Son muchos, demasiados, los libros que se van quedando
atrás. Algunos de los que me llegan (en los que compro intento ir a lo seguro)
van directamente a una caja tras un vistazo rápido o a la inestable columna de
las lecturas pendientes, donde no pocos caducan. Las circunstancias familiares
han reducido aún más mi capacidad de maniobra en los últimos meses. A eso se
suma que ya no estoy dispuesto a leer por leer, porque leer así cansa. El
sentimiento de culpa es grande, no lo niego, pero asumo con la debida
naturalidad que uno no puede dar más de sí. Ni importa. Viene, en fin, esta
digresión a cuento de un libro al fin repescado (por poco se me escapa), el que
pedí en la carta de Reyes a mi hijo. Me refiero a la antología
El
tiempo está cambiando. Nueva poesía española,
de Juan
Marqués, el poeta, articulista, editor y crítico zaragozano residente en la
plaza de Legazpi de Madrid. Su voz o su tono, tanto da, me recuerda la frescura
y el ingenio de escritores como, pongo por caso, Juan Bonilla; de los que ni
tienen pelos en la lengua ni las ideas confusas; de los que han leído mucho y se
manifiestan con un desparpajo convincente, con una seguridad envidiable, grandes
dosis de ironía y un punto de arrogancia. Como cuando escribe: “La poesía no
existe para sustituir la realidad, ni nació para rectificar la vida, aunque no
ha de desentenderse de ellas, sino recrearlas y habitarlas de otros modos más
libres: la poesía es otro estatuto, otro molde, otro sistema, una traducción o,
mejor, una versión comprimida o desatada de lo que hay afuera, apegada a lo
real, con base en ello, pero también aparte”.
El libro, por lo demás, se publica en una de las colecciones
más significativas y certeras de la poesía patria: Vandalia, de la Fundación
José Manuel Lara. No es mal aval.
Porque uno, decía, se queda sin remedio atrás y porque ni
conoce todo ni lee cualquier cosa, agradezco las antologías. Desbrozan el inabarcable
panorama, una ventaja de la que la narrativa carece. No todas valen. Para que
sirvan de algo, el compilador ha de tener criterio. Y no valerse de ellas para
fines espurios. Marqués, que cree que “no existe un destino más triste que el
del antólogo” y afirma que no volverá a recaer en semejante empeño, lo tiene.
Para esto y para muchas cosas más relacionadas con la literatura, su
territorio. Basta con leer su último libro:
Creo que el sol nos sigue (Pre-Textos).
O sus artículos en
The Objective.
Frenar la avalancha de títulos y nombres y ser capaz,
además, de ordenar la mencionada escena, tiene su aquél. Me da que en esta
ocasión lo logra. En su florilegio da cuenta de la poesía escrita por poetas
nacidos en la década de los noventa del siglo pasado. 27 en total, un guiño
gracioso. Son estos: María Martínez Bautista, Juan F. Rivero, Manuel Mata,
Cristóbal Domínguez Durán, Claudia González Caparrós, Félix Moyano, Luis Bravo,
Candela de las Heras, Adrián Fauro, Juan Ángel Asensio, Carlos Catena Cózar,
Laura Ramos, Carmen Rotger, Laura Montes Romera, Javier Fajarnés Durán, Óscar
Díaz, Lola Tórtola, Rosa Berbel, Guillermo Marco Remón, Juan Gallego Benot,
Rocío Acebal Doval, Laura Rodríguez Díaz, María Sánchez-Saorín, Juan de Salas,
María de la Cruz, Aitana Monzón y Elisa Fernández-Guzmán.
Hombres y mujeres a partes iguales. Heterosexuales o no. Nueve
andaluces, seis madrileños, tres asturianos, dos gallegos, dos valencianos, dos
murcianas, una mallorquina, un aragonés y una navarra, si no he contado mal. Extremeños,
ninguno, y digo esto, ay, a sabiendas de que recurrir al argumento de lo que
falta o sobra en una antología es inútil y distinguir poetas por su lugar de origen
una paletada que casa mal con la evidente universalidad del arte.
Por lo que indiqué más arriba, la presentación del antólogo
es lúcida y enjundiosa. Va a lo concreto. O a lo justo. Ni pedante ni
académica. Y es breve, lo que siempre agradece el lector. Subrayo: “La poesía,
en el fondo, es siempre vanguardista”. Aunque “no sabría decir qué es”
(confiesa que cada vez le cuesta más “comentarla” o “definirla”), “podría
explayarme durante horas sobre lo que no es”, una frase que me lleva sin querer
a un poema de Montale.
Festeja uno que “lo que no hay” en su muestra coincida con
mis gustos generales: ni “refitolerismo” ni “engolamiento”. Ni poesía “caudalosa
en palabras” pero “hueca en emoción”. Ni hecha “con una fotocopiadora”, “previsible
y formularia”. La que escriben demasiados poetas empeñados en serlo. Esos versos
“sacados (...) de una sandwichera”: “totalmente impecables, sí, muchas veces
perfectos, y casi siempre rotundamente insignificantes”. La abúlica, la
epifánica, la metafórica... Concluye: “Tanto en la vida como en la literatura,
es muy importante no ser un pesado”.
Analiza después las distintas poéticas de los elegidos sin
renunciar a algunas consideraciones que afectan al género.
Desdeña, por ejemplo, “la planísima
«parapoesía»”. Y matiza: “Lo
que ha de hacer la poesía verdadera es lo de siempre: buscar el corazón de cada
cual, desconfiar de las muchedumbres”. Los pocos lectores, subraya, favorecen “la
libertad extrema”, más si el que se lanza es un poeta joven. “Tú di tu verdad”
es la consigna que recomienda a cualquiera que se aventure a serlo.
No termina con el prólogo la tarea de Marqués. A cada autor
le dedica una página que no se limita a lo biobibliográfico. Palabras
iluminadoras que favorecen, por su agudeza sin solemnidad, la lectura
posterior.
Para mi sorpresa, convencido como estaba de que conocía poco
y mal la poesía joven española, no pocos nombres me resultaban familiares y
algunos de sus libros, incluso, los había reseñado o simplemente comentado en
mi blog: María Martínez Bautista (hija de dos grandes poetas españoles
contemporáneos: Amalia Bautista y Julio Martínez Mesanza, una de las mejores
voces de la selección), Cristóbal Domínguez Durán (autor del excelente
Una
postal color sepia), Luis Bravo (“todo un caso”, según Marqués, que ha
publicado bastante en poco tiempo), Candela de las Heras (codirectora de
Anáfora,
que es más que una revista), Carlos Catena Cózar (comenté en
El Cultural su
ópera prima, “poemas que vienen a ser fragmentos de un discurso
infernal basado
en el fracaso (…), el pesimismo existencial y la desesperanza”), Rosa Berbel
(la primera de su promoción, y aun de otras anteriores, en publicar en la
colección Nuevos Textos Sagrados de Tusquets), Juan Gallego Benot (del que me
llama la atención, para bien, cierto regusto intempestivo o anacrónico), Rocío
Acebal Doval (dije en una recensión de su tono que era “algo entre lo furtivo y
lo delicado, entre la fragilidad y la vergüenza ―palabra que usa con frecuencia―,
entre la timidez y el titubeo. Ese ámbito sutil que se expresa con un lenguaje
efectivo, sí, pero en penumbra”) y Juan de Salas (último premio Ojos Crítico de
RNE con su espléndido
El siglo, que he reseñado también para
El
Cultural).
Sus poemas han vuelto a impresionarme. Pero no son los
únicos que me han convencido. La inmensa mayoría de estas páginas dan fe de una
poesía verdadera, y eso me alegra. Un conjunto de voces, por cierto, ecléctico,
como el gusto del compilador, algo que le honra. Por más que estos poetas pertenezcan
a la misma generación, no son una generación. Ah, y ni son tan crípticos (a pesar de lo
complejo que nos lo ponen a veces) ni tan simples (pese a ciertas simplezas
adolescentes) como se cuenta, dependiendo del intérprete.
El volumen echa por tierra definitivamente que vamos a peor o
que la calidad de la poesía de los jóvenes está tan devaluada como casi todo en
la vida cultural e intelectual (no digamos política) de este país llamado
España. Y ya que lo menciono, y como destaca Marqués, no poca de esa poesía
está directamente involucrada en los problemas de su tiempo (que es el nuestro)
y no le hace ascos a hablar de precariedad laboral, sexo, feminismo, falta de
vivienda, etc.
A modo de resumen, me quedo con la idea de que “el mejor
modo de honrar la tradición y agradecer lo heredado no es emularlo sino
conocerlo y prolongarlo”. Que “la lección de los clásicos es que no hay que
imitarlos en las formas sino en la intención”. Eso hace este puñado de poetas. Lo
celebro.