de Animadores a la Lectura titulado "La memoria del bosque", organizado por la Asociación Cultural Pizpirigaña
Hablé de jardines. En sentido literal. De los de uno, que son los que mejor conozco. Los que aparecen en mis poemas, quiero decir. Más lectura de versos que otra cosa. En un ambiente idílico, bajo la sombra de los alcornoques, pues no en vano estábamos, como quien dice, en la Extremadura de La Vera Alta. 
Aunque los asistentes habían escuchado ya dos charlas con enjundia, de Jesús Marchamalo  (al que por fin conocí en persona) y Gustavo Martín Garzo, y era tarde, intenté trazar un particular itinerario lírico, decía, por "mis" jardines, desde el poema que abre Territorio hasta el libro completo, inédito hasta ahora, que cierra esa poesía reunida: Geografías del jardín. No nos fue mal. Ni a Federico, que me presentó, ni a mí ni a los escuchantes, tan pacientes y respetuosos. Una comida entre amigos (muito obrigado), entre las vistas a los picos de Gredos y al Valle del Tietar,  dio fin a la jornada serrana. Esa tarde celebrábamos el segundo cumpleaños de mis nietinas en Cáceres. Palabras mayores. 

No quiero terminar esta croniquilla viajera sin mencionar a los libreros y libreras que en todas y cada una de las ocasiones me han acompañado en las presentaciones. De las librerías, cito en orden, El Buscón, El Quijote, Letras Corsarias, Popular, la de la Universidad de la Mística, Atenea, Colón y Á. Jiménez. Mil gracias. 
También he de darlas por los diseños de los carteles, la promoción en redes y todas esos detalles que hacen posible que al final esas presentaciones hayan tenido lugar y, de paso, hayan merecido la pena. Entre ellos, ellas y yo nos hemos apañado. Tusquets ya hizo bastante publicando el libro. El origen de todo esto, soy consciente. Están, y lo comprendo, en otras tareas. Por ejemplo, promoviendo novelas de autores que con sus ventas hacen posible, entre otras cosas, que la colección de poesía, tan poco lucrativa, exista. Aquí no hay subvenciones. Gracias, Tusquets. Y a Yolanda, que me acompañó casi siempre. Y a la afición en general. Vuelvo a la cueva. 

15.6.26

Javier Morales lee "Territorio"


"En torno al lugar, pero desde otra óptica, (aunque, bien pensado, quizá no tanto), ha construido su obra otro poeta extremeño, placentino, Álvaro Valverde, quien ha reunido 40 años de escritura poética –como la de Basilio Sánchez una de las más interesantes del panorama patrio– en
Territorio. Poesía reunida (1985-2025) (Tusquets. Nuevos Textos Sagrados).
Hojas de acanto y rosas
una vieja piedra de molino y enramadas,
el suelo tejido de una hiedra fresca.
Dejarse caer cuando la siesta insiste,
cuando la parra protege y la chicharra canta.
Mecerse con la brisa de la tarde,
con la música acorde de las moscas.
Obligarse a vivir con mansedumbre.
Ni dormir ni tampoco estar despierto.
No buscar sino amor.
Aquí, en el huerto sombrío
donde las horas son luz tamizada
y del limón aroma.

Hagamos de este lugar un territorio”.

La intuición de este poema liminar y premonitorio le sirvió a Valverde para construir una obra, para perfilar una mirada que reflexiona sobre las ruinas, los paisajes urbanos y rurales en los que apenas transitan personas, sobre el paso del tiempo, sobre la memoria y el olvido o sobre ese cuarto del siroco que se convierte en el lugar de la poesía. “Por eso reducir la poesía de Álvaro Valverde a la noción de territorio, a la reflexión poética, a viajes y paseos, al campo y la ciudad, y a la nómina de personajes que no sé si calificar como afines, homólogos, paralelos o literariamente subrogados, no deja de ser un intento de resumir algo que es mucho más amplio y que no obedece a las leyes de la narrativa ni a ningún otro requerimiento taxonómico”, escribe en un lúcido y agudo epílogo el escritor Gonzalo Hidalgo Bayal sobre la poesía de Valverde. 

La fotografía es de Francisco García Castro. 

12.6.26

Veinticinco poetas del XXI

Explica la nota editorial que “solo se puede definir el fenómeno de la última poesía española como un estallido”. Por calidad, diversidad, número de propuestas y entusiasmo “entre las capas más jóvenes del público lector”, que “la demanda, la busca activamente, la encuentra, la lee, la discute y la comparte tanto en redes sociales como en foros analógicos”. Excesivo parece el diagnóstico, como comparar la “nueva nómina de autoras y autores nacidos entre 1984 y el año 2000”, con la de la generación del 27, a punto de cumplir un siglo. Es cierto que su aparición ha causado un revuelo inusual y hasta llamativo. Encabeza la lista de los libros más vendidos, algo que no ha ocurrido con otro reciente florilegio de similar alcance: El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués (Vandalia). Si a eso añadimos que ve la luz en el catálogo de una colección tan veterana como canónica… Al editor, Juan F. Rivero, poeta él mismo (ha declinado figurar en la muestra), habrá que atribuir parte del mérito.
A veinticinco años, veinticinco nombres: María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo, Bibiana Collado, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstore, Ángela Segovia, Berta García Faet, Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz.
En su sustancioso, académico y algo mareante prólogo (la lista de libros y poetas es fatigosa), Molina Gil y López Fernández sostienen que “nuestro objetivo no ha sido en caso alguno programático, pues no perseguimos construir generación o grupo; sino panorámico” y “nuestro empeño ha sido ofrecer una secuencia de voces y discursos con los que poder alumbrar estética y temáticamente la mayor cantidad posible del territorio, por lo que resultaría tremendamente reduccionista leer esta antología solo desde los nombres”.
De su introducción obtenemos algunas conclusiones generales, aunque su pormenorizado análisis vaya por lustros; así, la ausencia de una tendencia dominante y la pluralidad; “la reivindicación de la identidad, del cuerpo y de las genealogías de género”; “el boom de la poesía escrita por mujeres”, centrada en “la búsqueda de la madre” (y ahí, asuntos como la maternidad, la violencia, la enfermedad o la familia); la crítica social (poesía política y “de la conciencia”, con la precariedad y la crisis en primer plano); lo comunitario y lo afectivo; la cotidianeidad y el culturalismo; la espacialidad (que afecta a lo rural y a lo urbano); la importancia de nuevas editoriales audaces (Ultramarinos, La Bella Varsovia, Kriller71, Isla Elefante, Cántico, etc.) y premios que respaldan la poesía joven… Se destaca, sin “estilo privativo”, la presencia de dos núcleos (o “derivas”) expresivos e interconectados: el figurativo (parte del continuum realista) y el experimental (con un fuerte componente lingüístico: “en este recorrido, la del lenguaje es realmente la primera y la última tensión”). Señalan una “vanguardización de lo figurativo y una figurativización de la vanguardia”.
Teorías y cavilaciones mediante, la razón de ser de cualquier antología poética está en los poemas que reúne. Trescientos versos por autor (u ocho poemas) dan fe de cada trayectoria, muy cortas algunas. De ahí que pesen más los logros de Clark, Alonso, Velasco, Segovia o García Faet que los de quienes apenas empiezan, con la excepción de Gallego Benot o Berbel. Que faltan nombres es evidente (la lista de “merecedores” recogida en “Esta edición” es larga). Juan de Salas, por ejemplo.
Con todo, superada la comercial moda parapoética, se ve a las claras que la poesía resiste y que sonar, suena.
 
Edición de Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández
Cátedra, Madrid, 2026. 456 páginas. 20 €



5.6.26

Mapa y no calco

Lo he intentado hasta el final, pero no ha sido posible. Cada año se queda alguna reseña atrás. De las que envío a El Cultural, quiero decir, aunque estén previamente aceptadas por ambas partes: los editores y el crítico. 
Que esta al final no se publique me duele de una forma especial. El libro merecía una recensión, por breve y torpe que fuera, en el suplemento que mejor cuida la poesía en España. Con todo, ahí va.
Y añado: los poemas de FPF podrían haber figurado en cualquiera de las dos antologías que celebran la poesía escrita por los nuevos poetas del siglo XXI.



Pérez Fernández (Cáceres, 1984), debutó con una
plaquette publicada en la colección 3x3 de la Editora Regional de Extremadura, que con tanta ejemplaridad dirigió su padre, y es autor de los libros Cargas familiares y Término medio.
Compensatoria pone de manifiesto la voz decantada de un hombre con una consistente formación filosófica. Se abre y se cierra con sendos poemas largos que remiten al título, a esa educación que busca la igualdad de oportunidades para los alumnos del profesor que él es: “adolescentes angustiados / que tienen que crecer”, los que pasan por el trance de la antigua Selectividad (“¿Cuántos exámenes caben / en sus juventudes torpemente gestionadas”, “¿Qué será de ellos?”). Prima, en el tono, la compasión. Se pone en su lugar: el de la fragilidad. “Pues yo quise vivir y no lo hice / a vuestra edad”. Una “vida factible”: “pero tengo amor, esa certeza”.
“Nostalgia de provincias” reúne una serie de poemas propios de alguien que pretende abolir “esa torre de marfil / en que los poetas a menudo se refugian / para solazarse y comportarse como necios”. Juan Andrés García Román  subraya en su epílogo su pasión por la intemperie, la libertad y la impureza. También alude a su “gran amor […] por cada pequeñez”. De lo cotidiano es capaz de extraer verdaderos hallazgos, frutos de una minuciosa, inteligente observación. Léanse “Eso sigue ahí” o “Toujours recommencée”. A la espera de que “sobrevenga lo agradable”. Poemas logrados como “Memoria histórica”, “El poeta paga sus facturas” o el agudo “Tienes que pensar en otra cosa”: “la poesía, promesa de esperanza / que nunca desemboca en lo esperable”. “Choz” abre la tercera sección (más compleja en concepción y lenguaje), una excelente enumeración caótica que remite a las “mil referencias raras”, señala el epiloguista, de este libro, sí, singularísimo. 

Fernando Pérez Fernández
Ediciones Liliputienses, Cáceres, 2025. 78 páginas. 13 €
 

4.6.26

En Arenas de San Pedro


El próxima sábado volveré a Arenas de San Pedro para intervenir en el XXI Encuentro de Animadores a la Lectura titulado "La memoria del bosque". Organiza la Asociación Cultural Pizpirigaña. 
Hablaré de jardines. En sentido literal, no en el otro (que algunos he pisado). De los de uno, que son los que mejor conozco. Más lectura de versos que otra cosa. Me antecede en el uso de la palabra Gustavo Martín Garzo. El programa completo está aquí

El cartel es de Marc Taeger.

10.5.26

Mirar para ver lo ausente

Jaime Covarsí Carbonero, comisario de la exposición MIRAR PARA VER LO AUSENTE, explica que ésta "invita al espectador a observar con una perspectiva nueva las obras seleccionadas por dos museos regionales extremeños, el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC) de Badajoz y el Museo Vostell Malpartida (MVM) de Malpartida de Cáceres. El título presupone la existencia de algo que parece aguardarnos más allá de la propia obra tal y como la percibimos. Ver lo ausente necesita de la voluntad y el esfuerzo del que mira. Heidegger, en El origen de la obra de arte explica que la esencia del arte es la 'desocultación' de la verdad. La forma nos conduce a un significado. La verdad (y también la belleza) de "Los zapatos" de Van Gogh, por ejemplo, no es otra que la comprensión de la vida campesina y su dureza. El arte expresa para regalarnos un hallazgo. Pero esa verdad que se adquiere (si es posible) cuando visitamos un museo, no siempre y necesariamente debe descubrir algo que solo está en la pieza expuesta. En ocasiones, es el propio sujeto que observa el que se descubre a sí mismo. El arte es diálogo y es encuentro. Esta exposición asume esta condición dialógica heterogénea con sus visitantes y plantea un ejercicio coral con una nómina extensa de poetas regionales y nacionales que, interpelados por el objeto artístico, nos brindan una interpretación, a veces iluminadora, otras desafiante, pero siempre dispuesta a poner sobre la mesa de la contemplación el ejercicio hermenéutico implícito cuando la palabra y la imagen se tocan. Surge así una ocasión propicia a quien desee mirar para ver lo ausente, sea esto lo que tenga que ser para cada uno". 

Es digna de elogio la labor de Covarsí para sacar adelante la muestra, con la colaboración de los responsables de ambos museos que la patrocinan y la de los poetas y artistas (vivos algunos) que han colaborado gratis et amore  para que la idea llegara a buen fin. Menos comprensible me parece que no se haya editado un catálogo, por modesto que fuera. De cara al montaje, imprimir un puñado de versos y enmarcarlos no habrá supuesto un elevado coste. Si tenemos en cuenta que las obras de arte pertenecen a los fondos museísticos de esas instituciones públicas, el presupuesto habrá sido sin duda módico. Algunos ingenuos analógicos seguimos creyendo que el papel lo resiste todo y que sin él la memoria flaquea. Su llegada al MEIAC podría ser la ocasión propicia para remediar el descuido. 

En lo que a uno respecta, elegí sin dudar el cuadro "Después del temporal", del cubano residente en EEUU José Bedia (que nació en La Habana el mismo año que yo: 1959). Me atrajo de inmediato. El color, sobre todo. Y los motivos: el barco, la isla, la palmera... El tema del viaje, en suma. Y el del exilio, para ser exactos. 
Porque algunas claves se me escapaban y la reproducción carecía de la calidad exigible, no dudé tampoco en recurrir al propio pintor, quien a través de su hijo, José Bedia Jr., me explicó con todo detalle la génesis de la obra y algunos detalles acerca de la misma. Con ser un pintor reconocido internacionalmente y con constantes muestras por todo el mundo, lo hizo con una sencillez y una cercanía encomiables. 


Me hace gracia ―cosas de la justicia poética, supongo― que el cuadro de Bedia y mi poema estén al lado de los de Barjola y Jordi Doce (que hizo la fotografía que abre esta entrada). Hubiera sido mi segunda opción, pero Jordi (que comparte su ciudad natal, Gijón, con la adoptiva del pintor extremeño, donde está ―para disgusto de Antonio Franco― su museo), ha sabido darle el toque expresionista que uno no habría sabido aplicar. 

Hasta el día 31, en Malpartida.




2.5.26

El martes en Letras Corsarias

 

Escena Poesía

El lunes tendrá lugar en el centenario Gran Teatro de Cáceres la segunda gala de Escena Poesía. Intervendrán las poetas Irene Sánchez Carrón y Sandra Benito. 
Seguro que la dirección de Miguel Ángel Lama y la puesta en escena de Isidro Timón lograrán que merezca ser vivida y recordada. 
Aquí puede ver la primera edición, con Carmen Hernández Zurbano (que acaba de publicar en RIL El baile de la naranja), Basilio Sánchez y un servidor. 




1.5.26

25.4.26

J. A. Masoliver Ródenas lee "Territorio"


Avenidas a la memoria
 
El extremeño Álvaro Valverde reúne cuarenta años de vida poética; más que de evolución, debemos hablar de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países ...
 
J.A. MASOLIVER RODENAS.
La Vanguardia. Cultura/s. 25 de abril de 2026
 
Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959), poeta, narrador y articulista, fundo junto a Gonzalo  Hidalgo Bayal el ‘Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán’, ha coordinado con Jordi Doce la colección Voces en el tiempo, y fue cofundador de la revista Espacio/Espaço escrito, en castellano y portugués.
La lectura de Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es un largo recorrido por el territorio de la poesía. No se puede hablar aquí de evolución, ya que hay una absoluta coherencia desde el primer poema de la página 15 al último de la página 663. Tenemos que hablar en todo caso de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países. Hay, eso sí, una progresiva narratividad, sin que se pierda en ningún momento la esencia lirica. Poemas marcados por la autenticidad, que surgen de una necesidad y de la expresión del vivir y sentir del propio poeta.
Aunque no sea muy justo hablar de influencias (abundan las referencias a otros autores y son muchos los poemas que se abren con un epígrafe), sí que hay algo del camino, paseo o recorrido de Antonio Machado, poeta que supo, igual que Valverde, unir la narración, la voz lirica, la observación, el amor a la naturaleza y la reflexión. Y con la casa, el jardín: “No es cualquier cosa un jardín. / Su espíritu es el mismo de mi Buda interior. / Donde mejor dialogaría con él”.
El viaje parte, naturalmente, de Plasencia, “la ciudad que amo”, “sentir la vuelta a casa”, “la elemental presencia de la casa”. Casas muchas veces en ruinas, marcadas por el paso del tiempo, “el dulce afán de registrar las ruinas”, “edificios sujetos a la herrumbre”, “entre ruinas se avanza en estas calles / de la desolación”. En “Memoria de Plasencia”, “Los rojos pabellones derruidos / fueron un día / el límite del mundo”, que nos recuerda el “Estos Fabio, ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, /fueron un tiempo Itálica famosa”, de la “Canción de las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro.
Abundan las referencias al viaje, del “viajero / que rehúye a conciencia /el papel de turista”; “me gusta esta ciudad /donde el viajero / no transita, impecable, / por un parque temático”. “El viaje / exigirá el abandono / de sitios de costumbre” y nos llevará a distintos lugares. A Cadaqués, a Zahara de los Atunes, al siempre presente Yuste, a su Plasencia, a Nápoles o a un Londres que nos recuerda al de Eliot. Al mismo tiempo, este recorrido nos invita a observar la naturaleza. “El árbol acontece y es eterno”; “Aún penden del naranjo las razones del fruto /y el ciruelo se rinde con las ramas al suelo”; “En las villas romanas los cipreses / serán nuestra razón pues simbolizan/ aquello que perece”.
No solo esta lo que observamos (ojos que no ven, corazón que no siente), sino también otra presencia, lo que recordamos: “Mi tema es la memoria; “Cuanto contempla, entonces, / se convierte en recuerdo”; “mis recuerdos son suma de una incierta memoria”. Algo que esta estrechamente relacionado con el tiempo, el pasado hecho presente, pero “un tiempo sin memoria, una vasta estancia para el olvido”, “viviré de olvidarme”. Algo que puede relacionare con la luz y la sombra, “la vegetal sabiduría de la sombra”; “la dudosa frontera de la luz y la sombra”; “una sombra de sombras”, cuando “la invisible luz es también un misterio”; “Una luz irreal, reveladora”.
Al “dulce afán de registrar las ruinas” hay que añadir la fugacidad, lo que se disuelve, “el tránsito fugaz”, la “plenitud de la muerte”. Una visión enriquecedora de este magnifico libro lo dan el poema clave “El canto suspendido” y el epílogo a cargo del mismo Hidalgo Bayal. 

Nota: La fotografía es de Carlos Santiago.



23.4.26

De la donación del archivo y la biblioteca


Sugerí el sitio y el Ayuntamiento puso la fecha. Hoy, Día del Libro, en la Biblioteca de los Jesuitas de Plasencia, ubicada en el Palacio Episcopal placentino, el alcalde Pizarro y yo hemos firmado oficialmente el documento que certifica la donación de mi archivo y biblioteca a esta ciudad. Un acto tan discreto como emotivo. Acaso sean los libros mi bien más preciado. Pero mejor será que quien esté interesado en el asunto lea, sin más, lo que dije allí esta mañana. Como aquel otro Valverde, uno es al fin y al cabo "ser de palabra". 

"Llevaba tiempo pensando qué sería de mi biblioteca. Lo normal es que, tras la muerte del coleccionista, los herederos, mujer e hijos, la desbaraten vendiéndola a cualquier librero de viejo. O ni eso. Mala cosa. No quisiera que la de uno terminase así. Como dice Alberto Manguel, cada biblioteca «es una suerte de autobiografía». Además, pienso que esos libros que he reunido a lo largo de mi vida pueden resultarles útiles a otros. A mí, cuando era joven y apenas los tenía, me habrían servido, más si tengo en cuenta que desde muy pronto aspiré a ser poeta. ¿Y quién puede serlo sin lecturas?
No son sólo los libros, claro, también está el archivo, desordenado como la biblioteca, que reúne escritos, originales, cuadernos manuscritos, correspondencia (en papel y mediante correos electrónicos), fotografías, colaboraciones en los medios, entrevistas y otros recortes de prensa (los artículos del ABC, el Hoy o el Extremadura, por ejemplo, periódicos de los que fui colaborador), reseñas publicadas, tanto propias como de libros ajenos, etc.  Por eso, más que de biblioteca y archivo, habría que hablar, en rigor, de legado, por pomposo que resulte.
De este asunto he venido hablando largo y tendido con la poeta Pureza Canelo que donó el suyo a la Excma. Diputación de Cáceres. Su ejemplo en la defensa del patrimonio bibliográfico es una guía. Defiende lo que en esta país, no digamos en Extremadura, nadie protege. No estaría de más que se empezara a hacer. Por eso…
En su día me puse en contacto con la directora de la Biblioteca Regional de Extremadura. Su respuesta, aunque mostró interés, estuvo llena de peros. No hay sitio, podría ser el resumen. Su interés se centró en la recuperación del archivo. Y ahí acabó todo. Me refiero a mi caso, pero esa carencia institucional es tan general como lamentable.
Por mi cuenta, tras el último expurgo (que me obligó a alquilar un trastero donde se guardan cientos de ejemplares en cajas), llegué a cuestionarme si alguna biblioteca rural aceptaría la donación. La que lleva mi nombre, pongo por caso, en Aldehuela de Jerte, tan modesta que se denomina «agencia de lectura». No llegué a hacerlo. Con todo, no me desagradaba la idea de que mis libros acabaran en una perdida biblioteca de pueblo. Lo que ha logrado con su legado el poeta Antonio Colinas, enojosas comparaciones al margen, es ejemplar y magnífico. Nada usual en España.
Reconozco que siempre pensé que la mejor opción era que lo de uno se quedara en Plasencia. Me siento placentino y la presencia de la ciudad en mi poesía es evidente. Si lo descarté en un principio fue porque comprendí que no habría dónde depositarlo. Hasta que se informó en la prensa de la nueva, probable ubicación de biblioteca pública municipal en la histórica Casa del Deán. Bastaría con reservar en ese nuevo espacio una sencilla sala capaz de albergar mis fondos, pensé. Eso, y la sensibilidad del alcalde Pizarro, necesario impulsor a la postre de esa idea (junto con Juan Ramón Santos, solvente cómplice necesario de esta operación), me animaron a plantearla por fin.
De una conversación con la cronista oficial, Esther Calle, deduje que el Archivo Municipal podría ser una opción complementaria. Ya hay antecedentes, aunque de otra índole: el legado de Miguel Sánchez-Ocaña o el de mi pariente Manuel Díaz López, entre otros.
Sí, cuando leí en la prensa que se quería transformar la Casa del Deán en «una gran biblioteca», vi el momento de sugerir al Ayuntamiento de mi ciudad natal la cesión (ofrecimiento, donación) de ese legado. Acaso en ella habría, ahora sí, un rincón para mis cosas, pensé.
¿En qué condiciones? Para empezar, gratis et amore. Para seguir, que la biblioteca fuera sólo accesible a lectores in situ, esto es, que los libros no se pudieran prestar, y que los documentos estuvieran sólo a disposición de los investigadores o especialistas.
Antes habría que catalogarla. Otro tanto habría que hacer con el archivo.
La biblioteca es fundamentalmente de poesía. Casi cincuenta años la contemplan. Y los que sigan, que espero que sean todavía unos cuantos. Está formada con criterio y lo imprescindible de estas últimas décadas está, según creo, presente en ella. En ese sentido, es única. Exijo, cómo no, preservar su unidad. Abundan las primeras ediciones y los libros dedicados. Hay, además de libros, revistas y otros documentos impresos.
En un momento dado, tras una conversación con el editor y librero sevillano Abelardo Linares ―alguien con una amplia experiencia en este campo, con trabajos realizados para la Biblioteca Nacional o las Fundaciones Francisco Brines y Carlos Edmundo de Ory―, éste se ofreció a tasar ese legado, lo que al cabo hizo. No es eso lo importante. Conviene no olvidar aquellos versos que puso Antonio Machado en boca de Juan de Mairena: «Todo necio / confunde valor y precio».
En su informe escribe: «La biblioteca de Álvaro Valver­de (…) es la biblioteca de un poeta y escritor contemporáneo muy vinculada con muchas personalidades del mundo de las letras y con un exigente criterio lector que hace que los libros reunidos por él tengan un especial interés, además de que muchos de ellos están dedicados por los autores.
Una biblioteca de estas características es siempre una biblioteca única, gracias a las piezas aporta­das por la zona de archivo, es decir, fundamentalmente los epistolarios y originales incluidos, pero también por los libros que la forman».
Ha de quedar claro que una biblioteca así no me representa sólo a mí, sino a todos los escritores que la componen. Habla, pues, de la poesía en general. De la extremeña, singularmente, aunque su alcance va mucho más allá y las traducciones de poesía extranjera sean numerosas.
Se contempla en el proyecto que a esa biblioteca se deberían ir incorporando los libros que tengan relación con mi poesía. Y los libros que vayan, ya se dijo, llegando.
En el citado documento, se explicita quienes son mis albaceas literarios: mi mujer, mis hijos y los escritores y amigos Jordi Doce Chambrelan y el citado Juan Ramón Santos Delgado, que tanto ha hecho ―vuelvo a recalcarlo―, en su condición de funcionario, por que este proyecto se haya podido hacer realidad.
Si llegara a buen puerto, la biblioteca debería convertirse en un centro de irradiación y defensa de la poesía. Podrían programarse ciclos de lecturas, pongo por caso. O visitas de poetas de reconocido prestigio. No en vano Plasencia es una ciudad de la poesía. Y de poetas. Los últimos, los de la que nombré como  «plaga lírica». Con todo, la historia nos lleva muchos siglos atrás. Aquí, en fin, se han celebrado actos poéticos que lo subrayan: el Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y Galán» o «Centrifugados», por poner dos modelos de excelencia.
La casualidad ha querido que este acto coincida con la publicación de mi poesía reunida, Territorio, que agrupa los libros que he publicado entre 1985 y 2025, esto es, toda una vida. Aprovecho para informar de que lo presentaremos el próximo 25 de abril, sábado, a las 12 del mediodía en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, actual sede de la Escuela Oficial de Idiomas y del Centro de la UNED.
La propuesta ha sido aprobada legalmente en una sesión de pleno por el Excmo. Ayuntamiento y hoy llega a su culminación con esta firma pública. Sólo cabe esperar que esa ansiada biblioteca se inaugure y pueda albergar, en una de sus salas, mi humilde legado literario".



La pobre poesía y el Día del Libro


Hoy, Día del Libro, quiero defender desde este rincón a la pobre poesía. La que viene desde lo más remoto, desde lo primitivo. Desde que los seres humanos que piensan (o casi) existen. La que resiste al tiempo por ser machadiana "palabra en el tiempo". Y al espacio: porque es un lugar habitable. 
Aunque pasa por uno de sus mejores momentos, al menos en este país llamado España, sigue siendo ninguneada, cuando no objeto de desprecio. En algunos suplementos, por ejemplo, que evitan las reseñas de libros de poesía. En La Lectura, del diario El Mundo. O en Babelia, de El País, que sin llegar a tanto, renegó hace mucho de la crítica regular de obras líricas, y eso que hasta se llegaron a publicar poemas en sus páginas. 
El Cultural (ahora en El Español) y Abc Cultural mantienen esa sección. El primero, con cuatro críticos de poesía entre sus colaboradores habituales y una página semanal dedicada a ese tipo de libros. Loable. 
También, entre otros, periódicos como La Vanguardia (y Cultura/s, que dirige Sergio Vila-Sanjuán), Heraldo de Aragón (y Artes & Letras, dirigido por Antón Castro), Córdoba (y Cuadernos del Sur, a cargo de Rafael Romero Castillo), El Norte de Castilla (y La sombra del ciprés, que dirige Carlos Aganzo), Hoy de Extremadura (y Trazos) o El Correo (y Territorios, coordinado por Teresa Abajo) mantienen su atención a la poesía, a pesar de que venda muy poco, si se compara con la narrativa, y apenas merezca, como decía, el seguimiento público. Ella, ay, sólo tiene lectores. Pocos. Bueno, mejor no entrar en detalles tras el demoledor informe de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), siendo las librerías nuestras mejores aliadas. 
Sí, es triste, cuando no indignante, que se seleccionen 50 o 100 o 1.000 libros (que si del siglo, que si de la década, que si del año) y sólo sea elegido uno de poesía (caso reciente de Babelia en sus recomendaciones para este Día) y más por cierto revuelo mediático muy bien llevado que por otra cosa. Al ser una antología de poetas jóvenes, toca a varios. Bien está.  

(Nota. La fotografía es de Carlos Medrano.)

22.4.26

Carta de Cáceres


Con el tiempo le ha ido perdiendo uno afición a las crónicas de pequeños actos públicos en los que participo, tanto da que como espectador, acompañante e incluso protagonista. Un "Iré a tu blog, que comentarás lo de ayer", leído en un mensaje tempranero de Pureza Canelo, y una pregunta al respecto de Carlos Medrano, que ayer mismo se interesaba por el esperado relato, me ha activado de nuevo. Y sí, el pasado jueves estuvimos en Cáceres, en el salón de la Biblioteca Pública del Estado (gracias por la hospitalidad, Teresa), para presentar Territorio. Poesía reunida (1985-2025)
Tomaron la palabra, además de Jesús María Gómez y Flores (Norbanova organizó la velada, siempre al quite, siempre ahí), Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Es conveniente ir debidamente escoltado a estas ceremonias literarias, por personas que conocen bien lo que lo que has hecho y con la debida solvencia para explicarlo. Si de paso valoran positivamente eso, mejor aún. 
Lama ejerció, como estaba previsto, de filólogo y, con la debida naturalidad, de profesor universitario, que es lo que es, como se dice ahora. Sus incisivos comentarios, sus fundamentadas pesquisas y sus puntualizaciones memorialísticas justificaron de sobra su presencia. Por otra parte, fue el verdadero impulsor de esa velada. Me conoce de sobra, y lo que he escrito. Nunca, eso sí, dejan de sorprenderme sus hallazgos y reflexiones. 
Irene recurrió también a la memoria y de su mano nos fuimos a mi lectura pacense en el Aula Díez Canedo, a la que ella asistió siendo muy joven. Sus evocaciones, su punto de vista sobre cómo uno es (siempre se agradece esa visión "desde fuera") y, en suma, su lectura ratificaron que hice muy bien en contar con ella. No en vano compartimos territorio. Encontrar un poema inédito suyo, "Dolor", en el último número la revista Anáfora, me anima a creer que por fin nos dará pronto un nuevo libro.
Tras leer una página que iba a ir en la edición del libro y que al final dejé fuera (en parte me arrepiento), la del capítulo de los agradecimientos (no se llega solo a ningún sitio), iniciamos una conversación. Fue larga (dentro de lo que cabe), pero como es lógico muchas cosas se quedaron fuera. O se comentaron y luego no pudieron desarrollarse del todo. Nos centramos en la edición del volumen y en las decisiones que tuve que tomar y en el porqué de las mismas. Para terminar, leí un puñado de poemas, casi todos de asunto cacereño o relacionados con esa ciudad donde uno empezó a pergeñar versos, donde estudié y trabajé. La natal de mis nietas, que también acudieron. Sólo un ratino, lo justo para que al abuelo se le cayera la baba.  
Lo mejor es que pasamos un buen rato, y hasta nos reímos. La solemnidad no es lo mío. Lo nuestro. Nada como prescindir de la cara de presentación, la que aparece indefectiblemente en las fotografías de este tipo de actos, reflejada en los rostros de los asistentes. Al parecer grabaron lo que dijimos. Demostrará ese registro que no miento. 
Estuve muy bien acompañado en la mesa, ya se dijo, y en la sala. Cada vez es más difícil reunir a un grupo de personas en torno a un libro. No fue el caso. 
Al fondo, una vez más, con su puesto ambulante de libros, Antonio, de El Buscón. Gracias. Firmé unos cuántos ejemplares. Ojalá eso compensara la visita. Sentados, los demás. Amigos, conocidos, saludados... De la familia -además de Yolanda, Leticia y Carlitos-, mi prima Saluqui. Y lectores, que es lo que importa. O escuchantes, que también. Cuenta cada presencia y pierden valor las ausencias, justificadas algunas. Todos tenemos nuestro corazoncito, sí, y algunas fueron llamativas, pero... Jeremiadas, las justas, y por eso, ninguna. Allá cada cual. Como tituló Cristina Núñez en el HOY: "En esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde es un loco". Y por cuerdo me tengo. Ya lo dijo Mendoza el otro día en Babelia: “La vanidad es el enemigo: una forma de llegar a necio dando un rodeo”. 
Tomamos después algo en el Zeppelin (Malama, Bernal, Irene, su encantadora hija Ana, Joaquín Paredes y Yolanda) y vuelta a casa. El problema, ya allí, fue dormir.

(Nota: la fotografía de de Jorge Rey para el diario HOY.)

20.4.26

Presentación en Plasencia



Decimonónica

De Salas (Madrid, 1999), ya sorprendió con Los reales sitios, un libro de calidad ineludible. Pagaba, según su editor, Unai Velasco, “los peajes que se le piden al poeta: singularidad, presencia en el mundo y articulación de la lengua”. Vuelve a apostar por él y el salto adelante impresiona. Alude en su nuevo prólogo a la poesía poética y a “la estética marica” que lo vertebra, menciona a Álvaro Pombo y resalta su “cumplida dimensión epopéyica” en torno a la historia decimonónica española de la época de Isabel II (con obras de ingeniería como el canal que lleva su nombre y guerras carlistas), siglo al que este libro remite sin renunciar a la modernidad y, lo que considero más importante, a hacer avanzar la poesía por caminos no transitados.
Consta de siete partes. La primera se centra en el citado cauce artificial, a partir de textos de Severino Bello, “el ingeniero”. Ya se aprecia ahí la originalidad del proyecto lírico (léase “El curso alto”) y una voz sólida que no parece, paradójicamente, lírica. El lenguaje documental y técnico se transforma con naturalidad en poesía y el formato soporta el uso de la prosa, del versículo o del verso, digamos, tradicional, que domina y cincela para darle aspecto de sentencia. Tanto da que en el poema extenso como en el breve. En la deliberada clasicidad o en la arriesgada experimentación (como en “Arbre magique”). El oído siempre disfruta.
También pronto comprueba el lector que De Salas no le hace ascos, al revés, a la transgresión y al desenfado, al juego y al humor (así, en “El ancho ibérico”), hable de amores, de política, de trenes, de ciudades o de arquitectura (lo que me ha recordado al Aníbal Núñez de Alzado de la ruina o al Ferlosio hidráulico). Tampoco a la experimentación, como en esos poemas que fluyen como sólo un río sabe hacerlo, sin atender a la puntuación ni a otra cosa que no sea ritmo y discurso, o al usar el fanfic. No se sale indemne de El siglo. Turba.
 
Juan de Salas
Ultramarinos, Barcelona, 2025. 160 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.