17.5.19

Próxima parada: Salamanca

Esto se acaba. Las presentaciones del "siroco", digo. Isabel Sánchez tomará la palabra en la Plaza Mayor salmantina y luego, después de leer y conversar un ratino, cerraremos oficialmente la gira. Empezó en Plasencia el otoño pasado y ha seguido por Madrid, Cáceres, Oviedo, Trujillo y León. Para este poeta de provincias no es poco. 
Gracias a todos los que se ofrecieron gustosos a acompañarme, ya fuera a mi lado en la mesa o enfrente. He de confesar que pocas veces ha sentido uno tan cerca a sus distinguidos lectores, y digo "distinguidos" porque, al ser pocos, os distingo perfectamente a todos. Gamonedianas bromas aparte, tengo la impresión de que en esta ocasión se han cumplido los versos finales de "Leyéndome a mí mismo" y "un mínimo azar" ha hecho "al cabo posible / que yo sea ese otro". Tú. Vuelvo al rincón.

16.5.19

Tomás Sánchez Santiago lee el "siroco"


EL POETA SITIADO

Me acojo ahora a lo que recordaba Juan Benet en un lejano, delicioso texto sobre Baroja: “patria es todo aquello que puede defenderse sin armas”. Lo traigo a colación para hablar de la poesía de Álvaro Valverde porque, a estas alturas, y tras convivir un buen periodo de tiempo en El cuarto del siroco, creo que el poeta extremeño ha modelado, libro a libro, casi poema por poema, una poética de la cercanía, una defensa del aquí que caracteriza ya su escritura como un territorio de “resistencia íntima”, para decirlo con palabras del ensayista Josep María Esquirol.
El propio autor, en un escrito de hace años, afirmaba que “al poeta le cabe el honor (dudoso, para unos; necesario, para otros) de vindicar su arraigo. No hablo de la pertenencia a un determinado pueblo o nación (…) me refiero al lugar, al punto o al centro sobre el que se circunscribe el universo, según Valente”. Esa noción de lugar como mundo primordial y suficiente es la que conviene invocar cuando se trata de la poesía de Álvaro Valverde. Volviendo a citar a Valente, decía el poeta gallego que era preciso ser “más lugareño y menos patriota”. Por eso, para hablar de esa voluntad de merodeo en torno a una geografía íntima que es el cuerpo de la poesía de nuestro autor, se me ocurre llamarlo a él así, “el poeta sitiado”, el poeta lleno de sitios y también achuchado por esos asedios del alma que él se sacude repasando una y otra vez (¿pero no será siempre la primera?) esos lugares de un entorno que no por ser consabido y real es menos extraño, menos escurridizo a su mirada. En un lejano poema, titulado “Memoria de Plasencia”, el poeta sienta ya las bases de su mirada y de su memoria: “Habito una ciudad de la memoria (…) Se reduce mi afán a contemplarla / en la rara deriva de los sueños. / Camino por sus calles / sintiéndome un extraño que volviera (…)”. Esa concepción del lugar como un constructo mental “que es más del pensamiento que otra cosa” deshace, desde luego, cualquier tentativa de proclamar que estamos ante un ejercicio meramente realista, descriptivo y sin afán de hondura. Al contrario, creo que esa geografía de las inmediaciones que marca el perímetro emocional de esta poesía -también de este último libro- es un paisaje moral, el paisaje de quien muestra una actitud que hace indistinguibles pensar y actuar, la huida y la permanencia, “lo que se ve / y lo que se adivina”, resistir y sucumbir al abismo de una temporalidad que roe misteriosamente y sin descanso todo lo que nos concierne. No en vano, el último poema de El cuarto del siroco, titulado “Aquél” termina -y así se remata también el libro- con estos dos versos que identifican significativamente a quien es un artista de la perseverancia: “Aquél que no consigue / ni darse por vencido”.
Pero hay otras propuestas -siempre hechas poema, no teoría ni conjetura- que aseguran este culto a lo cercano, esta voluntad de Álvaro para creer que las criaturas de la proximidad explican con suficiencia el mundo. La verdad suficiente que invocaba Juan Ramón. En el poema titulado “No humo” se expone, tal como una poética personal, esa voluntad de hacer definitivamente de la poesía un discurso sutil y siempre en torno a realidades que entrañan lo que entendemos por cotidianidad: un perro lacerado, unos trabajadores…; hablar, eso es, de lo presente, tan cercano que se nos oculta en su evidencia el hálito poderoso con el que las criaturas nos entregan, acaso sin saber, su vida para que sepamos más de la nuestra. Tras esa voluntad, tras esa convicción de no hacer de la poesía algo parecido a un retablo de vapor metafísico, el lector ya solo puede leer los poemas del libro de otro modo, con la agudeza cordial que implica una complicidad sin reservas: la de quien encuentra en el mundo de Álvaro Valverde una analogía intercambiable consigo mismo al comprobar que el mirlo del que se habla es el que todos hemos visto, cuyo vuelo no es lento ni majestuoso “ni siquiera muy hábil” pero que nos acompaña con su canto: “Posado sobre el muro, / su trino da sentido a la mañana”; o puede tratarse de un viejo árbol ”sin podar” pero que “alumbra a la mañana” y cuyo añoso tronco “no se aferra a la tierra. / la sujeta”.
Esa apuesta por lo inadvertido, lo común que todos podemos encontrar también a nuestro lado -pero que exige mirada, atención, delicadeza- pone esta poesía de nuestro autor cerca, por ejemplo, de la del portugués Eugénio de Andrade (y lo traigo a colación porque sé de la devoción de Álvaro por este poeta de lo inmenso elemental así como por la poesía portuguesa en general). También él sabía que avanzar no tenía que ver con lo extenso sino con lo profundo, y por eso mismo apuesta -apuestan Eugénio y Álvaro- por no abandonar “las mesmas aguas de la vida”, como diría Santa Teresa, pero sin pertenecer del todo al ruido del mundo, “a debida distancia”, “desde fuera”, para decirlo ya con expresiones significativas del autor que hoy está con nosotros.
Termino ya. Sigo hablando de esa dificultad de permanecer en lo próximo a condición de que parezca distante; de considerar los gastados itinerarios habituales como posibilidades de llegar a un centro propio, casi inaccesible, desde donde contemplar con calma, con el alma absorta, la vida. Álvaro Valverde tuvo siempre la intuición de saber dónde estaba ese centro, ese lugar de confidencia tan necesario en época de altisonancias de todo tipo (“sustituye el silencio / a lo que suena y sobra”). Ese jardín que él nunca tuvo ha tomado forma en él, como en su venerado Borges, bajo la especie de una biblioteca. Y aunque todas las palabras de los poetas no valgan lo que el rumor de la lluvia contra una ventana, él nos propone en este libro que hoy se presenta algo muy importante: compartir un espacio, una habitación para escapar de las asechanzas del mundo: “siquiera este refugio”, dijo nuestro llorado amigo común Ángel Campos. En esa habitación, en ese cuarto del siroco (y no me retraigo: ¿no será también ese cuarto donde deban estar los extralimitados, los hijos del siroco por no aceptar al mundo como es?: ‘Le ha dado un siroco’, se dice habitualmente…) nos espera un poeta que, como aquel Pedro Soto de Rojas en su libro Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, tan alabado por García Lorca, nos propone un espacio defensivo, de salvación y lleno de fuerza propia: la fuerza de los que saben resistir en la aventura de fundar cada día el mismo espacio y pueden proclamar sin reservas, como se lee en el poema “Aquí”: “No haces tuya la queja / de los que quieren irse / pero que aplazan siempre / la ocasión de su huida. / Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres de él”.

Nota: Este texto fue leído por Tomás Sánchez Santiago en la Feria del Libro de León, con motivo de la presentación de El cuarto del siroco. La fotografía es de Maica Rivera.

13.5.19

Correyero y Albero en EC


Isla Correyero
Visor, Madrid, 2018. 302 páginas. 

Isla Correyero (Miajadas, Cáceres, 1957) se dio a conocer con el libro Cráter, al que siguieron LianasCrímenesDiario de una enfermeraLa PasiónAmor tiranoLepidópteros (antes Género humano) y Divorcio (antes Hoz en la espalda). A estos y a Ámbar, que permanecía inédito, pertenecen los versos de este florilegio que reúne, en rigor, lo sustancial de cuanto ha escrito, aunque no sean unas poesías completas, cuyo título hace referencia a la poesía y que prologa con solvencia el poeta Juan Antonio González Iglesias. Para él, estamos ante “un auténtico libro nuevo” que recoge los “poemas esenciales” de Correyero, llamado a representar el merecido reconocimiento de su autora.
La desesperación y el mal están en el origen, señala, de esta poética hiperrealista y femenina, tan de ficción como autobiográfica, donde se aúnan la vida y el lenguaje, a quien se confía la búsqueda del sentido. Desde la sencillez y la compasión, porque en ella late una pulsión humanista que no desdeña aspectos morales y políticos.
La antóloga de Feroces demuestra aquí que podría haber formado parte de aquella panorámica: por radical, marginal y heterodoxa. En obras como Ámbar (fechado en 1984, de amor lésbico), Crímenes (“un libro de terror”), Amor tirano (donde la relación es de vasallaje) o Divorcio (tal vez la más extrema: “No puedes estar muerto si estoy viva”), todas en torno a lo amoroso, y Diario de una enfermera (que se lee con un nudo en la garganta: “Yo estuve diez años en un Hospital”, “Hay tanta muerte y tanto olor a muerte”, “Es misterioso ver morir a un niño enfermo”), La Pasión (una “poderosa sábana laica” del Cristo doliente) o Lepidópteros (alrededor del mundo de la moda). Un poema inédito cierra el volumen, Luz de agosto bajo el nogal, donde, por fin, el lector encuentra algo de sosiego.
Es justo destacar las habilidades literarias de Correyero: métricas, sintácticas, retóricas, rítmicas... Su sino es romántico. Y su sesgo, trágico y melancólico (“Soy melancólica”). Dos versos dan fe: “Dentro del abismo. / Del peligro. Dentro”.
Lean “El silencio”, “Qué vida”, “Emigrantes”. En voz alta, mejor. Y tiemblen.


Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019. 112 páginas. 

Además de los libros de poesía Sobre todo nadaLista de esperas y Volver, el bibliófilo y diplomático Miguel Albero (Madrid, 1967) ha publicado los cuentos de Cruces; las novelas PrincipiantesYa queda menosLenta venganza  y Mal; y los ensayos Enfermos del libroInstrucciones para fracasar mejorGodot sigue sin venirRoba este libro Esto se acaba. Este último está escrito en paralelo con la obra que reseñamos. Es la forma de proceder de Albero, que centra sus libros en temas monográficos. Aquí, como señala Juan Bonilla, la meta puede ser «el examen de “la espera” o el de “la fugacidad del todo” y por lo tanto la sustancia del tiempo». La atención se fija en “lo fugaz”. «Palabras en el tiempo que (…) van tallando epitafios de las cosas, las experiencias, la vida, para agarrar el menos la sensación de que se ha vivido». Por su parte, el poeta escribe a propósito de la efimeridad: “Lo fugaz es siempre visto como un sueño”.
Aunque esta poesía “recia”, de temas “graves”, que se atreve con “la brutalidad” (Bonilla dixit), adopta un tono elegíaco, conviene resaltar el humor (y su envés, la ironía), clave en Efímera, título tomado de un insecto neuróptero que vive un día.
Y a los elementos fugitivos dedica Albero sus poemas, agrupados en siete partes de cinco poemas cada una que se cierran con uno en prosa con aires de microrrelato.
Así, la nieve y la escarcha, la espuma (“Aire en lugar inesperado”), el arcoíris, las pompas de jabón (“Que no hay final feliz, / Sólo trayecto”), un amor de verano (“Si sé que es para siempre ya me aburre”), el instante (que, porque permanece en la memoria es “toda una vida”), los castillos de arena (“Y arena es el nombre de lo frágil”), los cerezos en flor (“No lamentan su temporalidad, / más bien la exaltan”), el fuego, los atardeceres, los sueños, un tornado, la estrella falaz… Sin olvidar nunca que “lo pasajero permanece”.
Estos versos fiados al oído más que a la métrica, de estirpe borgeana y línea clarísima, ocurrentes e imaginativos, con tacos, donde un haiku se transforma en soneto y se homenajea a Gracián: “No, / lo breve no es necesariamente efímero, / Es solo breve”, se cifran acaso en este par: “Y descubrir lo efímero es una forma / sutil de descubrir la muerte”. Por eso, “Vive, no esperes, vive”.

Nota: Las reseñas de los libros de Correyero y Albero se publicaron el pasado día 10 de mayo en El Cultural. 

12.5.19

De acá para allá

Está siendo una primavera movidita. Un año movidito, mejor. En el mejor y en el peor sentido, que esto es la vida. Ni tiempo le ha dado a uno de comentar, mediante esas croniquillas con las que castigo a mis lectores, algunos sucesos que acaso merezcan ser relatados. Resumamos. 

Puedo empezar con mi visita a la Biblioteca Pública Municipal 'Juan Pablo Forner' de Mérida. Con motivo de la celebración del Día del Libro. Allí estuvimos reunidos, nunca mejor dicho (qué aula más bonita y con qué luz aquella tarde), un numeroso grupo de lectores de todas las edades y condición. Discapacitados que utilizan el práctico método de la "lectura fácil" (que este año se ha usado para editar el texto de María José Flores, el elogio de los libros del Plan de Fomento de la Lectura que, por cierto, acaba de premiar a la Forner), mayores y no tanto de los clubes de lectura de esta biblioteca que dirige con solvencia Leni Ortiz, etc. No faltaron algunos amigos: Antonio Gómez, Daniel Casado, María José y Antonio... Ni Fran Amaya, que atiende a sus responsabilidades con un celo ejemplar. Ni, y eso dice mucho de esa capital, el alcalde Osuna y una de sus concejalas. (Luego me explicó que había acudido a esa cita los cuatro años que lleva como regidor emeritense.) Recordé en voz alta que me había gustado escuchar en radio esa mañana que el Presidente de la Castilla-La Mancha iba a participar en las conmemoraciones oficiales del Día Internacional del Libro. Como aquí, vamos. 
No puedo olvidar que tuvimos la suerte de escuchar varias interpretaciones magistrales del jovencísimo guitarrista Ignacio Cuadrado Espadiña, en representación del Conservatorio 'Esteban Sánchez' de Mérida. Un lujo. 
Por lo demás, hablé de poesía y la leí, sobre todo porque a Leni, como a tantas bibliotecarias, les preocupa el desafecto que la pobre provoca. El temor que suscita. Porque aquello duró lo justo, ya hemos quedado en dedicarle una sesión más larga a ese asunto en uno de sus clubes. 

Puedo seguir con mi viaje a Ribera del Fresno (en compañía de Yolanda) para recoger el II Premio Nacional 'Meléndez Valdés'. Como ya he relatado, unos días antes, estuve en su instituto, el "Valdemedel" (que toma su precioso nombre del río del lugar), de donde salió una bonita experiencia y un poema, que no es poco. En el acto en sí, con mucho menos calor que hace dos años, cuando se entregó el primero, nos reunimos medio centenar de personas. Esta vez no hubo grandes autoridades, digamos: ni el presidente Vara, ni el de la Diputación... ¿La excusa? El periodo electoral. Sí estuvieron la Secretaria General de Cultura, Miriam García, y el diputado provincial de Turismo y Tauromaquia, Lorenzo Molina. Y Fran Amaya, el director de la Editora Regional y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura, con el que estuve esa semana en tres sitios distintos y al que estoy muy agradecido por ello. Lo mejor de esa ausencia de notables es que el acto fue puramente literario, sin interferencias. Descansamos de la política, aunque alguna alusión (pertinente) hubiera. Javier Moreno presentó el acto con la solvencia que le caracteriza (la de la empresa +magín) lo que hizo más llevadera la ausencia de su socio, Josemari Lama (aunque le echamos de menos). Como solvente fue el discurso de la alcaldesa, Piedad Rodríguez, que tiene muy claro lo que quiere para su pueblo: que esté en el mapa del mundo por razones culturales. A partir del legado intelectual de su paisano Meléndez Valdés. El premio es sólo una de las estrategias. Ojalá lo consiga. Riguroso fue también el discurso del presidente del jurado. A la altura de un premio que se quiere, ya digo, prestigioso. En lo que me toca, fue un placer escuchar de nuevo a Jordi Doce reflexionar en torno al "siroco".
Hasta los políticos, cosa rara, estuvieron acertados. Fueron al grano. Y sin papeles.
Lo mío ya se dio aquí. Sin la sorpresina final, pero... Tres poemas leí, aunque uno fuera inédito. De Ribera y para los ribereños, dedicado a quien lo vio conmigo: el citado Fran Amaya.
Después no hubo piscolabis y nos acercamos al pueblo para degustar unas tapas, no sin antes dejar en el maletero del coche el busto de Valdés. Estuvimos poco rato. Había que volver a casa.

Para terminar, tercera estación, Plasencia. Feria del Libro. Sesión sabatina doble. Por la mañana, presentación de las dos nuevas antologías de la colección "El Pirata", de la Editora Regional. Ya se habló de ellas en este rincón. Feliz reencuentro con Ramón Parejo (del equipo que coordina la idea) e Irene Sánchez Carrón, una de las autoras antologadas. No pudimos estar hasta el final. Como todo se junta, teníamos prevista una comida con amigos. Esta vez no hubo ruta. Por la tarde, tras los cafés, estuvimos de nuevo en la carpa, para presentar la versión bilingüe del último libro de Ángel Campos Pámpano, La semilla en la nieve / A semente na neve. Por razones familiares, no pudo acudir a la cita el traductor, Luis Leal, y allí estuvo uno (al lado de Juanra Santos, que leyó sus versos en un perfecto portugués, y Fran Amaya, que hizo la ilustrativa exposición previa) para decir algo de ese libro, acaso el mejor de Pámpano. Una sorpresa, incluso para él, según creo. Estaba muy satisfecho con lo conseguido. Me consta. Esa obra nos descubrió a un poeta distinto. Más grande. Menos hermético, silenciario y oriental. Justifica por sí solo su lugar en la historia de la poesía patria. Por eso es una pena que se fuera tan pronto. ¿Qué nos habría deparado su poesía si hubiese seguido con nosotros? Vana pregunta. Hice alusión a su pasión portuguesa. Por la lengua, sí, pero también por sus poetas y por su geografía. De sus ciudades, ante todo Lisboa, a la que dedicó un libro certero e intemporal. Leí la nota que escribí para la contracubierta del libro. Volvimos, en fin, a emocionarnos con su recuerdo. Es imposible olvidarlo.
No habíamos salido aún de la carpa cuando ésta se vio invadida por un numeroso grupo de adolescentes, ya creciditos, dispuesto a disfrutar de Defreds (alias de José A. Gómez Iglesias), uno de los parapoetas más famosos del momento o, como dice El País, "uno de los 10 autores españoles que arrasan en ventas". Autor de los versos: "El tiempo pasa. La experiencia sube. El desencanto también. Y todo es «bah» y seguir tirando. Y, de repente, te enamoras de nuevo. Y, joder, no puedes pararlo, no puedes controlar nada". Presentaba Sempiterno (palabra -es lo que tiene la modernidad- que me llevó sin remedio al soneto que Gabriel y Galán dedicara a Santa Teresa, el que recitó mi alumno Pablo Villegas aquí atrás en el Verdugo). Con ganas me quedé de asistir a su espectáculo. Para aprender, mayormente.
Juan Ramón Santos, director de la Feria, nos ha contado que estuvo firmando más de una hora. Al expresarle éste su sorpresa, aquél le explicó que su record estaba en... ¡siete horas! En Valencia. 

8.5.19

Critiquerías

En esto de la crítica (que uno practica por amor al arte, por el mero hecho de ser un pesado lector incontinente que comenta en voz alta algunos de los libros que lee), hay cosas que no acabo de comprender. Corto que soy. Y mira que llevo años en el negocio. Y que atiendo a lo que dicen al respecto Ignacio Echevarría o García Martín, que de esto saben. En vano.
Por ejemplo (que me perdone GHB el vicio retórico, al que tan dado soy), me resulta del todo incomprensible que un puñado de colegas recomienden poemas de una autora a la que no teníamos noticia que hubieran prestado nunca atención y cuya poética se da de bruces con la suya. O, pongo por caso, que una editorial acreditada, en su intento por publicitar una novela que, ya se ve, no debió incluir en su prestigioso catálogo y menos aún premiar, ante la imposibilidad de reunir una serie de citas elogiosas sobre la misma, aparecidas en distintos medios informativos, lo usual en estos casos, porque nadie ha hablado bien de ella, escojan frases sueltas de unos cuantos (presuntos) lectores de variada edad y género y armen un ocurrente anuncio a toda página encabezado por esta frase tramposa: "Los lectores sois los que hacéis grande un libro". Y esto lo he visto, para más inri (al fin y al cabo era Semana Santa), en un suplemento de... crítica literaria. A esto se le llama intentar el descrédito de la crítica y no deja de ser una burla, mercado mediante. Sin llegar a tanto, gracioso me parece, cuando menos, que se tengan que encargar recensiones deprisa y corriendo pues el libro premiado por la crítica (un decir)... apenas si las había tenido hasta ese momento. Pero, en fin, esto es España y ya se ve que hay cosas que en este dichoso país no cambian.
Ah, del enfado de las "nuevas estrellas literarias", como las llama el muy entregado (a su causa) Ruiz Mantilla, hablamos si eso otro día. Del libro que ha motivado el cabreo (La lira de las musas, publicado en Páginas de Espuma por Martín Rodríguez-Gaona) debo ocuparme en una reseña ya encargada, así que... ¡País!

(Nota: La imagen está tomada de una página de la revista Cartón Piedra, del periódico ecuatoriano El Telégrafo.)

7.5.19

Un poema para Ribera

El pasado 30 de abril fui invitado por el instituto 'Valdemedel' de Ribera del Fresno a un encuentro literario con sus alumnos de 4º de la ESO dentro de la campaña del Plan de Fomento de la Lectura de Extremadura "Todo sucede al leer". Tras la charla, la conversación y el recitado, me invitaron a subir al aula de plástica para ver un mural con el rostro de la añorada Dulce Chacón que han realizado los muchachos con un sencillo bolígrafo bic. Lo que no me imaginaba es que, al entrar, iba a ver lo que vi. De eso va este poema, escrito de memoria, cosa rara en mí, mientras daba mi paseo habitual a orillas del Jerte, otro río, como el que da nombre al mencionado instituto. Un par de días después de aquella, digamos, visión. Aunque dedicado a Fran, es también para los educados alumnos que me escucharon (y los de Formación Profesional Básica de Cocina y Restauración que nos ofrecieron antes un delicioso desayuno), las competentes profesoras que les enseñan (Merche, Esperanza, Remedios, Jone...), su director (mi viejo amigo Ángel Bernal) y para el precioso pueblo de Ribera del Fresno, más que calles blancas, casas señoriales, historia, vino, cultura y paisaje. Como un ribereño más. Si me dejan, así me siento.

EN RIBERA DEL FRESNO

                             A Fran Amaya, que lo vio conmigo

A poco de cumplir sesenta años
pocas vistas resultan sorprendentes,
por más que lo de fuera siempre asombre.
Sin embargo, en Ribera, esta mañana
la mirada perpleja del viajero
ha observado otra vez ese milagro.
Tras el gran ventanal, como si un cuadro,
tierra roja, las vides alineadas,
el verde de los brotes y el marrón
de los menudos troncos retorcidos.
Al fondo unos alcores con olivos.
Encima, solo el cielo: puro azul.
Un ortegamuñoz ante los ojos.
El suelo original. Lo nunca visto.

6.5.19

Próxima parada: el Reino de León
























Sí, lo reitero: he tenido mucha suerte con el "siroco". Por sus lectores. Los conocidos y los que no. Quienes expresaron sus impresiones por escrito mediante una nota en las redes sociales o con una reseña publicada en un periódico, una revista o un blog, y quienes lo hicieron en privado, por carta o en un breve mensaje. Y por los silenciosos. También con los presentadores del libro, que esta vez ha viajado más de lo habitual. En orden de intervención, Gonzalo Hidalgo Bayal, Jordi Doce, José Luis Bernal, Miguel Ángel Lama, César (Juce) Iglesias... Quedan aún dos presentaciones. Este viernes será en la capital del Reino de León, en su Feria del Libro, invitado por Héctor Escobar, presidente de la Asociación de Libreros leoneses y director de la misma, y, de nuevo, el presentador será de lujo: Tomás Sánchez Santiago. Será después de que pregonen, a dos voces, Marta Sanz y Avelino Fierro.
Cerraremos esta gira intermitente en Salamanca. En su Plaza Mayor. En otra Feria del Libro. Tomará entonces la palabra Isabel Sánchez; la única mujer, ay, de ese exquisito elenco. El sábado 18 por la tarde, a las seis y media.
¿Me ha acompañado o no la fortuna? Pregunta retórica. Demasiado. Gracias.

4.5.19

El discursino del 'Meléndez Valdés' en Ribera


Quién le iba a decir a uno hace dos años que el entonces presidente del jurado del I Premio Nacional de Poesía “Meléndez Valdés” iba a ser el ganador de la segunda edición del certamen y que quien lo consiguió entonces, Jordi Doce, por su libro No estábamos allí, sería el presidente del tribunal que ha premiado ahora El cuarto del siroco. Yo les puedo asegurar que no. Mi imaginación no da para tanto. Con todo, por rocambolesca que parezca la situación, azar mediante, que nadie se llame a engaño: este es un premio limpio, de rigurosa factura, y por eso me complace tanto recibirlo, más si tenemos en cuenta, y conviene señalarlo cuanto antes, la calidad de los libros finalistas, dos de ellos de autores extremeños, un hecho digno de ser destacado. Ya escribí en un artículo publicado hace unos meses en el diario Hoy que 2018 había sido un auténtico annus mirabilis para la poesía del Oeste. Y para demostrarlo, ahí están, pongo por caso, los últimos libros de Pureza Canelo, Ada Salas, Isla Correyero, Irene Sánchez Carrón, José María Cumbreño o Basilio Sánchez, quien, por cierto, estaba a mi lado (en la preciosa plaza de Trujillo) la noche que me llamaron desde aquí para comunicarme la buena noticia.
Dije entonces, y ya se ve que lo mantengo, que convenía “destacar la pulcritud del procedimiento de elección del ganador y, antes, de los finalistas, siquiera sea para demostrar que en España, a pesar de los pesares, se pueden hacer las cosas de otra manera”. Bien, esto es, “sin corruptelas”.
Aquel caluroso 26 de mayo defendí la concepción del premio y, con ella, a su principal ideólogo, José María Lama. “Por lo que tiene de reivindicación de uno de los extremeños más ilustres (e ilustrado) y para diferenciarse de la avalancha de galardones poéticos locales o provinciales que plagan el panorama”, añadí. Algunos, preciso ahora, grandes y chicos, deshonestos. Y porque distingue a libros ya publicados, algo poco usual en este país galardonístico en el que lo normal es presentarse y no que otros te presenten.
Por eso defendí y defiendo este premio de ámbito nacional y patrocinio público (Ayuntamiento, Junta y Diputación) que surge en un pequeño pueblo extremeño, pero culto y con historia, tierra natal del poeta, profesor y jurista Juan Meléndez Valdés, un intelectual que sigue representando a la mejor España; muerto, éste sí, sin imposturas, en el exilio.
Más allá del impecable método de selección y de la inapelable decisión de un jurado íntegro, querría destacar la importancia que tiene para mí el “voto popular”, el que emiten los lectores de Ribera y hace efectivo, en las deliberaciones, la alcaldesa. Que mi libro haya contado con él es algo que me agrada doblemente. Ya explicó hace tiempo Francisco Brines que la poesía no tenía público, sino lectores. Son ellos quienes personifican o encarnan a todos los que se han acercado al “siroco” (como en confianza lo denomino) y, tras leerlo, han considerado que era un libro digno. A más no aspira uno. Lo que venga después, por ejemplo este reconocimiento, será (ha sido) por añadidura.
En estos tiempos de penuria, que diría Hölderlin, es muy gratificante que se defienda el fervor de la verdadera poesía (en rigor otra no existe) frente a esa inanidad liricoide y comercial que, según algunos, también lo es. Por eso, resistir es una obligación, para evitar que la parapoesía, tan de moda, siga apropiándose de un territorio que no le corresponde.
Del libro poco puedo decir. En la nota inicial se explica que tomé el título de El caso Moro, de Leonardo Sciascia, donde éste cuenta que en las casas patricias sicilianas había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba ese temible, impetuoso viento del sudeste que atraviesa el Mediterráneo procedente de los desiertos del norte de África. Tan parecido a nuestro levante.
Esa estancia, añadí, era “un refugio que uno interpreta también como metáfora de la poesía. Y de la vida, que es lo mismo”. Y terminaba: “Desde la adolescencia, uno ha encontrado en el ejercicio de leer y de escribir versos la pasión y el consuelo necesarios para afrontar las sucesivas rachas que el viento furioso de la existencia bate contra cualquiera. Como quien, «en medio de la desolación» —diría Ricardo Piglia—, construye «pequeños resquicios para evitar la tormenta»; como alguien que «edifica, absurdamente, murallas». Ojalá estos poemas, en fin, sirvan también a sus presuntos lectores siquiera como precario cobijo ante la adversidad”.
En la nota final, por otra parte, aclaré que los poemas que lo componen fueron escritos en lo que va de siglo, al mismo tiempo que otros libros míos, como Plasencias y Más allá, Tánger. “Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica”.
Termino. Gracias a los miembros del jurado por elegir, de entre otros, este libro. A mis editores de Tusquets, Antoni Marí y Juan Cerezo. A Salvador Retana, por dibujar en la cubierta el primer poema del libro. Al pueblo de Ribera del Fresno, representado por sus lectores en el voto popular de la alcaldesa, por mantener este premio singular; a pesar de su juventud, ya prestigioso.
Se lo brindo a sus dedicatarios: mi mujer, Yolanda, y mis hijos, Leticia y Alberto.
Porque, como suelo decir a mis alumnos, el movimiento se demuestra andando, concluiré esta intervención leyendo en voz alta tres poemas.
Muchas gracias.

Nota: En efecto, este es el breve discurso que leí anoche en Ribera del Fresno con motivo de la entrega del II Premio Nacional 'Menéndez Valdés'. 
En la fotografía, de izquierda a derecha, Fran Amaya (director de la Editora Regional y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura), Piedad  Rodriguez Castrejón (alcaldesa de Ribera), Jordi Doce (poeta y presidente del Jurado), Miriam García Cabezas (Secretaria General de Cultura) y Lorenzo Molina Medina (Diputado de Turismo y Tauromaquia de la Diputación de Badajoz y alcalde de Segura de Léon).

23.4.19

Una carta de Ida Vitale

Hoy 23 de abril, Día del Libro, hago pública, con el permiso expreso de su autora, esta carta de Ida Vitale, a quien dentro de unas horas el Rey de España hará entrega del Premio Cervantes. Porque creo que muestra a las claras quién es y cómo la excelente poeta uruguaya. La recibí unos meses después de que publicara en ABC un artículo sobre su primer libro publicado aquí, Reducción al infinito, y de que Juan Cerezo, nuestro editor en Tusquets (el "Juan" del mensaje), le enviara un ejemplar de Mecánica terrestre.
Agradezco a Aurelio Major, que cuidó la edición de su poesía reunida (también en Tusquets), su amable mediación.


1 de abril de 2003.

Álvaro amigo: Le llevo sobre la conciencia desde hace una vergüenza de meses. Traspapelé el correo en que Juan me enviaba su dirección y ahora ya hace tiempo que volvió a enviármelo y yo con mi gratitud a cuestas. Gratitud que no se dice muy fácil y que no olvidé a pesar de mi silencio ante la generosidad de su querer difundir entusiasmo por ese libro que sale allá tan lejos y tan equivocado de tiempo. Pero mi demora encontró justificación: entre tanto y en medio de tareas que se me traslapan unas sobre otras, encontré  Mecánica terrestre. Lo leí en Montevideo, ciudad con mar, pero ciudad, una ciudad extraña, a la que pertenezco, lejos del campo, y entonces en lo que primero reparé fue en la presencia de éste, líricamente cargado de melancolía, nostalgia, de la inmensa suficiencia de lo ínfimo; su visión  me  resulta espejo, donde creo que se conforma la que por ahora adopto como su imagen en mí, y en donde se agolpan las muchas densidades que piden atención a cada página. Envidio esos Lugares del sueño, donde hacer que se encuentren Borges y Klee, ellos justamente. Y como siempre leemos el presente en los pasados de la poesía, me asalta esa infinita, candente, sucesiva guerra contra cuyo horror golpeamos hoy, otra vez y siempre tan en vano. Y qué sorpresa encontrarme con el nombre de Álvaro Ruiz Abreu, con el que estuvimos varias veces en México, encantador, como su mujer, con el que podría haber puesto a prueba esa imagen de usted que estoy armando. Este libro me dejó con mucho deseo de conocer lo anterior (lo buscaré en la biblioteca de Austin, al regreso).
Perdóneme que esta carta aparte de tardada, sea tan escasa. Salgo de una gripe, pronto iremos a París, tengo que entregar un librito que saldrá en México y todo se me encima.
Pero esto es apenas como agitar un pañuelo al pasar corriendo frente a su ventana.
Reciba un abrazo muy grande de su amiga. Ida Vitale.

(Nota: La fotografía es de Samuel Sánchez. De 2013 y se publicó en El País.)

20.4.19

Sobre algunas lecturas recientes (con perdón)

El País. Alberto Manguel en Mondion (Francia), 2013. GETTY
Si tuviera que hacer caso a los "me gusta" de mi muro de Facebook, desistiría de escribir esto. Cada vez que publico allí (al mismo tiempo que en el blog) alguna reseña, el número de likes es mínimo. Sí, ya sé que estamos hablando de espejismos, pero significativo, al cabo, resulta. Como uno hace estas cosas por amor al arte, procedo. A costa de hablar para unos pocos, que es a quienes, por otra parte, me he dirigido siempre. 
De la avalancha habitual, libros leídos y otros que nunca podré leer, rescato unos cuantos. No por nada, está claro, lo que no significa que los que silencio sin remedio no sean tan dignos como estos de figurar, ay, en un escrutinio. Por ejemplo, y para que no se me acuse de pecar de poético, Señor de las periferias (Pre-Textos), de Jesús Montiel, una suerte de biografía del escritor Robert Walser que es mucho más que eso. Por cómo está escrita (con voluntad de estilo). Por los aforismos que contiene ("La escritura es una loca perseverancia", "Un poeta nace para incomodar", "El verdadero fracaso es no saber fracasar"). Y por la poesía que guarda, aunque esta confesión desmienta lo que dije más arriba. Mi fascinación por el personaje, eterno paseante por senderos que se bifurcan entre la pasión por escribir y la locura, es antigua, pero este breve ensayo literario la ha acrecentado aún más. Una delicia, sin duda. 
Jordi Doce vuelve y nos sorprende de nuevo con La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea (Saltadera), que reúne dieciséis ensayos sobre poetas en inglés de ambos lados del Atlántico: Charles Tomlinson, Ted Hughes, Sylvia Plath, Geoffrey Hill, Seamus Heaney, John Burnside, John Ashbery, Allen Ginsberg, Kenneth Koch, Charles Simic, Joseph Brodsky, Paul Auster, Sharon Olds, Anne Michaels y Jeffrey Yang. La mera enumeración abruma. Si a eso unimos la perspicacia crítica, la prosa elegante (siempre cortés con el lector) y la lucidez lectora de Doce... Ah, y qué edición más bien hecha.
(Con uno de estos autores, el gran Simic (éste sí), iba a celebrar Doce un encuentro el mes próximo, pero una inoportuna, lamentable caída casera del poeta de origen serbio ha obligado a cancelar esa lectura madrileña.) 
Por seguir con la prosa, de acontecimiento (según para quién, lo sé, lo sé) habría que calificar la salida a escena de la Prosa completa (Ediciones Encuentro) del poeta y sacerdote británico Gerard Manley Hopkins, victoriano a su pesar, gran dibujante, autor de El naufragio del Deutschland (que uno leyó en la edición de Adonais), cuya poesía han publicado en España, entre otras, La Veleta, Renacimiento, Visor o Vaso Roto. 
El ensayo introductorio del traductor, Gabriel Insausti (que acaba de agrupar un puñado de excelentes aforismos en Estados de excepción, Libros al Albur) es elocuente y nos da todas las pistas necesarias para calibrar el alcance de lo que viene después: textos ensayísticos (en defensa de la Belleza y de la Verdad, de la dicción poética...), páginas de diarios, cartas, sermones... No falta una útil cronología sobre la vida del escritor jesuita.
Digo diarios y no puedo por menos que citar los últimos que he leído, de Hilario Barrero, toledano en Nueva York desde hace cuarenta años, que publica en Renacimiento una nueva entrega de los suyos bajo el título de Prospect Park, un parque de su barrio: Brooklyn. Son de los años 14 y 15. Allí, sus ciudades del alma (Toledo, Nueva York y Gijón), su despedida del trabajo por la jubilación, los paseos y trayectos en metro por las calles de aquella mítica ciudad, las cenas y visitas a vecinos y amigos, la música y los conciertos, el Greco, las muertes (de perros y personas) y el amor y la vejez, que no dejan de ser los asuntos centrales (dos en uno) de estas prosas escritas con un estilo peculiar e inconfundible, en absoluto plano o anodino, donde se cuela sin remedio la melancolía. 
Y ya metidos en harina poética, ahora sí, me limitaré a mencionar Habitable, una antología de Pureza Canelo (titulada como uno de sus primeros libros) que se incluye en el catálogo de la famosa colección rayada de Renacimiento (donde, por cierto, apenas si encontramos poetas extremeños). La edición es de José Teruel, quien vuelve a demostrar en el prólogo (un texto de ineludible referencia para estudios posteriores) su categoría de máximo especialista en la obra exigente y singular de la poeta de Moraleja, que el año pasado nos regaló uno de sus mejores obras: Retirada. Aunque leerla otra vez es como leerla por vez primera, destacaría el avance de unos poemas de un libro futuro, Aire donde estuvo una casa, versos que prometen y por eso le dejan a uno con ganas de más. Sí, sí, retirada...
También en Sevilla reside, como la recién citada casa editora, Antonio Rivero Taravillo que, incansable, da a la imprenta dos nuevos libros. Uno de aforismos, Vida en común (en Libros al Albur, como el de Insausti), donde brilla su sutileza y su sentido del humor (más si de vivir con otros en estos tiempos convulsos se trata), y otro de poesía: Svarabhakti (de título, ya se ve, sencillo -en el enlace anterior se explica su sentido- y lo publica Maclein y Parker), en el que vida y literatura se entremezclan sin solución de continuidad. No sabemos dónde acaba la una y empieza la otra, tal y como nos tiene acostumbrado este inquieto sevillano (de Melilla) con raíces mexicanas e impronta irlandesa. El amor, los libros, los escritores (Prados, Rulfo)... Para saber más, puede consultarse la reseña del libro que apareció en la revista Mercurio firmada por Luis Alberto de Cuenca. Lo mejor, con todo, leerlo.
Los últimos días de Plinio el Viejo (Ars Poetica), de Ignacio Cartagena, es un libro curioso. Por inhabitual. A veces recurrir a la nota editorial es lo mejor, sobre todo si, como suponemos, está redactada por el autor. Así, "Plinio el Viejo es el pseudónimo, no se sabe si real o inventado, de un profesor de lenguas clásicas de un instituto de provincias" Aquí "se enfrenta a la última etapa de su vida: los postreros años de enseñanza, la jubilación, la vida reposada, las manías, las inapetencias, las lecturas, la relación con su mujer y sus hijos, las rutinas médicas y hospitalarias y otros meandros que conducen al previsible desenlace final". Lo que no se dice en estas líneas es que lo mejor del libro no es esto, sino lo bien escrito que está, lo que justifica a la postre que la poesía lo sea. Y ésta lo es. Pueden comprobarlo. 

16.4.19

Carlos Alcorta lee el "siroco"

La trayectoria poética de Álvaro Valverde (Plasencia,1959) es, sin lugar a dudas, una de las más coherentes del panorama poético español de las últimas décadas. Desde su primer libro, Territorio, publicado en un ya lejano 1985, hasta ahora que publica El cuarto del siroco, poco ha cambiado. Si acaso en sus últimos libros asistimos a una depuración lingüística, fruto, sin duda, del convencimiento con el que algunas certezas vitales han arraigado en su mente. El entusiasmo del joven veinteañero ha dado paso a un hombre asentado en su madurez que ha visto cómo la vida trascurre velozmente («Y uno se pregunta de repente: / “¿qué ha pasado?” / y no sabe qué responder / o lo evita pues teme la respuesta»), pero también a alguien que ha cumplido muchos de sus propósitos y ha sabido aquilatar el valor de las cosas verdaderamente importantes. Al fin y al cabo, Álvaro Valverde ha elegido ser «un hombre, sólo alguien / que funda su destino / (como el mejor aqueo) / en la digna certeza de la muerte», una muerte inevitable que resulta menos traumática cuando se está en paz con uno mismo y los problemas morales no parecen obstaculizar la existencia cotidiana.
     El cuarto del siroco es un libro extenso y variado. El propio poeta nos pone en antecedentes: «Los poemas que componen este libro han sido escritos en lo que va de siglo. […] Poema a poema, cabe precisar. Tal vez sea éste mi libro menos unitario. De hecho, la ordenación es, en general, cronológica». Estas palabras confieren, desde mi punto de vista, mayor entidad simbólica al libro. Me explico. No es mérito menor el conseguir escribir un libro unitario cuando ese ha sido el propósito inicial, pero tiene mucha mayor relevancia cuando esa unidad proviene de un modo de hacer natural que tiene más que ver con la solidez del pensamiento —parafraseando a Wallace Stevens, Valverde habla de   una «naturaleza pensativa»— que con propósitos más o menos espurios. Valverde ha adquirido una seguridad expresiva que no precisa de grandilocuencias ni nebulosidades. Algunos de estos poemas parecen haber surgido de una identificación absoluta con el entorno, como «Mínima», apenas un trazo, un boceto que, sin embargo, hace vibrar algo indefinido en nuestro interior (ocurre lo mismo, sin saber muy bien por qué, con algunos cuadros, con ciertos fragmentos musicales). En otros poemas, el titulado «Aquí» es un buen ejemplo, el relampagueo de una idea fugaz es sustituido por una serena meditación temporal o existencial (o ambas simultáneamente): «Estás sentado solo frente al valle / con un libro en las manos / que abandona a ratos / para poder mirar, / con la calma debida, / cuanto la vista alcanza», comienza el poema, que finaliza con los versos siguientes: «Permaneces aquí / por propia voluntad: / es éste tu lugar. / Tú eres él». Pocas veces uno tiene la oportunidad de leer unos versos que trasmiten tal serenidad, tal armonía (El Tratado de armonía, de Antonio Colinas no parece ser ajeno a esta visión), un valor este que, en el ideario vital de Álvaro Valverde, se considera primordial. Lo podemos comprobar también en el que, para este lector, es, junto con otro poema imprescindible, «Mujeres», uno de los mejores poemas del libro: «El lector»
    La doctrina poética de nuestro poeta no admite duda alguna. Su poesía está escrita con la sencillez y la discreción de un lenguaje común que busca la claridad sin despreciar, por supuesto, el lado misterioso que se pliega en su reverso. Valverde parece escribir de igual forma que vive el día a día, su poesía está hecha de lugares familiares, de hechos cotidianos, de personas de su entorno más cercano, de detalles y cosas, en apariencia, insignificantes. Del poema «A modo de poética» son estos versos: «Como el agua, / que, toda claridad, es espejismo / que revela cercano lo distante. […] Como el agua, metáfora y verdad. / Sí, como el agua» que confirman lo dicho, pero quizás sea aún más explícito el titulado «La poesía», que transcribimos completo: «La poesía, / sus elucubraciones, / los asedios / que gravitan en vano / —teóricos, abstrusos— / sobre ella. // La poesía / que hoy sólo se me antoja / tan sencilla / como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed». La escritura es para Álvaro Valverde ese cuarto del siroco en el que poder refugiarse cuando acucian los problemas o la existencia se vuelve insoportable: «Uno quisiera —escribe en el poema de igual título que el libro—/ que en las horas peores de la vida, / cuando todo se vuelve violento vendaval / y las cosas se ocultan tras un velo de polvo, / existiera una estancia semejante. / Un lugar recogido, a modo de refugio, / en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte». La muerte en abstracto y la de familiares y amigos en particular está muy presente en este libro, tal vez porque su sombra comienza a perfilarse en los gestos del propio rostro. Pero Álvaro Valverde, por fortuna, todavía está lejos de ser el personaje «Aquél que se levanta cada día / y piensa que la muerte se le acerca». Álvaro es mucho más parecido a ese «[Que] resiste sereno a la intemperie. / Aquél que no consigue / ni darse por vencido», porque, a pesar de la sensación de nostalgia por lo perdido y de la constatación de la brevedad de la vida que nos embarga después de leer El cuarto del siroco, se impone un pacífico bienestar, el del deber cumplido con los demás y, en especial, con uno mismo, como delatan estos versos: «Eres allí ese hombre / que sueña con ser otro; desconocido para sí, pero al que sientes / con tanta convicción / como a ti mismo».
* Reseña aparecida en la revista Turia 129-130

15.4.19

Robayna en EC

Por el gran mar
Andrés Sánchez Robayna
Galaxia Gutenberg, Madrid, 2019.  

El profesor, traductor y ensayista Andrés Sánchez Robayna (Las Palmas, 1952) reunió su obra poética en el volumen En el cuerpo del mundo (Galaxia Gutenberg, 2004). Después llegaron La sombra y la apariencia (Tusquets, 2010) y las antologías: El espejo de tinta. Antología poética, 1970-2010 (Cátedra, 2012) y Al cúmulo de octubre. Antología poética, 1970-2015 (Visor, 2015).
Por el gran mar, número dos de la nueva colección de poesía de la editorial barcelonesa, se abre con una cita del primer canto del Paraíso dantesco (per lo gran mar dell’essere), el del ser y el del tiempo, y consta de treinta y cinco fragmentos sin título que componen un extenso poema iluminado, a partes iguales, por la memoria y el deseo. Los lectores de Robayna advertirán de inmediato el parecido, salvadas todas las distancias, con El libro, tras la duna, su obra más personal y celebrada, de la que ahora, por cierto, Sexto Piso publica una nueva edición con prefacio de Yves Bonnefoy. Como en aquella (o en La roca), el imaginario insular está muy presente. Nombres de árboles, plantas o aves de las islas, así como algunos términos particulares de ese territorio que Robayna ha levantado a base de palabras. Y la luz, el viento, los barrancos, la playa, las olas… Símbolos, metáforas. Al fondo, “el mar de la infancia”. Y la casa familiar: la madre y la campana, que tañe sin cesar desde el pasado: “El recuerdo no yace: gira y gira”. “Me acerco hasta los lindes del recuerdo / como hacia el fuego el animal nocturno”, escribe. Y: “El recuerdo / me lleva hasta el lugar al que regreso / no en el presente, sino en la presencia”. El tiempo, su concepto –entre intempestivo y detenido– es esencial aquí: “Amor mío, que el dios de lo imposible / deponga su impiedad, destruya el tiempo”. Reminiscencia, una palabra clave. Así, “los ojos / de un niño renacido en el recuerdo” miran ahora en él. Es el mismo niño que, sin saberlo, “iba a amarte, muchos años más tarde”. ¿A quién? A una de las protagonistas de este libro: la que fuera su mujer, pero con la que sigue dialogando más allá de “la verdad de la muerte”. Ahí, el “férvido deseo, la verdad de los cuerpos”. En medio del dolor. Robayna escribe: “No es tarde: amas aún”. “Te vas y estás presente”. “Siento aún el calor de su mano en la mía”.
“Necesitamos un lenguaje para nuestra ignorancia”, leemos. El que, hondo y misterioso,  “bajo el sol de la memoria”, gravita en estos versos que beben de la mística (se cierran con una cita del Cántico espiritual), los metafísicos ingleses (Herbert, por ejemplo), Leopardi y Valente. Del Romanticismo, JRJ o el Eliot de Four Quartets. Un lenguaje tan plástico como filosófico, meditativo y paradójico, de la contemplación y los sentidos. Inspirado, sí, pero preciso, muy medido. Por donde se desliza la leve aliteración, el elegante endecasílabo, el sutil encabalgamiento. Porque “Escuchar es leer”.
“En la violencia de la luz” o bajo las estrellas y los astros (“Ah, mañana nocturna”), la armonía se abre paso. De súbito. Y sorprende al poeta y deja perplejo al lector. Como la abubilla “casi irreal” que “se perdió en el aire de mayo. Y allí sigue, / giratoria y estática, / en lo desconocido”.

Nota: Esta reseña se publicó el pasado viernes 12 de abril en El Cultural.

14.4.19

El camino en sí

“Nació en Canadá. La enseñanza del griego antiguo es su sustento de vida”. Esta es la escueta nota biográfica que aparece en la solapa del libro que comentamos, escrito por la poeta Anne Carson (Toronto, 1950) a partir de su viaje desde St. Jean Pied de Port hasta Finisterre siguiendo el Camino de Santiago. Pero antes de entrar en materia convendría recordar al lector que de esta profesora de varias universidades de su país y de Estados Unidos se han publicado no pocos libros en España. De poesía, La belleza del marido, Decreación, Hombre en sus horas libres y Autobiografía de rojo, traducidos, respectivamente, por Ana Becciu, Jeannette L. Clairond y Jordi Doce. En prosa, Eros, dioptrías, Albertine. Rutina de ejercicios y Nox, editado este mismo año también en Vaso Roto (como otros títulos citados), un libro singular no sólo en lo que se refiere a su formato: una caja que contiene “una reproducción xerográfica de un cuaderno elaborado tras la muerte del hermano de la autora que incluye texto, fotografías y cartas, impresiones de chorro de tinta pegadas a las hojas, manuscritos, pinturas y collages”, según el crítico Ben Ratliff. Además, sus páginas no están numeradas y el texto está doblado en forma de acordeón.
Tipos de agua lleva en el original inglés un subtítulo que no se corresponde exactamente con el de su edición española (la versión al castellano es, por cierto, de Sara Cantú Pérez de Salazar): An Essay on the Road to Compostela, es decir, que estamos ante un ensayo que, al mismo tiempo (si hay alguien innovador en la lírica contemporánea es Carson), participa del diario y de la poesía. En realidad formaba parte de Plainwater, un volumen publicado por primera vez en 1995, donde se reunían ensayos y poemas.
Si se me permite la digresión, cuando leí este libro tenía muy cercana la experiencia de un familiar argentino que había hecho el Camino. Gracias a las redes sociales, se podría decir que uno fue acompañándolo. Por otro lado, siempre he querido realizar ese mítico viaje. Esa es la ventaja del lector: a falta de emprenderlo, puede caminar por estas páginas como si aquello hubiera sido posible.
El ensayo está dividido en breves capítulos (que a veces pasan por poemas en prosa), uno por día y lugar, aunque algunos sitios se repitan. Cada fragmento del diario va encabezado por la cita de un poeta japonés con dos excepciones: sendos epígrafes de Antonio Machado.
La primera anotación es del día 20 de junio y se sitúa en St. Jean Pied de Port. La última, en Finisterre y el 26 de julio.
Otra cosa curiosa es que al final de muchos capítulos se alude a los peregrinos y, siguiendo la fórmula “Los peregrinos...”, se afirma o se concluye algo, en especial mirando hacia la tradición y el pasado. Con frecuencia, esas pocas líneas dan en un aforismo o una sentencia.  Por ejemplo: “Los peregrinos eran personas que amaban un buen enigma”. O esta otra, que parafrasea el solvitur ambulando de Fermor: “Los peregrinos eran personas que resolvían las cosas mientras caminaban”. Y: “Los peregrinos eran personas a quienes les sucedían cosas que sólo suceden una vez”.
Por lo demás, ella se considera una peregrina (“yo, una peregrina”) y va acompañada en su trayecto por un hombre, al que denomina “mi Cid”, interesado por los “aspectos históricos” de la ruta, lo que permite habilitar en el texto un juego entre sentimental y amoroso que constituye una de sus líneas centrales. “Caminamos codo a codo, en diferentes países”. “¿Quién es este hombre? No tengo ni idea”, dice. Y: “Temo que no te amo lo suficiente”. Lo califica de “amante nervioso”. Y añade: “yo solo tengo atisbos de su vida”. “El deseo carnal está ausente”, precisa. Duermen en habitaciones separadas.  “Cómo es la conversación de los amantes”, se pregunta. “Llegas a entender el viaje porque has tenido conversaciones, no al revés”. Y, en fin: “El amor es el misterio dentro de este caminar”. Su Cid, suele hacerlo delante de ella. Le gusta el calor (“Nací en el desierto”). Bebe vino. En un momento dado alude a la soledad de “dos personas que están sentadas en un bar, que no se aman”. “Hay un silencio que se apodera de dos personas”. Escribe: “Eres tú quien está sola”.
Por ser el que es, el viaje de Carson es, ante todo, un viaje interior. Eso no significa que no abunde lo exterior, la mirada (“Las formas de la vida cambian a medida que las observamos, nos cambian por haber mirado”): las descripciones del paisaje (acompasadas a su estado de ánimo), los cambios de clima (bastante frío y lluvioso para ser verano). La Meseta, la montaña de León, Galicia… En esa “vida viajera”, “te vuelves adicta al horizonte”, confiesa. “Hay un impulso de caminar. No se puede uno detener”. “Lo inesperado nos impele a avanzar”. Y ahí, la luz (“Todo es oro”, “La luz es asombrosa, un martillo”, que no se ve en las fotografías), la vegetación, la niebla, los lobos, las montañas, la luna, el agua: “Tipos de agua nos ahogan”, repite. “Nos filtramos hacia el oeste”. “Vivimos en aguas que brotan del corazón”. Más que una metáfora.
Mencioné antes la palabra aforismo y bien está que consignemos que menudean a lo largo del texto. Así, cuando afirma: “una conversación es un viaje”, “Un peregrino es una persona que está tramando algo”, “Las sorpresas nos transforman en niños”, “Las distancias guardan silencio”, “El conocimiento es un camino”, “Cada peregrino da en el clavo a su manera”, “El tiempo es un camino”…
La pareja llega a Santiago de Compostela el 25 de julio, fiesta del Apostol. Les recibe, en la catedral, “como un beso”, el Pórtico de la Gloria. Pero aún deben continuar viaje hasta Finisterre, por poco que le entusiasme a ella la idea. Allí está “el fin del mundo”.
Carson se pregunta en el libro: “¿Hay dos formas de conocer el mundo?” Y responde: “Una manera sumisa y otra devoradora”. Y concluye: “Ambas terminan más o menos igual”. Ella se retrata y dice: “Soy una peregrina (no novelista) y la única historia que tengo que contar es el camino en sí”. Luego vuelve a preguntarse: “¿Cuál es la vida de un peregrino después de que deja el camino?”.

Tipos de agua. El Camino de Santiago
Anne Carson
Madrid, Vaso Roto, 2018. 

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 129-130 de la revista TURIA

10.4.19

Cuaderno Ático


























Ya está por fin en el aire el número 10 de Cuaderno Ático. En esta nueva entrega contamos con poemas y textos inéditos de Lorenzo Oliván, Álvaro Valverde, Sara Caviedes, Juan Andrés García Román, Ben Clark, Martín López-Vega, Esther Muntañola, Ballerina Vargas Tinajero - María Hidalgo, Lawrence Schimel, Efi Cubero, Agustín María García López, Rosario Bolaño Charo Bolaño Wilson y Yoandy Cabrera.

Traducciones de ocho poemas de Thodorís Saringuiolis, a cargo de Manuel González Manuel Gonzalez Rincon y dos poemas de Gabriele D’Annunzio, cuya versión firma Ángel Sobreviela.

En la parte gráfica, ilustraciones interiores de Esther Muntañola (que nos vuelve a regalar por otro número más la imagen de portada) y de Katherine C. Shaw.

La versión en PDF (navegable) se puede descargar este enlace:

Mi agradecimiento a Juan Manuel Macías, director de la revista, y mi enhorabuena por estas diez espléndidas entregas. Por ahora.

8.4.19

Aramburu y mi padre

Hoy cumple años mi hija Leticia y hace diecinueve que murió mi padre. Sí, los dichosos contrastes de la vida. Para recordar a Ramón en este aniversario echo mano de un hermoso texto de Fernando Aramburu, de su libro Vetas profundas, que acaba de aparecer. Se publicó por primera vez el 5 de febrero de 2015 en el suplemento Territorios del diario El Correo. El extremeño Hoy lo dio cinco días más tarde. 


Paseos con el padre

Necesitamos palabras. Las necesitamos a todas horas, en cualesquiera circunstancia. También durante el sueño o cuando estamos solos. Es cosa triste no tener nada que decirse. Por lo general, las palabras están en nosotros, en nuestra competencia lingüística, esperando a ser dichas, escritas, cantadas; pero no siempre es así. A veces las necesitamos en momentos especiales y no acuden a la boca que quisiera pronunciarlas, a la mano que se empeña en escribirlas. Momentos particularmente emotivos, intensos, dolorosos, que no se dejan expresar articulando el lenguaje de la manera acostumbrada.
Se nos ha muerto, pongo por caso, un ser querido. Deseamos evocarlo, rendirle homenaje o despedirlo con una nota necrológica, con unas pocas frases para una esquela mortuoria, dignas de la estimación que le tuvimos o de sus méritos. En fin, es nuestro propósito honrarlo sin caer en las trivialidades propias de quienes se limitan a despachar un trámite o de los que por desgracia (o por formación deficiente) no están dotados del debido talento.

Perspectiva del poeta

En tales ocasiones, no haremos mal en pedirle a la poesía que nos provea de palabras; se entiende que de palabras hondas, consoladoras, bellas. Cierta clase de poetas cumple con singular acierto dicho cometido. Son aquellos que conciben el poema como un espacio para la meditación a partir de una mirada serena, a veces conciliadora, a veces crítica, hacia las cosas comunes, los paisajes y las gentes de cada día. Sus poemas adoptan a menudo la forma de un soliloquio caracterizado por la expresión clara y sobria, con rasgos narrativos. Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es un destacado cultivador de este género de poesía.
En 2008, Valverde publicó Desde fuera, libro de poemas en el cual se incluye, con el título de 'Entonces la muerte', una serie de cuatro piezas dedicadas a la muerte de su padre, acaecida unos años atrás. El difunto no aparece en el texto singularizado con nombre propio ni señas personales. Uno de los poemas sitúa el fallecimiento en un hospital. Otro alude al hábito que practicaban padre e hijo de pasear juntos por el campo. Dichos detalles confieren humanidad a la figura rememorada, pero son transferibles a otros hombres y están, por consiguiente, lejos de trazar un retrato individual.
Al lector, pues, no le cabe otra posibilidad que situarse en la perspectiva del poeta. La novela, el cine, el teatro, admiten espectadores de vidas ajenas. La poesía, no. El poema se asume o nos negará su sustancia poética. Por fuerza el padre fallecido es el del propio lector (reemplazable en el pensamiento por otro ser querido), como también es del lector, durante la lectura, la voz del poeta. Esta implicación sin fisuras hace que la poesía pueda proporcionarnos las palabras de las que a veces carecemos en los momentos especiales de nuestra vida.
La cuarta pieza de la serie evoca los paseos del padre y el hijo por el valle del Jerte, no lejos de Plasencia. Y no sólo los evoca: los actualiza en forma ritual tras haber asumido el hijo la ausencia física del padre. Porque una cosa es morir y otra desaparecer, borrarse para siempre en la memoria de los vivos, a lo cual se opone el poema. Este ha sido escrito desde la superación del duelo, simbolizado por la tormenta reciente. Disipadas las nubes negras, interiorizados el dolor y la pena, el poeta entiende que ahora el padre fallecido perdura como recuerdo, pero también como destinatario de su amor inquebrantable. Y puesto que el buen tiempo y la hermosura del paraje invitan a hacer camino, el poeta reanuda el hábito que lo vinculó con su padre, al par que mantiene vigente, en la esfera de la conciencia, dicho vínculo.
Se trata de un paseo en dirección contraria al rumbo de la muerte. Recordemos los célebres versos de Jorge Manrique: «Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir.» En el poema de Álvaro Valverde, el poeta remonta el río al modo de quien retrocede en el tiempo y se dirige de vuelta hacia su infancia, textualmente hacia las fuentes de la vida; por tanto, hacia las épocas pasadas en que su padre aún vivía, lo cual constituye una forma de reencuentro.
Y, en efecto, allí está el padre transformado en los componentes actuales del paisaje. El hombre aquel que un día de tantos perdió la vida consiste ahora en río y cerezos, en bancales y cascadas, con los que le es posible al hijo huérfano cruzar la mirada o entablar diálogo. Todo es igual a primera vista (la flora, los accidentes del terreno, la luz de la tarde), pero un factor nuevo confiere apariencia familiar al paraje. Se abre allí, en aquellas soledades naturales, un espacio de honda intimidad, incluso de recobrada camaradería. Por obra del amor filial, el padre no sólo reside en el paraíso. Es el paraíso.

Fidelidad y afecto

Lo imaginamos hablando con el hijo a través del canto de los pájaros, mediante el rumor de la corriente o de las hojas agitadas por el viento. Se da a este punto un encaje admirable entre la emoción y la escritura, sin el cual un texto, aunque contenga versos, difícilmente se constituirá en poema, entendiendo por poema el lugar donde se da, donde ocurre en grado de excelencia (o punto menos) la poesía. Y no admira menos el que la complejidad del mensaje se compadezca con un estilo claro y llano, lo que prueba una vez más que los poetas, para decir cosas profundas, no necesitan ser oscuros. Todo se entiende y nada es trivial en estos versos de Álvaro Valverde.
El poema entero es una invocación serena a la figura del padre. A él están dirigidas las palabras, con él habla directamente el poeta. Te has muerto, pero yo hago que vivas, aunque no en tu cuerpo, y seguimos juntos como en los viejos tiempos. Tal es la idea sustentadora de este poema conmovedor.
Aquellos paseos de ambos por la campiña extremeña no se limitaban a un simple y quizá deportivo pasatiempo. Brindaban, además, la ocasión para que el hijo se adentrase de la mano paterna en los secretos de la naturaleza, obtuviese provechosas lecciones de vida, se formara en el respeto de los animales y las plantas, desarrollara el gusto estético y aprendiera los criterios morales que hacen de nosotros hombres positivos.
Hay en el poema de Álvaro Valverde gratitud, fidelidad, afecto, pero también un noble gesto que en mi modesta opinión constituye uno de los mayores homenajes que pueda hacérsele a un progenitor: el de mostrarles los hijos a los padres su disposición a hallar satisfacción, bienestar, alegría, en las cosas sencillas (tal vez «vulgares o anacrónicas», dice el poeta) que nos rodean y, por tanto, en el mundo no exento de infortunio en el que fueron sin su voluntad depositados. Ello implica para los padres una grata confirmación. ¡Qué mayor victoria contra la condición trágica de la especie que haber propiciado un hijo dotado para la felicidad!


Todo me lleva a ti; así, esta tarde
abierta al cielo azul que ha sucedido
al airado negror de la tormenta,
bajo esta luz que, más que vespertina,
me parece cegante y de mañana,
cuando atravieso el valle
y vuelvo a Jerte, sin saber por qué,
siguiendo no sé bien qué raro impulso,
curva a curva, ya sabes, cauce arriba,
hasta las mismas fuentes de la vida.
Todo es igual, pero también distinto,
y me remite a ti. Y las cascadas,
y los bancales y el río y los cerezos
parecen ser mirados por tus ojos
y a su través me hablas todavía
y vuelves a explicarme lo que importa:
sentirse aquí, feliz, y rodeado
de cuanto cualquier hombre necesita:
la luz, el campo, el árbol, la montaña,
cosas, tal vez, vulgares o anacrónicas
pero que nos confortan y nos salvan;
los seres y las fuerzas de ese mundo
solar donde vivías;
donde, para mi bien, conmigo vives.

Nota. En la fotografía, mi padre con catorce años. Está fechada el 6 de febrero de 1944 y dedicada "A mi buen amigo Orantos".