31.5.20

Mi prima Ana


Ha muerto mi prima Ana Carolina Valverde García. Para todos, Ana. Se ha ido, como quien dice, en un abrir y cerrar de ojos. Cuesta creerlo. Hace apenas dos semanas que nos cruzamos con ella en el Parque de la Coronación. Iba en una silla de ruedas que empujaba su padre. Estuvo tan cariñosa como siempre. Yolanda y yo íbamos con Paco y Santiago Antón, otro viajero inmóvil. Nos saludamos guardando las malditas distancias. Y ahora...
Ana era paralítica cerebral. No se me ocurre mejor homenaje que publicar aquí su historia. Una historia. La mía. Apareció en una edición no venal, con unas bonitas ilustraciones de Cristina Pérez-Cortés, en 2002, como explico en la nota final. Pocos habrán tenido acceso a ella. Muchos de mis lectores habituales desconocían, a buen seguro, su existencia. 
Quería mucho a Ana. Hasta el final fue una prima pequeña, por más que su edad no fuera ya la de una niña. Sería interminable enumerar los recuerdos que me unen a ella y que, mientras la cabeza aguante, seguirán conmigo. Son una parte esencial de mi vida. Muchas horas compartidas, aunque en los últimos años nuestros caminos no se cruzaron tanto. 
Comprendo el infinito dolor que sentirán ahora mis tíos. Sé que, más allá, son conscientes de que pocos padres han hecho tanto y tanto por una hija como ellos. Su tarea, vista desde la perspectiva que da el tiempo, es admirable. Lo mismo cabe decir de su hermana Isel (el nombre que le puso Ana y se quedó ya para siempre), siempre a su lado. Miguel y Eloy, el pequeño sobrino de Ana, sabrán ayudarla en estos duros momentos. 
Dice Antonio Moreno en Visita de año nuevo (un libro emocionante que ando leyendo) que "quienes vivimos somo receptáculos —acaso vasijas— de los muertos a quienes amamos". A buen seguro. 
Ana, guapa, descansa en paz. No te olvidamos. 

UNA HISTORIA DE ANA


A mis tíos, Isabel y Paco.Y para mi prima Isel.


LOS SUEÑOS

Primero fue el silencio. Aunque antes del silencio, vino el sueño. Visitó las almohadas donde habitan aquéllos que en penumbra imaginan su vida con un hijo. Y luego vino el hijo. La hija, en este caso. Y era hermosa. Y larga, largamente deseada. Parece que la veo en su cunita, muy blanca y en silencio. Porque, se dijo, primero fue el silencio. Un espeso silencio. Un muro casi. Y no hubo llanto. Ana era un huésped callado. Un ser que miraba este mundo con distancia. Mas no por eso era menos bonita. Y trajo la alegría, como todos los niños. Y, como todos los niños, trajo el llanto. No el suyo, es verdad, pero sí el de sus padres. Lágrimas de emoción por la hija. Lágrimas de dolor por la hija. Lágrimas sin porqué. Por la hija.


LA NOTICIA

No voy a descubrir nada si digo que hay noticias que marcan de por vida; que uno, en ese instante, desearía matar al mensajero y luego, de inmediato, acaso darse muerte. No creo que exagere. Hay noticias... ¡Es tanto lo que implica un diagnóstico! Más si se comunica a bocajarro, sin el tacto debido, con torpe alevosía, por sorpresa. La vida en ese instante se viene boca abajo y hay que levantarla desde el suelo, hecha pedazos. Reconstruirla es la tarea que habrá de llevarnos el resto que nos queda de existencia. Esa mitad que nos parece casi imposible de soportar por culpa de la responsabilidad sobrevenida. “Somos tan jóvenes, nuestra hija es tan frágil...” Pero de todas las flaquezas surge siempre esa fuerza que nos permite, ay, seguir viviendo. No somos en esto diferentes del resto. Todos llevamos cargas (falsas o verdaderas, reales o psicológicas) y a todos nos asusta ese futuro que ni siquiera sabemos si llegará a ser nuestro. Todos supervivientes. Hay noticias...


LA INFANCIA 

Recuerdo muy bien la niñez de Ana. Era el juguete de los primos mayores. Era el foco de atención de tíos y de abuelos. Era el centro del mundo de sus padres. Se acercaba a nosotros a pesar de vivir casi siempre muy lejos. Venía hasta aquí viajando a través de una vaga sonrisa. Se aproximaba lentamente y nos miraba con ojos asombrados. Y su mirada era muy grande, del mismo tamaño de sus ojos. En ella cabía todo aquello que los niños son capaces de dar cuando nos miran. Y aunque no hubo palabras, sentimos su amor en el silencio. ¡Cómo sonaba! Y aunque no hubo caricias ni hubo besos, nosotros nos sentimos halagados por ese derroche de amor. Ese exceso, a su modo, de cariño que siempre nos ha dado. Hasta el presente. Nos dolió, cómo no, que sus juegos no fueran los mismos de los otros. Que no pudiera jugar a algunas cosas. Sabíamos, sin embargo, que Ana era feliz y su felicidad era la nuestra.


LA FAMILIA 

Se dijo también antes: Ana fue para los suyos el foco de atención. Y fue protagonista, entre bromas y veras. Y todos nos reunimos con motivo de sus sucesivos cumpleaños. Y todos derrochamos afectos, casi a espuertas, para que comprendiera, desde ese ignoto lugar donde ella estaba, que su familia, sin duda, la quería. ¡Vaya si la quería! Recuerdo el dolor de las abuelas, al principio, cuando, desde su instinto, comprendieron. Recuerdo el dolor de cada uno. Pero no recuerdo ni una palabra inútil, ni una queja, ni un solo regodearse en supuestas desgracias, ni una alusión siquiera a no sé qué tragedia figurada. Tal vez porque muy pronto, y todos al unísono, entendimos que, lejos de ser eso, lo que Ana traía era lo mismo que aporta cualquier niño: grandes dosis de amor, alegría a raudales, buenos momentos. Porque desde el principio se nos hizo entender que la normalidad iba a ser pauta y el camino iba a ser, sin dudarlo un momento, hacia delante, siempre adelante, hacia la redención y el optimismo. 


EL BAÑO 

Ana es el agua. Un ser acuático. Nadando, después de mucho esfuerzo, se defiende mejor que muchos otros. Ese camino hacia delante al que aludía se demuestra en conquistas como ésta. Andar, primero; hablar, más tarde; nadar, en fin, y todas esas cosas que parecen lograr todos los niños sin mayores complicaciones y temores. Lo que en Ana han sido años, en la mayor parte serán sólo unos días, unas pocas semanas, tal vez meses.
Ana es el agua. La de una piscina clorada y transparente o el agua densa y móvil de la playa. Por eso Ana tiene espaldas de nadadora consumada. Cuerpo de atleta. Sí, porque el deporte es para Ana su pan de cada día o así ha sido en jornadas (para cualquiera interminables) de bicicleta estática y tablas de gimnasia.
Ana es el agua. Brazada va, brazada viene, haciendo largos y anchos de piscina, mientras resopla como señal de esfuerzo.
Y es que Ana es acaso como el agua: muy clara, porque se ve siempre su fondo; y limpia en sus afectos. Sin esos atributos que tenemos el común de los mortales y que son incompatibles con las virtudes que siempre atribuimos a las aguas: a esa bendición, a ese milagro.


LA MADRE 

¿Qué decir de la madre de cualquiera? La sencilla mención es elocuente. Decimos madre y se nos abre un mundo. Yo recuerdo, porque la vida es un simple ejercicio de olvido y de memoria, a la madre de Ana, en Salamanca. La recuerdo allí, aunque nunca la viera. Porque estaba allí sola, con su hija. Acudiendo con ella cada día al hospital cercano para la rehabilitación interminable. ¡Es tanto el esfuerzo que requieren los niños como Ana! ¡Es tan costoso criar a cualquier niño! La veo, ya digo, sola. Afrontando ese hecho con paciencia, con el mismo talante con que ha venido afrontando casi todo. La imagino en una habitación pensando en eso. En si merecería la pena el sacrificio. La veo en Salamanca, una ciudad distinta de la suya, a la que acude cada lunes y de la que sale cada viernes, con su hija. La veo bajo el frío. Bajo la nieve incluso. En ese clima hostil, en medio de una ciudad hermosa, cómo no, y hospitalaria, pero ajena; en la que vive los días laborables en medio de otras luchas. Es esto el heroísmo. Sólo esto. Que nadie busque excusas de película. Aquí, en estas circunstancias, se demuestra aquello que nos hace imprescindibles. Ser madre. 


EL PADRE 

Para muchos, en especial si son vecinos de la ciudad donde vivimos, el padre de Ana es el que conduce ese extravagante tándem donde practica bicicleta con su hija. Así desde hace años. O el que vigila sus largos y anchos de piscina. Eso hacia fuera. Dentro, en su casa, son otras las tareas que tiene encomendadas. Todas inevitables, pero no por rutinarias menos importantes. Y entonces llega el baño, la gimnasia, la música, los puzzles, las copias de escritura, las películas... 
Como todos los padres de niños con problemas también luchan por ellos de otro modo: pensando en su presente, sí, pero también en ese innombrable futuro, tan temible, cuando ellos ya falten. Esa es su otra batalla. No sé si la más dura.
Uno prefiere recordarlo en ese tándem, por las cercanía de Isla Canela, en Ayamonte, pedaleando al mismo tiempo que su hija; los dos en el mismo movimiento; ambos unidos por un vehículo que simboliza la decisión más importante de su vida: la de llevarla de su mano lo mejor y más lejos posible. La suya es una huida calculada: por su bien, cómo no, y hacia delante.


LA HERMANA 

Isel era una niña pequeñita. Quiero decir que era menuda, muy delgada y así ha seguido siendo algunos años. Comía mal, no como Ana. Y era acaso más seria que su hermana. La miraba con ojos retraídos, como sin comprender muy bien lo que ocurría. Aquélla le pasaba la mano por la cara, con cuidado, cuando estaba en la cuna, de pequeña. Cuando ella llegó, la alegría fue inmensa. La casa se llenó de una luz que faltaba. Era una luz de otra intensidad, complementaria. No sé si ha sido fácil ser hermanas en esas circunstancias. Sabemos que un ser desvalido (por más que cualquiera de nosotros lo seamos), precisa atenciones que en el resto se interpretarían excesivas. Que a pesar de saber que el cariño de una madre o de un padre, o de los dos a un tiempo, se reparte en un porcentaje semejante entre sus hijos, siempre habrá uno que demande un mayor tanto por ciento de ternura. Que la vida iba en serio, ya lo dijo el poeta, uno lo empieza a comprender más tarde. A estas alturas, Isel lo habrá entendido. A buen seguro. 


LA ENFERMEDAD 

Recuerdo a Ana, de niña, con las piernas aparatosamente escayoladas, separadas por hierros. Está tumbada en el sofá, con cara de paciencia. 
Recuerdo a Ana, en el hospital, después de alguna crisis, y tiene también la misma cara. 
Encaja bien esas durezas que a los otros, de sólo mencionarlas, nos superan. 
Veo caras de preocupación en la familia y, de pronto, allí en medio, la tensión que se rompe al romper su sonrisa. 
Ana vuelve a salir de un nuevo túnel y se aferra a la vida con la fuerza que le gusta mostrar cuando sus manos se estrechan a las mías. La misma que demuestra cuando me pide que le agarre del brazo, a la altura del bíceps. 
Para ratificar que Ana ya ha vuelto, nos sonríe.


SU RETRATO

Ana es ya una mujer de cuerpo entero. Me resigno, no obstante, a que así sea. Quiero decir que para mí sigue siendo la niña que en rigor siempre ha sido. Con el tiempo y las complicaciones de la vida, nos hemos ido distanciando. Además, los dos trabajamos. Eso no impide que esté en mi pensamiento cada poco y que cuando la vea no parezca que fue ayer la última vez que nos besamos. Sí, porque Ana es cariñosa. En su forma de ser, abierta, extrovertida. Tiene la risa fácil, muy sonora. Como a todos los jóvenes, le gusta bailar con sus amigos las tardes de los sábados. Le encanta escuchar música. Tiene un pelo muy negro y muy duro y su piel es oscura, sobre todo en verano. Ya dije que le encanta el aire libre. Tiene las cejas pobladas y es coqueta. Prefiere caminar (uno de sus triunfos) a pasear sentada en su silla de ruedas. Es muy sociable. Le encantan las reuniones familiares y, de entre los numerosos primos, es ella quien conserva eso que se ha dado en llamar el carácter predominante de los nuestros: a saber, una mezcla casi perfecta del gusto por cantar, por comer y por reír. Un común sentido del humor, diríamos. Ella es así, como sus tíos. 
Una vez, hace años, hicimos un largo viaje juntos y no dejó de hablar. Podría decir, mejor, que el viaje con ella continúa y que, en verdad, nunca hemos dejado de hablarnos. Ojalá nos dure la conversación, y por tanto el trayecto, mucho todavía.


NOTA DEL AUTOR

No me gusta escribir en abstracto. O tal vez debería decir que no puedo o no sé hacerlo. Lo cierto es que cuando escribo lo hago desde mi propia experiencia, ya provenga del recuerdo o del olvido, de lo vivido por mí o de lo que he vivido en otros, de lo leído o de lo escuchado. De lo soñado, incluso. Por eso, cuando tuve que enfrentarme a este texto no pude por menos que echar mano de mi memoria personal, aunque fuera a costa de que lo verdadero y lo falso, lo real y lo inventado, sin que uno lo quisiera, se colara de rondón entre sus líneas. ¿No es a eso, precisamente, a lo que denominamos literatura? 
Le he dado forma de narración porque contar sigue siendo una de las mejores formas de comunicar sensaciones. Y de llegar al lector, a qué negarlo. No me duelen prendas confesarlo a pesar de que uno se considera antes que nada poeta. 
Para que mi historia tuviera un hilo conductor, una unidad, busqué para ella un personaje. O mejor, un protagonista. Lo encontré en Ana, que es mi prima. Paralítica cerebral, para más señas. Ella me ha servido de pretexto para expresar en voz alta pensamientos y sensaciones que nunca hasta ahora había puesto en palabras. Es verdad, no obstante, que uno de mis primeros poemas -muy incipiente, muy torpe- lo escribí inspirándome en ella. Por fortuna, está inédito, pero demuestra que Ana me preocupa desde hace mucho tiempo. 
A mi modo de ver, Una historia de Ana es también una carta; una carta que me he escrito, para empezar, yo mismo, que, para seguir, he mandado a sus padres y a su hermana y, para terminar, envío a todos los familiares y amigos de las personas discapacitadas. 
Alguien ha dicho que se escribe para dar voz a los que no la tienen. O a los que, si la tienen, no pueden levantarla. Quiere creer que éste es el caso. Que, si bien hablo de mí, al mismo tiempo recogen mis palabras el eco de esas voces que ahora callan. 
Espero, en fin, no haber cometido dos de los pecados más frecuentes en este tipo de ejercicios sobre el delicado asunto de la discapacidad: el paternalismo y la sensiblería. 
El presidente de la Fundación Tutelar de Extremadura, José-Javier Soto, me propuso escribir un texto para los asistentes a un congreso sobre discapacidad que se iba a celebrar en Olivenza. De esa amable invitación surgió Una historia de Ana, diez breves estampas ilustradas con dibujos de Cristina Pérez-Cortés, que tenían como fuente de inspiración a mi prima Ana Carolina Valverde García, paralítica cerebral. 

Á. V. 
Plasencia, julio de 2002



30.5.20

El estilo tardío según Kjell Espmark

Decía aquí atrás que era impagable la tarea realizada por Francisco J. Uriz (Zaragoza, 1932), su pasión por divulgar entre nosotros la poesía del norte de Europa.
Poeta, dramaturgo y, sobre todo, traductor, su trabajo ha sido siquiera en parte reconocido con la concesión, en dos ocasiones, del Premio Nacional de Traducción: en 1996 por Poesía nórdica (Ediciones de la Torre, 1995) y en 2012 por el conjunto de su obra. 
También la Academia Sueca otorgó a Uriz en 1975 el Premio de Traducción y en 2008 el Premio por la Difusión de la Literatura Sueca en el Extranjero. Por su parte, el Gobierno de España le concedió en 2008 la Encomienda de la Orden del Mérito Civil. 
Cabe recordar, en fin, que fue el fundador de la Casa del Traductor de Tarazona.
Su última entrega, Hiperbóreas. Antología de poetisas nórdicas (Erial, Zaragoza, 2020). En el prólogo leemos: “Una antología de poesía escrita por mujeres. ¡Qué absurdo! Es algo así como una antología de poetas rubios o de ojos azules o de militantes del LGTB. ¡Ojalá esta fuese la última vez! Pero me temo que habrá que seguir haciéndolo para conseguir la visibilidad que les corresponde y expresen su visión de la vida y el mundo”.
Libros del Innombrable, editorial zaragozana como él, con un tesón comparable al de Uriz, viene publicando últimamente algunas de sus versiones. Por ejemplo, tres obras de Kjell Espmark: El espacio interior (2015), La libertad del ocaso (2019) y ¡Préstame tu voz! (2020).
Espmark nació en Strömsund en 1930, al norte de Suecia. Es poeta, novelista (suya es la serie de siete novelas Tiempo de olvido), ensayista e investigador literario. Fue catedrático de Literatura Comparada en la Universidad de Estocolmo. Desde 1956 ha publicado dieciséis libros de poemas. Miembro de la citada Academia Sueca, fue presidente del Comité Nobel de 1988 a 2005 y autor del libro El Premio Nobel de Literatura. Cien años con la misión, que está en el catálogo de Nórdica (traducido por Marina Torres). En castellano también, hay una amplia muestra de su poesía en Voces sin tumba (Fundación Jorge Guillén, 2005) y la novela Béla Bartók contra el tercer Reich, en traducciones del mismo Uriz. 
Como el propio Espmark explica, ¡Préstame tu voz! es el ”título de una trilogía compuesta por los poemarios: Vía LácteaEl espacio interior y Una nube de testigos”. En la primera (que Uriz, por cierto, publicó como libro exento en la colección Los tres sorores hace once años) y la tercera, precisa que “hablan cien figuras a través de mi voz” y en la parte central, “comparece la propia voz prestada, en parte en fragmentos autobiográficos, en parte, intercalada, en las voces exteriores que han formado este yo”. Es una obra ambiciosa y lograda con momentos de gran intensidad. 
“Podríamos decir que un catálogo de esas características comenzó a ser elaborado hace más de dos mil años por los anónimos poetas griegos que prestaron su voz a muchos muertos en la llamada antología griega o palatina” –comenta– y añade: “Yo mismo llevo muchos años camino de este poemario”. Allí leemos: “la poesía es el alimento del idioma, / da palabras a lo indecible”.
Con todo y, ya digo, a pesar de la calidad del libro, prefiero centrarme en el anterior, La libertad del ocaso, que, sin duda, me ha conmovido profundamente. 
En una nota inicial, según costumbre, Espmark escribe entre otras cosas: “La libertad del ocaso se inserta en la viva discusión que parte del análisis que hizo Theodor Adorno del tardío lenguaje tonal de Beethoven, su «Spätstil». La idea la ha divulgado Edward Said en su ensayo On late style y después de él John Updike entre otros. Milan Kundera ha acuñado la expresión «vesperal freedom» para nombrar el específico sentimiento vital de que se trata.
La imagen que transmiten del idioma del artista envejecido difiere considerablemente de la idea admitida en general de un estilo sereno, otoñalmente luminoso. Subraya en cambio cómo el viejo maestro, que domina totalmente su medio, rompe en un arrebato de cólera con su obra anterior y con ello también con su público habitual.
El estilo tardío es un exilio que desde un punto de vista implica una depuración de todo bagaje superfluo, desde otro un rechazo de las exigencias del idioma comúnmente aceptado de reconciliación de contrarios y contradicciones, así como de todas las exigencias de contexto y coherencia”.
Confiesa, para terminar, que a sus 89 años, “«lo único necesario» (...) ha sido desde hace mucho tiempo una meta para mí”. Se trataría de “precisar nuestras condiciones tardías como personas creativas”.
En efecto, ese “estilo tardío” ha dado obras excepcionales, a veces las mejores de algunos autores y eso que se suele aseverar que la poesía era flor de juventud, uno de los muchos tópicos que la aquejan. Para demostrar lo contrario, este puñado de excepcionales poemas reunidos en un volumen cuya cubierta ilustra una sugerente acuarela, “Sjundby gård”, de la finlandesa Helene Schjerfbeck. Veinte poemas asombrosos. 
El primero del libro, “Estilo tardío”, sitúa a la perfección la clave del conjunto. Allí leemos: “Pero la sencillez es un modo engañoso. / Hay que alcanzarla dando un rodeo / que cruza por medio de los arbustos de endrino”. Y: “Lo único necesario / es razonablemente inexplicable”. 
Distintos personajes –músicos, pintores, narradores, poetas, arquitectos, etc.– se enfrentan a la realidad y al arte en sus postrimerías. No todos son, en rigor, monólogos dramáticos, pues no siempre están escritos en primera persona, pero a través de ellos Espmark reflexiona, desde el conocimiento profundo de su vida y su obra, sobre sus respectivas poéticas en el decisivo momento del final, el de la verdad, ese que ya no admite ni componendas ni trampas. Se trata, en todo caso, de “prestar la voz” para que otros se expresen por medio de ti. Por ejemplo, en “Ahora Beethoven se ha vuelto loco”: “Llaman incomprensible a su estilo tardío”. “La sordera son sólo los primeros pasos / de entrada en un silencio más severo― / el que él ha tomado a su servicio. // Sí, él arroja al público al silencio”. Y más adelante: “En las notas no se deja entrar nada prescindible”. De eso se trata, de llegar a ese “cuarteto en do sostenido menor” al que el compositor alemán se estuvo dirigiendo a lo largo de su vida. 
“Antecedentes al decreto del emperador” es un delicioso cuento chino que protagoniza Wu Tao-tsu, que en su afán de perfección y despojamiento (labores que van al unísono) se vio obligado a completar su cuadro “desde dentro”, lo que obligó al emperador a prohibir a los artistas “empadronarse en su propia obra”. 
En otro poema Linneo, otro sueco, al que se le escapa el tiempo (“hay prisa”), confiesa que “Escribir una flora más severa / fue la misión de mi vejez”. 
Terrible es la historia de Xu Wei, que “Pintó el bambú con tal expresividad / que el viento lo mecía en el papel” y mató a su mujer con un hacha: “El resto / es su estilo tardío. Lo que da miedo es / que él blandió el hacha con el mismo arte /  que en sus pinturas más notables”.
En “Mallarmé llama a la destrucción su Beatrice”, un verso que es una poética: “Se trata de eliminar”. “Y luego de borrarse uno mismo”. Dos principios básicos del estilo tardío. “De lo que aquí se trata es de la última hora / deletreada en fragmentos y soledad”, leemos en “El hombre que camina”. 
Preciosos me han resultado poemas como “Yo no quiero vuestro maldito futuro” (al que pone voz Edith Södergran, pionera de la poesía en sueco en Finlandia), que empieza: “Tarde encontré el país que no existe / donde el idioma que se habla  es transparente / y carece de palabras usadas”. Y termina: “Soy una poeta que no existe”. O el impresionante “Tarde o temprano en Alejandría”, en el que habla Cavafis: “Mi misión era el idioma tardío / donde decepción y placer / caben en la misma sílaba”. Pone en boca del poeta alejandrino versos como: “El mundo sólo existe con posterioridad”, “Yo condeno el concepto tiempo”. O el maravilloso, eso me parece, “El cielo presiona sobre Övralid”, en el que encontramos a un decrépito Carl Gustaf Verner von Heidenstam, Nobel de Literatura de 1916, en su casa del lago Vättern, donde murió: “La existencia se encoge a mi alrededor”. “¿Quién es en mí el que recuerda?”.
Bártok (una de sus obsesiones, ya vimos que le dedicó una novela aparece en otro poema. Está en su penoso exilio estadounidense. “La leucemia se llevó la vitalidad misma”. “En la partitura cansancio, nada más”. “Pero el camino tiene que pasar por lo difícil”, señala. “El estilo tardío recuerda todo lo duro”.
Sí, “Tengo que captar lo único necesario. / De prisa”, se dice la pintora Helene Schjerfbeck ante su “último autorretrato / en captut mortuum”. 
En otro, Anna Ajmatova sigue esperando (“En los terribles años de Yezhov hice fila durante diecisiete meses delante de las cárceles de Leningrado”, relató la poeta rusa): “¿Puede describir esto? / Sí puedo”. Y compuso Réquiem, uno de los grandes poemas del siglo XX.
“Viajar en un texto cada vez más denso” es otro poema capital donde la protagonista es la alemana Nelly Sachs ya en Estocolmo, donde fallece. “La creación es un exilio constante”, dice. Y: “Al mismo tiempo el idioma tiene que condensarse / hasta que el susurrante carbón que viaja por el aire / quede comprimido hasta convertirse en diamante”. 
El siguiente es para el galeote Ezra Pound que busca “en vano las palabras para el arrepentimiento”.
El que dedica a Beckett (“En realidad él enseñó a hablar al silencio”) es otra joya. “¿Qué significa por cierto la palabra «esperar» / cuando el tiempo está a punto de acabarse”. Concluye: “Y él recupera su silencio. / Su retórica es devastadora”. 
“El idioma tardío se llama: tacha”, leemos en “También estas palabras pueden tacharse”, donde el autor vuelve sobre esta acerada poética del idioma tardío. 
La figura de “La libertad del ocaso”, poema que cierra el libro y le da título, es Gunnar Ekelöf (al que, por cierto, Uriz tradujo para la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz). “El hogar definitivo es el desarraigo”. “El escritor tardío es un isla / sin siquiera una barca subida a tierra”. Sus últimas estrofas son: “La vida social se ha convertido en algo secundario―/ un escritor no tiene biografía. / ¿De qué le sirve a un nonagenario / por ejemplo un nombre como Kundera. // Una última constatación es la indiferencia / ante el juicio de otros, una euforia que ha comprendido / que la vida venidera puede preceder a la muerte”.

Nota: Esta reseña se ha publicado en El Cuaderno

28.5.20

La cubierta de "Porque olvido", Bernal y el Carlos


En una extensa carta privada con la que acusa recibo de Porque olvido, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura y académico de la Extremeña, mi querido amigo José Luis Bernal Salgado, poeta, escribe: «La cubierta es espléndida, y aunque la imagen remite a un paisaje alejado de tu ribera placentina, que tanto amas, algo hay de ella en la atmósfera melancólica de Corbet. Obviamente el significado de la imagen cuadra de maravilla con el libro por razones poderosas de naturaleza simbólica (me acuerdo, por ejemplo, del maravilloso poema de Dámaso "A un río le llamaban Carlos")». 
Con la agudeza lectora que le caracteriza, Bernal consiguió sorprenderme. No recordaba ese poema de Alonso, lo confieso. Además de releerlo y comprobar la pertinencia de la cita, he investigado un poco sobre él. Tiene mucha enjundia y forma parte de su libro Hombre y Dios (Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955). Abrió, además, el primer número de la revista cubana Ciclón (la de Piñera, complementaria de Orígenes, la de Lezama) en enero de aquel mismo año, cuatro antes de que José Luis y yo naciéramos. 
Debajo del título, y entre paréntesis, se indica: "Charles River, Cambridge, Massachusetts" (el río al que se refiere el poema, evidentemente, que recorre 80 millas del norteño estado norteamericano), y está fechado en Dunster House, "una de las doce casas residenciales de pregrado en la Universidad de Harvard", según la socorrida Wikipedia, donde residió el poeta del 27 como profesor invitado. Creo que merece la pena copiarlo aquí. 

A UN RÍO LE LLAMAN CARLOS

(Charles River, Cambridge, Massachusetts)

Yo me senté en la orilla;
quería preguntarte, preguntarme tu secreto;
convencerme de que los ríos resbalan hacia un anhelo y viven;
y que cada uno nace y muere distinto (lo mismo que a ti te llaman Carlos).
Quería preguntarte, mi alma quería preguntarte
por qué anhelas, hacia qué resbalas, para qué vives.
Dímelo, río,
y dime, di, por qué te llaman Carlos.
Ah, loco, yo, loco, quería saber qué eras, quién eras
(genero, especie)
y qué eran, qué significaban «fluir», «fluido», «fluente»;
qué instante era tu instante
cuál de tus mil reflejos, tu reflejo absoluto
yo quería indagar el último recinto de tu vida
tu unicidad, esa alma de agua única,
por la que te conocen por Carlos.
Carlos es una tristeza, muy mansa y gris, que fluye
entre edificios nobles, a Minerva sagrados
y entre hangares que anuncios y consignas coronan.
Y el río fluye y fluye, indiferente.
A veces, suburbana, verde, una sonrisilla
de hierba se distiende, pegada a la ribera.
Yo me he sentado allí, sobre la hierba quemada del invierno para pensar por qué los ríos
siempre anhelan futuro, como tú lento y gris.
Y para preguntarte por qué te llaman Carlos.
Y tu fluías, fluías, sin cesar, indiferente
y no escuchabas a tu amante extático
que te miraba preguntándote
como miramos a nuestra primera enamorada para saber si le fluye un alma por los ojos,
y si en su sima el mundo será todo luz blanca
o si acaso su sonreír es sólo eso: una boca amarga que besa.
Así te preguntaba: como le preguntamos a Dios en la sombra de los quince años,
entre fiebres oscuras y los días—qué verano— tan lentos.
Yo quería que me revelaras el secreto de la vida
y de tu vida, y por qué te llamaban Carlos.
Yo no sé por qué me he puesto tan triste, contemplando
el fluir de este río
Un río es agua, lágrimas: mas no sé quién las llora.
El río Carlos es una tristeza gris, mas no sé quién la llora.
Pero sé que la tristeza es gris y fluye.
Porque sólo fluye en el mundo la tristeza.
Todo lo que fluye es lágrimas.
Todo lo que fluye es tristeza, y no sabemos de dónde viene la tristeza.
Como yo no sé quién te llora, río Carlos,
como yo no sé por qué eres una tristeza
ni por qué te llaman Carlos.
Era bien de mañana cuando yo me he sentado a contemplar el misterio fluyente de este río,
y he pasado muchas horas preguntándome, preguntándote.
Preguntando a este río, gris lo mismo que un dios;
preguntándome, como se le pregunta a un dios triste:
¿qué buscan los ríos?, ¿qué es un río?
Dime, dime qué eres, qué buscas,
río, y por qué te llaman Carlos.
Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
de esta tristeza, de este
río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.


Dunster House, febrero de 1954.




Imagen tomada del blog "Historias no académicas de la literatura"




24.5.20

Enrique García Fuentes lee "Porque olvido"


El crítico Enrique García Fuentes publicó ayer el suplemento Trazos del diario HOY de Extremadura esta reseña de Porque olvido. Gracias.

Para que recordemos

El lector encontrará un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo literario y otras en el estricto ámbito de su vida familiar y profesional.

La verdad es que con esto de los blogs uno (y ahora es el que firma quien sustituye con el indefinido a la primera persona del singular, cosa que nuestro Álvaro Valverde hace inveteradamente y ya es marca de la casa), uno, digo, no sabe a qué carta quedarse. Dentro del ámbito estrictamente literario, algunos de mis mejores amigos escritores lo tienen y lo airean con periodicidad (el maestro Pecellín, Pérez Walias, Miguel Ángel Lama, Simón Viola –que me dijo encarecidamente hace ya tiempo que yo me hiciera uno, cariñoso consejo al que no hice caso–, Elías Moro, el propio Álvaro Valverde, Eduardo Moga y un montón más que omito por dejar espacio). Del mismo modo, sin embargo, otros tantos de mis más íntimos, insisto, en el ámbito literario, no lo tienen: Luis Sáez, Marino González, José M. S. Paulete, Eduardo Achótegui, Pilar Galán –de quien recuerdo su vitriólica opinión en contra de ellos–, Antonio Sáez, Jorge Márquez o Juan Ramón Santos (aunque este me parece que algo tiene, o parecido). Seguro que se me escapa alguno (de uno u otro lado), porque lo cierto es que, habitualmente, no suelo seguirlos; me interesa más lo que escriben en papel: me parece que los dota de más entidad como literatos. Nuestro invitado de hoy también confiesa esta misma opinión y tal vez por eso (entre otras cosas) decide, como ya han hecho otros (los ya nombrados Pecellín, Elías o Moga, por decir algunos) convertir algunas de las entradas de su exitoso blog (que acertadamente prefiere denominar «rincón» –alguna vez «bitácora»– y que se llama Mayora) en este voluminoso ejemplar (con una de las portadas más subyugantes que recuerdo en mucho tiempo) que el lector no debiera tardar en tener entre manos.
Confiesa el autor placentino en el prólogo de su libro (que, por cierto, titula con el lema que preside su bitácora: ‘Solvitur ambulando’) la razón que le ha llevado a publicar en internet sus impresiones y vivencias, en puridad la misma que le conduce inexorablemente a la escritura en general y que se explicita precisamente en el titulo escogido para esta compilación: ‘Porque olvido’. Y adelanta que realiza para su publicación una enorme selección, una gran poda de cuanto viene apareciendo en Mayora, (algo que desdecirían las cuatrocientas páginas del libro, pero téngase en cuenta que la exitosa bitácora –con aportaciones casi diarias y convertida en referencia ineludible para todo aquel que quiera estar al día, no solo en las cuestiones literarias de la región, sino, lo que es más interesante, del ámbito de la poesía mundial de la que Álvaro es un experto catador– ha alcanzado ya los quince años de jugosa, y a veces trepidante, vida). Declara también que ha preferido dejar al margen lo que no considera estrictamente más personal, con lo que no espere el lector opiniones políticas y consuélese con escasísimos comentarios de cuestiones muy particulares de la vida pública y cotidiana en general. Sí lamento particularmente que la poda se haya extendido a la práctica totalidad de sus siempre atinadas reseñas poéticas porque es para lo que más suelo consultarlo.
En suma, que lo que va a encontrar el lector gustoso es un repertorio de vivencias muy personales, algunas centradas en lo
literario (presentaciones de libros, actos de diversa índole en los que el autor nos transmite la impresión –creemos que sincera– de que, paradójicamente, no parece disfrutar mucho: queden como constancia de lo dicho sus continuas alusiones a las rápidas escapadas y despedidas, casi a la francesa –«hacer un Valverde» lo llama el cachondo de Jordi Doce–, que realiza de estos saraos) y otras centradas en el estricto ámbito de su vida familiar y –escasamente– profesional (Álvaro Valverde ha ejercido casi toda su vida como lo que siempre se llamó «maestro de escuela») que son aquellas en las que encontramos su verdadera dimensión de persona «humana» (a decir de los catetos) y para las que confieso que admiro su valor a la hora de expresarlas tan descarnadamente, asomando su interioridad a los demás en un ejercicio de exposición donde se notan rápidamente los apuros, dudas, temores e incertidumbres en el momento de afrontarlos. Y no solo por su exhibición tal cual, sino también por su plena conciencia de ser (otro leit-motiv del texto) una persona anodina, sin excesivas notoriedades en casi ningún ámbito y poco dada a emociones y a salidas de tono. De verdad que a uno (yo) le costó creerse ese momento –que, pleno de pudor, cuenta– en el que acaba dando botes con sus alumnos en la fiesta de final de un curso.
Y una lamentación sincera, por lo que nos toca a todos en realidad: muchas veces estos textos aquí recopilados se acaban convirtiendo en un rosario de evocaciones de seres queridos que nos van abandonando. Sea del exclusivo ámbito familiar y conciudadano del autor, o respondan al recinto de lo literario y cultural (omnipresencia del recuerdo de Ángel Campos y Fernando Pérez y cierre de nuestra entrega con el óbito de Julián Rodríguez) entristece ver el importante caudal de gente ilustre que le (nos) va dejando. Me quedo –con toda sinceridad, porque también los comparto– con el de las aguas que contempla correr extasiado en sus paseos por su comarca y la impresión siempre bienaventurada del trino de los mirlos que con tanto gusto evoca en estas tan entretenidas como emocionantes páginas.

22.5.20

José Luis García Martín lee "Porque olvido"




El diario es el género más proteico y el que más claramente muestra la huella dactilar del escritor.
Más joven que la milenaria poesía, aunque su edad se cuenta ya por siglos, ha sabido como ella adaptarse a las nuevas formas de comunicación.
El tradicional diario o dietario, escrito en pequeños cuadernos o en grandes libros de contabilidad, se ha acomodado perfectamente al lenguaje de Facebook o de los blogs personales.
El poeta Álvaro Valverde, autor también de un par de novelas entre costumbristas y líricas, lleva desde 2005 un blog en el que da cuenta de sus lecturas, de su vida familiar y, sobre todo, de su vida profesional –digámoslo así-- como escritor. Ahora esos cientos de notas dispersas adquieren un nuevo sentido al reunirse en volumen. Ha habido una selección: quedan fuera los acuses de recibo de las novedades literarias y ciertas polémicas políticas (el autor ocupó algún cargo cultural del que fue desposeído con no muy buenas maneras). Lo que queda basta para retratar de cuerpo entero al autor: un hombre educado, cordial, que nunca se olvida de dar las gracias. 
Álvaro Valverde es un escritor paradójico: nació y ha vivido siempre en una pequeña ciudad, Plasencia, presencia constante en su obra, pero no es un escritor local. Desde su apartado rincón –y cumpliendo gozosamente con su otra profesión, la de maestro-- ha sabido encontrar un sitio en el panorama nacional, ganar los más importantes premios, hacer oír su voz de lector atento en alguno de los más significativos suplementos culturales. 
¿Cómo lo ha conseguido? Este nutrido volumen puede servir como un manual de buenas prácticas para la promoción literaria. Comenzó Valverde, allá por los años ochenta, encuadrado en las filas de quienes combatían a la llamada “poesía de la experiencia”. Bajo el magisterio de un desaparecido Felipe Núñez y del más conocido Aníbal Núñez, aplaudido por Antonio Gamoneda, quiso hacer una poesía conceptual que no condescendiera con los modos realistas y neotradicionales de quienes comenzaban entonces a triunfar: Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Andrés Trapiello. 
Pronto, sin embargo, cambiaría de bando o, mejor, comprendería que lo mejor es estar a bien con todos los bandos, y encontró su camino en una poesía a a vez reflexiva e intimista, muy ligada a ciertas referencias culturales, evitando siempre cualquier disonancia. 
Porque olvido abunda en detalladas crónicas de presentaciones y lecturas. Álvaro Valverde, tras el elogio de los presentadores, tiene buen cuidado de no olvidar el nombre de ninguno de los asistentes y de dedicarle a cada uno de ellos unas palabras amables. No faltará quien piense que esa parte del diario, cumplida su función, quizá hubiera debido quedarse en el espacio virtual. Pero no deja de tener su encanto ni su interés sociológico y psicológico. 
Otra buena parte de las entradas pueden encuadrarse en el capítulo de las necrológicas: se despide de emocionada manera a escritores amigos (Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano) y también a familiares y conocidos sin trascendencia pública. Álvaro Valverde –local y universal-- acierta en no distinguir entre unos y otros, todos cercanos a su corazón. 
De vez en cuando aparecen las referencias a su vida como profesor –una excursión escolar, un regalo de fin de curso--, evitando en lo posible cualquier aspecto negativo, como es ejemplar marca de la casa. 
La vida familiar, si incurrir en incómodas intimidades, aunque con alguna concesión al sentimentalismo, siempre contenido, se muestra con frecuencia en estas notas que abarcan quince años, y en las que se percibe como el tiempo va dejando su huella. 
No podían faltar las crónica viajeras. Casi todos los viajes de Álvaro Valverde son debidos a motivos literarios (una presentación, una lectura) y por eso entremezclan el agradecimiento a los anfitriones con muy precisas observaciones paisajísticas. 
Después de Plasencia, la otra patria de Valverde se encuentra en Gijón, ciudad a la que vuelve con frecuencia por motivos familiares, y a la que dedica enamoradas páginas. 
Un diario puede comenzarse a leer por cualquier página, también por la primera. Si leemos Porque olvido desde el principio nos encontramos con una minuciosa novela en la que un escritor y una pequeña ciudad son protagonistas principales, pero en la que abundan los personajes secundarios. A ratos nos resulta la lectura un tanto fatigosa, como en tantas novelas, pero pronto nos dejamos ganar por su atmósfera: en el microcosmos placentino cabe el mundo y el protagonista está lejos de ser un personaje plano, como pudiera parecer al principio. 
Pero también hay otra forma de leer, la más frecuente en los diarios, abrir por cualquier parte, picotear acá y allá, y detenerse en las páginas que nos hablan de paseos solitarios, de amigos admirados, de recuerdos juveniles, de la vida que pasa. 
Álvaro Valverde es el más educado, correcto, profesional, de los poetas españoles contemporáneos. Ese elogio es también la mayor censura que podría hacérsele. Al poeta, al hombre de genio, le conviene despeinarse de vez en cuando, perder los papeles. Álvaro Valverde nunca los pierde, al menos en este diario: si censura a algunos políticos, a algunos poetas de éxito en los medios, procura hacerlo sin dar nombres. Solo Eduardo Galeano y los independentistas catalanes se libran de esa cortesía. 
Porque olvido tenía todas las bazas para ser un libro de interés regional y, sin embargo, misteriosamente, funciona fuera de las fronteras de Extremadura. La mejor manera de ser universal es afianzar bien los pies en la tierra que pisamos y desde ella contemplar el mundo. 

Publicado, que a uno le conste, en El Comercio y El Diario Montañés, periódicos del Grupo Vocento, el 22 de mayo de 2020. En el diario HOY de Extremadura, debería haber aparecido el sábado 23, pero no se publica porque Enrique García Fuentes escribe también una reseña del libro con el título de "Para que recordemos". Coincidencias.

21.5.20

Canto guanche

Me entero ahora de que el pasado día 16 se fallaron los Premios de la Crítica Valenciana. En poesía, eran finalistas los libros: El dueño del fracaso, de Ramón Bascuñana; La mar desnuda, de Fernando Delgado; Llegar a casa, de José Iniesta; María Cambrils. El despertar de la conciencia, de Ana Noguera; Todas las batallas perdidas, de Joaquín Juan Penalva; Donde da la vuelta el aire, de Mila Villanueva; y Mis fantasmas, de Juan Pablo Zapater. Al final ganó el libro de Delgado. Porque, entre otras cosas, representa "la madurez de un escritor muy completo y diverso a la vez, y que en este caso nos muestra toda su destreza y maestría a través de unos elaborados y poderosos versos, con un ritmo grandioso y una sonora musicalidad", según el jurado.
Rescato esta reseña, que debió publicarse hace meses, sorprendido aún por la noticia. Los premios, ese misterio. 

Fernando Delgado
Pre-Textos, Valencia, 2019. 100 páginas. 

“Es norma generalizada que en España el que es poeta no puede ser otra cosa. O si uno escribe novela ¡ay de él si se le ocurre escribir poesía!”, comentó en una entrevista Antonio Colinas. Sí, aquí es difícil compaginar géneros y a cada escritor se le cataloga sin tener en cuenta esa alternancia. A Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947) se le ha asignado, junto a la de periodista (fue director de RNE y premio Ondas), la categoría de narrador y, con serlo (ha publicado trece novelas y ganó el Planeta), también es autor de los libros de poesía Urgente palabra, Mísero temploProceso de adivinaciones, Autobiografía del hijo, Presencias de ceniza, El pájaro escondido en un museo  y Donde estuve
La mar desnuda es un libro singular que reúne una primera parte de ocho poemas (acaso la mejor, donde aparece el mar –léase “La mirada del mar”, un diálogo con Sorolla– y los ríos; la carnalidad, el amor y el sexo; la Iglesia de algunos que toman el nombre de Dios en vano o la obra escultórica de Chirino) a la que sigue un extenso libreto para una ópera inconclusa que, como se explica, le encargó el compositor Rodolfo Halfter,” inspirada en la historia de un mencey guanche”, Tanausú, que “optó por la muerte en el mar a favor de su libertad y la de los suyos”. Conforman su estructura varias partes: la inaugural (“El agua vuela”) y cinco más, además de una final (“Epílogo”, esto es, “Paisaje de Millares”, el pintor de las arpilleras, donde el cuadro adquiere la condición de metáfora del relato).
Lo mítico, épico y telúrico –prima lo esdrújulo– se unen para cantar las hazañas del héroe. Abundan los nombres propios (de lugares, personajes o dioses) y las palabras clave: caldera, drago, mar, águila, isla, roque, volcán… Al lector le faltan acaso referencias, pues la teatral cantata carece de notas.
Por otro lado, la inspirada historia legendaria de los aborígenes guanches humillados por el ejército invasor de los Reyes Católicos de España puede que cause cierta fatiga en ese lector ahíto de imaginarias vindicaciones patrióticas.
Destacan, en positivo, más allá del indudable esmero del lenguaje, la fuerza del amor (entre Tanausú y Acerina: “que ya no vivo en mí / sino contigo”), la virtud del fracaso, la denuncia de la traición, la resistencia ante el destino y, sobre todo, el valor de la libertad.

18.5.20

Pase de revistas

Más de una vez he comentado que mi amigo Gonzalo y yo solíamos concluir si merecía la pena tal o cual revista por el porcentaje del índice que leíamos. Algunas se iban como venían, o casi. Si hablo en pasado es porque ya sólo leo las que me interesan. Pasó para mí el tiempo de las actualidades.

Reconozco que la joven y ovetense Anáfora, que coordinan Candela de las Heras y Pablo Núñez, no suele defraudarme. Quiero decir que la leo casi por completo, número a número, y acaba de salir en papel el 19. Es verdad que es poco voluminosa y que lo sustancial está ocupado por poemas. En este caso, por ejemplo, de Jesús Munárriz (con la Guerra Civil "al fondo"), Jon Juaristi (que no pierde su sentido del humor y que regresa Vinogrado), Enrique Baltanás (deliciosas, aunque tristes, sus "Flamencolías"), José Cereijo (luminoso y meditativo), María Ángeles Pérez López e Irene Sánchez Carrón (que cada vez escriben mejor)... Tampoco me han disgustado los poemas del resto, que intuyo jóvenes. Emilio Quintana Pareja publica un poema excelente y, además, traduce a un vanguardista poeta ruso-sueco, Henry Parland, que murió a los veintidós de escarlatina. Me ha sorprendido. Qué llevadera su poco pirotécnica vanguardia. Mi paisano José Antonio Llera traduce a Ken Smith y su "Lorca" es ejemplar. Como preciosos me han parecido los fragmentos de "Herdanza" ("Herencia") de la gallega Olalla Cociña (las versiones son de Luz Pichel). F. J. Martínez Morán entrevista a quien, por oficio, suele entrevistar: Javier Lostalé, que publica un poema inédito: "Clausura". En las "Lecturas", libros dignos también de ser comentados. Con todo, lo que he leído de esta entrega con más placer ha sido el texto que la abre, "Vocación y oficio", del asturiano Martín López-Vega. Copio una frase: "La poesía es un destilado de vida, pero las lecturas son el material con el que se fabrica el alambique". 

Pero por suerte hay más revistas que uno lee de cabo a rabo. Acaba de llegar desde Teruel el último número de Turia. Destacaría (hablo por mí, claro), además de relatos, ensayos y poemas (de Yolanda Morató, Amélie Nothomb, Vicente Molina Foix, Patricio Pron, Francisco López Serrano, Mahnaz Parakan, Amalia Bautista, Enrique Andrés Ruiz, Javier Lostalé, Ben Clark, Mariano Peyrou, Jorge Gimeno, Mercedes Cebrián, José Ángel Cilleruelo, Rafael Fombellida, Cecilia Quílez, Alejandro Simón Partal, Hasier Larretxea, Daniel Gascón y un largo etcétera), además de sesenta reseñas (si he contado bien), destacaría, digo, el cartapacio dedicado al escritor suizo Robert Walser, al que adoro desde que leí El paseo. Y Vida de poeta, por no hablar de Paseos con Robert Walser, de su tutor y amigo Carl Seelig. O las nuevas páginas del diario de su director, Raúl Carlos Maícas, cada vez mejor escritas y más ácidas. O la extensa y espléndida entrevista a Cees Nooteboom, flamante premio Formentor 2020, que firma Fernando del Val. Una conversación que tuvo lugar en su casa-convento de Menorca. Y la que mantiene Enma Rodríguez con Marta Sanz. O, en fin, "Cien años después: sobre la fama póstuma de Galdós (1843-1920)", del profesor Mainer. Todo un festín, como siempre. 500 páginas de literatura para los más exigentes. Casi un milagro. 

Termino por hoy con la espléndida Sibila, de Patricia Ehrle y Juan Carlos Marset (patrocinada por la Fundación BBVA), tan elegante, con ese papel amalfitano que tanto me gusta oler y acariciar. Llega a su número 60, todo un hito. Con poemas inéditos de españoles como Antonio Gamoneda ("De biografía y paranoia"), José Corredor-Matheos (al que no vence, como al anterior, la edad), Basilio Sánchez (uno de los protagonistas de la lucha contra el virus, ya en fase postLoewe, que nos ofrece dos poemas, uno de ellos el emocionante "La piedra buena"), Juan Cobos Wilkins (y su "magia de nombrar") o Alfonso Alegre Heitzmann, y de hispanoamericanos: Jorge Boccanera, Francisco Segovia, Santiago Sylvester, Jorge Aulicino, Denise Vargas, Soledad Fariña... Y de una catalana, que se traduce a sí misma: Susanna Rafart. Entre las prosas, un relato de Pilar Adón y otro de Javier Salvago. Las imágenes (y la cubierta) son en esta entrega de Chema Cobo, luminosas (de su pintura escribe Ruiz de Samaniego). La música, de Bruno Dozza. 
Dejo para el final una sorpresa. Me refiero a tres magníficos poemas de Jacobo Cortines reunidos bajo el título "Pasos de amor III. Fragmentos", dedicados (esto lo dice uno) a su mujer Cecilia Romero de Solís, Lilí, que falleció hace dos años. El 1, el 6 y el 9 de ese libro futuro que estoy deseando leer. Versos como estos, de cadencia tan sureña como clásica: "Tu voz, mi amor, tu voz es la que escucho, / porque amor es tu voz y amor mi escucha, / y ese amor en amor ha de fundirse / y en cadencia infinita prolongarse". O: "Más para ser perfecta / necesita la luz de tu mirada". O, por fin: "Y el mar no es el morir, sino otra vida / que has de vivir conmigo mientras vivas". 

Nota: He tomado la imagen que ilustra mi breve comentario sobre Anáfora del muro de la revista en Facebook. No sin intención. Ya se ve que el ejemplar está muy bien acompañado por el flanco derecho, ja, ja. 

14.5.20

La poesía de González Iglesias



JARDIM
  
Jardín Gulbenkian
Juan Antonio González Iglesias
Visor, Madrid, 2019

La batalla de los centauros
Juan Antonio González Iglesias
Libros de Canto y Cuento, Jerez de la Frontera, 2019


Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) publicó en 2010 su poesía reunida en Del lado del amor; esto es, los poemas de La hermosura del héroe, Esto es mi cuerpo, Un ángulo me basta, Olímpicas, Eros es más y el inédito Selva de fábula. Cinco años después llegó Confiado. También en Visor aparece Jardín Gulbenkian y, de nuevo (tras ganar el de la Generación del 27, el Ciudad de Melilla y el Loewe), gracias a un galardón de la editorial madrileña: el Gil de Biedma. Su salida coincide con la de otro libro suyo: La batalla de los centauros.
Jardín Gulbelkian toma el título del que rodea el Museo Calouste Gulbenkian de Lisboa, “el jardín más bello que conozco”. Saint-John Perse, corresponsal y amigo del filántropo, escribió: “El jardín es la piedra angular de su trabajo, porque es el secreto más vivo, más íntimo y sensible, mejor guardado para sus sueños”.
Al jardim lisboeta dedica el primer poema y otros, los que conforman el cuerpo central de la obra. A ese jardín moderno, sí, pero también al concepto literario clásico (topoi) que, como símbolo, representa: “El jardín recorta sobre la superficie un fragmento de mundo bien hecho, que acaba equivaliendo al mundo”. Así, en “Academia”, el jardín griego al que viaja Horacio, que, junto a los nombres de Plutarco, Homero o Virgilio, refuerza la elegante erudición, el nada impostado culturalismo que caracteriza esta natural, meditativa, rítmica y sentenciosa forma de decir: “Estoy con el lenguaje. Soy lenguaje. Esto es”. Una suerte de teresiano desasimiento.
Su poética es, ante todo, una ética. De la cotidianidad y la sencillez: “A pesar de lo que pudiera parecer, / lo complicado no prevalecerá”. Aunque “También en lo sublime / está lo más sencillo de la vida”. Y de la verdad, que “es pequeña, y su belleza / orientará al que está desorientado”.
No falta, claro, el agua (“Es uno de los nombres de Dios”). “Y así el lenguaje busca también el agua”, dice. La del estanque, el surtidor, el hontanar o el río: el Tajo, el Tormes, el Cuerpo de Hombre. O la del “regato”, que le lleva a Pessoa y al padre. Ni otros asuntos habituales en su poesía: el deporte, los cuerpos jóvenes, el amor, la lectura (“Leer es mejor que escribir, mejor que hacer, / mejor que todo”), la trascendencia (“Y niego que seamos / materia nada más, solo energía”). La suya es una mirada “hacia Poniente”, “no Poente” de Sophia.
Diecisiete consistentes poemas componen La batalla de los centauros. “Animal incompleto” se titula el primero: “que haces pesas / y necesitas botas/ y en una biblioteca guardas libros”. Observa “desde tu ángulo”, un guiño al título de una de sus entregas más apreciadas.
En “Consejos a un poeta cachorro”, leemos: “Lo único seguro es que el poema / es absoluto solo de amor y de lenguaje”. “Don’t innovate. / Imitate.”, concluye.
Luego, Epicuro (y Francisco de Asís y Yourcenar), los colegas del gimnasio, Burdeos y el vagabundo (esto es, Europa), gente tatuada en Benidorm, centauros en bicicleta, chicos que practican parkour (“Los obstáculos forman parte de la belleza”), un mapamundi e Ispania, los persas de “Soneto de amor”… Y Pablo García Baena, dedicatario del libro: “Me gusta imaginar a Dios parecido a ti”, retratado en un poema memorable. Como él, “Será lenguaje y será poeta / sin más, completamente”.
Con un autorretrato (“Horacio, Epístola, 1, 20”) se cierra el libro. El lector, como el poeta latino, puede concluir “Que, despojado / de todo, el único refugio, el único / jardín que le quedó fue la poesía”. Porque “jardín significa paraíso”.

Nota. Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno
En la imagen, Juan Antonio González Iglesias fotografiado por David Arranz. 

12.5.20

La poesía reunida de Hill


Geoffrey Hill
Edición, traducción y prólogo de Andreu Jaume
Lumen, Barcelona, 2010. 456 páginas. 27

Hill (Bromsgrove, 1932-Cambridge, 2016) estudió en Oxford, donde culminó su vida académica como Professor of Poetry. Antes enseñó en Leeds, Cambridge y Boston.
Poeta insólito y resistente, su figura se aloja, según Jordi Doce, en “un lugar aparte de la escena poética angloamericana”. A pesar de su enorme prestigio (críticos como Bloom o Steiner lo confirmaron) su obra no había llegado al lector español del modo que la de contemporáneos como Hughes o Tomlinson. Sólo conocíamos Veintisiete poemas Himnos de Mercia, traducidos por Doce, el segundo en colaboración con Jiménez Heffernan.
Aunque su poesía completa, reunida bajo el título de Broken Hierarchies (2013), consta de 992 páginas, la edición de Jaume remite a Selected Poems, una muestra realizada por el poeta en 2006, donde no figuran poemas de su última etapa. Téngase en cuenta que Hill publicó cinco libros entre 1959 y 1983, pero que a partir de 1996, tras salir de una profunda depresión y tratarse con litio, dio a la imprenta otra decena.
Más cerca del modernism (del primer Eliot) que del Movement (de Larkin, su “contrafigura”), la poesía de Hill se caracteriza por su formalismo (Doce alude al término juanramoniano redondocerradas para referirse a la precisión de sus composiciones) y por su oscuridad (un lema de Pound abre Jerarquías rotas: “En la penumbra, el otro congrega luz contra sí mismo”).
Hill es un poeta doctus (Siles dixit), un “gran fabbro”, según Jaume, “que hizo de la dificultad un estandarte”. Alguien absolutamente preocupado por el lenguaje (“Quisiera proponer seriamente una teología del lenguaje”), al que pretende salvar, con meditado fervor, de la banalidad alejándolo del habla cotidiana, tan corriente en la poesía conversacional británica. Al fondo late una ineludible cuestión moral (y política y religiosa), pues no en vano pertenece a la generación que sobrevivió al nazismo, la Guerra y el Holocausto, tan presente en su obra. Su poesía es, por decirlo con el editor, “hija de las catástrofes del siglo XX”. Pura historia. Combinada con mayúscula y con minúscula, precisa Siles, “al modo trágico”. “Poeta del dolor” y “lo Sublime”, “el más blakeano de los poetas modernos”, afirmó Bloom, “su asunto, como su estilo, es la dificultad”. “Nos obliga a cada uno de nosotros a poner a prueba su propia fuerza como lector”. Su alto nivel de exigencia, su acendrado rigor, convierten sus versos en auténticos artefactos herméticos que es complicado, cuando no imposible, desentrañar. “Somos difíciles”, aseveró. A este hombre se le estudia, no se le lee. Es normal que su recepción haya tardado tanto. Por eso es tan loable el titánico esfuerzo de Jaume por verterlo al español, aunque cueste escucharlo en nuestra lengua. Las notas que sus poemas incluyeron en su momento, desechadas después, resultarían útiles a quien carece de los debidos pertrechos intelectuales (no digamos si no es de origen inglés) que esta poesía, opaca casi siempre, requiere. Con todo, libros como King Log, donde está “Ovidio en el Tercer Reich”, “Anunciaciones” (“el poema corto fundamental” de su promoción, según Bloom), “Canción de septiembre”, “Cuatro poemas acerca de la resistencia de los poetas” (que incluye el homenaje a Miguel Hernández) o “El cancionero de Sebastian Arrurruz”; Himnos de Mercia, escrito en versets, donde lo autobiográfico (“Mi rica y austera infancia” en los Midlands) se mezcla con lo medieval y arqueológico; Tenebrae, donde apreciamos la honda influencia de los metafísicos ingleses y los poetas barrocos y místicos españoles (traduce un soneto de Lope); o poemas como “Acedera”, “El funeral de Churchill”, “Pisgah” u otros posteriores, nos permiten afirmar que Hill es un poeta legible y, con la debida insistencia, gustoso, al que podemos comparar con el Valente de los setenta, traductor de Celan (al que aquél dedica un poema) o Jabés.
“Hasta ahora, como un erudito serio, / reúno fragmentos, más allá de la conjetura / estableciendo verdaderas secuencias de dolor”, dejó escrito quien definió la poesía como “un triste y colérico consuelo”.

NOTA: La reseña de la poesía de Hill se publicó en El Cultural el pasado viernes 8 de mayo de 2020. Eso sí, la que doy aquí es la primera versión que envié al suplemento, sin el leve recorte que sufrió a última hora.

11.5.20

La poesía de Xavier Seoane

Confieso que nunca hasta ahora había oído hablar de Xavier Seoane (La Coruña, 1954) ni lo había leído. Al menos que yo recuerde. Y bien que lo siento. Por lo que he averiguado, estudió Filología Románica en la Universidad de Santiago de Compostela y desde 1975 compagina la creación literaria, la crítica de arte y la gestión cultural. Su lengua literaria, por cierto, es el gallego. A lo que se ve, es un hombre muy implicado en la renovación cultural de Galicia y miembro fundador de la revista y foro Luzes de Galiza y del grupo poético De amor e desamor.
Como narrador ha publicado las novelas Ábrelle a porta ao mar (hay versión en castellano en Reino de Cordelia), Filiberto e Sofonisba y A Dama da noite (basada en la vida de Rosalía de Castro y que también está en el catálogo citado). También en prosa, los libros de aforismos Irispaxaros y A rocha imantada. Como ensayista, Identidade e convulsiónReto ou rendiciónAtravesar o espelloO sol de HomeroSaudar a vida y Todos somos Ulises.
Su poesía, que es por lo que viene uno aquí, comprende los libros Don do horizonte (1978-1999), que recoge lo publicado hasta esa fecha (casi una decena de obras escritas todavía en castellano), Dársenas do ocaso (premio Nacional de la Crítica), Vagar de amor e sombraPara unha luz ausenteDo ventre da cóbregaRaíz e soñoEspiral de sombras Threnói (traducido también en Reino de Cordelia).
Que a uno le conste, y para terminar, Ediciones Linteo publicó hace tres años una antología de poemas (en español) con el título Elogio de vivir.
Es Pre-Textos y su buen olfato poético quien vuelve a sorprenderme con De vuelos y de aves. Aparece, dónde mejor, en la pequeña colección (por su formato, de 15x10) “El pájaro solitario” (donde hay libros, entre otros, de Perse, Saba, Ovidio, Trapiello, Sánchez Rosillo o Cabrera) y en la cubierta no falta una preciosa viñeta de Ramón Gaya.
La edición, claro, es bilingüe y el traductor es el mismo Seoane, según costumbre.
Se trata de un florilegio que reúne poemas de distintos libros. La presentación, que es un poema en sí misma, comienza describiendo dónde vive, en la costa atlántica, y, por tanto, cerca de las aves. “Siempre he sentido una gran fascinación por la naturaleza –declara–, su misterio, variedad y belleza”. “Esta selección responde a la perplejidad y emoción que esa experiencia me ha producido a lo largo de toda la vida”. Luego, enumera algunos pájaros, sus formas, modos o virtudes. Con todo, hay mucho más que pájaros en este libro. Y Seoane es más que un ornitólogo.
Si tuviera que definir al libro con una palabra, sería delicadeza. Marca su tono, que vira a melancólico: “un hombre silencioso es como un viejo caserón deshabitado”. O: “que nada es tan hermoso / como volver al país amado y reencontrarte / hilando la madeja de una juventud que no murió jamás”. Predomina, ahora bien, lo celebratorio. La alegría de permanecer en medio de la naturaleza y del paisaje: “exulten los jazmines ría el mirlo”.
Se diría de esta poesía que es la de un romántico, en el mejor y más hondo sentido. Del norte, como los ingleses o alemanes de fausta memoria. 
O la de un oriental que observa paciente cuanto le rodea, que acecha sereno y “escruta la vida” hasta que llegue el momento de expresar lo que ve y lo que siente. Del que contempla los asombros. 
“Si el pájaro dijese / su más trémulo cántico, / ese es el poema, amigo, / del hombre al alba”, leemos en “Aquí”.
Destacaría poemas como Noli me tangere (“¿Es tan hermoso el mundo / como lo cantan los pájaros?”), “Invitación al viaje”, “La visita” (no por nada dedicado a Brines), “Elogio de la mirada (“Nada en mí puede haber tan misterioso / como mirar”), “Tierras de ocaso” (“Qué tierra esta / para morir”), “Agra da Brea” (“Aquí fui joven”), “Julio” (“Era un mundo auroral / el de aquellas mañanas / soleadas”), “De la imposible certeza” (“El horizonte es más vasto / que toda mirada”), “De dura sangre” (“Todo languidece. // La vida pasa”), “El último urogallo” (con Cunqueiro al fondo), “Para un pasto imposible” (“Buscamos sin esperanza / un mensaje nunca escrito / en las estrellas y en los pájaros”)...
Conviene, en fin, comparar las versiones en castellano con el original en gallego. Depararán al lector más de una agradable sorpresa.
Lo dicho, ha sido un placer dar con los versos de Xavier Seoane, que vuelve a demostrar (y perdonen que vuelva a esa guerra perdida) que la poesía que se inspira en la naturaleza no ha de ser despreciada por antimoderna ni calificada, con desprecio, como agropecuaria. En estas penosas circunstancias de confinamiento, leer estos versos ha sido un lenitivo. Como abrir en el cuarto otra ventana que daba a “un mundo / nuevo / recién creado”. Lea y juzgue.  

De vuelos y de aves
Xavier Seoane
Pre-Textos, Valencia, 2019. 152 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista digital El Cuaderno