9.12.18

Medrano lee el "siroco"

El poeta Carlos Medrano ha publicado en su blog -un gesto desacostumbrado-, una amplia y exhaustiva reseña de mi libro. Se lo agradezco. Más que nada porque, más allá de la generosidad que demuestra (como la de todos aquellos que se han acercado a lo que uno ha escrito), se trata de una lectura lenta, honda y, ya digo, minuciosa, donde resalta el gusto por el detalle. Gracias.













(Tusquest, Nuevos Textos Sagrados, 303,
Barcelona, octubre, 2018)

Esta última entrega poética de Álvaro Valverde es su décimo libro de poesía si contamos desde el inicial Territorio (1985), que hace tiempo su autor menciona sin arrancar desde él el conjunto de su obra canónica, salvo por el poema de cierre destinado a Eliot; por tanto, una dedicación central, no episódica, sostenida y consciente extendida más allá de tres décadas de uno de los autores más conocedores, y a la vez sólido, de nuestra actual lírica. Libro materialmente cuidado y a la vez más voluminoso respecto a los anteriores, que lo convierte en un proyecto minucioso y denso, -75 poemas, si bien buena parte de ellos algo más breves de lo usual en las entregas anteriores-, y que se hace querer desde la portada con la inspirada y sugerente viñeta del pintor Salvador Retana que, amistad personal y literaria por medio, vuelve a colaborar así en la edición de un libro de Álvaro Valverde, quien en una cercana presentación ha calificado este dibujo como el primer poema del libro.

El libro, desde que fue anunciada su aparición un año antes, nos llegó a algunos de sus lectores envuelto, a través de las manifestaciones públicas y privadas de su autor, con reservas sobre su resultado y efectos, como aquel que previene de algún fruto inseguro o menor, lo cual para nada obró en perjuicio de su lectura pues esto no dejaba de ser una manera humilde y comedida de protegerlo y salvar así su entidad y su logro; o bien, una muestra del rigor de trabajo, que comparto, de no conformarse con el halago sincero y correcto de los lectores y amigos, sino con la última e íntima convicción de haber acertado, depurado, construido del mejor modo posible cada poema y el libro, en su conjunción y sentido, es decir, desde la conciencia exigente que regala, cuando es y llega, la sensación espontánea de lo conseguido.

Más allá de la expectación entendible y no exenta de emoción acerca del modo en que iba a ser recibido, presentimos -y participamos, pues, antes de recibirlo- de esas dudas acerca del acierto de su tono emocional, sobre el pulso de la creatividad al cabo de los años, sobre su propia entidad como libro unitario, que más bien eran y cabía considerarlas como un ejercicio sincero y sensato de un autor muy consciente y reflexivo de su obra, tanto en la decantación de su forma y lenguaje como en la de su construcción, enfoque y sentido.

En cambio, una vez con el ejemplar ya en las manos, la experiencia de entrar en su lectura no dejó de ser una sensación de escritura en conjunto placentera y renovada, pues esa diferencia de hasta mayor cuidado en la edición del propio sello Tusquest respecto a libros anteriores como Ensayando círculos o Desde fuera, constituía parte del logro de esta entrega. Ante todo, el lenguaje concreto y limpio de Álvaro Valverde seguía desde el arranque identificando el hacer de este autor sin el menor desmayo. La emoción del poema surge de esa misma concisión depurada capaz de describir en nítidos trazos cualquier detalle de su entorno integrando a la vez antes del cierre del mismo el hallazgo del modo de mirar o la vivencia, reflexiva también, en la que como propósito consciente evita recurrir a soluciones de alarde recargado o efectista. No es una poesía que opte por el virtuosismo sino por una elementalidad expresiva -usar las palabras cotidianas- incluso llevada a más, con sus riesgos, en algunos de los últimos poemas del libro. El autor ha hablado recientemente de su predilección por el “lenguaje pobre”. El hallazgo lírico del poema está en la captación de unos detalles de la realidad descritos desde una mirada singular consciente del sentido del tiempo. Y en el ritmo de estas composiciones, más inclinadas hacia el metro breve, no sólo se concreta en unos frecuentes, logrados y no pocas veces muy bellos heptasílabos sino en algunos ejemplos de una grata combinación de estos con el endecasílabo que aportan una agilidad renovada sobre el reconocible ritmo y cadencia valverdiana, también presente en poemas de este libro, y tan capaz para ese poema habitual suyo de amplio aliento, reflexión y acopio.

Otro elemento sorprendente y constitutivo de esta obra concebida como refugio poético contra el tiempo -donde la experiencia del que escribe permite un espacio a salvo para el lector y el poema concede un recurso lleno de humanidad por el testimonio personal que recoge y su reflejo del mundo- es la presencia admirable y lograda de no pocos poemas inusualmente íntimos, de una confesionalidad tan abierta y honesta como delicada. El papel acoge sin reserva la longitud del riesgo y el sabor y medida de lo vivido, como cuando nos deja las sensaciones internas de esos logros vitales material o espiritualmente recorridos, o el reconocimiento de los seres cercanos desde la verdad de ese acompañamiento, algo que en este libro abarca no sólo el territorio familiar y amoroso sino el de los amigos homenajeados y próximos a pesar de la muerte -Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo, Ricardo Senabre, Fernando Pérez González...-, pues el autor reconoce que no sería “el mismo sin tenerlos”. Pese a ya no estar, sabemos que parte de lo que somos es por ellos, y el presente permite que si por el recuerdo permanecen, ahí, desde esa intemporalidad, ellos nos viven. Frente al Siroco, se alza la voluntad y la conciencia. Y mucho más cuando la causa son los otros.

La zozobra del autor ante el desgaste de vivir a diario es expresada en estos poemas a amigos o de carácter amoroso en un equilibrio y un tacto admirable, procedente de un alto modo de concebir a estos seres queridos como partes imprescindibles de sí mismo y, por supuesto, es producto de un especial don poético concretado en el modo de decir y sentir que aquí va sin más filtros que la mención de la verdad interior y el impacto de lo mínimo. Como sostiene y recordaba hace poco Fernando Aramburu en un artículo, lo poético es aquello que va más allá de la propia escritura canónica del verso y puede transcenderla, máxime, como ahora, cuando proviene de decantadas actitudes, estados, perseverancia y retos que nos llevan hacia la verdad de un modo sostenido y tácito, “hacia adentro”. La intimidad personal, no la de los espacios, había hecho su eclosión, sin demérito alguno, en el precedente Más allá, Tánger, donde ambas, como aquí, se suceden. Ahora, en El cuarto del Siroco, continúa aflorando sin pudor o reparo intelectual que la desmerezca, sino al contrario, e invita, en su elementalidad de lo breve e intenso, a recordarla incluso sobre otros poemas más complejos.

El libro se despliega así en su avance y desarrollo -y eso es también una modulación ante otros anteriores-, como un diario poético donde aparecen distintos materiales que se combinan y alternan: estampas de paseos por rincones urbanos de Plasencia, las veredas del río, el entorno de los valles y sierras, aves como los mirlos que cruzan este libro y tanto llamaron la atención a lectores sutiles que nos los señalaron antes de leerlo... El poeta nos habla de ese gusto -ya antiguo- por los lugares que parecen perdurar más allá de lo deletéreo del tiempo, tan consciente ahora mismo. Destaca esa declaración del espacio como un "presente eterno". Y el autor halla la clave: "Tal vez por eso escribo / acerca de lugares. / Sitios donde la muerte / simplemente es más lenta." Pero a la vez aparecen otros enclaves igualmente vividos o definidores de quien los describe, desde el admirable poema a las calles de Azuaga, a la memoria del sur con sus palmeras agitadas por el levante del litoral de Cádiz, o ámbitos más lejanos rescatados a través de figuras recreadas en primera persona o desplegados desde las lecturas capaces de saciar la aventura vital de este viajero inmóvil -por usar el feliz título de un poeta como Javier Dámaso-, y diría que incesante, que es todo lector ávido. Los cuales conocen cómo el mundo les llega, y sus seres, con sus zozobras e inquietudes, a través de su esfuerzo relatado en los libros. Y así la escritura es el diálogo permanente a salvo del Siroco aun en las peores circunstancias.

El cuarto del Siroco combina los espacios interiores de la reflexión de un hombre que camina poco antes de los sesenta años hacia ese tercio postrero de la vida y expresa su respeto ante el adelgazamiento del tiempo y su capacidad de vencernos por encima de balances y logros (la vida camina hacia su final, casi sin darnos cuenta), y se sabe deudor de su vieja tendencia al pesimismo, la melancolía y el miedo, y lo hace junto a otros espacios luminosos o diurnos, externos, donde las formas y elementos representan el rastro de una identidad elegida en el entorno, recreando las señales y el trazo de la vida que nos queda en los labios. Sobre todo es un libro diurno, sometido a la claridad de la luz y al relieve concreto -léase No humo- de los elementos del mundo, en especial el propio.

El gusto de Álvaro Valverde como lector por la literatura confesional y diarística tiene aquí su propio reflejo poético, y el modo en que se enhebran los poemas responde a esa heterogeneidad de los múltiples estados y tareas que atendemos, nos suceden, asaltan y nos interesan a lo largo del día, y nos deja la suma de un devenir concreto o un mapa de la vida en su diversidad de componentes. El libro sucede como un abanico gradual de elementos que constituye el vivir a lo largo de un tiempo, en esa soledad acompañada de la escritura compartida que recoge lo que se ve, se estima, se reflexiona y se valora. En esta preferencia por los espacios sucesivos y cotidianos nos llegan los escenarios del autor desde su cuarto de lector a las calles de su ciudad y por extensión de otras ciudades y ámbitos naturales que le rodean e identifican.

No es un libro más, ni tampoco es un libro menor o de transición. No estaba escrito -y menos así- antes. Su factura, si algo tiene de diferente, no atiende a una exigencia más relajada o de escritura menos sistemática. Es más bien que el trazo germinal de este libro se da desde estas referencias personales: el entorno, las personas cercanas y las propias sensaciones. La renovación poética que antes he mencionado llega también en la factura de poemas dispuestos en prosa, Una elegía, Mujeres o Noche por ejemplo, que aprenden a alejarse progresivamente de una rítmica métrica. Por suerte, el libro tiene una riqueza de matices y elementos que sin pretender aquí agotar esperan la atención de sus lectores, porque hay una variedad, hacia adentro y afuera, de motivos tratados con la espontaneidad de lo que es un recorrido vital y por tanto sucesivo. Y así se presentan los poemas en un todo continuo no separado.

Llamativa es la presencia del agua a lo largo del libro que discurre desde el primer poema o sirve para trazar una poética -”tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed”- y cruza páginas con su claridad, su genésica fuerza y su misterio. Aguas y cauces que brotan y pasan pero nunca acaban -”duran”- y permiten la permanencia del relieve de la vida y el tiempo. O el elogio de la lectura, del saber. O los espacios rescatados desde la perspectiva inusual, como el elegido para un Cáceres enfocado de otro modo, o el minuciosamente rico como en Évora, que se nos presenta bajo el sabor de lo intensamente vivido, anhelado e identificador de un concepto de vida volcado hacia el conocimiento y el alcance del mundo por los libros. El paisaje no sólo aparece desde la amplitud de los espacios abiertos, sino a través de lo menor muchas veces, de un elemento singular -los árboles, las aves o las piedras- y dota al libro de una sensación pictórica de estampas salvadas por la imagen de las palabras, no pocas veces desde una mirada inédita. Así, de un viejo cerezo aprendemos que “Su grueso tronco / no se aferra a la tierra: / la sujeta.”

Y ante todo la reflexión, en cualquier momento o unida al lirismo, pues el hombre que mira -el autor- no deja de concebir y captar su experiencia y de reconocerla al valorarla. Destaca la reflexión esbozada en numerosos apuntes rápidos, no sólo en los poemas donde su extensión acoge mejor lo meditativo, pues en los poemas de metro y extensión breves se encuentra este rasgo testimonial de sentir el transcurso como una pincelada más que completa el dibujo en la imagen captada del presente.

Si se me permitiera una discrepancia ante la alta lección no pretendida de este libro, y que merece la pena anotar y extender en nuevas relecturas, yo señalaría la extrañeza ante la elección del poema final que más bien hubiera situado en otro emplazamiento por la intensidad o crudeza de sus afirmaciones. Lo que abre y cierra un libro tiene siempre su valor de declaración y balance. Al llegar a este poema se da un choque inesperado y no deducible de todo lo leído antes y, como conclusión de esta obra, tal vez cargue en exceso la sensación de lo adverso, de ese Siroco, que de este modo no deja de soplar ni queda ajeno a quien lo escribe. Porque el soplo devastador de este viento para quien lo reconoce y el lugar desde donde sopla termina siendo una raíz o un pozo interno propio, no percibido desde fuera como el paso de las estaciones y de los cielos, sino desde un pulso periódico interior en su manifestación, requerimientos y sus ritmos. Y de hecho, por poemas como este, vemos que la concepción del poeta de lo externo transmite un bienestar y comprensión superior, diferente al enfoque mostrado aquí de desolación hacia dentro. La vida, en sus elementos expuestos en este libro, es positiva en un grado mayor que el peso percibido por el autor de sí mismo.

Si poco antes en el poema Así se nos había dicho que “la luz, la brisa, el agua / favorecen la idea / de que la vida es dulce, / sereno este vivir ante el abismo”, y quien había dicho antes “que no todo perece, / que otra vida es posible”, en este autorretrato de cierre nos fustiga con una impresión más amarga y no desasida de un inevitable fatum. Frente a lo que hacia afuera elevaba o redimía, hacia adentro el autor siente un claroscuro no resuelto: “la muerte se le acerca”, en lo que hace no ve “más motivación que la costumbre”, se “camina con un turbio pasado a las espaldas”, se contempla a sí mismo como “el que ignora que existe la alegría, el porvenir”, y hasta “el amor sólo es quimera”… y quien al menos “resiste sereno la intemperie” sin embargo “no consigue ni darse por vencido”. El cuarto del Siroco al cerrarse de este modo no esconde la sensación pesimista de un hombre desprotegido cuando se queda a solas con el viento dentro de las rodillas. Otros refugios han complacido previamente al mismo personaje, claustros, jardines, libros, calles, así como la amplitud y frecuencia de los cauces y al fondo las montañas en cuyas cumbres cifra la serenidad del misterio en que hubiera querido con más frecuencia -como en el deseo ascético de fray Luis-, elevarse y, de hecho, se serena, se eleva.

Hay más lecturas posibles si se miran otros detalles que aparecen y se despliegan variadamente dentro de este libro tan grato de leer como minucioso. El autor en sus tres citas iniciales ha declarado el juego sin reservas del ejercicio de testimonio personal que entrega: “la poesía es la meditación de la vida” (Kenneth Koch), “hay demasiado de mí en mi escritura” (Anne Carson), y -aproximada traducción- “sentí en mi piel Sirocos” (Emily Dickinson). En los 75 poemas que modelan el libro no hace más que confirmarnos lo antedicho. Podíamos añadir una afirmación más tras cerrarlo: “y en mí habita el Siroco”. La sinceridad del poeta es tal que no finge los momentos teñidos de este modo pese al trazo concreto y luminoso de los espacios, elementos y vivencias participadas de su mundo.

Al final, la escritura y la vida conducen a uno mismo, y la palabra es el cauce que expresa y une todo, y comunica. Hay quien descubre la plenitud de su transcurso en la escritura y desde ese lugar se entrega, organiza, comprende y justifica su vida, quizás así más a salvo de nuestra naturaleza temporal y fugaz de la que nadie, por fuerte y feliz que sea, es capaz de escapar y salvar de la muerte. En la tinta se guarda la resistencia y las formas sensoriales y físicas de quien, desde su clara identidad y lucidez con las palabras, espera y nos describe con la luz de los días el lugar elegido de su vida y su casa.

No estamos ante un buen poeta más, sino ante uno de los que desde hace muchos años nos acompaña y cuya palabra y esfuerzo aún siguen explorado las sensaciones fundamentales de la razón de escribir y de entender la experiencia de la vida y el tiempo.

Carlos Medrano,
Artá, nov/dic.2018


OVAS

Esas algas de agua
que aquí llamamos ovas
también estrenan verde
ahora en primavera.

Un tono tan intenso
como el de todas las hojas,
que debajo del agua
cobra un matiz precioso.

Bailan en la corriente,
las observo moviéndose
y esa danza ondulada
me recuerda que antes,
hace apenas dos meses,
eran sombras apenas
bajo el curso del río.

Han resistido, vencen
a crecidas, a rápidos,
a la cruel turbulencia
del caudal en invierno.

Son un ejemplo, duran,
fueron nada y son todo
esta tarde de mayo
en que esplenden al sol
mientras paso a su lado.

7.12.18

El Kursk

Ahora que vuelve a la actualidad, dieciocho años después, el submarino ruso gracias a la película dirigida por el danés Thomas Vinterberg sobre la tragedia de su misterioso hundimiento en el mar de Barents con 118 tripulantes a bordo, recupero un poema que escribí a ese propósito. Se publicó en la revista Clarín



CARTA A JOSEPH BRODSKY
(Con motivo de la pérdida del Kursk)

Recordarás el poema Convergencia de dos,
de tu admirado Thomas Hardy,
aquél que dedicara al hundimiento del Titanic
pocos días después del accidente
y que tú comentaste verso a verso
en un extenso ensayo memorable.
Pues bien, querido Brodsky,
en el mismo océano, el Atlántico Norte,
ha vuelto a repetirse la tragedia.
Un nuevo naufragio ha saltado a las páginas
de todos los periódicos y hablan de él
los noticiarios de la radio y los informativos
de la televisión pasan imágenes  
y son innumerables los sitios que en la red
tratan del tema. Esta vez no es un barco
indestructible el que se ha hundido,
ni su bandera era británica, ni eran sus pasajeros,
en su mayor parte, millonarios, 
ni esta travesía era un viaje
al hielo y a la nada.
La nave era un moderno submarino,
el Kursk era su nombre,
nuclear y también invulnerable,
perteneciente -lo que no dejará de hacerte
cierta gracia- a la potente flota rusa.
Iba, tal vez, de maniobras.
No se topó con ningún iceberg,
ni fue atacado por ningún enemigo
y ni siquiera se puede decir que navegara
por aguas turbulentas. Más de cien hombres,
entre oficiales y simples marineros,
han perdido la vida. Sí,
a la hora fatal de los balances,
eso es todo.
Te gustará saber que las autoridades
de tu patria perdida
estuvieron desde el primer momento
a la tradicional altura de su inepcia.
En aras de insondables secretos militares
condenaron a muerte a esos muchachos.
No les tembló la mano.
Son hábitos, supongo,
consolidados en Chechenia.
No te oculto que hay algo de terrible
en todo esto. Más allá de las meras estadísticas.
Ya sé que ni este submarino era el Nautilus,
ni el comandante se llamaba Nemo,
ni iban a la busca de ninguna utopía.
Es mucho más prosaico.
La claustrofobia, el frío y el calor,
dormir sobre torpedos,
comer pura bazofia, trabajar sin horarios,
todo eso a razón de cincuenta miserables
dólares USA al mes. Lo anunciaba una madre
entre sollozos, poco antes
de que fuera sedada y enviada, sin duda,
a cualquier manicomio.
Tú sabes de qué hablo. Alguien ha dicho
que Rusia es también un submarino
que espera su agonía, panza abajo,
sobre un lecho de arena.
Al fondo yace -opaca y sin fulgor-
su vanagloria. Alrededor,
agua y acero. Un submarino
con gente que golpea las paredes
y lanza ahogados gritos de socorro.
Gente a la espera
de que un submarinista americano
o que un buzo británico o noruego
abra por fin las escotillas
y certifique de una vez su muerte.

6.12.18

Islas

La veterana revista malagueña Litoral, que dirige Lorenzo Saval, dedica un número a las islas. Es una auténtica delicia. Una maravilla tipográfica y literaria llena de textos espléndidos e ilustraciones memorables. El sumario impresiona. Es un auténtico archipiélago poético, en el más amplio sentido. Un regalo perfecto.
Según Saval, «se escucha el eco de innumerables islas en el sentir de cientos de artistas e escritores. Islas utópicas, míticas, paradisíacas, fantásticas, la postal del arte y la literatura haciendo turismo por todas las épocas y todos los mares. Desde aquellas islas que ambientaron nuestra imaginación de pequeños, tierras rodeadas de misterio, aventuras y tesoros hasta completar un largo crucero donde se recogen esas muestras, y señales que ha dejado la literatura y el arte en estas aisladas geografías».
"Las islas son un misterio. Nacen desde los abismos marinos empujadas por fuerzas telúricas, son separadas de los continentes por la actividad sísmica o se materializan por condensación del magma volcánico al contacto con el agua. Han sido y son testigos mudos, pero activos, de la Historia", leemos en la contraportada. Y: "Al mantenimiento de la leyenda ha contribuido la literatura con títulos como Robinson Crusoe, La isla del tesoro, Utopía, El señor de las moscas, La isla del Dr. Moreau, Viajes de Gulliver, La isla misteriosa… Los poetas también han sido tentados por esta magia desde los tiempos de Homero y la Ítaca de Ulises, la isla mitológica que Lord Byron quiso comprar. Asimismo, los pintores han sucumbido al encanto: Canaletto, Turner, Picasso, Pissarro o Pollock, por citar unos pocos. Incluso, trasladaron su residencia a remotas islas, caso de Gauguin, del mismo modo que lo hizo su coetáneo R. L. Stevenson."
Los responsables del monográfico, con Antonio Lafarque al frente, han tenido a bien incluir un par de poemas míos en la muestra: "Strómboli" (que se publicó en Lugar del elogio, mi desconocido segundo libro, de 1987, que formaba parte de la colección la Centena, de la Editora Regional de Extremadura, un proyecto de Antonio Gómez) y "Little Cornwallis Island" (un poema de Una oculta razón). Sólo me cabe añadir que, además de compartir página con Clara Janés, me ha encantado que la ilustración elegida para los versos inspirados en esa isla volcánica situada al norte de Sicilia sea una fotografía de mi admirado Bernard Plossu.



5.12.18

La materia secreta de las cosas

Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) no fue un poeta precoz. Ya era médico cuando su primer libro, A este lado del alba, logró en 1983 un accésit del premio Adonais. A éste le siguieron: Los bosques interiores, La mirada apacible, Al final de la tarde, El cielo de las cosas, Para guardar el sueño, Entre una sombra y otra y Las estaciones lentas. En 2010 publicó su poesía reunida: Los bosques de la mirada. Después han llegado Cristalizaciones y el libro que nos ocupa, Esperando las noticias del agua.
Conviene recordar que en su bibliografía figuran dos libros en prosa que son en realidad de poesía, por el asunto del que se ocupan y por la escritura que los caracteriza. Me refiero a El cuenco de la mano y La creación del sentido.
Con una obra así de extensa y, lo que más importa, de una sostenida y excelente calidad, cualquiera podría pensar que estamos ante un poeta canónico, de los reincidentes en las antologías generacionales y en los manuales, sin embargo, dista de serlo salvo para un nutrido grupo, cada vez más amplio, de exigentes críticos y lectores que esperan cada una de sus entregas con auténtico fervor. Lectores, añado, que han comprendido no sólo el alcance de su obra, título a título, sino también la singularidad de su apuesta, única en rigor dentro del panorama de la poesía hispanoamericana de nuestro tiempo. La poesía de Sánchez, por muchas lecturas que incluya (no estamos ante un poeta adánico), es la de alguien que ha alcanzado una voz propia que identificamos, naturalmente, con los versos que compone.
Cuesta creer que estos se hayan tenido que imponer, libro a libro, a costa de premios y ayudas y no por la soberana decisión de un editor. Pero eso, cuando tenemos sus poemas delante, interesa muy poco y, además, acrecienta su consideración, pues se trata de galardones de prestigio (Ricardo Molina-Ciudad de Córdoba, Tiflos, Gil de Biedma, Unicaja, Extremadura a la Creación…), conseguidos limpiamente.
Pre-Textos, la acreditada casa valenciana que ya publicara su tercer libro y La creación del sentido, vuelve a apostar por él e incluye en su catálogo, y en la más bonita de sus colecciones: La Cruz del Sur, Esperando las noticias del agua, que desde el rótulo comienza a inquietar al ávido lector que se pregunta por el significado de esas misteriosas palabras. Y es que, digámoslo pronto, misterio es la palabra que mejor define lo que el libro expresa. Su autor, que ha demostrado de sobra su capacidad indagatoria y su inteligencia lectora, dice en una nota final: «Esperando las noticias del agua es un poema único compuesto por cuarenta y ocho fragmentos que, de una forma alegórica y utilizando como hilo narrativo el amor entre dos jóvenes, reflexiona sobre la entereza y la perseverancia como únicas maneras de sobrevivir al extravío ético de nuestras sociedades actuales. 
Sin apenas anclajes geográficos o temporales, el poema construye el escenario mítico de un paisaje rural en extinción para indagar en las actitudes que, a modo de resistencia activa de carácter moral, nos pueden ayudar a superar las inclemencias de una época que en muchos de sus aspectos esenciales adolece de inanición y de sequía».
No siempre el que escribe es capaz de iluminar a quien lee de esta manera. Tan elocuente, diría. Es este par de párrafos está bien definida, no sólo la intención sino también el resultado de un libro tan breve como intenso dedicado a una figura clave en su vida, y de esta obra: su mujer, Maribel. Y eso porque el amor, ya se dijo, es uno de los pilares en los que se asienta esta poética de la bondad que nunca pierde de vista ni la verdad ni la belleza.
Confiesa Sánchez que a la música de Brahms le debe una inspiración sobrevenida. Musical es, por su tono y su ritmo, esta poesía lenta que, poco a poco, se va apoderando, a medida que avanza la lectura, de los oídos de un lector que se deja llevar por su cadencia, digamos, callada. En lo visual, otro componente imprescindible, la iluminación le vino de un óleo de Millet: “Bergère avec son troupeau”.
Anoto estos detalles porque, como explicamos, el marco, lo temporal y lo espacial (aunque aquí caben más los términos intemporal e inespacial), no se explicita, queda sugerido, algo que añade misterio, de nuevo esa palabra, a los poemas. Ya en el primer canto leemos: “Pero fui yo el que estuvo / sentado junto al pozo / esperando las noticias del agua”. Desde el principio también, un ambiente bíblico, que en fondo y forma, se acerca a lo religioso, por más que no estemos ante ningún tipo de doctrina. O tal vez sí: la del humanismo, de genuino origen cristiano, que viene siendo santo y seña de la poesía moral y consciente de Basilio Sánchez desde su ópera prima.
Con sutileza, a través de un lenguaje altamente imaginativo, que a rachas parece el fruto de la más elevada inspiración (aquella que linda con la mística), alegórico en todo caso, construido con palabras comunes que remiten a conceptos metafóricos y simbólicos complejos, como luz, fuego, noche, pájaro, etc.; a seco golpe de aforismo (“El tiempo es la materia de los árboles”, “La emoción es un temblor del sentido”, “El dolor es un drenaje secreto”); en medio de un vislumbrado paisaje entre ameno y desértico, vegetal y apocalíptico, propio de cualquier fin del mundo o del inicio de una nueva era; “en los confines / de la ausencia de Dios”; entre ángeles rilkeanos (“Todos necesitamos de consuelo”); dentro de la casa del amor (“Donde un hombre y una mujer se aman / sin temor y sin cólera / siempre ha habido una casa”); dentro incluso de los muros de una ciudad concreta (el Cáceres natal de Sánchez): “La ciudad es hermosa / porque nunca dejó de ser secreta”, se obra el milagro. El de la poesía, cuál si no. De donde surge, por encima de las ruinas, “el esplendor modesto de su inmensa pobreza”, “el inmenso regalo de la vida”, “la alegría de los tristes”. Porque “todo obedece a un orden / que ignoramos, / participa de una vida secreta”. La que “nos enseña a soportar la intemperie”. Aquí, sí, “la elegancia de lo invisible”: Lo secreto que “sobrevive sin agua”.

Esperando las noticias del agua
Basilio Sánchez
Pre-Textos, Valencia, 2018.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 128 de la revista TURIA.

4.12.18

Simic dixit


Charles Simic | © Aaron Clamage / Valparaíso Ed. Tomada de m'sur.

"Lo único para lo que siempre ha sido buena la poesía es para hacer que los niños odien la escuela y brinquen de alegría el día que no tengan que ver más otro poema. Todo el mundo entero coincide en ello. Nadie en su juicio, jamás, lee poesía. Incluso entre los teóricos literarios de hoy día está de moda señalar como inaccesible toda la literatura, especialmente la poesía. Que algunas personas todavía continúen escribiéndola es una rareza que pertenece a alguna columna 'Créalo o No' del periódico".
Así empieza el artículo "El lío de la poesía", del polemista Charles Simic, publicado en la revista Transtierros. Más adelante dice:
"La poesía está muerta, han gritado felizmente por siglos los enemigos de la poesía y aún lo hacen. Nuestros poetas clásicos, nuestros profesores en boga nos lo han dicho —en tanto que ellos no son más que un manojo de propagandistas de las clases gobernantes y de la opresión masculina—. Las ideas una vez promulgadas por los carceleros y asesinos de los poetas en la Unión Soviética son ahora un gran éxito en las universidades americanas. El esteticismo, el humor, el erotismo y todas las otras manifestaciones de la imaginación libre son sospechosas y deben ser censuradas. La poesía, esa tonta diversión de lo políticamente incorrecto, ha dejado de existir para nuestras clases educadas. No obstante, a pesar de ellos, la poesía se sigue escribiendo".
Y añade: "Mientras los seres humanos se enamoren y compongan cartas de amor, los poemas tendrán una razón de ser".
No estaría de más, como complemento, deleitarse con otro artículo del poeta de origen serbio publicado también en la citada revista: "Por qué sigo escribiendo poesía".
El que quiera más (y los habrá, a buen seguro) pueden leer un libro fundamental que no me canso de releer y que ya he mencionado por aquí un par de veces. Me refiero, sí, a La vida de las imágenes. Prosa selecta, editado por Vaso Roto (en su colección Umbrales) y traducido por Luis Ingelmo. De nada.
Por cierto, Javier Rodríguez Marcos le ha entrevistado para El País en la FIL de Guadalajara: "Yo tenía vuestra edad cuando empecé a escribir”, cuenta Simic sin perder la sonrisa. “Mis amigos del instituto aparecieron con sus poemas y me dije: ‘voy a intentarlo’. Escribí uno, lo leí: ¡no podía creer lo bonito que era! Al día siguiente lo releí. Me pareció terrible. No podía enseñárselo a nadie. Así que empecé a leer poesía en la biblioteca pública. Luego volví a escribir. Mejor. Sesenta años después sigo teniendo esa sensación: una mezcla de entusiasmo y decepción. Nunca terminas un poema, solo tratas de convencerte de que está bien y dices: ‘déjalo así”.
Para terminar, un anuncio: la salida en la editorial Vaso Roto, en traducción de Nieves García Prados, de Garabateando en la oscuridad, un libro que publicó Simic en Estados Unidos el pasado año.

2.12.18

Vilas y la "parapoesía"

Jeosm
Mi admirado Fernando del Val entrevista a Manuel Vilas en el último número de la revista Turia, que conmemora sus primeros treinta y cinco años de vida, ¡enhorabuena!, y que, como siempre, viene cargado de propuestas interesantes (como una extensa conversación, a debida distancia, de Fernando Aramburu con Emma Rodríguez). 
Del Val cuenta que Vilas vuelve de Estados Unidos para una breve estancia y le proponen impartir un curso de escritura creativa. Antes ha afirmado que el autor de Ordesa "En el tótum actual de la poesía se siente como pez fuera del agua". Entre los alumnos, Marwan. "¿Pero tú que haces aquí?, si vendes mucho más que yo". "Percibí su deseo de mejorar y hacerse respetable", concluye Vilas. 
El entrevistador explica que "Si le toca leer tras uno de esos poetas, la gente se marcha. "Me quedo solo. Pasan de mí. ¿Por qué? Porque lo mío y lo de ellos no tiene nada que ver. Ellos son internet, las redes sociales y una generación, en general, poco exigente".
"Asisto al fenómeno -confiesa Del Val- con igual estupefacción". "Dejémoslo claro: no es un movimiento poético -remata Vilas-. Es un movimiento sociológico. De hecho no incide en la literatura. No hay literatura. Es un fenómeno social".
Si Manuel Vilas lo dice, que de estas cosas sabe mucho, uno se queda más tranquilo. 

1.12.18

Cuanto sé de mí

Si en lugar de haber publicado Patria a los 57 años de edad, con un puñado de libros a sus espaldas y un acreditado prestigio en el panorama literario hispano, el éxito extraordinario obtenido por esa novela le hubiera pillado a Fernando Aramburu con veintitantos y esa hubiera sido, pongámonos estupendos, su ópera prima, los lectores y la crítica habrían estado esperando su siguiente obra con la punzante intriga, mezcla de fervor y mala uva, que suele caracterizar el carácter patrio. Las cosas, sin embargo, no se han desarrollado así. Tras 27 ediciones y 700.000 ejemplares vendidos, según las últimas estadísticas, a Patria le ha sucedido un libro que habrá desconcertado a más de uno. La jugada estaba calculada. Aramburu no es un aficionado. A aquélla le sucede en su ya extensa lista de títulos Autorretratosin mí, una paradoja en sus términos, sesenta y una piezas en prosa que, no obstante, pueden ser calificadas de poéticas. Por la poesía empezó su andadura el escritor vasco afincado en Alemania. De la mano de CLOC de Arte y Desarte. “Contraje la poesía a edad temprana”, confiesa. Al parecer fue Lorca quien le contagió “la enfermedad incurable de la poesía”. Para demostrar que ésta no le es ajena, reunió en Yo quisiera llover (Demipage, 2010) versos escritos entre 1977 y 2005. Antes, ya había afirmado: “Yo, con todos mis respetos, creo que hoy por hoy la poesía prefiere que la exprese cierto género de prosistas”. Él es uno de ellos. Y eso ha hecho. No con la sutileza que ha usado en su narrativa, corta o larga. En este autorretrato la apuesta lírica ha sido otra y no en vano el libro aparece en Nuevos Textos Sagrados, la colección poética de su editorial de toda la vida, Tusquets, aunque no con el diseño que la caracteriza. Basta con leer “Polvo de hombre”, “El hueco”, “El hilo”, “Réquiem por el tiempo”, “Pájaros”, “La medusa”, “El sable” o “Mirlo”. Hasta la disposición tipográfica lo delata.
A propósito de esta entrega, Aramburu ha declarado: “Es un ejercicio literario de introspección pero lo que ofrece no es una sucesión de datos autobiográficos sino un paisaje en el que confío que cualquier lector se pueda reconocer. Me propuse verbalizar lo que me constituye como ser humano”. Sí, la palabra “hombre” abunda en estas páginas. Su humanismo, digamos, en ineludible. Desde la primera línea: “Habito desde que nací en un hombre llamado Fernando Aramburu”. Y más adelante: “No he sido nada del otro mundo, un simple hombre atareado en juntar signos frente a la noche”. O: “Yo, simple hombre de soledad y libros”. También: “Ser humano es mi vocación, mi tozudez y mi condena”.
El de la identidad es un asunto central en este empeño. “¿Quién, de todos los que he sido, soy yo en verdad?”, se pregunta. Y añade: “De mí podrán decir cualquier cosa salvo que fui definitivo”. Del primer al último capítulo, el borgeano tema del “otro” está omnipresente. Ese “otro” que es, por seguir el título del libro del poeta argentino, “el mismo”. Ese yo que es otro y, además, los otros, sin cuya concurrencia aquél no existiría. Una identidad, cabe precisar, sustanciada en la soledad (“escogida”), en la cualidad del solitario, ya se dijo. En “Concha de caracol” leemos: “Yo no tengo más alma que estar solo”. Y: “Yo apenas me alejo de mi soledad”. O: “Yo estoy tan solo a solas como en presencia de los otros”. Y, por fin: “Soy de mi soledad”. En otra parte leemos: “¿De dónde eres? Soy de mi soledad, el país que jamás abandono vaya a donde vaya”.
Ya se ve que “yo” es una palabra que, como es lógico, se repite. Este es un relato de autoafirmación. Pero es un yo rodeado. Quiero decir que en su soledad y, por ende en su ensimismamiento, participan otras personas muy cercanas al autor de esta suerte de meditación con trazos de memorias. Así, su padre. Aparece pronto en escena, en el tercer fragmento de este puzle que, una vez terminado, da en un fiel retrato de quien lo concibió. Hablo de “Viejo”. Y su madre, a la que dedica una pieza con ese título. Y su mujer, claro, “la Guapa”, la misma que llamó al timbre de un piso de Zaragoza y cambió para siempre la vida de Aramburu (a la que dedica una de sus novelas más poéticas, Viaje con Clara por Alemania). De la que dice: “Hasta hoy (me está esperando a la vuelta de la esquina) permanecerás con la mujer, sin la cual tu vida entera, créeme, no tendría más consistencia que el barro seco”. Léase “Beso”.
Y sus hijas: Cecila, la del piano, e Isabel (ha explicado que “sufrió una meningitis que le dejó secuelas”), con la que aprende la compasión: “Nadie me ha conferido tanta forma como tú”. Y la inocencia.
En “Amor” escribe: “Amar, lo que se dice amar, he amado a pocos; pero juraría que a esos pocos los he amado mucho”.
El que en 1985 dijo: “La sintaxis soy yo”, no puede olvidar que, al final, es alguien que escribe. “Yo me afané con las comunes palabras del idioma castellano”. Palabras “baratas”, “de todos”. De una lengua que se ha convertido en “la más firme y duradera de mis pasiones”. “He sido (…) un hombre entregado al arte laborioso (que es oficio y es pasión y es juego) de expresarme por escrito”. De ahí que el lenguaje sea sustento básico y necesario de un libro que basa su existencia, más allá de lo testimonial, en su vocación de estilo, otro rasgo distintivo de Aramburu. De ahí que dedique no pocas páginas a indagar sobre su oficio, que empieza por su destino de lector (“La bofetada de 1971”).
“Constato solamente”. “A mí me basta la realidad”, declara, y en lo que tiene de cotidiana sustenta algunos aspectos de su intimidad como cuando se refiere a su cara, a sus manos, a su perro, a la cama, a la “manzana matutina” que se come a diario o a ese terrible diagnóstico que, por suerte, resultó equivocado. En pos del “arte tranquilo de morir”. Pero cuidado, “Que lo raro es vivir”. “Ardua es su tarea no elegida de existir”. Se constata fácilmente. A esa perplejidad dedica el autor de Ávidas pretensiones tal vez lo mejor de sus creaciones. Desde la posición de un melancólico vitalista: “Me gusta la vida, qué se le va a hacer”. A pesar del miedo (“Grande es la noche, negra y sin consuelo”). “Feliz de ser feliz”.
Ve la vida Aramburu desde la ventana de su estudio que da a los abedules (“Mi ventana y mi vida dan al norte”) o desde las orillas del mar Cantábrico, en su natal Donostia-San Sebastián. Pero sobre todo desde la calle, en medio de los demás. Su humanidad así lo exige. “Vengo a decirme la verdad”, leemos, y podemos dar fe de que así ha sido.

Autorretrato sin mí
Fernando Aramburu
Tusquets Editores, Barcelona, 2018.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 128 de la revista TURIA. Ah, de Patria acaba de aparecer la trigésimo primera edición. El dato que di cuando escribí esta reseña ha quedado desfasado. ¡No!, me corrige Zoki: trigésimo segunda. Diez mil ejemplares más. ¡Uf!

30.11.18

El lector Melero

El lector incorregible ha titulado el bibliófilo, articulista, académico, estudioso y numerosas cosas más José Luis Melero (Zaragoza, 1956) su nuevo libro. Lo publica, según costumbre, Xordica, tan aragonesa como el autor de, entre otros, Leer para contarlo, Los libros de la guerra, La vida de los libros, Escritores y escrituras y El tenedor de libros. En este rincón se ha hablado de casi todos ellos y esta reciente entrega no iba a ser menos. Recoge artículos publicados entre los años 2015 y 2018 en Heraldo de Aragón, su periódico. Con voluntad literaria, cabe añadir. Para que perduren más allá de la caducidad que lleva aparejada la prensa escrita. El "Liminar" es ya una delicia. Ese lector empedernido, cambiemos el adjetivo, sabe que los prólogos (delantales, diría él) pueden ser la mejor manera de invitar al que lee a perseverar en el empeño. Los de Melero son de la mejor estirpe. De la de un Borges, pongo por caso. O, por acercarnos al presente, de la de su admirado Andrés Trapiello. Allí dice que "uno es escritor de pocos lectores". Los califica de "ejemplares", "incorregibles", "letraheridos", "cofradía de raros y chiflados", gente, en fin, ajena al ejercicio físico, esa manía de "los tiempos que corren (nunca mejor dicho)", y más propensa a la quietud del sofá. Habla de viejos libros y de viejos autores, de "escritores olvidados", lo que melancoliza cuanto escribe. Libros "en los que no vamos a encontrar recetas para triunfar sino herramientas para sobrevivir". No faltan, claro, los temas y asuntos aragoneses, ya "que a uno le gustaría que mis lectores vieran como propios, pues no hay nada más universal que esas pequeñas pasiones que cada uno de nosotros siente por sus cosas más próximas". Y eso nos ocurre. "Porque frente a tantos esfuerzos globalizadores y uniformadores -escribe-, hay pueblos que no renuncian a su singularidad". Palabras que uno lee con asentimiento, sí, pero mirando de reojo al independentismo catalán y sus falacias identitarias.
Resalta su fervor por los libros y la literatura, por "algunos pocos saberes inútiles", su "interés por no tomarme nunca demasiado en serio". Después, empieza la fiesta. Con Joyce, que no le gustaba a Benet, y eso que "siempre pensé que los amigos de lo abstruso se sentirían cómodos en la misma cofradía". Este el tono. De ahí que califique la lectura de festiva.
Hay mucho poeta por ahí suelto. En el libro, digo. Cernuda, Machado, Borges, Bergamín, Blas de Otero, Hidalgo, Lorca, Alberti, pero también paisanos como Ildefonso-Manuel Gil, Rosendo Tello y Fernando Ferreró. Y novelistas, como Wolf, Proust, Sender o Martínezde Pison. O diaristas como Torga, una debilidad compartida. Escritores, en todo caso, grandes y chicos, si vale el distingo.
No faltan, como en toda su literatura (que se mezcla con la historia), cantantes de jota, políticos decimonónicos, académicos, eruditos y catedráticos (de la vetusta Universidad de su "vicerrectora favorita", a quien dedica el libro -junto a sus dos hijos-, siempre a punto de echarle de casa por culpa de la adquisición de este o aquel costoso y raro ejemplar), ni viajes: a Oporto, Dublín, París, Barcelona..., además de visitas a pueblos y ciudades cercanas a la suya, que es a la que más viaja. Tampoco imprentas y editoriales.
Leo estos libros sobre libros con lápiz y papel, como hace Melero, y a veces pone uno un "ja, ja, ja" en el margen. Hay anécdotas hilarantes. Capítulos muy graciosos, como "Una historia escatológica" o "El libro no devuelto". O cuando relata uno de sus cameos cinematográficos. Y eso a pesar de que, como nos recuerda, hacer reír haya tenido "desde antiguo mala fama entre ciertos intelectuales". Porque la risa, o esos dicen algunos, es "plebeya". Indigna del gran arte. No es extraño que en "Contra la amargura", una de las piezas más bonitas del conjunto, defienda, como antídoto, los "pequeños gestos de cariño". En otra parte, "El primer Moncada", vuelve a retratarse: "Uno debe ser condescendiente y tolerante con las cosas que no le gustan a los demás, y no esperar que la gente a la que quieres se comporte como a ti te gustaría, sino tratar de quererla como es". Elogiable es también su ecuánime defensa de Juan Manuel Bonet, cuando fue injustamente destituido por razones políticas como director del Instituto Cervantes. Cómo no vamos a leer (¿o era querer?) a un tipo así, aunque no coincidamos con él en la afición fulbolera y zaragocista ni en su afán bibliópata. Este país necesita a Melero. ¡Qué ciudadano!

25.11.18

Aquellos maravillosos años

Para conmemorar el décimo aniversario de la muerte de mi amigo Ángel Campos Pámpano, rescato este texto que acaba de publicarse en el número 10 de la revista El Espejo, de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX). La fotografía es de un congreso celebrado en Plasencia en 1996 y en ella está, cómo no, Angelito. Entre Miguel Ángel Lama y José Antonio Zambrano, detrás de Fernando Pérez y Carmen Araya.

No soy precisamente Funes el memorioso, aquel singular personaje de Borges, así que cuanto cuente a continuación será fruto de una compleja y delicada operación memorística que tendrá más de indagación personal que de referencia objetiva de algunas cosas que pasaron en Extremadura a finales del siglo pasado en referencia a lo que en su día denominamos, a falta de un palabro mejor, normalización cultural. Para colmo de males, será imposible que me ayude a recordar lo vivido uno de los protagonistas de aquella hazaña en lo referente al arte y la literatura: la de superar nuestro secular atraso y ponernos a la hora de España y, por ende, en la del mundo. Me refiero, sí, a Ángel Campos Pámpano.
Sin premeditación ni alevosía, puede que con algo de nocturnidad, pintores, fotógrafos, escritores y otros artistas coincidimos en considerar oportuno emprender “desde dentro” una labor de rescate y actualización a la vista del deprimente panorama cultural de nuestra tierra. La necesidad suplía cualquier otra carencia. Se pusieron de nuestra parte las buenas relaciones amistosas que establecimos y, por añadidura, la actitud colaboradora y comprensiva de las nuevas autoridades autonómicas, fueran o no de la misma cuerda política que la de los mencionados pioneros. Ibarra, un personaje central de este relato, que era un lector (el mundo podría dividirse entre quienes lo son y los que no), fue una persona preocupada, durante su largo mandato, por la cultura. Él mismo ha confesado que los primeros alcaldes democráticos le pedían agua… y bibliotecas.
En ese caldo de cultivo, qué España aquella, se funda la Asociación de Escritores de Extremadura que luego dio en Asociación de Escritores Extremeños. En todo caso, AEEX. Creo recordar que celebramos una primera asamblea en Mérida. Tengo vagas imágenes del acto, pero sí sé que fue allí donde Gregorio González Perlado nos propuso a Ángel y a mí ser “consejeros de poesía” de la recién creada Editora Regional de Extremadura, otra institución clave para comprender, como es debido, la radical transformación a la que he aludido más arriba. El primer presidente fue Bernardo Víctor Carande, el dueño de Capela (la finca y la revista), el hijo de don Ramón Carande. Le sucedió pronto Manuel Pecellín Lancharro, autor de Literatura en Extremadura, y fue durante su mandato cuando Pámpano, a la sazón vicepresidente, se inventó, por ejemplo, las Aulas Literarias, a pesar de que al principio sólo hubiera una, la poética de Badajoz a la que dio el nombre de un extremeño, diría, de casualidad: Enrique Díez-Canedo.
Entre las líneas que en la página de la AEEX se dedican a los fines y objetivos de la asociación, se encuentran éstas: “La Asociación de Escritores Extremeños tiene entre sus fines la promoción de la literatura (en general) y de la literatura extremeña (en particular) dentro y fuera de Extremadura, así como velar porque los derechos de sus asociados se vean siempre respetados en todas las instancias que participan en el mundo de la cultura”. Está claro que lo que primó siempre fue el primer fin y, en verdad, nunca cuidamos la vertiente sindical, digamos, entre otras cosas porque aquí no ha vivido nunca nadie de la literatura. En algunos momentos delicados se echó incluso de menos que esa defensa corporativa no surtiera efecto, pero somos así.
El impulso de Pámpano marcó, como suele decirse, un antes y un después. Sin deslucir lo realizado por los dos primeros presidentes, cuando éste alcanzó ese rango (al que una ley no escrita destinaba a quienes habían ostentado la vicepresidencia) la AEEX (desligada ya de la tutela de la asociación nacional, de la que formamos parte al principio) alcanzó otro nivel y algunas realidades fueron ya tangibles y algunos proyectos realizables.
Mencioné antes a la Editora. De su mano, la de Fernando Tomás Pérez González (que dejó la secretaría de la AEEX para dirigirla) se crearon los Talleres de Relato y Poesía. Para entonces se habían fundado otras Aulas y las actividades se habían extendido por toda la región. Entre éstas cabe destacar la organización de congresos de escritores, que propiciaban el encuentro real entre quienes componíamos la organización, personas que vivían dispersas por nuestro extenso territorio y aun fuera de Extremadura. (La separación entre “los de dentro” y “los de fuera”, Puerto de Miravete mediante, siempre me pareció un camelo.)
Con Ángel llegaron nuevos aires a nuestra pequeña literatura. Aquellos que se aventaron en las apasionadas polémicas del congreso de Badajoz a propósito del “Manifiesto palmario” que redactó el poeta Felipe Núñez (documento al que José María Lama dedicó un documentado trabajo en el número anterior de El espejo) y que firmamos no pocos de los que tuvimos la fortuna de protagonizar aquellos episodios más civiles que literarios o, cuando menos, tan una cosa como la otra. Con él, que tenía madera de líder, fuimos hasta donde pudimos en la defensa de la modernidad y del rigor con el fin de ponernos en la hora literaria de España y, a ser posible, del mundo. Para empezar, con la de Portugal, mucho más que un país vecino, y que, en lo que tenía que ver con la poesía, no estaba atrasada una hora sino adelantada algunas más.
Ese movimiento generó ciertas tensiones que se ponían en evidencia cada vez que se votaba una nueva directiva o se elegía un nuevo presidente (que es el que presentaba los nombres de sus acompañantes en la tarea). No vamos a negar a estas alturas que en esos años coexistieron por estos lares dos facciones enfrentadas. Dos grupos que eran en realidad dos poéticas, dos maneras de entender la literatura. No, no todo fueron días de vino y rosas en nuestro angosto patio provincial.
Que Campos era un buen gestor lo demuestra que aguantara dos legislaturas en un cargo que tenía mucho de carga. Téngase en cuenta que a esas labores había que unir en su caso, y en el de casi todos, sus obligaciones familiares y profesionales en el instituto, así como las propias de alguien que escribe y traduce. Y dirige una revista y mil engorros más que él se ocupaba de fomentar (jurados de premios, asesoramientos varios...).
En un determinado momento, me dispuse a cumplir con el compromiso apalabrado y presenté mi candidatura para suceder a mi amigo Ángel. Ya dije que ese acuerdo era tácito. Te tocaba y punto. Tras ganar a otro aspirante (al que los suyos dejaron, por cierto, en la estacada, votamos en el Colegio Mayor Francisco de Sande), nombramos vicepresidente a Luciano Feria y secretario al citado José María Lama, ambos de Zafra, pues los vocales apenas cambiaban desde los tiempos de Pámpano. El primero dimitió al poco tiempo, llevándose por delante la automatización sucesoria. Uno, en fin, se acuerda de aquellos años con una mezcla de ilusión, cómo no, y de agobio. Fue complicado. Eso sí, nunca me faltó el apoyo de los compañeros y, como mi antecesor y mis sucesores, con la inestimable ayuda de Mavi Pajuelo, la persona de desde hace décadas se ocupa (empezó muy joven), con una discreción absoluta, de las gestiones económicas y administrativas de la AEEX. Todo terminó con mi anticipada salida de la presidencia debido a mi nombramiento como primer coordinador del Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura, no sin antes completar el mapa de las Aulas Literarias y algunas cosillas más. Lo fundamental quedó en su sitio. Las riendas, ya se sabe, fueron a parar a Antonio Sáez. Por suerte, y con esto termino, en la asociación no ha habido nunca problemas sucesorios. Y eso porque nunca ha dejado de haber en esta tierra escritores comprometidos y capaces que han considerado oportuno quedarse en Extremadura y hacer compatibles sus ocupaciones laborales y creativas con la gestión cultural, siquiera sea para que olvidáramos el erial del que, por desgracia, procedíamos.

20.11.18

Basilio Sánchez lee "El cuarto del siroco"

El reciente Premio Loewe publica en la revista asturiana EL CUADERNO un hermosísimo texto titulado "Una luz tamizada", mucho más que una lectura de mi último libro. Este ejercicio, que es crítica y conversación, me ha recordado un verso de Octavio Paz: "Toda verdad es un diálogo". 
En la entradilla dice:  "EL CUADERNO ha querido explorar la obra de Álvaro Valverde y para ello ha contado con la colaboración del también poeta extremeño Basilio Sánchez (Cáceres, 1958), que en un ejercicio también de escritura poética conduce al lector por la poesía valverdiana, elaborada con los mimbres más sencillos, pero generadora de la meditación necesaria en estos tiempos de malos vientos". 

Nota: La fotografía es de mi hijo Alberto, del molino familiar, tan presente en lo que uno ha escrito. La que encabeza el texto en EL CUADERNO, de la garganta, también es suya.

19.11.18

Invitación


Otra noche en el Verdugo

 

Ya he aludido otras veces a la "cara de presentación" que se nos pone a quienes intervenimos en alguna o asistimos a ella como público. Tengo comprobado que se agudiza cuando de poesía se trata. La de uno en esta fotografía es de atención. A las sabias palabras de Gonzalo Hidalgo Bayal que podrán ser leídas un día de estos en una revista literaria norteña por los que no tuvieron la suerte de escucharlas la noche otoñal del pasado viernes. La sala estaba concurrida (muchas gracias, Plasencia) y todos, según creo, a gusto. 
Después del turno de Bayal le tocó a uno el suyo. Primero agradecí a algunas personas, y a los asistentes en general, su presencia allí. A Gonzalo, claro, porque "preferiría no hacerlo". A Salvador Retana, autor del primer poema del libro, en la cubierta. Sólo hay una cosa que hace mejor que esas preciosas ilustraciones: los higos secos o pasos, como decimos por aquí. De Gredos. A Álvaro "Quijote", el librero, por poner en el hall su habitual puesto de libros. Con la fidelidad de siempre. Y por elaborar, todo un detalle, un enorme panel con todas las cubiertas de mis libros. Y a Juanra, por organizar el sarao y diseñar el cartel. No me olvidé de mis editores. De Antoni Marí y de Juan Cerezo, tan entusiasta con este libro. Después, leí y comenté algunos poemas de El cuarto del siroco. Desvelé algunos misterios (de los de andar por casa). Dediqué algún poema (a papá Ía, por ejemplo, ya que mi suegra tuvo a bien acompañarme). Me felicité también por una de las sorpresas de la noche, la que me dio Javier Martín Oncina al recordarme que en Una oculta razón, y en concreto en el poema que da título al libro, ya aparece la palabra scirocco, algo que había olvidado. Como en el famoso cuento de Monterroso, cuando creía mencionarlo por primera vez, el siroco "todavía estaba allí". 
Acudieron a escucharnos, además de Yolanda y mi hermano Fernando (mi madre no pudo ir y ella sabe que se lo perdono), Puerto y Sergio, un nutrido grupo de compañeros (solos o con sus respectivas parejas), los leales amigos, un puñado de lectores (si cabe hacer este distingo con respecto al grupo anterior) y algunos desconocidos, pocos. Esto es chico. Como grande es Manolo, el padre de Álex, que no faltó. Uno de los del club, José Carlos Muñoz Bejarano, se atrevió incluso a preguntar, como el exconcejal Ángel Custodio. Por eso hablamos de un posible nuevo libro, de los últimos treinta y tantos años de poesía en Plasencia (desde aquel primerizo Territorio), de la unidad o no unidad del "siroco" (no sabemos bien qué es eso de lo "unitario") y de algunas cosillas más, como de lo peligroso que puede resultar conocer en persona al autor del libro que tienes entre manos. El narrador Jorge Ávila propuso que leyera el poema "Baño", y lo hice encantado. Un rato agradable, sin duda, al menos para mí. Como suelen decir mis compañeros de fatiga literaria, es en estos momentos cuando uno se da cuenta de que no está tan solo como piensa. Que el trabajo solitario de escribir puede ser, a la postre, un hecho social. Un ratino al menos. Por pocos, ay, que a uno le lean. Gracias.