20.6.21

Turia, Hidalgo Bayal, Landero, Cáceres, etc.

Tras un primer intento fallido por culpa de la maldita pandemia, tuvo lugar en la Sala Malinche (recién remodelada) de la Institución Cultural "El Brocense", situada en el Complejo Cultural San Francisco de Cáceres, dependiente de Diputación, la presentación del número doble 137-138 de la revista Turia que incluye un cartapacio dedicado a la obra del escritor Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, 1950). 
A las siete de la tarde del día 14 de junio de 2021 (la fecha merece ser fijada), puntuales, entrábamos en un recinto que a uno le resulta familiar y me trae buenos recuerdos. Un edificio (el del antiguo monasterio de San Francisco el Real) construido para soportar, gracias a sus poderosos muros, los rigores del calor y del frío. Lo pude comprobar una semana antes, cuando nos reunieron allí a los distintos jurados de los premios literarios que concede anualmente la institución política cacereña. Un oasis. Con hilo musical y todo, el que ponen los sonidos instrumentales que llegan desde las distintas clases del Conservatorio de Música que allí tiene su sede. 
El acto, no hace falta decirlo, tuvo aires de homenaje. Ni siquiera Ferlosio hubiera sacado a relucir lo del "grotesco papelón del literato". Para ello se acercó desde Madrid Luis Landero, que, además de amigo, es un confeso admirador de los libros de Bayal. Acompañado, según costumbre, por el "landeriano alto", mi paisano y lejano pariente Juan Luis Hernández Mirón. Desde Teruel, que existe, el director de la revista, Raúl Carlos Maícas y otros turolenses a los que luego mencionaremos. Entre amigos, sí, se celebró la cosa. Entre amigos y lectores, cabe matizar. No es que uno temiera la falta de público Cáceres es plaza culta–, pero no imaginaba tan generosa afluencia. Un placer. Gracias. 
Una de las primeras personas a las que saludé, apenas la vi, fue a Concha D'Olhaberriague, la eficiente coordinadora del dosier, con la que he cruzado cientos de mensajes pero a quien no conocía mascarilla a mascarilla. 
Conversé un rato con la directora de la Real Academia de Extremadura, María del Mar Lozano Bartolozzi (con Trazos del Salón al fondo) y crucé algunas palabras con mi hermano Jesús y mi cuñada Carmina. Desde Don Benito y Villanueva llegaron Teresa Guzmán, Antonio Reseco y Antonio María Flórez. De San Vicente de Alcántara (cargado de regalos), José Juan Cuño. De Plasencia, los hermanos Antón, Santiago y Paco, miembros destacados de la cofradía muraniense. No faltaron a la cita algunos colaboradores del cartapacio, como Pilar Galán, Miguel Ángel Lama y Juan Ramón Santos. También saludé a José Luis Bernal, Mario Lourtau, José Vidal, Virginia Aizcorbe (coordinadora del Plan de Fomento de la Lectura, quien me aplicó un adjetivo curioso: "ácido"), Antonio Salvador (viejo amigo de Gonzalo, de cuando los beatos estíos placentinos: “Biblioteca, río, paseo, cine y fin”), Salvador Vaquero, etc. Porque olvido... Perdón.
Temo el calor y a mediados de junio, en esta tierra, suele hacer mucho. Así fue. Lo ideal para el homenajeado, de espíritu áspero, curtido en los veranos de su infancia higuereña y en los no menos severos de la Plasencia de su juventud. Y con la chaquetina...
Maícas estaba nervioso. Lo disimulaba bien. No era para menos. Costó bastante llegar a buen puerto. A su lado, tan afable como discreto, Eduardo Suárez, secretario de la revista, pendiente de todo. 
Poco a poco se fue llenando la sala. Después, llegaron las autoridades: la consejera de Cultura, Turismo y Deportes, Nuria Flores; Fernando Grande, diputado de Cultura de la Diputación de Cáceres (y alcalde de Mirabel); Diego Piñero, su correspondiente en la Diputación de Teruel; el director del Instituto de Estudios Turolenses, Nacho Escuín (presencia un tanto fantasmal); Luis Sáez, director de la Editora Regional (pieza clave en la existencia del número de Turia y en la organización del acto, ejemplo de solvencia y responsabilidad), etc. Eché de menos a nuestro alcalde, Fernando Pizarro, al que otras obligaciones le tendrían ocupado. 
Con las autoridades aterrizaron también Bayal y Landero. Fotos, precipitadas entrevistas... Ya dentro de la sala (la eficaz Felicidad Rodríguez Suero, SeliJefa Área de Cultura de Diputación indicó que se conectara el aire acondicionado), fueron tomando la palabra las jóvenes autoridades: la consejera, los diputados. Y Maícas. A continuación, tras los breves discursos (donde primaron, claro, los elogios), comenzó, dicho en hispanoamericano (lo propio en un espacio que lleva el nombre de una mujer náhuatl, originaria del actual estado mexicano de Veracruz), el conversatorio. 
Aunque no leí lo que tenía anotado, a modo de introducción dije algo así: "Hace poco más de un año, dos o tres días antes de la declaración del estado de alarma, presentábamos en esta ciudad, un tanto temerariamente, Camino de Jotán y El desierto de Takla Makán. Lecturas de Ferlosio, publicado por La Moderna. De nuevo estamos en Cáceres, lo que no deja de ser curioso, para festejar con Gonzalo Hidalgo Bayal, y con algunos amigos y lectores, la salida del cartapacio que le ha dedicado la revista Turia (gracias, Raúl), un justo y necesario homenaje a su obra cuando entra en la venerable setentena.
El dossier ha sido coordinado espléndidamente por alguien que conoce sus libros al dedillo, Concha D’Olhaberriague y ha contado con un plantel de colaboradores de lujo.
Como todas, nuestra amistad, Gonzalo, ha sido una larga conversación. Desde aquellos encuentros mañaneros en tu casa; los dos, escritores inéditos; tú recién casado; yo, a punto de serlo. Cuarenta años nos contemplan. Lo normal, sin embargo, ha sido charlar a pie de barra (ahora en terrazas), las de los bares de Murania, en las sabatinas rutas de cañas y vinos con María José y Yolanda.
Alguna vez se ha unido a esos recorridos Luis Landero (y su amigo Juan Luis, placentino de pro), que ha tenido a bien acompañarnos en un día tan señalado, lo que le agradecemos de corazón".
En el poco tiempo disponible pude lanzar varias cuestiones. La primera, sobre si el muchacho que escribía cuartetas pensó llegar a los setenta con este bien pertrechado arsenal vital y literario (me atreví a solicitar, en vano, un balance). 
Le recordé que a Winston Manrique Sabogal (de El País) le había dicho que "probablemente la literatura sea una forma de conciencia del lenguaje” y si, por tanto, esa era su máxima preocupación a la hora de abordar un texto. Luis Landero ha hablado de “laboreo verbal”, de “talento verbal”. En literatura, añadí, todo es cuestión de voz, de tono, de estilo, dígase como se diga. Quizás, rematé, todo se resume en eso de “hacerse responsable de cada frase que se escribe", una de las mejores lecciones de Bayal. En su respuesta indicó que ese subrayar la bondad del lenguaje podría entenderse como desdoro hacia lo que la narración tiene de trama. 
Abordé el espinoso asunto de la autoficción, sin ser él de yoyear, y debí mencionar otra cita: “La literatura puede ser ficción, pero no necesariamente la ficción tiene que ser mentira”. Fue cuando dijo aquello de que en Campo de amapolas... "es todo auto, nada de ficción". Terminé con la pregunta: "¿Podrías escribir un libro a partir de «Las lágrimas de Miguel Strogoff», un texto poco habitual en tu trayectoria, en clave autobiográfica? Puse como modelos El balcón en invierno y El huerto de Emerson, de un tal Landero.
Porque me constaba que le había gustado la alusión orteguiana de éste sobre las “evidencias” ("A mí me irrita la gente que incurre en evidencias, y supongo que también a Gonzalo. En nuestros coloquios, hay a veces largos silencios. Los dos somos tímidos y pudorosos, quizás él más que yo, pero nunca recurrimos a una obviedad para remediar los silencios. Creo que nos conocemos muy bien, y nos entendemos con pocas palabras, como los héroes de los wésterns crepusculares”), les planteé que si podrían dialogar un poco más acerca del asunto, y así lo hicieron. Qué gran legado el de Ortega (que no fue al parecer un buen padre) a sus hijos: "no digáis evidencias". 

Terminé afirmando que, como Borges o Gil de Biedma, Bayal se consideraba ante todo un lector. Cuando uno llega a un libro, Gonzalo ya estuvo allí, he dicho alguna vez. Has sido un lector voraz, le comenté, un panero (“Si toda voracidad proviene de una carencia anterior, entonces acaso, como no solo de pan vive el hombre, también mi voracidad lectora podría proceder de alguna forma de subdesarrollo previo. Envidio a quienes leen despacio, a quienes se impregnan con lo que leen, a quienes recitan de memoria párrafos y párrafos de lo que han leído. Yo no he sido capaz de leer nunca despacio: leo con la misma «gula e tragonía» con que como pan”, leemos en «Las lágrimas…»). 
Al hilo de lo mismo, siendo él un lector con criterio, le pregunté por qué no había desarrollado más su faceta crítica, limitada, sobre todo, a la obra de Ferlosio. Respondió que de haber leído más despacio... 
Me quedaron otras tantas cuestiones por plantear: sobre su condición de escritor moral y ese “no sé qué existencialista” que Landero ve en ambos. Le hubiera leído lo que le dijo a Harguindey, que ha ido rindiéndose “a la emoción y al sentimiento, tratando, eso sí, de compensarlo con ironía y con humor, que al fin y al cabo son ingredientes de la melancolía, tan necesarios como imprescindibles, y que suponen una actitud moral”. 
Habría vuelto sobre otra condición, la de “escondido” (desmentida de inmediato por él y, antes, por Landero). Como le dijo a Nuria Azancot (de El Cultural) "exige dos requisitos previos: ser buscado y no querer ser encontrado. En mi caso no se ha dado ninguno: ni me buscan ni me escondo. Sería incluso arrogante proclamarme escondido. Pero, si es una condición, me gustaría no perderla". 
No le habría preguntado por su encuentro con la editorial Tusquets. Había contado al principio que su única aspiración como escritor era tener un editor, de la categoría que fuera. Como Libros del Oeste, donde se publicó la primera edición de su primera novela en el sello barcelonés.  
Para terminar me hubiera centrado en su valoración del cartapacio, sobre la extrañeza de leer lo que otros leen en tus libros, por más que ya se había pronunciado en parte sobre ello. Y sobre la presencia extremeña en el número, abundante y significativa. Él siempre ha prestado atención a la literatura escrita (que denominó "absuelta") por extremeños: Campos Pámpano, Alonso Guerrero, Juan Ramón Santos… Por fin, habría solicitado de nuevo una suerte de arqueo literario. Para ser "perezoso"... Sobre proyectos no hubiera osado preguntar, pero sí sobre un libro de cuentos que sabía terminado y en manos de Cerezo, el editor. No pudo ser. Aunque no se habló ni de "balance" ni de "planes", sí, me hubiera gustado que saltara la primicia de que en septiembre publicará Tusquets Hervaciana, un puñado de relatos que "tratan sobre los años pasados por el autor y narrador (la misma persona en este caso) en el Real Colegio de San Hervacio, su vida y la de sus condiscípulos y maestros". Porque en la nota editorial se alude a “fiction-non-fiction” y en la charla, ya se dijo, se habló de la autoficción. Aunque Hervaciana podría haber sido "un libro de memorias", estaríamos ante unos recuerdos convertidos en relatos, por lo que en esa nota se da a entender. En fin, leeremos. Mi reseña, ya apalabrada (le ha faltado tiempo a Maícas para encargármela), aparecerá en Turia, según costumbre.
La conversación resultó, según creo, ágil y tanto Gonzalo como Luis tuvieron tiempo de comentar cosas de interés. De cuanto se ha publicado sobre el "evento" (odiosa palabra que uso irónicamente), recomiendo la crónica de Cristina Núñez, del diario Hoy. La copié en mi muro de Facebook (para que puedan leerla, ay, los que no son suscriptores del periódico). Por cierto, adiviné a lo lejos el rostro embozado del periodista Juan Domingo Fernández, que también nos ha dado un precioso artículo al respecto: "Tres maestros" (lo he llevado a FB). 
La velada terminó con una cena a la medida de la covid. En una terraza de la plaza. A la mesa, la consejera Flores, D'Olhaberriague, Mirón, Yolanda, Maícas, María José, Gonzalo y Landero. En otra, al lado (el protocolo pandémico manda), Luis Sáez, María José Acedo (asesora de la Consejería) y Piñero, el diputado turolense. 
Tenía curiosidad por conocer a la consejera. Uno ha tratado a cuantas personas han pasado por ese cargo desde que la Junta existe, salvo la que nombró el PP. Me pareció cercana, simpática y hasta cariñosa (lo demostró con Bayal y Landero, a quienes conoce desde hace tiempo). Es, además, buena conversadora. Nos contó que pasa mucho tiempo en Plasencia (por los preparativos de la exposición de Las Edades del Hombre) y está encantada con nuestro obispo Retana, del que dice aprender. Alabó el embutido y los dulces de su pueblo paterno, Mirabel. No, la noche no estaba para honduras. Qué sabe nadie. 
Antes de que dieran las 12, ya estábamos camino de casa. Mientras, los novelistas y sus acompañantes, que pernoctaban en la capital de la provincia, cumplían con el sagrado rito del whisky. Un día intenso, sin duda. Para no olvidar. 


NOTA: Las dos primeras fotografías son de Armando Méndez/HOY. La tercera, de Jesús Valverde Berrocoso. 

4.6.21

Vencer la oscuridad con las palabras

Juan Lamillar (Sevilla, 1957), que forma parte de la generación de los 80 o de la Democracia, distinguido representante de la poesía andaluza contemporánea (una corriente central de nuestra lírica), es autor de los libros de poesía Muro contra la muerte (1982), Interiores (1986), Música oscura (1989, Premio Luis Cernuda), El arte de las sombras (1991), Los días más largos (1993, Premio Vicente Nuñez), El paisaje infinito (1997), Las lecciones del tiempo (1998), El fin de la magia (2006), La hora secreta (2008, Premio Villa de Rota),  Música de cámara (2014),  Las formas del regreso (2015)  y Extraña geografía (2017). También de Entretiempo (Antología 1982-2009), en edición de José Luis García Martín.
Crítico literario (los libros La otra Abisinia y El desorden del canto recogen sus reseñas), autor de una biografía de su paisano Joaquín Romero Murube: La luz y el horizonte, ha antologado la poesía de Francisco López Merino, César González-Ruano y Luis Cernuda, a cuya obra dedicó el libro Música cautiva.
Lo último que he leído con su firma es la brillante introducción al primer tomo de la Poesía completa de su maestro Pablo García Baena, en edición de Rafael Inglada.
La nieve roja, que va fechado entre 2008 y 2011, aparece de nuevo en el catálogo de Renacimiento, su editorial, digamos, de cabecera. Está dividido en cinco partes.
“La mirada”, el primer poema del libro, es también una poética. Comienza: “Mirar el mundo como el ciego / que, de pronto, / recuperase el ver”. Sigue: “Saber ponerles nombre: /  esa es la claridad”. Termina: “Que llegue la belleza como un deslumbramiento. / Vencer la oscuridad con las palabras”.
“Las edades” vuelve sobre uno de los temas favoritos de Lamillar: el del paso del tiempo, que nos condena y que nos salva.
“Ante el espejo” (que dialoga con unas palabras del pintor José María Sicilia) pone en evidencia otro motivo recurrente, tan borgeano.
Y pues que de tiempo hablamos, qué decir de la memoria. La que evoca un olor, por ejemplo. El del pan de Marvão, capaz de traspasar “esas murallas”.
Lo meditativo, esencial en esta poesía, está presente en “Piedra en el jardín”. La ironía juega su papel en “Felicidad por decreto”. Los objetos sencillos, en “Copa antigua”.
La primera parte se cierra con “Los ojos del después”, los que traen el esplendor.
“Dos” agrupa nueve poemas que giran en torno al amor. “Comienzo del amor” se titula el primero precisamente. Se aprecia en él –en todos– el gusto de Lamillar por el clasicismo, por el poema bien escrito y en métrica regular, que produce una armoniosa música callada, por más que esas herramientas ni estorben ni se noten, en busca de una deseada naturalidad.
Y al lado del amor, a su bendita sombra, el erotismo. Sereno, sin aspavientos. Como en “La certeza”, un poema paradigmático.
“Tres” reúne seis sonetos (lo que confirma mi afirmación anterior acerca de las formas). En línea temática con los poemas de la serie anterior. El amor, sí, pero inseparable de la muerte (otro asunto oblicuo en estas páginas). Hacer el amor, a la francesa, como “muerte leve” (léase “El rescate”).
“Tallo, flor, raíz” es una de las composiciones más logradas del conjunto, como “Fulgor del presente” que empieza: “Más amo ahora tu cuerpo ya maduro”.
“¿De quién mejor el beso…?”, a partir de un verso de Vicente Núñez, alude a las enseñanzas de la edad: “¿Quién traiciona mejor que el que nos ama?”.
En “Cuatro”, la sencillez, la cercanía, la claridad. En “Unos dátiles”, pongo por caso.
“Mar de luz” –la del Sur– es otro precioso poema de amor: “Y en ese mar de luz te reconozco”.
Pájaros (“Silencio, algarabía”) y árboles son elementos que anuncian el misterio (“Una presencia”, pero también la ya citada muerte.
La música, el dibujo o la fotografía, temas habituales en la poética de Lamillar, no faltan aquí tampoco. En “Música horizontal”, pongamos.
“Los lugares del agua” es sin duda un poema memorable.
“Cinco”, en fin, se abre con un poema relativo al sueño.
A la reflexión sobre la propia poesía se refieren “Pasos errantes”, el lúcido “Qué decir” (“Nadie me dijo qué decir”), “Sobrevivir” o “Límite del nombre”.
“No sólo libros” es una bonita declaración de amor a este útil invento que salva a letraheridos: “No sólo libros / sino el mundo en un libro, / el amor en un libro, / la muerte agazapada / en la mitad del índice”.
“Marca de agua” es un homenaje al poeta ruso Joseph Brodsky y a Venecia, mítica ciudad a la que el premio Nobel dedicó un libro con el mismo título. Ciudad, por cierto, que protagoniza otro de Lamillar: Notas sobre Venecia.
“Cárcel de libertad” se centra en la biblioteca y “La nieve roja” es un homenaje a Góngora, “al sonido de plata de sus sílabas”, “al oro de sus versos”. 
Allí, el hipálage (esa “atribución de un complemento a una palabra distinta de aquella a la que debería referirse lógicamente”) o púrpura nevada, o nieve roja, verso de Fábula de Polifemo y Galatea.
Sin prisas, sin alardes, en el mismo tono (el suyo, tan reconocible), Juan Lamillar sigue construyendo un sólido edificio poético de sonido y sentido que sus lectores agradecemos en lo que vale, que es mucho.

La nieve roja
Juan Lamillar
Renacimiento, Sevilla, 2021. 80 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO

28.5.21

La pluma ética

Como ya he contado alguna vez, descubrí hace unos años la poesía de Igor Barreto (San Fernando de Apure, 1952), que además es editor, traductor y profesor de la Universidad Central de Venezuela, al leer su libro Annapurna. La montaña empírica (Fábulas de un funcionario). Gracias a la mediación de la escritora Marina Gasparini. Después llegó su poesía reunida (de 1983 a 2013), que publicó Pre-Textos en 2014 con el título El campo/El ascensor, y, hace cuatro años, en el catálogo de Bartleby Editores, El muro de Madelshtam. Este era un libro sin duda sorprendente que demostraba a las claras ante qué poeta y qué poesía estamos. Sí, la de Barreto ha de ser considerada una de las voces más importantes de la fértil poesía venezolana contemporánea, que es tanto como decir una de las principales del panorama lírico hispanoamericano.
En una entrevista publicada en el diario El País, al preguntarle Jorge Morla sobre el mejor regalo que había recibido, el poeta respondió:Una navaja cacha de nácar de marca Barrilito, y un gallo de combate que llamé Lanchero”. Más adelante añade: “Me gusta la fantasía haitiana de un posible mundo gallináceo. Yo sería un gallo zambo de combate con el pecho negro-sólido”.
Si el salto cualitativo de su penúltimo libro era arriesgado, no digamos el doble mortal que ha dado con La sombra del apostador. El gallo combatiente y su ritual analfabeto, que publica Visor en colaboración con la Fundación para la Cultura Urbana. No es sólo que haga oídos sordos a ese tumulto animalista radical que impera al calor de la doctrina de lo políticamente correcto, es que su lenguaje y su poética, si cabe tal distingo, apuestan por un modo de decir único y distinto, diferente del que habitualmente, sobre todo en esta orilla atlántica, acostumbrados a identificar con la poesía. El atrevimiento de Barreto no es, digámoslo pronto, ni adánico ni temerario ni siquiera vanguardista, aunque la pelea de gallos sea “un ritual de la cultura analfabeta profunda”, sino calculado y riguroso. El que se espera de alguien que ejerce, inspiración mediante, la maestría.
Las pelas de aves es una práctica que, en efecto, está en el origen de este libro, pero es mucho más que una obra sobre gallos. Estos son un motivo, pero el tema es otro: el destino, la muerte…
Según tengo entendido, siguen siendo legales en España. En Comunidades como Andalucía y Canarias, aunque, por ejemplo, ni se puede apostar ni se permite la asistencia a los combates a los menores de 16 años. Según Nius, en Venezuela, donde esta tradición mueve miles y miles de dólares, hay más de 2.000 galleras registradas y el número de locales clandestinos es incalculable.
Este “hermético ritual de muerte” no es nuevo. “El imaginario de sus hazañas, tiene dos milenios y viene de Indochina, India y Persia”, nos explica Barreto. A través de Grecia llegaría a Europa. El Conde de Lautréamont y Baudelaire frecuentaron reñideros de Montevideo y París.
Con lo conseguido con sus primeras apuestas, editó Barreto poeta su primer libro.
Nada de lo que se recoge aquí, que tanto tiene que ver con ese mundo, hubiera sido posible si este hombre memorioso no defendiera como principio poético básico “Mirar como el que escucha”. “He aprendido a mirar con ‘atención’; según Simone Weil, es la forma moderna de la fe”, confiesa. Y “Las imágenes de este mundo se despliegan en mi mente como un atlas cambiante, suscitando relaciones y pensamientos”. Lo dice, como lo relatado más arriba, en “Algunas palabras”, a modo de prólogo.
Su mirada (y lo escuchado) arman este artefacto, más natural que forzado, con ráfagas expresionistas y barrocas, donde se evoca un ámbito extraño para muchos, al menos hasta que, como en mi caso, se leen estas páginas. Una suerte de microcosmos que participa a la vez de la violencia que esa afición soporta y de la fragilidad y hasta de la delicadeza con la que Barreto es capaz de rememorarlo. De los gallos y de los hombres, matizo. Esa es la gran metáfora. “La mirada humana / convierte al hombre en ave, / y al gallo / lo pone a pensar / igual que tú”, leemos. Y: “―Ciertamente (responde Kabir) para mí, el gallo quiere ser hombre / y el hombre quiere ser gallo”. “Ese momento donde el hombre y el gallo / se miran a los ojos: / y uno quiere ser el otro”.
La obra empieza con un extenso poema (que va de la página 17 a la 44) que por sí mismo justifica el libro: “Al inframundo por un gallo blanco”, que, como es obvio, se abre con una cita de la Comedia de Dante. Del escaparate al laberinto. Otro descenso a los infiernos. Y ahí, como en el resto del volumen, constantes guiños metapoéticos: el gallo, el hombre, la poesía. “La poesía revive circunstancias muertas”. “Emociones y conmociones”, no la verdad. Más allá de “la confitería del poema”. “Sin rebabas líricas”.
“La sombra del apostador” es el título de la segunda parte y del libro, la nuclear.
En “Academicismos”, el primer poema de la serie, dice: “un gallo / es un héroe crepuscular y una bestia heráldica / que va de la vida a la muerte con demasiada premura / incitando el deseo por contar historias”. Y eso hace Barreto. Estamos ante una novela muy entretenida llena de personajes inquietantes y de anécdotas, relatos y fábulas que superan el concepto de realismo mágico. Es cierto que se nos puede aparecer Rulfo o darnos de bruces con algún fantasma, si no con el mismísimo diablo (seguramente cojuelo). Y todo “para que sepas y no se olvide”.
¿No podemos denominar cuentos a los poemas “Míster Stapleton”, “El Chévere de Upata”, “El Boca Abierta”, “El bar La Sirena” (que juzgo una pequeña obra maestra), etc.?
Ciegos, maniquíes, patrones de gallerías, como Roger Bortone, al que dedica una hermosa elegía. El patrón le dijo: “Yo soy un hombre roto”, y: “El mundo es del habilidoso”.
Y la muerte, que siempre planea sobre estos versos. “El Gallo Combatiente es una llama. / Eso explica su arrojo ante la muerte”. “Pelea contra su propia alma”: “―En la arena combatimos contra el alma de nosotros mismos”.  
Las referencias españolas abundan. Al fin y al cabo fueron gallos andaluces los primeros en llegar a Venezuela. De galleras de Chipiona, Sanlúcar o Jerez (léase “Milagro en el sur de España”). “El Gallo de Combate / es un animal letalmente explícito”. “Más que un toro de lidia”, añade, lo que nos permite, para disgusto de algunos, comparar este rito con el de la tauromaquia.
En “Anotaciones” señala que “la pelea de gallos es una gestación”. Que “los gallos son magos”, “la sombra del apostador”. De pronto, casi un haiku: “Bajo las moreras, sentí luto / por el gallo que había muerto”. El poema, como el gallo,  es “un destello”.
Volviendo a lo metapoético, “La poesía es el gallo que canta en lo alto del templo. La prosa es la aceptación de que los objetos y las circunstancias dominan nuestro destino”. “―El hombre es simple prosa porque nada le gusta más que recordar”. “El poeta y el gallo –matiza– son maestros del eco, / una distancia que permite / cierta potencia poética”. En “Sueño”, una recomendación de Benjamín Cordero, afectado por la lepra: “―Te aconsejo que cuando escribas un poema / lo hagas con espíritu in-mundo. / Así debe ser, lo más sucio del mundo que puedas”.
En “Apuestas” calibramos el ambiente de una gallera. Y en “Vida de jugador”. Con qué habilidad lingüística consigue describir las atmósferas, los lugares, las personas… Entre otras cosas, este libro no deja de ser un tratado de antropología. Sus imágenes son tan precisas y poderosas que por momentos uno cree estar viendo una película. Sí, estos poemas, además de oírse, se ven.
En “Narendra” y “Limerick”, la India (Bombay, Benarés). En “Poema”, Japón. En “Mundo gallináceo (IV)”, gallos armenios, “aves perturbadas” por el sufrimiento que “les infligieron los turcos”.
El gallo es un “ave pavesiana”. Noble. Un solitario. “No hay un ser con mayor entusiasmo que el gallo”, dijo Thoreau. Y Barreto, contra la adversidad, precisa: “Los he visto cantar y cantar, muy heridos, al final de los combates”.
En “La muerte de Juan Sánchez Peláez”, “―El poema lo tengo aquí, en garganta”, le dice el poeta a su esposa en el lecho de muerte.
No falta nunca el humor, como en “Poema de Navidad” (con una familia comunista sentada a la mesa). Ni la ironía, como en “La cola del pan”, donde “el país resiste en el límite / de una frontera viviente”. No es la única referencia a la situación política de Venezuela. “Mundo gallináceo (II)” está dedicado a la memoria de un diputado “asesinado por agentes de la inteligencia cubana en el edificio del SEBIN”. “La muerte fue el maestro / que vino de La Habana”.
En el poema “La navaja” (recuérdese la entrevista con Morla) alude a una con “la cacha de nácar” (“para mí el oro del mar”) que no pudo conseguir porque no tenía precio, una de las muchas lecciones morales del libro.
En “Dos gallos” (que son Sócrates y Jesús), convoca a Steiner, que utilizó esa expresión.
Como los poemas, “Los gallos son bellos de una manera inexplicable”.
Al Dasein (ser-ahí o estar haciendo algo ahí, una noción filosófica usada por varios filósofos alemanes, como Hegel,  Jaspers y, sobre todo, Heidegger para indicar el ámbito en que se produce la apertura de la persona hacia el Ser, como explica la Wikipedia) le dedica un hondo poema: “Ya no hay Dasein”.
En “Ladrón de gallos”, la evidencia: “No es pecado robar el deseo de otro”. Y en “La belleza del Gallo de Combate”, la paradoja: “¿Cómo un ave que se entrega a un ritual de muerte puede ser bella?”
Siguen dos poemas memorables: “Consejos a la hora de fotografiar a un Gallo de Combate” y “Brevísimo tratado de pintura del Gallo de Combate”.
“Por aquel entonces –leemos– el gallo era el personaje de una vida provinciana y feliz”. Su lema: “Matar muriendo”.
“Mi deseo” es un poema griego que abrocha perfectamente la parte central del libro.
Sólo queda la última, “Infarto en Princeton”, con otro par de poemas a la altura de un libro que, según Gina Saraceni “traza una genealogía errática de las peleas de gallos” y habla “de la vida, la belleza, la codicia, el desafío, la nobleza y otras posibles vinculaciones entre el hombre y el animal”. Me refiero a un monólogo dramático, “Princeton”, que protagoniza el Dr. Morley Andrews Jully (Jefe del Departamento de Avicultura de esa universidad norteamericana), e “Infarto”, otro intrigante relato en verso digno del saber hacer de este inmenso poeta.
Quién dijo que la poesía era pájaro de juventud. ¡Qué libro!

La sombra del apostador. El gallo combatiente y su ritual analfabeto
Igor Barreto
Madrid, Visor, 2021. 188 páginas. 14,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO

26.5.21

Porcel

Hace un par de semanas, y con la solvencia que le caracteriza, Anna Caballé reseñaba en el suplemento Babelia del diario El País el último libro del periodista, director de Cultura/s (La Vanguardia) y escritor Sergio Vila-Sanjuán. Me refiero a El joven Porcel. "Una ascensión literaria en la Barcelona de los sesenta", se subtitula. 
Me ha gustado mucho más de lo que esperaba, la verdad. No porque dudara de las capacidades de Vila-Sanjuán (hace poco daba cuenta de mi lectura de Por qué soy monárquico, y de su sagacidad para el periodismo cultural ya mostró sobradas maneras en La cultura y la vida), sino porque el personaje no me resultaba demasiado atractivo. Más, he de reconocerlo, en este clima de cansino e indecente separatismo catalanista que nos invade. ("Soy catalanista por razones de naturaleza y de geografía, de historia y de cultura", afirmó Porcel.) Con todo, ya digo, he disfrutado leyendo un libro ameno y documentado, más que una mera biografía, género tan poco aprovechado, al menos en su vertiente más rigurosa y literaria, de lo que se debería. 
Sorprende, sin duda, la trayectoria de este mallorquín de Andratx que en realidad, viajero por medio mundo y residente desde muy joven fuera de la isla, nunca llegó a salir de su pueblo natal, al que idealizó. 
Sobresalen las relaciones de amistad (y desencuentro) con escritores como Llorenç/Lorenzo Villalonga (paisano, mentor, autor de la espléndida Bearn o la sala de las muñecas), Josep Pla o Camilo José Cela.
Sus relaciones amorosas, sobre todo con su primera mujer (una novela), la también escritora Concha Alós (que ganó el Planeta dos veces, aunque la primera le retiraran el premio), si bien se da cuenta del enamoramiento parisino de Maria Àngels Roque, que acabó siendo su viuda. 
Y porque de Planeta hablamos, qué intensa y laberíntica su vinculación al grupo editorial que fundara José Manuel Lara. Y qué decir, a propósito de lo mismo, de las intrigas y los chanchullos de los premios.
Vila-Sanjuán ha tenido ocasión de charlar a lo largo de los años con numerosos amigos y conocidos de Porcel, al que trató mucho en vida. Muy sabrosos me han parecido los comentarios de Castellet. 
No olvida su relaciones con escritores en español como Delibes y Umbral ni sus agrias polémicas con Marsé. Irónico e impertinente por naturaleza, con Joan Miró también tuvo sus más y sus menos. No así con el rey Juan Carlos I, del que fue amigo y al que escribió discursos tan importantes como el que dio el monarca en Aquisgrán al recibir el Premio Carlomagno
Autor teatral malogrado, columnista de La Vanguardia y lector impenitente, este anarquista emboscado que ejerció de anticomunista y de burgués (y algunas temporadas hasta de hippie), nunca perdió su espíritu rebelde (siquiera fuera en el vestir, con jersey de cuello alto). Sin duda, dio para mucho. 
No estaría de más rescatar al magnífico entrevistador que fue, por ejemplo. Reconozco que no llegué nunca hasta sus libros de conversaciones y eso me apena. Imagino que esas ediciones (de Los encuentros, pongo por caso, que publicó Destino, otra pata insoslayable de este banco intelectual), estarán agotadas. O en Iberlibro, que uno frecuenta poco. Tampoco me importaría leer su libro sobre los xuetes o chuetas, los perseguidos judíos mallorquines. 
El que dedicó a China imagino que ha perdido mucho con el tiempo, más que nada porque él mismo confesó que se dejó llevar, hasta el entusiasmo, por Mao y su macabra Revolución Cultural. Craso error para un tipo, o eso parece, tan inteligente. Pasión, ya se ve, no le faltó. 
Leí en su momento La revuelta permanente, sobre el activismo ácrata catalán, que ganó el Premio Espejo de España en 1978. Se lo regalé a mi novia. Pecados de juventud. 
Un puñado de jugosas fotografías, el epílogo, la addenda, las fuentes consultadas y el índice onomástico dan fe de hasta qué punto Vila-Sanjuán ha trabajado. 
Me sumo a la petición de Caballé y le pido a su autor que nos dé la media vida de Porcel que nos debe (en parte adelantada en las páginas finales de esta obra). Iluminadora para intentar comprender un poco mejor el desafío permanente al que nos tienen condenados unos cuantos independentistas catalanes. Él conoció bien pronto a Pujol, con el que empieza casi todo. Qué deriva. 

24.5.21

La poesía de Montejo

Edición de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Graciela Yáñez Vicentini
Pre-Textos, Valencia, 2021. 520 páginas. 35 €
 
Los lectores de Montejo (Caracas, 1938-Valencia, Venezuela, 2008) esperábamos la edición de su poesía reunida, a pesar de que su obra era conocida en España y él un referente ineludible de la lírica hispana, miembro destacado de la imponente sección poética venezolana, la del magno florilegio Rasgos comunes (Pre-Textos, 2019), por mencionar una antología reciente.
Pasó su infancia en los Valles Altos de Carabobo y el Lago Tacarigua, entre Maracay y Valencia, un paisaje habitual de sus versos. Fue profesor universitario, investigador, director literario de Monte Ávila y diplomático (consejero cultural de la embajada de su país en Lisboa de 1988 a 1994). Vivió a principio de los setenta en París y Londres.
Su nombre empezó a sonar a partir de la aparición en FCE de la antología Alfabeto del mundo (1987), que seleccionaba poemas de sus primeros libros: Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras  (1976), Terredad (1978) y Trópico absoluto (1982), además del que lleva el mismo título. Llegarían después sus entregas españolas: Adiós al siglo XX (Renacimiento, 1992) y, ya en Pre-Textos, Partitura de la cigarra (1999), Papiros amorosos (2002) y Fábula del escriba (2006). La concesión del Premio Octavio Paz lo consagra definitivamente y su fama se extiende cuando Sean Penn recita versos suyos en 21 gramos, la película de de González Iñárritu.
Son esos los libros que componen el primer volumen de su Obra completa, al que se añaden cuatro “poemas misceláneos”. En un segundo se reunirán ensayos y textos de sus heterónimos.
La exhaustiva introducción sirve para ambos y en ella encontrará el lector una guía excelente para conocer una poesía caracterizada por el equilibrio. La de un “poeta expósito, errando a la intemperie” (dijo de sí), interpuesto entre dos siglos y un cambio de milenio. Ni vanguardia ni clasicismo. Poesía humanista (considera al hombre “como última porción de la naturaleza”). De una “extraña transparencia”. Fruto del “terrible asombro de estar vivo”. Oblicua. Un refugio. Vital (“La vida ha sido todo, menos sueño”), apegada a la vida (como enigma y milagro: “la vida se va, se fue, llega más tarde, / es difícil seguirla”) e inseparable de ella: “el misterio de todos los días”. “En el ámbito más próximo al ser”. De la terredad, por decirlo con el neologismo de su invención. “La voz coral del mundo” como alfabeto y el poeta como “mediador” entre la realidad y nuestra “condición de ser terrestre”. En su caso, desgarrado por el dilema (a lo Bishop) de ir o quedarse (léase el poema “El adiós de Jorge Silvestre”: “Me voy para quedarme, me quedo para irme”), entre lo continental (Europa) y lo ultramarino, su “trópico absoluto” (“Su ausencia es mi único equipaje”). Por eso el tema del viaje resulta omnipresente.
Y tras lo espacial, lo temporal. Su tiempo es circular. No hay pasado o presente: “Cualquier cosa que veamos ahora, aunque esté transfigurada, siempre ha estado”. Como los muertos (que “acuden a hacernos el poema”), con quienes conversa. Sus antepasados, empezando con su padre panadero, su madre o su fallecido hermano, el “rey Ricardo”. “Mis mayores van y viene por mi cuerpo”. “Yo soy el campo donde están enterrados”.
Aúna Montejo lo que ve y lo que siente. En su poesía “el paisaje geográfico y el emocional se funden”. Para expresar “el sentimiento del tiempo”, más que mero lenguaje.
Éste es pensante y meditativo. Como advierten los editores, paradójico: de “oxímoros, antítesis, quiasmos e impossibilia”. ¿Su tono?: lento, sereno, melancólico.
¿El objeto del canto?: “La ausencia que somos”. La extrañeza de nuestra identidad: “Fui este, aquel, tantos y tantos”. “Alguien que he sido o soy, no sé, oye o recuerda”.
¿Sus asuntos? ¿Sus elementos? La infancia y “los míos”, los animales simbólicos (el caballo, la cigarra, el gallo, el sapo, el tigre), los árboles, la piedra (“nuestra maestra amarga”), la casa, los pájaros (el tordo, el mirlo), la noche y el insomnio, la muerte y –ya se dijo– los muertos, la nieve (blanca como la harina del horno de su progenitor), el mar y los barcos, la mujer y el cuerpo, el café y los Cafés, las cosas (la lámpara, por ejemplo), los lugares y las ciudades: los de Valencia, Caracas, Lisboa, Islandia… Al amor le dedicó un precioso libro: Papiros amorosos.
Estamos ante un genuino acontecimiento. Porque la de Montejo es, sí, una poesía única.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

21.5.21

La casa de mi padre

José Carlos Díaz
(Gijón, 1962) licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo, fundó en 1984, junto a Juan Ignacio (Nacho) González, el Grupo Poético Cálamo y formó parte del equipo de los cuadernos Heracles y Nosotros. Desde 2006, mantiene el blog Los Diarios de Rayuela.
Es autor de los libros de poesía Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (con el citado Juan Ignacio González, 2004), Convalecencia en Remior (2015) y Cantata de los días tasados (2017, Premio Ramón de Campoamor). Como narrador, ha publicado las novelas Letras canallas (Premio Ciudad de Noega), Aunque Blanche no me acompañe (Premio Salvador Aguilar) y Vísperas de nada (Premio Castillo Puche).
Su última entrega poética, Aire de lugar y gente, ve la luz en una editorial –gijonesa, como él– visible y bien distribuida. Forma parte del catálogo de una colección acreditada.
En un “apunte al margen” (a modo de nota final), Díaz afirma: “El despojo alentó este libro. No de otra manera se siente la muerte”. La del padre, en este caso, muerto a principios de 2018. Estos poemas, confiesa, “fueron una manera prolongada de duelo”.
El libro tiene una trama narrativa. O, como se dice tanto ahora, incluye un relato. El de un hijo que va a enterrar las cenizas de su padre al lado de la casa donde éste nació. Allí, dos infancias se encuentran. Y otras circunstancias familiares.
La casa aparece en la cubierta. Está en Villanova (Boal). Todo es concreto aquí. O real. Aunque es una fotografía, parece un cuadro de Miguel Galano (al se cita dos veces en estas páginas), una de esas casas que “pinta a menudo diluidas en la niebla”.
La obra se abre con un poema titulado como el libro que va precedido de una cita de Ángel Campos Pámpano (de aires hernandianos): “Volver a casa / por los altos andamios / de la memoria, / y respirar su aire / de infancia humedecido”. Leemos: “Dibujar en la niebla / (…) / la forma de una casa”. Y “la sombra de quien la habitó un día”, que “da noticia / de que la vida quizás ha vuelto”. “Y dibujar además un aire / (…) / que sea el del lugar y el de su gente”.
Por seguir con ese orden narrativo a que aludía, en “Hacia” se agrupa una serie de poemas que tienen al río como protagonista. Ya nos advierte Díaz en el “apunte” que evoca “Un lugar al que se llega remontando un río. Como siempre se llega a la memoria”. No es el Tajo del famoso poema de Caeiro/Pessoa, “el río que corre por mi pueblo” (versos que copia Díaz como epígrafe), sino el Navia. Ahí, “la labial cartografía de mi infancia / en la que ahora duelo”.
El tono, desde el principio, es melancólico. Por el motivo del viaje (y lo que este conlleva) y porque, como señala César Iglesias en la contracubierta (quien “me persuadiese de procurarle imprenta”, anota el autor), la suya es “una sentimentalidad de la herida, a la manera del «bem que se padece e mal de que se gosta» de Manuel de Melo. Sentimentalidad con nombre propio en la lengua asturleonesa, el idioma de sus mayores: «la señardá», el decir emocional que el autor comparte con otros creadores, todos pobladores de la geografía afectiva del noroeste ibérico y otros parajes artúricos”. Se lee a las claras en “Islas” o en “La renuncia”: “Así era la vida”.
La segunda parte es “Flashback”. En una cita de Menéndez Salmón (otro gijonés), se insta a “aceptar que pavor y fiereza no tienen patria y que anida en todos los corazones por igual”.
Porque la memoria es caprichosa, “quizás nada de lo que cuente sea exacto”, escribe en “A modo de venganza” (abundan, por cierto, los “quizás” en este libro), donde se refiere al “pasado de los míos”. Más explícito es aún en “La mentira”, que empieza: “Toda familia se defiende / con mentiras urdidas / en el rencor o por vergüenza”. También la suya, “una carta olvidada / en el cajón de ese enser en desuso”. Los abuelos, los padres... La muerte. Y la guerra, el odio y el silencio. “Nuestra mentira fue / proclamar que nos fluye / por las venas coraje, / a la vez que rumiamos, / en silencio y por dentro, / el ácimo pan del reproche”.
“Causa general” lleva una cita de Chaves Nogales que termina: “Es el miedo el que da la medida de la crueldad”. El poema concluye: “Hubo que desterrarse / para empezar  desde la nada y el despojo. / Sin padre, sin tierra, sin lengua. // Al escribir siempre se exhuman / los huesos que nos yacen bajo olvido”.
“Lugar (y gente)” se titula la tercera parte. “El lugar”, precisamente, se titula el poema inicial, inspirado en un cuadro de Galano. Casas, aldeas, “los aislados”.
En “Nada tengo”: “Nada tengo allí”, “Nada me queda allí”, “Nada me espera allí”.
“La nostalgia es una suerte menor del miedo”, dijo Sergio del Molino y a partir de esas palabras Díaz construye un poema logrado: “Interpretación de la nostalgia”.
“Raíces” es otro poema importante en la estructura del volumen; unitario, ya se dijo, donde cada pieza obra a favor del relato autobiográfico que pretende transmitirse. Leemos: “Todo era distinto cuando en la casa había vida”. Y en “Abandono”: “La hierba ha ido borrando / el sendero que subía hasta la casa”.
En “Lavadero”, la ropa y las mujeres. Al frente, un verso de María Victoria Atencia: “Públicamente expongo al agua mis razones”. En “La noche”, el miedo. En “Lareira”: “Así era la brega de los días”. Cuánta penuria. Salvo “en los días dorados de luz”.
En “Nolugar” leemos: “En toda demolición se expía / un rastro edificado de soberbia”.
Road movie” habla de la imaginación. El precioso “Ciruelas amarillas”, de la vida de Andrés García Bermúdez, que prefería los árboles a las ruinas de la mina de wolframio.
 “Y leerás a la luz del sol entonces” dice en “Primavera”. “Esa perplejidad era el paisaje”, afirma en “Las manos”.
“El árbol” es un emotivo poema que habla de raíces y cenizas, y de un cedro que desafía a la intemperie. Como el que “crece y habla” en la página siguiente.
“René, mon père”, la cuarta parte de Aire de lugar y gente, es tan extensa como la anterior (las dos más sustanciosas del libro) y con varios poemas en prosa.
No vamos a descubrir ahora la importancia que el tema de la muerte del padre ha tenido y tiene en la literatura, aunque no todos los poetas que lo han abordado estuvieran a la altura del reto. Podría citar ejemplos cercanos, pero prefiero callarme.
Sí, el padre de Díaz tenía ese nombre “afrancesado”. En “Recuerdo” dice: “El olvido es una renuncia / que vuelve la vida fácil”.
Estamos ante un conjunto de gran transparencia, tanto en lo formal (esta es una poesía de “línea clara”) como, digamos, en su materia. Dan cuenta del baño de los sábados, de los mareantes viajes al pueblo por carreteras secundarias, del tráiler que conducía René, de las películas caseras, de las fiestas y las bodas… Y de las fotos antiguas: “Las fotos que nos tomaron cuando éramos dioses / y a pesar de que no lo sabíamos, / actuábamos como inmortales”. “Las fotos crueles que nos dan noticia / de que la vida fue posible también sin miedo”. También de la enfermedad, la “lenta despedida”, la incineración y las cenizas…
“Viviremos por un tiempo en la herida”, leemos, un verso que tiene relación con otro de Joan Margarit: “una herida es también un lugar donde vivir”.
Como buen gijonés, René siempre quiso “volver a Benidorm”, como relata en uno de los poemas más gratos del conjunto. Todo lo contrario que “Rendición”, donde se expresa una áspera verdad: “Y si no hay consuelo / a este trance indigno, / ¿por qué debe lucharse?”. “También su padecimiento fue dócil”. “Para qué luchar cuando de nada sirve”.
Es en estos poemas centrales donde encontramos nítidamente la sencillez y la humildad con la que este libro está concebido. Donde mejor alienta su pequeña verdad. Una verdad transferible que cualquier lector puede hacer suya. El dolor del que trata es, por desgracia, un sentimiento universal.
“Después”, la última sección, es una respuesta a la desolación, a esas preguntas retóricas que cada cual sabrá (o podrá) responder a su modo. Por la risa del hijo.
“Derrabe a cielo abierto” es otro poema clave: “La vida en marcha, / y la muerte inmóvil”.
“La luz juntos” un perfecto broche que afianzará en el lector el poso amargo de esta travesía hacia el pasado, río arriba, hacia la casa del padre, donde uno, como en la vieja canción de José Antonio Labordeta, también ha regresado. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO. 

19.5.21

El subrayador, de Fabio Morábito


Cada vez más a menudo, en lugar de leer un libro, lee los subrayados que ha hecho en tantos años de lectura. Ha subrayado libros desde la adolescencia y son pocos los que se han salvado de tener alguna marca hecha a pluma o a lápiz. Cuando le da por observar los estantes de su biblioteca, siente orgullo, más que por los libros, por tantos subrayados que encierran. Representan una biblioteca dentro de otra, que ha ido creando con esfuerzo. No ha vacilado nunca a la hora de poner un subrayado. En tantas cosas ha sido tibio y negligente, pero no en esto. Aun cuando ha tenido el ánimo por los suelos, ante una frase o un pasaje notables se ha puesto religiosamente de pie para buscar un lápiz y cumplir su deber. Puede decirse que el día que no se levante, se habrá acabado todo. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Ahora, cuando se acerca la vejez, empieza a beneficiarse del fruto de esos innumerables sacrificios. Sea cual sea el libro que tome de sus estantes, sabe que le brindará, a través de sus subrayados, de diez a veinte minutos de una lectura intensa y selectiva. Ha llegado el momento, por así decirlo, de que los libros le devuelvan parte de aquello que él les dispensó a lo largo de tantos años de lectura. Le ofrecen sus subrayados, haciéndose ellos mismos a un lado. Al repasar esos surcos dejados por su pluma o su lápiz, no sólo extrae una preciosa savia de conocimiento, sino que profundiza en su introspección, pues no hay como leer los propios subrayados para conocerse. En un gesto tan simple y espontáneo, uno se descubre sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Mira con lástima a muchos amigos suyos, poseedores de espléndidas bibliotecas que casi carecen de subrayados. Por permanecer cómodamente sentados, en vez de levantarse a buscar un lápiz, ahora, cerca del final de sus vidas, no saben quiénes son y buscan en vano en los libros leídos una marca cualquiera hecha de pasada, al descuido, para intuir algo de lo que eran, algo de lo que han sido.

Fabio Morábito

NOTA: El poeta mexicano Gildardo Montoya, fiel corresponsal y amigo, me envía este relato de Morábito publicado en el diario argentino Clarín con el que tan identificado me siento. 

17.5.21

Sacristán y la estupidez


Aunque no ha sido nunca capaz de apreciar como es debido el teatro (y mira que fui, como tantos niños de mi generación, un precoz espectador atento de aquellos televisivos Estudio 1), hace unas semanas disfruté muchísimo (sin que por ello dejara de sufrir mi lado hipocondriaco) viendo y escuchando a José Sacristán en escena, durante la memorable representación de Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. En el teatro Alkázar de Plasencia. 
Cómo no emocionarse cuando, con esa voz tan honda como particular, el actor dice: «Su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir».
¿Quién nos estupidiza?, le pregunta ahora Ana del Barrio, periodista de El Mundo, y Sacristán responde: "En el Calígula se decía que la necedad era homicida. Ésta es una pregunta que debería hacerse cada hijo de vecino. Hasta qué punto hay una forma de estupidez consentida, disfrutada y en la que la gente se siente encantada de la vida. En más de una ocasión somos nuestros propios generadores de estupidez. No hay que pensar que alguien siempre tiene la culpa de que seamos más tontos. El principio de la legitimación de la estupidez empieza con uno mismo".

Nota: Tomo la fotografía de aquí.

16.5.21

Como íntima hoguera frente al frío

Asunción Escribano (Salamanca, 1964), doctora en Lengua Española, licenciada en Filología Hispánica y Periodismo, Máster en Escritura creativa, es catedrática de Lengua y Literatura Españolas en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca y profesora en el Máster y Diploma de Especialización en Creación Literaria de la Universidad de Salamanca (USAL). Además de compaginar numerosas tareas académicas, es directora de la Cátedra de Poesía Fray Luis de León, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros y forma parte del Consejo Asesor de la Fundación Duques de Soria. Publica el blog Acorde.
Su obra poética está integrada por los libros: La disolución (2001); Metamorfosis (Premio Juan de Baños, 2004); Solo me acarician alas (2012); Hebra y sutura (2012); Acorde (Premio Fray Luis de León, 2014) y Salmos de la lluvia (2018).
Ve ahora la luz El canto bajo el hielo. Lo publica Ediciones Carena. Sus dos libros anteriores están en los catálogos de Visor y Vaso Roto, respectivamente.
Este está dedicado a su padre y se abre con citas de Christian Bobin, Erri de Luca, Eloy Sánchez Rosillo y Jesús Montiel. Elocuente me parece el epígrafe de este último (Escribano enseña Literatura y Periodismo): “El mundo, pese a los males que lo lastiman, sobrevive gracias a gestos desatendidos que nunca publicitan los periódicos ni los telediarios”.
Cuatro partes componen el volumen. La primera, “La criatura verbal”, atiende al proceso creativo. “El poema” se titula, significativamente, el primero del libro y único de esta sección, una extensa poética dedicada a otro poeta salmantino: Juan Antonio González Iglesias.
“Los eruditos hablan de artefacto / cuando estudian las líneas del poema”. Ella prefiere “el nombre desvelado / del poeta que ha penetrado en la fronda / luminosa en desvaríos: Criatura, / que comprende la vida y el aliento”. “Fulgor de ebriedad” más que paradoja, como dicen “los expertos”. Luego añade: “No hay otra manera de ascender / sino a lomos del poema y contemplar / el mundo desde lo alto de su cumbre”. Nos da pistas, después, “entre prodigios” y en forma de versos, sobre algunos de los poetas que ella prefiere. Nunca los nombra. El primero, Borges. Le siguen san Juan de la Cruz, Colinas, Valente, Cernuda… “…Y tantos…, que no son artilugios / sino habla en amor con quien escucha”. Termina: “No sabría definir qué es un poema. / Pero en ellos resguardo yo mi vida / del tiempo, del mundo y su tristeza. / Como íntima hoguera frente al frío”.
La segunda parte, “La sustancia de los milagros”, está formada por nueve poemas y todos llevan al final una nota tomada de algún periódico o revista donde se da cuenta del motivo que los ha inspirado.
En “Pavala flavescens” (nombre científico de un tipo de libélula que realiza vuelos transoceánicos y recorre distancias de más de 14.000 kilómetros), leemos: “un caballito del diablo / reproduce en el orden del insecto / mi vida”. Y más adelante: “Aun así sostiene en su fragilidad / su fortaleza”. Y: “la libélula dice como nada / lo que soy. Respiración, silencio, / ritmo armonía, transparencia”.
“El poeta” tiene que ver con un “retrato de la historia de amor entre un fotógrafo neoyorkino y las palomas de su ciudad”.
“La lentitud”, un poema muy hermoso de aires meditativos, alude a sus ventajas. Parte de unas palabras de la escritora Andrea Köhler: “Lo que no estaba, con la espera estaba”. Sí, porque, “Lo que no está empieza a ser / si se espera un tiempo lentamente. / Solo hay que dejar que el silencio pose / su pausado sedimento en el vacío”. Ver, pensar, escuchar…
“Aromas” está dedicado a Sombra y es un homenaje a su gato que, como todos los gatos, a los hechos me remito (más allá de los dichosos vídeos de esos animalitos), tan poéticos resultan.
En torno a una frase del añorado Zagajewski, Escribano compone “Epifanía”: “Apenas es nada esta melodía / que reverbera invicta ante mis ojos”. El humilde milagro del asombro.
En “El aleteo” (de una mariposa) se aprecia bien la suntuosidad verbal de esta poesía, el gusto por el paladeo de las palabras con las que se describe cuanto sucede. “Un aleteo breve no cambia / ni el universo ni el destino, / ni siquiera roza el mío. / Pero hace la jornada más hermosa. Corto con mis ojos / un trozo de candente realidad”.
“La perfección” aborda ese espinoso asunto. Bach o Hierro, pone como ejemplos, desdicen a Musset: la perfección existe.
“Cántico”, el de Hikari Ōe, procede de una confesión de su padre, Kenzaburō Ōe. El misterio oriental, los pájaros.
“El cuento” habla de una casa vacía que es tomada por animales.
“La arcilla de los días”, la tercera parte, consta de once poemas. Se inicia con el que da título al libro. “Lo peor de lo peor hoy es posible / y no tiene ni amparo ni remedio”, leemos. “Cómo es posible cantar frente a la escarcha”. “Habrá que intentar construir una balada / (…) / para no morir de tristeza en este invierno”.
“La mancha” se refiere al escritor Robert Walser, que murió solo, sin abrigo y boca arriba en la nieve, y “La pena” a Virginia Wolf que también “camina bajo el frío”. “Estoy segura de que estoy enloqueciendo”, anota en su diario. La poeta dice: “La escritura es fibra frágil / para salvar al hombre del espanto”. Algo que subraya su capacidad de compasión, una virtud muy presente en la obra humanista de Escribano, y su decidida voluntad de cantar con palabras la belleza y el dolor del mundo. Desde su humilde verdad.
“Éxodo” da cuenta de nuestra realidad errante: “Seguimos la ruta del cometa”.
“Definiciones de mar” expresa el insondable enigma de esa “fisura de agua donde caben todas las blasfemias”. Donde a diario mueren nuestros niños en medio de una huida sin remedio.
Emocionante me ha parecido “La caída”. La de su padre, muerto. “Escribo sonámbula tu nombre en este muro”. Ese hecho decisivo y terrible está también en el siguiente, “El naufragio”. “No hay más amor que aquella infancia / que hoy ya no es mía sino suya”. Y en el que le sigue: “Poder decir tu nombre”, con cita de Piedad Bonnett. “Hay nombres que nos atan a la vida”, empieza. “Papá es, de entre ellos, quizá de los más grandes”. Vuelve a ese asunto en “Ahogo”. Como en “El mar”, donde evoca la felicidad y la infancia y concluye con una amarga pregunta: “¿Y ahora en qué manos sostendré yo mi vida?”
“Herida”, por fin, vuelve a lo animal (tan humano a veces): un perro que intenta ayudar a otro, malherido.
“La banda sonora”, última parte del libro, consta de un solo poema: “El último carmelita”. “Hoy no hay nadie que escoja / esta vida de paz y de armonía”.
Son muchos los hombres y mujeres de distintas generaciones que conforman el mapa lírico hispano del momento. Rico y plural, a mi modo de ver. De entre esas voces, emerge, limpia y nítida, la de Asunción Escribano. Si aún no la ha escuchado, este es un buen momento.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.