22.9.18

El acuario de Yang

Viniendo de Jordi Doce, ya podía uno suponer, sin temor a equivocarse, que Un acuario, ópera prima de Jeffrey Yang (Escondido, California, 1974), publicada en Estados Unidos hace diez años  (ganó el Premio PEN / Joyce Osterweil), iba a ser un libro digno de ser leído. 
No hay muchos datos acerca de la biografía de Yang. Sabemos, sí, que es de ascendencia china, vive en Nueva York y trabaja como editor en New Directions. Y que ha publicado un segundo libro, Vanishing-Line (2011).
Antes de que La Garúa editara, impecablemente, Un acuario, Doce, su traductor, ya nos había dado noticias de Yang. En el blog y en algunas revistas (Eñe, Letras Libres, Nayagua, Periódico de Poesía) Después, incluyó sus versos en Libro de los otros. Allí comentaba que conoció "el trabajo de Yang gracias a la recomendación de mi buen amigo el poeta, traductor y editor Aurelio Major. Me habló de su libro en términos tan elogiosos que a las dos horas ya me había hecho con él en Amazon. Y, desde luego, no me defraudó: una variación sobre el género del bestiario que toma los nombres de distintos seres marinos para tejer una intrincada y sorprendente malla de referencias, una red argumental tan lúcida como lúdica que salta en zigzag por los asuntos más diversos sin pararse un instante. En el libro hay un poco de todo: desde piezas epigramáticas a otras más reflexivas o meditativas, pero el tono general (no sé bien cómo definirlo) es una mezcla de distanciamiento y humor, de curiosidad y sorna inteligente, que atrapa desde la primera página y nos obliga a pensar deprisa, furiosamente, para encajar las piezas del puzzle".
La agudeza de Doce hace prescindible cualquier añadido, pero déjenme comentar algunas cosas. 
En su prólogo habla de una suerte de "diccionario personal" y de cómo los poemas están ordenados alfabéticamente. De que no sólo hay en la muestra criaturas marinas. Afirma que no desdeña el enfoque ecologista, por necesidad más que por afición. Que Yang es un tipo "obsesionado por las palabras, los nombres propios". Y, en fin, que este libro es "una de las propuestas más vivificantes de la poesía contemporánea". No miente.
Yang es original, lo que siquiera por una vez no ha de entenderse como insulto. Su mezcla de cultura (y hasta de erudición) con el tono lírico es sorprendente. En poemas, por ejemplo, como "Mola Mola", "Quincuncial" o "Pejepuerco", que algunos tildarán de experimentales. Se ve que es un lector omnímodo y ecléctico, universal y sin anteojeras. Lo mismo cita a Santa Teresa que a Pound, maestro dilecto e inspirador de esta arriesgada apuesta. 
Conviene destacar otra mezcla: la de culturas. Mitos, costumbres, lenguas... Lo cosmopolita brilla, y la sucesión de razas y de orígenes. Léase, pongo por caso, "Tiburón".
Al leer a Yang me acuerdo de Simic, de su defensa a ultranza de la imaginación. ¿Qué si no es esto? Seguro que al poeta serbio le gustarían (o le gustan, chi lo sa?) estos poemas. 
Imaginación, sí, pero al servicio de la lógica. Quiero decir que la razón ilumina poemas como "Garibaldi", "Langosta" ("La pena y el dolor / se declinan mutuamente"), "Google", "Foraminíferos" ("La poesía / es el saber definitivo"), "Cangrejo" (guiño a políticos), "Orca", "Rexroth" (un perfecto homenaje al poeta de los invernaderos), "EE.UU." (excelente), etc.  
Un puñado gira en torno a la poética. Así, "Jiang Kui" (magistral reflexión sobre la identificación y la diferenciación con respecto a "los antiguos"), "Pulpo" (acerca de la metáfora, ese "misterio"), "Tiempo (Fuera del quincunce)": "Sombra de la filosofía: poesía. Sombra / de la poesía: filosofía. Arte poética: revuelta".
Por aquello de su ascendencia (ha traducido al clásico Su Shi y al moderno Bei Dao), no faltan una serie de poemas "chinos" donde la vieja sabiduría de esa tradición se funde con los signos de estos tiempos. 
No habrá resultado sencillo traducir estos poemas que me atrevo a calificar, en el mejor sentido, de complejos. Se podrían aplicar a Doce, que triunfa en su empeño, estos versos de Yang: "¡Cuán hondo la traducción / moldea nuestros sueños" (de "Calamar"). 
El cierre del volumen, con el extenso poema (impreso en horizontal, digamos) "Zooxanthellae", no puede ser mejor. Ni estas palabras del traductor para definir su escritura: "fresca, inteligente, culta, lírica, divertida y crítica". ¡Qué descubrimiento!

Jiang Kui

Jing Wang traduce a Jiang Kui
de la dinastía Song del norte: «Al escribir poesía
es mejor aspirar a ser distintos
de los antiguos que intentar
asemejarse a ellos. Pero mejor aún
que aspirar a ser distinto es que estés destinado
a encontrar tu propia identidad con ellos,
sin aspirar a la identificación;
y que estés destinado a diferir de ellos,
sin aspirar a la identificación».

18.9.18

Mil de Visor

Una de las editoriales de poesía más conocida y acreditada de España, la madrileña Visor, publica el número mil de su mítica colección de cubiertas negras. Y lo celebra con una antología que es, además, un homenaje al poeta Antonio Machado, símbolo y ejemplo de tantas cosas, acaso el mejor en español del siglo XX. 
Cada uno de los poemas incluye el verso que nos legó el sevillano a modo de humilde testamento, encontrado en el bolsillo de su chaqueta de exiliado: “Estos días azules y este sol de la infancia”; título, por cierto, del florilegio. Lo explica muy bien el editor, Chus Visor, en su prólogo, que firma, claro está, como Jesús García Sánchez, su verdadero nombre: “Queremos reconocer así no sólo su decisiva influencia literaria a través de los años y desde diversos tonos poéticos, sino también su significación ética, imprescindible una vez más en el mundo que habitamos”. Y añade: “Si hemos conseguido alcanzar el número mil de Visor, ha sido –sin duda y en una parte fundamental– gracias a los poetas”. “Editar poesía es una manera profunda de hacerse cómplice de las ilusiones y desilusiones de los poetas”, concluye. Luego menciona a distribuidores y libreros, cómplices necesarios de esta empresa que, por cierto, está muy bien representada en las librerías de todo el país y en las de Hispanoamérica.
Todo empezó en 1969 con Una temporada en el infierno, de Rimbaud, en traducción e introducción de Gabriel Celaya y prólogo de Jacques Rivière. Por entonces aquello aún se llamaba Alberto Corazón Editor; ilustrador, por lo demás, de las vistosas cubiertas de la primera época. 
Entre las ochenta y cinco piezas que componen esta amplia panorámica de ambas orillas del Atlántico hay de todo: poemas de verdad, la mayoría, y simples versos de ocasión. Poetas, como es lógico, y otros que no lo son (como el académico Francisco Rico o el cantautor Joan Manuel Serrat) o no lo parecen. 
Mis poemas favoritos, sólo eso, son, en orden alfabético (el que usa el editor), los de Gioconda Belli, Felipe Benítez Reyes, Juan Bonilla, Antonio Carvajal, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Deltoro, Vicente Gallego, Juan Antonio González Iglesias, Jon Juaristi, Joan Margarit, Carlos Marzal, Ángeles Mora, Nancy Morejón, Lorenzo Oliván, José Ramón Ripoll, Juan Manuel Roca, Javier Rodríguez Marcos, Ana Rossetti, Eloy Sánchez Rosillo (que se salta la norma del verso machadiano), Jaime Siles, Daisy Zamora y Raúl Zurita.
No faltan entre los nominados representantes de eso que se ha dado en llamar “poesía juvenil”: Marwan y Elvira Sastre. Y ya que lo menciono, confieso que no me he molestado en contar qué proporción de mujeres poetas hay en la muestra (como lector, me guío por los versos, que carecen de género), aunque pronto se conocerá el porcentaje que resulta de tan sensible cómputo. Por lo pronto, no faltan nombres de importantes poetas hispanoamericanas como Ida Vitale o Yolanda Pantin. Ha disfrutado uno con la feliz idea de Visor y con los poemas que de verdad lo son. Haberlos, ya se ha dicho, haylos. Lo demás... mejor se lo dejamos a Juan de Mairena.

Nota: Este artículo se ha publicado en el número doble 22-23 de la revista griega Φρέαρ/Frear.

13.9.18

Carta de Castelo Branco

De nuevo, cinco años después, nos acercamos a Castelo Branco. A., Y. y yo teníamos muchas ganas de volver. Se unió al grupo B., la novia del primero.
Como la última vez, coincidió con el Día de Extremadura. Al fin y al cabo, uno también es de allí. Se puede celebrar a esta tierra desde aquella, quiero decir, porque La Raya no es una  frontera. 
Resultó fácil aparcar en una calle al lado de la Sé Catedral, donde vimos, por cierto, dos bodas en la misma jornada, ambas muy elegantes. Hacía calor y nos dirigimos en busca del fresco, esto es, al Jardim do Paço, más concurrido que otras veces (había una excursión de mayores) pero no por eso menos hermoso. El sonido y la vista del agua de las fuentes, el verde intenso de los setos que dan forma a los sucesivos laberintos, el estanque, la zona alagunada... Motivos suficientes, ya digo, para encontrar el sosiego y la frescura. Para contemplar la belleza.
Como me habían anunciado la prematura llegada de los primeros ejemplares de El cuarto de siroco (detalle de Juan Cerezo, un lujo de editor), no pude por menos que recordar el poema que dediqué a ese sitio (publicado en la revista Turia) y que se incluye, con ligeras variaciones (gracias, Hilario Barrero), en el mencionado libro. 
Fuimos pronto a comer. A un restaurante que ya conocíamos: Retiro do Caçador, a un paso de la catedral. Bacalao de la casa, jabalí (teníamos su cabeza disecada encima), salmón y secreto fueron los platos elegidos. Comida rica y abundante a precios asequibles. Ah, y un trato cordial y exquisito, tan portugués como la cozinha.  
Tomamos luego un café en la terraza de la Hamburgueria da Baixa. Corría por la plaza una mareína agradable.
Fuimos después al Centro de Cultura Contemporânea. Esta era una esperada. Es verdad que desde que abrió no habíamos regresado a la capital de la Beira Baja, ciudad hermanada con Plasencia.
El edificio (del estudio del arquitecto Josep Lluís Mateo), al lado del renovado Cine Teatro Avenida, impresiona por fuera, pero es mejor por dentro. No es un museo, así que no tiene colección permanente sino exposiciones temporales.
Desde 2003 y tras pasar por Lisboa, Gondomar, Ghent y Madrid, el CCCB ha sido el lugar elegido para la última edición de Ilustrarte, Bienal Internacional de Ilustração para a Infância. Este año (al certamen se han presentado casi tres mil ilustradores de 105 países), el ganador ha sido Yuxing Li (de Alemania, vive entre Hamburgo y Essen) y han obtenido menciones especiales el mexicano David Álvarez (su obra en blanco y negro impresiona), la española Cinta Arribas y la portuguesa Carolina Celas. La belga Ingrid Godon, que formaba parte del jurado, tiene su propia muestra y sólo por eso merece la pena visitar ese lugar. Hasta el 7 de octubre están a tiempo. 
Tampoco había abierto sus puertas en nuestra última visita la Casa da Memória da Presença Judaica em Castelo Branco, a dos pasos del Jardim, en Rua das Olarias. Es modesta, sin duda, pero digna. 
A modo de museo y para familiarizarse con la cultura judía, se exponen en la planta baja objetos asociados a la vida, las fiestas y los ritos de quienes practican esa antigua religión tan ligada al libro, algunos muy lujosos, bonitos y elaborados.
Una habitación oscura, cerrada con cortinas negras, recoge unas cuantas imágenes luminosas donde se reproducen grabados de aquellas terribles torturas inquisitoriales. Sirve de transición a la segunda planta, donde se recuerda a las víctimas albicastrenses de la nefasta Inquisición. A la entrada de ese misterioso, inquietante espacio, un cartel recuerda el nombre de las veintiuna personas que fueron ajusticiadas.
Ya arriba, un gran panel de acero nombra a todos los que sufrieron persecución por sus creencias y, más en concreto, las vidas de unos cuantos de esos judíos ilustres nacidos en Castelo Branco, como Amato Lusitano, Maria Gomez o Afonso de Paiva. Al lado, dos coloridos sambenitos recuerdan aquellos duros trances. No hace falta decir que la judería albicastrense fue muy importante. La fundó en 1214 Pedro Alvito. Hay numerosos puntos de información, tanto en rótulos como en pantallas digitales. Se proyecta, además, un vídeo dramatizado. Más allá de las impresiones que esa visita provocó, me pregunté en voz alta al salir por qué en Plasencia -que tuvo, como la rayana de Belmonte, otra judería de renombre- no existe algo semejante. Como se dice ahora, ahí lo dejo. En un buen momento para planteárselo, añado, cuando se conmemora aquí el mes de la cultura judía.
No dejamos de dar un paseo por la arbolada Avenida 1º de Mayo, más vacía que de costumbre, como el resto de la ciudad. Nos explicaron que se celebraba la Baja de Idanha, razón por la cual encontramos por el camino tantos miembros de la Guarda Nacional Republicana. Y ya que lo menciono, qué grato resulta, a pesar de las curvas y de la estrechez de la vía, el viaje desde Monfortinho hasta Castelo Branco, siquiera sea por esos árboles (eucaliptos, plátanos) que flanquean la carretera y la tiñen de nostalgia. Y que la asombran, evitando en parte los rigores estivales. 
A la vuelta, paramos en el hotel Fonte Santa, del recién citado enclave termal, para tomar algo. En una terraza con vistas al jardín y a sus envidiables piscinas, poco después de que cayera una potente tormenta. A la altura de Coria nos pilló otra y otra más a la altura de Montehermoso, de esas que hacen época y que uno ya ni recordaba. Por la autovía, más que circular, navegábamos.

Nota: Las dos primeras fotografías son de mi hijo. De las otras no he encontrado autor en internet. 

10.9.18

Lecturas veraniegas (III)

Otra antología: La poesía del siglo XX en Italia (Visor). De 800 páginas. Su editor, el traductor Emilio Coco, es un viejo conocido de los lectores españoles de poesía. Son muchas sus aportaciones al conocimiento de la lírica italiana (una de las mejores del mundo) en nuestro país. Y las traducciones que ha hecho al italiano de autores españoles. Aquí se ocupa del siglo pasado, sí, y dice continuar la labor realizada por Antonio Colinas en su Antología esencial de la poesía italiana (Austral, Espasa Calpe, 1999) que remite, a su vez, a la para mí inolvidable Poetas italianos contemporáneos (Editora Nacional, 1978).
Incluye poemas de treinta poetas: Giorgio Caproni, Mario Luzi, Margherita Guidacci, Andrea Zanzotto, Giovanni Giudici, Maria Luisa Spaziani, Edoardo Sanguineti, Fernando Bandini, Alda Merini, Giovanni Raboni, Corrado Calabrò, Antonio Porta, Tiziano Rossi, Fabio Doplicher, Silvio Ramat, Dario Bellezza, Giuseppe Conte, Maurizio Cucchi, Vivian Lamarque, Eugenio De Signoribus, Donatella Bisutti, Patrizia Cavalli, Milo De Angelis, Roberto Mussapi, Giancarlo Pontiggia, Claudio Damiani, Valerio Magrelli, Antonella Anedda, Davide Rondoni y Andrea Di Consoli. El primero nació en 1912 y el último en 1976. 
Ha sido un verdadero placer esta lectura, tan demorada como intensa. Ni mucho menos conocía a todos los autores incluidos. O no más allá de algún poema aislado o de una referencia vaga o inconcreta. Que empiece con los versos de dos poetas que estimo, Caproni y Luzi, es todo un acicate para seguir. Y con qué estimables consecuencias. 
De Sanguineti, MeriniCucchi, Magrelli y Anedda, pongo por caso, ya contábamos con amplias traducciones. Y a buen seguro que de otros nombres aquí recogidos. Uno se quedaría, en el capítulo de los descubrimientos, con Giudici ("En mi año trigésimo"), Spaziani, Bandini ("Fueran mis versos"), Ramat, Bellezza ("Leo todavía a los poetas contemporáneos.."), Conte, Lamarque, Cavalli, Damiani, Rondoni y De Consoli.
Conviene, en fin, destacar que la muestra de cada poeta es generosa. No siempre es fácil hacerse una idea cabal de la obra de alguien por lo quede ella se recoge en los florilegios.
De nuevo en verano leo a Ricardo Piglia, sus diarios. Vamos, Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices (Anagrama), el segundo volumen. La pasada temporada, en Conil, le tocó el turno a la primera entrega, Años de formación.
No me han entusiasmado, confieso. O me han gustado menos que los anteriores, mejor. Sólo la que denomina "Serie E" me ha llenado de veras. Las páginas que dedica a sus reflexiones acerca del diario que escribe. Toda una poética. Dije "sólo", pero exagero. Hay mucho más ahí, pero tal vez para alguien a quien le apasione la narrativa, ya sea como lector o como autor (o las dos cosas a la vez). Por ejemplo, cuando se acerca a Pavese, Tolstói o Borges. O a la novela negra o policiaca. O cuando se refiere a su padre. Ah, qué sería de la literatura sin la figura paterna. No, no sobra esta lectura, sobre todo si admiras, como hace al caso, a Piglia. Esta mezcla de pensamiento, memoria y crítica, además del testimonio de los cotidianos pormenores de la vida de un hombre que se esfuerza por llegar a ser escritor. Con sus afanes, frustraciones, perezas y sobresaltos. Amorosos, literarios o políticos. Y esto último, tratándose de un argentino... 
Por cierto, si alguien seguir leyendo al Piglia más genuino, Anagrama acaba de publicar Los casos del comisario Croce, nuevas investigaciones de uno de los protagonistas de su famosa novela Blanco nocturno. Un libro que el autor de Adrogué ya concibió póstumo. 

Nota: La ilustración es de Pablo Gallo: "Lector ensimismado".

8.9.18

Nacionalismo. Simic dixit

"El nacionalismo es una jaula construida por uno mismo en la que los miembros de una familia se pueden arrimar para darse abrigo mutuo en los momentos en los que no le están gruñendo y ladrando a alguien que se encuentra fuera de la jaula. Un pueblo que le enseña los dientes a todo aquel que se acerca es el sueño de los nacionalistas y los fanáticos religiosos de cualquier parte del mundo".

"Tanto el nacionalismo como el comunismo ofrecen la oportunidad de reescribir la historia".

"...detestaba ese otro nacionalismo que exige una fe ciega en los prejuicios, los autoengaños y las paranoias colectivas".

"Lo más exasperante de los nacionalismos es que no se avienen a que son la imagen especular de algún otro nacionalismo y que la mayoría de sus proclamas ya ha sido escuchada en otro sitio y en otras épocas".

Charles Simic. De "Elegía en una telaraña". La vida de las imágenes. Prosa selecta. Vaso Roto, 2017.

5.9.18

Lecturas veraniegas (II)

Perezoso para la novela, diré que he disfrutado mucho con El verano del endocrino (Baile del Sol), del placentino Juan Ramón Santos, un complejo y riguroso experimento narrativo de impronta bayaliana (por lo que tiene de homenaje -a la novela Paradoja del interventor, sobre todo- y de rasgos comunes en su estilo narrativo) que vendría a confirmar la solvencia literaria del autor de El tesoro de la isla.
Según costumbre, este verano he vuelto a otra isla, la Sicilia de Simonetta Agnello Hornby, en concreto a Café amargo (Tusquets), una novela del año pasado pero con voluntad de permanencia, sobre todo por su deliberado carácter histórico. No me ha defraudado la siciliana residente en Londres. Como tampoco decepciona, y me atrevo a generalizar, otro siciliano, Giovanni Verga, todo un clásico, del que la exquisita editorial La Línea del Horizonte publica Historias sicilianas, una obra que reúne relatos de dos libro distintos del autor de Catania: Vida en los campos y Relatos rústicos. La traducción y el prólogo son de Paloma Alonso que señala como "punto en común" de esos cuentos que "reconstruyen el microcosmos de un mundo arcaico". Del conjunto, que te traslada a la Sicilia profunda de finales del XIX, llenos de pasiones trágicas, destacaría "Cavalleria rusticana" (que dio lugar a la famosa ópera de Pietro Mascagni), "Capricho", "Jeli el pastor", "La amante de Malahierba" (con una interesante entradilla en forma epistolar que no deja de ser una suerte de poética), "Malaria" (que muestra la enfermedad y la pobreza de aquella sociedad isleña) o el también muy conocido "Al otro lado del mar", del que el epiloguista, D. H. Lawrence, subraya su carácter autobiográfico, "inspirado en la vida mundana de Nápoles y Mesina y los lugares remotos del sudeste siciliano".
Más al norte nos lleva La alta ruta (Periférica), de Maurice Chappaz, en traducción de Rafael-José Díaz, la que comunica, en los Alpes suizos, Chamonix con Zermatt. Obra de culto, como suele decirse, es más un experimento narrativo, a rachas deliberadamente poético, que un relato al uso, de ahí que haya que ponderar la exigente tarea del traductor que logra trasladar al castellano la experiencia alpina (insisto, más verbal que paisajística, no sólo las memorias de un guía), de este viajero que acabó atrapado entre los valles y las montañas, en lo blanco y lo frío, de su Suiza natal. Por entre su barroca, abigarrada y nerviosa escritura, brillan por momentos breves iluminaciones llenas de sabiduría: "El hombre es el animal que anda en círculos". En su hermosa "Introducción" leemos:
Y me pregunto. 
-¿Qué es la montaña? 
-La nada.

Nota: La ilustración es de Pablo Gallo: "En la cama con Chejov".

2.9.18

Lecturas veraniegas (I)

Varado en Plasencia, a los paseos, las lecturas y los baños en la piscina he dedicado no pocas horas de julio y agosto. En consecuencia, algo ha disminuido la altura de los montoncitos de libros que esperaban el santo advenimiento encima de la mesa grande de la biblioteca. De algunas de esas lecturas quiero dar cuenta aquí. Por breve y sin pretensiones, que el calor no da para circunloquios.
Neorrurales. Antología de poetas de campo (Berenice) es una breve antología de Pedro M. Domene con poemas de poetas de tres generaciones sucesivas vinculados al campo, casi siempre por nacimiento. Ya sabemos la mala prensa que soporta en España, desde los novísimos para acá, la poesía de la naturaleza. Con todo, poco malo se puede decir de los versos de Alejandro López Andrada, Fermín Herrero, Reinaldo Jiménez, Sergio Fernández Salvador, Josep M. Rodríguez, David Hernández Sevillano, Hasier Larretxea y Gonzalo Hermo. Y menos que no sean modernos; de su época, vamos, por muy vacía o alejada que esté el país en el que se inspiran.  Sobre esto reflexionaba, por cierto, Simic en un texto demoledor titulado "Salchichas fritas" (de 1992, incluido en La vida de las imágenes), donde ponía a caldo a los poetas de la naturaleza: "¿Puede haber poesía contemporánea sin una ciudad?". Antes había dicho: "la naturaleza idealizada siempre me ha parecido una suerte de paraíso para tontos".
Además del conciso prólogo (en el que uno echa de menos, por ejemplo, algunos nombres de poetas patrios relacionados con el campo, como Muñoz Rojas), se incluye una poética por autor. Me ha deslumbrado por su lucidez la de Herrero. Se titula "Poética agraria" y empieza: "La poesía y el campo son para mí sinónimos". 
Me han divertido mucho las Sátiras (Hiperión) del mexicano Arturo Dávila, un libro que agrupa tres: Catulinarias (1998), Poemas para ser leídos en el metro (2003) y La cuerda floja (2015). En las "Notas" que aparecen al final del volumen se aprecia que Dávila se ha apoyado para escribirlas en la literatura, tanto al menos como en la vida. Que nacen, quiero decir, de la experiencia cotidiana de vivir pero también de la no menos natural de leer. Y eso sirve para los clásicos latinos y para los del Siglo de Oro, sin olvidar a los modernos (Nicanor Parra y Ernesto Cardenal al fondo). El amor, la economía, lo social, todo cabe en estos epigramas secos y acerados, escritos con desusado rigor, que leemos con una sonrisa en los labios. Aquí puede encontrar el lector alguna muestra.
Ya que lo citaba, el aforismo hispano goza de una auténtica edad de oro. Libros particulares y antologías dan fe de ese brillante momento donde, como cabe al caso y aprovechando la corriente favorable, junto a lo mejor se deslizan muestras de todo lo contrario. No es el caso de Tempo di silencios (Trea), de Fernando Menéndez, poeta de largo recorrido y autor de un puñado de libros de aforismos, cuatro de ellos publicados en la colección que esta ejemplar editorial asturiana ha dedicado al género. Son sentencias, sigamos, muy apegadas a la poesía y como brevísimos poemas a veces se presentan. En este caso, sutilmente compuestos en torno a una forma musical. Más allá de esa compleja elaboración, este lector se queda con las iluminaciones concretas, con las hondas epifanías que cada aforismo en particular suscita. Y con los certeros epígrafes que abren las partes en que el libro se divide, mucho más que meras palabras de este o aquel escritor o filósofo. 
Creo que no había leído nada de Marcos Díez (Santander, 1976), ningún libro al menos, hasta dar con Desguace (Visor), con el que consiguió el premio 'Ciudad de Burgos'. Desde el título y la fotografía de la cubierta, me recordó la poesía de otro santanderino de pro, Alberto Santamaría, por eso me me extrañó encontrarme dentro con un poema dedicado al autor de Yo, chatarra, etcétera; que ganó, por cierto, el mismo premio hace diez años. Pero que nadie se equivoque: Díez tiene una voz propia y eso se nota al leer los genuinos poemas que se agrupan en este libro. Poemas, cabe añadir, de alguien que observa con la debida intensidad aquello que le rodea. De esa mirada perpleja, a la que suma la meditación, obtiene la materia necesaria para ofrecer al lector logradas composiciones que, pues que nos atañen, nos inquietan. Un acierto. 

Nota: La ilustración es del espléndido dibujante y pintor coruñés Pablo Gallo. Se titula "Lector en el parque". Y en de la Coronación, redescubierto por Yolanda y por mí este verano, he leído fragmentos de algunas de las obras comentadas y aun de otras que no, como Las secuencias libres (Pre-Textos), del muy amoroso y apasionado poeta irlandés Peter Sirr. 

14.8.18

Un poema inédito













LECCIÓN

Qué lección de humildad
aporta en su belleza
el rosal perfumado
que ocupa, junto a otros,
un modesto jardín
al lado de mi casa,
la hiedra que vislumbro
en el patio cerrado
de un antiguo palacio
oculto en Sancho Polo,
la densa buganvilla
–flores color magenta–
que se apoya en un arco
de la sala del agua.

La revista EL COLOQUIO DE LOS PERROS publica "Lección", un poema inédito de El cuarto del siroco. En "Nuestra particular antología de imperdibles". Gracias por la invitación.

21.7.18

Novedad























El próximo 4 de octubre estará en las librerías. Ya lo anuncian en las páginas de Planeta de Libros.
Por cierto, la espléndida ilustración de la cubierta, realizada ex profeso para esta edición, es de Salvador Retana. 

20.7.18

Fábulas inversas

Como hemos comentado alguna vez, la publicación en Tusquets Editores de Paradoja del interventor marca un antes y un después en la carrera literaria de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950). Eso fue en 2004. Para entonces, Bayal ya había dado a la imprenta, en orden de aparición, las novelas Mísera fue, señora, la osadíaEl cerco oblicuo, Campo de amapolas blancas y Amad a la dama, así como los libros de ensayo Camino de Jotán. La razón narrativa de Ferlosio y Equidistancias. También los relatos de La princesa y la muerte, que vio la luz en la preciosa colección La Gaveta, de la Editora Regional de Extremadura (entonces dirigida por Fernando T. Pérez González) en 2001 y que ahora recupera para su catálogo Tusquets, donde el extremeño  ha publicado, además, las novelas El espíritu áspero, La sed de sal y Nemo, y los cuentos de Conversación.
Si esa feliz y azarosa circunstancia no se hubiera cruzado en el camino de Bayal, ese salto cualitativo a la primera división literaria, no sabemos qué hubiera pasado con su obra, aunque es más que probable que hubiera seguido escribiendo y, por añadidura, publicando en las mismas, modestas editoriales provinciales o minoritarias nacionales donde se dio a conocer como el narrador que es, uno de los más singulares y necesarios del panorama patrio, algo que han sabido reconocer los críticos y los lectores más avisados, amén de no pocos compañeros de trabajo, por más que el gremio de los escritores no se caracterice precisamente por su generosidad. Uno no sabe (o sí, conociendo cómo se cuecen esas cosas) por qué no tiene en su palmarés, que haberlo haylo, los premios Nacional y de la Crítica, como se preguntaba aquí atrás en Babelia Ernesto Ayala-Dip, pero puedo afirmar que la suya es una obra para los lectores y no para el público, lo que no obsta para creer, como dijo hace poco Luis Landero, que “sería un signo de esperanza de la buena salud literaria de los lectores españoles” si ocupara plaza en la lista de “los más vendidos”.
En el esclarecedor epílogo que ha puesto a esta nueva edición de La princesa y la muerte (ilustrada por Lucas Baró), titulado “¡O Ko-si! ¡O Ko-si!” (en chino, “¡Cuánta agua! ¡Cuánta agua!”), el autor explica la génesis de estos relatos escritos entre 1997 y 2001. Son fruto de su original invención (como destaca el citado Landero) y surgieron de las historias contadas a su hija Blanca, destinataria del conjunto, a lo largo de numerosos paseos vacacionales compartidos por la playa onubense de La Antilla. De ahí lo de “fábulas domésticas”. Antes de hilvanarlos, hubo años y paseos alrededor de otros cuentos procedentes de “la cultura popular occidental”. Por eso hay en éstos un aire clásico que los acerca a aquéllos, una amalgama de tópicos sabiamente dosificados que les aportan la solidez propia de lo indeleble.
Desde el principio, Bayal los denomina fábulas. Se acoge a su maestro Ferlosio, como tantas veces, para concluir que “el protagonista de la fábula es el universal”. Universal que “constituye en personaje un ser ya conocido para todo oyente”. Sus “procedimientos narrativos” quedarían fijados así: “en todas las fábulas estaría la princesa y en todas las fábulas rondaría la muerte (la muerte a secas, no su personificación)”.
El objetivo estaba claro: “subvertir el derecho narrativo clásico, anular la compensación moral de las fatigas, perturbar la lógica popular del desenlace”. Y aclara más: “siempre la trama o su revés se anticiparon al tema”. Y sigue: “nunca he ido del tema a la trama, que nunca (al menos, de modo consciente) me ha interesado el tema. Siempre he partido del personaje en situación”. Por su afición al juego de los números (un guiño hacia su hija, que ha dado en matemática) y a la Biblia, desvela en otra fábula por qué son veintiuna las seleccionadas. Si fueron siete los días de la creación, seis de ellos productivos, y el primer día el creador contó una y el segundo dos y así sucesivamente, a la postre contó veintiuna.
Porque son una suerte de variaciones sobre el mismo “procedimiento narrativo”, ya se dijo, la unidad está garantizada y el libro armado, nunca mejor dicho, como un artefacto literario cerrado y perfecto.
Según Fernando Aramburu, “La fluencia narrativa remeda la de los cuentos clásicos para niños; la prosa y la ausencia de moraleja final interpelan asimismo al público adulto”. 
Tenía este lector una vaga idea de aquella lectura de hace diecisiete años. La nueva, en sentido estricto, es diferente. Acaso uno es también otro. Lo tenía por un título raro en la trayectoria bayaliana y, sin embargo, no he leído sino la prosa genuina que atraviesa todos sus empeños. Esa marca de la casa, el estilo, donde prima el lenguaje por encima de temas y tramas o viceversa. Con sus latines y todo (“Ubi rex, ibi lex”). Y en esta ocasión con giros en desuso (“en pos”, “sin vos”, “súpose”) que le aportan una pátina antigua.
Vuelve a comprobarse la importancia de la moral, de lo moral, otra de las señas de identidad de su razón narrativa. Gente que dice no, como Nemo. Ya se cumpla según la tradición cristiana, ya se subvierta, como ocurre con la plantilla habitual de este tipo de relatos donde no hay finales felices ni, por cierto, apenas aparecen animales, más allá de los caballos o del bestial dragón. Entre líneas, surge el afilado aforismo. Para decir lo que otros ya han dicho no ha escrito ni una sola línea Gonzalo Hidalgo Bayal.
Como en muchas de sus obras, en estas fábulas el territorio es áspero, tórrido, lóbrego y árido. Todos los personajes (el caballero, la princesa, el leñador, el mercader, el juglar) siguen “el hilo del destino”. Rige al azar. Los reyes tienen emociones, aunque la crueldad y el cumplimiento inexorable de la ley se impongan a la hora de tomar las decisiones. La maldad gobierna. La compasión persiste. El viaje es constante. A veces, sólo termina con la muerte. No falta el juglar para “inmortalizar la hazaña en verso heroico”. Es el papel que en este libro cumple el narrador, quien asimismo cree en la perduración a través de los textos, en “el secreto consuelo de las palabras interiores”. Como la mayoría de nosotros, los caballeros errantes son seres solitarios. Se advierte, en fin, de “los peligros del amor y de la incertidumbre de la muerte”.
Subrayo, para terminar, el puro placer de leer que este libro depara. En su más vieja y prestigiosa intención. En sus páginas se recuperan sensaciones perdidas, de cuando la inocencia de leer lo era todo. Celebro, como Luis Landero, “las gratas horas de soledad que uno pasa embelesado con estas historias”. Y este sí es un final feliz.  

Nota. Esta reseña ha aparecido en el número 127 de la revista Turia.

16.7.18

Trapiello y Villalobos en EC

Y
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 2018. 112 páginas.

Salvo el cuento y el teatro, Andrés Trapiello, leonés del 53, ha cultivado todos los géneros: la novela, el diario, el ensayo, la crítica, el aforismo, la traducción, el artículo, etc. Es, además, editor (en el doble sentido), pero, por encima de todo, poeta, algo que se aprecia a lo largo y ancho de su extensísima obra. “La poesía es lo único que cuenta”, ha manifestado.
Sus primeros libros de versos (Junto al agua, Las tradiciones, La vida fácil y El mismo libro) se agruparon en el volumen Las tradiciones. Llegaron después, Acaso una verdad, Rama desnuda, Un sueño en otro y Segunda oscuridad.
De Y explica: “Buena parte de estos poemas se escribieron en una casa situada entre dos caminos. Semejan la v de una horquilla. Desde la terraza vemos cómo se juntan allá abajo, frente a nosotros, antes de proseguir su curso formando una y”. “Es homenaje únicamente a ese solitario rincón del campo extremeño”, añade.
Ajeno a vagos hermetismos, Trapiello reúne un puñado de poemas, una suerte de variaciones, que sus lectores habituales no podrán desligar ni de su larga trayectoria poética (de una coherencia significativa) ni de su magna serie diarística Salón de pasos perdidos. Allí, la presencia de Las Viñas es central. Aquí, otro tanto. Pero vayamos por partes. De un lado, a la hora de explicar su poética, de tono meditativo (léase “De paso”), conviene echar mano de dos títulos ya mencionados, pues son más que eso: El mismo libro y Las tradiciones. El primero porque, ya se dijo, hay una continuidad esencial en toda su trayectoria que da en un libro único, en su doble sentido. El segundo, porque condensa la voluntad de entender la poesía como una suma o mezcla de tradiciones que, al final, son una sola: la verdadera. Él bebe de los clásicos, sin duda, y no deja de homenajearlos, ya sean occidentales u orientales, antiguos o modernos (JRJ, Machado, Unamuno), siquiera sea porque la inspiración surge no pocas veces de la lectura y Trapiello es un lector genuino.
Opta por la sencillez y por la cervantina “llaneza”, con el propósito de dar a sus poemas la máxima luz y la mínima complejidad, en ese justo punto donde el misterio toma la palabra.  La poesía, sostiene, es “el cultivo de la naturalidad”. De ahí que su vocabulario esté gastado por el uso, aunque emplee a veces anacronismos, hermosas palabras perdidas acordes a lo que se quiere expresar. Una exactitud que le sirve para nombrar un pájaro o un árbol.
No sería la primera vez que se calificara esta poesía de “agropecuaria”. En España, no se comprende bien que la modernidad nada tiene que ver, como asumió la lírica anglosajona, con que su escenario sea la ciudad o el campo. En todo caso, este “capricho extremeño” (título que adoptó para reunir algunas páginas de sus diarios dedicadas a la casa del Pago), universal por principio, le sirve para celebrar un paisaje preciso (por más que viaje en este libro a otros lugares: Fuerteventura, París…) y un amor concreto, por M. Pues “que el amor / es la más dulce y firme / servidumbre de paso”. Un amor extensible a su padre y a su madre y, cómo no, a sus hijos. Todos ellos (“ya somos inexpugnables”) pueblan esta angosta esquina de la tierra donde un solitario acompañado, digamos, dialoga en la intimidad consigo mismo (“Pero aquí estoy a solas yo conmigo”) y con cuanto le rodea. Alguien que al cabo canta, como la oropéndola, en medio de una vida “que va por libre”, “labrada entre papeles”. La misma que viviría nuevamente.

Jorge Villalobos
Hiperión, Madrid, 2018. 70 páginas. 

Jorge Villalobos (Marbella, 1995) publicó en 2014 Mi voz, que te reclama y ha recibido este año el premio Ópera Prima de los Premios Andalucía de la Crítica por La ceniza de tu nombre. Con El desgarro consiguió el XXXIII Premio de Poesía Hiperión.
Sí, esta es la historia de un desgarro. En el epígrafe inicial, de Javier Fernández, se alude a un lenguaje “directo, seco” y, antes, a la necesidad de contar, de hablar de algo. Ese “algo”, digámoslo pronto, es la muerte de la madre del poeta, a la que ya dedicara el poema “Elegía a Carolina Portalés”.
Nuevas citas de Rilke, Vitale y Lee Masters inciden en el anuncio de lo terrible. A partir de ahí, en “Fotografías”, cuarenta fragmentos en prosa (con forma de columna) componen un poema único donde se nos narra lo ocurrido. Pretende escribir, dice, “un poema humano, indefenso”. “Un libro sobre este dolor”. “Cada palabra en carne viva”. Confiesa: “Necesité más de trece años para decir que murió mi madre”. “Hablo del dolor, la verdad del dolor, el ahogo de la pérdida”, dice. Porque “un hijo sin su madre no es un hijo”.
Se cruzan, además, otras circunstancias en este lacerante relato vital, de deliberado tono autobiográfico, que resalta el consuelo que puede proporcionar la poesía y lo que ésta tiene de terapia. Así, la enfermedad que él mismo padece en pleno duelo (truncándole una prometedora carrera deportiva como nadador de élite): el Síndrome Guillain Barré. Y otras dolencias: el Alzheimer de su abuelo (que luego padece su padre, otra figura central: “me veo a mí en su lugar”), el cáncer de su tía, la leucemia de un amigo… Pero que nadie se llame a engaño: el libro carece de patetismo, a pesar de la crudeza, de su ineludible emotividad, de la constatación, ante semejante panorama, de que “a veces querría haberme muerto”. Porque “el futuro fue un tipo de muerte”, su “peor pesadilla”. Sin embargo, “Nada se pierde para siempre”. “Nada en esta vida muere por completo, permanece en algún lugar de nosotros”. Por ejemplo, un niño de seis años que juega con los suyos en la playa. Alguien que repite “no te mueras”.
En “Deshabitado”, extenso poema final, leemos que “El dolor es un camino hacia quienes perdimos”. “Escribo estos poemas en su memoria. Es mi homenaje”, afirma. Aquí, “sólo la verdad”. No un libro, una casa, un hombre.

Nota: Las reseñas de Trapiello y Villalobos se publicaron en El Cultural el pasado día 13 de julio.

15.7.18

Poemas ingleses

Jordi Doce (Gijón, 1967), no hace falta recordarlo, es uno de los nombres mayores de la poesía española contemporánea. Y no sólo por su condición de poeta (su último libro, No estábamos allí, publicado por Pre-Textos, lo ha demostrado de sobra y por eso ha aspirado a nuestros premios más importantes), pues a esta hay que sumarle la de crítico y ensayista (acaba de aparecer una reunión de artículos, Curvas de nivel, que cartografía su formación literaria, sus gustos y disgustos, que es tanto como decir, teniendo en cuenta su elevado y exigente criterio, un mapa fiable de nuestro panorama lírico), así como la de traductor. A la poesía inglesa, precisamente, dedicaba dos capítulos del libro que acabo de citar, editado por La Isla de Siltolá.
Desde que se licenció en Filología Inglesa en la Universidad de Oviedo, se doctoró en Letras en la de Sheffield y fue lector en la de Oxford, no ha dejado de reflexionar sobre la literatura escrita en esa prolífica lengua y de verter al español a los poetas de esa inmensa tradición. De ese trabajo gustoso dan fe numerosos libros traducidos por él, de autores tan fundamentales como Hughes, Tomlinson, Eliot, Simic, Burnside, Carson, etc. Ya forman parte de la formación sentimental (esto es, poética) de más de una generación de vates tanto de uno como de otro lado del Atlántico.
La asturiana Trea publica ahora Libro de los otros. Se trata de una amplia muestra de poemas ingleses que corresponden, en su mayor parte, a poetas que usan ese idioma, nacidos en Gran Bretaña, Estados Unidos o Australia, si bien traslada unos pocos de otras lenguas (como los de Bei Dao), siempre a través del inglés. Lleva por subtítulo "Versiones comentadas". En efecto, cada poema lleva el precioso añadido de una nota que le hace no sólo más comprensible, sino también más personal y cercano. Hay mucha autobiografía en estas slevee notes. Es significativo lo que estos “créditos” aportan. Sobre todo, erudición y conocimiento. Y don de síntesis. Asombra a veces su rigor. Digno de un anglista profesional, cabe añadir. La categoría de su crítica puede compararse con la anglosajona, a la que no deja de homenajear. Pienso en Eliot, por ejemplo, y no porque pretenda exagerar. Estamos, en fin, ante un lector incisivo e inteligente que destila, cuando procede, ironía y humor. Alguien que facilita a los otros lectores la compleja, intensa tarea que supone leer poesía. 
Los poemas escogidos no lo son porque sí. Quiero decir que, a pesar de que el propio gusto marque la elección, su sentido, digamos, de responsabilidad lectora consigue que la antología se convierta en paradigma de lo que la poesía inglesa contemporánea es y representa. 
Estas versiones se han venido publicado en Perros en la playa, el blog de Doce, pero no cabe duda de que al leerlas, debidamente corregidas, en papel cobran otra vida; al menos para los seres analógicos, más honda e interesante. 
Para encajar, nunca mejor dicho, los comentarios y los poemas en las páginas, el maquetista ha tenido que lograr ciertas filigranas tipográficas que a uno le parecen tan arriesgadas como efectivas, pero que no tienen por qué agradar a todos. 
El gusto al que antes me refería, "más ecléctico que confuso", da para un amplio y variado florilegio ordenado alfabéticamente (por los apellidos de los concurrentes) en el que encontramos poemas y poetas conocidos, otros que no lo son tanto y hasta perfectos desconocidos, al menos para los más.
De los primeros podemos citar, entre otros, a Ashbery, Auden, Burnside, Auster, Carson, Dickinson, Donne, Eliot, Glück, Graves, Heaney, Hughes, Hill, Koch, Lawrence, Nabokov, O'Hara, Plath, Pound, Shakespeare, Simic, Spender, Strand, Thomas, Tomlinson, Williams o Yeats. Pero, insisto, hay más. Como Boyle, al que conoció a través de Eugenio Montejo; Duffy, Poeta Laureada; Feinstein,  traductora de Ajmátova y Tsvetáyeva, biógrafa de Hughes; Gibbon, del que presenta "Oda: en una estación se servicio de 24 horas"; Graham, un exquisito poeta de la naturaleza; Hewitt, un descubrimiento; y Jeffers, Justice, Muir (con vida de novela), Rakosi, Redgrove ("En el huerto", excepcional), la centenaria Replansky, Romer, Smart, Tanning o Yang.
El fervor de Doce por la poesía inglesa se ve recompensado por este brillante ejercicio de literatura comparada que ningún lector de poesía que se precie debería perderse. 

Libro de los otros
Jordi Doce
Ediciones Trea, Gijón, 2018. 432 páginas.

Nota. Esta reseña ha aparecido en el número 135 de la revista literaria Clarín.

13.7.18

La poesía de Ana Ilce Gómez

Esto de la lectura de poesía es muy azaroso. Estaba entre los libros por leer. A la espera. Entonces encontré un comentario de Julián Rodríguez. En su muro de Facebook, donde escribe ahora un diario que no hay que perderse, más si tenemos en cuenta que el editor ha sometido, de momento, al narrador. Poco después, su hermano Javier publicaba en su periódico, El País, un artículo en defensa de esta poesía. Lo titulaba "Mujer difícil". Desde hace mucho tengo en alta estima las recomendaciones de los Rodríguez y confío en su criterio, así que fui sin dilación a por la Poesía reunida de Ana Ilce Gómez y, apenas abrí el libro, calculado prólogo de Sergio Ramírez mediante, me convertí en un rendido admirador de sus versos. Su editor, el pre-texto Manuel Borrás (al que escribí en cuanto terminé la lectura para agradecerle que lo hubiera incluido en su selecto catálogo y felicitarle por ello), me cuenta que esta poesía también fue para él "toda una revelación". Y añade: "La pena fue no haber llegado a tiempo para que viese en vida materializada esa edición de su poesía reunida, que, además, le hacía una ilusión inmensa. Qué le vamos a hacer". Ha prometido explicarme con detalle "esta hermosa historia con final triste". Por cierto, un inciso para expresar un deseo: que publique algún día, en su casa o en otra, sus memorias de editor. Merecerían la pena. Puede que esté en ello.
En Nicaragüa nació Gómez. En el 45. Un país de poetas (el inmenso Rubén Darío, Claribel Alegría, Ernesto Cardenal...), pero nada poético, a los hechos recientes me remito. Del dictador Somoza al dictador Ortega, del somocismo al sandinismo. Y ella allí. Lejos de todo y de casi todos. En la Comunidad Indígena de Maninbó, al norte. Tan discreta en la vida como en su poesía, que vienen a ser dos caras de la misma, de(s)preciada moneda. A eso le llamamos coherencia.
Su biografía es transparente, como sus versos, que nos atrapan por su misteriosa claridad. Escribió esta mujer (para que luego digan) poemas admirables. Sólo dos libros y un puñado de hermosos inéditos. No sé si acabará en el canon de la feraz poesía hispanoamericana (este volumen puede hacer mucho por ello), pero puedo asegurar que en el mío ya figura. Nunca es tarde. Ni importa haber descubierto otro Mediterráneo. Por suerte, abundan. Los de verdad, digo, no los de temporada. Por lo demás, mientras daba mi paseo matutino (qué remedio, el calor aprieta), pensaba: ¿qué diré de la poesía de Ana Ilce Gómez? Y me respondí: nada. ¿A quien le apetece que le destripen el argumento y el final de una buena película? Entren y lean. Me da que no van a arrepentirse. 

A UNA MESA

Esta mesa fue de mi abuelo.
Sobre ella más de una vez reclinó su cabeza
y durmió largas siestas
donde se mezclaban vía crucis tormentas
toques de queda
y mujeres furtivas que se marchaban a la nada.

Esta mesa fue de mi padre.
Sobre ella pintaba pájaros y vírgenes
y naturalezas vivas
y mi madre aplanchaba sobre ella
con la plancha de carbón.

¿Quién era más triste:
la plancha, el carbón o mi madre?

Mía también fue esta mesa
y sobre ella escribí un día estos versos
que nadie se atrevería a publicar.

Cada generación tiene su historia.
Cada sueño su raíz. Cada mesa es como
la palma de una mano. Sus líneas
nos pueden revelar en el momento preciso
de dónde proviene
la madera de los sueños
la nostalgia de las manos
o el lenguaje cifrado
del corazón.

De Las ceremonias del silencio (1989).

11.7.18

Poética rareza

Subir al origen. Antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941), del poeta, crítico y profesor José María Castrillón (Avilés, 1966) es mucho más que un mero florilegio. Es el libro, ante todo, de un consumado lector que nos presenta una selección de poemas significativos de un puñado de poetas que fundaron la Modernidad al final del Romanticismo. Todos nacieron antes de 1900. Por apuntar dos ideas que subraya Castrillón en su prólogo, son poetas que consagran lo subjetivo y que se apoyan, sobre todo, en el lenguaje. Entre ellos (son veintidós), anoto a mis preferidos en orden de aparición: Wordsworth, Novalis, Keats, Baudelaire, Dickinson, Rilke, Yeats, Cavafis, Pessoa, Eliot, Perse, Stevens, Montale y Ajmátova. 
Tras una semblanza previa, tan personal como todo lo que concierne a esta obra, se muestran algunos poemas de cada autor que son previamente comentados. Tanto estos como las semblanzas están llenos de iluminaciones, de sutilezas, ya se dijo, propias de un lector que sabe bien de lo que habla. Al que no le importa introducir es esos textos la ficción narrativa, algo que aporta todavía más interés a este singular proyecto, aquilatado, piensa uno, a lo largo de los años.
La mayor parte de las veces, esos versos se han traducido expresamente para esta edición. De lenguas como el inglés, el francés, el ruso, el italiano y el alemán. Por personas tan solventes como Jordi Doce, Mario Domínguez Parra, Juan Andrés García Román, Tomás Sánchez Santiago o Juan Carlos Mestre. El propio Castrillón interviene en no pocas de las versiones. Otras veces echa mano de otras ya publicadas, como las de Stevens de Sánchez Robayna y Jiménez Heffernan, por ejemplo, o las de la flamante directora general del Libro, Olvido García Valdés, en el caso de la citada poeta de San Petersburgo.
Pero no acaba la cosa ahí. Después de los poemas de cada poeta se añade uno bajo el rótulo "Homenaje de la poesía hispánica". Se trata de un poema escrito por un contemporáneo, ya sea español o hispanoamericano, que recrea, digamos, la poética de aquél, lo que no deja de constituir una antología dentro de la otra antología. A ésta habría que sumar una tercera, la que Castrillón denomina precisamente "Otra antología" donde incluye semblanzas bibiobibliográficas de poetas que en muchos casos podrían haber formado parte de la primera y que, por lo demás, también están en el origen de la poética moderna occidental: Hölderlin, Williams, Frost, Ungaretti...
Una página web, titulada como el libro (tomado de un verso de Jovellanos), amplía la información del volumen y da noticia de los poetas elegidos, de los mencionados traductores o de las respectivas obras del conjunto. Al final, se condensa una práctica bibliografía básica.
No hace falta decir que hay un componente didáctico en este logrado empeño que busca "lectores no especializados". Para alumnos de Bachillerato o Filología, sí, pero también para poetas jóvenes que no se contenten con ser vulgares parapoetas. Y, en fin, para cualquier lector de poesía, conozca o no a estos autores y a sus obras. Cómo he disfrutado con los inteligentes comentarios del editor y cuánto de los versos de estos maestros perennes e indiscutibles a los que uno nunca se cansa de volver.
Trea vuelve a acertar. Estos asturianos... 

8.7.18

Un poema inédito

INÉS

La habitación del fondo.
La más oscura.
Tal vez la más pequeña.
Al final de un pasillo
que huele en mi memoria
a tubería.
Y ella en el cuarto.
Menuda y enlutada.
Callada en el silencio.
Negra en lo negro.
Nos acercábamos con miedo
a saludarla.
Apenas si salía
de aquel angosto encierro
que a mí se me antojaba
injusto y triste.
Inés, mi bisabuela,
la madre de Ramón,
la abuela de Ramón,
que era mi padre.
Al besarla, pinchaba.
¿La escuchamos hablar
alguna vez?
Hoy, desde aquella silla
que se pierde en el tiempo
acaso pronuncia estas palabras.

Nota: Este poema ha aparecido en el número 127 de la revista TURIA, en el especial "Letras de España y Perú".
La ilustración es del pintor Vilhelm Hammershøi: el cuadro "Frederikke Hammershøi, the artist's mother" (1886).

3.7.18

Sarah Holland-Batt en EC


Los peligros/The Hazards
Sarah Holland-Batt
Traducción de Gabriel Ventura
Vaso Roto, Madrid, 2018. 115 páginas

Apabulla el currículum de la joven poeta australiana Sarah Holland-Batt (Southport, Queensland, 1982). Creció entre su país y Estados Unidos y ha vivido en Italia y Japón. Posee un título en Literatura, un MPhil en Inglés y un Máster en Filosofía por la Universidad de Queensland, además de un MFA en Poesía de la Universidad de Nueva York, donde disfrutó de una Beca Fulbright. Ha recibido otras: la MacDowell Colony, la Chateau de Lavigny, la Hawthornden, una de viaje Marten Bequest, así como las residencias de literatura Asialink y del Consejo de Australia en el BR Whiting Studio en Roma. Actualmente es profesora de Escritura Creativa en Queensland 
Tras su extraordinario debut con Aria (2008), Los peligros (2015) ganó el Prime Minister's Literary Award. Este libro nos presenta en España (gracias a una ejemplar traducción que ha debido resultar costosa) una poesía lejana en todos los sentidos, apenas representada aquí por la de Les Murray (Lumen, 2000).
Desde el primer verso del primer poema (“Siempre he amado la vida traslúcida”), el lector observa la capacidad imaginativa de Holland-Batt (pues lo inimaginable / como quiera ocurre”) y, lo que es más importante, la fuerza plástica de su lenguaje. “Mis poemas son actos de pensamiento”, ha dicho. “Para mí, escribir poesía es un proceso totalmente consciente y mis intenciones son bastante transparentes para mí”. También para quienes se acercan a estos versos elegantes y suntuosos que se deslizan con aparente facilidad, con fluidez, ante los ojos sorprendidos de quien lee.
El cosmopolitismo, una de sus señas de identidad, que va de lo local a lo universal (“Botany”), está respaldado por sus poemas. Los de una incansable viajera que se mueve entre la atención y la perplejidad. Desde el “perfecto” pasado (irlandés o australiano). Sin descartar lo histórico y hasta lo épico de los primeros asentamientos. Desde la infancia y la familia (padre, abuelos), que se detiene en el “verano eterno” de “La casa de las orquídeas”. Bajo una lluvia “oblicua”, como la de Pessoa. A veces estos extensos poemas son tan abigarrados y espesos como la exuberante vegetación tropical que describen (“el garabato púrpura de la buganvilla”). Flores, plantas, árboles que nombra minuciosamente. Del mismo modo que los animales, omnipresentes, como realidad y como metáfora, a lo largo de la obra. Aunque ella se declara admiradora de Bishop y Glück (se celebra esa sabia elección), en esta suerte de bestiario (léase la segunda parte) ve uno la mano de Moore. Guacamayos, anguilas, periquitos, zarigüeyas, hormigas, gatos, cangrejos, buitres…
Alguien ha mencionado la palabra “psicogeografía” y, en efecto, el paisaje (“Guisantes del desierto”) y la visión interior se entremezclan para expresar pensamientos y sentimientos. Lugares de su tierra natal, ya se dijo, de América (Norte y Central: California, Costa Rica, La Habana, etc.) y de Europa (a la que dedica la tercera parte) donde sitúa sus experiencias: Berlín, Ravello, Roma (“Hoy quiero mirar y no ser”), Orvieto, etc. Aunque no lo parezca, amorosas casi siempre: “Tenemos tan poco tiempo. Deberíamos amar”. “Amor, amor, como una canción olvidada…” Sin perder por ello el tono elegíaco y melancólico. “No termina la pena, nunca”. Ni la muerte.
Su poesía es inteligente y culta sin ambages. No poca, ecfrástica: sobre obras de Goya (y su perro), Ingres, Hammershøi (“por encima de todo / el amor por la luz”, que “nos sobrevive”), Vermeer, Freud (“ha sobrevivido al sexo”), Hopper, Matisse (en Collioure)... No, “No terminan las imágenes”, como titula uno de los mejores poemas del conjunto. Y musical: Bach, Shumann, Brahms, Scarlatti… Está, además, con sutileza, llena de literatura: Eliot (“Primavera: las Gracias”), Lowell (“La invención del éter”), Olds y Simic (la primera, profesora suya en Nueva York, a los que agradece la lectura de sus poemas inéditos)…
En la última parte, Holland-Batt torna aún más intimista (no es en vano ese guiño a Cal Lowell) y cierra magistralmente su libro con el poema que le da título.

Nota: Esta reseña apareció el pasado viernes 29 de junio en El Cultural

27.6.18

Lecturas de final de curso

Cualquiera que se haya dedicado a la enseñanza sabe perfectamente que los finales de curso son siempre tensos. Al cansancio de los alumnos se suma el de los docentes y a estos se les acumulan mil  y una tareas burocráticas que logran crispar sus ya frágiles nervios. Eso por no hablar del típico conflicto de última hora, ya sea provocado por alumnos o progenitores, incluso por tal maestro o profesor, para que nadie diga que echo balones fuera. Ya que lo menciono, supongo que a los aficionados al fútbol les habrán aliviado este estresante colofón educativo los partidos del Mundial. A los que no lo somos (pedimos disculpas por ello), la lectura (si eres lector, claro) nos resulta un antídoto perfecto contra la mencionada crispación. Como uno ya es mayor y no está obligado, en este terreno, a satisfacer otro gusto que el propio, confesaré que me han ayudado estas últimas semanas un puñado de libros que comulgan con mis intereses lectores. Sólo unos pocos, advierto, de entre los que he tenido ocasión de disfrutar estos últimos meses. No dejo de agradecer la generosidad de cuantos me envían sus libros. Empiezo por gente de mi edad, como Felipe Benítez Reyes (al que saco un año) o Luis Alberto de Cuenca (que me saca nueve, aunque no lo parezca). 

Del primero he leído Ya la sombra, un libro de tono grave, que diría nuestro añorado Miguel García Posada, sin que ello signifique solemne (eso nunca), siquiera sea porque la vida al filo de los sesenta... No es el de Rota un poeta irregular ni cambiante, por eso los que vuelvan sobre esta última entrega lo reconocerán pronto. A mi manera de leer, esta es una de sus mejores obras. Por genuina, añado. Y por honda. Léase "Ciclos" o "La materia invisible", por ejemplo, o "El lector adolescente". Por lo demás, conviene destacar la ilustración de la cubierta, un precioso collage del autor de Sombras particulares.

Del segundo he devorado Bloc de otoño (como el anterior, en Visor, aunque éste en la colección Palabra de Honor), un libro que reúne poemas de 2013 a 2017. No le he hecho caso y lo he leído en riguroso orden de aparición, que es como uno lee siempre los libros. Como han dicho otros lectores y críticos es verdad que algunos poemas puede que sobren, pero a uno le da igual porque en todos ha encontrado un hallazgo, un guiño, una lección, un sentimiento o, en fin, algo que lo justifique sobre la página. Algunos son memorables y formarán parte de esa antología esencial que el futuro deparará al poeta madrileño, con permiso o no de los políticamente correctos. Eso sí, el florilegio será, como este volumen, bastante grueso. Tiempo al tiempo. 

A Arturo Tendero, otro cincuentón (le saco dos años), ya lo había leído. Para uno siempre será el de la revista La siesta del lobo, el defensor de César Simón, al que dedica un emotivo poema en su último libro, El otro ser (La Isla de Siltolá). Un libro que, por cierto, me ha encantado. Sin ningún pudor lo afirmo. Es un libro logrado, personal, directo, estupendamente escrito y con un ritmo que se cuelga del oído del lector de principio a fin. No creo que a nuestra avanzada edad, insisto, se puede escribir de otra manera ni decir cosas diferentes a las que, con gran sentido de la medida, dice Tendero, uno de los excelentes poetas albaceteños de ahora. Chapeau!

De Enrique Zumalabe Ramblado (onubense del 77 y, como uno, maestro) ya habíamos hablado también aquí. Repite editorial y nos entrega La lluvia o mañana, que no está tampoco nada mal. Vamos, que está muy bien. La suya es también una poesía de línea clara, sin prescindibles oscuridades, vagarosas experimentaciones e innecesarias alharacas. Habla de lo que le pasa a él, que viene a ser, cuando el poeta acierta, lo que nos pasa a todos. El toque portugués (más que la visita a ciudades como Oporto) le añade un plus de credibilidad lírica, algo en lo que coincide con los demás poetas reunidos en esta entrada: que son buenos lectores y que de sus lecturas trasvasan no poco a sus poemas. Léase "No soy Borges" o "Con la venia de Horacio". A este hombre de apellidos complicados ya no lo pierdo de vista. A la segunda... 

Tampoco me ha decepcionado Tacha, de Francisco José Martínez Morán (¡uf!), que aparece en Renacimiento gracias, supongo, al buen olfato de Abelardo Linares o de su hija Christina, no sé. Aquí la máxima virtud está en la mínima expresión. Quiero decir que borda los poemas breves, que no es tan fácil. Poemas que a pesar de su concisión, o tal vez por eso, resultan contundentes y acerados, como un buen golpe de boxeo. Léase "Sobre aquel páramo". Versos sin contemplaciones donde abundan también las lecturas y los homenajes a clásicos, sobre todo, algo que siempre se agradece. A modo de ejemplo: "Farai un vers de dreit nien" por donde surgen Guillermo de Aquitania y... Luis Alberto de Cuenca. Ejemplar. 

Dejo para el final, pero sin intención (me temo que en estos tiempos estas explicaciones, ay, son necesarias), Las variaciones insensibles (A la sombra de los días, de Ibañez y Salcines editores), obra de la santanderina Elda Lavín, editora de La Mirada Creadora, y sólo porque el tono es diferente y la poética menos realista, digamos, que la de los libros anteriores. Eso con ser los suyos poemas apegados a la vida. Y al amor, que viene a ser lo mismo. La diferencia la marca acaso una propensión más reflexiva o hasta, digamos, metafísica. Unos poemas para leer con atención y releer de nuevo (lo que exige, por otra parte, cualquiera que se precie). Versos sutiles donde prima un lenguaje que no deja ningún resquicio a la prisa o al descuido. Permanezcan atentos. 

24.6.18

Lumeras, fotógrafo

El placentino Lorenzo López Lumeras (1961), que vive desde hace años en Badajoz, ha ganado la segunda edición del premio Internacional de Fotografía Santiago Castelo que concede el Centro Unesco de Extremadura con la imagen que ilustra esta breve noticia. 
"Fue la última mañana de niebla pacense, a comienzos de la primavera. Me levanté, observé una suave niebla y no dudé en dirigirme a donde confluyen el Guadiana y el río Gévora, 'la pesquera'. A un kilómetro de Badajoz. Enfrente, la alcazaba", ha contado.
Además de fotógrafo, Lumeras es músico: estudió percusión en el conservatorio de Badajoz y saxofón en el de Cáceres y es profesor de las escuelas municipales de música de Badajoz y forma parte de la Banda Municipal de Badajoz desde 1997. Al parecer, lo suyo es el pop, blues y jazz-fusión, pero también la música cubana y el flamenco.
Con todo, es la fotografía un arte que domina. Imágenes suyas han sido premiadas recientemente aquí y fuera de España y exposiciones como "Lugares habitados" (es especialista en retratar esos espacios de la desolación y la memoria), que reúne fotos de Badajoz, Cáceres, Tánger y Elvas, demuestran a las claras su excelencia. O las realizadas este mismo año en las calles de Lisboa. No estaría de más darse un paseo por su muro de Facebook donde el curioso encontrará numerosas muestras de su excelente quehacer. Uno siente especial predilección por una foto de las ruinas del Teatro Cervantes de Tánger. Sí, la poesía, me atrevo a decir, está muy cerca del trabajo de este hombre. No le pierdan de vista.