29.5.24

Cuanto sé de mí

Bajo el significativo título de Acto de presencia, Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959), gestor cultural, crítico literario y por encima de todo poeta, reúne «en orden cronológico, toda mi poesía publicada si exceptuamos los poemas incluidos en libros colectivos y los poemas de circunstancias –algunos felizmente inencontrables–  escritos a lo largo de casi cuarenta años de dedicación a la poesía». Entre ellos, Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Ahora es la noche (2015), Tiempo vivo (2019), Aflicción y equilibrio (2020) y Fotosíntesis (2020).
Sí, deja fuera poca cosa (haikus y fragmentos de diarios) e incorpora un libro inédito y valioso: Los demonios del mediodía, que fecha en 1997. Reconoce que no puede leer un poema suyo «sin sentir la necesidad de corregirlo», por lo que el curioso podrá entretenerse comparando las variaciones entre las versiones originales y estas, algo que al lector común no debería interesarle demasiado. A uno, nada. Por razones de edad, somos rigurosamente coetáneos, he venido leyendo las sucesivas entregas de Alcorta a medida que se han ido publicando, lo que no obsta para que entienda esta compilación como un libro nuevo y distinto, una suerte de milagro que sólo la relectura de poesía permite. Un libro, por cierto, muy bien editado por la gijonesa Trea.
En vez de invitar a un especialista a redactar un prólogo para la ocasión (se me ocurre mentar a Luis Alberto Salcines, que tan bien conoce la poesía cántabra en general y la de nuestro autor en particular), Alcorta opta por poner al frente de sus poemas una poética escrita por él mismo que se limita a nombrar como «Nota preliminar».
Para curarse en salud, cita a Hans Magnus Enzensberger: «Un texto poético no es más que lo que es. Por eso es inteligible por sí mismo o no lo es. Cualquier aclaración desde fuera, aunque sea del poeta mismo, es inútil y hasta enojosa. El poeta que comenta su obra está dándose su propio juicio, reconvirtiendo a otro lenguaje el poema que era ya lenguaje poético». No era necesario traer a colación al alemán. Su texto tiene la lucidez suficiente y el lector puede confiar en que lo que allí se razona es veraz.
Resulta interesante, como indica, «establecer las conexiones entre el poeta de ayer y el poeta de hoy». Por eso ha mantenido los primeros libros publicados, «pese a que, como justifiqué en su momento, mantenga con ellos serios re­paros». El caso es que «sin esos poemas de aprendizaje, evidentemente inmaduros (…) probablemente no hubiera escrito los poemas posterio­res». A esta afirmación le sigue una sugestiva argumentación en torno a la denominada «poesía del silencio», «una retórica gastada», dice; para él, un «callejón sin salida». «Sentía que me estaba vaciando como poeta, que no podía expresarme plenamente», sostiene. Entonces, «se apoderó de mí la urgente necesidad de explorar otros caminos para reflejar con mayor fidelidad mi experiencia como un ser humano incapaz de vivir la vida con plenitud, incapaz de solventar los problemas inherentes a toda existencia, incapaz de ponerle fin al dolor, lo que se trasmutó poéticamente en un ininterrumpido examen de conciencia (…) más o menos enmascarado y sujeto a las fobias y filias de la memoria». En nuestro ámbito, adicto a las simplificaciones, la crítica diría que cambió la poesía del silencio por la de la experiencia, corriente preponderante en la Generación de los 80, la suya, a pesar de que nunca haya sido incluido en su nómina canónica. Pero no, esa simplificación no basta. Su apuesta fue bastante más seria y tuvo más importancia que ese supuesto cambio de rótulos ochenteros.
Reconoce Alcorta que «si algo no ha variado (…) ha sido mi cons­tante preocupación por el lenguaje». También la base autobiográfica. O su gusto por lo metapoético. Opta, en suma, por una poesía «más descriptiva que lírica», «de carácter confesional», apegada a la realidad, aunque esta participe tanto de lo vivido como de lo imaginado. Porque, según él, todo «poema es un artificio» y el personaje que lo protagoniza un ser de ficción. Son reveladores los párrafos que dedica a interpretar lo biográfico en relación con lo que el poeta acaba transmitiendo en el poema, que es y que no es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Nunca, subraya, estamos ante un «acta notarial». «Porque quien escribe no es otra cosa / que un tahúr, un prestidigitador». Está bien traída la cita de Von Rezzori que abre Compás de espera: «Siempre he sido –y sigo siendo– proclive a fingir, de cara a mí mismo y a los demás, sentimientos que en realidad sólo experimento n grado muy reducido».
Entre fondo y forma, «la idea debe prevalecer», puntualiza. Sin olvidar «el dominio técnico», que diría Salinas, prefiere «transmitir la emoción». De ahí que elija el tono conversacional, tan propio de la poesía que más le interesa: la anglosajona. Con una debilidad por su vertiente americana: la de Robert Lowell, pongo por caso. Los numerosos epígrafes que encabezan libros y poemas dan buena cuenta tanto de su capacidad lectora como de sus filiaciones poéticas. Se declara «afín a la poética realista».
«El yo del poema es un reflejo del autor, su historia personal sustenta el arma­zón del poema, pero necesita para completar su significado la complicidad del lector». Al fin y al cabo, «la intención del poeta es convertir una experiencia personal en colectiva». Para facilitar ese acercamiento, no duda en usar la cortesía orteguiana de la claridad, no en vano reconoce que utiliza una «especie de equilibrio narrativo, no muy lejano a la prosa». Puede que en detrimento del misterio. También del hermetismo gratuito, de la «oscuridad semántica», diría Eliot. Con la firme determinación, eso sí, de exigir al lenguaje su «máxima precisión». El poema entendido como «ejercicio de conocimiento».
Al final de su enjundioso texto, hace suyas las palabras de otra norteamericana, Marianne Moore: «Puesto que en todo lo que he escrito hay versos cuyo interés principal lo he tomado prestado, y aún no he logrado pasar de este método híbrido de composición, creo que los agradecimientos son un gesto de honestidad».
Tras el parapeto teórico, el lector se enfrenta a los poemas, que es lo que aquí más importa. Llega el momento de confrontar ideas y realidades. Poética y poesía. La prueba del algodón lírico. Desde el comienzo se aprecia que la recién mencionada «honestidad» está en el adn de Alcorta. No ha mentido. A la sequedad y la elipsis de sus primeros libros (un par), con influencias de «Octavio Paz, Valente o Celan» (léase «Cuerpo a cuerpo», que evidencia la lectura del mexicano), le siguen muchos más, en torno a la decena, donde se impone esa poética figurativa a que hemos hecho alusión a través de sus propias palabras.
La reunión de todos ellos, salvo las excepciones consignadas, conforman a mi parecer un libro único, siquiera dividido en partes. No niego que, a medida que avanzaba, tenía la sensación de que la poesía de Alcorta se fortalecía, algo que se aprecia bien en sus últimas entregas; según creo, las más logradas.
A lo largo del tiempo (y de esas páginas), el tono diarístico, de anotaciones a pie de día; el meritorio uso del encabalgamiento, que tanto refuerza su personal forma de decir; la presencia de lo amoroso, eje cardinal de esta poesía, amor y desamor mezclados, con Marta al fondo; las metáforas marinas, naturales en alguien que siempre ha vivido en la costa; lo meditativo y su discurso, de estirpe cernudiana; la memoria, que por eso escribe: para que no fenezcan los recuerdos; la amistad y los amigos, evidente a tenor de las numerosas dedicatorias, entre las que no faltan los nombres de dos inseparables compañeros de aventuras literarias y vitales: los poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván; el fracaso, el dolor, la culpa, el alcohol: «Mi fuerte de problemas soy yo mismo»; la muerte, que protagoniza, por ejemplo, uno de sus libros más genuinos: Aflicción y equilibrio (2020), escrito con motivo del fallecimiento de su padre; la propia escritura, que «es la trampa. Yo el señuelo»; la mirada, tan importante: «Quien aprende a mirar, aprende a ser»; los lugares: «La Camargue», «Punta Uía», Parma, «Monte Dobra», «Burial Hill», «Sounion», Lisboa, etc.; los aforismos que se cuelan en forma de verso: «Escribir es solo / una forma de cobardía», «Esperar es creer en el futuro»; la naturaleza, en especial el clima, con constantes llamadas al momento del día en que se está o a los cambios de la luz que iluminan el mundo; la preocupación por el paso del tiempo, ya patente en su primerizo «28 años y un día»; la identidad, las «cuestiones personales», como el título de su poema, ese viaje interior a sí mismo («¡Qué poco sé de mí!») del que da cuenta en «Confesión», «Estado de ánimo», «Examen de conciencia» o «Formas de vida»: «Ten paciencia. Resiste», porque, aunque «detesto las confidencias, dice con Chatwin, «creo que un hombre es la suma de sus cosas»; la tristeza: «De mis padres heredé esta afición / secreta a la melancolía y cierta / propensión –al parecer, injustificada– al victimismo que tantos dolores / de cabeza me causa»; la soledad («Estoy hablando de cómo un hombre solo / se ve a sí mismo solo como un hombre») y el silencio («esta patria»); y, por fin, la vitalidad, a pesar de todos los pesares, una actitud que resume bien este verso: «Vivir , no pensar, vivir únicamente».
He hablado de la identidad y muy significativos son, en ese sentido, los poemas que se agrupan (algunos son monólogos dramáticos), a modo de espejo, en la sección «Conversaciones privadas» de su libro Corriente subterránea: Paz, Machado, Steichen, Torga, Pushkin, Cernuda…
En lo relativo a la preocupación metapoética y al «arduo ejercicio de la escritura», destaco para terminar algunos versos paradójicos: «Escribir es solo / una forma de cobardía», y «Sí, la escritura es la mejor defensa». En otro sitio leemos: «Hice, para engañarme, para encontrar sentido / al desorden, de la literatura / razón de mi existencia desde la época / escolar (…) / sin saber que se escribe / a la desesperada, Tratando de olvidar / la vida que se vive, huyendo de una muerte…». No veo mejor manera de concluir esta reseña que tal vez anime al lector a acercarse a la poesía de Carlos Alcorta; un poeta, como diría Jane Hirshfield, verdadero.


Poesía reunida, 1986–2020
Carlos Alcorta
Trea, Gijón, 2023. 668 páginas. 25, 00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 37 de la revista NAYAGUA, página 256. 
 

25.5.24

Pensar crea rincones

Ramón Andrés (Pamplona, 1955), pensador y aforista, autor de ensayos relacionados con la música, Premio Nacional de Ensayo por Filosofía y consuelo de la música, es un poeta excelente. Para demostrarlo, el veterano sello madrileño Hiperión (que se renueva para seguir en la brega) publica una antología con poemas de sus libros La línea de las cosas, La amplitud del límite, Siempre génesis (incluido en Poesía reunida) y Los árboles que nos quedan (Premio de la Crítica), además de dos inéditos. El responsable de la cuidada selección, el también poeta Francisco Javier Irazoki (otro melómano), sólo ha dejado fuera versos de su ópera prima, Imagen de mudanza.
En la brevísima nota inicial, aparte de ponderar su serenidad reflexiva, donde sobresale la bonhomía, y su condición de “hombre valiente”, subraya su nivel de exigencia: “indaga sin descanso, se pregunta, percibe en cada objeto y acción las grietas evidentes o escondidas”. Añade que “la música es la columna de su pensamiento”. Y del pensamiento es su poesía, culta como su autor, trascendente, armada en torno a vivencias que lo mismo tienen que ver con lo visto, leído o escuchado en los gabinetes del saber intelectual que con lo experimentado, digamos, pie a tierra. En lo cotidiano. En el arte (la música, la pintura, la literatura) y en la vida, si cabe en este caso tal distingo.
De conversaciones y homenajes está poblada esta poesía lenta y discursiva donde se nombra a Whitman, Blake, Foix, Donne, Llull, March, Brodsky, Holan, Rilke, Hölderlin, Eliot, Huchel, Celan… Y a Bach "(“pero no te vayas”), Rorty, Nietzsche, Kiefer, Munch, Rogier van der Weyden, Van Gogh...
Que se eleva, imaginativa e inspirada, en los versos de La amplitud del límite y se atempera o enfría en sus dos últimas entregas, las mejor representadas en el libro. Siempre, eso sí, pendiente de ese ritmo particular (¡será por oído!) que la métrica (endecasílabos, alejandrinos) ayuda a conseguir. Por momentos, solemne, en la cuarta acepción del DRAE.
He citado a numerosos artistas, pero volviendo a los nombres, cuántos no hay de lugares concretos de los entornos del Valle del Baztán (reside en Elizondo) y del País Vasco, ese Norte, más que un clima o un paisaje, que orientó la selección de otra antología editada hace dos años.
“El poeta piensa en círculo, / 360° de ser”, dice. Y así procede. Con “la duda como forma de razón”. Y es que “ocurrimos lejos, / con la voz enfriándose como piedra de iglesia”. Consciente del límite: “No hay cima, sobrepuerto, / cortante o vaguada que no seas tú, leemos en “Paseo”. Porque, dejó dicho Tomás de Aquino, “Vivir es más perfecto que ser”.
Enumerar todos los poemas memorables que contiene el florilegio sería excesivo. Destacaría “Vaucluse” (“y de la imperfección hacer sosiego”), “Poema de amor sin objeto (aparente)” (“y quien te ame lo haga en silencio”), “Sísifo” (“La creación es esto: la insistencia”),“Campanas”, “Las quejas” (“porque ardes dentro”), “Rectas disjuntas”, “La madera” (“Los árboles mueren como lenguas maternas”), “Los hombres”, “Suceder” (“El perdurar es esto: decir / lo ya existido, su evocación”), “El tejo” (“un mundo”), “Siempre génesis” (“Las cosas significan por su memoria”), “Hidráulica” (“El agua es noción”), “Acércate”, “Lo cotidiano”, “Desesperado” (“Me quise en lo más lejos de mí”), “Los libros”, “Lena”…
Como dijo en “Aizkolari”, “Aquí no hay metafísica”. Sí árboles, hierba, gaviotas, nieve, galerna, vacas… “Una conciencia”. Una identidad “hecha de otras muertes” que constata: “Lo pobre es alto. Lo alto es pobre” y sabe “por la voz si alguien no ha amado”. Sí, Andrés ha conseguido escribir “un poema sencillo / como el corazón de un perro”. 

Ramón Andrés
Selección de Francisco Javier Irazoki
Hiperión, Madrid, 2023. 208 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL




2.5.24

Un ir hacia

Ana María Moix
Lumen, Barcelona, 2024. 208 páginas. 18,00 €
 
 
En A imagen y semejanza (1983) recogió Ana María Moix (Barcelona, 1947-2014) toda su poesía publicada: los libros Baladas del Dulce Jim (1969), Call me Stone (1969) y No time for flowers (1971). En el 73 vio la luz No time for flowers y otras historias, que incluía los dos últimos y Homenaje a Bécquer. Ahora, en edición de Andreu Jaume, se reúnen de nuevo esas entregas y se añaden dos libros nuevos: Palabras, por ejemplo y Cancionero para una dama.
Para ella, ser escritora era “una actitud y una manera de estar aquí que exigían una capacidad de observación y escucha constante” y, por tanto, algo distinto de hacer carrera literaria y publicar libros a menudo. Su condición de mujer estuvo siempre presente en su escritura, pero sin limitar su campo de acción. Recordemos que fue la única poeta que incluyó Castellet en su famosa antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). Si el responsable de la selección fue en realidad Gimferrer, la cosa tuvo su lógica pues el autor de Arde el mar fue su mentor y maestro. Destaca Jaume que fue “una poeta con un fuerte acento propio, llena de inventiva y vuelo lírico, vanguardista y a la vez clásica, capaz de saltar del siempre difícil poema en prosa al verso suelto y de ahí a la estrofa cerrada”. Que la suya es “una voz reconocible y genuina”.
Alude al poema en prosa y, en efecto, tal vez no se haya ponderado debidamente su contribución a esa particular forma poética que usó en A imagen y semejanza.
Escritora precoz, declaró haber imitado en sus comienzos, “descaradamente”, a Bécquer (una presencia fundamental) y Azorín, quienes “hicieron de la prosa un instrumento poético”, como ella. Pero son múltiples las influencias que se aprecian en sus primeros libros, de Pizarnik a simbolistas como Nerval, pasando por el 27 y los numerosos autores (detrás, las recomendaciones de Gimferrer) que cita en Palabras, por ejemplo.
En torno a su propia vida, centrada en la adolescencia y primera juventud de una estudiante melancólica, al amor , la belleza y la muerte (“última pirueta” de la vida), construye Moix su poética. Como señalaba Vázquez Montalbán, alimentada “de cine y canción”. En esta “poesía escrita sin versos” y en la que acabamos de descubrir, escrita con ellos, el estribillo es habitual y el atinado uso del encabalgamiento proporciona el singular ritmo que la identifica. Un tono de  balada que recuerda a las de Brecht.
A la fragmentación, la narratividad, el dejo coloquial y el juego de voces e identidades que caracterizan las primeras entregas, muy de época (sesentera, la del pop), las que salvó, se suman, ya se dijo, dos inéditas. Cancionero para una dama, escrito en sonetos, octavas y coplas, tiene una gracia relativa, con ser un ejercicio clásico impecable, pero Palabras, por ejemplo (verso de Gil de Biedma), incomprensiblemente “extraviado” desde ¡1966!, me parece una extensa obra lograda que participa más de la poesía del 50, la de los partidarios de la felicidad barceloneses, que de la de sus culturalistas contemporáneos novísimos. Una gratísima sorpresa, sin duda.
Frescura y naturalidad dan forma a esta historia autobiográfica: la de “una niña grande que se encuentra sola” (“Uno es él mismo y su soledad”) y explica “lo que veía”; una suerte de monólogo donde vida, estudios (“de aula en aula, / de bar en bar”) y lecturas se confunden y donde escribir poesía (algo inexplicable, que hace “sin entenderla”, sobre lo que reflexiona) no deja de ser “un ir hacia” que salva la existencia. “Vive, vive, vive”, dice. “Al fin y al cabo solo queríamos libertad”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.