19.5.22

El libro de Esther

Antes de ayer presentamos el libro Arca de tres llaves. Legajos y manuscritos placentinos, de Esther Sánchez Calle. A la prensa por la mañana, el el hotel Palacio Carvajal Girón, y al público, en Las Claras, con presencia del alcalde, por la noche. 
Lo ha publicado la asociación Trazos del Salón con el patrocinio de UNAEX (Consultoría de empresas representada en el acto por Miguel Carrasco y Francisco Javier Antón) y Gráficas Romero (donde edita Salvador Retana las cuidadas obras de La Rosa Blanca). 
Aunque el fin principal de Trazos es la creación en Plasencia de un centro de arte que albergue los fondos del Salón de Otoño y Obra Abierta de la Fundación Caja de Extremadura, en sus estatutos figura la defensa general de nuestro patrimonio. No es la primera vez que, para ello, nos servimos de un invento perfecto y perdurable: el libro; así, hemos publicado los catálogos de las dos exposiciones organizadas por la asociación y las bases teóricas, convenientemente documentadas, de este modesto proyecto. Volvemos de nuevo al libro para reunir un puñado de artículos de la que fuera archivera municipal y es cronista de Plasencia que, paradójicamente, vieron la luz en el Boletín mensual de la asociación, que es digital. Algunos caímos pronto en la cuenta de que merecería la pena llevarlos al papel. Como analógico irredento, doy fe de que parecen otra cosa en ese formato tan sólido como antiguo. "Los diez documentos que Plasencia no puede olvidar", titula Ana B. Hernández su artículo en el HOY sobre la obra. "Un libro dedicado a la memoria de Plasencia", ha dicho por su parte Raquel Rodríguez Muñoz en El Periódico Extremadura. 
El volumen -que incorpora ilustraciones- ha quedado muy bien. Es digno y bonito. Cuesta lo mismo que hacerlo mal, suele decir el alma de Trazos, Santiago Antón, inventor del citado Boletín y principal instigador de su salida a escena en una tirada pequeña y no venal; ejemplares ansiados ya por más de uno. Cualquiera podrá consultarlo, menos es nada, en forma de PDF. 
En la cubierta, fotografiada por Andy Solé (autor de las instantáneas que acompañan este texto, salvo la última), la primera caja fuerte de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Plasencia. 
Lleva al frente dos prólogos. Uno literario, de Juan Ramón Santos -otro funcionario municipal-, donde este se refiere a los buenos ratos de conversación que, por vecindad laboral, pudo mantener con Esther y pondera sus muchas virtudes. Es, a buen seguro, lo destacó el alcalde Pizarro, la persona que mejor conoce la historia de esta ciudad ocho veces centenaria. La tiene en su cabeza, en su memoria, lo que es aún más llamativo. 
El otro prólogo, más técnico, es del profesor e investigador Jesús M. López Martín, que tan bien conoce el Archivo Municipal y a nuestra protagonista. 
La mayor alegría, al menos para mí, es la suerte de reconocimiento que supone para su autora la edición del libro. Se la ve feliz. Como a Paco Morales, su marido, hermano del escritor Javier Morales y tío del poeta y novelista Álex Chico. 
Como no se prodiga, a más de uno le han sorprendido sus dotes divulgadoras y su sentido del humor, tan peculiar como incisivo. 
En los años ochenta, cuando se hizo cargo del Archivo Municipal, sus condiciones eran deplorables. La secular incuria de esta tierra. Han sido años y años de esfuerzo (la mayor parte en una sede húmeda, oscura e insalubre situada en los bajos de la casa de los Sánchez-Ocaña, luego parte del Ayuntamiento) para conseguir que en este momento (ella ya jubilada y con una nueva responsable al frente) sea uno de los mejores de este país. Y con poca ayuda para llevar a cabo esa tarea. La de Isidro Felipe, que debe ser nombrado. 
En 2014, Esther alcanzó el título de Cronista Oficial. Con sobrado merecimiento. En una y otra labor destaca por su solvencia y su profesionalidad. De "historiadora" la califica, y con razón, el mencionado Jesús López. Es verdad. No es una mera aficionada como tantos, dicho con todo respeto, que pululan por las localidades provinciales de la España profunda. Y con libros y libros bajo el brazo, por cierto. No, ese no es el caso de la humilde Esther Sánchez Calle, que no necesita ir por la vida de "erudita a la violeta", por decirlo con Cadalso. Lo suyo son las fuentes documentales. 
Esta es su segunda obra impresa. La otra fue la Guía-Inventario del Legado de Miguel Sánchez-Ocaña, uno de entre los varios archivos importantes, privados e institucionales, que se conservan en Plasencia y que pasó a titularidad municipal gracias a uno de sus hijos, nuestro añorado Antonio, periodista.
De él ha salido uno de los documentos más interesantes analizados en Arca de tres llaves, sobre el viaje fallido de Aranjuez a Lisboa, en el barco Antonelli, para comprobar si el río Tajo era navegable. Qué hermoso sueño. 
Como buena lectora, tiene sentido narrativo y sus artículos, amenos al tiempo que rigurosos, son una suerte de amenos relatos bien escritos que a ratos se convierten en apasionantes novelas. Como el dedicado al famoso Boquique, que se echó al monte. Al de Valcorchero, donde sigue su cueva. Más que bandolero, furibundo carlista. Un reaccionario. El informe del subdelegado de policía José Gordon, que lo detuvo, es memorable. Como dice Esther, digno de la serie 'Curro Jiménez'.
Y lo mismo ocurre con los dedicados al abasto de la nieve; a los "enaciados" del Fuero; a la proclamación de la Segunda República (que a punto estuvo de malograrse); a Alfonso X el Sabio (por el que la autora siente, con conocimiento de causa, mucho respeto) y a la primera aparición de nuestra Plaza Mayor en sus Cantigas; al origen del Mercado del Martes o, en fin, al litigio, en el siglo XV, por el cementerio de San Esteban, en la esquina sureste de la Plaza, donde estuvo el Manjuli (en la actualidad, Sabores) y está esa casa de cuento de aire centroeuropeo que tanto atrae, a pesar de ser un pastiche, a los turistas. 
Es un lujo, sin duda, tener como vecina a una persona tan sabia como ella. En su condición de ciudadana discreta y ejemplar, ha hecho mucho por la historia y la memoria de la Muy, esta noble, leal y benéfica ciudad que tanto quiere. Gracias, Esther.




18.5.22

Recobrada memoria


«Con plena seguridad, todos los que conocieron y se acercaron a Ángel Campos Pámpano pueden coincidir en que la gran humanidad suya, por naturaleza proclive a lo sencillo y compartido, no sólo podía cifrarse en esa sensación y memoria física de hombre grande que al saludarte te acogía en un cálido abrazo familiar, sino que bajo esa cordialidad espontánea suya, a su lado se volvían más fáciles las cosas». Así empieza el prólogo del libro Recobrada memoria, un libro ideado por Carlos Medrano –poeta extremeño de la diáspora, residente en Artá, Mallorca– que publica en edición no venal Vberitas, de Don Benito, el sello de Juan Ricardo Montaña donde apareció hace siete años un homenaje semejante, dedicado en aquella ocasión a Santiago Castelo: Aire por aire
Sigue Medrano a propósito de Ángel: «Su labor no fue sólo la de aportar una obra literaria propia a la espera de la mejor fortuna posible sino la incansable manera de concebir su papel de lector y creador inculcándolo de un modo exponencial en todas sus tareas. En su ideario vital estuvo la visión comprometida de elevar a su tierra enriqueciéndola a través del aprecio a las palabras que amaba y cuyo gusto y cultivo quería contagiar a todo aquel que acercara sus ojos a esa vida distinta y superior contenida en la lectura y la escritura, gracias a lo mejor de las palabras». Y, en fin: «Pocas veces la ausencia de un escritor ha concitado a lo largo de todos estos años transcurridos entre quienes lo conocieron el recuerdo emotivo de su persona y de su poesía donde una limpia y reconocible dicción volvía permanente su mundo –desde el más íntimo al físico de los lugares que hizo suyos– con esa consistencia de lo leve que él aprendió del aire y de la luz para nombrarlo».
Por eso, porque su «ausencia» no es tal, ha querido Medrano reunir en Recobrada memoria las voces de un numeroso puñado de amigos que han escrito en su memoria dos sencillos versos, siguiendo el modelo de los dísticos que él compuso para Materia del olvido, publicados, primero, por Antonio Gómez en una de las cajitas de su proyecto arco iris (en 1985), y que, después, pasaron a formar parte de la versión definitiva de Siquiera este refugio tal como quedó recogida en La vida de otro modo, su poesía completa.
«La propuesta planteada –precisa Medrano– fue elaborar un dístico sobre Ángel o cualquier detalle de su obra poética a imagen de los que componen Materia del olvido que él tanto apreció, al marcar desde ellos –y no antes– el arranque de su obra poética canónica». Y añade: «En su nombre este libro ha convocado en torno a la literatura y a la amistad (dos valores que se daban y aprendí como uno solo al asomarme a la escritura poética en Extremadura a finales de los 70) a un buen grupo de aquellos amigos y escritores de nuestra tierra que lo trataron o de los que por edad llegaron a él leyéndolo y han querido participar. A ellos se unen algunos autores más en representación de la inmensa capacidad de Ángel de conocer y relacionarse con todos los que escribían a un lado y otro de Portugal y España».
Suelo decir que el primer poema de un libro está en su cubierta. Ocurre aquí y es obra del citado Juan Ricardo Montaña. Representa una naranja pelada (que parece una flor) y hace referencia a otro de Brian Patten “La naranja robada”, traducido por Carmen Fernández y sus hijas Paula y Ángela Campos Fernández, donde indirectamente se alude a una costumbre de Ángel, desde sus años de estudiante en Salamanca, que consistía en llevar, cuando viajaba, una naranja en su equipaje o «guardar en los bolsillos una cáscara como talismán agradable a cuyo aroma podía recurrir».
Era mi talismán para ahuyentar la idea / de que no había nada luminoso o especial en el mundo, leemos en el poema de Patten.
Tras el prólogo, los dísticos de Materia del olvido con la cita del poeta mexicano José Emilio Pacheco de donde tomó el título: La poesía es la sombra de la memoria, / pero será materia del olvido. Incluido el de “Plaza de Santa Teresa”, donde está uno de los versos más felices de Ángel: De todos los milagros, el del agua.
Delante, una ilustración de Javier Fernández de Molina: “La Rabaza”; una de las que embellecen esta hermosa y sobria edición. Firmadas por sus amigos José Manuel Sánchez Paulete, Hilario Bravo, el mencionado Antonio Gómez, Laura Corvasí y Germán Grau.
Cincuenta y uno son los nombres y, por tanto, los dísticos que conforman el núcleo de esta obra. En la sección “Recupero tu imagen si te nombro”, que se abre con unos versos de Eugénio de Andrade, en la traducción pampiana: Diré entonces: / Un amigo / es el lugar de la tierra / donde las manzanas blancas son más dulces. / […] /  En mis hombros ya siento / su respiración.
Los dísticos están ordenados en orden cronológico, por la fecha de nacimiento de sus respectivos autores. El primero es de Pureza Canelo, la decana del grupo, y el último de Ángela Campos Fernández. También colabora su hermana Paula. Esta es la nómina completa: Pureza Canelo, Pablo Guerrero, José Antonio Zambrano, José María Bermejo, Perfecto Cuadrado, Juan Ricardo Montaña, José Luis García Martín, Gonzalo Hidalgo Bayal, Jean Gabriel Cosculluela, Ezequías Blanco, Manuel Vicente González, Alfonso Alegre Heitzman, Santos Domínguez, Francisca Díaz Fernández, Fernando León, Luciano Feria, Tomás Sánchez Santiago, Basilio Sánchez, José Luis Bernal Salgado, Jesús García Calderón, Elías Moro, Álvaro Valverde, María Rosa Vicente, José María Lama, Carlos Medrano, Serafín Portillo, Juan Manuel Barrado, Miguel Ángel Lama, Javier Alcaíns, María José Flores, Ada Salas, Luis Sáez Delgado, Irene Sánchez Carrón, Diego Fernández Sosa, Javier Morales Ortiz, Julián Quirós, Antonio Sáez Delgado, Suso Díaz, Antonio Reseco, Juan Ramón Santos, Mario Lourtau, José Manuel Díez, Julio César Galán, Luis Leal, Eva María Romero Rivero, Isabel Jimeno, Paula Campos Fernández, Carlos García Mera, Ángela Campos Fernández, Guadalupe Villarreal y Anónimo de Yuste. 
Puedo asegurar que el nivel de los versos es muy alto. El de algunos, excelente. Por ejemplo, los de Jesús García Calderón, de la cosecha del 59. “Paso de La Rabaza” lo titula, y dice: Me hablaron de tu casa encendida en la Raya. / Hay almas que merecen mirar dos horizontes.
Si fuera diplomático, diría que no sobra nadie. Como suele ocurrir en estos nobles empeños, tal vez falte alguien. Me consta que varios convocados nunca respondieron. A otros, por desconocimiento o despiste, no se les invitó. Mencionaré sólo a uno: Eduardo Achótegui. Seamos sensatos: como dejaba caer Medrano, si todos los amigos de Ángel hubieran sido emplazados (no sólo extremeños) y estos, a su vez, hubiesen respondido, el volumen sería ingobernable. Así era Ángel, al que, desde el cariño, llamábamos, en función del momento, de formas diferentes. De eso va lo escrito por su amigo Manolo CerebroCampos te llamaron algunos, hasta Angelito los más amigos, / Pámpano los más chistosos, alguna vez yo sonriente.
Cierran la lista Guadalupe Villarreal y Anónimo de Yuste, lo que extrañará a más de uno. No son otros que el profesor de la Universidad de Extremadura Juan Manuel Rozas, quien utilizó ambos heterónimos para su Cancionero doble. Como el sanvicenteño, nos dejó a destiempo. Hizo mucho por la poesía de esta tierra y, por eso y por cómo era, le quisimos tanto y merece figurar en este elenco. Admiró, con razón, a Ángel.
Uno de los avisados, en buena lógica, fue Luis Landero. Ya fuere porque no leyó bien lo que se le pedía para el libro, ese humilde dístico, o porque la poesía (le confesó a un amigo común) no es lo suyo (aunque por ahí empezara), el autor de Juegos de la edad tardía envió a Medrano el texto en prosa que ahora abrocha, y de qué manera, este homenaje: “Entre líneas y entre amigos”. Comienza: «En noviembre de 1989 presenté mi primera novela en Badajoz. Me acompañaba, muy gentilmente, Manuel Martínez Mediero. No recuerdo el lugar, pero sí que era muy grande, que tenía hechuras de teatro, y que habría unas doce personas, congregadas en las butacas delanteras. Un grupo entusiasta compuesto por gente de mi familia, un par de amigos de la infancia y un desconocido que resultó ser, cómo no, Ángel Campos.
Allí nos conocimos, y desde ese día, gracias a ese atajo sentimental que son las complicidades literarias, nos convertimos de golpe en viejos amigos. Como él era de San Vicente de Alcántara y yo de Alburquerque, desde el primer momento hicimos también nuestra la rivalidad inmemorial entre nuestros pueblos». Ya podéis imaginar cómo sigue.
Más adelante dice: «Fue él quien me hizo escribir lo que sin él no hubiera escrito nunca». Se refiere al libro Entre líneas, que se publicó en la colección Los Libros del Oeste, de El Oeste Ediciones, la editorial que fundó Ángel junto a Pedro Almoril y Manuel Vicente González. El texto de Landero, no hace falta decirlo, es memorable.
Termino. Conté todo esto en San Vicente hace unos días. A modo de alegre primicia. Para ello, pedí antes permiso a Carlos Medrano, artífice de este loable florilegio, quien me lo concedió con agrado. A buen seguro, le hubiera gustado estar allí. Y en realidad allí estuvo. Como Ángel, a quien algunos amigos, a sus palabras y a los hechos me remito, seguimos sin poder imaginar muerto. Por suerte, cada vez que lo recordamos o leemos un texto suyo, resucita. Bendito milagro.

16.5.22

Carta de San Vicente

Un año más, tras dos sin vernos por culpa de la maldita pandemia y tres días después del cumpleaños de Ángel (que habría alcanzado los 65), nos reunimos el pasado viernes 13 de mayo en San Vicente de Alcántara para celebrar el fallo del Premio Hispano-Portugués de Poesía Joven que lleva su nombre y organiza la Asociación Cultural «Vicente Rollano» con la generosa colaboración de distintas instituciones: la Junta de Extremadura, la Asociación de Escritores Extremeños, el IES “Joaquín Sama”, los clubes rotarios de Badajoz, Mérida, Castelo Branco, Cáceres, Évora y Portalegre (INROT-6, representado por Jorge Gruart, amigo y paisano de Ángel), Izquierda Unida y Caléndula Studio. Esta era su octava edición.
Fue un viaje (desde Cáceres -ida y vuelta- en compañía de Miguel Ángel Lama, tanto tiempo después) de esos que merecen la pena, por lejos y a trasmano que para un placentino quede ese bonito pueblo rayano. El reencuentro con tantos amigos (y eso que hubo ausencias significativas: Paula y Ángela, las hijas de Ángel; los Luises, Arroyo y Leal...) fue emocionante. De los habituales, tampoco Yolanda pudo ir esta vez. 
José Juan Cuño y Eva Romero, almas del premio, organizaron un acto sencillo en un sitio precioso: la ermita de Santa Ana, donde, todos lo recodamos al volver allí, en la presentación de la poesía completa de Ángel cayó del techo un cascote que nos dio a todos un buen susto. 
A las palabras de los ya mencionados, del secretario y de uno, se sumaron las de los ganadores, João Rodrigues y Sara Feijoo Soriano. De Portalegre y de Plasencia, respectivamente; esta última, alumna del IES "Virgen del Puerto". Demostraron con sus intervenciones que son dos muchachos con una sensatez impropia de una edad tan turbulenta y convulsa como la suya. Y que creen en la poesía. Sara (que me recordaba de una lectura en su colegio, y mucho antes el mío, San Calixto) reconoció que la ha salvado. 
Creo que el jurado que me honro en presidir acertó eligiendo esos trabajos. Sus cualificados miembros, a quienes agradecí públicamente su desinteresada y eficaz tarea, estaba formado este año por Paula Campos Fernández, hija de Ángel Campos Pámpano y profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES San José de Villanueva de la Serena; Ángela Campos Fernández, hija de Ángel Campos Pámpano y graduada en Humanidades en la Universidad de Salamanca; Antonio Sáez Delgado, Catedrático de Literaturas Ibéricas Comparadas y de Literatura Española en la Universidad de Évora y traductor; Jacinto Haro Ruiz, profesor de Lengua Castellana y Literatura; Alejandrina Merino Zamora, profesora de Lengua Castellana y Literatura; Luis Leal, profesor de Portugués en el IES Rodríguez-Moñino de Badajoz y traductor; Eva Mª Romero Rivero, profesora de Lengua Castellana y Literatura; Ana Isabel Bejarano Gómez, profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Bárbara de Braganza de Badajoz (que leyó el acta en portugués y nos acompañó a Lama y a mí en la mesa); Mabel Dordio Gamero, profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Joaquín Sama de San Vicente de Alcántara; Miguel Ángel Lama, profesor de Literatura Española en la Universidad de Extremadura y secretario. 
Muy celebrada fue la idea de Eva de crear una red de centros educativos ÁCP que estará formada por institutos de Extremadura y el Instituto Español Giner de los Ríos de Lisboa en los que Ángel trabajó. El primero, oportuna elección, el "Castillo de Luna" de Alburquerque. Una profesora y dos alumnas del IES representaron al centro en el acto y hablaron de la obra de Pámpano y leyeron poemas suyos.
El contrapunto musical fue de lo más oportuno. Tres canciones bien elegidas: "El sitio de mi recreo", de Antonio Vega; "Resistiré", que en la limpia voz de Carolina, casi una niña, sonó nueva, distinta; y "Alegría", el poema de Hierro, en versión Víctor Mariñas, que cantó y tocó la guitarra. 
La anécdota de la noche fue muy graciosa. Entregamos el premio al joven poeta portugués (Javier Fernández de Molina llegó con el cuadro bajo el brazo -lo más valioso- en el último momento) y dimos por hecho que me tendría que llevar a Plasencia el diploma, los libros y el dinero que le correspondían a la ganadora del accésit. En ese momento de "esto se ha terminado", una voz surgió desde el patio de butacas para decir que ella, la aludida Sara, estaba presente. Sentada junto a sus padres y su hermano. Una sorpresa, un tanto desconcertante, que alegró a todos. 
Tras una animada charla por corrillos en la puerta de la ermita, la comitiva se encaminó, según costumbre, al Litri, donde degustamos las deliciosas especialidades de la casa. En esta ocasión fue en la terraza, al aire libre. Me senté al lado de Jacinto Haro, ciclista de pro, y de la madre de Sara, médico en el hospital de Plasencia, lo que no deja de tranquilizar siempre a un aprensivo. Sobró la "rebequina" que aconsejó José Juan que se llevara (y la americana, que sí porté). Cuando Miguel Ángel y yo (los primeros en salir zumbando, otro viejo ritual) íbamos en busca del coche, el termómetro marcaba 29 grados. Eras las diez y media de la noche. 








11.5.22

Viejos tiempos

Santiago Antón me pasa esta fotografía tomada en Plasencia en los años setenta del siglo pasado. En la editorial Sánchez Rodrigo. Tenía su sede en el edificio que ocupa ahora la delegación de Hacienda, al lado de la iglesia de San Nicolás. 
En el centro de la imagen está Gonzalo, su director, nieto del editor del famoso método Rayas. A su derecha, una jovencísima Pureza Canelo. En el extremo izquierdo, don Leopoldo Corcho Asenjo, sacerdote. Era rector del Seminario Menor cuando trabajé allí, a principio de los ochenta. Una buena persona. Entre Gonzalo y Pureza, Víctor Chamorro, que acaba de morir en el hospital de esta ciudad, aunque vivía en Hervás. No identifico a las dos personas que están a la derecha de la instantánea. 
Se respira felicidad. Aquel fue un ambicioso proyecto fallido en torno a unos nuevos libros de texto de Lengua y Literatura que la llegada de una nueva ley educativa convirtió de golpe en obsoletos. Creo que fue eso, aproximadamente, lo que pasó. Una circunstancia, por cierto, muy española.

PS. Me informan de que el señor de la derecha es Ángel de la Vega. 

9.5.22

El viaje a Las Hurdes del rey Alfonso XIII

Se cumplen cien años del viaje del rey Alfonso XIII a Las Hurdes. Fue en junio de 1922. Con ese motivo, el jueves visitará esa mítica comarca el actual monarca, Felipe VI, tras pasar por Plasencia (donde no estuvo en aquella ocasión su bisabuelo) para inaugurar una nueva entrega, la primera que se celebra en España fuera de Castilla y León, de Las Edades del Hombre: Transitus
Nada mejor para informarse acerca de aquel periplo real (trazado por el placentino Gregorio Manglano Dean), que tan importante fue para la rehabilitación de esas tierras olvidas, como tantas entonces (y no sólo de España), donde vivían seres humanos faltos de la debida dignidad, más allá de la inherente a su humana condición; nada mejor, decía, que leer el reportaje que, en cuatro partes ("De Madrid a Casar de Palomero", "De Casar a Nuñomoral", "De Nuñomoral a Casares de Las Hurdes" y "De Casares a La Alberca"), viene publicando en su periódico, el HOY de Extremadura, el periodista placentino Antonio J. Armero. Sólo podrán hacerlo, es cierto, los suscriptores del diario o quienes lo adquieran en el kiosco. Hoy se da la tercera entrega. 
Preciso que existen antiguas crónicas periodísticas de aquel recorrido. No en vano en la comitiva real iban periodistas. Del ABC, por ejemplo. También es ilustrativo el libro Viaje a Las Hurdes. El manuscrito inédito de Gregorio Marañón y las fotografías de la visita de Alfonso XIII (Madrid, El País/Aguilar, 1994).



Para colmo de bienes, el texto de Armero viene acompañado de numerosas fotografías del viaje (que contrastan con algunas actuales sobre esos mismo lugares). Quizás la más llamativa sea esa en la que aparece el rey al lado de Marañón (instigador principal de la gira) en el río de Los Ángeles. El primero está desnudo y el segundo mantiene sus calzoncillos largos puestos. El calor fue tan agobiante esos días que no pudieron por menos que refrescarse. Cuenta Armero que le pidió a Campúa hijo (quien acompañaba a su padre, Pepe Campúa, fotógrafo oficial de la expedición) que inmortalizara ese momento. «¡Ven Pajarito!, que vas a hacer una fotografía que no me ha hecho nunca tu padre», le dijo.
Por lo demás, siempre he creído que ese viaje tenía una película. O un buen documental, aunque es verdad que ya existe este, con material cedido por la Filmoteca Nacional, propiedad de Basilio Martín Patino:
 
  
Incluso Fermín Solís podría hacer con esa fascinante historia (cargada de significación política, antropológica y social, entre otras muchas cosas) algo parecido a lo que hizo en su maravillosa Buñuel en el laberinto de las tortugas.
Enhorabuena, en fin, a Armero. Lean y vean, merece la pena.



3.5.22

Dos novelas espléndidas

A pesar de mis limitaciones narrativas como lector, qué buena idea tuvieron Paca Flores e Irene Antón, directoras, respectivamente, de las editoriales Periférica y Errata Naturae, al enviarme de mutuo acuerdo, cuánto se lo agradezco, las novelas Concierto sin poeta, de Klaus Modick (traducida por Jorge Seca), y Estar aquí es espléndido.Vida de Paula M. Becker, de Marie Darrieussecq (traducida por Regina López Muñoz). He disfrutado mucho leyéndolas sin prisa.
Sí, es preferible leer las dos. Y en el orden descrito. Se complementan. La pintora Paula Becker (la "M." es de Modersohn, el apellido de su esposo, también pintor) vivió en la colonia de artistas de Worpswede, en el norte de Alemania, cerca de Bremen, a la que el poeta Rainer Maria Rilke dedicó un libro. 
Uno de los fundadores, Heinrich Vogeler, es el protagonista de la primera narración, que gira en torno a su cuadro Tarde de verano o El concierto, en el que no aparece (de ahí el título de la obra) el autor de Elegías de Duino, quien, por cierto, conoció allí a la escultora Clara Westhoff, con la que se casó y tuvo una hija. Eso fue en el verano de 1900, en el que se centra la historia (magníficamente contada) de Modick. También estaban allí Paula Becker y el que sería su marido, Otto. Rilke coqueteó con las dos y ésta pintó uno de los retratos más famosos de Rilke, en realidad inacabado. 
Es cierto que la novela de Modick es más que un mero relato de unos hechos aproximadamente verdaderos (basado en documentos reales, no obstante). Estamos ante una reflexión sobre el arte y la poesía (con sus inevitables contradicciones) digna de elogio. 
Uno, que nunca pecó de rilkeano (aunque haya leído casi todo lo publicado aquí de él), ha tenido ocasión de comprobar en esas páginas que el personaje no sólo me resulta indigesto a mí, más allá de su alta poesía, en la que, lo confieso, nunca he sido capaz de entrar por completo salvo en contadas ocasiones. Por suerte no todo es solemne y sublime en el praguense. Y que perdone el poeta Basilio Sánchez, excelente lector de Rilke, mi torpeza. 
Las descripciones, en fin, son memorables, tanto las referentes al paisaje pantanoso de Worpswede como las de las casas que componían la colonia; la de Vogeler, ahora museo, ante todas. No en vano, aquello era un paraíso. 
Por su parte, Darrieussecq ha escrito una apasionada biografía de Paula M. Becker (con pasajes autobiográficos) que recupera la figura de una pintora que luchó a toda costa por serlo, a pesar de las limitaciones que sufrió por ser mujer. "Estoy convirtiéndome en alguien", escribió en una de sus cartas (podría haber sido en su diario, al que fue fiel). Desde París, ciudad en la que se formó y llegó a residir de forma precaria. 
La novela (por llamar de alguna manera a este texto lírico y fragmentario), escrita en clave feminista (lo habitual en esta época reivindicativa y del Me Too), constata que de aquella colonia de artistas tal vez sea su obra la que mejor ha soportado el paso del tiempo. En el mundo de la pintura, su reconocimiento es un hecho.  
Fue, además, la primera mujer que se pintó desnuda y la autora del "primer autorretrato de una embarazada desnuda en la historia del arte". No es poco y dice mucho de su valentía. 
Dieciocho días después de dar a luz a su hija, muere a los treinta y un años de una embolia pulmonar. 
Su amigo Rainer Maria Rilke le dedicó su poema “Réquiem”.
Son muchos los hallazgos que contienen estos dos libros que, ya decía, uno ha leído con calma, lápìz en mano, y con frecuentes paradas para consultar en internet tal o cual cuadro, tal o cual fotografía o documento. Rilke, Vogeler, Becker, Modersohn... ¡Menuda tropa!

30.4.22

Carta de Ávila

Hacía mucho tiempo que no recorría uno el trayecto que separa esta ciudad de la de Ávila. Aunque el camino natural es seguir la N-110, Soria-Plasencia, es más práctico, y casi tan bonito, evitar las curvas del Valle del Jerte y el Puerto de Tornavacas y tomar la autovía A-66 o de la Plata, subir hasta Béjar y, tras el Puerto de Vallejera, girar a la derecha y seguir por la SA-102. Ahí empieza la parte más interesante del viaje, al menos para los amantes de las carreteras secundarias. Uno pasa por Sorihuela, Santibáñez de Béjar (pequeños pueblos con justa fama chacinera), Puente del Congosto (con su castillo y su estrecho puente sobre el Tormes), Piedrahíta (con el soberbio palacio dieciochesco de inspiración francesa de los Duques de Alba y un bar en la plaza donde preparan unas deliciosas croquetas de huevo cocido), donde uno retoma la calzada de la 110, y el imponente Puerto de Villatoro (donde un mes de mayo de hace años nos cayó una nevada épica; nombre, por cierto, que recordarán quienes escuchaban en la tele única de los sesenta y setenta la información meteorológica de los hermanos Medina, Mariano y Fernando). 
La nieve acompañaba mi viaje desde las cumbres de las sucesivas sierras que conforman el paisaje de esas sobrias tierras castellanas. Al bajar Villatoro, todo cambia. Una recta interminable (o casi) nos lleva hasta Ávila. Los pueblos van quedando a ambos lados de la carretera y sólo cruzas uno, ya al lado del destino: Padiernos, y a 50, que hay radar. Antes, dejé a la izquierda Roal, un restaurante con tienda (y un matadero industrial, como otros de la zona) que nos descubrió Luis Landero, donde paraban a comer su amigo Juan Luis Mirón (el "landeriano alto") y él cuando viajaban desde Madrid hasta Plasencia. Desde entonces, no ha habido viaje a Ávila o Segovia (cuando estudiaba allí nuestro hijo) que no aprovechásemos para degustar sus platos caseros y abundantes donde la carne, con perdón, era apreciada protagonista. 
El edificio de la Universidad de la Mística, en el Centro Internacional Teresiano-Sanjuanista (CITeS), que alberga la Casa de la Poesía Juan de la Cruz, es moderno, de una arquitectura inesperada en una ciudad monumental con muralla como Ávila. Desde el cielo, tiene forma de estrella, o eso parece. Está pintado de verde. Dentro, uno se olvida del alarde arquitectónico y se funde en un ambiente de silencio y recogimiento propios de cualquier convento. En mi segunda estancia en el Aula Poética que dirige María Ángeles Álvarez Sánchez fui recibido con el mismo cariño que la primera vez y pronto se sintió uno a gusto con el grupo de habituales que asisten a esas sesiones o lecturas. No eran pocos. Mujeres, la mayoría. Saludé, por ejemplo, a Miriam Sayans, que, según me dijo, me conoció gracias a Las aguas detenidas (ya ha llovido, ay), cuando se lo regaló Jesús López, viejo amigo, casado con una prima suya. Luego recordé que cuando él era responsable del placentino Centro Cultural Santa María, José Antonio Gabriel y Galán presentó allí ese libro, el segundo de los míos. 
Abracé además a dos amigos recién llegados de Salamanca: Eduardo Ayuso (director de Ediciones Sígueme) y Óscar Lilao (bibliotecario de la Universidad), compañeros de estudios de mi hermano el cura. Una alegría. Y una sorpresa. 
Después de unas cariñosas palabras de presentación por parte de mi anfitriona, inicié la lectura de un breve texto sobre el libro que nos convocaba (sabia, temprana lección de mi amigo Bayal para esos casos), los diarios de Porque olvido, y tres breves fragmentos de la obra. A continuación, leí varios poemas inéditos, de libros que van creciendo con la debida calma, al azaroso ritmo que la caprichosa poesía impone. 
Las digresiones y las anécdotas no faltaron. Hubo un coloquio animado y, para finalizar, dediqué algunos ejemplares. A María Victoria (maestra jubilada), a Esther y a Ester, a Lola, a la citada Miriam, a Óscar... 
Según costumbre, no sin despedirme, cogí el coche y volví a la carretera. Llovía a ratos. Hacia poniente, al frente, se resistía a anochecer. Bajo esa luz mortecina, las nubes y la nieve subrayaban su indeleble belleza. Su inextinguible misterio. La radio, como siempre, me hacía compañía. Como siempre también, recordaba lo sucedido y me arrepentía, al paso, de muchas de las cosas que dije en la lectura, confidencias que surgen de forma natural durante la conversación con los otros (eso es al fin y al cabo la poesía), más cuando uno sale de las hondas soledades pandémicas que todos hemos sufrido.
Paré a echar gasolina en Piedrahíta. A las once estaba en casa. Con mi Aechmea Blue Rain en la mano, un precioso regalo de María Ángeles. 

Con Eduardo y Óscar


Vista general






26.4.22

24.4.22

"Cáceres", de Pureza Canelo

La poeta Pureza Canelo (Moraleja, 1946) sigue ordenando su archivo y biblioteca, donados en su día a la Diputación de Cáceres. La tarea es compleja, pero ella no ceja en su afán de entregarlo todo en las mejores condiciones. Fruto de esa minuciosa y casi titánica labor, el redescubrimiento de un poema olvidado, "Cáceres", que se publicó en el diario ABC de Madrid en 1973 por encargo de su director entonces, el extremeño Pedro de Lorenzo. Salió en el periódico, nos recuerda, "con una gran foto a todo color del Arco de la Estrella y el Adarve". 
Aparece ahora, precisa, en "un nido de la carpeta de los años 70". Lo cuenta Canelo en la nota que abre la reedición de esos versos en la primera entrega de la bonita y sobria colección Pliegos El Legado, auspiciada por la mencionada institución pública. 
"Me sorprende su escritura derramada y extensión con mi joven pluma. En aquel tiempo empezaba mi obra poética y ahora compruebo que me tomé en serio el encargo de don Pedro. Debí escribirlo en Moraleja en el verano del 73". 
Sí, como ella misma indica, ya estaban ahí "los códigos, armas y registros" de lo que será mi poética en el tiempo". En especial, subraya, lo metapoético, "reflexión sobre la propia escritura por aquellas rampas empedradas de la Ciudad de Cáceres". 
"Pero quiero ser más atrevida / que la piedra agazapada de perseverancia; / porque soy ser vivo / y antena a más mundos sin orden", leemos. Y: "Al norte de tu corona ilustre / he nacido cerca de Gata, / y al Oeste, en mi propio río, orilla, / se lavaba en Portugal / batallando en el agua". Y: "Oh, ciudad, / prefiero no adularte tanto, / adentrarte en mis sentidos sí, / en ese estuche a recorrer / del que hablo. Paso gigante / este aprender de oros". "Palabras solas". 
Canelo concluye: "Recupero este poema con el fervor que merece la señora del Oeste". 
Aunque por esas fechas el ABC llegaba a mi casa a diario bajo el brazo de mi padre, no soy consciente de haber reparado en él. Todavía no estaba el adolescente de catorce años que uno era para versos. 
Leído ahora sorprende su actualidad. Quiero decir que no parece escrito hace tanto tiempo. Tampoco hace falta volver sobre la precocidad de su autora, que 1970 ganó el premio Adonáis con Lugar común. Tenía 24 años, pero el libro había sido escrito cuando contaba aún menos. 
No deja de ser, como Canelo apunta, "la prehistoria de una poesía enraizada en Oeste". 
Ha sido un acierto, sin duda, rescatarlo (sus lectores se lo agradecemos) y una feliz idea la de lanzar a la calle estos Pliegos El Legado que a buen seguro nos depararán nuevas sorpresas. 

23.4.22

El "Meléndez Valdés" de Basilio Sánchez

Lisbeth Salas para WMagazín

De los muchos debates en los que uno ha participado en la honrosa  condición de miembro de un jurado literario, éste (el de la tercera edición del Premio "Meléndez Valdés") ha sido acaso el más complejo. Lo de "arduas deliberaciones" esta vez fue verdad. Enhorabuena al ganador, Basilio Sánchez, por su excelente libro y, cómo no, a los finalistas por los suyos. La cosecha era magnífica. 

Aquí puede leer la información de la prensa.



22.4.22

El cielo es solo cielo

Fabio Morábito
 podría ser un personaje de Lejos de Egipto, la autobiografía de André Aciman. Como éste, nació en Alejandría (1955). Su infancia transcurrió en Milán. Su idioma materno, el italiano. A los 15 años llegó a México y aprendió español. En esta lengua ha escrito toda su obra literaria, tanto narrativa (es autor de cuentos y novelas: “Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía”) como lírica, compuesta por cuatro libros, uno por década (“Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial”): Lotes baldíos (1984), De lunes todo el año (1992), Alguien de lava (2002) –reunidos los tres en La ola que regresa (2013)–Delante de un prado una vaca (2011); y por tres antologías: El verde más oculto, Un náufrago jamás se seca y Ventanas encendidas. El quinto (que se titula igual que una amplia selección de sus poemas publicada en Francia por Seuil) es el que comentamos y ve la luz al inicio de un nuevo decenio. Consta de cinco partes y los poemas carecen de título. En la primera reflexiona sobre la propia escritura: “Escribo prosa mientras junto / valor para los versos”. Versos, cabe matizar, que con ser deliberadamente prosaicos nunca dejan de ser líricos: “que mis poemas rezumen prosa / sin desbordarse de los límites del verso”. Consiste en “hacer caber en la envoltura lírica / el máximo de utilidad”. De “las casas rodantes”, “aprendí que los poemas / se escriben en papel cuadriculado”. Él los concibe con “métrica mental”, aunque apoyado en “versos impares”.
Traductor de Montale y Saba, confesó a Olmo Balam que el triestino “me convenció de que yo podía ser poeta por su mirada al ras de las cosas, sin mayores pretensiones y apegada al vivir cotidiano”. De eso se trata: “La vida es escarbar y a cada cual su cielo”. Porque “puede que la escritura sea el único refugio desde el cual puedes sentirte real”. “La mía –dice Morábito– es una mirada obsesiva”. Su poesía, “velocidad pura” que destila y comprime el lenguaje. “Concentración”, en una palabra. Para elevar a categoría lo anecdótico. A base, claro, de imaginación. Una caja de madera convertida en autobús, por ejemplo. “Soy un experto en resplandores”. “No la cosa, sino los ojos que la han visto”.
Cree que todos sus libros tratan de responder a la pregunta: “por qué las piedras no se abren”. Ahí radica el misterio, que no falta en esta poesía transparente. “Todo viene al caso si estás vivo. / Todo”, podría ser su lema. Y eso sirve para pasar un invierno en la Antártida (donde “no prosperó la pelambre”), ir a Puebla sin perderse, echar de menos las guitarras y los ceniceros de los aviones o colgar sábanas en la azotea. Por medio, deliciosos poemas de amor que hablan de la sutileza de Morábito. De su melancólica ironía y su humor: a este hombre se le lee con una sonrisa en los labios, incluso cuando se refiere (“Qué final!”) a la muerte de su padre: “como si para morir fuera preciso / estar en buena forma”.
La errante juventud perdida y el insomnio, la madre y la infancia (con hermano y sin perro), los ciegos y los mudos (como en su novela El lector a domicilio), los cuadros y los muros, los mapas y los besos, los gallos y los ríos le inspiran poemas memorables. “Escribo para que me oigan, no para ser leído”, afirma.
 
Fabio Morábito
Visor, Madrid, 2021. 108 páginas. 12 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

 


16.4.22

En Cáceres con Cernuda

Teníamos interés en que nuestros amigos suizos, Jorge y Christophe, conocieran El Figón, el restaurante cacereño donde tantas veces hemos disfrutado de la buena cocina. La más tradicional y la más extremeña. Un clásico. Allí quedamos con ellos y ellos se presentaron con la puntualidad prevista y un regalo en las manos. Un libro. Bien sabe Dios que no soy bibliófilo, pero qué emoción al abrir, y luego oler y tocar, la primera edición (la de Losada del 47) de Como quien espera el alba, de Luis Cernuda, uno de los poetas que más admiro, el mejor, para mí, del 27 y uno de los cinco mejores (podría reducirlo tal vez a tres), en español, de su trágico siglo. 
Los poemas que lo componen, ya se sabe, fueron escritos durante su exilio inglés, entre 1941 y 1944, en Glasgow, Oxford y Cambridge. A pesar de que no en las mejores circunstancias, como cuenta en Historial de un libro, sí en "uno de los períodos de mi vida cuando más requerido me vi por temas y experiencias que buscaban expresión en el verso; a veces, no terminado aún un poema, otro quería surgir". Luego confiesa: "Es quizás una de las colecciones de mis versos donde mas cosas hay que prefiero". Brines, uno de sus mejores lectores, lo consideraba su mejor libro. Le contó a Miguel Mora (El País) que "cuando estudiaba Derecho en Salamanca, encontró Como quien espera el alba en el polvoriento armario de una librería madrileña. Desde entonces, ése fue su libro favorito del autor de Desolación de la quimera, aunque aguantó el trayecto en tren hasta Valencia sin abrirlo «para aumentar el placer del descubrimiento»". 
No debe olvidarse que contiene poemas tan sustanciales en su obra como "Góngora" o "A un poeta futuro". Por lo demás, el título lo dice todo: Cernuda esperaba un nuevo amanecer, para él, un exiliado a la intemperie, y para el mundo, que no dejaba de estar en guerra. 
La comida no decepcionó a ninguno de los cuatro. Al salir, Cáceres, entre aguacero y aguacero (algo muy inglés, por cierto), volvía a ser la ciudad donde uno descubrió, como estudiante, libros como este de Cernuda, donde empecé a pergeñar mis primeros versos, donde, en fin, volvía, muchos años después, a la incesante ilusión de la poesía. Gracias. 


8.4.22

La poesía de Clive James

Fin de fiesta (Pre-Textos), del australiano Clive James (Kogarah, Australia, 1939-Cambridge, Reino Unido, 2019) fue uno de los libros que recogí en mi lista de los mejores del año 2021 para El Cultural. La reseña de Jordi Doce en La Lectura, el nuevo suplemento de cultura de El Mundo, me animó a volver sobre él y reconozco que pocos libros me han estremecido tanto como este en los últimos tiempos. Sorprende que su autor, aunque de origen australiano, fuera durante mucho tiempo un personaje famoso de la televisión británica lo que, imagino, conlleva suponerlo un ser frívolo que viajaba a merced de los acontecimientos que ese trepidante mundo acarrea. También pasó por la radio y el teatro. Fue crítico de The Observer (de 1972 a 1982) y, según la socorrida Wikipedia, "su popularidad en Reino Unido se debió primero a su actividad como guionista de televisión y, posteriormente, a su faceta como presentador de sus propios programas". En la BBC, pongo por caso. 
Dicen que, como crítico, "en ocasiones era despiadado". Ejerció ese oficio en la prensa, los suplementos y las revistas. Sus reseñas fueron reunidas en sucesivos libros de ensayo. En 2007 publicó Cultural Amnesia (2007), "una colección de biografías intelectuales mínimas de más de 100 figuras relevantes de la cultura, la historia y la política modernas". 
James tuvo como maestro a Philip Larkin (¡qué excelente discípulo!) y agrupó todos los textos que escribió sobre su poesía en Somewhere Becoming Rain, que es, según creo, su último libro publicado, de 2019. 
A lo largo de su vida dio a la imprenta novelas y varios volúmenes autobiográficos. Asimismo, colaboró en álbumes musicales junto a Pete Atkin. Y hasta se atrevió con Dante: en 2013 vio la luz una traducción suya de la Comedia
Otra de sus facetas como escritor fue la de autor de libros de poesía; a veces, humorística y satírica. Poca gracia tienen, sin embargo, aunque no falte un sutil sentido del humor y la imprescindible ironía, los poemas de este libro que comento. Lleva por subtítulo Últimos poemas. Poemas meditativos, sí, al borde de la muerte, escritos por una persona seriamente enferma. Eso no resta a estos emocionantes versos lucidez, todo lo contrario. Ni el cansancio ni la medicación ni los padecimientos ni, al cabo, la culpa (que tiene un peso decisivo en esta historia) vencen a las serenas reflexiones de alguien que sabe bien lo que le espera. Allí, casi siempre solo, en su casa de campo. 
No niego que la lectura de Fin de fiesta sea muy distinta si quien la hace es un joven con toda la vida por delante o una persona mayor que ya le ve las orejas al lobo; uno, por ejemplo. Dudo, en todo caso, que cualquier lector, con independencia de su edad, no quede conmovido por lo que James cuenta y por cómo lo hace. No, no estamos ante un poeta aficionado. Su verdad no puede dejar impasible a nadie. 
La muestra, dice Doce (y en su categoría de acreditado traductor podemos confiar por completo), está "traducida modélicamente" por Luis Castellví Laukamp, que ya en 2019 publicó en la revista Letras Libres "In Memóriam: Clive James (1939-2019)", donde podemos leer, por cierto, un poema suyo: "Regreso del niño de Kogarah". Como epígrafe: "Inscripción para una pequeña placa de bronce en Dawes Point (Sídney)". 
Doce, que presentó el libro junto a Castellví en la librería Rafael Alberti de Madrid, termina su nota afirmado que "estamos ante un poeta genuino, en el que inteligencia y emoción van en todo momento de la mano. Una revelación". Pueden creerlo. 

7.4.22

Goñi

Como tantos lectores, uno también siente la muerte de Javier Goñi. Fue un crítico de referencia. Y un buen narrador. Seguía sus reseñas porque, a decir verdad, coincidía con sus gustos. No optó por la estridencia ni por la presunta novedad a toda costa. Además, estaban muy bien escritas. Con la debida claridad.
Tuve, en fin, la suerte de que se ocupara en Babelia de mi segunda novela: "Alguien que no existe". Tituló su nota "Raros y solitarios".
Descanse en paz.