30.3.22

Bayaliana

Hervaciana es el noveno libro que publica en Tusquets Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, 1950). Desde Paradoja del interventor, que significó su, digamos, definitiva consagración literaria. Un par de esos libros a que aludo son de relatos: Conversación (2011) y La princesa y la muerte (2001, 2017). Por el primero le dieron los premios Mario Vargas Llosa NH de Relatos y Dulce Chacón de Narrativa Española. En lo que concierne a este género, habría que añadir Un artista del billar (Alcancía, Plasencia, 2004, que reúne dos cuentos: el que da título a la plaquette y “El reloj de oro”) y “Sobre la nieve”, incluido en Doce relatos (,) maestros (La Navaja Suiza Editores, 2018).
Precisamente en una revista (Quimera, número 359, octubre de 2013) se publicó “Adames”, el que inaugura Hervaciana, al que le siguen los inéditos: “Ratón de fondo”, “La condena”, “Ut boves bobis”, “La cólera de Isaías”, “La partida”, “El signo del león”, “Calle del Codo”,  “Coda (del Codo)”, “Arte de prudencia”, “La boutique de nouveautés”, “Pluma 22”, “El profeta Nicolai” y “Cancerbero”. Trece relatos, en suma, de similar longitud que, si bien cada uno narra una trama independiente, todos hacen referencia a lo sucedido en un mismo tiempo y lugar (con mínimas derivaciones madrileñas): la ciudad de Murania y la aldea de Casas del Juglar, en Tierra de Murgaños, que aquí nunca se nombran (sí el Garabero o los Montes de la Pendencia), el territorio donde Bayal ha fundado su particular mundo literario. Más concretamente en el Real Colegio de San Hervacio (“el bestión mascariento”), del que ya dio noticia en libros anteriores (en El espíritu áspero, por ejemplo); trasunto, diría, del Seminario placentino donde estuvo internado algunos años. En la biocronología de Miguel Ángel Lama que se incluye en el cartapacio que esta revista le dedicó recientemente, se precisa que en 1962 empezó “sus estudios en el Seminario Diocesano de Plasencia como alumno interno” en el que “cursó los cinco primeros de Humanidades, y uno y tres meses de los tres de Filosofía”. “En la Navidad de 1968 le invitaron a abandonar el Seminario por falta de vocación”, añade Lama, que a continuación menciona Campo de amapolas blancas. En efecto, se puede afirmar que este libro ya estaba anunciado en aquella nouvelle, para muchos una obra maestra.
Por seguir con lo biográfico –que en Hervaciana es esencial sin necesidad de recurrir al manido tópico de la autoficción–, al comienzo de “Coda (del Codo)” relata que sigue viendo, “cuando las ocupaciones lo permiten y el ánimo lo aconseja”, a varios amigos con los que pasó su primera adolescencia en el Real Colegio de San Hervacio. Se trata de los dedicatarios del libro: Felipe, Abelardo y José María, un Hernández y dos Sánchez. Son esos “pocos compañeros de galeras”, “muchachos de antaño”, a los que se refiere la cita inicial de Zweig, con los que, de hospedería en hospedería, sigue encontrándose.
Quien narra lo sucedido en aquel pobre mundo de ayer empedrado de penurias (con secuencias dignas, a lo Pérez de Ayala, de “nuestro propio y privativo aemedegé”), cuando España (no sé si Extremadura) dejó de ser cervantina, es alguien sin nombre que, insisto, se podría identificar con GHB si no fuera porque estamos ante un ingenio literario y no delante de unas memorias. Digo “nombre” y conviene aclarar que lo que predominan, como en las listas alfabéticas de aquella época, son los apellidos (a excepción de la bella Isidora o el doble portero Sátur): Pastor, Romero, Pelayo, Viñas, Lobato, Calderón, Ruiz, Cantalejo, etc. Algunos, ¿mera coincidencia?, de curas placentinos pretéritos.
No es cuestión de desentrañar los argumentos de los trece relatos y menos sus finales, tan logrados.
El primero, “Adames”, “el poeta”, marca con maestría lo que viene después. Es una defensa de la pura poesía (y no sólo por el fervor juanramoniano y sus “certidumbre invernales”), donde Bayal, en pos de la admiración y en contra de la mediocridad, encuentra el germen de su inclinación literaria, Faulkner mediante. “Aficiones y aflicciones”, diría él. Y ahí una afirmación que señala el tono de esta escritura: “la condición poética es siempre innegablemente desdichada”. Por eso no faltan en estas páginas (recreos y excursiones al margen) la tristeza (somos “seres consciente de nuestra desdicha”), la adversidad (donde “vivimos y nos reconocemos”) y la melancolía (“Nadie se atreve a imaginar una dicha permanente ni una alegría perenne”). Ni, por encima de la compasión, la vergüenza, la aversión, la culpabilidad, el fatalismo (“Ni unos ni otros tenían más horizonte que la continuidad de los días y el aplazamiento de la muerte”), la humillación (el mote, el castigo), la maldad, el miedo o la cobardía. Ni la pobreza y lo rural (que tan bien conoce). Y la realidad que “brinda a veces espontáneos surrealismos”. Ni las habituales alusiones bíblicas y los latines. O los versos, propios y ajenos. Tampoco el humor: irónico (esto es, inteligente), sonriente, sutil. O el silencio y el laconismo, obsesiones plasmadas en su memorable Nemo. Todo se expresa, en fin, “sin heroísmos ni ufanías”. Porque “todo pasa o cansa”.
Como en el resto de la obra bayaliana, la moral (no la hervaciana, “suprema razón” católica a ultranza, reglamentista, basada en el pecado y “la pedagogía de la sangre”) está muy presente. Al cabo, los actos predicen “consecuencias morales”.
Pero es el lenguaje –su estilo– lo que sigue cautivando al lector, lo que no quiere decir que importe más que lo que narra (historias, como la del eclipse de luna, dignas de ser bien contadas), sino todo lo contrario. Sí, se podría hablar de simbiosis. Y de su preciso y extenso vocabulario; de la escasez de puntos y aparte, que tanto tiene que ver con la hipotaxis ferlosiana (léanse las páginas 226 y 227); del sabio uso de los paréntesis (que encierran lúcidas reflexiones particulares, como el de la página 231); de la teoría narrativa que se revela entre líneas (en la página 178, pongo por caso); de los guiños cinematográficos, la lectura (“fruta prohibida de San Hervacio”) y los homenajes literarios (“somos lo que leemos”); de los juegos de palabras (sin “prestidigitaciones retóricas”)… Y, cómo no, del genuino carácter cervantino que encierra, un rasgo extensible a cuanto este autor ha escrito.
Hervaciana, que podría haber dado en novela (de algún modo, en su unidad, lo es), amplía aún más el inconfundible universo bayaliano y vuelve a demostrar que su insondable capacidad expresiva sólo limita con el afán y la voluntad de quien lee. 

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 141-142 de la revista TURIA. 

26.3.22

De varia lección

Estoy de acuerdo con quien ha dicho que Geografía y literatura. Confluencias para la innovación docente a través de una antología poética, obra de Pablo Núñez Díaz, Jesús Ruiz Fernández, Cristina García Hernández, Benjamín González Díaz y Rodrigo Olay Valdés, publicada por la editorial Trabe y la Universidad de Oviedo, es, sobre todo, un espléndido florilegio de la poesía española de dos de las últimas generaciones: la del 68 (o Novísima) y la del 80 (o de la Democracia). Si pinchan en este enlace podrán conocer el índice completo con todos y cada uno de los poemas seleccionados, a razón de uno o dos por cabeza. Insisto: lo mejor, más allá de sus potencialidades didácticas, es lo bien elegidos que están los versos que conforman este singular panorama, fruto del criterio de los autores, sin duda, entre los que sobresalen los jóvenes poetas asturianos Pablo Núñez y Rodrigo Olay. Por lo demás, quienes me han leído saben lo que me interesa la noción de lugar y la poesía del paisaje. La de los elementos naturales: el clima, la vegetación, los ríos y lagos, los glaciares, los océanos, las montañas, etc. La geografía poética, en suma, tan ligada a otro tema clásico de la lírica: el del viaje.

Mi admirada Marina Gasparini Lagrange ha tenido el detalle de hacerme llegar un librito delicioso. Ese envío tiene que ver con mi entrada sobre el centenario de la poeta venezolana Elizabeth Schön, donde mencionaba las fotografías de su marido, que la tenían a ella como principal protagonista. La Fábrica, en su colección PHotoBolsillo, ha publicado Alfredo Cortina. Una mirada informada, ese era su nombre, donde ser reúne una significativa muestra de su labor fotográfica. Nacido en Carabobo en 1903 y muerto en Caracas en 1988, Cortina fue también libretista de radio y televisión, publicista e inventor. En el libro hay retratos, imágenes urbanas y de paisajes del interior de Venezuela. Algunas de sus fotografías fueron seleccionadas por Luis Pérez Oramas para la Bienal de São Paulo de 2012. 
Ariel Jiménez ofrece en su introducción un preciso retrato del fotógrafo y nos explica con claridad su poética fotográfica. Más allá, he disfrutado muchísimo con esas meditadas instantáneas que presentan, no sin nostalgia o melancolía, el campo y la ciudad de las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado. Me han impresionado, sobre todo, las arquitectónicas de una Caracas que dejaba de ser pequeña y provinciana para convertirse en la gran urbe que llegó a ser. Eso por no mencionar los retratos de su esposa Elizabeth en escenarios a cada cual más impactante. 

Fernando Carrillo Cordero es un extremeño de Cáceres (1967) que vivió su infancia en Herrera de Alcántara, en La Raya, y que, como tantos de aquí, ha pasado su vida en la diáspora. Sin olvidar, eso sí, sus raíces. De ello da fe Interminable eclipse. Geografía de una memoria, publicado por la valenciana EdictOràlia, con prólogo de Manuel del Álamo. El suyo es un viaje por los recuerdos. Por un "particular e inconfundible enclave bautizado por el autor como la Finisterra extremeña, una zona aislada, «delimitada por la frontera natural que los ríos Tajo y Sever hacen con Portugal en una caprichosa punta de flecha geográfica que se adentra en el país vecino. Un lugar de no paso, oculto a los ojos del viajero». De Trujillo a Las Hurdes, de La Fontañera al Casar de Cáceres, del Valle del Jerte a la Valencia de Alcántara, de las tierras de Montánchez-Tamuja al puerto de Miravete". Componen el libro veinte relatos breves; "miniaturas de ritmo sosegado y de bellísima factura", según el prologuista. 
Poeta (es autor, entre otros, de un libro de haikus), abre la obra con citas de numerosos poetas extremeños, lo que demuestra que conoce bien la poesía escrita por sus paisanos: "Unos cuantos poetas extremeños (...) me han servido de puente para acercar la distancia", escribe. 
A cada postal, digamos, le corresponde una "nota", que agrupa en la segunda parte del libro, donde hace explícitas algunas referencias -en las que no faltan los nombres propios de escritores, artistas y lugares- y datos sobre ellas. 
En el capítulo "Agradecimientos", traza una breve autobiografía que ayuda al lector a comprender mejor esta emotiva aventura a través del tiempo. Pura memoria. 

25.3.22

Náufragos, 4

 

Conozco el tesón de Salvador Retana y sé bien que cada una de las aventuras artísticas y vitales que emprende viene precedida por una rigurosa meditación que al cabo la justifica, convirtiéndola, de paso, en necesaria y duradera. A pesar de eso, puedo confesar y confieso que no creí que la de Náufragos llegara tan lejos. Cuatro, con ésta, son ya las entregas publicadas (aunque esto sobrepase la mera edición de un texto). Y todo a su costa, sin subvención alguna; fruto de una labor exigente y de la desinteresada colaboración, justo es reconocerlo, de quienes se han implicado en este curioso, sorprendente invento. Y, además, con textos inéditos. Por ejemplo, los que componen esta nueva entrega. Como siempre, Retana procura reunir (y reúne) a escritores afines. Que se sentirían a gusto y confiados, pongamos, en un barco en medio de la tormenta. En este caso, Isabel Bono, Fernando Aramburu y Francisco Javier Irazoki. 
La primera ha metido en su botella de náufraga un breve y enjundioso poema titulado "algunas respuestas son preguntas". Van dirigidas a la artista multimedia Eva Hiernaux (y a sus lectores, obviamente). 
El segundo lanza a este mar que es el vivir su "Discurso de la efímera", la prosa más larga de las publicadas hasta ahora en la colección y que, sin embargo, Retana ha logrado encajar en el bonito papel japonés enrollado que guardan todas. Pertenece a un "libro apenas iniciado" y es una auténtica delicia literaria. Empieza: "Parece ya un hábito inamovible destacar de nosotras las efímeras la escasa duración de nuestra vida". 
El tercero ha encerrado en su botella uno de sus particulares poemas en prosa (con sus calculadas proporciones de lírica y narrativa) de su próximo libro. Lo titula "Barbara" (sin tilde, sí), que es el nombre, como bien saben sus lectores, de su mujer. Es, claro está, un poema de amor emocionante que comienza: "Me hablaban de una joven de París a la que nunca conseguía ver. Una tarde de febrero, entró en el despacho donde yo corregía un libro".
Me alegro mucho de que Náufragos sobreviva a los temporales, cada vez más frecuentes y peligrosos. Nunca nos hemos sentido, ay, más cerca de pérdidas, desgracias y desastres. También por lo que tuvo de visionaria, merece la pena destacar la idea de este hombre íntegro y sereno que no deja de buscar, a pesar de los pesares y en buena compañía, la verdad y la belleza. 

22.3.22

Eso sólo: la vida. La poesía de Otero Seco

Hay libros que se quedan atrás. Ni llega uno a todo ni soy el personaje mallarmeano de “Brisa marina”. Este que voy a comentar, por ejemplo, pudo escaparse, pero por suerte está aquí.
El 24 de septiembre de 2006 anoté en mi blog que Francisco Ruiz Soriano había incluido en su antología La Generación de 1936 (Letras Hispánicas, Cátedra) al extremeño Antonio Otero Seco y anunciaba, de paso, que la Editora Regional de Extremadura (que por entonces dirigía) iba a publicar al año siguiente una selección de sus versos. No fue en 2007 sino en 2008 cuando vio la luz en la acreditada colección Rescate el libro Antonio Otero Seco. Obra periodística y literaria [Antología], editado por Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama. La obra consta de dos volúmenes. En el primero hay un amplio prólogo: “La amargura del exilio”, que completa una bibliografía y los criterios de edición. A eso se le suman los artículos políticos (1936-1939) y los de crítica literaria (1957-1969), de incuestionable valor (léanse, pongo por caso, “La literatura emigrada” o “Jorge Luis Borges o el misterio”).
En el segundo, las narraciones Gavroche en el parapeto (“este libro no es un reportaje ni una novela. Para lo primero le sobra intimidad, para lo segundo le falta fantasía. Es, sencillamente, la impresión de unos hombres que han vivido la guerra en las propias trincheras. Nada más”) y Vida entre paréntesis (“un relato inédito sobre su vida en Madrid tras la derrota” y “la narración más exhaustiva que hizo de sus años carcelarios”, según Espinosa y Lama), así como España lejana y sola. Antología secreta (1933-1970), que recoge casi cien páginas de su poesía en un florilegio, con rótulo lorquiano, que preparó él mismo, publicado póstumamente en Hommage à Antonio Otero Seco (Rennes, Centre d’Études Hispaniques de la Université d’Haute Bretagne, 1971). Además, este tomo incluye un epistolario y un generoso álbum fotográfico.
Otero Seco nació en Cabeza del Buey (Badajoz) en 1905. “Estudia Derecho y Filosofía y Letras en Sevilla, Granada y finalmente en Madrid, adonde llega en 1930 y en cuya Universidad Central se doctorará en Filosofía y Letras”, nos explica Mario Martín Gijón, que le dedicó el artículo “Antonio Otero Seco, escritor desterrado y mediador intelectual entre el exilio y el interior” (Revista de Estudios Extremeños, 2007).
En 1937 se casó con María Victorina San José, con la que tuvo tres hijos: Antonio, Mariano e Isabel.
Su peripecia vital está centrada en la Guerra Civil y en las consecuencias que vivirla con intensidad le acarreó: un consejo de guerra por adhesión a la rebelión militar con agravantes (algo que queda pormenorizadamente explicado en la citada introducción de Espinosa y Lama) donde el tribunal solicitó pena de muerte. Le fue conmutada por una condena de cárcel de treinta años que al final quedaron en muchos menos gracias a una revisión de la pena. Tras pasar por las prisiones de Porlier, Puerto de Santa María y El Dueso, quedó en libertad atenuada en 1941. En 1947, disfrazado de cura, en tren, primero, y en una barca con la que cruza el Bidasoa, después, se exilia en Francia. “Ahí empieza su segunda vida”, sostiene Juan Manuel Bonet. Un suceso que cambió su manera de ser. Él mismo contó que el hombre “barroco, hablador, desordenado e imaginativo” dio paso al “sereno, reflexivo, analítico, cartesiano”.
No sin soportar trabajos crematísticos y de pura subsistencia (lo mismo que le ocurrió en Madrid al salir de la cárcel), fue contratado como profesor de la Universidad de Haute Bretagne en Rennes, ciudad donde vivió desde 1952 hasta su muerte en 1970. “De nostalgia y lejanía”, reza en una placa universitaria colocada en su honor.
Aunque publicó precozmente, con apenas veinte años, varias novelas (El dolor de la vejez, La tragedia de un novelista, La amada imposible y Una mujer, un hombre, una ciudad), su verdadero oficio fue el periodismo. Primero en la prensa regional (Nuevo Diario, Correo Extremeño) y luego en cabeceras como Mundo Gráfico (donde se publicó –con un misterioso retraso– la última entrevista de Federico García Lorca antes de ser asesinado, un significativo hecho por el que sigue siendo recordado), La Voz, Política o –ya en la postguerra– Misión.
“Se convirtió en el cronista del pueblo de Madrid en aquellos días aciagos”, afirman Espinosa y Lama.
En Francia, colaboró con France-Presse, Le Monde (Le Monde des Livres), Les Temps Modernes (en un artículo definió a Madrid como “cárcel con tranvías”) e Ibérica.
También en revistas españolas como Papeles de Son Armadans, Ínsula o Revista de Occidente.
“Yo soy un viejo liberal, demócrata y católico que se ha pasado la vida sufriendo las consecuencias de esa triple desgracia”, le dijo en una carta a Miguel Delibes, que lo calificó de “hombre íntegro”. “Español, liberal, republicano”, se lee en la placa aludida. En otra misiva, a su amigo Antonio Piñeroba, escribió: “Sigo haciendo de la honestidad el mismo culto de siempre”. “La pluma de Otero siempre fue, pese a su experiencia vital, objetiva y respetuosa”, subrayan Espinosa y Lama. Nunca olvidó ni su patria chica extremeña ni a España.
Fue, además, masón, un rasgo que esclarece Manuel Pecellín en su artículo “Antonio Otero Seco, masón extremeño muerto en el exilio” (Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes, 2012).
El lector curioso podrá profundizar en su agitada vida si consulta la obra de la Editora Regional que venimos mencionando. Pero es otro libro de Otero Seco el que hoy nos ocupa. Se trata de Poemas de ausencia y lejanía. Poesía Completa, publicado con mucho gusto por la editorial sevillana Libros de la Herida en su colección Poesía en resistencia. En la cubierta, un retrato del poeta firmado por su hermano Juan en 1936.
Los poemas y documentos que componen el volumen han sido recopilados y ordenados por Antonio y Mariano, hijos del poeta, Edouard Pons y Juan Manuel Bonet, y la edición ha estado al cuidado de José María Gómez Valero y David Eloy Rodríguez.
Conviene precisar que Otero Seco no publicó ningún libro de poesía en vida, por más que se haya demostrado que sí llegó a publicar poemas en revistas.
No podían haber elegido mejor los editores al prologuista, el recién nombrado Bonet, que tan bien conoce el periodo histórico que le tocó en suerte (un decir) a Otero Seco. Sí, el suyo fue, como constatan Espinosa y Lama, un “destino típico, trágicamente, español”.
Me extraña, por cierto, que Andrés Trapiello, íntimo amigo de Bonet, no incluyera al extremeño –que han comparado con Chaves Nogales– en Las armas y las letras, un referente ineludible de ese delicado momento.
“El hueco de una sombra” titula poéticamente Bonet su precioso texto, salpicado de anécdotas, datos y nombres, como corresponde a alguien que maneja un saber enciclopédico. Habla de su faceta periodística en tiempos de la República, de su “complicada vida familiar” por culpa de su detención y posterior juicio y sentencia, de Sevilla y París (una ciudad que “amaba más que ninguna otra”, la natal de Bonet, a la que dedicó una novela inédita: 98, rue du Temple, que va a publicar, anuncio como primicia, Libros de la Herida), de su “incurable nostalgia de España” y de su poesía, como es lógico. “Llaneza máxima, máxima pureza”, son palabras que podrían servir de lema general a su manera de decir, aunque Bonet se las aplique a uno de sus poemas, destinado a su hermana Jacinta, “muerta en olor de sacrificio”, dedicataria de su poesía completa.  
Lamenta el prologuista que no escribiera Otero Seco unas memorias, “por tratarse se alguien que vivió todas las tormentas de España, que luego oteó la península «desde el balcón francés» y que tenía grandes dotes, palpables en su obra crítica, para rememorar el pasado”.
El libro, que conserva un título muy parecido al de la antología que él concibió, está dividido en nueve partes. Al frente, dos citas (una de Collantes de Terán: “Sé pequeño, libro mío, / para que puedan llevarte / las manos de mis amigos”), y otra de Domenchina: “La poesía –como el esqueleto– / es la verdad interior / y póstuma del hombre”) y un poema que no deja de ser una suerte de poética: “[Esta canción…]” que lleva un epígrafe del Romance del Conde Arnaldos: “Yo no digo mi canción  / sino a quien conmigo va”.
La primera, “Viaje al sur” (1930-1936), agrupa una serie de sencillos poemas de aire popular (a la manera del primer Alberti o del Lorca gitano) dedicados a lugares de Andalucía (salvo “Elche”): Vejer de la Frontera, “Celda de Colón en La Rábida”, “Salinas de San Fernando”, “Sevilla”, “Plaza de Doña Elvira”, “Soledad”, “Álora”, “Puerto de Málaga”, “Ceuta”, etc. Incluye una “suite marroquí”, como la califica Bonet: “Tánger”, “Casablanca”, “Mogador”…  Fruto, sin duda, de un periplo periodístico por el norte de Marruecos.
Eso no obsta para que el autor de Diccionario de las Vanguardias en España advierta en estas “postales” “audaces metáforas […] con toques greguerísticos y sobre todo, sí, ultraístas”, que remiten a su amigo Pedro Garfias.
“Con los ojos abiertos I” se titula la segunda parte. “Hay muertos enterrados con los ojos abiertos. Y sólo los cerrarán el día que se les haga justicia”, dice el elocuente epígrafe, tomado de una leyenda indígena guatemalteca. Y ahí, varios muertos. El primero, “Federico”, al que dedica un extenso poema donde aparece “Marianita Pineda”, “tu novia antigua sin saberlo”. Después, “Pedro Luis, yuntero de Badajoz”; el alcalde de Móstoles, Martín Manzano; su padre: se enteró demasiado tarde de su fallecimiento; Miguel Hernández, a quien trató durante su estancia en La Cova, junto a Manises, como relata Otero Seco en un texto autógrafo que dio a conocer su hijo Antonio (el poema se titula “Miguel”, a secas); y Unamuno (“En la España de Caín, / Abel”). Además, el emotivo “Muerte”, escrito también en la cárcel de Porlier: “Te miro y no me ves. Yo siempre aguardo / ese instante sutil que no se siente”.
“Ausencia”, la tercera parte –dedicada “A María, mi mujer”–  reúne tres poemas de amor. “Reloj de ausencia” (fechado en Porlier en 1939 y que presentó a un concurso literario… ¡en 1967!): “Tú tan lejana y triste. Yo tan triste y lejano. […] Tú tan lejos, tan cerca…”; “Canción de las cuatro estaciones” (fechado en el penal santanderino de El Dueso en 1940), donde repite, a modo de estribillo: “María yo te amo”; y “María” (fechado en París en 1947): “Me ofrecerás tu pelo de Guadiana enlutado”.    
En “Mirada interior”, la cuarta, dos poemas, pero muy significativos y logrados: el que da título a la sección y “Yo no tengo la culpa”. Bastarían para considerar a Otero Seco un poeta. “Yo no tengo la culpa de pensar en la muerte, / porque la vida es eso, eso sólo: la vida”.
“Paréntesis sonriente” (1950-1952), la quinta, habla de nuevo del poeta viajero. Son “instantáneas” (Bonet dixit) de Finlandia, el Círculo Polar Ártico, Estocolmo, Dinamarca, Copenhague, Moscú, Roma, Nueva York, París (de aire vallejiano: “El día que yo me muera, París, ¡qué cerca y qué lejos!, / el día que yo me muera / que vaya el Sena a mi entierro”) y el trópico.    
“Exilio”, la sexta parte del libro, toca un asunto, ya se dijo, medular en la vida y, por tanto, en la obra de Otero Seco. Por algo representaba, dijo de él un discípulo, “la encarnación un poco dolorosa de la España exiliada”. Se aprecia bien al leer “Dejadme”, con cita de Machado; “Exilio”, donde las once primeras estrofas (de quince) se abren con un “Moriremos de…” al que siguen las palabras “asco”, “pena”, “angustia”, “odio”, “a chorros”, “dos veces”, “de pie, “de angustia” (que se repite), “pintando”, “de ausencia” y “de otoño” y que se cierra con un “aquí estamos”; y “A los españoles muertos en el exilio”.
Está claro que su poesía es después de ese trance más grave, de tono existencialista.
Viene después “Lejanía”. Y “Madre”: “Siempre espero agonioso que llames a mi puerta”; “Amanecer”, una albada en Porlier que recuerda la famosa canción de Aute; un poema dedicado a su hijo “Antoñito” que en su primer verso habla de “ausencia y lejanía”; a su hija: “Yo no tengo mi casa, mi Mundo, ni te tengo”; una “carta” al Maestro Palmero: “Más que ser o haber sido, lo importante / es el futuro humilde y humanista: Seremos”, y un poema a su hijo Miguel Ángel, también pintor, con motivo de su boda.
“Poemas fechados” recoge los dedicados a la llegada de De Gaulle al gobierno de Francia; la caída de Batista en Cuba y la victoria de Castro, que dedica a su “hermano” Piñeroba; al vigésimo octavo aniversario del golpe de Estado de Franco (y por cada uno, una corbata); y a la publicación de un libelo contra Neruda.
En “Con los ojos abiertos II” vuelve sobre Miguel Hernández (“X Aniversario), su hermana Jacinta, su madre (con abanico negro), “Don Antonio” (en el XXV aniversario de su muerte de Colliure) y otras personas con la que se relacionó. Se cierra esta parte y ya el libro con un par de poemas significativos: “Ayer” y “Hoy”, una especie de díptico, y “Vendrás”, donde conversa con la muerte: “Vendrás / pero no te veré”.
La modélica edición se completa con las primeras versiones de no pocos poemas (para amantes de la filología); un epílogo que firma su hijo Mariano, acaso el que más ha luchado por el rescate de la obra de su padre, ilustrado con algunas fotografías familiares como las que aparecieron en el segundo volumen de Espinosa y Lama; y una pertinente nota editorial.
Por breve que sea la obra lírica de Antonio Otero Seco, que tanto tiene de testimonio y de crónica, nos parece feliz este rescate, e incluso necesario. Para completar el panorama de la poesía española del siglo XX español y darle al canon lo que merece. Se lo comentaba aquí atrás el editor Abelardo Linares, que tanto ha hecho y hace por la recuperación de obras olvidadas o perdidas, al periodista José Luis Argüelles: “el canon requiere que cada generación lea y relea la historia de la literatura”. “Hay bastante deuda con esos escritores, empezando por el rescate de muchos textos”, añadía que con respecto a los exiliados. Este puñado de poemas verdaderos contribuye a saldar, siquiera en parte, esa deuda.

Poemas de ausencia y lejanía. Poesía completa
Antonio Otero Seco
Libros de la Herida, Sevilla, 2021. 232 páginas. 18,00 €

Nota: esta reseña se ha publicado en la revista digital EL CUADERNO.

 

 

21.3.22

Día Internacional de la Poesía

Así lo celebra la Diputación de Cáceres. Con "Calles secundarias", un poema de Plasencias, y una bonita postal de hace cien años titulada "Vista de la ciudad al poniente". Gracias. 



19.3.22

PREMIO DE POESÍA “GABRIEL Y GALÁN”


         
La “CASA-MUSEO GABRIEL Y GALÁN” de Guijo de Granadilla (Cáceres) convoca el XXXVII Certamen regido por las siguientes bases.

1ª Podrán optar al PREMIO DE POESÍA “GABRIEL Y GALÁN” todos los poetas de habla española que lo deseen, con originales inéditos escritos en Lengua Castellana ó Dialecto Extremeño.

2ª Los premios se distribuirán del modo siguiente:
- Primer premio dotado con 600 €.
- Segundo premio ó accésit de 450 €.

3ª Las composiciones serán de tema libre, EXTENSIÓN MÁXIMA DE CIENTO CINCUENTA VERSOS.

4ª No podrán participar en el Certamen los poetas que hubieren obtenido el PRIMER PREMIO hasta que hayan transcurrido CINCO CONVOCATORIAS.

5ª Los originales deben presentarse escritos a MÁQUINA U ORDENADOR, DOBLE ESPACIO Y POR CUADRUPLICADO. Se enviarán a la siguiente dirección:
PATRONATO CASA-MUSEO “GABRIEL Y GALÁN”
Plaza de España, 11 – Tlf. 927 439700 – Fax 927 439356
10665 GUIJO DE GRANADILLA (Cáceres) España.

6ª El plazo de admisión de trabajos finalizará el día 22 de abril de 2022.

7ª Cada autor podrá presentar UN SOLO TRABAJO y no serán devueltos los que se reciban ni se mantendrá correspondencia sobre ellos.

8ª Se utilizará, preceptivamente el sistema de “LEMA” y “PLICA”.
Serán eliminados los poemas que permitan de alguna forma la identificación del autor.

9ª El fallo del Jurado será inapelable y se dará a conocer en mayo en Guijo de Granadilla, durante los actos que se celebran con motivo de la Fiesta de Exaltación de la Poesía, será el segundo domingo de mayo.

10ª La CASA-MUSEO se reserva el derecho a la publicación de los trabajos presentados.

11ª Cualquier duda en la interpretación de estas Bases será resuelta por el Jurado de forma inapelable.

12ª El hecho de concurrir a este Premio supone la aceptación de las presentes Bases.

GUIJO DE GRANADILLA, 1 de febrero de 2022
CASA-MUSEO “GABRIEL Y GALÁN”
   

14.3.22

Un viaje de invierno (Ginebra)

Nos lo advirtió la embajadora: "Mañana será mejor que vayáis en tren a Ginebra y no en coche. Viene Lavrov, el ministro ruso, y la ciudad estará tomada por razones de seguridad". Ferrocarril y Suiza, una perfecta combinación. Fuimos primero en autobús hasta la termal Yverdon-les-Bains y desde allí, ya en tren, directos a Ginebra. En menos de una hora. Nos acompañaban Mercedes, Jaime y Bárbara, de vuelta a Madrid. 
Tenía muchas ganas de conocer Ginebra. Es uno de esos sitios que uno tiene mitificados gracias a la literatura. A la poesía, mejor. En ella vivió Jorge Luis Borges en distintas etapas de su vida. Durante la Gran Guerra, del 14 al 19 (cuando su padre vino a Europa para intentar frenar su ceguera, la misma que heredó Georgie) y ya al final, en 1986, cuando le diagnostican cáncer de hígado y sabe que va a morir. A Ginebra, "una de mis patrias", le dedicó su último libro de poemas, Los conjurados: "Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas. / Han tomado la extraña resolución de ser razonables". 
En Atlas (1984) escribió: "De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad. Le debo, a partir de 1914, la revelación del francés, del latín, del alemán, del expresionismo, de Schopenhauer, de la doctrina del Buddha, del Taoísmo, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires. También la del amor, la de la amistad, la de la humillación, y la de la tentación del suicidio. En la memoria todo es grato, hasta la desventura. Esas razones son personales; diré una de orden general. A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo". Y volvió, incesante viajero, antes de su partida definitiva. 
Por eso le dije a Jorge -nuestro guía en su ciudad natal- que sólo había una cosa que quería hacer en Ginebra. Bueno, dos. Visitar su tumba y la casa donde vivió sus últimos días.
Cerca de la estación, tras recorrer algunas calles (en una de ella, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, el MAMCO, cerrado por ser lunes), llegamos a lo que parece un parque o un jardín, no un cementerio, el de Plainpalais, reservado a los ginebrinos ilustres. Nos costó dar con su tumba. Hasta que vimos un plano del lugar con los nombres de los allí enterrados. Como cuenta Alberto Infante, esta contiene "una lápida del escultor Eduardo Longato, una piedra rugosa de contornos irregulares en cuyo anverso figuran el nombre y las fechas de nacimiento y muerte, una inscripción en anglosajón antiguo y un grabado que representa una escena de la balada de Maldon en la que siete caballeros sajones con las espadas rotas se encaminan en fila hacia la muerte. La inscripción proclama: «Que no teman». La mayor parte del reverso lo ocupa el bajorrelieve de un barco vikingo (en clara alusión al navío con que sus guerreros viajaban el más allá), una frase en ese idioma, y una leyenda en español: «De Ulrica a Javier Otárola». Ulrica es el personaje que da título a un cuento de El libro de arena, la frase es la leyenda introductoria de ese cuento y se refiere a la espada que se clavaba entre los amantes para impedirles la unión antes del desposorio, y Javier Otárola es el protagonista del relato". Fue un momento emocionante. 
Nos dirigimos después hacia la parte antigua. Antes, atravesamos el Parc des Bastions, al lado de la Universidad, debajo de la antigua muralla y del Banc de la Treille (el banco de madera acaso más largo del mundo), donde se levanta, imponente, el Muro de los Reformadores: Juan Calvino, Guillaume Farel, Théodore de Bèze y John Knox. En él está grabado el lema de la ciudadPost Tenebras Lux (Después de las tinieblas, la luz). 
Pasamos por numerosos monumentos: la sinagoga Beth-Yaacov, la Iglesia Rusa (donde bautizaron a la hija de Dostoyevski que murió cuando el escritor ruso residía en Ginebra, enterrada en Plainpalais, como Calvino y Borges), el Gran Teatro...
El centro estaba bastante animado; a pesar del frío, lleno de gente sentada al sol (se puede ver arriba, en la Place Bourg du Four). Callejeamos. Y visitamos la catedral de Saint-Pierre, que impresiona, aunque en ella impere la sobriedad protestante. La capilla de los Macabeos rompe, gracias a sus espectaculares vidrieras, esa serena austeridad.

Cerca, el Collège Calvin, fundado por el propio Calvino en 1559, donde estudió el adolescente Borges. Y en la Vielle Ville, en el chaflán izquierdo del número 28 de la Grand Rue, la placa de cemento blanco con un poema grabado que recuerda al viajero que allí vivió el poeta argentino.
De camino al restaurante donde íbamos a comer, nos cruzamos con el escritor Jöel Dicker, autor de la famosa novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, que se hacía un selfie con algunos admiradores en la calle, llena de banderas, del Ayuntamiento. Hace apenas unas semanas El País Viajero seguía su personal ruta ginebrina. 
Para sorpresa de Jorge, encontramos mesa en el tradicional Café Papon. Yolanda y yo nos decantamos por un clásico de la casa: hachis parmentier de joue de boeuf mitonnée au vin rouge. Vamos, carrillera de ternera picada con parmentier al vino tinto, dice el traductor de Google. 
Era gratísimo pasear por las calles de Ginebra a primeras horas de la tarde. Aquí y allá, placas que nos recordaban que en esta casa nació Rousseau y en aquella Saussure. No existe ninguna dedicada a los poetas españoles José Ángel Valente y Alfonso Costafreda, que a uno le conste, cuya poesía tanto admiro. Los dos vivieron allí y en esa ciudad murieron. En 2000 (los años de nacimiento y muerte de Valente coinciden con los de mi padre) y 1974, respectivamente. No he leído Valente Vital (Ginebra, Saboya, Paris), el libro editado por Claudio Rodríguez Fer y Blanco de Saracho en el que habrá mucha información al respecto. Pedro Gimferrer (luego Pere), visita al poeta gallego en 1963 y le dedica, "para corresponder de alguna manera a tu generosa hospitalidad y acogida", su poema "Invocación en Ginebra", analizado concienzudamente por Túa Blesa. En él leemos: "Ginebra, el Leman, rúas, anticuarios, / libro, hallazgos, y luego / la catedral depone sus ojivas, / bronca grandeza de Calvino".
Costafreda, tan injustamente tratado por unos y por otros, funcionario de la OMS desde 1955 (organización de la que Valente era traductor), escribió Suicidios y otras muertes, un título, al parecer, premonitorio que fue publicado póstumamente. Su poesía completa está en Tusquets. 
Ni al poeta sevillano Aquilino Duque, funcionario internacional (traductor de la FAO, según creo) como Valente (del que fue amigo y con el que tomó whiskies, evoca Lutgardo García) y Costafreda. Recordaba en un artículo lo que le llamó siempre la atención ver "en pleno corazón de la ciudad de Calvino", a la entrada de La Société de Lecture, "a media ladera de la empinada Grande Rue", la frase, atribuida a Santo Tomás de Aquino: "Timeo hominem unius libri" (Temo al hombre de un solo libro"). Además de cafés, restaurantes y talleres de relojería, vimos librerías de viejo en las que, sin dudarlo, habría entrado mi amigo Melero, pero cuyas puertas uno, pobre y sin alma de bibliófilo, no se atrevió a franquear.
Nos dirigimos después al Leman, donde está, ya saben, desde 1886, el Jet d'Eau, esa fuente resumida en un chorro incesante de quinientos litros de agua por segundo que alcanza una altura de 140 metros, nos informa la Wikipedia, que añade: "cuando está en funcionamiento, hay unos 7.000 litros de agua en el aire en cada momento".
Me asombró la limpiezas de las aguas (bueno, allí limpio está todo), algo que ya había observado al cruzar uno de los puentes sobre el Ródano, el río que pasa por Ginebra y desemboca en el Mediterráneo.  


Paseamos por sus orillas un rato. Compramos, como cualquier turista que se precie, imanes para los frigoríficos de hijos y madres; distinguimos el hotel Beau-Rivage (con este nombre hay hoteles por distintos lagos suizos, el de Neuchâtel, por ejemplo), a cuyas puertas fue asesinada Sissi; divisamos a lo lejos la elegante silueta de los Alpes... En los alrededores, la zona de tiendas de las grandes marcas. De moda, joyería, relojería...
Aprovechamos para comprar otro regalo ineludible: el chocolate. Pese a que mi abuelo lo fabricó, confieso que no me apasiona. Bueno, si es suizo... O belga, que a veces llega a casa por deferencia de la familia bruselense.
Cansados y contentos volvimos a Grandson. Esa noche, la última en Suiza, estábamos invitados a cenar en casa de nuestros anfitriones. Perfectos anfitriones, sin duda. Christophe preparó una ensalada de canónigos (el paisaje, diría Bayal, que más me gusta) y una deliciosa carne acompañada de colmenillas y puré de patata. De postre, naranjas con canela. En el espacioso, acogedor salón, mientras conversábamos, permanecía encendido el fuego de la chimenea. 
Lo peor de la velada fueron las horas que nos costó rellenar el dichoso formulario covid (para poder entrar de nuevo en España) debido a un bloqueo del sistema informático que, entre otras lindezas, se negaba a reconocer a Plasencia como ciudad. Esos engorrosos trámites casi nos amargan la noche. Al salir, con el código QR impreso y en el móvil, a unas horas intempestivas para Grandson, ya madrugada, el silencio era casi total, sólo roto por el sonido del agua que vertían los bonitos surtidores de las fuentes, otra bendición de ese lugar. 
A la mañana siguiente tomamos el tren en la estación de Yverdon, donde nos dejó Christophe, que iba camino de Berna, y en él culminamos la línea hasta el aeropuerto. De nuevo el paisaje ameno y las montañas nevadas a lo lejos. Sin engorrosos trámites, con puntualidad suiza, embarcamos en el avión a las 14:10. Antes de lo previsto, y tras un plácido vuelo, aterrizamos antes de las cuatro en Madrid. Aproveché el trayecto para seguir leyendo a Trapiello, aunque sin perder de vista la ventanilla y el bendito suelo. 
Han sido, y siguen siendo, años duros. La pandemia, la crisis, ahora la guerra... Eso, que no es poco, y otras historias personales que, como todos, uno debe soportar y asumir. C'est la vie. Por eso este breve, modesto viaje ha sido tan importante. Salir del pueblo, que es tanto como salir de uno (todo viaje es interior), era, ahora lo sé, una necesidad. Gracias, Jorge. 

12.3.22

Un viaje de invierno (Grandson, Neuchâtel)


Con tiempo y paciencia, uno ha ido perdiendo, o casi, el miedo a volar. A los aviones, quiero decir, esas máquinas maravillosas de perenne diseño vanguardista. Sufro en el despegue, con ciertas maniobras en el aire para alterar o fijar el rumbo (soy hipersensible al movimiento, propenso al mareo) y con las turbulencias, supongo que como todos. Lo mismo me pasa con la claustrofobia, más cuando vuelas encajado en los asientos de las compañías de bajo costo. Aunque dicen que es el momento más delicado, disfruto bastante del aterrizaje. Tanto gusto me da sentir que el aparato toma tierra (y uno con él) como extrañeza cuando se despega del suelo, donde más humano, ay, me siento. Tranquilo del todo, ya se ve, no voy, pero es que nunca me he sentido así en mi vida. Soy un nervioso nato, poco importan las circunstancias. Ahora, si bien no desabrocho el cinturón de seguridad ni me levanto del asiento para nada, puedo observar el paisaje desde la ventanilla (que, si es posible, siempre ocupa Y.) y hasta leer. No cualquier cosa. Elijo muy bien el libro que ha de acompañarme en ese delicado trance. Para esta ocasión vi claro cuál sería. Reservaba, desde hacía meses, La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2021), de Andrés Trapiello, número 100 de Vandalia, la colección sevillana de la Fundación J. M. Lara, para alguna fausta ocasión. No me equivoqué al escogerlo. Era su momento. Allí arriba, con los Pirineos debajo, primero, y los majestuosos Alpes, después, pintados de blanco por la nieve, sobrevolando las tierras pardas de Francia, ríos y ciudades que siempre he soñado visitar, leí las primeras páginas de ese libro tan singular en nuestro panorama, una suerte de autobiografía lírica, que, como imaginaba, me cuesta soltar, de ahí que condure su lectura. 
El vuelo fue corto y apacible. Doméstico, sí. En el aeropuerto de Ginebra nos esperaba nuestro anfitrión: el diseñador y galerista Jorge Cañete. En su coche, con sol aún, recorrimos la distancia que separa la ciudad natal de Rousseau de la localidad de Grandson, a orillas del lago Neuchâtel, donde está La Galerie Philosophique, que también es su casa. En el cantón de Vaud, preciso, donde nació el extraordinario poeta Philippe Jaccottet. 
Hacía veinte años de nuestro primer viaje a Suiza. En aquella ocasión visitamos la musical y artística Lucerna, en la parte alemana. Al contemplar el paisaje, confirmó uno de inmediato su aprecio por este país aburrido, dicen, y eficiente donde, entre montañas, a uno no le importaría vivir. 

El pequeño hotel Du Lac era discreto, limpio y confortable, a tono con Grandson, un enclave medieval con castillo. Muy cerca de la casa de Jorge y su compañero Christophe, donde fuimos apenas llegamos para ver cómo había quedado Extremamour, con fotografías de Patrice Schreyer y versos de uno, el verdadero motivo del viaje. En compañía de J. y de C. y de la artista Mercedes Lara (que expondrá en septiembre en La Galerie), su marido Jaime y su hija Bárbara (con los que felizmente compartimos la visita los dos primeros días), nos acercamos a las orillas del lago para cenar en Les Quais. Tomé la soupe de potimarron, parfumée au gingembre et citronnelle, graines de courges et croûtons de pain, que me entonó de momento, y los filets de perches meunières, sauce tartare, sauce ciboulette, peces del mismo lago, por cierto, que, al salir, golpeaba con sus olas el muelle debido al fuerte viento. El que llaman bise
El frío exterior obliga a mantener los interiores calientes. Demasiado a veces, en especial si tratas de dormir en una cama ajena y con una almohada demasiado baja. Por suerte, durante nuestra breve estancia no llovió y pudimos apreciar en toda su belleza el paisaje que rodea Grandson. Nuestro segundo día de estancia, domingo, aprovechamos la mañana para subir a la montaña. Hablo del Macizo del Jura, frontera con Francia. Me resultó imposible no acordarme de María Zambrano que, a finales de los 60, se instaló, junto a su hermana Araceli, en «La Pièce», una casa humilde que está relativamente cerca del lugar en el que estábamos, donde escribió su obra maestra Claros del bosque y recibió la visita de españoles residentes en Ginebra como su primo Rafael Tomero, Rafael Martínez Nadal, Joaquín Verdú de Gregorio y los poetas Aquilino Duque y José Ángel Valente, quien dio forma definitiva al citado libro y que tanto conversó con ella. 

Pisamos la nieve y contemplamos largo rato los Alpes, que teníamos enfrente (sobresalía el perfil del mítico Mont Blanc), y el lago, que quedaba a nuestros pies. Tras visitar una quesería, regresamos a Grandson. Para degustar algunos de los quesos recién adquiridos y otras ricas viandas (canapés, bocadillitos, tartas...) en casa de nuestros amigos. Se unieron al grupo Aurora Díaz-Rato, antigua Embajadora de España en Suiza y en la actualidad en la Oficina de las Naciones Unidas y otros Organismos Internacionales, con sede en Ginebra, y su marido, Ignacio Montes, director en su día del Instituto Cervantes de Dublín y Bruselas. Les acompañaba la novia de uno de sus hijos. Pasamos un rato muy agradable y en la charla no faltó Extremadura (una región que todos conocían bien) y, en concreto, la próxima edición placentina de Las Edades del Hombre, donde quedamos en volver a vernos. 
Nuestros horarios no son los suizos ni comemos al mediodía, pero ya lo dice el refrán... Tampoco aquí inauguramos una exposición un domingo a las tres de la tarde. Para mi sorpresa, la vernissage fue un éxito y la galería se llenó. Los primeros en llegar fueron Patrice, poco amigo de las multitudes y de hablar en público, y su mujer, Floriane, muy sensible y atenta, la autora de las fotografías del acto. Además, suizos llegados, en su mayor parte, de Neuchâtel, Berna, Lausana y Ginebra, entre los que no faltaban españoles residentes en esta ciudad cosmopolita. La familia de Cañete, por ejemplo. Sus padres (de Málaga y Tarragona) y sus hermanas, nacidas como Jorge en Suiza. Su madre, Carmen, nos causó una gratísima impresión (con ella estoy en la foto). Son gente cercana y cariñosa. 

A pesar de que me pierdo en estos saraos por falta de eso que llaman "habilidades sociales", también saludé, entre otros (a los que pido perdón por no mencionar), a la simpática artista alicantina residente en Lausana Silvana Solivella (que me traía recuerdos de otro ginebrino temporal: el poeta Jenaro Talens), tan salada como sus obras, y a otras personas que acudieron a la inauguración. 
Las primeras palabras las pronunció Cañete, comisario de la muestra e impulsor de la idea de reunir la obra de Schreyer con la poesía de uno. No iba desencaminado cuando concibió esa colaboración y, al ver las imágenes que Patrice captó en la Extremadura triste e invernal de finales de diciembre de 2021, a uno le costó muy poco componer (si se me permite utilizar esta palabra algo pomposa) los dísticos, que a modo de impromptus, acompañan a sus melancólicas fotografías. Por lo demás, el diseño de Extremamour dice mucho del gusto y del rigor de Cañete como galerista. Jugaba a su favor el recinto de la galería, en los bajos de un vetusto caserón de la Rue Haute donde ellos también viven. Sí, de hecho la galería se extiende por las dos plantas superiores, las de la vivienda propiamente dicha. Paredes y suelos, mesas y otros muebles ocupados por una genuina colección de arte contemporáneo que no deja impasible al invitado. Se nota que allí vive un diseñador de interiores. Y dos personas con gusto. Acompañados, se me olvidaba, de un perro, el zalamero Lancelot, y un gato, el esquivo Zurbarán.

A la intervención de Cañete siguió nuestra lectura. Valéry Mayer (otra persona encantadora, merci bien) vertía con naturalidad al francés lo que uno iba leyendo con la menor afectación posible, según costumbre. Textos que, gracias a la meticulosa labor del comisario, alcanzaron su debido rango literario en esa querida lengua (la de mi bachillerato, la de la especialidad por la que oposité hace mil años al Magisterio) en la que me atreví a decir, antes de empezar y después de pedir perdón por mi pronunciación, unas palabras. Todo en veinte minutos. 
Como había comida y bebida y era domingo, la vernissage se prolongó durante horas. Conversaciones fluidas, risas y encuentros, saludos y hasta firma de ejemplares de la antología de poemas que editó La Isla de Siltolá con selección y prólogo de Jordi Doce. 

Nos fuimos después a Neuchâtel para cenar. Esta vez se sumaron al grupo habitual Patrice y Floriane. Dimos antes un paseo por las calles dieciochesca de esa preciosa y opulenta ciudad lacustre (famosa ahora por sus relojes y antes por sus tejidos) de la que fue soberano el mismísimo rey de Prusia. Subimos por unas empinadas escaleras hasta la catedral (donde unos lobos de bronce de tamaño natural asustan a cualquiera, tan realistas como los búfalos que encontramos a la salida del aparcamiento, obras del mismo escultor) y terminamos la gira en Maison des Halles, un restaurante situado en los bajos de un edificio construido en 1569 y que está calificado como monumento histórico. Bien aconsejado por Jorge, pedí el típico saucisson neuchâtelois des Ponts-de-Martel sur lentilles vertes à la crème. Una delicia. Potente, eso sí. A los postres, sorprendieron a Y. con una tarta de chocolate que llegó acompañada de unas velas y del oportuno cumpleaños feliz. No era ese mal sitio para celebrar uno más. 
Aprovecho para decir que mi intención de beber cerveza suiza se malogró desde el principio y sin remedio ya que la costumbre, tanto en casa como fuera, es acompañar la comida de vinos de la zona, muy ricos, sin duda; en especial, los blancos. 
La segunda noche dormí, a pesar de la salchicha, algo mejor, no sin antes doblar la almohada de aquella manera y dejar a los pies el agobiante edredón. 





9.3.22

Cuatro poetas de la claridad

La casualidad ha querido que me cruzara con estos cuatro libros que voy a comentar. Dos son del año pasado y los otros dos de este. De entre todo lo que llega, uno tiene que elegir. Eso es fácil a veces. Porque el libro en cuestión es de un autor cuya poesía aprecias, al que puede que conozcas (el patio lírico es pequeño) e incluso porque sea tu amigo. En otras ocasiones... 
Si hablo de los cuatro a la vez es porque, a pesar de que cada uno posee una voz propia, tienen algo en común. La claridad, por decirlo con una sola palabra. Sí, la poesía que guardan es transparente. Sencilla, pero profunda. Nada más vano e insustancial que cierta prepotente pirotecnia verbal que pasa, o eso querrían sus practicantes, por compleja. Complicada y gracias, pura filfa. Estos versos, sin embargo, son fruto de la naturalidad y, por eso, fieramente humanos. En ellos, lo real -la vida de cualquiera- se abre paso. Con el tono asordinado de lo dicho confidencialmente y en voz baja, cuando se conversa.  
Dos de los poetas son, digamos, de la generación de los 70 y otros dos de la siguiente, la del 80 o de la Democracia. Los primeros nacieron en 1948 y 1954, respectivamente. En el 60 y el 64 los segundos. Hablo, en orden de aparición, del venezolano (de Valencia) Alejandro Oliveros, del coruñés Xavier Seoane, del alicantino Antonio Moreno y del madrileño Antonio Cáceres. De sus libros: Poemas de la luna líquida (Pre-Textos), Razón del desencanto/Razón do desencanto (Reino de Cordelia), Lo inesperado (Renacimiento) y La luz más quieta (Fundación José Manuel Lara/Vandalia). 
Oliveros, uno entre tantos poetas venezolanos de categoría, ya reunió en la misma editorial valenciana su poesía escrita entre 1974 y 2010 bajo el título Espacio en fuga. En su última entrega están muy presentes las circunstancias políticas de su país y, en consecuencia, el mal del exilio. Nada más lejos, sin embargo, de la poesía social o de protesta (léase "A la manera de Bertold Brecht" y "De guerras y revoluciones", tan actuales). No, la discreción y la elegancia son también elementos comunes de estos cuatro libros cuyos autores, por penosas que sean sus vidas (y, como casi todas, lo son siquiera a ratos), no se dejan llevar por el desgarro o la queja. Por "Cuaderno de Milán", primera parte de Poemas de la luna líquida, pasan Mallarmé en Tournon ("La melancolía / se ha apoderado de mí..."), Machado en Madrid, Milosz en Berkeley, Zhivago en Moscú, él en su tierra natal (que es la infancia, con sus padres y su tío en Playa Blanca, Nirgua y Bejuma) y en Roma, Ferrara y Milán, con su nieto Alessandro. En "Luna líquida" están los sueños, las nubes, la música, Manrique, los muertos ("Los únicos / que saben de la vida")... En "Exilios" ("Cada exilio / es de la muerte un ensayo") un puñado de poemas memorables, a cada cual mejor. Termina con "Antología griega. Imitaciones y anónimos", otra delicia. Por ejemplo, "Anónimo de Siracusa" o "Anónimo alejandrino". En los dedicados a Heliodoro y Siro, Venezuela está al fondo. 
Razón del desencanto/Razón do desencanto, el libro -en edición bilingüe- de Seoane, participa del diario y de la crónica. Está divido en nueve partes y todas rezuman vida. Vivencias. Las de un hombre que echa la vista atrás, recuerda y escribe. Estos poemas. De la infancia, la belleza, la juventud... Viajes, guateques, manifestaciones, confesionarios, lugares, naufragios... De cómo eran las cosas entonces, con la política o la religión. Crónicas, en suma, de "un tiempo sin retorno" que, sin embargo, queda atrapado y rememorado en estos versos que fluyen con naturalidad desde la memoria. Tienen, claro, su porción de "recuento" o balance. Está también la muerte de la madre, su ciudad marítima (los cafés, el puerto, las gaviotas, sus cielos). En "Del azul", la quinta sección, lo meditativo se impone y la melancolía aflora. "Amé la vida como quien se enfrenta / a un vago sueño". En "Plegarias", los alumnos que pasaron por sus aulas o una anciana que empuja su carrito. "La vida es un misterio, una muda tragedia", dice, y ya se ve que el verso es a veces aforismo. En "El arte" elogia a Morandi, otro poeta. Su tesón y su paciencia. "Mirar era sentir, saber, soñar". "Blues de la derrota" cierra este libro -tan ligero como denso, tan asequible como hondo- de un hombre que ha alcanzado la triste edad del no retorno y que gustará especialmente a los que, nacidos en España, ya estamos ahí. 
Lo inesperado, ahonda en la ya larga trayectoria poética de Antonio Moreno. De pocos poetas españoles contemporáneos se siente uno más cerca. "Hay algo dulce en caminar a solas". ¿Se puede empezar mejor un libro? ¿Un verso así no nos impulsa a seguir leyendo como quien emprende un apetecible paseo? Pronto, lo humilde, razón de ser de esta poesía. La vaina del guisante, el tomillo. Y los pinos, las viñas, los grillos ("El universo leve de los grillos"), el canto rodado, la maceta que le regaló su madre muerta, el rellano de una escalera, la flor de Pascua... Su poesía es una incesante meditación. Y un bonito, envidiable canto de amor: "Andan juntos", "Nocturno en Jávea"... A Bárbara.
En "La mañana", la luz, el Mediterráneo. En "El ser aislado", "De sí mismo" y "Nec spe nec meta" (sin miedo ni esperanza, "porque a esta edad, después de tanto, ya / se sabe, no se espera nada y duele, / sin embargo, decir adiós al mundo"), la identidad. La natural sencillez de esta escritura está presente en "El padre". En "Como Ulises", un poema breve, su solvencia lírica. 
"En una cala" leemos: " No es quien mira el que da sentido al mundo: / el mundo se lo da al que ve y escucha / con un fervor nacido de las cosas". 
"Ascética" no deja de ser, y perdón por la rima, una poética. "Lo inesperado", una indagación sobre el alma. 
Como ha escrito Andrés Trapiello (que fue editor de Moreno), "la naturalidad es a menudo la facilidad de lo difícil". Una frase que bien podría aplicarse al modo de decir del poeta.
No es extraño, como se nos indica en una nota final, que la inmensa mayoría de los poemas que componen este libro estén escritos en apenas cuatro meses. La unidad de tono es evidente. Y que se concibieron en estado de gracia, también. 
De Antonio Cáceres comentamos aquí, hace cuatro años, su penúltimo libro: Tono menor, cuyo título alude a su poética y, si no me equivoco, a la de los autores que reúno en esta reseña. Al menos ya hay alguna fotografía suya en internet. Sí, "una música antigua que es humilde" podría ser un lema de su poesía. Sin necesidad de recurrir al manido recurso del vino, está claro que ésta envejece muy bien. O, mejor, que Cáceres escribe, a medida que se hace mayor, cada vez mejor. Los poemas de La luz más quieta  lo demuestran de sobra. La luz, que no sólo brilla en el título, es una palabra clave (léase "¡Luz, más luz!". Y es que de iluminar se trata. Lo que aparece en un sugerente estado de "vigila ensoñada". Sin temor a la rima y al metro clásico. Y a pesar de que siempre es arriesgado escribir sobre sueños. Desde la incertidumbre: "No sé muy bien ahora dónde estoy. / Mis pasos ¿hacia dónde van?". Sobre la identidad, tema eterno, indaga. En poemas como "Desnudo (La visita del ángel)" o el machadiano "Conversación". La memoria, el amor ("Pequeña albada"), un mandarino, los veranos de la infancia (cuando estaba en el Balneario del Carmen o en Babia), como un niño que mira por un caleidoscopio, fijan "Allí, esa luz más quieta". Y la lechuza, un álamo, la tierra en barbecho ("Es la belleza / que salta donde quiere / y por sorpresa"), el galgo, los cielos de Zahora, la ropa tendida, los libros ("Si hay cerca de los libros un jardín, / no os falta nada"), los estorninos... También las máscaras (la identidad de nuevo) y la tristeza. En "Era el abril más triste" narra su dura experiencia con el covid, como no había leído hasta ahora. (Aclaro que no conozco el libro de Fernando Beltrán, aunque sé que va de eso.) Al final, poemas tan logrados como "ideario mínimo de año nuevo", "Lampas (Museo de Mérida)", "Nadieshda Mandelshtam cuida la memoria de Ósip" o el gongorino y virtuoso "Nostalgia de la Tercera Soledad".
Creo que ha sido una suerte poder leer estos cuatro libros. Por eso me he atrevido a comentar en voz alta esa gustosa experiencia. 

2.3.22

Extremamour: el estreno

Aunque pretendo escribir una crónica, como las que acostumbro, sobre el corto pero intenso viaje a Grandson y Ginebra para asistir a la inauguración de la exposición "Extremamour" (en La Galerie Philosophique), con fotografías del suizo Patrice Schreyer a las que acompañan versos de uno, adelanto algunas imágenes del acto (muy concurrido, por cierto) y un vídeo. El comisario de la muestra es Jorge Cañete, ginebrino de nacimiento e hijo de un andaluz y una catalana. En noviembre estará en Trujillo. Y esperamos que más adelante en otros lugares. Plasencia, por ejemplo. Seguimos.