12.6.24

Donde se olvida el olvido

Rivero Taravillo (1963) ha escrito un libro de tono grave, meditativo y elegíaco, ni solemne ni sentimentaloide, dividido en siete series, que induce al lector a pensar si el anuncio de que padece una grave enfermedad es aquí testimonial o premonitorio. “Carga y gravamen” sirve, al empezar, de paradigma. La melancolía se impone: “este hombre de hoy / sin porvenir”, “Esa agua estancada, eso soy yo”, “No hay nada en que no haya fracasado”, “Paseo mi cadáver”… En las múltiples evocaciones de la infancia (globos, témperas), en los recuerdos de sitios y viajes (Grecia, Irlanda, México, San Francisco…). “Qué extraño pegamento, la memoria”, escribe, y “El pasado es pegajoso”.
Mediante un ritmo peculiar elaborado a golpe de encabalgamiento (“Tal vez busquemos en el verso, / en su armonía y ritmo, / el ritmo y la armonía / que no hay en nosotros”), RT hace frente a la extrañeza de las cosas y se acerca, no sin ironía, a lo más humilde y cercano: una hormiga, el jabón, las patatas, una etiqueta, torres eléctricas con cigüeñas. Al desnudo, sin ambages: “Va siendo hora de hablar de mí”. Esto es, de la vida (“una inscripción grabada / sobre el vaho”) y la muerte: la de la gata Lolita, la propia, la de tantos. “Siempre encadenados a / la muerte”, “tanto crecer y para nada”, “tanto gasto de tiempo”, “¿Y no penden de un hilo nuestras vidas?”. “Formas de la destrucción” titula la cuarta parte del volumen, la más amarga.
Esta “labor lunática”, la poesía, sirve también para celebrar la existencia. En “El deseo”, por ejemplo, o cuando “un mirlo en el jardín / viste de fiesta”. “El hombre más curtido se estremece / ante una flor que abre y lo interpela”. De palabras, sí, “el prolijo escudo de armas / del escritor”.

Antonio Rivero Taravillo
Pre-Textos, Valencia, 2023. 154 páginas. 22,00 €
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

El pasmo de estar aquí

Como explica en su lúcido prólogo Jordi Doce, a los diecisiete poemas que el poeta venezolano (Barquisimeto, 1930) destinó en Gestiones al diálogo poético con su maestro Rilke se suman cuarenta y tres inéditos, los que componen este libro inesperado, siquiera sea por la avanzada edad de su autor. Precisamente desde Gestiones, el poeta viene realizando “un viaje hacia el despojamiento verbal y cierta ligereza”, anota pertinentemente Doce. De ello es buena prueba este, menudo pero sustancial, de iluminaciones y no de deslumbramientos, donde Cadenas muestra y no demuestra, a través de poemas muy breves y sin título, propios de su “decir exiguo. “Pocas veces en nuestro idioma la palabra se presenta tan desnuda, tan inerme y vulnerable”.
Admira del praguense su lentitud, “poeta de la espera, de la infinita paciencia”.
No estamos aquí ante el Rilke “extraño”, “desterrado” y “solitario” de Gestiones, sino ante el dotado para “dar a las cosas su vida, su realidad más íntima”. Al leerlo, Cadenas se lee a sí mismo.
“Ibas / hacia donde no llega / ningún camino”, comienza. Y sigue: “Iniciabas / socavando / certidumbres”. “Aprendo a ver, repetías”, lo que coincide con la visión de este poeta de la mirada: “Les hablaste a los hombres para que se mirasen”.
“Todo era / un desaprender /en pos de la totalidad”, leemos. Y: “Enseñas sosiego”. Cree que su infancia “se volvió hondura”. “Dijiste / para mostrar el pasmo / de estar aquí”, sentencia. En “el ahora / eterno”.
Se fija Cadenas en su errancia, “de país en país”, y en su no pertenencia.
En la sección II, la nuclear, “El viajero andaba”, “Llegué a ti tarde” y “Pasé a tu lado”, tres poemas hermosísimos.
“Tu obra: un leve llevar de la mano / a donde ser sin más y vivir se conciertan”, concluye.

Rafael Cadenas
Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2024. 80 páginas. 11 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL

 

Tan sin vida

Llamero (Salamanca, 1984) se dio a conocer con Autobús de Fermoselle, premio Hiperión. Los inútiles inauguró la colección Isla Elefante y este inicia otra dentro del mismo sello: Endurance (Resistencia), como el rompehielos de Shackleton. Podría decirse que ella también lleva a cabo su particular expedición al Polo Sur, y tampoco termina bien. Su viaje, la enfermedad y muerte de su padre (“Todo fue y será siempre para ti, papá”), tema único del volumen, el más extenso de los suyos, aunque lo que prime aquí, por encima de otra cosa, sea el inmenso amor de una hija por su progenitor: “toda tu ternura por herencia”. “La armonía del afecto”. “La vida emocionada”. “Quién me podrá amar como tú hiciste”.
Para abordar esa pérdida opta por un tono directo y testimonial, dialogado y casi prosaico, adherido a la realidad y sus penosas circunstancias. Literatura, la justa. Si de metáforas hablamos, “la bestia” (el cáncer), “el verdugo”, “la noche”, “la sombra”…
Desde el descubrimiento del mal hasta los episodios posteriores al deceso, la hija anota minuciosamente cuanto ocurre, sí, pero, más allá, lo que pasa por su cabeza ante “la tempestad” que crece. “La vida / con toda su muerte”. En la “terrible soledad”, en el “callar severo”, porque “el verbo es siempre de los vivos”. Y el sentir, “incomprensible”. Estar, “un exiguo fulgor”. “Ahí va mi padre, / tan sin vida”.
Al lado de los cuidados (“papá, niño mío”), los recuerdos. Sonidos, olores, lecturas. “La felicidad de entonces”. La luz de los veranos. “Estoy siendo tu memoria”. En un poema toma él la palabra: dicta su testamento.
“Te parecerá que son poemas / pero es nada más que un llanto / que no acaba”, escribe. Y, ya en el epílogo, “solo la belleza y el amor nos salvan de lo irremediable”.
 
Maribel Andrés Llamero
Isla Elefante, Palma, 2024. 170 páginas. 15,00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

2.6.24

Escrito queda

Jesús Munárriz
Huerga & Fierro, Madrid, 2023. 98 páginas. 12 €
 
Álex Susanna pedía tranquilidad a los que escriben mucho. “Los poetas que más nos gustan, ¿por cuántos poemas nos gustan?”. Más de veinte libros lleva publicados Munárriz (San Sebastián, 1940). En los últimos cinco años ha dado tres nuevos a la imprenta pero sus lectores no se cansan. Porque no es cuestión de cantidad ni de años, sino de que transfieran su sabia necesidad, como hacen estos.
La ironía, marca de la casa, está ya presentes en el título. Y lo común, a través de una polisémica frase hecha. Con los poetas, “gente rara”, empieza. “Si cuenta el qué, cuenta otro tanto el cómo”. Con su oficio, sabe de qué habla. Su finísimo oído canta. “Sólo lo bien medido y calibrado, / si es cierto y justo y ágil y preciso, / fija y transmite a veces la belleza”.
La muerte (“Visitas”, “Nocturno”, “Chequeo”) sobrevuela, pero sin angustias: “Terminaremos todos como todo termina: / sin más, aniquilados”. “Cada día su afán, / sus defunciones”. Para conjurar a “la pelona”, el humor siempre al quite: “Estoy divinamente, / aun siendo ateo”. Léase “Cacao”.
Ni falta lo moral (“Lo que de verdad cuenta se revela en la acción, / que ordena el pensamiento e impulsa la emoción”) y lo político: la Guerra Civil (“Vuelve el 36”), las fosas comunes, el neoliberalismo. “Respetémosle”, pide para el suicida. “La vida rara vez es justa”.
Los poemas de la sección “Materiales” (“Piedra”, “Aguas”, “Ríos”, etc.) demuestran la versatilidad de Munárriz, su capacidad para cambiar el paso. Su poesía es todo menos aburrida. Así, en “Erratas”, que tanto recuerda al letrista de canciones que fue.
“Yo sólo sé escribir de lo que pasa”, afirma, y que ningún crítico nunca le dejó tan contento como cuando un niño en Bogota le dijo: “Tus poemas son chéveres, poeta”. 

NOTA: esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

29.5.24

Cuanto sé de mí

Bajo el significativo título de Acto de presencia, Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959), gestor cultural, crítico literario y por encima de todo poeta, reúne «en orden cronológico, toda mi poesía publicada si exceptuamos los poemas incluidos en libros colectivos y los poemas de circunstancias –algunos felizmente inencontrables–  escritos a lo largo de casi cuarenta años de dedicación a la poesía». Entre ellos, Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Ahora es la noche (2015), Tiempo vivo (2019), Aflicción y equilibrio (2020) y Fotosíntesis (2020).
Sí, deja fuera poca cosa (haikus y fragmentos de diarios) e incorpora un libro inédito y valioso: Los demonios del mediodía, que fecha en 1997. Reconoce que no puede leer un poema suyo «sin sentir la necesidad de corregirlo», por lo que el curioso podrá entretenerse comparando las variaciones entre las versiones originales y estas, algo que al lector común no debería interesarle demasiado. A uno, nada. Por razones de edad, somos rigurosamente coetáneos, he venido leyendo las sucesivas entregas de Alcorta a medida que se han ido publicando, lo que no obsta para que entienda esta compilación como un libro nuevo y distinto, una suerte de milagro que sólo la relectura de poesía permite. Un libro, por cierto, muy bien editado por la gijonesa Trea.
En vez de invitar a un especialista a redactar un prólogo para la ocasión (se me ocurre mentar a Luis Alberto Salcines, que tan bien conoce la poesía cántabra en general y la de nuestro autor en particular), Alcorta opta por poner al frente de sus poemas una poética escrita por él mismo que se limita a nombrar como «Nota preliminar».
Para curarse en salud, cita a Hans Magnus Enzensberger: «Un texto poético no es más que lo que es. Por eso es inteligible por sí mismo o no lo es. Cualquier aclaración desde fuera, aunque sea del poeta mismo, es inútil y hasta enojosa. El poeta que comenta su obra está dándose su propio juicio, reconvirtiendo a otro lenguaje el poema que era ya lenguaje poético». No era necesario traer a colación al alemán. Su texto tiene la lucidez suficiente y el lector puede confiar en que lo que allí se razona es veraz.
Resulta interesante, como indica, «establecer las conexiones entre el poeta de ayer y el poeta de hoy». Por eso ha mantenido los primeros libros publicados, «pese a que, como justifiqué en su momento, mantenga con ellos serios re­paros». El caso es que «sin esos poemas de aprendizaje, evidentemente inmaduros (…) probablemente no hubiera escrito los poemas posterio­res». A esta afirmación le sigue una sugestiva argumentación en torno a la denominada «poesía del silencio», «una retórica gastada», dice; para él, un «callejón sin salida». «Sentía que me estaba vaciando como poeta, que no podía expresarme plenamente», sostiene. Entonces, «se apoderó de mí la urgente necesidad de explorar otros caminos para reflejar con mayor fidelidad mi experiencia como un ser humano incapaz de vivir la vida con plenitud, incapaz de solventar los problemas inherentes a toda existencia, incapaz de ponerle fin al dolor, lo que se trasmutó poéticamente en un ininterrumpido examen de conciencia (…) más o menos enmascarado y sujeto a las fobias y filias de la memoria». En nuestro ámbito, adicto a las simplificaciones, la crítica diría que cambió la poesía del silencio por la de la experiencia, corriente preponderante en la Generación de los 80, la suya, a pesar de que nunca haya sido incluido en su nómina canónica. Pero no, esa simplificación no basta. Su apuesta fue bastante más seria y tuvo más importancia que ese supuesto cambio de rótulos ochenteros.
Reconoce Alcorta que «si algo no ha variado (…) ha sido mi cons­tante preocupación por el lenguaje». También la base autobiográfica. O su gusto por lo metapoético. Opta, en suma, por una poesía «más descriptiva que lírica», «de carácter confesional», apegada a la realidad, aunque esta participe tanto de lo vivido como de lo imaginado. Porque, según él, todo «poema es un artificio» y el personaje que lo protagoniza un ser de ficción. Son reveladores los párrafos que dedica a interpretar lo biográfico en relación con lo que el poeta acaba transmitiendo en el poema, que es y que no es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Nunca, subraya, estamos ante un «acta notarial». «Porque quien escribe no es otra cosa / que un tahúr, un prestidigitador». Está bien traída la cita de Von Rezzori que abre Compás de espera: «Siempre he sido –y sigo siendo– proclive a fingir, de cara a mí mismo y a los demás, sentimientos que en realidad sólo experimento n grado muy reducido».
Entre fondo y forma, «la idea debe prevalecer», puntualiza. Sin olvidar «el dominio técnico», que diría Salinas, prefiere «transmitir la emoción». De ahí que elija el tono conversacional, tan propio de la poesía que más le interesa: la anglosajona. Con una debilidad por su vertiente americana: la de Robert Lowell, pongo por caso. Los numerosos epígrafes que encabezan libros y poemas dan buena cuenta tanto de su capacidad lectora como de sus filiaciones poéticas. Se declara «afín a la poética realista».
«El yo del poema es un reflejo del autor, su historia personal sustenta el arma­zón del poema, pero necesita para completar su significado la complicidad del lector». Al fin y al cabo, «la intención del poeta es convertir una experiencia personal en colectiva». Para facilitar ese acercamiento, no duda en usar la cortesía orteguiana de la claridad, no en vano reconoce que utiliza una «especie de equilibrio narrativo, no muy lejano a la prosa». Puede que en detrimento del misterio. También del hermetismo gratuito, de la «oscuridad semántica», diría Eliot. Con la firme determinación, eso sí, de exigir al lenguaje su «máxima precisión». El poema entendido como «ejercicio de conocimiento».
Al final de su enjundioso texto, hace suyas las palabras de otra norteamericana, Marianne Moore: «Puesto que en todo lo que he escrito hay versos cuyo interés principal lo he tomado prestado, y aún no he logrado pasar de este método híbrido de composición, creo que los agradecimientos son un gesto de honestidad».
Tras el parapeto teórico, el lector se enfrenta a los poemas, que es lo que aquí más importa. Llega el momento de confrontar ideas y realidades. Poética y poesía. La prueba del algodón lírico. Desde el comienzo se aprecia que la recién mencionada «honestidad» está en el adn de Alcorta. No ha mentido. A la sequedad y la elipsis de sus primeros libros (un par), con influencias de «Octavio Paz, Valente o Celan» (léase «Cuerpo a cuerpo», que evidencia la lectura del mexicano), le siguen muchos más, en torno a la decena, donde se impone esa poética figurativa a que hemos hecho alusión a través de sus propias palabras.
La reunión de todos ellos, salvo las excepciones consignadas, conforman a mi parecer un libro único, siquiera dividido en partes. No niego que, a medida que avanzaba, tenía la sensación de que la poesía de Alcorta se fortalecía, algo que se aprecia bien en sus últimas entregas; según creo, las más logradas.
A lo largo del tiempo (y de esas páginas), el tono diarístico, de anotaciones a pie de día; el meritorio uso del encabalgamiento, que tanto refuerza su personal forma de decir; la presencia de lo amoroso, eje cardinal de esta poesía, amor y desamor mezclados, con Marta al fondo; las metáforas marinas, naturales en alguien que siempre ha vivido en la costa; lo meditativo y su discurso, de estirpe cernudiana; la memoria, que por eso escribe: para que no fenezcan los recuerdos; la amistad y los amigos, evidente a tenor de las numerosas dedicatorias, entre las que no faltan los nombres de dos inseparables compañeros de aventuras literarias y vitales: los poetas Rafael Fombellida y Lorenzo Oliván; el fracaso, el dolor, la culpa, el alcohol: «Mi fuerte de problemas soy yo mismo»; la muerte, que protagoniza, por ejemplo, uno de sus libros más genuinos: Aflicción y equilibrio (2020), escrito con motivo del fallecimiento de su padre; la propia escritura, que «es la trampa. Yo el señuelo»; la mirada, tan importante: «Quien aprende a mirar, aprende a ser»; los lugares: «La Camargue», «Punta Uía», Parma, «Monte Dobra», «Burial Hill», «Sounion», Lisboa, etc.; los aforismos que se cuelan en forma de verso: «Escribir es solo / una forma de cobardía», «Esperar es creer en el futuro»; la naturaleza, en especial el clima, con constantes llamadas al momento del día en que se está o a los cambios de la luz que iluminan el mundo; la preocupación por el paso del tiempo, ya patente en su primerizo «28 años y un día»; la identidad, las «cuestiones personales», como el título de su poema, ese viaje interior a sí mismo («¡Qué poco sé de mí!») del que da cuenta en «Confesión», «Estado de ánimo», «Examen de conciencia» o «Formas de vida»: «Ten paciencia. Resiste», porque, aunque «detesto las confidencias, dice con Chatwin, «creo que un hombre es la suma de sus cosas»; la tristeza: «De mis padres heredé esta afición / secreta a la melancolía y cierta / propensión –al parecer, injustificada– al victimismo que tantos dolores / de cabeza me causa»; la soledad («Estoy hablando de cómo un hombre solo / se ve a sí mismo solo como un hombre») y el silencio («esta patria»); y, por fin, la vitalidad, a pesar de todos los pesares, una actitud que resume bien este verso: «Vivir , no pensar, vivir únicamente».
He hablado de la identidad y muy significativos son, en ese sentido, los poemas que se agrupan (algunos son monólogos dramáticos), a modo de espejo, en la sección «Conversaciones privadas» de su libro Corriente subterránea: Paz, Machado, Steichen, Torga, Pushkin, Cernuda…
En lo relativo a la preocupación metapoética y al «arduo ejercicio de la escritura», destaco para terminar algunos versos paradójicos: «Escribir es solo / una forma de cobardía», y «Sí, la escritura es la mejor defensa». En otro sitio leemos: «Hice, para engañarme, para encontrar sentido / al desorden, de la literatura / razón de mi existencia desde la época / escolar (…) / sin saber que se escribe / a la desesperada, Tratando de olvidar / la vida que se vive, huyendo de una muerte…». No veo mejor manera de concluir esta reseña que tal vez anime al lector a acercarse a la poesía de Carlos Alcorta; un poeta, como diría Jane Hirshfield, verdadero.


Poesía reunida, 1986–2020
Carlos Alcorta
Trea, Gijón, 2023. 668 páginas. 25, 00 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en el número 37 de la revista NAYAGUA, página 256. 
 

25.5.24

Pensar crea rincones

Ramón Andrés (Pamplona, 1955), pensador y aforista, autor de ensayos relacionados con la música, Premio Nacional de Ensayo por Filosofía y consuelo de la música, es un poeta excelente. Para demostrarlo, el veterano sello madrileño Hiperión (que se renueva para seguir en la brega) publica una antología con poemas de sus libros La línea de las cosas, La amplitud del límite, Siempre génesis (incluido en Poesía reunida) y Los árboles que nos quedan (Premio de la Crítica), además de dos inéditos. El responsable de la cuidada selección, el también poeta Francisco Javier Irazoki (otro melómano), sólo ha dejado fuera versos de su ópera prima, Imagen de mudanza.
En la brevísima nota inicial, aparte de ponderar su serenidad reflexiva, donde sobresale la bonhomía, y su condición de “hombre valiente”, subraya su nivel de exigencia: “indaga sin descanso, se pregunta, percibe en cada objeto y acción las grietas evidentes o escondidas”. Añade que “la música es la columna de su pensamiento”. Y del pensamiento es su poesía, culta como su autor, trascendente, armada en torno a vivencias que lo mismo tienen que ver con lo visto, leído o escuchado en los gabinetes del saber intelectual que con lo experimentado, digamos, pie a tierra. En lo cotidiano. En el arte (la música, la pintura, la literatura) y en la vida, si cabe en este caso tal distingo.
De conversaciones y homenajes está poblada esta poesía lenta y discursiva donde se nombra a Whitman, Blake, Foix, Donne, Llull, March, Brodsky, Holan, Rilke, Hölderlin, Eliot, Huchel, Celan… Y a Bach "(“pero no te vayas”), Rorty, Nietzsche, Kiefer, Munch, Rogier van der Weyden, Van Gogh...
Que se eleva, imaginativa e inspirada, en los versos de La amplitud del límite y se atempera o enfría en sus dos últimas entregas, las mejor representadas en el libro. Siempre, eso sí, pendiente de ese ritmo particular (¡será por oído!) que la métrica (endecasílabos, alejandrinos) ayuda a conseguir. Por momentos, solemne, en la cuarta acepción del DRAE.
He citado a numerosos artistas, pero volviendo a los nombres, cuántos no hay de lugares concretos de los entornos del Valle del Baztán (reside en Elizondo) y del País Vasco, ese Norte, más que un clima o un paisaje, que orientó la selección de otra antología editada hace dos años.
“El poeta piensa en círculo, / 360° de ser”, dice. Y así procede. Con “la duda como forma de razón”. Y es que “ocurrimos lejos, / con la voz enfriándose como piedra de iglesia”. Consciente del límite: “No hay cima, sobrepuerto, / cortante o vaguada que no seas tú, leemos en “Paseo”. Porque, dejó dicho Tomás de Aquino, “Vivir es más perfecto que ser”.
Enumerar todos los poemas memorables que contiene el florilegio sería excesivo. Destacaría “Vaucluse” (“y de la imperfección hacer sosiego”), “Poema de amor sin objeto (aparente)” (“y quien te ame lo haga en silencio”), “Sísifo” (“La creación es esto: la insistencia”),“Campanas”, “Las quejas” (“porque ardes dentro”), “Rectas disjuntas”, “La madera” (“Los árboles mueren como lenguas maternas”), “Los hombres”, “Suceder” (“El perdurar es esto: decir / lo ya existido, su evocación”), “El tejo” (“un mundo”), “Siempre génesis” (“Las cosas significan por su memoria”), “Hidráulica” (“El agua es noción”), “Acércate”, “Lo cotidiano”, “Desesperado” (“Me quise en lo más lejos de mí”), “Los libros”, “Lena”…
Como dijo en “Aizkolari”, “Aquí no hay metafísica”. Sí árboles, hierba, gaviotas, nieve, galerna, vacas… “Una conciencia”. Una identidad “hecha de otras muertes” que constata: “Lo pobre es alto. Lo alto es pobre” y sabe “por la voz si alguien no ha amado”. Sí, Andrés ha conseguido escribir “un poema sencillo / como el corazón de un perro”. 

Ramón Andrés
Selección de Francisco Javier Irazoki
Hiperión, Madrid, 2023. 208 páginas. 18 €

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL




2.5.24

Un ir hacia

Ana María Moix
Lumen, Barcelona, 2024. 208 páginas. 18,00 €
 
 
En A imagen y semejanza (1983) recogió Ana María Moix (Barcelona, 1947-2014) toda su poesía publicada: los libros Baladas del Dulce Jim (1969), Call me Stone (1969) y No time for flowers (1971). En el 73 vio la luz No time for flowers y otras historias, que incluía los dos últimos y Homenaje a Bécquer. Ahora, en edición de Andreu Jaume, se reúnen de nuevo esas entregas y se añaden dos libros nuevos: Palabras, por ejemplo y Cancionero para una dama.
Para ella, ser escritora era “una actitud y una manera de estar aquí que exigían una capacidad de observación y escucha constante” y, por tanto, algo distinto de hacer carrera literaria y publicar libros a menudo. Su condición de mujer estuvo siempre presente en su escritura, pero sin limitar su campo de acción. Recordemos que fue la única poeta que incluyó Castellet en su famosa antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). Si el responsable de la selección fue en realidad Gimferrer, la cosa tuvo su lógica pues el autor de Arde el mar fue su mentor y maestro. Destaca Jaume que fue “una poeta con un fuerte acento propio, llena de inventiva y vuelo lírico, vanguardista y a la vez clásica, capaz de saltar del siempre difícil poema en prosa al verso suelto y de ahí a la estrofa cerrada”. Que la suya es “una voz reconocible y genuina”.
Alude al poema en prosa y, en efecto, tal vez no se haya ponderado debidamente su contribución a esa particular forma poética que usó en A imagen y semejanza.
Escritora precoz, declaró haber imitado en sus comienzos, “descaradamente”, a Bécquer (una presencia fundamental) y Azorín, quienes “hicieron de la prosa un instrumento poético”, como ella. Pero son múltiples las influencias que se aprecian en sus primeros libros, de Pizarnik a simbolistas como Nerval, pasando por el 27 y los numerosos autores (detrás, las recomendaciones de Gimferrer) que cita en Palabras, por ejemplo.
En torno a su propia vida, centrada en la adolescencia y primera juventud de una estudiante melancólica, al amor , la belleza y la muerte (“última pirueta” de la vida), construye Moix su poética. Como señalaba Vázquez Montalbán, alimentada “de cine y canción”. En esta “poesía escrita sin versos” y en la que acabamos de descubrir, escrita con ellos, el estribillo es habitual y el atinado uso del encabalgamiento proporciona el singular ritmo que la identifica. Un tono de  balada que recuerda a las de Brecht.
A la fragmentación, la narratividad, el dejo coloquial y el juego de voces e identidades que caracterizan las primeras entregas, muy de época (sesentera, la del pop), las que salvó, se suman, ya se dijo, dos inéditas. Cancionero para una dama, escrito en sonetos, octavas y coplas, tiene una gracia relativa, con ser un ejercicio clásico impecable, pero Palabras, por ejemplo (verso de Gil de Biedma), incomprensiblemente “extraviado” desde ¡1966!, me parece una extensa obra lograda que participa más de la poesía del 50, la de los partidarios de la felicidad barceloneses, que de la de sus culturalistas contemporáneos novísimos. Una gratísima sorpresa, sin duda.
Frescura y naturalidad dan forma a esta historia autobiográfica: la de “una niña grande que se encuentra sola” (“Uno es él mismo y su soledad”) y explica “lo que veía”; una suerte de monólogo donde vida, estudios (“de aula en aula, / de bar en bar”) y lecturas se confunden y donde escribir poesía (algo inexplicable, que hace “sin entenderla”, sobre lo que reflexiona) no deja de ser “un ir hacia” que salva la existencia. “Vive, vive, vive”, dice. “Al fin y al cabo solo queríamos libertad”.

NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

28.4.24

25 de abril en Plasencia

Fue emocionante la coincidencia. El pasado 25 de abril tuvo lugar una mesa redonda en torno al cuarenta aniversario de la Editora en la Feria del Libro placentina. En la fotografía se nos ve a los convocados. De izquierda a derecha, Nica Gil (que va a publicar en ella un libro de viajes próximamente), Sandra Benito (que tiene en el catálogo su ópera prima, Ciudad abierta), Gonzalo Hidalgo Bayal (que sin llegar a "prolífico", tiene algunos libros fundamentales en ese sello, como las primeras ediciones de Campo de amapolas blancas y La princesa y la muerte), uno (vinculado a ella desde que se constituyó, no sólo como autor) y, por fin, el nuevo director, Antonio Girol, quien reconoció que en la Editora abundan los placentinos, por encima de los extremeños de cualquier otra ciudad. Bien está. 
La conversación fue amena, creo, pero la acaparamos en exceso Gonzalo y yo. Tiene su lógica, aunque... Lo bueno es que se habló de todo un poco. Quedaron pocos asuntos sin mencionar, a pesar de que han sido cuatro décadas intensas.
Una de las cosas que recordé, sin pretender hacer un Fernando Pizarro o un Paco Valverde (tan proclives a ese tipo de rememoraciones), fue que la Revolución de los Claveles cumplía 50 años (en ese momento, Fátima Beltrán agitó dos claveles rojos al aire) y que hacía 20 de la publicación en la Editora del primer libro de un escritor portugués: Te me moriste, de José Luís Peixoto, traducido por Antonio Sáez. En la prestigiosa colección La Gaveta. Y lo mejor de todo, efemérides aparte, es que Peixoto presentaba después Comida de domingo, su novela sobre el empresario alentejano Rui Nabeiro, fundador de Cafés Delta. Estuvo espléndido (lo mismo que Juan Ramón Santos en la presentación) y su portugués fue comprendido perfectamente por quienes llenábamos la caseta. Reflexionó sobre temas muy interesantes que, más allá de su obra y de la poética que la sustenta, conciernen a la literatura en general. Y a la política y, en fin, a la vida misma. 
Mi debilidad portuguesa (en mi etapa de director -me permito la digresión- creamos -gracias a la colaboración del citado Antonio Sáez- la línea "Letras Portuguesas", que en realidad ya había abierto Fernando Pérez con Morreste-me y con algunas coediciones anteriores y de cuyos frutos acaba de dar cuenta Trazos, el suplemento del diario HOY, mediante un artículo sin firma que copio debajo), mi debilidad portuguesa, decía, se vio sobradamente compensada. Peixoto dijo que en Plasencia se sentía como en casa. Así soñé siempre, un tanto portuguesa, esta ciudad casi rayana, hermanada con Castelo Branco. Ayudó que alguien del público le preguntara en portugués; a las claras, en su común lengua materna. 


PORTUGAL EN LA EDITORA REGIONAL DE EXTREMADURA, LA PROFUNDIDAD DE LA CERCANÍA

Ahora que acabamos de celebrar el 25 de abril conviene resaltar la figura de Portugal y su unión con Extremadura con quien a veces solo la separa un pequeño puente como el de El Marco que cuelga sobre el arroyo Abrilongo delimitando las fronteras de Badajoz y Arronches. Y en otras, esa raya se hace aún más imperceptible como sucede en el campo de las letras. De esto último se ha encargado durante los últimos veinte años la Editora Regional de Extremadura al poner en marcha la serie Letras Portuguesas como culminación del mandato estatutario de hacer presente la literatura del país vecino en el panorama editorial extremeño.

A las iniciales coediciones con Calambur de textos de José Bento (Algunas sílabas), Jorge de Sena (Antología poética), Manuel de Freitas (El cielo de occidente), Eugénio de Andrade (Los surcos de la sed), Antero de Quental (Sonetos) o João Miguel Fernandes (Verano del ochenta y tres) se unieron textos de producción propia de autores como Neves o Antunes Simões que han dado paso a un catálogo de literatura, humanidades y estudios sociales de un valor incalculable.

En este contexto surgió Letras Portuguesas que, de manera trasversal, toca a muchas colecciones ofreciendo un catálogo amplio de la literatura portuguesa y en portugués con nombres de la talla de José Luis Peixoto (Te me moriste), Gonçalo M. Tavares (Enciclopedia I), José Gil (Portugal, hoy: el miedo de existir), Eduardo Lourenço (La muerte de Colón. Metamorfosis y fin de Occidente como mito), Teolinda Gersão (Los Ángeles), Florbela Espanca (Charneca en flor) o António Cândido Franco (Viaje a Pascoaes), traducidos por Ana Márquez, María Jesús Fernández García, Fernando Rodrigues, Luis Alfonso Limpo y Antonio Sáez Delgado quien junto a Luis Marina, Amador Palacios y José Ángel Cilleruelo, participan en las ediciones bilingües de la colección Poesía y que hacen que las voces de Ruy Ventura (El lugar, la imagen), Fernando Pinto do Amaral (Exactamente mi vida), Eduardo Pitta (¿Y si todo de repente?), Nuno Júdice (Navegación sin rumbo), Rui Knopfli (El país de los otros), Fátima Maldonado (Sentada frente al precipicio), Alberto da Costa e Silva (Fragmento para un réquiem) o Miguel Torga (Los primeros poemas para el Diário Odas) se tornen versos de sonoridad dual.  

La presencia portuguesa también se manifiesta en los números —ya va por trece— de la revista Literaturas Ibéricas Suroeste, en coedición con la Fundación Godofredo Ortega Muñoz, heredera de la histórica Espacio/Espaço escrito, que anualmente reporta escritos de lo más granado de uno y otro lado de la mítica raya.

Portugal también se deja notar en Del otro lado, en el que Ana Olivera nos lleva de la mano por el país vecino en un texto que es al tiempo libro de viajes, diario personal y cuaderno de a bordo de cualquier vida. Otro ejemplo de la impronta lusitana en el catálogo es La frontera que nunca existió, de Alonso de la Torre, que inauguró con gran éxito la colección Editora de Bolsillo.

Anteriormente nos hemos referido a Espacio/Espaço escrito la revista que cofundaran Álvaro Valverde, Diego Doncel y Ángel Campos Pámpano y me quiero detener en este último para citarle con la coedición de La ciudad blanca como también hacemos con Pequeña antología de poetas portugueses, de Enrique Díez-Canedo. No podemos olvidar Lisboa, del placentino Javier Morales Ortiz, publicado en La Gaveta y los más recientes: Portugal, diez siglos de historia, de Fernando Cortés Cortés, reeditado en la colección Estudio y el poemario Tabaquería, de Juan Manuel Barrado, en el que el poeta de Huertas de Ánimas homenajea la poesía de Fernando Pessoa asomándose a esa ventana que el recordado Julián Rodríguez cinceló con su buril para que el lector mirase al mundo y a sí mismo. 

En la web del periódico. 

26.4.24

El regreso de Álvaro García


Esto no es una reseña, diré a lo Magritte. Me explico. Tres novelas después: El tenista argentino (2018), Discurso de boda (2020) y Elenco (2022), cuando parecía que el ya largo camino literario del Álvaro García (Málaga, 1965) se decantaba por la narrativa, Pre-Textos imprimía a finales del pasado año Cuando hable el gato, un nuevo libro de poemas del malagueño. 
Junio (no digamos julio) y diciembre (noviembre también) no son los mejores meses para que te saquen un libro. Por lo menos de poesía. O bien porque con la llegada del verano se termina la temporada (el punto final suele ponerlo la Feria del Libro de Madrid), o bien porque la invasiva campaña navideña (pendiente de otro tipo de libros) arrasa con todo. Es cierto que la poesía, ajena al mercado, difícil, lo que se dice difícil, lo tiene siempre. Digo la verdadera, que esa otra que también llaman así... Sea como fuere, la cosa es que el libro de García ha pasado desapercibido. Más de la cuenta. Por ser su autor quien es, un hombre que se ha ganado a pulso su merecido prestigio, y por haber escrito el libro en cuestión, no uno más ni uno cualquiera. Añado de inmediato que no me extraña. Y no sólo por las razones que acabo de aducir. Me da la impresión de que García, ajeno a cualquier motivo que no sea de índole poética, no se lo ha puesto fácil a la crítica. Y al decir crítica, por extensión, quiero decir a los lectores de poesía en general, gente que sabe lo que se hace. A los que escriben sobre los libros que leen y a los que se limitan (un decir) a leerlos. 
Complejo el libro es, pero no por empeño de García: uno escribe lo que puede. Eso sí, sabiendo perfectamente lo que no quiere pergeñar. Y lo que García escribe parte de un listón muy alto. Por naturaleza. Le sale así. Y se esfuerza, naturalmente, porque así sea. Aquí, sin ir más lejos. 
Aunque el título del libro le ha salido tan rarito como desconcertante, lo que no es mala señal (a uno le remite a Eliot y su afición gatuna, tal vez por la impronta anglosajona de esta poética), lo primero que nos encontramos al entrar sin miedo en él, y después de la dedicatoria a Ana, es con un extenso poema, "Avenida", que a sus lectores habituales nos recuerda a los grandes, largos poemas que publicó en el pasado y sobre los que escribí una reseña para la revista Cuadernos Hispanoamericanos: "El tiempo respirado". Me refiero a su ambiciosa, lograda obra El ciclo de la evaporación donde reunía sus libros -cada uno, un solo poema- Caída (2002), El río de agua (2005), Canción en blanco (2012, Premio Loewe) y Ser sin sitio (2014). Este bien podría ser el quinto. 
Esa avenida, que "es casi mental", le lleva a uno a la de Príes, claro, que es en la él vive, a un paso del Cementerio Inglés y de la Cañada de los Ingleses (la del poema de María Victoria Atencia). A un paso del mar. Allí, el amor. "Tú y yo en medio del calor". "Ser dos". Más allá de las palabras y de de lo que allí se relata, porque narración hay, impresiona el ritmo majestuoso, la música que dirige esa lectura, mejor si en voz alta. Una banda sonora, digamos, perfectamente adaptada a lo que dice. Admirable ese tono que lo es todo, por encima de esa complejidad a que aludía, la que nos impide acaso comprender del todo lo que el poeta canta. No siempre: "Contigo huyo del miedo de la infancia". "Imagino el infierno en forma de palabra colectiva". "Es un perfume tuyo que es un sitio". "Amar estalla de pensar que estalla". "Mi fantasma que asiente / como quien reconoce a otro fantasma". 
Un poema, sin duda, para tomárselo con calma. Para leerlo y releerlo. Doy fe de que uno acaba entrando en él sin remedio. 
¿Lo que sigue? Pues más sorpresas. Las que destilan la perplejidad o el asombro, alimento espiritual del poeta. "La única mañana" está compuesta por catorce poemas donde el lenguaje se impone con toda su capacidad de seducción. Se aprecia muy bien el virtuosismo de García, que juega con él -rimas, métrica, estrofas- con una habilidad, ya digo, pasmosa. Con la villanela, por ejemplo, como me apunta José Manuel Benítez Ariza, que también las ha ideado. Siempre en torno al amor: "Quererte todavía / no puede ser jamás una teoría". 
Destaco poemas como "Embotellamiento", "Sin calendario" (con un final precioso), "La ciudad olvidada", "El eco" ("Me veo en espejos / viejos / donde la vida rebota / rota"), "La huida", "Dormíamos", "Invención" ("Día del tiempo, igual que en la niñez"), "Soy", ("Soy el que sin ti no había"), "Desfase" o "Ana sí" ("La única mañana / es la de Ana"). Poemas divertidos y felices a los que no le falta su debida proporción de ironía. 
"Psicofonías", la tercera parte del libro, está formada por nueve sonetos y un poema final sin rima: "Posteridad ("Sin más, amar este momento"). Como en el resto del conjunto, no son unos sonetos al uso. Para empezar, no hay espacios en blanco entre cuartetos y tercetos. "Aroma" puede servir de paradigma para confirmar lo que sostengo. El que comienza: "Desde qué sitio oculto en ti este aroma / se impone entre tú yo como un relieve". 
Son sonetos que dan otra vuelta de tuerca a la evidencia de que lo clásico es fuente constante de modernidad. Así, "Playa última": "La luz nos reconoce, nos ha unido. / El sol rojo nos mira mientras arde". Y en otro: "Si hubiera un día de verano es este". 
Me callo. No, esto no pretendía ser una reseña. Lo repito. 
Ya me advirtió su editor, Manuel Borrás, antes de que me llegara, que este era un libro singular, importante. No le faltaba razón. Siento mala conciencia por lo haberlo dicho antes. Y por no haber escrito esa reseña -extensa. minuciosa- que algo así exige. Quede al menos constancia de que este lector disfrutó mucho con Cuando hable el gato, un libro inagotable al que, por eso, estoy deseando volver.  

20.4.24

Ayer, en la presentación de "Emboscados"

Buenas noches y muchas gracias por estar aquí.
 
Hace unos meses Nica y Juanra me pidieron que prologara un libro que iban a publicar juntos. El primero aportaría sus fotografías y el segundo un puñado de poemas; para ser precisos, de haikus, esa certera estrofa japonesa, de engañosa facilidad, que tiene tanto de inspiración como de experiencia.
No será uno quien le ponga un solo pero a esta alianza perfecta entre ambas artes, algo que se aprecia mejor cuando entre los autores hay complicidad, como hace al caso. No en vano Juanra y Nica dirigen al unísono el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de esta ciudad.
También es de agradecer que el editor, en este caso Ediciones del Ambroz, cumpla con su trabajo y ponga en nuestras manos un objeto hermoso.
Ni Juan Ramón Santos ni Nicanor Gil necesitan presentación. El primero acaba de dar a la imprenta, para el catálogo de la emeritense De la Luna Libros, Río Cárdeno, que ya fuera escenario de su novela El tesoro de la isla, y ha traducido para La Umbría y la Solana un conjunto de ensayos de la añorada poeta portuguesa Ana Luísa Amaral bajo el título Arde la palabra y otros incendios que está a punto de salir.
El segundo nos descubre aquí, por extenso, su faceta de fotógrafo. De excelente fotógrafo, matizo. Hace poco que ha participado en la última exposición de Trazos. El curioso (o el interesado, tanto da) puede acercarse a su labor fotográfica a través de la página web metamorphosis.es.
Al tener el libro en las manos he podido comprobar que en él se recogen más imágenes de las que contenía el pdf. que manejé en su día. De distintas colecciones: Sierra y libertad, Guardianes del bosque, Marinas, A orillas del Jerte y Nieblas en la mar serena. Tanto mejor.
El título del invento, muy sugerente, Emboscados. De la palabra “emboscado”, el Diccionario de la Real Academia dice: “Hombre que elude el servicio militar en tiempo de guerra”. Para “emboscar” tiene dos acepciones: “Poner encubierta una partida de gente para una operación militar” y “Entrarse u ocultarse entre el ramaje”, que es la que mejor cuadra en este contexto.
Cuando me enviaron el documento al que he hecho alusión, observé y leí, con detenimiento, fotos y versos. Y con admiración creciente, porque lo que tenía delante de los ojos eran imágenes y poemas logrados, algo que ha realzado, sin duda, su impresión en papel. Ya lo dijo JRJ: “En edición diferente, los libros dicen cosa distinta”. Fue después de frecuentarlos cuando pude escribir las líneas que leeré a continuación. Por el simple hecho de que nada nuevo o mejor podría decir sobre Emboscados que lo que contiene esa breve introducción. Antes, eso sí, quiero reconocer en voz alta que ha sido un placer acompañarles, a debida distancia, en esta aventura. Gracias.
 
DESDE EL MIRADOR DE LA MEMORIA
 
Situado en la solana del Valle del Jerte, con vistas a la Sierra de Tormantos, y muy cerca del pueblo serrano de El Torno, el “Mirador de la memoria” rinde homenaje a los olvidados de la Guerra Civil española y de la dictadura franquista. Añadiría que también a los perdedores de todas las tiranías y todas las guerras. En unas montañas, por cierto, donde se ocultaron algunos maquis después de la contienda. En este lugar privilegiado –donde el paisaje, como en el poema de Leopardi, evoca el infinito– se instalaron en 2008, sobre canchos imponentes, las esculturas de Francisco Cedenilla Carrasco que representan a cuatro figuras humanas desnudas. Tres hombres –uno de ellos anciano pensativo con las manos en la espalda– y una mujer –que se lleva un brazo a la cabeza–. Todas de tamaño natural.
Son las que ha fotografiado con poesía, verdad y belleza Nicanor Gil González. En blanco y negro (salvo excepciones), que no deja de ser el verdadero color de la fotografía. Al menos el que uno (y no solo) prefiere. El más clásico y elegante, me atrevería a decir. También el más misterioso. Por añadidura, el más sobrio. En consecuencia, el más adecuado para reflejar el extrañamiento y el dolor, como hace al caso.
Además de las figuras solitarias (a pesar de mostrarse en conjunto, cada una parece ensimismada, la mirada perdida y la cabeza encorvada), Gil González retrata los árboles, el bosque y el agua.
La luz es escasa. Matizada siempre. Melancólica. O está nublado o hay niebla o amanece o anochece.
Me gustan especialmente las sugerentes, invernales imágenes de las riberas del río Jerte, convertido en pantano, al pie de los altos riscos del mirador torniego.
A esas impactantes imágenes les ha puesto palabras Juan Ramón Santos Delgado. En forma de haikus, que no deja de ser una loable manera de transcribir emociones y pensamientos sin alardes ni alharacas, con la misma concisión, sencillez y sobriedad con la que están tratadas las fotografías.
La serie, titulada “El emboscado”, contiene en paralelo una suerte de relato; una peculiaridad propia del Santos Delgado narrador. En el centro de la historia, la huida. Se aprecia, asimismo, una violencia soterrada, trágica. Se suceden las impresiones del fugitivo que, escondido en las cumbres, sobrevive a la dura intemperie. La de afuera y la de dentro, acaso la más dura. En un tiempo que parece detenido.
La naturaleza se muestra de forma omnipresente, como es lógico. Ramas (“seca”, “minúscula aliada del fugitivo”), retamas, hojas, lluvia, nieve, riachuelos, mariposas, encinas... En poemas tan orientales como “Los grillos cantan / en la noche de agosto: / tiempo infinito”. Y en otros de tono metafísico como “Somos un sueño / que sobrevive oculto / en la hojarasca” y “Suena la lluvia / y un silencio de siglos / inunda el bosque”. Algunos expresan sentimientos dolientes: “El lobo aúlla. / No es más feroz su llanto / que mi lamento”. “El mirlo canta / fúnebre, desde lo alto, / su nunca más”.
En medio de la soledad, el silencio, la desolación y el miedo, ante el amor fugaz, fulge la constatación que nos descubre el último poema: el humano consuelo de quien, muerto ya en vida, sabe que ni se le puede matar ni puede volver a morir.
 
Muchas gracias.

Fotografía de Francisco Javier Antón



Fotografías de José Antonio Fernández Merchán


13.4.24

La elegante melancolía


Francisco Bejarano
Renacimiento, Sevilla, 2024. 72 páginas. 16 €
 
Bejarano (Jerez, 1945) justifica su título porque “son muchos más los [momentos] de melancolía que los de júbilo. El júbilo es muy aparatoso, pero dura muy poco, poquísimo”. Hacía veintidós años que no publicaba un libro de poemas. El regreso concluía entonces la estricta senda formada por Transparencia indebida (1977), Recinto murado (1981) y Las tardes (1988, Premio de la Crítica). En 2011 apareció el florilegio Un juego peligroso. Además, ha dirigido revistas, escribe artículos periodísticos y es autor de algunas obras de prosa y ensayo. Fue incluido por García Martín en su encomiable antología Las voces y los ecos, una suerte de retaguardia novísima.
Dividido en cinco partes, el amor es el asunto central de esta inesperada entrega. “Huyamos del amor”, proclama. “Pude querer y ser correspondido. / El amor poderoso me dio miedo”. “Es mi dolor”, confiesa. “Ya no hay tiempo”.
A sus fracasos, a su necesario desprestigio, a su invisibilidad y su “materia oscura” se refiere en poemas que adoptan un tono sentencioso y clasicista, propio de la mejor tradición andaluza; cadencia compuesta en torno a la serena música del endecasílabo.
Se impone la libre soledad y la dulce tristeza (“un amor tan antiguo como mío”, “vaga sombra / fue la melancolía desde niño”). Su refugio, la casa (“todo está en casa y en nosotros mismos”), los libros (“ennoblecí con libros las paredes”), la rutina (lo igual, que es lo distinto), los sueños (“Aún soy un niño /perdiéndose en un mundo que no existe”), las artes (como el cine, que saben “detener el tiempo” y “dan más vida que la vida”), los recuerdos (“La verdadera vida es la memoria”) y la escritura (“es un dolor a solas / buscando la verdad y la belleza”).
“¿Ayudará a vivir escribir versos?”, se preguntaba Bejarano. Su libro es la respuesta.
 
NOTA: Esta reseña se ha publicado en EL CULTURAL.

12.4.24

Lecturas

Después de El sueño de los vencejos y Visita de año nuevo, el poeta Antonio Moreno (Alicante, 1964) cierra con Cuatro retratos incompletos su "imprevista trilogía" centrada "en la exploración de los lugares de la memoria personal y familiar". Esta tercera entrega, escrita en 2017 y, por tanto, previa a lo ya publicado, aparece de nuevo en Newcastle Ediciones y da cuenta de la vida de sus cuatro abuelos. Es un libro delicioso (con un breve álbum fotográfico) que reafirma en uno la sensación de que en Moreno hay un prosista emboscado. ¿Será verdad que la mejor prosa la escriben los poetas?

Permanencia, de la guipuzcoana Castillo Suárez (Alsasua, 1976), traducido del euskera por Fernando Rey, y que edita con primor Cuadernos del vigía, es un libro singular. No me extraña que, como subrayan los editores, su autora sea "una de las voces poéticas más consolidadas de la poesía vasca actual". Da fe de una poética tan delicada como potente. Sensibilidad y certeza. Esta mujer, no cabe duda, sabe lo que hace. Y el porqué. ¿Cuánto dura lo efímero?, podría ser la pregunta. Los amores, el sexo ("Follar contigo es viajar a un prado no segado"), las parejas... "Cuando se esclarezca / por qué tememos a quienes amamos,/ habrá llegado el final de la poesía". Sí, puede que este libro sea "el relato imposible de todo lo que cae sin hacer ruido". 

El periodista Fernando del Val (Valladolid 1978) vuelve a la poesía con Ahogados en mercurio, un título inquietante que procede del heterodoxo Houellebecq. Lo publica la Fundación Jorge Guillén en la exquisita colección Maravillas Concretas, tan secreta como todas las suyas. Quince años ha tardado en terminarlo. De "balcón orientado a la decadencia de occidente" habla al referirse a él. Cuenta que fue escrito, en su primer impulso, en Ávila, a la sombra lectora de "San Juan y Santa Teresa". Sin mayúsculas ni signos de puntuación. Prima la condensación de las ideas. "No me gusta nada del presente", confiesa. Sus acerados aforismos, versos naturales de quien proviene de la filosofía, no dejan indiferente a quien lee, misión fundamental en cualquier lectura. Muestran a un hombre y a un mundo sin compasión. Las iluminaciones de un ser tan lúcido como perplejo. "buscaba palabras nuevas / no definiciones / lágrimas deshojadas / astillas de mármol". 

Ariadna G. García reúne en un mismo volumen que publica la Editorial Universidad de Alcalá dos libros unidos por su tono de impronta humanística: Sabiduría de los límites y Línea de flotación, que ya había aparecido en Puerto Rico (prologado por Jamila Medina Ríos) en 2017. Lleva un prólogo de Luis García Montero y la nota de contracubierta es de Jorge Riechmann. Dos buenas pistas. También la cita de Marco Aurelio que lo abre: Condúcete con amor. El segundo recuerda que en su poesía "palabras como biofilia, compasión y amistad se esponjan con calidez". "Escucho y vivo", escribe. Y: "Sigue siendo / posible / lo improbable". Dice que Sabiduría... "supone una incursión en la poesía ecológica y anticapitalista". Que ambos, añade, "presentan un despojamiento retórico que los aproxima a la poesía pura". Uno, en fin, sólo lee en ellos poesía. De la pura experiencia; esto es, apegada a la vida. Muy existencial y del presente. No es poco. En cuanto a la pretensión de que el libro contribuya, "aunque sea un poco", al "cambio de nuestro paradigma cultural", es un asunto que se me escapa. Uno lee, repito, y basta. Versos "protectores" y "solidarios". Con gusto. En especial, los menos ideológicos, en poemas como "Insomnio", "Mar" o "Calabaza".

Impresiona leer los ciento veintiocho títulos que contiene, hasta ahora, el catálogo de la colección La Gruta de las Palabras, que dirige Fernando Sanmartín para las Prensas de la Universidad de Zaragoza. El último, Motel Pandoralibro del inquieto bloguero zaragozano Octavio Gómez Milián, profesor de Matemáticas y coleccionista de tebeos, figuras y vinilos. 
Tal vez sean la pasión y el miedo lo que mejor transmite esta obra veloz y unitaria que transita desconcertado por las calles vacías de una ciudad fantasma y por los pasillos y habitaciones hospitalarias donde su padre, seriamente enfermo, lucha con la muerte. En plena pandemia. "Nada vive hasta que la muerte muere". 

De Brooklyn a Isla Negra. Poemas predilectos (Cuadernos de Humo), titula Javier La Beira su hermoso florilegio, en tanto que objeto libresco, con ilustraciones inéditas de Pérez Estrada y previo encargo del editor Hilario Barrero, que la patrocina junto a la librería Isla Negra. "Antología de poesía malagueña contemporánea", reza en el subtítulo, en homenaje al mítico impresor Ángel Caffarena, que así nombró a la suya en 1960. Este detalle, el del subtítulo, no es baladí. Quiero decir que por mucho que uno se excuse en lo "inconsciente" y "temerario" a la hora de "escoger, de entre los casi infinitos poemas escritos por poetas coetáneos de mi ciudad, un número finito de ellos", los que le "impactaron", sus "predilectos", cuesta asumir que deje fuera de la muestra algunos versos de Álvaro García o de Alfonso Canales. Entre treinta y tres, desconocidos mediante... Veo que José Sarria enumera en su muro de Facebook a muchos olvidados más: Maillard, Romojaro, Villalobos, Aguado... Por encima de este detalle, que sólo puede achacarse a mi propia inconsciencia y a la edad tardía, las mismas debilidades que esgrime La Beira, reconozco la valía de la mayor parte de los poemas recogidos. Los de María Victoria Atencia, Isabel Bono, Aurora Luque o Alfredo Taján, por ejemplo. Imagino que es lo que de verdad importa. Ah, destaco, conviene subrayarlo, la belleza material del cuaderno, que, por suerte, querido Hilario, no es, en rigor, de humo. 

Me gustaría terminar este breve repaso con otro descubrimiento. Perdonen mi ignorancia. El de la pintura sobre metal (casi siempre) del aragonés Ignacio Fortún. La veo a través del magnífico catálogo que con motivo de su exposición Cinco capítulos publica el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza (que dirige Yolanda Polo) en PUZ. 
Los textos de José Ángel Cilleruelo, Fernando Sanmartín y Desirée Orús, además de los del propio pintor, ayudan a comprender mejor esta obra que aúna misterio y claridad. Figurativa, sí, pero no exenta, ya digo, de "candados", pero de los que "se abren sin ninguna llave. Porque la llave es la mirada", como nos explica en su precioso texto Fernando Sanmartín. 
Me ha llamado especialmente la atención el punto de vista arquitectónico de la obra de Fortún. Y la personal presencia de la naturaleza. De esas visiones (ah, los hombres de espalda) surgió un poema, y ya hacía meses. Muito obrigado.

7.4.24

El don de nombrar

Los que seguimos la guadianesca trayectoria literaria de Carlos Medrano (Salamanca, 1961) llevábamos tiempo esperando un nuevo libro de poemas que acompañara a Corro (1987) y Las horas próximas (1989), que junto a las plaquettes A lo breve (1990) e Imágenes, encuentros (1996), constituía el sucinto corpus su poesía édita. Es verdad que en 2021 rompió un silencio de años y dio a la imprenta Entorno claro, un conjunto bien ideado de haikus y jaiquillas; así y todo, ya digo, quienes frecuentamos su blog Isla de lápices éramos conscientes de que los poemas que allí venía publicando desde 2010 (con independencia de su fecha de escritura) merecían ser ordenados y recogidos en uno o más volúmenes y, en consecuencia, ser trasladados al papel. Por suerte, una parte sustancial de ese material inédito conforma La imperfección de la belleza, hermoso título para una obra bien impresa y de diseño tan sobrio como elegante que una oportuna llamada de Antonio Piedra, director de la colección de poesía de la Fundación Jorge Guillén (e inventor, por cierto, de la jaiquilla), logró al cabo propiciar.
“Brota la mies donde la soledad habita, / hay una cicatriz que cura / y la vida, ilegible, nos sucede: / la imperfección de la belleza”. Con estos versos se abre este libro dividido en tres partes. “Mirar qué nada”, leemos. Desde el principio, parquedad, concisión, un ir a más con menos, de manera sutil y precisa. Eso y un regusto clásico de fondo, de asentadas lecturas de los maestros españoles del Siglo de Oro (Garcilaso ante todo) marcan el tono, definen la voz poética de Medrano, apellido de un poeta de aquella gloriosa época, sevillano y barroco  por más señas. La naturaleza civilizada, la del parque y el jardín, entona con esa manera de decir arraigada en la tradición.
Pronto, el paisaje y los lugares desde los que meditar sobre el paso del tiempo, desde los que contemplar la vida. El Campo Grande de su ciudad por excelencia, la Covaleda de su juventud, Jaraíz de la Vera y el Cementerio Alemán de Yuste, Castilla, las portuguesas Sesimbra y Évora (visita que origina un precioso poema) y, cómo no, la isla donde reside desde hace décadas, Mallorca y, ya allí, Artá. “Soy un hombre que se confunde con su isla”, ha escrito. Y: “De donde hemos querido, nunca nos vamos del todo”.
Del ritmo que inspira su métrica poco cabe decir salvo que adopta formas clásicas también, aunque a veces se quiebren gracias al oportuno uso del encabalgamiento. En ocasiones, escoge el poema en prosa para expresarse. “La nota más vibrante / reside en lo sencillo”, anota. Sin olvidar que “la belleza se arraiga en lo difícil”. Versos que me llevan a subrayar lo que de aforístico y sentencioso tienen a veces los versos reflexivos de Medrano.
Esa música callada a la que aludo se adecúa bien al intimismo y la melancolía (“Saudade”, “Rompimiento”) que subyace en estos versos donde priman la sensibilidad y la sugerencia. Más la aceptación, digna de ser celebrada, que el descontento y la amargura que toda existencia lleva, mal que nos pese, aparejados. Tan inevitable como la muerte, que asoma sin remedio: “La muerte no es morir, es lo que pierdes”. “En tu boca la vida da la mano a la muerte”. “Soy el superviviente de mí mismo”, concluye.
Estamos, según creo, ante una poesía que cabe calificar de limpia (no se me ocurre un adjetivo mejor), por transparente y por honesta. Lenta y luminosa. Que huye del artificio, tanto literario como moral. La de “la luz que nombra el mundo”. Léase, por ejemplo, “Vasijas”.
Medrano es un poeta detallista, meticuloso. Se ve en cada palabra, en cada verso, en cada poema. Todo está perfectamente calibrado: “Tuve fe en las palabras más hermosas / que con amor brotaron de mis labios”. De ahí que transmita sosiego. Y silencio, paradójicamente, por más que esté lejos de participar de manidos presupuestos de tendencia o escuela. Para empezar, porque huye del hermetismo gratuito y de la elipsis arbitraria.
Lo cotidiano (“Nada es en vano ni pasa inútilmente”) suele ser motivo bastante para llevarlo al poema: “busco la claridad de lo inmediato”. En medio de un paseo, pongo por caso: “A veces, toda la sabiduría que requiere un poeta / desciende de un paseo descalzo por la naturaleza”. Ante la visión del mar, un motivo constante. “Cualquier lugar conduce al universo”, escribe.
La mirada es esencial aquí. Cada poema, un punto de vista. Y la lectura, por eso hay poemas dialogados, diría, a modo de homenaje incluso, con personas a las que trata o trató y a las que admira como lector: Francisco Pino, Ángel Campos Pámpano, F. J. Irazoki (título de un poema), Fernando Aramburu, José Jiménez Lozano, Tomás Sánchez Santiago… “Cuatro emblemas” da buena cuenta de su concepto de la amistad, línea fundamental de su poética. Véase la tabla de dedicatorias.
La identidad y el yo, además de los otros (léase “El laberinto transparente”, sobre su vecino enfermo), ocupan su espacio en esta poesía introspectiva (“Ánfora”). En poemas como “De lo adverso”, “Desierto”, “Claro de alquimia” y Del presente”.
Los poemas de “La memoria tranquila”, tercera parte del libro, ”van dirigidos a mi madre”. “Yo soy también lo que tú eras”. “Casa deshabitada” es paradigma de que la contención se impone, incluso en temas tan delicados como este, a lo meramente emocional; a la búsqueda de un equilibrio y una armonía que solo la poesía tal vez pueda ofrecernos.
“Percibir la memoria / tranquila de las cosas. / Ese espacio apacible / al paso de la vida, / el del don de nombrar / con bondad las palabras”.
 
La imperfección de la belleza
Carlos Medrano
Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2023. 128 páginas

NOTA: Esta reseña se ha publicado en la revista EL CUADERNO