22.7.21

La web de Carnero


El poeta Guillermo Carnero estrena página web: https://www.guillermocarnero.com/

El diseño es obra de Carlos Turpin. Creo que ha quedado muy bien.

16.7.21

La poesía de Ángel Campos Pámpano

 

La veterana y acreditada revista Cuadernos Hispanoamericanos acaba de publicar un número doble 853-854, correspondiente a julio-agosto de 2021. Tiene una particularidad: es una suerte de homenaje al que ha sido estos últimos años su solvente director, Juan Malpartida, que se jubila. Lo explica en su artículo "Tiempo de adiós". 
Cuando me pidieron desde la redacción un texto para ese ejemplar extraordinario, pensé casi de inmediato en la poesía de mi amigo Ángel Campos Pámpano. Malpartida es, ante todo, poeta, y conoció bien al extremeño. Además, me debía una lectura de su poesía, la que en su momento (su muerte coincide con la publicación de su poesía completa) no pude escribir. El resultado se titula "Siquiera este refugio: la poesía de Ángel Campos Pámpano". 

13.7.21

Ignacio Vidal-Folch dixit

"Los diarios y las autobiografías son el género más ficcional y embustero de todos, y lo gracioso es que parezca que presentan al autor desnudo. Al contrario, cada autor de diario esculpe su propio retrato, lo más favorecedor que puede. Hay muchos modelos de diario, pero entre ellos hay dos grandes líneas: uno es el diario del que ha vivido acontecimientos excepcionales, como, por ejemplo, Jünger en Tempestades de acero. Pero, afortunadamente, no a todos nos es dado vivir la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial. Si uno vive tiempos tranquilos y tiene una estrategia y una maestría literaria, puede hacer interesantes experiencias menos extremas. Ahora bien, la psique de los escritores es siempre bastante parecida, y su vida sedentaria parca en verdadero interés. Yo traduje uno de los dietarios mejores de la historia, que es el de Renard, el dietario del hombre moderno. En realidad, publiqué una antología. Me alegra que se vaya reeditando año tras año. Ahora bien, la vida de Renard fue muy poco interesante. Con decirte que envidiaba a Rostand y se trataba con Capus, el cual apenas existió…, pero su estrategia para el diario fue una inspiración. Él lo reescribía y reescribía; ofrece en cada entrada un rasgo de humor, una observación aguda o una descripción muy cuidada de una conversación. Quería hacer con las experiencias de su vida bastante monótona un artefacto literario fulgurante. Lo consiguió. Recuerdo agudezas como «Releerme es suicidarme» o «Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo». O «Si un día muero por una mujer, será de risa»". 
Ignacio Vidal-Folch conversa con Carmen de Eusebio en Cuadernos Hispanoamericanos

NOTA: La fotografía está tomada de ECD Confidencial Digital. 

9.7.21

Siles lee a Eliot

Empezaré por explicar que no pretendo escribir, en sentido estricto, una reseña de Un Eliot para españoles, el brillante ensayo del poeta y profesor (y crítico y traductor) Jaime Siles que ha publicado la editorial sevillana Athenaica en su serie Breviarios (que tanto me recuerdan a los del FCE, donde leí, por cierto, El joven T. S. Eliot, de Lyndall Gordon). Por una sencilla razón de la que soy muy consciente: mi incapacidad para hacerlo. No soy, como él, un poeta doctus que, según dijo Ernst Robert Curtius de Eliot, "conoce las lenguas, las literaturas, las técnicas" y "esmalta su obra con citas" y "reminiscencias de lecturas". Tampoco soy especialista en literatura comparada ni mi fervor por la obra del autor angloamericano, al que con tanta devoción he leído, da para tanto. (El lector interesado puede acercarse, por ejemplo, a la que el profesor malagueño Sebastián Gámez Millán ha publicado en Cuadernos Hipanoamericanos bajo el título "Eliot en traducción".)
El texto al que nos referimos está fechado entre el 1 de abril y el 29 de julio de 2020 (ya sabemos cómo pasó Siles el encierro pandémico) y en la Universidad de Valencia, de la que es profesor (casi emérito) tras una larga gira docente por universidades de medio mundo. 
Está escrito sin apenas puntos y aparte ni división por capítulos y editado en una caja ("espacio de la página lleno por la composición impresa", ya saben) demasiado angosta, lo que no deja de dificultar, a qué negarlo, la lectura. Las "Notas", 501 en total, van detrás y para ver los números resulta útil el uso de una lupa. Nada, sin embargo, impide disfrutar de esta fiesta del rigor y de la inteligencia que se despliega ante nuestros castigados ojos (uno tiene una edad y la tensión ocular alta) a la altura de esas mismas virtudes que caracterizan al autor y la obra objeto de análisis. A uno le recuerda esa leyenda del pintor japonés (o chino, no sé) que tras años y años dándole vueltas a un motivo de pronto lo ejecuta mediante un trazo genial. Muchas horas de paciente lectura son precisas para poder desplegar ante el lector esta mezcla de erudición y pensamiento que, además de acercarnos al núcleo de la obra del autor de The Wast Land y Four Quartets, dos obras maestras de la poesía universal, nos ofrecen una suerte de autobiografía lírica, en forma de poética oblicua, del propio Siles. 
Pocos libros recuerda uno tan subrayados como éste, leído -qué gusto y qué remedio- despaciosamente. Será porque, como indicaba Eliot, Siles logra "el primer requisito de un crítico" (con "método" o "estrategia"): "tener interés por el tema" y "habilidad para transmitir interés por él". 
Nos advierte que "este no es un libro sobre Eliot (...), sino un 'Eliot para españoles'. Pretende, nos dice en otra parte, "revisar el pensamiento poético y crítico de Eliot, y analizar en torno a él no sólo la crisis espiritual que lo produjo sino también la coherente constelación de formas e ideas con que se modeló, así como los ecos que todo ello tuvo y ha tenido en la poesía escrita en nuestra lengua". De ahí que aparezcan en escena, entre un considerable elenco de poetas y críticos ("todo creador es un crítico", afirmó Eliot), nombres españoles como Luis Cernuda o Jaime Gil de Biedma, muy cercanos a la poética eliotiana, que tan bien conocían. O Jordi Doce, mencionado en varias ocasiones, autor de La ciudad consciente. Ensayos sobre T.S. Eliot y W.H. Auden y traductor de su poesía. 
Más adelante Siles añade: "No es éste un ensayo únicamente literario, aunque lo sean el objeto y el campo de su aplicación: es también y, sobre todo, una reflexión sobre los problemas de la cultura de nuestro tiempo, en la que conceptos como 'tradición' o 'educación clásica' han perdido vigencia, siendo sustituidos por un conjunto de supuestos saberes de posible aplicación práctica, pero de demostrado declive civil e intelectual". Y: "Mi propósito no es oponer la alta y la baja cultura sino abogar por un buen entendimiento entre ambas, basado en la necesidad de que existan y mantengan sus evidentes diferencias, sin que ninguna intente derrocar o sustituir a la otra, sino que–como siempre en la historia literaria–, haya diálogo, conexiones y vasos comunicantes entre ellas, pues esa bien conllevada convivencia es la única forma de que puedan pervivir las dos".
Se centra en aspectos esenciales de la obra de este "clásico de la modernidad" que logró el Nobel y que se definía como "clásico en literatura, monárquico en política y anglo-católico en religión". Así, su aversión por el Romanticismo (opta por el Simbolismo): “La poesía no consiste en dar rienda suelta a las emociones sino en huir de la emoción; no es una expresión de la personalidad sino una huida de la personalidad”; las técnicas del correlato objetivo y del monólogo dramático; la influencia de Ezra Pound (decisivo a la hora de dar forma definitiva a La tierra baldía) o Jules Laforgue; sus teorías acerca del poema largo o extenso; la fe y la religión: el lenguaje conversacional, la lengua coloquial y el habla común de cada época (para Eliot cualquier "revolución poética" no deja de ser "una vuelta al habla común"); el verso libre y el verso blanco; su "obsesión por el verso dramático y la poesía como drama", lo que le lleva a escribir teatro: "El yo moderno es menos lírico que trágico precisamente porque es múltiple y coral", algo que acaso comprendió mejor que nadie Pessoa, que nació el mismo año que Eliot; la necesidad de que el poeta moderno pronuncie sus "palabras en voz baja"; el elogio de "la más poética de todas las disciplinas académicas": la Filología (algo suscrito aquí atrás por el joven poeta asturiano Rodrigo Olay, supongo que a sabiendas); la "comprensión" en poesía o, lo que es lo mismo, "la molesta cuestión de la oscuridad", que puede deberse a "causas personales" (que le impiden "expresarse de un modo que no sea oscuro") o a "la novedad", sin olvidar que lo que puede decirse "igualmente en prosa se dice mejor en prosa", una enseñanza que no suelen tener en cuenta muchos nuevos poetas; y, entre otros muchos temas, la función social de la poesía. “El poeta debe ser siervo del idioma y no dueño de él”, escribió.
Sin desdeñar, todo lo contrario, las múltiples lecciones que este exhaustivo análisis proporciona (una suerte de destilado interpretativo de sus libros de ensayo), uno destacaría las pormenorizadas, sagaces lecturas de sus dos libros poéticos mayores, del "curso alto" al "curso final" (según la "imagen fluvial" que usa Siles): The Wast Land y Four Quartets, un dechado de savoir faire crítico que desborda, por suerte, los límites del tópico comentario de texto, académico o no.
La guinda a este pastel ensayístico y poético la pone un repaso de "la receptividad que Eliot tuvo en dos de los mayores poetas de nuestra lengua, como Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda". Para el primero, "Eliot es un desarrollo natural de lo artificial, un artificial natural, como Whitman es un natural natural y Goethe un natural artificial". 
Leído lo leído, sólo queda decir una cosa: chapeau!, maestro.

5.7.21

La poesía completa de Pablo García Baena


Pablo García Baena
Edición de Rafael Inglada. Introducciones de Juan Lamillar y Francisco Ruiz Noguera.
Renacimiento y Editorial Universidad de Córdoba, Sevilla, 2021.
428 y 336 páginas. 30 y 25 €
 
Pablo García Baena (Córdoba, 1921-2018) fue uno de los fundadores del Grupo Cántico, una isla poética en la postguerra redescubierta por Guillermo Carnero.
Solitario, triste, tímido, callado y sonriente (dijo de sí mismo), vivió en su ciudad natal (“cuna y sepultura”) y en la Costa del Sol. De una parte, “la religiosidad, la familia, el recogimiento”; de otra, “lo sensual, lo exótico, lo pagano”, resume Rafael Inglada.
Fue reconocido con premios como el Príncipe de Asturias, Andalucía de las Letras y Reina Sofía, y nombrado Hijo Predilecto de Andalucía.
Dentro del proyecto de la Obra completa (que incluirá, además, su prosa y una cronología), se publica en el año del Centenario la preciosa edición definitiva (con cubiertas de Alfonso Meléndez) de su poesía. En dos volúmenes. El primero reúne los diez libros canónicos que publicó el poeta entre 1946 y 2006: Rumor oculto, Mientras cantan los pájaros, Antiguo muchacho, Junio, ÓleoAlmoneda (12 viejos sonetos de ocasión), Antes que el tiempo acabe, Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, Fieles guirnaldas fugitivas y Los Campos Elíseos. El segundo, de 1938 a 2019, recoge muestras de su “prehistoria” (“adolescencia que es aprendizaje”): A Josefina, Escuadra, Por el mar de mi llanto, y de su “epílogo”, los póstumos Dos letanías y otros 14 poemas de ocasión, Al vuelo de una garza breve y Claroscuro (Últimos poemas), así como los anexos: adaptación del Cántico Espiritual, poemas musicados, sueltos publicados, inéditos y privados, además de cinco de Claroscuro, versiones y hasta unos versos sueltos.
Firma la modélica edición el citado Inglada, que justifica su trabajo en una “Nota a la poesía”. Las introducciones de cada volumen son, respectivamente, de Juan Lamillar y Francisco Ruiz Noguera. Las notas (363 en total) van al final de cada tomo para facilitar la lectura y no falta una amplia bibliografía y un índice de títulos y primeros versos.
El poeta calificó su obra de “breve y secreta”, lo que el tiempo ha terminado por desmentir. A pesar de que la mayor parte de sus libros aparecieron en colecciones de escasa difusión, su poesía ha sido ampliamente divulgada.
“Lenta y pausada”, como bien dice Inglada (“poeta sin premura” lo calificó Castilla del Pino), “su obra no cesó de fluir”, salvo durante una década en la que imperó el silencio (por entonces pasó del atlas al viaje y recorrió el Mediterráneo). “Mi obra –afirmó– es un solo libro como mis días son una sola vida”. Y: “La poesía no es más que un dietario riguroso y sincero”.
Barroca, sí, pero, por decirlo con Gaya, no de “lo que sobra”, sino de “todo aquello que no cabría en otra parte, pero ha de estar”. De ahí que defendiera “lo sencillo dicho de manera deslumbrante”, suntuosa; lo natural en un artesano “orfebre del idioma”. Con un “léxico lujoso”, esa “capa pluvial”, según él, que sobrepasa lo decorativo en busca de la palabra precisa, poco importa si rebuscada o arcaica.
Fue ante todo un poeta de la mirada, contemplativo y plástico: “Mi poesía es de las visuales, pictórica; todo lo que expreso lo he vivido o lo he visto”. Subrayó su “fondo real”.
¿Sus temas? Los libros (“Sala de lectura”), la religión (de liturgia, Semana Santa y Vírgenes), el amor (“Todo mi ser es un canto al amor”), la amistad (el segundo tomo lo evidencia), Córdoba (léase “La calle de Armas”), la naturaleza (campo, huertas, jardines…), el paso del tiempo y la muerte.
¿Sus maestros? De san Juan de la Cruz y Góngora a Juan Ramón Jiménez, el principal. Romántico y modernista (y, por eso, partidario del Simbolismo). De la estirpe de Bécquer, diría Fernando Ortiz.
Vuelve la poesía de este poeta vital, solitario y melancólico, de voz propia e inconfundible, del Sur, que confesaba padecer la inspiración. Hasta quienes huimos del preciosismo, el lujo y lo ornamental nos rendimos ante la exactitud de unos poemas donde esplende el castellano con serena belleza.

NOTA: Este reseña se ha publicado la pasada semana en EL CULTURAL

3.7.21

La poesía de Iván Bunin

Iván Alexéievich Bunin (Vorónezh, Rusia Central, 1870- París, Francia, 1953). Nació en una familia de nobles propietarios rurales arruinados (con antecedentes literarios) y vivió sus primeros años en una hacienda de Yeletsk, “tierras de Rusia central contiguas a la estepa”. “Pasé en el campo casi toda mi infancia y primera adolescencia”, cuenta él mismo. En 1889 abandona la casa paterna y se muda a la ciudad de Oryol, donde conoce a su primer amor, que termina casándose con otro, asunto que inspira su novela La vida de Arseniev. Viaja a San Petersburgo y Moscú, donde conoce a los escritores del momento: Tolstoi, Chejov, Gorky...
En 1898 se casa con Anna Tsakini, de 19 años. Dos años más tarde la deja. Ella está embarazada de su único hijo, Nikolai, que muere de meningitis en 1905.
“Comencé a escribir pronto”, confiesa. Su primera colección de poemas, Listopad, apareció en 1901. Recibió el Premio Pushkin de la Academia Rusa de las Ciencias (de la que sería elegido miembro de honor) más de una vez; una de ellas por sus traducciones de poetas estadounidenses e ingleses (Longfellow, Byron y Tennyson, entre otros).
En 1906 conoce a Vera Muromtseva, su segunda y última mujer, con la que se casa, tras conseguir el divorcio, en 1922.
Antes de la Gran Guerra, en la primera década del siglo, viajó con ella por el sur de Rusia, la Europa mediterránea, los Balcanes, el norte de África y Oriente Medio. Como el poeta persa Saadi, por el “afán de contemplar en su totalidad la faz de la tierra y de dejar en ella la impronta de mi alma”, dijo. Poema di un viaggiatore se titula un libro publicado recientemente en Italia que recoge prosas y poemas sobre ese viaje.
En 1917 triunfa la Revolución. Huye con su mujer a Odessa. En mayo de 1919, “tras haber apurado un cáliz de sufrimientos morales realmente inenarrables, emigré del país”. Después de pasar por Bulgaria y Serbia, se estableció en París. Ese largo viaje le dio para escribir Días malditos (Un diario de la Revolución), basado en las notas que tomó sobre los acontecimientos de los años 1918 y 19 en Moscú y Odessa; “uno de los análisis, además en directo, de la Revolución, de sus desmanes y consecuencias, más certeros, sin aspavientos, que he leído”, según el poeta y crítico Fermín Herrero.
En 1933 se convirtió en el primer ruso que ganaba el Premio Nobel de Literatura.
En español se han publicado, entre otras, Obras escogidas (Aguilar, 1957 y 1965), Cuando la vida empieza (Caralt Editores, 1955 y Orbis, 1984), Una aldea (Planeta, 1973), El primer amor; En el campo (Espasa, 1974 y Altaya, 1996), Cuando la vida empieza (Orbis, 1993), Días malditos (Acantilado, 2007), El amor de Mitia y otros relatos (Pre-Textos, 2003, en edición de José Muñoz Millanes)y Relatos de alamedas oscuras (Caparrós Editores, 2003).
En la nota editorial de El amor de Mitia, leemos: “a Bunin le pasó lo que a la mucho más joven Nina Berberova: como su imagen no se ajustaba a la del escritor experimental o políticamente radical en boga durante la primera mitad del siglo XX, permanecieron mucho tiempo en la penumbra de la emigración sin ser apenas traducidos, en compañía de otros valiosos autores rusos. Bien es verdad que la condición de premio Nobel de Bunin ha impulsado esporádicos esfuerzos por dar a conocer su obra en otras lenguas”.
Aunque debe su fama internacional y su prestigio literario a los libros en prosa, Bunin, sí, fue poeta. Que tengamos noticia, es la primera vez que se publica un libro con sus versos en español. La primicia es de la salmantina Sígueme, una secreta pero acreditada editorial religiosa (abierta, sin anteojeras) cuyo catálogo (que incluye algo más que Teología) se debería frecuentar. Por su calidad, sencillamente. Es la segunda vez que se atreven con la poesía. El antecedente fue, nada menos, la obra del portugués Daniel Faria, todo un acontecimiento para los avisados lectores españoles, del que han publicado tres libros: Explicación de los árboles y de otros animales (2014), Hombres que son como lugares mal situados (2016) y De los líquidos (2017), en traducción del diplomático extremeño Luis María Marina. Llega ahora Poemas, de Bunin, lo que confirma, tras lo leído, el buen criterio.
En edición bilingüe, la traducción al español es de Manuel Abella Martínez, que ha vertido a nuestro idioma obras de Arendt, Brentano, Jung, Otto, Sjöwall, Soloviov, etc. Merece la pena destacar el cuidado del volumen, en tapa dura, sobrio, bien cosido y elegante que lleva en la cubierta y las guardas un sugerente paisaje de un prado cubierto de nieve pintado por Isaak I. Levitán.
En lugar de prólogo, se incluyen un par de notas autobiográficas, fechadas, respectivamente, en 1921 y 1934. Ambas en París.
Los poemas van fechados y el orden es cronológico. Desde 1888 a 1952.
Se le da mucha importancia a las primeras líneas de una novela. En el caso de los poemas, se suelen ponderar los finales; cuanto más redondos, mejor. Sin embargo, que el primer poema de un libro de poesía empiece: “Amaba yo en la infancia la penumbra del templo / cuando, al atardecer, / se llenaba de luz resplandeciente / ante la muchedumbre que rezaba” es, además de motivo de alegría, la primera pista fiable de que lo por venir. Cuando menos, promete. Nos da también para pensar que, sin saber nada de ruso, el traductor  parece saber lo que se hace: uno tiene delante de los ojos buena poesía en castellano.
“En la estepa”, segundo poema de la muestra, leemos: “Pero yo amo, / aves peregrinas, / estos campos. Sus míseras aldeas/ son mi terruño; he regresado a ellas / cansado ya de viajes solitarios / y siento su hermosura desolada / y me complace su belleza triste”.
Este sentimiento, el de la tristeza (“¿Dónde te escondiste, dorada alegría?”), será una constante en Bunin por más que aluda a que “el mundo es bello en todos sus rincones” o que “la aceptación es mi destino”. Sabe que “la vida vivida no regresará”, y esa será la fuente principal de su melancolía.
Estamos ante un solitario contemplativo. Un poeta de la mirada. Sus descripciones de la naturaleza son precisas, de una minuciosidad que no cansa porque está hecha de detalles significativos que buscan siempre trasladar al lector un estado del alma. Del alma rusa, acaso, a lo que él aspiró.
Su paisaje fundamental es la estepa, el lugar de su infancia: “miro la estepa, de este a oeste, / en la traslúcida distancia”. Como buen viajero y, por eso, cosmopolita, no renegó de otros, como los marítimos, por ejemplo. “A menudo recuerdo los otoños / del sur” (que evoca los veranos que pasó a orillas del Mar Negro).
Bunin será para algunos, y en el mejor sentido, un poeta menor. Porque escribe en sordina, en un tono susurrante y confidencial. Con sencillez. Léase “En una ciudad vieja”, un poema que podría haber escrito cualquier poeta español del 900. Machado, pongo por caso. Como “Cedro”: “Amo este mundo”. “Yo adoro esta tristeza en primavera”.
Los Alpes están presentes en varias composiciones (una con ese título): “En un lago” o “Día de invierno en el Oberland”, que representa bien su lado romántico (en el sentido literario).
Por más que se ejercite en el poema breve, de pronto nos sorprende con otros más extensos, como “Abandono”, donde aborda un asunto obsesivo: el “de la casa ancestral en que nací”. Como ocurre en “Desde el jardín, cruzando cortinas polvorientas…” o “Por primera vez”. Una tragedia de la nunca se repuso. Una vuelta que me recuerda, salvadas todas las distancias, al primer libro de Brines.
Allí leemos: “Acaso es hora de que el campo cambie / de dueño en estos pagos, a nosotros / se nos hace imposible aquí la vida. / Aquí todos vivimos con tristeza y zozobra / y toca hacer liquidación final”. Y más adelante: “Yo amaba el fin de los otoños rusos”, que es un bonito endecasílabo. La casa, al cabo, le “susurra”: “Sin los señores, todo es tan tedioso”.
En “Ruinas” aflora otro tema central, de estirpe también romántica: “Hay tanta calma en estas viejas ruinas”. Como lo es el jardín, símbolo recurrente, este con matices modernistas.
Lo bíblico está presente en “Sansón”, “En la ruta de Hebrón…”, “Huida a Egipto”, “Jacob iba a Harán…”, etc. Y el Corán en “Abrahán”. En “Alejandro en Egipto”, un poema más religioso que histórico, dice: “El Dios, que aún está lejos, / llegará, y será amigo de oscuros pescadores”.
Hicimos alusión antes al mar. El “mar abierto”, que “trae otra vez a la memoria / eso olvidado para siempre”.
En “Estambul” (Zargrado para los rusos) emerge el Bunin viajero. Como en “Enorme y viejo, un rojo paquebote…” y “Llamada”: “Como viejos marinos que viven retirados, / sueñan siempre, de noche, con la extensión azul / y obenques movedizos y aseguran oír / la llamada del mar en horas de tristeza”. Sus recuerdos, añade, “me incitan  a más viajes, a nuevas singladuras”.
“Bosque en la montaña” nos traslada a Grecia. Termina: “Busco una senda al templo de mis padres”.
En “Luz en el mástil”, con un precioso arranque leopardiano, escribe: “Es dulce y triste contemplar de noche / la luz de tope, sobre el mar en sombra, / de un barco que se aleja en la distancia”.
En “Ayo” regresa de nuevo a los viejos tiempos aristocráticos de su infancia. Así se titula precisamente otro poema donde recuerda un día caluroso y un “pino torcido” al que trepaba. “Sólo recuerdo mi infancia: / todo lo otro no es mío”.
La intensidad de “Abiertas las ventanas…” tiene un toque oriental.
“También el ser humano se atormenta / recordando otro tiempo, otras regiones”, leemos en “Un perro”, que concluye: “soy hombre y, como Dios, llevo en mi sino / compadecer cualquier melancolía”.
En “Abedul”, otro delicado poema, leemos este alejandrino aliterado: “al abedul aislado le es liviano el destino”.
La memoria, otra de las claves de esta poética, brilla en “Atardecer”: “Sólo sabemos descubrir la dicha / en el recuerdo”. Y sigue: “¡Y vive en todas partes!”. El verso final reza: “Veo, oigo y soy feliz. En mí está todo”. Ese “mundo” –leemos en “Cigarras nocturnas”– que “incita / a embriagarse de sueño, amar, crear”.
Una nota al pie de “Pozo” me sirve para indicar que son muy pocas las que figuran al pie de algunos poemas, pero todas concretas y necesarias.
“Soledad” es uno de sus poemas, digamos, narrativos, casi relatos condensados.
En “Incensario” viaja a Sicilia, una experiencia que le sirve para escribir otro poema: “Siroco”: “Dios se ha fundido al mundo / y lo arrastra a algún sito en furioso arrebato”.
En los últimos poemas (sólo hay uno posterior a 1923) habla de su país tras el triunfo de la Revolución. En “La casa en ruinas…” leemos: “Campan por Rusia los rabiosos, / la arrasarán, como los tártaros. / Pero, y ahora, ¿quién nos salva? / Y si no hay Dios, ¿quién los castiga?”. De lo mismo trata “Año diecisiete”.
“En la Perspectiva Nevski”, Bunin evoca su primera visita a la mítica ciudad de San Petersburgo (de la que en otro sitio había dicho: “Todo es grato, todo es nuevo: / el aroma del café, / las lámparas, las alfombras / y el periódico frío y húmedo”). Termina: “Yo era entonces, solitario, indolente / y había llegado a un mundo grande, extraño, difícil… / Pero nunca en la vida he podido olvidar / esa noche sin techo y sin abrigo”.  
Y ya que de rememorar hablamos, estos versos: “Qué dicha misteriosa / ir pisando el pasado”.
La desolación impregna también los poemas de finales de los años diez y primeros veinte. Como cuando escribe: “¡Qué amargo fue a mi joven corazón / tener que abandonar los campos de mi padre, / dejar atrás la casa en que nací!”. A este tiempo feliz se refiere “Año 1885”: “Era entonces abril y la vida era leve”.
 “Venecia”, no obstante, celebra el “regocijo / porque la vida es siempre nueva, / alegre el sueño del pasado”.
Emotivo resulta “Hija”, donde sueña con la que no tuvo.
En el poema final, que escribe un año antes de su muerte, leemos: “Nadie más bajo la luna, / sólo Dios y yo. / Nadie más que Él conoce mi pena mortal, / esa      que escondo a todos”.
Termino citando “En los montes”, que empieza: “La poesía es oscura. No se expresa en palabras”. Y más adelante: “No está la poesía en eso que la gente / llama así, poesía. Está oculta en mi herencia. / Cuanto  más rica es ella, más poeta soy yo”. Nada que añadir.
 
POEMAS
Iván Bunin
Traducción de Manuel Abella Martínez
Sígueme, Salamanca, 2021. 240 páginas. 18,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.

30.6.21

Mapa de la poesía hispánica: 1990-2020


CARACOL, Revista do Programa de Pós-graduação em Língua Española e Literaturas Española e Hispano-americana. Faculdade de Filosofia, Letras e Ciencias Humanas. Universidade de São Paulo, publica en su número 21 (2021) el amplio "Dossiê: Mapas da poesia hispânica" / "Dossier Mapa de la poesía hispánica", con un total de 1.230 páginas. Se centra, en concreto, en los últimos treinta años: de 1990 a 2020. Ha sido coordinado por los profesores Margareth Santos (de la mencionada universidad brasileña) y Alessandro Mistrorigo (docente en la Ca’ Foscari de Venecia). En "Mapas de la poesía hispánica: una cartografía en cinco superficies", explican ambos sus propósitos. 
En lo que a uno respecta, contesto a un detallado "Cuestionario" (de la página 483 a la 487) y publico en "Poemas" uno inédito: "Desvelo" (página 780). 
No se puede negar la ambición y rigor del empeño. Tiempo habrá, verano mediante, de ir dando buena cuenta de su contenido. 

26.6.21

La poesía de Julio Martínez Mesanza

Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955) se licenció en Filología italiana y trabajó en el Ministerio de Cultura y en la Biblioteca Nacional de España
 al lado de su mentor y amigo Luis Alberto de Cuenca. Ha sido director de los centros del Instituto Cervantes de Lisboa, Milán, Túnez, Estocolmo y Tel Aviv, donde reside actualmente, y fue responsable de la dirección académica en la sede central de ese organismo oficial.
Forma parte de esa generación que ha sido nombrada por los antólogos de distintas formas: “postnovísima”, según Luis Antonio de Villena; “de los 80”, según José Luis García Martín; o “de la Democracia”, según Ángel Luis Prieto de Paula. “Es biológicamente inevitable pertenecer a una generación determinada. Después, se comparten unos presupuestos y otros, no”, ha comentado a este propósito. Y: “Yo tampoco pienso que mi poesía se ajuste por completo a la definición de línea clara”, aunque con frecuencia se le sitúe en las colmadas filas de la “poesía de la experiencia”.
A libro de poesía por década, es autor de Europa (en sucesivas ediciones: 1983, 1986, 1988 y 1990, al que habría que sumar Fragmentos de Europa 1977-1997, de 1998), Las Trincheras (1996),  Entre el muro y el foso (2007) y Gloria (2016, que recoge poemas escritos entre 2005 y 2016, Premio Nacional de Poesía en 2017).También de la antología Soy en mayo (2007), prologada por Enrique Andrés Ruiz.
Ha traducido poesía italiana tanto clásica (Miguel Ángel, Sannazaro, Foscolo, Dante) como contemporánea (Montale).
De 2006 a 2020 publicó el blog Cuestiones naturales.
En una entrevista concedida en 2018 a Jaime Cedillo (El Cultural), Mesanza afirmaba: “he dicho por ahí que eso de la unidad de los libros de poesía es una superchería. Se escriben poemas. Si el poema es tan largo como un libro, el libro será unitario. Hay algo de muy artificial en esos libros en los que, pretendidamente, cada poema está en función del conjunto, pero, leído aparte, dice muy poco. Si un libro está hecho de poemas que, en su mayoría, no valen nada, ¿qué más da la unidad? Por lo demás, sí, yo hago pocos poemas, pero, al final, sumados todos los de una vida, puede que sean demasiados”. Unos cuantos, sustanciales y bien elegidos, son los que componen la cuidada antología Jinetes de luz en la hora oscura, que aparece en el sello ovetense Ars Poética en edición de Alfredo Rodríguez, donde, para mi gusto, sólo desentona la imagen de la cubierta.
Según costumbre, Rodríguez no puede (ni quiere) disimular su fervor por la poesía y la persona (nos cuenta en el “El mito del alma“, su prólogo, cómo viajó a Madrid para conocerlo) del madrileño. Le pasa lo mismo cuando comenta la poesía o dialoga con el poeta al que más páginas ha dedicado: el novísimo José María Álvarez. Esa falta de distancia hace más genuina y cercana su introducción, sin duda, pero también la sobrecarga de un melifluo entusiasmo (“Esta es la clase de libros que pueden hacer que uno se olvide el mundo”) un tanto empalagoso. En ella, con solvencia, se nos habla de un poeta en el que no caben ni el conformismo ni la complacencia. De la métrica que utiliza. De su “impulso musical” y “rítmico” (basado en “la música de las palabras”). De su “sólida formación clásica”. De los “símbolos épicos” (el de la épica es, sí, un asunto fundamental aquí). De su poesía “honda, filosófica” e “imbuida de religiosidad”. De su “poderosa originalidad”.
Recuerda que se calificó a Mesanza como “poeta de la historia”, alguien que “cree que la Historia dignifica”. No olvida decir que su “fundamento es moral” y que estamos ante un hombre “que escribe para el futuro”. Para Mesanza, la poesía es “uno de los pocos dones del espíritu que le quedan al hombre contemporáneo”. Afirma, en fin, que es el “último testigo de una manera de vivir”.
La antología se abre con dos citas (“Dejan de molestarme ya los hombres: /duermo en las sucias cuadras, lo prefiero, / duermo siempre en un carro de combate.” y “No debes escuchar a la tibieza, / ni a su amiga triunfante, la ironía. / No vayas con quien nunca dice nada, / ni con quien vive siempre enmascarado.”) y una breve poética fechada en septiembre de 1982 “Mi corazón siempre estará con Hernán Cortés y con Francisco Pizarro, y nunca con la Compañía de las Indias Orientales. Me gustaría haber participado en la carga de Cajamarca junto a aquellos jinetes que firmaban con una cruz. Por lo demás, quiero recordar aquí que las obras de Ennio y de otros muchos no se han perdido por culpa de los soldados, sino por el arbitrario gusto de los filólogos”.
Los poemas se suceden cronológicamente y en ningún sitio se advierte de a qué libro pertenece cada uno. No hace falta. Estamos, así, ante una obra nueva que funda su unidad (quiérase o no) en un tono de voz personal y reconocible establecido sobre un mundo también propio. Nadie puede negar que Mesanza ha ido por libre.
La crítica suele adjudicar a su poesía el marbete de “épica”. A este tema dedica, como dije, algún párrafo Alfredo Rodríguez. Nadie lo explica, no obstante, mejor que él: “Yo creo que utilizo y he utilizado muchos símbolos del ámbito militar (artillería, carros de combate), pero la épica es otra cosa. La épica tiene sentido en una sociedad en formación, con unos valores compartidos, entre los que se privilegia, precisamente, el valor”. Y: “La épica no existe. Ha tenido su momento en cada cultura, civilización e infancia de esos pueblos pues el sentimiento épico acompaña el nacimiento de un país. La épica deja un lenguaje que puede influir en algunos poetas, pero no hago épica, puede que haya cierto regusto por los símbolos militares que hay en mi poesía y que se pueden relacionar con la épica”. O: “la épica ha dejado de existir porque sus valores no forman parte de las prioridades del hombre moderno”.
Sí, es cierto que abundan los símbolos épicos en sus versos. Además de los que nombra más arriba, la torre (“Es poder una torre sobre rocas”), los caballos, la frontera, el arco, la landa, el desierto (“Sólo sabes vivir en el desierto”, escribe, y allí, los tártaros, como en la memorable novela de Buzzati), las trincheras, el soldado, el muro y el foso (como el título del poema y del libro), el páramo, las ruinas, los desfiladeros… Para muestra… “San Luis”, de donde toma Rodríguez el título de este florilegio.
Si tuviera que relacionar ese imaginario (un amplio campo semántico) con el de otros poetas contemporáneos, recurriría a Borges (con el que coincide en el gusto por las enumeraciones caóticas, como en “Ghar El Melh”) y a Cirlot (“La torre en el yermo”: “Sólo el orden anhelo, y la belleza…”). También al citado Luis Alberto de Cuenca. Son, digamos, poetas de la misma estirpe, algo que va más allá de las figuraciones y que atañe también a las ideas.
El aire de esta poesía es histórico (como una parte de la obra de Cavafis), pero con un sesgo intempestivo. El pasado es presente. O ambos, futuro. Léase “Nínive”. O “España”, que tan actual me parece: “Muere una patria como muere un alma, / desperdicia la gracia, se hace sierva”.
Está atravesada por la desolación y la amargura. Por la tristeza (“Yo abandoné mi escudo. Soy el triste”). Hay un claro sentimiento de pesimismo y de derrota: “No tengo nada del poniente al orto, / salvo la sensación de estar vencido”. Se asume sin alharacas. Sin vana queja ni jeremiadas. Todo ese dolor es serena, melancólicamente aceptado. Como corresponde a quien ha leído a los clásicos y no puede ocultar su condición de humanista (consciente, eso sí, de que dentro de un hombre puede habitar “un monstruo” y de que “Nada enseña a un hombre”). Y de creyente: ya se dijo que la religión es aquí ley. Dios, la Virgen… Las ceremonias y los ritos. En Mesanza reside un moralista. Quiero decir que su poesía es moral. No es casualidad que use tanto la palabra “alma” (en “San Petersburgo”, por ejemplo). “La extrañeza y el alma son lo mismo”. Digo “moralista” y recalco las muchas virtudes que defiende en sus poemas: el valor, la lealtad, el honor... Brilla la amistad sobre todas: “De amicitia”. Y el amor: “Remedia amoris”, “Los sueños del guerrero”…
Del lenguaje de Mesanza también se ha ocupado con solvencia la crítica. Se han ponderado, con justicia, sus endecasílabos blancos y graves (Rodríguez lo señala) o su maestría a la hora de aplicar los encabalgamientos.
Su poesía es epigramática. Esa es la base. Y, por eso, clasicista. Sin complejos. Lo que no significa que no sea de su tiempo o inevitablemente moderna, de ahí que disienta con su editor cuando este alude (no sin ironía, supongo) a su “tono antiguo”.
A quienes llevamos muchos años leyéndolos no deja de sorprendernos la perfección formal de estos poemas que parecen cincelados. Inspiración y artesanía. Son rotundos, concisos, redondos, perfectamente adaptados a lo que pretenden transmitir. Pura fibra, digamos. Sus finales desarman.
El que cierra el volumen, perfectamente escogido, “Mar Saba”, empieza: “Dame palabras fáciles y claras / para explicar la sencillez del alma / antes de ser rozada por las cosas”. Sobre él ha dicho: “Esas palabras fáciles y claras son las que pedía para sí San Juan de Damasco, que vivió, precisamente, en el monasterio de Mar Saba. Siempre he defendido que el lenguaje de la poesía es el más sencillo en cuanto a léxico y sintaxis. A mí (y a veces corro el riesgo de caer en la abstracción), me gusta usar esos nombres genéricos. Lo de “árbol” y no “cedro” es un ejemplo deliberadamente exagerado. A veces, claro que hay que decir “cedro”. Lo que me parece que puede arruinar la economía del poema es la aparición de una planta cuyo nombre y forma sólo conocen el poeta y algunos especialistas en botánica, y que muchas veces está puesta ahí a propósito, como para presumir”. Elocuente.
No cansan los versos de Mesanza. Permanecen. Imagino el asombro de quien se acerque a ellos por primera vez. Este libro no sería un mal comienzo.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.

23.6.21

Fabio Morábito dixit


Entresaco estos párrafos de las respuestas que da el poeta mexicano Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955) a algunas preguntas de su entrevistador, Olmo Balam. La interesante conversación se publica en la revista jiennense Paraíso, que dirige Juan Carlos Abril, donde también se dan a conocer cinco poemas inéditos.

"Procuro ser muy claro y, dentro de lo posible y dentro de la poesía, muy coherente. No me gusta crear falsas incertidumbres o crear vaguedades. Siempre lucho por la palabra más adherente a la emoción que trato de expresar. Es una lucha sin fin y muchas veces sin éxito porque es difícil aprehender con palabras ciertas sensaciones y percepciones que son muy lisas y efímeras por naturaleza. Procuro que el poema juegue limpio con el lector, que diga las cosas que tiene que decir y no se encamine hacia un falso misterio. Desde ese estilo que trata de ser muy riguroso uno puede asomarse frente a lo completo y lo incompleto, tanto a lo abstracto como a lo concreto".

"El nómada siempre deja atrás lugares que fueron cruciales y fundamentales en su vida y tiene la sensación de que por más que se mueva nunca va a llegar a la tierra prometida. La imagen del departamento también es de fragilidad, porque convives con otras personas que están más allá del muro, más allá del techo, del piso, y eso te da una sensación de extrema fragilidad, de fugacidad. Y una lengua aprendida, por más que la aprendas, jamás va a sustituir tu lengua materna. La lengua materna se te da como un regalo y en ese sentido es más sólida que una lengua que tuviste que hacer el esfuerzo de aprender y nunca está totalmente adquirida, la estás aprendiendo todos los días, con la sensación de algo frágil que se te puede ir en cualquier momento".

"No puedo ser prolífico en el sentido de publicar mucho. Cultivo la prosa que es tan importante como la poesía. La consecuencia de eso es que no puedo escribir poesía todo el tiempo, lo cual agradezco porque creo que no sería, por lo menos en mi caso, muy sano. Hay que descansar de escribir poesía, porque la poesía es un lenguaje sumamente artificial, es mucho más natural la narración, porque se acerca más a nuestro modo de hablar y de pensar. La poesía siempre crea un laboratorio extraño para el lenguaje. Alguien que escriba poesía todo el tiempo, que lea todo el tiempo poesía se puede volver loco o simplemente desgastar sus herramientas. Y la prosa es, como decía Montale, el gran secreto fertilizante de la poesía. Es de la prosa de donde realmente se alimenta un poeta para crear más poesía. Cuando alterno estas dos, prosa y poesía, no soy ni un cuentista prolífico, ni un prosista prolífico ni una poeta prolífico".

"El tema de la lentitud es un poco vago. La poesía es velocidad pura porque te permite saltar una cantidad de nexos y de explicaciones que la prosa debe tener y la poesía se salta olímpicamente. En ese sentido la poesía es un género súper veloz, me gusta más esa interpretación que la de lentitud, que siempre viene acompañada de cierta idea de nobleza, de lo lento como sinónimo de un sentir más humano acerca de los demás, lo cual está bien pero puede significar muchas cosas. La mía es una mirada obsesiva, de laboratorio, que se mete y quita capas de algo que nunca se encuentra, pero lo importante es el viaje, el proceso".

Nota: Como precisa Balam, "a un ritmo de uno por década, la poesía de Morábito está contenida en Lotes baldíos (1984, FCE), De lunes todo el año (1992, Joaquín Mortiz), Alguien de lava (2002, Era) –estos tres reunidos en un solo volumen por el FCE en La ola que regresa (2013)–, Delante de un prado una vaca (2011, Era) y A cada quien su cielo (todavía inédito en español y que aparecerá en Francia bajo el sello Les Éditions du Seuil durante 2021 con el título de A chacun son ciel)". Además es autor de distintas obras narrativas y ensayísticas. 

20.6.21

Turia, Hidalgo Bayal, Landero, Cáceres, etc.

Tras un primer intento fallido por culpa de la maldita pandemia, tuvo lugar en la Sala Malinche (recién remodelada) de la Institución Cultural "El Brocense", situada en el Complejo Cultural San Francisco de Cáceres, dependiente de Diputación, la presentación del número doble 137-138 de la revista Turia que incluye un cartapacio dedicado a la obra del escritor Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, 1950). 
A las siete de la tarde del día 14 de junio de 2021 (la fecha merece ser fijada), puntuales, entrábamos en un recinto que a uno le resulta familiar y me trae buenos recuerdos. Un edificio (el del antiguo monasterio de San Francisco el Real) construido para soportar, gracias a sus poderosos muros, los rigores del calor y del frío. Lo pude comprobar una semana antes, cuando nos reunieron allí a los distintos jurados de los premios literarios que concede anualmente la institución política cacereña. Un oasis. Con hilo musical y todo, el que ponen los sonidos instrumentales que llegan desde las distintas clases del Conservatorio de Música que allí tiene su sede. 
El acto, no hace falta decirlo, tuvo aires de homenaje. Ni siquiera Ferlosio hubiera sacado a relucir lo del "grotesco papelón del literato". Para ello se acercó desde Madrid Luis Landero, que, además de amigo, es un confeso admirador de los libros de Bayal. Acompañado, según costumbre, por el "landeriano alto", mi paisano y lejano pariente Juan Luis Hernández Mirón. Desde Teruel, que existe, el director de la revista, Raúl Carlos Maícas y otros turolenses a los que luego mencionaremos. Entre amigos, sí, se celebró la cosa. Entre amigos y lectores, cabe matizar. No es que uno temiera la falta de público Cáceres es plaza culta–, pero no imaginaba tan generosa afluencia. Un placer. Gracias. 
Una de las primeras personas a las que saludé, apenas la vi, fue a Concha D'Olhaberriague, la eficiente coordinadora del dosier, con la que he cruzado cientos de mensajes pero a quien no conocía mascarilla a mascarilla. 
Conversé un rato con la directora de la Real Academia de Extremadura, María del Mar Lozano Bartolozzi (con Trazos del Salón al fondo) y crucé algunas palabras con mi hermano Jesús y mi cuñada Carmina. Desde Don Benito y Villanueva llegaron Teresa Guzmán, Antonio Reseco y Antonio María Flórez. De San Vicente de Alcántara (cargado de regalos), José Juan Cuño. De Plasencia, los hermanos Antón, Santiago y Paco, miembros destacados de la cofradía muraniense. No faltaron a la cita algunos colaboradores del cartapacio, como Pilar Galán, Miguel Ángel Lama y Juan Ramón Santos. También saludé a José Luis Bernal, Mario Lourtau, José Vidal, Virginia Aizcorbe (coordinadora del Plan de Fomento de la Lectura, quien me aplicó un adjetivo curioso: "ácido"), Antonio Salvador (viejo amigo de Gonzalo, de cuando los beatos estíos placentinos: “Biblioteca, río, paseo, cine y fin”), Salvador Vaquero, etc. Porque olvido... Perdón.
Temo el calor y a mediados de junio, en esta tierra, suele hacer mucho. Así fue. Lo ideal para el homenajeado, de espíritu áspero, curtido en los veranos de su infancia higuereña y en los no menos severos de la Plasencia de su juventud. Y con la chaquetina...
Maícas estaba nervioso. Lo disimulaba bien. No era para menos. Costó bastante llegar a buen puerto. A su lado, tan afable como discreto, Eduardo Suárez, secretario de la revista, pendiente de todo. 
Poco a poco se fue llenando la sala. Después, llegaron las autoridades: la consejera de Cultura, Turismo y Deportes, Nuria Flores; Fernando Grande, diputado de Cultura de la Diputación de Cáceres (y alcalde de Mirabel); Diego Piñero, su correspondiente en la Diputación de Teruel; el director del Instituto de Estudios Turolenses, Nacho Escuín (presencia un tanto fantasmal); Luis Sáez, director de la Editora Regional (pieza clave en la existencia del número de Turia y en la organización del acto, ejemplo de solvencia y responsabilidad), etc. Eché de menos a nuestro alcalde, Fernando Pizarro, al que otras obligaciones le tendrían ocupado. 
Con las autoridades aterrizaron también Bayal y Landero. Fotos, precipitadas entrevistas... Ya dentro de la sala (la eficaz Felicidad Rodríguez Suero, SeliJefa Área de Cultura de Diputación indicó que se conectara el aire acondicionado), fueron tomando la palabra las jóvenes autoridades: la consejera, los diputados. Y Maícas. A continuación, tras los breves discursos (donde primaron, claro, los elogios), comenzó, dicho en hispanoamericano (lo propio en un espacio que lleva el nombre de una mujer náhuatl, originaria del actual estado mexicano de Veracruz), el conversatorio. 
Aunque no leí lo que tenía anotado, a modo de introducción dije algo así: "Hace poco más de un año, dos o tres días antes de la declaración del estado de alarma, presentábamos en esta ciudad, un tanto temerariamente, Camino de Jotán y El desierto de Takla Makán. Lecturas de Ferlosio, publicado por La Moderna. De nuevo estamos en Cáceres, lo que no deja de ser curioso, para festejar con Gonzalo Hidalgo Bayal, y con algunos amigos y lectores, la salida del cartapacio que le ha dedicado la revista Turia (gracias, Raúl), un justo y necesario homenaje a su obra cuando entra en la venerable setentena.
El dossier ha sido coordinado espléndidamente por alguien que conoce sus libros al dedillo, Concha D’Olhaberriague y ha contado con un plantel de colaboradores de lujo.
Como todas, nuestra amistad, Gonzalo, ha sido una larga conversación. Desde aquellos encuentros mañaneros en tu casa; los dos, escritores inéditos; tú recién casado; yo, a punto de serlo. Cuarenta años nos contemplan. Lo normal, sin embargo, ha sido charlar a pie de barra (ahora en terrazas), las de los bares de Murania, en las sabatinas rutas de cañas y vinos con María José y Yolanda.
Alguna vez se ha unido a esos recorridos Luis Landero (y su amigo Juan Luis, placentino de pro), que ha tenido a bien acompañarnos en un día tan señalado, lo que le agradecemos de corazón".
En el poco tiempo disponible pude lanzar varias cuestiones. La primera, sobre si el muchacho que escribía cuartetas pensó llegar a los setenta con este bien pertrechado arsenal vital y literario (me atreví a solicitar, en vano, un balance). 
Le recordé que a Winston Manrique Sabogal (de El País) le había dicho que "probablemente la literatura sea una forma de conciencia del lenguaje” y si, por tanto, esa era su máxima preocupación a la hora de abordar un texto. Luis Landero ha hablado de “laboreo verbal”, de “talento verbal”. En literatura, añadí, todo es cuestión de voz, de tono, de estilo, dígase como se diga. Quizás, rematé, todo se resume en eso de “hacerse responsable de cada frase que se escribe", una de las mejores lecciones de Bayal. En su respuesta indicó que ese subrayar la bondad del lenguaje podría entenderse como desdoro hacia lo que la narración tiene de trama. 
Abordé el espinoso asunto de la autoficción, sin ser él de yoyear, y debí mencionar otra cita: “La literatura puede ser ficción, pero no necesariamente la ficción tiene que ser mentira”. Fue cuando dijo aquello de que en Campo de amapolas... "es todo auto, nada de ficción". Terminé con la pregunta: "¿Podrías escribir un libro a partir de «Las lágrimas de Miguel Strogoff», un texto poco habitual en tu trayectoria, en clave autobiográfica? Puse como modelos El balcón en invierno y El huerto de Emerson, de un tal Landero.
Porque me constaba que le había gustado la alusión orteguiana de éste sobre las “evidencias” ("A mí me irrita la gente que incurre en evidencias, y supongo que también a Gonzalo. En nuestros coloquios, hay a veces largos silencios. Los dos somos tímidos y pudorosos, quizás él más que yo, pero nunca recurrimos a una obviedad para remediar los silencios. Creo que nos conocemos muy bien, y nos entendemos con pocas palabras, como los héroes de los wésterns crepusculares”), les planteé que si podrían dialogar un poco más acerca del asunto, y así lo hicieron. Qué gran legado el de Ortega (que no fue al parecer un buen padre) a sus hijos: "no digáis evidencias". 

Terminé afirmando que, como Borges o Gil de Biedma, Bayal se consideraba ante todo un lector. Cuando uno llega a un libro, Gonzalo ya estuvo allí, he dicho alguna vez. Has sido un lector voraz, le comenté, un panero (“Si toda voracidad proviene de una carencia anterior, entonces acaso, como no solo de pan vive el hombre, también mi voracidad lectora podría proceder de alguna forma de subdesarrollo previo. Envidio a quienes leen despacio, a quienes se impregnan con lo que leen, a quienes recitan de memoria párrafos y párrafos de lo que han leído. Yo no he sido capaz de leer nunca despacio: leo con la misma «gula e tragonía» con que como pan”, leemos en «Las lágrimas…»). 
Al hilo de lo mismo, siendo él un lector con criterio, le pregunté por qué no había desarrollado más su faceta crítica, limitada, sobre todo, a la obra de Ferlosio. Respondió que de haber leído más despacio... 
Me quedaron otras tantas cuestiones por plantear: sobre su condición de escritor moral y ese “no sé qué existencialista” que Landero ve en ambos. Le hubiera leído lo que le dijo a Harguindey, que ha ido rindiéndose “a la emoción y al sentimiento, tratando, eso sí, de compensarlo con ironía y con humor, que al fin y al cabo son ingredientes de la melancolía, tan necesarios como imprescindibles, y que suponen una actitud moral”. 
Habría vuelto sobre otra condición, la de “escondido” (desmentida de inmediato por él y, antes, por Landero). Como le dijo a Nuria Azancot (de El Cultural) "exige dos requisitos previos: ser buscado y no querer ser encontrado. En mi caso no se ha dado ninguno: ni me buscan ni me escondo. Sería incluso arrogante proclamarme escondido. Pero, si es una condición, me gustaría no perderla". 
No le habría preguntado por su encuentro con la editorial Tusquets. Había contado al principio que su única aspiración como escritor era tener un editor, de la categoría que fuera. Como Libros del Oeste, donde se publicó la primera edición de su primera novela en el sello barcelonés.  
Para terminar me hubiera centrado en su valoración del cartapacio, sobre la extrañeza de leer lo que otros leen en tus libros, por más que ya se había pronunciado en parte sobre ello. Y sobre la presencia extremeña en el número, abundante y significativa. Él siempre ha prestado atención a la literatura escrita (que denominó "absuelta") por extremeños: Campos Pámpano, Alonso Guerrero, Juan Ramón Santos… Por fin, habría solicitado de nuevo una suerte de arqueo literario. Para ser "perezoso"... Sobre proyectos no hubiera osado preguntar, pero sí sobre un libro de cuentos que sabía terminado y en manos de Cerezo, el editor. No pudo ser. Aunque no se habló ni de "balance" ni de "planes", sí, me hubiera gustado que saltara la primicia de que en septiembre publicará Tusquets Hervaciana, un puñado de relatos que "tratan sobre los años pasados por el autor y narrador (la misma persona en este caso) en el Real Colegio de San Hervacio, su vida y la de sus condiscípulos y maestros". Porque en la nota editorial se alude a “fiction-non-fiction” y en la charla, ya se dijo, se habló de la autoficción. Aunque Hervaciana podría haber sido "un libro de memorias", estaríamos ante unos recuerdos convertidos en relatos, por lo que en esa nota se da a entender. En fin, leeremos. Mi reseña, ya apalabrada (le ha faltado tiempo a Maícas para encargármela), aparecerá en Turia, según costumbre.
La conversación resultó, según creo, ágil y tanto Gonzalo como Luis tuvieron tiempo de comentar cosas de interés. De cuanto se ha publicado sobre el "evento" (odiosa palabra que uso irónicamente), recomiendo la crónica de Cristina Núñez, del diario Hoy. La copié en mi muro de Facebook (para que puedan leerla, ay, los que no son suscriptores del periódico). Por cierto, adiviné a lo lejos el rostro embozado del periodista Juan Domingo Fernández, que también nos ha dado un precioso artículo al respecto: "Tres maestros" (lo he llevado a FB). 
La velada terminó con una cena a la medida de la covid. En una terraza de la plaza. A la mesa, la consejera Flores, D'Olhaberriague, Mirón, Yolanda, Maícas, María José, Gonzalo y Landero. En otra, al lado (el protocolo pandémico manda), Luis Sáez, María José Acedo (asesora de la Consejería) y Piñero, el diputado turolense. 
Tenía curiosidad por conocer a la consejera. Uno ha tratado a cuantas personas han pasado por ese cargo desde que la Junta existe, salvo la que nombró el PP. Me pareció cercana, simpática y hasta cariñosa (lo demostró con Bayal y Landero, a quienes conoce desde hace tiempo). Es, además, buena conversadora. Nos contó que pasa mucho tiempo en Plasencia (por los preparativos de la exposición de Las Edades del Hombre) y está encantada con nuestro obispo Retana, del que dice aprender. Alabó el embutido y los dulces de su pueblo paterno, Mirabel. No, la noche no estaba para honduras. Qué sabe nadie. 
Antes de que dieran las 12, ya estábamos camino de casa. Mientras, los novelistas y sus acompañantes, que pernoctaban en la capital de la provincia, cumplían con el sagrado rito del whisky. Un día intenso, sin duda. Para no olvidar. 


NOTA: Las dos primeras fotografías son de Armando Méndez/HOY. La tercera, de Jesús Valverde Berrocoso. 

11.6.21

Yolanda Pantin: por intermediación de la poesía

Yolanda Pantin nació en Caracas en 1954, aunque pasó su infancia en la localidad de Turmero, “el derrame de Maracay”, en el Estado de Aragua: “Es un lugar con base real aunque inventado… Lo que llamo Turmero está en mi cabeza”, ha confesado. Allí permanece la casa familiar que levantó su padre, tan presente en su poesía desde su primer libro, que la nombra: “Mi padre sueña un lugar. Habla de paisaje, de jardín, de un alto muro que lo defienda”.
Estudió Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Además de ensayista, dramaturga, fotógrafa, editora (cofundó Pequeña Venecia) y autora de literatura infantil y juvenil, es poeta. Suyos son los libros Casa o lobo (1981, que apareció en la entonces prestigiosa editorial Monte Ávila), Correo del corazón (1985), La canción fría (1989), Poemas del escritor (1989), El cielo de París (1989), Los bajos sentimientos (1993), La quietud (1998), El hueso pélvico (2002), Poemas huérfanos (2002), La épica del padre (2002), País (2007), 21 caballos (2011), Bellas ficciones (2016) y Lo que hace el tiempo (2017). Los recogió en País. Poesía reunida (1981-2011) (Pre-Textos, 2014, en edición de Antonio López Ortega).
Ha obtenido, entre otros, los premios Fundarte (Caracas), Poetas del Mundo Latino “Víctor Sandoval” (Aguascalientes, México), Casa de América (Madrid) y Federico García Lorca (Granada). Fue becaria de las fundaciones Rockefeller y Guggenheim.
No hace falta recordar que es una poeta fundamental en el panorama lírico hispanoamericano y un referente de la poesía venezolana contemporánea a la que pertenecen poetas cuyos libros ha reseñado uno recientemente, como Arturo Gutiérrez Plaza, Eugenio Montejo e Igor Barreto. Al fondo, siempre, Rafael Cadenas.
Vuelve Pantin al catálogo de Pre-Textos –siempre tan atenta a la poesía hispanoamericana en general y a la de Venezuela en particular– con El dragón protegido. Consta de dos partes.
Empieza y termina igual: con sendas alusiones al caballo, un animal que abunda en su obra, todo un símbolo (que figura, por cierto, en el escudo de su país). “En mi línea ancestral / hay un caballo”, escribe en “Sueño”, y: “Hay una niña / que fue // en el fondo // con los caballos / desbocados”. En algún sitio ha aclarado que sus caballos son los de trabajo, no los de la equitación; caballos que “en Venezuela están ligados de una manera muy natural a nuestra vida”.
Se aprecia el gusto de la autora por la poesía breve, de versos muy cortos, tan delgada en apariencia como en su más íntima realidad. Plena de silencios marcados con espacios en blanco. Sin adjetivos. La precisión y la exactitud son norma. Su tradición no es la de la poesía verbosa, tan abundante en ese lado del Atlántico, sino la de la concreta, sobria por naturaleza, concisa y concentrada. Una vez dijo: “Mi obsesión: tratar de que el lenguaje diga más con menos palabras. Nunca me he dejado seducir por las palabras porque me da miedo la palabrería”. Por eso ella opta por la que está a favor de la sugerencia y del misterio. Tan delicada como frágil, algo que a uno le evoca sin remedio la poesía de Emily Dickinson. Nunca hermética. Pantin ha celebrado como liberación el momento en que “descubrí que la poesía también era un relato”. El de su vida, tan apegada a sus palabras, fuente inagotable de estos versos donde, ante todo, vuelve, de la mano de la memoria, la infancia. Con ella, la casa que mencionamos antes y su padre. En cuanto a su madre: “Yo digo que soy la «amanuense» de mi mamá porque heredé o aprehendí su mirada. Ella mira y yo escribo. Esa conciencia de ser la amanuense de mi madre me perturba un poco pero la acepto porque alguien tenía que dejar ese testimonio por escrito”.
“Mi primer recuerdo / es la afirmación / en el no”, leemos. “Era el miedo /sentido / como premonición”. “El vallado” regresa a la casa familiar y, ya allí, a una parte esencial: el jardín. Esta es una poesía llena de naturaleza civilizada: de plantas y animales domésticos. “Llamado” sigue en la misma línea. El “sigilo” del padre es comparable al del gato, “con esa elegancia / de / no dejarse/ sentir”. Un sigilo que también es aplicable a este modo de decir tan sensible como sutil.
En “Pasaje”, dedicado “a la memoria de mi abuela Blanca”: “Escogí / para mi voz // tener la suya”. En “Ocumare”, la niñez, la muerte y el mar.
“Devociones” nos retrotrae a lo más humilde y cotidiano, siquiera sea en sentido religioso. Ese es el ámbito en que Pantin se mueve, y no me refiero ahora al restringido plano de las creencias sino al de la naturalidad. Cuando habla, por ejemplo, del “mijao” (el anacardium excelsum). Y ya que lo menciono, bien está subrayar la importancia que aquí tienen no sólo el paisaje y el paisanaje venezolano de esta región interior, sino también las palabras que usa para nombrarlos: los venezolanismos. Léase “El parque”.
Volviendo a la familia, en “Guerrero” escribe: “El alma / de esta casa vive / detrás / de los retratos”. Añade: “Es un dragón albino”. Termina: “No se inmuta / cuando nos cruzamos / porque está / protegido”.  En “Varones”: “Todas las mujeres / tienen algo / que contar. // Todas las historias / están enterradas”.
“La vista” (y antes, “Anhelo”) se funda en el poder de la mirada. En “Los temores”, “Y es que el miedo / no termina de saciarse // porque come / de un adentro / vulnerable”.
A veces se aproxima a la forma del haiku. Como “Certeza”, pongo por caso.
“Portal” es un poema precioso donde se canta la sencillez. Sí, “El hombre que vende / agua de coco”, por lo que dice ella, “es un Señor”. Lo mismo que “Arcilla”, que cierra la primera parte del libro: “Casi todo lo que importa / está encerrado y es natural / que no se manifieste”. Tal un secreto.
La segunda parte está formada por poemas sin título, más breves aún, más afilados. Su tono es por momentos metafísico. Y alegórico. Cercanos a lo aforístico.
También desde el principio encontramos otro motivo recurrente que no deja de repetirse a lo largo del volumen. Me refiero a la reflexión acerca de la propia poesía. Para Pantin, “Es un vaso // que no se puede llenar”. Hay numerosos poemas, en ambas partes, centrados en ese asunto: “Lear”, “Descubrir”, “Frágil” (“por un sendero de vidrio”)... Leemos: “Un poema no puede irse / por las ramas, // busca / ciego / el centro / donde arderá”. O: “Pensé que la poesía / era en abstracto, // pero en concreto, / la poesía es espíritu” (que es uno de los poemas de esta segunda sección). Todo se concibe “por intermediación de la poesía”.
Dentro del conjunto encontramos trece brevísimos (dispuestos de dos en dos en la página, arriba y abajo) que podrán pasar por anotaciones o epifanías: “Al callejón mental / con los caballos”. Allí, animales y árboles. Pájaros que cantan. Y la luz “inasible”, esto es el trópico: “Buenas tardes, / preciosa luz”.
Lo popular, con aires de canción, es ostensible. En el poema “La verdad”, por ejemplo, y sus siete partes. En otro dice: “No hay nada heroico / en seguir la canción. // No puede ser de otra manera. // Es el curso del río / natural y cristalino // que fluye”. Y: “¿Qué podemos / los sordos / en la hora de la canción”.
“Una, lo que ha hecho en la vida es caminar escribiendo, avanzar escribiendo, sin tener ningún destino sino el hacer desprendido”, ha comentado Pantin en una entrevista. Y: “Mi viaje ha sido de exploración interior, buscando lenguaje y palabras que puedan comunicar un cierto estado, un pensamiento, una percepción, una intuición”. También: “Con la poesía se puede decir lo que no se sabe. Lo que tú no sabes y lo que nadie sabe. Esa es la fuerza que tiene la poesía”. Para muestra, este protegido dragón.
 
El dragón protegido
Yolanda Pantin
Pre-Textos, Valencia, 2021. 92 páginas. 16 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.