20.1.21

Basilio en El Mundo


SALUD. EL MUNDO.
Profesionales sanitarios en tercera ola: "Estamos agotados, desgastados, aburridos y enfadados"

Cuentan con más medios y están mejor preparados que en la primera ola, pero en esta tercera, mucho peor que la segunda, los profesionales sanitarios están cansados de ver que la historia se repite y la gente no tiene conciencia de la situación

ANA MARÍA ORTIZ. MADRID

Cuenta Carlos Martín, jefe de Medicina Interna del Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres, que, durante la primera ola de la pandemia, 10 de los 11 neumólogos de su centro, vitales para el tratamiento de la Covid-19, resultaron contagiados a la vez. Seis de ellos precisaron de ingreso médico. Con los neumólogos fuera de juego, casi toda la carga de trabajo recayó sobre los hombros de los internistas. "Y aún así estábamos on fire, por así decirlo, como muy adrenalínicos, buscando información toda la tarde, conectándonos a conferencias con los americanos, italianos, franceses... Y esta vez veo, tanto a mis compañeros como a mí, un poquito más cansados. No físicamente, sino cansados de otra vez lo mismo".
Las palabras del especialista resumen la valoración general de los profesionales sanitarios a los que preguntamos por las diferencias de las tres olas de coronavirus con las que se han tenido que enfrentar hasta ahora. Cuentan con más medios, están mejor preparados, no les ha cogido con el pie cambiado, pero se encuentran "agotados", "desgastados", "aburridos" y "enfadados". "¿Para qué tanto esfuerzo si no hay conciencia? Ahora estamos viendo morir a gente que en realidad está muriendo por celebrar la Nochebuena y la Nochevieja. ¿La gente no va a tener cuidado de una santa vez? A mí eso me duele mucho", dice Carlos Martín.
"La principal diferencia en esta tercera ola es que hemos aprendido en cuanto al tratamiento de los pacientes. En la primera ola estábamos que si corticoides sí o no, antibióticos sí o no...", dice Sergio García Ramos, enfermero y portavoz del sindicato de enfermería Satse en Madrid. "El problema es que ahora el personal estamos en peores condiciones, cansados, agotados, con depresión... La gente no hace más que arrimar el hombro y reconocimiento estamos recibiendo poquito", se queja.
Basilio Sánchez es el responsable del servicio de Medicina Intensiva del complejo hospitalario de Cáceres. "En la primera oleada no estábamos preparados. No sabíamos el alcance de la enfermedad, no sabíamos hasta dónde podía llegar el número de afectados, no conocíamos el curso evolutivo de la infección ni hasta qué punto iba a afectar como enfermedad a los sanitarios. Fue una suma de circunstancias que nos mantenían muy tensos y con mucho miedo. Tuvimos una avalancha de enfermos que nos llevó a una toma de decisiones que siempre creímos prudentes, pero que se hicieron en condiciones de absoluto desconocimiento para mí que llevo 38 años en cuidados intensivos", explica el responsable de la UCI, donde se tratan los casos más graves.
"En la primera ola pensábamos que era cuestión de apretarnos los machos y trabajar al 110%. Duplicábamos turnos, las enfermeras adelantaban la hora de entrada al hospital, los residentes ejercían de adjuntos... Todos nos sumamos al esfuerzo. El mayor conocimiento de la enfermedad nos ha permitido relajarnos en ese sentido, pero estamos cansados, agotados. Los médicos y enfermeras de cuidados intensivos estamos acostumbrados a tratar con pacientes críticos y a estar sometidos a tensión, pero también a ver cada día enfermos distintos, sin la presión y sin el aburrimiento que nos produce tener que tratar sólo pacientes con neumonía Covid", añade Basilio Sánchez, quien trabaja en el mismo centro que Carlos Martín, el internista con el que abríamos este reportaje.
Ambos especialistas están en Extremadura, una de las regiones donde el coronavirus hizo menos estragos durante las dos primeras olas pero que ahora ostenta el récord de contagios a nivel nacional: 1.412 por cada 100.000 habitantes.
La pandemia está más extendida en su comunidad, pero la mortalidad es menor. Es una de las grandes diferencias que ha observado Carlos Martín en esta última ola, respecto a la primera: "Tuvimos 750 ingresos entre la segunda quincena de marzo, abril y la primera de mayo. La mortalidad fue del 24%, casi uno de cada cuatro. Y ahora ya llevamos 750 ingresados, y la mortalidad es del 16%, nueve puntos menos".
En esos últimos 750 ingresos cuenta todos los pacientes que han atendido desde septiembre, los que corresponderían a la segunda y tercera ola, que él considera una sola embestida de la pandemia. "Hubo claramente una primera ola en marzo, abril y principios de mayo. Luego bajó enormemente hasta no tener ningún paciente ingresado. Y luego comenzó la segunda ola que no ha cesado. En mi hospital nunca ha habido menos de 30 casos desde septiembre", dice.
La única explicación que Carlos Martín encuentra a este descenso de la mortalidad es que en la primera ola, cuando además no estaba extendido el uso de mascarillas, los fallecidos, fundamentalmente ancianos de residencias, podrían haberse infectado de varios focos a la vez. "En mi teoría, no lo sé seguro, es que en la primera ola en las residencias de ancianos el que te levantaba te infectaba, el que te daba de desayunar también, y tus compañeros también. Antes se contagiaban muchas veces y llegaban con mucha carga vírica", dice.
Otro cambio que apuntan los especialistas respecto a lo vivido en marzo de 2020 y la situación actual es que los ingresos son más escalonados. "En la primera oleada tuvimos el mismo número de casos que tenemos desde septiembre. Concebido como un tsunami que amenaza con desbordarnos, fue peor la primera ola. En el pico máximo de esta ola, que fue hace tres días, hemos tenido 112 ingresados y en la primera ola llegamos a 225", explica Carlos Martín.
"En la primera ola tuvimos en la UCI cuarenta y tantos, graves, ventilados; entre la segunda y la tercera llevamos ya 50 pacientes, pero en la primera ola los ingresamos en muy poco tiempo y estos 50 son desde el final de verano", lo secunda Basilio Sánchez, quien actualmente tiene ocupadas 12 de las 20 camas UCI médicas de su hospital.
Lo que no ha cambiado, desde el punto de vista de ambos, es la agresividad del virus. "Como la segunda ola fue más floja pensamos que podía venir atenuado. Ahora estamos viendo que no. Hemos tenido hace poco un paciente que ha fallecido al tercer día de estar en la unidad con un fracaso multiorgánico. El virus se ha comportado de manera tremendamente agresiva, igual que en la primera fase", dice Basilio Sánchez.
Les preguntamos si no tienen la sensación de haber vuelto al principio casi un año después. Ambos médicos mencionan la vacuna como antídoto ante ese pensamiento. Carlos Martín se la puso el martes pasado. "Y me siento fenomenal. Lo que me mueve a la esperanza es la vacuna. Ahora, si no fuera por la vacuna o la vacuna no funcionara no sé qué íbamos a hacer. El confinamiento solventó la primera ola, pero no sé si es factible económicamente un segundo confinamiento. Tengo todas mis esperanzas en que no vamos a volver al principio".

19.1.21

DOLOR

Juan José Ventura, de El Periódico Extremadura, me pidió un texto sobre "el dolor" para el Anuario. ¿Por qué? Todo parte de un excelente poema de Basilio Sánchez, "Láudano" (que copio al final), tan acorde a la situación pandémica que sufrimos. Invitaba a distintos escritores a centrarse en algunas palabras del mismo (alegría, herida, luz, extranjeros, pájaros, dioses...) y escribir un breve texto. Me tocó ésta. 



Si de algo no se puede hablar en abstracto es del dolor. Ni del físico, que nos acompaña desde que nacemos (en el parto natural lo hay), ni siquiera del, digamos, espiritual, tan frecuente también y tan temprano en la vida de la inmensa mayoría de los seres humanos. Ese que duele sin doler. O que duele sin causa orgánica aparente. El del alma. 
Dos son las acepciones del diccionario de la Real Academia Española acerca de la palabra “dolor”: “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior” y “sentimiento de pena y congoja”. Sus tipos, lógicamente, son innumerables. 
Mi trato con el dolor es, como el de todos, remoto. No importa la edad. El dolor no entiende de décadas, lustros o años. “Su dolor era antiguo, como el mundo”, dije acerca de alguien en un verso. Está en nuestra memoria prehistórica, se podría decir, en lo más profundo de las cavernas donde habitamos, a oscuras, hace milenios. En él se fundamenta la religión en la que fui educado: Cristo muere dolorosamente en la cruz para salvarnos. Antes ha pasado un calvario.
El dolor es consustancial a las guerras que se han sucedido a lo largo del tiempo y, por ello, inseparable de la Historia. Qué decir de su uso para torturar por razones de todo tipo. Es, por traerlo a la actualidad, el pan nuestro de cada día en esta pandemia que asola el planeta; un dolor soterrado, propio de la soledad del confinamiento y de esta existencia impredecible y en suspenso. También el mal común de los que se ven obligados a huir de su país de origen, con el dolor a cuestas, para subsistir. 
Pero más allá de las elevadas palabras y, con ellas, de los elaborados conceptos, el dolor es un sentimiento cotidiano que nos vincula como pocos a nuestra humana condición. Que, en suma, nos humaniza. Por igualación. A hombres y a mujeres. De ahí que empezara afirmando que, en rigor, no es posible referirse a él en abstracto. Puestos a concretar, para uno el dolor empieza con las jaquecas que sufrí desde que era un crío, asociadas a situaciones de tensión. Dejé de padecerlas el día que descubrí que un par de pastillas efervescentes podían conseguir que el malestar cesara. Hasta que llegó ese momento, un dolor intenso localizado en la parte derecha de mi cabeza, centrado en el ojo, persistente, capaz de revolverme el estómago, que me obligaba a buscar la oscuridad o la penumbra, me persiguió durante años. Un pequeño suplicio no por ordinario menos agobiante. El dolor real, sí, pero también el que se anticipaba, el que temía que llegase cuando menos falta hiciera: la víspera de un examen o de una excursión a la sierra, en una ceremonia familiar o escolar, durante un viaje... Luego, como le ocurre a cualquiera, han sobrevenido otras molestias. Pasajeras o estables. Porque el dolor, bien lo sabemos, está asociado a la enfermedad, otra fiel compañera de periplo, y rara es la que no lo tiene como síntoma añadido. Sin embargo, a pesar de padecerlo con asiduidad, nunca llegamos a acostumbrarnos a él. Hipocondriacos o no. Siempre desconcierta, del más leve al más agudo (ah, los umbrales), por más que el sabio acervo popular (con su dosis de humor o de ironía) nos indique que, a cierta edad, de no tenerlo, uno está muerto. Acaso para contrarrestar su poder, decimos que nos fortalece. No lo creo. Más bien nos desarma aún más, frágiles criaturas al pairo. Qué decir de los que lo padecen como crónico. O del que acompaña a ciertas dolencias que hasta nos da miedo nombrar.
Paradójicamente, el dolor también puede ser fuente de placer. Como perversión, se matiza. Para los sádicos que lo infieren a otros (e incluso a sí mismos) y los masoquistas que lo admiten con gusto. O medio de mortificación para fieles de muchas religiones. Tan versátil resulta.
Nos movemos hacia el dolor, dijiste”, escribí al principio de un poema titulado “Los muertos”. Los míos, los más cercanos. Se trata de una aseveración que tomé de alguien, pero no recuerdo quién. Poeta, a buen seguro. Me temo que ese es nuestro sino. Hacia un dolor preciso, esto es, del cuerpo, y, ante los secretos dolores del alma, que suelen tener más difícil diagnóstico y un tratamiento no siempre farmacológico. Los que no obedecen a dolencias mentales o psíquicas susceptibles de ser tratadas con medicación. De esos dolores sabe especialmente la poesía. No es la única vez (de hecho ya he anotado dos) en que uno ha abordado el espinoso asunto del dolor, una palabra habitual en mis libros. De cuantas la he utilizado, tal vez sea en un breve poema “Ventanas”, de El cuarto del siroco, donde más lejos llegué en el intento de expresar con lo mínimo aquello que para uno significa. La imagen es corriente. Cualquiera que haya pisado un hospital habrá podido comprobar lo que señalo: “Sobre el cristal, / los rastros de las frentes / que al pasar / aquí depositaron su dolor”.  
Basilio Sánchez, que es poeta y además médico, de una especialidad en los límites, dice en “Láudano”, el sutil, hondo poema que da origen a esta reflexión: “El dolor verdadero, / igual que la alegría verdadera, / forma parte de un patrimonio íntimo /que no nos es posible compartir”. Es verdad. Estamos ante una herida invisible. “En el dolor no hay pájaros. / Sólo dioses hablando con los dioses”.
 

LÁUDANO

No hay azafrán ni clavo,
no hay canela ni vino para el láudano.
El dolor verdadero,
igual que la alegría verdadera,
forma parte de un patrimonio íntimo
que no nos es posible compartir.

No he paseado nunca con mi herida
por ninguno de los jardines que conozco.
La herida es el eclipse que revoca la luz,
la herida es la distancia
que nos convierte en extranjeros.
En el dolor no hay pájaros,
Sólo dioses hablando con los dioses.


Ilustración: "Anciano en pena", Vincent van Gogh, 1890.

16.1.21

Pureza Canelo, antológica

Ya he dicho más de una vez que la de Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) es una poesía genuina y singular como pocas y que su trayectoria ha sido una de las más coherentes y arriesgadas del panorama lírico español de entresiglos. Su completa entrega a la poesía, su misterioso fervor hacia ella, destaca en un mundo caracterizado por la prisa, el interés y la vanidad. Pasión édita, por parafrasear (a la contra) uno de sus títulos. 
Desde que ganara en 1970 el premio Adonais con Lugar común, ha publicado, entre otros, Celda verde, El barco de agua, Habitable (Primera poética), Tendido verso (Segunda poética), Pasión inédita, No escribir, Dulce nadie, A todo lo no amado, Oeste y Retirada. (Si alguien quiere profundizar en su vida y obra, puede acceder al Archivo y Biblioteca de Pureza Canelo, donado por ella en 2007 a la Diputación de Cáceres.)
2020, un año sin duda maldito por culpa de la pandemia de la covid 19, fue sin embargo pródigo para la extremeña afincada desde su adolescencia en Madrid. En libros, cabe matizar. Dos han visto la luz. Y los dos en su tierra. "Todo lo poco mío irá siempre para los míos. Oeste es mi patria, rememorando a Rilke", ha escrito. Ambos son antológicos. En su doble sentido. 
Uno, Poemas y otros nidos, se ha publicado en la Editora Regional de Extremadura. El otro, Palabra Naturaleza, en la colección Voces sin Tiempo de la Fundación Ortega Muñoz. 

Poemas y otros nidos
es un libro, sobre todo, bonito. La espléndida a la par que sobria edición va ilustrada con dibujos y pinturas de la propia autora, de su hermano, el pintor Luis Canelo, y de José María Muñoz Reig. Además, hay fotografías de la poeta: dos retratos tirados por Luis Méndez. 
El libro se abre con un preliminar de la moralejana, "¿Pero quién se había inventado todo aquello?". Raro en su bibliografía, parca en noticias autobiográficas ajenas a la propia escritura poética. Antes, una fotografía coloreada de su casa familiar, que fue derruida hace unos años, aunque podamos verla todavía gracias a las fotografías recogidas en el blog Wunderkammer (Cámara de maravillas). En la última imagen de esa serie se la ve a ella escribiendo en "el cuarto de la inspiración", aquel "territorio comanche" donde, con su inseparable hermano y sus amigos, cultivaba la poesía, la música y la pintura. Años 60. Jóvenes "cultos", estudiantes en internados de Madrid (como los Canelo), Salamanca o Cáceres que volvían cada verano para pasar sus "largas vacaciones" en "aquellos lares del norte de la provincia de Cáceres", "junto a la Raya y a tiro de Sierra de Gata". En esa habitación, dice, "hacíamos nido" (téngase en cuenta el título del volumen). "Vivir. Vivirnos. Soñar". 
"Este libro recoge algunas de mis pinturas de aquel tiempo y una selección de poemas escritos posteriormente que rememoran el latido de aquella adolescencia apasionada. Y todo esto visto desde el hoy. No hay trampa en esta reunión, es lo circular de lo sensible en río de escritura y existencia que, junto a unos cuadritos inocentes, ordeno aquí como nueva obra de entrega creadora". Algo, por cierto, que sirve para esta obra y para cualquiera que emprenda Canelo, tan rigurosa y exigente en todos sus empeños. 
En aquel cuarto, Luis pintaba y Pureza escribía. "Hablábamos poco". Al fondo, la música. Serrat y Paco Ibáñez, casi siempre. 
La muestra comienza con "Vámonos a encontrar aquellos árboles nuestros", largo poema escrito entre el verano y el otoño del 70, publicado un año más tarde en Lugar común y dedicado a su querido, cómplice hermano. "Y te digo: / hay que volver, Luis, a lo de antes". "Hay que volver, volver". Allí, "los paseos por Moraleja", "nuestro río del verano". "Tu pincel vive del verano, y mi verso también". (En muchas ocasiones, Canelo ha confesado que casi toda su poesía está escrita durante sus tórridos estíos extremeños.) "Yo no llevo pena por no haber conocido / lo contrario a lo que vivimos", leemos en ese poema esencial. 
Vienen después "Poemas y otros nidos". En la página par, el cuadro o la ilustración correspondiente (por ejemplo, cubiertas de sus libros coloreadas por Muñoz Reig o con dibujos añadidos por ella); en la impar, los poemas. El orden de estos es cronológico y, ya se dijo, seleccionados en función de los recuerdos. Versos centrados en la infancia, el lugar, el verano o el paisaje, pero también en la escritura. La metapoesía, por decirlo más pomposamente. "La creación", término que ella prefiere. El ojo que, a través de la mirada, con asombro, se transforma en palabras con sentido. Eso sí: "No lo olvidéis / a contra moda escribo". "A contra moda vivo". Y: "No muevas el secreto de la poesía". "Ni en sueños salta / el secreto de la poesía. Jamás". 
No, no faltan las alusiones a "Mi oeste". "En el oeste / de mi estirpe".
En el poema final homenajea a su maestro Juan Ramón. Luego, una precisa bibliografía y una amplia nota biográfica abrochan este florilegio que, más que eso, parece un nuevo libro. Ideal para iniciarse en la poesía de Canelo. 

Palabra Naturaleza
, y perdón por la confidencia, surge de una solicitud realizada por Jordi Doce y por mí para que seleccionara poemas de su obra relacionados precisamente con la naturaleza, principio que subyace en la colección que dirigimos para la Fundación Ortega Muñoz. Como acabo de señalar, eso no dio en una antología al uso, sino en un libro que ella incluye como tal en su bibliografía. 
La cubierta reproduce un cuadro casi metafísico de Godofredo Ortega Muñoz. A veces una determinada ilustración puede convertirse en el primer poema de un libro. Esta anticipa un territorio concreto. Al oeste. Porque ese es el paisaje natural y el espiritual, si cabe tal distingo, de Canelo. Una suerte de poética. Moraleja. Extremadura. "En el lugar que más nací". 
En el prólogo, "Aproximación impura" (que no deja de ser un poema más), con una cita suya al frente: "La naturaleza desvela alguna verdad de la poesía pero explica ahora qué es la poesía", escribe: "Y no se sabe si ha sido la Naturaleza quien me ha llevado a la Palabra o esta a la otra. Las dos reinan". Más adelante añade: "Desde mi adolescencia quise a la tierra y a la escritura. Así fue el círculo de existir." Se pregunta: "¿Qué será Palabra Naturaleza?" Y se responde: "Aquí reunidas en aproximación de un núcleo biográfico a otro de la emoción llamada inteligencia. Acercamiento poliédrico a espacios naturales desde estados poéticos en un diálogo, si se diera, incorporando variación de temas y formas en sus inflexiones, debilidades, semejanzas". Y otra pregunta: "¿Qué será Palabra Naturaleza?". Y otra respuesta: "Vaivén en el relieve de lugares y vocablos que acechan. La duda: esta selección unívoca de Palabra Naturaleza anda en la jugada del laberinto al treinta". "La poesía es asunto del cosmos", afirma. Y: "Palabra y Naturaleza reinan por sí mismas. La Naturaleza está ahí y la Palabra hay que buscarla para ella". Después: "Naturaleza y su poder de presencia, Palabra y su constante provocación. Estos textos reunidos les piden respeto y humildad entre ellas". Luego confiesa: "he rendido los pasos temporales en lo telúrico y he cogido del frutero mayor de vocablos. Buscar y volver. Mano y boca. Saciar y no. El deseo de encabalgar la poesía. Aquí o allá. En infierno o cielo". Concluye: "La poesía de creación se mueve de un centro a otro que la hace inagotable buscándola, buscándonos. El verso dice llueve sobre el campo y no está lloviendo, o la naturaleza puede ser noche cerrada y decir mírame en colores sin límite: lo que es circular posibilita el canto y ofrece su mejor ocasión". Una pregunta final: "¿Qué será Palabra Naturaleza?". Y la respuesta definitiva: "Una torre de exigencia quiere alzar lírica y territorio. Fusión de ángeles. En ese afán he jugado cartas, dudas, desolación, estaciones. Os abro la puerta".
El orden de los poemas es también cronológico. Se abre con el mismo poema que Poemas y otros nidos: "Niñez ayer": "Mi primer poema /  lo dediqué al junco, / a la veleta en el horizonte, / a mis perros que ya corrían para alcanzarme / y morder de mi gaviota".
Pronto, "Palabras con Luis": "Veo la tierra / como una inmensa larva. / La tierra gestando / y los mares y el cielo se entretejen / a punto de nacer".
"[Él es un troco sobre el río]" finaliza: "La poética es un nombre (vuelta a empezar) y basta. / Nada creo, pero estos campos quieren revivir / el sábado de frutas / para atender la escritura en su carne".
En "Poema de los ojos distantes" leemos: "La palabra en mi terreno / va encendida de otra manera / a la contemplación que divide sus signos".
Siguen poemas tan significativos como "Maíz", "Estrellas", "Árboles, árboles", "Hojas, hojas"... En "Querido libro": "Pero al Sol, contigo, quiero vivir. Y haré lo que las lavanderas en el río. Frotar la tela con la piedra para tenderla en los juncos que van del puente a la muralla, de la muralla a la huerta, de la huerta a la casa reciente y de la casa al astro que hoy me ordena escribirte, amor". Y en "Su casa" (con el epígrafe "en la dehesa del lago Borbollón"), donde casa se escribe con mayúscula inicial, empieza: "Una Casa / en luz de agua dulce. / La pasión con sus Ojos / limpios de la voz / en el rostro de los años construidos". Y continúa: "Allí Leonor Gutiérrez superior a los sueños / maniobrando con todas las estaciones / de los hijos habidos y por venir. / La distancia es llegar a esa Casa / extremada y mía aunque esté cumplida / de esperarla". Y: "Tórtolas y encinares bebieron / de las aguas donde mi juventud / pulió su instinto para hurgar / en la dehesa o palabra / de un despertar al mundo". Y al final: "en la Casa donde hay un lugar para el mendigo / mi creación, una roca, lumbre, / todo lo que yo he sido hasta llegar aquí". 
Como en el otro libro, selecciona poemas como "Crepúsculo y tú", "Madera" ("Son mis debilidades los fresnos, el olivo, la encina, el alcornoque descorchado") o "Bicicleta". 
"Hable el aire", dedicado a Claudio Rodríguez ("Escribimos poco, Claudio"), es otra composición fundamental. "Escribir estas cosas apenas significa / convencimiento para que yo recupere / la estima de conjugar poesía". "La poesía que sale de esta mano / es babel menor, menor".
Con "Al fin todo desaparece" termina "La tiniebla". En "De la belleza, su vuelta", de nuevo el río: "No me oye. / Un río viene / de una boca en la altura / pasa cerca de la casa / donde escribo y vivo. / No le hago falta".
En "Intemperie 2", leemos: "El encinar, serenamente / no traiciona nunca". Y: "El encinar, ensanche / plaza del ser, / vereda de mí". 
En "Rama al amanecer": "El aire no se serena / nunca. / Quien dijo lo contrario / trazaba afirmación / tal vez perplejo / de todo confín. / En la certeza / soberana / del engaño". 
En "Rama al sol" vibra el verano, su flama: "Al fondo / la planicie / y más tú".
En "La señal", la trilla. Lo rural como mundo perdido que, sin embargo, salva la palabra: "Trilla ya no existe, sí el rescoldo de aquel sol aplastado en el suelo, sobre una madera con guijarros blancos incrustados, gira y gira mi cuerpo adelantándose al pan". Como en "Mundos": "Con parecido afán empecé a escribir en papeles pequeños mal arrancados. Más tarde supe robarlos del despacho del padre. Después no sé qué pasó. Sigo abrasada en ellos". 
Sí, como leemos en "Abandonados", "La poesía se cuela por lugares extraños". "Ahí". 
El primer verso de "Hiedra" (de nuevo la casa familiar): "Lo más nombrado en mi escritura". Más allá de la muerte: "Este breve texto sigue en hiedra. Levanto la cabeza y ahí está salvaje, pausa no existe. Cuando un día esta mano deje su pulso ella seguirá". 
En "[Madre]" (la nombrada Leonor Gutiérrez), "No conozco otoño sin memoria". 
Y más Oeste: "Nombres de pueblos": "Nombres de paraísos no inventados han venido a / visitarme, hermosos han llegado a la boca".
"[Tantas veces]", otro poema clave. Esencial para comprender su libro Retirada: "En la retirada me muevo ya como pez que conoce los secretos de las algas para el ocultamiento y segura desaparición". "De este buscar has llegado a contemplación, contemplación finalísima". 
Y amaneceres y atardeceres. Elementos. En "[Inmensidad]": "La materia, Dios mío, la materia". Y la cal: "Sobre la cal el sol se estampa". "Y la cal en noche, la ceguera como luz. Una y otra son vivir. Noche y día pertenecen a un golpe de cálculo lírico". 
"Naturaleza desolada", una sección en sí misma, reúne poemas inéditos en libro. Cuatro de "Ventana a la muerte", que se publicaron en el número 451 (diciembre de 2018) de Revista de Occidente, y seis de Aire donde estuvo una casa, incluidos en Habitable [Antología poética, 1971-2018], Renacimiento, 2019. Allí leemos: "No es bueno escribir y llorar. Nublas cielo y tierra".
En un momento dado, Pureza Canelo declara: "Lo que dice la poesía, la que manda, y no podemos hacer más". Me parece un verso adecuado para ejemplificar lo que significa esta poesía personalísima y radical, en el mejor sentido. Para ella y para sus lectores. "Mundos de ayer revierten unidos. Es mi única verdad. No se busque otra luz. Ni se mezclen lectores intrusos en una escritura rendida a lumbre: los que dicen la poesía es difícil, no se entiende, según el cerebro de la soberbia y la oquedad de la ignorancia. A esos los quiero fuera de mi vista". Lo dijo en "Mundos". Estamos avisados. 

Poemas y otros nidos
Pureza Canelo
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2020. 70 páginas.
 
Palabra Naturaleza
Pureza Canelo
Colección Voces sin Tiempo, Fundación Ortega Muñoz, Badajoz, 2020. 97 páginas.

NOTA:  Esta reseña se ha publicado en la revista digital asturiana El Cuaderno.

13.1.21

Larkin dixit

«No: lo que quiero es leer sobre personas que no han hecho nada espectacular, que no son hermosas o afortunadas, que tratan de comportarse con cierta decencia en su limitado campo de acción pero que pueden ver, en efímeros momentos crepusculares, que las llamadas grandes experiencias de la vida van a eludirlos; y quiero leer sobre estas cuestiones representadas no con angustia incurable o lacrimógena autocompasión, sino con firmeza realista e incluso humor […] eso es de hecho lo único que podríamos llamar el tono moral del libro». Philip Larkin, en una carta dirigida a Charles Monteith, editor principal en la editorial Faber and Faber. La traducción es de Ubaldo León Barreto, autor de un interesantísimo artículo publicado en la revista Rialta sobre la correspondencia del poeta inglés, inédita por desgracia en español. 

P. D. Mi amigo César Iglesias me avisa de que La Umbría y la Solana ha publicado en 2020 Cartas a Monica, traducido por Verónica Peña Olmedo y Jorge Osorio González y en edición de Anthony Thwaite. Que conste. 

Nota: La fotografía es de The New Yorker. Rogers / Camera Press / Redux. 

11.1.21

La poesía de Pedro Casariego Córdoba

POEMAS ENCADENADOS
Pedro Casariego Córdoba.
Prólogos de Ángel González y Javier Rodríguez Marcos. Edición de Antón Casariego.
Seix Barral, Barcelona, 2020. 544 páginas. 21.00 €
  
La biografía de Pes Cas Cor, como firmaba, es escasa. No vivió mucho, aunque más vidas que la mayoría. Nació en Madrid en 1955 y en esa ciudad murió, a los 38 años, tras arrojarse a un tren. Sabemos que se casó y tuvo una hija, Julieta, a la que regaló Pernambuco, el elefante blanco, un cuento ilustrado.
Escribió entre 1975 y 1986. Al final, pintó. Quiso ser poeta y dio en “artista”.
Publicó seis libros de poesía: La canción de Van Horne (1977), El hidroavión de K. (1978), La risa de Dios (1978), Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos (1979), La voz de Mallick (1981) y Dra (1986). Sólo tres en vida. En 2003 se reunieron en Poemas encadenados, 1977–1987, el mismo título que mantiene (ya sin fechas de referencia) la reedición conmemorativa de su 65 aniversario, revisada y aumentada, que recoge, además de las obras citadas, un conjunto de “poemas sueltos” que escribió al mismo tiempo que sus tres últimos libros (no pocos dedicados a su madre). Se mantiene el prólogo de Ángel González y se añade uno de Javier Rodríguez Marcos.
Al principio de cada parte del libro, figura un texto de homenaje firmado, en orden de intervención, por Giralt Torrente, Vila–Matas, Loriga, Sanz, Belén Bermejo, Vias Mahou y Gamoneda.
A la concienzuda, humilde labor de su hermano Antón le debemos este bien construido y editado corpus. Sus introducciones son una auténtica, necesaria guía de lectura.
Estamos, sin duda, ante el afán de un raro, que es la forma que tenemos de designar a los que se salen de la norma y componen una obra tan singular como inclasificable. Para algunos, genial.  Llama la atención que poetas tan distintos y distantes como González y Gamoneda sean capaces de coincidir en el elogio. El primero, que fue un crítico excelente, analiza en su prólogo esta poesía, tan “incuestionable” como su “originalidad”, con una lucidez llamativa. “No pudo evitarlo”, concluye, y eso que estaba en contra de la literatura “convencional o institucionalizada” (“No se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria”, aseveró Casariego). Quiso hacer una que “tradujese directamente y con la mayor fidelidad el mundo interior del «artista secreto»”, “intrigante y misterioso”, más allá de las “servidumbres, normas, artificios y exigencias del «arte»”. “Dejó –añade un conjunto acabado y coherente”. Una obra “insólita y compleja” levantada “en torno a un constante núcleo de obsesiones”. En clave “decididamente confesional”.
Rodríguez Marcos, por su parte, subraya con acierto que son libros con “argumento” (nada de escritura automática) cuyos “ingredientes” (novela negra, películas de serie B, cómic…) erigen un “territorio inquietante” (“belleza vestida de rabia”) que surge “de su propio interior”: el de alguien que “no encaja”.
Estamos ante una poesía “variada” que atiende más a las atmósferas que a los personajes (ladrones, traficantes, aventureros…), entre ellos las mujeres que protagonizan cada uno de sus libros (H., Wataksi, Schneider, Nadezhda…), situada en escenarios exóticos y cosmopolitas (San Francisco, el puerto vietnamita de Haiphong, la inventada y japonesa Ookunohari…) y “lugares cerrados y agobiantes” (una celda, un vagón…).
Escrita desde la extrañeza y la fragilidad (“Nuestras palabras / nos impiden hablar. / Parecía imposible. / Nuestras propias palabras”) y sin gran aparato retórico. Entre el “humor y la gravedad”. Contra la soledad y el tiempo, el peor enemigo (la vejez, la muerte). Como poco, “dura”. Por momentos, “críptica”. Tan exigente para el lector como para el autoexigente autor, ese “otro”. A pesar de que “todo estaba allí para el que lo quisiera ver”, según dijo, como se aprecia, con claridad, en La voz de Mallick  o en los “poemas sueltos”.
Gamoneda sostiene que “carece de sentido definir –poner límites– a la forma o a los significados” de esta poesía.
“Yo tuve un hijo raro”, escribe su padre en el emocionante poema que cierra el volumen. Sí, para quienes le conocieron o le admiran, “su ausencia es inabordable”.

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cultural

9.1.21

Amor, amor, amor, Cecilia mía

Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), doctor en Filosofía y Letras, profesor universitario, traductor (de Petrarca), ensayista (ha publicado estudios sobre el Don Juan de Mozart o sobre Itálica famosa y editado la obra de Joaquín Romero Murube), autor del libro de memorias Este sol de la infancia, fundador y director de la revista Separata y, entre otras facetas, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, dirige la colección de poesía Vandalia (Fundación José Manuel Lara) donde han publicado sus últimos libros poetas novísimos como Pere Gimferrer, Guillermo Carnero y César Antonio Molina. Lo digo porque a esa generación literaria pertenece por razones de edad, aunque rara vez salga su nombre a colación en las nóminas más o menos canónicas que los estudiosos sacan a pasear en los manuales de vez en cuando. Para uno, con independencia de su adscripción al, digamos, nomenclátor poético, Cortines es un poeta imprescindible a la hora de efectuar el escrutinio de las voces de la poesía española del siglo XX y lo que va del XXI. No es, cabe precisar, hombre de grupo ni su poesía equiparable a otras. Tan personal su tono y, en consecuencia, su mundo. Poesía que reunió en 2016 bajo el título Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016), un rótulo que ya había utilizado en 1983, cuando agrupó sus poemas tempranos, escritos entre 1974 y 1982, en Edicions del Mall, un feliz experimento que conectó la poesía castellana y la catalana y que ahora, separatismo provinciano mediante, nos resulta un experimento lírico más utópico que real. Gracias a ese libro, por cierto, conoció uno sus versos. En la versión definitiva de Pasión y paisaje están Primera entregaCarta de junioConsolaciones Nombre entre nombres.
En la colorida colección de antologías de Renacimiento aparece ahora En el mejor silencio. Poemas amorosos (1994-2020). El prólogo, “Razón de vida”, es de Ignacio F. Garmendia y, tras leerlo, el crítico tiene la desconcertante sensación de que poco o nada se puede añadir a ese exhaustivo estudio introductorio. Intentémoslo, no obstante. 
La inspiración de esta poesía amorosa es conocida. El propio poeta lo proclama: “Era necesario decir el nombre y ya está claramente dicho, sin ocultación ninguna, sin áureos disfraces”, escribió en “Huellas de una creación”, el diario que añadió al final de su poesía reunida. Su musa, sí, se llamaba Cecilia Romero de Solís, Lilí. Falleció en 2018, a los sesenta y ocho. Compartió con Cortines “cuarentaiocho años de mi vida”. Fue “uno de los centros emocionales de su mundo lírico”. Pasión y paisaje lleva al frente esta dedicatoria: “A Cecilia, con la que siempre voy”. 
Con todo detalle, Garmendia va desmenuzando algunos misterios de esta poesía que la tiene por tema. El florilegio se divide en dos partes. La primera, Nardos de noviembre, agrupa poemas en las secciones “Lejos y en la mano”, “Nardos de noviembre”, “Nombre entre nombres” y “Días y trabajos”. La segunda, Pasos de amor, es un tríptico que se da por primera vez completo. Según el prologuista, “uno de los grandes cancioneros de la poesía española contemporánea”. 
Destaca éste que, en lo que a la primera parte del libro compete, “proyectado en la felicidad conyugal, en momentos en los que cualquier forma de aflicción parece lejana o imposible, el sentimiento que une a los enamorados tiene la milagrosa facultad de vencer a la misma muerte”, lo que sucede por desgracia en la segunda. 
Marcados por el clasicismo, cuatro poemas componen “Lejos y en la mano” que empieza con uno del mismo título, que comienza: “Delicada, prudente, generosa”. 
Desde el principio también, la mirada. Celeste, por el color de sus ojos. “La alegría / de saberse mirado en tu mirada”. Allí leemos: “que no llegue / la noche de mi vida sin que sepas / que tu nombre es amor y por él vivo”. Y ahí, como resalta Garmendia, “la sencillez de la expresión, la elegante levedad, la profundidad de la mirada”. Y “ese fondo de melancolía”. Y esa paradójica sensación de “la lejanía del amor teniéndolo tan cerca”. 
“Nardos de noviembre”, un “microcancionero a la manera petarquista” que aglutina diez poemas en endecasílabos blancos (en los que Cortines es especialista), alude a la costumbre de regalar varas de nardos a su mujer el día de su santo, 22 de noviembre. 
Por “este turbio desierto que ahora cruzo” (un verso que me lleva sin querer al memorable de Valente: “Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre”), “hacia ti voy, amor, para saberme / salvado en tu presencia”. “A ti acudo / cansado de mí mismo” (un guiño juanramoniano). “Pero contigo / el tiempo se transforma y cada instante / es un nuevo misterio”. “En ese amor me miro”, continúa. Porque su mirada es “remedio a todos sus males”, anota Garmendia. Y en homenaje a la Epístola moral a Fabio: “Así los años / se pueblan de países, de ciudades, / de casas, escenarios compartidos / de una misma aventura que no cesa / hasta que el tiempo muera”. 
Otoño y el jardín (Cecilia era única para las plantas y los jardines) se unen en el poema “Nardos de noviembre”. “Nombre entre nardos”, un poema fundamental, narra su historia de amor: “Te conocí en Sevilla una mañana / de intensa luz con fondo de jardines”. “Cuánto misterio, amor, en cada día, / en cada noche que soñamos juntos”. Termina: “Amor, amor, amor, Cecilia mía”. 
El contrapunto lo pone un breve, certero poema de corte epigramático, “Mármol y agua”, “Inscripción para la fuente de Armenta” (el nombre de su calle sevillana): “Que el rumor de esta fuente sea recuerdo / del mucho amor que nos tuvimos siempre. / Que este mármol pregone su firmeza / y el agua lo fugaz de nuestras horas”.
“Nombre entre nombres” es el título de uno de los libros del lebrijano del que rescata sólo un breve, significativo fragmento.
“Días y trabajos” lo es del próximo libro de Cortines. Su salida está prevista para este año. Ya adelantó poemas del mismo en su poesía reunida. Aquí publica “Réplica final”, una extensa composición que es en realidad “una historia”. Su protagonista, “la de los ojos glaucos”. “La más dulce”. Gira en torno al “linaje de las mujeres” “No fue Pandora, ni tampoco Eva, / ni Lulú, ni ninguna de vosotras / el origen del mal entre los hombres”. “Y así nosotros, hombre y mujeres, / inmersos en lo mismo inexplicable”. “Ella [la mujer] nos dio la vida”. “¿Sin la mujer la vida qué sería? / Un internado triste y aburrido”. “¿Y qué, pobre de mí, qué hubiera sido / sin ti, Cecilia, de celestes ojos”.
“Efectivamente, la parte final, Pasos de amor, es la que da el sentido a la recopilación”, ha dicho Cortines. Sentido completo, se podría matizar. Como afirma Garmendia, “se centra en la enfermedad, la muerte y el recuerdo de la amada”. Se trata, según él (algo que comparto) de un “poema cimero”. Extenso, una medida que nuestro poeta tiene bien ensayada. En la línea de Carta de junio Nombre entre nombres. Como “Extraño regreso”, que irá en Días y trabajos.
Cada movimiento incluye “ocho, siete y nueve fragmenta”. El poeta, ante “el mal”, queda “primero inerme y luego desarbolado”, pero consciente “como nunca antes” de la fuerza y la verdad del quevediano amor «más allá de la muerte». Hay un “propósito sin duda catártico que alienta en el poema”, señala Garmendia. Cortines, por su parte, ha declarado en el diario ABC: “«Estos poemas han sido muy dolorosos pero también me han dado mucho consuelo».
Ha habido “una voluntad de transmitir casi en vivo lo que siente y sufre”. “El tú de la amada”, a quien se dirige, es al principio un “presente perpetuo”; luego, un “reciente pasado”. 
Primer “paso”. “Tu presencia / es mi presencia en mí, y no concibo / ninguna otra ajena a la que eres”. 
La muerte, dice explícitamente, “se asomó dolorosamente en tu cabeza / y derramó la sangre en tu cerebro”. Llegaron las consultas, la operación, las entradas y salidas del hospital, los cuidados… “Pero sereno el rostro, / como si hubieras vuelto / de una noche que pudo ser eterna”. 
Después, la casa y el jardín. Sevilla (“La ciudad donde tanto hemos vivido”), el río. Y el mar. “Común encuentro / en playas prolongadas y en el campo”. La naturaleza, que tan bien ha cantado Cortines. 
“Todo eres tú”. “Y sin ti no hay verdad ni hay hermosura”. “Tu presencia reclamo”.
Segundo “paso”. Madrid, desde donde evoca el Nueva York de los recién casados que ellos fueron. Y Córdoba y Sevilla, por fin. Y “el hallazgo del hogar ideal”. Y de nuevo Madrid. Y otra vez el campo y los jardines: “No todo ha de ser siempre sufrimiento”. “Y cuánto dolor en versos que no escribo”.
“No estoy vivo”, sentencia. “Nada ni nadie. Soy sólo un vacío”. “Es ya la despedida”. “Mayo fue el mes que tú elegiste. Desde entonces / razón de mi vivir será cantarte / y que el mundo conozca cuanto amor y belleza / calladamente atesoró tu vida”. 
Tercer “paso”. Ella ya ha muerto. “Pero tú siempre aquí, secretamente”. En la música que escucha, por ejemplo. “Tu voz, mi amor, tu voz es la que escucho / porque amor es tu voz y amor mi escucha”. Pero también: “Eres tiniebla”. “La vida se derrumba / en una soledad sin esperanza”. Aunque, “mientras yo viva vivirás conmigo”. “Si yo vivo, tú vives”. “Tú, mi reina, la más bella de todas las mujeres”. “Ojalá te pudiera ver en sueños”. No, nada “podrán nunca / borrar lo que fue bello y sigue siendo”, por más que en el jardín falte “la luz de tu mirada”. “Aquí, mi amor, te pienso, te vivo y te converso”. “Es el parque de siempre”. ¿El de María Luisa? 
Cortines concluye su doliente canto: “Y aquello que de honesto, bueno y noble / pudiera haber en mí de ti proviene”. 
Regresa al mar. Al Puerto. “Era tu mar de niña”. Ella le dice: “«Sí, yo soy ese mar que llevas dentro / el mismo mar que recorrimos juntos, / el mar donde renazco de ti mismo. / El mar no es el morir, sino otra vida / que has de vivir conmigo mientras vivas». 
Tengo por difícil la poesía amorosa. Muchos piensan lo contrario y así les luce el verso. La serena elegancia de Cortines, su saber hacer (que yo centraría, pongo por caso, en el análisis de su sintaxis), salvan a estos versos de cualquier atisbo de sentimentalismo, el mayor peligro, acaso, de quien pretende cantar al amor más acá y más allá de la muerte. 

En el mejor silencio. Poemas amorosos (1994-2020)
Jacobo Cortines
Prólogo de Ignacio F. Garmendia.
Renacimiento, Sevilla, 2020. 128 páginas. 12 €

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno

6.1.21

1.1.21

La poesía de Argüelles

Vicente García escribió en 2008 en la revista Clarín: "Hace veinte años, silenciosamente entraba en escena un poeta importante, a tener en cuenta. Se trataba de José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Publicaba un primer libro, Cuelmo de sombras (1988) en la casi secreta colección Versus, del Centro Cultural y Deportivo mierense, que por aquellas fechas dirigía José Manuel Cuesta Abad". Antes, a finales de 1984, José Luis García Martín había dicho en uno de los diálogos apócrifos de "Laurel de Apolo" (publicado en Cuadernos del Norte bajo el título "Joven poesía asturiana"): "José Luis Argüelles me parece el poeta joven que mejor conoce su oficio". Sí, mucho ha llovido desde entonces, más en Asturias, y Argüelles, periodista de La Nueva España y crítico literario del diario asturiano, uno de los más conspicuos representantes de la pujante poesía del Principado, que brilla con luz propia dentro del panorama nacional, como subrayaba hace poco en un artículo sobre nuestra actualidad poética publicado en la revista El Ciervo, Argüelles, decía, ha dado a la imprenta los libros: Pasaje (2008), Las erosiones (2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias) y Gran desconcierto (2018), los tres en la editorial Trea, donde también apareció, hace una década, Toma de tierra: poetas en lengua asturiana. Antología (1975-2010). Es también aforista (incluido en Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos, de José Ramón González). 
Ya se ve que no estamos ante un poeta torrencial, sino ante alguien que mide muy bien sus distancias, de ahí que sorprenda a sus lectores con la salida de dos libros casi a la vez: Mar sin fin y Protesta y alabanza.
El primero es un cuaderno (el número 32) de la colección Heracles y nosotros, que dirige Juan Ignacio (Nacho) González desde hace treinta años (fundada, por cierto, junto a Jordi Doce), loable empeño por el que acaba de recibir el premio de fomento de la lectura "María Elvira Muñiz", a la que siempre recordará uno con admiración y afecto. 
El segundo, un nuevo libro de poemas que supone un cambio de editorial, que ahora es Impronta, otra casa asturiana con sede en Gijón. 
Empezaré por Protesta y alabanza, que toma su título de un párrafo de Arte poética, III (recogida en Livro sexto), de Sophia de Mello Breyner Andresen, con el que se abre el volumen: "Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también contra el sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente y fiel consigo misma, necesaria. El hecho de que estemos hechos de alabanza y protesta atestigua la unidad de nuestra conciencia" (en traducción de Ángel Campos Pámpano).
Desde el primer poema, "Camarada gorrión", la vida debatiéndose entre la resistencia y la fragilidad: "Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz / que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa". Este es el tono.
Situado en el "Elogio del horizonte", emblema de la recién nombrada Gijón ("esta ciudad grisácea"), mucho más que una monumental escultura (quien ha estado allí lo sabe), escribe: "Chillida vio lo mismo / que aquellos vigilantes del agua y las mareas, / los arponeros de esta península del tiempo: / un horizonte que nos busca / hasta abrirnos los ojos / con su sed infinita". 
Se repiten en el libro los sonetos (que sigue siendo, cuando se acierta, una estructura lírica perfecta) y los autorretratos, como "Soneto del hombre que camina", un homenaje a Giacometti: "Como tú, ser el hombre que camina". 
Después, Cernuda. Y la guerra: "1936". "Tan solo la fe importa". Y más homenajes donde, al hablar de otros (Ory, Machado, Omar Al-Jayyman, Walt Whitman), el poeta nos habla de sí mismo. Así, cuando dice: "Ama tu alegría / y ama tu tristeza, / escribió el poeta" (Machado) y "La felicidad, / la melancolía... / Ambas son la vida". O: "Son otros los días que tú buscas" (se repite en el poema neoyorkino dedicado a Whitman). Los "que tú anhelas".
En "El viejo y los héroes" leemos: "Yo gané mi vejez, / un silencio sin página, / engañando a la muerte".
Tras una primera parte muy literaria, ya se ve, en la que el lector se impone, en la segunda el yo (temeroso) gana terreno: "Este soy: lo que nunca quise ser". Lo dice en "Soneto que soy", dedicado a Rodrigo Olay, lo que nos permite incidir en las fructíferas relaciones intergeneracionales que se dan en la poesía escrita por asturianos, donde la revista Anáfora (más que eso) actuaría, digamos, como catalizador. 
"Soneto de aniversario" es otro autorretrato: "A los cincuenta y ocho años cumplidos...". "Silencio en la ceniza de mi labio, / hastío en la manchada piel de viejo / y cansancio en los ojos. Eso es todo". 
La noche es un símbolo del libro. Léase "Acústica nocturna". Y siempre el fracaso y el daño: "El tiempo pasó, / traicionándote". 
"Para volver, he vuelto", dice "En la ciudad de la ceniza". Allí, en el poema "Para mirar este día", "La sencillez discreta de una vida / alejada del ruido y sus quimeras". Donde "Ser al fin nada en esta luz perfecta. 
La tercera parte se inicia con "Un gesto": el dolor y el miedo, pero también "la claridad de algunos gestos". Su esperanza. Como la del amor. "Este amor" termina: "El amor que nos damos / y no otro amor cualquiera". Es lo que permanecerá. Como aquella muchacha de la bicicleta roja.
La cuarta parte se abre con "Amanecer": "Los seres y las cosas / que vuelven de la noche / y, en su respiración, / son materia de luz". Porque "la vida es siempre / asombro y lucha". Porque "la vida es tiempo / que apenas dura". 
"Patria" es un bonito homenaje al inolvidable poema de José Emilio Pacheco: "ese niño que nunca te abandona / cuando miras el sol y la mañana". 
"En una plaza" da la medida del libro: "Ni pérdida tan solo / ni tan solo ganancia. / La vida es ambas cosas...". "Y así está bien. Te basta". 
"Protesta y alabanza" es otro poema fundamental, con Hill y Sophia al fondo. Como lo es "El odio a la poesía", extenso, dividido en cinco partes (dedicado a su antiguo editor, Álvaro Díaz Huici), donde Argüelles ensaya una poética a partir de la lectura de Hatred of poetry, el famoso libro de Ben Lerner (por errata, en el libro pone Larner). Aprovecha para citar a algunos maestros: Vallejo, Frost, Szymborska, Bécquer, Claudio Rodríguez, JRJ. "La poesía no es asunto urgente / pero hace tanta falta". 
"Mundo común" es un perfecto final para este libro tan sencillo como impactante. Su carga, sí, es de profundidad. Como la de toda poesía auténtica, la digna de tal nombre.
En un cuestionario redactado a partir de un encuentro de poetas asturianos en la mítica librería Cervantes de Oviedo, Argüelles comentó: "La poesía es siempre una exaltación de la vida, aun cuando su tema central sea el de la muerte, o precisamente por eso". Lo digo porque el segundo libro que voy a reseñar, Mar sin fin, se adapta muy bien a esa afirmación. Tiene que ver con un asunto muy literario (aunque no todos estén a la altura): el de la muerte del padre. Muy literario y, lo que para uno resulta más importante, capital en la vida de cualquiera. No es cuestión de mencionar libros pasados o recientes sobre el tema, pero todos tenemos en mente algunos. Dignos, la inmensa mayoría, sin que falte al menos uno al que catalogar de infame. 
Dieciséis son los poemas que lo componen. Numerados y sin título. Fragmentos de un poema único. 
Al frente, dos epígrafes. De Borges y Costafreda. Debes, se dice en el primero de la serie, "cuidar la intimidad de las palabras / que importan, recogerte en su sonido. // Es la manera  que los muertos tienen / de amarnos, de seguir entre nosotros".
De inmediato el mar cobra protagonismo: "Porque yo vine para hablarte, mar". Más que una mera metáfora. Realidad vivida. Por quien escribe y por su padre, con el que dialoga: "Pero yo vine para hablarte, padre". Un mar concreto: el Cantábrico, en un lugar preciso: Gijón. "Por eso vengo cada tarde aquí", leemos en el poema II (uno de los más logrados), "como si el duelo de mis pasos fuera / otra forma de hablar contra el olvido". 
Anoto algunos versos elocuentes: "Es un cómplice el mar". "Busco una música que nos reúna". "El dolor es costumbre". "Pasa mi vida y las claudicaciones". "La vejez es un pájaro cansado". 
En el poema VIII (qué hermoso), "los lugares del padre": "grúas, minerales, / las metalurgias y los grandes buques, / el fabril horizonte de la rada" (donde se desliza un sutil homenaje a Martínez Sarrión).
"El mar dice verdad y yo la escucho", leemos en el IX, y: "Los poetas fundaron la verdad / del agua. Piensa en Hölderlin, ya loco / en su torre, en el mar de su mirada / al recordar la música perdida". 
Sigo anotando: "No quiero las palabras neutras". "He buscado también tu eternidad". "El premio es madurar, amar la noche". "Mar o enigma".
El poema XV es clave. Concluye: "Hasta ti que eres padre de mi sombra, / cobijo de la oscuridad, frontera". En el último: "Al dolor doy lo suyo. Escucho, así, / la intensidad que dura todavía". 
A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, Argüelles se dirige a nosotros en voz baja. La suya es una poesía sobria, coherente y honesta. De una lucidez conmovedora. “Pero lo sustancial, / todo aquello que importa de verdad, / llega de pronto y nos guarece / del sin sentido, / de sus grietas cotidianas”. “En realidad, / tan solo cuenta la emoción”. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno.

28.12.20

Como nieve que cae

Tenía noticias de la nueva Colección Poesía de la editorial leridana Milenio, dirigida por los poetas Ángels Marzo y Josep R. Rodríguez, pero no había tenido en las manos ninguno de los tres libros publicados hasta ahora, de Vicente Gallego, Yolanda Castaño (su antología Un cobertizo lleno de significados sospechosos, prologada por Zagajewski, se ha alzado en su tierra gallega con el premio Estandarte al mejor libro de poesía de 2020) y José Mateos. 
El gaditano de Jerez de la Frontera (1963), pintor, editor (de Libros Canto y Cuento), ensayista (Soliloquios y adivinanzasLa Razón y otras dudasSilencios escogidosUn mundo en miniaturaEl ojo que escuchaTratado del no sé qué), narrador (Historias de un Dios menguante y Un año en la otra vida), autor teatral (Proyecto Amniótica) y, ante todo, poeta (Días en claroCancionesLa nieblaCantos de vida y vuelta, Otras canciones, Un sí menor, así como de las recopilaciones Reunión Poesía esencial), publica en ese recién estrenado catálogo Primavera, año cero, un volumen muy bien editado donde reúne treinta poemas breves (que respiran muy bien entre los espacios en blanco que propicia su amplio formato)  a los que cabe sumar dos más, a modo de prólogo y epílogo, respectivamente. 
Ya habíamos tenido ocasión de leer solventes libros escritos durante el confinamiento, ese triste encierro al que estuvimos sometidos durante meses por culpa de la pandemia de la covi19. Diarios en prosa con una sustancial carga reflexiva como La vida en suspenso (Fórcola), de Jordi Doce, o más ligeros como Primavera extremeña (Alfagüara), de Julio Llamazares. En poesía, más allá de algunas recopilaciones antológicas (A poema abierto, por ejemplo, un proyecto coordinado por Amalia Iglesias para la Universidad de Salamanca), no sabía de la existencia de ningún libro concebido y escrito en esas penosas circunstancias. El de Mateos lo es. Pero cuidado, ya lo advierte desde los dos primeros versos: “Olvida las palabras / que tú ya sabes”. Esto es, para nombrar esa nueva realidad no sirven las viejas, gastadas palabras (“melancolía, sombra / poema, cárcel”): “A la tierra hoy desciende / otro lenguaje”. Y sigue: “Un idioma distinto / para ignorantes”. “Un idioma que es pobre / y es tan suave // que parece, en la noche, / nieve que cae”.
Y porque de lenguaje hablamos, la sencillez y la claridad son las cualidades de éste, empeñado en conversar con el lector en voz baja, con naturalidad y sin aspavientos. Con las palabras justas. Desde el misterio. Por otra parte, quienes leemos a Mateos sabemos que la queja y la pena no es lo suyo. Podíamos esperar, por eso, un libro verdadero y hasta alegre. Bondadoso y compasivo también. Con sus gotas de melancolía, por supuesto. Un libro, al cabo, esperanzador. Lo dice Eloy Sánchez Rosillo en la nota de la contracubierta: “En tiempos de oscuridad y desánimo, José Mateos ha escrito su libro quizá más luminoso y sereno, lleno de confianza y de fe en la vida”.
Las tres partes de que consta se abren con hermosas citas de poetas anónimos del siglo XV (“probablemente”) que a uno le antojan por su pertinencia apócrifas.
La primera sección es la más alegórica. Y ahí, lo trascendente (más que lo religioso), marca de la casa, que tampoco falta. “Un ángel me habló en sueños: / —No salgas esta noche”. La amenaza, el mandato. 
En “Viernes Santo” leemos: “Más que nunca es ahora / que el idioma se ha roto / y hasta el cielo se pudre”. Y termina: “Solo el que muere entrega / sin reservas / su cuerpo”. 
En “Borracho”, dando tumbos, “hay un dios que maldice nuestras leyes”. “Yo soy Dionysios”. Un discurso, digamos, que sigue en “Bacantes”: “Que el dios al que servimos / destruya la ciudad de nuestros padres”. 
En “La cita” rememora su lucha con el “ángel sin nombre”: “Tú: la sangre, el esputo, / la carroña. Yo: el suave / silencio de la umbría, / el sol que vuelve, el agua”. “No sé por qué luchábamos. / No sé quién ha vencido”.
En “Oráculo”, ante una encina de Grazalema, se atisba otra verdad: “Se diría / que andamos a ciegas”. Y: “Se diría que habla / a quien sabe que habla”. 
En “El mirlo”, el milagro: “Un pájaro se atreve / a cantarte, / recóndita, / suavísima alegría”. Y en “El jilguero”. 
En “Canción sin confinar” leemos: “Lo cerrado es solo el miedo”. 
La segunda parte se abre rememorando una visita al Aquarium de Alicante: “cómo la vida pasa sin nosotros”.
Las visiones, esas que nos facilitaban, a través de las ventanas y los balcones, salir de nuestro encierro, también nos permitían saber que la vida continuaba fuera, aunque aparentase estar en suspenso. Cuando escuchábamos el canto de un pájaro, pongo por caso. O, como en el poema “Azahar”: “¿Pero cómo no veis / en ese patio, el viento / libando eternidad / en la flor del naranjo?”. Pasa igual en “Canción que debería oler”: “Ese jazmín de qué incendio, / que ni yo sé en qué verano / con su olor bueno interrumpe / los peligros de la noche”. Detalles que “enamoran”. Que salvan. Como la tierra: “cuando pasa la Historia / solo ella permanece”. Porque “La historia de los hombres / es una historia  de traición y lodo. / No quiero nada de ese viento errático. / Y me siento feliz flotando a la deriva.”(“Un 14 de abril”). 
“De los álamos vengo” expresa la esencia de la poesía: “Yo sólo sé decir / lo que no sé decir: / cómo las mueve el aire”.
En “Primavera, 2020” confiesa: “La primavera es una / de las conjugaciones de la Tierra, / la que más amo”. “Tras los signos amenazantes y los augurios opresivos de los poemas iniciales del libro, irrumpe a pesar de todo y por encima de todo, con su temblor y su milagro, la primavera, que figura en estas páginas como símbolo de libertad, pureza y verdad”, dice Sánchez Rosillo en el texto antes citado.
“La intensidad es solo un anticipo / no sé de qué, de lo que no sabemos”, dice en “Marcha Radetzky”.
El río Guadalete motiva otro poema: “río de pocas palabras / y certezas. Río hecho / de olvido, con esa calma / de lo que pasa por dentro”. 
“Qué escaso el idioma” exclama en “Sueño”.
El padre y la madre inspiran dos poemas muy emotivos. “Y muy larga es la noche”, concluye el primero. “Tú no me dejes solo”, principia el segundo. 
En un libro así no podía faltar una “Pequeña elegía”. Son tantos los que se han marchado: “Tú, tan llena de vida / (...) / también te has ido”. El pensador y poeta Jiménez Lozano es protagonista involuntario de otro in memoriam
Con “Resurrección” termina la tercera parte: “Yo solo soy lo que dejó la muerte”. 
El epílogo es una canción, una de sus formas poéticas preferida. La “final”. “No el junco o el guijarro / que se empeña en ser fondo; / el agua que resbala entre las manos”. “Un leve despedirse / y un no quedarse en nada”. “El agua, / la textura del agua, / el agua que resbala entre las manos”.
En un momento dado, José Mateos escribe: “¿Se cierra acaso un poema tras la última palabra?”. Huelga responder a esta pregunta retórica. Más en esta suerte de año cero. 

Primavera, año cero
José Mateos
Editorial Milenio, Lérida, 2020. 88 páginas. 12,00 €


27.12.20

Mirad, es bello y es verdad. Sobre la poesía de Antonio Gamoneda


A la vista de la ingente y hasta apabullante bibliografía sobre la obra poética de Antonio Gamoneda, al ponerme a escribir este texto sobre su poesía, consciente de mis limitaciones, he optado por trasladar al hipotético lector un relato lo más directo y cercano a lo leído y, en consecuencia, ajeno al discurso académico que tanto gusta a sus exégetas. Una lectura, en suma, y sólo eso; a sabiendas de que no soy filólogo y, como dice nuestro autor, “todas las lecturas son subjetivas” y “la realidad de una escritura se decide en la comprensión y el juicio de quien la lee”.
Sí he tenido en cuenta sus dos libros de memorias, Un armario lleno de sombra y La pobreza, porque “mi vida y mi escritura […] son el mismo asunto” y “La poesía no se parece a la vida o tiene que ver con la vida, sino que es la vida”, así como sus propias palabras, algunas de las muchas que ha dedicado a reflexionar, no sin estupor, sobre lo escrito, ya sea en sus libros (la primera parte de La pobreza se titula justamente “La escritura”), en artículos o en las numerosas entrevistas que ha concedido, de las que sólo conozco una mínima parte.
Como la mayoría de los lectores de mi generación, descubrí el mundo poético de Gamoneda gracias a Edad (1987), la edición realizada por Miguel Casado para Cátedra donde reunía poemas escritos entre 1947 y 1986. Con ese libro, Gamoneda pasó de ser un perfecto desconocido, o casi, a conseguir el favor de los lectores y de la crítica. Al año siguiente obtuvo el Premio Nacional, inequívoco anticipo de los numerosos e importantes galardones que han venido después, incluido el Cervantes.
Aunque Gamoneda es un enemigo declarado del orteguiano método generacional, no por eso podemos soslayar lo anómalo de su caso. De entre las promociones poéticas del siglo XX establecidas por la crítica, cabe que didácticamente, el Grupo del 50, el de “los niños de la guerra”, al que pertenece cronológicamente, era y es uno de los más consolidados en términos de nomenclatura. Cuando vio la luz Edad, insisto, su nombre no estaba en la nómina nuclear o canónica, una lista que no estaría completa si faltara. Es verdad que si por algo se caracteriza su voz es por su absoluta singularidad. Ajena a cualquier marco teórico grupal, no sujeta a características compartidas o compatibles, sólo suena, y no es tópico, a ella misma. Ha sido forjada desde la fidelidad a unos pocos maestros: Lorca, Rimbaud, Mallarmé, Hikmet, Perse, Vallejo, Char, Trakl… Creadores de realidad, diría él, como Juan de Yepes. Y a influencias como los veterotestamentarios, la tragedia griega, el jazz, los espirituales negros, el surrealismo...
Escrita en “radical soledad y en resistencia”, Tomás Sánchez Santiago dixit, ha tenido imitadores, pero no discípulos. Estamos ante una voz grave y propia, en sentido estricto, que es inseparable de un mundo único: el suyo. En una entrevista publicada en Ínsula aseguró: “Ya he dicho muchas veces que toda, absolutamente toda mi poesía es autobiográfica”. Por eso es necesario recurrir, ya se indicó, a los mencionados tomos de memorias donde ha escrito, diría él, su infancia y su juventud. Entre otras cosas porque los considera parte de su poesía, aunque sea en prosa.
Antonio Gamoneda Lobón, hijo de Antonio y Amelia, nació en Oviedo en 1931. Su padre, “poeta menor” y periodista, autor de Otra vida más alta, murió pronto y esa muerte marcará para siempre la vida (“jodida”) de su hijo, que con tres años viaja a León con su madre, otra alma en pena, persona central en su existencia y protagonista de su poesía como sombra tutelar. Del armario real y simbólico que da título a sus memorias de infancia recupera el poeta “los hechos”. Allí, el desván y las palomas, el olor de la lejía, la máquina de coser Singer, las enfermedades, la Guerra, los Agustinos, Sergia, el vecindario, el tren, los milicianos y los presos de la cárcel, los zapatos de la abuela, el frío, las peleas y los amigos, el banco… Y el odio, las penurias, el sufrimiento, la vergüenza, el dolor, las humillaciones, la tristeza, el hambre, los sueños y la muerte, aquello que ha venido conformando lo sustancial del mundo a que aludía, su “cultura de la pobreza”, tan cervantina. De ahí también su conciencia política, desde el accidente del obrero o la paliza de los falangistas.
En 1945 entra a trabajar en un banco con un horario interminable y un sueldo de miseria. Como botones y meritorio. De primeras, calefactor. “Yo vengo de la penuria y del trabajo alienado”, dijo en su discurso del Cervantes. No pocas páginas de La pobreza le sirven para mencionar a los compañeros de aquel oficio del que al final deserta para dedicarse a tareas culturales de la Fundación Sierra-Pambley. A diferencia de su íntimo amigo Jorge Pedrero, él sí permaneció en el sufrimiento, “soportándolo como una necesidad de la conducta necesaria”. Acosado durante años por las depresiones (“una sola y continuada”) y por otras enfermedades (“Quién sabe lo que es la enfermedad”). Librando, además, otra batalla silenciosa: la de la clandestinidad política, en trajines sindicales, vinculado al PCE. En medio, la familia: Angelines, su mujer (“vivimos el uno en el otro”), y sus hijas: Amelia, Ana y Ángeles, además de su adorada nieta Cecilia, a las que dedica líneas emocionantes en la parte final de sus memorias y en uno de sus libros. Y la casa, ese refugio para un poeta de interiores. Y unos cuantos viajes. Y por encima de todo, la poesía. Eje y razón de ser. Principio de incertidumbre. Temor más que deseo. Todo está en Esta luz. Un libro, en rigor, nuevo. Por su afán perfeccionista y juanramoniano de reescribir lo escrito. Si de por sí toda lectura es nueva –uno nunca lee el mismo libro–, más cuando el poeta modifica lo ya publicado, como hace al caso. “No me atrevo a pensar que los poemas […] sean absolutamente otros, pero tampoco creo que, «en el fondo», sean los mismos y, a veces, sospecho que puedan ser la negación de lo anterior”, confiesa en el “Avisos y explicaciones” con que comienza el primer tomo.
¿Y qué es ese “todo” a que hago alusión? Pues a mi entender un continuo que abarca más de setenta años de creación poética. Una “arquitectura poética” unitaria, digamos, pero que atiende a un principio apuntado con agudeza por Gonzalo Hidalgo Bayal: “no se trata, pues, de escribir el mismo libro, sino de tener el mismo centro”. Lo que uno ha leído, dejando para los tesinandos la laberíntica faena de comparar las variantes de las sucesivas ediciones, cuando no de los originales. De ahí que en los títulos se señalen las fechas del entonces y del ahora, por transitorio que éste sea. Y ya que de transitoriedad hablo, bien está que se reconozca el impecable quehacer del editor, Jordi Doce, que ha cuidado hasta el detalle tanto la poesía completa (de 1947 a 2019, con sendos epílogos de M. Casado) como el segundo volumen de sus memorias. En éstas comenta sus primeros pinitos poéticos, presentándose a concursos provinciales, lo que le deparó “una avergonzada notoriedad local”. De ese periodo, donde identificamos con dificultad la voz del poeta, y bajo el rótulo de “Primeros poemas”, se abre Esta luz con el libro La tierra y los labios, que, como suele ocurrir, sin ser del todo suyo, presagia todos los demás. Ya se anuncian en él temas u obsesiones que serán luego recurrentes. “Crece la muerte con la vida”, leemos. O: “Cuánta luz, cuánto hielo, cuánta nada”. Ni el amor (así expresado) ni los sonetos volverán. Con todo, es Sublevación inmóvil su primer libro publicado. En la famosa colección Adonais. En él ya se atisba, y hasta se concreta, su lenguaje poderoso y versos que aluden de forma inequívoca a su mundo: “Mi corazón se oculta en la belleza”. “La belleza no es /un lugar donde van a parar los cobardes”. “Yo sé / que la belleza no necesita ser pensada”. “Me justifico en el dolor”. “Gira el mundo y nosotros / esperamos la muerte”. Más allá del sufrimiento y de la muerte (“don de morir”), tan presentes, la luz, la amargura, la melancolía, la música (de Bartok, por ejemplo).
Le sucede Exentos, donde sigue cantando al amor, como en toda su primera poesía (el libro está dedicado a María Ángeles) y a la figura de la madre. “La vida es / una inmensa, profunda compañía”, escribe.
Blues castellano está escrito entre 1961 y 1966, aunque ve la luz en 1982. En principio se tituló Actos e iba a ser editado por Batlló; sin embargo, se publica mucho después, un lapso de tiempo que lo lleva a enmudecer. El salto cualitativo es evidente. Ahí, la desolación, la culpa, la pobreza, el cansancio (un asunto recurrente), el dolor (“Aquí no hay otra majestad que el dolor”). El blues afroamericano inspira un canto triste: “Mirad, es bello y es verdad”.
En Exentos II (que fuera Pasión de la mirada) se acentúa la inventiva lingüística, que se barroquiza, sin que eso estorbe a una contemplación rural: “Vi / ásperos pueblos, huertos silenciosos”. “Vivo sin padre”, leemos, y: “La geografía del final es blanca”. “Aquí la muerte se reconcilia con la luz”. “No / hay mayor lentitud que esta paciencia”. Versos de alguien que “habita en la mirada / de la desolación”.
Descripción de la mentira es acaso su libro más valorado o conocido. En él adopta el versículo (“dótame de talento para componer frases largas”, rogó Zbigniew Herbert), que va a ser en lo sucesivo su seña de identidad sintáctica. Su tono es inconfundible. Su poesía, inspirada, de aires bíblicos. “Nuestra dicha es difícil”, lamenta. “Agradezco la pobreza para que la pobreza no me maldiga”. “Atravesamos las creencias”, “un país sin verdad”. Frente al olvido, “mi fortaleza está en recordar”, aunque, confiesa, “mi memoria es maldita”. La soledad “ávida”, el miedo (“He temido tanto a la vida como a la muerte”), la destrucción, la cobardía (“el único don de la imposibilidad”), la vergüenza, la indiferencia, la inutilidad, el arrepentimiento… “De los desvanes baja un clamor de palomas. Es el sonido de la infancia”.
Lápidas representa la continuidad de un lenguaje personal y distinguible: “la lengua / se agota en la verdad”, “la pureza de las palabras inútiles”. Versos bellísimos como: “Pasaban trenes en la tarde y su tristeza permanece en mí”. La Guerra, León, San Marcos… Tiene algo de crónica, de narración y, claro, de memoria. Al fondo, la enfermedad, la convalecencia. “La vejez es blanca”. Y la melancolía (de los tangos). “Siéntate ya a contemplar la muerte”. Cómo suenan sus silencios. “Edad, edad, tus venenosos líquidos. // Edad, edad, tus animales blancos”.
Libro del frío vuelve a la naturaleza, pero humanizada. La segunda parte, “El vigilante de la nieve” está inspirada en la vida de Jorge Pedrero, amigo del autor y personaje al que dedica no pocas páginas emocionantes en La pobreza. “Es la ebriedad de la melancolía”, escribe. De nuevo la muerte en primer plano: “No tengo miedo ni esperanza”. “Amé todas las pérdidas”, leemos, y: “Amé las desapariciones”.
Y ya que las mencionamos, el siguiente libro fue Arden las pérdidas. A propósito de la ironía, un rasgo de modernidad que Gamoneda apenas utiliza, escribe: “la ironía no pertenece al estilo de mi clase”. Y añade: “Teníamos cierto derecho al patetismo”. Y por fin: “La ironía era una forma de elegancia”. Usa entonces la palabra “naturalidad”. Habla de “respirar el poema”. Y matiza que algo no es poesía “si no se hace en un lenguaje de la especie poética”. “Todo es presagio”. Misterio. Y de nuevo la locura (“la locura es perfecta”), el suicidio, la vejez (“Así es la vejez: claridad sin descanso”, “Es la agonía y la serenidad”), la ira, la extrañeza (“¿Soy yo quien mira con mis ojos?”, “Vivir es extrañeza”), el desdoblamiento (“Te habitas a ti mismo, pero te desconoces”) y siempre la muerte (“He gastado mi juventud ante una tumba vacía”, “No sé quién pero alguien ha muerto en mí”) o, mejor, la supervivencia de un muerto en vida que cree que “la única sabiduría es el olvido”.
Cecilia es un oasis en la obra poética gamonediana. Su título es el nombre de su nieta. Una persona fundamental en su vida. De la que habla, lo detallamos, en sus memorias, donde narra una curiosa anécdota que protagonizó, por la infantil invención de un verso lorquiano. Brilla en Cecilia la alegría, un sentimiento impropio del poeta. “No estás en ningún lugar y hablas con palabras cuyo significado desconoces. Así es también mi pensamiento”. “Tú eres mi enfermedad y tú me salvas”.
Cierran el primer volumen de esta poesía completa Exentos II y Mudanzas, una suerte de traducciones libres de versos de Hikmet, Mallarmé y de Plinio, Dioscórides y otros, así como espirituales negros.
Los textos de los griegos anticipaban Libro de los venenos, que se une por primera vez a la poesía reunida y que justifica su aversión a los géneros, pues que la poesía va mucho más allá del encorsetamiento formal impuesto por la lírica al uso.
En Canción errónea leemos: “Definitivamente, me he sentado / a esperar la muerte / como quien espera noticias ya sabidas”. Continúa su incesante diálogo consigo mismo, esto es, con lo ya escrito. Y de nuevo las dudas: “las palabras carecen de significado”. “No / está pues clara la razón lingüística”. “Sin miedo ni esperanza, / cesar”. Y: “Compréndelo: / no existe más que una palabra verdadera: / no”. A lo Whitman: “Amo mi cuerpo”. “Amo este cuerpo viejo y la sustancia / de su miseria clínica”. Otra vez el cansancio: “Ya he llegado. / No sé /a dónde. Estoy / muy cansado”. “He vivido y no sé por qué”. “Ahora / he de amar mi propia muerte / y no sé morir”.
Vuelven el frío, los recuerdos hermanos del olvido, las “palabras inmóviles”, su madre, Cecilia, la luz… “¡Cuánta niñez bajo mis párpados!”. Y una inquietante conclusión: “haber / vivido sin / saber para qué y / morir sin / saber para qué”. “Elementalmente sufro”.
La prisión transparente comienza: “Estoy cansado”. “De mí mismo; de mi enemistad conmigo mismo”. “Estoy solo”. Parecen anotaciones de un diario, el que esta poesía refleja a lo largo. Se pregunta acerca de la verdad, que “es improbable”. Anota: “Es principal saber que no se necesita la vida: se vive la escritura”. Que “las palabras no son ni significan: fingen”. Que “Yo quiero vivir en las palabras”. Es él “el prisionero de mí mismo”. “He de huir”. Porque “Este no es el lugar”. “El error es mi realidad”.
En No sé leemos: “agonicemos simplemente, / agonicemos”. Es un libro fragmentario. Más que otros. Con espacios que habría que rellenar. Siguen allí los desvanes y las palomas. Ante él, “el vacío y el vértigo”, “el último sosiego”, “la última ebriedad”. “Me confundo en mi propia extrañeza”.
Las venas comunales es acaso la mayor sorpresa del volumen. Dice en la pobreza que “no es el último libro que he escrito, pero lo parece”. Regresa la mejor poesía de Gamoneda. La más suya. “Mi muerte está ya prevista en la mirada de Angelines y en algunos silencios de mis hijas”. “Los lunes estoy loco: padezco de esperanza”. “Aún ahora, todavía guardo / la sábana negra de mi niñez”. “Me excede la claridad”, escribe, aunque “He de entrar, sin embargo, / en la última luz”. “Tiene que llover”. “me sorprendo de estar vivo y / de saberlo”. “Ya es difícil vivir. Sería excesivo // que fuese también difícil // morir”. “He aquí la pobreza”. Piensa que su “tarea más urgente” es “aprender a morir”. Y apunta: “No te entristezcas. Quizá la muerte sea la madre de la vida”. “Compruebo que no hay más que vejez en mí”. “En cualquier caso, yo prefiero cesar en mi propio silencio”.
En Mudanzas II vierte a Trakl, los Cantos del rey Nezahualcóyotl, Mallarmé, Helder, algunos griegos...
Este segundo volumen se cierra con Últimos poemas. Lo protagonizan la ancianidad (con toques escatológicos), algún viaje (a Lima) y la memoria (“Recuerdo un verano”). Con aires testamentarios, escribe: “Por lo que a mí concierne // disiento de la vida y de la muerte”. Con aliento póstumo: “Esta escritura es una casualidad” “O una fábula”. “Ahora es otra edad”. Al cabo, “Cada uno supo que estaba solo y que iba a morir”.
Si tuviera que detallar, en un tono didáctico, los asuntos que centran esta magna obra lírica, empezaría por su propio concepto, el que tiene de la poesía. “Pensamiento impensado”, dice. Ni literatura ni ficción. “la poesía, la verdadera, la legítima […] no es palabra ornamentada, sino, básicamente, creación y revelación”. “En poesía, «se piensa lo que se dice», al contrario que en la expresión convencional, en la que se «se dice lo que se piensa»”. “Cuando escribo poesía –explica–, no soy consciente de lo que pienso hasta que lo he dicho”.
Es “un arte de la memoria”, “antes sensible que inteligible”, “se cumple en la percepción” (que es “comprensión), “símbolo”. “Identificable como un hecho existencial”. “Lenguaje «otro»”. Es “conciencia de la usura del tiempo vivido y ésta es una conciencia mortal”. Son muchas las ocasiones en que el autor ha expresado que, a su entender, “la poesía existe porque existe la muerte”, que “está concebida –al menos la suya– desde la perspectiva de la muerte”, aunque aclare que “mi contemplación de la muerte se produce y alcanza su mayor intensidad […] en el amor a la vida”.
“Lenguaje insurgente”, de resistencia, por seguir al filósofo José Luis Pardo. Porque la poesía tiene la posibilidad “de hacer existir lo que no existe”. Esto nos lleva a otro tema axial: el de la realidad, que no el realismo, “que es una simple verosimilitud” y no “realidad objetiva”. “Porque en poesía el realismo tiende a no ser nada” y “confundir el realismo con la realidad es una simpleza vagamente literaria”. “Está generalizada –añade– una visión demasiado simple de la realidad” y dice necesitar “la realidad como es y como no es”.
Por eso, en lo que respecta a la realidad, entendida en su más amplio sentido, tienen tanta importancia en sus versos (y en su vida, tanto da) los sueños, el duermevela, los sonambulismos, las alucinosis auditivas, los delirios... Esas “visitas” a las que hace referencia en La pobreza. Porque la poesía, sostiene, “es una realidad en sí misma y por sí misma”.
La subjetividad prima. Cuando “cesa en mí el dominio de la subjetividad, me extravío en textos y contextos y advierto la ausencia de poesía”. En otro lado revela: “el conocimiento surgía directamente de la experiencia y de una reflexión breve y sencilla de la experiencia”.
Cree que “el lenguaje esencial poético es a su vez instantáneamente subjetivo”. Él lo enlaza con la “cultura de la pobreza” que caracteriza su discurso poético; así, “en nosotros, «los de la pobreza» […], la subjetivación radical y el patetismo resultarán naturales y nuestro lenguaje no estará «normalizado» porque […] será un lenguaje poética y semánticamente subversivo”. Y ya que del lenguaje hablamos, será pertinente aterrizar en un asunto redundante y espinoso: el del presunto hermetismo de esta poesía tildada de irracionalista. En “Escritura”, confiesa que “le asaltan” esos dos calificativos. “Discrepo. Discrepo cuando se trata de considerar lenguajes poéticos veraces.” Se refirió antes a que “el lenguaje de la poesía será –ha de ser– veraz”. Piensa que la democracia liberal “engendra una escritura poética [poética y no poética] cuyo valor es un valor de mercado, no de creación ni de revelación” (el subrayado es mío). “Desaparece el sentido, que se sustituye por el ingenio o por algún realismo fácil y funcional”. Y concluye: “Instalarse en el pensamiento débil, en la proximidad de la no significación, es una estupidez grotesca ante el hecho capital de que vivimos para la muerte y lo sabemos”. En una conversación con Javier Rodríguez Marcos (El País) comentó que el lenguaje de la poesía es “un lenguaje distinto y como tal se opone al usual, que es propio del lenguaje del poder, aquel encargado de decir lo decible”.
Este lector recuerda al inglés Geoffrey Hill, lo de “somos difíciles”. Gamoneda podría parafrasearlo: “Creo que el arte tiene derecho –no la obligación– de ser difícil si así lo desea”. En otro contexto, éste ha escrito: “Mi incoherencia consiste en ser consciente de mi incoherencia”. Matiza: “la poesía es antes sensible que inteligible o, diciéndolo de otra manera, es inteligible bajo condiciones de sensibilidad”. Algo que se vincula de inmediato con la música y el ritmo que esa poesía conlleva, pues “el pensamiento poético se produce también rítmicamente”, ya que “su valor musical está en el que sea estado original del pensamiento”. Y asevera: “La música –la rítmica al menos– es parte en las significaciones poéticas”. No en vano, “El pensamiento poético es un pensamiento que canta” y “la escritura poética, aunque carezca de componentes melódicos, posee valores rítmicos y estos son medularmente musicales”.
Es más la incertidumbre, ese ir a tientas (“desconozco las causas de la escritura y padezco el desconocimiento”), a la intemperie, ese “he escrito lo que sé y lo que desconozco, y lo uno y lo otro es lo mismo” o ese “estoy hablando conmigo mismo antes que escribiendo”, lo que dota a esta poesía de esa alta dosis de indefinición o de apertura que sólo el lector atento y paciente es capaz de discernir o siquiera vislumbrar. Ese “no entender entendiendo” del santo carmelita. Por expresarlo en los términos ferlosianos, lo de Gamoneda es genitum (inspirado) y no factum (fabricado).
Su universalidad parte, como siempre que lo es de verdad, de su localismo: yo, mi casa y mi ciudad. La del que dice ser, qué paradoja, “prototipo de poeta provinciano”. Un hombre que trae a la escritura “una herida”: “Mi poesía y mi vida se han formado llevando en sí las marcas del sufrimiento que, en la infancia, en la adolescencia y en la juventud, recayó en mi existencia y sobre la de tantos otros españoles: el sufrimiento derivado de la orfandad, el desgarramiento de la guerra civil y la pobreza”. De esa “cultura” proviene. De la que “se genera en las carencias y en el cansancio”. Donde habita la “radical esencialidad poética”. Gamoneda habla “desde el interior de la pobreza”. Esa pobreza es su verdadera poética. “Lo poético, esa luz”, escribió Adam Zagajewski. Esta luz, la que irradia la poesía original de Antonio Gamoneda.

Nota: Este artículo ha sido publicado en el número 136 de la revista TURIA, en la sección "Letras".