25.4.26

J. A. Masoliver Ródenas lee "Territorio"


Avenidas a la memoria
 
El extremeño Álvaro Valverde reúne cuarenta años de vida poética; más que de evolución, debemos hablar de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países ...
 
J.A. MASOLIVER RODENAS.
La Vanguardia. Cultura/s. 25 de abril de 2026
 
Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959), poeta, narrador y articulista, fundo junto a Gonzalo  Hidalgo Bayal el ‘Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán’, ha coordinado con Jordi Doce la colección Voces en el tiempo, y fue cofundador de la revista Espacio/Espaço escrito, en castellano y portugués.
La lectura de Territorio. Poesía reunida (1985-2025) es un largo recorrido por el territorio de la poesía. No se puede hablar aquí de evolución, ya que hay una absoluta coherencia desde el primer poema de la página 15 al último de la página 663. Tenemos que hablar en todo caso de desplazamientos: la casa, la ciudad, los países. Hay, eso sí, una progresiva narratividad, sin que se pierda en ningún momento la esencia lirica. Poemas marcados por la autenticidad, que surgen de una necesidad y de la expresión del vivir y sentir del propio poeta.
Aunque no sea muy justo hablar de influencias (abundan las referencias a otros autores y son muchos los poemas que se abren con un epígrafe), sí que hay algo del camino, paseo o recorrido de Antonio Machado, poeta que supo, igual que Valverde, unir la narración, la voz lirica, la observación, el amor a la naturaleza y la reflexión. Y con la casa, el jardín: “No es cualquier cosa un jardín. / Su espíritu es el mismo de mi Buda interior. / Donde mejor dialogaría con él”.
El viaje parte, naturalmente, de Plasencia, “la ciudad que amo”, “sentir la vuelta a casa”, “la elemental presencia de la casa”. Casas muchas veces en ruinas, marcadas por el paso del tiempo, “el dulce afán de registrar las ruinas”, “edificios sujetos a la herrumbre”, “entre ruinas se avanza en estas calles / de la desolación”. En “Memoria de Plasencia”, “Los rojos pabellones derruidos / fueron un día / el límite del mundo”, que nos recuerda el “Estos Fabio, ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, /fueron un tiempo Itálica famosa”, de la “Canción de las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro.
Abundan las referencias al viaje, del “viajero / que rehúye a conciencia /el papel de turista”; “me gusta esta ciudad /donde el viajero / no transita, impecable, / por un parque temático”. “El viaje / exigirá el abandono / de sitios de costumbre” y nos llevará a distintos lugares. A Cadaqués, a Zahara de los Atunes, al siempre presente Yuste, a su Plasencia, a Nápoles o a un Londres que nos recuerda al de Eliot. Al mismo tiempo, este recorrido nos invita a observar la naturaleza. “El árbol acontece y es eterno”; “Aún penden del naranjo las razones del fruto /y el ciruelo se rinde con las ramas al suelo”; “En las villas romanas los cipreses / serán nuestra razón pues simbolizan/ aquello que perece”.
No solo esta lo que observamos (ojos que no ven, corazón que no siente), sino también otra presencia, lo que recordamos: “Mi tema es la memoria; “Cuanto contempla, entonces, / se convierte en recuerdo”; “mis recuerdos son suma de una incierta memoria”. Algo que esta estrechamente relacionado con el tiempo, el pasado hecho presente, pero “un tiempo sin memoria, una vasta estancia para el olvido”, “viviré de olvidarme”. Algo que puede relacionare con la luz y la sombra, “la vegetal sabiduría de la sombra”; “la dudosa frontera de la luz y la sombra”; “una sombra de sombras”, cuando “la invisible luz es también un misterio”; “Una luz irreal, reveladora”.
Al “dulce afán de registrar las ruinas” hay que añadir la fugacidad, lo que se disuelve, “el tránsito fugaz”, la “plenitud de la muerte”. Una visión enriquecedora de este magnifico libro lo dan el poema clave “El canto suspendido” y el epílogo a cargo del mismo Hidalgo Bayal. 

Nota: La fotografía es de Carlos Santiago.



23.4.26

De la donación del archivo y la biblioteca


Sugerí el sitio y el Ayuntamiento puso la fecha. Hoy, Día del Libro, en la Biblioteca de los Jesuitas de Plasencia, ubicada en el Palacio Episcopal placentino, el alcalde Pizarro y yo hemos firmado oficialmente el documento que certifica la donación de mi archivo y biblioteca a esta ciudad. Un acto tan discreto como emotivo. Acaso sean los libros mi bien más preciado. Pero mejor será que quien esté interesado en el asunto lea, sin más, lo que dije allí esta mañana. Como aquel otro Valverde, uno es al fin y al cabo "ser de palabra". 

"Llevaba tiempo pensando qué sería de mi biblioteca. Lo normal es que, tras la muerte del coleccionista, los herederos, mujer e hijos, la desbaraten vendiéndola a cualquier librero de viejo. O ni eso. Mala cosa. No quisiera que la de uno terminase así. Como dice Alberto Manguel, cada biblioteca «es una suerte de autobiografía». Además, pienso que esos libros que he reunido a lo largo de mi vida pueden resultarles útiles a otros. A mí, cuando era joven y apenas los tenía, me habrían servido, más si tengo en cuenta que desde muy pronto aspiré a ser poeta. ¿Y quién puede serlo sin lecturas?
No son sólo los libros, claro, también está el archivo, desordenado como la biblioteca, que reúne escritos, originales, cuadernos manuscritos, correspondencia (en papel y mediante correos electrónicos), fotografías, colaboraciones en los medios, entrevistas y otros recortes de prensa (los artículos del ABC, el Hoy o el Extremadura, por ejemplo, periódicos de los que fui colaborador), reseñas publicadas, tanto propias como de libros ajenos, etc.  Por eso, más que de biblioteca y archivo, habría que hablar, en rigor, de legado, por pomposo que resulte.
De este asunto he venido hablando largo y tendido con la poeta Pureza Canelo que donó el suyo a la Excma. Diputación de Cáceres. Su ejemplo en la defensa del patrimonio bibliográfico es una guía. Defiende lo que en esta país, no digamos en Extremadura, nadie protege. No estaría de más que se empezara a hacer. Por eso…
En su día me puse en contacto con la directora de la Biblioteca Regional de Extremadura. Su respuesta, aunque mostró interés, estuvo llena de peros. No hay sitio, podría ser el resumen. Su interés se centró en la recuperación del archivo. Y ahí acabó todo. Me refiero a mi caso, pero esa carencia institucional es tan general como lamentable.
Por mi cuenta, tras el último expurgo (que me obligó a alquilar un trastero donde se guardan cientos de ejemplares en cajas), llegué a cuestionarme si alguna biblioteca rural aceptaría la donación. La que lleva mi nombre, pongo por caso, en Aldehuela de Jerte, tan modesta que se denomina «agencia de lectura». No llegué a hacerlo. Con todo, no me desagradaba la idea de que mis libros acabaran en una perdida biblioteca de pueblo. Lo que ha logrado con su legado el poeta Antonio Colinas, enojosas comparaciones al margen, es ejemplar y magnífico. Nada usual en España.
Reconozco que siempre pensé que la mejor opción era que lo de uno se quedara en Plasencia. Me siento placentino y la presencia de la ciudad en mi poesía es evidente. Si lo descarté en un principio fue porque comprendí que no habría dónde depositarlo. Hasta que se informó en la prensa de la nueva, probable ubicación de biblioteca pública municipal en la histórica Casa del Deán. Bastaría con reservar en ese nuevo espacio una sencilla sala capaz de albergar mis fondos, pensé. Eso, y la sensibilidad del alcalde Pizarro, necesario impulsor a la postre de esa idea (junto con Juan Ramón Santos, solvente cómplice necesario de esta operación), me animaron a plantearla por fin.
De una conversación con la cronista oficial, Esther Calle, deduje que el Archivo Municipal podría ser una opción complementaria. Ya hay antecedentes, aunque de otra índole: el legado de Miguel Sánchez-Ocaña o el de mi pariente Manuel Díaz López, entre otros.
Sí, cuando leí en la prensa que se quería transformar la Casa del Deán en «una gran biblioteca», vi el momento de sugerir al Ayuntamiento de mi ciudad natal la cesión (ofrecimiento, donación) de ese legado. Acaso en ella habría, ahora sí, un rincón para mis cosas, pensé.
¿En qué condiciones? Para empezar, gratis et amore. Para seguir, que la biblioteca fuera sólo accesible a lectores in situ, esto es, que los libros no se pudieran prestar, y que los documentos estuvieran sólo a disposición de los investigadores o especialistas.
Antes habría que catalogarla. Otro tanto habría que hacer con el archivo.
La biblioteca es fundamentalmente de poesía. Casi cincuenta años la contemplan. Y los que sigan, que espero que sean todavía unos cuantos. Está formada con criterio y lo imprescindible de estas últimas décadas está, según creo, presente en ella. En ese sentido, es única. Exijo, cómo no, preservar su unidad. Abundan las primeras ediciones y los libros dedicados. Hay, además de libros, revistas y otros documentos impresos.
En un momento dado, tras una conversación con el editor y librero sevillano Abelardo Linares ―alguien con una amplia experiencia en este campo, con trabajos realizados para la Biblioteca Nacional o las Fundaciones Francisco Brines y Carlos Edmundo de Ory―, éste se ofreció a tasar ese legado, lo que al cabo hizo. No es eso lo importante. Conviene no olvidar aquellos versos que puso Antonio Machado en boca de Juan de Mairena: «Todo necio / confunde valor y precio».
En su informe escribe: «La biblioteca de Álvaro Valver­de (…) es la biblioteca de un poeta y escritor contemporáneo muy vinculada con muchas personalidades del mundo de las letras y con un exigente criterio lector que hace que los libros reunidos por él tengan un especial interés, además de que muchos de ellos están dedicados por los autores.
Una biblioteca de estas características es siempre una biblioteca única, gracias a las piezas aporta­das por la zona de archivo, es decir, fundamentalmente los epistolarios y originales incluidos, pero también por los libros que la forman».
Ha de quedar claro que una biblioteca así no me representa sólo a mí, sino a todos los escritores que la componen. Habla, pues, de la poesía en general. De la extremeña, singularmente, aunque su alcance va mucho más allá y las traducciones de poesía extranjera sean numerosas.
Se contempla en el proyecto que a esa biblioteca se deberían ir incorporando los libros que tengan relación con mi poesía. Y los libros que vayan, ya se dijo, llegando.
En el citado documento, se explicita quienes son mis albaceas literarios: mi mujer, mis hijos y los escritores y amigos Jordi Doce Chambrelan y el citado Juan Ramón Santos Delgado, que tanto ha hecho ―vuelvo a recalcarlo―, en su condición de funcionario, por que este proyecto se haya podido hacer realidad.
Si llegara a buen puerto, la biblioteca debería convertirse en un centro de irradiación y defensa de la poesía. Podrían programarse ciclos de lecturas, pongo por caso. O visitas de poetas de reconocido prestigio. No en vano Plasencia es una ciudad de la poesía. Y de poetas. Los últimos, los de la que nombré como  «plaga lírica». Con todo, la historia nos lleva muchos siglos atrás. Aquí, en fin, se han celebrado actos poéticos que lo subrayan: el Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y Galán» o «Centrifugados», por poner dos modelos de excelencia.
La casualidad ha querido que este acto coincida con la publicación de mi poesía reunida, Territorio, que agrupa los libros que he publicado entre 1985 y 2025, esto es, toda una vida. Aprovecho para informar de que lo presentaremos el próximo 25 de abril, sábado, a las 12 del mediodía en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, actual sede de la Escuela Oficial de Idiomas y del Centro de la UNED.
La propuesta ha sido aprobada legalmente en una sesión de pleno por el Excmo. Ayuntamiento y hoy llega a su culminación con esta firma pública. Sólo cabe esperar que esa ansiada biblioteca se inaugure y pueda albergar, en una de sus salas, mi humilde legado literario".



La pobre poesía y el Día del Libro


Hoy, Día del Libro, quiero defender desde este rincón a la pobre poesía. La que viene desde lo más remoto, desde lo primitivo. Desde que los seres humanos que piensan (o casi) existen. La que resiste al tiempo por ser machadiana "palabra en el tiempo". Y al espacio: porque es un lugar habitable. 
Aunque pasa por uno de sus mejores momentos, al menos en este país llamado España, sigue siendo ninguneada, cuando no objeto de desprecio. En algunos suplementos, por ejemplo, que evitan las reseñas de libros de poesía. En La Lectura, del diario El Mundo. O en Babelia, de El País, que sin llegar a tanto, renegó hace mucho de la crítica regular de obras líricas, y eso que hasta se llegaron a publicar poemas en sus páginas. 
El Cultural (ahora en El Español) y Abc Cultural mantienen esa sección. El primero, con cuatro críticos de poesía entre sus colaboradores habituales y una página semanal dedicada a ese tipo de libros. Loable. 
También, entre otros, periódicos como La Vanguardia (y Cultura/s, que dirige Sergio Vila-Sanjuán), Heraldo de Aragón (y Artes & Letras, dirigido por Antón Castro), Córdoba (y Cuadernos del Sur, a cargo de Rafael Romero Castillo), El Norte de Castilla (y La sombra del ciprés, que dirige Carlos Aganzo), Hoy de Extremadura (y Trazos) o El Correo (y Territorios, coordinado por Teresa Abajo) mantienen su atención a la poesía, a pesar de que venda muy poco, si se compara con la narrativa, y apenas merezca, como decía, el seguimiento público. Ella, ay, sólo tiene lectores. Pocos. Bueno, mejor no entrar en detalles tras el demoledor informe de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), siendo las librerías nuestras mejores aliadas. 
Sí, es triste, cuando no indignante, que se seleccionen 50 o 100 o 1.000 libros (que si del siglo, que si de la década, que si del año) y sólo sea elegido uno de poesía (caso reciente de Babelia en sus recomendaciones para este Día) y más por cierto revuelo mediático muy bien llevado que por otra cosa. Al ser una antología de poetas jóvenes, toca a varios. Bien está.  

(Nota. La fotografía es de Carlos Medrano.)

22.4.26

Carta de Cáceres


Con el tiempo le ha ido perdiendo uno afición a las crónicas de pequeños actos públicos en los que participo, tanto da que como espectador, acompañante e incluso protagonista. Un "Iré a tu blog, que comentarás lo de ayer", leído en un mensaje tempranero de Pureza Canelo, y una pregunta al respecto de Carlos Medrano, que ayer mismo se interesaba por el esperado relato, me ha activado de nuevo. Y sí, el pasado jueves estuvimos en Cáceres, en el salón de la Biblioteca Pública del Estado (gracias por la hospitalidad, Teresa), para presentar Territorio. Poesía reunida (1985-2025)
Tomaron la palabra, además de Jesús María Gómez y Flores (Norbanova organizó la velada, siempre al quite, siempre ahí), Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Es conveniente ir debidamente escoltado a estas ceremonias literarias, por personas que conocen bien lo que lo que has hecho y con la debida solvencia para explicarlo. Si de paso valoran positivamente eso, mejor aún. 
Lama ejerció, como estaba previsto, de filólogo y, con la debida naturalidad, de profesor universitario, que es lo que es, como se dice ahora. Sus incisivos comentarios, sus fundamentadas pesquisas y sus puntualizaciones memorialísticas justificaron de sobra su presencia. Por otra parte, fue el verdadero impulsor de esa velada. Me conoce de sobra, y lo que he escrito. Nunca, eso sí, dejan de sorprenderme sus hallazgos y reflexiones. 
Irene recurrió también a la memoria y de su mano nos fuimos a mi lectura pacense en el Aula Díez Canedo, a la que ella asistió siendo muy joven. Sus evocaciones, su punto de vista sobre cómo uno es (siempre se agradece esa visión "desde fuera") y, en suma, su lectura ratificaron que hice muy bien en contar con ella. No en vano compartimos territorio. Encontrar un poema inédito suyo, "Dolor", en el último número la revista Anáfora, me anima a creer que por fin nos dará pronto un nuevo libro.
Tras leer una página que iba a ir en la edición del libro y que al final dejé fuera (en parte me arrepiento), la del capítulo de los agradecimientos (no se llega solo a ningún sitio), iniciamos una conversación. Fue larga (dentro de lo que cabe), pero como es lógico muchas cosas se quedaron fuera. O se comentaron y luego no pudieron desarrollarse del todo. Nos centramos en la edición del volumen y en las decisiones que tuve que tomar y en el porqué de las mismas. Para terminar, leí un puñado de poemas, casi todos de asunto cacereño o relacionados con esa ciudad donde uno empezó a pergeñar versos, donde estudié y trabajé. La natal de mis nietas, que también acudieron. Sólo un ratino, lo justo para que al abuelo se le cayera la baba.  
Lo mejor es que pasamos un buen rato, y hasta nos reímos. La solemnidad no es lo mío. Lo nuestro. Nada como prescindir de la cara de presentación, la que aparece indefectiblemente en las fotografías de este tipo de actos, reflejada en los rostros de los asistentes. Al parecer grabaron lo que dijimos. Demostrará ese registro que no miento. 
Estuve muy bien acompañado en la mesa, ya se dijo, y en la sala. Cada vez es más difícil reunir a un grupo de personas en torno a un libro. No fue el caso. 
Al fondo, una vez más, con su puesto ambulante de libros, Antonio, de El Buscón. Gracias. Firmé unos cuántos ejemplares. Ojalá eso compensara la visita. Sentados, los demás. Amigos, conocidos, saludados... De la familia -además de Yolanda, Leticia y Carlitos-, mi prima Saluqui. Y lectores, que es lo que importa. O escuchantes, que también. Cuenta cada presencia y pierden valor las ausencias, justificadas algunas. Todos tenemos nuestro corazoncito, sí, y algunas fueron llamativas, pero... Jeremiadas, las justas, y por eso, ninguna. Allá cada cual. Como tituló Cristina Núñez en el HOY: "En esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde es un loco". Y por cuerdo me tengo. Ya lo dijo Mendoza el otro día en Babelia: “La vanidad es el enemigo: una forma de llegar a necio dando un rodeo”. 
Tomamos después algo en el Zeppelin (Malama, Bernal, Irene, su encantadora hija Ana, Joaquín Paredes y Yolanda) y vuelta a casa. El problema, ya allí, fue dormir.

(Nota: la fotografía de de Jorge Rey para el diario HOY.)

20.4.26

Presentación en Plasencia



Decimonónica

De Salas (Madrid, 1999), ya sorprendió con Los reales sitios, un libro de calidad ineludible. Pagaba, según su editor, Unai Velasco, “los peajes que se le piden al poeta: singularidad, presencia en el mundo y articulación de la lengua”. Vuelve a apostar por él y el salto adelante impresiona. Alude en su nuevo prólogo a la poesía poética y a “la estética marica” que lo vertebra, menciona a Álvaro Pombo y resalta su “cumplida dimensión epopéyica” en torno a la historia decimonónica española de la época de Isabel II (con obras de ingeniería como el canal que lleva su nombre y guerras carlistas), siglo al que este libro remite sin renunciar a la modernidad y, lo que considero más importante, a hacer avanzar la poesía por caminos no transitados.
Consta de siete partes. La primera se centra en el citado cauce artificial, a partir de textos de Severino Bello, “el ingeniero”. Ya se aprecia ahí la originalidad del proyecto lírico (léase “El curso alto”) y una voz sólida que no parece, paradójicamente, lírica. El lenguaje documental y técnico se transforma con naturalidad en poesía y el formato soporta el uso de la prosa, del versículo o del verso, digamos, tradicional, que domina y cincela para darle aspecto de sentencia. Tanto da que en el poema extenso como en el breve. En la deliberada clasicidad o en la arriesgada experimentación (como en “Arbre magique”). El oído siempre disfruta.
También pronto comprueba el lector que De Salas no le hace ascos, al revés, a la transgresión y al desenfado, al juego y al humor (así, en “El ancho ibérico”), hable de amores, de política, de trenes, de ciudades o de arquitectura (lo que me ha recordado al Aníbal Núñez de Alzado de la ruina o al Ferlosio hidráulico). Tampoco a la experimentación, como en esos poemas que fluyen como sólo un río sabe hacerlo, sin atender a la puntuación ni a otra cosa que no sea ritmo y discurso, o al usar el fanfic. No se sale indemne de El siglo. Turba.
 
Juan de Salas
Ultramarinos, Barcelona, 2025. 160 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.




El afán infinito

Esperanza Ortega (Palencia, 1953) reunió en Diario de lo no vivido (2020) su poesía completa. Desde 2002, ha mantenido un prolongado silencio sólo roto por la publicación de Las cosas como eran (2009), prosas memorialísticas.
Se refería Tomás Sánchez Santiago en el prólogo de Diario… a la “resistencia a abandonar la espera a pesar de las opacidades del tortuoso proceso de la creación poética”. Ese “mucho tiempo de espera” ha dado sus frutos: Los versos de mi amiga, una obra luminosa dominada por un hondo sentimiento de compasión.
Se abre con los versos de Arnaut Daniel: Nunca la tuve / pero me tiene. La poesía, sí, “que me posee sin que yo la posea en absoluto”. Luego anota: “Tras un largo periodo de aridez, he oído la voz de una mujer que me dictaba el eje fundamental de mi escritura”. Atenta a esa voz que le dicta lo sentido desde una aparente otredad, los sugestivos versos de las ocho secciones y un poema final que componen este libro único, en el doble sentido, atravesado por la dicha de volver a escribir: “Escribir un poema te llena de dicha”. Y hacerlo en las postrimerías, cuando “pasa el amor y se aproxima el miedo, / nacen los nietos y mueren los amigos”.
Aunque nunca haya pretendido ”usar un lenguaje de índole utilitaria” (TSS dixit), la claridad de esta lírica, su feliz tono doméstico con detalles incluso de humor, dista de la suya de antaño, más sucinta, reticente y minimalista. Eso no obsta para que en “Copos de nieve Oración)”, seis poemas breves en forma circular, juegue con la poesía visual.
Aquí, la desaparecida casa familiar, las manos de la madre, los rasgos de su padre, el proceso creativo, los niños y los jóvenes, su elegida “horma de mujer” (“¿Qué hubiera sido yo / de haber nacido hombre?”), la nieve, los inmigrantes, la amistad, las hermanas, “la vida pequeña”, los muertos (la muerte) y las fosas. Aquí, “los versos de alguien que ha vivido” y que, si resucitara, volvería a “escribir un poema”.
 
Esperanza Ortega
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026. 144 páginas. 14 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
 


19.4.26

Francisco Onieva lee "Territorio"



 
Por Francisco Onieva
 
Reunir cuarenta años de creación poética es una decisión crucial y compleja, pues el escritor se enfrenta a la exigencia de revisar toda su producción. Además, supone una especie de reivindicación, que deviene en consagración cuando se materializa en una impecable edición de más de setecientas páginas aparecida en una editorial como Tusquets, dentro de su mítica colección Nuevos textos sagrados.
Más allá de la belleza física del volumen, sobrecoge la profunda coherencia y unidad de 'Territorio (Poesía reunida 1985-2025)'. No son muchos los autores que pueden titular una obra de esta envergadura con el título de su primer libro. Valverde lo hace y muestra cómo en su ópera prima bullía la idea axial de toda su escritura: la identidad de un espacio que desborda la coordenadas geográficas y deviene en un ámbito literario a través del cual tantear el misterio de la existencia.
Como evidencias de estas cuatro décadas de creación ininterrumpida, el poeta placentino reúne los trece libros publicados y tres 'plaquettes', a los que añade un inédito, 'Geografías del jardín', además de siete poemas recuperados que aparecieron en di- versas publicaciones periódicas; sin embargo, decide eliminar gran parte de las composiciones que formaban su primer libro y los dos cuadernos siguientes, al considerar- las simples ensayos o tentativas.
Bajo el título de 'Primeros poemas', nos ofrece el primer poema en el que se reconoce, «Hojas de acanto y rosas», cuyo último verso, «Hagamos de este lugar un territorio», es toda una declaración de intenciones; y una exigente selección tanto de 'Territo- rio' (1985) como de 'Sombra de la memoria' (1986)y 'Lugar del elogio' (1987), donde están presentes ya algunos de sus ternas característicos: la mirada reflexiva, la melancolía, el arraigo a su tierra y la escritura como ámbito de la evocación. Sobre estos ejes temáticos articula 'Las aguas detenidas' (1988), con el cual inicia un proceso de depuración estilística que busca liberar a la pa-labra del barroquismo y de la influencia culturalista precedentes, al tiempo que aligera la sintaxis y la cadencia del verso blanco.
Así llegamos a un primer punto de inflexión, la aparición en 1991 de 'Una oculta razón', donde la mirada contemplativa brilla A través de la palabra precisa, ofreciendo una apuesta poética en plenitud, en la que amplía el espectro temático: la convivencia con lo inefable, la palabra como instrumento para configurar el cosmos y para conocerse, la evocación de la infancia, la lectura como lugar de encuentro, los paseos por la naturaleza o la familia. Este universo poético se enriquece con 'A debida distancia' (1993), cuyo titulo remite al poema XI de 'Las aguas detenidas', donde maduran nuevos temas como la otredad y se consolida el camino de depuración estilística y de pulcritud formal que llevará a otro de sus libros esenciales, 'Ensayando círculos' (1995) -título tomado de un poema del libro anterior-, que apareció en la que será su casa desde entonces, Tusquets. En este poemario, Val-verde se adentra en la incertidumbre y en la orfandad que esta genera y tantea las limitaciones lingüísticas para expresar lo absoluto. De forma paralela a este volumen es-cribe la 'plaquette' 'Los marinos inmóviles' (1996), un poema en prosa construido a base de fragmentos que abordan la incertidumbre, y 'El reino oscuro' (1999), un extenso poema dividido en siete fragmentos o cantos, inspirado en la mítica comarca alto-extremeña de Las Hurdes y otras comarcas vecinas, en el que ahonda en los límites y obsesiones que sostienen su poesía.
La aparición de 'Mecánica terrestre' (2002) supone otro hito en su trayectoria: profundiza en las claves planteadas en 'Ensayando círculos', con variaciones formales y tonales, mostrando la actitud perpleja de quien contempla y admira el mecanismo ci-frado del mundo. Además, aborda la escritura como ámbito de la memoria, la reflexión sobre el hecho creativo, la búsqueda de lo absoluto a través de espacios familiares como el jardín o la casa, la otredad y el viaje vital y literario. Para ello su mirada reflexiva se abre a lo visionario y aborda lo inefable cotidiano del amor.
Así llegamos a su mejor libro, 'Desde fuera' (2008), cuyo título es un homenaje a César Simón, con quien dialoga en el poema homónimo. El yo poético contempla el alrededor y, al mismo tiempo, se asoma a las profundidades interiores, acudiendo a la palabra parca y sobria, contenida   eficaz, sencilla y reveladora, esencialista y existencialista, callada y significativa. Con estos mimbres tantea nuevas aproximaciones a sus temas característicos: la otredad, el viaje-unido al amor a su familia-, el recuerdo de los familiares ausentes, los lugares que forman parte de uno, las lecturas y los autores que configuran la propia interioridad, su tierra como elemento modulador de su mirada y de su pensamiento.
Esta tierra será el magma de 'Plasencias' (2013), una declaración de amor y de dolor a la ciudad que lo vio nacer y en la que ha vivido siempre, que, aunque haya estado presente en todos sus libros, es la primera vez que aparece de forma explícita tanto a través de diversos enclaves intramuros como de los parajes colindantes, que sirven de asidero al poeta, quien evoca distintas peripecias emocionales al hilo de los mismos.
Con más 'Más allá, Tánger' (2014), cuyo título remite al cierre de un poema de 'Desde fuera', el estilo valverdiano alcanza una parquedad y austeridad casi impresionista, a pesar de ser su libro más narrativo. Nacido del gusto del poeta por las ciudades decadentes, en él se entrecruzan dos voces: la de una mujer que regresa a la ciudad donde nació y la de un sujeto poético que la visita por primera vez. Este proceso de depuración se acentúa desde 'El cuarto del siroco' (2018). Pese a que sus poemas hayan sido escritos a lo largo del nuevo siglo y muchos hayan ido viendo la luz en distintas revistas literarias, el conjunto presenta una profunda unidad de tono, de pensamiento y de estilo, lograda a través de un sosegado proceso de relectura y corrección. A partir de la imagen de una estancia de las casas patricias sicilianas que servía de cobijo frente a dicho viento, construye toda una metáfora de la poesía y de su apuesta estética.
En la misma línea se encuentran  'Extremamour' (2022), un proyecto con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer, quien visitó distintos lugares de Extremadura para sacar 68 instantáneas que se publicaron acompañadas por sendos pareados; y 'Sobre el azar del mapa' (2023), titulo tomado de un alejandrino de su primer libro, que se articula en dos cuadernos inspirados en sendos viajes: «Cuaderno de Sofía», donde celebra la belleza decadente de la capital búlgara y su mestizaje cultural, y «Cuaderno suizo», dedicado a las ciudades de Grandson y Ginebra, en el que, además del asombro ante la nueva realidad, homenajea a distintos poetas que vivieron o tuvieron relación con la capital helvética (Borges, María Zambrano, Valente, Costafreda, Gimferrer o Aquilino Duque).
Semejante parquedad y concreción alcanza su máxima expresión en el inédito 'Geografías del jardín', cuya incorporación refuerza la idea de obra en marcha. Son cuarenta y ocho poemas breves, cercanos al haiku -algunos lo son-,en los que la sugerencia y el silencio se imponen. La aparición de 'Territorio' es, pues, un motivo de celebración para el lector, que va a encontrar entre sus páginas una de las voces más personales de la actual poesía española, que ha conseguido construir desde la periferia, libro a libro, con humildad y honestidad, un poesía contenida, reflexiva, de expresión diáfana, con una clara dimensión moral, que transmite con naturalidad el misterio de la experiencia poética a través de una palabra cercana, cotidiana, despojada, en cuya prosodia resuenan las inquietudes del hombre tranquilo que observa con la mirada perpleja aquello que lo rodea y de lo que se sabe parte.
 
Suplemento Cuadernos del Sur, diario Córdoba, 18 de abril de 2026



18.4.26

Enrique García Fuentes lee "Territorio"


La condición de clásico
 
Poesía. Tusquets reúne en Territorio la obra poética del placentino Álvaro Valverde entre 1985 y 2025
 
Por Enrique García Fuentes
 
Diario HOY. Sábado, 18 de abril 2026
 
La aparición de este volumen que recopila la práctica totalidad de la producción poética de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), una de las voces incuestionablemente más propias y preclaras de la poesía española contemporánea, solo cabe ser saludada como uno de los acontecimientos literarios de este año, sin discusión de ninguna clase y por muchos más interesantes que lleguen y ojalá tengamos la suerte de disfrutar. Conviene decirlo cuanto antes y si hay alguien remiso a llegar hasta el punto final de estas palabras ya puede dejarlo si tiene prisa porque lo básico y esencial ya ha sido enunciado.
Para la construcción de una obra sólida, coherente e inmarchitable solo cabe un trabajo intenso y dedicado con el material empleado para erigirla, la palabra, evidentemente, en este caso; esa juanramoniana palabra que logra encontrar el nombre exacto de las cosas y que queda plasmada desde el mismo título (y subtítulo) de esta compilación de cuarenta años de poemas inobjetables. Hace muchos años que nombrar a Valverde venía irremediablemente seguido de ese inolvidable 'Hagamos de este lugar un territorio', que aparecía en su primer poemario y que, como hemos visto, sigue sintetizando de manera exacta su ya amplia producción. Por eso es lógico que dé título a esta reunión de altos vuelos y resuma con su significación el logro fundamental de su poesía: haber acotado una porción cada vez más amplia y coherente que le asegura un lugar de privilegio en el superpoblado terreno de la poesía actual que le es propio, identificable y que, gentilmente lleva compartiendo con nosotros tantos años. Por otro lado, elegir 'reunida' (y no 'completa') como complemento del núcleo 'poesía' garantiza (y tranquiliza: 'completa' tiene mucho de 'acabada') que, dentro de –esperamos– muchos años Valverde no tenga de añadir (a lo Guillén) un '… y otros poemas' cuando le dé por volver a editarla, igual de fresca que ahora, pero muy ampliada por venideros versos.
Para lujo de apasionados y exegetas, este Territorio compendia –además de los libros editados en su momento por el poeta– un amplio ramillete de poemas publicados en otros formatos: revistas, homenajes, misceláneas, etc.; un libro inédito hasta la fecha, Geografías del jardín, tan vinculado y bien inserto como corroboración de la solidez de su obra, y varios apéndices, como uno que detalla cronológicamente los volúmenes hasta ahora dados a la imprenta y, por si fuera poco, como indispensable coda, el extraordinario epílogo en el que, con su habitual maestría, Gonzalo Hidalgo Bayal dilucida acerca de la inquebrantable unidad y coherencia de la producción poética de Valverde, calidades que, como muchos reconocen, son los pilares sobre los que se sustenta. Un exhaustivo análisis redactado con la facundia cercana de un autor que, con sus palabras explicita, a la vez que magnifica sin alardes hagiográficos, la producción del poeta placentino.
El resto queda explicado en su interior por el propio Valverde cuando toma la palabra, devoto siempre de no dejar cabos sueltos, a la hora de declarar el proceso que ha conducido a la selección de lo aquí publicado: la 'limpieza' de algunos poemarios, la disposición adoptada en lo que ahora ofrece, la procedencia de los poemas sueltos no incluidos en libros, etc. El hecho de disponer ahora en un solo volumen de tal cantidad de indiscutibles versos permite, por ejemplo, apreciar una evolución que en absoluto empece su claro carácter unitario ya señalado, desde la poesía hondamente meditativa de sus primeras entregas, de versos largos, de sintaxis complicada que nos obligaba a estar atentos para no perdernos, hasta la aparente (insisto: aparente) liviandad de sus últimos libros.
Como la de los grandes, la producción poética de Valverde transciende (aunque no me termine de gustar del todo el verbo, dadas sus connotaciones un tanto mesiánicas, aplicado a un poeta que ha logrado hacer del lenguaje cotidiano y sin alharacas un discurso factible y asumible para todos) desde ese territorio consuetudinario donde habita (y reflexiona). Adobándolo con vivencias obtenidas de periplos más lejanos -más habituales en la medida en que las circunstancias jubilosas de la vida permiten esos tránsitos- y lecturas continuadas –y perfectamente asumidas, dada la atención, rayana casi en la unción con que son atendidas– acaba convirtiéndose en toda una novela que leemos como si de nuestra propia vida se tratase (o al revés, como si en esa vida suya que reconocemos latiera también nuestra particular novela). No eran caprichosas –un adjetivo discordante con nuestro poeta– las citas elegidas para orlar la entrada al monumento, la de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y la del menos conocido Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»). Lo que encontramos a continuación no hace sino remachar la idea de que poesía y vida son términos inseparables y deben recrearse el uno en el otro. Álvaro Valverde hace tiempo que ostenta una incuestionable categoría de 'clásico', la publicación de este indispensable volumen no hace más que corroborarlo.
 


16.4.26

Una entrevista en el HOY


 
Agrupa toda su obra en Territorio: Poesía reunida (1985-2025) que presenta este jueves a las 19.30 horas en la Biblioteca Pública de Cáceres
 
Cristina Núñez
Diario HOY
Cáceres, 16 de abril 2026. 
 
La primavera trae un acontecimiento literario de altura. Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) reúne su trabajo poético de cuatro décadas en 'Territorio: Poesía reunida (1985-2025)' (Tusquets). Bajo el nombre de su primer libro, que contiene el célebre verso fundacional 'Hagamos de este lugar un territorio', compila una amplísima e ininterrumpida trayectoria en la que cuenta con hitos como el premio Loewe en 1991 por 'Una oculta razón'. La obra incluye también un poemario inédito 'Geografías del jardín', escrito durante la pandemia. «El resultado es una poesía a la que no dejamos de volver porque es hospitalaria y se deja habitar; una poesía que nos habla en tono de confidencia de eso que pasa ante nosotros y a menudo no percibimos, real como la vida misma», glosa el crítico Jordi Doce.

Este jueves se presenta a las 19.30 en la Biblioteca de Cáceres, en donde Valverde estará acompañado del profesor de la UEx Miguel Ángel Lama y la también profesora y poeta Irene Sánchez Carrón. Se trata de una nueva cita organizada por el 'El aula de la palabra' de la asociación Norbanova.

–¿Cómo se ve 40 años después de la publicación de 'Territorio'?
–El verano pasado di el apretón final antes de la publicación de este libro y había que decidir retocar algún poema, eliminar alguno y hacer esa constante relectura a la que nos sometemos los poetas. Ha sido bastante duro, porque te enfrentas a poemas que escribió alguien que tú reconoces relativamente, porque todos vamos cambiando en la vida. Es verdad que yo he mantenido una voz, una línea, un tono a partir de 'Una oculta razón' que no ha variado grandemente. Se ha ido depurando, comprimiendo y eliminando al máximo todo tipo de adorno y de retórica, pero al fin y al cabo hay lo que la crítica señala como coherencia. Y una vez que sale el libro y que se pone en la calle en manos de los pocos o muchos lectores también hay una especie de bajón, porque uno se enfrenta a lo que ha hecho y no sabe realmente su valor, eso tiene que ser la crítica o los lectores quienes lo validen.

–¿Siente que ha traicionado a ese poeta de veintipocos años que publicó 'Territorio'?
–No, la evolución ha sido hacia lo positivo y en ese sentido me siento ciertamente aliviado. Del libro primerizo de aquel poeta demasiado joven he eliminado partes porque no me siento identificado. De los últimos libros los retoques han sido muy pequeños porque me he sentido seguro.

–Volver hacia esa poesía del pasado y de alguna forma limpiarla no deja de ser un ejercicio de humildad.
–Sí, en esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde es un auténtico loco. En este género (que Antonio Gamoneda duda que sea un género) estás enfrentado a ti mismo irremediablemente. No es solo que mi poesía sea bastante autobiográfica, sino que uno está ahí y no ha encontrado otra manera de conocer el mundo que le rodea, así que hay que tener mucha humildad. Y es verdad que yo no soy un Juan Ramón o una Pureza Canelo, yo no soy capaz de reelaborar y de reescribir constantemente lo que he escrito. Son detalles, palabras, un verso, un título, una cosa muy menor.

–Una cosa es la creación como tal y otra la publicación, los premios, todo ese mundo que rodea lo literario. ¿Cómo lleva esa parte de su oficio?
–Los críticos, algunos premios en su momento (yo desde 1993 no me presento a premios, considero que hay que dejar el paso a los que son jóvenes), antólogos, familia que te permite dedicarte a esto, ensimismarte...todo eso son pequeños pasos que suman. Poetas hay más que piedras, pero qué pocos llegamos en una edad provecta en esto de la poesía. Yo he tenido suerte. Son pocos premios pero premios significativos los que tengo. El Meléndez Valdés (que logró en 2018) se ha concedido ahora a un poeta excelente que es Abraham Gragera. Es un premio que te dan, que no te presentas, que son los que gustan.

–Fue director de la Editora Regional. ¿Ciertas labores administrativas o de gestión cómo se compaginan con la creación?
–Estuve desde 2005, tras la muerte de Fernando Tomás Pérez, otro de mis editores, y hasta 2008 que llega Luis Sáez. Yo pude dedicarme a buscar qué libros editar y a seguir editando los que ya estaban previstos por mi antecesor, porque yo pretendía mantener el gran nivel que él había logrado. Fueron unos años apasionantes, es verdad que me rozaba la parte política y que yo estaba al servicio de un consejero y de unas obligaciones, pero resultó una tarea apasionante.

–¿Cómo está Extremadura en lo que pudiera llamarse alta cultura y en la poesía?
–Estamos bien. Me apena que en las dos últimas antologías de poetas del siglo XXI ( 'El tiempo está cambiando', de la colección Vandalia y 'Un estallido' en Cátedra), no haya ningún poeta extremeño. Desde los 80 para acá el nivel no ha decaído, estamos en el panorama nacional, indiscutiblemente, en lo que a poesía se refiere, muy bien, y hay antologías como la de Dionisio López ('Los Últimos del Oeste'), que lo ponen de manifiesto. El libro de crítica que saqué, 'Lecturas a poniente', de la Editora hace dos años demuestra que el nivel es alto. Extremadura no tiene por qué sentirse acomplejada.

–¿Cuáles son en su opinión los hitos que han contribuido a ello?
–Hubo un primer estirón con el presidente Rodríguez Ibarra y el consejero Paco Muñoz para mí imprescindible. La Editora Regional ha sido capital en todo ese proceso porque suele ser el sitio en el que publican sus primeros libros los poetas o narradores extremeños. Las aulas literarias de la Asociación de Escritores que puso en marcha Ángel Campos también fueron un hito fundamental y también podemos extendernos a lo que tiene que ver con el arte, fundaciones, museos, porque la poesía no está aislada. Los que empezamos en los 80 no teníamos tantos referentes, con todo mi respeto a Delgado Valhondo, Pacheco o Lencero. Santiago Castelo o Pureza Canelo eran poetas importantes pero estaban fuera.


15.4.26

Un poema en Códice


En el número dos (agosto de 2023) de Códice. Revista de Poesía, una publicación cuatrimestral, con una tirada de 300 ejemplares y sedes en Nueva York y Lima, que dirige el poeta Miguel Ángel Zapata, profesor de Hofstra University, en concreto del Dept. of Romance Languages & Literatures situado en Hempstead, vio la luz mi poema "Ruinas", que ahora reproduzco. 
Llega con cierto retraso el ejemplar en papel, pero, al sostenerlo en las manos y contemplarlo (hay un Klee en la portada), agradezco aún más la invitación de Zapata, que acaba de publicar en Pre-Textos Escribo caminando. Antología poética (1983-2025)
La edición es hermosa y está bien cuidada. Y muy agradable (salvo alguna inevitable excepción) la compañía del índice. Que esté impreso por Máquina Purísima Editores bendice el excelente resultado. 


RUINAS

Esta vieja ciudad, las sucesivas
ciudades que la han ido conformando
a través de los siglos y la historia
hasta darle el aspecto que ahora tiene,
es la razón de ser de quien, ajeno,
la observa desde fuera y sólo encuentra
las ruinas de su vida dispersadas
por el hosco interior de un laberinto
de calles tan oblicuas como el tiempo.


8.4.26

Una forma de perseverancia

Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicó su primer libro en 1983. Le siguieron los agrupados, salvo ése, en Los bosques de la mirada y algunos más, entre ellos He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que obtuvo los premios Loewe y Meléndez Valdés de la crítica, y la antología Debajo de la nieve todo está por hacer. Sostiene que ni el verso ni el poema, que el libro es su “unidad de medida” en poesía.
Si por algo se caracteriza la obra poética de Sánchez es por su coherencia. Y por su honestidad, cabe matizar. Leyendo el segundo tomo de sus memorias, el poeta andaluz Jacobo Cortines decía algo a propósito de la pintora Carmen Laffón que se me antoja válido para estimar la trayectoria del cacereño. Bastaría con cambiar un nombre por otro y pintura por poesía. Quedaría, con el tácito permiso del autor de La edad ligera, así: “Humanismo como axiología, como escala de valores, que en Basilio Sánchez serían la verdad creativa, lejos de toda retórica de la corrupción, sentimentalista o preciosista; la conciencia crítica sobre su quehacer: esa continua exigencia, de un lado, y el rechazo de la autocomplacencia; la lucha por alcanzar la perfección deseada, con la asunción de sus dudas, riesgos y fracasos; la entrega a la obra por encima de cualquier tentación de gloria o beneficios económicos; la indagación en lo que le rodea para profundizar en sí misma y comunicar a los otros esos hallazgos, para que a su vez ellos se encuentren a sí mismos. Su poesía al servicio del hombre, teniéndolo siempre como eje”.
Esa coherencia y esa honestidad no se improvisan. Ni surgen por azar. Debe mediar la voluntad y la inteligencia. Lo demuestra la capacidad del médico y humanista no sólo para escribir verdadera poesía, sino también por ser capaz de revelar las ideas que sustentan su creación. Se refirió Octavio Paz a la imposibilidad del poeta moderno de no especular acerca de su oficio; de disociar los poemas que compone de la poética que los respalda, digamos. Eso es lo que pone de manifiesto este libro, donde resulta casi imposible distinguir entre teoría y práctica. No es la primera vez que Sánchez afronta el reto. Lo hizo en El cuenco de la mano y La creación del sentido, dos entregas que podrían pasar por poéticas: por el asunto del que se ocupan y por la escritura que las identifica. Esos fragmentos trazarían, según él, un “recorrido […] que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor”. De esa tarea, la de una vida, da cuenta este libro, que no deja de ser una suerte de autobiografía lírica.
El título procede de cómo denominaron los judíos del siglo XVII a la ciudad de Ámsterdam: Makom, “el buen lugar”, “un estado esperanzado del alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a todos los judíos de la tierra” (por lo que dijo Tsvietáieva).
Sirviéndose de “un decir fragmentario” con tono de diario o cuaderno de campo (“concibo la poesía como una suerte de diario en el que se registra la experiencia vital y espiritual del poeta a lo largo del tiempo de su escritura”) y de iluminaciones aforísticas, donde abundan numerosas citas que dan cuenta de su loable condición de lector con criterio (incluso de lo propio), Sánchez nos ofrece sus pensamientos (éste es un libro de meditaciones), su concepción de la poesía: su poética, pero también, y esto es novedoso, lo que el poeta es o representa. Una actitud ante la vida. Ya en los últimos libros de poesía (inseparables, insisto, de éste) había usado la metapoesía con la misma pericia, pudor y naturalidad que definen su manera de decir: “Yo creo que la poesía […] debería ser escrita […] sin adornos y sin experimentos, persiguiendo la verdad de las cosas como si en ese intento nos jugásemos nuestra supervivencia, alojándonos en la casa de las palabras con la íntima misión de que la naturaleza de los afectos termine por imponerse a la amenaza constante de la disgregación y de la muerte”. Como Zagajewski, aspira a una poesía “limpia, reposada y paciente”. Siguiendo a Walcott, afirma que “los mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo especifico, que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción de los orígenes de cada uno, de sus raíces intimas y geográficas. Y yo creo que es así, que es sólo sobre una geografía privada, casi doméstica, sobre la que el poeta consigue levantar, a la manera de los miniaturistas, con la humildad y la naturalidad del que busca un sentido a su escritura entre los seres y las cosas que comparten su existencia con él, su particular cosmogonía”. Pretende “construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
Resulta imposible incluir en una breve reseña lo que este libro contiene. A su modo, es interminable. Está concebido para ser leído con la misma lentitud que busca para sus versos. Su densidad así lo exige.
La ética y los otros, la melancolía, lo sagrado, la infancia, la pandemia, la mirada atenta y lo contemplativo, la tradición meditativa, la mística, las cosas, la claridad y la luz, el dolor, la imaginación, la naturaleza, el misterio, la realidad y la muerte (“mi trabajo diario convive con la muerte”) son algunos de sus temas.
“La poesía, dice, se reduce a algo tan sencillo ―y a la vez tan difícil― como nombrar”. “Me empeño en lo menudo”. Es “compañía”. Abundan las referencias al silencio y la soledad, a la simplicidad y al despojamiento, a la discreción y a lo doméstico, a la “media luz” (la luz de la poesía) y a quienes hablan, como él, en “voz baja”. Cree, en fin, que la poesía “es la forma más alta de quietud”.
Sánchez ―un hombre corriente y de provincias― escribe como es. Y “para ser”, como V. Ferreira. Por necesidad. Estas páginas inspiradas dan fe de lo lejos que pueden llegar las palabras pequeñas, humildes y concretas, las expresiones claras. A construir un mundo, lo esencial del poeta para Pound.
  
Basilio Sánchez
Pre-Textos, Valencia, 2025. 228 páginas. 18,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA. Número 157-158. 2026.

5.4.26

Juan Ramón Santos lee "Meditaciones..."

Pensándolo bien no pudo estar más acertado Álvaro Valverde cuando, para dar titulo a la antología que publicó hace unos años en La Isla de Siltolá, eligió el de Un centro fugitivo, pues si tenemos en cuenta lo que acaba siendo una obra poética ―la que, llegado el momento (se entiende que al alcanzar una extensión suficiente o significativa), alguien decide antologar― su núcleo estaría formado por un puñado de asuntos que ocupan o preocupan al autor y en el que, a base de darles vueltas, de ―podríamos decir― centrifugarlos, se acaban viendo envueltos otros temas en principio menores o secundarios que poco a poco van dando cuerpo al conjunto dotándolo de espesor, de volumen, de complejidad, convirtiendo esa obra en algo parecido a lo que en Filosofía llaman un sistema, una visión completa pero no me atrevería a decir que coherente ―pues entiendo que no es ese el propósito de la poesía― sobre el mundo. Llega entonces, como señalaba, el momento de escoger, de antologar, y supongo que al hacerlo cabe optar por, al menos, dos criterios, el del florilegio, el de lo selecto, el de escoger lo que se considera más acabado y perfecto dentro de la producción del poeta, o el temático, ya sea en torno a lo accidental ―poemas de amor, de naturaleza, etc.― o a lo esencial, lo que se considera que está en el origen, como una suerte de primer motor, de toda esa labor literaria.
Pues bien, esta última posibilidad es la que explora Meditaciones del lugar, la antología de la obra de Álvaro Valverde llevada a cabo por José Muñoz Millanes y publicada por Pre-Textos, que articula el recorrido por su poesía en torno a dos nociones que se encuentran ya en el propio título, la de lugar y la de meditación, dos nociones, como Muñoz Millanes señala en prólogo, tan ligadas entre sí como en ese sintagma, en la medida en que, como afirma refiriéndose a autores tan relevantes como Valente, Unamuno o T. S. Eliot, «la composición de un lugar (...) suscita la meditación, una reflexión encaminada a dar sentido a la experiencia», algo que estaría en el núcleo esencial de la obra del placentino. La idea me parece, desde luego, acertada, pues para corroborarlo solo hay que acordarse de alguno de esos poemas suyos tan frecuentes ―y podría señalar como ejemplo uno de mis favoritos, «Estela», de Ensayando círculos― en los que, a lo largo de un paseo (otro motivo frecuente y fundamental en su poesía), la voz se enfrenta a un jardín, un árbol o una casa abandonada que suscitan la duda o la reflexión y la llevan a indagar, en último extremo, en el misterio de las cosas.
Esos lugares a los que el autor a menudo se enfrenta son, principalmente, el jardín, el patio o la ciudad amurallada, lugares pequeños y cerrados que, paradójicamente, acaban por envolver toda la realidad entero en un ir y venir no menos paradójico que hace que, cuando el poeta se abre y sale al mundo ―y estoy pensando en algunos poemas del libro Desde fuera ambientados en ciudades distintas de la propia, pero también, por ejemplo, en el libro Más allá, Tánger en su conjunto―, la sensación que uno tiene es la de que se acaba fijando en lo que tiene de reducto, de patio, de jardín, de ―utilizando el título de otro de sus libros― cuarto del siroco, de lugar donde buscar refugio, no sólo (aunque también) porque el propio mundo es a menudo un lugar inhóspito y desapacible, pura intemperie, sino porque el poeta necesita ―y vamos con el segundo elemento o noción en torno a la que se articula la antología― un espacio para la meditación, para reflexionar, a fin de cuentas, sobre los grandes temas en torno a los que suele girar la poesía, en su caso concreto y sobre todo, la pérdida, el paso del tiempo, lo que somos, lo que fuimos o la huella que dejaremos tras nuestro inestable y precario paso por la vida, todo ello marcado por un aire de melancolía que muchos reconocerán como marca de la casa y que yo diría que es lógico y necesario, porque reflexión y melancolía tienden a ir de la mano aunque sólo sea por una razón práctica, que los alegres, los enérgicos o los optimistas felices.
Por esos derroteros discurre, en definitiva, Meditaciones del lugar, un libro en el que no está, claro, todo Alvaro, ni tampoco todos los álvaros (y me estoy acordando, por poner un ejemplo, de un tipo de poemas suyos relativamente frecuentes en los que encarna la voz de un personaje, normalmente histórico, normalmente un escritor o un artista, para descubrirnos, a través de esa voz ajena, una visión del mundo que también es la suya), pero la sensación que uno tiene al leerlo (y es un placer hacerlo) es la de haber recorrido todo Álvaro Valverde y la de comprender mejor el todo atendiendo sólo a esa parte, la que Muñoz Millanes selecciona siguiendo las pistas del espacio y la meditación.
Si acaso, por ponerle al volumen una pega menor, echo de menos que, habiéndose publicado en 2024, no haya incluido también algunos poemas del último libro del autor, Sobre el azar del mapa, de 2023, en el que tan presente están también las nociones de lugar y meditación, tanto en el
«Cuaderno de Sofía» como en el «Cuaderno suizo», buena muestra de esa curiosa jugada de ajedrez del poeta con la que, en lugar de enrocarse en su territorio, el que fundó ya en sus primeros poemarios, lo ha ido desplegando cada vez más, ampliando jugada a jugada la posición de sus piezas en el tablero, para seguir afirmando una verdad, su verdad poética, cada vez más sólida y más grande.
 
En Revista de Estudios Extremeños, número 2, año 2025. Diputación de Badajoz.

28.3.26

Volver a la vida

Jordi Doce (Gijón, 1967) es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Oviedo. Fue lector de las universidades de Sheffield (allí obtuvo un Master in Philosophy y se doctoró con una tesis sobre la influencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea) y Oxford. Llevó a cabo labores de edición en la revista Letras Libres, el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la editorial hispano-mexicana Vaso Roto. Durante su juventud participó en la creación de varias colecciones de poesía en su Asturias natal y ha sido codirector de otra: Voces sin Tiempo, de la Fundación Ortega Muñoz. En la actualidad es coordinador de la de poesía de Galaxia Gutenberg y ejerce la crítica en el suplemento El Cultural.
Aunque su obra se centra en la poesía (es autor de los libros La anatomía del miedo, Diálogo en la sombra, Lección de permanencia, Otras lunas, Gran angular, No estábamos allí, Maestro de distancias y de las antologías Nada se pierde. Poemas escogidos, 1990-2015 y En la rueda de las apariciones. Poemas, 1990-2019 ―además de algunas publicadas en el extranjero con poemas suyos vertidos al inglés, rumano, francés, árabe o italiano―, y traductor de numerosos poetas en lengua inglesa, como W. H. Auden, Paul Auster, William Blake, Anne Carson, T. S. Eliot, Ted Hughes, Sylvia Plath, Charles Simic, W. B. Yeats y otros, entre los que se cuentan los de la muestra Libro de los otros), Doce es autor de una considerable obra en prosa que incluye volúmenes de ensayo (Imán y desafío. Presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea; Curvas de nivel; La ciudad consciente. Ensayos sobre T.S. Eliot y W.H. Auden; Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica; Zona de divagar. Ensayos y fragmentos; y La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea), diarios (La puerta del año, La vibración del hielo y La vida en suspenso. Diario del confinamiento) y los que forman parte de lo que podría denominarse “escritura miscelánea”: Bestiario del nómada, Hormigas blancasPerros en la playaTodo esto será tuyo. A esta última categoría pertenece La insistencia, un título que queda explicado en esta anotación: “El final de la página no acaba de llegar. Siempre hay sitio, extrañamente, para una nueva línea, y otra, y otra más. Esa insistencia”. De escribir se trata. El libro “hará todo lo necesario para existir”. No en vano la primera entrada reza: “Nadie me pregunta, pero no dejo de responder. Quiero decir: escribo”.
En la “Nota del autor”, explica que “durante el lapso de escritura de estas páginas, que fueron a la vez amparo y refutación de la oscuridad, tuve muy presente esta afirmación de Ramón Andrés: «Estoy persuadido de que todos, sin exclusión, por una cosa u otra, tenemos nuestros propios cuadernos negros» (Caminos de intemperie)”. Y de cuaderno negro cabe calificar éste, escrito entre marzo de 2022 y el mismo mes de 2024. En medio, en 2023, murió su esposa, la poeta Marta Agudo (“ahora que ella no está”) y el dolor por esa pérdida (que incluye el de años de padecimiento por culpa de su dura enfermedad) y el consiguiente duelo son inseparables del tono de estas páginas que, sin embargo, por su contenida sobriedad ―cuestión de carácter, sí, y una poética en sí misma: la valentiana de la cortedad del decir, la de “las virtudes de la elipsis”, de “la aridez […] fecunda, hacedora”― no se tiñen de sentimentalismo ni de lamentaciones.
Si bien abundan los aforismos (un género que Doce ha demostrado dominar con aportaciones genuinas y personales que le separan de la abundante mediocridad que su moda ha ocasionado), no faltan las reflexiones, las citas, las noticias de prensa, los autorretratos (a pesar de que, porque domina las paradojas, escriba, según dice, para perderse de vista y nunca use la palabra “yo”)… Breves reflexiones, fragmentos o “astillas”, sobre la escritura en general y de este tipo heterogéneo en particular; la poesía (que “sólo dice”, “una piedra que habla”), su propia poética (que llega a poner en práctica, como ocurre con el poema dedicado a la mensajera Wenzel), los poetas (siempre declarándose culpables) y los libros ajenos; la ecología, por generalizar, ya que lo suyo se ajusta sobre todo a las consecuencias del cambio climático; los otros (hay un componente moral inexcusable en el libro: la inmigración, la pobreza infantil…); los animales (perros, ballenatos, buitres, rinocerontes, etc.); o la figura del padre, acaso lo más duro y emotivo del conjunto, donde Doce desciende a lo confesional.
Se vale de las metáforas, a cada cual más brillante y sorprendente, para intentar explicar lo que le pasa. A él y, cabe precisar, a quien lee, pues que nada humano le es extraño.
Quien escribe es alguien ―lúcido, irónico e inteligente― que viene de lo roto y descompuesto pero que pronto atisba que no está ante un final inexorable, sino ante un nuevo comienzo. Alguien que está solo, a la intemperie y en el desierto. En medio del camino. Que negocia con el silencio: “te absuelve” y “te disuelve”. Que duda y vacila. Quien “tiene delante la inmensidad, puede verla, pero habla con ella mediante lo pequeño”. Que “observa más que piensa, y piensa más que escribe; no es gran cosa, pero basta”. Que cree que “la normalidad no existe más que en la imaginación” y que “todos hemos nacido en Ítaca” y, por eso, “lo importante es volver”. Que se niega a ser parte de gremios, clubes o logias sin renunciar a la amistad.
Esta lectura nos dignifica. Parafraseándolo, rezuma “sensatez o simple sentido de la medida, que es, por lo demás, la otra cara de la humildad”. Como el edelweiss: “Florecemos ―dice Cadenas― en un abismo”. Como esa “fuente antigua, algo apartada”, la del “aquí”.
“Me inquieta a veces la oscuridad de estas páginas, su falta de humor [lo hay: sutil, Arca y Diluvio], su desabrimiento. Entonces viene Tsvietáieva con las palabras justas: «La pureza del cuaderno es precisamente su negrura» (El poeta y el tiempo)”, leemos en la página 105. Sólo queda asentir.
 
Jordi Doce
Pre-Textos, Valencia, 2025. 134 páginas. 13,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA Número 157-158. 2026.