27.10.20

Lo último de Glück

Una vida de pueblo
Louise Glück
Traducción de Adalber Salas Hernández
Pre-Textos, Valencia, 2020, 180 páginas. 20,00 €
 
La concesión del Nobel a Glück (Nueva York, 1943), “por su inconfundible voz poética que con austera belleza universaliza la existencia individual”, celebra el fervor de la poesía.
Por suerte para el lector español, tenemos al alcance sus libros: El iris salvaje, Ararat, Las siete edades, Averno, Vita nova y Praderas. Ahora, Una vida de pueblo, traducido por Adalber Salas, un nombre más que añadir a la saga de poetas que han vertido sus versos al castellano con solvencia. Acaso es él quien subraya con pertinencia el “sutil ojo irónico” y la “dicción afilada” de la norteamericana.
El título de la obra es elocuente: la vida y el pueblo. Sí, de eso va este libro. Empezando por el final, no le importaba a Glück que calificaran su poesía de “agropecuaria” (como hubiera ocurrido aquí). Para seguir, la vida, ya sea en el campo y la naturaleza o en la ciudad, es sólo eso: vida. Plural, cabe precisar, porque, a pesar de su tono autobiográfico (que afecta a toda su poesía), son muchas las voces que se entrecruzan en estos poemas, casi siempre extensos, muy cinematográficos, compuestos por versículos, genuinos y claros relatos jaspeados de tensión lírica, sin apenas metáforas.
Desde el principio, la ventana, un sitio para la contemplación: “En la ventana, no el mundo, sino un paisaje enmarcado / que representa el mundo”. Desde donde observar el cambio de las estaciones, “abstracciones de las que provienen placeres intensos / como higos en la mesa”. Y allí, lo cotidiano. Primero, ver (montañas, por ejemplo); luego, escuchar (“grillos, cigarras”); y por fin, oler: “aroma de limoneros, de naranjos”. Pero cuidado, no estamos en el paraíso: “Nadie entiende realmente / la ferocidad de este lugar”.
En los poemas, gente que permanece o que se va e inexorablemente vuelve (“siempre lamentarás algo que dejaste atrás”) mientras el tiempo pasa: “A mi entender, te sale mejor quedarte; / así los sueños no te hieren”. Y hombres (que beben, queman hojas, callan) y mujeres: “Están solas en la fuente, en un pozo oscuro. / Han sido exiliadas del mundo de la esperanza, que es el mundo de la acción”. “En el café”, un personaje (todo un prototipo) “se va” y “las mujeres quedan devastadas”. “Saben que ese hombre no existe”. “Escuchará durante horas”. “Entra en su vidas como se entra en un sueño, / sin voluntad, y vive allí como se vive en un sueño, / por largo que sea”.
Una “se retirará a ese mundo privado del sentimiento / en el que entran las mujeres cuando aman”. Otra “está mortalmente harta de su vida / y necesita silencio”. Aquélla confiesa que “él trata de convertirme en una persona que nunca fui”. Mujeres que cocinan y envejecen: “Cuando miras un cuerpo, ves una historia. / Una vez que ese cuerpo ya no es visto, / se pierde la historia que trataba de contar”. Buenas vecinas que tienden la ropa (“Un día cálido”) o quieren vivir junto al mar (“Marzo”).
En el verano, omnipresente, donde “la vida se pudre en el calor”, sucede casi todo. Lo bueno (nadar en la cantera, sentarse junto al río, ir de picnic, charlar sobre el sexo y el matrimonio “ideal” de los padres, pasear por la noche...) y lo malo, por más que las pasiones transcurran “hondas en el interior”. Porque “el mundo más allá de la noche sigue siendo un misterio”. Sí, “hay un camino que no puedes ver, más allá del alcance del ojo”. Y ahí, la poesía, “para abrirle un espacio a la luz”.
Misterios como ese “pacto con la muerte” que hace nuestro cuerpo “para nacer”: “desde ese momento, lo único que intenta es hacer trampa”. Léase “Encrucijadas” y “Un trozo de papel”.
Hay una serena desolación, mucha tristeza, en estas vidas apegadas a la tierra: “así es toda la naturaleza, inútil y amarga”. En “Murciélagos” leemos: “Una terrible soledad rodea a todos los seres que / confrontan la mortalidad. Como bien dice Margulies: la muerte / nos aterra a todos hasta el silencio”.
Termina el libro con el poema que le da título. Allí, contra la oscuridad y la incertidumbre, la luna “sobre la tierra”: “Si hay una imagen del alma, creo que es ésta”.

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.

23.10.20

Citas varias


«No sabría editar para vagos. No podría pensar en no cansar al lector. Yo quiero abrirle puertas incomodando si hace falta. Eso es lo que hace la alta cultura. Lo siento, pero no todo es cultura. La Comedia de Dante o un edificio de Álvaro Siza no son lo mismo que un plato de judías con butifarra. Aunque esferifiques las judías. La cultura no es un más difícil todavía. Es lo que te puede cambiar la vida o indicar un camino. Lo que decide la cultura es la calidad, no los votos. Puede ser democrática, pero requiere esfuerzo. El mundo editorial es como el del turismo: puede ser de botellón o de calidad. Salvar la cultura es salvarnos como lectores». Sanda Ollo, directora y editora de Acantilado.


«Lo único que tengo claro es que mi poesía personal es un fracaso. Y respecto al momento por el que atraviesa el mundo, me interesa la lección que nos dejó Homero. Él habla de los seres humanos como si estuvieran de pie en el tiempo, de espaldas al futuro, de cara al pasado. Quizás ésta sea una orientación más verdadera.
-Pero la tentación es siempre mirar hacia adelante [añade Antonio Lucas].
-Esa es la tentación, pero no tiene por qué ser el camino». Anne Carson, poeta.



«Hay que hablar y escribir claro no ya para ser comprendido, sino para ejercer la claridad del pensamiento, que es inseparable del activismo práctico». Antonio Muñoz Molina, escritor.


«... se puede sin duda cobrar más que siendo maestro, pero no ser más... ni mejor». Fernando Savater, pensador.


«"Verdad dice quien dice sombra” (Wahr spricht wer Schatten spricht) había escrito Paul Celan en su Schwelle zu Schwelle (De umbral en umbral). Esa distancia entre la realidad y el lenguaje, mediada en Celan por el decir, nos sitúa ante una sombra que la poesía hace suya, es su territorio y su lugar de intervención. Recorrer la sombra, intentar desde la palabra nombrar/decir su verdad, tensamente, sin resolver nunca la distancia, tal es el territorio del poema, su lugar natural». Francisco Jarauta, filósofo.


«Basta. Interrumpo la escritura. Otra vez un mensajero con más libros. ¿Por qué se escribe tanto, se publica todavía más y se lee tan poco? Ellos son los responsables de mis digresiones. ¿Y por qué tanto escritor desconocido por mí me dedica su libro siempre con admiración, amistad y un gran abrazo?» Juan Antonio Masoliver, poeta y crítico.

Nota: La ilustración es de un cuadro de Laurence Winram.

19.10.20

De Angelou y Pérez Montalbán

Maya Angelou
Traducción y prólogo de Nieves García Prados
Valparaíso Ediciones, Granada, 2019. 332 páginas.
 
La norteamericana Angelou nació en San Luis, Missouri, en 1928 (murió en 2014) y se llamaba en realidad Marguerite Annie Johnson. Era afroamericana. Tuvo una vida intensa de la que da fe no sólo su poesía, sino además siete volúmenes autobiográficos. Hija de padres divorciados, fue violada cuando era niña (por el novio de su madre, luego asesinado). Su hermano y ella vivieron su infancia entre la casa de la abuela paterna en Arkansas y la de la madre. Estuvo seis años sin hablar. A los diecisiete, trajo al mundo un hijo. Trabajó como conductora de tranvía, prostituta y proxeneta. Tras su primera boda con Tosh Angelos, se dedicó al show business como cantante y bailarina. Pronto conoce a M. Luther King y se convierte en miembro selecto del Movimiento por los Derechos Civiles. Viaja a África como pareja del activista sudafricano Vusumzi Make. Después de publicar en 1968 su primera autobiografía, todo cambia. En 1972, su primer libro de poesía es nominado para el Pulitzer. Un año más tarde se casó con Paul Du Feu. Vinieron después años de éxito y fama. Basta con consultar la Wikipedia para hacerse una idea de hasta dónde llegó. Fue la elegida por Clinton para leer un poema en su toma de posesión como presidente o por Oprah Winfrey para celebrar su medio siglo televisivo.
Si cuento, resumidamente, todo esto es porque su poesía es inseparable de estas circunstancias; otra suerte de autobiografía, pero en verso. Con música, diría. De blues, naturalmente. Poemas sencillos, efectivos y claros para ser leídos en voz alta (así consiguió tres Grammy). Hímnicos y con gran sentido del ritmo y la naturalidad. Inherentes a su condición femenina. ¿Sus temas? La conciencia de clase, la libertad, la igualdad y el humanismo; la negritud, ya sea la africana o la del profundo Sur, de procedencia esclava; las mujeres y los hombres, a los que conoció bien (su sexualidad, por ejemplo); la soledad y la familia; su país (léase “Arkansas mía” o “Una canción de Georgia”); y, en fin, la inevitable resiliencia de alguien que ha vivido mucho y peligrosamente, pero sin miedo, con autoestima, tal como narra en poemas (como “Mujer extraordinaria”) sustentados en la memoria. Poblados de gente corriente, por cierto.
Puede que esta poesía gane en la corta distancia antológica, pero es destacable el esfuerzo de Nieves García Prados para verterla con la debida solvencia poética al castellano.

Vikinga
Isabel Pérez Montalbán
Visor, Madrid, 2020. 92 páginas.
 
Pérez Montalbán (Códoba, 1964) consiguió con Vikinga el “Ciudad de Melilla” (sí, el mismo que ganó Loreto Sesma) y el año pasado, también en Visor, reunió una muestra de sus versos en El frío proletario. Antología 1992-2018.
Se la considera “iniciadora de la poesía de la conciencia”, una corriente que, según Prieto de Paula, agruparía obras que “se basan en la insubordinación al statu quo socioeconómico (neoliberalismo, enajenación consumista) y a la clasicidad anestésica de la literatura”.
Las citas iniciales abren el camino a un discurso inequívocamente político (qué no lo es).
Nacida en el barrio cordobés de Los Vikingos (“miseria del ensanche”), su “conciencia” es de izquierdas. Pretende ser entendida y a la ácida y desgarrada claridad de su poética se unen unas notas que, para aunar poesía y mundo, generarían “un relato plural” en torno al “intertexto”.
El concepto arquitectónico del “alma de la viga” le sirve para apuntalar “la resistencia humana ante la adversidad”. Y desde el primer poema, la violencia, el abuso. En la infancia, en “la casa, nunca hogar”.
IPM utiliza un lenguaje áspero, poderoso y veloz que le sirve para expresar con toda su crudeza (más que mero expresionismo) lo que cuenta: “O resisto o me mato”. Este es el tono. El de “Yo, punto. Y yo y yo, pero también los otros”.
En el vocabulario, palabras clave como desahucio, pobreza, subsidio, basura, huelga, paro, hipoteca… Poemas como “Calle Torremolinos” o “Las liendres” responden al verso de “Divina poesía”: “Yo no quiero metáforas, metonimias ni símiles, ni poetas de patio de butacas”. El poema, diría Sanz, como “piso de protección oficial”. Contra quienes “escrituran patrañas” sin “sustancia”.
Ni aprendimos ni aprendemos, dice. En Crimea, Siria, Colombia o Ruanda. Denuncia el asunto de las cunetas españolas, la crisis griega o la catástrofe de Chernóbil. Cita a Anguita: “Hemos perdido la guerra, sin duda”. Y repite la frase de El Padrino: “No es nada personal, solamente negocios”. Por momentos, el libro podría pasar por un manifiesto del que un votante de Podemos sería su lector ideal. Le salva su lenguaje. Y la ironía, que se abre paso en “Éramos tan felices” (“Felices no, cabrones sin escrúpulos”) o en “Apolítico” (con epígrafe de Žižek).
“El amor, ese gran tema” toma la tercera parte del libro. Acaso la más cálida. En “Pobre amado mío”, “Ritornello”, “Mio amor” o “Pérdida”. “Y el amor –que no existe– no es bastante”. 

Nota: Estas reseñas de los libros de Maya Angelou e Isabel Pérez Montalbán se han publicado en El Cultural

18.10.20

Los artículos de Aramburu

Después de confesar que no leía diarios, el cascarrabias de Juan Ramón Jiménez dijo en una entrevista publicada en la revista colombiana Cromos en 1925: "Siento positivamente que los escritores caigan en el periodismo que es pozo del arte". No, ni siquiera los genios aciertan siempre. Para demostrarlo está Utilidad de las desgracias, de Fernando Aramburu (San Sebastiáan, 1959), que publica Tusquets, cuyo prólogo, "Antes que se me olvide", viene encabezado, no obstante, con la inquietante pregunta: "¿Me equivoco al asociar el articulismo con la literatura? La respuesta, como bien dice, es no, no se equivoca, siempre y cuando no estemos hablando de "cualquier literatura" ni, en rigor, de periodismo. Él es un escritor que escribe en los periódicos, cabe matizar. Y con la misma voluntad de estilo que caracteriza toda su obra; un rigor y una exigencia apreciables y apreciadas por cualquier lector. 
En este libro reúne casi todos los artículos que publicó en El Mundo entre 2017 y 2018, a lo largo de ochenta y una semanas y que conformaron la serie "Entre coche y andén". Siempre en domingo. Estaban ilustrados por Gabriel Sanz, que se encarga con "destreza admirable" de la cubierta. 
La selección fue asumida por su editor, Juan Cerezo, así como la clasificación por temas y su consiguiente designación. También eligió el título, que es el del último artículo de la muestra. Creo que acierta en todo y no me extraña el incondicional "visto bueno" del narrador.
Siete con las partes a que aludimos: "Recordar una vida", "No olvidar el dolor de los demás", "Disfrutar del presente", "Entregarse a un oficio", "Apasionarte con la lectura", "Creer en la educación" y "Extraer algunas certezas". Si han leído al vasco, comprobarán que estos rótulos lo describen. A él y a su filosofía de vida. Los títulos de los artículos tampoco llaman a engaño. Nada en la extensa obra del autor de Patria lo es. Si por algo se caracteriza es por su coherencia y por su honradez, algo que se deduce al leer con la calma debida estos textos. ¿De qué tratan? De la infancia, de los estudios, de la familia, de su ciudad natal y del País Vasco, del terrorismo, de Zaragoza, de su otra patria: Alemania y de "la guapa", de la bondad y el perdón, del fútbol, del oficio de escribir, de la lectura y de la literatura, de la novela y de la poesía, del estilo, de la educación... Entre la amenidad, bien entendida, y la reflexión, Aramburu va desgranando no pocos asuntos, siempre apegados a la realidad, consciente de que publica en un periódico y, ya se dijo, para todos los lectores. 
El propio autor lo resume muy bien en una entrevista publicada en El Cultural: "Ofrezco al lector las reflexiones de un hombre que piensa por libre, ama las humanidades, confía en la educación, reprueba la violencia, colecciona y agradece los pequeños placeres". 
Uno, que siguió con fervor y puntualidad aquellas entregas dominicales, las ha vuelto a leer y no parecen las mismas, a pesar de que lo hice en papel y no sobre una pantalla. Misterios de la letra impresa. Sí, un libro es un libro, aunque esto parezca una ocurrencia del inolvidable Rajoy.
Para muestra, y por lo que a uno le toca (aunque sea otro de los capítulos, "Necesidad de poesía", el que me "toque" más por aquello de que se ocupa de lo poético y, entre otras cosas, de su lectura madrileña de El cuarto del siroco), este botón. Así empieza "¿Qué es un genio?", precisamente. 
"Ejercí la docencia no sin ganas, aunque es un oficio que cansa y desgasta. Llegas a la jubilación, si es que llegas, peor que baldado y ni Dios te lo agradece, A lo sumo, ves, pasados los años, a un expupilo por la calle, apenas reconocible de estatura y de facciones, y te saluda sonriente. Algo es algo". 

16.10.20

Juventud en Gijón

Treinta años y treinta títulos resumen la andadura de los cuadernos "Heracles y nosotros", que edita en Gijón (una primorosa tirada no venal de doscientos ejemplares numerados) Nacho González, autor, por cierto, del número 29: Cuaderno para un confinamiento, mucho más que un puñado de versos a cuenta del maldito encierro que hemos padecido meses atrás. El 30, puedo añadir, reúne diez sonetos (en la mejor tradición clásica) de Luis López Suárez (que vive en Castropol) bajo el título Ocho sonetos fúnebres (los otros dos corresponden la prólogo y al epílogo), de una emotividad lograda sin recurrir al patetismo, algo difícil si uno escribe acerca de la muerte de su amor. Pues bien, es el 28, Carta de marear, de César Iglesias, el que comentaré con más detenimiento. 
Fui uno de los sorprendidos al leer Lengua del duelo, su ópera prima, que vio la luz en 2016, cuando el poeta contaba 55 años de edad, lo que no es habitual en un principiante. "Una ética de la tristeza" titulé mi reseña. Publicó el año pasado Suena la nieve y volvió uno a ponderar su poesía, que llega al lector "a través de un lenguaje áspero, simbólico, tan contenido e intenso como doliente y preciso". 
Iglesias nació en Mieres en el 61 y vive en Oviedo, pero en una entrevista que le hizo hace poco José Luis Argüelles para La Nueva España (donde aquél trabajó como periodista) afirmaba que "su carácter se formó en Gijón en la década que transcurre entre las postrimerías del franquismo y el primer lustro de los años ochenta, cuando se consolida la Transición". De esa época dan buena cuenta los "22 poemas recuperados (1978-1984)", como reza el subtítulo, la de su adolescencia y primera juventud, agrupados ahora en esta plaquette que, en realidad, no deja de ser un libro breve que incluye ilustraciones del pintor Melquiades Álvarez y del diarista y fiscal Avelino Fierro, así como evocadoras fotografías de José Carlos Díaz. 
En la citada conversación con Argüelles (también poeta, por cierto), confiesa que "es un homenaje privado a la ciudad que conformó mi carácter, y destinado a amistades que también fueron protagonistas y testigos de aquel Gijón". Pero es en un hermoso texto en prosa que antecede a los poemas, "Cartografía menor", donde mejor expresa sus propósitos. "Hasta que arribamos al Gijón-Xixón luminosamente gris a finales de los años sesenta del siglo pasado yo era un habitante de ningún sitio". Un crío de "familia nómada". Cuenta que el asma ya le había llevado de niño a la playa gijonesa, veraneos que se alternaban con estancias "secas" en la provincia de León. Como todos (o casi), "en el tránsito de la adolescencia a la juventud me convertí en un extraño en la vida", lo que suele ir aparejado al ejercicio de la poesía, esa suerte de tabla de salvación. "Fue un tiempo de descubrimiento". De "la amistad, la política, la literatura, el cine, el arte, la música, el sexo y el amor". Los restos de aquel bello naufragio estaban guardados en una carpeta azul que "la persistencia de Eugenia en el amor" logró preservar más allá de "mudanzas y derrotas". "Del largo centenar de poemas, han sobrevivido veintidós, sometidos a las exigencias de quien ahora soy". Aunque el "latido emocional" permanecía, "el estilístico exigía cierta cirugía". 
Vaya por delante que el resultado no se queda en un mero ejercicio de nostalgia. Lo que leemos en Carta de marear son poemas que se sostienen como tales sin necesidad de recurrir a los vaivenes de la biografía. Distintos, sí, de los que hemos leído en sus dos libros, pero no por eso, insisto, muestras de vana retórica sentimental. Emociones y sentimientos hay en ellos, sin duda, pero ni menos ni más que en la mayor parte de los versos de cualquiera. 
Lo que a uno más le ha llamado la atención, por encima de esos logrados heptasílabos que con cadencia hipnótica seducen al lector, es la visión de una ciudad y, ya allí, del desnortado muchacho que la habita. Para los que amamos a Gijón, la suerte es doble. 
La señardá, esa forma norteña de la melancolía, lo tiñe todo. A las personas (algunas de ellas malogradas por culpa de la droga) y a los lugares: L'Atalaya (donde lee "L' infinito" de Leopardi), el muelle del Formentín, las calles de Cimavilla (que uno siempre ha nombrado Cimadevilla), el Campu les Monxes, la Punta de Liquerique, Los Mareantes, El Muro... Y el bar Escocia o el Islandia. Y el cine Brisamar y el Paradiso. Y el astillero. 
"Nadie nos avisó / de que somos los náufragos", escribe, lo que nos lleva indefectiblemente al mar ("en las olas escribo") y a los marinos de esa ciudad varada a orillas del Cantábrico. 
"Ser maldito no renta / si de la vida hablamos", leemos en el poema 17, el de "al volante del Seat, / ebrio y desesperado, / camino de Cabueñes", que nos recuerda al Pessoa del Chevrolet por la carretera de Sintra. O por la de Deva, donde tres amigos encontraron la muerte.
Sí, Gijón ("A esta ciudad me debo / a su brea insumisa / y al Nordés de sus calles, / donde la resistencia  a tanto sufrimiento / es hermosa y más cierta"), esa atmósfera: "este es nuestro paisaje / con sus desolaciones / de tarde de domingo". El de, por ejemplo, la estación de autobuses, a la entrada, "siempre tan gris, tan Alsa". 
Quien deambula por la ciudad (una ciudad que es todas las ciudades, ya se sabe) es un muchacho confundido que acierta a balbucir cuanto le pasa y lo traslada, ya en forma de poema, antes que a nadie a él mismo. "Nos creemos felices / tal vez un poco eternos. / La lluvia y las mentiras / ocultan nuestro error". 
Un acierto ha sido rescatar del olvido estos poemas. Este "autorretrato con retoques", que diría Jesús Pardo, por más que, como recordaba aquí atrás Arcadi Espada: “La autobiografía no existe. Siempre es otro el que escribe de uno”. 
Hace bien en agradecer a algunos amigos el impulso y la lealtad para conseguirlo. Completan, a su manera, la obra, no por breve menos interesante, de este poeta asturiano que cierra el cuaderno con un sencillo poema de amor que estremece. 

Carta de Marear
César Iglesias
Heracles y Nosotros, Gijón, 2020. 32 páginas.

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.

10.10.20

José Manuel Benítez Ariza lee "Porque olvido"


No siempre es fácil distinguir un diario de lo que no lo es, y más en estos tiempos en los que tanto se prodigan, por la variedad de formatos y espacios de difusión disponibles, las colecciones de apuntes misceláneos de escritor, que no necesariamente conforman un diario propiamente dicho.
De ahí que lo primero que cabe destacar de Porque olvido (Diario 2005-2009) sea que efectivamente responde a lo que anuncia –y ello, a pesar de que se trata de una selección de entradas de un blog en el que también se publican reseñas y otros escritos más o menos circunstanciales–. En efecto, el poeta y crítico literario Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) logra, al entresacar de este blog las entradas más personales, las vinculadas a su vida familiar, a su trabajo como maestro de enseñanza primaria y a sus relaciones sociales y compromisos literarios, que este conjunto en principio no muy nutrido de anotaciones –apenas unas veinticinco páginas por año– se articule en torno a los elementos básicos que certifican la existencia de un empeño de escritura diarística: un relato autobiográfico hecho de recurrencias reconocibles, un logrado equilibrio entre narración y reflexión y una especie de pacto de confidencialidad dirigido al lector, incluso cuando éste sabe que el diario en cuestión se difunde por un medio público.
Y el caso es que Álvaro Valverde se presenta en su diario fundamentalmente como un hombre público. Como tal, se refiere a las importantes responsabilidades como gestor cultural que en su día asumió en su región, Extremadura, y de las que luego sería apartado por razones espurias. Y es también esa dimensión pública la que lo lleva con frecuencia a presentarse como ciudadano activamente interesado en los asuntos del día, no sólo culturales, e incluso a asumir una cierta posición de cronista del “resurgimiento cultural” que, en su fundada opinión, ha conocido su tierra, así como del empeño de su generación por lograr la “modernización literaria” de la región. “Quise ir de lo local a lo universal”, refiere en algún momento. Y no cabe duda de que su atención a la noticia menuda, su serena pero firme indignación ante ciertos desafueros locales –como los hay en todas partes– y su permanente reivindicación de lo que podríamos denominar la cantera literaria extremeña, de la que él mismo ha surgido, dan fe de que el poeta reconocido y premiado a nivel nacional que es Valverde se siente cómodo en su entorno literario inmediato y no desaprovecha ocasión de reivindicarlo. Dan cuenta de ello, por ejemplo, las numerosas semblanzas personales que  enriquecen este diario, muchas de ellas dedicadas a amigos que fallecieron en el espacio cronológico al que éste se circunscribe: el poeta y traductor Ángel Campos Pámpano, el también poeta y animador cultural Santiago Castelo o el editor Julián Rodríguez, entre otros.
Pero esta dimensión “pública” del diarista apenas lograría integrarse en un discurso de pretensiones confidenciales si no viniera respaldada por un retrato íntimo creíble. Resulta significativo, por ejemplo, que el activista del fomento de la lectura –Valverde lo ha sido y lo es– confiese haberse criado en un hogar humilde y con pocos libros; como lo es que quien reconoce un fondo de timidez en su activa vida social y literaria se corresponda con un paseante solitario y contemplativo y un hombre celoso de su intimidad, aunque no por ello escatime, desde una cierta discreción, unos pocos datos reveladores sobre su vida familiar, su entorno laboral, alguna que otra incidencia doméstica, etcétera. Igualmente, el retrato moral que Valverde ofrece de sí mismo no escatima al lector sus ocasionales desacuerdos con el entorno social y político en el que se desenvuelve –y al que debe algún que otro disgusto–, así como el eco amortiguado de viejas pero en su día sonadas batallas literarias en las que el hoy poeta ecléctico y crítico de amplísimas miras participó con ánimo militante.
Tal es el mérito de este diario: entresacar de una consolidada “bitácora”, muy ceñida a la crítica e información literaria en general, un convincente diario íntimo y poner en valor al personaje autobiográfico que lo sustenta, con sus idiosincrasias y contradicciones. Más o menos como todo el mundo.

Publicado en caoCultura

9.10.20

El Nobel de Glück


Hace unos días terminaba de leer el último libro de Louise Glück publicado en España, por Pre-Textos y en traducción de Adalber Salas Hernández: Una vida de pueblo. Pensaba escribir una reseña sobre esa emocionante lectura. Es, con "El iris salvaje", el libro de Glück que quizá más me ha gustado. Me he alegrado mucho por su Nobel. 
Este es el artículo de urgencia que me publica El Cultural sobre la poeta norteamericana.

LA ELEGANCIA DE LOUISE GLÜCK

Cuando no pocos lectores de poesía esperaban el Nobel para Anne Carson (o para Simic o Zagajewski, eternos aspirantes), el de este año turbulento ha ido a parar a la norteamericana Louise Glück, “por su inconfundible voz poética que con austera belleza universaliza la existencia individual”, precisa la Academia Sueca. Desde que lo ganara Szymborska en 1996, ninguna poeta lo había logrado.
El día 3 de junio de 2006 uno anotaba en el blog: «Mi último descubrimiento se llama Louise Glück (Nueva York, 1943). Su editor, Manuel Borrás, me recomendó hace unos días que leyera El iris salvaje (premio Pulitzer en 1993). Da gusto volver a encontrarse cara a cara con el milagro de la Poesía; sí, con mayúsculas». En efecto, a la ejemplar editorial valenciana le debemos los españoles el conocimiento de la poesía de Glück. Sucesivamente, han ido viendo la luz, además del mencionado, los libros: Ararat, Las siete edades, Averno, Vita nova, Praderas y Una vida de pueblo. Traducidos por solventes poetas: Abraham Gragera, Ruth Miguel Franco, Eduardo Chirinos, Mariano Peyrou, Mirta Rosenberg, Andrés Catalán y Adalber Salas.
Califiqué una vez sus poemas como «sutiles, elegantes, inteligentes, ligeros (por lo que parecen frágiles), magníficamente construidos, clásicos (y no sólo por la frecuente aparición del mito) y modernos a la vez, privados pero habitables que, tal vez por eso, dejan en silencio a este lector, perplejo ante tan sabia como sencilla verdad; ante la asombrosa presencia de un mundo donde el matizado brillo de la luz importa tanto como la equilibrada oscuridad de la sombra».
Ya que mencionamos la mitología (que usa como “máscaras de un yo en transformación”, según Anders Olsson), en Averno, la clave está precisamente en un mito griego: el de Perséfone. Ahí, «un conjunto de admirables poemas que aúnan, como es característico en la reconocida poeta norteamericana, la hondura y la claridad, la pasión y el sosiego, la realidad y el sueño, el cuerpo y el alma, la vida y la muerte. Poemas donde la memoria bucea en el mar del olvido de donde emerge la niña que fue y la infancia que tuvo. Madres e hijas. La errante Perséfone».
Los poemas de Praderas, por su parte, siguen un doble patrón, clásico también. De una parte, relacionado con los personajes odiseicos de Penélope y Telémaco (y de Ulises y Circe); de otra, por las “parábolas” que contiene.
En los poemas de Telémaco, alude a su desapego, sus remordimientos, su bondad, su dilema, su fantasía y su confesión. En los de Penélope, resalta su terquedad.
Más allá de este tipo de versos escritos mediante el recurso del monólogo dramático (habla de ellos, pero también de ella), destacan los que dedica al amor y al desamor, al matrimonio y a la pareja. La familia, no se olvide, ha estado en el centro de sus intereses. Y la infancia, cabe añadir. En “Nostos” leemos: “Miramos el mundo una sola vez, en la niñez. / Lo demás es memoria”.
Es evidente que estamos ante una poesía autobiográfica, pero que no por eso pierde de vista la universalidad.
No falta la sutil ironía, marca de la casa, y cierto, sereno desgarro. Todo, claro, desde la elegancia que caracteriza a esta mujer. Y la inteligencia. Y la sobriedad, en línea con la maestría de Dickinson.
El tono conversacional, incluso con fragmentos dialogados, dota a sus versos de esa genuina naturalidad a que nos tiene acostumbrada la mejor poesía estadounidense.
El último de los traducidos, de este mismo año, Una vida de pueblo, puede ser, junto a El iris salvaje, tal vez la mejor manera de iniciarse en su lectura. El que acaso justifique mejor el porqué de su Nobel. La claridad impera en esta suerte de relatos protagonizados no sólo por la autora y por la naturaleza que la rodea, a la que no teme describir o nombrar como si de un personaje más se tratara, sino también por los habitantes del que podría ser cualquier pueblo de la América profunda. Y allí, el verano. Y la juventud al lado de un río. Y el inexorable paso del tiempo que la hace recordar aquella vida pasada con la melancolía que hace al caso. La vida, el amor y la muerte.

Nota: Este artículo se ha publicado en El Cultural.
La fotografía es de AP/Michael Dwyer. Tomada de El Universal

8.10.20

Galería

Publico, con el tácito permiso de los retratados, una galería fotográfica de la presentación en la Feria del Libro de Plasencia de "Porque olvido". Las imágenes fueron tomadas por Antonio María Flórez y Ricardo Arroyo. 
En dos palabras. mil gracias a los que acudisteis y, cómo no, a los que lo intentasteis. Algunos, me consta, estaban en espíritu allí.









7.10.20

Sin tiempo

Cuesta trabajo creer que el jurado que concedió, con todo merecimiento, a El reloj de Mallory, de David Hernández Sevillano (Segovia, 1977), el premio Emilio Alarcos estuviera presidido por el mismo poeta (al que, por otra parte, tengo en alta estima) que ese otro (compuesto por un poeta y medio) que regaló hace poco a Rafael Cabaliere el premio Espasa de Poesía (más conocido como Premio de Poesía Escasa). También que al primero le dieran 5.200 euros por un puñado de poemas que de veras lo son y al segundo 20.000 por una serie de ocurrencias (a la vista de lo adelantado). Sí, como le dijo Clinton a Bush: «Es la economía, ¡imbécil!». Yendo a lo que importa, tiempo al tiempo, reconozco que, una vez más, Hernández Sevillano vuelve a sorprenderme. Es lo bueno de la poesía, que si lo es de verdad, como hace al caso, te coloca de nuevo en la posición de salida, por libros que hayas leído y resabios que tengas. Me pasó la primera vez con El punto K y me vuelva a pasar ahora. De éste dice Ben Clark (prologuista de aquél) que "detiene el tiempo en la escalada hacia las cumbres de la cotidianidad". Y es que su título alude al "poeta de las montañas", como denominaron a George Mallory, montañero británico, jefe de cordada de una expedición al Everest que, en 1924, acabó en tragedia. La última vez que lo vieron, acompañado de Irvine, estaban a 8.500 metros, muy cerca, por tanto de la cumbre. ¿Llegaron a conquistarla veintinueve años antes que Hillary y Tensing? Lo cierto es que en 1999 hallaron su cuerpo y, entre otros objetos, su reloj. Sin manecillas. "Sin tiempo". 
En el primer poema, "El poeta", Hernández Sevillano nos dice que "Para escapar escribe. / Y a ratos por inercia / y acaso porque  hay cosas / que son inevitables / y a ratos porque solo en el poema / puede hablar a los dioses en su idioma / —quiero decir que escribe / como quien desenvuelve una oración—". Y que "Solamente hay un hombre a quien le cuesta / sostener la mirada de otro hombre, / que duda, que suplica". 
"Curriculum vitae", un poema central, se refiere a lo que ese hombre "no dice", "no cuenta", "se calla, "aún ignora"...
En "Monte Everest, 1924" leemos: "Todos hemos subido al Himalaya / en las botas de cuero de George Mallory". 
Supongo que a estas alturas de la reseña el lector ya habrá advertido que HS tiene un gran sentido del ritmo y que sus versos están poseídos por la claridad. No en vano escribe: "Somos luz y la luz a la luz tiende". Si leen el libro por completo, advertirán además un efecto sedante y una sensación de consuelo. Y una cercanía que se impone por el mero hecho de que quien escribe lo hace a pie de calle, digamos. Un hombre cualquiera en situaciones cotidianas, como atisbó Clark. Basta con leer "Agenda". 
Siempre hacia el cielo, hacia arriba (léase "Destinos"), "pero también / ¡hacia adentro, hacia el fondo!", todo un homenaje a JR. 
En "Quienes no", "los que aún son capaces de soñar / —escalar, besar, comer, volver a casa... —, / y los muertos". 
"Nuestros antepasados" es, en su aparente sencillez, es un hallazgo: "Hubo un tiempo, hace mucho, mucho tiempo / en que aún nadie había / subido al Everest". Ni se habían hecho otras muchas cosas más, como las que él relata. 
Con frecuencia, desde el primero, HS reflexiona en sus poemas acerca de la poesía; así, en "Relecturas" ("Al urdir el poema, al avanzar / como avanza al caminar la nieve", hermoso símil), en "Amanece ("por todo ello amanece, / por ello la poesía"), en "El poeta de las montañas"... Poesía, cabe precisar, que es inseparable de la vida: "Así la vida. / Por ver mejor, lo oscuro", leemos en "Lluvia de estrellas". 
En muchos poemas repite un esquema, lo que los dota de una gran efectividad. Repite, por ejemplo "si...", "por si...", "lo que el hombre...", "¿Qué...", "Promete..." (y "Prométeme...", en "Ruth", un poema dedicado a la viuda de Mallory, que fue madre de tres hijos), "Para...", etc. 
La segunda parte del libro (la que sigue a "El poeta de las montañas"), titulada "Mapas antiguos", se abre con un logrado poema de amor de igual título. Le siguen otros conseguidos también, como "Ocupaciones" o "Mañana de mercado" (con un giro que le aporta sorpresa: "Allí están todos / los hombres que no he sido"). Y unos cuantos de amor: "Instrucciones para hacerte sonreír", "Una palabra de más", Del otro lado. La hora de la siesta" y "Confusión". 
En "Orígenes": "yo vengo de la nieve". "Envidia" termina con "la vida" y "Frío" con "mi vida". 
En "Clases de inglés" están los hijos. HS acierta incluso cuando se atreve con las ocurrencias: en "Tíbet" o "Sin CTRL+Z". 
Se cierra el volumen con "Campamento base" y con estos versos: "Comprenderé, acaso, que la muerte / no es lo que nos contaron de la muerte, / como el amor tampoco / es aquello que oímos del amor". Y es cierto. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno

De Feria

 


26.9.20

Memorias de La Raya

Simón Viola (La Codosera, Badajoz, 1955), doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura, es uno de los más conspicuos estudiosos de la literatura escrita por extremeños y, hasta su reciente jubilación, profesor del Colegio Claret de Don Benito. Desde 2002, codirige el Aula Literaria Guadiana (de la Asociación de Escritores Extremeños) y fue coordinador durante años de un taller de escritura. Desde 2009, mantiene un blog: Notas al margen. Es autor, entre otros, de los libros: Medio siglo de literatura en Extremadura, La narración corta en Extremadura. Siglos XIX  y XX, Ficciones. La narración corta en Extremadura a finales de siglo, Cuentos extremeños de la generación de fin de siglo, Literatura en Extremadura. 1984-2009. Vol. II. Narrativa y Periferias. Ensayos sobre literatura extremeña del siglo XXTambién ha editado obras de Reyes Huertas, Francisco Valdés, Manuel Monterrey, Felipe Trigo, López Prudencio o Santiago Castelo.
Nos sorprende ahora con un libro de creación, Fronteras, muy bien editado por el Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz que dirige la sin par Antonieta Benítez. 
Tras cuatro epígrafes bien elegidos (de Hesiodo, Cercas, Peixoto y Landero), nos explica en la "Nota del autor" que el volumen no sólo reúne textos suyos, sino que incorpora páginas (no demasiadas, a veces sólo párrafos) de su padre, su madre y su hermana. No obstante, la unidad de tono está del todo conseguida. La voz predominante es una y en ella estriba uno de los principales valores del libro. 
Estas memorias, que no quiere que sean ni una elegía ni un homenaje, sólo "el pago de una deuda tal vez, el voluntarioso recuerdo de una vida y un mundo atractivos por su belleza intrínseca pero también por su caducidad", recrean, sí, con una intensidad y una precisión dignas de elogio, la dura existencia de sus antepasados: los campesinos extremeños de los que Viola desciende, que vivieron durante el siglo pasado en la frontera más antigua del mundo, La Raya, esa línea imaginaria que nunca fue capaz de separar a los españoles del lado de acá y a los portugueses del de allá, entre otras razones porque eran, más allá de los oficiales documentos de identidad, tanto lo uno como lo otro. Incluso en su lengua, mezcla del castellano y del portugués, como se puede constatar en este libro. Explica el muy citado Marc Badal (el de Vidas a la intemperie) que "somos los descendientes del campesinado. En sentido figurado y literal. Provenimos de un mundo que no hemos conocido y serán otros quienes nos cuenten cómo era. Los campesinos no pueden hacerlo. Han desaparecido y nunca escribieron su historia. Vivimos en el mundo que crearon. No podemos dar un solo paso sin pisar el resultado de su trabajo. Tampoco abrir los ojos sin ver el trazo de su huella. Una obra que es todo lo que nos rodea. Todo aquello que pensamos que es tan nuestro por el hecho de estar ahí. De toda la vida". Antes de que sea demasiado tarde, alguien debería fijar esas vivencias. Porque olvidamos. Porque tarde o temprano, si no lo han hecho ya, van a desaparecer. Ese es el noble empeño de este arraiano de corazón. Con todo, lo más llamativo no es tanto lo que cuenta (y con qué landeriano jeito, ese "dar lo máximo de uno mismo en lo mínimo que hace"), con ser de inestimable interés (más para urbanitas como uno), sino cómo está escrito. Desconocía esta virtud del autor al que, sin embargo, tanto hemos leído en su faceta crítica. Que nadie se llame a engaño, esto es literatura. Más que un simple ejercicio memorístico de un aficionado con pretensiones o el producto de un espabilado que quiere aprovechar la moda de la España vacía.  
Me resulta peculiar el uso de la tercera persona para relatar su testimonio. Le distancia de los hechos, es cierto, por más que la verosimilitud se imponga. Se nota a las claras que es más que un mero testigo. 
Con la imprevista muerte del padre comienza la narración. Se puede decir que es el verdadero protagonista de cuanto sucede, y ocurren muchas cosas. Viene después la minuciosa descripción del territorio en el que se desarrolla el relato. Porque "los campesinos no poseen -según Badal- una conciencia estética de la naturaleza". Porque "no veían el paisaje". En el centro, Valdecerillos, la finca de los primeros años del autor y ahora de su propiedad. Y al lado, Alburquerque. Y La Codosera, por supuesto. Más adelante, a la busca de una vida mejor, la familia se irá a vivir a La Roca de la Sierra. En esas tierras apartadas, lejos de todo, en medio de ninguna parte, un mundo. Con sus nacimientos, bodas, bailes, cantos, labores... Con abuelos, padres, madres, hermanos, tíos y primos, paisanos... Y el contrabando y los guardinhas y los guardias civiles. Las faenas agrícolas y las ganaderas. Y la caza. Las leyendas, las supersticiones, las curanderas... Los árboles (léase el capítulo "Los olivos), los pájaros y otros animales (los perros, sobre todo), las plantas... Los trabajos y los días, en suma.
También, entre personajes y anécdotas, entre la realidad y la magia, entre recuerdos y olvidos, la vida de un muchacho que se vio obligado a estudiar en un internado emeritense y que terminó el bachillerato en Badajoz. El hijo de unos padres (desde el 60 y ya en un pueblo, tenderos, aunque nunca abandonaran del todo las ocupaciones del campo) empeñados en que la dura supervivencia de alguien llamado a ser campesino trocara en algo distinto. 
"Fronteras" se titula un capítulo esencial del libro en el que un judío bautizado, o marrano, huye con los suyos desde Alburquerque a Portalegre, "cruzando con ello dos fronteras, una geográfica y otra religiosa". Ese ha sido nuestro sino. 
"Imágenes" es el capítulo final que termina con unas palabras de Moreno Villa sobre otro paisano, Díez-Canedo, que Viola emplea para definir a su propio padre: "Fue jovial, animoso y poeta, jugó limpio, vivió en impecable lealtad y ponderación, no dejó un solo enemigo". Qué orgulloso estaría de su hijo si hubiera podido leer este libro tan áspero como delicioso. Sin duda, en él vive.

24.9.20

Dos de Asturias

Hijos de la bonanza
Rocío Acebal Doval
Hiperión, Madrid, 2020. 70 páginas.
 
No es la primera vez que una mujer joven consigue el veterano premio Hiperión. Veinte años tenía Luisa Castro cuando lo ganó en su primera convocatoria, hace tres décadas y media, y uno menos la desaparecida Carmen Jodrá con Las moras agraces.
A diferencia de lo que ocurrió en su ópera prima, Memorias del mar (2016), una intensa historia de amor lésbico, aquí la firmeza prevalece. La dicción de Acebal (Oviedo, 1997), clásica, rítmica y endecasilábica, es aún más clara, como la línea de su principal mentor: Luis Alberto de Cuenca. La misma que secundan poetas asturianos como ella: Olay, Núñez…
De las tres partes que componen la obra, la primera me parece la más lograda. Como en otras poetas de su edad, el feminismo es asunto central. La condición femenina y la de pertenecer a una generación condenada a la crisis permanente (“la heroicidad es patria de los jóvenes”) y la revolución imposible (“Nuestra revolución: / estupidez con buenas intenciones”), marca el tenor de los poemas que no dejan de volver a la ochentera noción de “desencanto”. Al estado del malestar. A la política. Ella, “náufraga del progreso”, nacida “un instante / antes de la tormenta”, como otras compañeras “pequeño-burguesas” de viaje, sabe que, al cabo, “podremos resistir”. Entre contratos de prácticas, mudanzas y países. No es extraño que tenga “aversión a la palabra patria”, si bien aspire, paradójicamente, a una. A “un hogar”. La ironía es ley en esta poesía.
A coser, a las raíces, a “tiempos más simples” (de mujeres dominadas) le dedica poemas conseguidos, tal “No quiero tener hijas”. “La retirada” cierra un primer capítulo, ya se dijo, bien hilvanado.
La segunda parte, más sarcástica y divertida, reúne un puñado de versos que tienen a los alrededores de la poesía como tema: la crítica, la carrera literaria, los premios, las tertulias “de santones”, las entrevistas… “Arte poética”, el poema que la cierra, es sin duda certero. “¿Escribir un poema? Eso es la parte fácil”.
El amor es el eje de la última sección, acaso la más previsible. Amores recordados, perdidos, desamados, a distancia… Destacaría “Noche de ronda”.
Este libro sencillo y hasta complaciente, escrito con palabras (“No tengo nada más: la inútil vocación / de pensar y explicar lo que he pensado”), confirmaría el augurio de García Martín (protagonista de un poema): sí, Rocío Acebal ha entrado “con pie firme en el país de la literatura”.


Saltar la hoguera
Rodrigo Olay
Hiperión, Madrid, 2019. 74 páginas. 
 
Este es el tercer libro del asturiano (Noreña, 1989), premio “Jaén”. Con el primero, Cerrar los ojos para verte, ganó hace diez años el Asturias Joven y el segundo, La víspera, apareció en 2014. Al reseñarlo, dije: “Intuye uno que el tercero será, cómo no, otro libro”. No me equivocaba. Este poeta precoz pero debidamente leído y maduro, que bien podría formar parte de esa docta tradición tan española de los “poetas profesores”, mantiene un intenso equilibrio entre clasicismo, en su más amplio espectro, y novedad. Entiendo por tal su afán por dotar al lenguaje de la fuerza necesaria para afrontar el reto que la poesía exige, no un mero decir más. Por eso su virtuosismo, la variedad de uso de las distintas formas poéticas (del soneto al haiku), la sintaxis (un punto barroca: “en qué dónde la muerte va a clavársete”), la rima y la métrica (donde el encabalgamiento juega un papel fundamental), la intertextualidad y las constantes referencias a la literatura, se ponen a favor de un modo de decir que no deja de ser actual, claro y preciso. Con voluntad de estilo. Un juego serio. De su voz “desnuda y diáfana” habla Carlos Iglesias Díez en la contracubierta.
No oculta Olay, nunca lo ha hecho, sus débitos, que son al cabo homenajes. El ajedrez y Borges, por ejemplo. También podríamos nombrar, de los contemporáneos, a De Cuenca, D’Ors, Siles, González Iglesias y, sobre todo, a Juaristi, sin olvidar a Gil de Biedma.
Por lo demás, lo que narran los poemas de Olay tiene que ver con su vida (es un poeta autobiográfico: “Nada sabe de versos quien no fuera / capaz de desnudarse en el papel”) y con una sensible educación de la mirada. El niño de “2º B”, el muchacho del verano (“cuánto corre el pasado”), el hijo de “Rodrigo y Jovita” o el hermano de “Ángel y Martín”. Y el nieto (“mi abuela, a quien he echado / más de menos que a nadie nunca”). El viajero: Belfast, Burdeos, Ginebra, Mérida... El enamorado: “lo tengo todo: tú”. El lector y estudioso, como en “Desiderata” o “De vita philologica”: “diestros / en lo que ya no importa”, “como el don de sentirnos humanistas”. El de la “alegría de leer”.
No falta el dolor por “la situación incierta de la patria”, tan común ahora: “Rotos timón y quilla, ya el naufragio, / Meléndez, Moratín, Machado: / España”.

Nota: Las reseñas de los libros de Acebal y Olay se publicaron en El Cultural la pasada semana. 
Los títulos de las reseñas que aparecen en la página web no son míos. Con todo respeto, prefiero mantener los del libro en cuestión, sin más, como ocurre en el suplemento impreso en papel. 

22.9.20

Jubilación

Incordiantes razones que no vienen al caso me impidieron, como tenía pensado, escribir algo a propósito de mi jubilación, lo que sí hizo en su muro de Facebook Carlos Medrano, un detalle fraterno que le agradezco. Mi intención era haberlo publicarlo el día 1, como hizo mi amigo, el primero de esta nueva realidad, pero, ya digo, no pudo ser. Jubilarse es, aunque ordinario, uno de esos hechos decisivos, o eso dicen, en la vida de cualquiera. De cualquiera que haya trabajado algunos años y sobreviva para poder hacerlo. Han sido cuarenta cotizados, para ser exactos, de ellos treinta y cinco en la administración pública. Primero como maestro nacional, así se llamaba cuando ingresé por oposición en el Cuerpo; luego, como profesor de EGB y, por fin, como maestro de Primaria. De funcionario del Estado (un término que detesto cada día más, ensuciado por unos y por otros) a funcionario (transferido) de la Junta de Extremadura. Cosas de la descosida España autonómica. 
A pesar de reunir las condiciones necesarias para retirarme, quería seguir en la escuela. Ya lo hice el curso pasado, cuando los plazos se habían cumplido a mi favor. Me gustaba mi trabajo, el horario era llevadero, los muchachinos eran cómplices necesarios y tenía unos compañeros excelentes. Ah, y tenía el colegio a cuatro pasos de casa. Pero llegó el coronavirus y la pandemia y el teletrabajo y las videoconferencias y el infame papeleo burocrático y mis expectativas cambiaron radicalmente. Así no, me dije. Por respeto a mis alumnos y a mí mismo. Esa presunta normalidad servirá para otras profesiones y otras tareas, pero no para la de enseñante. De niños, matizo. 
Al fondo, crecía la amenaza de cambios en la ley. Ante la duda...
Reconozco que mi educación católica (y el pequeño moralista que, a su pesar, uno lleva dentro) me hace sentir culpable por no estar a las duras junto a mis compañeros en esta anómala y hasta peligrosa situación. No puedo evitarlo. Tampoco puedo ocultar que me siento aliviado, y no sólo por mi hipocondría. A mis antiguos compañeros les deseo lo mejor. Salud, sobre todo. Y santa paciencia. Profesionalidad y valía les sobra. Los muchachinos saldrán adelante, seguro. 
Por lo demás, a diferencia de otros, metódico y rutinario como soy, carezco de planes de futuro. He vivido siempre sin ellos. Ni en lo personal (por seguir con los tópicos jubilares, esto no ha empezado demasiado bien) ni en lo literario. La poesía, a diferencia de la prosa, es muy suya y sopla cuando quiere y le viene en gana, poco importa que tengas o no tiempo. La crítica es otra cosa, por más que me haya impuesto la máxima contención. Está uno muy cansado de leer para escribir acerca de lo leído, la verdad. Una cosa es leer lápiz en mano, una judía costumbre, y otra tomando notas para la reseña posterior, lo que no deja de ser un tanto enojoso. De las pilas de libros que aguardan, mejor no hablo, aunque si de algo no reniego en esta nueva vida, y en cualquiera, es de la lectura.
Me gustaría viajar, pandemia mediante, como a cualquier pensionista que se precie, pero me temo que lo del Inserso ya no funciona. En la liga del Cervantes (viajes para escritores) se puede afirmar que nunca he jugado. Espero, en fin, seguir con los paseos, que no dejan de ser pequeñas excursiones asequibles y provincianas. Sí, día a día. Paso a paso. Mañana... 

Nota: La fotografía es de Javier Juanals Castro, mi antiguo director, y está realizada en un aula del colegio Alfonso VIII de Plasencia. 

19.9.20

Una gramática del dolor

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Tras residir en distintas localidades castellanas y leonesas como profesor de instituto, se jubiló en León, ciudad donde vive y en la que ejerció sus últimos años de docencia.
Poeta ante todo, ha publicado dos novelas: Calle Feria (Premio Ciudad de Salamanca) y Años de mayor cuantía (Premio Tigre Juan de Narrativa y Premio de la Crítica de Castilla y León), algunos ensayos (como Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente, con José M. Diego), ediciones críticas y antologías (como una de poemas de Antonio Gamoneda para Alianza Editorial), así como distintos libros de reflexiones y notas, una suerte de diarios que por sus características, personalidad y alcance no tiene parangón en nuestras letras. Para qué sirven los charcosLos pormenores y La vida mitigada quedaron reunidos en El murmullo del mundo, unas prosas que completan y complementan su labor poética. En la actualidad, publica sus “anotaciones” en la revista El Cuaderno bajo el título Los cuadernos pálidos; fragmentos de un libro futuro.
Tras publicar Amenaza en la fiestaLa secreta labor de cinco inviernosVida del topoEn familiaEl que desordena Pérdida del ahí, ha dado a la imprenta Este otro orden. Poesía reunida (1979-2016), con introducción de Álvaro Acebes Arias, una obra a la que se suma la plaquette Ciudadanía.
Compañero de estudios salmantinos de los poetas Ángel Campos Pámpano y Luis Javier Moreno, es como ellos un poeta sin grupo, por más que algunos le vinculen al de Valladolid (el de Miguel Casado, Olvido García Valdés, Miguel Suárez, etc.). Por edad pertenece a la Generación de los 80 o de la Democracia, como reconoció Ángel Luis Prieto de Paula al incluirlo en su acreditada antología Las moradas del verbo.
TSS defiende que “un escritor no es una figura social”. Por lo demás, la soledad es el destino de todo poeta con una voz personal, como hace al caso. 
En su informado y pertinente estudio introductorio, lo destaca el también profesor Acebes Arias, que se declara, poniendo las cartas boca arriba, “amigo cercano” de TSS. Su análisis no desmerece por ello, ¿por qué habría de hacerlo?, aunque el uso del tuteo (“La poesía de Tomás...”, “Tomás...”) difumine la debida distancia que tal vez convenga establecer entre quien escribe y quien lee. No es lo que importa, sin duda, ya que el prólogo, como digo, tiene enjundia y demuestra que Acebes Arias conoce bien la poesía que comenta. Que la ha leído con hondura, y eso que no es fácil, lo que acentúa su logro.
Es verdad que esta “labor literaria” es una “de las más sólidas de las últimas décadas” y que “no necesita reivindicación alguna”, por más que esté lejos de estar reconocida en el canon, ese ente tan abstracto como injusto. Es, sí, “dueño de una voz propia y singular”, de “un decir propio, depurado e intenso”. El de alguien que piensa que “escribir es algo incierto que exige apartamiento y penumbra”, como ha escrito en Para qué sirven los charcos. El de alguien que hace suyo lo que dijo Jules Renard, que “la patria llega donde llegan todos los paseos que puedes dar alrededor de tu pueblo”, lo que la hace, por seguir a Torga, más cosmopolita que provinciana. Un mundo llamado calle Feria. Suyo es el verso “Lo lejos y lo cerca son falsas dimensiones”.
Hay en su obra “una apelación a lo cotidiano”, “a lo invisible”, a “la alegría de una vida oculta y el valor de una vida pública”. Está basada en la memoria (la familiar, entre otras) y “descansa en un profundo humanismo”. En pos de la bondad. Su actitud es humanista y ética. 
Pero es en lenguaje donde TSS da la auténtica batalla. Esa es su verdadera lucha. Denodada, constante. Esa es “su enorme responsabilidad”. En su “preocupación por la palabra” radica la razón de ser de su escritura. Y de su vida. Entre el habla y la mudez. Un “ejercicio de depuración de la palabra” que toma de maestros reconocidos como Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda o Aníbal Núñez. De ahí que la “reflexión sobre el trabajo poético” sea una constante en su poesía. 
Entre los frutos que se recogen de esa búsqueda, la “adjetivación insólita”, que no olvida la lección de Pla, pues el adjetivo es, en efecto, “el gran problema de la literatura”.
Es fácil coincidir con Acebes Arias en sus observaciones sobre su musicalidad y de su dominio del “artificio métrico y retórico”, el uso del endecasílabo y el heptasílabo (y, en sus últimos libros, del versículo). También del encabalgamiento, un recurso primordial. Y otra lección del citado Rodríguez, zamorano como él (TSS es miembro del Seminario Permanente que lleva su nombre): que “la palabra significa en la medida que suena”. Por eso es fundamental que el poeta –un ser atento por naturaleza– realice “un acto de escucha”, que es una de las definiciones de poesía que ha acuñado nuestro autor.
Oír y mirar (junto al de la memoria, el de la visión es uno de los dos reinos en los que se constituye en poeta, según Valente), ya que éste “no es sólo quien ve las cosas de una manera diferente, sino también quien las oye del revés
Se fija Acebes Arias también en la importancia que en esta poesía tiene “lo confesional y lo autobiográfico”, pues nada más lejos de su intención que caminar sobre la nada y convertirla en un juego hermético, dizque vanguardista, a base de palabras. No, por decirlo otra vez con Whitman, quien toca este libro, toca a un hombre.
Siete son los que se reúnen aquí, a los que se añade un puñado de poemas “no recogidos en ningún libro”: Accidentales.
Amenaza en la fiesta, ópera prima de TSS, apareció en Salamanca en 1979. En una edición de autor que iba contrapeada con Limitación del vuelo, de su amigo Ezequías Blanco.
Como suele ocurrir en un primer libro de un poeta muy joven, sin contener la voz personal y plena que caracteriza su poesía, se advierte, cuando menos. Lo que sí encierra, como pasa casi siempre, son los temas o las obsesiones (o las limitaciones, que cada cual le dé el nombre que prefiera) que van a figurar en el resto de los libros que escriba. Que ha escrito. “Por donde no debiera / he abierto el laberinto de los años”, comienza. Como para la mayor parte de sus lectores, es la primera vez que leo esta breve entrega con poemas en los que, como decía, aparece la ciudad como motivo, el verano y la casa, el temor (“¿Será la vida así, / un perpetuo miedo...” o “Salvarse, sí, salvarse. ¿Pero cómo?”), las cosas, lo menudo...
Abre La secreta labor de cinco inviernos (del 85, publicado por la Universidad de Salamanca) el poema “Poética de invierno”, donde leemos: “No debo a nadie tanto / como le debo al frío”. Y a la soledad, como Cernuda. El tono es dolorido. Y desesperanzado (“lo que iba a ser el sino / fatigoso del resto de mis días: / arrastrar, arrastrar, arrastrar mucho”). Y melancólico (“es muy triste vivir entre palabras”). En “Historia de una asfixia”, sobre todo. “He dejado de ser”, dice en “Noli me tangere”.
El amor (“Las hábiles arañas del amor / hace ya tiempo que no tejen para mí”), Zamora (“Aquella ciudad, oscura como un trueno”), el tabaco, los aprendizajes, el silencio (“«Mide bien tus palabras» era solo / otra noble razón / de invitarme a callas poquito a poco”)...
En “Comarca levantada a un solo grito”, un largo poema dividido en nueve cantos, leemos: “Que el tiempo sea el olvido” (2), “La memoria es un grifo mal cerrado / donde el pasado vela” (4), “Porque es en la carencia / donde habrá que buscar aquello que perdure” (5), “Con los años, los actos van perdiendo / el sentido” (6), “Mérito de la luz la permanencia” (7), “Pasan muy pronto los años, las horas son las que pasan lentas” (8), “Cómo no va a doler lo que se pierde” (9).
Vida del topo se publicó en Gijón (1992) y en él insiste TSS en “lo menudo” (se usan para los títulos minúsculas), en los “inventarios” estacionales, en los momentos “estivales” y los veladores de verano. Se vislumbran aquí y allá las lecciones aprendidas. De Aníbal Núñez (en “paisaje”), de Gamoneda (“el álbum del placer”: “¡Oh, los sueros tan blancos de la dicha!”). Conmueven “ocho poemas por la intemperie”, una serie que comienza con el poema “(biopsia)”. “Traspasaste el umbral: todo perdido”, escribe. Y: “Pesan las noches / como plomo en las lágrimas”. Y: “Caries y hollín a cambio de mi vida” (un homenaje, supongo, al primer verso del poema “Capricho de Aranjuez”, del novísimo Guillermo Carnero) o “Qué angosto este pasillo y en mi pecho / hay un ruido de células siniestras”. No cabe duda de que la dolorosa experiencia de la enfermedad es capital a la hora de leer (y, en consecuencia, entender) la poesía de TSS.
A todo poeta, como es lógico, se le empieza a leer por un determinado libro (salvo que se haga a través de una antología, y aún así). Según las estadísticas, y si su poesía acaba siendo de tu gusto, suele ser el que al cabo prefieres de él. No sé si fue eso o que, como creo, es el mejor de los suyos (una designación, lo sé, caprichosa e impertinente), pero En familia (Fundación Jorge Guillén, 1994) es uno de esos libros que pueden marcarle a uno como lector.
Su título no engaña. Antes, en un breve prefacio, esta inquietante pregunta: “¿no es todo libro un abismo?”
“Retrato de grupo”, la primera parte, es “un hurgamiento emocional hacia la memoria de mis orígenes”. Y, como pretendía, los poemas y sus protagonistas flotan en una “atmósfera común –turbia y aturdida–”. Parientes (lejanos y cercanos), padres, primas, criadas... Y un poema esencial, mi preferido: “Mi padre se hace viejo”, donde se condensa la forma de decir de TSS que más me gusta. Claridad y misterio al mismo tiempo. Sentimientos y pensamientos al unísono.
En “Antigua persona conocida” encuentro ecos de Ángel González. TSS es un gran lector de los poetas del 50, no se olvide, y el asturiano fue uno de los maestros de Aníbal Núñez, que tanta influencia tuvo en poetas como él, Ángel Campos o Felipe Núñez.
“A solas con la edad y la memoria”, leemos en “Mudanza”.  O: “Es imposible traducir la dicha”, en “El frío del despertar”. Son versos de la segunda parte, “El soñoliento”, donde el sueño vuelve a cobrar protagonismo, igual que en la tercera: “Suertes del sueño”, donde se incluyen “El desvelado” e “Hypnos”.
“En las siete de la mañana”, el cuerpo, otro motivo de reflexión constante en la poesía que comentamos: “Es el cuerpo otra vez, / es el cuerpo que vuelve / a su sesión terrestre”.
Ciudadanía reúne ocho “estampas” y se publicó por primera vez en Lanzarote en 1994 como plaquette. Se une ahora al corpus de su poesía reunida. Son, cosa rara, sonetos, salvo “El hombre tranquilo” (una serie de cuartetos). Sus títulos: “Domésticas”, “Cajeras” (“mujeres ensopadas por la melancolía”)... De nuevo lo cotidiano. Y la melancolía.
El que desordena (Barcelona, 2006) apareció en el catálogo de la extinta DVD y llevaba un prólogo de Eduardo Moga, director de la colección impulsada por el editor Sergio Gaspar.
Es su libro más enrevesado, al menos al principio, “Seguro en la extrañeza”. Busca deliberadamente “la perdición”. Está escrito por “el que se extraña de lo consabido. Y el que desordena”. “Eras el que ofuscas”, dice. El poeta es “el que enciende la lengua”. “La luz de la extrañeza”. Leemos en “Nuevas preocupaciones”: “(la gestión del poeta: rebuscar / por los suelos de la tarde / las palabras desechadas de los hombres)”. El que sabe “que la vida se conjuga en futuro / (aunque sea casi siempre imperfecto)”. El que merodea en torno a la enfermedad y al cuerpo: “Se trata de la carne: nuestra casa inocente”. Porque “Sí, sólo el dolor y el placer / hacen visible al cuerpo”. El que “Para menos morir” escribe: “No hay hora buena para decir la muerte”. Quien, por fin, explica que “cuando escribes te manchas de ti mismo”. “Qué sé yo / pero... / ahora / ha bajado el azar con su misterio”, leemos. Y: “Ya no sé dónde dejar las palabras”.
Pérdida del ahí es el último libro publicado hasta ahora por TSS, en 2016. Una década le separa del anterior, a efectos de edición. “No tengo de mi lado al lenguaje”, escribe, lo que vuelve a dar en el clavo de su esfuerzo por doblegarlo. Se trata de “pelar palabras”. “¿Se pierden siempre / las palabras que olvidamos”, inquiere. Y a su modo responde: “No, no hay palabras retiradas del mundo”. Con todo, “habrá que cantar”. “Pero di todavía”. Aunque precario e insuficiente, el lenguaje es cuanto tenemos. A la reflexión metapoética dedica precisamente “La fruta está quieta”. Apela, con Gamoneda: “Llévame a las palabras escondidas”. “Y resiste”. Define la poesía como lengua de la sombra.  Proclama: “escarbar: el oficio del poeta”. 
En “Las acumulaciones”, Zamora. El río (tan presente en sus anotaciones diarísticas, al evocar sus veranos perdidos), los árboles (“Pasión silenciosa la de los árboles”, “Nadie, nadie sabe a qué suena la voz pasiva de los árboles”). Y un poema ácido y singular: “Maridos”. Y los viajes. A Praga (“Lo que consuela un reloj en la noche”, leemos en “lección de Holan”), Viena...
“Giran las estaciones como las llaves en manos de los tímidos”, dice. Luego recuerda el cuarto aniversario de la muerte de su amigo Pámpano y la de otro amigo, José Diego. Y aparece otra vez la madre y “los niños del verano” y “las manchas y pérdidas” de la vejez y la vergüenza y el sueño, la noche y el insomnio... “Su corazón / era un polígono asustado”, declara. La poesía, en suma, ese “hermoso desentono”. 
Cierra el volumen Accidentales. Poemas exentos, sin libro, “reunidos en conjunta extrañeza”. Ahí, El Burgo de Osma, donde vivió unos años. Y Luis Javier Moreno, amigo del alma, protagonista de “Otra carta perdida”. Y el verano, necesidad y obsesión, que “viene a por ti”. Como viene, y concluyo, toda la poesía de TSS hacia nosotros, “ahora sí, ahora sí”. Para quedarse, como se dice vulgarmente. Esta edición ejemplar lo propicia. Ya no hay excusas para que cualquier lector exigente de poesía pueda disfrutarla.

Tomás Sánchez Santiago
Editorial Dilema, Madrid, 2019. 507 páginas. 

Nota: Este reseña se publicó en el número 147 de la revista Clarín