13.12.19

Juanra

Como le llamamos los más. Hablo del placentino Juan Ramón Santos, narrador, crítico y poeta, que acaba de ganar el premio Felipe Trigo, en la categoría de narrativa corta, con su libro El síndrome de Diógenes. Mañana deja la presidencia de la Asociación de Escritores Extremeños y ha mandado a los socios una carta de despedida. En ella dice, entre otras cosas, que "Ha sido un placer, y un honor, presidir la asociación durante estos cuatro años. Hemos tratado de trabajar todo lo posible por la AEEX, por impulsarla, por darle actividad, por asegurar su buen funcionamiento. Algunos proyectos, claro, se han quedado en el papel, pero resulta difícil poner en marcha todo lo que uno quiere".
Agradece el trabajo a quienes han "coordinando las aulas de literatura, los sucesivos números de El Espejo, manteniendo la web y las redes sociales, haciendo posible el encuentro de Guadalupe, el Congreso de Villanueva o el pequeño ciclo de conferencias sobre derechos de autor que organizamos el pasado mes de mayo".
Menciona, cómo no, a los miembros de su Junta Directiva: Pilar Galán, Nicanor Gil, Diego González, Susana Martín Gijón (que al parecer será elegida nueva presidenta), Isabel Pérez, Fernando Pérez, Urbano Pérez, Luis Sáez y José Manuel Vivas. 
Destaca "la labor fundamental, extraordinaria, indiscutible, que ha llevado a cabo Antonio Reseco estos años, una labor unas veces visible y otras muchas callada, a la sombra". Añade: "no exagero lo más mínimo si digo que la mejor decisión que he adoptado como presidente fue la de proponerle que me acompañara en la aventura haciendo las funciones de vicepresidente". 
No se olvida, es imposible (quienes hemos pasado por ahí lo sabemos muy bien), a Mavy Pajuelo, "encargada del papeleo, sin cuya labor, esa sí que constante y callada, la AEEX, sencillamente, no funcionaría". No miente.
Anuncia que seguirá coordinando, "mientras sea necesario" (lo es, preciso) el Aula de Literatura "José Antonio Gabriel y Galán" de Plasencia. 
Remata su misiva con "Lo dicho, que ha sido un honor".
Aunque las comparaciones sean odiosas, me atrevo a decir que no me cabe la menor duda de que la AEEX ha tenido un presidente ejemplar. Si no el mejor, uno de los mejores. Y hablo de dos o tres, no de los siete que, si no me equivoco, ha tenido esa institución desde que se fundara, en los ochenta del siglo pasado, para sacar del erial a la literatura de esta tierra irredenta. 
Los que le conocíamos nunca dudamos de que su gestión iba a ser impecable. Y así ha sido. Como lo es desde hace años al frente, digamos, de la cultura placentina (Teatro Alkázar, Feria del Libro, etc.), uno de los grandes aciertos del alcalde Pizarro.
Deseamos a los que llegan éxito en su compleja tarea. El listón, bien lo saben, está muy alto. 
Termino por el principio, por ese nuevo libro de Juanra que sus lectores esperamos con ansiedad. Algo ha adelantado en una entrevista concedida a El Periódico Extremadura.
Este hombre eficiente y discreto ha descubierto que la única manera de ser conocido y hasta valorado en este dichoso país que no lee es ganar premios. Pena. O no. Por culpa de uno (debidamente remunerado) verá pronto la luz en la Fundación José Manuel Lara (que no es mal sitio) El síndrome de Diógenes y algunos se darán cuenta por fin de que el Juanra narrador también existe. 

Nota: La fotografía es de Toni Gudiel, para El Periódico Extremadura

10.12.19

Bayal lee a Ferlosio

Gonzalo Hidalgo Bayal publica en el joven catálogo de La Moderna Camino de Jotán y El desierto de Takla Makán. Lecturas de Ferlosio
La idea del editor extremeño David Matías me parece oportuna y perfecta. Son dos libros fundamentales para comprender la singular obra del narrador, ensayista, gramático y lingüista español que ya no eran accesibles para la mayor parte de los lectores. 
El primero (que lleva por subtítulo, no se olvide, "La razón narrativa de Ferlosio") se publicó en Los Libros del Oeste (Del Oeste Ediciones) en 1994. El segundo, en la Editora Regional de Extremadura en 2007, dentro de la extinta pero preciosa colección Ensayo Literario, cuando uno andaba por allí. A este, por cierto, se le suman tres textos que no figuraban en la primera edición, como se señala en la precisa "Nota bibliográfica" que figura al final del volumen.
"Casi treinta años median entre el texto más antiguo y el más reciente de los que recoge este volumen". Así empieza la "Nota previa" que justifica la nueva edición del libro. Porque, ya se dijo, reúne dos libros ilocalizables y porque, anécdota elevada a categoría, cuenta GHB que en el verano del 94 y en una de las destartaladas habitaciones de la ferlosiana casa familiar de Coria, siempre en "periodo de restauración", encontró pintado en la pared: "Camino de Jotán". El dueño atribuyó ese hecho a una "prueba de color". Hace apenas un mes, en otra visita al mismo lugar con motivo de un homenaje póstumo al autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí, se pudo comprobar que la pintada seguía allí. Una fotografía lo verifica. Deduce Bayal que "si la prueba de color se había mantenido intacta durante un cuarto de siglo, tal vez podría alcanzarle todavía alguna suerte de permanencia" a este libro, cosa de la que no me cabe la menor duda. A pesar de la humildad bayaliana, expresada en el mencionado prólogo. Por aquello, recuerda, que dijo uno de sus personajes novelescos (en La escapada): "También yo creo que cuando termino las cosas es cuando estoy verdaderamente en condiciones de poder empezarlas". Me cuesta creer que lo ya dicho pueda mejorarse. Él lo entiende, claro, como limitación. Uno, como demostración palpable del logro plenamente alcanzado. 
Sí, "una suerte de autoridad en la materia" tiene desde hace décadas (su primer texto sobre Ferlosio data de 1989) este hombre que tanto y tan bien y tan hondo ha leído una obra extensa y compleja como pocas y, lo que es más difícil aún, que con sus lecturas ha logrado esclarecerla y hacerla comprensible para el lector, digamos, medio; ese no dotado de los amplios conocimientos y resortes lingüísticos, filosóficos y literarios que un lector omnisciente, como Bayal, posee de sobra. Eso lo sabía mejor que nadie Ferlosio, que quiso fijar caligráficamente esa admiración en un muro de su ruinoso palacio cauriense. Mal que les pese, dos maestros. 

9.12.19

Poesía 2.0: fans, no lectores

Un buen día ojeé como de costumbre (con la misma desgana con que observo lo que es poco fiable) la lista de los libros más vendidos de poesía del suplemento cultural y me di cuenta de que no conocía a nadie. Los nombres de los presuntos poetas eran extraños; los títulos, ñoños. De las editoriales tampoco sabía. Luego fueron llegando más señales acerca de los que unos han dado en llamar parapoesía o poesía juvenil o nueva poesía popular o, en fin, poesía pop tardoadolescente, como la denomina Martín Rodríguez-Gaona, autor de Mejorando lo presente. Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes (2010), un estudio precursor sobre las relaciones entre la poesía y la tecnologías de la información y la comunicación. Noticias acerca de Elvira Sastre, cabeza de serie de la tendencia, que el crítico Benjamín Prado saludo como “La poeta que desde hace mucho tiempo estaba pidiendo a gritos la literatura española”. Por lo pronto, para sorpresa de todos, ha obtenido el antaño acreditado premio Biblioteca Breve. Otra de las más famosas del grupo, Loreto Sesma, ganaba el otrora prestigioso premio Ciudad de Melilla.
Mientras, los medios de referencia (El País, la Cadena Ser, etc.) se entregaban con fervor a la causa de los nuevos poetas nativos digitales. No digamos algunas editoriales bien conocidas: Visor, Espasa (que ha creado un premio ad hoc), Planeta…
En el treinta aniversario del premio Loewe, símbolo de excelencia, les hacían un hueco en el vídeo promocional. Hasta el mismísimo director del Instituto Cervantes, buque insignia de nuestra lengua, se rendía a la evidencia: la parapoesía llegaba para quedarse.
Ante el desconcierto general, empezaron a menudear artículos (uno de los primeros, del incisivo Juan Bonilla: “De repente unos poetas”) y otras reflexiones críticas a propósito del fenómeno. Sólo ahora tenemos un libro entero dedicado a analizar el controvertido asunto. De golpe, la poesía pasó de la invisibilidad a la moda, aunque me apresuro a decir que esto de poesía tiene poco.
Con La lira de las masas. Internet y la crisis de la ciudad letrada, el citado Rodríguez-Gaona ganó el premio Málaga de Ensayo. En él trata de explicar un cambio de paradigma. Este “periodo transicional”. Los jóvenes poetas nativos digitales, los prosumidores (“emisores masivos” que controlan la edición y el consumo de sus productos) optan por una poesía fuera del libro. O que llega al libro a posteriori. Antes está en las redes y los nuevos formatos. Adopta forma de canción (Marwan), de vídeo (los youtubers)… Lo oral prima tanto o más que lo escrito.
Sus poemas, digamos, no son calificados con criterios literarios, sino comerciales. Uno es mejor cuanto más vende. O cuantos más “Me gusta” o seguidores obtenga. “El mercado es hoy quien genera el canon”. De ahí que estén tan de moda los rankings, las listas y los best sellers, que ya no sólo son novelas. Y los influencers. Por ejemplo, la célebre Luna Miguel, a la que MR-G dedica no pocas líneas, otra poeta que se ha pasado a la novela con un éxito escaso.
Y todo, claro, en el imperio de Internet. Y, no se olvide, del ultraliberalismo imperante en todo el planeta (por eso el libro no se limita a la poesía y abarca la globalidad de lo que pasa).
Ha llegado la democratización al mundo de la lírica, una ilusión de siglos: “La poesía escrita por todos”, el “mallarmeano sueño sobre la constelación y El Libro”. Al mismo tiempo, nunca tuvo más vigencia la definición de democracia aportada por Borges como “abuso de la estadística”. ¿Desde cuándo se pueden aplicar a la literatura criterios democráticos?
Este panorama un tanto apocalíptico es para el autor del ensayo síntoma del “inicio del fin de la ciudad letrada”. Al parecer, no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Ha llegado, dice, “el desprecio de la crítica y la historicidad en beneficio del entretenimiento”. Es el momento de “la inmediatez, la popularidad, la interactividad y lo efímero”. La prisa manda. Lo líquido. Hemos pasado del blog al muro de Facebook. A la imagen por encima de la palabra. Al poema con aspecto de tuit. Y ahí, “la primacía de la autorrepresentación”, la “retórica de la identidad”. Exhibicionismo narcisista a raudales y mucha, mucha fotogenia. La de Loreto Sesma en el Hola, pongo por caso. El “simulacro”. ¡Viva César Brandon! Los autores como personajes del star system.
Y la “preponderancia femenina”. El innegable hecho de que, por fin, ellas han tomado el poder, con todos los matices que se quieran añadir, entre otros el de la implantación del feminismo en el medio literario.
La “simplificación y la banalidad”, dice MR-G. Lo normal, cabe añadir, en una sociedad simple y banal propensa a los “eventos”. La infantilización de la cultura. Se acabó la antigua distinción entre alta y baja cultura.
La calidad viene dada por el “valor de mercado”. Consumistas, estos poetas toman el control de sus medios de producción con la ayuda inmediata de las corporaciones y las multinacionales. Lo iconográfico vence a lo textual. La publicidad es la herramienta.
Brines ya no tiene razón: La poesía no tiene lectores, como él decía, sino público. O mejor: fans. Buscan, entre ellos y con sus lectores, “cercanía y complicidad”. El “nosotros”. La comunidad poética sería la actualización internáutica de los viejos grupos generacionales.
Que la lectura no es lo que era es algo evidente. Esa mezcla de atención, soledad y silencio pasó para estos prosumidores a mejor vida. Su medio natural son las redes y los bares. Lo espectacular forma parte del ADN de estos millenials.
Es pronto para calibrar si estamos ante un cambio significativo o simplemente ante una moda pasajera más. Lo cierto es que la crítica responsable ha ignorado los productos de estos poetas digitales. No sabría decir si por dejación o porque bastante tiene con la poesía de verdad. Sí, porque ésta (en secreto, como siempre) resiste, ajena a la candente actualidad de estos “autodidactas con conocimientos avanzados de una retórica digital”.

Martín Rodríguez-Gaona
Páginas de Espuma, Madrid, 2019

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 132 de la revista Turia.

7.12.19

Carteles

Justo es decir que el cartel que anunciaba mi charla en el IES "Alba Plata" de Fuente de Cantos era obra de María Esther Amaya, Jefa del Departamento de Lengua, así como que los alumnos de Plástica de 4º de la ESO diseñaron, bajo la dirección de su profesora Victoria López, estos bonitos carteles para la ocasión. Carteles que han sido expuestos (junto a otros destinados a la Feria del Libro) en la biblioteca del centro. Mil gracias a todos.




5.12.19

Lobo Antunes dixit

Lluís Amiguet entrevista en La Vanguardia al novelista portugués António Lobo Antunes. He aquí algunas preguntas y respuestas.

¿No ve a los españoles más guerracivilistas y enfrentados que los portugueses?

En Portugal se mata como aquí: muy bien. Y hemos tenido nuestras guerras. Pero es cierto que mi padre, por ejemplo, y muchos otros intelectuales portugueses quisieron recuperar la unión con España.

Aquí se habla más de la desunión de España que de la unión con Portugal.

Pues tendría mucho sentido unirnos todos. ¡Qué gran país hubiera sido el ibérico!

Su política es menos agresiva también.

El otro día se reunieron cuatro expresidentes de la República para cenar conmigo. Fue un homenaje magnífico. Y mis amigos españoles, franceses e italianos me decían que en sus países hubiera sido impensable una cena así.

Les doy la razón.

Y en Portugal tampoco entendemos lo que pasa con Catalunya.

¿Qué es lo que no entienden?

¿Sabe? A los portugueses, Puigdemont nos parece un cobarde.

¿Por qué?

Porque no entendemos que haya huido después de haber comprometido a tanta gente. Para lograr defender tus ideas y cambiar un país hay que quedarse; no irse. ¿Los catalanes quieren mucho a Puigdemont?

Una parte, sí; y le votan.

A ustedes en España les falta ahora el carisma de líderes capaces de unirles y no de atizar los enfrentamientos para aprovecharse de ellos.

¿Líderes con carisma como quién?

Tuvieron ustedes magníficos líderes. Los portugueses admirábamos a Suárez, porque en Portugal decimos que tienes que poner tus cojones donde pones tus ideales. Y... ¡qué valor tuvo Suárez el 23-F frente a los golpistas!

Ni a él ni a Gutiérrez-Mellado se les puede negar que tuvieron valor.

¿Por qué no recuperan aquel espíritu? Era un heroísmo para la paz y la concordia que admiramos mucho en Portugal.

Nota: La fotografía es de Kim Manresa para LV. 

3.12.19

Con Alcaíns

El extremeño Javier Alcaíns (Valverde del Fresno, Cáceres, 1963) presentó el pasado sábado en la librería placentina La Puerta de Tannhäuser su último libro, La adivinanza del agua. El título, en efecto, es muy sugerente, tan hermoso como la obra en sí, y no refiero ahora al contenido sino al continente. Editado por él e impreso en Tecnigraf (bajo el sello Javier Martín Santos), se aprecia en todo, del papel a la tipografía y del diseño a la composición, el exquisito esmero, la meticulosidad con que ha sido concebido para que llegue a las manos del lector como si de una obra de arte se tratara. 
Capítulo aparte merecen la consustanciales ilustraciones que lo adornan. Distintas de las que hasta ahora nos había ofrecido este iluminador de códices (hay libros suyos, bajo el rótulo Códice Alcaíns, en el prestigioso catálogo de M. Moleiro: El cantar de los Cantares, El Libro de Daniel, Beato de Liébana). Sin figuras humanas, algo antes habitual. Con formas diversas. Algunas de indiscutible aire oriental. Realizadas con tinta de plata y con un motivo reiterado: la lluvia: "esta lluvia que cae sobre un paisaje de la tierra o sobre un paisaje de los sueños", como ha dejado escrito en la dedicatoria de mi ejemplar. 
Se refirió su presentador, Miguel Ángel Lama (que tan de cerca ha seguido la trayectoria del sierragateño afincado en Cáceres y tan bien conoce y explica su literatura ilustrada) al uso de las enumeraciones. Uno, sin querer, se fue al enumerador (caótico) Borges y ya allí a su famoso verso sobre la lluvia, aquello de que "La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado".
También citó Lama a uno de los máximos inspiradores del quehacer de Alcaíns: el pintor, impresor y editor suizo François-Louis Schmied, que fue un genio de la ilustración.
He aludido antes, precisamente, a la condición de ilustrador de Alcaíns, pero también podríamos mencionar la de miniaturista, la de calígrafo y, sobre todo, la de poeta (que a veces se confunde con el prosista, pues que no atiende en su escritura a un estricto criterio de género). A sus libros: Memoria de los viajesLa locura y las rosasTeatro de sombras, Arquitectura melancólica, Una ventana con la luz de la tarde...
En su breve intervención, Alcaíns intentó explicar lo inexplicable, ese misterio que le ha llevado a escribir La adivinanza del agua. De ahí que en su colofón leamos: «Javier Alcaíns escribió este libro, realizó las ilustraciones y diseñó las páginas con líneas de plata. Comenzó en abril de 2018 y le dio fin el primer domingo de junio de 2019, fecha en la que seguía sin saber la solución de la adivinanza del agua».
Aunque, como recordó, el concepto formal de libro tal como lo conocemos desde hace siglos ya estaba conseguido en los señalados códices medievales, Alcaíns da un paso más y, sin asumir su invención, propone un nuevo elemento: esas sutiles líneas de plata que, página a página, inducen al lector al disfrute pleno de lo escrito.
En cuanto al texto en sí, ya se dijo que participaba de la prosa (con momentos donde torna relato) y de la poesía. Abundan las repeticiones. De palabras, de ideas. De fragmentos podríamos hablar si los consideráramos partes de un mismo discurso, lo que acaso sea cierto. Pues que enlazados van, sin perder nunca de vista al agua y sus metáforas, la de la lluvia ante todas.
La imaginación prima. Una especie de dejarse llevar que dota al texto de la frescura propia del que va sin brújula y sólo atiende a lo que su mirada y su pensamiento le demandan. A lo que sus sueños le exigen. En un momento dado leemos: "Miro mi mano que escribe, pero yo no he creado mi mano, ni el cerebro que la guía, ni el alfabeto que conozco, ni la lengua, ni la literatura".
Por momentos, el sentido se transforma en sonido y la música de las palabras inunda, nunca mejor dicho, estas páginas líquidas que lo mismo te llevan a la infancia que al paisaje: del Jálama, de Las Hurdes y de mil sitios lejanos más (Odesa, México, Río de Janeiro, Tananarive, Montánchez, Tánger, Milán...), pues no en vano Alcaíns es una suerte de viajero perpetuo, poco importa si inmóvil. Basta con leer (a ser posible en voz alta, como hizo Lama en la presentación) ese poema que empieza: "En ningún lugar del mundo llueve como en Bangladesh...". Un poema, digamos, que tiene su continuación más adelante: "En ningún lugar del mundo llueve como en el centro del desierto del Sahara...", y que culmina cuando escribe: "Estará lloviendo en Oporto, el agua correrá por las calles en cuesta...".
Para leer y para ver, sí, este libro singular (donde no faltan significativos espacios en blanco), digno de un autor exigente que no teme asumir esos riesgos que sólo son capaces de afrontar los que no se conforman. 

28.11.19

Carta de Fuente de Cantos

No estaba el día para viajes. Iba hasta la otra punta de Extremadura. Alba Plata abajo, que es como se llama el instituto al que iba. En Fuente de Cantos, patria chica del gran Zurbarán. Tuve niebla, lluvia, viento...
El edificio tuvo un premio de arquitectura. Al entrar en el pueblo por la antigua N-630, cuántos recuerdos. De la Venta del Gato, por ejemplo. Ah, aquellos incómodos, interminables viajes al Sur con agradables paradas obligatorias. 
Se lo decía a los alumnos de 2º de Bachillerato, setenta, reunidos en la biblioteca junto a un grupo de profesoras y profesores. La primera vez que oí nombrar Fuente de Cantos fue cuando mi amigo Herrero se fue a pasar allí un largo y cálido verano. Y no precisamente para veranear. Al colegio de los Hermanos de la Preciosa Sangre. Tenía fama de reformatorio, como Armenteros. 
Me presentó Regino Cortés Nisa, de Bienvenida, el instigador. Se nota que se formó en las aulas de la vieja Facultad de Letras cacereña, en las clases de Rozas y Senabre, entre otros. Eso y que es lector de poesía. Fue didáctico y preciso, como hacía al caso. Muchas gracias.
No se olvidó de mencionar a los alumnos de 4º de la ESO, por su colaboración para el diseño del cartel del acto. En el elegido, la caricatura de mi paisano Esteban Navarro que ilustra la cubierta de la antología de la colección El Pirata que publicó la Editora. 
El director y el secretario se acercaron a saludarme. El primero abrió y despidió la charla. Todo un detalle que de nuevo agradezco. 
Entre el público, un profesor que asistió, cuando era un niño, a una que di en el colegio de Carcaboso, invitado por mi amigo y compañero Manuel Chico, el padre de Álex. 
El clima de atención y silencio se impuso desde el principio. Uno habló (bastante) y leyó (poco). En estas actuaciones se trata más de incitar a la lectura y desmontar los tabúes que rodean a la pobre, temida poesía que otra cosa. Contar tu propia peripecia ayuda a que quienes te escuchan entiendan que lo de dar en poeta es una mezcla de azar y carácter. Y que la literatura, la poesía, es "lo inagotable", como el título del poema de Gabriel y Galán donde para uno empezó acaso todo.
Se nos fue el tiempo volando, no sin que se formularan en voz alta algunas preguntas inteligentes. De las que no vienen preparadas. 
Es una buena idea (la de Fran Amaya, la del Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura) esta de invitar a escritores a los centros (los que cada IES elige). No es sino otra cara de lo que se pretendió con la, digamos, pata educativa de las Aulas Literarias de la AEEX. Aquí, sólo extremeños. 
Esa es la clave. La de la instrucción pública: educación y cultura juntas. Y más en el medio rural.
No puedo (ni quiero) olvidar que para que yo acuda a esos institutos, permiso provincial mediante, mis generosos compañeros del colegio tienen que ocuparse de las clases de uno. Muito obrigado. Al cabo, ya que lo menciono, así considero esas charlas: clases que das en otro sitio a chavales más mayores que mis habituales muchachinos. Será, supongo, por deformación profesional. 
El fin de fiesta lo puso Sofía. Interpretó a la guitarra una canción de Pablo Guerrero. Ella estaba nerviosa, pero a mí me emocionó igual. 
Luego dediqué algunas antologías (a Irene, a María, a Carmen, a Laura...), me despedí y... carretera y manta. Al llegar a Plasencia, el diluvio. 

22.11.19

Foneto c’est (aussi) moi

Nueve novelas (Mísera fue, señora, la osadía. El cerco oblicuo, Campo de amapolas blancas, Amad a la dama, Paradoja del interventor, El espíritu áspero, La sed de sal, Nemo y, ahora, La escapada), cuatro libros de relatos (La princesa y la muerte, El artista del billar, Conversación y Caracteres) y tres de ensayo (Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio, Equidistancias y El desierto de Takla Makán) son argumento suficiente para rebatir que GHB siga siendo el “gran desconocido” que algunos dicen. Es cierto que Bayal cultiva una literatura con estilo, lo que la aleja de la fama y del común. Un estilista, Fernando Aramburu, comentaba en un artículo: “Por lo general, se tiende a tildar de elitistas, de retóricos o pedantes a todo aquellos autores que practican un estilo alejado del habla común”. Y más adelante: “Quizá esta antigua animosidad frente al hombre que se adentra en zonas de lenguaje desvinculadas de los usos colectivos provenga de una falta de disposición general o de un exceso de pereza para admitir que un individuo se tome la prerrogativa de alterar el instrumento sin el cual los seres humanos no sabrían ir de aquí allá: el lenguaje”. Por fin señala: “Que un escritor componga textos con una modulación especial, además de rara (y es inevitable que lo que atenta contra las convenciones lingüísticas despierte al principio extrañeza), es un logro al alcance de contados escritores. (…) Dicho de otro modo, más allá de tres o cuatro renglones es imposible impostar un estilo inconfundible”. Este lo es. Y en él se basa la consistencia de su acreditada poética. Más allá, quiero decir, de lo que cuenten sus novelas y relatos. En La escapada, precisamente, hay mucho de metaliteratura, esto es, de literatura acerca de lo mismo. A pesar de que “el narrador, como personaje, ha de ser siempre secundario”, pocas veces se había explayado tanto Bayal desentrañando sus ideas acerca de la escritura y de su propia razón narrativa, la que justifica cuanto escribe. El nombre del protagonista ya da una pista fiable al respecto: “Si a estética esteta y a poética poeta, a fonética foneta”.
Llama también la atención del lector habitual de Bayal que en esta ocasión –filologías (léanse los capítulos 19 y el 22), latines y griegos mediante–, hay una mayor contención verbal, con menos juegos léxicos y semánticos entre líneas, condicionada tal vez por el tenor de la historia.
Dividida en 66 capítulos (¿tantos como años tenía su autor cuando la compuso?) y escrita en primera persona por un narrador que se parece mucho a GHB (no debo entrar en detalles personales que romperían el pacto narrativo, aunque algunos se delatan sin ambages, así cuando se refiere a su edición de La metamorfosis kafkiana), la trama de esta novela moral es sencilla. Dos viejos compañeros de estudios universitarios se encuentran de nuevo en Madrid (lejos de Murania, como en El cerco), ciudad donde se licenciaron en Filología (“que nos condena a ver las cosas desde fuera”) y donde ninguno de ellos reside, aunque el primero la visite con frecuencia desde su jubilación. Mientras éste recorre el pasadizo de San Ginés y está a punto de comprar un ejemplar de Los rateros (o La escapada), de su admirado Wiliam Faulkner, escucha a sus espaldas: “Al miserable nunca le abandona su miseria”. Porque, dirá luego, “imprime carácter”.
La acción transcurre en un día y ambos pasean por el centro de la capital, por el barrio de Las Letras y aledaños, entre calles, plazas y locales que frecuenta, por cierto,  el autor en su, digamos, vida corriente. En la página 46, GHB, en clara alusión flaubertiana a Madame Bovary confiesa que, como otros personajes solitarios, ajenos a todo y conformes consigo mismo, inventados por él (Sín, Nemo), Foneto c’est moi. Una suerte de alter ego. Y ya ahí, por aquello de la tramposa autoficción, conviene indicar la sutil diferencia entre persona real y personaje y hasta dónde aquél lo es. Lo uno o lo otro, digo. Porque “no se trata de verosimilitud, sino de verdad”.
Ya en la primera novela “ansiolítica” de Bayal aparece Foneto como personaje, elevado a la categoría de poeta. A él le atribuye el verso que la cierra: Lo triste que es ser nada y serlo solo. Representa lo que, por hache o por be, pudo ser y no fue, que es asunto clave en este relato que bucea, desde la vejez (otro quid), en el pasado: “Vivimos ciertamente del pasado y no hacemos otra cosa que reinventarlo”. Por eso, “nunca dejarán de sorprenderme los mecanismos de la memoria”. Alguien que “ni era sujeto ni tenía objeto”, especialmente dotado para las grandes empresas de la Filología que, sin embargo, da en retirado quiosquero y no, lo previsible, en profesor de instituto de provincias, como el narrador, su amigo, por más que la verdadera aspiración de ambos fueran la de llegar a ser escritores de fuste. Y todo porque “Uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla”, más que un mero refrán usado por numerosos escritores (del Arcipreste a Galdós) y a cuyo sentido dedica el último capítulo.
Bayal aborda el tema de la “solitariedad” (solus amoenus) y el egoísmo que ésta lleva aparejada. Y a la soltería y el imposible amor, si bien Foneto alcanzó a tener “tres experiencias amorosas” que, como lo demás, terminaron en fracaso. A una de ellas se dedica el capítulo más extenso de la novela, el 54.
De esas “desventuras subjuntivas” (“El arte solo saca partido del dolor y la desgracia”, “La existencia carece de significado”) da buena cuenta Bayal en esta ficción real de dos seres solitarios y silenciosos, de buen conformar, sin el “don de la conversación”, amantes del cine y de los libros (su auténtica tabla de salvación), que han “vivido siempre refugiados en los márgenes”, “los que no hemos estado nunca en los sitios de la historia”, expertos “en vivir sin entusiasmo” y en “un tiempo sin porvenir” porque “el futuro siempre es imperfecto y, sobre todo, subjuntivo”. Más si se vive con “vergüenza retroactiva” y lo que nos espera a la vuelta de la esquina es la muerte.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 131 de la revista Turia.

20.11.19

Vivir en las palabras


Que el Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe (conocido como el Loewe, a secas) se ha convertido en uno de los más acreditados, si no en el que más, del panorama lírico hispanoamericano es ya un lugar común. Desde hace tiempo, además. Me atrevería a decir que desde el principio, o casi, allá por 1988. La nómina de galardonados habla por sí misma. Y lo que es más importante: el catálogo de libros que conforman ese extenso y plural palmarés, editado desde sus comienzos, uno de sus indudables aciertos, por la madrileña editorial Visor. Otro está fundado en la calidad del jurado que dictamina el fallo, constituido por relevantes poetas (sobre todo) de un lado y otro del Atlántico; un tribunal que durante unos años presidió el Nobel mexicano Octavio Paz.
El verdadero lujo que patrocina esa empresa lujosa es, precisamente, la excelencia poética, más en una época dominada, siquiera en parte (la de las internáuticas redes sociales), por una aparente nueva forma de poesía que, porque de inédita y de poesía en realidad tiene poco, Luis Alberto de Cuenca ha denominado parapoesía. Nada más alejado de ese fenómeno de masas que la que representa, genuina (por parafrasear Poetry, de Marianne Moore), el libro que logró la trigésimo primera edición del premio gracias a la arriesgada, valiente decisión de un jurado presidido por el profesor y académico Víctor García de la Concha (que durante años ejerció la crítica a pie de calle en el diario ABC). Un osado acuerdo, sí, que llegó en un momento crucial en la trayectoria del Loewe, más después de que en el vídeo promocional de su 30 aniversario se diera cabida, para pasmo de algunos, a parapoetas, esto es, a portavoces de lo que el estudioso Martín Rodríguez-Gaona ha denominado poesía pop tardoadolescente y, en consecuencia, a algo que está en las antípodas del rigor y la eminencia de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, el extenso título de aires bíblicos del laureado libro que ahora que reseñamos.
Para no pocos, apuntaremos antes, ese resultado fue una sorpresa. No para quienes conocían el sólido, coherente itinerario de Sánchez, al que ahora muchos celebran en este país tan dado a las frívolas, fugaces exaltaciones. Los lectores lo acogieron, ya digo, como lo que es: un motivo de esperanza, de fe en la poesía, en tiempos de vacío, incultura y miseria.
Su autor, Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), no fue un poeta temprano. Su primer libro, A este lado del alba, obtuvo en 1983 un accésit del premio Adonais (el más reconocido hasta que apareció el Loewe). A esa ópera prima le siguieron: Los bosques interioresLa mirada apacibleAl final de la tardeEl cielo de las cosasPara guardar el sueñoEntre una sombra y otra y Las estaciones lentas. En 2010 publicó su poesía reunida: Los bosques de la mirada (Calambur)Después llegaron Cristalizaciones y Esperando las noticias del agua.
La mayor parte de estas obras merecieron algún premio. Además de un accésit en el Gil de Biedma, BS obtuvo el Unicaja, el Tiflos, el Extremadura a la Creación y el Ciudad de Córdoba.
Conviene mencionar dos libros en prosa de su bibliografía: El cuenco de la mano y La creación del sentido. Dos entregas, cabe matizar, que podrían pasar, en sentido estricto, por poéticas. Por el asunto del que se ocupan y la escritura que las identifica.
En una entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural, Sánchez comentaba: “Utilizando una imagen del poeta peruano Eduardo Chirinos, percibo mis libros como planetas solitarios que giran alrededor de su propio eje, pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía. Concibo la creación poética como una especie de diario del espíritu, como una forma de anotar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y como el poeta consigue percibirlo a lo largo de las diferentes etapas por las que va pasando. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una expresión más, sin duda incompleta, pero reveladora, de mi forma de decir y de vivir en el tiempo. En lo formal, es un paso más hacia la naturalidad y la transparencia”.
Aunque extensa, transcribo la cita por su elocuencia. Sánchez, ya se ve, aborda con lucidez la lectura de sí mismo. Se constatará luego. De ahí que cuando le pregunta la periodista por la tradición poética en la que se inscribe, responda: “Podría ser en la poesía del fervor, como la llamaría el poeta polaco Adam Zagajewski, o en la poesía del entusiasmo, como querría Hölderlin”.
Pronto cae en la cuenta el lector de que He heredado un nogal… tiene mucho que ver con su entrega anterior: Esperando las noticias del agua. Un año separa ambas ediciones. A mi modo de leer conforman incluso una suerte de bilogía, más allá de su indiscutible independencia.
De aquél dijo BS: «es un poema único compuesto por cuarenta y ocho fragmentos que, de una forma alegórica y utilizando como hilo narrativo el amor entre dos jóvenes, reflexiona sobre la entereza y la perseverancia como únicas maneras de sobrevivir al extravío ético de nuestras sociedades actuales”.
Uno, al reseñarlo, destacó, por ejemplo, su sutileza, transmitida “a través de un lenguaje altamente imaginativo, que a rachas parece el fruto de la más elevada inspiración (aquella que linda con la mística), alegórico en todo caso, construido con palabras comunes que remiten a conceptos metafóricos y simbólicos complejos”, o el uso de versos que podrían pasar por aforismos.
Anoté, en fin, algo acerca del marco, porque “lo temporal y lo espacial (aunque aquí caben más los términos intemporal e inespacial)” se diluyen para conseguir aún más protagonismo del misterio, una palabra clave para entender esta poética del secreto y el enigma. “Del origen”, según Piedad Bonnett, miembro del jurado y autora del penetrante texto de la contracubierta. Como el autor ha escrito, “sin apenas anclajes geográficos o temporales, el poema construye el escenario mítico”, si bien, nunca pierde de vista el presente.
Todo lo dicho sirve para explicar esta nueva obra dividida en tres partes y una coda; compuesta por sucesivos fragmentos (a su imán, que diría Lezama), sin título, que fundan su unidad de sonido y sentido en un lenguaje claro y austero (“Amo la austeridad de los que escriben / como el que excava un pozo”), y en un ritmo muy particular también y muy logrado que se aprecia, sobre todo, al leer los poemas en voz alta.
Al decir de BS, un hombre esforzado y contemplativo, tiene un “carácter de libro de meditaciones” (también lo ha denominado “cuaderno de campo de un naturalista”) construido con lentitud (“Amo lo que se hace lentamente”) en la soledad (“Siempre supe estar solo”) y el silencio (“El silencio es la elegancia absoluta”). En efecto, a esa tradición, la meditativa (escrutada en su día por Valente) se adscribe esta poesía del pensamiento (que siente). Lo que no obsta, como señala Colinas, para que tienda “a lo surreal, al irracionalismo”. Por eso es normal que a veces el lector pierda pie (“Ninguno de nosotros / está aún preparado para lo incomprensible”) y, sin entender, vislumbre, absorto en la enigmática belleza de unos versos que a rachas devienen versículos, algo del todo adecuado si tenemos en cuenta la honda espiritualidad que emana del conjunto.
A través de las cosas (“Acercarnos con afecto a las cosas / nos permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas”). En medio de la naturaleza (tan presente aquí): “Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo, / no renuncia al regalo de lo inmenso”.
Sí, el tono es hímnico. Hay “una celebración tenaz de lo que existe”. Porque aún se oye el último eco  de “la canción del paraíso”. Porque, evocando a Claudio Rodríguez, “El mundo se nos revela siempre en un estado / de perfecta ebriedad”.
A pesar del dolor (léase el precioso poema de la página 68, que comienza “No hay azafrán ni clavo”) y la muerte (BS es médico intensivista) y de que nadie sepa “cómo estar en el mundo”: “Es verdad / que en la idea del jardín subyace oculta / la idea del sufrimiento, / la de que prevalece / sobre el orden de la naturaleza / el orden de los hombres”. No en vano esta poesía se distingue por su alta carga de humanismo.
“Yo mendigo la luz”, escribe. Y: “He aprendido a convivir con las ruinas”.
No puedo concluir esta nota sin aludir a una línea central del libro, la que a uno más le ha interesado. Me refiero a los numerosos poemas que indagan acerca de la propia escritura. Metapoéticamente. También sobre la frágil figura del poeta. Son, además, una perfecta guía de lectura. Así, leemos: “Los poemas que nos hacen mejores / son los que nos devuelven / a ese estado anterior / en el que era posible, / en nuestras relaciones con el mundo, / conducirnos con naturalidad, sin artificio”.
“La poesía no explica ni argumenta. / La poesía sólo llama a las cosas”. Es “el oficio del espíritu”.
“Vivir en las palabras, / asumir el fervor como una forma secreta de penuria / lo decide uno mismo”.
“Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”.
“Uno escribe un poema para sentirse vivo”. Y añade: “para que otro descubra que está vivo”.
Y, desde la compasión: “La poesía / no es una ambigüedad del corazón, / es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro, / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya”.
No es preciso comentar nada.
En un momento dado, Basilio Sánchez escribe: “Hay libros que son fértiles”. Este es el caso. Armonía sería un término muy adecuado para definir de una vez la obra de alguien que confiesa: “Las palabras son mi forma de ser”. Además de avalar a un premio prestigioso y a un jurado digno, resalta la importancia de la verdadera poesía, en rigor la única posible, ajena a las modas, las ocurrencias y la prisa. Porque sólo desde la tradición se puede alumbrar lo nuevo.


Basilio Sánchez
Visor, Madrid, 2019.
83 páginas. 12,00 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 832 (octubre de 2019) de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

14.11.19

¿Obra cerrada?

Todo el mundo sabe que hay acciones culturales realmente minoritarias cuyo éxito depende de que se haga entender a los agentes interesados el impacto social y económico que proyectan. Y por añadidura, que son fuente y plataforma primordial de los valores compartidos por la sociedad.
Tras dar a conocer el modelo peculiar de convenio con el que la Fundación Caja de Extremadura pretende ceder los fondos del Salón de Otoño de Plasencia (sin mención, por cierto, a los de Obra Abierta), Trazos del Salón se ve en la obligación de salir de nuevo a la palestra.
En lo que respecta a la justa y necesaria reivindicación de que Plasencia acoja y exponga esos fondos, un honesto empeño cívico que apoyan más de doscientas personas y entidades, es necesario apelar, sí, al localismo, siquiera sea en su sentido más genuino y menos dañino (el arte es por definición universal y sin fronteras), pues el acreditado concurso lo inició la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Plasencia y acerca de su definitivo destino ya se pronunció en su día la entidad en la que se integró, Caja de Extremadura, mediante múltiples manifestaciones de sus directivos en las que se comprometían a ubicar aquí la colección, y más concretamente en el antiguo convento de las Carmelitas, inmueble adquirido para ese uso.
Por eso reivindicamos la historia, el legado y la potencialidad que guarda este proyecto para la ciudad y toda las comarcas del norte extremeño. Y lamentamos que, no sin cierto cinismo, la Fundación pregone que ya se pueden contemplar obras en un centro cultural semicerrado o en los pasillos del hospital.
El Ayuntamiento, nos consta, aceptaría discutir las condiciones del extravagante convenio, pues no es acorde con el compromiso estatutario que tiene la Fundación con la sociedad extremeña en general y con la placentina en particular. Un convenio en el que, para sorpresa de propios y extraños, se admite explícitamente la cesión del uso y disfrute de esos bienes a personas físicas.
Y ya que lo mencionamos, conviene señalar la falta de apoyo y de diálogo de los patronos y directivos en la Fundación vinculados y residentes en esta ciudad. Una falta de aprecio y una irresponsabilidad tan reprochable como incomprensible.
A pesar de que se hace una discriminación en el citado convenio para acceder al usufructo de los citados fondos, recalcamos que Salón de Otoño y Obra Abierta van indefectiblemente unidos y son inseparables en la colección, como implícitamente reconoce la misma Fundación en un folleto editado con motivo de la muestra de ciertas obras en la red de Paradores. Ésta, formada desde los años ochenta mediante premios y adquisiciones, sólo tiene sentido en su conjunto y no como exhibición de piezas individuales, lo que sucede en la cesión a Paradores y, de forma explícita, en el convenio público recientemente convocado. Así se convierte en un elemento decorativo más, alejándose del interés cultural intrínseco que debe conservar.
Para apreciar su riqueza, fundada en la variedad de estilos y de técnicas, basta con mencionar los nombres de Dis Berlin, Fernández de Molina, Corujeira, Vega Ossorio, Morato, Carralero, Guimarães, Proença, Ciria, Patiño, Albano o Ludueña.
El proyecto emprendido por esta asociación Trazos intenta aportar soluciones que ayuden a conocer el legado de la institución Fundación Caja de Extremadura y, por fidelidad a la memoria y la voluntad de cuantos artistas han formado parte del mismo, persigue propiciar el disfrute de los ciudadanos en general. Se trata, en fin, de que, como venimos repitiendo con paciente insistencia, la colección Salón de Otoño/Obra Abierta sea expuesta en su conjunto de forma permanente, y que funcione como nexo integrador de un Centro de Arte que cuente con un discurso riguroso y estructurado.
Por otra parte, cualquiera entiende que esta colección ni puede ni debe exponerse de forma permanente en otro punto de Extremadura; no digamos en manos de particulares, como el convenio alegremente contempla.
Acerca de la ubicación de esos fondos, Plasencia cuenta con espacios que, debidamente acondicionados, podrían albergarlos. Así, sin ir más lejos, el edificio central de Liberbank reuniría las condiciones idóneas para acoger la exposición permanente y convertirse, de paso, en ese Centro de Arte que la ciudad demanda. Un emblemático edificio al que resultaría difícil darle otro uso. Téngase en cuenta lo que ha hecho Liberbank en Mieres, donde la entidad bancaria alcanzó un acuerdo con el Ayuntamiento para que el Centro Cultural de esa villa asturiana (antes Cajastur) siga cumpliendo la función social para la que fue concebido.
O los altos de la Plaza de Abastos, un recuperado espacio industrial de los años 30, también idóneo y que potenciaría el Centro Cultural Las Claras, con una integración casi perfecta. O, en fin, el previsto para el antiguo convento de las Carmelitas, por ahora malogrado y con las obras paralizadas.

MARÍA JESÚS MANZANARES, SANTIAGO ANTÓN Y ÁLVARO VALVERDE. ASOCIACIÓN TRAZOS DEL SALÓN

Publicado en el diario HOY.

Nota: La ilustración corresponde a la obra 'El entrenamiento', de Manuel Mediavilla Crespo, I Premio de Escultura del Salón de Otoño de Plasencia (Caja de Extremadura).

2.11.19

Questions of travel























Desde que lo leí por vez primera
me obsesiona el poema “Cuestiones de viaje”,
de la bostoniana Elizabeth Bishop.
Nunca ha dejado de estar en mi memoria,
ni de interpelarme sus preguntas.
No hay viaje que no me lo recuerde.
Tras descubrir Brasil,
nuestra poeta inquiere, por ejemplo,
si hubiese sido mejor quedarse en casa
e imaginar ese lugar.
De ser así, tampoco
estaríamos nosotros aquí.
Nos acomete la misma inmadurez:
la de mirar el sol desde esta orilla,
por más que brille ahora por su ausencia.
No nos basta con soñar nuestros sueños:
debemos vivirlos también.
Ella evoca a Pascal, esas desgracias
que derivan del hecho de ser incapaces
de no quedarnos solos y tranquilos
en nuestro propio cuarto. Se interroga:
¿Es falta de imaginación lo que nos obliga a venir
a lugares imaginados, en vez de quedarnos en casa?
Estamos en Sofía, pero podría ser
en cualquier parte.
Con ella, por fin, nos cuestionamos:
¿Deberíamos habernos quedado en casa,
dondequiera que eso quede?
Y en su formulación retórica,
no encontramos al cabo la respuesta.


Nota: Este poema se ha publicado en  el número 17 de la revista sevillana Estación Poesía, que dirige Antonio Rivero Taravillo, y pertenece al libro inédito Cuaderno de Sofía. 
La fotografía está tomada en la capital búlgara, desde una habitación del Art'Otel, en Gladstone Str. 


31.10.19

En Malpartida


Estas son las palabras que Florentino Rodríguez Oliva, profesor jubilado y cronista oficial de la villa de Malpartida de Plasencia, leyó en la presentación de mi encuentro con los lectores chinatos que tuvo lugar el pasado 25 de octubre en la Casa de Cultura José Canelo.

Ilustrísimas autoridades, amigos todos que nos acompañáis, buenas noches y muchas gracias por compartir unos momentos dedicados a la creación literaria, a la palabra poética, a los contenidos estéticos y culturales. Es decir, todo lo que actualiza, enriquecido, la presencia del escritor Álvaro Valverde entre los chinatos; un placentino de pro y cada vez más universal en el mundo de las letras, muy cercano a nosotros no solo en lo geográfico, y a quien damos la bienvenida y recibimos con gratitud y satisfacción. Es un honor, pues, y una gran suerte que Álvaro haya aceptado venir a este Encuentro con los Escritores, promovido desde la Biblioteca José Canelo y el Club de Lectura, con el patrocinio del Ayuntamiento de Malpartida, y que se incluye en el Otoño Cultural chinato.
La presentación de Álvaro Valverde ante un público heterogéneo, aunque inquieto e interesado ante el hecho cultural, entraña ciertas dificultades para quien ha de hacerla, pues tan extenso currículum y tan reconocidos méritos desbordan los límites de cualquier pretendida síntesis. Bien es cierto que en este caso al presentador le apetecería leerles poemas del excelente poeta que tengo a mi lado. Pero no puedo invadir ese terreno, pues es su voz la que hemos venido a escuchar, es él quien nos acercará a sus creaciones, a su literatura, a su concepción de la poesía, a su visión del mundo (interior y exterior) plasmada en los textos, en los poemas que llenan un buen número de libros publicados.
Si algo caracteriza a Álvaro Valverde, ello es su intensa actividad como escritor, la capacidad y el tesón en el trabajo creativo y en el de crítico literario, unidas a su voracidad lectora. En efecto, a más de la profesión docente (lleva ejerciendo ya muchos años como maestro), que de por sí es absorbente y exige mucha entrega, Álvaro se multiplica y estira el tiempo, su tiempo vital, llenándolo de contenido, que, al igual que el fruto docente dedicado a los alumnos, nos entrega a los lectores en forma de textos, y no exclusivamente poéticos, aunque sea en este género, el de la lírica, donde hoy nos centramos y del que él nos va a regalar una buena muestra enseguida.
Aparte sus características personales (la bonhomía y la sencillez de un hombre discreto que vive de una manera más bien callada y humilde, como sin querer molestar ni llamar la atención, en el ámbito familiar y en el espacio natural de los lugares físicos donde transcurre su existencia; pero también en esos espacios o “territorios” interiores de su creación), Álvaro Valverde es el inquieto agente impulsor de las letras y de la cultura desde distintos medios: la charla, la lectura de poemas en centros educativos, en encuentros como el de esta noche, en mesas redondas, en presentaciones de libros, en aulas y talleres literarios, etc. El Plan Regional de Fomento de la Lectura en Extremadura (en que se integra el club de lectura de Malpartida) se lo debemos a iniciativa de Álvaro Valverde, quien también fue director de la Editora Regional, presidente de la Asociación de Escritores Extremeños, fundador del Aula Literaria “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia. Colaborador de los diarios ABC, HOY, revistas y suplementos literarios de gran prestigio (y en algunas de las cuales fue cofundador junto a otros escritores): Espacio EscritoLiteraturas Ibéricas SuroesteTuriaClarínCuadernos Hispanoamericanos… Y en la actualidad, es crítico de poesía en el suplemento El Cultural, del diario El Mundo.
El poeta Álvaro Valverde, cuyas primeras publicaciones datan de los primeros y mediados ochenta, está incluido en las antologías poéticas más representativas de la poesía española contemporánea, coetánea a nosotros, ya que debe señalarse que nuestras generaciones han conocido el nacer para la poesía, el crecimiento en ella y la consolidación en la misma del escritor que nos acompaña esta noche. Acerca de su producción, se ha publicado una abundante bibliografía (reseñas, artículos, críticas de libros, entrevistas, ensayos, blogs, páginas web) de reconocidos expertos en la materia, tanto en España como en el extranjero. No debe olvidarse que sus poemas han sido traducidos a varios idiomas (inglés, francés, alemán, portugués, italiano, neerlandés y polaco) y un buen número de ellos están incluidos en antologías de esas lenguas.
Los poemarios de Álvaro Valverde, a más de los que figuran en ediciones de nuestra tierra (Alcazaba, Editora Regional de Extremadura, De la Luna Libros), han sido publicados en editoriales de renombre y prestigiosas como Visor, Hiperión y Tusquets Editores. De entre los títulos, sin agotarlos, podemos citar algunos como
Territorio (1985), Las aguas detenidas (1989), Una oculta razón (Premio Loewe 1991), Mecánica Terrestre (2002), Desde fuera (2008), Plasencias (2013), Más allá, TángerEl cuarto del siroco (Premio Nacional Meléndez Valdés 2018).
(Sus obras en prosa: Las murallas del mundo (novela, 2000), Alguien que no existe (novela, 2005), El lector invisibe (artículos, 2001), Lejos de aquí (viajes, 2004)
Llegados aquí, y según vamos de tiempo, no debo ni podría abarcar la tarea de señalar, ejemplificando con textos, los rasgos peculiares de la poesía de Álvaro Valverde. Él lo hará mejor que yo, y estoy seguro de que la selección de poemas que nos lea y los comentarios acerca de la creación artística mediante la palabra satisfarán nuestra curiosidad y deseos de conocer mejor cómo piensa, cómo escribe y cómo nos llega la realidad a través de su visión personal, de su poesía. No obstante, algún apunte sí me voy a permitir. Para ello recurriré a lectores privilegiados (otros escritores y críticos) y al propio poeta, más alguna sucinta aportación personal, que hubiera deseado más amplia como ya he manifestado.
La poesía de Álvaro Valverde se nutre de un espacio-territorio natural-geográfico que él transita en sus composiciones, a pesar de que le puedan tachar de “poeta agropecuario”: árboles, pájaros, río, naturaleza…, es decir, el entorno donde ha nacido y en el que reside desde siempre. Pero esa realidad se transforma en un espacio-territorio íntimo, el cual, mediante el lenguaje, se convierte en refugio del sujeto lírico, el yo. Y es que lenguaje (el poema), realidad (territorio) y sujeto (yo) constituyen, como señalaba hace años Gonzalo Hidalgo Bayal, amigo del poeta y buen conocedor de su obra, los tres vértices de la poesía de Álvaro. El autor de La escapada, con una aguda intuición y acertado pronóstico, elegía el verso final de un poema sin título (“Hojas de acanto y rosas…”) que iba a marcar la trayectoria posterior del poeta, un verso que se convertía en síntesis de su pensamiento poético y de su compromiso literario: Hagamos de este lugar un territorio. Unos años después, con motivo de una antología de la generación de los 80, Álvaro Valverde, en una especie de manifiesto fundacional, reconocería el carácter axial de este verso en la concepción y desarrollo de su obra poética. Muy significativo de lo que decimos es el poema “Territorio del nómada”, incluido en el libro Ensayando círculos (1995).
Una obra reflexiva, meditativa, cuyo contenido se centra en la existencia del hombre, en su capacidad para transformar y transformarse, en la que se funden lo cotidiano, lo que acontece a su alrededor, lo asimilado de los libros, la fugacidad de la vida, el amor, la muerte… Es decir, una vez más, los universales del sentimiento… Y el hombre, centro del universo. La fusión se lleva a cabo mediante un lenguaje cuidadísimo, de palabra precisa, austero, sin ornamentaciones superfluas, reflejo de la mirada de Valverde a la naturaleza, esencial en su obra. Poesía también, como él confiesa, concisa. Poesía como resistencia ante un mundo de prisas, de banalidades, de consumo, de agresión constante y temeraria a la salud del planeta… Una poesía, como la de El cuarto del siroco (2018), su último libro publicado, que se convierte en “refugio perfecto contra la adversidad”. Un poemario, como otros más de nuestro poeta de hoy, que ha motivado la admiración y encendidos elogios de escritores y críticos, con unanimidad a la hora de señalar sus valores literarios, su calidad, la madurez del autor, el firme pulso con que discurre su trayectoria creadora y la excelencia artística de sus versos. Como escribe José Antonio Santano (Todo Literatura, 13-2-2019): “Un libro que nos devuelve la esperanza y la creencia en la poesía, en la más grande poesía actual española, cual es la que representa Álvaro Valverde”. Me parecen acertadas palabras que podrían hacerse extensivas para gran parte de la poesía de Álvaro, y muy pertinentes para cerrar esta presentación. Por eso termino y cedo la palabra al poeta, pues él y sus versos deben ser los protagonistas esta noche.
Muchas gracias.

29.10.19

Más "siroco"

El escritor Miguel Ángel Gómez publica en la sección de Opinión del periódico El Imparcial el artículo "Álvaro Valverde, poesía y permanencia". Con El cuarto del siroco al fondo. Muy agradecido. 

La literatura no es otra cosa que alcanzar un estado de conocimiento mediante palabras que no se pueden pasar por alto, impasibles. Imagina Claudio Magris que la literatura está marcada por la persecución de la temporalidad, del tiempo cuyo fluir hacia la nada es desilusión, como en La educación sentimental, de Flaubert. Un escritor es un tipo que entra en un cuadrilátero en una conversación importante y a partir de ese momento cada uno de los contrincantes propina golpes diferentes. Si un escritor no se atreve a ser escritor, jamás vagará por los muelles de la escritura. En cada verso, un poeta nítido y brillante empieza a jugársela. ¡Qué riqueza de obras da al mundo entonces! Para Paul Auster un libro, cualquier libro, empieza con una cadencia o un tono que nos remueve hasta el fondo del alma. La felicidad -lo expresó bien Nazim Himket- es la solidaridad humana. Y lo mismo sucede con la poesía.
He leído El cuarto del siroco (Tusquets Editores), de Álvaro Valverde, ya muchas veces. Este autor sabe que la poesía es como el agua, metáforas entre los otros y el yo. Es un libro extenso que levanta la vista hacia el pasado con el cuello torcido. Es una poesía prometedora, tenemos la sensación de que implica mucho más. El título del libro lo extrae de Leonardo Sciascia quien decía que, en algunas casas sicilianas “había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba el temible siroco”. La poesía de Álvaro Valverde tiene una táctica para su alta calidad, que le protege del viento traidor: sabe que la vida es una calle con conversación palpitante que le lleva hacia sí mismo, está plagada de homenajes que tiene a gala poner frente al lector (“Homenaje a María Zambrano”, “Juanramoniana”, “Homenaje”, “Constatación”, “No humo”, etc) en los que otros autores nos hacen señas con el dedo, dando a entender que tienen algo que enseñarnos. Es el caso de Juan Ramón Jiménez, Vladimir Holan, Andrzej Stasiuk, Joan Vinyoli… Buena parte de los poemas de El cuarto del siroco hablan de viajes imposibles y geografías que miramos y que nos miran mientras flotamos en la superficie, como un loto, y la vida que hay en nosotros se manifiesta en el crecimiento, como en el primer fragmento de “Solo de texto”: “Contemplo en lo que veo / la sed de otra distancia. / Si tres casas o el rojo / de un viaje imposible, / si tres rayos o el sol / que conmina al silencio. / La vasta geografía que miro / y que me mira / descansa sobre el mapa / soñado del geómetra”.
Virginia Woolf publicó un libro titulado Una habitación propia, que creía vivir y morir por ideas. Convirtió la destrucción en creación una y otra vez. Los monstruos que tenía que matar cada día eran las piedras que le impedirían contar más cosas sobre su vida. Recuerdo que, a medida que leía y leía, todo me permitía hablar con un conocimiento directo de ella. La vida pasa y no hay mucho tiempo para meditar en este cuarto que ahora abro. “Se ha muerto Moustaki”, dice Álvaro Valverde en “Final”, “como perece”, continúa, “el amor que nació / con sus canciones”. Evocadora poesía en prosa encontramos también en El cuarto del siroco, a modo de anotación de diario de esplendores no esfumados. “Noche” se titula uno de los ejemplos más claros: “De madrugada, los mirlos comenzaron a trinar. Un gorjeo cada vez más intenso. De más complejidad a ratos, grave. La inspiración daba a ese canto -genuino, ancestral- una mezcla perfecta de habilidad y de misterio”. El ganador del Premio Nacional Meléndez Valdés en 2018, amante de La realidad y el deseo de Luis Cernuda, nos trae aquí una poesía con un estilo propio, se ve empujado por una fuerza que controla aunque no quiere eludir las referencias que tienen la piel muy marcada. Los poemas -algunos de ellos fragmentos- están formados por aforismos, caso de “Mínima”: “El breve son / del pájaro / en la rama: / la escueta, / intensa levedad / del aforismo”; o de “Ventanas”: “Sobre el cristal, / los rastros de las frentes / que al pasar / aquí depositaron su dolor”; otras veces son referencias culturales concretas: “Ventanas clausuradas que conducen a aquella habitación de sombra y humo perdida en la alta noche de La Habana”, véase en “Una elegía”.
En los poemas de Álvaro Valverde asoman grandes árboles, fuentes con agua que no excluyen la emoción, abunda la quietud y la lejanía de quien aprendió a ver las cosas lleno de vitalidad. La poesía que quiere escribir aspira a no desaparecer, su ingenio, su erupción nostálgica le convierten en un poeta lúcido: “Unos discretos golpes en la puerta / le anuncian el final de su retiro. / Es hora de cenar. Apaga, cierra. / La vida espera fuera, la que él lleva, / como cualquier lector, / cuando no vive”, así termina el poema “El lector”. Álvaro Valverde concibe sus poemas como la voz de un recuerdo que parece alojado en su cabeza, o una luz que nos alumbra: “La de los cielos, / ocasos velazqueños, / de joven en Madrid. / La que vi en Grecia, / en Rodas, aquel día sentado / sobre el sol de la historia. / La eterna de Lisboa, / blanca, al Oeste, / hundiéndose en el Tajo”, en “La luz”. Hay muchos poetas a los que el placentino no ha rechazado, son muchos los que ha leído y homenajeado con pensamientos que corren como un reguero de pólvora: Pessoa, José Ángel Valente, Eloy Sánchez Rosillo, Wallace Stevens. Es la suya una poesía reflexiva que apaga el fuego del olvido con el extintor etéreo de la contemplación. Este diario lírico rebosa poemas con acequias (“Postal”), dolor por la ausencia de seres queridos (“Naturaleza pensativa”), arenas que nadie pisa en un tiempo apacible (“Fuera de temporada”), mirlos antes del alba y entre susurros (“El mirlo”), de estas y otras cosas que gorgotean en su interior. Una línea clara en definitiva destacando por sus horas invernales, por el gesto del poeta de dar un vaso de agua a quien tenga sed.

Nota. La ilustración es de Salvador Retana.