20.2.26

Carlos Alcorta lee "Territorio"


ÁLVARO VALVERDE. TERRITORIO. POESÍA REUNIDA (1985-2025)

Conviene destacar, antes de comenzar este comentario, que estamos ante la poesía reunida de Álvaro Valverde, no ante su poesía completa, y me refiero a este aspecto porque el autor ha suprimido una gran parte de los poemas que integraban sus primeras entregas, “Territorio” ―libro que yo adquirí en el mes de junio de un ya lejano 1985―  “Sombra de la memoria” y “Lugar del elogio”―mi ejemplar está fechado 1988―. Ni que decir tiene que el autor posee la potestad para suprimir aquellos poemas que considera esbozos, tentativas o para intervenir, en su caso, los versos que no le agraden, en aras de dotar a su obra de una unidad y coherencia personales, al fin y al cabo, él es quien los ha escrito. El autor nos ofrece así, aquilatada, podada, la obra en la que se reconoce, obra que se extiende a lo largo de 40 años de creación, en los que, además de poesía, ha escrito novela, diarios y centenares de reseñas sobre poesía.
El volumen se inicia con una sección titulada «Primeros poemas», encabezada por un poema del que reproducimos el verso final: «Hagamos de este lugar un territorio» y lo hacemos porque dicho lugar parece remitir en este caso al espacio del poema, un espacio que apenas ha sufrido alteraciones estéticas a lo largo de los años, aunque, como escribe en el «Epílogo» Gonzalo Hidalgo Bayal, «Su poesía ha ido ganando con el tiempo en hondura (o ahondamiento, como la mano que busca guijarros en el fondo de la garganta) y en expansión (personajes, escenarios y experiencia: los sucesivos azares de la biografía)». El arraigo del yo poético en un territorio es un punto de partida relevante para analizar la trayectoria posterior, su búsqueda se convierte en el foco de su itinerario poético, un itinerario en el que la poesía aborda tanto elementos cotidianos, sean estos insignificantes o cruciales, como episodios y personajes de nuestra tradición cultural, ampliamente representada, por otra parte, en las citas que encabezan algunos poemas. La exploración de una amplia gama de lugares ―«En lo que al espacio se refiere, el territorio poético de Álvaro Valverde ―afirma Hidalgo Bayal― lo componen en singular o plural, y de menos a más, la casa, la ciudad, el campo y el ancho mundo, en una concatenación estrechamente vinculada de círculos concéntricos»―, desde lo rural a lo urbano, desde lo conocido a lo por descubrir a través de viajes que convierten esa exploración externa en una acumulación interna de experiencia y de una no menos amplia gama de emociones y sentimientos se lleva a cabo a través de una poesía contenida, reflexiva, de expresión diáfana, con una poética, en fin, que pueden resumir estos versos: «…sencillez, no afectación. / Humildad, no opulencia. / Concisión, no hojarasca» y que refleja un enfoque aparentemente práctico, pero que, al mismo tiempo, evoca la intención de iluminar lo cotidiano y demuestra la relación, tan improbable en ocasiones, entre lo objetivo y lo imaginado, entre lo sentido y lo vivido, como sucede en esos viajes al interior de uno mismo, que se aventuran más allá de la seguridad del entorno familiar y son, por lo tanto, experiencias, no diré inquietantes, pero sí sorprendentes a la hora de realizar un autoexamen, porque, sí, hay mucho de biográfico en los poemas de Álvaro Valverde, aunque ese biografismo sea, como dice Gonzalo Bayal, «siempre hacia afuera, exterior, documental, sin lágrimas ni psicoanálisis».  Quizá sea esta la manera de liberar el sentimiento íntimo para dotarlo de un significado universal. La subjetividad puede ser el camino más directo hacia el entendimiento gradual de la realidad porque hay una profunda relación con los elementos naturales que intensifica, por medio de imágenes ciertamente convencionales, además la espiritualidad del poeta. No solo la descripción de lo natural, de lo rural sirve de escenario a la indagación lingüística, el mundo urbano también ocupa un lugar destacado en sus poemas, pero es un mundo hecho, por decirlo así, a la medida del ser humano. Valverde no habla de grandes urbes posmodernas que, por lo general, trasmiten una hostilidad estereotipada, sino de aquellas ciudades que alientan una relación más equilibrada, que permiten construir una especie de hogar a través de recuerdos, de ideas, de experiencias personales que se suman a las experiencias acumuladas por generaciones anteriores. Nos referimos, claro es, a ciudades con historia, como la misma ciudad, Plasencia, en la que el poeta reside, ciudades en la que se percibe el sentido de permanencia y de arraigo. Quedan por decir muchas cosas sobre esta poesía reunida, de hecho, solo he apuntado algunas ideas con respecto al espacio, mientras que todo lo referente a la evocación, a un pasado que parece estar vivo en sus poemas por su continuidad con el presente, debe quedar para otra ocasión. Sí me gustaría señalar, para concluir, la magnífica factura de esta edición, que recoge, además de los libros editados, un conjunto de poemas recogidos en otras publicaciones, un libro inédito, “Geografías del jardín”, un apéndice con la relación cronológica de los títulos publicados y un prólogo imprescindible como pocos, no solo por el exhaustivo análisis de la poesía de Álvaro Valverde, sino por la complicidad amical que desprende, del novelista Gonzalo Hidalgo Bayal. Si somos de los que creemos que la escritura procura consuelo para paliar las adversidades de la vida, la poesía de Álvaro Valverde debería expedirse en las farmacias.
 
Reseña publicada en El Diario Montañés, 13/02/2026 y en el blog Literatura y arte.

19.2.26

Felisa

Hacía tiempo que no sabía casi nada de ella, apenas vagas noticias acerca de su maltrecha salud. Hablo de Felisa Gallego Osuna, una persona inseparable de la vida cultural placentina de las últimas décadas. Desde una atalaya muy significativa y particular: la biblioteca pública municipal. Antes que a ella, asocio la palabra "biblioteca" a su padre, don Gregorio, maestro de escuela y responsable de la misma en su sede (no la primera) de la Zona, aquel caserón donde uno, antes que a leer (y con qué pasión adolescente), iba a las reuniones de la OJE (las marchas y el campo siempre fueron lo mío) y años después a charlar un rato con mi pariente Pedro Berrocoso y su amigo Juan Paiva, quienes pusieron en pie y con solvencia la delegación de Cultura del primer gobierno democrático tras la dictadura franquista. Allí conocí en persona a Gonzalo Hidalgo Bayal (él iba por el cine, yo por la literatura) y en una de sus salas leí por primera vez poemas en público. Pero era de Felisa de quien quería hablar, ahora que ha muerto. Para resaltar la importancia de su legado. Como bibliotecaria, sobre todo, pero no sólo. Junto a Milagros Muñoz, que nos dejó tan pronto. (Al fondo, mi querido Manolo Matos.) Profesional, sí, y con ese punto marimandón que la caracterizaba cuando exigía silencio. Porque era lectora (conviene aclararlo), sabía recomendar tal o cual libro. A mi madre, asidua durante años, o a cualquier alumno de instituto que necesitara hacer un trabajo de clase. Entonces, ni internet ni IA. Habría sido una excelente directora de la de aquí, la suya, pero esa espinita, ay, se le quedó clavada. 
En las presentaciones siempre estaba. Y cuando publicabas un nuevo libro, te esperaba su ejemplar en la librería para que se lo dedicaras. Nunca me faltaron sus ánimos. Ni a mí ni a nadie. Juan Ramón Santos ha recordado sus andanzas bibliotecarias y Gonzalo Hidalgo Bayal puede dar fe de su entusiasmo cada vez que publicaba una nueva novela. Álex Chico o Víctor Peña tendrán también anécdotas al respecto. Como todos los de aquí que hayan pisado las salas de la calle Trujillo.
Había estudiado en Salamanca y su estancia en esa ciudad universitaria, tan placentina por simpatía, estuvo siempre presente. 
Las conversaciones con ella estaban presididas por la risa. La suya era sonora y contagiosa. Su voz, ronca, persuasiva. Me acuerdo ahora de una, en presencia de mi amigo Santiago Antón, en la calle Talavera, con Quique "Cervantes" de interlocutor (fueron íntimos) que, además de hilarante, me dejó muy desconcertado. Qué confidencias tan divertidas, más para quienes, a causa de la timidez, nos enfrentamos al humor y sus excesos con la debida cautela. 
Por ser así, tan suya, será inolvidable para quienes tuvimos la suerte de conocerla y de tratarla. Qué raro va a ser no encontrase con ella. Adiós, amiga.

NOTA. La fotografía es del diario HOY

18.2.26

La poesía de Lucio Piccolo


Llevaba mucho tiempo esperando este libro. Al traductor que se atreviera con los Canti barocchi de Lucio Piccolo y a la editorial que los publicara. El primero se llama José Ramón Monreal y la segunda, Acantilado. La edición, exquisita, en todos los sentidos. Por fuera (qué hermosa la cubierta que reproduce Taormina, cuadro del pintor inglés Hercules Brabazon Brabazon) y por dentro, gracias al impecable trabajo (al menos así suena en español, lo que no era sencillo) de Monreal, que es también el autor de la sabrosa noticia biográfica incluida en los apéndices.
Es famosa la anécdota de cómo Eugenio Montale decide invitar a un poeta siciliano desconocido (del que había recibido una carta y un librito mal impreso en un sobre que, para colmo, no venía debidamente franqueado) a San Pellegrino, para participar en unas jornadas donde un autor consagrado elegía la compañía de otro joven. Lo que no sabía el Nobel es que Lucio Piccolo di Calanovella (que asistió acompañado de su primo ―sus madres eran hermanas―, el entonces inédito novelista Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el de El Gatopardo, de cuya escritura fue aquél, por cierto, involuntario instigador y privilegiado oyente, ya que éste llevaba veinte años relatándole oralmente esa historia de historias que por fin llevó al papel a la vuelta de aquel encuentro literario), lo que ignoraba, decía, es que el presunto “joven poeta” tenía tan sólo… cinco años menos que él. Lo que va de 1896 a 1901, por más que Piccolo se quitara dos, lo que hizo que el milanés sostuviera que se llevaban “apenas siete”. Lo cuenta en el prólogo que va al frente del volumen, como en la edición italiana de 1956 que publicó Mondadori con el título Canti barocchi e altre liriche, el que dio a conocer la poesía de este poeta tardío que pronto se incorporó al elenco de una de las grandes tradiciones líricas europeas.
En ese prefacio reconoce que le impresionó la lectura de 9 liriche. El de Piccolo no fue a la pila de libros que formaba el autor de Huesos de sepia con los que le iban llegando debido a su condición de crítico. “Acaso mi propósito era comprobar si valía ciento ochenta liras [las que tuvo que abonar al cartero por el insuficiente franqueo]. Me lo llevé por tanto conmigo, lo leí distraídamente, sin que la carta (más bien genérica y que hacía temer una poesía puramente descriptiva) me despertase el deseo de hacerlo. No empecé siquiera por los poemas barrocos. Leí las cinco primeras poesías, nada fáciles, ni inmediatas, sin esforzarme en comprender. Estoy convencido de que raramente la comprensión de la poesía puede ser fulminante”.


Se refiere después a que la de Piccolo parece una “lengua primordial recién descubierta” (y alude a la de un sobrio Dylan Thomas). Lo sitúa en la “corriente de poesía metafísica”. Dice que es, por sus amplios conocimientos (helenista, musicólogo, traductor, etc.), “un verdadero clerc”. Y “un hombre siempre en fuga” que lleva una “vida de solitario” de “gran señor cosmopolita y campesino”. En Capo d’Orlando, donde se traslada la familia, dejando atrás Palermo, al fallecer el padre. La madre y sus hermanos: Casimiro (pintor, fotógrafo, esoterista) y Agata Giovanna (que además de excelente cocinera llevaba las cuentas). A una villa situada en una colina. A casa da Barunissa, para los lugareños. Villa Piccolo para el resto. Con un imponente jardín, que cuidaba Giovanna, y un cementerio de perros. Para hacerse una idea de cómo era aquella vida “solitaria y casi monacal” (aunque recibía a gente tan interesante como Quasimodo o Sciascia) y conocer, de paso, la personalidad de Lucio, nada mejor que el documental Il favoloso quotidiano, de Vanni Ronsisvalle.
Hay muchos más detalles en la “Noticia biográfica” de Monreal y en Acantilado, para quien quiera profundizar en el tema, se han publicado Lampedusa y España y Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930), donde aparece inevitablemente el barón Piccolo, cómplice necesario de la salida a escena, y para siempre, del príncipe siciliano.   
Antes de comentar algo acerca de los poemas (lo sustancial del libro), conviene resaltar lo oportuno que resultan los “Apéndices”. En el primero, “Lucio Piccolo habla de los Cantos barrocos”, y a pesar de que, como dice, “no es fácil para un poeta hablar de sus propios versos”, nos ilumina en el camino hacia su comprensión. Los analiza uno por uno: “El oratorio de Valverde”, “El reloj de sol”, “Siroco” y “La noche”. Estos cuatro cantos (como cuatro eran los cuartetos de Eliot), en realidad uno (“podría decirse una sola poesía”), habrían bastado para llevar a Piccolo a ese meritorio lugar que le corresponde dentro de la poesía europea.
“Tienen como centro mi ciudad natal, Palermo”, explica. En otra de las partes de los “Apéndices”, “La poesía es memoria” (que no deja de ser una poética), afirma: “Para mí verdaderamente la poesía, la vida es memoria”. De ella se nutre, junto a la visión (propia de un ser contemplativo, detallista, las dos patrias del poeta según Valente), cuanto escribe.
En el primer canto, se impone la luz de la mañana: “la Aurora”. El segundo, se establece en torno al cegante mediodía. Al “crepúsculo ventoso” corresponde el tercero (el que prefiero, el más breve) y, como su título indica, a la oscuridad de la noche pertenece el cuarto.
Al fondo, el niño que fue (con sus miedos y neurosis) en una ciudad que ya no existe. Como los interiores que describe: iglesias, palacios, jardines, fuentes…
Son poemas que surgen tras “un periodo de voluntaria, ascética abstinencia poética”. No desdeña, al revés, su tono nostálgico; el “aliento que anima” los Cantos.
En la “Carta a Antonio Pizzuto” (otra sección de los apéndices), donde declara: “Soy invenciblemente lírico”,  profundiza es un análisis de esos poemas que constituyen el núcleo de su obra. Digamos que profundiza en lo que dijo acerca de ellos en el ensayo anterior. Entre uno y otros asedio, el lector podrá degustar mejor unos versos que, por supuesto, no necesitan notas al pie ni comentarios al margen, por bienvenidos que sean.
El simple paladeo de las palabras que utiliza, la musicalidad exquisita que allí suena (digna del musicólogo que fue), los ambientes, atmósferas y paisajes que muestra bastan y sobran para que esa lectura sea placentera. Entrar en el fondo de los mismos será un placer añadido.
Se impone una elegancia que participa tanto de lo sensitivo como de lo intelectual. La emoción y la idea.


El título del libro, que engloba tanto los Cantos en sí como los otros poemas (estamos ante su poesía completa), no confunde al lector: su lenguaje es barroco, como los motivos artísticos y arquitectónicos en los que se inspira. La opulencia brilla. Y la suntuosidad. Pero para bien. La retórica está aquí al servicio de la poesía. Piccolo es un virtuoso que domina las formas sin que estas impidan subrayar lo que importa, que no es el mero adorno, el exceso epatante. Es difícil resistirse a la lectura en voz alta. Te lo piden los versos que tienes delante. El regusto por las palabras de su vocabulario exquisito. Tan precisas como preciosas. Pura filigrana.
“España es mi país”, aseveró Piccolo. Y que mantenía “relaciones sustanciales con la lírica española”. Con los místicos, a los que cita en numerosas ocasiones. “¡En mi altar está Lope de Vega"!”. Más que a Lope, a uno le suena su poesía a Góngora. En lo contemporáneo, al Grupo Cántico. Más acá, a la del granadino Antonio Carvajal, por ejemplo, o a la de tempranos novísimos culturalistas como Pere Gimferrer o Guillermo Carnero. En un momento dado, atisbé al Aníbal Núñez de Casa Lys.
Desataca el sentido de la composición, otro rasgo que enlaza con sus conocimientos musicales.
Pero no todo son cantos barrocos. También hay poemas en prosa (“El prestidigitador”, “Las velas”); poemas breves: “De descansos vivimos”, “Ronda”, En constante universo de ráfagas”, “Los días”; y poemas extensos, como “Veneris venefica agrestis “ (“égloga y grotesco”), “La caza” (que le lleva otra vez a la infancia, a escenas que vivió de niño), “El juego del escondite” o el imponente “Anna Perenna”.
En “Palmeria” (uno de sus libros), está el poema que le da título y “Guía para subir al monte” (que a uno le evoca el paisaje de El Gatopardo), “El pasadizo”, “El camino extramuros”, “Los arrabales” y “Los muertos”.
“Sombras” es otro poema memorable, como “La alquería”, “Largos zarcillos” y “En tiempos del rey Borbón” (de nuevo los recuerdos).
Puede que para algunos esta poesía sea anacrónica. En vida ya le acusaron ya de no ser un poeta de su tiempo. Tal vez por eso escribiera: “La realidad de la poesía es una realidad interna a través de la cual nos movemos por todas las épocas”. Y que “la originalidad de un poeta se manifiesta en una vibración interna”. No, creo que Piccolo fue (y es) un poeta moderno. Muy consciente de su poética, lector incansable y cosmopolita, traductor y hombre culto.
En 1960, Eugenio Montale cerró su prefacio a los Canti con estas palabras: “Piccolo quizá no sabe con seguridad qué es lo que nos ofrece hoy y podrá ofrecernos en el futuro. Saberlo para él, incluso a costa de ridículos malentendidos, será tarea de sus críticos del mañana: si es que el día de mañana aún hay una crítica que lea los libros de los poetas”. La hay. Quiero decir que sigue habiendo lectores con criterio capaces de disfrutar de la lecturas de libros tan imprescindibles como éste.
 
Lucio Piccolo
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2026. 272 páginas. 18 €
 



NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.


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16.2.26

Nuevos tiempos para la lírica

Son muchos, demasiados, los libros que se van quedando atrás. Algunos de los que me llegan (en los que compro intento ir a lo seguro) van directamente a una caja tras un vistazo rápido o a la inestable columna de las lecturas pendientes, donde no pocos caducan. Las circunstancias familiares han reducido aún más mi capacidad de maniobra en los últimos meses. A eso se suma que ya no estoy dispuesto a leer por leer, porque leer así cansa. El sentimiento de culpa es grande, no lo niego, pero asumo con la debida naturalidad que uno no puede dar más de sí. Ni importa. Viene, en fin, esta digresión a cuento de un libro al fin repescado (por poco se me escapa), el que pedí en la carta de Reyes a mi hijo. Me refiero a la antología El tiempo está cambiando. Nueva poesía española, de Juan Marqués, el poeta, articulista, editor y crítico zaragozano residente en la plaza de Legazpi de Madrid. Su voz o su tono, tanto da, me recuerda la frescura y el ingenio de escritores como, pongo por caso, Juan Bonilla; de los que ni tienen pelos en la lengua ni las ideas confusas; de los que han leído mucho y se manifiestan con un desparpajo convincente, con una seguridad envidiable, grandes dosis de ironía y un punto de arrogancia. Como cuando escribe: “La poesía no existe para sustituir la realidad, ni nació para rectificar la vida, aunque no ha de desentenderse de ellas, sino recrearlas y habitarlas de otros modos más libres: la poesía es otro estatuto, otro molde, otro sistema, una traducción o, mejor, una versión comprimida o desatada de lo que hay afuera, apegada a lo real, con base en ello, pero también aparte”.
El libro, por lo demás, se publica en una de las colecciones más significativas y certeras de la poesía patria: Vandalia, de la Fundación José Manuel Lara. No es mal aval.
Porque uno, decía, se queda sin remedio atrás y porque ni conoce todo ni lee cualquier cosa, agradezco las antologías. Desbrozan el inabarcable panorama, una ventaja de la que la narrativa carece. No todas valen. Para que sirvan de algo, el compilador ha de tener criterio. Y no valerse de ellas para fines espurios. Marqués, que cree que “no existe un destino más triste que el del antólogo” y afirma que no volverá a recaer en semejante empeño, lo tiene. Para esto y para muchas cosas más relacionadas con la literatura, su territorio. Basta con leer su último libro: Creo que el sol nos sigue (Pre-Textos). O sus artículos en The Objective.
Frenar la avalancha de títulos y nombres y ser capaz, además, de ordenar la mencionada escena, tiene su aquél. Me da que en esta ocasión lo logra. En su florilegio da cuenta de la poesía escrita por poetas nacidos en la década de los noventa del siglo pasado. 27 en total, un guiño gracioso. Son estos: María Martínez Bautista, Juan F. Rivero, Manuel Mata, Cristóbal Domínguez Durán, Claudia González Caparrós, Félix Moyano, Luis Bravo, Candela de las Heras, Adrián Fauro, Juan Ángel Asensio, Carlos Catena Cózar, Laura Ramos, Carmen Rotger, Laura Montes Romera, Javier Fajarnés Durán, Óscar Díaz, Lola Tórtola, Rosa Berbel, Guillermo Marco Remón, Juan Gallego Benot, Rocío Acebal Doval, Laura Rodríguez Díaz, María Sánchez-Saorín, Juan de Salas, María de la Cruz, Aitana Monzón y Elisa Fernández-Guzmán. 
Hombres y mujeres a partes iguales. Heterosexuales o no. Nueve andaluces, seis madrileños, tres asturianos, dos gallegos, dos valencianos, dos murcianas, una mallorquina, un aragonés y una navarra, si no he contado mal. Extremeños, ninguno, y digo esto, ay, a sabiendas de que recurrir al argumento de lo que falta o sobra en una antología es inútil y distinguir poetas por su lugar de origen una paletada que casa mal con la evidente universalidad del arte.
Por lo que indiqué más arriba, la presentación del antólogo es lúcida y enjundiosa. Va a lo concreto. O a lo justo. Ni pedante ni académica. Y es breve, lo que siempre agradece el lector. Subrayo: “La poesía, en el fondo, es siempre vanguardista”. Aunque “no sabría decir qué es” (confiesa que cada vez le cuesta más “comentarla” o “definirla”), “podría explayarme durante horas sobre lo que no es”, una frase que me lleva sin querer a un poema de Montale.
Festeja uno que “lo que no hay” en su muestra coincida con mis gustos generales: ni “refitolerismo” ni “engolamiento”. Ni poesía “caudalosa en palabras” pero “hueca en emoción”. Ni hecha “con una fotocopiadora”, “previsible y formularia”. La que escriben demasiados poetas empeñados en serlo. Esos versos “sacados (...) de una sandwichera”: “totalmente impecables, sí, muchas veces perfectos, y casi siempre rotundamente insignificantes”. La abúlica, la epifánica, la metafórica... Concluye: “Tanto en la vida como en la literatura, es muy importante no ser un pesado”. 
Analiza después las distintas poéticas de los elegidos sin renunciar a algunas consideraciones que afectan al género. Desdeña, por ejemplo, “la planísima «parapoesía»”. Y matiza: “Lo que ha de hacer la poesía verdadera es lo de siempre: buscar el corazón de cada cual, desconfiar de las muchedumbres”. Los pocos lectores, subraya, favorecen “la libertad extrema”, más si el que se lanza es un poeta joven. “Tú di tu verdad” es la consigna que recomienda a cualquiera que se aventure a serlo. 
No termina con el prólogo la tarea de Marqués. A cada autor le dedica una página que no se limita a lo biobibliográfico. Palabras iluminadoras que favorecen, por su agudeza sin solemnidad, la lectura posterior.
Para mi sorpresa, convencido como estaba de que conocía poco y mal la poesía joven española, no pocos nombres me resultaban familiares y algunos de sus libros, incluso, los había reseñado o simplemente comentado en mi blog: María Martínez Bautista (hija de dos grandes poetas españoles contemporáneos: Amalia Bautista y Julio Martínez Mesanza, una de las mejores voces de la selección), Cristóbal Domínguez Durán (autor del excelente Una postal color sepia), Luis Bravo (“todo un caso”, según Marqués, que ha publicado bastante en poco tiempo), Candela de las Heras (codirectora de Anáfora, que es más que una revista), Carlos Catena Cózar (comenté en El Cultural su ópera prima, “poemas que vienen a ser fragmentos de un discurso infernal basado en el fracaso (…), el pesimismo existencial y la desesperanza”), Rosa Berbel (la primera de su promoción, y aun de otras anteriores, en publicar en la colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets), Juan Gallego Benot (del que me llama la atención, para bien, cierto regusto intempestivo o anacrónico), Rocío Acebal Doval (dije en una recensión de su tono que era “algo entre lo furtivo y lo delicado, entre la fragilidad y la vergüenza ―palabra que usa con frecuencia―, entre la timidez y el titubeo. Ese ámbito sutil que se expresa con un lenguaje efectivo, sí, pero en penumbra”) y Juan de Salas (último premio Ojos Crítico de RNE con su espléndido El siglo, que he reseñado también para El Cultural).
Sus poemas han vuelto a impresionarme. Pero no son los únicos que me han convencido. La inmensa mayoría de estas páginas dan fe de una poesía verdadera, y eso me alegra. Un conjunto de voces, por cierto, ecléctico, como el gusto del compilador, algo que le honra. Por más que estos poetas pertenezcan a la misma generación, no son una generación. Ah,  y ni son tan crípticos (a pesar de lo complejo que nos lo ponen a veces) ni tan simples (pese a ciertas simplezas adolescentes) como se cuenta, dependiendo del intérprete.
El volumen echa por tierra definitivamente que vamos a peor o que la calidad de la poesía de los jóvenes está tan devaluada como casi todo en la vida cultural e intelectual (no digamos política) de este país llamado España. Y ya que lo menciono, y como destaca Marqués, no poca de esa poesía está directamente involucrada en los problemas de su tiempo (que es el nuestro) y no le hace ascos a hablar de precariedad laboral, sexo, feminismo, falta de vivienda, etc. 
A modo de resumen, me quedo con la idea de que “el mejor modo de honrar la tradición y agradecer lo heredado no es emularlo sino conocerlo y prolongarlo”. Que “la lección de los clásicos es que no hay que imitarlos en las formas sino en la intención”. Eso hace este puñado de poetas. Lo celebro. 

El tiempo está cambiando. Nueva poesía española
Juan Marqués
Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2025. 384 páginas. 20 €

Esta reseña se ha publicado en la revista 

15.2.26

14.2.26

Carlos Medrano lee "Territorio"



Territorio, o la culminación de una mansa costumbre

Si contemplas con calma este lugar,
podrás ver algo más de lo que ves:
la vida de quien supo concebirlo.
                                 Á.V.

Suele decir de sí Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) que él pertenece a la generación poética de la democracia o de los años 80 como más o menos así se tituló una antología donde él fue incluido, elaborada por José Luis García Martín, como también se alude por este nombre a la pléyade de creadores entonces jóvenes que comenzaron a publicar en aquellos años ilusionantes de recién estrenadas libertades tras la Constitución de 1978, y que dieron voz -como en otras disciplinas- a unos años de florecimiento creativo y confluencia de muchas expresiones, con el referente de la alta lección literaria y cívica de todos los poetas precedentes de más de una generación que bajo el régimen represivo anterior alentaron en su obra el logro de otro país sin grisuras ni limitaciones. Mirando atrás, sin duda estos años 80 fueron para quien de esto participó un periodo personal y social estimulante y satisfactorio. Fueron jóvenes y estaban aportando a su propio mundo, ya sin condicionantes, unas modulaciones más ricas desde la experiencia -y no excepción- de ser libres.
Y sin embargo, esta alusión generacional no supone adscribir la poesía de Álvaro a una voz coral o de época en la que se mimetizase, pues su poesía, si bien ha ido modulándose en el tiempo y ha tocado algunos tonos y facturas diferentes, pertenece a la de los autores con una voz propia clara y diferenciable, como es preferible, pues la escritura de verdad, si no olvida su radicalidad creativa, no es sino un reflejo de una personalidad, actitudes y enfoque vivencial y comunicativo singular e irrepetible.
Atendiendo a su origen geográfico, dentro del ámbito de la poesía extremeña, Álvaro, sin duda alguna, ha sido desde estos años 80 hasta hoy uno de los tres grandes autores de la lírica de esta inquieta e interesante región en este tiempo, junto a las figuras capitales de Basilio Sánchez y Ángel Campos Pámpano. La muerte, injustamente temprana privó al último de ellos de completar una obra poética con el desarrollo y calado como la que han podido aportar estos otros dos vértices de la lírica contemporánea en nuestra región. Tres grandes autores con proyección nacional, amistad, colaboración y reconocimiento entre ellos, con un compromiso cultural con la regeneración cultural y literaria de una tierra hasta entonces algo baldía en esta materia, y a la vez referentes cercanos en quienes reflejarse para la gran mayoría de otros jóvenes escritores de la propia región.
Estos primeros días de febrero, en los “Nuevos textos sagrados” de Tusquets, su editorial de siempre, Álvaro ha culminado uno de los más bellos propósitos de todo escritor noble y conscientemente profesional, pues este es un rasgo innegable al haber hecho de su vida literaria una labor central y minuciosa, por otro lado fecunda y reflexiva. Territorio no sólo fue el nombre de su primer libro sino el que ha elegido también para el conjunto de su poesía reunida, aludiendo así a esa identidad del espacio fielmente sentido y elegido para vivir desde sus orígenes en adelante, en el que una vez y otra no ha dejado literariamente de explorar y de encontrarse a sí mismo en una geografía conocida y propia, en la que también sucede, con y sin intemperie, su trascurso, trazando al escribir la presencia y detalles de esa naturaleza, y en sus paseos y contemplación en soledad, la resonancia interior de las propias cavilaciones y vivencias.
Estamos en esta recopilación de doce libros y algunos poemas más ante la coronación de un corpus que da sentido a una dedicación considerable y constante. Una tarea desde sus inicios diaria, si atendemos a la naturaleza de ávido y buen lector, con la meticulosidad de alguien que desde siempre ha comenzado sus jornadas ante su mesa de despacho antes de que el sol rayara, en esas horas silenciosas y propicias más que otras a leer, a atender una correspondencia que antes de la aparición de los emails solía remitir escrita a mano con esa letra diminuta y cursiva en cuartillas o tarjetas de color crema, y horas que también daban para un seguimiento exhaustivo de la actualidad (pareciera que las noticias, literarias o no, existieran para que las conociera antes que nadie Álvaro). La escritura era parte de un conocimiento y reflexión de un amplio y buen lector, gustoso de conocer el oficio y el abanico del mundo por las consideraciones literarias y vitales de tantos otros escritores en sus memorias, diarios y meditaciones. La literatura, por tanto, permitía acceder a esa otra dimensión del pensamiento y el testimonio humano ajeno a cualquier limitación de lo físico e inmediato. En el fondo, una experiencia recogidamente expansiva para alguien sabedor de que el espíritu del hombre es un lugar tan incontable e inasible como los átomos del aire.
El corpus que supone la aparición de Territorio como poesía reunida muestra también la huella de un escritor sistemático, acostumbrado a ritmos habituales y predecibles en los cuales esa mecánica natural era parte de una armonía desde la que componer un universo que se despliega de esta forma. Desde bien pronto, por la lectura o las veces en que afortunadamente nos tratamos, la imagen que de Álvaro se me iba formando era la de estar ante un escritor inglés, meticuloso, elegante, con corrección tanto en su imagen como en el trato considerado, observador con aprecio, generoso en una conversación confiada y sin tamices, y además de su predilección por la proporción y la medida, raudo en una ironía sagaz y viva, cercana a su rapidez nerviosa. Tal vez, esta experiencia de lo personal me acompaña sin interferir en la lectura, dándole una corporalidad añadida la suerte de haber vivido cerca y paseado Plasencia, como también sus alrededores de la Vera y el Jerte.
Hablo de ello porque todos estos rasgos los considero humanamente complementarios de una obra que al presentar ahora completa permitirá la lectura sostenida y global, hasta ahora tal vez sólo al alcance del propio escritor en su trabajo consciente de intimidad y tinta. Una escritura correcta y a la vez sensitiva, a veces perceptible como cinematográfica, en escenarios y disertaciones que desde una pantalla atrapan al lector como a un espectador privilegiado en su butaca ante un personaje que desgrana las luces y las sombras de sus pasiones y fragilidades, y la preferencia de sus parajes y lugares algunas veces abiertos, naturales, u otros, como los jardines urbanos de una naturaleza menor trazada por el hombre, que permiten una delectación y un refugio para abstraerse y recrearse. Estamos, en general, ante una poesía concreta de sucesos, situaciones, personas y lugares que podían tocarse con la mano, desde el agua que corre sin detenerse río abajo a los ojos de dos personas que se cruzan y se pierden estremecidos en direcciones diferentes. Los sentimientos personales pocas veces o discretamente se expresan, y por eso mismo, por esa reserva y dignidad ante lo íntimo, cuando afloran ante seres queridos con los que se comparte la vida o que nos han abandonado, conmueven en una expresión en que la propia mención de lo que se cuenta es muestra de una biografía íntima sentida con un certero aprecio. En la visión del poeta hay un tacto presente hacia el relieve de los días y el mundo. La fragilidad, el pesimismo de algunos momentos, el claro desgaste de algunos acontecimientos en el paso del tiempo no eclipsan una referencia amable y justa que contiene el ideal de armonía con el que se contempla la vida y desde el que empezó esta aventura de escribir en una edad desbordante mucho más fascinada por los brillos y la estética. Y sin embargo, no estamos ante una poesía de oropeles y retórica. El lenguaje es lo que identifica la obra de Valverde, y este bien pronto optó por la cercanía a las palabras usadas a diario, sin afectación, sin rodeos, de tal modo que esta dicción y el ritmo de sus versos de naturaleza impar conformaran la identidad de una voz reconocible de autor, que a la vez con pericia y naturalidad se hacen parte fundamental de la experiencia poética transmitida. Lo particular y lo universal, lo íntimo y lo externo adquieren el color de estas palabras, como el tono y la luz de ciertas fotografías son parte y señal de la visión de quien las toma.
Esta edición -impecable, pulcrísima; no hay mejor homenaje para un escritor que culmina su obra- de la poesía reunida de Álvaro, se completa con la novedad de un breve y reciente libro inédito fechado en 2025, Geografías del jardín. Me atraía abrir la obra por aquí. En general, son apuntes más rápidos, alguno cercano al haiku, y tendentes a la brevedad de sus últimos versos, con la herida esencial de lo lírico en ellos. De nuevo esos espacios reducidos y apreciados que se abren a la vez como ventanas del alma para el que busca esa sensación invisible de lo que se presiente y se ha perdido, pero a veces en su placidez se nos hace presente. En el arranque de la página 17 del libro leemos un verso conocido de antiguo: “Lenta procede la enramada”. Y en el final de la página 648, se nos dice “Que la naturaleza, / en suma, / se ocupó de crear / ese simple prodigio.” Esta palabra es la sensación con la que los lectores amigos hemos recibido este libro. Si la poesía, como concebía Paco Pino -entre otros poetas más- radica en la mirada (recuerdo los poemas de una de sus plaquettes, Nada más que mirar), la escritura poética de Álvaro Valverde es un testimonio sincero de alguien que con una contenida palabra ha recogido algunas huellas del mundo -el enclavado en su Plasencia natal y el de sus proyecciones y viajes- donde ha encontrado las señales de la luz y del tiempo que fugazmente se nos ha concedido e inquietamente atravesamos descifrando. Tras adquirir el libro, hay noches que no deberían acabarse hasta llegar a las últimas páginas de lo que recogido en un solo volumen a lo largo de cuarenta años de escritura es un esmerado regalo. Agradecido.

Territorio (Poesía reunida, 1985-2025)
Álvaro Valverde
Editorial Tusquets, Nuevos textos sagrados, 335
Febrero de 2026
 
NOTA. Esta reseña se ha publicado en el blog Isla de lápices.

4.2.26

Miguel Ángel Lama lee "Territorio"



Territorio de Álvaro Valverde

Me emociona tener en mis manos este volumen de la poesía completa de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). Sé que no es completa y que el rigor exige el término que lleva el subtítulo de este imponente Territorio. Poesía reunida (1985-2025), que acaba de aparecer en la colección «Nuevos textos sagrados» de Tusquets Editores, sello en el que el poeta placentino viene publicando sus libros desde 1995, cuando salió Ensayando círculos. La redondez de una poesía completa expresa mejor este entusiasmo de ver toda una vida poética de cuarenta años recogida en un volumen de setecientas veintiséis páginas. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal en su espléndido epílogo, «esta poesía reunida ofrece una idea bastante clara y bastante amplia de cómo ha sido y cómo es la vida de quien la ha escrito, de cuáles son sus hábitos y sus costumbres, cuáles sus inclinaciones y sus intereses, cuáles, en fin, su concepción de la existencia, sus preocupaciones y su pensamiento» (pág. 695); y por esto mismo nos pone delante a ciertos lectores un escenario que hemos conocido desde su comienzo hasta el momento presente. Digo más: incluso sobrepasando ese límite por el principio, pues hay una prehistoria de este Territorio de la que también supimos gracias a que la vida nos ha favorecido con la cercanía y la amistad del poeta. La lectura de tan apreciado volumen, que recupera el título de su primer libro de 1985, me trae, pues, muchos recuerdos: conversaciones, viajes, encuentros en el momento fatal de la despedida de algunos amigos, cartas, numerosos correos electrónicos, wasaps, presentaciones compartidas y esa manera de honda relación de muchas, muchas horas de lectura. Me emociona revisitar poemas de Una oculta razón (1991), de Mecánica terrestre (2002) o de El cuarto del siroco (2018) en los límites de este nuevo territorio que los aúna, un volumen que ofrece novedades felices y significativas, como marcas de vida y de poesía: la dedicatoria invariable durante tantos libros a Yolanda, Leticia y Alberto, que incluye a sus dos nietas, Vega y Gala; los lemas generales de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y de Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»), la incorporación de un libro nuevo, Geografías del jardín, fechado en 2025, y la inclusión de una sección final de «Poemas recuperados», con siete textos de publicación desperdigada en muy diferentes sitios entre 1998 y 2012. Una obra así es una especie de atlas de la geografía poética de un autor en el que, además, la idea de lugar es nuclear; también es el calendario poético de una vida que es, con todo, una «apacible huida hacia la muerte» (de «Autobiografía», en Desde fuera). Lugar y tiempo son nociones recurrentes en el libro y en toda la obra de Álvaro Valverde, y este Territorio de 2026, en tanto que obra nueva, lo corrobora. Novedades, decía arriba, y también invariantes tan sutiles y delicadas como la presencia —de nuevo, después de Mecánica terrestre, Más allá, Tánger El cuarto del siroco— de la amistad con el artista Salvador Retana, que ilustra la cubierta, y que contribuye así a esta conciliación de todo. Celebro, en fin, alborozado, la publicación de esta poesía completa y doy las gracias a Álvaro Valverde por haberme permitido durante todos estos años asomarme a este privilegiado mirador de su territorio. Ahora, a seguir leyendo.

En su blog PURA TURA

2.2.26

El universo López Andrada

López Andrada (Villanueva del Duque, 1957) es, sí, un autor prolífico. De libros de poesía (los últimos, Parte de ausencias y Va oscureciendo) y novelas, obras por las que ha obtenido numerosos premios. Su mundo está centrado en lo rural y, claro, en la naturaleza. Un mundo campesino y único que mantiene vivo en su memoria y pertenece, sobre todo, a su infancia (simbolizada por el machadiano azul); seres y cosas inseparables de sus propios recuerdos. En esta entrega, subtitulada “Una elegía rural”, evoca de nuevo ese paisaje del alma, siempre igual y siempre diferente. Para ello usa la medida del poema en prosa, movediza mezcla de dos géneros que, por cierto, nunca se ha preocupado de diferenciar. Lo divide en tres partes: “Ámbitos”, “Imágenes” y “Las ausencias”. Ahí, “la luz de la pobreza”, que rima con tristeza; el miedo, de posguerra, benemérita y maquis; la emigración: “Nunca olvidaré el paso umbrío de los que emigraron”; los animales: las bestias y los pájaros; el tren y los abuelos; la familia y los amigos, y en especial sus muertos (Adela, Regina, Michu, Caco…); el barro y el verano; los lugares, natales (“la tierra despoblada en que crecí”) y asumidos, como Córdoba.
“Ahí tienes el paisaje, escríbelo”, leemos. A eso se aplica. Es un testigo. Porque “vivimos dentro de una despedida”, por evitar “el liquen del olvido”, canta y cuenta con amor para que ese universo no desaparezca: “Mi reino, tan sencillo y diminuto que cabe en un recodo de mi mano”.
A pesar de su apuesta por la sencillez (“¿Cómo no ser humilde en estos campos?”), su lenguaje lírico es opulento. Cargado de adjetivos certeros y de arriesgadas comparaciones e inspiradas metáforas, donde la imaginación y lo onírico prevalecen. Según Gabi Martínez, es “uno de los últimos virtuosos de la melancolía”.
 
Alejandro López Andrada
Hiperión, Madrid, 2025. 80 páginas. 13 €.

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



 

Reseña uruguaya de "Meditaciones..."

Juan de Marsilio reseña Meditaciones del lugar en El País (Uruguay). Nunca es tarde si...

Una poe­sía calma y repo­sada

Cuando comen­zaba el siglo XIX nació el Roman­ti­cismo, tanto en su ver­tiente pasio­nal como en su opuesta, la melan­có­lica. Con ella entronca el espa­ñol Álvaro Val­verde (1959), cuya poe­sía selecta se pre­senta en Medi­ta­cio­nes del lugar.
La de Val­verde es una poe­sía calma y repo­sada. El abor­daje de la natu­ra­leza es esti­li­zado, a la vez sen­so­rial y con­tem­pla­tivo, esto último en el sen­tido de intuir, tras la apa­rien­cia fugi­tiva de las cosas, lo per­ma­nente, como se nota ya en Las aguas dete­ni­das, su pri­mer libro, cuyo aire se capta aquí:
Las cosas per­ma­ne­cen en las cosas: pasa la luz dudosa entre los arcos, des­cansa en los bal­co­nes colo­nia­les, bri­lla en las aguas blan­cas del invierno. Pasa la luz y nada y nadie acierta en la adi­vi­na­ción. Los sig­nos expec­tan­tes, el cielo de ame­naza. Las seña­les. ¿Acaso no ven el ful­gor que lo anun­cia?
El antó­logo y pro­lo­guista José Muñoz Milla­nes expone las influen­cias de Luis Cer­nuda con citas pre­ci­sas, tam­bién de los poe­tas meta­fí­si­cos ingle­ses y la poe­sía latina en el tópico del “locus amoe­nus”, lugar ameno que per­mite al poeta medi­tar. Señala tam­bién Muñoz Milla­nes la influen­cia de la téc­nica de la com­po­si­ción de lugar, pro­puesta por San Igna­cio de Loyola en sus Ejer­ci­cios espi­ri­tua­les. El pai­saje puede ser real o ima­gi­nado, y al mirarlo, el poeta cons­truye otro pai­saje. Val­verde tiene con­cien­cia de ese arte de la mirada excén­trica, como puede verse en el frag­mento del poema “Com­po­si­ción de lugar”, del libro Ensa­yando cír­cu­los:
El ángulo difiere, es otra desde aquí la pers­pec­tiva. No basta este deta­lle para hacer que de pronto todo pase por fal­sa­mente nuevo.
(...)
Hay algo inde­le­ble en los per­fi­les de cuanto, dete­nido, me rodea.
En resu­men: una muy buena anto­lo­gía de un poeta mayor, que invita a la lec­tura inte­gral de su obra.

MEDITACIONES DEL LUGAR, Anto­lo­gía poé­tica (1989-2018), de Álvaro Val­verde. Pre-Textos, 2024. Valen­cia, 154 págs.



31.1.26

Diecisiete casas

La poeta valenciana Àngels Gregori Parra reúne en una nueva entrega de la colección Sombras, dedicada a antologizar poemas de mujeres en distintas lenguas, los escritos en catalán por Antònia Vicens, Marta Pessarrodona, Margarita Ballester, Teresa Pascual, Vinyet Panyella, Cèlia Sànchez-Mústich, Dolors Miquel, Susanna Rafart, Maria Josep Escrivà, Gemma Gorga, Àngels Marzo, Mireia Calafell, Maria Callís, Blanca Llum Vidal, Anna Gual, Maria Sevilla y Raquel Santanera. Ésta nació en 1991 y Vicens medio siglo antes.
En el breve prólogo, Gregori señala que “hacer una antología nunca es una labor burocrática” y que es inevitable que intervenga el gusto personal. Más que justificarse, celebra con la muestra que “la vitalidad de nuestra tradición poética” esté “más presente que nunca en la poesía escrita por mujeres”, representadas aquí por “tres generaciones simultáneas”. Al final del volumen se da cuenta las respectivas trayectorias y no deja de llamar la atención la cantidad de premios y condecoraciones que la mayoría atesoran.
Como ocurre con estos trabajos, el lector descubre voces que, por escribir en otro idioma, ignoraba. No es el caso de todas: Vicens (Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura de España en 2018) o Pessarrodona son de sobra conocidas y de Gual reseñamos hace poco un libro. No son las únicas traducidas al español.
Destacaría la similitud de tonos; propios, me atrevo a generalizar, de la feraz poesía catalana contemporánea y, en concreto, por su afinidad con la veta anglosajona.
Como lector, más allá de la valoración altamente positiva del conjunto, subrayaría lo escogido por la antóloga de las obras de Pessarrodona, Panyella, Rafart, Marzo, Calafell, Callís y Gual. Poemas como “Londres, 1967”, “Taller Cézanne”, los seis de Rafart, “El rostro nival”, “Épica II”, “Venías hacia mí…” y “La pasión”. Diecisiete poéticas como diecisiete casas, sostiene Gregori, inspirándose en Philip Levine.
 
Àngels Gregori Parra
Vaso Roto, Madrid, 2025. 137 páginas. 23 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.



18.1.26

Muere Cristino de Vera

Ha muerto el pintor Cristino de Vera. Esto escribí en ABC hace (casi) un cuarto de siglo.
Cristino de Vera en Silos

ESTE era un encuentro anunciado. Que uno de nuestros artistas más secretos, uno de nuestros solitarios (como Gaya), alguien que ha ido elaborando una obra cargada de soledad y de silencio, de austeridad y de quietud, a la «búsqueda de la esencia de las cosas», exponga en un monasterio no deja de ser la cosa más natural del mundo. Podría haber colgado allí, de esos muros blancos que tanto abundan en sus cuadros, parte de esa obra a la que hacía mención hace un momento. Su imaginario: mesas, cuencos, velas, cráneos, ventanas, cestos, tazas, cementerios... Antes, paisajes de Castilla. No creo que Silos diste de ser parte de su mundo. Con todo, a raíz de un regreso a la abadía (que visitó por primera vez a instancias de Gerardo Diego a finales de los sesenta) y de una larga conversación con el abad, Clemente Serna, Cristino de Vera vuelve a Madrid, a su estudio cerrado con aires de celda monacal, como nos cuenta Juan Manuel Bonet, y dibuja las plumillas sobre papel que conforman su muestra en Santo Domingo, abierta hasta mediados de diciembre de este año. Esos dibujos son nuevos y, como no podía ser de otra manera, idénticos a otros de los suyos. No cabe imaginar cosa distinta en alguien que vive en su particular morada, propia y diferente, como corresponde a un pintor con personalidad, dueño de una visión parcial, con una trayectoria rica y larga a las espaldas. Podemos ver el resultado, además de en las paredes del convento, en el sobrio catálogo, acorde con el espíritu de esta pintura, editado para la ocasión por el Museo Reina Sofía en colaboración con distintas entidades privadas. Allí, de nuevo, como decía, sus atmósferas cargadas de ese «meollo de luminosidad sorda que emerge de la insondable profundidad del lienzo (aquí, papel) como algo sobrenatural», en palabras de Calvo Serraller. Allí, su «luz ofrecida». Sus vanitas, recordatorio oportuno y siempre necesario de nuestra efímera condición mortal. Allí, las cruces (cristos y crucifixiones) y las tazas, que son cálices. Las lecturas de San Juan de la Cruz, tan apropiadas para el lugar elegido y para un pintor de aliento místico y poético como Vera. La geometría. Unos dibujos, eso sí, que nadie se llame a engaño, que dialogan no sólo con la tradición de Zurbarán (su «hermano espiritual», según Bonet) y de los clásicos, valga la simplificación, sino que también lo hace con otro clasicismo, el de la modernidad. Y ahí, Rothko, Pollock, Malévich, Klee... Al fondo, otros pintores de su estirpe: Morandi, Luis Fernández.
Son especialmente lúcidas, en todos los sentidos, las prosas del pintor que acompañan, junto a citas muy oportunas de diversa procedencia (Weil, Van Gogh, fray Luis), las reproducciones. Dan cuenta de la vida de un hombre empeñado en profundizar en su tarea. No tienen como misión explicar nada, y menos aún lo que se ve. Van más allá: trazan el sinuoso camino de la creación. Los que no le conocemos, esto es, los que le vislumbramos por las contadas noticias de la prensa y por lo que nos cuentan los críticos y los periodistas, no muchos, adivinamos en Cristino a un ser frágil, dubitativo, emboscado, que vive por y para su obra, un punto atormentado incluso. Algo de sí mismo ha dejado entrever en su texto Autobiografías (elocuente ese plural) del que por suerte algo se recoge en el catálogo. Se define como hombre de contrarios: luz y sombra, vida y muerte, alegría y melancolía; con conciencia temprana de su vocación; deseoso de lograr obras calientes, con fuerza y expresividad; sabedor de que «la pintura es una manifestación de la vida», que reconoce, en fin, que ha pintado «para eliminar la oscuridad del miedo», como le confesó a Juan Cruz.
Nada mejor para terminar que dejarle la palabra: «Quisiera en mi trabajo que todo tuviera un aire poéticamente remansado, que pareciese que lo fugaz es detenido, que huyese la angustia, y el silencio de paz lo envolviese todo, que la misma muerte fuera clara y diáfana como una melodía silente donde todo fuese armónico». Cristino de Vera, ya ven, un místico, pero de nuestro tiempo.
ABC, 29 de noviembre de 2002

14.1.26

Fragilidad de la belleza

En 2024, más de dos décadas de silencio después, el poeta Francisco Bejarano publicaba por sorpresa Contra el júbilo. Ahora, a los ochenta de su edad, da a la imprenta este nuevo libro que se une a Transparencia indebidaRecinto murado, Las tardes (Premio Nacional de la Crítica) y El regreso, los que componen su obra poética. Cabe sumar dos antologías: Un juego peligroso, publicada (La Isla de Siltolá, 2011), con edición y prólogo de José Julio Cabanillas, y Los demonios de la melancolía, que acaba de publicar Renacimiento en su icónica colección de florilegios al cuidado de Fernando Taboada.
Seis partes componen Muchachos, que incluye delicadas ilustraciones de Álvarez Mejuto.
“Porque la vida sigue en los recuerdos” y “se acaba del todo cuando te dejan de recordar”, evoca Bejarano a “los muchachos que amé”. “Han muerto todos”.
Los poemas de esa sección me parecen los más logrados, como “Secreto” (“El amor verdadero, su pureza, / se hace vulgar si median las palabras”) o “Fragilidad de la belleza”. La elegante dicción clásica del jerezano se acompasa bien al tono melancólico y elegíaco de unos versos que aluden veladamente a lo prohibido. Eran otros tiempos; sin embargo, “¿qué haremos / con al persistencia de lo vivido?”.
No falta la nota culturalista: “El recuerdo y la contemplación bastan. / Es un arte mayor el erotismo”. En “Un mundo masculino” revive a personajes griegos (Estratón de Sardes), romanos (Marco Aurelio) o artúricos (Sir Galaz); en “Salón de inmortales”, a chicos (normalmente desnudos) que protagonizan obras de arte famosas, de Broc, Leys, Canova, Gainsborough o Sorolla; en “Devociones privadas”, a actores de cine: Brandon de Wilde, Colin Farrell, Matt Damon, etc. El libro se cierra con un bonito homenaje a Pasolini: “Los libros nos transmiten la añoranza / de tiempos y existencias no vividas”.
 
Francisco Bejarano
Pre-Textos, Valencia, 2025. 84 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.