4.12.21

Morandi de nuevo

Salvo en el Thysssen (donde hay dos cuadros suyos), nunca había visto obras de Giorgio Morandi (en la realidad de su presencia, quiero decir) hasta que el pasado lunes visité en Madrid la exposición que la Fundación Mapfre ha dedicado al artista italiano. "Morandi. Resonancia infinita" está comisariada por Beatrice Avanzi y Daniela Ferrari y ha contado con la asesoría científica, selección de arte contemporáneo, de Alessia Masi, autora del texto que abre el catálogo: "El eco perdurable de Morandi". 
Se recorren en ella, óleos y grabados mediante, varias estaciones pictóricas del pintor boloñés de Via Fondazza: los inicios, los encantamientos metafísicos, los paisajes de duración infinita (por los alrededores de Grizzana, en los Apeninos, donde pasaba los veranos), el perfume negado (de las simbólicas flores), el timbre autónomo del grabado, los colores del blanco y los diálogos silenciosos (con los objetos de sus naturalezas muertas). Al fondo y siempre, la luz.
Apenas salió de su cuarto-taller. Aislado, leía a Leopardi y a Pascal. Y aprendía de los viejos maestros: Giotto, Masaccio, Uccello, Piero della Francesca, Chardin y Corot; y de los más cercanos: Cezanne, Picasso, Braque, De Chirico, Carrà...
No hace falta decir que ese intenso paseo por su pintura me ha emocionado. No en vano es uno de mis pintores favoritos. De entre los contemporáneos... En diciembre de 1999 publiqué en Nueva revista un artículo extenso sobre él que no deja de ser una poética. Lo titulé "Morandi, el mismo cuadro". "Quien interprete la pintura contemporánea en clave de poesía, de lo absoluto y perenne de la poesía, deberá, creo, pronunciar diversos nombres, y uno ante todos: Morandi", afirmó con tino C. L. Ragghianti.
Los que componen esta muestra dialogan, además, con obras de otros artistas. Las que más me han gustado son de Bertozzi & Casoni (ceramistas, como Luigi Ontani), Edmund de Waal (el autor de La liebre con ojos de ámbar opta por lo blanco y minimalista), Tony Cragg (su instalación de vidrio esmerilado impone), Alfredo Alcaín (¡qué delicadeza!), Lawrence Carroll (que elige el dibujo), Dis Berlin (que definió a Morandi como "un eremita de la pintura", nos presenta su escultura en madera "El eremita"), Alessandro Taiana (qué buen intérprete de Morandi), Juan José Aquerreta (a quien Alcaín llamó "el Morandi de Pamplona", homenajea al italiano, desde la pura sugerencia, con "Huerta tapiada" y "Naturaleza muerta con media pera", en torno a las dos líneas que aquél más cultivó) y Carlo Benvenuto (un fotógrafo). 
Para terminar, diré que prefiero los paisajes a las naturalezas muertas. Y que me han sorprendido sus grabados, sus impresionantes aguafuertes, en especial los más pequeños.
«Para mí no existe nada abstracto; por otra parte, creo que no hay nada más surrealista, nada más abstracto que lo real», sostuvo Morandi, lo que viene a resumir muy bien el espíritu de su pintura. 
"Paesaggio" (1928), la imagen que ilustra esta entrada (me la trajo, en forma de postal, mi amigo Paco Antón después de visitar la exposición con su hermano Santiago, que vino, otro detalle, con un ejemplar del catálogo para mí) es la que tengo como imagen en mi perfil de WhatsApp. Con eso lo digo todo. 

2.12.21

Don Rafael, Almudena, Miki...

Cuando me dispuse a recopilar los textos de este blog que iban a formar parte de Porque olvido, esa suerte de diario, caí en la cuenta de las muchas páginas que había dedicado a la necrología. Soy consciente de que las notas necrológicas forman parte de un género desprestigiado y hasta mal visto, a pesar de su presencia habitual en los medios de comunicación. Como uno atiende a lo que (le) importa, nunca me he contenido a la hora de escribir acerca de la muerte de cualquiera que hubiera tenido una significación especial en mi vida, ya fuera conocido o no; miembro de la familia, querido amigo, admirado escritor... A modo de homenaje. Porque sólo mediante la palabra es uno capaz de aliviar el dolor. 
Bueno, no digo toda la verdad: a veces, ante lo inevitable (y la muerte lo es), he callado. Así, personas que hubieran merecido mi recuerdo se han quedado por escrito sin él. Pienso, por ejemplo, don Rafael, el cura que nos casó a Yolanda y a mí hace casi cuarenta años, uno de los sacerdotes más cultos e inteligentes que la Iglesia ha consagrado, autor (en forma de libros sucesivos) de las homilías utilizadas por buena parte del clero español en sus misas dominicales, y que nos dejó el pasado verano. 
Más cerca aún, Almudena Grandes, de la que no fui, en rigor, lector, ni con la que compartía ideas, pero que siempre me trató (nos trató) con mucho cariño y a la que reconozco, cómo no, su mérito como escritora. Trabajó como pocos, y con qué entusiasmo. Su prematura muerte me ha sobrecogido y ver a Luis depositando un libro suyo dentro de la tumba... No, no puedo olvidar que, cuando me echaron de malas maneras y por razones políticas del jurado del Premio Ciudad de Badajoz, ella y su marido dimitieron de inmediato en solidaridad conmigo; un gesto que, a mi egoísta modo de ver, les honra y que uno no ha dejado de agradecer.
Impresionado estoy también por la muerte de Miki (Miguel Ángel Sánchez Sánchez). Cuando ayer, al volver del trabajo, mi mujer me dijo que había muerto... Era de mi edad. Dueño de una tienda de ropa en la placentinísima calle del Sol, donde su familia, desde que yo era chico (y antes y después), tenía un negocio de tejidos. Vivía en una de las casas más bonitas de este pueblo, uno de los chalés de los Sánchez. 
La última vez que coincidimos fue en la sala de prensa del Ayuntamiento, en la presentación del librino de Trazos del Salón. Él era uno de los pocos miembros de esa humilde pero apasionada asociación que lucha por traer a esta ciudad los fondos del Salón de Otoño y de Obra Abierta. Un miembro de fuste. En Barón (que así se llama su negocio) han ido recogiendo los socios de Trazos la mencionada publicación. Por eso, porque era fiel a esa modesta causa, estaba aquella mañana en la rueda de prensa del consistorio y eso a pesar de que su cuerpo no estaba para celebraciones. Ha luchado, me consta. Otra lección. Mi hijo Alberto, que era cliente suyo siempre que podía (algún regalo de esa casa también he recibido), lo sentirá de veras. Como mi amigo Santiago Antón, que tanto le estimaba, y todos cuantos le trataron. Era un tipo encantador. Lo sabe mejor que nadie el artista Misterpiro, su ahijado, Miguel como él, al que, por desgracia, no podrá acompañar cuando recoja en enero su premio San Fulgencio. 
Traslado desde este rincón mi pésame a su gran familia. Belén, Chema, Jesús, Josefina... 
Su funeral es esta tarde a las cuatro en El Salvador. Descanse en paz. 

1.12.21

Un refugio en las montañas

Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968–Colladillo, Segovia, 2019) fue editor, galerista, diseñador gráfico y tipógrafo, pero, por encima de todo, escritor.
Fundó las revistas Sub Rosa y La ronda de noche y dirigió la galería de arte Casa sin Fin y la editorial Periférica (junto a Paca Flores), Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural y al Fomento de la Lectura en Extremadura. Tanto la galería (antes hubo otras) como la editorial tuvieron desde el principio su sede en Cáceres.
Fue autor del libro de poemas Nevada; de los de relatos Mujeres, manzanas, Santos que yo te pinte y Tríptico; así como de las novelas Tiempo de invierno, Lo improbable, La sombra y la penumbra y Ninguna necesidad, las tres últimas reunidas en el volumen Novelas (2001-2015). También de un ciclo autobiográfico compuesto por Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás y Cultivos.
Además de los mencionados, a título particular, obtuvo los premios Cáceres de Novela Corta, Nuevo Talento Fnac y el Ojo Crítico de Narrativa (RNE).
Antes de su prematura muerte, los lectores de Rodríguez llevábamos años esperando un nuevo libro. Sus tareas como editor, profesor invitado en el Máster de Edición de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y galerista (también las relacionadas con la tipografía, como la monumental carta de vinos de Atrio, restaurante cacereño al que dedicó también un libro) acapararon su atención hasta el punto de impedir que ese deseo se hiciera realidad. Por eso sorprendió tanto, y para bien, que en su muro del mundanal Facebook (otra rareza) publicara a lo largo de 2018 y 2019 un diario que todavía se puede visitar. Esas anotaciones (no todas, hay otro diario, digamos, extremeño), que como bien dice su editor, Martín López-Vega, tienen “evidente vocación literaria”, se publican ahora en forma de libro –el que, hipotéticamente, JR concibió– dentro de la colección La Gaveta, diseñada por él para la Editora Regional de Extremadura cuando la dirigía su amigo y mentor Fernando T. Pérez González.
Diario de un editor con perro, como objeto, es precioso y doy por hecho que detrás de su humilde y elegante belleza formal está la mano de otro amigo, su socio Juan Luis López Espada, digno heredero de su savoir faire. En la cubierta, sobre un vistoso fondo rojo, un retrato de Zama, su perra, que “de espaldas, espera su comida”, como se indica debajo con la inconfundible letra de su autor, JR.
Zama y él son los protagonistas de este diario que llegó a nombrar en vida y lleva como subtítulo “La casa de las montañas”. En efecto, ese era el lugar donde se escribió, una cabaña con regusto literario (nórdico o centroeuropeo, norteamericano incluso) situada “en uno de los lados segovianos (alto y pobre) de la Sierra de Guadarrama, a sólo una hora y media de coche de Madrid por la carretera de Burgos… pero en realidad ya en otro mundo. De viernes (a las doce de la mañana) a lunes (a las nueve de la mañana) ahí se refugia uno”, como le contó a Enrique Bueres en FB.
Cerca de la Casa de los Mastines, los Prados Altos y el Valle Oculto.
La primera entrada es del 4 de enero de 2018 y la última del 27 de junio de 2019, dos días antes de morir de pronto precisamente allí.
Su estancia serrana es posterior a los serios problemas de salud que se le presentaron unos años antes; sin embargo, la enfermedad no aparece en las páginas de este cuaderno donde sólo una vez se menciona la palabra hospital (en plural, para ser exactos: pág. 139). Nada (o casi) hace sospechar al lector esa íntima circunstancia. Acaso esa manta de coche con la que se cubre las piernas, dentro o fuera, que da al personaje un aire convaleciente. “Hemos vuelto, aquí estamos. Una propina, como dice el verso”.
¿De qué se habla en Diario de un editor con perro? En lo sustancial, de lo que a JR le interesaba. Si algo queda claro al leerlo es que, como en ningún otro libro suyo, estas palabras nos permite acercarnos con llaneza al hombre que fue, con independencia de que lo conociéramos en persona o no. 
Habla de la casa, ante todo. Y del jardín, con su pozo y su banco, el arriate, el balconcillo, la leñera… Una casa donde “no hay televisión, no hay wifi; sólo piedra, mucha piedra, y madera, mucha madera. De sabina (con su olor tan especial), de roble. Libros y libros ocupan estanterías y rincones”.
Una casa solitaria (no menciona en ella a nadie que no sea Zama o él, salvo el equipo de Periférica u operarios de paso, y apenas da cuenta de algunos vecinos o de su paso por la tienda o la carnicería del pueblo) y silenciosa (delante pasa una calleja poco frecuentada) donde casi siempre suena, no obstante, la música. Clásica principalmente. Los lieder de Mahler y Schuber, pongo por caso, o Bach, sin que por ello falten canciones de Dominique A.
Una casa con chimenea y con fuego a la que va para vivir “el silencio y los minutos largos”.”El tiempo –escribe– era de otra época, no había urgencia alguna”.
Allí, las tareas domésticas. Como la cocina. A veces deja caer alguna receta (no en vano tuvo un restaurante). Sencillas, de platos tradicionales (lo mismo te prepara un arroz, una sopa, unas migas o una menestra que te fríe unos churros) y de aprovechamiento, aprendidos de sus abuelas y de su madre, la que le cose los manteles. (Por cierto, qué alegría habrá sentido al tener este libro de su querido hijo ante los ojos, entre las manos.) “En el calor y la intimidad de la casa –leemos– el tiempo no es de este tiempo, sino de aquel otro en el que me enseñaron a cocinar las mujeres”.
Nunca falta en su dieta el té blanco ni la mantequilla de Soria (dulce o salada) ni una hogaza de pan asentado. Lo último a lo que alude en su postrera anotación es a un pisto.
Para alguien que pasó su infancia en Las Hurdes (su hermano Javier nació dos años después que él en Nuñomoral), el campo y sus labores no tiene misterios. Por eso sus descripciones son tan precisas. Conoce el nombre de las plantas, los árboles, los pájaros, los utensilios…
Cuando pasea con Zama (lo que hace con asiduidad), encuentra zorros, cuervos, lobos, corzos, buitres… Paseos por caminos que tienen algo de “túnel del tiempo”. Como ese que “me lleva siempre hasta otros caminos verdes (de la infancia y de Las Hurdes)”.
Otra presencia casi constante es la de la nieve, que tanto le gusta a Zama. Y a él, feliz niño grande.
En esta edición se han perdido, claro está, las fotografías que acompañaban en Facebook a los textos y donde se podía apreciar esa pasión de la perra por esa agua helada. “Huele a Norte”, dice en una ocasión. Y: “Los aromas de invierno son para mí, disculpad, como un viaje en el tiempo”. La meteorología, en fin, es una variable reiterada.
Quienes conocen la vida y la obra de JR saben que era un gran lector. Se constata en estas líneas. Era una pasión inocultable. Distingue entre leer y estudiar. A ambos quehaceres dedica, como es lógico, no pocas horas en ese “refugio” (pág. 121). En el segundo caso, analiza las obras de pintores y dibujantes, que, como en el caso de los escritores, nos descubre con un tino que refuerza su faceta crítica, poco explotada por él, aunque en sus entradas de Facebook abunden esas lúcidas observaciones.
Otras veces lee y corrige galeradas de los libros que edita.
Aunque sólo publicó un libro de poemas (su ópera prima: Nevada), la poesía no le abandonó nunca. Ni en su escritura ni en sus lecturas. Por eso cita con frecuencia versos y poetas: Bonnefoy, Auden, Borges, Dickinson, Berger, Brönte, Yeats, Rich, Pacheco, William Carlos Williams…
Porque hablamos de un libro y de literatura, no podemos olvidar que si por algo se caracterizan estos diarios en las secretas postrimerías es por su estilo. Su tono es, comparado con el resto de su obra, el más sencillo y claro. No, no era JR un escritor al uso. Sus libros eran complejos y exigían complicidad por parte del lector, lo que suele pasar con todos los autores que merecen la pena. Aquí, con todo, su escritura es luminosa, antirretórica, cercana, evocadora y, en consecuencia, la lectura torna transparente. Verdad y belleza que seducen por su genuina naturalidad.
 
Diario de un editor con perro
Julián Rodríguez
Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2021. 176 páginas. 11 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.


24.11.21

De Cortines

Jacobo Cortines
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2021. 128 páginas. 12 €
 
El sevillano Jacobo Cortines (Lebrija, 1946), traductor y ensayista, reunió su obra lírica en Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016), publicado en la colección Vandalia, que dirige él mismo y que celebra las cien primeras entregas de su catálogo con el florilegio Casi veinte años de poesía hispánica contemporánea.
Tras Pasión y paisaje (1983; que incorpora su ópera prima, del 78: Primera entrega), Carta de junio y otros poemas (1994), Consolaciones (2004, Premio de la Crítica), Nombre entre nombres (2014), llega Días y trabajos, que, en homenaje a Hesíodo, canta la virtud del trabajo, que desconoce el “zángano”. Del trabajo bien hecho, añadiría al comprobar la excelencia de esta poética escueta y singular como pocas que bebe, con original naturalidad, de las fuentes clásicas.
De este libro ya dio Cortines un adelanto en la citada recopilación. Por medio, un luctuoso, decisivo acontecimiento: la enfermedad y muerte de su mujer, Cecilia Romero de Solís, Lilí.
El año pasado apareció la antología En el mejor silencio (con prólogo de Ignacio F. Garmendia, Renacimiento), que recogía, entre otros poemas amorosos, el tríptico Pasos de amor. Es acaso la parte más sustancial y emotiva de Días y trabajos, un libro que comienza con “De vita beata”, ocho poemas breves (salvo un par) donde el paisaje –del jardín, sobre todo, un motivo frecuente–, tan del alma como físico, queda expresado mediante una métrica (endecasílabos, alejandrinos) limpia y efectiva que no oculta su carácter epigramático (léase “Lluvia). Tampoco su raíz popular, en el más hondo y andaluz sentido (léase “Pétalos”).
La condición de miglior fabbro no le pasa tampoco desapercibida al lector cuando observa el uso que Cortines hace de la sintaxis. “En esta primavera”, por ejemplo, un poema sin puntos ni comas que fluye con inspirada elegancia: “recuerda que fui polvo y he de serlo /vida sin mí yo muerto pero vivo / en esta primavera de mis versos”.
La naturaleza, otra presencia habitual, es protagonista en “Calendario”.
“Afinidades” agrupa una serie de homenajes: a los músicos Manuel Castillo y Alberto Zedda (una elegía en forma de monólogo dramático donde Cortines, entre versos, se confiesa: “Desterré de mi vida la pereza”) y la pintora Carmen Laffón (“¡Cuánto detrás de estos «Sarmientos», Carmen!”).
“Días y trabajos” se compone de tres poemas largos. “Europa” (una denuncia de los horrores de la guerra representados en la figura de Ferida Osmanovic, víctima bosnia de la masacre de Srebrenica, que nos transmite la medida moral y humanística de Cortines) y “Réplica final” (un elogio de la mujer y contra el mito de Pandora: “¿Sin la mujer la vida qué sería?”) ya estaban en libros anteriores.
Se subrayó la importancia de Pasos de amor, “uno de los grandes cancioneros de la poesía española contemporánea”, según Garmendia; digno de alguien que ha traducido a Petrarca. Una melancólica crónica del dolor, con estaciones de esperanza, que no desdeña la felicidad del inmortal enamoramiento. “Todo eres tú y todo te responde, / y sin ti no hay verdad ni hay hermosura”. “Razón de mi vivir será cantarte”. “Mientras yo viva vivirás conmigo”. “Todo es misterio, amor”. “Te pienso, te vivo, te converso”.
Allí, la casa, refugio y fortaleza que tiene por centro el jardín. Y ya que de casas hablamos, en Micones se fecha, el 6 de abril de 2020, “Extraño regreso”, un espacioso poema meditativo (como su memorable “Carta de junio”) escrito durante el pandémico confinamiento y que, como quería Eliot, mezcla lo sustancial con lo anecdótico, lo grave y lo menudo. Le acompañan en la finca donde pasó su infancia (que regresa a ráfagas) una parte de su familia (un hermano seriamente enfermo, una joven embarazada…). No falta su mujer: “y en su dolor a solas / el nombre de ella invoca como bálsamo”. “Mejor volver a los recuerdos”, escribe un hombre “adulto, solitario, / desengañado y triste”.
Con Coda, siete poemas nuevos de distinta extensión, se cierra el círculo. Ahí, la muerte: “También yo he de morir”. Y, como siempre, Cecilia: “Que tu recuerdo se convierta en bálsamo / hasta el momento en que contigo duerma”. Porque “Todo es y no es al mismo tiempo, / y todo pasa y nada queda inmóvil, / pues la quietud destruye y aniquila”.

 NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.


16.11.21

Las abejas de lo invisible

Al azar o a la casualidad solemos atribuir que un escritor de ritmos lentos (como casi todos los que de verdad lo son) nos ofrezca en poco tiempo varias publicaciones. Es el caso del gijonés afincado en Madrid Jordi Doce. Después de
La vida en suspenso. Diario del confinamiento (marzo-mayo 2020), que apareció en el selecto catálogo de Fórcola a principios del verano de 2020, y además de diversos prólogos y epílogos, ha dado a la imprenta estos últimos meses: Inminente y ajeno (El Lotófago. Galería Luis Burgos), con poemas suyos que dialogan con excelentes fotografías de José R. Cuervo-Arango; Monte bajo. Poemas 2021-1990 (Solazul Ediciones), breve antología inversa editada en la uruguaya colección Postal de Poesía con prólogo de Diego Techeira; Esta mano, con sus versos y las imágenes de Mela Ferrer (Del Centro Editores, Colección Tríptico, tirada artesanal de 100 ejemplares numerados y firmados por ambos autores); y Dos tiempos, carpeta de Ediciones Denis Long con un grabado y un par de poemas del autor de No estábamos allí.
Ya que lo menciono, Pre-Textos, que publicó su último libro de poemas, es precisamente el sello de esta nueva entrega que reseñamos, Todo esto será tuyo, con una sugerente imagen de Segimón Vilarasau en la cubierta; un libro que lleva como humilde subtítulo: (Cuaderno de notas 2014-2019).
Los lectores de Doce recuerdan que este corredor de fondo ya ensayó esta distancia, digamos, en Hormigas blancas. Notas, 1992-200(Bartleby, 2005) y Perros en la playa (La Oficina, 2011, con dibujos de Javier Pagola). Diez años después, selecciona y reúne nuevas anotaciones y apuntes de sus cuadernos y archivos de Word. Todos los textos son anteriores a la maldita pandemia, aunque incluye tres fragmentos de 2020 (a modo de posdata) que miran al futuro (más indescifrable que nunca), como el mismo título del volumen.
El libro, por decirlo de forma didáctica, agrupa tres clases de textos que no dejan de ser variantes –ensayística, aforística y narrativa– de un mismo tono. Pero como si algo distingue en el panorama literario patrio la obra de Jordi Doce es su genuina individualidad, esto es, el carácter único y personal que aplica a su escritura con independencia del género con el que experimente, al final nada es lo que a priori parece. Un libro de diarios más, quiero decir.
Sheffield, ciudad donde pasó unos años juveniles decisivos en su vida, Praga y el Poema de la duración de Handke dan forma a la primera anotación, que marca ese tono inimitable al que me refería. Un tono donde la anécdota personal se une con admirable naturalidad a lo reflexivo mediante un ejercicio, ante todo, de inteligencia. O de lucidez, si se prefiere. Y esa mirada lúcida, tamizada siempre por su condición de lector, que se abre paso en medio del caos y de la dispersión, dota al conjunto de una intensidad y un misterio que se acerca irremediablemente a la poesía, siempre al fondo de cuanto sale de las manos de Doce, que en esta entrega, a diferencia de lo que ocurría en Perros en la playa, haya dejado fuera los poemas. Lo dice él mismo: “La poesía como una segunda naturaleza que asoma cuando menos se la espera; o más bien, porque no se la espera”.
Sorprende esa capacidad para saltar de la literatura a la vida, porque “ese hacer de la vida es, en realidad, un hacerse a uno mismo, un ir al mundo para que el mundo entre en nosotros”. De ahí su gusto por “la mezcla, la impureza”.
A lo largo del libro, que es más bien breve, con voluntad de concisión, se van dosificando los fragmentos en torno, ya explicaba, a asuntos relacionados con su vida diaria, así como con lecturas y asuntos literarios.
Cada poco, eso sí, nos ofrece una serie de aforismos que distan de ser los que pasan por tales en no pocos libros que se publican al amor de esa moda. “Jamás he tenido la impresión de escribir aforismos, ni mucho menos de ser eso que ahora se llama aforista”, leemos en la página 127. Es “el imán de una brevedad que parecía condensar o concentrar recorridos más amplios” lo que atrajo de siempre y por lo que necesita plasmar en palabras esos “párrafos sueltos y arropados por grandes espacios en blanco”. Una atracción, precisa, “más visual que conceptual”.
¿Un botón?: “Cuando el aforismo es un alfiler que inventa su mariposa”.
(A veces, se cuela entre ellos la cita de algún autor que ha hecho suya.)
Por su naturaleza, de lo más grave y hondo a lo más irónico y hasta humorístico, siempre certeros y sucintos, ayudan al lector a franquear entradas de mayor densidad. Sucede lo mismo con esos apuntes sobre las tareas domésticas o los paseos con la perra Layla en los que la casa (más que cuatro paredes: Marta, Paula) y la calle (con gente o vacía) cobran protagonismo.
Doce es un flâneur que pasea por su barrio de Madrid (mucho menos por su Muro natal), la Casa de Campo o el Parque del Oeste y que de esas caminatas (“caminar, escribir”) es capaz de extraer una original teoría sobre “el tipo de escritura que más me atrae ahora” (léanse las páginas 101 y 102). No es casualidad que antes haya comparado al paseante baudeleriano con el ensayista.
En sus cavilaciones paseísticas da importancia a lo meteorológico y, en concreto, a un fenómeno que por fuerza ha de echar de menos alguien que se ha criado a orillas del Cantábrico: la lluvia.
Si nos centramos en lo que este cuaderno de notas tiene de diario, señalaría, por ejemplo, las piezas que dedica a la infancia, a la figura paterna o los largos trayectos en coche en Navidad hasta Le Havre, en la costa francesa de Normandía, y a Barcelona en verano que le dio para inventar el juego privado “de las matrículas”, “una prefiguración de la poesía, el germen de esa necesidad compulsiva de acotar –palabra mediante– espacios de sentido, celdas verbales capaces de mitigar y esclarecer el barullo de fuera”.
Por su mordiente, inusual en un hombre educado y tolerante como Doce que mantiene sus emociones negativas (la rabia, el odio, el desdén, etc.) “en la banda, en la grada”, “vigilando el acceso” desde fuera de la escritura; por su mordiente, decía, llaman la atención las líneas referidas a amigos y colegas (bajo una X, lo que complica la identificación pero salva la enseñanza pretendida) y a las consiguientes decepciones y sinsabores que, en un inevitable “umbral crítico”, suelen acarrear las relaciones sociales en el artificial mundillo literario, por poco que se le frecuente.
En este sentido, muy significativo me parece el retrato que hace de uno de nuestros críticos más conocidos (El crítico, lo titula), al que resulta sencillo identificar.
La imaginación (esa gran olvidada a la que nadie mienta), “lo real” (página 38), la creación (y su envés: esa actividad “paradójicamente agotadora” que consiste en “no escribir”, en la que el escritor gasta “la mayor parte de sus fuerzas”) y los sueños son también materia de análisis. Como la música (“No soy músico, por desgracia”). La de Casandra Wilson, Brian Eno o Paddy McAloon, pongo por caso.
El “Paréntesis de Miami”, fruto de un viaje a esa ciudad norteamericana invitado por el poeta cubano Orlando González Esteva y Mara, su mujer, es uno de los pasajes más deliciosos del libro. Un libro en sí mismo. Una pequeña novela, siquiera sea por el relato de los orígenes de la casa narrado por una descendiente de sus primeros constructores.
Me han interesado especialmente las páginas que dedica a la meditación sobre la poesía, ya sea propia o ajena. Sobre poética, sí (lo que le hace muy útil de cara a quienes frecuentan sus poesía), y sobre el trabajo literario en general: la edición, la traducción (“Ahora sé que traduzco poemas ajenos para expiar la presunción de escribir –y publicar– los míos propios. Que traduzco, en resumen, para hacerme perdonar que escribo”), las clases… Ocupaciones, ya se sabe, que cultiva profesionalmente. Y sobre el libro y la lectura: “un poner los oídos a trabajar, un envolver con nuestra atención el libro y frotarlo con los tentáculos de la expectativa, de la curiosidad”.
“No sé si me estoy explicando” es, nos cuenta, una de las frases que más repite delante de sus alumnos en los talleres. La duda, prueba de salud intelectual, es una inseparable compañera de viaje de Doce, algo que le impide al lector asistir con pasividad al acto de la lectura y que le convierte en partícipe de aquello que lee. No en vano la entiende como “diálogo”: “La lectura nos permite identificarnos con lo que leemos sin dejar de ser quienes somos; es un desdoblamiento, un diálogo con ese reflejo de nosotros mismos que aparece al leer”.
En un momento dado escribe: “Me gusta mucho la idea del ensayo como una escritura que nace, en primera instancia, de la impotencia, de la debilidad”. Cree que, “como género”, “nos obliga a recomenzar una y otra vez, todo el tiempo, pues sabe muy bien que sólo por tanteo, por aproximación, podemos aspirar a explicarnos”. Y ensayos son en rigor el texto acerca de los insectos o sobre del El tapiz de Malacia de Aldiss. Éste incluye un poema que a Doce le llegó al alma en su adolescencia y que un tal Figueroa más que traducir se inventó pues, como ha sabido aquel aprendiz de poeta después, sólo contenía un verso verdadero.
Mención aparte merece el concebido sobre los poemas «top-down» y «bottom-up», que no dudo en calificar, por su agudeza, de antológico.
No son desdeñables, sino todo lo contrario, los que se levantan sobre personajes tan diversos como Obama (que es capaz de comentar con solvencia a Eliot; vamos, como cualquier presidente o político de los nuestros), sus admirados Elias Canetti o Anne Carson, y sobre Peter Redgrove, Ted Hughes, Octavio Paz o Seamus Heaney.
Se sintetiza bien el propósito de este libro (y acaso de cualquiera) en la lírica nota editorial de la sobrecubierta: “«Somos las abejas de lo invisible», escribió Rilke al final de su vida. Y a este libar «desesperadamente la miel de lo visible» para alimentar la gran colmena de la imaginación se dedica el poeta en cuerpo y espíritu, en un ejercicio de diálogo con el mundo que va revelando sus formas, colores y relieves, abriendo con los sentidos un espacio para la conciencia”.
Termino. A pesar de que “Nunca seremos un libro abierto para nadie, y menos para nosotros mismos”, después de leer Todo esto será tuyo está uno cerca de pensar lo contrario. Por lo que tiene, visto desde fuera, de benéfica labor introspectiva para su autor y por lo mucho que aporta al lector que se interna con el debido fervor entre sus enjundiosas páginas.
 
 NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CUADERNO.

15.11.21

Castúo



Se celebra el centenario de la primera edición de El miajón de los castúos, obra de Luis Chamizo, y algunos, animados por la feliz circunstancia, aprovechan para reivindicar... ¡el habla castúa! Nunca he sabido muy bien qué es eso (más allá, quiero decir, de lo estudiado, entre otros, por el profesor Antonio Salvador Plans y de lo que aparece en los libros de versos de Gabriel y Galán o del citado Chamizo), pero... No, no seríamos los primeros en inventarnos una lengua por la vía de la normalización. Al leer «No solo vamos a solicitar que se pueda utilizar el vocabulario castúo de forma hablada, sino también en documentos oficiales», tiemblo. ¿Y en la escuela? Porque así ya no habla ni el Tato. Qué despropósito. 
Copio la crónica de Pedro Fernández publicada en el diario HOY para que el lector se haga una idea de qué estamos hablando. Y lo hago con temor. Sí, por lo que supone de reclamación regionalista, versión pobre del rancio nacionalismo, tan dañino y peligroso. Como si no tuviéramos bastante.
Ignoraba que estuviera tan vivo el asunto en esta tierra de hablantes castellanos, acentos mediante. Me extraña, además, que la peregrina propuesta no venga de la mano de un partido extremeñista, como los que existieron antaño, sino de las formaciones de siempre. Monago ya apuntó maneras con aquello del "hablar en extremeño". ¿Cosas de Iván Redondo? Vivir para ver. Ya escucho a Vara pronunciar un discurso en castúo. Tiempu al tiempu. Algunos, aunque no sea el mismo caso, miran a Asturies. 


El alcalde Abel González hizo esa propuesta en el acto institucional del centenario de El miajón de los castúos

El alcalde de Guareña, Abel González, manifestó en el acto institucional del centenario de El miajón de los castúos (1921-2021), celebrado día 7 que su Ayuntamiento va a solicitar el reconocimiento del vocabulario castúo en la Asamblea de Extremadura.
La propuesta fue acogida con intensos aplausos por el público que se encontraba en el auditorio del Centro Cultural, en el que había una nutrida representación de políticos de diferentes tendencias: el expresidente de la Junta José Antonio Monago; Virginia Aizcorbe, en representación de la Junta; Ángela Murillo, en representación de la Asamblea; Ricardo Cabezas, de la Diputación; el presidente de la Fempex y alcalde de Hornachos, Francisco Buenavista; y la Delegada del Gobierno en Extremadura, Yolanda García Seco. Todos ellos intervinieron a continuación y se sumaron a la propuesta de regidor. También estaban en el acto el alcalde de Guadalcanal, Manuel Casaus, donde Luis Chamizo vivió; y las familias del poeta y del filósofo y escritor Eugenio Frutos. De ambos se descubrió un grupo escultórico. «No solo vamos a solicitar que se pueda utilizar el vocabulario castúo de forma hablada, sino también en documentos oficiales», dijo González.
Esta solicitud pasará por el Pleno municipal para que llegue a la Asamblea con el refrendo oficial de este órgano de gobierno.
Señala el regidor que hay personas mayores en nuestra región que utilizan palabras y expresiones castúas, y nadie de nuestra tierra «debe entender que es un error lingüístico, todo lo contrario, «está hablando en nuestro dialecto, el Extremeño». El hecho de que dentro de las instituciones se pueda usar el castúo (ino/ina, expresiones o palabras...) «es importante porque se está reconociendo una forma de habla propia», de este pueblo.

8.11.21

Laffón, in memoriam

 

Homenaje a María Zambrano
 
Como en ese dibujo de Laffón
donde se aprecia
un estrecho camino
que se interna en la fronda.
 
Le flanquean, precisas,
las orillas de un mundo
que al cabo nos parece impenetrable.
 
El sendero es en sí mismo una frontera
entre la luz, que brilla encima, y la negrura
que se intuye inquietante
tras la vegetación y entre los árboles.
 
Al final, un recodo
marca la dirección por la que huye.
 
Y allí una intensidad desconocida.
 
Un fulgor que anticipa
el claro de otro bosque:
el de la vida.

Con esta reproducción de uno de sus cuadros, Miguel Veyrat me daba esta mañana muy temprano la mala noticia: la pintora Carmen Laffón ha muerto. 
Este poema pertenece a El cuarto del siroco y se publicó por primera vez en la revista sevillana, como ella, Sibila
No he dado con el dibujo que inspiró estos versos dedicados a Antonio Colinas. 

5.11.21

84 Charing Cross Road

 

Con cuánto gusto he visto La carta final, que es como aquí titularon 84 Charing Cross Road, dirigida por David Hugh Jones y protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins. 
Estará en TCM hasta el día 10.
Por lo demás, qué buenos recuerdos del libro autobiográfico de Helene Hanff que inspiró la bonita película. 
Agradezco a mi amigo Santiago Antón el aviso. 
Tan melancólica como memorable. 

3.11.21

El libro póstumo de Brines

Francisco Brines
Tusquets, Barcelona, 2021. 64 páginas. 14 €
 
El pasado 21 de mayo moría Francisco Brines en su casa de Elca (“donde transcurrió lo mejor de mi infancia, desde el lugar donde me dispuse a contemplar con sosiego y temblor, la vida y que para mí ha llegado a simbolizar el espacio del mundo”, “el lugar donde se han cruzado todas mis edades”), unos días después de recibir de manos del rey Felipe VI el Premio Cervantes 2020.
Su poesía, reconocida con los máximos galardones, luce, única y distinguible, en medio de una constelación de excelentes empresas poéticas concebidas por los miembros del Grupo del 50, una generación sin duda extraordinaria.
Aunque su obra estuviera cumplida, se sabía que el poeta estaba trabajando (durante los últimos 25 años, desde que publicó La última costa) en un libro futuro, éste, “que la editorial ha decidido mantener de la forma más fiel posible el manuscrito como él lo dispuso”.
Con motivo de la concesión del Cervantes, Pre-Textos publicó una antología personal titulada Desde Elca con siete poemas inéditos: “Reencuentro”, “El último viaje”, “El testigo”, “El vaso quebrado”, “Las últimas preguntas”, “Mi resumen” y “Donde muere la muerte”, el que da título a este libro póstumo compuesto por veinticuatro poemas entre los cuales no figura “Las últimas preguntas”, ignoro el porqué.
Al comentar ese adelanto, señalamos que no iba a ser “un libro cualquiera”. Por el rigor autocrítico que siempre mantuvo, con independencia de la edad. En efecto, se ve que estamos ante un libro pensado y no sobrevenido, como a veces ocurre. En la línea de lo que ocurrió, pongo por caso, con Fragmentos de un libro futuro, de José Ángel Valente, compañero suyo de promoción.
Pero no nos engañemos con la muerte y las postrimerías. Brines tituló su poesía reunida (desde la primera edición,  de 1974) Ensayo de una despedida, y en realidad eso ha escrito a lo largo del tiempo: una extensa elegía.
En “Brevedad de la vida”, prosa poética (poco usual en él) que abre el volumen, leemos: “El vivir es un principio del morir, ya el acabando”. Y: “La rosa es símbolo de tanta brevedad, mas la rosa es consuelo, porque aroma”. ¿No era eso El otoño de las rosas? Y: “el hombre sólo se cumple en el amor”. “La vocación más honda, la amorosa”.
Recuerda en “Mi resumen” su epitafio: “Como si nada hubiera sucedido”, conciencia de la fugacidad de cualquier existencia. Y a Luzbel (como en Insistencias en Luzbel), “el ángel más bello, / dueño de sí, / pues supo renunciar a su Dios”. Y ya que lo menciono, la religiosa es una presencia significativa. En un poema subtitulado “Último rezo”, leemos: “Oh, Dios, si existes / o si fuiste”. Y en “El testigo”: “¿Quién pone en nuestra mente la incógnita de Dios?”. (El poeta, no se olvide, depositó en el Instituto Cervantes su libro inédito Dios hecho viento, escrito en plena adolescencia, “fruto de su primera crisis religiosa”.)
En el poema que nombra el libro, sobre la de su madre, advierte que la muerte “en la vida tiene tan sólo su existencia”. Madre que reaparece (“Me llegan oleadas de amor”) en “Un aire en la terraza”. Lo hímnico nunca falta en la poesía elegíaca de Brines, que fue un gran vitalista. Lo dice en “La suerte de la moneda”, una paradoja cierta, y se demuestra en un par de poemas delicadamente eróticos, de celebración juvenil, playera y carnal: “Al besarte, está naciendo el mundo / por primera vez”. Un mundo que es “luz de mar” y “mañana sola de la infancia”. “Me regreso a la infancia”, dice en “La manzana imaginada”: “Fue la manzana que resumió mi vida”.
La casa familiar, donde decidió retirarse, se rememora en “Reencuentro” (“He regresado a Elca”), donde, feliz, “besa” de nuevo a sus padres. Y la heredad de Oliva es protagonista de “Declaración de amor”: “Cuando estoy ausente de esta casa / se suceden aquí los días para nadie”. “Tan solitario yo”. Como en “Paréntesis cerrado”: “Soy huésped de la vida que no me pertenece, / […] / sólo es mío el naufragio, / […] / mi exacta desnudez”.
Se aprecia a lo largo del libro un gusto por la depuración juanramoniana, por la concisión y la palabra exacta, y todo se expresa con un ritmo impecable, música callada que Brines, gracias a su oído, domina. También un tono metafísico, acorde con el poeta meditativo que es, propio de alguien que sabe a ciencia cierta que está escribiendo sus últimas palabras. Y con qué serena emoción.
En “El testigo” leemos: “Nada he sido. / Mi testigo, lector, pongo en tus manos”. Y más adelante: “Así se va la vida, y vuelve luego, / y otra vez se disipa. / Yo sigo retrasando la partida final”. Contra el “frío demente”. A punto de “El último viaje”, que tanto tiene que ver con el poema final de La última costa, su libro homónimo. “Me iba para siempre / de la vida que amé / como el don de un dios bueno, / muy bueno e inexistente”. Termina: “Y que sea el Silencio”.
El poema final, “El vaso quebrado”, dedicado a sus discípulos Marzal y Gallego, escrito a modo de testamento,  alude a que “hay veces que el alma / se quiebra como un vaso”, pero antes de que “se rompa / y muera (porque las cosas mueren / también)”, quiere “que dejes / las palabras gastadas, bien lavadas, / en el fondo quebrado de tu alma, / y que, si pueden, canten”. ¿Para qué otro fin existen?
Tres fueron las “fauces” del poeta: “del animal que soy, / del Dios (que me abandona) / y estos restos de espíritu y de carne / que se muerden”.
“El asombro que en la adolescencia era para mí la poesía es ahora revelación”, dijo Brines. Algo “que no viene de fuera, sino de mi interior secreto y oscurecido”. “La poesía no es un espejo, es un desvelamiento. En ella nos hacemos a nosotros mismos. No buscamos reconocernos en ella, sino conocernos”, concluye.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

30.10.21

Algunas sorpresas poéticas recientes

 

Aunque he decidido dejar de escribir la reseña semanal para El Cuaderno (a quien sigo vinculado) y mantener sólo las mensuales de El Cultural y algunas esporádicas para otras revistas en las que he venido colaborando habitualmente, pensando en algunos lectores afines, atentos y curiosos, me cuesta silenciar algunas lecturas de libros que bien merecerían (y merecen) ser comentados. Sin orden de prelación, y por (demasiado) breve, voy desmontando el rimero de obras que he ido apilando en una columna tan inestable en lo físico como sólida en lo poético. 
Cuaderno de Cabo Verde (Ediciones del Pampalino), del canario Melchor López, me ha parecido, por ejemplo, un librito (a su volumen me refiero, y qué bien editado) sorprendente. Poemas como "Vida retirada", el que lo cierra, ni se escriben ni se leen todos los días. La fuerza del lenguaje al servicio de las vivencias de un viajero al que necesitamos escuchar.
Otro tanto cabría decir, aunque en poesía cualquier comparación sea odiosa, de lo último del gallego Pablo Fidalgo Lareo (por cierto, su obra El libro de Sicilia se ha representado durante el mes de octubre en el Teatro María Guerrero de Madrid). El perro en la puerta de casa (Liliputienses) es uno de sus monólogos más intenso, isleño también (como el de López) y siciliano por los cuatro costados. Allí leemos: "Este soy yo: / una inmensa vocación fuera de lugar". Y: "Navegar es un acto íntimo". 
Por seguir con las sorpresas, valgan estas dos nuevas, excelentes entregas de la colección pequeña, digamos, de Galaxia Gutenberg, al cuidado de Jordi Doce. Dos rescates, añado, de lo más oportunos: el del libro En castellano, del bilbaíno Blas de Otero, que no ha perdido (me temo) actualidad, con un prólogo, preciso y singular (su toque es único), de Javier Rodríguez Marcos, y Treinta poemas, del alejandrino Constantino Cavafis en edición de José Ángel Valente (con la colaboración de Elena Vidal). Tras una oportuna nota del editor, se mantiene el lúcido prólogo del autor de A modo de esperanza (que, como para tantas otras cosas, demostró con esta apuesta cavafiana un fino criterio) y, además de los poemas (acaso los más sustanciosos del poeta griego), los dos epílogos, luminosos también, que figuraban en sus primeras ediciones (la malagueña de Caffarena & León y la barcelonesa de Ocnos): textos de Seferis y de Auden sobre una poesía que ambos poetas conocían muy bien.
No podían decepcionar, sin dejar por ello de conmover, La luz pensativa (Pre-Textos), del gallego José Cereijo, un libro mayor donde el amor y la emoción son ley, y Nada con que volver (La Veleta), del cordobés Rafael Adolfo Téllez, con versos que nos transporta a un mundo rural emboscado entre la niebla de lo perdido y que, a rachas, se asemeja a un paisaje fantasmal y rulfiano. 
No, no cabe duda de que estamos ante dos poetas necesarios y ante dos libros bellísimos, por dentro y por fuera. 
Una ópera prima, Roma y otros destinos (Poesía Al Albur), del sevillano Eduardo del Pino, profesor de Filología Latina de la Universidad de Cádiz, también me ha descolocado. Quizá se explique si tenemos en cuenta que son poemas que lleva escribiendo media vida y que la suya ya ha superado il mezzo del cammin. Culturalismo, viajes y experiencia se mezclan en estos versos con naturalidad y solvencia. 
En la misma editorial ha publicado el "poeta tardío" alcalareño Enrique Baltanás su Antología completa. Le antepongo el posesivo porque, como bien dice, "cada lector se fabrica su propia, intransferible y heterogénea antología personal". Él, "como lector", ha hecho esta, la de "alguien que, aunque tan cercano de mí como pueda estarlo mi sombra, jamás he podido confundir conmigo". Pide que "tampoco se confunda el lector". Y añade: "Quien habla en los poemas, sea quien sea, tiene por lo menos algo claro. Yo mismo, muy al revés del hidalgo manchego, no sé aún quién soy. Tal vez sólo la sombra de esa sombra que escribe los poemas. Esa sombra que busca su contrapeso de luz en la luz de la silente música del verso". Tampoco se atreve a ponerle al florilegio una poética (sí tiene un poema con ese título), porque sería "invisible" o "prestada", comenta, o porque cada poema, y no cada poeta, tenga acaso la suya. 
El conjunto tiene aires de poesía reunida, donde encontramos poemas inéditos, alguno en francés y los demás revisados "hasta el punto −anota con ironía− de parecer distintos". La poesía de un poeta lúcido y honesto como pocos. De los que no defraudan. 
Los italianos han cobrado en mis lecturas recientes un subrayable, inesperado protagonismo. Así, en la ejemplar, modélica colección Z. Gli incursori. Poesía italiana contemporánea, que dirigen para la Asociación Cultural Zibaldone Paolo Febbraro y Juan Pérez Andrés, Habla el mono, de Matteo Marchesini, y Sesenta poesías, de Giorgio Manacorda. El primero está traducido por Juan Francisco Reyes Montero y el segundo por Berta González Saavedra. Para lectores exigentes. 
He disfrutado mucho con Mis poemas no cambiarán el mundo. Antología (1947-2013), de la todina Patrizia Cavalli que publica Pre-Textos en traducción de Fabio Morábito y Juan Andrés García Román. Todo un descubrimiento, lo que no me extrañó al ver al frente, y muy bien acompañado, a mi admirado Morábito. 
Poemas extensos como "Aire público", "La guardiana" (que, una pena, no se da entero, por más que lo leído baste y sobre) o "La majestad bárbara" dan la verdadera medida de esta poeta de la Umbría, lo que no obsta para que uno reconozca que en las distancias breves también se maneja con destacable soltura.
Nada desdeñable, aunque en otro orden de cosas, es la poesía de la riminesa Sabrina Foschini, que presenta Mordiscos y plegarias en Renacimiento. La traducción y el prólogo son de Juan Vicente Piqueras. Me han gustado especialmente sus "poemas bíblicos". 
Tampoco tiene desperdicio El comisario Magrelli (Visor), del romano Valerio Magrelli (en traducción de Ernesto Hernández Busto), más accesible, según creo, que en libros poéticos anteriores (me refiero a los de la editorial madrileña, traducidos por Carmen Romero). Hasta los que no leen poesía podrían disfrutar de los casos de este poeta reconvertido en detective. Lo dice él mismo: «Cuando me encontré con mi comisario homónimo, confieso que no me sorprendí. Entre tantos de sus colegas, antes o después, era normal que también él apareciera. Más bien me asombró la terquedad, la obstinación con que lo he visto viajar de Egipto a Francia, de Estados Unidos a Turquía, siempre devoto de un sueño infantil de justicia e, incluso, de una justicia en verso. Su patria, sin embargo, sigue siendo Italia, mientras que su especialidad parece consistir en la defensa de la víctima». Sí,  «en resumen, microhistorias e invectivas. Sin embargo, el verdadero hilo conductor sigue siendo la reflexión sobre una ley que a menudo, demasiado a menudo, tiende a olvidar los pobres derechos de las presas, especialmente los de aquellas inermes por excelencia: mujeres, paisaje e infancia». Es entretenido y nos ayuda a pensar. Magrelli siempre me resultó un poeta inteligente. 
Dejo para el final un par de ejemplares que no siendo poesía, en rigor, a mí me lo parecen. Hablo de Caballos de cantan (La Isla de Siltolá), de la malagueña Isabel Bono, aforismos, o así, que son, ya digo, pura poesía, y Polen (Editora Regional de Extremadura, colección Ensayos Literarios), de la salmantina (criada, si se me permite el matiz, en Guijo de Santa Bárbara, un pueblo esencial en esta historia) Carmen Hernández Zurbano. Es su debut en la prosa y sería deseable disfrutar de él junto a su último libro de poemas, Esa flor parece un pájaro, un complemento ideal. Más allá, Polen prueba la valía de Zurbano como fundadora de un mundo personal, sugerente y hasta inquietante. 
Ya se ve que la cosa ha ido hoy de sorpresas. Vendrán más. El siguiente rimero crece.

NOTA: Ilustra esta entrada el cuadro "Hombre sentado sobre un tronco", de Karoly Ferenczy.

28.10.21

Timoteo Pérez Rubio, poeta

 

Recuerdo bien la primera vez que Antonio Franco, a la sazón director del MEIAC, con la pasión que le caracterizaba, me habló de los poemas inéditos de nuestro paisano Timoteo Pérez Rubio, pintor, marido de la escritora Rosa Chacel y responsable, recuerda la inefable Wikipedia, del traslado a Ginebra de buena parte del Tesoro Artístico Nacional (especialmente de muchas de las mejores obras del Museo del Prado, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, los monasterios de las Descalzas Reales o El Escorial), realizado en los últimos meses de la Guerra Civil Española. 
La Editora Regional, donde uno paraba entonces, estuvo dispuesta a publicar esa obra futura. Sugerí que se pusieran en mano de algunos profesores de la Universidad de Extremadura, de su Facultad de Letras. 
No ha llegado a verlo, pero me alegro mucho de que por fin esos versos hayan dejado de ser secretos.
Estamos, en fin, ante el fruto del proyecto de investigación “El fondo literario de Timoteo Pérez Rubio” (Laboratorio Edición Digital de la UEX), desarrollado entre 2017 y 2021 por un equipo interdisciplinar, que ha sumado a los fondos del MEIAC una desconocida e interesantísima documentación, descubierta en otros archivos, Bibliotecas y Museos, pero fundamentalmente en Brasil, en la Fundación Cultural e Filantrópica Léa Pentagna de Valença. Ahora ven la luz, tras varios años de trabajo, los resultados de esa investigación, recogidos en el libro-catálogo Timoteo Pérez Rubio, Poeta-pintor en Brasil: Soledad, Amor y melancolía, y en la exposición que, con el mismo título, se podrá ver en el citado museo pacense.

26.10.21

Arcadi Espada: poesía y periodismo


"Siempre he tenido la impresión de que hay en usted una tensión íntima entre el poeta y el periodista, entre el sentimental y el racionalista, entre el flamenco y el afrancesado. ¿Me equivoco?", le comenta Jorge Bustos a Arcadi Espada en una entrevista que publica El Mundo, periódico de ambos. El autor de La verdad responde: "Bueno, bueno, esa es una pregunta-río muy interesante y muy difícil de responder. ¡Yo me quedo con Manitas de Plata, que reunía lo flamenco y lo afrancesado! Yo creo que lo más parecido a un poeta es un periodista. El novelista es un exuberante: se deja llevar por el fruto de su imaginación desbordante, donde cabe todo. Balzac es el prototipo. Para ser un novelista hay que tener hombros poderosos, una resistencia extraordinaria. El poeta en cambio se impone muchas limitaciones, como el ritmo o el verso. El periodista igual: tiene prohibida la exuberancia y tiene que meter el mundo en una caja. A lo que nos dedicamos tú y yo es a un oficio, el de la columna, que requiere la limitación. Uno de los grandes desastres del periodismo actual es la desaparición del formato, que lleva a personas con alguna idea ceñida a desparramarse como eyaculadores precoces adolescentes. Eso se ve especialmente en los jóvenes, que tienen una capacidad de eyaculación notabilísima, quieren conquistar el mundo a golpes de leche. Eso es un desastre. Esas entrevistas-río, esos artículos desbordantes de digitales inacabables... El trabajo periodístico del que estoy más orgulloso, Factual, no daba más de 20 noticias al día. Se trataba de llevar esa limitación fundamental del guion de la vida al periódico. Porque la gente sabía que yo le iba a llevar mi selección de noticias más relevantes. Ahora se ha sustituido la limitación por el scroll: bajar y bajar hasta que al final se llega al infierno, claro. El periodismo es orden, jerarquía y limitación".

Nota: La fotografía es de Ángel Navarrete y es una de las que incluye la citada conversación publicada en El Mundo entre Espada y Bustos.

25.10.21

Autobiografía

Es un honor que el IES "Santiago Apostol" de Almendralejo haya elegido un poema mío para que ocupe el número 300 en su ya larga serie semanal. Gracias. En especial, al profesor Juan Manuel González Vázquez.

13.10.21

El Amorgós de Gatsos

 
De Vicente Fernández González, profesor de la Universidad de Málaga, Premio Nacional de Traducción en dos ocasiones (también obtuvo el correspondiente galardón en Grecia), ya conocíamos versiones y ensayos sumamente interesantes. Los libros Cuatro estaciones, de Costas Mavrudís (Pre-Textos), Lugar de un día, de Zanasis Jatsópulos (La Dragona), o  Ítaca, de C. P. Cavafis; el epílogo a la Poesía completa del poeta alejandrino que acabamos de mencionar, en la versión de Juan Manuel Macías para Pre-Textos; y, en fin, su edición del volumen Málaga Cavafis Barcelona: antología de las primeras traducciones catalanas y castellanas de la poesía de C. P. Cavafis y selección de versiones posteriores.
También ha traducido obras de Dimitris Calokiris, Ersi Sotiropoulos, Nikos Dimou y Stratís Tsircas.
Nos sorprende ahora con la primera versión exenta de Amorgós, de Nikos Gatsos (1911-1992), que publica Cátedra en su veterana colección Letras Universales. De ese poema y de “otros”, que sólo son tres, aclaro. Dedicados a Lorca dos de ellos, del que tradujo a su lengua materna Bodas de sangre, indispensable desde entonces, 1945, en el repertorio del teatro griego.
Lo sustancial es, sin duda, lo primero. Aunque Moreno Jurado lo incorporó a su antología La Generación de 1930 (Barcelona, 1987) y algunos traductores más lo incluyeran de manera parcial en sus respectivos florilegios, extraña, insisto, que no existiera hasta el momento esa edición. Y esta, lo puedo asegurar, es exhaustiva, rigurosa y ejemplar, al menos para quien lo desconocía casi todo del poeta, “un caso único en las letras griegas contemporáneas”, frase hecha que, me temo, esta vez es verdad.
Dije antes “poema” y es que en realidad se trata de eso: de un poema extenso comparable a La tierra baldía (Eliot), Anábasis (Perse), Espacio (JRJ) o Piedra de sol (Paz), casos semejantes en su singularidad dentro de la poesía contemporánea.
Escrito durante la ocupación nazi de Grecia y publicado en 1943, Gatsos eligió el silencio y no volvió a publicar libro alguno. Se convirtió en un letrista de canciones, colaborador, entre otros, con los compositores Manos Hadjidakis y Mikis Theodorakis, lo que “contribuyó decisivamente a la renovación de la canción griega” y, por ende, de la cultura de su país.
Sería simplista afirmar que Amorgós es fruto del surrealismo por más que Gatsos represente en los manuales de la literatura helénica a ese movimiento artístico de las vanguardias del pasado siglo. (Un asunto en el que entra, para esclarecerlo, VFG.) Quiero decir que ese poema es más que eso. Más que mera pirotecnia, juegos verbales, ocurrencias varias o escritura automática.
Lo explica muy bien Armando Romero, el poeta nadaísta colombiano (de Cali), profesor universitario en Cincinnati. Sus palabras preliminares, “Las figuras oscuras de Nikos Gatsos”, animan las expectativas de cualquier lector.
En un tono cercano y personal, con lúcidas reflexiones acerca de la poesía en general y de la gatsiana en particular, rememora un encuentro con Gatsos en el hotel Gran Bretaña de Atenas a finales de los años ochenta, antes de partir para el Peloponeso. También estaba su esposa y Agathi Dimitrouka (albacea de Gatsos).
Según Romero, todo poeta lleva uno de los cuatro elementos existentes (según “los antiguos”) “como marca de fábrica”. El de Gatsos sería la tierra. La del  Peloponeso. D. Sam Abrams sostiene que, porque la vida es “una” y “universal”, “Amorgós recorre el camino que va de lo particular a lo universal”. “La grecidad del poema es solo un punto de partida. Grecia es el mundo. Grecia es el pasado, ahora y siempre”.
Según su amigo Odiseas Elitis (recurro a la transcripción de nombres propios griegos que explica VFG), era un ser especial que había “escuchado la voz”. Por decirlo con Lorca, alguien con “duende”.
Romero afirma que “Amorgós no es un poema de fácil lectura”, y recuerda a Lezama, lo de que “sólo lo difícil es estimulante”. Añade que es “un poema total”. Más que un camino de dirección única y con un fin concreto, “senderos que se bifurcan”, a lo Borges. “¿Qué otra cosa  somos sino náufragos en el espacio del poema?”, se pregunta Romero. Concluye que “es un poema de Amor”, aunque sea “una verdad que se queda corta”. Añade, al enfrentarlo al citado S. J. Perse, que “vuelve el eje de su poesía hacia las lindes de su tierra, hacia el devenir de la historia. Temporal, Gatsos, Grecia es su referente”.
Fue, dice, un “ser sembrado de poesía”. Termina afirmando, y no miente, que de Amorgós “nunca se sale”.
La introducción de VFG, ya se anunció, es informada y didáctica. Basta ojear la bibliografía que ha manejado para hacerse una idea de hasta qué punto. Las citas son pertinentes y cuantiosas. Para empezar, las que abren su prólogo, de Novalis, Dickinson, Rimbaud, Cavafis y Seferis, que tanto tiene que ver con el poema que nos ocupa (lo mismo que Heráclito, autor del epígrafe que está al frente de Amorgós). Sí, como escribió Novalis, “La poesía es lo verdadero. Lo absolutamente real”. Una afirmación que no deja de ser paradójica si tenemos en cuenta a qué nos enfrentamos. Porque, como dijo Romero, este “no es un poema fácil”, el traductor (en su faceta de estudioso) se ha visto en la obligación de ponérselo lo más sencillo posible al lector, y lo ha logrado.
Comienza su análisis por la biografía de Gatsos, que nació en Asea, “en el corazón de la Arcadia, en el corazón del Peloponeso”. Habla de su amistad con Elitis (que empezó en 1936), de su efímera condición de poeta (que pronto dijo, y de qué asombrosa manera, todo lo que acaso tenía que decir) y, por fin, de su condición de autor de canciones (como en sus poemas, con un pie en la tradición y otro en la modernidad). VFG lo resume así: “Gatsos es un poeta que tocó el cielo con Amorgós y volvió a la tierra a escribir canciones”. Algunas tan famosas como “Luna de papel”, interpretada por Melina Mercuri (quien dijo que Amorgós era “la Biblia, era nuestra juventud”). No está mal traída otra cita de Novalis: “Hay que escribir libros como quien compone música”.
“Enigma” se titula la parte que dedica a intentar explicar el silencio de Gatsos. Jatsópulos cree que este libro “es un poema y es un límite”. Un final. Ivanovici, que “optó por el supremo gesto surrealista, que es el silencio”. Hadjidakis, su “amigo del alma”, piensa que le pudo su agudo “sentido crítico”, capaz de ahogar la escritura. Huhn lo considera un “perfeccionista”. Quienes le trataron afirman que “prefería formular su pensamiento a través de la conversación”.
Entra después en materia VFG y disecciona el poema (una “obra de su época” y un “compendio de la literatura griega moderna”, según Cúrtovic) con maestría, no sin antes advertir la relación del título con “las palabras castellana amor, amargo, amargor” y razonar esa curiosa mezcla entre “método surrealista” y tradición. Según Lignadis, “lo único real en Amorgós es la poesía”. Sus “paisajes destilados del alma”. “Una isla –precisa VFG– en la que nunca había estado”.
Al poema largo moderno dedica otro capítulo. Amorgós, ya se dijo (“un poema de gran complejidad textual, según Abrams), forma parte fundamental de ese legado.
Consta de seis partes que tienden al versículo. Avanza entre “la realidad y el sueño”, según Rentzou. Sueños (de marineros, de una joven) que aparecen en la primera parte (inseparable de la “desolación de un país ocupado”, tan homérica). En la segunda, la protagonista es la muerte. En la tercera, el sueño se convierte en pesadilla, explica Rentzou, quien opina que la cuarta parte explica “el renacer” y la quinta “un comentario sobre «el renacer»”. “En la sexta parte, “una declaración de amor a una persona, a una tierra, a la poesía”, dice VFG. “La bandera de la imaginación siempre izada”.
Dos poemas más forman partes del corpus de Amargós: “El caballero y la muerte” (donde se aprecia su admiración por el Romanticismo alemán) y “Elegía”.
En el capítulo de “Otros poemas”, “Canción de los viejos tiempos” (el único poema que Gatsos publicó en vida después de Amorgós), “Oda a Federico García Lorca” y “Un toro negro entró al baile. Habanera para F. G. Lorca”.
Se completa el libro con referencias a las anteriores traducciones (fragmentarias) del poema, una amplia bibliografía y una nota a la edición donde, entre otras cosas, VFG escribe: “El deseo de traducir Amorgós. La resistencia de Amorgós a ser traducido”. Vencer esa resistencia ha sido su tarea. Uno, que desconoce el griego moderno, sólo puede dar fe de que ha leído un poema excepcional en castellano o español. Esa es la victoria del traductor.
Estamos ante una obra inspirada que rezuma imaginación por los cuatro costados. Para ser leída, incluso, en voz alta. “No te vuelvas DESTINO”, leemos. Y “bajo el toldo de la parra respira el verano”. ¿Hay algo más mediterráneo? O: “Los viajeros a la India tienen más que contaros que los cronistas bizantinos”. Y: “Cuánto te he querido solo yo lo sé”, verso que podría hacer suyo cualquiera que haya amado.
No vamos a entrar en la vieja disquisición acerca de la comprensibilidad de la poesía. El editor da a quien lee numerosas pistas y claves para facilitarle la aventura. Además del estudio introductorio, son numerosas las notas que acompañan a los versículos y que arrojan luz sobre los mismos. Pero hay otro modo de leer Amorgós, el que prefiero, que consiste en dejarse llevar por el canto sin atender a otros criterios. Entender sería, en este caso, un fin inútil. No creo que, se elija la que se elija, el lector salga indemne de su lectura interminable. Sí, de Amorgós “nunca se sale”.
 
Amorgós
Nikos Gatsos
Cátedra, Madrid, 2021. 152 páginas. 14 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.