1.5.26
25.4.26
J. A. Masoliver Ródenas lee "Territorio"
El extremeño Álvaro Valverde reúne cuarenta años de vida
poética; más que de evolución, debemos hablar de desplazamientos: la casa, la
ciudad, los países ...
J.A. MASOLIVER RODENAS.
La Vanguardia. Cultura/s. 25 de abril de 2026
Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959), poeta, narrador
y articulista, fundo junto a Gonzalo
Hidalgo Bayal el ‘Aula de Literatura José Antonio Gabriel y Galán’, ha
coordinado con Jordi Doce la colección Voces en el tiempo, y fue
cofundador de la revista Espacio/Espaço escrito, en castellano y
portugués.
La lectura de Territorio. Poesía reunida (1985-2025)
es un largo recorrido por el territorio de la poesía. No se puede hablar aquí
de evolución, ya que hay una absoluta coherencia desde el primer poema de la
página 15 al último de la página 663. Tenemos que hablar en todo caso de
desplazamientos: la casa, la ciudad, los países. Hay, eso sí, una progresiva
narratividad, sin que se pierda en ningún momento la esencia lirica. Poemas
marcados por la autenticidad, que surgen de una necesidad y de la expresión del
vivir y sentir del propio poeta.
Aunque no sea muy justo hablar de influencias (abundan las
referencias a otros autores y son muchos los poemas que se abren con un
epígrafe), sí que hay algo del camino, paseo o recorrido de Antonio Machado,
poeta que supo, igual que Valverde, unir la narración, la voz lirica, la
observación, el amor a la naturaleza y la reflexión. Y con la casa, el jardín: “No
es cualquier cosa un jardín. / Su espíritu es el mismo de mi Buda interior. /
Donde mejor dialogaría con él”.
El viaje parte, naturalmente, de Plasencia, “la ciudad que
amo”, “sentir la vuelta a casa”, “la elemental presencia de la casa”. Casas
muchas veces en ruinas, marcadas por el paso del tiempo, “el dulce afán de
registrar las ruinas”, “edificios sujetos a la herrumbre”, “entre ruinas se
avanza en estas calles / de la desolación”. En “Memoria de Plasencia”, “Los
rojos pabellones derruidos / fueron un día / el límite del mundo”, que nos
recuerda el “Estos Fabio, ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio
collado, /fueron un tiempo Itálica famosa”, de la “Canción de las ruinas de
Itálica, de Rodrigo Caro.
Abundan las referencias al viaje, del “viajero / que rehúye
a conciencia /el papel de turista”; “me gusta esta ciudad /donde el viajero /
no transita, impecable, / por un parque temático”. “El viaje / exigirá el
abandono / de sitios de costumbre” y nos llevará a distintos lugares. A Cadaqués,
a Zahara de los Atunes, al siempre presente Yuste, a su Plasencia, a Nápoles o
a un Londres que nos recuerda al de Eliot. Al mismo tiempo, este recorrido nos invita
a observar la naturaleza. “El árbol acontece y es eterno”; “Aún penden del
naranjo las razones del fruto /y el ciruelo se rinde con las ramas al suelo”; “En
las villas romanas los cipreses / serán nuestra razón pues simbolizan/ aquello
que perece”.
No solo esta lo que observamos (ojos que no ven, corazón que
no siente), sino también otra presencia, lo que recordamos: “Mi tema es la
memoria; “Cuanto contempla, entonces, / se convierte en recuerdo”; “mis recuerdos
son suma de una incierta memoria”. Algo que esta estrechamente relacionado con
el tiempo, el pasado hecho presente, pero “un tiempo sin memoria, una vasta
estancia para el olvido”, “viviré de olvidarme”. Algo que puede relacionare con
la luz y la sombra, “la vegetal sabiduría de la sombra”; “la dudosa frontera de
la luz y la sombra”; “una sombra de sombras”, cuando “la invisible luz es también
un misterio”; “Una luz irreal, reveladora”.
Al “dulce afán de registrar las ruinas” hay que añadir la
fugacidad, lo que se disuelve, “el tránsito fugaz”, la “plenitud de la muerte”.
Una visión enriquecedora de este magnifico libro lo dan el poema clave “El
canto suspendido” y el epílogo a cargo del mismo Hidalgo Bayal.
Nota: La fotografía es de Carlos Santiago.
23.4.26
De la donación del archivo y la biblioteca
Sugerí el sitio y el Ayuntamiento puso la fecha. Hoy, Día del Libro, en la Biblioteca de los Jesuitas de Plasencia, ubicada en el Palacio Episcopal placentino, el alcalde Pizarro y yo hemos firmado oficialmente el documento que certifica la donación de mi archivo y biblioteca a esta ciudad. Un acto tan discreto como emotivo. Acaso sean los libros mi bien más preciado. Pero mejor será que quien esté interesado en el asunto lea, sin más, lo que dije allí esta mañana. Como aquel otro Valverde, uno es al fin y al cabo "ser de palabra".
"Llevaba tiempo pensando qué sería de mi biblioteca. Lo normal es que, tras la muerte del coleccionista, los herederos, mujer e hijos, la desbaraten vendiéndola a cualquier librero de viejo. O ni eso. Mala cosa. No quisiera que la de uno terminase así. Como dice Alberto Manguel, cada biblioteca «es una suerte de autobiografía». Además, pienso que esos libros que he reunido a lo largo de mi vida pueden resultarles útiles a otros. A mí, cuando era joven y apenas los tenía, me habrían servido, más si tengo en cuenta que desde muy pronto aspiré a ser poeta. ¿Y quién puede serlo sin lecturas?
No son sólo los libros, claro, también está el archivo,
desordenado como la biblioteca, que reúne escritos, originales, cuadernos
manuscritos, correspondencia (en papel y mediante correos electrónicos),
fotografías, colaboraciones en los medios, entrevistas y otros recortes de
prensa (los artículos del ABC, el Hoy o el Extremadura,
por ejemplo, periódicos de los que fui colaborador), reseñas publicadas, tanto
propias como de libros ajenos, etc. Por
eso, más que de biblioteca y archivo, habría que hablar, en rigor, de legado,
por pomposo que resulte.
De este asunto he venido hablando largo y tendido con la
poeta Pureza Canelo que donó el suyo a la Excma. Diputación de Cáceres. Su
ejemplo en la defensa del patrimonio bibliográfico es una guía. Defiende lo que
en esta país, no digamos en Extremadura, nadie protege. No estaría de más que
se empezara a hacer. Por eso…
En su día me puse en contacto con la directora de la
Biblioteca Regional de Extremadura. Su respuesta, aunque mostró interés, estuvo
llena de peros. No hay sitio, podría ser el resumen. Su interés se centró en la
recuperación del archivo. Y ahí acabó todo. Me refiero a mi caso, pero esa
carencia institucional es tan general como lamentable.
Por mi cuenta, tras el último expurgo (que me obligó a
alquilar un trastero donde se guardan cientos de ejemplares en cajas), llegué a
cuestionarme si alguna biblioteca rural aceptaría la donación. La que lleva mi
nombre, pongo por caso, en Aldehuela de Jerte, tan modesta que se denomina «agencia
de lectura». No llegué a hacerlo. Con todo, no me desagradaba la idea de que mis
libros acabaran en una perdida biblioteca de pueblo. Lo que ha logrado con su
legado el poeta Antonio Colinas, enojosas comparaciones al margen, es ejemplar
y magnífico. Nada usual en España.
Reconozco que siempre pensé que la mejor opción era que lo
de uno se quedara en Plasencia. Me siento placentino y la presencia de la
ciudad en mi poesía es evidente. Si lo descarté en un principio fue porque
comprendí que no habría dónde depositarlo. Hasta que se informó en la prensa de
la nueva, probable ubicación de biblioteca pública municipal en la histórica Casa
del Deán. Bastaría con reservar en ese nuevo espacio una sencilla sala capaz de
albergar mis fondos, pensé. Eso, y la sensibilidad del alcalde Pizarro,
necesario impulsor a la postre de esa idea (junto con Juan Ramón Santos,
solvente cómplice necesario de esta operación), me animaron a plantearla por
fin.
De una conversación con la cronista oficial, Esther Calle,
deduje que el Archivo Municipal podría ser una opción complementaria. Ya hay
antecedentes, aunque de otra índole: el legado de Miguel Sánchez-Ocaña o el de mi
pariente Manuel Díaz López, entre otros.
Sí, cuando leí en la prensa que se quería transformar la
Casa del Deán en «una gran biblioteca», vi el momento de sugerir al Ayuntamiento
de mi ciudad natal la cesión (ofrecimiento, donación) de ese legado. Acaso en
ella habría, ahora sí, un rincón para mis cosas, pensé.
¿En qué condiciones? Para empezar, gratis et amore. Para
seguir, que la biblioteca fuera sólo accesible a lectores in situ, esto
es, que los libros no se pudieran prestar, y que los documentos estuvieran sólo
a disposición de los investigadores o especialistas.
Antes habría que catalogarla. Otro tanto habría que hacer
con el archivo.
La biblioteca es fundamentalmente de poesía. Casi cincuenta
años la contemplan. Y los que sigan, que espero que sean todavía unos cuantos. Está
formada con criterio y lo imprescindible de estas últimas décadas está, según
creo, presente en ella. En ese sentido, es única. Exijo, cómo no, preservar su
unidad. Abundan las primeras ediciones y los libros dedicados. Hay, además de
libros, revistas y otros documentos impresos.
En un momento dado, tras una conversación con el editor y
librero sevillano Abelardo Linares ―alguien con una amplia experiencia en este
campo, con trabajos realizados para la Biblioteca Nacional o las Fundaciones Francisco
Brines y Carlos Edmundo de Ory―, éste se ofreció a tasar ese legado, lo que al
cabo hizo. No es eso lo importante. Conviene no olvidar aquellos versos que
puso Antonio Machado en boca de Juan de Mairena: «Todo necio / confunde valor y
precio».
En su informe escribe: «La biblioteca de Álvaro Valverde (…)
es la biblioteca de un poeta y escritor contemporáneo muy vinculada con muchas
personalidades del mundo de las letras y con un exigente criterio lector que
hace que los libros reunidos por él tengan un especial interés, además de que
muchos de ellos están dedicados por los autores.
Una biblioteca de estas características es siempre una
biblioteca única, gracias a las piezas aportadas por la zona de archivo, es
decir, fundamentalmente los epistolarios y originales incluidos, pero también
por los libros que la forman».
Ha de quedar claro que una biblioteca así no me representa sólo
a mí, sino a todos los escritores que la componen. Habla, pues, de la poesía en
general. De la extremeña, singularmente, aunque su alcance va mucho más allá y
las traducciones de poesía extranjera sean numerosas.
Se contempla en el proyecto que a esa biblioteca se deberían
ir incorporando los libros que tengan relación con mi poesía. Y los libros que vayan,
ya se dijo, llegando.
En el citado documento, se explicita quienes son mis
albaceas literarios: mi mujer, mis hijos y los escritores y amigos Jordi Doce
Chambrelan y el citado Juan Ramón Santos Delgado, que tanto ha hecho ―vuelvo a
recalcarlo―, en su condición de funcionario, por que este proyecto se haya
podido hacer realidad.
Si llegara a buen puerto, la biblioteca debería convertirse
en un centro de irradiación y defensa de la poesía. Podrían programarse ciclos
de lecturas, pongo por caso. O visitas de poetas de reconocido prestigio. No en
vano Plasencia es una ciudad de la poesía. Y de poetas. Los últimos, los de la
que nombré como «plaga lírica». Con
todo, la historia nos lleva muchos siglos atrás. Aquí, en fin, se han celebrado
actos poéticos que lo subrayan: el Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y
Galán» o «Centrifugados», por poner dos modelos de excelencia.
La casualidad ha querido que este acto coincida con la
publicación de mi poesía reunida, Territorio, que agrupa los libros que
he publicado entre 1985 y 2025, esto es, toda una vida. Aprovecho para informar
de que lo presentaremos el próximo 25 de abril, sábado, a las 12 del mediodía
en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, actual sede de la Escuela
Oficial de Idiomas y del Centro de la UNED.
La propuesta ha sido aprobada legalmente en una sesión de
pleno por el Excmo. Ayuntamiento y hoy llega a su culminación con esta firma
pública. Sólo cabe esperar que esa ansiada biblioteca se inaugure y pueda
albergar, en una de sus salas, mi humilde legado literario".
La pobre poesía y el Día del Libro
Hoy, Día del Libro, quiero defender desde este rincón a la pobre poesía. La que viene desde lo más remoto, desde lo primitivo. Desde que los seres humanos que piensan (o casi) existen. La que resiste al tiempo por ser machadiana "palabra en el tiempo". Y al espacio: porque es un lugar habitable.
Aunque pasa por uno de sus mejores momentos, al menos en este país llamado España, sigue siendo ninguneada, cuando no objeto de desprecio. En algunos suplementos, por ejemplo, que evitan las reseñas de libros de poesía. En La Lectura, del diario El Mundo. O en Babelia, de El País, que sin llegar a tanto, renegó hace mucho de la crítica regular de obras líricas, y eso que hasta se llegaron a publicar poemas en sus páginas.
El Cultural (ahora en El Español) y Abc Cultural mantienen esa sección. El primero, con cuatro críticos de poesía entre sus colaboradores habituales y una página semanal dedicada a ese tipo de libros. Loable.
También, entre otros, periódicos como La Vanguardia (y Cultura/s, que dirige Sergio Vila-Sanjuán), Heraldo de Aragón (y Artes & Letras, dirigido por Antón Castro), Córdoba (y Cuadernos del Sur, a cargo de Rafael Romero Castillo), El Norte de Castilla (y La sombra del ciprés, que dirige Carlos Aganzo), Hoy de Extremadura (y Trazos) o El Correo (y Territorios, coordinado por Teresa Abajo) mantienen su atención a la poesía, a pesar de que venda muy poco, si se compara con la narrativa, y apenas merezca, como decía, el seguimiento público. Ella, ay, sólo tiene lectores. Pocos. Bueno, mejor no entrar en detalles tras el demoledor informe de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal), siendo las librerías nuestras mejores aliadas.
Sí, es triste, cuando no indignante, que se seleccionen 50 o 100 o 1.000 libros (que si del siglo, que si de la década, que si del año) y sólo sea elegido uno de poesía (caso reciente de Babelia en sus recomendaciones para este Día) y más por cierto revuelo mediático muy bien llevado que por otra cosa. Al ser una antología de poetas jóvenes, toca a varios. Bien está.
(Nota. La fotografía es de Carlos Medrano.)
22.4.26
Carta de Cáceres
Con el tiempo le ha ido perdiendo uno afición a las crónicas de pequeños actos públicos en los que participo, tanto da que como espectador, acompañante e incluso protagonista. Un "Iré a tu blog, que comentarás lo de ayer", leído en un mensaje tempranero de Pureza Canelo, y una pregunta al respecto de Carlos Medrano, que ayer mismo se interesaba por el esperado relato, me ha activado de nuevo. Y sí, el pasado jueves estuvimos en Cáceres, en el salón de la Biblioteca Pública del Estado (gracias por la hospitalidad, Teresa), para presentar Territorio. Poesía reunida (1985-2025).
Tomaron la palabra, además de Jesús María Gómez y Flores (Norbanova organizó la velada, siempre al quite, siempre ahí), Irene Sánchez Carrón y Miguel Ángel Lama. Es conveniente ir debidamente escoltado a estas ceremonias literarias, por personas que conocen bien lo que lo que has hecho y con la debida solvencia para explicarlo. Si de paso valoran positivamente eso, mejor aún.
Lama ejerció, como estaba previsto, de filólogo y, con la debida naturalidad, de profesor universitario, que es lo que es, como se dice ahora. Sus incisivos comentarios, sus fundamentadas pesquisas y sus puntualizaciones memorialísticas justificaron de sobra su presencia. Por otra parte, fue el verdadero impulsor de esa velada. Me conoce de sobra, y lo que he escrito. Nunca, eso sí, dejan de sorprenderme sus hallazgos y reflexiones.
Irene recurrió también a la memoria y de su mano nos fuimos a mi lectura pacense en el Aula Díez Canedo, a la que ella asistió siendo muy joven. Sus evocaciones, su punto de vista sobre cómo uno es (siempre se agradece esa visión "desde fuera") y, en suma, su lectura ratificaron que hice muy bien en contar con ella. No en vano compartimos territorio. Encontrar un poema inédito suyo, "Dolor", en el último número la revista Anáfora, me anima a creer que por fin nos dará pronto un nuevo libro.
Tras leer una página que iba a ir en la edición del libro y que al final dejé fuera (en parte me arrepiento), la del capítulo de los agradecimientos (no se llega solo a ningún sitio), iniciamos una conversación. Fue larga (dentro de lo que cabe), pero como es lógico muchas cosas se quedaron fuera. O se comentaron y luego no pudieron desarrollarse del todo. Nos centramos en la edición del volumen y en las decisiones que tuve que tomar y en el porqué de las mismas. Para terminar, leí un puñado de poemas, casi todos de asunto cacereño o relacionados con esa ciudad donde uno empezó a pergeñar versos, donde estudié y trabajé. La natal de mis nietas, que también acudieron. Sólo un ratino, lo justo para que al abuelo se le cayera la baba.
Lo mejor es que pasamos un buen rato, y hasta nos reímos. La solemnidad no es lo mío. Lo nuestro. Nada como prescindir de la cara de presentación, la que aparece indefectiblemente en las fotografías de este tipo de actos, reflejada en los rostros de los asistentes. Al parecer grabaron lo que dijimos. Demostrará ese registro que no miento.
Estuve muy bien acompañado en la mesa, ya se dijo, y en la sala. Cada vez es más difícil reunir a un grupo de personas en torno a un libro. No fue el caso.
Al fondo, una vez más, con su puesto ambulante de libros, Antonio, de El Buscón. Gracias. Firmé unos cuántos ejemplares. Ojalá eso compensara la visita. Sentados, los demás. Amigos, conocidos, saludados... De la familia -además de Yolanda, Leticia y Carlitos-, mi prima Saluqui. Y lectores, que es lo que importa. O escuchantes, que también. Cuenta cada presencia y pierden valor las ausencias, justificadas algunas. Todos tenemos nuestro corazoncito, sí, y algunas fueron llamativas, pero... Jeremiadas, las justas, y por eso, ninguna. Allá cada cual. Como tituló Cristina Núñez en el HOY: "En esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde es un loco". Y por cuerdo me tengo. Ya lo dijo Mendoza el otro día en Babelia: “La vanidad es el enemigo: una forma de llegar a necio dando un rodeo”.
Tomamos después algo en el Zeppelin (Malama, Bernal, Irene, su encantadora hija Ana, Joaquín Paredes y Yolanda) y vuelta a casa. El problema, ya allí, fue dormir.
(Nota: la fotografía de de Jorge Rey para el diario HOY.)
20.4.26
Decimonónica
De Salas (Madrid, 1999), ya sorprendió con Los reales sitios,
un libro de calidad ineludible. Pagaba, según su editor, Unai Velasco, “los
peajes que se le piden al poeta: singularidad, presencia en el mundo y
articulación de la lengua”. Vuelve a apostar por él y el salto adelante
impresiona. Alude en su nuevo prólogo a la poesía poética y a “la
estética marica” que lo vertebra, menciona a Álvaro Pombo y resalta su
“cumplida dimensión epopéyica” en torno a la historia decimonónica española de
la época de Isabel II (con obras de ingeniería como el canal que lleva su
nombre y guerras carlistas), siglo al que este libro remite sin renunciar a la
modernidad y, lo que considero más importante, a hacer avanzar la poesía por
caminos no transitados.
Consta de siete partes. La primera se centra en el citado cauce
artificial, a partir de textos de Severino Bello, “el ingeniero”. Ya se aprecia
ahí la originalidad del proyecto lírico (léase “El curso alto”) y una voz
sólida que no parece, paradójicamente, lírica. El lenguaje documental y técnico
se transforma con naturalidad en poesía y el formato soporta el uso de la prosa,
del versículo o del verso, digamos, tradicional, que domina y cincela para
darle aspecto de sentencia. Tanto da que en el poema extenso como en el breve. En
la deliberada clasicidad o en la arriesgada experimentación (como en “Arbre
magique”). El oído siempre disfruta.
También pronto comprueba el lector que De Salas no le hace
ascos, al revés, a la transgresión y al desenfado, al juego y al humor (así, en
“El ancho ibérico”), hable de amores, de política, de trenes, de ciudades o de
arquitectura (lo que me ha recordado al Aníbal Núñez de Alzado de la ruina o
al Ferlosio hidráulico). Tampoco a la experimentación, como en esos poemas que
fluyen como sólo un río sabe hacerlo, sin atender a la puntuación ni a otra
cosa que no sea ritmo y discurso, o al usar el fanfic. No se sale
indemne de El siglo. Turba.
Juan de Salas
Ultramarinos, Barcelona, 2025. 160 páginas. 18 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
El afán infinito
Esperanza Ortega (Palencia, 1953) reunió en Diario de lo
no vivido (2020) su poesía completa. Desde 2002, ha mantenido un prolongado
silencio sólo roto por la publicación de Las cosas como eran (2009), prosas
memorialísticas.
Se refería Tomás Sánchez Santiago en el prólogo de Diario…
a la “resistencia a abandonar la espera a pesar de las opacidades del tortuoso
proceso de la creación poética”. Ese “mucho tiempo de espera” ha dado sus
frutos: Los versos de mi amiga, una obra luminosa dominada por un hondo
sentimiento de compasión.
Se abre con los versos de Arnaut Daniel: Nunca la tuve /
pero me tiene. La poesía, sí, “que me posee sin que yo la posea en absoluto”.
Luego anota: “Tras un largo periodo de aridez, he oído la voz de una mujer que
me dictaba el eje fundamental de mi escritura”. Atenta a esa voz que le dicta
lo sentido desde una aparente otredad, los sugestivos versos de las ocho
secciones y un poema final que componen este libro único, en el doble sentido, atravesado
por la dicha de volver a escribir: “Escribir un poema te llena de dicha”. Y
hacerlo en las postrimerías, cuando “pasa el amor y se aproxima el miedo, /
nacen los nietos y mueren los amigos”.
Aunque nunca haya pretendido ”usar un lenguaje de índole
utilitaria” (TSS dixit), la claridad de esta lírica, su feliz tono doméstico
con detalles incluso de humor, dista de la suya de antaño, más sucinta, reticente
y minimalista. Eso no obsta para que en “Copos de nieve Oración)”, seis poemas
breves en forma circular, juegue con la poesía visual.
Aquí, la desaparecida casa familiar, las manos de la madre, los
rasgos de su padre, el proceso creativo, los niños y los jóvenes, su elegida
“horma de mujer” (“¿Qué hubiera sido yo / de haber nacido hombre?”), la nieve, los
inmigrantes, la amistad, las hermanas, “la vida pequeña”, los muertos (la
muerte) y las fosas. Aquí, “los versos de alguien que ha vivido” y que, si
resucitara, volvería a “escribir un poema”.
Esperanza Ortega
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026. 144 páginas. 14 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en El Cultural.
19.4.26
Francisco Onieva lee "Territorio"
Por Francisco Onieva
Reunir cuarenta años de creación poética es una decisión
crucial y compleja, pues el escritor se enfrenta a la exigencia de revisar toda
su producción. Además, supone una especie de reivindicación, que deviene en consagración
cuando se materializa en una impecable edición de más de setecientas páginas
aparecida en una editorial como Tusquets, dentro de su mítica colección Nuevos textos
sagrados.
Más allá de la belleza física del volumen, sobrecoge la
profunda coherencia y unidad de 'Territorio (Poesía reunida 1985-2025)'. No son
muchos los autores que pueden titular una obra de esta envergadura con el título
de su primer libro. Valverde lo hace y muestra cómo en su ópera prima bullía la
idea axial de toda su escritura: la identidad de un espacio que desborda la
coordenadas geográficas y deviene en un ámbito literario a través del cual
tantear el misterio de la existencia.
Como evidencias de estas cuatro décadas de creación
ininterrumpida, el poeta placentino reúne los trece libros publicados y tres
'plaquettes', a los que añade un inédito, 'Geografías del jardín', además de
siete poemas recuperados que aparecieron en di- versas publicaciones
periódicas; sin embargo, decide eliminar gran parte de las composiciones que
formaban su primer libro y los dos cuadernos siguientes, al considerar- las
simples ensayos o tentativas.
Bajo el título de 'Primeros poemas', nos ofrece el primer
poema en el que se reconoce, «Hojas de acanto y rosas», cuyo último verso,
«Hagamos de este lugar un territorio», es toda una declaración de intenciones; y
una exigente selección tanto de 'Territo- rio' (1985) como de 'Sombra de la memoria'
(1986)y 'Lugar del elogio' (1987), donde están presentes ya algunos de sus
ternas característicos: la mirada reflexiva, la melancolía, el arraigo a su
tierra y la escritura como ámbito de la evocación. Sobre estos ejes temáticos
articula 'Las aguas detenidas' (1988), con el cual inicia un proceso de depuración
estilística que busca liberar a la pa-labra del barroquismo y de la influencia culturalista
precedentes, al tiempo que aligera la sintaxis y la cadencia del verso blanco.
Así llegamos a un primer punto de inflexión, la aparición en
1991 de 'Una oculta razón', donde la mirada contemplativa brilla A través de la
palabra precisa, ofreciendo una apuesta poética en plenitud, en la que amplía
el espectro temático: la convivencia con lo inefable, la palabra como instrumento
para configurar el cosmos y para conocerse, la evocación de la infancia, la
lectura como lugar de encuentro, los paseos por la naturaleza o la familia.
Este universo poético se enriquece con 'A debida distancia' (1993), cuyo titulo
remite al poema XI de 'Las aguas detenidas', donde maduran nuevos temas como la
otredad y se consolida el camino de depuración estilística y de pulcritud
formal que llevará a otro de sus libros esenciales, 'Ensayando círculos' (1995)
-título tomado de un poema del libro anterior-, que apareció en la que será su
casa desde entonces, Tusquets. En este poemario, Val-verde se adentra en la
incertidumbre y en la orfandad que esta genera y tantea las limitaciones
lingüísticas para expresar lo absoluto. De forma paralela a este volumen es-cribe
la 'plaquette' 'Los marinos inmóviles' (1996), un poema en prosa construido a
base de fragmentos que abordan la incertidumbre, y 'El reino oscuro' (1999), un
extenso poema dividido en siete fragmentos o cantos, inspirado en la mítica
comarca alto-extremeña de Las Hurdes y otras comarcas vecinas, en el que ahonda
en los límites y obsesiones que sostienen su poesía.
La aparición de 'Mecánica terrestre' (2002) supone otro hito
en su trayectoria: profundiza en las claves planteadas en 'Ensayando círculos',
con variaciones formales y tonales, mostrando la actitud perpleja de quien
contempla y admira el mecanismo ci-frado del mundo. Además, aborda la escritura
como ámbito de la memoria, la reflexión sobre el hecho creativo, la búsqueda de
lo absoluto a través de espacios familiares como el jardín o la casa, la
otredad y el viaje vital y literario. Para ello su mirada reflexiva se abre a
lo visionario y aborda lo inefable cotidiano del amor.
Así llegamos a su mejor libro, 'Desde fuera' (2008), cuyo
título es un homenaje a César Simón, con quien dialoga en el poema homónimo. El
yo poético contempla el alrededor y, al mismo tiempo, se asoma a las profundidades
interiores, acudiendo a la palabra parca y sobria, contenida eficaz,
sencilla y reveladora, esencialista y existencialista, callada y significativa.
Con estos mimbres tantea nuevas aproximaciones a sus temas característicos: la
otredad, el viaje-unido al amor a su familia-, el recuerdo de los familiares
ausentes, los lugares que forman parte de uno, las lecturas y los autores que
configuran la propia interioridad, su tierra como elemento modulador de su mirada
y de su pensamiento.
Esta tierra será el magma de 'Plasencias' (2013), una
declaración de amor y de dolor a la ciudad que lo vio nacer y en la que ha vivido
siempre, que, aunque haya estado presente en todos sus libros, es la primera
vez que aparece de forma explícita tanto a través de diversos enclaves
intramuros como de los parajes colindantes, que sirven de asidero al poeta,
quien evoca distintas peripecias emocionales al hilo de los mismos.
Con más 'Más allá, Tánger' (2014), cuyo título remite al
cierre de un poema de 'Desde fuera', el estilo valverdiano alcanza una parquedad
y austeridad casi impresionista, a pesar de ser su libro más narrativo. Nacido del
gusto del poeta por las ciudades decadentes, en él se entrecruzan dos voces: la
de una mujer que regresa a la ciudad donde nació y la de un sujeto poético que
la visita por primera vez. Este proceso de depuración se acentúa desde 'El
cuarto del siroco' (2018). Pese a que sus poemas hayan sido escritos a lo largo
del nuevo siglo y muchos hayan ido viendo la luz en distintas revistas
literarias, el conjunto presenta una profunda unidad de tono, de pensamiento y
de estilo, lograda a través de un sosegado proceso de relectura y corrección. A
partir de la imagen de una estancia de las casas patricias sicilianas que servía
de cobijo frente a dicho viento, construye toda una metáfora de la poesía y de
su apuesta estética.
En la misma línea se encuentran 'Extremamour' (2022), un proyecto con el
fotógrafo suizo Patrice Schreyer, quien visitó distintos lugares de Extremadura
para sacar 68 instantáneas que se publicaron acompañadas por sendos pareados; y
'Sobre el azar del mapa' (2023), titulo tomado de un alejandrino de su primer
libro, que se articula en dos cuadernos inspirados en sendos viajes: «Cuaderno
de Sofía», donde celebra la belleza decadente de la capital búlgara y su
mestizaje cultural, y «Cuaderno suizo», dedicado a las ciudades de Grandson y
Ginebra, en el que, además del asombro ante la nueva realidad, homenajea a distintos
poetas que vivieron o tuvieron relación con la capital helvética (Borges, María
Zambrano, Valente, Costafreda, Gimferrer o Aquilino Duque).
Semejante parquedad y concreción alcanza su máxima expresión
en el inédito 'Geografías del jardín', cuya incorporación refuerza la idea de
obra en marcha. Son cuarenta y ocho poemas breves, cercanos al haiku -algunos lo
son-,en los que la sugerencia y el silencio se imponen. La aparición de
'Territorio' es, pues, un motivo de celebración para el lector, que va a
encontrar entre sus páginas una de las voces más personales de la actual poesía
española, que ha conseguido construir desde la periferia, libro a libro, con
humildad y honestidad, un poesía contenida, reflexiva, de expresión diáfana,
con una clara dimensión moral, que transmite con naturalidad el misterio de la
experiencia poética a través de una palabra cercana, cotidiana, despojada, en
cuya prosodia resuenan las inquietudes del hombre tranquilo que observa con la
mirada perpleja aquello que lo rodea y de lo que se sabe parte.
Suplemento Cuadernos del Sur, diario
Córdoba, 18 de abril de 2026
18.4.26
Enrique García Fuentes lee "Territorio"
Poesía. Tusquets reúne en Territorio la obra poética del
placentino Álvaro Valverde entre 1985 y 2025
Por Enrique García Fuentes
Diario HOY. Sábado, 18 de abril 2026
La aparición de este volumen que recopila la práctica
totalidad de la producción poética de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), una de
las voces incuestionablemente más propias y preclaras de la poesía
española contemporánea, solo cabe ser saludada como uno de los acontecimientos
literarios de este año, sin discusión de ninguna clase y por muchos más
interesantes que lleguen y ojalá tengamos la suerte de disfrutar. Conviene
decirlo cuanto antes y si hay alguien remiso a llegar hasta el punto final de
estas palabras ya puede dejarlo si tiene prisa porque lo básico y esencial ya
ha sido enunciado.
Para la construcción de una obra sólida, coherente e
inmarchitable solo cabe un trabajo intenso y dedicado con el material empleado
para erigirla, la palabra, evidentemente, en este caso; esa juanramoniana
palabra que logra encontrar el nombre exacto de las cosas y que queda plasmada
desde el mismo título (y subtítulo) de esta compilación de cuarenta años de
poemas inobjetables. Hace muchos años que nombrar a Valverde venía
irremediablemente seguido de ese inolvidable 'Hagamos de este lugar un
territorio', que aparecía en su primer poemario y que, como hemos visto, sigue
sintetizando de manera exacta su ya amplia producción. Por eso es lógico que dé
título a esta reunión de altos vuelos y resuma con su significación el logro
fundamental de su poesía: haber acotado una porción cada vez más amplia y
coherente que le asegura un lugar de privilegio en el superpoblado terreno de
la poesía actual que le es propio, identificable y que, gentilmente lleva
compartiendo con nosotros tantos años. Por otro lado, elegir 'reunida' (y no
'completa') como complemento del núcleo 'poesía' garantiza (y tranquiliza:
'completa' tiene mucho de 'acabada') que, dentro de –esperamos– muchos años
Valverde no tenga de añadir (a lo Guillén) un '… y otros poemas' cuando le dé
por volver a editarla, igual de fresca que ahora, pero muy ampliada por
venideros versos.
Para lujo de apasionados y exegetas, este Territorio
compendia –además de los libros editados en su momento por el poeta– un amplio
ramillete de poemas publicados en otros formatos: revistas, homenajes,
misceláneas, etc.; un libro inédito hasta la fecha, Geografías del jardín, tan
vinculado y bien inserto como corroboración de la solidez de su obra, y varios
apéndices, como uno que detalla cronológicamente los volúmenes hasta ahora
dados a la imprenta y, por si fuera poco, como indispensable coda, el extraordinario
epílogo en el que, con su habitual maestría, Gonzalo Hidalgo Bayal dilucida
acerca de la inquebrantable unidad y coherencia de la producción poética de
Valverde, calidades que, como muchos reconocen, son los pilares sobre los que
se sustenta. Un exhaustivo análisis redactado con la facundia cercana de un
autor que, con sus palabras explicita, a la vez que magnifica sin alardes
hagiográficos, la producción del poeta placentino.
El resto queda explicado en su interior por el propio
Valverde cuando toma la palabra, devoto siempre de no dejar cabos sueltos, a la
hora de declarar el proceso que ha conducido a la selección de lo aquí
publicado: la 'limpieza' de algunos poemarios, la disposición adoptada en lo
que ahora ofrece, la procedencia de los poemas sueltos no incluidos en libros,
etc. El hecho de disponer ahora en un solo volumen de tal cantidad de
indiscutibles versos permite, por ejemplo, apreciar una evolución que en absoluto
empece su claro carácter unitario ya señalado, desde la poesía hondamente
meditativa de sus primeras entregas, de versos largos, de sintaxis complicada
que nos obligaba a estar atentos para no perdernos, hasta la aparente (insisto:
aparente) liviandad de sus últimos libros.
Como la de los grandes, la producción poética de Valverde
transciende (aunque no me termine de gustar del todo el verbo, dadas sus
connotaciones un tanto mesiánicas, aplicado a un poeta que ha logrado hacer del
lenguaje cotidiano y sin alharacas un discurso factible y asumible para todos)
desde ese territorio consuetudinario donde habita (y reflexiona). Adobándolo
con vivencias obtenidas de periplos más lejanos -más habituales en la medida en
que las circunstancias jubilosas de la vida permiten esos tránsitos- y lecturas
continuadas –y perfectamente asumidas, dada la atención, rayana casi en la
unción con que son atendidas– acaba convirtiéndose en toda una novela que
leemos como si de nuestra propia vida se tratase (o al revés, como si en esa
vida suya que reconocemos latiera también nuestra particular novela). No eran
caprichosas –un adjetivo discordante con nuestro poeta– las citas elegidas para
orlar la entrada al monumento, la de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy
haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su
continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y la del
menos conocido Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»). Lo
que encontramos a continuación no hace sino remachar la idea de que poesía y
vida son términos inseparables y deben recrearse el uno en el otro. Álvaro
Valverde hace tiempo que ostenta una incuestionable categoría de 'clásico', la
publicación de este indispensable volumen no hace más que corroborarlo.
16.4.26
Una entrevista en el HOY
Agrupa toda su obra en Territorio: Poesía reunida
(1985-2025) que presenta este jueves a las 19.30 horas en la Biblioteca
Pública de Cáceres
Cristina Núñez
Diario HOY
Cáceres, 16 de abril 2026.
La primavera trae un acontecimiento literario de
altura. Álvaro Valverde (Plasencia,
1959) reúne su trabajo poético de cuatro décadas en 'Territorio: Poesía reunida
(1985-2025)' (Tusquets). Bajo el nombre de su primer libro, que contiene el
célebre verso fundacional 'Hagamos de este lugar un territorio', compila una
amplísima e ininterrumpida trayectoria en la que cuenta con hitos como el
premio Loewe en 1991 por 'Una oculta razón'. La obra incluye también un
poemario inédito 'Geografías del jardín', escrito durante la pandemia. «El
resultado es una poesía a la que no dejamos de volver porque es hospitalaria y
se deja habitar; una poesía que nos habla en tono de confidencia de eso que
pasa ante nosotros y a menudo no percibimos, real como la vida misma», glosa el
crítico Jordi Doce.
Este jueves se presenta a las 19.30 en la Biblioteca de
Cáceres, en donde Valverde estará acompañado del profesor de la UEx Miguel
Ángel Lama y la también profesora y poeta Irene Sánchez Carrón. Se trata de una
nueva cita organizada por el 'El aula de la palabra' de la asociación
Norbanova.
–¿Cómo se ve 40 años después de la publicación de
'Territorio'?
–El verano pasado di el apretón final antes de la
publicación de este libro y había que decidir retocar algún poema, eliminar
alguno y hacer esa constante relectura a la que nos sometemos los poetas. Ha
sido bastante duro, porque te enfrentas a poemas que escribió alguien que tú reconoces relativamente, porque todos vamos cambiando en la vida. Es verdad que
yo he mantenido una voz, una línea, un tono a partir de 'Una oculta razón' que
no ha variado grandemente. Se ha ido depurando, comprimiendo y eliminando al
máximo todo tipo de adorno y de retórica, pero al fin y al cabo hay lo que la
crítica señala como coherencia. Y una vez que sale el libro y que se pone en la
calle en manos de los pocos o muchos lectores también hay una especie de bajón,
porque uno se enfrenta a lo que ha hecho y no sabe realmente su valor, eso
tiene que ser la crítica o los lectores quienes lo validen.
–¿Siente que ha traicionado a ese poeta de veintipocos
años que publicó 'Territorio'?
–No, la evolución ha sido hacia lo positivo y en ese sentido
me siento ciertamente aliviado. Del libro primerizo de aquel poeta demasiado
joven he eliminado partes porque no me siento identificado. De los últimos
libros los retoques han sido muy pequeños porque me he sentido seguro.
–Volver hacia esa poesía del pasado y de alguna forma
limpiarla no deja de ser un ejercicio de humildad.
–Sí, en esto de la poesía el que no se empeñe en ser humilde
es un auténtico loco. En este género (que Antonio Gamoneda duda que sea un
género) estás enfrentado a ti mismo irremediablemente. No es solo que mi poesía
sea bastante autobiográfica, sino que uno está ahí y no ha encontrado otra
manera de conocer el mundo que le rodea, así que hay que tener mucha humildad.
Y es verdad que yo no soy un Juan Ramón o una Pureza Canelo, yo no soy capaz de
reelaborar y de reescribir constantemente lo que he escrito. Son detalles,
palabras, un verso, un título, una cosa muy menor.
–Una cosa es la creación como tal y otra la publicación,
los premios, todo ese mundo que rodea lo literario. ¿Cómo lleva esa parte de su
oficio?
–Los críticos, algunos premios en su momento (yo desde 1993
no me presento a premios, considero que hay que dejar el paso a los que son
jóvenes), antólogos, familia que te permite dedicarte a esto,
ensimismarte...todo eso son pequeños pasos que suman. Poetas hay más que
piedras, pero qué pocos llegamos en una edad provecta en esto de la poesía. Yo
he tenido suerte. Son pocos premios pero premios significativos los que tengo.
El Meléndez Valdés (que logró en 2018) se ha concedido ahora a un poeta excelente
que es Abraham Gragera. Es un premio que te dan, que no te presentas, que son
los que gustan.
–Fue director de la Editora Regional. ¿Ciertas labores
administrativas o de gestión cómo se compaginan con la creación?
–Estuve desde 2005, tras la muerte de Fernando Tomás Pérez,
otro de mis editores, y hasta 2008 que llega Luis Sáez. Yo pude dedicarme a
buscar qué libros editar y a seguir editando los que ya estaban previstos por
mi antecesor, porque yo pretendía mantener el gran nivel que él había logrado.
Fueron unos años apasionantes, es verdad que me rozaba la parte política y que
yo estaba al servicio de un consejero y de unas obligaciones, pero resultó una
tarea apasionante.
–¿Cómo está Extremadura en lo que pudiera llamarse alta
cultura y en la poesía?
–Estamos bien. Me apena que en las dos últimas antologías de
poetas del siglo XXI ( 'El tiempo está cambiando', de la colección Vandalia y
'Un estallido' en Cátedra), no haya ningún poeta extremeño. Desde los 80 para
acá el nivel no ha decaído, estamos en el panorama nacional, indiscutiblemente,
en lo que a poesía se refiere, muy bien, y hay antologías como la de Dionisio
López ('Los Últimos del Oeste'), que lo ponen de manifiesto. El libro de
crítica que saqué, 'Lecturas a poniente', de la Editora hace dos años demuestra
que el nivel es alto. Extremadura no tiene por qué sentirse acomplejada.
–¿Cuáles son en su opinión los hitos que han contribuido
a ello?
–Hubo un primer estirón con el presidente Rodríguez Ibarra y
el consejero Paco Muñoz para mí imprescindible. La Editora Regional ha sido
capital en todo ese proceso porque suele ser el sitio en el que publican sus
primeros libros los poetas o narradores extremeños. Las aulas literarias de la
Asociación de Escritores que puso en marcha Ángel Campos también fueron un hito
fundamental y también podemos extendernos a lo que tiene que ver con el arte,
fundaciones, museos, porque la poesía no está aislada. Los que empezamos en los
80 no teníamos tantos referentes, con todo mi respeto a Delgado Valhondo,
Pacheco o Lencero. Santiago Castelo o Pureza Canelo eran poetas importantes
pero estaban fuera.
15.4.26
Un poema en Códice
En el número dos (agosto de 2023) de Códice. Revista de Poesía, una publicación cuatrimestral, con una tirada de 300 ejemplares y sedes en Nueva York y Lima, que dirige el poeta Miguel Ángel Zapata, profesor de Hofstra University, en concreto del Dept. of Romance Languages & Literatures situado en Hempstead, vio la luz mi poema "Ruinas", que ahora reproduzco.
Llega con cierto retraso el ejemplar en papel, pero, al sostenerlo en las manos y contemplarlo (hay un Klee en la portada), agradezco aún más la invitación de Zapata, que acaba de publicar en Pre-Textos Escribo caminando. Antología poética (1983-2025).
La edición es hermosa y está bien cuidada. Y muy agradable (salvo alguna inevitable excepción) la compañía del índice. Que esté impreso por Máquina Purísima Editores bendice el excelente resultado.
RUINAS
Esta vieja ciudad, las sucesivas
ciudades que la han ido conformando
a través de los siglos y la historia
hasta darle el aspecto que ahora tiene,
es la razón de ser de quien, ajeno,
la observa desde fuera y sólo encuentra
las ruinas de su vida dispersadas
por el hosco interior de un laberinto
de calles tan oblicuas como el tiempo.
10.4.26
8.4.26
Una forma de perseverancia
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) publicó su primer libro en 1983. Le siguieron los agrupados, salvo ése, en Los bosques de la mirada y
algunos más, entre ellos He
heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que obtuvo los premios
Loewe y Meléndez Valdés de la crítica, y la antología Debajo de la nieve
todo está por hacer. Sostiene que ni el verso ni el poema, que el libro es su
“unidad de medida” en poesía.
Si por algo se caracteriza la obra poética de Sánchez es por
su coherencia. Y por su honestidad, cabe matizar. Leyendo el segundo tomo de
sus memorias, el poeta andaluz Jacobo Cortines decía algo a propósito de la
pintora Carmen Laffón que se me antoja válido para estimar la trayectoria del
cacereño. Bastaría con cambiar un nombre por otro y pintura por poesía.
Quedaría, con el tácito permiso del autor de La edad ligera, así: “Humanismo
como axiología, como escala de valores, que en Basilio Sánchez serían la verdad
creativa, lejos de toda retórica de la corrupción, sentimentalista o
preciosista; la conciencia crítica sobre su quehacer: esa continua exigencia,
de un lado, y el rechazo de la autocomplacencia; la lucha por alcanzar la
perfección deseada, con la asunción de sus dudas, riesgos y fracasos; la
entrega a la obra por encima de cualquier tentación de gloria o beneficios
económicos; la indagación en lo que le rodea para profundizar en sí misma y
comunicar a los otros esos hallazgos, para que a su vez ellos se encuentren a
sí mismos. Su poesía al servicio del hombre, teniéndolo siempre como eje”.
Esa coherencia y esa honestidad no se improvisan. Ni surgen
por azar. Debe mediar la voluntad y la inteligencia. Lo demuestra la capacidad
del médico y humanista no sólo para escribir verdadera poesía, sino también por
ser capaz de revelar las ideas que sustentan su creación. Se refirió Octavio
Paz a la imposibilidad del poeta moderno de no especular acerca de su oficio; de
disociar los poemas que compone de la poética que los respalda, digamos. Eso es
lo que pone de manifiesto este libro, donde resulta casi imposible distinguir
entre teoría y práctica. No es la primera vez que Sánchez afronta el reto. Lo
hizo en El cuenco de la mano y La creación del sentido,
dos entregas que podrían pasar por poéticas: por el asunto del que se ocupan y
por la escritura que las identifica. Esos fragmentos trazarían, según él, un “recorrido
[…] que conduce a la búsqueda del sentido e indaga en el origen del fervor”. De
esa tarea, la de una vida, da cuenta este libro, que no deja de ser una suerte
de autobiografía lírica.
El título procede de cómo denominaron los judíos del siglo XVII
a la ciudad de Ámsterdam: Makom, “el buen lugar”, “un estado esperanzado del
alma que concede el consuelo a los poetas, a los abandonados en el desierto y a
todos los judíos de la tierra” (por lo que dijo Tsvietáieva).
Sirviéndose de “un decir fragmentario” con tono de diario o
cuaderno de campo (“concibo la poesía como una suerte de diario en el que se
registra la experiencia vital y espiritual del poeta a lo largo del tiempo de
su escritura”) y de iluminaciones aforísticas, donde abundan numerosas citas
que dan cuenta de su loable condición de lector con criterio (incluso de lo
propio), Sánchez nos ofrece sus pensamientos (éste es un libro de meditaciones),
su concepción de la poesía: su poética, pero también, y esto es novedoso, lo
que el poeta es o representa. Una actitud ante la vida. Ya en los últimos
libros de poesía (inseparables, insisto, de éste) había usado la metapoesía con
la misma pericia, pudor y naturalidad que definen su manera de decir: “Yo creo
que la poesía […] debería ser escrita […] sin adornos y sin experimentos,
persiguiendo la verdad de las cosas como si en ese intento nos jugásemos
nuestra supervivencia, alojándonos en la casa de las palabras con la íntima
misión de que la naturaleza de los afectos termine por imponerse a la amenaza
constante de la disgregación y de la muerte”. Como Zagajewski, aspira a una
poesía “limpia, reposada y paciente”. Siguiendo a Walcott, afirma que “los
mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo
especifico, que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción
de los orígenes de cada uno, de sus raíces intimas y geográficas. Y yo
creo que es así, que es sólo sobre una geografía privada, casi doméstica, sobre
la que el poeta consigue levantar, a la manera de los miniaturistas, con la
humildad y la naturalidad del que busca un sentido a su escritura entre los
seres y las cosas que comparten su existencia con él, su particular cosmogonía”.
Pretende “construir, en medio de la intemperie de lo que somos, un lugar de
acogida, un territorio en el que podamos sentirnos confortados y desde el que
podamos gozar y percibir mejor el mundo”.
Resulta imposible incluir en una breve reseña lo que este
libro contiene. A su modo, es interminable. Está concebido para ser leído con
la misma lentitud que busca para sus versos. Su densidad así lo exige.
La ética y los otros, la melancolía, lo sagrado, la
infancia, la pandemia, la mirada atenta y lo contemplativo, la tradición
meditativa, la mística, las cosas, la claridad y la luz, el dolor, la
imaginación, la naturaleza, el misterio, la realidad y la muerte (“mi trabajo
diario convive con la muerte”) son algunos de sus temas.
“La poesía, dice, se reduce a algo tan sencillo ―y a la vez
tan difícil― como nombrar”. “Me empeño en lo menudo”. Es “compañía”. Abundan
las referencias al silencio y la soledad, a la simplicidad y al despojamiento, a
la discreción y a lo doméstico, a la “media luz” (la luz de la poesía) y a
quienes hablan, como él, en “voz baja”. Cree, en fin, que la poesía “es la
forma más alta de quietud”.
Sánchez ―un hombre corriente y de provincias― escribe como
es. Y “para ser”, como V. Ferreira. Por necesidad. Estas páginas inspiradas dan
fe de lo lejos que pueden llegar las palabras pequeñas, humildes y concretas,
las expresiones claras. A construir un mundo, lo esencial del poeta para Pound.
Pre-Textos, Valencia, 2025. 228 páginas. 18,00 €
NOTA: Esta reseña se ha publicado en la Revista Cultural TURIA. Número 157-158. 2026.
5.4.26
Juan Ramón Santos lee "Meditaciones..."
Pensándolo bien no pudo estar más acertado Álvaro Valverde
cuando, para dar titulo a la antología que publicó hace unos años en La Isla de
Siltolá, eligió el de Un centro fugitivo, pues si tenemos en cuenta lo
que acaba siendo una obra poética ―la que, llegado el momento (se entiende que
al alcanzar una extensión suficiente o significativa), alguien decide antologar―
su núcleo estaría formado por un puñado de asuntos que ocupan o preocupan al
autor y en el que, a base de darles vueltas, de ―podríamos decir―
centrifugarlos, se acaban viendo envueltos otros temas en principio menores o
secundarios que poco a poco van dando cuerpo al conjunto dotándolo de espesor,
de volumen, de complejidad, convirtiendo esa obra en algo parecido a lo que en
Filosofía llaman un sistema, una visión completa pero no me atrevería a decir
que coherente ―pues entiendo que no es ese el propósito de la poesía― sobre el
mundo. Llega entonces, como señalaba, el momento de escoger, de antologar, y
supongo que al hacerlo cabe optar por, al menos, dos criterios, el del florilegio,
el de lo selecto, el de escoger lo que se considera más acabado y perfecto
dentro de la producción del poeta, o el temático, ya sea en torno a lo
accidental ―poemas de amor, de naturaleza, etc.― o a lo esencial, lo que se
considera que está en el origen, como una suerte de primer motor, de toda esa
labor literaria.
Pues bien, esta última posibilidad es la que explora Meditaciones
del lugar, la antología de la obra de Álvaro Valverde llevada a cabo por
José Muñoz Millanes y publicada por Pre-Textos, que articula el recorrido por
su poesía en torno a dos nociones que se encuentran ya en el propio título, la
de lugar y la de meditación, dos nociones, como Muñoz Millanes señala en
prólogo, tan ligadas entre sí como en ese sintagma, en la medida en que, como
afirma refiriéndose a autores tan relevantes como Valente, Unamuno o T. S.
Eliot, «la composición de un lugar (...) suscita la meditación, una reflexión
encaminada a dar sentido a la experiencia», algo que estaría en el núcleo
esencial de la obra del placentino. La idea me parece, desde luego, acertada,
pues para corroborarlo solo hay que acordarse de alguno de esos poemas suyos
tan frecuentes ―y podría señalar como ejemplo uno de mis favoritos, «Estela»,
de Ensayando círculos― en los que, a lo largo de un paseo (otro motivo
frecuente y fundamental en su poesía), la voz se enfrenta a un jardín, un árbol
o una casa abandonada que suscitan la duda o la reflexión y la llevan a
indagar, en último extremo, en el misterio de las cosas.
Esos lugares a los que el autor a menudo se enfrenta son,
principalmente, el jardín, el patio o la ciudad amurallada, lugares pequeños y
cerrados que, paradójicamente, acaban por envolver toda la realidad entero en
un ir y venir no menos paradójico que hace que, cuando el poeta se abre y sale
al mundo ―y estoy pensando en algunos poemas del libro Desde fuera
ambientados en ciudades distintas de la propia, pero también, por ejemplo, en
el libro Más allá, Tánger en su conjunto―, la sensación que uno tiene es
la de que se acaba fijando en lo que tiene de reducto, de patio, de jardín, de ―utilizando
el título de otro de sus libros― cuarto del siroco, de lugar donde
buscar refugio, no sólo (aunque también) porque el propio mundo es a menudo un
lugar inhóspito y desapacible, pura intemperie, sino porque el poeta necesita ―y
vamos con el segundo elemento o noción en torno a la que se articula la
antología― un espacio para la meditación, para reflexionar, a fin de cuentas,
sobre los grandes temas en torno a los que suele girar la poesía, en su caso
concreto y sobre todo, la pérdida, el paso del tiempo, lo que somos, lo que
fuimos o la huella que dejaremos tras nuestro inestable y precario paso por la
vida, todo ello marcado por un aire de melancolía que muchos reconocerán como
marca de la casa y que yo diría que es lógico y necesario, porque reflexión y
melancolía tienden a ir de la mano aunque sólo sea por una razón práctica, que
los alegres, los enérgicos o los optimistas felices.
Por esos derroteros discurre, en definitiva, Meditaciones
del lugar, un libro en el que no está, claro, todo Alvaro, ni tampoco todos
los álvaros (y me estoy acordando, por poner un ejemplo, de un tipo de poemas
suyos relativamente frecuentes en los que encarna la voz de un personaje,
normalmente histórico, normalmente un escritor o un artista, para descubrirnos,
a través de esa voz ajena, una visión del mundo que también es la suya), pero
la sensación que uno tiene al leerlo (y es un placer hacerlo) es la de haber
recorrido todo Álvaro Valverde y la de comprender mejor el todo atendiendo sólo
a esa parte, la que Muñoz Millanes selecciona siguiendo las pistas del espacio
y la meditación.
Si acaso, por ponerle al volumen una pega menor, echo de
menos que, habiéndose publicado en 2024, no haya incluido también algunos
poemas del último libro del autor, Sobre el azar del mapa, de 2023, en
el que tan presente están también las nociones de lugar y meditación, tanto en
el
«Cuaderno de Sofía» como en el «Cuaderno suizo», buena muestra de esa curiosa
jugada de ajedrez del poeta con la que, en lugar de enrocarse en su territorio,
el que fundó ya en sus primeros poemarios, lo ha ido desplegando cada vez más,
ampliando jugada a jugada la posición de sus piezas en el tablero, para seguir
afirmando una verdad, su verdad poética, cada vez más sólida y más grande.
En Revista de Estudios Extremeños, número 2, año
2025. Diputación de Badajoz.
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