15.11.18

Ida Vitale, trocar el duelo en canto

Foto: Abril Cabrera / Secretaría de Cultura Ciudad de México

No ha sido una sorpresa. O no del todo. A pesar de la tácita alternancia. Sí, tal vez le tocara a uno de aquí, pero sus lectores, nacionales y ultramarinos, llevaban mucho tiempo esperando que el Cervantes recayera en la uruguaya Ida Vitale. Era de justicia, no sé si poética. Otros galardones acaso lo anunciaban: el Octavio Paz, el Reina Sofía, el Federico García Lorca, el FIL de Guadalajara...
Dije “uruguaya” aunque su cosmopolitismo esté certificado. Tras el exilio, primero vivió en México y años más tarde, después de un nuevo periodo en su país natal, residió en Austin, Texas. Desde ese lugar regresó a Montevideo donde ha recibido la noticia.
No, Ida Vitale no es una desconocida para el lector español. Nos ha visitado con distintos motivos (para ofrecer lecturas y conferencias; en la Residencia de Estudiantes, por ejemplo) y ha estado vinculada a la Fundación Loewe, formando parte del jurado que concede su acreditado premio de poesía.
Tusquets publicó primero Reducción del infinito (un libro y algunos poemas más) y reunió el pasado año, también en la colección Nuevos Textos Sagrados, su Poesía Completa (1949-2015), en edición de Aurelio Major. En el catálogo de Pre-Textos están Trema y Mella y criba. También contamos con dos antologías básicas ("En un libro cabe el azar. En una antología reina"): una breve, Cerca de cien (Visor), y otra más extensa, la que publicó la Universidad de Salamanca con motivo de la concesión del Premio Reina Sofía: Vértigo y desvelo.
En una ocasión, Vitale dijo: "Aquello con lo que tropieza el lector impaciente, el misterio, objeto de fe en términos religiosos, debería ser, para el lector de poesía, objeto de fe poética y pensar que lo secreto y misterioso puede dejar de ser oculto; basta con que el entusiasmo y un cierto sentido poético se apliquen a descifrar y a entender”. No es mala receta para quienes se acerquen por primera vez al misterio de su poesía, aquello que la justifica y la hace fuerte frente a la banalidad de esta época, que sigue siendo la suya. La de Vitale ha sido, en términos líricos, una lucha constante, llena de fervor y paciencia, contra la verbosidad y la retórica, una de las líneas maestra, mal que nos pese, de la poesía occidental e hispanoamericana. “Si se puede decir en menos…”, ha escrito. “Es la desconfianza lo que me lleva a reducir o a concentrar. Siempre hay más seguridad cuando las palabras son más precisas. Cuando uno utiliza muchas palabras rodeando la idea que es esencial, simplemente puede ser que uno no haya encontrado la palabra que lo concentra todo”. En la economía verbal, en efecto, ha basado Vitale su tarea, lo que al cabo explica el porqué de su brevedad a pesar de lo dilatado de su vida, de la edad provecta que ha alcanzado y, además, en plena lucidez. Y ya que lo menciono, no está de más recordar su condición de profesora y de estudiosa, de crítica y ensayista (ya sea del español Antonio Machado, la brasileña Celilia Meireles o el italiano Giorgio Morandi, pongo por caso), algo del todo normal en una poeta de su tiempo (una lección que tal vez aprendió del citado Paz) que, de forma irremediable, ha de reflexionar sobre su propia escritura y, por añadidura, sobre la de sus contemporáneos, tengan los años que tengan.
“Para mí la poesía es eso que está lejos”, afirmó en otro momento. Y, sin embargo, qué cerca la sentimos, siquiera sea porque nombra espacios familiares, escenas cotidianas y, en fin, todo aquello que quien más y quien menos siente como propio. No es extraño que señalara que sus poemarios “son abiertos” y que “su unidad está en el lenguaje empleado, porque uno puede decir cualquier cosa pero no de cualquier modo. La clave está en buscar la palabra precisa y no abusar de los recursos ornamentales”. Es verdad, nada más lejos del preciosismo que sus versos, tan ajustados, tan exactos. Y al llegar aquí subrayaremos su condición de traductora y, por tanto, de persona acostumbrada a los adentros, digamos, del lenguaje, al contacto con el reducto más íntimo de la lectura.
En un viejo artículo escribí: “hablamos de una poesía que exige el esfuerzo del lector (uno está aburrido de esa poesía para tontos que nos hace más tontos todavía, tan de moda estos últimos años); de una poesía que destella inteligencia por todos sus poros; que demuestra una maestría técnica digna de quien conoce a fondo todas las tradiciones de la lírica; que, en fin, nos complica la vida (porque la existencia es compleja)”. Y en otro sitio: “Sin ninguna estridencia, con una naturalidad pasmosa, sus versos parecen venir de lo más profundo y secreto de la vida. El verano, el menisco, un poeta japonés en su jardín, el libro, el grajo o la sequía son elementos suficientes para componer, desde la soledad y el silencio, mucho más que meros artefactos lingüísticos”.
Vitale es una autora de la estirpe de los poetas “transparentes y profundos, conceptuales y cautivantes”, como se recalcaba en la presentación de Reducción del infinito. Buena prueba de ello, de esa fácil dificultad, son sus poemas, nítidos y memorables. Uno dedicado a Cavafis termina así: “eres / el derrotado, el triste, el solo / -no importa de qué tribu- / que trueca el duelo en canto”. Alta misión de la gran poesía. Un logro evidente de la que ha escrito Ida Vitale.

Nota: este artículo se ha publicado en El Cultural. 

Algunas lecturas (en prosa)

Ya me he resignado a no consignar aquí como es debido las lecturas de algunos libros que uno lee y al cabo disfruta. Con todo, me permito dejar caer unos cuantos títulos que me han sorprendido en los últimos tiempos. Así, La bufanda roja, de Yves Bonnefoy (traducido por Ernesto Kavi para Sexto Piso) que son mucho más que unas memorias de infancia del extraordinario poeta francés del que, por suerte, existen numerosas versiones en nuestra lengua, tanto de poesía como de ensayo. Es un libro exigente, sí, de los lugares, pero del que, una vez que entras, ya no puedes salir. No esperaba tal cosa y eso siempre está bien cuanto te adentras en territorios desconocidos, por mucho que uno haya frecuentado sus versos. Palabras mayores. "Un mundo, lo que la escritura produce". Más claro, agua. Álex, Basilio, tomad nota (si no lo habéis leído ya). 
Jesús Munárriz y Fermín Herrero han ido reuniendo en el transcurso de los años numerosísimas citas de distintos autores (de los clásicos a los contemporáneos, y de toda la geografía mundial) en torno a la poesía, el poema y el poeta. Tras evitar la muerte por aplastamiento o avalancha, han logrado seleccionar no pocas en el volumen Poesía ¿eres tú? (Hiperión). Abren el conjunto, que hay que leer poco a poco para evitar un empacho lírico, dos breves textos de los compiladores o coleccionistas. Hay muchas joyas ahí dentro. Fragmentos e iluminaciones para reflexionar y, acaso, intentar definir o comprender eso que llamamos, alegremente, poesía.
Con mucha emoción y absoluta cercanía he leído (y, como en los casos anteriores, subrayado) los aforismos que agrupa el poeta Antonio Cabrera en Gracias, distancia. Todo un acierto de Cuadernos del Vigía, sin duda. Es su primer libro de ese género tan de moda. Pero cuidado, si algo se aprecia al leer los lúcidos y certeros de Cabrera (de formación, no se olvide, filosófica), es que no todos valen, que hay mucha ganga en ese mercado. No aquí, insisto. Al revés. El viento (como metáfora o símbolo), César Simón (y su casa en medio del páramo), la poesía (como indagación), la luz (sureña, mediterránea) o la pintura son el origen de sus asedios. Podría copiar muchos, y los lectores me lo agradecerían, pero será preferible que ellos mismos se acerquen confiados a estas sentencias que son, cómo no, pura poesía.
Otro libro que me ha sorprendido gratísimamente -y veo que a no pocos les está ocurriendo lo mismo- es el último en prosa de Vicente Valero, Duelo de alfiles (Periférica), después de dar a la imprenta Los extraños, El arte de la fuga y Las transiciones. Empiezas a leerlo y ya no puedes parar. Eso es al menos lo que me pasó a mí. Cinco escritores: Nietzsche, Rilke, Kafka, Benjamin y Brecht, y cuatro escenarios (y otros tantos viajes): a la isla danesa de Fionia, a Turín, a Múnich y a la aldea suiza de Berg am Irchel, le permiten componer una jugada narrativa perfecta que sólo a ese noble, inteligente juego de estrategias puede compararse. La autobiografía y el ensayo se funden en esta historia de historias con la misma, aparente naturalidad que evidencia el lenguaje utilizado. A estas alturas, uno no sabría decir si Valero es mejor poeta que narrador o viceversa. Lo que quiero decir es que se nos ha revelado como uno de esos raros escritores que parecen dominar distintos géneros o, tal vez, fundirlos en uno solo. ¡Qué lección!
Frecuenta uno desde hace años los diarios y la poesía de José Jiménez Lozano, rara avis de la literatura patria, grandes premios mediante (tiene el de las Letras y el Cervantes), autor para minorías, para lectores que transitan sendas apartadas y solitarias. La historia y la política, la religión, Port-Royal y el jansenismo, los pequeños viajes, Cervantes y El Quijote y, en general, los libros y sus lecturas son algunos de los asuntos que aparecen en entregas como ésta, Cavilaciones y melancolías (pulcramente editado por Editorial Confluencias), que reúne los diarios de 2016 y 2017. En la "Explicación" inicial dice: "tampoco esta vez quieren ser ni de lejos crónicas y testimonios, sino mero tema de conversación con el lector. Y mi deseo es el mismo que el tan repetido en volúmenes anteriores: ofrecer un instante de compañía y reflexión sobre algo leído o visto, pensado y sentido en diversas ocasiones, por si puede servir de alguna manera a alguien".
Uno prefiere, con estar de acuerdo, pongo por caso, en la denuncia de lo políticamente correcto, nefasta doctrina de nuestra época, sus apuntes del natural, digamos, cuando la naturaleza y el mundo rural en el que vive se imponen a otros desastres y la poesía brota de manera casi espontánea, como esos versos que, aquí y allá, adornan, en el mejor sentido, estas páginas. Paisajes, pájaros y flores que, insisto, nos humanizan. O cuando relata anécdotas y recuerda los viejos tiempos, los de su ya lejana infancia castellana. O los de su juventud, en la postguerra.
De un libro de George Santayana, rescata estas palabras que subrayo y hago mías: "Confieso que no me gusta gran cosa la poesía altisonante, ni la poesía que truena y sermonea. (...) A mi juicio es inútil tratar de embellecer las cosas, y eso es todo lo que hacen los poetas verbosos. (...) Pero la poesía es algo puro y secreto... Los verdaderos poetas recogen el encanto, el sortilegio de las cosas, y arrojan la cosa misma. Su sentir... sobre todo es involuntario".

Nota: Ilustra esta entrada un óleo de Guillermo Peyro Roggen, "Libros VII", de 2003.

13.11.18

Basilio Sánchez, nuevo Loewe

Hace muy poco presentábamos Miguel Ángel Lama y yo su último y extraordinario libro: Esperando las noticias del agua, publicado por Pre-Textos hace unos meses. Mi reseña sobre esa lectura está a punto de aparecer en la revista Turia. Conociéndolo, y por lo que dijo aquella noche en Cáceres, nada hacía presagiar un nuevo libro, no al menos de manera inminente, y sin embargo... uno suyo acaba de conseguir el codiciado y prestigioso premio Loewe. Se titula He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. Para este fiel lector suyo, y viejo amigo, es una inmensa alegría. Por él, claro, por los suyos y por el premio, que vuelve a demostrar que se sostiene sobre un sólido jurado capaz de reconocer la virtud poética allí donde se encuentre, por encima de modas y otras presiones comerciales al uso. También por mí, si se me permite el añadido. Es un honor que, después de veintisiete años, vuelva ese galardón a Extremadura, de la mano de mi admirado Basilio. La obra no defraudará, lo doy por hecho. Su rigor y su valía, basada en el fervor, están de sobra demostrados a pesar de que la crítica de este país aún no se haya dado, en su mayor parte, por enterada. ¿Lectores? No le faltan. Ahora se multiplicarán. Ya era hora.
Felicidades, en fin, al médico cacereño y a los organizadores del certamen. Sé, además, que a don Enrique y a su hija Sheila, y al resto de las personas que forman la gran familia Loewe, este hombre les va a caer estupendamente. Esto es la excelencia, sí. 

Un par de presentaciones























Según costumbre, el próximo viernes presentaremos El cuarto del siroco (Tusquets Editores) en el Verdugo. Muchos años después, desde el lejano Territorio, vuelve uno al mismo sitio y en la excelente compañía de Gonzalo Hidalgo Bayal, que también estuvo en aquel concurrido acto. Y en tantos otros con distintos libros. Espero, claro, que vengan más. Aquello es grande (tal vez demasiado). Habituales de esa querida sala (club, diría Gonzalo) o no. Familia, amigos, compañeros... Lectores, en suma, aunque no pertenezcan a ninguna de estas categorías (que a veces se entremezclan). Por anticipado, gracias. Las que doy a Juan Ramón Santos, nuestro mejor gestor, que ha diseñado el bonito cartel. Ah, y esperemos que el tiempo otoñal acompañe. Dentro, al menos, ni nos mojaremos ni pasaremos el frío de antaño, padre.
El día 20, martes, estaremos en Madrid, con Lola Larumbe, en su librería, Rafael Alberti, como en 2015, cuando conversé allí con la periodista Pepa Fernández  a propósito de Más allá, Tánger. Será en el ciclo "Encuentros en Alberti". Para tan fausta ocasión, contamos con Jordi Doce, otro presentador de lujo. Será a las 7 de la tarde. Quedáis invitados. 

12.11.18

El cuarto del siroco

Álvaro Valverde

Tusquets. Barcelona, 2018. 176 páginas. 15 €. Ebook: 7,99 €

TÚA BLESA | 09/11/2018 |  Edición impresa



Álvaro Valverde. Foto: Pedro Gato
Tras Más allá, Tánger, publicado en 2014, y dos antologías de su obra poética, El cuarto del siroco. Se refiere el título, así se explica en una nota y es asunto de los poemas, a que, según cuenta Leonardo Sciascia, había en ciertas casas un cuarto del siroco en el que refugiarse de la violencia de ese viento.
Esa expresión sirve como explicación perfecta de lo que es la poesía de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959), extensa y toda ella de calidad, desde luego la que aquí se presenta. ¿Qué es en ella el siroco? La respuesta la da un poema en el que el personaje está leyendo a Leopardi “y su voz se hace mía, contra el eco / de lo que el mundo grita / y yo no oigo”. Ese es el siroco, el grito del mundo, la pesadumbre de los acontecimientos, el sufrimiento de las gentes, “el horror de la historia”, lo que la vida trae a cada momento. De todo ese siroco, los poemas de Valverde son el cuarto en el que no oír todo ello y encontrar la salvación.

Pero ese cuarto desdice en numerosas ocasiones su condición de espacio cerrado y se abre a la naturaleza. Así es, no son pocos los poemas en que unos cerezos, unas palmeras -“me conmueven los árboles”-, el trino del mirlo -su canto, “una mezcla perfecta de habilidad y de misterio”-, unas montañas -“donde se roza el misterio del cielo”-, el río y las aguas en general -allí “Se suspende la vida / para dar paso a un tránsito / que ni es hora ni es instante”, tan cercano a la experiencia zen-, etc., se ofrecen al sujeto con toda su sencillez, la sencillez de decir lo vivo, lo que permanece y lo que cambia, todo en uno, lo que sin más se da como un regalo a quien repara en ello y da la paz. 
Con la naturaleza, aparece también lo construido por el hombre. Recorrer la ciudad, el pueblo. Las calles, las plazas, una torre en el campo, el molino, el paseante vibra con todo ello y encuentra allá por donde va nuevos refugios contra el grito.
Todo lo anterior se incorpora a los textos en una poesía eminentemente meditativa. No estamos ante una escritura que describa el paisaje, que también, sino además “por salvar de la abulia y el olvido / este lugar”, sea el que sea y, sobre todo, ante una que se traza tras haberse introducido la mirada en lo que ve y extrae de ello alguna reflexión. Reflexiones que son la de quien se define, acaso ya desde la juventud, como “un melancólico incurable” o quizá, sin más, alguien con conciencia de la condición humana. En efecto, son muchos los poemas en que acaba surgiendo la fugacidad de la vida, el saberse un ser para la muerte, dicho sea con expresión heideggeriana. “Uno no se acostumbra / a estar siempre muriendo”; el cuarto del siroco es un refugio “en el que cobijarse / del triste pensamiento de la muerte”. Además, algunos de los poemas son elegías por amigos ya desaparecidos. A la melancolía apuntan también poemas en los que los lugares frecuentados años atrás -un baño en una poza, la visita a una ciudad-, hacen rememorar la niñez, la juventud, el tiempo ido y la certeza que el futuro guarda.
De un pintor al que observa el personaje dice que su trabajo es “Contra el tiempo, a favor de la belleza”. Eso mismo hay que decir de los poemas de este libro, testimonios de la belleza del mundo y actas que se levantan para hacerla perdurar y con ellas los sentimientos que provocan. Poemas de amor, amor las gentes, a las cosas, a la vida a la que la muerte cierta da su verdadero valor.Poemas también de amor a la poesía y a la vida.

Aquí

Estás sentado solo frente al valle
con un libro en las manos
que abandonas a ratos
para poder mirar,
con la calma debida,
cuanto la vista alcanza.
Suena el silencio. A veces,
el rumor de las ramas
o el canto intermitente de algún pájaro.
Respiras hondo. Ves.
Aprecias uno a uno los momentos
que te concede este vivir al margen.
No haces tuya la queja
de los que quieren irse
pero que aplazan siempre la ocasión de su huida.
Permaneces aquí
por propia voluntad:
es éste tu lugar.
Tú eres de él.


Nota: Esta reseña se publicó en El Cultural el pasado viernes. 

11.11.18

Recordando a Gayga

Como anunciamos aquí, anoche se celebró el homenaje al escritor y periodista José Antonio Gabriel y Galán, veinticinco años después de su prematuro fallecimiento. A pesar de la lluvia y de que era sábado, nos reunimos en el Verdugo no pocas personas al amor del recuerdo de un placentino que mantuvo, desde la distancia, esa noble y azarosa condición. Allí estaba su viuda, Cecilia Alarcón, su hija, tres hermanos y una hermana de José Antonio, más familia, amigos... Organizó el acto el Ayuntamiento, de la mano firme de Juan Ramón Santos, y la Asociación de Escritores Extremeños, que él también preside. Por eso tomó primero la palabra el alcalde Pizarro, con la desenvoltura que le caracteriza. Al final de su medida aunque emotiva intervención, anunció que se va a colocar una placa en su casa natal que perpetúe su memoria hasta donde eso sea posible. 
Le siguió Paco Gabriel y Galán, quien mejor le conoce (hablo deliberadamente en presente), que, con un gran sentido de la oportunidad, elaboró, echando mano de distintas conferencias de su hermano (su archivo es una joya), una suerte de poética donde se sucedían opiniones, sueños, deseos, frustraciones y, en fin, todo aquello que alguien que escribe pretende conseguir. Porque, según él, la áspera voz del José Antonio del Diario (acaso su libro más significativo, donde está más, diría) no es por la que le gustaría ser recordado. No olvidó mencionar al Gayga comprometido, moral y políticamente. 
Álex Chico, que estuvo a punto de dedicar a su obra una tesis doctoral (Fernando Valls iba a dirigirla), lo que dio al cabo en un libro precioso, Un hombre espera (donde aparece el joven que fue en París), que lo descubrió a través del diario (si bien oyó su nombre por primera vez cuando se inauguró el Aula de Literatura que lleva su nombre y él era aún alumno de bachillerato), Álex Chico, decía, habló de esto que cuento y de la singular trayectoria del escritor, uno de los que ha marcado con mayor fuerza su educación literaria y sentimental. Todo un maestro. 
Por fin, Luis Bagué, profesor en la Universidad de Murcia y crítico de Babelia (El País), responsable de la edición de su poesía completa, se centró en su vertiente lírica, digamos, para empezar confesando que cuando le encargaron ese estudio a él sólo le sonaba su nombre de una novela que estaba en la biblioteca familiar y cuya cubierta y título tanto habían llamado desde siempre su atención. Se refería a El bobo ilustrado. Y eso, explicó, porque Gabriel y Galán, nieto, no aparecía en ninguna antología generacional o canónica, tampoco en las alternativas, ni era mencionado por los críticos como uno de los que podría haber estado en ellas, pero no estaba. Tres libros publicó en vida (el tercero ni siquiera exento) y, como en su vertiente narrativa, cada cual fue a su bola y sin otro plan (temporal o estratégico) que el de escribir lo que en ese momento necesitaba. Chico y Bagué, en este sentido, reconocieron su cualidad de adelantado. Así, comentó el segundo, cuando se leen los monólogos interiores de A salto de mata, que anticiparían, a su manera, los muy logrados de las novelas de Chirbes. Otro tanto cabría decir de la crítica a la Transición que, en el momento en que esta sucedía, se da en Un país como este no es el mío
Sí, la obra de José Antonio Gabriel y Galán, a pesar del éxito, casi póstumo, de Muchos años después (como dejó escrito Luis Carandell, "un jurado compuesto por Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Arturo Uslar Pietri y Gonzalo Torrente Ballester le concedió en Colombia uno de los más prestigiosos premios literarios en lengua española, el Eduardo Carranza"), espera el reconocimiento que siempre esperó y que no obtuvo. Por eso el mejor homenaje que podemos hacerle es leer sus libros. Empezando, concluyeron los intervinientes de anoche al ser preguntados, por el Diario, que está, como su poesía completa, en el catálogo de la Editora Regional de Extremadura. No es tarde. En literatura, nunca lo es. 

8.11.18

Hotel Europa

"¿Es la poesía un remanso de calma, lejos de esas realidades?", se preguntaba, retóricamente, el poeta norteamericano de origen serbio Charles Simic en su ensayo "Poesía e Historia", recogido en un libro que me tiene atrapado: La vida de las imágenes (Vaso Roto). Aludía a las realidades de los refugiados, los desplazados o los perseguidos por sus ideas políticas o religiosas. Añade: "Un poeta que se empecina en ignorar los males y las injusticias que son parte integrante de su propia época vive en el paraíso de los necios". No es el caso de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) y lo demuestra a las claras en su libro Hotel Europa (La Isla de Siltolá). Desde el primer poema, "Acampados", que forma parte de la serie "Historia universal". La guerra, los fusilamientos, Ciudad Juárez, Mozambique... Signos y lugares de "este tiempo adicto a las catástrofes": El poema "Recordando al enfermero Whitman" termina: "En el centro, la herida", por más que "Las palabras levantan / un hospital precario, / un refugio irrisorio /que dobla la intemperie". "El exceso de porvenir enferma", leemos. Tras un "interludio grotesco" de aire vanguardista, "El teatro anatómico del doctor Cirlot", ya en "Hotel Europa", Gómez Toré escribe: "Para otros las fronteras". Aquí un poema de incuestionable actualidad: "Cuelgamuros". Y otro de título elocuente: "Antonio Machado medita sobre el suicidio en Portbou": "Son arduos los idiomas". Luego dedica otro a Cernuda, al destierro como "pura certeza de estar solo".
"La poesía es el resto", afirma en "Cada día", y añade: "la democracia es lo que queda en los márgenes". Y a ella le dedica el siguiente poema. Uno en prosa, que da título al libro cierra este intensa meditación sobre el ahora. Allí dice: "Soy el último". Y concluye: "Todavía no he aprendido a callarme. Lo haré pronto".
Aprovecho para informar de la reciente aparición de otro libro suyo, de crítica y ensayo: Extramuros. Escritos sobre poesía (Libros de la Resistencia). Reúne artículos, reseñas y otros textos donde la poesía es, sí, protagonista. La de Hölderlin, Valente, Gamoneda y numerosos poetas contemporáneos. Según él, "Si la crítica literaria tiene algún sentido, es porque nos asoma a una alteridad, porque establece un diálogo con un mundo que es y no es el nuestro. De ahí también el riesgo de equivocarse. Nunca leemos desde una posición neutral. El crítico (como el poeta) escribe desde una historia, desde un lugar, desde una tradición o varias. Asumir el malentendido puede ser una forma fecunda de mantener abierta la propuesta de sentido que constituye todo texto. Crítica y poesía no dejan de ser dos modos de escritura que consisten, a menudo, en cultivar la propia perplejidad".

6.11.18

Gayga























El sábado 10 de noviembre, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, se celebrará, con motivo del vigésimo quinto aniversario de su muerte, un homenaje a José Antonio Gabriel y Galán, el escritor placentino que dio nombre al Aula de Literatura de esta ciudad. Habrá intervenciones de Fernando Pizarro García-Polo, Alcalde de Plasencia; Francisco Gabriel y Galán, hermano de José Antonio y, sin lugar a dudas, su máximo valedor; Luis Bagué Quílez, profesor, poeta y crítico de Babelia, además de autor de la edición de su poesía completa, Último naipe, publicada hace años por la Editora Regional de Extremadura; y el poeta y narrador Álex Chico, que tan bien conoce la obra de Gayga, al que convirtió en personaje de uno de sus libros. 

4.11.18

Aramburu lee "El cuarto del siroco"



Fernando Aramburu

Gabriel Sanz

Hace tiempo que la calle Atocha ofrece a los viandantes la ocasión de vivir una intensa experiencia antipoética. Pongamos por caso una hora lorquiana de un día laborable, las cinco de la tarde, da igual por cuál de las dos aceras uno transite o intente transitar. Puede que el visitante llegado de víspera a Madrid dude si la calle está en obras o si una brigada de operarios está ampliando los destrozos de una batalla.
Eran, pues, las cinco de la tarde de un día reciente. Luchaban en la susodicha calle no la paloma y el leopardo, sino la cuchara de las excavadoras y el asfalto, a la par que el viento no se llevaba los algodones, sino unas tolvaneras espesas y blancuzcas que causaban en el gaznate, al menos en el mío, un picor calificable con un antónimo cualquiera de gozoso.
Una orquesta de martillos neumáticos, repartidos en distintos puntos de la calle, interpretaba para mortificación perdurable de los vecinos una rapsodia de estrépitos. Olía a goma quemada. Brotaban chispas de la sierra circular con la que un obrero acuclillado en una zanja cortaba una barra roñosa. Una fealdad agresiva gobernaba aquel antijardín, en medio de la antitarde polvorienta, mientras en la calzada sembrada de cicatrices bullía un zurriburri de vehículos embebidos en coral disputa de bocinas.
Recorrida la calle Atocha en sentido descendente, me acogí con prisa desesperada al Real Jardín Botánico. Necesitaba a toda costa una dosis reparadora de soledad y silencio, con el añadido ornamental de algún que otro gorrión. Hallé un banco de piedra al amparo de un seto. Los árboles en rededor ya estaban otoñando y no me resultaba difícil desoír el murmullo del tráfago urbano, ¿dónde?, más allá de la verja escondida tras la vegetación. Extraje de mi mochila el último libro de Álvaro ValverdeEl cuarto del siroco (Tusquets, 2018), y me abismé con afán de refugio en la lectura de los cuidadosos y tranquilos poemas de una figura señera de nuestra poesía contemporánea.
Álvaro Valverde justifica el título de su libro en una nota inicial. Lo adoptó tras la lectura de un pasaje narrativo del escritor Leonardo Sciascia, según el cual en las antiguas casas patricias de Sicilia las familias de alta alcurnia acostumbraban guarecerse en una llamada stanza dello scirocco los días en que arreciaba este viento procedente del desierto de África. Confieso que me es grata la idea, compatible con otras, de la poesía como aposento seguro y retiro del ruido mundanal. Constato entre apenado e inquieto que sopla mucho el siroco en la vida pública española de nuestros días. La calle Atocha, en su estado de obras actual, con el suelo levantado, el retumbo incesante y el polvo, me da la metáfora de un país en un momento particularmente desapacible de su historia.
La lectura en el Botánico de sucesivos poemas de Álvaro Valverde me llevó a uno titulado Árida vida. En dicho poema, el mismo poeta a quien yo leía se nos muestra a su vez como lector, durante una tarde en la que "el campo invita a un dulce sentimiento del otoño", de otro poeta, Giacomo Leopardi (1798-1837). Me complació sobremanera la imaginada vinculación de los hombres de épocas diversas a través de un ejercicio mejorador de la calidad personal como es la poesía.
Celebro que esa imposición de la edad llamada escepticismo me haya dejado unas pocas y espero que doctas convicciones. Una de ellas sugiere que la poesía constituye una necesidad básica del ser humano. Cuestión aparte es dónde la busque cada cual; pero considero un hecho fácilmente demostrable que todos la buscan, muchos sin darse cuenta, otros muchos obligados al arduo esfuerzo de superar el obstáculo no pequeño de su tosquedad. El que una minoría acuda a buscarla en los libros de poemas acaso no sea más que una singularidad cultural de nuestro tiempo. En el pasado, la recitación, hoy sustituida por la música popular, llenaba plazas y recintos. Por otro lado, quienes frecuentan los tales libros de poemas habrán comprobado en más de una ocasión que muchos de ellos por desgracia no contienen un gramo de poesía. La idea de que esta es un género literario de comprensión reservada a los expertos ha obrado contra ella un efecto antipublicitario de primera magnitud.
Octavio Paz dictaminó que el poema es el lugar natural de la poesía, una especie de estuche que encierra una alhaja. Esta certidumbre, de la que discrepo, convierte la poesía en el resultado de practicar el lenguaje poético. El lector es tratado en tal caso como un consumidor pasivo. Se le permite a lo sumo ejercer de inspector que abre el libro o escucha la recitación y verifica que una manera específica de decir las cosas tiene el valor de un poema. Nada más falso que separar este valor de la experiencia de quien lo constata. No nos extrañe que durante demasiado tiempo la poesía haya sido concebida y estudiada principalmente como una posesión de los expertos capaces de descifrarla y no como lo que otros creemos que es, una vivencia de los hombres sensibles no limitada al hecho lingüístico. Es el paladar el que decide la calidad del vino y no la etiqueta de la botella. Ni el vino ni la poesía son nada en tanto no sean catados.
Creo que la poesía es una experiencia y no un objeto estático. Ni siquiera la considero condicionada por la preexistencia forzosa de un texto. La poesía necesita tanto de un suscitador como de una sensibilidad activadora. Lo primero puede, en efecto, cumplirlo un poema, pero también una secuencia de película, el sabor de las cerezas, la maestría de un saxofonista, un atardecer marino, acaso un gesto moral. En el ejercicio de la amistad se encierra a menudo una modalidad superior de la poesía que quizá no se halle en un soneto canónico, por mucha destreza que el versificador hubiese puesto en la tarea.
Ningún ser humano, letrado o no, se resigna de la mañana a la noche a lo feo, lo sucio, lo ruidoso, lo innoble. Esas y otras instancias negativas tienen su reverso en el valor poético, que es justamente la experiencia personal de la belleza, la armonía, la profundidad de pensamiento, la justicia. Da igual si uno lo expresa mediante unas décimas excelsas o con una simple exclamación sentimental.
Ahora bien, no debemos ser tan ingenuos como para obviar que el gusto, si no se educa, si no se cultiva, nos negará innumerables matices de la comprensión y del deleite. Por eso es una lástima que las autoridades educativas subestimen a menudo la formación humanística de los jóvenes en favor de las exigencias utilitaristas del mercado laboral. "Mi jardín es de todos", escribe Álvaro Valverde en su libro. Yo visité ese jardín y salí de él serenamente emocionado.

Publicado en El Mundo el 4 de noviembre de 2018.

2.11.18

Una reseña

La primera en papel. La firma el poeta Jesús Aguado. Y recalco lo de "poeta" porque, al leerla, me parece que esa condición sobresale, más allá de la de crítico. 
Está en la página 31 del número 205 de la revista Mercurio. Y en un número, qué agradable sorpresa, dedicado a las hermanas Letras Portuguesas. Gracias.
Ah, le sigue una reseña de Cobos Wilkins sobre un libro que he reseñado para El Cultural: Retirada, de mi paisana Pureza Canelo.

Realidades, no humo
JESÚS AGUADO  |  MERCURIO 205 · POESÍA - NOVIEMBRE 2018

El cuarto del siroco
Álvaro Valverde
Tusquets
176 páginas | 15 euros

Alvaro Valverde (Plasencia, 1959) cuenta en el prefacio y en un poema de este libro que el cuarto del siroco, según Leonardo Sciascia, era donde se guarecían las familias nobles cuando soplaba este intratable viento africano. El escritor italiano se preguntaba si no existiría para “defenderse del pensamiento de la muerte” y el extremeño añade que para él es una metáfora de la poesía. Un lugar en el que ponerse a resguardo de la intemperie cuando se vuelve intratable, que es casi siempre. Y también donde pararse a recordar sucesos, a imaginar senderos descartados (una parte importante de los textos aquí recogidos sueñan con ciudades, libros, músicas, aromas o vidas no visitados), a hacer balance de relaciones, a meditar sobre los misterios de lo cotidiano (amigos fallecidos, películas que emocionan, viajes, la familia), o a practicar las virtudes de la lentitud, la serenidad o el recogimiento interior. Apaciguar la extrañeza, “desbrozar el caos”, simplificar los gestos, vivir al margen: en ese cuarto protector la poesía (que hoy el autor solo entiende como un vaso de agua ofrecido “a quien padece sed”) nos enseña que la felicidad es una palabra vacua, que “lo mejor es que te pidan / aquello que tú tienes”, que las intuiciones a veces se transforman en verdades o que hay que estar contra el tiempo y “a favor de la belleza”.
Cosas sencillas porque de eso se trata: de ser sencillo incluso cuando uno se enfrenta a los laberintos (hay cinco en estas páginas) que le van proponiendo los años. Filosofía sencilla: la de un ser humano que renuncia a ser un dios inmortal; y que está más cerca de Spinoza, cuya ética se cita, que de, por ejemplo, un Nietzsche. Vida sencilla: la de alguien que dialoga con las sombras (las muchas acumuladas del pasado y las presentidas de la muerte) desde la serenidad, la concordia y una cierta voluntad de desposesión. Poética sencilla: la que sirve para acercarse a un mirlo sin que se espante, a una casa sin que se cierren sus puertas, a un cerezo o a un aliso sin que huyan, a un libro sin que se borren sus líneas, a una paisaje sin que caigan velos sobre él.En El cuarto del siroco este y otros vientos han quedado fuera. Hay, en efecto, en el extraordinario poema que le da título, y en otros lugares, un “viento retenido”, un viento “seco y frío”, un viento que se presiente en “el rumor de las ramas”, un levante indomable que sopla en paseos vacíos, un viento impetuoso y una brisa. Esa pasión desatada de los vientos románticos, esa tormenta ininterrumpida de ciertas literaturas ya no azotarán, pondrán en peligro ni confundirán el ser (y el Ser) de uno sino apenas sus muros exteriores. Que soplen todo lo que quieran porque el poeta, concentrado en lo mínimo, en lo cercanísimo, en lo más íntimo y en lo concreto, ya no quiere humo sino realidades (ahí se acuerda de Vinyoli), toda una declaración de principios que suena a balance existencial. Pocos vientos y, sin embargo, mucha agua, agua por todas partes: balsas, ríos, mares, estanques, acequias, orillas, manantiales, nieve, fuentes, molinos, puentes, riberas, puertos, pozos, albercas, nubes, algas, corrientes, caudales, cascadas, nadadores, vapor, lágrimas, etc.; un agua que es “metáfora y verdad”, un milagro, una rememoración de lo eterno o, como ya se dijo, símbolo de la poesía. Álvaro Valverde toma partido por el agua pacífica en detrimento del viento, que golpea con fuerza la portada del libro sin conseguir penetrar en él más que de manera testimonial. El agua de la vida. El agua de la poesía.


31.10.18

Dos reseñas que se quedaron atrás


Chocar con algo
Erika Martínez
Pre-Textos, Valencia, 2017. 88 páginas.

Erika Martínez (Jaén, 1979) es autora de los libros de poesía Color carne y El falso techo, y del aforístico Lenguaraz. De su tercera entrega leyó uno la primera parte, “Mujer agita los brazos”, en la revista Años diez. Me sorprendió entonces su voz y más ahora, tras leer este libro. No es uno más. Tampoco ella una de tantas poetas de nuestro panorama lírico, aunque no olvide su condición de mujer (léase “Pruebas circulares”).
Estamos ante un artefacto bien armado compuesto por poemas escritos mayormente en prosa que nos interpelan desde el asombro. Una perplejidad inseparable de la poesía, que es ante todo misterio. Lo reflexivo, que suele partir de la mirada, se aúna a lo aforístico (que linda con lo irónico) sin que por ello se pierda nunca esa intensidad que lo poético exige. Con frecuencia aparece en los poemas la conciencia de la propia poesía, esto es, la metapoesía. Así, cuando leemos “Escribir da tanto miedo como hundir un tenedor en algo que te sostiene la mirada”. O: “Descuidaría todo para cuidar de las palabras”.
“Desiertos” (no sólo por Atacama), la segunda y chilena parte, ahonda en lo autobiográfico (sin confesionalismo) y, marca de la casa (y de generación), con la sutil denuncia de la líquida sociedad en la que naufragamos (“Ser trabajadora”, “Desarrollismo”). En “la soga de pie”, a partir de lo familiar (otra constante), lo surrealista de la trama se alía con lo realista del final: “miedo de clase”. En “Choque de viseras”, un poema feliz, el amor: “empezaba otro nosotros”.
“Nulípara”, la tercera, comienza con los poemas orientales de “Casi amor”. Precioso es el metafórico “Mal de altura”, ejemplo de una viveza imaginativa más inquietante que estridente, como “El aire de las incubadoras”. El humor irrumpe en “El punto en el cuello”, muestra de cómo la poesía puede surgir en cualquier parte. De una visita al ginecólogo, pongamos. En “Estación” regresa al tema stevensiano por excelencia: “y ahora sospecho que se escribe / después de un tiempo inmóvil, / quizás desde el vacío que sucede / a un excesivo estar haciendo”. Y: “escribir concierne al tránsito”. “Mirar a través” me ha parecido un poema perfecto.
Con “Diez intemperies bajo techo” culmina esta obra lograda. Creí, leemos, “que la poesía era su propio acontecimiento”. Y: “La poesía es una discapacidad omnipotente de la palabra: quién sabe lo que es”. Está muy claro: esto.


Es conveniente pasear al perro 
Manuel García
Hiperión. Madrid, 2017. 90 páginas.

Manuel García (Huéscar, Granada, 1966) es un hombre polifacético: filólogo (experto en la obra de Ganivet), encuadernador, bibliófilo, editor (de la sevillana Point de Lunettes), violagambista… Y poeta. Autor de EstelasSabor a sombrasCronología del malLa mirada de UlisesPoemas para perrosManual de corduraDe bares y de tumbas y La sexta cuerda, los dos últimos en Hiperión, donde aparece el libro que ahora reseñamos.
“Así es la vida –dice: el silencio y la espera entre dos golpes de trompeta, el instante que dura la piel desnuda entre dos camisas”.
En la primera parte, “De re literaria”, García despliega sus dotes de poeta crítico y traza al sesgo una poética. A partir de Cernuda, Prados, Machado, Vallejo o Blas de Otero. Contra lo establecido en el patio lírico. Porque “La más clara verdad es la poesía”. Y la “más alta barbarie”. Allí, tumbas y odios. Y fuego (“Etna”) y jazmín y suicidas. Y, cómo no, la belleza, tan efímera: “Consiste la belleza / en dejarla pasar, pero no herirla”. Y todo dicho con naturalidad y sentido del humor (aparejado a la ironía), con un lenguaje calculadamente prosaico incluso, donde el encabalgamiento juega una función esencial, aunque no se desdeñe el poema en prosa, cuando no la narrativa a secas. “Escribir es herir”, leemos.
En la segunda, “El enamorado y la muerte” (con ese título, recrea un relato), viajamos a un cementerio de Fuerteventura y a las viñas de Almendralejo. Porque cree en las ciudades como salvación, en los malos momentos recomienda: “coge un coche de tren”.
La tercera, “Poemas de Mascha Diakovsky” (que remite al cancionero de Ganivet, sus poemas franceses, que él mismo editó) incluye sonetos y un romance y logrados ejercicios de imitación, a modo de homenaje, de Miguel Hernández y Garcilaso, donde el profesor García da verdaderas “lecciones literarias”.  La intertextualidad, cabe precisar, es habitual en los versos de este consumado lector. “El amor es un pájaro pequeño”, escribe.
Por fin, en “Diario de una desintoxicación”, la cuarta, reúne “Siete sinceros elogios del aguardiente”: “Tuyo soy, aguardiente, / y tú tan mío”, dice, o: “Aprendí el duro oficio de mirar / cara a cara la muerte, / la vida trago a trago”. Muy divertido es el poema “La manguara” (versión de man’s water al andaluz del Andévalo) y un perfecto colofón el blues “Cumpleaños”: “Hoy cumples los cincuenta”. Pero sigue la búsqueda.

29.10.18

Salamanca

Alfredo Pérez Alencart es el responsable de la magna antología (seiscientas páginas) Por ocho centurias. Lleva por subtítulo "XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos. Antología en homenaje a las universidades de Salamanca y San Marcos de Lima, y a los poetas Diego de Torres Villarroel y Alejandro Romualdo". Suya es la selección, los pórticos y las notas. La publica (en edición no venal) la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes, que ha tenido el detalle de facilitar su lectura a quien quiera en esta dirección
En el prólogo, el profesor Alencart escribe: "Como un auténtico privilegio acogí la sugerencia de Alfonso Fernández Mañueco, alcalde de Salamanca, para celebrar, dentro del XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, el VIII centenario de la Universidad de Salamanca. La tomé como el mejor de los premios que podría obtener, porque ello me permitiría devolver lo mucho que he recibido de mi Universidad y de quienes son o han sido parte de ella a lo largo de estas centurias.
Y este darme al Estudio -al cual estoy vinculado desde hace treintaitrés años- tuvo su momento especial cuando Julio López Revuelta, concejal de cultura, aceptó mi sugerencia de incluir en el homenaje a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, atendiendo a que es la primera Universidad de América y que, además, se fundó teniendo en cuenta los Estatutos de Salamanca".
El motivo, así pues, le parece a uno estupendo y que la poesía sea protagonista, un lujo. 
A los poetas invitados al encuentro se nos solicitó, además de una breve muestra de lo ya publicado, un poema sobre esta ciudad inseparable de su condición universitaria. Una difícil encomienda. 

SALAMANCA

Cuando era adolescente imaginé
que sería estudiante en Salamanca,
mi ciudad ideal desde pequeño.
Porque los sueños rara vez se cumplen,
acabé en otra esquina provinciana.
Más próxima, más triste y más al sur.
El caserón donde estudié no era
un dorado edificio en piedra franca,
ni a la universidad la contemplaban
ocho siglos de historia y de cultura.
En esas aulas no enseñó Unamuno
ni pudo uno escuchar sabias lecciones
como las que decíamos ayer.
Fue otro mi destino, sólo eso.
Tampoco he renunciado desde entonces
a pasar cuanto pude en este sitio
donde vivir parece más sencillo.
De este lugar alzado de la ruina
rescato ahora un momento memorable:
el de escuchar a Adam Zagajewski
leer sus versos en el Aula Magna
del Palacio neoclásico de Anaya.
Aquel día bajé las escaleras
con el mismo fervor con que, muchacho,
las habría ascendido hasta ese afán
de hacer Filología en Salamanca.

27.10.18

Bernal

Del mismo modo que nuestro añorado amigo José Miguel era Castelo, José Luis es Bernal. Así me refiero a él desde hace muchos años. Sí, nos conocimos cuando éramos aún estudiantes en su Cáceres natal, antes de que ninguno de los dos hiciera públicas sus veleidades literarias. Entonces la procesión iba por dentro.
Como recordaba hace poco Javier Cercas, y con permiso de Horacio, “no tengo ninguna duda de que sin admirar a los buenos no hay forma de emularlos”. Por eso mi amistad a lo largo con Bernal está fundada, desde el principio, en la admiración. Por las dos facetas que definen a este ser, digamos, bifronte: la del profesor y estudioso y la del creador y poeta. Ya lo señalé recientemente, con motivo de su ingreso en la Real Academia de Extremadura, un hecho, por cierto, muy significativo para los escritores extremeños de su generación, la de los 80 o de la Democracia, y ya allí para los de la “Cosecha del 59”, que diría Elías Moro.
Aunque nunca me ha dado clase, me consta que es un docente de los que honran a nuestra agraviada universidad. Más allá, en su tarea de estudioso, sí he podido apreciar como es debido sus ensayos e investigaciones sobre, pongamos por caso, la literatura de Vanguardia, la poesía del 900 y la del 27, centrada en las obras de Luis Cernuda y Gerardo Diego. En este sentido, Bernal ha sabido colmar sobradamente las expectativas que su maestro Juan Manuel Rozas supo depositar en él. Los dos profesores, los dos poetas, los dos críticos y, no lo olvido, los dos bibliófilos; como Moñino, otro de sus referentes, a quien dedicó una excelente monografía.
Fui consciente, desde muy pronto de su valía como poeta (estaba en el jurado que le concedió el premio que dio origen a su primer libro) y he seguido su parca carrera poética con creciente interés. No en vano considero su último libro, Tratado de ignorancia, el mejor de poesía de cuantos ha dado a la imprenta, además de Primavera invertida (1984) y El alba de las rosas (1990).
Pero no se agota la biografía de José Luis Bernal en una simple enumeración de méritos académicos y de logros líricos. También he tenido la suerte de admirar al Bernal humanista, el más cercano al hombre que en realidad es. El mismo que se comprometió en su incipiente juventud con las ideas de la No Violencia propugnadas por Lanza del Vasto, algo normal si se tiene en cuenta su educación franciscana y pacífica. El mismo que se implicó de lleno en el Centro Unesco Extremadura, del que es Vicepresidente desde su fundación, una entidad donde la figura de Castelo, su mentor y amigo, sigue brillando. Este vínculo no es sino uno más de cuantos conforman su compromiso con Extremadura –otro gesto generacional–, una tierra que pedía a gritos complicidades como la suya: la de personas formadas, rigurosas y con criterio.
No olvido, solo faltaría, que cuando las cosas vinieron mal dadas en la Editora y fui destituido, publicó un artículo, no carente de osadía, en mi defensa.
A su elegancia intelectual –que coincide, cómo no, con la personal–, a su noble carácter educado, sereno y cariñoso (nunca falta en su boca un “mi niño”), al tipo inteligente, se suma lo que uno considera, acaso por contraste, una rareza: la de su amor por el flamenco, del que es un entendido, como lo fuera otro de sus maestros, el fortuito extremeño Félix Grande. 
Podría evocar muchos momentos cómplices en compañía de Bernal, casi siempre junto a otros amigos también escritores. En congresos reuniones, jornadas, presentaciones, etc. Me quedaré con uno muy especial para mí que él acaso ni siquiera recuerde. En una sala de la antigua Facultad de Letras (de la que ahora es decano), cuando presentó mi libro Una oculta razón. Su agudeza crítica me dejó aquella mañana sorprendido. Esa admiración, ya digo, no ha cesado, ni mi felicidad agradecida por haberlo tratado y conocido.

Nota. Este texto forma parte del homenaje de la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEX) a José Luis Bernal y se ha publicado en la Gazetilla

25.10.18

Cosas que pasan

Me he decidido a contarlo. Quién si no. En el último claustro del pasado curso, cuando pensaba que aquello por fin había concluido (dos horas dan para mucho), saltó una sorpresa. Olvidé que estos últimos años el equipo directivo reconocía la labor de algún docente y, mira tú por dónde, ese inmerecido honor, que lo mismo sirve como título de "maestro del año" que como aviso, en mi caso, de una jubilación anunciada, le estaba esperando a uno. Bromas aparte, no deja de ser una alegría que los que trabajan contigo piensen que mereces una recompensa, jefes incluidos. Uno cree, con todo, y ojalá no suene a falsa modestia (sería un fracaso si así fuera), que cualquier logro en las tareas laborales es el resultado de la suma de los esfuerzos de todos. Bueno, vale, de casi todos. Con la biblioteca y los planes de lectura y escritura que uno coordina, razón del reconocimiento, eso está clarísimo, dicho lo cual, no puedo sino dar las gracias. Más aún por rematar la faena con un pase inesperado: dar el nombre de uno a la biblioteca del colegio. Será un rótulo efímero, sí. Ya se sabe que la intención de nuestro Excelentísimo Ayuntamiento es derruir dos colegios públicos, el "Ramón y Cajal" (el más antiguo) y el "Alfonso VIII" (el mío, a punto de cumplir 50 años), y construir uno nuevo en las Huertas de La Isla. Pronto, según dicen, aunque el polémico tema sigue dando que hablar. Y lo que queda. (Aprovecho para afirmar, dejando al margen los detalles, que esta fusión me parece innecesaria y ese prepotente edificio de viviendas que iría al lado del nuevo centro escolar, una catástrofe urbanística.)
Para colmo de bienes, mi compañera Teresa Antúnez ha pintado un cuadro precioso (abajo), que se me entregó a modo de trofeo en la mencionada reunión. Ya le estoy buscando una pared en casa. Muy agradecido, soyana. 
Ricardo Arroyo, nuestro eficiente secretario, lo recoge así en una de sus muy leídas actas: "Tras los ruegos y preguntas, el Sr. Director, D. José Javier Juanals, de baja en el centro, se persona en el claustro y toma la palabra para, a propuesta del equipo directivo y en nombre del claustro de maestros, homenajear al maestro Álvaro Valverde Berrocoso, coordinador de la Biblioteca Escolar y Plan Lector y Escritura, por su desinteresada dedicación y buen hacer en estos años en lo referente a la Biblioteca del centro. También se acuerda que a partir del próximo curso la Biblioteca Escolar reciba el nombre de 'Biblioteca Maestro Álvaro Valverde'. El homenajeado recibió un hermoso regalo y gran ovación de los presentes, quien en todo momento se mostró emocionado y muy agradecido".
Pues bien, ayer, Día Internacional de la Biblioteca, tras la lectura en el patio, al final del recreo, de algunos fragmentos del precioso pregón de Irene Sánchez Carrón y de tres poemas suyos, que en la voz de los muchachinos quedaron estupendos, volvieron a darme otra sorpresa. Ingenuo que es uno. Al parecer, todo el mundo lo esperaba menos yo. A lo peor es que en vez de ingenuo soy gi... El caso es que el director habló bien de mí y los alumnos aplaudieron y Amelia Trancón, la jefa de estudios, me entregó una rosa y el director una reproducción (arriba) del rótulo que se ha instalado en la puerta de la biblioteca escolar. Los de 6º, mi compañero Jesús (autor del reportaje gráfico) y los miembros del equipo directivo me acompañaron hasta ese lugar y allí tuve ocasión de descubrir la placa. No hubo palabras. Antes, una niña leyó (muy bien) "Futuro", un poema de El cuarto del siroco. Más aplausos y más fotos. Luego, a clase.
Hace justo ahora diez años que llegué al 'Alfonso VIII'. A estas alturas ya puedo asegurar que ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Y no sólo por esto. Dejo esa historia para otro día.
En fin, contado está. Cosas, ya digo, que pasan. Mil gracias.



19.10.18

Un homenaje


Ayer se celebró en el Teatro López de Ayala de Badajoz un homenaje al que fuera consejero de Cultura de la Junta de Extremadura Francisco Muñoz Ramírez con motivo de su reciente jubilación. Este texto iba a leerse en ese acto, aunque al final, me cuenta mi amigo Miguel Ángel Lama, sólo tomaron la palabra algunos de los presentes. Con todo, ahí va.  

PACO

A secas. Como siempre le hemos llamado. Muñoz Ramírez, sí, que ahora se jubila. Me hubiera gustado poder acompañaros –a vosotros y, por supuesto, a él– en el acto que celebra ese feliz acontecimiento, pero los deberes laborales me obligan a permanecer en Plasencia, y bien que lo siento.
Cuando me llamó Reyes Picazo para informarme al respecto, agradecí, sobre todo, que Paco me considerara uno de sus amigos, alguien digno de acompañarlo en este delicado trance. Todo un detalle.
Nos conocemos de antiguo. Para él, desde entonces, Alvarito. Desde sus años en Diputación, a principios de los ochenta. A través del inefable Ángel Campos, nuestro añorado amigo común. También lo fue, y cuánto, de otro amigo del alma: Fernando Tomás Pérez González, compañero suyo de estudios, y, como el anterior, personaje clave en la normalización cultural de esta tierra. Cito a estas personas, evoco la amistad, y, de inmediato, surge la palabra “admiración”, pues no hay posibilidad de querer a nadie sin admirarlo. Es el caso.
Tuve la suerte, desde 2002 hasta 2008, de trabajar en la Consejería de Cultura que dirigió con talento y mano firme. Primero en el Plan de Fomento de la Lectura que impulsó, y luego en la Editora Regional, tras la triste, intempestiva marcha de Fernando. Antes, desde la Asociación de Escritores Extremeños, ya habíamos colaborado en numerosos empeños.
Fueron años, diría el poeta Antonio Colinas, “tan intensos como difíciles”. Fue un consejero de largo recorrido (un mérito que hemos de reconocer al presidente Ibarra) y su gestión, modélica, consiguió, ya lo decía, poner a Extremadura en la hora de España. Y en la del mundo.
Trabajador incansable, sus jornadas, desde el recuerdo, no tenían horas. Que se lo pregunten a Luisa, su jefa de gabinete. O a cualquiera que estuviera en esa época en la Consejería. No, esos años no volverán. Hace tiempo que la cultura se jodió por estos lares sin remedio, o eso parece. Es lástima porque se podría haber rematado la faena que con tanto acierto Paco inició.
Este hombre ha tenido lo que exigía de sus colaboradores: criterio. Uno valora mucho ese concepto. Es propio de gente inteligente. Por lo demás, a los hechos me remito, ha demostrado ser alguien honesto con sus ideas y fiel a sus principios. No es poco. Más si se milita en un partido.
En el ejercicio de sus responsabilidades culturales y políticas, ha sufrido frecuentes sobresaltos, algunos bien ingratos. Porque es inevitable en la amistad verdadera, hemos compartido, qué remedio, algunos enemigos. Gente mezquina de la que no hemos podido presumir, en tanto que adversarios, porque nunca estuvieron, querido Paco, a la altura. Por eso los ha calificado uno de impresentables.
Termino. Ojalá la jubilación te dé ocasión de disfrutar aún más de la vida. Y de los libros, que para eso eres lector, otra de las virtudes que te adornan. Puedes estar seguro de que te mereces el descanso. ¡Salud, Paco! Que no decaiga. Un fuerte, fraternal abrazo.             

12.10.18

Ignacio del Dedo lee Jardim do Paço

Mi viejo amigo, compañero de trabajo en el colegio de Jerte, ha tenido a bien leer en voz alta mi poema "Jardim do Paço". Muito obrigado. 

8.10.18

Zweig dixit

El poeta Basilio Sánchez, tras leer el artículo "Público, no lectores", publicado el viernes en El Cultural, me envía esta cita de Stefan Zweig, tomada de esa obra maestra que es El mundo de ayer. Qué oportuna. Por eso la traigo aquí. Merece ser recordada y compartida. Como bien dice, en el libro "se recogen sus recuerdos sobre los poetas a los que admiraba y tuvo la suerte de conocer en el París de principio de siglo (Valéry, Verhaeren, Rilke, Pascoli, Francis Jammes...), cuando era sólo un joven apasionado por la literatura que iniciaba su andadura como narrador.
Pienso que define a la perfección la esencia de la escritura poética y la actitud, frente al mundo, del creador verdadero". Sí. Gracias. 

"Cuando recuerdo los venerados nombres que iluminaron mi juventud como constelaciones inalcanzables, me asalta irresistible está melancólica pregunta: estos poetas puros, consagrados exclusivamente a la creación lírica, ¿volverán a repetirse en nuestra actual época de turbulencia y conmoción general? No lloro en ellos una generación perdida, una generación sin sucesión directa en nuestros días, si no una generación de poetas que no codiciaban nada de la vida exterior: ni el interés de las masas, ni distinciones, ni honores, ni beneficios; que nada ambicionaban si no era enlazar estrofas una tras otra, con la máxima perfección, en un esfuerzo callado y, sin embargo, apasionado, cada verso impregnado de música, resplandeciente de colores, ardiente de imágenes.
Formaban un gremio, una orden casi monástica en medio de nuestro mundo tumultuoso; para ellos, conscientemente alejados de lo cotidiano, no había en el universo nada más importante que el sonido dulce y, sin embargo, más duradero que el fragor de los tiempos, con que un verso, al encadenarse con otro, liberaba una emoción indescriptible que era más silenciosa que el susurro de una hoja llevada por el viento y que, en cambio, rozaba con sus vibraciones las almas más lejanas.
Qué impresionante eran para nosotros, los jóvenes, la presencia de aquellos hombres fieles a sí mismos. Qué ejemplares aquellos rigurosos servidores y guardianes de la lengua, que consagraban su amor exclusivamente a la palabra purificada, a la palabra válida no para la inmediatez del día y de los periódicos, sino para lo perenne e imperecedero. Casi daba vergüenza mirarlos, pues cuán quieta era la vida que llevaban, cuán falta de apariencias, cuán invisible. Uno, viviendo en el campo como un labriego; otro, dedicado a un oficio humilde; el tercero, recorriendo el mundo como un peregrino; y todos ellos, conocidos tan solo por unas pocas personas, pero tanto más queridos por ellas. Uno vivía en Alemania, otro en Francia y un tercero en Italia, pero todos compartían una misma patria, porque solo vivían en la poesía, y así, evitando lo efímero con una estricta renuncia y creando obras de arte, convertían en obra de arte su propia vida".