13.4.24

La elegante melancolía


Francisco Bejarano
Renacimiento, Sevilla, 2024. 72 páginas. 16 €
 
Bejarano (Jerez, 1945) justifica su título porque “son muchos más los [momentos] de melancolía que los de júbilo. El júbilo es muy aparatoso, pero dura muy poco, poquísimo”. Hacía veintidós años que no publicaba un libro de poemas. El regreso concluía entonces la estricta senda formada por Transparencia indebida (1977), Recinto murado (1981) y Las tardes (1988, Premio de la Crítica). En 2011 apareció el florilegio Un juego peligroso. Además, ha dirigido revistas, escribe artículos periodísticos y es autor de algunas obras de prosa y ensayo. Fue incluido por García Martín en su encomiable antología Las voces y los ecos, una suerte de retaguardia novísima.
Dividido en cinco partes, el amor es el asunto central de esta inesperada entrega. “Huyamos del amor”, proclama. “Pude querer y ser correspondido. / El amor poderoso me dio miedo”. “Es mi dolor”, confiesa. “Ya no hay tiempo”.
A sus fracasos, a su necesario desprestigio, a su invisibilidad y su “materia oscura” se refiere en poemas que adoptan un tono sentencioso y clasicista, propio de la mejor tradición andaluza; cadencia compuesta en torno a la serena música del endecasílabo.
Se impone la libre soledad y la dulce tristeza (“un amor tan antiguo como mío”, “vaga sombra / fue la melancolía desde niño”). Su refugio, la casa (“todo está en casa y en nosotros mismos”), los libros (“ennoblecí con libros las paredes”), la rutina (lo igual, que es lo distinto), los sueños (“Aún soy un niño /perdiéndose en un mundo que no existe”), las artes (como el cine, que saben “detener el tiempo” y “dan más vida que la vida”), los recuerdos (“La verdadera vida es la memoria”) y la escritura (“es un dolor a solas / buscando la verdad y la belleza”).
“¿Ayudará a vivir escribir versos?”, se preguntaba Bejarano. Su libro es la respuesta.
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

12.4.24

Lecturas

Después de El sueño de los vencejos y Visita de año nuevo, el poeta Antonio Moreno (Alicante, 1964) cierra con Cuatro retratos incompletos su "imprevista trilogía" centrada "en la exploración de los lugares de la memoria personal y familiar". Esta tercera entrega, escrita en 2017 y, por tanto, previa a lo ya publicado, aparece de nuevo en Newcastle Ediciones y da cuenta de la vida de sus cuatro abuelos. Es un libro delicioso (con un breve álbum fotográfico) que reafirma en uno la sensación de que en Moreno hay un prosista emboscado. ¿Será verdad que la mejor prosa la escriben los poetas?

Permanencia, de la guipuzcoana Castillo Suárez (Alsasua, 1976), traducido del euskera por Fernando Rey, y que edita con primor Cuadernos del vigía, es un libro singular. No me extraña que, como subrayan los editores, su autora sea "una de las voces poéticas más consolidadas de la poesía vasca actual". Da fe de una poética tan delicada como potente. Sensibilidad y certeza. Esta mujer, no cabe duda, sabe lo que hace. Y el porqué. ¿Cuánto dura lo efímero?, podría ser la pregunta. Los amores, el sexo ("Follar contigo es viajar a un prado no segado"), las parejas... "Cuando se esclarezca / por qué tememos a quienes amamos,/ habrá llegado el final de la poesía". Sí, puede que este libro sea "el relato imposible de todo lo que cae sin hacer ruido". 

El periodista Fernando del Val (Valladolid 1978) vuelve a la poesía con Ahogados en mercurio, un título inquietante que procede del heterodoxo Houellebecq. Lo publica la Fundación Jorge Guillén en la exquisita colección Maravillas Concretas, tan secreta como todas las suyas. Quince años ha tardado en terminarlo. De "balcón orientado a la decadencia de occidente" habla al referirse a él. Cuenta que fue escrito, en su primer impulso, en Ávila, a la sombra lectora de "San Juan y Santa Teresa". Sin mayúsculas ni signos de puntuación. Prima la condensación de las ideas. "No me gusta nada del presente", confiesa. Sus acerados aforismos, versos naturales de quien proviene de la filosofía, no dejan indiferente a quien lee, misión fundamental en cualquier lectura. Muestran a un hombre y a un mundo sin compasión. Las iluminaciones de un ser tan lúcido como perplejo. "buscaba palabras nuevas / no definiciones / lágrimas deshojadas / astillas de mármol". 

Ariadna G. García reúne en un mismo volumen que publica la Editorial Universidad de Alcalá dos libros unidos por su tono de impronta humanística: Sabiduría de los límites y Línea de flotación, que ya había aparecido en Puerto Rico (prologado por Jamila Medina Ríos) en 2017. Lleva un prólogo de Luis García Montero y la nota de contracubierta es de Jorge Riechmann. Dos buenas pistas. También la cita de Marco Aurelio que lo abre: Condúcete con amor. El segundo recuerda que en su poesía "palabras como biofilia, compasión y amistad se esponjan con calidez". "Escucho y vivo", escribe. Y: "Sigue siendo / posible / lo improbable". Dice que Sabiduría... "supone una incursión en la poesía ecológica y anticapitalista". Que ambos, añade, "presentan un despojamiento retórico que los aproxima a la poesía pura". Uno, en fin, sólo lee en ellos poesía. De la pura experiencia; esto es, apegada a la vida. Muy existencial y del presente. No es poco. En cuanto a la pretensión de que el libro contribuya, "aunque sea un poco", al "cambio de nuestro paradigma cultural", es un asunto que se me escapa. Uno lee, repito, y basta. Versos "protectores" y "solidarios". Con gusto. En especial, los menos ideológicos, en poemas como "Insomnio", "Mar" o "Calabaza".

Impresiona leer los ciento veintiocho títulos que contiene, hasta ahora, el catálogo de la colección La Gruta de las Palabras, que dirige Fernando Sanmartín para las Prensas de la Universidad de Zaragoza. El último, Motel Pandoralibro del inquieto bloguero zaragozano Octavio Gómez Milián, profesor de Matemáticas y coleccionista de tebeos, figuras y vinilos. 
Tal vez sean la pasión y el miedo lo que mejor transmite esta obra veloz y unitaria que transita desconcertado por las calles vacías de una ciudad fantasma y por los pasillos y habitaciones hospitalarias donde su padre, seriamente enfermo, lucha con la muerte. En plena pandemia. "Nada vive hasta que la muerte muere". 

De Brooklyn a Isla Negra. Poemas predilectos (Cuadernos de Humo), titula Javier La Beira su hermoso florilegio, en tanto que objeto libresco, con ilustraciones inéditas de Pérez Estrada y previo encargo del editor Hilario Barrero, que la patrocina junto a la librería Isla Negra. "Antología de poesía malagueña contemporánea", reza en el subtítulo, en homenaje al mítico impresor Ángel Caffarena, que así nombró a la suya en 1960. Este detalle, el del subtítulo, no es baladí. Quiero decir que por mucho que uno se excuse en lo "inconsciente" y "temerario" a la hora de "escoger, de entre los casi infinitos poemas escritos por poetas coetáneos de mi ciudad, un número finito de ellos", los que le "impactaron", sus "predilectos", cuesta asumir que deje fuera de la muestra algunos versos de Álvaro García o de Alfonso Canales. Entre treinta y tres, desconocidos mediante... Veo que José Sarria enumera en su muro de Facebook a muchos olvidados más: Maillard, Romojaro, Villalobos, Aguado... Por encima de este detalle, que sólo puede achacarse a mi propia inconsciencia y a la edad tardía, las mismas debilidades que esgrime La Beira, reconozco la valía de la mayor parte de los poemas recogidos. Los de María Victoria Atencia, Isabel Bono, Aurora Luque o Alfredo Taján, por ejemplo. Imagino que es lo que de verdad importa. Ah, destaco, conviene subrayarlo, la belleza material del cuaderno, que, por suerte, querido Hilario, no es, en rigor, de humo. 

Me gustaría terminar este breve repaso con otro descubrimiento. Perdonen mi ignorancia. El de la pintura sobre metal (casi siempre) del aragonés Ignacio Fortún. La veo a través del magnífico catálogo que con motivo de su exposición Cinco capítulos publica el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza (que dirige Yolanda Polo) en PUZ. 
Los textos de José Ángel Cilleruelo, Fernando Sanmartín y Desirée Orús, además de los del propio pintor, ayudan a comprender mejor esta obra que aúna misterio y claridad. Figurativa, sí, pero no exenta, ya digo, de "candados", pero de los que "se abren sin ninguna llave. Porque la llave es la mirada", como nos explica en su precioso texto Fernando Sanmartín. 
Me ha llamado especialmente la atención el punto de vista arquitectónico de la obra de Fortún. Y la personal presencia de la naturaleza. De esas visiones (ah, los hombres de espalda) surgió un poema, y ya hacía meses. Muito obrigado.

7.4.24

El don de nombrar

Los que seguimos la guadianesca trayectoria literaria de Carlos Medrano (Salamanca, 1961) llevábamos tiempo esperando un nuevo libro de poemas que acompañara a Corro (1987) y Las horas próximas (1989), que junto a las plaquettes A lo breve (1990) e Imágenes, encuentros (1996), constituía el sucinto corpus su poesía édita. Es verdad que en 2021 rompió un silencio de años y dio a la imprenta Entorno claro, un conjunto bien ideado de haikus y jaiquillas; así y todo, ya digo, quienes frecuentamos su blog Isla de lápices éramos conscientes de que los poemas que allí venía publicando desde 2010 (con independencia de su fecha de escritura) merecían ser ordenados y recogidos en uno o más volúmenes y, en consecuencia, ser trasladados al papel. Por suerte, una parte sustancial de ese material inédito conforma La imperfección de la belleza, hermoso título para una obra bien impresa y de diseño tan sobrio como elegante que una oportuna llamada de Antonio Piedra, director de la colección de poesía de la Fundación Jorge Guillén (e inventor, por cierto, de la jaiquilla), logró al cabo propiciar.
“Brota la mies donde la soledad habita, / hay una cicatriz que cura / y la vida, ilegible, nos sucede: / la imperfección de la belleza”. Con estos versos se abre este libro dividido en tres partes. “Mirar qué nada”, leemos. Desde el principio, parquedad, concisión, un ir a más con menos, de manera sutil y precisa. Eso y un regusto clásico de fondo, de asentadas lecturas de los maestros españoles del Siglo de Oro (Garcilaso ante todo) marcan el tono, definen la voz poética de Medrano, apellido de un poeta de aquella gloriosa época, sevillano y barroco  por más señas. La naturaleza civilizada, la del parque y el jardín, entona con esa manera de decir arraigada en la tradición.
Pronto, el paisaje y los lugares desde los que meditar sobre el paso del tiempo, desde los que contemplar la vida. El Campo Grande de su ciudad por excelencia, la Covaleda de su juventud, Jaraíz de la Vera y el Cementerio Alemán de Yuste, Castilla, las portuguesas Sesimbra y Évora (visita que origina un precioso poema) y, cómo no, la isla donde reside desde hace décadas, Mallorca y, ya allí, Artá. “Soy un hombre que se confunde con su isla”, ha escrito. Y: “De donde hemos querido, nunca nos vamos del todo”.
Del ritmo que inspira su métrica poco cabe decir salvo que adopta formas clásicas también, aunque a veces se quiebren gracias al oportuno uso del encabalgamiento. En ocasiones, escoge el poema en prosa para expresarse. “La nota más vibrante / reside en lo sencillo”, anota. Sin olvidar que “la belleza se arraiga en lo difícil”. Versos que me llevan a subrayar lo que de aforístico y sentencioso tienen a veces los versos reflexivos de Medrano.
Esa música callada a la que aludo se adecúa bien al intimismo y la melancolía (“Saudade”, “Rompimiento”) que subyace en estos versos donde priman la sensibilidad y la sugerencia. Más la aceptación, digna de ser celebrada, que el descontento y la amargura que toda existencia lleva, mal que nos pese, aparejados. Tan inevitable como la muerte, que asoma sin remedio: “La muerte no es morir, es lo que pierdes”. “En tu boca la vida da la mano a la muerte”. “Soy el superviviente de mí mismo”, concluye.
Estamos, según creo, ante una poesía que cabe calificar de limpia (no se me ocurre un adjetivo mejor), por transparente y por honesta. Lenta y luminosa. Que huye del artificio, tanto literario como moral. La de “la luz que nombra el mundo”. Léase, por ejemplo, “Vasijas”.
Medrano es un poeta detallista, meticuloso. Se ve en cada palabra, en cada verso, en cada poema. Todo está perfectamente calibrado: “Tuve fe en las palabras más hermosas / que con amor brotaron de mis labios”. De ahí que transmita sosiego. Y silencio, paradójicamente, por más que esté lejos de participar de manidos presupuestos de tendencia o escuela. Para empezar, porque huye del hermetismo gratuito y de la elipsis arbitraria.
Lo cotidiano (“Nada es en vano ni pasa inútilmente”) suele ser motivo bastante para llevarlo al poema: “busco la claridad de lo inmediato”. En medio de un paseo, pongo por caso: “A veces, toda la sabiduría que requiere un poeta / desciende de un paseo descalzo por la naturaleza”. Ante la visión del mar, un motivo constante. “Cualquier lugar conduce al universo”, escribe.
La mirada es esencial aquí. Cada poema, un punto de vista. Y la lectura, por eso hay poemas dialogados, diría, a modo de homenaje incluso, con personas a las que trata o trató y a las que admira como lector: Francisco Pino, Ángel Campos Pámpano, F. J. Irazoki (título de un poema), Fernando Aramburu, José Jiménez Lozano, Tomás Sánchez Santiago… “Cuatro emblemas” da buena cuenta de su concepto de la amistad, línea fundamental de su poética. Véase la tabla de dedicatorias.
La identidad y el yo, además de los otros (léase “El laberinto transparente”, sobre su vecino enfermo), ocupan su espacio en esta poesía introspectiva (“Ánfora”). En poemas como “De lo adverso”, “Desierto”, “Claro de alquimia” y Del presente”.
Los poemas de “La memoria tranquila”, tercera parte del libro, ”van dirigidos a mi madre”. “Yo soy también lo que tú eras”. “Casa deshabitada” es paradigma de que la contención se impone, incluso en temas tan delicados como este, a lo meramente emocional; a la búsqueda de un equilibrio y una armonía que solo la poesía tal vez pueda ofrecernos.
“Percibir la memoria / tranquila de las cosas. / Ese espacio apacible / al paso de la vida, / el del don de nombrar / con bondad las palabras”.
 
La imperfección de la belleza
Carlos Medrano
Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2023. 128 páginas

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO

3.4.24

Brecht: poeta en los tiempos oscuros

En el esmerado prólogo –“La casa en llamas”– que Gómez Toré pone al frente de esta antología, el traductor se pregunta por la pertinencia en el siglo XXI de la poesía de Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898-Berlín, 1956). Sobre todo por lo que esta tiene de política, un tópico que arrastra, se haya leído o no. Su autor, en efecto, fue un convencido comunista, más materialista que marxista, un revolucionario anticapitalista que acabó viviendo en USA, fervoroso seguidor de la dialéctica, que, digámoslo sin ambages, mantuvo en pie su ideología (en la práctica, y por momentos, decididamente siniestra) hasta el final de su vida. Partidario, por resumir, de que “lo primero es zampar, después, la moral”. Walter Benjamin opinaba que se proletizó a causa del nazismo. Pero no, no es política todo lo que reluce en estos versos o no siempre doctrinal lo que expresan, aunque nunca perdiera de vista su carácter histórico ni un deliberado didactismo de impronta horaciana (léase “Elogio del aprendizaje”), consecuencia de su firme creencia en la utilidad de la poesía: “Porque elogié lo útil, aquello / Que en mi época se consideró innoble”.
Si una antología de su obra poética exige más de ochocientas páginas (mil quinientas ocupa su poesía completa), está de más dudar de su variedad, tanto de tema como de tono. El cambio para él, explica GT, era “la sustancia misma de la vida”.
Por otra parte, y al hilo del interrogante del editor, habría que añadir a la cuestión otra variable, en torno a la recepción de su poesía en España. La de un “desconocido”, indicaba Miguel Sáenz en 1998. La de alguien de quien sólo se conoce un poema que, para colmo, no es suyo.
Si repasamos la bibliografía que GT cita, destacaremos las aportaciones de López Pacheco y Romano (Alianza, 1968), las de Forés, Munárriz y Talens (Hiperión, 1998) y Poemas del lugar y la circunstancia, de Muñoz Millanes (Pre-Textos, 2003) que fue, por cierto, la que a uno le reconcilió con una poética que hasta ese momento había rehuido. Porque la política era, precisamente, hasta entonces la línea marcada por quienes presentaban (en pleno tránsito a la democracia, no se olvide) sus versos en español. “Están cambiando los tiempos”, cantaba Luis Pastor. Y Bob Dylan, incondicional de Brecht.
Sin embargo, esta magna empresa que comentamos es otra y puede ofrecer al lector, esta vez sí, una visión de conjunto lo suficientemente amplia como para calibrar con rigor el alcance de la poesía del alemán, que fue, sin duda, un poeta genuino. Por voluntad propia, cabe añadir. A pesar de que para el público es, más que nada, un conocido dramaturgo, el sagaz, polémico crítico Reich-Ranicki lo dejó claro: “quedará de Bertolt Brecht ante todo la lírica”. Es probable.
“De circunstancia”, la califica su editor, pues la usó a modo de diario (lo que no obsta para que muchos poemas estén interpretados por un personaje poético, real o no, que es y no es él mismo) y vertió en ella, no siempre con la exigible excelencia, cuanto pasó por su intensa vida y, cómo no, por su privilegiada cabeza: vivencia y pensamiento. Eso sí, con “frialdad”, previo rechazo del sentimentalismo y de cualquier vestigio romántico ya que su pretensión era “aunar lo racional y lo emocional”. Villon fue su poeta preferido (léase “Sobre François Villon”).
Subraya también GT su modernidad, que basa en su rechazo de la poesía alemana de su época (expresionismo mediante) y de los maestros, Rilke el primero. Brecht no distingue entre baja y alta cultura, otro rasgo tal vez de postnovedad. A uno le parece que, aparte de por su inesquivable toque irónico, donde mejor se aprecia es en su defensa de lo urbano, entendiendo por tal lo que no es naturaleza (si acaso jardines) y sí ciudades y fábricas y obreros y mercado y publicidad y prisa, mucha prisa: “Yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto / Desde los negros bosques, dentro de mi madre, hace tiempo”. Según Benjamin, fue el primer lírico importante que tiene algo que decir acerca del hombre de la ciudad”. Moderno, además, por su provocador afán de malditismo y marginalidad. Y por ser antibelicista en pleno siglo XX, al tiempo que un conspicuo prosoviético.
El editor organiza la antología (de la que ha sido copartícipe quien la ha cuidado: Jordi Doce), cronológicamente, en cinco partes: “Primeros poemas (1916-1925)”, “Los años berlineses (1925-1933)”, “Primeros años de exilio (1933-1938)”, “Los años de la guerra (1939-1945)” y “El regreso (1945-1956)”. En cada sección, poemas de sus libros (por orden de aparición) Canciones para guitarra de Bert Brecht y sus amigos, Salmos, Devocionario del hogar, Sonetos de Augsburgo, Del libro de lectura para habitantes de las ciudades, Sonetos, Sonetos ingleses, Poemas chinos, Estudios, Poemas de Svendborg, Colección Steffin, Elegías de Hollywood, Poemas en el exilio, Canciones para niños, Elegías de Buckow y poemas de La venta de latón.
Y ahí, numerosas canciones y baladas (de raíz plebeya y aire medieval, no pocas fueron a parar a sus obras dramáticas: Baal, Madre Coraje y sus hijos…), poemas de amor como “Recuerdo de María A.” (y eróticos y pornográficos), políticos (un ejemplo: “Balada del consentimiento”), pacifistas (“Leyenda del soldado muerto”), hermosas versiones de otros escritos por poetas chinos, contra Hitler (“pintor de brocha gorda”), sobre exiliados, emigrantes y desterrados (fugitivos y supervivientes como él), sobre lugares (donde mejor se aprecia su faceta, digamos, diarística), sobre el teatro (“Sobre el teatro cotidiano”, “El atrezo de la Weigel”…), su ateísmo (a pesar de que su libro favorito era La Biblia), las mujeres (un asunto que, por su presunta misoginia, le señala como objetivo de la cultura de la cancelación)…
Hombre de teatro (“para fumadores”, esto es, para el pueblo llano), el habla estaba en el centro de sus preocupaciones como escritor comprometido. La asociaba al gesto (Gestus, que GT analiza). En busca de la naturalidad, algo tan poco teatral. Prefería el “habla cotidiana”. En los mejores momentos, brilla en sus poemas un “tono seco”, esa precisa concisión que caracteriza a lo epigramático, tan de su gusto.
Es posible que Brecht sea un poeta de antología. Que haya en ingente obra poética piezas prescindibles. Lo que sí sé después de leer este libro (notas incluidas) es que fue autor de un puñado de poemas imprescindibles (“De todas las obras”, “La emigración de los poetas”, “La época de mi riqueza”, “Visita a los poetas desterrados”, “Garden in progress”, “Placeres”…) que justifican este regreso a la actualidad por encima de sus ideas y de las modas.
Sólo una pega cabe poner a la impecable traducción de Gómez Toré: que las canciones, no pocas cercanas a nuestros romances de ciego, rimadas, pierden en español la sonoridad del original. Pero mantener eso era casi imposible, aunque se aprecie, no obstante, en las canciones infantiles que la muestra recoge.
A modo de poética, este par de versos: “Y siempre creí que las palabras más sencillas / Deberían bastar”. 

No pudimos ser amables
Antología poética (1916-1956)
Bertolt Brecht
Edición bilingüe de José Luis Gómez Toré
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2023. 816 páginas. 33 €

NOTA. Esta reseña se ha publicado en el número 149-150 de la revista TURIA.

2.4.24

La Editora Regional, cuarenta años después

Aunque resulte meritoria la labor de González Perlado, Ródenas Pallarés y Murillo, los primeros directores de la Editora Regional de Extremadura, que ahora cumple cuarenta años de vida, uno asocia su verdadera fundación a la llegada providencial a ese honroso cargo de Fernando Tomás Pérez González. Fue en 1995, nombrado por el mejor consejero de Cultura que ha tenido la Junta de Extremadura, su amigo Francisco Muñoz. Fue una década prodigiosa que solo la muerte fue capaz de truncar. Los que llegamos después, salvo contadas excepciones, nos contentamos con seguir la senda que él marcó. No olvidamos que lo fundamental estriba en tener criterio.
Para empezar, y con la inestimable ayuda de otro ser singular: Julián Rodríguez, cambió la cara de los libros, empresa que va mucho más allá de un simple cambio de diseño. Su clásica elegancia tipográfica pasó a ser la genuina imagen de una marca. Paradigma de ello, la colección de Poesía.
Fernando Pérez fue un hombre riguroso, esto es, teniendo en cuenta las limitaciones –en especial, además de las presupuestarias, la de tener que contar con autores extremeños o vinculados a este tierra y la de editar libros relacionados con ella–, puso el acento en el catálogo, que es lo que hace grande o pequeño a un sello. Fue entonces, una vez consolidada su gestión, cuando el prestigiosos editor de Anagrama, Jorge Herralde, dijo que la nuestra era la mejor editorial pública de España. Consúltese a día de hoy (es accesible a través de la página web) y verán dónde ha llegado ese catálogo. Esa es su auténtica medida. Sería una temeridad entresacar tal o cual título, pero abruma el elenco de obras y autores que lo componen.
Su época coincide con la eclosión de escritores extremeños, tanto del interior como de la diáspora, que ponen por fin a las letras extremeñas en el panorama literario del país. La sitúan en el mapa, quiero decir. Autores que aceptan de buen grado incorporarse al citado catálogo.
Es también el momento de decantar colecciones. Entre las nuevas, La Gaveta, Vincapervinca y Ensayos Literarios. Cómo no mencionar entre las clásicas Estudio y Rescate. O los Cuadernos Populares, que están digitalizados en la mencionada web. O la llegada de la novela gráfica de la mano de Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Fermín Solís.
Otro hito de la Editora fue la recuperación en facsímil de la Biblioteca de Barcarrota, proyecto que inició también Fernando Pérez, pero que, por desgracia, no pudo ver culminado.
A lo largo de estos años, la Editora no se ha contentado con publicar libros, su principal misión. Así, ha gestionado las becas a la creación y las ayudas a la edición; organizado los Premios Extremadura a la Creación, que tanto alcance tuvieron; fundado, junto a las Universidades Populares, los talleres de relato y poesía, ahora talleres literarios; y, entre otras actividades de gestión cultural, colaborado decisivamente con el Plan de Fomento de la Lectura, sobre todo en sus inicios, con el proyecto, por ejemplo, de 'Un libro, un euro' en colaboración con la prensa regional, principalmente con el diario HOY.
Lo aportado por la Editora a las dos mejores revistas literarias de la región, Espacio/Espaço escrito y Suroeste, ambas de raíz cosmopolita, es también reseñable.
Nada de todo lo dicho habría sido posible sin la complicidad de los políticos (muy alta en la época de Ibarra) y sin la callada pero constante labor de los escasos miembros de su organigrama. Destaco la meticulosa tarea de una mujer, María José Hernández, jefa de sección de la institución y alma y memoria de la Editora, donde trabaja casi desde que se fundó. Su profesionalidad es sin duda digna de elogio.

NOTA: Este artículo se ha publicado en el diario HOY