24.6.19

Marzal y Cabrera

"Los poetas podrían ser animales tan esquivos como el más esquivo de los animales. Como el más esquivo de los hombres. Sin embargo, escogen personarse ante los ojos del mundo, para prodigar, como hizo Antonio Cabrera, un poco de amor y belleza a todos los necesitados que quieran leerlos". Carlos Marzal, "In memoriam Antonio Cabrera".

22.6.19

Karyotakis, el triste

No hace falta recordar a los lectores de poesía que la griega es una de nuestras grandes tradiciones, y no me refiero ahora a la literatura clásica, sino a la moderna y contemporánea. Por suerte, en España se han venido publicando las obras de sus más altos representantes, cuya cima sería Cavafis, sin olvidar a Seferis, Ritsos o Elytis. Gracias, en primer lugar, a ejemplares traductores y, cómo no, a no menos modélicas editoriales. Sirva como muestra el nombre de Juan Manuel Macías, director de Cuaderno Ático, descubridor para nosotros de María Polydouri, autor de versiones de Safo y de la poesía completa del citado alejandrino que publicó Pre-Textos, una de esas editoriales que mencionaba, quien nos presenta en su catálogo Elegías y sátiras y cuatro poemas póstumos, libro de un griego menos conocido, Kostas Karyotakis, nacido en Trípoli, ciudad del Peloponeso, en 1896, y muerto en la provincial y apartada Préveza en 1928. Fue funcionario público (dedica a los de su oficio una sátira) y por lo que se lee en este libro, que apareció un año antes de su suicidio (de la misma forma que el del colombiano José Asunción Silva, en el 30: de un certero disparo en el corazón), un hombre de una tristeza infinita. De eso dan buena cuenta estos poemas teñidos, como destaca el traductor y prologuista, del “mayor legado de la lírica griega: la melancolía”. 
El libro consta de cuarenta y siete poemas: dos series de veintiocho elegías y dieciséis sátiras, unidas por los poemas de la “Trilogía heroica”. A ellos se sumaban en la obra original dieciocho poemas traducidos (de Heine, Villon o Verlaine) que no se incluyen en esta edición, donde, sin embargo, se recogen cuatro poemas póstumos que aportan sustancia al conjunto y lo completan. 
Karyotakis era un ser sensible, sin duda, y estas excelentes versiones, ya decía, dan sobrada prueba de ello. Hay una colección de poemas breves, pongo por caso, que sobrecoge y no pocos (carecen de título) logran la sobrada calidad que justifica esta apuesta. 
Las elegías son graves (“llevo una sombra encima), como es obvio, y parecen póstumas por el tono de despedida y de pérdida que reflejan. Percibe uno en ellas rastros del mejor Romanticismo. 
En las sátiras hay rachas de ironía y hasta de humor (“Va a resultar mi dicha, pienso, / cuestión de altura”, dice en “Marcha fúnebre y vertical”). Léase “Todos juntos”, referido a los poetas (“chusma / en pos de la rima”): “Adoptamos una pose. / La prosa se nos antoja inaceptable, / esa compañera de hombres honrados”.
Alude en ellas a la Libertad, a Grecia (“llora por la patria”), a la guerra (el pobre soldado Michaliós)...
Emotivo es el poema “Espiroqueta pálida”, donde hace explícita su condición de sifilítico. O “Suicidas ejemplares”, que sería un buen título para una antología de poetas que se dieron muerte por propia decisión. “A la luz despídela de mi parte, / le diré al último con quien me encuentre”. Tampoco debería faltar de ningún florilegio sobre poemas dedicados a ciudades el titulado “Préveza”, donde terminó sus días, una pieza memorable. 
“Sólo pueden quedar, tras de nosotros, los versos”, dice Karyotakis, y “la poesía es el refugio que envidiamos”. De ahí que escribiera: “Conserva algún lugar secreto, / algún refugio sobre el ancho mundo”. No lo encontró. O sí y es, precisamente, el construido con estos poemas amargos, intensos y memorables que giran, como buitres, en torno a la evidencia de la muerte.

Kostas Karyotakis.
Traducción de Juan Manuel Macías.
Pre-Textos, Valencia, 2018.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 141 de la revista Clarín

18.6.19

Antonio

Estaba en clase. Eran las 10:44 de la mañana y el escueto mensaje de Jordi Doce decía: "Ha muerto Antonio Cabrera". Al contestarle, le comenté que me había acordado de él días atrás y que pensé en su doloroso estado. Iba caminando al lado del río y escuchaba el canto de unos pájaros de los que, a diferencia de Antonio, desconocía sus nombres. Uno de nuestros encuentros, en Plasencia, con su querida Adelina al lado, fue a consecuencia de un viaje a La Vera (estuvieron alojados cerca del puente de Cuartos) para observar aves. De eso hace doce años. Aquí copié este comentario suyo: "Cuando volvíamos de Cáceres-bajo-la-lluvia, entre Talayuela y Losar, posado sobre un poste de la luz, como siempre, vi el segundo elanio azul de mi vida. Blanco y azul celeste. La guinda de un viaje que nos ha dejado con un deseo enorme de volver". Habló de pájaros con Zagayewski en una cena, como recogió Xavier Farré. "Los pájaros cantan, y los poetas también", afirmó el poeta polaco. Sí, su pasión ornitológica era conocida. Estaba muy presente en sus libros, como todo lo relacionado con la naturaleza. Su poesía, de la que tan cercano me sentí desde el principio, demuestra que por eso no deja de ser moderna, de este tiempo. 
Por compartir amigos comunes, como Vicente Gallego, antes de conocer sus versos meditativos ya habíamos cruzado alguna carta. Entonces él era un filósofo que escribía. Un profesor de Filosofía en la Vall de Uxó, aunque nacido en la muy gaditana Medina Sidonia. El traductor de Vattimo. 
Ya he contado que su poesía me llegó en forma de plaquette, cuando ganó con Ante el invierno un premio en Mislata. Su primer libro ganó el Loewe. Tenía cuarenta y dos años. A En la estación perpetua le siguieron Tierra en el cielo, Con el airePiedras al agua y Corteza de abedul. Y algunas antologías y otros libros. En mi reseña de ese último para El Cultural intenté condensar mi opinión sobre su poesía, si bien su presencia menudea entre las páginas de esta bitácora. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirla optaría por "luz". De ahí que buscara la fotografía que nos envió para felicitarnos las Navidades de hace once años. Con ella ilustré en mi muro de Facebook la triste noticia de su muerte. "Así era él", añadí. Pura luz, como la que dora esas naranjas colocadas en una fuente de loza. "Con sol de noviembre", escribió. 
A pesar de que cruzamos muchas cartas y mensajes electrónicos, tuve la fortuna, ya se dijo, de tratarlo en persona. Y es ahí, en esa medida cercana, donde Antonio Cabrera brillaba con más fuerza. Donde su humanidad, esa que destila a raudales su poesía, se comprendía del todo. Además de en Plasencia, nos vimos en Valencia (la fotografía es de la noche que leí en el Palau) y en Madrid (por ejemplo, en la celebración del 25 Aniversario del Loewe). 
Como todos los que le admirábamos, viví como una tragedia su accidente. Y leí con perplejidad la entrevista que le hizo en el centro de parapléjicos de Toledo Antonio Lucas para El Mundo, que ahora escribe la sentida necrológica de ese diario. 
Cuando le pregunté, me dijo que sí, que le mandara mi último libro. Añadió que ya buscaría a alguien que se lo leyera, lo que sentí como un desgarro. Le felicité por su reciente cumpleaños, pero ya no hubo respuesta. 
Cuando murió su amigo José Luis Parra, Antonio escribió: "para Parra la poesía representó una instancia de absolución vital, una ocasión para conjurar ritualmente, en el acto de expresarlo con las mejores palabras posibles, el estrago provocado por los días y los años". 
A nosotros nos queda su palabra. Esa no muere. Y, a algunos, por suerte, los recuerdos del bondadoso ser humano que fue. Al que la vida nos ofreció como un precioso regalo. Descansa, amigo. 

15.6.19

Bonnefoy dixit

Babelio
"Porque la poesía es percibir en las cosas una inmediatez y una intensidad que no existen cuando la palabra se limita a sus usos corrientes, los dedicados al pensamiento y a la acción". 

Esta cita de Yves Bonnefoy está tomada de la extensa respuesta del poeta francés a una pregunta sobre las relaciones entre la lengua materna y la poesía. La leo en el número 31 del Boletín del Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La laguna. 

12.6.19

Expurgos

Mi amigo el poeta José Luis García Martín me afea en su entrega semanal de Café Arcadia que meta en cajas los libros de mis sucesivos expurgos y que los lleve a la cochera. No, no es la mejor solución, bien lo sé, pero en Plasencia no hay ningún librero de viejo ni conozco ninguna biblioteca que esté dispuesta a recoger esos ejemplares, unos leídos y otros ni eso. A casa no dejan de llegar libros cada día y mi profesión es la de maestro de escuela no la de lector diletante. Es más, a veces ni siquiera quiero deshacerme de ellos, es sólo que no caben. Ni, por supuesto, aspiro a una gratificación económica a cambio. En cierta ocasión, doné algunas cajas a una biblioteca de un barrio de Cáceres (allí iban números de Clarín, por cierto). Me enteré de que estaban en ello por la prensa. Nunca he llegado a tener la certeza de que alcanzaran su destino. Alguien vino (creo que el presidente de la asociación de vecinos), las recogió y hasta ahora. Ni las gracias. Tampoco he vuelto a tener noticias de ese proyecto. 
Mi amigo Juanra sabe que lo he intentado con la única biblioteca (agencia de lectura, mejor, pues así la denominan) que lleva, ya ven, mi nombre, en Aldehuela del Jerte, tan pequeña como el pueblo que la acoge (y la fama de este escritor), pero...  Así las cosas, y con gran dolor de mi corazón... 

11.6.19

Karmelo C. Iribarren en EC


Karmelo C. Iribarren
Visor, Madrid, 2019. 700 páginas y 76 páginas. 

Con el título Seguro que esta historia te suena, Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) ha reunido varias veces su poesía completa. En 2005, 2012 y 2015. Las tres en la sevillana Renacimiento, su casa editorial, donde también ha publicado su obra en prosa Diario de K (2014, 2016). Además es autor de algunas antologías entre las que destacan La ciudad (Renacimiento, 2014), Pequeños incidentes (Visor, 2017), El amor, ese viejo neón (Aguilar, 2017) y Los cien mejores poemas de KCI (La Isla de Siltolá, 2018). Está incluido en muchas otras; ninguna de ellas, digamos, canónica. Ahora aparece una nueva compilación de sus versos (once libros), esta vez bajo el sencillo rótulo de Poesía completa (1993-2018)
De un tiempo a esta parte su nombre suena mucho, ya que figura entre los más citados por los jóvenes seguidores de esa moda que uno de sus mentores, Luis Alberto de Cuenca, ha denominado parapoesía. Tal vez porque publicó su primer libro más tarde de lo habitual, no figura en las nóminas generacionales de los ochenta, aunque sea un poeta español de la democracia, por decirlo con el crítico Prieto de Paula. Ni siquiera, y esto es aún más llamativo, está en la numerosa lista (oficial) de los “poetas de la experiencia” (sección “realismo sucio”, como Roger Wolfe), la línea que más se asemeja a su poesía y donde estarían sus verdaderos compañeros de viaje. Es cierto que ha defendido siempre su voluntad de ir por libre. 
Su poesía (de la que habla con frecuencia en sus poemas), escrita para todos los públicos (“Soy como tú, / como todos”), que el prologuista, Pedro Simón, califica como de lija y seda, se caracteriza por la ausencia de artificio (no deja de serlo pretender que no se note); el humor y la ironía (que incluye la frustración, la culpabilidad, la tristeza o el pesimismo); las frases hechas, los lugares comunes y los tacos; el descreimiento, la falta de esperanza y el cinismo; así como por el tono narrativo (se cuentan pequeñas historias, menudas anécdotas). Autobiográfica (“Este eres”), prosaica y austera, se aferra a la vida (“Nada, / sólo eso, la vida, la poesía”) y huye de la Literatura.
El solitario y noctámbulo personaje que la encarna (“un tipo sólido, sobrio, serio”, “padre de familia, camarero y poeta”) es una suerte de maldito: la bebida, el tabaco, las barras de los bares, el café, las putas… “Locura, disipación y malvivir”. Detrás de él, como suele ocurrir, se esconde un moralista. Que la muerte, escribe, “te coja viviendo”.
Su paisaje poético es exclusivamente urbano: “Es la ciudad –pienso-, / es la vida.” Farolas, coches, autopistas, túneles, trenes, estaciones, taxis… Donosti.
Sus maestros: Machado, Gil de Biedma, Carver, González, Larkin…
El amor y el erotismo son asuntos omnipresentes. Y las “princesas”, claro, en el centro de su universo: “Las mujeres. Lo máximo”.
Lo cotidiano y lo común son la inspiración de estos breves poemas con mucho de impromptus que muestran, se diría, un escenario en blanco y negro, con atmósfera de cómic y serie negra.
“Hasta la fecha, tengo una trayectoria limpia de premios”, escribió Iribarren en Diario de K; no obstante, Un lugar difícil consiguió el “Ciudad de Melilla” al año siguiente de que lo ganara, para descrédito del galardón, Loreto Sesma.  
Todo lo dicho hasta aquí sirve para Un lugar difícil, parte del único, del mismo libro que lleva escribiendo desde el principio. De ahí que su poesía resista mejor en forma de selección que por extenso. La reiteración y lo fútil amenazan sus fronteras. Aquí, cuando “Ahora / vivir ya es aprender / a despedirse”, de nuevo el peso de la inminente vejez (los viejos siempre han figurado en su poesía), la extrañeza (léase “No es el mío este tiempo”), lo que pasa en la calle (Iribarren es un hombre solitario, tranquilo y vitalista que mira, “un habitual de los momentos complicados”), los trenes y la lluvia, el mar y el Urgull, la memoria y los recuerdos, el padre y el barrio viejo, el amor y las mujeres.
“Yo lo veo acercarse”, el poema más largo que Iribarren ha publicado, pone, de momento, un punto final que suena, más que nunca, a punto y seguido.


Nota: Esta reseña se publicó el pasado día 7 de junio en El Cultural.

9.6.19

Leyendo a Machado

En el número 828 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, dentro de la sección "Mesa revuelta", se publica "La palabra compartida (una lectura actual de Antonio Machado)".
Lo escribí para el homenaje al poeta organizado el pasado mes de febrero por el Ayuntamiento de Sevilla, su ciudad natal, con motivo del octogésimo aniversario de su muerte en el exilio.
En la edición digital, ya se ve, ocupa dos páginas. Lo digo por los despistados como yo. 

7.6.19

Sergio Álvarez lee el "siroco"

Un libro al que volver

Son muchas ya, y muy certeras, las reseñas escritas sobre El Cuarto del siroco, el último libro de poesía de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) y uno de los más extensos suyos, que ha venido lentamente tomando forma en los últimos años. Y cuando el río suena (o el viento –ese siroco– en este caso), suele ser por algo. Porque este Cuarto del siroco es probablemente uno de los mejores libros de poesía publicados en los últimos años, y también de algún modo una revisión y una depuración de lo que sido la poesía de Álvaro Valverde hasta el momento. Más allá de la anécdota del título, explicada ya en diversas ocasiones, y del carácter real y útil de la poesía (casi como un objeto) para protegernos y recordarnos a nosotros y a los demás lo que somos o lo que fuimos o creímos ser, El cuarto del Siroco cautiva por su emocionada –y sosegada a la vez– melancolía, y por su descripción de los paisajes, externos e internos. Es un libro al que se entra (a ese cuarto del título) despacio y del que ya no se sale, o no del todo, o no de la misma manera. Abre el libro una cita de Koch, «la poesía es la meditación de la vida», e inmediatamente nos viene a la cabeza esa otra famosa descripción de William Wordsworth de la poesía como «la emoción recordada/recobrada en la tranquilidad». Y es también muy certera la comparación que Irene Sánchez Carrón ha hecho sobre los efectos de la música (tan íntimamente asociada a la poesía) y su relación con los poemas de este libro. Así es. En su sencillez (su aparente pero tan compleja sencillez), su armonía y su coherencia casi tonal (como la música), este libro nos va ganando lentamente. Recuerda profundamente a Antonio Machado, en esa descripción serena de los paisajes (reales o no) del alma («paisajes tan tristes / que tienen alma»). Y no uso aquí la palabra tristeza (tan denostada en estos días nuestros de alegría a toda costa) despectivamente o con sentimiento de pérdida. Hablo más bien de esa «trilcedumbre» de César Vallejo, de ese cansancio sosegado tras el ejercicio de la vida. Ese paisaje interno y externo que se juntan, se confunden y se encuentran de manera incluso evidente en poemas como «Naturaleza pensativa», donde el paisaje nos piensa y nos hace reales, nos enmarca, o en «Mirada» donde el que mira y lo que mira son uno y el mismo. O en ese «Pintor» donde, «como el lugar en que se inspira» (hermoso final) «el hombre va ganando la batalla» (aunque a la vez la pierda). O también en esa «Constatación» –poema, junto con «No humo» que definen creo yo muy bien el tono del libro–donde uno busca lugares donde la muerte sea más lenta (esos lugares de duración, de los que hablaba Peter Handke: «Y al fin / feliz aquel que tiene sus lugares de duración / ya no será, aunque se haya trasladado para siempre a un país extraño / sin perspectivas de volver a su mundo / nadie a quien han expulsado de su patria.» Y que nos recuerda también una idea de Josep Pla (creo que perteneciente a El Cuaderno gris): El pesimista vive en el tiempo, el optimista en el espacio. Porque, como el propio Álvaro Valverde dice, «el tiempo se nos va / pero el espacio permanece». El poema «Casas de Azuaga» también explora esa extraña relación entre espacio y tiempo, entre paisaje interior y paisaje exterior. Y las puertas, o las calles o las casas, como en este caso, que nos llevan de uno a otro. Mucho de Machado (disculpas por la aliteración) pero también de Muñoz Rojas, de Jiménez Lozano (recordado en otro poema) o de Andrés Trapiello. O de Claudio Rodríguez. Un poema en concreto, «La poesía», me ha recordado una idea que Claudio Rodríguez repetía alguna vez en sus recitales. Que acercarse a las cosas simples era, sin embargo, lo más difícil, porque nos borraban con su pureza. Y que había que atreverse a describir un vaso de agua; en palabras de Claudio Rodríguez: «Coge este vaso de agua y en él lo sentirás / porque el agua da miedo al contemplarla / sobre todo al beberla, tan sencilla / y temerosa y misteriosa, y nueva, siempre». Y justo es esa poesía, en palabras de Álvaro Valverde «que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». Lo que nos lleva en un imperceptible fluir a otros versos del libro «de todos los milagros, el del agua» o, a modo de poética «Como el agua». Y esa descripción del agua, de la luz, y del tiempo que los cruza llevándonos consigo, es este libro que, a pesar de su aparente falta de unidad, según avisa su autor, es extraordinariamente coherente en su tono, en la nota que queda suspendida tras su lectura, por volver a la metáfora musical. Y es además (y es algo que no se encuentra mucho en la poesía –y me atrevería a decir también en la pintura– actual) una descripción sentida («recobrada en la tranquilidad») de nuestros paisajes de España (montañas, ríos, pueblos, árboles y campos). Reflejados en esa Extremadura (tan hermosa a veces -nuestra «toscana»-, pero también tan extrema y dura como indica su nombre), pero también en otras partes y lugares. Poemas a la naturaleza y al paisaje (Así, «Ovas», «Montañas», «Lección»), o poemas a los árboles («Viejo cerezo», «Azufaifo», «Candelario, 8 de agosto»…) que deberían estar en cualquier antología (que, si no existe, habrá que hacer) de poemas españoles dedicados a los árboles. Para terminar, querría destacar tres poemas, aunque me han gustado muchos otros. «Aquel», que cierra el libro, con ese inapelable «aquel que no consigue / ni darse por vencido»; «Canción de aniversario» (con su delicada y difícil declaración de amor) y, finalmente, «Baño», quizá mi poema (difícil decirlo) preferido del libro, con su aparente simplicidad (y su oscura profundidad, como tal vez el estanque al que se refiere). Creo que en eso coincido (y me alegro) con Antonio Rivero Taravillo, que también ha mencionado este poema como uno de sus favoritos. Poemas útiles, refugio contra la tormenta (y el siroco), realidades y «no humo», como se dice en el poema del mismo título que se encuentra, no sé si intencionadamente, en la mitad exacta del libro, como marcando el eje que lo mantiene. Un libro honesto, que no separa la sombra de la luz, y necesario, más aún si cabe en tiempos de cierta confusión, sentimientos apresurados y respuestas rápidas a toda costa (hasta en la poesía, con la emergencia de cierta parapoesía o «poesía pop»/Pop-sía» destinada a durar 3 breves minutos). Un Cuarto del Siroco, en definitiva, del que se puede decir el mejor elogio aplicable a un libro: que sé que volveré a él a menudo.

Nota: Publicado en el número 16 de la revista ESTACIÓN POESÍA.
La fotografía es de Luisa Gallardo Moro. 

6.6.19

Mi biblioteca en El Ciervo (II)

Antología Palatina (Epigramas Helenísticos)
Biblioteca Clásica Gredos. Gredos, Madrid, 1978

Mi deslumbramiento por la poesía clásica griega se cifra en libros como este. A finales de los setenta, cuando comienza mi fervor por la lectura y por la poesía, compraba a crédito los tomos de esta mítica colección. En la librería Alberti de Madrid, que me los enviaba por correo.
Poco dado a la verbosidad y a los excesos, la sobria concisión del epigrama siempre me ha parecido una medida perfecta. Poemas como los de Teeteto, Nóside, Calímaco, Alceo, Meleagro... Pequeñas joyas que resisten frescas e indemnes la ferocidad del tiempo.
  
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
Colección La Biblioteca de Barcarrota. Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2005

Se trata de una edición arqueológica del ejemplar encontrado a finales de 1995 en la localidad extremeña de Barcarrota, emparedado en una casa junto a otros siete libros (y un manuscrito) de carácter heterodoxo. Hasta entonces desconocida, está impresa en Medina del Campo en 1554 y destaca por lo cuidado del texto y por los elementos que adornan la portada y su interior, que cuenta con bonitas ilustraciones. Si leer esta obra es siempre un placer, más en esta curiosa edición de la que sigue siendo la mejor editorial pública de este país.

El oro de los tigres
Jorge Luis Borges
Emecé, Buenos Aires, 1972

El ejemplar está comprado en la librería La Ciudad, sita en la calle Maipú 971, a unos pasos del número 994, donde estaba el departamento del poeta argentino. La visitaba con frecuencia, cuentan las crónicas. Está firmado por el propio Borges (“el arañado signo, simbólico ilegible” del poema de Juan Luis Panero). Lo trajo a España mi familia bonaerense. Se trata de un regalo extraordinario. El adolescente que era no sabía nada del famoso escritor, pero intenté abrirme paso como pude, con más voluntad que acierto, a través de esa hermosa selva de palabras que tan feliz me ha hecho desde entonces. El libro tiene ilustraciones de Raúl Russo y significó el descubrimiento de la poesía moderna, una forma de decir inédita y clarividente.
De aquel viaje de vuelta a los orígenes familiares rescaté otro libro dedicado por Borges: El Aleph.
  
Poemas (1935-1975)
Octavio Paz
Seix Barral, Barcelona, 1979

Aunque prefiero al Paz ensayista, cuando tuve ocasión de conocer personalmente al poeta mexicano, no tuve dudas y cargué con este grueso volumen de precioso color azul para que me lo dedicara. Presidía el jurado del premio Loewe en 1991, cuando lo ganó Una oculta razón.
Basta mencionar “Piedra de sol”, el extenso poema magistral, para que quede de sobra justificada su categoría poética. Con todo, mi poema preferido es uno breve, “Hermandad”, de Árbol adentro, un homenaje a Claudio Ptolomeo que dice: Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben. / Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante /alguien me deletrea
  
La poesía inglesa
Traducciones de Marià Manent
José Janés editor, Barcelona, 1958

La poesía en esa lengua, que ni de lejos domino, ha sido fundamental para el lector que soy. Tanto o más para el poeta que aspiré a ser. Lo ha subrayado la crítica. Así las cosas, he tenido que fiar mi gusto a la traducción y a los traductores; profesionales en los que, por otra parte, siempre he creído. Manent es uno de ellos.
Elijo esta antología por su belleza externa (un regalo del bibliófilo José Manuel Fuentes) y por la abundancia de poemas logrados que contiene. De poetas de uno y otro lado del Atlántico. Desde Donne, Wordsworth o Dickinson a Eliot, Frost y Stevens. Mi deuda es impagable. Lo que he disfrutado y aprendido con sus versos, una alegría.
  
Tutte le poesie
Eugenio Montale
Arnoldo Mondadori Editore, 1990

El grueso volumen está fechado en Nápoles, Gran Caffè Gambrinus (con Yolanda, pone) el 9 de mayo de 1992. Si escojo este libro es por su carga sentimental, sí, aunque también porque Montale es un poeta imprescindible para mí. Aún recuerdo el domingo de verano que compré en un quiosco Huesos de sepia (Orbis) y mi fascinación al leerlo. Acaso la mejor edición del genovés en español sea la Fabio Morábito publicada por Galaxia Gutenberg.
La poesía italiana, como la portuguesa (Eugénio de Andrade, Sophia de Mello Breyner…), es una de las mejores de la literatura universal. Cómo olvidar, por ejemplo, a Dante (en la versión de Micó) y a Leopardi (en la de Colinas). O a Luzi, Ungaretti, Saba, Bertolucci…

La nueva poesía catalana
Jaume Pont y Joaquim Marco
Plaza & Janés, Barcelona, 1984

Cuando me preguntan, menciono la influencia en mis primeros pasos poéticos de la poesía catalana. Autores como Foix, Carner, Espriu, Vinyoli (sobre todo), Ferrater, etc. A estos les sucedieron otros, coetáneos de Pere Gimferrer (otra destacable presencia) y los novísismos, a los que descubrí gracias a esta ejemplar antología. Me acuerdo bien de la agradable sorpresa que me produjeron los versos de Marí, Parcerisas, Margarit, Jaén i Urban, Susanna o Comadira, al que escuché por primera vez en un programa de la televisión catalana a principios de los ochenta, en Tossa, durante nuestro viaje de novios. No quiero olvidar, ya que de catalanes hablamos, a Ponç Pons, el poeta menorquín, que acuñó el término escriviure, que podría traducirse al castellano por escrivivir.
  
Salón de pasos perdidos
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 1990-2019

Los veintidós volúmenes que ya ha publicado Trapiello de sus diarios ocupan una balda de 80 cm. Si traigo esta “novela en marcha” aquí es, además de por su portentosa calidad literaria, porque no ha leído uno tantas páginas de autor alguno. Si tuviera que destacar qué asunto de esos sucesivos tomos me interesa más, diría, sin dudarlo, que cuanto ha escrito sobre Las Viñas, su casa extremeña de los Lagares. De la Extremadura profunda, digamos, la del campo, es posible que nadie haya dicho tanto y mejor. Con tanta naturalidad y con tanta hondura.

Nota: En la carta de El Ciervo decía: "En la revista tenemos una sección titulada "La Biblioteca de..." en la que diferentes colaboradores y amigos (escritores, académicos, críticos, poetas, profesores....) nos explican cuáles son los libros más queridos de su biblioteca y por qué". Luego me explicaron que "la selección de libros es muy personal, mejor si son fuera del canon para que no se repitan siempre los mismos". A eso me atuve.
Agradezco a Alejandro Duque Amusco su mediación. Al parecer es el instigador de esta bonita experiencia.
También quiero expresar mi gratitud a Eugenia de Andrés, que ha coordinado todo el trabajo desde la veterana revista barcelonesa. Un placer.



5.6.19

Mi biblioteca en El Ciervo (I)

Es un lugar común que un afamado cocinero dé como causa y razón de su dedicación a los asuntos culinarios que en casa, cuando él era pequeño, se comía muy bien. Con los escritores pasa a veces lo mismo. Quiero decir que justifican esa condición porque en la suya había una estupenda biblioteca familiar. Para uno, nacido a finales de los años cincuenta, cuando España dejó de ser cervantina, ese no fue el caso. Como para tantos de mi generación, los libros fueron llegando a los estantes del mueble del comedor gracias a la benemérita colección Libros de RTVE y a la existencia del Círculo de Lectores. Con todo, en mi imaginario personal no falta una biblioteca privada entre mis primeros recuerdos: la de uno de mis tíos. Tampoco, más adelante, ya adolescente, la pública y municipal de don Gregorio y la del instituto donde terminé el bachillerato. De ahí, me digo a veces, por culpa de esas librescas carencias infantiles, que haya intentado a lo largo de la vida conformar, sin pecar de bibliófilo, una considerable biblioteca, más copiosa de lo razonable si atendemos a las dimensiones de los pisos que he habitado y a la necesidad de conservar según qué títulos. No digamos en esta era tecnológica donde los ejemplares son virtuales y están a golpe de clic. Me acuerdo bien del momento en el que empecé a colocar, poco a poco, libros en la estantería de mi habitación (que entonces compartía con mis hermanos). Gracias a los baratos volúmenes de bolsillo de editoriales como Cátedra o Alianza. Antologías, casi siempre. De mi admirado Cernuda, de Gil de Biedma o Claudio Rodríguez... Cuando nos casamos Yolanda y yo, primeros de los ochenta, uno de mis cuñados y yo armamos la primera estantería digna de tal nombre. Diseñada y fabricada por nosotros. Aguantó cuatro mudanzas. La de ahora, que llena habitaciones, dormitorios y pasillos, es de Ikea. 
Es una biblioteca desordenada en su mayor parte. Hasta hace poco lograba encontrar, mal que bien, este o aquel ejemplar. De un tiempo a esta parte, se ha dado más de una vez el caso de adquirir una nueva edición de un determinado título porque, a pesar de numerosos asedios, no he llegado a dar con él por las baldas de casa. A falta de maneras más profesionales, mi preferencia hubiera sido colocar los libros por colecciones. Me da que, para uno, resulta un modo cómodo de localizar la pieza a batir.
Como a todos, me gusta citar a Manguel, lo de que, para cada lector, su biblioteca es "una suerte de autobiografía". Es, no cabe duda, una definición perfecta. En la mía, cuestión de carácter (por seguir a César Simón), abundan los libros de poesía. En uno de los últimos expurgos, desaparecieron casi la totalidad de los de narrativa. El ensayo literario tiene reservado también su espacio, así como ejemplares de revistas, carpetas, plaquettes y todo tipo de curiosas ediciones líricas. Teatro, poco: Shakespeare, algunos griegos...
Letraherido confeso, pocas cosas me gustan más que pararme a contemplar los libros meticulosamente alineados en los anaqueles. Sí, el de formar una biblioteca es uno de mis escasos sueños cumplidos.

Nota: Este texto forma parte de la sección La Biblioteca de... correspondiente al número 775 de la veterana revista barcelonesa El Ciervo (desde 1951). La segunda parte -una personal selección de libros- la daré mañana. La fotografía, por cierto, es de José Luis García Martín.


25.5.19

Isabel Sánchez lee el "siroco"

Los lectores y lectoras de poesía somos, en ocasiones, muy exigentes. Le pedimos al poema que nos regale imágenes, metáforas y palabras.
Palabras que nos consuelen, que nos acompañen, que nos resuelvan dudas o que nos den respuestas.
Pero no todos los poetas son capaces de atender tantos requisitos, no toda la poesía es capaz de hacernos sentir el poema o dotarlo de la suficiente sensibilidad e inteligencia para que nos permita mirar claro, mirar lejos, mirar dentro. Pero Álvaro Valverde sí. Sus poemas son claros y sobrios, provienen de la meditación y la construcción de un pensamiento elaborado, se han gestado a base de observar con mirada perspicaz y crítica la realidad que le rodea y esto se transmite en cada uno de sus poemas. No hay engaño. Álvaro nos habla, a través de su poesía, de manera auténtica y honesta y así, acierta en la diana de nuestras emociones y nos ofrece aquello que esperábamos o necesitábamos. 
Ayer, en el molino / me bañé otra vez solo / en el estanque. / Como siempre, al entrar, aquel me pareció mi primer baño. / Como siempre, al salir, / tuve la sensación de que era el último. 
Un buen poema hay que escribirlo desde un refugio bien construido. Un refugio en el que uno ha sido capaz de rodearse de todas aquellas cosas que ha ido recogiendo en el camino, para poder así comunicar la auténtica esencia de aquello que queremos transmitir a los que van a recibirlo. Sólo así conseguiremos que algo indefinido vibre dentro de nosotr@s, como cuando escuchamos una buena música o admiramos un buen cuadro o un bello paisaje. La verdad, lo auténtico, es el mejor atuendo de cualquier obra artística, de cualquier forma de expresión. La verdad, la serenidad y la armonía: Estás sentado solo frente al valle / con un libro en las manos / que abandona a ratos / para poder mirar, / con la calma debida, / cuanto la vista alcanza (...)
Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres él.
Álvaro Valverde es un poeta que defiende la sencillez y la discreción como los mejores atributos de un poema. Hay cierto rechazo, desde siempre, en su poesía a lo grandilocuente, lo histriónico, al abuso de palabras rimbombantes, a metáforas rebuscadas o a imágenes excesivamente retóricas. 
Su poesía está hecha de palabras y lugares familiares, de hechos cotidianos, de personas y paisajes cercanos. Incluso, cuando habla de ciudades lejanas, lo hace con la cercanía de aquello de lo que te apropias de lo que haces tuyo para siempre. 
Su lenguaje es claro y limpio, melancólico en ocasiones, despojado de artificios y, por eso, necesario y delicado. 
La poesía, / sus elucubraciones, / los asedios / que gravitan en vano / —teóricos, abstrusos— / sobre ella. // La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed.
La escritura es para Álvaro Valverde ese lugar en el que poder refugiarse cuando acucian los problemas o la existencia se vuelve insoportable, un lugar desde el que contemplar el paso del tiempo y sus logros y fracasos. Un refugio construido sin muros que le permiten prolongar su mirada hacia el interior o hacia otros horizontes lejanos. 
También la muerte, que desde hace tiempo planea como una sombra sobre esos espacios, la muerte de los seres queridos y la propia muerte a la que uno se resiste con cierta tozudez serena. 
El que resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido.
Álvaro se ha convertido ya en uno de los poetas de referencia de la literatura española actual y este cuarto del siroco, es su décimo libro de poesía. Es un libro extenso y variado. Dice su autor que «Los poemas que componen el libro han sido escritos en lo que va de siglo. […] Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica».
Para nosotros, los que llevamos siguiendo a Álvaro Valverde desde hace muchos años y disfrutando con su poesía, es el libro que nos habla de sentimientos y sensaciones familiares con las palabras exactas que a veces, no tenemos.
“Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas” decía Juan Ramón Jiménez.
Aunque Álvaro siempre ha tenido una posición muy clara del lugar desde el que mira el mundo, ese lugar en el que vive, pasea, sueña o escribe es quizás, en este libro, donde más claros se ven sus paisajes, donde mejor podemos entender ese compromiso ético adquirido con su tierra y con los suyos. 
El cuarto del siroco era, en las casas patricias sicilianas, el refugio para sus habitantes de ese viento abrasante y agresivo. Y algo parecido sucede con la poesía, nos dice Álvaro. 
La poesía como refugio, sí, pero también como lugar en el que escondernos, en el que apartarnos del mundo, en el que sentirnos a salvo durante unos instantes. Nos escondemos en la poesía, en los libros, para huir de los vientos abrasadores y excesivos.
Entramos en este libro buscando ese escondite y a medida que avanzamos por sus páginas vamos encontrando las respuestas o el bálsamo a nuestras inquietudes. Desde el primer poema, “A modo de poética” hasta el último, titulado “Aquél”, un poema que Álvaro nos regaló para el disco Resilience, del guitarrista pacense Javier Alcántara, iniciamos un camino de transformación que sólo nos permiten hacer los buenos libros, esos de los que sales distinta a la que entraste, los que consiguen un poder transformador a partir de su lectura. 
La ciudad que nos vio nacer y la nostalgia de algunas ciudades que visitamos, los paisajes que nos salvan o los que dejaron una huella imborrable dentro de nosotros, los autores que nos marcaron, las lecturas que nos acompañaron, las meditaciones, la contemplación, la aceptación y las pérdidas, el amor y sus contradicciones, el silencio interior y la melancolía, las decisiones que tomamos y los sueños que nunca se cumplieron… 
Y al final, la serenidad que nos va dando el paso de los años o el reconocimiento de la felicidad en un instante de plenitud, la capacidad para elogiar las pérdidas y algunas esperanzas que, afortunadamente, se mantienen intactas mientras seguimos viviendo. 
El camino de la vida, en definitiva, hecho poema. 
Todo esto es, ni más ni menos, para mí, este Cuarto del siroco de Álvaro Valverde.

Nota: Este es el texto que leyó Isabel Sánchez en la presentación salmantina del libro el pasado 18 de mayo. 

23.5.19

Un Max para "La ternura"

La ternura, de Alfredo Sanzol, consiguió el acreditado Premio Max de las Artes Escénicas al mejor espectáculo teatral del año. En origen, se trata de una producción del Teatro de la Ciudad y Teatro de La Abadía. Y de "una comedia muy trágica". Reconozco que el teatro no es lo mío, pero se ve de lejos que no estamos ante una obra más. 
"En La Ternura -leemos- se ve la influencia sobre todo de La Tempestad, y de Noche de Reyes, pero también de Como gustéis, de Mucho ruido y pocas nueces y del Sueño de una noche de verano".
La página del Teatro Infanta Isabel, donde ahora está en cartel, publica esta sinopsis: "La Ternura cuenta la historia de La Reina Esmeralda (Llum Barrera) y sus dos hijas princesas Salmón (Natalia Hernández) y Rubí (Eva Trancón) que viajan en la Armada Invencible obligadas por Felipe II a casarse en matrimonios de conveniencia con nobles ingleses una vez que se lograse con éxito la invasión de Inglaterra. La Reina Esmeralda odia a los hombres porque siempre han condicionado su vida y le han quitado la libertad, así que no está dispuesta a que sus hijas tenga el mismo destino que ella. Cuando la Armada pasa cerca de una isla que La Reina considera desierta crea una tempestad que hunde el barco en el que viajan. Su plan es quedarse a vivir en esa isla con sus hijas para no volver a ver un hombre en su vida. El problema es que eligen una isla en la que desde hace veinte años viven un leñador (Juan Antonio Lumbreras) con sus dos hijos Verdemar (Paco Déniz) y Azulcielo (Carlos Serrano) que huyeron allí para no volver a ver una mujer en su vida. En cuanto la reina y las dos princesas descubren que no están solas se visten de hombres para protegerse. Y aquí comienzan las aventuras, los líos, los enamoramientos, y las confusiones.
En lo personal, destacaría la presencia en el elenco de la actriz extremeña Eva Trancón, hermana, para más señas, de mi compañera de colegio Amelia, nuestra jefa de estudios. Varios compañeros han viajado a Madrid para asistir a la representación. Y han vuelto, claro, encantados. ¡Enhorabuena!

22.5.19

León, Salamanca...

Primera parada, León. Y bien que la agradecimos después del traqueteo entre Benavente y la capital del antiguo reino. En obras, lo que supuso un retraso considerable al tener que ir en doble dirección y sin adelantamientos posibles. Una cruz. Nos alojaron en unos cucos apartamentos de sofisticada tecnología situados en la céntrica Calle Ancha, a un paso de la catedral y a tres de la Feria del Libro. Las autoridades y sus débitos con los medios obligaron a los pregoneros, Marta Sanz y Avelino Fierro, a terminar más tarde de lo previsto. Ya se sabe que la puntualidad aquí no es norma, y eso vale para León y para Castilla y para España entera, incluida Cataluña. Ese retraso supuso que también nosotros, Tomás Sánchez Santiago y yo, empezáramos con retraso y que tuviéramos que cerrar la presentación de forma un tanto abrupta. Cosas del directo. Dio tiempo, sí, a que el escritor zamorano leyera, ya saben, un precioso texto sobre el "siroco" (y sobre mi poesía en general) que tituló con acierto "El poeta sitiado". Por lo de los sitios o lugares, tan presentes en mis versos, y por el estado de sitio (entre murallas) donde uno se ha encontrado siempre. Perdido (y solo) en su rincón. Hablé luego del libro, de su génesis (por decirlo en pedante), y leí algunos (pocos) poemas. Y con ganas me quedé, sí, de conversar un poco con quienes me escuchaban, distinguido público.
Ya se ve en las fotos de Maica Rivera que la mesa era muy alta y las sillas, ay, muy bajas. Eso y que nosotros tampoco damos para mucho, es cierto, ocasionó que uno se viera en una posición algo ridícula, como pugnando por ser visto, lo que cuadra bien con "el grotesco papelón de literato" al que se refirió Ferlosio y que no queda más remedio que representar de vez en cuando a los poetas de provincias. Y a los que no. 
Al terminar (no sin garabatear bajo la carpa las dedicatorias en un par de libros), nos fuimos a El Capricho, en la Plaza de San Marcelo, la de la Feria. Todo lo que comimos estaba muy rico (la cecina, las croquetas, la ensalada...), pero lo mejor fue la charla con el director de aquello, el editor y librero Héctor Escobar (de Eolas) y con con los citados Tomás, a mi diestra (a mi izquierda estaba Yolanda), y Avelino, enfrente, al que sólo conocía de leídas. Resultó ser como imaginaba, tal vez porque es como escribe. O porque escribe como es: "de verdad", que diría un vasco. Noctámbulo incurable, le dejamos camino de algún pub mientras el resto se recogía.
De Tomás me traje Años de mayor cuantía, novela, pongamos (como tantas obras de hoy, rompe los límites del género), con la que ha conseguido los premios Tigre Juan y el de la Crítica de Castilla y León.
A la mañana siguiente, desayunamos (bien aconsejados) en el París y emprendimos la vuelta a casa no sin detenernos, según costumbre, en Salamanca, nuestra ciudad de servicios favorita.

Y aquí, en la Plaza Mayor de Salamanca, presentamos (de momento, por última vez) el "siroco". Ofició como introductora del acto Isabel Sánchez que, más que bibliotecaria o gestora cultural o profesora o animadora de la lectura, es lectora, una de las mejores que conozco. Su presentación (anticipó, con modestia, que sólo eran sus impresiones de lectura) fue espléndida. Más páginas llenas de sentido sobre un libro que ya parecía blindado ante nuevos asedios. No, cada lector es un mundo y cada lectura amplía el vasto o pequeño universo del libro en cuestión. Es el caso. Muito obrigado. Se notó, además, que esta vez tocó presentadora, la única de la minigira, ay. No quisiera uno caer en el tópico, ni ponerme políticamente incorrecto (a qué teme ahora un hombre más), pero aprecié sensibilidad a raudales. Otra mirada. Pronto podrá leer quien quiera esas palabras. Lo merecen.
La Feria, por lo demás, no había ido bien por culpa de varias deserciones, justificadas o no. Poca cosa si se ve desde fuera, pero no para nuestra bibliotecaria, persona eficiente y responsable donde las haya. Tal vez por eso, y por la tensión acumulada tras tantos días de frenética actividad (esa es una Feria importante que llena una de las plazas más bonitas del mundo), la cosa empezó de aquella manera. Para colmo, hizo aparición el frío (por eso eché otra vez mano del chalequino), que en esas tierras altas se aprecia mucho más que en las extremeñas del norte. Lo cierto es que dentro de la carpa, y en cuanto tomó la palabra la introductora, todo fue de maravilla. Otro refugio. Cómodo, cálido, casi silencioso. La mesa baja, la silla sin ruedas, Carlos Santiago haciendo fotografías, un puñado de amigos enfrente: entre ellos, las poetas Charo Ruano y Asunción Escribano (autoras, respectivamente, de dos libros recientes: Pregúntale a Eva y Salmos de la lluvia); el poeta José Manuel Regalado; paisanos, como el matrimonio Crespo; Tomás, que bajó de El Bierzo, las fieles lectoras del club de lectura de la Torrente Ballester...
Cuando terminó aquello, preguntas mediante y el par de dedicatorias consiguientes, salimos pitando. Costumbre sagrada, ya habíamos estado tomando las cañitas sabatinas en Plasencia, con Gonzalo y María José, así que... No obstante, como buenos placentinos, paramos en Cuatro Calzadas a probar, otra bendita tradición, el jamón y el queso de la casa. Y el pan, parte fundamental del refrigerio.
En la radio, bajo esa luna inmensa que nunca deja de asombrarnos, sonaban las incesantes canciones de Eurovisión.

Nota: la fotografía superior es de Maica Rivera y la de abajo de Carlos Santiago.

21.5.19

Un poema de Fabio Morábito























Un verso es todo lo que espero
aquí, asomado.
Conozco esta quietud que anuncia versos.
A veces
no vienen versos sino pasos,
hay que salir y lo que miro,
creo que lo escribo, de tan claro,
porque en la calma que me tiene aquí asomado
pasos y versos casi son lo mismo. 

Publicado, junto a otros inéditos, en el número 34 de la revista de Carmona Palimpsesto, que dirige Fran Cruz (del que acabo de leer, por cierto, Un vago escalofrío, en Pre-Textos). Lo ilustra "Ventana y jardín", cuadro de Caspar David Friedrich.

17.5.19

Próxima parada: Salamanca

Esto se acaba. Las presentaciones del "siroco", digo. Isabel Sánchez tomará la palabra en la Plaza Mayor salmantina y luego, después de leer y conversar un ratino, cerraremos oficialmente la gira. Empezó en Plasencia el otoño pasado y ha seguido por Madrid, Cáceres, Oviedo, Trujillo y León. Para este poeta de provincias no es poco. 
Gracias a todos los que se ofrecieron gustosos a acompañarme, ya fuera a mi lado en la mesa o enfrente. He de confesar que pocas veces ha sentido uno tan cerca a sus distinguidos lectores, y digo "distinguidos" porque, al ser pocos, os distingo perfectamente a todos. Gamonedianas bromas aparte, tengo la impresión de que en esta ocasión se han cumplido los versos finales de "Leyéndome a mí mismo" y "un mínimo azar" ha hecho "al cabo posible / que yo sea ese otro". Tú. Vuelvo al rincón.