14.1.22

Últimas lecturas de 2021

Lo dije en la entrada que dediqué a justificar mi participación en las listas de "mejores del año": no sólo dejas libros importantes atrás (no los has leído, no caben), sino que te llegan otros o por fin reparas en alguno perdido entre los que están apilados. Para entonces, claro, la nómina ya estaba enviada. Antes de recuperar varios títulos, copio la respuesta que ha dado el nuevo director de El Cultural, Manuel Hidalgo, a una pregunta de Nuria Azancot donde sale a colación el asunto de las dichosas nóminas: 
"¡Pues me gusta mucho hacer listas, soy fanático de las listas! Ya de pequeño, lo que más me gustaba de las vacaciones de Navidad, era encerrarme a hacer las listas de mis libros, películas y discos favoritos del año. ¡Las conservo en cuadernos que me traía mi tía de Biarritz!". Mi gozo, ay, en un pozo. 
Empezaré por un libro que mis compañeros de suplemento Irazoki y Blesa han votado y que yo no voté porque las normas dictaban que no podían seleccionarse florilegios (salvo de poetas extranjeros). Me refiero a Mi lado izquierdo. Antología poética 1989-2019 (Renacimiento), de Rafael Fombellida (Torrelavega, 1959). No tengo que demostrar nada: sigo a este autor y reseño sus libros desde hace demasiado. Se puede comprobar en la bibliografía manejada por la editora del libro, Xelo Candel, que le menciona a uno en el preciso prólogo que precede a la muestra. No me cabe duda de que es un poeta imprescindible en cualquier lista (canónica o no) de la poesía española de finales del XX. Su voz es única y su independencia ejemplar. Si no se conocen sus poemas, ninguna forma mejor que la de empezar por aquí. 
Francisco J. Márquez (Jerez, 1983) reúne en Cantar de grillos (Libros Canto y Cuento) un puñado de versos sencillos (que no simples), escritos -diría él- "con minúscula", pero que tienen todo el encanto de la verdadera poesía. Así, "La terraza", "Cunetas" o "Palmera", que dedica a José Mateos, director de esta coherente colección donde uno siempre encuentra lo que espera.
Se comprende mejor después de leer otro libro de la misma casa, Mientras levanta el día, el segundo de Manuel Montero (Jerez, 1955), que va ilustrado por Ana Domínguez y lleva un prólogo (de los que conviene leer) de Pedro Sevilla, que lo sitúa lejos del "malditismo" y a favor de la esperanza, ese "anhelo activo", esa "fe de vida". Versos, sin duda, "claros y limpios, sin hojarasca", como los que componen "Identidad", "Ritmo" ("A paso lento / camino entre la gente / que tiene prisa") o "Lo vivido". Como pretendía, ha construido "un nido de palabras". Bien hermoso. 
Después de sorprendernos con su primera novela, Los montes antiguos (Periférica), Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), otro nombre necesario de la Generación de los 80 o de la Democracia, publica Ríos de Babilonia (Pre-Textos), otro hallazgo. Con la hondura y la elegancia que le caracteriza, compone un breve volumen donde cada poema es un libro en sí mismo. Me han encantado "Romanticismo", "Ríos de Babilonia", "La juventud de los hombres ilustres" ("Un poeta no es nada. No tiene nada."), "A propósito de la naturaleza", "Viento seco, trastorno y apariciones"... No, la nómina de su rica promoción no se agota en los nombres de siempre. Hablo de evidencias. Son compatibles para cualquier lector de poesía los últimos libros, pongo por caso, de Fermín Herrero (aún espera la reseña de En la tierra desolada en El Cultural) y de Felipe Benítez Reyes (del que reseñaré Un mentido color para la mismo revista). 
A esa hornada pertenece por edad Juan Peña (Paradas, Sevilla, 1961), otro que va por libre, y que con Yacimiento (La Isla de Siltolá) vuelve a dar en el clavo. El título es muy adecuado porque de restos arqueológicos (terracotas, jarrones, lucernas, vasos, etc.) convertidos en alta poesía de regusto clásico van estos versos escritos con la sabia naturalidad de un poeta auténtico con alma de arqueólogo. Un botón. "Servidumbre y grandor de lo que eres": "Nunca serás la casa, / pero habitas la casa. / Nunca serás el tiempo, /  pero estás en el tiempo. / No serás inmortal, / pero lo sabes". 
José Antonio Llera (Badajoz, 1971), un poeta que no se prodiga, acaba de ganar el XL premio Leonor en Soria por su libro Tanatografía. Antes de que aparezca, RIL edita El hombre al que le zumban los oídos. Del rigor de su poesía ya teníamos cumplida noticia. Los poemas en prosa de esta nueva entrega ponen en evidencia su particular modo de proceder. Estamos ante una poesía en los límites. Sin concesiones. Dura y cortante. En torno a obsesiones muy suyas, como la enfermedad. Y con una mayor presencia, o eso me parece, de la imaginación, lo que le lleva a usar un lenguaje surrealizante que no dejará impávido al lector y que tendrá una gran aceptación entre los más jóvenes, en la línea, pongo por caso, de Mario Obrero. 
El diplomático Ignacio Cartagena (Alicante, 1977) urde en Las cataratas de Nelson (Ars Poética) un artefacto narrativo al que no le falta poesía. Lo explica muy bien en "Nota de aclaración (y de disculpa)" que abre el libro y en la "Nota final" que lo cierra. Un yo literario que es y no es él mismo explica sus peripecias personales y familiares (por medio, un divorcio) a través de una serie de poemas logrados. Como es propio de alguien que trabaja en Asuntos Exteriores, el viaje es un tema omnipresente. Dos partes tienen que ver con eso: "Los telegramas cifrados" y "Doce poemas australes". Su poder evocativo y las atmósferas que consigue fijar dan fe del acierto de su apuesta. Un libro, sí, para lectores mundanos y cosmopolitas. 
Nos ocupamos aquí del primer libro de Xavier Guillén (El Masnou, 1981), quien ahora publica en Pre-Textos Amo de casa. "¿Puede ser la poesía / nostalgia de oficio?", se pregunta al evocar el de su abuelo: zapatero. Tal vez. No le falta al poeta que ha escrito "Mi hermana me saca de casa" (en otro poema le "saca" su mujer), "Sopas completas", "Pesca en hielo", "Mar y tiempo", "Segunda residencia" o "Musgo en la nieve", una serie de ocho poemas en prosa que cierra el volumen. La claridad, la ironía y la memoria ("Devuélvete al presente") son tres de las patas sobre las que se sostiene la segunda entrega de Guillén. No se cae. 
Con Pulso solar, Diego Vaya (Sevilla, 1980) consiguió el accésit del "Jaime Gil de Biedma". De este autor ya habíamos comentado aquí un par de libros de poesía y otro de ensayo que dedicó a la obra de pintor Luis Gordillo. Este se abre con la famosa cita de Borges que celebra que todos los días estemos un instante en el paraíso. Por ejemplo, cuando uno come fruta, ve a su hijo escribir por primera vez su nombre, acaricia la piel del cuerpo de la amada o constata su amor. También al ver fotografías de su madre, que regresa. Meditativo y hasta metafísico se vuelve en las partes tituladas "Horizontes", "Paraíso en obras" y "Rescoldos de sol", que cierra el poema "Lo que importa". Dan fe de la solidez de su apuesta. 

NOTA: Ilustra esta entrada un detalle de una "librería" del escultor Manolo Valdés. 

12.1.22

El mapa de una vida

El pasado mes de octubre visité el IES "San Roque" de Badajoz, que toma su nombre del popular barrio donde está ubicado. ¿El motivo?: la amable invitación para intervenir en el Proyecto Erasmus+ Cartoteca biográfica de autores europeos -BIO-Maps coordinado por ese centro (al frente, los profesores Marisi Fortuna, Esmeralda Tienza y Ángel Domínguez) y en el que participan institutos de Educación Secundaria de Covilhã (Portugal) y Budapest (Hungría), así como las universidades UNED de España, Instituto Politécnico de Oporto, en Portugal, y la Universidad ELTE de Hungría, además de la Asociación Europea de Geógrafos EUROGEO.
Fue un viaje muy placentero y me recibieron con una cordialidad digna de ser subrayada. (El director del instituto, por ejemplo, nos acompañó en todo momento, algo poco habitual.) 
La mañana fue intensa. Después de tomar un café con dulces típicos en la sala de profesores, estuve reunido con el alumnado de 2º de Bachillerato. Luego, con un grupo de 1º de la ESO. Los chavales, mayores y pequeños, se portaron extraordinariamente bien. Suele ocurrir. 
En medio, una larga entrevista con dos alumnas. A partir de esa charla (muy bien documentada, por cierto) y de mis respuestas a un extensísimo cuestionario que preparó el profesor Domínguez y a resultas del cual uno acabó conociendo hechos vitales que ni siquiera recordaba, por no decir que ni conocía, se ha confeccionado lo que presentamos ahora, el story map o mapa de mi vida (en minúsculo sentido histórico), verdadera finalidad de la experiencia. 
Creo que el resultado exige felicitar a los alumnos y profesores implicados. También, cómo no, a agradecerles su trabajo. Destaco los nombres del mencionado Ángel Domínguez, responsable de la Investigación biográfica y los textos, y de Isaac Buzo Sánchez, responsable de la Cartografía y del Story Map (y director del IES).
De aquel viaje a Badajoz (donde uno siempre regresa con gusto), no olvido tampoco la comida final. Por los ricos platinos que disfrutamos en el Sanxenxo y, sobre todo, por la animada y afectuosa conversación mantenida con el grupo de personas que tuvieron a bien acompañarme. Muchas gracias. 

11.1.22

Pasiones lectoras

José Luis Melero (Zaragoza, 1956) es escritor, bibliófilo y un estudioso de la cultura de Aragón. Fue uno de los fundadores del Rolde de Estudios Aragoneses y de la revista del mismo nombre (que todavía sigue viva). También de Crótalo.
Aragonesista confeso, presidió la Fundación Gaspar Torrente para la investigación y desarrollo del aragonesismo y es académico de número de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, donde ostenta el cargo de Bibliotecario.
Pertenece a diferentes Consejos de Redacción de revistas y al Consejo Científico y Consejo Editorial del Instituto de Estudios Turolenses, editor de Turia.
Columnista de prensa y colaborador de programa radiofónicos (como “Aragoneses en Aragón”, de Aragón Radio, junto a Genoveva Crespo), es un reconocido experto en jota y un hincha del Real Zaragoza.
Tiene, entre otras distinciones, la de Hijo Predilecto de la Ciudad de Zaragoza, la Medalla de Oro de Santa Isabel (concedida por la Diputación Provincial de Zaragoza) y la de Hijo Adoptivo de la Villa de Aguarón.
Todo lo dicho podría dar a entender al lector desprevenido que estamos ante un circunspecto señor de provincias que apenas sale de casa debido a sus rancias ocupaciones eruditas. Dista mucho de ser verdad. Lo demuestra, y no sólo, su faceta de escritor, un arte que ejercita, sobre todo, desde la columna, y no por su condición de estilita, sino porque escribe una para su periódico, Heraldo de Aragón, cada semana.
Quien haya leído Leer para contarlo. Memorias de un bibliófilo aragonés (2015), La vida de los libros (2009), Escritores y escrituras (2012), El tenedor de libros (2015) y El lector incorregible (2018), todos publicados por Xórdica, sabe bien cómo es. A esta serie se suma ahora Lecturas y pasiones, aunque, para completar el mapa, no está de más que mencionemos otras obras suyas como Los libros de la guerra (2006),  Manual de uso del lector de diarios (2013) y Una aproximación a la bibliofilialos libros, la vida y la literatura (2017), además de los dedicados a la jota o a los cuentos populares de su tierra.
Lecturas y pasiones reúne ciento doce artículos del Heraldo publicados entre 2018 y 2021. Antes de entrar en materia conviene fijarse, con independencia de la afición de cada cual por la bibliofilia (estamos ante un libro bien hecho), en la ilustración de la cubierta, obra de Jorge Gay, y, más que nada, en el prólogo. Los de Melero son pequeñas joyas que nunca han de saltarse, no como la mayoría de los enojosos delantales que se colocan en las primeras páginas de los libros. En éste, el autor vuelve a recordarnos su “pasión por los libros” que “desbordada, acabó convirtiendo mi casa en una biblioteca”. Tanto, podemos precisar, que, como antaño hiciera un rico con su querida, tuvo que ponerle un piso a los ejemplares que terminaron rebasando la suya propia.
Sostiene, aunque parezca baladí, que “los libros están hechos para ser leídos” (y no coleccionados, como suelen hacer sus camaradas bibliófilos). Y, con pudor, que “tener muchos libros […] no significa tampoco nada”.
Afirma después: “Dime que libros has leído y te diré quién eres”. Y: “Uno siente pasión por los libros porque anhela leerlos”. Luego añade: “Por eso nos gustan más los libros humildes que las grandes piezas de caza mayor”.
De sus lecturas y pasiones, sí, está hecho este libro, donde convive “lo local y lo universal”, que viene a ser lo mismo cuando de literatura se trata como nos explicó hace tiempo Miguel Torga.
La materia a que me refería se resume en los asuntos de los que esos artículos tratan. De escritores “raros” y olvidados, de otros mucho más conocidos e incluso de amigos que escriben (el desaparecido Félix Romeo o los muy vivos Fernando Sanmartín, Sergio Vila-Sanjuán y Antón Castro). Para empezar, porque la pulsión amistosa es en Melero de una naturalidad llamativa y, para seguir, porque es evidente que los amigos pueden escribir buenos libros. Aquello, ya saben, de que la admiración está en el origen de la amistad, al decir del clásico. ¿A quién, en fin, no le gustaría aparecer en alguna de estas columnas de la sección de Opinión del suplemento ‘Artes & Letras’ del citado diario aragonés?
Incluso cuando nos habla de fútbol, pongo por caso, o de un libro o un autor que es o fue paisano suyo (de los “ilustres”), esto es, cuando desciende a lo personal y regional por excelencia, es capaz de encandilarnos. Sencillo: porque escribe muy bien (un estilo que no se nota, digamos, ni retórico ni enfático, pero efectivo y sólo suyo) y porque detrás de la información y del análisis está la anécdota o el retrato del personaje, singular casi siempre.
Anécdotas divertidas, señalo. Y es que Melero gasta un sentido del humor tan sustancial como notable, extraño en el panorama literario patrio; con frecuencia, tan solemne y grave. Un humor, claro, teñido de ironía. De esa benévola e inteligente que no hace sangre.
Si no fuera pecado, diría que la de este hombre es una literatura entretenida.
No es cosa de poner aquí la ristra de autores de los que nos cuenta algo. Es larga, sin duda, y recortada dejaría de tener gracia. Sin embargo, me atrevo a destacar lo que a uno más le ha interesado. Así, las columnas que dedica a Lorca, aprovechando un viaje a Granada con su mujer, Yolanda, su “vicerrectora favorita”, como le ocurre con frecuencia; a las pesquisas del Rastro, con su admirado Trapiello al fondo (en 2019 publicó, en edición no venal de 50 ejemplares, Un recorrido por el Rastro de Andrés Trapiello) y a otras exploraciones por librerías de viejo, como la de Antonio Mateos en Málaga (antes de que internet acabara con el placer de comprar primeras ediciones); a la bibliofilia de “un bibliófilo muy atípico”, como se define, y a las bibliotecas de otros, esa suerte de autobiografías; a las librerías normales, a las Ferias del Libro (de cualquier época) y a los pregones y las presentaciones de libros (que odia y ama, más desde que está jubilado y lleva una vida social intensa y hasta peligrosa); a los descubrimientos de obras y escritores (y escritoras, no se me enfaden) que él resucita con justicia poética (como la de quien creía extremeño: “el cazador Antonio Covarsí”, o la de otro de Extremadura, nacido, éste sí, en Mérida: mi añorado Alberto Oliart, poeta inédito); a hechos históricos, pues no le falta, al revés, un gran sentido de la Historia; a Jaca, una ciudad a la que uno siempre ha querido ir; las que destina a la suya, Zaragoza, y, ya allí, a los famosos y no tanto que pasaron por esa ciudad con universidad y río; a escritores de vidas poco ejemplares, como Sender y Salinas; o, por terminar, a la política, que en este país llamado España es inseparable de nuestra última, catastrófica Guerra Civil.
Podríamos ir leyendo, semana a semana, esta especie de novela por entregas (por lo que tiene de trama en la que se enreda una serie de curiosos personajes), ya que Melero publica las columnas en su muro de Facebook tras su aparición en el periódico, pero uno prefiere esperar a que la ristra adopte forma de libro. Uno de esos “humildes” que “sentimos cerca del corazón y leemos con fruición y avidez”, por decirlo con sus propias palabras.
 
Lecturas y pasiones
José Luis Melero
Xórdica, Zaragoza, 2021. 288 páginas. 20 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

8.1.22

En la Biblioteca de los Jesuitas


La idea fue de Salvador Retana. El pasado lunes, Yolanda, Gonzalo Hidalgo Bayal, mi hermano Fernando (autor de las fotografías que ilustran esta entrada), el promotor y yo visitamos la Biblioteca de los Jesuitas, que es como se conoce a la del Obispado de Plasencia por aquello de que el núcleo de sus fondos proceden de la del antiguo Colegio placentino de la Compañía, construido por orden del prelado Gutierre Vargas Carvajal en 1555 y que "permaneció funcionando durante más de 200 años, hasta que en 1767 el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de España", como explica el periodista Claudio Mateos en el diario HOY. En ese mismo, detallado artículo se da cuenta de que "entre los aproximadamente 5.000 volúmenes hay al menos tres incunables" (que ya son más), así como "libros de clásicos como Platón o Cicerón, un ejemplar de La Galatea y una rareza como es un libro expurgado del humanista Erasmo de Rotterdam, que contiene tachaduras y una nota que lo señalaba como lectura prohibida". Vimos algunos de esos tesoros (como la Biblia Políglota Complutense) y otras rarezas gracias al archivero Gorka Díaz Majada, que en el último número de la revista Alcántara publica, por cierto, la primera entrega de un amplio estudio sobre la biblioteca que ha catalogado (con la ayuda financiera de la Fundación Banco Sabadell), si bien la actual archivera es María del Carmen Fuentes Nogales (también presente en nuestra visita). La disertación de Díaz fue muy amena. Se aprecia la pasión que ha puesto en su empeño, tan noble como titánico. 
En otro artículo, el citado Mateos cuenta que "entre los hallazgos más importantes se encuentra la bula de las gracias concedidas al cardenal Bernardino de Carvajal en 1521 por el papa León X, es decir, el nombramiento como obispo de este importante religioso que ya ocupaba un cargo de importancia en Roma al ser designado obispo de Plasencia, su ciudad natal, sede que ocupó hasta 1524, cuando fue sustituido por Gutierre de Vargas Carvajal. La bula ha aparecido dentro del pequeño estuche original de latón en el que llegó desde Roma, posiblemente a manos del propio Bernardino de Carvajal, y se encuentra perfectamente conservada". No es la única joya que esas paredes albergan. 
Tanto o más interés tuvo para uno el relato de leyendas y anécdotas suscitadas por ese lugar, fundado en el siglo XVIII, que estuvo tapiado en más de una ocasión para evitar su destrucción o su saqueo. Fueron las pesquisas del obispo alcoyano Vilaplana Molina las que permitieron dar con ese oculto recinto en los años setenta del siglo pasado, aunque haya llevado décadas llevarla hasta su digno estado actual. 
Me acordé mucho ese día de mis amigos Santiago Antón, al que las barreras arquitectónicas cegaron el paso, y José Luis Melero, si bien sus intereses librescos sean otros. A los que amamos los libros, cualquier biblioteca nos basta. Más si es tan hermosa como esta; de estilo colonial, para más señas. Con vistas, por delante, a un ameno jardín y, por detrás, a la parte antigua de esta culta ciudad murada. 









7.1.22

Sobre "El cuarto del siroco"

La Asociación de Librerías de Guipúzcoa le pidió a Pablo Luque (reciente ganador del Premio 'Ciudad de Irún' con Greenwich) que grabara un vídeo recomendando un libro y se acordó de El cuarto del siroco. Se puede ver y escuchar en Instagram. Gracias.

5.1.22

Homenaje a Rafael Guillén

Ni Jorge ni Nicolás, Rafael Guillén. Un poeta menos conocido de lo que debiera. Por haber estado atento a lo que al cabo importa: la poesía. La suya sobresale en el panorama patrio. Lo saben bien los lectores debidamente informados. Para celebrar la verdad y la belleza de sus versos, Fernando Jaén, Javier Gilabert, Gerardo Rodríguez Salas y Juan José Castro, han coordinado una antología-homenaje con la excusa de su octogésimo octavo cumpleaños. Ve la luz en el catálogo del Servicio de Publicaciones de la Diputación de Granada, su tierra. 
El título del volumen, Para decir amor sencillamente, está tomado de su soneto "Pronuncio amor": “Vengo de no saber de dónde vengo / para decir amor sencillamente”. 
Juan Carlos Friebe, persona cercana al poeta y a su familia, ha puesto el prólogo y ha ayudado en la selección de colaboradores. Entre ellos, poetas coetáneos (los del 50) como Francisco Brines (que envió su poema "Al lector" un par de semanas antes de morir), Julia Uceda, Antonio Gamoneda, María Victoria Atencia y Ángel García López. No faltan voces granadinas imprescindibles, como la de Antonio Carvajal. Ni jóvenes: Nieves Chillón, Diego Medina Poveda -Premios Andalucía de la Crítica-, Olalla Castro, Julen Carreño, Jorge Pérez Cebrián o Juan Gallego Benot.
Informan los editores que solicitaron un poema a ser posible inédito y relacionado, como es lógico, con Guillén o con su obra. El florilegio tiene tres bloques temáticos relacionados con esta: el amor, el tiempo, el instante y otro, el que lo abre, "constituido por poemas escritos como claro homenaje al poeta granadino".
Me gustan, de entre los que retratan el hombre, los de Fernando de Villena (que lo sitúa en Almuñécar), Antonio Rivero Taravillo (en una librería) y Antonio Gamoneda (que conversa con él). 
La nómina general es muy amplia y en ella se encuentran -entre otros, insisto- Pilar Adón, Luis Alberto de Cuenca -último premio Federico García Lorca-, Miguel D’Ors, Rafael Espejo, Trinidad Gan, Juan Andrés García Román, Ioana Gruia, José Gutiérrez, José, Raquel Lanseros, Victoria León, Aurora Luque, José Lupiáñez, Rubén Martín, Jesús Montiel, Jesús Munárriz, Luis Muñoz, Justo Navarro, Antonio Praena, José Ramón Ripoll, Álvaro Salvador y Jenaro Talens.
La representación extremeña brilla por su presencia (por los hermosos poemas aportados): Basilio Sánchez y Jesús García Calderón. 
Qué buena ocasión, en fin, para seguir leyendo, profundizar en su obra o empezar a leer la poesía necesaria de Rafael Guillén. 

Fernando Jaén y Javier Gilabert, coordinadores de la antología, con el poeta Rafael Guillén (centro). / IDEAL
Fernando Jaén y Javier Gilabert, con el poeta Rafael Guillén. / IDEAL

3.1.22

Una luz imprevista

Pocas veces ha leído uno un libro con la constante sensación de que le gustaría a tal o cual amigo. Personas cercanas, cabe matizar. Que a este o aquella se lo regalaría con gusto. Cada página de Una vida tranquila (Galaxia Gutenberg) suscitaba el recuerdo de alguien y era compartida en silencio y a distancia con él. 
Cuando empecé no sabía nada del autor, Coradino Vega, un profesor de literatura de Sevilla nacido en Minas de Riotinto (Huelva) en el 76. También desconocía de qué iba en rigor el libro. Si se han publicado reseñas, no me di cuenta. Lo vi en Madrid a finales de noviembre, en la exposición de Morandi, y me llamó la atención por la imagen de la cubierta: una natura morta del maestro boloñés. Y por el título, una de las posibles traducciones de still life, que para nosotros suele ser "naturaleza muerta". 
El libro es luminoso. Parece escrito en estado de gracia, aunque el proceso de escritura haya sido largo en el tiempo. Y no me refiero al de llevar al papel (o al procesador) su contenido. Lo que dice Vega ni se improvisa ni surge así como así, a pesar (no lo oculta) de las "referencias" consultadas. 
Su estilo está a tono con las ideas que pretende expresar. Transmite el sosiego al que aspira. Impera la sencillez, nada fácil de lograr cuando se habla de asuntos tan complejos. Y digo "complejos" porque los esenciales de cualquier existencia son enrevesados por naturaleza. Vega, sin embargo, se va abriendo paso con agudeza, hacia adentro. Su naturalidad resulta asombrosa. Quizá porque uno coincide plenamente con la poética que defiende: la de la humildad. Qué bien compone su defensa. Se vale de diversas obras y de diferentes autores. De vidas discretas como la del pintor Giorgio Morandi, la poeta Jane Kenyon, el compositor Federico Mompou y los monjes de la película De dioses y hombres. Pero no son los únicos. La galería es amplia (Ajmátova, Sophia de Mello Breyner, Zagajewski, Fra Angelico, Falla, Dickinson...) y sus apariciones en escena están muy bien traídas. 
Este emocionante ensayo de trasfondo autobiográfico que se lee, gracias a lo bien escrito que está, sin dificultad, revela además una moral de raíz humanista que resulta fácil asumir, más ahora. Hablo de mí.
Me ha llamado la atención lo bien que Vega conoce la poesía (aunque él sea novelista), algo poco común, incluso entre poetas. También la pintura y la música. 
No quiero desvelar ningún misterio más. El lector, como me pasó a mí, tiene derecho a descubrir por sí mismo lo que esta suerte de breviario propone. Su lectura me ha confortado. Me anima a perseverar en algunas, pocas convicciones; esas sobre las que se sostiene lo precario de cualquier biografía. 
La judía Etty Hillesum anotó en su diario: "En realidad se pueden decir con muy pocas palabras el par de cosas importantes de la vida". De eso se trata.