24.12.18

El "siroco" en Anáfora

"Naturaleza pensativa" titula su rigurosa reseña Ángel Alonso. Se publica en la revista asturiana Anáfora (número 15). Gracias.
En el colofón de su antología Un centro fugitivo (1985-2010), y citando a Borges, decía Álvaro Valverde: “Es curiosa la suerte de un escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad.” Nada más apropiado para explicar la evolución de su poesía, desde su inicial Territorio hasta El cuarto del Siroco, donde podemos leer: como Vinyoli,/ me he propuesto escribir/ poemas concretos. […]/ Yo también envejezco/ y como él necesito/ realidades, no humo (“No humo”). Porque si bien es cierto que Valverde ha sido siempre un poeta de la naturaleza y la introspección, un paseante que reflexiona, también es cierto que su poesía ha ido ganando trasparencia, ligereza y sencillez. En esa misma antología –donde, por cierto, en el apartado de Inéditos se anticipaban ya algunos poemas de Más allá, Tánger y de este último poemario– su editor, Jordi Doce, definía a la perfección su visión del poeta: “alguien a quien un exceso de lucidez o autoconciencia aparta del flujo de la vida; alguien, sí, para quien la ingenuidad o la inocencia ya no son posibles (aunque las desee con todas su fuerzas) y que por tanto se ve obligado a adoptar el papel de observador de sí mismo y de los demás, viviendo en un afuera que –paradoja– es condición forzosa de ese querer ir adentro que los poemas encarnan con obstinación.” Su constante preocupación por el fluir del tiempo, por la inexorabilidad de la muerte, es una de las razones que le llevan a volcarse en el espacio, en el entorno, en los lugares, tal y como podemos leer en “Constatación”: En efecto, el tiempo se nos va/ pero el espacio permanece. […]/ Tal vez por eso escribo/ acerca de lugares./ Sitios donde la muerte/ simplemente es más lenta. Por otra parte, existe una clara identificación entre el espacio propio del autor (Extremadura y Plasencia, ciudad levítica) y su manera de mirar (“Árida vida”). Así, de ese lugar al sur dirá, aunando tiempo y espacio: expresa en su quietud/ lo que era inmediatez/ y es lejanía (“Postal”). Y en “Grafiti”, su ciudad es a la vez repudiada y amada. La poesía le sirve para desvelar las diversas Cáceres (“Ribera del Marco”), o para retratar sus viajes: Lisboa, Évora (réplica, para él, de Plasencia), Grecia, Mallorca, Pompeya (ciudad epítome de la destrucción) o Kardamili (el refugio ideal).
Volvemos a encontrar en su poesía el tema del jardín cerrado, el jardín oculto, el jardín esotérico, simbólico en “Mi jardín”, referencial en “Jardim do Paço”, evocativo en “En la terraza”. Otro de sus símbolos es el del agua, que le sirve de “A modo de poética”, metáfora y verdad. En “Baño” se renuevan las aguas de Heráclito, y en “Fuente de los alisos”, el agua es una humilde verdad que se repite. Y como opuestos que se complementan, el agua y la sed: la poesía/ […] tan sencilla/ como el gesto de alguien/ que da un vaso de agua/ a quien padece sed (“La poesía”). El agua es, asimismo, símbolo de vida, del eterno retorno, del renacer (“Ovas”), frescura acuática en la que remontarnos al origen (“Las nogaledas”). Simbólicas son asimismo las múltiples casas que pueblan sus poemas: los vestigios de un tiempo que ya es póstumo de “Casas de Azuaga”, la casa vacía en la que indagamos inútilmente de “Toto dixit”, la casa de otra posible vida de “En otra parte”, o la casa-aleph que parece encerrar todo el pasado de “Una elegía”. Y como la casa, el molino, más próximo a la naturaleza, al agua. O la torre, en su soledad, en su aislamiento, en su insistencia. Y el cuarto del siroco que da título al libro, un cuarto recogido, a modo de refugio/ en el que cobijarse/ del triste pensamiento de la muerte.
Hay también múltiples referencias a los árboles, especialmente los solitarios, a los cerezos, castaños o alisos, a la dorada hojarasca otoñal. Y de entre las múltiples aves que los habitan, cuyo cantar deleita y eleva, ninguna como el mirlo.
En el libro –muy variado, aunque unitario en estilo y pensamiento– no faltan reflexiones sobre el arte, habituales en su obra, tanto a la literatura (“Leyendo a Jiménez Lozano”), a la pintura (“Homenaje a María Zambrano”, “Interior (Hammershøi)”, “Pintor”) o la arquitectura (“Tratado de arquitectura”).
Pero el poeta no está solo ante el paisaje y sus reflexiones, habitan sus poemas los demás, desde los que ya no están (“Homenaje”, “Naturaleza pensativa”), su familia (“Inés”, su bisabuela, o su mujer e hijos, y todas las mujeres de su vida en “Mujeres”, o los allegados de “Dice llamarse”, o “Los muertos”), a las voces de monólogos dramáticos (“Aquiles”).
El último poema del libro, “Aquél”, se cierra con unos versos cargados de obstinación: “aquél que no consigue/ ni darse por vencido”. Pese a todo, la vida, contra el tiempo, a favor de la belleza.