20.4.26
Decimonónica
De Salas (Madrid, 1999), ya sorprendió con Los reales sitios,
un libro de calidad ineludible. Pagaba, según su editor, Unai Velasco, “los
peajes que se le piden al poeta: singularidad, presencia en el mundo y
articulación de la lengua”. Vuelve a apostar por él y el salto adelante
impresiona. Alude en su nuevo prólogo a la poesía poética y a “la
estética marica” que lo vertebra, menciona a Álvaro Pombo y resalta su
“cumplida dimensión epopéyica” en torno a la historia decimonónica española de
la época de Isabel II (con obras de ingeniería como el canal que lleva su
nombre y guerras carlistas), siglo al que este libro remite sin renunciar a la
modernidad y, lo que considero más importante, a hacer avanzar la poesía por
caminos no transitados.
Consta de siete partes. La primera se centra en el citado cauce
artificial, a partir de textos de Severino Bello, “el ingeniero”. Ya se aprecia
ahí la originalidad del proyecto lírico (léase “El curso alto”) y una voz
sólida que no parece, paradójicamente, lírica. El lenguaje documental y técnico
se transforma con naturalidad en poesía y el formato soporta el uso de la prosa,
del versículo o del verso, digamos, tradicional, que domina y cincela para
darle aspecto de sentencia. Tanto da que en el poema extenso como en el breve. En
la deliberada clasicidad o en la arriesgada experimentación (como en “Arbre
magique”). El oído siempre disfruta.
También pronto comprueba el lector que De Salas no le hace
ascos, al revés, a la transgresión y al desenfado, al juego y al humor (así, en
“El ancho ibérico”), hable de amores, de política, de trenes, de ciudades o de
arquitectura (lo que me ha recordado al Aníbal Núñez de Alzado de la ruina o
al Ferlosio hidráulico). Tampoco a la experimentación, como en esos poemas que
fluyen como sólo un río sabe hacerlo, sin atender a la puntuación ni a otra
cosa que no sea ritmo y discurso, o al usar el fanfic. No se sale
indemne de El siglo. Turba.
Juan de Salas
Ultramarinos, Barcelona, 2025. 160 páginas. 18 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
El afán infinito
Esperanza Ortega (Palencia, 1953) reunió en Diario de lo
no vivido (2020) su poesía completa. Desde 2002, ha mantenido un prolongado
silencio sólo roto por la publicación de Las cosas como eran (2009), prosas
memorialísticas.
Se refería Tomás Sánchez Santiago en el prólogo de Diario…
a la “resistencia a abandonar la espera a pesar de las opacidades del tortuoso
proceso de la creación poética”. Ese “mucho tiempo de espera” ha dado sus
frutos: Los versos de mi amiga, una obra luminosa dominada por un hondo
sentimiento de compasión.
Se abre con los versos de Arnaut Daniel: Nunca la tuve /
pero me tiene. La poesía, sí, “que me posee sin que yo la posea en absoluto”.
Luego anota: “Tras un largo periodo de aridez, he oído la voz de una mujer que
me dictaba el eje fundamental de mi escritura”. Atenta a esa voz que le dicta
lo sentido desde una aparente otredad, los sugestivos versos de las ocho
secciones y un poema final que componen este libro único, en el doble sentido, atravesado
por la dicha de volver a escribir: “Escribir un poema te llena de dicha”. Y
hacerlo en las postrimerías, cuando “pasa el amor y se aproxima el miedo, /
nacen los nietos y mueren los amigos”.
Aunque nunca haya pretendido ”usar un lenguaje de índole
utilitaria” (TSS dixit), la claridad de esta lírica, su feliz tono doméstico
con detalles incluso de humor, dista de la suya de antaño, más sucinta, reticente
y minimalista. Eso no obsta para que en “Copos de nieve Oración)”, seis poemas
breves en forma circular, juegue con la poesía visual.
Aquí, la desaparecida casa familiar, las manos de la madre, los
rasgos de su padre, el proceso creativo, los niños y los jóvenes, su elegida
“horma de mujer” (“¿Qué hubiera sido yo / de haber nacido hombre?”), la nieve, los
inmigrantes, la amistad, las hermanas, “la vida pequeña”, los muertos (la
muerte) y las fosas. Aquí, “los versos de alguien que ha vivido” y que, si
resucitara, volvería a “escribir un poema”.
Esperanza Ortega
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026. 144 páginas. 14 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
19.4.26
Francisco Onieva lee "Territorio"
LA HONDURA DE LO TRANSPARENTE
Por Francisco Onieva
Reunir cuarenta años de creación poética es una decisión
crucial y compleja, pues el escritor se enfrenta a la exigencia de revisar toda
su producción. Además, supone una especie de reivindicación, que deviene en consagración
cuando se materializa en una impecable edición de más de setecientas páginas
aparecida en una editorial como Tusquets, dentro de su mítica colección Nuevos textos
sagrados.
Más allá de la belleza física del volumen, sobrecoge la
profunda coherencia y unidad de 'Territorio (Poesía reunida 1985-2025)'. No son
muchos los autores que pueden titular una obra de esta envergadura con el título
de su primer libro. Valverde lo hace y muestra cómo en su ópera prima bullía la
idea axial de toda su escritura: la identidad de un espacio que desborda la
coordenadas geográficas y deviene en un ámbito literario a través del cual
tantear el misterio de la existencia.
Como evidencias de estas cuatro décadas de creación
ininterrumpida, el poeta placentino reúne los trece libros publicados y tres
'plaquettes', a los que añade un inédito, 'Geografías del jardín', además de
siete poemas recuperados que aparecieron en di- versas publicaciones
periódicas; sin embargo, decide eliminar gran parte de las composiciones que
formaban su primer libro y los dos cuadernos siguientes, al considerar- las
simples ensayos o tentativas.
Bajo el título de 'Primeros poemas', nos ofrece el primer
poema en el que se reconoce, «Hojas de acanto y rosas», cuyo último verso,
«Hagamos de este lugar un territorio», es toda una declaración de intenciones; y
una exigente selección tanto de 'Territo- rio' (1985) como de 'Sombra de la memoria'
(1986)y 'Lugar del elogio' (1987), donde están presentes ya algunos de sus
ternas característicos: la mirada reflexiva, la melancolía, el arraigo a su
tierra y la escritura como ámbito de la evocación. Sobre estos ejes temáticos
articula 'Las aguas detenidas' (1988), con el cual inicia un proceso de depuración
estilística que busca liberar a la pa-labra del barroquismo y de la influencia culturalista
precedentes, al tiempo que aligera la sintaxis y la cadencia del verso blanco.
Así llegamos a un primer punto de inflexión, la aparición en
1991 de 'Una oculta razón', donde la mirada contemplativa brilla A través de la
palabra precisa, ofreciendo una apuesta poética en plenitud, en la que amplía
el espectro temático: la convivencia con lo inefable, la palabra como instrumento
para configurar el cosmos y para conocerse, la evocación de la infancia, la
lectura como lugar de encuentro, los paseos por la naturaleza o la familia.
Este universo poético se enriquece con 'A debida distancia' (1993), cuyo titulo
remite al poema XI de 'Las aguas detenidas', donde maduran nuevos temas como la
otredad y se consolida el camino de depuración estilística y de pulcritud
formal que llevará a otro de sus libros esenciales, 'Ensayando círculos' (1995)
-título tomado de un poema del libro anterior-, que apareció en la que será su
casa desde entonces, Tusquets. En este poemario, Val-verde se adentra en la
incertidumbre y en la orfandad que esta genera y tantea las limitaciones
lingüísticas para expresar lo absoluto. De forma paralela a este volumen es-cribe
la 'plaquette' 'Los marinos inmóviles' (1996), un poema en prosa construido a
base de fragmentos que abordan la incertidumbre, y 'El reino oscuro' (1999), un
extenso poema dividido en siete fragmentos o cantos, inspirado en la mítica
comarca alto-extremeña de Las Hurdes y otras comarcas vecinas, en el que ahonda
en los límites y obsesiones que sostienen su poesía.
La aparición de 'Mecánica terrestre' (2002) supone otro hito
en su trayectoria: profundiza en las claves planteadas en 'Ensayando círculos',
con variaciones formales y tonales, mostrando la actitud perpleja de quien
contempla y admira el mecanismo ci-frado del mundo. Además, aborda la escritura
como ámbito de la memoria, la reflexión sobre el hecho creativo, la búsqueda de
lo absoluto a través de espacios familiares como el jardín o la casa, la
otredad y el viaje vital y literario. Para ello su mirada reflexiva se abre a
lo visionario y aborda lo inefable cotidiano del amor.
Así llegamos a su mejor libro, 'Desde fuera' (2008), cuyo
título es un homenaje a César Simón, con quien dialoga en el poema homónimo. El
yo poético contempla el alrededor y, al mismo tiempo, se asoma a las profundidades
interiores, acudiendo a la palabra parca y sobria, contenida eficaz,
sencilla y reveladora, esencialista y existencialista, callada y significativa.
Con estos mimbres tantea nuevas aproximaciones a sus temas característicos: la
otredad, el viaje-unido al amor a su familia-, el recuerdo de los familiares
ausentes, los lugares que forman parte de uno, las lecturas y los autores que
configuran la propia interioridad, su tierra como elemento modulador de su mirada
y de su pensamiento.
Esta tierra será el magma de 'Plasencias' (2013), una
declaración de amor y de dolor a la ciudad que lo vio nacer y en la que ha vivido
siempre, que, aunque haya estado presente en todos sus libros, es la primera
vez que aparece de forma explícita tanto a través de diversos enclaves
intramuros como de los parajes colindantes, que sirven de asidero al poeta,
quien evoca distintas peripecias emocionales al hilo de los mismos.
Con más 'Más allá, Tánger' (2014), cuyo título remite al
cierre de un poema de 'Desde fuera', el estilo valverdiano alcanza una parquedad
y austeridad casi impresionista, a pesar de ser su libro más narrativo. Nacido del
gusto del poeta por las ciudades decadentes, en él se entrecruzan dos voces: la
de una mujer que regresa a la ciudad donde nació y la de un sujeto poético que
la visita por primera vez. Este proceso de depuración se acentúa desde 'El
cuarto del siroco' (2018). Pese a que sus poemas hayan sido escritos a lo largo
del nuevo siglo y muchos hayan ido viendo la luz en distintas revistas
literarias, el conjunto presenta una profunda unidad de tono, de pensamiento y
de estilo, lograda a través de un sosegado proceso de relectura y corrección. A
partir de la imagen de una estancia de las casas patricias sicilianas que servía
de cobijo frente a dicho viento, construye toda una metáfora de la poesía y de
su apuesta estética.
En la misma línea se encuentran 'Extremamour' (2022), un proyecto con el
fotógrafo suizo Patrice Schreyer, quien visitó distintos lugares de Extremadura
para sacar 68 instantáneas que se publicaron acompañadas por sendos pareados; y
'Sobre el azar del mapa' (2023), titulo tomado de un alejandrino de su primer
libro, que se articula en dos cuadernos inspirados en sendos viajes: «Cuaderno
de Sofía», donde celebra la belleza decadente de la capital búlgara y su
mestizaje cultural, y «Cuaderno suizo», dedicado a las ciudades de Grandson y
Ginebra, en el que, además del asombro ante la nueva realidad, homenajea a distintos
poetas que vivieron o tuvieron relación con la capital helvética (Borges, María
Zambrano, Valente, Costafreda, Gimferrer o Aquilino Duque).
Semejante parquedad y concreción alcanza su máxima expresión
en el inédito 'Geografías del jardín', cuya incorporación refuerza la idea de
obra en marcha. Son cuarenta y ocho poemas breves, cercanos al haiku -algunos lo
son-,en los que la sugerencia y el silencio se imponen. La aparición de
'Territorio' es, pues, un motivo de celebración para el lector, que va a
encontrar entre sus páginas una de las voces más personales de la actual poesía
española, que ha conseguido construir desde la periferia, libro a libro, con
humildad y honestidad, un poesía contenida, reflexiva, de expresión diáfana,
con una clara dimensión moral, que transmite con naturalidad el misterio de la
experiencia poética a través de una palabra cercana, cotidiana, despojada, en
cuya prosodia resuenan las inquietudes del hombre tranquilo que observa con la
mirada perpleja aquello que lo rodea y de lo que se sabe parte.
Suplemento Cuadernos del Sur, diario
Córdoba, 18 de abril de 2026
18.4.26
Enrique García Fuentes lee "Territorio"
Poesía. Tusquets reúne en Territorio la obra poética del
placentino Álvaro Valverde entre 1985 y 2025
Por Enrique García Fuentes
Diario HOY. Sábado, 18 de abril 2026
La aparición de este volumen que recopila la práctica
totalidad de la producción poética de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), una de
las voces incuestionablemente más propias y preclaras de la poesía
española contemporánea, solo cabe ser saludada como uno de los acontecimientos
literarios de este año, sin discusión de ninguna clase y por muchos más
interesantes que lleguen y ojalá tengamos la suerte de disfrutar. Conviene
decirlo cuanto antes y si hay alguien remiso a llegar hasta el punto final de
estas palabras ya puede dejarlo si tiene prisa porque lo básico y esencial ya
ha sido enunciado.
Para la construcción de una obra sólida, coherente e
inmarchitable solo cabe un trabajo intenso y dedicado con el material empleado
para erigirla, la palabra, evidentemente, en este caso; esa juanramoniana
palabra que logra encontrar el nombre exacto de las cosas y que queda plasmada
desde el mismo título (y subtítulo) de esta compilación de cuarenta años de
poemas inobjetables. Hace muchos años que nombrar a Valverde venía
irremediablemente seguido de ese inolvidable 'Hagamos de este lugar un
territorio', que aparecía en su primer poemario y que, como hemos visto, sigue
sintetizando de manera exacta su ya amplia producción. Por eso es lógico que dé
título a esta reunión de altos vuelos y resuma con su significación el logro
fundamental de su poesía: haber acotado una porción cada vez más amplia y
coherente que le asegura un lugar de privilegio en el superpoblado terreno de
la poesía actual que le es propio, identificable y que, gentilmente lleva
compartiendo con nosotros tantos años. Por otro lado, elegir 'reunida' (y no
'completa') como complemento del núcleo 'poesía' garantiza (y tranquiliza:
'completa' tiene mucho de 'acabada') que, dentro de –esperamos– muchos años
Valverde no tenga de añadir (a lo Guillén) un '… y otros poemas' cuando le dé
por volver a editarla, igual de fresca que ahora, pero muy ampliada por
venideros versos.
Para lujo de apasionados y exegetas, este Territorio
compendia –además de los libros editados en su momento por el poeta– un amplio
ramillete de poemas publicados en otros formatos: revistas, homenajes,
misceláneas, etc.; un libro inédito hasta la fecha, Geografías del jardín, tan
vinculado y bien inserto como corroboración de la solidez de su obra, y varios
apéndices, como uno que detalla cronológicamente los volúmenes hasta ahora
dados a la imprenta y, por si fuera poco, como indispensable coda, el extraordinario
epílogo en el que, con su habitual maestría, Gonzalo Hidalgo Bayal dilucida
acerca de la inquebrantable unidad y coherencia de la producción poética de
Valverde, calidades que, como muchos reconocen, son los pilares sobre los que
se sustenta. Un exhaustivo análisis redactado con la facundia cercana de un
autor que, con sus palabras explicita, a la vez que magnifica sin alardes
hagiográficos, la producción del poeta placentino.
El resto queda explicado en su interior por el propio
Valverde cuando toma la palabra, devoto siempre de no dejar cabos sueltos, a la
hora de declarar el proceso que ha conducido a la selección de lo aquí
publicado: la 'limpieza' de algunos poemarios, la disposición adoptada en lo
que ahora ofrece, la procedencia de los poemas sueltos no incluidos en libros,
etc. El hecho de disponer ahora en un solo volumen de tal cantidad de
indiscutibles versos permite, por ejemplo, apreciar una evolución que en absoluto
empece su claro carácter unitario ya señalado, desde la poesía hondamente
meditativa de sus primeras entregas, de versos largos, de sintaxis complicada
que nos obligaba a estar atentos para no perdernos, hasta la aparente (insisto:
aparente) liviandad de sus últimos libros.
Como la de los grandes, la producción poética de Valverde
transciende (aunque no me termine de gustar del todo el verbo, dadas sus
connotaciones un tanto mesiánicas, aplicado a un poeta que ha logrado hacer del
lenguaje cotidiano y sin alharacas un discurso factible y asumible para todos)
desde ese territorio consuetudinario donde habita (y reflexiona). Adobándolo
con vivencias obtenidas de periplos más lejanos -más habituales en la medida en
que las circunstancias jubilosas de la vida permiten esos tránsitos- y lecturas
continuadas –y perfectamente asumidas, dada la atención, rayana casi en la
unción con que son atendidas– acaba convirtiéndose en toda una novela que
leemos como si de nuestra propia vida se tratase (o al revés, como si en esa
vida suya que reconocemos latiera también nuestra particular novela). No eran
caprichosas –un adjetivo discordante con nuestro poeta– las citas elegidas para
orlar la entrada al monumento, la de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy
haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su
continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y la del
menos conocido Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»). Lo
que encontramos a continuación no hace sino remachar la idea de que poesía y
vida son términos inseparables y deben recrearse el uno en el otro. Álvaro
Valverde hace tiempo que ostenta una incuestionable categoría de 'clásico', la
publicación de este indispensable volumen no hace más que corroborarlo.
16.4.26
Una entrevista en el HOY
Agrupa toda su obra en Territorio: Poesía reunida
(1985-2025) que presenta este jueves a las 19.30 horas en la Biblioteca
Pública de Cáceres
Cristina Núñez
Diario HOY
Cáceres, 16 de abril 2026.
La primavera trae un acontecimiento literario de
altura. Álvaro Valverde (Plasencia,
1959) reúne su trabajo poético de cuatro décadas en 'Territorio: Poesía reunida
(1985-2025)' (Tusquets). Bajo el nombre de su primer libro, que contiene el
célebre verso fundacional 'Hagamos de este lugar un territorio', compila una
amplísima e ininterrumpida trayectoria en la que cuenta con hitos como el
premio Loewe en 1991 por 'Una oculta razón'. La obra incluye también un
poemario inédito 'Geografías del jardín', escrito durante la pandemia. «El
resultado es una poesía a la que no dejamos de volver porque es hospitalaria y
se deja habitar; una poesía que nos habla en tono de confidencia de eso que
pasa ante nosotros y a menudo no percibimos, real como la vida misma», glosa el
crítico Jordi Doce.
Este jueves se presenta a las 19.30 en la Biblioteca de
Cáceres, en donde Valverde estará acompañado del profesor de la UEx Miguel
Ángel Lama y la también profesora y poeta Irene Sánchez Carrón. Se trata de una
nueva cita organizada por el 'El aula de la palabra' de la asociación
Norbanova.
–¿Cómo se ve 40 años después de la publicación de
'Territorio'?
–El verano pasado di el apretón final antes de la
publicación de este libro y había que decidir retocar algún poema, eliminar
alguno y hacer esa constante relectura a la que nos sometemos los poetas. Ha
sido bastante duro, porque te enfrentas a poemas que escribió alguien que tú reconoces relativamente, porque todos vamos cambiando en la vida. Es verdad que
yo he mantenido una voz, una línea, un tono a partir de 'Una oculta razón' que
no ha variado grandemente. Se ha ido depurando, comprimiendo y eliminando al
máximo todo tipo de adorno y de retórica, pero al fin y al cabo hay lo que la
crítica señala como coherencia. Y una vez que sale el libro y que se pone en la
calle en manos de los pocos o muchos lectores también hay una especie de bajón,
porque uno se enfrenta a lo que ha hecho y no sabe realmente su valor, eso
tiene que ser la crítica o los lectores quienes lo validen.
–¿Siente que ha traicionado a ese poeta de veintipocos
años que publicó 'Territorio'?
–No, la evolución ha sido hacia lo positivo y en ese sentido
me siento ciertamente aliviado. Del libro primerizo de aquel poeta demasiado
joven he eliminado partes porque no me siento identificado. De los últimos
libros los retoques han sido muy pequeños porque me he sentido seguro.
–Volver hacia esa poesía del pasado y de alguna forma
limpiarla no deja de ser un ejercicio de humildad.
–Sí, en esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde
es un auténtico loco. En este género (que Antonio Gamoneda duda que sea un
género) estás enfrentado a ti mismo irremediablemente. No es solo que mi poesía
sea bastante autobiográfica, sino que uno está ahí y no ha encontrado otra
manera de conocer el mundo que le rodea, así que hay que tener mucha humildad.
Y es verdad que yo no soy un Juan Ramón o una Pureza Canelo, yo no soy capaz de
reelaborar y de reescribir constantemente lo que he escrito. Son detalles,
palabras, un verso, un título, una cosa muy menor.
–Una cosa es la creación como tal y otra la publicación,
los premios, todo ese mundo que rodea lo literario. ¿Cómo lleva esa parte de su
oficio?
–Los críticos, algunos premios en su momento (yo desde 1993
no me presento a premios, considero que hay que dejar el paso a los que son
jóvenes), antólogos, familia que te permite dedicarte a esto,
ensimismarte...todo eso son pequeños pasos que suman. Poetas hay más que
piedras, pero qué pocos llegamos en una edad provecta en esto de la poesía. Yo
he tenido suerte. Son pocos premios pero premios significativos los que tengo.
El Meléndez Valdés (que logró en 2018) se ha concedido ahora a un poeta excelente
que es Abraham Gragera. Es un premio que te dan, que no te presentas, que son
los que gustan.
–Fue director de la Editora Regional. ¿Ciertas labores
administrativas o de gestión cómo se compaginan con la creación?
–Estuve desde 2005, tras la muerte de Fernando Tomás Pérez,
otro de mis editores, y hasta 2008 que llega Luis Sáez. Yo pude dedicarme a
buscar qué libros editar y a seguir editando los que ya estaban previstos por
mi antecesor, porque yo pretendía mantener el gran nivel que él había logrado.
Fueron unos años apasionantes, es verdad que me rozaba la parte política y que
yo estaba al servicio de un consejero y de unas obligaciones, pero resultó una
tarea apasionante.
–¿Cómo está Extremadura en lo que pudiera llamarse alta
cultura y en la poesía?
–Estamos bien. Me apena que en las dos últimas antologías de
poetas del siglo XXI ( 'El tiempo está cambiando', de la colección Vandalia y
'Un estallido' en Cátedra), no haya ningún poeta extremeño. Desde los 80 para
acá el nivel no ha decaído, estamos en el panorama nacional, indiscutiblemente,
en lo que a poesía se refiere, muy bien, y hay antologías como la de Dionisio
López ('Los Últimos del Oeste'), que lo ponen de manifiesto. El libro de
crítica que saqué, 'Lecturas a poniente', de la Editora hace dos años demuestra
que el nivel es alto. Extremadura no tiene por qué sentirse acomplejada.
–¿Cuáles son en su opinión los hitos que han contribuido
a ello?
–Hubo un primer estirón con el presidente Rodríguez Ibarra y
el consejero Paco Muñoz para mí imprescindible. La Editora Regional ha sido
capital en todo ese proceso porque suele ser el sitio en el que publican sus
primeros libros los poetas o narradores extremeños. Las aulas literarias de la
Asociación de Escritores que puso en marcha Ángel Campos también fueron un hito
fundamental y también podemos extendernos a lo que tiene que ver con el arte,
fundaciones, museos, porque la poesía no está aislada. Los que empezamos en los
80 no teníamos tantos referentes, con todo mi respeto a Delgado Valhondo,
Pacheco o Lencero. Santiago Castelo o Pureza Canelo eran poetas importantes
pero estaban fuera.
15.4.26
Un poema en Códice
En el número dos (agosto de 2023) de Códice. Revista de Poesía, una publicación cuatrimestral, con una tirada de 300 ejemplares y sedes en Nueva York y Lima, que dirige el poeta Miguel Ángel Zapata, profesor de Hofstra University, en concreto del Dept. of Romance Languages & Literatures situado en Hempstead, vio la luz mi poema "Ruinas", que ahora reproduzco.
Llega con cierto retraso el ejemplar en papel, pero, al sostenerlo en las manos y contemplarlo (hay un Klee en la portada), agradezco aún más la invitación de Zapata, que acaba de publicar en Pre-Textos Escribo caminando. Antología poética (1983-2025).
La edición es hermosa y está bien cuidada. Y muy agradable (salvo alguna inevitable excepción) la compañía del índice. Que esté impreso por Máquina Purísima Editores bendice el excelente resultado.
RUINAS
Esta vieja ciudad, las sucesivas
ciudades que la han ido conformando
a través de los siglos y la historia
hasta darle el aspecto que ahora tiene,
es la razón de ser de quien, ajeno,
la observa desde fuera y sólo encuentra
las ruinas de su vida dispersadas
por el hosco interior de un laberinto
de calles tan oblicuas como el tiempo.
10.4.26
8.4.26
Una forma de perseverancia
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicó su primer libro en 1983. Le siguieron los agrupados, salvo ése, en Los bosques de la mirada y
algunos más, entre ellos He
heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que obtuvo los premios
Loewe y Meléndez Valdés de la crítica, y la antología Debajo de la nieve
todo está por hacer. Sostiene que ni el verso ni el poema, que el libro es su
“unidad de medida” en poesía.
Si por algo se caracteriza la obra poética de Sánchez es por
su coherencia. Y por su honestidad, cabe matizar. Leyendo el segundo tomo de
sus memorias, el poeta andaluz Jacobo Cortines decía algo a propósito de la
pintora Carmen Laffón que se me antoja válido para estimar la trayectoria del
cacereño. Bastaría con cambiar un nombre por otro y pintura por poesía.
Quedaría, con el tácito permiso del autor de La edad ligera, así: “Humanismo
como axiología, como escala de valores, que en Basilio Sánchez serían la verdad
creativa, lejos de toda retórica de la corrupción, sentimentalista o
preciosista; la conciencia crítica sobre su quehacer: esa continua exigencia,
de un lado, y el rechazo de la autocomplacencia; la lucha por alcanzar la
perfección deseada, con la asunción de sus dudas, riesgos y fracasos; la
entrega a la obra por encima de cualquier tentación de gloria o beneficios
económicos; la indagación en lo que le rodea para profundizar en sí misma y
comunicar a los otros esos hallazgos, para que a su vez ellos se encuentren a
sí mismos. Su poesía al servicio del hombre, teniéndolo siempre como eje”.
Esa coherencia y esa honestidad no se improvisan. Ni surgen
por azar. Debe mediar la voluntad y la inteligencia. Lo demuestra la capacidad
del médico y humanista no sólo para escribir verdadera poesía, sino también por
ser capaz de revelar las ideas que sustentan su creación. Se refirió Octavio
Paz a la imposibilidad del poeta moderno de no especular acerca de su oficio; de
disociar los poemas que compone de la poética que los respalda, digamos. Eso es
lo que pone de manifiesto este libro, donde resulta casi imposible distinguir
entre teoría y práctica. No es la primera vez que Sánchez afronta el reto. Lo
hizo en El cuenco de la mano y La creación del sentido,
dos entregas que podrían pasar por poéticas: por el asunto del que se ocupan y
por la escritura que las identifica. Esos fragmentos trazarían, según él, un “recorrido
[…] que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor”. De
esa tarea, la de una vida, da cuenta este libro, que no deja de ser una suerte
de autobiografía lírica.
El título procede de cómo denominaron los judíos del siglo XVII
a la ciudad de Ámsterdam: Makom, “el buen lugar”, “un estado esperanzado del
alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a
todos los judíos de la tierra” (por lo que dijo Tsvietáieva).
Sirviéndose de “un decir fragmentario” con tono de diario o
cuaderno de campo (“concibo la poesía como una suerte de diario en el que se
registra la experiencia vital y espiritual del poeta a lo largo del tiempo de
su escritura”) y de iluminaciones aforísticas, donde abundan numerosas citas
que dan cuenta de su loable condición de lector con criterio (incluso de lo
propio), Sánchez nos ofrece sus pensamientos (éste es un libro de meditaciones),
su concepción de la poesía: su poética, pero también, y esto es novedoso, lo
que el poeta es o representa. Una actitud ante la vida. Ya en los últimos
libros de poesía (inseparables, insisto, de éste) había usado la metapoesía con
la misma pericia, pudor y naturalidad que definen su manera de decir: “Yo creo
que la poesía […] debería ser escrita […] sin adornos y sin experimentos,
persiguiendo la verdad de las cosas como si en ese intento nos jugásemos
nuestra supervivencia, alojándonos en la casa de las palabras con la íntima
misión de que la naturaleza de los afectos termine por imponerse a la amenaza
constante de la disgregación y de la muerte”. Como Zagajewski, aspira a una
poesía “limpia, reposada y paciente”. Siguiendo a Walcott, afirma que “los
mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo
especifico, que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción
de los orígenes de cada uno, de sus raíces intimas y geográficas. Y yo
creo que es así, que es sólo sobre una geografía privada, casi doméstica, sobre
la que el poeta consigue levantar, a la manera de los miniaturistas, con la
humildad y la naturalidad del que busca un sentido a su escritura entre los
seres y las cosas que comparten su existencia con él, su particular cosmogonía”.
Pretende “construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de
acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que
podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
Resulta imposible incluir en una breve reseña lo que este
libro contiene. A su modo, es interminable. Está concebido para ser leído con
la misma lentitud que busca para sus versos. Su densidad así lo exige.
La ética y los otros, la melancolía, lo sagrado, la
infancia, la pandemia, la mirada atenta y lo contemplativo, la tradición
meditativa, la mística, las cosas, la claridad y la luz, el dolor, la
imaginación, la naturaleza, el misterio, la realidad y la muerte (“mi trabajo
diario convive con la muerte”) son algunos de sus temas.
“La poesía, dice, se reduce a algo tan sencillo ―y a la vez
tan difícil― como nombrar”. “Me empeño en lo menudo”. Es “compañía”. Abundan
las referencias al silencio y la soledad, a la simplicidad y al despojamiento, a
la discreción y a lo doméstico, a la “media luz” (la luz de la poesía) y a
quienes hablan, como él, en “voz baja”. Cree, en fin, que la poesía “es la
forma más alta de quietud”.
Sánchez ―un hombre corriente y de provincias― escribe como
es. Y “para ser”, como V. Ferreira. Por necesidad. Estas páginas inspiradas dan
fe de lo lejos que pueden llegar las palabras pequeñas, humildes y concretas,
las expresiones claras. A construir un mundo, lo esencial del poeta para Pound.
Pre-Textos, Valencia, 2025. 228 páginas. 18,00 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA. Número 157-158. 2026.
5.4.26
Juan Ramón Santos lee "Meditaciones..."
Pensándolo bien no pudo estar más acertado Álvaro Valverde
cuando, para dar titulo a la antología que publicó hace unos años en La Isla de
Siltolá, eligió el de Un centro fugitivo, pues si tenemos en cuenta lo
que acaba siendo una obra poética ―la que, llegado el momento (se entiende que
al alcanzar una extensión suficiente o significativa), alguien decide antologar―
su núcleo estaría formado por un puñado de asuntos que ocupan o preocupan al
autor y en el que, a base de darles vueltas, de ―podríamos decir―
centrifugarlos, se acaban viendo envueltos otros temas en principio menores o
secundarios que poco a poco van dando cuerpo al conjunto dotándolo de espesor,
de volumen, de complejidad, convirtiendo esa obra en algo parecido a lo que en
Filosofía llaman un sistema, una visión completa pero no me atrevería a decir
que coherente ―pues entiendo que no es ese el propósito de la poesía― sobre el
mundo. Llega entonces, como señalaba, el momento de escoger, de antologar, y
supongo que al hacerlo cabe optar por, al menos, dos criterios, el del florilegio,
el de lo selecto, el de escoger lo que se considera más acabado y perfecto
dentro de la producción del poeta, o el temático, ya sea en torno a lo
accidental ―poemas de amor, de naturaleza, etc.― o a lo esencial, lo que se
considera que está en el origen, como una suerte de primer motor, de toda esa
labor literaria.
Pues bien, esta última posibilidad es la que explora Meditaciones
del lugar, la antología de la obra de Álvaro Valverde llevada a cabo por
José Muñoz Millanes y publicada por Pre-Textos, que articula el recorrido por
su poesía en torno a dos nociones que se encuentran ya en el propio título, la
de lugar y la de meditación, dos nociones, como Muñoz Millanes señala en
prólogo, tan ligadas entre sí como en ese sintagma, en la medida en que, como
afirma refiriéndose a autores tan relevantes como Valente, Unamuno o T. S.
Eliot, «la composición de un lugar (...) suscita la meditación, una reflexión
encaminada a dar sentido a la experiencia», algo que estaría en el núcleo
esencial de la obra del placentino. La idea me parece, desde luego, acertada,
pues para corroborarlo solo hay que acordarse de alguno de esos poemas suyos
tan frecuentes ―y podría señalar como ejemplo uno de mis favoritos, «Estela»,
de Ensayando círculos― en los que, a lo largo de un paseo (otro motivo
frecuente y fundamental en su poesía), la voz se enfrenta a un jardín, un árbol
o una casa abandonada que suscitan la duda o la reflexión y la llevan a
indagar, en último extremo, en el misterio de las cosas.
Esos lugares a los que el autor a menudo se enfrenta son,
principalmente, el jardín, el patio o la ciudad amurallada, lugares pequeños y
cerrados que, paradójicamente, acaban por envolver toda la realidad entero en
un ir y venir no menos paradójico que hace que, cuando el poeta se abre y sale
al mundo ―y estoy pensando en algunos poemas del libro Desde fuera
ambientados en ciudades distintas de la propia, pero también, por ejemplo, en
el libro Más allá, Tánger en su conjunto―, la sensación que uno tiene es
la de que se acaba fijando en lo que tiene de reducto, de patio, de jardín, de ―utilizando
el título de otro de sus libros― cuarto del siroco, de lugar donde
buscar refugio, no sólo (aunque también) porque el propio mundo es a menudo un
lugar inhóspito y desapacible, pura intemperie, sino porque el poeta necesita ―y
vamos con el segundo elemento o noción en torno a la que se articula la
antología― un espacio para la meditación, para reflexionar, a fin de cuentas,
sobre los grandes temas en torno a los que suele girar la poesía, en su caso
concreto y sobre todo, la pérdida, el paso del tiempo, lo que somos, lo que
fuimos o la huella que dejaremos tras nuestro inestable y precario paso por la
vida, todo ello marcado por un aire de melancolía que muchos reconocerán como
marca de la casa y que yo diría que es lógico y necesario, porque reflexión y
melancolía tienden a ir de la mano aunque sólo sea por una razón práctica, que
los alegres, los enérgicos o los optimistas felices.
Por esos derroteros discurre, en definitiva, Meditaciones
del lugar, un libro en el que no está, claro, todo Alvaro, ni tampoco todos
los álvaros (y me estoy acordando, por poner un ejemplo, de un tipo de poemas
suyos relativamente frecuentes en los que encarna la voz de un personaje,
normalmente histórico, normalmente un escritor o un artista, para descubrirnos,
a través de esa voz ajena, una visión del mundo que también es la suya), pero
la sensación que uno tiene al leerlo (y es un placer hacerlo) es la de haber
recorrido todo Álvaro Valverde y la de comprender mejor el todo atendiendo sólo
a esa parte, la que Muñoz Millanes selecciona siguiendo las pistas del espacio
y la meditación.
Si acaso, por ponerle al volumen una pega menor, echo de
menos que, habiéndose publicado en 2024, no haya incluido también algunos
poemas del último libro del autor, Sobre el azar del mapa, de 2023, en
el que tan presente están también las nociones de lugar y meditación, tanto en
el
«Cuaderno de Sofía» como en el «Cuaderno suizo», buena muestra de esa curiosa
jugada de ajedrez del poeta con la que, en lugar de enrocarse en su territorio,
el que fundó ya en sus primeros poemarios, lo ha ido desplegando cada vez más,
ampliando jugada a jugada la posición de sus piezas en el tablero, para seguir
afirmando una verdad, su verdad poética, cada vez más sólida y más grande.
En Revista de Estudios Extremeños, número 2, año
2025. Diputación de Badajoz.
28.3.26
Volver a la vida
Jordi Doce (Gijón, 1967) es licenciado en Filología Inglesa
por la Universidad de Oviedo. Fue lector de las universidades de Sheffield
(allí obtuvo un Master in Philosophy y se doctoró con una tesis sobre la
influencia del romanticismo inglés en la poesía española
contemporánea) y Oxford. Llevó a cabo labores de edición en la revista Letras
Libres, el Círculo de Bellas Artes de Madrid y la editorial
hispano-mexicana Vaso Roto. Durante su juventud participó en la creación
de varias colecciones de poesía en su Asturias natal y ha sido codirector de
otra: Voces sin Tiempo, de la Fundación Ortega Muñoz. En la
actualidad es coordinador de la de poesía de Galaxia Gutenberg y ejerce la
crítica en el suplemento El Cultural.
Aunque su obra se centra en la poesía (es autor de los
libros La anatomía del miedo, Diálogo en la sombra, Lección de
permanencia, Otras
lunas, Gran angular, No estábamos allí, Maestro de distancias y
de las antologías Nada se pierde. Poemas escogidos, 1990-2015 y En
la rueda de las apariciones. Poemas, 1990-2019 ―además de algunas publicadas
en el extranjero con poemas suyos vertidos al inglés, rumano, francés, árabe o
italiano―, y traductor de numerosos poetas en lengua inglesa, como W. H. Auden,
Paul Auster, William Blake, Anne Carson, T. S. Eliot, Ted Hughes, Sylvia Plath,
Charles Simic, W. B. Yeats y otros, entre los que se cuentan los de la muestra Libro
de los otros), Doce es autor de una considerable obra en prosa que incluye
volúmenes de ensayo (Imán y desafío. Presencia del romanticismo
inglés en la poesía española contemporánea; Curvas de nivel; La
ciudad consciente. Ensayos sobre T.S. Eliot y W.H. Auden; Las formas
disconformes. Lecturas de poesía hispánica; Zona de divagar. Ensayos y
fragmentos; y La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana
contemporánea), diarios (La puerta del año, La vibración del
hielo y La vida en suspenso. Diario del confinamiento) y los que forman
parte de lo que podría denominarse “escritura miscelánea”: Bestiario del
nómada, Hormigas blancas, Perros en la playa y Todo
esto será tuyo. A esta última categoría pertenece La insistencia, un
título que queda explicado en esta anotación: “El final de la página no acaba
de llegar. Siempre hay sitio, extrañamente, para una nueva línea, y otra, y
otra más. Esa insistencia”. De escribir se trata. El libro “hará todo lo
necesario para existir”. No en vano la primera entrada reza: “Nadie me pregunta, pero no dejo
de responder. Quiero decir: escribo”.
En la “Nota del autor”, explica que “durante el lapso de
escritura de estas páginas, que fueron a la vez amparo y refutación de la
oscuridad, tuve muy presente esta afirmación de Ramón Andrés: «Estoy persuadido
de que todos, sin exclusión, por una cosa u otra, tenemos nuestros propios
cuadernos negros» (Caminos de intemperie)”. Y de cuaderno negro cabe
calificar éste, escrito entre marzo de 2022 y el mismo mes de 2024. En medio,
en 2023, murió su esposa, la poeta Marta Agudo (“ahora que ella no está”) y el dolor
por esa pérdida (que incluye el de años de padecimiento por culpa de su dura
enfermedad) y el consiguiente duelo son inseparables del tono de estas páginas
que, sin embargo, por su contenida sobriedad ―cuestión de carácter, sí, y una
poética en sí misma: la valentiana de la cortedad del decir, la de “las
virtudes de la elipsis”, de “la aridez […] fecunda, hacedora”― no se tiñen de sentimentalismo
ni de lamentaciones.
Si bien abundan los aforismos (un género que Doce ha
demostrado dominar con aportaciones genuinas y personales que le separan de la
abundante mediocridad que su moda ha ocasionado), no faltan las reflexiones, las
citas, las noticias de prensa, los autorretratos (a pesar de que, porque domina
las paradojas, escriba, según dice, para perderse de vista y nunca use la
palabra “yo”)… Breves reflexiones, fragmentos o “astillas”, sobre la escritura
en general y de este tipo heterogéneo en particular; la poesía (que “sólo
dice”, “una piedra que habla”), su propia poética (que llega a poner en
práctica, como ocurre con el poema dedicado a la mensajera Wenzel), los poetas
(siempre declarándose culpables) y los libros ajenos; la ecología, por
generalizar, ya que lo suyo se ajusta sobre todo a las consecuencias del cambio
climático; los otros (hay un componente moral inexcusable en el libro: la
inmigración, la pobreza infantil…); los animales (perros, ballenatos, buitres, rinocerontes,
etc.); o la figura del padre, acaso lo más duro y emotivo del conjunto, donde
Doce desciende a lo confesional.
Se vale de las metáforas, a cada cual más brillante y sorprendente,
para intentar explicar lo que le pasa. A él y, cabe precisar, a quien lee, pues
que nada humano le es extraño.
Quien escribe es alguien ―lúcido, irónico e inteligente― que
viene de lo roto y descompuesto pero que pronto atisba que no está ante un
final inexorable, sino ante un nuevo comienzo. Alguien que está solo, a la
intemperie y en el desierto. En medio del camino. Que negocia con el silencio: “te
absuelve” y “te disuelve”. Que duda y vacila. Quien “tiene delante la
inmensidad, puede verla, pero habla con ella mediante lo pequeño”. Que “observa
más que piensa, y piensa más que escribe; no es gran cosa, pero basta”. Que
cree que “la normalidad no existe más que en la imaginación” y que “todos hemos
nacido en Ítaca” y, por eso, “lo importante es volver”. Que se niega a ser
parte de gremios, clubes o logias sin renunciar a la amistad.
Esta lectura nos dignifica. Parafraseándolo, rezuma
“sensatez o simple sentido de la medida, que es, por lo demás, la otra cara de
la humildad”. Como el edelweiss: “Florecemos ―dice Cadenas― en un abismo”. Como
esa “fuente antigua, algo apartada”, la del “aquí”.
“Me inquieta a veces la oscuridad de estas páginas, su falta
de humor [lo hay: sutil, Arca y Diluvio], su desabrimiento. Entonces viene
Tsvietáieva con las palabras justas: «La pureza del cuaderno es precisamente su
negrura» (El poeta y el tiempo)”, leemos en la página 105. Sólo queda
asentir.
Jordi Doce
Pre-Textos, Valencia, 2025. 134 páginas. 13,00 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA Número 157-158. 2026.
27.3.26
Para la libertad
García Calderón (Badajoz, 1959), doctor en Derecho, es fiscal
desde 1985, docente en universidades españolas y extranjeras, experto en
cooperación para el análisis de la legislación cultural y la defensa de los
bienes culturales, académico de distintas Reales Academias de Granada, Córdoba
y Extremadura, titular de la Academia Europea de Ciencias, Artes y Letras (con
sede en París) y tiene en su haber importantes condecoraciones y
reconocimientos. Fue vocal de la Comisión para la Modernización del
Lenguaje Jurídico.
Como ensayista, ha publicado La protección penal del Patrimonio arqueológico; El Mal de la Muralla; Una ciudad traicionada. La ciudad de Badajoz como temperamento; Una frontera invertida. La Raya de Portugal como antítesis de la frontera; y La era de los nombres ocultos. Sobre la intimidad vencida y la identidad digital.
A pesar de este amplio historial ―relacionado, sobre todo, con el derecho y la jurisprudencia―, nunca ha descuidado García Calderón su vocación poética. Suyas son las palabras: “Normalmente, el poeta verdadero no es aquel que busca y decide esta singular condición, sino aquel otro al que le viene impuesta como una especie de oscuro deber primigenio que, aunque a veces lo desee, no puede eludir. No toma la decisión, es la decisión la que lo toma a él”. Fruto de esa delicada labor, quince libros, entre ellos, La provincia, La moneda secreta, Un lugar en el norte, La soledad partida, Los nudos de la vida, La mirada desnuda, Las visitas de Caronte, Un cuaderno de Tokio o Condición de refugio.
En 2006 apareció en la Editora Regional de Extremadura La soledad partida, una antología prologada por Antonio Carvajal. En ese mismo sello (colección La Gaveta) había publicado Los regalos sombríos (relatos). La revista Ánfora Nova le dedicó en 2009 un monográfico: “Jesús García Calderón: La lúcida voz de la memoria”.
Cuando escribo estas líneas está a punto de salir La ciudad ilustrada. En torno al autor y su obra, que recoge una amplia nota bibliográfica, cinco poemas inéditos, los ensayos Una frontera invertida y La era de los nombres ocultos y un soneto manuscrito.
Si he sido algo prolijo en lo que respecta al currículo es porque, según creo, Condición partisana es un libro con una impronta moral infranqueable, muy relacionada, por tanto, con la profesión de su autor. “Al elegir el campo de batalla / opté por la justicia”, leemos.
Según la IA, “la condición partisana se refiere al estado o la acción de ser un partisano, que es un guerrillero que combate a un ejército invasor o a un gobierno ilegítimo”. La RAE lo resuelve con un escueto: “guerrillero”. No es el caso. Aquí ese estado debe ser contemplado en cursiva, es decir, de manera figurada o metafórica. Se nos advierte en la nota editorial de que “el desarrollo tecnológico y la nueva naturaleza que viene imponiéndose poco a poco en la sociedad de nuestro tiempo, requiere una visión crítica del hostil entorno que nos rodea para proteger la libertad y la verdadera cultura”. Y de que la “juventud moral” (no la “simplemente cronológica”, por decirlo con Torga), “debe guiar esta lucha pacífica y discreta, llena de intensas paradojas y no pocos peligros”. El partisano se convierte de hecho en el protagonista del libro; a su pesar, pues “Para ser partisano es necesario / no querer serlo”. Un libro unitario, compuesto por treinta cantos de treinta versos cada uno, numerados y sin título, divididos a su vez en tres estrofas de diez.
El tono ―meditativo y sentencioso― es un tanto desabrido, nada complaciente. Lo normal cuando “la vida se desnuda” y la verdad se abre paso: “Casi nada / pervive más allá de los tristes / despojos que produce la existencia”. “Las palabras que marcan tu destino / no las escucha nadie”.
Gira en torno a términos clave: vida, conciencia (“despierta / debe ser atributo / del mejor partisano”, cuando la tienes, “la vida / se suspende”), cansancio, fracaso (“Solo quien ha perdido / puede ser partisano y convertir / la derrota en un punto de partida”, dice, y: “Cuando todo es derrota, la derrota / no existe”), odio (“es mezquino”, “siempre nos traiciona”, “es ridículo y ensucia / la esencia y el valor de las palabras”), derrota (“Tu patria es conocer que la derrota / resulta inevitable”), libertad (que “no puede /definirse”, “un secreto”, leemos en el poema XXIII), frontera, soledad (“es torpe”), traición (y lealtad), silencio (“De todos los deberes / es sin duda el silencio el más ingrato”, escribe, y en otra parte: “El arma más certera es el silencio. / No es callar. Es guardarlo / envuelto en su firmeza”), miedo (“El mejor partisano es quien consigue / hacer del miedo el mejor compañero”)…
La lucha del partisano, porque “ya no existen trincheras”, debe ser gestionada por él: “Tú eres / tu propio parapeto y tu refugio”, afirma.
El partisano, en fin, es un hombre que viaja. De ciudad en ciudad (léanse los poemas XVII, XVIII y XIX: Badajoz, Elvas, La Raya). Como quien huye (un “fugitivo”), aunque sepa que “las ciudades nos comprenden”. Alguien que recala en solitarios cuartos de hotel, “esos “falsos lugares de nadie”, sitios de paso en los que se centran los poemas XII, XIII y XIV.
“Andar no es caminar. Caminar solo: / Eso sí es caminar”. “Una forma de hablar consigo mismo / y descubrir el orden de sus pasos”. Por la “eterna novidade do mundo”.
Partidario de editoriales tan honestas como discretas, algunos lectores desinformados se perderán un libro excelente, acaso el mejor que García Calderón haya dado a la imprenta.
Condición partisana
Jesús García Calderón
El torno gráfico, Granada, 2025. 43 páginas. 12,00 €
Como ensayista, ha publicado La protección penal del Patrimonio arqueológico; El Mal de la Muralla; Una ciudad traicionada. La ciudad de Badajoz como temperamento; Una frontera invertida. La Raya de Portugal como antítesis de la frontera; y La era de los nombres ocultos. Sobre la intimidad vencida y la identidad digital.
A pesar de este amplio historial ―relacionado, sobre todo, con el derecho y la jurisprudencia―, nunca ha descuidado García Calderón su vocación poética. Suyas son las palabras: “Normalmente, el poeta verdadero no es aquel que busca y decide esta singular condición, sino aquel otro al que le viene impuesta como una especie de oscuro deber primigenio que, aunque a veces lo desee, no puede eludir. No toma la decisión, es la decisión la que lo toma a él”. Fruto de esa delicada labor, quince libros, entre ellos, La provincia, La moneda secreta, Un lugar en el norte, La soledad partida, Los nudos de la vida, La mirada desnuda, Las visitas de Caronte, Un cuaderno de Tokio o Condición de refugio.
En 2006 apareció en la Editora Regional de Extremadura La soledad partida, una antología prologada por Antonio Carvajal. En ese mismo sello (colección La Gaveta) había publicado Los regalos sombríos (relatos). La revista Ánfora Nova le dedicó en 2009 un monográfico: “Jesús García Calderón: La lúcida voz de la memoria”.
Cuando escribo estas líneas está a punto de salir La ciudad ilustrada. En torno al autor y su obra, que recoge una amplia nota bibliográfica, cinco poemas inéditos, los ensayos Una frontera invertida y La era de los nombres ocultos y un soneto manuscrito.
Si he sido algo prolijo en lo que respecta al currículo es porque, según creo, Condición partisana es un libro con una impronta moral infranqueable, muy relacionada, por tanto, con la profesión de su autor. “Al elegir el campo de batalla / opté por la justicia”, leemos.
Según la IA, “la condición partisana se refiere al estado o la acción de ser un partisano, que es un guerrillero que combate a un ejército invasor o a un gobierno ilegítimo”. La RAE lo resuelve con un escueto: “guerrillero”. No es el caso. Aquí ese estado debe ser contemplado en cursiva, es decir, de manera figurada o metafórica. Se nos advierte en la nota editorial de que “el desarrollo tecnológico y la nueva naturaleza que viene imponiéndose poco a poco en la sociedad de nuestro tiempo, requiere una visión crítica del hostil entorno que nos rodea para proteger la libertad y la verdadera cultura”. Y de que la “juventud moral” (no la “simplemente cronológica”, por decirlo con Torga), “debe guiar esta lucha pacífica y discreta, llena de intensas paradojas y no pocos peligros”. El partisano se convierte de hecho en el protagonista del libro; a su pesar, pues “Para ser partisano es necesario / no querer serlo”. Un libro unitario, compuesto por treinta cantos de treinta versos cada uno, numerados y sin título, divididos a su vez en tres estrofas de diez.
El tono ―meditativo y sentencioso― es un tanto desabrido, nada complaciente. Lo normal cuando “la vida se desnuda” y la verdad se abre paso: “Casi nada / pervive más allá de los tristes / despojos que produce la existencia”. “Las palabras que marcan tu destino / no las escucha nadie”.
Gira en torno a términos clave: vida, conciencia (“despierta / debe ser atributo / del mejor partisano”, cuando la tienes, “la vida / se suspende”), cansancio, fracaso (“Solo quien ha perdido / puede ser partisano y convertir / la derrota en un punto de partida”, dice, y: “Cuando todo es derrota, la derrota / no existe”), odio (“es mezquino”, “siempre nos traiciona”, “es ridículo y ensucia / la esencia y el valor de las palabras”), derrota (“Tu patria es conocer que la derrota / resulta inevitable”), libertad (que “no puede /definirse”, “un secreto”, leemos en el poema XXIII), frontera, soledad (“es torpe”), traición (y lealtad), silencio (“De todos los deberes / es sin duda el silencio el más ingrato”, escribe, y en otra parte: “El arma más certera es el silencio. / No es callar. Es guardarlo / envuelto en su firmeza”), miedo (“El mejor partisano es quien consigue / hacer del miedo el mejor compañero”)…
La lucha del partisano, porque “ya no existen trincheras”, debe ser gestionada por él: “Tú eres / tu propio parapeto y tu refugio”, afirma.
El partisano, en fin, es un hombre que viaja. De ciudad en ciudad (léanse los poemas XVII, XVIII y XIX: Badajoz, Elvas, La Raya). Como quien huye (un “fugitivo”), aunque sepa que “las ciudades nos comprenden”. Alguien que recala en solitarios cuartos de hotel, “esos “falsos lugares de nadie”, sitios de paso en los que se centran los poemas XII, XIII y XIV.
“Andar no es caminar. Caminar solo: / Eso sí es caminar”. “Una forma de hablar consigo mismo / y descubrir el orden de sus pasos”. Por la “eterna novidade do mundo”.
Partidario de editoriales tan honestas como discretas, algunos lectores desinformados se perderán un libro excelente, acaso el mejor que García Calderón haya dado a la imprenta.
Jesús García Calderón
El torno gráfico, Granada, 2025. 43 páginas. 12,00 €
NOTA. Esta reseña se ha publicado en el número 2 del año 2025 de la Revista de Estudios Extremeños. Diputación de Badajoz
22.3.26
La ternura de lo frágil
Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942) había entrado en la cuarentena cuando publicó su primer libro de versos. Para entonces ya había ejercido como artista psicodélico en Nueva York y era monje trapense con años de mutismo.
Autor de una amplia obra narrativa y ensayística (acaba de aparecer La pasión por lo posible. En torno a lo humano, donde cada capítulo concluye con un poema), ha confesado que su poesía (antologada y traducida profusamente), “ella, toda ella, es el corazón de mi obra”. “Mi don”. La reunió en Poesía completa 1983-2004 (Seix Barral, 2005) y en Del crear y lo creado. Poesía completa.1983-2011 (Vaso Roto, 2013). Ninguna de las dos lo eran, aunque recogían, según él, “lo primordial”. Faltaban, además, los libros que han venido después: Cuando todo calla, Barro desnudo, A las estrellas lo inmenso y En un río todas las lluvias. Y éste, claro, premio Loewe en su trigésimo octava convocatoria. Creado con afán de descubrimiento por su mecenas, no es la primera vez que lo gana un poeta consagrado. Tan mayor, nunca; lo que viene a demostrar que la poesía no tiene edad.
El libro, dividido en cinco partes, está formado por cincuenta piezas breves sin título numerados en romano que se disponen sobre la página escalonados y en la parte inferior, lo que añade a la tipografía un componente visual, en tanto que sugiere figuras. El ritmo marca los abundantes encabalgamientos.
Quienes conozcan la trayectoria del argentino no encontrarán cambios significativos en su manera de proceder. Su poética es sólida y transparente. Contemplativa, fruto de la meditación. De la concisión y la lentitud. De la sobriedad, que linda con el silencio; un motivo fundamental de reflexión en su obra. Del “asombro de estar vivo” y “la gratitud de vivir”. “Creo que cada uno tiene muy poco que decir, muy poco propio, pero la fidelidad a eso, a lo propio, es la fidelidad a la verdad”, leemos en el ensayo antes citado. Y: “Decir más que lo propio (…) es seducir o mentir, no dar”. De ahí que sus poemas recurran a un puñado de motivos que remiten a palabras comunes que a su vez son símbolos o metáforas: luz, sombra, tierra, noche, nieve, mar, lluvia, rosa, herida, fuego, río, viento… El deseo de nombrar se hace destino y el poeta procede a partir de un cara a cara con la vida. De lo que pasa por delante de sus ojos. De lo que siente y piensa. Lo define como un “estar en torno a”. Para encontrar lo que no se busca. De ahí que se sucedan como anotaciones que revelan la sutil levedad de lo profundo: “entre el miedo / y la esperanza / el temblor de la vida, / la ternura de lo frágil”. “Los grandes enigmas de la vida ―ha dicho― son la cotidianidad, no hay otra salida. Yo me siento ahí, en descubrir las pequeñas cosas, la convergencia de todo o de nada”.
Aunque solitario, nunca olvida al otro: su visión es humanista. Ni a “lo huérfano de la vida, / lo sin lo otro, / lo incumplido”. La inocencia se presenta en forma de niño, pájaro o perro.
Mujica, en fin, tiene conciencia del paso del tiempo: “ (“Cae la tarde / e imperceptible / la vida pasa // como este hoy, / este ahora, / como yo, / como lo humano”. En”) y en alguna ocasión se refiere a la muerte y al miedo a morir “que nos amordaza / el canto”. Con todo, es”, lo que no obsta para que sea la serena belleza de lo creado quien se imponga. En la libertad de lo abierto.
5.3.26
Tres antologías
De la colección de antologías a rayas de Renacimiento (un acertado diseño de Marie-Christine del Castillo) está casi todo dicho. En casa hay unas cuantas. De tres de las últimas me gustaría decir algo. Me refiero a Los demonios de la melancolía, de Francisco Bejarano (en edición de Fernando Taboada), Cesto de moras, de Arturo Tendero (con prólogo de Carlos Marzal), y Todo va a salir bien, de José Luis Piquero (edición de Rodrigo Olay).
De la primera, que coincidió en las librerías con la publicación del último, inesperado libro del poeta jerezano, tantos años callado, Muchachos (Pre-Textos), destacaría el prólogo de Taboada, ajustado y preciso, y, cómo no, algunos poemas memorables que me llevan, qué remedio, a mi juventud perdida, cuando empecé a leer con la debida admiración a este autor tan secreto como necesario. El de versos como "Si sufro es solamente por costumbre", "No es posible vivir sin lamentarlo" o "La verdadera vida es la memoria". Y de poemas como "Macharnudo", "Evocación en el salón azul", "Desencanto", "Ciudad", "Los viajeros", "Lugar propio", "Un juego peligroso", "La casa" (hay dos en la muestra titulados así), "Ciudad hostil", "Las islas soñadas", "Vida retirada", "Un consuelo leve"...
El tono clasicista y sosegado, las atmósferas que crea, el paisaje de fondo, todo, en fin, contribuye a llevar al lector a un ámbito donde sentirse tan desazonado como a gusto, tal vez porque pocos poetas españoles contemporáneos hayan entendido mejor que Bejarano el auténtico clima de la melancolía.
La segunda, de precioso título (tomado de un verso de Pere Gimferrer, por cierto), empieza con "Quien se tragó una aguja", de Carlos Marzal, uno de los prólogos más bonitos que recuerdo haber leído (mis preferidos son los de Borges, al que cita). Es breve y hondo. Y lúcido, muy lúcido. Con referirse en particular a la de Tendero, habla de la poesía en general. De la verdadera, cabe matizar. Sí, "todos los poetas son secretos", afirma el poeta valenciano, y sigue: "incluso el más conocido de los poetas sigue siendo un escritor secreto, porque los lectores de poesía constituyen una secta minoritaria, una hermandad silenciosa".
Alude luego a la tradición" ("legado y apropiación") y al "asombro permanente ante la realidad" del poeta y su "mirada": "la de un apartado, la de un observador clandestino, el espectador secreto" y explica por fin la anécdota que le lleva a titular así su prefacio, pero eso no lo desvelo.
Los poemas que viene detrás no hacen sino ratifica lo expresado por el autor de Metales pesados. Tendero logra conmover al lector con muy poco. Lo cotidiano elevado a la categoría de lo poético, en su sentido más genuino. Ideas, situaciones y palabras maniobran desde la sencillez hasta alcanzar, ya digo, poemas que son la vida misma. La suya, la de cualquiera. Nunca es tarde para leer al de Albacete. Ni para releerlo.
El prólogo de la tercera, de Rodrigo Olay, es el más académico de los tres. Normal, tratándose de un profesor universitario especialista en Feijoo (no el político, sino el benedictino ilustrado). Con todo, porque es poeta y conoce bien (y admira) la poesía de Piquero (uno de sus maestros), ni pedanterías ni pomposidades. Nada más lejos del tono del de Mieres, cabe subrayar. Más allá de su riguroso análisis (que incluye en parte lo generacional y lo asturiano), rescata poemas no incluidos en la muestra y una "secreta poética" que harán las delicias del lector. Como los poemas en sí; entre ellos, un puñado de inéditos.
A pesar de que Piquero es un poeta escaso ("cinco libros en treinta y seis años"), el conjunto es tan amplio como exigente. Se abre con una incisiva "Nota del autor". Agudeza e ironía no faltan. Ni sentido del humor, negro a veces. Lo mismo que encontrará el lector en los poemas, de un realismo que se complejiza con el paso del tiempo, como la propia, intensa vida.
Podrá uno sentirse más o menos afín a las modulaciones del relato (a rachas, incluso descarnado y truculento, un punto dramático), pero no se podrá negar que estos poemas constituyen un personal, sólido y genuino edificio de palabras capaz de aguantar los temporales que generan los caprichosos avatares de las modas. "En última instancia, me conformo con ser un testigo atento que se ha aventurado a opinar", concluye.
4.3.26
Isabel Sánchez Fernández lee "Territorio"
Creo que la primera vez que leí un poema de Álvaro
Valverde tenía yo veintitantos años. Me gustó tanto que lo copié en una
de las pequeñas libretas que siempre acompañan mis lecturas. Volví a aquel
poema muchas veces para consolar mi incertidumbre y seguí leyendo poemas suyos,
escritos por él, que inmediatamente hacía míos.
Sus poemas me han acompañado desde entonces, y sus críticas
literarias, ya sea en la prensa o en su blog, siempre me han servido para
conocer nuevos autores y disfrutar de sus recomendaciones.
Acabo de terminar esta hermosa reunión de su poesía. Me he
adentrado de nuevo en ese territorio que también ha sido mío durante tantos
años.
Me ilusiona pisar terreno conocido y me emociona reconocer
paisajes comunes.
Me consuela comprobar que nada, de lo que yo valoro, ha
cambiado en su poesía en todo este tiempo: su verdad, su honestidad, su
claridad, la dificilísima sencillez, la belleza de los pequeños rincones
escondidos entre sus versos, el amor y el asombro por los pequeños destellos,
la luz que pone a mis tardes oscuras alumbrando mi mirada.
Para mí, los poemas de Álvaro son mi tierra extremeña: las
encinas, los alcornoques y olivos de mi niñez; los viejos castaños y los
húmedos alisos de mi juventud y los poderosos robles de mi madurez. Son las
casas en las que viví, los caminos que recorrí, el blanco de las jaras y el
rojo encendido de los cerezos.
Nunca me han defraudado. Siempre he podido contar con ellos.
Han sido siempre, desde que tengo memoria poética, el lugar
al que volver cuando, descreída de tantas cosas, me sentía infeliz y
decepcionada o buscaba poner palabras a las emociones que me ahogaban.
Ahora tengo todo este Territorio entero, para moverme por él
a mis anchas, para crear tiempo sin tiempo, para confirmar muchas de mis pocas
certezas, para constatar la inutilidad de tantas cosas y confirmar mi seguridad
en lo que verdaderamente importa.
Gracias amigo. Por todos estos años de compromiso con la
poesía, por tu mirada y por tu forma de estar en el mundo y ser en él.
Y gracias por compartir con tanta generosidad tu territorio
que ya también es nuestro.
(En su muro de Facebook)
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