14.1.22

Últimas lecturas de 2021

Lo dije en la entrada que dediqué a justificar mi participación en las listas de "mejores del año": no sólo dejas libros importantes atrás (no los has leído, no caben), sino que te llegan otros o por fin reparas en alguno perdido entre los que están apilados. Para entonces, claro, la nómina ya estaba enviada. Antes de recuperar varios títulos, copio la respuesta que ha dado el nuevo director de El Cultural, Manuel Hidalgo, a una pregunta de Nuria Azancot donde sale a colación el asunto de las dichosas nóminas: 
"¡Pues me gusta mucho hacer listas, soy fanático de las listas! Ya de pequeño, lo que más me gustaba de las vacaciones de Navidad, era encerrarme a hacer las listas de mis libros, películas y discos favoritos del año. ¡Las conservo en cuadernos que me traía mi tía de Biarritz!". Mi gozo, ay, en un pozo. 
Empezaré por un libro que mis compañeros de suplemento Irazoki y Blesa han votado y que yo no voté porque las normas dictaban que no podían seleccionarse florilegios (salvo de poetas extranjeros). Me refiero a Mi lado izquierdo. Antología poética 1989-2019 (Renacimiento), de Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959). No tengo que demostrar nada: sigo a este autor y reseño sus libros desde hace demasiado. Se puede comprobar en la bibliografía manejada por la editora del libro, Xelo Candel, que le menciona a uno en el preciso prólogo que precede a la muestra. No me cabe duda de que es un poeta imprescindible en cualquier lista (canónica o no) de la poesía española de finales del XX. Su voz es única y su independencia ejemplar. Si no se conocen sus poemas, ninguna forma mejor que la de empezar por aquí. 
Francisco J. Márquez (Jerez, 1983) reúne en Cantar de grillos (Libros Canto y Cuento) un puñado de versos sencillos (que no simples), escritos -diría él- "con minúscula", pero que tienen todo el encanto de la verdadera poesía. Así, "La terraza", "Cunetas" o "Palmera", que dedica a José Mateos, director de esta coherente colección donde uno siempre encuentra lo que espera.
Se comprende mejor después de leer otro libro de la misma casa, Mientras levanta el día, el segundo de Manuel Montero (Jerez, 1955), que va ilustrado por Ana Domínguez y lleva un prólogo (de los que conviene leer) de Pedro Sevilla, que lo sitúa lejos del "malditismo" y a favor de la esperanza, ese "anhelo activo", esa "fe de vida". Versos, sin duda, "claros y limpios, sin hojarasca", como los que componen "Identidad", "Ritmo" ("A paso lento / camino entre la gente / que tiene prisa") o "Lo vivido". Como pretendía, ha construido "un nido de palabras". Bien hermoso. 
Después de sorprendernos con su primera novela, Los montes antiguos (Periférica), Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), otro nombre necesario de la Generación de los 80 o de la Democracia, publica Ríos de Babilonia (Pre-Textos), otro hallazgo. Con la hondura y la elegancia que le caracteriza, compone un breve volumen donde cada poema es un libro en sí mismo. Me han encantado "Romanticismo", "Ríos de Babilonia", "La juventud de los hombres ilustres" ("Un poeta no es nada. No tiene nada."), "A propósito de la naturaleza", "Viento seco, trastorno y apariciones"... No, la nómina de su rica promoción no se agota en los nombres de siempre. Hablo de evidencias. Son compatibles para cualquier lector de poesía los últimos libros, pongo por caso, de Fermín Herrero (aún espera la reseña de En la tierra desolada en El Cultural) y de Felipe Benítez Reyes (del que reseñaré Un mentido color para la mismo revista). 
A esa hornada pertenece por edad Juan Peña (Paradas, Sevilla, 1961), otro que va por libre, y que con Yacimiento (La Isla de Siltolá) vuelve a dar en el clavo. El título es muy adecuado porque de restos arqueológicos (terracotas, jarrones, lucernas, vasos, etc.) convertidos en alta poesía de regusto clásico van estos versos escritos con la sabia naturalidad de un poeta auténtico con alma de arqueólogo. Un botón. "Servidumbre y grandor de lo que eres": "Nunca serás la casa, / pero habitas la casa. / Nunca serás el tiempo, /  pero estás en el tiempo. / No serás inmortal, / pero lo sabes". 
José Antonio Llera (Badajoz, 1971), un poeta que no se prodiga, acaba de ganar el XL premio Leonor en Soria por su libro Tanatografía. Antes de que aparezca, RIL edita El hombre al que le zumban los oídos. Del rigor de su poesía ya teníamos cumplida noticia. Los poemas en prosa de esta nueva entrega ponen en evidencia su particular modo de proceder. Estamos ante una poesía en los límites. Sin concesiones. Dura y cortante. En torno a obsesiones muy suyas, como la enfermedad. Y con una mayor presencia, o eso me parece, de la imaginación, lo que le lleva a usar un lenguaje surrealizante que no dejará impávido al lector y que tendrá una gran aceptación entre los más jóvenes, en la línea, pongo por caso, de Mario Obrero. 
El diplomático Ignacio Cartagena (Alicante, 1977) urde en Las cataratas de Nelson (Ars Poética) un artefacto narrativo al que no le falta poesía. Lo explica muy bien en "Nota de aclaración (y de disculpa)" que abre el libro y en la "Nota final" que lo cierra. Un yo literario que es y no es él mismo explica sus peripecias personales y familiares (por medio, un divorcio) a través de una serie de poemas logrados. Como es propio de alguien que trabaja en Asuntos Exteriores, el viaje es un tema omnipresente. Dos partes tienen que ver con eso: "Los telegramas cifrados" y "Doce poemas australes". Su poder evocativo y las atmósferas que consigue fijar dan fe del acierto de su apuesta. Un libro, sí, para lectores mundanos y cosmopolitas. 
Nos ocupamos aquí del primer libro de Xavier Guillén (El Masnou, 1981), quien ahora publica en Pre-Textos Amo de casa. "¿Puede ser la poesía / nostalgia de oficio?", se pregunta al evocar el de su abuelo: zapatero. Tal vez. No le falta al poeta que ha escrito "Mi hermana me saca de casa" (en otro poema le "saca" su mujer), "Sopas completas", "Pesca en hielo", "Mar y tiempo", "Segunda residencia" o "Musgo en la nieve", una serie de ocho poemas en prosa que cierra el volumen. La claridad, la ironía y la memoria ("Devuélvete al presente") son tres de las patas sobre las que se sostiene la segunda entrega de Guillén. No se cae. 
Con Pulso solar, Diego Vaya (Sevilla, 1980) consiguió el accésit del "Jaime Gil de Biedma". De este autor ya habíamos comentado aquí un par de libros de poesía y otro de ensayo que dedicó a la obra de pintor Luis Gordillo. Este se abre con la famosa cita de Borges que celebra que todos los días estemos un instante en el paraíso. Por ejemplo, cuando uno come fruta, ve a su hijo escribir por primera vez su nombre, acaricia la piel del cuerpo de la amada o constata su amor. También al ver fotografías de su madre, que regresa. Meditativo y hasta metafísico se vuelve en las partes tituladas "Horizontes", "Paraíso en obras" y "Rescoldos de sol", que cierra el poema "Lo que importa". Dan fe de la solidez de su apuesta. 

NOTA: Ilustra esta entrada un detalle de una "librería" del escultor Manolo Valdés. 

12.1.22

El mapa de una vida

El pasado mes de octubre visité el IES "San Roque" de Badajoz, que toma su nombre del popular barrio donde está ubicado. ¿El motivo?: la amable invitación para intervenir en el Proyecto Erasmus+ Cartoteca biográfica de autores europeos -BIO-Maps coordinado por ese centro (al frente, los profesores Marisi Fortuna, Esmeralda Tienza y Ángel Domínguez) y en el que participan institutos de Educación Secundaria de Covilhã (Portugal) y Budapest (Hungría), así como las universidades UNED de España, Instituto Politécnico de Oporto, en Portugal, y la Universidad ELTE de Hungría, además de la Asociación Europea de Geógrafos EUROGEO.
Fue un viaje muy placentero y me recibieron con una cordialidad digna de ser subrayada. (El director del instituto, por ejemplo, nos acompañó en todo momento, algo poco habitual.) 
La mañana fue intensa. Después de tomar un café con dulces típicos en la sala de profesores, estuve reunido con el alumnado de 2º de Bachillerato. Luego, con un grupo de 1º de la ESO. Los chavales, mayores y pequeños, se portaron extraordinariamente bien. Suele ocurrir. 
En medio, una larga entrevista con dos alumnas. A partir de esa charla (muy bien documentada, por cierto) y de mis respuestas a un extensísimo cuestionario que preparó el profesor Domínguez y a resultas del cual uno acabó conociendo hechos vitales que ni siquiera recordaba, por no decir que ni conocía, se ha confeccionado lo que presentamos ahora, el story map o mapa de mi vida (en minúsculo sentido histórico), verdadera finalidad de la experiencia. 
Creo que el resultado exige felicitar a los alumnos y profesores implicados. También, cómo no, a agradecerles su trabajo. Destaco los nombres del mencionado Ángel Domínguez, responsable de la Investigación biográfica y los textos, y de Isaac Buzo Sánchez, responsable de la Cartografía y del Story Map (y director del IES).
De aquel viaje a Badajoz (donde uno siempre regresa con gusto), no olvido tampoco la comida final. Por los ricos platinos que disfrutamos en el Sanxenxo y, sobre todo, por la animada y afectuosa conversación mantenida con el grupo de personas que tuvieron a bien acompañarme. Muchas gracias. 

11.1.22

Pasiones lectoras

José Luis Melero (Zaragoza, 1956) es escritor, bibliófilo y un estudioso de la cultura de Aragón. Fue uno de los fundadores del Rolde de Estudios Aragoneses y de la revista del mismo nombre (que todavía sigue viva). También de Crótalo.
Aragonesista confeso, presidió la Fundación Gaspar Torrente para la investigación y desarrollo del aragonesismo y es académico de número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, donde ostenta el cargo de Bibliotecario.
Pertenece a diferentes Consejos de Redacción de revistas y al Consejo Científico y Consejo Editorial del Instituto de Estudios Turolenses, editor de Turia.
Columnista de prensa y colaborador de programa radiofónicos (como “Aragoneses en Aragón”, de Aragón Radio, junto a Genoveva Crespo), es un reconocido experto en jota y un hincha del Real Zaragoza.
Tiene, entre otras distinciones, la de Hijo Predilecto de la Ciudad de Zaragoza, la Medalla de Oro de Santa Isabel (concedida por la Diputación Provincial de Zaragoza) y la de Hijo Adoptivo de la Villa de Aguarón.
Todo lo dicho podría dar a entender al lector desprevenido que estamos ante un circunspecto señor de provincias que apenas sale de casa debido a sus rancias ocupaciones eruditas. Dista mucho de ser verdad. Lo demuestra, y no sólo, su faceta de escritor, un arte que ejercita, sobre todo, desde la columna, y no por su condición de estilita, sino porque escribe una para su periódico, Heraldo de Aragón, cada semana.
Quien haya leído Leer para contarlo. Memorias de un bibliófilo aragonés (2015), La vida de los libros (2009), Escritores y escrituras (2012), El tenedor de libros (2015) y El lector incorregible (2018), todos publicados por Xórdica, sabe bien cómo es. A esta serie se suma ahora Lecturas y pasiones, aunque, para completar el mapa, no está de más que mencionemos otras obras suyas como Los libros de la guerra (2006),  Manual de uso del lector de diarios (2013) y Una aproximación a la bibliofilialos libros, la vida y la literatura (2017), además de los dedicados a la jota o a los cuentos populares de su tierra.
Lecturas y pasiones reúne ciento doce artículos del Heraldo publicados entre 2018 y 2021. Antes de entrar en materia conviene fijarse, con independencia de la afición de cada cual por la bibliofilia (estamos ante un libro bien hecho), en la ilustración de la cubierta, obra de Jorge Gay, y, más que nada, en el prólogo. Los de Melero son pequeñas joyas que nunca han de saltarse, no como la mayoría de los enojosos delantales que se colocan en las primeras páginas de los libros. En éste, el autor vuelve a recordarnos su “pasión por los libros” que “desbordada, acabó convirtiendo mi casa en una biblioteca”. Tanto, podemos precisar, que, como antaño hiciera un rico con su querida, tuvo que ponerle un piso a los ejemplares que terminaron rebasando la suya propia.
Sostiene, aunque parezca baladí, que “los libros están hechos para ser leídos” (y no coleccionados, como suelen hacer sus camaradas bibliófilos). Y, con pudor, que “tener muchos libros […] no significa tampoco nada”.
Afirma después: “Dime que libros has leído y te diré quién eres”. Y: “Uno siente pasión por los libros porque anhela leerlos”. Luego añade: “Por eso nos gustan más los libros humildes que las grandes piezas de caza mayor”.
De sus lecturas y pasiones, sí, está hecho este libro, donde convive “lo local y lo universal”, que viene a ser lo mismo cuando de literatura se trata como nos explicó hace tiempo Miguel Torga.
La materia a que me refería se resume en los asuntos de los que esos artículos tratan. De escritores “raros” y olvidados, de otros mucho más conocidos e incluso de amigos que escriben (el desaparecido Félix Romeo o los muy vivos Fernando Sanmartín, Sergio Vila-Sanjuán y Antón Castro). Para empezar, porque la pulsión amistosa es en Melero de una naturalidad llamativa y, para seguir, porque es evidente que los amigos pueden escribir buenos libros. Aquello, ya saben, de que la admiración está en el origen de la amistad, al decir del clásico. ¿A quién, en fin, no le gustaría aparecer en alguna de estas columnas de la sección de Opinión del suplemento ‘Artes & Letras’ del citado diario aragonés?
Incluso cuando nos habla de fútbol, pongo por caso, o de un libro o un autor que es o fue paisano suyo (de los “ilustres”), esto es, cuando desciende a lo personal y regional por excelencia, es capaz de encandilarnos. Sencillo: porque escribe muy bien (un estilo que no se nota, digamos, ni retórico ni enfático, pero efectivo y sólo suyo) y porque detrás de la información y del análisis está la anécdota o el retrato del personaje, singular casi siempre.
Anécdotas divertidas, señalo. Y es que Melero gasta un sentido del humor tan sustancial como notable, extraño en el panorama literario patrio; con frecuencia, tan solemne y grave. Un humor, claro, teñido de ironía. De esa benévola e inteligente que no hace sangre.
Si no fuera pecado, diría que la de este hombre es una literatura entretenida.
No es cosa de poner aquí la ristra de autores de los que nos cuenta algo. Es larga, sin duda, y recortada dejaría de tener gracia. Sin embargo, me atrevo a destacar lo que a uno más le ha interesado. Así, las columnas que dedica a Lorca, aprovechando un viaje a Granada con su mujer, Yolanda, su “vicerrectora favorita”, como le ocurre con frecuencia; a las pesquisas del Rastro, con su admirado Trapiello al fondo (en 2019 publicó, en edición no venal de 50 ejemplares, Un recorrido por el Rastro de Andrés Trapiello) y a otras exploraciones por librerías de viejo, como la de Antonio Mateos en Málaga (antes de que internet acabara con el placer de comprar primeras ediciones); a la bibliofilia de “un bibliófilo muy atípico”, como se define, y a las bibliotecas de otros, esa suerte de autobiografías; a las librerías normales, a las Ferias del Libro (de cualquier época) y a los pregones y las presentaciones de libros (que odia y ama, más desde que está jubilado y lleva una vida social intensa y hasta peligrosa); a los descubrimientos de obras y escritores (y escritoras, no se me enfaden) que él resucita con justicia poética (como la de quien creía extremeño: “el cazador Antonio Covarsí”, o la de otro de Extremadura, nacido, éste sí, en Mérida: mi añorado Alberto Oliart, poeta inédito); a hechos históricos, pues no le falta, al revés, un gran sentido de la Historia; a Jaca, una ciudad a la que uno siempre ha querido ir; las que destina a la suya, Zaragoza, y, ya allí, a los famosos y no tanto que pasaron por esa ciudad con universidad y río; a escritores de vidas poco ejemplares, como Sender y Salinas; o, por terminar, a la política, que en este país llamado España es inseparable de nuestra última, catastrófica Guerra Civil.
Podríamos ir leyendo, semana a semana, esta especie de novela por entregas (por lo que tiene de trama en la que se enreda una serie de curiosos personajes), ya que Melero publica las columnas en su muro de Facebook tras su aparición en el periódico, pero uno prefiere esperar a que la ristra adopte forma de libro. Uno de esos “humildes” que “sentimos cerca del corazón y leemos con fruición y avidez”, por decirlo con sus propias palabras.
 
Lecturas y pasiones
José Luis Melero
Xórdica, Zaragoza, 2021. 288 páginas. 20 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

8.1.22

En la Biblioteca de los Jesuitas


La idea fue de Salvador Retana. El pasado lunes, Yolanda, Gonzalo Hidalgo Bayal, mi hermano Fernando (autor de las fotografías que ilustran esta entrada), el promotor y yo visitamos la Biblioteca de los Jesuitas, que es como se conoce a la del Obispado de Plasencia por aquello de que el núcleo de sus fondos proceden de la del antiguo Colegio placentino de la Compañía, construido por orden del prelado Gutierre Vargas Carvajal en 1555 y que "permaneció funcionando durante más de 200 años, hasta que en 1767 el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de España", como explica el periodista Claudio Mateos en el diario HOY. En ese mismo, detallado artículo se da cuenta de que "entre los aproximadamente 5.000 volúmenes hay al menos tres incunables" (que ya son más), así como "libros de clásicos como Platón o Cicerón, un ejemplar de La Galatea y una rareza como es un libro expurgado del humanista Erasmo de Rotterdam, que contiene tachaduras y una nota que lo señalaba como lectura prohibida". Vimos algunos de esos tesoros (como la Biblia Políglota Complutense) y otras rarezas gracias al archivero Gorka Díaz Majada, que en el último número de la revista Alcántara publica, por cierto, la primera entrega de un amplio estudio sobre la biblioteca que ha catalogado (con la ayuda financiera de la Fundación Banco Sabadell), si bien la actual archivera es María del Carmen Fuentes Nogales (también presente en nuestra visita). La disertación de Díaz fue muy amena. Se aprecia la pasión que ha puesto en su empeño, tan noble como titánico. 
En otro artículo, el citado Mateos cuenta que "entre los hallazgos más importantes se encuentra la bula de las gracias concedidas al cardenal Bernardino de Carvajal en 1521 por el papa León X, es decir, el nombramiento como obispo de este importante religioso que ya ocupaba un cargo de importancia en Roma al ser designado obispo de Plasencia, su ciudad natal, sede que ocupó hasta 1524, cuando fue sustituido por Gutierre de Vargas Carvajal. La bula ha aparecido dentro del pequeño estuche original de latón en el que llegó desde Roma, posiblemente a manos del propio Bernardino de Carvajal, y se encuentra perfectamente conservada". No es la única joya que esas paredes albergan. 
Tanto o más interés tuvo para uno el relato de leyendas y anécdotas suscitadas por ese lugar, fundado en el siglo XVIII, que estuvo tapiado en más de una ocasión para evitar su destrucción o su saqueo. Fueron las pesquisas del obispo alcoyano Vilaplana Molina las que permitieron dar con ese oculto recinto en los años setenta del siglo pasado, aunque haya llevado décadas llevarla hasta su digno estado actual. 
Me acordé mucho ese día de mis amigos Santiago Antón, al que las barreras arquitectónicas cegaron el paso, y José Luis Melero, si bien sus intereses librescos sean otros. A los que amamos los libros, cualquier biblioteca nos basta. Más si es tan hermosa como esta; de estilo colonial, para más señas. Con vistas, por delante, a un ameno jardín y, por detrás, a la parte antigua de esta culta ciudad murada. 









7.1.22

Sobre "El cuarto del siroco"

La Asociación de Librerías de Guipúzcoa le pidió a Pablo Luque (reciente ganador del Premio 'Ciudad de Irún' con Greenwich) que grabara un vídeo recomendando un libro y se acordó de El cuarto del siroco. Se puede ver y escuchar en Instagram. Gracias.

5.1.22

Homenaje a Rafael Guillén

Ni Jorge ni Nicolás, Rafael Guillén. Un poeta menos conocido de lo que debiera. Por haber estado atento a lo que al cabo importa: la poesía. La suya sobresale en el panorama patrio. Lo saben bien los lectores debidamente informados. Para celebrar la verdad y la belleza de sus versos, Fernando Jaén, Javier Gilabert, Gerardo Rodríguez Salas y Juan José Castro, han coordinado una antología-homenaje con la excusa de su octogésimo octavo cumpleaños. Ve la luz en el catálogo del Servicio de Publicaciones de la Diputación de Granada, su tierra. 
El título del volumen, Para decir amor sencillamente, está tomado de su soneto "Pronuncio amor": “Vengo de no saber de dónde vengo / para decir amor sencillamente”. 
Juan Carlos Friebe, persona cercana al poeta y a su familia, ha puesto el prólogo y ha ayudado en la selección de colaboradores. Entre ellos, poetas coetáneos (los del 50) como Francisco Brines (que envió su poema "Al lector" un par de semanas antes de morir), Julia Uceda, Antonio Gamoneda, María Victoria Atencia y Ángel García López. No faltan voces granadinas imprescindibles, como la de Antonio Carvajal. Ni jóvenes: Nieves Chillón, Diego Medina Poveda -Premios Andalucía de la Crítica-, Olalla Castro, Julen Carreño, Jorge Pérez Cebrián o Juan Gallego Benot.
Informan los editores que solicitaron un poema a ser posible inédito y relacionado, como es lógico, con Guillén o con su obra. El florilegio tiene tres bloques temáticos relacionados con esta: el amor, el tiempo, el instante y otro, el que lo abre, "constituido por poemas escritos como claro homenaje al poeta granadino".
Me gustan, de entre los que retratan el hombre, los de Fernando de Villena (que lo sitúa en Almuñécar), Antonio Rivero Taravillo (en una librería) y Antonio Gamoneda (que conversa con él). 
La nómina general es muy amplia y en ella se encuentran -entre otros, insisto- Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca -último premio Federico García Lorca-, Miguel D’Ors, Rafael Espejo, Trinidad Gan, Juan Andrés García Román, Ioana Gruia, José Gutiérrez, José, Raquel Lanseros, Victoria León, Aurora Luque, José Lupiáñez, Rubén Martín, Jesús Montiel, Jesús Munárriz, Luis Muñoz, Justo Navarro, Antonio Praena, José Ramón Ripoll, Álvaro Salvador y Jenaro Talens.
La representación extremeña brilla por su presencia (por los hermosos poemas aportados): Basilio Sánchez y Jesús García Calderón. 
Qué buena ocasión, en fin, para seguir leyendo, profundizar en su obra o empezar a leer la poesía necesaria de Rafael Guillén. 

Fernando Jaén y Javier Gilabert, coordinadores de la antología, con el poeta Rafael Guillén (centro). / IDEAL
Fernando Jaén y Javier Gilabert, con el poeta Rafael Guillén. / IDEAL

3.1.22

Una luz imprevista

Pocas veces ha leído uno un libro con la constante sensación de que le gustaría a tal o cual amigo. Personas cercanas, cabe matizar. Que a este o aquella se lo regalaría con gusto. Cada página de Una vida tranquila (Galaxia Gutenberg) suscitaba el recuerdo de alguien y era compartida en silencio y a distancia con él. 
Cuando empecé no sabía nada del autor, Coradino Vega, un profesor de literatura de Sevilla nacido en Minas de Riotinto (Huelva) en el 76. También desconocía de qué iba en rigor el libro. Si se han publicado reseñas, no me di cuenta. Lo vi en Madrid a finales de noviembre, en la exposición de Morandi, y me llamó la atención por la imagen de la cubierta: una natura morta del maestro boloñés. Y por el título, una de las posibles traducciones de still life, que para nosotros suele ser "naturaleza muerta". 
El libro es luminoso. Parece escrito en estado de gracia, aunque el proceso de escritura haya sido largo en el tiempo. Y no me refiero al de llevar al papel (o al procesador) su contenido. Lo que dice Vega ni se improvisa ni surge así como así, a pesar (no lo oculta) de las "referencias" consultadas. 
Su estilo está a tono con las ideas que pretende expresar. Transmite el sosiego al que aspira. Impera la sencillez, nada fácil de lograr cuando se habla de asuntos tan complejos. Y digo "complejos" porque los esenciales de cualquier existencia son enrevesados por naturaleza. Vega, sin embargo, se va abriendo paso con agudeza, hacia adentro. Su naturalidad resulta asombrosa. Quizá porque uno coincide plenamente con la poética que defiende: la de la humildad. Qué bien compone su defensa. Se vale de diversas obras y de diferentes autores. De vidas discretas como la del pintor Giorgio Morandi, la poeta Jane Kenyon, el compositor Federico Mompou y los monjes de la película De dioses y hombres. Pero no son los únicos. La galería es amplia (Ajmátova, Sophia de Mello Breyner, Zagajewski, Fra Angelico, Falla, Dickinson...) y sus apariciones en escena están muy bien traídas. 
Este emocionante ensayo de trasfondo autobiográfico que se lee, gracias a lo bien escrito que está, sin dificultad, revela además una moral de raíz humanista que resulta fácil asumir, más ahora. Hablo de mí.
Me ha llamado la atención lo bien que Vega conoce la poesía (aunque él sea novelista), algo poco común, incluso entre poetas. También la pintura y la música. 
No quiero desvelar ningún misterio más. El lector, como me pasó a mí, tiene derecho a descubrir por sí mismo lo que esta suerte de breviario propone. Su lectura me ha confortado. Me anima a perseverar en algunas, pocas convicciones; esas sobre las que se sostiene lo precario de cualquier biografía. 
La judía Etty Hillesum anotó en su diario: "En realidad se pueden decir con muy pocas palabras el par de cosas importantes de la vida". De eso se trata. 

31.12.21

Feliz Litoral


No deja de sorprender. incluso al lector habituado, la llegada de cada nueva entrega de la veterana revista malagueña Litoral. El último número es espléndido. En lo que al diseño se refiere (la elección de las ilustraciones es exquisita) y en lo que respecta a los textos seleccionados. El motivo: la felicidad. Un asunto complejo. Por eso, para abordarlo desde distintas perspectivas, el índice recoge diferentes apartados: "ser feliz", "la feliz antigüedad" (que abre un artículo de Juan Antonio González Iglesias, que tanto sabe de eso), "el placer de vivir", "la arcadia feliz", "carpe diem", "el instante que se va", "almas dichosas", "naturalmente feliz", "beatus ille", "la alegría" (según Tomás Sánchez Santiago, "único pariente de la felicidad que me es creíble"), "la terapia de la risa", "humor feliz", "ocho maneras de ser feliz", "amor pleno", sexo feliz", "placeres alimentarios", "la felicidad de los libros", "amigos felices", "felicidad fantástica", "felicidad maquinal", "notas felices", "alegres animales", "la engañosa felicidad" y "entre penas y alegrías". 
Una muestra literaria de estas dimensiones, con tan largo alcance, no se improvisa. Por eso es necesario ponderar el riguroso, inspirado trabajo de Antonio Lafarque y Lorenzo Saval. 
A medida que iba ojeando el índice, me preguntaba dónde podría encajar el poema anunciado por el primero. No soy precisamente la alegría de la huerta y mi poesía tal vez peque de triste. Fue hasta que di con el epígrafe "la felicidad de los libros", que es donde aparece el poema que dediqué a la ciudad holandesa de Deventer y que formaba parte del cuaderno Lugares del otoño (colección "El Astillero" de la revista santanderina Ultramar, 2005) aunque se integró después en el libro Desde fuera. Gracias. 



30.12.21

Otra vez los mejores del año

Todos los años pasa lo mismo: en octubre me piden desde la redacción de El Cultural una lista de los diez libros que considero "los mejores del año". Bueno, dos. Una en la que debo ordenar (puntuados del 10 al 1) los títulos de las obras de los autores españoles e hispanoamericanos y otra con la de los poetas extranjeros traducidos a nuestra lengua. No se admiten antologías, salvo en el caso de los de fuera. Ni poesías completas. Ni autores de la casa (habría incluido el libro de Irazoki). Pues bien, tras arduas deliberaciones (como se suele poner en las actas de los jurados literarios), envío las listas. Obediente que es uno. Y todos los años me arrepiento de hacerlo. Pero no me planto. Mea culpa. Diré en mi defensa que los libros de cada una son, sí, buenos libros.  Los elijo teniendo en cuenta mi particular punto de vista (esto no son matemáticas) y de entre los que he leído (de los que no, nunca opino). Para mí, todos tienen la misma puntuación y valen lo mismo, que es mucho. En la resultante de 2021 están, por ejemplo, Sacrificio, de Marta Agudo; Amorgós, de Nikos Gatsos; Días y trabajos, de Jacobo Cortines; y Poemas, de Mary Shelley. Y obras de mis admiradas Ida Vitale y Piedad Bonnett (cuyo florilegio no he leído aún). Y qué decir de Perse. Eso sí, también otros libros que no aparecen en las dichosas nóminas tienen la misma consideración. El límite... Es más, después de enviarla he disfrutado con libros que podrían haber ido, pero que llegaron tarde (de ellos hablaré un día de estos). En fin, un lío. Todos los años me juro que no volveré a pecar. Ojalá entre los posibles cambios que acaso lleguen con el traslado del suplemento desde el diario El Mundo hasta El Español esté el de prescindir de esta tortura anual. No creo. Lo hacen todos. Me consuela comprobar que las listas son iguales, y no porque nombren a los mismos libros. Aquí por lo menos opinan de cada género, digamos, los críticos de ese negociado. Eso sí, todo se desbarata cuando mezclan la lista de los libros de los poetas españoles e hispanoamericanos con la de los extranjeros y, desde ahí, sacan conclusiones. Eso no ocurre con las listas de novela y el resultado es mejor.  Esta es la de este año. Paritaria, por cierto. Como la pandemia, seguimos.  

29.12.21

En el adiós al obispo Retana

Los designios de la Iglesia, ya se sabe, son inescrutables. Está compuesta por seres humanos falibles. Son muchos los fieles de la Diócesis de Plasencia y no pocos placentinos no practicantes, pero atentos, digamos, a la realidad social de su ciudad, que se sienten confundidos por la decisión de nombrar a José Luis Retana Gozalo obispo de Salamanca y Ciudad Rodrigo (que antes tenía el suyo propio) cuatro años después de que llegara a Plasencia, su primer destino como prelado superior y donde fue tan bien acogido. Nos consta que la situación le apena (se sentía a gusto aquí) y le preocupa (compartirá la gestión de dos diócesis al mismo tiempo, con los problemas que ello conlleva). Los rayanos de Ciudad Rodrigo observan con desasosiego la medida (se sienten incluso agraviados) y Salamanca, con un clero envejecido (y no hablo sólo de la edad), no es plaza fácil, como bien sabe el que fuera rector del Seminario Diocesano de Ávila en esa ciudad. Él lo asume: «Los obispos somos todos un poquito conservadores y creo que la elección puede entenderse como lógica si se tiene en cuenta que he vivido 20 años en Salamanca y he formado allí a muchos seminaristas de Ciudad Rodrigo», ha afirmado.
Por lo demás, Retana está acostumbrado a la brega y a medirse con las dificultades. Puede que por eso... Tuvo un buen maestro, como su hermano Salvador, mi querido amigo, que tanto va a echarle de menos. Me refiero a su padre, «de una calidad humana y espiritual fuera de lo normal», dice el obispo. Doy fe de lo lejos que ha llegado esa labor, forjada desde que eran unos críos allá en Pedro Bernardo, su pueblo natal, en las faldas de Gredos. 
Deja este hombre muchos proyectos eclesiales en marcha (por eso no pocos curas se sienten desolados) y uno cultural de gran magnitud: la nueva edición de Las Edades del Hombre, que nunca habría llegado hasta este rincón sin sus contactos y diligencia. 
El deán de la Catedral de Plasencia y vicario general de la Diócesis, Jacinto Núñez Regodón, un sacerdote inteligente al que nombró Vicario General, dijo en la misa de despedida (según recoge el diario HOY), con una osadía impropia de estos ámbitos: «Creo que no sería honesto si antes de terminar mi intervención, no manifestara que su marcha, aparte de tristeza y nostalgia, nos ha producido desconcierto e incluso cierto malestar». Y continuó: «Nos cuesta entender algunos procedimientos eclesiásticos que, a veces, dan la impresión de prestar menor atención a las diócesis más pobres y pequeñas». «No juzgo a nadie lógicamente, pero me permito expresar el deseo de que se revisen algunos de esos procedimientos», concluyó.
Deseo, en fin, lo mejor a este obispo cercano y cariñoso. Y mucha salud para afrontar lo que se le viene encima, que no es poco. Por suerte, antes de irse, tuve ocasión de visitarlo junto a mi hermano Fernando y en esa breve conversación confirmé lo que pensaba sobre su valía humana y moral. Hasta ese momento no nos conocíamos personalmente. Espero, como mis paisanos, que quien le sustituya sea un obispo capaz. Los malos tiempos, no nos engañemos, así lo exigen. 

28.12.21

La poesía de David Huerta

No vamos a descubrir a estas alturas la importancia de la lírica mexicana en el panorama de la poesía escrita en español. Y eso desde Sor Juana Inés de la Cruz, que no es poco. Anterior a ella, incluso, podemos mencionar a Pedro de Trejo, un emigrante placentino que, condenado a galeras, desapareció para siempre en el mar.
David Huerta, hijo de Mireya Bravo (“a ella le debo una porción cardinal de lo que pueda yo valer”) y del “formidable” poeta Efraín Huerta (me temo que en todas sus biografías se consigna este dato, aunque acaso lo más exacto sería decir, a la vista de sus respectivos recorridos poéticos, que don Efraín fue el padre de David), nació en Ciudad de México en 1949 y es un eslabón fundamental de esa cadena literaria que, insisto, no se limita al espacio geográfico mexicano, sino al casi infinito de los Territorios de La Mancha, por decirlo con Carlos Fuentes.
En una “semblanza en primera persona” que abre el libro del que vamos a hablar, ha confesado: “me debo al sistema de educación pública de mi país”.
Poeta adscrito a la generación de los 40 o del movimiento estudiantil-popular de 1968 («la tragedia mexicana conocida como la Matanza de Tlatelolco […] marcó, a partir de entonces, toda mi vida»), editor, ensayista y traductor, estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la UNAM pero confiesa, con “timidez” y “sin arrogancia”, que no tiene título universitario. “No me avergüenzo de esa carencia, pero tampoco la proclamo”, añade. Eso no le ha impedido ser secretario de redacción de La Gaceta del FCE, miembro del consejo editorial de Letras Libres y director de Periódico de Poesía, así como colaborador de numerosos periódicos y revistas y en la actualidad firma una columna en el diario El Universal titulada «Libros y otras cosas». Esa ha sido, reconoce, su verdadera universidad. En cuanto a su “vocación de escritura”, arranca en la infancia (fue, dice, un “lector ávido, desordenado, curioso”) y se consolida en la primera adolescencia, al toparse con el poema de Lorca “La canción del jinete”.
Estuvo becado por el Centro Mexicano de Escritores, la Fundación Guggenheim y por el Sistema de apoyos a la creación y a proyectos culturales (Fonca).
Entre otros, ha obtenido los premios Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Nacional de Ciencias y Artes y el de Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco. En 2019 le otorgan, por unanimidad, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), por el «ímpetu, la ambición y la fraterna inteligencia» de su trayectoria poética. También posee la medalla “Mártires de Tlatelolco”.
Huerta ha coordinado talleres literarios en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el ISSSTE, y ha sido profesor de literatura en cursos de la Fundación Octavio Paz y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Es docente universitario: desde 2005, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
Aunque su poesía forma parte de Las ínsulas extrañas: antología de poesía en lengua española (1950-2000) y aquí, en España, publicó en 2013 (en la barcelonesa Ediciones de la Rosa Cúbica) Los grandes almacenes. Poemas en prosa (en colaboración con el pintor Frederic Amat), como explica muy bien Jordi Doce, “es difícil encontrar un caso análogo, en el que la excelencia de la obra goza de un reconocimiento crítico en su país de origen que apenas ha trascendido fuera de sus fronteras”. Con esta afirmación inicia Doce el amplio y riguroso ensayo “Hay una llama viva” que precede a los poemas que conforman la antología El desprendimiento, de la que es coeditor junto a Huerta, y que tiene como fin inmediato dar a conocer como es debido una obra capital de las letras hispánicas. En una colección, cabe añadir, de referencia.
No se me ocurre mejor introducción a su mundo poético que la lectura de esas treinta y cuatro páginas. Todas las claves quedan expresadas ahí y a ellas nos vamos a remitir sin ambages ni ocultamientos.   
Veinticuatro son los libros de los que se recogen poemas, además de seis inéditos (dos de ellos “testimoniales”), insertos en las secciones “Inéditos” y “Apéndice”, donde el lector encontrará el discurso de aceptación del premio FIL. Su obra completa la publicó FCE en 2013 bajo el título La mancha en el espejo. Poesía 1972-2011. Ocupa dos gruesos volúmenes con un total de 1.100 páginas.  
Su escritura, opina Doce, se define “por su vitalidad y falta de prejuicios”. Por su “tono casi electrizante”, una “corriente de entusiasmo febril que la galvaniza en todas sus manifestaciones”.
El título obedece a motivos relacionados con las distintas acepciones del diccionario a propósito de la palabra “desprendimiento”. A la tercera, sobre todo: “largueza, desinterés, generosidad”. Porque “la vitalidad de Huerta está ligada a un sentimiento de gratitud y a la noción de poesía como arte colectivo, apoyado en una tradición que a su vez genera una comunidad de espíritus afines”. “Formar parte, saberse parte, de un gremio ilustre”.
Huerta usó el concepto “matiz de desprendimiento” en un texto de El ovillo y la brisa (2018).
“El poema es algo que se desgaja del mundo para poder cumplirse, pleno, autónomo y así consumar su «ser-poema»”, dice Doce, que añade: “ese desgajamiento se lleva una huella o rastro material del mundo, un resto orgánico, que tiene un cuerpo”. Hay todo un vocabulario relacionado con esa idea que “atraviesa el libro de principio a fin”. Como “cosa” o “cosas”: “Huerta es quizá el único poeta de nuestro idioma que ha conseguido despojar a esa palabra de toda vaguedad y darle el formidable equipaje semántico del «thing» inglés”.
Se refiere después a “galería de espejos” y a “pañuelo de sinestesia” (en el poema “Esquina violeta”), a una “noción del mundo como texto: todo es legible, todo existe en forma de palabras o está al alcance de la combinatoria verbal del poeta”. De Michael Tournier toma Huerta el término “logósfera” que vendría resumirse en que “todo es lenguaje, todo es un texto que podemos leer y descifrar”. Según Doce, la “razón” de Incurable, su libro más emblemático, sería “celebrar el poder creador, demiúrgico de la palabra”.
Toma a continuación unas frases de Julio Trujillo, de su reseña “La tinta en el espejo”, para concluir que estamos ante una “escritura exuberante, tocada por el asombro de la imagen y el don para descomponer hasta en sus más finas hebras los objetos de la curiosidad y el deseo”. Si bien Huerta ha explicado en más de una ocasión que está “muy lejos” de sentirse parte “del movimiento llamado neobarroco”, no hay duda sobre su condición de poeta barroco. De “lector barroco”, precisa Doce. Sobre todo en la primera parte de su obra (de cuando era un maldito devastado “por el alcohol y las turbulencias”, dice en un verso), que llega hasta su libro Historia (1990) y de la que forma parte una de sus entregas fundamentales: Incurable (1987), “un hito evidente, un antes y un después en la obra de su autor y en la poesía mexicana contemporánea”.
El citado Trujillo sostiene que “uno solo de sus libros e incluso uno solo de sus poemas exige de sus lectores la máxima concentración posible para poder apreciar la capilaridad, el poder alusivo, la intertextualidad y la concentrada imaginería que ofrece”. Y de eso da fe cualquiera que se acerque hasta esta poesía que “procede por acumulación, por superposición de capas que se contradicen o desmienten parcialmente […], pero también por enumeración […], un inventario movido por la pasión libresca, erudita, que a veces baraja con libertad datos históricos o temporales y que otras es la excusa perfecta para liberar un surtidor de imágenes alusivas”. Huerta, concluye Doce, “es un poeta –sobra decirlo– tocado por el duende de la analogía”.
Su obra es “un ejercicio de largueza –de «desprendimiento»–“. Por su “incapacidad para el estancamiento”, conviene seguir el consejo de Medina Portillo: “hay que aprender a leer a David Huerta una y otra vez según van apareciendo sus nuevos títulos”.
Más allá de las enseñanzas de este prólogo ejemplar, el lector ha de enfrentarse a los poemas. Poemas, por cierto, de los siguientes libros: El jardín de la luz (1972), Cuaderno de noviembre (1976), Huellas del civilizado (1977), Versión (1978),  El espejo del cuerpo (1980), Incurable (1987), Historia ( 1990), Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990), Lápices de antes (1994 ), La sombra de los perros (1996), La música de lo que pasa (1997), Homenaje a la línea recta (2001), Los cuadernos de la mierda (2001), El azul en la flama (2002), Hacia la superficie (2002), La olla (2003), La calle blanca (2006), Canciones de la vida común (2008), Filo de sombra (2011), Tres poemas (2016), After Auden (2018), El ovillo y la brisa (2018), Los instrumentos de la pasión (2019) y El cristal en la playa (2019).
Poemas que, reunidos, dedica su mujer, la escritora Verónica Murguía, “el amor de mi vida” y que llevan delante un epígrafe de Eliot, de una carta a Conrad Aiken: “Resulta interesante cortarse en pedazos de vez en cuando, y esperar a ver si los fragmentos germinarán”.
Ya dijimos antes que Incurable, además de señalar un hito, marca un cambio de ciclo. O, por expresarlo mejor, es final (culminación) de uno e inicio de otro. Lo resume bien el prologuista (que dedica a su análisis varias páginas): “No se sale indemne de un empeño como Incurable”. Es su libro más importante y “su estorbo mayor para una comprensión cabal de su obra”. Todo lo que vino después, seguimos a Doce, no deja de ser una revisión o una impugnación de esa obra. De las cuatrocientas páginas que ocupa –en apretados versículos de una inspiración desbordante–, Huerta selecciona veinte para esta antología (lo único que elige personalmente, además de los fragmentos versiculares de Cuaderno de noviembre). Es suficiente para comprobar el alcance de la apuesta. El lector valiente puede acercarse al original que, según Domínguez Michael, puede leerse de tres maneras distintas. “Hijo tardío de la modernidad” (al que muchos siguen imitando), poema telquelista con “vocación totalizadora”, logra “hacer de su fracaso un monumento” (Medina Portillo dixit), que es, puntualiza Doce, “empresa barroca”. Ese “largo poema-río-novela”, “ese periplo circular” (“el gusto por la circularidad” caracteriza esta poesía), “puede leerse como una serie de ritos de paso”.
Tras esa primera etapa caracterizada por su “insaciabilidad” (Trujillo dixit), donde la poesía de Huerta transita (salvo en su primer libro, deliciosamente modernista, el de poemas como “Residencia” y “Las versiones del agua”), desde un “sesgo nocturno, de interior”, a través de un “impulso autodestructivo” y alcohólico (“en medio de la sombra acezante del alcohol”), en forma de “autorretrato oblicuo” y mediante potentes imágenes, llega el momento de la serenidad. Incurable termina con este versículo: “Tendré que decir lo que tenga que decir –o callarme”. Optó por lo primero. Sin remedio. Es un “ser de palabra”, que diría Valverde. Su nuevo lema, según Doce, se resumiría en este verso de “Lustro” (uno de sus poemas fundamentales): “Desvelado y sobrio, entregado al amor”. Una nueva “poética de la salud y la abstinencia” que cristaliza en una “escritura más diáfana, volcada hacia el afuera, vencida del lado del entusiasmo y los afectos simples” pero que nunca pierde de vista “su infatigable capacidad para renovarse”, ni ese fondo de angustia (angst) que no cesa, ni el poder de la imaginación.
Sin desmerecer el ejercicio titánico de Incurable y de otras obras de ese ciclo sorprendente que en realidad termina, ya se anotó, con la publicación de Historia (1990), la que uno prefiere. Es menos abrumadora, diría. Por cierto, el grueso del florilegio está compuesto por poemas de este segundo periodo. Con todo, no hace falta puntualizar que la poesía de  Huerta es un todo y que estas divisiones no dejan de tener un tono didáctico.
De su etapa juvenil podemos destacar los abigarrados versículos de Cuaderno de noviembre, que uno relaciona, salvadas todas las distancias, con los de Gamoneda. Poemas como “Detalles”, “Ana y el mar” (sobre el “amor negado”, en el idílico paraje de la costa amalfitana), “Nueve años después” (en cursiva, sobre la Matanza de Tlatelolco, esa irremediable obsesión), “Trece intenciones contra el amor trivial” (“mi yo turbio”, “Pero quién quiere culpas”), “Prosa de la montaña 2” (“Ahora estamos juntos y la vida es enorme”), “El desayuno y la cena” (otro poema amoroso, una tradición que renueva).
De lo que viene después, mucho es lo destacable. Más allá de lo juguetón y experimental, que nunca falta (así, After Auden). O de sus trabajos con artistas, como Homenaje a la línea recta, en colaboración con Gunther Gerzso, y Los cuadernos de la mierda, con Francisco Toledo.
Poemas como “Búho”, “Melodrama”, “Horno”, “Plegaria”, “La música de lo que pasa”, “La mesa de Esculapio”, “Canción de la inquietud”, “Ceniza que cae”, “Cosas en la muerte” (ejemplo de poema enumerativo, lo mismo que “Dones de abril”, de inequívoca filiación borgeana), “La muralla de Adriano” (de aires cavafianos), “Sólo contigo”,  “El intruso” (“Siempre he sido un intruso”), “Identidades”, “Otro gallo” (donde homenajea a Deltoro, Velarde, Lowell, Cavafis y Pessoa, poetas de su estirpe), “El desierto”, “Pájaros” (un delicioso poema), “Descender”  (de su libro La calle blanca, muy barroco de nuevo), “Juan Rulfo”, “La mano de mi madre” (“Soy el hijo de una muerta”), “Belleza”, “Perro de Goya”, “The Child is Father of the Man” (en forma de diálogo, una técnica que usa a menudo: “niño que fui”, “Soy tú, “Soy tu repetición”, “William Wordsworth afirma que eres mi padre), “Cae la noche”, “Testamento”, el irónico “Oda al páncreas”, etc.
Los inéditos puede que pertenezcan a un libro anunciado: El viento en el andén.
Ya dije que en el “Apéndice se incluían dos poemas testimoniales, por no decir políticos. Uno, “Contra el muro”, vuelve sobre la carnicería de la Plaza del Zócalo. El otro, “Ayotzinapa: México” denuncia la compleja y peligrosa realidad de su tierra, en este caso localizada en Oaxaca: “Este es el país de las fosas”, “Este es el país de las mujeres martirizadas”…                                                                 
Mención aparte merecen una serie de poemas donde Huerta reflexiona sobre la poesía; la propia, sobre todo. En “Antes de escribir un texto confesional”, “Sharp as a razor blade” (sí, la poesía debe ser “afilada como una hoja de afeitar”), “Cómo haría”, “Declaración de antipoesía”, “Una sombra”, “Hablo” o “Un lugar habitable”. También “Ted Hughes” y “Hacia Wallace Stevens” son metapoéticos. “La poesía tiene la forma / de la grieta en el muro”, escribe.
El discurso de aceptación del premio FIL se centró en la pregunta “¿Cuál es el mejor poema del mundo?”. Su respuesta: “la mente humana”. A la que aplica un verso de su maestro Góngora: “siempre murada, pero siempre abierta”. ¿Y su autor?: nosotros, en clara defensa de la fraternidad. “El corazón de mi quehacer es la poesía”, declara, algo que sus lectores, antiguos o nuevos, no dejamos de celebrar.
                                                                                                                                                                      
David Huerta
Edición del autor y de Jordi Doce
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2021. 432 páginas. 24 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.
 

23.12.21

107 poemas de Irazoki

Antología poética, 1976-2021
Francisco Javier Irazoki
Hiperión, Madrid, 2021. 172 páginas. 18 €
 
Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954), con doble nacionalidad: española y francesa, reside en París desde 1993. De formación musical, se inició en la literatura, junto a su amigo Fernando Aramburu, en el grupo surrealista CLOC.
Reunió en Cielos segados (1992) su primera poesía: Árgoma, Desiertos para Hades y La miniatura infinita. Después aparecieron, siempre en Hiperión, Los hombres intermitentes, Retrato de un hilo, Orquesta de desaparecidos y El contador de gotas.
“Asumo todas las páginas que he escrito”, dice al comienzo de la nota que abre el volumen.
“Pasado el tiempo –añade–, no escondo mis preferencias”. Las resume, adecuadas a su “gusto actual”, en ciento siete poemas (de ellos, cinco inéditos pertenecientes a un libro futuro): “veintidós en verso, ochenta y cinco en prosa”.
Conviene aclarar que los títulos citados más arriba, salvo Retrato de un hilo, escrito en verso, contienen poemas en prosa. “A mi juicio, la poesía no se encuentra encerrada en los versos”, ha explicado Irazoki. Y: “La poesía sabe huir de las cárceles llamadas verso, métrica, vocabulario restringido”. Reconoce, en fin, que los textos en prosa “reflejan mi manera más libre de concebir la poesía”. Tal vez por eso ha afirmado, a propósito del libro que reseñamos, que “las páginas que expresan cualquier experiencia íntima profunda tienen prioridad en mi selección. La belleza formal, siempre importante, aquí es secundaria”. De ahí que la primera palabra que le venga a uno a la boca cuando piensa en esta escritura sea honestidad. Después, coherencia. Se aprecia muy bien al leer estos poemas selectos con asomos de poesía reunida. La muestra empieza por uno de los más conocidos: “Habitación 306”, relacionado con la prematura muerte de su hermana Nica, un hecho trascendental en su vida: “no entiendo cómo no han prohibido morir a los 25 años”.
En sus primeros versos se aprecia un impulso rebelde y surrealizante (sin ortodoxias) que en el fondo no le ha abandonado nunca, siquiera sea por la importancia que le ha dado a la imaginación (léase, por ejemplo, “Farmacia musical”), en la que se cimenta, desde la perplejidad, su lenguaje riguroso, sí, pero emocionante y libre. Es cierto que a partir de Retrato de un hilo (y de su residencia parisina) el tono cambia. No su conciencia de la muerte (“la primera enseñanza”), la enfermedad y el dolor (“he aprendido tus maquillajes”), que sobrelleva con entereza y sin amargura.
Aquí, la infancia rural (“el agua de la niñez”) en un medio tan paradisíaco (la naturaleza) como hostil (la emigración, las pérdidas, el terrorismo); Lesaka como microcosmos (barrios, fronteras); la familia (el padre de “La entereza”, la madre descalza, el abuelo y su tabaco, el tío suicida en Nebraska…); el accidente de fútbol que le dañó irreversiblemente su columna (“Triple libro”); la música, medular en su obra (qué oído); los objetos (un reloj, una mesa); el aprendizaje de los hospitales (donde “circulan las ambulancias de la filosofía”), etc.
El mundo poético de Irazoki, ni aislado ni elegíaco, es ante todo moral. De raíz camusiana, diría. Porque, según él, la poesía no es “delicadeza decorativa” sino “una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”. Aunque autobiográfico y de la experiencia, lo que cuenta (y en su poesía lo narrativo es esencial, como, a rachas, lo ensayístico y hasta lo periodístico) se suele referir a los otros: al guardia civil, al mendigo, al gitano, al portugués, al barrendero… Y a Blas de Otero, Rosillo, Aresti o Pinilla.
Irazoki busca el amor, la compasión y la bondad, una “conquista intelectual”. Está a favor de la piedad y del perdón. Contra el odio y el rencor. Sus enumeraciones (nada caóticas) reinciden, a fuerza de infinitivos, en esa actitud ética que consigue hacer mella en el lector para que éste también “sea más fuerte que la herida”.  “Paseo por los goces de la vida”, escribe quien espera que sobre su muerte se plante “el árbol de la discreción”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

21.12.21

Zurita dixit

Confieso que no he sido lector regular de Raúl Zurita. Empecé mal, creo, por aquello de los versos escritos por un avión en el aire. Sin embargo, me ha gustado la extensa entrevista, firmada por Pedro Pablo Guerrero, que ha publicado Cuadernos Hispanoamericanos en su número 858, ya en el nuevo formato, adoptado desde que Javier Serena sustituyó a Juan Malpartida en la dirección de la revista. 
La entrega incluye, además, otros textos sobre la obra del poeta chileno, uno de ellos de la profesora salmantina Paqui Noguerol.

Copio aquí algunos párrafos de esa interesante conversación. 

"Es el arte el que nos rescata de la tragedia y alguien, en este momento, está escribiendo el poema que nos salva del abandono, del dolor y del inevitable fin".

"La muerte es definitiva y está más allá del lenguaje y el amor es exactamente la última barrera frente a ella. Es, creo, la profunda hermandad del amor y la muerte: el amor es urgente porque nos vamos a morir".

"La belleza es profundamente violenta".

"No hay más resurrección que la resurrección en la lenguaje. Todos volvemos a vivir en nuestras lenguas".

"La poesía es un arte mayor que en la forma que la conocemos tiene más de tres mil años y esa forma se está muriendo. No la poesía, porque ella comienza con lo humano y se apagará con él, sino ese gran arte que nació con la escritura y que se plasmó en Homero y en los grandes textos arcaicos; me refiero a la poesía en la forma en que la conocemos hasta hoy y lo que menos se merece es morir con una cierta grandeza".

"Nunca pienso en el lector cuando escribo, pero sé que ese hipotético lector al leerte y cuidar tus palabras, de un modo misterioso te está curando a ti, y, aunque jamás lo veas ni sepas quién es, se lo agradezco".

NOTA: La fotografía de Zurita es de Pepe Torres, autor de los excelentes retratos que ilustran esa entrevista.

19.12.21

Tercera entrega de "Náufragos"

Tras las primeras entregas, acaba de aparecer la tercera del proyecto Náufragos, ideado por Salvador Retana para La Rosa Blanca. 
La caja es de lujo. Continente y contenido. Dentro, en cada una de las botellas, un poema excelente. De Pureza Canelo, Basilio Sánchez e Irene Sánchez Carrón. Sus títulos, respectivamente: "Del naufragio al olvido", "Tratado de invisibilidad" y "Mensaje de Robinson a todos los náufragos". 
Puedo anticipar que ya está cerrada la nómina de la caja siguiente. Tres escritores (dos hombres y una mujer) de fuste. Sus textos inéditos sustancian aún más esta aventura. 

18.12.21

La poesía de Meabe

Cómo guardar ceniza en el pecho
Miren Agur Meabe
Bartleby Editores, Madrid, 2021. 212 páginas. 
 
Meabe (Lequeitio, 1962), editora, académica y traductora, es autora de libros de literatura infantil y juvenil (Premio Euskadi en tres ocasiones), de narrativa (de la novela Un ojo de cristal y del volumen de relatos Quema de huesos) y de poesía: Iraila, Nerudaren zazpigarren maitasun olerkiari begira, Arratsezko poemak, Peneloperen poemak, Oi, hondarrezko emakaitz!, Ihesaren kantua, Azalaren kodea/El código de la piel (Premio de la Crítica de poesía en euskera en 2001) y Bitsa eskuetan/Espuma en la manos (Premio de la Crítica también en 2011).
Con Nola gorde errautsa kolkoan, traducido por ella al castellano, ha obtenido el Premio Nacional, que por primera vez se entrega a una obra en euskera tras conseguirlo en las ediciones anteriores otras tres mujeres con libros escritos, respectivamente, en catalán y gallego. Según el acta, “elaborado a lo largo de diez años, reúne magistralmente la amargura del paso de los años y una vitalidad y frescura inquebrantables”.
Se abre con un largo poema-prólogo que es, a la vez, una poética: “El método”. Lleva al frente una cita de Sánchez Rosillo donde se hace alusión a la luz y a la ceniza, al principio y al fin que “habitan en un mismo relámpago”. “La dignidad fue mi techumbre en la distancia”, leemos, y: “Le he dado la espalda a la realidad visible”. Al preguntarse por el sentido de la poesía, responde: “¿es legítimo escribir sobre nuestro ego cultural?”.
La primera parte, “Un álbum”, se centra en la memoria (“Las fauces de la memoria son tan voraces”). De infancia, sobre todo. Allí, la naturaleza, su pueblo, una palmera, la escuela, el puerto (el astillero, el muelle), los cromos o las agujas. Las niñas. Y la amatxu, protagonista de “Madre en píxeles”.
“Perspectiva naíf” da cuenta de un hecho capital en su vida: la pérdida de un ojo a los 13 años. “Somos seres inestables, orfebrería fungible”.
Desde el principio encontramos abundantes poemas en prosa (acordes al predominante tono narrativo). El lenguaje mezcla lo imaginativo y lírico con lo prosaico y realista. No faltan referencias culturales, a escritoras y pintoras más que nada. Tampoco a la cultura vasca –lo popular–, que conoce bien (con juegos literarios que en la traducción se pierden). La voz meditativa convive con la descriptiva. La ironía con la tristeza.
La mujer (las mujeres), desde una visión feminista, son arte y parte de la obra. Así, en “Fósforos”, la segunda sección, poblada de personajes femeninos reales o inventados (Farrokhzad o Casandra) que ponen en solfa el amor romántico.
En “Viaje de invierno”, la tercera, prima el verso y lo conversacional. Poemas breves tan logrados como “La draga”, “La distancia” (“La distancia es mi lugar”), “El manantial”, algunos haikus de “Canción de cuna” o los que componen “Orografía de la soledad” (“lo lejano contiene los lugares amados”).
En “Tempo giusto”, la cuarta, con la poesía civil y de denuncia, regresan las mujeres: Pandora “la culpable”, la tutsi Mukasonga, las Nereidas… Y un poema ineludible: “Flotación”.
“Esa puerta”, quinto apartado del libro, nos lleva al desamor: “Pero en la noche cerrada no hay nadie ni nada”. Y a Miramar, su huerto-jardín (“De pequeña escribía árboles”). En “Réquiem” (con Ajmátova al fondo) escribe: “La luz de la pasión es indeleble”. Sobresalen “Descendimiento” (“No soy tu consorte viuda enamorada”), “Crónica” (“Sigo haciendo el amor y la muerte con tu sombra”) y “Recurso” (“Pero la vida no es más que un significante / ajeno a su significado”).
El libro se cierra con “El estigma accidental”. La escritura (“definición y salvación nuestra”) es el asunto. “Sobre qué escribir”, se pregunta mientras toma “un gin tonic con la señora Atwood”. “En el metapoema meto mis metas, mis temas y mis mitemas”, dice. Y “Las intenciones son los andamios de los resultados / nada más”.
Los enjundiosos versos de “Naturaleza muerta”, “Esquemas de equilibrio” (“un ideal huidizo e inexplicable”) y “Ruego a las palabras” abrochan con altura este libro doliente.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL