18.9.23

Las nadies

Inmigrantes de segunda

William González Guevara
Hiperión, Madrid, 2023. 94 páginas, 12 €
 
Leí por primera vez el nombre de William González Guevara (Nicaragua, 2000) en una carta de Antonio Carvajal donde ponderaba su ópera prima: Los nadies, ganadora del galardón que lleva el nombre del autor granadino y publica Hiperión. «El poeta es de Nicaragua, hijo de inmigrantes pobrísimos, muy joven. Y sabe muy bien quienes son los álguienes y quienes son los nadies (y los naides). Poesía de la experiencia de los hijos de las fregantinas de los poetas de la experiencia. Con dolor y sin rencor», decía. Al año siguiente, conseguía el premio Hiperión con este libro. En medio, Me duele respirar, premio Ruiz Udiel (Valparaíso, 2023).
El título es cristalino, como casi todo aquí. El «de segunda» se refiere a la generación inmigrante (llegó con 11 años), si bien no evita el doble sentido. Esta es una poesía que rehúye los equívocos y va por derecho a lo que importa. No es el primero en escribir sobre los múltiples problemas que aquejan a los jóvenes en un mundo líquido en crisis permanente. Se podría hablar incluso de una tendencia, muy plural, que ya afecta a más de una promoción. De una suerte de nueva poesía social o cívica. Recuerden aquellos «hijos de la bonanza», de Ben Clark, jurado de este premio. Para muestra, otro Hiperión: Servicio de lavandería, de Belén M. Rueda.
Escribe Irene Vallejo en la contracubierta: «La vida de los Inmigrantes de segunda transcurre en páramos contemporáneos, entre neones de sueños apagados vastas podredumbres. Allí donde brotan casas de apuestas para crear ludópatas y fusilar sueños. Donde el autorretrato del artista adolescente incluye una nevera vacía, tu chándal favorito, tu acento repudiado. Donde las mujeres limpian por horas portales y casas, y sufren las mismas lesiones en el brazo que los tenistas de Roland Garros, en sus labores sin trofeos. Y, por las noches, recitan las letanías de los temarios para aspirar a la nacionalidad». Y añade: «William acoge en sus versos lo que no cabe en los pactos de silencio. Contempla las realidades que derogan la retórica de los grandes jardines del imperio. Atrapa la tristeza malva de esas manos jabonosas, de esas vidas escindidas. Invoca a coros de muertos amados, su lúcida abuela nicaragüense. Con su sensibilidad explosiva, disecciona el desgarro humano. Cómo no reconocernos».
De tres empleadas de hogar son las citas que abren el libro. Y así se titula la primera parte. Nada aquí puede sonar solemne. Es la vida, idiota, parafraseando el eslogan político. La de las chicas, tan invisibles. Otras nadies: «Todas portáis el rostro / alicaído de mi santa madre». Gente a la que le «pesa la vida». «Decidme: ¿a quién le importan / los huesos de mi madre envejecidos?».
Para contar lo que les pasa (lo conoce bien), WGG recurre, no sin ironía, a palabras gastadas y a un lenguaje prosaico y conversacional, lo más cercano posible al habla de la calle, que, no obstante, jamás pierde vista su condición de poético. Decir las cosas de otro modo, más retórico y grandilocuente, habría sido un imperdonable error de cálculo lírico. Prima, sí, la crónica. Uno la calificaría de «poesía documental».
Kapuściński, ya ven, inaugura la segunda parte: «La pobreza sufre, pero sufre en silencio». Carabanchel, la Caixa, los chándales («La vida es nuestro chándal favorito»), la droga, Pan Bendito, el banco de alimentos… Léase «Ego sum, tu es, ille est». Y luego, en «Interludio», la chatarra, la vendimia, las noches de autobús. Por fin, «Memento mori», tan emocionante: «Siento la muerte lenta de mi madre». Y la lejana de la abuela. En Nicaragua, deshonrada por el tirano Ortega.
 
Esta reseña se ha publicado en El Cultural








10.9.23

40 años de "L’edat d’or", de Parcerisas


La Vanguardia publicó ayer un reportaje a doble página firmado por Jordi Llavina para celebrar el cuarenta aniversario de la edición de L’edat d’or, de Francesc Parcerisas, "un hito de la poesía catalana de las últimas décadas del siglo XX", cuya "influencia llega hasta nuestros días", según Llavina. 
El título fue elegido por el autor durante una comida en el restaurante ‘Les délices de France’ con Joan Margarit y Toni Marí (coautor, por cierto, de Ombra i llum. Variacions sobre un tema romàntic). 
La edad de oro apareció en 1983 en los Quaderns Crema del añorado Jaume Vallcorba (juntos en la fotografía que ilustra esta entrada, propiedad de la editorial). 
Hace un par de meses, Llavina pidió a un grupo de poetas que resumiéramos en unas líneas lo que representó ese libro para cada uno de nosotros y si había algún poema del mismo que todavía nos rondara por la memoria. Esto escribí:
"Dos poemas de L’edat d’or leídos en el florilegio La nueva poesía catalana (1984) me pusieron sobre la pista de un libro que leí con entusiasmo cinco años después, en la edición bilingüe de la valenciana Mestral. Qué luminoso descubrimiento. Allí, la juventud, el mar, los cuerpos, el verano. Una luz (solar y mediterránea) y un tono (de un culto y elegante clasicismo intemporal). Ante todo, un estado de ánimo. Pura vida. Lo he releído y sigue intacto. Me quedo con los versos finales, los que cierran “Retrat del poeta” y esta obra maestra".

Del poema 'Retrato del poeta'


¿Será así, la muerte?
¿Bienvenida como este sueño que te embarga,
tan dulce, sin agravios ni reproches,
agradeciendo sólo los dones inconmensurables de la vida? 
¿Será así que, en el camino de la oscuridad,
iremos al encuentro de la luz?

Traducción de Xulio R. Trigo y Vicente Gallego