17.5.21

Sacristán y la estupidez


Aunque no ha sido nunca capaz de apreciar como es debido el teatro (y mira que fui, como tantos niños de mi generación, un precoz espectador atento de aquellos televisivos Estudio 1), hace unas semanas disfruté muchísimo (sin que por ello dejara de sufrir mi lado hipocondriaco) viendo y escuchando a José Sacristán en escena, durante la memorable representación de Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes. En el teatro Alkázar de Plasencia. 
Cómo no emocionarse cuando, con esa voz tan honda como particular, el actor dice: «Su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir».
¿Quién nos estupidiza?, le pregunta ahora Ana del Barrio, periodista de El Mundo, y Sacristán responde: "En el Calígula se decía que la necedad era homicida. Ésta es una pregunta que debería hacerse cada hijo de vecino. Hasta qué punto hay una forma de estupidez consentida, disfrutada y en la que la gente se siente encantada de la vida. En más de una ocasión somos nuestros propios generadores de estupidez. No hay que pensar que alguien siempre tiene la culpa de que seamos más tontos. El principio de la legitimación de la estupidez empieza con uno mismo".

Nota: Tomo la fotografía de aquí.

16.5.21

Como íntima hoguera frente al frío

Asunción Escribano (Salamanca, 1964), doctora en Lengua Española, licenciada en Filología Hispánica y Periodismo, Máster en Escritura creativa, es catedrática de Lengua y Literatura Españolas en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca y profesora en el Máster y Diploma de Especialización en Creación Literaria de la Universidad de Salamanca (USAL). Además de compaginar numerosas tareas académicas, es directora de la Cátedra de Poesía Fray Luis de León, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros y forma parte del Consejo Asesor de la Fundación Duques de Soria. Publica el blog Acorde.
Su obra poética está integrada por los libros: La disolución (2001); Metamorfosis (Premio Juan de Baños, 2004); Solo me acarician alas (2012); Hebra y sutura (2012); Acorde (Premio Fray Luis de León, 2014) y Salmos de la lluvia (2018).
Ve ahora la luz El canto bajo el hielo. Lo publica Ediciones Carena. Sus dos libros anteriores están en los catálogos de Visor y Vaso Roto, respectivamente.
Este está dedicado a su padre y se abre con citas de Christian Bobin, Erri de Luca, Eloy Sánchez Rosillo y Jesús Montiel. Elocuente me parece el epígrafe de este último (Escribano enseña Literatura y Periodismo): “El mundo, pese a los males que lo lastiman, sobrevive gracias a gestos desatendidos que nunca publicitan los periódicos ni los telediarios”.
Cuatro partes componen el volumen. La primera, “La criatura verbal”, atiende al proceso creativo. “El poema” se titula, significativamente, el primero del libro y único de esta sección, una extensa poética dedicada a otro poeta salmantino: Juan Antonio González Iglesias.
“Los eruditos hablan de artefacto / cuando estudian las líneas del poema”. Ella prefiere “el nombre desvelado / del poeta que ha penetrado en la fronda / luminosa en desvaríos: Criatura, / que comprende la vida y el aliento”. “Fulgor de ebriedad” más que paradoja, como dicen “los expertos”. Luego añade: “No hay otra manera de ascender / sino a lomos del poema y contemplar / el mundo desde lo alto de su cumbre”. Nos da pistas, después, “entre prodigios” y en forma de versos, sobre algunos de los poetas que ella prefiere. Nunca los nombra. El primero, Borges. Le siguen san Juan de la Cruz, Colinas, Valente, Cernuda… “…Y tantos…, que no son artilugios / sino habla en amor con quien escucha”. Termina: “No sabría definir qué es un poema. / Pero en ellos resguardo yo mi vida / del tiempo, del mundo y su tristeza. / Como íntima hoguera frente al frío”.
La segunda parte, “La sustancia de los milagros”, está formada por nueve poemas y todos llevan al final una nota tomada de algún periódico o revista donde se da cuenta del motivo que los ha inspirado.
En “Pavala flavescens” (nombre científico de un tipo de libélula que realiza vuelos transoceánicos y recorre distancias de más de 14.000 kilómetros), leemos: “un caballito del diablo / reproduce en el orden del insecto / mi vida”. Y más adelante: “Aun así sostiene en su fragilidad / su fortaleza”. Y: “la libélula dice como nada / lo que soy. Respiración, silencio, / ritmo armonía, transparencia”.
“El poeta” tiene que ver con un “retrato de la historia de amor entre un fotógrafo neoyorkino y las palomas de su ciudad”.
“La lentitud”, un poema muy hermoso de aires meditativos, alude a sus ventajas. Parte de unas palabras de la escritora Andrea Köhler: “Lo que no estaba, con la espera estaba”. Sí, porque, “Lo que no está empieza a ser / si se espera un tiempo lentamente. / Solo hay que dejar que el silencio pose / su pausado sedimento en el vacío”. Ver, pensar, escuchar…
“Aromas” está dedicado a Sombra y es un homenaje a su gato que, como todos los gatos, a los hechos me remito (más allá de los dichosos vídeos de esos animalitos), tan poéticos resultan.
En torno a una frase del añorado Zagajewski, Escribano compone “Epifanía”: “Apenas es nada esta melodía / que reverbera invicta ante mis ojos”. El humilde milagro del asombro.
En “El aleteo” (de una mariposa) se aprecia bien la suntuosidad verbal de esta poesía, el gusto por el paladeo de las palabras con las que se describe cuanto sucede. “Un aleteo breve no cambia / ni el universo ni el destino, / ni siquiera roza el mío. / Pero hace la jornada más hermosa. Corto con mis ojos / un trozo de candente realidad”.
“La perfección” aborda ese espinoso asunto. Bach o Hierro, pone como ejemplos, desdicen a Musset: la perfección existe.
“Cántico”, el de Hikari Ōe, procede de una confesión de su padre, Kenzaburō Ōe. El misterio oriental, los pájaros.
“El cuento” habla de una casa vacía que es tomada por animales.
“La arcilla de los días”, la tercera parte, consta de once poemas. Se inicia con el que da título al libro. “Lo peor de lo peor hoy es posible / y no tiene ni amparo ni remedio”, leemos. “Cómo es posible cantar frente a la escarcha”. “Habrá que intentar construir una balada / (…) / para no morir de tristeza en este invierno”.
“La mancha” se refiere al escritor Robert Walser, que murió solo, sin abrigo y boca arriba en la nieve, y “La pena” a Virginia Wolf que también “camina bajo el frío”. “Estoy segura de que estoy enloqueciendo”, anota en su diario. La poeta dice: “La escritura es fibra frágil / para salvar al hombre del espanto”. Algo que subraya su capacidad de compasión, una virtud muy presente en la obra humanista de Escribano, y su decidida voluntad de cantar con palabras la belleza y el dolor del mundo. Desde su humilde verdad.
“Éxodo” da cuenta de nuestra realidad errante: “Seguimos la ruta del cometa”.
“Definiciones de mar” expresa el insondable enigma de esa “fisura de agua donde caben todas las blasfemias”. Donde a diario mueren nuestros niños en medio de una huida sin remedio.
Emocionante me ha parecido “La caída”. La de su padre, muerto. “Escribo sonámbula tu nombre en este muro”. Ese hecho decisivo y terrible está también en el siguiente, “El naufragio”. “No hay más amor que aquella infancia / que hoy ya no es mía sino suya”. Y en el que le sigue: “Poder decir tu nombre”, con cita de Piedad Bonnett. “Hay nombres que nos atan a la vida”, empieza. “Papá es, de entre ellos, quizá de los más grandes”. Vuelve a ese asunto en “Ahogo”. Como en “El mar”, donde evoca la felicidad y la infancia y concluye con una amarga pregunta: “¿Y ahora en qué manos sostendré yo mi vida?”
“Herida”, por fin, vuelve a lo animal (tan humano a veces): un perro que intenta ayudar a otro, malherido.
“La banda sonora”, última parte del libro, consta de un solo poema: “El último carmelita”. “Hoy no hay nadie que escoja / esta vida de paz y de armonía”.
Son muchos los hombres y mujeres de distintas generaciones que conforman el mapa lírico hispano del momento. Rico y plural, a mi modo de ver. De entre esas voces, emerge, limpia y nítida, la de Asunción Escribano. Si aún no la ha escuchado, este es un buen momento.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.
 

13.5.21

Elecciones en la AEEX

Tras la precipitada salida como presidenta de Susana Martín Gijón, se han convocado elecciones en la Asociación de Escritores Extremeños. Uno apoya la candidatura a la presidencia de Isabel María Pérez González. 
Copio su programa aquí y, con ello, me tomo el atrevimiento (que sabrán disculpar si tenemos en cuenta estos tiempos de zozobra y el proyecto en crisis) de sugerir a los socios que la voten. 

Este sería su equipo:

Vicepresidencia: Juan Manuel Ramírez.
Secretaría: Chelo Pineda.
Tesorería: Caridad Jiménez.
Vocalías: Ana Bermejo, Daniel Casado, José Manuel Díez, Pilar Galán, Nicanor Gil, Irene Sánchez Carrón y José Manuel Vivas.

Programa 

En nombre de los compañeros y compañeras de esta candidatura que encabezo, quiero compartir algunos de los proyectos que nos gustaría impulsar desde la AEEX, convencida de la necesidad de que la Asociación de Escritores Extremeños debe comprometerse ahora más que nunca con la sociedad extremeña a través de la cultura, esto es, debe mantener su lealtad de generaciones a aquella vocación de servicio ciudadano con que nació y se ha desarrollado. Siempre recordamos las palabras del profesor Rozas en aquel Congreso cuasi fundacional de 1982 cuando, al presentar el análisis de su encuesta a los jóvenes escritores, concluyó que la respuesta “unánime” de todos ellos era: la literatura “sólo mejorará la situación moral [de Extremadura] en un sentido cultural”. Y en efecto, esa es la AEEX, una asociación creada para la defensa de la literatura y de los escritores como plataforma estructurada para la expansión de la cultura a la ciudadanía extremeña.
            Desde esa lealtad a la vocación de servicio que ha caracterizado la AEEX y con la que os presenté nuestra candidatura, considero llegado el momento de definir cuáles son nuestras propuestas a través del programa que aquí os concreto:
 
*** Para reforzar la extensión de nuestros servicios a la comunidad:
            – Preservar, atender y actualizar las Aulas Literarias a fin de que puedan seguir realizando su tarea de extensión y fomento de la literatura entre el alumnado y el público general, dadas las circunstancias actuales. Es preciso mantener viva esta actividad de la AEEX tan aplaudida, incluso imitada, en el estado español, en Portugal y en América Latina.
            – Mantener y reforzar la presencia de la AEEX en los centros educativos. Se trataría de acercar a las aulas la producción literaria general y extremeña en particular, mediante la presencia de escritores y escritoras de la AEEX en todos los niveles del proceso de aprendizaje, esto es, comenzando por la literatura infantil y juvenil.
            – Asesorar a las Instituciones autonómicas, provinciales y locales –públicas y privadas– con la intención de que conozcan la enorme variedad y calidad de los autores extremeños.
            – Crear Archivos y Bibliotecas de autor y proporcionar un asesoramiento técnico y jurídico sobre la preservación de su legado. Este proyecto encarnaría la contribución de la AEEX a la apuesta por orientar al servicio público la propiedad cultural.

*** Para reforzar el servicio a las socias y los socios:
            – Mantener los Congresos de Escritores, preceptivos a cada cuatro años desde la fundación de la AEEX, y que siempre han dinamizado culturalmente aquellas poblaciones que los han acogido: Hervás, Olivenza, Zafra, Plasencia, Alburquerque, Villanueva de la Serena..., y en los que hemos disfrutado tantas veces del contacto y afecto de autoras y autores.
            – Continuar la celebración anual de las Bibliotecas Circulantes que, a modo de congreso breve, no sólo propician el cercamiento a la obra de nuestros socios y la difusión de los nuevos talentos –recordemos sus ponencias, mesas redondas, debates, presencia e impulso de editoriales extremeñas...–, sino que estrechan los lazos entre quienes escriben a través del contacto personal y la convivencia.
            – Atención específica a los creadores emergentes o ya iniciados a través de los soportes digitales, para que se proyecte su escritura entre jóvenes lectores y, también, entre medios regionales y nacionales. Continuar asimismo la revista El espejo entendida como espacio de encuentro y publicación en su doble soporte de papel y digital.
            – Fomentar la presencia de las escritoras y escritores extremeños en todas las Ferias del Libro, siempre en pie de igualdad con el resto de autores, sin distinción, mediante acuerdos con las autoridades organizadoras de dichas Ferias.
            – Profundizar en la participación de escritoras y escritores de la AEEX en clubes de lectura, bibliotecas, circuitos de librerías y centros educativos; proponiendo programas concretos a las instituciones autonómicas, provinciales y locales, así como a las entidades privadas que reclaman la presencia de autores.
            – Proteger y potenciar desde Extremadura a los escritores y escritoras de la AEEX que viven fuera de la región, ayudando a difundir su obra e impulsando su participación personal en las actividades de nuestros circuitos lectores.
            
No es preciso decir que a lo largo de los próximos cuatro años, si es que depositáis vuestra confianza en nosotros, las actividades de la AEEX podrán ir creciendo con las aportaciones y sugerencias que los socios nos propongáis. Estamos abiertos a todas aquellas ideas que contribuyan al buen hacer de la AEEX en favor, insistimos, de la expansión y el fomento de la literatura entre la ciudadanía extremeña.
            Con el ruego de que no olvidéis depositar vuestro voto en presencia o por correo, sea cual sea la candidatura que elijáis, os envío un abrazo de mis compañeros y mío.
 
Isabel Mª Pérez González

10.5.21

La joven poesía española

Se habla en España de un florecimiento de la poesía, de un momento de esplendor incluso. En un reciente panorama sobre la lírica española actual que concebí para la revista barcelonesa El Ciervo, destacaba, en conjunto, “
su riqueza, vigor y variedad”. Añadía que “esa feliz pluralidad se debe, en buena medida, a la conjunción de las distintas generaciones literarias que aquí conviven” y que, “sí, ésta ha sido desde muy antiguo tierra de poesía y los más jóvenes demuestran que, lejos de extinguirse, la lírica de calidad, que es la única que importa, campea a sus anchas por esta suerte de fértil territorio de la Mancha”.
Aunque últimamente se asocia el término “poesía joven” a esa pseudopoesía o parapoesía que circula a través de las redes sociales y que se publica, sin ningún rigor, en editoriales que fueron serias y en otras que nunca aspiraron a serlo, con ventas al parecer extraordinarias, la verdadera poesía nueva está en otra parte. La escriben poetas formados (la inmensa mayoría universitarios) que leen y han leído (lo que no ocurre, según propia confesión, con los parapoetas), muchachos y muchachas que, en igualdad de condiciones, acceden a los catálogos de editoriales de prestigio muchas veces gracias a los premios.
Se trata de poetas que no ignoran la tradición y que, aunque desde la novedad, contraviniéndola si es preciso, pasan a formar parte de ella.
Para demostrar esa pujanza puedo traer a colación tres antologías recientes de jóvenes poetas españoles.
La primera se ocupa de poetas asturianos seleccionados por Miguel Munárriz para formar parte de Los últimos del XX. Antología de poesía (1980–1997). Son Sergio C. Fanjul, Pablo Núñez, Fruela Fernández, Carlos Iglesias, Rodrigo Olay, Ruth Llana, Sara A. Palicio, Mario Vega, Miguel Floriano, Lorenzo Roal, Xaime Martínez, Candela de las Heras, Dalia Alonso, Óscar Díaz y Rocío Acebal.
Aunque de una determinada región, representan muy bien el quehacer nacional. Está publicada por la editorial Luna de Abajo (Oviedo, 2020).
La segunda, Cuando dejó de llover. 50 poéticas recién cortadas (Sloper, Palma de Mallorca, 2021), reúne versos de medio centenar de poetas nacidos también a finales de siglo (algunos ya en éste) y lleva un brillante prólogo de Ben Clark y un prescindible epílogo de Luna Miguel. Clark subraya “un momento muy interesante de la poesía joven escrita en castellano en España”. La de “los hijos de la bonanza”, los que, paradójicamente, han padecido y padecen las sucesivas crisis económicas que asolan este sufrido país.
La tercera, en fin, aparece en el número 10 de la revista extremeña Suroeste, que celebra su primera década y, además de conmemorar el inesperado fallecimiento uno de sus principales promotores, Antonio Franco, ofrece un espléndido volumen de 235 páginas sobre la “poesía actual”. Ya que se trata de una revista de “literaturas ibéricas”, hay poemas en español, portugués, vasco, gallego, catalán, asturiano y aragonés. De cada parte hay un estudio introductorio y una muestra. La más amplia, claro, es la de poesía en castellano: 12 poetas, seleccionados por Antonio Rivero Machina. Estos son los otros presentadores y el número de poetas elegidos: Pedro Serra (portugués, 7), Montse Pena Presas (gallego, 5), Martín López-Vega (asturiano, 3), Jon Kortazar (vasco, 5), Chusé Raúl Osón (aragonés, 3) y Adrià Targa (catalán, 10).
Estamos, no cabe duda, ante documentos que nos permiten conocer mejor el panorama lírico peninsular y, de paso, confirmar su gran momento.

NOTA: Este artículo se ha publicado en la revista griega  Φρέαρ/Frear. La ilustración es de Juan Carlos Mestre. 

9.5.21

Corazón de tinta

Rodrigo Olay (Noreña, Asturias, 1989) es doctor en Investigaciones Humanísticas (Literatura española) por la Universidad de Oviedo y autor de los libros de poemas: 
Cerrar los ojos para verte (Oviedo, 2011, Premio Asturias Joven y Premio de la Crítica Asturiana), La víspera (Sevilla, 2014, de nuevo Premio de la Crítica Asturiana) y Saltar la hoguera (Madrid, 2019, Premio Jaén).
Ha sido incluido en las antologías Siete mundos. Selección de nueva poesíaRe-generación. Antología de poesía española (2000-2015);  Nacer en otro tiempo. Antología de la joven poesía española; Mucho por venir. Muestra consultada de poesía asturiana (2008-2017) y Los últimos del XX. Antología de poesía (1980-1997). Es colaborador de la revista Anáfora.
Además del Olay poeta está el Olay Valdés filólogo, especialista en el siglo XVIII, fallido líricamente. Se pueden rastrear sus investigaciones literarias en Google Académico. Por su edición del tomo VIII (880 páginas, 140 introductorias) de las obras de Benito Jerónimo Feijoo, el padre Feijoo (al que dedicó su tesis doctoral), donde se reúne su poesía completa (reseñada por Luis Alberto de Cuenca en ABC), fue distinguido con el premio anual de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII. Olay logró recuperar 37 poemas inéditos del fraile benedictino y fijó su corpus en 131 composiciones.
En una reseña publicada hace poco en EL CUADERNO sobre la última de las antologías citadas, la de Miguel Munárriz, escribí algo que vuelve a venir a cuento: «Rodrigo Olay acaba de conseguir, con su tercer libro, un accésit del Adonais. Es el prototipo del poeta-profesor (…). Reconoce que siempre se ha sentido atraído por esa figura. Bueno, el dice doctus poeta y es que se nota esa condición didáctica y docente. (…) Para definir la poesía echa mano de Wordsworth, Coleridge, Auden u Ory, y recalca la importancia de las “lecturas de formación” hasta el punto de defender, sin empacho, que “quienes saben de poesía son más los filólogos que los poetas”. Sus “eruditerías” sorprenden. (…) Otra predilección confesa: “las líneas figurativas”, las “corrientes realistas”».
El aludido accésit es ya su cuarta entrega: Vieja escuela y, según el jurado, lo consiguió “por la fértil interacción de vida y literatura, sustentada en una gran variedad de registros y en un sobresaliente dominio y actualización de la dicción clásica”. Lleva en la portada dos fechas: 2009-2020. Entre ambas, Olay ha dado a la imprenta sus tres primeros libros.
Lo abren cuatro citas y sólo son las primeras de una numerosa serie de epígrafes que confirman su sólida vocación lectora. Para seguir con las pistas, del Cancionero de Baena, Garcilaso, Lope y Lausberg, el filólogo alemán especializado en Retórica, del que toma estas palabras, verdadero lema de este libro: “La unidad superior al poema es la vida”. Sí, recurriendo a composiciones estróficas clásicas, que se renuevan o actualizan –sobre todo, gracias a la sintaxis–, todo va sustentarse y debatirse entre el elaborado artefacto literario que cada poema representa y la sencilla verdad que se embosca en su significado. Hablando de verdades, la del amor es tal vez la más omnipresente, ya sea con respecto a una mujer (léase “Dedicatoria”: “la mujer que elegí, que me eligió”), la familia o la amistad. Raro es el poema que no está dedicado.
La estructura del libro obedece también a un decidido ejercicio de perfección y virtuosismo. En “Obertura: Roda”, “España 2019”. La realidad. El presente. “Los versos no alcanzan, nunca alcanzan”. Cita a Cetina. “Contra todo tú solo, contra todo, / mi vieja escuela y siempre medicina”.
“Quizá yo” reúne cinco poemas. Cada parte o serie temática va a contener ese número exacto de composiciones. En esta prima, el título es elocuente, el “yo”. Lo autobiográfico es inseparable de estos versos. En “Personalidad múltiple” juega con las diferentes maneras que tienen de nombrarle, cómo le llaman unos u otros.
En “Buenavista” aparece su abuela Gelina. Con ella, el niño y el miedo y el lobo y el padre.
“Siempre he creído que iba a morir joven” es un poema central. Ahí, la enfermedad. De la piel, según entiendo, pero que le afecta a la vista. “Yo me iba a morir”. “Mis cataratas a los treinta años”. “El niño del milagro”. El superviviente, en suma. En “Apunte” leemos: “Yo, que siempre parezco estar muriendo”.
“Víctimas” es otro poema muy significativo (cita a Gamoneda y Carnero: “La verdad acontece con el daño”). De nuevo, el niño. Y el dolor. Y los otros: “Fue su amor sin porqué, como la rosa”. Antes, confiesa: “La enfermedad (…) nunca me dio bondad”. Termina: “Yo mismo puedo ser peor que yo”.
“Llama única” (o del amor) comienza con “La caricia del alba”: “Otra vez que amanece y no he dormido”. Porque ha estado escribiendo, “esclavo entre letras”.
“En voz queda”, “canta, canta, canta, que te mire”. El amor y el bíblico Cantar de los Cantares.
“Iberia 0479” es un buen ejemplo de cómo la sintaxis actúa como fuerza esencial de esta poesía que, sin remedio, a pesar de su carga retórica, no deja de ser actual, de este tiempo.
En “Media vida” recuerda a Félix Grande y escribe un feliz verso que ya he citado alguna vez: “y es dulce conmorir con quien se ama”.
La serie “Álbum” empieza con “Urueña”, la villa castellana de los libros. Con los amigos, “a la busca de viejos libros libres”.
“Neuvic” es otro texto significativo. Técnica, lenguaje, soltura. Se imponen las minúsculas. “Si tengo todo el tiempo por delante / tengo todo el espacio por delante”. Su último verso: “juro que amé la vida y que me amaba”.
Los recuerdos de la primera juventud afloran en “Pavía”. Maestros y discípulos. Clases y alumnos.
“La Vega” nos lleva a la casa familiar (“que es todo lo de entonces”), al campo. “Sólo quiero una cita. / Solo verla otra vez. / Solo ver otra vez a mi abuela Jovita”. “¿Quién va a arreglarlo todo ya sin padre?”.
Regnum Asturorum” aterriza aún más en la actualidad y en su tierra: “He heredado el pavor a la pobreza, / niño de la bonanza”. Al fondo, sí, Ben Clark y Rocío Acebal. Himnos generacionales. “¿Mi país ha proscrito la esperanza?”
“Intermedio: Oda” contiene el extenso y logrado poema “Foncalada 27”. El amor, la pandemia, 2020.
“Enunciados informativos” gira en torno a la escritura y sus márgenes: “escribo y quien yo quiero sigue vivo”.
Revelador resulta el poema “«Acusado por los críticos literarios de…» (En efecto, otra cita de González)”. Tras desvelar los nombres de sus presuntas influencias, irónico proclama: “¿Y el dolor? En mis poemas / sólo es mío lo peor”.
En la misma tónica, “Canción de los exiguos antiguos y de los hodiernos modernos (Informe informe) o La generación del 89”, que, por si era un título corto (de premeditado aire novísimo), subtitula: “(Nueva «Oda a los nuevos bardos»)” (en referencia al conocido poema de uno de sus maestros, recién mencionado: Ángel González). Empieza: “Sí sé que los Antiguos siempre pierden”. Es, sin duda, uno de los más divertidos del conjunto, claves mediante.
“Autografía” y “Poética” dan vueltas al asunto de qué y por qué se canta.
“Prolegómenos a una brevísima historia personal de la literatura” incluye “Ítaca”, una nueva vuelta de tuerca al tema homérico con algún alarde (“que amar a mar amarga sabe al cabo”) y no pocos versos certeros: “–Nosotros, Nadie, acaso tú: cualquiera–. “Tal vez Ítaca  esté donde no estés”.
En “Burdeos” recurre al romance. “Yo doro grial” es una sextina que podría haber escrito Cirlot.
En esta parte (y en el resto del libro) menudean, ya que de influencias hablamos, se apuntó hace un momento, los homenajes, más o menos velados, a algunos novísimos o, mejor dicho, a la poesía que aquellos poetas, castelletianos o no, idearon. Guiños culturalistas, cierto exceso verbal, por ejemplo. Eso no impide afirmar que, ya se anotó, es a la poesía figurativa de los ochenta (sin olvidar la lectura de la del 50 realizada por aquella tendencia) a la que la poética de Olay se mantiene más fiel.
“El don de la mirada”, la última serie, se abre con “Yann Tiersen”, poema de un solo verso: “La máquina del tiempo está en la música”. “Lluvia fina” agrupa diez haikus. En “Cementerio marino (epitafio)” leemos: “Era yo lo que eres. // Tú serás lo que soy”.
En “Final: Coda”, “Corazón de tinta”: “Un día entenderás, y será tarde, / que sé que es solo verso lo que arde / y que toda mi sangre está en mi obra”. La última o única verdad de este libro que concluye con “Envío”.
Ya en “Dedicatoria” se explicaba: “Yo solo sé de mí que amé vivir, / que alegría se impuso a enfermedad, / que supimos medirnos con el miedo / e intenté merecer lo que tenía”. Lo demás…

Vieja escuela
Rodrigo Olay
Adonais, Madrid, 2021. 110 páginas.10 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO.

6.5.21

Leyendo a Calasso

Estoy disfrutando mucho con el librito de Roberto Calasso Cómo ordenar una biblioteca (Nuevos Cuadernos Anagrama), que sobrepasa con mucho lo que el título promete. Un verdadero festín para lectores escrito por un lector excepcional.
En un momento dado, el autor de K. La marca del editor recuerda su casa familiar de Roma. A la entrada, "una pared con textos jurídicos de entre el siglo XVI y finales del XIX, muchos de los cuales eran infolios y, en su mayor parte, en latín". Pertenecían a su padre y a su lado pasó la infancia y la adolescencia. Cita después algunos nombres inscritos en los lomos de aquellos volúmenes. "Era imposible no leer esos nombres cada día, incluso mientras jugaba", añade. Entre ellos, y aquí viene la sorpresa, "Placentinus".

4.5.21

Agudo y Refoyo

Marta Agudo
Bartleby Editores, Madrid, 2021. 70 páginas. 
 
Ya en su libro anterior, Historial, Marta Agudo (Madrid, 1971) se enfrentaba a un mundo que conoce bien: el de la enfermedad. En Sacrificio da otra vuelta de tuerca a ese crucial asunto. Y, propio de alguien que escribe con inusitado rigor, lo hace (no hay otra expresión más exacta) a tumba abierta. Como merece lo que ella denomina “este revés”.
Cincuenta fragmentos (cuarenta y nueve poemas en prosa –salvo alguna excepción– numerados y sin título y uno que no quiere ser un epílogo) componen esta obra unitaria que, insisto, conmueve al lector. Se abre con tres citas muy bien elegidas. La primera, de Calderón, alude al “delito” de nacer. La segunda, de Varela, da en el centro de la diana: “Salvación de qué. Para qué. Férreo sinsentido”. La última, de Christensen, nos desarma: “Dicen que uno aprende a morir en su cama”. Y a “callar”. Ella, no obstante, decide hablar. En un largo monólogo, con lapsos de diálogo, que dan forma a un libro donde la numerología cuenta. Así, cada siete poemas, uno muy breve que siempre empieza, a modo de estribillo: “He tenido que llegar hasta aquí…”. Siete en total. Por cierto, no es el único recurso matemático: pesos, fechas, cantidades...
“Entre el margen del agua y la atmósfera sucede el mundo, su desmayo inaudito”. Ahí, el origen, el nacimiento, la génesis. El principio del fin. “Uno a uno lloramos al nacer”. Y la decisión de “padres que juegan a la ficción de ser padres”.
“No es un estado, es una condición. Estar enferma”. “No es la espina, es la enfermedad, desde el minuto uno de la existencia”. Y para nombrarla, Agudo utiliza un lenguaje seco, lacónico y elíptico, cortante, preciso como un bisturí. Tan misterioso y oscuro como ha de ser el que intenta expresar lo más cercano a lo inefable. “Este decir retráctil”, escribe. Donde “piensa el tacto, huele la escucha”.
Sí, “a zancadas y puertas vamos abriendo el mundo”. “Habito en la circunscripción del miedo”, leemos, otro elemento esencial de esta poética valentiana en los límites.
“Dame la postura de la muerte”, dice en otro lugar, lo que nos permite recalar en la parte sombría de la enfermedad. A “las articulaciones del luto” y “las sílabas del daño”, términos que remiten, según creo, a la poesía agónica de Gamoneda.
Y todo en medio de palabras como hematíes, cáncer, morfina, suicidio, hospital, eutanasia, morgue… y dolor: “Es el dolor, lanza a tamaño humano”. Un campo semántico que sitúa al lector ante la áspera realidad: “Anota que te sangra la boca con la palabra «muerte» aunque te asusta más una longevidad enferma”. “Depender es tener que dar las gracias permanentemente”. “Sólo la idea de poder matarme me ayuda a vivir”.
Y el temido final, “cuando morir es una guerra en la que todos los bandos están de acuerdo”.
Leído lo leído, a uno le importa menos que el libro se levante sobre dos potentes imágenes oníricas: la del minotauro en su laberinto-iceberg y un territorio, el agua de un glaciar derretido o «sima azul» (como se indica en la nota editorial) al que hace alusión la sugerente fotografía de Cano Erhardt que ilustra la cubierta. Quiero decir que no hay construcción literaria que pueda sustituir la limpia verdad que transmiten los poemas de este libro sin concesiones. 

David Refoyo
Visor, Madrid, 2020. 56 páginas
 
Refoyo (Zamora, 1983), creativo publicitario, es autor de los libros de poesía Odio (2011)amor.txt (2014) y Donde la ebriedad (2017).
Asunción Escribano nos explica que el título de éste “procede de la alegoría que lo cruza de principio a fin: el agua sucia que queda en el cubo después de que el padre haya limpiado los cristales”. Para ella, “representa el mundo de valores que encarna el universo cerrado de provincias”. Donde pasó su infancia nuestro “sujeto lírico”
Sin concesiones a los signos ortográficos y a las normas métricas, un lenguaje torrencial y poderoso, en forma de coloquiales versículos, ocupa los poemas, que se suceden veloces dando cuenta de una vida al margen en una pequeña ciudad comercial semejante a cualquiera. Atravesada por el trabajo penoso, la precariedad, la servidumbre (“El guardián”) y la vergüenza. Al fondo, ya se dijo, la figura del padre. Su erguida dignidad (“su otoñal grandeza en el sigilo”). Sus manos. Con él dialoga, aunque fuera “un hombre de vocabulario escueto”, de palabras “graves y rigurosas como la lectura del Génesis”. Allí, “la impureza del mundo disuelta bajo el agua turbia”. ¿El mérito?: “disimular las miserias”.
Escribe: “Así veía la poesía: / transformar lo cotidiano en un acontecimiento”. Pues eso.

Nota: Las reseñas de los libros de Marta Agudo y David Refoyo se han publicado en El Cultural

Debut poético de Josu de Solaun

 

POR ENTRE LAS GRIETAS DE JOSU DE SOLAUN
 
Josu de Solaun (1981), valenciano de origen vasco, es un pianista reconocido en el panorama internacional. Sobre todo por ser el primer y único español que ha logrado ganar los prestigiosos concursos de piano Enescu (2014) e Iturbi (2006), así como el de la Unión Europea (2009). En Bucarest, Valencia y Praga, respectivamente. Es autor de una selecta discografía; con obras del citado violinista y compositor  George Enescu, por ejemplo, del que ha grabado sus obras completas para piano.
Formado en el Colegio Americano de su ciudad natal, de 1999 a 2014 residió en la ciudad de Nueva York (“era mi ciudad”, comentaba en una entrevista, parafraseando a Woody Allen), donde llegó para quedarse con diecisiete años. “Me siento neoyorquino; la ciudad me ha formado como persona y como músico”,  comentó en la revista Ritmo. Allí se graduó en la Manhattan School of Music (una institución que ayudó a fundar Pau Casals en 1917) como Licenciado en Música, Magíster en Música y Doctorado en Artes Musicales, sucesivamente. Aunque reconoce que “a través del piano soy músico”, también estudió música de cámara, dirección de orquesta y ha sido profesor de piano en Sam Houston State University. En 2019 regresó a España
De esa larga e intensa estancia en Nueva York –no fueron años sencillos– surge este libro. El primero de Josu de Solaun. Reconozco que es emocionante acompañarle en su debut literario, más a una edad en la que pocos poetas suelen iniciar su carrera, tan distinta, por cierto, de la musical. Con todo, no hace falta recordar la íntima relación que existe entre la música y poesía, que, si hacemos caso a Eliot, fue primero eso, puro ritmo. Nadie como san Juan de la Cruz para definirla: “música callada”. De Solaun las compara: “la poesía se parece a la música, sugiere más que dice algo concreto”. Y añade: “[la poesía] siempre tiene un sentido, aunque no sea fácil de acotar. Exactamente como en la música”.
Cuando el periodista González Chamorro le pregunta en esa misma conversación si tiene “alma de poeta”, éste le contesta: “Qué casualidad, soy lector de poesía desde muy joven y también la escribo”. Pues bien, por mediación de un amigo común, el neoyorquino de Navalmoral de la Mata José Muñoz Millanes, vecino suyo en la ciudad de los rascacielos, conocí hace algunos años los primeros versos de este impenitente lector de poesía. Me causaron una buena impresión. Había elegido excelentes maestros, como el sevillano Cernuda (del que puede que tome la costumbre de iniciar cada verso con mayúscula) o su paisano César Simón, dos poetas que también tiene uno por modelos. Pero es ahora, al leer su primer libro, de gestión lenta, ajena a la presión del joven poeta que quiere hacerse un nombre y publicar cuanto antes su ópera prima, cuando reparamos por completo en su recién estrenada condición de poeta.
Abundan en él las citas o epígrafes. También los homenajes. El libro está dedicado al padre. Pero vayamos por partes.
Las grietas abarca un amplio marco temporal de veinte años exactos, de 1999 a 2019. Se abre con dos citas, de Cernuda y Simón, ya mencionados. El primero alude a la soledad. El segundo reconoce que “la vida es densidad”. Comienza precisamente con “Densidad primera (1999-2001), y con “Las edades del sol”; “Cinco monólogos en un paseo”, reza el subtítulo. En ellos, es lógico, habla consigo mismo. Estamos, sí, ante una poesía intimista, dicha en voz baja. Melancólica. De soledades. Propia, acaso, del silencio que precede, primero, y sucede, después, a la música. De los espacios vacíos que llena un hombre entregado a una absorbente pasión musical. Una suerte de diario vital (“Querido diario”, dice en el poema “El Yo Dividido”). Del difícil, complejo transcurrir. Del día a día. Anotaciones que intentar explicar lo que sucede. Y lo que a uno le sucede. Por aquello de que sólo al escribir puede el poeta comprender lo que ve, oye o, en general, siente. Para saber. A la busca del sol. En medio de la noche. En el silencio: “Porque el silencio es el paraíso de quienes escuchan”. Ante “el horizonte de nuestra fragilidad”. Allí, “La belleza ingrávida hecha carne. / Es como el intenso olor de las resedas, /O el sonido de los viejos relojes, /Que están ahí, permanentemente, / Escondidos bajo el ropaje de nuestra desidia, / Cuyos latidos ya no sentimos, / Por miedo a perdernos en la oquedad / Del espacio inmóvil, yerto”.
“Ciudad sin nombre” está escrito, como la sección anterior, entre 1999 y 2001. Se trata de un poema en seis partes que homenajea a Lorca, “neoyorquino de siempre”, al menos desde que escribiera su fulgurante Poeta en Nueva York, un hito de la poesía contemporánea.
Los lugares (el Straus Park de Manhattan; Spuyten Duyvil, el barrio del Bronx; Morningside Heights, en Manhattan también…), las sensaciones (“Un día se levanta /
Y descubre que el tiempo no / Existe”), etc.
Y más homenajes: a Stevens y a Eliade. En “Rutas del desierto” opta por la brevedad del impresionismo.
“Las grietas” se concibe entre 2001 y 2004. Tardes en el metro, en un restaurante… “Ver los colores. / La debilidad que nos sostiene. / La verdadera flaqueza. / El ser / honesto con la nube, / El beso, con los pájaros, / Contigo...”. En “Amores Cartesianos” see lee: “Te quiero, luego existo. // Luego, existo y te quiero / Existiéndome”. Y en “Codetta”: “Toda metafísica debe ser un secreto. / Y no, poeta, no hay suficiente / En no pensar en nada” (que diría Pessoa).
“Entre bastidores” está escrito entre 2004 y 2012 y se compone de dos partes. En la primera hay homenajes a Malher, Wittgenstein (a propósito de la famosa proposición del Tractatus: “De lo que no se puede hablar hay que callar”: “Toda metafísica debiera ser / Un secreto. Toda historia / De amor, toda obra / De arte, toda futura / Estilización o ritual o artificio / O artesanía / O retórica: todo / Un secreto”), Tarkovsky (De Solaun ama el cine), Rauschenberg o Levertov.
En la segunda, distintas reflexiones en forma de poemas concebidas en Varsovia (“En este pequeño cuarto oscuro / Deja que todo se descifre / Con la lentitud del alba, / La única lentitud que te exalta, / La única lentitud porque mueres”) o la Universidad de Princeton (“Y es aquí [en el jardín de siempre], en esta mañana tranquila, / Donde por fin entiendo / Todas / Las mañanas del mundo”). Inspirándose en una película de Aki Kaurismäki “Es tu nombre / De poeta triste y de calle soñolienta / El que los invoca, / El que inventa / El nuevo porvenir”).
El libro se cierra con “Últimos poemas”, los escritos entre 2012 y 2019. Versos de un verano en Miami (el extenso “El Maestro de la Angustia”), de un otoño en Tbilisi (“Mis días aquí han terminado, piensas, / Mientras intentas mirar / Tras las cortinas y el  amplio ventanal / Hacia los tristes edificios primero / Y luego hacia las montañas, / Buscando en vano respuestas / A las preguntas de siempre”), otro verano en Martina Franca (“Si las musas fueran / Flores silvestres / Y dejaran correr su aroma / Por los ángulos angostos”)… En el largo poema final, un homenaje a Salinas (que también lo es a Neruda), leemos: “Hay hielos que abrasan / Con tan sólo pensarlos”. Tal vez ese sea el misterio de la poesía. A ella se da De Solaun con fervor, como diría Zagajewski. Poesía, la suya, de la lentitud, del ensimismamiento, interior y meditativa, pero nunca ajena al mundo que le rodea. Más a él, incansable viajero con el piano –esto es, su vida– a cuestas. Adéntrese el lector sin miedo y sin prisa en esta sucesión de momentos que gracias al arte poética han quedado fijados en un presente eterno.
 
Plasencia, enero de 2021

NOTA: Este es el prólogo del libro Las grietas, ópera prima poética del pianista Josu de Solaun

1.5.21

Odios


"El odio político, la peor pasión política, es tan incansable como ciego: no permite ni siquiera escuchar y entender lo que escriben y dicen los demás. Este pecado, cometido también por muchos intelectuales, masa, va más allá de la traición y se hunde en la estupidez, ocasión en la que el intelectual se traiciona a sí mismo". Lluís Bassets, "La traición de los intelectuales". El País. 

Cuando Anatxu Zabalbeascoa pregunta a Guadalupe Nettel (para El País Semanal) cómo superar el odio, la escritora mexicana contesta: "Cuando te das cuenta de que a quien más daño hace odiar es a uno mismo. Cuando ves que ese fuego en tu cabeza te está envenenando. Y con empatía: cuando te preguntas qué no ha entendido alguien que te odia. Entonces consigues ver su sufrimiento. Pero esa parte es difícil". 

Para huir de tanto odio, el de tirios y troyanos (tanto monta, monta tanto) y apaciguar mi apesadumbrado espíritu, leo estos días las conversaciones entre dos escritores liberal-conservadores (de centro), rara avis se mire por donde se mire, que en forma de libro, La vista desde aquí, publicó Elba en 2017. Son Valentí Puig (Palma, 1949) e Ignacio Peyró (Madrid, 1980). 
El primero es autor de El hombre del abrigo (un libro sobre Josep Pla que me encantó) y, entre otros, de Moderantismo. Sí, pocas veces ha hecho más falta que ahora esa actitud, más que doctrina. 
Tras "Un mundo conversable", la enjundiosa introducción de Peyró (director del Instituto Cervantes de Londres), la charla se divide en ocho apartados y se cierra con un breve ensayo del autor de Diccionario sentimental de la cultura inglesa: "Bosque adentro. Maneras de leer a Valentí Puig". 
Se habla de literatura, de política (nacional e internacional, que, por su condición de corresponsal en el extranjero, Puig conoce bien), de periodismo, de educación, de gastronomía, de Cataluña (antes de la infame debacle del procés), del presente (sin olvidar el pasado y anticipando el futuro), del cambio de época (más de lo mismo), de la alta cultura (contra la banalización y el "todo vale"), de religión... Hasta de poesía, que Puig, uno de nuestros primeros diaristas, ha escrito y publicado. 
Peyró explica que, "a la manera de Pla", Puig "siempre ha creído que la escritura no es sino una manera de ordenar el pensamiento". "De lo que se trata es de escribir", resume éste. Y antes y sobre todo, de leer. Sin "buena lectura" no hay nada.  
Su vocación es la de "observador". Se le podría definir como un "intelectual europeo", otra especie en peligro de extinción.
De su talante como articulista centrado da fe que haya sido colaborador de periódicos tan distintos como El País, La Vanguardia o ABC
Destaca, en fin, "la calidad de su prosa" de quien sabe que la escritura es "una de las estrategias de la felicidad"
El tono del libro ayuda, ya decía, a enfrentar lo que pasa (o parece que ocurre, vete a ver) con otro ánimo. Falta hace. También en provincias sufrimos el odio exacerbado que ambos extremos, tales para cuales, se empeñan en provocar. Sin centro, nada irá bien. En más de un sentido. 

Nota: He tomado la imagen de aquí

30.4.21

Cosmopolita

Enrique J
uncosa nació en Palma en 1961. Es crítico de arte y comisario de exposiciones.  En, por ejemplo Tate Britain, de Londres; Hamburguer Banhoff, de Berlín; Musée des Beaux-Arts, de Nantes; Kunsthal de Rotterdam; Museo Guggenheim, de Bilbao; Fundació Joan Miró, de Barcelona; Whitechapel Art Gallery, de Londres; Fundaçao Gulbenkian, de Lisboa; Museo de Arte Moderna, de Rio de Janeiro; Astrup Fearnley Museet vor Moderne Kunst,de Oslo; Fundaçao Serralves, de Oporto; SMAK, de Gante; MAXXI, de Roma; o el Pabellón Español de la Bienal de Venecia. En la actualidad prepara una exposición de Miquel Barceló para el Museo Nacional de Osaka en Japón.
Fue director del Irish Museum of Modern Art de Dublín (labor por la que recibió la Orden del Mérito Civil concedida por el Gobierno de España), director adjunto del IVAM de Valencia y subdirector del Museo Reina Sofía de Madrid. Ha escrito sobre la obra de numerosos artistas, tanto nacionales como extranjeros. También literatura. Además de un libro de relatos, Los hedonistas, varios volúmenes de ensayo sobre arte contemporáneo (como Miquel Barceló o el sentimiento del tiempo y Las adicciones. Ensayos sobre arte contemporáneo) y la traducción de textos de Julian Barnes, Djuna Barnes y Colm Tóibín, es autor de los libros de poesía Amanecer zulú (1986), Pastoral con cebras (1990), Libro del océano (1991, ilustrado por Barceló), Peces de colores (1996), Las espirales naranja (2002), Bahía de las banderas (2007) y La destrucción del invierno (2013).
Vuelve ahora al catálogo de Pre-Textos, donde ya había publicado tres libros, con Estrella rota.
Si algo caracteriza la poesía de Juncosa es, a mi modo de leer, su cosmopolitismo. No es extraño si tenemos en cuenta que estamos ante un perfecto viajero que ha visitado no pocas partes del mundo y en algunas ha vivido. Uno de los epígrafes que abren el libro, de Elizabeth Bishop, dice: “Los puertos son necesidades, como sellos postales o jabón”. Se ve a las claras que se trata de alguien que “se ha movido o se mueve por muchos países y se muestra abierta a sus culturas y costumbres” (DRAE). Basta con leer no sólo los poemas sino también la “Nota final” que lo cierra. Allí da cuenta de que la mayor parte están escritos en sucesivos veranos pasados en la cántabra Pisueña, pero que otros fueron concebidos en Brasil, Italia, Marruecos y México, gracias a varios programas de residencias como el de la paradisíaca casa toscana de Beatrice Monti della Corte von Rezzori que acoge la Fondazione Santa Maddalena.
Ya en el primer poema afloran los lugares (en este caso, París) y el arte (el surrealismo de Breton). Podría hablarse de culturalismo (por el simple hecho de que Juncosa es un hombre culto), pero también de una indudable inclinación por la belleza lo que a veces significa decantarse por el lujo.
En “Líquenes”, segundo poema del libro, aparece la infancia y el niño que exploraba el mundo a través de los mapas. Los viajes.
No faltan en el libro poemas íntimos, propios de un afán autobiográfico. Así, “Pijamas de seda” (algo más que un juego frívolo) o “Adiós al amor”.
“Los cipreses” remiten a otra presencia habitual: la de Grecia: “Los recuerdo en Delfos”. “También en la Toscana”, sigue. Son símbolos de muerte, sí, pero también de “insatisfacción sexual”.
“Plantas carnívoras” es una ácida metáfora de los indeseables.
En “Invisible” leemos: “Pero nadie me ve. / Soy de un tiempo remoto”.
“Los títulos de W. S.” está dedicado a José Carlos Llop, más que un paisano, y juega con los rótulos de obras, tanto reales como hipotéticas, de un poeta fundamental para Juncosa: el norteamericano Wallace Stevens. Ya advierte en la mencionada nota que hay intertextualidad (con versos de Gorostiza, Lezama Lima o William Carlos Wiliams), veladas citas de escritores como el autor de Las auroras de otoño.
En “Días felices”, uno de los poemas más logrados y extensos del libro, se aprecia el tono diarístico que se distingue en diferentes poemas. Anotaciones de lo que ve y siente el viajero. La mirada, no hace falta subrayarlo, es fundamental en esta poesía de matices y sutilezas, fuerte en su fragilidad. Poesía de atmósferas que son, en realidad, estados de ánimo. “El mundo era triste / y expectante”, escribe.
“Thanatos” es un poema que impresiona, donde, como en otros, utiliza el juego tipográfico con sencillez y sin alardes. La delgadez de los versos, siempre cortos, acentúa un minimalismo en absoluto hermético donde la sugerencia es ley.
“Teoría de los naufragios” es uno de mis preferidos. Los jardines (ingleses a ser posible: “son los que más me gustan / por parecer silvestres, / falsamente descuidados”). Y “una  isla solitaria”.
“Alba” tiene como motivo la pintura, en este caso del napolitano Francesco Clemente. “Que yo veo el alba y el día claro”, dice a modo de estribillo.
“El espejo de obsidiana” o “Playa escondida” nos trasladan a México.
De pronto, “Tánger”: “Kif, colt y tés de azúcar”. “Alguien que huye / y se esconde”. La vida como si fuera una película.
“Estatua helenística”, dedicado muy a propósito a Juan Antonio González Iglesias, nos devuelve a la Grecia clásica: “La belleza de la verdad / será entonces un nuevo canon / que ha perdurado hasta nosotros”, concluye. Griego es también “Los adoradores del nombre”: “¿Es nombrar / mágico? / Si cambia un nombre, / ¿el mundo se transforma?”.
En “Terremoto”, otra constante: el deseo, la sensualidad, el amor. Como en “WhatsApps”.
En “La saxífraga” apunta una poética: “Prefiero a los poetas / americanos, / del norte al sur, / por encima de todos los otros”. Al escribir “Hartford” remite de nuevo a Stevens, que vivió y murió en esa ciudad de Connecticut.
“Bocaina de Minas” está dedicado a la artista Janaina Tschäpe, en cuya hacienda (en la brasileña Minas Gerais) se alojó Juncosa durante un mes. “El mundo es verde / y la tierra roja”, leemos. “Las estrellas distintas”. Evoca “la lectura en las hamacas”. Plantas y animales en un mundo “incomunicado e incognito”. El de los tucanes, pongo por caso, al que dedica un hermoso poema.
Por sorpresa, un soneto: “El cuerpo toma el control”. Y otra vez el deseo.
También por sorpresa, incluso para él mismo, “Nostalgia del paraíso”: “Este es el primer poema / que escribo sobre Mallorca, / lugar en el que nací”. El cosmopolita toma conciencia de sus raíces. De su paisaje. Estamos ante un autorretrato que se desplaza hacia lo narrativo, evidente en otras partes del libro.
Para compensar, “Bucólica y antibucólica”. El mar Mediterráneo, el verano mallorquín, el buceo. Al leerlo uno piensa en Barceló y su mundo acuático. “Algunas noches, / sin embargo, / el deseo es una metrópolis”.
La cruda realidad se impone en “Hablar con la muerte”: “No juego al ajedrez con ella / como en la película / de Ingmar Bergman. / Soy empero su peón”. Luego alude a sus enfermedades y termina: “Sí, ahora hablo con la muerte / cada día  y cada noche. / Tal vez por ello / tengo tantas ganas / de vivir”.
“El futurismo ruso en Arezzo” nos muestra al experto en arte que visita esa ciudad italiana (de la que habla en su informe de la Fondazione Santa Maddalena) y en la que se encuentra con pinturas vanguardista en un mercadillo, pero también con Piero della Francesca. Por seguir con el tema, en “El artista iletrado” destapa la ironía.
Cierra el libro “Hoy”, una “versión” de un poema de James Schuyler (de la Escuela de Nueva York, como Ashbery, Koch y O’Hara), fechado el 26 de julio de 1965,  y que parece suyo; muy propio de su particular universo, quiero decir. El microcosmos de un genuino poeta cosmopolita.
 
Estrella rota
Enrique Juncosa
Pre-Textos, Valencia, 2021. 80 páginas. 16 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO. 

28.4.21

Antonio Sáez traduce a Ruy Belo


En mi repaso al número de la revista TURIA que incluye el cartapacio dedicado a Gonzalo Hidalgo Bayal, se me olvidó reseñar que otro extremeño, Antonio Sáez Delgado, profesor de la Universidad de Évora, traduce poemas del portugués Ruy Belo, un nombre mayor de la poesía lusa, aunque, como señala Sáez, "el medio editorial español (...) no ha sabido encontrar aún el espacio que en rigor merece la poesía desasosegante de Belo". Ya lo dijo el gran Eduardo Lourenço: "si hay una posteridad digna de Pessoa (...) es la de la poética omnicomprensiva de Ruy Belo". 
Sáez traduce seis poemas madrileños, digamos, del autor de País possível, inspirados en los años que vivió en la capital de España, entre 1971 y 1977. Poemas, cabe añadir, representativos de su obra y sustanciosos. Belo en estado puro. Razón de más para hacerse con este espléndido número doble.

26.4.21

De Julián Rodríguez


La exposición Actos de fe / Acciones concretas. Julián Rodríguez, tipógrafo (que ha pasado por el MEIAC de Badajoz y por la Sala El Brocense de Cáceres) y, en concreto, el cuadernillo "Diccionario de términos frecuentes" que, con ese motivo, ha editado con un gusto tan sobrio como exquisito (y en un papel estupendo) el comisario de la muestra, Juan Luis López Espada (cómo le habría gustado a Julián y qué bien le conocía su amigo y socio, lo mismo que su hermano Javier, Irene Antón, Paca Flores y Luis Sáez, que han colaborado con él), me mueven a escribir sobre mi relación literaria y de amistad con el escritor, editor, galerista y diseñador gráfico, como reza en la biografía que cierra el librito al que hago referencia. 
Como ha escrito en El País Estrella de Diego después de ver la citada muestra (parte sustancial de su legado), donde "sus libros no estaban colocados en vitrinas, sino expuestos en las paredes", "su vida fue muchas vidas, diferentes y semejantes; escritas en Bodoni o Stempel Garamond, que es tanto como decir cuidadas en la forma, porque las cosas que solo deben ser hechas con amor: deben hacer visible ese amor que las ha construido". Quiero creer que en algún rincón de una de esas vidas del "poeta de las mil vidas" pasó lo que cuento. 
Aunque ya conocía su revista de arte y estética Sub Rosa y, por tanto, tenía noticias suyas, creo que mi primer encuentro personal con Julián tuvo lugar en el Cementerio Alemán de Yuste. En el invierno de 1995. Allí organizó Salvador Retana una acción simbólica, instalación o happening, que consistía en cubrir las lápidas de los soldados muertos con telas blancas, a modo de sudarios. Convocó el artista a otros jóvenes pintores y escritores entre los que estaban los hermanos Rodríguez. Uno leyó su poema sobre el lugar, publicado poco antes en mi libro Una oculta razón. Después del acto, comimos en la hospedería del monasterio (que hace años que no existe). El día fue desapacible y lluvioso. Antes pasó lo inesperado. A pesar de que Retana había acudido mil veces a ese sitio y nunca se había encontrado con nadie que lo guardase, de pronto apareció un energúmeno (no sé si escopeta en mano), el supuesto encargado de aquello, dando voces. Pensaba que estábamos, ahí es nada, profanando tumbas. Es lo que tiene el arte conceptual. 
Ese mismo año volvimos a encontrarnos, cuando me invitó a presentar al poeta Francisco Brines en unas jornadas literarias que organizó en la Biblioteca del Estado de Cáceres. Allí estuvo, entre otros, el editor Manuel Borrás. 
Aunque seguía todas sus fugaces y volátiles aventuras literarias (Hotel Internacional, La ronda de noche) y manteníamos una cordial relación epistolar y telefónica, volvimos a contactar cuando expuso en Cáceres el pintor argentino Alejandro Corujeira (que años más tarde ganaría el Premio Obra Abierta, antes Salón de Otoño de Plasencia). Julián era por aquel entonces el responsable, precisamente, de la Sala El Brocense de la Diputación de Cáceres y el poema apareció en el catálogo de la muestra. 
He mencionado la "relación epistolar" y no he olvidado un detalle que tuvo conmigo y que demuestra su fervor tipográfico. Tuvo a bien mandarme un paquete con papel timbrado. Mi nombre y dirección postal estaban impresos en una elegante letra de color verde que destacaba sobre el tono crema. Es una pena que no haya conservado ni una sola de aquellas bonitas hojas. En algunas de mis cartas de entonces se verá. Lo recordaba López Espada en el HOY, que "era muy dado al regalo, a invitar. A poco que le conocieras te obsequiaba con un libro, o te pagaba una caña o lo que se terciara".
Un buen día Miguel Ángel Lama me pidió un texto para una nueva revista. Le envié una "Mínima poética" con la que muchos años después aún me identifico y que comenzaba: «Creo, con César Simón, que “la poesía es, antes que nada, un carácter”; que “existe como una forma de vida”». Baciyelmo era el nombre cervantino de aquella "revista iberoamericana de cultura" que surgió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura y que, como recordaba en su blog el profesor Lama, memoria viva de la literatura de esta tierra, "impulsó Laura Puerto Moro, hoy filóloga y editora de Rodrigo de Reynosa, y de la que solo salió el primer número de 1998, que publicó textos de Álvaro Valverde, de Javier Rodríguez Marcos y de Basilio Sánchez, entre otros". Además de la mencionada y el citado López Espada, entre sus promotores estaba Julián Rodríguez, estudiante entonces, que se ocupó de su diseño. Un diseño se señala en el cuadernillo que anticipa una de las colecciones más valorada y hermosa de Julián: la de Poesía de la Editora Regional de Extremadura, que, por cierto, se ha vuelto a rescatar después de que alguien sin gusto tomara la decisión de cambiarle su austero y clásico aspecto. 
Aunque estaba ilusionado, mi experiencia de publicar un libro en esa colección a instancias de mi admirado Fernando Pérez, a la sazón director de la Editora, no fue agradable. Estaba esperando dentro del coche en el aparcamiento del centro comercial Carrefour (que tal vez era todavía Continente) cuando recibí la llamada de Julián. Había salido de imprenta El reino oscuro (un puñado de poemas que tiene como centro la comarca de Las Hurdes, de donde procede parte de su familia) y lucía dos erratas significativas. Él estaba disgustado y, tras escuchar sus noticias, uno aún más. Desde entonces, tengo sentimientos encontrados con ese libro del que diré, con Catulo, que odio y amo. 
Fue en los años que pasé en la Editora, de 2005 a 2008, cuando coincidimos más. Él ya llevaba años colaborando con Fernando Pérez y, a la muerte de éste, quise que esa relación no sólo no cesase, sino que incluso se fortaleciera. Algo en lo que coincidíamos cuantos formábamos parte del pequeño equipo de aquella casa, en especial María José Hernández, que fue una gran amiga de Julián. Por cierto, espíritu libre, siempre se negó a formar parte de ese equipo mediante un nombramiento, digamos, oficial. No, no era el prototipo del funcionario. 
En esa época era normal que al menos una vez por semana le recogiera en Cáceres (en la esquina de la Cruz de los Caídos, al lado de donde tantas veces había recogido a Fernando) y viajáramos juntos a Mérida. Como terminaba antes que yo su jornada, volvía en tren. No tuvo nunca carnet de conducir. Las conversaciones del trayecto son inolvidables. A pesar de la timidez, un sentimiento mutuo, logramos un tono íntimo y confidencial que, al menos a mí, me ayudaba a enfrentar los no pocos problemas que la vida diaria y la gestión pública (con políticos de por medio) suscitaban. Lo mismo te resolvía una duda acerca del doble cerramiento de unas ventanas que te hablaba del noruego Kjell Askildsen. Me gustaba escuchar sus razonamientos, sus anécdotas, sus juicios literarios o musicales o cinematográficos, su interminable lista de lecturas y hasta sus maldades, que también las había. Una mañana, por ejemplo, me relató algo que no he escuchado contar nunca a nadie de su círculo de amistades o por él en ninguna entrevista, aunque doy por hecho que no lo inventó: su viaje a América con Miguel de la Cuadra Salcedo en la Ruta Quetzal (antes, Aventura 92). Como mencionó una escala en La Habana, deduzco que ese viaje se realizó en 1985 o en 1988, las dos ocasiones en que la ruta pasó por Cuba. 
De la intensa colaboración con la Editora en ese trienio surgieron dos nuevas colecciones: Plural y Viajeros y Estables.
De esa época, 2007, es también la hermosísima carpeta que diseñó para la Fundación Ortega Muñoz, compuesta por un grabado del pintor de San Vicente de Alcántara y tres plaquettes con poemas, respectivamente, de Santiago Castelo, de su hermano Javier y míos (Imaginario, que forma parte de Desde fuera). 
Era bien conocida su afición por la gastronomía y su condición de cocinero, aunque nunca entré en en su restaurante de Malpartida ni en ninguno de sus bares (soso y diurno que es uno). Eso sí, al poco de conocernos, llamó a casa por teléfono un domingo por la mañana. Había venido a pescar con un amigo (que no recuerdo ahora) en una charca cercana (imagino que tencas) y proponía que nos viéramos. Acepté de inmediato. Yolanda y yo le invitamos a comer. Como quiera que cerca de la casa de mi madre habían abierto un bufé, allí fuimos. Todavía me duele aquella comida. Por lo pésima que fue. Echemos la culpa al desconocimiento, sí, pero también a no aplicar el viejo refranero y, en consecuencia, acudir a un restaurante ya conocido. Una media sonrisa (tan suya) delató su decepción. La justicia poética quiso que unos años después tuviera el detalle de invitarme a las famosas jornadas de arroces que organizaba César Ráez en el Torre de Sande. Bien sabía de mi pasión por el arroz. Fue un ágape memorable y en la mejor compañía: la suya y la de Juan Luis. Mi gula arrocera quedó del todo aplacada. Ahora ese restaurante es de los dueños de Atrio, Jose Polo y Toño Pérez, y bien está recordar que Julián (bajo el sello Inmedia) editó Parte de todo esto, su imponente carta de vinos. 
Ya que hablo de comidas, una vez me llevó a un pequeño restaurante de menú, con aires de tasca, que había en Gómez Becerra. Le pedí ayuda para encontrar una buena ilustración que luciera en la cubierta de mi primera novela, Las murallas del mundo, y allí se presentó con fotografías de su primo Victorio Montes (de Ceclavín, como él), que murió pocos años después, a destiempo. Elegimos una de ellas. Descubrí luego que, oh casualidad, era de un edificio en ruinas situado en la calle de Los Quesos de Plasencia, donde hoy se encuentra una librería. 
El 15 de junio de 2000, en una tertulia titulada "Periféricos, últimos narradores desde el Oeste",  presentamos en la librería Fuentetaja de Madrid su libro de relatos Mujeres, manzanas (La Gaveta) y mi novela Las murallas del mundo, además de Las parcas, de Jorge Márquez, y El interior del bosque, de Eugenio Fuentes. El maestro de ceremonias fue su hermano Javier, que entonces trabajaba en el suplemento de libros del ABC. 
Pasamos un par de días juntos en Guadalupe, en 2006, en una reunión de escritores que se organizó con motivo del Año Jubilar. Al frente, Teresiano Rodríguez Núñez, director del diario HOY. En la intendencia, Castelo y Julián. Fruto de esas jornadas, el libro Encuentro en Guadalupe donde aparecen textos de Javier Alcaíns, Ángel Campos Pámpano, Daniel Casado, José María Cumbreño, Inma Chacón, José Manuel Díez, Santos Domínguez, Antonio María Flórez, Diego González, Gonzalo Hidalgo Bayal, Hilario Jiménez, Javier Pérez Walias, Serafín Portillo, Antonio Reseco, Javier Rodríguez Marcos, Antonio Sáez Delgado, Ada Salas, Basilio Sánchez, María Rosa Vicente, José Antonio Zambrano y Santiago Castelo. Ilustran el volumen fotografías de Modesto Galán, Toni Gudiel y Vicente Novillo. Por cierto, es difícil verlo en las que nos hicimos. Era un especialista en desaparecer o, si no, en emboscarse. Más si de retratos hablamos. 
Además de la mencionada edición de El reino oscuro, en lo literario, colaboramos en dos proyectos más. Fue él quien seleccionó los artículos que forman parte de mi libro El lector invisible, publicado por la Editora Regional en 2001, número dos de la colección Ensayos Literarios. 
También me ayudó con la versión definitiva de Desde fuera. De hecho la división en dos partes del mismo: "Desde dentro" y "Desde fuera", y la selección de los poemas de cada una fue cosa suya. Por eso, aunque aparece sin firma, escribió la nota que figura en la solapa del volumen. Como primicia, doy ahora el texto completo que me envió, un precioso regalo. Demuestra, entre otras cosas, su sagacidad lectora. 
«¿Cómo ha de ser un libro de madurez? ¿“Continuista” o totalmente nuevo? ¿Un libro de madurez es el que repite los mismos logros que el autor consiguió en textos anteriores o aquel que lo arrastra hasta lo que de modo consabido llamaríamos “borde del precipicio” para que mire lejos y, mientras, se mire a sí mismo? Sea cual fuere la respuesta, todo verdadero libro de madurez o primer libro de madurez, si es que hay más de uno– sería, o debería ser, un libro a medio camino entre el pasado y el futuro, entre los caminos transitados y los senderos aún por andar. Y éste, Desde fuera, lo es.
Un libro, además, de fusión también de poéticas, de visiones aparentemente discordantes de la poesía española reciente, una de cuyas voces más personales es, sin duda, la de Álvaro Valverde. Un libro que sabe ser a la vez, si el lector quiere llegar hasta al centro de lo verdaderamente importante y no a su retórica, “esencialista” y “existencialista”. Como esencialista afirma la prioridad de la esencia sobre la existencia, y como existencialista funda el conocimiento de toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia propia.
Desde fuera es también, siguiendo este cauce descriptivo y falsamente dicotómico, desde dentro. Los poemas “de viaje”, de exterior, se vuelven sobre sí mismos, como antes, frente al vacío, junto al abismo, para indagar en los interiores de la vida, de las vidas; los poemas “de interior” iluminan, con sus silencios y también, por qué no, con sus miedos, esas mismas vidas lejanas y exteriores.
Resulta también ya tópico hablar de paisajes y de “paisajes del alma”. Las palabras se gastan. Sin embargo, estas páginas enaltecen esa antigua metáfora: no sólo dibujan un paisaje, son paisaje. Verde y feraz, o dorado y seco, pero paisaje convertido en verdad y en realidad dos palabras aquí juntas por necesarias–. Y, no, no hay “personajes” en estos poemas, ni siquiera en sus monólogos: la voz del poeta no ha elegido vidas que “contar”, sino que ha sido elegida, como ventrílocuo, por esas vidas y sus historias son la materia misma del poema: palabras de una corporeidad poco frecuente, nacida como un golem, ser que vive más allá de las palabras.
Una de las acepciones de esencialista nos dice que lo es también aquel que defiende a ultranza determinados valores y creencias. Y no podremos dejar de pensar en ello al conocer la alta poesía moral de los versos de “Imaginario” o de “Entonces la muerte”. Con ellos, a través de ellos, los mejores lectores muy pronto se darán cuenta, a medida que lean y relean, que éste el más intenso poemario de Álvaro Valverde desde Una oculta razón (Premio Loewe en 1991)– es uno de los grandes libros del presente “poético” en castellano, un verdadero libro de madurez».
Nuestro penúltimo encuentro tuvo lugar en Plasencia, en la librería La Puerta de Tannhäuser, a finales de 2017. Lo relaté en este blog. Fue un rato delicioso, compartido con Gonzalo Hidalgo Bayal, fiel lector de Julián. 
Todavía nos vimos una vez más cara a cara, cuando me invitó a participar en el Seminario "Lo sublime a ras de tierra", de la Fundación Helga de Alvear. Fue un frío sábado por la mañana de finales de octubre de 2018 (Julián no llegó a quitarse su elegante abrigo negro). Hablé del Cementerio Alemán, donde nos conocimos. Uno iba, como siempre, con prisa y no pude quedarme a comer, y eso que me habló con entusiasmo del Figón (que sigue siendo mi restaurante preferido en Cáceres) y de las agradables sorpresas que se llevaban con su espléndida carta los invitados al encuentro.
Me alegro de que Porque olvido, lo más personal que uno ha escrito, se cierre con una mención a Julián. Qué menos. 
Estoy deseando que la Editora publiqué, según tengo entendido, los diarios que Julián fue publicando en Facebook ("diario online 2007-2019", según António Cerveira Pinto) y que uno leía con un placer inmenso. La nieve, su perra Zama, las lecturas, los paseos, la sierra... Es de lo mejor que escribió y, ya digo, lo espero con fervor en forma de libro (creo que a su cuidado estará el poeta Martín López-Vega). Para quienes quieran acercarse a algunos fragmentos del diario, la Fundación Ortega Muñoz los incorporó hace tiempo a su blog Arte y Naturaleza
El pasado día 21 se celebró en la Biblioteca Pública de Cáceres una mesa redonda sobre la corta pero intensa vida de Julián en la que intervinieron Andrés Trapiello (que ha sacado a nuestro amigo más de una vez en sus diarios), Javier Rodríguez Marcos, Juan Luis López Espada y Luis Sáez. Por suerte, se puede ver pinchando aquí. Miguel Ángel Lama, siempre atento, ha publicado en su blog una crónica del acto digna de ser leída. 
No querría terminar esta semblanza, este puñado de recuerdos que uno escribe porque olvida, sin hacer mención al pésimo trato que la Junta de Extremadura, máxima institución pública de esta Comunidad Autónoma, ha tenido con Julián, por más que esta exposición haya sido organizada por la Editora y a su inauguración asistiera la consejera del ramo. Como su amigo y mentor Fernando Pérez, Ángel Campos Pámpano o Antonio Franco (con quien tanto colaboró), por poner algunos ejemplos sangrantes, se fue de esta vida sin la Medalla de Extremadura, que era lo menos que merecía (siquiera póstumamente) después de haber hecho tanto por su tierra. Aunque a él (a ellos) esa devaluada distinción le importara lo justo (y menos), hubiera sido un bonito gesto que, de paso, hubiera premiado a todos los extremeños que amamos la cultura. ¿Qué puede dar a Cáceres más prestigio del que de verdad importa– que la acreditada editorial Periférica, que fundaron Julián y Paca Flores, tenga su sede allí? Para muestra...
Me quedo, en fin, con una conversación. Pudo ser una tarde de primavera cacereña. Sí sé que terminó en la casa familiar de la Puerta de Mérida. Por lo demás, ya nos advirtió Quevedo que la muerte no es un obstáculo para seguir dialogando con quienes nos dejaron. Más si, como hace al caso, se trata de un afable escritor con criterio al que uno admiraba. Seguimos.