6.5.21

Leyendo a Calasso

Estoy disfrutando mucho con el librito de Roberto Calasso Cómo ordenar una biblioteca (Nuevos Cuadernos Anagrama), que sobrepasa con mucho lo que el título promete. Un verdadero festín para lectores escrito por un lector excepcional.
En un momento dado, el autor de K. La marca del editor recuerda su casa familiar de Roma. A la entrada, "una pared con textos jurídicos de entre el siglo XVI y finales del XIX, muchos de los cuales eran infolios y, en su mayor parte, en latín". Pertenecían a su padre y a su lado pasó la infancia y la adolescencia. Cita después algunos nombres inscritos en los lomos de aquellos volúmenes. "Era imposible no leer esos nombres cada día, incluso mientras jugaba", añade. Entre ellos, y aquí viene la sorpresa, "Placentinus".

4.5.21

Agudo y Refoyo

Marta Agudo
Bartleby Editores, Madrid, 2021. 70 páginas. 
 
Ya en su libro anterior, Historial, Marta Agudo (Madrid, 1971) se enfrentaba a un mundo que conoce bien: el de la enfermedad. En Sacrificio da otra vuelta de tuerca a ese crucial asunto. Y, propio de alguien que escribe con inusitado rigor, lo hace (no hay otra expresión más exacta) a tumba abierta. Como merece lo que ella denomina “este revés”.
Cincuenta fragmentos (cuarenta y nueve poemas en prosa –salvo alguna excepción– numerados y sin título y uno que no quiere ser un epílogo) componen esta obra unitaria que, insisto, conmueve al lector. Se abre con tres citas muy bien elegidas. La primera, de Calderón, alude al “delito” de nacer. La segunda, de Varela, da en el centro de la diana: “Salvación de qué. Para qué. Férreo sinsentido”. La última, de Christensen, nos desarma: “Dicen que uno aprende a morir en su cama”. Y a “callar”. Ella, no obstante, decide hablar. En un largo monólogo, con lapsos de diálogo, que dan forma a un libro donde la numerología cuenta. Así, cada siete poemas, uno muy breve que siempre empieza, a modo de estribillo: “He tenido que llegar hasta aquí…”. Siete en total. Por cierto, no es el único recurso matemático: pesos, fechas, cantidades...
“Entre el margen del agua y la atmósfera sucede el mundo, su desmayo inaudito”. Ahí, el origen, el nacimiento, la génesis. El principio del fin. “Uno a uno lloramos al nacer”. Y la decisión de “padres que juegan a la ficción de ser padres”.
“No es un estado, es una condición. Estar enferma”. “No es la espina, es la enfermedad, desde el minuto uno de la existencia”. Y para nombrarla, Agudo utiliza un lenguaje seco, lacónico y elíptico, cortante, preciso como un bisturí. Tan misterioso y oscuro como ha de ser el que intenta expresar lo más cercano a lo inefable. “Este decir retráctil”, escribe. Donde “piensa el tacto, huele la escucha”.
Sí, “a zancadas y puertas vamos abriendo el mundo”. “Habito en la circunscripción del miedo”, leemos, otro elemento esencial de esta poética valentiana en los límites.
“Dame la postura de la muerte”, dice en otro lugar, lo que nos permite recalar en la parte sombría de la enfermedad. A “las articulaciones del luto” y “las sílabas del daño”, términos que remiten, según creo, a la poesía agónica de Gamoneda.
Y todo en medio de palabras como hematíes, cáncer, morfina, suicidio, hospital, eutanasia, morgue… y dolor: “Es el dolor, lanza a tamaño humano”. Un campo semántico que sitúa al lector ante la áspera realidad: “Anota que te sangra la boca con la palabra «muerte» aunque te asusta más una longevidad enferma”. “Depender es tener que dar las gracias permanentemente”. “Sólo la idea de poder matarme me ayuda a vivir”.
Y el temido final, “cuando morir es una guerra en la que todos los bandos están de acuerdo”.
Leído lo leído, a uno le importa menos que el libro se levante sobre dos potentes imágenes oníricas: la del minotauro en su laberinto-iceberg y un territorio, el agua de un glaciar derretido o «sima azul» (como se indica en la nota editorial) al que hace alusión la sugerente fotografía de Cano Erhardt que ilustra la cubierta. Quiero decir que no hay construcción literaria que pueda sustituir la limpia verdad que transmiten los poemas de este libro sin concesiones. 

David Refoyo
Visor, Madrid, 2020. 56 páginas
 
Refoyo (Zamora, 1983), creativo publicitario, es autor de los libros de poesía Odio (2011)amor.txt (2014) y Donde la ebriedad (2017).
Asunción Escribano nos explica que el título de éste “procede de la alegoría que lo cruza de principio a fin: el agua sucia que queda en el cubo después de que el padre haya limpiado los cristales”. Para ella, “representa el mundo de valores que encarna el universo cerrado de provincias”. Donde pasó su infancia nuestro “sujeto lírico”
Sin concesiones a los signos ortográficos y a las normas métricas, un lenguaje torrencial y poderoso, en forma de coloquiales versículos, ocupa los poemas, que se suceden veloces dando cuenta de una vida al margen en una pequeña ciudad comercial semejante a cualquiera. Atravesada por el trabajo penoso, la precariedad, la servidumbre (“El guardián”) y la vergüenza. Al fondo, ya se dijo, la figura del padre. Su erguida dignidad (“su otoñal grandeza en el sigilo”). Sus manos. Con él dialoga, aunque fuera “un hombre de vocabulario escueto”, de palabras “graves y rigurosas como la lectura del Génesis”. Allí, “la impureza del mundo disuelta bajo el agua turbia”. ¿El mérito?: “disimular las miserias”.
Escribe: “Así veía la poesía: / transformar lo cotidiano en un acontecimiento”. Pues eso.

Nota: Las reseñas de los libros de Marta Agudo y David Refoyo se han publicado en El Cultural

Debut poético de Josu de Solaun

 

POR ENTRE LAS GRIETAS DE JOSU DE SOLAUN
 
Josu de Solaun (1981), valenciano de origen vasco, es un pianista reconocido en el panorama internacional. Sobre todo por ser el primer y único español que ha logrado ganar los prestigiosos concursos de piano Enescu (2014) e Iturbi (2006), así como el de la Unión Europea (2009). En Bucarest, Valencia y Praga, respectivamente. Es autor de una selecta discografía; con obras del citado violinista y compositor  George Enescu, por ejemplo, del que ha grabado sus obras completas para piano.
Formado en el Colegio Americano de su ciudad natal, de 1999 a 2014 residió en la ciudad de Nueva York (“era mi ciudad”, comentaba en una entrevista, parafraseando a Woody Allen), donde llegó para quedarse con diecisiete años. “Me siento neoyorquino; la ciudad me ha formado como persona y como músico”,  comentó en la revista Ritmo. Allí se graduó en la Manhattan School of Music (una institución que ayudó a fundar Pau Casals en 1917) como Licenciado en Música, Magíster en Música y Doctorado en Artes Musicales, sucesivamente. Aunque reconoce que “a través del piano soy músico”, también estudió música de cámara, dirección de orquesta y ha sido profesor de piano en Sam Houston State University. En 2019 regresó a España
De esa larga e intensa estancia en Nueva York –no fueron años sencillos– surge este libro. El primero de Josu de Solaun. Reconozco que es emocionante acompañarle en su debut literario, más a una edad en la que pocos poetas suelen iniciar su carrera, tan distinta, por cierto, de la musical. Con todo, no hace falta recordar la íntima relación que existe entre la música y poesía, que, si hacemos caso a Eliot, fue primero eso, puro ritmo. Nadie como san Juan de la Cruz para definirla: “música callada”. De Solaun las compara: “la poesía se parece a la música, sugiere más que dice algo concreto”. Y añade: “[la poesía] siempre tiene un sentido, aunque no sea fácil de acotar. Exactamente como en la música”.
Cuando el periodista González Chamorro le pregunta en esa misma conversación si tiene “alma de poeta”, éste le contesta: “Qué casualidad, soy lector de poesía desde muy joven y también la escribo”. Pues bien, por mediación de un amigo común, el neoyorquino de Navalmoral de la Mata José Muñoz Millanes, vecino suyo en la ciudad de los rascacielos, conocí hace algunos años los primeros versos de este impenitente lector de poesía. Me causaron una buena impresión. Había elegido excelentes maestros, como el sevillano Cernuda (del que puede que tome la costumbre de iniciar cada verso con mayúscula) o su paisano César Simón, dos poetas que también tiene uno por modelos. Pero es ahora, al leer su primer libro, de gestión lenta, ajena a la presión del joven poeta que quiere hacerse un nombre y publicar cuanto antes su ópera prima, cuando reparamos por completo en su recién estrenada condición de poeta.
Abundan en él las citas o epígrafes. También los homenajes. El libro está dedicado al padre. Pero vayamos por partes.
Las grietas abarca un amplio marco temporal de veinte años exactos, de 1999 a 2019. Se abre con dos citas, de Cernuda y Simón, ya mencionados. El primero alude a la soledad. El segundo reconoce que “la vida es densidad”. Comienza precisamente con “Densidad primera (1999-2001), y con “Las edades del sol”; “Cinco monólogos en un paseo”, reza el subtítulo. En ellos, es lógico, habla consigo mismo. Estamos, sí, ante una poesía intimista, dicha en voz baja. Melancólica. De soledades. Propia, acaso, del silencio que precede, primero, y sucede, después, a la música. De los espacios vacíos que llena un hombre entregado a una absorbente pasión musical. Una suerte de diario vital (“Querido diario”, dice en el poema “El Yo Dividido”). Del difícil, complejo transcurrir. Del día a día. Anotaciones que intentar explicar lo que sucede. Y lo que a uno le sucede. Por aquello de que sólo al escribir puede el poeta comprender lo que ve, oye o, en general, siente. Para saber. A la busca del sol. En medio de la noche. En el silencio: “Porque el silencio es el paraíso de quienes escuchan”. Ante “el horizonte de nuestra fragilidad”. Allí, “La belleza ingrávida hecha carne. / Es como el intenso olor de las resedas, /O el sonido de los viejos relojes, /Que están ahí, permanentemente, / Escondidos bajo el ropaje de nuestra desidia, / Cuyos latidos ya no sentimos, / Por miedo a perdernos en la oquedad / Del espacio inmóvil, yerto”.
“Ciudad sin nombre” está escrito, como la sección anterior, entre 1999 y 2001. Se trata de un poema en seis partes que homenajea a Lorca, “neoyorquino de siempre”, al menos desde que escribiera su fulgurante Poeta en Nueva York, un hito de la poesía contemporánea.
Los lugares (el Straus Park de Manhattan; Spuyten Duyvil, el barrio del Bronx; Morningside Heights, en Manhattan también…), las sensaciones (“Un día se levanta /
Y descubre que el tiempo no / Existe”), etc.
Y más homenajes: a Stevens y a Eliade. En “Rutas del desierto” opta por la brevedad del impresionismo.
“Las grietas” se concibe entre 2001 y 2004. Tardes en el metro, en un restaurante… “Ver los colores. / La debilidad que nos sostiene. / La verdadera flaqueza. / El ser / honesto con la nube, / El beso, con los pájaros, / Contigo...”. En “Amores Cartesianos” see lee: “Te quiero, luego existo. // Luego, existo y te quiero / Existiéndome”. Y en “Codetta”: “Toda metafísica debe ser un secreto. / Y no, poeta, no hay suficiente / En no pensar en nada” (que diría Pessoa).
“Entre bastidores” está escrito entre 2004 y 2012 y se compone de dos partes. En la primera hay homenajes a Malher, Wittgenstein (a propósito de la famosa proposición del Tractatus: “De lo que no se puede hablar hay que callar”: “Toda metafísica debiera ser / Un secreto. Toda historia / De amor, toda obra / De arte, toda futura / Estilización o ritual o artificio / O artesanía / O retórica: todo / Un secreto”), Tarkovsky (De Solaun ama el cine), Rauschenberg o Levertov.
En la segunda, distintas reflexiones en forma de poemas concebidas en Varsovia (“En este pequeño cuarto oscuro / Deja que todo se descifre / Con la lentitud del alba, / La única lentitud que te exalta, / La única lentitud porque mueres”) o la Universidad de Princeton (“Y es aquí [en el jardín de siempre], en esta mañana tranquila, / Donde por fin entiendo / Todas / Las mañanas del mundo”). Inspirándose en una película de Aki Kaurismäki “Es tu nombre / De poeta triste y de calle soñolienta / El que los invoca, / El que inventa / El nuevo porvenir”).
El libro se cierra con “Últimos poemas”, los escritos entre 2012 y 2019. Versos de un verano en Miami (el extenso “El Maestro de la Angustia”), de un otoño en Tbilisi (“Mis días aquí han terminado, piensas, / Mientras intentas mirar / Tras las cortinas y el  amplio ventanal / Hacia los tristes edificios primero / Y luego hacia las montañas, / Buscando en vano respuestas / A las preguntas de siempre”), otro verano en Martina Franca (“Si las musas fueran / Flores silvestres / Y dejaran correr su aroma / Por los ángulos angostos”)… En el largo poema final, un homenaje a Salinas (que también lo es a Neruda), leemos: “Hay hielos que abrasan / Con tan sólo pensarlos”. Tal vez ese sea el misterio de la poesía. A ella se da De Solaun con fervor, como diría Zagajewski. Poesía, la suya, de la lentitud, del ensimismamiento, interior y meditativa, pero nunca ajena al mundo que le rodea. Más a él, incansable viajero con el piano –esto es, su vida– a cuestas. Adéntrese el lector sin miedo y sin prisa en esta sucesión de momentos que gracias al arte poética han quedado fijados en un presente eterno.
 
Plasencia, enero de 2021

NOTA: Este es el prólogo del libro Las grietas, ópera prima poética del pianista Josu de Solaun

1.5.21

Odios


"El odio político, la peor pasión política, es tan incansable como ciego: no permite ni siquiera escuchar y entender lo que escriben y dicen los demás. Este pecado, cometido también por muchos intelectuales, masa, va más allá de la traición y se hunde en la estupidez, ocasión en la que el intelectual se traiciona a sí mismo". Lluís Bassets, "La traición de los intelectuales". El País. 

Cuando Anatxu Zabalbeascoa pregunta a Guadalupe Nettel (para El País Semanal) cómo superar el odio, la escritora mexicana contesta: "Cuando te das cuenta de que a quien más daño hace odiar es a uno mismo. Cuando ves que ese fuego en tu cabeza te está envenenando. Y con empatía: cuando te preguntas qué no ha entendido alguien que te odia. Entonces consigues ver su sufrimiento. Pero esa parte es difícil". 

Para huir de tanto odio, el de tirios y troyanos (tanto monta, monta tanto) y apaciguar mi apesadumbrado espíritu, leo estos días las conversaciones entre dos escritores liberal-conservadores (de centro), rara avis se mire por donde se mire, que en forma de libro, La vista desde aquí, publicó Elba en 2017. Son Valentí Puig (Palma, 1949) e Ignacio Peyró (Madrid, 1980). 
El primero es autor de El hombre del abrigo (un libro sobre Josep Pla que me encantó) y, entre otros, de Moderantismo. Sí, pocas veces ha hecho más falta que ahora esa actitud, más que doctrina. 
Tras "Un mundo conversable", la enjundiosa introducción de Peyró (director del Instituto Cervantes de Londres), la charla se divide en ocho apartados y se cierra con un breve ensayo del autor de Diccionario sentimental de la cultura inglesa: "Bosque adentro. Maneras de leer a Valentí Puig". 
Se habla de literatura, de política (nacional e internacional, que, por su condición de corresponsal en el extranjero, Puig conoce bien), de periodismo, de educación, de gastronomía, de Cataluña (antes de la infame debacle del procés), del presente (sin olvidar el pasado y anticipando el futuro), del cambio de época (más de lo mismo), de la alta cultura (contra la banalización y el "todo vale"), de religión... Hasta de poesía, que Puig, uno de nuestros primeros diaristas, ha escrito y publicado. 
Peyró explica que, "a la manera de Pla", Puig "siempre ha creído que la escritura no es sino una manera de ordenar el pensamiento". "De lo que se trata es de escribir", resume éste. Y antes y sobre todo, de leer. Sin "buena lectura" no hay nada.  
Su vocación es la de "observador". Se le podría definir como un "intelectual europeo", otra especie en peligro de extinción.
De su talante como articulista centrado da fe que haya sido colaborador de periódicos tan distintos como El País, La Vanguardia o ABC
Destaca, en fin, "la calidad de su prosa" de quien sabe que la escritura es "una de las estrategias de la felicidad"
El tono del libro ayuda, ya decía, a enfrentar lo que pasa (o parece que ocurre, vete a ver) con otro ánimo. Falta hace. También en provincias sufrimos el odio exacerbado que ambos extremos, tales para cuales, se empeñan en provocar. Sin centro, nada irá bien. En más de un sentido. 

Nota: He tomado la imagen de aquí