17.9.19

Verano del 19 (y III)

De leer novela, en verano, salvo contadas excepciones. Éste, según costumbre, a falta del viaje real, he vuelto a Sicilia. Gracias a la relectura de El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en la nueva edición revisada de Lanza Tomasi para Anagrama. La traducción es de Ricardo Pochtar. No me cansa ese clásico y menos con añadidos inéditos, poemas (o así) incluidos. 
Por seguir en esa isla, he leído Palermo es mi ciudad (me gusta más su verdadero título: Via XX Settembre), de Simonetta Agnello Hornby, siciliana residente en Londres (a la que ha dedicado otro libro en la misma editorial, Gatopardo Ediciones, aunque sus novelas estén en el catálogo de Tusquets), unas precisas memorias de adolescencia (de 1958 a 1964) traducidas por Teresa Clavel donde, ya digo, se detalla la vida de ella y, al cabo, de una familia aristocrática, procedente de Agrigento con finca en Mosè (a la que ha dedicado otro libro: Il pranzo di Mosè), que deja atrás los esplendores y privilegios del pasado. Así, en la página 109 leemos: "El otro libro del que se hablaba en aquella época era El Gatopardo, de Tomasi de Lampedusa, un señor al que la familia conocía. (...) La opinión de la mayoría era la de mi padre: habría sido mejor no escribir sobre ciertas cosas y dejar que nuestra clase muriera sin esa publicidad desmesurada que no correspondía a personas como nosotros".  
En lo que respecta a las memorias, terminé la última entrega de los diarios de Andrés Trapiello, Diligencias (Pre-Textos), donde lo que más me ha interesado, como siempre, es su lenguaje. Más que el qué (los relatos, el campo de Las Viñas, la familia, los viajes, el Rastro, las obsesiones...), el cómo. Y qué cómo. 
He disfrutado con El sueño de los vencejos. Son unas minuciosas memorias de infancia escritas por el poeta Antonio Moreno. Las publica Newcastle Ediciones. Me han interesado por lo que cuentan, claro, pero sobre todo, vuelvo a lo dicho más arriba, por cómo lo hace. Uno también ha sufrido leyéndolas, que conste. Hay partes muy duras en la vida de ese niño de provincia de finales del franquismo. Ahora sus lectores conocemos más a su autor y creo que comprendemos aún mejor el tono de su poesía. 
Todavía estoy (y encantado de que no se acaben por ahora) con los diarios (no sé cómo llamarlos, son eso y mucho más) de Tomás Sánchez Santiago, distintas entregas editadas e inéditas que se reúnen en El murmullo del mundo, todo un acierto de Trea al que habrá que dedicar, si puedo, una reseña aparte. En El Cuaderno publica ahora Los cuadernos pálidos. Ya van tres entregas y más de uno comprenderá, si las lee, lo que decía de sus almanaques. 
Uno de los felices descubrimientos estivales ha sido sin duda Shakespeare Palace. Mosaicos de mi vida en México, de Ida Vitale (Lumen), una auténtica delicia de libro que me ha sabido a gloria. Su estilo es de los que justifican esa tópica, polémica afirmación de que la mejor prosa la escriben los poetas. Menos me ha seducido El abc de Byobu (Adama Ramada Ediciones). No conozco aún De plantas y animales (Tusquets), pero me espera la relectura de su Poesía reunida (NTS de Tusquets), clave de bóveda de la escritura de la reconocida poeta uruguaya.
Entre baño y baño (y cerveza y cerveza, y avispa y avispa), han caído también tres libros de entrevistas. Alfredo Rodríguez es el responsable de dos de ellos. Me refiero a La plenitud conscientedonde se reúnen numerosas conversaciones con el poeta de La Bañeza Antonio Colinas, lo que lo convierte en un libro un tanto reiterativo (a las mismas o parecidas preguntas, iguales o semejantes respuestas), aunque no falten joyas, como su extenso "diálogo sobre lo clásico" con Juan Antonio González Iglesias, publicado en su día por la Universidad de Picardie-Indigo; y Nebelglanz (Ediciones Ulises), la tercera entrega (tras Exiliado en el arte y La pasión de la libertadde las charlas con su admiradísimo José María Álvarez (lo que las confiere un tono que, siquiera a ratos, resulta un pelín empalagoso), el novísimocartagenero y parisino poeta airado (amigo de lo políticamente incorrecto) que con sus arriesgadas confesiones no deja indiferente a nadie.
Alberto García Teresa, en fin, ha reunido en Un lugar que pueda habitar la abeja (la oveja roja) no pocas entrevistas de Jorge Riechmann, donde lo mismo se habla de ecología que de política o poesía. Con tanta radicalidad como inteligencia, añado. 

15.9.19

Próxima estación: Lisboa

El próximo 21 de septiembre, sábado, primer día (un suponer) del otoño, tendrá uno el honor de leer poemas con el escritor portugués Gonçalo M. Tavares en la Fundación Saramago de Lisboa.
Impone acompañar a alguien del que precisamente Saramago, al entregarle el premio que llevaba su nombre, exclamó: “¡Gonzalo M. Tavares no tenía ningún derecho a escribir tan bien con sus 35 años! ¡A uno le entran ganas de darle un puñetazo!”
Vila-Matas, por su parte, uno de sus grandes valedores en España, lo señaló como "la revelación más original de la literatura portuguesa".
Anécdotas mediante, recomiendo la extensa conversación que mantuvo hace poco con Luis Sáez Delgado, publicada en el número 131 de la revista Turia con este expresivo titular: "Hoy se hace literatura para personas cansadas". 
Esta lectura pondrá punto final a la jornada "Ecos de Cantigas. Lecturas de jóvenes poetas entre España y Portugal", incluida en la programación de Mostra Espanha 2019 (organizada por el Ministerio de Cultura y Deporte de España, Acción Cultural Española, la Embajada de nuestro país en Portugal y el Ministerio luso de Cultura), en la que participarán la profesora gallega María do Cebreiro,  que inaugura el encuentro con la conferencia “El corazón de la literatura”; Juan Carlos Reche y Juan Andrés García Román (coordinador del acto), que abordarán el tema “Cantares contemporáneos"; y Erika Martínez y Berta García Faet que charlarán sobre “Lo popular y el amor como lugares de permanencia de lo poético”. Los cuatro jóvenes (ellos sí) poetas leerán también versos.
Aquí hay información sobre todos los participantes. 
A las 10 de la mañana comienzan las distintas intervenciones. La nuestra está prevista para las 16:30. Ya conocen los horarios portugueses. 

13.9.19

Premios Hiperión

Maribel Andrés Llamero
Hiperión, Madrid, 2019. 58 páginas. 10 €

Este libro, el segundo de Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984, aunque de origen zamorano), tras La lentitud del liberto, ganó (ex aequo) el veterano y acreditado premio Hiperión y toma su título de una canción de Agustín García Calvo, no por casualidad natural de Zamora.
Con una brillante carrera académica a sus espaldas, como muchos jóvenes de su promoción, opta, sin embargo, por un tipo de poesía nada escolástica, en las antípodas de la vulgar moda parapoética y aun de lo habitual (lo coloquial y urbano) tan tópico y frecuente entre sus pares poéticos, ya sean hombres o mujeres. Elige lo rural (por suerte no es la única, aunque las comparaciones resulten impertinentes) y compone un libro valiente y sin complejos que frisa con lo épico. Su tono, digamos para empezar, es consustancial a lo descrito. No hay mentira aquí.
Las abuelas (una constante generacional) están en el origen del libro. A una de ellas, por cierto, Isabel, nonagenaria, le está dedicado. Por lo que aquél soporta de memoria, y porque no elude el componente sensible y emocional.
Este poemario es como un canto de amor a los orígenes y a la familia, a esos otros que fuimos sin ser. Mis abuelos tuvieron una vida dura. Los maternos emigraron a Alemania (…). Del mismo modo, mis abuelos paternos eran muy humildes e intentaban darles lo mejor a su familia”, ha dicho la autora en una entrevista publicada en La Opinión.
Lo abren citas muy bien escogidas de José Emilio Pacheco (“No amo mi patria…”), Drummond de Andrade (Llamero es profesora asociada de literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de su ciudad natal y ha vivido en Río de Janeiro, donde murió el autor de Sentimento do mundo), Carmen Camacho y Hölderlin.
El primer verso desvela el objetivo: “Esto es Castilla”. Mucho más, ya se sabe, que una región o un paisaje. Más en la historia de nuestra poesía. Una metáfora del propio cuerpo y de las ideas que la constituyen como ser humano. Lo seco, lo severo, lo llano, también lo tierno y el agua (aunque a veces oculta) dan forma y fondo a su mirada. 
Fruto de sus mayores (que se han pasado la vida yendo y viniendo), confiesa: “Soy nieta de emigrantes, carbón humano”. Y: “Me han confiado toda la luz”.
Ahí, la infancia: en la casa familiar o en el campamento del bosque. Y la bisabuela a la que conoce en una fotografía conservada en un museo etnográfico de la citada capital castellana. Y los nombres de los lugares (zamoranos mayormente). El Oeste (que diría, más al sur, la extremeña del norte Pureza Canelo): “Jamás laberinto más temible / que aquel que no conoce muros”.
“Lejos del mar abierto”, “este alma de pizarra” sueña: “Digan lo que digan los anuncios de cerveza / nada será nunca más verano / que el aroma de la jara en flor”. A orillas de los ríos, como el bejarano Cuerpo de Hombre. El de los mares interiores: “El embalse hoy parece el paraíso”. Como el que engulló (imposible olvidar al leonés Julio Llamazares) el pueblo de su triste abuela Ramona. “Estas mujeres –escribe– son la memoria / de una vida que no existe /en los mapas del gobierno”. La España vacía, sí. Un “mundo horizontal”. Y del silencio. La “áspera meseta”, “tierra adentro”, “nunca matria”. “Estos páramos donde todo es alto / sin altivez, protegido por lo surcos, / por el trigo, esta lentitud, esta pausa, / esto es Castilla”. Con el leopardiano “Defensa de la retama” concluye un libro singular y a contracorriente. Misterioso y hondo, como esa tierra.


Carlos Catena Cózar
Hiperión, Madrid, 2019. 66 páginas. 10 €

Catena (Torres de Albánchez, Jaén, 1995) ganó (ex aequo) con este libro, el primero de los suyos, la trigésimo cuarta edición del premio Hiperión. Su juventud es clave para entender su contenido, una suerte de nueva poesía social (que nada tiene que ver con la de mediados del siglo pasado) donde se analiza, por decirlo pronto, el presente, precario en lo laboral, de su generación. Como esto es poesía, de ahí la diferencia, es en el territorio del lenguaje donde se resuelve el asunto. Él lo usa con soltura y naturalidad, sin usar mayúsculas ni signos de puntuación, y en una sucesión de poemas que vienen a ser fragmentos de un discurso infernal basado en el fracaso (“no puede escribir sobre el fracaso / quien no ha bajado al infierno”), el pesimismo existencial y la desesperanza. Parece que el futuro ya pasó para el personaje poético que encarna estos poemas. Para eso se sirve de la ironía y del humor, un sentido capital en esta frustrante panorámica donde la lucidez sobresale sin remedio. Por sus versos, sujetos a un ritmo sugestivo (una musicalidad que se agradece), desfilan una abuela jornalera con clara conciencia política que confía en el valor del trabajo (“el esfuerzo y el trabajo bien hecho”, decía), un padre con visa (“en el extranjero una transferencia bancaria / es el único abrazo que mi padre puede darme”) o una madre que, si enfermara, se vería obligada a vivir en el extranjero donde residen sus hijos emigrantes.
Se ratifica que “la mayor hazaña del hombre moderno / es cotizar hasta jubilarse”; se fantasea con el suicidio literario de un hermano; se afirma, a propósito del espinoso tema de la libertad, que “no todo lo que acontece sin consentimiento es malo / es así que todos nacemos”; se usa la metáfora del juego del perro y la pelota; se parafrasea al beat Allen Ginsberg: “he visto las mejores mentes de mi generación / destruidos por un contrato basura”; se celebra la enfermedad, porque remite al cariño y a la infancia; se enumeran bienaventuranzas (“bienaventurado el dinero porque compra cosas”, “bienaventurado internet porque existe”, “bienaventurado el poema porque se lee rápido”, “bienaventurada la queja porque es diálogo”, “bienaventurado el tiempo porque pasa”, etc.); se conversa con Ricardo, el único amigo de infancia que es solvente (“el único joven de éxito que conozco”), propietario de un Mercedes, al que al cabo pregunta “cómo  vamos a aguantar / los cuarenta años de trabajo que nos quedan / hasta jubilarnos”; se reivindica la lengua materna en un poema dedicado a la madre del protagonista, traductor de profesión, que empieza: “límpiame la lengua (madre) / porque hoy he venido a hablar contigo” y termina: “he venido solo para hablar contigo”; se critica la líquida realidad en la que naufragamos (“toda esta abundancia / todo este éxito / tan poca vida”); se habla de hijos (lo normal es que “nunca hagan nada bien”) y de tristeza y de aviones y de que “el patriotismo es de los expatriados”: “no sé explicar un país ni tampoco una patria”; y del “ahí fuera” (“luchamos tanto tiempo con el ahí fuera”) y el “aquí dentro” (“acabar con las afueras nos dejó también / sin un aquí dentro donde esperar a salvo”); de que, como tantos, “he empezado a construir mi casa en el extranjero / un terreno en una ciudad irlandesa donde el sol / ocurre solo en el margen de los días festivos”, porque “lo que importa de verdad ocurrió siempre / tan lejos de los días hábiles”... El romanticismo o un atardecer de Hopper, pone por caso.

Nota: Las reseñas de los libros de Llamero y Catena se publicaron el pasado viernes 6 de septiembre en El Cultural.

11.9.19

De Sharon Olds


Sharon Olds
Traducción de Joan Margarit y Eduard Lezcano Margarit
Igitur, Montblanc (Tarragona), 2018. 128 páginas. 

Sharon Olds (San Francisco, 1942) estudió en Stanford, se doctoró en Columbia e imparte clases en Nueva York. Autora de más de una decena de títulos, en España se han publicado sus libros Satán dice (Igitur), El padre, Los muertos y los vivos y La célula de oro (Bartleby).
Tenía ya treinta y siete años cuando publicó su ópera prima. Desde entonces ha llevado a cabo un coherente proyecto poético, digamos, basado en el tono confesional (que viene, entre otros, de Lowell) y en el lenguaje cercano y directo (donde sobran las metáforas, puntualiza Óscar Curieses) que “tiene como destinatario primero a ella misma”, ha señalado Jaime Siles, pero que, al no ser una “poeta intelectual” (“más física que metafísica”) e interesarle “la vida ordinaria”, alcanza a “todos los demás”. De ahí que, para esta mujer, la sexualidad explícita, el dolor por la enfermedad o los asuntos de familia y los políticos sean su caldo de cultivo lírico. Se demuestra a las claras con la lectura de la obra que nos ocupa, Stag's Leap, por el que recibió los premios Pulitzer y TS Eliot. La presidenta del jurado del galardón británico, Carol Ann Duffy, comentó: “Siempre digo que la  poesía es la música del ser humano, y en este libro ella realmente canta”.
De nuevo en la ejemplar Igitur, y con un traductor de lujo, Joan Margarit (que ya vertió a Hardy y a Bishop), el libro podría resumirse como lo hizo el escritor Eduardo Lago: “es la crónica de las secuelas que deja en una mujer un divorcio inesperado”. Lo explica muy bien el poeta catalán en su prólogo, personal y apasionado: este es un “territorio que resulta familiar a cualquier persona adulta”. Son “reflejos de su propia sentimentalidad”, “un camino directo a la verdad del lector”. Estamos ante la prueba de que la poesía (“la más íntima de las artes”, según el autor de Joana) vive un momento de “una intensa complejidad” y ella es “una de las grandes y más lúcidas intérpretes de este momento”. En El salto del ciervo, añade, “está toda la inteligencia y la belleza de Sharon Olds” y, “más que nunca, su verdad”.
En orden cronológico, por estaciones, la voz de la narradora va identificando, explorando razonadamente lo ocurrido. Toda una sorpresa. El libro da cuenta de un proceso. Como si de las fases de una grave enfermedad se tratara.
Con su “apenas-ya-marido” todo es “cortesía y horror”. Hay que “decírselo a los niños”. Desde el principio está claro que “intentaré desenamorarme / de él, pero que siento que le amaré toda la vida”. “Estaba colada por él”, declara, y: “lo adoré con una desprotegida alegría”. Fueron treinta años de convivencia. “Entre / los dos habíamos hecho nuestro matrimonio, / entre los dos lo liquidábamos”.
Hay poemas memorables: “Misericordia”, “Llegando a Godthab” o “Marítima”, por ejemplo. O el divertido “Poema a los pechos”, porque no falta aquí el humor y la ironía, a pesar de sentirse un “ángel de odio”.
La desazón, la vergüenza y las pérdidas (del marido y de lo demás) marcan el duro itinerario. “Él fue un caballero sobre el que construí / una confianza absoluta”. “A la vista del amor”, además. “Yo no lo conocía, conocía mi idea / de él”, escribe. Y: “no me suelto de él”. “De todos modos –concluye-, qué es vivir / sino morir”.
En “Septiembre 2001, New York City” leemos: “No / creo que pueda escribir sobre ello jamás”. Pero también: “Hay algo en mí destinado a ser escrito / algún día”. De eso da cuenta este libro logrado, intenso e imprescindible. Para cualquiera.

Un poema de Olds:

LA ÚLTIMA HORA


De pronto, en el último momento,
antes de que él me llevara al aeropuerto, se levantó
chocando con la mesa y dio un paso
hacia mí, y como un personaje de una antigua
película de ciencia ficción, se inclinó
hacia delante y hacia abajo, extendió un brazo
golpeando mis pechos e intentó
agarrarse a mí. Me puse en pie y tropezamos,
y entonces nos detuvimos alrededor de nuestro núcleo, su
ronco grito de temor, en el centro,
en el final, de nuestra vida. Rápidamente, entonces,
–lo peor había pasado ya– pude consolarlo,
manteniendo desde la espalda su corazón en su sitio
y por delante tranquilizándolo, su propia
vida continuando, y lo que lo había
atado, en torno a su corazón –y que lo había atado
a mí– ahora yacía sobre nosotros y a nuestro alrededor,
agua de mar, óxido, luz, esquirlas,
los eternos y pequeños rizos de eros
golpeados hasta quedar tiesos.


Nota: Recupero una reseña que se quedó atrás. De un libro espléndido, por cierto. Nunca es tarde.

9.9.19

Verano del 19 (II)

He formado con los libros de poesía que he venido leyendo una pequeña pila al borde de la mesa donde escribo. En ella está, por ejemplo, Escaramujosel último libro de haikus (o jaikus) de Jesús Munárriz (Pre-Textos), de los que hablaba el primer domingo del mes en La esfera de papel de El Mundo: "si hay algo que combine y una estos dos mundos, el de la poesía y el de la naturaleza, son los jaikus". Y más adelante concluye: "son la síntesis más lograda de la poesía". Me quedo con éste: Tigres parecen / en la siesta de agosto / las putas moscas. Y Ahora (Pre-Textos), del extremeño José Antonio Zambrano, que a uno le ha parecido un libro excelente, tal vez el mejor de los suyos, y al que precede un enjundioso prólogo del zafrense Luciano Feria (que se estrenaba hace unos meses como novelista con El lugar de la cita, publicada por RIL Editores); Mis fantasmas (Visor), de Juan Pablo Zapater, un apasionante paseo, lleno de ácida lucidez, por la identidad, el amor y la muerte; Armisticio, de Ben Clark, que vuelve a la editorial Sloper con una década de poemas que estaban hasta ahora fuera de un libro y que componen uno magnífico; La vida menguante (Trea), del aedo gijonés Pedro Luis Menéndez, que regresa a la poesía tras treinta años sin publicar y con un libro que es pura vida, para mí un extraordinario descubrimiento; En jardines de arena (Polibea. El Levitador), de Juan Gil Bengoa, un curioso y bien tramado artefacto literario donde se mezclan la poesía y la narrativa gracias a lo que les sucede a personajes románticos que huyen o viajan al Sur, hacia parajes desérticos; Solo queda una sombra (Signos. Huerga & Fierro), de José Infante, impresiona por su verdad y, tras las sombras, el dolor y la tristeza que afloran con su vuelta a la ciudad natal, calibramos, en la línea delgada que separa la vida y la muerte, la auténtica medida de un hombre; Emisarios (Pre-Textos), de Juan Manuel Macías, destaca por su tono sereno y meditativo que nos acerca a un mundo natural y solitario que alguien lee y contempla con inocente perplejidad; y Dudoso silencio, una plaquette de Mario Vega (Colección Heracles y Nosotros), perfecto aperitivo de cara a un libro por venir, La mala conciencia, reciente premio "València Nova", que publicará Hiperión.  
Nunca será bastante (poemas casi de amor), de Fermín Herrero (La Garúa), agrupa, sí, poemas amorosos escritos por el poeta soriano. Para demostrar que esa temática, pongamos, no le es extraña. Nos permite, además, conocer poemas de sus inicios (que uno, fiel lector suyo, ignoraba) e incluso inéditos. Lo importante: que podemos volver sobre una de las obras más certeras y personales del panorama poético patrio. Amor mediante.
Del chileno Jorge Teillier tenía una vaga noticia. Poemas sueltos. Menciones varias. Por eso me ha resultado tan estimulante la lectura de Poemas de la realidad secreta, una antología que ha publicado Visor en edición y prólogo de Francisco Véjar. Qué alegría descubrir como es debido a este poeta ferroviario, rural y melancólico.
Más de dos líneas merecería la poesía reunida (1999-2016) del canario Francisco León que ha publicado Ediciones Idea/Cámara clara con el título Tiempo entero (título de un libro suyo de 2002). Es, sin duda, el menos hermético y conciso de los poetas que giraron en sus comienzos en torno a Sánchez Robayna y la revista Paradiso. Su poesía, o eso creo, ha mejorado con los años y uno la ha leído con fervor y admiración, en especial algunas partes: las más meditativas y paisajísticas. Pocas poéticas con tan nítida noción de lugar: lo insular, que tiene que ver con sus islas, pero también con las griegas. La luz que iluminan estos versos, insisto, su tono (tan oriental a rachas, tan anglosajón otras), bien merecen el viaje. 
Ya sabíamos que la poesía venezolana era una de las más potentes del ámbito hispánico; y del mundo, por añadidura. Lo viene a demostrar sobradamente la magna antología Rasgos comunes (Pre-Textos), 1176 páginas de versos de poetas del siglo XX donde no faltan Cadenas, Montejo, Pantin, Sucre, Barreto, etc. (De uno de ellos, por cierto, Sánchez Peláez, ofreció aquí atrás Visor una muestra que sigue siendo un referente ineludible de esa riqueza poética a que aludimos.) La edición y el prólogo son responsabilidad de Antonio López Ortega, Miguel Gomes y Gina Saraceni. El primero, cónsul de la poesía de Venezuela en España (y en la ultramarina casa valenciana), es también el editor de La segunda versión, la poesía reunida de Guillermo Sucre (autor, no se olvide, de Borges, el poeta La máscara, la transparencia, textos capitales de la bibliografía lírica hispanoamericana)
Termino. Una de las lecturas previstas para estas pasadas vacaciones era Obra poética (1975-2007), de José Carlos Cataño (con prólogo de Ana Arzoumanian). El 9 de agosto, un día después de mi cumpleaños, moría de repente el autor canario y ya no he sido capaz de volver sobre unos poemas que, si bien conocía, me apetecía mucho volver a leer. Julián, José Carlos... Arden las pérdidas. 

6.9.19

Verano del 19 (I)

El del 19 será el verano en que murió, por sorpresa y a destiempo, Julián Rodríguez. Vaya esto por delante. Un dolor grande. Y una pena. Sigue pendiente una reflexión personal sobre su vida y su obra que me he prometido escribir. En frío. Cuando sea posible.
Dicho esto, y porque de verano hablamos, confieso que cada vez sobrellevo peor la caló. Como Julián, que, cuando más le traté, solía escaparse durante la rigurosa canícula extremeña a alguna casa perdida que estuviera cerca del agua. Por la Sierra de Gata o por sus familiares Hurdes. Ahora todo se ha agudizado con el dichoso cambio climático.
Tampoco me entusiasman las vacaciones (con perdón), tan sobrevaloradas. Y para uno, ay, tan placentinas. De ahí que llegue a septiembre con una agobiante sensación de pérdida de tiempo (y eso que tuve tareas literarias entre julio y agosto) y de haber desaprovechado las múltiples ventajas, o eso dicen, de la falta de obligaciones laborales. Alguno dirá: porque es maestro y sus vacaciones son largas. Tal vez. Así las cosas, me digo, para qué vas a jubilarte. Por eso, siquiera en parte (hay otras razones), sigo en la brecha, un curso más. A pesar de que mis 60 recién cumplidos y los casi cuarenta de sufrido cotizante me habrían permitido abandonar las aulas y a los muchachinos.
A la lectura, por otra parte, tampoco le he sacado demasiado partido en estos meses. No digamos a la escritura, por ponernos pedantes. El calor, sí, que disuade al más pintado.
He leído en casa, a favor del aire acondicionado, y en la bendita piscina (casi privada, de tan tranquila y poco concurrida), pero con más desgana que aprovechamiento. Bueno, algo hemos sacado adelante, lecturas de las que me gustaría dar al menos breve noticia. En dos entregas: una dedicada a la poesía y otra a la prosa. No hace falta decir que los libros de los que voy a hablar son sólo algunos de los que he leído y apenas un puñado de los muchos que aún esperan su turno. O ya no, porque leer todo lo que me llega es imposible. No, Dios me libre, no trato de establecer ningún canon, por doméstico que fuera.

Ilustración: 'Retrato de hombre leyendo', circa 1922, de Barnett Freedman.

31.8.19

Una obra mayor


Es difícil leer poemas
es difícil contemplar cuadros
es difícil escuchar música
y es difícil amar a la gente.

pero bien por necesidad brutal
o por energía divina
al final la mente, la vista, el oído
y el gran corazón indolente se moverán.

William Meredith (traducción de Hilario Barrero)

Nota:La ilustración es de Albrecht Schnider y está tomada de Bartleby & Company.

20.8.19

La luz de la melancolía

Los primeros versos de Victoria León (Sevilla, 1981) que uno leyó se publicaron en esta revista. Fueron una feliz sorpresa. También aquí había dado a conocer distintas traducciones (Tennyson, John McCrae, un anónimo latino…) en colaboración con Luis Alberto de Cuenca, del que editó una antología para Renacimiento. Además de ejercer la crítica, es traductora; del inglés, sobre todo.
Para entonces ya conocíamos su primer libro, de aforismos: Insomnios (La Isla de Siltolá, 2017). Me gustaron -dije en otra parte- “por su carga de razón, de sensatez. Por su elegancia intelectual. Por su lucidez y su elocuencia. Por su clasicidad”. Esto podría aplicarse a los poemas que componen Secreta luz, su ópera prima poética. No lo parece, cabe afirmar de inmediato. Se nota el lento y largo aprendizaje: lecturas, traducciones, sentencias… En consecuencia, nada más lejos del titubeo, la imitación o el despropósito. De fracasadas experiencias previas como las que pudieron perpetrar en sus inicios sus compañeros de generación, poetas nacidos entre 1971 y 1985, como los reunidos por José Andújar Almansa en su espléndido florilegio Centros de gravedad. Poesía española en el siglo XXI (Pre-Textos); tan alejados, en general, de su manera de decir.
Si por algo se caracteriza esta obra -retomo el hilo- es por su solidez. Formal e intelectual, si cabe el distingo. De estirpe clásica (ya se apuntó), los endecasílabos fluyen con una naturalidad de talante anglosajón, sin concesiones a la inútil retórica, con un grato regusto a Siglo de Oro y, cómo no, a la poesía de otros contemporáneos, nacionales y foráneos. El magisterio, en todo caso, es amplio, propio de alguien que ha leído mucho, con un gusto fundado en el propio criterio. No creo que quepa soslayar la tradición lírica sevillana, un micrcosmos poético digno de elogio y de cuya maestría ha bebido, a buen seguro, la escritora. Tres conspicuos vates sevillanos, por cierto, formaban parte del jurado que concedió a Secreta luz el premio Hermanos Machado: Jacobo Cortines, Abelardo Linares y Javier Salvago.
Los poemas de VL hablan de la vida, sí, y, por lo mismo, sin que pequen de culturalistas, de la literatura (Dante, Propercio...). “La poesía exige incandescencia, / vivir o haber vivido entre las llamas”, son los dos versos que lo abren. Como las llamas del amor, que ahora son ceniza, pues que del desamor y de la pérdida hablan estos poemas breves, de una concisión acerada y cierta sequedad metafísica, cercanos al epigrama, donde imperan la soledad y el dolor, palabra que ya aparece en la cita de Bécquer que encabeza el delgado volumen. La otra, de Stevenson, se refiere al amor que uno ve venir y luego ve partir.
Poesía amorosa, cabe precisar, que huye tanto de la efusividad como de la desesperación. Lejos de ese sentimentalismo anodino tan a la moda. Y, por eso, del carácter frívolo de nuestra época. Versos irónicos y serenos en su interna acritud que el lector recibe con menos daño que tristeza (“Qué difícil dar nombre a la tristeza / con palabras ajenas; qué milagro”). A lo Leopardi: “había luz en tu melancolía”. Dolor sublimado por la poesía. Por su íntimo fervor.
Una trama narrativa secuencia las escenas de donde brota su “secreta luz”. Esa que surge, paradójicamente, del sufrimiento. Porque se canta lo que se pierde.
A pesar de ese común asunto que subyace, la unidad viene marcada por el tono, por la voz de VL, del todo conseguida y diferenciada, homenajes aparte. A Borges, por ejemplo, en “Ficciones”.
Una voz femenina, de mujer. Sin afectación. En absoluto sobreactuada, como les gusta a otras. Plena de belleza y de verdad. O de “Amor, verdad, locura”.
Afloran aquí y allá, lógico en ella, los aforismos. Versos que podrían serlo, quiero decir. Versos que bajo esa condición trasladan la fuerza del adagio: “El silencio es el no de los cobardes”. “La soledad no advierte de dónde nos aguarda”. Ya que menciono ambas palabras, “El silencio” se titula uno de los poemas más logrados, donde se alude a “la interminable soledad del miedo”. Y ahí, el amor. Contra ese miedo, porque “silencia nuestra rabia y nuestro odio”. A través de la memoria, “amarga copa”. Aunque “no recuerdo el amor”, “Qué distinto nos suena nuestro nombre / cuando una voz que amamos lo susurra”.
“Llenabas el vacío de mi vida / que ahora ha vuelto a devorarlo todo”, escribe VL. Y: “Nadie oye ese ruido sordo y triste / que produce destruir una alegría”.
La lucidez aflora en “Retrospectiva apócrifa”, que termina: “¿Soportas la tristeza con que aguarda / tantísima belleza inútilmente?”
Sin alardes ni enojosos barroquismos formales, el lenguaje se acerca al lector con la debida sutileza. La misma con la que maneja el encabalgamiento, compone una enumeración caótica o deja caer algunos versos con rima asonante.
Tras el descenso a los infiernos, la luz, antes secreta, que alumbra el final de este camino. Cuando “La noche nos cobija en su refugio” y “Nos permite soñar que nos amaron / y fuimos una sombra iluminada / por una clara tarde que es eterna”.
Antes, en el poema “En la secreta luz”, se nos devela que “En las ruinas del mundo que soñé, / te seguiré esperando, hasta otra vida”.

Victoria León
Vandalia. Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2019.

Nota: Esta reseña se ha publicado en el número 142 de la revista Clarín.

18.8.19

Poesía gatopardiana

"Leyendo algunas de estas poesías de cuarto orden a veces se tiene la sensación de encontrar una gran alma que se debate en una cárcel estrecha cuyas paredes están encementadas con la escasa aptitud y la poca frecuentación de los grandes poetas; como si se tratara, por decirlo de otro modo, de un fuego encerrado entre haces de leña húmeda que produce mucho humo y mínima llama sin que por ello ese nobilísimo elemento deje de ser tal". 
Giuseppe Tomasi de Lampedusa, El Gatopardo. Apéndice de la nueva edición revisada de Gioacchino Lanza Tomasi. Anagrama, Barcelona, 2019. ¡Qué feliz relectura, por cierto! En ese libro total faltaba una referencia a "la poesía no poesía", que diría el certero publicista de ING. Ya está. 

15.8.19

De García Blázquez


Ahora que ha muerto mi paisano José Antonio García Blázquez, rescato las notas que preparé para la presentación de Amigos y otras alimañas. A modo de homenaje. 

ü  José Antonio García Blázquez nació en 1940 en Plasencia. Ha desarrollado gran parte de su vida profesional en países extranjeros, como traductor en organismos internacionales.

ü  Su primera novela es de 1966: Los diablos, donde intentó sacar a la narrativa española del realismo social en que se encontraba, a la que seguiría, con más éxito aún de crítica y público, No encontré rosas para mi madre (1968), de la que incluso se hizo una versión cinematográfica interpretada por Gina Lollobrigida y Concha Velasco.

ü  Las novelas que publica en los años 70 demuestran cómo García Blázquez madura su narrativa hasta consolidar un estilo muy personal. Fiesta en el polvo (1971) es su primera novela en esa década. Le sigue El rito (1974), quizá su obra más famosa, y merecedora en 1973 del Premio Nadal. En 1976 publica Señora Muerte, otro de sus títulos imprescindibles.

ü  Las décadas siguientes, ya con su nombre consolidado como uno de los autores españoles más singulares de la segunda mitad del siglo XX, son también fructíferas: Rey de ruinas (1981), La identidad inútil (1986), Puerta secreta (1993) y El amor es una tierra extraña (1996).

ü  La identidad inútil. (La Centena) y La costumbre de matar están publicadas en la Editora Regional. 

ü  Acaba de publicar La soledad del anfitrión, una novela que tiene como trasfondo el Londres que José Antonio conoció en los años sesenta, cuando salió de esta opresiva ciudad amurallada para encontrarse con el mundo.

ü  Ha sido traducido a distintos idiomas y sus novelas han sido objeto de estudio y tesis en universidades españolas y extranjeras, especialmente en Italia y Alemania.

ü  Amigos y otras alimañas de José Antonio García Blázquez inaugura una nueva colección de la Editora Regional de Extremadura: PLURAL. Un espacio editorial dedicado a diferentes géneros (narrativa, ensayo, memorias…) y que pretende convertirse en referente no sólo regional, sino también nacional e internacional: por ello albergará, además de algunos títulos fundamentales de la literatura hecha en Extremadura, obras ineludibles de la portuguesa y latinoamericana.

ü  En esa misma colección, como número dos, ha aparecido el libro de otro placentino, José Antonio Gabriel y Galán.

ü  En este nuevo siglo, el universo narrativo de José Antonio García Blázquez, uno de los clásicos vivos de nuestra Comunidad, revive, tal vez con más fuerza y nitidez, en Amigos y otras alimañas, en la que reaparecen temas y personajes ya familiares para sus lectores.

ü  Con una diferencia, eso sí: no utilizando su medida narrativa habitual, la novela, sino el cuento o el relato corto; que también había ultizado, por cierto.

ü  El libro de García Blázquez se divide entre los textos breves y heterogéneos y los de "mayor aliento", que son o parecen embriones de novelas muchas veces.

ü  Esto se acentúa más aún en todos los relatos de la segunda parte, "protagonizados" por Diego, que es el hilo conductor de todos ellos.

ü  Esta segunda parte es casi  una novela en sí misma. De hecho, alguien ha dicho que Blázquez ha construido una novela, aún inédita y titulada Que nadie despierte a partir de esta segunda parte.

ü  Vicios, pasiones, "pecados" son los protagonistas: envidia, hipocondría, celos... casi un "retablo" al modo medieval.

ü  En “Maldito creador”, Blázquez cita Niebla, de Unamuno, y muchos otros relatos tienen ecos de la tradición española de la novela más "crítica con el papel del hombre", son textos muchas veces desengañados y escépticos.

ü  Según el crítico Simón Viola, “Desprovistas de supuestos ideológicos previos, de mensajes y moralismos, sus novelas erigen un universo singular que desarrolla, como variaciones de una melodía, ciertos motivos recurrentes que confieren a sus relatos un mismo aire de familia: la iniciación sexual vivida como un juego ritual cargado progresivamente de crueldad, la obsesión por el regreso (a la casa de la infancia, a los paraísos perdidos) de unos personajes que avanzan “heridos por el pasado, agentes de la degradación, hacia una solución improbable” (G. Hidalgo Bayal, “La novela asonante”, en Equidistancias), las taras hereditarias y educativas, los espacios de la decadencia en que se acentúan el refinamiento y la inmoralidad, el mundo exterior concebido como una amenaza, etc.

ü  “El que la literatura copie lo que pasa en la calle –ha dicho el novelista- no ofrece interés, para eso están los reportajes. Yo quiero hacer una interpretación. El tiempo histórico me preocupa, pero no desde un punto de vista objetivo, sino desde un punto de vista subjetivo, o sea, mi tiempo”.

ü  Viola añade: “En espacios íntimos (el jardín cerrado, la casa decadente de la niñez) levantados como refugio ante lo exterior (la vulgaridad de la vida corriente), los personajes, empujados por pasiones exacerbadas, paroxísticas, se obstinan en unas relaciones marcadas por la crueldad, la amoralidad y la violencia, en un universo "edénico" que parece anterior al pecado y a la sensación de culpa: "Aun con la falacia, el sarcasmo y el crimen -y con cierto sentido del humor vertido sobre tan grandes conceptos a fin de amenguar solemnidades-, mis personajes, sin embargo, pues así lo quise, quedan libres de culpa. Algo los exime, pues la conciencia del bien y del mal está ausente de ellos, como lo está de la naturaleza, cuyo móvil no es el amor, sino la crueldad" (El Urogallo, diciembre de 1990). Incapaces de hallar un sendero que los acerque a la felicidad, con una inocencia despiadada, estos seres merodean en busca de un paraíso perdido, "el retorno al lugar primigenio, la mágica irresponsabilidad de la infancia". La depredación, la tortura, el asesinato, el incesto, se relatan entonces con la imperturbabilidad de juegos inocentes que no resultan inverosímiles ("No hay mundo, real o imaginario, que sea improbable. Lo que importa es que el novelista sepa mandar en él"), pues conectan con los impulsos más profundos del ser humano, con un "mare tenebrarum" (título del relato central) que habita en nuestro interior y solo aflora fuera de la vigilancia de la razón, como sucede en los sueños”.
ü  Según Gonzalo Hidalgo, José Antonio García Blázquez fue el primero de los escritores extremeños de su generación “que se incorporó a la literatura española, en 1966, con una novela de temática atrevida en su momento, Los diablos, el retrato de cierta juventud amoral y desfachatada, y conoció el éxito mayoritario con No encontré rosas para mi madre (1968), la historia de una relación edípica. Sus siguientes libros, entre los que destaca, sin duda, Señora muerte (1976), no han hecho sino confirmarlo en posesión de un mundo narrativo personalísimo y autónomo. Sus ingredientes se suceden y multiplican en cada trama. Aunque los personajes suelen moverse por grandes ciudades (Madrid, Barcelona, París, Nueva York), siempre surge una ciudad media en sus orígenes (como Plasencia, por ejemplo), cargada de sentido, con una «casa grande» que esconde el recuerdo de los juegos prohibidos de la infancia. Las obsesiones sexuales surgen desde la incomprensión o la inocencia. Después, la presencia de un padre castrador o el poder de una mujer dominante contribuyen a consolidar las fijaciones, a asentar las frustraciones, a acentuar los complejos, a encender la culpa. «Aunque en toda su vida no hubiera hecho ningún acto delictivo, él siempre se encontraría culpable. La misma culpabilidad de una cucaracha que se esconde al sentir las ondas de la luz», puede leerse en Señora muerte. De modo que los personajes avanzan desde la memoria, heridos por el pasado, agentes de la degradación, hacia una solución improbable”. (En El Urogallo)
ü  Convendría destacar que José Antonio García es un autor que ha tomado a Plasencia, su ciudad natal, como referencia literaria. No es el único. Él, como Gonzalo Hidalgo, por ejemplo, han sido capaces de levantar literariamente a Plasencia algo que aún no han sido capaces de hacer otros escritores cacereños o pacenses.
 

10.8.19

Cataño

Me ha sobrecogido la muerte por sorpresa del poeta canario José Carlos Cataño. Sólo lo conocía por carta. Por las antiguas de papel, sobre y sello y por los actuales mensajes electrónicos. Cruzamos varios el pasado mes de mayo. Por el envío de su nuevo libro, que me mandó de su parte Pre-Textos, y por la actualización de su blog. Cambiaba con frecuencia de dirección y me solía pedir, con suma educación, que modificara la misma en el enlace del suyo que mantenía en el mío, donde más de una vez se habló de él. El 1 de mayo escribió: "Querido Álvaro, Pre-Textos edita mi Obra reunida (1975-2007), mi carta de identidad poética, y me gustaría hacerte llegar un ejemplar. ¿Podrías darme tus señas? 
Por otra parte, he vuelto a cambiar de sitio mi cuaderno de notas. Ahora se encuentra en https://josecarloscatano.com/blog/ por si pudieras incluirlo o modificarlo en tu lista de blogs.
Y siempre alegrándome de tus nuevos libros en Tusquets.
Un abrazo". 
Y en uno de los últimos, de mayo también: "Cuando quise enviarte el libro lo hacía de poeta a poeta. Quiero decir, que te lo enviaba como poeta tú. Pero ahora caigo en que también eres crítico el El Cultural de El Mundo. Y no lo hacía con ese propósito. Antes que nada, para tu posible deleite". Así era. 
La primera impresión al ver su poesía reunida fue gratísima. La cubierta es preciosa. Ni tiempo me ha dado a leer el libro al completo. Es verdad que lo frecuenté desde muy joven. Al poeta y al diarista.
El crítico canario Jorge Rodríguez Padrón, con quien mantuve una intensa relación epistolar en los años ochenta y noventa, lo defendió siempre. Como a tantos otros paisanos de esa rica y variada tradición poética insular. 
De su compleja forma de ser me llegaban noticias, aunque conmigo siempre tuvo un trato exquisito. Lo que importan al fin y al cabo son sus libros y este es un buen momento para los balances. Por desgracia. 

3.8.19

Acostarse temprano


Lo cuenta Manuel Vilas en un artículo: «Hay una escena de una hermosura devastadora en la última película que rodó Sergio Leone. En Érase una vez en América, un personaje le pregunta a un Robert de Niro ya sexagenario: “¿Qué has estado haciendo durante estos últimos 35 años?”. Y De Niro se queda mirando a su interlocutor con una cara de melancolía cósmica, también de rabia, también de venenosa soledad. Y contesta esto: “Acostarme temprano”».

Nota: La ilustración es de Fernando Oliver: "Hombre durmiendo".

30.7.19

Carta de Santander

¡Dichosas obras veraniegas! En las autovías, quiero decir. Da igual que vayas a Santander o a Madrid, lugares a los que hemos viajado en este julio que termina con temperaturas de otro mes.
Por ejemplo, camino del Cantábrico, a la altura del cruce de Frómista, nos obligaron a dar un rodeo considerable que nos permitió observar con detenimiento los campos de Castilla, Tierra de Campos, que no deja de ser un ejercicio de alto calado machadiano. 
El resto del viaje fue bien. Los túneles facilitan el acceso a estas regiones del Norte, aunque de mi memoria no se borren los mareosos puertos y portillas que franqueaba con cierta dificultad el seiscientos de mi padre. 
Santander es la elegancia. Como San Sebastián u Oviedo. La cosa nórdica, ya dije, que siempre sorprende a los del Oeste. Si, para colmo, te hospedas en el monárquico Palacio de la Magdalena situado en la bonita península del mismo nombre, ya no digamos. Nuestra habitación, con forma semicircular, estaba en el segundo piso de la torre. Un privilegio. Por las vistas más que nada. Enfrente y a lo lejos, El Puntal. Debajo, jardines y pinos y gente tumbada en el césped. Muy británico todo. Y muy universitario, of course. Sí, porque la anfitriona lo es: la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (la UIMP), de ideario institucionista y fama reconocida. Pasamos hace años por las sedes de Cuenca (ay, Diego Jesús) y Santa Cruz de Tenerife (de la mano de Robayna). En ésta, la principal, estuve a cuento de unos conocidos encuentros sobre la edición cuando uno era responsable del extremeño Plan de Fomento de la Lectura y recuerdo, sobre todo, que saludé a Alberto Manguel, del que soy lector y fans, y que el vuelo de regreso a Madrid, con Millás al lado, fue apoteósico. Nunca peor.
Llegamos justo a tiempo de comer en el mismo Palacio. Comida de colegio mayor, digamos. Mala, a qué engañarnos. Para entonces ya llevábamos al acreditación colgando, lo que facilitó el trance.
La tarde dio para una cabezada y un paseo por aquel precioso lugar. Delante, el mar, ese misterio.
Antes de la lectura correspondiente al ciclo Veladas Poéticas, que dirige el poeta, crítico y editor Carlos Alcorta (a mi lado en la fotografía) y que está a punto de cumplir veinte años, se celebra una tertulia con el autor invitado. La nuestra fue jugosa. Éramos una decena de personas alrededor de una mesa, ya es casualidad, idéntica (salvo por el tamaño) a una que conserva en su casa, procedente de Tánger, mi querida suegra. Se habló un poco de todo. De lo de uno y de la poesía en general, incluido ese sucedáneo a la moda que dan en llamar parapoesía y que unos días después bendijo Manuel Vilas en ese mismo sitio. Él sabe más de eso.
La lectura en sí desdijo los peores augurios. Ya Alcorta había advertido en petit comité que era el segundo día con sol de la temporada de baños en Santander y que la gente optaría por la playa, algo que resultaba del todo comprensible. Pero nos equivocamos y reunimos a más de setenta personas (que contó alguien), lo que no es poco si tenemos en cuenta que uno no es parapoeta.
Alcorta me presentó como es debido. Me conoce muy bien, desde mi primer libro, que mostró en público sin acobardarse, hasta el último, que reseñó en Turia. Más aún, fue el editor de dos de mis plaquettes: Aeróvoro y Lugares del otoño. Esta última formó parte de la colección El Astillero, de la revista Ultramar, que dirigía con los también poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván. Pues bien, estos dos estuvieron en el acto, algo que me hizo, lo confieso, especial ilusión. Como la presencia de mi admirada paisana Pureza Canelo, que pasa en esa ciudad buena parte del año debido a sus labores al frente de la Fundación Gerardo Diego; la de los poetas Marcos Díez, autor de Desguace, y Nicolás Corraliza; la del estudioso de la poesía cántabra Luis Alberto Salcines, así como un puñado de lectores y amigos (Nieves Álvarez, Juan Francisco Quevedo y su hija, jovencísima profesora en Harvard, participantes, por cierto, en la comentada tertulia) que lamento no poder nombrar al completo. Pureza me susurró, eso sí, que había gente muy principal. Se notaba. Grazie.
Después de los agradecimientos y los saludos de rigor, leí, para empezar, mi único poema santanderino: "Villa olvido", que forma parte de mi libro Desde fuera. La casa en ruinas a que se refiere está siendo restaurada y puede que sea la misma en la que veraneó el mismísimo Galdós. Luego leí diez poemas de El cuarto del siroco. Según costumbre, salpiqué esa lectura (una "conversación en la penumbra", diría Eliseo Diego) de comentarios personales que pudieran ofrecer al oyente u escuchante algún que otro detalle digno de ser conocido o comentado. No se trata de explicar nada, sólo de aportar datos a buen seguro prescindibles (el poema ha de bastarse a sí mismo) pero al fin y al cabo curiosos. También por hábito, en las Veladas no hay preguntas al final. Antes de abandonar el hall del Palacio (Trapiello, del que leo Diligencias, escribiría "jol"), donde tuvo lugar aquello, firmé algunas dedicatorias, un muchacho negro me entregó un extenso poema de su autoría, saludé al librero que tuvo la amabilidad de ir a vender ejemplares de algunos de mis libros y salimos, en fin, a la noche y al fresco. Nada peor para este paisano de tierra adentro que la mezcla perversa de humedad y calor. Por eso fui incapaz (pedí perdón por ello) de ponerme la chaquetina que portaba.
Nos reunimos nueve en un restaurante del centro para cenar algo. Fombellida y Alcorta, con sus respectivas esposas, y algunas amigas (como la poeta Ana García Negrete, que inauguró este año las Veladas, o la fotógrafa Mar Gómez Iglesias, autora de la foto de arriba). Nos retiramos pronto. Dormir con manta fue un final de jornada de lo más placentero.
No sin dar antes una vuelta por las calles principales y un largo paseo por la orilla del mar, salimos a media mañana de vuelta a Plasencia. Con pena, claro.
Si al subir paramos en Aguilar de Campoo, al bajar lo hicimos en un área de servicio cerca de Reinosa. Comimos espléndidamente en La Traserilla, en la parte vieja de Palencia, a un paso de la catedral. El café lo tomamos en el Ikea de Valladolid, donde tocaba parada y visita (no todo es lírica). Ya en Plasencia, al bajar del coche, comprobamos que habíamos vuelto al infierno. Qué poco dura lo bueno.

Una habitación con vistas. 

La habitación, en la segunda planta de la torre.

27.7.19

1.000 capotianas

El escritor Toni Montesinos envía un mensaje donde explica que está "de celebración bloguera". Con su "capotiana" conversación con mi admirado paisano Luis Landero, ha alcanzado una cifra récord: mil entrevistas. Las ha publicado en su blog, Alma de palabras, que el próximo octubre cumplirá diez años.
Sí, lo suyo es de Guinness. Se pregunta, con razón: "¿quién ha hecho tantas entrevistas literarias aunque sea a partir de un cuestionario, en este caso, de Truman Capote?" Y añade: "en cuanto pueda, me voy a premiar con una buena pinta de cerveza negra para la ocasión". Desde este otro rincón internáutico, brindo con él y me uno al festejo recordando mi propia "capotiana". Es de 2013, pero mantengo lo que dije. Abrazos.

23.7.19

V. Gallego en EC


Vicente Gallego
Visor. Palabra de Honor, Madrid, 2019. 172 páginas. 

No creo que Vicente Gallego (Valencia, 1963) necesite presentación; no obstante, conviene recordar que en 2003 reunió en El sueño verdadero su poesía publicada hasta entonces, seis libros entre los que cabe destacar La luz, de otra manera (Premio Rey Juan Carlos), Los ojos del extraño (Premio Loewe Joven), La plata de los días (Premio Ciudad de Melilla) y Santa deriva (Premio Loewe y de la Crítica). Por utilizar los términos de Antonio Moreno, esa recopilación recoge buena parte de su poesía “prescrita, excluida, pretérita”, casi en su totalidad reescrita a posteriori, un gesto a lo Juan Ramón, que definió la poesía como “el arte de quitar lo que sobra”.
Después llegaron Si temierais morir, Mundo dentro del claro, Cuaderno de brotes, Saber de grillos (Premio Emilio Alarcos) y Ser el canto (Premio Generación del 27).
Una obra, ya se ve, abundante, avalada por numerosos premios adscritos, digamos, a la casa Visor.
Como bien ha dicho Carlos Marzal, que hizo un trayecto parecido, Gallego “ha viajado, en su aventura literaria, desde la poesía de la experiencia hasta la experiencia de la poesía entendida como aventura verbal de la conciencia del mundo”. Los dos pertenecen a esa estirpe de excelentes poetas valencianos que tienen a Francisco Brines, grande entre los grandes, como maestro. De la que formaba parte, por cierto, el llorado Antonio Cabrera.
No está de más mencionar la faceta ensayística del autor, tan ligada a su poética y, en consecuencia, a su poesía. Kairós ha publicado sus tres libros de ensayo: Contra toda creencia, Vivir el cuerpo de la realidad y Para caer en sí (Diálogos en torno a la palabra de Nisargadatta Maharaj).
Por último, como visión de conjunto, nada más pertinente que leer la antología esencial Cantó un pájaro, que vio la luz en FCE hace tres años con selección y prólogo del citado Moreno y en la que se da cuenta de su “poesía vigente”. Al final, en una nota, escribe Gallego: “En mitad de mi primera juventud, cantó un pájaro. Escuché claro su trino y ya no pude volver a dormirme en mi inconsciencia”. No es raro, pues, que su nuevo libro (voluminoso, consta de 77 poemas) se titule A pájaros y migas ni que la presencia de las aves, en tanto que símbolo o metáfora, sea una constante.
No se desvía de su línea habitual, la que insiste en la depuración y la síntesis, si bien, a diferencia de lo que ocurría en anteriores entregas, abunden los poemas de mayor extensión y discursivo tono metafísico (siquiera sea “a la valenciana”), siempre atentos al mandato “No es buscar es hallar”. Así, “Vigilia”, “A media noche” o “La sed”.
Bajo una potente luz solar mediterránea, la vida se desliza, que diría César Simón (del que editó su poesía completa). Allí, la infancia y lo doméstico: una droguería (Casa Paqui), la playa, los viejos de la petanca (“ya no tienen / más prisa que morir / de la mejor manera”), la comida y la cocina (el arroz, entre pucheros teresianos), los pueblos, los padres…; el amor, marca de la casa (“Y si ya no existiera, / di que amor no fue sólo otra vana palabra”); la música (en especial la de las palabras, que se decantan, mediante el encabalgamiento y la oralidad, gracias a la sintaxis, a favor del ritmo); la naturaleza de un mundo animal (poblado de pájaros, del gorrión al mirlo) y vegetal (con plantas en jardines y azoteas, como el humilde perejil); los objetos y las cosas, pura cercanía. Allí, en fin, lo íntimo, pero al servicio de la poesía, como “En el secreto”.
Alguien observa el mundo y lo describe. Con asombro y minuciosidad. Algunos poemas podrían pasar por orientales acuarelas. Su verdad y su belleza, que lo mismo tiene que ver con la amenidad de un paisaje fluvial (el del río Palancia) que con la desolación de los polígonos y las periferias. Qué logrados los poemas “Domingo”, “Intemperie” o “Puerto de Valencia”. En el primero leemos: “hay algo propio / en todo lo sufrido, / lo terrestre, / en cada vidrio roto, / cada añico”.
En otro, “La reina del rellano”, más ligero, deja que ésta recomiende al vecino soltero: “tú no mires si es mona / que eso dura un suspiro / búscate a una mujer / que sea como yo / que esté contenta”.
Se aprecia una limpieza en el decir que recuerda la del verso transparente en su misterio de Claudio Rodríguez, lo que no me parece poco elogio. En poemas como “Madrugar”, pongo por caso: “porque no se madruga / sino por puro amor, / y no por el salario”.
Resuenan al fondo Juan Ramón, ya se dijo, y Lorca.
Detrás de las dedicatorias,  alumbran los homenajes. Son muchos, cabe añadir, los poemas dedicados. Elijo dos. El de José Mateos, cuya poesía está en “Puntada”, como lo está la de Hugo Mujica en “Alma”.
Destacaría también “La cadencia”, el destinado a un querido amigo muerto: Mario Míguez. De Míguez es el verso que figura al principio de la obra: “Al oído de amor sobran palabras”.
El poema que da título a esta entrega, penúltimo del índice, es clave. Una suerte de poética que comienza: “Que haya verdad / en poco / que se pueda / ir a migas / a pájaros / cantar con casi nada / no saber / de qué modo / en qué punto / un silencio se hará / de la palabra”.
Se cierra el conjunto con un emocionante poema dedicado a su pequeña sobrina Aroa, más allá de la muerte: “Ojos tan generosos, / que viéndose morir, / aún nos amaban”. Demuestra a las claras qué es la poesía y para qué sirve.

Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes, 19 de julio, en El Cultural. Al lado, hay entrevista, de Nuria Azancot.