15.9.21

Martín López-Vega y Begoña M. Rueda en EC

Martín López-Vega
Visor, Madrid, 2021. 96 páginas, 12 €
 
López-Vega (Poo de Llanes, 1975), ha sido librero (en La Central), editor (en Vaso Roto) y crítico literario. En la actualidad es director de Gabinete de Dirección del Instituto Cervantes. Ha traducido poesía del portugués, inglés e italiano y acaba de publicar una antología de Li Bai.
Poeta en asturiano y de obras en prosa, tanto viajera como ensayística, reunió sus libros de  poemas en El uso del radar en mar abierto. Poesía 1992-2019.
En “Tema de redacción”, un significativo poema de Egipcíaco (entre el linimento y los huidizos padres del desierto), López-Vega asocia la palabra “felicidad” a “mujeres y ciudades y libros”. En efecto, el amor, los viajes y la literatura son los temas esenciales de esta colección de poemas que pretenden ser cualquier cosa menos “poéticos”, lo que consigue atendiendo más a lo que quiere decir que a cómo decirlo; no tanto a la métrica como al versículo que exige un determinado ritmo. Estamos ante poemas discursivos y monologantes que utilizan con frecuencia la distancia de la tercera persona.
El primero, “Otro ensayo sobre el día logrado”, es paradigmático. Extenso, como no pocos del conjunto. “A partir de los cuarenta” (este es un libro escrito nel mezzo del cammin), lo que toca es “sobreponerse”. “El verdadero leitmotiv”. Humor e ironía mediante, L-V compone, en torno al amor perdido y sobre la metáfora del mosaico, una suerte de poética solitaria y vital.
“La vida sería posible aquí” es un verso de “Un motor vital” (un poema australiano, como “Cooper Creek”) que refuerza su preferencia viajera por “las antípodas de la vida”. Lo cosmopolita (con toques culturalistas) es habitual; en “Orientalismos” (como el delicado Rú Yì”),“Gathered Sky”, “Una noche en Kalender” (“allí el tiempo siempre te susurra: Existes”), “Alejandría” o “Puerto cerrado”, por ejemplo. Sí, “El mundo es una habitación”, por decirlo con uno de sus rótulos. “Soy de todas las ciudades”, escribe en “Un país febril”. Y de todos los idiomas y países. De la “república de la conciencia”.
En el “El forastero en Veroli” (Sandro Penna), leemos: “La hermosura abunda, pero solo es belleza cuando hiere”.
Lo autobiográfico, que a veces adopta la forma de diario (impresiones, vivencias, anécdotas elevadas a categorías), es otro aspecto insoslayable. En “Un episodio personal”, pongo por caso, que protagoniza su abuela (a la que dedica “Mi abuela: Poesía completa”), “Julián” (Rodríguez: “No se van nunca los mejores”), o el extraordinario “Los recogedores de ocle o bien Carta al padre”: “Seré tu hijo, pero tú no fuiste mi padre; así están las cosas”.
“Por qué siempre lejos, siempre huyendo”, se pregunta en “El balcón georgiano”. El deseo de “dejar de querer irme siempre de mí” es un rastro de la herencia paterna de este “flâneur meditativo” que concluye su libro con un autorretrato donde leemos que “escribe poemas para iluminar zonas oscuras”. Poemas con finales acertados, sorprendentes. Propios de un lector que usa con frecuencia la fórmula “a partir de”. Como en “Ingredientes”, donde oportunamente nos recuerda que “no vivimos solo por vivir”. 

Servicio de lavandería
Begoña M. Rueda
Hiperión, Madrid, 2021. 76 páginas. 10 €

Rueda (Jaén, 1992) es hija de la bonanza, ese feliz rótulo generacional. A pesar de su edad, ya ha publicado los libros Princesa Leia, Siberia es un estado de ánimo, Reencarnación, Error 404Todo lo que te perdiste por meterte a monja y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Todos consiguieron algún laurel; como éste, premio Hiperión, que el jurado consideró “un libro cohesionado, crítico, lírico sin excesos, poderosamente plástico”.
Los poemas, escritos como páginas de un diario, dan cuenta de unos hechos sucedidos a su autora durante los años 2019 y 2020 (que en el libro aparecen en orden cronológico inverso) mientras trabajaba en la lavandería del hospital de Algeciras. No hace falta subrayar que coincide, siquiera en parte, con la pandemia (los poemas están fechados entre marzo y junio), aunque la enfermedad ya era de por sí un asunto lo bastante áspero como para abordarlo con la compasión debida.
Porque la situación así lo exigía, el lenguaje empleado es sobrio y hasta prosaico. Conversacional. Realista sin contemplaciones. Crudo como cualquier existencia.
“Yo por sudario quisiera las manos de mi madre”, leemos, una presencia capital en el libro, a la que tuvo que dejar, como tantas otras cosas (la facultad, por ejemplo), para ir a la costa.
“Esto somos”, dice tras observar el tanatorio del que sale alguien con la ropa que ella planchó. Y “La vida. / No la soporto”. Aquí, sin embargo, pesa su envés: la muerte. Cuánto dolor. Cuánta pena. Cuánta cucaracha. 

NOTA: Las reseñas de los libros de Martín López-Vega y Begoña M. Rueda se han publicado en EL CULTURAL.

12.9.21

Lecturas veraniegas II


Cómo he disfrutado con
 Breviario provenzal (Periférica), de Vicente Valero, uno de esos libros de los que no se sale. Tras subrayar con el lápiz más de la mitad, he aprendido, por una parte, y asentido, por otra, al amor de esa intensa lectura donde se mezclan la reflexión y los sentimientos. No es ese un viaje cualquiera. La coda que pone a sus anotaciones el apasionante puñado de poemas que conforman «Junio en casa del doctor Char» es la guinda del pastel, y perdón por el tópico. Miel sobre hojuelas, ya digo. 
Pude escuchar, para colmo, y con sumo deleite, una conversación con Valero en El Ojo Crítico, mientras bajaba en coche (despacito) El Puerto del Pico, en Gredos. Un puerto de montaña de los de antes, ya saben. Para ser exactos, la charla duró lo que va desde las inmediaciones del Parador Nacional (el primero de España) hasta el pueblo serrano de Arenas de San Pedro. El paisaje era el ideal para acompañar sus palabras acerca de la Provenza y algunos señeros artistas que vivieron allí. En el fondo, un ensayo sobre los orígenes de la poesía moderna, tan ligada a la noción de lugar y de paisaje. Y unos versos, por añadidura, que le confirman como el necesario poeta que es.
Hipondríaco confeso, me había resistido a leer los diarios de Juan Gracia Armendáriz, un hombre, desde muy pronto, seriamente enfermo (que diría Gil de Biedma), y mira que mi amigo Zoki me animaba a ello. Fuego amigo. Los restos de la escritura (Contrabando) no se me ha resistido. La vida y la literatura se funden en un libro lúcido y valiente, sin jeremiadas ni patetismos, propio de alguien que ostenta con humildad ambas virtudes. Un tipo de lo más perspicaz. Ahora me espera Guía de extraviados (Pre-Textos). Y vendrán más. 
Anotaciones en forma de diario son también las de José Ángel Cilleruelo en Dedos de leñador (Días de 2019) (Polibea), con prólogo de su editor, Juan José Martín Ramos. El profesor, el lector, el traductor, el poeta, el amigo, el padre, etc. (todos son Cilleruelo) se dan cita en estas páginas que no dejan de celebrar la cotidiana contemplación del tiempo. 
Sólo por el ensayo "Poesía: asombro, palabra, silencio" ya merecería la pena haber publicado Aproximaciones a la poesía y el arte (Visor Libros), de José Corredor-Matheos, nuestro poeta decano. La edición y el prólogo corren a cargo de Jesús Barrajón Muñoz. Pero hay más que lecciones de poética en el libro. Así, su análisis del haiku, las relaciones entre ciencia y poesía o sus certeras aproximaciones a las obras de Ángel Crespo y Cirlot. 
En este capítulo de la prosa debo incluir la lectura de Quasi una fantasía (Ediciones del Arrabal), la última entrega, por ahora, de Salón de Pasos Perdidos de Andrés Trapiello y la primera que no aparece en Pre-Textos. Y allí, para quienes hemos leído todo lo anterior, lo mismo, que es al cabo lo nuevo, porque a ese portento (lo igual y lo distinto a la vez), hechos puntuales mediante (tal o cual viaje, esta o aquella anécdota), asiste perplejo el que se interna en esta suerte de novela en marcha donde El Rastro (y JM.), Las Viñas (con escasa presencia en esta entrega), la familia (M., R. -y su boda-. y G., sobre todo, y su madre), los pretextos (y su Hokusai), ciertos escritores que detesta (CAM., por ejemplo, o IG., por su obsesión lorquiana) y otros que ama (Francis Jammes, Delibes y JRJ., pongamos), la Guerra Civil (corrige pruebas de la tercera edición de Las armas y las letras), las vanguardias (tan decorativas), las pesquisas en las librerías de viejo y, por no seguir, los múltiples desplazamientos que realiza en su resignada condición de escritor nómada realiza (del omnipresente París a la esquinada Antequera pasando por Sevilla o Córdoba, donde Cosmopoética no pudo ser) vuelven a ser protagonistas. Además del propio A., por supuesto. Me ha resultado especialmente emotiva la semblanza de José Antonio Muñoz Rojas, que muere ese año, el 2009. O las páginas que dedica a Julio Aumente o, en fin, esas otras que narran un encuentro con mujeres de clubes de lectura rurales.
Y por encima de todo, el lenguaje, esto es, el estilo, un tono que, desde la naturalidad, no deja de encandilarme. 
Pero habrá algo que afear, dirá quien lea. Sí. Se encuentra uno con demasiados restoranes parisinos exquisitos, pongo por caso. Y con numerosos hoteles lujosos y casas de postín. Y con académicos... franceses, bien sûr (con permiso de Rico). Ay, ni que el autor del exitoso Madrid (doce ediciones van ya) formara ya parte del Club de las Almendritas Saladas. 
Al estar reescrito, digamos, en 2020, la actualidad se cuela entre líneas. ¿Se hablaba en 2009 de heteropatriarcado, le dábamos tanta importancia a Cataluña y a los separatistas catalanes? No sé. 
Para el inminente otoño, con la fresca, me he reservado la lectura de La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021, volumen número 100 de la mencionada colección Vandalia, mucho más que una antología ya que se trata, en palabras de Trapiello de "una meditación sobre mi vida poética".
Dedicaré una reseña a los nuevos diarios viajeros de Fernando Sanmartín: Días en Nueva York y otras noches (Newcastle Ediciones), que me han encantado. 
Aguardan su momento la primera novela del poeta Enrique Andrés Ruiz, Los montes antiguos (Periférica), el Calendario de Avelino Fierro y, cómo no, Los vencejos de Aramburu (que lee Yolanda) y los relatos hervacianos de Bayal, con los que estoy ahora (lápiz y papel en mano para una reseña ya encargada). ¡Uf! Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lectora compulsiva", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

11.9.21

Lecturas veraniegas I


El verano no es, ni de lejos, mi estación preferida y menos después de jubilarme. Antes, al fin y al cabo eran días de vacaciones. Una de las cosas que peor llevo, sudores mediante, es leer. Envidio a quienes son capaces de meterse entre ojo y ojo lo que no han leído en el resto del año. O a los que siguen haciéndolo al mismo ritmo. Ni siquiera en la piscina he sido capaz de aprovechar el tiempo como otras veces. Así y todo, algunos libros han caído. Ni la mitad de las mitad de los que me han ido llegando estos últimos meses. A no pocos ya he renunciado definitivamente tras un injusto vistazo. Los que por diversas razones han superado la criba están colocados en una inestable columna en la mesa de al lado. Tendré que ubicarlos en algún sitio, pero aún no sé dónde (vuelvo a llenar cajas con destino a la cochera y las estanterías no dan más de sí). De las lecturas recientes, y sin ánimo de ejercer la crítica (aunque leer siempre lo sea), destacaría la de algunos libros de poesía. Variaciones sobre un tema dado (Visor), pongo por caso, de Ana Blandiana, traducido por Viorica Patea y Natalia Carbajosa, una emocionante, extensa elegía a su marido muerto y un hermoso canto de amor. Llevo mucho echándome en cara que no he leído como merece a la poeta rumana que el próximo 18 de septiembre presenta en Madrid sus dos últimos libros. Después de esta lectura, no hay excusa. 
Azul distinto (Pre-Textos), de Gabriel Insausti, no me ha dejado indiferente. Al revés. Logrados me parecen estos cuarenta y dos poemas centrados en París, esa ciudad tan mítica como interminable. 
No había oído hablar del griego Nicos Cavadías (1910-1975), del que Alianza publica su Poesía completa. En un volumen que no llega a las 200 páginas. Fue un viajero. Y, a su modo, un maldito. Marino, por más señas. David Hernández de la Fuente consigue trasladar al castellano su mundo, lleno de aventuras y puertos lejanos. Una fascinante deriva. 
En Vandalia cien (2002-2021). Casi veinte años de poesía hispánica contemporánea, Jacobo Cortines, su director, e Ignacio F. Garmendia seleccionan poemas de los libros que esa acreditada, imprescindible colección sevillana ha venido publicando estos últimos lustros. En orden cronológico, de Antonio de Zayas a Aitor Francos. No cabe duda, a las pruebas de este florilegio me remito, de que el acierto ha sido pleno. O casi. 
Marcos Tramón (Oviedo, 1971), poeta vinculado a la tertulia Oliver, la de José Luis García Martín, me sorprende gratamente con su libro Como una sola luz (BajAmar). La suya es una poesía cercana, vital, melancólica, cernudiana y, sobre todo, de verdad. Al leer sus versos tocamos al hombre que él es. Su elegante discreción le reconcilia a uno con la lírica. 
El cacereño Jesús María Gómez y Flores (1964) ha escrito Las erratas de la existencia (Pigmalión), un libro áspero, desasosegante, sin concesiones, muy adecuado para describir lo que no pocos sentimos en medio de esta época atroz de incesante pandemia. 
Otro cacereño, el veterano militar Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (1946), publica La vida en un podcast, con prólogo del periodista José Julián Barriga Bravo. Habla éste de "poesía elegiaca", y no se equivoca. Lo mejor, coincido con Barriga, poemas como "Protocolos parentales" (dos, uno dedicado a su madre y otro a la recuperación de los restos de su padre, del que Búrdalo fue hijo póstumo). Lo peor, la edición, poco cuidada, con lo poco que cuesta hacer las cosas bien. Con todo, los versos sobreviven a pesar del dicho de JRJ. 
Dos libros de la sevillana Renacimiento (y muchos más) merecen ser mencionados: Si preguntan por mí, de J. R. Barat (Valencia, 1959), y Un tigre se aleja, de Rubén Martín Díaz (Albacete, 1980). 
La de Barat es una poesía confesional, biográfica y de la memoria. Apegada a la vida. De claridad mediterránea: limpia y luminosa. Sin trampa ni cartón, diría. Del conjunto sólo me sobra un poema: Blue jeans, y no por políticamente incorrecto. 
La de Martín Díaz, que vuelve después de un lustro de silencio, sorprende por su madurez, mucho más que un problema de edad. No, no es por lo de la cuarentena, que también, sino por la solidez de su propuesta. Meditativa, de la mirada, en busca de ese "espacio de lo imposible" que nombró Juarroz. De "extraña sencillez", por decirlo con el título de uno de estos poemas. Se veía venir. Aprovecho para subrayar la importancia que ha alcanzado la poesía escrita por albaceteños; poetas como Andrés García Cerdán, al que dedica un poema, Pedro Gascón o Valentín Carcelén, de los que leí no hace mucho, respectivamente, Las mudas soledades y El momento, dos libros publicados por la albaceteña Chamán Ediciones que me hubiera gustado reseñar. 
Termino con dos libros de autores jóvenes que me han acompañado también este verano: Triestino (Editorial Cántico), de Luis Bravo (Madrid, 1994), que debe su título no a la literaria ciudad italiana, como creí en un principio, sino al nombre de la colección de poesía que dirigió en los ochenta Trapiello, donde Bravo encontró a sus maestros; y Glory hole (Vitrubio), potente ópera prima de Tente Garrido, un extremeño que vive en La Raya, autor, y eso se nota en sus versos, de las letras del grupo de punk-rock-hardcore-melódico Antikracia
Esperan, en fin, obras de Glück (tres ha publicado ya Visor, traducidas por Andrés Catalán, que saca en Pre-Textos, donde hasta ahora habíamos leído a la Nobel estadounidense, Variaciones romanas), Rivero Taravillo, Hilario Barrero, Riechmann, Talens, Carnero, Barrett Browning (en versión de Benítez Ariza)... Seguimos. 

Nota: Ilustra esta entrada "Lector compulsivo", un acrílico sobre lienzo de Pablo Gallo.

6.9.21

Gonzalo Hidalgo Bayal y la misantropía

El escritor y periodista Fernando del Val fue invitado a colaborar en el cartapacio que la revista TURIA (de la que es colaborador habitual) dedicó al narrador y ensayista extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal (que acaba de publicar Hervaciana). La coordinadora, Concha D'Olhaberriague, era consciente de que conocía en profundidad su obra. El texto que envió no dejaba lugar a dudas. Debido a problemas de ajuste, eso sí, se tuvo que publicar abreviado. Como quiera que tanto para D'Olhaberriague como para mí ese ensayo merecía ser leído en su totalidad, tras contar con el plácet del director de la revista, Raúl Carlos Maícas, le hemos propuesto a Del Val que nos permita publicarlo aquí al completo. Ha aceptado. No es este el mejor sitio, pero... 



 

LA MISANTROPÍA COMO RELACIÓN SOCIAL

 

 1

Aunque según Wikipedia el autor de un libro no es autoridad suficiente para hablar de ese libro, arriesguémonos. En La escapada (2019), Gonzalo Hidalgo Bayal expone el personaje tipo de sus narraciones: solitario, ajeno a todo y conforme consigo mismo. Este título se puede confundir con unas memorias, con un relato de no ficción, tiene algo de diario, bastante de ensayo y todo de novela. Bayal está paseando por Madrid, un sábado a media mañana, cuando se ve sorprendido por un viejo compañero de universidad. Su figura no concuerda con la que detenta su memoria, pero en seguida advierte que este compañero es aquel del que tomó para dibujar un personaje llamado Foneto. A partir de ahí, recuerdos e ideas se confunden con una teoría de la novela. Otra. La siguiente. Y los dos revisitan el callejero capitalino con un pie en el presente y otro en el pasado. Como el propio Bayal al comienzo de esta novela -a no ser que tal encuentro sea una ficción, todo es posible-, sus personajes suelen verse acechados por una realidad, coyuntural o estructural, que les revuelca como una ola gigante.

 

2

“Foneto no se había ido nunca de mi memoria”. A principios de los 80, lo convirtió en personaje. Salió en Mísera fue, señora, la osadía (1988) y reapareció en El cerco oblicuo (1993), novela pilotada por Severo Llotas, un yo narrativo que reside en la calle de san Bernardo, la misma en que Bayal vivió mientras estudiaba Filología Románica y Ciencias de la Información. No conduce a demasiado trazar paralelismos entre vida de los personajes, vida de narradores y vida de autor; o referir que las localizaciones coinciden con escenarios dilectos de este último, su Café Comercial, su Cuesta de Moyano; pero sí procede señalar que los atributos con que adorna a sus personajes quizá tienen que ver con él. No caeremos en ese tópico de nuestros días llamado autoficcion porque la ficción siempre ha estado participada por la vivencia -y el pensamiento- de quien escribe. Mas nos preguntamos, aunque no conviene extralimitarse, si Bayal es algo más que un auriga remoto de sus seres imaginarios. En tal caso, su carácter independiente, aparentemente insobornable, y su también aparente nula predisposición al cenáculo, podrán aportarnos rasgos de esos seres, de su forma de ser y de estar en el mundo.

 

3

Entre evocaciones y análisis del pretérito, Bayal nos informa de que a punto estuvo de dedicar su tesis a “un escritor del cincuenta”, sin precisar, pero también de que emplea las tardes para escribir… o de lo que le cuesta bautizar a sus personajes. Por eso, en algunas narraciones, nos encontramos a protagonistas anónimos, identificados por nombres que no son los suyos, o por iniciales, como F, “como H, o Travel, o Nemo, o por nombres comunes, como el interventor, de evidente aunque equívoca antonomasia”. Tenemos ya pruebas suficientes de que el narrador de La escapada es él, y vemos que sus disquisiciones y su expresión verbal no distan de las que mantienen los narradores de su novelística. Incluso, confundidas con las de sus dramatis personae.

 

4

Cuando, llegado a un punto, expone -seguimos en la misma novela-, a medio camino entre la vida y la literatura, las diferencias que encuentra entre una actitud épica y otra lírica –“Digamos que el héroe épico no piensa en sí mismo y que el sujeto lírico no piensa en otra cosa que en sí mismo. La novela no es otra cosa que la invasión de la épica por la lírica”- lo que está haciendo es ampliar ideas vertidas atrás, en Nemo (2016), por el conductor de una furgoneta de postas: “Le corresponde al personaje de acción la épica, que es poesía externa; y al que contempla, al observador, la lírica”. Esta aproximación a Bayal no pretende distanciarle de la vida y meterle con calzador en el mundo de los libros -de los que, por otra parte, no sale-, pero podría remar a favor de cierta interpretación según la cual la soledad del escritor es semejante, trasmutada, a la de sus personajes. He dicho interpretación, sí.

 

5

Si F es Foneto, ¿H será Hidalgo -Bayal-? Sorprende que no use la B, sintiendo predilección por ese apellido, respondiendo su blog, a secas, a él. Será que no desea caer en obviedades. Sigo con la interpretación.

 

6

La ausencia de nombre en sus personajes podría ser un eco del héroe clásico en busca de una espada. Para mantener el anonimato, la variante a la inicial es hacer que respondan al oficio que gastan. “Carecemos de nombre: somos lo que hacemos”. En Nemo desfilan el ventero, el buhonero, el herrero, el carpintero, el predicador, los cazadores… incluso se actúa por aproximación: “Me llaman escribano porque vivo en la casa del antiguo escribano, pero no soy escribano”.

 

7

Bayal advierte de que si le correspondiera en gordo la suerte, no descorcharía champán ni bailaría alegre el bayón, antes al contrario, se recluiría en casa a leer. O sea, igual que Foneto, “de faz cisterciense”, en el quiosco; un espacio con pinta de celda mística en la que encuentra la paz esquiva del mundo. No quiere decir esto, insisto, que Bayal sea un personaje -demasiada teoría, casi sociológica-, pero invita a pensar, insisto también, espero que sin forzar la interpretación, que sus personajes, con tendencia gustosa al aislamiento, nacen de un fuerte impulso en el que la escritura -no sé, la filología- alcanza connotaciones morales. “Si la conciencia de la palabra es verdadera, de ella ha de surgir necesariamente, sobre habilidades retóricas o sabidurías gramaticales, la confianza en la palabra, o sea, el imperativo de una actitud moral” -El desierto de Takla Makán (2007)-.

 

8

La ficción no tiene por qué imitar a la vida, sólo dejarse infiltrar.

 

9

En la paz de una celda, ¿habita una postura épica… o heroica? ¿Ambas?

 

10

Nemo se recluye en una casona. “A qué obedecerá la elección de este rincón del mundo (...) este retiro (…) esta es tierra de silencio y desvarío (16). “Al fin y al cabo, que alguien haya decidido venir aquí (…) es ya una forma de encerrarse: aquí sólo viene los poseídos por la fiebre del destierro y los señalados con la marca de la proscripción (…) ¿Por qué va a salir y para qué? Viene a recluirse, no a exhibirse. Busca soledades, no espectadores” (49). “Supongo que [un sabio cansado] después de saldar la biblioteca entera se recluiría, como Nemo, en el silencio y en la soledad” (112).

 

11

Los habitantes de sus novelas son peripatéticos. Auscultan el mundo a la deriva. Son seres memoriados que repasan las nieves de antaño. Gente sola aun acompañada. Que vive de puertas para dentro y respira de puertas para fuera. Personas que obligan al lector a cuestionarse si la decepción está hecha de melancolía, o viceversa. En las que la observancia forma parte de una rutina trabajada por el paso del tiempo.

 

12

Uno ignora si sus personales son más fatalistas que sabios. “Tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama” -La escapada-. Sus personajes no son tristes, él lo ha dicho: están conformes. De la rutina extraen la serenidad. Se protegen así de la intemperie. “La experiencia, al fin y al cabo, no es otra cosa que acumulación de amarguras” -El espíritu áspero (2009)-. Es soledad, no aislamiento, la soledad es interior, y esa soledad tampoco es involuntaria ni debe confundirse con una coraza. Su soledad es una piel irremediable, una sangre que corre por dentro. ¿He dicho corre? Una sangre que pasea. Su salvación la encontramos cifrada en el amor, en los libros, en el viejo humanismo, en el silencio, en ese dejar pasar el tiempo como si fuera un tren para luego abjurar de todo, y todo junto, sabedores que es toda esperanza es en vano y a todo se llega tarde, o no se llega. La esperanza sirve para perder trenes, pero no para perder los nervios. Paciencia y esperanza “son actitudes simultáneas y, más aún, recíprocas. La paciencia es una adecuación del tiempo a la esperanza” -Nemo-.

 

13

Como si fuera un tren, he dicho. Cuando no caminan, son caminados. “Poco después me encaminé a la estación y a Madrid. Recuerdo la morosidad y la parsimonia de aquel tren tranquilo, el libro que leí en el trayecto (…) Has sido feliz en los trenes” -Campo de amapolas blancas (2008), con mucha memoria, entre la cual asoma la cabeza Leopardi: la felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla-.

 

14

Son personajes respetados por el autor. No huyen de sí porque no tienen adonde ir. Para ellos, apartarse de los demás es hacerse compañía hacia dentro; en ningún caso, una descortesía, ahí tenemos a Foneto, “sabio y moderado” -El cerco oblicuo-, “una de esas personas que aspira siempre al aprendizaje y nunca al magisterio” -La escapada-. Usan sobrenombre como si fuera un sombrero. Son autoconscientes. Propensos al encuentro fortuito. Se dan con personas, con palabras, con ideas, con recuerdos. Son personajes anónimos que desarrollan profesiones anónimas. Capaces, como Nemo, de convertir el silencio en forma de expresión, “un silencio anónimo y efímero, circunstancial”; para los que el anonimato es el grado superlativo de la fama (Amad a la dama).

 

15

Son personajes limpios, casi desnudos. Pareciera que no fueran. El interventor [Paradoja del interventor], al llegar, “no sólo no tenía de equipaje, sino que tampoco tenía dinero ni documentación ni, en definitiva identidad”. Como Nemo: “El hombre subió al coche. El equipaje, dije, me dio preguntando. Pero no se movió. En su semblante austero, impasible pese al agua y el viento, quise entender una forma neutra de negación. Hicimos el camino en silencio”.

 

16

Las ficciones se entremezclan, no se superponen. “En Foneto han desembocado sus precursores de ficción: Sín [El espíritu áspero] y Nemo, el propio interventor. No es infrecuente que de ciertos individuos hagamos altos personajes. Rellenamos el vacío con imaginación (…) En los personajes novelescos, todos son instantes narrativos. Tal vez es la diferencia. Tiempo neutro frente al tiempo narrativo (…) La persona, en cambio, no admite los añadidos de la imaginación. Los personajes de ficción aparecen con todas las necesidades de la libertad, son libres, pero lo que hacen ha de plantearse como necesario. Foneto, en cambio, aparece con todas las necesidades de la realidad. No se trata de verosimilitud, sino de verdad” -La escapada-. Más teoría de la novela. Bayal, ¿se siente visitado por un personaje?, ¿por la persona que hay detrás del personaje?, ¿la persona que hay detrás del personaje es ficción? “No se trata de verosimilitud, sino de verdad”…

 

17

Son personajes atribulados, que gastan el tiempo separando el grano de la paja, preguntándose por la semejanza que hay entre la paciencia y la esperanza, o por la diferencia que hay entre santidad y bondad, o entre épica y lírica; o preguntándose qué son la impasibilidad y la imperturbabilidad, y si responden las dos a una atrofia del espíritu.

 

 

18

Hombres sin nombre. “El interventor llegó a la ciudad en tren una noche de noviembre. En aquel momento no era todavía, en modo alguno, el interventor ni había adquirido los derechos o la propiedad del nombre” -Paradoja del interventor-. “Los nombres han de ganarse (…) El nombre cae como una losa que condiciona para el resto de la trama al personaje y no siempre para bien -La escapada-.

 

19

Es fácil concluir que son personajes hijos de un autor, por más que, en El desierto de Takla Makán, dicho autor manifieste poca preferencia hacia la política de los autores. Una manifestación puntualizada y suscribible por cualquier… autor: “Con el XVII se inició el lamentable periodo en que seguimos: ‘La obra ha muerto, vivan los autores’. Mientras para el escritor lo importante es la obra, el objeto, para el literato lo importante es el autor, el sujeto, protagonista mezquino de una pasión deportiva”. Bayal está contra la frivolización. No se le escapa que detrás de un obra hay un mundo propio, esto es, un autor. Como prueba, la suya.

 

20

Cuánta ruina. “Hay en las ruinas una perfección oculta”, leemos en El cerco oblicuo. Gloria aprecia la belleza informe de la corrupción en las aguas turbias del Manzanares. “Pese a la intensidad de las ruinas y al estado lamentable de muros y jardines, sintió una fascinación inefable, sin límites (…) Cruzaron la puerta (…) para contemplar la plenitud de las ruinas” -Amad a la dama-. Ruinas imagen de las que los personajes llevan dentro, expresión del fracaso, de la insatisfacción, de tantas limitaciones, pero también de un gusto refinado por la belleza, o de un gusto por una belleza refinada; ruinas capaces de fascinar al narrador de Nemo. Para ser feliz en el mundo hay que aceptar sus colores. Y sus dolores.

 

21

Los personajes de Bayal buscan el lugar más desapercibido desde el que actuar -lo menos posible-. Hablan entre comas, subordinados, entre paréntesis, o no hablan. A veces recurren a prosa enclítica. Se les caen latinajos de la boca. Recuerdan pasajes de Ordet, se sienten en Al final de la escapada. Son culturalistas a su pesar. Animales casi acosados que no buscan protección, que se autoprotegen por medio del alejamiento. Sus circunstancias discurren en torno a un mapa imposible de cambiar, el de la naturaleza, el de la naturaleza humana. De ella parten como si fuera una plaza, o una calle sin sentido, que no da a ningún lugar, o que, en su presunta rectitud, oculta un avance circular. O sea, un no avance. El único avance es hacia la muerte.

 

22

La cuestión geográfica es fundamental para entender a los pobladores bayalianos. Sique y callejero padecen el mismo laberinto existencial. Al principio de La escapada, leemos: “Trazando una circunferencia en torno al kilómetro cero de la Puerta del Sol, sus límites cardinales apenas serían Atocha al sur -o Embajadores-, Bilbao al norte, plaza de España y Cibeles al este y al oeste…”. Veinte páginas más tarde, saldrán: Ópera, Arenal, San Ginés, Santa Ana; y, en el último cuarto de novela: Princesa con Altamirano, Rosales, Martín de los Heros, Fuencarral, Marqués de Urquijo, Alberto Aguilera y la Glorieta de San Bernardo… El espacio está medido. El resultado tiende a cero. O a infinito, que es otra clase de nada.

 

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La escritura de Bayal se pronuncia desde la autoconsciencia que arrastramos desde hace décadas y que, año a año, se refuerza y renueva, en el caso de nuestro autor, con matices de creciente desorientación. Es una escritura, pues, moderna, que ejerce desde su personalidad. Podría parecer que sus aguas están lejos de las de otros modelos de misantropía contemporánea, pienso en Michel Houellebeq, pero, precisamente por moderno y contracorriente, uno aprecia que desembocan en el mismo hondón. En el francés, el modelo de personaje es distinto -exitoso en lo profesional, amargado en lo íntimo, consecuentemente deprimido-, no distando tanto el regusto contextual. “La desgracia alcanza su punto más alto cuando hemos visto, lo bastante cerca, la imposibilidad práctica de la felicidad”; “Sus escasos momentos de felicidad en el liceo los pasó sentado, esperando (…) Su espíritu rozaba la felicidad” -Las partículas elementales, MH. “Sin ella [sin la pasión] se sentía mejor que nunca (…) La felicidad era básica y esencialmente imperfección” -Amad a la dama, GHB-. “La felicidad la brindan los placeres sencillos” -Sumisión, MH-. “Los hombres mueren sin haber sido felices, Camus” -Campo de amapolas blancas, GHB-. “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente no se dan las condiciones históricas” -Serotonina, MH-. “La memoria es una instantería” -El espíritu áspero, GHB-; “La experiencia nos apaga” -Nemo, GHB. “Esas zonas de silencio y aburrimiento en las que se deshace la vida” -Las partículas elementales, MH-. “El porqué de la elección de estas tierras para tan vehemente ejercicio de silencio” -Nemo, GHB-. “Cuando escribía mi tesis pasé una semana en la Abadía de Leesburg. Las comidas tenían lugar en silencio y eso era muy apacible comparado con el restaurante universitario. Me resultaba fácil comprender la atracción por la vida monástica” -Sumisión, MH-. “Venimos del silencio y vamos al silencio, dijo entonces. Por qué y para qué hablar en el camino, concluyó” -Nemo, GHB-. Los dos alcanzan una inocencia en la que destino y condena retozan como amantes. Me refiero a un destino existencial, cada vida en particular no está determinada. Los dos autores comparten algo así como una cierta insatisfacción moral. Hay igualmente silencio y reflexiones acerca de la vejez. Pero la misantropía bayaliana infinitamente más humana. En los dos autores, el contexto atiza la misantropía de los personajes. Si bien unos, los de Houellebecq, se desmontan por dentro, y otros, los de Bayal, alcanzan la purificación. La misantropía de los del primero es redundantemente asocial, mientras que la de los del segundo es paradójicamente social. Es una misantropía humana, una misantropía que se eleva como forma de relación social.

 

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Comparten, también, referente literarios: “Empezó a leer a Kafka. La primera vez sintió frío, una insidiosa helada; ahora después de terminar El proceso todavía estaba aturdido, sin vigor. Supo de inmediato que ese universo lento, marcado por la culpa, donde los seres se cruzaban en un vacío sideral sin que nunca pareciera posible la menor relación entre ellos, correspondía exactamente a su universo mental. El mundo era lento y frío” -Las partículas elementales-.

 

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Terminamos la comparación reforzando la idea de contexto. Los dos comparten una determinada marca espacial. “He estado una vez en São Paulo; allí la evolución ha tocado techo. Ya no es ni siquiera una ciudad, sino una especie de territorio” -Plataforma-. Cita São Paulo para, a continuación, decir que no es São Paulo. O que, siéndolo, no lo parece. O que, siéndolo, no lo es. O que es una no-ciudad. Un territorio. Así son, de la misma forma, los enclaves de Bayal. El Madrid de El cerco no se parece a Madrid, por más especificaciones que recibamos. Se trata de un territorio, más que de una ciudad. El espacio bayaliano alcanza el campo, pero cuando lo hace vemos que de él huyen hasta los pájaros. Bayal reconoce la espiritualidad kafkiana del hombre urbano. “Sólo en las ciudades hay mendigos, pensó. Sólo en las ciudades hay lugar para la locura y la pobreza, para la caridad y la misericordia, para la conciencia real de la soledad” -Paradoja del interventor-.

 

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Su geografía pertenece a la mente, no a la imaginación. El espacio geográfico es fundamental para describir a sus personajes, indisociables de él.

 

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En Paradoja del interventor, la estación es un conjunto de barracones negros y deshabitados. “En vías muertas, de acarreo o secundarias hay vagones desamparados, maquinaria huérfana, material ferroviario de desecho”. Cuesta distinguir la estampa de la estación de la del interventor: “Un hombre mayor, casi en la edad de los desguaces, sin más señas particulares que su medianía general en el rostro y la estatura y sus ingredientes átonos en los ademanes y en la voz”. Tan deshabitado que una extraña le ve y le da una limosna.

 

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Desde Babilonia, las dos tendencias ideales de diseño de la ciudad son: con forma de damero y en forma de círculo. Platón se apuntó a la segunda. Renacimiento y Barroco llevaron al extremo la aplicación matemática. En la Edad Moderna, la simetría continuó representando la perfección. Sorando Muzas refiere en La geometría de las ciudades que el rey Sol encargó para Versalles que cualquier elemento, el más inapreciable, fuese considerado a fin de aumentar la sensación de perspectiva. Nuestro autor no es ajeno a la historia de la arquitectura y, menos, a la literaria. El diseño interior de su misantropía tiene que ver con el boceto exterior de los espacios. Es decir, los escenarios ejercen una función necesariamente representativa. Por ellos vagan -melancólicos, resignados, encastillados en sus pequeñas certezas y serenos dentro de lo posible- unos personajes que no por mucho caminar llegarán a puerto más temprano. Si dibujásemos los escenarios, igual obtendríamos la estampa de un cerebro humano, con sus lóbulos en forma de laberinto. Los escenarios son un elemento que cruza, como un puente que te devuelve a la orilla de partida, la mente ensoñada de los personajes.

 

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“Un impulso oblicuo o circular con el propósito de (…)” -La escapada-. Qué importan los propósitos. “En seguida desestimé, no obstante, tan sensiblera simetría”. La escapada forma un díptico sui géneris con El cerco oblicuo, título elocuente, cuya geometría no sabemos si es de la culpa, del alma, de la vejez, de la memoria o de las ruinas, pero cuyo desarrollo es paroxístico. Páginas de aritmética física y mental en las que el único optimismo –“injustificado”- le corresponde al quiosquero. Travel, en La sed de sal (2013), sabe adónde va pero no lo que le espera. El tiro por la culata. Tomó la decisión, “con insensata extravagancia”, de hacer turismo literario y llegó Murania, “ciudad que Dios confunda y el diablo lleve a sus confines”. Como expresa el narrador de La escapada, midiendo la temperatura anímica de sus personajes, “tras la primera felicidad sobreviene inexorablemente el drama”. Son personajes que si se asoman a un mirador, además de ver el paisaje, reparan en el precipicio. Para los que dar un paso adelante es atizar el camino de la muerte. Cuya lucidez les permite amoldarse a las circunstancias. No luchan contra molinos ni se dan de cabezazos. Los más extremos se acercan a la ataraxia. “Por grandes que sean su asombro o su dolor, conserva el semblante impasible del equilibrio, que nada altere su espíritu” -Nemo-. Pero no nos equivoquemos: no son infelices, saben que llevan, como un fardo, la condición humana a la espalda. Sólo eso.

 

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El círculo no existe ni en las Variaciones Goldberg, que en El cerco aparecen perfectas e indescifrables como “reflejo de la existencia”. Igual lo único perfecto es el disco en el que suenan. Los vinilos son platónicos. Las vueltas que dan en el plato no marean, pero tampoco aplazan la hora.

 

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La perfección pertenece, si acaso, al absurdo. La vuelta siempre será en círculo. Caminar sin propósito genera viajeros inmóviles. La única perfección visible, “oculta”, pertenece a las ruinas. “Salíamos sin rumbo decidido”; “Tomaríamos el primer autobús, cualquiera que fuera su dirección”; “El laberinto, en verdad, es la patria de los indecisos” -El cerco-. Se trata de un hombre acorralado por la incertidumbre, víctima del sinsentido sartreano, no explícito hasta Campo de amapolas blancas.

 

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No todos los personajes son indecisos: ahí tenemos a Travel, ahí tenemos a Nemo, quien se dirige al único pueblo, piensa, hecho a su medida. Viven en la penumbra, no portan vidas grises. No son los personajes desorientados de Julio Ramón Ribeyro. Manifiestan determinación. Hay un punto en el que el viento en contra deja de soplar. Puede que debido a la autoconsciencia en que se mueven. Es gente que encuentra un rincón en el que resistir y vencer. “El tiempo no lo cura todo, enseña a malvivir con el dolor”. El pueblo de Nemo, por cierto, está construido en torno a un “anillo”, de nuevo la geometría. Desde él es percibido apostado en la ventana, “inmóvil”, “con los ojos fijos”, por unos habitantes que parece se acercaran a la casona no sólo en señal de preocupación, sino para saber qué trama, es decir, desarrollando una especie de seguimiento. Como se había inferido en El cerco oblicuo, no es la ventana, sino la calle el mejor sitio para seguir y espiar.

 

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Redondo como la bola de estiércol que acarrea, sin resultado, el escarabajo referido al comienzo de La princesa y la muerte (2001). Redonda es la condena. Redonda, también, la desdicha.

 

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Toda novela pretende un círculo o un poliedro. La obra de Bayal es un círculo gigantesco.

 

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Si en El castillo, la aldea a la que se dirige el viajero posee un urbanismo intrincado, imagen del entramado administrativo, la complicación urbanística de El cerco oblicuo podría corresponder al entramado mental de las personas que lo habitan. Aparentemente es racionalista. Funcionalmente desesperante. No es una complicación ilógica. Al contrario. Quizá demasiado lógica, no hecha para unos seres con limitaciones como los humanos. La tarea imposible de cumplir puede ser la vida. En la obra de Kafka, hay una geometría que parece que acerca a los personajes a sus destinos, pero, en realidad, los aleja hasta hacerlos imposibles. Parece que el viajero utiliza una ruta circunférica. Responde más a un dar vueltas en círculo que a los círculos infernales de Dante. Esta especie de estatismo en movimiento conduce a los personajes a un argumento que tampoco avanza, o que no avanza de forma convencional.

 

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Las localizaciones de Amad a la dama y de Paradoja del interventor son igualmente meticulosas sin que ello ofrezca mejor ventura a sus habitantes. En la primera, que no parece pintar mal, el amor no cuaja, que es el centro de la novela. ¿Qué decir del interventor?, varado como una sirena, próximo a unas vías que, parece, tampoco sirven ni para conducir trenes. El paisaje de La princesa y la muerte es estrictamente verbal, pero vuelve a ser una vuelta a la noria en torno a la segunda parte del título, circonvoluciones como cerebrales que, atenuadas, son las del encierro en el yo de sus personajes.

 

 

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La sintonía entre paisaje exterior y paisaje interior la volvemos a distinguir al final de La escapada: “Siempre conviene acabar lo que se empieza, cerrar lo que se abre y cumplir los compromisos”. Si no es posible cerrar un círculo, ¿será posible cerrar un triángulo?

 

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Sí, es posible cerrar un triángulo.

 

39

La geometría, la perfección, alcanzan el triángulo -amoroso- en Amad a la dama (2002). Qué decir de Un artista del billar (2004): “Se concentraba en la representación del polígono que quería trazar (…) golpeaba con precisión (…) y trazaba después un triángulo en bandas antes de dejarse morir, deteniéndose en el punto justo (…) Silogismos matemáticos, trazos de líneas y equidistancias, simetrías de golpes, gráficos de bolas”. Los personajes no cesan de intentar la circunferencia perfecta, el poliedro ideal, sabiendo que no tienen a su alcance conseguirlo. Pero no cejan: un tercer triángulo lo tenemos en El desierto de Takla Makán (2007) -lugar referenciado también en La escapada-: “La obra literaria es la manifestación de un triángulo avenido, la configuración lingüística de la realidad por parte del escritor, elementos éstos –escritor, realidad, lenguaje- que se dan generalmente en conflicto, con supremacía de un vértice sobre los otros”. Incluso hay un cuarto polígono en Nemo. “En el caso de Nemo, lo que le ha llevado hasta el territorio del silencio no ha sido la acción, sino la pasión. Aprecio, pues, una contradicción en el triángulo: acción, pasión, palabra. No necesita la palabra quien actúa, porque su lenguaje es la acción, pero tampoco quien contempla, porque su lenguaje es la observación (…) Ahora bien, el silencio de Nemo es activo”.

 

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En El espíritu áspero se nos hace saber que Saúl Olúas es el autor de Amad a la dama y La sed de sal. ‘Saúl Olúas’, ‘Amad a la dama’, ‘La sed de sal’, todos palíndromos. La palindromía es un nuevo encerramiento -la palabra termina como empieza-, un intento nuevo por lograr que todo encaje, una matemática, en este caso, de la lengua, que trata de aproximar el todo a la nada. Saúl Olúas es un cicerone. En el tercer relato de Conversaciones, ‘Aquiles y la tortuga’, brinda el relato de la historia de Petrús al narrador; y hacia el final de El cerco acompaña a Severo Llotas en su descenso por los círculos del mundo eterno, mientras todos vamos asumiendo que la realidad es “el sueño de una idea platónica” y que el tiempo no ha hecho más que girar, como el disco de las Variaciones, día y noche… como buen laberinto… hacia la nada. Este aprendizaje no se debe necesariamente a Olúas, ya que no sabe más que el propio Llotas del territorio, y nos hace recordar los momentos de dubitación en la Comedia: “Mi guía pensó un poco, cabizbajo, / y dijo: ‘El que aquí ensarta pecadores / no me explicó muy bien todo el asunto’” -Canto XXIII, ‘Infierno’-, yéndose con el semblante azorado.

 

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“Nunca nos abandonan los personajes de la propia ficción” -La escapada-. En La invención de la soledad, Paul Auster hablaba de sí, pero todavía no desprendido de un pudor que venció en Diario de invierno e Informe del interior. Así que el yo narrativo respondía a una inicial: A. De Auster, podemos suponer. Puede que no fuera protección lo que buscaba, sino una técnica narrativa más abierta que la simple confesión. El caso es que el protagonista se llamaba A. Antes inferimos que la H era de Hidalgo Bayal. En todo caso, la raíz etimológica está claro que lleva Kafka, escondido -o visible- en esa K imborrable que llevó a Calasso a bautizar su libro sobre el autor de esa manera: K. ¿Por qué ocultarse detrás de una columna tan invisible? “Así como la tuberculosis liberó a K de un destino que temía, así el quiosco liberó a F de la necesidad de tener un destino, de tener que buscarlo” -La escapada-. Incluso, en un punto, Bayal se refiere al quiosco como Q.

 

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Sobre todo, la misantropía de la que hablamos, ahí viene el doble salto, es una forma de relación social. No conduce al nihilismo, ello separa a su autor de otros. Es una misantropía que refuerza la solidaridad.

 

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Saber que no hay salida es liberador porque te exime de esfuerzos gratuitos. El sinsentido, más que una resignación… es una forma de sentido.


NOTA: La fotografía es de Sergio Enríquez Nistal y se publicó en el diario EL MUNDO.

1.9.21

Náufragos


El inquieto e imaginativo Salvador Retana ha ideado otra de sus aventuras: Náufragos. Ha reunido en una caja diseñada por él tres botellas con un mensaje dentro. Han salido las dos primeras entregas. Están editadas en su colección La Rosa Blanca. 
Retana, hombre polifacético, se ha ocupado de todo. Suyos son también los dibujos de portadillas de las botellas. Para los textos ha utilizado tipos Futura y Garamond y papel de arroz Xuan Zhyx.
La edición consta de treinta ejemplares, numerados a mano del 1 al 20, y 10 pruebas de autor no venales, numeradas del I al X.
La primera caja incluye mensajes de Gonzalo Hidalgo Bayal ("Naufragios"), Juan Ramón Santos ("Emboscados") y un servidor ("Mensaje"). La segunda, de Jordi Doce ("El cuerpo es esta plaza"), Francisco Jarauta ("Nocturnos") y Alberto Manguel ("Mi cara").
En la parte posterior de cada caja encontramos este texto explicativo: "Esta rara edición de Náufragos que sale a la luz es culminación de un proyecto que ha tardado tiempo en tomar forma. Cuenta el editor que la idea surgió hace tres años, en un viaje a Israel y Palestina, contemplando en el museo de Jerusalén Angelus Novus, el dibujo a tinta y acuarela de Paul Klee que adquirió y conservó hasta su muerte Walter Benjamin y pertenece en la actualidad a la colección del museo.
Los mensajes de esta compilación van dentro de una botella metálica y precintada como pecios de un naufragio. Nada se sabe de su contenido. Los autores son náufragos por naturaleza y solo ellos pueden dar cuenta de su aventura, del viaje sin retorno, del destino incierto. por misteriosos cauces, la edición ha venido con el tiempo a desembarcar en el proceloso mar en el que todos estamos naufragando".






26.8.21

La historia de Manuel Rico


Manuel Rico (Madrid, 1952), licenciado en Periodismo y empleado de banca durante años, es un conocido crítico literario (en la actualidad del suplemento Babelia, del diario El País) y el director de la colección de poesía de Bartleby Editores. Además, o sobre todo, es poeta. Autor, entre otros, de los libros Papeles inciertos, Quebrada luz, La densidad de los espejos (Premio Juan Ramón Jiménez), Donde nunca hubo ángelesFugitiva ciudad (Premio Miguel Hernández) y Los días extraños
Es también narrador. Sus últimas novelas publicadas son El lento adiós de los tranvías, La mujer muertaLos días de Eisenhower, Verano (Premio Ramón Gómez de la Serna) y Un extraño viajero (Premio Logroño). Entre otras ediciones críticas y trabajos ensayísticos, destacamos Memoria, deseo y compasión, sobre la poesía de Manuel Vázquez Montalbán. Suyos son los libros de viajes Por la sierra del agua Letras viajeras.
Tras Escritor a la espera. Diarios de los 80, aparece en Pre-Textos Cuaderno de historia, un libro de poemas. De poemas de la memoria, diría, y, en consecuencia, históricos.
Sus hijos están detrás de “Apuntes”, poema prólogo, donde leemos: “Es su historia: una imagen deforme de la tuya”. Le sigue “Encierro y soledad” que, como explica en “Crónica y testimonio de un cuaderno”, un texto a modo de epílogo, “es un poema pegado a la realidad en el que se filtra una pesadilla”. Un poema “nacido en plena pandemia”, que pasó en su casa de campo del valle del Lozoya y que termina: “pero tú estabas solo y encerrado y perplejo”.
“Así se hizo” (que lleva delante unos versos de Fermín Herrero) reúne catorce poemas que giran en torno a sus recuerdos de infancia y juventud en un Madrid que ya no existe. “Descampado”, “Viejo centro” (el de Sederías Carretas, Simago o Almacenes Arias), “Mapa con grietas”, “Calle Canal de Mozambique, 1963” (el que, según su autor, da origen este libro) o “Atocha 1977”… Allí, la “primera noticia” de la muerte y “la primera ventana”, las aceras de la calle Alcalá, el amor a la intemperie, “los autobuses / de las mañanas precursoras / de la vida incompleta”, la calle San Bernardo (la de los libros) o el olor a café y los domingos del padre, figura omnipresente en esta obra.
“Itinerario”, compuesta de tres poemas, da cuenta de lo generacional. No el yo, el nosotros. El miedo, la huelga, las banderas, las lecturas, la pana... Quizás convenga explicar que Rico fue militante clandestino del PCE. “Nosotros, débiles e ineficaces, temerosos de todo”, escribe.
“Ese desconocido”, uno de los mejores poemas del conjunto, parte de unos versos de Eliseo Diego: “La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.” ”No nos llama, ni apela a la memoria. Es. Así de simple: existe”.
“El secreto”, ya se anticipó, tiene como protagonista al padre, que le “pegó dos veces”. 
“Presente en fuga” es la parte más extensa de Cuaderno de historia y, por seguir con lo mismo, se abre con el poema “Vivo en mi padre”. El poeta se ve reflejado en la ventanilla del autobús nocturno y afirma: “Soy yo, seguro, mas mi padre, envejecido y solo, / a una idéntica edad, me mira extraño y me recuerda / lo poco de vida que le queda”. 
En “Taxi en la noche” leemos: “Eres el náufrago / que llegó de otro tiempo”. En “Te miro”, muy emotivo e íntimo, adivinamos tal vez a la madre. 
Desde “lo precario”, Rico observa a los viajeros (como él, en un tren que está en medio, digamos, de ninguna parte, aunque la estación sea la de Castejón de Ebro), a los lectores de las “Bibliotecas de barrio” (“que conocen muy pocos”), “la vida manejable”, “la pequeña”, la de los desheredados de la Tierra, como su propia madre.
Porque también él aboga por lo que es más sencillo, nos habla de su gato Parchís y de un viaje a Turín y otro a Roma. Y de un robo, de “los otros domingos”, de los viejos que vagan por un centro comercial y de una pareja que parece feliz. 
“Intemperie” se compone de ocho poemas en prosa. Sobre el silencio del padre, el piso familiar del centro, las primeras lecturas y el principio del amor, el cine (“refugiando inhóspitos diciembres”: “El invierno era el cine”), los lugares (entre ellos menciona a Plasencia), “aquella Italia” (de Pavese y tantos otros escritores y cineastas) y el hermano pequeño (un poema, por cierto, muy triste). 
“Deudas” nos informa de unas cuantas: la música francesa de Brel o de Piaf y las películas de Truffaut, la poesía y la persona del poeta granadino Javier Egea (Rico es el autor del estudio preliminar de su poesía completa), Machado (a quien visita en Collioure), Marcos Ana, Blas de Otero (en Granada, con Lorca)... Son los “intocables”. Como Cohen, Dylan, Jagger, Clapton y otros. 
Tras citar a Sharon Olds (“estoy prestando atención a la belleza pequeña”), “Volver a casa” es lo que anuncia: un regreso al que fue su hogar. Al dormitorio paterno, la cocina (“Y la madre en el centro, / no muerta todavía, bien visible”), el sótano, el dormitorio propio (“la habitación del niño / que fuiste alguna vez / todavía te huele y te recuerda”), los pasillos, la ventana y el patio (“que jamás fue jardín”).
Con un lenguaje sencillo de tono narrativo, donde predomina es clave, Rico construye en este libro una suerte de memorias. Una autobiografía lírica. Mediante un puñado de poemas que, como él mismo sostiene (cedamos la palabra al crítico), tienen un denominador común: “la búsqueda en la memoria, la indagación en una confusa identidad propia y en una necesaria identidad colectiva. Y la perplejidad ante el paso del tiempo y ante la sima que, con los años, va apropiándose de quienes han conformado la vida y han construido esa identidad”. Rico dixit
 
Manuel Rico
Pre-Textos, Valencia, 2021. 136 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 154 de la revista CLARÍN.

19.8.21

Mi página web

Una amable carta de Carlos Turpin me planteaba algo que nunca antes se me había pasado por la cabeza: crear mi propia página web. Me mandaba el enlace con la que había creado para Guillermo Carnero. Vi, leí, me gustó, le di algunas vueltas y finalmente respondí que sí, que aceptaba su generosa, desinteresada propuesta.
Supe de antemano que tendría que aportar no pocos materiales, sólo faltaría, pero más pronto que tarde (uno es persona nerviosa, de las de "no dejes para mañana..."), a pesar de los agobios veraniegos (que me resultan cada vez más insoportables), le fuimos dando forma, él a los mandos. 
Este es el resultado de ese trabajo en equipo: alvarovalverde.es
Turpin ha demostrado, en fin, solvencia y profesionalidad. Y santa paciencia. Mil gracias. 
Lo mejor de esta aventura es que al final he ganado a un amigo. No es poco. 
La página pretende ser sobria y elegante y, además, estar dotada de contenido. Sus secciones y subsecciones cubren buena parte de lo que uno ha ido escribiendo a lo largo de los años y de lo que otros han dicho sobre eso. 
Me preocupa, como en toda selección, que alguien se dé por excluido. Lo escrito, escrito está. Aquí o allá, poco importa. Mi eterno agradecimiento se da por descontado. 
"Álbum" es tal vez la sección que más dudas me suscita. Vuelvo a lo de antes. Demasiada exposición, tal vez. Uno es pudoroso por naturaleza. Sin alma de influencer
Ojalá guste el resultado. Y el que quiera opinar (y señalar posibles erratas, que casi nunca faltan), ya sabe dónde puede hacerlo. Seguimos. 

11.8.21

Lecturas bajo el terral


Víctor M. Pérez Benítez (Motril, 1960), autor de los libros Diverso y La mirada que respira, editor del blog Siroco, me envía este breve artículo que, con gusto, doy a conocer aquí. En la mejor compañía. Gracias. 


Quitarme el reloj y abandonar el móvil 

            Los pequeños gestos cotidianos son, a veces, las más importantes gestas que te ayudan a alcanzar la ansiada libertad. Ahora que el terral de Málaga cae de manera inmisericorde, al llegar a casa me quito el reloj de pulsera y me parece quitarme una losa de encima. Pero, ese pequeño gesto que siempre, para mí, ha sido tan liberador, se ve superado cuando abandono voluntariamente el teléfono móvil. Ir por la vida sin reloj y sin teléfono móvil es como ir desnudo, maravillosamente desnudo cuando consigues darte cuenta de que no los necesitas.
 
            
Termino de leer La rama verde de Eloy Sánchez Rosillo y me siento realmente pleno. La poética de memoria y mirada del murciano se esconde en esa rama verde que es la infancia, la rama que nunca se secará. La mirada de Sánchez Rosillo es transparente y luminosa; en ella la luz es la palabra más abundante, se debe de leer en silencio y sorber las palabras con lentitud, deleitándose de la sencillez y el poder contemplativo del poeta. Con el sosiego que nos aconseja buscar, desde la soledad viva, su poesía está llena del gozo de lo cotidiano:
 
En el hondo silencio de cada cosa y tuyo/y en esta soledad tan viva y plena. / Podrás oír acaso la música del mundo. / Aguza bien tu oído. Y sueña.
 
En una entrevista que Fernando Val le hace a otro de mis poetas preferidos, Álvaro Valverde, este afirma que la modernidad del poema la da el lenguaje, no el decorado. Estos poetas, ya sea Sánchez Rosillo en Murcia o Plasencia en el caso de Valverde, cultivan la poesía de la naturaleza, no la urbana, sin embargo su poesía es tan moderna como imperecedera, en ambos casos impera la cortedad del decir, así como la claridad. Dice Álvaro Valverde: pretendo ser un poeta racional y lúcido, para el que la claridad sea un principio básico.
 
Lo que separa al poeta del resto de los mortales es su mirada, su manera distinta y honda de mirar, capaz de encontrar en el más mínimo detalle, motivo de conocimiento poético. Aunque como dice Rafael Morales, el poema no es lo contemplado sino el lenguaje transformador. “Eloy Sánchez Rosillo escribió un poema en La rama verde a partir de unas hormigas ─nos dice Álvaro Valverde─ el mirar atento sería lo contemplativo, con un plus de reflexión y estado mental. Si no hay sentimiento, por leve que sea, lo frío se impone y el poema no mueve al lector ─concluye.”
 
La palabra que más aparece en la poética de Álvaro Valverde es sombra y en la de Eloy Sánchez Rosillo, luz.
 
Tanto las sombras como las luces de ambos poetas son realmente maravillosas.
 
Como el despojarse del reloj y del teléfono móvil, leer con sosiego los poemas de Sánchez Rosillo y Valverde, es un ejemplo de sencilla liberación.