4.7.22

De jubilación


Dos años (casi) después, por culpa de la maldita pandemia. No todo van a ser penas. Al final nos juntamos cinco compañeros: Luci, Javier, Teresa, Fermín y yo. Los del colegio "Alfonso VIII" que optamos por jubilarnos desde 2020 para acá. 
Según costumbre, lo celebramos en el Parador placentino, que para eso es uno de los mejores de España. Con una comida; bueno, con dos, porque los nuevos pensionistas invitamos a un copioso y animado lunch con toque extremeño en el claustro que, para algunos, hubiera hecho innecesario el menú en sí. Que el marco sea incomparable, por usar el tópico, -estuvimos en la antigua biblioteca del convento- no significa que la cocina fuera también excelsa, aunque mal tampoco estuvo. Por seguir con las tradiciones, a los postres se nos hizo entrega de un diploma que expide la Consejería de Educación y de los regalos. Tanto antiguos jubilados como maestros en ejercicio aportan una cantidad (cada cual a quien quiere) con la que los retirados nos hacemos un regalo: viajes, aparatos electrónicos, etc. Cabe añadir que, además, cada asistente (a voluntad) se paga su cubierto, salvo los que dejan la docencia y sus respectivos acompañantes (uno por persona) que son invitados por el resto. Antes, íbamos a tomar una copa o un refresco a otro sitio (la tarde es joven), pero este año decidimos que la tomaría (quien quisiera) allí. A la primera, invitábamos también nosotros. Ya se ve que la sofisticación celebratoria es máxima. ¡Organización!, como en el chiste. Y ya que la menciono, este año la mesa presidencial ha sido enorme. Amén del equipo directivo, Luci y sus dos sobrinos, los hijos de mi viejo amigo Florentino Gargantilla, todos maestros, como su madre; Teresa y su compañera; Fermín y su mujer; Javier, Maripaz, sus tres hijos y sus respectivas novias; Yolanda y yo. 
A la entrega de diplomas y regalos (no se llevan, se lee una tarjeta donde se explica en qué consiste), siguieron los discursinos. Lo primero que dije cuando empezamos a preparar el acto (grupo de guasap mediante) es que no tenía sentido que habláramos los cinco. ¡Menudo castigo! Propuse que lo hiciera en nombre de todos Javier, que unía su condición de cesante a la de (todavía) director. Y así se hizo. Como domina el asunto, de maravilla. Tuvo a bien hilar sus palabras con los versos de uno, lo que desde aquí le agradezco. Un detalle. Tomó luego el micrófono la nueva directora, Amelia, que elogió la labor y a la persona de Juanals, su antecesor en el cargo. Llegaron después los vídeos. En esta ocasión, dos. Uno sobre el quinteto (con fotografías de cada uno que van desde la más tierna infancia hasta la jubilosa actualidad) y otro dedicado a los dieciséis años de dirección de Javier. Los dos obra de Ricardo, un as del audiovisual. A todo esto, y desde que nos sentamos a comer, la novia de uno de los hijos de Javier, Ana Campo, fue entonando una bonita selección de canciones, al gusto de los más veteranos. De los Beatles a Pablo Milanés pasando, cómo no, por Serrat. No contentos con eso, hubo karaoke. Uno se atrevió, aunque en grupo: el de los hombres, con una de Raphael: "Mi gran noche", muy adecuada para esa extensa sobremesa de bailes, voces y risas. Lo pasamos muy bien. Mi hijo se extrañó de verme en una fotografía en plena carcajada. Pobre, bien sabe que le ha tocado en suerte un padre serio. 


Esta crónica no puede terminar sin que agradezca de corazón a mis queridos compañeros (sí, término que incluye, como manda la RAE, a mis compañeras, que ya alguna...), sin que agradezca, decía, su compañía en la divertida celebración (a la que acudieron la mar de elegantes) y sus muestras de afecto hacia mí, ese día y siempre. No olvido a Inmaculada y a Auxi, que no pudieron acudir por una causa común y sumamente desgraciada. Ni siquiera a quienes ni asistieron ni colaboraron en el regalo. Estuvimos muy a gusto, hablo también por Yolanda. A las próximas ya irá uno más tranquilo y emboscado. Y me iré mucho antes de que la fiesta termine. A buen seguro, nos lo volveremos a pasar bien. Con esta gente... Un lujo. 






1.7.22

Lostalé, 80 años


Conocí a Javier Lostalé en Madrid, donde nació, en 1991. En la rueda de prensa que siguió al fallo del premio Loewe que gané aquel año con Una oculta razón. Luego nos hemos encontrado en alguna que otra ocasión; por ejemplo, en las presentaciones de un par de libros míos en la librería madrileña Rafael Alberti. Porque pertenecemos "al linaje de los tímidos" (parafraseo el verso de un hermoso poema de Basilio Sánchez recién publicado en la revista Sibila), charlas breves y en voz baja donde siempre he apreciado la exquisita cortesía que gasta este bondadoso periodista cultural que es, sobre todo, poeta. Autor de los libros Jimmy, Jimmy (1976; 2000), Figura en el Paseo Marítimo (1981), La rosa inclinada (1995), Hondo es el resplandor (1998; 2011), La estación azul (2004; 2016), Tormenta transparente (2010), El pulso de las nubes (2014) y Cielo (2018). Su obra ha sido seleccionada en varias antologías. También ha publicado en prosa Quien lee vive más (2013), Lector de poesía (2019) y Lector cómplice (2021).
Lostalé ha dedicado su vida a la promoción de la lectura, como presentador, comentarista, entrevistador y crítico. Desde Radio Nacional de España fundamentalmente (en los programas El ojo crítico y La estación azul). Por ese dilatado y riguroso trabajo le concedieron en 1995 el Premio Nacional al Fomento de la Lectura. 
Con motivo de su ochenta cumpleaños, Libros de la Revista Áurea en colaboración con la editorial Polibea han publicado un libro de homenaje titulado En su hondo resplandor. La edición es de Miguel Losada. Han colaborado casi un centenar de amigos o conocidos, lectores suyos, y el volumen reúne prosas y poemas. Supo de su existencia en una cena que tuvo lugar el día 27 en el Café Comercial y, en efecto, fue para él una sorpresa. Bendita discreción. 
No es cuestión de comentar con detalle el contenido del libro (que incluye colaboraciones de calidad), pero puedo destacar los textos en prosa de José Infante (justo y combativo), Pureza Canelo (que ha tenido el detalle de enviarme el libro), Vicente Molina Foix, Rafael Soler, Luis Alberto de Cuenca, Enrique Gracia Trinidad, José Cereijo o Ignacio Elguero. También el del editor, Losada. Y los poemas de Corredor-Matheos, Antonio Carvajal, Jesús Munárriz ("el poeta es el loco del cotarro"), Antonio Colinas, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, José Ángel Cilleruelo, José Teruel ("El pasado se entierra en el futuro. / Somos habitantes de una espera"), Jordi Doce, Juan Antonio González Iglesias ("ordena las palabras / con la rara perfección no buscada / de los auténticos") o José Luis Rey (con un evocador poema que aparece en el número 66 de Sibila). 
Por mi parte, envié a Losada este poema inédito. Lo elegí a conciencia. Con todo mi respeto, admiración y cariño hacia él, a pesar (para que luego hablen del resentimiento de los poetas) de que ostento un récord del que muy pocos vates de este país pueden presumir: nunca he pasado por La estación azul. ¡Salud, maestro!


DESVELO


                            A Javier Lostalé

Estás en la vejez, o sólo a un paso,

dices al despertarte en plena noche.

En la cocina –has ido a beber agua–

lo anotas torpemente en un papel.

Jamás antes hiciste cosa igual.

Hasta ahora era esta una ficción:

la de ese escritor que duerme siempre

con una moleskine en la mesilla.

Al volver a la cama, te desvelas.

Le das vueltas a éste, a otros asuntos

capaz de espabilar a cualquier hombre

que sabe que su tiempo se le acaba.

Bien sabemos que el sueño a estas edades

es un bien tan preciado como escaso.

18.6.22

Dísticos para ÁCP

Cuando Carlos Medrano me pidió un dístico para Recobrada memoriael homenaje a Ángel Campos Pámpano que ha editado con la colaboración de Juan Ricardo Montaña y su sello Vberitas, intenté dar con él cuanto antes (no soy muy paciente para los encargos). Al final, me encontré con cuatro. Se los mandé todos para que eligiera uno. Optó por el tercero: "La Codosera". 



ESTUARIO
                   
El Tajo que en Lisboa se hace mar
sigue siendo ese río que te lleva.
 
 
LISBOA
 
Observo la ciudad desde lo alto
para saber quién soy y lo que he sido.
 
 
LA CODOSERA

                Sin la menor piedad llega la muerte
 
Siquiera este refugio para cuando
mi vida sea materia del olvido.
 
 
LA CIUDAD BLANCA
 
Es imposible recorrer Lisboa
sin que salgan tus versos a mi paso.
 
 

15.6.22

El argumento de la magia

Tratándose de poesía, fue llamativa la recepción de Las niñas siempre dicen la verdad, primer libro de Berbel (Estepa, 1997). “Llega provista de la mejor tarjeta de presentación posible: la calidad excepcional de sus poemas”, dijo Fernando Aramburu, quien destacaba la “singularidad” de su escritura y su duende.
Sin ser esto novela, cuando pasa algo así, se espera con expectación el segundo libro. Unos para confirmar sus buenos presagios y otros –un gesto muy español– para corroborar que no era para tanto. Pero no, no defrauda esta nueva entrega. Al revés. Hay un salto cualitativo en su poética. Más hondura. Lo leído justifica incluso su prematuro, sorprendente ingreso en una colección de consagrados en la que los poetas de la generación anterior a la suya, salvo Rodríguez Marcos, nunca han pisado.
Estamos ante un libro perfectamente imaginado. Desde el título, que alude a esos cuerpos celestes probados científicamente pero invisibles a la observación. Nos lleva a lugares extraños que son y no son de este mundo. Un misterio. Cita a Padgett: “En la literatura y las canciones, / el amor se expresa / a menudo en imágenes del / clima”.
Consta de tres partes, o de dos enfrentadas, diría, a un extenso poema central. La primera, “La muerte natural” es acaso un libro en sí mismo. En sus poemas, más que nada amorosos (“¿Cómo reconocer poemas de amor / cuando el campo semántico / es antiguo?”), predomina el “nosotros” y su tono es dialogado. La ironía, tan presente en su obra anterior, domina la escena. Pronto, una constatación: “La fiesta había acabado para siempre”. Una metáfora: “Al despertar lloramos por la pérdida / de los días hermosos”. Como la de la casa, ahora llena de fantasmas y flores muertas por culpa del calor del verano (más que una estación). Y allí, la niñez: “Lo que nos entusiasma de nuestra infancia, / vuelve como tragedia años más tarde”.
Se precia un aire sentencioso, aforístico a rachas: “Las emociones crean realidades”. Y una soterrada lucha por “conquistar otras palabras” no “gastadas”: “Para hablar del amor, debimos inventar / otro lenguaje”. Y una preocupación civil: “¿Quién trasladó al jardín sin preguntarnos / el cadáver / de nuestra clase media?”. Lo real (“Otras fiestas”) se funde con lo imaginario (“Viajes largos a destinos imposibles”, “El final de los ritos”). Para entonces, “La casa está en ruinas”, otra metáfora. Por medio, poemas memorables como “Posibilidad de la luz”.
“La conquista del paisaje” se basa en otra alegoría: la del desierto. A su travesía remite. Escribió Valente: “Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre”. Y ella: “Era el desierto un sitio sin edad / por el que ahora vagábamos / huyendo de la muerte”. El amor es el oasis. “La idea de refugio”. El deseo, “una lengua única”. “Asistíamos juntos a la muerte del mundo”. Pero a pesar de todo, la belleza persiste: “lo bello resplandece también / cuando está muerto”.
En “Cuando acabó la fiesta”, tercera parte, esa belleza se constata “insoportable”. “No hay, de ningún modo, / manera de evitar su persistencia”. Llegados a ese punto, se trata de “proteger el futuro / de las desolaciones del lenguaje”. De hallar “el argumento de la magia”. “Es la extrañeza una virtud alegre”. Lo fantasmal y visionario se impone. Léase “Las palabras y las cosas”, que termina: “Una fiesta es un triunfo del lenguaje”. O “Mundos paralelos”. “Amamos el paisaje extraterrestre”, escribe. “A la intemperie”, sólo queda encontrar la palabra que nombre nuestra absoluta soledad.
Cuando uno termina de leer este libro, asiente: “es un milagro estar / justo donde la vida está”.
 
Rosa Berbel
Tusquets Editores, Nuevos Textos Sagrados, Barcelona, 2022. 96 páginas. 15 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL
 

11.6.22

Tres poemas

Han sido publicados en el libro Revelación de las formas, de la colección El Lotófago de la Galería de Arte Luis Burgos de Madrid. En la obra colaboran los fotógrafos Ai Futaki, Cano Erhardt, José Ramón Cuervo-Arango, Eduardo Momeñe, Isabel Muñoz y Raúl Urbina y los poetas Francisco León, Marta Agudo, María Ángeles Pérez López, Ada Salas, Tomás Sánchez Santiago y yo. En mi caso, acompañan a las fotografías (en blanco y negro) del gijonés Cuervo-Arango.




ARBUSTO EN LA NIEVE

Con qué delicadeza
el arbusto señala
su presencia en la nieve.

En su caligrafía
hay algo, sin embargo,
que nos transmite fuerza.

La imagen
–lo negro sobre el blanco–
es por demás humana.

Metáfora de aquello
que a pesar de ser frágil
resiste a la intemperie.


ARBUSTO EN EL SALÓN

Hay un ritmo de danza
en las bayas menudas
que rodean las ramas
de este arbusto sin nombre.


CALA

Qué sutil elegancia
la de esta humilde flor
que se yergue orgullosa
ante el muro de cal.

De este lirio de agua
intuimos su olor,
tan denso y penetrante.

Se adivina también
el color amarillo
de su flor: el espádice.


8.6.22

El discursino del "Meléndez", en Ribera


Autoridades, ribereños, señoras y señores. Un año más nos reunimos aquí para celebrar la concesión del Premio Nacional de Poesía “Meléndez Valdés” a un libro valioso. El mejor de los publicados en España en los últimos años según un amplio jurado de críticos y lectores, si tenemos en cuenta el riguroso y limpio proceso de elección en dos fases de que consta. En esta tercera convocatoria, que la maldita pandemia ha retrasado un año (por lo que excepcionalmente se han seleccionado obras de 2019, 2020 y 2021), ese libro es He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes y su autor el cacereño del 58 Basilio Sánchez.
Con él ya había conseguido el Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe, el Loewe, acaso el más acreditado de la poesía hispánica. En su trigésimo primera edición. Era el segundo poeta extremeño que lo ganaba. Por sorpresa, dos años después lo conseguía un tercero. Lo digo porque no suele reconocerse el altísimo nivel de la poesía escrita por poetas extremeños y menos dentro de nuestra tierra. Por ignorancia, prefiero suponer. De ahí que para el jurado que me he honrado en presidir haya sido tan satisfactorio que el “Meléndez” haya recaído en un paisano, lo que no desmerece ni limita su ámbito, sino que viene a demostrar, ya decía, que la calidad de nuestra lírica es, con galardones y sin ellos, excelente. Como excelentes eran, por lo demás, las otras obras finalistas: Sacrificio, de Marta Agudo (2021); confía en la gracia, de Olvido García Valdés (2020), quien, por cierto, acaba de de recibir el Premio "Reina Sofía"; Jardín Gulbenkian, de Juan Antonio González Iglesias (2019); Incendio mineral, de María Ángeles Pérez López (2021); y ‘La rama verde’, de Eloy Sánchez Rosillo (2020).
Comentaba en mi blog un día después del fallo que, en mi ya larga experiencia como miembro de distintos jurados literarios, esta había sido la ocasión en la que acaso más complejo resultó elegir el libro vencedor. Estaba formado por la catedrática de Literatura de la Universidad de Córdoba María Ángeles Hermosilla; la poeta Ada Salas; la escritora y presidenta de la Asociación de Escritores de Extremadura, Isabel Pérez; el director de la Editora Regional de Extremadura, Luis Sáez; la alcaldesa de Ribera del Fresno, Piedad Rodríguez; y la directora del Área de Cultura de la Diputación de Badajoz, Emilia Parejo. Actuó como secretario, con voz pero sin voto, el escritor José María Lama.
El debate fue arduo (con intervenciones memorables) y las votaciones, por descarte y por estimación, numerosas. Como sostuvo uno de sus componentes, porque se partía de libros de una bondad indiscutible donde no era la calidad técnica o literaria lo que se juzgaba. En la decisión pesaba, por encima de otras consideraciones, el gusto personal: lo subjetivo, que no es un término sospechoso cuando a las personas que deciden se les presupone responsabilidad y, sobre todo, criterio. Son (somos) lectores. Precisamente un grupo de lectores, el de Ribera, conformado por vecinos del pueblo, el que facilita el voto que la alcaldesa lleva al jurado, optó también por el libro de Basilio Sánchez. En las dos últimas ocasiones, el voto de ese jurado popular ha coincidido con el del otro tribunal lo que no deja de ser significativo.
Volviendo a Basilio Sánchez, el protagonista de esta velada, y a su libro, recordaré que con otro anterior, Esperando las noticias del agua, ya estuvo entre los finalistas de la segunda edición de este certamen.
Como me decía un amigo, por su trayectoria (dilatada y exitosa, con abundantes reconocimientos, sí, pero, lo que es mejor, construida con libros de fuste), de sobras merece el “Meléndez”. Diré más, aunque suponga entrar en el pantanoso terreno de lo privado y personal, sé bien que Basilio Sánchez escribe una poesía apegada a la vida. A su vida. Por eso no caben distingos entre el poeta y el hombre. Ni, yendo aún más allá, entre éste y el médico que es. Por eso, debido a su cabal y agotador trabajo durante la pandemia del covid al frente de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Cáceres, también es digno de esta recompensa, siquiera sea por un efecto, digamos, simpático.
Su primer libro, A este lado del alba, obtuvo en 1983 un accésit del premio Adonais. A esa ópera prima le siguieron: Los bosques interioresLa mirada apacibleAl final de la tardeEl cielo de las cosasPara guardar el sueñoEntre una sombra y otra y Las estaciones lentas. En 2010 publicó su poesía reunida: Los bosques de la mirada. Después han llegado Cristalizaciones, Esperando las noticias del agua y He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes.
La mayor parte de estas obras merecieron algún premio. Además de un accésit en el Gil de Biedma, Sánchez ha obtenido el Unicaja, el Tiflos, el Extremadura a la Creación, el Ciudad de Córdoba o el Loewe.
Conviene mencionar dos libros en prosa de su bibliografía: El cuenco de la mano y La creación del sentido. Dos entregas, cabe matizar, que podrían pasar, en sentido estricto, por poéticas. Por el asunto del que se ocupan y la escritura que las identifica.
De He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes puedo decir (con palabras ya escritas en una reseña que publiqué en la revista Cuadernos Hispanoamericanos) que culmina una carrera poética de fondo. Forjada libro a libro. Por necesidad. Con coherencia y honestidad. Fiel a una poética que la atraviesa (casi) de principio a fin. Y digo fin aunque sepa que tiene un libro a punto de publicar y que, por tanto, su desenlace está lejos.
En una entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural, Sánchez comentaba: “Utilizando una imagen del poeta peruano Eduardo Chirinos, percibo mis libros como planetas solitarios que giran alrededor de su propio eje, pero sometidos todos a unas mismas leyes de movimiento, a un orden cosmológico superior que no es otro que la idea que yo tengo de la poesía. Concibo la creación poética como una especie de diario del espíritu, como una forma de anotar y de poner en relación la vida de uno mismo con el mundo que nos rodea tal y como el poeta consigue percibirlo a lo largo de las diferentes etapas por las que va pasando. He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes es una expresión más, sin duda incompleta, pero reveladora, de mi forma de decir y de vivir en el tiempo. En lo formal, es un paso más hacia la naturalidad y la transparencia”.
Dividido en tres partes y una coda; está compuesto por sucesivos fragmentos (a su imán, que diría Lezama Lima), sin título, que fundan su unidad de sonido y sentido en un lenguaje claro y austero (“Amo la austeridad de los que escriben / como el que excava un pozo”), y en un ritmo muy particular también y muy logrado que se aprecia, sobre todo, al leer los poemas en voz alta. Lo comprobaremos pronto.
Al decir de su autor, un hombre de talante contemplativo, tiene un “carácter de libro de meditaciones” (también lo ha denominado “cuaderno de campo de un naturalista”) construido con lentitud (“Amo lo que se hace lentamente”) en la soledad (“Siempre supe estar solo”) y el silencio (“El silencio es la elegancia absoluta”). En efecto, a esa tradición, la meditativa (escrutada en su día por Valente) se adscribe esta poesía del pensamiento (que siente). Lo que no obsta, como señala Colinas, para que tienda “a lo surreal, al irracionalismo”. Por eso es normal que a veces el lector pierda pie (“Ninguno de nosotros / está aún preparado para lo incomprensible”) y, sin entender, vislumbre, absorto en la enigmática belleza de unos versos que a rachas devienen versículos, algo del todo adecuado si tenemos en cuenta la honda espiritualidad que emana del conjunto.
A través de las cosas (“Acercarnos con afecto a las cosas / nos permite intimar con lo sagrado / que permanece en ellas”). En medio de la naturaleza (tan presente aquí): “Dichoso el que, sentado / bajo los grandes árboles / que iluminan de verde las mañanas del mundo, / no renuncia al regalo de lo inmenso”.
Su tono es hímnico. Hay “una celebración tenaz de lo que existe”. Porque aún se oye el último eco  de “la canción del paraíso”. Porque, evocando a Claudio Rodríguez, “El mundo se nos revela siempre en un estado / de perfecta ebriedad”.
A pesar del dolor (léase el precioso poema de la página 68, que comienza “No hay azafrán ni clavo”) y la muerte (de nuevo el médico intensivista) y de que nadie sepa “cómo estar en el mundo”: “Es verdad / que en la idea del jardín subyace oculta / la idea del sufrimiento, / la de que prevalece / sobre el orden de la naturaleza / el orden de los hombres”. No en vano esta poesía se distingue por su alta carga de humanismo.
No falta en él la reflexión acerca de la poesía. Así, leemos (en forma de aforismo): “Los poemas que nos hacen mejores / son los que nos devuelven / a ese estado anterior / en el que era posible, / en nuestras relaciones con el mundo, / conducirnos con naturalidad, sin artificio”.
“La poesía no explica ni argumenta. / La poesía sólo llama a las cosas”. Es “el oficio del espíritu”.
“Vivir en las palabras, / asumir el fervor como una forma secreta de penuria / lo decide uno mismo”.
“Escribir un poema es andar sobre las aguas, / confiarnos a lo bueno del mundo”.
“Uno escribe un poema para sentirse vivo”. Y añade: “para que otro descubra que está vivo”.
Y, desde la compasión: “La poesía / no es una ambigüedad del corazón, / es una forma / de sentirte tú mismo siendo otro, / de asumir la existencia de los otros / como si fuese tuya”.
Armonía sería un término muy adecuado para definir de una vez la obra de alguien que confiesa: “Las palabras son mi forma de ser”. Resalta, en fin, la importancia de la verdadera poesía, en rigor la única posible, ajena a las modas, las ocurrencias y la prisa. Porque sólo desde la tradición se puede alumbrar lo nuevo.
Enhorabuena, Basilio, y gracias.




NOTA: Leí este discursino, en mi condición de presidente del jurado de la tercera edición del Premio Nacional de Poesía "Meléndez Valdés", el pasado 27 de mayo en Ribera del Fresno.

5.6.22

Un domingo

Pocos días más complicados que los domingos. Los que pasábamos en el molino, años y años, eran perfectos. Hace mucho de eso. Según costumbre, el último empezó temprano. Tras pasar por el ordenador (correspondencia, periódicos, etc.), preparar el café y darme una ducha, fui a por los churros. Me traje, además, la primera caja de cerezas de la temporada. Las primas de Irene son, como ella, del Valle y tienen producción propia. Después, paseo hasta el kiosco para recoger la prensa y un pan candeal en la tahona de Miralvalle que llevo a mi madre. Paso con ella una hora larga, lo que no deja de ser poco. Se nos hace corta. A pesar de que hablamos por teléfono cada noche, repasamos la vida familiar de la semana y eso suele dar para mucho. Cada familia, un mundo. 
De vuelta a casa, leo los periódicos y echo un vistazo a los suplementos. A última hora de la mañana solemos ir a tomar unas cervezas con los hermanos Antón. A veces, solos. Por la periferia, como decimos nosotros; una ruta corta de tapeo por bares alejados de la Plaza y sus aledaños (esa queda para los sábados).
En esta ocasión, los planes eran otros. Habíamos quedado a las 12 con Jorge y Christophe, nuestros amigos suizos, en la puerta de la catedral para visitar Transitus, la primera exposición de Las Edades del Hombre que se celebra en España fuera de Castilla y León. Fuimos todos puntuales. Ya llevaba las entradas. Había bastante gente. Entramos, recorrimos con detenimiento los siete capítulos de que consta (más un epílogo), nos asombramos con lo que vimos y salimos encantados. Christophe con el flamante y voluminoso catálogo en una bolsa de papel que parecía ceder ante su peso. 
No es plan pormenorizar aquí lo que contiene esta muestra única. Para uno, hubiera bastado con "Las tentaciones de San Jerónimo", el inmenso (en todos los sentidos) cuadro de Zurbarán, acaso mi pintor favorito. Y como decía emocionado Jorge, lo hemos visto a un palmo de distancia o menos. Nunca habíamos estado tan de cerca de una obra de arte así. De cada pincelada de ese genio (este sí, Santiago) de la pintura. Pero hay mucho más. Piezas únicas venidas de todos los rincones de Extremadura y de algunas partes de Castilla y León, mal que le pese al señor consejero castellano y leonés de Cultura, Gonzalo Santonja, bejarano y de Vox por más señas; esto es, de la diócesis de Plasencia, que por eso... Y luego se quejan de "los reinos de taifas". Pura contradicción. 
Reparé, cómo no, en los cuadros de El Greco, Murillo, Claudio Coello y Luis de Morales; en el impresionante busto de mármol de Carlos V que se conserva en el Palacio del Marqués de Mirabel y en los de los Padres de las Iglesias Griega y Latina de Gregorio Fernández (que es el autor del retablo); en la "Lápida de la libertad", del siglo XV, ubicada en el Cañón de la Salud, donde se lee, según la transcripción de los profesores de la Universidad de Extremadura Eustaquio Sánchez Salor y Julio Esteban Ortega: "La libertad de la ciudad amplió la gloria de los cielos. Envió a los infiernos a los ciudadanos míseros e inicuos. Sus altezas los reyes de España, el divino Fernando y la divina Isabel, su santa esposa, decidieron con justicia establecer la libertad, la paz y las normas a esta ciudad, cuando marchaban a someter con las armas al reino de la ciudad de Granada. Ellos son el terror de Ismael y los valientes azotes de los herejes. Que el padre omnipotente los conserve siempre felices, y que, vencedores, puedan reinar a lo largo de todo el orbe; que consigan los reinos del cielo en medio de cantos de ángeles"; en el mapa o carta de Juan de la Cosa, el primer mapamundi que contiene una representación de América; en algunos retablos... ¡Hay tanto que disfrutar! Las dos piezas traídas de Zafra, pongo por caso, ambas espléndidas, que tendrán que venir a ver in situ mis amigos Josemari y Miguel Ángel Lama. 

Qué puedo decir de los numerosos libros que se exponen, en especial el de Luis de Toro: Descripción de la ciudad y obispado de Plasencia, de donde se ha tomado la imagen del cartel: el plano de la ciudad que el humanista levantó para incluirlo en una de las obras que mejor describen, a rachas pura poesía, esta ciudad, aunque, paradójicamente, no esté impresa en una edición de papel al alcance de todos. O el del Fuero placentino (del siglo XI), un códice en pergamino. O el mínimo Catecismo de la Doctrina Cristiana, a base de jeroglíficos, una joya. O ediciones de la Odisea de Homero, La Celestina de Fernando de Rojas y Los cinco misterios dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, con su Sagrada Resurrección de Lope de Vega.
Me fijé también, con amistosa emoción, en los tres grabados de mi amigo Salvador Retana, de su serie sobre los empalaos de Valverde de la Vera, lo más contemporáneo del conjunto. 
Me gustó la escenografía (con su discreto punto teatral), el exquisito montaje, y, sobre todo, el relato de la exposición, tal bien hilado alrededor de la palabra tránsito. El guion es obra de Gaspar Hernández y Jacinto Núñez y me dicen que está a punto de publicarse. Todo gira en torno a ese rico, plural concepto. 
Estas doscientas obras, además, están encerradas en un recinto soberbio, el de las catedrales de Plasencia, incluidos la capilla de San Pablo (bajo la Torre del Melón), las pequeñas salas del museo catedralicio y el claustro. 
Una sola visita, por lenta y minuciosa que sea, no da para apreciar por completo lo reunido. O no como a uno le gustaría recordarlo. Una solución es adquirir el catálogo, sobre todo si el visitante no vive aquí. Los placentinos lo tenemos más fácil: podemos volver, que es lo que algunos haremos.  
Con el regusto del arte en los ojos, ya fijado ese placer del alma en la memoria, nos dispusimos a darnos otro capricho, esta vez gastronómico. Fui a por el coche y nos acercamos al Marina Bistró Parada de la Reina; para el común, la Parada. Tardaron un poco en atendernos -aquello está siempre lleno-, pero comimos y bebimos muy bien (el arroz a la llauna con gamba roja de Denia y cebolla china lo bordan). Por suerte, habíamos celebramos unos días antes en ese mismo sitio -su menú diario es de lujo- el cumpleaños de mi hermano Fernando, así que... 

La tarde prometía. Jorge y Christophe habían acordado una visita al taller del artista Emilio Gañán (ahora profesor en la facultad de Bellas Artes de Salamanca, donde se licenció). Está en el polígono industrial (un decir). Nos invitaron a acompañarles y lo hicimos encantados. Hace muchos años que conocemos a Emilio, autor, por cierto, del dibujo de la cubierta de Desde fuera
La conversación fue larga y amena. Resultó un placer escucharle mientras hablaba con pasión de su pintura y de su escultura (una pena, le dije, no haberte grabado o que no lleves al papel tan interesantes reflexiones) o de sus viajes (el de Japón fue decisivo, nos dijo); ver las obras, terminadas o en marcha, que tiene en esa nave que fue concesionario de maquinaria agrícola y que pronto abandonará por un estudio más céntrico, en busca de veranos menos tórridos; oír sus opiniones sobre sus galeristas (Fernando Pradilla en Madrid y Ángeles Baños en Badajoz) o compartir con él algunas bondades (sobre Jordi Teixidor -a cuya obra dedica su tesis doctoral- o Luis Gordillo, por ejemplo) y maldades (evito dar nombres, por supuesto) del panorama artístico (y crítico) patrio. 
Nos ratificamos los dos en lo que nos duele Plasencia, un tema clásico. Ojalá fragüe la propuesta de los amigos suizos y termine llevando su obra hasta Grandson, que era uno de los motivos principales de la visita. Dio a entender que volver a Suiza le apetece mucho. Veremos. Animándole a ello nos despedimos. Con tres catálogos en la mano: Juego a dos (con José María Larrondo), Vacío figurado (la exposición del MEIAC) y el magnífico Emilio Gañán. Puerto metafísico/Metaphysical Harbour, libro publicado con motivo de la exposición Poemas angulares, celebrada en la citada Pradilla durante los meses de julio y agosto de 2021. 
Al salir, nos fuimos a tomar una coca-cola a la cercana terraza del hotel Azar, donde se estaba estupendamente, y, desde allí, al Puerto (de montaña y de la Virgen), que Jorge y Christophe no conocían. Esas vistas... Luego, los dejamos en el aparcamiento para que recogieran su coche e iniciaran el viaje de vuelta a su casa trujillana. 
No, no todos los domingos, al menos para mí, son tan entretenidos como este. A veces es bueno romper con la monotonía. Si es para bien... 

NOTA: La fotografía superior es de Andy Solé, del diario Hoy. 

3.6.22

Dichosos libros

En el doble sentido. El artículo que me pidió Nuria Azancot para el número especial de El Cultural dedicado a la octogésimo primera Feria del Libro de Madrid incorporaba una entradilla que, por falta de espacio, al final no se dio. Decía:  "No hace falta explicar que ni he leído todos los libros ni, por eclécticos que sean mis gustos, carezco de criterio. Seleccionar cinco libros de entre la oleada de publicaciones poéticas que, como las flores, surgen a mansalva en primavera es una tarea compleja y temeraria. Lo sé. Añado a la lista obras reseñadas recientemente aquí (de Morábito o Benítez Reyes); las poesías reunidas de Vitale y Llop; la antología de poesía femenina de Irazoki o las de Juaristi, Paz y Pasolini; o los últimos libros de López Andrada, Kizer, Janés, Luque Pinilla, Juncosa, Velaza, Llera, Medina Poveda, Alba, etc." 
Los apellidos mencionados (no tenía espacio para más y ni así) remiten a los autores de un puñado de buenos libros de poesía, ni más ni menos. Estamos tan acostumbrados a bregar con colecciones de versos al tuntún... (Este es el momento en que se dan por aludidos unos cuantos que no suelen ser, encima, en los que uno piensa.) Démosles título, no sin antes reconocer que cada uno de ellos hubiera merecido su lugar en cualquier lista y, por supuesto, una reseña, aquí o en cualquier parte (yo no doy más de mí). Méritos les sobran. Los iré señalando en el mismo orden, que, aviso, no indica nada. Así, Partes de ausencias (Hiperión), de Alejandro López Andrada que lleva por subtítulo (innecesario) "Poemas del éxodo rural" y un epílogo de Julio Llamazares. El cordobés fue un pionero en esto de traer de la memoria el mundo de los pueblos y su naturaleza circundante. Aquí vuelve a demostrar que su voz es única. Y necesaria. Y que gana con el paso del tiempo. 
Gabriela Kizer con En falso (Visor/Fundación para la Cultura Urbana) vuelve a demostrar que la poesía venezolana contemporánea es un bendito pozo sin fondo. Lo inagotable. 
Clara Janés publica nuevo libro en la colección pequeña de poesía de Galaxia Gutenberg, Kráter o la búsqueda del amado en el más allá; donde, justo es destacarlo, tantos buenos libros están apareciendo, sobre todo antologías de poetas extranjeros. Poesía fragmentaria, breve, esencial y simbólica (el volcán, el amor) con poemas cincelados que aparecen centrados en mitad de la página. 
Pablo Luque Pinilla ganó el "Ciudad de Irún" con un libro tan particular como todos los suyos, Greenwich (Algaida), donde logra plasmar el desconcierto de nuestra época. Y darle un sentido, lo que resulta aún más complejo. Una ética. Un ejemplo. 
De Enrique Juncosa y su Pangolín (Galería Senda y Turner) ya dije cuanto tenía que decir. Una maravilla, tanto por dentro como por fuera. 
Me ha sorprendido mucho, y para bien, El campamento de los aqueos (Visor. Premio "Ciudad de Melilla"), de Javier Velaza. Es un señor libro, no me cabe duda. Y la voz que suena en esos poemas una de las mejores del panorama, me atrevo a decir. La dicción es culta y clásica y tiene sus concomitancias, a qué negarlo, con la de otro de los mejores: Juan Antonio González Iglesias, que escribe en la contracubierta. Deslumbrante. Y pandémico.
Tanatografía (Diputación de Soria. Premio "Leonor"), de José Antonio Llera, es acaso su mejor libro publicado. Uno de los imprescindibles en lo que va de año (y de lo que queda). El más confesional de los suyos. Remite a su infancia extremeña y rural. He disfrutado mucho con él. Me parece superior (si es que en poesía pueden establecerse categorías) al que le antecede: El hombre al que le zumban los oídos. Un verdadero logro. Y una auténtica lección acerca del uso del lenguaje. Más allá de la muerte (que bien traída la cita final de Pasolini). 
En vecindad, no en compañía (La Isla de Siltolá), de Diego Medina Poveda, es otro libro que merece ser leído. Últimamente a los accésit del Adonais hay que seguirlos de cerca. Con su libro anterior obtuvo uno. Como Las ciudades, de Andrés María García-Cuevas, y La deuda prometida, de Félix Moyano, que los consiguieron en 2021. 
Francisco Alba está consiguiendo con El delito mayor (Trabe) reseñas tempranas y elogiosas. No me extraña. Es un libro denso y sustancioso que toca el alma del lector, que se pone de inmediato de su parte. Quien habla ahí no es Alba, en sentido estricto, sino todos nosotros, sus lectores, seres mortales que vivimos, sin remedio y sin apenas esperanza, a la intemperie. Para uno, excelente.
Puse después de los apellidos un etcétera. Para La casa (Amarante), pongo por caso, una obra perfectamente concebida y compuesta por la salmantina Charo Ruano, que muestra, sin tener que recurrir a tramposos alardes, que en lo cotidiano y lo sencillo reside lo más complejo y misterioso de nuestra humana identidad. Impactante. 
¿Sangra el abismo? Contracciones de una noche de Pascua (RIL Editores), de Carlos Peinado Elliot, es un libro excepcional, en sentido estricto. Raro en nuestro panorama. Para lectores valientes. Basta con ver el título. La lúcida reseña de la obra que publicó Jordi Doce en La Lectura ("Desde el corazón de las tinieblas") me exime de intentar mi propia lectura. "Si este libro es excesivo, lo es a la manera en que la hipérbole, cuando necesaria, es también significativa", dice Doce.
Pintadas en los baños de los bares (Uja Ed./Universidad de Jaén. Premio "Miguel Hernández"), de Sergio Álvarez Sánchez, es un libro ameno, en el mejor sentido, y fresco, pero en el que la hondura, entreverada, no falta, al revés. Su embosca tras el juego. Si uno tuviera que recurrir a alguien para ejemplificar por dónde van los tiros poéticos (con perdón), recurriría a este hombre. A libros como este, quiero decir, editado de una forma cuando menos curiosa, muy acorde al juguetón, en tanto que irónico, sentido de sus versos. 
No defrauda a sus lectores habituales la última entrega de Arturo Tendero: El principio del vuelo (Páramo). Poesía de la experiencia con destellos luminosos sustentada en el poder de la memoria. En la "querencia al despegue", un procedimiento tan querido por las aves que le permite a uno dejar de depender de la tierra y hacerlo del aire, como leemos en la contracubierta. 
De la claridad es también la poesía de Mario Vega. Publica Digamos que fue ayer (Sonámbulos, prólogo de Alejandro V. Bellido), que ahonda en la poética expresada en su entrega anterior: La mala conciencia. Luis Alberto de Cuenca, maestro de la tendencia de la "línea clara", le relaciona en su nota con sus paisanos asturianos Pablo Núñez y Rodrigo Olay y elogia su poesía comanchera y pop
Para los amantes del campo, nada mejor que leer Nuevas naturalezas (Pre-Textos), de Jon Gerediaga, que traduce él mismo del euskera. Muy potente. De la tierra, sin duda. 
Podría seguir. Hablo sólo de libros que he leído. Otros, que merecerían el elogio (que uno reivindica), siguen esperando su turno en la inestable columna. 

NOTA: La sólida pieza que ilustra esta entrada es de Manolo Valdés

1.6.22

Poesía feriada



En busca de la belleza y la verdad

Poetas consagrados y nuevas voces se plantan en la feria con propuestas cargadas de luminosidad, pasión, claridad... y grandes versos.

Un único corazón
Alejandro Duque Amusco
Pre-Textos, Valencia, 2022. 96 páginas. 18 €
 
El mismo tono sereno y atemperado, melancólico y elegante, claro y sugerente, clásico y natural de Jardín seco, es el que encontramos aquí. Procede, dice, de la edad y la experiencia. Y de la continuidad de la memoria. Desde la tradición. En la incansable búsqueda de la verdad y la belleza. En “Sur”, la infancia, el jardín, la luz, el verano: “La vida huyó de mí y no la alcanzo”. Al amor dedica después un puñado de poemas memorables. “Nada muere del todo y menos el amor”, escribe. Porque la poesía es “una hermosa fraternidad”, no faltan las conversaciones con los otros. Poeta-profesor, en “Zona crítica”, la “sigilosa pasión” de la poesía. “El arte, –concluye– es un amor callado”. Feliz.
 
 
Maestro de distancia
Jordi Doce
Abada, Madrid, 2022. 120 páginas. 15 €
 
Sorprende este monólogo escrito a tumba abierta. No porque no reconozcamos una de las voces más singulares del panorama, sino por su radicalidad. La confusión como “modo de pensar”. “Del tiempo no sabemos”, reza el primer verso o aforismo, límite inexistente para alguien ajeno a los géneros. Su desnudez sobrecoge. La dolorosa fragilidad del solitario. La “del que está en el secreto” y recuerda. Infancia en Gijón. “Oficio de vivir: esta hoguera incierta”. Con una lucidez que se crece en la contradicción. En “la lumbre de la lentitud”. En “la claridad del cansancio”. Ella y la enfermedad: el sacrificio de quien vive para la muerte: “Déjame acompañarte”. El miedo. “Busco la claridad sobre todas las cosas, pero sólo cultivo enigmas”.
 
 
Belleza sin nosotros
Marcos Díez
Visor, Madrid, 2022. 80 páginas. 12 €
 
En este libro, según Lorenzo Oliván (que publica de nuevo en Tusquets), el santanderino “despliega un mundo tan cotidiano como extraño”. Uno subrayaría, ante todo, su don de síntesis: su acerada, seca concisión. “Mejor hablar así, / en la intemperie”, podría ser su lema. Una poética. Palabras exactas y una claridad lúcida, valga la redundancia. Luminosa, sí. “Tarde se aprende lo sencillo”, dijo Hierro; para Díez, lección aprendida. La identidad, el dolor, “la vida cierta” y misteriosa, el amor (¿Qué vínculo es el nuestro?”), la herida (“Porque la soledad puede ser una casa”), el cuidado (que aprende de Vera), la hija, los huecos y hasta el literario hotel Formentor inspiran estos poemas donde hay de todo menos destructoras “palabras vacías”.
 
 
Salvamento de hormigas
Ana Merino
Visor, Madrid, 2022. 92 páginas. 12 €
 
Tras su exitosa irrupción en la novela, Merino vuelve a la poesía, en la colección donde ha venido publicando todos sus libros salvo el primero, Adonais en 1994. En este no falta una sección, “Desbordamiento”, dedicada a su especialidad: la historieta. Se podría decir  que su poética es de “línea clara” y marcado tono autobiográfico. Amable, en el mejor sentido: “Salvamento de hormigas, / ese era mi lema / cuando llegaba el verano”, leemos en el poema prologal. Luego, dibujantes, viñetas, Han Solo, líneas, perdedores y sin nombre. La vida, por ejemplo en Granada, Alepo o Panticosa. Léase “Distancias”. El presente de este planeta en peligro está en “Naufragio”, la serie discordante –distópica y algo apocalíptica– que cierra el volumen.
 
 
Los planetas fantasma
Rosa Berbel
Tusquets Editores, Barcelona, 2022. 96 páginas. 15 €
 
Tratándose de poesía, fue llamativa la recepción de Las niñas siempre dicen la verdad, ópera prima de Berbel que logró varios premios. Cuando pasa algo así, se espera con expectación el segundo libro. No defrauda, al revés: hay un salto cualitativo en su poética. Lo leído justifica su prematuro ingreso en una colección de consagrados. El libro, perfectamente imaginado (desde el título), nos lleva a lugares extraños que son y no son de este mundo. Un misterio. Se trataba de eso: de renombrar las ruinas donde estuvo la casa. De “inventar otro lenguaje”. Para el amor. Para esta travesía del desierto. Para después de la fiesta. La belleza persiste. Sí, “es un milagro estar / justo donde la vida está”.

Este artículo se ha publicado en EL CULTURAL
 

31.5.22

La luz que nace del dolor

Dionisio López (Cáceres, 1978) publica a los cuarenta y cuatro años de edad su primer libro de poemas: Los nombres de la nieve. Un título, por cierto, que me lleva a aquel otro de Los nombres del mar, la antología de poesía portuguesa contemporánea que publicó a principio de los ochenta del siglo pasado mi añorado amigo Ángel Campos Pámpano en la recién creada Editora Regional de Extremadura y que tantos poetas nuevos nos descubrió. O a Memoria de la nieve, de Julio Llamazares (del que, por cierto, se incluye una cita en Los nombres de la nieve), por no hablar de libros que llevan también esa hermosa, sugerente palabra en su rótulo, como aquel inolvidable Principio y fin de la nieve, de
Yves Bonnefoy, que tradujo Jesús Munárriz para Hiperión hace treinta años.
Ya dijo Octavio Paz que la biografía de un poeta está en sus poemas. De López sabemos, además de lo dicho sobre su lugar y fecha de nacimiento, que se formó como filólogo, rama de Hispánicas, en su ciudad natal y en Salamanca; que su interés por la lectura le ha llevado a impulsar varios blogs, unos en su condición de profesor (ahora en el IES “Castillo de Luna” de Alburquerque, donde coordina el premio de relatos “Luis Landero”) y otros como crítico, en la actualidad, Aves de paso, adscrito a la revista Grada.
Aunque ha publicado relatos y poemas en revistas y obras colectivas y ha adaptado textos dramáticos de distintas épocas, esta es, en rigor, ya se dijo, su ópera prima.
No, lo normal no es publicar por primera vez un libro de poesía tan tarde. Es más, suele repetirse que la poesía es un arte joven o de los jóvenes (echan mano, para reforzar esa opinión, de Rimbaud o de Claudio Rodríguez, geniales talentos precoces) y López, con no ser mayor, tampoco es un artista adolescente. Creo que eso le favorece: no ha tenido que pasar el mal trago de arrepentirse por la prematura edición de un libro inmaduro, que es lo que le ocurre, siendo generoso, al 90% de los poetas. Las prisas, vuelvo a los lugares comunes, son malas consejeras, más en poesía. Para bien, no es su caso.
Si importante es el libro, su contenido, en lo que entraremos más adelante, no lo es menos el continente, su edición. Él ha tenido suerte. Los nombres de la nieve ve la luz en una colección consolidada y de impecable factura que dirige el extremeño Paco Najarro.
El paisanaje, sin ser determinante, se aprecia, en positivo, a la hora de mencionar a algunos poetas extremeños que han publicado sus obras en RIL, que así se llama la editorial, con sedes en Barcelona y Santiago de Chile. Puedo mencionar, de los más recientes, a Luciano Feria (que tiene en ese catálogo su poesía completa), Carmen Hernández Zurbano (Esa flor parece un pájaro), Víctor Peña Dacosta (Obsolescencia programada) y José María Cumbreño (No hace falta que entiendas lo que pone en tu camiseta).
Por seguir con la edición y por aquello de que, como suelo decir, el primer poema de un libro está en su cubierta, Los nombres de la nieve se abre con un precioso dibujo a color de Javier Fernández de Molina (hay dentro del libro otros dos en blanco y negro, al comienzo y al final), un pintor con el que tanto trabajó el mencionado Ángel Campos, quien eligió un motivo suyo para ilustrar la portada de su poesía completa: La vida de otro modo; un libro, por desgracia, casi póstumo.
Como suele ocurrir –al menos a mí–, después de ojear la cubierta con detenimiento, fui a  las solapas y después, por fin, a la contracubierta. Allí, esta breve nota del periodista y poeta Javier Rodríguez Marcos: La vida pone a veces a prueba a la poesía y le demanda un nombre para aquello que no lo  tiene. A sangre y fuego, terriblemente. Si no sirve entonces, no servirá nunca. O solo será retórica, ejercicio de estilo. Mejor callar entonces. Los nombres de la nieve nace de una de esas pruebas, de uno de esos momentos en que las palabras se confunden con un aullido y construyen un salmo negro no nacido para alabar a Dios sino para maldecirlo. Sabemos que la nieve quema. El libro que ha escrito Dionisio López, también.
Sus palabras me desconcertaron. Para bien. No suele prestarse JRM a ese juego literario del “hablar por hablar” que tanto se estila. No, no se prodiga. Es parco. Y certero. Un buen lector con criterio. ¿A qué se refería?
Ya dentro, tras un par de citas (de Llamazares, lo apunté antes, y del diccionario: la definición de la palabra “nieve”), los poemas. Gozo y extrañeza mediante, me dispuse, lápiz en mano, a leerlos. Debo aclarar que, si bien no es una novela y, en consecuencia, carece de trama novelesca, me cuesta desvelar su contenido. Preferiría que quien se acercara a él lo hiciese como uno lo hizo: con absoluta inocencia, sin saber lo que iba a encontrarse. Eso no le ocurrirá a quienes lo hagan después de leer esta reseña, por más que mi lectura sea, como casi todas, tan personal como intransferible. Nadie lee dos veces el mismo libro.
“Memoria” es un poema-prólogo donde dice: “Hoy llego aquí ajado de sombra y fuego”. Se hace alusión en él a una “luz fúnebre”. Se establece desde el principio una clara conciencia del lenguaje: “la palabra –antorcha del tiempo–” que va a alumbrar esta “historia  (lo que implica un carácter narrativo: de diario o de relato) de carne, luz y sueño. // De nieve y de silencio”. El lector se prepara para lo peor, en lo que al asunto general de la obra se refiere. Eso que en los enojosos comentario de texto escolares llamábamos “el tema”.
El “Libro primero” se titula “Blanco”. Consta de diez poemas (como cada una de las dos partes siguientes), sin título salvo uno, el último: “La ley de Dios”.
Se abre con una bien elegida cita de Cernuda: “Aunque solo dure unos días, la luz parece eterna”.
El tono es metafórico. Sustentado en palabras clave como “nieve” (término ambivalente: positivo y negativo: la frialdad y la belleza), extraña para un extremeño, que la disfruta o la sufre poco. Y en el primer poema, “Mi hijo”. Es el protagonista, digámoslo pronto, de este libro. Su muerte, conviene precisar. O su ausencia que, al mismo tiempo, es inevitable presencia. Ya antes tuvieron que enfrentarse a uno de los hechos más trágicos que puede depararte la vida escritores como Umbral, en Mortal y rosa, o poetas como Piedad Bonnett y Chantal Maillard, a quienes se les murieron dos hijos que se llamaban Daniel y que no tuvieron más remedio que escribir sobre esa terrible eventualidad.
A pesar de todo, la contención y la sobriedad dominan el conjunto, por complicado que sea bregar con tan delicada materia.
Los poemas adoptan una suerte de voz oracional, religiosa. De ritual incluso. Cristiana en su simbología. En un momento dado López habla de “este salmo”.
La métrica es irregular. No atenta a la medida sino al ritmo, esa música que impone el oído del poeta, quien escribe, o eso parece, en un estado de inspiración que, en contados momentos, adopta el aire de la escritura automática de los viejos surrealistas.
Basado en la imaginación tanto como en la realidad. Con un problema latente: el autor trata de nombrar lo innombrable. De decir lo inefable. Que, ya se ve, puede ser dicho, por doloroso o difícil que sea. Para eso, por lo demás, se escribe poesía.
El lenguaje, sin embargo, es claro, de vocabulario sencillo y palabras “gastadas”, por decirlo con Jaime Gil de Biedma. Que busca la naturalidad hasta donde ello es posible. En algunas ocasiones, sí, un discreto alarde retórico. Una aliteración, por ejemplo: “Arados aromas del aire”. O el uso puntual de la rima. Esta es una poesía culta, no vulgar parapoesía.
“Paso a paso voy a ti”. Al hijo. “Tu ausencia agranda el mundo”, leemos, una de las muchas paradojas que admite este discurso en los límites, entre la palabra y el silencio. El que marcan los espacios en blanco que hay entre los versos.
Dije “nieve”, pero hay otras palabras clave, así las he llamado, como “mar”, “luz”, “ojos” (“Recorrí el río de la muerte / a través de tus ojos”).
“Rozas como un ángel lo invisible”, reza otro de los versos que subrayo. Y: “Darás a luz a tu hijo muerto”, uno de los mandamientos del poema que cierra la primera serie.
La segunda, “Silencio” es acaso la más honda y emotiva. Donde encontramos tal vez los poemas más logrados. Varios con título. El XI termina: “Que ya solo vivo en la voz de los muertos”. Fundamentales son también para la conformación de este libro unitario, con un deliberado sentido de la composición, el XII (“el oquedal de mi vida”), el XIII (“Oración del silencio”, uno de los más largos, escrito en minúsculas y sin signos de puntuación, donde leemos: “nadie dice su nombre” –que tiene ocho letras, por cierto, ¿el mismo que el del padre?–), “carne violeta”, “eco roto”).
En el XIV, “Insomnio”, hace mención a “un dios callado y cobarde”. “Ciego”.
En el XV, formado por tres partes, un estribillo: “y polvo, y polvo”. “Una oración de vómito y odio”, señalo con el lápiz. “Un invierno perpetuo”. “Este luto secreto”. “Esta lejanía pegada a mí”.
“Yo no sé ya quién soy”, confiesa más adelante, lo que nos lleva a la poesía indagación de la propia identidad. Y como terapia. Y, ante todo, como consuelo. Sólo al escribir lo que pienso y siento soy capaz de entender lo que me pasa, parece explicarnos el poeta.
En “Carta al padre” (XX), una fecha: 28 de marzo de 2013. “Y no conoceremos la risa de tus nietos”.
“Azul”, el libro tercero, se abre con un epígrafe de Claudio Rodríguez: “Tú no sabías que la muerte es bella / y que se hizo en tu cuerpo”. Se atisba una esperanza: “Pasarán estas tardes de silencio y la pena…”.
Sobre todo el libro pende una atmósfera, un clima, un tiempo (tardes, estaciones). Es brumoso y melancólico, algo que a uno se le antoja muy portugués.
“La última costa”, como el memorable libro de Francisco Brines, se titula el poema XXIII. Y allí: “Hemos llegado al fondo del camino / –lo sé–“.
Hay, preciso, otros homenajes en el libro. Explícitos, como el poema “Albertiana”, o no tanto: a Lorca, Machado, Rubén Darío…
En el XXV, “Claro de luna”, ve a su hijo. Su cuerpo. Jugar. Recorrer el pasillo. Marchar.  “Igual que cae la nieve / crece tu recuerdo en mí”.
“Vienen de tu muerte estas palabras”, leemos en el XXVII, un verso que justifica la existencia del libro y que lo explica. El poema termina: “Y juego como un niño / a ser, en silencio, tu padre”. ¿No es emocionante?
En el poema siguiente leo estas palabras que podría haber escrito el recién mentado Brines, autor de Ensayo de una despedida: “Acaso todo cuanto escribimos / no es más que una lenta despedida, / un adiós que no podemos cerrar”. Y finaliza: “Desde el silencio de la noche / de una pantalla de hospital / brota de ti la luz”. Lúcido, exclama al fin: “Nunca va a parar esta tormenta”.
Se cierra la sección con “La mirada triste de los héroes”. De pronto salimos al exterior. Hasta ahora, estábamos encerrados en interiores, tanto físicos como mentales. Desde dentro mirábamos todo. A través, como en la pandemia, de ventanas. Ahora no, estamos fuera, en el campo, “jugando a ser el niño que nunca fuiste, / el que eternamente serás”. Otra paradoja. “Y huele a hogar y a sueño”. Y “a viaje a la universidad y a novias y derrumbes. / Huele a vernos como hombres, / tú y yo”. Más adelante: “Nieva sobre mis ojos”. El último verso compara lo visto con “la mirada de Dios”.
En “Pavesa”, el breve poema-epílogo, el círculo se cierra. Concluye: “No apagaré en mí / la luz que nace del dolor”. Un dolor, y termino, que ha sido capaz, por paradójico que resulte, de dar a luz este libro tan conmovedor como verdadero. Luminoso al cabo.
Vendrán más libros. A buen seguro, más felices.
 
Los nombres de la nieve
Dionisio López
Ril Editores. Ærea|carménère. Barcelona, 2022

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.
 

30.5.22

De Praena

Cuerpos de Cristo
Antonio Praena
XIX Premio Emilio Alarcos
Visor, Madrid, 2021. 64 páginas. 12 €
 
Tras Historia de un alma, Antonio Praena (Purullena, Granada, 1973), fraile dominico, publica un libro tan breve como compasivo que se divide en dos partes de trece poemas cada una.
En la primera, “Vosotros”, los protagonistas son personas con las que se ha cruzado (a veces poetas: san Juan de la Cruz, Lorca, García Baena) y los versos dan cuenta del amor, la amistad, el deseo, el dolor y la muerte. Desde la gratitud: “Dar gracias es tan solo / bendecir la grandeza / de aquellos cuya gracia recibimos”.
La segunda, Ecce homo, se centra en la muerte temprana de un amigo. Entabla con él un diálogo que es a la vez un monólogo. Son poemas hondos y meditativos donde el prosaísmo que impone “lo real” es reconducido gracias a un hábil sentido del ritmo que eleva su tono lírico. Entre las vacilaciones de la fe “cuando rompe la muerte / la dulce comunión de los amigos”, la vida como sueño y teatro (“Dios mismo es quien nos sueña”), “las cosas esenciales”, las llagas o las “ficciones verdaderas”, se abre paso la luz del “fracturado”: “Se obstina en lo difícil la esperanza”.
Si algo consigue transmitir este libro es consuelo. Lean “Dinteles”.

NOTA: Esta breve reseña se quedó atrás. A mi pesar.